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Voces: DELITOS CONTRA LA ADMINISTRACION PUBLICA ~ EXIMENTE DE PENA ~ IGNORANCIA

DEL DERECHO ~ MALVERSACION DE CAUDALES PUBLICOS


Tribunal: Tribunal en lo Criminal Nro. 4 de Morón(TCrimMoron)(Nro4)
Fecha: 20/09/2000
Partes: Rousselot, Juan C. y otro
Publicado en: LLBA2001, 689
Cita Online: AR/JUR/1754/2000

Sumarios:
1. El uso arbitrario de fondos es una de las notas características del delito de malversación de caudales públicos
previsto en el art. 260 del Cód. Penal, -en el caso, un ex intendente y un alto funcionario del departamento
ejecutivo municipal dispusieron la realización de obras públicas apartándose de la ley orgánica municipal y del
reglamento de contabilidad- pues cambiar de destino implica invertirlos en menesteres distintos de los que
específicamente ordenan las normas vigentes.
2. En materia de malversación de caudales públicos -art. 260 del Cód. Penal-, por caudales debe entenderse no
sólo el dinero sino toda clase de bienes susceptibles de tener un valor económico.
3. A los fines de la configuración del delito de malversación de caudales públicos (art. 260, Cód. Penal) -en el
caso, un ex intendente y un funcionario del departamento ejecutivo municipal dispusieron la realización de
obras públicas al margen de las disposiciones de la ley orgánica municipal y del reglamento de contabilidad- es
necesaria la asignación normativa de destino pues no existiendo imputación previa, la apreciación de la
necesidad o conveniencia del gasto quedaría librada al criterio del funcionario.
4. El delito de malversación de caudales públicos prevista en el art. 260 del Cód. Penal consiste en el simple
cambio ilegítimo de destino de las partidas administradas -en el caso, un ex intendente y un alto funcionario del
departamento ejecutivo municipal acudiendo a razones de celeridad dispusieron la realización de obras públicas
apartándose de la ley orgánica municipal y del reglamento de contabilidad- sin lucro para los funcionarios
involucrados o terceros.
5. Es inconcebible alegar desconocimiento de los preceptos según los cuales los funcionarios públicos
involucrados por el delito de malversación de caudales públicos (art. 260, Cód. Penal) debieron ejercer su
mandato -en el caso, un ex intendente y un funcionario del departamento ejecutivo municipal dispusieron la
realización de obras públicas al margen de las disposiciones de la ley orgánica municipal y del reglamento de
contabilidad- pues los actos de gobierno que desarrollaron evidencian un comportamiento doloso orientado a la
consecución de un objetivo, para lo cual desviaron fondos públicos.

Texto Completo:

Morón, setiembre 20 de 2000.


Veredicto
1ª ¿Se encuentra acreditada la exteriorización material del hecho que afectaría a la libertad? 2ª ¿Se encuentra
probada la existencia de los hechos incriminados en su corporización material en orden al delito que
damnificaría a la administración pública? 3ª En caso afirmativo, ¿Está probada la autoría del imputado Juan C.
Rousselot en los mismos? 4ª ¿Viene demostrada la participación de Néstor A. Achinelli en el segundo de los
hechos? 5ª ¿Existen eximentes? 6ª ¿Median atenuantes? 7ª ¿Concurren agravantes? 8ª ¿Cuál es el veredicto a
dictar?
1ª cuestión.- El doctor Rodríguez dijo:
Al alegar sobre este aspecto el Ministerio Público Fiscal hizo hincapié en la precisión y concordancia de los
testimonios de Carlos H. Bonicalzi, Miguel A. Bruno, Patricia P. Akerfeld y Elisa M. Petric, que, aunados a los
de Giménez, Cardozo y Ramoneda, a su criterio daban por probada la existencia de la comunicación entre el
imputado Juan C.Rousselot y el denunciante Bonicalzi y la frase amenazadora "si quieren tiros van a tener tiros,
les voy a mandar a mi gente y van a tener tiros", rebatiendo con diversos argumentos la tesis del encausado de
que estaban estos impulsados a perjudicarlo con motivación política, aludiendo a rasgos de su personalidad que
lo harían peligroso.
En la defensa, sobre el particular, el doctor Deuteris con la aclaración previa de la pacífica personalidad que
le asignó al Señor Rousselot, delimitó que en aquella ocasión hubieron dos diferenciados grupos de testigos en
la audiencia: uno conformado por los que estaban en el Palacio Municipal, el entonces Secretario de Gobierno
interino y su entorno, los testigos Ramoneda, Giménez y Cardozo, del cual sólo oyera las supuestas amenazas el
primero por lo que los desestimó; y el segundo de quienes estaban en la finca sita en ... de Villa Sarmiento, esto
es Arias, Spada, Bruno, Akerfeld y Petric, además de Carlos Poli que no vino al juicio. De aquellos descartó a
Arias y Spada por no haber oído nada amenazante y acerca de los tres últimos porque conforme describió, por

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una parte estaban muy afectados emocionalmente por haber sido víctimas de delitos horas antes y ya que vivían
de un sueldo que en definitiva los subordinaba a Bonicalzi (por la relación de dependencia de Bruno). Agregó
que, en el hipotético caso de tener por probado el tribunal que hubiera dicho Rousselot la frase endilgada, no
había probabilidad de cumplirse efectivamente el mal anunciado, que la figura legalmente requiere para la
existencia del ilícito y que, en todo caso, se trató de un proceder irreflexivo.
Lo cierto es que el llamado efectuado por el imputado Juan C. Rousselot el día 5 de enero de 1999 a las 10 y
30, desde el domicilio de los Bruno, sito en la calle ... de Villa Sarmiento, Partido de Morón, a un teléfono de la
intendencia Municipal de dicho partido, atendido finalmente por Carlos H. Bonicalzi, y realizado desde un
equipo de telefonía celular que llevaba el testigo Francisco Rolando Arias, es cosa que no sólo se extrae en la
diversa medida de las distintas percepciones de todos y cada uno de los testigos antes indicados, sino
fundamentalmente de lo reconocido por el propio Juan C. Rousselot al declarar en la audiencia del debate,
donde dijera, además, que estaba molesto y que le había dicho en tono alto de voz y reiteradamente a su
interlocutor "que no se meta con mi gente", ante lo cual éste último empezó a advertirle que lo estaba
amenazando, lo que le llevó a hacer la exposición civil en la Comisaría del lugar.
La precisión con la que se expidió, en primer lugar Patricia P. Akerfeld sobre todo esto, con un nítido
recuerdo de circunstancias, personas presentes y sus ubicaciones dentro de la casa, como de actitudes y palabras
cruzadas antes y después; la convierte en pieza relevante al momento de definir lo efectivamente acontecido, y
no me pareció persona capaz de mentir, al menos en estas circunstancias, por el solo hecho de que fuera
empleada del municipio entonces o de que su esposo trabaja actualmente subordinado al damnificado. Más bien
reveló gran templanza y valores sólidos, que no fueron empañados sino confirmados por el resto de las
testificaciones.
Menos razón aún veo para apartarme de los dichos de la madre de esta, Elisa M. Pétric, quien no vive con
ellos y no es dependiente de nadie, sino docente jubilada y que explicó con todo detalle, cómo es que podía
recordar (a raíz de que pensó en cómo esa frase podía afectar a su nieto, en esos momentos con una afasia
temporal a raíz del trauma del robo y el plagio) a Juan C. Rousselot hablando con un celular que le había sacado
a alguien (Arias) desde un pasillo de la casa, gritándole a su interlocutor "...sos un hijo de p..., no te metas con
mi gente, si querés tiros los vas a tener..." . Que es exactamente lo mismo que oyó en esa ocasión, la antes
mencionada, su hija Akerfeld y muy similar a lo que escuchara su yerno, Miguel A. Bruno, conforme nos
relataran ambos durante el debate. Compadeciéndose en definitiva estas versiones con la denuncia y la
testimonial de Bonicalzi.
Convencido estoy de que los testigos Arias y Spada, aun tratando de cuidar en sus dichos de no perjudicar al
imputado, no hicieron mas que terminar tanto la comunicación como el elevado tono de voz del ex intendente
durante la misma.
Ambos, confirmaron su presencia en el lugar, pero Spada tuvo una audición parcial de lo que hablaba el
imputado, recordando del diálogo sólo el segmento en que decía "...no te metas con mi gente ..." y Arias no
pudo oír nada según afirmó porque estaba convenientemente alejado.
Todo ello debe sumarse, claro, a la versión coincidente de Bonicalzi, que, tanto en la denuncia de fs. 1/2 de
la causa nº 153, como en lo dicho durante el juicio cuando refirió que Juan C. Rousselot le dio a entender
entonces, que concurriría con terceros a "...arreglar todo a los tiros..."; y también a lo expuesto por Alfonso
Ramoneda, Damián Cardozo y Daniel A. Giménez quienes recordaron que efectivamente recibió el primero un
llamado en el despacho que ocupaba en el Municipio, proveniente supuestamente del imputado, durante el cual
en determinado momento comenzó Bonicalzi a exclamar que estaba siendo amenazado, ante lo cual se dirigió a
formalizar la referida denuncia.
Ninguna duda que la comunicación partió del teléfono móvil nº ... lo que, por si hiciera falta, se reafirma con
el informe de fs. 39 de la mencionada causa nº 153 que viene incorporado al debate por su lectura.
De la aptitud atemorizante de dicho mensaje, cabe decir dos cosas, en cualquiera de sus versiones fueron
todas alusivas a llevar a terceros a agredir con armas de fuego a Bonicalzi, lo que habla de su capacidad
intrínseca, pero además coincidieron casi todos los testigos y el propio imputado, acerca del clima de tensión y
violencia que presentaba por esos momentos el distrito.
Por todo lo expuesto es mi sincera convicción que, siendo las 10 y 30 del día 5 de enero de 1999, desde el
interior de la vivienda sita en la calle ... de Villa Sarmiento, Partido de Morón, una persona del sexo masculino a
través de la comunicación mantenida a partir del teléfono celular ... profirió amenazas, consistentes en decir
"...no te metas con mi gente si querés tiros vas a tener tiros ...", para amedrentar a Carlos H. Bonicalzi, su
interlocutor, quien estaba en un despacho del Palacio Municipal de este distrito.
Estos dichos, en el turbulento contexto descripto, como en cualquier otro, tenían la suficiente idoneidad para
afectar el psiquismo del destinatario.
En este punto, conviene reiterar que la doctrina ha interpretado que en las amenazas el bien tutelado es la
"libertad o tranquilidad espiritual" del receptor de las mismas, en cuanto éstas influyan en su ánimo,

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condicionando o perturbando su libertad de determinación (Estrella, Oscar A. y Godoy Lemos, Roberto en
"Código Penal...Análisis doctrinario...", t. 2, ps. 168, Ed. Hammurabi, 1996).
Estas notas aparecen claramente exteriorizadas con la conducta asumida por el acusado, quien al proferir
aquellas palabras, manifiesta un tenor amenazador y amedrentador que utilizó, evidentemente, hasta alcanzar y
ser percibido por el destinatario, en la medida que éste, toma conocimiento de las mismas en su órbita íntima,
sin perjuicio de que más allá del nivel del temor individual, no se advierta cuánto o tanto pudiera temerle, como
para ajustar por compromiso su propio comportamiento.
En este sentido, no puede desatenderse, el particular contexto personal, dentro del cual se plasmó la amenaza
del autor, y, todo ello bajo el influjo evidente de una alteración emocional que, sin ser excluyente de su propia
responsabilidad, tengo la impresión, que sí trascendió e impresionó la esfera de la emotividad del receptor.
Ello revela la aptitud del citado contenido atemorizante de las expresiones vertidas y por ende, establecida
su dirección, es decir la utilización de la amenaza, el conocimiento que de ella tomó el receptor, más allá de la
afectación del determinismo de éste, pues como se sabe a la figura legal le basta con que la amenaza sea
"recibida y comprendida" por quien está amparado constitucionalmente para preservar, aún mínimamente, su
integridad psíquica, física y moral (arts. 11 y 12, C.B.A.; art. 5.1 de la Convención Americana sobre Derechos
Humanos), aún contra toda forma de abuso o injerencia arbitraria o ilegal en su vida y sobre su familia (arts. 75
inc. 22 de la Constitución Nacional y 11 de la C.B.A.: art. 12 de la Declaración Universal de Derechos
Humanos; art. 17.1 y 17.2 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos; art. 11.2 y 11.3 de la
Convención Americana sobre Derechos Humanos).-
El acto que ejecutó el acusado, revistió en mi interpretación la entidad suficiente para provocar un fuerte
impacto emocional, al quedar significativamente instalado en la esfera de la intimidad del receptor, que está
resguardada contra cualquier forma o modo de comportamiento que vulnere los aspectos íntimos de su ser, entre
ellos, el de su libertad psíquica, o sea, la tranquilidad espiritual que permite al individuo desenvolverse con
aplomo (Laje Anaya, Justo y Gavier, Enrique A. en ob. cit., t. II, p. 250; Buompadre, Carlos en "Delitos contra
la libertad", p. 130, Mave Editor, 1999), lo que revela, en definitiva, la aptitud o la idoneidad de ésta última para
afectar su "libertad psíquica", o, poner en crisis su "tranquilidad espiritual", con motivo del temor causado.
Agrego, y ya sobreabundando, que en consecuencia no es necesario que la amenaza sea de cumplimiento
probable, basta que sea posible.
Por todo lo cual a esta 1ª cuestión voto por la afirmativa (arts. 210 y 371 inc. 1º del Código Procesal Penal).
Los doctores Castañares y Torti, por compartir los fundamentos del voto que antecede, a los que adhieren y,
ser ello su sincera convicción (citas legales las precedentes), también votan por la afirmativa.
2ª cuestión.- El doctor Rodríguez dijo:
No fue discutida la incorporación por lectura de la prueba documental y pericial propuesta por las partes en
la causa ni hubo divergencias entre las mismas en orden a su validez y este asunto viene gobernado por el art.
366 del Código Procesal Penal.
Ello permite entrar derechamente a la evaluación de los siguientes elementos documentales:
1. Respecto del expediente administrativo nº 4.079-50.083 que corre por cuerda caratulado como anexo
prueba B:
Informe de inspección de obras de fs. 4 de la Municipalidad de Morón.
Nómina de personal afectado a la obra de la "ex Base Aérea VII Brigada" con lapso de prestación de
servicios y salarios de fs. 6 a 10.-
Actuación notarial de constatación incorporada a fs. 12 (exp. cit) con fotografías que la ilustran de fs. 13 a
19.
Copias de facturas de compra y venta de fs. 42/3 y decreto nº 1.413/98 glosado a fs. 49.
2. Respecto de la causa nº 135:
Nota suscrita por el Jefe de Estado Mayor General de la Fuerza Aérea Argentina del 28 de diciembre de
1998 acompañada en copia a fs. 85.
Copias de facturas e informes de fs. 380/383.
Acta de inspección ocular de fs. 355/357 y sus ilustraciones fotográficas de fs. 358 a 374.
Copia autenticada del decreto nº 800/98 del 31 de julio de 1.998 del departamento ejecutivo del Municipio
de Morón glosado a fs. 10/14.
Informe de la Presidencia del Concejo Deliberante de Morón de fs. 152.
Copia de la carta de intención firmada entre la Fuerza Aérea Argentina y la Municipalidad de Morón,
fechada el 2 de setiembre de 1997 de fs. 422/425.

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Copia de nota de fs. 435 firmada por el señor Juan C. Rousselot y dirigida al señor Jefe del Estado Mayor de
la Fuerza Aérea Argentina el 29 de diciembre de 1998.
Copias autenticadas de las ordenanzas municipales nros. 1078/98 del 24/8/98 y 1.182/98 del 24/9/98
glosadas a fs. 712 y 717.
Publicación del "Suplemento Morón" del diario "La Nación" del martes 22 de diciembre de 1998 que en
original se secuestrara y agregara al anexo de prueba I y recibo y factura de pago de la misma de fs. 533 y 534
por $43.000.
De los elementos instrumentales antes citados es dable extraer que:
a) El día 2 de setiembre de 1997 el entonces Intendente de la municipalidad local suscribió juntamente con
el Jefe de la Fuerza Aérea un documento, que más allá de cualquier denominación que quiera dársele, establecía
la intención de encarar actividades conjuntas en áreas de interés común y entre ellas a urbanizar terrenos
ubicados dentro del perímetro del Aeródromo de Morón y ofreciendo el edificio del que fuera casino de
suboficiales para alojar dependencias judiciales.
b) Luego de ello dicho municipio sin ninguna otra autorización para ello, contrató no menos de cuarenta
personas que hicieron diversas tareas de albañilería en dicho inmueble a partir del 1º de octubre de 1998
abonándoseles remuneraciones en virtud de ello hasta el día 10 de enero de 1999.
c) Para esas tareas se aplicaron materiales que no es posible determinar por las deficiencias periciales y la
falta de concreta especificación del material recopilado (dejo para el final las consideraciones sobre la
documentación y el peritaje contable), pero algunos de los cuales fueron adquiridos en forma directa por
personal dependiente de la Secretaría de Servicios Públicos de dicho Municipio y luego por vía de reintegros de
gastos fueron imputados a la antedicha Secretaría a la partida presupuestaria indicada como Finalidad III
Programa 7, sobre servicios públicos urbanos.-
d) Que dichas contrataciones y los citados reintegros estaban prohibidos por los arts. 7 al 14 y 19 del
referido decreto 800/98 además de por las normativas vigentes para el ámbito comunal como son los arts. 112 y
118 de la ley orgánica de municipalidades y 157 del reglamento de contabilidad.-
e) Que la Fuerza Aérea Argentina no había autorizado dichos trabajos expresamente ni tampoco el
Honorable Concejo Deliberante.
f) Que se difundió públicamente que se había cedido el inmueble para el traslado de un hospital y con un
comodato a veinte años, cuando no era así, divulgándose una fecha de entrada en funcionamiento del nosocomio
(abril de 1999) completamente infundada, involucrándose en los anuncios a la Secretaría de Salud.
Al prestar declaración en el debate el imputado Juan C. Rousselot, para entonces Intendente Municipal dijo,
en lo que aquí interesa, de la intención que tenían el denunciante y otros testigos de afectarle políticamente, y
que efectivamente había dado orden a su Secretario de Servicios Públicos para iniciar obras de reparación y
limpieza en el edificio del ex casino de oficiales sito en el predio del Instituto Nacional de Aviación Civil para
el traslado del Hospital Municipal de Morón Octasiana V. De Lavignolle, por considerarse legitimado para ello
no sólo por la legislación vigente y por la carta de intención aludida, sino por estar autorizado, a su entender, por
la Fuerza Aérea Argentina que dejaba entrar al personal municipal al lugar.
También negó que fuera a inaugurarse algo en el mes de diciembre de 1998 en dicho inmueble, que no
recordaba y en tal caso lo recordaría, que se hubiera entrevistado con el vicecomodoro Vaccaro en ese entonces
y que éste le hubiera pedido la suspensión de las obras. Justificó que la obra se había hecho por reintegros y no
por órdenes de compra por razones de celeridad.
Por su lado en la declaración de Miguel Angel Bruno, quien fuera por entonces Director de Asuntos Legales
del municipio, estableció éste su criterio de que la denominada carta de intención suscrita con la Fuerza Aérea
sería una declaración de voluntad de partes de tipo programático, que requería su reglamentación. Esto es un
convenio específico, que tenía que autorizar el Concejo Deliberante conforme el art. 28 inc. 1º de la ley orgánica
de municipalidades; recordó que esto sí lo había hecho el municipio con intervención del mismo Intendente en
un caso contemporáneo para la traza de la autopista y el plan cloacal, en relación a la base aérea de El Palomar;
reconociendo no obstante que había predisposición de la "gente de la fuerza aérea en avanzar en la concreción
de alguna otra obra".
Asimismo señaló que el Honorable Concejo Deliberante no le daría autorización a proyecto alguno de
traslado de aquel hospital, así desde que la oposición era altamente mayoritaria, recordando que las obras
iniciadas para el traslado del hospital municipal que durante el mismo período se habían efectuado eran a su
criterio un "capricho" del intendente.
En ese orden los distintos testigos que laboraran en dichas reformas, incluido el arquitecto Arroyo a cargo la
dirección de las obras, declararon en la audiencia del juicio que tenían órdenes de acelerar esas obras, de las que
admitió que no había planos, para presentar el edificio en un acto público a celebrarse a fines de diciembre de
1998 con presencia del Presidente de la Nación y el Gobernador de la Provincia.

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El por entonces Director General de Infraestructura de la Fuerza Aérea, Brigadier Enrique E. Dutra,
reconoció su intervención en aquella carta de intención que según entendió era para un emprendimiento
comercial y así concretar el traslado del Museo Aeronáutico, todo esto sujeto a la eventual consideración del
Ministerio de Defensa. Con relación a las obras el Jefe del I. N. A. C. le informó a él de la existencia de las
tareas que se realizaban y por ello es que consultó con el Brigadier General Rojo Arauz, quien le dijo que se
había cambiado el objetivo para la puesta en funcionamiento de un hospital, siendo que a ese efecto se debían
iniciar los trámites ante el indicado Ministerio de Defensa para poner en marcha la documentación. Así también
rememoró Dutra que, en una reunión con el intendente Rousselot, el comodoro Quinteros y el Brigadier Oreses,
se acordó que se hiciera la documentación necesaria para legalizar las tareas en marcha, sin perjuicio de
puntualizarse allí que las labores que se estaban realizando escapaban a las atribuciones legales, suponiendo que
el Ministro se expediría finalmente aprobando esa gestión.
Párrafo aparte merece la prueba documental agregada al sumario administrativo municipal nº ... que se trae
al juicio por diversas formas y su receptación acrítica de parte de la pericia contable de fs. 695/699, desde que
una lectura simple y profana de todos esos documentos no permite vincularlos necesariamente todos ellos a los
gastos y trabajos hechos en el edificio aeronáutico en cuestión.
Porque a excepción de las dos copias de facturas de compra y venta de fs. 42/3 del anexo "B" y de las copias
de facturas e informes de fs. 380/383 de la causa principal, que sí tienen enunciados que permiten concluir que
se aplicaron a esa obra, hay sinnúmero de constancias de compras que evidentemente aluden a otros fines, por
ejemplo a materiales destinados al Tribunal de Faltas, a la obra llamada "Cuenca Agüero", a vehículos
automotores, hay resmas de hojas y carpetas, hay cartuchos de impresoras, hay repuestos de automotores, y
hasta se agregó una boleta por compra de carbón por un importe de dos pesos y a fs. 181 ladrillos para un
mástil, entre otros muchos ejemplos que resulta realmente vergonzoso seguir enumerando.
Así es que, prácticamente por indolencia nos quedamos sin prueba precisa de todo lo que se gastó en
insumos y materiales, se sabe que sí se erogó por las declaraciones de los dos imputados, por los testimonios
recibidos y por las constataciones hechas en el lugar, pero no estamos en condiciones de aportar todas las
precisiones que el caso merece, por estas lamentables falencias.
En este sentido tampoco se pudo probar como pretende la acusación que se intentó encubrir los gastos
específicamente destinados a la obra. Pero tan grandes negligencias que debieran haber sido detectadas por otros
de los intervinientes y a las que sólo aludieran Achinelli y su letrado defensor, no deben quedar así. A los
peritos contadores se les solicitó que fijaran el monto, origen y asignación de los fondos que fueran imputados a
las mejoras y tan sólo se limitaron a sumar todos los documentos que había en el expediente, que no es lo
mismo y ello en sí significa una irregularidad que hasta podría ser delito, por lo que oportunamente debe
disponerse lo pertinente.
Más allá de estas observaciones, de todo el material probatorio compilado y en particular de lo declarado
testimonialmente en la audiencia respectiva por el entonces Jefe de Estado Mayor de la F. A. Brigadier General
Rubén M. Montenegro, el comodoro Jorge C. Dellepiane a cargo para entonces de la VII Brigada Aérea de
Morón, el comodoro Jorge A. Carnevalini que le precediera en ese puesto y en particular de lo depuesto por el
vicedomodoro Gerardo R. J. Vaccaro, quien cumpliera funciones de vínculo con este municipio y fuera así
Asesor de Defensa del mismo, debe concluirse en lo que hace a esta cuestión que:
En fecha imprecisa pero en el mes de setiembre de 1998, el Intendente del Municipio de Morón dio órdenes
verbales al Secretario de Servicios Públicos y otros funcionarios, de realizar obras de mejoramiento del edificio
que fuera destinado a casino de suboficiales, sito en dependencias del Instituto Nacional de Aviación Civil,
ubicadas en la VII Brigada Aérea de Morón, sobre la Avenida Pierrastegui de este Partido, a llevarse a cabo por
personal a nombrarse al efecto por dicha Secretaría, con las consiguientes posteriores adquisiciones de
materiales y herramientas y designaciones de empleados, todo lo cual se sufragó hasta enero de 1999, mediante
el sistema de reintegro de gastos, que fueron imputados a una partida de la citada Secretaría de Servicios
Públicos de dicho municipio, cuyo titular realizó las tareas operativas que hicieron posibles tanto los
nombramientos, como los pagos de materiales y salarios y las posteriores imputaciones a partidas
presupuestarias que no contenían esa previsión. Y todo ello a sabiendas tanto para el Intendente como para el
funcionario ejecutor, que las tareas eran realizadas en jurisdicción ajena al municipio, que el Honorable Concejo
Deliberante debía autorizar todo ello y no lo había hecho, como tampoco por su parte el Ministerio de Defensa.
A sabiendas también que dicho sistema de pagos, tanto como los nombramientos, estaban prohibidos por la ley
orgánica de Municipalidades, por la ley y reglamento de contabilidad de esta Provincia y las ordenanzas
municipales dictadas.
La persecución aludida reiteradamente por el imputado Rousselot como motivación excluyente de la
denuncia y de los testimonios reunidos en su contra e inclusive también de los demás procesos que se le siguen,
más allá de la diversa suerte de estos últimos, no fue abonada, quedando de resalto con los elementos citados
precedentemente el origen claramente objetivo de la prueba que funda las antedichas conclusiones.
Viendo dicho carácter manifiesto y objetivo de las probanzas reunidas por un lado, y por el otro las diversas

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declamaciones de orden político que se repitieron pese a las observaciones del tribunal antes y durante la
audiencia, corresponde hacerle saber a las partes que, tal como lo sostienen invariablemente la Corte Suprema
de Justicia de la Nación y la Suprema Corte de Justicia de la Provincia de Buenos Aires, no compete a los jueces
hacer declaraciones generales o abstractas porque es de la esencia del poder judicial decidir colisiones efectivas
de derechos (CSJN Fallos 193:524; 211:1056; 215:1043; 265:255; 301:991; 308:2.147 entre otros y SCJBA en
Ac. B-55.010 del 2/8/00).-
De igual modo observo que fueron precisamente las testificales que más desvirtuaron los dichos de los
imputados, las que provinieron, en el caso, de los altos oficiales de la Fuerza Aérea, lo que rebate sus tesis
también repetidas, de que todos los cargos que se les hacen son una conspiración política forjada entre las
fuerzas públicas locales, para alejarlos de la función y la carrera política.
Estas testimoniales, es necesario decirlo, fueron también justamente, las más precisas y me resultaron las
más confiables junto con las de los profesionales del área económica como Gabriel Bernini, Contador General
de la Municipalidad de Morón desde 1991 y Daniel A. Ochoa, Director General de Finanzas del ayuntamiento,
siendo que, el primero, estableció la irregularidad del sistema de reintegros y de cajas chicas para cubrir
semejantes gastos como los de esta obra (por su volumen y destino) y el último recordó las sucesivas
rendiciones de materiales que se habían entregado en la VII Brigada Aérea a estos fines.
Lo del valor asignado a la carta de intención no tiene otra lectura que la que le diera el abogado Bruno,
como expresión de deseos y marco de futuros acuerdos, precontrato a lo más, pero carente de todo vigor legal
para conferir facultades u obligaciones. Sobre esto el Brigadier Dutra también dijo que la carta de intención no
obligaba a nada a la Fuerza Aérea.
Los representantes del Ministerio Público Fiscal, con la adhesión del particular damnificado sostuvieron que
todo el emprendimiento era una "gran mentira" porque no había dinero para el nuevo establecimiento, no había
interés ni proyecto o estudios serios para ello y la situación política adversa (de tres concejales oficialistas y los
demás opositores) impediría el acuerdo con las Fuerza Aérea y que se dictaran las ordenanzas necesarias para
vehiculizar el traslado del nosocomio conforme lo requiere el art. 28 de la ley orgánica de municipalidades,
siendo que además la publicación del diario "La Nación" tiene aspectos absolutamente contrarios a la verdad.
Por esto dichas partes apuntaron a que esas erogaciones fueron urdidas para favorecer personalmente a
Rousselot y Achinelli aumentando únicamente su popularidad.
La hipótesis es interesante, pero a mi modo de ver la prueba reunida no es suficiente para demostrarla.
Porque primeramente es sabido que el interés en adquirir mayor popularidad entre los electores es
prevaleciente en las limitaciones que la actividad política tiene en la actualidad, con lo que cualquier imputación
de gastos indebida, efectuada por funcionarios políticos seguiría el mismo camino.
Es imposible sopesar la magnitud de un beneficio de ese tipo en este ámbito. Es que la pretensión se basa en
meras conjeturas sin apoyo probatorio. Es cierto que podrían los imputados estar inspirados en prestigiarse
públicamente con la obra, pero no lo es menos que nada de eso pudo probarse con la certeza jurídica que
reclama este pronunciamiento.
Además dicho interés que, por supuesto que vale como motivación de una conducta delictiva, no tiene
ninguna relación con el sentido de la norma penal, que implica si bien no necesariamente un beneficio
patrimonial, sí alguna ventaja de tipo material por lo menos.
Porque, lo que surgió de las pruebas reunidas también es un enorme desorden de la administración pública
del municipio para aquella época, patentizado con la propia declaración del señor Juan C. Rousselot, en cuanto
se atendían distintas finalidades de escuelas y caminos Provinciales, sin disposición escrita, sin previsión
presupuestaria y sin justificarse la excepción de hacer un gasto a favor de una jurisdicción también ajena en
norma legal alguna, aludiéndose sin más a la necesidad de cubrirse requerimientos urgentes de la comunidad.
Esto también lo señalaron el coprocesado Néstor A. Achinelli y sus subordinados en la Secretaría, Eduardo N.
González y Miguel A. Trigueros como que así se hacían muchos de sus gastos.
Porque finalmente en las conversaciones que mantuvo el imputado Rousselot con el Brigadier Dutra está
claro que fue alentado respecto del proyecto hospitalario y aunque remota, podía existir en su mente la
posibilidad de concretarlo en algún momento. En este sentido es fácil colocarse hoy "ex post facto" y decir que
viendo lo que pasó era imposible que el nosocomio fuera mudado al edificio aeronáutico, mucho más difícil me
resulta recrearme esa situación mientras se trabajaba activamente con más de cuarenta obreros diariamente allí,
sin objeciones de los militares y en particular con las esperanzas que no tuvo empacho en admitir que generó el
Brigadier Dutra y recordó también Bruno. Suponer que Rousselot y Achinelli pese a todo ello, planeaban
arteramente continuar con un proyecto, a sabiendas que nunca llegaría a buen puerto, francamente me resulta
aventurado. Dados los elementos traídos a juicio no me es posible llegar a convicción cierta en este último
sentido, ni me persuade el discurso acusador.
Hipotetizar con la desfavorable relación de fuerzas en el Honorable Concejo Deliberante sería impropio de

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la certeza y la recta interpretación que debe guiar a los pronunciamientos judiciales, y tan cierto es que de haber
prosperado la viabilidad que Dutra reconoció que le expresara su entonces superior Rojo Aráuz, y de ser las
demás condiciones de valores y plazos también favorables, lo lógico es que los concejales, independientemente
de banderías sopesaran sinceramente la conveniencia del traslado. Y en esto no se puede conjeturar con
especulaciones partidistas pues en estas decisiones sólo las podemos suponer inspiradas en el anhelo del bien
común. Así, la sola posibilidad de que el traslado pudiera haberse concretado por escasa que fuera, deja a la
evaluación de su conveniencia como una cuestión exclusivamente política y al rédito político de los anuncios
efectuados como algo que no podría medirse y esencialmente extraño al sentido del beneficio de la norma penal
invocada por los acusadores públicos y privado.
No encuentro legalmente justificado entonces el provecho propio propugnado.
Por ser todo ello mi sincera convicción a 2ª cuestión votó por la afirmativa (arts. 210 y 371 inc. 1º del Cód.
Procesal Penal).
Los señores Jueces doctores Castañares y Torti, por compartir los fundamentos del voto que antecede, a los
que adhieren y, ser ello su sincera convicción (citas legales las precedentes), también votan por la afirmativa.
3ª cuestión.- El doctor Rodríguez dijo:
En relación al hecho que afectara a Bonicalzi ninguna duda tengo, que tal como quedó probado al tratar la
primera cuestión, quien estando en el domicilio de la calle ... de Villa Sarmiento, tomara el teléfono celular que
usaba Francisco R. Arias cuando ya se había establecido comunicación entre éste y la Intendencia de Morón, y
por medio del mismo lanzara las frases de contenido intimidante que se describieran, fue el imputado de autos
Juan C. Rousselot.
Que se estableció aquella comunicación y que habló en aquel entonces con Carlos H. Bonicalzi, es algo que,
desprovisto del contenido que pretende asignársele a sus dichos ahora, reconoció el mismo Rousselot al prestar
la declaración ante este tribunal. No obstante, aunque le pese, quedó acreditado sobradamente, con los dichos de
Bruno, Akerfeeld y Petric, además del mismo Bonicalzi, no sólo que existió la comunicación que él admitiera
sino que durante esta emitió los conceptos de alto contenido intimidante que ya se describieran en la primera
cuestión.
Es más, sobre que, durante la conversación del imputado y denunciante, se emitieran palabras amenazantes,
están también los testimonios brindados por Alfonso Ramoneda, Daniel Alberto Giménez y Damián Cardozo,
los que estaban en el edificio de la Alcaldía y recordaron como aquella mañana Giménez le dijo a Bonicalzi que
estaba a quien denominaron como "Cacho" Arias en la línea queriendo pasarle a éste un llamado de Juan Carlos
Rousselot, luego de lo cual y al hablar Bonicalzi con quien debía ser el ex jefe comunal le decía que le estaba
amenazando con que iban a ir allí a los tiros, rememorando también Cardozo y Giménez el nerviosismo en que
cayera el Secretario de Gobierno.
Respecto de los hechos tratados en la segunda cuestión que perjudicaran al erario de la administración
pública local, está claro también que el imputado Sr. Juan C. Rousselot, en su calidad de Intendente Municipal,
fue quien dio las órdenes necesarias para la ejecución de los trabajos y la publicación de la nota periodística, es
algo que no viene cuestionado e imposible de poner en crisis.
En efecto, tal es así que él mismo al prestar declaración en dos oportunidades frente al estrado aceptó haber
dado las órdenes respectivas a sus subalternos con esos fines, lo que además se confirma totalmente con los
diversos elementos documentales y testimoniales ya tratados al dar respuesta a la cuestión segunda.
Incluso hasta comprobamos que visitó las obras conforme dijo y tal como fue el vívido recuerdo de los
trabajadores que vieron su presencia en el lugar.
Un renovado ingrediente de autoría se desprende de cuando estuvo también Rousselot, aunque inicialmente
lo desconoció en la audiencia, en la oportunidad en que el vicecomodoro Vaccaro, escogido por sus superiores
de la Fuerza Aérea Argentina para hacer de vínculo con la comuna, fue a decirle que las obras debían
suspenderse por no contarse con autorización, lo que Vaccaro recordó con nitidez acorde a la importancia del
encargo, aunque en definitiva mentara sólo el concepto de lo que le contestaron y no las palabras precisas.
Ninguna duda tuvo el aviador de haber cumplido el cometido encomendado, al punto que antes se reunió con el
doctor Bruno y Poli en el mismo edificio, anoticiándoles la medida dispuesta por su alto mando, lo que Bruno
confirmó. Ocurre, y esto es lo que anotaba en su alegato el doctor Brude, aunque con otro sentido, que no fue
una respuesta lógica la que recibió. Esa es la única incongruencia, que ante semejante gravedad del anuncio,
nada menos que la suspensión de tan costosas obras y en definitiva de un proyecto que tantas reuniones
motivara, Rousselot le dijo que ya lo había arreglado con la base aérea (en el careo con Achinelli) y llamándolo
allí a Achinelli, preguntándole si había un problema en las obras de la base aérea, éste le contestó que ninguno.
Por respeto se quedó sin indagar más, con esa incongruencia, cuando lo que correspondía era que Rousselot
tomara nota de la suspensión y citara a su secretario para evaluar las medidas del caso. Y confundido quedó con
esa escena, suponiendo que quizá no había sido informado de una revisión del lanzamiento. De cualquier forma,
luego del cónclave, comunicó inmediatamente a la superioridad aeronáutica la confirmación de la tarea

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cumplida la que fue recibida por sus jefes conforme fuera el testimonio de Dutra.
Así las cosas y siendo que nada se había acordado con el entonces Jefe de la VII Brigada Aérea, a cargo de
la custodia del edificio, conforme éste depuso en la audiencia, se hace evidente la estratagema de decirle a uno
que ya había arreglado con el otro para así seguir pese a todo con sus planes.
También admitió la entrevista el coprocesado Néstor A. Achinelli, y cómo es que, estando a cargo de la
Secretaría de Servicios Públicos fue que recibiera los mandatos de parte del entonces jefe comunal, y también
de cómo estuvo el ex intendente reunido con Vaccaro en ocasión en que se le interrogara por los problemas en
la base.
Así es que las pretensiones reiteradamente formuladas por el ex Intendente y su defensa de que no existe
dolo y que todo estaba autorizado por la carta de intención suscripta con el Brigadier Dutra como por la
permisibilidad al ingreso de los obreros, carecen de asidero. Porque lo que sí queda muy claro es que incurrió en
notables contradicciones, no sólo al simular ante Vaccaro que la suspensión de los trabajos que le comunicaba
estaba desautorizada por otro lado, sino cuando empezó negando la existencia de esa entrevista tan desfavorable
y cuando también negó que supiera que iba a inaugurarse algo en el mes de diciembre de 1998. Que las obras se
aceleraban para un acto de inauguración o presentación con presencia del Presidente de la Nación y hasta el
Gobernador de la Provincia, es asunto que todos los trabajadores inclusive Arroyo, sabían y que no podía venir
de la mano de otro que no fuera el entonces Intendente.
Parece también un ocultamiento lo ocurrido con el propio Secretario de Salud el profesor emérito doctor
Francisco Casavilla que en punto tan sensible para su área, como nada menos que el traslado del nosocomio
municipal, contó en la audiencia de debate, que se enteró por la publicación que ya se viera del diario "La
Nación" y que nunca había leído la misiva que supuestamente le había mandado el doctor Spada, Director del
Hospital en relación a los costos para reformarlo.
También, debe recordarse, disimuló el encausado la realidad al indicar que los trabajos se habían abonado
por vía de reintegros y no por órdenes de compra, por exclusivas razones de celeridad, cuando estas últimas
requieren de una partida presupuestaria donde imputarse, conforme surge de los arts. 112 y 118 de la ley
orgánica de municipalidades y 157 del reglamento de contabilidad.
Aunque las obras tuvieran que haber sido precedidas de ordenanza del Concejo Deliberante y convenio
específico con la Fuerza Aérea, el entonces Intendente quería realizarlas igual, de todos modos, y de allí esos
engaños y ocultamientos.
No es posible pretender seriamente al menos, que no requerían la intervención del cuerpo deliberativo
comunal, atendiendo a su envergadura por un lado, cuando desde el art. 1º de la ley orgánica de las
Municipalidades decreto ley 6769 con sus leyes modificatorias en adelante, se establece que la administración
municipal se integra por el departamento ejecutivo y el departamento deliberativo. Máxime cuando por art. 28
inc. 1º de dicha ley orgánica corresponde al Concejo establecer hospitales, y trasladar al hospital municipal
existente a otro sitio es establecerlo en otro lado. Gasto tan grande como implicaba una finalidad semejante
debió ser previamente determinado por el Concejo Deliberante en el presupuesto anual tal como lo establecen
claramente los artículos 29, 31 y 34 de la ley orgánica municipal, al cual el departamento ejecutivo tenía la
obligación de adecuarse. Inclusive un convenio con la Fuerza Aérea no solamente debía aprobarse en el
Honorable Concejo Deliberante municipal sino que necesitaba la previa autorización del gobierno Provincial,
desde que depende del Ministerio de Defensa de la Nación y se trata entonces de vinculación con la Nación
surgida de un convenio, conforme la manda del art. 42 de la citada ley orgánica. Y es visible que nada se había
hecho en ese sentido.
Las pretendidas reformas o mejoras que se estaban haciendo en el edificio aeronáutico, aunque se
pretendieron disimular en un caso y magnificar en el otro, eran de singular importancia cuando trabajaron allí
por varios meses no menos de cuarenta obreros con la aplicación de ingentes recursos, como describieron los
testigos en la audiencia.
No pueden estos trabajos escapar al concepto de obra pública descripto en el artículo 59 de la ley orgánica
municipal sea por su pertenencia a la comuna, por su destino relacionado a la salubridad, o por ser un servicio
público de competencia municipal, por lo que, de cualquier manera eran competencia conjunta de ambos
departamentos.
La tantas veces mencionada ordenanza nº 633/97 no es sino en definitiva una forma de abrogar la ley,
porque disponer como lo hace que el intendente no debe ajustarse estrictamente a las partidas presupuestarias y
puede disponer en consecuencia transferencias entre estas, es lo mismo que decir, que los cálculos previos de
gastos y las imputaciones a partidas están demás. ¿Para qué entonces un presupuesto habría que preguntarse?,
¿Para qué las cavilaciones y debates de los concejales sobre el punto, si luego el intendente lo puede cambiar a
su arbitrio? Definitivamente una ordenanza está en la parte inferior de la pirámide legislativa y no puede alterar
las leyes que la regulan.
Viendo esto quizá el Concejo Deliberante expidió en 1998 la ordenanza nº 1078 derogando los artículos 41,

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42 y 43 de la Nº 633/97, aunque estrictamente por violar la ley y por darle al Intendente más facultades que la
ley dispone, en mi opinión, en principio era nula la primera.
Las posteriores maniobras del departamento ejecutivo vetando la ordenanza 1.078/98 por el dec. 940/98 a su
vez rechazado por el Honorable Concejo Deliberante con la insistencia del decreto 147/98), que no fue
comunicado al Contador ni promulgado oportunamente, a no dudarlo porque era un recorte de sus facultades,
revela la constante de querer pasar por sobre las atribuciones del órgano legisferante. Esto es de particular y
significativa relevancia en este asunto, toda vez que se sitúa en el inicio de la ejecución de las obras que ya
vimos y habla de la voluntad de seguir adelante en este proyecto a pesar de las normas que se lo vedaban
nítidamente.
Por todo lo cual, y por ser ello mi sincera convicción a esta 3ª cuestión voto por la afirmativa (arts. 210 y
371 inc. 2º del Cód. Procesal Penal).
A esta 3ª cuestión el doctor Castañares, por los mismos fundamentos y por ser también su sincera
convicción vota por la afirmativa (citas legales las precedentes).
A esta misma 3ª cuestión el doctor Torti dijo:
Adhiero a la excelente descripción de la prueba de cargo desarrollada por el doctor Rodríguez, y, por mi
parte agrego lo siguiente.-
Satisfactoria y positivamente ha quedado resuelto el cuerpo del delito. Entiendo, a su vez, que el encausado
protagonizó los hechos, en la calidad autoral adjudicada originariamente por el Ministerio Público Fiscal.
No advierto ninguna circunstancia o elemento que degrade la prueba de incriminación y que, de alguna
manera, me impida o nos impida, alcanzar el norte de todo proceso judicial, cual es el de la verdad objetiva
material. Con esto quiero destacar que no poseo dudas y, por ende, tengo la plena convicción de que el
sindicado es el autor y coautor de los sucesos que se le atribuyen.
Ante todo, cuadra puntualizar que es doctrina que los jueces no estamos necesariamente obligados a
ponderar todas las probanzas producidas en el juicio, sino sólo aquellas estimadas conducentes para fundar las
conclusiones, como tampoco estamos obligados a tratar todas las cuestiones expuestas ni analizar los
argumentos que a nuestro juicio no sean decisivos. Y, nuestra añosa doctrina legal ha sido enfática al señalar
que, en la valoración de las pruebas no se violan las reglas de la merituación porque el juzgador prefiera una u
otra (SC Buenos Aires en "A. y S.": 1959-I-668, 1959/II/81 y 781, 1960/I/243, 1960/II/393, 1961/V/74,
1962/I/793 y 1967/I/809).
Consecuentemente, estamos autorizados a dar mayor fe al dicho de un testigo que al de otro por motivos
razonables (SC Buenos Aires en íd. ob.: 1956/IV/596, 1958/V/130 y 1959/I/101 y 638), puesto que es nuestra
facultad seleccionar los elementos probatorios, entre ellos a los testigos, prefiriendo a unos sobre otros, y que
nos lleven a la convicción de certeza, descartando los que resulten inconducentes para alcanzar este estado
convictivo (SC Buenos Aires en ob. cit.: 1965/III/576, 1972/III/666 y 1973/II/692), lo que alude a que
ponderemos en el juicio de mérito a los que únicamente resulten esenciales o necesarios para el fallo de la causa
(SC Buenos Aires. en Ac. 33.693 del 25/IX/1984).
Respecto de la prueba testimonial hemos de valorar preferentemente las declaraciones que merecen mayor
credibilidad (SC Buenos Aires, Ac. P 37.940 del 12/IV/1989), y ello en sí, no significa irrazonabilidad, ni
afectación de las reglas que rigen la crítica de los testimonios (SC Buenos Aires Ac. P 39.496 del 7/VI/1988)
porque, como anticipé, estamos facultados a dar preferencia a unas pruebas respecto de otras sin que ello resulte
violatorio de esas reglas de juicio (SC Buenos Aires en Ac. 32.070 del 28/VI/1988).
Ello es así, a partir de los principios que son de la esencia del juicio oral, donde el contacto o la relación
visual inmediata que se establece con la prueba testifical que recibimos ante y frente a nosotros, viéndola y
escuchándola directamente, a través del interrogatorio y control de las partes, nos permite examinar las
características de la persona que declara y, fundamentalmente, apreciar en conciencia todas las demás
circunstancias que nos permiten fijar su credibilidad probatoria, tanto si es de cargo, como de descargo (Muñoz
Conde, Francisco en "Búsqueda de la verdad en el proceso penal", vol. I, págs. 53/55, Ed. Hammurabi, 2000).
Estos principios básicos rigen para examinar con todo el criticismo necesario el testimonio que de sus
propios actos nos brindó al comienzo del debate el imputado Rousselot, al decidir declarar bajo el control de las
partes antes de que se inicie la recepción de la prueba, y, enfrentarla con el restante plexo testifical conformado
por Carlos H. Bonicalzi, Miguel A. Bruno, Patricia P. Akerfeld y Elisa M. Petric para precisar con un nivel de
certeza suficiente cuál fue el comportamiento que le cupo al acusado.
Desde este punto de vista lo declarado por los testigos me basta y nos bastará para justificar el cargo
delictivo sostenido por el Ministerio Público Fiscal.
En este punto, las atestiguaciones contribuyentes de Carlos H. Bonicalzi, reforzada con las deposiciones de
Miguel A. Bruno, Patricia P. Akerfeld y Elisa M. Petric, tal como fueron recibidas por nosotros, me resultan
directamente conducentes para estructurar, a partir de su combinación, la prueba de la incriminación.

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Valoro preferentemente estas testificaciones que provienen de quienes, estuvieron ubicados preferencial e
inmediatamente en el desencadenamiento de los hechos, perfectamente perceptores de su factura, es decir, en
contacto inmediato con el comportamiento directamente ejecutivo del delito, y, por ende, en la definitiva
captación individualizadora de su autor, pues corroboran lo que éste profirió haciendo uso de amenazas hacia la
persona con la cual mantenía comunicación telefónica y, si bien nos señaló en la audiencia de debate que es un
hombre fuerte en la defensa de las ideas y que en tono únicamente subido le dijo a Bonicalzi que "no te metas
con mi gente", no es menos cierto que esta frase ha quedado deliberadamente inacabada porque fue más extensa
tal como surge del conjunto de testimonios de Bonicalzi, Bruno, Akerfeld y Petric que directamente percibieron
como Rousselot, enérgico pero concretamente agresivo, palabras más o palabras menos le dijo a Bonicalzi "sos
un hijo de p... no te metas con mi gente... si querés tiros ya vas a tener tiros porque yo voy a ir con mi gente para
ello".
Por lo cual, siendo que las secuencias ejecutivas del suceso fueron directamente aprehendidas
sensorialmente por los aludidos deponentes, resultando coincidentes en lo esencial, corroboran no sólo la
utilización de la amenaza expresada sino también corroboran la mendacidad del acusado. Y ello es así porque
contemplo al material probatorio en su conjunto y no fragmentariamente, aceptando la fuerza convictiva que
suministra como un todo unitario y coherente (Dohring, Erich en "La prueba. Su práctica y apreciación",
pág.406, EJEA, 1986).
En definitiva, todas las declaraciones antedichas, son contestes con las circunstancias de modo, tiempo,
lugar y ocasión con que deben examinarse los testimonios, frente al acaecimiento que percibieron. Ello significa
que como sujetos probantes y aportadores de datos objetivos, debidamente analizados en su extensión,
obtenemos la convicción razonada de quién realizó el hecho delictivo. La prueba personal aludida posee esa
aptitud probatoria.
Y, conviene apuntar que la certeza jurídica es certeza histórica o certeza empírica, que se obtiene de una
apreciación de la prueba verdaderamente libre, porque tiene como presupuestos necesarios que exista el
contacto inmediato y oral entre los jueces, por un lado, y las partes y los demás medios de prueba, por el otro, lo
que asegura el éxito en la búsqueda de la verdad, pues la impresión fresca, directa, inmediata y personal del
juzgador es la que suministra la base más segura para una decisión sobre los hechos y nutre la convicción de la
verdad (Walter, Gerhard en "Libre apreciación de la prueba", págs. 183/185, 363 y 369, Ed. Temis, Bogotá,
1985).
En su medida, las declaraciones se concatenan, y es dable advertir que contienen, esencialmente, prueba apta
para individualizar con los alcances asignados, el comportamiento del autor; por lo cual, habiéndose rendido
todos los testimonios de cargo con juramento de decir verdad y bajo las condiciones formales pertinentes a su
incorporación y pasado por los juicios de sinceridad, logicidad, convergencia, concordancia, credibilidad y
verosimilitud, con la salvedad de que los testimonios se sopesan y no se suman (Rocha Degreef, Hugo en "El
testigo y el testimonio", p. 27, Ediciones Jurídicas Cuyo, 1999), con más el valor agregado de resultar
testimonios "ex propio sensibus", aportantes de un conocimiento original, por su relación directa o situación
especial frente al hecho y su autor, los que los convierte en el medio de prueba más importante e indispensable
para todas las circunstancias jurídicas relevantes (Gorphe, Francois en "La apreciación judicial de las pruebas",
p. 373; Dosi, Ettore en "La prueba testimonial", págs. 14 y 15, Editorial Temis, Bogotá, 1986; Tschadek, Otto
en "La prueba", p. 23 y 119, Ed. Temis, Bogotá, 1982; Dohring, Erich en ob. cit., págs. 20 y 21) y ponderando
que nuestra instancia tiene potestad soberana en la apreciación de los testimonios, sobre todo, cuando debemos
valorar el alcance de las testificaciones en las que hemos tomado contacto a través de la substanciación del
juicio o debate oral (C.S.J.N. en Fallos 281:182; S.C.B.A. en "Acuerdos y Sentencias": 1961-II-13, 1963-II-904,
1973-II-405 entre otros; Tribunal de casación penal de la provincia, causa nros. 73/99 y 185/99; Claria Olmedo,
Jorge en "Derecho Procesal Penal", tomo II, p. 401, Ed. Lerner, 1984; ADIP, Amado en "Prueba de testigos y
falso testimonio", p. 44, Depalma, 1983), es mi opinión que la fuerza probatoria de su conjunto suministra el
suficiente poder convictivo para sellar adversamente la suerte del causante. No encuentro enviciamiento o
desvío lógico en el encadenamiento inferencial que se construye a partir de los testimonios recibidos, para
declarar la autoría punible en cabeza del imputado.
Entiendo que frente a cierta insistencia de la defensa introducida por otra parte en la discusión final por el
Ministerio Público Fiscal, respecto del valor probatorio de un solo testigo, más allá de que en el presente caso
no se daría esta condición probatoria porque así lo indica el conjunto testifical alcanzado, debo por lo menos en
este aspecto renovar ciertas ideas que se inscriben en la "mínima actividad probatoria suficiente" que
consagráramos en el precedente "Maltez" (causa nro. 119, R.S. 67 /2000). Dijimos en ese pronunciamiento que
"nuestro sistema de convicción sincera nos obliga aplicar las reglas del criterio racional y experiencial (Walter,
Gerhard en "Libre apreciación de la prueba", pág.356, Ed. Temis, Bogotá, 1985). Por lo cual, la máxima "testis
unus testis nullus" no tiene aplicación en nuestro derecho, por cuanto no siempre la existencia de varias
declaraciones concordantes son índice de garantía de verdad, ni tampoco la existencia de un testigo único
significa ausencia de valor convictivo de su testimonio (Varela, Casimiro en "Valoración de la prueba", pág.
283, Astrea, 2da. edic., 1999)" -el testimonio de Carlos Hugo Bonicalzi al que lo he sometido a toda la presión

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critológica, y confrontado con el marco vivencial que he comprobado, sumándolo al de Bruno, Akerfeld y
Petric, sobre la base de la actuación que desarrolló el acusado al atentar contra la libertad, incluyendo su estado
emocional, me basta y nos bastará, para atribuirle al aquí imputado, la acción delictiva.
Y dijimos en "Maltez" que "desde este punto de vista,...debemos consagrar la doctrina de la "mínima
actividad probatoria suficiente" para destruir el constitucional pero interino estado de inocencia del imputado,
pues esa mínima actividad probatoria se satisface o puede quedar integrada por uno o más medios de prueba, sin
que su exigencia comporte una previa determinación de su número (Miranda Estrampes, Manuel en "La mínima
actividad probatoria en el proceso penal", pág. 130, J. M. Bosch Editor, Barcelona, 1997). De lo que se sigue,
por consiguiente, no sólo la concurrencia de una mínima prueba de cargo, sino que además tenga la condición
de suficiente. Y, en este sentido, lo de la suficiencia de la prueba se vincula a un juicio valorativo que nos es
propio, para comprobar si una prueba de cargo existente y regularmente practicada (como en este caso el
testimonio de la víctima) con todas las garantías es idónea para probar los supuestos del hecho normativo (el
hecho punible y la participación -segmento en el que ahora estamos-). Y desde este punto de vista, el juicio
valorativo de suficiencia supone analizar o examinar la eficacia de la prueba de cargo, es decir, su fuerza o valor
probatorio, y ello no sólo en su aspecto formal (prueba practicada con todas las garantías), sino
fundamentalmente, en su aspecto material, es decir, que el medio convenza por sí sólo o en concurrencia con
otros, eliminando cualquier duda racional acerca de la culpabilidad del acusado (Miranda Estrampes, Manuel en
ob. cit., págs. 576/577).
Y afirmamos en el precedente que se cita que "La suficiencia de la prueba se define como su aptitud para
formar la convicción judicial, como finalidad de la misma, y, en otras palabras, prueba suficiente y prueba
convincente aparecen, pues, como conceptos sinónimos". Ergo, el testimonio de Carlos Hugo Bonicalzi es
suficiente como prueba de cargo para incriminar al imputado en el atentado que examinamos, reforzado
eficientemente por las testificaciones contributivas de Bruno, Akerfeld y Petric.
Acoto que no he encontrado en las deposiciones de Bonicalzi, Bruno, Akerfeld y Petric, muestras o
evidencias de que hubiesen testificado inspirados por odio o enemistad manifiesta hacia el imputado. Las
atestaciones que nos brindaran no trasuntan ni tampoco es dable barruntar que hayan declarado con un propósito
deliberado e influenciado por intereses negativos y contrapuestos a la justicia, emparentados en todo caso con
causarle un perjuicio particular al imputado, por una suerte de encono personal o político. En este punto, los
testimonios son absolutamente creíbles, me merecen entera fe y, por lo tanto, los apreció con el carácter cargoso
ya anotado.
En este punto creo que la prueba (como objetivo procesalmente realizable) captada inmediatamente durante
la audiencia oral, cumple con su finalidad que no es otra que la de lograr la convicción judicial, es decir, el
convencimiento del juez sobre la exactitud de los hechos afirmados durante el debate (Miranda Estrampes,
Manuel en ob. cit., págs. 45, 46, 47, 51).
Con relación al hecho contra la administración pública conviene recordar que la intención dolosa debe
probarse y que si el dolo no aparece reconocido por el agente, ya sea explícita o implícitamente, la
incriminación debe verificarse con el auxilio de prueba independiente, demostrándose en cada caso a través de
la suma de las circunstancias que rodearon al suceso (SC Buenos Aires en "Acuerdos y Sentencias":
1956/VI/153, 1957/IV/677, 1959/II/630, 1959/III/529, 1965/I/217, 1968-573).
El dolo debe ser reconocido y declarado en el tiempo del hecho típico, en el momento de la conducta
causante (Vidal, Humberto S. "Derecho Penal Argentino", Parte General, p. 301, Ed. Advocatus, 1994, 4ta.
edic.; Nuñez, Ricardo en "Tratado de Derecho Penal", t. II, p. 66, Lerner Ediciones, 1978).
Ello es así, puesto que el sistema legal argentino repudia la presunción de dolo (Jiménez de Asua, Luis en
"El criminalista", t. II y IV, págs. 33 y 196 y "Tratado de Derecho Penal", tomo V, págs. 656 y sgtes.; Cerruti,
Juan en "Indivisibilidad de la confesión calificada" en La Ley 37-635; Arancibia Rodríguez, en "Presunción
general de voluntariedad jurídica" en Rev. de Derecho Penal, año IV, nro. 93, p. 95; Nuñez, Ricardo en "La
culpabilidad", p. 119 y ob. cit., t. II, p. 66 y sgtes.; Sanchelli, Tulio en "La confesión del delito", Enciclopedia
Jurídica Omeba, tomo III, pág. 792, Ed. Bibliográficas Argentinas; Caamaño Rosa, en "La confesión del
imputado" en J.A. 1962-I-90; Soler, Sebastián en "Derecho Penal Argentino", t. II, p. 119/120, Ed. TEA, 1983;
S C Buenos Aires en "A. y S.": 1956/IV/400, 1958/VI/231 y 1963/III/93), de allí que como ya anticipara la
participación dolosa debe probarse, y si no aparece explícita o implícitamente reconocida por el propio agente,
será la prueba independiente, en cada caso, la que podrá demostrarlo a través de todas las circunstancias
exteriores deducibles, estando tal apreciación sujeta a nuestro juicio valorativo.
En este sentido entiendo que los actos exteriores que se transmiten a partir de los actos de gobierno de quien
era titular del departamento ejecutivo del gobierno municipal, ponen en evidencia un comportamiento doloso,
una intención dirigida a la consecución de un objetivo, recorriendo el carril del delito al desviar el recto destino
de los fondos públicos a sabiendas de lo que hacía, porque no se concibe que el imputado desconociera los
preceptos legales y reglamentarios con arreglo a los cuales debía determinarse en el ejercicio de su mandato
constitucional.

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En mi opinión no pueden desatenderse ciertas reglas que deben observarse en el correcto gobierno
municipal, especialmente, en la relación institucional democrática que guardan los órganos involucrados, es
decir, el deliberativo y el ejecutivo, a través de la ley orgánica de las municipalidades que prevé sus respectivas
e interrelacionadas incumbencias funcionales (Decreto-ley 6769/58 y modificatorias).
En este punto, conviene poner de resalto antes de entrar al fondo del estudio de la normatividad, que el
repugnante desenfreno de utilizar un método de la práctica política que privilegia el individualismo por sobre
los intereses colectivos hasta el punto de dañarlos o comprometerlos desaprensivamente, desnaturaliza el
principio del recto gobierno democrático y republicano que tanto ha costado a la comunidad argentina y que
debe prevalecer a salvaguarda de cualquier intento personalista o sectario, sobre todo cuando se patentiza que
otro de los sectores enfrentados, en esta política de pago chico, aún de una misma idea partidaria, tampoco
repele o evita, o es refractario o impermeable a tales prácticas, regidas por el oportunismo y el aprovechamiento
para sí de los réditos de la cosa pública no necesariamente a partir de la ventaja material, sino en la obtención de
cuotas y permanencia en el poder, con olvido de las necesidades impostergables de sus administrados,
depositarios del mandato que les confieren por el voto popular.
La personalidad que se detecta en el acusado confirma una inclinación al comportamiento arbitrario en los
actos de gobierno, donde como el mismo lo definió hasta el hartazgo en su declaración durante el debate, "si se
puede lo más, se puede lo menos", es decir que frente a tamaña concepción donde todo se puede, se advierte que
tal sentido embiste contra el adecuado diseño funcional del gobierno municipal, donde la coexistencia
institucional de los departamentos deliberativo y ejecutivo, con sus esferas competenciales perfectamente
delimitadas por regulaciones legales (art. 190 de la C.B.A. y art. 1 del decreto-ley 6769/58), indica que las
acciones de conducción deben atenerse al orden democrático y republicano de gobierno en el sentido de respetar
las incumbencias funcionales respectivas y, sobre todo, las limitaciones que a las mismas imponen las leyes y
reglamentaciones vigentes en cuanto determinan y obligan al departamento ejecutivo comunal. Lo contrario
conlleva al descrédito institucional y, por sobre toda las cosas, al desgobierno en perjuicio de la ciudadanía toda.
Ahora bien, en este punto creo necesario destacar que la Suprema Corte de Justicia de la Provincia ha
brindado un marco de pensamiento insoslayable que debe reiterarse en aras de significar cómo un desfigurado
acto de gobierno encubría en realidad un emprendimiento de naturaleza delictiva mediante el desvío no
autorizado de los fondos públicos.
Así, se ha pronunciado que la juridicidad configura el marco del cual no puede sustraerse la actividad del
Estado nacional, provincial o municipal. Por tanto, es preciso que las decisiones estatales respeten los
procedimientos esenciales previstos en las normas legales, y cuya cumplimiento se erige en una garantía de los
administrados que adquiere excepcional significación dentro de la Administración Pública (in re Ac. B 54.961
del 30/VIII/1996).
El mismo Tribunal, expuso en otro precedente que "existiendo una ordenanza que impone un procedimiento
dado para el dictado de un acto, la autoridad debe ajustarse a él en resguardo del principio de legalidad que le
impone respetar la norma general por ella misma emanada. Si así no lo hace, obra excediendo las atribuciones
normativamente conferidas" (in re Ac. B 48.763 del 30-VII-1985).
Desde este punto de vista, la existencia de un régimen comunal (art. 5 de la Constitución de la Nación y art.
190 de la Constitución de la Provincia) impone que las potestades de quienes están políticamente organizado en
el régimen, se ejerzan en el marco de la legalidad, el cual se erige como pilar del Estado de Derecho. Por ende,
será siempre el límite impuesto a todo obrar municipal (in re Ac. L 47.090 del 7/IV/1992; L 49.479 del
14/IV/1992; B 55.010 del 2/VIII/2000).
De allí que "ninguna repartición estatal puede dejar de aplicar el principio de legalidad objetiva, esto es la
defensa de la norma jurídica con el fin de mantener el imperio de la legalidad y justicia en el funcionamiento
administrativo" (in re Ac. B 43.362 del 22/V/1984). La sujeción de la Administración al postulado de marras
determina que toda actuación estatal se encuentre acorde con normas atributivas de competencia orgánica con
sustento en las cuales se dicten los actos pertinentes (in re Ac. B 51.720 del 2/VIII/1994).
Estos principios no pueden desatenderse en orden al valor e imperatividad jurídica de las Ordenanzas y
Decretos que enfrentaron en el momento y con vinculación al hecho que se juzga, las decisiones de los órganos
del régimen municipal de Morón, es decir, el deliberativo y el ejecutivo, aunque no se tradujese -contrariamente
como lo ha interpretado quien fuera titular del departamento ejecutivo y ahora imputado- un verdadero conflicto
interno de poderes, sin perjuicio de apuntar que más allá de la opinión personal del acusado, respecto a su
inobservancia de las Ordenanzas que emitiera el Concejo Deliberante, a la sazón "ley local", no se advierte
ningún conflicto interno de poderes bajo los parámetros constitucionales y legales aplicables, habida cuenta la
taxatividad que, sobre el punto, establecen los textos normativos aplicables (arts. 196 de la Constitución; arts.
261/264 con reenvío a los arts. 247 a 256 con excepción de los arts. 248, 254 y 255 1er. párr. del dec-ley
6769/58), por todo lo cual, se advierte la ilegalidad y, por ende, la ilicitud penal de los actos asumidos por quien
era titular del ejecutivo comunal, al no cumplir con la imperatividad de los actos del órgano deliberativo y,
definitivamente, con las propias cláusulas de la ley orgánica de municipalidades.

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La problemática planteada obliga a apuntar algún comentario sobre la naturaleza jurídica de las Ordenanzas
Municipales, tomando como base que según el art. 77 de la Ley Orgánica Municipal las disposiciones que
adopte el Concejo se denominarán: "a) Ordenanza, si crea, reforma, suspende o deroga una regla general, cuyo
cumplimiento compete a la intendencia municipal; b) Decreto, si tiene por objeto el rechazo de solicitudes
particulares, la adopción de medidas relativas a la composición u organización interna del Concejo y en general
toda disposición de carácter imperativo que no requiera promulgación del departamento ejecutivo..."
Por lo cual, la Suprema Corte de Justicia de la Provincia través de la doctrina de los autores que le asignan a
las ordenanzas el carácter de leyes locales (Mouchet, Carlos en "Facultades legislativas y reglamentarias de los
municipios" en La Ley 95-889) y con cita de la Corte Suprema de Justicia de la Nación (fallos 312:1394) que la
consideró legislación local, ha dicho repitiendo las palabras del Tribunal Federal que en el marco del régimen
municipal estatuido por la Constitución de la Provincia de Buenos Aires, que prevé que las Municipalidades
estarán compuestas de un departamento ejecutivo unipersonal y un departamento deliberativo, con la sanción
del dec.-ley 6.769/58 se deslindan las atribuciones y responsabilidades de cada uno de sus departamentos de
gobierno, conforme a lo cual, el art. 24 de la Ley Orgánica Municipal, establece que "la sanción de las
ordenanzas y disposiciones del municipio corresponden con exclusividad al Concejo Deliberante". Y que las
ordenanzas así sancionadas por el órgano competente "regirán mientras no sean derogadas por otras que
expresamente se mencionen (art. 281, Ley Orgánica Municipal), siendo competencia del Departamento
Ejecutivo, "promulgar y publicar las disposiciones del Concejo o vetarlas dentro de los diez días hábiles de su
notificación. Caso contrario, quedarán convertidas en ordenanzas" y "reglamentar las ordenanzas" (art. 108 incs.
2 y 3., Ley Orgánica Municipal).
La Corte Suprema de Justicia de la Nación enfatizó en el último fallo citado, renovado por la Suprema Corte
de Justicia en el también citado Ac. B 55.010 que "En la Ley Orgánica Municipal las ordenanzas han sido
nítidamente diferenciadas de las reglamentaciones de los órganos burocráticos o descentralizados de la
Administración comunal, tanto por sus características formales, como por el origen y conformación del órgano
del que emanan y el procedimiento de su formación y sanción. Las ordenanzas emanan de un órgano de
gobierno elegido por el sufragio popular; es, como la ley, una expresión "soberana" de la voluntad popular, de la
voluntad comunitaria organizada. En cambio, el reglamento, si bien materialmente legislativo, emana de un
órgano que ejerce actividad esencialmente administrativa, mediante un cauce formal distinto, según un
procedimiento que tiene como característica la organización jerárquica. El reglamento, que en la estructura
municipal es producto de la voluntad de los órganos ejecutivos (intendente, secretario y funcionarios
dependientes), pertenece a la esfera de la "Administración", que es una organización instrumental de gestión,
tiene carácter vicarial y subordina permanentemente su voluntad a las normas dictadas por los representantes
directos del pueblo".
Esta significancia jurídica permite examinar de mejor manera los alcances que cabe asignarle a la actuación
delictiva que le cupo al entonces titular del Departamento Ejecutivo de la Municipalidad de Morón, y, a su vez,
a quien se desempeñaba como Secretario de Servicios Públicos en ese mismo órgano ejecutivo.
Conforme las facultades concedidas por los arts. 27 y especialmente el art. 28 de la Ley Orgánica Municipal,
entre otras, "Corresponde al Concejo, establecer: 1. Hospitales, maternidades, salas de primeros auxilios,
servicios de ambulancias médicas". Ello, plasmándolo mediante el acto legislativo específico contemplado en el
art. 24 del mismo ordenamiento.
No está entre las facultades del Departamento Ejecutivo, el establecimiento de tal infraestructura pública,
conforme se desprende de la enumeración taxativa del art. 108 de la Ley Orgánica Municipal.
Ergo, el establecimiento de un hospital como potestad exclusiva y excluyente por parte del Departamento
Deliberativo tal como se desprende del contenido en el art. 28 inc. 1ro., requiere de un acto legislativo expreso.
Le está vedado al Departamento Ejecutivo, todo lo relacionado con el establecimiento hospitalario, pues aún
bajo el empleo de fórmulas encubiertas de actuación, para enmascarar confusamente a la opinión pública, como
las de trasladar, traspasar o mudar el asiento del hospital, ello reviste sinonimia jurídica con el vocablo
"establecer" que no necesariamente está emparentado con hacer algo nuevo, sino con la mera disposición de
asentar el hospital público en un asentamiento distinto del original, en una nueva sede.
Ello es así, porque la naturaleza de la disposición normativa que se requiere para instrumentar el
establecimiento de un hospital, se vincula con el concepto de obra pública municipal, pues una decisión de tal
significancia, constituye bajo la letra de la L.O.M. obra pública municipal en el sentido más estricto, pues así lo
son "a) Las concernientes a los establecimientos e instituciones municipales" (art. 59 literal "a"), lo cual
conlleva un procedimiento de realización especial (arts. 60 y concs. del mismo ordenamiento), el que fuera
directamente apartado por el voluntarismo de quien ejercía la titularidad ejecutiva del gobierno municipal.
Estos aspectos van desnudando de todo ropaje de legalidad el intento del acusado Rousselot de estar
legitimado para obrar como lo hizo.
El Concejo Deliberante no había ordenado el establecimiento del hospital, y, a más de esta falta de

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autorización, tampoco mediaban circunstancias excepcionales de urgencia y emergencia que impusieran a todo
extremo el restablecimiento del hospital, aunque vale hacer la salvedad -contrariamente a lo manifestado por el
acusado en cuanto a sus facultades- que el "departamento ejecutivo podrá realizar gastos aún cuando el concepto
de ellos no esté previsto en el presupuesto general o excedan el monto de las partidas autorizadas, solamente en
los siguientes casos: "a) Para el cumplimiento de sentencias judiciales firmes. b) En casos de epidemias,
inundaciones y otros acontecimientos imprevistos que hagan indispensable la acción inmediata de la
municipalidad. Dentro de los quince (15) días posteriores a la realización de los gastos a que se refiere el párrafo
precedente, el departamento ejecutivo deberá promover la pertinente modificación del presupuesto" (art. 119,
Ley Orgánica Municipal.). De lo que se sigue que únicamente en los dos supuestos configurados en la
preceptiva y no en otras hipótesis, el titular del departamento ejecutivo podía gastar cuando no estuviere
previsto en el presupuesto aprobado y vigente, y, en consecuencia, solicitar al Concejo Deliberante la
legislación autorizante para el la disposición de créditos suplementarios o transferencias de otras partidas del
presupuesto que arrojen economía (arts. 109 y 118 de la Ley Orgánica Municipal y 218 del Reglamento de
Contabilidad -B.O. 14/1/1992). Por lo cual, es fácilmente advertible que el entonces intendente municipal, no se
encontraba autorizado a los gastos que efectuará en la órbita del Casino de Suboficiales de la ex VIIa. Brigada
Aérea de la F.A.A., con fundamento en que allí se instalaría el hospital municipal.
Desde este punto de vista, bastan las disposiciones comentadas para establecer que el desvío de los fondos
públicos comunales con infracción a las normas de la L.O.M., resultan reveladores de quebrantamiento típico.
Sentado entonces que solamente el H.C.D. puede establecer hospitales mediante actos propios en forma de
ordenanzas con la previsión presupuestaria que contenga la autorización de partida para la realización de esa
finalidad que resulta obra pública municipal (arts. 24, 27, 28 inc. 1°, 59 inc. 1ro., 108 incs. 2° y 3°, 112, 118),
los distintos argumentos defensistas no tienen entidad para justificar la conducta ejecutiva con relación a los
gastos desviados con esa finalidad liminarmente inviable, de allí que las consideraciones que conciernen a la
utilización de una metodología de gastos y operatoria de pagos basada en la compensación de partidas, reintegro
de gastos, etc., tal como parece desprenderse de la línea principal de las defensas técnicas, no es esencial ni
amparan a los defendidos de su evidente conflicto con la ley penal.
Acoto, por otra parte, que tal como se desprende de la preceptiva aplicable, y, fuera testificado por el
Contador de la Municipalidad de Morón, Gabriel E. Bernini, los reintegros de gastos provenientes de la
Secretaría de Servicios Públicos de la Municipalidad por donde se introducían los gastos desviados
ilegítimamente hacia las obras de la VII Brigada Aérea, eran continuamente observados por cuanto regía el Dec.
D.E. 800/98 que como consecuencia de haber implementado un programa de saneamiento financiero en las
cuentas del Municipio, prohibía la operatoria del reintegro de gastos hasta el 31 de diciembre de 1998, no
obstante lo cual, conforme el procedimiento legal de la observación y de la consecuente insistencia por parte del
titular del departamento ejecutivo, se legalizaba el pago mediante la imputación al nomenclador presupuestario
correspondiente (como en el presente, caso donde había saldos de liquidez, es decir, la Finalidad III "Servicios
Especiales Urbanos", Programa 7 "Servicios Urbanos Especiales sin Discriminar" del presupuesto en curso),
desde que ello implicaba desligar su propia responsabilidad y transferir la responsabilidad personal hacia el
Intendente, conforme lo prevé el marco legal (art. 8 del Reglamento de Contabilidad y art. 186 de la Ley
Orgánica Municipal). Y, en este punto, no obstante lo articulado por las defensas no deja de ser cierto que en el
ámbito de la figura que se ha perfilado al votar la segunda cuestión, la aplicación arbitraria de fondos por parte
de un funcionario público, requiere como elemento esencial la "inversión de caudales" y no la "imputación" a
más del dolo del agente sobre el destino de los fondos y su voluntad de efectuarlos incorrectamente (Villada,
Jorge L. en "Delitos contra la Función Pública", pág. 403/404, tít. X, numeral 1, Abeledo-Perrot, 1999; Manigot,
Marcelo en "Código Penal Anotado y Comentado" tº II, pag. 880, Ed. Abeledo-Perrot 4ª ed.).
Por otro lado, el testigo tal como lo destacó, ajustándose a las previsiones legales, el sistema de reintegro de
gastos es una operatoria de excepción y no se puede hacer a través de ella obra pública municipal que requiere
todo un trámite con intervención del departamento deliberativo, porque para su financiamiento debe haber una
específica partida presupuestaria; aludió asimismo que tampoco había acto administrativo alguno respecto de la
reasignación de recursos y compensación entre partidas presupuestarias, enterándose recién en el año 1999 que
hubo una Ordenanza que eliminaba esa facultad del departamento ejecutivo pero que nunca había llegado a su
conocimiento.
Y como corolario puede extraerse que una cosa es legitimar el pago mediante los recursos reglamentarios de
la observación y de la insistencia que obliga a darles imputación presupuestaria, con la consiguiente asunción de
la responsabilidad patrimonial personal de quien insistió con el pago, y otra muy distinta es legitimar la causa o
motivo de quien insistió con ese pago y que al provenir de un uso arbitrario en el destino de los fondos o
recursos comunales genera una responsabilidad individual penal.
En síntesis, pueden concluirse:
a) La Ordenanza Honorable Consejo Deliberante nro. 633/97 referida al Cálculo de Recursos y Presupuesto
General de Gastos para el Ejercicio 1998, promulgada por Decr. D.E. nro. 827-97, no contemplaba una partida

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de gastos para la finalidad del establecer el hospital (ver expediente municipal 4079-50.083/99 que contiene
tales antecedentes);
b) Ello es así porque el Honorable Consejo Deliberante no había dispuesto previamente establecer el
hospital (arts. 24 y 28 inc. 1ro. de la Ley Orgánica Municipal.);
c) No mediaban circunstancias de emergencia, excepcionales ni urgentes que autorizaran al departamento
ejecutivo a destinar gastos habida cuenta que la finalidad apuntada de establecer el hospital no es de las
previstas exclusiva y excluyentemente en el sistema del art. 119 literales "a" y "b" de la Ley Orgánica
Municipal.;
d) Tampoco surge potestad ejecutiva para la disposición o desviación de los gastos consignados con
fundamento en el establecimiento del hospital -no autorizada por acto administrativo alguno-, a partir de la
Ordenanza Honorable Consejo Deliberante 1078/98 que derogaba, a partir de la promulgación de la misma, los
arts. 41, 42 y 43 de la Ordenanza Honorable Consejo Deliberante. 633/97, aun cuando aquella fuera vetada por
Decreto D.E. nro. 940-98, siendo que por Decreto Honorable Consejo Deliberante nro. 147/98 se rechazó el
veto interpuesto, resultando que se trata de una disposición de carácter imperativo que no requiere promulgación
del departamento ejecutivo (arts. 69 inc. 2do. y 77 literal "b" de la Ley Orgánica Municipal). En este punto,
cierta insistencia del propio Rousselot y sus defensas sobre la temática con invocación del art. 240 de la Ley
Orgánica Municipal, encuentra la sinrazón en la nítida doctrina legal que establece que ninguna de las
previsiones de la Carta magna local ni del Decreto-ley 6.769/58 se desprende que el departamento ejecutivo
pueda de alguna manera examinar o revisar la legitimidad de una disposición del departamento deliberativo (SC
Buenos Aires en Acs. B 55.182 del 11/V/1993 y B 57.623 del 12/XI/1996);
e) Por Ordenanza Honorable Consejo Deliberante. nro. 1182/98 se dejó sin efecto el art. 1 de la Ordenanza
H.D.C. nro. 717/98 con referencia a los convenios, acuerdos y contratos celebrados en el ejercicio 1997,
disposición del departamento deliberativo que no fuera promulgada por el departamento ejecutivo pero tampoco
vetada por lo que quedó convertida en ordenanza conforme las previsiones del art. 108 inc. 2do. última parte de
la Ley Orgánica Municipal;
f) El acuerdo de voluntades instrumentado por el entonces Intendente Municipal y la Fuerza Aérea
Argentina, en la denominada "Carta de Intención" que se intenta hacer valer por el acusado con el rigor de un
virtual convenio o acuerdo marco que le otorgaba directa e inmediata patente de actuación para los
emprendimientos por el que se lo juzga en cuanto gastó en éstos cuando no podía hacerlo, queda alcanzada por
la Ordenanza Honorable Consejo Deliberante. nro. 717/98. Y, no obstante que de la carta intención surge
nítidamente cuál era el eventual destino del edificio del casino de suboficiales de esa guarnición, para el asiento
de dependencias judiciales entre otras, y sin perjuicio de las conversaciones entabladas para cambiar el objetivo
aludido por el de fijar allí un hospital, debe resaltarse que más allá de la existencia de esas conversaciones, no es
menos cierto que conforme surge del mismo texto instrumentado, y, asimismo, por la los testimonios brindados
por los oficiales superiores de la Fuerza Aérea Argentina, no se había suscrito ningún convenio sobre el tópico,
convenio que además debía ser autorizado por el Ministerio de Defensa de la Nación por una parte y, por otra,
por el Concejo Deliberante de la Municipalidad (cfr. art. 41 de la la Ley Orgánica Municipal
g) La consolidación de una situación de hecho que procuró plasmar el acusado para establecer un hospital en
ajena jurisdicción territorial, mintiendo frente a la opinión pública sobre la existencia de un convenio que lo
autorizaba al establecimiento indicado, y, en conocimiento de la inexistencia del previo acto administrativo
autorizante, cuya disposición exclusiva y excluyente conserva el órgano deliberativo del régimen comunal, no
obstante lo cual decide actuar, infringiendo la normativa que lo debía determinar, decidiendo una aplicación
diferente de los caudales y efectos que le fueran confíados para su administración, señala indiscutiblemente el
dolo de autor. No tiene excusas para entender que no comprendía la normatividad vigente, debía ser el primero
en comprenderla porque su responsabilidad social de gobernante lo obliga ajustar sus actos de gobierno,
respetando la ley más que cualquiera.
En definitiva, adhiriendo también al voto de los señores jueces preopinantes, es mi sincera convicción que
Juan C. Rousselot es autor responsable de los hechos sufragados en la primera y segunda cuestión.
Por todo lo cual, y por ser todo ello mi sincera convicción a esta 3ª cuestión, votó por la afirmativa (arts. 210
y 371 inc. 2º del Cód. Procesal Penal).
4ª cuestión.- El doctor Rodríguez dijo:
Mantengo las apreciaciones que sobre la presunción de dolo y su exteriorización, se emitieran al sufragar la
tercera cuestión.
Durante el curso de la audiencia del debate el imputado Achinelli utilizó una formula para autodefinirse en
su función pública, pues dijo a título ejemplificativo que era el encargado de "barrer y limpiar" y así lo reiteró
en cuanta ocasión le convenía, en un vano intento de degradar o minimizar su actuación funcional frente a la
responsabilidad insoslayable que debe asumir ante la ley penal, por haberla infringido en sus actos.

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El imputado se desempeñó en el estratégico cargo de Secretario de Servicios Públicos del departamento
ejecutivo de la Municipalidad de Morón (arts. 178, 182 y concs. de la Ley Orgánica Municipal.). No era como
deliberadamente quiere instalar quien "barría y limpiaba", sino quien auxiliaba en el primer escalafón jerárquico
de la orgánica municipal al Intendente en el cumplimiento de sus atribuciones y deberes.
En este sentido, el art. 241 de la la Ley Orgánica Municipal. establece el principio de responsabilidad de los
funcionarios municipales por todo acto que autoricen, ejecuten o dejen de ejecutar excediéndose en el uso de
facultades o infringiendo los deberes que le conciernen en razón de sus cargos.
Agrega que, todo funcionario o empleado que desempeñe mandato conferido políticamente o cumpla
funciones administrativas, estará obligado a resarcir a la comuna o a terceros, los daños y perjuicios emergentes
de sus actos personales, pero lo exime de responsabilidad por sus actos de servicios. Finalmente, define actos de
servicio como los que el funcionario o empleado debe ejecutar en obediencia a las leyes, ordenanzas,
reglamentos y estatutos del régimen municipal, diferenciando los actos personales que realicen en infracción a
las disposiciones de esos instrumentos administrativos.
Desde este punto de vista, la norma analizada y las circunstancias apuntadas en la cuestión relacionada a la
materialidad ilícita, aun cuando el imputado recibiera directivas del Intendente para la realización de las obras
no autorizadas con el consiguiente empleo de los recursos financieros y materiales imputados a la Secretaria de
Servicios Públicos de la cual era el máximo responsable, no constituyen actos de servicios en los términos de la
ley, desde que no se compadecen con aquellos actos que el funcionario o empleado deba ejecutar aún bajo
directivas u órdenes del titular del departamento ejecutivo porque, ante todo, esos actos, más allá de la directiva
que se le haya dado, debe ejecutarlos en obediencia a las leyes, ordenanzas, reglamentos y estatutos (art. 241 la
Ley Orgánica Municipal).
De esta manera en cumplimiento de sus obligaciones derivadas de la relación de empleo público, debió
manifestarse fehacientemente sobre las consecuencias contrarias a derecho que provocaba el temperamento que
se le indicaba, resultando inútil por otra parte su amparo en una directiva que, sin sostenerse en acto
administrativo alguno, además, devenía en franca contradicción con los deberes que tenía a su cargo.
En este aspecto debe valorarse que no debía desconocer el marco normativo y reglamentario en que debía
determinar y ajustar su actuación funcional, sobre todo si se repara que se le impartieron directivas
evidentemente tendientes a la instalación de un hospital, con el consecuente uso de los recursos de su Secretaría
de Servicios Públicos, que tampoco resultaba ser dentro de la orgánica municipal la Secretaría específica para la
canalización de la obra pública municipal, sin contar con la pertinente partida presupuestaria y, por supuesto, sin
la previa autorización del departamento deliberativo, único poder municipal con potestad para disponer el
establecimiento del hospital (esto Achinelli lo debía conocer muy bien por su anterior paso en el Honorable
Consejo Deliberante cuando cumplió un mandato de cuatro años como Concejal), recurriendo a la metodología
de los reintegros de gastos, dentro de la mecánica de los gastos operativos de la Secretaría, aspecto éste que se
vincula a gastos de menor cuantía y no para las previsiones de una obra pública municipal de la envergadura del
establecimiento de un hospital.
Por todo lo cual, la actuación que le cupo al frente de la Secretaría fue esencial, porque su rol contributivo
resultó verdaderamente insoslayable para poder llevar a cabo el desvío de los fondos y recursos públicos hacia
una finalidad distinta de las previstas por el presupuesto vigente y las disposiciones legales.
Al organizarse la trama de la aplicación diferente de los caudales y efectos administrados hacia una obra no
autorizada contrariando toda las disposiciones de índole comunal y legal aplicables, se recurrió a operatorias de
reintegros de pago que a más de ser mecanismos excepcionales para el gasto público, eran de la índole de la
operatividad de la Secretaría de Servicios Públicos, donde finalmente quedaron imputadas en las partidas
presupuestarias asignadas en la mentada Finalidad III "Servicios Especiales Urbanos", Programa 7 "Servicios
Especiales Urbanos sin Discriminar" del Nomenclador de la Clasificación de las erogaciones del Presupuesto
Municipal, por lo cual, sin la concurrente comunidad de quien ejercía la máxima responsabilidad de la
Secretaría, no podría haberse implementado la ilegal canalización del desvío de los recursos para financiar y
concretar la obra indebidamente asumida. Todo lo cual destaca la participación necesaria que bajo la taxatividad
penal le cupo al acusado (art. 45, Cód. Penal).
En esto, la doctrina ha puntualizado que el agente o sujeto activo en el hecho que se patentiza en la aprobada
segunda cuestión del veredicto, debe ser un funcionario con facultades de administración sobre los caudales o
efectos. A esta altura concebir que la condición funcional del Secretario no sería la de administrar los caudales y
efectos asignados por el presupuesto a su Secretaría, y que sobre los mismos solamente revestía potestades
exclusivas el Intendente, sería darle la razón a éste -tal como insistió- en el tan particular desempeño de su
función.
En este sentido, conviene señalar que pueden aparecer límites de la responsabilidad penal (que es distinta a
la funcional) hacia jerarquías superiores, pero se extiende o puede extenderse (según las circunstancias) hacia
otros funcionarios jerárquicamente inferiores. La doctrina ha dicho que "si, por ejemplo, el ministro de

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economía ordena la desviación de fondos, su responsabilidad no se trasladará al vicegobernador o al
gobernador, pues el Ministerio de Economía, tiene la efectiva disponibilidad de los dineros del Estado. Pero
como el ministro necesitará del concurso del secretario de hacienda y del tesorero de la provincia, sí estos
funcionarios se avienen a dar esos fondos un destino diferente al previsto por la ley, pueden ser
responsabilizados penalmente, en el grado de participación que corresponda" (Villada, Jorge Luis en "Delitos
contra la función pública", p.. 401, Edit. Abeledo-Perrot, 1999).
Por todo lo cual, y por ser todo ello mi sincera convicción a esta 4ª cuestión, voto por la afirmativa (arts. 210
y 371 inc. 2º del Cód. Procesal Penal).
Los doctores Castañares y Torti, por compartir los fundamentos del voto que antecede, a los que adhieren y,
ser ello su sincera convicción (citas legales las precedentes), también votan por la afirmativa.
5ª. cuestión.- El doctor Rodríguez dijo: Respecto de Juan C. Rousselot no se mencionaron ni existen
eximentes.
La defensa particular del imputado Achinelli invocó como eximente de la responsabilidad penal de su
defendido la causal prevista en el art. 34 inc. 5° del código sustantivo.
Tal como se viera, los elementos de juicio que se apreciaron para examinar su comportamiento en la ofensa
contra la administración pública y sobre todo a partir de su jerarquizada condición funcional en el organigrama
del departamento ejecutivo del poder municipal, al desempeñarse como Secretario de Servicios Públicos no le
otorgan justificación para su participación necesaria en el episodio delictivo.
Por su calidad funcional debía ajustar su comportamiento a la normatividad imperante, ya sea ésta
proveniente de la ley, las ordenanzas, los decretos, los estatutos o las reglamentaciones vigentes en el propio
ámbito municipal (art. 241, Ley Orgánica Municipal); por lo cual, conforme es doctrina legal en la Provincia, no
quedaba amparado frente a directivas de su superior, en este caso, el Intendente, manifiestamente contrarias a
tales disposiciones y a los deberes a su cargo, pues la obediencia se limita en lo material a su licitud, debiendo
entenderse tal concepto al cumplimiento de todo el espectro normativo integrante de la esfera de acción del
funcionario municipal (conf. SC Buenos Aires en Ac. B 53.625 del 22/IV/1997).
Por otra parte, es oportuno agregar que la orden debe reunir los requisitos legales "imprescindibles" para su
validez, y, en ningún caso cuando el acto ordenado es un delito (Baigun, David y Zaffaroni, Eugenio R. en
"Código Penal...", t. 1, p. 680, Ed. Hammurabi, 1997; Oderigo, Mario en "Código Penal Anotado", pág. 39, Ed.
Depalma, 1957); por lo cual, no existiendo al momento de ser dadas las órdenes verbales un acto administrativo
autorizante para el emprendimiento de la obra pública municipal, dicha validez se descarta de plano, habida
cuenta que el imputado, como Secretario de Servicios Públicos, de ningún modo podía desconocer ya a partir de
la ausencia del acto administrativo, las regulaciones específicas que rigen para la autorización una obra pública
municipal de la naturaleza del establecimiento de un hospital, únicamente viable con la disposición del
departamento deliberativo.
Además, en ningún momento alegó haberse resistido, o siquiera opinado en contra de la directiva del
entonces Intendente, porque aún en su esfera de competencia, como auxiliar de aquél debía señalarle la ilicitud y
no ejecutar sin más las disposiciones ilegales.
Por todo lo cual, y por ser todo ello mi sincera convicción a esta 5ª cuestión voto por la negativa (arts. 210 y
371 inc. 3º del Cód. Procesal Penal).
Los doctores Castañares y Torti, por compartir los fundamentos del voto que antecede, a los que adhieren y,
ser ello su sincera convicción (citas legales las que anteceden), también votan por la negativa.
6ª cuestión.- El doctor Rodríguez dijo:
La ausencia de condenas penales respecto de Juan C. Rousselot que se verifica con los informes glosados
(fs. 283) y la falta de antecedentes de ese tipo en relación a Néstor . Achinelli es una circunstancia de atenuación
indiscutible. No obstante, en el presente caso, ello tiene un carácter moderado, habida cuenta que la condición
de funcionarios públicos de jerarquía y en el caso del primero de carácter electivo, es una condición que debe
primar para quienes desempeñan misiones de alta responsabilidad social y a quienes se les confía la
administración de los bienes públicos.-
Vino discutido en este andarivel, el valor de los informes de concepto vecinal glosados a fs. 264/266 y
267/269 de la presente causa principal, cuando por un lado los acusadores los descartaron o relativizaron,
sosteniendo que quienes habían testimoniado significando sus buenos hábitos vecinales, por ser de este mismo
partido, habían sido perjudicados por los manejos de ellos y por el otro lado la defensa los reivindicó
desvirtuando lo del perjuicio y señalando que el material traído no había sido puesto en tela de juicio.-
Sin embargo dichos testimonios recabados no apuntan sino al comportamiento dentro del propio entorno
relacional del grupo social secundario, donde no puede ser indiferente que alguien se comporte correctamente
con sus pares respecto de otro que no lo hace, sin importar aquí lo del daño causado al erario público que hace al
delito en juzgamiento.-

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Por todo lo cual, y por ser todo ello mi sincera convicción a esta 6ª cuestión voto por la afirmativa (arts. 210
y 371 inc. 4º del Cód. Procesal Penal.).
Los doctores Castañares y Torti, por compartir los fundamentos del voto que antecede, a los que adhieren y,
ser ello su sincera convicción (citas legales las precedentes), también votan por la afirmativa.
7ª. Cuestión.- El doctor Rodríguez dijo:
Sí los hallo en la conducta de ambos encausados y a tal fin puntualizo la extensión del daño causado que trae
el art. 41 del Cód. Penal, considérese a tal efecto la cuantiosa inversión de fondos para un municipio que, por
vía del economista Rodolfo Farberoff que los compulsó como Secretario de Economía y Hacienda de ese
entonces, sabemos era comprometida financieramente.
El alto nivel jerárquico de ambos funcionarios, en especial de Juan C. Rousselot, la que supone el máximo
nivel de control de legalidad de la administración municipal y no la inversa.- Las diversas artimañas de que se
valieran Juan C. Rousselot ocultando, exagerando y engañando, desde funcionarios hasta la propia opinión
pública con tal de llevar a cabo un proyecto a sabiendas de su ilegalidad, tal como quedara demostrado a lo
largo del tratamiento de las cuestiones anteriores.
El comportamiento de algún modo autoritario que se invoca como aumentativa en relación a éste queda
parcialmente abarcado por la agravante anterior y por ser inherente a los elementos subjetivos de la figura típica
que será finalmente aplicable, de compartir mis colegas este voto.
La peligrosidad que se invocó por los acusadores para ambos inculpados con base en los dictámenes
psicológicos y médico forenses de fs. 689/690, 691/692 y 700/701 entiendo, como dice la defensa que no debe
ser receptada. No sólo por ser propia de un derecho penal de autor, ajeno a las bases constitucionales que
informan los principios del derecho penal liberal (Frías Caballero, Jorge-Codino, Diego "Teoría del Delito" p.
31 y ss. ED. Hammurabi), sino porque parece confundir trastornos de la personalidad y rasgos psicopáticos que
están dentro de la normalidad, con patologías que de ningún modo se vislumbran siquiera en los aludidos
peritajes (Kaplan, Harold, Sadock, Benjamin, "Tratado de Psiquiatría VI" pag. 414, 6ª ed.).
Por todo lo cual, y por ser todo ello mi sincera convicción a esta 7ª cuestión, voto por la afirmativa (arts. 40
y 41 del Cód. Penal y 210 y 371 inc. 5º del Cód. Procesal Penal).
Los doctores Castañares y Torti, por compartir los fundamentos del voto que antecede, a los que adhieren y,
ser ello su sincera convicción (citas legales las anteriores), también votan por la afirmativa.
8ª cuestión.- El doctor Rodríguez dijo:
De conformidad con el resultado que arroja el tratamiento de las cuestiones que anteceden corresponde
dictar veredicto condenatorio respecto de Juan Carlos Rousselot por ser autor penalmente responsable de los
delitos tratados en la cuestión primera y segunda; y en relación a Néstor Alberto Achinelli, por ser partícipe
necesario del hecho contra la administración pública. Así lo voto (art. 371 del Cód. Procesal Penal).
Los doctores Castañares y Torti, por las razones expuestas por el Juez preopinante, votan en el mismo
sentido.
En consecuencia, el Tribunal por unanimidad resuelve pronunciar veredictos condenatorio respecto de Juan
C. Rousselot por resultar autor penalmente responsable de los hechos tratados en la cuestión primera y segunda.
Emitir veredicto condenatorio respecto de Néstor Alberto Achinelli por resultar partícipe necesario y
penalmente responsable del hecho tratado en la segunda cuestión.
Sentencia:1ª) ¿Cuál es la calificación legal de los hechos tratados en el veredicto? 2ª) ¿Qué pronunciamiento
corresponde dictar?
1ª cuestión. - El doctor Rodríguez dijo:
Se han logrado verificar en la primera y segunda cuestión del veredicto los hechos que ahora deben ser
encuadrados legalmente; es decir, subsumidos en alguno de los cuños del nomenclátor de ilicitudes
discontinuas, tal como se la caracteriza a la ley penal.
El Ministerio Público Fiscal, con adhesión del particular damnificado, encontró ajustado a derecho ubicar
tales hechos como constitutivos de amenazas simples (149 bis primera parte del primer párrafo, C. P.) y empleo
en provecho propio o de un tercero de trabajos o servicios pagados por una administración pública (art. 261,
2do. párr., Cód. Penal), todos ellos reunidos en concurso real (art. 55, Cód. Penal) respecto de Juan C.
Rousselot, y, la última figura respecto de Néstor A. Achinelli, tal como oportunamente escogiera su par de la
investigación penal preparatoria al formular la requisitoria de elevación a juicio.
Por mi parte, entiendo que a partir de lo que aprobáramos en la primera y segunda cuestión del veredicto que
esa configuración legal debe progresar parcialmente, en la medida en que la ofensa contra la libertad encuentra
pacífico alojamiento en el contenido descripto por el art. 149 bis primera parte del primer párrafo del código
sustantivo, mientras que la conducta relacionada con el ataque a la administración pública debe ser ubicada en la

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tipicidad del art. 260 del mismo ordenamiento, siendo éstas configuraciones las adecuadas para subsumir los
hechos, en tanto se ajustan a lo estrictamente probado en las cuestiones antedichas del veredicto.
Hemos descartado de plano la noción de que los funcionarios municipales implicados hubieran actuado en
provecho propio o en beneficio de terceros como consecuencia de la realización de la obra emprendida. Por lo
cual, desaparecido este contenido que demandan los extremos típicos del art. 261 2° párrafo del código
sustantivo, la conducta desplegada por ambos incusos encuentra justa captación en la malversación de caudales
públicos regulada por la disposición antedicha, pues le dieron a los caudales o efectos que administraban una
aplicación diferente de aquella a la que estaban destinados.
Habida cuenta que, sin salir de lo que se entiende en la noción general por Administración Pública, no deja
de ser cierto que tratándose de una jurisdicción diferente a la municipal ello constituye en sí mismo el desvío en
la inversión de recursos comunales.
Si bien el peculado de trabajos o servicios admite como provecho beneficios que no sean de índole
patrimonial exclusivamente (Fontán Balestra, Tratado de Derecho Penal, t VII p.. 328 Ed. Abeledo Perrot 1980),
también es cierto que su génesis y ubicación sistemática exigen que ese aprovechamiento sea al menos una
ventaja material. En ese sentido "no es necesario que se trate tan sólo de una ventaja patrimonial. Puede
satisfacerse si la indebida aplicación de las actividades, (por desvío de su destino administrativo) concreta las
simples miras de aprovechar la eficiencia de esas actividades dado los medios dispuestos para que se cumplan, y
con mayor razón si ello se traduce en aspectos materiales, desmonte, pista para actividades deportivas, playas de
estacionamientos, calles de accesos, etcétera, que obviamente representan ventajas para los dueños del terreno,
por la incidencia de dichas mejoras en su valor económico" (Donna, Edgardo Alberto, Derecho Penal t. III, p.
287; 29/7/00).
Pues contrariamente, el delito del art. 260 consiste en el simple cambio ilegítimo de destino, sin lucro para
los funcionarios o un tercero (Oderigo, Mario en "Código Penal Anotado", p. 374, Ed. Depalma, 1957). Pues, tal
como señaláramos en el veredicto el uso arbitrario de fondos es precisamente una de las notas características
que demanda la figura en trato, pues cambiar de destino, implica invertirlos en menesteres distintos de los que
específicamente ordenan las leyes nacionales, provinciales y/o municipales de la respectiva jurisdicción a la que
pertenecen los funcionarios, sobre todo cuanto éstos no están autorizados por alguna norma a apartarse del
destino legalmente predeterminado.
En este punto, tal como ocurrió en la especie, debe haber asignación normativa de destino, porque no
existiendo esa imputación previa, la apreciación de la necesidad o conveniencia del gasto quedaría librada al
criterio del funcionario y no habría malversación (Laje Anaya, Justo y Gavier, Enrique Alberto en "Notas al
Código Penal Argentino", t, III, p. 153 y 154, Marcos Lerner Editora Córdoba, 1995).
En este sentido, como pacíficamente lo admite la doctrina mayoritaria por caudales debe entenderse no sólo
el dinero, sino toda clase de bienes susceptibles de tener un valor económico (Laje Anaya-Gabier en ob. cit.,
pág. 154; Creus, Carlos en "Derecho Penal", parte especial, t. 2, p. 293, N° 2033, Astrea, 1993).
Por lo cual, la acción definida en el art. 260, al consistir en darle una aplicación diferente a los caudales,
reclama que exista una determinación presupuestaria legítima de destino de los fondos, porque sólo existiendo
dicha determinación presupuestaria el funcionario puede aplicarlos a un destino diferente (VILLADA, Jorge
Luis en "Delitos contra la función pública", pág. 403, tít. X, nro. 1 y 7, Abeledo-Perrot, 1999).
En síntesis los hechos verificados en la primer y segunda cuestión del veredicto resultan constitutivos de los
delitos de amenazas simples y malversación de caudales públicos, unidos para el imputado Rousselot por una
relación de concurso material (art-55, 149 bis primera parte del primer párrafo y 260 del Cód. Penal).
Así lo voto (art. 375 punto 1 del Cód. Procesal Penal).
Los doctores Castañares y Torti, por compartir las razones expuestas por el señor Juez preopinante a las que
adhieren, votan en el mismo sentido.
2ª cuestión.- El doctor Rodríguez dijo:
En atención a las pautas cualitativas destinadas a cuantificar las sanciones, tal como fueran abordadas y
votadas en el veredicto, propongo que la pena a imponer a Néstor A. Achinelli sea la de dos años de
inhabilitación especial para ejercer cargos públicos y costas.
Respecto de Juan C. Rousselot postulo que se lo condene a las penas de un año de prisión, de ejecución
condicional, tres años de inhabilitación especial para ejercer cargos públicos y costas.
Entiendo procedente la pena privativa de la libertad en suspenso, habida cuenta el cuadro de atenuantes y
agravantes formado, en particular la ausencia de condenas anteriores, y la ausencia de noticias de nuevas
conductas ilícitas tomada ella como actitud posterior al delito (arts. 26 del Cód. Penal).
Asimismo y en virtud de lo dispuesto por el art. 27 bis del Código sustantivo, es obligación fijar en estos
casos, normas de conducta que propongo, conforme las opciones de dicha disposición y las particularidades del

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caso, que sean las de mantener residencia y someterse al cuidado del Patronato de Liberados por el lapso de tres
años.
Rigen los arts. 20, 26, 27 bis, 29 inc. 3º, 40, 41, 55, 149 bis primera parte del primer párrafo y 260 primera
parte todos del Cód. Penal).
Se impone en este capítulo, además, establecer los honorarios profesionales de los abogados de la matrícula
actuantes a lo largo del proceso, retribuciones que en atención a la importancia de la labor en cada caso
desempeñada, estimo que debe ser fijada para el doctor Luis V. Rapazzo (t. II f. 126 C. A. M.) en diez "jus";
para el doctor A. Francisco Fanjul (t. VIII, f. 777 C. A. M.) en la suma de sesenta "jus"; para el doctor José L.
Buenocuero (t. IX f. 35 C. A. M.) en la suma de cincuenta "jus"; para el doctor Eduardo A. Brude (t. V, f. 399
C. A. M.) en la suma de sesenta "jus"; para la doctora María R. Nicola (t. II f. 310 C. A. La Matanza) en la suma
de cuarenta y cinco "jus"; para el doctor Luis A. Deuteris (t. I, f. 67 C. A. La Matanza) en la suma de ochenta
"jus"; para el doctor Enrique J. Villarreal (t. I f. 60 C. A. La Matanza) en la suma de ochenta "jus"; y, para el
doctor José B. Talón (t. V, f. 121 del C. A. L. P.) en la cantidad de cincuenta "jus", en todos los casos con más
los adicionales de ley. Rigen los arts. 1, 2, 9-I-11, 9-I-16-b-II y I-17-d, 15, 16, 22, 54 y 57 de la ley 8.904 y sus
modificatorias, 12 inciso a de la ley 6.716, 1 de la ley 10.268 todas de esta Provincia y 534 del Cód. Procesal
Penal.
Los doctores Rapazzo, Nicola y Talón deben cumplir con los aportes previos de la ley 10.268 y el primero
también con el bono de la ley 8480, por lo que se les intima a justificar su efectivización en el término de cinco
días.
La doctora Nicola que faltó sin justificación ni aviso rendidos oportunamente a una jornada del debate, por
aplicación del art. 98 del Cód. Procesal Penal, debe ser sancionada, proponiendo en mérito a la gravedad de la
falta que se le apliquen dos "jus" de multa, a depositar dentro del quinto día.
Como se expuso detalladamente en la cuestión segunda del veredicto, por las irregularidades de la actuación
de los peritos contadores que dictaminaran a fs. 695/699, deben remitirse copias de las partes pertinentes a la
Dirección General de Asesorías Periciales y a la Unidad Funcional de Investigación Departamental que
corresponda.
Así lo voto (art. 375 punto 2 del Cód. Procesal Penal.).
Los doctores Castañares y Torti, por compartir las razones expuestas por el señor Juez doctor Rodríguez a
las que adhieren, votan en el mismo sentido.
En consecuencia el Tribunal por unanimidad y conforme lo normado por los arts. 375, 530, 531, 534 y 535
del Código Procesal Penal, I. condenar a Juan C. Rousselot, de las demás condiciones personales expuestas al
comienzo, a las penas de un año de prisiónde ejecución condicional, tres años de inhabilitación especial para
ejercer cargos públicos y el pago Pproporcional de las costas, por resultar autor penalmente responsable de los
delitos de amenazas simples y malversación de caudales públicos, en concurso real entre sí, según hechos
cometidos en Morón, el 5 de enero de 1999, y en fecha que no se puede precisar pero entre los meses de
setiembre de 1998 y enero de 1999.
II. Imponer al nombrado Juan C. Rousselot las obligaciones de mantener residencia y someterse al cuidado
del Patronato de Liberados por el término de 3 años.
Gobiernan los arts. 20, 26, 27 bis, 29 inc. 3º, 55, 149 bis primera parte del primer párrafo y 260 del Código
Penal.
III. Condenar a Néstor Alberto Achinelli, de las demás circunstancias personales de mención, a la pena de 2
años de inhabilitación especial para ejercer cargos públicos y el pago proporcional de las costas, por resultar
partícipe necesario responsable penalmente del delito de malversación de caudales públicos, conforme hecho
cometido en Morón, en fecha que no se puede precisar entre los meses de setiembre de 1998 y enero de 1999.
Rigen los arts. 20, 29 inc. 3º, 45 y 260 del Código Penal.
IV. Regular los honorarios profesionales de los doctores Luis Victorio Rapazzo en diez "jus"; Angel
Francisco Fanjul en la suma de sesenta "jus"; José Luis Buenocuero en cincuenta "jus"; Eduardo Alfredo Brude
en la suma de sesenta "jus"; María Rosa Nicola en cuarenta y cinco "jus"; Luis Alberto Deuteris en la suma de
ochenta "jus"; Enrique Julio Villarreal en ochenta "jus"; y, José Braulio Talón en cincuenta "jus", todos con más
el adicional de ley (arts. 1, 2, 9-I-11, 9-I-16-b-II y I-17-d, 15, 16, 22, 54 y 57 de la ley 8.904 y sus
modificatorias, 12 inciso a de la ley 6.716 y 1º de la ley 10.268).
V. Aplicar la sanción de "dos" jus de multa a la doctora María Rosa Nicola que deberá depositar en el plazo
de cinco días (art. 98 del Cód. Procesal Penal.).
VI. Remitir copias de las partes pertinentes a la Unidad Funcional de Investigaciones departamental que
corresponda y a la Dirección General de Asesorías Periciales de la S. C. J. B. A. en razón de las irregularidades
detectadas en el peritaje de fs. 695/699.- Pedro Rodríguez .- Rodolfo Castañares. - Carlos R. Torti.

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