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Más allá de Maastricht: nuevo pacto para el euro


Thomas Klau, François Godement y José Ignacio Torreblanca - Política Exterior 140
Senior policy fellow de la representación del European Council on Foreign Relations
(ECFR) en París; senior policy fellow del ECFR y profesor en la Universidad Sciences Po
en París; y senior policy fellow de la representación del ECFR en Madrid, profesor
-------------------

La Unión Económica y Monetaria ha sido un logro extraordinario, pero la


debilidad del sistema de gobierno de la zona euro ha quedado al desnudo. La
creación de un Mecanismo Europeo de Estabilidad sería el primer paso certero
para el futuro del euro.

La reacción de los líderes europeos ante la crisis del euro ha sido lenta e incompleta.
Después de haber rescatado a Grecia, acordaron crear –coincidiendo con el 60º
aniversario de la Declaración de Schuman, en mayo de 2010– junto con el Fondo
Monetario Internacional un gigantesco paquete de rescate de 750.000 millones de euros
para disuadir a los especuladores o, en el peor de los casos, ayudar a otros países de la
zona euro en graves problemas presupuestarios. A pesar de esta audaz medida, la
crisis ha continuado y empeorado. A un verano de calma inquieta en 2010 le siguió en
otoño una nueva y enorme pérdida de confianza de los tenedores de la deuda soberana
de la zona euro. En noviembre, Irlanda se convirtió en el primer país que pidió ayuda al
Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF) creado por los dirigentes de la Unión
Europea en mayo.

Un efecto dominó amenazó entonces con desplazarse de la periferia al centro. Si


Portugal cae, la cuarta economía más grande del euro, España (cuyo PIB de un billón de
euros es siete veces mayor que el de Irlanda y representa la décima parte de la
economía de la zona euro), hubiera podido ser la siguiente. A diferencia de Grecia,
España no entró en la crisis con un gran problema de deuda pública, y se encuentra
amenazada sobre todo por la magnitud de las pérdidas del sector financiero. Aun

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cuando los fondos del FEEF fuesen suficientes, como afirman las autoridades, una
operación de rescate para España hubiera marcado un peligroso punto de inflexión en la
crisis de la deuda soberana. Si España se hubiese visto forzada a una intervención o a
declarar la insolvencia, las consecuencias habrían sido desastrosas. En el peor de los
casos, podrían haber seguido sus pasos Bélgica e Italia, dos países que están mucho
más endeudados que España.

La UE ha estado antes en crisis. Pero esta vez es diferente. En el pasado, los dirigentes
europeos recurrieron a las lecciones aprendidas en dos guerras mundiales y
aprovecharon las crisis como oportunidades para consolidar la integración política y
económica. En los años ochenta, Europa respondió a la amenaza que suponía el
superior comportamiento de las economías estadounidense y japonesa con la decisión
de completar el mercado único. En los años noventa, respondió a la caída del muro de
Berlín y a la reunificación alemana con la creación de una unión monetaria. Ahora,
enfrentada a una crisis que ha puesto de manifiesto la debilidad del sistema de gobierno
de la zona euro, el siguiente paso lógico sería reforzar la unión económica, fiel al
espíritu de los padres fundadores.

Pero mientras que el Banco Central Europeo (BCE) ha tomado la iniciativa a fin de
combatir la crisis, los dirigentes nacionales han titubeado. El principal motivo es un
cambio fundamental en la posición de Alemania en el núcleo del proyecto europeo.
Durante 50 años, Europa ha sido escenario de una feroz competición entre modelos
económicos contrapuestos. Alemania, fortalecida por su sólido crecimiento en medio de
la mayor crisis económica y financiera desde la Segunda Guerra mundial, piensa que ha
ganado esta batalla, aun cuando su enorme superávit comercial genere desequilibrios
perjudiciales dentro y fuera de Europa. Tras haberse sometido a reformas dolorosas, no
ve motivos para ahorrarles a otros países esta disciplina. En el pasado, el proceso de la
integración económica europea estuvo impulsado por acuerdos entre los Estados
miembros, fundamentalmente, entre Francia y Alemania. Ahora, sin embargo, depende
de que otros Estados accedan a adoptar el modelo alemán. El paulatino
enmudecimiento de Francia es revelador del cambio de perspectiva: de una Alemania
europea a una Europa alemana.

A medida que los dirigentes europeos discuten en público por el rumbo a seguir –a
pesar de diseñar recortes presupuestarios similares en sus respectivos países–, los
temores sobre el euro no se terminan de despejar. El coste financiero de una ruptura
del euro sería enorme para todos los países, entre ellos Alemania, que fácilmente podría
ver barridos los beneficios obtenidos gracias a una dolorosa reforma económica por una
tremenda revalorización de su moneda. El coste político para Europa, dentro y fuera del
continente, sería todavía más desastroso. Si la ruptura de la zona euro se materializara,
Europa se enfrentaría a una debilitadora falta de influencia y respeto.
Dicho de manera sencilla, la crisis del euro se ha convertido en una amenaza existencial
para la política exterior europea que afecta no solo a la los 16 miembros de la zona
euro, sino a los 27 países de la UE. Durante la década transcurrida desde la creación de

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la moneda única, el reto de la política exterior de la UE ha sido igualar el poder


económico con una voz diplomática acorde. Pero justamente cuando la UE parecía
haber creado, mediante el Tratado de Lisboa, un instrumento que le permitiría coordinar
más eficazmente su política exterior, se enfrenta a un nuevo contratiempo, ya que su
prestigio económico mengua como consecuencia de la crisis. Si la UE es incapaz de
garantizar el futuro a largo plazo del euro, se enfrenta a la irrelevancia en la escena
mundial (independientemente de cómo gestione su política exterior).

Los orígenes de la crisis


La crisis de la deuda soberana que estalló en la zona euro en la primavera de 2010 fue
consecuencia directa de la operación de rescate de los gobiernos de la UE para salvar el
sector financiero y la economía de Europa después de la quiebra de Lehman Brothers,
en septiembre de 2008. “La primera fase de la operación se ha completado con éxito;
se ha evitado una catástrofe”, afirmaba George Soros en junio, “pero las causas ocultas
no han desaparecido y han vuelto a aflorar cuando los mercados financieros han
empezado a cuestionar la credibilidad de la deuda soberana. Ha sido entonces cuando
el euro se ha convertido en el protagonista debido a la debilidad estructural de su
constitución”.

El carácter excepcional de la crisis se explica por una serie de fallos que se superponen.
El primero, común a todo Occidente, es el catastrófico fracaso del control legal y la
supervisión reguladora del sector financiero. Sin embargo, la crisis mundial también ha
sacado a la luz más fallos específicos de Europa. Así, ha puesto de manifiesto que la
arquitectura política diseñada por Maastricht para la zona euro –con el Pacto de
Estabilidad y Crecimiento (PEC), centrado en el déficit– era inadecuada para superar los
retos reales a los que se enfrentaba la zona. En concreto, ha sido incapaz de evitar
tanto el aumento de las desigualdades entre las economías de sus miembros como las
enormes amenazas interfronterizas que un sector bancario cada vez más
interdependiente e ineficazmente supervisado planteaba para el crecimiento y la
estabilidad continuados de los países del euro. Irlanda y España, ambos lastrados por
una gigantesca deuda del sector financiero –después de un auge de la construcción
impulsado por la especulación más que por la demanda–, ofrecen dos ejemplos, ya que
se encuentran entre los países con mejor comportamiento según el reglamento de
Maastricht.

Como se ha puesto ahora de manifiesto, el sistema construido sobre las bases del
Tratado de Maastricht también era demasiado débil para soportar una tormenta fuerte
en el mercado financiero. “No había ninguna cláusula sobre gestión de crisis en el
tratado”, afirma Jean Pisani-Ferry, director del think-tank económico Bruegel. En
palabras del presidente de Eurointelligence y director asociado del Financial Times,
Wolfgang Münchau, “Alemania, en concreto, había reducido la unión monetaria a su
núcleo fiscal y monetario, y pensaba que podía alcanzar una situación presupuestaria y
económica estable y sostenible mediante un sistema de normas. De manera un tanto
ingenua, creía en la norma del ‘no rescate’ a los países que se enfrentasen a la amenaza

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del impago. Pero, lógicamente, si uno no tiene ni rescate, ni impago, ni medidas para la
salida de la zona euro, tiene por definición una construcción que solo es útil cuando
hace buen tiempo”.
Muchas de estas debilidades sistémicas del gobierno de la zona euro derivaban de la
larga y a menudo conflictiva búsqueda de un modo de proporcionar disciplina
presupuestaria y convergencia económica, a la vez que permitía a los gobiernos y
parlamentos nacionales establecer sus propias políticas. Al mismo tiempo, agentes
políticos clave expresaban en privado sus dudas sobre la pervivencia de este modelo
basado en normas. “Desde el principio, Jacques Delors advirtió que, además de un
banco central, también se necesita alguna forma de gobierno económico. Pero Alemania
siempre decía que eso pondría en peligro la autonomía del banco”, señala el exprimer
ministro belga Jean-Luc Dehaene.

El conflicto continuó incluso después de la introducción del euro. Los años posteriores a
1999 fueron testigos de numerosas escaramuzas entre los Estados miembros del euro,
interesados en preservar su soberanía sobre las decisiones presupuestarias y de política
económica nacionales, y los defensores del PEC. El enfrentamiento más revelador y
perjudicial fue la exitosa rebelión franco-alemana de 2003 y 2004 contra una acción de
la Comisión Europea para iniciar procedimientos sancionadores contra París y Berlín por
no haber tomado medidas para reducir sus respectivos déficit presupuestarios, de
acuerdo con el límite impuesto por Maastricht del tres por cien del PIB. A muchos
Estados más pequeños les daba la impresión de que las normas que a ellos les habían
obligado a cumplir dejaban de ser válidas cuando se trataba de dos países grandes. La
decisión tomada en 2005 de introducir algunas modificaciones en el reglamento del
gobierno económico –el paso de “Maastricht I” a “Maastricht II”– fue en su día
aclamada por algunos como una victoria del sentido común sobre la rigidez burocrática.
Hoy, parece más bien un error.

Con su obsesión por el déficit público, Maastricht II ha permanecido ciego al


sistémicamente peligroso comportamiento del sector financiero, debido a una caída en
picado de los tipos de interés como consecuencia de la introducción del euro, y era
demasiado débil para evitar los desestabilizadores desequilibrios económicos dentro de
la zona euro. Ni siquiera ha impedido un flagrante fraude contable gubernamental en un
país como Grecia, ni un grado de endeudamiento nacional problemático incluso antes
del rescate del sector financiero. No ha ofrecido nada con lo que combatir la tormenta
financiera nacida de estos fallos.

Todas estas deficiencias se han convertido ahora en motores de las fuerzas del
mercado como consecuencia de la naturaleza específica de la UE y el euro. Un vistazo a
los datos económicos nos dice que, en cuanto a los niveles de deuda pública y privada y
las cuentas corrientes en general, la zona euro está en mejor forma que Estados
Unidos. Sin embargo, los mercados han convertido ahora a los países del euro, no a EE
UU, en el foco de su ansiedad. La razón es sencilla. Mientras que EE UU se ajusta al
modelo reconocible y probado de un Estado federal consolidado, con un gran

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presupuesto y transferencias fiscales flexibles de las regiones más ricas a las más
pobres, la zona euro sigue siendo para muchos operadores un prototipo no probado
propenso a estrellarse en cualquier momento. Los mercados esperan que EE UU
siempre haga lo necesario para garantizar la cohesión y la supervivencia del conjunto.
La UE, por el contrario, no ha acumulado ningún capital histórico de este tipo, ni sigue
un modelo histórico reconocible.

Al mismo tiempo, las evasivas, los agrios debates y la cortedad de miras internacional
de las que han hecho gala los dirigentes de la zona euro desde el estallido de la crisis de
la deuda soberana, han socavado aún más su prestigio como grupo cohesionado. Y lo
que es peor, la incapacidad para alcanzar un acuerdo sobre un plan con el que hacer
frente a las pérdidas del sector financiero ha hecho que los Estados miembros hayan
tenido que asumir individualmente toda la responsabilidad de unas operaciones de
rescate que apenas se podían permitir. Como la zona euro no posee una figura
políticamente poderosa capaz de obligar a cumplir las decisiones comunes y de hablar
en nombre de todos con autoridad, las divisiones entre los Estados se han convertido
en el centro de atención de los mercados, con efectos desastrosos sobre los tipos de
interés, los presupuestos públicos y, en última instancia, los ciudadanos europeos.

Maastricht III
El hecho de acordar la creación del Mecanismo Europeo de Estabilidad (ESM, en inglés)
para remplazar el FEEF en 2013 representa un cambio fundamental y esperanzador. Al
vincularlo al Tratado de Lisboa, los países de la zona euro se comprometerían
implícitamente con todo el peso de las fuentes del Derecho más importantes de la UE a
hacer todo lo necesario para preservar la estabilidad y la cohesión de la zona euro.
Dicho de manera simple, el ESM ofrecerá medidas preventivas para reforzar la cohesión
de la zona en tiempos de crisis. Pero no aborda los desequilibrios económicos ni la falta
de un liderazgo europeo. Por tanto, puede que el ESM no sea más que el primero de
varios pasos encaminados a restaurar la fe en el euro. “La crisis ha dejado al
descubierto con crudeza la debilidad del modelo europeo y del euro”, afirma el
exministro de Asuntos Exteriores alemán Joschka Fischer.

Los dirigentes de la UE han reconocido esto implícitamente y han pedido una amplia
remodelación del sistema de gobierno de la zona euro, que finalizará hacia el verano.
Sin embargo, a pesar del rotundo fracaso de Maastricht I y II, han optado
preventivamente por concederle una tercera oportunidad, en vez de aprovechar la crisis
como una ocasión para rediseñar la unión económica de un modo más radical. Las
características exactas de la reforma se debatirán ahora en un proceso en el que el
Parlamento Europeo, con sus poderes reforzados por el Tratado de Lisboa,
desempeñará una función esencial como colegislador. Sus elementos clave, como se
esbozan en las propuestas de la Comisión Europea, apuntan a un futuro acuerdo para:
– Incrementar la coordinación y la supervisión mutua de las tendencias económicas y
fiscales mediante la introducción del llamado “semestre europeo”.
– Exigir a los Estados que creen un marco nacional para que la planificación

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presupuestaria sea más compatible con los requisitos de la UE.


– Hacer frente a la deuda nacional excesiva, así como a los déficit, con una variación del
mecanismo sancionador del PEC.
– Endurecer el procedimiento de modo que a los ministros de Economía les resulte más
fácil y rápido adoptar sanciones.
– Introducir un nuevo sistema de vigilancia y, posiblemente, un nuevo procedimiento
sancionador para controlar los desequilibrios en las economías de la zona euro,
basándose en un marcador de indicadores económicos.

Existen profundos desacuerdos entre los gobiernos respecto a detalles cruciales de este
tercer sistema de Maastricht, como el modo de evaluar los desequilibrios de un país o
de definir el exceso de deuda. Independientemente de cómo se resuelvan estos
desacuerdos, ya parece claro que “Maastricht III” compartirá algunos fallos
estructurales con sus dos predecesores. En concreto, no basta con construir un sistema
de gobierno que parezca eficiente y coherente sobre el papel, pero que se desmorone
cuando se exponga a la realidad de la política en las 17 democracias (incluida Estonia)
que forman parte del euro desde enero de 2011. Resulta sorprendente que, en el actual
debate sobre la reforma, algunos asuntos prácticos y políticos no económicos pero
fundamentales apenas se hayan mencionado a pesar de que, en el pasado, han hecho
que el sistema de Maastricht sea casi imposible de manejar desde el punto de vista
estructural.

El reglamento de Maastricht tiene al menos tres grandes problemas que la reforma en


curso no parece abordar. Primero, el PEC hace caso omiso de los efectos del calendario
político de cada país, y el ciclo electoral en concreto, sobre el ritmo de las decisiones de
política económica y presupuestaria. No hay indicios de que el tercer intento de acertar
con el PEC vaya a tener en cuenta esto, por no hablar de crear un marco capaz de
plegarse o adaptarse a una realidad tan fundamental de la política en una democracia.

Segundo, las normas internas y las prácticas constitucionales de los Estados de la UE


referidas al modo de conducir su política económica y presupuestaria difieren en
aspectos fundamentales. En algunos Estados, es principalmente el ministro de
Economía quien establece la política presupuestaria; en otros, es el jefe de gobierno o
el gabinete en su conjunto. En algunos países, la mayoría parlamentaria ejerce un grado
elevado de control sobre la elaboración del presupuesto; en otros, el gobiernos
simplemente somete el presupuesto a votación. En el pasado, los ministros de
Economía reunidos en el Eurogrupo han actuado y hablado como si tuvieran el poder de
tomar decisiones realmente vinculantes para todos los gobiernos de la zona euro. Pero
en realidad no lo poseen.

Tercero, es inevitable que se cometan errores. Con el tiempo, la Comisión Europea, el


Consejo Europeo y el Eurogrupo, cuya función según el PEC consiste en guiar a los
Estados y sancionar a los díscolos, ofrecerán alguna orientación errónea y, a veces,

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impondrán sanciones basadas en suposiciones erróneas. De hecho, Maastricht III hará


que esto sea aún más probable: al incorporar más opciones de sanción, como
consecuencia de la reforma en curso, aumentan las posibilidades de errores.
Inevitablemente, a medida que pase el tiempo, estos errores sucesivos debilitarán la
legitimidad del sistema y allanarán el camino para una rebelión organizada por los
involuntarios receptores de la orientación o el castigo. El levantamiento franco-alemán
contra Maastricht I fue criticado por muchos que lo tacharon de “antieuropeo”. Pero
ambos países defendieron entonces su postura fiscal afirmando que era la adecuada; y,
desde un punto de vista puramente económico y presupuestario, los acontecimientos
posteriores han dado la razón a los alemanes. En aquel momento, la camisa de fuerza
de normas y el castigo de inspiración alemana chocaba con el propio pensamiento
progresista de Berlín y con sus decisiones económicas. Cuando se le aplicó a Alemania
del mismo modo que se había aplicado a otros, los alemanes, con el apoyo de los
franceses, acabaron con ella.

El marco de Maastricht tal como es hoy, y tal como parece que surgirá de la reforma en
curso, tiene en cuenta poco o nada estas tres realidades. Exige olvidar nuestra
incredulidad y suponer que aumentar el alcance de las sanciones y facilitar su adopción
harán que Maastricht III funcione allí donde sus dos predecesores no lo hicieron. Para
que el PEC funcione se necesitaría, como mínimo, una armonización considerable de los
hábitos nacionales de gobierno y, en algunos casos, incluso de las constituciones, para
hacerlos compatibles con el marco europeo de coordinación y vigilancia. Pero, como
señalaba Tommaso Padoa-Schioppa, esto plantea una paradoja. “Muchas personas
afirman que un sistema presupuestario federal es soñar con una UE mucho más fuerte
de lo que les gustaría”, aseguraba el economista italiano, “pero estas mismas personas
consideran que es responsabilidad de la UE coordinar las políticas presupuestarias
nacionales, lo cual es mucho más intrusivo. Nos encontramos en la paradójica situación
de que aquellos que tienen pocas ambiciones de integrar más la UE, tienen grandes
ambiciones respecto al papel de la Unión como coordinador poderoso e intrusivo”.

Las alternativas
Enfrentados a una inquietud de los mercados y a la decisión de crear un sucesor para el
FEEF, algunos gobiernos de la zona euro han abierto el debate sobre otras medidas.

Eurobonos. La propuesta más destacada se refiere a la acumulación gradual de un


enorme mercado de eurobonos equivalente al 40 por cien del PIB de la UE y de cada
Estado miembro. En medio de un avance espectacular, la han respaldado –en contra de
la notoria oposición alemana– el presidente del Eurogrupo y primer ministro de
Luxemburgo, Jean-Claude Juncker, y el ministro de Economía italiano, Giulio Tremonti.

La canciller alemana Angela Merkel ha rechazado inmediatamente el plan (seguida,


aunque de una manera menos categórica, por el presidente francés, Nicolas Sarkozy).
Su rechazo a la propuesta es aún más llamativo si tenemos en cuenta que dos figuras

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importantes del Partido Socialdemócrata de la oposición, Frank-Walter Steinmeier y


Peer Steinbrück, pedían en un artículo publicado en Financial Times “la introducción
limitada de bonos de ámbito europeo”, junto con una restricción para los titulares de
deuda, garantías de deudas para los países estables y políticas fiscales más
armonizadas.

Las ventajas de cambiar gran parte de la deuda nacional existente por eurobonos son
numerosas. El mercado de eurobonos rivalizaría con el mercado de bonos del Tesoro de
EE UU, lo que crearía unas condiciones de refinanciación favorables para los países del
euro y otros de la UE. La profundidad del mercado y su amplia base son los únicos
motivos –junto con un sistema federal– por los que la deuda pública de EE UU sigue
siendo tan atractiva. El alcance de la especulación contra países individuales se reduciría
considerablemente y los contribuyentes correrían con unos gastos de refinanciación
más bajos. Los eurobonos –con su probable calificación AAA– propiciarían una inversión
muy necesaria. Finalmente, el hecho de limitar los eurobonos al 40 por cien del PIB
ofrecería un importante incentivo para que los Estados miembros reduzcan su deuda
hasta acercarse todo lo posible a ese techo, puesto que por una deuda mayor habría
que pagar tipos de interés más altos.

A pesar de los argumentos de Merkel en contra de la viabilidad legal de pasarse a los


eurobonos teniendo en cuenta la actual ley europea, el Tratado de Maastricht nunca ha
descartado un vehículo de deuda europeo, como demuestra el uso ocasional de bonos
de la UE en el pasado: se emitieron eurobonos para echarle una mano a Italia en 1993 y
facilitar la transición en Georgia, Kosovo y Moldavia antes de 2004. En noviembre de
2008, sin ir más lejos, se ayudó a Hungría con una emisión de bonos por valor de
12.000 millones de euros. La oposición del gobierno alemán es principalmente política,
fomentada por el euroescéptico Tribunal Constitucional y por el miedo del electorado a
una pequeña subida de los costes de refinanciación. Pero es probable que el destino
futuro de la propuesta de los eurobonos venga determinado tanto por la necesidad de
contrarrestar un aumento de la enorme inestabilidad de los mercados de capital
europeos como por los argumentos políticos. En estos momentos, el compromiso de
construir un gran mercado de eurobonos sería la mejor opción para dejar claro a los
inversores que la zona euro va a rechazar cualquier intento de minar su solidaridad.
Incluso para los alemanes, el posible pequeño precio a pagar en forma de costes de
refinanciación ligeramente más altos podría parecer atractivo si la alternativa –el riesgo
de ruptura de la zona euro– es peor.

Un Programa Europeo de Rescate de Activos Problemáticos. La resistencia frente


a los eurobonos ha dado pie a la búsqueda de otros modos de hacer un alarde de
determinación europea colectiva a fin de detener la crisis de la deuda soberana.
Basándose en el reconocimiento de que la necesidad de rescatar el sector financiero es
la causa principal de la crisis, una propuesta interesante es la creación de una versión
europea del Programa de Rescate de Activos Problemáticos (TARP, en inglés), por el
cual el gobierno de EE UU ha comprado activos a las instituciones financieras.

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Europeizar de esta forma el rescate del sistema bancario aliviaría de una enorme carga
a los miembros de la zona euro más castigados, como Irlanda y España, y contribuiría a
disipar las inquietudes de los inversores. Probablemente, conllevaría una contribución
por parte tanto de los titulares de bonos bancarios como de los accionistas bancarios, y
posiblemente la administración tendría que llegar al extremo de asumir temporalmente
el control de las instituciones financieras con problemas. Pero aquí la preferencia del
BCE por un rescate generalizado, basada en su comprensible temor a una nueva
congelación del crédito mundial, choca con la reticencia de los Estados a dejar que los
contribuyentes carguen solos con ese enorme coste. En concreto, la pregunta es si
Alemania, que se opuso a una única operación europea de rescate del sector bancario
en cuanto estalló la crisis financiera en Europa, estaría ahora más abierta a planteársela.

Un presupuesto ampliado. 2010 ha demostrado de forma concluyente que la zona


euro necesita para sobrevivir muchos más elementos comunes en su marco
presupuestario, fiscal y económico. Desde un punto de vista puramente económico,
una opción interesante sería ampliar gradualmente el presupuesto de la UE a fin de que
sea lo suficientemente sólido para actuar como un estabilizador automático de la
economía de la zona euro, y lo suficientemente flexible para asumir algunas funciones
de redistribución dentro de la UE. La financiación de la política de defensa, la ciencia y la
innovación, la ayuda exterior o incluso algún gasto social como la ayuda por desempleo
de corta duración, son ejemplos de gastos que podría resultar útil y sensato transferir
de la administración nacional a la europea. Con las políticas y prácticas presupuestarias
adecuadas, las consecuencias serían una mayor convergencia económica, más
cohesión política, un gasto más eficiente y unas economías más sanas. Münchau indica
que pasar del uno al cinco por cien del PIB –una cifra muy modesta comparada con los
presupuestos nacionales o federales habituales– bastaría para conseguir el efecto
económico y político deseado.

Pero el interés político entre los países miembros por transferir más poder
presupuestario a la UE es actualmente cercano a cero. Por esta razón, Andrew Duff,
que como miembro del Parlamento Europeo conoce en primera persona la feroz
resistencia de los Estados, aboga por un mayor realismo y considera que una
ampliación en 10 años del presupuesto hasta alcanzar un todavía modesto 2,5 por cien
del PIB sería un “crecimiento absolutamente asombroso del poder presupuestario
federal”. Emma Bonino sostiene que este “federalismo suave” sería la manera más
sensata de avanzar. Pero incluso esta lenta ampliación del presupuesto probablemente
se encontraría con una fuerte oposición, en concreto de Francia, Alemania y Reino
Unido.

Conclusión
La unión económica y monetaria ha sido un logro extraordinario. Pero los
acontecimientos de 2010 han puesto de manifiesto que su gobierno político sólo es útil
en épocas de prosperidad. Ahora los dirigentes europeos tienen que hacerlo resistente a
las dificultades. Pero cada avance hacia una arquitectura mejor tropieza con la

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oposición de muchos. Berlín, en concreto, tiene la sensación de que su sólido


crecimiento da la razón a su modelo económico, a la vez que sus socios más débiles se
sienten más dependientes. De ahí que su propuesta de pacto de competitividad refleje
exactamente las preferencias alemanas, e ignore los argumentos que cuestionan su
aplicabilidad a los demás miembros de la zona euro.

El más sutil defensor de la postura alemana, su ministro de Economía, Wolfgang


Schäuble, da un nuevo giro al argumento alemán apuntando al regreso de los
diferenciales de los tipos de interés dentro de la zona euro como la mejor manera de
imponer disciplina. Pero esto convierte a los tenedores de bonos en árbitros de la
política económica y fiscal. Y, lo que es peor, facilita la vuelta a una realidad europea
donde las decisiones políticas nacionales son comparadas implacablemente por los
mercados con las políticas del país más poderoso y con la mejor trayectoria
(precisamente lo que se suponía que el euro debía ayudar a superar).

Ahora Europa se enfrenta a una elección entre dos versiones de su futuro. Puede seguir
avanzando a trompicones con una reforma poco sistemática, esperar que la crisis
amaine y, como insinúa el ministro de Economía alemán, dejar que los mercados
financieros impongan la disciplina fiscal y las medidas de austeridad. Pero las
limitaciones de este planteamiento son evidentes. Supone un riesgo de tensiones
permanentes, costes de financiación elevados para muchos, pocas perspectivas de
crecimiento y aumento del resentimiento nacional en toda la UE. La segunda y mejor
opción comportaría un nuevo gran acuerdo en el que participase Alemania. Berlín
tendría primero que aceptar que apostar por los mercados de capital como guardianes
de unas decisiones políticas responsables es, dada la trayectoria de los mismos, una
apuesta poco sensata política y económicamente, y que podría ser perniciosa para la
política europea. También tendría que admitir que el tercer intento de hacer que el PEC
funcione tiene muchas posibilidades de fracasar. Pero si Alemania aceptase estas
realidades, adquiriría al instante el poder de redactar casi por sí sola un acuerdo con el
que dotar a la zona euro de una colección de instrumentos que conferirían a Europa la
cohesión económica y política que necesita desesperadamente para tener éxito en un
mundo de superpotencias en auge.

A cambio de esa iniciativa alemana, muchos de sus socios en el euro, desestabilizados


por su propia y tremenda vulnerabilidad repentina, estarían abiertos a una profunda
adaptación de su modelo económico. Europa necesita un liderazgo alemán lúcido y
progresista que ancle una Alemania europea en una Europa más alemana. El pacto de
competitividad es, en este sentido, insuficiente e incompleto.

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