Voces: DELITOS CONTRA LA ADMINISTRACION PUBLICA ~ EXIMENTE DE PENA ~ IGNORANCIA DEL DERECHO ~ MALVERSACION DE CAUDALES PUBLICOS Tribunal: Tribunal

en lo Criminal Nro. 4 de Morón(TCrimMoron)(Nro4) Fecha: 20/09/2000 Partes: Rousselot, Juan C. y otro Publicado en: LLBA2001, 689 Cita Online: AR/JUR/1754/2000

Sumarios: 1. El uso arbitrario de fondos es una de las notas características del delito de malversación de caudales públicos previsto en el art. 260 del Cód. Penal, -en el caso, un ex intendente y un alto funcionario del departamento ejecutivo municipal dispusieron la realización de obras públicas apartándose de la ley orgánica municipal y del reglamento de contabilidad- pues cambiar de destino implica invertirlos en menesteres distintos de los que específicamente ordenan las normas vigentes. 2. En materia de malversación de caudales públicos -art. 260 del Cód. Penal-, por caudales debe entenderse no sólo el dinero sino toda clase de bienes susceptibles de tener un valor económico. 3. A los fines de la configuración del delito de malversación de caudales públicos (art. 260, Cód. Penal) -en el caso, un ex intendente y un funcionario del departamento ejecutivo municipal dispusieron la realización de obras públicas al margen de las disposiciones de la ley orgánica municipal y del reglamento de contabilidad- es necesaria la asignación normativa de destino pues no existiendo imputación previa, la apreciación de la necesidad o conveniencia del gasto quedaría librada al criterio del funcionario. 4. El delito de malversación de caudales públicos prevista en el art. 260 del Cód. Penal consiste en el simple cambio ilegítimo de destino de las partidas administradas -en el caso, un ex intendente y un alto funcionario del departamento ejecutivo municipal acudiendo a razones de celeridad dispusieron la realización de obras públicas apartándose de la ley orgánica municipal y del reglamento de contabilidad- sin lucro para los funcionarios involucrados o terceros. 5. Es inconcebible alegar desconocimiento de los preceptos según los cuales los funcionarios públicos involucrados por el delito de malversación de caudales públicos (art. 260, Cód. Penal) debieron ejercer su mandato -en el caso, un ex intendente y un funcionario del departamento ejecutivo municipal dispusieron la realización de obras públicas al margen de las disposiciones de la ley orgánica municipal y del reglamento de contabilidad- pues los actos de gobierno que desarrollaron evidencian un comportamiento doloso orientado a la consecución de un objetivo, para lo cual desviaron fondos públicos. Texto Completo: Morón, setiembre 20 de 2000. Veredicto 1ª ¿Se encuentra acreditada la exteriorización material del hecho que afectaría a la libertad? 2ª ¿Se encuentra probada la existencia de los hechos incriminados en su corporización material en orden al delito que damnificaría a la administración pública? 3ª En caso afirmativo, ¿Está probada la autoría del imputado Juan C. Rousselot en los mismos? 4ª ¿Viene demostrada la participación de Néstor A. Achinelli en el segundo de los hechos? 5ª ¿Existen eximentes? 6ª ¿Median atenuantes? 7ª ¿Concurren agravantes? 8ª ¿Cuál es el veredicto a dictar? 1ª cuestión.- El doctor Rodríguez dijo: Al alegar sobre este aspecto el Ministerio Público Fiscal hizo hincapié en la precisión y concordancia de los testimonios de Carlos H. Bonicalzi, Miguel A. Bruno, Patricia P. Akerfeld y Elisa M. Petric, que, aunados a los de Giménez, Cardozo y Ramoneda, a su criterio daban por probada la existencia de la comunicación entre el imputado Juan C.Rousselot y el denunciante Bonicalzi y la frase amenazadora "si quieren tiros van a tener tiros, les voy a mandar a mi gente y van a tener tiros", rebatiendo con diversos argumentos la tesis del encausado de que estaban estos impulsados a perjudicarlo con motivación política, aludiendo a rasgos de su personalidad que lo harían peligroso. En la defensa, sobre el particular, el doctor Deuteris con la aclaración previa de la pacífica personalidad que le asignó al Señor Rousselot, delimitó que en aquella ocasión hubieron dos diferenciados grupos de testigos en la audiencia: uno conformado por los que estaban en el Palacio Municipal, el entonces Secretario de Gobierno interino y su entorno, los testigos Ramoneda, Giménez y Cardozo, del cual sólo oyera las supuestas amenazas el primero por lo que los desestimó; y el segundo de quienes estaban en la finca sita en ... de Villa Sarmiento, esto es Arias, Spada, Bruno, Akerfeld y Petric, además de Carlos Poli que no vino al juicio. De aquellos descartó a Arias y Spada por no haber oído nada amenazante y acerca de los tres últimos porque conforme describió, por

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una parte estaban muy afectados emocionalmente por haber sido víctimas de delitos horas antes y ya que vivían de un sueldo que en definitiva los subordinaba a Bonicalzi (por la relación de dependencia de Bruno). Agregó que, en el hipotético caso de tener por probado el tribunal que hubiera dicho Rousselot la frase endilgada, no había probabilidad de cumplirse efectivamente el mal anunciado, que la figura legalmente requiere para la existencia del ilícito y que, en todo caso, se trató de un proceder irreflexivo. Lo cierto es que el llamado efectuado por el imputado Juan C. Rousselot el día 5 de enero de 1999 a las 10 y 30, desde el domicilio de los Bruno, sito en la calle ... de Villa Sarmiento, Partido de Morón, a un teléfono de la intendencia Municipal de dicho partido, atendido finalmente por Carlos H. Bonicalzi, y realizado desde un equipo de telefonía celular que llevaba el testigo Francisco Rolando Arias, es cosa que no sólo se extrae en la diversa medida de las distintas percepciones de todos y cada uno de los testigos antes indicados, sino fundamentalmente de lo reconocido por el propio Juan C. Rousselot al declarar en la audiencia del debate, donde dijera, además, que estaba molesto y que le había dicho en tono alto de voz y reiteradamente a su interlocutor "que no se meta con mi gente", ante lo cual éste último empezó a advertirle que lo estaba amenazando, lo que le llevó a hacer la exposición civil en la Comisaría del lugar. La precisión con la que se expidió, en primer lugar Patricia P. Akerfeld sobre todo esto, con un nítido recuerdo de circunstancias, personas presentes y sus ubicaciones dentro de la casa, como de actitudes y palabras cruzadas antes y después; la convierte en pieza relevante al momento de definir lo efectivamente acontecido, y no me pareció persona capaz de mentir, al menos en estas circunstancias, por el solo hecho de que fuera empleada del municipio entonces o de que su esposo trabaja actualmente subordinado al damnificado. Más bien reveló gran templanza y valores sólidos, que no fueron empañados sino confirmados por el resto de las testificaciones. Menos razón aún veo para apartarme de los dichos de la madre de esta, Elisa M. Pétric, quien no vive con ellos y no es dependiente de nadie, sino docente jubilada y que explicó con todo detalle, cómo es que podía recordar (a raíz de que pensó en cómo esa frase podía afectar a su nieto, en esos momentos con una afasia temporal a raíz del trauma del robo y el plagio) a Juan C. Rousselot hablando con un celular que le había sacado a alguien (Arias) desde un pasillo de la casa, gritándole a su interlocutor "...sos un hijo de p..., no te metas con mi gente, si querés tiros los vas a tener..." . Que es exactamente lo mismo que oyó en esa ocasión, la antes mencionada, su hija Akerfeld y muy similar a lo que escuchara su yerno, Miguel A. Bruno, conforme nos relataran ambos durante el debate. Compadeciéndose en definitiva estas versiones con la denuncia y la testimonial de Bonicalzi. Convencido estoy de que los testigos Arias y Spada, aun tratando de cuidar en sus dichos de no perjudicar al imputado, no hicieron mas que terminar tanto la comunicación como el elevado tono de voz del ex intendente durante la misma. Ambos, confirmaron su presencia en el lugar, pero Spada tuvo una audición parcial de lo que hablaba el imputado, recordando del diálogo sólo el segmento en que decía "...no te metas con mi gente ..." y Arias no pudo oír nada según afirmó porque estaba convenientemente alejado. Todo ello debe sumarse, claro, a la versión coincidente de Bonicalzi, que, tanto en la denuncia de fs. 1/2 de la causa nº 153, como en lo dicho durante el juicio cuando refirió que Juan C. Rousselot le dio a entender entonces, que concurriría con terceros a "...arreglar todo a los tiros..."; y también a lo expuesto por Alfonso Ramoneda, Damián Cardozo y Daniel A. Giménez quienes recordaron que efectivamente recibió el primero un llamado en el despacho que ocupaba en el Municipio, proveniente supuestamente del imputado, durante el cual en determinado momento comenzó Bonicalzi a exclamar que estaba siendo amenazado, ante lo cual se dirigió a formalizar la referida denuncia. Ninguna duda que la comunicación partió del teléfono móvil nº ... lo que, por si hiciera falta, se reafirma con el informe de fs. 39 de la mencionada causa nº 153 que viene incorporado al debate por su lectura. De la aptitud atemorizante de dicho mensaje, cabe decir dos cosas, en cualquiera de sus versiones fueron todas alusivas a llevar a terceros a agredir con armas de fuego a Bonicalzi, lo que habla de su capacidad intrínseca, pero además coincidieron casi todos los testigos y el propio imputado, acerca del clima de tensión y violencia que presentaba por esos momentos el distrito. Por todo lo expuesto es mi sincera convicción que, siendo las 10 y 30 del día 5 de enero de 1999, desde el interior de la vivienda sita en la calle ... de Villa Sarmiento, Partido de Morón, una persona del sexo masculino a través de la comunicación mantenida a partir del teléfono celular ... profirió amenazas, consistentes en decir "...no te metas con mi gente si querés tiros vas a tener tiros ...", para amedrentar a Carlos H. Bonicalzi, su interlocutor, quien estaba en un despacho del Palacio Municipal de este distrito. Estos dichos, en el turbulento contexto descripto, como en cualquier otro, tenían la suficiente idoneidad para afectar el psiquismo del destinatario. En este punto, conviene reiterar que la doctrina ha interpretado que en las amenazas el bien tutelado es la "libertad o tranquilidad espiritual" del receptor de las mismas, en cuanto éstas influyan en su ánimo,

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condicionando o perturbando su libertad de determinación (Estrella, Oscar A. y Godoy Lemos, Roberto en "Código Penal...Análisis doctrinario...", t. 2, ps. 168, Ed. Hammurabi, 1996). Estas notas aparecen claramente exteriorizadas con la conducta asumida por el acusado, quien al proferir aquellas palabras, manifiesta un tenor amenazador y amedrentador que utilizó, evidentemente, hasta alcanzar y ser percibido por el destinatario, en la medida que éste, toma conocimiento de las mismas en su órbita íntima, sin perjuicio de que más allá del nivel del temor individual, no se advierta cuánto o tanto pudiera temerle, como para ajustar por compromiso su propio comportamiento. En este sentido, no puede desatenderse, el particular contexto personal, dentro del cual se plasmó la amenaza del autor, y, todo ello bajo el influjo evidente de una alteración emocional que, sin ser excluyente de su propia responsabilidad, tengo la impresión, que sí trascendió e impresionó la esfera de la emotividad del receptor. Ello revela la aptitud del citado contenido atemorizante de las expresiones vertidas y por ende, establecida su dirección, es decir la utilización de la amenaza, el conocimiento que de ella tomó el receptor, más allá de la afectación del determinismo de éste, pues como se sabe a la figura legal le basta con que la amenaza sea "recibida y comprendida" por quien está amparado constitucionalmente para preservar, aún mínimamente, su integridad psíquica, física y moral (arts. 11 y 12, C.B.A.; art. 5.1 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos), aún contra toda forma de abuso o injerencia arbitraria o ilegal en su vida y sobre su familia (arts. 75 inc. 22 de la Constitución Nacional y 11 de la C.B.A.: art. 12 de la Declaración Universal de Derechos Humanos; art. 17.1 y 17.2 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos; art. 11.2 y 11.3 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos).El acto que ejecutó el acusado, revistió en mi interpretación la entidad suficiente para provocar un fuerte impacto emocional, al quedar significativamente instalado en la esfera de la intimidad del receptor, que está resguardada contra cualquier forma o modo de comportamiento que vulnere los aspectos íntimos de su ser, entre ellos, el de su libertad psíquica, o sea, la tranquilidad espiritual que permite al individuo desenvolverse con aplomo (Laje Anaya, Justo y Gavier, Enrique A. en ob. cit., t. II, p. 250; Buompadre, Carlos en "Delitos contra la libertad", p. 130, Mave Editor, 1999), lo que revela, en definitiva, la aptitud o la idoneidad de ésta última para afectar su "libertad psíquica", o, poner en crisis su "tranquilidad espiritual", con motivo del temor causado. Agrego, y ya sobreabundando, que en consecuencia no es necesario que la amenaza sea de cumplimiento probable, basta que sea posible. Por todo lo cual a esta 1ª cuestión voto por la afirmativa (arts. 210 y 371 inc. 1º del Código Procesal Penal). Los doctores Castañares y Torti, por compartir los fundamentos del voto que antecede, a los que adhieren y, ser ello su sincera convicción (citas legales las precedentes), también votan por la afirmativa. 2ª cuestión.- El doctor Rodríguez dijo: No fue discutida la incorporación por lectura de la prueba documental y pericial propuesta por las partes en la causa ni hubo divergencias entre las mismas en orden a su validez y este asunto viene gobernado por el art. 366 del Código Procesal Penal. Ello permite entrar derechamente a la evaluación de los siguientes elementos documentales: 1. Respecto del expediente administrativo nº 4.079-50.083 que corre por cuerda caratulado como anexo prueba B: Informe de inspección de obras de fs. 4 de la Municipalidad de Morón. Nómina de personal afectado a la obra de la "ex Base Aérea VII Brigada" con lapso de prestación de servicios y salarios de fs. 6 a 10.Actuación notarial de constatación incorporada a fs. 12 (exp. cit) con fotografías que la ilustran de fs. 13 a 19. Copias de facturas de compra y venta de fs. 42/3 y decreto nº 1.413/98 glosado a fs. 49. 2. Respecto de la causa nº 135: Nota suscrita por el Jefe de Estado Mayor General de la Fuerza Aérea Argentina del 28 de diciembre de 1998 acompañada en copia a fs. 85. Copias de facturas e informes de fs. 380/383. Acta de inspección ocular de fs. 355/357 y sus ilustraciones fotográficas de fs. 358 a 374. Copia autenticada del decreto nº 800/98 del 31 de julio de 1.998 del departamento ejecutivo del Municipio de Morón glosado a fs. 10/14. Informe de la Presidencia del Concejo Deliberante de Morón de fs. 152. Copia de la carta de intención firmada entre la Fuerza Aérea Argentina y la Municipalidad de Morón, fechada el 2 de setiembre de 1997 de fs. 422/425.

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Copia de nota de fs. 435 firmada por el señor Juan C. Rousselot y dirigida al señor Jefe del Estado Mayor de la Fuerza Aérea Argentina el 29 de diciembre de 1998. Copias autenticadas de las ordenanzas municipales nros. 1078/98 del 24/8/98 y 1.182/98 del 24/9/98 glosadas a fs. 712 y 717. Publicación del "Suplemento Morón" del diario "La Nación" del martes 22 de diciembre de 1998 que en original se secuestrara y agregara al anexo de prueba I y recibo y factura de pago de la misma de fs. 533 y 534 por $43.000. De los elementos instrumentales antes citados es dable extraer que: a) El día 2 de setiembre de 1997 el entonces Intendente de la municipalidad local suscribió juntamente con el Jefe de la Fuerza Aérea un documento, que más allá de cualquier denominación que quiera dársele, establecía la intención de encarar actividades conjuntas en áreas de interés común y entre ellas a urbanizar terrenos ubicados dentro del perímetro del Aeródromo de Morón y ofreciendo el edificio del que fuera casino de suboficiales para alojar dependencias judiciales. b) Luego de ello dicho municipio sin ninguna otra autorización para ello, contrató no menos de cuarenta personas que hicieron diversas tareas de albañilería en dicho inmueble a partir del 1º de octubre de 1998 abonándoseles remuneraciones en virtud de ello hasta el día 10 de enero de 1999. c) Para esas tareas se aplicaron materiales que no es posible determinar por las deficiencias periciales y la falta de concreta especificación del material recopilado (dejo para el final las consideraciones sobre la documentación y el peritaje contable), pero algunos de los cuales fueron adquiridos en forma directa por personal dependiente de la Secretaría de Servicios Públicos de dicho Municipio y luego por vía de reintegros de gastos fueron imputados a la antedicha Secretaría a la partida presupuestaria indicada como Finalidad III Programa 7, sobre servicios públicos urbanos.d) Que dichas contrataciones y los citados reintegros estaban prohibidos por los arts. 7 al 14 y 19 del referido decreto 800/98 además de por las normativas vigentes para el ámbito comunal como son los arts. 112 y 118 de la ley orgánica de municipalidades y 157 del reglamento de contabilidad.e) Que la Fuerza Aérea Argentina no había autorizado dichos trabajos expresamente ni tampoco el Honorable Concejo Deliberante. f) Que se difundió públicamente que se había cedido el inmueble para el traslado de un hospital y con un comodato a veinte años, cuando no era así, divulgándose una fecha de entrada en funcionamiento del nosocomio (abril de 1999) completamente infundada, involucrándose en los anuncios a la Secretaría de Salud. Al prestar declaración en el debate el imputado Juan C. Rousselot, para entonces Intendente Municipal dijo, en lo que aquí interesa, de la intención que tenían el denunciante y otros testigos de afectarle políticamente, y que efectivamente había dado orden a su Secretario de Servicios Públicos para iniciar obras de reparación y limpieza en el edificio del ex casino de oficiales sito en el predio del Instituto Nacional de Aviación Civil para el traslado del Hospital Municipal de Morón Octasiana V. De Lavignolle, por considerarse legitimado para ello no sólo por la legislación vigente y por la carta de intención aludida, sino por estar autorizado, a su entender, por la Fuerza Aérea Argentina que dejaba entrar al personal municipal al lugar. También negó que fuera a inaugurarse algo en el mes de diciembre de 1998 en dicho inmueble, que no recordaba y en tal caso lo recordaría, que se hubiera entrevistado con el vicecomodoro Vaccaro en ese entonces y que éste le hubiera pedido la suspensión de las obras. Justificó que la obra se había hecho por reintegros y no por órdenes de compra por razones de celeridad. Por su lado en la declaración de Miguel Angel Bruno, quien fuera por entonces Director de Asuntos Legales del municipio, estableció éste su criterio de que la denominada carta de intención suscrita con la Fuerza Aérea sería una declaración de voluntad de partes de tipo programático, que requería su reglamentación. Esto es un convenio específico, que tenía que autorizar el Concejo Deliberante conforme el art. 28 inc. 1º de la ley orgánica de municipalidades; recordó que esto sí lo había hecho el municipio con intervención del mismo Intendente en un caso contemporáneo para la traza de la autopista y el plan cloacal, en relación a la base aérea de El Palomar; reconociendo no obstante que había predisposición de la "gente de la fuerza aérea en avanzar en la concreción de alguna otra obra". Asimismo señaló que el Honorable Concejo Deliberante no le daría autorización a proyecto alguno de traslado de aquel hospital, así desde que la oposición era altamente mayoritaria, recordando que las obras iniciadas para el traslado del hospital municipal que durante el mismo período se habían efectuado eran a su criterio un "capricho" del intendente. En ese orden los distintos testigos que laboraran en dichas reformas, incluido el arquitecto Arroyo a cargo la dirección de las obras, declararon en la audiencia del juicio que tenían órdenes de acelerar esas obras, de las que admitió que no había planos, para presentar el edificio en un acto público a celebrarse a fines de diciembre de 1998 con presencia del Presidente de la Nación y el Gobernador de la Provincia.

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El por entonces Director General de Infraestructura de la Fuerza Aérea, Brigadier Enrique E. Dutra, reconoció su intervención en aquella carta de intención que según entendió era para un emprendimiento comercial y así concretar el traslado del Museo Aeronáutico, todo esto sujeto a la eventual consideración del Ministerio de Defensa. Con relación a las obras el Jefe del I. N. A. C. le informó a él de la existencia de las tareas que se realizaban y por ello es que consultó con el Brigadier General Rojo Arauz, quien le dijo que se había cambiado el objetivo para la puesta en funcionamiento de un hospital, siendo que a ese efecto se debían iniciar los trámites ante el indicado Ministerio de Defensa para poner en marcha la documentación. Así también rememoró Dutra que, en una reunión con el intendente Rousselot, el comodoro Quinteros y el Brigadier Oreses, se acordó que se hiciera la documentación necesaria para legalizar las tareas en marcha, sin perjuicio de puntualizarse allí que las labores que se estaban realizando escapaban a las atribuciones legales, suponiendo que el Ministro se expediría finalmente aprobando esa gestión. Párrafo aparte merece la prueba documental agregada al sumario administrativo municipal nº ... que se trae al juicio por diversas formas y su receptación acrítica de parte de la pericia contable de fs. 695/699, desde que una lectura simple y profana de todos esos documentos no permite vincularlos necesariamente todos ellos a los gastos y trabajos hechos en el edificio aeronáutico en cuestión. Porque a excepción de las dos copias de facturas de compra y venta de fs. 42/3 del anexo "B" y de las copias de facturas e informes de fs. 380/383 de la causa principal, que sí tienen enunciados que permiten concluir que se aplicaron a esa obra, hay sinnúmero de constancias de compras que evidentemente aluden a otros fines, por ejemplo a materiales destinados al Tribunal de Faltas, a la obra llamada "Cuenca Agüero", a vehículos automotores, hay resmas de hojas y carpetas, hay cartuchos de impresoras, hay repuestos de automotores, y hasta se agregó una boleta por compra de carbón por un importe de dos pesos y a fs. 181 ladrillos para un mástil, entre otros muchos ejemplos que resulta realmente vergonzoso seguir enumerando. Así es que, prácticamente por indolencia nos quedamos sin prueba precisa de todo lo que se gastó en insumos y materiales, se sabe que sí se erogó por las declaraciones de los dos imputados, por los testimonios recibidos y por las constataciones hechas en el lugar, pero no estamos en condiciones de aportar todas las precisiones que el caso merece, por estas lamentables falencias. En este sentido tampoco se pudo probar como pretende la acusación que se intentó encubrir los gastos específicamente destinados a la obra. Pero tan grandes negligencias que debieran haber sido detectadas por otros de los intervinientes y a las que sólo aludieran Achinelli y su letrado defensor, no deben quedar así. A los peritos contadores se les solicitó que fijaran el monto, origen y asignación de los fondos que fueran imputados a las mejoras y tan sólo se limitaron a sumar todos los documentos que había en el expediente, que no es lo mismo y ello en sí significa una irregularidad que hasta podría ser delito, por lo que oportunamente debe disponerse lo pertinente. Más allá de estas observaciones, de todo el material probatorio compilado y en particular de lo declarado testimonialmente en la audiencia respectiva por el entonces Jefe de Estado Mayor de la F. A. Brigadier General Rubén M. Montenegro, el comodoro Jorge C. Dellepiane a cargo para entonces de la VII Brigada Aérea de Morón, el comodoro Jorge A. Carnevalini que le precediera en ese puesto y en particular de lo depuesto por el vicedomodoro Gerardo R. J. Vaccaro, quien cumpliera funciones de vínculo con este municipio y fuera así Asesor de Defensa del mismo, debe concluirse en lo que hace a esta cuestión que: En fecha imprecisa pero en el mes de setiembre de 1998, el Intendente del Municipio de Morón dio órdenes verbales al Secretario de Servicios Públicos y otros funcionarios, de realizar obras de mejoramiento del edificio que fuera destinado a casino de suboficiales, sito en dependencias del Instituto Nacional de Aviación Civil, ubicadas en la VII Brigada Aérea de Morón, sobre la Avenida Pierrastegui de este Partido, a llevarse a cabo por personal a nombrarse al efecto por dicha Secretaría, con las consiguientes posteriores adquisiciones de materiales y herramientas y designaciones de empleados, todo lo cual se sufragó hasta enero de 1999, mediante el sistema de reintegro de gastos, que fueron imputados a una partida de la citada Secretaría de Servicios Públicos de dicho municipio, cuyo titular realizó las tareas operativas que hicieron posibles tanto los nombramientos, como los pagos de materiales y salarios y las posteriores imputaciones a partidas presupuestarias que no contenían esa previsión. Y todo ello a sabiendas tanto para el Intendente como para el funcionario ejecutor, que las tareas eran realizadas en jurisdicción ajena al municipio, que el Honorable Concejo Deliberante debía autorizar todo ello y no lo había hecho, como tampoco por su parte el Ministerio de Defensa. A sabiendas también que dicho sistema de pagos, tanto como los nombramientos, estaban prohibidos por la ley orgánica de Municipalidades, por la ley y reglamento de contabilidad de esta Provincia y las ordenanzas municipales dictadas. La persecución aludida reiteradamente por el imputado Rousselot como motivación excluyente de la denuncia y de los testimonios reunidos en su contra e inclusive también de los demás procesos que se le siguen, más allá de la diversa suerte de estos últimos, no fue abonada, quedando de resalto con los elementos citados precedentemente el origen claramente objetivo de la prueba que funda las antedichas conclusiones. Viendo dicho carácter manifiesto y objetivo de las probanzas reunidas por un lado, y por el otro las diversas

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declamaciones de orden político que se repitieron pese a las observaciones del tribunal antes y durante la audiencia, corresponde hacerle saber a las partes que, tal como lo sostienen invariablemente la Corte Suprema de Justicia de la Nación y la Suprema Corte de Justicia de la Provincia de Buenos Aires, no compete a los jueces hacer declaraciones generales o abstractas porque es de la esencia del poder judicial decidir colisiones efectivas de derechos (CSJN Fallos 193:524; 211:1056; 215:1043; 265:255; 301:991; 308:2.147 entre otros y SCJBA en Ac. B-55.010 del 2/8/00).De igual modo observo que fueron precisamente las testificales que más desvirtuaron los dichos de los imputados, las que provinieron, en el caso, de los altos oficiales de la Fuerza Aérea, lo que rebate sus tesis también repetidas, de que todos los cargos que se les hacen son una conspiración política forjada entre las fuerzas públicas locales, para alejarlos de la función y la carrera política. Estas testimoniales, es necesario decirlo, fueron también justamente, las más precisas y me resultaron las más confiables junto con las de los profesionales del área económica como Gabriel Bernini, Contador General de la Municipalidad de Morón desde 1991 y Daniel A. Ochoa, Director General de Finanzas del ayuntamiento, siendo que, el primero, estableció la irregularidad del sistema de reintegros y de cajas chicas para cubrir semejantes gastos como los de esta obra (por su volumen y destino) y el último recordó las sucesivas rendiciones de materiales que se habían entregado en la VII Brigada Aérea a estos fines. Lo del valor asignado a la carta de intención no tiene otra lectura que la que le diera el abogado Bruno, como expresión de deseos y marco de futuros acuerdos, precontrato a lo más, pero carente de todo vigor legal para conferir facultades u obligaciones. Sobre esto el Brigadier Dutra también dijo que la carta de intención no obligaba a nada a la Fuerza Aérea. Los representantes del Ministerio Público Fiscal, con la adhesión del particular damnificado sostuvieron que todo el emprendimiento era una "gran mentira" porque no había dinero para el nuevo establecimiento, no había interés ni proyecto o estudios serios para ello y la situación política adversa (de tres concejales oficialistas y los demás opositores) impediría el acuerdo con las Fuerza Aérea y que se dictaran las ordenanzas necesarias para vehiculizar el traslado del nosocomio conforme lo requiere el art. 28 de la ley orgánica de municipalidades, siendo que además la publicación del diario "La Nación" tiene aspectos absolutamente contrarios a la verdad. Por esto dichas partes apuntaron a que esas erogaciones fueron urdidas para favorecer personalmente a Rousselot y Achinelli aumentando únicamente su popularidad. La hipótesis es interesante, pero a mi modo de ver la prueba reunida no es suficiente para demostrarla. Porque primeramente es sabido que el interés en adquirir mayor popularidad entre los electores es prevaleciente en las limitaciones que la actividad política tiene en la actualidad, con lo que cualquier imputación de gastos indebida, efectuada por funcionarios políticos seguiría el mismo camino. Es imposible sopesar la magnitud de un beneficio de ese tipo en este ámbito. Es que la pretensión se basa en meras conjeturas sin apoyo probatorio. Es cierto que podrían los imputados estar inspirados en prestigiarse públicamente con la obra, pero no lo es menos que nada de eso pudo probarse con la certeza jurídica que reclama este pronunciamiento. Además dicho interés que, por supuesto que vale como motivación de una conducta delictiva, no tiene ninguna relación con el sentido de la norma penal, que implica si bien no necesariamente un beneficio patrimonial, sí alguna ventaja de tipo material por lo menos. Porque, lo que surgió de las pruebas reunidas también es un enorme desorden de la administración pública del municipio para aquella época, patentizado con la propia declaración del señor Juan C. Rousselot, en cuanto se atendían distintas finalidades de escuelas y caminos Provinciales, sin disposición escrita, sin previsión presupuestaria y sin justificarse la excepción de hacer un gasto a favor de una jurisdicción también ajena en norma legal alguna, aludiéndose sin más a la necesidad de cubrirse requerimientos urgentes de la comunidad. Esto también lo señalaron el coprocesado Néstor A. Achinelli y sus subordinados en la Secretaría, Eduardo N. González y Miguel A. Trigueros como que así se hacían muchos de sus gastos. Porque finalmente en las conversaciones que mantuvo el imputado Rousselot con el Brigadier Dutra está claro que fue alentado respecto del proyecto hospitalario y aunque remota, podía existir en su mente la posibilidad de concretarlo en algún momento. En este sentido es fácil colocarse hoy "ex post facto" y decir que viendo lo que pasó era imposible que el nosocomio fuera mudado al edificio aeronáutico, mucho más difícil me resulta recrearme esa situación mientras se trabajaba activamente con más de cuarenta obreros diariamente allí, sin objeciones de los militares y en particular con las esperanzas que no tuvo empacho en admitir que generó el Brigadier Dutra y recordó también Bruno. Suponer que Rousselot y Achinelli pese a todo ello, planeaban arteramente continuar con un proyecto, a sabiendas que nunca llegaría a buen puerto, francamente me resulta aventurado. Dados los elementos traídos a juicio no me es posible llegar a convicción cierta en este último sentido, ni me persuade el discurso acusador. Hipotetizar con la desfavorable relación de fuerzas en el Honorable Concejo Deliberante sería impropio de

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la certeza y la recta interpretación que debe guiar a los pronunciamientos judiciales, y tan cierto es que de haber prosperado la viabilidad que Dutra reconoció que le expresara su entonces superior Rojo Aráuz, y de ser las demás condiciones de valores y plazos también favorables, lo lógico es que los concejales, independientemente de banderías sopesaran sinceramente la conveniencia del traslado. Y en esto no se puede conjeturar con especulaciones partidistas pues en estas decisiones sólo las podemos suponer inspiradas en el anhelo del bien común. Así, la sola posibilidad de que el traslado pudiera haberse concretado por escasa que fuera, deja a la evaluación de su conveniencia como una cuestión exclusivamente política y al rédito político de los anuncios efectuados como algo que no podría medirse y esencialmente extraño al sentido del beneficio de la norma penal invocada por los acusadores públicos y privado. No encuentro legalmente justificado entonces el provecho propio propugnado. Por ser todo ello mi sincera convicción a 2ª cuestión votó por la afirmativa (arts. 210 y 371 inc. 1º del Cód. Procesal Penal). Los señores Jueces doctores Castañares y Torti, por compartir los fundamentos del voto que antecede, a los que adhieren y, ser ello su sincera convicción (citas legales las precedentes), también votan por la afirmativa. 3ª cuestión.- El doctor Rodríguez dijo: En relación al hecho que afectara a Bonicalzi ninguna duda tengo, que tal como quedó probado al tratar la primera cuestión, quien estando en el domicilio de la calle ... de Villa Sarmiento, tomara el teléfono celular que usaba Francisco R. Arias cuando ya se había establecido comunicación entre éste y la Intendencia de Morón, y por medio del mismo lanzara las frases de contenido intimidante que se describieran, fue el imputado de autos Juan C. Rousselot. Que se estableció aquella comunicación y que habló en aquel entonces con Carlos H. Bonicalzi, es algo que, desprovisto del contenido que pretende asignársele a sus dichos ahora, reconoció el mismo Rousselot al prestar la declaración ante este tribunal. No obstante, aunque le pese, quedó acreditado sobradamente, con los dichos de Bruno, Akerfeeld y Petric, además del mismo Bonicalzi, no sólo que existió la comunicación que él admitiera sino que durante esta emitió los conceptos de alto contenido intimidante que ya se describieran en la primera cuestión. Es más, sobre que, durante la conversación del imputado y denunciante, se emitieran palabras amenazantes, están también los testimonios brindados por Alfonso Ramoneda, Daniel Alberto Giménez y Damián Cardozo, los que estaban en el edificio de la Alcaldía y recordaron como aquella mañana Giménez le dijo a Bonicalzi que estaba a quien denominaron como "Cacho" Arias en la línea queriendo pasarle a éste un llamado de Juan Carlos Rousselot, luego de lo cual y al hablar Bonicalzi con quien debía ser el ex jefe comunal le decía que le estaba amenazando con que iban a ir allí a los tiros, rememorando también Cardozo y Giménez el nerviosismo en que cayera el Secretario de Gobierno. Respecto de los hechos tratados en la segunda cuestión que perjudicaran al erario de la administración pública local, está claro también que el imputado Sr. Juan C. Rousselot, en su calidad de Intendente Municipal, fue quien dio las órdenes necesarias para la ejecución de los trabajos y la publicación de la nota periodística, es algo que no viene cuestionado e imposible de poner en crisis. En efecto, tal es así que él mismo al prestar declaración en dos oportunidades frente al estrado aceptó haber dado las órdenes respectivas a sus subalternos con esos fines, lo que además se confirma totalmente con los diversos elementos documentales y testimoniales ya tratados al dar respuesta a la cuestión segunda. Incluso hasta comprobamos que visitó las obras conforme dijo y tal como fue el vívido recuerdo de los trabajadores que vieron su presencia en el lugar. Un renovado ingrediente de autoría se desprende de cuando estuvo también Rousselot, aunque inicialmente lo desconoció en la audiencia, en la oportunidad en que el vicecomodoro Vaccaro, escogido por sus superiores de la Fuerza Aérea Argentina para hacer de vínculo con la comuna, fue a decirle que las obras debían suspenderse por no contarse con autorización, lo que Vaccaro recordó con nitidez acorde a la importancia del encargo, aunque en definitiva mentara sólo el concepto de lo que le contestaron y no las palabras precisas. Ninguna duda tuvo el aviador de haber cumplido el cometido encomendado, al punto que antes se reunió con el doctor Bruno y Poli en el mismo edificio, anoticiándoles la medida dispuesta por su alto mando, lo que Bruno confirmó. Ocurre, y esto es lo que anotaba en su alegato el doctor Brude, aunque con otro sentido, que no fue una respuesta lógica la que recibió. Esa es la única incongruencia, que ante semejante gravedad del anuncio, nada menos que la suspensión de tan costosas obras y en definitiva de un proyecto que tantas reuniones motivara, Rousselot le dijo que ya lo había arreglado con la base aérea (en el careo con Achinelli) y llamándolo allí a Achinelli, preguntándole si había un problema en las obras de la base aérea, éste le contestó que ninguno. Por respeto se quedó sin indagar más, con esa incongruencia, cuando lo que correspondía era que Rousselot tomara nota de la suspensión y citara a su secretario para evaluar las medidas del caso. Y confundido quedó con esa escena, suponiendo que quizá no había sido informado de una revisión del lanzamiento. De cualquier forma, luego del cónclave, comunicó inmediatamente a la superioridad aeronáutica la confirmación de la tarea

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cumplida la que fue recibida por sus jefes conforme fuera el testimonio de Dutra. Así las cosas y siendo que nada se había acordado con el entonces Jefe de la VII Brigada Aérea, a cargo de la custodia del edificio, conforme éste depuso en la audiencia, se hace evidente la estratagema de decirle a uno que ya había arreglado con el otro para así seguir pese a todo con sus planes. También admitió la entrevista el coprocesado Néstor A. Achinelli, y cómo es que, estando a cargo de la Secretaría de Servicios Públicos fue que recibiera los mandatos de parte del entonces jefe comunal, y también de cómo estuvo el ex intendente reunido con Vaccaro en ocasión en que se le interrogara por los problemas en la base. Así es que las pretensiones reiteradamente formuladas por el ex Intendente y su defensa de que no existe dolo y que todo estaba autorizado por la carta de intención suscripta con el Brigadier Dutra como por la permisibilidad al ingreso de los obreros, carecen de asidero. Porque lo que sí queda muy claro es que incurrió en notables contradicciones, no sólo al simular ante Vaccaro que la suspensión de los trabajos que le comunicaba estaba desautorizada por otro lado, sino cuando empezó negando la existencia de esa entrevista tan desfavorable y cuando también negó que supiera que iba a inaugurarse algo en el mes de diciembre de 1998. Que las obras se aceleraban para un acto de inauguración o presentación con presencia del Presidente de la Nación y hasta el Gobernador de la Provincia, es asunto que todos los trabajadores inclusive Arroyo, sabían y que no podía venir de la mano de otro que no fuera el entonces Intendente. Parece también un ocultamiento lo ocurrido con el propio Secretario de Salud el profesor emérito doctor Francisco Casavilla que en punto tan sensible para su área, como nada menos que el traslado del nosocomio municipal, contó en la audiencia de debate, que se enteró por la publicación que ya se viera del diario "La Nación" y que nunca había leído la misiva que supuestamente le había mandado el doctor Spada, Director del Hospital en relación a los costos para reformarlo. También, debe recordarse, disimuló el encausado la realidad al indicar que los trabajos se habían abonado por vía de reintegros y no por órdenes de compra, por exclusivas razones de celeridad, cuando estas últimas requieren de una partida presupuestaria donde imputarse, conforme surge de los arts. 112 y 118 de la ley orgánica de municipalidades y 157 del reglamento de contabilidad. Aunque las obras tuvieran que haber sido precedidas de ordenanza del Concejo Deliberante y convenio específico con la Fuerza Aérea, el entonces Intendente quería realizarlas igual, de todos modos, y de allí esos engaños y ocultamientos. No es posible pretender seriamente al menos, que no requerían la intervención del cuerpo deliberativo comunal, atendiendo a su envergadura por un lado, cuando desde el art. 1º de la ley orgánica de las Municipalidades decreto ley 6769 con sus leyes modificatorias en adelante, se establece que la administración municipal se integra por el departamento ejecutivo y el departamento deliberativo. Máxime cuando por art. 28 inc. 1º de dicha ley orgánica corresponde al Concejo establecer hospitales, y trasladar al hospital municipal existente a otro sitio es establecerlo en otro lado. Gasto tan grande como implicaba una finalidad semejante debió ser previamente determinado por el Concejo Deliberante en el presupuesto anual tal como lo establecen claramente los artículos 29, 31 y 34 de la ley orgánica municipal, al cual el departamento ejecutivo tenía la obligación de adecuarse. Inclusive un convenio con la Fuerza Aérea no solamente debía aprobarse en el Honorable Concejo Deliberante municipal sino que necesitaba la previa autorización del gobierno Provincial, desde que depende del Ministerio de Defensa de la Nación y se trata entonces de vinculación con la Nación surgida de un convenio, conforme la manda del art. 42 de la citada ley orgánica. Y es visible que nada se había hecho en ese sentido. Las pretendidas reformas o mejoras que se estaban haciendo en el edificio aeronáutico, aunque se pretendieron disimular en un caso y magnificar en el otro, eran de singular importancia cuando trabajaron allí por varios meses no menos de cuarenta obreros con la aplicación de ingentes recursos, como describieron los testigos en la audiencia. No pueden estos trabajos escapar al concepto de obra pública descripto en el artículo 59 de la ley orgánica municipal sea por su pertenencia a la comuna, por su destino relacionado a la salubridad, o por ser un servicio público de competencia municipal, por lo que, de cualquier manera eran competencia conjunta de ambos departamentos. La tantas veces mencionada ordenanza nº 633/97 no es sino en definitiva una forma de abrogar la ley, porque disponer como lo hace que el intendente no debe ajustarse estrictamente a las partidas presupuestarias y puede disponer en consecuencia transferencias entre estas, es lo mismo que decir, que los cálculos previos de gastos y las imputaciones a partidas están demás. ¿Para qué entonces un presupuesto habría que preguntarse?, ¿Para qué las cavilaciones y debates de los concejales sobre el punto, si luego el intendente lo puede cambiar a su arbitrio? Definitivamente una ordenanza está en la parte inferior de la pirámide legislativa y no puede alterar las leyes que la regulan. Viendo esto quizá el Concejo Deliberante expidió en 1998 la ordenanza nº 1078 derogando los artículos 41,

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42 y 43 de la Nº 633/97, aunque estrictamente por violar la ley y por darle al Intendente más facultades que la ley dispone, en mi opinión, en principio era nula la primera. Las posteriores maniobras del departamento ejecutivo vetando la ordenanza 1.078/98 por el dec. 940/98 a su vez rechazado por el Honorable Concejo Deliberante con la insistencia del decreto 147/98), que no fue comunicado al Contador ni promulgado oportunamente, a no dudarlo porque era un recorte de sus facultades, revela la constante de querer pasar por sobre las atribuciones del órgano legisferante. Esto es de particular y significativa relevancia en este asunto, toda vez que se sitúa en el inicio de la ejecución de las obras que ya vimos y habla de la voluntad de seguir adelante en este proyecto a pesar de las normas que se lo vedaban nítidamente. Por todo lo cual, y por ser ello mi sincera convicción a esta 3ª cuestión voto por la afirmativa (arts. 210 y 371 inc. 2º del Cód. Procesal Penal). A esta 3ª cuestión el doctor Castañares, por los mismos fundamentos y por ser también su sincera convicción vota por la afirmativa (citas legales las precedentes). A esta misma 3ª cuestión el doctor Torti dijo: Adhiero a la excelente descripción de la prueba de cargo desarrollada por el doctor Rodríguez, y, por mi parte agrego lo siguiente.Satisfactoria y positivamente ha quedado resuelto el cuerpo del delito. Entiendo, a su vez, que el encausado protagonizó los hechos, en la calidad autoral adjudicada originariamente por el Ministerio Público Fiscal. No advierto ninguna circunstancia o elemento que degrade la prueba de incriminación y que, de alguna manera, me impida o nos impida, alcanzar el norte de todo proceso judicial, cual es el de la verdad objetiva material. Con esto quiero destacar que no poseo dudas y, por ende, tengo la plena convicción de que el sindicado es el autor y coautor de los sucesos que se le atribuyen. Ante todo, cuadra puntualizar que es doctrina que los jueces no estamos necesariamente obligados a ponderar todas las probanzas producidas en el juicio, sino sólo aquellas estimadas conducentes para fundar las conclusiones, como tampoco estamos obligados a tratar todas las cuestiones expuestas ni analizar los argumentos que a nuestro juicio no sean decisivos. Y, nuestra añosa doctrina legal ha sido enfática al señalar que, en la valoración de las pruebas no se violan las reglas de la merituación porque el juzgador prefiera una u otra (SC Buenos Aires en "A. y S.": 1959-I-668, 1959/II/81 y 781, 1960/I/243, 1960/II/393, 1961/V/74, 1962/I/793 y 1967/I/809). Consecuentemente, estamos autorizados a dar mayor fe al dicho de un testigo que al de otro por motivos razonables (SC Buenos Aires en íd. ob.: 1956/IV/596, 1958/V/130 y 1959/I/101 y 638), puesto que es nuestra facultad seleccionar los elementos probatorios, entre ellos a los testigos, prefiriendo a unos sobre otros, y que nos lleven a la convicción de certeza, descartando los que resulten inconducentes para alcanzar este estado convictivo (SC Buenos Aires en ob. cit.: 1965/III/576, 1972/III/666 y 1973/II/692), lo que alude a que ponderemos en el juicio de mérito a los que únicamente resulten esenciales o necesarios para el fallo de la causa (SC Buenos Aires. en Ac. 33.693 del 25/IX/1984). Respecto de la prueba testimonial hemos de valorar preferentemente las declaraciones que merecen mayor credibilidad (SC Buenos Aires, Ac. P 37.940 del 12/IV/1989), y ello en sí, no significa irrazonabilidad, ni afectación de las reglas que rigen la crítica de los testimonios (SC Buenos Aires Ac. P 39.496 del 7/VI/1988) porque, como anticipé, estamos facultados a dar preferencia a unas pruebas respecto de otras sin que ello resulte violatorio de esas reglas de juicio (SC Buenos Aires en Ac. 32.070 del 28/VI/1988). Ello es así, a partir de los principios que son de la esencia del juicio oral, donde el contacto o la relación visual inmediata que se establece con la prueba testifical que recibimos ante y frente a nosotros, viéndola y escuchándola directamente, a través del interrogatorio y control de las partes, nos permite examinar las características de la persona que declara y, fundamentalmente, apreciar en conciencia todas las demás circunstancias que nos permiten fijar su credibilidad probatoria, tanto si es de cargo, como de descargo (Muñoz Conde, Francisco en "Búsqueda de la verdad en el proceso penal", vol. I, págs. 53/55, Ed. Hammurabi, 2000). Estos principios básicos rigen para examinar con todo el criticismo necesario el testimonio que de sus propios actos nos brindó al comienzo del debate el imputado Rousselot, al decidir declarar bajo el control de las partes antes de que se inicie la recepción de la prueba, y, enfrentarla con el restante plexo testifical conformado por Carlos H. Bonicalzi, Miguel A. Bruno, Patricia P. Akerfeld y Elisa M. Petric para precisar con un nivel de certeza suficiente cuál fue el comportamiento que le cupo al acusado. Desde este punto de vista lo declarado por los testigos me basta y nos bastará para justificar el cargo delictivo sostenido por el Ministerio Público Fiscal. En este punto, las atestiguaciones contribuyentes de Carlos H. Bonicalzi, reforzada con las deposiciones de Miguel A. Bruno, Patricia P. Akerfeld y Elisa M. Petric, tal como fueron recibidas por nosotros, me resultan directamente conducentes para estructurar, a partir de su combinación, la prueba de la incriminación.

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Valoro preferentemente estas testificaciones que provienen de quienes, estuvieron ubicados preferencial e inmediatamente en el desencadenamiento de los hechos, perfectamente perceptores de su factura, es decir, en contacto inmediato con el comportamiento directamente ejecutivo del delito, y, por ende, en la definitiva captación individualizadora de su autor, pues corroboran lo que éste profirió haciendo uso de amenazas hacia la persona con la cual mantenía comunicación telefónica y, si bien nos señaló en la audiencia de debate que es un hombre fuerte en la defensa de las ideas y que en tono únicamente subido le dijo a Bonicalzi que "no te metas con mi gente", no es menos cierto que esta frase ha quedado deliberadamente inacabada porque fue más extensa tal como surge del conjunto de testimonios de Bonicalzi, Bruno, Akerfeld y Petric que directamente percibieron como Rousselot, enérgico pero concretamente agresivo, palabras más o palabras menos le dijo a Bonicalzi "sos un hijo de p... no te metas con mi gente... si querés tiros ya vas a tener tiros porque yo voy a ir con mi gente para ello". Por lo cual, siendo que las secuencias ejecutivas del suceso fueron directamente aprehendidas sensorialmente por los aludidos deponentes, resultando coincidentes en lo esencial, corroboran no sólo la utilización de la amenaza expresada sino también corroboran la mendacidad del acusado. Y ello es así porque contemplo al material probatorio en su conjunto y no fragmentariamente, aceptando la fuerza convictiva que suministra como un todo unitario y coherente (Dohring, Erich en "La prueba. Su práctica y apreciación", pág.406, EJEA, 1986). En definitiva, todas las declaraciones antedichas, son contestes con las circunstancias de modo, tiempo, lugar y ocasión con que deben examinarse los testimonios, frente al acaecimiento que percibieron. Ello significa que como sujetos probantes y aportadores de datos objetivos, debidamente analizados en su extensión, obtenemos la convicción razonada de quién realizó el hecho delictivo. La prueba personal aludida posee esa aptitud probatoria. Y, conviene apuntar que la certeza jurídica es certeza histórica o certeza empírica, que se obtiene de una apreciación de la prueba verdaderamente libre, porque tiene como presupuestos necesarios que exista el contacto inmediato y oral entre los jueces, por un lado, y las partes y los demás medios de prueba, por el otro, lo que asegura el éxito en la búsqueda de la verdad, pues la impresión fresca, directa, inmediata y personal del juzgador es la que suministra la base más segura para una decisión sobre los hechos y nutre la convicción de la verdad (Walter, Gerhard en "Libre apreciación de la prueba", págs. 183/185, 363 y 369, Ed. Temis, Bogotá, 1985). En su medida, las declaraciones se concatenan, y es dable advertir que contienen, esencialmente, prueba apta para individualizar con los alcances asignados, el comportamiento del autor; por lo cual, habiéndose rendido todos los testimonios de cargo con juramento de decir verdad y bajo las condiciones formales pertinentes a su incorporación y pasado por los juicios de sinceridad, logicidad, convergencia, concordancia, credibilidad y verosimilitud, con la salvedad de que los testimonios se sopesan y no se suman (Rocha Degreef, Hugo en "El testigo y el testimonio", p. 27, Ediciones Jurídicas Cuyo, 1999), con más el valor agregado de resultar testimonios "ex propio sensibus", aportantes de un conocimiento original, por su relación directa o situación especial frente al hecho y su autor, los que los convierte en el medio de prueba más importante e indispensable para todas las circunstancias jurídicas relevantes (Gorphe, Francois en "La apreciación judicial de las pruebas", p. 373; Dosi, Ettore en "La prueba testimonial", págs. 14 y 15, Editorial Temis, Bogotá, 1986; Tschadek, Otto en "La prueba", p. 23 y 119, Ed. Temis, Bogotá, 1982; Dohring, Erich en ob. cit., págs. 20 y 21) y ponderando que nuestra instancia tiene potestad soberana en la apreciación de los testimonios, sobre todo, cuando debemos valorar el alcance de las testificaciones en las que hemos tomado contacto a través de la substanciación del juicio o debate oral (C.S.J.N. en Fallos 281:182; S.C.B.A. en "Acuerdos y Sentencias": 1961-II-13, 1963-II-904, 1973-II-405 entre otros; Tribunal de casación penal de la provincia, causa nros. 73/99 y 185/99; Claria Olmedo, Jorge en "Derecho Procesal Penal", tomo II, p. 401, Ed. Lerner, 1984; ADIP, Amado en "Prueba de testigos y falso testimonio", p. 44, Depalma, 1983), es mi opinión que la fuerza probatoria de su conjunto suministra el suficiente poder convictivo para sellar adversamente la suerte del causante. No encuentro enviciamiento o desvío lógico en el encadenamiento inferencial que se construye a partir de los testimonios recibidos, para declarar la autoría punible en cabeza del imputado. Entiendo que frente a cierta insistencia de la defensa introducida por otra parte en la discusión final por el Ministerio Público Fiscal, respecto del valor probatorio de un solo testigo, más allá de que en el presente caso no se daría esta condición probatoria porque así lo indica el conjunto testifical alcanzado, debo por lo menos en este aspecto renovar ciertas ideas que se inscriben en la "mínima actividad probatoria suficiente" que consagráramos en el precedente "Maltez" (causa nro. 119, R.S. 67 /2000). Dijimos en ese pronunciamiento que "nuestro sistema de convicción sincera nos obliga aplicar las reglas del criterio racional y experiencial (Walter, Gerhard en "Libre apreciación de la prueba", pág.356, Ed. Temis, Bogotá, 1985). Por lo cual, la máxima "testis unus testis nullus" no tiene aplicación en nuestro derecho, por cuanto no siempre la existencia de varias declaraciones concordantes son índice de garantía de verdad, ni tampoco la existencia de un testigo único significa ausencia de valor convictivo de su testimonio (Varela, Casimiro en "Valoración de la prueba", pág. 283, Astrea, 2da. edic., 1999)" -el testimonio de Carlos Hugo Bonicalzi al que lo he sometido a toda la presión

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critológica, y confrontado con el marco vivencial que he comprobado, sumándolo al de Bruno, Akerfeld y Petric, sobre la base de la actuación que desarrolló el acusado al atentar contra la libertad, incluyendo su estado emocional, me basta y nos bastará, para atribuirle al aquí imputado, la acción delictiva. Y dijimos en "Maltez" que "desde este punto de vista,...debemos consagrar la doctrina de la "mínima actividad probatoria suficiente" para destruir el constitucional pero interino estado de inocencia del imputado, pues esa mínima actividad probatoria se satisface o puede quedar integrada por uno o más medios de prueba, sin que su exigencia comporte una previa determinación de su número (Miranda Estrampes, Manuel en "La mínima actividad probatoria en el proceso penal", pág. 130, J. M. Bosch Editor, Barcelona, 1997). De lo que se sigue, por consiguiente, no sólo la concurrencia de una mínima prueba de cargo, sino que además tenga la condición de suficiente. Y, en este sentido, lo de la suficiencia de la prueba se vincula a un juicio valorativo que nos es propio, para comprobar si una prueba de cargo existente y regularmente practicada (como en este caso el testimonio de la víctima) con todas las garantías es idónea para probar los supuestos del hecho normativo (el hecho punible y la participación -segmento en el que ahora estamos-). Y desde este punto de vista, el juicio valorativo de suficiencia supone analizar o examinar la eficacia de la prueba de cargo, es decir, su fuerza o valor probatorio, y ello no sólo en su aspecto formal (prueba practicada con todas las garantías), sino fundamentalmente, en su aspecto material, es decir, que el medio convenza por sí sólo o en concurrencia con otros, eliminando cualquier duda racional acerca de la culpabilidad del acusado (Miranda Estrampes, Manuel en ob. cit., págs. 576/577). Y afirmamos en el precedente que se cita que "La suficiencia de la prueba se define como su aptitud para formar la convicción judicial, como finalidad de la misma, y, en otras palabras, prueba suficiente y prueba convincente aparecen, pues, como conceptos sinónimos". Ergo, el testimonio de Carlos Hugo Bonicalzi es suficiente como prueba de cargo para incriminar al imputado en el atentado que examinamos, reforzado eficientemente por las testificaciones contributivas de Bruno, Akerfeld y Petric. Acoto que no he encontrado en las deposiciones de Bonicalzi, Bruno, Akerfeld y Petric, muestras o evidencias de que hubiesen testificado inspirados por odio o enemistad manifiesta hacia el imputado. Las atestaciones que nos brindaran no trasuntan ni tampoco es dable barruntar que hayan declarado con un propósito deliberado e influenciado por intereses negativos y contrapuestos a la justicia, emparentados en todo caso con causarle un perjuicio particular al imputado, por una suerte de encono personal o político. En este punto, los testimonios son absolutamente creíbles, me merecen entera fe y, por lo tanto, los apreció con el carácter cargoso ya anotado. En este punto creo que la prueba (como objetivo procesalmente realizable) captada inmediatamente durante la audiencia oral, cumple con su finalidad que no es otra que la de lograr la convicción judicial, es decir, el convencimiento del juez sobre la exactitud de los hechos afirmados durante el debate (Miranda Estrampes, Manuel en ob. cit., págs. 45, 46, 47, 51). Con relación al hecho contra la administración pública conviene recordar que la intención dolosa debe probarse y que si el dolo no aparece reconocido por el agente, ya sea explícita o implícitamente, la incriminación debe verificarse con el auxilio de prueba independiente, demostrándose en cada caso a través de la suma de las circunstancias que rodearon al suceso (SC Buenos Aires en "Acuerdos y Sentencias": 1956/VI/153, 1957/IV/677, 1959/II/630, 1959/III/529, 1965/I/217, 1968-573). El dolo debe ser reconocido y declarado en el tiempo del hecho típico, en el momento de la conducta causante (Vidal, Humberto S. "Derecho Penal Argentino", Parte General, p. 301, Ed. Advocatus, 1994, 4ta. edic.; Nuñez, Ricardo en "Tratado de Derecho Penal", t. II, p. 66, Lerner Ediciones, 1978). Ello es así, puesto que el sistema legal argentino repudia la presunción de dolo (Jiménez de Asua, Luis en "El criminalista", t. II y IV, págs. 33 y 196 y "Tratado de Derecho Penal", tomo V, págs. 656 y sgtes.; Cerruti, Juan en "Indivisibilidad de la confesión calificada" en La Ley 37-635; Arancibia Rodríguez, en "Presunción general de voluntariedad jurídica" en Rev. de Derecho Penal, año IV, nro. 93, p. 95; Nuñez, Ricardo en "La culpabilidad", p. 119 y ob. cit., t. II, p. 66 y sgtes.; Sanchelli, Tulio en "La confesión del delito", Enciclopedia Jurídica Omeba, tomo III, pág. 792, Ed. Bibliográficas Argentinas; Caamaño Rosa, en "La confesión del imputado" en J.A. 1962-I-90; Soler, Sebastián en "Derecho Penal Argentino", t. II, p. 119/120, Ed. TEA, 1983; S C Buenos Aires en "A. y S.": 1956/IV/400, 1958/VI/231 y 1963/III/93), de allí que como ya anticipara la participación dolosa debe probarse, y si no aparece explícita o implícitamente reconocida por el propio agente, será la prueba independiente, en cada caso, la que podrá demostrarlo a través de todas las circunstancias exteriores deducibles, estando tal apreciación sujeta a nuestro juicio valorativo. En este sentido entiendo que los actos exteriores que se transmiten a partir de los actos de gobierno de quien era titular del departamento ejecutivo del gobierno municipal, ponen en evidencia un comportamiento doloso, una intención dirigida a la consecución de un objetivo, recorriendo el carril del delito al desviar el recto destino de los fondos públicos a sabiendas de lo que hacía, porque no se concibe que el imputado desconociera los preceptos legales y reglamentarios con arreglo a los cuales debía determinarse en el ejercicio de su mandato constitucional.

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En mi opinión no pueden desatenderse ciertas reglas que deben observarse en el correcto gobierno municipal, especialmente, en la relación institucional democrática que guardan los órganos involucrados, es decir, el deliberativo y el ejecutivo, a través de la ley orgánica de las municipalidades que prevé sus respectivas e interrelacionadas incumbencias funcionales (Decreto-ley 6769/58 y modificatorias). En este punto, conviene poner de resalto antes de entrar al fondo del estudio de la normatividad, que el repugnante desenfreno de utilizar un método de la práctica política que privilegia el individualismo por sobre los intereses colectivos hasta el punto de dañarlos o comprometerlos desaprensivamente, desnaturaliza el principio del recto gobierno democrático y republicano que tanto ha costado a la comunidad argentina y que debe prevalecer a salvaguarda de cualquier intento personalista o sectario, sobre todo cuando se patentiza que otro de los sectores enfrentados, en esta política de pago chico, aún de una misma idea partidaria, tampoco repele o evita, o es refractario o impermeable a tales prácticas, regidas por el oportunismo y el aprovechamiento para sí de los réditos de la cosa pública no necesariamente a partir de la ventaja material, sino en la obtención de cuotas y permanencia en el poder, con olvido de las necesidades impostergables de sus administrados, depositarios del mandato que les confieren por el voto popular. La personalidad que se detecta en el acusado confirma una inclinación al comportamiento arbitrario en los actos de gobierno, donde como el mismo lo definió hasta el hartazgo en su declaración durante el debate, "si se puede lo más, se puede lo menos", es decir que frente a tamaña concepción donde todo se puede, se advierte que tal sentido embiste contra el adecuado diseño funcional del gobierno municipal, donde la coexistencia institucional de los departamentos deliberativo y ejecutivo, con sus esferas competenciales perfectamente delimitadas por regulaciones legales (art. 190 de la C.B.A. y art. 1 del decreto-ley 6769/58), indica que las acciones de conducción deben atenerse al orden democrático y republicano de gobierno en el sentido de respetar las incumbencias funcionales respectivas y, sobre todo, las limitaciones que a las mismas imponen las leyes y reglamentaciones vigentes en cuanto determinan y obligan al departamento ejecutivo comunal. Lo contrario conlleva al descrédito institucional y, por sobre toda las cosas, al desgobierno en perjuicio de la ciudadanía toda. Ahora bien, en este punto creo necesario destacar que la Suprema Corte de Justicia de la Provincia ha brindado un marco de pensamiento insoslayable que debe reiterarse en aras de significar cómo un desfigurado acto de gobierno encubría en realidad un emprendimiento de naturaleza delictiva mediante el desvío no autorizado de los fondos públicos. Así, se ha pronunciado que la juridicidad configura el marco del cual no puede sustraerse la actividad del Estado nacional, provincial o municipal. Por tanto, es preciso que las decisiones estatales respeten los procedimientos esenciales previstos en las normas legales, y cuya cumplimiento se erige en una garantía de los administrados que adquiere excepcional significación dentro de la Administración Pública (in re Ac. B 54.961 del 30/VIII/1996). El mismo Tribunal, expuso en otro precedente que "existiendo una ordenanza que impone un procedimiento dado para el dictado de un acto, la autoridad debe ajustarse a él en resguardo del principio de legalidad que le impone respetar la norma general por ella misma emanada. Si así no lo hace, obra excediendo las atribuciones normativamente conferidas" (in re Ac. B 48.763 del 30-VII-1985). Desde este punto de vista, la existencia de un régimen comunal (art. 5 de la Constitución de la Nación y art. 190 de la Constitución de la Provincia) impone que las potestades de quienes están políticamente organizado en el régimen, se ejerzan en el marco de la legalidad, el cual se erige como pilar del Estado de Derecho. Por ende, será siempre el límite impuesto a todo obrar municipal (in re Ac. L 47.090 del 7/IV/1992; L 49.479 del 14/IV/1992; B 55.010 del 2/VIII/2000). De allí que "ninguna repartición estatal puede dejar de aplicar el principio de legalidad objetiva, esto es la defensa de la norma jurídica con el fin de mantener el imperio de la legalidad y justicia en el funcionamiento administrativo" (in re Ac. B 43.362 del 22/V/1984). La sujeción de la Administración al postulado de marras determina que toda actuación estatal se encuentre acorde con normas atributivas de competencia orgánica con sustento en las cuales se dicten los actos pertinentes (in re Ac. B 51.720 del 2/VIII/1994). Estos principios no pueden desatenderse en orden al valor e imperatividad jurídica de las Ordenanzas y Decretos que enfrentaron en el momento y con vinculación al hecho que se juzga, las decisiones de los órganos del régimen municipal de Morón, es decir, el deliberativo y el ejecutivo, aunque no se tradujese -contrariamente como lo ha interpretado quien fuera titular del departamento ejecutivo y ahora imputado- un verdadero conflicto interno de poderes, sin perjuicio de apuntar que más allá de la opinión personal del acusado, respecto a su inobservancia de las Ordenanzas que emitiera el Concejo Deliberante, a la sazón "ley local", no se advierte ningún conflicto interno de poderes bajo los parámetros constitucionales y legales aplicables, habida cuenta la taxatividad que, sobre el punto, establecen los textos normativos aplicables (arts. 196 de la Constitución; arts. 261/264 con reenvío a los arts. 247 a 256 con excepción de los arts. 248, 254 y 255 1er. párr. del dec-ley 6769/58), por todo lo cual, se advierte la ilegalidad y, por ende, la ilicitud penal de los actos asumidos por quien era titular del ejecutivo comunal, al no cumplir con la imperatividad de los actos del órgano deliberativo y, definitivamente, con las propias cláusulas de la ley orgánica de municipalidades.

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La problemática planteada obliga a apuntar algún comentario sobre la naturaleza jurídica de las Ordenanzas Municipales, tomando como base que según el art. 77 de la Ley Orgánica Municipal las disposiciones que adopte el Concejo se denominarán: "a) Ordenanza, si crea, reforma, suspende o deroga una regla general, cuyo cumplimiento compete a la intendencia municipal; b) Decreto, si tiene por objeto el rechazo de solicitudes particulares, la adopción de medidas relativas a la composición u organización interna del Concejo y en general toda disposición de carácter imperativo que no requiera promulgación del departamento ejecutivo..." Por lo cual, la Suprema Corte de Justicia de la Provincia través de la doctrina de los autores que le asignan a las ordenanzas el carácter de leyes locales (Mouchet, Carlos en "Facultades legislativas y reglamentarias de los municipios" en La Ley 95-889) y con cita de la Corte Suprema de Justicia de la Nación (fallos 312:1394) que la consideró legislación local, ha dicho repitiendo las palabras del Tribunal Federal que en el marco del régimen municipal estatuido por la Constitución de la Provincia de Buenos Aires, que prevé que las Municipalidades estarán compuestas de un departamento ejecutivo unipersonal y un departamento deliberativo, con la sanción del dec.-ley 6.769/58 se deslindan las atribuciones y responsabilidades de cada uno de sus departamentos de gobierno, conforme a lo cual, el art. 24 de la Ley Orgánica Municipal, establece que "la sanción de las ordenanzas y disposiciones del municipio corresponden con exclusividad al Concejo Deliberante". Y que las ordenanzas así sancionadas por el órgano competente "regirán mientras no sean derogadas por otras que expresamente se mencionen (art. 281, Ley Orgánica Municipal), siendo competencia del Departamento Ejecutivo, "promulgar y publicar las disposiciones del Concejo o vetarlas dentro de los diez días hábiles de su notificación. Caso contrario, quedarán convertidas en ordenanzas" y "reglamentar las ordenanzas" (art. 108 incs. 2 y 3., Ley Orgánica Municipal). La Corte Suprema de Justicia de la Nación enfatizó en el último fallo citado, renovado por la Suprema Corte de Justicia en el también citado Ac. B 55.010 que "En la Ley Orgánica Municipal las ordenanzas han sido nítidamente diferenciadas de las reglamentaciones de los órganos burocráticos o descentralizados de la Administración comunal, tanto por sus características formales, como por el origen y conformación del órgano del que emanan y el procedimiento de su formación y sanción. Las ordenanzas emanan de un órgano de gobierno elegido por el sufragio popular; es, como la ley, una expresión "soberana" de la voluntad popular, de la voluntad comunitaria organizada. En cambio, el reglamento, si bien materialmente legislativo, emana de un órgano que ejerce actividad esencialmente administrativa, mediante un cauce formal distinto, según un procedimiento que tiene como característica la organización jerárquica. El reglamento, que en la estructura municipal es producto de la voluntad de los órganos ejecutivos (intendente, secretario y funcionarios dependientes), pertenece a la esfera de la "Administración", que es una organización instrumental de gestión, tiene carácter vicarial y subordina permanentemente su voluntad a las normas dictadas por los representantes directos del pueblo". Esta significancia jurídica permite examinar de mejor manera los alcances que cabe asignarle a la actuación delictiva que le cupo al entonces titular del Departamento Ejecutivo de la Municipalidad de Morón, y, a su vez, a quien se desempeñaba como Secretario de Servicios Públicos en ese mismo órgano ejecutivo. Conforme las facultades concedidas por los arts. 27 y especialmente el art. 28 de la Ley Orgánica Municipal, entre otras, "Corresponde al Concejo, establecer: 1. Hospitales, maternidades, salas de primeros auxilios, servicios de ambulancias médicas". Ello, plasmándolo mediante el acto legislativo específico contemplado en el art. 24 del mismo ordenamiento. No está entre las facultades del Departamento Ejecutivo, el establecimiento de tal infraestructura pública, conforme se desprende de la enumeración taxativa del art. 108 de la Ley Orgánica Municipal. Ergo, el establecimiento de un hospital como potestad exclusiva y excluyente por parte del Departamento Deliberativo tal como se desprende del contenido en el art. 28 inc. 1ro., requiere de un acto legislativo expreso. Le está vedado al Departamento Ejecutivo, todo lo relacionado con el establecimiento hospitalario, pues aún bajo el empleo de fórmulas encubiertas de actuación, para enmascarar confusamente a la opinión pública, como las de trasladar, traspasar o mudar el asiento del hospital, ello reviste sinonimia jurídica con el vocablo "establecer" que no necesariamente está emparentado con hacer algo nuevo, sino con la mera disposición de asentar el hospital público en un asentamiento distinto del original, en una nueva sede. Ello es así, porque la naturaleza de la disposición normativa que se requiere para instrumentar el establecimiento de un hospital, se vincula con el concepto de obra pública municipal, pues una decisión de tal significancia, constituye bajo la letra de la L.O.M. obra pública municipal en el sentido más estricto, pues así lo son "a) Las concernientes a los establecimientos e instituciones municipales" (art. 59 literal "a"), lo cual conlleva un procedimiento de realización especial (arts. 60 y concs. del mismo ordenamiento), el que fuera directamente apartado por el voluntarismo de quien ejercía la titularidad ejecutiva del gobierno municipal. Estos aspectos van desnudando de todo ropaje de legalidad el intento del acusado Rousselot de estar legitimado para obrar como lo hizo. El Concejo Deliberante no había ordenado el establecimiento del hospital, y, a más de esta falta de

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autorización, tampoco mediaban circunstancias excepcionales de urgencia y emergencia que impusieran a todo extremo el restablecimiento del hospital, aunque vale hacer la salvedad -contrariamente a lo manifestado por el acusado en cuanto a sus facultades- que el "departamento ejecutivo podrá realizar gastos aún cuando el concepto de ellos no esté previsto en el presupuesto general o excedan el monto de las partidas autorizadas, solamente en los siguientes casos: "a) Para el cumplimiento de sentencias judiciales firmes. b) En casos de epidemias, inundaciones y otros acontecimientos imprevistos que hagan indispensable la acción inmediata de la municipalidad. Dentro de los quince (15) días posteriores a la realización de los gastos a que se refiere el párrafo precedente, el departamento ejecutivo deberá promover la pertinente modificación del presupuesto" (art. 119, Ley Orgánica Municipal.). De lo que se sigue que únicamente en los dos supuestos configurados en la preceptiva y no en otras hipótesis, el titular del departamento ejecutivo podía gastar cuando no estuviere previsto en el presupuesto aprobado y vigente, y, en consecuencia, solicitar al Concejo Deliberante la legislación autorizante para el la disposición de créditos suplementarios o transferencias de otras partidas del presupuesto que arrojen economía (arts. 109 y 118 de la Ley Orgánica Municipal y 218 del Reglamento de Contabilidad -B.O. 14/1/1992). Por lo cual, es fácilmente advertible que el entonces intendente municipal, no se encontraba autorizado a los gastos que efectuará en la órbita del Casino de Suboficiales de la ex VIIa. Brigada Aérea de la F.A.A., con fundamento en que allí se instalaría el hospital municipal. Desde este punto de vista, bastan las disposiciones comentadas para establecer que el desvío de los fondos públicos comunales con infracción a las normas de la L.O.M., resultan reveladores de quebrantamiento típico. Sentado entonces que solamente el H.C.D. puede establecer hospitales mediante actos propios en forma de ordenanzas con la previsión presupuestaria que contenga la autorización de partida para la realización de esa finalidad que resulta obra pública municipal (arts. 24, 27, 28 inc. 1°, 59 inc. 1ro., 108 incs. 2° y 3°, 112, 118), los distintos argumentos defensistas no tienen entidad para justificar la conducta ejecutiva con relación a los gastos desviados con esa finalidad liminarmente inviable, de allí que las consideraciones que conciernen a la utilización de una metodología de gastos y operatoria de pagos basada en la compensación de partidas, reintegro de gastos, etc., tal como parece desprenderse de la línea principal de las defensas técnicas, no es esencial ni amparan a los defendidos de su evidente conflicto con la ley penal. Acoto, por otra parte, que tal como se desprende de la preceptiva aplicable, y, fuera testificado por el Contador de la Municipalidad de Morón, Gabriel E. Bernini, los reintegros de gastos provenientes de la Secretaría de Servicios Públicos de la Municipalidad por donde se introducían los gastos desviados ilegítimamente hacia las obras de la VII Brigada Aérea, eran continuamente observados por cuanto regía el Dec. D.E. 800/98 que como consecuencia de haber implementado un programa de saneamiento financiero en las cuentas del Municipio, prohibía la operatoria del reintegro de gastos hasta el 31 de diciembre de 1998, no obstante lo cual, conforme el procedimiento legal de la observación y de la consecuente insistencia por parte del titular del departamento ejecutivo, se legalizaba el pago mediante la imputación al nomenclador presupuestario correspondiente (como en el presente, caso donde había saldos de liquidez, es decir, la Finalidad III "Servicios Especiales Urbanos", Programa 7 "Servicios Urbanos Especiales sin Discriminar" del presupuesto en curso), desde que ello implicaba desligar su propia responsabilidad y transferir la responsabilidad personal hacia el Intendente, conforme lo prevé el marco legal (art. 8 del Reglamento de Contabilidad y art. 186 de la Ley Orgánica Municipal). Y, en este punto, no obstante lo articulado por las defensas no deja de ser cierto que en el ámbito de la figura que se ha perfilado al votar la segunda cuestión, la aplicación arbitraria de fondos por parte de un funcionario público, requiere como elemento esencial la "inversión de caudales" y no la "imputación" a más del dolo del agente sobre el destino de los fondos y su voluntad de efectuarlos incorrectamente (Villada, Jorge L. en "Delitos contra la Función Pública", pág. 403/404, tít. X, numeral 1, Abeledo-Perrot, 1999; Manigot, Marcelo en "Código Penal Anotado y Comentado" tº II, pag. 880, Ed. Abeledo-Perrot 4ª ed.). Por otro lado, el testigo tal como lo destacó, ajustándose a las previsiones legales, el sistema de reintegro de gastos es una operatoria de excepción y no se puede hacer a través de ella obra pública municipal que requiere todo un trámite con intervención del departamento deliberativo, porque para su financiamiento debe haber una específica partida presupuestaria; aludió asimismo que tampoco había acto administrativo alguno respecto de la reasignación de recursos y compensación entre partidas presupuestarias, enterándose recién en el año 1999 que hubo una Ordenanza que eliminaba esa facultad del departamento ejecutivo pero que nunca había llegado a su conocimiento. Y como corolario puede extraerse que una cosa es legitimar el pago mediante los recursos reglamentarios de la observación y de la insistencia que obliga a darles imputación presupuestaria, con la consiguiente asunción de la responsabilidad patrimonial personal de quien insistió con el pago, y otra muy distinta es legitimar la causa o motivo de quien insistió con ese pago y que al provenir de un uso arbitrario en el destino de los fondos o recursos comunales genera una responsabilidad individual penal. En síntesis, pueden concluirse: a) La Ordenanza Honorable Consejo Deliberante nro. 633/97 referida al Cálculo de Recursos y Presupuesto General de Gastos para el Ejercicio 1998, promulgada por Decr. D.E. nro. 827-97, no contemplaba una partida

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de gastos para la finalidad del establecer el hospital (ver expediente municipal 4079-50.083/99 que contiene tales antecedentes); b) Ello es así porque el Honorable Consejo Deliberante no había dispuesto previamente establecer el hospital (arts. 24 y 28 inc. 1ro. de la Ley Orgánica Municipal.); c) No mediaban circunstancias de emergencia, excepcionales ni urgentes que autorizaran al departamento ejecutivo a destinar gastos habida cuenta que la finalidad apuntada de establecer el hospital no es de las previstas exclusiva y excluyentemente en el sistema del art. 119 literales "a" y "b" de la Ley Orgánica Municipal.; d) Tampoco surge potestad ejecutiva para la disposición o desviación de los gastos consignados con fundamento en el establecimiento del hospital -no autorizada por acto administrativo alguno-, a partir de la Ordenanza Honorable Consejo Deliberante 1078/98 que derogaba, a partir de la promulgación de la misma, los arts. 41, 42 y 43 de la Ordenanza Honorable Consejo Deliberante. 633/97, aun cuando aquella fuera vetada por Decreto D.E. nro. 940-98, siendo que por Decreto Honorable Consejo Deliberante nro. 147/98 se rechazó el veto interpuesto, resultando que se trata de una disposición de carácter imperativo que no requiere promulgación del departamento ejecutivo (arts. 69 inc. 2do. y 77 literal "b" de la Ley Orgánica Municipal). En este punto, cierta insistencia del propio Rousselot y sus defensas sobre la temática con invocación del art. 240 de la Ley Orgánica Municipal, encuentra la sinrazón en la nítida doctrina legal que establece que ninguna de las previsiones de la Carta magna local ni del Decreto-ley 6.769/58 se desprende que el departamento ejecutivo pueda de alguna manera examinar o revisar la legitimidad de una disposición del departamento deliberativo (SC Buenos Aires en Acs. B 55.182 del 11/V/1993 y B 57.623 del 12/XI/1996); e) Por Ordenanza Honorable Consejo Deliberante. nro. 1182/98 se dejó sin efecto el art. 1 de la Ordenanza H.D.C. nro. 717/98 con referencia a los convenios, acuerdos y contratos celebrados en el ejercicio 1997, disposición del departamento deliberativo que no fuera promulgada por el departamento ejecutivo pero tampoco vetada por lo que quedó convertida en ordenanza conforme las previsiones del art. 108 inc. 2do. última parte de la Ley Orgánica Municipal; f) El acuerdo de voluntades instrumentado por el entonces Intendente Municipal y la Fuerza Aérea Argentina, en la denominada "Carta de Intención" que se intenta hacer valer por el acusado con el rigor de un virtual convenio o acuerdo marco que le otorgaba directa e inmediata patente de actuación para los emprendimientos por el que se lo juzga en cuanto gastó en éstos cuando no podía hacerlo, queda alcanzada por la Ordenanza Honorable Consejo Deliberante. nro. 717/98. Y, no obstante que de la carta intención surge nítidamente cuál era el eventual destino del edificio del casino de suboficiales de esa guarnición, para el asiento de dependencias judiciales entre otras, y sin perjuicio de las conversaciones entabladas para cambiar el objetivo aludido por el de fijar allí un hospital, debe resaltarse que más allá de la existencia de esas conversaciones, no es menos cierto que conforme surge del mismo texto instrumentado, y, asimismo, por la los testimonios brindados por los oficiales superiores de la Fuerza Aérea Argentina, no se había suscrito ningún convenio sobre el tópico, convenio que además debía ser autorizado por el Ministerio de Defensa de la Nación por una parte y, por otra, por el Concejo Deliberante de la Municipalidad (cfr. art. 41 de la la Ley Orgánica Municipal g) La consolidación de una situación de hecho que procuró plasmar el acusado para establecer un hospital en ajena jurisdicción territorial, mintiendo frente a la opinión pública sobre la existencia de un convenio que lo autorizaba al establecimiento indicado, y, en conocimiento de la inexistencia del previo acto administrativo autorizante, cuya disposición exclusiva y excluyente conserva el órgano deliberativo del régimen comunal, no obstante lo cual decide actuar, infringiendo la normativa que lo debía determinar, decidiendo una aplicación diferente de los caudales y efectos que le fueran confíados para su administración, señala indiscutiblemente el dolo de autor. No tiene excusas para entender que no comprendía la normatividad vigente, debía ser el primero en comprenderla porque su responsabilidad social de gobernante lo obliga ajustar sus actos de gobierno, respetando la ley más que cualquiera. En definitiva, adhiriendo también al voto de los señores jueces preopinantes, es mi sincera convicción que Juan C. Rousselot es autor responsable de los hechos sufragados en la primera y segunda cuestión. Por todo lo cual, y por ser todo ello mi sincera convicción a esta 3ª cuestión, votó por la afirmativa (arts. 210 y 371 inc. 2º del Cód. Procesal Penal). 4ª cuestión.- El doctor Rodríguez dijo: Mantengo las apreciaciones que sobre la presunción de dolo y su exteriorización, se emitieran al sufragar la tercera cuestión. Durante el curso de la audiencia del debate el imputado Achinelli utilizó una formula para autodefinirse en su función pública, pues dijo a título ejemplificativo que era el encargado de "barrer y limpiar" y así lo reiteró en cuanta ocasión le convenía, en un vano intento de degradar o minimizar su actuación funcional frente a la responsabilidad insoslayable que debe asumir ante la ley penal, por haberla infringido en sus actos.

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El imputado se desempeñó en el estratégico cargo de Secretario de Servicios Públicos del departamento ejecutivo de la Municipalidad de Morón (arts. 178, 182 y concs. de la Ley Orgánica Municipal.). No era como deliberadamente quiere instalar quien "barría y limpiaba", sino quien auxiliaba en el primer escalafón jerárquico de la orgánica municipal al Intendente en el cumplimiento de sus atribuciones y deberes. En este sentido, el art. 241 de la la Ley Orgánica Municipal. establece el principio de responsabilidad de los funcionarios municipales por todo acto que autoricen, ejecuten o dejen de ejecutar excediéndose en el uso de facultades o infringiendo los deberes que le conciernen en razón de sus cargos. Agrega que, todo funcionario o empleado que desempeñe mandato conferido políticamente o cumpla funciones administrativas, estará obligado a resarcir a la comuna o a terceros, los daños y perjuicios emergentes de sus actos personales, pero lo exime de responsabilidad por sus actos de servicios. Finalmente, define actos de servicio como los que el funcionario o empleado debe ejecutar en obediencia a las leyes, ordenanzas, reglamentos y estatutos del régimen municipal, diferenciando los actos personales que realicen en infracción a las disposiciones de esos instrumentos administrativos. Desde este punto de vista, la norma analizada y las circunstancias apuntadas en la cuestión relacionada a la materialidad ilícita, aun cuando el imputado recibiera directivas del Intendente para la realización de las obras no autorizadas con el consiguiente empleo de los recursos financieros y materiales imputados a la Secretaria de Servicios Públicos de la cual era el máximo responsable, no constituyen actos de servicios en los términos de la ley, desde que no se compadecen con aquellos actos que el funcionario o empleado deba ejecutar aún bajo directivas u órdenes del titular del departamento ejecutivo porque, ante todo, esos actos, más allá de la directiva que se le haya dado, debe ejecutarlos en obediencia a las leyes, ordenanzas, reglamentos y estatutos (art. 241 la Ley Orgánica Municipal). De esta manera en cumplimiento de sus obligaciones derivadas de la relación de empleo público, debió manifestarse fehacientemente sobre las consecuencias contrarias a derecho que provocaba el temperamento que se le indicaba, resultando inútil por otra parte su amparo en una directiva que, sin sostenerse en acto administrativo alguno, además, devenía en franca contradicción con los deberes que tenía a su cargo. En este aspecto debe valorarse que no debía desconocer el marco normativo y reglamentario en que debía determinar y ajustar su actuación funcional, sobre todo si se repara que se le impartieron directivas evidentemente tendientes a la instalación de un hospital, con el consecuente uso de los recursos de su Secretaría de Servicios Públicos, que tampoco resultaba ser dentro de la orgánica municipal la Secretaría específica para la canalización de la obra pública municipal, sin contar con la pertinente partida presupuestaria y, por supuesto, sin la previa autorización del departamento deliberativo, único poder municipal con potestad para disponer el establecimiento del hospital (esto Achinelli lo debía conocer muy bien por su anterior paso en el Honorable Consejo Deliberante cuando cumplió un mandato de cuatro años como Concejal), recurriendo a la metodología de los reintegros de gastos, dentro de la mecánica de los gastos operativos de la Secretaría, aspecto éste que se vincula a gastos de menor cuantía y no para las previsiones de una obra pública municipal de la envergadura del establecimiento de un hospital. Por todo lo cual, la actuación que le cupo al frente de la Secretaría fue esencial, porque su rol contributivo resultó verdaderamente insoslayable para poder llevar a cabo el desvío de los fondos y recursos públicos hacia una finalidad distinta de las previstas por el presupuesto vigente y las disposiciones legales. Al organizarse la trama de la aplicación diferente de los caudales y efectos administrados hacia una obra no autorizada contrariando toda las disposiciones de índole comunal y legal aplicables, se recurrió a operatorias de reintegros de pago que a más de ser mecanismos excepcionales para el gasto público, eran de la índole de la operatividad de la Secretaría de Servicios Públicos, donde finalmente quedaron imputadas en las partidas presupuestarias asignadas en la mentada Finalidad III "Servicios Especiales Urbanos", Programa 7 "Servicios Especiales Urbanos sin Discriminar" del Nomenclador de la Clasificación de las erogaciones del Presupuesto Municipal, por lo cual, sin la concurrente comunidad de quien ejercía la máxima responsabilidad de la Secretaría, no podría haberse implementado la ilegal canalización del desvío de los recursos para financiar y concretar la obra indebidamente asumida. Todo lo cual destaca la participación necesaria que bajo la taxatividad penal le cupo al acusado (art. 45, Cód. Penal). En esto, la doctrina ha puntualizado que el agente o sujeto activo en el hecho que se patentiza en la aprobada segunda cuestión del veredicto, debe ser un funcionario con facultades de administración sobre los caudales o efectos. A esta altura concebir que la condición funcional del Secretario no sería la de administrar los caudales y efectos asignados por el presupuesto a su Secretaría, y que sobre los mismos solamente revestía potestades exclusivas el Intendente, sería darle la razón a éste -tal como insistió- en el tan particular desempeño de su función. En este sentido, conviene señalar que pueden aparecer límites de la responsabilidad penal (que es distinta a la funcional) hacia jerarquías superiores, pero se extiende o puede extenderse (según las circunstancias) hacia otros funcionarios jerárquicamente inferiores. La doctrina ha dicho que "si, por ejemplo, el ministro de

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economía ordena la desviación de fondos, su responsabilidad no se trasladará al vicegobernador o al gobernador, pues el Ministerio de Economía, tiene la efectiva disponibilidad de los dineros del Estado. Pero como el ministro necesitará del concurso del secretario de hacienda y del tesorero de la provincia, sí estos funcionarios se avienen a dar esos fondos un destino diferente al previsto por la ley, pueden ser responsabilizados penalmente, en el grado de participación que corresponda" (Villada, Jorge Luis en "Delitos contra la función pública", p.. 401, Edit. Abeledo-Perrot, 1999). Por todo lo cual, y por ser todo ello mi sincera convicción a esta 4ª cuestión, voto por la afirmativa (arts. 210 y 371 inc. 2º del Cód. Procesal Penal). Los doctores Castañares y Torti, por compartir los fundamentos del voto que antecede, a los que adhieren y, ser ello su sincera convicción (citas legales las precedentes), también votan por la afirmativa. 5ª. cuestión.- El doctor Rodríguez dijo: Respecto de Juan C. Rousselot no se mencionaron ni existen eximentes. La defensa particular del imputado Achinelli invocó como eximente de la responsabilidad penal de su defendido la causal prevista en el art. 34 inc. 5° del código sustantivo. Tal como se viera, los elementos de juicio que se apreciaron para examinar su comportamiento en la ofensa contra la administración pública y sobre todo a partir de su jerarquizada condición funcional en el organigrama del departamento ejecutivo del poder municipal, al desempeñarse como Secretario de Servicios Públicos no le otorgan justificación para su participación necesaria en el episodio delictivo. Por su calidad funcional debía ajustar su comportamiento a la normatividad imperante, ya sea ésta proveniente de la ley, las ordenanzas, los decretos, los estatutos o las reglamentaciones vigentes en el propio ámbito municipal (art. 241, Ley Orgánica Municipal); por lo cual, conforme es doctrina legal en la Provincia, no quedaba amparado frente a directivas de su superior, en este caso, el Intendente, manifiestamente contrarias a tales disposiciones y a los deberes a su cargo, pues la obediencia se limita en lo material a su licitud, debiendo entenderse tal concepto al cumplimiento de todo el espectro normativo integrante de la esfera de acción del funcionario municipal (conf. SC Buenos Aires en Ac. B 53.625 del 22/IV/1997). Por otra parte, es oportuno agregar que la orden debe reunir los requisitos legales "imprescindibles" para su validez, y, en ningún caso cuando el acto ordenado es un delito (Baigun, David y Zaffaroni, Eugenio R. en "Código Penal...", t. 1, p. 680, Ed. Hammurabi, 1997; Oderigo, Mario en "Código Penal Anotado", pág. 39, Ed. Depalma, 1957); por lo cual, no existiendo al momento de ser dadas las órdenes verbales un acto administrativo autorizante para el emprendimiento de la obra pública municipal, dicha validez se descarta de plano, habida cuenta que el imputado, como Secretario de Servicios Públicos, de ningún modo podía desconocer ya a partir de la ausencia del acto administrativo, las regulaciones específicas que rigen para la autorización una obra pública municipal de la naturaleza del establecimiento de un hospital, únicamente viable con la disposición del departamento deliberativo. Además, en ningún momento alegó haberse resistido, o siquiera opinado en contra de la directiva del entonces Intendente, porque aún en su esfera de competencia, como auxiliar de aquél debía señalarle la ilicitud y no ejecutar sin más las disposiciones ilegales. Por todo lo cual, y por ser todo ello mi sincera convicción a esta 5ª cuestión voto por la negativa (arts. 210 y 371 inc. 3º del Cód. Procesal Penal). Los doctores Castañares y Torti, por compartir los fundamentos del voto que antecede, a los que adhieren y, ser ello su sincera convicción (citas legales las que anteceden), también votan por la negativa. 6ª cuestión.- El doctor Rodríguez dijo: La ausencia de condenas penales respecto de Juan C. Rousselot que se verifica con los informes glosados (fs. 283) y la falta de antecedentes de ese tipo en relación a Néstor . Achinelli es una circunstancia de atenuación indiscutible. No obstante, en el presente caso, ello tiene un carácter moderado, habida cuenta que la condición de funcionarios públicos de jerarquía y en el caso del primero de carácter electivo, es una condición que debe primar para quienes desempeñan misiones de alta responsabilidad social y a quienes se les confía la administración de los bienes públicos.Vino discutido en este andarivel, el valor de los informes de concepto vecinal glosados a fs. 264/266 y 267/269 de la presente causa principal, cuando por un lado los acusadores los descartaron o relativizaron, sosteniendo que quienes habían testimoniado significando sus buenos hábitos vecinales, por ser de este mismo partido, habían sido perjudicados por los manejos de ellos y por el otro lado la defensa los reivindicó desvirtuando lo del perjuicio y señalando que el material traído no había sido puesto en tela de juicio.Sin embargo dichos testimonios recabados no apuntan sino al comportamiento dentro del propio entorno relacional del grupo social secundario, donde no puede ser indiferente que alguien se comporte correctamente con sus pares respecto de otro que no lo hace, sin importar aquí lo del daño causado al erario público que hace al delito en juzgamiento.-

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Por todo lo cual, y por ser todo ello mi sincera convicción a esta 6ª cuestión voto por la afirmativa (arts. 210 y 371 inc. 4º del Cód. Procesal Penal.). Los doctores Castañares y Torti, por compartir los fundamentos del voto que antecede, a los que adhieren y, ser ello su sincera convicción (citas legales las precedentes), también votan por la afirmativa. 7ª. Cuestión.- El doctor Rodríguez dijo: Sí los hallo en la conducta de ambos encausados y a tal fin puntualizo la extensión del daño causado que trae el art. 41 del Cód. Penal, considérese a tal efecto la cuantiosa inversión de fondos para un municipio que, por vía del economista Rodolfo Farberoff que los compulsó como Secretario de Economía y Hacienda de ese entonces, sabemos era comprometida financieramente. El alto nivel jerárquico de ambos funcionarios, en especial de Juan C. Rousselot, la que supone el máximo nivel de control de legalidad de la administración municipal y no la inversa.- Las diversas artimañas de que se valieran Juan C. Rousselot ocultando, exagerando y engañando, desde funcionarios hasta la propia opinión pública con tal de llevar a cabo un proyecto a sabiendas de su ilegalidad, tal como quedara demostrado a lo largo del tratamiento de las cuestiones anteriores. El comportamiento de algún modo autoritario que se invoca como aumentativa en relación a éste queda parcialmente abarcado por la agravante anterior y por ser inherente a los elementos subjetivos de la figura típica que será finalmente aplicable, de compartir mis colegas este voto. La peligrosidad que se invocó por los acusadores para ambos inculpados con base en los dictámenes psicológicos y médico forenses de fs. 689/690, 691/692 y 700/701 entiendo, como dice la defensa que no debe ser receptada. No sólo por ser propia de un derecho penal de autor, ajeno a las bases constitucionales que informan los principios del derecho penal liberal (Frías Caballero, Jorge-Codino, Diego "Teoría del Delito" p. 31 y ss. ED. Hammurabi), sino porque parece confundir trastornos de la personalidad y rasgos psicopáticos que están dentro de la normalidad, con patologías que de ningún modo se vislumbran siquiera en los aludidos peritajes (Kaplan, Harold, Sadock, Benjamin, "Tratado de Psiquiatría VI" pag. 414, 6ª ed.). Por todo lo cual, y por ser todo ello mi sincera convicción a esta 7ª cuestión, voto por la afirmativa (arts. 40 y 41 del Cód. Penal y 210 y 371 inc. 5º del Cód. Procesal Penal). Los doctores Castañares y Torti, por compartir los fundamentos del voto que antecede, a los que adhieren y, ser ello su sincera convicción (citas legales las anteriores), también votan por la afirmativa. 8ª cuestión.- El doctor Rodríguez dijo: De conformidad con el resultado que arroja el tratamiento de las cuestiones que anteceden corresponde dictar veredicto condenatorio respecto de Juan Carlos Rousselot por ser autor penalmente responsable de los delitos tratados en la cuestión primera y segunda; y en relación a Néstor Alberto Achinelli, por ser partícipe necesario del hecho contra la administración pública. Así lo voto (art. 371 del Cód. Procesal Penal). Los doctores Castañares y Torti, por las razones expuestas por el Juez preopinante, votan en el mismo sentido. En consecuencia, el Tribunal por unanimidad resuelve pronunciar veredictos condenatorio respecto de Juan C. Rousselot por resultar autor penalmente responsable de los hechos tratados en la cuestión primera y segunda. Emitir veredicto condenatorio respecto de Néstor Alberto Achinelli por resultar partícipe necesario y penalmente responsable del hecho tratado en la segunda cuestión. Sentencia:1ª) ¿Cuál es la calificación legal de los hechos tratados en el veredicto? 2ª) ¿Qué pronunciamiento corresponde dictar? 1ª cuestión. - El doctor Rodríguez dijo: Se han logrado verificar en la primera y segunda cuestión del veredicto los hechos que ahora deben ser encuadrados legalmente; es decir, subsumidos en alguno de los cuños del nomenclátor de ilicitudes discontinuas, tal como se la caracteriza a la ley penal. El Ministerio Público Fiscal, con adhesión del particular damnificado, encontró ajustado a derecho ubicar tales hechos como constitutivos de amenazas simples (149 bis primera parte del primer párrafo, C. P.) y empleo en provecho propio o de un tercero de trabajos o servicios pagados por una administración pública (art. 261, 2do. párr., Cód. Penal), todos ellos reunidos en concurso real (art. 55, Cód. Penal) respecto de Juan C. Rousselot, y, la última figura respecto de Néstor A. Achinelli, tal como oportunamente escogiera su par de la investigación penal preparatoria al formular la requisitoria de elevación a juicio. Por mi parte, entiendo que a partir de lo que aprobáramos en la primera y segunda cuestión del veredicto que esa configuración legal debe progresar parcialmente, en la medida en que la ofensa contra la libertad encuentra pacífico alojamiento en el contenido descripto por el art. 149 bis primera parte del primer párrafo del código sustantivo, mientras que la conducta relacionada con el ataque a la administración pública debe ser ubicada en la

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tipicidad del art. 260 del mismo ordenamiento, siendo éstas configuraciones las adecuadas para subsumir los hechos, en tanto se ajustan a lo estrictamente probado en las cuestiones antedichas del veredicto. Hemos descartado de plano la noción de que los funcionarios municipales implicados hubieran actuado en provecho propio o en beneficio de terceros como consecuencia de la realización de la obra emprendida. Por lo cual, desaparecido este contenido que demandan los extremos típicos del art. 261 2° párrafo del código sustantivo, la conducta desplegada por ambos incusos encuentra justa captación en la malversación de caudales públicos regulada por la disposición antedicha, pues le dieron a los caudales o efectos que administraban una aplicación diferente de aquella a la que estaban destinados. Habida cuenta que, sin salir de lo que se entiende en la noción general por Administración Pública, no deja de ser cierto que tratándose de una jurisdicción diferente a la municipal ello constituye en sí mismo el desvío en la inversión de recursos comunales. Si bien el peculado de trabajos o servicios admite como provecho beneficios que no sean de índole patrimonial exclusivamente (Fontán Balestra, Tratado de Derecho Penal, t VII p.. 328 Ed. Abeledo Perrot 1980), también es cierto que su génesis y ubicación sistemática exigen que ese aprovechamiento sea al menos una ventaja material. En ese sentido "no es necesario que se trate tan sólo de una ventaja patrimonial. Puede satisfacerse si la indebida aplicación de las actividades, (por desvío de su destino administrativo) concreta las simples miras de aprovechar la eficiencia de esas actividades dado los medios dispuestos para que se cumplan, y con mayor razón si ello se traduce en aspectos materiales, desmonte, pista para actividades deportivas, playas de estacionamientos, calles de accesos, etcétera, que obviamente representan ventajas para los dueños del terreno, por la incidencia de dichas mejoras en su valor económico" (Donna, Edgardo Alberto, Derecho Penal t. III, p. 287; 29/7/00). Pues contrariamente, el delito del art. 260 consiste en el simple cambio ilegítimo de destino, sin lucro para los funcionarios o un tercero (Oderigo, Mario en "Código Penal Anotado", p. 374, Ed. Depalma, 1957). Pues, tal como señaláramos en el veredicto el uso arbitrario de fondos es precisamente una de las notas características que demanda la figura en trato, pues cambiar de destino, implica invertirlos en menesteres distintos de los que específicamente ordenan las leyes nacionales, provinciales y/o municipales de la respectiva jurisdicción a la que pertenecen los funcionarios, sobre todo cuanto éstos no están autorizados por alguna norma a apartarse del destino legalmente predeterminado. En este punto, tal como ocurrió en la especie, debe haber asignación normativa de destino, porque no existiendo esa imputación previa, la apreciación de la necesidad o conveniencia del gasto quedaría librada al criterio del funcionario y no habría malversación (Laje Anaya, Justo y Gavier, Enrique Alberto en "Notas al Código Penal Argentino", t, III, p. 153 y 154, Marcos Lerner Editora Córdoba, 1995). En este sentido, como pacíficamente lo admite la doctrina mayoritaria por caudales debe entenderse no sólo el dinero, sino toda clase de bienes susceptibles de tener un valor económico (Laje Anaya-Gabier en ob. cit., pág. 154; Creus, Carlos en "Derecho Penal", parte especial, t. 2, p. 293, N° 2033, Astrea, 1993). Por lo cual, la acción definida en el art. 260, al consistir en darle una aplicación diferente a los caudales, reclama que exista una determinación presupuestaria legítima de destino de los fondos, porque sólo existiendo dicha determinación presupuestaria el funcionario puede aplicarlos a un destino diferente (VILLADA, Jorge Luis en "Delitos contra la función pública", pág. 403, tít. X, nro. 1 y 7, Abeledo-Perrot, 1999). En síntesis los hechos verificados en la primer y segunda cuestión del veredicto resultan constitutivos de los delitos de amenazas simples y malversación de caudales públicos, unidos para el imputado Rousselot por una relación de concurso material (art-55, 149 bis primera parte del primer párrafo y 260 del Cód. Penal). Así lo voto (art. 375 punto 1 del Cód. Procesal Penal). Los doctores Castañares y Torti, por compartir las razones expuestas por el señor Juez preopinante a las que adhieren, votan en el mismo sentido. 2ª cuestión.- El doctor Rodríguez dijo: En atención a las pautas cualitativas destinadas a cuantificar las sanciones, tal como fueran abordadas y votadas en el veredicto, propongo que la pena a imponer a Néstor A. Achinelli sea la de dos años de inhabilitación especial para ejercer cargos públicos y costas. Respecto de Juan C. Rousselot postulo que se lo condene a las penas de un año de prisión, de ejecución condicional, tres años de inhabilitación especial para ejercer cargos públicos y costas. Entiendo procedente la pena privativa de la libertad en suspenso, habida cuenta el cuadro de atenuantes y agravantes formado, en particular la ausencia de condenas anteriores, y la ausencia de noticias de nuevas conductas ilícitas tomada ella como actitud posterior al delito (arts. 26 del Cód. Penal). Asimismo y en virtud de lo dispuesto por el art. 27 bis del Código sustantivo, es obligación fijar en estos casos, normas de conducta que propongo, conforme las opciones de dicha disposición y las particularidades del

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caso, que sean las de mantener residencia y someterse al cuidado del Patronato de Liberados por el lapso de tres años. Rigen los arts. 20, 26, 27 bis, 29 inc. 3º, 40, 41, 55, 149 bis primera parte del primer párrafo y 260 primera parte todos del Cód. Penal). Se impone en este capítulo, además, establecer los honorarios profesionales de los abogados de la matrícula actuantes a lo largo del proceso, retribuciones que en atención a la importancia de la labor en cada caso desempeñada, estimo que debe ser fijada para el doctor Luis V. Rapazzo (t. II f. 126 C. A. M.) en diez "jus"; para el doctor A. Francisco Fanjul (t. VIII, f. 777 C. A. M.) en la suma de sesenta "jus"; para el doctor José L. Buenocuero (t. IX f. 35 C. A. M.) en la suma de cincuenta "jus"; para el doctor Eduardo A. Brude (t. V, f. 399 C. A. M.) en la suma de sesenta "jus"; para la doctora María R. Nicola (t. II f. 310 C. A. La Matanza) en la suma de cuarenta y cinco "jus"; para el doctor Luis A. Deuteris (t. I, f. 67 C. A. La Matanza) en la suma de ochenta "jus"; para el doctor Enrique J. Villarreal (t. I f. 60 C. A. La Matanza) en la suma de ochenta "jus"; y, para el doctor José B. Talón (t. V, f. 121 del C. A. L. P.) en la cantidad de cincuenta "jus", en todos los casos con más los adicionales de ley. Rigen los arts. 1, 2, 9-I-11, 9-I-16-b-II y I-17-d, 15, 16, 22, 54 y 57 de la ley 8.904 y sus modificatorias, 12 inciso a de la ley 6.716, 1 de la ley 10.268 todas de esta Provincia y 534 del Cód. Procesal Penal. Los doctores Rapazzo, Nicola y Talón deben cumplir con los aportes previos de la ley 10.268 y el primero también con el bono de la ley 8480, por lo que se les intima a justificar su efectivización en el término de cinco días. La doctora Nicola que faltó sin justificación ni aviso rendidos oportunamente a una jornada del debate, por aplicación del art. 98 del Cód. Procesal Penal, debe ser sancionada, proponiendo en mérito a la gravedad de la falta que se le apliquen dos "jus" de multa, a depositar dentro del quinto día. Como se expuso detalladamente en la cuestión segunda del veredicto, por las irregularidades de la actuación de los peritos contadores que dictaminaran a fs. 695/699, deben remitirse copias de las partes pertinentes a la Dirección General de Asesorías Periciales y a la Unidad Funcional de Investigación Departamental que corresponda. Así lo voto (art. 375 punto 2 del Cód. Procesal Penal.). Los doctores Castañares y Torti, por compartir las razones expuestas por el señor Juez doctor Rodríguez a las que adhieren, votan en el mismo sentido. En consecuencia el Tribunal por unanimidad y conforme lo normado por los arts. 375, 530, 531, 534 y 535 del Código Procesal Penal, I. condenar a Juan C. Rousselot, de las demás condiciones personales expuestas al comienzo, a las penas de un año de prisiónde ejecución condicional, tres años de inhabilitación especial para ejercer cargos públicos y el pago Pproporcional de las costas, por resultar autor penalmente responsable de los delitos de amenazas simples y malversación de caudales públicos, en concurso real entre sí, según hechos cometidos en Morón, el 5 de enero de 1999, y en fecha que no se puede precisar pero entre los meses de setiembre de 1998 y enero de 1999. II. Imponer al nombrado Juan C. Rousselot las obligaciones de mantener residencia y someterse al cuidado del Patronato de Liberados por el término de 3 años. Gobiernan los arts. 20, 26, 27 bis, 29 inc. 3º, 55, 149 bis primera parte del primer párrafo y 260 del Código Penal. III. Condenar a Néstor Alberto Achinelli, de las demás circunstancias personales de mención, a la pena de 2 años de inhabilitación especial para ejercer cargos públicos y el pago proporcional de las costas, por resultar partícipe necesario responsable penalmente del delito de malversación de caudales públicos, conforme hecho cometido en Morón, en fecha que no se puede precisar entre los meses de setiembre de 1998 y enero de 1999. Rigen los arts. 20, 29 inc. 3º, 45 y 260 del Código Penal. IV. Regular los honorarios profesionales de los doctores Luis Victorio Rapazzo en diez "jus"; Angel Francisco Fanjul en la suma de sesenta "jus"; José Luis Buenocuero en cincuenta "jus"; Eduardo Alfredo Brude en la suma de sesenta "jus"; María Rosa Nicola en cuarenta y cinco "jus"; Luis Alberto Deuteris en la suma de ochenta "jus"; Enrique Julio Villarreal en ochenta "jus"; y, José Braulio Talón en cincuenta "jus", todos con más el adicional de ley (arts. 1, 2, 9-I-11, 9-I-16-b-II y I-17-d, 15, 16, 22, 54 y 57 de la ley 8.904 y sus modificatorias, 12 inciso a de la ley 6.716 y 1º de la ley 10.268). V. Aplicar la sanción de "dos" jus de multa a la doctora María Rosa Nicola que deberá depositar en el plazo de cinco días (art. 98 del Cód. Procesal Penal.). VI. Remitir copias de las partes pertinentes a la Unidad Funcional de Investigaciones departamental que corresponda y a la Dirección General de Asesorías Periciales de la S. C. J. B. A. en razón de las irregularidades detectadas en el peritaje de fs. 695/699.- Pedro Rodríguez .- Rodolfo Castañares. - Carlos R. Torti.

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