L’OSSERVATORE ROMANO

EDICIÓN SEMANAL
Unicuique suum
Año XLIII, número 10 (2.201) - 6 de marzo de 2011

EN LENGUA ESPAÑOLA
Non praevalebunt

Ciudad del Vaticano

Número suelto € 1,00. Número atrasado € 2,00

El aborto voluntario y el drama que vive la mujer, en el discurso del Papa a la Academia pontificia para la vida

Una herida en el corazón del ser humano
La voz de la conciencia
No es difícil prever que muchos medios de comunicación referirán el discurso de Benedicto XVI a la Academia pontificia para la vida subrayando en clave sólo negativa la condena del aborto, para reforzar los estereotipos caricaturescos de un Papa y de un catolicismo despiadados, retrógrados y enemigos de presuntas libertades, incluso de derechos. Naturalmente no es así, y basta leer el texto para darse cuenta de que una vez más la intervención del Pontífice es positiva y razonable: en definitiva, profundamente humana. La Academia para la vida ha profundizado los temas del síndrome post-aborto y el uso de los bancos de cordón umbilical: es decir, un drama lacerante que, lamentablemente, está presente desde siempre en la vida de numerosas personas, sobre todo mujeres; aunque la mayoría de las veces se elimina, se trata de una problemática reciente que ha planteado el progreso de la investigación. Comentando los dos temas, Benedicto XVI fue al corazón de las cuestiones, recordando la presencia y el papel de la conciencia. Precisamente la angustia consiguiente al aborto revela la voz de la conciencia. Y a menudo la permanecer indiferentes y sobre todo no es prerrogativa de cristianos o creyentes, sino un valor que «aúna a todo ser humano», mientras la Iglesia mira con favor al progreso médico y científico siempre que respete el bien común. Por consiguiente, la indicación papal es clara: en una cultura marcada «por el eclipse del sentido de la vida» —desde la minimización del aborto, que «no resuelve nada, pero mata al niño, destruye a la mujer y ciega la conciencia del padre», hasta los demás atentados contra la vida humana— no hay que cansarse de promover la defensa de toda persona en los distintos momentos de la existencia. La Iglesia lo ha repetido en el último medio siglo, en los documentos del concilio Vaticano II y en las enseñanzas de Pablo VI y de Juan Pablo II, pero también con el testimonio de figuras como la madre Teresa. En esta batalla cultural, en los últimos tiempos y en diversos ambientes, a la voz y al testimonio de muchos católicos y de otros creyentes se han unido cada vez más voces y testimonios laicos. A favor de la persona humana, sin distinciones, en una cuestión que concierne a todos y, por tanto, a todos debe interesar. (Giovanni Maria Vian)
DISCURSO
DEL

sienten de modo irreprimible las mujeres que lo han sufrido, mientras que a veces queda ofuscada la conciencia de los hombres, los cuales —observa el Papa— «a menudo dejan solas a las mujeres embarazadas». La llamada a la conciencia es central en el razonamiento de Benedicto XVI, que subraya que «la calidad moral de la acción humana» no es una realidad frente a la cual se puede

SANTO PADRE,

PÁGINA

3

En el Ángelus Benedicto XVI advierte de que no se puede servir a Dios y a la riqueza

«Jesús de Nazaret - Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección»

Con los pies en la tierra y el corazón en el cielo
PÁGINA 2

Del libro de Benedicto XVI las horas decisivas que precedieron la muerte de Jesús
Pasajes del segundo volumen del Papa en vísperas de su lanzamiento
«¿Qué es la verdad? Pilato no ha sido el único que ha dejado al margen esta cuestión como insoluble y, para sus propósitos, impracticable. También hoy se la considera molesta, tanto en la contienda política como en la discusión sobre la formación del derecho. Pero sin la verdad el hombre pierde en definitiva el sentido de su vida para dejar el campo libre a los más fuertes. “Redención”, en el pleno sentido de la palabra, sólo puede consistir en que la verdad sea reconocible. Y llega a ser reconocible si Dios es reconocible. Él se da a conocer en Jesucristo. En Cristo ha entrado en el mundo y, con ello, ha plantado el criterio de la verdad en medio de la historia». Es un fragmento del libro de Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) Jesús de Nazaret - Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, que se presentará a la prensa internacional el próximo 10 de marzo en el Vaticano. La «Libreria Editrice Vaticana», de acuerdo con «Ediciones Encuentro» —que se encarga de la edición en lengua española de la obra—, permite la anticipación de algunos pasajes de este segundo volumen cuyo lanzamiento será, simultáneamente, en alemán, español, francés, inglés, italiano, polaco y portugués.
PÁGINAS 6-7

Mensaje de la Pontificia Comisión para América Latina con motivo del Día de Hispanoamérica en las diócesis de España

«Jóvenes misioneros para un continente joven»
PÁGINA 5

El secretario general presenta los «Lineamenta» de la próxima Asamblea sinodal

«La nueva evangelización para la transmisión de la fe»
PÁGINAS 8-10

En la audiencia general del miércoles 2 de marzo el Papa habla de san Francisco de Sales

La verdadera libertad excluye la violencia
PÁGINAS 11-12

página 2 - domingo 6 de marzo de 2011

L’OSSERVATORE ROMANO
XVI

edición en lengua española - número 10

En el Ángelus Benedicto

advierte de que no se puede servir a Dios y a la riqueza

Con los pies en la tierra y el corazón en el cielo
La fe «no exime de la ardua lucha por una vida digna», pero libera «del miedo del mañana». El propio Jesús demostró cómo vivir «con los pies bien plantados en la tierra, atentos a las situaciones concretas del prójimo y, al mismo tiempo, teniendo siempre el corazón en el cielo». Lo subrayó el Papa antes del rezo del Ángelus en la plaza de San Pedro el domingo 27 de febrero. Queridos hermanos y hermanas: La liturgia de hoy se hace eco de una de las palabras más conmovedoras de la Sagrada Escritura. El Espíritu Santo nos la ha dado a través de la pluma del llamado «segundo Isaías», el cual, para consolar a Jerusalén, afligida por desventuras, dice así: «¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré» (Is 49, 15). Esta invitación a la confianza en el amor indefectible de Dios se nos presenta también en el pasaje, igualmente sugestivo, del evangelio de san Mateo, en el que Jesús exhorta a sus discípulos a confiar en la providencia del Padre celestial, que alimenta a los pájaros del cielo y viste a los lirios del campo, y conoce todas nuestras necesidades (cf. 6, 24-34). Así dice el Maestro: «No andéis agobiados pensand0 qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso». Ante la situación de tantas personas, cercanas o lejanas, que viven en la miseria, estas palabras de Jesús podrían parecer poco realistas o, incluso, evasivas. En realidad, el Señor quiere dar a entender con claridad que no es posible servir a dos señores: a Dios y a la riqueza. Quien cree en Dios, Padre lleno de amor por sus hijos, pone en primer lugar la búsqueda de su reino, de su voluntad. Y eso es precisamente lo contrario del fatalismo o de un ingenuo irenismo. La fe en la Providencia, de hecho, no exime de la ardua lucha por una vida digna, sino que libera de la preocupación por las cosas y del miedo del mañana. Es evidente que esta enseñanza de Jesús, si bien sigue manteniendo su verdad y validez para todos, se practica de

maneras diferentes según las distintas vocaciones: un fraile franciscano podrá seguirla de manera más radical, mientras que un padre de familia deberá tener en cuenta sus deberes hacia su esposa e hijos. En todo caso, sin embargo, el cristiano se distingue por su absoluta confianza en el Padre celestial, como Jesús. Precisamente la relación con Dios Padre da sentido a toda la vida de Cristo, a sus palabras, a sus gestos de salvación, hasta su pasión, muerte y resurrección. Jesús nos demostró lo que significa vivir con los pies bien plantados en la tierra, atentos a las situaciones concretas del prójimo y, al

mismo tiempo, teniendo siempre el corazón en el cielo, sumergido en la misericordia de Dios. Queridos amigos, a la luz de la Palabra de Dios de este domingo, os invito a invocar a la Virgen María con el título de Madre de la divina Providencia. A ella le encomendamos nuestra vida, el camino de la Iglesia y las vicisitudes de la historia. En particular, invocamos su intercesión para que todos aprendamos a vivir siguiendo un estilo más sencillo y sobrio en la actividad diaria y en el respeto de la creación, que Dios ha encomendado a nuestra custodia.

Audiencias pontificias
EL SANTO PADRE
HA RECIBID O EN AUDIENCIA:

Jueves 24 de febrero —Al presidente de la República del Líbano, Michel Suleiman, con su esposa y el séquito. A los obispos de Filipinas en visita «ad limina Apostolorum»: —Monseñor Reynaldo G. Evangelista, obispo de Boac. —Monseñor Buenaventura M. Famadico, obispo de Gumaca. —Monseñor Rolando Joven T. Tirona, O.C.D., prelado de Infanta. —Monseñor Julius S. Tonel, obispo de Ipil. —Monseñor Martin S. Jumoad, prelado de Isabela. —Monseñor Elenito obispo de Iligan. R. Galido,

—Al cardenal Ivan Dias, prefecto de la Congregación para la evangelización de los pueblos. —A monseñor Pierre Morissette, obispo de Saint-Jérôme (Canadá), presidente de la Conferencia episcopal de Canadá; con el vicepresidente, monseñor Richard William Smith, arzobispo de Edmonton; y con el secretario general: monseñor Patrick Power. A los obispos de Filipinas en visita «ad limina Apostolorum»: —Monseñor Ramon C. Argüelles, arzobispo de Lipa. —Monseñor Romulo G. Valles, arzobispo de Zamboanga.
C.M., S.J.,

—Monseñor Emmanuel T. Cabajar, C.SS.R., obispo de Pagadian. —Monseñor Juan de Dios Pueblos, obispo de Butuan. —Monseñor Jose A. obispo de Malaybalay. M.

Cabantan,

Audiencia del Papa al presidente del Parlamento europeo
El lunes 28 de febrero Su Santidad Benedicto XVI recibió en audiencia al presidente del Parlamento europeo, Jerzy Buzek. A continuación, el presidente se reunió con el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado, que estaba acompañado por monseñor Dominique Mamberti, secretario para las Relaciones con los Estados. Las conversaciones tuvieron lugar en un clima de cordialidad y permitieron el intercambio de opiniones sobre las relaciones entre la Iglesia católica, el Parlamento europeo y las demás instituciones europeas, así como la aportación que la Iglesia puede ofrecer a la Unión europea. Durante el encuentro se trataron también temas de actualidad como es el compromiso por la promoción de la libertad religiosa y la protección de las minorías cristianas en el mundo.

—Monseñor Antonieto D. Cabajog, obispo de Surigao. —Monseñor Nereo P. Odchimar, obispo de Tandag. —Monseñor Romulo T. de Cruz, obispo de Kidapawan. la

—Monseñor Dinualdo D. Gutierrez, obispo de Marbel. Lunes, día 28 —Al presidente del Parlamento europeo, Jerzy Buzek, con el séquito. A los obispos de Filipinas en visita «ad limina Apostolorum»: —Monseñor Orlando B. Quevedo, arzobispo de Cotabato, con el obispo auxiliar, monseñor Jose Colin M. Bagaforo, obispo titular de Vazari Didda.
O.M.I.,

—Monseñor Jesus A. Dosado, arzobispo de Ozamiz.

—Monseñor Antonio J. Ledesma, arzobispo de Cagayan de Oro.

—Monseñor Emilio Z. Marquez, obispo de Lucena. Viernes, día 25 —A Su Beatitud el cardenal Nasrallah Pierre Sfeir, patriarca de Antioquía de los maronitas (Líbano).

Sábado, día 26 —Al cardenal Marc Ouellet, P.S.S., prefecto de la Congregación para los obispos. A los obispos de Filipinas en visita «ad limina Apostolorum»:

—Monseñor Fernando R. Capalla, arzobispo de Davao.

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número 10 - edición en lengua española

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domingo 6 de marzo de 2011 - página 3

El aborto voluntario y el drama que vive la mujer, en el discurso del Papa a la Academia pontificia para la vida

Una herida en el corazón del ser humano
El aborto es un «drama» para la mujer y una «herida gravísima» para la conciencia moral. Una alerta que relanzó Benedicto XVI el sábado 26 de febrero al recibir, en audiencia en la sala Clementina, a los participantes en la asamblea general de la Academia pontificia para la vida. Señores cardenales; venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; queridos hermanos y hermanas: Os acojo con alegría con ocasión de la asamblea anual de la Academia pontificia para la vida. Saludo en particular al presidente, monseñor Ignacio Carrasco de Paula, y le agradezco sus amables palabras. Os doy a cada uno mi cordial bienvenida. En los trabajos de estos días habéis afrontado temas de relevante actualidad, que interrogan profundamente a la sociedad contemporánea y la desafían a encontrar respuestas cada vez más adecuadas al bien de la persona humana. La temática del síndrome post-aborto —es decir, el grave malestar psíquico que con frecuencia experimentan las mujeres que han recurrido al aborto voluntario— revela la voz irreprimible de la conciencia moral, y la herida gravísima que sufre cada vez que la acción humana traiciona la innata vocación al bien del ser humano, que ella testimonia. En esta reflexión sería útil también prestar atención a la conciencia, a veces ofuscada, de los padres de los niños, que a menudo dejan solas a las mujeres embarazadas. La conciencia moral —enseña el Catecismo de la Iglesia católica— es el «juicio de la razón, por el que la persona humana reconoce la cualidad moral de un acto concreto que piensa hacer, está haciendo o ha hecho» (n. 1778). En efecto, es tarea de la conciencia moral discernir el bien del mal en las distintas situaciones de la existencia, a fin de que, basándose en este juicio, el ser humano pueda orientarse libremente al bien. A quienes querrían negar la existencia de la conciencia moral en el hombre, reduciendo su voz al resultado de condicionamientos externos o a un fenómeno puramente emotivo, es importante reafirmar que la calidad moral de la acción humana no es un valor extrínseco u opcional, ni tampoco una prerrogativa de los cristianos o de los creyentes, sino que es común a todo ser humano. En la conciencia moral Dios habla a cada persona e invita a defender la vida humana en todo momento. En este vínculo personal con el Creador está la dignidad profunda de la conciencia moral y la razón de su inviolabilidad. En la conciencia, el hombre en su integridad —inteligencia, emotividad, voluntad— realiza su vocación al bien, de modo que la elección del bien o del mal en las situaciones concretas de la existencia acaba por marcar profundamente a la persona humana en toda expresión de su ser. Todo el hombre, en efecto, queda herido cuando su actuación va contra el dictamen de su conciencia. Sin embargo, incluso cuando el hombre rechaza la verdad y el bien que el Creador le propone, Dios no lo abandona, sino que precisamente mediante la voz de la conciencia, sigue buscándolo y sigue hablándole, a fin de que reconozca el error y se abra a la Misericordia divina, capaz de sanar cualquier herida. Los médicos, en particular, no pueden descuidar la grave tarea de defender del engaño la conciencia de numerosas mujeres que piensan que en el aborto encontrarán la solución a dificultades familiares, económicas, sociales, o a problemas de salud de su niño. Especialmente en esta última situación, con frecuencia se convence a la mujer —a veces lo hacen los propios médicos— de que el aborto no sólo representa una opción moralmente lícita, sino que es incluso un acto «terapéutico» debido para evitar sufrimientos al niño y a su familia, y un peso «injusto» para la sociedad. En un marco cultural caracterizado por el eclipse del sentido de la vida, en el cual se ha atevoluntariado, que ofrecen apoyo psicológico y espiritual, para una recuperación humana completa. La solidaridad de la comunidad cristiana no puede renunciar a este tipo de corresponsabilidad. Al respecto quiero recordar la invitación que el venerable Juan Pablo II dirigió a las mujeres que han recurrido al aborto: «La Iglesia conoce cuántos condicionamientos pueden haber influido en vuestra decisión, y no duda de que en muchos casos se ha tratado de una decisión dolorosa e incluso dramática. Probablemente la herida aún no ha cicatrizado en vuestro interior. Es verdad que lo sucedido fue y sigue siendo profundamente injusto. Sin embargo, no os dejéis vencer por el desánimo y no perdáis la esperanza. Antes bien, comprended lo ocurrido e interpretadlo en su verdad. Si aún no lo habéis hecho, abríos con humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia os espera para ofreceros su perdón y su paz en el sacramento de la Reconciliación. Podéis confiar con esperanza a vuestro hijo a este mismo Padre y a su misericordia. Con la ayuda del consejo y la cercanía de personas amigas y competen-

Giacomo Balla, «Afectos», 1910 (Colección Massimo Carpi, Roma)

nuado mucho la percepción común de la gravedad moral del aborto y de otras formas de atentados contra la vida humana, se exige a los médicos una fortaleza especial para seguir afirmando que el aborto no resuelve nada, sino que mata al niño, destruye a la mujer y ciega la conciencia del padre del niño, arruinando a menudo la vida familiar. Esta tarea, sin embargo, no concierne sólo a la profesión médica y a los agentes sanitarios. Es necesario que toda la sociedad se alinee en defensa del derecho a la vida del concebido y del verdadero bien de la mujer, que nunca, en ninguna circunstancia, podrá realizarse en la opción del aborto. Igualmente, serás necesario —como se ha indicado en vuestros trabajos— proporcionar las ayudas necesarias a las mujeres que lamentablemente ya han recurrido al aborto y ahora están viviendo todo su drama moral y existencial. Son múltiples las iniciativas, a nivel diocesano o de parte de organismos de

instituciones y el valor de la solidaridad de los individuos en la participación en investigaciones encaminadas a promover el bien común. Este valor, y la necesidad de esta solidaridad, se evidencian muy bien en el caso del uso de células madre procedentes del cordón umbilical. Se trata de aplicaciones clínicas importantes y de investigaciones prometedoras en el plano científico, pero que en su realización dependen mucho de la generosidad en la donación de sangre del cordón umbilical en el momento del parto, y de la adecuación de las estructuras, para hacer efectiva la voluntad de donación por parte de las parturientas. Os invito, por tanto, a todos a haceros promotores de una verdadera y consciente solidaridad humana y cristiana. A este propósito, numerosos investigadores médicos miran justamente con perplejidad el creciente florecimiento de bancos privados para la conservación de la sangre del cordón umbilical para uso exclusivamente autólogo. Esta opción —como demuestran los trabajos de vuestra asamblea—, además de carecer de una superiorites, podréis estar con vuestro doloro- dad científica real respecto a la doso testimonio entre los defensores nación del cordón umbilical, debilita más elocuentes del derecho de todos el genuino espíritu solidario que dea la vida» (Evangelium vitae, 99). be alentar constantemente la búsqueda de ese bien común al cual tienden, en última insSociedad y médicos necesitan tancia, la ciencia y la investigación médica. fortaleza para seguir afirmando que Queridos hermanos y herel aborto no resuelve nada manas, renuevo la expresión Mata al niño, destruye a la mujer de mi reconocimiento al presidente y a todos los miemy ciega la conciencia del padre bros de la Academia pontificia para la vida por el valor La conciencia moral de los investi- científico y ético con el que realizáis gadores y de toda la sociedad civil vuestro compromiso al servicio del está íntimamente implicada también bien de la persona humana. Mi deen el segundo tema objeto de vues- seo es que mantengáis siempre vivo tros trabajos: el uso de bancos de el espíritu de auténtico servicio que cordón umbilical con finalidades clíhace que las mentes y los corazones nicas y de investigación. La investisean sensibles para reconocer las negación médico-científica es un valor y, por tanto, un compromiso, no só- cesidades de los hombres contempolo para los investigadores, sino para ráneos nuestros. A cada uno de votoda la comunidad civil. De aquí el sotros y a vuestros seres queridos os deber de promover investigaciones imparto de corazón la bendición éticamente válidas por parte de las apostólica.

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edición en lengua española - número 10

Audiencia del Santo Padre al presidente de la República de Chile Sebastián Piñera
El jueves 3 de marzo, por la mañana, en el palacio apostólico vaticano, Benedicto XVI recibió al presidente de la República de Chile, Sebastián Piñera, que sucesivamente se reunió con el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado, que estaba acompañado del arzobispo Dominique Mamberti, secretario para las Relaciones con los Estados. En las cordiales conversaciones se afrontaron temas de interés común, como la salvaguardia de la vida humana y de la familia, la ayuda al desarrollo integral, la lucha contra la pobreza, el respeto de los derechos humanos, la justicia y la paz social. En este contexto, se reafirmó el papel y la contribución positiva de las instituciones católicas en la sociedad chilena, especialmente en la promoción humana y en la formación.

Declaración conjunta del XXI Comité internacional de enlace católico-judío
El XXI encuentro del Comité internacional de enlace católico-judío (ILC) tuvo lugar en París del 27 de febrero al 2 de marzo. Al final de los trabajos, sobre el tema: «Cuarenta años de diálogo, reflexiones y perspectivas futuras», el Comité emitió una declaración conjunta en la que informa que dichos trabajos pusieron de relieve la relación positiva iniciada con el concilio Vaticano II y con la promulgación de la Nostra aetate en 1965. El encuentro estuvo precedido por una conferencia preliminar de tres jornadas, denominada «la delegación de los líderes emergentes», que reunió a jóvenes de ambas comunidades de fe para debatir sobre los desafíos del futuro y para ayudar a difundir el diálogo de modo que se implique a un número cada vez mayor de jóvenes de todo el mundo. Uno de los principales resultados de la conferencia fue la profundización de relaciones personales y de un deseo común de afrontar juntos los enormes desafíos planteados a los católicos y los judíos en un mundo que está cambiando de modo rápido e imprevisible. También se reconoció el deber religioso común de contribuir a mitigar las consecuencias globales de la pobreza, la injusticia, la discriminación y la negación de los derechos humanos universales. La conferencia reconoció los acontecimientos que se están produciendo actualmente en varias partes del norte de África y en Oriente Medio, donde millones de seres humanos están manifestando su sed de dignidad y de libertad. En muchas partes del mundo, las minorías, especialmente las minorías religiosas, sufren discriminaciones e injustas restricciones de su libertad religiosa, e incluso se ven sometidos a la persecución y el asesinato. Los relatores expresaron profunda tristeza por los repetidos actos de violencia o terrorismo «en nombre de Dios», incluidos los ataques cada vez más frecuentes contra los cristianos y los llamamientos a la destrucción del Estado de Israel. La conferencia deploró cualquier acto de violencia perpetrado en nombre de la religión, como una completa corrupción de la verdadera naturaleza de una genuina relación con Dios.

También se repasó la situación actual de América Latina y se comprobó la convergencia entre la Santa Sede y el Gobierno chileno respecto de los valores fundamentales de la convivencia humana.

Desarrollo económico, desarrollo integral
SEBASTIÁN PIÑERA* El desarrollo es y ha sido desde siempre un objetivo central de la humanidad y constituye una meta prioritaria para las naciones, sus gobiernos y la comunidad internacional. Así, los países suelen clasificarse en desarrollados o en desarrollo. Desde hace algunos años, además, se menciona una tercera categoría intermedia: las naciones emergentes. El verdadero desarrollo, sin embargo, es mucho más que la mera producción de bienes o la consecución de un determinado rendimiento económico. En la encíclica Caritas in veritate, Su Santidad el Papa Benedicto XVI ha profundizado y puesto el acento en el concepto y la necesidad de un desarrollo integral, postulado por la doctrina social de la Iglesia. Tal desarrollo debe favorecer la realización de la persona humana, tanto en su dimensión material como espiritual. Así concebido — abarcando todo el espectro de lo humano—, está llamado a promover la calidad de vida, orientarse al bien común, defender la vida y los derechos inalienables de la persona humana en todo tiempo, lugar y circunstancia, y favorecer un humanismo trascendente. Esta conceptuación —más rica y completa— ha encontrado eco en las mediciones de calidad de vida y de desarrollo humano llevadas a cabo en el marco de las Naciones Unidas, que incluyen evaluaciones complementarias al mero desarrollo económico, tales como esperanza de vida al nacer, alfabetización de la población, acceso y calidad de la educación básica y superior, desigualdad social, equidad de género, gobernabilidad democrática y protección del medio ambiente, entre otras. No cabe duda, sin embargo, que el avance en cada una de ellas supone, e incluso exige, un crecimiento económico sostenido. Actualmente, el ingreso per cápita en Chile, mi país, alcanza a los US$ 15.000 al año, lo que nos sitúa en la categoría de país emergente. Cuando asumí la presidencia de la República, hace casi un año, pusimos en marcha un programa de gobierno con metas concretas, audaces y nobles: derrotar la pobreza extrema durante nuestro período y sentar las bases para que, antes que concluya esta década, Chile logre superar la pobreza y alcanzar ingresos per cápita propios de países desarrollados. Pero no se trata de cualquier desarrollo. Aspiramos a uno que sea integral, que cree oportunidades de progreso material y espiritual para todos mis compatriotas, como en nuestra patria no se han conocido hasta ahora. Ese fue, al fin y al cabo, el sueño que nuestros padres y abuelos siempre acariciaron aunque nunca obtuvieron, pero que hoy aparece más factible que nunca. Y, por lo mismo, constituye no sólo un imperativo social y económico sino, más importante aún, moral y ético, tal como nos lo recordara Su Santidad Juan Pablo II cuando nos visitó en 1987. A fin de lograr estas metas estamos trabajando incansablemente para alcanzar tasas de crecimiento del 6% promedio anual; crear 200.000 nuevos empleos por año; hacer retroceder la delincuencia y el narcotráfico para devolverle a las familias su derecho a vivir con mayor paz y seguridad; mejorar sustancialmente la calidad de la educación y la salud; fortalecer la familia; ampliar las libertades fundamentales; profundizar y hacer más participativa, transparente y vital nuestra democracia; y proteger los derechos humanos y especialmente el derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural. Respecto de cada uno de estos aspectos, ya podemos mostrar avances muy concretos y significativos. El año pasado, a pesar de los devastadores efectos del quinto mayor terremoto y maremoto en la historia conocida de la humanidad, que nos golpeó, y que significó un daño patrimonial de US 30.000 millones, equivalente al 18% de nuestro PGB, Chile creció un 5,2% y las proyecciones para este año superan el 6%. Se crearon más de 400.000 puestos de trabajo, que representan casi el 6% de nuestra fuerza laboral. Los índices de temor y delincuencia se redujeron a sus niveles más bajos en 10 años y las incautaciones de drogas aumentaron sustancialmente. Implementamos reformas estructurales profundas a nuestro sistema educacional, avanzamos decididamente en la mejora del acceso, calidad y oportunidad de la atención de salud y pusimos en marcha una variedad de reformas en favor de la familia, como las que promueven el acceso de la mujer al campo laboral sin debilitar su rol de madres y esposas y la ampliación de la educación preescolar. De este modo, con la ayuda de todos, estamos avanzando a paso firme hacia un desarrollo no sólo económico, sino profundamente humano, comprensivo y coherente con la realidad material y espiritual de las personas. Se trata de una tarea que supera por mucho a un gobierno e incluso al Estado, pues corresponde a todos y cada uno de los ciudadanos. Es —como lo señala el Santo Padre— una verdadera vocación del individuo y del país pues supone, en último término, la voluntad y el esfuerzo de todos y cada uno por progresar, realizarse y avanzar en procura de una vida más plena y feliz. En este amplio espectro, por cierto que le cabe una participación activa a la Iglesia y la sociedad civil. Las virtudes de una causa nacional, unitaria y compartida pudieron apreciarse en plenitud en la operación de rescate de los 33 mineros atrapados, a más de 700 metros, en las profundidades de una montaña del desierto de Atacama. Durante casi tres meses, Chile entero se unió como una gran familia, dejando atrás sus diferencias, dispuesto a hacer todos los esfuerzos que fueran necesarios para encontrarlos y rescatarlos sanos y salvos. En esa verdadera cruzada, así como en la forma como hemos llevado a cabo la reconstrucción luego del terremoto y maremoto del año pasado, hemos apreciado el temple y coraje de un pueblo, dispuesto a realizar cualquier sacrificio con tal de hacer de Chile un país más libre, próspero, justo y fraterno. En suma, para alcanzar esa anhelada meta de un desarrollo integral. En todo ello, sabemos que hemos contado y seguiremos contando con las oraciones del Santo Padre, así como de millones de hombres y mujeres de buena voluntad del mundo entero. *Presidente de la República de Chile

número 10 - edición en lengua española

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domingo 6 de marzo de 2011 - página 5

Mensaje de la Pontificia Comisión para América Latina con motivo del Día de Hispanoamérica (6 de marzo) en las diócesis de España

«Jóvenes misioneros para un continente joven»
1. La Pontificia Comisión para América Latina dirige un saludo cordial a todos los fieles de la Iglesia en España y se une con gozo a la celebración del Día de Hispanoamérica de este año 2011, inspirada por el lema «Jóvenes misioneros para un continente joven». El lema escogido para este año, además de brindarnos una ocasión privilegiada para renovar la solicitud especial de la Iglesia por sus miembros más jóvenes, se enmarca significativamente en el contexto de la preparación para la próxima Jornada mundial de la juventud que se desarrollará en la ciudad de Madrid en el mes de agosto. 2. Hace un año, en el contexto de la celebración de la Jornada mundial de la juventud de 2010, el Santo Padre se refirió a la figura del joven rico, concretamente a la pregunta «¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?» (Mc 10, 17), frase que constituyó el lema de dicha Jornada. Y, en efecto, la reflexión acerca del lugar de los jóvenes en la vida de la Iglesia halla en ese famoso encuentro de Jesús con este personaje del Evangelio una magnífica fuente de inspiración. En aquella pregunta emblemática está representada de alguna manera una inquietud que está en el corazón de todo joven, especialmente en esa etapa de la vida tan marcada por la búsqueda del sentido de la existencia. Pero esta pregunta se presenta de muchos modos; algunas veces como un deseo explícito de encontrar a Dios y conocer su concreto designio; otras veces tal vez de manera un poco vaga, como la búsqueda espiritual de un sentido más alto que dé significado a la existencia más allá de las experiencias terrenas; otras veces, en cambio, aparece como un peso silencioso que agobia el corazón de la persona y se traduce en desasosiego o un cierto vacío que no logra explicar; tampoco faltan quienes creen haber encontrado ese sentido definitivo en las mismas realidades mundanas, acallando poco a poco la voz de su conciencia. Pero la pregunta está siempre allí, aunque muchas veces se presente de manera un tanto velada. Hoy en día el mundo, ayudado por el avance de las ciencias y el desarrollo de la técnica y las comunicaciones, con la inmensa gama de posibilidades que estas ofrecen, parece tener mucho que proponer al corazón hambriento de los jóvenes: ¡tantas ofertas falsas de felicidad! Y ante ello, la Iglesia, «experta en humanidad», como gustaba decir el Papa Pablo VI, no deja de recordar a los hombres y mujeres de todo el mundo la verdadera respuesta que sólo el Maestro posee, la única capaz de colmar el corazón humano y de ofrecer a la persona el más alto ideal de realización y felicidad posibles; y esa respuesta es él mismo, la persona misma de Jesucristo. No son pocos los que en algún momento de su existencia se topan con esta respuesta, pero, como sucedió al joven que se encontró cara a cara con Jesús, atados a las cosas de este mundo, enamorados de tantas ilusiones, no tienen la valentía suficiente para seguirlo y se vuelven entristecidos. Otros, en cambio, al descubrir en Cristo el horizonte infinito del amor y el ideal más grande al que se puede aspirar, se deciden a ser de sus discípulos, y reflejan en su opción las bellas palabras del apóstol Pedro: «Señor, ¿donde quién vamos a ir, si sólo tú tienes palabras de vida eterna?» (Jn 6, 68). 3. La Iglesia renueva hoy más que nunca su confianza en los jóvenes, en su deseo profundo de encontrar un sentido alto de la existencia y en su capacidad de conocer la verdad. De hecho son muchos los que hoy en día, con madurez, escuchan la voz de Cristo y se deciden a ir más allá de sus aspiraciones terrenas o de sus proyectos personales, llegando a descubrir en él aquella respuesta que calma la nostalgia del corazón humano. «Ven y sígueme», son las palabras que brotaron de los labios del Señor luego de que, como dice el Evangelista, él miró fijamente a los ojos al joven rico «y le amó». Fue, como dice el Santo Padre, «una propuesta de amor», que sólo puede realizarse en la vocación a la vida cristiana si esta es realmente «una respuesta de sacerdocio una reliquia del pasado, ya superada, que ya nadie más necesita, pues todas las fuerzas deben ser aunadas para dominar la miseria y hacer crecer el progreso?». A partir de allí el cardenal puntualizaba que el mundo necesita de pastores que se preocupen por el alma del hombre y le ayuden a no perderla en el barullo diario. Se puede decir que la respuesta a estas preguntas ha sido uno de los hilos conductores de las enseñanzas de Benedicto XVI sobre el sacerdocio en el mundo actual. Recientemente, en la carta dirigida a todos los seminaristas del mundo, nos recuerda: «Sí, tiene sentido ser sacerdote: el mundo, mientras exista, necesita sacerdotes y pastores, hoy, mañana y siempre» (Carta del Papa Benedicto XVI a los seminaristas de todo el mundo, con motivo de la clausura del Año sacerdotal, 18 de octubre de 2010). Resultan un tanto provocativas las palabras del Papa. ¡Hoy más que nunca el sacerdote es en el mundo signo de contradicción! Y es que a pesar de las crisis existentes y de los datos de la ciencia estadística, que no siempre son favorables, sigue sorprendiendo al mundo el que aún los obispo de América Latina en el Documento conclusivo de la V Conferencia general de Aparecida: «El llamado a ser discípulos-misioneros nos exige una decisión clara por Jesús y su Evangelio, coherencia entre la fe y la vida, encarnación de los valores del Reino, inserción en la comunidad y ser signo de contradicción en un mundo que promueve el consumismo y desfigura los valores que dignifican al ser humano» (Documento conclusivo, Mensaje final). Es su ser «discípulo y misionero» aquello que define mejor al sacerdote: «estar con él y ser mandado por él» (cf. Mc 3, 14): «Sólo quien está con él aprende a conocerlo y es capaz de anunciarlo realmente. Quien está con él, no retiene para sí aquello que ha encontrado, sino que siente la necesidad de comunicarlo» (Audiencia general, 11 de septiembre de 2006). Verdaderamente aquello que mejor define al sacerdote es su unión personal a Cristo y el conocimiento que de él tiene en cuanto discípulo suyo. 5. ¡El mundo necesita sacerdotes! ¡Sacerdotes santos! Lo confirma la experiencia de muchos hombres que con extraordinario valor y con total

amor» (Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la XXV Jornada mundial de la juventud, 28 de marzo de 2010). La Iglesia, por tanto, invita incansablemente a los jóvenes a no dejar de lado aquellas preguntas fundamentales de la existencia: ¿en qué consiste la verdadera felicidad?, ¿cómo podré saciar mis aspiraciones más hondas?, ¿cuál es el camino que conduce a la verdadera vida? Asimismo, los invita a no tener miedo de encontrar la respuesta y de abrazarla con toda la energía propia de la edad juvenil. El Señor dirige incansablemente su mirada de amor hacia cada hombre y mujer que peregrina en la tierra y lo llama a seguirlo. Pero él tiene una mirada especial para los jóvenes, a quienes invita también hoy a ser discípulos suyos y misioneros en medio del mundo. A algunos, ciertamente, los llama a seguirlo más de cerca para que consagren su vida al anuncio del Reino, o a configurarse a su corazón sacerdotal a través del misterio del sacramento del Orden. 4. Ciertamente no son tiempos fáciles para el sacerdote. Hace algunos años, siendo cardenal y prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, el ahora Papa Benedicto XVI, en una homilía durante la celebración de la primera misa de un sacerdote, se preguntaba: «¿Tiene sentido hacerse sacerdote en un mundo en el que no existe otra meta que el progreso técnico y social? ¿Tiene futuro la fe? ¿Merece la pena jugarse la vida por esta única carta? ¿No es el

hoy en día, con todo lo que este tiene para ofrecer a los jóvenes, muchos sigan optando por un camino de radical renuncia y entrega. ¿Cómo explicar una decisión de esa naturaleza en medio de la cultura contemporánea? ¿Qué motivación puede impulsar a un joven a optar por un ideal que con frecuencia va en la dirección exactamente opuesta a lo que la gran mayoría considera humanamente deseable? Ello sólo se explica por la extraordinaria fuerza atractiva que ejerce en las personas la llamada personal de Jesucristo: «Él sabe dar gozo profundo a quien responde con valor» (Mensaje del Papa a los jóvenes con motivo de la Jornada mundial de la juventud de 2010, 15 de marzo de 2010). Por ello la Iglesia sigue haciendo eco de la llamada de Jesús, aquella que dirigió a sus primeros apóstoles y que dirige también a los más jóvenes; aquella invitación a Pedro a ser «pescador de hombres» (Lc 5, 10); aquel escueto pero convincente «sígueme» (Mt 9, 9) que dirigió a Mateo y que lo llevó repentinamente a cambiar de vida y a dejarlo todo por Cristo. Esa llamada ha seguido repitiéndose en la vida de muchos hombres y mujeres que han respondido y que en los últimos dos mil años de la vida de la Iglesia nos han dejado innumerables testimonios de heroísmo y de una vida de plena realización en el seguimiento de Jesús. Esa misma llamada se dirige hoy de manera personal a nosotros e interpela de manera especial al corazón lleno de entusiasmo y de fuerza propio de los jóvenes. Es cierto lo que señalan

gozo entregan su vida a diario en los más recónditos lugares del mundo. España tiene una historia rica en vocaciones misioneras. Y es una característica que se ha venido haciendo patente también en la vida de miles de sacerdotes pertenecientes a la Obra de cooperación sacerdotal hispanoamericana, que en estos últimos tiempos han escuchado el llamado apremiante del Señor a «anunciar la Buena Nueva hasta los confines de la tierra» (cf. Mt 28, 19; Hch 1, 8) y han respondido con extraordinario desprendimiento y generosidad. Hemos de elevar por ellos una especial oración de gratitud a Dios y recordar al mismo tiempo, con particular afecto, a los que en este año 2011 cumplen 50 años al servicio de esta misión tan importante. Elevemos al Señor, por intercesión de María santísima, Madre de todos los sacerdotes, sus hijos predilectos, una oración por todos los sacerdotes del mundo, especialmente por los que se encuentran en lugares alejados y padecen cualquier tipo de necesidad, y por aquellos que son perseguidos por actuar en nombre de Cristo. Y al mismo tiempo, no dejemos de dirigir nuestra oración perseverante al Dueño de la mies, para que envíe cada vez más obreros a trabajar en su viña (cf. Lc 10, 1-12). CARDENAL MARC OUELLET Presidente MONSEÑOR O CTAVIO RUIZ ARENAS Arzobispo emérito de Villavicencio Vicepresidente

número 10 - edición en lengua española

L’OSSERVATO

Del libro de Benedicto

XVI

las horas deci

El cumplimiento de la Pascua
El libro del Papa «Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la resurrección» se presenta el próximo 10 de marzo. La «Libreria Editrice Vaticana», de acuerdo con «Ediciones Encuentro» — encargada de la edición de la obra en lengua española—, anticipa algunos fragmentos de este segundo volumen cuyo lanzamiento será, simultáneamente, en siete idiomas. Publicamos una selección propia de pasajes del primer punto —«La Fecha de la Última Cena»— del cuarto capítulo titulado «La Última Cena». El problema de la datación de la Última Cena de Jesús se basa en las divergencias sobre este punto entre los Evangelios sinópticos, por un lado, y el Evangelio de Juan, por otro. Marcos, al que Mateo y Lucas siguen en lo esencial, da una datación precisa al respecto. «El primer día de los ácimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?”... Y al atardecer, llega él con los Doce» (Mc 4,12.17). La tarde del primer día de los ácimos, en la que se inmolaban en el templo los corderos pascuales, es la víspera de Pascua. Según la cronología de los Sinópticos es un jueves. Esta cronología se ve comprometida por el hecho de que el proceso y la crucifixión de Jesús habrían tenido lugar en la fiesta de la Pascua, que en aquel año cayó en viernes. Es cierto que muchos estudiosos han tratado de demostrar que el juicio y la crucifixión eran compatibles con las prescripciones de la Pascua. Pero, no obstante tanta erudición, parece problemático que en ese día de fiesta tan importante para los judíos fuera lícito y posible el proceso ante Pilato y la crucifixión. Por otra parte, esta hipótesis encuentra un obstáculo también en un detalle que Marcos nos ha transmitido. Nos dice que, dos días antes de la Fiesta de los Ácimos, los sumos sacerdotes y los escribas buscaban cómo apresar a Jesús con engaño para matarlo, pero decían: «No durante las fiestas; podría amotinarse el pueblo» (14, 1 s). Sin embargo, según la cronología sinóptica, la ejecución de Jesús habría tenido lugar precisamente el mismo día de la fiesta. Pasemos ahora a la cronología de Juan. El evangelista pone mucho cuidado en no presentar la Última Cena como cena pascual. Todo lo contrario. Las autoridades judías que llevan a Jesús ante el tribunal de Pilato evitan entrar en el pretorio «para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua» (18,28). Por tanto, la Pascua no comienza hasta el atardecer; durante el proceso se tiene todavía por delante la cena pascual; el juicio y la crucifixión tienen lugar el día antes de la Pascua, en la «Parasceve», no el mismo día de la fiesta. Por tanto, la Pascua de aquel año va desde la tarde del viernes hasta la tarde del sábado, y no desde la tarde del jueves hasta la tarde del viernes. Por lo demás, el curso de los acontecimientos es el mismo. El jueves por la noche, la Última Cena de Jesús con sus discípulos, pero que no es una cena pascual; el viernes —vigilia de la fiesta y no la fiesta misma—, el proceso y la ejecución. El sábado, reposo en el sepulcro. El domingo, la resurrección. Según esta cronología, Jesús muere en el momento en que se sacrifican los corderos pascuales en el templo. Él muere como el verdadero Cordero, del que los corderos pascuales eran mero indicio. Juan tiene razón: en el momento del proceso de Jesús ante Pilato las autoridades judías aún no habían comido la Pascua, y por eso debían mantenerse todavía cultualmente puras. Él tiene razón: la crucifixión no tuvo lugar el día de la fiesta, sino la víspera. Esto significa que Jesús murió a la hora en que se sacrificaban en el templo los corderos pascuales. Que los cristianos vieran después en esto algo más que una mera casualidad, que reconocieran a Jesús como el verdadero Cordero y que precisamente por eso consideraran que el rito de los corderos había llegado a su verdadero significado, todo esto es simplemente normal. Jesús era consciente de su muerte inminente. Sabía que ya no podría comer la Pascua. En esta clara toma de conciencia invita a los suyos a una Última Cena particular, una cena que no obedecía a ningún determinado rito judío, sino que era su despedida, en la cual daba algo nuevo, se entregaba a sí mismo como el verdadero Cordero, instituyendo así su Pascua. Una cosa resulta evidente en toda la tradición: la esencia de esta cena de despedida no era la antigua Pascua, sino la novedad que Jesús ha realizado en este contexto. Aunque este convite de Jesús con los Doce no haya sido una cena de Pascua según las prescripciones rituales del judaísmo, se ha puesto de relieve claramente en retrospectiva su conexión interna con la muerte y resurrección de Jesús: era la Pascua de Jesús. Y, en este sentido, él ha celebrado la Pascua y no la ha celebrado: no se podían practicar los ritos antiguos; cuando llegó el momento para ello Jesús ya había muerto. Pero él se había entregado a sí mismo, y así había celebrado verdaderamente la Pascua con aquellos ritos. De esta manera no se negaba lo antiguo, sino que lo antiguo adquiría su sentido pleno. El primer testimonio de esta visión unificadora de lo nuevo y lo antiguo, que da la nueva interpretación de la Última Cena de Jesús en relación con la Pascua en el contexto de su muerte y resurrección, se encuentra en Pablo, en 1 Corintios 5,7: «Barred la levadura vieja para ser una masa nueva, ya que sois panes ácimos. Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo» (cf. Meier, A Marginal Jew, I, p. 429s). Como en Marcos 14,1, la Pascua sigue aquí al primer día de los Ácimos, pero el sentido del rito de entonces se transforma en un sentido cristológico y existencial. Ahora, los «ácimos» han de ser los cristianos mismos, liberados de la levadura del peca-

Pietro Lorenzetti, «Ultima cena», 1310-1320 (Basílica inferior de San Francisco, Asís)

do. El cordero inmolado, sin embargo, es Cristo. En este sentido, Pablo concuerda perfectamente con la descripción joánica de los acontecimientos. Para él, la muerte y resurrección de Cristo se han convertido así en la Pascua que perdura. Podemos entender con todo esto cómo la Última Cena de Jesús, que no sólo era un anuncio, sino que incluía en los dones eucarísticos también una anticipación de la cruz y la resurrección, fuera considerada muy pronto como Pascua, su Pascua. Y lo era verdaderamente.

Y Judas entró en la noche
Del cuarto punto —«El misterio del traidor»— correspondiente al tercer capítulo, titulado «El lavatorio de los pies». La perícopa del lavatorio de los pies nos pone ante dos formas diferentes de reaccionar a este don por parte del hombre: Judas y Pedro. Inmediatamente después de haberse referido al ejemplo que da a los suyos, Jesús comienza a hablar del caso de Judas. Juan nos dice a este respecto que Jesús, profundamente conmovido, declaró: «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar» (13,21). Son momentos en los que Jesús se encuentra con la majestad de la muerte y es tocado por el poder de las tinieblas, un poder que él tiene la misión de combatir y vencer. Volveremos sobre esta «conmoción» del alma de Jesús cuando reflexionemos sobre la noche en el Monte de los Olivos. Inicialmente se alcanza a entender únicamente que quien traicionará a Jesús es uno de los comensales; pero posteriormente se va clarificando que el Señor tiene que padecer hasta el final y seguir hasta en los más mínimos detalles el destino de sufrimiento del justo, un destino que aparece de muchas maneras sobre todo en los Salmos. Así, la palabra del Salmo proyecta anticipadamente su sombra sobre la Iglesia que celebra la Eucaristía, tanto en el tiempo del evangelista como en todos los tiempos: con la traición de Judas, el sufrimiento por la deslealtad no se ha terminado. «Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba, el que compartía mi pan, me ha traicionado» (Sal 41,10). La ruptura de la amistad llega hasta la fraternidad de comunión de la Iglesia, donde una y otra vez se encuentran personas que toman «su pan» y lo traicionan. Lo que sucedió con Judas, para Juan, ya no es explicable psicológicamente. Ha caído bajo el dominio de otro: quien rompe la amistad con Jesús, quien se sacude de encima su «yugo ligero», no alcanza la libertad, no se hace libre, sino que, por el contrario, se convierte en esclavo de otros poderes; o más bien: el hecho de que traicione esta amistad proviene ya de la intervención de otro poder, al que ha abierto sus puertas. Y, sin embargo, la luz que se había proyectado desde Jesús en el alma de Judas no se oscureció completamente. Hay un primer paso hacia la conversión: «He pecado», dice a sus mandantes. Trata de salvar a Jesús y devuelve el dinero (cf. Mt 27,3ss). Todo lo puro y grande que había recibido de Jesús seguía grabado en su alma, no podía olvidarlo. Su segunda tragedia, después de la traición, es que ya no logra creer en el perdón. Su arrepentimiento se Nicolaj Nicolajewitsch, «Judas» (1891) convierte en desesperación. Ya no ve más que a sí mismo y sus tinieblas, ya no ve la luz de Jesús, esa luz que puede iluminar y superar incluso las tinieblas. De este modo, nos hace ver el modo equivocado del arrepentimiento: un arrepentimiento que ya no es capaz de esperar, sino que ve únicamente la propia oscuridad, es destructivo y no es un verdadero arrepentimiento. La certeza de la esperanza forma parte del verdadero arrepentimiento, una certeza que nace de la fe en que la Luz tiene mayor poder y se ha hecho carne en Jesús. Juan concluye el pasaje sobre Judas de una manera dramática con las palabras: «En cuanto Judas tomó el bocado, salió. Era de noche» (13,30). Judas sale fuera, y en un sentido más profundo: sale para entrar en la noche, se marcha de la luz hacia la oscuridad; el «poder de las tinieblas» se ha apoderado de él (cf. Jn 3,19; Lc 22,53).

RE ROMANO

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sivas que precedieron la muerte de Jesús

La Verdad ante Pilato
Del tercer punto —«Jesús ante Pilato»— relativo al séptimo capítulo titulado «El proceso a Jesús». El interrogatorio de Jesús ante el Sanedrín concluyó como Caifás había previsto: Jesús había sido declarado culpable de blasfemia, un crimen para el que estaba previsto la pena de muerte. Pero como la facultad de sancionar con la pena capital estaba reservada a los romanos, se debía transferir el proceso ante Pilato, con lo cual pasaba a primer plano el aspecto político de la sentencia de culpabilidad. Jesús se había declarado a sí mismo Mesías, había, pues, reclamado para sí la dignidad regia, aunque entendida de una manera del todo singular. La reivindicación de la realeza mesiánica era un delito político que debía ser castigado por la justicia romana. En la descripción del desarrollo del proceso los cuatro evangelistas concuerdan en todos los puntos esenciales. Juan es el único que relata el coloquio entre Jesús y Pilato, en el que la cuestión de la realeza de Jesús, del motivo de su muerte, se resalta en toda su profundidad (cf. 18,33-38). Pero preguntémonos antes de nada: ¿Quiénes eran exactamente los acusadores? ¿Quién ha insistido en que Jesús fuera condenado a muerte? En las respuestas que dan los Evangelios hay diferencias sobre las que hemos de reflexionar. Según Juan, son simplemente «los judíos». Pero esta expresión de Juan no indica en modo alguno el pueblo de Israel como tal —como quizás podría pensar el lector moderno—, y mucho menos aún comporta un tono «racista». A fin de cuentas, Juan mismo pertenecía al pueblo israelita, como Jesús y todos los suyos. La comunidad cristiana primitiva estaba formada enteramente por judíos. Esta expresión tiene en Juan un significado bien preciso y rigurosamente delimitado: con ella designa la aristocracia del templo. En el cuarto Evangelio, pues, el círculo de los acusadores que buscan la muerte de Jesús está descrito con precisión y claramente delimitado: designa justamente la aristocracia del templo e, incluso en ella, puede haber excepciones, como da a entender la alusión a Nicodemo (cf. 7,50ss). Pasemos de los acusadores al juez, el gobernador romano Poncio Pilato. La imagen de Pilato en los Evangelios nos muestra muy realísticamente al prefecto romano como un hombre que sabía intervenir de manera brutal, si eso le parecía oportuno para el orden público. Pero era consciente de que Roma debía su dominio en el mundo también, y no en último lugar, a su tolerancia ante las divinidades extranjeras y a la fuerza pacificadora del derecho romano. Así se nos presenta a Pilato en el proceso a Jesús. La acusación de que Jesús se habría declarado rey de los judíos era muy grave. Es cierto que Roma podía reconocer efectivamente reyes regionales, como Herodes, pero debían ser legitimados por Roma y obtener de Roma la circunscripción y delimitación de sus derechos de soberanía. Un rey sin esa legitimación era un rebelde que amenazaba la Pax romana y, por consiguiente, se convertía en reo de muerte. Pero Pi- que el pragmático Pilato preguntara: lato sabía que Jesús no había dado lu- «¿Qué es la verdad?» (18,38). gar a un movimiento revolucionario. Es la cuestión que se plantea tamDespués de todo lo que él había oído, bién en la doctrina moderna del EstaJesús debe haberle parecido un visiona- do: ¿Puede asumir la política la verdad rio religioso, que tal vez transgredía el como categoría para su estructura? ¿O ordenamiento judío sobre el derecho y debe dejar la verdad, como dimensión la fe, pero eso no le interesaba. Era un inaccesible, a la subjetividad y tratar asunto del que debían juzgar los judíos más bien de lograr establecer la paz y mismos. Desde el aspecto del ordena- la justicia con los instrumentos disponimiento romano sobre la jurisdicción y bles en el ámbito del poder? Y la políel poder, que entraban dentro de su tica, en vista de la imposibilidad de pocompetencia, no había nada serio con- der contar con un consenso sobre la tra Jesús. verdad y apoyándose en esto, ¿no se La acusación provenía de los mismos convierte acaso en instrumento de cierconnacionales de Jesús, de las autorida- tas tradiciones que, en realidad, son sódes del templo. Para Pilato tuvo que lo formas de conservación del poder? Pero, por otro lado, ¿qué ocurre si la ser una sorpresa que los compatriotas de Jesús se presentaran ante él como verdad no cuenta nada? ¿Qué justicia defensores de Roma, desde el momento será entonces posible? ¿No debe haber que, por lo que conocía personalmente, quizás criterios comunes que garanticen no tenía la impresión de que fuera ne- verdaderamente la justicia para todos, criterios fuera del alcance de las opiniocesaria una intervención. Pero he aquí que, de improviso, surge algo en el interrogatorio que le inquieta: la declaración de Jesús. A la pregunta de Pilato: «Conque ¿tú eres rey?», Él responde: «Tú lo dices, soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz» (Jn 18,37). Ya antes Jesús había dicho: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fueMattia Preti, «Ecce Homo», finales del siglo XVII (museo Condé, Chantilly) ra de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos nes cambiantes y de las concentraciones de los judíos. Pero mi reino no es de de poder? ¿No es cierto que las granaquí» (18,36). des dictaduras han vivido a causa de la Esta «confesión» de Jesús pone a Pi- mentira ideológica y que sólo la verdad lato ante una situación extraña: el acu- ha podido llevar a la liberación? sado reivindica realeza y reino (basi¿Qué es la verdad? La pregunta del leia). Pero hace hincapié en la total di- pragmático, hecha superficialmente con versidad de esta realeza, y esto con una cierto escepticismo, es una cuestión observación concreta que para el juez muy seria, en la cual se juega efectivaromano debería ser decisiva: nadie mente el destino de la humanidad. Encombate por este reinado. Si el poder, tonces, ¿qué es la verdad? ¿La podey precisamente el poder militar, es ca- mos reconocer? ¿Puede entrar a formar racterístico de la realeza y del reinado, parte como criterio en nuestro pensar y nada de esto se encuentra en Jesús. Por querer, tanto en la vida del individuo eso tampoco hay una amenaza para el como en la de la comunidad? ordenamiento romano. Este reino no es Dios es «ipsa summa et prima veritas, violento. No dispone de una legión. la primera y suma verdad» (S. Theol. I, Con estas palabras Jesús ha creado q. 16, a. 5 c). Con esta fórmula estamos un concepto absolutamente nuevo de cerca de lo que Jesús quiere decir cuanrealeza y de reino, y lo expone ante Pi- do habla de la verdad, para cuyo testilato, representante del poder clásico en monio ha venido al mundo. Verdad y la tierra. opinión errónea, verdad y mentira, esJunto con la clara delimitación de la tán continuamente mezcladas en el idea de reino (nadie lucha, impotencia mundo de manera casi inseparable. La terrenal), Jesús ha introducido un con- verdad, en toda su grandeza y pureza, cepto positivo para hacer comprensible no aparece. El mundo es «verdadero» la esencia y el carácter particular del en la medida en que refleja a Dios, el poder de este reinado: la verdad. sentido de la creación, la Razón eterna Pero la verdad, ¿es acaso una catego- de la cual ha surgido. Y se hace tanto ría política? O bien, ¿acaso el «reino» más verdadero cuanto más se acerca a de Jesús nada tiene que ver con la polí- Dios. El hombre se hace verdadero, se tica? Entonces, ¿a qué orden pertenece? convierte en sí mismo, si llega a ser Si Jesús basa su concepto de reinado y conforme a Dios. Entonces alcanza su de reino en la verdad como categoría verdadera naturaleza. Dios es la realifundamental, resulta muy comprensible dad que da el ser y el sentido. «Dar testimonio de la verdad» significa dar valor a Dios y su voluntad frente a los intereses del mundo y sus poderes. Dios es la medida del ser. En este sentido, la verdad es el verdadero «Rey» que da a todas las cosas su luz y su grandeza. Podemos decir también que dar testimonio de la verdad significa hacer legible la creación y accesible su verdad a partir de Dios, de la Razón creadora, para que dicha verdad pueda ser la medida y el criterio de orientación en el mundo del hombre; y que se haga presente también a los grandes y poderosos el poder de la verdad, el derecho común, el derecho de la verdad. Digámoslo tranquilamente: la irredención del mundo consiste precisamente en la ilegibilidad de la creación, en la irreconocibilidad de la verdad; una situación que lleva necesariamente al dominio del pragmatismo y, de este modo, hace que el poder de los fuertes se convierta en el dios de este mundo. ¿Qué es la verdad? Pilato no ha sido el único que ha dejado al margen esta cuestión como insoluble y, para sus propósitos, impracticable. También hoy se la considera molesta, tanto en la contienda política como en la discusión sobre la formación del derecho. Pero sin la verdad el hombre pierde en definitiva el sentido de su vida para dejar el campo libre a los más fuertes. «Redención», en el pleno sentido de la palabra, sólo puede consistir en que la verdad sea reconocible. Y llega a ser reconocible si Dios es reconocible. Él se da a conocer en Jesucristo. En Cristo, ha entrado en el mundo y, con ello, ha plantado el criterio de la verdad en medio de la historia. La realeza anunciada por Jesús en las parábolas y, finalmente, de manera completamente abierta ante el juez terreno, es precisamente el reinado de la verdad. Lo que importa es el establecimiento de este reinado como verdadera liberación del hombre. Pilato era ciertamente un escéptico. Pero como hombre de la Antigüedad tampoco excluía que los dioses, o en todo caso seres parecidos, pudieran aparecer bajo el aspecto de seres humanos. Juan dice que los «judíos» acusaron a Jesús de haberse declarado Hijo de Dios, y añade: «Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más» (19,8). Pienso que se debe tener en cuenta este miedo de Pilato: ¿acaso había realmente algo de divino en este hombre? Al condenarlo, ¿no atentaba tal vez contra un poder divino? ¿Debía esperarse quizás la ira de estos poderes? Pienso que su actitud en este proceso no se explica únicamente en función de un cierto compromiso por la justicia, sino precisamente también por estas cuestiones. Obviamente, los acusadores se percatan muy bien de ello y, a un temor, oponen ahora otro temor. Contra el miedo supersticioso por una posible presencia divina, ponen ante sus ojos la amenaza muy concreta de perder el favor del emperador, de perder su puesto y caer así en una situación delicada. La advertencia: «Si sueltas a ése, no eres amigo del César» (Jn 19,12), es una intimidación. Al final, la preocupación por su carrera es más fuerte que el miedo por los poderes divinos.

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L’OSSERVATORE ROMANO

edición en lengua española - número 10

El secretario general monseñor Eterović presenta los «Lineamenta» de la próxima Asamblea sinodal

La nueva evangelización para la transmisión de la fe
El viernes 4 de marzo se presentaron en la Oficina de información de la Santa Sede los «Lineamenta» de la XIII Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos, sobre el tema: «La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana». El texto íntegro del documento se puede encontrar en la web del Sínodo de los obispos www.vatican.va/roman_curia/synod/index_sp.htm «Como el Padre me envió a mí, también yo os envío a vosotros» (Jn 20, 21). Con estas palabras, Jesucristo resucitado, vencedor del pecado y de la muerte, envió a sus discípulos al mundo entero a proclamar la Buena Nueva, después de derramar sobre ellos el Espíritu Santo para el perdón de los pecados. También los Sinópticos reafirman esa misión en la conclusión de sus Evangelios: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16, 15); «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 18-19). En el nombre del Señor resucitado «se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén» (Lc 24, 47). La Iglesia, congregada por el Espíritu Santo, trata de cumplir fielmente ese mandato durante su peregrinación terrena. Con la fuerza de la compañía del Señor glorioso, que prometió su presencia «hasta el fin de los tiempos» (Mt 28, 21), la Iglesia desea continuar, con renovado entusiasmo, esa misión también en el tiempo presente. Por esa razón, el Santo Padre Benedicto XVI, OBISPO DE ROMA Y PASTOR DE LA IGLESIA UNIVERSAL, convocó la XIII Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos, que se celebrará del 7 al 28 de octubre de 2012 sobre el tema: «La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana». Según el Santo Padre, que quiso anunciar personalmente la convocación de ese importante acontecimiento eclesial en la solemne concelebración de la Eucaristía de clausura de la Asamblea especial para Oriente Medio del Sínodo de los obispos, debería ser un momento de verificación del camino recorrido, para reemprender con nuevo impulso la urgente obra de la evangelización del mundo contemporáneo. La decisión del Sumo Pontífice estuvo precedida por dos importantes acontecimientos. En primer lugar, según la praxis ya establecida, el secretario general del Sínodo de los obispos pidió, en nombre del Santo Padre, a los 13 Sínodos de las Iglesias orientales católicas sui iuris, a las 113 Conferencias episcopales, a los 25 dicasterios de la Curia romana y a la Unión de superiores generales, que indicaran por escrito tres temas que podrían tomarse en consideración para una reflexión sinodal, es decir, que deberían tener una notable importancia pastoral, interesar a la Iglesia universal y ser adecuados para el debate sinodal. Una vez obtenidas las respuestas de los organismos señalados, con los que el Sínodo de los obispos mantiene una colaboración institucional, fueron comunicadas al Santo Padre después de una atenta evaluación por parte del Consejo ordinario de la Secretaría general del Sínodo de los obispos, compuesto por quince miembros, doce de los cuales fueron elegidos durante la XII Asamblea general ordinaria, celebrada del 5 al 26 de octubre de 2008, y tres fueron nombrados por el Sumo Pontífice. En sus respuestas, la mayoría de los Episcopados había propuesto para la próxima Asamblea sinodal la cuestión de la transmisión de la fe, proceso que en los tiempos recientes ha experimentado no pocas dificultades, debidas a los grandes cambios de orden social, cultural y religioso. El segundo acontecimiento que influyó en la elección definitiva del tema sinodal fue la decisión del Santo Padre de crear el Consejo pontificio para la promoción de la nueva evangelización. Este nuevo dicasterio fue creado el 21 de septiembre de 2010, con el motu proprio Ubicumque et semper del Santo Padre. Por tanto, ha sido un acierto la decisión del Papa Benedicto XVI de enmarcar la citada inquietud pastoral sobre la transmisión de la fe en la reflexión sobre la nueva evangelización que se impone, aunque de maneras diversas, en toda la Iglesia.

obispos a más tardar el 1 de noviembre de 2011, solemnidad de Todos los Santos. El Consejo ordinario de la Secretaría general del Sínodo de los obispos estudiará las respuestas enviadas, que se sintetizarán en el Instrumentum laboris, Documento de trabajo de la XIII Asamblea general ordinaria.

Estructura de los «Lineamenta»
Los Lineamenta se dividen en tres capítulos, que desarrollan el tema de la Asamblea sinodal: 1) Tiempo de nueva evangelización; 2) Proclamar el Evangelio de Jesucristo; 3) Iniciar a la experiencia cristiana. Obviamente, hay una Introducción, precedida por un Prefacio. El Documento termina con una breve Conclusión. En el Prefacio se exponen algunas ideas prácticas sobre el procedimiento sinodal y el significado de los Lineamenta. Además, se pone de relieve la distinción teórica entre la evangelización como actividad regular de la Iglesia, el primer anuncio ad gentes, a quienes aún no conocen a Jesucristo, y la nueva evangelización, que se dirige principalmente a quienes se han alejado de la Iglesia, a las personas bautizadas pero no suficientemente evangelizadas. En la praxis eclesial, las tres categorías a menudo conviven en el mismo territorio, por lo cual las Iglesias locales las deben practicar simultáneamente, sobre todo a causa del fenómeno de la globalización y del desplazamiento de la población por la emigración y la inmigración. En la Introducción se subraya que la XIII Asamblea sinodal se sitúa en el renovado compromiso de la evangelización que la Iglesia ha emprendido después del concilio ecuménico Vaticano II. Con esa obra, impulsada por los Pontífices Pablo VI, Juan Pablo II y actualmente Benedicto XVI, la Iglesia anhela vivir la alegría de ser comunidad congregada por Jesucristo, para alabar a Dios Padre, por medio del Espíritu, y volver a proponer esa alegría a los cercanos y a los lejanos. Al mismo tiempo, con la nueva evangelización se desea responder a los grandes desafíos del mundo en acelerada transformación. Al respecto, se ofrecen razones teológicas y eclesiales de esa acción.

Procedimiento sinodal
Los Lineamenta que se presentan hoy constituyen una etapa importante en la preparación de la XIII Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos. Los preparó el Consejo ordinario de la Secretaría general del Sínodo de los obispos, con la ayuda de algunos expertos. En la redacción se tuvieron en cuenta las razones con las que los organismos interesados motivaron la propuesta de los respectivos temas sinodales. Una vez publicado el Documento con el que el Santo Padre creó el Consejo pontificio para la promoción de la nueva evangelización, el Consejo lo ha tenido en gran consideración, así como las demás intervenciones del Sumo Pontífice sobre el tema. Los Lineamenta tienen por finalidad suscitar el debate sobre el tema sinodal en el ámbito de la Iglesia universal. Por ese motivo, los Lineamenta se publican en ocho lenguas: latín, francés, inglés, italiano, polaco, portugués, español y alemán. La versión electrónica del documento se puede encontrar en el portal del Sínodo de los obispos. Además, cada capítulo va acompañado por varias preguntas precisas, que deberían facilitar la reflexión de las Iglesias particulares y de los organismos respectivos. El Cuestionario consta en total de 71 preguntas. La Secretaría general del Sínodo de los obispos ya ha distribuido el Documento a los organismos implicados, para que puedan promover la reflexión en los distintos países (diócesis, parroquias, congregaciones, movimientos, asociaciones, grupos de fieles, etc.), sintetizar sus aportaciones y enviar las respuestas a la Secretaría general del Sínodo de los

Los motivos teológicos proceden del misterio de Dios trino y uno. «La Iglesia, que anuncia y transmite la fe, imita el modo de actuar del mismo Dios, el cual se manifiesta a la humanidad ofreciendo al Hijo, vive en la comunión trinitaria, infunde el Espíritu Santo para comunicarse con la humanidad» (Lineamenta, 2). La evangelización debería ser el eco de la comunicación divina. Por tanto, la Iglesia, fundada para difundir el Evangelio, debe dejarse plasmar por la acción del Espíritu para conformarse a Cristo crucificado y resucitado. Redescubre su misión materna, Ecclesia mater, de engendrar los hijos para el Señor, es decir, el deber de evangelizar. Desde el punto de vista eclesiológico, es preciso reafirmar que la evangelización atañe a la naturaleza misma de la Iglesia, así como a toda su actividad. Por lo tanto, el anuncio del Evangelio no es cuestión de estrategias de comunicación o de elección de destinatarios prioritarios, como podrían ser los jóvenes. Concierne a la capacidad de la Iglesia de configurarse «como real comunidad, como verdadera fraternidad, como un cuerpo y no como una máquina o una empresa» (ib.). De hecho, toda la Iglesia es misionera por naturaleza. Existe para evangelizar. Para cumplir esa tarea de modo adecuado, la Iglesia comienza evangelizándose a sí misma. No sólo se reconoce como agente, sino también como fruto de la evangelización, convencida de que el protagonista principal es Dios, que la guía en la historia por medio del Espíritu de su Hijo unigénito Jesucristo. La evangelización, por tanto, requiere una acción de discernimiento. La Iglesia, en su conjunto, está llamada a la escucha, a la comprensión, a la revisión y a la revitalización de su mandato evangelizador, especialmente frente a los grandes cambios del mundo contemporáneo. Para esa obra está preparada. Basta pensar en las exhortaciones apostólicas Evangelii nuntiandi y Catechesi tradendae, resultado de las Asambleas sinodales de 1974 y 1977, que afrontaron esas cuestiones, ofreciendo a la Iglesia itinerarios y modos aún válidos.
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Presentación de los «Lineamenta» del próximo Sínodo
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Capítulo primero: Tiempo de «nueva evangelización»
En el capítulo primero se describe el nacimiento del concepto de nueva evangelización y su difusión durante los pontificados del siervo de Dios Juan Pablo II y del Papa Benedicto XVI. Por primera vez, Juan Pablo II usó el término el 9 de junio de 1979 durante la homilía en el santuario de la Santa Cruz, en Mogila, Polonia: «Se ha dado comienzo a una nueva evangelización, como si se tratara de un segundo anuncio, aunque en realidad es siempre el mismo» (ib., 5). La expresión se afirmó después en el discurso a los participantes en la XIX Asamblea del Celam, en Puerto Príncipe, Haití, el 9 de marzo de 1983, en el que Juan Pablo II precisó que no se trata de una reevangelización, sino de «una nueva evangelización. Nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión» (ib., 5). Ese concepto se inspira en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi del siervo de Dios Pablo VI, que se cita con frecuencia en los Lineamenta. Aunque no se encuentra la expresión literal, la Evangelii nuntiandi habla de «nuevos tiempos de evangelización» (n. 2), de un nuevo impulso (cf. nn. 2 y 5), mientras que el número 24 del Documento lleva por título: «Impulso nuevo al apostolado». Esas referencias se explican también por el hecho de que Karol Wojtyła, como arzobispo de Cracovia, fue nombrado relator para la conclusión general del Sínodo de 1974 sobre la Evangelización en el mundo moderno. El término nueva evangelización se encuentra muchísimas veces en los documentos de su pontificado y los Lineamenta citan los más significativos, sin pretender hacer una enumeración definitiva. Los Lineamenta quieren suscitar un debate sobre el significado del concepto mismo, el cual, por ejemplo, se encuentra muy presente en las exhortaciones apostólicas postsinodales de las Asambleas continentales, celebradas en preparación del gran jubileo del año 2000. En efecto, con la nueva evangelización, a menudo se ha entendido el funcionamiento dinámico, «el esfuerzo de renovación que la Iglesia está llamada a hacer para estar a la altura de los desafíos que el contexto sociocultural actual pone a la fe cristiana» (Lineamenta, 5). Esos desafíos se indican con seis escenarios que en los últimos decenios interpelan a la Iglesia y exigen una respuesta adecuada para que también ellos se conviertan en lugares de testimonio de los cristianos, que están llamados a transformarlos con el anuncio del Evangelio. 1) El escenario de la secularización ocupa el primer lugar y a él se dedica amplio espacio. Afecta principalmente al mundo occidental, pero desde este se difunde al mundo entero. Aunque a veces emplea tonos anticristianos y antirreligiosos, la secularización ha asumido, por lo general, un tono neutro que ha invadido la vida diaria de las personas, desarrollando una mentalidad en la que Dios de hecho está ausente. Se trata de la cultura del relativismo,

con graves implicaciones antropológicas que influyen también en la vida de la Iglesia. Por otra parte, además de la secularización, en el mundo se está produciendo un despertar religioso. Por desgracia, muchos aspectos positivos de la búsqueda de Dios y del redescubrimiento de lo sagrado en varias religiones, «se encuentran oscurecidos por fenómenos de fundamentalismo, que no pocas veces manipula la religión para justificar la violencia e incluso el terrorismo» (ib., 6). 2) El segundo escenario indicado es el fenómeno migratorio que está modificando «la geografía étnica de nuestras ciudades, de nuestras naciones y de nuestros continentes» (ib.). Ese fenómeno se debe a varias causas y está relacionado con el fenómeno de la globalización, que tiene aspectos positivos pero también problemáticos y, por consiguiente, requiere un trabajo esmerado de discernimiento. 3) Los medios de comunicación, la revolución informática, constituyen uno de los grandes desafíos de la Iglesia. La cultura mediática y digital conlleva muchos beneficios pero también riesgos, cuyo punto final podría ser «la cultura de lo efímero, de lo inmediato, de la apariencia, es

mundo occidental en dos bloques, que favoreció la libertad religiosa y la reorganización de las Iglesias locales. Además, se está creando una situación mundial con nuevos protagonistas políticos, económicos y religiosos, como el mundo asiático e islámico. Ante estos nuevos escenarios, los cristianos, además de realizar una labor de discernimiento, están llamados a llevar la pregunta sobre Dios dentro de los mismos, iluminándolos con la luz del Evangelio y aportándoles su propio testimonio. En ese nuevo contexto están llamados a dar sabor evangélico a los grandes valores de la paz, la justicia, el desarrollo, la liberación de los pueblos, el respeto de los derechos humanos y de los pueblos, sobre todo de las minorías, así como a la salvaguardia de la creación y del futuro de nuestro planeta. Se trata de la martiría cristiana en el mundo de hoy. Esa tarea brinda grandes posibilidades al diálogo ecuménico con los miembros de otras Iglesias y comunidades eclesiales. Por tanto, la nueva evangelización debería responder a la demanda de espiritualidad que emerge con renovado vigor también en el mundo actual. En ese contexto, puede ser de gran ayuda el diálogo interreligioso con confesiones no cristianas, sobre

decir, una sociedad incapaz de memoria y de futuro» (ib., 5). 4) La evangelización de la Iglesia está marcada también por el escenario económico, por la crisis económica, por los crecientes desequilibrios entre Norte y Sur del mundo, «en el acceso y en la distribución de los recursos, así como también en el daño a la creación» (ib., 6). 5) La investigación científica y tecnológica es otro escenario que interpela la acción evangelizadora de la Iglesia. En efecto, la ciencia y la técnica corren el riesgo de convertirse en los nuevos ídolos del presente, en una nueva religión, favoreciendo «nuevas formas de gnosis, que asumen la técnica como una forma de sabiduría, en búsqueda de una organización mágica de la existencia que funcione como el saber y el sentido de la vida» (ib., 6). Además, asistimos al nacimiento de nuevos cultos que orientan las prácticas religiosas a fines terapéuticos prometiendo la prosperidad y la gratificación instantánea. 6) También es preciso tomar en consideración el escenario político, los cambios de época de los últimos decenios: la caída de la ideología comunista y el fin de la división en el

todo con las grandes religiones orientales. Frente a esos desafíos, la Iglesia debería buscar nuevas expresiones de la evangelización, adecuadas a los contextos sociales y a las culturas actuales en fase de gran cambio. Conservando su naturaleza misionera, la Iglesia debería mantener su dimensión popular, doméstica, también en contextos de minoría o de discriminación. Está llamada a ampliar los horizontes, a rebasar los confines, puesto que «la nueva evangelización es lo contrario a la autosuficiencia y al repliegue sobre sí mismo, a la mentalidad del status quo y a una concepción pastoral que considera suficiente seguir haciendo las cosas como siempre se han hecho» (ib., 10).

Capítulo segundo: Proclamar el Evangelio de Jesucristo
La finalidad de la evangelización, y con mayor razón de la nueva evangelización, es el anuncio del Evangelio y la transmisión de la fe. El Evangelio no se debe entender como un libro o una doctrina, sino como una persona: Jesucristo, Palabra de-

finitiva de Dios que se hizo hombre. Los cristianos estamos invitados a entablar una relación personal con el Señor Jesús, en la comunidad de los fieles, en la Iglesia. Él nos lleva al Padre por el Espíritu Santo. «El objetivo de la transmisión de la fe es la realización de este encuentro con Jesucristo, en el Espíritu, para llegar a vivir la experiencia del Padre suyo y nuestro» (ib., 11). La Iglesia transmite la fe que ella misma vive y que constituye su anuncio, su testimonio y su caridad. La transmisión de la fe como encuentro de los fieles con Jesucristo está dirigida por el Espíritu Santo y se realiza mediante la Sagrada Escritura y la Tradición viva de la Iglesia. La Iglesia, regenerada continuamente por el Espíritu, es el Cuerpo de Cristo, cuya expresión por excelencia consiste en la celebración del sacramento de la Eucaristía. A esos fundamentos de la Iglesia —la Eucaristía y la Palabra de Dios— se han dedicado las dos últimas Asambleas generales del Sínodo de los obispos, respectivamente en 2005 y 2008. La transmisión de la fe se realiza a través de la oración, que es la fe en acto. La liturgia es su lugar privilegiado, con un papel pedagógico insustituible, «en el cual el sujeto educador es Dios mismo y el verdadero maestro en la oración es el Espíritu Santo» (ib., 14). Acerca de la transmisión de la fe la Iglesia ya ha reflexionado en el Sínodo sobre La catequesis en nuestro tiempo, que tuvo lugar en 1977. Los resultados de los trabajos sinodales se presentaron en la exhortación apostólica Catechesi tradendae, documento publicado en 1979, frecuentemente citado en estos Lineamenta. Además, los Lineamenta hacen continua referencia al Directorio general para la catequesis, publicado por la Congregación para el clero en 1997. Retomando sus temas principales, los Lineamenta tratan de aplicarlos a las actuales situaciones sociales y eclesiales. La exhortación apostólica Catechesi tradendae presentó la expresión pedagogía de la fe, que incluye dos instrumentos fundamentales para la transmisión de la fe: la catequesis y el catecumenado. La catequesis se entiende como «el proceso de transmisión del Evangelio tal como la comunidad cristiana lo ha recibido, lo comprende, lo celebra, lo vive y lo comunica» (ib.). El catecumenado, por su parte, es el modelo que la Iglesia recibió del concilio Vaticano II «para dar forma a sus procesos de transmisión de la fe» (ib.). El catecumenado bautismal, es decir, «la formación específica que conduce al adulto convertido a la profesión de su fe bautismal en la noche pascual» (Directorio general para la catequesis, 59; cf. Lineamenta, 14), debe inspirar las demás formas de catequesis por lo que atañe tanto a los objetivos como al dinamismo. El sujeto de la transmisión de la fe es la Iglesia universal, que «está verdaderamente presente en todas las legítimas reuniones locales de los fieles» (Lumen gentium, 26). En las últimas décadas, las Iglesias locales se han prodigado en este campo. Basta pensar en el número de cristiaSIGUE EN LA PÁGINA 10

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Sínodo sobre la nueva evangelización
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nos, sacerdotes, religiosos, laicos, catequistas, familias y comunidades, grupos y movimientos eclesiales, que se han comprometido de modo espontáneo y gratuito en el anuncio y en la transmisión de la fe. Sin embargo, «el clima cultural y la situación de cansancio en la cual se encuentran varias comunidades cristianas conducen al riesgo de hacer débil la capacidad de nuestras Iglesias locales de anunciar, transmitir y educar en la fe» (Lineamenta, 15). Esa situación requiere un nuevo impulso, un celo renovado, don del Espíritu Santo, para volver a proponer con alegría y fervor el anuncio de la Buena Nueva. Es una tarea que corresponde a toda la Iglesia y a todos sus miembros. Una tarea que resulta aún más urgente si se tienen presentes los desafíos de la sociedad actual. Los cristianos están llamados, también hoy, a dar razón de su esperanza (cf. 1 P 3, 15) con un nuevo estilo comunitario y personal, respondiendo «“con dulzura y respeto, con buena consciencia” (1 P 3, 16), con la fuerza humilde que proviene de la unión con Cristo en el Espíritu y con la determinación de quien tiene como meta el encuentro con Dios Padre en su Reino» (Lineamenta, 16). El testimonio cristiano debe ser privado y público, abarcar el pensamiento y la acción, la vida interna de las comunidades cristianas y su impulso misionero, su acción educativa, su actividad caritativa, su presencia en la sociedad contemporánea, para comunicarle el don de la esperanza cristiana. «El fruto de todo el proceso de transmisión de la fe es la edificación de la Iglesia como comunidad de testigos del Evangelio» (ib., 17). Para poderlo hacer según la voluntad del Señor Jesús, la Iglesia misma «tiene necesidad de ser evangelizada, si quiere conservar su frescor, su impulso y su fuerza para anunciar el Evangelio» (Evangelii nuntiandi, 46; Lineamenta, 17). Los Lineamenta quieren ayudar a las Iglesias locales a reflexionar sobre los aspectos positivos, pero también sobre los mencionados desafíos y dificultades en la transmisión de la fe.

nado para favorecer una celebración más consciente y, por tanto, más capaz de garantizar la vida cristiana de los bautizandos. En el caso del Bautismo de los niños, se trata de implicar más a los padres y a la comunidad. También se recurre a la mistagogia para asegurar itinerarios de iniciación que continúan también después de la administración del sacramento. Con todo, la praxis de las comunidades eclesiales ha suscitado varias cuestiones, entre las cuales los Lineamenta mencionan las siguientes. En la revisión de la administración de los sacramentos de la iniciación cristiana, se ha planteado la cuestión del orden de los sacramentos, sobre todo de la Confirmación. Al respecto, en la Iglesia existe una variedad de tradiciones y de ritos. Por lo que atañe al orden de los sacramentos de iniciación de adultos,

creen en Dios revelado por el Señor Jesús. La catequesis hace madurar esa conversión, educa en la fe al creyente, insertándolo en la Iglesia, comunidad de los cristianos. La iniciación a la fe está fuertemente unida a la educación que la Iglesia realiza como su servicio al hombre y al mundo. En la sociedad actual, cualquier acción educativa resulta muy difícil, hasta el punto de que el Santo Padre Benedicto XVI ha hablado de emergencia educativa. Es cada vez más arduo transmitir a las nuevas generaciones los valores de fondo y un comportamiento recto. Lo experimentan los padres, pero también los organismos educativos, especialmente la escuela. Esa dificultad es consecuencia del relativismo generalizado, que hace que se pierda la luz de la verdad. En ese contexto, el compromiso de la Iglesia en la educación en la fe resulta hoy más

que con la propia conducta de vida sostengan el compromiso evangelizador que viven» (ib., 22). La actual emergencia educativa hace crecer la demanda de educadores que sepan ser testigos creíbles de valores en los que se puede fundar la existencia personal y el proyecto de la sociedad humana por el que vale la pena comprometerse. En los Lineamenta se indican algunos testigos ilustres de la historia de la Iglesia, en el campo de la educación, comenzando por san Pablo, san Patricio, san Bonifacio, san Francisco Javier, los santos Cirilo y Metodio, san Toribio de Mogrovejo, san Damián de Veuster, la beata madre Teresa de Calcuta. Gracias a Dios, su número podría ampliarse mucho más. Su ejemplo sirve para subrayar que la nueva evangelización es sobre todo una tarea espiritual de cristianos que buscan la santidad. Ese recorrido presupone la gracia de Dios y exige educación, esfuerzo, perseverancia y oración. Los testigos, entendidos en este sentido, sabrán emplear un lenguaje comprensible también para el hombre contemporáneo, predicando sobre todo con el ejemplo de una vida plenamente dedicada a Dios y al prójimo.

Conclusión
En la parte conclusiva, los Lineamenta recogen algunas descripciones de la «nueva evangelización», sin afán de proponer una definición precisa y exhaustiva, sino para facilitar la reflexión sobre ese tema. Se reafirma que el fundamento de la nueva evangelización es el Espíritu Santo que el Señor resucitado derramó sobre los discípulos en Pentecostés. En medio de ellos, en el Cenáculo de Jerusalén, también se hallaba presente María, la Madre de Jesús y Madre nuestra. Ella, «llena de gracia», es el icono de la Iglesia, la Madre que la acompaña en la evangelización durante su historia bimilenaria. La nueva evangelización debería ser un nuevo cenáculo, un lugar donde, bajo la gracia del Espíritu Santo, la Iglesia encuentre no un nuevo Evangelio, sino «una respuesta adecuada a los signos de los tiempos, a las necesidades de los hombres y de los pueblos de hoy, a los nuevos escenarios que diseñan la cultura a través de la cual contamos nuestras identidades y buscamos el sentido de nuestra vida» (ib., 23). La nueva evangelización debería volver a encender en los cristianos el impulso de los orígenes, un nuevo espíritu misionero que implique a todos los miembros del pueblo de Dios, «un nuevo impulso apostólico que se viva como compromiso cotidiano de las comunidades y de los grupos cristianos» (Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 40; Lineamenta, 24). Pidamos al Señor, por medio de la santísima Virgen María, Estrella de la nueva evangelización, que la próxima Asamblea sinodal ayude a la Iglesia a retomar con renovado vigor la obra de evangelización, anunciando con alegría a los cercanos y a los lejanos el Evangelio de Jesucristo, «fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree» (Rm 1, 16).

Capítulo tercero: Iniciar a la experiencia cristiana
El capítulo tercero vuelve a proponer la reflexión sobre los instrumentos de la Iglesia para introducir en la fe y, en particular, sobre la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía. Esos sacramentos se perciben «como etapas de un camino de engendramiento a la vida cristiana adulta, dentro de un proceso orgánico de iniciación a la fe» (ib., 18). La reflexión sobre la iniciación cristiana ha experimentado un desarrollo prometedor en los últimos decenios, pero también ha abierto el debate sobre varios aspectos que conviene profundizar. Gracias a la aportación de las Iglesias jóvenes, en ese proceso de introducción a la fe con frecuencia se toma como modelo al adulto y no al niño. Además, se ha dado de nuevo importancia al sacramento del Bautismo, asumiendo la estructura del antiguo catecume-

las costumbres de Oriente coinciden con las de Occidente. La diferencia concierne a la administración de la Confirmación a los jóvenes. Encontrar una colocación compartida del sacramento de la Confirmación sigue siendo un desafío para la Iglesia, sobre el que es preciso reflexionar. Por lo demás, el Santo Padre Benedicto XVI ya mencionó esa cuestión en la exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis (n. 18). Además, conviene volver a dar contenido y energía a la dimensión mistagógica de la iniciación cristiana. No basta delegar la educación en la fe posiblemente a la enseñanza de la religión en las escuelas, dado que la Iglesia tiene como misión anunciar el Evangelio y engendrar a la fe, sobre todo a los jóvenes y a los adolescentes, a través del catecumenado y la catequesis. Frente a los desafíos actuales, la nueva evangelización debería permitir a los fieles vencer los temores y confiar más en el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia en la historia, para percibir con mayor lucidez los lugares y entender los modos más apropiados para poner la cuestión de Dios en el centro de la vida de los hombres de hoy, respondiendo a sus expectativas y anhelos. En esa obra es indispensable la catequesis que atañe a los que ya han recibido el primer anuncio del Evangelio y

que nunca una valiosa contribución para ayudar a la sociedad a salir de la crisis educativa. La Iglesia posee al respecto una gran tradición de escuelas, instituciones educativas, recursos pedagógicos, personas especializadas, varias Órdenes religiosas masculinas y femeninas, capaces de ofrecer una presencia significativa en el mundo de la escuela y de la educación. Tras un adecuado discernimiento de esa realidad, sometida también a cambios significativos en las transformaciones sociales y culturales, la Iglesia podrá aportar como don a la sociedad su tradición educativa, encontrando su lugar en el espacio público, volviendo a proponer en él la cuestión de Dios, fundamento de toda educación cristiana. Se podría afirmar que el objetivo de la Iglesia en materia educativa es la denominada ecología de la persona humana, según la expresión del Papa Benedicto XVI (cf. Caritas in veritate, 51; Lineamenta, 21), que forma una unidad con la ecología humana y la del medio ambiente. La nueva evangelización también está llamada a ocuparse del compromiso cultural y educativo de la Iglesia. En cualquier caso, necesita más testigos que maestros. «Cualquier proyecto de “nueva evangelización”, cualquier proyecto de anuncio y de transmisión de la fe no puede prescindir de esta necesidad: disponer de hombres y mujeres

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En la audiencia general del miércoles 2 de marzo el Papa habla de san Francisco de Sales

La verdadera libertad excluye la violencia
Queridos hermanos y hermanas: «Dios es el Dios del corazón humano» (Tratado del amor de Dios, I, XV): en estas palabras aparentemente sencillas captamos la huella de la espiritualidad de un gran maestro, del que quiero hablaros hoy, san Francisco de Sales, obispo y doctor de la Iglesia. Nació en 1567 en una región francesa fronteriza. Era hijo del señor de Boisy, una antigua y noble familia de Saboya. Vivió a caballo entre dos siglos, el XVI y el XVII, recogió en sí lo mejor de las enseñanzas y de las conquistas culturales del siglo que terminaba, reconciliando la herencia del humanismo con la tendencia hacia lo absoluto propia de las corrientes místicas. Su formación fue muy esmerada; en París hizo los estudios superiores, dedicándose también a la teología; y en la Universidad de Padua, los estudios de derecho, como deseaba su padre, que concluyó de forma brillante con el doctorado en utroque iure, derecho canónico y derecho civil. En su armoniosa juventud, reflexionando sobre el pensamiento de san Agustín y de santo Tomás de Aquino, tuvo una profunda crisis que lo indujo a interrogarse sobre su salvación eterna y sobre la predestinación de Dios con respecto a sí mismo, sufriendo como verdadero drama espiritual las principales cuestiones teológicas de su tiempo. Oraba intensamente, pero la duda lo atormentó de tal manera que durante varias semanas casi no logró comer ni dormir bien. En el culmen de la prueba, fue a la iglesia de los dominicos en París y, abriendo su corazón, rezó de esta manera: «Cualquier cosa que suceda, Señor, tú que tienes todo en tu mano, y cuyos caminos son justicia y verdad; cualquier cosa que tu hayas decidido para mí...; tú que eres siempre juez justo y Padre misericordioso, yo te amaré, Señor (...), te amaré aquí, oh Dios mío, y esperaré siempre en tu misericordia, y repetiré siempre tu alabanza... ¡Oh Señor Jesús, tu serás siempre mi esperanza y mi salvación en la tierra de los vivos!» (I Proc. Canon., vol. I, art. 4). A

sus veinte años Francisco encontró la paz en la realidad radical y liberadora del amor de Dios: amarlo sin pedir nada a cambio y confiar en el amor divino; no preguntar más qué hará Dios conmigo: yo sencillamente lo amo, independientemente de lo que me dé o no me dé. Así encontró la paz y la cuestión de la predestinación —sobre la que se discutía en ese tiempo— se resolvió, porque él no buscaba más de lo que podía recibir de Dios; sencillamente lo amaba, se abandonaba a su bondad. Este fue el secreto de su vida, que se reSIGUE EN LA PÁGINA 12

Colegio episcopal
RENUNCIAS: El Papa ha aceptado la renuncia al gobierno pastoral de la archidiócesis de Berlín (Alemania) que el cardenal GEORG MAXIMILIAN STERZINSKY le había presentado en conformidad con el canon 401 § 1 del Código de derecho canónico. Georg Maximilian Sterzinsky nació en Warlack, archidiócesis de Warmia, el 9 de febrero de 1936. Recibió la ordenación sacerdotal el 29 de junio de 1960. Juan Pablo II lo nombró obispo de Berlín el 28 de mayo de 1989; recibió la ordenación episcopal el 9 de septiembre del mismo año. El Santo Padre lo creó cardenal del título de San José en el Aurelio en el consistorio del 28 de junio de 1991; y lo promovió a la dignidad arzobispal el 27 de junio de 1994, cuando elevó la diócesis de Berlín a la categoría de sede metropolitana. El Papa ha aceptado, a tenor del canon 126 § 2 del Código de cánones de las Iglesias orientales, la renuncia que le había presentado Su Beatitud el cardenal NASRALLAH PIERRE SFEIR a la función de patriarca de Antioquía de los maronitas. Nasrallah Pierre Sfeir nació en Reyfoun, eparquía de Sarba de los maronitas (Líbano), el 15 de mayo de 1920. Recibió la ordenación sacerdotal el 7 de mayo de 1950. Fue nombrado obispo titular de Tarso de los maronitas y vicario patriarcal de Antioquía de los maronitas el 19 de junio de 1961, y confirmado por el Papa Juan XXIII el 23 de junio sucesivo; recibió la ordenación episcopal el 16 de julio del mismo año. El 19 de abril de 1986 fue elegido patriarca de Antioquía de los maronitas. Juan Pablo II le concedió la comunión eclesiástica el 7 de mayo de 1986; y lo creó cardenal en el consistorio del 26 de noviembre de 1994. El Papa ha aceptado la renuncia al gobierno pastoral de la diócesis de Karaganda (Kazajstán) que monseñor JAN PAWEŁ LENGA, M.I.C., le había presentado en conformidad con el canon 401 § 2 del Código de derecho canónico. Jan Paweł Lenga, M.I.C., nació en Horodok, diócesis de KamyanetsPodilskyi de los latinos (Ucrania), el 28 de marzo de 1950. Recibió la ordenación sacerdotal el 28 de mayo de 1980. Juan Pablo II lo nombró obispo titular de Arba y administrador apostólico de Kazajstán y del Asia central el 13 de abril de 1991; recibió la ordenación episcopal el 28 de mayo del mismo año. El Santo Padre erigió las misiones «sui iuris» de Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán el 29 de septiembre de 1997, y la de Kirguizistán el 22 de diciembre sucesivo; desde entonces, monseñor Lenga fue administrador apostólico sólo de Kazajstán. El 7 de julio de 1999 el Papa erigió la diócesis de Karaganda y lo nombró primer obispo de dicha sede; y el 17 de mayo de 2003 le concedió el título de arzobispo «ad personam». El Papa ha aceptado la renuncia al gobierno pastoral de la diócesis de Riobamba (Ecuador) que monseñor VÍCTOR ALEJANDRO CORRAL MANTILLA le había presentado en conformidad con el canon 401 § 1 del Código de derecho canónico. Víctor Alejandro Corral Mantilla nació en Guayaquil el 17 de febrero de 1936. Recibió la ordenación sacerdotal el 29 de junio de 1962. Juan Pablo II lo nombró obispo titular de Gummi di Proconsolare y auxiliar de Riobamba el 14 de enero de 1982; recibió la ordenación episcopal el 14 de febrero sucesivo. El mismo Papa lo nombró obispo residencial de Riobamba el 4 de septiembre de 1987. El Papa ha aceptado la renuncia a la función de auxiliar de la archidiócesis de Bolonia (Italia) que monseñor ERNESTO VECCHI, obispo titular de Lemellefa, le había presentado en conformidad con los cánones 411 y 401 § 1 del Código de derecho canónico. Ernesto Vecchi nació en San Matteo della Decima, archidiócesis de Bolonia, el 4 de enero de 1936. Recibió la ordenación sacerdotal el 25 de julio de 1963. Juan Pablo II lo nombró obispo titular de Lemellefa y auxiliar de Bolonia el 18 de julio de 1998; recibió la ordenación episcopal el 13 de septiembre sucesivo. EL PAPA
HA NOMBRAD O:

—Obispo auxiliar de la archidiócesis de María Santísima en Astana (Kazajstán) a monseñor ATHANASIUS SCHNEIDER, O.R.C., obispo titular de Celerina, hasta ahora auxiliar de la diócesis de Karaganda. Athanasius Schneider, O.R.C., nació el 7 de abril de 1961 en Tokmak (Kirguizistán). Recibió la ordenación sacerdotal el 25 de marzo de 1990, en la Orden de los Canónigos Regulares de la Santa Cruz en San Petersberg (Austria). Benedicto XVI lo nombró obispo titular de Celerina y auxiliar de la diócesis de Karaganda el 8 de abril de 2006; recibió la ordenación episcopal el 2 de junio del mismo año.

Santa Sede
El Santo Padre ha nombrado, por un quinquenio, dirigente del «Área de control de gestión y procedimiento» de la Administración del Patrimonio de la Sede apostólica al doctor STEFANO LORETI, hasta ahora jefe de oficina en la Sección ordinaria de la misma Administración. Su Santidad, además, ha nombrado jefe de oficina en la Sección ordinaria de la misma Administración del Patrimonio de la Sede apostólica al contable FRANCESCO ANASTASI, hasta ahora oficial de la Sección extraordinaria; y jefes de oficina en la Sección extraordinaria a los doctores ROBERTO CARULLI y STEFANO LORI, hasta ahora oficiales de dicha Sección.

—Obispo de Karaganda (Kazajstán) a monseñor JANUSZ KALETA, hasta ahora obispo titular de Felbes, conservándole al mismo tiempo, «doner aliter provvideatur», el encargo de administrador apostólico de Atyrau. Janusz Kaleta nació en Łazy, archidiócesis de Katowice (Polonia), el 11 de octubre de 1964. Recibió la ordenación sacerdotal el 4 de junio de 1989. Juan Pablo II lo nombró administrador apostólico de Atyrau (Kazajstán) el 7 de julio de 1999; y lo elevó a la dignidad episcopal, asignándole la sede titular de Felbes, el 15 de septiembre de 2006. Recibió la ordenación episcopal el 23 de noviembre sucesivo.

página 12 - domingo 6 de marzo de 2011

L’OSSERVATORE ROMANO

edición en lengua española - número 10

La verdadera libertad excluye la violencia
VIENE DE LA PÁGINA 11

flejará en su obra más importante: el Tratado del amor de Dios. Venciendo la resistencia de su padre, Francisco siguió la llamada del Señor y, el 18 de diciembre de 1593, fue ordenado sacerdote. En 1602 se convirtió en obispo de Ginebra, en un período en el que la ciudad era el bastión del calvinismo, tanto que la sede episcopal se encontraba «en exilio» en Annecy. Pastor de una diócesis pobre y atormentada, en un enclave de montaña del que conocía bien tanto la dureza como la belleza, escribió: «[A Dios] lo encontré lleno de dulzura y ternura entre nuestras más altas y ásperas montañas, donde muchas almas sencillas lo amaban y lo adoraban con toda verdad y sinceridad; el corzo y el rebeco corrían de aquí para allá entre los hielos espantosos para anunciar sus alabanzas», (Carta a la madre de Chantal, octubre de 1606, en Oeuvres, ed. Mackey, t. XIII, p. 223). Y, sin embargo, fue inmensa la influencia de su vida y de su enseñanza en la Europa de la época y de los siglos siguientes. Es apóstol, predicador, escritor, hombre de acción y de oración; comprometido en hacer realidad los ideales del concilio de Trento; implicado en la controversia y en el diálogo con los protestantes, experimentando cada vez más la eficacia de la relación personal y de la caridad, más allá del necesario enfrentamiento teológico; encargado de misiones diplomáticas a nivel europeo, y de tareas sociales de mediación y reconciliación. Pero san Francisco de Sales es, sobre todo, un director de almas: el encuentro con una mujer joven, la señora de Charmoisy, lo impulsó a escribir uno de los libros más leídos de la edad moderna, la Introducción a la vida devota. De su profunda comunión espiritual con una personalidad excepcional, santa Juana Francisca de Chantal, nació una nueva familia religiosa, la Orden de la Visitación, caracterizada —como quiso el santo— por una consagración total a Dios vivida en la sencillez y la humildad, en hacer extraordinariamente bien las cosas ordinarias: «...quiero que mis Hijas —escribió— no tengan otro ideal que el de glorificar [a nuestro Señor] con su humildad» (Carta a mons. de Marquemond, junio de 1615). Murió en 1622, a los cincuenta y cinco años, tras una existencia marcada por la dureza de los tiempos y por los trabajos apostólicos. La vida de san Francisco de Sales fue relativamente breve, pero de gran intensidad. La figura de este santo produce una impresión de extraña plenitud, demostrada con la serenidad de su búsqueda intelectual, pero también en la riqueza de sus afectos, en la «dulzura» de sus enseñanzas que han ejercido gran influencia en la conciencia cristiana. De la palabra «humanidad» encarnó distintas acepciones que, hoy como ayer, puede asumir este término: cultura y cortesía, libertad y ternura, nobleza y solidaridad. En su aspecto tenía algo de la majestad del paisaje en que vivió, conservando también su sencillez y su naturaleza. Las antiguas palabras y las imágenes con las que se expresaba resuenan inesperadamente, también en el oído del hombre de hoy, como una lengua nativa y familiar. A Filotea, destinataria ideal de su Introducción a la vida devota (1607), san Francisco de Sales dirige una invitación que en su época pudo parecer revolucionaria. Es la invitación a ser completamente de Dios, viviendo en plenitud la presencia en el mundo y los deberes del propio estado. «Mi intención es la de instruir a aquellos que viven en la ciudad, en el estado conyugal, en la corte...» (Prefacio a la Introducción a la vida devota). El documento con el que el Papa Pío IX, más de dos siglos después, lo proclamó doctor de la Iglesia insiste en esta ampliación de la llamada a la perfección, a la santidad. En él se dice: «[la verdadera piedad] ha penetrado hasta el trono de los reyes,

en la tienda de los jefes de los ejércitos, en el tribunal de los jueces, en las oficinas, en las tiendas e incluso en las cabañas de los pastores» (breve Dives in misericordia, 16 de noviembre de 1877). Así nacía la llamada a los laicos, el interés por la consagración de las cosas temporales y por la santificación de lo cotidiano, en los que insistirán el concilio Vaticano II y la espiritualidad de nuestro tiempo. Se manifestaba el ideal de una humanidad reconciliada, en la sintonía entre acción en el mundo y oración, entre condición secular y búsqueda de la perfección, con la ayuda de la gracia de Dios que impregna lo humano y, sin destruirlo, lo purifica, elevándolo a las alturas divinas. A Teótimo, el cristiano adulto, espiritualmente maduro, al que dirige unos años más tarde su Tratado del amor de Dios (1616), san Francisco de Sales ofrece una lección más compleja. Esta lección supone, al inicio, una precisa visión del ser humano, una antropología: la «razón» del hombre, más aún, el «alma racional», se presenta allí como una arquitectura armónica, un templo, articulado en varios espacios, alrededor de un centro, que él llama, junto con los grandes místicos, «cima», «punta» del espíritu, o «fondo» del alma. Es el punto en el que la razón, recorridos todos sus grados, «cierra los ojos» y el conocimiento se funde con el amor (cf. libro I, cap. XII). Que el amor, en su dimensión teologal, divina, sea la razón de ser de todas las cosas, en una escala ascendente que no parece conocer fracturas o abismos, san Francisco de Sales lo resumió en una famosa frase: «El hombre es la perfección Carlo Maratta, «Virgen con el Niño y san Francisco de Sales» (1691) del universo; el espíritu es la perfección del hombre; el amor es la del espíritu; y la caridad es la perfección del amor» (ib., libro X, sir», a su beneplácito (cf. ib., libro IX, cap. I). En cap. I). la cumbre de la unión con Dios, además de los En un tiempo de intenso florecimiento místico, arrebatos del éxtasis contemplativo, se coloca ese el Tratado del amor de Dios es una verdadera sum- fluir de la caridad concreta, que está atenta a toma, y a la vez una fascinante obra literaria. Su das las necesidades de los demás y que él llama descripción del itinerario hacia Dios parte del re- «éxtasis de la vida y de las obras» (ib., libro VII, conocimiento de la «inclinación natural» (ib., li- cap. VI). bro I, cap.
XVI),

inscrita en el corazón del hom-

bre, aunque pecador, a amar a Dios sobre todas las cosas. Según el modelo de la Sagrada Escritura, san Francisco de Sales habla de la unión entre Dios y el hombre desarrollando una serie de imágenes de relación interpersonal. Su Dios es padre y señor, esposo y amigo, tiene características maternas y de nodriza, es el sol del que incluso la noche es misteriosa revelación. Ese Dios atrae hacia sí al hombre con vínculos de amor, es decir, de verdadera libertad: «Ya que el amor no tiene forzados ni esclavos, sino que reduce todas las cosas bajo la propia obediencia con una fuerza tan deliciosa que, si nada es tan fuerte como el amor, nada es tan amable como su fuerza» (ib., libro I, cap. VI). En el Tratado de nuestro santo encontramos una meditación profunda sobre la voluntad humana y la descripción de su fluir, pasar, morir, para vivir (cf. ib., libro IX, cap. XIII) en el completo abandono no sólo a la voluntad de Dios, sino también a lo que a él le complace, a su «bon plai-

Leyendo el libro sobre el amor de Dios, y más aún las numerosas cartas de dirección y de amistad espiritual, se nota bien qué gran conocedor del corazón humano fue san Francisco de Sales. A santa Juana de Chantal escribe: «Esta es la regla de nuestra obediencia, que os escribo con letras mayúsculas: HACER TOD O POR AMOR, NADA POR LA FUERZA, AMAR MÁS LA OBEDIENCIA QUE TEMER LA DESOBEDIENCIA . Os dejo el espíritu de libertad, ya no el que excluye la obediencia, pues esta es la libertad del mundo; sino el que excluye la violencia, el ansia y el escrúpulo» (Carta del 14 de octubre de 1604). No por nada, en el origen de muchos de los caminos de la pedagogía y de la espiritualidad de nuestro tiempo encontramos precisamente las huellas de este maestro, sin el cual no hubieran existido san Juan Bosco ni el heroico «caminito» de santa Teresa de Lisieux. Queridos hermanos y hermanas, en un tiempo como el nuestro que busca la libertad, incluso con violencia e inquietud, no se debe perder la actualidad de este gran maestro de espiritualidad y de paz, que lega a sus discípulos el «espíritu de libertad», la verdadera, como culmen de una enseñanza fascinante y completa sobre la realidad del amor. San Francisco de Sales es un testigo ejemplar del humanismo cristiano. Con su estilo familiar, con parábolas que tienen a menudo el batir de alas de la poesía, recuerda que el hombre lleva inscrita en lo más profundo de su ser la nostalgia de Dios y que sólo en él encuentra la verdadera alegría y su realización más plena.

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