Mendoza Valeriano Mildred Yazmín 2652

La isla siniestra: una mentira que me creería
Creo que la película estuvo bien trabajada: nosotros como público podemos predecir desde el principio que ³hay algo muy malo aquí, Chuck´. Sabemos que, aunque los realizadores se preocuparan por que la trama fuera predecible o no, es fácil darse cuenta por todo el misterio que rodea a Teddy Daniels que en una isla llena de locos, el loco es él. Lo interesante ahora es observar todos los detalles que al entrar en su mente hacen que la historia que se crea a sí mismo para justificar su estancia en ese sanatorio sea sumamente verosímil, al grado de que nosotros mismos llegamos a creer en cierto punto del largometraje que las experiencias que tiene nuestro alguacil en esta isla no son verosímiles, sino veraces. Como siempre, dejan para el final las piezas que hacen que el resto del rompecabezas encaje, pero yo puedo adelantarme: nuestro protagonista se llama en realidad Andrew Leiddis, veterano de la Segunda Guerra Mundial y alguacil de una pequeña villa, donde vivía con su esposa Dolores y sus tres hijos, en una casa que daba la espalda a un lago. Dolores se vuelve loca porque siente que hay un insecto rondando en su cabeza, un sábado por la mañana decide ahogar a sus tres hijos en el lago y sentarse en un pequeño kiosko a admirar el paisaje. Cuando Andrew llega del trabajo descubre lo que ha hecho su demente cónyuge y, después de llorarle a sus vástagos, asesina por compasión a la multi-homicida. Se comprende que él haya perdido la cordura, internándose en un sueño-realidad que le ayudaba a escapar de sus recuerdos, tergiversándolos en su mente. Hasta ahora lleva dos años de tratamiento en la isla clínica-prisión, y aunque a veces tiene momentos de lucidez en los cuales recuerda el asesinato de sus hijos, ha pasado la mayor parte de este período sumergido en una realidad alterna, retomando del exterior sólo lo que quiere ver, sólo lo que alimenta su locura y le ayuda a creer en una vida paralela, una en la que ni siquiera tuvo hijos.

El espectador es testigo de la última de las fantasías que Andrew se crea, antes de ser propuesto como candidato ideal para una lobotomía, por ser el interno más peligroso (recordemos que es veterano de guerra) y sin recuperación aparente. ¿Qué es lo que está viviendo nuestro protagonista? Él cree que es un alguacil federal que viaja a esa isla con su compañero Chuck, a quien acaba de conocer. No se da cuenta de que esta persona es el psiquiatra Sheehan que se ha encargado de él durante dos años, por eso en su fantasía su mente prefiere borrar todo lo que han convivido antes; para él es un nuevo extraño, es verosímil en su historia porque no tiene que esforzarse en pensar en el pasado de su compañero. Otra fabulosa construcción de su mente siempre ágil es el anagrama que construye con el nombre de su esposa: la interna que se escapa de este sanatorio, Rachel. Andrew logró trasladar sus recuerdos de su mujer a esta receptora a quien podía culpar como observador ajeno de haber asesinado a sus hijos en el lago que quedaba detrás de su casa. Fue Rachel quien cometió crimen tan atroz, no la inmaculada e inocente imagen de Dolores. Para él tenía más sentido que una mujer aparte de su propia situación hubiera caído en la locura, no su esposa y mucho menos él mismo, un respetable alguacil federal. Su historia inventada se vuelve más creíble cuando se topa con la ³verdadera´ Rachel, una antigua enfermera que se rebeló contra las autoridades de la isla por el uso excesivo de drogas en el tratamiento de los internos, y lo que era peor, la práctica de la lobotomía como recurso extremo. Debo admitir que en ese momento dudé de que el protagonista tuviera una percepción distorsionada de la realidad, pues los detalles con los que se iba encontrando hacían parecer bastante real su versión de los hechos. Llegué a pensar que todos en la isla estaban confabulados para hacerle creer al pobre Andrew que estaba loco y así poder usarlo en los experimentos sobre la mente humana. Las alucinaciones fueron el mejor escape de los recuerdos más retorcidos del alguacil, pues en ellas tenía contacto con su difunta esposa asesinada y sus hijos ahogados, a quienes ni siquiera reconocía como tales. Todo coincidía con su fantasía, pues según él, cualquier alimento que ingiriera en la isla pudo ser el

motivo de semejantes y tortuosos delirios. Todo coincide con su fantasía, no se da cuenta de que simplemente se trata de lo que ha vivido, ni más ni menos. Y finalmente, la pieza maestra en su realidad alterna: nuestro personaje fue capaz incluso de depositar en su alter ego toda la culpa con la que cargaba. Pero no sólo eso, sino también de tenderse una trampa a sí mismo obsesionándose con encontrarlo, como si inconscientemente se esforzara por encontrarse a sí mismo, por resolver el misterio que él mismo había construido alrededor de su atormentador pasado. Teddy Daniels comprende en uno de sus lapsus de lucidez que aquel escurridizo Andrew Leiddis no es más que él mismo. Este descubrimiento fue bastante difícil porque tuvo que desentrañar la perfecta mentira que había construido, una que gracias a su verosimilitud tan sorprendente, pudo sostenerse al grado de llevar a Andrew (o Teddy, como lo prefiera el espectador) a la fatal lobotomía, pues no pudo salir solo de sus propias construcciones mentales, afortunadamente, nosotros sí.

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