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Células
de
Koinonía
Una estrategia hogareña
para aprovechar
la cosecha final.

Pastor Salvador Sabino


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L a misión de EDITORIAL VIDA es proporcionar los


recursos necesarios a fin de alcanzar a las personas para
Jesucristo y ayudarlas a crecer en su fe.

© 2003 Editorial Vida


Células de Koinonía
«Células de Koinonía» Copyright © 1999
por Salvador Sabino

Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial


sin la previa autorización de los editores.

A menos que se indique lo contrario, todas las citas fueron tomadas de la


versión Reina-Valera, revisión de 1960.

Diseño de cubierta: KALEIDOSCOPE Studio


Diseño de interior: Bravo GD, Corp.

ISBN: 0-8297-3830-4

Categoría: Vida Cristiana / Crecimiento

Impreso en Estados Unidos de América


Printed in the United States of America

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Dedicado

al

líder de célula

que enseña y predica a Jesucristo


«...por las casas...»
para aprovechar la cosecha final.
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ÍNDICE
Páginas
Introducción 9

PARTE I LA VISIÓN 11
1. VISIÓN EVANGELÍSTICA GENERAL DE DIOS 13
2. VISIÓN EVANGELÍSTICA HOGAREÑA DE DIOS 25

PARTE II LA REVELACIÓN 51
3. CONCEPTOS DE LAS CÉLULAS DE KOINONÍA 53
4. EQUIPO DE TRABAJO 73
5. REUNIONES DE LAS CÉLULAS DE KOINONÍA 87

PARTE III LA MULTIPLICACIÓN 99


6. MULTIPLICACIÓN DE LAS CÉLULAS 101
7. CONSERVACIÓN DE RESULTADOS EN LA IGLESIA CELULAR 125
8. IMPACTO DEL CRECIMIENTO DE LAS CÉLULAS 139
9. DECADENCIA Y RESTAURACIÓN DE LAS CÉLULAS 153

PARTE IV LA SUPERVISIÓN 169


10. SUPERVISIÓN Y PARTICIPACIÓN DEL PASTOR 171
11. OBSTÁCULOS QUE ENFRENTA EL PASTOR 183
12. LOS LÍDERES: GENTE QUE ALIVIA LA CARGA DEL PASTOR 199

Conclusión 209
Apéndices: 215
Planillas 216
Respuestas de talleres 224
Bibliografía 230
Acerca del autor 233
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Células
de
Koinonía
Una estrategia hogareña
para aprovechar
la cosecha final.

Pastor Salvador Sabino


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Introducción
«Las eras se llenarán de trigo, y los lagares rebosarán de vino
y aceite», declaró el vidente señalando proféticamente un
tiempo de total abundancia (Joel 2.24). ¡Se acerca el mayor
crecimiento que la iglesia haya experimentado jamás! «Alzad
vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para
la siega» (Juan 4.35).

¿Está la Iglesia involucra para un crecimiento de tal escala?


¿Cómo podría aprovechar la cosecha final? Respondiendo a este
desafío, iglesias a través de los diferentes continentes están
implementando la estrategia de distribución recomendada por
Jetro: «Escogió Moisés varones de virtud de entre todo Israel, y
los puso por jefes sobre el pueblo, sobre mil, sobre ciento, sobre
cincuenta, y sobre diez» (Éxodo 18.25).

Tal estrategia envuelve a cada integrante de una entidad en


la comunión, colaboración y participación necesaria para llevar
a cabo sus metas, propósitos y objetivos. El sistema de distri-
bución que involucra a los grupos pequeños se extiende aun a
entidades seculares, gubernamentales, terroristas, comerciales,
etc.

Los expertos predicen que la guerra contra el terrorismo será


más difícil después del ataque del 11 de septiembre del 2001,
donde las Torres Gemelas de la ciudad de Nueva York fueron
derribadas, porque «la red terrorista Al-Qaeda está distribuida
en células de cuatro a cinco integrantes cada una, en más de
cincuenta países», comentó Colin Powell, ex general y secretario
de estado de EE.UU.

El Pentágono declaró que «fuerzas especiales», o «grupos


especializados», se encargarían de «cazar a los terroristas en
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sus propias cuevas». Esto se haría en lugar de las actividades


convencionales de un magno ejército invasor. Estamos
experimentando «la guerra celular de los últimos días».

De igual manera, muchas empresas usan un sistema de


distribución por medio de grupos pequeños de representantes,
para sacar mejor provecho de los elementos de toque personal,
alcance y motivación necesarios para llevar sus productos a la
puerta del cliente. Amway y Avon son: entre otras compañías
que distribuyen productos caseros, ejemplos de esta clase de
servicio.

Hoy día las iglesias más crecientes del mundo son aquellas
que distribuyen sus congregaciones en grupos pequeños, para
llevar a cabo la Gran Comisión al mismo nido de la familia: el
hogar. Este libro trata de la estrategia de distribución que
emplearon Moisés (Éxodo 18.25), David (2 Samuel 18.1) y
nuestro Señor Jesús (Marcos 3.14; Lucas 10.1,5), entre otros.
¡Esta es la misma estrategia de los discípulos de iglesias
crecientes de ayer y de hoy! «Todos los días, en el templo y por
las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo»
(Hechos 5.42). «Nada que fuese útil he rehuido de anunciaros
y enseñaros, públicamente y por las casas» (Hechos 20.20).

La Iglesia continúa celebrando reuniones masivas en


templos, estadios y coliseos, como lo ha hecho siempre, pero
ahora añade la estrategia más penetrante de los siglos:
reuniones hogareñas para aprovechar la cosecha final de almas,
y conquistar su comunidad para gloria de Dios.
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PARTE I
LA VISION
Dios confía su visión a su Iglesia

20/20
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Capítulo 1

Visión evangelística
general de Dios

D
ios tiene una visión: Una casa llena: «Ve por los
caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar,
para que se llene mi casa» (Lucas 14.23, énfasis
añadido). Sin duda, la voluntad de Dios es que las ovejas
retornen al redil, y que cada miembro de la Iglesia parti-
cipe en este plan de rescate. El corazón del Señor gime
porque se cumpla su visión. Él «quiere que todos los hom-
bres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad»
(1 Timoteo 2.4). Él quiere «que ninguno perezca, sino que
todos procedan al arrepentimiento» (2 Pedro 3.9). Por
esto Dios ha confiado su visión a su Iglesia. Esta lleva
sobre sus hombros el peso de la visión de Dios. Como por-
tador del mensaje del Creador, todo creyente tiene la res-
ponsabilidad de transmitir a otros ese mensaje. Sin
embargo, ¿qué está sucediendo con el creyente de hoy?
En los Estados Unidos hay en la actualidad cerca de ocho-
cientos mil ministros que trabajan a tiempo completo;
también existen alrededor de cincuenta mil misioneros,
más un alto número de personas que creen tener el don
1
espiritual para evangelizar.
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Al parecer la gran mayoría de creyentes piensa que


el trabajo de la evangelización pertenece exclusivamente
a estos esforzados líderes. Un conocido evangelista expre-
só lo siguiente al analizar la temática: «Sabemos que si
celebramos una cruzada por noche, en la cual se salven
cien mil personas, esto solo bastaría para alcanzar la
2
mitad del incremento diario de la población mundial.»
¿Qué habría sucedido si la iglesia primitiva hubiera de-
pendido exclusivamente de doce hombres? ¿Qué habría
sucedido si la iglesia primitiva hubiera dependido única-
mente de grandes campañas? ¿Qué hizo la iglesia primi-
tiva para difundir el evangelio en el mundo conocido?
Un análisis minucioso del libro de Hechos y de las
epístolas paulinas presentaría un panorama evangelístico
extraño para la gran mayoría de creyentes de este siglo.
¿Por qué extraño? Porque como líderes hemos fallado en
enseñar al pueblo la genuina voluntad de Dios, revelada
en las Sagradas Escrituras en cuanto al valor de un alma.
Dios quiere que cada discípulo anuncie su plan de salva-
ción: «Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será
salvo. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han
creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído?
¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo pre-
dicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán
hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los
que anuncian buenas nuevas!» (Romanos 10.13-15).
Hoy día se entrena al creyente para que sirva a
Dios dentro de las cuatro paredes del templo. La visión del
Señor es que cada miembro participe en su plan de resca-
tar almas. Apocalipsis 12.4b dice: «El dragón se paró
frente a la mujer que estaba para dar a luz, a fin de devo-
rar a su hijo tan pronto como naciese.» Satanás espera el
nacimiento de una visión, y está listo para devorarla. Él
fue quien instó a Faraón a la gran matanza de niños
hebreos, para que Israel no recibiera a su libertador
Moisés (Éxodo 1.15-16; 2.1-19). Él fue quien usó a
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Herodes El Grande en el horrendo infanticidio de su


época, en un intento por evitar que el mundo recibiera a
su Salvador, Jesús (Mateo 2.16). Él es quien ciega «el
entendimiento de los incrédulos para que no les resplan-
dezca la luz del evangelio» (2 Corintios 4.4) y quien ha
tratado todo este tiempo que la iglesia local pase inadver-
tida, y haga caso omiso de la visión y del plan de Dios.
Amigos, «alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque
ya están blancos para la siega». La trompeta está sonan-
do «para hacer mover los campamentos» de la Iglesia de
Cristo (Números 10.1). ¡La visión de Dios es una casa
llena, que el evangelio sea predicado en todo el mundo y
su plan es que todo el cuerpo de Cristo, la Iglesia comple-
ta (cada miembro, y no un número exclusivo de minis-
tros) lleve a cabo la misión de proclamar su evangelio a
todo el mundo!
Cinco de las veinte iglesias más grandes del
mundo están ubicadas en Seúl, Corea. ¿Qué están hacien-
do estas cinco iglesias para llegar a producir un impacto
tan grande en el mundo entero, desde una misma ciudad
en un país del llamado tercer mundo? Estas iglesias han
descubierto la respuesta en el libro de los Hechos; es decir,
han descubierto que el Dios que da la visión también da
el plan de trabajo. Dado el hecho de que la iglesia más
grande del mundo cuenta con un edificio principal de una
capacidad de alrededor de solo veinticinco mil sillas,
¿cómo es que reporta una membresía de más de medio
millón de miembros? La respuesta está en que la Mega
iglesia Yoido del Evangelio Completo, cuyo pastor es el
Dr. David Yonggi Cho, conduce reuniones hogareñas en
las casas de los creyentes, como lo hacían los miembros
de la iglesia primitiva. Entienden que en estas reuniones
hay intimidad, y también que de esta manera cada miem-
bro tiene la oportunidad de estar activo en la obra de
evangelización.
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El propósito de este libro es presentar la visión de


Dios, para que la iglesia incorpore el sistema de células;
de este modo los grupos motivan la actividad propia de
cada miembro. A nivel de equipos presentan a Cristo por
las casas, para alcanzar la ciudad, la nación y el mundo
entero con el evangelio de Jesucristo.
Antes de presentar la revelación de las células de
koinonía es necesario que conozcamos a fondo los aspec-
tos particulares de la evangelización.

DIOS INCLUYE LA EVANGELIZACIÓN


EN SU PLAN DE SALVACIÓN

¿Qué es evangelización?

En su Guía de estudio de evangelización personal,


John Hembree da una excelente definición práctica: «Evan-
gelización es la acción, abierta o pasiva, de presentar a
Jesucristo como Salvador personal a quienes no lo cono-
3
cen.»
Presentar a Jesucristo, o compartir su mensaje, es
un elemento muy importante en esta definición. Hay una
gran diferencia entre dar y recibir. Alguien puede dar algo
y permanecer distante y desasociado. Sin embargo, cuan-
do se comparte existe una interacción entre quien da y
quien recibe. Por ejemplo, hay una diferencia entre dar
una manzana y compartirla. Para compartirla es necesa-
rio que tanto el que da como el que recibe coman de la
misma manzana; o sea, que quien la comparte, le da una
mordida y se la pasa a quien la recibe, este a su vez le da
un mordisco y la devuelve a quien se la dio. De esta
manera, la evangelización tiene que ver con compartir el
mensaje de Cristo, y no solamente con lanzarlo para ver si
alguien se atreve a morder.
Otra definición clave es la que da el arzobispo
William Temple: «Evangelización es presentar a Jesucristo,
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con el poder del Espíritu Santo, para que los hombres con-
fíen en él como Salvador y le sirvan como Señor en la
comunión de la Iglesia.»

¿Por qué debemos evangelizar?

Evangelizamos porque Jesús quiere que exprese-


mos su amor al mundo. Él quiere que quienes le hemos
conocido mostremos nuestro amor hacia él y también
hacia el prójimo, llevando su mensaje de reconciliación,
para que el hombre vuelva a Dios Padre y restituya su
relación con él. Evangelizamos porque Jesús nos envía a
hacerlo. En Juan 20.21, mientras hablaba con los discípu-
los (excepto con Tomás), Jesús comisionó a los apóstoles,
diciendo: «Como me envió el Padre, así también yo os
envío.» En el aposento alto, una semana más tarde, dijo a
los discípulos: «Id, y haced discípulos a todas las nacio-
nes, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y
del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las
cosas que os he mandado» (Mateo 28.19-20). Cuarenta
días después de haber resucitado, mientras estaba en
Jerusalén, Jesús dijo a sus discípulos: «Así está escrito, y
así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de
los muertos al tercer día; y que predicase en su nombre el
arrepentimiento y perdón de pecados en todas las nacio-
nes, comenzando desde Jerusalén» (Lucas 24.46-48).
Finalmente, en el Monte de los Olivos, dijo: «Recibiréis
poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu
Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en
Samaria, y hasta lo último de la tierra» (Hechos 1.8).
Evangelizamos porque Jesús nos envía a hacerlo, y por-
que le estamos agradecidos. La evangelización es un acto
de obediencia y gratitud.

¿Cómo hemos de evangelizar?


En los pasajes citados, ya el Señor ha dicho cómo hemos
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de compartir su mensaje: predicando (Marcos 16.15),


enseñando (Mateo 28.19) y hablando de él (Hechos 1.8).
Es importante notar que estas tres expresiones, aunque
diferentes, tienen el mismo propósito: presentar a
Jesucristo como único Salvador. Puesto que durante el
desarrollo de la Iglesia el uso de estas expresiones ha ser-
vido para señalar diferentes maneras de comunicar a
Cristo, es necesario declarar que la palabra «predicad»
(kerusso) se usa en Marcos 16.15 para describir al predi-
cador que comunica el mensaje como heraldo. Tradi-
cionalmente «el evangelista tiene el llamado a predicar».
La palabra «enseñándoles» (didasko), usada en Mateo
28.20 se usa con relación a quienes educan a nuevos con-
vertidos, y a los creyentes en general; además, se dice de
quien enseña que «tiene el llamado de maestro.» Esta es
una de las muchas razones por las cuales el evangelio no
se está esparciendo en la forma, y con la magnitud, con
que se debería difundir. La gente en general cree que sola-
mente los «ministros del púlpito» tienen la responsabili-
dad de llevar el evangelio. ¿Pero qué se dice de los testi-
gos (martur) de Hechos 1.8? ¿Quiénes son? ¿Envió Jesús
a evangelizar solamente a los apóstoles?
La palabra martur, raíz griega de la palabra «már-
tir», en su sentido etimológico indica a alguien que sufre
y que da su vida por sus creencias. Por tanto, testigo es
aquel que da testimonio de Cristo: alguien que ve, vive y
experimenta a Cristo, alguien que puede presentar evi-
dencia. Quizás no todos tenemos la habilidad de predicar
desde un púlpito, ni de enseñar en un salón de clases;
pero todos podemos hablar de Cristo, porque tenemos evi-
dencia de la salvación en nosotros. Todo el que conoce al
Señor tiene esta evidencia: «El Espíritu mismo da testi-
monio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios»
(Romanos 8.16). «Él estableció a doce, para que estuvie-
sen con él, y para enviarlos a predicar» (Marcos 3.14).
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¿Dónde debemos evangelizar?

Analicemos el siguiente cuadro:

Texto Acontecimiento Personaje Primer lugar


de predicación
Marcos 5.19 Liberación y comisión Gadareno Decápolis
Hechos 1.8; 2.4 Bautismo en el Espíritu Discípulos Jerusalén
y comisión
Hechos 13.2-4 Llamamiento y comisión Bernabé Chipre
Aplicación Salvación y comisión Creyente Su pueblo

En la ciencia de la hermenéutica, la interpretación


busca contestar la pregunta ¿qué quiere decir este ver-
sículo? La aplicación, por otro lado, busca contestar la
pregunta ¿qué tiene que ver este versículo conmigo? La
interpretación de Lucas 5.19 y Hechos 1.8; 13.2-4 esta-
blece el principio de que cada una de estas personas dio
testimonio de Cristo en su pueblo natal. La aplicación
indica que el creyente es responsable de predicar a Cristo
en su «Jerusalén»; es decir, en su propio pueblo, barrio,
casa y familia. ¿Quiere decir esto que cada creyente debe
predicar únicamente en su pueblo? De ninguna manera;
la predicación debe ser local, pero con una visión global.
El propósito de Cristo es que empecemos en Jerusalén
(familiares y demás conocidos), luego en Judea (parientes
y conocidos lejanos), en Samaria (nuestros supuestos
enemigos) y hasta lo último de la tierra (los desconoci-
dos). Jesús quiere que empecemos en nuestra casa, con
miras a terminar en las naciones que él ha recibido por
herencia (Hechos 1.8; Salmos 2.9a).