Carta Pastoral de Mons.

Ramón del Hoyo López, Obispo de Jaén, a las Cofradías y Hermandades «DESDE LA VIVENCIA ÍNTIMA CON EL SEÑOR»

Jaén, 4 de Noviembre de 2007

Diócesis de Jaén

Carta Pastoral de Mons. Ramón del Hoyo López, Obispo de Jaén, a las Cofradías y Hermandades «DESDE LA VIVENCIA ÍNTIMA CON EL SEÑOR»

I. II. III. IV.

V.

IV.

Introducción ¿Qué es la oración? Hacia una auténtica oración cristiana Algunas disposiciones para orar De la dispersión al recogimiento De la superficialidad a la autenticidad De la evasión a la disponibilidad La oración en la vida de las Cofradías y Hermandades El día del Señor Encuentros de oración El santo Rosario Actos institucionales de la Cofradía Conclusión
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I.

INTRODUCCIÓN

Es para mí un motivo de profunda gratitud al Señor el poder encontrarme de nuevo con vosotros en este XX Encuentro diocesano de Cofradías y Hermandades. Gracias a todos por el esfuerzo realizado para estar aquí en esta mañana. La realidad cofrade es para mí un motivo constante de atención y preocupación. Mi mayor deseo es que “vayáis creciendo en la medida de Cristo hasta ver formado a Cristo en vosotros” (Gál. 4, 19) Las Hermandades y Cofradías han contribuido grandemente al florecimiento de la vida cristiana. Estas asociaciones religiosas han apor-5-

tado un importante caudal a la vida espiritual de nuestro pueblo. Y actualmente continúan alimentando la vida cristiana de muchos católicos repartidos por toda nuestra geografía. Éstas –nos recordaban hace algunos años los obispos del Sur de España- “son asociaciones de fieles cristianos conscientes de su pertenencia a la Iglesia”. Vuestra presencia aquí esta mañana, entorno al obispo, así lo confirma. El Concilio Vaticano II, refiriéndose al apostolado de los laicos, ha hecho unas observaciones que son pertinentes para vincular las Cofradías con la actividad pastoral diocesana. El documento conciliar afirma: “Que tengan constantemente presente [los laicos] el sentido de la diócesis” (Decreto del apostolado de los laicos, 10). Así pues, los laicos asociados en Cofradías deben tener estas mismas actitudes, que se manifestarán en la participación de la Cofradía en la pastoral de ámbito parroquial, arciprestal, diocesano y supradiocesano según las necesidades y posibilidades. Por este motivo quiero haceros partícipes en este Encuentro de las ilusiones y proyectos de la diócesis de Jaén plasmados en el Plan Pastoral que aprobé el pasado 10 de agosto, y del que ya imagino tenéis algún conocimiento. Para el presente curso 2007/08, además de otros objetivos, figura el siguiente, que quisiera presentar a vuestra particular consideración: fomentar la vida de oración. La elección no es trivial. Recodáis como el Papa Benedicto XVI, en su encíclica Dios es amor, nos decía que “no se empieza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, de esta manera, la dirección definitiva” (nº1) Este encuentro personal y comunitario con el Señor es totalmente imprescindible para hacer vida lo que celebramos con tanto amor en los misterios de la vida del Señor, de la Santísima Virgen y de los Santos. El fundamento para una amistad real, no sólo imaginada, con Cristo en la actualidad, es la resurrección creída y confesada con todas sus consecuencias. Este encuentro es posible para cada uno de nosotros en la oración animada y vivificada por el Espíritu Santo. A este respecto –nos dejó dicho Juan Pablo II: “A la contemplación plena del rostro del Señor no llegamos sólo con nuestras fuerzas, sino dejándonos guiar
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por la gracia. Sólo la experiencia del silencio y de la oración ofrece el horizonte adecuado en el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento más auténtico, fiel y coherente, de aquel misterio que tiene su expresión culminante en la solemne proclamación del Evangelista Juan: “Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn. 1, 14)” (NMI. 20). Vivimos en un mundo y en una sociedad donde todo va muy rápido, en el que solamente se valora aquello que nos produce una retribución y un beneficio inmediatos. Es quizás por ello, por lo que la oración no está lo suficientemente valorada por el hombre de hoy. También los cristianos nos hemos dejado contagiar por esa falta de valoración, y la oración, hoy, ocupa un espacio y un tiempo muy reducido en la vida del cristiano. Da la sensación que la oración no es necesaria en la vida del creyente. Y sin embargo es algo absolutamente indispensable. Quien cree sinceramente en Dios se comunica con él. La oración es la expresión de la fe, su aliento. Por, eso, cuando la fe entra en crisis, entra también en crisis la oración. Y cuando la oración enmudece en una sociedad o en la vida de una persona, es señal de que la vida religiosa se está apagando. Jesús, nuestro Maestro, nos enseñó que había que “orar sin desfallecer” (Lc. 18, 1) y Él mismo nos da ejemplo de ello. La Iglesia, en su fidelidad al Señor, no ha dejado, a lo largo de los siglos, de recomendar la oración a todos sus hijos, y los grandes orantes hijos de la Iglesia no sólo nos testimonian su santidad, sino que ésta es precisamente, fruto de una vida fecunda de oración. Su testimonio nos invita a todos y nos anima a vivir nuestra fe cristiana y nuestro compromiso con el mundo como verdaderos orantes, como verdaderos hombres y mujeres de oración. El cofrade, es persona que hace pública manifestación de su fe, pero es claro que la vitalidad de la fe cristiana depende en un grado alto de nuestra vida de oración, de nuestro encuentro prolongado con Dios, que siempre nos espera y siempre nos escucha. Permitidme que siga ahondando en estas reflexiones que pretenden ofreceros una ayuda para descubrir la belleza íntima de la vida de oración.
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II. ¿QUÉ ES LA ORACIÓN?
En primer lugar: ¿qué es la oración? Para los cristianos orar significa dejarnos amar por Dios, siempre dispuestos a escucharle y a cumplir su voluntad, presentándole el don de nuestra existencia con alabanza y súplica, siempre con la libertad de los hijos de Dios, porque “no hemos recibido un espíritu de esclavos para caer en el temor, sino que hemos recibido un espíritu de hijos adoptivos” (Rom 8,15). Y donde está el espíritu está la libertad (2Cor 3,17) manifestada en la apertura interior, la confianza, la sinceridad y la ausencia de prejuicios al hablar con Dios. “La oración es un diálogo con Dios y un bien sumo. Es, de hecho, una comunión íntima con Él. Como los ojos del cuerpo viendo la luz, son iluminados, así también el alma que tiende hacia Dios, es iluminada por la luz de la oración” (S. Juan Crisóstomo, Homilía VI sobre la oración). Los miembros de la primitiva comunidad cristiana eran asiduos en la oración (Hech 2,42). “Orar incesantemente no significa estar continuamente de rodillas o con los brazos levantados. Existe otra forma de oración, aquella interior, y es tu deseo. Si es continuo tu deseo, es también continua tu oración. Quien desea a Dios y su descanso, aunque calle con la lengua, canta y reza con el corazón. Quien no tiene este deseo de Dios, puede gritar lo que quiera, pero para Dios es mudo” (S. Agustín, Enarrationes in psalmos). Seguramente que nosotros tenemos que decirle también al Señor: “Enséñanos a orar” (Lc 11,1). La oración es el espejo fiel de nuestra vida. Sólo nos renovaremos si nos exponemos a la luz de Dios y fijamos en nuestra alma la acción del Espíritu Santo, “que hace nuevas todas las cosas” y “viene en ayuda de nuestra flaqueza porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene; más el mismo Espíritu aboga por nosotros con gemidos inenarrables” (Rom 8,26-27). ¡Qué bien entendió Santa Teresa de Jesús todo esto que venimos comentando! Cuando se le preguntó qué entendía ella por oración, respondió: “a mi parecer, no es otra cosa oración, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” Se trata, pues, de un coloquio, de un diálogo entre personas, y que se desarrolla en un nivel de amistad, en clima de amor. En la oración la primacía absoluta la tiene el amor. «No está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho».
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El corazón es el lugar de la oración. Las palabras de Jesús: “Ya no os llamo siervos porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn. 15, 15) son una realidad ya, ahora y aquí para nosotros si las queremos aceptar. Es precisamente en la oración, en este trato de amistad, en este coloquio –frecuentemente silencioso, muchas veces árido e incluso a veces casi imperceptible, pero siempre de amor- con Él, donde nos hará descubrir qué, porqué, cómo, cuándo y cuánto nos separa de Él. Nos hará descubrir la Vida que nos ofrece, su Amor y calidad de Padre-madre, de hermano mayor, de esposo, de guía y compañero, de maestro, de amigo verdadero. Nos hará descubrir el camino, llegar y beber del Manantial de Agua Viva capaz de saciar la enorme sed de Amor y de Vida que hay en el interior de cada uno de nosotros.

III. HACIA UNA AUTÉNTICA ORACIÓN CRISTIANA
La oración ocupa un lugar central en toda religión. Ella es la primera manifestación de la actitud religiosa. Por eso está tan arraigada en el corazón humano. En todas las religiones se ora a Dios. Vamos a describir brevemente cómo hemos de orar los cristianos, es decir, qué respuesta provoca en el creyente el misterio de Dios, encarnado y revelado en Jesucristo. Los cristianos oramos siempre «en el nombre de Jesús». No nos dirigimos hacia Dios a solas. No buscamos un acceso directo hasta él. Nuestro camino pasa siempre por Jesús, el Hijo, en el que Dios se nos ha revelado como Padre bueno y cercano. Nuestra primera tarea es aprender a rezar «en el nombre de Jesús». Orar en nombre de Jesús es, antes de nada, orar como discípulos de Jesús. La oración cristiana nace del seguimiento fiel a Jesús. Sería una incongruencia separar la oración de la vida. Si queremos que el Padre Dios nos escuche hemos de recorrer la senda que el Hijo nos ha mostrado.
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Podemos dar un paso más. La oración en nombre de Cristo es una oración suscitada, movida y animada por el Espíritu de Cristo que habita en nosotros. Cada uno podemos decir lo mismo que san Pablo: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20). Es Cristo quien alienta y sostiene nuestra oración: «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis, y lo conseguiréis... Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor» (Jn 15, 7. g). En cualquier situación, en el momento de la súplica o del agradecimiento, a la hora de pedir perdón o de alabar a Dios, nuestra oración nace de nuestra comunión con Cristo. La fuente de nuestra oración es ese Cristo a quien amamos sin haberle visto, y en quien creemos aunque de momento no lo veamos (cf. 1 P 1, 8). Hemos de orar como miembros del Cuerpo de Cristo. Precisamente por esto, orar en nombre de Cristo es orar como miembros de su Cuerpo que es la Iglesia. Ésta es la promesa de Jesús: «Yo os aseguro que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 19-20). Los cristianos oramos siempre en comunión con todos los que viven animados por el Espíritu de Cristo. Incluso la oración más personal, la que hacemos a solas ante el Padre que está en lo secreto (cf. Mt 6 6), es una oración que llega hasta el Padre por medio de Cristo y, por ello mismo, una oración unida a cuantos forman su Cuerpo. Por eso, un cristiano no puede orar si no es abriéndose fraternalmente a los demás. La oración en nombre de Jesús exige abrirse al perdón y a la reconciliación: «Cuando os pongáis de pie para orar, perdonad si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos perdone vuestras ofensas» (Mc 11, 25). Lo que venimos diciendo tiene su raíz última en que Cristo es nuestro único mediador ante el Padre. Él es el gran orante, el único y verdadero orante. Resucitado, «está siempre vivo intercediendo» por toda la humanidad (Hb 7, 25). En medio de nuestra mediocridad y a pesar de nuestra fe débil y pequeña, sabemos que «tenemos a uno que intercede por nosotros ante el Padre, Jesús, el justo» (1 Jn 2, l). Al rezar no hacemos sino
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participar en esa oración que Cristo eleva al Padre por la creación entera. De esa oración reciben todo su valor, significado y hondura nuestras oraciones y súplicas. Por eso, la oración en nombre de Cristo es una oración universal, abierta a todos los hombres y mujeres del mundo, incluso a los que podemos sentir como enemigos. Esa fórmula con que terminamos siempre las oraciones litúrgicas, «por nuestro Señor Jesucristo», no son palabras vacías que hemos de repetir de manera rutinaria. Las hemos de pronunciar despacio, porque expresan el verdadero contenido de nuestra oración cristiana. El rasgo más original y gozoso de la oración cristiana proviene del mismo Jesús, que nos ha enseñado a invocar a Dios como Padre, con la confianza de hijos e hijas, pues realmente lo somos: «Vosotros, cuando oréis, decid: Padre» (Lc 11, 2). Sería un error desfigurar esta oración o sustituirla con elementos extraños, debilitando nuestro encuentro gozoso con el Padre del cielo. Orar teniendo como horizonte a un Dios Padre es invocarle siempre con confianza filial. Jesús siempre se dirigió a Dios llamándolo «¡Abba!», «¡Padre!» y, fieles a ese espíritu, también nosotros, sintiéndonos «hijos en el Hijo», nos atrevemos a decir lo mismo. Nos lo recuerda san Pablo: «Mirad, no habéis recibido un espíritu que os haga esclavos para recaer en el temor; habéis recibido un Espíritu que os hace hijos y que nos permite gritar: «¡Abba!», ¡Padre! Ese mismo Espíritu le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios» (Rm 8, 15-16). Por eso, el cristiano no reza a un Dios lejano, al que hay que decirle muchas palabras para informarle y convencerle. Esa oración, según Jesús, no es propia de sus discípulos. Nosotros oramos a un Padre que «sabe lo que necesitamos antes de pedírselo» (Mt 6, 8). Un Padre bueno, que nos ama sin fin: «Si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que se las pidan!» (Mt 7, 11). Los que sois padres y madres entendéis mejor que nadie las palabras de Jesús. Orar a un Dios Padre no infantiliza. Al contrario, nos hace más responsables de nuestra vida. No rezamos a Dios para que nos resuelva nuestros problemas. Oramos y vigilamos para fortalecer nuestra «carne débil» y disponernos mejor a cumplir la voluntad del Padre (cf. Mt 26, 41). No se trata de seducir a Dios y convencerle para que cambie y cumpla
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nuestros deseos. Si oramos es precisamente para cambiar nosotros, escuchando los deseos de Dios. No le pedimos que cambie su voluntad para hacer la nuestra. Pedimos que «se haga su voluntad», que es, en definitiva, nuestro verdadero bien. Rezamos para escuchar y cumplir con más fidelidad la voluntad del Padre. Así oraba Jesús: «Padre,... no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22, 42). Movido por ese espíritu de fidelidad al Padre, el discípulo de Jesús se abre al amor universal. No es posible invocar a Dios como Padre sin sentirse hermano de todos. La filiación fundamenta la fraternidad. No le reza cada uno solo a «su Padre». Oramos a «nuestro Padre», el Padre de todos, sin excluir a nadie. Así lo quería Jesús: «Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre del cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos» (Mt 5, 44-45). Nosotros no sabemos rezar bien. Nos falta experiencia; caemos en la rutina. No sabemos qué hacer para orar como conviene. Es el Espíritu el que puede orientar y transformar nuestra oración. «El Espíritu acude en auxilio de nuestra debilidad: nosotros no sabemos, a ciencia cierta, lo que debemos pedir, pero el Espíritu en persona intercede por nosotros con gemidos, sin palabras» (Rm 8, 26). Él nos ayuda a descubrir que Dios está en nosotros. «Gracias al Espíritu que nos dio, conocemos que Dios está con nosotros» (1 Jn 3, 24). El nos enseña poco a poco la verdad de Dios. Nos permite acoger e interiorizar su palabra. «El Espíritu de la verdad os irá guiando en la verdad completa» (Jn 16, 13). El cristiano no reza a cualquier divinidad. Eleva su corazón a un Dios Padre que quiere hacer reinar entre los hombres su amor y su justicia. El Dios a quien invoca es inseparable del Reino. Por eso, la oración cristiana se resume en esta súplica: « ¡Venga a nosotros tu reino!». El cristiano ora siempre buscando como última realidad el reinado de Dios entre los hombres. Todo ha de quedar subordinado a la acogida del reino de Dios en nosotros y en el mundo entero. Por eso, nos hemos de preguntar a qué Dios oramos: ¿a un Dios apático e indiferente ante las injusticias y el dolor humano, o a un Dios que quiere la justicia y el bien de todos? ¿En quién «pensamos» cuando nombramos a
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Dios? ¿De dónde arranca y hacia dónde nos conduce la oración? ¿Brota de nuestro egoísmo y nos encierra todavía más en él? ¿Nace de la búsqueda del reino de Dios y nos compromete más en su realización? La oración es cristiana si es acogida del Dios de Jesús, y no un contacto con la divinidad en general. Pero el Dios de Jesús es el «Dios de los pobres», el defensor de los desvalidos, el que se ha encarnado en él para «buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19, 10). No cualquier contemplación es cristiana. No cualquier búsqueda de Dios es fiel a Cristo, sino aquella en la que se busca al Dios de los últimos. En el centro de esta oración está siempre el Dios de los pobres. En su interior resuena siempre la llamada de Cristo a encontrarlo entre ellos (cf. Mt 25, 40). Toda oración verdadera comienza con un «heme aquí, Señor». Los maestros de la vida espiritual lo llamaban «ponerse en presencia de Dios». Se trata de «cambiar de nivel», dejar el mundo de la utilidad y de los intereses para abrirse a la presencia de ese misterio que llamamos Dios. Son muchas las actitudes que pueden obstaculizarnos el encuentro, pero ninguna tanto como la actitud posesiva y el permanecer centrados en nosotros mismos. Cuando la persona es el centro de su relación con Dios, todo lo reduce y degrada a objeto, todo lo subordina a su provecho inmediato. ¿Cómo encontrarse con Dios desde esta actitud? Para entrar en relación con él, la persona tiene que adoptar una postura de disponibilidad y desprendimiento. Con frecuencia, la oración está tan llena de nuestras peticiones, necesidades e intereses que no permitimos entrar a Dios en nuestra existencia. Sólo escuchamos nuestras palabras y nuestro ruido; no escuchamos la voz callada de Dios. Orar exige descentrarnos y abrirnos a su amor. La oración exige limpieza de corazón, sinceridad y transparencia. Ninguna relación verdadera puede establecerse entre un yo falso y Dios. Mucho menos, si también nuestra imagen de Dios es falsa. Para adentrarse en la oración es necesario quitarnos las máscaras. ¿Cómo vamos a ir disfrazados al encuentro con Dios? Ante él no necesitamos ocultar nuestras heridas o nuestro desorden. Tampoco tenemos por qué disculparnos de nuestros pecados ni justificar nuestra mediocridad. «Él sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que somos barro» (Sal 103,
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14). Desde esa verdad nos abrimos a él: «Señor, tú me sondeas y me conoces» (Sal 139, 1). Esta sinceridad exige buscar a Dios más allá de métodos, libros, oraciones y fórmulas. Exige, además, buscar a Dios antes que buscar nuestra paz y consuelo. No buscar cosas, sino buscarle a Él. Es también esa sinceridad la que nos puede conducir a decir interiormente un «sí» a Dios. Un «si» pequeño, humilde, tal vez minúsculo, que aparentemente no cambia todavía en nada nuestra vida, pero que nos adentra por el camino de la docilidad a Dios: «Indícame el camino que he de seguir, pues levanto mi alma hacia ti» (Sal 143, 8).

IV. ALGUNAS DISPOSICIONES PARA ORAR
De la dispersión al recogimiento

Todo aquel que quiera orar ha de recogerse. Sólo la atención interior hace posible el encuentro con Dios. Ni siquiera Dios puede comunicarse con un hombre interiormente distraído. Las cosas tiran de nosotros y las actividades reclaman sin cesar nuestra atención. Atraídos por mil impresiones y dispersos por tanto hacer, podemos terminar viviendo separados de nuestro «centro», sin capacidad de dejar a Dios hacerse presente a nosotros. Sin embargo, nada de todo eso responde plenamente a nuestras aspiraciones ni acalla nuestras preguntas últimas. Nada enciende en nosotros una esperanza definitiva. La oración nos puede ir descubriendo aquello que sentía san Agustín: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón no hallará sosiego hasta que descanse en ti»
De la superficialidad a la autenticidad

Pocas veces dice la persona «yo» tan de verdad como cuando habla con Dios. La oración exige presentarme ante Dios tal como soy en realidad. Por eso, es necesario dejar a un lado el «personaje» que trato de ser ante los demás. Liberarme de la superficialidad en la que me he instalado.
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Ahondar en mi propia verdad. Buscar lo esencial. Así ora el que busca a Dios: «Envía tu luz y tu verdad: que ellas me guíen» (Sal 43, 3).
De la evasión a la disponibilidad

Desde todas las situaciones y en cualquier momento es posible orar. Pero nuestras mejores intenciones se vienen abajo cuando nuestra vida está totalmente desorganizada o es poco auténtica. Hay una manera de vivir en la que Dios no puede entrar por ningún resquicio; faltan momentos de sosiego para pararse ante Dios. Otras veces, la vida está inerte y como vacía. Falta el contacto con las personas, interés por lo que sucede en la vida, solicitud por los demás. Tampoco ahí puede nacer y, sobre todo, crecer una auténtica oración.

V.

LA ORACIÓN EN LA VIDA DE LAS COFRADÍAS Y HERMANDADES

Mis queridos cofrades, según vuestros Estatutos a vosotros os pertenece promover el culto público a nuestro Señor Jesucristo, a la Stma. Virgen María y a los santos, según las características propias de cada Cofradía. El acto de culto, tanto litúrgico como devocional, debe ser la oración. Os compete, por tanto, promover estos actos animados por un claro espíritu de oración. Sería deficiente que no incluyerais entre vuestras actividades otra forma de culto que el de la procesión anual.
El día del Señor

Por eso, y como lo más importante, quiero recordaros la centralidad que ha de tener la participación en la Eucaristía dominical en la espiritualidad cofrade. Ella, como fuente y cumbre de la vida cristiana (LG, 11) propicia ese encuentro con el Señor del que venimos hablando a lo largo de estas páginas. Se decía de los primeros cristianos que no podían vivir
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sin la Eucaristía. En efecto: “Cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la cruz, en el que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado (1 Cor. 5,7), se realiza la obra de nuestra redención. El Sacramento del Pan eucarístico significa y al mismo tiempo realiza la unidad de los creyentes, que forman un sólo cuerpo en Cristo (cf. 1 Cor. 10,17)” (E in E. 21). Respecto del domingo, hago mías las palabras de Juan Pablo II: “Renuevo, por tanto, la invitación a recuperar el sentido más profundo del día del Señor, para que sea santificado con la participación en la Eucaristía y con un descanso lleno de fraternidad y de regocijo cristiano. Que se celebre como centro de todo el culto” (E in E 82). Siendo las Cofradías unas asociaciones de fieles que tienen entre sus fines la promoción del culto cristiano, es necesario que los cofrades hagan del Domingo el centro de su vida y de todas sus realizaciones. Es de alabar la iniciativa existente en no pocas Cofradías de participar y animar como tales alguna de las Eucaristías de la parroquia a la que pertenecen. Quiera el Señor que, animados por los propios Consiliarios, el ejemplo crezca entre los cofrades jienneses.
Encuentros de oración

El Siervo de Dios Juan Pablo II, en su exhortación postsinodal “Ecclesia in Europa” nos dejó escrito algo que sigue estando de total actualidad para los fieles cofrades: “Nunca se descuide la oración personal, que es como el aire que respira el cristiano. Y se eduque también a descubrir la relación entre ésta última y la oración litúrgica”. Sería muy útil que con cierta periodicidad se programen momentos de oración, actos de piedad popular y celebraciones litúrgicas. Con ello se potencia el auténtico sentido cofrade y se estimula la vida cristiana en los miembros de las Cofradías. En el presente curso sería de alabar que incluyerais en vuestras programaciones la creación de una Escuela de oración donde poder aprender o profundizar en el encuentro personal con el Señor. Para ello os sería de gran utilidad contar con el párroco o con el consiliario, quienes podrán señalaros los pormenores en torno a los actos a que me estoy refiriendo. Lo que importa es que la Cofradía
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apoye a los cofrades en el proceso ordinario de su vida cristiana potenciando aquellas ayudas que puedan serle más propicias.
El santo Rosario

Hace pocas fechas os escribí con motivo del mes de octubre una carta sobre el santo Rosario. Reitero aquí lo que allí afirmaba: El rosario es el mejor ramo de rosas que podemos ofrecer a nuestra Madre y es, a la vez, la oración contemplativa y cristocéntrica inseparable de la meditación de la Sagrada Escritura. Tomemos en nuestras manos el Rosario. Contemplemos a Cristo con María, para comprenderlo y configurarnos con Él, para contemplar su rostro y anunciarlo junto con María a los demás, para llevar su amor al hermano. Descubramos la riqueza tan profunda de esta oración a la luz de la Escritura, en armonía con la liturgia y en el contexto de la vida cristiana. Hermosa plegaria la del Rosario en el marco de la familia, en los labios del enfermo y del joven, del sacerdote, consagrados y en las comunidades cristianas. No estaría de más que establezcáis unos días para uniros al rezo parroquial del Rosario. Podríais solemnizarlo adecuadamente en algún día, de acuerdo con el Párroco.
Actos institucionales de la Cofradía

El cofrade ha de cuidar con todo interés la preparación y el desarrollo de los actos institucionales de la Cofradía como son: la Misa de apertura de curso, las celebraciones festivas propias de su titularidad, los novenarios, quinarios o triduos preparatorios a la celebración de la fiesta de cada cofradía o a la procesión durante la Semana Santa. Con el mismo interés y con renovadas formas en función de la eficacia, los responsables de las Cofradías y Hermandades han de cuidar la asistencia y la participación del mayor número de cofrades o hermanos a estos actos. Entre las tareas concretas que destaca el Plan Pastoral diocesano para el presente curso pastoral se propone a la Delegación de Cofradías y Hermandades aportar pautas para la “renovación de los cultos litúrgicos”. Les invito, por tanto, a reflexionar sobre esta propuesta y llevarla a la práctica durante el recorrido de los próximos meses.
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IV. CONCLUSIÓN
Mis queridos Cofrades: si alguien, al leer esta Carta piensa que la oración es una manera de evadirse o pretender salirse de las obligaciones y deberes del mundo, se equivoca. La oración tiene una proyección social inmensa. No podemos caer en un espiritualismo tal que, encerrándonos en nuestro mundo interior de manera egoísta, no percibamos ya la realidad que nos envuelve, y nos alejamos del compromiso inmediato, de la entrega, de vivir el amor y acabamos por no orar ni vivir “en el espíritu de Jesús”. Tampoco el activismo es la senda correcta porque nos despersonaliza y acaba vaciando de contenido nuestras vidas. Su primer móvil no es el amor, sino la acción al precio que sea, y su fruto una desconexión vital con el motor único de nuestra existencia: el amor y la entrega a la persona de Jesús en los demás. Naturalmente que, en esta Carta, no he pretendido agotar el tema de la oración. Será el mismo Espíritu Santo, por la maternal intercesión de la Virgen María, quien, si somos fieles a la oración, nos irá llevando por vías de contemplación e intimidad con El, con el Padre y con Cristo cada vez más intensos y hermosos; y al mismo tiempo, esta experiencia del Dios liberador nos enviará al mundo para llevar su presencia a todos nuestros hermanos. Para terminar, imploro el socorro y la bendición de la Madre del Señor, Maestra de oración (Cf. Lc. 1, 26-38). A Ella le ruego que nos consiga la gracia de descubrir la importancia de la oración y perseverar en ella. Os bendice, con todo afecto en el Señor

+ RAMÓN DEL HOYO LÓPEZ. OBISPO DE JAÉN
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