La efímera vida de Rulo

Rafael Peñaloza N.

Llegué el primer día cerca de las siete, media hora demasiado temprano. Esa impuntualidad negativa es uno de los pocos retazos de mi vida anterior que aún no he logrado eliminar; quizás porque no veo una razón para hacerlo. Traía puesta una camiseta verde, unos jeans azules recién comprados y calcetines haciendo juego con mis tenis blancos mostrando fatiga a pesar de haber sido estrenados pocos días antes. No es que me importara mi aspecto. Estos detalles los conozco únicamente por una fotografía que me tomó mi padre para conmemorar los cambios. Durante un tiempo ignoré esa imagen que él puso sobre el televisor, pero desde hace unas semanas la he observado contínuamente, intentando decidir si todo comenzó mal, o si lo arruiné un tiempo después. Pero regresemos por ahora al primer día. Yo estaba emocionado y feliz, pero a la vez muy nervioso. No conocía las reglas del lugar, y no sabía qué hacer. Subí tres pisos al salón que me había sido asignado. ¿Podía elegir el asiento que quisiera, o debía esperar a que alguien me lo asignara? Y en todo caso, ¿cuál era el asiento que quería? Dejé mi mochila en la esquina junto a la puerta y caminé un rato impregnándome de la esencia del lugar, comparando la visibilidad hacia y desde el frente y los otros asientos. Sin decidir nada, me encaminé a la ventana y saqué la cabeza. Así estaba, respirando un aire helado y de espaldas a la puerta cuando una palabra me sorprendió. – Hola. Lo que vi al girarme fue un espectáculo que todavía me hace olvidar al mundo en ocasiones: unas piernas unidas por una falda imposiblemente corta caminando hacia mí. Tan perfectas eran esas piernas que el único defecto que puedo mencionar es que estaban un poco pálidas. No sé cuánto tardé en levantar mi mirada de ellas, pero fue claramente demasiado; aunque no aminoró su ritmo ni cambió de dirección, su cara expresaba incomodidad. Pocos pasos después se detuvo junto a una banca en primera fila, a medio metro de mí. Puso su mochila sobre ella, sin dejar de mirarme. Para entonces era yo el que estaba incómodo y avergonzado. Ella debió haberlo notado. Se relajó y me sonrió ligeramente.
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– ¿Eres nuevo? Yo asentí, desviando mi mirada hacia su mochila. – ¿Puedo elegir el asiento que más me plazca? – ¡Claro! Sin esperar un solo instante me dirigí a la puerta, tomé mi mochila y la llevé a una banca al fondo del salón, en la zona opuesta a las ventanas, a unas seis filas de donde una mujer en minifalda me miraba incrédula, y quiero creer que un poco triste, con grandes ojos color miel. No sé por qué lo hice. Supongo que quería demostrarle que sé lo que quiero y que no acepto menos que eso. Supongo que quería demostrarme que estaba en control de la situación. Lo que sí sé ahora es que ese lugar sería la causa de mucho de lo que habría de venir. Una vez establecido, regresé a la ventana. Para no mirar sus piernas de nuevo, me obligué a analizar su cara. No llevaba maquillaje, su rostro tan pálido como sus piernas, sus labios rosas naturales y el pelo, casi del mismo color que sus ojos, caía libremente hasta sus hombros. No tenía los lóbulos perforados. No recuerdo qué ropa llevaba, pero seguramente nada llamativo, a excepción de la falda, pues el resto de su cuerpo no me causó ninguna sensación especial. Eso vendría después. Mientras me acercaba a ella, su sonrisa parecía volverse más honesta. – Soy Rulo; ¿cómo quieres que te llame? – Yo soy ... soy Kelly. Recibí ese pequeño titubeo como si hubiera ganado un concurso de palíndromos. En ese momento yo estaba sobre ella. Perfecto motivo para mostrarme satisfecho. – Kelly. No eres de aquí, ¿verdad? Sus labios temblaron un poco, pero no dijo nada. – ¡Vamos! Piel blanca, nombre extranjero, costumbres ajenas, no puedes ser de aquí. Sin mover un sólo músculo de su cara, su expresión era de pronto de pánico. Parecía al borde de un ataque. Al parecer había cruzado la linea. ¡Justo lo que necesitaba en mi primer día! Apenado, bajé la mirada. Al notar que estaba examinando de nuevo sus piernas, di un paso hacia atrás, ruborizado como nunca antes. Y entonces el miedo se convirtió en furia. – Y a tí, ¿realmente te importa, o sólo estás buscando un pretexto para verme las piernas? Me paralicé. Sin saber qué hacer o decir, no pude más que ver cómo
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saboreaba su triunfo sobre mí. ¡Maldición! Me tenía en sus garras, y ella lo sabía mucho mejor que yo. *** Cuando me di cuenta, ya había alguien sentado junto a mí. Vestía completamente de negro con una cadena colgando de su bolsillo derecho. Me miraba con curiosidad, seguramente haciendo uno de esos gestos que después aprendí a descifrar. – ¿Cuál es tu nombre? Su voz profunda y suave a la vez me desorientó por un momento. Me apresuré a contestar. – Mi nombre es irrelevante. Llámame Rulo. Su curiosidad no hizo mas que aumentar. Meneó la cabeza en señal de aprobación y me extendió su mano. – A mi llámame Lui. El apretón de manos se sintió como el cierre de un trato. A partir de entonces, Lui se dedicaría a guiarme; yo me dedicaría a seguirlo. Con una docena de palabras de por medio habíamos formado ya un grupo. Más bien, me había integrado a su grupo. – El viernes hay fiesta, ¿vienes? – No tengo transporte. – Contaba con eso. Hagamos algo, paso por ti temprano y te llevo a que te compres un poco de ropa más ... apropiada. Sabía a qué se refería. Aunque me sorprendió que supiera que no tenía otro tipo de ropa en casa. Acepté sin más. Esto era lo que tenía en mente cuando había vaciado mi guardarropa un par de días antes. Sólo conocía una forma de cambiar de vida, y la seguiría sin dudar. *** En la primera pausa del día fuimos a buscar a Vic. Lo encontramos sentado sobre un bloque de concreto, con las piernas cruzadas, analizando una lata de refresco ya vacía. Vestía igual que Lui, pero unos guantes blancos cubrían sus manos. Nunca en mi vida había visto a alguien usar guantes, y él los usaba con
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tal naturalidad que ni siquiera los manchaba. Al final del día era su color tan puro como al amanecer. Cuando vio a Lui, levantó y extendió la mano izquierda en señal de saludo, dejando su dedo anular doblado. Lui replicó de la misma forma. Tras las presentaciones, Vic sonrió brevemente y continuó mirando el cilindro en sus manos. Encogiéndose de hombros, Lui se sentó a su lado. – Rulo viene con nosotros el viernes. Eso fue suficiente para distraerlo de sus observaciones. Levantó la cabeza y fijó sus ojos en mí, pero había algo raro en su mirada. La forma en que me veía me ponía nervioso sin ninguna razón aparente. ¿Estaría drogado? No, sería demasiado obvio. Simplemente no pude deducir a qué debía atender. Y entonces volvió satisfecho a su lata. Lui se puso de pie con un suspiro. Mientras nos alejábamos, me dijo al oído: – Las dudas que tengas, te las resolverá Vic a su debido tiempo. – Pero... – No, yo no soy nadie para revelar sus secretos. Él te hablará cuando lo crea conveniente – ¡Pensé que era mudo! La carcajada no se hizo esperar y permaneció hasta mucho después de nuestro regreso al salón. *** Desde entonces seguí llegando media hora antes de lo necesario, ya no sólo por costumbre, sino con una motivación adicional. Kelly llegaba unos cinco minutos después de mí. Muchas veces noté que venía acelerada y emocionada, aunque siempre intentaba ocultarlo. Yo la esperaba metódicamente junto a la ventana, la veía acercarse, dejar su mochila en su sitio, caminar lentamente hacia mí, soplar un beso pegando su mejilla a la mía, y reclinarse sobre la ventana a mi lado. Teniamos diez o quince minutos antes de que llegara alguien a arruinar la atmósfera, cuando nos separábamos para seguir nuestro día como todos los demás. Claro que todos sabían esto y los chismes surgieron apenas pasados un par de días. Nosotros, sin embargo, casi como por un contrato tácito, no hablábamos de esto con otros. En mi caso era el miedo de hacer oficial algo que no era. Sus motivaciones no las supe hasta mucho después. Más de una vez fue esta la mejor parte de mi día. Aprovechábamos al máximo
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nuestros pocos minutos de intimidad. Siempre teníamos un tema que comentar. Charlábamos de todo y de todos. El pasado era nuestro único tabú. El pasado carecía de importancia para los dos; queríamos disfrutar el momento. Y el futuro parecía seguro. Los choques no se hacían esperar. Ella me demostraba contínuamente que le pertenecía; yo luchaba por comprobar mi propio poder. A lo más que aspiraba era a igualarla; pocas veces lo logré. Y así, ambos teníamos una razón para seguir juntos. Poco a poco sus labios y sus ojos me resultaban más atractivos. A los pocos días ya no tenía que esforzarme por no mirar sus piernas. Cuando su boca se movía, atraía mi mirada a ella sin que yo pudiera evitarlo. E incluso cuando expresamente examinaba sus extremidades sin el más mínimo pudor, ella se limitaba a mirarme alegre. Las minifaldas eran parte fundamental de su atuendo diario. Sorpresivamente, por más que miré y espié, jamás vi a nadie más poner atención a sus muslos. Mejor para mí, por supuesto. En una de esas charlas, no recuerdo exactamente cuándo, comentó que le gustaba Yellow Cats. – ¿Los conoces? Necesité de toda mi voluntad para no resoplar burlonamente. Por supuesto que sabía quienes eran esos. Una banda de Nueva Jersey formada por cuatro greñudos que tocaban algo que tendía a la forma más baja del Pop. El cantante, siempre sin camisa y mostrando su abdomen de mujer, era idolatrado por miles de niñas pubertas, por lo que su cara aparecía en todas las revistas dirigidas a este sector, y el radio estaba impregnado de sus aburridos ritmos y letras sin inspiración. Por alguna razón que nunca entendí, algunos llamaban a este hombre “un poeta”. Eso era casi tan contradictorio como llamarme a mí “honesto”. Por supuesto, no dije nada de esto. – He oído hablar de ellos. – ¿Y no te gustan? Con cuidado, con cuidado. – Me parecen interesantes, pero prefiero cosas un poco más ... profundas. – ¿Profundas? ¿Alguna vez has puesto atención a alguna de sus letras? Este hombre es un verdadero poeta. – Sí. Ehhh ... me refiero a los temas que tratan, no al estilo en sí. Al parecer mi respuesta fue suficientemente apacible. De ahí la conversación se desvió a territorios menos peligrosos. Debía tener más cuidado con mis opiniones. A veces se me olvidaban esos puntos básicos.
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*** El viernes llegó. Lui me ayudó a elegir una chamarra de terciopelo, y una gabardina de piel. Las compras siguieron con unas botas también de piel; la suela no tenía menos de cinco centímetros de altura. Después busqué un par de camisas de manga larga que me quedaran entalladas, pero sin apretar, y unos jeans y un pantalón sintético brillante. Sobra decir que toda esta ropa era en color negro. Antes de salir compré también una cadena. La elegí bastante más corta a la que Lui usaba, de la medida perfecta para enrollarla sobre mi muñeca y nudillos. Me cambié la ropa en el coche, camino a la fiesta. El auto de Lui era famoso, conocido por muchos como el “coche fiesta”. Era un Spirit blanco, abollado por todos lados, de sus cuatro puertas una no abría, y de otra no se podía bajar la ventanilla. En la parte trasera tenía pegada una estampilla con la frase “El Spirit es el doberman de los coches”. Pero la mejor parte de este vehículo, y lo que le daba su nombre, era la forma en que lo usaba Lui para llegar a las fiestas: con el radio a todo volumen, tocando música clásica. Esta tradición había comenzado como una broma, debido a que el coche sólo tenía un sintonizador de AM, por lo que lo mejor para escuchar era siempre música clásica. Una vez, camino a una fiesta, se toparon con alguien escuchando corridos con el volumen a tope. Lui lo retó con su música clásica. Me dicen que en ese tiempo la suerte les sonrió, ejecutando la Quinta Sinfonía de Beethoven en todo su esplendor. Cuando por fin llegaron a su destino, el volumen seguía en el máximo. Desde entonces, se estableció el rito del coche fiesta. Así llegamos a una casa. No era dificil deducir que ese era nuestro destino. No era tanto lo descuidado del lugar, que sería por sí mismo una gran pista, sino los tres o cuatro entes que saludaron a Lui. Él estaba un poco decepcionado; nuestra entrada había sido arruinada por una obra demasiado ligera en su radio. Seguramente Vivaldi o algún otro compositor barroco italiano, de piezas afeminadas. Yo estaba ya listo. Estrenaría mis botas, el pantalón sintético y la chamarra de terciopelo. Me estaba ajustando la cadena cuando Lui me dijo tres palabras en un tono ahogado por la música que aún sonaba, pero de clara preocupación. – Aquí soy Roz. Ocupado con mi adorno ni siquiera lo miré. Con un guiño le hice ver que había entendido. Y había entendido mucho más de lo que me dijo. Al parecer
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teníamos mucho más en común de lo que supuse al principio. – Rulo está bien para mí. Me mostró los dientes, una más de sus sonrisas tétricas. Bajamos del coche sin más. *** No estoy seguro que haya sido en esa fiesta, pero sí fue en ese mismo lugar y no mucho tiempo después. Lui y yo nos servíamos los últimos vasos de una botella de vodka barato y lo combinábamos con jugo de uva, cuando lo vi. Obligué a Lui a mirar a una esquina obscura bajo las escaleras. Ahí estaba Vic sentado con la cabeza gacha, escribiendo en una pequeña libreta. Una mujer le acariciaba el pelo y le decía algo, pero él claramente la ignoraba. Le pregunté a Lui con la mirada y él se encogió de hombros. Levantó su vaso y brindó a su salud. Seguimos tomando en su honor. No pasó mucho antes de que Vic levantara la cabeza y nos viera. Se levantó bruscamente y corrió hacia nosotros, dejando una sombra sorprendida junto al que hasta hacía unos instantes era su lugar. Era evidente que se había delineado los ojos. Varias lágrimas habían esparcido el maquillaje sobre sus mejillas. Cuando nos alcanzó lo escuché hablar por primera vez. Supongo que por la espera, me había imaginado una voz extrahumana, casi falsa, o en su defecto cómica. Me sorprendió en cambio por lo común que era. Tenía una voz que cualquiera habría podido tener. Y aún cuando hubiera tenido la más mágica voz, la brevedad de su intervención habría imposibilitado cualquier encanto. – ¿Litio? Antes de que terminara su segunda sílaba, Lui ya sacaba un pequeño frasco de TicTacs. Sacó una cápsula totalmente blanca y la camufló en el guante extendido frente a él. Vic la puso en su boca y la tragó con el moradito restante en el vaso que me acababa de arrancar de las manos. Esperó unos diez segundos. Se dio la vuelta, casi brincando, y regresó a su esquina. Aquella mujer seguía ahí, ahora con los brazos cruzados y mirándolo con rencor. Pero no resistió su invitación a bailar. Vic no paró de dar vueltas, sonriendo hasta el amanecer. *** Una mañana Kelly incluyó un tema que obviamente le interesaba, pero había
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evitado a toda costa hasta entonces. Había visto las marcas de la cadena sobre mi muñeca; ella no sabía que la usaba, jamás la traía a clase. Extrañada tomó suavemente mi mano y comenzaba a acariciarla cuando vio mi uña. El cosquilleo que ya recorría mi brazo desapareció de pronto cuando ella me soltó, junto a un gritito ahogado y una cara de repugnancia. La vi hacer su mayor esfuerzo por no alejarse. Por fin se calmó y me habló en la forma más pausada que pudo. – Sigues saliendo con él, ¿verdad? – Por supuesto, es mi amigo. Volvió a mirar mi uña. No tenía nada de especial. Definitivamente no tenía nada de espeluznante. Lo que miraba era el esmalte negro que la cubría. Pero entendía su miedo, muchos otros habían reaccionado mucho peor. Su miedo se tornó rápidamente en angustia. – Dime que no consumes – ¡Claro que no! Estoy limpio. Pude ver que no me creía. Cosa curiosa; era una de las pocas veces que no le mentía. *** Pronto nuestros minutos a solas antes de clase me fueron insuficientes. Necesitaba verla más, necesitaba verla fuera. Pero a donde quiera que ella iba, estaban también sus amigas metiches. Ni ella ni yo las queríamos cerca de nosotros. Me urgía un pretexto para sacarla a un lugar donde no nos pudieran seguir, donde nadie más nos conociera. La solución llegó de donde menos me lo esperaba. Fue como si Lui se hubiera metido a mi mente. Un día llegó sonriendo. – Voy a llevar a Sara al concierto de los Yellow Cats, ¿vienes? – ¿Les gustan los Yellow Cats? Estaba demasiado sonriente; no sabía si se estaba burlando de mí, o si era felicidad verdadera. Me inclinaba más por la primera, pero mi esperanza me pedía que creyera en la segunda. – Bueno, todos tenemos nuestro lado obscuro. Examiné su cara, su postura, sus ropas negras, la cadena que colgaba de su bolsillo y por último un anillo en forma de cráneo que acababa de comprar. Me decidí por fin.
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– En tu caso, será más bien un lado fulgurante. Se rió un momento, pero pareció que no le gustó mucho mi broma. – ¿Es eso un si? – Si, pero ... Dudé un largo rato, tenía que decirlo pero no sabía cómo. Me preocupaba que lo tomara a mal. – Quiero llevar a Kelly. Lui cerró su mano en un puño. Trato hecho. *** Sara era la hermana menor de Lui. En general eran muy parecidos. Ella vestía igual que él, sólo que con bastante más maquillaje blanco y usaba falda con más regularidad. Hablaban casi igual, aunque ella no gesticulaba tanto; su boca era mucho más fina. Sara era femenina en extremo. Delgada y grácil, sonriente y atenta. Muchas veces me pareció fuera de lugar en el mundo que frecuentaba, pero nunca la noté incómoda. Sólo sé de dos cosas que la diferenciaban de su hermano. La primera era su interés por la sociedad y lo que la movía. Podían no gustarle las tradiciones que la rodeaban, pero las seguía con pasión, estudiándolas, buscando comprenderlas. Por eso escuchaba a los Yellow Cats. Este concierto no era un evento de recreación pura; era también una experiencia de campo para analizar lo que motivaba a otras mujeres, la mayoría de una edad cercana a la suya, a idolatrar a estos artistas. Por supuesto, eso no la detendría de gritar piropos, cantar y llorar durante las canciones de amor. La segunda diferencia era la que más me interesaba. Sara usaba su verdadero nombre, no sólo con nosotros sino en todo momento. Más aún, odiaba que su hermano no lo hiciera. Ella jamás lo llamaría Lui; mucho menos Roz. Como él le había prohibido usar su verdadero nombre, ella utilizaba distintos términos en sus conversaciones, desde los clásicos y fácilmente comprensibles “hermano” o “bro” hasta incoherencias como “mechu” y “nojón”. No me entiendan mal. Lo que me interesaba no era simplemente el hecho de que ella tuviera esa pieza de información. Yo no tenía más intención de conocer los secretos de Lui que de revelarle los míos; sé que todos tenemos nuestras razones, por absurdas que puedan parecer a otros. Lo atrayente de esta situación era el poder que le daba a Sara sobre su hermano mayor. Si quería obligarlo a algo, sólo precisaba la presencia de alguien más y soltar una frase de la forma:
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– Hazlo ya Al-... errr... digo hermano. Así de sencillo era su truco. Inmediatamente Lui cumplía las peticiones de su hermana. A pesar de esos choques, o quizá precisamente por eso, eran muy unidos. Pasé casi tantas horas charlando con Sara como con Lui. Siempre tenía algo apropiado que decir; sin ella, muchas cosas no habrían pasado, y muchas otras habrían llegado más pronto y con más fuerza. *** Unos días más tarde esperaba yo ansioso en el lugar de costumbre cuando Kelly llegó al salón. Ni siquiera la dejé acercarse a mí antes de soltarle la piedra sin advertencia. – ¿Sabes que van a venir los Yellow Cats? – ¡Si! Me encantaría ir, pero ... – ¿Pero? – No puedo ir sola. – ¿Y si yo te llevo? – ¡No bromees con eso! Aún mientras me reprendía, un esbozo de esperanza se reflejaba en sus ojos. Era en todo caso bastante obvio que me estaba torturando a mí mismo más que a ella. Con una gran sonrisa saqué los boletos y se los enseñé. Su reacción, la misma que abrigaba en mis sueños, me sorprendió; era lo último que me esperaba realmente. Primero dio un pequeño brinco. Sus brazos me rodearon poco después, casi fulminándome con su suavidad y candor. Juntó su mejilla a la mía, soltando un beso al aire; el saludo que todavía no me había dado, supongo. Y luego vino la risa. Sin soltarme, rió y rió. No sólo escuchaba su felicidad, la sentía; la olía. Kelly transpiraba júbilo. Acariciando muy suavemente mi nuca, acercó sus labios a mi oreja. – Rulo, Rulo. Eres el mejor. Muchas gracias, Rulo. – Haría lo que fuera por tí. “Haría lo que fuera por tenerte junto a mí” es lo que quería decir. ***

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Todo parecía mejorar a diario. Los besos al aire iban ahora acompañados de un ligero abrazo que se hacía cada vez más firme. Kelly me sonreía mucho más abierta e insistentemente. Y permanecía más cerca de mi durante nuestros minutos a solas. Aprovechábamos cualquier pretexto para tomarnos las manos o dar breves caricias. Todos estos roces duraban apenas instantes, ninguno de los dos bajaba la guardia por completo, pero con cada uno quedaba más prendado. Más de una vez me sorprendí sonriendo como un idiota en medio del pasillo, tras verla pasar frente a mi rodeada de sus amigas y dirigirme un guiño fugaz. O incluso tras imaginarme que eso pasaría. El colmo fue descubrirme silvando sobre la acera de camino a casa. Debía ser más precavido. *** Antes del concierto, tuve que sufrir un entrenamiento intensivo en los ritmos y canciones de Yellow Cats. Fue una experiencia funesta. Por más de ocho horas Sara y Lui reprodujeron las canciones de este grupo y me explicaron de qué trataba cada una. Era una labor inútil, por supuesto, dado que todas ellas sonaban exactamente igual; el tema era sólo delatado por algún gritillo del cantante o por un ritmo un poco más pausado. Sara se había propuesto ayudarme lo más que pudiera con esto, así que puso un énfasis muy especial en las canciones que hablaran de amor. Esas son las que debía distinguir y usar a mi favor durante el evento. La recomendación particular fue sobre una pieza que comenzaba con un breve solo de batería que debía ser muy fácil de recordar. A decir de Sara, esa canción se la tenía que dedicar a Kelly, dándole así un golpe maestro. Al parecer esa el mayor éxito amoroso del grupo. El climax de la pieza era una tremenda muestra de la poesía contemporánea que decía algo así como: aunque me abandones yo siempre te amaré aunque estés muy lejos siempre estarás en mí. Yo no podía entender qué tenía de buena idea el dedicar una canción así, pero Sara no escuchaba motivos. Me hizo prometerle que lo haría, asegurándome que era una excelente idea. No me quedaba más que aceptar que ella sabía mucho más que yo de mujeres, por no hablar de mujeres que disfrutaban ese tipo de “poemas”.
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Al final de la sesión me zumbaban los oídos. Esto no era mas que un pequeño precio a pagar por hacer de esta la cita perfecta. Con todos los consejos y ritmos en la mente regresé a casa, confiado de lograr el resultado esperado. Esa habría de ser una noche para recordar. *** Por fin llegó el día. Todo fue cuidadosamente planeado. Sara me ayudó a elegir qué vestir; toda prenda negra fue descartada desde el principio; elegí y corté media docena de rosas recién abiertas, y llegué por ella, como no podía ser de otra forma, quince minutos antes de la hora acordada. Aproveché mi adelanto para caminar en el parque frente a su casa, en un vano intento por relajarme. Por fin, dos minutos después de la hora, toqué el timbre. Nada podía haberme preparado para las sorpresas que habrían de venir. Me paré frente a la puerta, esperando a que Kelly abriera para darle mi ofrenda de rosas. Cuando el pistillo giró, quien apareció fue un hombre medio calvo de ceño fruncido que me miró con excesiva atención. – ¿Si? – Ve-... vengo por Kelly. Creí ver una ligera mueca en sus labios antes de invitarme a pasar. Llegamos directamente a una sala con un juego de sillones de apariencia antigua. Elegí un sofá y el se sentó sin ceremonias frente a mí. Sus ojos bailaban entre los míos y las rosas en mis manos. – ¿Y tu eres...? – Rulo, señor. – ¿Vas a llevar a mi hija al concierto? – Así es, señor. – ¿Sólo ustedes dos? – No señor, también va un amigo mío con su hermana. Vamos a ir en su coche. Así siguió el interrogatorio por unos minutos. Él preguntaba nimiedades, yo contestaba verdades a medias. Todo un ejemplo de civilidad. Cuando al fin se cansó de cuestionarme, se levantó y llamó a Kelly. No tardó en aparecer. Por suerte me encontraba sentado, de otra forma me habría caído de la impresión. Nunca antes había notado lo perfecta que era en conjunto. Por supuesto, me había intoxicado de sus piernas y más tarde cada vez más de sus labios y ojos,
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pero ahora comprendía que eso eran solo partes de un ente sin igual. Todo su cuerpo reclamaba mi atención al mismo tiempo. Sobre las ya mencionadas piernas había una falda si cabe incluso más corta que las que usaba a diario, culminada en un abdomen plano y firme. Llevaba una camisetita blanca entallada que permitía a su ombligo asomarse por debajo. Unos senos redondos estiraban la blusa a los límites de una caricatura japonesa. Me quedé sin habla. No había duda alguna de que ella sabía lo que estaba pensando. Se contoneó hasta mí. Tomó las rosas con un leve sonrojo y las llevó hasta un florero cerca de la entrada. Sólo verla moverse era un espectáculo. Algo bueno debía haber hecho para que alguien así quisiera pasar su tiempo conmigo. Definitivamente la vida no es justa; era demasiado buena conmigo. Me ayudó a levantarme y nos fuimos de ahí. Una vez en la calle, rodeó mi cintura con su brazo y me lanzó un beso tronado. – Espero que no te hayan asustado demasiado. *** Kelly casi no habló en el camino al auditorio. Sara hizo todo lo que pudo por parecer amigable, pero Kelly contestó todo intento con monosílabos y con la vista clavada en la ventana. Un par de veces acarició el dorso de mi mano; por lo demás bien podría no haber estado ahí. Entonces creía que el problema era con Lui, pero ahora ya no estoy tan seguro. Apenas salimos del auto, nos separamos. Sara y Lui tenían asientos en la zona este del edificio, en el segundo piso. Kelly y yo estaríamos en zona preferencial, asientos centrales en la fila veinticinco. Si iba a hacer esto, tenía que hacerlo bien. Kelly comenzó a hablar de inmediato. Estaba radiante. Yo esperaba que al menos parte de esa emoción tuviera que ver más con estar conmigo que con el concierto en sí. Seguros en la intimidad que producía estar rodeados de extraños, nos indultamos en roces perceptiblemente más duraderos, y mucho más frecuentes. Así debía ser el paraíso. Muy a mi pesar debo decir que fue uno de los mejores conciertos que he presenciado. Grité, brinqué y canté; no conocía todas las letras, pero eran suficientemente predecibles para seguirlas. Y ahí estaba esa diosa junto a mí. Divirtiéndose conmigo; atónita ante mi actitud. Llevábamos algo más de una hora de espectáculo cuando escuché la letra que esperaba. Me había perdido el solo de batería, pero no había duda que esta era la
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canción. Tal como lo prometí a Sara, me acerqué a su oído le murmuré. – Esta canción es para tí. Volteó su rostro hacia mí. Sus ojos levemente húmedos; su expresión una extraña mezcla de gusto, tristeza y sorpresa. Abrazó mi cuello y besó mi mejilla. No uno de esos besos al aire que siempre daba; el contacto entre sus labios y mi piel fue directo, cálido, casi hirviente. Algo recorrió mi cuerpo; no había sentido esto en mucho tiempo; tal vez nunca. Recargó su cabeza sobre mi hombro mientras yo rodeaba con mi brazo su cintura. En esa posición gozamos de la media hora de música que siguió. Cuando todo terminó, permanecimos todavía estáticos por unos minutos, con el pretexto de evitar el tumulto, pero siendo otra nuestra verdadera intención. Cuando rompimos el abrazo, sus ojos mostraban dolor y sus labios alegría. No quise angustiarme por esto; la magia debía durar tanto como fuera posible. La tomé de la mano y nos dirigimos a la salida. Nuestros dedos entrelazados no hicieron ningún esfuerzo por separarse mientras caminábamos alegremente recordando el evento que había apenas concluido. Para cuando llegamos al auto, sólo quedaba la felicidad en su rostro. Para mi alivio, Sara y Lui no comentaron nada sobre nuestras manos unidas; Sara me hizo un gesto de aprobación mientras Kelly se distraía con una figurilla que le acababa de comprar. En el camino de regreso, la plática fue muy amena; los cuatro participamos en una discusión sobre lo increíblemente entretenido del concierto, y lo bien que lo habíamos pasado. Intercambiamos vicisitudes propias de nuestras distintas perspectivas y coreamos algunos éxitos de los que acabábamos de escuchar. Todo iba bien. *** Ya era tarde cuando la llevé a su casa. Estando frente a su puerta la tomé entre mis brazos y la apreté firmemente. Lentamente subí mis manos hasta sostener su nuca y acerqué su cara a la mía. Ella hizo lo propio. Nuestros labios se mezclaron. Mi respiración se aceleró; mi corazón se detuvo; mis piernas temblaban; mi mente no parecía capaz de procesar nada más. No podía creer lo que un mísero beso me provocaba. Kelly no podía ser humana; tenía que ser una señal, un regalo que había llegado al destino equivocado. No podíamos prolongarnos demasiado, las calles no eran seguras. Kelly abrió la puerta y, antes de dar el paso hacia adentro, se giró para chocar sus labios con los míos una vez más. Cuando recobré el sentido, estaba solo frente a un portal
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de madera. Boyé a casa cantando melodías pop. *** El día siguiente fue domingo. Para Kelly esto significaba día familiar. Para mí, no poder verla ni hablar con ella. El ritual de ese día era sagrado para su familia y nadie debía faltar a él; los extraños tampoco eran bienvenidos. Incluso si hubiera ignorado todo y la hubiera buscado, habría sido inútil e inoportuno. Ahí estaba yo, lleno de vida y energía, sin saber qué hacer con ninguna de ellas. Brinqué, grité, bailé, salí a correr un largo rato y finalmente caí exhausto a la media noche. El lunes me planté más temprano que de costumbre junto a la ventana. Junto a mí esperaba una caja de golosinas. Los minutos pasaban y me dejaban cada vez más agitado. Sólo cuando comenzaron a llegar las otras personas perdí la esperanza de tener algunos minutos con ella. Fui a mi lugar y oculté la caja en mi mochila, procurando que mi frustración se mostrara tanto como el regalo. Apenas Lui se acercó a mí, comenzamos un diálogo. Mi voluntad completa se volcaba a mostrar una imagen de felicidad. No soy tan buen actor. Cuando vio llegar a Kelly evitando a toda costa mirar nuestro rincón del salón, lo dedujo todo. No estoy seguro si imaginé la sombra en su rostro. *** En una pausa Lui pretendía animarme despreciando a las mujeres en general y las características de esta “pálida” en particular. – Mira, Rulo. Las mujeres son como el transporte público: se te va uno, y vienen mil atrás. Vic lo escuchaba visiblemente molesto. Yo fingía ponerle atención, pero no estaba interesado en sus puntos de vista. Su razonamiento era lo que menos me preocupaba en ese momento; quería comprender, quería saber el porqué de esta situación. Y, sin duda alguna, quería volver a tener a Kelly junto a mí. Lui seguía con su disertación sobre el enorme volumen de mujeres que había en el mundo esperándome cuando Vic lo interrumpió agresivamente. – Hay mucha agua en los océanos, pero lo único que necesito es un vaso. Le sonreí agradecido a Vic. Lui pareció enojado por un momento, pero entendió lo que estaba pasando. Dejando de lado su estrategia, me apretó
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cordialmente el antebrazo. – Todo se va a arreglar; ya lo verás. Asentí, sonriendo honestamente. Empezaba a sentirme mejor. Para eso están los amigos, supongo. *** En un momento que estuvimos a solas, le comenté a Vic que tenía algo para él. Su mirada tenía aún ese aire anormal que yo todavía no lograba entender. Saqué la caja de golosinas y la puse entre sus guantes. – Para tu vaso de agua. De pronto su mirada era como cualquier otra. Al fin resolví el misterio. Antes nunca había afocado su vista en mi rostro. Sus ojos se posaban en mí, pero no me observaban. Esta era la primera vez que realmente se fijaba en mí. Tiempo después aprendí que, para él, realmente fijarse en el rostro de alguien era una señal de respeto. *** Lui y yo comimos juntos en un pequeño café cercano. Horas después, mientras bebíamos la que sería quiza la décima taza de café altamente diluido, nos encontró Sara. Parecía dar pequeños brinquitos al caminar y se reía sola. A través del maquillaje se percibía un sonrojo. Su pequeña mochila cubría dificultosamente una caja. Apenas se sentó entre nosotros, extrajo, ignorando la molestia evidente de la mesera, la caja de golosinas. La abrió, casi riéndose y saboreó la primera pieza. El hermano mayor salió a relucir. Ni siquiera buscó ocultar los celos que sentía. Notando esto, Sara le acercó la caja, exagerando su sonrisa traviesa, ofreciéndole una pieza; tras el brusco rechazo, repitió el gesto conmigo. Yo decliné la oferta con un poco más de cortesía, mostrándole el dorso de mi mano. – ¿Quién te dio eso? – ¿Quién dice que no los compré yo? – Eso es obvio, tu no comprarías algo tan femenino. ¿Quién te lo dio? Así siguieron por unos minutos. Yo presenciaba alegremente el intercambio y una risa seguía cada una de las respuestas de Sara. Al parecer a Lui no le parecía tan divertido. Los tres sabíamos perfectamente cómo iba a acabar todo, aunque
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eso no impidió a Lui hacer su mayor esfuerzo. Para cuando le traían su taza a Sara, él ya se había cansado de hacer preguntas y no recibir ninguna pista útil. Yo, en cambio, había deducido algunas cosas. *** Las siguientes semanas pude comprobar la solidaridad de mis amigos. Empecé a convencerlos de ir a fiestas más ordinarias, donde iba la mayoría de nuestros compañeros de clase. Aunque evitaba a toda costa mencionar su nombre entre las motivos para unirnos a estas celebraciones, ellos me conocían lo suficientemente bien para deducirlo. Y no sólo aceptaban acompañarme; también mostraban entusiasmo por ello. Las primeras veces, los rostros de los otros participantes se mostraban tan incómodos por nuestra presencia, como nosotros nos sentíamos fuera de nuestro entorno habitual. Aún así persistimos y al poco rato comenzamos a mezclarnos entre ellos. Vic podía beber varias veces más que cualquiera de ellos, por lo que se convirtió en el centro de competiciones alcoholicas. En una ocasión lo vi tumbar a tres personas en orden, bebiendo más de un litro de vodka él solo. Lui los proveía de otras substancias. Ellos eran mucho menos directos, y jamás aceptarían haber recibido algo de Lui. Entre sombras y pretextos banales, terminaban con una pastilla en mano. A decir de Lui, sólo cuatro personas se mantuvieron limpias esos meses: él, Kelly, Sara y yo. De los primeros dos tengo algunas dudas. Sara, cuando no estaba con Vic, se dedicaba a socializar. Participaba en los chismes, bailes y demás juegos que organizaban las mujeres. Tras cada fiesta, tenía siempre varias historias que contarnos, la mayoría sin relevancia para mí, pero la escuchaba con igual atención. Uno nunca sabe cuándo una pieza de información puede ser útil. Yo hacía lo mío. Me fundía entre todos. Bailaba con las mujeres y bebía con los borrachos. Hablaba únicamente de temas mundanos. Reducía mi vocabulario para que me entendieran. Y bailaba un poco más, sin hacer distinciones entre las damas presentes. Aunque las prefería sobrias; eran un poco más divertidas. *** “Los Cuatro del coche fiesta” dejamos pronto de ser un agregado cultural de raras costumbres para convertirnos en el alma de la fiesta. La música clásica a
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todo volumen anunciaba nuestra llegada, y eran siempre pocos los que nos veían partir. La vez que mejor recuerdo fue en una fiesta en la que había una colección extraordinariamente buena de rock. En un momento estábamos los cuatro abrazados en un círculo gritando las letras de las canciones y brincando, Vic sólo brincaba, cuando nos dimos cuenta que ya había amanecido. Miramos al rededor. No había nadie más; incluso la anfitriona se había marchado ya. Vic sacó cuatro cervezas. Sara gritó al máximo de su capacidad vocal. – ¡Somos lo únicos! Dos minutos después dejábamos las botellas vacías en una mesa y subíamos al coche. Nos habíamos ganado un buen desayuno. *** Pronto estaba haciendo mucho más que bailar en las fiestas. No había ocasión en que no acabara besando a al menos una mujer; casi siempre una desconocida. Y con muchas de ellas terminé también acostándome. Este paso extra no hacía que me interesara más por ellas; de hecho, son muy pocas las que recuerdo. Y de estas, casi todas son por experiencias desagradables. Los tres pensaron que lo hacía para darle celos a Kelly. Yo nunca los corregí. Pero la verdad es que cuando buscaba a estas mujeres no pensaba en Kelly, al menos no directamente. Realmente sólo pensaba en mí. Buscaba volver a sentir. Mi cuerpo deseaba revivir esos temblores que ella me había regalado. Y la razón por la que siempre buscaba a una nueva es que con ninguna lograba acercarme siquiera a ese éxtasis. Incluso la noche más larga haciendo el amor era apenas una loma comparada con las alturas a las que el breve beso que compartimos frente a su puerta me había transportado. Me estaba helando por dentro, y buscaba fuego ajeno que me derritiera. En cambio, sólo lograba extinguir sus llamas. Una tras otra fueron pasando por mis brazos, cada una más un acto de la rutina que la anterior. La pasión con la que buscaba el éxtasis contrarrestaba con creces la mala fama que me creaba al dar acceso a mis brazos a quien lo quisiera. Siempre había alguna ingenua. *** Al mismo tiempo había algo inusual en la forma que Sara y Vic actuaban. Si
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soy honesto, las reacciones de Sara eran bastante predecibles ante la inconstante mente de Vic. Unos días era posible verlos juntos, como a punto de besarse; otros, era como si Vic no la conociera. Ella hacía todo lo que podía por estar cerca de él, pero los días malos Vic ni siquiera reconocería su presencia. Sara estaba frustrada. Y lo peor es que no se atrevía a decirnos nada a Lui y a mí, por temor a que lo apoyáramos a él. Su espíritu iba en picada. Un día aproveché que estábamos a solas para recriminarlo. – ¿Quieres a Sara? Asintió levemente, sabiendo a dónde iba todo esto. – ¿Y no quieres estar con ella? Se encogió de hombros. – ¿A qué le tienes miedo? – Fácilmente puede nadar lejos quien no arrastra nada. – Pero Sara no es una carga, ¡ella está dispuesta a nadar contigo! Silencio. Ni siquiera su cuerpo hablaba en esta ocasión. Sus ojos estaban fijos en sus pies. – Mira Vic. O la tomas o la dejas, pero no puedes hacer esto; no a Sara. Tienes que decidirte. Seguía sin moverse. – Si no decides pronto, voy a hacer que Lui te ayude a decidir. Suspiró y se encogió de hombros una vez más. Su sonrisa me sorprendió. – Quien está tumbado en el suelo no teme caer. – ¿Qué estás esperando, entonces? – Algunas cosas es mejor dejarlas al azar. Me quedé plasmado, meditando el significado de esas palabras. Cuando reaccioné, estaba solo. *** Una noche ocurrió lo que hacía mucho había dejado de soñar. Tenía una mujer entre mis brazos, su cuerpo apretado al mío, sus labios besando mi cuello, mis manos acariciando su pelo. – Rulo. Abrí los ojos. Ahí estaba Kelly, firmemente plantada con sus brazos cruzados, en un vano intento de mostrar enfado. Sus ojos hinchados delataban su
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verdadero sentir. – ¿Podemos hablar? La otra no dejaba de besarme el cuello. Tuve que darle un empujón para alejarla un poco. Apenas entonces notó lo que estaba pasando. Me miró amenazante, pero yo ya había tomado una decisión. Esa mujer genérica no tenía ninguna oportunidad frente a Kelly. – Espera aquí. Me llevé a Kelly a un rincón solitario. Fingiendo frialdad, me mantuve lo más alejado que pude imaginando todavía su calor. – ¿Qué quieres? – ¿Por qué haces esto? – ¿Por qué hago qué? ¿Divertirme? Creo que estoy en mi derecho. – Rulo, sólo te estás lastimando. – Tu me estás lastimando. – Nunca quise eso. – ¡Si! ¡Se nota a leguas! – Rulo, no entiendes. Me alejé para no hacerte daño. – No, tu no entiendes. Tenerte lejos me hace más daño que cualquier cosa que me puedas hacer en persona. – A eso me refiero. – Tienes razón, no entiendo. No te entiendo a ti ni lo que haces. No entiendo lo que yo hago tampoco. Y no me importa entender. Me importa sentir. Y a ti te siento. Se quedó callada. Yo debía haber hecho lo mismo, pero el impulso me ganó. Tomé suavemente su antebrazo y la miré a los ojos. – Kelly, te amo. Dio un paso brusco hacia atrás y se soltó de mi mano. – Rulo, en todo el tiempo que llevo de conocerte esta es la primera vez que estoy segura de que me estás mintiendo. Era definitivo; me tenía en su puño. Aparentemente ella ya no lo sabía tan bien como antes. Caminé a donde había estado minutos antes. La otra, predeciblemente, ya no estaba ahí. Mejor; me evitaba el esfuerzo de mandarla al diablo. ***
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Un lunes llegó Lui muy agitado. – ¡No vas a creer lo que pasó! – ¿Qué? – No te quiero arruinar la sorpresa; en la pausa lo vas a ver. Era obvio que le urgía mostrarme aquello. Agitaba la pierna, golpeaba la mesa y miraba constantemente su reloj. Cuando por fin llegó la hora, salió corriendo. Yo tuve que correr tras él por los pasillos hasta que llegamos a una banca donde Vic ya esperaba sentado. – ¡Esto si que es una sorpresota! Lui estaba tan nervioso que ni notó mi broma. Espera un momento. Ya viene. Un minuto después vimos a Sara aparecer en una esquina. Fue directo a nosotros y besó a Vic en los labios. Lui me observaba atentamente. No ocultó su decepción cuando yo únicamente sonreí. Sara se volteó luego hacia mí. – Gracias, Rulo. La cara de Vic decía exactamente lo mismo. Al parecer la sorpresa se la llevaba Lui; no entendía nada de lo que estaba pasando. Guiñé. – ¿Qué te convenció, Vic? Pareció pensar la respuesta más apropiada. – Quien toma el mundo entero sobre sus espaldas cae en un momento. Asentí. Me sentía muy feliz por ellos. Un breve pensamiento apagó mi sonrisa. Me recuperé tan rápido como pude; no fue suficiente: Sara lo había notado. – ¿Qué tienes? – Nada, estoy muy feliz por ustedes. Es solo que... por un momento desee tener su suerte. Vic, como siempre, tenía un consejo para mí. Y como casi siempre, no entendí al principio qué quería decir. – El deseo del necio se convierte a menudo en su desgracia. *** Un elemento que anhelé dejar fuera de mi nueva vida eran las migrañas. Yo sabía que era imposible; tarde o temprano terminarían por volver. Aún así, en
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todo este tiempo no había tenido que luchar con ellas. No había tenido siquiera el más tímido dolor de cabeza. Ni tentándolas con las peores borracheras se atrevieron a aparecer. Pero, tal como habría de ocurrir, llegarían en masa. Una de las peores migrañas de mi vida llegó sin aviso una tarde. Eligió sabiamente arruinarme uno de los eventos que más esperaba. Se había organizado una gran fiesta al aire libre en un parque. Era una idea genial. No era la típica fiesta de terreno baldío con un par de bocinas de dos metros y media pizza para toda la noche. Este era un verdadero parque con árboles de distintas variedades y alturas. En el centro había un quiosco, donde habría música en vivo; cuatro bandas habían sido contratadas para amenizar la noche. Y en los intermedios pondrían discos. Un camión de cerveza entero estaría ahí para acompañar comida suficiente para sobrevivir una semana. Era el evento del año; y yo lo pasaría bajo mis cobijas, sin moverme pero sin dormir, sintiendo las fluctuantes punzadas en la parte izquierda de mi cabeza y sudando frío. Al menos tuve la suerte de no tener calambres ni hemorragia nasal. Lui quería quedarse a hacerme compañía. Sólo logré convencerlo de irse cuando le expliqué que cualquier movimiento, luz o sonido me producía un dolor más intenso. Antes de salir me prometió que se llevaría a un par de mujeres a algún prado obscuro en mi honor. *** A la mañana siguiente estaba Lui en mi puerta poco después de las nueve. – ¿Ya estás mejor? – Si, ya me muevo. – ¿Desayunas con nosotros? Me vestí tan rápido como pude. Los otros dos esperaban en el asiento trasero del coche. Discutían algo, pero callaron apenas me vieron acercarme. Yo no tenía ningún inconveniente en no enterarme de sus problemas de pareja. En todo el camino nadie pronunció una sola palabra. Estaban obviamente cansados; venían directo de la fiesta sin haber dormido en toda la noche. Pero había algo más. Se veía en sus caras que meditaban sobre algo. Simplemente no sabía sobre qué. Vic se veía un poco triste; no deprimido como era normal, sino triste, como por algún evento externo. Sara a su lado parecía preocupada. Y Lui tenía uno de esos gestos que usaba para decir “esto no lo voy a olvidar”; pero, ¿qué no olvidaría? No quise insistir en el punto. Durante el desayuno no aguanté más los ruidos de la comida masticada
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carentes de palabras. Rompí el hielo. – ¿Y qué tal estuvo? Los tres hicieron las mismas señas que indicaban que se habían esperado algo mucho mejor, pero no había estado mal. Cambié de estrategia; algo más personal. – Oye Lui, ¿y las dos mujeres que prometiste llevarte a lo obscuro? Se le iluminó la cara; probablemente esperaba esta pregunta. Su respuesta sonó muy planeada. – La verdad es que sólo pude llevarme a una. Esa güerita era insaciable y como buen caballero hice mi mayor esfuerzo por satisfacer sus deseos. Hizo una pausa para darle más peso a sus siguientes palabras – Pero para compensar, Vic también se llevó a una. Por un momento no entendí qué me quería decir, pero después vi a Sara con la cara totalmente roja y una enorme sonrisa de complicidad. Lui y yo nos echamos a reír al mismo tiempo. Fue suficiente para hacer sonrojar también a Vic. Lui lo remató. – ¿Qué? ¿Creyeron que no me había dado cuenta? Yo lo veo todo; en las fiestas me vuelvo omnisapiente. De nuevo se hizo el silencio. Tenía que intentar de nuevo. Pregunté lo primero que vino a mi mente; sabía que era una tontería hacerlo, pero no se me ocurrió otra alternativa. – ¿Y Kelly también fue? Los tres dieron un pequeño salto al mismo tiempo y abrieron los ojos, pero no me voltearon a ver; analizaban cuidadosamente sus platos. Lui fue el que me contestó al fin. – Errr. Bueno, tu sabes. Había tanta gente y el parque era tan grande, es difícil saber. La obvia contradicción entre sus últimas dos frases desencadenó una larga y amena discusión que fue de la filosofía a la fotografía pasando por las series animadas del momento, la razón del color azul de las bebidas de toronja, el diámetro de las corcholatas y otros temas de igual relevancia. *** A partir de ese día todo cambió. Aunque no hablábamos de ello, había un
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cierto nivel de control que mis tres mejores amigos intentaban tener sobre mí. Por un lado estaba lo obvio de su actitud de rechazo a todas las fiestas más regulares; aquellas que ellos mismos habían disfrutado conmigo en los últimos meses. Si hacía un par de semanas apenas tenía que comentar la existencia del evento para saber que me acompañarían, desde entonces se ensordecían ante mis mejores argumentos. No irían y, peor aún, no me dejarían ir. Aunque ese “peor aún” es un tanto figurado. Siendo honesto, jamás habría pensado siquiera en ir solo. Pero además, procurando sacar de mi mente las fiestas a las que no íbamos, me llevaban a lugares y eventos cada vez más espectaculares. O, en su defecto, a unos que no se repetían con tanta regularidad. En pocas semanas había digerido más cultura que la recomendada para toda una vida. Y había más cambios; mucho más sutiles. Por decir uno, parecía que cada vez se volvían más obstinados en no dejarme solo. Empezaron a convencerme de dormir en sus casas, e incluso cuando lograba regresar a dormir a mi propia cama, había alguien que se quedaba conmigo. Sara pasaba tardes enteras conmigo, tomando café e intercambiando esoterismo. Más de una vez dormimos en el mismo cuarto. Para mi sorpresa, Vic no expresó ninguna queja por esto. Supongo que nos conocía suficientemente bien para saber que no pasaría nada entre nosotros. Incluso entre semana organizaban noches de juegos, con suficiente cerveza para hacerme olvidar mis propósitos de regresar a casa temprano. Por más que esto me resultaba curioso, jamás tuve un motivo de queja. Me había vuelto el niño mimado del grupo, y ese es un status muy difícil de despreciar. Disfrutaba esos días; me reía honestamente y gozaba su compañía tan insistente. Pero no me engañaba; sabía que algo raro se construía a mi alrededor y sabía cuando había empezado; sólo no sabía qué era, ni por qué estaba ahí. Tal vez era el estado de paranoia en que me encontraba intentando resolver este misterio, pero creí notar actitudes extrañas en otras personas también. Notaba miradas burlonas en varias personas cuando se dirigían hacia mí. Otros me evitaban. Incluso Kelly parecía, si cabe, mucho más decidida a estar lejos de mí. Todo mi trabajo detectivesco me llevó a una importante conclusión: no sirvo para detective. No entendía nada, y no estaba seguro de querer hacerlo. ***
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Una de las primeras cosas que supe de Lui cuando lo conocí fue que tenía una prima que se dedicaba a la música. Era violinista en una banda de metal con un nombre sugerente: Erótica. En todo este tiempo no había tenido la oportunidad de conocerla; es más, ni siquiera había escuchado la música que tocaban. Aún así, Lui estaba visiblemente orgulloso de su prima y me contagiaba fácilmente su entusiasmo hacia ella. Seguido me repetía que me llevaría a alguna tocada, que sus letras eran todavía más mágicas que el llanto del violín con un fondo de batería, y que montaban buenos espectáculos en vivo. En cuanto surgiera la oportunidad estaríamos en primera fila gritándole; y luego compartiríamos unas cervezas con la banda. La noche que por fin los escuchara, me decía Lui, cambiaría mi vida para siempre. *** Algunos días después de mi ataque de migraña surgió un gran rumor sobre un video. Como yo estaba enclaustrado bajo la protección obsesiva de mis amigos, no tuve nunca más información que el término “el video”. Por lo demás, tampoco tenía tanto interés en saber cuál era el nuevo éxito pop. Era un fenómeno principalmente masculino, aunque escuché a algunas mujeres también hablar de él; una en particular sería importante para mí. En general el famoso video no se distinguía en nada a cualquier otro chisme o rumor que recorriera los pasillos. Surgió un día de la nada, y en menos de una semana ya se había diluido entre otros murmullos que iban tomando fuerza. No había nada que hiciera a este más importante que los otros miles que había, excepto por dos hechos aislados. El primero se dio en el salón antes de comenzar clases. Kelly y dos de sus amigas cuchicheaban en un rincón. Yo estaba en el lado opuesto, jugando con mi cuchillo y fingiendo ignorarlas. Cada que podía fijaba mi mirada en la cara de Kelly que me quedaba de frente. Pero ella no me veía, toda su atención fija en lo que le decían, sus ojos sudaban angustia. Lo que fuera que estuvieran discutiendo yo no podía escuchar, pero era bastante obvio que algo le recriminaban a Kelly, y ella negaba contínuamente. De pronto explotó. – ¡Quién fue el idiota que lo filmó? Salió corriendo, dejando a sus amigas detrás. Tal vez un poco más fuerte de lo que debía, solté una risita y afirmé.
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– ¡Y ahora resulta que hasta llora! Fue obvio que ninguna de sus amigas consideró mi comentario gracioso. Tenían demasiada prisa por seguir a Kelly como para decirme algo, pero eso no les evitó desearme una muerte muy dolorosa. Sus ojos mostraban cada una de las torturas que elegirían para mí con todo lujo de detalles. Para mi sorpresa, mi pequeña broma trascendió más allá de mi obscura cabeza. Un par de risas apagadas se colaron entre los ruidos de los que llegaban. El segundo hecho ocurrió en una pausa. Yo había ido al baño; Lui, Vic y Sara no notaron mi regreso. Discutían el tópico de moda. – ¿Ya lo viste? – ¡Ah! Ustedes han quedado también impregnados por el fenómeno del video. Los tres intentaron disimular su miedo al verme ahí. Decidí presionar el tema, más para probar sus reacciones que por cualquier otro motivo. Si mantenían esas caras, no sería capaz de aguantar la risa mucho tiempo más. Por cierto, ¿qué hay en ese video que lo hace tan interesante? Sara fue la primera en recuperarse. Sólo me espetó. – Ya sabes cómo es esto. Basta con que alguien popular diga que algo es especial para que todos los demás lo repitan tras él. Los otros dos afirmaron con un movimiento brusco de la cabeza. No sé quien cambió el tema, pero pronto nos alejamos de las modas. *** – Vamos a tener que cancelar el teatro del viernes. Habíamos planeado ir a una presentación de “A puerta cerrada” puesta por un grupo de estudiantes de actuación. Lui era el más emocionado por ir; decía que le gustaba el teatro existencialista, aunque yo sabía que no entendía mucho de él. Intentaba mostrarse triste al darme la noticia, pero su mirada delataba sus ansias de decirme algo más. – ¿Y ahora por qué? ¿Nos vamos a quedar sin plan? Me dio un pequeño rectángulo de cartón. Era un invitación. Erótica se presentaría ese viernes en un pequeño local en las afueras de la ciudad. La mejor parte era un vale por dos botellas de vodka gratis. Si la música no era tan buena como Lui decía, al menos podría emborracharme gratis.

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*** Una hora antes del concierto, Lui, Vic y yo nos subíamos al coche fiesta usando nuestra mejor ropa de ocasión. Sara ya estaba con la banda; los estaba ayudando con las pruebas de sonido. Lui repitió hasta que nos negamos a escucharlo más que esta era una ocasión especial, y debíamos lucirnos al máximo. Estaba nervioso y quería quedar bien con su prima. Nos habíamos maquillado con extremo cuidado revisando una y otra vez cada detalle; no podía ser menos, cualquier error habría enfurecido a Lui. Paramos en una gasolinera. Mientras llenábamos el tanque, Lui decidió llamar a su hermana, para ver si no le faltaba algo. Todavía estábamos a tiempo de llevárselo. Cuando regresó, traía una sonrisa más falsa que nuestra piel blanca. Su voz era aún peor. – ¿Saben? Honestamente, ¿quién quiere ver a una flaca tocando el violín? Vamos mejor a ver pelos. Solté una carcajada. Esto tenía que ser una broma. Pero Lui no rió. Le lanzó una mirada cómplice a Vic, y él lo apoyó. – Si, un table dance. Yo simplemente no podía creer lo que oía. Tenía que ser un truco, una prueba. Eso es, me estaban probando. Se habían puesto de acuerdo antes para reírse más tarde de mi reacción. Pero pasaban los segundos y nadie reía. Parecía serio. No vi ninguna otra opción que aceptar seguirlos. Quince minutos más tarde estábamos ya frente a la puerta de un genérico y nada exclusivo “club para caballeros” con un nombre aún más genérico que no recuerdo; seguramente algo del estilo de Girls & Fun. Sólo cuando entramos perdí la esperanza de que esto fuera una mala broma. No pertenecíamos a ese lugar. Las mujeres pasaban de largo acelerando el ritmo frente a nosotros durante sus vueltas buscando clientes. Eso no nos preocupaba, pues ninguno de nosotros tenía intención de solicitar sus servicios. Pero lo que no podía creer era que incluso los meseros se mantenían alejados de nosotros. Tuvimos que insistir hasta que uno se dignó, con claro recelo, a servirnos unas bebidas. Estábamos en un hoyo social, y ¡la gente nos tenía miedo! Pero no temían nuestras cadenas, ni siquiera el cuchillo de Lui que no podían ver. De lo que huían era de nuestros labios negros, rostros blancos y ojos delineados. Mi asiento quedaba de frente a la pista. Desde ahí veía aparecer a alguna
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mujer portando justo lo suficiente para poder decir que estaba vestida. Bailaba torpemente mientras se desprendía de esa ropa, con cuidado de no perderla de vista, y bailaba un poco más sin ningún sentido de ritmo. Algunos minutos después bajaba desnuda del escenario para ser reemplazada por otra que comenzaba el ciclo nuevamente. Y bien podría haber sido la misma. Eran indistinguibles en su fealdad, torpeza y exceso de masa corporal. Y no estoy contando la falta de imaginación. Todas repetían los mismos movimientos en una secuencia programada, aparentemente optimizada para mantener el nivel de diversión en el local al mínimo. Conversábamos sobre nada. Cada uno de nosotros metido en su propia bebida, viendo esporádicamente a los otros. Después de tres vasos ya estaba hastiado de esta aventura. – ¿Qué hacemos aquí realmente? Lui lanzó una breve mirada de pánico en dirección de Vic. Éste se limitó a agachar más la cabeza. Al fin Lui se decidió a contestarme. – No espero que entiendas lo que te voy a decir. Lo que deseo, y te pido, es que confíes en nosotros y no te enojes. – Demasiado tarde. Estoy furioso. Suspiró y sus ojos volvieron a pedir ayuda a Vic. No recibieron ninguna. – No te puedo explicar cómo pasó esto. Lo único que puedo decir es que no tuvimos otra opción. – ¿Por qué? ¡Tú querías que viera a tu prima! – Rulo, Kelly estaba ahí. Tardé varios segundos en entender lo que me decía. – ¿Kelly estaba en el concierto? – Sí – ¿Y en lugar de llevarme a verla, me trajeron a este lupanar? Creo que contestó afirmativamente de nuevo. En realidad ya no lo escuché; apenas terminé mi pregunta me dirigí a la salida. No quería tener absolutamente nada que ver con este par. ¡Y yo que había creído que eran mis amigos! Alguna vez pensé que me ayudaban. Realmente me había vuelto muy inocente. Estaban jugando conmigo. Seguro estaban ahora revolcándose de risa por mi estupidez. La caminata a casa duró más de tres horas por calles en ocasiones estrechas y obscuras. La noche era fría, pero mi cabeza destilaba calor. Sabía que tenía hasta las orejas rojas, podía sentir la energía que se desprendía de ellas. Mi mente llena de todo tipo de pensamientos vengativos e insultos que probablemente
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también mi voz expresó. Otro concierto con Kelly, eso es lo que estos “amigos” me habían arrebatado sin piedad. *** Pasé varios días sin pronunciar palabra. Mi boca sólo se abría para comer. Mis ojos sólo miraban para expresar odio. Estaba en contra del mundo, y nadie se atrevía a hacerme frente. Al fin, la tarde del miércoles apareció Sara en mi puerta. No podía sentirme ofendido por ella, tal vez porque no estuvo presente en el momento final. Además, traía una ofrenda de paz. La dejé pasar. Por unos minutos conversamos de detalles mundanos. Le permití seguir estos temas para mostrarle mi buena voluntad y permitirle relajarse un poco. Tan pronto como lo sentí prudente, dirigí la charla al tema que más me interesaba. Lo plantee con cautela. – Tú sabes que siempre he querido tu bien. Siempre que puedo ayudarte, lo hago con gusto. Y yo sé que eso es lo que crees que estás haciendo. Yo sé que no lo harías si no creyeras que me estás ayudando. Pero la verdad es que no lo estás haciendo. Ni tu, ni tu hermano, ni tu novio. Me están haciendo daño, mucho más que aquel del que supuestamente me están protegiendo. Dime Sara, por favor, ¿qué es lo que me están ocultando? Se tomó un largo tiempo para contestar. Sus ojos se movían de un lado a otro y sus dedos se movían caóticamente. Meditaba sobre la mejor respuesta y no encontraba ningún camino fácil. – Yo no te lo puedo decir. – ¡Por qué demonios no? – Porque si te lo digo, no me lo vas a creer, y sólo te vas a enojar también conmigo. Y si eso pasa, entonces nunca vas a saber. – Si no me dices, me voy a enojar también contigo. – No seas necio. Voy a hablar con Lui. Él te va a explicar todo. Sólo ten un poco de paciencia. – De acuerdo. El viernes voy a tu casa. Y más vale que para el sábado todo este embrollo tenga sentido. ***

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Cuando llegué el viernes, Lui estaba solo. Me llevó directo a su cuarto y prendió el televisor. Yo no entendía nada. – Pensé que me ibas a explicar algunas cosas. – Eso voy a hacer. – Y la película, ¿es para amenizar? – Es algo que tienes que ver. Jamás creerías mis palabras. Además, es mucho más rápido así. – De acuerdo; ¿hay palomitas? – Si después de verlo sigues con ese espíritu, te preparo unas. Me senté en lo que él reproducía la escena grabada. Estaba obscuro, en un parque. En una banca, iluminada por un farol colgando sobre ella, había dos mujeres abrazadas. Frente a ellas, un grupo de unos cinco o seis hombres se mostraban emocionados. Uno de ellos soltó una cifra. – Quinientos. Una de las mujeres lo miró fijamente, y contraatacó con su propio número. – Setecientos. Sólo al escuchar la voz me di cuenta de que era Kelly. Ahora podía distinguir todos sus rasgos. A la que abrazaba era una de esas amigas que nunca se separaban de ella; creo que se llamaba Ana. – Hecho. Las dos mujeres sonrieron. Tocó el turno de hablar a Ana. – Páganos primero. Entre todos juntaron varios billetes y se los dieron a la amiga. Esta los guardó en su bolsa y luego, pausadamente, volteó hacia Kelly, y una pesadilla peor a cualquiera que pude haber tenido en mi noche más trágica se hizo realidad en la pequeña pantalla. Ante vítores y chiflidos de los hombres, Kelly y su amiga se besaban. El movimiento de sus lenguas sólo era opacado por el de sus manos que recorrían ambos cuerpos. Esas piernas que me habían cautivado eran ahora profanadas. Le seguía la espalda el cuello y los senos tampoco quedaron abandonados. Si lo que más repulsión me causaba era el acto en sí, o el saber que había cobrado por eso no lo tenía muy claro. No soporté más que un minuto de ese terror. Me levanté y fui al televisor para apagarlo, con cuidado de dar la espalda a Lui para que no viera mis lágrimas. Todavía sin voltear, junté toda mi voluntad y le dije:
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– Entonces, ¿dónde es la fiesta hoy? *** Esa noche consumí por primera vez. Habíamos ido a casa de un amigo de Vic que yo no conocía. Había unas veinte personas en toda la fiesta. La música muy amena y las mujeres aún más, pero yo no podía sacar el video de mi cabeza. Estaba sentado junto a la hielera, tomando una cerveza tras otra y brindando con cualquiera que se ofreciera. Sara se preocupaba tanto por mí que tampoco estaba disfrutando, lo que hacía a Vic molestarse también. Al fin decidí que debía hacer algo para no arruinar la fiesta a todos. Me dirigí hacia Lui, y le comenté directamente mis intenciones. – Quiero litio. Me miró, imagino que un poco triste, pero no dijo nada. El sermón que me esperaba nunca llegó. Para cuando la pastilla cambiaba de manos, Sara estaba ya a mi lado, pero tampoco dijo nada. Sólo me apretó el antebrazo. Regresé a la nevera y tragué la pastilla con una cerveza. Lo que sentí de inmediato fue maravilloso. Más de una vez me han dicho que esos no son los efectos del litio, pero eso fue lo que sentí así que, o causa esos efectos en mí o Lui me dio algo distinto. En verdad no me importa. De pronto la música parecía tener más vida. Sentí mucho más color en derredor; esto puede sonar contradictorio en un cuarto obscuro lleno de gente vestida de negro, pero parecía que alguien había encendido una nueva luz que lo impregnaba todo. Pero el efecto más asombroso fue dentro de mí. Mis piernas se movían como por si solas, mi rostro se acomodaba sin esfuerzo en una sonrisa. Mi brazos se elevaban. Antes de darme cuenta, ya estaba bailando, brincando y gritando en medio de un grupo de desconocidos. Cuando terminó la fiesta y fuimos a desayunar, yo seguía con ganas de cantar y bailar un rato más. Estaba feliz de sentirme entre amigos de nuevo. Un abrazo fue la única forma que se me ocurrió de agradecer a Sara. Mirando luego a Lui compartimos una sonrisa. – La próxima vez llévate a Ana a un prado obscuro. Se golpeó levemente el pecho. – Lo habría hecho hace mucho tiempo; me detenía por tí. – ¿Estás seguro? No creo que te hagan mucho caso. Vic soltó la respuesta más atinada para el momento.
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– Muy raro es que se lleven unidas la belleza y la castidad. – Amén, hermano. Yo no podía agregar nada más a la respuesta de Lui. *** Ver ese video cambió algo dentro de mí. Eso se reflejó rápidamente en mi actitud frente a las mujeres. Sin haberlo racionalizado, de pronto ya no las necesitaba. Antes las buscaba y las perseguía rogándoles que me hicieran sentir. Ahora, de la nada, eran sólo juguetes; un medio para mantenerme entretenido en mis noches de juerga. Una mujer ya no era un ser humano. Era una marioneta más en este mundo de cacharros. Día a día me volvía más impulsivo con ellas y cortaba sus hilos sin el menor reparo. Podía estar besando a una y dejarla de pronto sin dar explicaciones para seguir a alguna otra más atractiva, o simplemente para servirme otra copa y dejarla abandonada. Lo que perseguía eran sus reacciones. Su dolor me divertía, pero su odio era lo que me más placer me producía. Este pasatiempo perdía su interés más rápido de lo que esperaba. Para compensarlo aumentaba la crueldad de mis actos. Iba en picada. Buscando la forma continuar humillando al género femenino, encontré mi salvación. Ya había tocado fondo. *** Marta sería, para su desgracia, quien me traería de nuevo al mundo de la autoconciencia. Marta era un poco más joven que yo, de la edad de Sara. Tenía pelo negro lacio que le colgaba hasta debajo de las costillas. Sus ojos eran también obscuros, contrastando con su piel. Sus labios tan pálidos que apenas se distinguían del rostro. Tenía un excelente cuerpo que se dejaba lucir a pesar de que no lo exhibía como Kelly lo hacía. Siempre usaba pantalón y alguna camisa. Sus curvas quedaban siempre expuestas bajo las capas de su ropa. Esta mujer era peligrosa: no sólo era hermosa; sabía que era hermosa. Y estaba orgullosa de serlo. Tal vez fue esto último lo que me hizo decidirme por ella. Habíamos compartido más de un baile, pero yo sabía que no iba a llegar más lejos si no creía que mis intenciones eran serias. Di el salto completo. De un día
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para el otro dejé de lado a todas las demás y me concentré de lleno en ella. Me movía con precaución. Probaba cuidadosamente el terreno antes de dar cualquier paso. A la primera oportunidad la saqué a bailar. Pasamos una noche íntegra bailando juntos. Mis ojos no se apartaban de ella. Saboreaba sus movimientos. Acariciaba suavemente sus brazos durante nuestros movimientos. Le sonreía, tímidamente unas veces, con entusiasmo otras. Y no intenté nada más. Cuando nos despedimos, se apretujó suavemente entre mis brazos. Yo acaricié su pelo hasta las puntas y la dejé ir. Todo iba de maravilla. Mi progreso era más rápido de lo planeado. Cada día estaba más cerca de ella, y ella se mostraba más convencida de mi cambio. No tenía ojos mas que para sus labios, mis manos sólo estaban ahí para apoyarla. Incluso rompí mis reglas de privacidad y permitía que fueramos vistos juntos por otros. Sara sospechó al principio, pero en pocos días se decidió a aceptar que era honesto. Los otros dos asumieron desde el principio que me estaba recuperando. Se veían felices por mi progreso, y yo me alegraba de tenerlos a mi lado. Muy pronto, Marta y yo pasábamos los días juntos, abrazados, uniendo nuestras manos, susurrándonos al oído, y nada más. Ella se resistía a dar un paso más, y yo me resistía a presionarla. Todo tenía que ser perfecto esta vez. *** Una mañana de viernes, todavía demasiado temprano para que llegaran los otros, me encontraba leyendo en mi lugar. De pronto noté a alguien junto a mí. No la había visto llegar, pero esa faldita y esas piernas eran inconfundibles. No me preocupé por levantar la mirada. Las piernas eran infinitamente más atractivas que cualquier cosa que pudiera encontrar más arriba. – ¿Qué quieres? – Vine a despedirme. – Es bastante tarde para eso, ¿no crees? – No seas sarcástico, Rulo. Esto es serio. No me volverás a ver. Me voy. Eso fue suficiente para hacerme ver sus ojos. Estaba intentando contener sus lágrimas. – ¿Te vas? ¿A dónde? – Regreso a mi lugar de origen. – Sabía que eras extranjera. ¿A dónde te vas?
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– Al norte. Ahí está mi vida ahora. – De acuerdo. Sé feliz. Se dio la vuelta. Antes de alejarse, me miró de nuevo. – Sabes que nunca quise lastimarte. – Y tú sabes que lo hiciste. Los dos lloramos en silencio por un rato, sin hacernos caso, cada quien en su rincón del salón. *** Esa noche no me pude contener más. Tenía que ser entonces. Pasé el tiempo bailando con Marta. Era tierno, pero insistente. Me acercaba cada vez más y con más esmero a sus labios. La apretaba con más fuerza entre mis brazos, y la acariciaba con más ahínco. También tomé más de lo habitual y la presioné a que hiciera lo mismo. Al fin, cerca de la media noche, nuestros labios se fusionaron. Y entonces supe que seguía vivo. El placer, la dicha estaban ahí de nuevo. Mis piernas se debilitaban, mis brazos apretaban más fuerte al rededor de su cintura. Mi lengua atravesaba su boca. Y ella hacía también lo propio. Una mano suya acariciando mi nuca me hacía hervir la sangre. No había forma que nos separáramos de esto. Y no lo hicimos. El beso se prolongó por más de media hora, con nuestras cabezas cambiando de posición, nuestro pelo revoloteando por doquier, nuestra respiración perdiendo fuerza y agitándose por igual. Tenía un nuevo ángel entre mis brazos. Sabía que no merecía tanta dicha, y lo demostraría pronto. Pero por el momento no quedaba más que disfrutarla. Tal vez era cierto que me estaba curando. Debí haberme detenido entonces, mantener un ritmo estable. No lo hice. En vista de mi éxito parcial hasta el momento, seguí presionando. Marta perdía las defensas más rápido de lo que lo notaba, y yo atacaba con más arsenal del que ella había encontrado en su vida. Utilicé todos los recursos a mi alcance: alcohol, caricias, besos, miradas, incluso chantaje, para llevarla fuera del lugar. Al fin logré convencerla de pasar la noche juntos en su habitación. Su rostro delataba su inseguridad. No sabía lo que estaba haciendo y no creía que fuera lo correcto. Yo sabía que no quería hacerlo, pero tampoco podía decirme que no. Su deseo por estar conmigo cancelaba cualquier otra cautela o
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recelo. Buscaría alguna forma de hacerme detener en el momento justo, pero yo no me detendría. Nada en esta vida debía hacerme perder esta oportunidad. Mientras nos besábamos en su cuarto, ambos íbamos perdiendo el valor. Tenía que darme prisa. La desnudé torpemente mientras ella temblaba. En más de una ocasión me pidió que me detuviera; no le hice caso. No estaba segura de querer que me detuviera, y me dejaba continuar sin resistirse mas que verbalmente. Y empezamos a hacer el amor. De forma accidentada al principio, nuestras mentes en otro lado y las dudas atormentándonos, pero pronto Marta se decidió e imprimió toda su pasión en el acto. Su espíritu era contagioso. En poco minutos estábamos revolcándonos con unas ansias que jamás habría creído posible en mí. Si sus besos me habían hecho sentir de nuevo, sus caricias en la cama me llevaron al paraíso. Pasé una noche en un éxtasis celestial; había alcanzado la salvación sin pasar por el purgatorio, o Marta misma había jugado ese papel. Muy dentro de mí, desafortunadamente, sabía que tendría que regresar a tierra a pagar por mis pecados, especialmente por el que estaba a punto de cometer. Cuando desperté ella seguía entre mis brazos, sonriente. Tenía una oportunidad más para detenerme, pero no la aprovecharía. Besé su mejilla tiernamente y le susurré al oído que tenía que irme. Me levanté y me vestí. Cuando llegaba a la puerta, su voz me detuvo. – ¡Espera! Obedecí ciegamente. Marta se acercó todavía desnuda a mí. Su cuerpo era aún más asombroso que lo que dejaban ver sus ropas usuales. Me besó nuevamente. Dios mío, ¿qué estaba haciendo? Vi la pregunta en sus ojos. – Entonces, ¿somos novios? El dolor empezaba ya a acumularse entre mis costillas. No podía hablar. Sólo logré negar con la cabeza. Muy a mi pesar, Marta logró contenerse. – ¿Hice algo mal? De nuevo negué sin hablar. – Entonces, ¿por qué? Ya no había vuelta atrás, era hora de actuar o perder la oportunidad para siempre. – Porque estás muy fea. Me fui. ***
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Decidí desaparecer. No podría vivir con esta carga sobre mis hombros. Pero había alguien por quien lo menos que podía hacer era despedirme. Que supiera qué había pasado y mis motivos para dejar este mundo. La llamé. – ¿Sara? Sólo quería decir adiós. Le tomó un momento entender lo que pasaba, y aún otro encontrar algo que decir. – ¿Qué te pasa? ¿Qué dices? – Digo que me voy. Creí que debías saberlo. Adiós. – No Rulo, espera cinco minutos. No sé cómo lo hizo, pero en menos de cinco minutos estaba cruzando la puerta de mi casa. Apenas la ví, me desplomé. Corrió hasta mí y me apretó en sus brazos. Y me solté a llorar. Chillé y chillé. Chillé como nunca antes, de una forma que no puedo llegar a repetir. Sara no hablaba, me dejaba mojar su ropa con mis lágrimas y mis mocos. Se mantenía ahí, dándome calor; acariciando mi pelo, mis brazos. Tomaba mis manos, besaba mi frente. Me apretaba nuevamente y seguía consolándome, sin pedir nada a cambio. Unos diez minutos más tarde, Lui y Vic ya nos hacían compañía. Yo seguía llorando, sin prestar atención a su presencia. Además, ellos se mantenían separados, con miedo de interrumpir a Sara. Ella, a pesar de las obvias miradas de celo de Vic, no detenía sus caricias ni sus besos; al contrario, incluso sentí que estos aumentaron en intensidad. Gocé de su calor y de mi llanto hasta que ya no pude llorar más. En todo este tiempo nadie había pronunciado una sola palabra, todos esperaban para saber qué me pasaba. Al final me tranquilicé lo suficiente para comezar a hablar. Les conté todo lo que había pasado. Dejé mi motivación para el final. La última expresión que vi en el rostro de Marta acompañó a mi mente durante toda la narración. La había herido, lo había hecho por duplicado y ahí donde más le dolía. Yo lo sabía perfectamente, esa había sido mi meta desde el comienzo de este juego. Había realizado mi plan a la perfección. Sí, un poco más rápido de lo que esperaba, pero eso hablaba a favor de la forma en que lo ejecuté. Había logrado convencerla de que me sentía atraído por ella, de que tenía un interés serio por estar a su lado. Fui capaz después de hacerla interesarse en mí, y por último de compartir la noche conmigo. Todo para después golpear su punto débil: el orgullo que sentía por su belleza. Y de paso demostrarle que no era mejor que cualquiera de las mujeres con las que me había acostado antes.
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La ejecución, repito, fue perfecta. Pero el resultado no pudo haber estado más lejos de lo esperado. En primer lugar, jamás imaginé que Marta habría de hacerme sentir de nuevo. Era una verdadera pena desprenderme de la vida de nuevo, suicidarme emocionalmente por una meta mayor, pero era un sacrificio que estaba dispuesto a hacer. Y lo hice, aunque con mis titubeos. Lo que no podía soportar era su reacción. ¿Por qué se había grabado tan bien en mi memoria? Apenas permanecí unos instantes mirándola antes de largarme de su casa; esa cara era ahora un fantasma carcomiendo mi conciencia. Las lágrimas a punto de salir en chorros; toda la cara roja, los labios ganando color. La boca abierta, intentando encontrar aire que inhalar. Perdía todo control sobre sus músculos. Al final, movía sus manos hacia su pecho, mientras las piernas cedían y la dejaban caer. Había matado una parte de ella, y con ella me había devastado a mí mismo. Mi plan era claro. Vengarme de las mujeres. Destrozar como fui destrozado. Este juego debía darme la última carcajada. En lugar de eso me hundió a un punto de donde no podía volver a escalar. Sí, me había vengado, pero no había recibido la satisfacción que esperaba. Era obvio: mi venganza se había encaminado a la persona equivocada. En mi mente mezclé la causa de mi dolor con el género que lo había causado, no con el individuo. Todas las mujeres eran una para mí. Eran nadie. El juguete último me había transformado en madera; ahora ya estaba muerto. Y, ¿por qué Marta? Esa era la pregunta que llenaba mi cabeza. Ella no era culpable de nada. Si algo había hecho, fue quererme con toda la fuerza que tenía. Marta no merecía mi estupidez. Yo no merecía su perdón; no había razón para buscarla de nuevo. *** Cuando me hube desahogado, besé a Sara en la mejilla. – Muchas gracias. Ahora sí, me voy. Los brazos de Sara, que seguían rodeándome, se tensaron. No me iba a dejar ir. Tuve que utilizar la fuerza para soltarme de su abrazo, pero para entonces ya estaban Lui y Vic a mi alrededor. No me iban a dejar escapar de este abrazo colectivo. Era inútil luchar; no quería correr el riesgo de lastimar a Sara. – ¿Por qué? ¿Por qué no me dejan ir? – ¿Por qué te quieres ir? – Tengo miedo de volver a caer.
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– Quien está tumbado en el suelo no necesita temer una caída. Una vez más Vic tenía razón. Aún así, no iba a darme por vencido tan fácilmente. Sabía que tenía que irme. – ¿Qué no ven? Me he convertido en un monstruo. Si me quedo, no haré más que seguir destruyendo a otros, mientras me suicido lentamente. Sara no dudó en contestarme. No esperaba que lo hiciera con tanta fuerza. Estaba decidida a convencerme en un par de minutos. – No sé quién creas que eres, pero si te vas, te vas a llevar a ese monstruo contigo. ¿En verdad crees que se va a quedar en el camino? Y allá donde llegues no tardarás en dañar a alguien más. Y después, ¿qué? ¿Vas a huir de nuevo? Llegaste aquí huyendo de tu pasado, ¿o ya olvidaste eso? ¿Piensas pasar el resto de tu vida mudándote cada año, huyendo de tí mismo? No, yo no te voy a dejar ir. Te vas a quedar. Vas a vencerte a tí mismo, y yo te voy a ayudar a hacerlo. Y Vic y Lui también. Estos últimos asintieron. ¡Maldición! Yo sabía que tenía razón, y eso era lo que más me molestaba en este momento. Pero al mismo tiempo no entendía lo que pasaba. Dañar extraños me convertía en un monstruo, pero no me atormentaba. Lo que temía era dañarlos a ellos. Dañarla a ella. Tomé las manos de Sara y las puse sobre las de Vic. Él me agradeció con la mirada. Acepté mi derrota. – De acuerdo. Pero me van a tener que ayudar. – Por supuesto. – Necesito encontrar una forma de regularme. No puedo tener la tentación de repetir lo que hice. Sé que soy capaz de volverlo a hacer, aún sabiendo las consecuencias. – No te preocupes, ya pensaremos en algo. Por ahora, vamos a dar una vuelta. Pasamos el resto del día fuera. Mi humor mejorando a cada instante. *** Sara es un genio. Inventó un juego que me permitiría disfrutar de las fiestas y perseguir mujeres, sin tener la posibilidad de llevarlas demasiado lejos. Sería una venganza gradual contra el género femenino, sin causar verdaderos daños. Era una competencia: Lui y yo juntaríamos la mayor cantidad posible de números de teléfono de las mujeres en la fiesta. Quien acumulara más, ganaba y recibía del perdedor el desayuno del día siguiente.
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Lui tenía una gran ventaja. Él podía simplemente negarse a atender a cualquier mujer que no le diera su número. Como las mujeres consumen tanto como los hombres, tenía varios puntos asegurados. Yo, en cambio, debía darme prisa con cada una de mis “conquistas”. No podía perder más tiempo del necesario con cada una de ellas. Eso significaba no besar mas que cuando fuera absolutamente necesario para no perder el tiempo invertido, y definitivamente nada de acostarse con alguien. Incluso un rato de intimidad provocaba que terminara derrotado. Las primeras tres noches perdí dolorosamente, mientras comprendía la mejor estrategia a seguir. A partir de entonces, casi siempre obtuve mi desayuno gratis. Había algunas excepciones, por supuesto, pero Lui no era una realmente competencia para mí. Para mantener el interés, algunas noches cambiabamos las reglas un poco: elegíamos algunas mujeres que valían más puntos, o incluso las que llamábamos “víctimas necesarias”: si alguno no conseguía su numero, perdía automáticamente, sin importar a cuántas otras mujeres hubiera engatuzado. Ahí la estrategia era atacar primero y no dejarla ir en el resto de la noche, para evitar que Lui también consiguiera la información deseada. Pero eso significaba el riesgo de perder si se aburría de mí en algún momento. Durante el desayuno comparábamos nuestros resultados. Empezamos a notar, sin ser esto ninguna sorpresa, que varias nos daban números distintos. Si alguno de ellos era verdadero, estaba seguro que era el que yo tenía. La dicha había regresado a mi vida. Era todo un campeón en lo que hacía, y no me sentía culpable. No había nada que les arrebatara a esas mujeres, excepto tal vez algunos minutos. A cambio, les daba casi siempre algún trago, varias sonrisas y las frases más trilladas de mi repertorio. Pocas veces necesitaba siquiera una caricia. Todo era cuestión de identificar qué tipo de mujer era. Esa era la parte más difícil del proceso. Una vez superada, el teléfono caía en pocos minutos. Con algunas ni siquiera requería presentarme, simplemente un trago o un cigarro y una frase. – ¿Me das tu teléfono? Listo, la que sigue. *** En esas semanas, Sara me visitaba contínuamente en mi casa. Siempre tenía un pretexto para venir: desde variaciones al juego que se le ocurrían hasta pedir
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mi opinión sobre algunos accesorios que quería. Casi siempre me decía que me quería ayudar a entender a las mujeres, para que pudiera ganar más fácilmente y para que pronto el juego fuera innecesario. La verdad es que pasábamos horas platicando y bromeando. Y la única mujer que llegué a conocer gracias a estas sesiones, aunque nunca entender, fue a ella. Yo estaba tan entusiasmado por los resultados del juego que no tenía ojos para otra cosa. Además, durante esas horas me hacía reír constantemente. Por un tiempo creí que era feliz, y no quería hacer nada que pudiera cambiarlo. Pronto llegó el momento en que no podía ignorarlo más. Sara pasaba más tiempo conmigo que con Vic. Cuando estaban juntos eran tan cariñosos como siempre, incluso tal vez un poco más explícitos. Pero el tiempo que pasaban así era cada vez menor. Intenté varias veces preguntarle a Sara qué era lo que pasaba, pero siempre me cambiaba el tema sin más. No quise insistir demasiado, pero era obvio que algo raro ocurría. Tenía que usar la otra fuente para obtener algún dato. A la primera oportunidad presioné a Vic sobre el punto. – ¿Qué está pasando entre tú y Sara? La expresión en su cara me dijo que no sabía de qué le estaba hablando. Una gran duda cubrió su mirada. – ¿No te has dado cuenta? Sara pasa ahora más tiempo conmigo que contigo. ¿Qué está pasando? Su ojos dejaron de afocar mi cara; de nuevo esa actitud perdida. Me ignoraba parcialmente, sus pensamiento en algún lugar que no me correspondía. Enchuecó un poco la boca antes de responderme. – La desgracia y el cabello crecen todos los días. Y me dejó ahí parado, sin entender qué quería decir. *** Pasaron tres días sin que Sara me visitara. Aún en un tiempo tan corto, era obvio que su relación con Vic iba mejorando. Pasaban mucho más tiempo juntos y a solas, al grado que apenas platiqué con ellos en esos días; sólo los veía acurrucados en alguna esquina, besándose contínuamente, con grandes sonrisas. Me alegraba verlos unidos, pero me dolía perder a la Sara que se preocupaba por mí. Al cuarto día, Sara apareció en mi casa de nuevo. Estuvimos platicando un
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rato, hasta que me dijo que tenía que irse; iba a cenar con Vic. La acompañé a la puerta. Antes de abri me dijo suavemente. – ¿Por qué le dijiste a Vic que pasaba tanto tiempo aquí? – No sabía que no debía hacerlo. Estaba preocupado por ustedes y fue lo único que se me ocurrió. Sonrió. Me abrazó y me besó la mejilla. – No tienes por qué preocuparte. – Eso espero. Me soltó y comenzó a abrir la puerta. Un instante después se detuvo, volteó y me besó directamente en los labios. Me había tomado completamente por sorpresa; por un instante no sabía qué pasaba y dí un paso hacia atrás. – ¿Por... por qué hiciste eso? – Porque quise. Una breve pausa. Yo no sabía qué pensar; esperaba que me explicara más. – Y me gustaría hacerlo de nuevo. ¿Está bien? Nos volvimos a abrazar y nos besamos. Esta vez, con pleno conocimiento, pude disfrutar su contacto. Algo curioso sucedía. Sara me hacía sentir. Sentía con una intensidad mucho menor a como cuando estuve con Kelly o Marta, pero sentía. Y me daba algo más. No sólo sentía yo, sino que sentía que yo la hacía sentir también. Había un nexo entre nosotros. Algo habíamos construido que ahora nos rodeaba y nos separaba del resto. Por un par de minutos no me importaba nada, mas que darle todo mi ser a Sara a través de mis exhalaciones y caricias. No había palabras para nosotros. No las necesitábamos. Podía haber seguido así por un largo tiempo, pero Sara se detuvo de pronto. – Este es nuestro secreto. – Lo sé. Cruzó la puerta y me dejó ahí, tieso. Esa noche no pude dormir. ¿Sería posible? ¿Cuánto podría durar? *** La siguiente competencia fue un desastre para mí. Al terminar la noche tenía apenas dos números en mi poder. Y no había sido la falta de intención. Pasé la noche de fracaso en fracaso, incapaz de siquiera concentrarme en quien estaba frente a mí. De hecho creo que los dos números que obtuve fueron más por
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lástima que por cualquier otro motivo. En un principio mi mente estaba fija en Sara. No había nada más en mí mientras me acercaba a cada una de las candidatas. Por supuesto, ellas lo notaban en seguida. Con algunas no fui siquiera capaz de repetir el nombre que me habían dado instantes antes. Las que no se iban enojadas simplemente me ignoraban; ahí acababan mis posibilidades. Pronto otro factor entró en juego, aún más estúpido que el anterior: me empezó a intimidar que Sara pudiera verme coqueteando con otras mujeres. Esto era ridículo por donde se le viera. A final de cuentas, ella había inventado el juego, y ella misma estaba besuqueándose con otro hombre. Pero la razón no me ayudaba con esto, simplemente no soportaba la idea de que Sara pudiera sentirse ofendida por mis flirteos, por mínimos que fueran. Peor aún, ella sabía que ninguna de esas mujeres me importaba y sólo quería su número para ganar el reto, pero sentía cada intercambio con ellas como una traición. Mientras avanzaba la noche y mi mísero avance se volvía más evidente, me entró el pánico de estar siendo demasiado obvio con mi incapacidad. Eso no ayudó en lo más mínimo a mi concentración. Como era de esperarse, me convertí en el blanco de todas las bromas durante el desayuno. Lui no se reservaba ninguna para una posible futura victoria. Soltaba cada comentario chusco apenas aparecía en su mente. Yo resistía con la sonrisa más falsa que podía mostrar, y manteniendo la cabeza obstinadamente baja, con el único fin de no mirar a Sara. – ¿O qué, ya tan pronto hay otra mujer llenando tu cabecita? Sin saber lo que hacía, voltee a ver a Sara. Élla se reía con toda naturalidad de la última broma de su hermano. Yo no podía entender cómo lo hacía. Me sonrojé y pensé en varias posibles respuestas que me guardé. Había mucho más en juego que un mero intercambio de comentarios agudos. Y tampoco estaba de humor para una guerra de albures. No pronuncié palabra. Cuando terminó el desayuno, me dirigí sin demora a casa. Tenía que limpiar mi cabeza. *** – Tienes que ser más cuidadoso. Empiezan a sospechar. – ¿Sospechan de nosotros? – No seas tonto. Sospechan de tí. No tienen el más mínimo interés en mí. Y
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aunque lo tuvieran, jamás entenderían nada. – Yo tampoco entiendo. – Lo sé. *** Las visitas de Sara se habían vuelto mucho más cortas y esporádicas. No queríamos correr ningún riesgo. Nuestros minutos de intimidad eran ahora tan preciados que no queríamos perder un sólo instante. Cada visita se volvía más intensa y reveladora. Sara seguía sin hacerme sentir con la intensidad de las otras, pero me daba algo mucho más importante: felicidad. Cuando estábamos juntos todo lo demás se desmoronaba, no eran más que fantasmas, demonios inexistentes. Sara se convertía en mi exhorcista. No pasó mucho antes de que hiciéramos el amor. Tal vez eran las prisas, pero no era un acto espectacular. Por supuesto que disfrutaba de la piel de Sara, sus gestos mientras nos revolcábamos sobre el colchón, sus pequeños senos moviéndose de un lugar a otro. En general su cuerpo, sin tener la perfección de un anuncio televisivo, me resultaba muy atractivo para mirar y mimar. Y procuraba concentrar toda mi pasión en nosotros. Entrelazábamos nuestros dedos, compartíamos miradas y nos entendíamos sin hablar. Nos acoplábamos a la perfección e incluso nuestra respiración seguía el ritmo compuesto. Y luego todo terminaba, y me quedaba vacío. Dejaban de importar los minutos anteriores; prefería olvidarlos de una vez. Cada vez que teníamos relaciones terminaba deseando dormir con su cuerpo apretujado junto a mí, oliendo su pelo, sintiendo su piel al compás de su respiración. Pero nunca había tiempo para eso. Pocas veces nos quedábamos siquiera unos minutos gozando unos minutos de paz tras nuestra lucha corporal. Casi siempre salía pronto, dirigiéndose a algún compromiso con Vic. Eso sí, jamás olvidaba darme un gran beso antes de salir. Eso me obligaba a desearla aún más. *** Sabía que no pasaría mucho tiempo antes de que tuviera que decidir. Tendría que elegir entre quedarme con Sara, dejando el sigilo e hiriendo a Vic, o abandonar estos juegos, permitiéndoles avanzar en su relación como mejor quisieran, hiriendo a Sara. Por supuesto que existía la tercera opción, pero no
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quería pensar en ello. A falta de una mejor idea, simplemente me dejé llevar procurando hacer tiempo y encontrar la mejor salida a este embrollo. No habría de durar mucho, pero al menos lo disfrutaría al máximo. *** A partir de entonces, tuve que pagar el desayuno de Lui en cada ocasión. No perdía de forma tan obvia como esa primera vez, pero no me esforzaba por ganar. Pasaba la noche platicando con algunas mujeres, coleccionando algunos números fáciles sólo para no despertar sospechas, pero mi mente estaba fija en la chica de negro que siempre nos acompañaba al llegar y al salir. No engañaba a nadie. Todos sabían que algo tenía en la cabeza que me hacía perder en cada ocasión. Sara, inteligentemente, les mostró cuán feliz parecía a pesar de mis derrotas. Eso fue suficiente para que no se preocuparan ni quisieran obtener más información sobre mis pensamientos. Está de más decir que jamás iba a comentarles algo al respecto, pero me sentía mucho más tranquilo si no buscaban descubrir nada. Lui además disfrutaba sus victorias. No eran sólo los desayunos que devoraba salvajemente, sino las bromas que preparaba para celebrar. Creerse superior a mí lo volvía más creativo que de costumbre. Y yo, con un espíritu relajado, simplemente lo dejaba ser. No les importaba mi vida, mi mente o mis actos. Lo único a lo que ponían atención era a que me mostrara feliz, honestamente feliz. Cualquier detalle adicional era bien aceptado si se los regalaba, pero no intentaban arrebatármelo. A cambio, yo les daba lo mismo. Alegraba a Lui dejándolo ganar. Alegraba a Sara con nuestras reuniones secretas. Y alegraba a Vic manteniéndolo en la ignorancia sobre ellas. No decía más que lo necesario, ni preguntaba más allá de lo que ellos mismos querían decir. Todos éramos felices. Parecía que los secretos nos unían. Fue ocultándoles una vida que encontré su amistad. Ahora, ocultando un romance nos volvíamos casi hermanos. Y eso me permitía abrazar a Sara e incluso besar sus mejillas en ocasiones sin levantar sospechas. ***

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Sara me visitó una tarde en que Vic tenía un compromiso. Teníamos más tiempo para nosotros de lo habitual. Esa tarde hicimos el amor con calma. Nos desvestimos lentamente entre caricias de cuerpo completo, admirándonos mutuamente. Seres imperfectos, pero perfectamente compatibles. Nuestros besos seguían a las caricias, zurcando la piel por caminos azarosos, erizando vellos y otras áreas de nuestros cuerpos por igual. Nos enlazamos con movimientos armónicos. Breves roces con las puntas de los dedos nos animaban a continuar. Nuestras miradas se mantenían fijas en los ojos del otro. Respiraciones entrecortadas acompañaban nuestro ritmo pausado, despreocupado, inundado de cariño; un frensí desbordando nuestras pelvis. Terminado el acto, nos quedamos acostados juntos sobre la cama. Estábamos en posición fetal, mi cuerpo rodeando el suyo, su espalda apretada contra mi pecho. Besaba suavemente su cuello mientras mi mano derecha recorría una y otra vez su costado de arriba a abajo. Su pelo, que tenía un olor parecido al limón, me hacía cosquillas en la nariz. – Esas golosinas que me regalo Vic, ¿te acuerdas? – Sí. – ¿Sabes por qué me hicieron tan feliz? – ¿Por qué? – Porque sabía que eran tuyas. Eso fue una verdadera sorpresa. – ¿Por qué crees eso? – No soy tonta. ¿Realmente crees que Vic compraría alguna vez un regalo así? Además tú acababas de salir con Kelly, estabas engatuzado, y ese día ella te abandonó. No podías darle tu regalo, y no te lo ibas a quedar; lo pasaste a alguien más para que lo transmitiera. Yo creo en el destino, Rulo. El destino hizo que esa caja pasara de tus manos a las mías. Era tu regalo para mí. – ¿Un regalo mío te hacía feliz? – Así es. – Entonces, ¿por qué le coqueteabas a Vic? ¿Por qué estás con él ahora? – Pensaba que eras más listo. Vic era la única forma en que podía estar dentro de su cículo; estar cerca de tí. Tu estabas obsesionado por otro lado, jamás me habrías hecho caso. Vic, en cambio, era presa fácil. O eso pensé; realmente fue más difícil de lo que esperaba. Pero tú me ayudaste. ¿Lo ves? El destino. ***
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Dejando de lado lo obvio, Vic y Sara hacían la pareja perfecta. Eran amorosos y apasionados, pero sin caer en el exhibicionismo. Nunca los vi pelear. Sus muestras de afecto eran contínuas y prolongadas. Y se tenían plena confianza. Esto era lo único que me preocupaba. Yo confiaba también en Sara, pero siendo tan buena actriz, no podía estar nunca seguro de nada. Sin embargo, no me importaba demasiado; mi vida, por una vez, me divertía, me llenaba. Ya tendría tiempo para preocuparme en mi vejez. Estos eran tiempos para gozar. Así como ellos dos, el grupo completo formaba una sociedad perfecta. Nos apoyábamos en nosotros. No necesitábamos a nadie más, ni influíamos en sus vidas. Sólo continuábamos nuestro camino, sin interesarnos por las apariciones a los lados. Nuestra simbiosis era perfecta. Una gran mentirosa y tres misteriosos parecían constituir la combinación óptima. Y así pudo haber sido. Pudimos haber continuado sin cambios durante años, de no haber sido por la curiosidad que Sara fue incapaz de contener. *** Todo empezó a media taza de café. – ¿Sabes? No me gusta tener que llamarte Rulo. ¿Por qué no me dices tu verdadero nombre? – Tú sabes bien quién soy; mi nombre no importa. – Precisamente por eso. Si tu nombre no importa, ¿qué más da que lo sepa? – Estás buscando algo que no quieres encontrar. – Tú sabes que lo puedo averiguar fácilmente. – Lo sé. Y tú sabes que no quiero que lo hagas. – Pero si en algún momento, por casualidad, lo descubriera, ¿qué tendría de malo? – No lo hagas. Eso la contuvo por unos días. Pero Sara tenía una nueva meta en la cabeza, y ambos sabíamos que no descansaría hasta satisfacer su curiosidad. ***

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Al parecer todo lo que intentara en esta vida estaba destinado a fracasar. Aquí estoy yo también hablando del destino. Fue en esas fechas que comencé a analizar la fotografía de mi primer día. Ahí estaba yo, en vestimenta corriente, sin mi disfraz negro, esperanzado por el futuro que habría de esperarme. De haber sabido lo que vendría, habría estado más bien asustado, pero en mis ojos sólo se vislumbraba la posibilidad de una nueva vida, dejando todo lo demás detrás. Miraba contínuamente a esa pequeña réplica de mi ser en cuerpo completo. Pasaba la mayor parte de mi tiempo a solas meditando sobre el Rulo que había nacido ahí, en ese instante. La pregunta era siempre la misma: ¿era ese un neonato maldito? ¿Debía morir tan pronto? Y si así era, ¿qué había causado este final? *** Sara preguntaba cada vez más y más insistentemente. Yo me mantenía terco en no contestar ninguna de sus dudas sobre mí, pero ella lograba encontrar y deducir detalles. Poco a poco iba encontrando nuevas piezas. Poco a poco, éstas iban encajando. Poco a poco, mi pasado la estaba alcanzando. Cada día que pasaba volvía la decisión más fácil. Ya no era cuestión de herirla a ella o herir a Vic. Ahora la pregunta era entre dejarla ahora, seguramente lesionándola, pero sin grandes repercusiones, o seguir a su lado hasta que terminara acuchillando su alma, destrozándola sin piedad. Y el día que eso habría de pasar se acercaba con cada una de sus preguntas. Sería el día en que me decidiera a contestarlas. Y con todo, no podía dar el paso de romper nuestra relación. Por un lado, no quería sentirme solo de nuevo. No quería perder el calor que me daba cuando sudábamos juntos en busca del éxtasis. Quería guardar sus roces dentro de mi piel. Por el otro, no estaba seguro de que la ruptura serviría para algo. Aún sin nuestras reuniones secretas, la seguiría viendo. Eso no sólo sería doloroso para mí, sino que le daría oportunidad de seguir preguntando. Si eso pasaba, yo sabía que me sería mucho más difícil resistir sus ataques. Si debía luchar sabiendo que ya no tenía su apoyo, caería rendido en pocos minutos. Seguía existiendo una tercera opción, pero entonces no se me presentaba como una alternativa seria. Sería mi último recurso. ***
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Opté por una medida desesperada: hacer que ella terminara la relación por voluntad propia. Tenía que hacerlo con cuidado. No podía parecer planeado por mí, y debía dañarla lo menos posible. A la vez, debía hacerlo rápida y contundentemente. No podía arrepentirse después. Sólo había una forma en que podía hacer esto: las mujeres. Con el pretexto de estar harto de ser vencido por Lui, comencé a jugar de acuerdo a mis niveles anteriores. Sólo que iba un paso más allá: no sólo buscaba su teléfono, sino también besarlas; y procuraba que Sara me viera cuando lo hacía. A veces, si me topaba con alguna especialmente exhuberante, hacía lo posible por posar mis manos sobre cada una de sus curvas. Lo que fuera por ponerla celosa. Por supuesto, todo esto fue en vano. El juego que ella había inventado no habría de dañarla. Cuando lo propuso, ella conocía las consecuencias, y si era cierto que estaba interesada en mí desde antes, siempre había estado dispuesta a verme coquetear con otras. Además, en todos estos meses había vivido mi obsesión por Kelly, seguido por mi racha de desenfreno. Ella supo de cada una de las que terminé llevando a la cama. Ella me vio besar a tantas, y bailar con tantas más. Por último, ella conocía todos los detalles de mi noche con Marta. Unos cuantos besos y toqueteos adicionales no podían herirla más que lo que esos meses habían hecho. Imaginaba que los celos la desbarataban por dentro. Pero ni sus palabras ni sus actos corroboraron jamás esos deseos. Seguía como siempre. Novia de Vic y amiga de los tres en público; mi amante en privado. Y, peor aún, no dejaba de hacer preguntas de cosas que yo deseaba olvidar. *** No fue hasta hace unas horas que tomé la decisión. La fiesta de anoche fue especialmente exitosa para mí; apabullé a Lui como en mis mejores épocas. Una sonrisa tan honesta como cualquier otra llenaba mi rostro, orgulloso de seguir teniendo mis habilidades. Poco a poco volvía a actuar por mí, olvidándome de Sara por unas horas. Para recalcar mi triunfo, conté sonora y lentamente cada uno de los papelitos que tenía en mis manos. Con cada número, mis ánimos se elevaban. Cada vez más me daba cuenta de que me estaba liberando de la presión de mi propia conciencia. Tal vez no sería necesario cambiar nada de mi vida; todo estaba saliendo bien. Hasta que mis ojos encontraron al número veintiuno.
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Detrás del vigésimo papel se encontraba una hoja de color rosado. En ella, un número de teléfono sin nada memorable, excepto por el nombre escrito debajo de éste. Ese nombre era tan poco común en esta zona como conocido para mí: Kelly. Oculté ese texto tan rápido como pude, ninguno de ellos fue capaz de leer su contenido. Pero no fui tan bueno ocultando mi sorpresa. Mi sonrisa se desvaneció; todos mis intentos por recuperarla resultaron en auténtica frustración. Ese fue el único detonante que necesité. La decisión estaba tomada, ahora sólo necesitaba un plan, y rápido. – Lui, ¿por qué no desayunamos en tu casa? Necesito un lugar tranquilo. Sara sabía que algo pasaba. Si trataba de alejarme de ellos, sólo haría que se preocupara más y no se separara de mí. Lo mejor era mantenerlos cerca. Esta estrategia funcionó mejor de lo que esperaba. Sara no sólo apoyó mi propuesta, sino que hasta me preparó un desayuno especial, sonriéndome coquetamente. Apenas terminamos de comer me acosté en un sillón y fingí dormir. Estaba tan nervioso que permanecer quieto fue un completo martirio, pero de alguna forma encontré la fuerza suficiente para lograrlo. No tuve que esperar mucho, quizá una media hora, antes de que los demás siguieran mi ejemplo. Lui en su cuarto; Vic y Sara en el de ella. Haciendo tan poco ruido como me fue posible, escribí una nota. Perdón, Lui. Necesitaba un transporte. Intentaré regresártelo cuando llegue a mi meta. Tengan una feliz vida. Tomé las llaves y salí, llevándome al coche fiesta conmigo. *** Tuve que hacer una breve escala en mi casa. Empecé a empacar varias cosas, pero pronto cambié de opinión. No había nada de esta vida que quisiera llevarme a la siguiente. Sólo había recuerdos, y ellos no requerían un apoyo físico. Me quité rápidamente todas mis prendas negras. Incluso la ropa interior que traía era de ese color. Todo se fue al cesto. Me puse algo más apropiado para el cambio: camiseta verde, jeans azules, tenis y calcetines blancos. Estaba listo, era hora de ir al norte. No sabía cómo la encontraría, pero sabía que debía intentarlo. Ella habría de ser mi salvación.

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*** Hay algo en las ciudades que dificulta huir de ellas. Haber elegido un sábado por la mañana para escapar ha resultado en una coordinación casi irónica. Pareciera que toda la ciudad quería salir conmigo. Estuve varado por cerca de dos horas sólo para cruzar la caseta de cobro de la autopista. No fue tiempo perdido. Logré aclarar muchas de las dudas que todavía quedaban en mi mente. ¿Debía morir Rulo tan pronto? Sí, debía hacerlo. Cualquier otra alternativa dañaría a otros mucho más que a mí. ¿Pudo haber terminado de alguna otra forma? No. Es cierto, tomé muchas malas decisiones, pero ninguna de ellas tan relevante como para cambiar la posición en la que estaba ahora. ¿Cuándo empezó a irse todo al demonio? Desde el primer día. El momento en que conocí a Kelly decidió mi propio fin. Las siguientes preguntas fueron incluso más sencillas. ¿Qué había hecho mal? Nada; las cosas salieron como debían salir. Entonces, ¿qué mal me había hecho Kelly? Ninguno. Ella hizo lo que creyó correcto para no herirme; lo mismo que yo hacía en este momento para no herir a Sara, en primer lugar, y a los otros dos en menor medida. La última pregunta ha demostrado ser la más difícil: ¿por qué? ¿Por qué estoy haciendo esto? ¿Tengo la esperanza de la felicidad de una vida junto a Kelly, o únicamente intento escapar del caos que me he creado? Seguí preguntándome esto. ¿Por qué, Ruben, por qué? Hasta que crucé la caseta. Tan pronto como tuve oportunidad, hice un alto. No quería seguir hasta no tener una respuesta. *** Y aquí estoy, detenido en el acotamiento, con el motor aún encendido, buscando respuestas, buscando tomar una nueva decisión. Cuando abrí la guantera, me encontré dos pequeños frascos transparentes. Uno contenía unas pastillas rosas; el otro cápsulas mitad rojas, mitad blancas. No tengo ni idea de cuál sea su ingrediente activo, pero hay una manera de averiguarlo. Saqué una de cada frasco. Tengo las dos drogas ahora en mi mano. ¡Qué equivocados han estado tantos que han dicho que la respuesta no está en las substancias! El sólo apretar estas en mi mano me ha ayudado a decidir finalmente mi destino. Voy a tragarlas simultáneamente y pisar de nuevo el acelerador. Hay cosas que se deben dejar al azar.
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