“El sentido práctico libertario en Argentina (1870-1936).

Despliegue de acción y represión del movimiento anarquista”*
Pablo E. Cosso

1. Introducción La experiencia hegemónica Desde la década del ’70 del siglo XIX hasta mediados de 1930, el movimiento anarquista, se presenta ante los distintos bloques históricos hegemónicos, como un peligroso “adversario político”, que opone dentro del proceso de consolidación del Estado-Nación argentino y del asentamiento del modo de producción capitalista en el país, su estructura política (ajena a cualquir formato partidario) a los fines de orientar y desarrollar una propuesta radical de cambio social. En dicho período, la cultura política hegemónica asume diferentes formatos de dominación: en principio como régimen oligárquico, luego como liberalismo democrático (radicalismo popular y el “anti-personalismo” de tinte conservador) y por último resume una estructura autoritaria surgida con el ‘golpe de Estado’ y la toma del poder político por parte de los militares y su secuela semi-democrática derivada (de re-orientación conservadora y fraudulenta) en la década de 1930. La cultura política hegemónica, históricamente establecida como un conjunto de formas simbólicas agrupadas en torno a un sistema ideológico, representado éste a su vez por un conjunto de ideas e instituciones1 que se imponen como orientaciones legítimas sobre el mundo social; encontró sus canales de consenso y coerción social deslegitimados por una dinámica contra-hegemónica, desplegada por el movimiento y las ideas libertarias a lo largo de más de siete décadas, en las principales ciudades del país (Buenos Aires y Rosario) y en zonas rurales de la patagonia y la pampa húmeda. Los métodos represivos, legales, ilegales y estigmatizantes, activados por los sectores hegemónicos (civiles y políticos) para enfrentar de manera reactiva ó preventiva a las ideas anarquistas y sus instituciones desprovistas de jerarquizaciones, autoritarismos y depuradas de aceptaciones dóxicas sobre la realidad social, se aplicaron a los fines de controlar y neutralizar a un “adversario político”, resignificado posteriormente como “enemigo” (cual signo bélico) dentro de un proceso de “criminalización” del anarquismo en Argentina. El régimen oligárquico (1880-1916), según afirma N. Botana (1985:70), consistía en un “sistema de hegemonía gubernamental que se [mantenía] gracias al control de la sucesión”, posible a su vez por la intervención de hombres que controlaban el poder (económico y político), los cuales se hallaban capacitados para emitir votos dentro del sistema electoral y ocupar cargos gubernamentales, en virtud de su pertenencia al estrato económico-social dominante. El fraude electoral y la negación coercitiva en los sectores populares (dominados) del ejercicio del voto “democrático”, fue la manera de reproducción de dicho orden social, que tuvo como principales hombres en el poder, a los presidentes: J.A. Roca, Juárez Celman, Figueroa Alcorta, Quintana, L. y R. Sáenz Peña. En 1916, la Unión Cívica Radical con H.Yrigoyen a la cabeza (tras la reforma electoral de Saenz Peña), logra “arrancar” por la vía constitucional el “gobierno de la oligarquía terrateniente y el comerciante” (O. Bayer, 1985:31), más no produce grandes cambios respecto del poder económico del orden hegemónico precedente2. Como afirma Bayer: “…su tímido reformismo [refiriéndose a Yrigoyen] logró si democratizar,

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Monografía para aprobar la cátedra de “Procesos Sociales de América III (2008)”, Carrera de Antropología (UNSa.). Contacto: kossopa@hotmail.com

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L. Zanatta (1996) propone como definición de las “ideas” dentro de una cultura política, lo siguiente: “… “ideas”, en primer lugar, entendidas como “culturas políticas”, como “sistemas de valores” de una corriente dada de pensamiento, ya que se considera que éstas inciden profundamente sobre el comportamiento político y social de quienes lo profesan…” (Op.cit.:15). Por “instituciones”, Zanatta, entiende al: “…vehículo privilegiado de autorreforzamiento y difusión de las ideas que en ellas se consolidan y asumen la forma de identidades colectivas…” (ibidem).

2 Afirma Del Campo (1973a:74), al respecto: “…Los radicales, pese a ciertas actitudes nacionalistas y populistas, gobernaron sin alterar sustancialmente la estructura económico-social…”.

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aumentar la participación de las masas [pero] fueron insuficientes para enfrentar las crisis por las que atravesó su gobierno…” (ibidem). Diversas crisis que tomaban densidad a partir de los reclamos y las huelgas obreras, que según datos de Del Campo (1973a:84), fueron ‘in crescendo’ en los tres primeros años de su presidencia: en 1917, hubo 138 huelgas; en 1918, crecieron a un número de 196 y en 1919 llegaron hasta 367 casos. Lo que no ocurrió bajo el régimen oligárquico, sugiere Bayer: “…durante el cual la represión [obrera] no llegó a alcanzar las características de matanzas colectivas-sucedió bajo el gobierno populista de Yrigoyen…” (Op.cit.:31). Prosigue el historiador, afirmando que:
“…Cuando los trabajadores industriales de Buenos Aires se levantaron, él dejó que la oligarquía reprimiera a través del ejército y los comandos de ‘niños bien’ [vgr. “Liga Patriótica”]. Se originó así la “Semana trágica de enero de 1919. Cuando el trabajador rural patagónico exigió con firmeza una serie de reivindicaciones y ese movimiento amenazó con salir de su cauce meramente sindical […] dejó que el ejército defendiera el orden latifundista a sangre y fuego…” (ibidem)

Los períodos de la Unión Cívica Radical en el poder político: 1916-1922 ocupado en primera instancia por su principal “caudillo popular”, luego su representante más apegado al conservadurismo político, M.T de Alver (1922-1928) y el lapso de dos años ocupado nuevamente por Yrigoyen, hasta el ‘golpe de Estado’ militar uriburista, fueron desarrollados bajo el modelo agro-ganadero exportador (legado del orden económicopolítico conservador que acompañaba a los tradicionales terratenientes), paralelamente contando en los últimos años con una incipiente industrialización manufacturera (alimenticia, frigorífica, farmaceútica, etc.) y de producción de insumos (químicos, para la construcción, etc.) que toma empuje en el país de la mano de capitales extranjeros. El ‘golpe militar’ de 1930, es el colorario de un momento histórico atravesado por la crisis económica del ’29 y el “debilitamiento hegemónico” del proyecto liberal en Argentina ( L. Zanatta, 1996:25). El camino del autoritarismo armado, es aquél que toma la “tradición civil y política” que habría quedado relegada por las ideas y las instituciones liberales. Los agentes vinculados a las “antiguas” elites de la fórmula de dominación oligárquica, la iglesia católica y el ejército, asumirían un imaginario mesiánico de reconstrucción del ‘ser nacional’ frente al precedente ‘caos’ liberal (afianzador de los derechos y las obligaciones del individuo, dentro de una sociedad secularizada y contractualista), de igual manera respecto de sus efectos “menos deseados”: el socialismo y el anarquismo. El anhelado “retorno” a la economía-política sostenida en una estructura social dominada por las jerarquías “tradicionales”, desprovista a su vez, de movimientos de oposición al ‘statu quo’, se instaura finalmente como sentido práctico (violento y autoritario), el cual deja más allá de sus intentos “legalistas”, un vínculo de hibridez entre la “vieja política” y los lineamientos democráticos (pre-existentes) manifiestos en el “fraude electoral patriótico” y la proscripción del radicalismo para la instancia electoral. Tras el “exitoso” embate represivo del Gral. Uriburu (1930-32), asume A.P. Justo (1932-38) en forma fraudulenta la presidencia del país. La experiencia contra-hegemónica A grandes rasgos puede concebirse al anarquismo como la dinámica social desplegada por individuos y grupos que niegan cualquier tipo de gobierno, ya sea autoritario ó democrático. Los ‘sitios de poder’ requeridos para la organización de una realidad compartida, según se manifiestan en otros sistemas sociales, no son en éste caso “ocupados” por ninguna autoridad (electa ó tiránica), sino que las interrelaciones humanas, están basadas en acuerdos mutuos y solidarios. Se trata pues, de libre-asociaciones individuales y colectivas: económicas, gremiales, familiares, etc., que el imaginario anarquista, vinculó a un espacio utópico (acracia), del cual derivaría el término con el que luego serían reconocidos sus militantes, es decir como ‘ácratas’. El anarquismo, entonces puede considerarse como un sistema de interrelaciones sociales que rechaza cualquier signo de autoridad u opresión, para la conformación de la realidad social. La trascendencia del plano de proyección “utópico”, se vincula a un sentido práctico indispensable para llevar a cabo el estado de anarquía: la revolución social. El periódico anarquista, “La Protesta Humana”, editado a principios del siglo XX en la ciudad de Buenos Aires (1902), definía la ideología socialista libertaria y su componente revolucionario, de la siguiente manera:
“…El socialismo libertario iniciado por Proudhon y desarrollado por Bakunin, pretende la realización del ideal socialista por medios directos, francamente revolucionarios, sin admitir la lucha política […] y sin

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recurrir a la intermediación de un estado obrero […propone] Que el pueblo, en fin, efectúe directamente la expropiación y socialización de los bienes naturales y creados, dejando a su libre iniciativa la organización de la producción, del consumo, del cambio, de la instrucción, etc. Los socialistas libertarios, considerando que el Estado es poder, que poder es tiranía, y que la tiranía es la negación de la libertad humana, dejan a la libre iniciativa de los individuos y de las colectividades lo que los legalistas pretenden…” (H. Del Campo, 1973b:310)

Desde ambos lados: hegemónico y subalterno, las culturas políticas se ligan a cosmovisiones diferenciales, desde las cuales proponen construir un mundo social específico. Compartimos la definición de L. Zanatta, cuando afirma que una cultura política es un: “…conjunto orgánico de ideas que, a través de cualquier canal, se proponen incidir sobre la realidad política y social y como consecuencia la influyen y la transforman…” (Op.cit; 1996:16). La definición de Zanatta, nos habilita pues a considerar a la cultura política anarquista, en su situación subalterna, como una dinámica social que no solo se proponía modificar una realidad, sino que como los hechos lo demuestran, ejercitaron una praxis política concreta, frente a la cual los órganos de consenso direccionado y coerción hegemónicos actuaron constantemente en el período analizado. En éste sentido el carácter de subalternidad debería ser reconsiderado por el de contra-hegemonía, sobre todo para disipar las ‘tinieblas’ teóricas y del sentido común que tildan al anarquismo de un “indefenso” producto utópico, cuasi romanticista. De todos modos su carácter de cultura política subalterna3 se halla históricamente situado; simplificando los “parámetros teóricos gramscianos”, como un sector de la sociedad civil y política que no ha cristalizado sus formas simbólicas y prácticas colectivas en órganos hegemónicos de dirección y consenso social. Pese a ello y en consonancia con A. Petra (2001) entendemos que: “…La cultura política anarquista, se constituye […] formando parte de un imaginario antijerárquico que, a lo largo de la historia, a actuado como contrapeso individual ó colectivo frente a la imaginación hegemónica…” (Op.cit.:4). Asentado el término teórico de contra-hegemonía, es conveniente describir los métodos de lucha del movimiento libertario desde sus diferentes tendencias radicales vinculadas al cambio social. Por un lado, los de los anarquistas expropiadores, definidos por O. Bayer (2008) como: “…Curiosos personajes que atacaban a la sociedad (burguesa) a bombas y a tiros […] defendiendo un vellocino de oro transparente e inmanente: la libertad…” (Op.cit.:8-9). Por otro lado la presencia del anarquismo colectivista, como conjunto organizado de militantes que desplegaba en el movimiento obrero argentino, su principal herramienta de protesta y acción directa: la huelga general, como preludio “mentado” de la revolución social. En el IV°Congreso de la F.O.A.4 (1904), se aprueba una declaración en la cual se otorga “valor pedagógico” a las huelgas, respecto de la huelga general y del cambio social propuesto por el anarquismo colectivista:
“…El Congreso reconoce que las huelgas son escuelas de rebeldía y recomienda que las parciales se hagan lo más revolucionarias que sea posible para que sirvan de educación revolucionaria y éstas de preámbulo para una huelga general que pueda ser motivada por un hecho que conmueva a la clase trabajadora y que la federación debe apoyar…” (Abad de Santillán, 1933 (r.:2004):120)5

El anarquismo colectivista ‘cobra vida’ en la historia del movimiento obrero argentino con la aparición de las primeras “sociedades de resistencia obrera” de la década del ’80 del siglo XIX, las cuales derivarían posteriormente en gremios combativos y federaciones obreras que al menos hasta la década del ’30 del siglo XX, no promovían al acercamiento con ninguna institución estatal intermediadora de sus demandas laborales y sociales. Sobre ésta primera etapa de orientación contra-hegemónica, Del Campo (1973b.) sugiere que: “…Las sociedades gremiales eran para los anarquistas organizadores [colectivistas], el ámbito más propicio para la
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A. Petra (2001), en su trabajo: “ Anarquistas: cultura y lucha política en la Buenos Aires finisecular. El anarquismo como estilo de vida”, sugiere abordad la identidad política del anarquismo desde su condición de subalternidad respecto de una cultura dominante. Federación Obrera Argentina, de orientación anarquista

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El valor que los anarquistas otorgaban a la huelga general, desde el ‘punto de vista de los actores sociales’ puede confontarse, con una definción científica (ó desde el ‘punto de vista del investigador social’), que se corresponde con la siguiente estructura cognitiva: “…En la medida en que en la huelga general el conjunto de los obreros se enfrenta al conjunto de los capitalistas y al gobierno del estado, se expresa potencialmente en ella, no importa la conciencia que de ello tengan sus protagonistas, la lucha contra la forma de organización social vigente basada en la relación capital-trabajo asalariado, es decir, contra el capitalismo mismo…” (N. Iñigo Carrera, 2004:23).

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propaganda ideológica; las huelgas, ensayos parciales de la huelga general, y ésta, preludio de la revolución social…” (Op.cit.:307). Por último aceptamos también como sustancia política contra-hegemónica la tendencia anarquistaindividualista, surgida hacia mediados del siglo XIX, con el pensador europeo Max Stirner6. Se trata de un “hábitus” deconstructivista, que otro pensador del movimiento definía en 1916, de la siguiente manera:
“…El movimiento anarquista individualista consiste, pues, en una actividad intelectual que se extiende a todos los dominios del saber, tratando de resolver en beneficio del individuo conscientemente ácrata los problemas concretos de las manifestaciones de la vida, creando […] un espíritu de crítica permanente e irreductible frente a las instituciones que enseñan, mantienen y preconizan la tiranía de unos hombres sobre la resignación de los demás…” (E. Arnaud, 1919 (r.:2007): 39).

Caracterizar al anarquismo de movimiento cultural y político contra-hegemónico, obliga a aceptar como afirmación, su intento de adquirir un “lugar hegemónico” (en la realidad social), más se sostiene la aclaración de que dicha intención fue desarrollada al margen de cualquier lucha armada ó legal por los sitiales de poder, ya que la propuesta revolucionaria consistía en una depreciación del sentido autoritario (y militarista) volcado a las prácticas sociales. La dinámica de inversión del orden social, en base a las formas de conciencia y las prácticas anarquistas, implicaba el enfrentamiento a las ideas e instituciones hegemónicas que actuaban como estructuras de dominación, por lo tanto, lo que necesitaba erigirse en el plano hegemónico era una nueva realidad social, desprovista concientemente de los fines de reproducción de las representaciones pre-existentes. Los métodos discursivos y prácticos, desplegados en la propaganda y la acción anarquista: folletos, periódicos, oradores (E. Malatesta, P. Gori,etc.), manifestaciones y movilizaciones, éstas últimas adheridas a los parámetros de la ‘acción directa’ (en ocasiones haciendo uso defensivo de armas de fuego frente a las fuerzas represivas), generaban respuestas reactivas ó preventivas desde los mecanismos de represión y neutralización hegemónicos. Las represiones legales de los organismos de defensa estatal, las prácticas sangrientas “autónomas” de ciertos grupos para-policiales (p.e.: comandos civiles pro-oligárquicos), junto con la imposición del “estado de sitio” y la “ley marcial” (en el gobierno militar del Gral. Uriburu) dejaron un tendal de militantes y obreros anarquistas muertos. La imposición mecánica de la violencia para sojuzgar al adversario político, ha sido una señal configurativa de la ‘cultura política argentina’. En base a prácticas discursivas y la aplicación de la fuerza física y las armas, se procede a la estigmatización social, la criminalización y finalmente la extinción del oponente, con fines específicos de reproducción de un orden hegemónico. W. Ansaldi (1994) lo define explícitamente de la mano de la experiencia histórica del anarquismo en Argentina:
“…La cultura política argentina muestra un notable predominio de prácticas que definen al adversario político como enemigo, forma de construcción en la cual el objetivo principal es la destrucción del oponente. Su manifestación extrema es la aplicación de la lógica de la guerra a la lucha política, cuya expresión máxima, en términos materiales, se aprecia en la década de 1970, pero que reconoce antecedentes en las primeras del siglo, en particular en el tratamiento de los anarquistas (v.gr., por la Liga Patriótica, por el teniente coronel Héctor Varela en la Patagonia y por la dictadura de José Felix Uriburu). Más antes de ser objeto de estricta destrucción física, el oponente es definido como enemigo en el plano del lenguaje…” (W. Ansaldi, 1994:7-8)

Sobre éste último punto aclarado por Ansaldi, es decir el de la definición del enemigo en el plano discursivo, podemos hacer referencia a las producciones culturales, no sólo jurídicas, policiales ó legislativas con que se “criminalizaba al anarquismo”, sino también a aquellas construídas en la sociedad civil: pedagógicas, literarias y periodísticas. Para Ansolabehere (2007), se tratarían de: “…narraciones que tienen como protagonista casi excluyente al anarquista en tanto delincuente y que, sin dudas, ayudan a delinear ese proceso de criminalización del anarquismo…” (Op.cit.:175). Estas “narraciones” se hallaban localizadas en: novelas, cuentos, folletines y fábulas infantiles de libros escolares (en el sector civil) y en leyes, proyectos de

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“…El anarquismo de Stirner era una idea […] Fundada sobre el repudio a toda organización, a todo gobierno, a toda ley, no admitía más principio que el del libre albedrío, ni más acción proselitista que la puramente individual…” (O. Troncoso, “Los orígenes del anarquismo en Argentina”; 1974:10).

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leyes, decretos, debates parlamentarios, dictámenes judiciales, tratados criminológicos, informes periciales, etc. (en el sector político, jurídico y policial). Lo que caracterizaba constantemente al “delincuente” y al “delito anarquista” era su condición de ‘foraneidad’: “…Por eso el anarquismo siempre es definido-por aquellos que no dudan en verlo como una actividad criminal- como algo exótico, extraño a nuestras costumbres […] identificado antes que nada como extranjero ó, mejor dicho, con el extranjero absoluto, no tanto porque pertenezca a otra nación sino porque literalmente ha renunciado a tener una…” (Op.cit.:176-177). El anarquismo entendido como amenaza no de la construcción de una nación dentro de otra, sino del: “…deseo de destrucción de la idea de nación misma…” (Op.cit.:187). Por ello, las narraciones que mayormente ‘golpearon’ a los militantes anarquistas, fueron aquellas conocidas como la ley de “residencia” (1902) mediante la cual se podía expulsar a hombres y mujeres inmigrantes “sospechados” y “confesos” anarquistas, sinónimo-construído hegemónicamente de agitador social7; ó su ‘complemento’: la ley de “defensa social” (1910) que prohibía la entrada de extranjeros de tendencia libertaria, tanto como las reuniones de militantes anarquistas8. El ‘estado de criminalización’ que se impuso al anarquismo en Argentina afectó no solo al anarquista en calidad de inmigrante, sino también al obrero enrolado en la agrupación federativa de gremios y sociedades de resistencia libertaria más importante en el país (a principios del siglo XX): la F.O.R.A. (Federación Obrera Regional Argentina), de tendencia proletaria-finalista y revolucionaria. En 1910, la F.O.R.A., tenía la primacía organizacional de la “vida sindical” en el país, luego: “…la vemos varios años casi en la clandestinidad, reducida al mínimo de organización, a causa de las persecuciones, deportaciones y obstáculos policiales y legales…”(Abad de Santillán, 1933 (r.2005): 286). Fueron dos años de ‘proscripción del anarquismo’ (19101912), mismo estado que volvería a gestarse en (1930-1931): “…los 18 inolvidables meses de terror militar uriburista…” (Op.cit.: 287). Esta faceta histórica de criminalización del anarquismo, momento de aislamiento de los militantes de la órbita de validez “legal” como ‘adversarios políticos’ (defendida por el Estado y el conjunto de instituciones civiles que participaban del consenso hegemónico) según afirma Ansolabehere: “…tiene origen político […] sobre todo, por su poder de movilización política y social. Que mejor forma entonces, de enfrentar a un movimiento político que colocándolo fuera de ley…” (Op.cit.:174) El anarquismo como sujeto colectivo (e individual) de lucha contra-hegemónica, será descripto en relación con su cultura política: discursos y prácticas gremiales, educativas, artísticas, literarias, comunicacionales, jurídicas, de crítica feminista, género y morales. Se vinculará el ‘proyecto utópico’ con el sentido práctico de cambio social, históricamente situado. 2. El anarquismo como identidad política del movimiento obrero argentino Los hombres y mujeres que arribaron a la República Argentina en calidad de inmigrantes (provenientes en su mayoría de Europa) se insertaron en las estructuras de producción y servicios locales, vendiendo su fuerza de trabajo como jornaleros rurales, obreros urbanos, empleados/as domésticos y en el empleo público. Datos expuestos a ‘groso modo’ muestran que entre los primeros años de arribo (1857) y la década de 1940, hubo un flujo de inmigración de 6.500.000 de personas de las cuales 3.500.000 permanecieron en el país. Hacia fines del siglo XIX y principios del XX, la clase trabajadora se hallaba representada en Buenos Aires (sitio de mayor densidad inmigratoria en el país) por un 60 % de inmigrantes (M. Molyneux, 2002:12-14). En ésta ciudad y alrededores se desplegarían las acciones públicas reivindicativas más importantes del movimiento obrero argentino.

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Extraemos dos artículos de dicha ley que sostienen lo siguiente: “…Art.1°-El poder ejecutivo podrá ordenar la salida del territorio de la Nación Argentina a todo extranjro por crímenes ó delitos de derecho común. Art.2°-El poder ejecutivo podrá ordenar la salida de todo extranjero cuya conducta comprometa la seguridad nacional ó perturbe el orden público…”

8 La ley de “defensa social” (N°7029), promulgada bajo la presidencia de Figueroa Alcorta (1910), expresaba lo siguiente respecto de los anarquistas: “…Art.1°-Sin perjuicio de lo dispuesto en la ley de inmigración queda prohibida la entrada y admisión en el territorio argentino de las siguientes clases de extranjeros: […] b) los anarquistas y demás personas que profesan ó preconizan el ataque por cualquier medio de fuerza ó violencia contra los funcionarios públicos ó del gobierno en general ó contra las instituciones de la sociedad. […] Art.7°-Queda prohibida toda asociación ó reunión de personas que tengan por objeto la propagación de las doctrinas anarquistas [ en lugar público ó locales cerrados, así como la exhibición de enblemas, estandartes ó banderas anarquistas, Art.10°]…”

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La política económica inmigratoria promovida por la Constitución del Estado-Nación de 1853, trajo como respuesta la presencia de un colectivo humano con ansias de movilidad social, que fué desarrollada por escasos integrantes del mismo. Sin embargo éstos inmigrantes deseosos de trascender las penurias del proletariado, trajeron consigo no solamente su fuerza de trabajo como mercancía a disposición de las actividades capitalistas y la propiedad privada, sino también “cargaban” con formas de conciencia y estructuras simbólicas de organización colectiva de lucha proletaria, consustanciadas con los lineamientos expuestos en la 1° Internacional de Trabajadores de 1864. De ésta manera se entroncan en la cultura política argentina, nuevas formas de concebir la realidad social y nuevas métodologías para llevarlas a la práctica: desde un lado, el socialismo, por el otro, el anarquismo; ideas y acciónes irradiando desde los “portadores de civilización” sobre los que descansaban los ideales de progreso de Alberdi, Sarmiento y la primer “carta magna” del Estado-Nación argentino. El 2 de setiembre de 1878, ante el escándalo de la sociedad burguesa, los tipógrafos de Buenos Aires, protagonizaron la primera huelga en el país (H. Del Campo, 1973b:298). Tras un mes de sostenimiento de la misma, los patrones aceptaron las reivindicaciones de los obreros: “…limitación del trabajo infantil, aumento de salarios, reducción de la jornada de 10 y 12 horas. La clase obrera había obtenido su primera victoria en Argentina…” (Op.cit.:300). Esta huelga pudo desplegarse como efecto derivado de un proceso de “incubación política” previo, por parte de un movimiento obrero, que ya registraba en su corta trayectoria de vida en el país determinados ‘hitos fundantes’: en 1872 la creación de tres secciones de la Asociación Internacional de Trabajadores y en 1876 (hasta 1881) una sección de la Internacional de orientación anarquista-bakuninista (Petra, 2001 y Troncoso, 1974). La década del ’70 para los anarquistas estuvo marcada por una incesante actividad propagandística y militante, fundándose centros de reunión y publicaciones gráficas de “vida efímera”9. En 1879, a manera de ejemplo, se constata el surgimiento de un periódico anarquista llamado “El Descamisado”, cuyo primer número es incautado por la polícia, a la vez que se prohibía su venta callejera; el siguiente número de la publicación fué el último de su “corta vida pública” (Troncoso, 1974:6). En la década de 1880 los trabajadores de los distintas ramas ya se habían organizado colectivamente: panaderos, molineros, albañiles, yeseros, zapateros, sombrereros, etc., bajo distintas identidades políticas como el socialismo por un lado y las sociedades de resistencia anarquista por el otro. Las huelgas fluían desde todos los oficios proletarios, afirma Del Campo (1973b:302). De entre todos ellos, el que se sostuvo como el más combativo de la década, fué el de los obreros-panaderos, los cuales habían conformado la “Sociedad Cosmopolita de Resistencia de Obreros Panaderos”10 con la ‘ayuda organizativa’ del reconocido oradorintelectual orgánico ácrata (italiano) E. Malatesta que se instala en Argentina entre 1885-89, a los fines de difundir los ideales libertarios. En las décadas de 1880 y 1890, conjuntamente a la discursividad de los oradores propagandísticos libertarios, se ampliaba una de las principales formas de la actividad expositiva anarquista: “…la edición, impresión y distribución de diarios, folletos y panfletos…” (Molyneux, 2002:16). Llegaron a existir, afirma la autora, hasta 20 diarios anarquistas, publicados en las tres principales lenguas habladas por los inmigrantes en el país: francés, italiano y español. Estas publicaciones se autogestionaban al interior del movimiento, mediante donaciones y subscripciones voluntarias. (Op. cit:17).

Troncoso (1974) expone un listado de publicaciones “efímeras” anarquistas de fines del siglo XIX y principios del XX: “El Rebelde”; “La Protesta Humana”; “Rojo y Negro”; “El Oprimido”; “Ni Dios ni Amo”; “El Perseguido”; “La Revolución Social”; “El Derecho a la Vida”; “La Voz de Ravachol”; etc.
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La nominación ácrata para su modo de organización obrera: ‘sociedad de resistencia cosmopolita’, da indicios certeros de la cosmovisión que compartían sus integrantes a nivel de las representaciones: por un lado la actitud de resistir a las consideradas dinámicas opresivas del capitalismo y del Estado, y por el otro la defensa del cosmopolitismo frente a la nacionalidad.

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El anarquismo de la ‘primera hora’, es decir el individualista11, tuvo su época de apogeo en la década de 1880 y el primer lustro de la siguiente, luego cediendo espacio al colectivismo anárquico (difundido por Bakunin) que se afianzaba de la mano del comunismo anárquico (cuya principal ideólogo fue Kropotkin). Los anarco-individualistas, tuvieron como órgano de difusión gráfico en Buenos Aires, al periódico “El Perseguido” (1890-96). En un número perteneciente al año 1892, se puede observar un bosquejo del pensamiento y la acción de dicha tendencia ácrata opuesta en esencia a la organización sindicalista, jerárquica y directiva-institucional:
“…Lo que instruye a la clase obrera y le da conciencia de sus derechos y deberes y levanta su espíritu para que un día pueda alcanzar su completa emancipación, es la reunión de todos, donde todos cambian ideas y discuten, y sobre todo que esto sea lo más frecuentemente posible […] la acción espontánea es bastante para llevar a cabo las mejoras posibles en el gremio tal como la abolición de los reglamentos absurdos que los patrones hacen en los talleres y fábricas…” (O. Troncoso, 1974:18, resaltado en bastardilla propio)

Durante la década del 1890, las distintas sociedades gremiales y de resistencia se multiplicaron (al menos en Buenos Aires), promoviendo la necesidad de crear una federación representativa de todo el proletariado. Surge pues (en 1890) la Federación de Trabajadores de la República Argentina, con una preminencia ideológica marxista. El 2° congreso de dicha federación expuso un cúmulo de ideas que colicionaban con la cosmovisión anarquista, por ejemplo: “la consquista del poder político” y la conformación de un partido al servicio de la clase proletaria, frente a lo cual, las brechas ideológicas entre marxistas y anarquistas se abrieron de manera irreconciliable (Del Campo, 1973b:304). Esta instancia de confrontación, originó el desmantelamiento de la primera federación obrera del país. Juan Creaghe, fundador del periódico anarquista (porteño) “La Protesta Humana”, comentaba en 1897 la principal diferencia de ideas y conceptos políticos entre socialistas y anarquistas: “…la cuestión social [es vista por el socialismo] como una cuestión económica […] “la cuestión social” [para el anarquismo] es una cuestión de libertad…” (E. Corbiere, 1974: 92). La diferencia primordial, asegura Creaghe es que: “…reclamamos toda la libertad, creyendo que menos que toda no es nada. La libertad no admite restricción; mientras que los socialistas al contrario admiten la autoridad de la mayoría, y por consiguiente los parlamentos, el Estado y dejan abierta la puerta para todas las tiranías hasta para la tiranía económica al fin…” (ibidem). Creaghe, le achacaba al socialismo argentino, que se decía revolucionario, su intervención en las instituciones creadas por la burguesía: “…¿Cómo es posible que uno que se llame revolucionario tome parte en las luchas de los partidos burgueses sin echar en olvido la lucha de clase? Una vez que tome parte en la lucha política reconoce prácticamente el sistema social existente […] y da razón a aquellos que dicen que de por sí solo puede mejorarse el estado social, rechazando toda idea revolucionaria…” (Op.cit.:93). El anarquismo se mantuvo ‘fiel’ a su disconformidad con la totalidad de las ideas e instituciones de inspiración burguesa. En la década del ’90, ya habiendo perdido intensidad la tendencia anarco-individualista, asume un papel de relevancia el comunismo anárquico; caracterizado a grandes rasgos como: “…la fusión de ideas socialistas y anarquistas. Estaba orientado hacia la eliminación violenta de la sociedad existente y hacia la creación de un orden social nuevo, justo e igualitario…” (Molyneux, 2002:16). El comunismo anárquico porteño, luchaba a partir de un programa centrado en la revolución social, por la disolución del capitalismo y la propiedad privada. En el periódico de Juan Creaghe, “La Protesta Humana” (1899), se postulaba la revolución comunista-anárquica:
“…por la reivindicación por la sociedad entera contra toda forma de propiedad privada en manos de pocos privilegiados y por la toma de posesión por parte de los trabajadores de todas las fuentes de la riqueza, tierras, máquinas, instrumentos de trabajo, medios de cambio, de comunicación, y organizada bajo la base
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Aclaramos que el dato referido a la tendencia anarco-individualista, como pionera en Argentina, proviene de los diversos autores relevados en éste trabajo; sin embargo dicha referencia, no implica que los años de fin de siglo XIX, fueran los de mayor importancia respecto de la acción directa y propagandística de éste sector del anarquismo. Según lo demuestra O. Bayer en su libro “Los Anarquistas expropiadores” (2008), la década de 1920, ha sido la ‘epoca más activa’, de los anarco-individualistas más radicales (expropiadores) como Severino Di Giovanni y Miguel Arcángel Rosigna, el primero ejecutado por Uriburu, mediante la aplicación de la ley marcial y el segundo detenido y desaparecido por la policía de la provincia de Buenos Aires, en el período presidencial de M.T. de Alvear.

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de la cooperación de todas las fuerzas sociales, con la modalidad oportuna y merced al libre acuerdo, la producción y el modo de gozar ampliamente de la misma…” (O. Troncoso, 1974:21).

Respecto del plano político, el comunismo-anárquico, promovía la abolición del Estado, por su carácter de: “…ente autoritario, tutelador depresivo de la iniciativa y de la libertad social…” (“La Protesta Humana”; en Troncoso, 1974:21). Frente a la condición nacional y patriótica, impuesta al ser humano, que: “…exagerando el afecto natural por el país nativo […] ciega la mente de los trabajadores […] impidiéndoles comprender que la cuestión social es cosmopolita…” (ibidem), el anarco-comunismo promulgaba el reconocimiemto del proletariado por encima de la nacionalidad, en pos de la fraternidad cosmopolita. Finalmente combatía a la “mentira religiosa” (sic): “…que sobre la ignorancia de las multitudes fomenta el servilismo y la paciente resignación…” (ibidem). La tendencia anarco-colectivista (consustanciada con el pensamiento comunista anárquico), se oponía a los métodos de lucha de los individualistas, especialmente, a los de los anarquistas expropiadores, que asaltaban agentes estatales y capitalistas, cuando no optaban por los atentados públicos con bombas explosivas. En otro artículo aparecido en el periódico de Creaghe (“La Protesta Humana”, 1899), firmado por el grupo colectivista “Los Desertores”, encontramos una ‘declaración de principios’ que da cuenta de la antinomia en la concepción de la accion contra-hegemónica defendida por ambas tendencias:
“…Considerando que la actual sociedad fuertemente organizada y basada sobre el principio de autoridad y regida por la violencia constituye una fortaleza inexpugnable para el ataque individual y aislado, nos pronunciamos contra esa forma de lucha por considerarla contraproducente, y nos declaramos acérrimos partidarios de la lucha colectiva […] nos afirmamos decididos partidarios de la asociación libre, gremial y anarquista […] prestaremos todo nuestro concurso a la organización gremial anarquista, negando nuestro apoyo a la propaganda terrorista, antiorganizadora e individualista […] afirmándonos una vez más partidarios fervientes de la acción colectiva revolucionaria…” (O. Troncoso, 1974:23)

Ya para comienzos del siglo XX, la tendencia libertaria que mayor número de militantes poseía, era la del comunismo anárquico, representada por su principal órgano de expresión colectiva: la F.O.R.A. Sin embargo el anarquismo individualista se mantuvo en ‘latencia’; la década del ’20, muestra su momento de resurgimiento, de la mano de diferentes hechos expropiativos ‘propagandísticos’ (especialmente robos armados a agentes capitalistas) [ver nota 11].

3. Afianzamiento y represión (estatal) del anarquismo en el espacio social: 1900-1936 Con el principar del siglo XX, nace la Federación Obrera Argentina (1901), espacio organizado por diferentes colectivos políticos de lucha proletaria. En el 1° Congreso de la misma, se aprueba por ‘unanimidad’ la necesidad de: “…promover una viva agitación popular para obtener que se respeten la vida y los derechos de los trabajadores…” (Abad de Santillán; 2005:80). Dichos parámetros de ‘agitación social’ se correspondían con variadas acciones a desplegar: la huelga general, el boicott a empresas capitalistas y la instalación de “escuelas libres” patrocinadas por la federación obrera (Op.cit.:81).La F.O.A., estaba compuesta por dirigentes y militantes obreros socialistas y anarquistas conciliados a pesar de las diferencias ideológicas ya confrontadas en anteriores instancias organizativas de lucha anti-capitalista. Sin embargo en 1902, las tensiones “desbocadas” dieron por tierra los lazos fraternales, generándose una escición de los socialistas de la federación. En 1903 éstos conformarían la U.G.T. (Unión General de Trabajadores). Los tres años transcurridos entre 1900 y 1902, fueron, según afirmaciones de Abad de Santillán de: “intensa agitación proletaria y huelgas a ‘granel’ en todos los gremios y en todo el país” (Op.cit.:87). El año de 1902, por ejemplo, se organizan varias acciones huelguísticas en diferentes ciudades y sectores del proletariado: panaderos de Buenos Aires (netamente anarquistas), estibadores portuarios (Buenos Aires, Campana, San Nicolás, etc.) y peones del Mercado Central (de Buenos Aires). La respuesta ante el afianzamiento de la identidad y las formas de expresión pública del movimiento obrero y social en general, fue la aprobación de la “Ley de Residencia” (n°4144) en noviembre de 1902, mediante la cual se autorizaba a la expulsión del país a cualquier extranjero acusado de “agitador y perturbador

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del orden social y público”. Al respecto, Abad de Santillán nos relata una leve crónica de los resultados de la rápida implementación de dicha ley:
“…Las clases conservadores presas del pánico, forzaron al gobierno a aprobar la famosa Ley de Residencia que ponía en manos de la policía y del Poder Ejecutivo los destinos de cualquier habitante del país; se declaró el estado de sitio y se procedió a la caza despiadada de los anarquistas y propagandistas gremiales libertarios. Buenos Aires se convirtió en un campamento militar; algunas decenas de militantes obreros fueron deportados, las prisiones se llenaron de detenidos…” (Op.cit.: 105)

En 1904 el Estado oligárquico propone un proyecto de “Ley Nacional del Trabajo”, que es rechazado por el movimiento anarquista, por considerarlo beneficioso para los agentes capitalistas a la par que instrumento de control del Estado sobre las organizaciones de los trabajadores. Ese mismo año, durante la celebración del 1°de Mayo, una manifestación obrera que se trasladaba desde la plaza del Congreso hasta la plaza Mazzini (Buenos Aires), fue atacada por las fuerzas policiales, provocando la muerte de un obrero marítimo y un centenar de heridos (Op.cit.: 115). Los obreros respondieron a la agresión policial ‘con balas’. Este hecho es mencionado por la historiografía anarquista como la “Masacre de Plaza Mazzini”. En noviembre del mismo año, a raíz de una huelga encarada por los panaderos rosarinos y la consecuente acción ‘rompehuelgas’ policial , muere un joven panadero de 19 años. Durante las manifestaciones públicas de repudio al hecho por parte de los trabajadores, son asesinados tres obreros más. El año de 1904, es también el año en que la F.O.A., cambia su nominación a F.O.R.A. (Federación Obrera Regional Argentina). En 1905 (bajo la presidencia de Quintana), al conmemorarse un “nuevo día” simbólico de los trabajadores, hebiéndose levantado un ‘estado de sitio’ de casi un año de duración: la F.O.R.A., la U.G.T. y el Partido Socialista organizan una celebración pública en plaza Lavalle (Bs.As.). En tanto el acto se desarrollaba afín a las dinámicas discursivas, generadoras del afianzamiento de las diversas identidades políticas obreras allí congregadas, la policía comienza a descargar su fuerza represiva sobre los asistentes por “ostentar una bandera roja”, tras lo cual mueren dos obreros. (Del Campo, 1973b:318). La bandera roja, era un símbolo proscripto por los órganos de consenso hegemónico, reflejo de la orientación revolucionaria anarquista. En 1906, según datos rescatados del Ministerio del Interior, por el historiador anarquista Abad de Santillán, el movimiento obrero produjo sólo en Buenos Aires, la cantidad de 39 huelgas (Op.cit.:153). Un año más tarde, en agosto, se concreta una huelga general, como acto de protesta contra el asesinato (en el mes de julio) por parte de la marina y la policía de dos obreros portuarios en Bahía Blanca (pcia.de Buenos Aires). Las huelgas generales eran para los anarquistas, los momentos más propicios para la concientización colectiva de la práctica de la revolución social. El movimiento libertario aplicaba en dichas ocaciones, su repertorio de movilizaciones, acción directa y sabotajes contra el espacio público (consagrado por el Estado), conjuntamente al boicott de las producciones y servicios bajo control capitalista. En 1907, se efectúa una huelga general que alcanzaría a diversos puntos del país (Bs.As y alrededores, Rosario, Bahía Blanca, Mar del Plata, La Plata y Mendoza), la cual sería reconocida en la historiografía local como la huelga de los inquilinos. En principio surge como un movimiento huelguístico iniciado por los anarquistas que apoyaban la idea de la rebaja de los alquileres, más luego se extiende como reivindicación de las diversas tendencias político-sociales (espontáneas u organizadas); en ésta huelga, afirma Iñigo Carrera: “…se vió involucrado el conjunto de la familia obrera, habitante de los conventillos…” (Op.cit.:33). A pesar del apoyo diversificado a la protesta iniciada por la tendencia ácrata-libertaria, cuando se pasó de la propaganda a los hechos (la acción directa): “…quedaron sólo los anarquistas en apoyo de las reivindicaciones de inquilinatos, afrontando ante la polícía toda la responsabilidad del movimiento. Naturalmente, fueron también los primeros y únicos en caer…” (Abad de Santillán, 2004:177). La dinámica mercantilista aplicada a los alquileres en constante suba, la insuficiencia de mejoras infraestructurales sobre las propiedades (privadas) y el consecuente asinamiento de personas en los conventillos, afectaba las formas de reproducción de la familia obrera. En consecuencia, la ‘huelga de los inquilinos’ presentó una intensa actividad militante por parte de muchas mujeres proletarias. Según afirma E. Corbiere (1995): “…Fueron mujeres las cabecillas del movimiento huelguístico de los inquilinos producido en 1907, entre ellas la anarquista Juana Rouco Buela…” (Op.cit.:55). El 1°de Mayo de 1909, se celebraban en Buenos Aires dos manifestaciones consagrando el día proletario ‘por exelencia’: la de los socialistas y la de los anarquistas, ésta última con ‘punto de concentración’

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en Plaza Lorea (actual Plaza Congreso). Al ponerse en marcha la manifestación a instancias de ocupar el espacio público en conmemoración del “día del trabajador”, las fuerzas de seguridad policial al mando de Ramón L. Falcón “perseguidor sistemático del movimiento obrero y de los anarquistas” (Abad de Santillán, 2005:186), ataca con armas de fuego a los trabajadores, dejando 8 muertos y 105 heridos (ibidem). Al día siguiente se declara una huelga general, la cual se prolongaría durante una semana. La marcha funeraria que acompañaba a los obreros caídos, sería una vez más atacada por la policía, dejando varios heridos. A la par se procedía a numerosas detenciones y al cierre de locales de militancia obrera. En noviembre del mismo año, Simón Radowitzki, un joven obrero ruso de 18 años, se convierte en el primer vengador y posterior “martir” del movimiento anarquista en Argentina; arroja una bomba al coche policial donde viajaba el Coronel Falcón, ocasionándole la muerte. Simón posteriormente es confinado a la prisión de Ushuaia, durante veinte años. Finalmente obtendría la libertad, tras una campaña proexcarcelamiento de alcance internacional llevada a cabo por el movimiento obrero. El posterior año de 1910, marcaría el punto de mayor tensión en la relación Estado-movimiento anarquista. Fueron medidos los antecedentes de la vindicación de Radowitzki, los previos intentos fallidos de extinción física de Quintana (1905) y Figueroa Alcorta (1908), sumado a la explosión de una bomba el 26 junio del año del “centenario de la patria” en plena gala del teatro Colón12 (la cual no dejó víctimas fatales), tras lo cual se accionan los mecanismos legales-legislativos (autojustificados por el orden hegemónico, sin la inspección de sus propios orígenes represivos) que concretarían la “ley de defensa social” [ver nota 8], mediante la cual se proscribiría al movimiento libertario, de la misma manera que se deportaría del país, una gran cantidad de militantes anarquistas. Recién a fines de 1912, tras el levantamiento de la normatividad proscriptiva, el movimiento obrero anarquista comienza a rearmarse. Los dos años de “inactividad legal” entre el proletariado, dejaron abierto el espacio de lucha organizado (la F.O.R.A.), a los sindicalistas de la C.O.R.A. (Confederación Obrera Regional Argentina), los cuales se hallaban abocados a una instancia de fusión obrera. La invitación fué rechazada por los trabajadores libertarios ante “sugerencias” de extirpar el comunismo anárquico como modelo de lucha social, consecuentemente desechando sus ‘repertorios básicos’: huelgas generales, boicotts, sabotajes, etc. Posteriormente en 1915, habiéndose generado disidencias internas en la federación respecto del sostenimiento del ideal comunista-anárquico, se produce una escisión de militantes y de allí, el surgimiento de la F.O.R.A. del V°Congreso (anarco-comunista) y la F.O.R.A. del IX° Congreso (disidente). En 1916, culmina su experiencia hegemónica el gobierno de la oligarquía, siendo reemplazado en el ‘sitial de poder’ por la U.C.R., partido conformado por integrantes de la burguesía y algunos sectores asalariados. El gobierno cívico-radical tuvo un leve acercamiento con una pequeña fracción de la clase obrera, en especial, la F.O.R.A. “disidente” (Iñigo Carrera, 2004:35); sin embargo el período de Yrigoyen estaría teñido con abundante sangre obrera y en especial de militantes anarquistas. En diciembre de 1918, se inicia en Buenos Aires, una huelga por parte de los obreros metalúrgicos de los “Talleres Vasena”, en rechazo al despido de trabajadores de la fábrica y en reclamo de la jornada laboral de ocho horas de duración. Esta huelga sería la desencadenante de una masacre obrera, llevada a cabo tanto por las fuerzas policiales como por “matones a sueldo” contratados por los dueños de la fábrica y los comandos civiles armados pro-oligárquicos (La Liga Patriótica). Durante los enfrentamientos en las inmediaciones de los talleres, entre los huelguistas (cuyo grueso descansaba en la militancia anarquista) y los aliados “oficiales” y “extra-oficiales” de la patronal, hechos acaecidos en los primeros dias de Enero de 1919, caen asesinados varios obreros. El posterior cortejo fúnebre (enmarcado en una huelga general) que acompañaba hacia el cementerio de Chacarita a los huelguistas que habían perdido la vida, se recuerda como un despliegue de “bronca proletaria” sobre la ciudad: asalto a armerías, roturas de “bienes públicos”, vuelcos e incendios de medios de transporte, etc. Al llegar al cementerio, se produjo un tiroteo entre los obreros y las fuerzas policiales, tras el cual se asienta un nuevo saldo de trabajadores muertos. Los medios gráficos de comunicación “oficialistas” como “La Prensa” registraron un número de 40 obreros muertos y 100 heridos, sin embargo otros medios pertenecientes al movimiento proletario, como el periódico socialista “La Vanguardia”, muestran que el número de trabajadores masacrados asciende a 100 y 400 heridos. Como colorario represivo, habiendo terminado el movimiento de la huelga general (solidaria) de Enero en todo el país, quedaron 55.000 obreros presos y prontuariados, junto con otros destinados a la deportación: “…entre los cuales estaban, naturalmente, el secretario de la F.O.R.A. y un
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El hecho fue atribuído a dos anarquistas: el ruso Romanoff y el italiano Denucio.

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númeroso grupo de militantes de la organización y de propagandistas anarquistas…” (Abad de Santillán, 2005:253). Un año más tarde, comienza a gestarse un movimiento de reivindicaciones obreras en la provincia de Santa Cruz, cuyas consecuencias represivas, marcarían otro hito sangriento dentro de la relación Estadomovimiento anarquista. La ‘peonada rural’ (de integridad cosmopolita: argentina, chilena y europea) se levanta por vez primera en el sur argentino contra los estancieros capitalistas (ganaderos) y los comerciantes burgueses locales, los cuales quedarían adheridos a los efectos negativos de las huelgas, boicotts y sabotajes sobre sus producciones y actividades mercantiles gananciales. La actividad huelguística y demás formas de protesta proletaria, organizadas por la Sociedad Obrera de Rio Gallegos (adherida a la F.O.R.A. comunista-anárquica), con el español A. Soto como secretario general, giraban en torno a varios puntos conflictivos que requerían solución de parte de los estancieros: mejoramiento de las condiciones de higiene y comodidad de los trabajadores; pago de un sueldo mínimo ($100); reconocimiento patronal de la entidad obrera, etc. (O. Bayer, 1985:64-65). La respuesta de los estancieros y las autoridades locales a dichas demandas fué otra: búsqueda de apoyo “oficial” para reprimir a los obreros rurales. Estos grupos hegemónicos, alertaron a las autoridades nacionales del “peligro” anarquista y sus propuestas a-pátridas y pro-bolcheviques, además de adicionar una supuesta propaganda de influencia ‘chilena’ entre los peones bajo la típica hipótesis del conflicto fronterizo. A la par se informaba que el colectivo de huelguistas se hallaba ‘fuertemente’ armado. En consecuencia con ello, el ejército nacional al mando del teniente-coronel H. Varela, emprende dos “misiones pacificadoras” (apoyado por la Liga Patriótica local y la policía), con miramientos a sellar el control del Estado y su cohorte de capitalistas patagónicos sobre los “enemigos del orden social”. La primera no generó víctimas fatales, en tanto la segunda fue “coronada” por la masacre de aproximadamente 1500 peones rurales (la mayoría fusilados) entre 1921-1922. Algunos peones rurales, se enfrentaron ‘a tiros’ con el ejército, sin embargo la mayoría de aquellos, fueron ejecutados, sin más “juicio previo” que la supuesta peligrosidad pública ó la entrega-elección ‘a dedo’ de los patrones estancieros. La protesta y el estado de agitación social anarquista, continuaron en los últimos días del gobierno de Yrigoyen y del posteriormente electo (radical) M.T. de Alvear. Hubo huelgas generales en 1923, 1924 y 1927, la primera de ellas acompañada con una movilización (montada por la F.O.R.A.) para exigir la liberación de Kurt Wilckens13, el ‘vindicador’ de los obreros patagónicos asesinados por el jefe militar Varela. (Iñigo Carrera, 2004:39). Durante la “decada infame” (1930-43), período político ocupado por gobiernos militares autoritarios y pseudo-democráticos (militar-conservadores), basados estos últimos en el fraude electoral “patriótico” y la violencia política, la militancia anarquista pudo sostenerse a ‘duras penas’ sufriendo los ‘últimos embates represivos’ desde los canales de coerción estatal. El patriotismo exacerbado (base simbólica que dinamizaba los ‘arrebatos autoritarios’ del orden hegemónico) reforzó la figura del enemigo ácrata frente a la re-emergente entidad del “ser nacional”. Con el ‘golpe de estado’ uriburista (setiembre de 1930), se aplicará la ley estatal de resguardo del orden social (contradictoriamente constitucional) y el derecho marcial, para enfrentar al colectivo y las individualidades libertarias: “…Uriburu no sólo gobernó con la ley de Estado de Sitio […] sino también con la Ley Marcial. Las únicas bajas que produciría ésta última pertenecerán al movimiento obrero: en 1931 son fusilados tres anarquistas: Di Giovanni, Scarfó y Penina…” (Rapoport-Golbert, 1973:423). El gobierno de Uriburu persiguió a los anarquistas con especial saña: “…Se atribuye a Uriburu haber dicho en un discurso: “Yo he venido acá para limpiar al país de gringos y gallegos anarquistas”…” (Iñigo Carrera, 2004:57). El general golpista se encargó de clausurar periódicos anarquistas como “La Protesta”, encarcelar militantes y obreros libertarios y torturarlos con la “picana eléctrica” (Abad de Santillán, 1958, en: Rapoport-Golbert, 1973:435). La F.O.R.A., proscripta, se mantuvo en la clandestinidad, no así la otra central de trabajadores (creada en 1930): la C.G.T. (Confederación General del Trabajo) conformada por sindicalistas y socialistas, cuya “neutralidad” ante el ‘golpe de estado’, devino luego en acercamiento a los gobiernos de Uriburu y A. P. Justo (Iñigo Carrera, 2004:50). Levantado el ‘estado de sitio’, en 1932, conforme al establecimiento del gobierno de Justo, surgen algunas huelgas de ramas específicas (petroleros y frigoríficos) y una huelga general

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Wllckens, no salío de prisión con vida, fué asesinado en junio de 1923, por un soldado de la guardia penitenciaria

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proclamada por la F.O.R.A.(anarquista) “contra la acción de bandas armadas que atacaban actos obreros”, con escasa repercución (Iñigo Carrera, Op.cit.:52). La “última” huelga general, que llevaría el sello organizativo del movimiento anarquista (compartido con los militantes comunistas y socialistas en menor medida), sería aquella desplegada en la ciudad de Buenos Aires en 1936, en el marco de una prolongada huelga llevada a cabo por los obreros de la construcción (entre octubre del 35 y enero del 36). Los móviles reivindicativos se centraban en el reconocimiento del sindicato (por rama), mejoras salariales, de salud y descanso laboral. Respecto del pedido de legalización sindical, los anarquistas tuvieron dos posiciones enfrentadas: por un lado la oposición de la F.O.R.A., que seguía adherida a sus lineamientos de la organización obrera por oficio, la acción directa como método de lucha y el rechazo a la injerencia estatal en las negociaciones patronales-obreras; los comunistas, socialistas y sindicalistas, optaban en cambio por la organización por rama y la intervención estatal (Iñigo Carrera, 2004:125). La otra posición anarquista (menos ortodoxa) en la huelga del 35-36, fué la de agrupaciones como la Alianza Obrera Spartacus, que compartía la conducción (minoritaria) de la Federación Obrera de Sindicatos de la Construcción, con los comunistas. Igualmente, seguían reivindicando la huelga general, la acción directa en las calles y la lucha no sólo gremial sino por el proletario en forma conjunta. La diferencia estaba en el apoyo que otorgaban a los comunistas y a todo “movimiento mejorativista de los trabajadores” alejado del intervencionismo oficialista. La huelga, sin embargo fué resuelta con el apoyo del Departamento Nacional del Trabajo (Iñigo Carrera, 2004: 277-278). La huelga general de enero de 1936, ‘trajo a flote’ los “viejos métodos” de acción directa del proletariado organizado (de inspiración anarquista): manifestaciones y asambleas callejeras, incendios vehiculares de transporte público y carga, piquetes y enfrentamientos armados con la fuerza policial. A partir de la década de 1940, comienza una ‘diáspora anarquista’ (A. Petra, 2001) hacia otras identidades políticas de lucha proletaria, obviamente muchos militantes libertarios se enrolaron en el movimiento peronista surgido en 1943. El anarquismo, sugieren algunos investigadores, perdió ‘densidad militante’ cuando la masa trabajadora, ensanchada con los hijos de los inmigrantes, asume los ideales nacionales y patrióticos que sus predecesores habían relegado por el ideal cosmopolita. Esta fuerza moral que animaba la resistencia obrera ante el Estado y el capitalismo, mutará en “doxa moral” del trabajador a secas.

4. Dinámica reaccionaria y preventiva de la iglesia católica argentina frente al movimiento anarquista. La iglesia católica argentina responde al avance del “adversario/enemigo” ácrata, desde orientaciones discursivas y acciones prácticas, vinculadas a formas opuestas en esencia, aunque ambas de carácter opresivo, según el pensamiento anarquista: la generación de un concenso social inspirado en parámetros hegemónicos ó el apoyo a un dominio político-militar de tipo coercitivo. Moviliza dinámicas (diferenciadas) sobre la “cuestión social”: una forma preventiva, de la mano de ciertos intereses y reivindicaciones de la clase obrera (un vínculo “reformista”) y otra totalmente reaccionaria de neto carácter opresor. La dinámica “preventiva” es reflejada por H.Recalde (1985), respecto del período ‘1874-1910’, en momentos que el movimiento anarquista desplegaba sus primigenias formas de acción directa en el espacio público de la ciudad de Buenos Aires. La otra dinámica de tipo “opresiva y reaccionaria”, se corresponde con una etapa procesual localizada hacia fines de la década del ’20 y la totalidad de la del ’30, reflejada por L. Zanatta (1996), en su interpretación del “catolicismo nacionalista”, afianzado bajo un estado represivo de corte autoritario cívico-militar. Respecto del anarquismo, lo que más interesaba a la institución vaticana, promotora de las políticas para la iglesia a nivel mundial, era una necesidad de actuaciones estatales sobre la “cuestión social” a manera de paliativos que cortaran la cadena organizativa de los obreros y militantes ácratas. La iglesia católica de fines del siglo XIX, se mantenía en “estado de vigilia” frente a los intentos de inicio de la ‘revolución social’ que era el fin primordial del anarquismo. Recalde afirma que la acción política de la iglesia, se presenta como una fórmula preventiva ante la “cuestón social”: “…La doctrina social que la iglesia comienza a elaborar en ésta época (1870), fué una respuesta conservadora a los problemas que engendraba el liberalismo económico contrapuestos a los proyectos radicales del socialismo…” (Op.cit.;1985:46). En Hispanoamérica, sugiere el autor, la posición de la iglesia ante el liberalismo fue reactiva, sobre todo respecto a las ‘libertades de culto’

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instauradas por los Estados modernos ó la imposición de la enseñanza laica; en cambio ante el socialismo (y su variante más radical, el socialismo libertario) su acción fue preventiva (Op.cit.;1985:32). En 1891, el Papa León XIII, da a conocer una ‘encíclica’ (documento papal) denominada ‘Rerum Novarum’14, el cual tenía por fin orientar a los fieles católicos (especialmente en el poder político) a tomar “cartas en el asunto” de los problemas sociales. En Argentina, ésta encíclica, figura como:
“…la matriz de la acción social de los católicos argentinos […] labor de estos [que] estuvo guiada por una preocupación central: preservar el orden social de conmociones revolucionarias, [por lo que]de aquí derivaron dos orientaciones básicas: contrarrestar la creciente influencia de los socialistas y los anarquistas entre los obreros y promover la intervenión del Estado, mediante una legislación que resolviera los problemas más importantes que afectaban a los trabajadores…” (Recalde, 1985;19-20).

A la espera de que el Estado asumiera la fórmula preventiva para la preservación del orden social (según las ‘orientaciones vaticanas’) la iglesia argentina interviene en la sociedad civil con modelos de organización política “propios” mediante los que se intentaba re-encauzar a los obreros “caídos en la idea revolucionaria”. Se crean los denominados Círculos de Obreros Católicos, organizaciones de “refugio” ante los modelos revolucionarios anarquistas y reformistas socialistas. Esta iniciativa de cooptación católica sobre los militantes obreros fue una dinámica preventiva, que pretendía sin mayores concesiones la ubicación de la protesta sobre los carriles de las futuras políticas hegemónicas. La iglesia católica se opuso a la lucha revolucionaria, mediante el apoyo a un “tímido”reformismo laboral:
“…Para el incipiente movimiento obrero organizado [a principios del siglo XX], la existencia de organizaciones gremiales fuertes e independientes de los patrones y del Estado era la condición básica para el efectivo logro de las conquistas sociales, el proyecto de código de trabajo [adscripto a los linemientos del Vaticano] y la orientación social de los católicos, por el contrario, intentaron coartar la acción independiente de los trabajadores, haciendo de la iniciativa legislativa del Estado y de su tutela sobre las leyes aprobadas, los recursos para mejorar la situación proletaria…” (Recalde, 1985:52)

Las prácticas organizadas de los círculos de obreros católicos intervinientes en el estado de confrontación obrero-patronal, generó asimismo dinámicas interruptivas en los repertorios de acción directa del proletariado revolucionario y las acciones reivindicativas del reformismo-socialista. Los trabajadores católicos participaban en los contingentes de obreros ‘rompehuelgas’ (contratados por los agentes capitalistas), conocidos entre los huelguistas por el apelativo de ‘krumiros’15. Interesa por último, destacar la “contra-ofensiva discursiva” de los obreros socialistas y anarquistas enrolados en la F.O.A., respecto de la iniciativa ‘rompehuelga’ de los obreros católicos. En el 2° Congreso de la federación, acaecido en 1902, sugerían: “…Todos los obreros sin distinción de color, creencia ó nacionalidad, son nuestros hermanos. [sin embargo] Las sociedades católicas de obreros deben ser combatidas por las sociedades gremiales y por todos los obreros conscientes en general por ser de resultados perniciosos para la clase trabajadora…” (Abad de Santillán, 2005:95). En los años ’20, surge en Argentina, una corriente ideológica que L. Zanatta (1996) denomina como “catolicismo nacionalista”. La emergencia de dicha corriente política se entronca dentro de un período de crisis del proyecto y los valores liberales en el país (fines de 1920 y la década del 30), siendo el ‘golpe de Estado’ a la cabeza del Gral.Uriburu (1930), el hecho concreto de la ‘debacle liberal’ a manos de una “tradicionalidad” civil, militar y religiosa de carácter autoritario. El accionar de instituciones como el ejército y la iglesia por un lado y de otras “informales” como las ‘Ligas Patrióticas’ (comandos civiles armados), giraba en torno a discursos y prácticas autoritarias y reactivas. Compartían el imaginario de una “mítica armomía social” quebrada, de necesaria recomposición; rechazaban

El ‘Rerum Novarum’ orientaba sobre los siguientes aspectos relacionados a las demandas del proletariado organizado en acción colectiva: “tratamiento más humano e igualitario para los obreros; repartición mayor del fruto de trabajo; mayor equidad en el salario; derecho de asociación profersional e intervención de una justicia conciliadora y de paz entre la clase obrera y capitalista” (Recalde, 1985:22). Recalde, informa de la participación de los ‘obreros católicos’ en huelgas de trabajadores rurales y urbanos, entre 1901-02, en varias ciudades del país como Rosario, Bahia Blanca, San Nicolás, etc.
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los parámetros de una sociedad pluralista, cosmopolita y secularizada; mediaba una exaltación de ánimos nacionalistas y confesionales. Las ideas libertarias (anarquistas), las socialistas y comunistas, eran consideradas dentro de éste período exacerbado, como agresiones morales contra el ‘ser nacional’, ente simbólico “defendido” a ‘rajatabla’, tanto por religiosos como por militares. La autora define a la década del ’30, como aquella en la que a manera de ‘cruzada religiosa’ se intenta instaurar una “nueva cristiandad”, basada en la confesionalización de la identidad nacional, el anti-liberalismo y el anti-comunismo (Op.cit.:19), sumado al rechazo del movimiento anarquista por su tendencia ateísta y a-pátrida. El “reencuentro” en la década del ’30 entre iglesia y ejército, tras el lapso de ‘distanciamiento’ promovido por el liberalismo en Argentina, se sostuvo: “…por un lado, en la invocación común de la tradición, de la cual ambos se erigieron en naturales y exclusivos depositarios, y por el otro en la lucha contra el socialismo [incluído el socialismo libertario] “disolvente” y “antipatriótico”…” (L. Zanatta, 1996:33).

5. Expresiones artísticas y propaganda anarquista El arte teatral, puede considerarse dentro del movimiento anarquista, como un medio adecuado a la difusión identitaria de su cosmovisión y cultura política particular. Las prácticas artísticas, educativas y comunicacionales presentaban un vínculo cultural con la proyeción de una realidad social libertaria. Como afirma A. Petra (2001): “…La cultura (en su sentido más general) será para el anarquismo una cuestión medular […] Subsidiaria de ésta especificidad fue la intensa labor educativa libertaria, periodística y propagandística desarrollada desde ámbitos como centros y círculos sociales, bibliotecas, escuelas racionalistas y grupos filodramáticos y difundida a través de folletos, libros, periódicos y publicaciones varias…” (Op.cit:.:5-6-versión web). La inversión de trabajo intelectual volcada a la producción de medios de comunicación gráficos, por ejemplo, se vincula a la necesidad de re-crear un ‘estado de conciencia libertaria’entre los obreros; en 1910, explica Abad de Santillán (1933 (r.2005)): “…El movimiento obrero había asumido tales proporciones, que hubo necesidad de publicar un diario más en Buenos Aires, La Batalla, órgano vespertino, como La Protesta era diario de la mañana…” (Op.cit:205-206). El teatro, fué un medio artístico utilizado por la cultura anarquista como instrumento propagandísticopolítico. Se trataba de espacios de expresión y militancia denominados “cuadros dramáticos sociales” (ó cuadros filodramáticos): puestas en escena teatrales, cuyos fines eran ‘activar’ en la conciencia del proletariado las implicancias de las formas sociales opresivas sobre la “naturaleza” libertaria de las personas. Estos espacios artísticos, desplegados por socialistas y anarquistas, desde la última década del siglo XIX, en especial por actores-militantes inmigrantes (T. Klein, 1996), reflejaban escenas diarias de la vida laboral, familiar y social, en relación a los mecanismos de dominación hegemónica. La programada “velada teatral”, primordiaba por lo general con la entonación coral de una canciónhimno del proletariado: “Hijos del pueblo”16, dejándose luego el escenario a disposición de los actoresmilitantes, que como número central, encaraban el “drama social”. En ‘entre-actos’ y cierres de función se daba paso a una conferencia tendiente a reforzar el sentido del “drama social” y la identidad política de los obreros y militantes asistentes. Se solía entreverar en los teatros donde se desarrollaban los cuadros filo-dramáticos, la actuación de payadores criollos improvisando “milongas libertarias”; la siguiente era una de ellas: “…Abajo los usureros/ mueran todos los rentistas/ todos los capitalistas/ y la religión impía/ que ya se aproxima el día/ de la paz universal/ y del concierto social/ bajo el sol de la anarquia…” (Op.cit:131). Por otra parte los títulos de las obras anarquistas, respondían a variados slogans de lucha proletaria-libertaria: “¡Hambre!”; “El pecado es la miseria” y “Alas” (vgr.:libertad). Los actores y guionistas eran militantes predispuestos a la labor propagandística: “…La labor de los integrantes del grupo [teatral] era asumida como una militancia, demostrada por el hecho de que destacados luchadores sociales intervenían como autores e intérpretes…” (T. Klein, 1996:130). En 1903, se funda en
16 La canción-himno proletario "Hijos del pueblo”, exclamaba lo siguiente: "Hijo del pueblo / te oprimen cadenas / pero esa injusticia / no puede seguir. / Los proletarios luchan / contra la burguesía / y antes que esclavos / prefieren morir./ Levántate, pueblo leal / al grito de revolución social / reivindicación hay que exigir / sólo la unión lo podrá / chancho burgués, ¡atrás, atrás!".

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Buenos Aires, un conjunto filo-dramático integrado por militantes de algunas “sociedades de resistencia obrera” (ibidem), primigenias organizaciones anarquitas contra el capital y el Estado. Hacia el año 1905, afirma Klein, ya se advierte un estancamiento en el desarrollo de éstas actividades artísticas libertarias, que luego de los picos represivos de 1919-1921, declinan “evidentemente en su número” (Op. cit.:133). Autores teatrales y escritores argentinos de reconocida filiación anarquista como Florencio Sánchez y Alberto Ghiraldo, dieron los “primeros pasos” de sus carreras en los “cuadros dramáticos sociales” (ibidem).

6. Pedagogía anarquista El proyecto liberal de organización del Estado-Nación argentino, promovió entre sus múltiples objetivos la aplicación de una estructura educativa ‘laica, gratuita y pública’, la cual mediante la ley nacional 1.420 de “Educación Común” (1884), instauró la escuela estatal, cuyos principales objetivos eran alfabetizar y unificar a la población, afianzando la idea de nacionalidad y patriotismo sobre las diferencias étnicas y sociales, a la par que se moldeaba la figura del ‘ciudadano’ legítimamente concebido de acuerdo a derechos y obligaciones contractualistas, avalados por una clase social dominante. Sin embargo la cultura política anarquista desplegaba paralelamente al desarrollo de las educación hegemónica, su propia ‘pedagogía revolucionaria’. Dentro del período 1890-1913, se activó un proyecto anarquista para concretar una escuela autogestiva (al menos en la ciudad de Buenos Aires), fuera del sistema oficial (A. Sardu, 2008:192). Los anarquistas eran conscientes del valor de la acción pedagógica para la reproducción de la dominación simbólica (nacionalidad, ciudadanía y patriotismo) y económica sobre las masas proletarias, ligadas ambas, a su faceta de disciplinamiento social. Julio Barcos, un pedagogo anarquista de principios de siglo XX, definía de la siguiente manera a la escuela estatal (1913): “…La escuela del estado sujeta al niño, física, intelectual y moralmente para dirigir el desarrollo de sus facultades según el deseo de los gobernantes…” (citado en A.Sardu, 2008:197). Estas palabras de J. Barcos, se erigen como el reflejo negativo de los discursos provenientes de pedagogos “oficiales”, como Carlos O. Bunge (1910), el cual afirmaba: “…La falta de disciplina social […] puede producir una especie de selección al revés, llevando a los ciudadanos menos aptos y rectos a los puestos de dirección y gobierno […] conviene [pues] que el pedagogo argentino se preocupe seriamente de inculcar sentimientos de disciplina en sus educandos desde la infancia. Que aprendan los niños a obedecer y respetar…” (citado en M. Solari, 1978:205). Ciertos pedagogos anarquistas de Argentina, como el citado J. Barcos, seguían los lineamientos de un educador ácrata de origen catalán (de principios del siglo XX) llamado Francisco Ferrer i Guardia, que propuso: “…la creación y difusión de escuelas racionales que inculcarían a los individuos las ideas de ciencia, libertad y solidaridad, evitando transitar por el autoritarismo y el confesionalismo que reinaba en las escuelas burguesas de la época…” (A. Sardu, 2008:194). La doctrina educativa de éstas escuelas era de tipo racionalista: se practicaba la enseñanza científica y teórica. Conjuntamente se incentivaba el aprendizaje de trabajos manuales que pudieran servir en el futuro a los niños como medio de subsistencia y desarrollo autogestivo. Las escuelas creadas por Ferrer i Guardia (llamadas Escuelas Modernas) se sostenían bajo parámetros libertarios específicos: “…el ateísmo, la coeducación sexual y de clases [con los padres], la base científica de la enseñanza y una amplia libertad otorgada a los alumnos, incluyendo la eliminación de premios y castigos…” (Op.cit.:193). Asimismo el principal objetivo, que éste pedagogo ácrata proponía era el del “adoctrinamiento” de los niños en los fines revolucionarios, mediados por una reflexión centrada en el pensamiento libertario (L. Buchanan, 2007). El anarquismo se aferraba a la educación como el principal órgano de liberación del individuo frente a la dominación estatal y capitalista; por ello, los seguidores de las ideas de Ferrer en Argentina, promovían la concresión de estructuras pedagógicas pre-revolucionarias, a partir de las cuales sería luego posible la transformación del orden social17. La específica función liberadora de la pedagogía anarquista, tenía por miramientos junto a lo que podemos denominar como formación de ‘cuadros revolucionarios’, la ejecución de una dinámica educativa que en la práctica intentaba alejarse del modelo estatal. J. Barcos en 1913 definía en su “Plan de una escuela integral”, las características que debía “combatir” ideológicamente y reconvertir, la pedagogía libertaria:
A la par de la tendencia pedagógica pre-revolucionaria, A. Sardu, afirma, citando a Suriano (2004) que existía una orientación ‘bakuninista’ que planteaba la educación anarquista una vez ya concretada la revolución social. (Op.cit.; 2008:193)
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“…Libertar al niño de la opresión del método, el programa, la autoridad del maestro, los exámenes, es liberarlo del espíritu de rebaño, salvarlo de la uniformidad y la rutina que matan las condiciones asimilativas y creadoras de la inteligencia […] Bajo la hipocresía se cambia la palabra amo en patria y educa a los niños con el amor a la patria, la obediencia a las autoridades…” (citado por A. Sardu, 2008:197). Algunas escuelas anarquistas lograron ver la luz en la práctica. Las primeras de ellas, fueron la Escuela Libertaria “Los Corrales” de Parque Patricios (Buenos Aires) entre 1900-01 y la Escuela Laica de Lanús (Pcia. de Buenos Aires) en 1906. Para 1909, había tres Escuelas Modernas (inspiradas en la propuesta de Ferrer, asesinado en España, el mismo año): la de Buenos Aires [sic], la de Luján y la de Villa Crespo (Buenos Aires) que contaban en total con 250 alumnos. Estas escuelas libertarias, terminarían siendo clausuradas ese mismo año, por ‘cuestiones de seguridad interna’ en consonancia con el estado de sitio (L. Buchanan, 2007), las deportaciones y las encarcelamientos, como dinámicas represivas aplicadas al movimiento anarquista, por los órganos “legales” del Estado. El año 1909, se vincula al ajusticiamiento del jefe policial porteño R.L. Falcón a manos del anarquista ruso Simón Radowitski, dicha experiencia dejó un ‘sabor amargo’, respecto de la propuesta política anarquista, incluída la faceta pedagógica.

7. Vindicación anarquista: forma jurídica contra-hegemónica Las formas jurídicas del Estado, se hallan consustanciadas con formas de conciencia específicas que devienen pretensiosamente como de carácter unívocas; en tanto son producciones culturales provenientes de las clases sociales dominantes (burguesía y oligarquía). Sin embargo ciertas culturas subalternas y en especial, aquellas que trascienden al plano de lucha contra-hegemónico, como es el caso del anarquismo, poseen sus propias formas jurídicas, las cuales se posicionan activamente, respondiendo a las agresiones “legales” y violentas desplegadas por las instituciones hegemónicas. El escritor ácrata Rafael Barret, asiduo colaborador de la prensa anarquista de principios del siglo XX y productor intelectual de folletos de propaganda revolucionaria, en una de éstas producciones titulada “El terror argentino” (1910), describe desde un punto de vista “nativo”, la forma jurídica básica del anarquismo: la vindicación. El contexto social desde el cual, Barret, expone la esencia vindicativa, como justificación de su proceder, viene dado por una fuerte atmósfera represiva en la cual se desarrollaban las actividades políticas del movimiento anarquista. A ello, debe sumársele el clima “festivo” del 1°centenario de vida de la “patria” tan poco apreciada por la cosmovisión anarquista. Barret, desliza su pluma para “amenazar” a un ‘vosotros’, que no es otro que el mismo orden hegemónico:
“…Vosotros inaugurasteis el terror con la ley de residencia. Vosotros lo instalasteis con la matanza del 1°de Mayo de 1909. Los crímenes de los terroristas son un tenue reflejo de vuestros crímenes […] Por el asesinato de Falcón, obra de un niño [S.Radowitzky, de 18 años] que en vuestras garras está y por reclamar los trabajadores durante el centenario la derogación de la ley de residencia, habéis encarcelado, deportado, confinado [a la cárcel de Ushuaia], torturado millares de inocentes [sin embargo] Hay otros tribunales que los vuestros. Dellepiane [jefe del ejército] caerá como cayó Falcón. Figueroa Alcorta [presidente del período] caerá como tantos jefes de estado han caído, víctimas de la dinámica social. El que ha hierro mata a hierro muere…” (R. Barret, “El terror argentino”, 1910; citado en R.Gómez, 2004:9)

El fragmento textual de Barret, nos otorga un panorama de lo que anteriormente definíamos como la criminalización del anarquismo, tal es la interpretación en el instante en que el autor responde a la nominación de terroristas con que eran asimilados los militantes libertarios; por otro lado refleja el principio fundamental de la vindicación: la antigua ‘ley del talión’ (sin obvias connotaciones ó influencias religiosas hebreas por parte del anarquismo ateo). En un sentido extrictamente histórico la amenaza del intelectual ácrata contra el presidente de la oligarquía, Figueroa Alcorta, venía precedida por un atentado hacia su persona en 1908 a manos del anarquista F. Solano Rejis y un anterior intento vindicativo “fallido” frente a su predecesor Quintana, también considerado como ‘tirano opresor del pueblo’, en 1905 a manos de S. Planas. Los dos casos más importante de aplicación concreta de la “justicia anarquista”, han sido sin dudas: el del asesinato del jefe policial porteño Ramón L. Falcón en 1909 y el caso del ‘ajusticiado’ comandante del ejército argentino H. Varela en 1923. 16

Para delimitar estos casos específicos de vindicaciones, optaremos por reflejar sendos fragmentos de dos historiadores del movimiento obrero libertario (Abad de Santillán y Bayer). Respecto del primer hecho cronológicamente acaecido, el de Falcón, debemos situarnos en el sangriento suceso histórico conocido como la “semana roja” (bajo el gobierno de Figueroa Alcorta), en el cual fueron asesinados 8 obreros que conmemoraban la celebración del día del trabajador en Plaza Lorea (Bs. As.) [ver: acápite 3]. Tras los incidentes del 1° de mayo, objetivamente situados como una ejecución pública de militantes obreros revolucionarios, el desenlace fatal del represor ya estaba en camino a consumarse, así lo sugiere Abad de Santillán.:
“…Como se había anunciado en repetidas ocaciones, el coronel Falcón, perseguidor encarnizado de los anarquistas, tenía que caer bajo la mano del vengador del pueblo, y cayó. El 14 de noviembre de 1909, uno de los concurrentes a la masacre del primero de mayo, Simón Radowitzky, le arrojó una bomba que le causó la muerte…” (Op.cit.:196; resaltado en bastardilla propio).

El segundo caso de vindicación, viene precedido por la matanza de los obreros huelguistas en la provincia de Santa Cruz (1921-22). Esta vez el ejército nacional fué el ejecutor de los fusilamientos masivos que arrancarían la vida a los peones rurales del sur del país [ver acápite 3]. O. Bayer, relata en su libro “La Patagonia Rebelde” (1985), el hecho concreto de la muerte de Varela y el sostén jurídico relacionado a la cosmovisión anarquista: “…El comandante Varela ya está muerto [es el dia 27 de enero de 1923]. Diescisiete heridas graves: doce producidas por la bomba y cinco balazos en la parte superior del cuerpo […] Parece que al alemán Wilckens no le ha temblado la mano. Le ha aplicado lo que los anarquistas llaman la justicia proletaria. En un muerto ha resumido los centenares de fusilados en la patagonia…” (Op.cit.:357; resaltado en bastardilla propio).

8. Feminismo libertario. El comunismo anárquico, hacia fines del siglo XIX, sostenía la necesidad de construir un nuevo orden social, caracterizado por los vínculos igualitarios entre los seres humanos. La proyectada equidad que dinamizaría las interrelaciones sociales, era un contrapunto del desprecio por el autoritarismo, vehículo principal de una desigualdad social latente, que el sistema ideológico libertario discernía concientemente en sus orígenes emergentes: las instituciones sociales, económicas y políticas burguesas, la religión católica y la organización patriarcal de la familia. Como afirma M. Belluci (1990), el anarquismo “batallaba” contra dos ámbitos ó “mundos” autoritarios: “…En el mundo público [contra el] Estado, los partidos políticos y la Iglesia y en el mundo privado surge un deseo proclamado de antiautoritarismo masculino…” (Op.cit.:1). Respecto del mundo privado, el sector feminista enrolado en el comunismo anárquico, cuestionaba la organización de la familia burguesa, pero también la forma en que la familia proletaria reproducía los lineamientos “civilizatorios” del orden patriarcal y sus relaciones dométicas derivadas. El feminismo anárquico, se oponía al matrimonio, considerado una institución burguesa que negaba la libertad amatoria, reemplazada ésta por un vínculo contractualista (“pacto con una ausencia de afecto real”, Belluci, 1990:2) que a su vez, era ‘desenmascarado’ como el “entronamiento” de la figura masculina y patriarcal sobre el “desprestigio” y la subordinación de la mujer: “…De allí la apelación a la unión libre fundada en el amor verdadero que anule cualquier diferencia y disparidad…” (Bellucci, ibidem). Las formas de vida del proletariado, consustanciadas con las penurias de los ‘hogares pobres’ y del trabajo no solo masculino, sino también infantil y femenino, determinaron el surgimiento de una conciencia revolucionaria sobre las instancias de reproducción del sistema económico-social (intra y extra maritalfamiliar). Molyneux (2002),afirma al respecto: “…El énfasis anarquista en la opresión y las relaciones de poder […] abrió un espacio dentro del cual las mujeres podían ser vistas simultáneamente como víctimas de la sociedad y como víctimas de la autoridad masculina…” (Op.cit.: 23). Aún dentro del mismo movimiento obrero anarquista, se atacaban las posturas naturalizadas del “poder masculino”; así lo expresa al menos, la editorial n°1 del periódico anarco-feminista “La Voz de la Mujer”18 (Buenos Aires, 1896): “…hastiadas de
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El periódico “La Voz de la Mujer”, afirma M. Molyneux: “…era uno de los típicos diarios pequeños, semiclandestinos y efímeros de la tendencia comunista-anarquista, que reivindicaba la “propaganda por los hechos…” (Op.cit.:17); es decir fue creado, conjuntamente

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pedir y suplicar, de ser el juguete, el objeto de los placeres de nuestros infames explotadores ó de viles esposos, hemos decidido levantar nuestra voz en el concierto social y exigir, exigir decimos nuestra parte de placeres en el banquete de la vida…” (M. Molyneux, 2002:19). El planteo libertario feminista, descansaba en una negación de aquello que reconocían como el ‘ethos autoritario’ de la sociedad moderna, por ello reivindicaban un resumido discurso tríptico: “…Ni Dios, ni patrón, ni marido…” (“La Voz de la Mujer, n°4 (1896), en Molyneux, 2002:23); que a su vez incitaba a la acción directa, con frases como la siguiente: “…tenemos derecho a emanciparnos y a ser libres de toda clase de tutelaje, ya sea social, económico ó marital…” (“La Voz de la Mujer, n°2 (1896); Op.cit.:21). El feminismo anarquista, surgido en Buenos Aires en la década de 1890, se sostuvo pues, en su función expositiva pública acerca de los efectos opresivos “enquistados” en el ‘mundo privado’, a la par que afirmaba la necesidad de difundir y concretar un ‘habitus’ emancipador en la mujer proletaria. Al respecto, sugiere M. Belluci (1990), que habrían sido abordados los siguientes ‘planteos vertebrales’ para la construcción de una nueva posición femenina en la relación intergenérica: “…La problemática femenina abordada por el anarquismo local, se vertebra en torno a los siguientes planteos: Libertad de amar […] La unión libre […] métodos contracepcionales […] las enfemedades venéreas […] Abolir la prostitución […] Maternidad idealizada [y] la familia anarquista…” (Op.cit.:5-10). La búsqueda de la “libertad amatoria” implicaba, según la autora, el establecimiento de: “…relaciones equitativas entre los sexos dentro y fuera de la familia las que [permitirían] derribar el doble código sexual del modelo familiar burgués imperante…” (Op.cit.:5). Respecto de la proyectada unión libre, se buscaba afianzar un modelo vincular alternativo fundado: “… en el amor y la igualdad entre los sexos, sin la intervención de los poderes públicos ó religiosos…” (ibidem). La Federación Libertaria de los Grupos Sociales Anarquistas (Bs.As., 1899), definía en una declaración de principios (identitarios) su posición sobre el matrimonio “burgués” de la siguiente manera: “…La mentira matrimonial es una forma de contrato mercantil legitimado por la unión sin amor, que determina delitos de hipocresía y violencia…” (ibidem). La familia para el anarquismo no se concetraba tan solo en el modelo burgués patriarcal originado para el sistema hereditario de bienes (familiares) privados, sino, como afirma la militante Juana Rouco (Necochea, 1923): “…Nuestra familia es más grande que esa pequeñita mole de herederos: es la inmensa humanidad universal que se debate en una cruenta lucha sin cuartel para desasirse de todos los mitos que la maniatan a una familia de explotación y de egoísmo sin límites…” (Bellucci, ibidem). Respecto de los métodos contracepcionales y las enfermedades venéreas, el anarquismo destinaba sus esfuerzos a informar y proteger sobre la salud reproductiva y sexual de las mujeres proletarias. Asimismo vinculaba el contagio de las enfermedades de transmición sexual a la práctica de la prostitución en relación a la actividad sexual extra-matrimonial ejercitada por sus maridos (Bellucci, Op.cit.:8). Para la instancia de abolir la prostitución, los anarquistas proponen: “…una toma de conciencia generalizada sobre la cosificación del cuerpo a la que es expuesta la mujer. Paso seguido estimulan su ingreso al mundo fabril y su incorporación a la clase obrera…” (Bellucci, Op.cit.:9); sin embargo incitan a sus cuadros a mantenerse en vigilia y responsabilidad ante los usos y costumbre de su vida cotidiana. (ibidem). La maternidad fué concebida dentro del movimiento anarquista de manera ambivalente, por un lado como maternidad idealizada, “apoteosis de todas las mujeres” (Juana Rouco Buela, 1923), en tanto por el otro se vinculaba a parámetros de autorregulación reproductiva, en apoyo de: “…un modelo de mujer con escasas obligaciones familiares y domésticas ante la ausencia de una maternidad contínua [con el fin de generar] una toma de conciencia de su condición subordinada y la conversión a una participación activa en las luchas sociales…” (Bellucci, 1990:10). La proyección de la familia anarquista, era un llamamiento a la ruptura con el modelo civilizatorio burgués, una “lexicalidad revolucionaria antiburguesa” (Bellucci, Op.cit.:11), cuya presencia discursiva en el espacio público apuntaba a desnaturalizar el estado de desigualdad existente entre hombres y mujeres dentro de la vida “privada” conyugal.

a su especificidad feminista, para la propaganda de una acción directa revolucionaria. Tuvo un año de duración y un ‘tiraje’ de entre 1000 y 2000 copias dependiendo de los fondos que provenían de “donaciones” y subscripciones voluntarias de militantes.

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9. Conclusiones El proceso histórico que presenta al movimiento anarquista (colectivista e individualista) desplegando una instancia organizada de lucha para concretar el cambio social (revolución social) entre los años 18701936, debe comprenderse como la “praxis política” del proyecto utópico libertario. Con el arribo de los inmigrantes anarquistas, se consolida en el plano hegemónico (político y civil) un imaginario negativo (plasmado en “narraciones” y discursos) acerca de la presencia de un “adversario político” encaramado a métodos peligrosos de protesta e ideales anti-patrióticos, anti-religiosos y antitradicionales, disolventes del orden social. Este adversario, posteriormente sería resignificado con el transcurrir de sus acciones propagandísticas, huelguísticas y vindicativas, en un sujeto (colectivo) criminal ó “enemigo político”, a partir de lo cual se justificaría la intervención represiva de orden estatal-legal ó ilegal: la ‘civilidad reactiva’ de las “ligas patrióticas” ó las prácticas militares autoritarias y genocidas. El movimiento anarquista, otorgó asimismo a los individuos y grupos sociales dominados, una identidad política de lucha en pleno proceso de afianzamiento del modo de producción capitalista y los excesos inhumanos implementados a través de su concepción del hombre/mujer-mercancía. El movimiento obrero argentino, se nutrió, al menos hasta la década de 1930, fundamentalmente de los discursos y la acción anarquista por sobre los ideales reformistas socialistas ó los circulos obreros católicos. Dinamizando una actividad discursiva y práctica contra-hegemónica, los anarquistas buscaban instalarse no en los sitiales de poder político, sino en una posición hegemónica que diera viabilidad a las formas de conciencia compartidas respecto de la realidad social proyectada sin autoridades, jerarquías ni desigualdades; imposibilitada de ejercicio por la organización social estatal y sus redes político-civiles hegemónicas. Los proyectos comunista anárquico y de ‘libre asociación individual’, se adecuaban a una cultura política específica: desprovista de la conceptualización (y la acción) del ‘ejercicio del poder’, apartada de las estructuras institucionales jerárquicas y de instancias parlamentarias ó partidistas. La cultura política anarquista representaba un instrumento amplio de propagandización de las ideas y la acción libertaria; se desplegaba en parámetros pedagógicos y de género, sentidos jurídicos “nativos”, expresiones artísticas y medios gráficos de comunicación autogestionados por los mismos actores. La proyección libertaria para la concresión de una “nueva” realidad social, implicaba una dinámica constructivista de amplio alcance cultural, abarcando no solamente al “mundo público”, sino también a las relaciones intra-familiares/maritales, incluso atacando la reproducción del modelo civilizatorio burgués “enquistado” en el proletariado. Esa misma cultura política, que proporcionaba un ‘habitus’ a la conciencia social y la acción anarcoindividualista, puede ser considerada como un medio cuyo principal fin, era desarmar las redes de poder y consenso hegemónico.

Salta, marzo de 2009.-

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