El saber proscripto

Alice Miller, 1990

El saber proscripto Alice Miller
Barcelona Tusquets 1990

La Fiesta de San Nicolás.
Hay muchos ejemplos que muestran hasta qué punto la represión del propio sufrimiento destruye nuestra sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno. Tomaré un ejemplo en apariencia candoroso y lo analizaré a continuación exhaustivamente. Un día, paseando por el bosque, tropecé casualmente con una reunión festiva. Varias familias se habían congregado con sus retoños, habían encendido luces en los linderos del bosque y habían invitado a San Nicolás a reunirse con ellos. Según la tradición, a esa invitación precede un encuentro entre las jóvenes madres y San Nicolás, en el que ellas informan a éste acerca del comportamiento y la actitud de sus hijos. San Nicolás registra las correspondientes culpas en un grueso libro a fin de poder hablar con los niños como si fuera un ser omnisciente. Las madres esperan verse así apoyadas en sus medidas educativas, y ciertamente obtienen ese apoyo, pues durante todo el año siguiente pueden traer a colación el diálogo del santo con el niño y decirle a éste: Ya sabes que San Nicolás lo ve todo, así que a ver si te portas bien para que la próxima vez esté más contento. ¿Cómo transcurrió aquella ceremonia de la que fui testigo casual? San Nicolás riñó y a continuación felicitó a unos diez niños, uno tras otro. Sólo una niña no fue reprendida, sin duda porque su madre no había creído necesario informar por escrito a un desconocido sobre las faltas cometidas por su hija. San Nicolás habló aproximadamente como sigue: -¿Dónde está Vera? Una niña de apenas dos años compareció con ojos ingenuos y expectantes y se puso a mirar abiertamente y con curiosidad la cara de San Nicolás. -Mira, Vera, a San Nicolás no le gusta nada que no quieras recoger tus juguetes solita. Mamá no tiene tiempo, y tú ya eres lo bastante mayor para saber que después de jugar tienes que recoger tus juguetes y que además tienes que compartirlos con tu hermanito y no quedártelos para ti sola. A ver si el año que viene te portas mejor; esperemos que sí. San Nicolás verá lo que pasa dentro de tu cuarto y sabrá si te portas mejor. Pero también ha visto cosas buenas: ayudas a tu mamá a recoger la mesa después de comer, y ya sabes jugar solita y a veces también dibujar sin que mamá te haga comp añía. Eso está muy bien, porque mamá no tiene tiempo para estar siempre contigo, también tiene a tu hermanito y a papá, y necesita que Vera sepa arreglárselas sola. Bueno, Vera, ¿te has aprendido una canción para cantársela a San Nicolás? Vera estaba totalmente atemorizada y no pudo pronunciar palabra, así que la madre tuvo que cantar en su lugar la canción que la niña había preparado. Para acabar, San Nicolás extrajo un paquete de su saco y se lo dio a Vera. Le tocó el turno al siguiente niño. -Vaya, vaya, Stefan, de modo que aún sigues necesitando chupete. Ya eres demasiado mayor para eso (Stefan tiene apenas dos años y medio) Si has traído el chupete, puedes dárselo ahora mismo a San Nicolás (los demás niños ríen). ¿No lo has traído? Pues esta noche lo dejas encima de la mesita de noche o se lo das a tu hermanito. Tu ya no necesitas chupete, eres demasiado mayor. San Nicolás también ha visto que a la hora de comer no te comportas con formalidad y no guardas silencio cuando las personas mayores están hablando. Cuando las personas mayores hablan, tienes que estarte calladito. Eres demasiado pequeño para estar siempre molestando. Me pareció que Stefan estaba a punto de echarse a llorar. Estaba completamente atemorizado y se sentía avergonzado ante todos los demás. Para hacerle sentir que él también tenía derechos, dije:

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-Hace un momento acaba de decir usted que Stefan es demasiado mayor para usar chupete, y ahora dice que es demasiado pequeño para hablar en la mesa. Stefan no necesita que nadie le diga cuándo tienen que dejar el chupete; cuando deje de necesitarlo, ya se dará cuenta él mismo. Varias madres me interrumpieron, ya que mis palabras estaban totalmente fuera de lugar en aquella ceremonia, y una de ellas decidió pararme los pies: -Aquí el único que tiene algo que decir es San Nicolás. Así que desistí de mi buen propósito y me limité a grabar la escena con un pequeño aparato, ya que apenas podía dar crédito a mis oídos. La escena prosiguió tal como había empezado: nadie parecía notar la crueldad de todo aquello, nadie veía la turbación en los rostros de los niños (aunque los padres no paraban de hacer fotos con flash), a nadie le llamaba la atención que ninguno de aquellos niños vilipendiados fuera capaz de recordar la poesía o la canción preparadas para el caso, ni de articular palabra, ni apenas de decir gracias; nadie se daba cuenta de que ninguno de los niños sonreía con espontaneidad, ni de que estaban todos como paralizados por el miedo. Nadie parecía notar que en realidad allí se estaba jugando con los niños a un nefasto juego de abuso de poder. Esto fue, por ejemplo, lo que tuvo que escuchar un niño de apenas dos años: -Ay ay ay, Kaspar...He visto que te gusta tirar tus juguetes por los aires. Eso es muy peligroso, porque puedes darle a tu mamá en la cabeza, y entonces tu mamá tendría que guardar cama y no podría cuidar de vosotros, y no podría cocinar, y te quedarías sin comer. O puedes darle a tu hermano o a tu papá, y entonces tendrían que guardar cama los dos, y mamá tendría que cuidarlos y llevarles comida. Y entonces no podrías jugar porque tendrías que ayudar a mamá. Y en ese estilo continúo la cosa. Me parecía dudoso que el pequeño hubiera entendido algo, pues sus ojos estaban llenos de confusión. Pero si algo había podido captar, habría sido aquel tono malhumorado y la información de que podía traer desgracia a su familia, y que como castigo tendría que arreglárselas sin su madre. Es poco probable que entendiera de verdad por qué podía ser un peligro para su familia. Pero su malestar era más que evidente. Su madre, sonriente, parecía sin embargo no darse cuenta de ello. Todos los niños querían que San Nicolás estuviera contento con ellos, querían oírle decir algo bueno, pero antes de oír lo "bueno", tenían que escuchar las cosas malas que habían hecho. Ello perturbaba ya de entrada su espontaneidad y su atención. Pues la reconvención producía miedo, y ese miedo tenía que ser reprimido para poder guardar un buen recuerdo de aquella ceremonia, tal como los padres deseaban. Su inconsciente nunca podrá desembarazarse de la certeza de que el niño que un día fue era malo, pero en un nivel consciente se aferrarán durante decenas de años a la versión coloreada de aquella ceremonia. Por eso, cuando sean padres trataran a sus hijos de la misma manera y esperaran también que la hermosa celebración les haga felices. No se preguntarán si existe realmente algún motivo que justifique el someter a un niño a semejantes prácticas. La mayor virtud que San Nicolás, en su papel de portavoz de los padres, constataba en los niños era la necesidad de jugar solos y no necesitar a sus madres. A uno de los niños llegó a decirle textualmente: -También tengo cosas buenas que contar sobre ti: ayudas a tu mamá a recoger la mesa; eso está muy bien, porque tu mamá no puede hacerlo todo ello sola. Pero acuérdate también de recoger tus juguetes; en eso tu mamá no puede ayudarte, tienes que hacerlo tú solo.

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Esa argumentación también le parecía lógica a San Nicolás: mamá no tiene que ayudar a su hijo de tres años, es él quien tiene que ayudar a mamá. La disposición a ayudar era otra de las pocas cualidades positivas de los niños: saber estar solo, recoges tus juguetes, los compartes con tu hermanito pequeño, y no necesitas de tu madre. En cambio, el hablar, el oponer resistencia, el no ser aún adulto y la necesidad natural de ayuda, afecto y consuelo eran objetos de reconvención.. Para el niño de tres años que tiene un hermanito al que ve mamar, el chupete no es con frecuencia más que un pequeño consuelo en su soledad. El niño no quiere importunar a su madre con sus celos, y el chupete le ayuda a contenerlos. A primera vista resulta asombroso que ninguno de los adultos presentes reparara en el miedo de los niños y en lo amenazante de San Nicolás. Nada en absoluto hacía sospechar que aquellas madres no quisieran a sus hijos; se esforzaban en ayudarles, cantando la canción o recitando la poesía. Era evidente que se habían esmerado para brindarles a los niños una hermosa fiesta, una experiencia que los niños recordarían con alegría, emoción y gratitud. Quizás incluso alcanzaran su objetivo: tal vez todos los niños lograran archivar en su nivel consciente sólo el buen recuerdo. Pero para ello habrá tenido que reprimir sentimientos muy intensos: el temor a aquel desconocido que, omnisciente como Dios, parecía conocer, con exactitud todas sus faltas; el impotente desespero de no poder esconderse en ninguna parte, porque se es niño; y el sentimiento de vergüenza provocado por la pública reprimenda. Con todo, lo peor, a mi parecer, era que se dejaba a los niños a solas con esos sentimientos; las sonrientes madres eran a todas luces incapaces de comprender lo que sucedía, pues de lo contrario jamás habrían puesto a sus hijos en semejante trance. ¿Por qué aquellas madres eran incapaces de comprender? ¿Por qué todas ellas, con una sola excepción, entregaron sus hijos a un extraño, dejando en manos de éste toda su responsabilidad? ¿Por qué delataron a sus hijos y permitieron que un desconocido los riñera en público? ¿Por qué permitieron que otros niños se burlaran de ellos? ¿Por qué expusieron a sus hijos a semejantes sentimientos en lugar de brindarles amparo? ¿Por qué no se identificaron con los niños indefensos? La explicación más corriente suele ser que los padres se ven sobrecargados en su función educativa. Se lo plantean más o menos así: Ya que la costumbre de recurrir a San Nicolás está, para bien o para mal, institucionalizada, ¿por qué no echar mano de ella, aprovechando lo que esa tradición tiene de bonito y lo que tiene d útil? Pero el san e Nicolás al que se remonta esa costumbre era un obispo que por navidades repartía alimentos a los pobres, sin aprovechar la ocasión para inculcarles consejos educativos ni amenazarles con una vara. Fueron los esfuerzos educativos de los padres los que hicieron de él una institución destinada a repartir reconvenciones y elogios, hasta el punto de que en la Alemania de las posguerra san Nicolás aparecía a veces con un saco del que asomaba una pierna infantil, a fin de que el niño sermoneado no tuviera la menor duda de que podían meterlo en el saco como castigo a sus maldades. Esta información, entre otras, me ayudó a comprender la postura de los padres de hoy en día. Sus padres que, hace treinta años, les sometían a semejantes intimidaciones no les daban, sin duda, ninguna oportunidad de defenderse contra tal crueldad. Los niños no tenían más remedio que reprimir sus sentimientos. Cuando esos niños de ayer, ahora madres y padres, organizan hoy una fiesta de san Nicolás, no puede sorprender que en ese momento su compasión hacia los niños se halle bloqueada, que sus propios terrores reprimidos hace treinta años se alcen como una barrera que los separa de los sentimientos de sus hijos. Lo que no me dejaron ver a mí, tu tampoco puedes verlo; lo que a mí no me perjudicó, tampoco te perjudicará a ti. Pero ¿es acaso cierto que no les perjudicó, y que esa clase de tradiciones son hermosas, buenas e inofensivas sólo porque van acompañadas de bonitas luces y colores? Mediante semejantes ceremonias y mediante su propia actitud, los padres provocan en el niño la temerosa certeza de la propia maldad, una certeza que quedará para siempre archivada en el inconsciente. Al mismo tiempo le imposibilitan la percepción de la crueldad a la que

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se somete, y provocan una futura ceguera. Si las madres no hubieran tenido que reprimir, treinta años antes, crueldades similares, tendría los ojos abiertos y prestarían oídos a la situación de sus hijos, y sin duda no los entregarían a las amenazas, el miedo y la vergüenza y la burla públicos, y no lo dejarían solos. Sin duda no necesitarían durante todo el año la ayuda de san Nicolás para chantajear a sus hijos y convertirlos a su vez en chantajistas. Por el contrario, harían lo posible para que sus hijos tuvieran que reprimir menos cosas y para que más tarde, ya adultos, fueran capaces de asumir una mayor responsabilidad sobre sus actos. Algunas personas me acusan de exagerar cuando califico de malos tratos a lo que ellos consideran una educación severa pero "normal", que "nada tiene de extraordinario". Pero es que justamente el hecho de que ese tipo de educación esté tan extendido lo que hace necesario poner en guardia contra él.

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ALICE MILLER
http://www.alice-miller.com/sujet/eng.htm http://en.wikipedia.org/wiki/Alice_Miller This website has been created by Alice Miller, PhD, Psychotherapist, Researcher, and author of several books concerning the influence of childhood on the life of adults. She publishes here the results of her research and other texts like open letters, flyers, lectures and excerpts of her books.

http://www.alice-miller.com/sujet/framen.htm From Wikipedia, the free encyclopedia Jump to: navigation, search Alice Miller PHD (b. 1923) is a psychologist noted for her work on child abuse and its effects upon society as well as the lives of individuals. She was born in Poland and raised and educated in Switzerland. She gained her doctorate in Psychoanalysis in 1953 in Zurich, Switzerla nd. She became strongly disenchanted with her chosen field after many years spent as a practising psychoanalyst. Her first three books originated from research she committed herself to as a response to what she felt were major blind spots in her field; however by the time her fourth book was published, she no longer believed that psychoanalysis was viable at all. Drawing upon the work of Psychohistory, Alice Miller has analysed such subjects as Adolf Hitler, Jurgen Bartsch, and many artists such as Pablo Picasso, Virginia Woolf, and Franz Kafka to find links between their childhood traumas and the outcome of their lives. Miller states that all instances of mental illness and crime come about as a result of trauma that occurred in childhood and was not adequately made up for by a helper which she has come to term an Enlightened Witness. She extends this trauma to include all forms of child abuse, including those that are commonly accepted (such as spanking and time -outs) which she calls poisonous pedagogy. In the 1990s Miller strongly supported a new method from J. Konrad Stettbacher, who was later charged with incidents of sexual abuse. Since then she has refused to bring forward therapist or method recommendations. She explained her decision and how she could fall for Stettbacher and her opinion on regressive therapies in the open letters 'Communication to my readers' and 'Note to my readers' Bibliogra phy Her books include: ? Prisoners of Childhood: The Drama of the Gifted Child (1981) ISBN 0465062873

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For Your Own Good: Hidden Cruelty in Child-Rearing and the Roots of Violence (1983) ISBN 0374522693 Thou Shalt Not Be Aware: Society's Betrayal of the Child (1984) ISBN 0374525439 Banished Knowledge: Facing Childhood Injuries ISBN 0385267622 The Untouched Key : Tracing Childhood Trauma in Creativity and Destructiveness ISBN 0385267649 Pictures of a childhood : sixty-six watercolors and an essay ISBN 0374232415 The Drama of the Gifted Child: The Search for the True Self (1996) ISBN 0465016901 Paths of Life: Seven Scenarios (1998) ISBN 0375403795 Breaking down the wall of silence : the liberating experience of facing painful truth ISBN 0525933573 The Truth Will Set You Free: Overcoming Emotional Blindness (2001) ISBN 0465045847 The Body Never Lies: The Lingering Effects of Cruel Parenting (2005) ISBN 0393060659

Her essays include: ? ? Childhood Trauma The Political Consequences of Child Abuse

External links ? ? ? ? The Forbidden Issue - Alice Miller official website Alice Miller Library of the Natural Child Project Alice - Miller Communication to my readers Alice Miller Index at No-Spank

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Alice Miller, 1990 The Body Never Lies - The Lingering Effects of Cruel Parenting World-renowned therapist Alice Miller has devoted a lifetime to studying the cruelties inflicted on children. In The Body Never Lies Miller goes further, investigating the long-range consequences of childhood abuse on the adult body. Using numerous case histories gleaned from her practice, as well as examining the biographical stories of celebrated writers such as Marcel Proust, Virginia Woolf, Friedrich Nietzsche, and others, Mil1er shows how a child's emotional traumas, repressed humiliation, and bottled rage can manifest themselves as serious adult health problems. In discussing the lives of these literary giants, Miller explores the known or, in some cases, unknown traumas that haunted each author's childhood. More important, Miller connects the writers' painful childhoods with their later afflictions, which included depression, anorexia, cancer, and even insanity. While examining everything from parental spanking to sexual abuse and emotional blackmail, Miller exposes the societal pressures that converge to harm children. She explains that we have so many societal mechanisms to prevent us from feeling anger or rage against our parents that we tend never to confront our own feelings. To combat the debilitating effects of such jarring and often contradictory emotions, Miller explores the benefits of using a therapist as an "Enlightened Witness" to reaffirm the patient's repressed reactions to a forgotten childhood experience. Miller also discusses how institutionalized religion itself can contribute to the crushing guilt that prevents us from being healthy and conscious adults. She urges society to realize that the Fourth Commandment -"Honor thy father and thy mother"- offers immunity to abusive parents. Indeed, she argues, it is healthier not to extend forgiveness to parents whose tyrannical childrearing methods have resulted in unhappy, and often ruined, adult lives. In a stirring rejection of the "Poisonous Pedagogy" that pardons even the most brutal parenting, Miller examines the cyclical nature of violence and abuse. Parents and guardians who abuse their children, both physically and mentally, leave them embarrassed and hurt. The inability of most children to properly express such feelings causes them to perpetuate the cycle by lashing out at their family, friends, and, above al1, their own children, who will inevitably do the same. Throughout The Body Never Lies, Miller offers a calm and encouraging voice. Indeed, The Body Never Lies, through its illuminating and provocative insight, affords us a unique understanding of the immense healing powers of the adult self and the body. Norton, 2005 reviews excerpt back

The Truth Will Set You Free - Overcoming Emotional Blindness and Finding Your True Adult Self Drawing on the latest research on brain development, Miller speaks out against the increasing popularity of childhood corporal punishment and demonstrates how spanking and other disciplinary traumas are encoded in the brain, stunting our ability to overcome them. Our bodies retain memories of humiliation, causing panoply of physical ills and dangerous levels of denial. This denial, necessary for the child's survival, leads to emotional blindness and finally to mental barriers that cut off awareness and the ability to learn new ways of acting. If this cycle repeats itself, the grown child will perpetrate the same abuse on later generations, warns Miller. In this stunning new contribution to her life's work, Miller not only invites us to confront our own pasts, but reveals how each of us can liberate our present as adults and as parents. Basic Books, 2001 back reviews excerpt Paths of Life - Seven Scenarios How do our first experiences of pain and love affect our future adult lives and our relationships with others? This is the key question which runs through the seven 'life stories' collected here. Each scenario is a fictional account of a damaged past and the repercussions it has in later life. The narratives explore the suffering and loneliness felt in the individual's formative years. For some, the pain and inner isolation has dominated their adulthood and prevented them from enjoying fulfilling relationships despite the desire and need for contact and communication. For others, old fears and defensive patterns have been conquered, enabling them to enter into healthy relationships and find contentment. By creating these 'case histories', Alice Miller's intention is to encourage us towards an awareness of the need to learn from experience, adapt to change and regain trust in order to break free of the negative effects of childhood trauma. Virago 1999 review back

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Breaking Down the Wall of Silence Psychohistorical analyses of such brutal tyrants as Adolf Hitler, Joseph Stalin, and Nicolae Ceausescu show the obvious links between the horrors of their childhoods and the horror they inflicted on the world. Dr. Miller pleads for a course of remembrance and recognition on the part of the victim, and for awareness and condemnation of child abuse on the part of the society. She advocates getting access to and articulating long-denied emotions so that healing may take place. In her extensive new Preface for this edition, Alice Miller discusses the increasing attention being paid to childhood abuse since the book's original publication. She also reveals personal details about her own life that explain her special interest in childhood and emotional growth, the kind of growth that can encourage survivors to face the truth, to heal, thereby preventing future abuse from taking place. Virago 1997 (revised edition) back

The Drama of the Gifted Child The first publication of "The Drama of the Gifted Child" (1979) and of this book are separated by fifteen years of experience - the author's experience with her own self-therapy and with other recent therapy methods, and finally her knowledge of the life histories of the several thousand readers who have written to her. The research into childhood she has undertaken in this period has led to a further finetuning of her earlier findings, as is documented and illustrated here with an abundance of examples.The author examines the consequences of repression at the personal and social level, the causes of the physical and psychological harm done to children and how this can be prevented, and finally the new methods at our disposal for dealing with the consequences of infant traumas. Basic Books, new edition, revised and updated 1997 back

Banished Knowledge - Facing Childhood Injuries Cruelty to a "bad child" will make that child into a bad adult and later create a bad world, unless an enlightened witness comes to the rescue. A child respected and taken seriously will create a different world; our biological mission is not to destroy but to protect human life. "It is not true that evil, destructiveness, and perversion inevitably form part of human existence, no matter how often this is maintained. But it is true that we are daily producing evil and, with it, an ocean of suffering for millions that is absolutely avoidable. When one day the ignorance arising from childhood repression is eliminated and humanity has awakened, an end can be put to this production of evil." (Alice Miller, Banished Knowledge) New York, Anchor-Press, new edition 1997 back

The Untouched Key - Tracing Childhood Trauma in Creativity and Destructiveness As in her former books, Alice Miller again focusses on facts. She is as determined as ever to cut through the veil that, for thousands of years now, has been so meticulously woven to shroud the truth. And when she lifts that veil and brushes it aside, the results are astonishing, as is amply demonstrated by her analyses of the works of Nietzsche, Picasso, Kollwitz, Keaton and others. With the key shunned by

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Alice Miller, 1990 so many for so long - childhood - she opens rusty looks and offers her readers a wealth of unexpected perspectives.What did Picasso express in "Guernica"? Why did Buster Keaton never smile? Why did Nietzsche heap so much opprobrium on women and religion, and lose his mind for eleven years? Why did Hitler and Stalin become tyrannical mass murderers? Alice Miller investigates these and other questions thoroughly in this book. She draws from her discoveries the conclusion that human beings are not "innately" destructive, that they are made that way by ignorance, abuse, and neglect, particularly if no sympathetic witness comes to their aid. She also shows why some mistreated children do not become criminals but instead bear witness as artists to the truth about their childhoods, even though in purely intuitive and unconscious ways. It is Dr. Miller's goal to encourage these sympathetic witnesses, to lend them support, and to inform them about the worldwide and ignored plight of children, for she thinks that only by confronting the truth that has been avoided from time immemorial can human beings be saved from blind destruction and self-destruction. This discovery is eloquently illustrated in the last section of "The Untouched Key", wherein the story of Abraham and Isaac and the story of "The Emperor's New Clothes" are retold to reveal their profound meaning. Virago, 1990 back

Pictures of a Childhood In "Pictures of a Childhood", Alice Miller explores the connection between childhood and that creative activity which "somehow permits us to give form to the chaos within and thereby master our anxiety." Having realized in the early seventies a lifelong desire to paint, Dr. Miller found an unfamiliar world emerging from her paintings: not the "nice" world of her childhood, to which she had always testified, but one of fear, despair and loneliness. Meditating on her spontaneously executed watercolors - sixty -six of which are reproduced here in full color - and their implications, Dr. Miller offers an analysis of the roots of creativity in the authentic self's struggle for survival. Farrar Straus Giroux 1986 New York, Penguin USA, new edition 1996 back

Thou Shalt Not Be Aware Child abuse is beginning to be recognized as something more significant than an isolated family affair. The title of Alice Miller's book, first published in Germany in 1981, spells out the unspoken commandment that such abused children - indeed, all of us - have been obeying since early childhood. We have all been made to feel from our earliest days that we are to blame for anything shameful that happens to us, so that our awareness of these inflicted abuses dims. Alice Miller demonstrates that this centuries-old tradition also finds expression in Freud's notions of "the Oedipus complex" and "infantile sexuality" - his drive theory - which put the blame on the child. Freud maintained that his patients who claimed to have been sexually molested as children were only "fantasizing" as a defense against their own sexual desires for their innocent parents. This theory helped to conceal the fact that sexual abuse of children occurs frequently and results in later emotional disturbances in the victims of such abuse - because they are not allowed awareness of it. In fairy tales, works of literature, and dreams, Alice Miller maintains, the truth about childhood can emerge, precisely because it is not recognized as such. Detailed examples from Kafka, Flaubert, Beckett, and Virginia Woolf offer proof of her thesis and illustrate her understanding of human creativity. Farrar Straus Giroux 1984, revised edition 1998 back For Your Own Good - Hidden Cruelty in Child-rearing and the Roots of Violence In this book, Alice Miller opens our eyes to the devastating effects of education and care purporting to have "the child's best interests" in mind. She does this first by analyzing what she calls the "pedagogic approach", and secondly by describing the childhood of a drug addict, a political leader (Adolf Hitler), and a child-murderer. Her book succeeded in conveying not just factual (and hence uninvolving) but also emotional awareness of the way in which psychoses, drug addiction and crime represent a deferred and indirect expression of experiences undergone in early infancy. For a child to develop naturally, it needs respect from its caregivers, tolerance for its feelings, awareness of its needs and sensibilities, and authenticity on the part of its parents. This authenticity manifests itself in an upbringing style in which it is the personal freedom of the parents - and not educational dogma - that imposes natural limits to the child. Farrar Straus Giroux 1983, new edition with a new preface 2002 reviews back

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Prisoners of Childhood The common bond unifying the three studies in this volume is a concern with the factors operative in loss of the self and the routes leading towards the achievement of true identity. "The Drama of the Gifted Child" (and "gifted" here means "sensitive", "aware") has its roots in an intuitive apprehension of the parents' needs by the child at a very early stage. The child adapts to those needs by learning not to feel its most intense feelings, once it has realized that those feelings are considered undesirable. Although these "prohibited" feelings cannot always be avoided at a later stage, they remain split off; this means that the most vital part of the true self is not integrated into the personality. The result is emotional insecurity and impoverishment (loss of self), either expressed in the form of depression or fended off via grandiosity. The examples cited sensitize us to the mute, inarticulate suffering of the child and help us to penetrate the idealizations serving to conceal that suffering. It also opens our eyes to the tragedy of the parents; their unavailability and inaccessibility prove to be the fruit of their availability as children. Basic Books 1981, in UK "The Drama of Being a Child" review back