Juegos funerarios

Mary Renault

Mary Renault

Juegos funerarios

Juegos funerarios Mary Renault SALVAT Diseño de cubierta: Ferran Cartes/Montse Plass Traducción: Rafael Urbino Traducción cedida por Editorial Edhasa Título original: Funeral Games © 1995 Salvat Editores, S.A. (Para la presente edición) © 1981 Mary Renault © 1983 Edhasa ISBN: 84-345-9042-5 (Obra completa) ISBN: 84-345–9072–7 (Volumen 29) Depósito Legal: B–3599–1995 Publicado por Salvat Editores, S.A., Barcelona Impreso por CAYFOSA. Febrero 1995 Printed in Spain–Impreso en España CONTRAPORTADA Alejandro Magno, rey de los macedonios y dueño y señor de la mitad del mundo conocido, vive sus últimas horas bajo un angustioso calor, que parece derretir los muros de su palacio babilónico. A la muerte del emperador, militares y cortesanos se disputan el poder sobre los incontables dominios de Alejandro. Grecia, Egipto y parte de Asia son los codiciados tesoros por los que la vida humana y el código del honor perderán su valor en un complejo tramado de intrigas. Sólo un joven persa se mantendrá fiel a la memoria del gran emperador. Mary Renault es el pseudónimo de Mary Challans (1905–1983). De origen británico, realizó sus estudios en Oxford y asistió como enfermera a las tropas aliadas durante la II Guerra Mundial. Posteriormente pasó a residir en Sudáfrica, desde donde recorrió buena parte del continente negro. Asimismo, viajó exhaustivamente por Grecia. De Mary Renault también se han publicado en esta colección Fuego del paraíso y El muchacho persa, que con Juegos funerarios forman la extraordinaria trilogía dedicada a Alejandro.

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Mary Renault

Juegos funerarios

«Preveo grandes competencias en mis juegos funerarios.» Palabras de Alejandro Magno en su lecho de muerte, según testimonios.

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Regreso por el desierto de Gedrosia en condiciones extremas. Alejandro vuelve a la India. En su lecho de muerte entrega el anillo real a Pérdicas. Ella permanece en el harén del palacio con su abuela Sisigambis. Boda con Estatira. Alejandro va a Babilonia y organiza el funeral de Hefestión. explorando las costas de Arabia.Mary Renault Juegos funerarios HECHOS PRINCIPALES ANTES DE LA MUERTE DE ALEJANDRO 326 a.C. Se prepara para su próxima campaña. hija de Darío III. Durante su marcha a lo largo del Indo recibe una peligrosa herida en el pecho.C. acompañado por Roxana. 323 a. Alejandro en Susa. y su amigo Hefestión. 324 a. Roxana queda embarazada. 4 .C. su esposa desde 328. su lugarteniente desde la muerte de Hefestión. 325 a. Hefestión enferma repentinamente y muere.C. Luego de navegar en el bajo Éufrates contrae una fiebre fatal. Alejandro va al palacio de verano de Ecbatana.

Estaba débil. las vigas inclinadas. destellos de oro. Hubo un silencio hostil. –El año no ha sido auspicioso para las grandes obras –dijo rígidamente un sacerdote de Marduk–. Esto por un tiempo. Los sacerdotes que entraban usaban la alta mitra de fieltro de los caldeos. cara morena y manto escarlata. Se abrió una puerta detrás del altar y entraron dos sacerdotes de Marduk. En las cercanías estaba el templo del dios que los hombres de Jerjes habían conseguido demoler a medias. el fuego sagrado ardía en el cuenco de bronce. ellos ya estaban allí. La puerta se cerró. Esto –dijo– fue lo que auguramos para Babilonia. a pesar de estar abstraído. Las murallas de la ciudad interior junto a la Puerta de Marduk tenían trescientos pies de altura.C. desde que Jerjes había humillado a los dioses de la rebelde Babilonia. reparó en la debilidad de la llama. raza contra raza. El resto del techo estaba remendado con barda y apuntalado con vigas de madera tosca. Por la abertura se veía una habitación lujosa. indicándole la parte rota del templo. No puede hablar. el techo deteriorado. aunque lo llamó Heracles –dijo uno de los caldeos. Los lanceros. y al hombre que había regresado este año. ¿En qué estás pensando? ¿Debe un rey morir por culpa de tu pereza? ¡Muévete! Viniste al mundo cuando tu madre dormía y roncaba.. señalando las paredes derruidas. Babilonia dejará de ser. El jefe de los sacerdotes de Marduk dijo con dignidad tratando de ser conciliador: –Sin duda vuestra predicción fue atinada. de barba plateada. Pero pronto la habrá. intercambiaron una mirada. la disciplina del templo no era rigurosa. pero el zigurat se erguía por encima de ellas. –No –dijo el primer caldeo–. Él es fuerte como el león de la montaña. las losas tiznadas por el fuego–. Los cielos dicen que empezará con la muerte del rey. pero con los ojos profundos 5 . Los caldeos. Sus esclavos extranjeros pelearon entre sí. Pasaron media mañana desfilando por su alcoba y él los saludó a todos por señas. En un altar de pórfido. con colgaduras bordadas. la enorme mole del zigurat había desafiado la destrucción. –¿No hay novedad? –preguntó el sacerdote de Marduk. Eso lo agotó. arrojándose de la torre. Pero éstas eran pequeñas mutilaciones. los recibió a todos. os lo habéis comido y bebido todo?». y ahora está en el sueño de la muerte. Hacía un siglo y medio que el zigurat de Bel–Marduk estaba derruido. y luego. reinaba aún una oscuridad venerable. aún sería afortunado y estaría seguro en Susa. el pelo rojizo blanqueado por el sol y entrecano. –Aún no es la hora –dijo el sacerdote–. exigiendo verlo. los guerreros de infantería. Nabucodonosor construyó en un año nefasto. –Hicimos lo posible para alejarlo de la ciudad –dijo uno de ellos–. si no hubiera desafiado al dios. –Hizo un ademán con la vara con estrellas de oro. El acólito hizo una apresurada reverencia. –Caminó hacia la entrada y escuchó. curtido y avejentado. El acólito rapado miró al sacerdote que. pero los ruidos de la noche no habían cambiado–. Las cornisas de las terrazas se habían desmoronado en deslizamientos de betún y arcilla. como diciendo: «¿Dónde está el oro que el rey os dio para reconstruir. El caldeo de más edad. tardará en morir. recordando un viejo escándalo. Se acercaron al altar con gestos rituales. Echó una severa ojeada al edificio derruido. inclinándose con la mano en la boca.. –Trae combustible. Quizá ni siquiera el día. Pero él había oído que no habían restaurado el templo y pensó que le teníamos miedo. anidaban cigüeñas en la cima deteriorada que en un tiempo había albergado la dorada alcoba del dios y su concubina sagrada con su lecho dorado. ¿Habéis leído los cielos desde entonces? Las altas mitras se inclinaron para asentir. No a los comandantes. El sacerdote recordó al espléndido joven que ocho años atrás había venido con una ofrenda de tesoros e incienso árabe. apenas puede respirar. Dos sombras ocuparon la entrada del templo. Había olor a carne con especias. En el extremo interior. un olor a incienso y a ofrendas quemadas. la caja de combustible estaba vacía. le hizo una seña al sacerdote de Marduk. bajo un conducto para el humo. En cuanto a Sikandar. –A mi entender prosperó mucho junto al dios. Pero cuando los soldados de su tierra clamorearon en la puerta.Mary Renault Juegos funerarios 323 a. donde frente a las columnas había esmaltes espléndidos pero descascarillados.

podrían comer algo antes que empezaran los llantos. recordando la luz que esparcía cuando estaba en el cielo. Un tercer fragmento inició un incendio que destruyó un bosque. incluso entre hombres que sabían gozar de la vida. pero sin duda no se produciría ninguno ahora. –Recuerda el fuego que cayó del cielo el año pasado. gritar una orden. Observó el rollo inconcluso clavado en el escritorio. no un asesinato. porque ese día su esposa había alumbrado mellizos. No lo verás ponerse mientras vivas. aún plenos del encanto desenfadado de los jóvenes amados. Los escribas locales usaban arcilla húmeda. llamar. Luego tomaré el mando de las fuerzas de tierra e iniciaré la marcha hacia el Oeste.. «Y las naves comandadas por Nearco se reunirán en la desembocadura del río. Dijeran lo que dijesen los astros. El astrólogo frunció el ceño como un adulto eligiendo palabras para hablar con un niño. El sacerdote esperó respetuosamente. salvo por milagro? Se habían producido muchos milagros. De la cocina le llegaban aromas. –Bien. –¿Lo veremos? ¿Vendrá un nuevo Jerjes? El caldeo meneó la cabeza. la buena comida era la buena comida. –Aquí donde estamos –dijo el viejo caldeo. pelearon. y ambos hombres murieron. Pero el mago del lugar había tomado el fragmento más grande y lo convirtió en el altar del fuego. pese a todo? –Está agonizando. Con suerte. la mitad estaba todavía en las arcas. Pero un vecino se lo había robado pretendiendo disfrutar de su poder. Era mejor invitar a los caldeos que dejar que la carne se estropeara por esperar. La cera tenía un brillo húmedo en la tablilla que estaba transcribiendo. Pero descubrimos que al caer se había partido en rescoldos rojos que calcinaron la tierra alrededor. El sacerdote inclinó la cabeza. eran cosas impensables. –Una muerte. lo alejaba del futuro desconocido. como te he dicho. Hacía veinte años que no escribía con su propia mano cartas que no fueran muy secretas. aún terribles en su furia.Mary Renault Juegos funerarios aún ardientes.» 6 . más allá de lo que podemos calcular en años. y allí se harán sacrificios a los dioses adecuados. Y todo esto de una sola estrella. Un granjero había llevado uno a su casa. pero le habría venido bien el esclavo silencioso y la agitación del abanico. La primera etapa. el leopardo amamantará a sus crías. voces bajas. la apoyó. pero la arcilla estaría endurecida antes de la revisión. el oro mucho más en el erario.. ¿Por qué escribía ahora una que jamás se despacharía. se secó la mano con la toalla que había dejado el asistente y recogió la pluma. –¿Cómo? ¿Entonces vivirá. Está bajo el signo del rey. Ese oro hablaba ahora de llamas y de sangre. furtivas. Sentándose de nuevo retomó la tablilla. para mantener en condiciones la superficie. mientras vivió no nos hizo daño. reverentes o plañideras– lo obligaron a volver a su silenciosa tarea detrás del cortinaje. No había buscado a su asistente. Era algo que hacer. Las murallas del palacio de Nabucodonosor tenían más de cuatro pies de espesor y estaban revestidas con azulejos esmaltados. Pero para el sacerdote de Bel Marduk ya no resultaba placentero. escrutando las sombras–. una semana de viaje. Batir las palmas. Fue por tercera vez a la puerta en busca de un esclavo que lo abanicara. El ánimo se le apagaba como el fuego del altar cuando no lo alimentaban. El aroma del incienso había perfumado mucho tiempo en el aire. un hombre parlanchín. No se oía nada en el palacio real. Otro fragmento cayó a los pies de un niño mudo que recuperó el habla. donde les pasaré revista mientras Pérdicas trae el ejército desde Babilonia. la sumergió nuevamente en la tina de agua fría que su asistente le había dejado con los otros borradores. y fuimos allá. Había iluminado la ciudad con más brillo que la luna llena. Oímos dónde cayó. Una vez más los ruidos prudentes y sigilosos –pasos suaves. Así será. El sudor que goteaba por la muñeca de Eumenes manchaba la tinta del papiro. pero el calor del verano lo atravesaba todo. Otra ciudad se levantará y la nuestra decaerá. Tal vez sea benigno después de muerto. Pero su signo camina a lo largo de las constelaciones.

. –Pérdicas lo interrogó. –Al menos –añadió Tolomeo–. Todos confían en ti. encogiéndose de hombros. –Ahora da lo mismo. –Se miraron. había pasado la noche en vela. Eumenes dejó la pluma e irguió la cabeza. Aparentaba más de sus cuarenta y tres años. Tolomeo abrió la cortina y la cerró al entrar. Si él hubiera estado en la habitación. nunca lo sabremos. ¿No quieres estar allí? –¿Los macedonios me quieren allí? –Un viejo resentimiento torció por un instante la boca de Eumenes. Esta puerta pesa como un elefante. «Si Hefestión hubiera estado allí». Él estaba inclinado. vamos. –¿Hay algún cambio? –dijo Tolomeo. Tenía arrugas de cansancio en la cara enérgica y curtida. Eumenes dijo: –¿Nada sobre Roxana y su hijo? ¿Nada? –Faltan cuatro meses. Tenía mi regla sobre su palma.. le faltaba el aliento. Creo que no. ¿Acaso tiene miedo de algo? –Vine a verte porque tú y yo lo conocimos desde que nació. Pero más valía no hablar de Hefestión con Eumenes–. –¿Qué atribuciones le dio? ¿Las de delegado? ¿O regente? –Como no puede hablar –dijo secamente Tolomeo–.. Hotí to kratisto ». –Escribe mi nombre. –Quién sabe. No puede ver ni oír. vieron que estaba 7 . –No.. escrita con letras grandes? –Es el nombre de tu padre. Hubo una pausa. El secretario ordenó lentamente sus utensilios. A causa del calor había dejado abierta la puerta maciza.. Al día siguiente lo había aprendido y lo había tallado en la cera de una carta real para Cersobleptes de Tracia. también él había combatido– escrutó la cara impasible del macedonio. Hazlo.. Tolomeo reprimió un gesto de impaciencia.. mientras aún podía emitir un susurro. –¿Qué es eso. Se acercaron pasos. –Le ha dado el anillo a Pérdicas –dijo Tolomeo.. él vino a verme al estudio del rey. De lo contrario. –¿Qué dice esa primera palabra. se dirigía a Macedonia para tomar la regencia de Antípatro–. Filipo. eso nos contó Pérdicas. Está en el sueño de la muerte. –Si él ha aceptado la muerte –razonó Eumenes–.. –dijo Tolomeo. –Oh. «Dicen que los moribundos pueden hacer profecías. Se estremeció. He sabido de hombres a quienes ya se daba por muertos que más tarde declararon que lo oían todo. podemos presumir lo segundo. sin el estímulo de la acción. Eumenes? –Una carta. Crátero. en el dorso de un despacho inservible. remontar los pestilentes pantanos.. Estos griegos charlatanes. –No estés tan seguro.Mary Renault Juegos funerarios Cuando tenía cinco años. –¿Y no dijo nada sobre un heredero? –preguntó secando la pluma. Un joven oficial macedonio se les acercó torpemente. señor. Nadie más pudo oírlo. por favor. Él sólo dijo: «Al mejor hombre. pensó. –El oficial se esforzó por dominarse. Él no habría cometido ninguna de esas locuras que lo llevaron a la muerte. antes que le enseñaran a escribir. La atenta cara griega de Eumenes –no una cara libresca. Eumenes esperó en silencio. Venir a Babilonia en verano. pensó Eumenes». nada de esto habría pasado. –¿O Kratero? Dices que susurraba. rey de Macedonia. ¿Y si tiene una niña? El corpulento macedonio y el esbelto griego avanzaron por el corredor sombreado.. el más eminente general de Alejandro. discretos como todos los demás sonidos. Se lo di escrito. ¿Quieres que la cierre? Deteniéndose en el umbral. Ahora estoy ocupado. Pronto te necesitaremos. Ve a jugar.. casi tropezó con Tolomeo y tartamudeó una disculpa. Pero si él hubiera vivido.

que había estado absorto en sus pensamientos. Nos encomendó a nosotros. y empequeñecido por tantos esplendores. lo llevó de nuevo a su habitación y cerró la puerta de ébano de goznes crujientes–. los amigos del rey no habrían podido conseguir esposas persas. había tenido lugar suficiente. vamos. con el mismo crescendo.. pensó.. –Estatira también está encinta –dijo Tolomeo. hasta que de pronto él se encontró a solas en un pabellón perfumado. Yo aún no puedo. los macedonios.. Eumenes. Le hizo bien. Darío el Grande había revestido las columnas con oro y malaquita. Había reñido con Hefestión poco antes de su muerte. se había vuelto cada vez más persa por obra de los reyes desde Ciro en adelante. Caminaron entre las paredes azulejadas del corredor hacia la cámara mortuoria. con alas de plata y ojos enjoyados. Debiste saberlo antes. –Espera. Jerjes había colgado en un costado la túnica dorada de Atenea. 8 .Mary Renault Juegos funerarios llorando.? –¿No recuerdas? No.» La boda colectiva en Susa se había celebrado como un drama de magnificencia sobrehumana. –Esa vieja bruja –dijo Eumenes con amargura. El segundo Artajerjes había traído artesanos de Persépolis para que construyeran la gran cama donde Alejandro ahora agonizaba. mi señor» –Una gran dama –dijo Tolomeo–.. Los jadeos bruscos y monótonos crecían gradualmente. quedó paralizado. apoyado en almohadas que lo ayudaban a respirar. ¿Pérdicas lo sabe? –Precisamente por eso le pidió que nombrara al heredero. –Eso pertenece al pasado. luego cesaban. –Ese muchacho todavía cree –dijo Tolomeo cuando el oficial se alejó–. Sí. El gran dosel estaba sostenido por cuatro demonios del fuego esculpidos en oro. El tercer Darío. empezaban de nuevo. dime –dijo Eumenes con impaciencia. acostado con una noble persa cuyos ungüentos le daban asco y que no sabía más palabras griegas que «Salud. Será mejor que te diga esto mientras aún hay tiempo. A estas alturas ya tendría un heredero de catorce años. y Alejandro ya no confiaba tanto en él.. Cuando terminó con ellos y venia hacia aquí. es un macedonio hasta el final. es la esposa de Alejandro. la responsabilidad de elegir cuando los niños alcancen la mayoría de edad. –Sí.. un hombre de gran estatura. Ella no le habría hecho detestar el matrimonio cuando era niño. ¿Cuándo. Lástima que la madre de él no fuera como ella. lentamente. Habías ido a Babilonia. Necesitaba alguna actividad. La cama era de nueve pies por seis. –Si son varones –le recordó Eumenes. Lo habían tapado hasta la cintura con un manto de lino al desaparecer las convulsiones. Eumenes no dijo nada. –¿Y aun así él se negó? –«Al mejor hombre» –dijo–. se le adhería a la piel como si estuviera esculpido. Yo lo incité. Ella lo habría hecho casar antes que saliera de Macedonia para que tuviera un hijo varón. La alcoba de Nabucodonosor. Cambises había adornado las paredes con los trofeos de la conquista de Egipto. Empapado en sudor. Le dije que exigían el pago de peajes y él se enfureció. –Y si alcanzan la mayoría de edad –dijo Tolomeo. Cuando Alejandro se recobró de la muerte de Hefestión (era imposible callar el nombre constantemente) fue a guerrear con los coseos. «Pero de no ser por ella. –Tolomeo le aferró el brazo. pero. se detuvo una semana en Susa para visitar a Sisigambis. Al cabo de una pausa durante la cual nadie más respiraba en la alcoba atestada. robada del Partenón. claro. que antes no podía estarse quieto de ansiedad. Pero Estatira. ¿De quién fue la culpa de que él no estuviera preparado para las mujeres hasta que conoció a la bactriana? –Así llamaban la mayoría de los macedonios a Roxana en privado. –¿La hija de Darío? –¿Cuál otra? A fin de cuentas. en un tiempo pesadamente asiria. –Pero esto lo modifica todo. –Bien. El moribundo estaba desnudo. El estrado estaba cubierto por tapices carmesíes con galones de oro.

en una mesa maciza como un altar.. como semidiós. pensó Tolomeo. jamás lo envidiaba. El ruido llamó la atención de Eumenes que se apresuró a desviar nuevamente la mirada. reflexionó Tolomeo. jamás perdía a propósito cuando competía con él. sí. Ese orgullo que te disgustaba fue la salvación de Alejandro. agitó el abanico removiendo el caluroso aire babilónico. Alguien había hecho lugar para apoyar un objeto y un pequeño Hefestión de bronce se había caído. en medio de su propio pesar y su presentimiento de una crisis inminente. Eumenes. hombres asustados que alguna vez habían reñido con el difunto– realizados por los mejores artistas que pudieron encontrarse en tan poco tiempo para consolar a Alejandro. Quédate si lo deseas. con la contextura de un macedonio. Yo lo supe cuando ambos estudiaban juntos. Se había quedado para relatar su historia a los cronistas y. Había soportado incluso el vendaval que siguió a la muerte de Hefestión. sentía piedad por el persa. Contra la pared más próxima a la cama. La belleza que había deslumbrado a dos reyes. decirle en qué se equivocaba. arribistas asiduos. en cuyo rostro la autoridad se acentuaba gradualmente. Allí. Hizo una seña a Tolomeo con las cejas pobladas y oscuras. un murmullo de fondo para el ritmo intenso de la muerte. no era ya tan visible. Endiosado y multiplicado. Al final pensaba que él era el único que comprendía. Hefestión aún estaba endiosado. persiguiéndolo día y noche. aparentemente sin dormir. ¿Acaso pensaba que si reparaban en él lo echarían? ¿Qué pensará?. Tolomeo lo levantó. él le hizo bien a Alejandro. Pérdicas estaba junto a la cabecera de la cama. Hefestión en bronce. era arrogante de vez en cuando. Con la mirada fija en los ojos cerrados de Alejandro. Se habrá acostado con Darío en esta misma cama. Ese silencioso cabeceo indicaba: «Aún no hay cambios» El movimiento de un abanico llamó la atención de Tolomeo. un Ares desnudo con escudo y lanza. Bagoas miró en derredor. desde entonces. como plateado estandarte del escuadrón que llevaría su nombre. en el estrado. Era la persona indicada pues había sido uno de los sicarios del rey y conocía las intimidades de la corte. Tolomeo dijo–: Él no se dará cuenta ya. Lo salvó de la soledad. Pero esa presencia se había impuesto. El persa la ahuyentó. Ahora que había dejado de reaccionar. Echando una ojeada a la cara ciega del moribundo. A los dieciséis años un general persa involucrado en el asesinato de Darío lo había presentado a Alejandro como testigo de sus declaraciones. Tenía capacidad para resistir. Los ojos grandes y oscuros estaban hundidos en la cara más demacrada que la del moribundo víctima de la fiebre. Bagoas se llevó los dedos a la frente. Bagoas. con armadura de oro. aunque ya debía de tener veintitrés años. era un hombre alto. Así lo consideraba Tolomeo. Amaba a Alejandro y nunca lo usó. un murmullo suave empezó a propagarse. Ahora se ha ido y a 9 . y quién sabe de qué más. aprovechó tanto como él las lecciones de Aristóteles. nunca se había apartado de Alejandro. «Ahora no tienes nada que temer». se preguntaba Tolomeo. rostro y miembros de marfil. resabios avejentados de la corte de Darío y aun de Oco. Al final de sus días podía hablar con Alejandro de hombre a hombre. Esperad a que él se vaya. jamás lo incitaba. ¿Y hasta qué punto se equivocaba? Acéptalo. –Ve a descansar. jamás le mentía. El mal momento había pasado. la primera maqueta para la estatua destinada a su templo en Alejandría. Es tu derecho. –Un grupo de eunucos. jamás lo adulaba. Era como si le hubieran dicho que estaba condenado a una ejecución inmediata. Oh. una sentencia esperada mucho tiempo. incitándolo a asumir los atributos de la realeza persa y los modales de la corte persa. y nunca lo temió. Estaba vestido como un sirviente. Él era alguien en sí mismo y ambos lo sabían. Al principio a Tolomeo le había disgustado esa presencia exótica que rondaba los aposentos de Alejandro. –De acuerdo –dijo Tolomeo gentilmente–. Se acercó y le tocó el hombro. aunque no con la misma complexión. estaba desde hacía días el muchacho persa. Una mosca revoloteó sobre la transpirada frente de Alejandro. en mármol teñido con una corona de laurel dorado. con los eunucos costaba distinguir.. allí estaban las estatuillas y bustos votivos –obsequiados por amigos apesadumbrados.Mary Renault Juegos funerarios Hasta hacía unos instantes el silencio había sido casi total. Deja que otro de los chambelanes haga todo esto. Tolomeo. luego dejó el abanico para humedecer una toalla en un cuenco de agua aromatizada y enjugar la cara inmóvil. demasiado discreto y cauteloso para ser individualizado. se adelantó servicialmente.

no se podía encontrar a nadie que lo atendiera. Desde luego se había llevado a sus favoritas. apoyó la mano en la frente de Alejandro.Mary Renault Juegos funerarios esto hemos llegado. Salvo por ese movimiento. –Velamos toda la noche. habría podido ser una estatua tallada en marfil. hacía tiempo estaban instaladas en Susa. Mientras pudo hablar. Tolomeo notó que Eumenes le hablaba. Se adelantó. Los apiñados funcionarios se separaron para dejar entrar a un macedonio alto y fornido vestido con ropas persas. Alejandro se había negado a tener ningún médico cerca. digan lo que digan los caldeos. los ojos nuevamente cerrados. Alejandro abrió los ojos grises. Y eso era todo. Ahora estaba inmóvil. –Movió la mano –dijo Pérdicas. murmuró gravemente y retrocedió. no habrá más milagros». Por un instante. pantalones incluidos. Estará mejor donde está». Pero el callado Bagoas. estaban las sobrevivientes del harén del rey Oco que. Lo volvería a ahorcar si pudiera. aparentemente. Se elevó un murmullo. empujado desde atrás por Pérdicas. Estaba al borde del llanto. formaban una camarilla que odiaba a las 10 . «No. en poco tiempo ya no habría gran rey. Pero antes que pudiera adelantarse para reprenderlo. Pérdicas tensó la boca. –Vendrá Peucestes. las exhalaciones cobraron un ritmo más regular y los párpados se movieron. le tomó la muñeca. «Maldito sea ese matasanos. Las voces se ahogaban presas de creciente temor. Se volvió para buscar a Tolomeo. excepto que no sabían de ningún heredero que las heredara a ellas. no sin advertir que le sentaban bien. Si él estuviera vivo. pero de diferente modulación. aunque Bagoas aún los miraba como en trance. le preguntó: –¿Roxana lo sabe? El harén del palacio era un claustro espacioso construido alrededor de un estanque de lirios. Pérdicas le salió al encuentro. dejó el abanico y. como si la mano del médico hubiera despertado una chispa de vida. Constituían una herencia indeseable que. Alejandro ya no tragaba. Un médico atemorizado. de los días en que él era un noble no destinado al trono. Tolomeo y Pérdicas dieron un paso hacia adelante. pero éste se había alejado para recobrar la compostura. Ninguna de las mujeres que vivían en el harén había visto al rey moribundo. El dios dijo al amanecer: «No traigáis al rey al templo. pues todos temían que después los acusaran de haberlo envenenado. Habían oído hablar de él. a quien todos habían olvidado. las que no habían logrado despertarle mayor interés o las que habían llegado demasiado tarde para atraerlo siquiera. para consternación de la mayoría de sus compatriotas. Susurró algo suavemente. los ojos clavados en la cama. pensó Tolomeo. Las que habían quedado estaban extrañamente mezcladas. Se agitó la sedosa melena del persa. cuando movió la mano casi había creído que se produciría otro. pensó Eumenes. Aquí también había voces susurrantes. allí había toda clase de personas. como si nadie más estuviera presente. por decoro. e incluso cuando cayó en la inconsciencia. Cuando le concedieron la satrapía de Persis había adoptado las ropas nativas para complacer a Alejandro. con un par de viejos eunucos. rozándola con su pelo castaño claro. Las concubinas de más edad. Ahora ya daba lo mismo. habían vivido cómodamente sin ser molestadas. –¿Qué? –dijo roncamente.» Creyeron que cuando cambiara el ritmo de los jadeos sólo sería para que llegaran los ronquidos finales pero. que dejó morir a Hefestión para asistir a los juegos. habían esperado una visita que nunca llegó. hoy todos estaríamos celebrando en Susa. no habían sido despedidas cuando murió. apartándose de la cama. Los ojos de los dos hombres intercambiaron un mensaje. aquí estaban las muchachas que le habían conseguido después de acceder al trono. Aquí estaban todas las mujeres que Darío había dejado cuando marchó hacia su destino en Gaugamela. el persa retomó su puesto y recogió el abanico. Pérdicas dijo formalmente para que escucharan los presentes: –¿Recibiste un oráculo de Sarapis? Peucestes inclinó la cabeza. los pocos hombres de este mundo de mujeres eran eunucos. se inclinó sobre la cabeza del moribundo. Además de éstas. Fue Peucestes quien.

victorias legendarias. las sofisticaciones del tocador. pero los eunucos también lo habían callado. pero estaba en guerra con los coseos de las montañas. El harén volvió a caer en su letargo. todo era impecable. Luego puso manos a la obra. los celos y escándalos resultantes llenaron muchas largas y calurosas noches asirias. Este formidable personaje era aguardado con temor. nada menos que el célebre Bagoas. sin duda encontraría. También causaba impresión. nadie había venido a buscarlos. Diez años en la corte le habían pulido los modales como plata vieja. Todo esto había sido reparado. la ubicación inspirada de una joya. lo cual siempre hacía sentir provincianos a los babilonios. desde luego. sin embargo. Sisigambis. después de largos años en el oriente inexplorado. Luego. En Susa. se los habían llevado recurriendo a toda clase de artimañas. pero sorprendentemente resultó ser sólo un joven. Cuando la reinició. Hubo un par de insinuaciones reprobatorias («Creo que la costumbre en Susa es tal y cual. El harén despertó como de un sueño. pero interrumpió la marcha en Susa.. Al fin estuvo en camino. la envidiosa desesperación cuando los días menstruales obligaban al retiro. La situación de las concubinas de Darío era diferente. la fuente tapada con desechos verdes y peces muertos. eran educados como hombres por parientes lejanos. También habían nacido hijos varones. quince.. habían tenido relaciones entre sí. Darío también había sido generoso. Los eunucos se alarmaron. no obstante. llevándole coronas de oro y pidiéndole consejo. Sin embargo. las plantas secas y las trepadoras. Vestía de seda. la tierra había temblado bajo los caballos y los carros. Al día siguiente se anunció que el jefe de los eunucos del rey inspeccionaría el harén. y brillaba como el pecho de un pavo real. Bagoas lo insinuó en silencio. el soborno para obtener las primeras noticias sobre una visita real. abriendo apenas las delicadas fosas nasales. Esas habitaciones estaban separadas del resto y tenían su propio patio. y el palacio había hormigueado con el olvidado ajetreo de la llegada de un rey. un género jamás visto dentro de esas paredes. Más tarde. pese al descuido. los elefantes y los hombres de infantería.») pero el pasado quedó sin examinar.Mary Renault Juegos funerarios mujeres de Darío. aunque autocomplaciente. peligros en los desiertos. los eunucos. No podía precisar cuándo el atareado rey tendría tiempo para visitar el harén. exquisitamente embaldosado. un amante– había muerto y lo había enloquecido el dolor. sicario de dos reyes. a los eunucos que había conocido en tiempos de Darío y se inclinó respetuosamente ante algunas de las esposas de más edad. embajadas de todos los pueblos de la tierra le salieron al encuentro. Como hacía tiempo que ningún rey residía en Babilonia. Algunas de las muchachas. el regalo que las honraba después de una noche afortunada. aún eran suntuosos. Era persa de pies a cabeza. el harén se había reducido. heridas. en los largos días de ocio. el rey comunicó que regresaba. a quienes Oco habría hecho empalar por negligencia. Bagoas manifestó cierta consternación ante el estado de abandono. y no le gustaba que le molestaran. Una muchacha había sido envenenada por una rival. El jefe de la guardia se había dedicado a fumar cáñamo. lo habían callado. pues las madres tenían la certeza de que el nuevo rey bárbaro los haría estrangular. lo estuvieron esperando pero no llegó. Luego había recobrado la cordura. pero las habitaciones aún tenían el olor húmedo del desuso prolongado. Los aposentos de la real esposa. cuando el calor de la primavera anunciaba el verano. Condujeron al jefe de los eunucos 11 . Cuando Darío cayó. Durante todo el invierno. el usurpador a quien sospechaban cómplice de la muerte de su amo. dieciocho años a lo sumo. Lo guiaron hasta allí. Los guardias ocultaban suspiros de alivio cuando Bagoas quiso ver los aposentos de las reales damas. Saludó. ese orden perfecto que trasunta respeto. En el palacio cundió el rumor de que un amigo de la infancia –según algunos. Las habían traído cuando tenían catorce. Habían conocido el verdadero drama del harén: los rumores e intrigas. donde vivía la reina madre. que estaban retozando en el estanque y diciéndose solemnemente que el rey agonizaba. la estación templada de Babilonia en que se celebraban las fiestas. Pero aquí habían visto pocas veces a Darío y ninguna a Alejandro. el triunfo cuando una llamada del señor era recibida en presencia de la rival. ya en edad de ser criados lejos de las mujeres. habían regresado en su momento y a la sazón. Un par de mujeres se las habían ingeniado para intrigar con otros hombres y huir con ellos. De una de esas noches provenían un par de niñas de alrededor de ocho años.

–Supongo que esto pertenecía a la reina Estatira. Sin embargo. más pequeños.. al menos. con los años. Bagoas los inspeccionó. había copiado este tic de Alejandro. –No temáis la extravagancia –había dicho Bagoas–. Los de Bagoas los siguieron imperturbables. Roxana había querido envenenarlo. ved que cumplan con todas las instrucciones. Contra la pared había un gran baúl de ciprés. se había instalado sin reparo en los aposentos que le habían sido destinados. 12 . Estará aquí en siete días. tal como había venido. eran exquisitos. La mujer morena de ojos brillantes y oscuros que bajó del palanquín.. El rey desea que ella tenga un viaje cómodo. Roxana viene hacia aquí desde Ecbatana. Hizo una pausa y los ojos de los eunucos se volvieron hacia los aposentos de la esposa real. Sisigambis los había ocupado al principio del corto reinado del hijo. no era alto. quien conferenció en privado con el jefe de la guardia. –Es lo que no se llevó consigo. La pesada puerta de la alcoba de la esposa real estaba abierta y ambos entraron. que por aburrimiento habían engordado. Ordenaré algunas cosas y mandaré buenos artesanos. Congeniará con el gusto de ella. los saludó amablemente con su persa conciso y formal y no hizo comentarios cuando le mostraron los aposentos de Roxana. A través de rendijas y grietas conocidas en el harén desde los tiempos de Nabucodonosor. O puede serlo. Levantó una bufanda engarzada con perlas de cultivo y cuentas de oro. Sólo ved que los mantengan aireados y limpios. observando que eran más pequeños que los de Ecbatana. –Los eunucos prestaron atención. pero mucho más bonitos. plata con incrustaciones de oro. Si ella hace preguntas. para tratarse de un occidental (la tez clara no era admirada en Babilonia). No se necesita mucho. pero todavía elegantes. pero terrible. las concubinas más jóvenes lo espiaron mientras estuvo allí. afablemente–: No hay necesidad de mostrar esos aposentos a Roxana. pero esto ya lo sabían desde antes. Sin darse cuenta. Al día siguiente. En ese momento. Se rumoreó que poco después de casarse. –Nadie dijo nada. Tan terrible había sido la cólera del rey. Por favor. apenas el que tardaba una mujer cuidadosa en bañarse y vestirse. excepto por cierta opulenta blandura. pero que nunca había vuelto a intentarlo. elegante y sombreado. el embarazo de Roxana aún no era conocido públicamente–. En cambio reapareció Bagoas. un chambelán de edad venerable anunció al rey. –Muy agradable –dijo–. que había reverenciado y estimado a la madre. habían pensado que Bagoas quería ajustar alguna vieja cuenta. Pero el rey no venía. era una belleza deslumbrante y altiva. –Sí –dijo Bagoas–. Bagoas alzó la tapa e inhaló una fragancia difusa. ¿Y si Bagoas había actuado sin autoridad? Se decía que la cólera del rey era poco frecuente. Sin duda debía de tener más de treinta y seis años. Los eunucos esperaron con ansiedad.Mary Renault Juegos funerarios a los aposentos de la reina madre. aquí y allá. pero admitían que era aplomado y aguardaron su regreso para volverlo a ver. decid que están en reparaciones. Esto infundió esperanzas a las mujeres más jóvenes. pues tenía mechones grises en el pelo. Sólo cortinas nuevas. lengua que desconocía antes de casarse. Limpiaron sus joyas y revisaron sus cosméticos. El embarazo apenas se le notaba. dominaba bastante bien el griego. Los favoritos y las esposas eran enemigos tradicionales. Se fue cortésmente. Darío. pero regresó al poco tiempo. A su debido tiempo la caravana llegó de Ecbatana. –Esos aposentos serán cerrados de inmediato. Darío era capaz de brindarle cualquier cosa. siempre se preocupó por su comodidad. Comentaron que era apuesto. ¿Los recipientes de aseo están en el tesoro? Con alivio (pues lo habían tentado más de una vez) el jefe de la guardia los mandó buscar. eran ridiculizadas y lloraban todo el día. Hablaba el persa con fluidez. Como sabéis. ladeando ligeramente la cabeza. Bagoas añadió. Babilonia le resultaba tan extraña como la India. Esperaban una prolongada vigilia. aunque con un acento bactriano que su séquito no hacía nada por corregir. Una o dos. un defecto grave. ¿Tenéis la llave de la puerta exterior? Bien. El mobiliario y las colgaduras enviados eran costosos y los aposentos no carecían de esplendor real en ninguno de sus detalles. Tenían su propio patio.

comparadas con las que tuvo que afrontar cuando los aposentos de la esposa real fueron abiertos y Roxana recibió la noticia. –Bagoas guardó la bufanda y cerró el baúl–. fue enviado para comunicárselo al rey. –Vendrá cuando haya pasado la época más calurosa –dijo–. Si tiene que hacer esto para complacer a los persas. Bagoas lo acarició delicadamente. hemos recibido nuestras órdenes. El rey desea que viaje cómodamente. Cuando regresó ella volvió a intentar hablarle. los eunucos del harén habían sido sirvientes y esclavos de la familia y sabían cuál era su lugar. No es fácil en este momento. Ese pensamiento la aplacó. No hay modo de impedirlo. daba lo mismo que estar en un campamento de Drangiana. célebre en la historia. habrá rumores. el barniz de urbanidad de Bagoas se resquebrajó. En el harén se comentó que el funeral del amigo del rey había sido más suntuoso que el de la reina Semíramis. –¿Ya ha partido de Susa? –Era otra pregunta la que temblaba en los labios del guardián. Se fue y no regresó. la madre del hijo del rey. –Con la cabeza señaló las otras habitaciones–. Estaba segura de que su padre se habría encargado de que ejecutaran al guardián. El rey no llegaba y los días de Roxana eran monótonos. El rey no la soporta. Bajo la bufanda había un velo bordeado con alas verdes de escarabajo egipcio. Pero hacía años que esas mujeres vivían en palacios. La tradicional dignidad de los chambelanes de palacio le parecía mera insolencia. Bagoas hizo una pausa y por un instante pareció un poco inseguro y aún muy joven. –Nunca la vi.. hubiera podido alternar con las concubinas. cuando tuviera noticias de él. Deja todas estas cosas. Cuando Roxana ordenó que azotaran al jefe. que la pira había sido un zigurat ardiente de doscientos pies de altura.. ¿qué me importa a mí? Todo el mundo sabe que yo soy la esposa real. Pero respondió vivazmente: –No. De haberlo deseado. Decían que Bagoas.. Tú lo sabes tan bien como yo. se enfureció al descubrir que nadie tenía poderes para hacerlo. Pero la satrapía que el rey le había concedido estaba en la frontera india. –Hasta ahora. Pero en cuanto se abran estos aposentos.. ¿Era verdad? –¿Quién ha visto a todas las mujeres de Asia? Sí. si es una niña. –Que venga.. en lo que iba a ser el centro del imperio del esposo. El guardián reprimió un brusco suspiro. es posible que lo fuera. Él espera que se obedezcan. que venga ese palo vestido de Susa –dijo a sus damas bactrianas–. El viejo y gordo chambelán y el esbelto y reluciente favorito establecieron con los ojos la inmemorial comunicación entre los de su clase. En su hogar montañés de Bactra. Pero el jefe de los guardianes dijo a quien quisiera oírlo que esas llamas no habían sido nada. La mortal más adorable de Asia. El viejo eunuco bactriano que había traído desde su hogar. si se lo proponía. Pero la actitud de Bagoas lo disuadió de manifestar su curiosidad. Volvió con el informe de que éste estaba remontando el Éufrates para explorar los pantanos. pensó cada cual durante el embarazoso silencio. revelando un profundo pesar.Mary Renault Juegos funerarios Excepto su vida. Las damas comentaron en secreto: –No quisiera ser ese bebé. ella ya habría dado a luz. dicen. A Estatira le gustará tenerlas. Lo reparó de inmediato. ¿El rey se propone decírselo a Roxana? Por un momento. Fue el guardián quien habló primero. algunas desde que ella era una niña en la 13 . que murió en Ecbatana. todo ha salido perfectamente. –Al menos he visto a su hija. Está planeando el funeral de su amigo Hefestión. El guardia habría querido preguntar si era cierto que esa muerte había enloquecido al rey durante más de un mes. ¿podríamos demorar las obras por un tiempo? Si me hacen preguntas sin que haya órdenes del rey. –En ese caso –dijo cautelosamente el guardián–. Bagoas no dejó de advertirlo. primero estaba ocupado y luego estaba afiebrado. Aquí. podía ser el hombre más peligroso de la corte. La huida de Darío en Isos la había condenado a terminar sus días bajo la protección del enemigo. –Se lo recordaré si puedo..

y en el regreso a Persia y Babilonia. Llamó a su eunuco bactriano y a sus damas. antecámaras. Se le había escapado de las manos. golpeándose el pecho. patios. Ella no podía estar en su presencia sin creer que todo estaba todavía bajo su control. para el niño que llevaba en las entrañas. sólo había ido a la de ella. No podían hacer más que correr tras ella. Ya no deseable. Así fue como. un día descubrió una de las antiguas grietas. arañándose la cara. Él nunca la había llamado a su cama. Habría podido reconocer a Tolomeo. no hacían concesiones. en su dialecto nativo–. era inconcebible tocarla. le había dicho. los hombres sólo exhibían a las prostitutas. aunque su esposo jamás se lo había dicho. pero estaba mirando al que había hablado. –¡Sikandar! –exclamó. Como si no hubiera sabido nada hasta el momento. donde el rey instalaba un campamento se descargaban biombos de mimbre de los carretones para que ella pudiera bajar de su carreta y tomar aire. por la herida que había recibido en la India. no una cautiva. ésa también era una costumbre griega. aun si no lo hubiera visto una vez en la India. que debían alzar al rey para que le contestara. se había vuelto autoritario. pues lo había visto en triunfos y procesiones desde las celosías. ¡Sikandar! Él movió débilmente los párpados agrietados y exangües. cuando hacía nueve días que Alejandro sufría la fiebre de los pantanos. sus balcones enrejados. Los ojos cerrados.Mary Renault Juegos funerarios choza montañesa de su padre. Se puso a sollozar. Era la primera vez que entraba allí. los brazos sobre la cama. llegado el caso. –¡Sikandar. Ya no tomaría más decisiones. jamás le respondería lo que había venido a preguntar. oyó a un chambelán chismorreando con un eunuco del harén. y de que la hija de Darío estaba embarazada. sátrapas y capitanes que le debían obediencia a ella. estirándose y encogiéndose con su respiración agitada. y sólo respondió a sus gritos estridentes con un «debo ver al rey». se puso un velo. Sin embargo. Habría adivinado quién era. Temía la aplomada elegancia persa. Las almohadas que mantenían erguido al rey aún le prestaban cierta ilusión de autoridad. En las largas marchas hasta la India. remontando el Indo en la nave insignia de Alejandro. escarlata y oro. Para ella. Él inhaló más profundamente y se sofocó. la charla sofisticada y desdeñosa. Ésa era. la cama custodiada por demonios. familiarizado con esta alcoba donde ella nunca había entrado. Era la esposa del rey. Cuando sucedía algo sin precedentes. La aferraron con fuerza por los hombros. atónitos de sorpresa. permanecía en el harén sólo porque abandonarlo era impensable. rasgándose la ropa. una voz joven y ligera. Era el odiado muchacho persa. parecían evidenciar un ensimismamiento voluntario. casi sin reparar en la carne tibia. Roxana comprendió de golpe y fue como si la hiriera una puñalada. El rey no abrió los ojos. Cayó de bruces. Generales. para que nombrara al 14 . seguida por ojos asombrados. la costumbre de los griegos. retrocedieron a su paso. Los eunucos de palacio vinieron corriendo. la boca abierta y jadeante. Tensó la piel como para protegerse del resplandor agresivo del sol. –Él puede oírla. Se enteró de dos cosas: de que la enfermedad había afectado el pecho del rey y tal vez muriera. sacudiendo el pelo desaliñado. o. viendo el alto cielo raso de cedro. Se entretuvo fisgoneando y oyéndolas hablar. su cara demacrada y exhausta. Generales y médicos. Todo esto no era una condena sino un derecho. Sus ropas de sirviente. atravesó corredores. vestido con las telas brillantes de Taxila. como una plañidera ante un cadáver. Ninguna de ellas había cruzado el umbral y prefería que la consideraran arrogante que temerosa. la voz de un eunuco. Ella le vio los labios cuarteados y secos. Sikandar! –exclamó. No esperó a que terminaran de charlar. hundiendo la cara en la sábana. ya no era el dueño de sus días. Alguien se acercó con una toalla y le enjugó la baba sanguinolenta de los labios. Guiada por el tembloroso eunuco. pasó frente al asombrado gigante nubio que custodiaba el harén. hasta que llegó a la alcoba real. ya estaba muerto. Lo perturbará. en cualquier lugar donde durmiera el rey. En las ciudades tenía su litera con cortinas. Era como una sala de audiencias. Se detuvo ante la puerta. que tenía debajo. pero no los abrió. Alguien le habló. aún viva. la profunda cicatriz en el costado. echándola hacia atrás. Le aferró el brazo.

Llamó a su doncella principal y despidió al resto. –Tráeme mi vieja bata de viaje. la azul. su morada está llena de aflicción. Su hermano le ordenaba que preparara puntas de flecha con las otras mujeres. se la puso. donde la fuente murmuraba como un conspirador en la calurosa noche de Babilonia. Badia se demoró brevemente para vestirse y luego se presentó con el traje de luto que había usado quince años antes al morir el rey Oco. Las duras manos de Tolomeo la liberaron. Despertó. Pidió leche de yegua e higos. Conocía las palabras desde la niñez: «¡Ay. El vestido olía a hierbas y a madera de cedro. indicó a un esclavo que tomara la toalla manchada de sangre e inspeccionó la pila de toallas limpias que tenía al lado. Sus lamentos cesaron. podía oír el rumor del ritual formal. Ella debía guiar el rezo de las plañideras. Se incorporó obedientemente. La encontraron. el sol calentaba el patio. Había dormido hasta tarde. susurro: –Tranquilo. Soñó que estaba en la fortaleza de su padre en la Roca Sogdiana. tal como la tempestad que tala grandes árboles. golpeando y mordiendo los almohadones del diván. Aquí amainaba y allá arreciaba. sin gracia. Mucho antes de la muerte del rey la habían dejado en Babilonia mientras mujeres más jóvenes eran llevadas a Susa. Las mujeres que tenía al lado. Cuando se regocijaba. las rojas fogatas de los campamentos. ay. se lanzaba él a la batalla. Las mujeres. llenando el mundo con su aullido. se levantó y caminó de aquí para allá en el patio iluminado por la luna. Lo maldijo con los ojos. mi pequeño rey. ante un precipicio de mil pies. gimiendo sobre el despeñadero. –Oigo y obedezco. Era una tela resistente y tendría que rasgarla con el trinchete para que se abriera. acercándose a veces. pero la mayoría estaba charlando. Sin peinarse. Desde el lugar donde escuchaba. Ella miraba la masa de hombres. Así lograron que se dominara. las tiendas. con los ojos secos.. Volvió a la cama y cayó en un sueño pesado. Los macedonios la estaban sitiando. Apoyó las manos en el regazo. De vuelta en su habitación.. sus damas le suplicaron que se calmara para no dañar al niño.. El viento arreciaba. al verla despierta rompieron a llorar. Basta por ahora –dijo. pasó la mano por una cornisa polvorienta y se tiznó la cara. Su escudo era el techo que protegía a su pueblo. Ella era una intrusa. y dile a Badia que venga a verme. Apoyándose las manos en el vientre. Cuando alzaba la espada. Las tinieblas lo han cubierto. Oco había reinado veinte años y ella había sido su concubina cuando el rey era joven. Era una cincuentona consumida. el alto gemido del harén. se tendió en la cama. que parecían motas de color. Después de desgarrarla en algunas partes. salmodiando las antiguas frases ofrecidas a las viudas de los jefes bactrianos desde tiempos inmemoriales. –Ya he llorado. desparramaba oro como las arenas del mar. –Ve al harén. temblaban mil guerreros. Te lo prometo.Mary Renault Juegos funerarios heredero. No lo había vestido por Darío. la miraron atónitas. Alguien recogió su velo de la cama y se lo arrojó. ¡Ay. se destrenzó el pelo. subiendo y bajando como cuando su voz invernal soplaba de las imponentes estribaciones del este. lo que más apetecía últimamente. cuando abría la mano. las manos delicadas e implorantes de sus servidores la guiaron hacia la puerta. así cabalgaba él hacia la guerra. Cuando se atrevieron a hablarle. ¿Cómo sabía ella el nombre de la concubina más importante de Oco? Pero obviamente no era momento para hacer preguntas. Roxana podía oír el bullicio del harén. Pero el viento aún arreciaba. y le sacudieron el polvo del camino de Ecbatana. Anochecía. reprochándole su pereza y zarandeándola. Luego mandó buscar al eunuco bactriano. una caverna almenada bajo la cresta de la montaña. Su servidora le soltó el hombro.. Algunas aún lloraban por el rey. se puso a llorar rabiosamente. escuchaban sumisamente a ese bailarín. sin hablar. ha caído el león de los hombres. empenachadas de humo tenue. Pero estaba en Babilonia. señora. nos entibiaba como el sol. Por último. desperdigados como granos oscuros en la nieve. La estaban mirando. Una vez sintió que el niño se movía con fuerza. pero él ya no le prestaba atención. Pero en 15 . ay!». se golpeó el pecho con los puños. ay! La luz ha desaparecido del cielo. Tal como el vendaval cabalga en las montañas.

Primero intercambiaron condolencias protocolares. –Los viejos tiempos habían vuelto. 16 . Roxana la contuvo con un gesto. Lloró y gimió. el reparador de los males! –Badia elevó la voz. ¿Pero a mi hijo. bajo este techo ella dará a luz a un nieto del asesino de Oco. señora? Roxana la atrajo hacia sí y hablaron en voz baja. Era típico de ese hombre. Todo esto era una fórmula. hamacándose y gimiendo suavemente. Lo mató después porque le temía. ¿Qué podemos hacer? La mano blanca y rechoncha de Roxana aferró la muñeca de Badia. Roxana la dejó de lado.» –¿Eso dijo el rey? ¡Ah. Badia le ofreció el consuelo inmemorial. –Pero él se casó con ella sólo por razones políticas. Luego se enjugó las lágrimas y dijo algunas palabras entrecortadas. Los ojos grandes y oscuros que habían hechizado a Alejandro se clavaron en la concubina. Alejandro. –¿Qué deseas. consternada por sus recuerdos. y vivía satisfecha con su pájaro parlante. el usurpador. señora. pero le había secado las lágrimas y le había traído unos hermosos pendientes. –Se tiró del pelo con ambas manos y lloró. Pero lo matarán. no podían menos que aceptar a ese heredero. Un rato más tarde un viejo eunuco de Badia entró por la puerta de la servidumbre. Pensaba en los largos y apacibles sueños en el tranquilo harén. Él me lo dijo. Le había presentado al rey a la hija de Darío. –Su hijo nos lo recordará. su generosidad. pero eso fue cuando aún no había peleado con él. era experta en pociones. Badia elogió el valor del rey. buen Dios! ¿Volverán esos días? Oco había llegado al trono mediante el fratricidio y murió envenenado. ¿Qué haremos. esa muchacha torpe y larguirucha con quien él se había casado para complacer a los persas. No había hecho promesas para el futuro. y la reina Sisigambis lo había engatusado. el miedo de cada día al despertar. lo sé. se había quedado a descansar en Susa. –Sí. ¿quién mató al visir que era su hechura. «Así pensaba antes –le había dicho Alejandro no hacía mucho–. Una cruel rival la había desplazado ante el rey Oco. Si los malditos descendientes de Darío lo dejan vivir. el león de la justicia. desconcertado por el frenesí de Roxana. –¿Por qué no? ¿Quién asesinó al rey Oco cuando estaba enfermo? ¿Y al joven rey Arses y sus leales hermanos? ¿Y al hijo de Arses cuando todavía mamaba? Y más tarde. ahora que el rey ha muerto? Badia rompió a llorar. –Si vive –sollozó–. –¡Oh. él vengó a tu señor.) –De ese modo –exclamó–. ávida de curiosidad. donde el peligroso mundo exterior era sólo un rumor. Los años apacibles terminaban. señora? Roxana le habló. acusaciones y humillación. Traía una caja de madera bruñida. dispuesta a llorar de nuevo.Mary Renault Juegos funerarios un tiempo había mandado en el harén y no lo olvidaba. su devoción por la justicia. Badia contuvo el aliento. Roxana no deseaba oír reminiscencias. Había metido a su nieta en la cama del rey y le había dicho que ella tendría un hijo del rey. ensordecido por sus gritos. a cometer todos sus crímenes. ¿Y quién nos protegerá. mantenida confortablemente por el rey errante. había partido dejándola a ella en Ecbatana para limpiar de salteadores el camino de Babilonia. si tú supieras! Badia alzó los penetrantes ojos negros. esa vieja hechicera que sin duda había incitado a su hijo. Alejandro había dicho algo parecido. recordando las grietas de la pared. –¿Qué podemos hacer? –lloriqueó–. para silenciarlo? ¡Darío! Me lo dijo Alejandro. de nuevo se trataba de sobrevivir–. –Sí. –El rey ha muerto. Se echó el pelo hacia atrás. esa vez pensando en sí misma. pues tenía por principio dejar el futuro abierto. Debemos tratar de salvarnos nosotras. su monito de vello rojo y sus chismosos eunucos. Ahora evocaba esos espantosos recuerdos de traiciones. (Y era cierto que antes de la boda. fatigado por la guerra del invierno. Lo verán alcanzar la honra de su padre. ¿pero quién podía saber la verdad? Y como se habían casado en presencia de los jefes persas y macedonios. Tal vez lo había drogado. Luego. Roxana replicó como correspondía. Había superado la necesidad de hombres e incluso de distracciones. aún apesadumbrado por la muerte del amigo de su infancia. y sintiendo remordimientos. Lo sé. quién lo vengará? ¡Ah. No servía más que para ser una herramienta del visir.

Pronto se las enjugó. Se lo había puesto. Pero el hecho inevitable parecía una mera contingencia vislumbrada con la imaginación. Él se lo había dado cuando al fin estuvieron solos en la cámara nupcial. llamados apresuradamente cuando el fin era inminente. una tarde de verano junto a la piscina. lozano como el de un niño. Pero lo que Roxana en verdad quería era ser poseída violentamente. distendido al fin. mandaría a toda la gente de Oco a mendigar a la calle. Había adoptado posturas sumisas. Tenía asuntos urgentes que atender. tan imposible parecía que a Alejandro pudiera ocurrirle algo sin que él lo consintiera. Alejandro despertó. Al fin. pues ninguno de los dos hablaba la lengua del otro. Tomó un anillo que Alejandro le había obsequiado en la noche de bodas. algunas muy sofisticadas. señora. su tallador favorito. pero se quitó las ropas. sola. Cuando hundió la cara en él. Ella vio que el texto era parejo y claro. y Badia le había dicho que si la hija de Darío reinaba en el harén. incitando al viejo y hosco rey de la piscina a abandonar su guarida bajo los lirios. pero había esperado un abrazo más fuerte. con las frases protocolares pertinentes. el eunuco casi arruina el rollo. ¿Cómo podía morir dejándolos en esa confusión? ¿Cómo podía rechazar su responsabilidad? No era típico en él. estaba sin duda muy bien entrenado aunque entonces ella aún no sabía por quién. Hacía dos días que pensaban qué hacer en este momento. Los generales. ella recordó la tez aniñada y clara con las cicatrices profundas. –Bien. Se había visto obligada a abrazarlo. el cuerpo yacía recto y chato en la gran cama. Hizo brillar la piedra en la luz. Cuando el usurpador Darío entregó mi puesto a uno de los suyos. se quedó desnudo y así se metió en la cama. No quiso entrar para hacer el amor hasta que hubo convencido al pez. y luego él la había abrazado. –Sí. Aunque el eunuco había traído cera. y Badia se encargaría de ello. Alejandro debía haber salido para desnudarse y ponerse la túnica nupcial. No lo hizo jurar que guardaría silencio. Él siguió escribiendo. y aunque un poco idealizado había logrado captar al rey vívidamente. El rey Oco a menudo utilizaba mis servicios. con la frescura tibia de un joven. como pan recién horneado.Mary Renault Juegos funerarios –¿Es verdad que sabes escribir en griego? –dijo Roxana. –Por cierto. Miraban estupefactos el rostro familiar. pocos meses antes. Los plañideros eunucos habían retirado las almohadas apiladas. Pero Alejandro nunca había sido convencional y ella pensó que serviría. alarmante en su pasividad. De pronto tuvo el doloroso recuerdo de un día en Ecbatana. los largos días de agonía habían terminado. uno de los integrantes del Cuerpo de Guardia que se 17 . había grabado el retrato de Alejandro. Echó la cera caliente en el rollo y apretó la gema. –¿Tienes buen lacre? Es para una carta real. me llevé un poco conmigo. En la cámara mortuoria. la inmovilidad le había devuelto cierta dignidad majestuosa que para los presentes resultaba. adecuadas en una virgen. derramó verdaderas lágrimas. Había querido sentirlo y olerlo como si fuera comestible. sin embargo. Alejandro había dejado de respirar. señora. y luego todo había ido bien. Cuando hubo terminado. el pelo suave y fuerte. Más tarde se durmió. Era un joven de dieciocho años. la abrazó y se durmió de nuevo. con una actitud más apasionada en la primera noche. Tenía una amatista impecable del color de las violetas oscuras donde Pirgoletes. Tuvo para ella toda clase de atenciones. Al principio se sorprendió tanto que él pensó que le tenía miedo. un sustituto de las palabras. Pero no había olvidado del todo sus funciones. ella no lo había lacrado en su presencia. El trabajo era soberbio. y temía que a la mañana siguiente sus huéspedes contemplaran una sábana nupcial sin manchas. Roxana lo había besado respetuosamente. Estaba alimentando la carpa. se ha ido! –exclamó de pronto una voz joven y cascada en la puerta. y casi sentían rencor. Pero ella notó que él estaba desorientado. encontrando enseguida el dedo adecuado. Evocó esa presencia física como si la estuviera viviendo. –¡Se ha ido. su dignidad no se lo permitía. No se parecía al anillo real de Macedonia con Zeus en el trono. Siéntate y escribe. en silencio. Recordó cuán inesperadamente agradable era el cuerpo de él. un novio bactriano la habría estrangulado. lo miraban sin expresión. Cuando ella le dio el sobrescrito. –El eunuco abrió la caja–. le dio un dárico de plata y lo dejó ir.

Había que hablarles. de protesta –como si alguna autoridad fuera culpable–. y se movieron y alinearon con cierta apariencia de orden. Era una figura tranquilizadora. al más grande de los reyes. Pero un murmullo sordo creció entre los macedonios. ¿Qué era eso de anunciar al sucesor? Peucestes se acercó a Pérdicas. Alto. Fue como si hubiera invocado un océano. El pánico debía combatirse de inmediato. Todo se hará de acuerdo con la ley. que había salvado la vida de Alejandro en la India cuando recibió una herida casi mortal. a quienes él legó el dominio de la mitad del mundo. Y ahora. Sólo un día antes. quien les había hecho olvidar que eran un pueblo conquistado. enfrentado con ese desorden. cada tropa compitiendo por llegar primera a la formación. 18 . A la sazón. sino un estallido de verdadero dolor y desolación. Aun entonces. los había recordado. la lengua que habían aprendido en la niñez antes que les enseñaran el griego culto. Los que estaban al frente tuvieron que gritar a los del fondo que era Pérdicas. Pero el rey no vino y Pérdicas. Se elevó un gigantesco clamor de pesar. había obligado a los macedonios a aceptarlos. Vosotros habéis podido compartir la gloria de Alejandro. enronquecida por incontenible pesar. cuando lo obligaron a regresar de la India. las leyes naturales estaban suspendidas. Los soldados persas se agruparon con los demás. creyendo que la llamada era de Alejandro. pues. Salieron a la gran plataforma que daba al patio frontal. al más valeroso de los guerreros. sólo una vez en doce años había fracasado. se habrían alineado inmediatamente en filas y falanges. Los persas se calmaron. Mientras tanto podían dispersarse. Cuando pudo hacerse oír. ambos habían visto cómo trataba Alejandro a los macedonios. la reprimenda enérgica y serena. Pérdicas por un momento creyó oír los pasos impacientes. llorando alrededor del palacio para esperar las noticias. los interpeló en un persa tan correcto y aristocrático como su indumentaria. siguieron perteneciéndole.Mary Renault Juegos funerarios había turnado para custodiarlo. Eran –habían sido– soldados de Alejandro. sintiéndose una vez más nativos derrotados sometidos a un ejército extranjero. Rompió a llorar histéricamente y su llanto superó el lamento de los eunucos que rodeaban la cama. la voz vibrante creando un silencio inmediato. y él lo había hecho. Sus gritos de lamentación habían competido con el clamor de los macedonios. Durante doce años. con la barba según la moda de su satrapía. tenían buenas razones para esperar un milagro. Recordad. A una señal de Pérdicas. Les anunció formalmente la muerte del gran rey. Desde la muerte de Hefestión había sido el lugarteniente de Alejandro. se miraban furtivamente planeando desertar. Se había entablado cierta camaradería. pues se oyó que la voz se alejaba. que el mundo había visto desde que los hijos de los dioses abandonaron la tierra. Un heraldo que temblaba en su puesto fue llamado por Pérdicas. Las fricciones del principio casi habían desaparecido. les había infundido orgullo de sí mismos. Sus reflejos. Aquí lo interrumpió un bramido creciente. La reacción fue caótica. alzó su larga trompeta y tocó a reunión. un hombre célebre por su valor. sabía qué era autoridad. Por una ley ancestral. se les anunciaría quién sería el sucesor. Todos acababan de perder. entraron en acción. Alguien debió de llevárselo. La mayoría de ellos habían desfilado por la alcoba el día anterior y él aún los había reconocido. que vuestra pérdida está compensada por vuestra fortuna anterior. de luto ritual. no de duelo formal. No eran hombres a quienes pudiera ordenarse calma y acatamiento a la autoridad. el derecho a elegir un rey les pertenecía a ellos. al conjunto de todos los varones macedonios capaces de portar armas. Pero en ese momento. dijo: –Y los nietos de vuestros nietos aún dirán lo mismo. Adoptó como hiciera Alejandro en momentos de necesidad el dialecto dórico de su patria. El clamor alertó a los generales. Hubo un momento de suspenso. Peucestes se adelantó. apuesto. El rugido de Pérdicas les infundió cierta seguridad. os corresponde conservar vuestro coraje y demostrar que sois los hombres que él hizo de vosotros. En su momento. aunque carecía de magia. Entonces callaban. Pero de súbito. y la jerga de los soldados griegos estaba plagada de palabras persas. macedonios. imponente. entrenados para responder en el instante preciso por el hombre que había muerto. Se había reunido con medio ejército macedonio. dijo. de consternación ante las incertidumbres del futuro hecho pedazos.

Cuando el caballo se calmó. corrió hacia un cofre de incienso árabe y arrojó un puñado para que su fragancia se propagara. tardó más tiempo porque trató de calmar al caballo. custodio del honor del guerrero. –Ojalá él y esa bestia caigan muertos. muchos volvieron en grupos y se instalaron con las armas al lado. que tenía unos treinta y cinco años y era fornido. en guerra con las tinieblas. que se elevaban rectamente en el aire quieto desde los fuegos sagrados. el relevo había saludado y se había puesto en marcha. Empezaron a marcharse. enviado por su padre para averiguar por qué Alejandro lo había convocado a Macedonia sustituyéndolo por otro regente. pero no quiso escucharnos. Crátero. El fuego de esos sacerdotes fue el primero que se apagó. siempre tenía algo que decirles. Se decía que un despacho llevado por mensajeros reales era aún más veloz que los pájaros. sin una palabra. ellos sólo conocían un rey. dominó primero su montura. dispuestos a velar toda la noche al muerto. vivo o muerto. pecoso y pelirrojo. señor de la lealtad y la palabra empeñada. pues el joven lo había alimentado exageradamente. –Le avisamos que era un mal presagio. hasta hacía poco.Mary Renault Juegos funerarios La multitud cayó en un trance expectante. El pergamino que llevaba en la alforja se lo había entregado el mensajero anterior. había combatido junto a Alejandro y. de hecho. tirando de las riendas hasta que el tosco bocado se manchó de sangre. Era demasiado pronto. era un extranjero. como si tuviera poder para dar nueva vida al rey moribundo. sólo después de que su ofrenda se elevara al cielo de verano. Era el hijo mayor del regente de Macedonia. un joven sacerdote estaba en el santuario con un aguamanil en la mano. el hermano menor. los delgados penachos de humo. era tras era hasta la victoria final. tostado y convencionalmente apuesto. Encima del altar estaba tallado el símbolo del sol alado. El fuego aún ardía. Sólo la primera etapa desde Babilonia había sido recorrida por un jinete desconocido por su relevo. Dos viajeros que habían frenado para dejar pasar al correo casi son derribados al relinchar y corcovear sus caballos ante el odiado olor a camello. Su hermano. dejó el aguamanil. Había llegado hacía poco. Esa designación había implicado un gesto conciliador para con el padre de ambos. En los templos. y era un extraño en Babilonia. sin tiempo para responder preguntas. Ni siquiera el alado rumor podía alcanzarlo. Cuando Alejandro los hacía callar. Antípatro. Les dijo que volvieran al campamento y aguardaran nuevas órdenes. El rey había ordenado que se hiciera lo mismo el día del funeral de su amigo. pues Alejandro y él se detestaban desde la niñez. Casandro había sido designado a la guarnición de Macedonia. A fin de cuentas. Iolas dijo: –Ese era un correo real. donde otro hombre y otra bestia seguirían adelante con el mensaje. derramó agua sobre los rescoldos. el rey de Asia. Cuando al extranjero le preguntaron si era verdad que el rey estaba enfermo. se propagó desde las calles atestadas de las inmediaciones del palacio a los suburbios y las casas construidas a lo largo de las murallas. que la carta estaba lacrada con la imagen del rey. 19 . mostrando al siguiente hombre de la cadena. Su tramo estaba a mitad de la jornada. había respondido que era posible. había sido su copero. Por la carretera real de Susa viajaba un correo. pero que no tenía tiempo para chismorrear. En el templo de Mitra. se disiparon y murieron uno tras otro. El silencio y la prisa eran la norma de los correos. diez años menor que él. como un fuego impulsado por un vendaval. pero cuando él hubo entrado. Pérdicas lo sabía. pues de noche el rumor se detiene para dormir. Casandro observó sus esfuerzos con desdén. El último de los oficiantes. habría llegado a la próxima posta. En la ciudad el rumor de los lamentos. los sacerdotes recordaron que ésta era la segunda vez en poco más de un mes. pero todo lo que tenía que decirles era que él era. Cuando le ordenaron extinguirlo. Iolas. Antes que el animal necesitara descanso. El hombre de más edad. Su dromedario devoraba las distancias con su andar bamboleante y ágil. Al calor de las cenizas húmedas del brasero de Bel– Marduk.

el hijo del rey un niño de pecho y estaban en guerra.Mary Renault Juegos funerarios –¿Cuál será el mensaje? Tal vez ya todo haya terminado. Tenlo presente. habían tratado de localizar a los principales oficiales de los aristocráticos Compañeros. y los llamara por sus nombres. Los hombres de armas tenían derecho a elegir entre los miembros de la familia real. –Que el perro del Hades le devore el alma –dijo Casandro. y manchándose la cara con el polvo negro de la llanura babilonia. El caballo de Iolas se sobresaltó. Diez mil veteranos regresaban a la patria al mando de Crátero. riñendo. también había sido sencillo. Iolas lo miró en silencio. Alejandro ya era célebre a los veinte años y ningún otro pretendiente había sido tan mencionado. impacientes. Fuera. Los labriegos de río abajo beben agua del pantano. los que podían oírlo. en la calurosa plaza de armas. A la muerte de Filipo había sido sencillo. un hombre joven. –¡No te atrevas a hacerlo de nuevo! Ahora no estamos en casa y no soy un niño. muerto en batalla. le dijo con desganada tolerancia–: El aire de los pantanos pudo haberle traído la fiebre. –¿Entonces por qué? ¿Por qué me hiciste actuar así? ¿No por nuestro padre? ¡Sólo por odio! ¡Dios todopoderoso. Incluso cuando Filipo –que tenía un hermano mayor– había sido preferido al hijo del rey Pérdicas. viendo lágrimas en los ojos de Iolas. y los oficiales que mencionaba. Ruidosamente entraron en tropel por las grandes puertas de la sala de audiencias. rumoreando. tocó «Reunión para órdenes». debí haberlo sabido! Casandro se inclinó y cruzó de un fustazo la rodilla del joven. los generales. mientras el heraldo gritaba en medio del bullicio los nombres que le habían dado. Filipo era un comandante con experiencia. si es varón. el ruido subía como una rompiente en una playa de guijarros. trataban de abrirse paso entre la muchedumbre. Eran el ejército de Alejandro. Cierra el pico. mirando hacia Babilonia. –¿Rey? –gruñó Casandro–. A veces. Recuérdalo. morirá siendo el amo de Macedonia y de toda Grecia. No sobreviviría a una fiebre. La ley no establecía la primogenitura como condición inalienable. El heraldo. las tropas macedónicas estaban desperdigadas en fortalezas por toda el Asia central. lo entendieron como «Venid a la asamblea». sollozando al ritmo de los cascos trepidantes. esperaban. Casandro señaló el moretón rojo. Ahora podrá ser rey. habían ordenado al heraldo que tocara a silencio. Los hombres. apartando la vista de la carretera–. Hizo un juramento y se mantendrá fiel. perteneciente a la familia real. y ellos no mueren.. Casi todos los guerreros estaban en su patria. cuando crecían la impaciencia y la intranquilidad. –Un poco más adelante. Yo sólo lo hice por nuestro padre. con quienes deseaban conferenciar ante el dilema.. Al no conseguirlo. A estas alturas ya habrá bebido bastante agua sucia. ahora nadie podrá deshacerse de nuestro padre. Al día siguiente en Babilonia los principales generales se prepararon para la asamblea donde se designaría al jefe de los macedonios. Pasándose la mano por los ojos. Y ya es un viejo. –Y no será rey. dijo huraño: –Nunca recobró las fuerzas después de esa herida de flecha en la India. a quien Alejandro le había dado un rango inmediatamente inferior al de Hefestión. Pero ninguno de ellos dudaba de su derecho inalienable a elegir un rey. así como en las grandes fortalezas de piedra que dominaban los pasos de la Grecia meridional. Adentro quedaron peligrosamente apiñados. Cabalgaron un rato en silencio. el alto mando conocido como el Cuerpo de la Guardia Real. sintiendo la sorpresa del jinete. En Macedonia estaban las tropas de guarnición. Todo esto era sabido por los hombres de Babilonia. Y ahora me dices que él no será rey. –El dolor es un recordatorio. Fue bondadoso conmigo. Tú no hiciste nada. quien soltó un grito de dolor y de furia. luego espoleó el caballo y siguió galopando entre los trigales amarillos. –Bien –dijo al fin Iolas. nada. y para ellos no había más que hablar. No lo creo. Incluso al hijo de la mujer bárbara. o morirás tú. Iolas tragó saliva. conjeturando. Ahora. las puertas se cerraron tras 20 . Pero sea cual fuere el título. Dentro. que no conocía ningún toque para pedir silencio nada más.

sugiero como heredero de Alejandro al hijo de Estatira. el respaldo reformado para Jerjes con la imagen alada del sol inconquistado. Tolomeo. fueron los hombres de los Compañeros. sentados alrededor del trono. autorizados o no. como en el teatro. Sobre el respaldo estaba el manto real y en el asiento la diadema. esperó. eso lo sabemos. Entregadlo según vuestros deseos. Pues bien. ahora digna e impasible. reluciendo como una joya en una caja demasiado grande. Los hombres callaron para escucharlo. El heraldo. se dijo que si Alejandro lo hubiera visto. compacta. el almirante Nearco se adelantó. hombres de Macedonia. como a menudo anteriormente. él había visto monstruos del abismo y los había ahuyentado con trompetas. las alas extendidas de Ahura–Mazda sobre la cabeza. asombrándolas con su resonancia. y luego alcanzar la mayoría de edad. Esta noticia totalmente imprevista sobre una mujer que. una máscara bien tallada. sin ser anunciado. De pronto. pero aún era ágil y enérgico. apenas entrevista el día de la boda. de acuerdo con la ley ancestral. que había leído a los poetas. Pérdicas. Un suspiro ronco atravesó la sala con columnas. Hubo murmullos de admiración y ansiedad. recordó cómo Alejandro. Acababan de comprender que eran tropas aisladas en una tierra conquistada. –Macedonios. que necesitaba un taburete para los pies. y elegir al mejor. él elevó la voz como si se tratara de una ruidosa tormenta–. mirando con impotencia a la multitud inquieta y maldiciente dejada en la plaza de armas. los amigos más íntimos de Alejandro. Pero el trono estaba vacío. porque otros les habían cedido el paso. Las penurias del espantoso viaje por la costa de Gedrosia lo habían envejecido diez años. Habían llegado aquí impulsados por su fe en Alejandro y sólo por él. –Ah –dijo una voz campesina y gutural–. ¿La máscara de un rey? –Nuestra pérdida es inconmesurable –dijo Pérdicas–. Primero debe nacer. los dueños de caballos de Macedonia. Me lo dijo a mí. Mirando por encima del mar de cabezas. Poco acostumbrado a hablar en público en tierra firme. Pérdicas se adelantó. si los dos eran varones. los generales del estrado se miraron inquietos. Lo único que tenían en común era una profunda inquietud y la agresividad de los hombres contrariados. todos los ojos se volvieron hacia el estrado real. Su esposa Roxana está embarazada desde hace cinco meses. Sabemos que es impensable que el trono sea entregado a alguien que no lleve la sangre del rey. Todos los amigos de Alejandro allí presentes. a medio mundo de distancia de su patria. Eso pensó Tolomeo. En mi opinión se proponía criar juntos a ambos hijos. Una vez cerradas las puertas. Allí. desconcertados. un cretense enjuto y esbelto. Habéis visto que fue una boda real. aparentaba cincuenta. como no podía hablar. cuando las puertas del escenario se abren para revelar al coro que sus temores son ciertos y el rey acaba de morir. pero le faltaba el aliento. había desaparecido inmediatamente en los recovecos del harén de Susa. dijo. Había cumplido con lo que creía su deber y eso era todo. Lo que ahora necesitaban no era un rey sino un líder. –Hubo murmullos sorprendidos. el antiguo trono de Babilonia con los brazos tallados como acechantes toros asirios. Pero no vivió para ello. eran testigos de que el rey le había dado el anillo real. –Se lo quitó y lo dejó junto a la corona–. muy pronto alguien hubiera deseado no haber nacido jamás. –Me miró fijamente. Entretanto. Y el hijo de Estatira tiene el derecho que le da el rango. observando la cara alerta y arrogante.Mary Renault Juegos funerarios los que habían entrado. roguemos porque dé a luz un varón. y los oficiales que habían estado cerca de las puertas. Retrocedió. aquí está el anillo. no tenía más que decir. como un buen actor que sabe cuándo decir sus parlamentos. flaco y 21 . ¿pero él dijo algo acerca del hijo? –No –dijo Nearco–. provocó confusión y consternación. aún fuera de la escena principal. Pérdicas no había presentado a otro orador. brillante. y era obvio que deseaba hablar. estaban los grandes hombres. con la cara curtida y tostada. no pudo decir cuáles eran los poderes que le había conferido. Ahí habían visto a la figura menuda. Él se proponía traerla aquí. Hubo murmullos. El rey la dejó encinta cuando estuvo por última vez en Susa. usó la voz con que llamaba a las naves en el mar. ¿quién debe gobernaros? Vosotros debéis decidir. evocó el nudo de una tragedia. Habéis visto la boda. Los primeros en entrar. Pero. El resto de la multitud era una mezcla caótica de oficiales y soldados. la hija de Darío.

sin exigencias. aunque hijo de un adulterio cometido por Filipo cuando era adolescente. cuando los hijos alcancen la mayoría de edad deberán presentarse ante vosotros y vuestros hijos. Las bodas de Susa habían sido una manera de manifestarlo y habían causado mucha más inquietud que el casamiento en campaña con Roxana. yo hice lo que debía hacer. en vez de elegir a dos bárbaras? Ahí estaba el resultado. Querían quitarlo de en medio.Mary Renault Juegos funerarios consumido por la marcha en el desierto. sabía adónde quería ir. capaz. el desierto y la selva. golpearon los escudos con las lanzas hasta que el salón retumbó. opinaban. ¿quién sino él? Ahora se pondrían a discutir la sucesión. Entretanto. aquel momento había sido el ápice de su vida. que no recurrieran a una artimaña. Lo envió a gobernar Macedonia. Por eso no está presente ahora. Honraban a Crátero casi tanto como a Alejandro.» 22 . La discusión se volvió ruidosa y violenta. a menos que se contara al idiota. Desde que eran niños. de la riqueza vital del río que la mantenía. era el de haber pretendido identificarse con los persas. Filipo había engendrado una horda de hijas y un solo hijo. que tal vez fueran mujeres. Habían sido indulgentes con el bailarín persa. protegido por el mar. Algunos de ellos lo recibieron con una ovación. vieron cuál era el asunto urgente a resolver. tenía presencia sin la arrogancia de Pérdicas. de sus estupendos templos y monumentos. Tolomeo observaba con pesar y rabia. propongo un Consejo de Regencia. Dos niños no nacidos. esperáis al heredero de Alejandro. ansiando irse. pero Alejandro siempre le había reservado un lugar especial y todos lo sabían. ¿Pero por qué no podía haberse casado con la hija de una decente familia macedonia. ¿Pero de verdad pensaba ese hombre que podía designarse heredero de Alejandro? Eso era lo que buscaba. lo había saludado cuando regresó con la flota a salvo. algo que su padre había hecho una y otra vez. –Macedonios. Había que cerciorarse de que un niño no fuera cambiado por otro. Hubo un fuerte aplauso. Era cosa de familia. Desde que Egipto le había abierto los brazos a Alejandro. en caso de que esas mujeres dieran a luz una niña o un hijo muerto. Pérdicas mismo tenía bastante sangre real en las venas. sólo había que ganarse la confianza del pueblo para tenerlo seguro para siempre. Había sido amigo de la infancia de Alejandro. Era defendible como una isla. Tolomeo sintió en la nuca la mirada fulminante de Pérdicas. Lo importante era la regencia. para que la asamblea decida a quién aceptarán los macedonios. Pérdicas y los demás se alegrarían de darle la satrapía. pero los macedonios no habían perdido tiempo eligiéndolo rey. Al recordar que en quince años o más aun podrían rechazar a ambos pretendientes. bastardo o no. Esa paternidad no estaba demostrada ni reconocida. Pérdicas se alegraría de mandarlo al África. Otros decían que no había modo de saber si él los hubiera reconocido. sin apetencias sexuales. Desde que la muerte de Alejandro se había vuelto una certidumbre. Los hombres.. ¿Pero quién actuará por él? Aquí tenéis a aquellos a quienes Alejandro honró con su confianza. Era peligroso.. ¿Qué le pasaba a Nearco? Era imposible ya encauzar el debate. En caso de que ambas lo hicieran. Algunos argumentaban que cualquier descendiente del rey debería ser aceptado. era de sangre real. Si algún error había cometido Alejandro. Para que ningún hombre reúna demasiado poder. espero que no sea vuestro deseo elegir un rey entre los hijos de los conquistados. valeroso. –Ignoramos si ambas esposas de Alejandro darán a luz. y pronto. No se atrevía a pensar qué haría con el resto de ella. Había que hacer algo. Pérdicas apretó los dientes con furia. –Recordad a Crátero –dijo Tolomeo–. Si. Filipo mismo había empezado como regente de un heredero niño. como si fuera un mono o un perro. Tolomeo pidió silencio. Nearco lo había amado. Tolomeo había quedado cautivado por esa civilización delicada e inmemorial. los soldados dejaron de discutir para escucharlo. Había exhortado a los hombres a designar un regente. apuesto y considerado. los hombres que habían servido bajo su mando le tenían simpatía. Cuando Tolomeo se adelantó. abrazándolo con lágrimas de alivio y alegría. se le veía en la cara. quien lo había liberado del yugo persa. «Lo siento por él. Alejandro confiaba en él como en sí mismo. Eso los impresionó. y tampoco era seguro. Las voces se calmaron. un hombre que podía alegar que era hermano de Alejandro. que habían venido con sus armas –eran la prueba de su derecho al voto–.

un oficial se abrió paso a través de la muchedumbre. Habló con sencillez. ¿Qué somos ahora. –¿Cómo sabemos que Alejandro se lo dio? –gritó Meleagro–. pensó Pérdicas. Pérdicas fue el primero en perseguir al asesino fugitivo. Los presentes gritaron el nombre de Pérdicas. Había sido comandante de falange desde la primera campaña de Alejandro. ¿Con qué garantías contamos? ¿La de él y la de sus amigos? ¿Y qué están buscando? ¡El tesoro de Alejandro está aquí. De pronto. con afecto y creciente orgullo. durante una cena. y sólo esperábamos que él se levantara para guiarnos. cuando Filipo fue asesinado. Eso era un hecho. un hijo menor rehén de los tebanos. Aún no convenía. pero lo que aprendió fue a tratar de olvidar que era el hijo de Filipo. Tolomeo pensó de pronto: «Hace unos días todos éramos amigos de Alejandro. La represión podría parecer un preanuncio de despotismo. a juzgar por el aspecto. Y gritaban por Meleagro. En el campamento. había dado el anillo a Pérdicas. Llegó hasta el estrado. cuando él nació. si en verdad lo era. útil cuando no se le exigía demasiado. En cambio. como diciendo: «Incluso a ese hombre tenemos que oírlo» Había visto el odio en la cara de Meleagro. Ahora participaban de la escena. Luego soltó una indignada exclamación que acalló a la asombrada multitud. Primero había mirado en derredor. Filipo era un desconocido. Pero esto era la asamblea. qué soy yo?». Meleagro había arrancado de una especie de sopor inquieto a una masa de hombres que antes no se habían oído. le importó ser hermano de Alejandro. Los generales del estrado estaban cada vez más aturdidos por sus diversos sentimientos de pesar. atestada de hombres sudorosos. la resaca de la multitud. «¿No puedes hacer que ese bastardo se comporte?». y todos contribuimos a ganarlo! ¿Aceptaréis eso? El bullicio se transformó en tumulto. mencionado y promovido. no una conjetura. Alejandro le había confiado a Pérdicas. barbotando palabras confusas. Pérdicas habría restaurado el orden en unos minutos. fuera cual fuese su intención. por el vino. como si fuera el perro ganador. pensaron todos. Necesitaba otra voz que respaldara la de Arístono. Es la verdad de mi corazón. –¡Ése es el anillo real! ¿Dejaréis que ese sujeto lo tome? Dádselo ahora y lo conservará hasta la muerte. ambos habían contemplado con secreta envidia el cerrado círculo de allegados del joven Alejandro. y sabía lo que hacía. Una nueva voz interrumpió su breve evocación. que reclamaban orden. y Arístono defendía los hechos. Meleagro era aún un jefe de falange. ambos habían sido escuderos reales de Filipo. y muchos lo urgieron a tomar el anillo. El rango de los padres de ambos había sido el mismo. Lentamente. demostrar un exceso de ansiedad. Más tarde. con franqueza y subyugó a la asamblea. un hombre aporreando a la esposa o una pelea entre perros. si es la verdad de mi sangre. escudriñándolos. La sala. ¡Con razón quiere un rey que todavía no ha nacido! Los generales. Jamás lo había enorgullecido mucho ser hijo de Filipo. apenas fueron oídos en medio de la repentina algarabía. Filipo le había propinado más azotes de los que merecía un niño. Hizo un gesto de tolerante desprecio. impaciencia e inquietud. Con la promoción llegó la oportunidad y jamás la desaprovechó. escrutándolo como un hombre que acaba de encontrar un nuevo enemigo. Y Pérdicas notó que le dolía el hecho de que ambos hubieran empezado en igualdad de condiciones. él avanzó unos pasos hacia el trono. rencor. Luego. Al tufo de la transpiración se añadía el de la orina. «¿Qué querrá decir Meleagro?». que habían creído conocer a sus hombres. Al morir Hefestión. como si fuera un duelo callejero. Alejandro lo había elogiado. ansiedad. enrojecido de calor y furia y. le había costado demasiado en la infancia. Arístono. miembro de la Guardia Real. que era buen soldado si no se le exigía demasiado esfuerzo mental. pues algunos hombres se habían descargado subrepticiamente en los rincones. o no. la suerte cambió. vieron sorprendidos que Meleagro estaba poniéndose a la cabeza de una turba de hombres dispuestos a saquear el palacio como una ciudad conquistada. pero no había ascendido más. cuando Filipo fue rey y él escudero real. Los generales. se adelantó para indicar que Alejandro. Por un momento su mirada se cruzó con la de Tolomeo.Mary Renault Juegos funerarios Mientras todos parloteaban y murmuraban. le decía su padre a su madre cuando él estaba en apuros. era sofocante y calurosa. No importa. recibió su mando. aquí no era tanto el comandante en jefe como un candidato. pensaba. Empezaba a 23 .

Hay que detenerlos. Hubo aplausos de los legalistas que habían repudiado la propuesta de Meleagro. una morena y otra rubia. deteniendo a Pérdicas. «Alejandro siempre tuvo suerte. era buen comandante. tras haber llamado la atención. Pitón. –Esto es intolerable. llamándoles de nuevo la atención sobre el hijo de Alejandro. Se adelantó. sorprendido. la toma de la Roca Sogdiana. Filipo. ¿Alejandro llevó a Arrideo al altar? –El apremio superó a la rivalidad. He oído que fue postergado cuando niño. Siempre lo hace. pero no sabía cómo manejar a los hombres en otras situaciones. El antiguo trono de Macedonia. Ha mejorado mucho últimamente. Pérdicas recurrió. Si este idiota no se hubiera inmiscuido. siguió con creciente confianza. no estaba en la plaza de armas... con Alejandro. No saben lo que hacen. El hombre continuó–: Ese fulano es retardado. Gritó órdenes y muchos hombres las obedecieron. o lo hacía. y barbotó: –¡El hermano de Alejandro! ¡Sería mejor elegir a su caballo! –Esa voz amenazante produjo un silencio breve. pero no se destacaba por su ánimo conciliador. Queremos que su sangre reine sobre nosotros. ¿Queréis un rey idiota? Pérdicas ahogó una maldición. Arrideo les parecía la víctima de una oscura conspiración. ¡Dadnos al hermano de Alejandro! ¡Viva Macedonia! ¡Arrideo! –¿Cuántos lo han visto? –dijo Pérdicas. Él actuó siempre correctamente. en mi opinión. Alejandro siempre lo tuvo por uno de los suyos. se hizo oír. Los escudos se bajaron. ¿Por qué habían promovido a este hombre? Era buen guerrero. Hubo expresiones de asentimiento. La turba empezó a diluirse en la multitud. en esta misma sala! Hubo un silencio atónito. Alejandro decía que debía recordársele quién era su padre. desesperado. con su salvaje historia de rivalidades tribales y guerras fratricidas. desde la muchedumbre. pero no hace un mes que ambos hicieron sacrificios por el alma del padre en el altar doméstico. debemos olvidar a los hijos extranjeros y coronar a su hijo.. sintió que todas sus meditadas decisiones eran sacudidas por un estallido primitivo del instinto. Ahora estaban ofendidos. al heredero legítimo. ninguno de ellos había pensado en esto. –Hablo de su propio hermano. –Sí. Los aullidos murieron en gruñidos–. reconocido por el mismo rey Filipo..» –El rey Filipo –insistió el soldado– se casó con Filina legalmente.. ¡Aquí tenemos al verdadero hermano de Alejandro. –Tolomeo recordó las dos cabezas juntas. El lancero campesino que estaba hablando. Pertenecía a la Guardia. y también mis compañeros. pero no amistoso. con un criado a su servicio. todos callaban pasmados.. Hubo una respuesta refleja. Tolomeo. Tolomeo diría la verdad. era un hombre bajo y nervudo de cara taimada y ahusada barba de zorro. y se había portado como todos los demás. como si hubiera invocado el nombre de un dios ultrajado. lo tentó con su hechizo cautivante. Alejandro. Por eso. –¡Alto! –vociferó.. pensó Tolomeo. como la pieza del discípulo y la del maestro escultor–. Supo comportarse. –¡Arrideo! –clamaba un grito creciente–. El boquiabierto Tolomeo no pudo evitar un gesto de asombro. Me alegra ver –dijo Pérdicas con su voz profunda– que aún tenemos aquí a algunos soldados de Alejandro. El orador.. la guardia de infantería y todos los que estaban presentes. En medio de un silencio inquieto una voz rústica. Alejandro lo cuidaba como a un niño. somos soldados de Alejandro. él habría recordado a los hombres la romántica conquista de Roxana. a toda su capacidad de dominio. Hace un año que no sufre un ataque. Se cayó de cabeza cuando pequeño y tiene ataques. pues tenía derecho a tener más de una esposa. Hubo un silencio. como todos sabéis. –¿Es verdad? –se apresuró Pérdicas a decirle a Tolomeo por encima del bullicio–. –La escolta de Compañeros. la caballería del vencedor. «¡Arrideo! Deben de estar locos. Sólidas hileras con escudos se formaron ante las puertas. no regentes ni niños extranjeros. Tolomeo. Yo estaba como escolta. –¡Deberíais avergonzaros! Como dice el comandante.Mary Renault Juegos funerarios cundir el caos.. Habían visto al hombre. Honestos o perversos. Ya la gente usaba su imagen 24 .. En el estrado.

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tallada en anillos como amuleto. ¿Qué destino aciago lo había incitado, tan cerca del fin, a demostrar tanta bondad por un idiota inofensivo? Pero, desde luego, habría una ceremonia, en la cual él debía aparecer. Tal vez Alejandro había pensado en eso...» –¡Mientes! –le gritaban los hombres a Pitón–. ¡Arrideo, Arrideo, queremos a Arrideo! Él respondió con insultos, pero todos lo abuchearon. Nadie notó, hasta que fue demasiado tarde, que Meleagro no estaba en la sala. Había sido un día largo y tedioso para Arrideo. Nadie había venido a verlo excepto el esclavo con la comida, que estaba demasiado cocida y medio fría. Le habría gustado aporrear al esclavo, pero Alejandro no se lo permitía. Un servidor de Alejandro venía casi todos los días a ver cómo estaba, pero ese día no había venido nadie a quien quejarse de la comida. Aun el viejo Conon, que cuidaba de él, se había marchado poco después de levantarse sin prestarle demasiada atención, diciendo que debía asistir a una reunión o algo parecido. Necesitaba a Conon por varias cosas: para ver si le daban una cena sabrosa, para que le encontrara una piedra favorita que había puesto en alguna parte y para que le explicara por qué había habido tanto ruido esa mañana, esos gemidos y aullidos que parecían venir de todas partes, como si miles de personas fueran azotadas al mismo tiempo. Desde la ventana que daba al parque había visto una multitud de hombres que corrían hacia el palacio. Tal vez Alejandro viniera pronto a verlo y le contara de qué se trataba. A veces no venía en mucho tiempo y le decían que estaba en una campaña. Arrideo se quedaba en el campamento o a veces en un palacio, hasta que él regresaba. A menudo traía regalos, golosinas, caballos y leones tallados, una pieza de cristal para su colección... Una vez una hermosa túnica escarlata. Luego los esclavos plegaban las tiendas y todos partían. Tal vez lo mismo ocurriera en esa ocasión. Entretanto, quería jugar con la túnica escarlata. Conon había dicho que hacía demasiado calor para usar túnica, que la ensuciaría y estropearía. Estaba guardada en el baúl y Conon tenía la llave. Sacó todas las piedras, excepto la rayada, y formó figuras con ellas; pero al no tener la mejor, no había manera. Tuvo un acceso de rabia; recogió la piedra más grande y golpeó una y otra vez la tabla de la mesa. Una vara habría sido mejor, pero no le dejaban tener ninguna. El mismo Alejandro se la había llevado. Mucho tiempo atrás, cuando vivía en su hogar, pasaba casi todo el tiempo con los esclavos. Nadie más quería verlo. Algunos eran amables cuando tenían tiempo, pero otros se burlaban de él y le pegaban. En cuanto empezó a viajar con Alejandro, los esclavos fueron diferentes y más amables. Incluso uno le tenía miedo. Era el momento de desquitarse, de modo que había golpeado a ese esclavo hasta que le sangró la cabeza y cayó tumbado. Hasta entonces Arrideo nunca había tenido conciencia de su fuerza. Había seguido dándole golpes hasta que se lo llevaron. Luego, de pronto, había aparecido Alejandro; no vestido para cenar, sino con la armadura puesta, sucio y salpicado de barro, sin aliento. Tenía un aspecto temible como si fuera otra persona, los ojos grises y grandes en la cara mugrienta. Hizo jurar a Arrideo, por su padre, que jamás volvería a cometer semejante acción. Había recordado el episodio cuando la comida llegó tarde. No quería que el fantasma de su padre le atormentara. Le había tenido terror y había cantado de alegría al enterarse de su muerte. Era la hora de la cabalgata en el parque, pero no le permitían ir sin Conon, quien lo guiaba con una rienda. Deseaba que viniera Alejandro y lo llevara de nuevo al altar. Lo había hecho todo correctamente; había vertido el vino, el aceite y el incienso después de Alejandro, y había permitido que se llevaran los cálices de oro aunque le habría gustado conservarlos; después Alejandro le había dicho que se había portado magníficamente. ¡Alguien venía! Pasos enérgicos y un ruido de armadura. Alejandro era más rápido y más ágil. Entró un soldado a quien nunca había visto antes, un hombre alto de cara roja y pelo color paja, con el yelmo bajo el brazo. Se miraron. Arrideo, que no sabía nada sobre su propio aspecto, sabía aún menos que Meleagro estaba sorprendido ante su semejanza con Filipo y se preguntaba qué habría detrás de esa cara. En efecto, el joven tenía muchos rasgos similares al padre: la cara cuadrada,

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las cejas y la barba oscura, los hombros fornidos y el cuello corto. Como su placer principal era comer, estaba excedido de peso, aunque Conon nunca le había permitido engordar demasiado. Feliz de ver al fin un visitante, dijo con avidez: –¿Me llevarás al parque? –No, mi señor. –Meleagro miró ávidamente a Arrideo, quien, desconcertado, trató de pensar si había hecho algo malo. Alejandro nunca había mandado a este hombre–. Señor, vengo para escoltarte hasta la asamblea. Los macedonios acaban de elegirte rey. Arrideo lo miró alarmado y luego con cierta astucia. –Mientes. Yo no soy el rey, sino mi hermano. Alejandro me dijo: «Si yo no cuidara de ti, alguien trataría de hacerte rey y terminarían matándote» –Retrocedió, mirando a Meleagro con creciente agitación–. No iré al parque contigo. Iré con Conon. Tráelo aquí. Si no lo haces, le contaré esto a Alejandro. La pesada mesa le cortó la retirada. El soldado se le acercó y él se encogió instintivamente, recordando las tundas de su niñez. Pero el hombre sólo lo miró a los ojos y le habló con mucha lentitud. –Señor, tu hermano ha muerto. El rey Alejandro ha muerto. Los macedonios exigen tu presencia. Acompáñame. Como Arrideo no se movía, Meleagro le aferró el brazo y lo guió hasta la puerta. Lo siguió sin resistirse, sin fijarse adónde lo llevaban, esforzándose por entender un mundo donde no reinaba Alejandro. Tan expeditivo había sido Meleagro que la multitud aún estaba gritando «¡Arrideo!» cuando éste en persona apareció en el estrado. Enfrentado al tumultuoso mar de hombres, los miró estupefacto, dando por un momento la impresión de ser un hombre digno y reservado. La mayor parte de los azorados generales jamás lo habían visto. Sólo algunos hombres se habían fijado en él al pasar. Pero todos los macedonios con más de treinta años habían visto a Filipo. Se produjo un silencio súbito. Luego empezaron las ovaciones. ¡Filipo! ¡Filipo! ¡Filipo! Arrideo miró aterrado por encima del hombro. ¿Venía su padre? ¿Acaso no había muerto? Meleagro captó enseguida ese revelador cambio de semblante y se apresuró a susurrarle: –Te están ovacionando a ti. Arrideo miró en derredor, ligeramente más calmo, pero aún desconcertado. ¿Por qué aclamaban a su padre? Su padre estaba muerto. Alejandro estaba muerto... Meleagro dio un paso hacia adelante. «Al demonio, pensó triunfalmente, con ese advenedizo Pérdicas y su rey nonato.» –Aquí, macedonios, está el hijo de Filipo, el hermano de Alejandro. Aquí está vuestro legítimo rey. Estas palabras, dichas con lentitud y casi al oído de Arrideo, hicieron que éste reaccionara. Supo por qué todos esos hombres estaban allí y qué estaba ocurriendo. –¡No! –exclamó, con una voz plañidera que no congeniaba con la cara grande e hirsuta–. ¡Yo no soy el rey! Os he dicho que no puedo ser rey. Me lo dijo Alejandro. Pero le había hablado a Meleagro y el clamor impidió que nadie lo oyera más allá del estrado. Los generales, pasmados, se volvieron hacia Meleagro, discutiendo. Arrideo escuchó con creciente temor las voces cada vez más furibundas. Recordó claramente los ojos hundidos de Alejandro clavados en los suyos, advirtiéndole qué ocurriría si trataban de nombrarlo rey. Mientras Meleagro reñía con el hombre alto y moreno que estaba en medio del estrado, se lanzó hacia la puerta desprotegida. Fuera, en los intrincados corredores del antiguo palacio, vagabundeó sollozando, buscando su habitación. En la sala se oyeron nuevos rugidos. Nada de esto tenía precedentes. Los dos últimos reyes habían sido elegidos mediante aclamaciones y llevados con himnos tradicionales hasta el palacio real de Aigai, donde cada cual había confirmado su ascenso dirigiendo el funeral de su predecesor. Meleagro, que discutía con Pérdicas, no había extrañado a su candidato fugitivo hasta que fue advertido por gritos burlones que venían de abajo. Las opiniones se estaban volviendo contra él; la presencia imponente de Pérdicas tenía ascendiente sobre hombres que buscaban una fuente de confianza y fortaleza. Meleagro vio que sólo serviría un recurso instantáneo. Se volvió y salió deprisa, seguido por abucheos, por la puerta que había usado Arrideo. Sus seguidores más entusiastas –no la turba ávida de

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botín, sino parientes, camaradas de clan y hombres que guardaban rencor a Pérdicas– se alarmaron y lo siguieron. En poco tiempo se toparon con el perseguido, de pie en la intersección de dos pasajes, decidiendo cuál iba a tomar. Al verlos exclamó «¡No, idos!» y echó a correr. Meleagro le aferró el hombro. Arrideo cedió, con cara de pánico. Obviamente no podía comparecer en ese estado. Con afabilidad, con calma, Meleagro transformó su gesto en una caricia de afecto. –Señor, debes escucharme. No tienes nada que temer. Fuiste un buen hermano de Alejandro. Él era el rey legítimo. Habría sido un error, como él te dijo, que tú ocuparas su trono. Pero ahora está muerto y tú eres el rey legítimo. El trono es tuyo. –Tuvo una repentina inspiración–. Allí hay un regalo para ti. Un bello manto púrpura. A Arrideo, ya serenado por la voz afable, se le iluminó la cara. Nadie rió; la situación era demasiado apremiante y peligrosa. –¿Podré conservarlo? –preguntó ansiosamente–. ¿No lo guardarás bajo llave? –Por cierto que no. En cuanto lo tengas, podrás ponértelo. –¿Y usarlo todo el día? –Y toda la noche, si lo deseas. –Cuando empezó a guiar a su presa a lo largo del pasaje, recordó otra cosa–. Cuando los hombres gritaban «¡Filipo!», se referían a ti. Están honrándote con el nombre de tu padre. Serás el rey Filipo de Macedonia. «El rey Filipo», pensó Arrideo. Eso le infundió confianza. Su padre debía de estar muerto de veras, si el nombre podía darse a otro como un manto púrpura. Sería bueno tener ambas cosas. Aún estaba aturdido por esta decisión cuando Meleagro lo condujo al estrado. Sonriendo ante las exclamaciones, vio enseguida el gran paño de color extendido sobre el trono y caminó hacia él con resolución. Los sonidos que había confundido con saludos amigables murieron; la asamblea, asombrada por su cambio de actitud, miró el drama casi en silencio. –Allí tienes, señor, nuestro presente para ti –le dijo Meleagro al oído. En medio de un trasfondo de inquietos murmullos, Filipo Arrideo alzó el manto del trono y lo desplegó. Era el manto real, confeccionado en Susa para la boda de Alejandro con Estatira, la hija de Darío, celebrada simultáneamente con la de sus ochenta amigos más valiosos y sus novias persas, con todo el ejército invitado. Con ese manto había dado audiencia a emisarios de todo el mundo conocido, durante la última marcha a Babilonia. Era de una lana tupida como el terciopelo y suave como seda, teñida con un múrice tirio de un carmesí tenue y reluciente apenas matizado con púrpura, puro como el rojo de una rosa oscura. El pecho y la espalda estaban trabajados con la explosión solar, el blasón real de macedonia, en rubíes y oro. Una dalmática sin mangas, se abrochaba en los hombros con dos máscaras de oro que representaban leones, usadas en sus nupcias por tres reyes de Macedonia. El caluroso sol de la tarde iluminó desde una ventana los ojos de esmeralda de los leones. El nuevo Filipo los miró extasiado. –Permíteme ayudarte –dijo Meleagro. Alzó el manto y lo deslizó sobre la cabeza de Filipo. Radiante de placer, Filipo miró a los hombres que lo aclamaban. –Gracias –dijo, como le habían enseñado cuando era niño. Las aclamaciones arreciaron. El hijo de Filipo había entrado con la dignidad que convenía a un rey. Al principio tal vez había sufrido un ataque de timidez. Ahora respaldarían a la sangre real contra todo el mundo. –¡Filipo! ¡Filipo! ¡Larga vida a Filipo! Tolomeo estaba casi ahogado de pena y furor. Recordó la mañana de la boda, cuando Hefestión y él habían ido a la habitación de Alejandro en el palacio de Susa para vestir al prometido. Habían intercambiado bromas tradicionales, junto con otras de su propia cosecha. Alejandro, que había planeado esta ceremonia de conciliación racial durante semanas, estaba entusiasmado; cualquiera lo hubiera tomado por un hombre enamorado. Fue Hefestión quien recordó los broches con cara de león y los prendió al manto. Verlo ahora en un idiota sonriente le daba ganas de partir a Meleagro de una estocada. Ese pobre idiota le causaba más horror que fastidio. Lo conocía bien; cuando Alejandro estaba ocupado, él iba a menudo para cerciorarse de que no fuera desatendido ni utilizado; estaba tácitamente acordado que era mejor que esas cosas quedaran en

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Mary Renault Juegos funerarios familia. –¡A mí! –les gritó–. La guardia de turno había acompañado a Alejandro hasta la muerte. habían tenido la visión más clara. guió al sonriente Filipo hasta el borde del estrado. Una oleada de sorpresa sacudió a la multitud apiñada y maloliente. No dejéis que le quiten lo que es suyo. elevándose por encima de todo. se sobrepusieron a los demás sonidos. Ahora había un verdadero silencio. Debía destruir las lealtades tribales. se oyó el siseo y el susurro de las espadas desenvainadas de los Compañeros. Meleagro habló. Incluso su propia facción podía abandonarlo. Tolomeo. ¡Seguidme! ¡Proteged el cuerpo de Alejandro! Corrió hacia la puerta interior con Tolomeo a su lado. Entonces venid con él ahora. hijos de esclavos! De un rincón del salón a lo largo de los Compañeros. hizo un amplio ademán de desprecio.. Los ruidos habían cambiado. Ahora manifestaban su consternación. el rubio pelo macedónico cortado casi al rape en señal de duelo. Eran una cincuentena. hubo un hondo murmullo de voces encontradas. se le ocurrió la respuesta. comprendió que estaban dispuestos a matar.. Los infantes más decididos se lanzaron hacia adelante. Los hombres empezaron a ponerse los yelmos. ¡A la cámara mortuoria! ¡Venid! Hubo movimientos confusos e inquietos. el resto había entrado en la Asamblea con ellos. De pronto. recordó de golpe que el cuerpo yacía allí desde el día anterior. tratando en vano de que lo oyeran por encima del alboroto. eso surtiría efecto. Hacía varios años que lo custodiaban. rojo de furia. ¿Cómo podía Alejandro haber pasado por alto a semejante líder? Con firmeza. A menos que los detuvieran despacharían a Filipo y luego habría una carnicería. se oyó la voz cascada de un joven. –¡Venid! El cuerpo de Alejandro aguarda los rituales. Los que iban delante entraron en tropel. más que un tribeño a las órdenes de un señor. Fue como si el manto de Alejandro hubiera sido un estandarte de combate desplegado de pronto. Algunos ya habían cumplido dieciocho años y tenían voto. sólo crearon mayor confusión. llegaron los Escuderos Reales. Su propio genio lo asombró. Las puertas estaban cerradas. que protestaban todos al mismo tiempo. y ayudadlo a confirmar su derecho. Meleagro alzó la voz. a menos que se viera obligada a no retroceder. a fin de cuentas. Aquí está el heredero que los conducirá. cómo se ponía el manto. con callado pesar o absoluta incredulidad. Un rey de Macedonia debe sepultar a su predecesor. viendo esa furia fanática. abriéndose paso entre todos sin hacer caso de la edad ni el rango. Hizo una pausa. aullando como en batalla. Treparon al estrado blandiendo las espadas desenvainadas. entrando en la cámara mortuoria. La impresión de que él se proponía hablar produjo un momento de silencio. El martilleo de las lanzas sobre los escudos alcanzó el volumen que presagiaba una carga. Con ese pensamiento. Muchos se contuvieron. Señalando a Filipo. Más cerca.! Sí. tal vez causado por la curiosidad. estremeciéndose. pero imperceptiblemente. ¡Filipo. Meleagro advirtió alarmado que la poderosa aristocracia de Macedonia unía fuerzas contra él. importantes por derecho o por rango. –¡Bastardos! ¡Bastardos mugrientos. crear una nueva acción. Los Compañeros. entrenadas en el penetrante himno de guerra de la caballería. Inconscientemente. quien estaba a su lado. pero no con llave. los ojos desencajados. más mortal. En Babilonia. Sus fuertes voces. en pleno verano. sin prestarle atención. tan impetuosos en su furia que dejaron atrás a los Compañeros. pero sin hacer ovaciones. dio un paso hacia adelante. para proteger las puertas interiores. Tenían noticias del idiota. Los generales. Pérdicas. los otros generales a la zaga y los Escuderos después. Pérdicas. Cada uno de los soldados que ahora aclamaba a Filipo no era. Seguidos por los gritos furibundos de la oposición atravesaron la sala de recepción del rey y el aposento privado. permaneciendo en su puesto hasta después del amanecer. –Alejandro debió hacerlo estrangular –le dijo a Pérdicas. ronca de furia apasionada. cuando se abrieron las 28 . Gritos de apoyo se oyeron a sus espaldas. habían observado. Los Compañeros empezaron a encaramarse al estrado. –¡Macedonios! ¡Habéis elegido a vuestro rey! ¿Lo defenderéis? –Los lanceros respondieron con gritos desafiantes–.

Cuando moría una persona. En filas de seis o siete. Un Compañero cayó sangrando de una herida en la pierna. preguntándose cuánto tiempo una chispa secreta de esa vida intensa había ardido en ese cuerpo yerto. maldijo. símbolo de su rango. las blandieron para usarlas como lanzas. Hasta el enfrentamiento cuerpo a cuerpo. Ni siquiera el color le había cambiado demasiado. Filipo había venido por propia voluntad. ¿Somos fieras acaso? 29 . El pelo rubio y entrecano aún parecía lleno de vida. mezcladas con el olor de la presencia viva que Tolomeo había conocido desde la niñez. y. Pérdicas supo que sería incapaz de atacarlos y ser el primero en tener la vergüenza de derramar sangre en esa habitación. Ordenó a sus hombres que protegieran el lecho real. cubierto por una sábana limpia. que recordaban sus propios días como Escuderos. En la vasta habitación el cuerpo yacía en la enorme cama entre los vigilantes demonios. pero él conocía su deber. los defensores eran un blanco fácil. las puertas terminaron por ceder. en Isos. chocó con alguien. Fueron los Escuderos quienes rompieron la tensa pausa con sus gritos de ira y sus insultos. arrastraron los pesados arcones para formar una barricada. Había el vago aroma del incienso consumido. Sólo habían traído los sables cortos de caballería. como los persas en Gránicos. En pocos instantes había más en el aire. retrocediendo para eludir un proyectil. el cadáver se estaba endureciendo. Raspando el suelo. Gritaron airadamente. Otros. Pero no podía durar mucho tiempo. los arcones laminados de bronce fueron apartados. Le apoyó una mano en el corazón. asediado por cobardes que no lo hubieran enfrentado cara a cara. que habían seguido a Tolomeo. Los Escuderos. –¡Alejandro! ¡Alejandro! Desde alguna parte de la multitud. Todas las motivaciones políticas habían perdido significación para Filipo. Aunque Meleagro estaba con él. los atacantes miraron en derredor. Era el muchacho persa: una herida en el brazo le manchaba la manga de lino. Tolomeo. observó en silencio. que conocían la habitación detalladamente. Tolomeo se acercó a la cabecera de la cama y alzó la sábana. Sus clamores y gritos de guerra enardecieron a los jóvenes de los Compañeros. que demostraba la divinidad de Alejandro. –¿Dónde está Alejandro? –dijo a la barrera que rodeaba la cama–. En la tarima. En cuanto entraron. Alejandro tenía una expresión inescrutable. exclamaron que era un milagro. Gritaban por él como si el rey yaciera herido y desmayado en el campo de batalla. Los hombres de afuera estaban acostumbrados a empujar. las flores y las hierbas secas que perfumaban las mantas y la cama real. recogiéndolas de los cuerpos de los heridos. Por un momento. Echó la sábana sobre la cara de mármol y se volvió hacia los guerreros que se estaban formando para sostener las puertas atrancadas. Quiero sepultarlo. en Gaugamela. No tenían reverencia por el muerto porque para ellos Alejandro aún estaba vivo. Algunas sustancias aromáticas esparcidas sobre él habían burlado incluso a las moscas. Entró Filipo. Tolomeo. con el chasquido ahogado de la correa que la arrojaba. pero no avanzaron más. arremetían contra las puertas como diez años atrás habían arremetido con sus largas sarisas contra las tropas de Darío. un Escudero que no tenía yelmo sufrió un tajo en la cabeza y lo cubrió una máscara roja a través de la cual asomaban los ojos azules. contuvo el aliento. y se volvió para mirar. –¡Alto! –gritó Tolomeo–.Mary Renault Juegos funerarios puertas. apoyado contra la cama con un brazo tendido sobre ella. de las hojas. salió una jabalina que chocó contra el yelmo de Pérdicas. se levantó trabajosamente. Hubo un movimiento detrás de ellos. Despertado por el clamor. Pérdicas levantó la jabalina que lo había golpeado y la arrojó hacia los atacantes. su familia debía encargarse de ella. Las filas de los defensores resguardaban el cuerpo. Nearco y Seleuco. Lo había alzado para impedir que una jabalina atravesara el cuerpo de Alejandro. pero ya todo había terminado. sin reparar en que tenía la mano de Tolomeo apoyada en el hombro. a lo que debía haber sido una mera ocasión ceremonial. que había sido como Alejandro alumno de Aristóteles. Yo soy su hermano. dormía el agotado muchacho persa. Los generales apretaron los dientes en silencio. y ellos sólo veían las alas extendidas de los demonios de oro y sus ojos extraños y feroces.

Todos hemos actuado precipitadamente y creo que todos lo lamentamos. Os ruego –abarcó con un gesto a la Guardia que prosigáis vuestra vigilia. que había sido apartado. ¿Y qué hay de nuestros cuerpos? Los ojos de Pérdicas escrutaron los de Meleagro. había estado pensando las cosas. Si pudiera separar al cuerpo de guardia. los defensores abrieron una brecha. Dos o tres veteranos lo siguieron. A causa del número. ninguno de nosotros se irá de aquí mientras podamos pelear. Los últimos hombres acababan de jurar. pidiendo a los embalsamadores que empezaran su trabajo al amanecer. recobró la presencia de ánimo. La muerte del rey nos ha contrariado a todos. En la explanada se sacrificó una cabra. observaba. Nearco descubrió la cara de Alejandro y retrocedió en silencio. –Todos deberíamos estar avergonzados –continuó con serenidad Meleagro– si los amigos cercanos de Alejandro fueron distraídos de su vigilancia. Uno por uno los oficiales más viejos se quitaron el yelmo y se adelantaron para darse a conocer. sinceramente. le rodeaban y lo hacían porque eran hombres marcados. os superamos en número. con expresiones de profundo desprecio. –Con una condición –dijo Pérdicas–. Todos juntos. como veis. Mientras el atardecer zumbaba con los ruidos de una ciudad hormigueante. con una especie de pesar huraño. cualquiera hubiera dicho que aún vivía. Debía conservarlos a ellos. El viejo capitán empezó a hablar. El viejo capitán. los hombres tocaron el cuerpo o la sangre. Alejandro sería un fantasma formidable. cuando cayó el sol aún estaban jurando a la luz de las antorchas. Treinta contra ocho solamente. acalorado. se adelantó a codazos. Propongo una tregua. –Dejadlos mirar –dijo Nearco el Cretense. –Eso espero –replicó Pérdicas. Sombríamente.. Filipo se perdió de vista. Se acercó a Pérdicas con una expresión conciliadora.. estaba acostumbrado a este trato. reducido a un avergonzado murmullo por el silencio de los que estaban delante. Enseguida enviaron mensajeros al barrio egipcio. cuando menos.Mary Renault Juegos funerarios Detrás de las puertas el alboroto aún persistía. Obedientemente. alertado por su instinto de guerrero. Mañana podemos reunirnos y hablar más sabiamente. Las palabras de Pérdicas sobre el cementerio real los habían vuelto bruscamente a la realidad. Era un milagro que no apestara. sus partidarios más fieles. Todos accedieron. Los primeros se volvieron hacia los hombres que estaban detrás. Los defensores bajaron las armas. notó el cambio y se calmó. –Meleagro ha jurado respetar el cuerpo de Alejandro –dijo Tolomeo–. Enseguida un capitán de falange se adelantó y se quitó el yelmo. –Caballeros –dijo–. frunciendo el ceño. Yo juraré que cuando esté preparada una carroza adecuada lo haré llevar al cementerio real de Macedonia. Los atacantes quedaron paralizados. que se volvieron involuntariamente. forcejeando para ver. Sólo una treintena de hombres.. ¡Debe tener un funeral! –¡Cállate! –masculló Meleagro. Aún tenía puesto el manto de Alejandro. alzaron los brazos y pidieron calma. el primero en jurar bajo la mirada de Pérdicas. Pérdicas vaciló. Meleagro. ¿Qué habrían hecho con el cuerpo en caso de tomarlo? ¿Sepultarlo en el parque? Una mirada a ese rostro remoto y orgulloso los había vuelto a sus cabales. y todos los presentes lo jurarán por los Dioses de las Profundidades. –¡Es mi hermano! –Filipo. invocando la maldición del Hades si faltaban a su palabra. –Gracias –dijo Nearco. pues deseaba hacerlo. 30 . Estaban avergonzados. los Guardias se retiraron para reunirse con los Compañeros acampados en el parque real. A menos que se hagan esos votos. –Actué precipitadamente. La multitud que los seguía. pero se aplacó. caído a un costado y arrugado–. temerosos de las represalias. Había perdido apoyo y lo sabía. Muchos se sintieron sacudidos por la superstición. cavilando.. El cuerpo del rey no será profanado. Blandiendo las armas. los dos bandos se miraron. la ceremonia llevó tiempo.

Oh. –dijo. más adecuadas para los eunucos de palacio. estaba leyendo una carta en voz alta. Es demasiado bonito para usarlo todos los días. Había heredado buena parte de la belleza de la madre. Alejandro se había ocupado de que ambas muchachas aprendieran a leer y hablar griego. mientras se enfriaba la noche. lentamente. con una nieta a cada lado. deseo que partas hacia Babilonia sin demora para que tu hijo pueda nacer aquí. no por ignorancia sino por excitación. titubeando un poco. El harén de Susa era persa. el cuerpo de Alejandro se endureció como piedra. Conon cuidará de ti. Vestía una indumentaria color índigo. ocupaba su silla de respaldo alto. Apresúrate a venir. En la alcoba real. La reina Sisigambis. aunque no orgullo de reina. debía respetar las costumbres del pueblo del rey. a su honrada esposa Estatira: Ansioso de ver nuevamente tu rostro. Que los dioses te acompañen. dijo: –Estaba en la asamblea. señor. Alguien se había apoyado en la consola con las imágenes de Hefestión. y me han dicho que circulan falsos rumores sobre mi muerte. salvo en el pecho. las columnas acanaladas tenían capiteles con flores de loto esculpidas por artesanos griegos: los muros estaban revestidos con azulejos delicadamente esmaltados. –Abuela. Ahora era frágil. Conon. no mezclada con los medos. Él no podía evitar venir de donde venía. me propongo proclamarlo mi heredero. la muchacha mayor. no tienes por qué llorar. Alejandro rey de los macedonios y señor del Asia. No te preocupes. Luego trajo un taburete para no dormirse de nuevo. A los ochenta años conservaba la nariz aguileña y la cara color marfil de la vieja nobleza elamita. eso es todo. Sin embargo. señor. En el suelo se veían los restos de la lucha. Tenía porte de reina. Tendría que haber sido persa. traduciéndola del griego al persa. señor. donde relucía un gran collar de bruñidos rubíes color sangre. Te deseo larga vida. Hija de padres altos. no asirio. el muchacho persa puso junto a la cama una mesita de malaquita y marfil y encendió la lámpara que había encima. Trae a Dripetis tu hermana. He estado enfermo. –Primero termina la carta del rey. que también es mi hermana por intermedio de alguien a quien quise tanto como a mí mismo. como corresponde a la madre de un gran rey. señor. vamos. Con una toalla ensangrentada alrededor del brazo. en su juventud había sido alta. un veterano que lo había servido diez años. –¿Qué haremos?. ¿Por qué no te mandaron buscar cuando lo pedí? Conon. escrutando las sombras oscuras con los ojos oscuros. –Conon. ahora que soy rey ¿no te irás? –No. y nunca era deliberadamente descortés. Estatira. que estaban desparramadas como los caídos después de una batalla. y de Alejandro a la reina. tenía una elevada estatura. madre de Darío. cuando le quitaron las calurosas ropas–. Ahora permite que me lleve este hermoso manto para cepillarlo y ponerlo a buen recaudo. un obsequio del rey Poros a Alejandro. Estatira bajó la carta y miró a su abuela. –Ahora soy el rey. Si das a luz un varón. Sisigambis la miró con impaciencia. Sisigambis le tenía afecto y le había complacido este capricho. la luz del sol los moteaba a través de tracerías de alabastro lechoso. No les prestes atención. Mis chambelanes tienen órdenes de recibirte con honor. ahora tendrás tu baño con aceite aromático. aunque para ella ésas eran tareas serviles. Sus proporciones estaban delicadamente equilibradas. 31 . ¿Te dijeron que soy el rey? –Sí. entrelazó las manos y se dispuso a velar. Estatira leía.Mary Renault Juegos funerarios –¿Dónde estuviste todo el día. Pero en pocos minutos el muchacho persa las recogió y las puso ordenadamente en su lugar. pura raza persa. Conon? –dijo Filipo.

Ahora está esforzándose más de lo conveniente. los egipcios. hija. Las callejas de la antigua Babilonia eran un hervidero de rumores. pero no le gustaba que esa gente supiera que le estaba fallando la vista. aunque estaban lejos del Valle de los Reyes.» Mira. Ya se pondrán de nuestra parte. En la plaza de armas y en los jardines de palacio. pero quiso salirse con la suya. sólo que aquí tiene una corona de laurel. Eso equivaldría a admitir la derrota. y en la mía una diadema. Mira de nuevo. que acababa de comer. –¿El mensajero está aún aquí? Hazlo venir. realizaron la complicada tarea de embalsamar al último faraón. Sisigambis dijo: –Jamás envió un mensaje a Susa sin unas palabras para mí. La joven Dripetis. y aun a poca distancia no podía distinguir la figura. Las lágrimas le perlaban las mejillas y humedecían los rubíes del rey Poros. Debo indicarles qué equipaje llevarán para vosotras.Mary Renault Juegos funerarios –No –dijo Sisigambis. Juró por su cabeza que había recibido una sola carta. viuda de Hefestión (tenía diecisiete años).. las vasijas y fluidos y aromas de su arte. los hombres de la falange vivaqueaban como mejor podían. hija. –Debes estar equivocada. «Que los dioses te acompañen. Antes de abrir el torso para extraer las vísceras. Les mostró el zurrón vacío. Las mujeres no tendrían que aprender a leer. para que la traduzca con corrección. Vamos. no hay más palabras en el papel. el único observador. herederos del arte de sus padres. Es como la que tengo en mi esmeralda. que ahora olía a especias y nitro. los años se le notaban como una enfermedad. termina aquí. –No –dijo Pérdicas–. la que me regaló el día de la boda. Dadles tiempo para echar una ojeada a ese rey monigote. Cuanto estuvo aquí. Sisigambis asintió y guardó silencio. pues así es su naturaleza. Cuando las mujeres hubieron recibido sus instrucciones y la actividad se trasladó a los aposentos de las jóvenes. habían hablado sobre la posibilidad de desplazarse a la llanura. una carta del rey. Dripetis. trae a tus doncellas. –El rey ha pedido que os apresuréis. Contrariados por una demora que sin duda burlaría sus habilidades. un joven persa de cara blanca. los ejércitos de Pérdicas y Meleagro esperaban en lo que parecía una tregua hostil.. Sisigambis apoyó la vieja mano marfileña en la cabeza de la joven. y contemplaron el cadáver con callado asombro. –Escribe que ha estado enfermo –dijo al fin–. El ejército de Alejandro nunca ha sido dividido. Estos hombres se cansan en el viaje y se vuelven estúpidos. noté que no respiraba normalmente. Estará retrasado con todas sus tareas. Trajeron al jinete. – Pero la vista se le había deteriorado con la edad. Yo soy demasiado vieja. apagó la lámpara y se esfumó como un fantasma en el silencio. no me ha llamado a mí. Los días pasaron. Se aferraban tercamente a su orgullo de vencedores y 32 . ¿Qué me dice a mí? –Abuela. se acordaron. Muéstrame el sello. Después que él se fue. Las hondas arrugas de la cara de Sisigambis se distendieron un poco. –De veras. Toda la noche hubo lámparas encendidas. eso es todo. de alzar las manos en la plegaria tradicional. junto a las caballerizas donde Nabucodonosor guardaba sus carrozas. tú también. la reina permaneció en su silla de respaldo alto. la infantería rodeaba el palacio. acompáñanos a Babilonia. Se lo dije a él. habían llegado al amanecer. la caballería ocupaba el parque real. irritada–. En la alcoba real de Babilonia. por favor. Como los superaban en número de cuatro a uno. Había otras cartas del rey al cuidado del chambelán. abuela. para que a unos mortales les fuera permitido tocar el cuerpo de un dios. –Baba. Y además. Será mejor que llames a un escriba. –Es su efigie. Cuando sus esclavos les trajeron los instrumentos. mira si tiene otra carta. se arrodilló junto a la silla. donde había sitio para desplegar la caballería.

había que encontrar un rey visible y creíble. guijarros recogidos por él mezclados con trozos de ámbar. cuarzo. a los funcionarios persas designados por Alejandro no se les podía negar audiencia. Y Meleagro sentía en la piel que todos ellos observaban a esa fornida figura sentada en el trono. que bebían y cazaban junto a los hijos de señores persas con sus barbas rizadas. Filipo se negó con gritos tan estentóreos que la guardia de palacio acudió a la carrera. y tampoco la Guardia Real. culpaba al objeto de ese odio de todas las adversidades. sin ponerse a charlar con la primera persona que le llamaba la atención. a bajar la voz para que lo vieran hablar sin que lo oyeran. con una panoplia ostentosa. con quienes Alejandro los había inducido a casarse legalmente. Por otra parte. y no eran tontos. De pie a la derecha del rey. 33 . preparándose para desafiar a los siglos. La idea de un levantamiento masivo contra un ejército dividido le provocaba pesadillas. Los oficiales. Meleagro daba instrucciones a Filipo. El rey estaba felizmente ocupado con sus piedras. Era imposible controlar del todo su costumbre de rascarse. Habían gastado hacía tiempo las dotes de Alejandro. arquitectos. sólo tenían lo que habían ganado en la guerra. Pero los infantes. su modestia. se volvían cada vez más taciturnos. pastores y cazadores. acompañado por un pariente. pero si se guardaban ciertas apariencias. sin considerar jamás que era su odio. ágata. sumergida en el baño de nitro de los embalsamadores. Tolomeo o Hefestión le traían cuando se acordaban. que habían tenido libre acceso a Alejandro. la certeza de que al margen de quiénes hubieran sido sus padres eran macedonios de Alejandro. antiguos sellos y gemas de cristal coloreado de Egipto. sólo veía un remedio y decidió buscarlo. hablaban bien de Filipo. Había aprendido a no pedir limonada ni golosinas cuando estaba en el trono y a no solicitar permiso de la guardia de honor cuando quería salir. apoyado en las rodillas y las manos. ellos podían darse el lujo de volverse persas sin perder prestigio. y no su enemigo. esa boca floja y esa mirada perdida. no podían ser excluidos. Embajadores. estaban revolviendo la cena. Ahí lo buscó Meleagro. que Alejandro. creado para Hefestión y heredado por Pérdicas. Meleagro se había autodesignado para el puesto de quiliarca. la serena autoridad. Cuando Meleagro trató de trasladarlo a aposentos más dignos de su nueva condición. el que había creado esa situación adversa. sus pequeños botines y. Eso estaba bien para la caballería. al menos para el verano de Babilonia. su presencia era serena y sobria. hijos de granjeros. elegidos para él por Alejandro. pero además sabía muy bien qué piensa un soldado cuando el jefe a quien ha venido a solicitar órdenes habla a través de un intermediario y nunca lo mira a la cara. casi nadie pensaba en llevar a esas esposas a la patria cuando los licenciaran. Sus oficiales. permitiendo que Meleagro enunciara réplicas adecuadas. recaudadores de impuestos. o gran visir. sobre todo. y evocaban irremediablemente la dinámica presencia desaparecida. cada vez eran más. Antes de cada presentación. que eran agradables y frescos. Había aprendido a caminar hasta el trono sin que lo guiaran. sus armas repujadas y sus caballos acicalados. No sólo había que atenderlos. Pensaban con un rencor confuso en los jóvenes Compañeros. Como tantos hombres antes y después de él. albañiles y carpinteros de Macedonia. sátrapas en disputa que buscaban arbitraje. pues muchos habían esperado una audiencia durante la enfermedad de Alejandro. amos del mundo. se decían frente a las fogatas donde sus mujeres persas. Aferrándose a este tesoro de autoestima. Como otros hombres que han profesado el odio mucho tiempo. que llevaba objetos para escribir. que ahora yacían petrificadas para siempre en la alcoba cerrada. una colección juntada en miles de millas por Asia mientras seguía al ejército. constructores de barcos. su pura sangre macedonia. de hecho. Tenía un baúl lleno. funcionarios del comisariado. cuyas tareas los mantenían en contacto con el rey. Ningún bárbaro debía gobernar a sus hijos. Filipo estaba aún en sus viejos aposentos. tocarse la nariz y mover los pies. la justa retribución por sus afanes y riesgos. temiendo un asesinato.Mary Renault Juegos funerarios a su arraigada xenofobia. Las inmensas actividades del imperio de Alejandro no podían detenerse. aparecían aún en las antesalas. sabía que parecía impresionante. la cara alerta. su semejanza con el padre. Había formado con ellas un sinuoso sendero en la habitación y lo estaba perfeccionando. un tal Duris.

La mancha con que empezó no borroneó la escritura.. –Él dijo. Señor. –Señor. ¿No quieres permanecer con él? –Sí. con pluma y tinta. Estaba deliberando con Tolomeo cuando entró uno de ellos. –¿Y entonces lo matarás antes que él me mate? –Sí. Meleagro las interpretó enseguida. y no pensaron en mirar si había alguien. Tolomeo le resultaba demasiado desenfadado e informal. –Señor. y después de eso logró hacer una firma bastante pasable. No me importa. Filipo. Será mejor que lo veas. he venido a decirte que corres grave peligro. –Muy bien. y Arrideo podía serlo aun más–. –Lo haré. Alrededor acampaban los Escuderos Reales. –Con permiso. Escríbelo aquí. que no debe tener miedo de mí. y él sabía que no era conveniente pedir semejante cosa. si puede entenderte. Alejandro me dijo que no debían hacerme rey. no temas. Mira. Dice que es urgente. Defendían a Pérdicas como al regente designado por Alejandro. concedidas por Alejandro a sus amigos. y todos tus problemas habrán terminado. Cuando el ejército vuelva a la normalidad.. Él jamás te deseó ningún mal sin que lo instigaran. Aunque no se habían ofrecido a servirlo. pero antes cerciórate de que no esté armado. –Ese hombre podía ser útil. no lo culpes a él. señor. Lo están usando. si quieres. –dijo ácidamente Tolomeo. –Eso me proponía –dijo Pérdicas con cierta impaciencia. aferrando su fragmento favorito de turquesa escita y escondiéndola detrás de la espalda para que no se la quitaran. –Y ya van por lo menos treinta. conozco a ese hombre. –El honorífico Filipo no era usado en la orilla del río ocupada por los Compañeros–. en cambio. Pero parece que hay problemas.. señor.Mary Renault Juegos funerarios En cuanto entró Meleagro se puso de pie con cara culpable. Hazlo entrar. –Dice. ellos actuaban como mensajeros y lo custodiaban día y noche por turnos. –Se fue. Tienes mi permiso. Yo estaba en su dormitorio. ocultando la turquesa bajo el almohadón. está conspirando contra tu vida para proclamarse rey. No sé cómo se las hubiera arreglado sin mí. señor. No. –Te creo –dijo Pérdicas. se apresuró a ocupar la silla más importante. –Un favor fácil –le dijo Pérdicas a Tolomeo–. que es servidor de Arrideo. no le hagas daño. características que Alejandro lamentablemente no había desalentado–. reconociendo en esto una severa reprensión. y Dios te bendiga. murmurando incoherencias. Dile. He estado con él casi desde su infancia. –Duris lo depositó. señor. ¿Acaso el viejo creía que podíamos darnos el lujo de matar al hermano de Alejandro? Meleagro.. 34 . Él puede ser rey si lo desea.. si él es rey su primer acto será matarte.. se cuadró y no dijo nada hasta que le dieron permiso. Pérdicas. sobre la mesa–. cuidando de sus cosas. Han obligado a mi pobre señor a firmar un papel contra ti. Alejandro dijo. Meleagro se liberó con esfuerzo del apretón que amenazaba con partirle el brazo. –Ten la certeza de que no es ése mi propósito. que trató de robar el cuerpo de Alejandro y quitarte el trono. si él cae en tus manos. yo te defenderé. –¿Se llama Conon? –dijo ásperamente Tolomeo–. Yo te ayudaré. acercándose–. Pero el traidor Pérdicas. un anciano desea verte. –¡Señor! –dijo ásperamente Meleagro. cuidaré de tu amo. El viejo Conon profundamente incómodo saludó militarmente. frunciendo el ceño–. tal como te enseñé. Filipo se levantó de un salto. Pérdicas se alojaba en una de las casas señoriales construidas en el parque real por los reyes persas.. Sólo escribe «Filipo» aquí. –¿Y bien? –dijo Pérdicas. –Señor –dijo Meleagro.. –Señor. Él jamás causó problemas cuando vivía Alejandro. aquí está el papel que ordena su muerte. saludando con elegancia. Sólo estarás a salvo si tú lo matas a él.

los muleteros y los esclavos. Por un momento casi se sintió un Alejandro. El mensaje era breve. A él la gente lo comía vivo. concluidas las tareas del día. e incluso soldados? ¿Podrían enfrentarse ahora a Alejandro? Aun antes que fuera rey. sin pedir instrucciones a nadie. En instantes. pero no hará falta.. Tenían que tocarle el cuerpo. me promovieron al Cuerpo de Guardia. podía pronunciar un discurso memorable. cuando los perdonó por la revuelta.Mary Renault Juegos funerarios Más tarde. y empezó a hablar. el capitán de la tropa vociferó una orden: –¡Media vuelta! Marchad. Había reconocido al oficial –tenía buena memoria de general– y reseñó detalladamente la última campaña en que todos ellos habían servido a sus propias órdenes. Después de un silencio inquieto y vacilante. para vender al hombre que Alejandro mismo había designado para comandarlos. Saliendo al porche con la cabeza descubierta. la doncella dormía profundamente. un cuerno. Alejandro una vez los había elogiado. Al contrario de Alejandro. y a qué se habían rebajado ahora. ese retardado había sido utilizado en intrigas contra él. se había puesto el corselete y se lo había abrochado. Podría 35 . Los he visto pelear por acercársele. Por el momento podían retirarse. Pero tampoco lo tendrán otros. pensó Pérdicas. lo habría dicho. se detuvo con aplomo para impresionarlos. Tal vez. Había tenido doce años para absorber un concepto básico de Alejandro: hazlo con estilo. Bien. –El saludo del escudero tenía el débil reflejo de un ardor recordado. el mensaje en la mano. pero Alejandro. pueda demostrarle al actual quiliarca Meleagro por qué a mí. gozando del movimiento suave y el aire fresco. lo leyó en voz alta–. –Te lo agradezco. las manos. rebajándose de ese modo. Pérdicas estaba cenando cuando oyó gritos afuera. Que volvieran junto a sus camaradas para recordarles quiénes habían sido. la escolta tiene órdenes de emplear la fuerza. Apoyó la mano en el hombro del muchacho con una sonrisa en la cara austera. «Filipo hijo de Filipo rey de los macedonios y señor del Asia. un individuo a quien él ni siquiera había querido confiar una división. Si el rey Filipo hubiera querido que un idiota llevara su nombre. –Si tan sólo no nos hubiera dicho que nos diéramos prisa –suspiró Estatira–. la escolta de eunucos a caballo.» –Señor. Estos idiotas de Opis. ¡El rey Filipo! Rey. le costaba cierto esfuerzo. saludando con una mano mientras agitaba un papel. Bajo el toldo. Yo hablaré con esa gente de Meleagro. ¿Quieres enviar un mensaje? No por nada Pérdicas había servido al mando de Alejandro. –pensó mientras entraba–. «No. Entretanto. –¡Señor! Es una convocación de los rebeldes. Cuando la caravana pasaba por una aldea. ¿Qué hacían ahora. ellos que en un tiempo habían sido hombres. abanicándose. Un despacho real. Que les preguntaran qué opinaban de ello. las dos princesas se estiraban como gatas jóvenes. después del traqueteo y el calor de la carreta cubierta. exigieron el derecho de besarlo. pero sabía cuánto valía. Solo. todos los labriegos se reunían en la orilla para mirar. podemos resistir. Mantente alerta.» El lento esfuerzo de los remeros que bogaban contra la corriente era aliviado de vez en cuando por una brisa del sur. a los escuderos de guardia se sumaban casi todos los escuderos de las cercanías.. y yo jamás lo tendré. Cuando la tropa se alejó. les devolvió la sonrisa triunfal. –¿Conque real. y no a él. con su grandeza de corazón. lo llaman. Si te resistes. con la celeridad de dos décadas de prácticas. Desde la ventana vio una compañía de cien infantes. se reunieron alrededor de Pérdicas y lo ovacionaron. lo había cuidado como un inocente inofensivo. eh? –dijo Pérdicas con calma. Los escuderos de guardia sumaban dieciséis. A lo largo del camino de sirga avanzaban la carreta y el carro con el equipaje. Esta vez sin esfuerzo. Por ésta se te ordena comparecer ante mí para responder a un cargo de traición. Un jadeante escudero entró a la carrera. ése era su misterio. al ex–quiliarca Pérdicas. la ropa. En almohadones de lino rellenos de lana y plumas. mientras la barcaza remontaba el Tigris. Era increíble que soldados de Alejandro pudieran presentarse como servidores de Meleagro. Pérdicas era demasiado veterano para cenar con túnica.

ninguna ceremonia. –¿Me buscará otro esposo? –Lo ignoro. Estaba consumido. hubiera preferido que callara. no había modo de evitarlo. pero hablaba. Dripetis. y aunque Alejandro le había hecho visitas de cortesía mientras estaba en Susa. jugueteando con el oscuro velo de viuda. Desde luego la habían presentado antes al rey. le llegó el turno a Dripetis. La cara le ardía. y Estatira notó que él tenía buenas intenciones. un hombre alto y esbelto. charlando. una mueca de dolor le había transfigurado la cara. Ella debía redimir el honor de su linaje mediante el valor. En el pabellón carmesí con su cama dorada. –Se recostó en los almohadones y cerró los ojos. había tomado la mano de su hermana y ambos tenían la misma altura. riéndose. chismorreando. A ella la había acompañado el hermano de su madre muerta. La habían criado cuidadosamente. cuando él había llegado a Susa después de la guerra en las montañas. sabía que cuando el rey le había salido al paso ambos contenían el aliento. Cuando vio a Dripetis con su velo de viuda. ellas eran su familia. se había enterado de que en el palacio estaba la esposa bactriana del rey que lo había acompañado a la India. La había visitado para despedirse (¿lo habría hecho de no ser por la abuela?). Pero el ritual nupcial no podía eludirse. –Sintiendo un silencio desolado a sus espaldas. todo había sido diferente. no tenía celos sexuales. como cada vez que evocaba ese recuerdo. Los imaginaba haciendo el amor tiernamente. que apenas pudo articular una palabra. pero se había repuesto prontamente. trayéndole regalos hermosos. Estatira. los dos habían tenido que preceder la procesión hasta la cámara nupcial. pero como nada podía borrar esos momentos espantosos. no había oído hablar de él en la corte de su padre. dijo él. Hefestión. jamás había vuelto a acostarse con ella. nada era más torturante que sus evocaciones de Roxana. Luego él había seguido rumbo a Ecbatana. y ella había llorado toda la noche de vergüenza y de furia. había seguido la tradición persa. miraba por encima del hombro para cerciorarse de que su doncella dormía. Él había sido amable.. yo se lo pediré. para el beso. pero luego había tenido que levantarse. demacrado y fatigado. tal vez de ella. Pequeña Estrella. La abuela se había cerciorado de que ella hiciera la más profunda reverencia. favorita y confidente. Le llevaba media cabeza al rey. –Estatira miró hacia la orilla del río–. antes que él ocupara la silla alta y ella ocupara su silla baja. dijo–: Si tengo un varón. llevándose a la mujer bactriana. Luego el rey se había levantado. Él piensa que aún perteneces a Hefestión. y se moría de vergüenza. Ella había deseado que la tragara la tierra. Era como las cortinas carmesíes del pabellón nupcial de Susa. No se lo preguntes aún. alto y elegante con su pelo rubio oscuro – bien podía haber sido un persa–. se había levantado y adelantado. que le dolía a causa del embarazo. Cuando sonaron las trompetas y el heraldo anunció que eran marido y mujer. El sol filtrándose entre las altas matas de papiro. tan abrumador. En cuanto a Bagoas el persa. Con razón no había concebido. La presencia de Alejandro era poderosa y Estatira era tímida. y remontar el Éufrates hasta Babilonia. el hombre más bello que ella había visto jamás. pero cuando los tenía. Pero la primavera pasada. que desconocía el placer sexual. Para coronar estos misterios. sin mencionar cuándo o dónde la mandaría llamar. y apenas le había causado dolor. pero todo había sido tan extraño. río abajo hacia el Golfo. para saludarla con un beso y conducirla hasta la silla que tenía al lado. como nunca lo había oído antes. Se había ido..Mary Renault Juegos funerarios hacerse casi todo el trayecto por agua. Jamás permitirá que el regimiento de Hefestión tenga otro nombre. No le gustará. El amigo del rey. Por la noche habían cenado juntos. la pequeña genuflexión que le había enseñado su abuela. La estadía del rey en Susa había terminado entre grandes acontecimientos políticos que ella oyó nombrar poco y comprendió menos. como correspondía al prometido. Ella había hecho. Alejandro la había comparado con una hija de los dioses (ella ya sabía bastante griego). –Se acomodó los almohadones detrás de la espalda. ni después. aunque el defecto era de él. Al final. trazaba dibujos fluctuantes en la luz rosada que le atravesaba los párpados. y las cautivó con historias de 36 . Había conferenciado a solas con la abuela y ella creía haberla oído llorar. era ella quien se sentía como una estaca. ninguna multitud. En el lecho nupcial sólo pudo pensar que su padre había huido en la batalla y que la abuela jamás mencionaría su nombre.

pues tenía la boca llena. y les refirieron lo que él mismo les había revelado: que Meleagro quería liquidarlo. el traidor Pérdicas se ha arrepentido y los soldados quieren que lo perdones. –¿Es verdad Conon? ¿Alejandro iría? –Sí. Mientras lo conducían a la puerta. Le alegraba que la hubiera llamado a Babilonia. Babilonia estaba sitiada. Las audiencias en la sala del trono daban malos resultados. Entretanto. Se convencieron de que habían caído muy bajo y no les gustó. 37 . si daban vino no se podían prever las consecuencias. –Se le ocurrió un argumento persuasivo–: Tu hermano habría hecho eso. Conon dejó caer la mano. Las lamentaciones de los embajadores por la inoportuna muerte del rey eran cada vez menos formales y más incisivas. ven enseguida. no se requería una fuerza muy numerosa para cerrar las sólidas carreteras y las zonas de terreno firme. Meleagro sintió que un sudor frío le cubría el cuerpo y se imaginó muriendo como un jabalí acorralado en un círculo de lanzas. con el bullicio de hombres que gritaban. Y había dicho: «Tanto que hacer. salvo excrementos de caballo. Tú lo sabes. Señor. De pronto una mañana desapareció. Meleagro notó que su poder era cada vez más inestable y que la disciplina se desmoronaba día a día. El ejército fue aplacado por el momento. indecisos. la caballería había celebrado consejo. mi señor. Filipo expresó su fastidio con los ojos. Un rey tenía derecho a sus concubinas. Él iría. mirando a Meleagro a los ojos. había oído el bullicio. Si todavía estaba enfermo. que los había desconcertado. como le había advertido la abuela. A la alegre luz de la lámpara. Había ido a él con una apasionada gratitud que resultó tan eficaz como cualquier otro ardor. estuviste en la asamblea. Estoy cenando. enfiló hacia los aposentos reales. era la elegida. y se preguntó por qué Conon se estaba enjugando los ojos. Bebía limonada. Luego habló sobre sus planes para explorar la costa de Arabia. Filipo miró con añoranza cena. Con la velocidad de la desesperación. En el parque no quedó nada. podían surgir muchos problemas de las riñas en el harén. Mientras Meleagro digería su fracaso. Conon avanzó un paso. pero no quedó satisfecho. Poco después de que él se fuera supo que había concebido y la abuela se lo comunicó. Filipo dejó el cuchillo y se enjugó la boca. niños que lloraban. y. No demostraría celos por la bactriana. no la bactriana. que estaba sirviendo al rey. sin perder la compostura–. Por todas las puertas. Tal como se había planeado. –Señor –jadeó Meleagro–. Los que estaban de guardia abandonaron su puesto y se les unieron. –Él ha sido manejado –dijo. Usaba su vieja espada. hace mucho que debí engendrar un heredero» La había mirado. él estará más seguro en el trono que en cualquier otro lugar de Babilonia. para hacer una carretera en el norte de África y extender el imperio hacia el oeste. Conon. y Estatira supo que ella. Hablaron con sus camaradas. y tan poco tiempo. Cuando Meleagro entró. apoyando la mano. camellos que regurgitaban. y los habitantes de la ciudad temerosos del hambre salían. Buena parte del terreno era pantanoso. Ve a decirles que lo has perdonado.Mary Renault Juegos funerarios la India. ellos rugieron de pronto a sus puertas como un mar humano. mencionando el valor de Pérdicas. Estaban inquietos. cabras que balaban y aves que cloqueaban. alzó la vista. sus maravillas y costumbres. como al descuido. –Buen hombre –dijo Meleagro. los refugiados no fueron molestados. Los soldados enviados para arrestar a Pérdicas siguieron su consejo. Mi madre tenía razón. venado aderezado con calabaza frita. en el bruñido cinturón de la espada. Filipo estaba cenando su plato favorito. Había traspuesto las derruidas murallas y se había desplegado alrededor de la ciudad. lo cuidaría con sus propias manos. Filipo tragó el bocado para replicar con indignación: –No puedo ir ahora. los campesinos temerosos de la guerra entraban en la ciudad.

–Le hizo una seña al asistente que plegó la tablilla y salió. No le gustaba hablar demasiado. es que no es demasiado tarde para buscar una fórmula conciliatoria. promovido por Alejandro. Ahora cada hombre sentía su aislamiento en un mundo extraño. consultó a Eumenes. multitudes de ansiosos babilonios los vieron partir. habría tenido dudas.. que estaba escribiendo en cera. pero sabía que Filipo padre había pensado en ello. mandó llamar a los oficiales y les ordenó que se ocuparan de que todo estuviera preparado para la expedición. descubierto y educado por Filipo.. Los vivos te necesitan. Y terminó como pudo. Pérdicas levantaría el sitio y reconciliaría a las tropas en cuanto Meleagro y sus cómplices se entregaran a la justicia. y lo había reconocido. su benefactor. –Tal vez el rey pueda persuadirlos –dijo secamente Eumenes. El talento de Eumenes consistía en una exposición razonable y concisa. cuyos verdaderos pensamientos eran conocidos por pocos. En esta situación extrema. –Mi opinión. Hombre de orígenes humildes. ya que me la pides –dijo fríamente Eumenes–. todos conocen tu experiencia. decía. No intentó imitar a Alejandro. Durante todo el ajetreo desde la muerte de Alejandro. Meleagro lo encontró en su mesa de trabajo. Su trabajo. la asamblea aceptó con alivio su opinión. Era un hombre frío. Si Filipo Arrideo hubiera sido competente. después del sacrificio fue presa de una fiebre constante. enjuto y aplomado. el secretario había continuado en silencio con su quehacer. Había contribuido a preparar respuestas para enviados y embajadores. pero quería verla confirmada por otra persona a quien poder culpar si las cosas le salían mal. –Un hombre podría hacerlo: tú mismo. dijo lo necesario y nada más. Cuando salieron al amanecer por la puerta de Ishtar. antes que el rumor la corrompa. Tranquilizada al oír sus confusas contradicciones ordenadas lógicamente. dictándole al asistente. –Acepto tu consejo. comprendiendo que el secretario había evaluado la situación hacía tiempo y esperaba con impaciencia que él terminara. que esperaba en la puerta sin que nadie le prestara atención–. pero sin el título de rey (que había sido añadido por Meleagro). Meleagro ya había llegado a esa conclusión por sí mismo. que aún no había nacido. Cincuentón. Pero sabía demasiado bien que ya no podía confiar en sus tropas para una lucha con sus ex– camaradas. «Al día siguiente se bañó de nuevo e hizo los sacrificios pertinentes. echaban de menos la disciplina de los días de gloria y a los oficiales que los ligaban con Alejandro. –Los vivos necesitan la verdad.» –Eumenes –dijo Meleagro. Cuando lo urgían a tomar partido. tajante. y era partidario del hijo de Alejandro. Menos de un mes atrás. para tratar las condiciones. Sin embargo Filipo era hijo de Filipo. con las facciones blandas del sur pero aun así con prestancia de soldado. deja en paz a los muertos. En ese momento. Nadie cuestiona tu honor. Meleagro ignoró la ironía. que lo había elevado del anonimato al prestigio y al poder. había redactado crónicas y había escrito cartas en nombre de Filipo. ¿Hablarás a los macedonios? Eumenes ya había pensado en eso. había sido y seguía siendo neutral en la presente rivalidad. Fue bien recibido. Debían mandarse embajadores al campamento de Pérdicas. Regresaron antes del mediodía. decía que él era sólo un griego y que la política era cosa de los macedonios.Mary Renault Juegos funerarios Meleagro podría haberse enfrentado a un enemigo extranjero. eran miembros de un cuerpo bien articulado dirigido por un espíritu tenaz. cuya percepción de la audiencia había sido un don artístico. Es decir. si los hombres están de acuerdo. la escasa disciplina que aún quedaba entre las tropas de 38 . Estaban olvidando la amenaza de los herederos bárbaros no nacidos. No se sabía unido a los Compañeros ni los había denunciado. Sólo era leal a la casa de Filipo y Alejandro. –Muy bien –dijo. Y que es demasiado tarde para cualquier otra cosa. Aun así. Al anochecer volvió a bañarse y después cayó gravemente enfermo. era seguir con las actividades del reino. Meleagro le expuso su dilema. Eumenes estaba dispuesto a protegerlo si podía. Pronto se vengarían de ello.

Los enviados que regresaban repitieron el mensaje a todos los que los paraban en la calle para preguntarles. Alejandro le había dicho. pensó Eumenes. El resto esperaba a que otros decidieran por ellos. –No quiero decirlo. más bondadoso. –Que diga que no. a menos que deseéis una guerra civil. Qué hombre más honesto. –No te vuelvas –le susurró Eumenes. tapándose los labios con la mano. Se la quitó y. le evocaron a Filipo ese día espantoso en que había huido de la sala y le habían dado un manto para hacerlo volver. seguido por Eumenes.Mary Renault Juegos funerarios Babilonia era impuesta por vagos sentimientos de dignidad que dependían principalmente de la popularidad de los oficiales. –Hizo otra pausa. Podéis dársela a otra persona. El rey había hablado como una persona normal. las espadas estarán desenvainadas antes que puedas recobrar el aliento. La fanfarria real provocó un breve silencio en la sala. –le recordó Eumenes en voz baja. le dictó el resto–. tenían puestos los corseletes y los yelmos. –Casi se vuelve en busca de aprobación. –Filipo inhaló triunfalmente. desde luego. qué rey más respetuoso de la ley. más atento a su desesperación sudorosa que a sus palabras.. la diadema de oro que siempre le obligaban a usar cuando iba a aquella sala. –No condenéis a ciudadanos libres. y sólo discutían sobre la forma y los medios. Pensaremos otra cosa.. ¿Has visto la sala de audiencia? Mira ahora. Y luego. Se tanteó la cabeza.. Filipo extendió confiadamente la corona hacia los atónitos soldados. –No te preocupes –dijo Eumenes en voz baja–. Desde su lugar de trabajo Eumenes oyó el murmullo de las voces rivales y el ruido de los clavos de las botas arruinando cada vez más el suelo de mármol. alzándola. Se estaba iniciando una división visible: por una parte los hombres que querían aceptar las condiciones. pero el hombre amable le había dicho que no lo hiciera. hasta llegar a aquella solución momentánea. avanzó unos pasos. Meleagro estaba allí. Enfiló hacia los aposentos reales. Filipo. Eumenes. –¿Es porque soy rey? No tiene importancia. –¡Macedonios! –Hizo una pausa. Meleagro y Eumenes soltaron un suspiro de consternación. se movía de aquí para allá sin memorizar lo que decía.. las tropas se amontonaban en la sala de audiencias. Yo preferiría no serlo. Busquemos de nuevo una conciliación. recordando las palabras que ese hombre calmo y amable le había enseñado–. estaban además irritados. Fue un momento extraño. Mientras Meleagro todavía estaba leyendo el mensaje de Pérdicas. Dile que lo he olvidado. Los ojos celestes de Meleagro. Vio que los soldados no habían venido sólo con armas simbólicas. Enviemos otro emisario. –¿Qué le estás pidiendo que diga? –preguntó Eumenes sin rodeos. Todos deseaban un momento de respiro.. de pie junto a Filipo. No hay necesidad de luchar. Vivir a la sombra de su hermano lo había vuelto excesivamente modesto. Mirad. los que se habían alineado irreversiblemente con Meleagro. No hubo una oposición seria. Nunca había pensado que Filipo tuviera tanta fuerza.. Entró Filipo. La escalera tenía una ventana que daba a la sala. Hubo aclamaciones: 39 . Detrás de él. Alejandro yacía muerto. pero en cuanto las voces se intensificaron. Un murmullo satisfecho recorrió la sala. enseñándole un discurso. Con esa voz serena que el mismo Alejandro había escuchado en medio de sus iras Eumenes dijo: –Si dice eso. Una mano fuerte y pesada aferró el hombro de Eumenes. Nadie rió mientras él esperaba que alguien aceptara la corona. Siempre presos de sus emociones –una característica que Alejandro había utilizado con infalible habilidad– los macedonios fueron arrastrados por una ola de sentimentalismo. siempre prominentes. por la otra. Así empiezan las guerras civiles. como tallado en mármol. convocando una asamblea por su cuenta. Y ahora esto. –No condenéis a ciudadanos libres. Los que busquen la paz serán aquí los vencedores. pese al calor. Se volvió sorprendido. Todos habían estado tensos. alarmados y furiosos.

un yelmo tracio y coraza de cuero. –Aquí –dijo sonriendo– veo la mano de Eumenes. reproduciendo los rizos con las tenacillas. con el rey a su lado. decían sus amigos. ¿Quién otro podría haberla escrito? –Aceptaremos. aunque grandes. Dijo que ese rumor corría entre los campesinos. una moda que Alejandro había iniciado con Bucéfalo. Vestido con la artesanal armadura de campaña. para sellar la paz con los Compañeros. Sí. Ahora no sería un problema ser rey. Su hermano Alcetas y su primo Leonato estaban con él cuando llegó la nueva embajada. por el momento respaldaba a Pérdicas. –Él me advirtió sobre ello –respondió ella con calma–. Montaba un caballo robusto y bien entrenado que se alejaba pocos pasos de Conon. no estaban todavía definidas. veo la mano de Eumenes. Al son de las trompetas y las flautas. A la cabeza de ellos cabalgaba Meleagro. El jefe de la escolta de eunucos ayudó a Estatira a bajar por la planchada. Bajaron a la costa cuando se encendieron las primeras antorchas alrededor del campamento. irritado–. El aire de la mañana aún estaba fresco. Incluso. Pérdicas observaba con huraña satisfacción a la falange en 40 . ¡No puedes aceptar el mando con ese rufián! –Te lo dije. sus bridas relucían con pendones de oro y rosetas de plata. El ambiente le resultaba tan familiar que tenía la impresión de no haberlo dejado nunca: el catre y la silla plegadiza. el baúl (había habido una pila de baúles en los días de botines victoriosos. Los enviados tuvieron que salir mientras ellos consideraban el mensaje. todos serían amigos nuevamente. que llevaba la rienda y tarareaba la tonada que tocaban las flautas. Caía la noche. La tienda de Pérdicas se alzaba a la sombra de un bosquecillo de palmeras altas. los aldeanos que vinieron a vendernos fruta dicen que el gran rey ha muerto. inquietos por la inactividad. dijo que no debíamos prestarle atención. Alzando la falda para pasar entre las cañas húmedas de rocío. era designado para compartir el mando supremo con Pérdicas. Luego veremos. y el hombre amable estaría contento con él. Filipo tenía una expresión optimista y adecuada a la solemnidad del momento. La barcaza del Tigris se acercaba al recodo donde las damas debían desembarcar para unirse a la caravana y seguir por tierra. los soldados salieron bajo las torres de la puerta de Ishtar. un gesto rara vez usado por Alejandro. Él sabía cuál era el señuelo que alejaría a la bestia de su cubil. que en su imitador se había convertido en un gesto afectado. alejémoslo. lejos de la humedad del río y los mosquitos. que recordaba al mundo su parentesco con la casa real imitando la melena leonina de Alejandro. el cordero que chisporroteaba sobre el fuego despedía olor a grasa quemada. sorprendido–. caminó hacia la tienda iluminada. Se ofrecía la paz en nombre del rey Filipo si su pretensión al trono era reconocida y si su delegado. observados por los aliviados babilonios. Sus ambiciones. –¿Qué? –dijo Leonato. Todo había salido bien. Vestía el manto escarlata que Alejandro le había regalado. Es lo mejor que hubiera podido pasar. pero eso había terminado). Meleagro. Aún estaba sonriendo cuando lo llevaron adentro. Filipo rey! Felizmente sorprendido. –¡Qué insolencia! ¿Hace falta ofender a los otros? Pérdicas apartó los ojos de la carta. Los Compañeros esperaban en sus lustrosos caballos. –Pérdicas se acarició el mentón–. Está en la carta.Mary Renault Juegos funerarios –¡Larga vida a Filipo. la mesa con caballetes. Leonato era un hombre de huesos largos y pelo rojizo. Todo saldría bien. –Señora –dijo–. el soporte de la armadura. Leonato echó la silla hacia atrás. Filipo se volvió a poner la corona. –Sin duda –dijo Alcetas. Les habían levantado la tienda en la hierba.

él lo reconoció y alargó el brazo. Meleagro se había hecho adornar la armadura con una gran máscara de oro con cara de león y lucía una capa ornamentada con hebras de oro. lo instó a hablar–.. Usaría un yelmo con doble cresta. para ganar tiempo. es verdad. después de la guerra civil (otra antigua costumbre). Y si se hubiera negado a hacerlo. si Roxana tenía un varón. Alejandro conocía muy bien el poder del miedo. Eran parientes de Alejandro. habían sido las palabras de Alejandro. «Era necesario». El rey Onfis –continuó lentamente Pérdicas les daba un uso muy especial en la India. Él sabrá aleccionarlo. Se acordó que el ausente Crátero. Cuando terminaron las negociaciones Pérdicas hizo una última proposición. Meleagro aceptó de buena gana. –No –replicó Tolomeo–. –Le ha cobrado afecto a Eumenes –dijo Tolomeo–. preparando la mano para el apretón de conciliación. Alejandro había tenido que compartir el pan con el traidor Filotas. Era una antigua costumbre de Macedonia. bruscamente autoritario–. Poco antes del ritual. exorcizar la discordia con un sacrificio a Hécate. su nuevo tutor. Y es improbable que estuviera. Una cena informal. –No importa –intervino Pérdicas. Se dijo que una vez. una reunión de viejos amigos. pero eso era de esperar. apenas había notado el cambio. Pérdicas lo saludo con mucha más reticencia. Hubo un silencio expectante. Antípatro conservaría la regencia de Macedonia. con una expresión ofensivamente familiar. Bien aleccionado. Llamaría la atención y daba buena suerte. Pérdicas invitó a la Guardia Real a una cena privada. –Pérdicas hizo una pausa. se había acercado. se reunieran en la llanura para la purificación. Planeaba una aparición impresionante. Todos los presentes contuvieron el aliento. Hasta que Crátero. Estaba recibiendo nuevas lecciones. –Onfis tal vez –dijo Nearco. –Sí. sería designado tutor de Filipo. –Claro que sí –dijo Tolomeo con impaciencia–. Alejandro jamás. incluido el mismo Pérdicas. De modo que la fiera había dejado el cubil. a cuyo mando estaba el cuerpo de elefantes. Como él vivía en los aposentos de siempre. Estaba de regreso en su casa del parque real.. excepto por la bienvenida ausencia de Meleagro. Propuso que todas las tropas de Babilonia. Estarán los elefantes. Esperemos que el ruido no lo asuste. Pérdicas dijo: –He escogido a los hombres y les he dado instrucciones. Ya había empezado a exponer sus opiniones sobre la administración del imperio. con desagrado–. Pérdicas lo reemplazaría. jinetes e infantes. Acordaron a Filipo el saludo real. –Alejandro nunca se vio ante un dilema como el nuestro –dijo torpemente Leonato. no estarían con vida. Los generales cabalgaban o caminaban a la luz del crepúsculo. muchos de sus hombres de avanzada. pero como él iba a compartir el alto mando. bajo los árboles ornamentales traídos de todas partes por los reyes persas para adornar el paraíso. Pérdicas sería quiliarca de todas las conquistas asiáticas y. Cuando los sirvientes los hubieron dejado con el vino. Eumenes no lo trata con prepotencia. –Sin duda ya habrá visto elefantes –dijo Leonato. Pérdicas aceptó con resuelta afabilidad el choque de su manaza.Mary Renault Juegos funerarios marcha y al gárrulo jinete que la dirigía. dado su alto rango y su linaje real. –Bien. Pero Meleagro. con las comodidades de siempre. Viajó desde la India con ellos en la caravana de Crátero. cosa que Meleagro no podía alegar. acorde con su nuevo rango. pudiera hacerse cargo de él. Creo que Filipo (supongo que debemos acostumbrarnos a llamarlo así) habrá aprendido su parte. la distinción no lo fastidiaba. Los hombres estaban levantados al romper el alba. como el de Alejandro en Gaugamela. para marchar hacia el Campo de la Purificación apenas despuntara el día y terminar la ceremonia antes del aplastante calor 41 . Leonato y él serían los tutores. Seleuco.

y los augurios no parecían favorables. los cuatro jinetes designados para purificar la planicie galoparon hasta las cuatro esquinas con sus ofrendas sangrientas. carreteros. Querían ver a los guerreros macedonios marchando orgullosamente para aplacar a sus dioses: ciudadanos. pero sólo les había podido ofrecer ese estupendo funeral. Se habían previsto más esplendores a su regreso de la India. leones y leopardos en jaulas doradas. Un ancho tramo de almenas había sido reducido a un terraplén nuevo y liso. prometía el buen augurio de un sacrificio aceptado.Mary Renault Juegos funerarios del mediodía. era inmensamente fuerte. flameaban en la brisa mañanera. Más lejos. Los bajos y robustos caballos griegos relinchaban a las altas cabalgaduras de la caballería persa. antes que empezaran las especulaciones sobre los augurios. Los ladrillos ennegrecidos por el humo aún olían a quemado. Se había elegido el mastín más alto y hermoso de las perreras reales. y les costó persuadirlo de que se alejara. Se había trazado un cuadrado en la ancha llanura. como había sido siempre. Habían visto muchas proezas y parecían incapaces de asombrarse. cuando el montero lo llevó hacia el altar. haciendo ruido como un mar embravecido. una época nacía. Los yelmos bruñidos de los jinetes centelleaban. El campo exorcizado estuvo listo para recibir al ejército de Alejandro. pero cuando le pasaron la traílla al sacrificador el perro gruñó y lo atacó. Toda la infantería macedonia estaba presente. Mucho antes del alba. cantineros. fabricantes de tiendas. pues la ciudad se había rendido pacíficamente y él les había prohibido a sus hombres que la saquearan. Dormían a campo abierto y bruñían las armaduras para el nuevo día. tablas de leones. Para colmo el rey se había lanzado gritando al centro de la lucha. Formaban filas cerradas. rojos y blancos. el desfile de regalos exóticos: caballos acicalados. fabricantes de naves y marinos. Amaban los espectáculos. o en las innumerables barcazas de caña y brea. la caballería persa. El rito era muy antiguo. Una época había pasado. naves. un espectáculo gratuito. habían sido segados recientemente. elevándose del horizonte chato. Los trozos blancos y rojos fueron arrojados con invocaciones a la triple Hécate y a los dioses infernales. los pendones de las lanzas. prostitutas. Gruesas y chatas. Los escuadrones y falanges estaban preparados. arrojaba sus rayos sobre millas de rastrojos que relucían como un pelaje dorado. las murallas de Babilonia contemplaban impasibles la planicie. La mayor parte de la infantería persa se había dispersado. Deprisa. El sol. y las brillantes puntas de las lanzas titilaban sobre ellos. mujeres e hijos de soldados. para dirigir el sacrificio que limpiaría de maldad el corazón de los hombres. Entonces tenía veinticinco años. terminaron manchados con más sangre de ellos que de la víctima. No había olvidado los esplendores de la entrada de Alejandro en Babilonia. Alejandro había quemado el cuerpo de Hefestión. blanco y elegante. la caballería macedonia y la carroza laminada de oro con la figura radiante y menuda del vencedor. los hilillos de brea derretida se habían endurecido en los costados. relinchaban los caballos de los Compañeros. Eran los restos de la altísima pira donde. herreros. Los observadores de las murallas los vieron levantarse a la luz de las antorchas. La mayor parte del ejército había cruzado el río durante la noche. Llegaban los jefes. la multitud había empezado a reunirse en las murallas. poco antes de su propia muerte. La víctima debía ser ofrendada. El ejército entraría en el espacio así purificado. que daban tres cosechas al año. La víctima era. como un muchacho transfigurado. que eran significativos para el ritual. maderas chamuscadas. el antiguo ladrillo asirio unido con betún negro. por el puente de la reina Nitocris. Trepidaron cascos en los tablones del Puente de Nitocris. sacrificada y eviscerada. Los ricos trigales. emprendiendo el regreso a sus aldeas por caminos polvorientos. alas y trofeos aún recubiertos por una descolorida capa dorada. Recordaban las calles llenas de flores y perfumadas con incienso. Aquí y allá penachos escarlata marcaban los limites de la plaza de armas. melladas y arruinadas por los siglos y con la lasitud de una raza conquistada tiempo atrás. los penachos de pelo de caballo. En la fosa de abajo había una gran pila de desechos. pero bajo la expectativa había una profunda inquietud. La base era la muralla de 42 . Se necesitaron cuatro hombres para dominarlo y degollarlo. desfilaría y cantaría un himno. Su docilidad. un perro. Los cuartos y las entrañas debían llevarse a los confines del campo. Bien proporcionado.

en Persépolis y allí en ese mismo campo. Pérdicas. que acababan de verter sus libaciones en el altar ensangrentado. la música del himno que iban a cantar. –Señor. Las tropas aguardaban la ceremonia final. recordándoles los viejos días junto al Indo.. domínate. un poco para sí mismo–: Haré lo posible por apaciguarlo. sí –dijo Pérdicas. Ven. que el rey Onfis en su magnificencia había regalado con cada elefante al rey Iskandar. Era tiempo de que el rey ocupara el lugar tradicional a la derecha de los Compañeros. –Añadió.. sujetándoles rosetas enjoyadas en los agujeros de las orejas correosas. en Menfis. y las lágrimas le humedecían la barba–. Su caballo estaba preparado. según era costumbre en tales ocasiones. como dicen los poetas? –Homero dice que los muertos insepultos nos observan. drapeándoles los flancos rugosos con redes de colores brillantes hiladas con hebras de oro. Tenía la cara curtida atravesada por arrugas de preocupación–. las barbas recién teñidas de azul. símbolos sagrados con ornamentos sinuosos. lavándolos en el canal. el mundo debía ver que ellos y sus pupilos sabían cómo hacer las cosas. en vez del himno. tan armoniosamente como lo habían hecho en los días triunfales de los años milagrosos. Se notaba el deterioro de la disciplina. en ocre. sorprendida por esa maniobra. mientras les enrojecían las patas con alheña. Los generales.. lenta! Los flautistas tocaron. Él nunca fue fácil de disuadir.. La caballería lucía formal y ceremoniosa. el derecho. Bien. Los dioses lo pidieron. se mantuvo en sus posiciones y masculló su desconcierto. estaban los elefantes reales. –¡Adelante! –gritó–. Para Filipo era como si alguien lo llevara de las riendas. Los encabezaba Pérdicas y. hilera tras hilera.Mary Renault Juegos funerarios Babilonia. se les sentaban orgullosamente en el cuello. cepillándoles las colas y las patas. se volvió a los oficiales alineados detrás de él. verde o carmesí. Habían servido a dos reyes famosos. Alejandro decía que él era lo bastante fuerte para cuidarse solo. La infantería. Mientras Tolomeo y Nearco cabalgaban juntos hacia las filas de los Compañeros. Las filas centelleantes avanzaron con elegancia. Los hombres están observando. Entre ellos. incrustada de joyas. habían trabajado con ellos todo el día anterior en los establos del palmar. Ya está hecho ahora. cada cual blandía la vara de marfil laminada de oro. Dios mediante. Obediente a la autoridad y a una voz mucho más imponente que la de Meleagro. el ejército te espera. en Taxila. un veterano en los desfiles. murmurándoles y acariciándolos. Tolomeo tenía razón. escarlata o verde. el lado izquierdo era la infantería. A la luz rosada de la mañana. ¡Me conocía! –Sí. el rey. llevado por su inteligente montura.. que los habían acompañado desde la India y los conocían como la madre conoce al hijo. ¡Me conocía! Jugábamos juntos. Eran lanzas ligeras para desfile. El caballo. Dios mediante. Los mahuts habían tenido un año para preparar a sus animales. Alejandro debió hacerlo ahogar. la caballería. Había sido bien instruido. la marcha de caballería típica de los desfiles. ¡Marcha. en Tiro. Pérdicas apretaba los dientes haciendo un esfuerzo por dominarse. al mando de su escuadrón. ¡Eres el rey! Señor. no las altas sarisas. pero todos los presagios habían sido inquietantes–. se dispersaron para reunirse con sus destacamentos. usando las sedas ceremoniales y los turbantes con plumas de pavo real. La mayoría de los presentes había pensado que estaba colaborando en el sacrificio. Sus mahuts. este último se limpió una salpicadura de sangre del brazo. ¿Nos observan los muertos. en un tiempo impensables. –Parece que los dioses subterráneos no están dispuestos a purificarnos –dijo. ¿Qué es un perro? –¡Era Eos! –Filipo tenía la cara roja. –¿Te sorprende? –dijo Tolomeo. Filipo se enjugó los ojos y la nariz con el borde del manto escarlata y dejó que un palafrenero lo ayudara a montar. Ansioso de mostrarlo e ir al grano. No dejes que te vean llorar. Les habían hablado dulcemente. ¿Se habría cometido algún error en las instrucciones? Esas dudas. –Y yo. de pronto los lanceros se sintieron casi desarmados. pintándoles en la frente. 43 . formando el cuarto lado. Se habían educado en la explanada real de Taxila igual que los elefantes. estaré lejos en poco tiempo. con el rey a su lado. seguía cada maniobra del que lo precedía. las lanzas no estaban bien alineadas..

¿quién había sido el culpable? ¿Quién les había endilgado ese rey hueco. Pérdicas dio una orden. Sus ex–camaradas empezaban a comprender que la amenaza no iba dirigida precisamente a ellos. Los espacios se ensancharon alrededor de los treinta cuando los hombres con los grillos se les acercaron. desafiaría la perfidia de Pérdicas: ésa era la señal que ellos estaban esperando. Plantado con firmeza en la mantilla bordada. ¡Entregadlos o seréis atacados! –Empezó a recoger las riendas. Pérdicas llamó al heraldo. quien se adelantó con un papel en la mano. para su alivio. Debo decir. pidiendo ayuda. señor –le dijo Pérdicas a Filipo–.. dejando una vez más un cuadrado vacío. Una vez en tierra formaron pares: uno asía un juego de grillos. pero sus captores habían sido elegidos por su fortaleza. En su puesto de honor ante la falange de la derecha. Pérdicas había estado preparando a Filipo para su nuevo discurso. Les pusieron los brazos a los costados. Con su voz entrenada y potente. Las filas delanteras. con una voz estentórea e inesperadamente profunda que lo sorprendió incluso a él. casi como por accidente. Éste era el rey macedonio que ellos mismos habían elegido. empezaron a abrirse espacios alrededor de ellos. Desmontaron sesenta hombres del escuadrón de Pérdicas. aún avanzaba. Pronto todos estaban en el espacio entre las filas con los pies engrillados. –Atadlos –dijo Pérdicas. los vínculos vacilantes. el escuadrón real. mirando incrédulamente. Lentamente al principio. Había algo raro en las caras de sus captores. Algunos agitaron las lanzas. 44 . dejándolo solo. gritando la vieja orden. repentinamente feroces. No tenía deseos de acercarse más a las lanzas. Eran los partidarios de Meleagro. Y a fin de cuentas. como si hablara consigo mismo. Permaneció rígido. sudando frío bajo el broncíneo sol de Babilonia. –Cuando nos detengamos. En la confusión. Pérdicas dio orden de detenerse. Algunos se entregaron sin resistencia. Los treinta se volvieron hacia aquí y hacia allá. –¡Ahora no! –susurró Pérdicas. Bajo Meleagro la moral era baja. Estaba acostumbrado a su caballo. y al fin comprendieron qué había sucedido. Los que habían llevado los grillos empujaron a los hombres maniatados. le vieron la cara tensa por el esfuerzo de un niño que trata de repetir correctamente la lección. los regalos del rey Onfis. la derecha. su propio ruido los aisló. Cuando yo diga «¡Alto!». dirás tu discurso. Las alas izquierda y central frenaron. el otro una cuerda. Todas solían apuntar hacia el mismo lado. Se acercaba el momento crucial. El sol ardiente centelleó sobre los aguijones de oro y marfil.Mary Renault Juegos funerarios eran comunes ya. ¿recuerdas? –¡Sí! –dijo Filipo–. Prolijo y elegante. –Ahora no. Meleagro no fue mencionado. que no los habían mirado a los ojos. algunas voces incitaron a la resistencia. La caballería retrocedió hasta su línea delantera. herramienta de quien lo tuviera en ese momento a su disposición? Olvidaron al lancero campesino que había propuesto inicialmente al hijo de Filipo y sólo recordaron que Meleagro había puesto al idiota el manto de Alejandro y había intentado profanar su cuerpo. cuando Alejandro estaba allí. leyó los nombres de los treinta de Meleagro. cayeron de bruces. Filipo levantó el brazo. la trompeta habló nuevamente. Si daba un paso hacia delante. contorsionándose entre sus ligaduras. otros forcejearon. –¡Entregadlos! –gritó–. como la estatua de un soldado. el escuadrón real avanzó hasta llegar a poca distancia de la falange. En voz baja. Estallaron voces entre las filas.. Los mahuts pincharon suavemente el cuello de sus obedientes pupilos. podía oírse cuán pocos eran. gritó: –¡Entregad a los amotinados! Hubo un momento de pasmado silencio. solos bajo el cielo en el campo consagrado a Hécate. Esperaban sin saber qué. Entre murmullos titubeantes. sintió a su alrededor cómo los últimos restos de lealtad se iban esfumando. señor. Desde el otro extremo se oyó un toque de trompeta y un redoble de tambores. protestando.

nadie se le acercaba.Mary Renault Juegos funerarios Levantándose simultáneamente. ¡Trompeta! El himno. Nunca había pensado antes en un final solitario. Conteniendo el aliento. La antigua fiereza del himno era tranquilizadora como una canción de cuna. Los mahuts. Un gruñido de horror y aterrada fascinación atravesó las filas. Habían hecho cosas similares en batalla. Pérdicas indicó al heraldo que soplara de nuevo y se adelantó precediendo al rey. haciendo un ceremonioso saludo tocándose la frente. Detrás. Otros trataron de rodar en el polvo gris. cincuenta trompas se arquearon hacia atrás. Los elefantes desplegaron las grandes orejas y. Gritó. Los mahuts vestidos de seda abandonaron su silencio. un elefante viejo y sabio. tenía que encargarse de los funerales. Los elefantes se movieron con experta inteligencia. chillando de excitación. teñidas con la sangre de esclavos exhaustos. Al oírlo. la camaradería. echaron a correr. Desde su puesto junto a Pérdicas. viendo que el trabajo estaba hecho. aún contorsionándose. formaron una hilera. gruesas. no había nadie más. Parecían niños saliendo de la escuela. Apenas se fijó en la masa sanguinolenta que había abajo. los oídos con sus orgullosos gritos. melladas y negras como la pez. habían aparecido dos carretas cubiertas y unos hombres con horquillas echaban los cadáveres adentro. Esto había sido indoloro y rápido. en pos de la retribución de los pesebres con palmeras y melones. Pérdicas le había dicho que esos hombres eran malvados. soltando trompetazos cuando el olor de la guerra se elevaba del suelo. Los transportó a los días en que sabían quiénes y qué eran. todo esto lo había impulsado y le había infundido valor. Luego siguieron adelante. El sirviente que le sostenía el caballo parecía mirarlo no con deliberada insolencia. La ambición. –Macedonios –dijo–. Filipo soltó hurras jadeantes. solo. en el cuadrado desierto. como la de un zorro acorralado. que dé gracias a su fortuna y aprenda a ser leal. pero la idea de revisar esa carne pisoteada en busca de jirones de identidad le dio náuseas. golpeando el cuello de sus monturas con sus manos enjoyadas o las puntas de los aguijones. Entre los muertos había dos primos y un sobrino de Meleagro. sacudiendo el suelo. vomitó hasta que se sintió totalmente vacío. apresando con las trompas los cuerpos que rodaban y reteniéndolos al bajar las patas. Mientras todos recobraban el aliento y el silencio en las filas empezaba a romperse. rojos hasta las rodillas. Todo había terminado. cómo estallaba la piel y el jugo escarlata manaba de las carnes aplastadas y achatadas. con la muerte de estos traidores el ejército queda realmente purificado y es nuevamente apto para defender el imperio. Al principio miraron los aguijones. mirando en derredor. los enemigos de quienes uno podía vengarse y redimir el propio temor. los hombres que estaban en el suelo se pusieron de rodillas. Luego marcharon hacia sus sombreados refugios. empezó a pensar en un refugio. del baño fresco que les quitaría el olor de la guerra. la infantería la imitó. la tenaz certidumbre irradiada por Alejandro. desfilaron ante Pérdicas y el rey. Agitaban los talones gritando. calmaron y lisonjearon a los animales. Traspuso la puerta. En cualquier caso. Tenía los ojos llenos con sus espléndidas vestiduras. Sólo tuvieron tiempo para moverse unos pasos. Dobló por calles angostas donde las mujeres se aplastaban contra los pasillos para dejarlo pasar. Cuando se detuvo ambos habían parado mientras uno ajustaba la mantilla. la caballería empezó a cantar. Le gustaban los elefantes –Alejandro le había dejado montar uno–pero nadie los estaba lastimando. el ejército de Alejandro vio cómo era pisoteada la cosecha humana. Meleagro se marchó. Mientras cabalgaba. Lentamente. donde hombres rapaces se apiñaban escrutándolo 45 . Sus partidarios habían muerto. y algunos aún ostentaban las cicatrices. y. se erguían las murallas de Babilonia y el derruido zigurat de Bel. que se alejaron obedientes. las enormes bestias avanzaron. Había luchado en muchas batallas. patios profundos y mugrientos entre casas ciegas. luego un hombre. notó que había dos hombres a sus espaldas. Su mente. Esto no era como la muerte de Eos. Si alguno entre vosotros merecía el destino de estos hombres y hoy ha escapado. vio las patas que se acercaban. La música hizo vibrar el aire. Siguiendo al jefe. Encima de él. Desmontando. Los hombres lo seguían. con la trompa. Tras un momento de vacilación. y luego con un trote parejo y trepidante. sino con gesto inquisitivo que era peor. Las tropas oyeron aterradas el clamor de su grito de guerra. y comprendió. Era como si tuviera la peste.

La herrumbrada luz del poniente inundó el patio. lo medían. Entró en el templo.. que pisoteaban con pies de piedra el cuello de sus enemigos vencidos. diciendo: «¿Y bien?». Los perseguidores ya no estaban a la vista. el color y la luz de un templo griego. El templo parecía poblado por los fantasmas de hombres de piedra. Sabía que le habían visto. gran rey de los dioses. desde la oscuridad llegaba el típico olor de los templos. El tiempo pasó. y un tajo de luz hendió la oscuridad. Las sombras se acercaron. ¡Santuario! La puerta detrás de la imagen de Bel se abrió ligeramente. Sentía. Las sombras se ahondaron alrededor del ceñudo Bel. Enseguida supo qué estaba mirando. aún sin pedestal. detrás de la puerta de ébano había hombres. Todos sabían que allí Alejandro había hecho sacrificios a Zeus y a Heracles. Tenía la cara ennegrecida por el tiempo y el humo. No había comido desde el amanecer. Era Alejandro. lo investigaban. ¡Un santuario! Ató el caballo a una higuera en el jardín poblado de malezas. Después. En la penumbra del patio algo se movió. Pero antes debía ir a sus aposentos. salvo por una clámide roja sobre un hombro.. alquilar su espada a algún sátrapa del Asia. Cuando se acercaron. Pero su gente de confianza había muerto. Meleagro echaba de menos los cielos abiertos de un altar montañés de Macedonia. Detrás de la puerta. Era un suplicante. El último rayo de luz murió. carne y madera quemada. el olor babilónico de ungüentos extranjeros y carne extranjera. Había perdido toda autoridad. titilaba opacamente. Alguien lo recibiría. adentro. El lugar parecía desierto. pero los ojos incrustados de marfil emitían un fiero resplandor amarillo. pero aun así no pudo moverse. miraban a Meleagro.. Estaba en el suelo. un altar era un altar. Aquí estaba a salvo. Tenías la frente arrugada. Avanzaron hacia la entrada ruinosa.. vio en las sombras la imagen colosal de Bel. la túnica. tenía la sensación de que lo observaban. Sus ojos profundos. Aparentemente nadie le había dicho que había un nuevo rey en Babilonia. Dos sombras aparecieron en el cuadrado titilante. ocho años atrás. Él había visto de cerca esa furia viviente. con sus iris de esmalte gris. necesitaría oro. No importaba. vino. Ante él estaba el altar del fuego. comida. Mientras caminaba en medio del calor enceguecedor. sólo quedó un cuadrado de penumbra y. No eran sombras de babilonios. más que oía.. cubriéndolo todo excepto las pupilas amarillas. El cetro era alto como un hombre. Meleagro apoyó la espalda contra el altar oscuro y desenvainó la espada. Al principio no pudo ver en la oscuridad. ¿Qué es ese ídolo? Una idea. consumido y lleno de cicatrices. Al principio se contentó con recobrar el aliento y disfrutar de la frescura entre las paredes gruesas y altas. entronizado con los puños sobre las rodillas. La puerta se cerró.Mary Renault Juegos funerarios peligrosamente. ofrendando la sangre al demonio de piedra. En la pared detrás de Bel había una puerta entre los azulejos esmaltados. Un lugar sagrado tanto para los griegos como para los bárbaros. ir al oeste. estaba flanqueado por leones alados con cabezas de hombres barbados. Fuera. los ojos hundidos. alguien tenía que atenderlo. cubierto con cenizas muertas. su caballo pateaba y relinchaba.. Era una estatua de mármol teñido con colores naturales que databa del primer triunfo babilonio. se oyeron murmullos que después se alejaron.. Se le paró el corazón. Él miró con gesto desafiante la cara que lo escrutaba. Pero no fue a anunciarles que estaba allí. De pronto salió a la ancha avenida de Marduk. Alejandro esperaba serenamente el nuevo templo que había patrocinado. sin embargo. «Estabas flaco. un movimiento detrás. Más que la comida. su presencia se afirmó. creyó reconocerlos. una oscuridad total. a la luz de una lámpara alta. –¡Santuario! –gritó–.» Pero el recuerdo evocaba con fuerza la presencia verdadera. alguien apareció ante él a la luz del sol. Oyó el tintineo de las espadas desenvainadas. blandiendo una lanza de bronce dorado. pero no se atrevió a golpear. al amparo de la oscuridad podría marcharse. había recibido sobornos de veintenas de personas que hacían solicitudes al rey. Con la oscuridad. A través de arbustos exuberantes un sendero conducía a la entrada ruinosa. Ahora sería mejor salir de la ciudad. Desnudo. La enorme mitra tocaba casi el cielo raso. No podía quedarse ahí y pudrirse. el semblante grácil y humano de su dios. frente al templo.. pero pronto empezó a buscar señales de vida. pero era sólo el contorno y el olor 46 . cuya pátina de oro se estaba descascarillando. el cuerpo joven y terso. estabas perdiendo el pelo. confundidas con las tinieblas. Gritó de nuevo.

sus doncellas se lamentaban y entonaban salmodias rituales. Nada parecía cambiado desde ese verano de ocho años atrás. Pero para su profundo alivio ella parecía estar cómoda donde estaba. que la había tiznado de cobalto bajo los ojos grandes y oscuros. según lo ordenado por Bagoas dos meses antes. Después de comer y de que sus servidores se hubieron ido a instalarse en sus propios aposentos. la criatura tendría asegurada la belleza. En el harén. Gritó sus nombres en voz alta. pensaba el guardián. cinceladas por el embarazo y la fatiga. despertaba las reminiscencias de Dripetis que entonces sólo tenía nueve. y cuando ellos le apoyaron la cabeza sobre el altar. Un obsequioso cortejo de eunucos y servidoras condujo a las princesas por los tortuosos corredores de Nabucodonosor hasta los aposentos. Pero luego salieron al patio soleado. La besaron y le dieron las gracias. Pero los nombres eran erróneos. aprendidas de memoria.Mary Renault Juegos funerarios familiar de los hombres de su patria. avisados de la llegada por los mensajeros. Pensaron en la cara perfecta de la madre. Las manos eran largas y suaves. Sus facciones eran puras. pero esto no era razón para no apuntar más alto. a quien la abuela nunca nombraba. que era una pulgada más alto. Todos habían muerto –incluso Alejandro– excepto la abuela. habría hecho buena pareja con ella. Esa boda con Alejandro había sido un desperdicio. recordándolo en su hogar montañés antes que fuera rey. Hasta el guardián las había recordado. Los pañuelos y velos aún despedían el recordado perfume. Despojada de estandartes y penachos. adornada con ciprés y sauce llorón. creía que daría a luz en Susa. Se estaban adormilando cuando una sombra cruzó el umbral. En la habitación que había pertenecido a su madre las bañaron y perfumaron y les dieron de comer. Se marchó pensativo. recordaron aquella otra vida. la encontró más bella que en la boda de Susa. prometía ser distinguido. cuando su padre las había llevado ahí antes de marchar al encuentro del rey de Macedonia. (Su novia de Susa. delicadamente persas. El guardián había temido que después de la muerte de Alejandro. él. Sin duda la gravidez la había serenado. habían salido al encuentro de la esposa de Alejandro para anunciarle que había enviudado. el pelo aún rapado en señal de duelo. Hablaron de su padre. Entró una niña. La princesa sollozaba. como en la niñez el adusto poder de Babilonia. Leonato. sintieron. evocando viejas amistades en el ejército de Alejandro. riendo mientras las arrojaba al aire.) Al menos Alejandro había tenido el buen sentido de tener un hijo con ella. Elia dijo que Alejandro la había llamado. Pérdicas y Leonato. Se arrodilló sin derramar una gota. de tez clara y ojos oscuros. Los guardianes de la puerta oyeron maravillados estos nuevos llantos. Compartiendo un diván. contemplando el estanque iluminado por el sol. cabalgaban junto a los carruajes que parecían un cortejo fúnebre. la caravana enlutada entró lentamente por la Puerta de Ishtar. Había hecho muchas cosas extrañas después de la muerte de Hefestión. ocultando la sorpresa que le había provocado su llegada. lo había defraudado inmensamente. que tenía doce años en aquel tiempo. los aposentos de la esposa aguardaban. Él también tenía una esposa persa. Por el momento. Debía de haberlo hecho sin informar a nadie. una meda atezada elegida por su linaje. mezcla de persa e hindú. a la piscina donde habían empujado sus barcos de bambú entre archipiélagos de lirios o se habían sumergido hasta el hombro buscando la carpa. perfumados e inmaculados. exploraron el guardarropa de la madre. Estatira. era muy bonita. Después de disfrutar el espacio y la luz del palacio de Susa. con dos copas de plata en una bandeja también de plata. todo iba bien. Roxana quisiera ocuparlos. 47 . A falta de otra cosa. Era evidente que eran las únicas palabras persas que conocía. –Honorables damas –dijo ceremoniosamente. Pérdicas escoltó a Estatira allí. que escoltaba a Dripetis. Tenía unos siete años. lo degollaron pensando en Alejandro. notó que ese rostro aún inmaduro. La cabeza descubierta. enmarcada por el pañuelo con perlas de cultivo y cuentas de oro. tanto tiempo después de los días prescritos. Los reyes persas siempre habían sido apuestos. los párpados con sus largas y sedosas pestañas eran casi transparentes. Mientras la ayudaba a bajar de la carreta.

Cerró los párpados. La tapa del pozo había sido aflojada recientemente. Empuñándola dijo: –Alejandro está muerto. La sombra de las palmeras apenas se había inclinado cuando el dolor la despertó.. Dripetis en el suelo. Se le acercó fulminándola con la mirada. La bebida sabía a vino y limón. –¡Tú hiciste esto! –dijo él. no había esperado a que exhalaran el último aliento. –Hay un viejo pozo en el patio de atrás –dijo ella. Lo creerán porque lo desean. un poco desconcertada. Roxana enarcó las cejas. se volvió borroso. hasta donde había rodado en medio de mortales convulsiones. pero cuando ellas empezaron a sentir los dolores yo no había bebido aún. demudado de horror. –Lo había olvidado. –Dripetis. Ambas lo dijeron. El pesar por sus padres. Él miró a la muchacha muerta. fue demasiado tímida para venir personalmente. admirando las flores y los pájaros tallados. Y si supiera que será como tú. conteniendo apenas su furia. Y en tal caso. cuando nazca tu hijo te mataré con mis propias manos. Las copas de plata estaban frías y eran agradables al tacto. debe ser nuestra hermanastra. ¿Quién creerá eso. por Alejandro. con un delicioso gusto agridulce. maldita perra bárbara? –Todos tus enemigos. Alejandro no la amaba. Estatira estaba tendida en el diván. Una de las concubinas debió mandarlo para darnos la bienvenida. Él había acercado la mano a la espada. Estatira exhaló el último suspiro cuando entró Pérdicas. –El hijo de Alejandro. ella se había complacido en aclararles la verdad. –Exquisito –dijo Estatira–. Recuerdo que nuestro padre trajo aquí la mayor parte del harén. Éste sería un lugar grato para dar a luz al niño. El aire denso estaba aún perfumado por las ropas de su madre.Mary Renault Juegos funerarios ella sonrió. hasta que Dripetis se apretó el vientre y empezó a gritar.. –No –dijo Estatira. Al principio. y no había nadie a la vista. yo tampoco lo haré. echó una ojeada a la habitación de su madre. como regente del Asia. Ella le sonrió. Su único hijo. Por un momento Pérdicas descargó su furia con maldiciones.. antes del final. dijo algo en babilonio. se había mudado al palacio. –¿Yo? Fue el nuevo rey. Él la siguió. Cuando las princesas empezaron a gritar pidiendo ayuda nadie se había atrevido a acercarse. conocedora del mundo–. Luego vio a una mujer sentada en la silla de marfil ante la mesa de tocador. Mañana podríamos invitarla. Nadie vendrá. –No añadió que. Nadie saca agua de allí. Roxana lo escuchó con calma. Pero se había ido. Era un lugar familiar. Diré que también a mí me envió el brebaje. –Aquí –dijo ella– está el hijo de Alejandro. Al principio pensó que estaba por abortar. No era la hija de un sirviente. Pérdicas. tras echarle una ojeada. te mataría ahora. hizo salir a los solicitantes y lo escuchó. Por un instante Roxana se atemorizó. Alzaron las copas. Cuando el regente se tranquilizó se limitó a apoyarse la mano en el vientre. recobrando la compostura–. Muy pocos lo sabrán. –¿Fuiste tú quien la mandó llamar? –Oh. dicen que no es potable. Cuando la levantó 48 . No digas nada. Estaba recibiendo solicitantes en la pequeña sala de audiencias cuando el guardián del harén se presentó sin anunciarse. –¿El rey? –dijo Pérdicas furioso–. Hasta las palmeras parecían calcinadas por el calor. ellas les habían dicho a sus doncellas que deseaban estar tranquilas. al oírlas todos habían intuido la causa. sí. la cara gris y aterrada. y se marchó. Estatira había salido al patio para llamar a la niña. Pérdicas. Ella llegó aquí sin ceremonias. Llevémoslas allí.. Yo hice lo que él hubiera querido. Pérdicas lo siguió corriendo al harén. no vio a nadie más en la habitación. seguro. El guardián. –Tenía hermosas ropas y aros de oro –dijo Dripetis–. ansioso de librarse de toda culpa (de hecho no había tenido ninguna participación). Pero si alguna vez vuelves a decir eso de él.

oyó cómo las ropas raspaban las paredes del pozo hasta llegar al fondo. Agachándose. Ella lo había invitado para aliviar su aburrimiento. era leal a Alejandro. No era momento para ir a Babilonia. reflejado desde la distancia. Apenas lo veremos este año. Pudieron ver que la esposa de Alejandro. Sólo quedaban viejos. Él querrá que yo vea al niño. Cuidadosamente. Babilonia siempre ha sido un lugar para visitar en invierno.» Habían terminado la partida y estaban bebiendo sidra. por consideración a mí. 49 . pensó. «Una lástima. madre. que sería buen jugador si se concentraba. el harén parecía abandonado. Sacó una bufanda adornada con perlas de cultivo y abalorios de oro. –¿Qué le has hecho? –retrocedió asqueado. Apenas le llenaba las manos. un velo adornado con alas de escarabajo. como acababa de decir. decía: «¡Pero. que tenía la cara manchada de vómito. Entonces comprendió que el pozo estaba seco. el hijo de Alejandro. un viejo eunuco con un pasado distinguido que se remontaba a los tiempos del rey Oco. Caviló sobre los ejércitos de marfil del tablero. –Necesitaba más descanso. alzó el manto de lino bordado. tocó sangre húmeda. Primero levantó a Dripetis. antes que se marchara al este. sonriendo–. que había recordado tu recomendación? – dijo en una pausa–. no es hombre de quedarse quieto. No tenía opción y lo sabía. Sabía que lo habría olvidado. El chambelán notó que estaba distraída y adivinó la causa. sin duda te enviará a sus altezas. Siempre le decía que era el juego de guerra de los reyes y. ella había muerto antes que terminara el aborto. No pudo cerrarle los ojos. –No lo puse a prueba –dijo ella. –¿Notaste. el nieto de Filipo y Darío. Pérdicas fue hasta el arcón en busca de algo para cubrirle la cara. ya humano. Si podía evitarlo. Regresó en silencio. envolvió a la criatura en la mortaja real. Aún estaba ligado a la madre. y la llevó ceremoniosamente hacia su sepultura antes de volver en busca de la madre. el hijo de Alejandro no llegaría al mundo como el hijo de una envenenadora. las uñas ya crecidas. secándose las manos en la cobija. Volvió hasta el baúl. –Sí –dijo Pérdicas. Después de soltarla. Experto en sobrevivir a innúmeras intrigas palaciegas. –Vamos. muerto o vivo. Para arruinar el juego. los dedos contraídos sobre la tela del diván. Tú le dijiste. aún le tenía afecto. Roxana se encogió de hombros. cuando el rey estuvo aquí. jugaba con astucia y era mejor contrincante que las doncellas. el sexo definido. que llevaba en sus venas frágiles la sangre de Aquiles y de Ciro el Grande. –Por un momento. Ya ves que está muerto. cayó en un par de trampas y salió bien librado. Pero. éstos son detalles!». –Miró de nuevo el tablero. la cara parecía fruncir el ceño con los ojos cerrados. ambicioso y amante del poder. Orgulloso como era. –Por cierto. se la limpió con una toalla antes de llevarla al agujero oscuro del pozo. Uno de los puños estaba apretado como con furia. mientras Roxana esperaba impaciente. y ya tenía ochenta años. no era época para viajar a Babilonia. en cuanto Estatira haya dado a luz y pueda viajar. Cuando empezó a moverla. La reina Sisigambis estaba jugando al ajedrez con el chambelán principal. Ahora que las muchachas se habían ido con sus jóvenes servidoras. y movió un elefante para amenazar al visir de eunuco. un hálito de vitalidad pareció atravesar el salón silencioso–. Cuando volvió. Pero cuando parta. en los estertores de la muerte. Pero cuando yo lo amonestaba diciéndole que podía jugar mejor. apresúrate –dijo Roxana–. Contuvo la furia y lo liberó. como una mujer. que el joven no hubiera mandado buscarla también a ella.Mary Renault Juegos funerarios sintió olor a moho viejo. ella lo miró a la cara y se aferró a los brazos del sillón. –Aparentemente él quiere pasar el invierno en Arabia. Él miró al muñeco de cuatro meses. había dado a luz al heredero. y la mera cortesía exigía que le prestara atención. cuando el chambelán fue llamado con urgencia por el comandante de la guarnición. fingía interesarse. Estatira tenía los ojos abiertos. –Sí –dijo ella–.

temiendo que se cayera. Ella le leyó la respuesta en la cara. –Cuando él no me escribió a mí. Para proteger a las niñas.» Ella sabía suficiente griego para entender esas palabras. sin dejar de mirarla. De pronto se irguió en el sillón. cuando hay tanto trabajo por delante?» –Amigo mío.. Ha muerto. Adiós. Les habló sobre sus familias les dio consejos. ¿es ése su sello? Él lo examinó. ante la primera palabra un escalofrío le había atravesado el corazón. Por último. trataba de no mirarla. –Nadie sufrirá. lo han envenenado.. que conservó puestos. el viejo sobreviviente. sino pensativa. –Dime –dijo ella–. A mi edad. Era como si el cuerpo de la reina ya lo hubiera sabido. Nadie será acusado de nada. pero acercándose la carta podía leerla. Hubo una pausa mientras ambos guardaban silencio. léeme esto. como pensando: «¿Por qué estoy aquí sin hacer nada. si en verdad no son los mismos. abrió un cofre de marfil y extrajo una carta. entonces se inclinó ante el más bajo. Cuando te vayas. madre. En Babilonia es común en verano. Tenía la cara encogida. los detalles eran claros. cuando éste huyó de Isos ella casi se muere de vergüenza. Zeus Olímpico en su trono. Palabra por palabra. tal vez estén seguras. Gracias por los servicios que me has prestado en todos estos años. Él le contó lo que sabía. –Es el rey –dijo ella–. venganzas y traiciones habían sido cosa de todos los días. Ella le leyó nuevos temores en la cara.. una enfermedad mortal que no podrían eludir. escritas en persa elegante por un escriba. la reina se había arrodillado ante el hombre alto y apuesto. No sólo lo esencial. casi tan pálido como ella. mándame a mis doncellas. Los años de su madurez habían transcurrido durante el peligroso reinado de Oco. La consternación de todos le hizo notar que había cometido un espantoso error. Se volvió hacia una mesa que tenía al lado. acaba de terminar una época. –Por favor.. alzó los ojos. –Este hombre dice que fue la fiebre de los pantanos. Después 50 . El joven conquistador fue anunciado en la tienda desolada donde su enemigo había dejado abandonada a la familia. –No. sintiendo el desastre que se abatía sobre su vejez. morir es fácil. ordenando sus joyas. el águila posada sobre la mano. Fue obra mía que él la dejara embarazada. ¿Y no hay noticias de mis nietas? Él meneó la cabeza. haciendo reverencias como un animal bien entrenado hace piruetas. leyó un saludo final: «Te encomiendo.» Había cinco o seis cartas. Él se incorporó prontamente. como yo creo que son. Del mismo modo. Todas tenían el sello real. Cuando se hubo despedido de todas. las abrazó y repartió las joyas entre ellas. que dio un paso atrás. Por primera vez ella le vio los ojos. –Lo han asesinado –dijo. La reina meneó la cabeza. Las doncellas la encontraron tranquila y atareada. –Es similar. Su esposo tenía bastante sangre real como para estar en peligro cada vez que el rey se sentía inseguro. «No importa. pero no es el sello real. Al llegar a «He estado enfermo.. –Tomó el cofre y lo dejó a un costado. Tradujo escrupulosamente. había confiado en ella y le había contado todo. El chambelán. querida madre. y circulan falsos rumores sobre mi muerte». que no confiaba en casi nadie. todas menos los rubíes del rey Poros. Él agachó la cabeza. a poca distancia. alguien había desviado la vista cuando su esposo fue llamado a la corte por última vez. como con frío pero sin asombro. Pero no sólo estaba dolorida. Oco lo había matado. La vista del eunuco no era la de antes. ¿Lo había usado antes? Sin hablar. Él le tomó las manos y la obligó a levantarse. Él. –Aun así. Ahora iré a mi habitación. Quizá se hayan ocultado. ambos habían vivido en el reinado de Oco. Ella creyó que seguiría vivo en la persona de su esbelto hijo. a tus dioses y a los míos.Mary Renault Juegos funerarios –Señora. la reina le puso el cofre en las manos. Los comprendió. pero al cabo de un momento ella le indicó que se sentara y esperó a que hablara. Él miró las cartas. se tendió en la cama y cerró los ojos. –Él se casó con Estatira por razones políticas.. Las intrigas. como si fuera evidente. la cara de la reina tenía el color del pergamino viejo.

Y eso era lo que había detrás. Habría sido una elección óptima. Luego. salud y prosperidad. no las ahuyentó. caballo o mula montañesa según el terreno.Mary Renault Juegos funerarios de las primeras negativas. ahora tendría que enterarse de otra muerte. durante la temporada de navegación. pensó Antípatro. «A la reina Olimpia. El último correo de la larga cadena había llegado a Pela. No era piadoso molestarla. de buena sangre. cuando tuvo edad para las muchachas y pudo elegir a gusto. Recordó también un chisme que había oído durante el primer año del reinado del joven. en su propio hijo mayor. pero el muchacho se hubiera sentido atrapado. y había muerto por eso– pero ella no podía resignarse a lo que había sido resultado de su propia obra. sería decir que habían embalsamado el cuerpo del rey conservando las facciones y sólo faltaba un carruaje digno para iniciar el viaje hasta el cementerio real de Aigai. viendo que empezaba a agonizar. los mensajeros del rey habían llevado la noticia de la muerte de Babilonia a Susa. aunque alarmante. Al anochecer del quinto día advirtieron que había muerto. Los terneros engordaban. se turnaron para cuidarla. había un barco siempre preparado para llevar sus cartas a Macedonia. y menos aún mantenerla viva para que se vengara. Se sentó a la mesa con la cera delante. Pensó. o usado. ¿Y ahora? Dos mestizos nonatos. respiraba tan silenciosamente que costó advertir que ya no lo hacía. Había sido un error sugerirle su propia hija. Al leer la carta y enterarse de que a fin de cuentas no sería reemplazado por Crátero (Pérdicas se había cuidado de aclararlo). buscando alguna palabra decente y amable para su vieja enemiga. «¿Crees que ahora tengo tiempo para celebrar una boda y esperar hijos?». se alarmó cuando buscó refugio en otro varón. Galopando día y noche a lomo de dromedario. Al cuarto día. y sólo había logrado ocupar el segundo lugar y no el primero. la dejaron sola tal como había ordenado. Se había hecho de un enemigo cuando pudo haber tenido un aliado. «No quiero que un hijo mío sea criado aquí mientras yo estoy lejos». Cada vez que Filipo iba a la guerra él gobernaba Macedonia. si notó que estaban. cuando se preparaba para marchar al Asia sin dejar un heredero. Tendría que enviarle la noticia. Podía haber tenido un hijo casi adulto. a quien podría haber admirado en otras circunstancias. ella le había mostrado el matrimonio como la túnica envenenada de Heracles (¡otra perfidia femenina!). siempre había sido inconcebible que llegara a viejo. Entre sus amigos íntimos corría la broma de que. Se contuvo. las ovejas habían dado su 51 . no era del todo inesperada. de Susa a Sardis. El viejo leyó en silencio. Sin duda se había alegrado al enterarse de la muerte de Hefestión.» Era pleno verano en Epiro. y había entregado la carta de Pérdicas a Antípatro. reflexionó. Al principio. Una manera adecuada de terminar la carta. a lo largo del Camino Real que Alejandro había hecho extender hasta el Mediterráneo. tenía más aspecto de rey que Alejandro. Bien. las doncellas ya no intentaron darle de comer ni de beber. le había dicho. pensó ante todo que la Grecia meridional se levantaría en cuanto se difundieran las nuevas. el orgullo de jóvenes leones descontrolados. algún elogio apropiado para el muerto.. irrigado por las nieves invernales evocadas por Homero. Conocía a Alejandro desde pequeño. ¡Esa maldita mujer! Durante la infancia le había hecho odiar a su padre. a quien todavía recordaba como un niño precoz. Pudo haber hecho una elección mucho peor que Hefestión –su padre lo había hecho. no sin aprensión. por fuera. ¿Cómo habría sido después de esos años prodigiosos? Tal vez aún pudiera saberse o deducirse. Antípatro se lo había dicho casi en esos términos. y entretanto. Un hombre. que sólo se había parecido a sí mismo. El alto valle estaba verde y dorado.. comunicándose uno a otro la noticia breve y asombrosa. El honor que lo mantenía leal también le había intensificado el orgullo. En Esmirna. La noticia en sí. le había dicho a alguien. desde que Alejandro se había ido al Asia había gobernado toda Grecia. Era cruel burlarse del dolor de una madre por su único hijo. de Sardis a Esmirna. Antípatro era todo blanco bordado en púrpura. a quien no había visto en más de una década.

El mundo había cambiado. De pronto Cleopatra sintió un arrebato de furia. La reina Cleopatra. y no te dejes engañar si alega que. también recordaba que si había que enfrentarse a la madre en uno de sus temibles arranques. el día de la muerte de su padre.» Se paseaba con impaciencia mientras el escriba redactaba. la miró con un aire de ansiosa complicidad. Alejandro muerto le despertaba un respeto sin dolor. La crema blanca de la cara de Olimpia resaltaba como tiza. más tarde. estaba majestuosa e imponente. Aplacada por el remordimiento. era demasiado pronto para saber cómo. recordó los días en que eran niños. en un fenómeno que se volvía más deslumbrante y extraño con la distancia. como compartiendo su cautela ante la sede del poder. la cara como piedra. no de seductora Afrodita sino de imponente Hera. Al lado estaba la destinada a Olimpia. Ha muerto. ella tendría que hacerlo. un viejo allegado de su madre desde los tiempos de Macedonia. ella se había convertido en un peón del estado. Cuando vio a su hija en el umbral y se volvió para reprenderla por la interrupción. No había modo de saber cuántas cosas conocía él. Olimpia le hizo una seña al escriba. cuando se presente ante ti. ligeramente coloreados de rojo. hija de Filipo y hermana de Alejandro. con la cara del padre. se había pintado las pestañas con antimonio. como correspondía a una hija: presentar una cara grave y triste. alentada por quién sabía qué furias elementales. Entrando en la habitación. las voces de niños que jugaban a lo lejos. Olimpia estaba dictándole algo a su secretario.. Cleopatra se detuvo y pudo oír que estaba preparando una larga acusación contra Antípatro. cuando aún eran pequeños. A través de la puerta vio al secretario raspando la cera laboriosamente. Cleopatra irguió resueltamente la barbilla cuadrada que había heredado de Filipo y. 52 . Cleopatra. Ella se volvió hacia Cleopatra. con sólo dos años de diferencia. El rey muerto era hermano de ella. Alejandro no se enfrentaría ahora.Mary Renault Juegos funerarios lana suave. para privarla del amor de su madre. Aunque atentaba contra todas las costumbres. y se había inmiscuido cada vez más en los asuntos del reino. y las incesantes riñas de sus padres los unían en una actitud defensiva. Cleopatra se había propuesto actuar. dijo: –No fue en la guerra. quien se marchó dejando los papeles desordenados. Miraba directamente frente a ella. Él había llegado al mundo antes que ella. se quedó con la carta de Antípatro en la mano. y los labios. Habían dejado de reñir pronto. Sabía dónde encontrarla: en la sala de huéspedes donde se había alojado durante el funeral del esposo de Cleopatra. Recta como una lanza y aún esbelta. ansiando estrecharlo contra sí y gritar: «¡Tú eres el rey!». El día de su boda. como Alejandro vivo le había despertado respeto sin amor. los moloseos habían prosperado bajo el gobierno de una mujer. Tenía la cara blanqueada. Ella lo despidió amablemente. Murió de fiebre. el chasquido de la pluma del hombre. Había pintado la imagen que ella tenía de sí misma. bajó a la habitación de su madre. Odiaba a ese hombre. era un muchacho robusto y bronceado. con el papel en la mano. Dejó la carta de Antípatro. Se había lavado el pelo gris con manzanilla y alheña. en una ocasión tan tradicional. Olimpia tenía poco más de cincuenta años. de las atenciones de su padre. sin ningún gesto para despedir al escriba. los árboles estaban cargados de frutos. no las mejillas. una paloma en el árbol cercano. esperó hasta que no aguantó más. Por unos instantes. La puerta estaba entornada. no que la toquen. dijo ásperamente: –No es preciso que le escribas. después de eso se habían visto poco. mirando desde la habitación superior de la morada real hacia las lejanas montañas. tomando la carta. El perfecto silencio parecía ahondarse con cada pequeño sonido. Al verla ante la puerta. y donde había permanecido desde entonces. «Interrógalo sobre esto. En ese momento su hijo de once años volvió de un partido de pelota con sus pajes. había empezado a usar cosméticos como una mujer a quien sólo le interesa que la vean. mientras continuaba con una horda de agentes ese conflicto con Antípatro que había vuelto imposible su posición en Macedonia. empezar con las advertencias habituales. él se había convertido en rey y. era él quien siempre se prestaba a capear el temporal. un resumen de viejas cuentas que se remontaban a diez años atrás..

Tomando La Odisea. sólo podía cerrar las manos sobre la piedra y afirmar que no debía ser. Cleopatra cerró la gruesa puerta.Mary Renault Juegos funerarios –¿Ésa es la carta? Dámela. el espíritu parecería menos extraño. Como un dios. ¿Su sombra le obedecería? La había amado. la risa. Luego. el líquido sagrado. el fantasma. tendría que partir al amanecer. Ella contempló el cielo del este. el Oráculo de los Muertos. Su nueva y joven esposa. Quedó vacía. los ligeros rasguños en la piel delicada. El espíritu de su padre había surgido en la penumbra y le había dicho en voz baja que sus problemas terminarían pronto y la fortuna la iluminaría. Su hijo iría a ella. había dos mil millas desde Babilonia. Iría aun desde Babilonia. Olimpia se aferró a la columna de piedra de la ventana y sintió la mordedura de las talladuras en las palmas. las lágrimas le mancharon las mejillas con pintura. Cleopatra se la entregó. había dicho las palabras. Luego. Ambos habían ido allí durante el tiempo de exilio. Haría la ofrenda. sin abrirla. se le escabulló. Incluso para un espíritu. recordándole siempre que heredaba la sangre del héroe a través de ella. aún era un niño para ella. Cuando hubiera visto el cuerpo. vívido a la vista y al tacto. Junto al fuego. ningún hombre ha sido más afortunado que tú. apareció el niño. se había dicho que toda vida debe morir. los ojos asombrados y atentos. con la daga de Pausanias entre las costillas. Los suyos secos se le humedecieron. mirando el cielo rojo del poniente. Ésa también era una vieja historia. ardiendo en los rescoldos como una ladera quemada. impaciente por vivir– y la había hecho soñar.») Lenta y solemnemente. en éxtasis. Un sirviente que pasaba vio la cara absorta y por un momento pensó que alguien había dejado allí una máscara trágica. recibiría el cuerpo de un hombre casi maduro. El aroma de su pelo. Se lo habían predicho antes que él naciera. Sería una larga jornada. cuando Alejandro había desafiado al padre para defenderla. Había ido allá tiempo atrás. a quien ella había ofrecido el veneno o el estrangulamiento. Ardientes alas de fuego le habían brotado del cuerpo. La muerte de Alejandro era algo entre ellos dos. cuando el fuego se propagaba por el asombrado mundo. Ella quedaba excluida. en Epiro. Más tarde. recordando el sueño. que el momento estaba lejos y que ella no viviría para verlo. 53 . Ningún sonido vino de la habitación. donde confluían las aguas del Aqueronte y el Cóquitos. pero rara vez la había obedecido. Recordaba el laberinto oscuro y tortuoso. Había despertado bruscamente. Tal vez mientras ella dormía él se había dormido en su vientre –había sido inquieto. Nunca se había resignado a aceptar lo inevitable. Cuando se fue. las rodillas sucias. había visto la tierra negra y humeante. esperando a que se fuera. El fuego seguía fluyendo de ella cubriendo montañas y mares hasta llenar la tierra. Pues ella sabía que temía su extrañamiento. contra su voluntad. Esperaría la llegada del cuerpo. ella la escudriñaba. El hombre. se encontró con la visita de Ulises a la tierra de las sombras. Ahora se había cumplido. incluso para Alejandro. No. y había tendido la mano buscando al esposo. desde el fin del mundo. de pronto. el enfado. flotando en las llamas. Había permanecido despierta hasta la mañana. Ella la sostuvo. estaba el Necromantión. se habían esfumado. Aquiles. Pero tenía ocho meses de embarazo y hacía tiempo que él había encontrado nuevas compañías. Desde el peñasco desolado donde la habían abandonado. («Fue en mi patria. como su vida. batiendo y extendiéndose hasta que tuvieron el tamaño suficiente para elevarla al cielo. se mordió el brazo para ahogar el llanto. Apuró el paso para no ser alcanzado por esa mirada hueca. En la costa. coloreándola con el Aquiles de los cuentos. tomaría la balsa y entraría en la oscuridad. la libación de sangre que daba a las sombras fuerzas para hablar. ella le había contado viejas historias familiares sobre Aquiles que habían corrido de boca en boca. ¿Y si los primeros en venir fueran los que habían muerto en suelo patrio? Filipo. donde habló con ellas. Cuando empezó la escuela él había acudido ávidamente a La Ilíada. Reflexionó. sin duda el espíritu estaría así más cerca.

Se apartó de la columna. Su hija Eurídice. fijos en las nubes relucientes. el mismo a quien los macedonios habían pasado por alto cuando niño para hacer rey a Filipo. feliz de saber que su hijo era famoso. pero de un matrimonio posterior. hija única de una hija única. como lo había hecho varias veces antes.. Por fin se durmió. como Cleopatra. como tratando de tranquilizarla–. Al amanecer. le había dado una casa y las había mantenido. a ser rey en la tierra de los muertos. Quedó demasiado debilitada para levantarse. Bardelis. era bonita.Mary Renault Juegos funerarios y ninguno lo será. despertó recordando su enorme pesar.. gobernando sombras de hombres pasados. Aquiles. Su madre había sido una princesa iliria y una guerrera notable. –Claro que sí. Jamás había perdonado la muerte de Amintas. Lo dice aquí: Así hablé. y el alma del aqueo de pies ligeros se alejó deprisa por el prado de asfódelos. «Pérdicas regente de los reinos asiáticos. Cuando vivías. jamás trates de consolarme por mi muerte. Cinane y Eurídice estaban practicando con la jabalina. hijo de su hermano mayor. Se bañó. Filipo había sellado el tratado de paz con una boda. cuando el acto fue consumado. Cinane. nunca tuvo vergüenza de las lágrimas. y él a su vez me respondió: Oh. Más tarde. era una de las hijas de Filipo. Se sintió débil y enferma. ni siquiera en la muerte. Allí había vivido desde entonces. Y después de la guerra su hijo vino a Epiro. Después de una guerra contra su formidable padre.» En la terraza. Le había prestado suficiente atención para engendrarle una hija. Ni siquiera entonces había él creído en su propia mortalidad. obediente a la voluntad popular expresada en la asamblea. No había elegido a la princesa Audata porque le despertara interés. –Pero. y ambos descendemos de él. Madre e hija estaban 54 . entrenando a su hija en las artes marciales que le había enseñado su madre iliria. Sólo había cedido a la tentación cuando los conspiradores tramaban el asesinato del rey y. convino en aceptar el trono. y supo que su pena era inocente. Como nunca lloraba cuando se lastimaba. se había marchado de la capital a su finca campestre. Se pasearía cantando entre los asfódelos. se vistió. al fin y al cabo. Ella le vio destellar los ojos. Ella se había inclinado para acariciarle la cabeza. según lo permitían las costumbres de su raza. Sentía una inclinación natural por ellas y presentía que algún día le serían útiles. No llores. su esposa. –Sí –había dicho ella–. pero había recobrado las fuerzas. pero a él le costaba recordar de qué sexo era la persona con quien se acostaba. –¿Sería feliz Aquiles si yo también fuera famoso? –dijo luego. sin tierras y con pocas pertenencias. privado de esperanzas y expectativas. Así hablé. había vivido apaciblemente durante el reinado de Filipo. Odiseo lo consoló por su muerte –dijo él. Cinane. a poca distancia de Pela. y ahora en este lugar tienes gran autoridad sobre los muertos. pero rara vez las visitó hasta que Cinane estuvo en edad de casarse. Amintas. más tarde se le había añadido la casa con techo de bálago. El centro del edificio era una derruida fortaleza construida durante las guerras civiles. brillante Odiseo. Alejandro lo había hecho juzgar por traición y la asamblea lo había condenado. sólo por Aquiles. los argivos te honrábamos como a un dios. Alejandro había reflexionado. entró en su habitación y se acostó para llorar. Preferiría ser esclavo de otro hombre. se pintó la cara y fue hasta su escritorio. prosperidad. mera sombra de su pasado glorioso. sabía desde que tenía memoria que debía haber sido un varón. Entonces la había entregado en matrimonio a su sobrino Amintas.

. te habrían elegido a ti en la asamblea. serás reina. no vayamos. –No. No quiero casarme con el idiota. Con las túnicas cortas de hombre que usaban para los ejercicios. Pero sería poco digno. Estás destinada a grandes cosas. Había perdido la expresión huraña y la ambición empezaba a brillarle en los ojos. se estiraron y aspiraron el aire de la montaña. Mientras él trabajaba ambas se sentaron en un bloque de piedra. madre? –dijo ansiosamente la muchacha. Escúchame. podría significar que Arrideo está peor. Apenas tenía dos años cuando habían ejecutado a Amintas y no lo recordaba. ¿Arrideo? –Estaba ansiosa. Cuando Alejandro te ofreció la mano de su hermano para conciliar a nuestras dos familias. Eurídice desvió la mirada. Luego la cara se le iluminó–. Eres una macedonia auténtica y heredas sangre real por ambas partes. parecían muchachas de Esparta. no tendré que casarme con Arrideo.Mary Renault Juegos funerarios en la terraza del fuerte. Estaban decorados según el estilo de la provincia. es el rey Filipo. Le han puesto el nombre de tu abuelo. Ambas heredaban las características ilirias. Debemos esperar noticias de Pérdicas. Su madre no la oyó. triunfo.. –¿Y Antípatro dice que debo casarme con él? –No. Baja a cambiarte. madre. Se proponen enmendar el mal que se hizo con tu padre. –Sí. ¿No te das cuenta? Es obra de los dioses. se había retirado de la sala de audiencias a sus aposentos privados. –¡Alejandro! –dijo Eurídice. No había representado más que un peso para ella durante toda su vida. –¡Cállate! –dijo la madre–. –¿Rey? ¿Cómo? ¿Está mejor? ¿Ha recobrado el seso? –Es el hermano de Alejandro. una tierra de la que no sabían casi nada. decisión. Ahora tendrás que casarte. Si fueras hombre. excepto por la panoplia macedonia. apuntándole a un monigote de paja apoyado en una estaca. Cinane tenía sólo treinta años y Eurídice quince. y llamó en tracio al muchacho tatuado que les traía las lanzas desde el blanco. –¿Eurídice? –La voz autoritaria la obligó a prestar atención. –Llega un mensajero. –Le había cambiado la cara. lo mandó a recibir su comida antes de leer la carta de Antípatro. Tu padre debió ser rey. Tal vez mienta. y que debía haberse encargado de que estuvieran bien lisas. Eurídice frunció las cejas. el pelo castaño y recogido. –Aunque me cueste la vida –dijo Cinane–. La actitud reservada del mensajero casi incita a Cinane a preguntarle a qué venía antes de romper el sello. supe que era el destino. Es Alejandro. Se había cambiado la bata formal por pantalones holgados y pantuflas 55 . Tiene que mantener el trono caliente para el hijo que Alejandro engendró en la bárbara. lo sé. Si el rey ha muerto. altas. Eurídice tenía una astilla de la jabalina en la palma. Dice que Alejandro había cambiado de opinión. Peucestes. lozanas. La llegada de un mensajero era un acontecimiento singular. La muchacha escuchó con creciente serenidad. eso es todo. Eso me molesta más que nada. Eran personas que transmitían lo que veían. alzando la cabeza–. Bajaron por la escalera de madera y se pusieron ropas más apropiadas. atléticas.. tal vez no. No importa. sátrapa de Persia. Y lo había conseguido.. –¿No tendré que casarme con él. verdad. –¿Quién ha muerto? –preguntó Eurídice–. Se la arrancó. Si es varón. Irradiaba aplomo. –No lo llames idiota. más defraudada que apenada. Alejandro lo habría hecho saber. Un extraño las habría tomado por hermanas. Cinane se había propuesto ser padre además de madre. El hombre está mintiendo. Estaba mirando hacia el camino de montaña que serpeaba entre las chozas de la aldea hasta la puerta de la casa. no a envejecer en una aldea como una labriega. –Odio las llanuras –dijo Eurídice–. Los macedonios lo han hecho rey. no lo dice. –No –dijo su madre. –Oh. –Pero si es cierto. Cinane la miró con ojos centelleantes. Déjame leer.

–Es cierto. y. y un hombre tenía tiempo para pensar. Tolomeo recordaba las antorchas junto a la puerta. Era pequeña pero elegante. Nuestra casa fue arrasada por el fuego. sin reconocerlo. no puedo hacer más. de acuerdo con la costumbre persa. pensó Peucestes. el hombre al que había llamado se le acercó con la mirada gacha y se dispuso a postrarse ante él. debía hacerse algo por él.» Esa noche Tolomeo.. Sin duda volvía a afeitarse cada vez que empezaba a crecerle el pelo. –La generosidad de mi señor es como lluvia en un cauce seco –dijo Bagoas con un hermoso gesto. Los he oído a menudo. De modo que se las compraré al hombre que las tiene y te las daré. con frecuencia Alejandro había pasado veladas allí. Los ojos huecos de Bagoas parecieron pensar en algo infinitamente lejano. Tolomeo se acercó a la ventana. –Sin embargo. pensó Peucestes. fue su huésped para cenar. esclavizado y vendido para complacer a Darío–. yo velé por él en el altar de Sarapis. –Sabía hacer reír a Alejandro –dijo Tolomeo–. ¿Para quién la reconstruiré? Ha hecho de su belleza una ofrenda funeraria. siéntate. Un perro ladró. el sonido de las arpas.. Acercándose. al cabo de un rato. A primera vista todo estaba oscuro. Bien.. si tuvieron la suerte de escapar a su destino de esclavas.» –¿Sabes que Alejandro murió sin dejar testamento? –dijo. Hombre rubio y alto. Peucestes lo miró sobresaltado. se lo había rapado en vez de dejarlo más corto como hubiera hecho en Macedonia. La casa de Bagoas estaba en el paraíso a poca distancia del palacio. se había rizado el pelo al estilo persa. Esto le daba un aire de involuntaria imponencia. Yo no tenía ningún hermano. De lo contrario no habría olvidado a sus servidores leales. No quería rendirse. –No hacía falta añadir que el niño había sido castrado. Y cuando comprendió que el destino común lo había alcanzado. Los ojos de párpados oscuros parecían enormes. Luego extendió la mano. soy Tolomeo.. pensó Peucestes. charlaron con nostalgia. podría complacer a la sombra de tu padre ver que su hijo restaura su nombre con honor en su tierra ancestral. que estaba por partir hacia la satrapía de Egipto. creo que te habría devuelto las tierras de tu padre. –Bagoas –dijo en voz baja–. respondiendo con una mueca a la sonrisa de Peucestes. el dulce cantar del eunuco. –Sí –dijo al cabo de una pausa–. Fue una larga noche. Traed 56 . que tenía una mente alerta. Se pusieron a hablar de otras cosas. de facciones delicadas. las flautas y la risa.. a veces. la kirbasia con forma de yelmo. ¿No me dirás adiós? Hubo sólo un corto silencio. –Peucestes le refirió la entrevista de esa mañana. Como parecía que jamás volverían a encontrarse. me diera un poco de tiempo. pero fue injustamente despojado y muerto cuando tú eras joven. Parecía una máscara de marfil. Levántate. –No. Tú sabes. Bagoas se levantó y obedeció. pero Tolomeo. había sido cortesano desde los trece años–. –Sí –dijo Bagoas–. un sirviente somnoliento atisbó por la reja y dijo que el amo se había acostado. Encended las lámparas. El joven eunuco asintió con un gesto. Me voy para siempre. «Sólo quiere desembarazarse de mí. pero a la muerte de Alejandro. y no tendré hijos.Mary Renault Juegos funerarios bordadas. vio una lámpara tenue amarilleando una ventana. en su magnanimidad. Pronto hablaron de Bagoas. Ahora espera tranquilo la muerte. –Si mi señor. –Dejad entrar a Tolomeo –dijo la voz aflautada–. Bagoas. Fue una larga noche. Si Alejandro hubiera podido hablar. –Ahora no pensarías lo mismo. Pero mis padres han muerto y mis hermanas también. Concluidas estas formalidades. «Sí. La cabeza completamente rapada resaltaba la elegancia del cráneo. distraído y nada afectado. Con la cabeza al descubierto aún tenía frío y para calentarse usaba la gorra oficial. había perdido la voz.. –Una vez me dijo que tu padre tenía una finca cerca de Susa. se marchó temprano alegando que al día siguiente tendría mucho que hacer.

Si Estatira ha venido a Babilonia –dijo en voz baja. sin duda infundado. muy preocupado– sin duda enfermó y murió. Se las enjugó distraídamente. Bagoas parecía un hombre que acaba de despertar y ordena sus pensamientos.. pensó Tolomeo. pero las lágrimas le brotaron de los ojos. su esposa persa. sobre una dama persa que vino de Susa al harén de aquí. Por un momento Tolomeo calló. En la mesa había una tablilla cubierta de marcas. Él habría llorado por nosotros. –Sí –dijo Bagoas–.. Juegos funerarios Tolomeo entró. Él era un buen hermano. Y últimamente. si no le hubiera dado ciertos confites a un perro. Pero. «¿Habré llegado demasiado tarde?». tres años entre las intrigas laberínticas de la corte de Darío antes de cumplir los dieciséis. –¿Noticias? –dijo Bagoas sin ocultar su impaciencia–. Trajeron una vela y su luz brilló sobre la cabeza de marfil. y Pérdicas lo había condenado. La máscara de marfil bajo la lámpara se convirtió en una cara cuyos ojos disimulaban la desesperación. –Ambos sabemos lo que él valoraba más.. Tolomeo reflexionó su próximo movimiento. eso le habría repugnado. 57 . Había estado con Alejandro en esa última visita a Susa y una vez había sido invitado a cenar con Sisigambis y la familia. Mientras viviera. rechazando con amabilidad los agasajos. ¿Entonces. –Lo has llorado de veras –dijo–. –Le debíamos lágrimas –dijo Tolomeo–. y había pedido la mano de una de las muchas hijas de Antípatro. Bagoas dijo en voz baja: –Desde el día de los elefantes. mientras Bagoas insistía cortésmente. su propio plan se justificaba. –¿Alguien ha ido a Susa? –Las malas noticias viajan deprisa. Le había incomodado el harén. y también yo. Hubo una pausa. como apartándose un mechón de pelo por costumbre. Cayó enferma y murió. y trató de verter el vino. –He oído un rumor. se estaba abotonando la chaqueta. Vestía la ropa formal que había usado para visitar a Peucestes. –Sí –dijo al cabo–. si los muertos se interesan por lo que les preocupó en vida. La dejaría con su familia hasta que los asuntos de Egipto estuvieran en orden. si él hubiera estado allí –dijo Bagoas. –Bagoas respiró entrecortadamente–. lo que estaba borrado parecía el intento de dibujar una cara. respondiendo a la pregunta tácita. –¿Sí? –dijo.. había vuelto a tomar forma. Y después. pensó Tolomeo. Pero no pudimos evitarlo. tal vez necesite más que eso de sus amigos. una dama de sangre real cedida por Alejandro.Mary Renault vino. Pero habían corrido ciertos rumores. Parecía un poco desencajado.? Su nuevo estado de atención iba acompañado por un profundo y fatigado escepticismo. Lo escrutaba desde sus ojos hundidos y profundos. De pronto alzó los ojos vivazmente. mientras el esclavo encendía las lámparas. Lo dijo Nearco. «Por qué no. Bagoas lo empujó a un lado para hacerle lugar a la bandeja de vino y agradeció a Tolomeo que le honrara con su visita. –Hizo una pausa–. Lo que necesitarán es protección. Bagoas lo atravesaba con los ojos. Yo también. –El anillo habría ido a Crátero. con el viejo hábito de la dulce ironía y se clavaron en Tolomeo. como un búho sorprendido por la luz del día. como sangre de una herida abierta.. el fantasma. Daba la impresión de que se la había dejado para dormir... después de las liberales hetairas griegas.. Pero. Quería que su heredero fuera un macedonio puro. ¿Por qué no?» –¿Qué has visto desde que él murió? ¿Cuánto tiempo estuviste aquí encerrado? Alzando los grandes y oscuros ojos desilusionados. acuciante. De pronto Tolomeo recordó algo que había dicho Artacama. Cuando la bactriana me conoció. el honor y el amor. con su femineidad cerrada y sofocante. La piedad y la repulsión reñían con la idea de que si esto había ocurrido. Una aterradora convicción hizo presa de Tolomeo. yo habría muerto de la misma enfermedad. Bagoas no movió la cara. una fama imperecedera. en silencio.

¿Que te propones? –Si tengo noticias de la partida de la carroza. Luego. devoto. Tolomeo lo miró por un instante y desvió los ojos. que daba por sentadas las costumbres de su patria. No había previsto este pesar profundo y privado con esa austeridad sacerdotal.. Pérdicas lo hará enviar a Macedonia. ¿Qué recuerdos alentaban detrás de esos ojos velados? –¿Por eso has venido. nadie conservaba la candidez después de acostarse con dos reyes. Tú no estabas allí. Bagoas se movió apenas. jamás a rey de Macedonia y Asia. Yo puedo evitarlo. Lo sé.. Nadie se habría pasado de listo. 58 . Notó que Bagoas lo tanteaba. Bagoas le miró pensativo. si cuento con alguien de confianza.. Los hombres que no pueden alcanzar su grandeza de alma al menos debieran tratar de respetarla. Tolomeo esperó. a quien conoces. inexpresivamente. Al menos entre ellos no existían viejos rencores. o para sí mismo. Bien. y los que se aferren a él se destruirán a sí mismos. tanto mejor. Su cara cambió. tal vez haya muerto antes de que llegue el carruaje. –Nunca pensé que se lo fueran a llevar –dijo Bagoas. –¿Por qué lo dejó vivir Alejandro? Si tan sólo me hubiera dado permiso. y lo sepultaré en Alejandría. –Sí. Tarde o temprano. y creo que podré. pero todo su cuerpo pareció alterarse. pensó Tolomeo. en Macedonia el rey es sepultado por su heredero legítimo. ¿verdad? Saldré con ventaja. –Estás pensando que ganaré yo. Y también Pérdicas. entonces? –dijo Bagoas. quien tenga el ataúd y la carroza necesitará el oro.. Había venido recordando al favorito elegante y epiceno.. reflexionó Tolomeo. juguete de dos reyes. El regente tiene casi ochenta años. pero aun así frívolo. Bagoas apretó un puño. –Esa es la costumbre. nunca se había insolentado con el joven. Pero fue aquí donde ellos. si puedo dominar a la escolta. –¿Jurado? Oh.» –Te diré por qué. –Le están preparando una carroza de oro. Será una guerra cruenta. si no hay hijo varón. él la reclamará en nombre del hijo de Roxana. eso ahorra tiempo. perdiendo su letargo. fue antes que lo conocieras. Ningún hombre vivo puede usar el manto de Alejandro. ¿Él no te contó cómo enterró a su padre? –Sí.Mary Renault Juegos funerarios –La fama de Alejandro –dijo– no ha sido honrada desde que los dioses lo recibieron. sus encuentros casuales habían sido afables y cordiales. y gobernarlo como él quería.. Pero en Macedonia es diferente. Juraron por la Estigia. De modo que Casandro estará esperando.. Y el heredero es Casandro. eso no lo había dudado. Se concentró en una calma sombría. acababa de trasponer la puerta de la vida y escuchaba rígidamente. Alzó la vista. él no merece menos. «Los muertos no son respetuosos. para saber su destino. –Yo estaba con él –dijo Tolomeo– cuando consultó el oráculo de Amón de Siwa en el desierto. y el rufián ha muerto. Sin embargo. –Bien.. simplemente una concubina discreta y de buenos modales. marcharé desde Egipto para salirle al encuentro. –¡Lo han jurado! –dijo–. y se volvió cautelosa–. lo llevaré a su propia ciudad. Más tarde. –¡A Macedonia! –La expresión de sorpresa asombró a Tolomeo. desde luego. pero él estaba orgulloso de Alejandría. Me preocupa el destino de los restos mortales de Alejandro. Luego. No estoy hablando de Babilonia. eso ha terminado. aunque se había mantenido distante. Bien. También está Olimpia. casi para sí mismo. –Sí –dijo Bagoas–. como si se encontrara en el umbral de una puerta por donde estuviera a punto de salir y no supiera si valía la pena regresar. eso confirma la sucesión. –¿Por qué has venido? –dijo. Puedo tener Egipto. Pero. que tampoco se da por vencida fácilmente. «No lo dudo». Los artesanos tardarán un año en terminarla. Si bien no le había agradado que Alejandro se prendara de un persa y se acostara con él. y esto lo juro ante los dioses. Su interlocutor había cruzado el umbral. por cierto. anudándose y tensándose. En ese momento era evidente que estaba midiendo la situación. cuando estuvo claro que el muchacho no era venal ni ambicioso. –¿Meleagro? Un rufián y un imbécil. Incluso tal vez llegue a rey.

un manojo de hojas. pero se lo veía flotar. debió escuchar con esa expresión al mismo Alejandro. A Alejandro no lo purificaron. Le dio la bienvenida con himnos. las serpientes amenazantes. –Egipto lo amaba. Ahí será. un nuevo punto de vista. Sólo una simple esfera. cuando esté allí. Ignoro por qué el dios habla a través de una embarcación en tierra. Casi inmediatamente la tensión mundana de la cara de su interlocutor se disipó. pues. pensó. »La pregunta brillaba al sol. Afuera. el gran oasis con sus lagunas y pantanos y gentes de túnicas blancas. Creo que había ocurrido algo más de lo que él pensaba. »Los sacerdotes salieron. los cuervos que los guiaban. la acrópolis rocosa donde estaba el templo. Pero oír la historia de otra persona le daría algún nuevo y precioso detalle. Se quedó donde estaba. pero no había necesidad de aclararlo. Era helada a pesar del aire seco y caliente. –Sí. Hacía calor. Pero estaba todo laminado de oro y adornado con ofrendas votivas de oro y plata. Nos vio a todos. continúa». tuvimos que lavar en ella nuestras ofrendas de oro y plata. sí. Se movieron hacia adelante como una sola cosa. –Hay una fuente en una cuenca de roca roja. me ocuparé de que se haga. la bienvenida lluvia. saludándolo como al vencedor de los tiranos persas. como diciendo: «Desde luego. Llevaban el oráculo como si llevaran una litera. antes que el caudal del río lo ponga en movimiento. cuarenta pares de ellos. Había llegado a tiempo. Había mirado a Hefestión y había sonreído. con el famoso patio donde el dios daba sus señales.Mary Renault Juegos funerarios Empezó a hablarle de ello. Luego los sacerdotes empezaron a mecerse un poco donde estaban. y la proa se sumergió. vio la ingenua fascinación de un niño que escucha. Luego. pues aún no habíamos estado en Gedrosia. Ojalá lo hubieras visto construyendo Alejandría. Hay una sola cosa para la cual no dejó ninguna indicación: la tumba donde lo honraremos. arpas. no confío en el gobernador. –Era largo y ligero. Aún no se mueve. Tú sabes cómo responde el dios. una planta acuática. centelleaban y tintineaban. la luz era de una blancura deslumbrante y todo parecía palpitar con ella. –Tú lo viste –dijo de golpe Bagoas–. Luego el barco cobró vida. como las bateas de los cazadores de pájaros del Nilo. por supuesto. con largas varas apoyadas en los hombros. Lo condujeron al santuario. y oró en su propia lengua. Él era faraón. Bagoas asintió. veinte delante y veinte detrás del dios. Salió aún abrumado. La entrada era negra como la noche. Luego sonaron las trompetas. –Luego oímos cantos. hacia atrás. Por último salió con el sumo sacerdote. En el medio estaba la Presencia del dios. –Háblame del barco –dijo Bagoas. Rechazaste la oferta de Peucestes. las misteriosas voces de la arena. Alejandro dijo que él estaba demasiado lejos. La memoria del joven debía ser como un rollo de pergamino. por describir la marcha por el desierto. Pero él entró como si fijara los ojos en montañas distantes. –¿Qué quieres que haga? Tolomeo contuvo el aliento. –Le respondió con una sonrisa sombría: ambos habían sido supervivientes de esa marcha espantosa–. hasta que pararon ante la pregunta. Pero lo recuerdo de pie junto al mar. pero eran como desechos en un estanque quieto. agitamos las manos y lanzamos vítores. Los címbalos tocaron un ritmo lento y las flautas sonaron con más fuerza. nos miró y sonrió. como un niño ansioso de oír un viejo cuento. o eso nos parecía. »El sacerdote llevó la pregunta de Alejandro. –Quédate aquí en Babilonia. nadie más se 59 . «Cuán a menudo. para entregárselas limpias al dios.» Se esforzó. pero uno sabe que el río está debajo. Amón tiene un altar muy antiguo en Tebas. No hay lugar para él dentro del santuario. toda clase de objetos preciosos que mecían. No sé cómo habrán progresado las edificaciones. Alejandro decía que primero debía de haber venido por el río. El oráculo es un barco. y el oráculo salió. pero sé lo que él quería y. címbalos y sistros. También nuestros cuerpos. y se hubiera pensado que lo cegaría. como objetos flotando en la corriente. Se quedó mirándolo desde la oscuridad. Los sacerdotes esperaban con cara impasible. es no. »Después esperamos a que Alejandro saliera del santuario. El sacerdote la puso en el suelo ante el dios. Bagoas había fijado los ojos en un punto de luz de su copa de plata. La había escrito en una faja de oro y la había plegado. parpadeó ante el repentino resplandor y se cubrió los ojos con la mano. Él honró todos los templos que Oco había profanado. yo lo vi. recuerdo. hacia adelante. Los alzó. Llevaba consigo su propia divinidad.

exclamó: –¿Es un varón. Ella estiró las piernas. Luego ven a mí. rey de Macedonia y Asia. Él era rey y ella era la madre de un rey. la manta tenía una mancha de sangre. dijo que era pelo de recién nacido y lo perdería. Ataron el cordón. un bactriano. Ella se lo acercó al cuerpo. para quitarse el peso de los brazos. las mujeres estaban ordenando silenciosamente los aposentos de la esposa real. rompió a llorar. ese niño estaba muerto y no podía 60 . ¿quién me puso esta manta mugrienta en la cama? Apesta. encallecida por el mango de la lanza y la empuñadura de la espada. después de la algarabía. Pálida. Bajo sus dedos. Alzó la enorme mano derecha. relajándose después de la tensión del parto. Pero la cama era hermosa y no la había cambiado. el sol de invierno bañaba el patio y la piscina. la esclava del abanico de plumas había vuelto junto a la cama. madre e hijo fueron lavados con agua de rosas tibia. Aún estaba rojo y arrugado. La nodriza se acercó con la extravagante cuna real. casi oculta por los bordados. tocándole la pelusa fina. incrustada de oro y marfil amarilleado por el tiempo. no es preciso ser cruel. trataba de aferrarla. en un charco de sangre. un varón? Las aclamaciones. que había llevado un año de trabajo en tiempos de Artajerjes. sacaron la placenta. al lado estaba su joyero. ¿Prefieres dormir? –Más tarde. Alejandro IV. El miedo la despertó. el rival de su hijo. El bebé se durmió. «En Macedonia –pensó– los niños te apedrearían en la calle. Quédate hasta que la carroza esté preparada y sepas cuándo saldrá. el cuerpo húmedo se deslizó hacia afuera. La comadrona alzó al niño para que todos lo vieran. Toléralo si toman tu casa para algún allegado de Pérdicas. ¿Y por qué no? Solo. Detrás de la puerta.Mary Renault Juegos funerarios ocupará de ti. pronunció una frase convencional de buen augurio y salió de la habitación. Quiso acurrucarse contra ella. Roxana las había echado hacia atrás para ver cómo su enemigo derrotado. Pérdicas se adelantó. Sabes que en Macedonia eso no podría ser. Reflejos de luz bailoteaban en la mesa de tocador. las arrugas destacadas por la luz de la lámpara. Tolomeo recordó que había sido bailarín. Cuando se había mudado a esa habitación había hecho cambiar todos los muebles y cortinados. los ojos grises ardientes de furia. El niño se calló. La comadrona. Todo era triunfo y tranquilidad. Más suavemente. la otra. y gemía pidiendo ayuda. Al cabo de carreras y ajetreos apareció una manta. en un ambiente extraño y hostil. En un último y convulsivo espasmo. Ronca de agotamiento. Desde el rincón semioculto desde donde había estado observando. tanteándose ciegamente las ropas. Tenía el pelo oscuro. Roxana. señora? –dijo tímidamente la nodriza–. extrañando la ciega calidez del vientre. secados. tu espalda lo sabrá. ¿Dónde está Amestrim? Amestrim. –Lo abrazó con más suavidad. luego oyó el llanto furibundo del niño. Sería moreno. la mano de Bagoas se cerró sobre ella con fuerza y precisión. Tendrás una casa en Alejandría. aún sujeto al cordón azul y blanco. es nauseabunda. Roxana arropó al niño dormido. nadie podría arrebatárselo–. desapareció. ¿Era posible que esa criatura hubiera abierto la boca y llorado? Alarmado por la presión de sus dedos. Roxana sintió que la cabeza del bebé salía de ella. pero a través del rubor se le notaba la tez olivácea. el niño gimió. ungidos. En sueños vio un niño inconcluso con la cara de Alejandro. la cara fruncida con la indignación del recién nacido. Había permanecido junto a Estatira mientras ella se contorsionaba. elogios e invocaciones de buena suerte se elevaron a coro. Pero todo estaba bien. dame algo limpio. cerca de donde él yacerá. Pero eso ya lo has adivinado. llegaba desnudo al mundo que jamás gobernaría.» –¿Aceptarás mi promesa? –dijo. confirmó el sexo. pero ella lo apartó para mirarlo. con rapidez. y en los utensilios de oro y plata que habían pertenecido a la reina Estatira. –¿Quieres que me lo lleve. sudando y jadeando. se adormiló. delgada y fría. Soltó un grito triunfal. Se le tensó el estómago. Si la vuelvo a ver. fue puesto en brazos de su madre. ayudado por una habilidosa comadrona. el niño se calmó y se acurrucó contra ella.

Sería su hijo quien gobernaría el mundo. 61 . Se durmió de nuevo.Mary Renault Juegos funerarios hacer nada.

Cuando cayeron las murallas. Era un noble macedonio menor. El ejército del rey Filipo había acampado en las colinas de Pisidia. El enviado. Deberías ver a un médico. pero ahora que era rey sabía cual era su papel. mi petición será recibida con beneplácito? El enviado sonrió afirmativamente. El vino era fuerte. y tenía apenas un chorro de agua. acostumbrado a obedecer. aunque triunfal. Estaba armado con coraza y grebas. –Cuando estaba solo con su soberano. los reyes han sido elegidos sólo por los macedonios de Asia. se acomodó en su silla. Durante la larga ausencia de Alejandro habían asesinado al sátrapa y habían retomado las viejas costumbres. habían encerrado en sus casas sus bienes. Perdonados por Alejandro porque se habían rendido sin luchar. Se trataba de un sesentón curtido e hirsuto que había perdido un pulgar en Gaugamela. –¿Ganamos? –preguntó. usaba ropas de civil. La última oración revelaba que la reina ya había partido de Dodona. los isaurianos habían recibido órdenes de derribar el fuerte donde se refugiaban después de asaltar a sus vecinos y de vivir en paz. saqueaban las ruinas carbonizadas de Isaura. afectando negligencia. más un enviado que un mensajero. Su número crecía a medida que se difundía la noticia del banquete. salud. El veterano. Temía que ella aún guardara luto por Leonato. más rápidos que las aves. Le informó sobre lo que debía saber. –Estás sangrando –dijo–. esposas e hijos. Su hermano y lugarteniente Alcetas. –Lo que necesito es un baño. la carta mencionaba que ambos eran primos. Había vuelto para bañarse. pues 62 . fue a su propia tienda. con el hedor de la carne quemada aún en el aire ya tenía suficiente para un día y recibió con placer la noticia de que un mensajero lo esperaba en el campamento. ya por mala conciencia o porque confiaban menos en Pérdicas que en Alejandro. En lo alto. En verdad había sentido ganas de luchar. supervisaría la búsqueda de plata y oro semiderretidos entre las cenizas. Pérdicas carraspeó. y proponía una conferencia para discutir «asuntos relacionados con el bienestar de todos los macedonios». un hombre recio. Quince años de guerra habían inmunizado a Pérdicas contra todas las pesadillas. Los que están en la patria tal vez quieran hacer su propia elección. «A Pérdicas. descansar y beber.C. buitres y milanos hacían incursiones exploratorias. habían defendido su escabroso cubil hasta el amargo final. evocaba los distinguidos servicios de Pérdicas a Alejandro.» Después de las bienaventuranzas formales. Regente de los reinos del Asia. Filipo salió de la tienda de cuero teñido y blasonado y se le acercó corriendo. La carta que traía era reticente y formal. Pérdicas dejaba de lado las formalidades. sobrevolando una nube de humo pestilente. no había insistido. Esos asuntos no se especificaban. –Hasta ahora. ya que Alejandro no se lo había permitido nunca. se puso una túnica. pero. en pocos días esto sería otra anécdota para contar en la cena. se limpió. En tiempos de Alejandro. Esta vez. no para que le ofrecieran el trono de Macedonia de buenas a primeras. y ordenó que trajeran al mensajero. Los macedonios. habían encendido la madera y el bálago y. Pérdicas releyó la carta dándose tiempo para pensar. Pérdicas. –Semejante dicha estaba más allá de mis esperanzas –dijo con sequedad–. El yelmo le quemaba la cabeza. costumbre en la que insistía. se lo quitó y se enjugó la frente sudorosa. salpicado de sangre y manchado de ceniza. Excitado y acuciado por inquietudes bien fundadas. de Cleopatra. se habían arrojado sobre las lanzas macedonias. se abría paso por un sendero pedregoso sembrado de cadáveres y armas abandonadas. a quien el camarero de Pérdicas había refrescado mientras esperaba. El personaje le sorprendió. pero él tenía mucho que decir.Mary Renault Juegos funerarios 322 a. –¿Debo esperar que si suplico el honor de la mano de Cleopatra. al son infernal de las llamas. pero. cuando seguía al ejército tal como ahora. jugueteaba con la copa de vino. Pérdicas había tenido un día irritante y odioso. hija de Filipo y hermana de Alejandro.

–Una lástima que sus tropas fueran tan poco combativas. que desdibujaban la personalidad como si fuera un defecto. cera al encausto sobre madera. En cuanto a Macedonia. la ambición también. Permíteme meditarlo. Si ella te hubiera visto a ti. –Ah. Aun teniendo en cuenta las convenciones. esto es algo serio. Tiene aspecto de reina. Cuando cenes esta noche con nosotros.. pero librada a su suerte. –He traído una. –Puedo decirte. Es reina. Y es la madre de Alejandro. ¿Eumenes está de vuelta en el campamento? Encuéntralo. indicó al camarero que encontrara un alojamiento para el huésped y. Ella obliga a los moloseos a tratarla como a una reina. –Dijo otros elogios. Pérdicas se la llenó de nuevo–. casada con un noble que ya ha gobernado como rey. Tengo entendido que él peleó sin dar cuartel. Ella escribe constantemente. Esa mujer es una gorgona. El pelo fuerte. –Señor. como imaginarás. los isaurianos habían sido salteadores eficaces. Cuando volvieron al grano. te diré algo en confianza. Así lo encontró su hermano Alcetas. De modo que Cleopatra tiene la intención de abandonar Dodona. señor. recordando algo. reino aparte. Bien. Está de acuerdo. 63 . –Extendió la copa. El peligro era inmenso. una vez solo. Ahora tendría treinta y uno. brazaletes. –Entiendo que al final no se encontraron. ninguna mujer ha reinado nunca allí. no puede contra Olimpia. –Ella merecía más –dijo el soldado sin rodeos–. copas.. podía verse que era la hija de Filipo. Alcetas le mostró el botín y su actitud distante lo irritó.. Dos años más joven que Alejandro. cuyos sirvientes traían dos sacos tintineantes llenos de oro sucio y ahumado. habían desafiado la bien intencionada insipidez del artista. El enviado. Ella necesita algo más que un sí. Ha devorado a esa pobre muchacha poco a poco hasta reducirla a ser apenas la señora de su casa. y dirigirse a Macedonia. que había pensado rápidamente. Esa vibrante palabra los sumió en evocaciones. –Una dama majestuosa y grácil –dijo en voz alta–. Un valiente. Pronto se sobrepuso a su dolor. El retrato estaba pintado con habilidad... apenas tuvo tiempo para levantar tropas en Macedonia y seguir viaje. Pérdicas dejó el grueso rollo a un lado. Sí.. cuando los hombres pensaban que los maleos habían matado a Alejandro. manoteó su morral y extrajo un paquete chato envuelto en lana bordada–. las cejas gruesas. por qué ella lo eligió primero a él. Te envía esto.. se sentó con los codos sobre la tosca mesa de campamento y la cabeza entre las manos. aunque no precisamente apto para ser rey. collares y monedas. Pérdicas lo miró con fastidio. Tú sabes cómo son las mujeres. Una lástima que cayera antes que hubiéramos logrado nuestra victoria. decidir y actuar–.Mary Renault Juegos funerarios Pérdicas había pensado que lo necesitaba.. su abuela se encargará de ello. del reino ni hablar. Lo recordaba desde su niñez. Pérdicas dijo: –Supongo que lo cierto es que desea librarse de Olimpia. Visiblemente. Deberías tener un estómago más fuerte después de eso.. Cuando él volvió de Asia para pelear contra los griegos del sur. No tenía intenciones de cuidar un hijastro. diré a todos que trajiste una carta de Olimpia. Una dote en sí misma. pensó Pérdicas. dejó la copa y apoyó el brazo en la mesa. Una vez trepó a un árbol para bajarle un gato. cuando era niño. Cuando se fueron los esclavos. –Tiene un hijo del rey difunto –dijo Pérdicas. en Gaugamela. sin un hombre que la respalde. y la voluntad de un rey. ruborizado y relajado. –No. el diplomático cedió lugar al soldado. dándose tiempo para pensar. –De golpe. Pero la hija de Filipo. Por suerte ahora tiene la oportunidad de pensarlo mejor. No porque carezca de energía. –¿No tendrás escrúpulos? –dijo–. Todas sus amistades se lo dicen.. Alejandro le había enseñado a evaluar. –Es la hija de Filipo. Estuviste en la India. ya que hace mucho tiempo que no la ves. la cara cuadrada y resuelta. –Después hablaremos. –Él heredará en su patria.

en que se autocriticaba. Acéptala ahora.Mary Renault Juegos funerarios Más tarde podrá bañarse y comer. Él siempre concertaba las alianzas cuando podía dictar las condiciones.. Pensemos. Eso me dará espacio para maniobrar. –No –dijo Eumenes huraño–. no sabrás cómo ni cuándo. se había preocupado por replicarle a través de Eumenes. ¿La regencia o el trono? –Pérdicas lo entendió perfectamente. bajo su patrocinio. Entretanto. Pérdicas sentía ciertos temores. pero haz que la lleven a su patria. dictando su memoria del día a Hierónimos. –Ese es el problema. se presentó un pensamiento perturbador: Eumenes odiaba a Antípatro. su distinguida actuación como guerrero. habré sido rey en todo menos el nombre. –Pero le diré. Pondré el palacio de Sardis a su disposición y le pediré que nos considere comprometidos en secreto. Le pediré que espere hasta que yo pueda liberarme decorosamente. sutiles hombres del sur. –Leonato lo hizo –le recordó Eumenes–. estaba escribiendo una crónica de la época. y me degollarían a mí si yo desheredara al hijo de Alejandro. para entonces. De lo contrario no estaría hablando ahora contigo. tal vez era lo que hubiera hecho Alejandro. Pero le has enviado los regalos de compromiso. como un matemático ante un teorema–. Eumenes se presentó poco después. un joven estudioso que. peinado y cambiado. Saludó a Pérdicas con una ansiedad alerta y calma. Si lo eligen cuando alcance la mayoría de edad. sea. que ya me he casado con Nicea.. Y viene en camino. El consejo sonaba tajante y decisivo. debía estar perturbado. antes que Antípatro esté preparado. Entre estas dudas. lavado. Pérdicas se recostó en la silla de campaña y estiró las largas piernas. pronto cabalgaría hacia el norte para imponer orden en su satrapía de Capadocia. Ahora no la necesitarás. El anzuelo aún no lo tragaste. –Se puso a meditar. Pérdicas se mordió el labio. herido. Hasta en campaña. creo. tortuosos. De lo contrario se enterará. El regente lo había estorbado desde que era un joven secretario promovido por Filipo a causa de su agilidad mental. y no me quejaré. se sentó y leyó la carta que le entregó Pérdicas. pensé que me convenía asegurarme un aliado mientras pudiera. Tamborileó distraídamente la carta. se sintió obligado a justificarse. Excepto que él jamás se hubiera visto en la necesidad de hacerlo. ¿Qué hago ahora? –Mordiste la carnada. –Bien. Ella es la hija del regente. Pero Antípatro sí. fingiendo gratitud–. apenas había logrado escapar con vida después de afirmar su lealtad al hijo de Alejandro. Alejandro. apartando los ojos del rollo–. La lealtad de Eumenes. Antípatro había tratado de pasarle por encima. El viejo tenía todos los prejuicios de su raza contra los estériles. ¿Qué haré con Nicea? –Una verdadera lástima –dijo el griego– que Cleopatra no escribiera unos meses antes. y actuará antes que tú estés preparado. dijo vivazmente–: Acepta a Cleopatra. –Me apresuré demasiado. a través de su enviado. Los macedonios lo habrían degollado. Se dijo que aquí se trataba de una vieja enemistad. Su cuerpo compacto y ligero estaba endurecido y curtido por la campaña. alzando los ojos. Ahora que le aconsejaban que quemara las naves. sé cortés. Actúa de inmediato. –Sí –dijo. Envía una escolta al encuentro de Nicea. Alejandro nunca se habría atado las manos de esa manera. 64 . Le escribiré mañana. Al final.. Todo parecía caótico. Será cierto cuando reciba la noticia. enarcó las cejas con negligencia. pensó Eumenes. Pero es el hijo de la bactriana. ahora. Aconséjame. se afeitaba todos los días. –Juntó los labios finos. tienes razón. Quería decir: «¿qué te propones tomar?» –La regencia. irritado. –¿Qué está ofreciendo ella? –preguntó. dile que estás enfermo. –Antípatro tira hijas como un pescador líneas. Había estado en su tienda. Viendo que Eumenes lo miraba en silencio. tengo que verlo ahora. – En efecto. Y luego decidió que yo sabía demasiado. –Mejor hazlo transmitir oralmente. Enseguida. –Leonato era un tonto. Pérdicas notó que tenía limpias hasta las uñas. yo mordí el anzuelo. Eran raras las veces. puede que no le tengan tanto afecto. Entonces veremos. Aun cuando estaba en Asia como secretario principal de Alejandro.. no habían cambiado las cosas.

No se había permitido volverse ambicioso. Pérdicas le había concedido sólo dos mil hombres cuando se hizo cargo de la satrapía. donde permitiría avistar las naves que llegaran. Bastará con que un sátrapa convierta su provincia en reino para que el imperio se derrumbe. Tolomeo decidió tomar un descanso en su habitación privada. miles de veteranos activos instalados en Alejandría estaban pidiendo alistarse. ahora ya llegaban voluntarios por tierra y por mar. Deinócrates. La nariz partida de Tolomeo se irguió como la de un sabueso olisqueando la presa. añadir un poco más. –Mi señor –murmuró–.Mary Renault Juegos funerarios –Si sólo tuviera que pensar en Antípatro. La pequeña elevación dominaba un paisaje de calles rectas recién hechas y suntuosos edificios públicos. Se había dejado crecer el pelo que le bordeaba el sombrero de fieltro redondo. Hicieron entrar a Bagoas. discípulo de dos grandes maestros. Tolomeo no había sido el más brillante de los comandantes de Alejandro. –Lo veré aquí –dijo. y le 65 . respeto y afecto. con suerte. Debemos esperar un poco para ver qué se propone. distinguido. la piedra pálida y nueva tocada con pintura y oro. Bien. fresca. es más fácil subir aquí que a la Roca sin Pájaros. sonrió complacido. Había peleado bajo Filipo antes que Alejandro asumiera su primer mando. pero que prometía ser el más imponente.. Esto. lo cual había encolerizado tanto a Tolomeo que había recorrido la administración como un fuego devastador. construida por el administrador anterior. equipado para el viaje con un cinturón práctico. había grúas y andamios alrededor de un par de templos casi concluidos. Era una casa elegante. ante todo. reconocido al instante como un héroe de ese célebre asalto. Había conferenciado con el arquitecto principal. Fue una grata entrevista. Las cosas habían cambiado. amueblada a la griega. Llegaste aquí sin una cuerda. Tenía lo que deseaba. sobriamente vestido de gris. Estaba reclutando gente. flaco.. ordenados por Alejandro. se contentaba con ello y se proponía conservarlo. Pero no me gusta lo que he oído de Tolomeo. sobre las esculturas de los templos. Hombre rapaz. Su chambelán. llamó a la puerta. Tolomeo le daba unos veinticuatro años. Está preparando un ejército demasiado numeroso en Egipto. Conocía sus limitaciones y no deseaba las tensiones del poder ilimitado. y con los jefes de varias monarquías. había hecho todo esto en nombre de Alejandro. virtudes que Alejandro valoraba. arrebatando fortunas con la amenaza de que mataría los cocodrilos sagrados o derribaría villas para construir palacios (cosa que hacía al final. a quien Tolomeo había ejecutado por opresor. el eunuco que mencionaste ha llegado de Babilonia. y no aparentaba ninguna edad en particular. Antes que hubiera terminado su primer año. había impuesto contribuciones excesivas y trabajos forzados. para los egipcios que habían sufrido bajo su predecesor. significaba una reducción impositiva de un cincuenta por ciento. cuando los terminaba de exprimir). Es más. Esperó en la habitación agradable. También bien entrenados. valiente y leal. pensando que tras un año de incertidumbres había llegado donde debía estar. casi un palacete. con sus ranuras estiradas por las armas dejadas afuera. Sabía demostrar preocupación personal. Le tenían confianza. con los ingenieros que estaban reemplazando los pestilentes canales por cloacas subterráneas. cuya construcción estaba menos avanzada. Se había granjeado una gran popularidad y la había conservado. pero era digno de confianza. y. El veterano. Amarraderos y muelles acabados de construir bordeaban el puerto. un egipcio muy discreto. –¡Vaya. había aprendido de ambos. Un tímido sol de invierno iluminaba la pequeña sala de audiencias de Tolomeo a través de las columnas de la ventana. se erguía cerca de la costa. resuelto a cumplir con su misión y enriquecerse al mismo tiempo. Tolomeo vio a un caballero persa. Tolomeo había tenido una mañana atareada pero agradable. a quienes había devuelto el derecho a recaudar impuestos. ingenioso. Sus hombres estaban bien pagados y alimentados. Lucía apuesto. Otro templo. sabía cuidar de sus hombres. Pensé que estabas en Siria. Hizo la grácil genuflexión debida a un sátrapa. Al llegar se había encontrado con una guarnición revoltosa cuya paga estaba retrasada. Menandro! –dijo efusivamente cuando entró el último solicitante–. fue invitado a sentarse.

Tolomeo suspiró aliviado. la etiqueta imponía reserva. señor. Era claro que ese encuentro de medianoche en el paraíso sólo debía recordarse en lo esencial. –La mayoría de los hombres recibirían con gusto a Alejandro. Lo necesitarían. entonces. Señaló el templo de la costa. y luego viajé en camello hasta Tiro. –Hefestión se lo cedería –dijo con calma–. Para llevarla del Asia a Tracia. Antes de marcharse al sur. No los entregues en Babilonia. –En dos meses lo traerán de Babilonia. cuando Alejandro desfilaba celebrando una victoria. si la arrastran sesenta y cuatro mulas. Nadie se opuso a ello. Los sacerdotes de Amón querían que fuera llevado a Siwa. Tolomeo sabía que alguna vez tendría que encarar el tema. –Calculo que estará listo en un año más. había propuesto que ese oficial diseñara y supervisara la carroza. –¿Y el convoy? ¿Quién está al mando? –Aribas. sabía que con un persa no convenía precipitarse. –¿Entonces la has visto? –preguntó Tolomeo–.. –Ven a la ventana. brillaba entre las columnas inconclusas. hablemos del medio y el modo. Él se lo hubiera cedido todo. a nadie le extrañará que quieras seguirla. Cuarenta días en total. y estar en Babilonia antes que salgan. pero creo que éste es el lugar para él. –Cuando hayas visto la carroza. La cara de Bagoas parecía no tener edad. mencionando su idoneidad. en cien días apenas podría llegar a la costa. Alejandro mismo aprobó el plan. Si las ruedas se atascan en la arena. Lo he pensado. pensó Tolomeo. «Aribas debió de esmerarse». –Si Dios lo permite. El mar. Miró en silencio las columnas de piedra iluminada por el sol. Omitió mencionar que había servido en la India al mando de Tolomeo y que había estado en excelentes términos con su comandante. Ya hay peones alisando la carretera. –Tendrás tiempo para descansar. El joven había puesto esa misma expresión. Por un momento.. –Remonté el Éufrates. No hagas nada hasta que llegues a Tapsacos. Tenía buen semblante después del largo viaje. o cinco en terreno montañoso. Han trabajado con celeridad para hacer tanto. Ése era su secreto.Mary Renault Juegos funerarios ofrecieron el vino oreado durante la mañana. Bagoas dejó a un lado la copa de vino. 66 . La ira contenida del encuentro anterior había desaparecido. en caso de accidente. y sabía dirigir a los artesanos. La frontera siria estará cerca. planean cruzar el Helesponto. Bien. ni una yunta de elefantes podría sacarla. además de fondos para el viaje. –Allí está su altar.. Ese es un bello templo. celeste bajo el cielo templado. El resto por mar. No sabía que él mismo lo iba a necesitar tan pronto. había diseñado varios altares importantes para Alejandro. para que hiciera reparar la carroza. –Has viajado con rapidez. Es el templo que ordenó para Hefestión. sabrás que no hubiera podido ir a Siwa. En cuanto a la carroza. «Excepto su orgullo». Se acercó a la mesa y abrió una caja de documentos con traba de plata. Hablaba con el aplomo de un hombre que cumple con su vocación. dicen que ése habría sido su deseo. Pero sólo fue posible porque crecieron juntos. –¿Qué noticias tienes? –preguntó después de los saludos protocolares. Cuando parta la carroza. Tolomeo hizo las preguntas de cortesía sobre su edad y su viaje. la cara reticente del persa se iluminó. ¿Es digna de Alejandro? Bagoas reflexionó. y por eso Alejandro lo consideraba su otro yo. recordó Tolomeo. –Sí. –Esperé hasta estar seguro –dijo Bagoas–. Quiero que veas algo. han hecho todo lo que pueden hacer los hombres. Recordó la sutileza de Bagoas en los viejos tiempos.. aun muerto –dijo en voz alta–. Aribas calcula que viajará diez millas por día en terreno llano. –Te daré esta carta cuando te vayas. –Fue iniciado antes que yo llegara –dijo suavemente–. pensó Tolomeo.

retrocediendo con las tijeras–. Cuando hayas descansado. Pero la gente del harén dice que se parece a la madre. caminó hacia el templo. donde Alejandro sería su huésped para siempre. está demasiado lejos. –Oh. habría una bienvenida. No quería que lo acusaran de ser un intruso en ese reencuentro. –Esperemos –dijo Cinane– no tener que usarlas en serio. –Llevaban una escolta de ocho servidores. –Madre. se acercó a las lanzas ordenadas en el rincón y eligió su jabalina favorita. Pero Alejandro nunca había sido ingrato. ¿qué sucede? –insistió Eurídice.. Muchos hombres jóvenes lo usan así. Se preparaban para el viaje. confía en ella de ahora en adelante. pronto no quedó nadie más que los serenos y el taciturno viajero de Babilonia. Por eso no se había matado. Lidia. Éste era el paseo nocturno de los alejandrinos que se detenían para observar la marcha del trabajo. Bagoas. como había sido siempre. Un día. Has actuado bien. mercaderes y artesanos de Grecia. –Ya veo. te has ganado mi gratitud. En la casa solariega del difunto príncipe Amintas. Bagoas hizo la semipostración debida por un caballero al sátrapa –aprendida en la corte de Darío– y se despidió. recorre la ciudad. los guardias de las naves encendían antorchas cuyo olor resinoso flotaba sobre el agua. El regente. lo cual lo hizo muy feliz. jamás había despreciado el amor. estaba sitiando fortalezas que resistían en las montañas de Etolia.. Bagoas sonrió–. Los peones de la obra estaban guardando sus herramientas en sacos de paja. Bagoas miró la casa de Hefestión. A fin de cuentas. desde que Alejandro impuso la moda. Bien. No lo compromete a nada. ¿Y cómo está el rey Filipo? –De salud. Hasta salir de Macedonia. los serenos llegaban con sus capas y sus canastos de comida. Tiro. Desde luego. 67 . Estaremos en Asia antes que se entere. para indicar dónde estaba su cuartel general. –No pierdas la carta en Babilonia. Lo que era. era lo que él habría querido. no largo. –No lo he visto personalmente. que ya había preparado las alforjas. –Me ocuparé –dijo fríamente Bagoas– de que él esté preparado. los salteadores no atacarán a diez hombres. para honrar a Alejandro. Ninguna de las dos tuvo que sacrificar mucho pelo. era fuerte y ondulado. Allí podría servir apropiadamente a Alejandro. donde estaban encendiendo las lámparas. Era similar al que había usado Alejandro junto a su tienda en Asia central. –No tendremos muchas oportunidades para practicar en el viaje. Antípatro. era. cuando el sol caía hacia el desierto del Oeste. De las naves amarradas al muelle desembarcaban los hombres. Más tarde. se proponían viajar como hombres. –Sin desperdiciar palabras. –Ahí tienes –dijo Cinane. Ahora dime. Bagoas había sabido quién lo estaría esperando en la otra orilla. muy bien. soldados con licencia de Macedonia y Egipto. ¿has sabido algo sobre el hijo de Roxana? Ya habrá aprendido a caminar. mujeres con hijos y hetairas en busca de trabajo. donde aún ardía la última revuelta griega. Le han permitido montar un elefante. –Ajá. Era adecuado. Chipre y Judea. Volvió hacia el alojamiento para huéspedes del palacio. Pérdicas enviaría un cuerpo de ejército como escolta. ¿Es parecido a Alejandro? Bagoas enarcó ligeramente una de sus finas cejas. un hachón ardiente era elevado en un alto mástil de la terraza del templo. y añadió–: ¿No tienes miedo de Olimpia? –No. Al caer la noche. Ninguna otra cosa había importado nunca. Los viandantes regresaron a sus casas. como la había habido siempre. Cinane y Eurídice se estaban cortando el pelo una a otra. Será tu hogar. La multitud aún no era opresiva. Había llevado la mayor parte de sus tropas. no pensará que voy a ir solo. Era una buena oportunidad. Cuando Alejandro exhaló el último aliento. Dile que le saldré al encuentro en Isos. Llamaron a una doncella para que barriera los mechones. no cambiaba las cosas. La ciudad todavía era joven.Mary Renault Juegos funerarios Dáselo a Aribas entonces. después de haberlo servido fielmente. Eurídice. Miró la cara de su madre.

–¿No recuerdas a Estratón el albañil? –Pero a él le había caído una piedra en la cabeza. donde estaba tallada una cacería de jabalíes. Nadie te lo está pidiendo. acariciando distraídamente el mango de la jabalina. –¡No! Dijeron que no tenía por qué hacerlo. –Porque toda su vida lo fue. –Como todos los idiotas. Pero está hecho. pero. –¿Quieres decir que temen que yo pudiera fundar un linaje real para desplazar al de Alejandro? –Eso creo. como que se acoplaba con serpientes y había concebido a Alejandro del fuego del cielo. él treinta. Su hija no podía ir con las manos vacías. Los hijos de Estratón son todos normales. Tal vez era verdad que Filina había parido un idiota. hay algo. el legado del padre a su esposo muerto y partes de la dote.. Tal vez ella le diera algo. no iré. y no se había notado hasta que el niño hubo crecido. El niño nació en el palacio.. implacable. La muchacha.. Te ofreció riqueza y rango. Creo que por él. calma. Se mordió el labio. Estaba preguntándose cuánto convenía llevar en semejante viaje. Calla y escucha. No nació tartamudo. porque hablaban de otro niño. me habló mucho sobre la casa de Filipo. Sé que lo hay. Eso fue porque creía en lo que le había dicho su madre. Eso oyó decir tu padre. –Muy bien. Si no me lo dices. tal vez se encargara de que recibiera un golpe en la cabeza. Hasta Alejandro lo dijo. siempre habían corrido rumores sobre Olimpia. No me gusta. ¿Cuál es la diferencia ahora? –Sólo los idiotas natos engendran idiotas. La mano de la muchacha se cerró sobre el mango hasta que los nudillos palidecieron. Cuando tu padre aspiraba a ser rey. –Madre. ¿Es porque no hemos oído nada de Pérdicas? –Sí. ni pedía un árbol cuando quería pan. después te hubieras podido volver a casa. Eso fue por la piedra. Eso no es lo que quieren. de madera de cornejo. –Así es. Es cierto que tu padre mismo era un niño aún. No soy una niña. Se apresuró a decir que sólo había sido cháchara de esclavos. Lo adecuado era que escribiera él. sorprendida. pero él escuchaba. Pues él no dejó hijos. y lo que oía eran chismes de la servidumbre.Mary Renault Juegos funerarios Cinane se paseaba por la habitación. ¡Me lo prometiste! –Calma. Ella sólo había querido explicar los peligros. avispado y normal. el rey Filipo. ¿Por qué se opone Antípatro a que vayamos? ¿Han comprometido al rey con otra persona. Eurídice contuvo el aliento. Tú tienes quince años.? Madre. Decían que Filipo estaba complacido con el niño y que Olimpia lo sabía. –¡Nunca me lo dijiste! –No. –¡Mujer malvada! Pobre niño. su propio padre. Eso es lo que temen. Cinane quedó azorada. Aferró defensivamente la jabalina que empuñaba. creo que será mejor. Él sólo tuvo en cuenta la reconciliación de nuestras familias.. Eurídice se quedó donde estaba. Cinane se volvió con la cara que años atrás habría significado una azotaina. –Se volvió hacia un anaquel y tomó una copa de plata. –¿Cuánto hace que le escribiste? –No lo hice. Alejandro dijo con franqueza que sería un matrimonio puramente formal. no finjas que no me oyes. lo haré.. 68 . mesas y estantes estaban los tesoros familiares. Dijo que cuando Arrideo nació era un niño fuerte. lisa y dura. –Hay algo que no me has dicho. –Pero toda mi vida oí que Arrideo era idiota.. Era una buena jabalina. Cinane bajó la copa. porque tu destino no era envejecer en una aldea.. le había ofrecido una suntuosa boda. ya que lo prefieres. Creía que su hermano había nacido idiota. Sólo te lo estoy diciendo. Juró que el bastardo de Filina no desheredaría a su hijo. yo no se lo haría ni a un perro. se mantuvo en sus trece. No entiendo. Por eso Antípatro se opone y Pérdicas no escribe. –Si debo hacerlo para vengar a mi padre. En soportes..

blasonado con el sol real de Macedonia. –Encontrarás un cambio –le dijo–.Mary Renault Juegos funerarios Eurídice miró cuidadosamente la jabalina. Imaginaba a Alejandro examinándola con aprobación. era de oro macizo. había utilizado con buen gusto todo el tesoro que le habían encomendado. se elevaba una corona de laurel con hojas de oro reluciente. había vigilado celosamente. Tenía unos dieciocho pies de largo. En el friso estaban retratadas las proezas de Alejandro. y los ejes rematados por cabezas de león. «¿Qué hice? –pensó Cinane–. de sorprendente resonancia. La ancha estera del techo. la euforia se mezclaba con la solemnidad. gubias y cinceles de sus selectos artesanos. y cumplido con lo que había resuelto hacía tiempo. Era un petimetre. sosteniendo coronas de triunfo. ¿Qué hice?» Inmediatamente recordó que había hecho lo que se había propuesto. Ahora podrás verla entera. Alejandro le había hecho generosos regalos cada vez que creaba un altar. 69 . Notó que fuera del taller Bagoas. y la puso a un lado con las pocas cosas que pensaba llevar. el eunuco. –Todos sabrán que él llega. colgaban de las borlas de la guirnalda. había demostrado tener un gusto exquisito y mucho ojo para los detalles. En el borde. Las campanas también eran de oro. una barcaza real o un espectáculo público. desde luego. pero le costaba aceptar que Alejandro no pudiera ver aquella maravilla. todo laminado de oro. el techo abovedado era de escamas de oro incrustadas de gemas. Ayer la montaron sobre las ruedas. Ahora que había vuelto al mundo sentía vergüenza de las lágrimas. ni una pepita se había pegado a sus dedos ni a los de nadie. Bagoas se pasó las manos por los ojos. Una red de alambre de oro rodeaba el santuario interior por tres partes. han colgado las campanas. soldado y esteta. Lo llamó sonriendo grácilmente. relucientes rubíes. el creador de la carroza fúnebre de Alejandro. y valoraba no sólo su talento sino su probidad. El sol de la primavera brillaba deslumbrante sobre un templo en miniatura. Aunque no era persona cuya compañía buscara en público. En verdad. y entonces veré qué debo hacer. que de noche protegía el interior del mal tiempo y de los ladrones. era un placer dejarle observar el trabajo. Él sabía apreciar esas cosas. zafiros y amatistas. aunque no un afeminado. Alejandro. Mientras la magnífica estructura que había diseñado cobraba forma bajo los martillos. esmeraldas y cristales. un sonido claro y musical. Las trancas crujieron. que era pródigo con el dinero. se enfurecía cuando se lo robaban. retumbó en el taller. dos leones de oro recostados custodiaban la entrada. Aribas no lo notó. Alzó la vara y golpeó una. Esperemos a estar allí. al recomendarlo a Pérdicas. Aribas nunca había sentido mayor afecto por Pérdicas. estaba remotamente emparentado con la casa real y. Entraron en la penumbra que rodeaba un resplandor de gloria. La perfección debía restaurarse. Tolomeo. había sido corrida para dejar la gran obra a la luz. la poterna se abrió en la enorme puerta. pero eso había sido sólo entre amigos. madre. en las esquinas aleteaban unas victorias. había enfatizado esta virtud. En un rincón del cobertizo centelleaba opacamente el sarcófago. era demasiado aristocrático para trabajar por dinero. estaba merodeando otra vez. Y lo haré. las ruedas estaban envainadas en oro. Diseñador fastuoso. estaba hablando con el capataz sobre la reparación de las hendiduras y raspones causados al levantar la estructura superior. usado por Alejandro cuando se requería suntuosidad. Su devoción por el muerto era conmovedora. La sustentaban ocho columnas doradas y la cornisa estaba festoneada por una guirnalda de flores esmaltadas. Aribas. en la cuarta. se dirigió al taller que visitaba diariamente. –Mira. tan necesaria en un hombre que manejaba una gran cantidad de oro. Seis hombres apenas atinaban a levantarlo. Golpeó con la vara. Ordenó al pastor que trajera un cabrito virgen para ofrendarlo en sacrificio por el éxito de su empresa. para honra de Alejandro y de él mismo. El suelo era de oro pulido. Pesarlas era un rito cotidiano. –No temas. como un estandarte.

Sin duda le valdría más ser su amiga que su amante. Su abuela lo trataría como un hijo propio a quien debía preparar para la realeza. Aribas se cercioró de que estuviera intacto y se marchó. descansaba en un lecho de especias y hierbas dulces. Alejandro saldría en el ataúd de cedro donde. pero ni siquiera allí vi nada digno de compararse. y ella había estado alerta a indicios de autoridad y prepotencia. señor. su deber sería divulgarlo. señor. Al regresar a Sardis. –Fugaz como un reflejo en el agua apareció la sonrisa que había cautivado a dos reyes–. El único plato sería exquisito. Sus visitas y costosos regalos tenían todas las apariencias del compromiso formal. diciéndole que huía de la madre. Durante su breve luna de miel. Aunque tal vez.Mary Renault Juegos funerarios Sólo en el último momento. y sospechaba que esto no le era conveniente. Pero no creo que a él le importara. –Desde que terminó mi servicio con Alejandro. Pérdicas había hecho redecorar los aposentos reales. Él hablaba tanto de Alejandría que ansiaba verla personalmente. Ella estudiaba sus gustos anticipándose al matrimonio. cuando estuvieran por partir. dejando cabos sueltos que inspiraban nuevas preguntas. Las respondió cortésmente. sorprendido. cometo una indiscreción al decírtelo. Cleopatra y sus doncellas vivían relativamente cómodas para las pautas del Asia Menor. Cuando ella estuviera casada y viviendo en Macedonia. dejando que Aribas hiciera las preguntas. una hija de Antípatro podía creer cualquier cosa de Olimpia. Si entendía lo que deseaba Tolomeo. un derecho de admisión que pagaba con gusto. Ambos preferían la informalidad del mediodía y la oportunidad de hablar a solas. había despachado a la dama a una finca cercana. advirtió que lo habían sondeado delicadamente. No se proponía deshacerse brutalmente de la feúcha hija de Antípatro. volvió a cortejar a Cleopatra. tú estuviste allá cuando la fundaron. pero no se detuvo a examinar la idea. Tras algunas festividades ceremoniosas acordes con el rango de la prometida. después de Antípatro. lo podría ver a menudo. pues la curiosidad de Aribas por Alejandría se agudizó. Sería un rey severo pero. le había explicado a su novia Nicea la llegada de la reina molosea. y preguntó quién se había encargado de ella. yo era el único de Babilonia. pero dudó que eso tuviera demasiada importancia para ninguno de ellos una vez que diera a luz un heredero. Había considerado a Pérdicas más como colega que como esposo. No dijo más. lo imaginó en la cama con ella. quien había usurpado el poder y ponía su vida en peligro. exclamó que el mismo Alejandro no hubiera escogido a otro. Éstas llevaron a la modesta confesión de que el sátrapa le había concedido audiencia. La visión de nuevos horizontes la había consolado incluso del abandono de su hijo. –Aunque oficiales y amigos de Alejandro habían venido de casi todos los rincones del Asia para unirse a su ejército. y ya lo estaba consiguiendo hasta cierto punto. –¿Has estado en Egipto? –preguntó Aribas. con el pretexto de que la guerra continuaba y él pronto estaría en campaña. a los que había provisto con esclavos bien adiestrados. había encontrado un cocinero de Caria. Dijo que había oído que la carroza fúnebre de Alejandro sería una maravilla. Bagoas no reparó en elogios. Cuando lo supo.. Al regresar a su casa. como su madre 70 . Afuera. Sin embargo. según como él se comportara. Más tarde. para ser puesto entre más especias en el lugar donde descansaría definitivamente. y lujosamente para las pautas de Epiro. un rey demasiado blando sería despreciado. parecía que tenía suficiente sensatez para saber que sin su respaldo no podría conseguir ni conservar la regencia. de modo que me pidió noticias. Cleopatra tal vez lo ayudara a llegar al trono. vacío y liviano. Desde luego. –Será considerada una de las maravillas del mundo. Ese día de primavera él almorzaría con ella. En el palacio amurallado con piedra roja en la ciudadela de roca roja de Sardis. Cleopatra había disfrutado del viaje. la inquietud de su familia no le había pasado desapercibida.. he viajado un poco para pasar el tiempo. Sólo lamentó que Aribas no pudiera estar allí para adornar el templo del Fundador. Con cierto desapego. –Y añadió con intención–: Los egipcios se enorgullecen de sus artes funerarias. Charlaron un rato. Era un hombre dominante.

porque Olimpia lo habría 71 . Además. pero había más de lo que acababa de decirle y tenía derecho a saberlo. Incluso le otorgó el real nombre de Eurídice. pasó mucho tiempo desde que los viste a ambos. yo me voy. sería un rey convincente. él? Ha ido para traicionarme con Antípatro. «Esto significará la guerra. Hablaba con excesiva despreocupación. y no había pensado en otra cosa–. Ella lo comprendió al instante. Alejandro parecía complacido. Filipo. Habrá sospechado algo y envió un espía. apodado el Tuerto–. mezcla de impaciencia y embarazo. el daño está hecho. Viéndole la cara al final. y ella sólo oyó un murmullo furibundo.. Cleopatra recordó que era el sátrapa de Frigia. le ocultaba demasiadas cosas–. ¿Debemos volver a eso?» –¿Cómo se enteró? –se limitó a preguntar. Cleopatra vio como se le amarilleaba la piel tostada e hizo salir al esclavo que los atendía. volviéndose. Poco antes que él muriera. pensó Cleopatra. Ya no había tiempo. Antípatro marcharía al norte desde Etolia en cuanto recibiera la noticia.» A él le gustaba hablar de sus guerras con Alejandro y a ella le gustaba escuchar. estaba acostumbrado. no había necesidad de muchas aclaraciones. Su única desavenencia con Pérdicas había sido porque él deseaba instalar al rey en el palacio.. –¿Qué es? –dijo. Jamás se lo hubiera confiado. Se había puesto un broche enjoyado. –¿Antígono? –Mientras él miraba fijamente al vacío. la hija de tu primo Amintas. Pero debí contártelo. –Y todavía tengo que encargarme de esas malditas mujeres –dijo él. como me dijo una noche que estaba ebrio. –¿Qué mujeres? –le preguntó. «Sí –pensó Cleopatra–. Siempre fue íntimo de Antípatro.. No entenderías. –Pregunta a las ratas de la pared. que ella se ha preocupado por usar. ¿No estaba arrestado por traición? Supongo que tuvo miedo. él articulaba las palabras que leía (se consideraba notable que Alejandro hubiera suprimido este reflejo). «Si Filipo viene. No has mencionado a ninguna mujer. –Jamás había compartido la tolerancia de Alejandro por el hijo de Filina. y un cinturón ornamentado. No sé qué se proponía Alejandro. Últimamente. Filipo mejoró un poco. Acababa de llegar un despacho urgente para su excelencia. supuso que ésa sería su expresión en la guerra. Ella asintió. ni Alejandro. –De Eumenes –dijo Pérdicas cuando rompió el sello. –¿Cuál fue la traición? ¿Por qué estaba arrestado? –Para cerrarle el pico –replicó él con rudeza–. que Eumenes no decía que nada fuera urgente sin una buena razón. «Mi padre – pensó– no lo hubiera hecho.» Pérdicas se levantó del diván y se puso a caminar por la habitación. ¿Quiénes son? Él emitió un sonido. Alejandro lo llevaba consigo. Él bufó como un caballo. –Antígono ha huido a Grecia. ¿Qué tiene que ver él con mujeres? –Alejandro lo comprometió con Adea. como convenía a su rango. cuyos edificios parecían encaramados a la roca. tu hermano. Ahora da lo mismo. Como la mayor parte de los hombres de su tiempo. un espléndido brazalete adornado con cabezas de grifo de oro. no era conveniente. pero apretaba las mandíbulas. Mientras leía. La esposa persa de Susa lo había hecho tiempo atrás. Una boda secreta sólo causaría escándalos. no en vano era una hija de Macedonia. Pérdicas llegó a pie desde su alojamiento al otro lado del palacio. –No. ella pensó vagamente que ya parecían marido y mujer. ante todo. sabiendo como sabía. –¿Miedo.Mary Renault Juegos funerarios había hecho con sus rivales. Pero antes que llegaran al vino el chambelán persa carraspeó en la puerta. Descubrí que él sabía. Debían casarse en una ceremonia real antes de ir a Macedonia. Filipo había permanecido en la tienda real. a Epiro sólo habían llegado noticias fragmentarias y él lo había visto todo.» Él le había visto en la cara un destello de la terquedad de Alejandro. para quitarlo de en medio por si alguien quería utilizarlo en Macedonia. Notó que Pérdicas quería reflexionar antes de tomar una decisión. Nicea volvería sana y salva a su familia.. En los viejos tiempos. –¡Por favor! No llames hermano mío a ese retardado.

la que había usado en combate estaba demasiado mellada y vapuleada para concordar con tanto esplendor. el cinturón enjoyado. Los hombres aman a Crátero. Había recibido la carta de Tolomeo y sabía a qué atenerse. pobre niña. Antípatro canceló el contrato con mi aprobación. Exigen que se realice la boda. En cada poblado del camino se ofrecían sacrificios al divino Alejandro. Pero ahora era tiempo de moverse y ella debería seguir al ejército.Mary Renault Juegos funerarios matado si lo dejaba. Pero no había planes para ninguna boda. había resortes ocultos encima de los ejes. con voz más autoritaria–: Pérdicas. cayendo como perros exhaustos cuando la escolta acampaba de noche. si ella hubiera sabido de sus planes tal vez lo hubiera hecho envenenar. el bardo local cantaba sus hazañas. ¡Ahí se ve la sangre bárbara! –Bien podía haber sido Olimpia la que hablaba. A lo largo del camino los curiosos se apiñaban ansiosamente. Pero llegó a cobrarle afecto. el escudo y las grebas. y dormían a la intemperie para aguardarla. –Señora. Son verdaderas ilirias. hombres montados a caballo. Su exasperación era testimonio de su sinceridad. –¡Nunca me lo dijo! –Por un momento puso cara de niña lastimada. sin su permiso. mulas y asnos la seguían durante millas. –Me desharé de ellas. junto con la coraza de gala. –Él no respondió. Si él no hubiera enfermado. Los labriegos habían caminado un día desde los villorrios de montaña. Aribas presidía serenamente estas solemnidades. convocando a Roxana y su hijo. y escuchar las historias de los soldados. el casco de hierro blanco. El tintineo y el tañido claro de las campanas se mezclaban con los gritos de los muleros. La arrastraban sesenta y cuatro mulas. Al final. lo sé –dijo él con estudiado respeto. acercándose a las fogatas para pedir un mendrugo. Desde luego ahora debemos liberarla. supongo. 72 . inventando prodigios cuando no conocía suficientes hechos históricos. y portando armas. Yo debo decidir. –¡Desvergonzada! –exclamó ella–. y ella añadió. –Eso fue por tu madre. Mi hermano tendrá que verlas e impedir que cometan algún desliz. En su ausencia. Alejandro llegaría entero a la tumba. He oído que llegaron hasta Abdera vestidas de hombres. hace unos meses. Debo encontrarme con Eumenes antes que Antípatro llegue al Asia. esperando el sonido de las campanas. sin sorpresa–. se habría concertado un matrimonio por poder seguramente. y permitió que lo vieran con él. Los niños la seguían corriendo. En el altar. Una de ellas fue enviar un mensaje a Éfeso. –Ya veo –dijo la hija de Olimpia. De inmediato salió para tomar ciertas decisiones. la carroza fúnebre de Alejandro avanzaba hacia Isos. –¿Qué harás con ellas? Yo no puedo tener tratos con esa gentuza. lo cual agravará las cosas. –Realmente. Le satisfacía verlo mejor. la espada. si Pérdicas se hubiera molestado en leerla. su madre Cinane trajo a la muchacha al Asia. centelleando al sol y haciendo tintinear sus campanas. Allí había una larga historia. después de cuidarlo tantos años. Los veteranos de la escolta comentaban que si él hubiera cuidado así de su cuerpo mientras vivía... ellos son mis parientes. Pero jamás debió hacerlo. entre las columnas de oro y las redes de oro titilante. «Al menos –pensó– estaba acostumbrada a eso. La fama del carruaje lo había precedido en su marcha. haciendo sacrificios y demás. Crátero sin duda se reunirá con él. además. No tengo tiempo.» En la carretera que iba a la costa siria. podía darse ese lujo–. Pero has entendido mal. estaba el sarcófago envuelto en su manto púrpura. aún lo tendrían con ellos. uncidas por un yugo cada cuatro grupos de cuatro. Cuando las pinas forradas en hierro de las ruedas laminadas de oro traqueteaban en terreno escarpado. Él temía que si lo sabía le hiciera algún daño a la niña. negándose a abandonarla. Había tenido la sensatez de no informar a la bactriana sobre la hija de Filipo y Olimpia. Las mulas usaban guirnaldas y cascabeles de oro. por eso tenemos el problema que hoy tenemos. habría partido hacia Arabia en poco tiempo. Lo vio la mitad del ejército. Sobre él se exhibía la armadura de Alejandro. la carroza apenas se hamacaba suavemente.

A partir de entonces. La escolta había quedado muy conmovida por el discurso de Tolomeo. Podían prodigar gastos en un viaje tan corto. el que las precedió llevando la noticia a Sardis. hasta que pudieron embarcarse en Abdera. Toas. Se sobresaltaron. No tendrían que viajar al este. Entendía que Alejandro había hecho demasiadas concesiones. Eurídice desembarcó con una larga capa sobre la túnica. que se encargó de todas las transacciones. Pérdicas y el rey Filipo estaban en Sardis. Los otros persas habían emprendido el regreso. y en el alojamiento se puso una mantilla y un manto. Allí los habitantes eran griegos. De ahora en adelante el viaje debía ser un acontecimiento público. muy ofendida. A la mañana siguiente. esposa e hijos a merced de Alejandro– dos ejércitos sacrificaron un toro blanco como la leche delante del carruaje dorado. los mercaderes las consideraban cómodas para dormir. Cinane y su hija habían viajado como hombres armados. Bagoas. Regresó con noticias sorprendentes. sino el eterno chismorreo de los viajeros de la carretera. Cada uno de los hombres de Aribas había recibido cien dracmas. Esmirna estaba formada por las ruinas de una antigua aldea y por la ciudad nueva fundada por Alejandro. a sólo cincuenta millas. a quien le había interesado el puerto. Bagoas pasaba desapercibido. que no podía engañar a nadie vista de cerca. deberían viajar de otro modo. cuanto mayor fuera su rango. Eurídice viajó como su hijo varón. que afirmaba el deseo del divino héroe de que su cuerpo regresara a su padre Amón. cuyo nombre no había sido proclamado en ningún discurso. una dádiva digna del mismo Alejandro. volvió a vestirse de mujer. El tráfico se había intensificado con sus conquistas y se había convertido en un puerto activo. el cortejo fúnebre se dirigió al Nilo. menos preguntas les harían. Todos respetaban esa piadosa peregrinación y no le atribuían segundas intenciones. como correspondía a un verdadero seguidor de Mitra. pero el olor le provocaba náuseas a Eurídice en cuanto soplaba viento. aunque Babilonia aún estaba lejos. si habían vivido apaciblemente. abundaban los barcos mercantes. lo siguió detrás de la retaguardia. De noche hubo una fiesta en honor de Alejandro. De día cabalgaba entre los curiosos. Cinane. no era porque fueran pobres. Ahí –donde Darío había huido dejando a su madre. y que no habían viajado al Asia para adoptar las costumbres repulsivas de los bárbaros. Aribas. No fue un espía. Ahí las verían y provocarían comentarios. de noche dormía entre los soldados persas que formaban la retaguardia. pero las tropas de 73 . durmiendo en el carruaje con sus sirvientes a la intemperie. El fiel Toas. Por último se internaron en el verde e inmenso golfo de Esmirna.Mary Renault Juegos funerarios Excepto por una sola visita a la tienda de Aribas. y la única pregunta que les hacían era si podían pagar. Todos sabían quién era y nadie le molestaba. no guardó el secreto del rango de sus damas. con una oveja asada y un ánfora de vino para cada fogata del campamento. con el sátrapa y el general cabalgando a cada lado de la carroza. la prometida de un rey rumbo a la boda. El campo de Isos aún estaba sembrado de armas y huesos viejos. Cuando se pusieron en marcha. el mayordomo. informó que según los lugareños debían llevar un chambelán eunuco. que les había comprado doncellas y porteadores. El barco llevaba pieles en cubierta. Cinane. debían pensar en las apariencias. Era fiel a su señor. Tolomeo y Aribas derramaron incienso. como el prometido de su hija. con lo cual todas sus tropas macedonias habían convenido en seguirlo. replicó que ellas eran griegas. las fincas de Amintas no habían sido confiscadas y. el cortejo era imponente. ni de su propósito. había recibido en privado un talento de plata. dos días más tarde. y en público el titulo de general del ejército del sátrapa. por su parte. luego se dijeron que la suerte las favorecía. como hace la gente cuando una crisis distante se presenta de golpe. Desde luego un pariente o amigo del prometido tendría que haberlas recibido en el puerto. El viejo que hacía las veces de mayordomo –él recordaba al padre de Amintas– las precedió para buscar buen alojamiento y alquilar un transporte para el largo viaje por tierra.

con Eurídice a su lado. mantenía un semblante alegre. Aunque 74 . con las virtudes arcaicas del guerrero. con su negrura extraña y terrible para un ojo septentrional acostumbrado sólo a los esclavos pelirrojos de Tracia. que encabezaba la escolta. la desaparición de todo lo que ella había imaginado anticipadamente. El carruaje de dos ruedas se bamboleaba sobre las piedras. Ahora. Un explorador les informó que estaban a diez millas de Sardis. Pronto anochecería. Rocas y guijarros cayeron estrepitosamente en el camino. fenicios con barbas teñidas de azul. El viejo Toas cayó con su montura. y pensaba: la traje aquí desde su hogar.Mary Renault Juegos funerarios Egipto alargaban muchísimo la columna. Sabía que el mundo era vasto. Se oyó un grito inarticulado y desafiante. Pero eran macedonios genuinos. desprendidas por hombres al acecho. el ogro legendario de los niños griegos. junto a ella bajo el toldo rayado. Para Eurídice todo era aventura y deleite. Entre ellos la escolta parecía lo que era. su dios estaba servido. Pasaron frente a losas de roca con símbolos tallados e inscripciones en escrituras desconocidas. carios con aros pesados que les estiraban las orejas. Un recodo rocoso tapó el sol poniente y el camino se volvió oscuro. Su fama había llegado. Los que alguna vez habían peleado lo habían hecho en las guerras de Filipo. la prometida de un rey no debe ser opacada por sus súbditos. La cuesta que tenían al lado. se enfrentaron al enemigo. y aún tendría que cuidar de su fama en la ciudad elegida por él. recién salido de la celebración de un misterio. Esas mujeres con velos negros. y él estaba lejos de la carroza. armados con lanzas. haciéndole doler la cabeza. Los viajeros que se cruzaban con ellos dirigiéndose al puerto eran todos bárbaros. pero entre las colinas de su patria eso no significaba nada. que cargaban bultos junto a los asnos montados por sus hombres. Pela ha existido sólo durante dos generaciones. que se hamacaba con el movimiento de las mulas asustadas. Había cumplido con su misión. reparados por Alejandro para que dominaran los pasos. que en diez años Alejandro nunca había llegado al confín. sentía esa extrañeza indiferente como una desolación. La caravana de Cinane estaba a un día de viaje de Sardis. el paisaje desconocido. por la riqueza y el lujo. dijo: –¿Crees que es cierto que Sardis tiene tres veces el tamaño de Pela? –Yo diría que sí. en el umbral del este ilimitado. donde pudo haber vivido su vida en paz. ingenuamente confiada. que había estado admirando las defensas de los fuertes y su sistema de comunicación. Con un grito de desafío. Eurídice. A lo largo del camino. antes que empezara el calor. atacaron a los bandidos con sus lanzas. Cinane brincó del carro. De espaldas al carro. Habían manoteado las lanzas. Un griego podría haber visto en Bagoas la serenidad del iniciado. Treinta o cuarenta hombres a pie. En alguna parte una voz de hombre dio una orden. El lenguaje extraño de los viajeros. con sombrero bordado y espada curva. Pero estaba satisfecho. Durante la noche prepararían su entrada. la creerían loca si supieran sus propósitos. se proponían llegar allá a la mañana siguiente. Pronto debían encontrar un sitio donde acampar. soy sana y joven todavía. una caravana de porteadores negros desnudos hasta la cintura. Al fin la guerra. incluso a Macedonia. negra contra el cielo rojo. un grupo de viejos voluntariosos y confundidos. y se habían metido las faldas en los cinturones. Bien. las elevaciones rocosas estaban coronadas por viejos fuertes. –¡Ladrones! –anunció Toas. estaba sembrada de grandes peñascos. Envidiaba a Alejandro y sus hombres. un grupo de hombres lo rodeó para apuñalarlo. Sardis durante diez. bajaron a la carretera. Cinane. que habían recorrido el mundo. a veces un persa con pantalones. Miraba a la muchacha. Eurídice sintió un espasmo de euforia. los inescrutables monumentos. o tal vez más. No se apresuraban. extraños a la visión y al olfato. pero estaba perdiendo el ánimo. la verdadera guerra. Sólo cuenta conmigo. Desde las lomas apenas veía la cresta centelleante. El gemido de un caballo herido retumbó contra las rocas. Esa idea la deprimía. le estaban quitando seguridad.

Alzó un brazo. los ojos fijos. –¡Dejadlas en paz! –dijo.. Pero Cinane la había adiestrado bien. la furia y el pesar estallaron como una sola llama en Eurídice. ¿Es verdad lo que dice? –¡No! Obedeced las órdenes. a quien habían obedecido inmediatamente. Eurídice soltó la lanza y se arrodilló a su lado. pero ella conservó el equilibrio. Tenía una coraza de cuero. La lanza lo atravesó. soldados. Cinane había caído. Miró al jefe. –No son sármatas. Cinane se movió. Cinane se movió. Esta vez habló en el idioma de los soldados. Se hizo silencio. Ella se rió. Uno por uno. y de pronto comprendió sobresaltada que allí. como cualquier criatura de sangre caliente que se esfuerza por respirar. tomarla en sus brazos. El soldado miró a la muchacha. Como el caballo. El primer impulso de Eurídice fue correr hacia ella. el sonido era más débil ahora. estaba apoyada en el carro cuando se movió. como en Aquiles cuando clamaba por Patroclo muerto en la muralla. ¡Él lo sabe! El soldado más viejo. Un hombre se adelantó con la mano alzada. El estupor los dejó mudos. Lo juro por.. y liberarse del ejército regular. Era el rugido de la rebelión. Estoy comprometida con Filipo. usando el nombre sin títulos honoríficos. Oyó un grito al lado. Golpeó a Eurídice. No les había dicho nada. un cincuentón. –Es verdad –dijo con un hilo de voz–. encarando al resto. pero era un ruido cada vez más familiar para los generales macedonios. herida por una lanza. Pronto.. no habría misericordia por suplicar. –Yo creo que es verdad. Todas las mulas arrancaron. excepto al viejo Toas. se volvió hacia su jefe. –Tosió. la nieta del rey Filipo y del rey Pérdicas. no bandidos. excepto por las mulas que forcejeaban. La piedad. Preguntadle. Los hombres se juntaron. Él parecía furioso y desconcertado. Todos los hombres se volvieron hacia el oficial. Eurídice se arrojó sobre el cuerpo de la madre y lloró con vehemencia. sólo por ganar. –Mi madre. Se acercó al cuerpo de la madre para protegerlo. conducidas por los soldados. El viejo soldado que se había enfrentado a Alcetas se le acercó y se plantó a su lado. Tenía el pecho manchado de rojo. los demás se reclinaron sobre las lanzas. Son tan macedonias como yo. un hombre alto y moreno de cara enjuta y glacial. Era como Bucéfalo. ésa era una razón más para pelear bien. como un hombre libre de Macedonia podía hacerlo ante los reyes–. a través de su llanto. –Eurídice bajó la mirada. chilló y brincó hacia adelante. y suplicar piedad a los bandidos. Cinane gimió. el viejo caballo de Alejandro. en Lidia. –Alcetas –dijo. Al resto lo habían dominado. Comprendió al instante. el hermano de Alejandro. la hermana de Alejandro. avergonzados y confundidos. 75 . el dialecto campesino que había conocido antes de aprender griego. y los gemidos de tres de la escolta en el suelo. –¡Traidores! ¿Sois hombres de Macedonia? Esta es Cinane. de modo que ella le apuntó al brazo. Él retrocedió soltando un juramento y apretándose la herida. que estaba muerto. pero le manaba sangre de la boca–. arrastrando el carruaje. Ella tuvo una idea. Ella lo ignoraba. el ejército se había acostumbrado excesivamente a un buen jinete y lo obedecía. Tolomeo había confiado a sus amigos íntimos de Egipto que le alegraba elegir personalmente a sus hombres. ¡Miradme! Soy la hija de Amintas.. la hija del rey Filipo. Un hombre de piel clara y barba rojiza se le acercó. Cinane gimió de nuevo. un salteador había hablado en macedonio. y luego a los otros hombres. vuestro rey. Esto también era la guerra. desorbitados.Mary Renault Juegos funerarios adivinaba las consecuencias de la derrota si las capturaban vivas. otros se reunieron con él. Los que la rodeaban se retiraron. –Señaló al enfurecido oficial–. que pateaba a cualquier otro que tratara de montarlo. como dijo él –comentó uno–. Una de las mulas. Escupió un borbotón de sangre y cayó hacia atrás. oyó voces airadas. Me trajo aquí desde Macedonia. Un soldado estaba inclinado sobre ella con una lanza. –Soy la nieta de Filipo.

–Salió sin esbozar siquiera una disculpa. pero estaba demasiado lejos. Lo vi muchas veces. es Filipo –dijo el veterano–. Y si Alejandro le había prometido una boda con el hermano. Uno de ellos se adelantó para llevar el mensaje de Alcetas a su hermano Pérdicas. recogieron el equipaje que los porteadores habían soltado al huir con las doncellas hacia las colinas. Desde la ventana alta. ganar tiempo. también le mostró una gran multitud de soldados que a lo largo del camino se apartaban para homenajearla como a un rey. Durante el trayecto pasaría por el campamento principal de los ejércitos de Pérdicas y Eumenes. con suerte. Tú no lo querías aquí. –¿Cómo permites esto? –No hay más remedio. el último rey lidio. –¡Que el Hades se los lleve! Han sacado a Filipo. –Ved. cualquier tonto podía ver que tenía la sangre de Filipo en las venas.Mary Renault Juegos funerarios Con ansiedad. Las enormes puertas de las gruesas murallas exteriores estaban abiertas. –Lo limpió contra su faldón y se lo devolvió–. una huérfana e hija adoptiva. Vedlo vosotros mismos. se casarían. la irreal consumación de sus anhelados propósitos. –Señora. si puedo evitarlo. –¿Qué es? –Su furia y consternación habían sobresaltado a Cleopatra. aquí hay algo más apropiado para ti. o el ejército intervendría en el asunto. para que también la maldijera. los soldados tendieron a Cinane en el carro y la cubrieron con una manta. Había faltado poco. que estaba hecho una furia. En ese instante un nuevo movimiento que se produjo abajo le llamó la atención. todos se apiñaron a su alrededor. el rey Filipo. Lo puso en la mano callosa y cuarteada del veterano. célebre por sus legendarias riquezas. Debes cuidarlo –le dijo.? –Ellos saben dónde está su tienda.. Se asomó. Precisamente ahora. les habían mentido». Entonces despejad el camino y poneos en marcha. Él se lo dio a mi abuela Audata el día de la boda. miró y se volvió maldiciendo. Bajo la mano tenía el pendiente de oro que su madre usaba siempre. –Muy bien –dijo Alcetas. señora. se amotinarán. el hijo del rey Pérdicas. Alejandro había desfilado 76 . Aquí está la efigie de mi abuelo. Debo ir. Debía bajar y hacer algún gesto para preservar su dignidad y. había sido construido para Creso. –En efecto. ¿Permitirás que se case con su hijo? –No.. Tapizado con cuero rojo repujado. le dijeron a Alcetas. Estaba manchado de sangre. pero ella lo pasó sobre la cabeza inerte y se levantó. aunque ella pudiera alargar el brazo y tocar el cuerpo. arrastrando algo. La llevarían a Sardis. Su sombra no debía descubrir que había dado a luz a una cobarde. El carruaje se detuvo. Le hablaba como a una joven sobrina. pensó ella. en implorar que quemaran decentemente el cuerpo de su madre. también daban cierta irrealidad a la muerte de su madre. –El carruaje se estaba acercando. donde podría difundir la noticia. y eso tocó la sensibilidad de todos. que le dieran las cenizas para enterrarlas en su patria y que la llevaran de vuelta al mar. Acomodaron los almohadones para que Eurídice viajara junto a sus muertos. Él trató de distinguir la cara de la hija de Amintas. con el frente y los costados laminados con grifos de plata y leones de oro. Eurídice pensó en suplicar piedad. examinando el medallón de oro con el perfil cuadrangular y barbado.. Oía al pasar murmullos roncos: «Pobre muchacha». Pero en cuanto enjugó la sangre del rostro de Cinane supo que era el rostro de una guerrera firme hasta la muerte. Ella notó su impotencia. Sabía que la disciplina y tal vez su propia vida pendían de un hilo–. Trajeron su propio carretón para los guardias muertos y heridos. Saben que es la nieta de Filipo. cuando el último recodo mostró a Eurídice la ciudadela de roca roja con la ciudad a sus pies. Cleopatra miraba con Pérdicas. Era un viejo y espléndido carro. si quieres bajar. Mientras avanzaba la ovacionaban. «Perdónalos.. Un grupo de soldados se le acercó a la carrera. Si la arresto. y golpeó el alféizar con ferocidad. y ella a mi madre cuando se casó con Amintas. Sería su mascota. –¿Qué? ¿Cómo pueden. –¡Y la nieta de un traidor! Su padre tramó el asesinato de mi padre. Así. La extrañeza. Con tosca eficiencia.

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en él para impresionar al pueblo. Este trono móvil aumentó su sensación de irrealidad. Recobrándose, dijo que no podía dejar solo el cuerpo de su madre. –Ella será cuidada como corresponde, señora, nos hemos encargado de ello. Mujeres viejas vestidas de negro se adelantaron con orgullo; esposas de veteranos, curtidas por el esfuerzo y la intemperie, que parecían sus propias madres. Un soldado se acercó para ayudar a bajar a Eurídice. En el último momento Alcetas, convirtiendo en virtud la necesidad, se adelantó para hacerlo. Por un momento ella quiso negarse, pero ése no era el modo de aceptar la rendición de un enemigo. Inclinó la cabeza grácilmente y tomó el brazo que le ofrecían. Un grupo de soldados tomó la vara del carro y lo puso en marcha. Ella se sentó como un rey en el trono de Creso. De pronto, los gritos cambiaron. Eurídice oyó los antiguos gritos macedonios: –Io Hymen! Euoi! ¡Alegría a la novia! ¡Salud al novio! Su prometido se acercaba. Eurídice dio un respingo. Esa parte del sueño era muy borrosa. El hombre venía al trote en un hermoso caballo de manchas grises. Un viejo e hirsuto soldado lo guiaba asiendo las riendas. La cara del jinete barbado era similar a la del medallón de oro. Miraba en derredor, parpadeando. El viejo soldado señaló a Eurídice. Cuando él la miró directamente, ella comprendió que estaba asustado, muerto de miedo. Entre todas las cosas que había pensado, cuando se había atrevido a pensar en esto, no había imaginado esa situación. Urgido por los soldados, desmontó y se acercó al carro, fijando en ella los ojos azules llenos de aprensión. Ella le sonrió. –¿Cómo estás, Arrideo? Soy tu prima Eurídice, hija de tu tío Amintas. Acabo de llegar de Macedonia. Alejandro me mandó buscar. Los soldados murmuraron con aprobación, admirando ese rápido saludo, y exclamaron: –¡Larga vida al rey! A Filipo se le iluminó la cara cuando oyó su viejo nombre. Cuando era Arrideo no tenía deberes, ni debía ensayar ante hombres impacientes y prepotentes. Alejandro nunca había sido prepotente, sólo inculcaba el placer de las cosas bien hechas. En cierto modo, la muchacha le recordaba a Alejandro. Cautelosamente, menos intimidado, le dijo: –¿Vas a casarte conmigo? Un soldado soltó una carcajada, pero camaradas indignados lo hicieron callar. El resto escuchó ávidamente. –Si tú lo deseas, Arrideo. Alejandro quería que nos casáramos. Él se mordió el labio vacilando. De pronto se volvió al viejo soldado que guiaba el caballo. –¿Debo casarme con ella, Conon? ¿Eso quería Alejandro? Un par de soldados batieron las palmas. En la tensa pausa, Eurídice notó que el viejo sirviente la estudiaba con ojos escudriñadores. Reconoció en él a un protector. Ignorando las voces, algunas de ellas groseras, que incitaban al rey a hablarle a la muchacha antes que ella cambiara de opinión, miró directamente a Conon, y dijo: –Seré bondadosa con él. La cautela de los ojos borrosos se disipó. Conon asintió y se volvió a Filipo que aún lo miraba con ansiedad. –Sí, mi señor. Esta es la mujer con quien estás comprometido, la doncella que Alejandro eligió para ti. Es una mujer delicada y valiente. Tiéndele la mano y pídele amablemente que sea tu esposa. Eurídice tomó la mano dócil. Grande, tibia y suave, se aferraba implorante a la suya. Ella la apretó para tranquilizarlo. –Por favor, prima Eurídice, ¿quieres casarte conmigo? Los soldados lo desean. –Sí, Arrideo –dijo sosteniéndole la mano–. Sí, rey Filipo. Las ovaciones estallaron. Los soldados que usaban sombreros de ala ancha los arrojaron al aire. Los gritos de «Hymen!» se redoblaron. Estaban tratando de subir a Filipo al carro de Creso, cuando Pérdicas, rojo y jadeante después de su carrera por los escalones empinados y tortuosos de la antigua ciudad, llegó a la escena. Alcetas le salió al encuentro, hablándole con los ojos. Ambos sabían muy bien

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cuándo los macedonios se ponían peligrosos. Lo habían visto en tiempos de Alejandro, quien los había dominado en Opsis saltando del estrado y frenando a los cabecillas con sus propias manos. Pero esas cosas habían sido el misterio de Alejandro; a cualquier otro lo habrían colgado. Alcetas tomó la furia de su hermano con un gesto de resignación. Eurídice supo enseguida quién era Pérdicas. Por un instante se sintió como una niña ante un adulto formidable. Pero no perdió la firmeza, sostenida por fuerzas que en gran medida desconocía. Sabía que era nieta de Filipo y el Rey Pérdicas, tataranieta del ilirio Bardelis, viejo terror de la frontera; pero no sabía que ellos le habían legado algo más que orgullo; también heredaba parte de su naturaleza. Su juventud de encierro, alimentada de leyendas, no le permitía ver en su situación nada de absurdo ni obsceno. Sólo sabía que esos hombres que la habían vitoreado no debían verla asustada. Filipo estaba de pie con una mano sobre el carro, discutiendo con los hombres que trataban de subirlo. Acababa de aferrarle el brazo. –¡Cuidado! –le dijo–. Ahí viene Pérdicas. Ella le apoyó la mano en la suya. –Sí, lo veo. Sube aquí, y quédate a mi lado. Él se trepó, soldados eufóricos sostuvieron el carro cuando su peso lo hizo oscilar. Aferrando la barandilla, él se irguió en tímida actitud de desafío; ella se incorporó junto a él, armándose de coraje. Presentaban una turbadora similitud con una pareja triunfal, distante en el orgullo y el poder. Irónicamente, los soldados saludaron a Pérdicas con el grito nupcial. Pérdicas se acercó al carro y, por un momento, todos contuvieron el aliento. Luego alzó la mano para saludar. –Salve, rey. Salve, hija de Amintas. Me alegra que el rey haya salido a recibirte. –Los soldados me obligaron –murmuró ansiosamente Filipo. –El rey ha sido muy cordial –intervino al instante Eurídice. Filipo miró ansiosamente a estos dos protagonistas. Pérdicas no tomó ninguna represalia. Los soldados también estaban complacidos. Él sonrió. Ocultando cuidadosamente su incredulidad, Eurídice supo que por el momento había ganado. –Pérdicas –dijo–, el rey me ha pedido la mano con el beneplácito de los macedonios. Pero mi madre, la hermana de Alejandro, yace aquí asesinada, como tú sabes. Ante todo debo marcharme para dirigir su funeral. Voces aprobatorias saludaron estas palabras. Pérdicas accedió con toda la gracia que pudo. Escrutando las caras hurañas, pensando en las fuerzas de Antípatro que se dirigían al Helesponto, añadió que la muerte de su noble madre había sido un escandaloso error, debido a la ignorancia y el ardor con que ella se había defendido. Desde luego el asunto sería investigado. Eurídice inclinó la cabeza, sabiendo que jamás conocería cuales habían sido las órdenes de Alcetas. Al menos Cinane iría a las llamas con todos los honores de la guerra; algún día sus cenizas volverían a Aigai. Entretanto, las ofrendas funerarias debían ser coraje y resolución. En cuanto a la venganza, los dioses se encargarían de ello. El funeral apenas había terminado cuando Pérdicas recibió noticias de que la carroza fúnebre de Alejandro marchaba hacia Egipto. Fue sorprendente como un rayo. Todos sus planes habían previsto una amenaza del norte, el avance de Antípatro. Ahora, del sur, venía una evidente declaración de guerra. Eumenes aún estaba en Sardis. Había sido llamado cuando el peligro venía sólo del norte. Ambos sabían que la causa era que Pérdicas no había seguido su consejo de casarse abiertamente con Cleopatra, mandar a Nicea a su patria aún virgen, y avanzar de inmediato sobre Macedonia. Esto no se mencionaba. Como Casandra, Eumenes estaba destinado a no conseguir demasiado aunque tuviera razón. Un griego no tenía por qué saber más que los macedonios. Por lo tanto, se abstenía de señalar que Pérdicas podría haber sido regente de Macedonia con una esposa real, un poder contra el cual Tolomeo no habría intentado nada, y se limitó a dudar que él estuviera planeando una guerra. –Todo lo que ha hecho hasta ahora en Egipto ha sido atrincherarse para estar cómodo. Es ambicioso, sí. ¿Pero cuáles son sus ambiciones? Robar el cuerpo fue un acto de insolencia, pero aun así tal vez sea sólo para glorificar a Alejandría. ¿Nos molestará si lo dejamos en paz?

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–Ya ha anexado Cirene. Y está preparando un ejército más numeroso del que necesita. Espera algo. –Es precavido. Si marchas contra él lo necesitará. –Odio a ese hombre –dijo Pérdicas, con súbito rencor. Eumenes no hizo comentarios. Recordaba a Tolomeo como un joven desmañado que subía al niño Alejandro en su caballo para llevarlo de paseo. Pérdicas había sido amigo del rey de mayor, pero nunca había sido lo mismo. Alejandro daba ascensos según los méritos –el mismo Hefestión había empezado desde abajo– y Pérdicas había sobrepasado a Tolomeo al final. Pero Tolomeo había sido para Alejandro como un zapato blando y cómodo; aunque confiaba en Pérdicas, nunca se había sentido tan a sus anchas con él. Tolomeo, por instinto y por observar a Alejandro, tenía un modo de tratar a los hombres; sabía cuándo relajar la disciplina y cuándo volverla más rigurosa; cuándo dar, cuándo escuchar, cuándo reír. Pérdicas sentía la ausencia de ese sexto sentido y lo carcomía la envidia. –Es como un perro traicionero que se come el rebaño que debería cuidar. Si no recibe un escarmiento, los otros lo imitarán. –Tal vez, pero todavía no. Antípatro y Crátero se pondrán en marcha ahora. Pérdicas apretó las mandíbulas tercamente. «Ha cambiado desde la muerte de Alejandro– pensó Eumenes–. Sus deseos han cambiado. Ha perdido la mesura, y él lo sabe. Alejandro nos contenía a todos.» –No –dijo Pérdicas–, Tolomeo no puede esperar. Ese áspid egipcio debe ser pisoteado en el huevo. –¿Entonces dividimos el ejército? –La voz de Eumenes era neutra; para ser un griego entre macedonios ya había dicho bastante. –No hay remedio. Tú irás al norte y evitarás que Antípatro cruce el Helesponto. Yo ajustaré cuentas con Tolomeo de una vez por todas... Pero antes de partir, debemos celebrar esta maldita boda. De lo contrario los hombres no se moverán. Los conozco. Más tarde Pérdicas pasó una hora razonando con Cleopatra. Por último, con lisonjas, fría lógica, súplicas, y todo el encanto que pudo esgrimir, la persuadió de actuar como la dama de honor de Eurídice. Las tropas estaban empeñadas en esa boda; debía celebrarse con boato. Cualquier resentimiento se volvería contra ellos dos y no era el momento oportuno. –Esa muchacha era una niña –dijo– cuando asesinaron a Filipo. Dudo que el mismo Amintas fuera uno de los principales conspiradores. Yo estuve presente cuando lo juzgaron. –Sí, por cierto. Pero todo esto es repugnante. ¿Acaso no tiene vergüenza? Bien, tú ya enfrentas suficientes peligros sin que yo los agrave. Si Alejandro estaba dispuesto a permitirlo, supongo que puedo hacer lo mismo. Eumenes no esperó la fiesta. Marchó inmediatamente al encuentro de las fuerzas de Antípatro y Crátero (otro de sus yernos), un griego a la cabeza de macedonios dudosamente leales. Para Eumenes, ésa era una vieja historia. Pérdicas, cuya misión era menos urgente, se quedó otra semana para brindar a las tropas su espectáculo. Dos días antes de la boda, una agitada doncella se presentó en la habitación de Eurídice –construida para la principal esposa del viejo Creso– para anunciarle que la reina de los epirotas había venido a visitarla. Cleopatra llegó con el fasto debido a su rango. Olimpia no le había escatimado recursos desde que se había ido; la mezquindad nunca había sido uno de sus pecados. Su hija se presentó vestida como una reina, y con regalos dignos de una reina: un ancho collar de oro, un rollo de bordado cario con engarces de lapislázuli y oro. Por un instante, Eurídice quedó abrumada. Pero Cinane le había inculcado modales además de disciplina guerrera; adoptó una especie de dignidad ingenua que conmovió a Cleopatra contra su voluntad. Recordó su propia boda, a los diecisiete años con un viejo tío de la edad de su padre. Hechos los cumplidos, saboreadas las golosinas, pasó a celebrar puntillosamente el rito nupcial. Lo hizo con sobriedad, pues entre ellas no podía haber las esquivas bromas femeninas tradicionales en esas circunstancias. El resultado fue cuidadosamente correcto. El sentido del deber de Cleopatra prevaleció. Esta muchacha educada con tanto

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Filipo despertó temprano la mañana de la boda. –Se miraron mutuamente. las damas de cierta alcurnia que podía ofrecer Sardis – esposas de altos oficiales y funcionarios. más unas tímidas y emperifolladas mujeres de Lidia–. Después. Eurídice accedió. Pero. El mismo Pérdicas se lo había dicho. Pero no te molestará. aún cautelosos. Esa mañana el agua del baño vino en un gran aguamanil de plata traído por dos jóvenes elegantes que se quedaron para verterla sobre él.Mary Renault Juegos funerarios esmero y cuidado. –¿No te vi con el rey? Tu nombre es Conon. cada vez más nervioso. Ella no era tan ingenua como para no entender. y de mandarte sus cosas bonitas para que las veas. Conon. quiero desearte salud y alegría. Conon tragó saliva otra vez. Conon le explicó que eso era por la boda. Además. No me tomaré libertades ni me propasaré. No está en su modo de ser. cuando estés casada. adoptó una expresión hosca y distante. a veces tiene ataques. temiendo lo desconocido. Señora. y conozco sus manías que se han multiplicado por los malos tratos que sufrió antes que yo llegara. – Una vez dichas esas palabras. ¿tuviste tiempo de hablar con él? ¿No lo notaste un poco joven para sus años? Eurídice la miró directamente a los ojos. Me quedaré por un tiempo y veré. si lo pregunta. ¿qué podía saber? Cleopatra se alisó el vestido sobre las rodillas. iba a casarse con la prima Eurídice. él no está acostumbrado a las grandes fiestas sin que esté Alejandro para guiarlo. Eurídice hizo salir a todos y le preguntó cuál era su mensaje. Con toda la dignidad que pudo reunir. Si lo dejas por mi cuenta. dijo: –Gracias. Ya no estaba en la tienda de 80 . Señora.. y la pronta llegada del día feliz. Por favor díselo al rey. ¿Qué diría a continuación? Eurídice. –Bien. Y veo que es así. pasan enseguida. Quizá te lo hayan dicho. –Cuando conociste al rey –¿cómo aludir a esa ocasión tan lamentable?–. él te aprecia muchísimo. Conon buscaba palabras para lo poco que podía decirse–.. Habla constantemente de su prima Eurídice. A ella le permitirían quedarse con él. ¡De modo que eso era todo! En su alivio habría querido abrazarlo.. –Luego. abandonada en el mundo a los quince años. Lo habría puesto en un terrible aprieto. No pido más. No temas. pero esas cosas ocurrían a menudo. «No es una orden –pensó Eurídice– porque no puede serlo. al entrar. si necesita una amiga. atinó a hablar–. le presentaron sus respetos. un poco más calmos. Una doncella gorjeante anunció a un mensajero de la casa del prometido. sin duda. deseándole buena suerte. tragó saliva. Muchas personas cantaban y reían frente a la puerta. Esto era auspicioso. Un silencio tenso los envolvió. ¿verdad? Sí. ¿qué planeas hacer? Pérdicas te daría una escolta para que regresaras a Macedonia. Estoy segura de que el rey y yo nos entenderemos. él atinó a decir: –Señora. Por último. Al día siguiente. Conon. Te suplico que no me alejes de él. lo he cuidado desde pequeño. La pobre muchacha daría cualquier cosa por saber lo que él no sabía cómo decirle: el prometido no tenía idea de que el acto sexual podía realizarse con otra persona. señora. ruborizándose. Conon le había prometido que usaría el manto púrpura con la gran estrella roja. señora.» –El rey tiene derecho a que yo sea su amiga –respondió en voz baja–. y apartó los ojos de sus anillos. para ver si te conformo. Puedes retirarte. vino otro visitante. y podría verla cuando quisiera. echó una ojeada significativa a la servidumbre. Tan sólo ponme a prueba. –Él nunca pensó en preguntar. donde la siesta estaba consagrada desde tiempos de Creso. El viejo Conon. serás bienvenido. decidiendo que ella tenía buenas intenciones y debía responderle con sinceridad. Vio que los dos jóvenes intercambiaban una sonrisa. Alejandro se lo contó a mi madre. en la tarde apacible.. –Sí. a él le gustas. señora. pero no debía demostrarlo.

preparado precipitadamente. Gracias a Alcetas. cuando bajó el sol empezaron a encender las antorchas. En verdad. Conon le había explicado que en la tienda no había lugar para una dama. Pero lo más importante. Alguien se apresuró a explicarle que Pérdicas era el padrino. Traía consigo al niño. pero nadie lo elogió después. adornadas con borlas y lentejuelas. a causa de la inminencia de la guerra. encaramándose a los tejados. más autoritario. no podía aceptar que Cleopatra ocupara el lugar de la madre y no pudiera ser desplazada. Haré que alguien te explique el rito. la litera cerrada atravesó la ciudad. Y su prometida es nieta de dos reyes. Y no lo defraudó. dos heraldos anunciaron a mediodía la llegada de Roxana. Eurídice se casaría con él. Esto la aplacó. Alejandro lo había construido en el lugar donde había caído fuego del cielo. mientras que aquí ella podía quedarse en la habitación contigua. como hacía Alejandro. más tajante. –¡Pero yo soy la madre del hijo de Alejandro! –exclamó. si quieres que tu hijo sea aceptado por los soldados.» Filipo había esperado todo el día la procesión. eran conducidas por soldados con capas y coronas escarlata. pero ahora que él estaba muerto no podían dejar de respetarla. avanzaron por la Avenida Sagrada. Pérdicas había tenido bastantes problemas para planear una ceremonia convincente. casi gritando–. Nunca habían aprobado las bodas de Alejandro con extranjeras. –Pues bien –dijo Pérdicas. pero las damas bactrianas no se mostraban en público. Pérdicas le indicó cuándo arrojar incienso en la carne quemada y qué decirle al dios. para complicarle los problemas. no le importaba. Se apresuró a prepararle un lugar donde alojarla. dijo. Luego. Pérdicas la recibió y la invitó al banquete. Desde que había montado en elefante nunca se había divertido tanto. Usó el manto púrpura y una diadema de oro. El 81 . No olvides que ellos tienen derecho a desheredarlo. Eurídice llevaba un vestido amarillo y un velo del mismo color que colgaba de una corona de flores de oro. tenía menos miedo de Pérdicas. No advirtió que también otros habían notado el cambio. Le estaba agradecido a Cleopatra por acceder a sostener la antorcha de bienvenida en la cámara nupcial. griegos. Él se había olvidado por completo de mandarla buscar y ni siquiera la había invitado a la boda. y Pérdicas no podía casarse también. Procura cumplir con tu parte. Llevados por mulas blancas. Se presentaba una crisis de precedencia. sacudían los sistros de campanillas tintineantes y golpeaban grandes címbalos. Los votos por la felicidad de los novios se mezclaban como olas en varios idiomas. Roxana. estaba más frío. –¡No me dijiste nada! –dijo ella furiosa–. era la madre del hijo de Alejandro. luego Pérdicas lo llevó a hacer un sacrificio en el templete de Zeus de la cima de la colina. debería casarse conmigo. Una reina macedonia lo habría alzado para que lo vieran. Estaba adornada con viejas estatuas y altares. Él había pensado que viajarían los dos solos en el carruaje. lidios. había estado a punto de sacarlo del carruaje a empellones. entonces eres familiar del novio. Ahora que estaba casado. pues las tropas la verían. y le disgustó que Pérdicas subiera por el otro lado. Delante y detrás. ignorante de la costumbre macedonia. pero fue a la prima Eurídice a quien escuchó. que daba vueltas y curvas para llegar al pie de la colina sin escaleras. «Él había cambiado –pensó–. los músicos tocaban melodías lidias con sus flautas. Además. Los jóvenes le ayudaron a ponerse el hermoso manto. ¿Quién es esa campesina que encontraste para él? Si el rey debe casarse. la novia no tenía familia que diera el festín nupcial. Al niño le estaban saliendo los dientes y se oían sus gimoteos mientras pasaba lenta la litera. Lo hizo todo correctamente y la gente cantó para él. Alejandro y sus oficiales se habían casado con las esposas extranjeras según los ritos locales. le habían dejado traer todas sus piedras. –Entre los macedonios –dijo secamente Pérdicas–. persas.Mary Renault Juegos funerarios siempre: tenía una habitación en el palacio. Las mulas. Los soldados saludaban con reticencia. Aparentemente no había perdonado la muerte de Estatira. Había banderas y guirnaldas por doquier. era la procesión. La gente de Sardis se apiñaba para verla. La gente soltaba hurras por todo el camino. Vestido con su túnica nupcial y poniendo buena cara. el heredero de un rey muerto no hereda su harén.

las bufandas de fina lana teñida. brillante como un pequeño alcaudón. había obviado ese momento. Pronto te llevaremos a ella. Las antorchas. Éste era su elemento. Era obvio que él nunca había manejado una espada. Con repentina angustia comprendió que cuando se terminara el canto la llevarían a la cámara nupcial. ¡La prima Eurídice se va! –Se levantó ansioso. tratando de pensar en el mes siguiente. lo partió en dos cuando se lo indicaron y. jamás había paladeado las pompas del Asia. el año siguiente. Tenía un aspecto tan especial que no parecía humana. como preparándose para algo. podrás enseñarle a tu esposo. –¡No ahora! –Aferrándolo por el manto púrpura. la mayoría lidias. las aclamaciones. con un estrado con sillas de honor para las mujeres. o de vivir sólo el momento. la embriagaban como si fuera vino. En el griego culto y formal de la corte de su padre. pero logró cortar un trozo. –¿De veras? Había oído que tu madre era un hombre. Señoras. Al cabo de un instante Roxana también se levantó. Una esposa es más importante que una prima. que ocupaba el sitial de honor junto a él–. La música. las antorchas despuntaron como estrellas. cortada con la espada del rey. ésa es la impresión. tal como lo hubiera hecho Olimpia. Y quiénes somos. –¿Eres feliz. Mi hijo es el rey. Lo adiestraba para pararse. prima Eurídice? –preguntó. Para Alejandro él era como un perro bajo la mesa. fijos en ella con reconcentrada malignidad. con rubíes como huevos de paloma en las orejas. Al contrario de su prometido. Cleopatra la condujo a la mesa del rey para que tomara su porción de tarta de bodas. Roxana. y hasta ahora no lo había sabido. ella escuchó un himno entonado por un coro de vírgenes. mientras ella probaba el suyo –el rito central de la boda–. Las otras la imitaron. De vuelta en el estrado. Pérdicas lo obligó a sentarse en el diván. Durante toda la procesión. Sólo faltaba una pieza. –Si sabes todo lo que deberías. venid. la canción. No por nada era hija de Amintas. no tapó la intensidad de su voz–. un príncipe que no había vacilado en aceptar una corona cuando se la ofrecieron–. Los rubíes centellearon. Los invitados que estaban cerca.Mary Renault Juegos funerarios fulgor del poniente se desvaneció. durante casi todo el banquete. sino una suerte de adorno espléndido para la fiesta. rígida en sus bordados de oro y perlas. Cleopatra se puso de pie. con un fuerte acento extranjero. –En verdad. le preguntó si era sabroso. incluso los elegantes camareros lidios que sabían 82 . –Mucho. La voz. que llegaba a su culminación. mirando desde su altura macedonia a la menuda bactriana. Los regalos y la dote fueron exhibidos en escaparates alrededor de ella. Por tu aspecto. se inclinó hacia ella. A lo largo del estrado se produjo un agitado cuchicheo. Eurídice se topó con dos enormes ojos negros que brillaban entre párpados oscurecidos por afeites. con expresión altiva. Hasta esa mañana no había conocido a la viuda de Alejandro. un trono revestido de flores para la novia. que mascullaban las palabras mientras unas pocas hijas de griegos trataban de hacerse oír. porque el suyo no era suficientemente dulce. si es posible. la urna de plata que ahora contenía sus huesos calcinados. El banquete nupcial se celebró en el gran salón. El canto terminó. Filipo no cabía en sí de felicidad. que Cinane había traído con tanto cuidado desde Macedonia. había sonado a su lado. vio de nuevo las copas y jarrones. ya no debes llamarme prima. luego lo mandaba a la perrera. ¡Oh. Y ahora –dijo–. Con ojos maravillados y distantes. Con hosquedad añadió–: Se está cambiando la ropa. al igual que tu padre. Luego notó que las mujeres que la rodeaban estaban murmurando. Se había inclinado ante la mujer menuda y enjoyada. Cleopatra dijo: –Recordemos dónde estamos. –¿Has recibido instrucciones? Ella se volvió sobresaltada. Eurídice le devolvió la mirada. fascinada como la presa ante el depredador. Himeneo! ¡Alegría a la novia! –¡Mira! –le dijo Filipo a Pérdicas. no había imaginado nada comparable. –Sí –dijo serenamente.

Todos reían. Tal vez eso lo anime. –Ahora escucha los discursos –dijo Pérdicas. para mantenerse alerta. pero ninguna la conocía. Hacía calor. Aún no era más procaz de lo que permitía un banquete nupcial. a hierbas y a la madera de cedro de los arcones. donde empezó a corretear desparramando copas. Algunos hombres se pusieron a cantar un escolio. algunos hombres. bañándola de luz. bajando la voz–. Filipo sintió una oleada de bienestar. la noble dama de Larisa. Vamos a beber a tu salud. Conon sonrió y se volvió para ver quién era. Para los más viejos. fuerza y alegría. Aún podía conceder un poco más de tiempo a la hospitalidad. El segundo paje llenó la copa del rey con vino puro. las caras enrojecían bajo las diademas ladeadas. contaron los tradicionales chistes fálicos que recordaban de las bodas familiares. habló por la novia. las hazañas del abuelo. Sus elogios a la novia fueron correctos. aunque un poco vagos. el linaje de la madre. y la llenó con vino aguado. que entretanto se había dedicado a alimentar a un perro blanco sentado bajo la mesa. Filipo lo saboreó con placer e inclinó la copa. El viejo Conon podría permitirle un bocado digno de él. sonríe. casado con Eurídice!» El perro blanco le tocó la pierna. La habitación era enorme. Las copas eran vaciadas y llenadas con prontitud. Con nostalgia. las voces eran más fuertes. sobre todo porque las bromas estaban prohibidas. muy ebrios. Un personaje inocuo. en la proporción que se daba a los niños griegos. pero pronto debería disolver la reunión. Cuando Conon se dio cuenta y lo diluyó ya había bebido más de la mitad. y cuando te miren. empezaron a murmurar. Golpeteó la mesa al son del escolio. Era la hora de beber en serio. tratando de quitárselo.Mary Renault Juegos funerarios un poco de griego. Pérdicas se levantó para pronunciar el discurso del padrino. él lo recogió y lo puso sobre la mesa. a esencia de naranja y rosa. –Pobre diablo –dijo uno–. En su casa dormía con lana. pariente lejano de la realeza. Roxana llevaba la voz cantante. frutas y flores. había sido el dormitorio del rey Creso. –Conon. Filipo los miraba con ojos borrosos en los que acechaba una vaga ansiedad y sospecha. alabando su belleza. Una araña persa de lotos dorados colgaba sobre la cama. Capitanes maduros discutían y evocaban guerras y mujeres del pasado. El manto púrpura le resultaba muy caluroso en medio del calor de las antorchas. rodeada por las damas. describiendo las más espléndidas ceremonias de tiempos de Alejandro y tratando a Cleopatra con desdén. cuyo nombre había asumido auspiciosamente. alzó los ojos a tiempo para recibir las ovaciones con una sonrisa obediente. Pidió una antorcha y dio la señal para conducir al novio. vociferaban viejas insinuaciones al ardor de la primera noche. un tesoro de los Aqueménidas que había quedado de la ocupación persa. comarca amante de los caballos. ojalá alguien 83 . Alejandro había muerto rodeado de hombres jóvenes. Se lo tironeó. Eurídice oía los vozarrones cada vez más intensos de los hombres. Sabía que esto no podía ser una orgía de embriaguez. que hablaban entre sí. de pie detrás del diván. con su bata de muselina. hasta que alguien lo tiró al suelo y huyó lloriqueando. Filipo empujó hacia adelante su copa de vino. virtud y alto rango. cantando en voz alta «¡Estoy casado. Pérdicas estaba hablando con el invitado del otro lado. Eurídice yacía en la gran cama perfumada. Pérdicas creyó que ya era hora. las paredes eran de mármol de color y el suelo era de pórfido. Al principio la habían incluido cortésmente. Dejó de beber. en su propia boda. Una vez más se brindó y hubo aclamaciones de homenaje. pero Pérdicas conservó la compostura. Filipo. con su tibio olor a carne de mujer. Los pajes se habían escabullido para recibir su parte del festín. casado. una verdadera boda macedonia evocaba las fiestas de su juventud. Aislada en la pequeña multitud. se apresuró a arrebatársela a un camarero excesivamente servicial. y la espera de los hombres siempre era tediosa. Conon. evocando la ascendencia heroica del novio. Él resultaba incongruente entre los gráciles lidios y los pajes macedonios que servían la mesa. Aristón me ha pedido que te comunique sus buenos deseos. Él y un amigo se acercaron al diván de Filipo. pero sentía un frío helado entre las sábanas de lino.

luego ya no hubo razón para quedarse. ¿dónde estaba Conon? –¡La luz! –gritó–. Era como esos malos tiempos de antes. le ordenó que recordara que era el rey. tan malo que uno ni siquiera debía hacerlo solo. no tan festiva. repentinamente furibunda. dirigió a los hombres una amarga mirada de reproche y furia.Mary Renault Juegos funerarios la apagara. y le pusieron un gran manto blanco con el borde bordado de oro. con un susurro de brisa entre las hojas. después de haber abierto el lecho nupcial y rociarlo con perfume. corrió delante de él con un despabilador. ¡La luz! Y de pronto un relámpago. Oh. Roxana también había oído los ruidos. su olor dulzón. Hermanas. se suponía que debía hacer algo con Eurídice. Se reían de él porque sabían que tenía miedo. los cantos ebrios cesaron. Lo poco que había comido le pesaba como plomo. haciendo tintinear los aros de rubíes. Una gran oleada de furia. sacó del zurrón una cuña de madera. no tenían nada que hacer. Estaba enojado con Pérdicas por alejarlo de la mesa y con todos los hombres por burlarse de él. Le hablaría. entró corriendo. –Rugieron de risa. –Nosotros te llevaremos a la cama –dijeron todos a coro–. de modo que la lengua no se retrajera ahogándolo. –Es hora de acostarme –dijo. Ahora creía – pues nadie le había dicho lo contrario– que todos se quedarían a observarlo. Tenía un recuerdo agobiante de la presencia física de Filipo. Se estaban levantando. Quiero ir a la cama. Detrás de las matronas las muchachas jóvenes se apiñaban bisbiseando. que había estado en las sombras del pasillo. Pronto esa gente se iría. ¿Y si se descomponía en la cama? ¡Si al menos estuviera su madre! De pronto supo hasta qué punto la echaba de menos. –La voz de Pérdicas. Condujeron a Filipo a una antecámara y empezaron a desvestirlo. Allí estaba Eurídice. Tensó los músculos del estómago. pues se daba cuenta de ello. un rayo que lo traspasó. Filipo caminó hacia la alcoba real. y callaban de pronto si una de las mujeres mayores se volvía hacia ellas. Mucho tiempo atrás le habían pegado porque lo habían visto. hoscamente. ella se armó de coraje. aterrada. riendo. estaba enfadado porque habían echado al perro. Como un soldado tenso relajado por la orden de cargar. Una esclava morena. Estaba mareado y sudoroso. y ahogó en silencio el primer sollozo. sintió. de lo contrario habría escapado. Dejó que le quitaran el manto púrpura. De pronto notó que los ruidos del salón habían cambiado. luego recobró la expresión adusta del soldado enfrentado a oficiales estúpidos. Lo condujeron a la puerta. Eurídice oía. dispuesta a apagar los faroles colgantes. No sabía qué hacer y estaba seguro de que a la prima Eurídice no le gustaría. si alguien podía verlo. Le dejaron usar el orinal (¿dónde estaba Conon?). Conon. Recordó. –Calma. entreabrió las mandíbulas de Filipo. que de golpe había recobrado la sobriedad y estaba inclinado sobre el rey caído. ella tampoco tenía nada que hacer. Después de haber cantado. tropezando con el manto en las bajas escaleras con sus murales pintados. desdicha y temor lo embargó. se resistió y tumbó a dos de ellos. desesperadamente–. ¡Ellas también estarían observando! Las anchas puertas se abrieron. Se volvió. Por un momento. supo que pronto volvería ese fogonazo blanco. Los demás rieron. le contaría historias. pero Pérdicas. Adentro oyó un murmullo de voces femeninas. Los divanes se arrastraban en el suelo. los miembros fuertes y robustos. –¡Alegría a la novia! –dijo. 84 . Le zumbaba y martilleaba la cabeza. El viejo Conon había dicho que no la molestaría. Pérdicas lo aferraba del brazo. que le brotaban las lágrimas. incluso habían dejado de disimular. se avergonzaría de verla llorar en presencia de un enemigo. cuando Alejandro aún no lo había llevado consigo. sentada en la gran cama. primas y amigas susurraban. pero cuando le desabrocharon el cinturón de la túnica transpirada. serenó a todo el mundo. Había oído las bromas en el salón. y la dejaría sola con él. De modo que se dejó desnudar. Rodeado y empujado por hombres risueños y ebrios con antorchas. Pero si Cinane estuviera allí. Para eso estamos aquí. Sin disculpas apartó al aterrado grupo.

sacudía todo el cuerpo. rígido como una tabla hasta el momento. los hombres se apartaron para dejar salir a las mujeres. obsesionadas constantemente por la etiqueta y el protocolo. rodeándola con algo? Oyó un ruido en el suelo. y se arrebujó en ella al levantarse. ¿Ninguno de ellos la recordaba. de Conon. para impedir que se golpeara contra el suelo. Las matronas de rango medio. excepto que mató a mi padre? Que los dioses los maldigan a todos. había que acostarlo y abrigarlo. arrebujándose en el cobertor carmesí. Aunque me cueste la vida. Sé cómo actuar. Eurídice se quedó mirando a la viuda de Alejandro. mirando por encima del hombro mientras se dirigía a la puerta. –Vamos. «¿Qué sé siquiera de él –pensó–. en el extremo de la gran habitación. 85 . miró a la hermana de Alejandro. Parándose entre él y las caras vigilantes. que se quedaría. Sin tener cuidado por la precedencia. las haré arrodillar a mis pies. El rey está enfermo. se apiñaron para esperar a las reinas. había empezado a contorsionarse. La había hecho reina. Tenía las ropas en un taburete de marfil. y ambos eran víctimas. una matrona servicial fue hacia allí. señoras. Ahora él le pertenecía. No podía levantarse en presencia de los hombres. Era presa del espasmo. y ella sería rey por ambos. –Cleopatra abarcó con una mirada a las matronas apiñadas. arrastrando las sandalias por las escaleras. se ponía delante para cubrirla. Ella la tomó en silencio. Eurídice vio la mirada desdeñosa. cuyos bordados de oro centelleaban más allá de la puerta. Al dirigirse a la puerta se detuvo. señora. Por favor. y se volvió hacia la cama. la piedad involuntaria–. Sólo tenía encima una bata delgada. las doncellas se marcharon de inmediato. No iré. para quien ella era como una ramera apaleada. Conon le sostenía la cabeza. ella dijo: –No. Conon le encontraría a ella un lugar donde dormir. yo me encargaré de él. el afortunado color de la fertilidad y la alegría. Trajo una almohada de la cama y apoyó en ella la cabeza de Filipo. Que las damas salgan. cuya vergüenza debe ser tapada por el honor familiar. apartando la cara del escándalo. idos todas de aquí. agitaba la túnica al patalear. señor.Mary Renault Juegos funerarios –Señor –le dijo a Pérdicas–. Entretanto. –Volvió la mirada hacia el taburete. –¡Alegría a la novia! –dijo Roxana. buscando ayuda.» La matrona le trajo la mantilla color azafrán. Eurídice se sentó en la cama. y mi lugar está junto a mi esposo. Los temblores de Filipo estaban pasando. Asqueados y avergonzados. Filipo. ¿Vienes con nosotras? Te encontraremos ropa para usar.

Era vivaracho y rara vez enfermaba. pero siempre parecía el mismo. Susa. el terror de sus niñeras. –Tú y yo –decía ella– pronto seremos rey y reina allí. mujeres. y hacía poco que lo habían visto en su último viaje. de las esencias que en cada ciudad nueva los eunucos habían sometido a su aprobación. las vasijas de oro repujado de Susa. como le recordaba a Roxana cuando reñían. era obvio que heredaba las facciones de la madre: el pelo suave y oscuro. carromatos. Este ejército no era cosa de ellos. algo le traía recuerdos incoherentes.C. elefantes. Le ofendía que el niño le tuviera miedo. Aquí estaban los macizos cuencos con turquesas incrustadas y las chucherías de su dote. pero significaba guerra. ocultas en mantas. y partió para visitar a su otro protegido. en Gaza. Eurídice. Por eso estás aquí. si él estuviera aquí! –Sería conveniente para ti –dijo Pérdicas. –Debes recordar que su padre no fue criado entre eunucos. Bajando al sur por la antigua carretera que seguía la costa este del Mediterráneo. Babilonia. tal como lo había seguido desde Bactra hasta la India. él era el tutor del rey. y la guerra suele propagarse. fabricantes de arneses. Pérdicas la visitaba cada tantos días. y allí dormía. herreros. porque jamás veía a ningún hombre. cantineros. aun ahora. Filipo era muy feliz de esta manera. Su presencia en la tienda. Eso ha terminado. curioso y explorador. algo que sucedía a menudo. –Pero Alejandro me dijo.Mary Renault Juegos funerarios 321 a. pero. Tenía casi dos años y lo consideraban pequeño para su edad. los ojos oscuros y brillantes. En Sidón. Y más allá del Nilo 86 . –Entre mi gente dejan el harén a los cinco años y son espléndidos guerreros. con el olor del cuero teñido que formaba el techo. De día estaba complacido con su compañía y a menudo cabalgaba junto al carromato y le señalaba los paisajes. Cada parte del carruaje había sido cambiada muchas veces mientras los días se alargaban. en Tiro. más allá. tenía su carromato. allí adentro.. Flanqueado por su guardia de eunucos bactrianos y persas. de vez en cuando. al caer el sol. el carromato de Roxana seguía al ejército. –Sin embargo. De noche. dirigiéndose a Egipto entre tañidos de campanas. contándole las leyendas de la real casa de Macedonia que había oído de Cinane. que fuiste nuestro invitado en nuestra boda! ¡Oh. Tú eres el rey. ¡Llamarme cautiva. hasta el muchacho que tomó el sol por emblema. ahora que estamos casados. pero como ella no los había visto se sentía cómoda e incluso lo encontraba bonito cuando exhibía los adornos de su dote. el ancho delta del Nilo. –Lo decía porque él era rey. Aunque había que protegerlo. incluso ella podría desear que Conon se fuera. esclavos. Había seguido esta misma ruta con Alejandro y. excepto por el niño. Unos kilómetros más adelante estaba el antiguo puerto de Pelusio. que debían salvaguardarlo con peligro de sus vidas. tú. lo habría desconcertado mucho. un incensario de Babilonia. Acababan de pasar el Sinaí y en tierras de Egipto acamparon junto a la costa chata y verde. Eso era. –¿Cómo te atreves? –exclamó ella–. Alejandro los derrotó. durante la noche. Drangiana. ella cenaba con él en la tienda. Hacía once años que Alejandro había pasado vivo por allí. A veces. carpinteros. En lo demás. no debían quitarle iniciativas. había ocultado las armas a la hora de partir. dijo. como ella decía. el aroma de un cojín podía evocar el calor de Taxila. el ejército de Pérdicas marchaba seguido por un largo cortejo de palafreneros. Yo te diré lo que podemos hacer. Cuando el ejército acampaba. como convenía a una dama de rango. –murmuraba él con ansiedad. caminaban juntos. debía aprender que era rey desde el principio.. la gente los observaba desde las murallas restauradas. custodiados por Conon y lo ayudaba a buscar guijarros y conchillas. Al principio odiaba verlo comer. una telaraña de canales y riachos intrincados. el padre debía de haber sido así cuando niño. Todo era igual. Persépolis. No tenía los lujos del carro de Roxana. pero con sus indicaciones mejoró un poco. Filipo tenía su tienda igual que antes. Tenía un armario espacioso. Debes escucharme. Había acampado durante meses ante las enormes murallas de Tiro. si el campamento estaba cerca de la costa.

poco más allá de la luz de las llamas. Mañana. claro que hay. ¿cuánto pagaba Pérdicas a los veteranos? ¿Qué? (Un silbido largo y desdeñoso. los camellos con las piezas de las catapultas. los pacientes bueyes trajinaban en los molinos de agua. donde una elevación o una estribación rocosa lo permitían. Alejandro se lo había enseñado. el Nilo estaba bajo. pero entretanto podían brindar sin rencores. las mulas con las raciones. y ya hacía dos que Tolomeo vivía en el lugar. entre ellos los reyes. desde donde los dedos del Delta se extendían hacia el norte. los elefantes después. la comida fresca y sabrosa. Son más grandes que los de la India. A través del ancho y extenso campamento. viejos amigos caídos. Eurídice esperaba ansiosamente las noticias. ligera y ágil. Mientras crecía su audiencia. tal vez tuvieran que matarse. que bajaban con un vino áspero. luego bienvenido. cuando los hombres charlaban ociosamente. Esta región es terrible para quienes no conocen los ríos. el pan y las aceitunas. Una vez vaciada la jarra de vino. Entre las palmeras. Pelusio estaba bien defendido por la salina que lo rodeaba. Los amplios panoramas de la región mostraban. reflexionaba satisfecho que no les había dicho una sola mentira. Ya no podía avanzar más por la costa. y las hogueras –pues las noches aún eran frías– donde veinte o treinta hombres compartían la sopa de habichuelas y el potaje. pero tenía que recordar lo que sería aceptable en una reina. esfumándose al fin en un horizonte bajo de tamarindos y palmeras. Paseándose en la tienda real.Mary Renault Juegos funerarios estaba Alejandría. las negras acequias y los altos papiros. las fogatas florecían: las fogatas pequeñas de las mujeres. No rechazado al principio. Los camellos. y que hacer un favor a los viejos amigos era un excelente modo de ganarse cien dracmas. Pérdicas estableció el último campamento poco más allá del codo del Nilo. los embarques que llegaban de todas partes. el buen aire de todo el año. se ponía a hablar de las comodidades y placeres de Alejandría. pero no podréis llegar a él. A ella también le había gustado cabalgar libremente en las colinas de Macedonia. montando de costado. Los cantineros salían para encontrar víveres. sí. sólo podía hablar por lo que veía. Los no combatientes que había traído consigo lo esperarían. toda su educación y 87 . quién podía saberlo. el ejército se extendía inquieto. pero once años atrás. Desde allí emprenderían la marcha hacia el río. Tomaría una fuerza móvil. y Alejandro para traer suerte a la ciudad. Sólo un sorbo por los viejos tiempos. Pérdicas se lo había dicho. los mahuts se quitaron sus dhotis para lavar a los animales en el canal. evocando viejas batallas de Alejandro. fuertes de ladrillo o madera. Ahora que por primera vez estaba con un ejército en campaña. y sus pisadas se confundían con los ruidos extraños. las cosechas permanecían hundidas en el limo rico. el que hablaba se acercaba a la hoguera. El viento tibio y seco de las arenas del sur apenas empezaba. se ocupaba de sus problemas. Llamaban suavemente. a quienes quería tener vigilados. en puntos vitales de acceso. a caballo y a pie. Regresó a su tienda en el crepúsculo enrojecido por el hálito del desierto. Era un soldado y nadie lo engatusaba. las cantinas y las mujeres. Los soldados se preparaban para la guerra. los dátiles y queso. hablando en buen macedonio. Había estado aquí con Alejandro. más allá de los pantanos del delta. ahora que Alejandro había muerto. el visitante se escabullía en la noche egipcia. pronunciando nombres familiares. ¿En qué otra parte podían encontrar eso? De paso. viejas bromas. En la hora entre la cena y el sueño. En cuanto a él. Oh. salpicándolos alegremente mientras ellos se duchaban con las trompas después de la calurosa travesía del Sinaí.) –Les habrá prometido botín. contaban historias o cantaban. Conon había encontrado una escolta y había llevado a Filipo a cabalgar. pero cuidaba de la gente. si había traído vino. para hacer sus planes. Debía dirigirse al sur. supongo. Pérdicas y sus oficiales escrutaban el terreno. y cumplida su misión. y astutos. llenaron sus secretos tanques de almacenamiento. El campamento principal debía permanecer aquí. Junto a las hileras de elefantes. Por un largo tiempo se empequeñecieron en la distancia chata. las voces empezaban a sonar alrededor del campamento. bebiendo prodigiosamente. Mientras regresaba al fuerte. Tolomeo era el mejor. las mujeres de los soldados lavaban la ropa y a los niños. Observaron cómo él y sus soldados se internaban en el resplandor de la niebla de la mañana. Cuidado con los cocodrilos.

Había oído que merodeaban espías por las tiendas. Su abuela Audata lo había usado en la frontera. Su noche de bodas había terminado definitivamente con eso. A la tercera mañana estaba impacientada. ahora. calzó botas de montar y grebas. Los esclavos somnolientos no la vieron irse. más aún. Eurídice se puso la túnica.Mary Renault Juegos funerarios su naturaleza se resistían a que la pusieran aparte con los esclavos y las mujeres.. que movió la cabeza desdeñosa y se alejó en medio de una nube de polvo. Junto a su carromato. Los labriegos que trabajaban para reparar las esclusas alzaban los ojos huraños llenos de odio hacia todos los soldados destructores. algo que debía manipular sin que la alterara en nada. lo que queda de ellos. ¿Por qué tenía que soportarlo? Recordó el armario donde traía sus armas. pero las había rechazado. sin plumas. sus dos doncellas estaban sentadas a la sombra. Deben prepararse para trasladar a los heridos. Todo lo que sabía sobre la expedición lo había oído de Conon. que mandaba los elefantes. Seleuco. ni al comandante del campamento ni a los oficiales que lo acompañaban. ¿Ha habido batalla? Él se inclinó para escupir. –¿Qué noticias hay? –dijo ella–. El día se extendía ante ella. se ciñó el corselete de cuero. Fue saludada con asombro y placer. El caballo retrocedió ante el camello. – Espoleó el camello. Aun después de tres días. El matrimonio había sido una grotesca necesidad. que aún conservaban la lucidez. Ambas eran esclavas. Adentro vio una cara conocida. Lo cierto era que no aguantaba el tedio del parloteo de las mujeres. no tengo tiempo para ti. El sexo le era indiferente. Ni siquiera su ambición encontraba una salida. había partido sin mencionar a nadie su objetivo. Si nadie le traía noticias. El yelmo era una simple gorra de guerra iliria. muchacho. cuando murió su madre. Ella era la reina. ¡La reina Eurídice! ¡Y ellos la habían tomado por un joven de la caballería! ¿Qué hacía allí? ¿Se proponía conducirlos a la batalla? 88 . Ella estaba a sólo pocas millas cuando encontró al mensajero. En sueños de adolescente había luchado. como Hipólita. un hombre huraño y sucio de polvo que la miró con malos ojos por no hacerse a un lado. Llevo despachos para el campamento. en el campamento estaban diciendo que Pérdicas actuaba con mucha más independencia que el mismo Alejandro. adivinó la carga por los quejidos. una maldición cuando una carreta se bamboleaba. Lamento verte herido. los excrementos de caballo y camello. era el veterano que la había defendido en el camino de Sardis. A los oficiales no les había gustado. ante su orden imperiosa. por los aguateros en burros y por el médico inclinado bajo uno de los toldos. La cuarta carreta traía hombres que hablaban y miraban el paisaje. ella iría a buscarlas. la huella de las tropas era visible: la hierba triturada. las salpicaduras de agua en las parcelas. le había confiado a Eurídice que con los víveres y monturas que llevaban calculaba que no marcharían más de treinta millas. el polvo arremolinado. al lado de un héroe. Le habían ofrecido damas de compañía. Conon ocultaba mucho más de lo que había dicho. vacío y chato como la región. hombres heridos en los brazos o las piernas. que tenía muchos amigos en el campamento. ella viró y lo alcanzó. Pérdicas. Alejandro había sabido cómo persuadir. Tenía pechos pequeños y el corselete ocultaba las curvas. y sólo salió el sonido.. Los que cuidaban los caballos la tomaron por un escudero real y. acercándose a la carreta–. –Apártate de mi camino. diciendo a Pérdicas que no exigiría a mujeres débiles que resistieran los rigores de la marcha. Cabalgó junto a la caravana. había dicho. Un par de horas más tarde encontró las carretas. Desde entonces se había vuelto ambiciosa y sus sueños eran diferentes. –¡Taulo! –llamó ella. Venía en camello. Pero era un soldado. Cuando se acercaron. oyendo el zumbido de las moscas. hablando suavemente en lidio. en ese sentido necesitaba a las mujeres aún menos que a los hombres. le dieron un buen corcel. se sujetó las hombreras. pero tenía la boca seca. las mujeres le parecían una especie extraña que no le imponía ninguna ley. Y ésa era la distancia hasta el Nilo. Sin embargo. las orillas pisoteadas de las acequias. Pérdicas tenía que haberle enviado informes. quería saber cómo iban a usarlos. Su túnica de hombre también estaba allí.

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Digna hija de su familia. Su abuelo habría estado orgulloso de ella. Bien, por suerte no había llegado a tiempo para la faena de ayer. A uno le hacía bien verla. Ella no comprendió que les despertaba afecto por ser joven; si hubiera tenido treinta años en vez de quince habría sido objeto de las burlas de los soldados por sus alardes varoniles. Parecía un niño encantador sin haber perdido su aire de muchachita; ella era su amiga y aliada. Mientras cabalgaba al paso junto a la carreta, ellos le manifestaron sus quejas. Pérdicas los había conducido a un lugar del Nilo llamado Vado de los Camellos. Pero desde luego el vado estaba protegido por un fuerte, con empalizada, escarpa y muralla. Los exploradores de Pérdicas habían dicho que la guarnición no era numerosa. –Pero olvidó que Tolomeo aprendió el oficio con Alejandro –dijo rencorosamente un veterano más joven. –Pérdicas lo odia –dijo otro–, y por eso lo subestima. Eso no es aconsejable en la guerra. Alejandro era más prudente. –Exacto. Claro que el fuerte tenía poca guarnición. Tolomeo se mantuvo a la expectativa, hasta saber dónde sería el ataque. Una vez que lo supo, vino como el viento; dudo que Alejandro hubiera sido mucho más rápido. Cuando estábamos cruzando el vado, él llegó al fuerte con un regimiento. –Y te diré otra cosa –dijo Taulo–. No quiso derramar sangre macedonia. Pudo haber estado al acecho y caer sobre nosotros mientras cruzábamos, pues había llegado sin que lo viéramos. Pero se paró en las murallas, con un heraldo, mientras sus hombres gritaban tratando de ahuyentarnos. Tolomeo es un caballero. Alejandro le tenía una gran estima. Con un gruñido de dolor, se tendió en la paja para descansar la pierna herida. Ella le preguntó si necesitaba agua; pero todos necesitaban hablar. Los heridos de gravedad iban en las otras carretas. Pérdicas, dijeron, les había dirigido un discurso apelando a su lealtad. Él era el tutor de los reyes, designado directamente por Alejandro. Esto no podían negarlo; además les estaba pagando y la paga no estaba atrasada. Los elefantes habían cargado las escaleras, y también habían derribado las empalizadas de la orilla del río, dirigidos por los mahuts, arrancando las estacas como los árboles de cuyas hojas se alimentaban, la piel correosa invulnerable a las jabalinas que les disparaban. Pero los defensores estaban bien entrenados; la explanada era abrupta; los hombres arrancados de las escaleras habían rodado por la empalizada rota hasta el río, donde el peso de las armaduras los había ahogado. Fue entonces cuando Pérdicas ordenó que los elefantes asaltaran las murallas. –A Seleuco no le gustó. Dijo que ya habían hecho lo suyo. Dijo que no tenía sentido que una bestia cargara con dos hombres cuando podía llevar una docena, y para colmo exponer al animal. Pero se le dijo crudamente que debía cumplir órdenes. Y eso tampoco le gustó. Se ordenó a los elefantes que soltaran su grito de guerra. –Pero Tolomeo no se asustó. Pudimos verlo sobre la muralla con una sarisa larga, derribando a los nuestros cuando subían. Un elefante puede asustar a cualquiera en tierra, pero no a quien está encima de una muralla. Los elefantes habían trepado por la escarpa, hundiendo las patas pesadas en la tierra, hasta que Plutón, el líder, empezó a empujar la muralla de madera. Plutón podría competir con un ariete, pero Tolomeo no se amilanó. Desviando los proyectiles con el escudo, empuñó una larga lanza e hirió a Plutón en los ojos. Cuando trepó el otro elefante, alguien hirió al mahut. De modo que quedaron esas dos enormes bestias, una ciega, y la otra sin guía, trepidando y correteando escarpa abajo, aplastando a todo el que se les interponía. –Así fue –dijo un hombre– como me quebré el pie. No fue el enemigo. Y si nunca vuelvo a caminar normalmente, no será a Tolomeo a quien culparé. Todos los hombres de la carreta gruñeron de furia. No habían visto mucho más de la batalla, pues los habían herido en ese momento; pensaban que había continuado el día entero. Ella los acompañó un trecho más, ofreciéndoles consuelo y luego les preguntó cómo llegar a Vado del Camello. Insistieron en que se cuidara y no actuara precipitadamente. No podían perder a la reina. Más adelante, una mole oscura y movediza apareció a lo lejos, saliendo lentamente

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de un bosquecillo de palmeras que bordeaba una laguna. Al acercarse vio dos elefantes, el más pequeño adelante, el más grande sujetándole la cola. Plutón volvía a casa, guiado como su madre lo había guiado cuarenta años atrás en la jungla nativa, para resguardarlo de los tigres. El mahut lloraba; los ojos lastimados de Plutón, que manaban un liquido sanguinolento, también parecían llorar. Eurídice lo tomó en cuenta como prueba del valor de Tolomeo. En su patria su principal diversión había sido la caza; daba por sentado que los animales estaban en el mundo para que los usaran los hombres. Interrogando al otro mahut, que parecía más sereno, se enteró de que Pérdicas había desistido del asalto al anochecer y se había marchado con la oscuridad, no se sabía adónde. Era obvio que si seguía adelante correría el riesgo de caer en manos del enemigo, de modo que regresó al campamento. Nadie la había echado de menos excepto el viejo Conon, quien la reconoció en cuanto volvió; pero, como ella le advirtió con los ojos, ése no era el lugar para reprenderla. Él no quiso delatarla. Por lo demás, la boda de Filipo había sido nueve días atrás, y ahora tenían otras preocupaciones. Fue ella quien empezó, vaga y trabajosamente, a vislumbrar su futuro. El ejército de Pérdicas, lo que quedaba de él, regresó al día siguiente. Primero llegaron hombres dispersos, sin oficiales, sin disciplina, desaliñados. Tenían la ropa, la armadura y la piel salpicada de cieno del Nilo; eran hombres negros, excepto por los ojos claros y furibundos. Merodeaban por el campamento buscando agua para beber y lavarse, difundiendo la historia de confusión y desastre. Luego llegó el grueso de las fuerzas, una masa huraña y ceñuda, guiada por Pérdicas con una cara de piedra, con oficiales taciturnos. Volviendo a su ropa femenina y a su reclusión, ella envió a Conon para enterarse de las novedades. Mientras él no estaba, notó que alrededor del pequeño círculo de tiendas reales se estaban reuniendo los hombres. Formaron grupos, sin hablar demasiado, pero con el aire de gente que ha llegado a un acuerdo. Intrigada e inquieta, buscó a los centinelas; pero ellos también se habían reunido con los callados observadores. El instinto disipó el miedo. Se dirigió a la entrada de la tienda real, y se dejó ver. Todos levantaron los brazos saludándola con gesto silencioso y alentador. –Filipo –dijo–, sal y deja que esos hombres te vean. Sonríeles y salúdalos como Pérdicas te enseñó. Muéstrame a mí... eso es, así. No digas nada, sólo salúdalos. Él salió y entró complacido. –Me saludaron con el brazo –dijo con satisfacción. –Dijeron «Viva Filipo». Recuerda, cuando la gente diga eso, debes sonreír siempre. –Sí, Eurídice. –Él se puso a ordenar las conchillas con unas cuentas de vidrio rojo que ella había comprado a un buhonero. Una sombra oscureció la entrada de la tienda. Conon esperó permiso para entrar. Cuando ella le vio la cara, volvió los ojos hacia el rincón, donde estaba la lanza ceremonial de Filipo. –¿Viene el enemigo? –dijo. –¿Enemigo? –dijo él, con tono despreocupado–. No, señora... No te inquietes por esos muchachos de afuera. Ha sido una iniciativa de ellos, por si hay problemas. Los conozco a todos. –¿Problemas? ¿Qué problemas? Le vio la vieja cara pétrea de soldado. –No sé, señora. Corren distintas versiones en el campamento. Sufrieron un revés, tratando de cruzar el Nilo. –Yo he visto el Nilo –intervino Filipo–. Cuando Alejandro... –Cállate y escucha. Sí, Conon, prosigue. Aparentemente Pérdicas había dado a los hombres unas horas de descanso después del asalto al fuerte. Luego les había ordenado levantar el campamento y prepararse para una marcha nocturna. –Conon –dijo repentinamente Filipo–, ¿por qué gritan todos esos hombres? Conon también lo había oído, y le había flaqueado la voz. –Están furiosos, señor. Pero no contigo ni con la reina. No temas, no vendrán aquí. –Siguió con su relato. Los hombres de Pérdicas habían peleado en el calor del día, hasta el anochecer. Estaban desalentados y exhaustos, pero él les había prometido un cruce fácil más al sur,

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en Menfis, por la orilla este del río. –Menfis –dijo Filipo, radiante. Tiempo atrás, desde una ventana, había observado la fastuosa entronización de Alejandro como faraón, hijo de Ra. Le había parecido que era todo de oro. –Alejandro sí sabía cómo estimular a los hombres –estaba diciendo Conon. Fuera, las voces de los soldados se elevaron un poco, como si recibieran noticias. El sonido se apagó nuevamente. –En la oscuridad antes del alba –continuó Conon–, habían llegado al cruce. Allí el río estaba partido por una isla de una milla de largo que detenía su caudal y los recodos eran menos profundos. Debían cruzarlo en dos etapas, reuniéndose en la isla entre una y otra. »Pero era más hondo de lo que él pensaba. A poca distancia de esta orilla, el agua les llegaba al pecho. Con la corriente tironeando de los escudos, algunos cayeron; el resto tuvo que recurrir a todas sus fuerzas para conservar el equilibrio. Entonces Pérdicas recordó cómo Alejandro cruzó el Tigris. Hizo una pausa, para ver si ella conocía esa famosa hazaña. Pero ella no había incitado a nadie a hablarle de Alejandro. –Es un río torrentoso, el Tigris. Antes de hacer cruzar a la infantería, Alejandro puso dos columnas de caballería en el río, corriente abajo y corriente arriba. Corriente arriba para quitarle fuerza, corriente abajo para frenar a cualquier hombre que fuera arrastrado. Él fue el primero en cruzar, tanteando los pozos con la lanza. –Sí –dijo fríamente Eurídice–, ¿pero qué hizo Pérdicas? –Lo que él hizo fue usar los elefantes. –¿No se ahogaron? –preguntó ansiosamente Filipo. –No, señor. Los que se ahogaron fueron los hombres... ¿Dónde está ese holgazán de Sinis? No se puede confiar en un cario en un momento como éste. Espera, señora. – Acercó una vela a la pequeña lámpara de día, y con la llama encendió el candelabro de pie. Fuera, un fulgor rojo mostraba que los soldados estaban cocinando. La sombra de Conon, agigantada por la luz que recibía de atrás, lucía oscura y múltiple en las colgaduras raídas de la tienda. –Puso los elefantes corriente arriba, en línea, y la caballería corriente abajo; luego ordenó a la falange que avanzara. Los jefes de la falange se adentraron con sus hombres, y cuando llegaron a la mitad, fue como si el Nilo se hubiera desbordado. Les cubría la cabeza; corriente abajo, los caballos tenían que mantenerse a nado. Fue por el peso de los elefantes; agitó el fondo lodoso, que el Tigris no tenía. Pero lo peor, dicen todos, fue ver a los camaradas presa de los cocodrilos. –Yo vi un cocodrilo –dijo Filipo ávidamente. –Sí, señor, lo sé... Bien, antes que se ahondara demasiado, unos pocos hombres llegaron a la isla. Pérdicas comprendió que no podría seguir adelante, de modo que los llamó y les ordenó regresar. –¿Regresar? –dijo Eurídice. Escuchó con otro ánimo los ruidos de afuera, el murmullo que subía y bajaba, el largo gemido en los vivaques de las mujeres de los soldados–. ¿Les ordenó regresar? –Era eso o dejarlos allí. Lo cual significaba que arrojaran las armas, cosa que ningún macedonio hizo mientras los conducía Alejandro, y eso no lo olvidan. Algunos gritaron que preferían seguir el cruce y entregarse a Tolomeo. Nadie sabe qué se hizo de ellos. Los demás volvieron al agua, que estaba más profunda que nunca, llena de sangre y cocodrilos. Algunos salieron con vida. He hablado con ellos. Uno dejó la mano en la boca de un cocodrilo. Tiene el resto del brazo destrozado, no sobrevivirá... Perdieron dos mil hombres. Ella pensó en los carros cargados de heridos, ahora una mera gota en un océano de desastres. Un impulso incontenible, mezcla de furia, piedad, desprecio y ambición que aprovecha la oportunidad, la dominó. Se volvió a Filipo. –Escúchame. –Esperó, atento, reconociendo la voz autoritaria como lo haría un perro–. Saldremos a ver a los soldados. Los han tratado mal, pero saben que nosotros somos sus amigos. Esta vez, tú debes hablarles. Primero devuélveles el saludo; luego, escucha con cuidado, dirás: «Hombres de Macedonia. El espíritu de mi hermano lloraría al ver este día». No digas nada más, aunque te contesten. Luego yo hablaré con ellos.

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Aún no tenía el derecho real a elegir nuevos muchachos entre las casas nobles de Macedonia. que estaba en el campamento. Que el rey tuviera en cuenta sus pesares les había sorprendido y complacido. con caballos frescos. pero no tenía ganas de salir a remediarla.» «Alejandro tampoco hubiera. Buscando calidez y consuelo. prometiendo que cuando llegara el momento de que el rey los gobernara en persona. Ante los hechos tendría que haber llamado a su alto mando para celebrar un consejo de guerra y decidir el próximo paso. Roxana. ¡Esa arpía asexuada! «Su esposo –pensó Roxana–. Filipo no tartamudeó. Uno o dos habían muerto de fiebre o en la guerra. había mirado. Una vez más lamentó haber mandado a Alcetas al norte con Eumenes. nunca compartiría el trono del hijo de Alejandro. sólo daba por sentado que estarían allí si los necesitaba. Se puso de pie. Luego habló. el rugido rítmico cuando pasaba un desfile de victoria. mirando el diminuto holocausto alrededor de la lámpara. había pensado que la tropa estaba apostada allí para protegerla a ella. Últimamente no había tenido mucho tiempo para ellos. ahora un poco más cerca. Fuera de la tienda.Mary Renault Juegos funerarios Él repitió las palabras. sino de juicio íntimo y privado.» El largo cortejo de esos cortos años desfiló ante él. pero sabían poco griego y ningún soldado había tenido tiempo para ellos. pluma en mano. Oyó con desconcertada furia la voz joven y vibrante clamando por la desdichada pérdida de tantos valientes. que estaba en su carromato. era un nombre. Ellos eran todo oídos. Y Hefestión estaba muerto». ¿Acaso lo olvidan? Pero como si hubiera hablado en voz alta. por primera vez esos ojos penetrantes y grises.» Justo entonces el niño. Roxana oyó los vítores.. ese bastardo idiota. Pitón había adoptado una expresión taimada con sus cejas rojizas y su nariz puntiaguda. salieron al anochecer. pensaba. se corrió la noticia y los hombres se agruparon para escuchar. tropezó con algo y rompió a llorar. que había estado tenso todo el día. diciendo cualquier cosa menos lo que pensaba. él cuidaría de que no se desperdiciaran las vidas de los buenos soldados. Se interrumpieron los murmullos de afuera. terminados los vítores. «Bien hecho. Alrededor del cuenco doble de su lámpara alta. no podía ser tan lento como la gente decía. A través de la rendija de la entrada brillaba la llama del fuego donde estaba sentado el resto.?» Las voces bajaron. no se le había presentado. Eurídice. No importaba. Bien. Un hombre de pocas palabras. Un hurra instantáneo los saludó. esperando que estuviera preparado para cruzar. Todo lo que oía. iluminados por las lámparas de la tienda y por las fogatas de los soldados. ella no le había enseñado más de lo que podía retener. los escuderos hablaban en voz baja. Nuevas 92 . Lo vio complacido consigo mismo y. él me confió su anillo. de vez en cuando.. luego se sentó. Pérdicas estaba sentado a la mesa en su tienda. Esto era diferente: empezaba con murmullos de indulgente afecto. tendrás noticias de mí. los demás todavía estaban allí. temerosa de que se pusiera a improvisar. debía darles tiempo para calmarse. empuñando la espada manchada con la sangre del asesino de Filipo.» «¡Jamás! ¿Recuerdas como. o más descuidadas. su herencia de la cámara mortuoria de Babilonia.» (¡Él sabía mi nombre!) «Cuando se hayan celebrado los ritos de mi padre. Estaba solo.. frágiles escarabajos broncíneos y polillas que parecían de papel aleteaban y caían instantáneamente muertas formando un círculo. evocó los días de juventud y gloria. no voces de protesta. no había nada como un hermano en tiempos de inestabilidad. «Alejandro siempre. se volvió rápidamente hacia él asintiendo en silencio como una esposa conforme. Las voces zumbaban. gritos de aclamación. el momento de euforia en que. Los escuderos habían callado. pero terminaba con un coro de rebelión.. creyó oír un murmullo: «Pero Crátero estaba en Siria. Era una quiebra en la disciplina.. Atravesó triunfalmente Persépolis. Sus cinco años de matrimonio habían estado llenos de vítores. Valdría la pena oír a la reina. frente a un díptico de cera. Habían estado con él en el Nilo. pero. Seleuco le había respondido con monosílabos. Pérdicas. Sus eunucos le habían contado que había problemas en el campamento.. Arquías. es más. lo oyó y se dijo que el hijo de la bárbara jamás reinaría en Macedonia.

aunque no por mucho tiempo.. más azorada de lo que había imaginado. Pero entonces acababan de salir de la cámara mortuoria de Babilonia. optó por presentarse como un hombre de honor que confiaba en sus pares. buscando noticias. Los generales no tenían opción. hoscamente. Peucestes con su cimitarra persa. para dar una advertencia. Su orgullo decidió. Abrieron la tienda. Ellos. Eurídice oyó la creciente confusión de rumores. Oyó el tintineo de las armas y armaduras. sin yelmo. antes que el grupo de hombres lo tapara. La punta ornamentada tenía filo. ¿Tú lo mataste? –No. según entiendo. señor. Las condiciones de Tolomeo habían sido acordadas de antemano. 93 . Seleuco. La necesidad de esta garantía. señor? –He dicho que os fuerais. cabalgando a su derecha. trabajando aceleradamente. no morir pidiendo una ayuda que no llegaría. cuando ya era demasiado tarde para pensar. Los ingenieros. Recibió una cálida bienvenida. rojo y sudoroso por la excitación y el calor del fuego. Su arquitecto saludó amistosamente a los generales. Ella calló. Antes que pudiera hablar. Les había ofrecido su palabra de caballero de que no incitaría a las tropas contra ellos. Él frunció el ceño y se mordió el labio.Mary Renault Juegos funerarios voces. hablaba por sí misma. pasos que se alejaban. Tenía su orgullo. Nadie habló. habían levantado una tarima. lo habían vitoreado por desafiar a Meleagro. –Si vienen aquí. Pitón. algo que no podría contenerse con palabras. aunque impresionante. desde la orilla del río fatal Pérdicas casi habría podido vislumbrar el destello de su cima de oro. –La voz de Pitón. en silencio. A ella le costó quitársela de las manos. Una enérgica voz la sobresaltó. –Podéis iros.. Pérdicas ha muerto. Al cabo de una breve pausa ellos devolvieron el saludo. había que tomar las cosas como venían. Nadie había entrado para pedir órdenes. los matare. Tolomeo llegó al campamento al día siguiente. señora. Filipo había encontrado su lanza ceremonial y la empuñaba con firmeza. no lucía amenazador. incluso ovaciones. –Siempre hay algunos que se propasan una vez que han empezado. –¿Cómo has dicho. a fin de cuentas. más firmes. Por primera vez Eurídice tuvo miedo. sin duda–. Y otros más detrás de ellos. el rugido de una turba buscando la presa. Filipo dijo: –Bien. Desde la tienda real. No dañarán a los reyes. Por un instante vio el centelleo de las hogueras. Pitón. no era necesario. Sus protectores se inquietaban. Peleó mientras pudo. –Señor. Hizo una pausa. Los soldados veían en su intrépida confianza un toque de Alejandro. Id a vuestra tienda. señora. No temas. Buscarán a los allegados de Pérdicas. había sido. Había traído a Aribas. el lugarteniente de Alejandro. Le habían informado de la muerte de Pérdicas en cuanto ocurrió –algunos decían que antes– y llegó con un cortejo que. Fueron los generales. Pronto se mezcló con los gritos de las mujeres. Algo se había desatado. Hubo una repentina agitación. Eso está bien. Dos años atrás. La primera de ellas era que interpelaría al ejército para responder a la acusación de traición formulada por Pérdicas. esperando la terminación de la tumba. el silencio y los vítores salvajes. Un nuevo griterío perforaba el bullicio vago y fluctuante. Seleuco y Peucestes le salieron al encuentro y lo escoltaron. un hombre joven se acercó corriendo. –¿Qué fue eso? –preguntó. Basándose en sus informes. La carroza de Alejandro estaba en Menfis.

Ella ensayó mentalmente el discurso.) Por respetar a Alejandro lo habían acusado de traición. las tropas sabían que Tolomeo era un hombre respetado y valiente. Ella aún desconocía la historia del ejército de Alejandro. aunque él jamás había alzado la espada contra los reyes. Empezó con un epitafio por los muertos. cuya magnanimidad en la victoria había igualado la de Alejandro. Hubo una fervorosa aclamación. habían llegado vivos a la costa. Eurídice estaba observando cavilosamente la alta tarima. –Acarició un enorme cristal amarillo de Asia central. hablaría de aquel que mientras vivía había unido orgullosamente a todos los macedonios atraídos por sus victorias y la gloria que lo rodeaba. pero dejaba espacio. Le alegraba. sólo viene para hablar con los soldados. Los hombres rescatados iniciaron los vítores. Entretanto. Desde el principio. algunos hombres no habían comido desde el día anterior. conducir sus 94 . Pero ya había hecho su elección. Un círculo de soldados rodeaba la tienda real. que estaba formando una espiral con sus piedras. sin ansiedad ni impertinencia. había oído que a causa de las pasadas penurias el campamento tenía pocas provisiones. Ninguna asamblea había hablado con voz más clara. todos se habían alistado con Tolomeo. No pocos. Uno podía salir y hacerse oír. que luchaba en alguna parte de Siria contra Eumenes. pero jamás se le había ocurrido que fueran en honor de un enemigo reciente. No debía interrumpir el discurso de Tolomeo. Deja eso ahora. fuera designado regente de Asia y tutor de los reyes. a que los hombres callaran. el ejército de los reyes podía marchar al norte con su beneplácito. lo habría dicho si en sus últimos momentos hubiera podido hablar. que los soldados de Alejandro lo recordaran. dijo. bienvenido por hurras. dijo. En verdad las raciones eran escasas y estaban en mal estado. ningún odio por el enemigo podía levantarles la moral. Había celebrado los ritos y había traído sus cenizas. el único tutor designado de los reyes era el distante Crátero. Todos habían sido liberados sin rescate. Lloraba como ellos la pérdida de camaradas valientes contra quienes le habría dolido usar la lanza. Y ahora. casi delirante. Propuso a la asamblea que Tolomeo. alzó los ojos vivazmente. nadie había querido en verdad hacer la guerra contra él. Egipto había tenido una buena cosecha. Le dijeron que Tolomeo pronunciaría un discurso. Había oído hablar de Tolomeo – era. él habría recibido con orgullo en su ejército. de haber vivido. ¿Cuál sería su veredicto? El veredicto fue unánime. Haciendo llorar a muchos. en cierto modo. Se agitaron manos y sombreros. Aunque Pérdicas a menudo había dicho que era un traidor. reclamo el derecho para gobernar en mi propio nombre. pensaba Tolomeo. Tolomeo.Mary Renault Juegos funerarios Siguiendo la costumbre de Alejandro. Como regente. tendría que salir del próspero y cordial Egipto. –¿Viene Tolomeo? ¿Me ha traído un regalo? –No. Eurídice al principio la confundió con una horca. Le agradaría enviar algunos víveres. Los había traído de regreso. ella le diría cuándo empezar. Había venido para someterse al juicio de los macedonios. Los gritos de aprobación fueron enardecidos y unánimes. y preguntó quién sería ejecutado. cuando empezó el desastre. –Siempre me trae un regalo. –Le dijo cuidadosamente las palabras. y esa acusación venía de un hombre que había codiciado el trono. Ahora que Pérdicas había muerto. Seleuco subió a la tarima. flanqueado por Pitón y Aribas. No atentaría contra la lealtad de nadie. por suerte. Tampoco había gente de Asia. la habían instalado cerca de los aposentos reales. un pariente– pero nunca lo había visto. enfrentando el dilema. Él esperó. ¿Por qué no? –Filipo. Era sólo para protegerlos de la multitud reunida en asamblea. donde ya era prácticamente rey. (Sin duda. y luego hablar ella misma como la noche anterior. Filipo. estaban presentes en la asamblea. En su lado del río habían muerto muchos que. Tolomeo se irguió como el Aquiles de Homero. Ahora lo saludaban como a un fantasma de días mejores y lo escuchaban con avidez. Allí estaba. Por un instante. Eurídice quedó pasmada. ¿Era éste el momento señalado por el destino? «Hombres de Macedonia.» Podía enseñarle eso. subió la escalera de la tarima. Ya había oído hurras ese día. les habló del deseo de Alejandro de volver a la tierra de Amón. y nada podía alterarla.

Pero ya que lo habían honrado con su voto. su aire de serena autoridad. su presencia. ¿Dónde estaría ella. Él la defraudó. necesita alguien que lo cuide. Se lo ve tan saludable como un caballo de guerra. –El niño probó otro y lo tiró. Había manoteado los dulces. Otro que heredaba la arrogancia de Alejandro. añadió–: Una esposa sensata como tú lo mantendrá lejos de ciertos problemas. se había inclinado ante un mero gobernador. la miró unos segundos. grata para los soldados. no importa. No. y se había servido más. se encargaría de nombrar a dos amigos de Alejandro para que compartieran ese cargo. No. una reina. Alejandro. ¿Éste la tendrá?» –Vi a su padre cuando era pequeño como él –comentó. Ella notó que se la había cubierto con las manos–. Tenía que hablar con todos esos soldados. un hombre feo.. Lo recibirás mañana. Sintiéndose derrotada.. no ofrezcas un dulce a tu huésped después de haberlo mordido. Conon lo saludó con los ojos húmedos. Se marchó. Allí estaba Pérdicas. Debía de hacer un rato que estaba allí en silencio. hablando ante hombres. pero tenía pasta para el teatro. Su propósito había sido prevenirla. Él volvió a su juego. y Eurídice se quedó preguntándose por qué ella. Roxana lo recibió con más formalidad. –¿Te duele la cara? –dijo Filipo. Eurídice se volvió para encontrar a Conon a sus espaldas. espero que tengas suerte. pero recordó sus modales. para ver a ese hijo de Alejandro que llevaba su nombre.Mary Renault Juegos funerarios tropas. saltando y cantando. sabes. No lo tengo aquí. ¿habría él aguantado los arranques de la bactriana? El niño se le había trepado encima. Ya hubo muchos que trataron de usarlo.. ¡Vaya. no elogiarla. –¿Me has traído un regalo? –pregunto. Lo hace para halagarte. «Su padre siempre fue un actor –pensó Tolomeo–. –Hizo una pausa.. Incluso su padre. Era casi como cuando llegaba Alejandro. bien. la madre apenas lo había reprendido. Nadie lo había elogiado después de Alejandro.. verdad? Pero veo que lo cuidas bien. salud y prosperidad. Alejandro siempre se alegraba de haber confiado en ti. casi sin cambiar de expresión–. se preguntó mientras mordisqueaba un bombón. Eurídice lo oyó todo. Le oyó terminar el discurso con una anécdota militar. Ahora que Alejandro ha muerto. –Prima Eurídice. la satrapía de Egipto y la construcción de Alejandría ya eran un peso bastante grande para un hombre como él. Al menos a él no volvería a verlo. vio su altura. si Alejandro no hubiera. y le ofreció los manjares reservados para los invitados importantes. si Alejandro estuviera vivo? Una vez que Estatira hubiera parido un varón. imponente. Tolomeo se volvió para irse. Aquí hay demasiados extraños. la cuidaría y la legaría a sus hijos. pero diferente. que le tenían aprecio y confianza. –Claro que sí –dijo enfáticamente Tolomeo. Los generales macedonios sabían hablar con voz resonante.. Conservaría su tierra. saludó afablemente a Eurídice y palmeó los hombros de Filipo en un abrazo fraternal que alegró al rey. elogiando a Pitón y Aribas. No obstante. Más tarde un asistente anunció que Tolomeo presentaría sus respetos al rey. Los ojos oscuros eran brillantes y vivaces. habló para rechazar el ofrecimiento. Con elegancia y firmeza. y le pasaba las manos pegajosas por el manto limpio. Señaló a Pitón y Aribas. para llevarlos a una posible degollina donde nadie podía confiar en nadie. Bien. Adiós. Llegó poco después. Tolomeo lo alzó con firmeza y lo puso en el suelo. Creo que es mejor. señora –dijo Conon–. Con voz grata. Tolomeo se lo puso sobre las rodillas. tirado algunos en la alfombra. –No –dijo ella–. previniéndolo contra las intrigas de la zorra macedonia. Conon! ¿Hace mucho tiempo. el niño comprendió antes que su madre que lo estaban evaluando y dio una pequeña función. prima. –Ha heredado rasgos de ambas familias –dijo Roxana con orgullo–. –Gracias. ¿Hablaré ahora? –dijo dirigiéndose hacia afuera. El niño se enfurruñó (igual que el 95 . En la tienda real. y Tolomeo no era la excepción. que aún no se había enfriado. Veo que Filipo ha sido afortunado. misteriosa para ella. Hablarás otro día. Aún lo tomaba por el nuevo tutor de su hijo.

me lo contó Pérdicas. Tolomeo hizo una reverencia y salió. dividimos nuestras fuerzas y fue él quién se topó con Eumenes. el regente de Macedonia. –Pérdicas tuvo mala suerte –dijo él con sequedad. Cleopatra guardó silencio. una mirada de inflexible autoridad en los ojos desleídos y azules. «¿Qué hicimos –pensó ella– para enfurecer tanto a los dioses?» Pero conocía los 96 . ya estaba muerto. Cruzamos. habría persuadido a sus hombres de que su causa aún valía la pena. era un macedonio puro. pensó Tolomeo) y rompió a llorar (igual que la madre). «¿Era posible –pensó ella– que aún faltara más?» Estaba sentado allí como un juez contando los azotes del verdugo–. Cuando el mensajero llegó. después de desposarla por razones políticas. Simplemente la trató como a alguien cuya profunda humillación se da por descontada. –Sí –dijo él–. Lo había conocido toda su vida. el ídolo de los soldados junto a Alejandro. había planeado usurpar el poder. quien lo miró a su vez desde el regazo de la madre. Él no la reprendió. Pero los hábitos de su juventud aún persistían. Pérdicas envió a Eumenes al norte para impedir que cruzáramos el estrecho. pero le había consagrado su vida y le había confiado su futuro. –Ah. –¿Crátero? –Estaba demasiado aplastada para lamentarlo–. Ya es todo un pequeño rey. se dijo Cleopatra. el regalo de compromiso de Pérdicas. la humillación y la pena le pesaban como piedras negras. ¿Quién lo mató? –Sería difícil decirlo. con extraña e inquieta seriedad. «A fin de cuentas –pensó tratando de armarse de coraje–. En el palacio de Sardis. Como sabes. Tolomeo se puso de pie y miró al niño. sentada en la misma sala donde había recibido a Pérdicas. él era el regente y en su presencia ella se sentía como una niña maligna que ha roto algo antiguo y precioso y espera un bien merecido castigo. Los caballos lo pisotearon. que Olimpia hubiera venido de Macedonia a Dodona para hacerle la vida imposible. Intuyó que si sus macedonios sabían contra quién iban a luchar. siempre se sale con la suya. Cuando todo terminó lo encontraron agonizando. Cleopatra ya no tenía más lágrimas. En la entrada de la tienda. Cleopatra enfrentó a Antípatro. La victoria de Eumenes fue total. No olvides que su padre supo gobernar a los hombres porque antes aprendió a gobernarse a sí mismo. No lo había amado. Salvo por las canas. Tenía cincuenta años cuando ella nació. Me han dicho que hasta Eumenes lloró. lealmente conservado a través de dos reinados. de modo que les ocultó la verdad. no lo había oído. Pérdicas había rechazado a la hija del regente. Llegó demasiado tarde para eso. lo consternó ver a Roxana eligiéndole sus dulces favoritos de la fuente para dárselos en–la boca. había atesorado un mechón de pelo de caballo que la cresta de su yelmo había dejado en un árbol–.» La regencia correspondía a Crátero. para anunciarlo a Pérdicas. Ella lo había adorado a los doce años cuando era escudero de su padre. jugueteando con un anillo. Tal vez él pensaría que tú. Envió un mensajero a Egipto. No. Por ella. Cuando chocó la caballería. Alejandro decía que era demasiado cruel. Era un invierno gris para ella. La muerte de Pérdicas la había conmovido hasta las raíces. Si él lo hubiera oído a tiempo. Era culpa de él que ella estuviera allí. –La mirada de él era intensa bajo las cejas blancas y pobladas–. Todavía estaba tratando de reaccionar de su desolación cuando Antípatro llegó de su campamento de Cilicia. apartando las manos de Roxana. ¿Qué sucedería? –¿Te han contado que Crátero está muerto? –dijo Antípatro. jamás había adoptado las costumbres persas. Más que sorprenderlo. Es hijo de Alejandro. se amotinarían y cambiarían de bando. La desesperanza. – El apuesto Crátero. tieso como una lanza. la barba y las cejas. él no es el legítimo regente. no había cambiado y parecía formidable como siempre. llena de alfombras preciosas y lámparas incrustadas de gemas. Se sentó en la silla que Pérdicas había ocupado a menudo. el caballo de Crátero cayó. y resistió el frío en silencio. Roxana estrechó al niño y lo miró con rencor. Era culpa de él.Mary Renault Juegos funerarios padre. ¿Qué había que decir? Ella había provocado la ruptura. se volvió y vio al niño observándolo con ojos grandes y oscuros. Tenía el yelmo cerrado y no lo reconocieron. El griego es astuto. Ahora se enfrentaba al vacío. con su voz lenta y áspera.

Tienes mi palabra de que no haré nada más para molestarte. designados después de la muerte de Alejandro. según dicen.» –De modo –estaba diciendo Antípatro– que la única retribución de Eumenes. pero el cordón umbilical que los había alimentado –la confianza común– estaba roto. algunos habían derramado su sangre. Sería más sabio hacerla matar. Nadie conocía a Olimpia mejor que él. Pitón y Aribas no habían llenado ese vacío. Para cualquier aventurero bien nacido. a causa del otro matrimonio de él. El ejército de Pérdicas lo condenó en asamblea.Mary Renault Juegos funerarios anales del trono de Macedonia. como uno de los ocho integrantes de la Guardia. Si lo deseaba. Pitón. Además. –Mi madre gobierna Epiro hasta que mi hijo la suceda. Fue esa sonrisa lo que por primera vez despertó la compasión de Antípatro. ella es molosea. Pero. fue ser condenado en ausencia. siempre la visitaban los dos juntos. Él la hizo esperar. una turba mató a Atalante. pero planeando cortésmente la boda. Su hija humillada estaba en su casa de Macedonia. Si me lo permites –las palabras casi le quemaban la garganta– me quedaré en Sardis y viviré apartada.. Mirándola. ahora su orgullo dependía de su honor. intuía. Es su país. Éstos eran hombres que habían desafiado con éxito a los jefes. sólo Roxana había conocido al caído Crátero. vio las facciones del padre. Sospechaba que Aribas prefería a los varones. Sabía por qué había abandonado Cleopatra la tierra de su difunto esposo que había gobernado bien. ¿Volverás a Epiro? Era el golpe de gracia. la hermana de Pérdicas. Se había confeccionado un nuevo vestido para recibirlo. Durante dos reinados había respetado su juramento de lealtad a reyes ausentes. no para castigarla sino para pensar. además de sus heridas. –Estos son tiempos inciertos. El ejército de los reyes había levantado campamento en Egipto. Había estado en esa habitación. Era la hija de Filipo. Para Eurídice. el destino lo rige todo. –¿Y ahora? –dijo él–. habían muerto a los dos años. poniéndola bajo la custodia de su madre. Eran los vencedores pero la victoria no les había fortalecido sino debilitado la certidumbre interior. y la hija de Olimpia estaba totalmente en su poder. Ya no hay lugar para mí en Epiro. Se había aliviado al saber de su muerte. no puedo garantizar tu seguridad. Por un momento Cleopatra cerró los ojos. Pitón y Aribas ejercían ahora esa función. una mujer digna. Si haces lo que pides. pero pocos habían combatido a sus 97 . pues su fama auguraba una fuerza poderosa. Poco después del motín había palpado el cambio de atmósfera. cuando se amotinaron. Generosamente provisto y cortésmente despedido por Tolomeo. Tenía la respuesta: «Nosotros fracasamos. una precaución privadamente acordada entre ellos. Él la había traído desde la India con los no combatientes. por traición y por la muerte de Crátero. podía entregarla como una niña fugitiva. No podía matarla. En Epiro estaría intranquila. Lo prefería a Pérdicas y ansiaba estar de nuevo bajo su custodia. y sonrió. Los tutores de los reyes. su luto por Crátero había sido sincero. Luego se enderezó. Sardis ha sido escenario de luchas desde tiempo inmemorial y aún estamos en guerra. Los nuevos tutores no auguraban nada bueno. y él debía de saberlo. Tal vez la hayas conocido. mientras Alejandro acortaba su vida en el desierto de Gedrosia. –Lo lamento. Pitón era conocido por su reputación. tenazmente leal a Alejandro. –¿Quién está seguro en este mundo? –dijo ella. siempre la había considerado una esposa de campaña que no sabía cuál era su lugar.. que la que podían tener los tutores actuales. alta y morena como el hermano. además. un poco reservada. Estaban inquietos y consternados. o incluso suplicar. Crátero había sido sólo un nombre. Los habían conducido al desastre y no se arrepentían de la rebelión. La moral se había alterado. presa del rencor. Antes que eso ella preferiría morir. marchaba hacia el norte para encontrarse con Antípatro. En las dos casas reales. aún valía lo que había valido para dos pretendientes muertos. más poderosa. Sabía que se había ofrecido a Leonato y luego a Pérdicas no por ambición sino para escapar.

Mary Renault Juegos funerarios órdenes. yo nací dentro del matrimonio.». con todos sus seguidores. En cuanto a Aribas. Mi padre era el rey legítimo. tosía y bostezaba. Pronto muchos encontraron pretextos para acercarse a su carromato durante la marcha. el desastre. Así el drama se arrastraba. la amaban en todos estos papeles. señor.. La incitaban a desempeñar ese papel. saludara y se alejara un trecho. pero no fue perjudicial. Él jamás cuestionó la voluntad del pueblo.. que combatían a los ilirios en las fronteras cuando cayó Pérdicas. Mi padre era un niño y no podía ayudarlos. mientras desayunaban pan de cebada y vino liviano. una muchacha que recibía con gratitud la protección y el respaldo de todos. Cada uno de ellos alardeaba de contar con sus favores ante 98 . Eurídice. por eso lo pasaron por alto. rivalidades y actitudes facciosas.. Permitida de ese modo por el esposo. Oh. pero ahora estaban recibiendo la verdad genuina de labios de una reina legítima. Un joven gallardo y confiado. Un par de ellos le pedían permiso para irse durante el día y reunirse con la columna al caer el sol. algunos de los heridos que habían sobrevivido a la batalla del Nilo. Esa guardia estaba orgullosa de sí misma. jugueteaba con los cabos de manzana. La joven esposa del rey Filipo está hablando con los hombres y causando problemas. La marcha continuaba a paso de hombre. Por una parte le era indispensable. ¿Por qué debería contenerme?» Primero buscó adeptos entre los soldados que ya la conocían. La obra era un regalo para cualquier actor de segunda con talento que tuviera ingenio como para robarla. Eurídice contaba en cambio con aliados y espías fieles. Escuchaban sus palabras.. La idea le gustó. la acción decaía. su actuación con Alejandro había sido poco distinguida excepto en el campo de las artes. Pronto. notó la tensión en el teatro y supo que había llegado el momento de entrar en escena. pero aún no se decidía a arrojarlas a los actores. Desde luego la noticia se propagó. un curtido y honesto jefe de falange habría ido a su tienda para decirle: «Con respeto. falsos amigos lo acusaron faltando a la verdad y la asamblea lo condenó a muerte. Un joven oficial de la tropa de Eurídice. Su problema principal era Filipo. el ejército le habría pertenecido.. Pérdicas y Filipo. sus salvadores en la carretera de Sardis. esperando discretamente. o mejor. con él. En las pasturas de las tierras altas. Sus virtudes no habían sido puestas a prueba. Pero los astutos veteranos de Pitón habían marchado con Crátero. Recibir hombres sin él hubiera provocado escándalos. no es lo que estás pensando. una concesión común en una zona pacífica. y por el momento no les inspiraba demasiada fe. llevándose el oro con que Alejandro les había pagado. Ambos cumplían su deber con serena eficacia. y era cada vez más numerosa. fue siempre leal. recordando a Alejandro –todos tenían esa tendencia y ella había aprendido a no combatirla– le contó que él solía apartarse de la lenta columna e ir de cacería con sus amigos. ambos ansiaban evitar desórdenes. No es sino el bastardo de un hijo menor. aunque su padre haya llegado al trono. Si Pitón hubiera tenido consigo a sus viejos y fieles veteranos. impresionados y profundamente agradecidos. pero. los hombres que habían custodiado su tienda en Egipto. ambos reyes y ambos abuelos de ella. Pero ambos aceptaban con desagrado su función. llevándose algunos camaradas. tan evidente para ellos y para ella tan natural que no tenía importancia. si en esas ocasiones estaba cabalgando a su lado. es más. saludarla respetuosamente. a partir de su tatarabuelo Amintas: sus valientes hijos.. los pasmaba. no podía exponerlo sin riesgo más que unos minutos. el público la aplaudía. por la otra. el rey tuvo su propia guardia no oficial y su esposa la mandaba. –Y a causa del valor de Filipo lo hicieron rey. la audiencia se impacientaba. Es una dama y sabe comportarse. sonriera. la charla subsiguiente no provocaba rumores. que no les interesaba. En su juventud todos habían oído historias confusas alrededor del fuego familiar. estaban orgullosos. Si cualquiera de ellos hubiera dado indicios de tener la chispa del genio. una reina que era plenamente macedonia. les contaba historias de la casa real. era como una jauría de perros poderosos extrañando la voz del amo. Ella se ponía sus ropas de hombre y sin pedir permiso a nadie salía con ellos. mi linaje es tan noble como el suyo. «Y sin embargo –pensaba–.. las cebollas mordisqueadas y las migajas. Pero cuando Filipo fue asesinado. y preguntar si ella o el rey necesitaban algo. Le había enseñado a Filipo que.. La castidad de Eurídice.

cortando árboles para las fogatas. Por lo demás. dejemos las cosas así. quedaba en manos de los oficiales más jóvenes. cascadas y fuentes. El ejército acampó en los claros. traídos en carretas en un sólido lecho de tierra nativa. Aprendió a decir «Gracias por vuestra lealtad» y le alegró ver cuánto gustaba a los soldados. Cuando el ejército acampó en Triparadisos. «Bien –pensó Pitón–. Una vez que se congregara la asamblea. con puentes de mármol y antojadizas losas de obsidiana y pórfido. sino ser él mismo rey de los macedonios. Alejandro estaba logrando sus mayores victorias y se sintió avasallado por la gloria del hermano. y los nuevos tutores no lo conocían. Era un sitio ideal para esperar a Antípatro. que lo consideraba un frívolo. y siempre solía disponer de un buen caballo.» Filipo y Eurídice se alojaban en la residencia de verano de la esposa principal del viejo sátrapa. Juegos tal vez. Salía a cabalgar y se pasaba el día entero vestida de hombre. Pitón. se entrelazaban o extendían contra un cielo primaveral. cuando se dignaban mirar. Ella también hablaba de Filipo. pero los consideró inofensivos y no se los mencionó a Pitón. A causa de su recato. A Aribas le parecía delicioso y a menudo recorría el lugar con un amigo. un jinete distante como tantos otros. se podría elegir un tutor permanente. bañándose en los arroyos resplandecientes. decía. pero Filipo era el rey. quienes a su vez optaban por tomar las cosas con calma. Ella ya contaba al oficial de remonta entre sus partidarios. Antípatro acampó en un terreno alto y esperó a que bajaran las aguas. a quienes tanto amaba. Los generales se instalaron en un refugio para cazadores construido sobre una elevación central que dominaba ese paisaje diseñado por el hombre. ni se interesaban por él. Pitón gozaba de un rango mucho más alto y parecía elegante. cazando conejos y pájaros para comer. Pérdicas le había usurpado los derechos. Desde la loma Aribas y Pitón sólo veían. Cuando la catástrofe los urgió a matar a Pérdicas. eso era innegable. Cedería el puesto con gusto. él sólo quería llevar el ejército intacto hasta la cita con Antípatro. con premios tan importantes como para mantenerlos activos durante días. Rododendros y azaleas enjoyaban las suaves colinas. entretanto. En la marcha a Egipto se había encogido de hombros y había perdido interés en la administración. además de ser más agradable. Durante los años de guerra la mayoría de los ciervos habían sido abatidos. que se interponía en el camino de Antípatro. los pavos comidos y los árboles talados. Por su parte. A Filipo le agradaba que cuando cabalgaba por el campamento lo recibieran con tanta calidez. A estas alturas casi todo el campamento sabía qué estaba ocurriendo. que se creía con más derecho que Aribas a ser tutor. una tormenta había hecho desbordar el río Orontes. Había sido delicado en la juventud.Mary Renault Juegos funerarios camaradas envidiosos cuando de noche se pasaban la bota de vino. Antípatro podía llegar en cualquier momento. pero Seleuco. Pitón estaba pagando el precio de su propio resentimiento por los modales autoritarios de Pérdicas. pero pensaba consternado que Alejandro habría buscado algún entretenimiento para los hombres. El motín los había vuelto turbulentos. y nadie amaba tanto a ninguno de los tutores como para arriesgarse a formular una denuncia. árboles muy raros y bellos. diseñadas para las mujeres del harén. Como no había necesidad de apresurarse en una comarca pacífica y. No todos lo aprobaban. Pequeños canales habían dividido el riacho en estanques. y cotos de caza para el sátrapa y sus huéspedes. Le alegraría no ser gobernado por tutores. que estaba a pocos días de marcha. Triparadisos –Tres Jardines– estaba en el norte de Siria y era obra de un sátrapa persa que tal vez había querido emular al mismo gran rey. estaba últimamente un poco huraño. cuando su salud mejoró. encomendarle a él la disciplina. Pitón había perdido contacto con los hombres. Aribas vio estos saludos en un par de oportunidades. como prefería mantener secos sus huesos de ochenta años. cuyo verdor podía contemplarse desde residencias de verano con persianas en relieve. el brebaje estaba a punto. Sin embargo. apenas lo echaba de menos. La facción de Eurídice crecía y fermentaba. 99 . La disciplina. Pensó en hablar con Seleuco. pronto ella le dio nuevas instrucciones. Había lagos constelados de lirios. Saludaba y sonreía. pero para soldados exhaustos era el Elíseo.

aún sujetándose el cinturón. Escucha. desnudo y sorprendido. ni hubiera querido saber. Se produjo una oleada de descontento. A través de la algarabía. –No –dijo Pitón–. asombrosamente fuerte. ¿Qué es eso. y toda la armadura excepto el yelmo. No necesita nuevos tutores. Los encabezaban. Por un instante ella titubeó. Pitón supo que no podía hacer más. los gritos murieron en murmullos. Le obedecieron de inmediato. Los hurras a Filipo continuaron. a juzgar por su expresión.Mary Renault Juegos funerarios En Triparadisos el tiempo era fresco y límpido. Estaba erguida. No me culpéis cuando llegue el regente y todo deba hacerse de nuevo. Algún heraldo estúpido. con el porte orgulloso de un hombre que está haciendo historia. En cualquier momento. Un ruido la hizo volverse. Era un general estimado. vestido con un manto. no permitiría que nadie dijera que él se había quedado encerrado durante un motín. –¡Muerte a ellos! –dijo Filipo con avidez–. Era cierto que un tercio de los hombres parecían ausentes. –No. Esto concierne a todos los ciudadanos. –Señor. cuyo coraje era legendario y lo sabía. Eurídice habló. Llevaba su túnica de hombre. La voz joven. podéis llamar a asamblea. que Alejandro había resplandecido de ese modo en sus grandes días. Podemos matarlos. Filipo estaba desenvainando la espada. retumbó. aunque a regañadientes–. –Os oigo –dijo–. –¡Macedonios! ¿Me tomáis por vuestro rey? La respuesta fue una ovación que ahuyentó a los pájaros de las copas de los árboles. Filipo y Eurídice. Le había permitido usarla para que luciera como un hombre. Sois macedonios libres. cargaría contra el refugio. los gritos incipientes de «¡Muerte a los tutores!» se fueron esfumando. –¡Larga vida al rey Filipo! ¡Larga vida a la reina Eurídice! Un caballo llegó al refugio al galope. su pelo brillaba. Gana tiempo. ¿Los hombres lo seguirían? Pero estaría indefenso en el combate. Es adulto. Pide una asamblea. y como un rey. los hombres. tiene treinta años. El trompeta estaba junto a ellos con aire desafiante. Sube aquí y toca. Pitón fue despertado por un asistente que entró medio desnudo en la habitación. Era la fanfarria que anunciaba a un rey. Su grito. todo se perdería. El ancho claro que tenían delante estaba atestado de soldados. cuando el rocío perlaba los lirios con esferas de cristal y los pájaros cantaban en los árboles añosos. la vitalidad de la audacia la atravesaba y emanaba de ella. 100 . –¡En nombre del rey Filipo hijo de Filipo! Pérdicas su tutor ha muerto.. Heraldo.. ven aquí. clara y tajante era tan elocuente como la de Tolomeo en Egipto. El jinete le arrojó la brida a un esclavo asustado y subió a la veranda. Su voz fue ahogada por un trompetazo que hizo levantar a Pitón. ¡Filipo reclama el trono! Filipo levantó la mano. Estaban tensos. Sí. Aribas llegó a la carrera. a caballo. Seleuco gritó al oído de Pitón: –No están todos aquí. su piel era clara y transparente. –Muy bien. –Debe ser Antípatro. desconocido para los presentes. Nunca antes había impresionado tanto a los soldados. Bastaría con que Eurídice los azuzara para que volvieran a empezar. –Él obedeció. en nombre de las Furias? ¡Vestios! ¡Armaos! Los veteranos de Alejandro no tardaron en prepararse. impacientes. tenéis vuestros derechos. pero sus seguidores sí lo sabían.. y es capaz de reinar por sí solo. Salieron a la veranda desde donde el sátrapa había apuntado sus flechas a las presas. Ahora di a los hombres que dejen hablar a Pitón. En su presencia. Guárdala.. y ellos tienen sus derechos. radiante. Pero recordad que los hombres de Antípatro están a poca distancia. No sabía. En la madrugada de un día brillante. Pitón dio un paso hacia adelante. Seleuco.

–¡Larga vida a Filipo! –exclamaron–. –¡Vamos. Así sea. Le clavó una mirada ansiosa. Lo recibieron con hurras amistosos y alentadores. En el otro extremo de la plataforma. sí! –Eran como el público de una obra cuando los actores tardan en entrar en escena. –Sí. Bien. Pitón hablaba en voz baja con Seleuco. en asamblea. Los hombres que no habían venido respondieron a la llamada. tan sólo ayer. Privilegio de mujer. riñendo. Él añadió. 101 . –¡Macedonios! –El grito áspero cortó los últimos murmullos–. En Egipto. –Pues bien –dijo Pitón–. –Tiene esa enfermedad rara. Quiero ser rey. sorprende así a la gente. Alejandro me dijo que no lo fuera. ahí tienes. nos elegisteis a Aribas y a mí como tutores de los reyes. –Dócilmente. Tengo edad suficiente para ser rey. para tranquilizarlos–: Si no sé qué hacer. no se recordó que apenas acababa de cumplir dieciséis años. La estaban esperando a ella y ella estaba preparada. pensad en todo esto. –Te lo dije. Fue un cargo proclamado en asamblea a la muerte de Alejandro. Lo que debió ver desde el principio. retrocediendo un paso– ahora os hablará para defender su causa. Si votáis para que Filipo gobierne por sí mismo. No es necesario someterlo a votación. eran más de los que Eurídice había pensado. Pero el resplandor del triunfo se percibía como una aureola a su alrededor cuando subió con Filipo a la veranda que se usaría como estrado. También le había dicho que nunca pronunciara una palabra que ella no le hubiera enseñado. excesivamente discreto. Eurídice quedó petrificada. Todos sabían que era hombre de pocas palabras. para ver si hablaba en su lugar. estupefacto. pero los abucheos cesaron pronto. pero ella estaba mirando hacia adelante. la voz de Aribas. El estupor fue dando paso a la reacción. un tanto sorprendido. Miró sonriendo las caras animosas. Parece que habéis cambiado de opinión. El cielo se le había derrumbado. Oí que le decía a Hefestión que no soy tan lento como dicen. Pitón se le acercó. Ambos hemos acordado renunciar a la tutela. Todos esperan. nosotros renunciamos. Alejandro me dejó sostener el incienso. Bien–. dijo a sus espaldas: –Habla a los soldados. Eurídice estaba firme como una condenada a muerte. Hubo un silencio total. uno de ellos demasiado joven para hablar por sí mismo. «Estaba seguro de sí mismo –pensó ella–. Podría prescindir de los que callaban. Filipo hijo de Filipo reclama su derecho a gobernar. sonriendo vagamente. Habría querido desvanecerse en el aire. –Se produjeron murmullos confusos. Antes de votar. Los hombres se volvieron unos a otros. Aceptamos. Eran como hombres que siguen forcejeando cuando los otros han soltado la cuerda. Filipo miró en derredor. un guerrero. Había cometido un tremendo error. –¡Sí. Lo abuchearon. señor. No buscó excusas. Rey Filipo. –Gracias por vuestra lealtad. pero él ha muerto. y todos callaron. y eso era todo. Eurídice se lo había dicho. –Sabía que eso era seguro. Sabía muy bien para qué se celebraba la reunión. Eurídice me lo dirá. Quedó aplastada por el peso de su propia tontería. hasta que él llegue a adulto. tersa e insistente. Pitón aprovechó la ocasión. En cambio. y no importa por qué.Mary Renault Juegos funerarios La asamblea se celebró en el claro delante del refugio para cazadores. ¡Silencio para que hable el rey! –Él agitó la mano. ven aquí. –Bien. Filipo aún estaba hablando. bramando. insultando. No había sido capaz de prever lo inevitable. Eurídice lo notó. lo designáis tutor del hijo de Alejandro. Filipo! –gritaron–. –A mí me habló como un hombre normal. El rey –dijo Pitón.» Él se adelantó hasta el frente de la plataforma. sí. Ante sí misma era un rey. ya aprendería. Recordad que tenéis dos reyes. Alentado por esta recepción. organizándose las ideas–. Filipo se le acercó–. –Hizo una pausa. Eurídice reflexionó lo que tenía que decir. Pero la función de tutor permanece. Era una asamblea y la vieja tradición prevaleció. nadie puede negar que es sincero. –Tendrás la última palabra. a todos les gustaba. Por todas partes oía repetir la broma: «Eurídice me dirá qué hacer». ¡Filipo rey! Filipo irguió la cabeza.

escuchando–.» Al anochecer. quien lo elogió y trató de no mirar a Eurídice a los ojos. ahora que Crátero estaba muerto. más apuesto todavía. Nunca creas conocer a un hombre a quien sólo has visto actuar cumpliendo órdenes. ¿Lo atraparían si echaba a correr? Se volvió hacia Eurídice con expresión de pánico. anunciando esta noticia. ¿Por qué había sido humillada? No por apuntar demasiado alto. reclamaré mis derechos para mí misma. Pitón y Aribas se miraban con complacencia. Detrás de él. hemos llegado en buen momento. –¿Qué es eso. Lo condujo hasta los bancos junto a la pared. –Se volvió hacia su hijo–. –No –dijo su padre. el agradecido regente lo había designado comandante en jefe de todas las tropas del Asia. Dos días más tarde. Recordó la frase mágica –«gracias por vuestra lealtad»–. sólo rieron con más fuerza. podemos sentarnos. hizo detener a su gente. Montaba un «gran caballo» persa. A juzgar por los gritos. a la cabeza del regente y su ejército. sino demasiado bajo. topándose con una vigorosa negativa. Pese al parche –había perdido el ojo cuando conquistaba Frigia para Alejandro– aún era un hombre apuesto. Es una pelea. La asamblea continuó sin ellos. Ven. recordó a los hombres que desde la muerte de Pérdicas los dos reyes se dirigían a Macedonia. Ahora estaba en camino para tomar el mando. Veremos. sentía la llamada de su sangre. padre? ¿Una batalla? –Al muchacho se le encendieron los ojos. La perspectiva no le disgustaba. Alejandro lo había designado sátrapa de Frigia. cuando el sol se hundía en el Asia y subían las primeras humaredas. Cabalgando juntos. El fuego de la ambición aún ardía bajo los rescoldos. pidió su caballo y cabalgó entre las fogatas. ella enfrentó por un momento a la multitud. Tenía quince años. Pero ya está terminado. «Fui burlada –pensó– porque no me atreví a demasiado. cabalgaré siempre en elefante. y aún no había peleado en ninguna guerra. Irguiendo la cabeza. –¿Hablé bien? –dijo. A la cabeza 102 . impulsada por su orgullo. lo adoraba y lo acompañaba a todas partes. Ella apenas lo oía. Derrotada.Mary Renault Juegos funerarios –Cuando sea rey. Las facciones se habían disuelto en la ridiculez. porque nadie tenía una mejor. se acercó a Filipo y le tomó la mano. ¿Qué le pasa a Pitón? Se desenvolvía bien con Alejandro. Eurídice había ganado para su causa unos cuatro quintos del ejército. Fue confusa y ruidosa. Él la recibió con un alivio y una confianza inefables. Unos cientos de voces incitaban a Pitón y Aribas a retomar su cargo. donde debían estar. Su hijo Demetrio. Nadie era más indicado que el regente para ser tutor. aquí lo han puesto sólo provisionalmente. Era el hombre que había escapado a Macedonia para denunciar los planes de Pérdicas. Le recordaban esa espantosa noche de bodas. Al principio ella se movió como un autómata. Sin mirar a la bulliciosa multitud. él. pues era tan alto que ningún caballo griego podía llevarlo muy lejos. Eurídice se había ido silenciosamente con su esposo. prestando atención. a los dieciséis años. llegó un mensajero. Pronto. O un motín. Antígono el Tuerto llegó al campamento de Triparadisos. Seleuco también declinó el ofrecimiento. enfrentada con la rendición. Entró con su pequeña columna en los lindes boscosos del parque. La sombra de Alejandro la rondaba. Mientras almorzaba. Sus propias ambiciones eran grandes. –Sí. De ahora en adelante. donde en un tiempo el sátrapa y los huéspedes habían bebido vino mientras esperaban el cornetazo del montero. se puso la túnica de hombre. Durante el debate. Las risas se volvieron dudosas para Filipo. Pitón. formaban una pareja impresionante. Aceptaron de mala gana esa solución. Filipo –respondió luego–. pero esta vez no lo aclamaron. Bien. había sido regente de Macedonia y había librado una guerra victoriosa. Adelante. Mientras se barajaban nombres menores. Dirigió a los astutos tutores una mirada de desprecio. Anunció que Antípatro estaba cruzando el Orontes con su ejército y que llegaría en dos días. Filipo le repitió su discurso a Conon.

su frágil autoridad desaparecería. ¿Sois soldados o pedagogos? ¡Ni siquiera pedagogos. Durante el tumulto de los últimos minutos. Debía atacar ahora o refrenarlos. La misma Eurídice lo notaba. No parecía solamente revoltosa sino anárquica..Mary Renault Juegos funerarios de las tropas. Antígono no dijo nada. exigiendo esta vez el cogobierno con Filipo. Antígono. contra su voluntad. casi todas. los generales se habían enterado de la llegada del comandante en jefe. los oficiales más jóvenes (los mayores se habían mantenido al margen) le habrían bastado para ello. su expresión cambió lentamente de hosquedad a mera incredulidad. y yo me encargaré de los míos. se había presentado en el refugio de los generales. Ni vuestras madres os reconocerían. lleva a tu esposo a sus aposentos y cuídalo. pero muchas cosas habían sucedido en un año y. La veranda estaba vacía. mirándolos como un cíclope con su único ojo. prácticamente. El instinto heredado le dijo que no podría conducirlos. sus limites empezaron a diluirse. De modo que ahora la seguía una turba armada. estaba sumida en una acechante penumbra donde distinguieron la silueta formidable de Antígono sentada en la silla del sátrapa. –¿Qué edad tiene esa muchacha? –dijo. Mientras los abucheos ahogaban la voz de Pitón. que la había ignorado. era un muy buen entrenamiento para el muchacho. una horda de salvajes desnudos? Erguíos y dejadme miraros. –¡Nuestros derechos serán respetados! –exclamó Eurídice. Encárgate de tus quehaceres. Mientras oía la lamentable historia. habían resentido la disciplina. Eurídice oyó cómo los gritos desafiantes se convertían en murmullos vagos. lo miró pasmada. de madera oscura y ventanas pequeñas. Un año atrás. –¡Zeus tonante! –dijo–. que no tenía idea de quién era. Se hará esta tarde. no tenía retaguardia. Apestáis como cabras. –¡Quedaos allí. en vez de las víctimas esperadas. La aparición repentina de ese hombre enorme. Entonces podréis celebrar asamblea. quien se internó alegremente en la arboleda y regresó para informar que una horda de hombres estaba reunida frente a lo que parecía un cuartel general pero que. ¿Sois macedonios? Alejandro no os reconocería. Seleuco se lo dijo. se erguía detrás de él como un espíritu guardián. el centro a distenderse.. Antígono los contempló a todos. antes que vengan los verdaderos y os vean así. Eurídice notaba que la masa empezaba a bullir. Ella se volvió para encarar a los dos generales. –¡Heraldo. Los tres generales observaron con desprecio no desprovisto de miedo a la multitud. por Dios! Quedaos aquí. 103 . tras una pausa perturbadora. y algunas voces lo repitieron. no una generala. Seguirían de largo y liquidarían a los generales. Limpiaos. Él. Antígono y su cortejo habían llegado. pareció verla por primera vez. Los traspasó con la mirada y esperó. si el resto está de acuerdo. además de más imponentes. Si queréis celebrar una asamblea. La habitación. envió a Demetrio a explorar. a quien ella había olvidado–. Eurídice. El joven Demetrio. Los soldados del frente. si se presentaban en formación. Necesita una esposa. ¡Atrás. Después de una ojeada a la distancia. –Joven señora –le dijo–. –Ese es Antígono –dijo Filipo. será mejor que tengáis aspecto de macedonios. Su adiestramiento en armas no había incluido ejercicios militares. y al fin fijó el ojo en Pitón. Estaba en el refugio detrás de ellos. maldición. Lo aprendí de tu abuelo antes que hubieras nacido. pero no avanzaron más. Gritando para imponerse al rugido impaciente de fuera. Consternada. El odioso gigante la había vencido y ni siquiera sabía su nombre. sorprendió a la multitud imponiéndole silencio. hombres apiñados que arrojaban insultos a los generales. se enderezaron e hicieron vanos y torpes esfuerzos para formar una fila. Se produjo cierta vacilación entre la multitud. hijos de cincuenta padres! –rugió Antígono–. anunciada con fanfarrias reales. ¿Sois soldados? He visto mejores soldados asaltando caravanas. formidable y famoso. pero no eran suficientes. y no había pensado de antemano que sus seguidores serían más manejables. por el Hades y las Furias! ¿Qué creéis que sois. perfilado contra una astilla de luz. los hombres se movieron inquietos. Después de eso. –Salió a la veranda. Entretanto. pide un alto! –Los enfrentó alzando los brazos. La voz estentórea de Antígono lo hizo callar.

Ahí. No es mi costumbre guerrear contra mujeres. Ni Pitón ni Aribas carecían de valor. Conon. en Macedonia. Las tropas aún estaban descontentas y dispuestas a amotinarse. Pero si tocas un pelo de la cabeza de mi padre. pero caminó entre ellas. Su médico le había aconsejado que viajara en litera.» ¡Bah! No es su costumbre guerrear contra nadie. Ella se quedó mirando a ese primer rival de su misma edad. Entró un joven. Antígono era una fuerza natural a la cual no podía oponerse. el regente cabalgaba hacia Triparadisos. Con sus facciones perfectas y sus rizos dorados. capturaría a Filipo. Estoy aquí para advertirte. en Siria. La puerta principal del parque estaba dignificada por grandes columnas coronadas con lotos de piedra. había despachado parte de su gente para que recibiera al regente y le advirtiera que podía haber disturbios. pues podrían volverse nuevamente en contra. Conon se lo dijo. que le estaba sirviendo vino. Eurídice comió deprisa y salió. Fuera. –No. podría haber posado como Hermes ante cualquier escultor. Erguido en la silla de su montura. asombrosamente apuesto y de su misma edad. el olor a comida le recordó que su joven estómago tenía hambre. pero para su sorpresa y fastidio no había ninguna escolta para recibirlo. y temía ser desplazado por un rey legítimo. ¿Pero cuándo en esos años habían representado sus propios hombres un peligro? El regente había llegado a una edad en que la incomodidad y la fatiga lo 104 . hijo de Antígono. pero lo mismo había dicho su hijo Casandro. Adiós. Allí le informaron que el viejo había avanzado con su guardia personal mucho antes del mediodía. –También hablaba como una deidad anunciándose en el inicio de una obra teatral–. Si se lo permitían. Antígono. Quedaos aquí. Pero el regente y su escolta se habían dividido en grupos para cruzar las colinas. Eso es todo. lo pagarás con tu vida. Antípatro no tenía confianza en su hijo mayor. pues no perdía oportunidad de insistir en que sus debilitadas fuerzas exigían un reemplazante: él. entró con paso ligero y se detuvo ante ella clavándole unos ojos de dios sereno y desdeñoso. si los dioses y el físico se lo permitían. no era el regente legítimo. alzó los ojos. Ven. las piernas entumecidas y doloridas. la cara cerrada en la fiera expresión que era una máscara para los achaques de la vejez. El mensajero no había llegado a tiempo. Ordenó al heraldo que lo anunciara con un trompetazo. naturalmente. Mientras montaba blandiendo la lanza. La aparición la había urgido a actuar. Oyó ruidos a lo lejos. buscad ayuda y defended el refugio. Se fue. Esperó a que Filipo hubiera terminado –odiaba verlo comer– y se sentó a almorzar. Iremos a hablar con ellos. tal como había venido. que llegaría pronto. pero era un solo hombre. En el refugio. Era bienvenida después de la sórdida campaña de Egipto. Mientras meditaba su próximo movimiento. Eurídice. No se atrevió a reunirlas. a ella y a sus seguidores más fieles y los haría ejecutar. una voz alta e imperiosa estaba discutiendo con el guardia. que yo sepa. Como Hermes. a través del ejército desorganizado. Conon resopló. Corrieron en busca de sus yelmos –tenían puesto el resto de la armadura– y pidieron a gritos sus caballos. Seleuco. Antípatro tomó el camino que lo conducía hacia allí. de la cual aún no se sentía limpio. los generales comprendieron consternados que la fuerza principal no podía haber venido tan pronto. podía haber ocurrido cualquier cosa desde la muerte de Pérdicas y se proponía llegar. su juventud y su arrogancia. y un jefe de escuadrón que no se había unido a la revuelta llegó al galope. Blandieron animosamente las jabalinas.Mary Renault Juegos funerarios De vuelta en la tienda. –Soy Demetrio. entretanto. el mensajero se extravió. –¡Ese cachorro insolente! ¿Quién le dejó entrar? «No es mi costumbre guerrear contra mujeres. Casi inmediatamente se oyó una creciente conmoción. y llegó tardíamente a la retaguardia de la columna. recordándoles que Antípatro. vosotros no –dijo Antígono–. con Antígono a su lado. –¡Señor! El regente está aquí con unos cincuenta jinetes y los rebeldes lo están hostigando. abriéndose paso con su celeridad. Si venís nos atacarán a todos. como un hombre que impone obediencia. Seleuco sintió por un instante la euforia de los años de oro.

Sin duda el rey Filipo querría estar presente. de la cantina. Cuando Eurídice ocupó su lugar. el tintineo de las armas. Ella tuvo ganas de abofetearlo. del gimnasio. Seleuco y Antígono. y no se enteró del disturbio hasta que terminó. Filipo dijo ansioso: –Dijo que yo no tenía por qué hablar si no lo deseaba. Se volvió hacia Eurídice–. Antígono lo saludó secamente (el viejo debía de estar chocheando de veras si pensaba que había tiempo para charlar) e interpeló a los soldados. 105 . Esperando a lo sumo cierta hostilidad. el regente y sus salvadores cabalgaron hacia el refugio. casi impalpable. ¿No tenían respeto por su padre Filipo. cuentas con su permiso para hacerlo.. Ella oyó en la penumbra las pisadas de hombres y caballos. –¿Qué es esto. el sombrero de ala ancha volando entre los yelmos. no pudieron asistir. Por favor no me obligues. –Dile que estaré allí. qué es esto? –dijo. La asamblea se celebró al día siguiente según los procedimientos antiguos. Los soldados extranjeros. –Se internó en la multitud con un grito enérgico. uno o dos tenían cortes y magulladuras. pronto detenidas por la autoridad. y por último. y. Al oír el mensaje. Eurídice notó que la disciplina se estaba restaurando y que no era mal recibida. dijo con ansiedad: –¿Debo decir un discurso? –Como desees.Mary Renault Juegos funerarios molestaban más que el peligro. el ajetreo de los esclavos alzando tiendas. los gritos y chirridos de la caravana de aprovisionamiento. que había forjado su nación. La multitud se dispersó huraña. ¿No tenían vergüenza? Decían que respetaban al rey. su fama. En verdad. galopando entre cedros y plátanos. Antígono podía persuadir además de dominar. Era la presencia de la patria. Antípatro te envía sus saludos. llegó la fuerza principal de Antípatro. familiar. el relincho de los caballos oliendo a sus congéneres. que tenía la expresión colérica de un águila atacada por cuervos y blandía su vieja espada. Cuando el enviado se fue. susurrándole a Filipo que se quedara quieto. Filipo estaba construyendo un pequeño fuerte en el suelo y trataba de defenderlo con unas hormigas que insistían en desertar. todos saludaron al unísono. Se levantó una tarima alta en el claro más amplio. de las colinas nativas. vieron el cerrado grupo de guardias vacilando en medio de la multitud. Algo era diferente. temiendo perder su ascendiente sobre él. Después del anochecer se presentaron algunos de sus seguidores para decirle que habían estado discutiendo sobre ella con los hombres de Antípatro. los ruidos tradicionales en las orillas del Mediterráneo. armado únicamente con la espada. Le asombró que sus seguidores pudieran haber destrozado al anciano. Hija de Amintas. herencia de la mezcla racial promovida por Alejandro. Eran los ruidos del ágora. su estatura y su presencia abrumadora les permitieron llegar hasta el regente. De lo contrario nos matarán. intuyó en la numerosa multitud un cambio reciente. el destello vulnerable del pelo plateado. Además. Cuando él haya hablado. Cuando un oficial del regente entró en la tienda. Anunció que al día siguiente se celebraría una asamblea para decidir los asuntos del reino. Su firmeza. sólo lo había llamado para conferenciar mientras un delegado lo reemplazaba. Eurídice había estado preparando su discurso para la asamblea. pero se contuvo. intercambiando noticias. Sólo los demagogos atenienses preparaban discursos mientras otros luchaban.. ellos decidirán si desean oírte. con sitiales de honor alrededor. señor –dijo impasiblemente el enviado. Una hora antes del poniente. –Trata de no derramar sangre –le dijo Antígono a Seleuco–. del foro. había venido con una túnica ligera y un sombrero para el sol. Pero habían sido riñas pequeñas. Dice que aunque no es costumbre de los macedonios que las mujeres hablen en asamblea. el alboroto de los hombres charlando animadamente. que había designado a este hombre y había confiado en él? Alejandro nunca lo había depuesto. sin embargo. tenía un poco de miedo de su fuerza. Ultrajaba su imagen poética de la guerra. deberían estar bajo su control y demostrarlo. rumores y opiniones.

entre todos estos humanos hechos por los dioses. que había seguido esta perorata. Siempre había contado los días cuidadosamente. lo había ganado una vez y lo ganaría de nuevo. el estómago se le contraía dolorosamente. Ahora era el momento de que un verdadero líder les ganara los corazones. ella era la única sometida a esta traición. cuidando de su apariencia.» Había reinado en Macedonia y Grecia durante las guerras de Alejandro. Había empezado su menstruación. Mientras él miraba en derredor. Habló un estadista dotado para la oratoria. se la bajó hasta los codos. Antípatro había concluido. Hablaría. No quería. Si subía a la tarima. Tal vez por eso no lo había notado. una voz involuntaria dijo dentro de Eurídice: «Ese hombre es un rey. el general iracundo desapareció. y les contó lo que Filipo había pensado de él. Aquí. habría subido a la tarima con voz broncínea. siempre había sido regular. En cuanto a los rebeldes. les habló de Filipo. en la asamblea. Ahora debía escabullirse del campo sin ofrecer batalla y aun hasta sus partidarios le tendrían lástima. el idiota a quien habían honrado con el nombre de Filipo. en las lomas. El discurso le resultaba tranquilizador. Ahora estaba viejo y decadente. fue como el lento despertar de una pesadilla. Cuidadosamente. con una mantilla sobre los hombros. Si ella la hubiera tenido. 106 . los incitó a no deshonrarlo y presentó al regente. –No deseo hablar a los macedonios –dijo. Les recordó dignamente su heroico pasado con Alejandro. Ya sentía una humedad de advertencia. Cuando los aplausos terminaron. exiliando a los oponentes. fue como el susurro de los guijarros en la playa cuando baja el mar. Miró los miles de rostros que la rodeaban. El viejo subió animoso a la tarima. una vez que empezara. Tal vez le dijeran que ya podía ser nuevamente Arrideo. mientras pedía silencio. ¿Podían permitirse decaer entre los bárbaros que habían conquistado? Les habló del nacimiento de Arrideo. Se puso de pie. El dolor se transformó en retortijón. dijo: –¿La asamblea quiere ahora oír a Eurídice. pues la mañana estaba fresca. El discurso del regente llegó a su culminación. hija de Amintas. tensando la espalda y los hombros. y ahora ese viejo vigoroso daba su acuerdo. Era verdad. había engendrado a Alejandro. que había rescatado a sus padres de la invasión y la guerra civil. sólo ella era burlada por su cuerpo en ese momento crucial? Junto a ella estaba Filipo. Alejandro le había dicho que no debía ser rey. en los árboles. En vano. ¿Elegirían ahora a una mujer y un retardado? Filipo. asintió con la cabeza sabiamente. Les habló de sus ancestros. Su ejército lo ovacionó y no se oyeron gritos hostiles. pero aún trasuntaba un aura de poder y autoridad. Para Eurídice. había empezado a encorvarse y tenía la voz cascada. Incluso había derrotado a Olimpia. Les recordó que en toda su historia jamás los había gobernado una mujer. Los hombres de Antípatro lo habían respaldado desde el principio. pero al menos estaban dispuestos a escuchar. y ella apenas lo oyó. Los hombres de Antípatro tenían curiosidad y a los suyos les daba vergüenza votar contra ella. ¿Por qué. como las damas elegantes de los frescos. ignorando que Arrideo estaba presente. Estaba hablando de Alejandro. con su fortaleza inútil. todos lo verían. Había apretado los puños. esposa de Arrideo? Nadie se opuso. Pronto ese viejo terminaría de hablar y debía estar preparada. Se habían convertido en un árbol de ramas anchas y extensas –señaló los nobles bosques circundantes–. con un adelanto de cuatro días. los había hecho amos del mundo. no podía admitir la derrota. pero hasta el árbol más grande muere si lo arrancan de raíz. Habían tomado una decisión.Mary Renault Juegos funerarios Antígono habló primero. Había aplastado los esporádicos levantamientos del sur. Ella había venido. imponiendo a las ciudades los gobernantes que él elegía. ¿Cómo podía suceder ahora? Vendría de golpe. y no se había puesto una toalla. Había estado tensa esa mañana. un entumecimiento que al principio no quiso reconocer. era su derecho. para estirarla en una curva sobre las caderas.

y por supuesto no querrán saber nada de él. Es el reino de mi esposo. Tardó un poco en enterarse de la decisión de la asamblea. La madre de Alejandro estará a la espera. Ella había aconsejado que si la muchacha bárbara tenía un varón lo hiciera asfixiar. Alejandro nunca le había leído la carta que le había mandado Olimpia cuando él le informó de su matrimonio. era lo más natural. un sidonio que hablaba griego. despojándose del miedo como si fuera un manto–. vino para informarle que la esposa de Filipo había sido derrotada y no había dicho una palabra. Conocen al idiota Filipo desde su infancia. para que más adelante no pretendiera el trono. 107 . que Antípatro el regente sería el tutor de ambos reyes.Mary Renault Juegos funerarios Roxana se había quedado en su tienda bastante alarmada. entre eunucos asustados y mujeres aterradas. Esa carta no había sido guardada en los archivos reales. A juicio de Roxana. –¡Ah! –exclamó Roxana. Todo estará bien. tal como ella le había suplicado antes del viaje al Asia. Alejandro se la había mostrado a Hefestión y después la había quemado. y que en cuanto los grandes señores hubieran acordado dividir las satrapías. Tenía la certeza de que si triunfaba el motín. pues sólo habían asistido los macedonios. Era tiempo de que él visitara su patria y engendrara un macedonio. el primer acto de Eurídice sería matarla a ella y su hijo. Por último su carretero. entonces. llevaría a ambas familias reales de vuelta a Macedonia. Querrán ver a mi hijo.

ansioso de relatar las delicias de esas mañanas. él siempre había evitado la fastuosidad que convenía a un rey. para observar las idas y venidas de los médicos y los familiares: personas atraídas por la curiosidad y el dramatismo de la situación. estaba la casa de Antípatro. mirando desde detrás de una cortina la multitud silenciosa. La madre de Alejandro no había ido allí para recibirla ni para admirar a su hijo. los niños eran educados para hacerse hombres. lo habían reclutado para acompañar el contingente que Antípatro habría enviado a Babilonia. Gradualmente. Ya hablaba el griego con fluidez y podía ser atendida por damas macedonias. Había elegido a un patricio joven y enérgico que a los veinticinco años ya era un veterano de la rebelión griega. El dócil esclavo de costumbre. regordete. Ni la edad ni la enfermedad habían ablandado a Antípatro. Obviamente ella suponía que en cuanto se alejara. la tensión era como la cuerda de un arco. El pedagogo llegó al día siguiente. el niño. Amablemente.Mary Renault Juegos funerarios 319 a. aún estaba en Dodona. estaban los cónsules de las ciudades dependientes. ni siquiera si se continuaría con su política. ella apenas resistía tenerlo lejos de su vista. El pequeño Alejandro tenía cuatro años y en ese lugar extraño se le apegaba más que nunca. 108 . no así en su inclinación natural por los niños. Junto al gran palacio de Arquelao. pero antes que cruzaran el Helesponto había enviado a casa a los eunucos. delicado. Pequeños grupos de gente se mantenían a prudente distancia. dejarlo crecer confiadamente. en Pela. había aceptado su misión sin demostrar al regente la euforia que sentía. Nadie sabía quién heredaría el poder cuando el viejo dejara de aferrarse tercamente a la vida. Su último acto. vendedores de guirnaldas de luto y objetos fúnebres. Los únicos ornamentos eran un pórtico con columnas y un jardín. un padre y su hijo que según descubrió. muy amablemente. En el cercano palacio. pero no había esperado un Alejandro en miniatura. esa famosa maravilla del norte. que esperaba en su casa para consolar al niño maltratado. o representados por espías. Pronto hablaba incesantemente de su padre. Roxana estaba ante la ventana. Las damas le habían enseñado amablemente las costumbres locales. lo encontraba feliz. había resuelto Antípatro. lo había defraudado. habían recalcado que consentía a su hijo. La primera visión de ese niño moreno. tratando de leer un augurio. la habían vestido en forma decorosa. el hijo sería maltratado y aporreado. Jamás se había sentido cómoda en Macedonia. pues aparentemente había jurado no pisar nunca Macedonia mientras viviera Antípatro. Había soportado en silencio el derrumbe de sus esperanzas. acostumbró a su alumno a los caballos. Aprendió el idioma con rapidez. había sido ejecutar a dos enviados que traían una petición de Atenas. en su soledad. viendo que se esperaba que demostrara miedo. Había paja y juncos en las baldosas del jardín. Cebes conocía la máxima de las famosas niñeras espartanas: nunca exponer a un niño al miedo. el rostro ceñudo de su hijo Casandro. Antípatro había reparado en el rigor de su disciplina militar. El regente había tratado a Roxana con formal cortesía. no era suficiente. antes de caer en cama. que sólo podía describir en griego. Pronto Antípatro había reaparecido –sin duda las mujeres eran sus espías– y había declarado su asombro de que el hijo de Alejandro sólo supiera unas palabras griegas. forcejeó y chilló. y en cambio cumplía con el ingrato deber de pelear contra otros griegos. que tenían más cosas en juego. demostró una curiosidad vivaz y pronto olvidó las lágrimas. Era sólida pero modesta. Roxana. a los perros grandes. donde ambos reyes vivían separadamente. Le había explicado que ellos harían que la consideraran bárbara y la gente los maltrataría.C. Era tiempo de que tuviera un pedagogo. Para la madre sí había estado preparado. cada vez que aparecía. En Macedonia. aunque sus hombres lo consideraban algo apocado. con firmeza y sin alharaca. habían mantenido correspondencia con Pérdicas. y. Escrupulosamente correcto. Aguardando con mayor discreción. La casa era silenciosa y cerrada. al ruido de los soldados durante el adiestramiento. amigos que esperaban la señal para la condolencia y los planes funerarios. El sueño de la vida de Cebes había sido pelear con Alejandro. Ahora los observadores escrutaban. Cuando se lo llevaron. Más por hábito que por intención.

no a Casandro. haciéndoles jurar que votarían esa decisión en la asamblea. había dicho. Mientras los últimos jadeos de Antípatro impregnaban el aire. sabe defender el terreno. ya dispuesto a enfrentar sus nuevas responsabilidades. Antípatro había tenido que suplicarle para que aceptara. ella odiaba y temía esa cara roja y pecosa. Cebes le refirió las legendarias hazañas. Cinco años antes. te lo imploro. Había sido desagradable y terrible. Roxana los oyó desde la ventana. que le daba mucha importancia a lo que pensaba la gente. Había estado sin conocimiento desde el día antes. Júralo por la Estigia. para conocer al hijo de Alejandro.. Viejo amigo. que mi hijo quiebre el juramento. A él. Ése había sido el comienzo. Si el niño aún era demasiado pequeño para emular. con sus cincuenta años. Estaba comprometido. y había actuado contra la rebelión del sur. como ver a su propio padre arrastrándose a sus pies. sólo para terminar con la situación. Le gustaba pensar que sería digno merecedor de ese nombre. –Juré fidelidad a Filipo. –Haz esto por mí –había jadeado–. No había pasado de comandante de brigada. en un mundo conocido. una vieja tía. Él mismo tenía diez años cuando Alejandro pasó al Asia. con Alejandro en Isos y Gaugamela. se alegraba de terminar la fatigosa vigilia para poner manos a la obra. Te lo imploro. antes de caer en coma había llamado a los principales nobles para que fueran testigos. bajó los párpados marchitos y subió el manto. Cuando Alejandro murió él estaba en Babilonia. Mientras el regente estaba en Asia custodiando a los reyes. Al menos podía confiarse en que Casandro. En la cámara mortuoria Casandro miró con amarga furia el cadáver arrugado de su padre. esos ojos feroces y pálidos. carraspeó–. entre gentes que podía comprender. en el palacio de verano de Ecbatana. Se llamaba Alejandro. 109 . ese aspecto de abierta determinación. él preguntó qué ocurría.Mary Renault Juegos funerarios Roxana le había dicho que era el hijo del rey más poderoso de la tierra. mirándolo severamente.. Había sido cortés. tendría que recurrir a todo su ingenio. Mientras esperaba con los demás ante el jardín intuyó que un futuro incierto amenazaba sus logros. amigo. vio las personas volviéndose unas a otras. con una expresión de pesar respetuoso. La voz era como el susurro de los juncos secos–. Debía presentarse a las familias reales. pero Alejandro lo había escogido para la Guardia Real. No permitiré. Antípatro le había legado la tutela de los reyes. Frente a él estaba el estólido Poliperconte. a quien había dejado en Macedonia por temor a una traición. había estado en Asia con Alejandro hasta que regresó con Crátero. revelándole su absoluta confianza. e imaginaba el resto. llevando a su hijo mayor. Por último había jurado. estrechando de vez en cuando al niño en sus brazos. Alejandro le había hablado a Roxana de Casandro. En Pela había venido a presentarle sus respetos. y la única respuesta fue: «¿Qué será ahora de nosotros?». sintió el odio de Casandro. ya podía aprender a aspirar. sin duda. Lúcido hasta el final. No podía decidirse a cerrarle los ojos. y empezó a pasearse por la habitación. organizaría un bonito funeral. era muy probable que lo hubiera hecho envenenar. Lo conozco. ¿el niño tenía más aptitudes que otros niños de la misma edad que había conocido? ¿Los grandes días se habían ido para siempre? ¿Qué mundo heredarían él y sus semejantes? Estaba pensando en esto cuando empezaron los gemidos rituales. Promételo.. Yo sé que. el heredero del regente. –se ahogó. En esta situación. Si tan sólo hubiera podido quedarse en Babilonia. Y a sus herederos. –El moribundo se había aclarado la garganta. Poliperconte. No había buscado esa nueva función. Había estado en Macedonia cuando murió Alejandro. Bien. Poliperconte lo había sustituido.. A fin de cuentas. Poliperconte. Estaba más asustada que durante el motín de Siria. el cese de la respiración era una mera formalidad. que lo había respetado. lo había visto en el ápice de su juventud radiante. Poliperconte. la barbilla gris y sin afeitar después de la noche en vela. en realidad. presuntamente en nombre de su padre enfermo. –Poliperconte ni siquiera era un viejo amigo. había enfrentado hombres recios con Filipo en Queronea. pero sólo para justificar su presencia. Cebes era feliz con su tarea. con gran esfuerzo. Alarmado.

pues sería indecente descuidarlos. Eurídice se quitó el vestido de luto y se cepilló la suave ceniza del pelo desaliñado por el ritual. Lo hice por propia voluntad. de modo que estoy vinculada a él por mi honor. hablando con Filipo. –En efecto. aprenderás a respetarme. –Se volvió hacia Eurídice. Antípatro la había mantenido bajo vigilancia constante para evitar conspiraciones. En su habitación. los había presentado a su esposo el rey. Mi madre me hubiera hablado así. sumando sus llantos al canto de lamentación.» Pidió un poco de licor caliente con huevo y se lo llevó. lo había persuadido de dejarle al viejo Conon. Ella tenía entendido –porque Casandro se lo había dado a entender– que sucedería al padre. Volviendo hacia Pela con el sol del poniente a sus espaldas. cuando los hombres fueron a la pira para quemar el cuerpo y ella se quedó aparte con las mujeres. arrastrando a Filipo. apropiada para la ocasión. Luego Conon se abrió paso entre los hombres de rango. Abatida. mientras caminaba en la procesión con el pelo cortado y cenizas en el vestido negro. Sabía lo que era antes de aceptarlo. Durante los largos y pomposos ritos funerarios. Aun así. Pueden esconderse en una bota.» En el palacio. Ahora. sólo lo conocía de vista. También a ella. buscando algún indicio. Casandro odiaba a Alejandro y jamás permitiría que gobernara el hijo de la mujer bárbara. cuando la recibiera. pero también su capacidad. rompiendo a llorar. te he traído algo sabroso. no 110 . Más tarde. pero había tenido la sutileza de hablar respetuosamente con Filipo. un cambio en la rueda de la fortuna. con los miembros fláccidos y la boca abierta. oyó un grito estentóreo y notó cierta agitación junto a la hoguera. a veces la gente la saludaba y ella devolvía los saludos. lo lavó –en el ataque se había mojado la túnica– y lo llevó a la cama. se acercó para acompañarlos hacia el palacio. La noticia de la elección de Poliperconte la desconcertó. Tuve unas palabras con él. –Hablaré con él. No te preocupes por lo que pasó. Sin duda tendría la firmeza del padre. y una reina que no le iba en zaga. Uno de mis hombres murió así. correcta. Filipo parecía a sus anchas con él. Casandro le había presentado sus respetos durante la enfermedad del padre. El semblante que Roxana había considerado feroz y salvaje era para Eurídice el de un compatriota: no se destacaba por su belleza. pero trasuntaba fuerza y resolución. avergonzada. Los días de su escolta de jinetes habían pasado. –Mira –dijo ella–. y le estaba contando una historia incongruente sobre las serpientes de la India.Mary Renault Juegos funerarios Eurídice estaba cabalgando cuando el regente murió. debes hablar con el general. Sabía que la noticia estaba próxima. lo encontró en los aposentos reales. Haría un rato que estaba allí. –Conon la encontró bajo la tina. al regresar de su cabalgata. No había hablado nunca con él. Conon desnudó a Filipo. Sólo vio una expresión imperturbable. escrutó la cara de Casandro cada vez que podía verlo. «Es mi esposo –pensó–. Sin duda era demasiado apresurado. Salió pronto. Él no está acostumbrado al rey. En la cabalgata la acompañaban un par de palafreneros y una joven doncella a quien había elegido sólo porque era montañesa y sabía cabalgar. se esmeraría en los ritos sórdidos y asfixiantes del luto. como un perro enfermo a un amo severo. le suplicó que lo visitara cuando necesitara algo y se marchó. con un par de guardias de honor. Eurídice pensaba que existía un acuerdo tácito entre ambos. Dijo que las pequeñas eran las peores. así como a Roxana. mientras las sombras de las colinas se prolongaban sobre la laguna. dejando entender que las palabras iban dirigidas a ella. Había comprendido a qué se refería él al decir que los macedonios tenían la suerte de contar con un rey de la verdadera sangre. No sin esperanzas había aguardado los llantos de lamentación. Él la miró implorante. pero me dijo que guardara mi lugar. –Sintió en la nuca la mirada despectiva de Roxana. la felicitó por la salud del esposo. ignora qué cosas lo contrarían. La mató con un palo. sintió que llegaba a un momento crucial en su destino. –Señora –murmuró Conon–. preguntarle por sus planes. cuando aún no habían sepultado al regente. pero la enfurecía que él no le hubiera dicho nada y que se hubiera presentado a Filipo aunque ella estuviera ausente. Conon había salido con la ropa sucia. «Un día – pensó–. señor. Sólo el mismo Filipo. Formalmente hablando.

siempre hubo dudas sobre el nacimiento de Alejandro. con un lienzo suntuoso. a quien no había visto en años. chamuscando el pelo y la barba. Le habían cortado el pelo. Le habían dicho que era el funeral del rey. Los saludos de Casandro al rey fueron breves. en bancos viejos o taburetes revestidos de piel de oveja. –Me iré por un tiempo. Todos pensaban en Casandro. La miró con gratitud y acercó la cara al cuenco.. impregnados del olor a caballos.. Alrededor. había cedido prontamente. había una docena de jóvenes. y luego no hables. La vida de tu madre nunca fue un escándalo público. señor –le dijo a Filipo–. y una calma tensa cayó sobre Macedonia. –Tu buena voluntad –dijo– ha sido un consuelo y un respaldo para mí. Tú. Ahora lo correcto era que los jefes compartieran sus decisiones. Filipo había observado cómo crecían. rojo a la luz roja. He sufrido mucho. El rey y tú podéis contar conmigo en estos tiempos turbulentos. Le había evocado un día muy lejano. le habían ensuciado la cara y lo habían hecho caminar con muchas personas que lloraban. antes de marchar con Alejandro. Lo había designado quiliarca.Mary Renault Juegos funerarios fue culpa tuya. No sé qué quiso decir. Antípatro había nacido en un viejo y derruido fuerte montañés que dominaba una rica finca. donde palafreneros que hablaban tracio remendaban y cosían las monturas. Lo último que recordaba. Lo averiguaremos más tarde. y no podía explicar a nadie que había soñado con su padre ardiendo. demostrando poca 111 . Cuando terminó. La calma se volvió aún más tensa. –Salúdalo –le dijo ella al esposo cuando lo anunciaron–. Muchos macedonios aprobaron este gesto de virtud antigua. le habían puesto una túnica negra. Su padre no lo había desdeñado por completo. antes del tamborileo en la cabeza y la terrible luz blanca. Antípatro había gobernado por un monarca ausente. pero él no sabía qué quería decir. Él también tenía el pelo corto y le brillaba al sol. Sus hijos habían usado el lugar para cacerías. Casandro. Filipo preguntó: –¿Qué quiso decir sobre Alejandro? –Olvídalo. Puede ser importante. que resoplaban y coceaban abajo. las noches de otoño eran crudas en las colinas. un cargo al que Alejandro le había dado mucho prestigio. le había arrebatado una antorcha a alguien y había encendido las ramas. Horrorizado. Habló con la reina. Después que se fue. luego. Las bruñidas puertas de mármol se cerraron sobre la tumba de Antípatro. Había pronunciado un discurso muy largo sobre lo que el rey había hecho por los macedonios. adusto y muerto. A muchas personas no les gusta mirar una pira funeraria. Había vivido en Pela y un mayordomo le administraba las tierras. Iré a nuestra finca campestre. a causa de una fiebre cuartana contraída en los pantanos de Babilonia. Durante mucho tiempo se despertaba gritando por la noche. presentó sus respetos a Filipo y Eurídice. Otros dijeron que Poliperconte era incapaz de tomar decisiones y quería evitar demasiada responsabilidad. Poliperconte manifestó que no deseaba poderes arbitrarios. Alejandro estaba allí. era la barba del cadáver ennegreciéndose y apestando en las llamas. estaba sentado junto a su hermano Nicanor. Sin embargo. ¿Se contentaría con él? Todos le miraban la cara rubicunda e impasible mientras entraba y salía de Pela y mascullaban que nunca había sido hombre de conformarse con poco. –A Eurídice le dijo–: Como sin duda sabes. tendido sobre un lecho de leños y ramas. Iolas había muerto poco después de regresar del Asia. eres sin duda el hijo de tu padre. corriendo por los bordes del lienzo bordado. En la habitación superior del tosco edificio el fuego ardía en un hogar redondo. Le alegraba que no le hicieran preguntas. rugiendo y crepitando. Nunca había visto un muerto. de pronto. lugarteniente de Poliperconte. después de sepultar al padre asumió serenamente sus funciones durante el mes de luto. Ahora deseo organizar una partida de caza con viejos amigos para olvidar los asuntos públicos. vestidos de cuero y lana. Eurídice le deseó buena suerte y él notó su mirada inquisitiva. Y allí estaba su temible padre. luego atravesándolo.

disculpándose–. Mientras él se extiende por Asia. al anochecer de un día de niebla y lluvia. Yo estoy cazando. Era culto. –Repitió el gesto. color arena. Alejarco. con la ayuda de Conon. flaco. Por eso te pedí que la vigilaras mientras no estoy. no nieta.. Atea. Eso es evidente. Le causó bastantes problemas a nuestro padre y a Pérdicas. cuatro llaman la atención. Casandro y Nicanor se quedaron junto al fuego. poco después el grupo se fue a acostar en el extremo de la gran habitación. –¿Y Filipo? Casandro hizo un gesto significativo. en Anfípolis. No le revelé nada. El cuarto hermano. Pero ella es la esposa del rey y se propone reinar de veras. sabe que el Asia le ocupará todo el tiempo. –Por eso es porfiable. Tened cuidado en Anfípolis. –Ajá –dijo Casandro reflexivamente–. desde luego. Estarás seguro si nadie repara en ti. uno siempre pescaba piojos durante una cacería. Él quiere más de lo que tiene. –Conseguid caballos frescos en Abdera.. Luego aprenderá a comportarse. Cuando Antígono lea la carta. Pero cuando esté hecho. supongo que no. Habían pasado el día en el bosque cazando jabalíes. para librarse del hijo de la mujer bárbara. y estaba dedicado ante todo a inventar un nuevo idioma para un estado utópico que había visto en visiones. Dos hombres pasan inadvertidos. bien. ¿podéis empezar mañana temprano? –Sí –respondieron los dos hombres. El viejo Filipo lo habría hecho con toda naturalidad. un soldado capaz que respetaba las lealtades y odios familiares y no miraba más allá. Desde Babilonia. Enos. Con su linaje. he sabido que había llegado mi turno. De no estar ella Filipo no sería nada. Medio mes más tarde. no había sido invitado. Podemos empezar a movernos. si es necesario. Mantened un día de diferencia entre vosotros durante el viaje. Derdas. no se dedicará a la aguja y la rueca. Tomó uno y lo arrojó al fuego. no os acerquéis a la guarnición. –Sí. De lo contrario. –Estás muy seguro –dijo Nicanor con aprensión. se alegrará de que Poliperconte esté atareado en Grecia. Nicanor era un hombre alto. –Sí. un poco chiflado. Eurídice primero. –Muy bien. –Sí. dile todo lo que desee saber. para guardar las apariencias. –Casi he terminado de guardarlas –dijo Filipo. no podía confiarse en su discreción. Filipo.. que estaba encerando el cuero de la coraza. si supiera qué hacer. Simas y Antífono pueden empezar al día siguiente. quien se inclinó formalmente tras haber saludado al rey. –¿Estás seguro de que Antígono es de fiar? –dijo–. es obvio. Cuando sea rey podré casarme con ambas. –¿Estás seguro de la muchacha? Sería tan peligrosa como Antígono. Apenas esperó a que lo anunciaran. Sin duda se casará conmigo.Mary Renault Juegos funerarios resistencia.. Nicanor se encogió de hombros. Es hija de Filipo. –Oh. –No sé –dijo Nicanor pensativo– si ella accedería. alguien podría reconoceros. Nicanor enarcó las cejas pálidas. Poliperconte es un imbécil. –¿Y el mensaje para Antígono? –dijo Derdas. Ella se pondrá de nuestro lado. no está en ella. Eurídice. Era un paraíso 112 . Al margen de su inutilidad. –Te daré una carta.. detrás de una cortina de cuero. pero la sangre viene sólo por el lado paterno. –¿Y qué dices de Tesalónica? Creí que te habías decidido por ella. –Hace tres días que estamos aquí y nadie ha venido a espiarnos –dijo Casandro–. Poliperconte llegó al palacio exigiendo ver al rey con urgencia. aún estaba guardando las piedras que había apilado todo el día. tal vez me convenga casarme con ella. Miró con rencor a Poliperconte. él se queda tranquilo. Me cederá Macedonia. Nicanor se rascó la cabeza. tampoco tuvo tiempo para ocultarla. las voces suaves ahogadas por los ruidos del establo.

–Lo lamento. para saber qué actitud adoptaría el nuevo régimen hacia sus estados. Él la haría reina. cuyo respaldo al hijo sería incondicional. Ahora podemos creer que estamos en guerra. cuyos líderes oligarcas tenían que ser adictos a los macedonios. Todos sus derechos ciudadanos serían defendidos. Poliperconte. a cambio de su lealtad a los reyes. depondría al hijo de la mujer bárbara. Ahora. –Señor. –Con los macedonios. Como sus partidarios se habían enriquecido a costa de los muchos exilios. entonces. –Se marchó. –¡Espera! –dijo ella. señora. podrían restaurar las constituciones democráticas. Ellos votaron para obedecer a su padre. Filipo. pero Antípatro los aplastó. había sido para ofrecerle una alianza. Cállate ahora. debo solicitar tu presencia mañana. quien lo había juzgado incapaz de gobernarlos. jamás sancionadas por Alejandro. Les dije que debía de haberlo robado en la cocina. –Entró un perro –dijo Filipo en cuanto se fue su mentor–. un macedonio de la vieja tradición. Las ciudades. –Sí. No es la costumbre de los macedonios. –¿Qué asienta a qué? –dijo bruscamente Eurídice. había pensado que esa mujer era peligrosa y no convenía provocarla sin razón. Cuando Alejandro murió. Señor. Los líderes democráticos habían sido exiliados y el voto había sido restringido a los propietarios. debo pensar. Desde los últimos años del reinado de Filipo y durante todo el reinado de Alejandro. sus herederos. –Saludó a ambos. –¿Por qué –preguntó Filipo quejosamente– caminas de aquí para allá? 113 . Cuando la había visitado Casandro. El consejo de estado estudió el peligro y lo consideró serio. En Grecia se habían hecho muchas cosas. Como Nicanor. había tenido tiempo para pensar. –Eso –dijo sombríamente Poliperconte– es lo que nos quiso hacer creer. Poliperconte irguió la barba entrecana. te ruego estés listo al amanecer. Filipo lo miró con horror. expulsar a los oligarcas o ejecutarlos si lo deseaban. Mientras el consejo deliberaba. Si él ganaba esta guerra. –Señora. ordenó que los exiliados volvieran y se les reintegraran las tierras. se produjeron reacciones violentas cuando Alejandro. sobresaltada–. No quiero decir discursos. –No diré un discurso. los estados griegos habían sido gobernados como lo ordenaba Macedonia. los griegos se habían rebelado. Ella escuchó sin hacer muchos comentarios. decía la proclama. pero al menos no estaba dispuesto a aguantar la insolencia de una mujer. explicó puntillosamente estas decisiones a Eurídice. Estaba furioso consigo mismo por no haber hecho vigilar a Casandro. en un consejo de estado. Sólo asiente cuando el resto haya votado. Tenía entendido que estaba cazando en su finca. al volver de las campañas. –Quiero asistir al consejo. pondría a Filipo y Eurídice en el trono. ¿Con quién está en guerra Casandro? Él se volvió en el umbral. aún eran gobernadas por los partidarios de Antípatro. Luego marcharía sobre Grecia. Él le había hablado como a una igual. señor. los enviados griegos esperaban en Pela desde el funeral. asumiría la custodia. Se los llamó con urgencia y se les entregó una proclama real. pensó que era una lástima que Amintas hubiera vivido el tiempo suficiente para engendrar a esa hembra entrometida. en su lugar había ido Casandro. Alejandro estaba muy lejos y Antípatro había tenido carta blanca. disponiéndose a partir.Mary Renault Juegos funerarios persa. Era obvio que Casandro sólo permanecería en Asia para conseguir las fuerzas que necesitaba. Te deseo buenas noches. –¿Qué? –dijo ella. por lo tanto. No se había equivocado. –No es necesario. con la buena voluntad de los reyes. Mientras Poliperconte escoltaba a Filipo al salir de la cámara del consejo. Tenía un hueso grande. tenemos noticias de que Casandro ha pasado al Asia y de que Antígono lo ha recibido. Entretanto. Había ordenado al regente que se presentara en Babilonia. Vendré para escoltarte. furiosa–.

«Si fuera hombre. ella no podía. la ensuciarás. Paseándose por ella. a fin de cuentas. 114 . Las piedras ennegrecidas emanaban el perfume del incienso viejo. en todas las ciudades había mujeres que por un dracma aceptaban cosas peores. Príamo yacía en un charco de sangre. el aroma de antiguas fogatas. pues se acercaba el invierno. ¿Quién los sucedería? ¿Quién era más apto que el nieto de Filipo y Pérdicas para continuar con su linaje? Para ello. pues se proponía regresar. Cuando fuera eliminado. La gente decía que allí se habían obrado muchos hechizos. Un par de ellos aún estaban donde los había dejado. pensó. Él le había ofrecido su amistad. Agamenón se llevaba a Casandra del santuario. Por un momento pensó con aprensión en enseñar a Filipo. por primera vez. Las gastadas piedras del hogar despedían perfumes rancios. Andrómaca abrazaba a su hijo muerto. A Eurídice le parecía terrible y la intimidaba. ordenada por Arquelao cuando construyó el palacio. Sólo el hijo de la mujer bárbara podría engendrar una nueva generación. corría el riesgo de dar a luz un idiota. Además.Mary Renault rey. Filipo y ella reinarían solos. Pero el olor de la vieja mirra de las piedras era como el humo del pensamiento oculto. podría casarse dos veces si quisiera. Si fuera rey. pensó qué ocurriría después. Pero no.. en el altar doméstico. estuvo a punto de comprender. Durante muchos años había sido la habitación de la reina Olimpia. sepultado bajo los rescoldos humeantes. Para la última ocupante de esa habitación habría sido una cuestión simple. Conon. tendría que resignarse al alumbramiento. obra de Zeuxis. ¿estás ahí? Por favor. Evocó vívidamente la poderosa presencia de Casandro. Todo el fondo eran luchas. al recordar aquel momento de silenciosa complicidad. una cuestión de medios y maneras. Juegos funerarios –Debes cambiarte esa túnica. y se negaba a ello. y tenían manchas extrañas.. Por un instante. sí o no. el caballo de madera se levantaba sobre las torres. Lo que Eurídice sabía era que en la habitación se seguía sintiendo su presencia.». en primer plano. los reyes lo habían hecho a menudo. esperando el momento. meditó sobre su tácito trato con Casandro y. pero estaba Filipo de por medio. Sólo se dijo que debía ser capaz de depender de Casandro y que era inútil por el momento tratar de ir más allá. llamas y sangre. Ver con claridad significaba elegir. Era una pieza antigua. ayuda al Se paseó por la habitación de ventanas labradas. Había una gran pared pintada con un mural en tamaño natural del saqueo de Troya. En la hoguera ardía un brillante fuego de madera de manzano. La reina guardaba sus serpientes sagradas en un canasto junto al hogar y sus amuletos en escondrijos.

eran hombres de la falange. ¿Debo confiar mi persona y la de mi nieto a hombres que declaran. Había estado a punto de rehusar. eran individuos recios y malvados de quienes Alejandro prefería estar lejos. Sólo quedas tú. y estaban preparados para marchar de nuevo. Habían sido jóvenes en tiempos de Filipo. el regente. tendría que conseguirlo por la fuerza. pues pronto Eumenes tuvo noticias de Poliperconte. jamás la había enfrentado sin un estremecimiento en el corazón. y el más capaz de rescatar nuestra casa que parece condenada. Lo mismo daba. uno tras otro. durante las ausencias de Filipo. ¿Es mejor que ella venga aquí. cada cual defendía sus propios intereses y Antígono quería un aliado. Estaba acampado con ellos y gozaban de comodidades robadas. Desde su tienda en la apacible costa de Cilicia. Pero después del sitio. el más leal de mis amigos. en el momento de jurar. Te ruego nos ayudes. grano en abundancia y poco más que eso. todavía en servicio a causa de la muerte de Crátero y de su propia y tenaz resistencia. duros como los clavos de sus botas. A Antígono y a los reyes. Había exigido un juramento de fidelidad antes de levantar el sitio. pero la había adorado. declarando lealtad a Olimpia y a los reyes. una generación más joven y griego. mientras reagrupaba sus fuerzas dispersas. Durante muchas peleas domésticas Filipo había hecho lo mismo. expertos en el uso de la sarisa. debía tomar el tesoro provincial de Cilicia y el mando de su regimiento local. Se los había legado su padre Filipo. o debo reclutar tropas para ir a Macedonia? La carta lo había conmovido profundamente. No la había deseado más de lo que uno desea un espléndido relampagueo sobre el mar. con júbilo salvaje. en medio del crudo viento de la montaña. para que cocearan y sudaran. recibió una carta traída por tierra y mar desde Epiro. había mantenido las bestias en movimiento haciéndolas alzar por los cuartos delanteros en cabestros y ordenando que los mozos les gritaran y pegaran. dijo el enviado. que la odiaba. ganadas mediante todas las artimañas conocidas por gente que. Antígono mandó un enviado para ofrecerle condiciones. todos ellos combatientes escogidos. Para el joven griego. Hasta contra Alejandro se habían amotinado. ella a menudo le había hecho confidencias. pero como Antígono no renunciaría. El regente había muerto. le había costado impedir que siguieran comiéndose los caballos. tenía que tomar el mando. El enviado lo había pasado por alto. había enviado a Eumenes con mensajes para ella. Las encías de los hombres habían empezado a pudrirse por falta de verduras. en parte para quitarla de en medio. una Ariadna báquica a la espera del abrazo de un Dionisos que no llegaba nunca. para pelear contra el traidor Casandro. Un manantial de agua transparente. nunca habían sido vencidos. cuando deberían estar viviendo con su botín y las dádivas de Alejandro en las granjas de su patria. y a veces con gracia majestuosa. ella tenía las características de un mito arcaico. que le daba en nombre de los reyes el cargo de Antígono. con furia enardecida. Eumenes. Eumenes.C. Él era un joven 115 . Envíame noticias tuyas. una vez que Poliperconte se marche de Macedonia. Casi había decidido sacrificarlos cuando. Aún era joven cuando conoció a Olimpia y también ella. En realidad. donde Antígono lo había arrinconado todo el invierno. Ninguno tenía menos de sesenta años. Te ruego que no me falles. con el niño. en parte para humillarla con un emisario de menor rango. su arrogancia era proverbial. Ahora. en muchos casos. la mayoría había pasado los setenta.Mary Renault Juegos funerarios 318 a. A Antígono no le había gustado. ser sus tutores y luego son sorprendidos intentando despojarlo de su herencia? Su madre Roxana me ha comunicado que teme por su vida. Entretanto. muchos eran más viejos de lo que habría sido él si aún viviera. La llanura tibia y fértil era un paraíso después del hacinado fuerte del Tauros. Eumenes lo había cambiado. Aun cuando sabía bien que estaba equivocada y que tenía que decírselo. Eumenes miraba las colinas distantes de Chipre más allá del mar. Era de Olimpia. había batallado durante cincuenta años. A menudo. los Escudos de Plata. Ninguno de ellos había servido durante menos de cuarenta. estaban aquí aún. de golpe. de los cuales aún podían depender sus vidas. La había visto llorar. pero cuando se enteró ya todos habían salido.

–Si alguna vez los dioses inspiraron a un hombre un sueño con visos de realidad es el que me han inspirado a mí al cantar el gallo. Pero cuando empezó. Alejandro había dicho: «¡Cielos. tirias. –Toca –dijo– para que se reúnan los oficiales. desperté. jamás la vería vieja. con la Guardia Real a su alrededor. sentados en grupos. Teutamos. Todos sabían lo que el azar puede hacerle a un hombre en la guerra. guerreros astutos y empeñosos. Era Alejandro. evocando los días en que ni él ni ellos eran desechos a la deriva en la historia sino que modelaban su cauce con orgullo. en la hierba. bactrianas. Mujeres lidias.Mary Renault Juegos funerarios atractivo. de los engendrados a lo largo del camino–parloteaban alrededor de las fogatas. Llevaba su túnica blanca con bordes purpúreos y una diadema de oro. dijo. esperando sus palabras. sin ostentación. medas. Cuando los ancianos correosos. mientras sus mujeres les preparaban el desayuno. La había dejado cuando aún era hermosa. ¿Se presentarían sin rencor? Del orgullo herido. 116 . y. había gozado de su admiración. continuando su riña con el regente. No conocía la moderación más que una hembra de leopardo. La mente se le había templado en años de supervivencia precaria. se hizo un silencio total. Recordó que una vez. pensó. al recibir una carta. despojos de sus largos vagabundeos. Los niños resultantes –un tercio. Me llamaron por el nombre. tomándose su tiempo. El día aún era joven. viene la traición. morenos. Eumenes veía las tiendas de los dos comandantes. partas. Se levantó de la silla que había quedado para él y los interpeló de pie. dijo. se acercaron. apenas había oído hablar de Eurídice. Pero lo había dicho un poco en broma. «Estoy celebrando un consejo de estado». Se afeitó. Antígenes y Teutamos. y también vosotros. Suspiró fatigosamente. Eumenes sabía una cosa: por ninguna razón debía ella ir a Macedonia. Pronto Antígono estaría tras él –era obvio que se proponía crear su propio reino de Asia– y debía ponerse en movimiento con sus tropas nativas y los veteranos Escudos de Plata. Las manos nudosas de Teutamos acariciaron los brazos de pino como si tocaran un talismán. Se irguieron en las sillas. Cuando se levantara el campamento. en esa misma silla que ocupas tú. «¡Eumenes!». castaños y rubios. cuidándose de la ira de los padres. seguida por el largo sitio del invierno. él también la había amado pese a todo. Sabía que Olimpia había acuciado a Alejandro en toda Asia. y llamó al heraldo. Se inclinó hacia adelante para hablarnos. aunque jamás había podido convertirlo a su causa ni minar su fidelidad a Filipo. con unas pocas viejas macedonias que habían venido con ellos desde la patria y de algún modo habían sobrevivido. Desde la boda de Sardis. ¿Quién podía saber qué fantasías atormentaban a la bactriana? Durante su larga campaña. Los viejos soldados eran tan supersticiosos como marineros. con los otros generales. había recibido pocas noticias de Europa. Un sueño más real que la vigilia. las mujeres cargarían las carretas con los despojos de todo el mundo y continuarían la marcha. con edad suficiente para ser sus padres. me cobra un alto alquiler por los nueve meses de alojamiento que me concedió!». se vistió pulcramente. como Eumenes. Estaba allí en su trono. un mes allí le sobraría para destruir su causa. como él bien sabía. He recibido un presagio. Eumenes le habría escrito exhortándola a quedarse en Epiro hasta que la guerra hubiera concluido. En la lomada próxima. esos hombres cuya edad sobrepasaba el medio siglo. tal vez. con o sin ejército. la tienda que le tomó a Darío. debían recordarlo. os he reunido para daros noticias graves. –Como si hubiera estado vivo le supliqué me perdonara por dormir en su presencia. la luz del sol tierna y fresca sobre Chipre. Estaba en mi tienda. Ordenó a los esclavos que distribuyeran los taburetes y sillas de campaña al azar. Como había previsto. Desde la tienda podía verlos ahora. –Caballeros. Reconocí la voz. No hizo referencia a Roxana ni a sus temores. ahora dio uno de esos brincos que lo habían salvado en situaciones más serias que ésta. «¿Estáis todos aquí?» Y miró en derredor. indias. hablando su lengua franca. él les indicó afablemente que se sentaran. entretanto podía contar con su fidelidad a ella y al hijo de Alejandro. Debía convocarlos a un consejo de guerra. sin precedencias. Incluso esos viejos pecadores. Entonces pareció que la tienda no era la mía sino la suya.

ilumínanos». habéis guardado fielmente para él. –Esperó a que le hicieran preguntas. diciendo: «Divino Alejandro. ante el trono vacío. Por lo tanto. Incluso se encontró púrpura para teñir un toldo. cuyas dotes adivinatorias se habían manifestado ante ellos. Entonces conferenciaremos ante él. si Alejandro se le había aparecido sólo a él. pero no con desconfianza sino con curiosidad. creyeron poder convertirse en lo que habían sido. cabalgando delante de las líneas antes de una acción. Había dado resultado. Pidamos artesanos para hacerle un trono de oro. Está preocupado por nosotros. Por unos instantes. no planeaba robar el tesoro. La tienda. del himno. No importaba que casi ninguno de ellos hubiera visto a Alejandro en el trono. la cabeza descubierta. Y a Alejandro le gustaba que sus órdenes se cumplieran. El brillo del oro. Aquí tenemos el oro de Coyinda que vosotros. se reunieron en la tienda para discutir la campaña. nos guiará en las decisiones. un cetro y una diadema. caballeros. No les importaba que el orfebre local no fuera muy habilidoso. de los incensarios y los vítores. a fin de cuentas él lo había conocido bien. Si apelamos a él. Había actuado y hablado como un hombre que recuerda un portento. no siguió adelante. el trono y los emblemas estuvieron listos en una semana. Todos respetaban a Eumenes.Mary Renault Juegos funerarios Experto en el arte de la retórica. Dediquémosle una tienda y pongamos las insignias en el trono y ofrezcamos incienso a su espíritu. pero apenas se oía un murmullo–. –Creo –dijo– que adiviné el deseo de Alejandro. recordándoles sus victorias pasadas y diciéndoles cómo ganar otra. convirtiéndolo en nuestro comandante supremo. la guerra y la fatiga de trece años) de un carro dorado avanzando triunfalmente por las calles de Babilonia sembradas de flores. Todos se miraban. Quiere estar presente en nuestros consejos. el humo del incienso. cada cual ofreció una pizca de incienso en el pequeño altar. 117 . Aparentemente no se estaba poniendo por encima de ellos. Las caras astutas y marcadas lo escrutaron. Lo recordaban con la vieja coraza de cuero y las grebas bruñidas. no lo recibamos mezquinamente. evocaban el recuerdo (sepultado por la intemperie. Antes de sentarse. Cuando fue el momento de marchar hacia Fenicia. de las trompetas.

Mientras los atenienses discutían aún el decreto real y el ofrecimiento de sus antiguas libertades.Mary Renault Juegos funerarios 317 a. aunque le fastidiaba que para Filipo Conon fuera más necesario que ella.C. –No. –Considerando su tierna edad y su necesidad de la madre –dijo Poliperconte–. Daban a un viejo huerto donde le gustaba jugar ahora que los días eran más cálidos. y todos esperarán que vaya. –¿De modo que Filipo irá contigo? –dijo Roxana. con la misma formalidad.. no expondré al rey a las durezas de la marcha. –¿Pero puedo llevar a Conon? –dijo Filipo ansioso.. al recibir esta noticia. Ella abrió desmesuradamente los ojos negros. Eran suficientemente elegantes para satisfacer a Roxana y su hijo no se quejaba de ellos. –Poliperconte no miró a Eurídice. –Señor. A punto de protestar. preguntó por la salud de ambos. –Entonces –exclamó–. Eurídice se quedará en Pela. Esperaba la tormenta. –¿Macedonia? ¿Aquí. con la flota y el ejército que le había dado Antígono. Tragó su furia ante el desprecio y guardó silencio. estaba resuelta a que su presencia se reconociera. No entendía de qué se trataba la guerra. Eurídice. Filipo asintió alegremente.. –Desde luego. con el guardián lejos en la guerra. Poliperconte. El sol de primavera entibiaba las colinas. él mismo se preparó para partir. Había estado en campaña casi la mitad de su vida y le parecía muy natural. Es un hombre. en esta casa. desde luego. cruzó el Egeo y desembarcó en El Pireo. La campaña se detuvo. Ahora que se enteraba de que había sido relegada a los aposentos de las mujeres se había enfurecido tanto como esperaba Poliperconte. Hay que acabar con el traidor Casandro. su nombre aparecerá por supuesto junto al del rey Filipo. Los cerezos ya estaban en flor y la hierba olía a violetas ocultas. Primero llenaba. ¿Cómo podría influir en los acontecimientos si marchaba con el ejército y era observada a cada paso? En cambio aquí. –Sí. La tierra se abrió a la guerra. La guerra no es cosa de mujeres. Yo hablaré con tu esclavo acerca de tus caballos. –¿Entonces su esposa irá con él para cuidarlo? –dijo ella con voz más cortante. como si también estuviera presente. Antes que su padre muriera. señor. Pero Eurídice no dijo nada. Después de todo lo que había hecho por él. he venido a decirte que pronto marcharemos juntos al sur. Partiremos en siete días. –Montaré a Cascos Blancos –dijo–.. Por favor di a tu gente que se prepare. fue al palacio a ver al rey Filipo. el puerto de Atenas. Cuando empezó la movilización. ésta es una campaña. irritado–. ahora no estamos en los desiertos de Asia. Hubo una pausa. –Señora –dijo él. Los caminos lodosos y escarchados volvían a consolidarse. Poliperconte se trasladó al otro extremo del palacio. escuchó a Filipo contándole la riña de gallos adonde Conon lo había llevado. había enviado a uno de sus hombres para que se hiciera cargo de la guarnición macedonia del fuerte. pero Alejandro rara vez se lo había dicho. descubrieron que la guarnición había ocupado el puerto y Casandro había entrado sin resistencia. Había ansiado escapar del tedio del palacio a la libertad del campamento. ¿en qué caballo irás? Poliperconte se aclaró la garganta. Allí estaban los aposentos adonde se había mudado Filipo padre cuando dejó de compartir la alcoba con Olimpia. En cualquier tratado que firme o edicto que decrete. Eurídice lo recibió con las ofrendas de hospitalidad formal. La reina 118 . Poliperconte. derritiendo las nieves. recordó el tácito mensaje de Casandro. y luego dijo: –Señor. quién nos protegerá de esa loba? Sólo esperará a que te vayas para asesinarnos. envió tropas de avanzada al mando de su hijo Alejandro. Jamás se le había ocurrido que podían dejarla. señora. ¿quién nos protegerá a mi hijo y a mí? ¿Qué querría decir esa mujer imbécil? Él frunció las cejas irritado y respondió que Macedonia quedaría bien protegida. Casandro. luego evaporaba los arroyos.

Fijaba los ojos en un penacho de humo en la cresta de la colina más cercana. Cuando terminó el mes y dejó el velo. quien les hizo jurar que callarían. tenía el pelo blanco. mostrándose descaradamente al mundo como una ramera en busca de trabajo. un espectáculo demasiado familiar. Los tiempos eran dudosos y el futuro de Cebes también. Miró distraída el grandioso frente del palacio con su tímpano pintado y sus columnas de mármol de color. rescatando a la mujer que Alejandro había amado y a su único hijo. poco antes del amanecer. Con el amuleto había una carta con el sello real de Epiro. Se marchó. Olimpia había aceptado su edad. Durante el mes de luto por Alejandro se había lavado la pintura de la cara y se había cubierto el pelo con un velo negro. Con las demoras que provocaron las guerras. Cuando sintió el vacío de la pérdida de Alejandro anheló tocar ese último vestigio vivo de él. A los sesenta años era más delgada que esbelta. Eurídice observaba cómo las tropas se agrupaban en la plaza de armas donde Filipo y Alejandro habían adiestrado a sus hombres y vio la larga columna desplazándose lentamente por la orilla de la laguna. Los tejados de Molosia no permitían azoteas de observación. estaban en el camino montañoso que iba a Dodona. La casa real tenía tejado empinado para que resbalaran las nieves invernales. pero el niño no había nacido. estaba la varonil esposa de Filipo.Mary Renault Juegos funerarios Eurídice es macedonia y obedecerá la ley. ¿Qué miraba con tanta atención? Roxana oyó el parloteo de su hijito. Allá en un balcón. No se atrevería a tocar al hijo de Alejandro. miró los horizontes de la tierra que aún se proponía gobernar. Cebes resultó fácil de persuadir. pensando que la guerra parecía una fiesta comparada con las rencillas de las mujeres. tal vez ella también necesitara protección. Desde el balcón de la gran alcoba. Había esperado mucho ese día. Habían pasado once años desde que su belleza hiriera a Alejandro como una flecha fulmínea. Dos días más tarde. Había apostado vigías en tres elevaciones hacia el este. En la ancha escalinata el pedagogo Cebes bajó con el niño Alejandro. casi todas las ciudades griegas estaban en guerra civil o al borde de ella. para que anunciaran la llegada de su nuera y nieto. Roxana la releyó y supo lo que debía hacer. que no debía reinar. ¡Sí. La inminente campaña prometía toda clase de confusión e incertidumbre. El pueblo exigiría su sangre. Ese pensamiento lo distrajo de sus preocupaciones. donde Cinane le había enseñado a guerrear. Mientras la caravana de carretas empezaba a seguir a los soldados. Desde el nuevo decreto. pero se había cuidado y su leyenda aún resplandecía en sus facciones. Mandó buscar al capitán de la guardia de palacio y le ordenó que les saliera al encuentro con una escolta. arrastrando un caballito de madera por la brida escarlata. ¿Cómo encararía Casandro ese asunto? Frunció el ceño. En las colinas cercanas estaba la casa de su padre. su ansiedad se 119 . Detrás de sus cortinas Roxana se hartó de mirar carretas. no tenía más remedio que esperar. cuando fuera reina. Miró hacia otro lado. La conservaría como refugio de caza. Se había ablandado ante Roxana. lo miraba a él! Roxana se apresuró a hacer una señal contra el mal de ojo y corrió a su arcón. Tenía la piel frágil como pétalos marchitos y los huesos se le destacaban más con la falta de color. quien encontró un mensajero que se adelantara para anunciar su llegada. Bajo las cejas blancas los ojos grises aún podían palidecer peligrosamente. como su finca privada. Una semana más tarde el ejército se puso en marcha. ¿Dónde estaba el amuleto de plata que le había dado su madre contra la malicia de las rivales del harén? El niño debía usarlo. Fue él quien eligió a los portadores de la litera y a los cuatro guardias armados. Olimpia estaba en la ventana de la alcoba del rey a la cual se había trasladado cuando se marchó su hija. dirigiéndose al camino costero del sur. La idea de Roxana de que él debía complicarse aún más la vida llevándose a esa muchacha testaruda era para hacer reír a cualquiera. quien compró las mulas. El hijo de la mujer bárbara. El joven pensó que también podía entrar en la leyenda. No le costaba creer que el hijo de Alejandro corriera otro peligro además de la mala crianza de la madre.

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aplacó y volvieron las viejas dudas. La madre era una mujer bárbara, una esposa de campaña, a cuyo hijo Alejandro pensaba ignorar –así se lo había dicho en una carta secreta– si la hija del gran rey hubiera tenido un varón. ¿Quedaría algo de él en esa extraña? Cuando el niño llegó a Macedonia, su rencilla con Antípatro sólo le había dejado dos caminos para volver allí: la sumisión o la guerra. La primera era impensable; de la segunda la había disuadido Eumenes, en quien sabía que podía confiar. Luego Roxana le escribió suplicándole asilo y ella le respondió afirmativamente. Al día siguiente llegó el cortejo; los recios soldados moloseos con sus caballos hirsutos, dos doncellas desaliñadas montando torpes asnos, una litera cubierta arrastrada por mulas. Olimpia fijó los ojos en la litera y al principio no vio al joven que llevaba a un niño de seis años sobre el caballo. El joven lo bajó y le habló en voz baja, señalándole algo. Resueltamente, con paso de niño crecido, él subió la escalinata, saludó militarmente y dijo: –Larga vida, abuela. Yo soy Alejandro. Ella lo tomó entre sus manos mientras los presentes hacían gestos de respeto y le besó la frente sucia por el viaje. Lo miró de nuevo. Cebes había alcanzado su meta. El hijo de Alejandro ya no era el niño consentido del harén. Olimpia vio a un bello niño persa de huesos delgados y ojos oscuros. Llevaba el pelo cortado como Alejandro, pero era lacio, espeso y renegrido. Tenía cejas oscuras y pestañas pobladas y pardoazuladas; y aunque nada en él era macedonio, se veía a Alejandro en su mirada franca y penetrante. Era demasiado y tardó unos instantes en sobreponerse. Luego le tomó la mano pálida y delgada. –Bienvenido, niño. Vamos, tráeme a tu madre. Las carreteras de Pela a Grecia habían sido apisonadas desde tiempos de Filipo para que los ejércitos avanzaran rápidamente. Las del oeste eran escabrosas. Por lo tanto, pese a la diferencia en distancia, Poliperconte, en el Peloponeso, y Olimpia, en Dodona, recibieron casi al mismo tiempo la noticia de que Eurídice había asumido la regencia. Más aún, Poliperconte recibió una orden firmada por ella indicándole que entregara a Casandro las fuerzas macedonias del sur. Atónito por un instante, el viejo soldado conservó la compostura, ofreció vino al emisario sin revelar el mensaje y pidió noticias. Parecía que la reina había reunido a la asamblea y había hablado ante ella demostrando mucha energía. La mujer bárbara, dijo, acababa de huir con su hijo, temiendo la ira de los macedonios; haría bien en no regresar. Todos los que habían conocido a Alejandro podían atestiguar que el niño no se le parecía. Había muerto antes del nacimiento, no había reconocido al bebé; no había pruebas de que él fuera el padre. Mientras que ella era de sangre real macedonia por ambas partes. Por un tiempo la asamblea había dudado. Pero Nicanor, el hermano de Casandro, la había respaldado y todo el clan le había dado su acuerdo. Así había ganado los votos. Estaba concediendo audiencias, recibiendo a emisarios y solicitantes, y gobernando como reina en todo sentido. Poliperconte le dio las gracias, lo recompensó y lo despidió, maldijo para desquitarse y se sentó a pensar. Decidió rápidamente cómo actuaría, y qué haría con Filipo. Se había forjado esperanzas con respecto a él, si podía alejarlo de la influencia de la esposa; pero pronto había desistido. Al principio, le pareció tan dócil que creyó poder presentarlo en un trono suntuoso ante una delegación de Atenas. En medio de un discurso se había reído de un tropo retórico que, como un niño, había tomado literalmente. Más tarde, cuando Poliperconte reprendió al orador, el rey empuñó su lanza ceremonial; si Poliperconte no hubiera forcejeado con él frente a todos, el hombre habría muerto traspasado. «Dijiste que él mentía», había protestado Filipo. La delegación había sido despedida con demasiada premura, causando un desastre político y la pérdida de algunas vidas. Ya estaba claro que Filipo sólo serviría para reservarle el trono al hijo de Alejandro, que ojalá creciera pronto. En cuanto a Eurídice, su reclamo era pura usurpación. Conon se presentó cuando lo hizo llamar y saludó con frialdad. Había irritado a

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Poliperconte después del incidente de la lanza y de varios otros, repitiéndole que él se lo había advertido. Ahora se libraría de ambos. –He resuelto –dijo– enviar al rey de vuelta a Macedonia. –Bien, señor. –El general notó que esa cara inexpresiva ocultaba el conocimiento de que la campaña había ido mal, de que había tenido que levantar el sitio de Megalópolis, de que Casandro aún tenía El Pireo y tal vez consiguiera Atenas, en cuyo caso las ciudades griegas se le unirían. Pero eso era irrelevante. –Te daré una escolta. Di a la reina que envío al rey de acuerdo con sus deseos. Es todo. –Bien, señor. Conon se marchó, aliviado. El se lo hubiera dicho a todos de antemano, si le hubieran preguntado. Ahora, pensaba, tendrían ocasión de vivir en paz. Eurídice estaba sentada en el estudio real, ante una mesa maciza con piedras incrustadas y patas de bronce dorado. El rey Arquelao, un siglo atrás, había diseñado este espléndido aposento cuando construyó el palacio para pasmar a los extranjeros con su magnificencia. Desde allí, cuando estaban en la patria, Filipo II había gobernado Macedonia y sus crecientes conquistas; Alejandro había gobernado toda Grecia. Desde que Alejandro había partido para gobernar el mundo desde una tienda de campaña, ningún rey se había sentado a la mesa bajo el mural de Apolo y las Musas pintado por Zeuxis. Antípatro, rígidamente correcto, había gobernado desde su propia casa. Ella había encontrado todo barrido, lustrado, escrupulosamente limpio... y vacío. Hacía diecisiete años que el lugar esperaba un ocupante. Desde que ella naciera. Ahora le pertenecía. Cuando llamó a la asamblea para reclamar la regencia, no le había revelado a Nicanor sus propósitos. Intuyó que él lo consideraría precipitado, pero sin duda la respaldaría para no perjudicar la causa del hermano. Ella le agradeció su apoyo, pero se negó a escuchar sus consejos. Se proponía gobernar sola. Mientras aguardaba noticias del sur, dedicó el tiempo a lo que más le gustaba: adiestrar al ejército. Cuando cabalgaba a lo largo de las filas o recibía el saludo de la falange sentía que al fin estaba cumpliendo con su verdadero destino. Había visto muchos ejercicios militares y hablado con muchos soldados; conocía todos los procedimientos. Ellos se divertían con ella. A fin de cuentas, pensaban, eran sólo una tropa de guarnición; si había acción los generales desde luego recobrarían el mando. Dando esto por sentado, actuaban para ella con indulgencia. La fama de Eurídice se estaba difundiendo: la reina guerrera de Macedonia. Un día acuñaría su propia moneda. Estaba harta de ver la ansiosa cara narigona de Alejandro con la piel de león. Que Heracles fuera reemplazado por Atenea, señora de las ciudadelas. Todos los días esperaba la noticia de que Poliperconte había entregado el mando a Casandro, tal como le había ordenado. Hasta entonces no había recibido noticias de ninguno de los dos. En cambio, sin ser anunciado, Filipo regresó a Pela. No traía despachos ni sabía adónde se dirigía su tutor. Estaba encantado de su regreso y no se cansaba de contar sus aventuras durante la campaña, aunque todo lo que sabía del derrumbe de Megalópolis era que la gente mala del fuerte había plantado lanzas para lastimar las patas de los elefantes. Si ella hubiera tenido paciencia para escuchar sus divagaciones habría aprendido algo valioso. Él había estado presente, por una cuestión de formalidad, en varios consejos de los cuales Conon quedó excluido. Pero ella estaba ocupada y le respondía sin mayor interés. Rara vez le preguntaba dónde había estado; Conon lo llevaba de aquí para allá y lo entretenía. Eurídice había dejado de dar órdenes en nombre de Filipo y usaba solamente el suyo. Hasta poco antes, todo había ido perfectamente. Ella comprendía las rencillas de Macedonia, casi todas presentadas personalmente por los litigantes. Pero de golpe un aluvión de problemas empezó a llegar del sur, incluso del Asia. Ella no había pensado que todos estos problemas habían estado en manos de Poliperconte, que los encaraba en nombre de Filipo. Pero Filipo estaba allí y Poliperconte, por buenas razones, ya no estaba cerca. Ella examinaba consternada peticiones de ciudades y provincias que jamás había

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oído nombrar, que pedían un juicio sobre reclamos territoriales; informes sobre funcionarios deshonestos, distantes; cartas largas e intrincadas de sacerdotes de templos fundados por Alejandro, que buscaban consejo sobre los rituales; informes de sátrapas del Asia sobre las amenazas de Antígono; apasionadas protestas de partidarios de los macedonios que vivían en ciudades griegas, exiliados o desposeídos a causa del nuevo decreto. A menudo le costaba leer el texto plagado de contracciones. Al examinar con impotente estupor esas pilas de documentos, pensaba involuntariamente que eso era una fracción de lo que Alejandro había manejado en un campamento militar, en los intervalos de su conquista de un imperio. El secretario principal, que conocía todos sus asuntos, se había ido al sur con Poliperconte, dejando en Pela un subordinado. Tendría que llamar a ese subalterno y tratar de ocultar su ignorancia. Agitó la campanilla de plata con la cual, mucho tiempo atrás, su abuelo había llamado a Eumenes. Esperó. ¿Dónde estaba ese hombre? Llamó de nuevo. Voces urgentes y murmurantes sonaron detrás de la puerta. Entró el secretario demudado, sin disculparse por la demora, sin preguntarle qué deseaba. Ella le vio el miedo en la cara, y el rencor de un hombre asustado por quien sabe que no puede hacer nada. –Señora, hay un ejército en la frontera oeste. Ella se irguió con ojos desorbitados. Las guerras de frontera eran antiguamente el campo donde se ejercitaban los reyes macedonios. Ya se veía a sí misma en armas, guiando la caballería. –¿Los ilirios? ¿Dónde han cruzado? –No, señora. Del sudoeste. De Epiro. ¿No quieres recibir al mensajero? Él dice que los guía Poliperconte. Se enderezó en la silla y el orgullo se sobrepuso al miedo. –Sí, lo recibiré. Hazlo entrar. Era un soldado ansioso y polvoriento de una guarnición de las colinas Oréstidas. Suplicó perdón. El caballo se había roto una pata y había tenido que montar una mula, una bestia inútil, todo lo que pudo conseguir. Así había perdido un día. Sorprendido de verla tan joven, le dio el despacho de su comandante. Poliperconte estaba en la frontera, anunciando mediante heraldos que había venido para restaurar en el trono al hijo de Alejandro. Estaba en la región de su clan y sus allegados. Muchos de ellos se le habían unido. En el fuerte, lamentablemente, había habido algunas deserciones y la plaza estaba muy desprotegida. Eurídice leyó entre líneas la intención de rendirse. Envió al hombre afuera y se quedó pensando. En el extremo del salón había una estatua de bronce, un Hermes, sosteniendo una lira. Se erguía sobre un pedestal de mármol verde, clásica figura del ático equilibrado; su gravedad resultaba severa para ojos acostumbrados a las exquisiteces modernas. La sutil melancolía del rostro la había incitado a preguntar a un viejo camarero de palacio quién era el joven. Un atleta, dijo el hombre, esculpido por Políclito el ateniense; había oído que fue durante el gran sitio en que los espartanos ganaron la guerra, y Atenas fue arrasada. Sin duda los agentes del rey Arquelao lo habían comprado por poco dinero después; entonces se conseguía por muy poco. El rostro de bronce la miró con ojos de lapislázuli oscuro incrustados en cristal blanco, entre pestañas de bronce. Parecían decir: «Escucho. Oigo los pasos del destino». Se puso de pie, enfrentándolo. –Tú perdiste. Pero yo ganaré. –Inmediatamente daría órdenes de reunir al ejército y prepararse para la marcha. Pero primero debía escribir a Casandro para pedirle ayuda. El viaje al sur era rápido. La carta llegó en tres días. Casandro acampaba ante una fortaleza de Arcadia que ofrecía tenaz resistencia. Una vez que la tomara, se proponía reducir a los espartanos, vestigios de un pasado agotado. Habían llegado al extremo de amurallar la ciudad, esa orgullosa ciudad abierta cuya única protección habían sido los escudos de los guerreros. Estaban acobardados y pronto los tendría en sus manos. Atenas había aceptado condiciones y le había permitido que designara un gobernador. El oficial que le había entregado El Pireo esperaba ese puesto, pero parecía

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había dicho que no quedaría bien ante los soldados. Eurídice cabalgaba al frente de la caballería con su armadura resplandeciente. sabía hacerse obedecer. serpeando por los pasos. Muchacha estúpida. su tierra detrás y sus jinetes a los costados. que alguna desgracia le había ocurrido al mensajero. De todos modos. Había hecho una mala adquisición y debía quitársela de encima pronto. Además. Su propósito era –una vez que se hubiera desembarazado de Filipo– gobernar primero como regente del muchacho. El aire punzante de las montañas la exaltaba. después de tantos años. Tenía sus Compañeros como correspondía a una reina de Macedonia. La decisión de Eurídice de designarlo comandante supremo. al son de las roncas flautas y los graves aulos. aunque un tanto precipitada. Ahora. desde su juventud. como de costumbre. el ejército real de Macedonia marchó entre las colonias del oeste hacia Epiro. pero Conon. El despacho de Eurídice sí lo sorprendió.Mary Renault Juegos funerarios demasiado ambicioso y Casandro lo había hecho asesinar en un oscuro callejón. como habría hecho cualquiera con dotes de estadista. Pronto. Así lo hizo. Pronto. debía visitar el Liceo. Los pastores de los peñascos advertían que llegaban los soldados y pedían a sus hermanos que los ayudaran a guardar los rebaños. Nadie enronquecería vitoreando a Casandro. sentía una amarga envidia por la magia de Alejandro. pensó. Era un viejo cansado. ella había sumido al país en una guerra de sucesión. Conon lo acompañaba como siempre. Sería conveniente escribirle de nuevo. él estaba actuando como lo habría deseado Casandro. Era obvio. pensó Casandro. en vez de ganar tiempo. viajando con un ejército. Allí había mucho que hacer. Antes de marchar había declarado que cuando se ganara la guerra las tierras de los traidores del oeste serían la recompensa de sus seguidores leales. los penachos de pelo de caballo. Estaba tranquilo y alegre. dijo Nicanor. Aún era el rey y las tropas querían verlo. veamos qué piensa de él la nueva era. casi no recordaba otra vida más que ésa. Siempre había sabido que ésta era su naturaleza y su destino. No era el momento adecuado para desplazar al hijo de Alejandro. cuando su vida seguía el ritmo de los viajes de Alejandro. como decía Nicanor. una fuerza alentadora por su solidez. relucían y brillaban en largas ondulaciones de color. Los yelmos bruñidos. ¡Ese gran trágico vanidoso!. irreflexiva. los anchos paisajes que veía desde las alturas se extendían como mundos por conquistar. a poca distancia. Filipo cabalgaba cerca de ella en su enorme caballo. Casandro se decidió. era un estratega competente y eso era todo. ¿No sabía nada de historia? Cualquiera de su familia hubiera tenido mejor memoria. encabezado por Nicanor. El tomillo y la salvia pisoteados emanaban su aroma. que se fuera a casa con la cola entre las piernas y se acurrucara en su perrera. como se deshace uno de un mal caballo. cabalgaba el clan de los Antipátridas. un perdedor. había ayudado a consolidar la fidelidad de muchos griegos vacilantes. En lo profundo de su ser. No era un cobarde. para comentarle los paisajes que veían. Casandro no había aparecido. Filipo aún extrañaba los días de exotismo y maravillas cambiantes. Él también hubiera querido estar con 123 . A poca distancia. Vagamente. El nuevo gobernador era un servidor inofensivo y obediente. los helechos llegaban a la cintura de las tropas. los zarzales teñían los pantanos de púrpura. ni le había escrito. La noticia de que Poliperconte estaba retirando sus fuerzas y dirigiéndose al norte no lo sorprendió demasiado. Incluso algunos que habían asesinado a sus oligarcas para restaurar la democracia estaban recapacitando. las tropas del Peloponeso estaban en constante movimiento y podían causar demoras. cuando se acercaran al enemigo. Se sentó a escribir una carta para su hermano Nicanor. Había llegado el verano. también él vestido para la guerra. Conon estaba sumido en sus pensamientos. cabalgar hacia la victoria como un rey. la guerra sólo le interesaba como un instrumento político. Pronto habría terminado con el sur. Con banderas y estandartes al viento. sus hombres harían aquello que se les pagaba por hacer. Filipo habría querido tenerlo al lado. nadie se enorgullecería de morir por él. los pendones brillantes de las sarisas. tendrían que dejarlo en un campamento seguro. Habría tiempo suficiente hasta que él creciera. Después todo sería más simple.

Desde que su joven amo Arrideo se había convertido en el rey Filipo. Pronto. lleno de bríos. llévalo de vuelta a la carreta. Hubiera sido mejor dejarlo en Pela. se le acercó. –Eurídice. había brotado un bosquecillo denso y oscuro. De golpe el joven Derdas. No le pegarían. sorprendida e irritada. pues muchos oficiales veteranos habían marchado con Poliperconte–. No habían vuelto. Filipo agachó la cabeza. Ninguno de ellos me dejó. Algo andaba mal. –¿Cómo te atreves? Si hubiera tiempo te haría azotar por insolencia. Había estado mirando la cara de su amo. pensó. Derdas. Tal vez los hayan capturado. Hubo un breve silencio. –Señora –dijo él–. su lugarteniente –recién promovido. esperando una indicación para ordenar el avance.. Mira. Se acercaba la batalla. sabía que llegaría ese momento. empuñó la brida del caballo de Eurídice y la obligó a volverse. –¡Hombres de Macedonia! –La voz clara era conmovedora como lo había sido en la marcha desde Egipto. cuánto más gloriosamente pelearéis ahora.–Si fuisteis valientes peleando contra enemigos extranjeros. joven y desmañado. Notó que se había portado mal y todos estaban enfadados. Ella le miró los ojos doloridos y calmos. 124 . en la asamblea donde la habían designado regente. y esperaremos a que la infantería nos alcance. hoy no. Nos adelantaremos con la caballería. Sabía que ése era el deber de un general. ¿La muchacha lo había visto? Miró a Filipo. –Había parecido que la gallarda marcha en la mañana fresca iba a durar hasta que ella optara por concluirla–. –Señora –dijo Conon–. envió dos más. Ahora obedece. aferró la tosca crin y montó empuñando la lanza. Su caballo favorito estaba preparado. luego celebraría un consejo de guerra y dispondría sus tropas. Ojalá ganes la batalla. interesado y ansioso. Filipo. Ella acarició el pescuezo fuerte. gritando: – ¡Mira! A lo largo de la cresta del risco. –Sí. dominando su irritación ante los presentes–. –Lo lamento –dijo–. que sonreía disfrutando de alguna agradable fantasía. tal vez sea lo mejor. lo había presentido. y espera a que regresemos. No se mostraban hostiles. pero él no se movió.. Estaba impartiendo más órdenes cuando un carraspeo perentorio sonó a su costado. pero la trompeta ahogó su voz. hablando entre sí. –¿Habrá batalla? –Filipo se había acercado. Haz instalar una tienda allí. Por favor. pero no le prestaban atención. –Ella le hizo una seña a Conon. Uno de los oficiales que había estado observando el risco empezó a hablar. con voz apremiante. «Un explorador». Derdas.. Miraban más allá. Fórmalos. resoplando y corcoveando. El heraldo tocó atención. déjame luchar en ésta. al son de las flautas. vuestro. cuando llegaran al próximo risco. si el rey lo desea. pero él recordaba viejas tundas. Ella también había mandado exploradores. desde luego. Alejandro siempre ganaba. Nunca he estado en batalla. Eurídice lo había visto. tú toma el ala izquierda. debían ser dignos de su fama. Suponiendo. –Sí –dijo ella en voz baja. la trompeta lista.» Un jinete apareció fugazmente en la cresta de un risco. Ahora miraba la de ella. un viejo proverbio rezaba que uno no debía arrepentirse al final. bruñido.Mary Renault Juegos funerarios Alejandro por razones más apremiantes. en Triparadisos. ella misma treparía para escudriñar el terreno. Se volvió. –¿Debo hacerlo. El heraldo estaba cerca. Alejandro nunca me dejó. yo. vuestras esposas. henchido de responsabilidad. Te veré más tarde. defendiendo vuestra tierra. Adiós. Ahora ve al campamento. Primero hablaré con los hombres. «Bien – pensó–. –¡Espera! –dijo ella–. Eurídice? –Una urgencia repentina alteró la cara plácida de Filipo–. –Oh. contuvo el aliento. Tenía casi sesenta años y pocos hombres vivían más tiempo. brillante. ¿No deberíamos buscar un terreno alto? Quizá lo necesitemos. tomaré la derecha. los exploradores deberían haber regresado. –Ella no se volvió para mirarlo. Comprendiendo. aquí tengo mi espada.. Ella debía de haber sido más considerada con él. Si el enemigo estaba a la vista ella estudiaría sus disposiciones. –No. El ejército siguió adelante. ¿y el rey? Ella chasqueó la lengua con impaciencia.

sino a las filas silenciosas. para permitir que el caballo se abriera paso entre los guijarros. rey de los macedonios. Cuando concluyó. –Hizo una pausa. un hombre con presencia. Salió del grupo que rodeaba a Poliperconte y cabalgó hacia ellos. Él meneó la cabeza. hija del rey Neoptolemo de Molosia. Otro jinete bajaba desde el grupo de arriba. En el silencio. custodio de ambos reyes. sin embargo.. El viejo era claramente visible en la elevación opuesta. bajo en verano. Filipo os encontró presionados por enemigos y desgarrados por guerras civiles. tenía un aspecto gallardo. Olimpia avanzó lentamente hacia el arroyo. hizo volver su montura. Con su yelmo reluciente y su coraza tachonada de oro. –¿Aún no hemos recibido señales? –le preguntó Eurídice. Ella se volvió para pedir a Nicanor que los acompañara. su falda escarlata sobre las grebas brillantes. cubriéndose los ojos para mirar al enemigo. y os hizo amos de toda Grecia. en nombre de la reina Olimpia. Pero. esposa de Filipo. desde donde dominaba el paso del sur. En nombre de Poliperconte. sin yelmo. Después de cruzar. y a todos los macedonios. y madre de Alejandro. Nicanor había dejado su contingente para unirse al consejo de guerra. Eurídice y Derdas le salieron al encuentro. si todos sus integrantes estaban a la vista eran superados tres a dos en infantería. Derdas pensó que parecía el actor de una obra caracterizado para representar al joven Aquiles en Áulide. –Sin duda Casandro estaría aquí. y en la curva del declive las palabras retumbaban como en un teatro. no porque lo consideraran una gran amenaza en sí mismo. La elevación que el ejército epirota dominaba en el oeste era más alta que la posición macedonia. sin armas. Ella os pregunta: ¿habéis olvidado todos esos beneficios. Poliperconte no será. sino porque caían en la cuenta de que tendrían que pelear contra viejos camaradas. pero no es tonto. se lo hizo ver a Derdas. gracias a Poliperconte. Juegos funerarios Los ejércitos se enfrentaron en el valle. Eurídice. de pie en un peñasco para escrutar el campo. Los flancos del enemigo estaban en un suelo escarpado y boscoso que podía favorecer a la infantería. pero había desaparecido. aunque los epirotas fueran un poco más numerosos en caballería. Tal vez lo atacaron sobre la marcha. Los jinetes de ambos lados lo miraron con disgusto. No le gustaba cómo Nicanor había dispuesto a sus hombres.Mary Renault Estaba erizado de lanzas. –Me han encomendado decir esto a los macedonios. con una banda de lienzo blanco en la cabeza canosa. –Sí –dijo él–. conferenciando con un grupo de jinetes. que combatiréis contra el único hijo de Alejandro? ¿Levantaréis las armas contra la madre de Alejandro? Había dirigido esas palabras no a Eurídice y a sus oficiales. reconcilió vuestras facciones. protegido por la tradición inmemorial–. En el fondo había un arroyo. Tú sabes cuánta confusión reina en los estados griegos. y señaló. para suscitar atención–. a Eurídice su esposa. Derdas no hizo comentarios. Y mediante la reina Olimpia fue padre de Alejandro. quien hizo a los macedonios amos del mundo. –Se sentó con elegancia en el caballo fuerte y robusto. Os dio la paz. – estuvo a punto de nombrar a Alejandro–. El heraldo tenía voz además de presencia. avanzó unos metros y esperó. si algo no se lo hubiera impedido. un mensajero de los dioses. se oyó el ladrido de un perro en una aldea distante. En un caballo negro. quien vio primero al heraldo. Eurídice se irguió en la roca alta y chata. sin embargo. Desmontó en el cauce del arroyo. Fue ella. Además –añadió lentamente–. empuñando una caña blanca con olivo. Los hombres de Eurídice lo señalaban.. con túnica y velo negros. pero ése no era el momento de decirlo. –A Filipo hijo de Filipo. si dejan llegar allí a nuestra infantería. Habían apostado al vigía en un pico detrás de ellos. pero con un ancho lecho de guijarros y pedrejones desnudados por los torrentes de invierno. 125 .

mientras los soldados de Poliperconte recibían a los viejos amigos. Los ojos hundidos y blancos escudriñaron las filas murmurantes. Un oficial se abrió paso hasta ella. Los hombres pasaban de largo sin reparar en ella. Eurídice sintió esa mirada distante que se detenía sobre ella. No dijo nada. despojos de Susa y Persépolis. Ese rugido la había saludado cuando la designaron regente. toda la perspectiva del declive opuesto se fragmentó. Tú no comprendes. Luego un estruendo creciente. que dirigía su destino desde una carroza de oro. un fragor. –¡Traidor! –Sabía que era injusto. que debía dirigir su furia hacia otro lado. es todo. Lentamente. la caballería. –¡No! –dijo Eurídice–. Lo intentaste. como una calle de aldea desgarrada por un terremoto deja de ser una calle. que corta los hilos. Lo conocía. –¿Podemos reagruparlos? –exclamó–. la cabeza leonina del dracma de plata. Avanzó cuesta arriba como una conductora de guerreros que no necesita mirar atrás para saber que la seguirán. la falange. un redoble ensordecedor. Ellos nunca harán las 126 .. donde todos podían verla y donde Eurídice tenía que mirarla desde abajo. retrocederemos y tomaremos el Paso Negro. Había visto. que los gritos eran para ella. La brida del caballo relucía con rosetas de oro y plaquetas de plata. apenas la oyeron. al fin. Durante varios segundos pensó que estaban desafiando al enemigo. Nicanor y los Antipátridas están allá a la izquierda. Eurídice lo había oído antes. Al fin encontraba un hombre cabal. El ejército real en su formación cerrada. pero nadie puede matar a un fantasma. El oficial vio a un hermano en la multitud y agitó la mano con energía. Luego distintos ruidos vibraron en el aire. –¡No! –rugió al unísono el ejército real. elevó bruscamente la voz. Dirígete a las colinas antes que ellos crucen. la infantería ligera. tolerante. –¡Macedonios! Delante de vosotros está la madre de Alejandro. agitaba la crin del caballo y arremolinaba el pelo níveo. y los que la veían eludían sus ojos. Se gritaban nombres. con la tez todavía amarilla por una fiebre hindú. el fantasma reluciente. deslizándose como guijarros hacia el agua ante un desprendimiento de tierra. Era sólo una masa de hombres entre caballos impacientes. con una falda amplia que le llegaba a las botas carmesíes. Era uno de sus partidarios en los primeros días de Egipto. No lo conociste. La cara parecía de piedra. como un hombre que le explica a un niño algo sencillo. antes de volverse a ella. Ven. ¿Puedes encontrarme un trompeta? ¡Hay que llamarlos! Él pasó la mano por el pescuezo sudoroso del caballo. –No hay modo de evitarlo –dijo el hombre. Era como ser mirada por Atropos.. pero con poco tiempo que perder–. volvió el caballo. Eurídice sintió un escalofrío. Por un momento ella aferró la espada. dijo: –Pero señora. No era esa vieja del caballo negro. No usaba adornos. Mientras subía triunfalmente. a su verdadero enemigo. Una brisa ligera hacía flamear el velo negro. Su caballo se inquietó y corcoveó. Luego. se unieron en un movimiento caótico. El heraldo. con un tirón. un hombre de unos treinta años. se gritaban unos a otros. pero. Cuando empezó a gritar órdenes para exhortarlos. reverberando en las laderas. ¿Pelearéis contra ella? Hubo una pausa. aunque nunca tan estentóreamente. de pelo claro. Eurídice quedó estupefacta. buscando a grupos de amigos o compañeros de clan. La turba estaba empezando a cruzar el arroyo. Poco antes de llegar al arroyo. frenó el caballo y se quitó el velo negro del pelo blanco. como la pausa de la ola que retrocede antes de romperse. es la madre de Alejandro.Mary Renault Juegos funerarios Cabalgaba de costado. Tuvo miedo de ser derribada y pisoteada. la tercera Parca. –Señora. ella sólo podía ser terrible a causa de él. Allí tienes un caballo fresco. que había sido olvidado. Olimpia alzó el brazo en un majestuoso ademán de agradecimiento. Aquí nadie te desea ningún mal. La miró preocupado. después. sostuvo el caballo y lo tranquilizó. nos uniremos a ellos. dejó de ser un ejército. eras demasiado joven. Más allá del arroyo. el golpe de miles de lanzas contra los escudos. Al principio fue un ligero golpe de madera sobre metal.

Deprisa. Eurídice comprendió que en el momento en que apareció Olimpia y se dispersó el ejército. era hermano del comandante de Anfípolis. de representar una tragedia donde ningún dios bajaba al final para vindicar la justicia de Zeus. –Deprisa. ella se había olvidado completamente de Filipo. habían desobedecido su voluntad y lastimado su orgullo y habían contribuido a echarla de Macedonia–. Así consiguieron alojamiento varias noches. En Mieza pasaron frente a una vieja casa solariega cuyos jardines descuidados perfumaban el aire tibio. Se dirigieron al este. y ahora sus alumnos recorrían la tierra disputándose el legado de un compañero que había aspirado al poder buscando otros fines. Los escudos brillantes habían cambiado de posición. Habían viajado al ritmo que imponían los caballos. ¿no ves? Entonces ella vio que las tropas del helechal se estaban desplazando. Con intolerable nostalgia recordó los años apacibles con Cinane. viejos aliados de Antípatro que se habían opuesto a las intrigas de Olimpia. un correo con remontas podría haber llegado allá mucho antes que ellos. lagrimeando. hubo un silencio que nadie quiso romper. entre las carretas. saquear las carretas. Pero se han ido. los jefes ya desaparecían detrás del horizonte. En la cresta de la siguiente colina se detuvieron para dar reposo a los caballos y miraron hacia atrás. Su mensajero no había sufrido ningún percance. Ambos habían buscado el poder y habían perdido. usando ropas domésticas provistas por labriegos. le habían marcado las pautas y le habían mostrado la máscara que debía usar. Eurídice. pensando que Nicanor había dicho que actuaba como su hermano querría que actuara. Se dirigen hacia aquí y querrán capturarte. Eurídice distinguió la silueta alta de la casa de su padre. recordando el pelo rojo y los ojos inflexibles de Casandro. un tal Policles. pensó ella amargamente. Se quedó de pie junto al caballo. sofocada. Dejando las armas. Como había dicho el hombre. No se atrevieron a entrar en Pela. gozando de la hospitalidad típica de las comarcas griegas. Sí. Galopó con ellos a campo traviesa. pero Pérdicas jamás había apostado por amor. habían intrigado contra ella. las aventuras infantiles y los sueños heroicos. cuidaron de sus fatigados caballos.Mary Renault Juegos funerarios paces con Olimpia. Pero el poeta había muerto y el público había abucheado la obra. Cerca de Pela. –No lo harán. tratando de disimular su carácter de fugitivos. había apostado al amor y los había superado a todos. a Filipo hasta el Helesponto y a Alejandro hasta Babilonia. aferró el caballo. Volvió la cabeza. Eso era lo que buscaban. Mira. Desde la niñez le habían dado el papel. y no estaban seguros de cómo reaccionaría la guarnición al recibir noticias del ejército del oeste. –¡Ah! –dijo uno de ellos–. una vieja fortaleza cerca de la frontera tracia. El oficial había buscado al hermano y había desaparecido colina abajo. Se adelantaban a las noticias. él había recibido su petición de auxilio y decidió prescindir de ella. 127 . A la distancia vieron. rumbo a Pela. esos jinetes son moloseos. Miraron de nuevo. Uno por uno. Deprisa. Enjugándose los ojos. De ahí en adelante debían tratar de que no los vieran. –Un pequeño grupo de allegados se le había acercado. ven. pretendiendo que se había firmado un tratado sobre la frontera y se dirigían a Pela para convocar la asamblea y confirmar los términos aceptados por el ejército del oeste. la única criatura viviente que aún le obedecía. justificando con su prisa la falta de sirvientes. Él le siguió la mirada. que pagaba el precio del fracaso. Estaban sacando a una figura lejana. cruzó la accidentada carretera y se internó en el brezal. pero cada mañana al marcharse percibían la duda en los ojos de sus ocasionales huéspedes. a Jerjes hasta Salamina. Alguien dijo que ésa era la escuela donde Aristóteles había enseñado muchos años atrás. una sola tienda rodeada por hombres. Mejor para nosotros. era joven. La desesperación que sentía no era la huraña resignación de Pérdicas. todos ellos hombres marcados. Uno de ellos. Y ahora se dedican a eso. Él los ayudaría a escapar por mar. vio que no eran desafiantes sino temerosos. bordeando la maltrecha carretera que había llevado a Darío el Grande hasta Maratón. Desmontando. antes de entrar en el gran teatro de la historia.

tenía que caminar con suma prudencia. Olimpia observaba con los párpados caídos. Hoy. como alimañas en la despensa de un guardabosque. –Se volvió hacia los guardias y sonrió por primera vez. los integrantes del pequeño grupo se marcharon. Pero erguía la cabeza mientras arrastraba los pies hacia el trono. los guardias la pusieron de pie. decía una tabla. No los mantendremos separados por más tiempo. uno de ellos la sostuvo para impedirle caer. pensó ella. que estaban sujetos bajo la mula que montaba. Eurídice cayó hacia adelante y se magulló las manos encadenadas. con el joven Alejandro en un taburete junto a su rodilla. la mirada fija. quien asintió gravemente–. –¿Ésta es la mujerzuela que se proclama reina de Macedonia? –le preguntó al guardia. Después que ella cayó dos veces tratando de levantarse. Ella estaba desaliñada y sucia. Tú. Sólo podía caminar arrastrando un pie por vez y cada paso le lastimaba los tobillos.Mary Renault Juegos funerarios alegando enfermedad. Cuando la llevaron a Pela. uno de los dientes frontales estaba negro. Allí había una barcaza y tropas. 128 . o simplemente desapareciendo en la noche. ¿cómo te llamas? Estoy sola. Roxana aún sonreía. pidió que le desataran los pies. Debes de haberla encontrado en las calles del puerto. ¿qué más da? Sentía la presencia de la muerte en la carne. Para evitar que los grillos la hicieran caer. Poniéndose de rodillas. Eurídice notó por qué lo hacía tan pocas veces. Había más de cien cruces. Los cadáveres de ahora ya eran irreconocibles –las aves se habían alimentado bien– pero sus nombres estaban pintados en tablas clavadas a sus pies. Los guardias no la apremiaban ni maltrataban. en el trono donde Eurídice había recibido a litigantes y emisarios. hijo de Pérdicas. «Nicanor hijo de Antípatro». No te creo. –Soy Eurídice –dijo–. aunque de pronto se puso serio. Le replicaron que la reina Olimpia había ordenado que la trajeran tal como estaba. quien le dio a Eurídice un empellón por detrás. les miró las caras. al tropezar en un surco. como el gato esperando que el ratón acorralado se mueva. hija de Amintas. la carne pareció más densa. Se volvieron tierra adentro para buscar la caleta más cercana. llevadla a la cámara nupcial. Los grillos estaban forjados para sujetar a hombres fuertes. Olimpia le hizo una seña a un guardia. En la sala de audiencias. Olimpia se volvió a Roxana y le dijo con tono familiar: –El padre un traidor. cuervos y milanos se elevaron de las ramas graznando ferozmente. Si trataba de levantarse. Caminaban torpemente siguiéndole los pasos. Pero en la caleta también los esperaban. Todo el coraje que tengo es para mí sola. Al tercer día sólo quedaba Policles. pasó frente a los establos donde oyó el relincho de los caballos. En la colina baja que dominaba la ciudad había lo que al principio parecían árboles talados. para permitirle lavarse y peinarse. Eurídice permaneció de rodillas. el hedor llegaba casi a la ciudad. y a las perreras donde los sabuesos con los que habían cazado ladraron al oír el ruido extraño de sus pasos tambaleantes. que dominaba la desembocadura del río Estrimón. cargados de pájaros. las piernas y las muñecas engrilladas. Las muñecas de Eurídice colgaban como un peso muerto. la madre la bastarda de un bárbaro. pensó Eurídice. La cara de Olimpia se tensó con un viejo furor. –Y sin embargo. Id –dijo Olimpia– . La ramera es una buena pareja del idiota. Algunos se rieron. tu hijo el rey me eligió para casarme con su hermano. Pero no la miraban ni hablaban entre sí. Se había quitado la indumentaria negra y vestía de escarlata. Allí había colgado en un tiempo el asesino de Filipo. con una diadema de oro en la cabeza. una vez. Desde lejos vieron la gran fortaleza de Anfípolis. La condujeron a la parte trasera del palacio. –Veo que hizo bien. Era la colina donde los cuerpos de los criminales eran expuestos después de la ejecución. mañana o ya. Cuando se acercaron. Junto a ella estaba sentada Roxana. Arrastrando los grillos. Nadie me alienta ni desea respaldarme. estaba sentada Olimpia. tan cierta como una enfermedad. Los guardias parecieron pestañear antes de saludar–. mujerzuela. y el niño con ellos. El niño miró a Eurídice con sus ojos redondos y oscuros. el peso de las muñecas la tumbaría.

Tenía las muñecas despellejadas. Yo comeré mañana. Un árbol distante dividía el retazo de cielo. –Se sentó en el taburete. Por último él se incorporó ávidamente. –¡Oh. Filipo apoyó el hombro contra la pared y se rascó el costado. ¿Me matarán? –No lo sé. Hedía. Tal vez nos rescaten. Eurídice. los latigazos. oyó el forcejeo de los bueyes. que apestaba a excrementos y estaba llena de grandes moscas azules. Una gaviota que buscaba sobras de la cocina llegó volando desde la laguna. Una letrina. Eurídice. Una carreta se acercó traqueteando con una carga pesada. y pusieron la tranca. nos dejará salir. las maldiciones del carretero. Eurídice! ¡Seré bueno! Prometo que seré bueno. Involuntariamente retrocedió hacia la otra pared. Ella se puso bajo la parte más alta del techo. como el de un pesebre. apareció en la ventana con dos mendrugos negros empapados de grasa y una jarra de agua. La guiaron hacia allí. las moscas echaron a volar y vio sus larvas reptantes. Filipo tomó el pan y lo partió como un perro hambriento. Levantaron la tranca de la puerta de madera rústica. Ella se sintió muy avergonzada. le pidió permiso para usar la zanja. –Las moscas se apiñaban en la purulencia amarilla. avergonzado. –Aquí está tu esposa –dijo. no podía negarle una esperanza–. los labriegos saludándose después del trabajo. el techo no era mucho más alto. Los silbidos se alejaron. –La hora de la cena –dijo relamiéndose los labios. Pasó el tiempo. Alejandro me lo había dicho. pero ahora Olimpia ha matado a su hermano y a todos sus parientes. no dejes que me peguen de nuevo. Adentro se oían sollozos ahogados. duele. Dijo que si me hacían rey alguien me mataría. y él le vio los grillos. –Les pegué cuando mataron a Conon. acurrucado contra la pared. En el otro extremo había una zanja de poca profundidad. Ella no pudo ver nada de la cara salvo el extremo de una barba tosca y negra. Entonces ella vio por qué él no podía apoyar la espalda contra la pared. No siguió de largo. Si gana. sino que se detuvo y 129 . Por favor diles que me saquen. Los sufrimientos le habían ofuscado la mente y el relato no tenía coherencia. No era necesario preguntar si él había comido ese día. Él ahogó un sollozo. –Después de haberlo traído aquí. Tenía la túnica pegada a la piel con franjas oscuras de sangre coagulada. con las uñas rotas. Ella se agachó en el dintel bajo. Ahora tiene que venir. gritó cuando ella se le acercó. conteniendo sus náuseas. la cabeza le chocó contra el techo y tuvo que agazaparse en el suelo mugriento. como oídos desde un pabellón de enfermos. la historia de su cautiverio.Mary Renault Juegos funerarios Adelante había una choza de piedra con techo de bálago. La miró implorante y le tendió las manos. A la luz de la ventana angosta vio a Filipo. –¿Por qué lo hicieron? –dijo ella. Ella ya había sentido el cosquilleo de los insectos alrededor de las piernas. Una mano roñosa. divagando. apoyando las muñecas en el regazo para aguantar el peso de los grillos. No sólo lo había afectado la sordidez: había perdido varias piedras. engrillado. Me alegra tanto que hayas venido. El olor de su suciedad repugnaba a Eurídice tanto como la letrina. pensó. Alguien se acercaba silbando a la cabaña. llegaron los ruidos del atardecer: el arreo del ganado. el repiqueteo del cambio de guardia. Lloró de nuevo. ¿Recuerdas a Casandro? Él no nos ayudó en la guerra. Uno de ellos atisbó la penumbra fétida. el ladrido de los perros. mirando la ventana. Los blancos de los ojos le centelleaban en la mugre de la cara lagrimeante. Él la miró con la cara radiante. o tal vez una pocilga. Filipo. pero sus captores la habían alimentado esa mañana. –No debí haber sido rey –dijo él–. Lejanos y opacos. –Oh. La puerta se cerró a sus espaldas. –Hoy puedes comer mi parte –dijo–. y el bálago le raspaba la cabeza. los caballos que regresaban de los establos. Esperaron para ver si ella entraba sin que la forzaran. –No me toques. enjugándose la nariz moqueante. Luego le contó. Cuando ella también tuvo que usarla. Había un taburete de madera y un jergón de paja. Los sollozos cesaron. Se cubrió los ojos con las manos encadenadas. Ella pensó que jamás comería de nuevo. –Por favor. Ella lo escuchaba sin interés.

más hedor. el tiempo pasaba como los días de una enfermedad lenta y fatal. infinitamente cansada. Detrás de la puerta emparedada. Era un criado que había escapado al exterminio de los Antipátridas.Mary Renault Juegos funerarios descargó ruidosamente su carga. ¿Qué queréis? Los murmullos murieron en el silencio. ¿Por qué no la mataron en la frontera? –Los soldados se negaron a luchar contra la madre de Alejandro –dijo el mensajero sin expresión alguna. mohosos. Al principio Eurídice había contado los días. siempre que acordaran no ayudar a sus enemigos. diciendo que él cumplía sus órdenes y eso era todo. Advirtiéndolo. que en un antiguo oráculo había prometido que la ciudad jamás sería tomada por las armas. Vivía el presente. pensó. pero de pronto el sonido fue nítido: el golpe de la argamasa húmeda y el roce de la paleta. Casandro. saltó de la silla. Se intercambiaron fórmulas protocolares. más piojos y pulgas. Si no hubiera sido por Filipo. –¿Qué es? –preguntó ella–. Ella se negaba a hablarle. Casandro estaba resuelto a que Atenea se comiera sus palabras. para agradecerle que hubiera guardado su antigua promesa. que había escuchado en absoluto silencio. bajo los muros de Tegea. En ocasiones se quejaba al hombre que traía la comida que a veces le respondía. Luego. Ella escuchó con indiferencia. El hombre miró con alarma sus ojos desencajados. –Ve a comer y descansar. los movimientos se reiniciaron. ladrillos gruesos. Los excusó de toda fidelidad hacia él. Ella esperó a que levantaran la tranca. Algo golpeaba y arañaba la puerta. Un día incluso preguntó a Filipo 130 . –El jinete se retiró. Después sonó un martillazo y otro y otro. sin extrañarse de que un hombre se conmoviera tanto ante el exterminio de sus familiares. ahora sólo sentía odio y cólera. agudizando gradualmente los sufrimientos. La ciudad tenía un manantial perpetuo adentro. Pero sólo se oían los ruidos indistintos de labriegos haciendo sus faenas. Estaba cansada y tardó en comprender. envió un emisario para pactar la paz con los tegeos. sólo quebrada por la lucha contra los insectos. los tegeos fueron en procesión hacia el viejo templo de madera de Atenea. Apoyó la espalda en la pared y se adormiló. La mente de éste no podía abarcar la suma de desastres el tiempo suficiente para llegar a la desesperación. Cuando el mensajero se acercó le vio el desastre pintado en la cara y llevó al hombre a su tienda. Se acercó a la ventana angosta. alegando que había envenenado a Alejandro en Babilonia. Pero el pan y el agua aún llegaban todos los días a la ventana. Los pasos se acercaron. A esa historia de muerte añadió que Olimpia había hecho destruir la tumba de su hermano Iolas y había entregado los huesos a las bestias. Ya habría tiempo para el pesar. como si se hubiera dado una sigilosa señal. Por un momento Casandro pensó que le estallaría la cabeza. oscuros. no con crueldad sino como un sirviente huraño injustamente reprendido. y los habitantes tardarían en sufrir el hambre. pero con el paso del tiempo el hombre fue un poco más locuaz y citaba viejos refranes sobre los caprichos de la fortuna. más moscas. Filipo estaba despatarrado y roncando. marcándolos con un guijarro en la pared. ¿Será ahora?. y dejó de preocuparse. pero desde allí no se veía la puerta. más infección en las llagas. habría caído en una apatía total. se levantó el sitio. Hablaremos más tarde. Casandro recorría las filas de los sitiadores en la húmeda meseta arcadiana. Casandro se esforzó por dominarse. Después de siete u ocho salteó uno y perdió la cuenta. Cuando Casandro hubo vuelto a sus cabales. Sin duda era otra petición de Eurídice. –¡Esa loba! ¡Esa gorgona! ¿Por qué la dejaron entrar en Macedonia? Mi padre les advirtió sobre ella con su último aliento. más debilidad y hambre. compactos. No se apresuró a recibir al correo de Macedonia. Sólo pudo ver una pila de cascotes. pensando en el jergón de paja. Habían dicho a sus heraldos que estaban bajo la protección de Atenea. un material que sólo podía horadarse con un ariete capaz de traspasar piedra de canto.

Los ronquidos de Filipo eran ruidosos. Con el mejoramiento de la comida estaba menos abúlica. ¿Quieres matarme? No me resistiré. con su hora de triunfo cuando. como queriendo que los oyeran. Eurídice dormitaba la mitad del día pero no podía dormir de noche. le abrieron las puertas. mientras ella miraba una estrella por la ventana angosta. llenos de rencor y clamando venganza. él se limitaba a replicar que tenía problemas impostergables. nos guste o no. y quedó lo suficiente para un desayuno frugal. Sólo bastará con que le dé mi pan. exigiendo represalias. ocupara nuevamente el trono en la sala de audiencias.» «Sí. pensó ella. Muchos parientes de las víctimas de Olimpia. pero charlaban a voz en cuello. Sin duda les habían ordenado que se mantuvieran a distancia –ella tenía fama de subvertir a las tropas–. Más práctico que Jerjes. pronto estuvieron en las fronteras de Macedonia. y tal parece que no esperarán demasiado. como un niño enfermo–. Nadie se quedaba para hablar en la ventana. pues sin duda le costaría la vida. Pero cuando llegaba el momento no podía reprimir el hambre y comía su parte. «Bien. Sin duda así moriría rápidamente. Había soñado con el rescate. Una noche. la abertura se oscureció un instante y. La súbita partida de Casandro hacia el norte había dejado atrás un reguero de confusión. los insectos tan torturantes como sus pensamientos. 131 . Al cabo de una breve conferencia. Una madrugada. como si el oficial de la guardia estuviera de acuerdo.» «Rebeldes o no. cuando se aclaró. Si quieres te mostraré cómo. con macedonios contemplando piadosamente su mugre y su desdicha. Pero la disciplina se estaba relajando.Mary Renault Juegos funerarios cómo estaba su esposa. Él la miró y respondió: –Dice que no debo responderte. ellos hablaban y chismorreaban sin cuidarse. Él lo aceptaría de buen grado. Los emisarios de Casandro prometieron dar fin a la tiranía ilegítima de las mujeres y el regreso a las antiguas costumbres. aunque sería incapaz de quitármelo. empezaron a oír las voces de los guardias afuera. había dos manzanas en el antepecho. Delante se erguía la fortaleza costera de Dión. Esas aventuras no le interesaban. todo tiene un limite. Al día siguiente hubo aún más. Alejandro me dijo que no lo hiciera. «No somos las únicas victimas de esa mujer –pensó–. sus aliados del Peloponeso tuvieron que enfrentarse solos a los macedonios encabezados por el hijo de Poliperconte. Los demócratas de Etolia habían apostado gente en las Termópilas para cerrarle el paso. el tintineo del cuero contra el metal. recibiendo a todos los que le ofrecían apoyo o le traían información. se destacaron algunas tropas para distraerlo. En Tesalia lo esperaba Poliperconte en persona. el pueblo se ha hartado de ella. Lo quería para mí misma.» Conocedora de cómo se gestaban los motines. fiel aún a pesar de Olimpia. Después de eso algo llegaba cada noche y con menos cautela. Por mi culpa estás encerrado aquí y por mi culpa te azotaron. notó que la porción había aumentado. Eurídice intuyó algo más.» «Y los dioses no aprueban los excesos. requisó embarcaciones en el estrecho entre Euboia y la tierra firme y sorteó las Puertas Calientes viajando por mar. hombres que se habían negado a pelear contra la madre de Alejandro y ahora decían que nadie sino Alejandro podría haber frenado a esa mujer. – Fueron los soldados –gimoteó él. estando despiertos y ya hambrientos le dijo: –Filipo. ¿A qué se referían al hablar de la espera de los dioses? ¿Será posible que Casandro se dirija al norte?» Por la noche habían recibido queso e higos y la jarra tenía vino con agua. También a él decidió sortearlo. El mero olor era ambrosía. Cuando sus desesperados emisarios alcanzaban la columna. Estos hombres no eran conspiradores. limpia. Pero vinieron otros que no hubieran venido en otras circunstancias. u hombres a quienes ella había proscrito. Bordeando el Olimpo. Casandro celebró una reunión. yo te hice reclamar el trono. Para su asombro. tal vez cansados de custodiar un lugar sin salidas. y sus idas y venidas eran sólo medidas de tiempo. se unieron a él. al hijo de Alejandro. tenemos nuestras órdenes. repetían abiertamente lo que se decía por las calles. Al mismo tiempo. con su túnica y su corona. oyó pisadas ligeras. mientras la fuerza principal seguía hacia el nordeste.

Las primeras luces del alba relucían en la ventana. La noche había sido fresca y las moscas aún no molestaban. hombres de Casandro. Si es posible. y habló con repentina animación–. pero sabía que debía ser justa con él. –Al menos de eso tengo buenas noticias para ti. Fue un trabajo rápido. –¿Sois hombres de Casandro? –preguntó ella. pero el relevo guardaba silencio y no se oía ningún movimiento. Si te apresuras. Pero Eurídice se dio cuenta de que la había entendido. Ni siquiera oigo a los guardias. Casandro. se oían pasos. siempre le dirigía una palabra amable después. tres o cuatro hombres. por el ruido. la pared había sido levantada en forma precaria. Están encerrados en una pocilga pestilente y la gente está indignada. se alegrará de oírlo. –Se inclinó hacia adelante en la silla. De modo que rara vez lo reprendía y. siempre la perdonaba o tal vez simplemente olvidaba. Estaba viva cuando partí y también Filipo. La guardia acababa de cambiar como de costumbre poco antes del alba. la entregaré a la reina Eurídice. y camas donde dormir. Luego. a desgana. Habían cenado bien con lo que les habían alcanzado por la noche. lo cual significaría que había venido Casandro? –Presiento que pronto estaremos libres –le dijo a Filipo. –Gracias por la noticia. –Son tracios –le dijo a Filipo–. Los golpes se detuvieron. de pronto. si quería estar en condiciones de gobernar. Se les retribuirá su dignidad. se oyó un ruido inequívoco: el golpe de una pica contra la pared que cerraba la puerta. ¿Una deserción. Los tratan vergonzosamente. Era verdad. adonde no daba la ventana. Las siguientes palabras del hombre a sus compañeros no eran griegas. Él jamás lo tomaba a mal. –En cuanto venza Casandro. Eso daría tiempo. –Sí. –Cuánta tranquilidad –dijo Eurídice tres días más tarde–. Se marchó. –Escucha. La cara de Casandro se había endurecido por un instante. En cuanto a Olimpia. con gusto lo habría cambiado por un perro. satisfecho con su misión. Casandro hizo llamar a sus oficiales y les dijo que demoraría la marcha unos días más. ¿Pueden haber sobrevivido tanto tiempo? –Puedes estar seguro. su modo de comer. dijo. 132 . –¡Ignominioso! –dijo–. Murmuraban y ella no pudo distinguir las palabras. Que todos sepan que me propongo remediar sus males. para que sus amigos consiguieran más apoyo. En esa intimidad.Mary Renault Juegos funerarios Éstos regresaban. Reconoció el acento. su olor. Eso los animará y les dará esperanzas. haré llegar tu mensaje a la prisión. Luego una voz extranjera dijo: –Sí. un motín? ¿O los habían llamado para defender la ciudad. Un día. hasta que los mismos guardias se apiadaron de ellos e hicieron algo para confortarlos. Me han dicho que estaban muy mal. rascándose la entrepierna. para que la castigue según lo considere adecuado. y te darán algunas nuevas. eructar y orinar. ¡Han venido a rescatamos! Él festejó como un niño atisbando en vano a través de la ventana. Olimpia no debió abusar de su buena suerte. Ella se irguió bajo la parte más alta del techo. Viene gente. –¿Y recobraré mis piedras? –Sí. habrá baños y ropa limpia. escuchando cómo caían los cascotes. –Desde luego lo haré. difundiendo las promesas de Casandro y su reclamo de la regencia en nombre del hijo de Roxana. aún podrás salvarlos. –¿Podré darme un baño? –dijo él. Debía cuidar de su mente. Me lo dijo uno de los guardias. –¡Filipo! –exclamó–. en tal caso. Llegaron por el lado de la puerta. su cercanía. Son esclavos enviados para derribar la pared. –¿Cuándo nos dejarán salir? –dijo. Díselo al pueblo. habían sido casi inaguantables. Casandro preguntó a uno de esos visitantes: –¿Y cómo murió la hija de Amintas cuando la capturaron? Al hombre se le iluminó la cara.

temblando y aturdida de frío y miedo. antes de la llegada benévola de Conon. Filipo. Se taparon la boca y la nariz para no ahogarse. pensó desesperada. clavó las manos en el suelo y se quedó tieso. la bajó de nuevo. Ella sintió un nuevo horror. –Una carnicería –dijo volviéndose al otro–. con los nervios erizados. Uno de ellos la alzó para mostrar la entrepierna.Mary Renault Juegos funerarios Cuando terminen. la naturaleza de ese júbilo arquetípico. Dos sombras se proyectaron en la puerta. El cabecilla gritó algo y el hombre se volvió con un gesto que indicaba que podía conseguir algo mejor que esa criatura maloliente. Ella perdió el equilibrio y cayó. El hombre que había reído tenía una cara tersa y redonda. El tracio. –¡Esclavo. no te atrevas a golpear a mi esposa! De pronto la forma agazapada junto al retrete se había levantado arrojándose contra el hombre. Ella había empezado a tranquilizarlo cuando afuera estalló una risotada. le asombró que aún pudiera moverla. se habían topado con un rey. El cabecilla la encaró. Él extendió el brazo –no el derecho. No era la risa de los esclavos. –¡Mátame! –exclamó ella. con la serpiente de bronce enroscada– y la quitó de en medio. las capas con bandas de colores tribales. Se miraron entre sí. El exceso de luz la hizo parpadear. irguiendo la cabeza–. El claro sol de la mañana que penetraba por la abertura iluminó la mugre rancia. como hombres que han cumplido con su misión. Se alejó de la puerta tanto como pudo sin caer en el retrete. hasta ahora sólo había pensado en los cuchillos. pues permanecía a un paso de distancia y traía un envoltorio. abriéndose paso entre los escombros. ¡Qué vergüenza! Traspuso la entrada. Uno de los hombres lo golpeó con el pie. Tenía un brazalete con una serpiente enroscada y grebas con caras de mujer grabadas sobre las rodilleras. Podrás alardear de que mataste a una reina. Eran macedonios y no tenían armas. luego Filipo soltó un ruido gutural. Habrían pasado dos minutos desde que habían abierto la puerta. Uno de ellos se rió. tomado por sorpresa. a fin de cuentas. un hombre maduro y corpulento con túnica y capa. hombres alimentados. la sangre escarlata del cadáver. usando los pies. Filipo había cambiado de expresión. criados en el limpio aire de montaña. chasqueando la lengua con disgusto. las dagas en las manos. Reconoció. 133 . complaciente o discreta. Ella se levantó penosamente. Una bota le había pisado la pierna. tornaban inescrutable su expresión. ella creyó oír el nombre de Conon. con barrancas profundas para arrojar los excrementos de sus aldeas. Miraron sus dagas enrojecidas y las limpiaron en la túnica de Filipo. tatuajes en la frente y las mejillas que le llegaban hasta la barba roja. pero él no se movió. En la jerga desconocida captó una nota de admiración. Entre los rugidos de dolor mientras lo apuñalaban. los pectorales de bronce tallado repujado en plata. luchando como un simio enfurecido. Los macedonios no lo harían. La vieron moverse y se volvieron para mirarla. Miró en silencio la escena. Les vio en las mejillas y las frentes los tatuajes guerreros. el cabecilla reprobatoriamente. El segundo era asistente del primero. mirando a través del polvo. Se irguió en el centro. sino el izquierdo. las rodillas y las uñas. Había hincado los dientes en la muñeca del tracio cuando los otros se abalanzaron sobre él. –No los dejes entrar –dijo. quedó sin aliento. Viejos tiempos. Salieron. echó la cabeza hacia atrás. Ella se apoyó en las manos y las rodillas. le volvían a la memoria. La tranca fue arrancada de la puerta. Había cuatro tracios en el umbral. Se miraban comparando las mordeduras y rasguños que Filipo les había infligido. una barba clara y rala. se levantó para tomar la daga. alguien vendrá a abrir la puerta. donde el techo era alto. enfrentando a la mujer desgreñada y ojerosa de pies sucios y uñas negras. Se le acercó sonriendo. Cayeron las últimas piedras. y habló con la voz chata y pomposa de un funcionario subalterno que cumple con su misión. Se asustó. El primero se adelantó. Se abrió una rendija y la luz del sol los encandiló. que blandía la daga.

Mary Renault Juegos funerarios –Eurídice. por las aguas de la Estigia. pensó. Pero esto lo mandaba Olimpia y si preguntaba qué era tal vez mintieran. y. No pensaba. Algunos habían librado luchas ancestrales con los Antipátridas. optó por la redoma. su decisión de no someterse más que a su propia voluntad. como en los lugares donde se guardan herramientas o utensilios de pesca. no indigno de su ascendencia. no tardaría mucho. –Una buena elección. Olimpia. bajó del taburete. Tenía que vengarse. fijado a una pequeña viga. Su propia voluntad le bastaba. Sigo órdenes. Éste era el rey su esposo. tendiendo las manos sobre la tierra pisoteada y ensangrentada. muchos sabían que habían dado a Casandro una causa para la venganza. hija de Amintas. como un buhonero. una redoma y un cordel de lino trenzado con un nudo corredizo. que la había hecho reina. Cuando el sirviente subió. Era terso. en los viejos días de las guerras civiles. de que he recibido estas dádivas de Olimpia!. Sí. Olimpia. algo para ella misma. al menos había hecho eso por él. La prepararemos pronto. reina de los macedonios. No les pidió consejo. empapó el borde de la túnica. concluida su tarea. Miró a Filipo. ella lo sabía. Se apartó del cuerpo. luego miró el cadáver despatarrado. dioses subterráneos –gritó–. le dijo: –Espera un poco. siendo el joven rey. Os conmino. Veo que allí tienes un taburete. medio muerta. Le quedaba piedad. que los hombres de no más de sesenta aún podían recordar y donde habían participado los de setenta. La daga era filosa. No. le puso el brazo izquierdo sobre el pecho y el derecho al costado. El hombre asintió. El segundo hombre se adelantó y buscó algún sitio donde apoyar el envoltorio. Se arrodilló junto a Filipo. no te condena a una ejecución como a tu bastardo esposo. le cerró los ojos y la boca y le alisó el pelo. Si lo hubiera ayudado en la lucha. y rápida. Cuando el verdugo. Se sentó a la gran mesa de piedra dorada que había ocupado su esposo Filipo. Le enderezó las piernas. les dijo. Ambos pensaron que había mostrado mucho ánimo. bien confeccionado y limpio. a retribuirle con dádivas similares. que había peleado y muerto por ella. las palmas hacia abajo. Te da permiso para terminar con tu vida y te da a elegir el medio. que en el medio tenía bastante altura. le quedaba algo. sin amilanarse ni permitir que ellos lo quitaran. Vio que los verdugos lo miraban con respeto. pero sabía que estaba demasiado débil para darse una puñalada contundente. Miró el techo de la choza. y cuando les pareció que sus sufrimientos podían prolongarse más de lo necesario. Como tu padre nació legalmente de sangre real. de modo que no me consideres culpable ante los dioses. había visto hombres ahorcados. Muerto se veía que había sido un hombre apuesto. Arrodillándose. La jarra de vino con agua que les había dejado el guardia nocturno estaba en la ventana. Pareció desconcertado al no encontrar una mesa. señora. No por nada heredaba la sangre de los reyes guerreros de Macedonia y de los jefes ilirios. pensó. Los viejos y soldados sentados ante ella vieron su impenetrable soledad. –¡Sed testigos. si no podía hacerlo. Ni siquiera estilo. convocó al consejo. y dijo: –Con esto me arreglaré. tal vez todo habría terminado. No le quedaba nada. que parecía una bestia degollada. dice esto por mí. le lavó las heridas y le limpió la cara. una vez atendidas esas cuestiones. sólo eran leales al hijo de Alejandro. exhibió el contenido del lienzo: una daga corta. había oído que la cicuta ateniense mataba con un frío que no daba dolor. a fin de cuentas. le tiraron de las rodillas para ceñir el nudo y ayudarla a morir. Ella los estudió en silencio. ¿qué harían con ella? Tanteó el cordel. Escarbando el suelo de tierra. por el poder del Hades y por esta sangre. como había visto hacer a muchos hombres fuertes. esparció sobre él la pizca de polvo ritual que lo liberaría para cruzar el río. ella vio que había incluso un gancho de hierro. Aún quedaba una cosa. otros. diciendo–: Estoy preparada. cruzarse de brazos en Pela mientras rebeldes y traidores 134 . –Se volvió a los hombres. Ella misma pateó el taburete. otros poderes se encargarían de ello. Pocos de los hombres que la rodeaban ahora le debían fidelidad.

se pisaron las uvas. Los hombres salieron. En Pidna. Se atrincheraron en la mejor fortaleza de la zona. Los soldados aprobaron. –Hizo una pausa. Al cabo de una pausa en la que todos esperaron que otro hablara primero.Mary Renault Juegos funerarios asolaban sus fronteras. estaba bien fortificada. Los soldados se asombraron. Difundieron la noticia de que Olimpia había derramado la sangre real de Macedonia. –La corte se trasladará a Pidna –dijo–. que destellaban en su máscara de voluntad. Cuando hayamos recibido refuerzos. Agenor. –Bien –dijo ella–. donde Casandro había cometido la insolencia de hincar su estandarte. Cada mañana había menos hombres en el campamento de Poliperconte. esclavos y no combatientes alojándose a los pies de la guarnición. mirándose unos a otros. Todos se preguntaron si se atrevería a seguir–. sin hablar hasta que estuvieron fuera. habían notado la cólera de la reina. Esto cambiaba las cosas. Ninguna vela apareció salvo las de los barcos pesqueros que ya regresaban. El trigo y los olivares maduraron. Pero debe ponerse en marcha antes del invierno. estaba a sólo quince millas al norte de Dión. –Nuestros aliados pueden reunirse con nosotros por mar –dijo ella. sin sufrir pérdidas combatiendo durante la marcha. Los epirotas que la habían seguido hasta la frontera se habían amotinado cuando les ordenaron pelear en Macedonia y se habían vuelto. se había infiltrado en el campamento con hombres que tenían allí un pariente o compañero de clan. los vigías escrutaban el mar desde las murallas del puerto. y ofrecían una recompensa de cincuenta dracmas a cualquier buen macedonio que se uniera a la fuerza de Casandro. cuando Poliperconte se haya unido a nosotros. pronto él y sus fieles fueron demasiado pocos para pensar en nada salvo en su propia defensa. a Pidna. se lo dijeron. Sólo quedaba un puñado de moloseos. 135 . en la penumbra de la aurora el áspero grito báquico respondió al primer canto del gallo. repararon las murallas. Ella les clavó sus ojos inflexibles y peligrosos. nos enfrentaremos a Casandro. las mujeres fueron a las montañas para honrar a Dionisos. en dos días trasladaré la corte a Pidna. inconmovible–. Eludiendo la batalla. un veterano del este a quien habían nombrado comandante en jefe. mientras arreciaban los primeros vientos de otoño. Ella se había encerrado durante dos días para restañar su orgullo y los partidarios secretos de Casandro habían sabido aprovecharlos. se aclaró la garganta y dijo: –Nadie cuestiona el honor de Poliperconte. Pero se dice que a veces ha desertado. siendo una extranjera y usurpadora. Olimpia se irguió rígidamente en la silla con incrustaciones de marfil. Pidna tenía un puerto. desde allí dirigiría la guerra. Los consejeros miraron ferozmente a Agenor. Iría al sur. Se levanta la sesión. Casandro había recibido buenas noticias del oficial que había enviado para tratar con Poliperconte. como bien sabes. se aprovisionaron y esperaron. Antes que empezaran las primeras tormentas. Y. Recordaban la incruenta victoria en el oeste. Significaba una horda de mujeres. –Que haga como quiera –dijo Agenor–. ahora no podemos esperar nada de Epiro. Casandro cruzó los pasos que ahora dominaba y rodeó Pidna con una empalizada. necesitados de alimento.

Eumenes. recorriendo las murallas. Rara vez había discutido con ella los complejos cálculos que precedían a la acción. y la poca carne que les quedaba. El grupo de hombres demacrados se aproximó sin demostrar violencia. Alrededor de los picos. con una voz un poco sibilante porque le faltaban los dientes frontales. Las otras mujeres estaban acurrucadas adentro alrededor del pequeño fuego. ellos también yacían al pie de las murallas. Observó que había cierta agitación a lo largo de las murallas. consumidos. Se les estaba cayendo el pelo. Sus águilas habían abandonado su pureza sin vida para sobrevivir en las cimas más bajas. se preguntaba. ¿Por qué?. pero los elefantes eran instrumentos de guerra y además nadie se había atrevido a sacrificarlos. Las bacanales del otoño pasado eran las primeras en cuarenta años que no había pasado con sus ménades en las montañas. Una sola guirnalda de nubes ocultaba el trono de Zeus. Pero a menudo ella lo estudiaba pensando en el nieto alto que habría tenido si el hijo la hubiera obedecido. demasiado apagados para alimentar un odio enardecido. Tenían la piel manchada de escorbuto y a muchos les faltaban los dientes. Pronto. soltando su hedor. El joven Alejandro estaba demasiado crecido para llorar. Olimpia. donde los pinos se sacudían la nieve de los hombros velludos como osos al despertar. Los hombres de treinta años aparentaban sesenta. llegaría con sus tropas desde el Asia. en el fuerte no quedaba lugar para cavar más tumbas. Era primavera en los valles. miraba más allá de las filas de los sitiadores hacia las montañas agrestes donde merodeaban linces y lobos.C. Con el hambre se sentía el frío. pensando que en un mes la guerra terminaría y Casandro estaría muerto. Ella lo rechazaba con furia. Los mahuts. Los hombres de las murallas. era un recién nacido y pronto moriría. Una pequeña multitud se estaba reuniendo y crecía. casándose antes de ir a la guerra. Se apartó del borde y esperó. luego habían caído uno por uno en sus pesebres. había sido algo para mascar durante un tiempo. y los milanos regresaban a ellos. las aguas del deshielo azotaban despeñaderos y gargantas en torrentes que molían estruendosamente los pedrejones. era un rey y la fuerza de su virilidad no debía atrofiarse en la juventud. que ahora eran inútiles. Aunque la comida era infame él se había mostrado imprevistamente dócil. y tenía el aroma punzante de la primavera. Uno que todavía conservaba cierto aire de autoridad se adelantó para hablar. diciendo que su padre había sufrido hambre con sus soldados. Las ropas les colgaban como sacos vacíos. Nunca más. durante un tiempo sus quejidos y trompetazos habían perturbado la noche. Habían tratado de mantenerlos con aserrín. puro nervio.Mary Renault Juegos funerarios 316 a. Abajo. algunos se apoyaban en el hombro de un camarada para no caer. En las colinas. Desperdigados entre ellos estaban los enormes huesos de los elefantes. Soplaba un viento crudo. Los caballos y las mulas habían sido devorados enseguida. Durante todo el invierno las murallas no habían sufrido ningún asalto: los que yacían en la fosa habían muerto de hambre. ante las murallas de Pidna. decía el graznido de los milanos desde la fosa. 136 . llevaba la túnica real echada sobre los hombros como un trapo. la miraban distraídos mientras pasaba. cuando fuera la época de navegar. acercándose a ella. Su cara enjuta sobresalía de la ropa sin formas. En alguna parte del fuerte lloraba el hijo de una mujer del campamento. sólo peñascos abruptos que no podían sostener un copo de nieve tajeaban de negro el manto blanco. Alejandro siempre había hecho lo que pensaba. Los habían arrojado allí no por impiedad sino por necesidad. Pocos parecían tener fuerzas para eso. eso lo sabía. Ella se había encargado de que lo alimentaran bien. La majestuosidad del Olimpo con sus crestas nevadas la llamaba como los árboles a un pájaro cautivo. Los picos del Olimpo aún resplandecían con su nieve invernal bajo un cielo claro y pálido. ¿Por qué? En la muralla que daba al mar el aire era más limpio. Había llegado en un templado tiempo otoñal. habían sido borrados de la lista de racionamiento. un sol tibio calentaba los cadáveres que el frío había endurecido. cuya lealtad era infalible.

recluyéndose en sus pensamientos. Rehusó una conferencia en privado y exigió hablar delante de la guarnición. Inmediatamente acudieron soldados con canastos y jarras. Fue vendido por los Escudos de Plata. No deposites tus esperanzas en un hombre muerto. tu señor correrá como un lobo perseguido. Había olvidado que ciertas noticias no llegan aquí. Era un hombre llamado Deinias. –Di a Casandro que ofrezca mejores condiciones. para acuclillarse junto al fuego. cuando las puertas se abrieron crujiendo. El furor le asomó a los ojos y se diluyó en sus profundidades. Él enarcó las cejas con exagerada sorpresa. había venido a Pidna dando a entender que temía por su vida. Con ellos venía el emisario de Casandro. Ahora sólo podemos compartir el resto de las provisiones. Afectado. Una figura con yelmo se les acercó. Ella añadió–: Gracias por vuestros servicios. apiñados. las brisas se suavizaron. La vitalidad de Olimpia pareció derramarse como el vino de un ánfora partida. aunque un retortijón le recordó que la espalda se le estaba endureciendo. ¿Qué más da? –Podéis iros –dijo ella. Sin nosotros. Era la última que le quedaba del santuario tracio de Dionisos. pero poco más tarde volvió a subir para verlos partir. –Como Dios quiera. Ella se irguió. a causa del frío. Desde las murallas los vio entrar en la tienda de Casandro. Sólo tenía unos años. los hombres de Casandro os liquidarán. los brazos como estacas extendidos con ávida gratitud. los términos son que te entregues incondicionalmente. Cuando llegue Eumenes. esperaba a los emisarios. Por casualidad. su oráculo. –Señora. luego arrojó al fuego la canasta con su contenido. Ella observó cómo distribuían el pan y el vino. ella lo recibió en el patio central donde los soldados. era callada y discreta. Una hilera de hormigas avanzaba hacia un canasto. será perdonada como aquellos que acaban de entregarse. –Eumenes fue entregado a Antígono. mientras podían. –Si el enemigo atacara –continuó el hombre. nos podría vencer a puñetazos. ellos entraron y esperaron. Como no tenía opción. bien alimentado. pero las únicas velas pertenecían a las naves de guerra de Casandro. su propio cuerpo era un insulto entre esa gente. señora. que había realizado muchas misiones secretas para Olimpia en el pasado y había sido bien retribuido. –Un suspiro susurrante recorrió las filas–. Regresó a su habitación en la torre de la entrada. pareció hablarles y se alejó. Alzó la tapa. Ella los miró atónita. En cuanto a ti. pedimos permiso para irnos. –Casandro hijo de Antípatro os envía sus saludos. señora? –Pero –dijo ella al fin–. reanimados por la hospitalidad recibida en la tienda. perdóname. Los emisarios regresaron.Mary Renault Juegos funerarios –Señora. La ración había bajado a un puñado de harina diario cuando Olimpia envió emisarios pidiendo condiciones. No se había atrevido a confesar que en Pela había recibido una oferta de Casandro. Hoy o mañana. respondiendo a su silencio–. las agitaron en señal de paz. Se mantuvo erguida pero no respondió. Tenía treinta y cinco años. y luego ir allí –Hizo un gesto cansado y cortante. Miró la masa movediza y se estremeció. era alta y fea. a quienes comandaba. Resistiremos hasta entonces. Antígono capturó su caravana. ¿Cuánto le habría contado a Casandro? Se portó como si esos días jamás hubieran existido. Si vuestra gente se rinde a él. señora. pero la serpiente podría haberse alimentado de insectos. ¿Nos das tu permiso. Bajaron lentamente por la escarpa y atravesaron la tierra de nadie rumbo a las filas de los sitiadores. ¿Cómo había muerto? Las ratas y ratones habían sido cazados y devorados. El tosco portón de la empalizada se abrió. La voz vieja y aflautada no parecía de un hombre sino de una parca. Habían arrancado ramas de algunos pinos raquíticos que crecían en las fisuras de la piedra y. Pálida y desgreñada. hacían ejercicios. lo que queda duraría un poco más. señalando la fosa–. con descarada insolencia. Junto a ella estaba su hijastra Tesalónica. Él se quedó mirándola unos instantes mientras los demás se dispersaban. Era tiempo de navegar. Allí llevaban el botín 137 . herencia de una de las bodas de campaña de Filipo. pero tenía cierto atractivo. La madre había muerto al darla a luz y Olimpia la había tolerado en el palacio porque no se daba aires. Luego entró. adentro. las hormigas bullían sobre una serpiente muerta. El aire se entibió.

en el secreto de la sala de guardia. sino como la madre del siguiente. que había sobrevivido gracias a su robustez. las mujeres delgadas y demacradas pasaron de la fortaleza al edificio reservado para las visitas reales. habían guisado la carne de los cadáveres. es imposible saber cuánto pesaba esa circunstancia en semejantes hombres. reflexionando sobre el futuro. Tenía cosas que hacer en Pela. los que sufrían eran los que guardaban silencio. Cuando el hombre y el niño recobraron las fuerzas. El espejo se lo había revelado y ella lo aceptaba. No había olvidado que los reyes de Macedonia eran sepultados por sus sucesores. El niño no tardó en recobrarse. De cualquier modo. el conocimiento de que ahora nada era impensable. o. Roxana era la que más había cambiado exteriormente. Estaba desterrada de Epiro. Luego preguntó dónde estaban los cuerpos de la pareja real.. Lo condujeron a un rincón del cementerio real. Tenía sesenta años. Pronto se anunció que los deudos exigían una asamblea. Los familiares aún venían llorando a traer sus ofrendas. Todavía es la madre de Alejandro. adornadas con el pelo de los deudos. apiadándose de sus pérdidas. Pela se había rendido. se pusieron sus ropas holgadas y comieron ávidamente fruta y cuajada. y preguntándose si no era el momento apropiado para hacer justicia. Un estremecimiento recorrió las filas. pero aún le quedaba el muchacho. el joven hijo de Cleopatra. Él replicó que por el momento no convenía. no le impidió hablar de lo sucedido. Sepultó a su hermano Nicanor y restauró la tumba profanada de Iolas. reiniciaron sus ejercicios. tan siniestramente asesinada. bueno. denunciando la muerte de ambos como un ultraje. donde Filipo y Eurídice habían sido enterrados como campesinos. aun ahora. Haz cavar una fosa para la carroña. Apenas podía reconocérselos corno hombre y mujer. Después Olimpia le preguntó si podría regresar a sus aposentos de palacio. pero en su tierra esto equivalía a ser una matrona. Tenía veintiséis años. además de sus mujeres e hijos. Olimpia tenía la cara color pergamino. tal vez. Las guirnaldas marchitas aún colgaban sobre las lápidas. siguiendo órdenes de Olimpia dictadas por Casandro. la tentación. Era espaciosa y limpia. era bueno saber que las guerras no eran sólo banderas y trompetas. Aunque sentía un frío helado en la cabeza y la oscuridad le giraba ante los ojos.. La vieja reina solía sentarse ante una ventana que daba al mar.. Antígono se los ofreció a cambio de su comandante y ellos aceptaron el canje. y que los arqueros tracios. La asustaré y luego le ofreceré un barco para que huya a Atenas. Cebes. Casandro celebró una audiencia en Pela. –Excelente –dijo Casandro cuando regresó Deinias–. Todos los reyes de Macedonia eran herederos de la espada. Los muertos fueron arrojados a la fosa. sacaron sus espejos y se apresuraron a guardarlos. en una tumba bordeada de ladrillos. Sabía que había sobrevivido a un sitio memorable. –Puedes decir a Casandro que abriremos las puertas incondicionalmente. Todos los años naufragan barcos. Había muchas tumbas alrededor de Pela después de la purga de Olimpia. Cuando salgan los hombres... lo cual apabulla a los ignorantes. pero no se veía como la viuda del rey. aliméntalos y recluta a los que valen la pena. e hizo guardar los huesos en cofres preciosos mientras se les construía una tumba monumental. Las defensas interiores de la niñez lo estaban convirtiendo en leyenda. pero los hizo quemar en una pira ceremonial. le quedaban tal vez diez o más para criarlo y verlo en el trono del padre.. Casandro se preocupó por acompañarlos. envió un consejero para que asesorara al rey.Mary Renault Juegos funerarios de tres reinos. Tenía porte de viuda. Le habría gustado tener el bastón que usaba a veces para apoyarse en los lugares accidentados del fuerte.. –¿Y después? –dijo Deinias con fingida desaprensión.. –Después. Horror tal vez. llegó a su habitación y cerró la puerta antes de desmayarse. Los macedonios no tolerarán que los gobierne pero. La vieja y su familia se quedarán aquí entretanto. sólo a cambio de nuestras vidas. para acusar a Olimpia de derramar sangre macedonia sin juicio previo. Los epirotas se aliaron con él. 138 .

Mary Renault Juegos funerarios Estaba cenando con las otras mujeres cuando fue anunciado un mensajero. con autorización de Casandro. –Hasta ahora todo marcha bien –dijo luego Casandro–. Está pidiendo demasiado. dijo solamente: –¿Está él con ellos? El niño entró. –¡Que ellos me vean! –exclamó Olimpia–. –¿Casandro piensa que huiré de los macedonios? ¿Lo habría hecho mi hijo? –No.) Olimpia. Olimpia se volvió a las mujeres: –Entrad. Terminó de comer. bebió una copa de vino y bajó a recibirlo. Las sombras le ahuecaron las mejillas y los ojos semejaron pozos oscuros con un destello tenue en las profundidades–. Tenemos autoridad. Pero de pronto elevó la voz con energía. Tesalónica. el pelo nuevamente cortado y cubierto de cenizas. Las viudas llevaban niños huérfanos. Que me juzguen si quieren. tú tienes buenos amigos en Atenas. nadie se levantó para defenderla. Cebes. con una toalla anudada en el pelo. Tú también. Allí estaré. –Eso había sido parte de su rencilla con Antípatro–. preguntando con tono tajante: –¿Qué quieren? Olimpia había dejado el libro. como comprenderás. por mandato de Casandro –dijo luego–. Tesalónica se lavaba el pelo. Sonó un golpe en la puerta. –Veremos qué quieren cuando me hayan oído. –¿Un barco? –Oscurecía. que estaba en libertad de regresar al palacio. –Estoy aquí. –¿Anunciarle el día? –dijo Casandro cuando recibió la noticia–. guárdame esto. Entró Cebes. Roxana bordaba un cinturón. se oyeron golpes. –Señora. Conozco los corazones cambiantes de los macedonios. una distinción recibida con espanto y aún no contestada. Nadie murió de eso todavía. pero lo había vuelto a tomar. –Alejandro –dijo. Pero una ejecución no es apropiada para una mujer de su rango. No están aquí para nada bueno. una oportunidad que no desperdiciaría. 139 . ¿Un barco? ¿Qué quieres decir? –Señora. Él le advirtió que se exigiría un juicio. Últimamente. y se la había mandado por la carretera real. Cuando se anunció que Olimpia no se presentaría. Convoca a la asamblea para mañana y di que ella se negó a venir. Serás bien recibida. Creo que trazaremos un plan diferente. Pero Alejandro no tenía motivo. sentada ante la ventana. Mientras hablaba. –¿Te parece aconsejable? –dijo él. Mañana al alba habrá un barco esperándote en el puerto. He atrancado las puertas. tras el agotamiento del sitio. señora. Éste la había hecho copiar para ella por un escriba griego en Bactra. clamores y maldiciones. Respaldaste a los demócratas. Por unanimidad. se había acostumbrado a hablar en voz baja. con su costura aún en la mano. Los deudos se presentaron en la asamblea con ropas de luto rasgadas. desconcertado–. leía la versión de Calístenes de las hazañas de Alejandro. Él te prometió seguridad cuando levantó el sitio. los viejos lloraban a los hijos que habían sido su sostén. entregándole el libro al niño que lo recibió con gesto grave y sereno–. (Se le había dicho. Id a vuestras habitaciones. las lámparas del salón aún no se habían encendido. Di a Casandro que me anuncie el día. Te advierto que algunos quieren castigarte. Roxana entró corriendo. Ella podría hablarle al pueblo. Han venido por mí. Los ruidos arreciaron. la asamblea votó la condena a muerte. un extraño. Era un hombre culto con acento del norte. Las mujeres de Pidna estaban dedicadas a los quehaceres de la mañana. Deja que la asamblea te juzgue en ausencia. La había leído muchas veces pero ese día quería volverla a leer. pero había muchos después de su larga ausencia en el oeste. afuera unos soldados preguntan por ti.

Cuando los asustados criados subieron a avisarle. veían lo que ellos veían. desgreñado y espolvoreado con ceniza. ¿Qué dijo? No había dado con el tono adecuado. La puerta caía hecha astillas. resultó tan simple que le extrañó no haberlo pensado antes. reparada por un carpintero local. Al caer el sol llegaron a la puerta rota. como máscaras de una tragedia. Te has ahorrado el dinero. para no perder los buenos modales. el niño aún tenía el libro. no con el trepidar de botas militares. furioso. Cebes leía a Alejandro el libro de la Odisea donde Circe transforma a los hombres del héroe en cerdos. No se cambió el vestido doméstico que llevaba puesto. Tenían el pelo cortado. Cuando se le ocurrió. Cada cual quería decir lo suyo. pronto a hundirse tras ellos y sumir la costa en la penumbra. –Tu gente degolló a mi hermano. Había hecho un trabajo bastante precario. Cebes titubeó. El hombre lo tomó a mal. convertidas en un farfulleo de rabia. se lo abrochó y. –No dijo nada. Caminando hacia la escalera. Las mujeres estaban retocándose el maquillaje. Olimpia los oyó. debía pensar otro plan. caminando sin prisa hasta la escalera. Ella se volvió hacia los ancianos. que se preguntaban de qué entierro venía esa gente a tales horas. ¿Estaba de pie delante de vosotros y no hicisteis nada? ¿Huisteis como perros ahuyentados de una cocina? La vieja bruja debió lanzaros un hechizo. Las voces se alzaron. No preparó la farsa de enfrentar esos ojos implacables. Ya vería que ese hombre recibiera una misión peligrosa más tarde. pero el niño le había tomado la mano. no tanto por hambre –aún tenían el estómago un poco encogido– sino para romper el tedio del día. Casandro lo dejó ir. El cinturón era de tela de oro de la India. Tomó un collar de perlas que Alejandro le había enviado de Taxila. Hizo una reverencia y se lo llevó. Las puertas cedieron. Los que venían detrás. En Pidna estaban esperando la cena. El sol colgaba sobre los altos picos del Olimpo. Permite que me retire. lo haría por el rey. Parecían dispuestos a despedazarla allí mismo. vio las caras sucias de ceniza. Los hombres dijeron que actuaba como madre de Alejandro y nadie se atrevió a dar el primer golpe. –Colgaste a mi esposo de una cruz y sus hijos lo vieron. ya lo había comprendido. La pequeña muchedumbre se acercó calladamente a lo largo del camino. las palabras se diluyeron. –Aún no. aun los que estaban en la entrada. No la atacaron de inmediato. se quitó la bata casera que tenía puesta y se puso la túnica carmesí con la que había dado audiencias. Aquí estoy. –Tus hombres mataron a mi padre y además violaron a mis hermanas. Si debía morir. 140 . Los cabecillas se pararon en seco. como una imagen en un pedestal. señor. Se acercaba la noche. Miró la caja donde guardaba las Hazañas de Alejandro. había que evitar conmociones. Las mujeres se retiraron. un buen hombre que había peleado con tu hijo en Asia. Bien. Cuando avanzaron hacia la escalera. Casandro. –Queríais verme –dijo Olimpia–. vieron la silueta callada que los observaba. Ante los ojos de los viandantes. –¿Te has vuelto loco? –dijo Casandro cuando se presentó el jefe de la partida–. como si lo hubiera sabido de antemano. –Los pagaron para eso –dijo Casandro. más serenos a pesar de su resolución.Mary Renault Juegos funerarios Déjamelos a mí. las ropas rasgadas. Por el momento. –Mataste a mi hijo. que nunca dañó a nadie. El clamor murió en un silencio ominoso. Era un momento crucial. Un grupo de hombres entró en tropel mirando en derredor. Olimpia fue hasta el baúl de ropa. sino con el paso murmurante que conviene a la gente enlutada. Desenvainaron las espadas dispuestos a registrar la casa y buscar escondrijos como hacían durante los saqueos. Bajó. esperó allí. con lentejuelas y rubíes. corrieron a la puerta y arrancaron las planchas de madera.

141 . de cara al suelo. Sola en el círculo.Mary Renault Juegos funerarios –¿Por qué no tratáis de que esto se haga decentemente? Aunque no sentían piedad por ella se sintieron tocados en su orgullo. La condujeron a un terreno desierto junto al mar. Por matar macedonios sin juicio. Miraron al viejo que se había adelantado para hablar. En el piso de arriba las criadas escuchaban. he vivido con gloria». Tesalónica gemía. Las piedras que lo cubrían estaban alisadas por la acción del mar. Ella oía todo como el bullicio de una ciudad extraña que no le importaba. habría muerto antes que el verdadero dolor pudiera empezar. Una nube muy bella recibía la luz del sol poniente. El viejo señaló con el cayado. Sólo quería que el niño no viera. pero era más asombro que dolor. La fuerza de los golpes la hizo trastabillar. encrespado durante las tormentas de invierno. y pronto la golpeó una piedra grande. Se encontró tendida. demasiado pobre para los cultivos. Roxana sollozaba. Miró la nube arremolinada y refulgente y pensó: «He traído el fuego del cielo. La gente se alejó de ella y formó un circulo alrededor como los niños cuando juegan. contrariamente a la justicia y la ley. que ya se ocultaba tras las montañas. Así descubrió la cabeza. Olimpia irguió la cabeza hasta que las primeras piedras la golpearon. Un rayo atravesó el horizonte y todo desapareció. te condenamos a muerte. El cielo. hija de Neoptolemo. las imágenes se duplicaban. Se arrodilló para no caer en forma humillante. Los ojos le vacilaban. el cuerpo se le partía bajo las piedras. donde plantas glaucas crecían en el suelo pedregoso y desechos a la deriva festoneaban el agua. Uno de ellos alzó el cayado pidiendo silencio e impuso la calma. –Olimpia.

el mismo número que tenía Darío.C El Liceo. deseaba agasajar a su benefactor hacía tiempo. munido de tablillas. había un suave olor a pergamino viejo. El director. No tenemos aquí a nadie que haya acompañado a Alejandro. era ya un mero anexo.. –Sufristeis una tremenda pérdida cuando murió Calístenes.. Era un edificio nuevo y elegante. –Me alegra –dijo Casandro– que estudies la historia y me deleita que la compiles. –Yo mismo me senté a sus pies. La voz de la filosofía ya no era bienvenida. –¿Y el joven rey? Debe de tener ocho años y estará iniciando su educación. había ansiado este encuentro. en verdad lo predijo. al menos. llenaban el palacio. Teofrasto. en que siempre veía el círculo encantado desde afuera. –Eso me temo. –Confío –dijo Teofrasto al despedirse– en que tu esposa goce de buena salud. Corresponde a los estudiosos de cada generación purgarla de errores. Por no hablar de una cantidad de eunucos afeminados. puedo narrarte algunas cosas. En cuanto a sus orgías nocturnas. Casandro dictó a un ritmo mesurado. Casandro. bordeado de plátanos. – Días horrendos. Él. – El escriba no tendría que hacer correcciones. El más humilde.. Vino el escriba. Casandro. biliosos. tinta y cera para escribir. Ciertas cartas poco prudentes. –La filosofía de la historia de Aristóteles. Por último el escriba recibió las gracias y se marchó para iniciar la tarea de copiado. Teofrasto. Trescientas sesenta y cinco concubinas. en mi juventud. –Tesalónica está tan bien como su condición se lo permite en este momento. y el día había llegado. Ha heredado la fortaleza de su padre. Todo era una donación de Casandro. –Pero mucho antes de esto se había entregado a la arrogancia y la frivolidad. Adentro. –Ah.. sus ex compañeros darán las versiones que más se adecuen a su propia gloria. tengo entendido. con su cultura libresca. –Estoy persuadido de que fue falsamente acusado de inspirar a sus discípulos para perpretar la muerte del rey. Si quieres llamar un escriba. ofrecida a través de su culto gobernador ateniense.. notando con satisfacción que cada palabra era inscrita en cera. bebió el vino con satisfacción.Mary Renault Juegos funerarios 315 a. Dijo con mezquindad–: Si al menos su principal discípulo hubiera aprovechado mejor su privilegio. como el director. por la cual había consumido su vida. –Desde luego –dijo Casandro–. Un brillante erudito. –Continuó por un tiempo. sí. el rey Filipo... Regresaron a los aposentos del director para tomar un refresco. tranquilo. amado por Sócrates. Aristóteles lo temía. exiliado del brillante calor por la fuerza centrífuga de su propia envidia. pero ahora. había empezado a corromper la fama que tanto había buscado. antes que sean transmitidos a la siguiente. 142 . –Al menos tenéis –dijo Casandro sonriendo– un huésped que visitó la corte de Babilonia en sus últimas semanas. Jamás había logrado humillar a su enemigo en vida. acostumbrados a la prostitución. el director murmuró algo sobre la corrupción introducida por las costumbres bárbaras y las tentaciones del poder. Una puerta alta y elegante con columnas corintias albergaba al director y sus estudiantes cuando se paseaban discurseando. escuchaba fascinado la voz de los grandes acontecimientos. era un autor de segundo orden pero prolífico. prefiriendo la divina soberbia de un gran rey persa a la íntegra austeridad de su patria. estaba en un grato suburbio de Atenas cerca del arroyo Ilisos.–Hizo que sus generales victoriosos se inclinaran ante su trono. y nos faltan crónicas. que tenía la garganta seca. con muchos anaqueles consagrados a las obras de Teofrasto. él lo había preparado todo de antemano. –empezó ávidamente Teofrasto. donde Aristóteles había fundado su universidad para caminantes. Cautelosamente. El director asintió: un erudito puntilloso era advertido de una fuente dudosa. que ya había aguantado una hora de erudita charla alzó la mano cortésmente. cuando estuvo en Macedonia. El distinguido huésped había visto la nueva biblioteca..

lo estoy criando más austeramente.. Sobre la educación de los reyes. El joven rey y su madre viven en el castillo de Anfípolis. Quiero tener la osadía. –Muy saludable –convino el director–. estarás presente en mis pensamientos. señor. Aunque la costumbre era tradicional. un grupo de hijos de nobles que competían para lisonjearlo. donde están a salvo de traiciones e intrigas.Mary Renault Juegos funerarios –Sí. Lo están educando como a cualquier ciudadano de buena cuna.. a Alejandro no le hizo ningún bien contar en la niñez con los Compañeros. de regalarle un pequeño tratado mío. por cierto. Para evitar que se incline por los defectos del padre. si piensas en designarle un maestro. Cuando él sea mayor. 143 . –En esa ocasión –dijo el regente de Macedonia–.

Deseaba que su tutor hubiera sido Tolomeo. estaba haciendo la guerra por él. de pequeño. Pero Tolomeo estaba en el lejano Egipto y no había modo de hacerle llegar un mensaje. uno de ellos. 144 . Él trataba de hablarles de los sitios que había visto antes. Nadie fuera de aquí sabe nada sobre mí. los soldados que lo acompañaban. la casa de la abuela en Dodona. Sólo una cosa había sido constante en su vida. Cuando le hablaban de sus amigos ponía mala cara y conseguía que permanecieran un tiempo más. aunque desde luego las criadas se lo habían dicho. pero se habla mucho de ti. el comandante. Siempre parecía que en cuanto llegaba a conocerlos. Ya no lo intimidaba pero tampoco deseaba que fuera su tutor. Su tutor actual no le molestaba porque no lo veía nunca. no porque lo recordara. y de que eres un joven prometedor que ya debería conocer a su pueblo. Cuando se detuvieron para que descansaran los caballos. sin embargo. a bromear y competir con ellos y a lograr que le contaran historias. Antígono y los otros generales habían hecho las paces. Jantos aceptó y siguieron paseando mientras Peiros esperaba.C. el comandante en jefe del Asia.Mary Renault Juegos funerarios 310 a. Le señalaban a Alejandro. Jantos le dijo: –No digas nada. y cada uno de sus conquistadores había añadido un bastión o una torre. pero le permitían salir a cabalgar si lo acompañaban los soldados. Nunca le dejaban conocer otros muchachos. Tenía sólo dos años cuando conoció a Antígono y lo recordaba como un enorme monstruo de un solo ojo que lo intimidaba. la presencia de los soldados. el caballo de Peiros. las mujeres y eunucos de la tienda. –Diles que yo también quiero verlos. Pero a lo largo de cinco años muchos habían vuelto y podía reanudar la relación. sino porque los soldados decían que era el más querido de los amigos de Alejandro y se portaba en la guerra casi con la misma gallardía. cuando el aire era claro. consolidado y ampliado por Macedonia. que siguieran cabalgando solos antes de volver al castillo. el palacio de Pela. tal como nosotros hablamos ahora. ellos eran sus únicos amigos. tratando de sacarlo de Anfípolis para ser su tutor. Así supo que Antígono. Siempre eran dos. le decía que esos soldados eran personas muy interesantes que le estaban contando las guerras del Asia. Le habían pedido con mucha insistencia que no repitiera lo que charlaba con ellos. acordando que Casandro sería su tutor hasta que él fuera mayor de edad. poco antes que desembocara en el mar. Algunos eran huraños y aburridos. Quieren verte. y que su madre también lloraba durante el viaje aunque se hubiera resignado a vivir en el lugar. llamado Jantos. –Eso crees tú. El castillo de Anfípolis coronaba un alto peñasco sobre una curva del Estrimón. –¿De veras? –dijo él. Se corre el rumor de que a tu edad tu padre había matado a un hombre. Recordaba confusamente la carreta de la madre. Últimamente. –¡Silencio o muerte! –era el lema que usaban siempre. Pero la gente habla. de lo contrario no volvería a verlos. recordaba que su madre se negaba a contarle qué había pasado con la abuela. empezó a cojear apenas iniciado el paseo. Los vigías de las murallas podían observar el amplio paisaje por todas partes. Recuerda: ni una palabra. recordaba Pidna demasiado bien. poco después los transferían. sin embargo. –Decirlo equivaldría a condenarme. cosa rara en esos tiempos. Los hombres salen con licencia. y los recuerdos se volvían borrosos. fuera de aquí. recordaba que su tía Tesalónica lloraba a lágrima viva aunque estaba por casarse. lugares distantes de Tracia. instantáneamente alerta–. Pero el día anterior. En los viejos tiempos había sido fortificado por Atenas y por Esparta. Desde que habían despedido a Cebes. venía a verlo cada tantos días. o la cima del Athos. parecía que la guerra había terminado. Por alguna razón la pregunta los alarmaba. –¿Cuándo seré mayor de edad? –les preguntaba a sus amigos. Casandro. pero los años son largos entre los siete y los trece. Alejandro le suplicó al otro. los asignaban a otra parte y él tenía otro compañero. Cuando Glaucias. en cinco años había aprendido cómo tratarlos.

Estaba olvidando el griego que le habían enseñado. también tenía sus deberes. Le explicó que sólo para protegerlos de los peligros que los acechaban. ella misma debía haberse instalado tiempo atrás en una corte adecuada. ni una palabra sobre lo que Jantos me dijo ayer. Ahí viene él. Pero le quedaban muchos adornos y comodidades. entró Casandro. Lo prometí. Se hubiera olvidado hasta de escribir. En sus habitaciones Roxana había reunido el mobiliario adquirido en sus largos viajes. cuando debiera reinar. ¿Y bien. estaba muy sola. Casandro le había permitido que una caravana llevara sus cosas a Anfípolis. –Veo a tu padre en ti –dijo con naturalidad. convencida de que de esa manera hacía pesar su dignidad. Sin embargo. El suave pelo moreno y las delicadas cejas eran como las suyas. De pronto. –¿Y qué otra cosa haces? –Necesita un instructor –interrumpió Roxana–. Al principio la esposa del comandante. lo mandó a bañarse y cambiarse. Mi madre también. entablaban conversación con ella. Los esplendores de los aposentos de la reina de Babilonia. no esperaba permanecer allí mucho tiempo y había insistido en mantenerlas a distancia. Hacía tiempo le habían dicho que los reyes no debían levantarse ante nadie. A su padre lo educó un filósofo.Mary Renault Juegos funerarios Echaron a andar hacia donde esperaba Peiros. con los pómulos enrojecidos por venillas rotas. Tu padre no era alto. si yo no lo obligara. aunque castaños. asintiendo–. Cuando los meses se hicieron años lo lamentó y dio pequeños indicios de condescendencia. no tuviera más compañía que mujeres y meros soldados. Pero estaba en su casa y. la ignorancia del muchacho convencería al regente de la necesidad de educarlo y brindarle otras compañías. estaban a doce años de distancia. la figura del rey la conmovió hasta las lágrimas. el rey. no lo olvides. no podría desenvolverse en la corte. como anfitrión. Casandro la saludó ceremoniosamente. peinado. Al menos. En sus largos ocios había confeccionado hermosas ropas para ambos. en vez de estar enclaustrada con gentuzas de provincias. la había enviado con su hijo a Anfípolis y que deseaba que. querido. por lo menos. Una vez lavado. Además. que estaba sentado cuando él entró. Notó que Roxana había engordado con los años de ocio. se puso de pie. –Pero era fuerte. las celosías y el estanque de lirios. con doncellas y damas. Ella observó que estaba avejentado y enjuto. ¿No se lo has dicho a nadie? –Claro que no. no ignoraba que estaba en edad de recibirla. Aunque sabía poco de las normas de educación griega. ¿Qué pensaría de él su tutor. aunque había conservado la límpida tez marfileña y los ojos espléndidos. –Madre –dijo Alejandro mientras esperaban–. Cuando entró Alejandro. él sumaba a la gracia persa la belleza clásica de Grecia. Alejandro? 145 . Encontró el cofre en el arcón y se los puso. sin esperar una respuesta. Casandro. a quien despidió con un gesto. Escoltado por el comandante. los había ocultado. ignoraba por qué. tenían cierta intensidad que le despertaba recuerdos. vestido con la túnica azul con bordes de hilo de oro y el cinturón bordado. –Aunque serás más alto que él. Acababa de enterarse de que había aparecido en el castillo sin advertencia y que estaba hablando con el comandante. Se puso su mejor vestido y un espléndido collar de oro con zafiros que su esposo le había regalado en la India. Esa vez debería insistir. y hablaba el tosco dialecto dórico de sus escoltas. Últimamente. le preguntó por su salud y. no hizo ninguna observación. La desconsolaba que su hijo. su estadía allí fuera agradable. pero era demasiado tarde y se mantuvo entre ellas una relación de fría formalidad. y algunas de las mujeres de los oficiales. Había crecido rápidamente y ya era más alto que ella. se volvió hacia su hijo. sucio de polvo y agitado por la cabalgata. Alejandro. ¿A quién podría decirlo entre esta gente? –¡Silencio o muerte! –Ssh. todo lo que quedaba de ellos eran el cofre de Estatira y las joyas. –Estas cosas pueden remediarse. cuando viniera a verlo? Y el momento había llegado. Yo me ejercito todos los días. pero era la reina madre. –Sí –dijo Alejandro. que reparó en el gesto. Luego recordó que entre las joyas de Estatira había unos aros de zafiro. De lo contrario. pero los ojos.

Tal vez mañana la invitemos. Alejandro. No cuando fuera viejo sino en ese momento. –Muy bien. el reino. Pero la cara enrojeció de nuevo y Casandro se limitó a decir: –¿Y si no están de acuerdo? –Bien. Otro espasmo lo estremeció. –Reuniré a todos los hombres de confianza de mi padre que pueda encontrar –dijo de inmediato–. Se dio cuenta de que lo estaban probando. Por un momento. – Cuando la muchacha se marchó. a especias. pensaremos estas cuestiones y veremos lo que conviene. Una joven esclava de la esposa del comandante entró con una jarra humeante y dos copas. encorvado de dolor. Tú también debes venir. –Tu padre era un. sino con furia de hombre. tendiendo los brazos. Aunque se aferraba a su madre. pero por encima del dolor y el miedo estaba el convencimiento de que le habían arrebatado la vida. ¿Y cómo piensas gobernar? Alejandro había meditado al respecto. para ahuyentar el frío. terminó la flor que estaba cosiendo. Alejandro tenía sed por el aire de mar y bebió su copa de un sorbo. Él salió a cabalgar por la costa con Jantos y Peiros. ¡Silencio o muerte! Al día siguiente llegó la primera escarcha de otoño. Al ver la cara de su madre. y dijo: –Mi señora preparó esto para ti. –¿Lo hice bien? –preguntó Alejandro cuando él se marchó. que había 146 . Le estaba contando al niño una historia sobre las guerras de su propio padre –él debía recordar que también era hija de guerreros– cuando le vio la cara tensa y los ojos extraviados. –Debo ver a Tolomeo. notó que el tutor palidecía y que las manchas rojas de las mejillas se volvían casi azules. Roxana. A fin de cuentas. cómo son esos lugares y sus habitantes. Así que debo seguir mi propio parecer.. que estaba ocupada con su bordado. con un guardia. Y antes de decidir nada. El niño miró hacia la puerta. y luego bebió la suya. Concluyó–: Un hombre de muchas caras. –Suspiró de alivio por haber recordado la frase. madre. –¡Hablaste! –gritó–. Conoció a mi padre desde que nació hasta que murió.. saboreando el aire de mar. estaba dolorido y atemorizado. El resto del tiempo –añadió cauteloso– pienso en ser rey. luego corrió a un rincón y se inclinó. Adiós. Caminó tambaleándose hasta la mesa.. era la furia ardiente del padre. dominando su cólera. Es mi tío. Hizo una reverencia. Alguien llamó a la puerta. y tuvo más arcadas. yo soy el rey. no! ¡Lo juro! Él apenas la oyó. miro las naves y pregunto de dónde vienen. Lanzó un líquido que olía a vómito. El niño era ingenuo. para su sorpresa..Mary Renault Juegos funerarios El niño reflexionó. ¡Hablaste! –¡No. Me lo contó Cebes. –Y mantuvimos el secreto. –Voy a las murallas. y a algo más que las especias habían ocultado antes. preguntaré qué hubiera hecho en mi lugar.. el niño comprendió. para ejercitarme. que ella había visto una sola vez. –¿De veras? –dijo Casandro irónicamente–. Roxana. el pelo al viento. Bien.. o lo es en parte. como él hacía. Jamás le he ofrendado nada. De modo que te sería. La tumba de mi padre está allí y yo debería hacerle una ofrenda. De pronto los ojos le ardieron de rabia. se preguntó si estaría enfermo. dijo–: Aún espera que le preste atención. navegaré hacia Egipto. no como en los arrebatos de su niñez. –Por favor agradece a tu señora –dijo Roxana– y dile que lo beberemos.. –Casandro se contuvo. vació la jarra en el suelo y miró los restos del fondo.. la gloria.. Ella corrió hacia él y le tomó la cabeza entre las manos. donde demostraría que era el hijo de Alejandro. no estaremos mucho más tiempo aquí. Volvió concentrado en este pensamiento. necesitaba a Cebes quien le había referido las hazañas de su padre. pero la madre había demostrado astucia en el pasado. si es que alguien puede informarme. el viaje a Egipto. Les pediré que me hablen de él. pero él la apartó como un perro herido. Más que nunca lo vi en ti. Adiós. y espera que la honres bebiéndolo. –Cuando sea mayor –gritó por encima del hombro–. Era tracia y el griego le resultaba difícil. Salgo a cabalgar todos los días. Actuaste realmente como digno hijo de tu padre. Iba a morir.

Si tan sólo Jantos y Peiros hubieran estado allí. No había nadie. gimiendo y sollozando.. para ser sus testigos. En vez de la cara rígida con la boca morada. se agachó sobre él. sufriendo los primeros espasmos. Roxana. El cuerpo de Alejandro se contrajo violentamente. vio con tremenda claridad al niño inconcluso de Estatira. convulsivo. la frente blanca sudando bajo el pelo húmedo. saludando a sus hombres con los ojos cuando se le apagó la voz. Se arrastró hacia la puerta pidiendo ayuda. contar su historia. 147 . se quedó rígido. mirando las vigas del techo. El veneno le había penetrado las venas. Los ojos se pusieron vidriosos. Ella sintió en el vientre un dolor punzante.Mary Renault Juegos funerarios resistido como soldado hasta el final.. en los brazos de Pérdicas. sus pensamientos se disolvían en dolor y náuseas. nadie. Pero no vino nadie.

su padre siempre había sido viejo. Miró lo que había escrito en la tablilla. era hermana de Casandro) y le había llevado tiempo preparar a su hijo menor para ser rey.. desde el principio hasta el fin. –Puedes construir uno cuando yo haya muerto. Demasiadas guerras. Tenía ochenta y tres años.. una amplia superficie de ébano pulido que en un tiempo estaba atestada con los papeles de su administración. Hazlos subir aquí. ¿quieres decir que tu libro está terminado? –Acabo de terminarlo. Además había cumplido con una tarea que había anhelado terminar tiempo atrás. había oído las historias desde 148 . gozaba de su retiro.C. el gato flexionó el lomo broncíneo y se desperezó voluptuosamente. Ahora el espacio estaba libre excepto por algunos libros. algunos instrumentos de escritura y un gato dormido. que era afectuoso por naturaleza. Debí escribirlo antes. Pensó en los nombres de actores y oradores célebres por la belleza de su voz. aireada y sus ventanas recibían la brisa del mar. –¿Casandro? –El joven recordaba vagamente a ese rey de Macedonia que había muerto cuando él era niño y había sido sucedido por sus inútiles hijos que también habían muerto.Mary Renault Juegos funerarios 286 a. a menudo se arrepentía de no haberlo matado. En cualquier caso. que había nacido mucho antes de su nacimiento. la vejez era frágil. la fatiga y demás achaques de la vejez. Ágil y musculoso. el joven entró con sigilo. –Debemos hacerlo leer –dijo–. Necesitas un edificio exclusivo para ellos. como todos saben. Sabía que había iniciado esa obra desde antes que él naciera. entonces será el momento de anunciarlo. pero la cera estaba grabada legiblemente. quien había resultado incurablemente pérfido (la madre. quien se desenvolvía demostrando mucha capacidad. bien. Lo arreglaré para el mes próximo. por razones políticas. encima de una viñeta. De huesos grandes como el padre. En el Odeón. –Para este hijo nacido en edad tardía. –Necesitas una biblioteca más grande. esperaba vivir el tiempo suficiente para supervisar al escriba. La biblioteca del rey Tolomeo estaba en el piso superior del palacio y daba sobre el puerto de Alejandría. por encima del collar enjoyado. El rey estaba sentado al escritorio. desde luego. –¿Dónde los pondrás? Ya tienes libros en el suelo. Antes nunca había tenido tiempo para leer. Pertenecía al pasado lejano. acaba de llegar de Atenas otra partida de libros. –¿Qué? Padre. Los crímenes del mayor eran la única pena de su vejez. Te daré otro libro para tu nueva biblioteca. le resultaba tan real como alguien que en ese momento entrara por la puerta. Sentía prisa por ver al padre gozando del fruto de su trabajo. pues viendo al viejo tan silencioso pensó que tal vez dormía. El joven notó que su padre parecía tan complacido como el gato. pero nunca desdeñable. con un ronroneo de satisfacción. Sus pensamientos fueron interrumpidos por la entrada de su heredero. ahora lo estaba compensando. donde estaba escrito.» Su hijo. Los caracteres eran vacilantes. Muchas cosas se lo habían impedido anteriormente. Yo estuve allí. Tolomeo extendió la mano arrugada y pecosa y rascó el pescuezo del gato. No necesitaba leer el libro del padre. «Aquí termina la historia de Alejandro. Las ratas los devorarán. se agachó para abrazarlo. En cambio Alejandro. Había tenido que desterrar a su hijo mayor. Pero su mero peso en el suelo de madera bastó para mover dos rollos en uno de los anaqueles atestados que revestían las paredes. Pese a la rigidez. –Esto –dijo de repente– debe anular el veneno de Casandro. Le había ido delegando gradualmente sus responsabilidades con creciente satisfacción. Tolomeo se volvió sonriendo. Las cuestiones de Egipto quedaban en manos de su hijo. –Le mostró la tablilla.. Pero a esas alturas de su vida se había serenado.. Ya casi está todo copiado. Le faltaba poco para ronronear también. pues había sido un gran planificador y legislador. ¿Dónde se pueden colocar? –¿Atenas? Ah. Tolomeo se había casado en terceras nupcias con su propia hermanastra. Tolomeo seguía pensando. casada demasiado pronto. –Padre. Tolomeo el Joven tenía veintiséis años y era macedonio puro. Era fresca.

149 . y las puso en orden. tiraban juntos como los caballos de un carro. mirando la áurea corona de laurel que se agitaba en la brisa del Mediterráneo como si tuviera vida. Cuando su hijo se hubo marchado. Hacía parecer posible todo aquello en que creía.Mary Renault Juegos funerarios la niñez–. Tenía cierto misterio. su hijo. Pero además. Sí. ¿comprendes? –Sí –dijo su hijo–. pero no lo sabíamos. tú siempre dijiste.. –Recogió la tablilla. compró el Liceo. Y no contento con eso. aunque nunca se demostró. La madre de Alejandro. Tuvimos razón al darle la divinidad.. donde debe estar si los dioses son justos. Pero ellos sufrieron y tú has prosperado. –Desde luego –dijo su hijo–. Sus hijos conspiraron para matar a la madre. Conócete a ti mismo. –Tantos grandes hombres.? –En la profundidad del Tártaro. Se sonrieron. y lo utilizó para ensombrecer el nombre de Alejandro. irritado por su indiferencia.. tal vez. su esposa. Bien. Luego esperó ante la ventana. que presentó el vientre para que le hicieran cosquillas. a la escuela de Cos. dice el dios en Delfos.. por un momento pareció formidable–. para que la gente nunca lo conociera. ¿Casandro. Nosotros también habíamos obrado milagros. Tolomeo había recibido honores divinos en Rodas por su ayuda en el famoso sitio. De ahí en adelante éramos simples hombres. desde luego. ¿Será porque le diste sepultura aquí? –Tal vez. tampoco lo conocerán las futuras generaciones. se desbocaron como los caballos cuando cae el auriga. Muchacho. Ésa fue la causa.. Quiero ver este libro trasladado al papel. Tolomeo asintió acariciando al gato.. Lo mantuvo oculto durante toda su infancia. Sólo en Rodas soy inmortal. quiero que lo envíen al Liceo. El joven Tolomeo miró por la ventana. Y nosotros creíamos también. Y uno a Rodas. Y cuando murió. –Sí. nosotros éramos sólo hombres tocados por él. Lo sé.. La áurea corona de laurel de la tumba de Alejandro estaba reflejando el sol. que nunca volverá a ser el mismo. prepara las lecturas. Impedí que se lo llevara Casandro. Nada en demasía. Y cuando el libro pueda ir a manos de los copistas. Y también como los caballos se partieron la espalda. Perseo. cuando murió supe que se había llevado su misterio consigo. Un centelleo cegador le hizo cerrar los ojos. sorprendido–. la miró celosamente y la dejó–. saltó a su regazo y se empezó a acurrucar allí.. Mató al hijo de Alejandro. –Pero –dijo el joven. hubiéramos dado la vida por ganar su confianza. Sus elogios eran preciosos. –Los pliegues flojos de la cara vieja se habían tensado. él conoce mi escritura.. se pudrió en vida antes de morir.. hicimos cosas imposibles. Sí. Y todo es verdad. Él arrancó las zarpas de su túnica y puso al gato en la mesa.. Así era Alejandro. –Ahora no. Acarició suavemente al gato. y él nunca olvidaba un favor. sí. No es frecuente que los habitantes de Rodas reciban un libro escrito por un dios. juntó las nuevas tablillas con manos trémulas pero resueltas.. –¡Ah! Así era Alejandro. Era un hombre con un toque divino. espero que se entere de la existencia de mi libro. Se volvió hacia la habitación.. A él le gustaban las cosas bien hechas.. Cuando Alejandro vivía. llama a Filisto. con los límites que nos fijó la naturaleza.. a la Academia. tengo que hacer. El gato.

con la diferencia de que Alejandro les había legado un escenario mundial donde representarlas. Su valor era legendario. 150 . continuó planeando la siguiente campaña hasta que ya no pudo hablar.» La responsabilidad de Alejandro en la cruenta lucha por el poder que siguió después. si se creía un descendiente de los dioses. Pausanias dice de Casandro: «Pero él no tuvo un final feliz. Pitón se alió con Antígono. tal vez por puro aburrimiento. Después de la muerte de Pérdicas. omitir varios asesinatos de personas eminentes. Este exterminio familiar evoca la venganza de las Furias de una tragedia griega. hija de Filipo y Nicasépolis. era un hombre capaz e inteligente y compartía las ideas de Alejandro como estadista. no reside en su personalidad como líder. poco después de subir al trono contrajo una enfermedad y murió. además de amigo devoto y tal vez amante de Alejandro. por razones de continuidad. Antígono lo mató también. Filipo. los macedonios jamás habrían tenido en cuenta a otros aspirantes al trono. Cualquiera habría pensado que un hombre tan alerta a las contingencias de la guerra debería haber previsto ésta. Casandro lo hizo salir jurándole que estaría a salvo y lo hizo asesinar. Si de algo se lo puede culpar es de no haber concertado un buen matrimonio dinástico y engendrado un heredero antes de partir hacia el Asia. ejecutándolas después por el crimen. Su muerte repentina parece haber desmoronado todas las certezas de Alejandro. cuando después de su grave herida en la India debió de sentir que su dinámica vitalidad empezaba a flaquear. Parece improbable que este prudente estadista quisiera repetir la precipitada aventura de Pérdicas. pero a su vez fue muerto por Demetrio. la historia primitiva de Macedonia demuestra que sus sucesores simplemente retrocedieron a las ancestrales luchas tribales y familiares por el trono.Mary Renault Juegos funerarios NOTA DE LA AUTORA Entre los muchos enigmas de la vida de Alejandro. era comandante de la guarnición del Anfípolis. Antígono se enteró de sus planes y. él la ignoró por completo. sus pautas eran elevadas para su propia época y hay evidencias de que reprimió en sus oficiales la inescrupulosidad y el ánimo traicionero que afloró con la desaparición de su influencia. pero accedió a casarse con ella y Cleopatra se preparó a partir hacia Egipto. A continuación narra que Alejandro mató a su hermano Antípatro. y ni siquiera engendró un heredero hasta el último año de su vida. Este bloqueo psicológico en un hombre que ambicionaba que su obra lo trascendiera será siempre un misterio. Enfermó de hidropesía y le brotaron gusanos cuando aún vivía. temiendo un obstáculo en sus propios objetivos dinásticos. En 308. durante su última enfermedad. Todos los actos de violencia descritos en este libro son históricos. su propia vida se extinguió. no por ello era inmortal. tan obvia. Si hubiera dejado un hijo de trece o catorce años. el hijo menor». constantemente se exponía donde la acción era más peligrosa. Arístono. tal vez habría recibido la regencia sin discusión alguna. asesinó a su madre Tesalónica. Si Hefestión hubiera sobrevivido. Antípatro. rehusando una oferta de matrimonio de Casandro. su segundo hijo. Seleuco sobrevivió a Tolomeo (era más joven) pero cuando tenía casi ochenta años invadió Grecia con el propósito de adueñarse del trono de Macedonia y fue muerto por un pretendiente rival. ella vivió tranquilamente en Sardis hasta los cuarenta y seis años. siendo el más notable el de Cleopatra. en parte como consecuencia de ese pesar. Había sufrido varias heridas graves y enfermedades casi fatales. según la creencia griega. le hizo propuestas a Tolomeo. acusándola de favorecer demasiado a Alejandro. los valientes sólo saborean la muerte una vez. en la época en que Olimpia se rindió a Casandro. Sin embargo. Por el contrario. uno de los más extraños se relaciona con su actitud ante su propia muerte. Ante la falta de ese heredero. y es obvio que aún no se había recobrado de su pesar cuando. Tal vez compartía la opinión que Shakespeare pone en boca de Julio César: «Los cobardes mueren muchas veces antes de morir. su hijo mayor. Sin embargo. En verdad ha sido necesario. la hizo asesinar por sus esclavas. pero se hizo fuerte en Media y parecía estar planeando una revuelta. Su historia nos revela que.

voluble y disipado. es una traducción literal del griego. Por lo tanto han sido descritos como oficiales del alto mando en la Lista de Personajes. que siguió el destino de Eumenes y luego de Antígono. siendo testigo de muchos de los acontecimientos que describe. fue capturado por Seleuco. Diodoro Sículo. se remonta probablemente a los orígenes de la historia de Macedonia. La explicación más viable es desde luego que la muerte clínica ocurrió mucho más tarde de lo que supusieron los observadores. Hombre brillante. Fuentes Principales: Quinto Curcio. pero sería erróneo suponer que se encargaban permanentemente de la custodia personal. que siempre le fue fiel. En tiempos cristianos se hubiera hablado del milagro de un santo. lo más probable es que hayan sido los eunucos de palacio. en Frigia. protegiéndolo de las moscas. Pero es evidente que alguien debió de encargarse del cuerpo. Libro X.Mary Renault Juegos funerarios Durante años Antígono luchó para conquistar el imperio de Alejandro. que incluyeron la posesión del trono de Macedonia. hasta que Tolomeo. encantador. La fuente de Diodoro para este período es fiable: Jerónimo de Cardia. antes que su hijo Demetrio. La notable carrera de Demetrio no puede resumirse en una nota. incluso admitiendo que hubiera alguna exageración. o Guardia de Corps. bajo cuya humanitaria custodia murió de tanto beber. después de hazañas notables. pero en tiempos de Alejandro no existía una tradición semejante que atrajera a los hagiógrafos e. Libros XVIII y XIX. de ahí en adelante. El extraño fenómeno de la no corrupción del cuerpo de Alejandro es histórico. para los acontecimientos inmediatamente posteriores a la muerte de Alejandro. parece que se produjo algo anormal. pudiera acudir en su ayuda. que no participaban en las riñas dinásticas que se ventilaban afuera. Los ocho oficiales principales de Alejandro eran conocidos como Guardia Real o Guardia de Corps. El titulo de Somatophylax. más notable aún teniendo en cuenta el gran calor de Babilonia. 151 . Seleuco y Casandro pactaron una alianza defensiva y lo mataron en la batalla de Ipsos. Muchos tenían importantes cargos militares.

enemigo jurado de Alejandro (llegó a rey de Macedonia después del asesinato de Alejandro IV). Alejandro IV. Más tarde rey y fundador de la dinastía de los Antigónidas. padre de Eurídice. Esposo de Cinane. favorito de Darío III y luego de Alejandro. de quien aprendió las artes guerreras. Filipo. Se omiten los personajes menores que hacen sólo una breve aparición. desaparece de la historia después de la muerte de Alejandro. BAGOAS Joven eunuco persa. Aunque es un personaje real. ALEJANDRO III Magno. ALCETAS Hermano de Pérdicas. CEBES Maestro del niño Alejandro IV. Su padre. ARÍSTONO Oficial del alto mando de Alejandro. ARIBAS Noble macedonio. asesinado por sus generales después de ser derrotado por Alejandro en Gaugamela. CINANE Hija de Filipo II y una princesa iliria. aquí se le da un nombre epirota similar para distinguirlo de Filipo Arrideo. Siendo niño cuando murió Pérdicas. ANTÍPATRO Regente de Macedonia durante la campaña de Alejandro en Asia. fue desplazado en favor de Filipo. ARRIDEO Véase Filipo III. el general. servidor de Filipo Arrideo. CRÁTERO El más alto oficial de Alejandro. *DARÍO III El último gran rey persa. Todas las demás menciones de Alejandro se refieren a él a menos que se especifique el nombre del hijo. donde gobernó después que el rey murió en Italia. hermana de Alejandro.Mary Renault Juegos funerarios PERSONAJES PRINCIPALES Los personajes inventados figuran en cursiva. madre de Eurícide. Marchaba hacia Macedonia cuando Alejandro murió. ANTÍGONO General de Alejandro. Su verdadero nombre era Arrideo. DEMETRIO Hijo de Antígono. (Más tarde conocido como el Sitiador. Los personajes señalados con asterisco han muerto antes que se inicie el relato. alumbrado por Roxana. todos los que figuran en redonda son históricos. hermano mayor de Filipo II. *AMINTAS Hijo del rey Pérdicas. CASANDRO Hijo mayor de Antípatro. CONON Veterano macedonio. fue asesinado durante su procesión nupcial. llegó a rey de 152 . Se casó con el rey Alejandro de Molosia. sátrapa de Frigia. BADIA Ex–concubina del rey Artajerjes Oco de Persia. después de cuyo asesinato fue ejecutado por traición. diseñador de la carroza fúnebre de Alejandro. y sus intervenciones en este relato son ficticias. CLEOPATRA Hija de Filipo II y Olimpia. ALEJANDRO IV Hijo póstumo de Alejandro Magno. más tarde leal a Alejandro IV. y en el momento de su muerte. Viuda de Amintas.

NICEA Hija del regente Antípatro. general del ejército de Eurídice. ex– copero de Alejandro. Pérdicas III. PÉRDICAS Lugarteniente de Alejandro después de la muerte de Hefestión. (Véase *Amintas. casada con él durante una campaña en Bactra. OLIMPIA Hija del rey Neoptolomeo de Molosia. FILIPO III (Filipo Arrideo). viuda de Hefestión. Juegos funerarios EURÍDICE Hija de Amintas y Cinane. TEOFRASTO Sucesor de Aristóteles como director del Liceo de Atenas. enemigo de Pérdicas. EUMENES Secretario y general de Alejandro. *FILIPO II Fundador de la supremacía macedónica en Grecia. OCO (Rey Artajerjes Oco. NICANOR Hermano de Casandro. amiga de Alejandro. MELEAGRO Oficial macedonio.) Gran rey de Persia antes del breve reinado de *Darío III. Eurídice era el nombre dinástico que se le confirió en su boda (o compromiso) con Filipo III. se casó con Pérdicas. el regente de Macedonia. leal a Filipo II NEARCO Amigo de la infancia y general de Alejandro.) PEUCESTES Oficial del alto mando de Alejandro. más tarde de Pérdicas. Hijo de Filipo II y Filina.) SISIGAMBIS Madre de Darío III. una de sus esposas. comprometido con Cleopatra antes de morir en batalla. padre de Alejandro. Comprometido con Cleopatra después de la muerte de Leonato. Era nieta de Filipo II y de su hermano mayor. muerto pocos meses antes que él. patrocinado por 153 . (Más tarde rey del Imperio Seléucida en Medio Oriente. POLIPERCONTE Oficial del alto mando de Alejandro. ROXANA Esposa de Alejandro. SELEUCO Oficial del alto mando de Alejandro. quien lo sucedió después de su muerte en batalla. casada con Alejandro en Susa. ESTATIRA Hija de Darío III. viuda de Filipo II.Mary Renault Macedonia a la muerte de Casandro. madre de Alejandro. de quien se divorció. *HEFESTIÓN Íntimo amigo de Alejandro. Madre de Alejandro IV. LEONATO Oficial del alto mando y pariente de Alejandro. leal a la casa real. regente de Macedonia después de la muerte de Antípatro. IOLAS Hijo de Antípatro. hermano menor de Casandro. sátrapa de Persia. PITÓN Oficial del alto mando de Alejandro. *PÉRDICAS III Hermano mayor de *Filipo II. Su nombre de nacimiento era Adea. El nombre de Filipo le fue conferido después de su ascenso al trono.) DRIPETIS Hija menor de Darío.

fundador de la dinastía de los Tolomeos. TOLOMEO Oficial del alto mando de Alejandro.Mary Renault Casandro. más tarde esposa de Casandro. Más tarde rey de Egipto. Juegos funerarios TESALÓNICA Hija de Filipo II y una de sus esposas. 154 . presuntamente hermanastro. y autor de una Historia de Alejandro muy usada por Arriano. y pariente suyo.