El hombre del saco

Rafael Estrada
http://rafaelestrada.jimdo.com/libros/a-partir-de-8-años/

Título original: El hombre del saco Autor: ©Rafael Estrada Colección: Misterio ISBN: (En proceso)

Índice
1. El caso de la litrona 2. La pulsera 3. El entrenamiento 4. Huellas 5. Yo lo he visto 6. Dentro del saco 7. Desaparecidos 8. La feria 9. Berengario 10. Macario Torrijos 11. Un montón de patatas 12. El plan 13. ¡Glu, glu 14. Fiestas en el barrio 15. Fernanduco el poli

1. El caso de la litrona

Hacía una bonita mañana allí en Cuatro Vientos. Era la primera semana de agosto y los niños correteaban de aquí para allá por los parques o chapoteaban en las piscinas. Todos estaban contentos y despreocupados disfrutando las vacaciones; todos, excepto los que habían suspendido alguna asignatura, que se dirigían a la biblioteca con las mochilas al hombro y el semblante mustio. Como en Cuatro Vientos casi nunca pasaba nada, la comisaría era el lugar donde el comisario Olegario bostezaba y el sargento Pinilla leía el periódico. Olegario parecía un personaje de cuento, con su enorme chaqueta y sus zapatos demasiado grandes, sus pantalones pesqueros y sus calcetines deportivos con rayas azules y rojas. La nariz y el bigote parecían de

pega, como si hubiera olvidado quitárselos después del Carnaval, y su calva brillaba tanto que parecía que la habían encerado. En esos momentos, el comisario contemplaba el mapa del barrio, cuadriculado como un crucigrama, en el que tenía señalado con chinchetas rojas los puntos más conflictivos del barrio: las dos guarderías, los colegios, el instituto, el polideportivo y los parques. Había hecho un curioso estudio utilizando los dos únicos casos que había resuelto en toda su vida: el de Las peras y el del Señor de la capa negra, y había llegado a la siguiente conclusión: a pesar de que Cuatro Vientos era un barrio muy tranquilo, el orden siempre se había visto perturbado por culpa de los niños. Por tanto, había que vigilarlos muy de cerca. Con la seguridad que le daba el conocimiento profundo de su teoría se rascó la barriga, miró por el periscopio, que había colocado para que los sauces y chopos que rodeaban la comisaría no le impidieran ver los alrededores. Así, desde su propio despacho, podía

vigilar sin necesidad de subirse al tejado. Todo estaba bien, todo más o menos en paz, de manera que sacó del bolsillo su novela de Fantomas y entre bostezo y bostezo empezó a leer tranquilamente. No habían pasado ni cinco minutos cuando Victorino empujó la puerta e irrumpió como un torbellino, con la mano manchada de sangre y llorando. —¿Qué te ha pasado Victorino? — preguntó el comisario, saltando al suelo desde su sillón. —¡Ayyyyy...! —¿No me lo vas a contar? —¡Ayyyyy...! Entonces apareció la señora Consuelo gritando, seguida de cerca por Pinilla. —No he podido detenerla, comisario — dijo el sargento encogiéndose de hombros. —¿A mí? ¿Detenerme a mí? —la mujer le secó las lágrimas a Victorino, le sonó la nariz y le dijo al sargento—. ¡A los que tiene que detener es a esos salvajes y meterlos en la cárcel!

—¡Ahhhhhh...! —lloraba el niño. —¿A quién? —el comisario no pudo evitar que Victorino le agarrara la chaqueta con la mano ensangrentada. —¡A esos salvajes! —Vamos a ver, señora Consuelo, cálmese y cuéntemelo todo. Entonces la mujer le contó, sin dejar de gritar, que su niño estaba jugando a la pelota cuando se cortó con un cristal. Eso sucedió porque Roberto, Juan Carlos y el Guille, que estaban tumbados sobre la hierba bebiendo cerveza, al acabar con la bebida estrellaron la botella sobre el suelo de la cancha. —¡Son unos salvajes! —volvió a gritar la madre de Victorino. Olegario tuvo que prometerle a la señora Consuelo que detendría a los culpables, los metería en la cárcel y los condenaría a cadena perpetua. Sólo así consiguió que dejara de gritar y abandonara el despacho llevándose a Victorino. Cuando se fueron, el comisario limpió con una gamuza todas las manchas de sangre que el

niño había dejado por el despacho. Después, en el lavabo de la comisaría, lo intentó con la chaqueta y el pantalón, pero a pesar de que se empapó toda la ropa no lo consiguió. Sabía que su mujer le iba a regañar, le iba a decir que no tenía cuidado, que era peor que un niño y que eso era porque él no lo limpiaba. Ya en su despacho buscó una chincheta roja y la colocó en el mapa, en el lugar donde estaba situada la cancha de baloncesto; cogió un nuevo expediente e introdujo dentro un papel que había quedado con la sangre de Victorino: una prueba. Después volvió a mirar por el periscopio, para ver si localizaba a los culpables, y escribió con bolígrafo negro sobre la cubierta: El caso de la litrona. El resto de la mañana lo dedicó a visitar a los comerciantes de la zona para recordarles que no debían vender cerveza a los menores de edad, mientras el sargento Pinilla patrullaba los alrededores de la cancha para sermonear a los chicos. Caso resuelto. Así de sencillo.

Sin embargo, algo no dejaba de darle vueltas en la cabeza. Al comisario le extrañó que Roberto, Juan Carlos y el Guille bebieran cerveza porque, si no recordaba mal, aun no habían cumplido los nueve años.

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