Estados Nacionales en Europa y otros continentes: diversificación, desarrollo, pero no muerte 1 Michael Mann Muchos creen que llegamos

a la vejez del Estado nacional. Desde 1945, dicen, su soberanía fue sobrepasada por las redes de poder trasnacionales, especialmente las representativas del capitalismo global y de la cultura posmoderna. (1) Algunos posmodernistas van mas lejos en su argumentación, afirmando que eso pone en riesgo el componente de certeza y racionalidad de la civilización moderna, una de cuyas bases principales es la noción segura y unidimensional de soberanía política absoluta que está inscripta en el Estado nacional. En el corazón histórico de la sociedad moderna, la Comunidad Europea (CE) supranacional parece dar especial crédito a la tesis de que la soberanía nacional-política se va fragmentando. Se ha anunciado en ocasiones la muerte completa del Estado nacional, sin embargo, para esa visión, una oportuna jubilación sería tal vez la metáfora más adecuada. El cientista político Philip Schmitter argumentó que, si bien la situación europea es singular, su progreso mas allá del Estado nacional tiene un radio de aplicación más genérico, porque “el contexto contemporáneo favorece sistemáticamente la transformación de los Estados en confederatti, condominnii o federatii, en una variedad de contextos.” (2) Es probable que la mayoría de los autores actuales no tenga opiniones tan claras. No obstante, muchos de ellos –entre los que se cuentan casi todos los que cito de ahora en adelante- creen que el Estado nacional está declinando en Europa y que eso apunta a una ‘jubilación’ más general. Es verdad que la Comunidad Europea, a la cual dedico la mayor atención en este trabajo, viene desplegando nuevas formas políticas, que traen a la memoria algunas formas mas antiguas, como recuerda el latín usado por Schmitter. Estas nos obligan a revisar nuestras ideas de que deben ser los Estados contemporáneos y sus interpelaciones. Pero también examinaré suscintamente las otras dos grandes regiones del capitalismo avanzado (Estados Unidos y Japón), así como el mundo con menor nivel de desarrollo. Para concluir que el debilitamiento del Estado nacional en Europa Occidental es ligero, ad hoc, desigual y singular. En zonas del mundo menos des arrollado, algunos aspirantes a Estados nacionales también se están debilitando, pero por razones diferentes, “premodernas” en lo esencial. En la mayor parte del globo, los Estados nacionales continúan su maduración, por lo menos, intentan hacerlo. Europa no marca el futuro del mundo. Los Estados del mundo son numerosos, y siguen siendo variados, tanto en sus estructuras actuales, como en términos de sus trayectorias históricas. Los pocos que se aproximan a la muerte no son viejos. Todavía están ‘verdes’. Los antecedentes históricos europeos El Estado nacional con soberanía territorial es en realidad muy joven. La mayoría de los teóricos políticos y especialistas en relaciones internacionales datan en los siglos XVI o XVII el nacimiento de la soberanía del Estado territorial “unidimensional”. (3) Eso se da porque los teóricos prestan excesiva atención a las afirmaciones de los ideólogos de la monarquía y porque los especialistas en relaciones internacionales están interesados solamente en los poderes soberanos sobre la política exterior, los que surgieron antes que la mayoría de los demás aspectos de la soberanía moderna. En términos sociológicos

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Este artículo fue publicado incialmente como parte de Gopal Balakrishnan (editor) Mapping the Nation, 1996. Esta versión fue traducida de la edición portuguesa, Un mapa da questao nacional, Río de Janeiro, 2000.

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reales, sin embargo, la soberanía del Estado territorial nació en época reciente y maduró todavía más recientemente. Hubo un enorme aumento en el tamaño y alcance del Estado en los tres últimos siglos. Antes del siglo XVIII, las entidades que llamamos “Estados” compartían las funciones políticas con otros agentes, tales como señores locales, iglesias y otros órganos corporativos. Areas enteras de la vida social no eran penetradas por los Estados, ni, en rigor, por ningún órgano de carácter político. Antes del siglo XVIII, los Estados hacían bien poco. Dirigían la diplomacia y pequeñas guerras externas; administraban (de modo irregular) sólo los niveles más altos de la justicia y la represión internas. Los monarcas trazaron proyectos ambiciosos, pero fue bastante menos lo que efectivamente realizaron. Sólo cuando se entremezclaron con las iglesias consiguieron penetrar en gran parte de la vida social fuera de sus “condados natales”. Aun así, entre los siglos XIII y XVIII, los Estados europeos pasaron gradualmente a monopolizar el ejercicio de la violencia militar. Con todo, fue en el siglo XVIII que la importancia de esa función militar explotó. Alrededor del mil setecientos, los Estados absorbían tal vez un 5% del producto bruto interno en tiempos de paz y el doble en tiempos de guerra. (4) Para 1760, esos porcentajes se habían elevado hasta valores situados entre el 15 y el 20%; en 1810, entre el 25 y el 35%. A esa altura, los ejércitos absorbían a cerca del 5% del total de la población. Esas proporciones de 1810 son idénticas a las de las dos guerras mundiales del siglo XX y a las proporciones más elevadas del mundo de hoy, las de Israel e Irak. Esas cifras y las comparaciones nos permiten apreciar la escala de la transformación producida en el siglo XVIII. De una condición de cierta insignificancia, los Estados pasaron súbitamente a tener un gran peso en la vida de s súbditos, cobrándoles impuestos, us convocándolos para el servicio militar e intentando entusiasmarlos con sus grandes objetivos. Se transformaron en jaulas, aprisionando a sus súbditos entre sus barrotes. De esa forma, las masas fueron sacadas de su histórica indiferencia en temas políticos. El desarrollo contemporáneo de una sociedad civil capitalista –la cual, en Europa, América del Norte o Japón, siempre acompañó la ascensión del Estado moderno – las dotó de poder. Ellas exigieron cambios en las condiciones imperantes en sus jaulas. Reclamaron ciudadanía política y exhibieron nuevas ideologías nacionalistas ( al principio masculinas, de la burguesía y de los grupos religiosos y étnicos dominantes; después, femeninas, de los campesinos, la clase trabajadora y las minorías). Las guerras exteriores disminuyeron en el siglo XIX, pero a esa altura, la ciudadanía se combinó con el capitalismo industrial para generar demandas de nuevos servicios estatales para sociedades civiles florecientes. Al principio los Estados patrocinaron grandes sistemas de comunicación, y más tarde, sistemas de educación en masa. Ambos contribuyeron a consolidar una serie de sociedades civiles, delimitadas, en parte, por los territorios estatales. Después, los Estados organizaron sistemas de salud, seguidos por los primeros esbozos de modernos sistemas de seguridad. A integración nacional de los Estados Unidos demoró en acompañar a la de la mayoría de los países europeos, ya que la nación pasó por una guerra civil, era un gran continente, y en esa época tenía un gobierno federal débil. Posteriormente, las grandes guerras del siglo XX estimularon el nacionalismo e impulsaron la profundización del planeamiento económico y de los sistemas nacionales de seguridad. Consiguiendo conciliar las luchas de clases, la ciudadanía se tornó social además de política, para usar los famosos términos de T.H. Marshall. Los ciudadanos –frecuentemente liderados por movimientos obreros, se volvieron los verdaderos animales del zoológico, dependientes de sus jaulas nacionales y efectivamente apegados a ellas. La ampliación de la ciudadanía política y el despuntar de la ciudadanía social ocuparon el inicio del siglo XX. Nacieron entonces, principalmente en Europa, los primeros Estados nacionales verdaderos. Otros aparecieron en época más reciente, sobre todo en una ‘ola’ grande y veloz que afectó a todos los continentes

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después de 1945. Hasta hoy, mientras que los mas viejos tienen apenas la longevidad de un ser humano normal; la mayoría es más joven, y muchos luchan aún por nacer. En los últimos veinticinco años, asistimos a reversiones de signo neoliberal y trasnacional de algunos poderes de los Estados nacionales. Pero mientras tanto, otros de sus poderes continúan creciendo. A lo largo del mismo período reciente, los Estados regularon cada vez más las esferas privadas íntimas del ciclo de vida y de la familia. La reglamentación estatal de las relaciones entre hombres y mujeres, de la violencia familiar, del cuidado de los hijos, del aborto y de hábitos personales que solían ser considerados privados, como el consumo de tabaco, continúa su crecimiento. A lo largo de todo el siglo XX, el gobierno central también ha aumentado sus facultades mucho mas que los gobiernos locales. Fuera de algunas ‘subnaciones’ como Cataluña o Quebec- , las barreras locales y regionales han declinado dentro del Estado nacional. Los sistemas nacionales de educación, los medios de comunicación de masas y los mercados de consumo continúan subvirtiendo el localismo, dando homogeneidad a la vida social y cultural en unidades que, como mínimo, son de alcance nacional. Al asistir a Olimpíadas u otros eventos transformados en exhibiciones llenas de emoción, es difícil creer que el Estado nacional esté acabado. El Estado nacional no está pasando por ninguna declinación general, en ninguna parte. En algunos aspectos, todavía está en maduración. Por otra parte, aunque se acepte que está en declinación frente a fuerzas supranacionales que analizaré dentro de poco, continúa prevaleciendo frente a fuerzas locales, regionales y especialmente, privadas. En el Estado nacional moderno aparece una concepción particularmente fuerte de soberanía. El militarismo, las infraestructuras de comunicación, la regulación económica, social y familiar y los intensos sentimientos de apego a la comunidad nacional se fundieron en una sola institución que todo lo abarca. Hay una realidad subyacente por detrás del presupuesto simplista, formulado en el pasado reciente por muchos cientistas sociales, de que la “sociedad” estudiada por ellos era el Estado nacional. Nuestra “sociedad” nunca fue solamente nacional. Fue también trasnacional, porque siempre comprendió relaciones que atraviesan libremente las fronteras. Y fue también geopolítica, porque siempre implicó relaciones entre distintas unidades nacionales. Las relaciones trasnacionales no son meramente “post-modernas”: siempre se solaparon con la soberanía de todos los Estados. Las relaciones geopolíticas restringen la soberanía de los Estados (que firman convenios y tratados) y solapan de modo más persistente, por cierto, con la soberanía de los estados más débiles. Nunca la economía capitalista y la cultura moderna fueron muy cercenadas por las fronteras nacionales. El capitalismo fue especialmente trasnacional en su fase industrial primitiva, con movilidad prácticamente libre de capital y mano de obra, con la mayoría de sus zonas de crecimiento en áreas fronterizas o que atravesaban fronteras, como los Países Bajos, la Bohemia y Cataluña. Aunque la industria pasó por una fase nacional entre alrededor de 1880 y 1945, el capital financiero sigue siendo básicamente trasnacional. La identidad cultural de esa ‘sociedad civil’ no consistió solo –ni siquiera principalmente- en “Gran Bretaña”, “Francia” y “España”. Fue también la “ cristiandad”, “Europa”, “Occidente”, la “raza blanca”. También se difundieron transnacionalmente artefactos culturales como el “romanticismo”, la “novela realista”, el “estilo victoriano” de mobiliario, la orquesta sinfónica, la ópera, el ballet, el “modernismo” en el arte y el diseño arquitectónico y, actualmente, los teleteatros, los pantalones de jean, la música de rock y la arquitectura pos -moderna. La soberanía nacional siempre fue minada por la trasnacionalidad del capital y de la cultura. A partir de 1945, hubo un innegable aumento de esa trasnacionalidad. El capitalismo se convirtió, en palabras de Susan Strange, en “capitalismo de casino”, con sus recursos desplazándose rápidamente por el mundo, en una red compleja de instituciones que, en parte, escapan a la capacidad de planeamiento económico de los Estados y que, en

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parte, los “internacionalizan.” (5) Los transportes masivos y los medios de comunicación electrónicos casi confirman la profecía de Marshall Mc Luhan sobre la “aldea global”; por lo menos la Coca Cola, Benetton y Lady Di son momentáneamente universales. El capitalismo y la cultura se funden en lo que el crítico cultural marxista Fredric Jameson denominó “hiperespacio pos-moderno”, (6) difundido sin consideración por la nacionalidad o el territorio, fragmentado pero a la vez unido por la lógica capitalista de la búsqueda de ganancias. Como veremos, Europa, un área densamente poblada, formada por países similares, fue particularmente penetrada y homogeneizada. La transformación geopolítica de post-guerra también fue significativa, presentándose en dos auges repentinos, al comienzo y al fin de la Guerra Fría. Fue tenue como el filo de un cuchillo: la Guerra Fría nos podría haber destruído a todos. Mientras tanto, el agotamiento causado por la guerra en 1945, seguido por la Guerra Fría, tornó a Occidente extraordinariamente pacífico en sus relaciones internas, en cuanto el colapso del enemigo en 1989-1991 resultó en una ausencia singular de cualquier amenaza externa. La guerra entre las grandes potencias, y sobre todo entre las grandes potencias europeas, parece muy distante. Eso redujo el agresivo nacionalismo basado en la movilización de masas, que fue tan destructivo en el siglo XX, aunque persiste en las fibras íntimas de Occidente, es una agresión más simbólica, que exige poco compromiso de los ciudadanos y se dirige contra figuras odiadas del mundo periférico. La ausencia de amenaza viene reduciendo los aparatos militares de regímenes occidentales y de algunos regímenes ex comunistas, lo que trae consigo una esperanzadora reducción de la fureza del Estado nacional. Esa transformación geopolítica alcanzó dimensiones singulares en Europa. El Viejo Continente tal vez nos muestre el futuro de un mundo más pacífico, si este llegara a realizarse. Algunos acontecimientos eurocéntricos, como las dos guerras “mundiales” y, después, la Guerra Fría, acabaron con las tradicionales aspiraciones de esa región a ser una gran potencia. Desde 1945, las soberanías de Europa Occidental fueron contrarrestadas por su dependencia voluntaria en relación a los Estados Unidos, en tanto que las soberanías de Europa Oriental fueron minadas por su dependencia involuntaria en relación a la Unión Soviética. Desde 1945 Europa no asumió su propia defensa. La ex Alemania Occidental, su gran potencia económica, tuvo 350 mil soldados extranjeros ocupando grandes áreas de su territorio durante 45 años. Pocos alemanes se incomodaron, sólo reclaman cuando los soldados se emborrachan. Los otros miembros europeos de la OTAN no tienen representación importante en su alto mando. Todo depende de una defensa norteamericana de Europa, de la cual no tienen el control último. Así, los europeos occidentales tuvieron gastos militares que tomaban, en promedio, alrededor del 3% de sus productos internos brutos, la mitad de los niveles de Estados Unidos y del mundo entero, y un porcentaje muy pequeño en términos históricos. Sus Estados se agruparon, en una armonía pacífica, viviendo sin aquello que, históricamente, fuera la principal función del Estado y la principal fuente de un nacionalismo agresivo: un poderío militar suficiente para que se defendiesen Esa peculiaridad regional contribuyó grandemente para un impulso de cooperación. La Comunidad Europea La CE ocupa un área mucho menor que los Estados Unidos, pero con una población mucho mayor. Sus numerosos países son bastante similares: capitalistas avanzados, cristianos y liberal-demócratas, practicamente todos poseen partidos democráticos de centro-izquierda frente a partidos conservadores o cristianos de centro-derecha. Las fuerzas trasnacionales y geopolíticas, que señaláramos anteriormente, permitieron una cooperación mucho más estrecha que en cualquier otra parte del globo. La cooperación tuvo inicio en el nuevo corazón geopolítico de Europa –Francia, Alemania Occidental y los países de Benelux (Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo). Su Comunidad

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del Carbón y del Acero (CECA) se amplió para transformarse en la Comunidad Económica Europea (CEE), que a los pocos años vio crecer su número de miembros y su alcance. Su tarea continuó siendo económica: liberalizar el comercio y permitir una producción industrial mas integrada. Ella tuvo éxito en este esfuerzo, si bien preció sobornar, a cada momento, al sector agrícola proteccionista y no integrado. Hasta la década de 1980, la CE fue casi enteramente compatible con el Estado nacional. Constituyó, apenas, un ejemplo extremo de las negociaciones geopolíticas pacíficas que caracterizaron al orden mundial capitalista posterior a 1945. En esos arreglos, los representantes de los gobiernos se reúnen en comités que elaboran acuerdos que son llevados luego a los gobiernos nacionales soberanos, que proceden a su ratificación o a su rechazo. En verdad, la historia de la CE ha sido una especie de iniciativa de dos potencias. Como enfatiza Perry Anderson, los acuerdos bilaterales entre Alemania y Francia fueron los que empujaron cada paso hacia delante. (7) Una vez que Francia y sobre todo Alemania estaban ofreciendo recursos, la mayoría de los países aceptó de buen grado su conducción. Los Estados nacionales continuaron persiguiendo sus intereses soberanos, sin sacrificar nada. Pero a lo largo de la década de 1980, la regulación política de la CE comenzó a reducir de modo más directo la soberanía de los Estados-miembros. ¿Cuáles fueron esas funciones políticas subversivas? Las funciones políticas de la Comunidad Europea El Tratado de Maastricht, firmado en diciembre de 1991, proporciona una respuesta simple: declara el control de la CE sobre prácticamente todas las áreas políticas de alcance estratégico. Una lectura superficial puede dar la impresión de que la CE es de hecho un Superestado. Ese texto fue presentado a los electores daneses y franceses en 1992, y no les cayó en gracia. Pero la mayoría de sus cláusulas es mera retórica. Una curiosidad de la CE es que casi todos los componentes de su equipo se volvieron federalistas europeos empedernidos. Redactan documentos de tono federalista, que son luego firmados por políticos nacionales, muchos de los cuales no comparten realmente esos valores. Para evaluar las verdaderas funciones de la CE, debemos examinar las cláusulas de Maastricht que son efectivamente implementadas por instituciones de gran porte. Estas revelan tres formas principales de reducción de la soberanía nacional. (8) El Derecho Gran parte de la legislación de la CE es conocida como “ley secundaria” ya que, originalmente, lo que más hizo fue complementar las legislaciones nacionales. En la década de 1980, en cambio, los gobiernos miembros fueron mas allá del reconocimiento de las leyes y normas administrativas de los otros y comenzaron a “estandarizarlas”, en un proceso que trajo revisiones considerables de las leyes nacionales. Ahora, los gobiernos anuncian habitualmente a sus parlamentos que una determinada ley nacional es contraria a la legislación de la Comunidad y precisa ser modificada. La CE también denuncia las violaciones cometidas por los Estados-miembros, si bien eso no siempre lleva a cambios de comportamiento. La ley secundaria redujo de cierta manera la soberanía estatal, si bien casi siempre a través de sus detalles técnicos, y no por declaraciones jurídicas de alcance general. La legislación más general de la Comunidad se basa en las sentencias del Tribunal de Justicia Europea. E stas ampliaron su alcance, también básicamente a través de los detalles, y es probable que continúen su expansión, ya que la vida social y la cultura de los países -miembros se tornan gradualmente mas semejantes. Pero esas sentencias sólo tienen fuerza legal si hubiera compromiso voluntario de los Estados, y son administradas de manera bastante variada por cada uno de ellos.

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El tenor de la legislación europea, especialmente de la ley secundaria, concierne en lo predominante a dos finalidades originarias de la CEE: liberalización del comercio y coordinación de la producción. Ella reglamenta con gran minuciosidad la naturaleza de las mercaderías compradas y vendidas en la Comunidad, ampliándose últimamente para incluir el trabajo en el concepto de mercadería, sobre todo para la reglamentación de las calificaciones ocupacionales. Su núcleo, por lo tanto, continúa siendo la política económica, habiéndose expandido a medida que actividades económicas al principio limitadas se esparcieron más genéricamente por toda la vida económica. Eso derivó de la expansión del capitalismo por mercados consumidores más diferenciados, con una fuerza de trabajo más diversificada en el plano ocupacional. La economía capitalista avanzada transforma la mayor parte de la vida en mercancías, y la CE se volvió la manera que esa región tiene de reglamentarlas. El mercado único. (9) El Decreto de la Europa Unificada, de 1986, estableció un cronograma para eliminar todos los impedimentos al flujo de personas, mercaderías y servicios por toda la CE. Debería haber estado totalmente implementado el 31 de diciembre de 1992. Si bien hubo un cierto retraso en la implementación, fue completado en lo esencial, si bien el libre flujo de personas y animales fue retardado por los gobiernos británico, irlandés y dinamarqués (luego el gobierno francés también recomendó un atraso). El decreto prácticamente elimina las fronteras internas. Reforzado por las cláusulas del Tratado de Maastricht, supuestamente confiere una ciudadanía europea común. También es posible que lleve a la creación de una Fuerza Policial Europea. Cuando un Estado ya no tiene el control de sus fronteras, su soberanía efectivamente se desgasta. También en ese caso, el núcleo del desgaste fue la política económica, expandiéndose por la vida de los europeos en tanto que productores y consumidores. El Sistema Monetario Europeo (SME) El movimiento en dirección a un sistema monetario único, culminando en la emisión de una sola moneda, representa una pérdida importante de la soberanía tradicional del Estado sobre la emisión monetaria. También mina una suerte de planeamiento macroeconómico que los Estados han ejercido durante la mayor parte del siglo XX, si bien eso ya venía siendo suplantado por el capitalismo trasnacional. Sus normas para la conversión de monedas implican una estrategia económica deflacionaria, contraria al keynesianismo social y a las devaluaciones competitivas defendidas por muchos gobiernos a lo largo del siglo XX. Ese impulso resultó, en parte, de una cuasi-unanimidad entre los Estados- miembros, y en parte de las relaciones geopolíticas con influencia en ellos. Wayne Sandholtz observa que el terreno fue preparado por decisiones aisladas anteriores, pues prácticamente todos los Estados ya habían abandonado el keynesianismo tradicional. (10) De hecho, en países como Italia y España, la unificación de las monedas permite que las políticas monetarias impopulares sean atribuidas, por los gobiernos, a las exigencias relativas a la participación como miembros de una deseada Europa “moderna”. En términos geopolíticos, Alemania ha liderado también el sistema monetario, creyendo que este es de su interés nacional. Entretanto, algunos Estados han vacilado en su compromiso con la unificación monetaria. Muchos alemanes pasaron a prever una pérdida de soberanía nacional si el Sistema Monetario Europeo va más lejos, lo que reduce significativamente su compromiso con él. Gran Bretaña fue autorizada a retirarse del SME; se concedió a Dinamarca el mismo privilegio, en el futuro; España e Irlanda han forzado las normas del sistema a través de decisiones que se parecen a las devaluaciones competitivas al viejo estilo. Para que la unificación monetaria ocurriese sin constituir un desastre, fue preciso que hubiera una recuperación económica general, además de una coordinación mucho mayor de las economías y de las políticas económicas. Naturalmente, la esencia del progreso obtenido es también económica.

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Grosso modo, esas tres actividades desgastaron indudablemente la soberanía de cada Estado-miembro. Eso fue reforzado por la principal alteración constitucional de Maastricht. El tratado amplió enormemente el alcance del sistema de votación con ‘mayoría calificada’, en detrimento de la unanimidad. Son necesarios 54 de los 75 votos de los miembros para establecer una nueva regla, sin que ningún país tenga más de diez votos. Para aprobar una legislación, se hizo necesario obtener el voto de tres países grandes mas el de otros países pequeños. Está claro que los votos de un país son siempre dados como un bloque nacional único, lo que lleva a relaciones de poder geopolítico estables entre los estados, y no a un único Superestado ‘trasnacional’. De ese modo, la CE continúa siendo, fundamentalmente, un órgano de planeamiento económico. Se expandió con la ampliación de la franja de productos y mercados de Europa, con su compleja red de reglamentos del consumidor, su estructura ocupacional diversificada y su intrincado conjunto de instrumentos financieros. Toda esa reglamentación es sumamente técnica y capitalista. Las instituciones europeas son misteriosas y dominadas por las actividades de los grupos de presión que defienden intereses de empresas comerciales y asociaciones de comercio. Las organizaciones sindicales y de profesiones liberales son mucho más débiles en ese campo, y la presión de iglesias y otras instituciones extra-económicas prácticamente no existe. El impacto directo de las normas de la CE en la política cotidiana de los países miembros es bastante limitado. Las normas sobre mercados y productos raramente afectan a un público de masas, excepto por la agitación de los agricultores franceses y por los chistes sobre la CE, acerca de quien puede vender productos rotulados con palabras como cereza, champagne o helado. Los decretos mas importantes, relativos al libre tránsito y las monedas, tienen grandes implicaciones. Cuando estas se evidencian, provocan disensiones. Mientras la economía europea está floreciente, los Estados alcanzaban relativamente fácil la cuasi-unanimidad. Raramente definían los desgastes como “pérdidas”; el crecimiento económico era el objetivo mayor de la CEE y continúa siendo el objeto central de la política de la CE. En las recesiones, en cambio, las negociaciones tienden a estancarse. El progreso futuro parece depender del crecimiento, como compensación por el desgaste de la soberanía. El Estado no es, como afirmaba Marx, una organización dedicada a la administración de los asuntos colectivos de la burguesía: es mucho más que eso. A CE, sin embargo, todavía es así. A lo largo d todo el siglo XX, los partidos políticos y los Estados e nacionales, auxiliados por los resultados de dos guerras mundiales, consiguieron institucionalizar las relaciones entre las clases sociales. Lo que siguió siendo más problemático, a medida que el capitalismo continuó expandiéndose por el mundo, fueron las relaciones entre lo nacional y lo trasnacional. Desde 1945, surgió un grupo de instituciones para reglamentar esas relaciones- la corporación global, que fundó el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el antiguo Acuerdo General sobre Tarifas y Comercio (GATT)2, siendo la CE un equivalente regional más fuerte de ellas. Europa es el mayor mercado, en la menor área territorial, de las tres principales regiones capitalistas. Se divide en muchos Estados semejantes y pacíficos. La CE se volvió más cercenadora (si bien mediante el consenso) de la soberanía que las instituciones globales con las que resulta comparable. Pero ha ejercido básicamente el mismo tipo de funciones. Hay diversas áreas en las que demuestra poco interés. La CE provee algunas infraestructuras de comunicaciones, uno de los aspectos tradicionales (y en general, relativamente poco controvertido) de la actividad estatal. Es posible que ellas sean ampliadas cuando Europa esté en crecimiento económico. La entidad sólo interfiere en las industrias nacionalizadas cuando ellas son monopolios subsidiados, que ofrecen
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Que fue reemplazado recientemente por la Organización Mundial de Comercio (OMC) (Nota del Traductor)

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mercaderías que compiten con empresas de otros países, o sea, en algunas empresas estatales del Sur de Europa. El grueso del sector estatal (cuyo tamaño varía enormemente de país a país) no es afectado. Los gastos de la CE solo son importantes en el sector agrícola, empequeñeciéndose frente a los gastos del Estado nacional. Ella no entró en las relaciones de clase o en las relaciones entre otros grupos, como la reglamentación de las relaciones de trabajo, del orden público, de la religión o del Estado asistencialista, si bien es activa en aspectos en que la seguridad social y el mercado de trabajo se unen a la política nacional de educación. Ella no regula cuestiones morales, de familia o de relaciones entre los sexos, lo que sería generador de divergencias insuperables, en el caso que fuese intentado. Las políticas regionales comenzaron a tener su escala reducida cuando parec ieran redistributivas. Fuera de eso, no hubo ninguna tentativa de redistribución social. Por supuesto, existe el capítulo ‘social’ del Tratado de Maastricht- capítulo 8, bastante pobre-, pero el gobierno Thatcher rehusó firmarlo, y la CE no lo obligó a hacerlo. Gran Bretaña no está comprometida con ese capítulo, lo que es una señal de la baja prioridad que tienen las cuestiones sociales para la CE. Además, el rigor deflacionario de los requisitos de la Comunidad Europea para la convergencia fiscal arruina cualquier objetivo social verdadero. Es erróneo apuntar sólo a Gran Bretaña como la patria de la ‘desvalorización de lo social’. La CE no cultiva realmente un sentido auténtico de identidad y ciudadanía europeas. El Parlamento de Estrasburgo tiene pocos poderes, un índice de frecuencia inferior al 50% y poca visibilidad para los europeos. Las investigaciones muestran que Bruselas, sede del poder ejecutivo, es vista como un Leviatán burocrático. En cierto sentido, eso es injusto, toda vez que su administración es pequeña, tiene apenas 17 mil funcionarios (menos que el gobierno municipal de Madrid), un cuarto de los cuales son traductores. Pero es una afirmación exacta en otro sentido: la entidad es un aparato tecnocrático, no interesado en despertar sentimientos o afectos en los europeos. Existe un vago sentimiento cultural de ser ‘europeo’, muy difundido entre los países miembros, y que es reforzado en la vida cotidiana por una miríada de convenios entre ciudades, intercambios estudiantiles, conferencias profesionales y científicas y programaciones turísticas. Esa identidad cultural existe en paralelo con las vigorosas y duraderas lealtades nacionales, cuyo único ‘debilitamiento’ importante parece ser una reducción sustancial de la xenofobia agresiva. Ser ‘europeo’, hoy en día, significa ser agradable, gentil y civilizado. Esa identidad europea podría ser movilizada a favor de una política ‘pan-europea’ y de objetivos sociales. Mas estos no existen. La mayoría de las políticas nacionales legislan sobre impuestos, política de ingresos, medidas asistenciales y crisis externas. Esos asuntos no son de competencia de la CE. De ese modo, los partidos políticos continúan teniendo una organización enteramente nacional y una orientación casi completamente nacional. Hasta los plebiscitos supuestamente relativos a Europa tienden a transformarse en votos de confianza al desempeño nacional de los gobiernos. Por añadidura, la CE no incorporó dos funciones centrales para el Estado moderno, y para casi cualquier Estado de hoy. Como comentó un ministro belga durante la Guerra del Golfo, la Comunidad Europea es un gigante en lo económico, un enano en lo político y un gusano en lo militar. No existe una defensa colectiva ni mucho trabajo de política externa. Según las normas de Maastricht, hay un planeamiento político intergubernamental, que es decidido por unanimidad y no por una mayoría calificada. Los gobiernos francés y alemán están creando una pequeña fuerza conjunta de defensa, pero en negociaciones sólo bilaterales. La creación norteamericana, la OTAN, tiene miembros diferentes, aunque superpuestos, a la CE. La Unión de Europa Occidental podría abrigar un órgano de defensa europea pero, otra vez, sus miembros difieren, Dinamarca, Grecia e Irlanda, no forman parte de ella. Algunos europeos son favorables a compromisos de defensa más amplios, sin embargo las dos potencias nucleares de la región, Francia y Alemania, rehusan compartir el control de esas armas y preservan celosamente sus asientos en el

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Consejo de Seguridad de la ONU. De modo general, cada uno de los Estados mantiene sus propias políticas militar y externa. Con todo, las presiones fiscales y la ausencia de amenaza externa continúan reduciendo el militarismo europeo. El sociólogo inglés Martin Shaw prevé el fin del m ilitarismo popular, institucionalizado a través del servicio militar obligatorio. Las fuerzas armadas, dice, se volverán menos numerosas, profesionales y un tanto distantes de la sociedad civil. (11) Todavía, la única instancia geopolítica capaz de coordinar la defensa es Estados Unidos. A un costo bajo para ellos mismos, la mayoría de los estados europeos acompañó las decisiones norteamericanas en la Guerra del Golfo. Pero ¿dónde queda su reacción a las convulsiones dentro de sus propias fronteras, en Yugoslavia, cuando los Estados Unidos se muestran menos interesados? No hay duda de que las cosas cambiaron mucho desde el asesinato del archiduque Francisco Fernando, en 1914¡. Las providencias relativas a defensa no sólo quedan fuera del ámbito de la CE, sin que le resultan incómodas. En suma, Europa no está en marcha hacia un Estado único, ni siquiera hacia un Estado federal. Se pueden distinguir diferentes acuerdos políticos en cuánto a los tres grandes tipos de función estatal. Primero, en lo que respecta a la parte principal de la política económica, la soberanía se divide entre la CE y los Estados nacionales, aunque no de acuerdo con claros principios constitucinales de tipo ‘federal’ o ‘confederal’. Segundo, en otras áreas de política civil, la soberanía continúa principalmente en manos del Estado nacional, aunque no por completo. Tercero, en lo que concierne a defensa y política exterior, no hay mucha soberanía efectiva en ninguna de las partes. La soberanía global está dividida y confusa. La CE tiene reconocimiento diplomático de muchos estados, y toma parte en la ONU como observadora, pero lo mismo ocurre con el Vaticano. En sí, ella no tiene ninguna sede o lugar de soberanía propios en los temas que de hecho controla. En las democracias ello reside en un ejecutivo electo o en un parlamento soberano. Europa carece totalmente de ambos. En verdad, no posee una Constitución que regule claramente esas complejas relaciones institucionales. Las grandes intromisiones en la soberanía nacional no tienen verdadero carácter constitucional; no hay sustitución de una soberanía por otra. Al contrario, son implementaciones meramente prácticas, subrepticias y demoradas de decisiones tomadas por el Consejo de Ministros, cuyos procesos decisorios reflejan el consenso, en parte, y la influencia geopolítica de algunas de las naciones -miembros, en otra. Las intromisiones consisten en prácticas cercenadoras y rutinarias, como la densa red de reglamentaciones sobre los productos. Esos poderes no equivalen a un todo único y organizado, que se asemeje a un Estado. En las áreas controvertidas, la CE funciona no de acuerdo con principios supranacionales, sino con principios geopolíticos, en la forma de acuerdos y alianzas entre naciones. Recientemente, Gran Bretaña, Dinamarca y Francia reivindicaron el derecho de ser indemnizadas por pérdidas y daños. Identificaron una medida fundamental de la CE como de ‘interés vital’ para ellas y, con esa base, afirman su derecho a no someterse. No se sabe como terminarán esas disputas. Entretanto, en diciembre de 1992, el gobierno dinamarqués fue autorizado a desvincularse de la política monetaria y de la ciudadanía formal. Hay una sanción portentosa a disposición de la mayoría, contra los Estados disidentes: la expulsión. Todavía no fue utilizado. En el caso en que lo sea, sabremos si la CE es una poderosa nueva entidad política en su gama soberana de medidas, evidentemente estrecha. Básicamente desprovista de garras, la CE reglamenta solo la actividad capitalista de una región. Elabora una reglamentación auténticamente “europea”, pero apenas para áreas que son objeto de acuerdo por la geopolítica tradicional. Ella aun no constituye un Estado ni está sustituyendo a los Estados. El futuro de la Comunidad Europea

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¿Qué pasará en el futuro? Es posible que la CE se debilite o se fortalezca. Un debilitamiento importante o, peor aun, su colapso, parecen improbables, ja que las consecuencias económicas serían desastrosas para todos. La retirada no es sensata para ningún miembro actual, y existe un impulso para la conquista de nuevos miembros. En el extremo opuesto, los Estados nacionales y la CE podrían llegar a formar parte de un único todo federativo. Pero, ¿dónde están las presiones en esa dirección? La CE fue concebida con una finalidad de armonización económica. Sus ‘incursiones’ en otras funciones estatales han tendido a ser limitadas. Incluso en la esfera económica, la existencia de regiones de núcleo y periferia viene produciendo una Europa de ‘diferentes velocidades’. Desde la década de 1950, el la ha sido liderada por la alianza franco-germana, fielmente apoyada por los países del Benelux3, cuyas economías son inseparables de las de aquellas naciones. Pero los británicos siguen intrigados y examinan el mapa. ¿Estamos en Europa, se preguntan, o estamos en el Atlántico? Italia continúa siendo una entidad doble, septentrional y meridional, con un sistema de gobierno bastante diferenciado (para decirlo en términos suaves) Los otros estados meridionales son más pobres y acarrearán problemas futuros para la integración del bloque; los vecinos escandinavos son tan ricos como Alemania. Todavía, muchos son favorable a una política interna y externa más progresista que la de la mayoría de los miembros actuales. Europa tiene una periferia oriental problemátic a. No dispone de una clara frontera oriental, y la CE no tiene una visión ni una política clara para esa área. Sus actividades en los países del este europeo son insignificantes, si se las compara con las de un único estado-miembro, Alemania. Por último, a Alemania unificada, con una economía cuyo tamaño se aproxima al de la l antigua Unión Soviética, es como una influencia maciza en la Europa Oriental, y dispone ahora de otra opción: asumir el papel de gran potencia. Parece improbable que los gobiernos alemanes opten por eso, postergando a la CE. Pero existen indicios de que Alemania podría resistir a un desgaste mayor de la soberanía nacional. Sin el liderazgo alemán, no existiría la CE; sin el liderazgo alemán, la CE no se profundizará. Como declaró Felipe González: “ Si Alemania fracasa, todos fracasaremos con ella.” (12) De ese modo, es más probable que, para los miembros, las medidas a tomar sean paralizadas o bien haya una Europa de convergencias y velocidades diferenciadas, incentivada por el ingreso de nuevos miembros y por asociaciones ad- hoc dentro y a través de sus nuevas fronteras. Se espera que surja una agencia ambiental pan-europea, que se extienda por lo menos hasta los Urales (Chernobyl enseñó una lección muy vasta de geografía). Las alternativas políticas menos unificadas en términos territoriales y funcionales parecen más probables que el federalismo. Europa no marcha rumbo a construcciones políticas singulares. En rigor, tal vez se esté re-encaminando hacia arreglos políticos que se asemejan, con formas menos densas, a los de la antigua época feudal. Como entonces, ella no dispone de ningún locus aislado de soberanía. Tiene instituciones políticas diferentes, que reglamentan funciones diferentes en su núcleo, y contienen naciones con poderes muy diferenciados entre sí. Europa tiene soluciones institucionales ad hoc para problemas específicos, como la defensa del medio ambiente, concibiendo órganos más fuertes de acuerdo con la actual combinación de necesidades funcionales y geográficas. Existen algunos federalistas convencidos. Pero los dilemas concernientes a la defensa, la moneda y el Este europeo ha contenido a esas corrientes federalistas y aumentado el componente de pragmatismo y de soluciones ad hoc. El incremento del pragmatismo tal vez parece sensato, pero puso en evidencia la cuestión de una ‘deficiencia democrática’ en las instituciones de la CE. Estas tienden a ser más burocráticas que democráticas. ¿Puede la democracia controlarlas? Es claro que no, ya
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Recibe ese nombre el organismo de estrecha coordinación económica que nuclea a Bélgica, Holanda y Luxemburgo. (N del T.)

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que la propia democracia surgió bajo la forma del Estado nacional soberano. La democracia fue una realización del Estado como lugar único y representativo. La versión federal de la democracia requiere una clara división de soberanía entre instituciones plurales (en la Constitución norteamericana, entre los estados y el gobierno federal; entre el presidente, las dos cámaras y la Suprema Corte). Es imposible democratizar la CE sin transferir para ella algunas soberanías formales especializadas. Ese acto de transferencia es improbable. ¿Habrá razón para incomodarnos? Sólo precisaremos hacerlo si los Estados siguieran siendo las jaulas en que se transformaron en el siglo XVIII, XIX y principios del siglo XX, y si amenazaran a sus propios ciudadanos y a sus vecinos, como hicieron muchos de esos Estados. El Estado nacional europeo perdió algunas funciones económicas a favor de la CE y perdió por completo algunas funciones de defensa, pero adquirió otras que antes habían permanecido en esferas más privadas y locales. De modo general, tal vez los barrotes de la jaula hayan cambiado mucho. Los ciudadanos aun necesitan ejercer la mayor parte de su vigilancia en el nivel nacional, y la mayor parte de la soberanía responsable debe permanecer en él. Pero las euro-instituciones están todavía en etapa exploratoria. Se hacen responsables de los asuntos solo de un modo bastante indirecto y descuidado. Como la CE es esencialmente un club capitalista, hace parte de la creciente capacidad de la clase capitalista de la posguerra para sobrepasar a las otras clases, que están organizadas sólo en el nivel del estado nacional. Los socialistas del siglo XX, ya que no los del siglo XIX, concentraron prácticamente todas sus actividades en el Estado nacional, contribuyendo enormemente a fortalecerlo. Pero ahora, sus realizaciones sociales keynesianas están amenazadas, y sus gobiernos socialdemócratas, así como sus federaciones nacionales, son incapaces de resistir la lógica económica impuesta por un capitalismo organizado más globalmente. Está claro que los socialistas y otros disidentes deben organizarse más en euro-instituciones. Pero, en cuanto sólo consiguieran movilizar sus fuerzas en cuestiones políticas que continúan siendo de modo predominante de competencia del estado nacional, eso también constituirá una razón para temer que mayores poderes de soberanía sean transferidos a la CE. Los socialistas europeos han sido débiles en su respuesta al conservadurismo fiscal de una CE liderada por el Bundesbank.4 Pero su sometimiento frente al conservadurismo fiscal se dio, en primer lugar, dentro de cada uno de sus Estados nacionales. Los izquierdistas europeos precisan renovar su sentido de objetivo, de finalidad última, lo que sólo puede ocurrir a través de la cooperación internacional. Las instituciones europeas proporc ionan un locus de cooperación del cual ellos deben sacar plenas ventajas. Pero ese no es el único locus, pues ellos fueron suplantados por el capitalismo global, y no por el europeo. Los Estados europeos ya no se amenazan unos a otros. Los europeos fueron alimentados mucho tiempo por mutuas evaluaciones negativas. Yo, por ejemplo, fui criado en Gran Bretaña en la pos -guerra para ser profundamente antigermánico, desconfiar de los franceses, despreciar ligeramente a los italianos, los griegos y los españoles, y hacer chistes maliciosos sobre los irlandeses. Los suizos, según me llevaron a creer, eran ordenados y reprimidos; los belgas, barulleros y gordos; escandinavos y holandeses eran buena gente, a fuer de ser inofensivos. Espero que todos ellos hayan retribuido con sentimientos antibritánicos. Pero las investigaciones muestran que los estereotipos nacionales negativos cuasi desaparecieron. Las rivalidades nacionales consisten hoy, de modo predominante, en los concursos de música de Eurovisión,5 los campeonatos de fútbol y las competencias de servilismo para
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Es la denominación que recibe la entidad equivalente al banco central en Alemania (N del T.) Cadena de televisión intereuropea (N del T.)

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atraer empresas globales. Europa Occidental no tiene gobiernos militares y poca derecha autoritaria. La mayor transformación política de Europa del siglo XX no fue la declinación del socialismo, sino la derrota del autoritarismo, de derecha y de izquierda. Los conservadores de centro-derecha, los demócratas cristianos y los socialdemócratas centristas dominan la política europea. Lo que algunos llaman con descuido el resurgimiento del fascismo no es nada d eso: se trata de un racismo centrado en la e inmigración, que apela en términos cuasi exclusivos (como raramente hacía el fascismo) a la clase trabajadora, resaltando las cuestiones materiales de empleo, vivienda y educación. La nueva Europa es inofensiva. Tampoco está amenazada. Tiene la seguridad geopolítica que siempre quiso, además de Estados clientes y hasta Estados suplicantes. Tiene poca necesidad de procesos decisorios geopolíticos eficientes. Los enredos pacíficos no llegan a causar gran daño. Sus pecados son los pecados veniales de omisión. Si eso es la posmodernidad, ella está más próxima a la utopía que a una crisis. La CE también goza de relaciones bastante amistosas con los otros dos trilateralistas,6 los Estados Unidos y el Japón. Es verdad que ellos tienen disputas comerciales interminables sobre el proteccionismo; debaten sobre piezas de automóvil, semiconductores y arroz, pero también demuestran capacidad de llegar acuerdos respecto de esos temas. El capitalismo no es tan trasnacional que pueda prescindir de reglamentación política, y el trilateralismo cumple esa función. Las solidaridades culturales de los dos lados del Atlántico también son vigorosas, reforzadas por un capitalismo y un consumismo que embotan la identidad nacional y continental. Los norteamericanos tal vez sepan que los automóviles Jaguar son ahora norteamericanos. Pero ¿sabrán también que las cadenas de comida rápida Burger King y Winchells Donuts son británicas? Los españoles tal vez sepan que los autos Seat son alemanes y que los supermercados Pryca son franceses, pero no que las tiendas Texas Homecare son británicas y no norteamericanas, que la mitad de sus ropas son holandesas, y que las ropas de la marca Massimo Duti no son italianoas, y si españolas, más precisamente catalanas. (13) Tal vez la mitad de los programas de televisión exhibidos en los países europeos continentales son originarios de América, pero ellos son doblados. ¿Clint Eastwood, Sylvester Stallone y los elencos de Dallas y Beverly Hills 90210 continúan siendo norte-americanos cuando hablan portugués o usan jerga alemana? ¿Los personajes de Dragonball continúan siendo japoneses? Los europeos parecen capaces de digerir identidades norteamericanas y hasta japonesas. La CE también debe ser vista de manera favorable por sus vecinos. De Islandia a todo el Báltico y los litorales del Mediterráneo, ellos quieren ingresar en ella. La CE surtió un efecto benigno sobre algunos vecinos, al hacer de la democracia una condición para el ingreso. Los griegos y los españoles tienen motivos para estar agradecidos por eso, lo que puede acontecer con los turcos y europeos orientales en el futuro. Pero hay una amenaza potencial para sus vecinos: la cuestión de la inmigración, con su potencial de intensificación del euro-racismo. Eso está ligado a la cuestión mas amplia de “fortaleza europea”, y sobre todo a saber si los europeos demostrarán interés por los países menos desarrollados, al este y al sur. La fortaleza haría renacer la identidad europea como ‘cristiana’ y ‘blanca’. No está claro si los eslavos serían miembros o extranjeros, y eso afectaría la naturaleza exacta de la identidad racial y religiosa europea. El hecho de que algunos grupos eslavos tienen sus propios conflictos étnicos asoma a esa mezcla potencialmente embriagadora. En verdad, las tres hegemonías trilaterales Europa, los Estados Unidos y el Japón- mantienen hoy relaciones que tienen
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La expresión ‘trilateralistas’ como la relacionada ‘trilateralismo’, está vinculada a la Trilateral Commision, entidad que en los años 70’ se constituyó como centro de elaboración intelectual sobre cuestiones que involucraban a los tres grandes ‘polos’ del capitalismo de la segunda mitad del siglo XX.

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implicaciones étnicas con el mundo en desarrollo, sea en las gradas de su puerta o en el interior de sus solares. El racismo quizás ya no sea “el dilema norteamericano”, ya que América ha adquirido experiencia de algunas realizaciones en esa área. Es posible que el conflicto geopolítico sea más un problema europeo o japonés. ¿Quién sabe qué tumultos, terrorismo y hsata guerra puede traer para la geopolítica local en el siglo XXI? Si trajera mucha violencia, seguramente habrá un resurgimiento de la soberanía estatal europea. ¿Será eso un paso atrás en dirección al Estado nacional, o un paso al frente rumbo a los Estados Unidos de Europa? El Estado nacional, reforzado por la política europea de migración y antiterrorismo, parece ser la consecuencia más probable, en consonancia con los fenómenos políticos pragmáticos que ya examiné. Los Estados nacionales europeos no están muriendo ni retirándose. Solamente cambiaron de funciones. Podrían continuar haciéndolo en el futuro. Los estados norteamericano y japonés ¿Qué decir de los otros dos trilateralistas? En contraste con Europa, ellos aún son dominados por Estados nacionales aislados , que no dieron ninguna indicación de estar listos para retirarse, mucho menos prontos a morir. Las Américas son dominadas por los Estados Unidos. Los demás estados del continente son variados, y la mayoría convive con amenazas a su seguridad, provenientes de vecinos o disidentes internos. En ese aspecto, ellos son típicos Estados nacionales emergentes, con un alcance territorial seguro y bastante estable, gobiernos estatales más bien cuestionados, y regímenes políticos volátiles. Todavía, como economías dependientes, también les falta el grado de soberanía económica que la mayoría de los estados europeos ya poseía en el siglo XIX. Ahora, la hegemonía de Estados Unidos ayuda a ejercer el poder de policía en el continente. Los propios Estados Unidos son un Estado nacional, si bien no Estado nacional tan pequeño como los de tipo europeo. El país ha tenido mayor diversidad étnica, y un gobierno más débil y más federal, que redujo la homogeneización y centralización. Se puede decir que es prácticamente un continente. Su tamaño, su diversidad ecológica y su aislamiento histórico, garantizaron que su economía se mantuviese más autosuficiente que la de sus rivales. En los Estados Unidos, el valor del comercio nacional siempre sobrepasó en mucho el del comercio internacional, lo que no se aplica a la mayoría de sus concurrentes. Su capitalismo tiene una proporción de propiedad nacional que el de cualquier país europeo. A despecho del crecimiento de las inversiones japonesas, el mayor inversor extranjero aislado continúa siendo, como fue siempre, Gran Bretaña. Podemos encontrar un tenue eco del Mercado Común Europeo en los acuerdos de libre comercio entre Estados Unidos, México y el Canadá, pero ninguna de las partes se hace ilusiones sobre quién es el socio dominante. Además, el ciclo de vida del Estado nacional norteamericano fue diferente, madurando más recientemente. En la década de 1930, el gobierno federal retiró las grandes funciones asistenciales de los estados de la federación y de los gobiernos municipales. Su poderío militar data apenas de la Segunda Guerra Mundial; esta finalmente permitió que el gobierno federal sobrepasase las dimensiones de los estados y de los gobiernos locales. Al contrario de la mayoría de las funciones civiles del Estado, ese poder militar es ejercido por el gobierno federal, sobrepasando el tamaño de los gobiernos estaduales y locales. Al contrario de la mayoría de las funciones civiles del Estado, ese poder militar es ejercido por el gobierno federal y por el presidente como comandante en jefe. De ese modo, el militarismo resalta entre los símbolos e instituciones del Estado nacional. La expresión “el pueblo norteamericano” es constantemente utilizada para legitimar la política externa y militar del país. Más o menos a mediados de siglo, hubo también una homogeneización social, a medida que la inmigración se redujo y el Sur puso fin a su

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aislamiento. La homogeneización social fue demorada, pero todavía continúa, en áreas como los medios de comunicación y la actividad bancaria. La inmigración está pasando por otro gran auge, lo que podría crear un papel singular, dentro de los Estados Unidos, para las culturas latinas y asiáticas. Más, de modo general, el país parece todavía estar madurando, y no declinando como Estado nacional. La segunda región, el Este asiático y gran parte del Pacífico, también es una región diversificada, bajo el dominio económico, más no político, de una sola potencia, Japón. El Japón es la menos autosuficiente de las tres superpotencias regionales en términos económicos, además de estar más aislada que las otras. Su Estado, a pesar de ser formalmente pequeño, coordina rígidamente su capitalismo nacional, sobre todo a través de las relaciones clientelísticas de su único partido dominante, el Liberal-Demócrata, y de su Ministerio de Comercio e Industria Internacionales (MITI), que detenta el dominio económico. Su capitalismo continúa siendo de fuerte predominio de la propiedad japonesa. Algunos extranjeros, que se aventuraron, descubrieron que es extremadamente difícil la asunción del control y la administración posterior de las empresas japonesas. Todo eso es reforzado por relaciones sociales y familiares densas y cohesivas, de un tipo único dentro del mundo capitalista avanzado. Tal como Europa, Japón no ha sido un “Estado pleno” desde 1945, faltándole el control de su defensa y de su política externa. Pero el tamaño del ejército norteamericano asentado en el Japón, con poco más de 50 mil hombres, es reducido. Aunque la Constitución del país limite los gastos militares al 2% del PBI, el tamaño de ese producto bruto se volvió tan grande que el Japón tiene ahora las fuerzas armadas que ocupan el cuarto lugar en tamaño en el mundo. A pesar de que los japoneses continúan divididos y cautelosos en cuanto a su poderío creciente, y que la política exterior japonesa continúe débil, el Japón es, una vez más, objetivamente, una gran potencia. La mayoría de los japoneses es bastante nacionalista y comparte un mito racial de ascendencia común (si bien sus fisonomías variadas indiquen muchos orígenes en el Este asiático). En el exterior, el “imperialismo” japonés tiene un toque de imperialismo económico, tendiendo a imponer relaciones de trabajo particularmente explotadoras con los países menos desarrollados de su propia región asiática y del Pacífico. (14) El Japón continúa siendo un Estado nacional cohesionado, a pesar de desempeñar un enorme papel como transmisor y receptor del trasnacionalismo del capital y de la cultura. Como Estado nacional, el fue un adolescente rebelde y militarista. Su maduración fue ahora retomada, si bien con indicios muy recientes de relativa declinación económica. En suma, el discurso europeo sobre la muerte del Estado nacional ha de sonar extraño en las otras dos regiones capitalistas principales. Es probable que las nuevas euroinstituciones no sean un modelo para el futuro. Es difícil concebir por qué los Estados Unidos o el Japón habrían de entrar en grandes consorcios de soberanía o renuncias a la soberanía con otros Estados o entidades políticas. Seguirán negociando con sus vecinos y con Europa como grandes potencias aisladas. Los Estados del mundo menos desarrollado El mundo menos desarrollado presenta problemas estatales diferentes y más variados. La mayoría de los estados sitúa su nacimiento (o renac imiento) en fecha posterior a 1945, cuando la descolonización impuso a todos los países una forma aparentemente semejante de Estado nacional, a despecho de diferencias fuertes en la verdadera capacidad infraestructural de estos y de las sociedades civiles. La Carta de las Naciones Unidas y la Guerra Fría tendieron a cristalizar esas construcciones políticas, frecuentemente artificiales. Mas esa corta época está cerrada. Los Estados tienen hoy que depender de sus propias posibilidades de poder, a veces muy r estringidas. Pocos poseen la infra-estructura y la capacidad de movilización de recursos propias de

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verdaderos estados nacionales. En esa ‘frontera externa’, muchos Estados se enfrentan con un problema esencialmente ‘hobbesiano’ de orden, al contrario de los Estados del “corazón de la región de Locke”. (15) Paralelamente a los antiguos Estados comunistas, muchos enfrentan graves disidencias internas, a veces combinadas con amenazas de los vecinos a su seguridad nacional. En ninguna otra área existe una región que goce de la tranquilidad actual de Europa Occidental. Como señaló el sociólogo Charles Tilly, hace muchas décadas la mayoría de los Estados de los países menos desarrollados no habían seguido el molde europeo del desarrollo militar. (16) En ellos, l s fuerzas militares no a tuvieron un tamaño reducido después que ellos alcanzaron un cierto nivel de desenvolvimiento económico, como sucedió en Europa. Ellas siguieron siendo de gran tamaño, onerosas y modernas, y es probable que se mantengan así durante algún tiempo. Es posible que esos países pasen más de un siglo luchando por la ciudadanía política y social, por la autonomía regional y étnica, inmersos en disputas de frontera con sus vecinos. Esos proyectos políticos, muy diferentes de los de Europa, América y el Norte de Japón, pueden venir a fortalecer a los Estados nacionales, en vez de debilitarlos. Pero los panoramas estatales en el mundo de menor desarrollo son también muy variados. En los extremos, sobre todo en Africa, encontramos estados hobbesianos en colapso, cuyos regímenes son incapaces de penetrar en sus territorios para proporcionar siquiera un mínimo de orden social, mucho menos perseguir las metas de desarrollo exigidas por la nueva cultura global de satisfacción instantánea. En su violenc ia ineficaz, los déspotas de Somalía, Liberia o el Zaire remedan a la vasta mayoría de los regímenes políticos de la historia pre-moderna. Ellos no son monstruos, sino reflejos de nuestro propio pasado, si bien provistos de armas automáticas y de cuentas bancarias en Suiza. Su problema no es el pos-modernismo, sino la falta de un modernismo auténticamente diseminado por las sociedades civiles. Ese problema se reduce, a medida que se avanza por el resto de Africa y los países sudasiáticos menos desarrollados, los latinoamericanos, los ex soviéticos y los países más avanzados del sudeste asiático, llegando al final a los más exitosos del Este Europeo o del Este asiático. Cuando llegamos a Hungría, las tierras checas, Corea del Sur, Singapur o a Formosa, nos encontramos con sociedades civiles dotadas de sólidas infra-estructuras económicas y culturales, penetración estatal eficaz en los territorios, y batallas políticas en torno de la ciudadanía política y social que son innegablemente “modernas”, en el sentido de que se asemejan a la historia reciente de Europa Occidental, de América del Norte y del Japón (si bien los países del Este europeo también tienen sus propias batallas políticas características). Entre los extremos opuestos de Somalía y Corea del Sur, una multiplicidad de estados semi-eficientes enfrenta una modernidad desigual, con capitalismos desigualmente desarrollados o de énclave, identidades religiosas o étnicas que bien se dividen, o se fortalecen, fuerzas militares hipertróficas que mantienen el orden y ejercen la opresión, e inmensas administraciones estatales que patrocinan el desarrollo y distribuyen la corrupción. Algunos de los problemas de esos regímenes son, de hecho, típicamente post-modernos; ellos son subvertidos por el alcance global del capitalismo y por la cultura global de satisfacción inmediata del consumidor. Pero su problema político fundamental está en que las instituciones políticas formalmente pos -modernas no pueden compensar la debilidad de otro pre-requisito modernizante: una sociedad civil igualmente expandida. Ellos enfrentan una crisis de modernidad, y no de pos-modernidad. Esa es su crisis particular, y sus variadas soluciones no reproducirán las historias de Europa Occidental, de América del Norte o de Japón. Sin embargo, tal como la historia de esos países, estarán centradas en la lucha por la construcción de sociedades civiles y Estados nacionales. Conclusión

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Los Estados se tornaron importantes en el mundo moderno por prestar cinco servicios, de utilidad variable para la humanidad: 1) se hicieron capaces de librar guerras prolongadas y totales; 2) generaron infraestructuras de comunicación al militarismo y al capitalismo; 3) se convirtieron en sedes de democracias políticas; 4) garantizaron los derechos de ciudadanía soc ial que eran usurpados en la esfera privada; y 5) inventaron la planificación macroeconómica. Esas cinco funciones estuvieron ligadas o entrelazadas con el ascenso de la moderna sociedad civil; en el siglo XX, ellas concentraron poderes tremendos en el Estado nacional soberano. Algunos de esos poderes están hoy en declinación, pero otros continúan su crecimiento. No hay ninguna razón por la que todas esas funciones deban situarse en una misma instancia política. Durante la mayor parte de la historia, no lo hicieron. Los Estados compartían algunas funciones políticas con señores regionales, iglesias y asociaciones corporativas privadas. Otras funciones no fueron ejercidas colectivamente, siendo consideradas actividades esencialmente privadas. En una parte del mundo, Europa Occidental, esas funciones volvieron a separarse parcialmente. Ese fue, sin duda, un cambio histórico mundial, ya que proveyó de un crecimiento aparentemente incontenible al Estado nacional. Europa creó nuevas instituciones políticas, de soberanía dividida y confusa, y es posible que eso se difunda por algunos países adyacentes. Pero, como ese fenómeno fue principalmente una respuesta a una situación regional específica, tal vez no constituya un modelo para el mundo. Los Estados del siglo XX son muy variados. Las fuentes más globales de cambio contemporáneo, a partir de las cuales hubo también quien predijo la muerte del Estado nacional, realmente traen implicaciones políticas más indefinidas y variadas. Los cambios militares, en especial el advenimiento de armas nucleares y biológicas, volvieron irracionales las guerras entre las grandes potencias, y es posible que esa lógica también se difunda en línea descendente por los países menores. Si tomamos en cuenta que el Estado moderno, y en buena medida el Estado nacional, fue concebido en la guerra, eso podría ser interpretado como una señal de su eventual muerte. Empero, después de su nacimiento, el Estado nacional encontró otras cosas que hacer, y continúa encontrándolas. Como fuere, las sociedades no son regidas por la racionalidad. Las guerras modernas fueron intensificadas por ideologías feroces, que se proponían solucionar conflictos sociales. La etnia y la religión, combinadas con un conflicto social entre el “Primer Mundo” y el “Tercer Mu ndo”, podría ser una nueva y fértil fuente de ideologías capaces de mantener violentos a los Estados. Así, es particularmente importante que Europa, los Estados Unidos y Japón trabajen con criterios de humanidad en sus problemas de inmigración, fronteras y regionales. Si, al contrario, ellos invocaran ideologías racistas y religiosas, también sufrirán las consecuencias, en términos de violencia y de gastos, del terrorismo y del contra-terrorismo. En lo que concierne a la guerra y la violencia, es más fácil ver lo que debe ser hecho de lo que efectivamente será realizado. La trasnacionalidad del capital y de la cultura no se limitan simplemente a minar el poderío de los Estados. La creciente densidad de la sociedad global les confiere nuevos papeles geopolíticos. Las tarifas, las comunicaciones y las cuestiones ambientales ya son notables generadoras de negociaciones geopolíticas entre los Estados; podemos esperar que crezcan y que ellas se relacionen con muchas otras áreas problemáticsa. Podríamos ver, por ejemplo, “capítulos sociales” más globales (y a diferencia del de Maastricht, más eficaces) reglamentando las relaciones de trabajo y estableciendo patrones comunes de salud pública o de calificaciones educacionales y profesionales. En el pasado reciente, tales negociaciones, dentro o fuera de órganos como las Naciones Unidas, fueron típicamente lideradas por dos grandes Estados nacionales, los Estados Unidos y Japón, conducidas a través de acuerdos ad hoc para representar a “Europa” y de una representación igualmente ad hoc del “Tercer Mundo” por uno o mas Estados, con una presencia soviética/rusa más irregular y con la ocasional presencia de China.

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De esta forma, llegamos a una curiosa paradoja. La trasnacionalidad de la CE ha sido, hasta aquí, básicamente capitalista. Pero el capitalismo parece estar cerca de sus límites, en cuanto a subvertir al Estado. La búsqueda capitalista del lucro no resultó exactamente en el “hiperespacio pos-moderno” de Fredric Jameson. Si bien el capitalismo ha reducido los poderes de ciudadanía social del Estado nacinal y, asociado a tendencias militares y geopolíticas, haya reducido también la soberanía militar de la mayoría de los Estados, todavía depende de negociaciones continuas entre Estados soberanos, y de una multiplicidad de órganos ad hoc. El capitalismo no traerá una reducción mayor del Estado nacional. Aún, para que un socialismo de estilo democrático y occidental sobreviva, él tendrá que asumir esactamente esa tarea. Quando hasta la democracia social sueca va siendo penetrada por el conservadurismo fiscal trasnacional, el mensaje debe ser transparente: a menos que los socialistas levanten los ojos de sus Estados nacionales para ejercer el poder en el nivel internacional, tendrán poquísimo que ofrecer a sus electores. Durante todo su ciclo de vida, el Estado nacional estuvo involucrado con la lucha de clases. Pero el movimiento de clase que más fortaleció al Estado nacional, históricamente, debe ahora comenzar a subvertirlo. Si reconocerá ese destino y si tendrá la capacidad de cumplirlo, son cuestiones aún abiertas. Por ahora, y en un futuro previsible, las asociaciones ad hoc entre el capitalismo y los Estados nacionales, mantienen un lugar dominante en la mayor parte del mundo, en especial la más avanzada. En el mundo menos desarrollado, los Estados varían. Algunos están en crisis y unos pocos se aproximan a la muerte. Su crisis no es de posmodernidad, sino de modernidad insuficiente. Cuando falta a los países un Estado nacional, ellos desean mucho tenerlo. El Estado nacional no es hegemónico ni tampoco está obsoleto, ni como realidad, ni como ideal. Notas 1. Versiones anteriores de este ensayo fueron presentadas como conferencias, con los títulos “¿Fin del Estado nacional?”, en el Instituto Juan March, Madrid, l 11 de diciembre de 1992, y “¿Fin del Estado nacional? Perspectivas para Europa y el mundo”, en la serie de conferencias Wendy y Emery Reves titulada “Mas allá del Estado Nacional”, en el Colegio de William and Mary, el 15 de febrero de 1993. 2. Philipp Schmitter, “The European Community as an Emergent and Novel Form of Political Domination”, Instituto Juan March, Working Paper n° 26, 1991, p. 15. 3. Por ejemplo, John G. Ruggie, “Territoriality and Beyond: Problematizing Modernity in International Relations”, International Organization, 47, n° 1, 1993. 4. Todas las cifras sobre finanzas y servidores del Estado, y todas las generalizaciones sobre actividades estatales antes de 1914, fueron tomadas de la investigación que realicé sobre cinco Estados – Austria-Hungría, Francia, Gran Bretaña, Prusia/Alemania y Estados Unidos, presentada en Michael Mann, The Sources of Social Power, v. 2: The Rise of Classes and Nation-States, 1760-1914, New York, 1993, capítulos 11-14. (Hay versión castellana, como “Las fuentes del poder social”, publicada por Alianza Editorial). 5. Robert Cox, Production, Power and World Order: Social Forces in the Making of History, New York, 1987. 6. Fredric Jameson, “Post-modernism, or the Cultural Logic of Late Capitalism”, New Left Review, 146, 1984 y Fredric Jameson, “Marxism and Postmodernism”, New Left Review, 176, 1989. 7. Perry Anderson, “The Development of the European Community”, artículo no publicado, Centro de Historia Social e Historia Comparativa, Universidad de California en Los Angeles, 1992.

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8. Dos de las principales actividades de la CE –la agricultura y la política regional- no afectan las soberanías nacionales. La intrincada política agrícola (que aun absorbe el 65% del ordenamiento de la CE) resultó de acuerdos intergubernamentales, esencialmente entre Francia y Alemania Occidental. En la década de 1970, la política regional parecía estar caminando para reducir las soberanías, pero el ingreso de Estados europeos meridionales mas pobres en la condición de miembros revertió esa tendencia. La mayoría de los conflictos regionales cursan ahora entre los Estados septentrionales y los meridionales, y no las regiones más ricas contra las más pobres, con independencia de las fronteras estatales (si bien la unificación de Alemania ha constituido una excepción a eso, en vistas de que las regiones de la antigua Alemania Oriental califican para recibir subsidios regionales). Los norteños, geopolíticamente dominantes, lograron éxito, a fines de 1992, en mantener los subsidios para el desarrollo en el reducido nivel de 1,25% del PBI de la Comunidad Europea, en lugar del 5% antes contemplado para ellas. 9. La bibliografía sobre el mercado único y el Sistema Monetario Europeo es vasta. Hay discusiones instructivas e interesantes sobre los acontecimientos recientes en Otto Holman (ed.) European Unification in the 1990s: Myths and Reality, edición especial de International Journal of Political Economy, 22, n° 1, primavera de 1992. 10. Wayne Sandholtz, “Choosing Union: Monetary Politcs and Maastricht”, Internacional Organization, 47, n° 1, 1993. 11. Martin Shaw, Post-Military Society, Cambridge, 1991. 12. Entrevista con Felipe González, El País, 23 de febrero de 1992. 13. Tampoco puedo garantizar que esa información se mantenga exacta siquiera hasta el momento de la publicac ión de este artículo, toda vez que las corporaciones globales compran y venden empresas aisladas con gran empeño y rapidez. 14. Anthony Woodiwiss, “Human Rights, Labour Law nad Transnational Socialty around the Pacific Rim (with Special Reference to Japan and Malasya)”, artículo no publicado, Departamento de Sociología, Universidad de Essex, 1992. 15. K. Van der Pijl, “Ruling Classes, Hegemony and the State System: Theoretical and Historical Considerations, International Journal of Political Economy, n° 19, 1989. 16. Charles Tilly, Coercion, Capital and European States, Oxford, 1990.

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