DESARROLLO, GLOBALIZAC1ON Y MASCULINIDADES

R.W. Connell
LA INVESTIGACIÓN SOBRE LA MASCULINIDAD Y LA CUESTIÓN DEL DESARROLLO

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En los últimos quince años, han proliferado las investigaciones sobre la construcción social de la masculinidad y las prácticas y posiciones dependientes del género de los hombres. Como resultado de los debates e investigaciones feministas, en todas las ciencias humanas y las regiones del mundo han aparecido estudios sobre la masculinidad. El tema de estas investigaciones es muy diverso, pero, en general, presenta un£arácter "local". Su foco de atención ha.sido la construcción de la masculinidad en un ambiente y en un momenro'-determinados: una carrera profesional deportiva en Estados Unidos (Messner, 1992), un grupo de escuelas coloniales en Sudáfrica (Morrell, 2001a), los grupos de bebedores de los bares australianos (Tomsen, 1997), la clase obrera de un suburbio en Brasil (Fonseca, 2001) o los planes de boda de los hombres jóvenes de la clase media en las ciudades japonesas (Taga, 2001). El estilo característico de estas investigaciones es etnográfico y se basa en la observación de quienes participan, en entrevistas abiertas y análisis del discurso. La princi£al^tarea de la investigación ha sido proporcionar descripciones detalladas de procesos y resultados en el ámbito local. f Este "momento etnográfico" ha sido muy importante para cambiar los viejos puntosde\^sudelosnornbres acerca de la masculinidad (para una documentación detallada al respecto, véase Connell, 2000). Una de las principales conclusiones de la nueva investigación es masculinidades: no hay sólo un modelo de masculinidad que funciona para todos los momentos y los lugares; existen diferentes culturas (algunas son bastante más pacíficas que otras) y los modelos de masculinidad cam- "" bian con el tiempo. En una misma sociedad, incluso en una comunidad o institución específica, existirán diferentes modelos de masculinidad, distintas formas reconocibles de "ser un hombre". Así como ahora reconocemos la diversidad de las formas familiares, también reconocemos diferentes construcciones de la masculinidad en regiones, comunidades étnicas y contextos sociales de clase distintos. Las masculinidades varían según la
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sexualidad —masculinidades gay, masculinidades heterosexuales y ptras^. más, y pueden variar dependienooaelas generaciones; incluso la construcción de la masculinidad para los hombres con discapacidades físicas puede recorrer trayectorias distintivas. Sin embargo, las diferentes masculinidades no se encuentran unas junto a otras como platillos en una mesa, como estilos de vida alternativos entre los cuales los hombres escogen libremente: existen relaciones defii j . i• • i j • • -"*f-*—»~»»f»««»«»*«<fc' • nidkas_entreja¿j^r|a¿^^ derjenden de la(j££arq ufe* y la exc 1 u si 6ií-—. Por ejemplo, en la sociedad australiana contemporánea existe un modelo de masculinidad (autoritaria, agresiva, heterosexual, con cuerpos capaces, valiente) a la cual se respeta más que a las otras. Estejnodelo de mascj^ínidad,se rejaciona fpn la identidad nacional (la llamada tradición/"ÁNZAC/ derivada de la Primera Guerra mundial), se celebra en las películaTy"lós deportes más populares, se presenta como un ideal para los jóvenes y se utiliza constantemente en_ la publicidad. Existen otros modelos de masculinidad, pero no se les res-{ !/ peta de la misma manera; es más, algunos de ellos son estigmatizados. . A En la realidad no todos los hombres ejemplifican el modelo hegemónico, podríamos decir que sólo una minoría lo hace. La jerarquía relacionada con esta versión de la masculinidad es una fuente importante de conflictos y violencia entre los hombres: cualquier cuestionamiento a la rMj£ul^dad_de_alguien ocasiona, con frecuencia, peleásTy lesiones.""ET""? dominio sobrelolThómlíresH^ ejercerse í con violencia, golpes, e incluso mediante asesinatos. La dominación pue- 1 de también ser simbólica: las demandas de los hombres jóvenes que se refugian en la violencia a menudo incluyen este tipo de acusaciones. La violencia,r.acista muchas veces se mezcla con la exigencia de una virilidad superior y con la percepción de amenazas a la dignidad masculina surgidos de los problemas económicos, del desempleo y de una mayor complejidad social. En cierto sentido, la "masculmidad'' es un modelo que determina la vida y la conducta personales, pero es importante que las masculinidades e,xistanJ^mFién_.en otro terreno,_en aquel que no es personal, en las comu-_, nidades, en las instituciones y en la, •cultura. Las definiciones colectivas de ,""•- -•<—•>»»—«•-••• «"«.»*•> •-,-»A,.M»»-J" • la masculinidad se generan en la vida de la comunidad y se cuestionan y cambian ante las modificaciones en la situación de la propia comunidad. Algunas organizaciones, como las de los ejércitos y las corporaciones, suponen en su cultura organizativa modelos de género particulares y pueden producirlos deliberadamente en sus programas de preparación de personal. Los medios de comunicación de masas hacen que .ciertos iconos, de^. m_asjyjlmjdjid^ircu^ de conducta, mien-

tras que se burlan de otros. La investigación en torno a los medios de comunicación nos ha mostrado que estas instituciones no sólo imprimen sus opiniones en la conciencia de las personas —el público no está formado por robots — , sino también son importantes como fuentes de imágenes y narrativas con las cuales construimos un sentido de lo que somos y del repertorio de conductas posibles y apropiadas. . ...... TSrIa actualidad, las evidencias demuestran que las masculinidades cambian históricamente: los modelos de conducta de los hombres y la forma de entender las cuestiones relacionadas con el género no se transforman a velocidades vertiginosas —de ahí la dificultad para solucionar los problemas sociales relacionados con las masculinidades— ; no obstante, la investigación hajeóalado_ca«feTOS-g«neracionales muy significativos, por ejemplo, en el (gompoitamienjt^sexual yjjn lasíormas de entender el gagejf stas conclusiones generales, producto de la investigación internacional reciente acerca de las masculinidades, son relevantes para los temas del desarrollo. En estudios como el de Gutmann (1996), podemos ver cómo una aproximación etnográfica ilumina la forma en la cual se construye la masculinidad en una comunidad urbana resultado de un asentamiento obrero reciente. En este sentido, si queremos ocuparnos sistemáticamente de las cuestiones relacionadas con el desarrollo y considerar el proceso del cambio económico y social como un todo, es esencial alcanzar un plano superior al local; en las discusiones sociales y científicas de la masculinidad siempre se ha reconocido que algunas cuestiones rebasan este nivel local. Estudios históricos de imágenes y debates públicos de la masculinidad, como el de Phillips (1987) — un trabajo de investigación pionero en Nueva Zelanda— , han podido rastrear estos procesos culturales a lo largo del tiempo y han mostrado, la importancia de un contexto histórico más amplio para las construcciones locales de la masculinidad. Como argumenté en otro libro (Connell, 1998), necesitamos aplicar esta lógica a una escala mundial; la historia mundial y la globalización contemporánea deben ser parte de nuestra forma de comprender las masculinidades, en la medida en que las vidas individuales reciben fuertes influencias dejas Juchas, geopolíticas, del imperialismo y colonialismo, de los mercados globales, las corporaciones multinacionales, la migración laboral y de los medios trasnacionales de comunicación. De manera similar, Ouzgane y Coleman (1998) argumentan acerca de la importancia de los estudios poscoloniales en la comprensión de la dinámica cultural de las masculinidades contemporáneas. Aunque en general la investigación sobre las masculinidades se ha realizado en las ciudades, una gran parte de la población mundial vive en el campo; por ello, Campbell

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y Bell (2000) sostienen que también es importante prestar atención a las masculinidades rurales^De ahí que, para comprender las masculinidades ,„>:> locales, debamos pensar en el contexto de la sociedad global.

LA SUCIEDAD GLOBAL COMO EL CONTEXTO DE LAS VIDAS DE LOS HOMBRES

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Las comunidades no existen primero y luego se relacionan con las feminidades; ambas se producen juntas en el proceso que crea el orden del género. De la misma manera, para comprender las masculinidades en una escala mundial primero debemos considerar laíalobalización del género;* Esto resulta difícil porque estamos acostunfBfStfo's á pensar en el género como atributo de un individuo. De acuerdo con Smith (1998), en relación con lajojjxjc.aj^eaafcipjiaj, la clave reside en desplazar nuestra atención de las*diferencias derivadas del género del nivel individual a "los modelos de las relaciones derivadas del género que se construyen socialmen- „ te". Si reconocemos que las grandes instituciones —como el Estado o las | corporaciones— se estructuran con base en el género, y las relaciones j internacionales —el comercio internacional y los mercados globales— son | "intrínsecamente un ámbito de la política de género, entonces podremos re- | conocer la existencia de urt^rden de género mundial|{Connell, 2002). ,_ ; Dicho orden de género mundial puede definirse como la estructura de relaciones que, a escala mundial, conecta a los regímenes de género de las instituciones con los órdenes de género de las sociedades IpcalesJEl ¿rden de género es un aspecto de una realidad mayor: la sociedad global/ cuya creación es en sí misma un espacio de debate cornj5Íe"JO7-tMíeil~ae entender. El discurso actual de los medios de comunicación soBre la globalización", especialmente en los medios de los países ricos, presenta un proceso homogeneizador que incluye a todo el mundo, dirigido por las nuevas tecnologías, productor de enormes mercados libres y globales, música, publicidad y noticias globales en las que todos participan en igualdad de términos. Sin embargo, en realidad, la economía global es muy desigual y el grado de homogeneización económica generalmente se exagera (Hirst y Thompson, 1996). De manera habitual, la globalización provoca la división cultural y social, además de la homogeneidad (Bauman, 1998). Los principales actores de la economía mundial son corporaciones multinacionales con base en las tres grandes potencias económicas (Estados Unidos, la Unión Europea y Japón), junto con los mercados financieros, los cuales jamás habían alcanzado tanto poder y tamaño. El ascenso de estas fuerzas

^económicas ha estado acompañado del cambjrj rjolídco, dominio del "neo¡ibjejralismo" p ideología de mercado y eTdeclive del Estado benefactor en Occidente y el centralismo comunista del Este. Desde los ochenta, el Sur global ya no tiene la opción de elegir entre estrategias de desarrollo rivales. Su posición depende exclusivamente del capitalismo global. También se presenta un poderoso proceso de cambio cultural: al mismo tiempo que las formas e ideologías culturales circulan, las culturas locales cambian y la misma cultura dominante cambia en lo que se establece Jlv como una dialéctica inmensa. El resultado es cierta homogeneización, ya que las culturas locales se destruyen o debilitan, aunque constantemente surgen otras formas nuevas, como siempre ha ocurrido en la historia del imperialismo —se trata de expresiones culturales e idjsnjidadej^híbridas o "criollas". Desde el principio, los proejóos históricos que dieronjugar a la sociedad global dependieron delfenero; Ja conquista y los asentamientos coloniales se formaron a partir dlTfuerzas segregadas con base en éste. Al estabilizarse las sociedades coloniales, en las economías de las plantaciones y las ciudades, se produjeron nuevas divisiones del trabajo dependientes del género. Las .ideologías dependientes de] género .dejos conquistadores se unieron a las jerarquías raciales y a la defensa cultural del imperio. Durante la segunda mitad del siglo XX, el crecimiento de la economía mundial poscolonial presenció cómo en la "fábrica globaj^' se instalaron divisiones del trabajo dependientes del género (Fuentes y Ehrenreich, 1983). También atestiguó la manera en que la violencia dependiente del género se extendió junto a la tecnología militar occidental (Breines, Gierycz y ^-vReardon, 1999). ÍCj^n^Las relaciones que constituyen el orden de género mundial son principalmente de dos tipos. La conquis^tajmperial, el neocolonialismo y los sistemas de poder mundiales actuales —la inversión, el comercio y la comunicación— han puesto a diversas sociedades en contacto unas con otras. .En,,C-OJnsecuencia,Jos órdenes de género en estas sociedades también se han relacionado. En el caso de América Latina, región donde la conquista y ocupación europeas se dieron por primera vez a gran escala, la interacción ocurrió a lo largo de cinco siglos, y los resultados han sido síntesis culturales profundas^ Con frecuencia, tal interacción se ha manifestado como un proceso violento y desgarrador. Los arreglos locales del género se han reconformado deBido a la conquista y explotación sexual, a las epidemias importadas, la intervención de los misioneros, la esclavitud, el trabajo por contrato, la migración y la formación de nuevos asentamientos. El proceso del desarrollo económico y las instituciones que ayudan a su avance siguen haciendo

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consejos y agencias internacionales se han constituido para sobrepasar que la política de género de los países ricos entre en contacto con la de los estos viejos y dudosos acuerdos. .Regulan las cuestiones de género en todo paíse¿_rnenos desarrollados. Así, surgen problemas muy complejos depenel mundo, por ejemplo, a través de la ayuda al desarrollo, la educación, los dientes de la igualdad de género, especialmente alrededor de los intentos derechos humanos y las convenciones laborales. Asimismo, se estructuran recientes de extender el alcance de los programas de "mujeres y desarrocon base en el género y, rjrmcÍBalnriente1jestáj3_gobernada_s por hombres ; llo" y de hacer que los hombres participen de modo más explícito en las sin embargo, su complejidad cultural es mayor que la de las corporaciones cuestiones de género (White, 2000). multinacionales (Gierycz, 1999). Los modelos de género que resultan de esta? interacciones pueden . • Los medios internacionales. Las corporaciones multinacionales de considerarse como el primer nivel del orden de género global. Se trata de medios aeTomumcaciónp^^ ,lmodelo£jo£alesí aunque en ellos puede verse el sello de las fuerzas que I g^an_es£ala; también existen medios menos centralizados, como periódicos, forman.^ la s.ociedad global. Un ejemplo muy impresionante aparece en telégrafos, teléfonos, fax, Internet, la Red, y las industrias que los sostienen. el análisis que Morrell (2001b) hizo de la situación de los hombres en la Todos ellos se ordenan de acuerdo con el género y ponen en circulación Sudáfrica contemporánea. La transición desde el apartheid — que es en significados dependientes del género. Cunneen y Stubbs (2000), por ejemsí mismo un intento violento, predestinado al fracaso, para perpetuar las plo, documentan el uso de los sitios de Internet para colocar mujeres filipirelaciones raciales coloniales — creó un paisaje social extraordinario. En un nas en un comercio internacional de esposas y compañeras sexuales para contexto de reintegración a la economía y política globales, de desempleo horn])r£S_del_r¿nrner jnundo . Acreciente, violencia sostenida y de una epidemia de VIH sida que avanza, <tí * Los TOerc^os globfliés. Es importante distinguir a los propios mercase ven intentos por volver a constituir patriarcados rivales en los diferentes dos delascorporacionesinaividuales que los operan. Los mercados intergrupos étnicos. Dichos intentos se enfrentan a agendas que inchryenala / nacionales .r^JLfiSflUsL ,h§. ,,mér.?ancías, [os servicios y mercados laboramodernización de la masculinidad, al feminismo sudafricano y al discurso f les — cada vez tienen un "ñlojsofja^afrij^ana^y por sobre "derechos humanos" del nuevo gobierno. A su vez, algunas de estas \s son cuestionadas por argumentos sobre la"alcance" mayor en las economías locales. A menudo se articulan a partir del género; por ejemplo, el mercado internacÍMiL£ELel trabajo doméstico (Chang y Ling, 2000). Los mercados labopolíticas basadas en las tradiciones comunales indígenas, que supuestarales internacionales están ahora — sobre todo por el triunfo político del mente diluirían el énfasis puesto en las divisiones de género. —i neoliberalismo— regulados débilmente, sin considerar los controles fronEl segundo tipo de relaciones que constituyen el orden de género munterizos reforzados por el pánico político de los países del primer mundo dial es la creación de otros ámbitos que trasciendan los países y las regiorespecto de los "emigrantes ilegales". nes individuales. Al parecer, los nuevos ámbitos más importantes son El resultado neto de estos dos tipos de relaciones es un orden de género global que se construye a partir de una serie de relaciones de género • Las corporaciones transnacionales y multinacionales, '"fias corporacioturbulentas, muy inequitativas y parcialmente integradas; sin embargo, el nes que operan en los mercados globales son ahora las mayores organizaalcance global de las mismas tiene efectos muy diversos en las distintas ciones de negocios del planeta. Las más grandes, en industrias como la del regiones. Éste es el contexto general en el cuál debemos considerar las ¡ petróleo, la manufactura de autos, las computadoras y las telecomunicavidas cfé*los hombres, así como la construcción y puesta en práctica de 1 ciones, cuentan con recursos de cientos de billones de dólares y emplean las masculinidades. a cientos de miles de personas. Su división del trabajo depende, en gran medida, del género y, como indica el estudio de Wajcman (1999), las mul-j tinacionales que tienen base en Gran Bretaña poseen una cullurjjdfijiy rección • El Estado internacional. Las instituciones de la diplomacia y la_gue, que son las principales formas en las cuales los EstadosTsoberanos se La creación de imperios ultramarinos, como el español, el portugués, el han relacionado entre sí, también están claramente .masculinizadas. Zafrancés y el inglés, estableció condiciones muy peculiares para las práctilewski y Parpart (1998) llaman a esto "la cuestión del 'hombre' en las reía>. """" cas dependientes del género de los hombres. La conquista colonial estuvo cíones internarle ionales". Las agencias de la ONU, la Unión Europea y otros

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en las manos-'de grupos segregados de hombres: soldados, marinos, comerciantes, administradores y muchos que ejercieron todas estas actividades sucesivamente. Provenían de ocupaciones y contextos en las metrópolis que también estaban segregados respecto al género. Es muy posible que los hombres que realizaron la colonización hayan sido los más desarraigados. Con seguridad, el proceso de conquista produjo masculinidades fronterizas que mezcláronla culturaJejjcupaÓw^£,.e¿LQíLgrupos con un nivel inusual de^víolenciajy un^dividualismo¿eggcéjj,txicc|—como Las Casas argumentó en el siglo XVI—. La historia política del Imperio está llena de evidencias de los tenues controles que el Estado ejerció sobre las fronteras, desde los monarcas españbles incapaces de reinar sobre los conquistadores, hasta los gobernantes británicos de Ciudad del Cabo, que no pudieron controlar a los boers. De la misma manera, otras formas de control social también se debilitaron.J"La intensa explotación sexual de l a s j I mujeres indígenas fue una característica común de la conquista. —' Por lo tanto, el colonialismo propició las condiciones en las que emergieron los modelos distintivos de masculinidad. Sugiero que éste es el punto de partida histórico de modelos de masculinidad integrados a las instituciones y culturas del imperialismo y el capitalismo global; yo los he llamado "masculinidades globalizantes". En ciertas circunstancias, las masculinidades de las fronteras pudieron reproducirse como una tradición cultural local, aun después de que la frontera había sido sobrepasada. Los gauchos de América del Sur, los vaqueros del oeste americano y los trabajadores de las zonas rurales de Australia son buenos ejemplos. Sin embargo, a la conquista y la explotación casi siempre siguió la formación de asentamientos. La construcción de una masculinidad característica de los pioneros pudiera incluso haber sido un objetivo de la política de Estado. Como Cain y Hopkins (1993) mostraron en el caso del Imperio británico, el grupo dominante en el mundo colonial era una extensión de la clase dominante en la metrópolis: la aristocracia terrateniente. El/Ejtado__irnp_erialfee convirtió entonces en un ámbito trasnacional para la producción y circulación de masculinidades, basadas en las costumbres e ideología de la aristocracia, aunque modificadas cada vez más por las necesidades militares y burocráticas. v " Con el declive de los viejos imperios aristocráticos, proceso que se experimentó primero en América Latina, la sociedad mundial quedó bajo el dominio de las instituciones del/capitalismo comercial^ industrial y financiero. Las masculinidades más calcúladoras~y proTesionalizadas, aso-i -i jC— ciadas al capitalismo internacional, poco a poco ocuparon una posición dominadora que suele estar en tensión con las masculinidades militares y aristocráticas de las clases gobernantes locales. Durante la Guerra Fría, la

rivalidad entre facciones de hombres de la clase gobernante se desató casi en todo el mundo capitalista —por un lado, estaban los de línea dura (que suelen ser muy violentos) y, por otro, grupos más liberales y conciliatorios—. Con el colapso del comunismo soviético, el declive del socialismo poscolo. nial y el ascenso de la nueva derecha en Europa y Norteamérica, la política mundial se organiza cada vez más según las necesidades del capital trasnacional y la creación de mercados globales. Conforme se establece la identificación de los hombres con el mundo laboral, la economía capitalista global se vuelve un ámbito determinante para la formación de masculinidades. á La agenda neoliberal tiene muy poco que decir específicamente sobre 7¡P el género. La nueva derecha utiliza un lenguaje neutro respecto del género, habla de "mercado", "individuos", "elección"; no obstante, el mundo donde el neoliberalismo crece sigue estando estructurado con base en el "y género y el neoliberalismo tiene una política de género implícita^^l "indi- Jtir V<33 viduo" de la tegría de mercados posee los atributos" s e intereses ¡de un T» 4íag^s¿rig.J^scín^o^ Además, el ataque que"la'nueva derecha hace al Estado benefactor debilita la posición de las mujeres, quienes dependen en '• mayor medida de ingresos que el mercado no considera. La desreguTación de ; ! la economía en un mundo corporativo coloca las estrategias de poder en j , .manos de grupos específicos de hombres —«dministradorej>^empresa-,L* isvSC™* Cirios—/portadores de la forma dominante de la masculinidad en la economía I ";»> w*O .global contemporánea, a la cual denomino "masculinidad trasnacional de ne-1 -**^* gocios". Los lugares institucionales en los cuales se desarrolláronlos 'ám-1
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El estudio realizado por Wajcman (1999) en las corporaciones británicas muestra que las mujeres que han ocupado puestos gerenciales lo hacen en términos de hombres y se acoplan a la cultura y prácticas masculinizadas de la élite administrativa, es decir, como Wajcman apunta, tienen que "cjjrr^iorta^ecoimohorribres''. Estudios desarrollados en el mundo corpoi rativo de Estados Unidos(Glass Ceiling Commission, 1995) exhiben pa: noramas muy similares. No debe sorprendernos, entonces, que la restauración del capitalismo en la Europa Oriental y la antigua Unión Soviética haya estado acompañada de la reafirmación de las masculinidades dominantes y de que, en ciertas situaciones, la posición social dé las mujeres haya empeorado mucho (Novikova, 2000). Aun cuando los hombres de negocios internacionales no se prestan fácilmente a los estudios etnográficos, poseemos ciertas fuentes de información: bibliografía administrativa, periodismo sobre negocios, autqpr,Qmoción corporativa y estudios de las élites de negocios locales. Estas fuen':. tes apuntan a conclusiones muy sugerentes, aunque contradictorias. El estudio que Donaldson (1998) realizó sobre "la masculinidad de lo hege-

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mónico", basado en las referencias biográficas de los muy ricos, enfatizajj_ aislamiento emocional y el endurecimiento deliberado de los niños durante su crecimiento; se trata de una forma de distanciamiento social y abundancia material que se combinan con un sentimiento de ^uj5enoricía¡Ily áfcredSción^ Por su parte, la investigación de Hooper (2000) sobre el lenguaje y las imágenes de la masculinidad, llevada a cabo en los noventa por The Economist —el periódico británico que se ocupa de los negocios de los alineados al nejaliberajismo-— plantea una ruptura clara con el viejo estilo de la masculinidad patriarcal en los negocios y muestra, además, muchos residuos de actitudes colonialistas hacia el mundo en desarrollo. The Economist asocia a las imágenes globales otras de características tecnócratas vinculadas con cierta nueva frontera; en el contexto de la reestructura, el periódico enfatiza un estilo de administración más cooperativo y basado en el trabajo en equipo. Un análisis de la bibliografía en administración, realizado por Gee, Huí! y Lankshear (1996), expone un panorama más individualista. El ejecutivo del "cspiteli51110 chatarra" se presenta como una persona con lealtades muy Iimlta3as7^u^^r1i su corporación. El mundo ocupacional que lo caracteriza tiene una racionalidad técnica limitada, jerarquías de gratificaciones muy marcadas y cambios súbitos de carrera o transferencia de corporaciones. La investigación de Wajcman (1999) menciona un mundo administrativo más estable, más apegado a,lá.jna¿culiniua3_bu¿giiesa__tr^7 ^licionaj caracterizado por largas horas de trabajo y dependencia del (y marginación de) trabajo doméstico, realizado por las esposas. Dicha mascul|jji.dad toma cuerpo a través de una sexualidad cada vez que tiende a transformar las relaciones con las mujeres en lercancías^in la actualidad, los hoteles que se ocupan de \tis hombres denegónos^ en la mayor parte del mundo, normalmente ofrecen videos pornográficos y, en ciertos lugares, se ha desarrollado una industria de ctfl#{ prostitución especialmente dirigida a los hombres de negocios internacionales. La masculinidad actual de dichos hombres no supone ninguna fuer- , za corporal, por lo menos no más que la que suponía la vieja masculinidad burguesa. Sin embargo,, e,l,cuidado deliberado del cuerpo se ha convertido en un_práctica significativa de dicho; grupo social, y las publicaciones dirigidas a estos hombres (como las que se ofrecen en, las-, aerolíneas. intema.-., dónales) parecen darle cada vez más atención a la buena condición física, al deporte y a la apariencia^,. La historia de las_rnasculmidades de los grupos e instituciones dominajitei_d£lajecong,!Sͧ_muríciial no es ^a historia de las masculinidades de los grupos subordinados. El proceso de colonización y desarrollo poscolonial ha producido, de diversas formas, una divergencia en los modelos de mas• • " .>'

" culinidad. La conquista y los asentamientos fracturaron todas las estructuras de la sociedad indígena, incluyendo los órdenes del género y, así, a los hombres indígenas les resultó fácil adoptar las prácticas y jerarquías masculinizantes de la sociedad colonial. Desde el pun,t,q,,4e Ylsta.,,dfi,..k>s colonizadores (y, últimamente, desde el punto de vista de la historia de la economía mundial), eLusp más. importante dado a los hombres colonizados fue el de una nueva forma laboral. Los hombres indígenas, y en algunas partes los hombres esclavos, se convirtieron en la fuerza laboral que generó las ganancias del imperio: erílíTminería, Fa agricultura (que incluyó cada vez más los cultivos que fácilmente podían colocarse en el mercado, como el azúcar, el café, el té y el algodón) y el pastoreo. Todas estas industrias se caracterizan, especialmente en su uso de los hombres indígenas, por no requerir ningún tipo de conocimiento específico (aunque, por ejemplo, en la agricultura es necesario poseer cierto conocimiento local empírico) y, en consecuencia, no tener presión alguna en cuanto a la educación. Al mismo tiempo, cuando las masculinidades de •"• 'W&Wíy.-í'íiV'V., •, ,v. »...-.-.;•.. * . '?"->vr\iiV'^--$VAY-.%fc¿-.-.' los grupos dominantes se fueron profesionalizando más, el analfabetismo o nivel muy bajo de alfabetismo, se consideró suficiente para la fuerza laboralj en la medida en que sólo se requería de estos hombres fuerza y resistencia físicas. La cultura dominante de las sociedades coloniales (y en buena parte todavía en las poscoloniales) identificó entonces a los hombres colonizados con el cuerpo y los definió como ^violentos y estúpidos, mientras que a los hombres de las élites los consideró inteligentes y mbralmente virtuosos. En la ideología imperial británica (MaDonald, 1994), el conquistador era viril y el conquistado sucio, cargado de sexualidad y afeminado, incluso infantil. En muchas colonias, como en Zimbabwe, los colonizadores llamaron "ajjLicjTachos^a los hombres indígenas (Shire, 1994). Así,Jas_irnágenes y estereotipos de masculinidad se entretejieron con la crea-, ción de jerarquías raciales y de clase que aún ahora persisten. En los últimos años, los conflictos étnicos y raciales han cobrado relevancia. Como Klein (2000) argumenta en el caso de Israel, y Tillner (2000) en el de Australia, se Jiato,Jjejm.xmítextQ J^^ onentad_as_a_la dominación y la violencia. Asimismo, es importante subrayar la relación tensa y difícil que se ha establecido entre las nja¿£ujj¡jjidad^s>ideja<¿lase^¿rera y la educación forpuede apreciarse en la educación contemporánea demasasTlos udjsciplina..y rechazo al aprendizaje formal que se presentan en.trejos muchachos son más severos en las escuelas de la clase trabájadór%»flUfe!S8ja?vife-filasg....rngdjja,p»de las élites (Connelí, 2000). Junto a una economía contemporánea, que cada vez enfatiza más el conocimiento y la preparación••-.•• • -..."•,,,' aparecido un nuevo. .modelo de exclusión social. --— —••• -•• formal, ha r ..... .

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La migración laboral que apo r tó fuerzas de trabajo para el capitalismo .global también es un proceso dependiente del género Los trabajadores de las minas y las plantaciones eran casi todos hombres, aunque a las mujeres se les asignó un papel económico específico. El estudio que realizó Moodie (1994) sobre el trabajo de los emigrantes en las minas de oro de Sudáfrica proporciona un análisis clásico que rastrea la reconstrucción de las prácticas dependientes del género que los hombres adquirieron en el espacio existente entre la minería capitalista y la economía doméstica basada en el pastoreo. La migración se llevó a cabo dentro del mundo colonizado, pero, además, entre el mundo colonizado y la metrópoli. Los estudios sobre hombres "chícanos", en la población de origen mexicano de Estados Unidos, son de los primeros en explorar las consecuencias de la migración en la masculinidad (Baca Zinn, 1982) y en referirse a una nueva y activa negociación de las relaciones dependientes del género En este contexto, se reprodujo un modelo tradicional de masculinidad que presentaba variaciones debidas a la situación de clase y al grado de exclusión étnica experimentado. Poynting, Noble y Taylor (1998), al entrevistar a hombres jóvenes de las comunidades de inmigrantes libaneses en Australia, detectaron que la conciencia dependiente del género e¡ra contradictoria y que frente al racismo se utilizaban estereotipos de manera estratégica. La discriminación racista por parte de la sociedad anglosajona se enfrenta a cierta afirmación de dignidad que, en el caso de los jóvenes libaneses, se trata de una dignidad espe*" jf^~s~*^ ••-""*«, cíficamentetnasculma^n un contexto que supone la subordinación de las mujeres. Así se crea una dialéctica dependíante^del género que surge de la dinámica entre la.^rrugración labora] y el/conflicto raciay La explotación presente en el proceso de desarrollo económico tiene consecuencias directas en la corporalidad de los hombres y en su autoestima. Por ejemplo, ahora reconocemos fácilmente que la forma y la intensidad de la epidemia de VIH/SIDA, son afectadas por la pobreza, las comunicaciones y el modelo de las relaciones dependientes del género Un estudio reciente de Campbell (2001) muestra cómo los altos índices de la infección de VIH entre los hombres que trabajan en las minas de oro de Sudáfrica se relacionan con el desarrollo de sus vidas en una industria peligrosa y enajenante. Se vuelve común la necesidad de afirmar la masculinidad, lo que a su vez se entiende como "ir detrás de las mujeres" y como el desear . tener contacto íntimo directo, "tocar la carne" "El mismo concepto de^ m§S£HÍÍílÍásd^HSJiydaMa-3^l2SJiom':>res S(3bíS«Jvan en su cotidianidad sirvejDara aumentar su ^exposición a los (Campbell, 2001 282™ "" Un ejemplo significativo de cómo cambian las definiciones de pater- -« nidad lo ofrece el estudio de Vigoya sobre la investigación latinoamericana^

de la masculinidad. Las exigencias, cada vez más fuertes, de que los hombres se involucren activamente en la crjarizajrifantil se oponen a la creciente autonomía de las mujeres y pueden detenerse debido a la dislocación económica que resulta de las presiones de la economía global. En estos casos, las contradicciones pueden ser muy dolorosas a nivel individual y suelen resolverse de diversas formas: afirmando los "derechos de los padres", enfatizando el carácter dependiente del género en la relación de pareja o luchando por igualdad económica. Sin embargo, existe otra dimensión del orden colonial y poscolonial que es importante. Desde el inicio, el poder imperial se enfrentó a cierta f J"*' '^resistencia. Las luchas anticoloniales siguen presentes; se trata de lo iie. gej^g£almente. los poderes coloniales y neocoloniales clasifican como terrorismo"7J,a discusión teórica sobre la relación entre las masculinidadesy4yTe"sistencia es aún escasa, aunque, en cierto sentido, la discusión -•fe^M siemPre na estado sobre la mesa. Veamos, por ejemplo, la exigencia de cambio quej;¡anori_hace en The Wretched of the Earth:
La descolonización nunca se lleva a cabo de forma inadvertida porque su influencia se ejerce sobre los individuos y los modifica fundamentalmente. Transforma_a_espectadores que están aplastados por su carácter no esencial, en actoresjjrivilegiados: los magníficos reflectores de la historia se dirigen hacia ellos. Ocasiona un nuevo ritmo en la existencia, ritmo que se debe a hombres nuevos que poseen un nuevo lenguaje y una nueva humanidad. La descplqnjz^iónj^Ia^crjaci^^ 1968:36). ^,,,

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En el texto de Fanón queda claro que los "hombres" dependen del género: por ejemplo, tienen esposas (p. 92). La famosa defensa que Fanón hace de la violencia como el crisol de la sociedad poscolonial es, entonces, ' una agenda para construir un tipo particular de masculinidad. Esto puede verseconcretamente en los casos en que la lucha ha funcionado como un ámbito en el cual se da forma al género, por ejemplo, en la resistencia palestina a la ocupación israelí del banco occidental (Peteet, 1994). Ahí, la violencia de la ocupación y de la resistencia cambió las condiciones en las cuales la masculinidad se construye. Los hombres viejos no tienen ya autoridad en el proceso; es más, los jóvenes son los dirigentes. Los niños y los jóvenes establecen sus identidadesyexigendírigírala colectividad; las palizas y el encarcelamiento por parte de las fuerzas de ocupación se convierten en ritos de paso para ]os_galestinos jóvenes. En Sudáfrica, la lucha armada emprendida por los "carneradas" a nombre del ANC (Congreso Nacional Africano, por sus siglas en inglés) produjo una generación de hombres jóvenes acostumbrados a la violencia y la acción independiente, sin ningún tipo de educación formal ni experiencia laboral regular (Xaba,

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2001); incluso, tra£2ajgu£T£a¿>nwcJi^ erarse a la sociedad posterior aiapartheid. No debemos entonces menos••¿¡¿««.^^^.^^«^^-..««••••«••«•¿wswsswaM»^^ preciar el trauma personal implícito en las luchas anticoloniales —con. III- ul«lllffllll.«»w^»l«BSttM>*«BBMffifttB«a»»«B»«»B^M^^ nietos armados de escala menor, internos, con dimensión racial, rodeados gorjas comunidades chales que, además, tienen armas a su alcance.

LA RECONFORMACIÓN DE LAS MASCULINIDADES LOCALES EN LA GLOBALIZACIÓN

Debido a la presión ejercida por los mercados globales y los medios, así como por el deseo activo de participar en la economía y la cultura globales, las exigencias para el cambio se inscriben en el espacio de los órdenes de género locales. El resultado suele ser la reconstrucción de las masculinidaim^>>m^m™ww±wmm*Kmm®mm&»&*>m*a4Z*®&t®í&*«»xte^~''

La reconstrucción no sólo está en manos de los hombres. Como Fonseca (2001) y otros han enfatizado las: rnujgrgs,,.Ea,S!3MrLt!(;n^n_un PaPe^ activo en la conformación de las masculinidades. Tambiéniesmuypro^a^ 1 ble que la reconstrucción sea desigual. Los estudios de caso deTaga (2001) en hombres jóvenes japoneses de clase media lo muestran muy claramente. No todos los hombres reaccionan de la misma forma frente a la presión cultural ejercida por las mujeres para que se aparten de la masculinidad patriarcal japonesa "tradiqional". Es más, Taga identifica cuatro modelos contrastantes de respuesta, que van desde el rechazo al cambio hasta la transformación de la identidad. Una raaón importante por la cual el cambio es desigual es la complejidad interna de las relaciones de género. Es posible identificar por lo menos cuatro subestructuras (Connell, 2002). Examinjré la recons-^ trucción de las masculinidades en relación con cada una de estas sub-.a*.v^ »«^v*'^^w--w^fw^^ J I

Cá'aívistÓn clel_tTabaioJLa modernidad se caracteriza por considerar que eT/TOundo laboraTTse define culturalmente como un espacio de hombres. Enría mayor parte del mundo, el porcentaje de participación de los nombres en la fuerza laboral es mucho mayor que el de las mujeres (las principales excepciones son África occidental y los países que antes eran repúblicas soviéticas). Fuller (2001), al entrevistar a hombres peruanos de tres ciudades, encontró que la reputación y la autoestima masculinas de los adultos dependen principalmente del trabajo. Se considera que un hombre incapaz de mantener un trabajo regular no ha conseguido la masculinidad adulta plena. En este sentido, las ideas artraná^aTpoFloTeñtrevistados peruaños"~pueden percibirse en muchas partes del mundo.

Si bien las mujeres trabajan tanto como los hombres, para elfeénerojl lo importante es el tirjp de trabajo que se hace y el contexto en el cOatse desarrolla. De acuerdo con Holter (1997), la distinción estructural entre el traBajo doméstico, que no se paga, y la economía basada en el salario, determina el sistema de género moderno. En consecuencia, las configuraciones del trabajo asalariado son los fundamentos económicos de las masculinidades en ja economía capitalista. El ejemplo más famoso es la constitución del^coribjSjjjSjlarjadp" en el desarrollo económico japonés de principios del siglo XX (Kinmonth, 1981). Se trataba de un modelo de masculinidad de clase media adaptado a la estructura cíe poUer corporativa, que exigía adaptación y lealtad a cambio de seguridad y retribuciones posteriores muy altas. Sin embargo, si el proceso de desarrollo cambió las" masculinidadesj.! .yirjr¿uja|J^dj|jü^^^ con el tra-^ i asalariado, el rnisvmo,groceso hizo que las nuevas masculinidades fueeconomía mundial es turbulenta y está marcada por giros económicos que incluyen ascensos y depresiones, declives y crecimientes regionales. El desempleo de las masas debilita paulatinamente a-•••jbi* (0*jg<, V las masculinidades que se identifican con el "trabajo". En la actualidad, esta situación es muy común, tanto el resultado del declive de viejas áreas VíT industriales, por ejemplo, en el norte de Inglaterra, como la migración rural y urbana que resulta en el aumento explosivo de las fuerzas laborales subempleadas en ciudades como Nueva Délhí, Sgb Pauló o la ciudad de México. Él gran número'de mujeres que ahora están empleadas también debilita a las masculinidades que dependen del "trabajo". Este movimiento se desarrolla en todo el mundo y resulta de la emancipación de las mujeres, de su educación y de la necesidad económica de familias que no pueden depender sólo del salario de un hombre. " Investigaciones realizadas en varios países han documentado los cüestionamientos a las masculinidades de la clase laboral que resultan de esta situación: Gorman et al. (1993) en Canadá, Gutmann (1996) en México, O'Donnell y Sharpe (2000) en Gran Bretaña. Podemos considerar que se trata de una de las dinámicas principales del cambio en las masculinidades contemporáneas: hasta el "hombre asalariado" es vulnerable. Debido a que la seguridad que el mundo corporativo japonés proporcionaba disminuyó erólos noventa, este modelo de masculinidad se ha visto rodeado de sátira y ansiedad. En las discusiones de los medios de comunicación japoneses ha aparecido una nueva imagen del "hombre asalariado que escapápp* 20MCTN. ~------~---««-~~,~J £l mundo colonial y poscolonial, con el pretexto de la mod^oujiacjSS^dej^aS^Ja&JftyJaes, tiende aacabar,.conJasu~. ÚStsm¿S^£^l¿z!Sl^S£SÚQ,^£^S^asa^os en la subordinación y aislamiento

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extremos de las mujeres (Kandiyoti, 1994). Los hombres, con algunas excepciones (por ejemplo, Arabia Saudita y Afganistán bajo el régimen talibán), se han ajustado al cambio y la mayoría de ellos acepta la presencia de las mujeres en el espacio público (el voto, el derecho a trabajar, la autonomía legal). Una amplia investigación realizada por Zulehner y Volz (1998) muestra que djrecha_zp a los modelo^pjtriarcales de las relaciones dependientes del género es particularmentejuarte_entreJasjgeneraciones jóvenes de hombres alemanes, situación quejLajnbién se da en otros países. En casi todas las sociedades poscoloniales, el proceso de desarrollo dio forma a un espacio público ocupado por grandes organizaciones. Los hombres siguen teniendo puestos más importantes en organizaciones como los gobiernos, corporaciones, juzgados, ejércitos, iglesias, partidos políticos y asociaciones profesionales (Connell, 2002). En las instituciones estatales, los movimientos de mujeres que exigen igualdad de oportunidades de empleo, mayores servicios para el cuidado infantil, leyes que eviten la discriminación, entre otros, han expuesto cuestionamientos importantes a este dominio, aunque en el neoliberalismo, las instituciones del Estado tienden a disminuir, y el poder se desplaza hacia el mercado y las corpora' -A ciones. En este ultimo ámbito, el poder de los hombres permanece, lo que ^f sLSMSktllSSÍI!0 mostramos anteriormente) es la configuración de la masculinidad El colonialismo, la descolonización y la globalización propiciaron mutí** chas situaciones en las cuales el poder no se establece con firmeza, e imperan el conflicto y el desorden. Por ejemplo, las luchas relacionadas con el a-partheid en SuoSfrica produjeron una sociedad militarizada y armada, en la cual la posesión de armas y la violencia ligada a éstas se relacionan con la masculinidad (Cock, 2001). Waetjen y Maré (2001) muestran cómo el movimiento neoconservador Inkatha utiliza la violencia real (el asesinato y los golpes a los contrarios) y el simbolismo de la violencia (atracción hacia las tradiciones guerreras) para crear una identidad étnica y nacional para los hombres zulúes v vfa*^*) '^S|lf¿£!?^»S2S£.S?a^^'jOS modelos de vínculos emocionales, que a Vní^ menudoseconsideran como los más íntimos de todas las relaciones sociales, también se reconstruyen debido a las fuerzas sociales de gran escala. Bajo el colonialismo, los misioneros cristianos solían intervenir en contra de las costumbres sexuales indígenas que se oponían a su religión, especialmente contra las prácticas homosexuales y de cambio de género, y a las relaciones heterosexuales premaritales, indígenas. Por ejemplo, los misioneros, con el apoyo de las autoridades coloniales españolas, intentaron terminar con la tradición del/fardaje^) un tejcerjjénjgro, en América del
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En el r^J^^^oscploriial, el crecimiento del individualismo y la fractura de las comunidades causada por la migración han modificado los modelos tradicionales de formación de parejas heterosexuales. El proceso se ha desplazado del ámbito de la familia extendida ("bodas arregladas") _ al dsJíLSSIDE^Í6110'3 individual en un mercado dependiente del género. Las nociones dek^mor^jQrnántico" no sólo influyen a las mujeres jóvenes, también a los hombres jóvenes. Según un estudio de Valdés y Olavarría (1998), los cambios en este espacio parecen apuntalar la masculinidad actual de los jóvenes de las ciudades en Chile. Su malestar no incluye una crítica fundamental al modelo hegemónico de masculinidad, sino que se manifiesta en un sentimiento de aprisionamiento en roles familiares invariables. La sexualidad y las relaciones emocionales pueden también ser espacios en los que se registran mayores tensiones sociales. Ghoussoub (2000) subraya este proceso en Egipto, donde los rumores sobre la impotencia causada por ciertos productos químicos y la gran popularidad que han adquirido los manuales sexuales medievales, parecen ser los signos de una gran perturbación cultural en la masculinidad. Ghoussoub apunta que el estatus mayor de las mujeres en las sociedades árabes presenta serios problemas para los hombres cuyas identidades siguen basándose en nociones tradicionales del género. No parece, posible que ocurra una rupjmaradical en el -modelo de las relaciones emocionales provocada por el impacto de los modelos metropolitanos y urbanos dependientes del género. Por otra parte, la investigación entre los mazatecos de México se refiere más bien a cierta coexistencia (Pearlman, 1984); los hombres jóvenes que emigran a las ciudades para trabajar, al regresar traen consigo modelos urbanos de dominación masculina que se oponen a las relaciones dependientes del género, relativamente más equitativas, de esta comunidad, en donde las mujeres buscan su propio prestigio y construyen sus propias redes. Los hambres jóvenes no abandonan ninguno de los modelos; más bien, desarrollan la capacidad_de_cambiar_de código frente a diferentes públicos, por ejemplo, cuando tratan a mujeres mayores en vez'd'é^ otrosnombres jóvenes. La investigación reciente en los países metropolitanos que identifica a la masculinidad_ hegejiiónica como una práctica discursiva^ (Wetherell y Edley, 1999) muestra un proceso muy similar los hombres adoptan o se •" ' • 1 1 1 """ ••f" "*"* p**-y *~y *Y dJLslaflCJgn^^tratégicarnente del modelo hegemónico, dependiendo de lo que quieren en ese momento. También las identidades homosexuales se han vuelto más complejas. La investigación en Brasil (Parker, T98l>7^á~ídentincado múltiples modelos de prácticas sexuales e identidades sociales. Con el tiempo, la noción dejajdejjtjdjicja^^
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modelo médico y legal que se centra en el género de la pareja; a su vez, esta noción ha sido cuestionada por una identidad gay conscientemente más equitativa. El estilo gay norteamericano circula globalmente como la principal alternativa a la masculinidad heterosexual. Este proceso suele criticarse como una forma de imperialismo cultural, sin embargo, como Altman (2001) observa, basándose en su experiencia en Asia Sudoriental, la "globalización de las identidades sexuales" no sólo desplaza los modelos autóctonos, ya que éstos interactúan de manera compleja y generan nuevas identidades y muchas oportunidades en el desplazamiento de códigos. Simbolización. ÍJn casi todo el mundo, los medios de comunicación masiva siguen modelos norteamericanos y europeos, y las imágenes dependientes del género constituyen una parte muy importante de lo que circula. Por el contrario, imágenes "exóticas" que dependen del género se utilizan como productos de mercado para los países no metropolitanos. Por ejemplo, los anuncios de las aerolíneas de Singapur y Malasia presentan a sus ,aer,Qrnpzas,£Qrno. mujeres exóticas y sumisas. En el comercio sexual internacional, se utilizan estos mismos estereotipos, dependientes del género y de la raza, para ofrecer mujeres asiáticas a hombres norteamericanos y australoasiáticos (Cunneen y Stubbs, 2000). Es difícil pensar que se trata de una fantasía inofensiva, ya que el porcentaje de muertes por homicidio entre las mujeres filipinas en Australia —normalmente a manos de hombres no filipinos con los que se han casado o cohabitan— es casi seis veces mayor que el porcentaje "normal" de homicidios en el mismo país. Sería un error comparar una IrnodejiiJda^carjahjariLeJ con una '¡tc&ái^ ciónj'ambas se reconforman continuamente, como lo demuestra una investigación realizada en las empobrecidas comunidades de las Islas de Torres Strait, en la parte septentrional de Australia (Davis, 1997). El colapso de la industria marítima local durante los sesenta ocasionó el regreso de los hombres a la comunidad, lo cual favoreció, a su vez, que los rituales de iniciación de los muchachos, interrumpidos años antes, se recuperaran^ / con ciertas modificaciones: si antes estas ceremonias eran exclusivas, ahora [!/, se hacían públicas; no ocurría lo mismo con las ceremonias de las niñasj Entonces, resultó que la recuperación de la "tradición" construyó un modélo de masculinidad "moderna" localizada en el espacio público, mientras que la,feminidad.se ide0tific4,cor! el espacio privado. Al mismo tiempo, la exaltación de los héroes locales de las confrontaciones fronterizas en Torres Strait se relacionó con el culto nacionalista australiano a los soldados de la Primera Guerra Mundial. El significado de las "historias de héroes" se trasladó de la enseñanza de resolución de conflictos al énfasis de la identidad nacional. En ambos casos, la dimensión simbólica de la mas"~" ' \ I

culinidad se reconstruyó de una forma tal que la vinculó con la cultura de ¡ la sociedad angloaustraliana dominante.

LA POLÍTICA DE LA MASCULINIDAD EN DESARROLLO

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El orden de .Señero mundial privilegia mucho más a los hombres que a las JBUJsres. Aunque podemos mencionar numerosas excepciones locales, es fácil identificar el "dividendopatriarcar' que los hombres obtienen de manera colectiva..y.que proviene de percibir ingresos más elevados, tener mayor participación en la fuerza laboral, poseer más propiedades y acceso al poder institucional, sin incluir los privilegios culturales y sexuales. La investigación internacional sobre la situación de las mujeres (Valdés y Gomáriz, 1995) lo documenta ampliamente, aunque las consecuencias que todo esto tiene en los hombres han sido ignoradas. Tales dividendos no son equitativos para todos los hombres: algunos obtienen mucho y otros poco o nada. La dinárnica_del desarrollo constanteme_nie.m_odifica la escala de los beneficios dependientes del género, los costos que deben pagar (por ejemplo, ser blanco de la violencia) y las agrupaciones dependientes del género de los hombres. Ellos se ven tan afectados como las mujeres (aunque de maneras distintas) por la turbulencia del orden de género global. Lasdesigualdades.de las relaciones dependientes del_género grpducen resistencia y la principal presión para introducir cambios en este tipo de relaciones proviene de un movimiento feminista internacional (Bulbeck, 1998) que ha influido en los hombres de todo el mundo. Los hombres responden mediante distintos mecanismos, uno de ellos es la reafirmacjón de las jerarquías Ipcales dependientes del género, ppr ejemplo, en la política dependiente del género es común encontrar un modelo de "fundamentalismo" masculino, como en Sudáfnca (Swart, 2001) o Estados Unidos (Gibson, 1994). Otro mecanismo de respuesta está dado por un cambio en las actitudes pppulares frente a la igualdad de género, IP cual puede verse en la creciente aceptación de los hombres de la clase trabajadora respecto de las mujeres en el lugar de trabajo; también se observa en la aceptación expresa que la gente joven da a la idea de la igualdad de derechos para las mujeres. Aun así, el caoibip de SCtjtudes .no ne£ • kÍ9jáej^4£tic.a.,s.- Fuller subraya que, a pesar de los cambios de opinión entre los hombres peruanos, los espacios en los que las redes de solidaridad masculina se construyen y que garantizan el acceso a las redes de influencia, almn^as y apoyp, se reproducen a través de la cultura masculi\!

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de conquistas sexuales^ Estos mecanismos aseguran el monopolio de los hombres en la esfera pública (o por lo menos, el distinto acceso que tienen a la misma) y constituyen una parte fundamental del sistema de poder en el cual se fragua la masculinidad * (Fuller, 2001: 325). JHilSi8(í(a*ft~^,~---.,V-.~, .,-,~»,~» ~— ' ' ~~-Esta recuperación práctica del cambio de género parece ser una respuesta más difundida que el fundamentalismo masculino y, además, tiene el apoyo del neoliberalismo. Al aplastar a las instituciones del "bienestar" que trarisfieren^el^ingreso a las mujeres, y al desplazar el ingreso y el poder al mercado y a las .corporaciones. Jasjjolíticas económicas neoliberales restauran. lo^Mden^gsj^riarcales sin seguir ninguna política"~9e mascuHmdad>exg/tó|fl^m^^^^ü^"T^^"^^^^s. Las estrategias de"3esarroflo neoJib,erales,SQriNfintp.n.ctes. Mna.swerte de rutas reaccionarias de las relaciones dependientes dejjjénero,^,a,pesaj.de.j^arjarente "modernidad". La alternativa más importante que dan los hombres a la política dependiente del género fundamentalista y a la neoliberal es el movimiento /JStj&por la igualdad de género. El ejemplo más conocido es el déToTTíomDTe? ^****^"profeministas" en Estados Unidos, como los del grupoJWMA^Organización Nacional de Hombres en contra del Sexismo, por sus siglas en inglés), existente desde principios de los ochenta. Originada en Canadá, la exitosa campaña del "listón blanco" es un movimiento de oposición a la violencia de los hombres en contra de las mujeres, que ahora ha trascendido al plano internacional (Kaufman, 1999). Movimientos, grupos y agendas como ésta existen en muchos países, desde Australia (Pease, 1997) y México (Zingoni, 1998) hasta Rusia (Sinelnikov, 2000). Las cuestiones a las que se refieren pueden verse claramente en la conferencia del movimiento de los hombres japoneses, en Kyoto, en 1996, que incluyó sesiones sobre juventud, cuestiones gay, laborales, cuidado infantil, corporales y de comunicación con las mujeres, además de la globalización del movimiento de los hombres (Nakamura, 1997). Estéis grupos suelen ser pequeños y con una existencia muy corta, sin embargo, han mantenido una presencia constante en la política dependiente del género desde los setenta y han construido un cuerpo de experiencias e ideas. Recientemente, algunas agencias internacionales, incluidos el Consejo de Europa, la UNESCO (Breines et al., 2000) y FLACSO (Valdés y Olavarría, 1998), patrocinaron las primeras conferencias para discutir acerca de lo que implican las nuevas perspectivas para la masculinidad e incorporarlas a las políticas públicas. En 2001, la agencia de desarrollo de la igualdad de género, UN-INSTRAW, realizó el primer seminario internacional, basado en la Red, que discutía la masculinidad y la violencia. Una limitación de estos movimientos de hombres que buscan la igualdad de género es su desconexión de las comunidades y los movimientos de

la clase trabajadora. Parte del problema radica en que los debates acerca de la política de masculinidad se han centrado principalmente en lo que ^Íferf.S£'a_aÍ2L¿OIBkres™e 'as muJ?í5s' Hasta un critico tan inteligente como White (2000), en una discusión reciente sobre la inclusión de los hombres y las masculinidades en los programas de "género y desarrollo", se preocupa po_r|a_amenaza de la política de igualdad de género feminista Y íjeljjeligro 4s kS£SL3iLS,'sL?n,^£'a. $e otras luchas se enfoque en el desarrollo capitalista, De esta manera, el debate tiende a ignorar los intereses que comparten los hombres y las mujeres de una comunidad determinada. Los intereses de la clase trabajadora en los procesos de desarrollo son básicamente intereses colectivos: por ejemplo, lograr al máximo la repartición del trabajo en los ingresos nacionales, invertir en la industria laboral intensiva (en lugar de la que reemplaza el trabajo), promover que la educación y la salud públicas atiendan a más personas e invertir en infraestructura urbana (habitación, agua y otros). Es difícil formular una agenda como ésta en un lenguaje que sólo alude a la diferencia entre los hombres y las mujeres. Por su parte, para la investigación sobre la masculinidad y para los movimientos de reforma de la masculinidad ha resultado complicado centrarse en cuestiones de desarrollo. El problema sólo puede resolverse con una aproximación a las relacioLnes dependientes del género (Connell, 2000) que muestre cómo las mujeres y los hombres participan de maneras distintas (y como consecuencia de las estructuras de género) en los procesos sociales, ^ munes^stos procesos incluyen lareproduccion yeTcuiaaaomrannf7eTttarjá|o social, la administración de la vida comunitaria y la interacción entre las comunidades y su medio ambiente. El activismo en estas cuestiones debe considerar las diferentes posiciones que ocupan los hombres y las mujeres en el trabajo, en la crianza infantil, en íavida de la comunidad; asimismo debe reconocer los ámbitos donde se producenjc¿j:ojifjictp¿enraizados profundamente en el_géne_g5, por ejemplo, laVjolencia domésticaj>el acceso a la propiedad, laQiomofobia^' el control de la sexualidad Detectar las cuestiones de los hombres y la masculinidad no resolverá por arte de magia los problemas del desarrollo. A corto plazo, hará que estos problemas parezcan más complejos. SiQLejr£bajgo_J,ya cjue.lasT,cuestione¿_de_de_sarrollo se_relacionan con la estructura de la sociedad global, lo que discutimos en este trabajo no podrá evitarse. Cuando reconozcamos el significado que tienen las relaciones de género en la formación de identidades sociales y la conformación de las comunidades, las cuestiones relacionadas con las masculinidades se volverán .relevante^ para las fuerzas involucradas en la'política de desarrollo j-egional y^local, incluyen-

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do la comprensión de las estructuras de poder. Por lo tanto, la investigación social y científica de las masculinidades pue^^jrjinjiJiej^arjQignta^ rnyy4fapftrtante para dar el primer paso hacia Injusticiadegenero en el /desarrollo. \A

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