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CENTRO SUPERIOR DE ESTUDIOS DE LA DEFENSA NACIONAL

MONOGRAFÍAS
del
CESEDEN
70
IX JORNADAS DE HISTORIA MILITAR

DE LA PAZ DE PARÍS A TRAFALGAR


(1763-1805). LAS BASES
DE LA POTENCIA HISPANA

MINISTERIO DE DEFENSA
CENTRO SUPERIOR DE ESTUDIOS DE LA DEFENSA NACIONAL

MONOGRAFÍAS
del
CESEDEN
70
IX JORNADAS DE HISTORIA MILITAR

DE LA PAZ DE PARÍS A TRAFALGAR


(1763-1805). LAS BASES
DE LA POTENCIA HISPANA

Abril, 2004
DE LA PAZ DE PARÍS A TRAFALGAR (1763-1805).

LAS BASES DE LA POTENCIA HISPANA


PRESENTACIÓN
PRESENTACIÓN

La Comisión Española de Historia Militar (CEHISMI) dentro del ciclo "De la Paz de
París a Trafalgar (1763-1805). Las bases de la potencia Hispana", organizó las
conferencias que ahora presentamos y que fueron pronunciadas en el paraninfo del
Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional (CESEDEN) entre los días 24 y
27 de noviembre de 2003.

La jornada inaugural fue presidida por el director general de Relaciones


Institucionales de la Defensa, don Jorge Hevia Sierra, que en su intervención resaltó
la importancia de estas actividades y expuso el programa de investigación histórica
que está desarrollando el Ministerio de Defensa.

El teniente general, don Domingo Marcos Miralles, presidente de la CEHISMI y


director del CESEDEN, pronunció un discurso de bienvenida a los asistentes,
presentación de los conferenciantes e introducción al tema.

Se abrieron las Jornadas con una conferencia del embajador de España, don Julio
Albi de la Cuesta, que dio una visión ajustada de los Ejércitos españoles en las
posesiones americanas, trazando un cuadro muy comprensible para imponer al
auditorio en las diferencias entre tropas reales, criollas, virreinales, etc. y terminó
enjuiciando las guerras de emancipación.

El segundo conferenciante, el doctor en Historia, don José Luis Terrón Ponce,


explicó las reformas militares del reinado de Carlos III; deteniéndose en aspectos tan
importantes como el de la famosa pugna entre militares y golillas. Explicó la
gestación de las Ordenanzas de 1768, vulgo de Carlos III. Se ocupó también de la
reforma de la Artillería y de la creación de la Academia de este Cuerpo. Dio una
visión amplia sobre los oficiales fruto de estas reformas y sobre los cambios de
mentalidad habidos en aquella época.

El coronel don Fernando Puell de la Villa, abundó en el tema americano y en la


visión que sobre la conducción política y militar de los negocios de nuestras vastas
posesiones tenía el conde de Aranda, del cual destacó su personalidad como militar,
como capitán general que fue de los Reales Ejércitos, como experto estratega y
como diplomático.

Finalizaron las Jornadas con una atractiva mesa redonda, en la que el coronel don
Emilio Herrara Alonso y los antiguos oficiales del Ejército del Aire, don Ramón
Marteles López y don Rafael de Madariaga Fernández, expusieron el devenir
histórico de la Aviación española, adentrándose en una historiografía novedosa y
atractiva.

El teniente general don Domingo Marcos Miralles cerró la sesión de clausura con un
discurso en el que resaltó los aspectos más interesantes de las conferencias
recibidas.

.
PRIMERA CONFERENCIA

LAS GUERRAS DE EMANCIPACIÓN

DE AMÉRICA
LAS GUERRAS DE EMANCIPACIÓN DE AMÉRICA

Julio Albi de la Cuesta*

Gracias por esta oportunidad de dedicar unos minutos a un periodo de nuestra


historia militar injustamente olvidado, como tantos otros. Como saben, se ha dicho
que Gran Bretaña adquirió su Imperio en un momento de distracción. Al repasar la
bibliografía española sobre las guerras de América, uno se siente tentado de decir
que perdimos ultramar también en un momento de distracción, tan escasos son los
estudios dedicados a una etapa, tan brillante, sin embargo, en la historia de nuestro
Ejército.

Una vez más, hemos dejado que otros escribieran nuestra historia. Así como en
Iberoamérica se han dedicado bibliotecas enteras a analizar aquellas campañas,
recogiendo, como es natural, su punto de vista, en España apenas se ha producido
nada en la materia, de forma que la perspectiva que se ha impuesto es, pues, la del
otro lado del Atlántico, no la de esta orilla.

Un fenómeno similar se ha producido respecto a nuestra guerra de Independencia.


La producción española es prácticamente nula, comparada con la británica, con
cientos de volúmenes dedicados a las hazañas de Wellington, de forma que la visión
que existe de esa época es la británica sobre la llamada guerra de la Península, algo
muy diferente de la guerra de Independencia de España.

Una última digresión, antes de entrar en materia. La dirección de este cursos me ha


sugerido que modifique ligeramente el contenido de mi intervención. En efecto,
según el título que aparece en el programa, debía ésta versar sobre las guerras de
emancipación. Pero, como se me ha señalado, salía así del marco cronológico fijado
para estas Jornadas. La observación es, sin duda, acertada, por lo que propongo
adelantar, por así decirlo, mi exposición al siglo XVIII, lo que puede tener la ventaja
añadida de ofrecer una mejor perspectiva de aquellas campañas ya que, al menos al
principio, el Ejército que participó en ellas era el formado en el mencionado siglo
XVIII.

Es un hecho indiscutible, pero a veces olvidado, que la conquista de América no es


obra del Ejército como tal, es decir, de unidades permanentes, con una orgánica
determinada y englobadas en una estructura anterior. Al contrario, la conquista la
realizan grupos de hombres que siguen a un caudillo, que les da una organización
ad hoc, que sólo dura tanto como la empresa a realizar. Culminada ésta, “la hueste
indiana”, como se ha llamado a estas fuerzas, se disuelve. Sus componentes se
asientan como encomenderos, mineros, comerciantes o se alistan en otra
expedición, sin dejar tras de sí una estructura militar estable.

De ahí que, una vez terminada la conquista, en América no exista ninguna


organización militar propiamente dicha. Ante los ataques, la población toma las
armas, para luego retomar a sus ocupaciones habituales. Ello da lugar a situaciones
tan peculiares, como las de aquel puerto defendido por un fraile artillero y su
esclavo negro.

Una excepción es el caso de Chile, por ejemplo, donde, ante la agresividad de los
araucanos, se forman unidades permanentes en la frontera, pero no es ese el
modelo generalizado en las Indias.

Desde luego, esta fórmula se revela totalmente inadecuada, cuando los ataques
enemigos aumentan en intensidad, en frecuencia y en efectivos. La solución a la que
se apela es construir paulatinamente un sistema de fortificaciones, con mínimas
guarniciones, esas sí verdaderamente militares. Pagadas por el rey y constituidas
por soldados, y no ya por aventureros. Al tiempo, su acción se complementa, para
casos puntuales, con contingentes de tropas enviados desde España, que van a
ultramar para una operación concreta (por ejemplo, la expedición de Menéndez de
Avilés a Florida), pero que, terminada esta, regresan.

El precario sistema se mantiene hasta bien entrado el siglo XVIII, aunque


ligeramente reforzado, ya que a partir del año 1719 se empiezan a crear unidades
tipo batallón en algunos lugares especialmente vulnerables. La victoriosa defensa de
Cartagena en 1741, en la que intervienen, entre otras, unidades de refuerzo venidas
de España y el fijo de la plaza responde a este modelo.

Pero en el año 1762 se produce el gran aldabonazo que saca a la luz las enormes
limitaciones del mecanismo. Ese año se pierden, simultáneamente. La Habana y
Manila, lo que demuestra la imperiosa necesidad de buscar una nueva fórmula, para
hacer frente a las crecientes amenazas.
El sistema al que se llega es lo que en otro lugar he llamado el modelo defensivo
borbónico, que paso a describir ya que, ligeramente modificado, subsiste hasta los
primeros años de las guerras de emancipación.

Evidentemente, la solución ideal era, sobre el papel, fácil. Bastaba con guarnecer las
Indias con tropas del Ejército. Pero ello era imposible. Una característica de la
España de los siglos XVI y XIX es que nunca tuvo los hombres necesarios para
defender su Imperio. De ahí, el recurso sistemático a unidades “extranjeras”,
utilizando esta descripción para designar a tropas no reclutadas en la península
Ibérica.

Así pues, los reformadores del XVIII tienen que partir de la escasez de unidades
regulares, de “la diferencia entre lo conveniente y lo posible”, en palabras de un
contemporáneo. Estiman, sin embargo, que no cabe renunciar totalmente a ellas.
Optan, por consiguiente, por destinar un número de ellas, necesariamente limitado,
al servicio en América. Pero en ultramar las unidades sufren un desgaste terrible,
por las enfermedades y la deserción, principalmente. Se establece, por consiguiente,
un mecanismo de noria. Los batallones que van a Indias permanecen allí tres o
cuatro años, y regresan a España, tras ser relevadas por otras similares.

Desde luego, en caso de guerra, y como siempre se había hecho, está previsto el
envío de contingentes de estas tropas (en total, se ha calculado que entre los años
1760 y 1800 se enviaron unos 45.000 hombres a América, la mitad de ellos para
operaciones puntuales).

Pero aún el sistema de noria era caro, por el elevado coste en hombres y tiempo de
los viajes entre España y ultramar que suponía.

No obstante, con noria o sin ella, se sabe que nunca se podrán enviar las suficientes
para asegurar por sí solas la defensa de aquellos territorios inmensos. Como mucho,
podrán actuar como lo que los alemanes llamarían en la Segunda Guerra Mundial
“ballenas de corsé”, es decir, como elementos que dan solidez al sistema, pero
hacía falta más fuerzas.

Se acude entonces a organizar unidades regulares y permanentes americanas,


destinadas exclusivamente a la defensa de aquellas tierras. Son las llamadas
unidades fijas que se crean en los distintos territorios. Se acude para constituirlas a
una gran variedad de métodos. Alguna fue levantada entera en España y mandada a
América; otras, se constituyen alrededor de un núcleo de veteranos de unidades
regulares que regresan a Europa. Incluso se acude al anticuado sistema de la
contrata.

Pero, de nuevo, limitaciones del personal disponible y presupuestarias no permiten


que se formen tantas como es preciso (por ejemplo, en toda la Capitanía General de
Guatemala se levanta un solo batallón). Para dar una idea de la importancia de las
mismas, se puede señalar que en el año 1771, por ejemplo, existían en Indias
16.000 hombres pertenecientes a unidades fijas y 10.000 a tropas del Ejército
regular.

La solución es completarlas con otro tipo de tropas más baratas y abundantes,


aunque también menos eficaces: las Milicias. Estas existían desde antes, como en
España, pero la novedad que se introduce a partir del año 1762 es que se les intenta
regularizar, dándoles un cuadro de instructores (el llamado pie veterano),
organizadas de acuerdo a criterios étnicos y dotándoles de uniformidad, armamento
y un mínimo de instrucción (“asambleas”, normalmente los domingos, después de
misa; cada dos meses, “un ejercicio de fuego”, con diez cartuchos, una vez al año,
“ejercicio de Batallón”, con dos cartuchos para tirar al blanco y seis por descargas).

El “pie veterano” será esencial: en la plana mayor, el sargento mayor y el ayudante,


en cada compañía, el teniente, un sargento, dos cabos y un tambor.

Sin embargo, pronto se advierte que ni siquiera habría suficientes instructores. De


ahí que aparezcan dos tipos de Milicias: las provinciales (con “pie”) y las urbanas
(sin él). Las segundas tendrán un valor puramente teórico, siendo poco más de una
especie de Policía Municipal. En cuanto a las primeras, las existentes en territorios
frecuentemente amenazados (Cuba, por ejemplo), alcanzarán un elevado nivel de
eficacia, mientras que las de zonas más tranquilas (Quito, por ejemplo) serán de
inferior calidad.

La enorme ventaja de las Milicias es que dan un número elevado de hombres a muy
bajo coste, ya que sólo son pagadas cuando se las moviliza.

Con todas sus obvias limitaciones, éstas cumplieron su papel. En caso de guerra,
relevaban a las tropas regulares en tareas secundarias, ayudaron a completarlas e
incluso combatieron en primera línea. En paz, se ocupaban del traslado de caudales,
custodia de presos, etc.
Recapitulando, el sistema (haciendo abstracción ahora del papel fundamental que
en él juegan la Armada y las fortalezas), se basa en tres tipos de tropas de diferente
origen y calidad. En un escalón superior, las del Ejército regular, que van a América
con el mecanismo de noria o en caso de ruptura de hostilidades. Luego, las fijas. A
continuación, las Milicias provinciales y por fin, las urbanas.

A los pocos años de implantarse el modelo, en torno a los ochenta del XVIII, se
modifica, de hecho. Las exigencias de otros teatros de operaciones no permiten el
envío de tropas regulares, ni siguiera dentro de la noria, y la defensa queda en
manos, a todos los efectos, de americanos. Aún así, el sistema funciona, como
demuestran, por ejemplo, las derrotas que sufren los ingleses ante Puerto Rico, en
1797 y en Buenos Aires, en 1806.

Por cierto, que este es un hecho único en la Historia: desde, al menos en el año
1790 hasta 1810, se mantiene el imperio ultramarino sin tropas de las que
posteriormente se llamaran metropolitanas. Parafraseando a una autoridad española
de la época, la soberanía de España se mantenía porque la población quería, por su
“libre voluntad y arbitrio”.

Porque el sistema funciona no sólo frente a amenazas externas, sino también frente
a las pocas alteraciones internas que se producen. Así, sublevaciones como las de
Túpac Amaru o la de Túpac Catari son dominadas gracias a las Milicias, con una
mínima participación de tropas regulares (en la última citada, por ejemplo, un
pequeño destacamento de Saboya).

En esta situación se llega al periodo emancipador. Éste se encuentra


indisolublemente ligado a la evolución de los acontecimientos en España, por lo que
parece imprescindible hacer una pequeña digresión.

Resulta realmente singular cuando se leen obras escritas en el extranjero sobre la


guerra de Independencia comprobar hasta qué punto se concede poca importancia a
factores que, modestamente, considero esenciales.

Así, a la hora de valorar la resistencia opuesta por el Ejército español, apenas se


tiene en cuenta que este no tuvo que hacer frente a una invasión convencional, es
decir desde el exterior, sino que cuando el día 2 de mayo estalla, el enemigo está ya
en el interior del país. Controla Madrid, las principales plazas fronterizas, y todas la
rutas entre España y Francia. Además, el Estado ha saltado en pedazos. Una
Monarquía absoluta rígidamente centralizada se encuentra descabezada, sin rey ni
apenas gobierno.

Ello, y no un atávico impulso hispánico hacia la anarquía, obliga a que proliferen las
Juntas locales, cómo única forma de llenar un vacío de poder.

Lo mismo sucede en América, ante el temor, real o fingido, de que aquellos dominios
caigan en manos de José Bonaparte. Es un hecho indiscutible que las primeras
Juntas que allí surgen se autoproclaman defensoras de los derechos de Fernando
VII, e incluso crean unidades con su nombre. Puede ser, de nuevo, un pretexto que
encubre ambiciones independentistas, pero no deja de ser significativa la constante
apelación al Rey, o el hecho anecdótico de que Hidalgo, cuando se subleva en
México, viaje con un carruaje en el que dice que transporta al soberano.

A partir del año 1810 el movimiento en América empieza a adquirir abiertos tintes a
favor de la independencia. Una vez más, se demuestra su estrecha relación con lo
que sucede en España. Porque a fines del año 1809 en la abrumadora derrota de
Ocaña el Ejército español parece definitivamente aniquilado. Es pues el momento
ideal para la ruptura, en la confianza de que la metrópoli no está en condiciones de
reaccionar.

Y así era, en efecto, pero había un elemento con el que quizás no se había contado:
el Ejército de América.

Como recordarán, hace unos minutos he hecho un brevísimo bosquejo del mismo,
aludiendo, en primer lugar, a la absoluta carencia de tropas peninsulares, en
segundo lugar, a su organización en unidades fijas y Milicias. En las primeras, se
puede calcular que más de un 80% de la tropa era americana. En los mando, el
porcentaje de peninsulares estaba en relación inversa con el grado. Los puestos
más elevados estaban ocupados mayoritariamente por originarios de España, y los
inferiores por personal local. En cuanto a las Milicias eran abrumadoramente
americanas.

Sorprendentemente estas fuerzas no corren a unirse al movimiento de


independencia, sino que, en variables proporciones, toman partido por un bando o
por otro, de forma que ambos constituyen sus respectivos Ejércitos en base a ellas.
Durante los primeros tiempos, con España casi totalmente ocupada por los
franceses, serán, pues, sólo americanos los que defiendan el pabellón real en las
Indias.

Las autoridades realistas se enfrentan desde un principio a una situación dificilísima.


En primer lugar, y desde un principio, como hemos visto, el sistema militar se basaba
en unos efectivos de por sí muy escasos. Ahora, éstos se han reducido aún más, ya
que parte de ellos han escogido el bando independentista. En segundo lugar, el
sistema estaba concebido para hacer frente a una amenaza exterior, y ahora ésta
proviene del interior. En tercer lugar, el esquema era defensivo, y se apoyaba en una
red de fortificaciones bajo cuya protección las tropas resistirían los ataque contrarios,
hasta que éstos tuvieran que desistir ante la fortaleza de los muros y los estragos
causados por el clima y las enfermedades. Pero ahora se trataba de una guerra
ofensiva, ya que había que aniquilar los focos independentistas antes de que se
consolidaran, y recuperar los territorios perdidos.

Por otro lado, el carácter defensivo de la estrategia decidida en el siglo XVIII suponía
que existían unas mínimas fuerzas de Caballería, totalmente insuficientes para
abordar el nuevo tipo de guerra que se presentaba.

Finalmente, el sistema se basaba en la llegada de refuerzos peninsulares, y con


España invadida, estos tardarían años en llegar.

Lamentarse no servía de nada, había que hacer frente a la situación, recurriendo a


las fuerzas disponibles. Las primeras, claro, las fijas, a las que ya he hecho
referencia. Pero éstas eran, como también he comentado, escasísimas.

Dichas unidades se tienen que multiplicar. Por mencionar a una de ellas, el peruano
Real de Lima, tan admirado por mi querido amigo Hugo O’Donnell, tuvo que
mantener el orden en el propio virreinato, restablecerlo en Quito y enviar elementos
a Alto Perú y Chile. Tan escueta relación es profundamente injusta. Hay que apelar
a la imaginación para hacerse una idea de lo que ello significaba de marchas de
cientos de kilómetros, Andes arriba, para hombres tan poco acostumbrados a
aquellas alturas vertiginosas como un andaluz o un castellano.

El siguiente recurso eran las Milicias, que también se dividen entre realistas e
independentistas. Son movilizadas y, de hecho, en algunos lugares como el Alto
Perú llegan a constituir la mayor parte de los nuevos ejércitos, que se forman,
jugando en otros territorios un papel esencial como fuerzas auxiliares. De hecho, en
pocos meses su calidad aumenta de tal modo que se les confiere consideración de
tropas de línea (como, por otra parte, estaba sucediendo simultáneamente en la
propia España).

En algunos casos, ni aún así se pueden allegar los hombres necesarios. Venezuela
es un buen ejemplo de ello. Entonces, se crean ejércitos literalmente de la nada. El
más conocido, y el mejor, sería el formado por el terrible Boves, formado casi
exclusivamente por americanos, y por caballería infligirá gravísimas derrotas a los
independentistas, incluyendo al propio Bolívar.

Mientras, en España se hace lo que se puede para acudir en auxilio de ultramar. La


guerra contra Napoleón, sin embargo, limita extraordinariamente las posibilidades.
De hecho, entre los años 1811 y 1814 sólo se envían a zonas de operaciones 9.000
hombres, la mayor parte a Nueva España y a Montevideo aunque un batallón va a
Perú y otro a Venezuela. Las unidades que se mandan, en contra de la leyenda, no
son todas veteranas de la lucha contra los franceses. Un ejemplo es el III de
Asturias. Como saben, se trata de un nombre prestigioso en el Ejército. Pero el
Asturias original había sido hecho prisionero en Dinamarca, como parte de la
División de la Romana. Se reconstituyó con tres batallones, a base de elementos de
20 batallones distintos. Dos de ellos se incorporaron a las tropas combatientes en la
propia España. El III, el peor, marchó a América. Es evidente que desde ningún
punto de vista se le podía considerar una sólida unidad veterana.

De cómo estaban entonces las cosas en la Península da idea que se encargara a


una asociación de comerciantes, el Consulado de Cádiz, no a un organismo
ministerial, que encauzara y organizara las expediciones de tropas, a través de una
dependencia que se tituló la Comisión de Reemplazos. Si bien actuó bajo
supervisión gubernamental, el peculiar instrumento escogido demuestra la gravedad
de la crisis que atravesaba España.

Así pues, durante el largo periodo que media entre los años 1810 y 1814 son
americanos los que sostienen la lucha, caso sin duda que carece de precedentes en
la Historia. Son los propios súbditos ultramarinos los que luchan por mantener la
soberanía de la metrópoli.
En el año 1815, acabada la guerra de Independencia la situación cambia, pero sólo
parcialmente y por poco tiempo. Entre ese año y 1819 se envían a América unos
25.000 hombres. El problema no es sólo que son pocos. Es que, además, se les
envía en pequeños contingentes, a veces de nada más que de un regimiento, que
son diezmados antes de que hayan podido producir ningún cambio sustantivo en el
desarrollo de las operaciones.

La única expedición importante es la que manda Morillo, con 12.200 hombres que
desembarcan en Venezuela.

Puede resultar de interés hacer algún comentario a la misma, para dar una idea de
en qué condiciones se hacía esa guerra. De un lado, hay que indicar que se tuvo
que mandar inmediatamente a Perú un Batallón de Infantería y un Escuadrón. De
cada Regimiento de Caballería, ya que el virreinato precisaba urgentes refuerzos.
De forma que aún esa expedición, la mayor como he dicho, se debilitó desde un
principio.

Algunos datos bastarán para indicar el estado moral de esas fuerzas. La tropa
estaba formada por hombres que venían de combatir en España, en su mayoría.
Muchos de ellos “cumplidos” o a punto de estarlo y que no tenían ningún entusiasmo
por jugarse la vida en tierras lejanas, inhóspitas e insalubres.

En cuanto a los mandos, los coroneles de cinco de los siete Batallones de Infantería
pidieron la baja, y tuvieron que ser relevados, como sucedió con una media de 20
oficiales de cada unidad.

Resulta sorprendente que, a pesar de ello, estas fuerzas se batieran tan bien como
lo hicieron.

Es indiscutible que su llegada en algo cambió la fisonomía de los Ejércitos que


defendían la causa del rey, pero no bastó para “españolizarlos”.

Y ello, por dos causas. La primera, la espantosa atrición que sufrieron en campaña.
Por ejemplo, la expedición Morillo perdió en uno de sus primeros hechos de armas,
el asedio y toma de Cartagena de Indias unos 2.000 europeos, en torno al 15% de
sus efectivos, la mayoría por enfermedades. Cinco años después, en el año 1821 se
calculaba que de sus 12.000 hombres quedaban en filas 1.700.
La segunda es que ni con esos refuerzos se logró reunir la fuerza necesaria. Hubo,
por tanto, que acudir a un acelerado proceso de “americanización”. Siguiendo con la
expedición Morillo en cuanto llegó, envió uno de sus batallones a Puerto Rico, a
cambio del fijo de esa isla, mayoritariamente americano. Por otra parte, alguno de
sus restantes batallones se desdobla. Se desprende de parte de su personal
europeo, que sirva de base para formar un nuevo batallón, a base de reclutas
locales, mientras los cuadros que ha entregado se sustituyen por americanos. En
cuanto al Batallón (Extremadura) y los dos Escuadrones que he señalado que envió
a Perú, el primero se desdobló, y el segundo sirvió de esqueleto para crear sendos
Regimientos de Caballería.

Los Ejércitos realistas adquieren así una fisonomía mixta, parte española y parte
americana. La relación entre ambos componentes no fue siempre buena. A veces,
los peninsulares consideraban a los locales como soldados aficionados,
despreciaban su frágil apariencia física y les costaba acostumbrarse a algunas de
sus costumbres (por ejemplo hacerse acompañar de sus mujeres en campaña). Los
americanos, por su parte, estimaban que muchos españoles eran engreídos, y que
se adaptaban mal a las condiciones locales. Al tiempo, las unidades americanas
desarrollaron un notable espíritu de Cuerpo.

Este proceso de “americanización” continuará durante todo el periodo, acentuándose


incluso, debido a la combinación de distintos factores: la ausencia de refuerzos e
incluso de reemplazos españoles del año 1820; las bajas experimentadas, y la
necesidad de crear nuevas unidades.

Daré algunos ejemplos, entre las decenas posibles. Se organiza un Batallón Ligero,
llamado Cachirí. Se constituye con americanos, de un lado, y, de otro, agrupando en
las compañías de elite los pocos peninsulares que había en el fijo de Puerto Rico y
los escasos supervivientes del Regimiento español de Granada.

Otro Batallón, el de Granaderos de la Reserva, estaba formado por tropa indígena,


que apenas hablaba castellano. Toda la oficialidad era americana, incluyendo a un
cacique del Cuzco, y sólo el coronel era español. Cómo se ve, resulta muy difícil
considerarla una unidad española.
Una unidad que sí que lo era, el Batallón de Talavera sirvió de base para formar
otros dos, con su mismo nombre. De media, pues, podía tener una tercera parte de
peninsulares, aunque oficialmente seguía siendo español.

Por último, otra unidad peninsular, el Infante don Carlos absorbe al Real de Lima en
cuanto llega a América, perdiendo así desde el primer momento su carácter
europeo.

Quizás puedan ser interesantes algunas cifras, referidas al año 1820, cuando
todavía quedaban cuatro años de guerra. Había entonces en las Indias 23.000
hombres en unidades expedicionarias, 26.000 en tropas regulares americanas y
25.000 de Milicias.

Ello da una proporción de dos tercios de americanos en el Ejército realista. Pero la


afirmación tiene que ser matizada. Datos fiables apuntan a que, ya entonces, unas
dos terceras partes de las unidades oficialmente europeas eran americanas. Habría,
pues, que hablar de unos 7.000 españoles en un ejército de más de 70.000
hombres.

Esta tendencia no se invertiría nunca. En el año 1820, la sublevación de un cuerpo


expedicionario en Cabezas de San Juan abre un nuevo periodo en la historia política
de España, y pone fin al envío de tropas a América. Es más que significativo que las
tropas se amotinan fundamentalmente para evitar partir para América. Las Memorias
de un oficial de aquel Cuerpo, Santillán, no dejan dudas al respecto.

El Ejército realista, abandonado a sí mismo, seguirá combatiendo de forma


admirable, casi comprensible, hasta los campos de Ayacucho.

Una mención a su composición en esa última batalla permitirá, creo, confirmar lo que
he venido diciendo hasta ahora. Contaba con 14 Batallones de Infantería. De ellos
nueve eran, desde su formación, americanos. Pero los cinco teóricamente
españoles, habían dejado de serlo hace tiempo. El de Burgos, por ejemplo, de 540
hombres contaba con sólo 75 europeos.

En cuanto a los 14 escuadrones, ocho fueron creados como americanos. Los otros
seis, se habían organizado sobre los cinco que en total llegaron a Perú, años atrás
(algunos en 1815). Tras nueve años de combates y enfermedades pocos
peninsulares quedarían en sus filas.
En total, se puede calcular que los españoles del Ejército oscilarían entre 500 y 900,
sobre un total de 7.000.

Es conocido que tras la derrota de Ayacucho, y muy a la española, si me permiten,


algunos reductos e defendieron durante años, contra toda lógica y esperanza, sólo
por el honor. Uno de ellos fue la fortaleza de El Callao, que resistió hasta enero del
año 1826. La guarnición la componían el Batallón Arequipa, de peruanos; el antiguo
de Buenos Aires, de argentinos, y el II del Infante, español. Pero sobre el papel,
porque sólo tenía 23 europeos.

No les puedo ocultar que este último dato, junto a los otros que he venido
exponiendo, me dejan perplejo, y perdido en admiración. ¿Cómo es posible que
durante años miles y miles de americanos combatieran en defensa de la soberanía
española? Hay, desde luego, explicaciones poco nobles, y sin duda en parte ciertas:
miedo, apego a rutina, etc. Pero es igual de evidente que muchos lo hicieron
movidos por imperativos más nobles. Los militares que me escuchan saben que no
es posible hacer luchar y morir a tantos hombres durante tanto tiempo por la simple
fuerza. Algo bueno, quizás intuían, en la causa que defendían como para
sacrificarse por ella.

Desde luego, España ha olvidado minuciosamente sus servicios, como si no se les


debiera nada, como si fuera normal lo que hicieron.

Ha hecho lo mismo con los propios españoles que combatieron en ultramar, en una
actitud que no sé si calificar de escandalosa o de lamentable. Y, sin embargo,
aquella gente combatió con una lealtad absoluta en condiciones atroces. De un lado,
se incumplió sistemáticamente el compromiso de repatriar a los hombres a los tres
años de servicio. Se mantuvo a las unidades hasta que se extinguieron en el campo
de batalla. Por otro lado, hubo años en los que en total se les pagó la cuarta parte
del sueldo de un mes. Semanas en las que por toda ración recibían un trozo de
carne, sin sal siquiera, días en los que no bebían otra cosa que el agua que de
lluvias pasadas había quedado en las huellas de herraduras, y que recogían con una
cuchara. Cuando enfermaban o eran heridos, no les quedaba, en palabras de un de
sus generales, sino echarse a morir sobre un cuero hediondo.

Subieron, y aquí tomo palabras de otro general, más alto que las águilas para luchar
entre las nieves de los Andes, atravesaron desiertos, cruzaron ríos anchos como
mares, fueron diezmados por enfermedades, devorados por caimanes y jaguares.
Según un cálculo muy aproximado, del que soy responsable, tuvieron, por todos los
conceptos, entre un 80% y un 90% de bajas y, sin embargo, siguieron combatiendo
hasta el final.

¿Y quién se acuerda de ellos? Nadie. ¿En qué unidad actual, heredera de la que
marcharon a América se sabe siquiera lo que hicieron sus antecesores?

En ninguna, seguramente. Por ello, cuando hace años escribí un libro sobre ellos le
titulé Banderas olvidadas, porque lo siguen estando, y todos somos responsables de
ello.
SEGUNDA CONFERENCIA

LA CASACA Y LA TOGA.

LUCES Y SOMBRAS EN LA REFORMA

MILITAR DURANTE EL ÚLTIMO TERCIO

DEL SIGLO XVIII


LA CASACA Y LA TOGA. LUCES Y SOMBRAS EN LA REFORMA MILITAR

DURANTE EL ÚLTIMO TERCIO DEL SIGLO XVIII

José l. Terrón Ponce*

Señoras y señores:

Pretendemos en esta conferencia, hablar de lo que denominaremos “el hecho militar


en la tercera década del siglo XVIII español”, como origen y causa de lo que ocurrirá
después en términos castrenses. Y cuando me refiero al hecho militar, estoy
hablando de un fenómeno complejo, que excede las fronteras de lo que hoy pueda
significar tal concepto. Las razones de tal complejidad estriban en que la sociedad
estamental (y piramidal) del Setecientos, tenía en su cúspide un grupo de
privilegiados, el estado noble, que era clase militar por excelencia y derecho de
cuna.

Este estamento noble y por extensión militar, representaba la parte activa de la


sociedad, la protagonista en los aspectos político-económicos y de coacción
ideológica. Como tal, ofrecía auxilium y consilium a una monarquía absoluta
(nominalmente al menos) en la que todo el mundo, incluida la nobleza, debía
obediencia ciega.

Pero no nos engañemos. En toda sociedad, dinámica por naturaleza y que sólo llega
a ser perfecta en los manuales y en las diversas utopías de los pensadores, existen
fuerzas centrífugas, y el poder absoluto, que nunca lo es del todo y además teme no
serlo, debe permitir algún protagonismo a los grupos de presión existentes para
lograr un cierto equilibrio inestable. Así, los monarcas absolutos, a la vez que hacían
ostentación de su (presunto) poder, repartían juego entre los estamentos más
poderosos del reino, con el fin de obtener su colaboración y convertirlos en soporte
del régimen. Nos referimos sobre todo a la nobleza, omnipresente en la milicia y en
las magistraturas, dos conceptos que en el siglo XVIII no son excluyentes, puesto
que la monarquía absoluta en lo político es “también” una monarquía militar, por
razones tanto teóricas (el monarca es noble y por tanto militar por nacimiento) como
prácticas (defensa del sistema en lo interior y protección del reino en lo exterior).
La monarquía absoluta es, pues, una monarquía militar como decimos y además
todos los signos externos avalan esta afirmación. La presencia constante de lo
castrense en todos los aspectos de la sociedad, la ocupación por militares de los
puestos más importantes de la política y la administración, el título de generalísimo
de Mar y Tierra que se reservan los reyes, que además habían seguido una política
de supresión de ejércitos particulares de la nobleza a favor del Ejército Real, fiel al
monarca y a sus intereses, por más que el coronel de un regimiento siguiera
denominándose “propietario” y que la bandera del primer batallón (con las insignias
reales en vez de las armas del coronel) siguiera denominándose "coronela". Por
extensión se prohibía, salvo excepciones escasísimas, de que un noble levantara un
regimiento a su costa aunque podía, eso sí, pagarse los alamares de capitán de
Caballería entregando al ejército 50 caballos.

También dice mucho en favor de esta incorporación a la corona de las prerrogativas


militares (que pretendía el total sometimiento de la nobleza al monarca) la
estructuración racional de las unidades militares y su sometimiento a un código
común (las Ordenanzas) y a las numerosas "instrucciones" que el monarca enviaba
a sus generales, los cuales carecían por completo de iniciativa sin estas directrices
reales, que en algunos casos fueron incluso publicadas como por ejemplo las de
Federico II de Prusia. Por último, otra medida precautoria que tomaban los reyes era
evitar las maniobras de grandes unidades en tiempos convulsos, por si se diera el
caso de que algún general sintiera lo que César denominaba en sus Comentarios
"deseo de novedades", como ocurrió, por ejemplo en España, en el motín contra
Esquilache.

Todas estas medidas iban encaminadas sin duda a fortalecer el poder real,
centralizarlo, excluir de él a las fuerzas vivas (fundamentalmente la nobleza) a las
que se incorpora a la cadena de mando de manera jerarquizada y cuyos ascensos
dependen siempre de la arbitrariedad del monarca. Como ya se dijo, el Rey se
reservaba el título de generalísimo de Mar y Tierra y la figura de los capitanes
generales de Ejército (no confundir con capitanes generales de provincia) pasó a ser
un grado honorífico y siempre supeditado a la voluntad real, que en un momento
determinado y para una acción concreta podía concederle a uno de ellos el mando
de un ejército expedicionario.
Éste sería, en líneas generales, la situación del hecho militar en la España de 1759,
cuando llega Carlos III para ser coronado Rey. Lo militar, pues, es, en ese momento,
un concepto muy ligado a la política y esta ligazón será un inconveniente y origen de
contradicciones y paradojas insalvables cuando el nuevo monarca, con el fin de
modernizar el país, trate de separar de la cabeza del mismo a la alta nobleza del
reino (los grandes de España) y la sustituya por una noblesse nouveau, formada
fundamentalmente por juristas procedentes de la administración y militares
procedentes de la baja nobleza. Los casos más evidentes: los condes de
Floridablanca y Campomanes o los generales O´Reilly y Ricardos.

Las intenciones de Carlos a su llegada a España y aconsejado por asesores


napolitanos (como el marqués de Tanucci, por ejemplo) imbuidos del espíritu
ilustrado, eran de reformas y consiguientemente de modernización del país a la
europea, que entonces era tanto como decir a la francesa. Reformas que alcanzarán
también al Ejército.

Vamos, pues, a lo largo de esta conferencia a intentar valorar la reforma militar en


tiempos de Carlos III. Para ello hemos elegido un hilo conductor: las disensiones
entre algunos altos mandos militares y los gobernantes civiles (en su mayoría
abogados); lo que se ha denominado la pugna entre militares y golillas, tan
característica de aquel reinado. Hemos tomado este punto de vista, porque dicha
perturbación condicionó en gran medida la puesta a punto del Ejército, provocó
algunos retrasos y mediatizó incluso algunas de las operaciones militares, cuando
en éstas se vieron implicados elementos políticos y diplomáticos.

Quiere decirse, pues, que aunque en determinado momento resulte llamativa por su
éxito o su fracaso una medida castrense o una operación militar, tras ella siempre,
en esta época, subyacen las luchas por el poder entre los grupos enfrentados, que
representaban, respectivamente, posiciones retrógradas o avanzadas, que en este
último caso es tanto como decir reformistas ilustradas.

Para el análisis en por menor, podemos dividir el periodo en etapas políticas,


representadas por los sucesivos gobiernos, que dieron personalidad propia a cada
una de ellas: el continuismo de los primeros años, el periodo de los ministros
italianos y por último el de los españoles, encabezados por la figura política más
señera de todo el reinado: José Moñino, conde de Floridablanca.

Y en la oposición como una constante durante todo el reinado, superando etapas, la


figura inquietante y revoltosa de Pedro Abarca de Bolea, conde de Aranda, capitán
general de Ejército, y el representante genuino del pensar castizo y de una
personalidad recalcitrante y perturbadora.

Hay desde luego un tema central que da carácter a todas estas reformas militares.
Nos referimos a las importantes Ordenanzas de 1768, porque serán, de entre las
medidas castrenses tomadas durante el reinado del Tercer Carlos, las que de mayor
proyección hacia el futuro, hasta el punto que su tratado II, verdadero código
deontológico militar, ha pervivido hasta nuestros días, inspirando incluso, en cierta
medida, a las nuevas Ordenanzas Militares de Juan Carlos I.

Reformas militares, pues, de las que sus éxitos y sus fracasos, “sus luces y sus
sombras” como metafóricamente denominamos en el título de esta conferencia a los
aciertos y a los fallos de sus mentores y fautores, transcurrirán a lo largo del reinado
del Tercer Carlos y condicionarán el futuro de España como potencia en el reinado
siguiente.

Las etapas del reinado de Carlos III

Introducción

En el ámbito militar, el reinado de Carlos III se caracterizó por el intento del monarca
y sus colaboradores más directos, de poner al día un Ejército que llevaba
prácticamente inoperativo más de 20 años, tras lo que podríamos llamar
“neutralidad ahorradora” practicada por su hermano y antecesor Fernando VI.

Pero las reformas militares carlotercistas abordaron también la empresa más allá de
lo puramente castrense y a la par que se trataba de reformar, desde presupuestos
ilustrados, el Estado y aún la sociedad, se intentó también separar en lo posible lo
militar de lo político, demasiado entremezclado según el gusto de los reformadores,
en una Monarquía absoluta, que en muchos aspectos y debido al modelo social
estamental y el carácter de la nobleza (estamento militar por excelencia) era,
también, una Monarquía militar.

Todos estas reformas en lo militar , se llevaron a cabo a la par que las generales
abordadas por el monarca, y pueden analizarse dividiendo su progresión en
periodos, más o menos significativos.

Primera etapa del reinado (1759-1763)

Carlos III llegó por Barcelona en 1759 a ocupar el trono de las Españas. El nuevo
Rey desembarcó en la Ciudad Condal el 17 de octubre de 1759. Su primera medida
de gobierno fue mantener a la mayoría de los ministros de su hermano para no
asustar a las fuerzas vivas, principalmente la alta nobleza (los grandes), que
sospechaban lo que el nuevo monarca traía en las alforjas, es decir: las reformas
pertinentes en clave ilustrada para la modernización del país, a lo que la mayoría de
ellos se oponían, capitaneados por el conde de Aranda, quien a pesar de su fama de
volteriano, no podía desprenderse de su corporativismo nobiliario.

A la par, el monarca colocó en una de las secretarías vacantes, la de Hacienda, un


homo novus, Leopoldo di Gregorio, marqués de Esquilache, uno de los consejeros
napolitanos que el Rey trajo consigo.

En Guerra, sin embargo, mantuvo el rey Carlos a Ricardo Wall, un irlandés ministro
de su hermano, que hasta que fue sustituido por Grimaldi (otro italiano) tuvo tiempo
de introducir a un personaje, hechura suya, que dará mucho juego durante la
primera etapa del reinado: el general Alejandro O´Reilly, irlandés como su protector.

Como ya dijimos, Carlos III había desembarcado en Barcelona en el otoño de 1759.


Luego, camino de Madrid, el nuevo Monarca tuvo que detenerse en Zaragoza por un
mes, a causa de la enfermedad de uno de los infantes. En la ciudad del Ebro y
durante la estancia del Rey, ocurrió un hecho de enorme trascendencia para los
años venideros. Nos referimos a la visita de cumplimiento que le hizo un personaje
que ocupará páginas y páginas de la historia del reinado del Tercer Carlos: Pedro
Abarca de Bolea, grande España, conde de Aranda y teniente general de los Reales
Ejércitos.

En efecto, Aranda, que a la sazón contaba 40 años de edad, había metido ya mucho
ruido en el reinado anterior; era un verdadero “halcón”. A causa de sus
desavenencias con la política fernandina, había sido extrañado de la Corte después
de que hiciera dejación de todos sus empleos y se retirara a sus estados de Aragón,
pasando a residir en Épila, lugar desde donde se desplazó a Zaragoza al encuentro
de su nuevo Rey; “a hacerle la corte”. Lo que pasó entonces nadie lo ha contado con
precisión, ni quien le aconsejó que sería bien recibido en el séquito real, pero lo
cierto es que Carlos III admitió de nuevo al conde y le restituyó en su empleo de
teniente general. Parece, pues, que el Monarca pensaba hacer uso de un militar (y
también un político) tan valioso como el conde aragonés. Pero Aranda, además de
hombre de valía, tenía también el genio muy vivo, enorme ambición y una
personalidad demasiado terca y vehemente, que limitaba sus por otra parte grandes
prendas. El duque de Crillon, que le conoció en el sitio de Almeida, dijo de él:

“[...] no me fío de su orgullo que le impide considerar nada bueno excepto


aquello que provenga de su propia cosecha, de su testarudez, después de
haber decidido de una vez si algo está bien o está mal y sobre todo de su
personalidad envidiosa” (1).

Esta es la razón por la que el Rey, aunque le empleara varias veces de forma
ocasional cuando alguna operación militar o política necesitara de algún “vigor”,
también le apartaba de la Corte una vez solucionado el problema. De lo primero
disponemos de dos testimonios: el nombramiento de comandante en jefe de la
expedición a Portugal (1762) y el encargo de la represión posterior al motín contra
Esquilache (1766), incluida la expulsión de los jesuitas. Todo lo demás fueron
dilatados destierros encubiertos, como la Capitanía General de Valencia o las
Embajadas de Polonia y París.

El encuentro de Aranda con Carlos III en Zaragoza, pues, fue entonces un hecho
relevante en lo político, se trataba, creemos, de una maniobra del entorno del
Monarca para ganarse a un personaje que hubiera sido peligroso (y de hecho lo fue)
tenerlo enfrente. “Pero también fue relevante en lo militar”, que es aquí lo que más
nos interesa. En efecto: el conde aragonés estuvo presente en todo lo relacionado
con la Milicia durante el reinado, sea como protagonista (general en jefe en Portugal,
presidente de la comisión de Ordenanzas, capitán general de Valencia y Castilla la
Nueva y gobernador militar de Madrid) o como acerbo crítico de sus compañeros de
armas cuando era postergado en el mando, que supuestamente le correspondía

1
Carta del duque de Crillon al conde de Floridablanca. Mahón , 2/12/1781. A.H.N. Estado,
legajo nº 4230
como capitán general efectivo de Ejército, rango castrense máximo después del Rey
y que éste le había concedido en el año 1763 a la edad de 44 años.

Respecto al Ejército que Carlos III encontró a su llegada, no era éste todo lo
eficiente que se pudiera esperar, dado el descuido en que lo había dejado su
hermano y antecesor. La institución castrense se encontraba falta de oficiales, la
tropa en cuadro y necesitada de actualización en doctrina e instrucción. El nuevo
Rey pensaba acometer una auténtica reforma militar para paliar estas deficiencias,
como así lo hizo. Pero antes de abordarla en profundidad, había de hacer frente a
una serie de necesidades perentorias, que se le vinieron encima a los escasos tres
años de reinado. Nos referimos a la forzada intervención en la guerra de los Siete
Años contra Inglaterra al lado de Francia, obligado por el Tercer Pacto de Familia y
para la que no estaba preparado. Así pues, las operaciones militares que España
llevó a cabo en aquella guerra (invasión de Portugal, defensa de La Habana) no
fueron lo lucidas que se esperaba, tanto por las ya citadas deficiencias, como por el
hecho de que el Ejército español no había participado en una campaña desde los
años cuarenta y también, desde luego, por algo de lo que ya se ha hablado y
seguiremos insistiendo: “la excesiva intromisión de la política en el ámbito de lo
militar.”

Veamos pues, a continuación, el desarrollo de los acontecimientos militares en estos


cuatro primeros años de reinado de Carlos III.

El Tercer Pacto de Familia y la guerra de los Siete Años

El rey Carlos, no pudo abordar las reformas que proyectaba para España de
inmediato y no sólo por la prudencia que aconsejaba la fuerte oposición interior que
se esperaba virulenta, sino también porque hubo de cumplir los compromisos que
con Francia había contraído en el llamado Tercer Pacto de Familia, por el que hubo
de enfrentarse con Inglaterra y sus aliados al final de la guerra de los Siete Años. En
efecto: en 1762, España encontró abiertos dos frentes. En primer lugar el americano,
donde los ingleses tomaron La Habana y en segundo el europeo, en el que tropas
españolas invadieron Portugal, país tradicionalmente aliado de la Gran Bretaña.

En efecto, en 1762 se inicia la campaña contra el país vecino con un ejército poco
preparado y al mando de un teniente general anciano y enfermo: el marqués de
Sarriá, quien, después de un tiempo hubo de ser sustituido por el conde de Aranda.
Ni uno ni otro, no obstante, lograron gran cosa. Se culpó del escaso éxito de las
operaciones a la naturaleza del terreno y otras circunstancias locales, pero creemos
que la causa fundamental del fracaso militar tuvo también connotaciones políticas.
Queremos decir, que resultaba francamente complicado invadir un país en el que la
reina consorte, Mariana Victoria, era hermana del rey Carlos. Por eso no podía
existir en el real ánimo excesivas energías para invadir Portugal hasta sus últimas
consecuencias. Mala conciencia, que se debió contagiar a los comandantes de la
expedición, que no recibían de la Corte una idea clara de lo que había de hacerse.
De hecho, si observamos el plano de las evoluciones del cuerpo de tropas que
invadió el país luso, se ve que nunca llegaron los españoles a penetrar hacia el
oeste más allá de un tercio del país, con escasa voluntad de llegar al Atlántico y
mucho menos de entrar en Lisboa. Las operaciones se limitaron, pues, a la toma de
algunas fortalezas fronterizas con Extremadura (como Almeida) y poco más.

En la guerra de Portugal se vio también una continuidad respeto a épocas


anteriores. El empleo en el mando de las operaciones a los grandes (tanto Sarriá
como Aranda lo eran). También otro grande fue promocionado gracias a esta
campaña, el conde de Fernán Núñez, que obtuvo el grado de capitán de Guardias
Españolas (equivalente a coronel en las tropas de línea) por llevar a la corte la
noticia de la toma de Almeida. También es cierto que otros menos “grandes”
comenzaron a hacer carrera de manera subrepticia en esta campaña como
Alejandro O´Reilly que con el grado de mariscal de campo se lució en el mando de
las tropas ligeras y eso le valió el ascenso a teniente general. Su irresistible ascenso
había comenzado. Pronto daría mucho que hablar.

En síntesis, la campaña de Portugal fue el primer acto militar del reinado en el que
ya vemos enormes condicionantes políticos que lo mediatizaron.

La etapa de los ministros italianos: Esquilache y Grimaldi (1763-1776)

Tras la Paz de París de 1763, Carlos III decidió imprimir mayor ritmo a su proyecto
reformista. Desde ese momento y de forma inequívoca, sustituyó ministros y colocó
en puestos clave a los que en esta segunda etapa del reinado fueron los artífices del
cambio: los italianos Esquilache y Grimaldi
Así pues, aprendida la lección de Portugal, Carlos III y sus consejeros napolitanos
decidieron acometer, entre otras, la reforma militar. Antes se produjo el cambio de
gabinete. En efecto: cesaron los ministros antiguos y los reformadores tomaron el
relevo. Uno ya estaba dentro: Esquilache, que ocupó ahora la Secretaría de Estado
en sustitución de Wall, que también perdió la de Guerra en favor de otro italiano:
Jerónimo Grimaldi, que fue el gran protagonista de la siguiente década en el ramo
militar.

La reorganización militar de los territorios americanos

La toma de La Habana por los británicos en 1762 (restituida a España por el Tratado
de París al año siguiente) fue un toque de atención para que Carlos III abordara
inmediatamente la reorganización de la defensa americana. En este sentido, se
construyeron o reformaron numerosas fortificaciones y se dio nueva planta a las
tropas de guarnición, creando algunos regimientos de línea y equiparando las
Milicias a la normativa de las existentes en la metrópoli.

La reforma de la Artillería

También y a la par que las medidas anteriores, se acometió la reforma del Cuerpo
más técnico del Ejército: la Artillería, presidida nuevamente por un italiano: el conde
de Gazzola y llevada a cabo por el ingeniero francés Vallière, culminó con la
creación de la Academia de Artillería de Segovia. En efecto: el ingeniero francés
Joseph Vallière hijo de otro del mismo empleo, Jean Florence Vallière que había
dotado a Francia de su sistema artillero consistente en normalizar los calibres y
dividir la Artillería en costa campaña y sitio, fue el encargado de implantar en España
el sistema de su padre. Por su labor Carlos III le concedió el título español de
marqués de su apellido.

Pero quizás lo más representativo de esta reforma artillera fue la creación de la


Academia de Artillería de Segovia, la cual, además de por razones prácticas, fue
erigida como símbolo palpable de la introducción de la ciencia moderna en España,
de ahí la propaganda que se hizo de sus actividades en la Gaceta, normalmente
huérfana en tiempos de paz de acontecimientos que no fueran la rutina habitual de
la Corte.

Las Ordenanzas de 1768


La necesidad de reformar las ordenanzas militares vigentes (las de 1728) se había
hecho sentir ya en el reinado de Fernando VI, durante el cual se había nombrado
una comisión ad hoc, que en 1762 había terminado sus trabajos. Ese mismo año se
publicaron los dos primeros tomos de las nuevas Ordenanzas, pero al poco se
produjo un revuelo y fueron retiradas. ¿Qué había pasado? Pues nada menos que el
conde de Aranda con un grupo de generales se había opuesto a su promulgación. El
malestar de los mandos militares, al parecer, provenía de dos artículos polémicos
relacionados con la cadena de mando. En efecto: en dichos artículos, además de
especificar muy claramente las funciones del coronel de un regimiento, se le
subordinaba directamente a su inspector y a la Secretaría de Guerra, sin que el
Supremo Consejo de Guerra tuviera arte ni parte en la fiscalización de sus acciones
u omisiones. Para los arandistas (que es tanto como decir los grandes) aquello era
casi un golpe de Estado, contra una institución, el Consejo de Guerra, que
controlaba hasta entonces la máquina militar, habiendo sido hasta entonces la
Secretaría un mero órgano de gestión. Ahora Carlos III pretendía dar preeminencia,
no sólo a la Secretaría de Guerra sino a todas las demás, que era donde se
encontraban los personas clave que iban a decidir pronto los destinos del país,
siendo los Consejos, por el contrario, refugio de los grupos de presión más
reaccionarios.

Por tanto este parón a las ordenanzas lo circunscribimos a la ya bien conocida lucha
por el poder entre Secretarías y Consejos, que ya venía de lejos, incluso de mucho
antes de que Carlos III subiera al trono. De hecho, Aranda trató durante todo el
reinado de restablecer el poder del Consejo, despreciando al secretario del ramo,
pero la única victoria que obtuvo fue ésta del año 1762. Y encima fue una victoria
pírrica.

En vista del revuelo y en este momento de debilidad de la Monarquía, Carlos III


cedió y se nombró una nueva comisión de ordenanzas y a la par, significativamente,
se mandó a Aranda fuera de la Corte, a la Capitanía General de Valencia y Murcia.
Su primer exilio dorado. Y no sería el último.

La Comisión terminó sus trabajos en 1768, promulgándose ese año las que los
historiadores han denominado Ordenanzas de Carlos III, que fueron el resultado de
una transacción entre los vocales de la Junta nombrada para su redacción, puesto
que los había de todas las tendencias del espectro político de entonces, desde los
más reaccionarios hasta los más innovadores. Estos últimos rozaban los
presupuestos de lo que luego sería el “Ejército nacional”, acuñado en la Revolución
Francesa que preconizaba como modelo militar a le soldat citoyen.

Esta solución de compromiso no contentó a nadie entonces y debido a la resistencia


al cambio de muchos mandos militares, resultó de difícil aplicación. Algunos de sus
artículos eran tan modernos que resistieron el paso de los siglos. Sobre todo el
tratado II, verdadero código de contenido ético atemporal.

El perfil del nuevo oficial: el llamado “oficial de mérito”

A la muerte de Fernando VI, el nuevo reinado se esperaba ilustrado. Esto para


algunos (pocos) representaba una esperanza, para otros, por el contrario, una
amenaza. Quiere esto decir, que las tensiones iban a poner a prueba el experimento
y debía contarse con el Ejército para contenerlas, al margen de adaptar a la
oficialidad a los nuevos tiempos y a los nuevos modos de pensar, que
inexorablemente iban a implantarse, si tenemos en cuenta que la dinámica histórica
sigue siempre inexorablemente su curso.

En consecuencia, debía llevarse a cabo una labor concienzuda para cambiar el perfil
del oficial militar. Sobre todo por la desmoralización y el estancamiento profesional y
mental que, al principio del reinado del Tercer Carlos, se encontraban sumidos los
cuadros de mando de Tierra, tanto por su postergación a favor de la Marina, según
la política del antiguo ministro de Fernando VI, el marqués de la Ensenada, como
por el hecho de llevar más de 20 años sin intervenir en campaña, debido a la política
de neutralidad ahorradora del difunto soberano.

El oficial de principios del reinado de Carlos III, salvo las excepciones reservadas a
los grandes, era de edad avanzada, porque por entonces los empleos no se cubrían
al generarse una vacante. Por otra parte, la preparación teórica era, no sólo baja
sino descuidada, por una oficialidad que basaba su espíritu y honor en la cuna y en
el valor probado en combate, del que hacía ostentación, presumiendo de las heridas
recibidas en el campo de batalla, que además rechazaba cualquier tipo de disciplina
formal, basada en el cuidado del aspecto externo, que atribuían a afeminamiento.
Esta oficialidad antigua era también xenófoba, y por tanto enemiga de cualquier
innovación castrense que viniera de fuera. Sobre todo de Francia, cuya influencia,
era evidente debido a su predominio en Europa y a la alianza dinástica, desde que
Comentario: Ampliar este
los Borbones comenzaron a reinar en España. párrafo con las cinco clases

Desde el momento pues, que Carlos III y sus ministros intentaron modernizar el
Ejército y, con él, el Cuerpo de Oficiales, los mandos más conservadores pasaron a
una sorda oposición. Al modelo de militar ilustrado, ellos opondrán “el modelo
castizo”, representado por el combatiente de las campañas de Italia, guerra en la
que la mayoría de ellos habían obtenido sus méritos; un oficial individualista, poco
preparado intelectualmente pero aguerrido y cargado de honrosas heridas; poco
reflexivo pero valiente, dando más rienda suelta al sentimiento patriótico que a la
razón de Estado; descuidado en el vestir pero viril y, finalmente, respondiendo a todo
lo que se le mandare con su honor, medio innato y medio adquirido por su educación
nobiliaria, nunca puesto en duda a priori, impulsor, intrínsecamente, del deseo de
gloria y cuna de virtudes militares.

En el otro extremo del espectro y en consonancia con los nuevos tiempos, los
políticos más innovadores de entonces, auxiliados por oficiales de alta graduación
afectos también al movimiento ilustrado, trataron de contraponer, frente al
barroquismo de la vieja escuela, la figura de un nuevo oficial militar, dándole un
perfil, digamos, más “neoclásico”. Lo que en los escritos de la época se denominaba
“el oficial de mérito, a la vez especulativo y experimentado” del que nos habla
Peñalosa y Zúñiga (2).

Para entender lo que se esperaba de este nuevo oficial, conviene señalar sobre qué
principios nuevos debía dibujarse su perfil. En primer lugar, la figura del nuevo oficial
se basaba en el modelo imperante en la época, que entendía el Ejército como una
máquina articulada en la que sus miembros eran eslabones del engranaje y que
debían actuar como tales, para lo que se exigía una verdadera coordinación y
unificación de criterios, una “doctrina” en suma. En un artículo salido en el periódico
madrileño Correo de Madrid en 1787, titulado «Instrucción Militar» se dice que «la

2
PEÑALOSA Y ZÚÑIGA, Clemente de. El honor militar. Causas de su origen, progresos y
decadencia, o correspondencia de dos hermanos desde el exército de Navarra de Su Magestad
Católica, Madrid, Benito Cano, 1795.
gran máquina militar y los resortes de toda ella» se fundamentan en el constante
uso de los nuevos valores espirituales y técnicos «seguidos perennemente por los
oficiales subalternos y generales» (3). El mismo artículo (que es un magnífico
testimonio del ideal de militar de la época), nos ilustra como, en la nueva visión del
oficial, se antepone la gloria del Estado por encima de la gloria personal, en aras de
otro principio muy en boga entonces: “la utilidad pública”, basada en la filosofía
utilitarista de que “lo útil es lo bueno y no al revés”. Lo cual significará a partir de
ahora, que la gloria y con ella el prestigio, no se adquiere para revalidar la casta ante
los iguales, sino en beneficio del Estado primero, y después en el del individuo, pero,
respecto a este último, sólo subsidiariamente y de forma accesoria. La reputación
es, además, fruto, no del arrojo y valor individuales, sino de la disciplina férrea,
practicada como parte del conjunto; como un eslabón de la cadena de mando.

Otro principio rector del comportamiento ético del nuevo oficial, estribaba en “el
humanismo filantrópico”, tan en boga también entre los ilustrados. El oficial de
mérito, pues, debía practicar el amor a la humanidad, el cual se demostraba con su
afabilidad, rectitud en el juzgar y rigor en el castigo, aunque evitando la arbitrariedad,
para lograr así el amor y confianza de los soldados y practicando la guerra
defensiva, ahorradora de sangre, típica de la época, basándose en el principio de
“hacer la guerra para conseguir la paz”, cuando llegara a los más altos rangos de la
Milicia.

Este espíritu nuevo debía ir acompañado de una acendrada preparación técnica


basada en los principios de la ciencia moderna, que es tanto como decir los del
método hipotético-deductivo aplicado al arte de la guerra. Como dice al respecto el
anónimo autor del provechoso artículo citado: «ejecutando sobre el terreno
complicadas operaciones y demostrándolas sobre el papel».

En sentido específico, el oficial (particular y general) debía dominar ciertas materias


comunes: táctica, trigonometría (para la medida de terrenos, plano de un campo de
batalla, de una población o fortificación), conocimientos de poliorcética (defensa y
ataque de las plazas); mecánica (para los trabajos de sitio y marchas); hidráulica

3
“Instrucción Militar” Correo de Madrid, 15/09/1787, nº 95 pg. 421 y ss. Apéndice documental,
documento nº 2.
para la construcción de puentes y diques, geografía para conocimiento general y
particular de los Estados que puedan ser teatro de la guerra y dibujo para el diseño
de planos.

Evidentemente las innovaciones que intentaron actualizar la oficialidad militar


española en la segunda mitad del siglo XVIII, no fueron la panacea. En primer lugar
porque ésta no existe y, en segundo, porque el contexto sociopolítico no era el
adecuado. En efecto: una sociedad nobiliaria terminal, exacerbada por sus
contradicciones, necesitaba algo más que las tenues reformas que se plasmaron en
la nueva Ordenanza. Por todo ello, dichas innovaciones produjeron efectos muy
variados. Por un lado el cambio del sistema de ascensos (basado ahora en la
meritocracia) tenía, como es natural, sus ventajas y sus inconvenientes. En última
instancia la condición humana impone sus vicios y virtudes, que influyen y
condicionan cualquier alternativa. Por eso, si bien por un lado la antigüedad no
aseguraba eficacia si no iba acompañada de concurso de méritos, por el otro el
método electivo, podía inclinar, no sólo al favoritismo sino, con posterioridad, a la
insolencia de los favoritos. En efecto: en una época en que los nombramientos
militares tenían una naturaleza esencialmente política, se ascendió a legiones de
oficiales por el simple motivo de templar los ánimos. El fenómeno de las
“promociones”, siguió vigente y en los aproximadamente 30 años que median entre
la promulgación de las Ordenanzas Militares de Carlos III y el fin de siglo, la plantilla
de oficiales generales se infló considerablemente y todo para acallar protestas en los
momentos más críticos, como en el fracaso de Argel o la guerra de la Convención, y
también para eliminar disidencias aprovechando una victoria, como por ejemplo la
toma de Menorca en 1782.

Tampoco hay que olvidar, por otra parte, que este uso prolijo de la magnanimidad
real, produjo también buenos resultados, permitiendo el encumbramiento de buenos
generales que darían mucho juego. Ejemplos de ello fueron el napolitano Pablo
Sangro (príncipe de Castelfranco) y el valenciano Ventura Caro que se distinguieron
en Mahón, Gibraltar y la Convención; Francisco Javier Castaños, el héroe de Bailén,
José de Urrutia, Antonio Ricardos, Manuel de Aguirre. ¿Y qué decir de los ilustrados
marinos, Jorge Juan, Antonio de Ulloa, Vargas Ponce, Tofiño, Mazarredo, Escaño,
Alcalá Galiano, Gravina o Churruca?
El motín de Esquilache

En el año 1766 el conocido motín de las capas y sombreros, que acabó con la
privanza del marqués de Esquilache, produjo en la Corte un miedo cerval a un golpe
de Estado. En el terreno militar se notó también la impronta del motín. Es evidente
que el susto iba a afectar a reforma de las Fuerzas Armadas, sobre todo en su papel
de garantes del orden interno. Se hizo necesario intervenir para asegurar la fidelidad
del Ejército al Régimen y a su política de reformas. A partir del año 1766 se trabajó
en este sentido, mejorando las condiciones de vida del soldado, (aumento del
prestigio, mejora de las instalaciones de los acuartelamientos) y desde luego
eligiendo oficiales “ilustrados” afectos a la política modernizadora del Régimen. En
este último sentido, cobra significación el nombramiento de extranjeros en puestos
clave en el ámbito castrense, como por ejemplo el irlandés conde de O´Reilly de
inspector de Infantería, al que se dieron plenos poderes e incluso se le permitió
acceder a la Real Persona al margen del secretario de Guerra, que desde 1766 era
el teniente general Gregorio Muniaín, quien había sustituido a Grimaldi, cuando a
éste se le encargó la cartera de Estado a la salida de Esquilache, sacrificado
políticamente en aras de la pública tranquilidad.

El teniente general O´Reilly, pues, fue el gran protagonista militar de toda una
década; la que transcurre entre los años 1766 y 1776. El Rey le confió,
prácticamente toda la reforma de la Infantería, a la par que en Caballería haría lo
propio Antonio Ricardos, otro general de origen irlandés (Ricardos corresponde a la
castellanización del apellido Richards).

Por otra parte, la reforma militar debía circular a la par con la reforma política y aquí
debemos señalar que una y otra parcela (la política y la militar) se encontraban muy
unidas al principio del reinado, por la propia esencia de la Monarquía absoluta, en
cuyo seno era protagonista eminente la alta nobleza, considerada por naturaleza,
como el estamento militar por excelencia del Reino.

En esa situación, los ilustrados trataron de darle al Estado una impronta más civil y
lo realizaron en varios campos. En primer lugar llenando las Secretarías de personas
de la carrera jurídica (los llamados despectivamente golillas por la oposición) y
procurando encumbrar al político civil y rodearle de las prerrogativas que antes
tuviera la clase militar-política. En este contexto se sitúa la creación en 1771 de la
Real y Distinguida Orden de Carlos III, todo un símbolo que molestó a la clase militar
que la creía fundada “contra” las cuatro Órdenes Militares para premiar y por
tanto dar preferencia a los civiles y que fue origen de tensiones.

Por último, en toda esta complicada dinámica no podemos olvidar la figura que
enlaza el periodo anterior con éste y que incluso lo rebasa: el conde de Aranda, de
quien, no por casualidad, poníamos en candelero a la llegada del Rey a España. La
poderosa figura del conde aragonés se extendió como una sombra a lo largo de todo
el reinado. Aranda fue el elemento perturbador, origen de muchos de los
quebraderos de cabeza de ministros, consejeros y del propio Rey. Aranda, en
efecto, a quien en este periodo que nos ocupa ahora, (1763-1776) se le dio al
principio gran protagonismo, como presidente de la Junta de Ordenanzas y del
Consejo de Castilla, como gobernador militar de Madrid y capitán general de Castilla
la Nueva (Capitanía que se creó específicamente para él) y desde luego como
ejecutor de las represalias que siguieron al motín de 1766 con el encargo de buscar
los culpables y de expulsar a los jesuitas a los que se acusó de promoverlo.

Cumplida la misión con su acostumbrada energía, y por tanto digno del Real
Aprecio, Aranda, sin embargo, comenzó a ser un elemento incómodo en la Corte,
enemistándose por muchas y diversas razones con ministros, consejeros y otros
cargos políticos y militares, entre estos últimos con el propio O´Reilly, que le
resultaba insufrible. Y por si fuera poco, encabezó una especie de cenáculo político
(nos resistimos a llamarle partido) al que se denominó “los aragoneses” en el que
militaban altas jerarquías militares, hechuras del conde, que se oponían a la postura
oficial y que, con otra facción opositora, la que Teófanes Egido denomina “el partido
español” (4) adoptaron una clara posición antirreformista y desde luego xenófoba.

A pesar de todo ello, Carlos III optó una vez más por la reforma y el conde aragonés
acabó enviado a la Embajada de París en 1773, su tercer exilio dorado, después de
Varsovia y Valencia.

Así pues, allanado el camino, el general O´Reilly pudo continuar su labor y en 1774

4
EGIDO, Teófanes. Opinión pública y oposición al poder en la España en el siglo XVIII,
Valladolid, Universidad de ______, 1971.
fundó la Academia Militar de Ávila, mientras Ricardos hacía lo propio con la de
Caballería de Ocaña. Pero la estrella del irlandés se eclipsaría al año siguiente.
Demasiado ambicioso, confiado en exceso en su capacidad, cometió el error de
creer que podía conquistar Argel desde los presupuestos de la táctica prusiana y
fracasó. El conde fue otra víctima del racionalismo imperante, que consideraba
ponderable cualquier situación.

El fracaso de Argel acabó con el protagonismo de O´Reilly, aunque no con su


privanza. El Rey, resuelto a seguir protegiéndole, le nombró capitán general de
Andalucía. No obstante y aunque más cercano que el de París, éste no dejaba de
ser otro exilio dorado.

Y con O´Reilly cayó también el ministro Grimaldi. Alejados así los extranjeros del
Gobierno, Carlos III, aunque manteniendo el empeño en las reformas, dio un nuevo
giro a éstas. A partir de ahora las tratarán de llevar a término ministros españoles,
aunque criados en la escuela de los anteriores. Había sonado la hora de los
Floridablancas y Campomanes, con lo que se iniciará el último periodo del fecundo
reinado del Tercer Carlos.

No vamos aquí a contar la campaña de Argel, llevada a cabo en 1775 por O´Reilly,
por resultar demasiado prolija, pero si presentarla como expedición militar tipo del
reinado de Carlos III (habrá otras parecidas, como la de Menorca), en la medida en
que en sus entresijos había demasiadas connotaciones políticas, puesto que en el
estado mayor del general en jefe (que era de origen extranjero como sabemos)
estaban representados dos bandos: los arandistas del partido aragonés y lo que
éstos denominaban “los barbilampiños de Ávila”, es decir las hechuras del general
irlandés (5). Evidentemente cuando falta la unidad de mando, hay un desacuerdo
total con la Marina (aspecto este también endémico entonces y muy entreverado de
política) y se intenta atacar “a la prusiana” a una horda de camelleros que atrajeron a
la tropa española a una emboscada en vez de presentar batalla en línea, la certeza
del fracaso es casi absoluta.

5
Entre ellos se encontraba Bernardo de Gálvez, que luego en 1781 realizaría con éxito la toma
de Pensacola.
Total, derrota, enorme impresión en la opinión pública y O´Reilly apartado de la
Corte a la Capitanía, General de Andalucía, de donde no volvió en todo el reinado.
Pero la derrota no solo le costó la privanza al general irlandés. También cayó
Grimaldi, arrastrado por la crisis.

La etapa final del reinado (1776-1788)

La caída en desgracia del marqués de Grimaldi en 1776, supuso el fin de lo que


podríamos denominar la etapa “italiana” del reinado de Carlos III. Desde este
momento, tomará el relevo una generación de políticos nacidos en España y
generalmente juristas. Entre ellos destaca, sobre todo, la señera figura de José
Moñino, conde de Floridablanca que, como secretario de Estado, dará su impronta al
periodo.

En efecto, el conde murciano, no sólo abordó los problemas que correspondían a su


Secretaría sino que, con una óptica global de gran estadista. intentó promover un
verdadero Consejo de Ministros (la Junta Suprema de Estado) que coordinara los
esfuerzos de los distintos ramos de la Administración (a la sazón prácticamente
independientes unos de otros).

En esta línea aglutinadora el conde fue incorporando poco a poco a su persona,


atribuciones que no le correspondían y con ello provocó la animadversión de sus
compañeros de Gabinete y desde luego de la oposición política de entonces,
representada por los grupos “castizo y aragonés”¸ de los que ya se ha hablado.

En este proceso integrador, el conde de Floridablanca se ocupo del ámbito


castrense, tanto en lo relativo a la estrategia que a España le interesaba plantear en
el contexto de las potencias de entonces, como en la dirección de las operaciones
militares cuando las hubo.

Al mismo tiempo, no descuidó lo que podríamos denominar “la cuestión político-


militar”, es decir: conseguir desde presupuestos ilustrados, disminuir la impronta
castrense en la gobernación de una Monarquía, que aunque de base aristocrática,
deseaba adaptarse a los nuevos tiempos y ello pasaba por alejar a los mandos
militares de las altas instancias del poder político, sustituyéndolos por civiles,
normalmente de la carrera jurídica. Incluso en la Secretaría de Guerra, donde por
primera vez se nombró un civil (Miguel de Muzquiz) a la muerte del teniente general
conde de Ricla en 1780.

Evidentemente esta posición digamos, “civilista”, no gustó a ciertas jerarquías


militares que no estaban dispuestas a tolerar el cambio. A su frente se puso el
capitán general conde de Aranda, a quien otra vez más veremos en primer plano. La
oposición a Moñino vendrá fundamentalmente del conde aragonés y sus partidarios.
Es la nueva faz de este periodo, una vez más, del enfrentamiento entre la casaca y
la toga. La crisis estaba servida.

Este conflicto, larvado durante la etapa anterior y ahora puesto en evidencia por la
actividad del conde murciano (y también, entre otros, del conde de Campomanes
desde el Consejo de Castilla) tuvo su punto álgido con la promulgación de un
decreto sobre honores militares, que ampliaba éstos a personalidades civiles en el
ámbito político. La medida provocó las iras de muchos y creó no pocos disgustos al
secretario de Estado.

Entre tanto, la prensa de entonces, más suelta como consecuencia de algunas


medidas liberadoras en los años ochenta, se hizo eco del debate político-militar e
incluso algunos militares ilustrados estrenaron pluma en algún periódico madrileño,
sacando a la luz los problemas de la profesión y aun ampliando su ámbito de
análisis y mezclándose en los grandes debates de la sociedad de entonces. En este
sentido, destacaron con luz propia dos oficiales del Arma de Caballería: Manuel de
Aguirre y José de Cadalso.

En punto a campañas, esta etapa del reinado fue bastante más fructífera que la
anterior. En efecto: a partir de 1779 y una vez más en el contexto de los pactos
familiares, España entró en guerra contra la Gran Bretaña. Es el momento en que
Floridablanca, aprovechando la provecta edad de Miguel de Muzquiz, secretario de
Guerra, y saltándose también la autoridad del de Marina, marqués González de
Castejón, tomó absolutamente las riendas del conflicto, incluso las de las propias
operaciones militares, obteniendo algunos éxitos y como mínimo la recuperación de
la moral y el prestigio del Ejército, un tanto mermado por las campañas del periodo
anterior. Así, la toma de Pensacola en América y la recuperación de la isla de
Menorca en el Mediterráneo, seguido por el gran despliegue frente a Gibraltar,
marcó un hito en el reinado y situó de nuevo a la Monarquía en un plano de mayor
equilibrio respecto a sus rivales (6).

Con todo y a pesar de que de esta campaña que terminó en 1783, el Ejército y la
Armada españoles salieron prácticamente indemnes, los cuantiosos gastos que
supuso la misma, dejaron exhaustas las arcas del Estado y ello condicionó las
reformas militares en curso, que no pudieron avanzar por esta causa. En efecto: a
partir de 1783, el archivo de la Secretaría de Estado se llenó de unos denominados
“proyectos alambicados para el Ejército”. Es decir, planes para reducir a lo
indispensable los gastos militares.

Colofón: las Capitanías Generales

De la misma forma que el Ejército en sí, fue colocado en el punto de mira de las
reformas carlotercistas, no podía ocurrir menos con los organismos más políticos de
la “Institución Militar”, es decir, las llamadas Capitanías Generales, órganos de
gobierno de las provincias de la Monarquía y desde luego el Consejo y Secretaría de
Guerra, que había que adaptar a los nuevos tiempos, a la par que superar
rivalidades y conflictos de competencias entre uno y otro departamento, que al igual
que en otros ramos de la Administración Central, se encontraban enfrentados desde
principios de siglo en una lucha por la preeminencia política.

Tras la publicación de los Decretos de Nueva Planta para Aragón y Valencia (1716)
para Mallorca (1715) y para Cataluña (1716), se estableció la gobernación
centralizada de estos antiguos reinos periféricos de la península Ibérica a la manera
de Castilla, es decir, mediante las Audiencias, formadas por letrados y militares en
Junta de Gobierno y cuyo presidente será en adelante el capitán general.

La máxima autoridad castrense de la región será desde entonces el sustituto en la


nueva Administración, basada en el centralismo absolutista de cuño francés, de los
antiguos virreyes de la época de los Austrias (salvo en Navarra). Las decisiones
(relativas) que tome la Junta de Gobierno-Audiencia se ejecutarán con el voto
mayoritario de sus miembros. A eso, a esa manera de gobernar las provincias, es lo
que se denominó “el Real Acuerdo”. El Decreto de Nueva Planta para Cataluña fue

6
Sobre las campañas de Menorca y Gibraltar, vid. TERRÓN..... Ejército y Política... opus cit.
especialmente la segunda parte. y El gran ataque a Gibraltar de 1782. Análisis militar, político y
diplomático. Madrid, Ministerio de Defensa, 2000.
el paradigma de la nueva Administración y refleja claramente el carácter político-
militar de la autoridad del capitán general:

“[...] he resuelto que en el referido Principado se forme una Audiencia, en la


cual presida el Capitán General o Comandante General de mis Armas, de
manera que los despachos, después de empezar con su dictado, prosigan en
su nombre (7).

Los citados Decretos de Nueva Planta adolecían de numerosas ambigüedades, por


ejemplo no detallaban las facultades del capitán general, con lo que resultaba a
veces poco reglados, tanto el voto como la composición de la Junta de Gobierno,
dando lugar a lo largo del siglo, a numerosos conflictos de competencias entre éste y
los magistrados civiles de la Audiencia, tras lo cual, en realidad, se escondía larvado
el conflicto entre la preponderancia militar y la civil en cuestiones de gobierno
político; entre militares y togados o militares y golillas, en el decir de la época.

De hecho, todo el siglo estuvo salpicado de incidentes relacionados con esta


cuestión. En esta tesitura, la Audiencia cuestionará la autoridad del capitán general
al menor síntoma de debilidad y éste tratará de imponerse y recuperar lo perdido
cuando las circunstancias (en Madrid) le sean favorables. Por su parte, la
Administración Central actuará unas veces de moderadora y otras como simple
beligerante en uno u otro sentido. El problema perfilará los avatares de la política
interior española en la primera mitad del siglo, acompañando casi siempre a las
más o menos periódicas crisis de los reinados de Felipe V, Fernando VI, Carlos
III y Carlos IV.

La Audiencia aspirará, general y machaconamente, a librarse del capitán general, al


que tratará de arrinconar en sus funciones específicamente militares y a despachar
directamente con el Rey a través de la Cámara de Castilla, en cuestiones de índole
política. Para ello boicoteará siempre que pueda la actuación de la máxima autoridad
castrense y arrancará del gobierno de Madrid (cuando la coyuntura le sea favorable
para ello) algún decreto aclaratorio de la Nueva Planta a favor suyo.

7
Novísima Recopilación, ley I titulo IX libroV.
Por otra parte, no solamente los Decretos de Nueva Planta eran ambiguos. Lo era
también toda la estructura político-territorial, en el sentido que había sido creada con
el cambio de dinastía y en el contexto de una guerra civil, con todas las tensiones
inherentes a un acontecimiento de este tipo y la necesidad posterior de pactos y
transacciones para mantener la quietud social y política.

En una atmósfera así, era prácticamente imposible que no se produjeran


contradicciones suficientes como para que cada cual, con intereses partidistas o
corporativos, no arrimara el ascua a su sardina. A esta situación, habría que añadir
lo poco proclive a las declaraciones positivas en una sociedad acostumbrada al
Derecho Consuetudinario y al hecho de que a un noble nadie tenía que recordarle
sus deberes, que suponía tener en grado eminente por razón de la cuna. Un noble,
que también por naturaleza, pertenecía a la clase militar.

Así pues, el centralismo absolutista se daba por hecho y Felipe V lo implantó, desde
Castilla y al modo de Castilla, a los reinos periféricos de la Monarquía Hispánica y
además con una específica impronta militar en la medida que se hacía por derecho
de conquista y por la necesidad de ejercer sobre los derrotados lo que el marqués
de Risbourg, capitán general de Cataluña entre 1722 y 1736, denominaba “un
vigilantísimo gobierno”, sobre todo añadía “por el genio belicoso e inquieto de
los catalanes” (8). Quería esto decir, que el motivo de la implantación fue
consecuencia de la contienda civil y por tanto el Real Acuerdo no afectó a los
territorios castellanos, salvo a Murcia, que pasó a formar parte de la Capitanía
General de Valencia.

Después de estas regulaciones y a la altura del año 1717, las Capitanías quedaron
establecidas de la siguiente forma: Aragón, Cataluña, Valencia y Murcia sujetos al
Real Acuerdo al que se incorporarían paulatinamente Andalucía, Costa de Granada,
Extremadura y Galicia. Paradójicamente y desde el punto de vista territorial, Castilla
quedó al margen, gobernada en nombre del Rey exclusivamente por la Chancillería
de Valladolid e incluso sin Capitanía General expresa, hasta que, con ocasión de
los motines de 1766, se creó ésta en la persona del conde de Aranda.

8
Risbourg al arzobispo de Valencia, gobernador del Consejo de Castilla, Barcelona
18/10/1727 A.H.N., Estado, legajo nº 2939, exp. nº 68.
Por otra parte y al margen de los condicionamientos externos, derivados del origen
bélico de la organización territorial, que condicionó su desarrollo y generó
contradicciones, también su ambigüedad se vio favorecida por la actitud personalista
de los que la toleraron y aun favorecieron en función de sus intereses personales.
De hecho, da la impresión de que nadie tuvo nunca intención de abordar el problema
sino de parchearlo. En todo caso lo único que se hizo fue colocar en el lugar preciso
a personas afectas que de momento soslayaran el dilema sin resolverlo, cerrando en
falso las crisis y limitándose a paliar sus efectos con medidas coyunturales, lo cual
provocaba que los problemas resurgieran.

En este sentido, la fuerte impronta militar de la gobernación provincial y también la


pugna entre la casaca y la toga se mantuvo toda la primera mitad del siglo. Pero al
llegar Carlos III y debido a la tendencia más civilista de este reinado ilustrado,
parece que se tomaron algunas medidas para suavizar las tensiones. Así, cuenta
Molas Ribalta que en el año 1766, en la toma de posesión del conde de Sayve
como capitán general de Valencia, se observó, que aunque tenía el real despacho
de la Secretaría de Guerra que le facultaba como titular de la Capitanía, carecía de
la cédula de la Cámara de Castilla con la que los capitanes generales se habilitaban
para la posesión del cargo de gobernador político y presidente de la Audiencia. No
obstante la cosa no pasó a mayores y Sayve fue investido (9). En todo caso, esta
omisión parece indicar algún tipo de cambio de actitud, que sin embargo no
prosperó. Quizás los motines del año 1773 en Barcelona contra las quintas tuvieron
algo que ver en ello.

Al mismo tiempo que ocurría lo de Valencia, y como ya se ha mencionado antes, ese


mismo año y forzado por los acontecimientos del motín de Esquilache, Carlos III
creó la Capitanía General de Castilla la Nueva en la persona del conde de Aranda,
nombrándole además gobernador de Madrid. En realidad esta Capitanía no tenía
sentido, siendo Madrid la Corte y por tanto la capital del Reino. Se creó más por
motivos de seguridad. La prueba de ello es que a dicha Capitanía no se le extendió
el Real Acuerdo, es decir: nombrando presidente de la Chancillería de Valladolid al

9
MOLAS RIBALTA, Pedro. Militares y togados en la Valencia borbónica. Actes du premier
colloque sur le Pays Valencien a l'Epoque Moderne, Valencia, 1980, pp. 171-186.
capitán general. Hubo que esperar a finales de siglo, en 1800, en pleno reinado de
Carlos IV, para que se le concediera, completando así la estructura provincial creada
a principios de siglo y que, con esta medida, a las postrimerías de la centuria, se
zanjaba con una clarísima preeminencia de la autoridad militar sobre la civil en
términos políticos, a pesar de los esfuerzos en contrario que había hecho Carlos III.

Otra cuestión a señalar es, que durante el reinado de los primeros Borbones, se
observa la presencia permanente de extranjeros en las Capitanías. Hecho que
reafirma la idea de que se procuraba beneficiar a éstos en ciertos cargos, para evitar
el exceso de poder en manos de personajes nacionales, algunos de los cuales
militaban en grupos de oposición al régimen, sobre todo en el reinado de Carlos III,
en el que se intentó una reforma en profundad de las estructuras del Estado, de la
sociedad y aun de la Milicia que fue contestada desde varios ángulos.

El fenómeno de los extranjeros en el ámbito de las Capitanías puede seguirse


claramente en Cataluña donde, por ejemplo, fueron capitanes generales Sterclaes-
Tilly y Risbourg; el marqués de Croix que lo fue de Galicia; el conde de O´Reilly en
Andalucía y Caylus, Sayve, Vanmark, Croix y Crillon, en Valencia (10).

10
MOLAS opus cit. pag. 178
TERCERA CONFERENCIA

AMÉRICA EN EL PLANTEAMIENTO ARANDINO


AMÉRICA EN EL PLANTEAMIENTO ARANDINO

Fernando Puell de la Villa*

Sean mis primeras palabras, como decían los oradores decimonónicos, para dar las

gracias al presidente y vocales de la Comisión española de Historia Militar

(CEHISMI) por su amable invitación a participar en este ciclo de conferencias.

Voy a tratar un tema inexplorado que sacará a la luz una de las facetas menos

conocidas de uno de los personajes más ilustres formados en las filas del Ejército

español, hoy muy olvidado por sus compañeros de Armas y también por la mayor

parte de los historiadores.

Me refiero al capitán general del Ejército don Pedro Pablo Abarca de Bolea y

Ximénez de Urrea, décimo conde de Aranda, y a sus aportaciones al arte militar y a

la política de defensa del último tercio del siglo XVIII, que para él debía de tender

básicamente a preservar intacto el legado americano de la Corona española.

Desgraciadamente, no creo que muchos españoles sepan quién fue exactamente el

conde de Aranda, y estoy convencido de que de esta minoría sólo unos pocos

tendrán conciencia de su condición de militar de carrera. Y el panorama, desde el

punto de vista historiográfico, es desolador.

El único estudio que he podido consultar sobre su faceta militar se remonta a 1931, y

consiste en un folleto de 22 páginas, prácticamente desconocido, titulado: Una


reforma militar del siglo XVIII. Breve nota y comentario sobre algunos tropiezos mal

conocidos de D. Pedro P. Abarca de Bolea, décimo Conde de Aranda.

No obstante, si algo caracterizó al conde de Aranda, y en ello se muestran

conformes cuantos autores se han aproximado al personaje, fue su dedicación a la

Milicia, vocación y afición a las que supeditó cualesquiera otras de las que

desempeñó a lo largo de su dilatada biografía.

En su caso, además, no hay pretexto que justifique esta lamentable postergación.

Pocos militares habrá, por no decir ninguno, que hayan dejado tras sí un fondo

documental tan copioso como el del general Abarca, fondo procedente de la

exhaustiva requisa que Godoy ordenó realizar en sus casas de Madrid y Aranjuez en

el momento de enviarle a prisión.

En esta documentación, hoy desperdigada en más de 50 legajos de la Sección de

Estado del Archivo Histórico Nacional, señorea lo castrense e incluye cientos de

análisis, propuestas, planes y dictámenes relacionados con asuntos militares,

dictados e incluso manuscritos por él a lo largo de su vida pública.

También conserva decenas de estudios referentes a otros Ejércitos y Armadas

europeas recopilados por él, especialmente durante los 14 años que ocupó el puesto

de embajador en París, que ponen de manifiesto su gran interés y dedicación

profesional.

Por si ello fuera poco, a principios del siglo XIX, se publicaron, bajo el título:

Reflexiones sobre la Paz y la Guerra, que escribía el Excmo. Sr. Conde de Aranda,

algunos extractos del tratado militar con el que, como postrera contribución a su

oficio de soldado, intentaba mitigar los rigores y sinsabores del exilio aragonés.
Este ingente fondo documental permite conocer en profundidad el pensamiento de

Aranda en relación a lo que hoy denominamos política de defensa, y también sus

planes y proyectos de política militar.

Como es lógico, su preocupación por estos temas no se materializó hasta el año

1762, cuando Carlos III le puso al frente del Ejército de operaciones de Portugal. A

partir de esa fecha y hasta la de su proceso en 1794, los problemas de la defensa y

seguridad del reino ocuparán lugar preferente en cuantas comunicaciones, públicas

y privadas, presente al Monarca, a los ministros, a sus compañeros de armas y a sus

colegas del mundo diplomático.

En política de defensa, desde los primeros escritos y hasta su muerte, mantuvo

obsesivamente el criterio de que España debía afrontar un único riesgo: América, y

que la amenaza procedía prioritariamente de Gran Bretaña.

En política militar, sin embargo, mantuvo criterios poco plausibles para su tiempo, y

procuró acomodar su pensamiento al acelerado proceso de cambio que le tocó vivir,

con singular lucidez, pero escaso poder de convicción.

El conde, inicialmente, planteó sus proyectos militares en términos muy agresivos,

haciendo valer el dicho de que no hay mejor defensa que un ataque. A partir de la

independencia de Estados Unidos, y más acusadamente desde que el estallido

revolucionario francés desbarató el Pacto de Familia, la belicosidad que le había

caracterizado se templó y pareció convencerse que sólo por la vía del neutralismo

armado sería viable contrarrestar las dos amenazas, esta vez ideológicas, que se

cernían sobre la Monarquía Hispana: la norteamericana en Indias y la ultrapirenaica

en la Península.
Dado el objeto de estas Jornadas, esbozaré en primer lugar cómo concebía el conde
de Aranda lo que hoy denominamos política de defensa y política militar. A
continuación, analizaré sus planteamientos con respecto a la América Hispana, y su
postura ante el proceso de independencia de Estados Unidos, y por último hablaré
brevemente del dramático final de su carrera política.

Política de defensa y política militar

Como es bien sabido, ayer y hoy, la política de defensa viene condicionada por los

objetivos que marca la política exterior. Cuando un Estado carece de política

exterior, o los objetivos son ambiguos, la política de defensa se resiente y con ella

todo el sistema militar. Buen ejemplo de ello es el caso de España, desde el final de

la guerra de la Independencia hasta que los gobiernos de la transición decidieron

que el eje de nuestra acción exterior pasaba por Bruselas, en lo político, en lo

económico y en lo militar.

No era éste el caso en tiempos de Carlos III. La política exterior fue clara y estable

durante su reinado. Claridad y estabilidad palpables en que las Instrucciones

preparadas por Grimaldi para Aranda, en 1773, cuando se le nombró embajador en

París, apenas se diferenciaron de las dirigidas por Floridablanca a su sucesor, el

conde de Fernán Núñez, en 1787.

En ambos documentos, lo sustancial era la importancia atribuida a la alianza


francesa y la desconfianza y recelo hacia las intenciones de Gran Bretaña. Al resto
de países europeos apenas se les prestaba atención, y sólo en función de la posible
incidencia que sus disputas tuvieran sobre la conflictividad hispano-británica. La
única novedad de la Instrucción de 1787 era una referencia a Estados Unidos, a
propósito de su “conducta con nosotros” en el Pacífico.

Sorprende, en este segundo documento la total falta de referencias a la situación


interna de Francia, donde ya se había iniciado el proceso revolucionario. Proceso
que hará tambalearse toda nuestra política exterior, desorientará a los encargados
de dirigirla y acarreará la destrucción de la Flota, del Ejército, del Erario y, por último,
del Imperio americano.

Durante el reinado de Carlos III, aun siendo semejantes los mimbres con los que
Grimaldi y Floridablanca hubieron de tejer su política de defensa, se advierten
diferencias entre la guerra de objetivos limitados que ambos planteaban, y lo que
opinaba Aranda al respecto. Para un hombre, que intuía con medio siglo de
antelación los principios enunciados por Clausewitz en 1830, la guerra debía ser
total y orientada a la destrucción de las fuentes de riqueza del adversario.

Aranda no pareció entender nunca la mentalidad de Carlos III y sus ministros.

Hombres de su tiempo, tal como diagnosticó el general Díez-Alegría en el magnífico

artículo que escribió para la CEHISMI en 1984, se sentían muy satisfechos de haber

“encorsetado” la guerra, y actuaban convencidos de que su racionalización era

consecuencia directa de las virtudes de la Ilustración y el mejor símbolo de los

avances del Siglo de las Luces.

¿Podríamos sostener entonces que el conde de Aranda había concebido una

política de defensa original y distinta a la definida por la Secretaría de Estado? La

reciente historiografía española, a excepción de la escuela de Rafael Olaechea y

Ferrer Benimeli, apenas ha prestado atención a sus ideas políticas, y menos a la

vertiente castrense de las mismas, ante la fascinación provocada por la figura de

Floridablanca.

Los hispanistas no emiten juicios de valor sobre su faceta pública, salvo en relación

a su supuesto enciclopedismo, y algún historiador británico incluso ha llegado a

afirmar que careció de ideas propias y que su única preocupación fue “restaurar el

orden y la confianza” durante los años que presidió el Consejo de Castilla.


La realidad, al menos en materia de defensa, apunta a lo contrario. Hasta el

momento, los contados estudios dedicados al Ejército de la Ilustración sólo han

destacado la importancia y trascendencia de su labor con respecto a las Ordenanzas

de 1768. Sin embargo, Aranda podría en justicia formar parte del escaso elenco de

tratadistas militares que ha producido nuestra nación. Redunda en perjuicio suyo

que no llegara a publicar su pensamiento, salvo en el opúsculo del que se habló al

inicio del artículo, y sea necesario rastrear en manuscritos dispersos para

encontrarlo.

Entre éstos, he seleccionado tres que permiten contemplar la evolución de su

pensamiento.

En el primero, fechado en el año 1768, se mostraba partidario de elaborar una

política de defensa basada en el actual concepto de disuasión armada. En el

segundo, suscrito en el año 1770, Aranda formulaba la revolucionaria teoría de que

la guerra no debía limitarse a destruir el ejército contrario, sino sobre todo las bases

de su economía. Y en el tercero, elaborado en 1776, contemplaba la guerra

subversiva como un procedimiento muy eficaz para minar la fortaleza del adversario.

El primer documento, el fechado en el año 1768, lo escribió cuando todavía gozaba

de la confianza y aprecio de Carlos III y un par de meses antes de hacerle entrega

de su obra más trascendental: el tratado II de las Ordenanzas, publicadas pocas

semanas después. Se trataba de rebatir el proyecto presentado por José Gregorio

Muniain, secretario del Despacho de Guerra, para aumentar la plantilla de los

regimientos de la Milicia Provincial, a costa de reducir los efectivos de la Infantería

de Línea.
Aranda, en su papel de presidente del Consejo de Castilla, recibió el encargo de

dictaminar el proyecto, y en lugar de limitarse a ello, elaboró una contrapropuesta

que analizaba en detalle la política exterior de la Monarquía y las líneas generales

de política de defensa que se derivaban de ella. Además, establecía principios

generales de doctrina militar y precisaba los medios necesarios para la consecución

de los objetivos enunciados. Obviando las propuestas orgánicas, la parte doctrinal

del documento puede considerarse como un claro precedente de lo que hoy

llamamos “disuasión armada”.

En el documento del año 1768 aún no aparecía reflejada la más revolucionaria de

sus propuestas: la de sustituir la guerra de objetivos limitados, característica del

Antiguo Régimen, por la guerra global, tal como la concibió Clausewitz en 1830 y

practicaron todos los países desde 1870 a 1945.

Sin embargo, casi un siglo antes, en el año 1770, Aranda ya defendía que para

derrotar al enemigo era imprescindible destruir su potencial militar, económico y

moral. En este sentido, al plantearse la crisis de las Malvinas, instó a Carlos III a

socavar la moral del pueblo inglés: “aturdirlo y debilitarlo con todos los registros

conducentes a su destrucción”, mediante lo que denominó “guerra de Armadores”,

consistente en bloquear sus puertos, dificultar y hostigar sus comunicaciones

marítimas, e impedir el acceso y aprovisionamiento en los puertos borbónicos a sus

mercantes.

Por último, en un escrito remitido a la Corte de Versalles en 1776, con ciertas

reservas mentales por parte de Carlos III, solicitó la colaboración francesa para

abordar un plan conducente a la independencia de Irlanda. No se trataba de hacer

desembarcar allí un ejército, sino de inducir a los irlandeses a emanciparse de la


tutela británica, prestándoles el necesario apoyo político y económico. Haciendo

abstracción de la parte operativa del documento, su introducción es una pieza básica

para conocer su revolucionario concepto de la guerra, al volver a formular ideas cuya

paternidad se atribuía con exclusividad a Clausewitz.

Identificada Gran Bretaña como el enemigo natural de España, “con todos los

requisitos de tal”, Aranda sentaba el criterio, núcleo central de su concepto de

política militar, de considerar justificado el uso de “cuanto contribuya a disminuirle su

vigor, y a moderar la altanería genial, privándola de las fuerzas suficientes para

sostenerla”.

En el documento de 1768, se daba por satisfecho con disuadir. En el de 1770, con

actuar contra los intereses económicos del adversario. Y en el de 1776, ascenderá

otro peldaño más y se inclinará por emprender lo que, dos siglos después, se

denominará “guerra subversiva”, con el objetivo de distraer tropas enemigas de otros

escenarios.

América y el Pacto de Familia

Durante buena parte del siglo XVIII, España se convirtió en el satélite de Francia, o

con mayor precisión, los monarcas madrileños se conformaron con el papel

dependiente que consideraban inherente a la jefatura de la Casa de Borbón.

Aun reforzado el vínculo dinástico tras la firma del Pacto de Familia entre Carlos III y

Luis XV, la Corte de Versalles mantuvo su estilo prepotente, eludió las obligaciones

defensivas derivadas del tratado, cuando interferían sus designios políticos, y exigió

contrapartidas militares, sin tomar en consideración el interés de su aliada.


La situación descrita se corresponde exactamente con la realidad durante los 15

años que Grimaldi estuvo al frente de la Secretaría de Estado. A partir del año 1777,

cuando Floridablanca se hizo cargo de nuestra acción exterior, algunos autores

aprecian una actitud de mayor independencia en la relación bilateral, concretada en

la resistencia a la sugerencia francesa del reconocimiento y firma de un tratado con

Estados Unidos.

Sin embargo, repasando la documentación disponible, no es posible compartir dicho

criterio. Muy probablemente debido a que el Rey no le dio otra alternativa, Moñino se

comportó de forma similar a su antecesor, salvo en la cuestión reseñada. Así se

desprende de la lectura de los párrafos referidos a la relación con Francia,

correspondientes a la instrucción preparada en el año 1787 para el embajador

Fernán Núñez, fiel reproducción de los dictados por Grimaldi para Aranda en 1763.

Reinando ya Carlos IV, volvió a actuar de igual forma en la rígida interpretación del

Pacto de Familia, con ocasión del conflicto de San Lorenzo de Nootka, y no dudó en

anteponer la defensa de los intereses dinásticos a la de los nacionales.

El conde de Aranda, en los primeros años de su carrera política, es decir, antes de

tener la oportunidad de evaluar en directo el comportamiento francés, aceptaba y

respetaba esta situación de dependencia. Lo único que le diferenciaba de Grimaldi y

Floridablanca era su mayor preocupación por los aspectos defensivos del pacto

suscrito, y la firme creencia en que éste implicaba ineludibles obligaciones y

contraprestaciones militares que obligaban por igual a las dos potencias.

Además, para Aranda, sobre cualquier otro aspecto de la cuestión, la alianza

hispano-francesa era considerada vital para España, porque proporcionaba la


necesaria superioridad de medios para proteger nuestros intereses en América,

amenazados por la acción conjunta de Inglaterra y Portugal.

A raíz de la pérdida de La Habana en 1762, las mentes más clarividentes percibieron

que el escenario estratégico se había desplazado del continente europeo al

americano. En efecto, las Paces de Westfalia, de los Pirineos y de Utrecht habían

logrado estabilizar las fronteras en Europa occidental. Las principales potencias del

entorno –Francia, Gran Bretaña, Portugal y España– no pretendían ampliar sus

áreas de influencia y los únicos litigios remanentes, en este ámbito, se localizaban

en Dunkerque, Mahón y Gibraltar.

La situación era muy diferente en ultramar. La competencia comercial, la apertura de

nuevas rutas y mercados, enfrentaba a unos y a otros. Haciendo abstracción de los

latentes conflictos en Asia y África, el continente americano, caracterizado por su

anterior estabilidad, fue objeto de constantes reivindicaciones territoriales y

mercantiles durante el siglo XVIII.

España, más vinculada y mucho más dependiente económicamente de las colonias

que su aliado francés, se sentía amenazada por las ambiciones británicas y

portuguesas. Como ha destacado Julio Albi, aunque nuestro país fue la única

potencia europea que no vio mermados sus dominios ultramarinos en el transcurso

del siglo, fueron constantes y revistieron sumo peligro las agresiones, externas e

internas, que se cernieron sobre los mismos, y más en particular durante su segunda

mitad.

En la Corte española, existía conciencia del potencial militar de la Monarquía y de

nuestra inferioridad naval. También de que, de cara a un posible enfrentamiento con

Inglaterra, o con su aliado lusitano, la supremacía de la Casa de Borbón era


incuestionable en tierra, pero que la flota británica aventajaba a la española y a la

francesa por separado, y que sólo reunidas tenían alguna posibilidad de equilibrar la

situación.

En número de unidades navales, tonelaje y armamento, españoles y franceses

incluso superaban al potencial adversario. Los ingleses, por el contrario, se

desenvolvían mejor en el campo de la táctica naval, las tripulaciones estaban más

profesionalizadas y los navíos, al llevar el casco forrado de cobre, maniobraban con

mayor facilidad y eran más veloces.

Contemplada la situación en su conjunto, con óptica muy simplista, se podría afirmar

que la flota española contaba con dos magníficas escuadras: la de transporte de

tropas y la de escolta de convoyes; en tanto que la británica, y en menor medida la

francesa, descollaban por el número y calidad de sus unidades de combate y de

descubierta.

Uno de los primeros en advertir esta nueva realidad, o al menos en manifestar

abiertamente que la situación había cambiado, fue el conde de Aranda, quien, en

1766, cuando estaba en la cumbre de su carrera política, alertó a Carlos III de que

los riesgos y amenazas para la supervivencia de la Monarquía se habían trasladado

al otro lado del Atlántico, y que, en consecuencia, el principal objetivo de nuestra

política de defensa habría de ser proteger eficazmente las posesiones ultramarinas,

cuyo comercio y remesas de metales preciosos eran vitales para que España

continuara siendo una potencia de primer orden.

Durante bastantes años, Aranda estimaría que, para defender aquel espacio y

debilitar la hegemonía naval británica, convenía realizar un desembarco terrestre en

la propia Gran Bretaña. Y también que, para contrarrestar las ansias expansionistas
de Portugal en América, era preciso asestar el golpe en la península Ibérica,

mediante la ocupación de su territorio metropolitano.

Grimaldi, como antes se apuntó, mantuvo la postura invariable de que el conde era

excesivamente alarmista y que hacer uso de las armas para impedir la merma de

pequeñas porciones de tan inmenso imperio, como las Malvinas o el Sacramento,

suponía correr el riesgo de un enfrentamiento generalizado con Inglaterra.

Cuando Carlos III, al parecer bastante incómodo con el agrio carácter de Aranda,

decidió alejarlo de la Corte y le nombró embajador en París, Grimaldi le dio

instrucciones de que utilizara sus dotes de persuasión para inducir, “mañosamente”,

al Gobierno francés a reforzar sus efectivos navales, ”porque de ello penderá el

sostener con honor una guerra que pueda sobrevenir, o acaso precaverla”.

Diligentemente, si bien con menos sutileza de la recomendada, sondeó a los

ministros franceses de Asuntos Exteriores y de Marina. La infructuosa gestión le

convenció del desinterés de Francia en coadyuvar al esfuerzo marítimo español, y

su renuencia a implicarse en aventuras bélicas patrocinadas por la Corte de Madrid.

Poco después, en el año 1774, recién iniciado el litigio brasileño, Grimaldi le instó a

que calibrara la incidencia del cambio de ministros, acaecido tras la muerte de Luis

XV, sobre la alianza hispano-francesa. El informe del embajador, que llevaba más de

un año en París y ya conocía mejor los entresijos de Versalles, fue

desesperanzador.

Con su habitual contundencia, respondió que Francia nunca se implicaría

militarmente en apoyo de los intereses españoles en América: “Las potencias se

gobiernan regularmente más por los intereses, que por su sangre y cordialidad”,
escribió al trasladar a Grimaldi la oposición francesa a prestar ayuda, y le

recomendó que España actuara por propia iniciativa, sin consulta previa a París, ni

expectativa de colaboración francesa, y que se apresurara a enviar una expedición

armada al río de la Plata contando sólo con nuestros medios.

Sentado lo anterior, admitió, con cierto escepticismo, que Francia no tendría “cara

para negarse” a intervenir si Inglaterra contraatacaba en Europa o en las Antillas.

Grimaldi desestimó la opinión de su embajador y, tras frustrarse los intentos para

llegar a un acuerdo con Lisboa, le ordenó someter a la consideración de Versalles

un plan de invasión conjunta de Portugal. La negativa francesa fue aún más

terminante.

Aranda le volvió a urgir el envío de una fuerza marítimo-terrestre a Buenos Aires,

para recuperar los territorios ocupados por Portugal al sur de Sao Paulo,

aprovechando que el ejército británico estaba empeñado en Norteamérica. Grimaldi

se opuso de nuevo, alegando que ello sería exponerse a provocar “un fundado

resentimiento” de Inglaterra.

Probablemente, esta serie de fracasos influyeron en la posterior evolución ideológica

de Aranda, patente tras la independencia de Estados Unidos. Aunque no fuera así,

sí debe identificarse como el punto de partida de la línea de pensamiento que le

acompañará hasta su muerte: “Una nación no ama jamás a otra, sino en cuanto lo

exige su interés particular”, escribió, veinte años después, en su destierro de Épila.

Incidencia del proceso revolucionario

Al entrar en escena Estados Unidos, como embrión de nación independiente,

Aranda intuyó, nada más iniciarse el proceso de emancipación, que su mera


existencia conllevaba un riesgo potencial para la América española, incluso superior

al británico. Y el día 24 de julio de 1775, sólo un mes después de producirse el

primer escarceo entre las milicias del general Washington y las tropas regulares

británicas, en los alrededores de Boston, alertó a Grimaldi sobre su inevitable

repercusión.

Ante la falta de reacción del ministro, reiteró las llamadas de atención e insistió en la

conveniencia de granjearse, desde el primer momento, la simpatía de los rebeldes,

como habían hecho los franceses. Opinaba que, a corto plazo, una victoria inglesa

fortalecería su posición ultramarina, lo que debilitaría la española, pero su previsible

derrota supondría la aparición de un nuevo vecino, menos temible como amigo que

como enemigo. Es patente que Aranda había percibido la potencial amenaza del

futuro coloso americano, diez meses antes de que el Congreso de Filadelfia

redactara la Declaración de Independencia.

Asimismo, las ideas vertidas en el famoso Dictamen reservado de 1783 rondaban

por su mente bastantes años antes de la firma del Tratado de Versalles. El dictamen

sólo se conoce gracias a una copia tardía, aunque ha sido hasta ahora la fuente más

utilizada para demostrar la clarividencia de Aranda sobre esta cuestión.

Sin embargo, seis años antes, al trasladar a Madrid la petición de ayuda cursada por

los delegados del Congreso estadounidense, elaboró un despacho donde ya

exponía su pensamiento al respecto, con la ventaja añadida de que nadie puede

poner en duda su autoría, como ocurre con el anterior.

Además, el despacho del año 1777 es imprescindible para conocer lo que opinaba

sobre el proceso de independencia de Estados Unidos, por lo que me permitirán leer

un breve pasaje del mismo:


“Cuatro Potencias europeas dominaban América: España, Francia, Portugal e
Inglaterra. Mientras durase esta división, las miras de la España se debían dirigir a
la conservación de lo suyo. La España va a quedar mano a mano con otra
Potencia sola en todo lo que es tierra firme de la América Septentrional. ¿Y qué
Potencia? una estable y territorial que ya ha invocado el nombre patricio de
América, con dos millones y medio de habitantes descendientes de europeos (con
pretensión de llegar a 10 en 50 años). Importa a la España el asegurarse de aquel
nuevo dominio por medio de un tratado solemne, y cogiéndolo en el momento de
sus urgencias con el mérito de sacarlo de ellas.”

Aranda no logró convencer a Grimaldi, y tampoco a su sucesor, Floridablanca, de la

conveniencia de apoyar a los independentistas, y tuvo que contentarse con trasladar

su frustración a sus compañeros de armas. Por carta les comentó que tarde o

temprano Floridablanca decidiría prestar apoyo a los independentistas, pero que la

demora nos haría perder puntos políticos con Estados Unidos y bazas militares

frente a Inglaterra: “habiéndolos podido coger con los brazos atados, los hallaremos

con ellos sueltos”.

Dos años después su vaticinio se hizo realidad. Floridablanca ordenó apoyar a los

rebeldes y declaró la guerra a Gran Bretaña. Pero entonces el proceso estaba ya tan

avanzado que la intervención española era irrelevante. Por ello, muy pocos

estadounidenses reconocen hoy la ayuda prestada por España y sólo recuerdan su

débito con los franceses.

Finalizadas las hostilidades, Floridablanca confió a Aranda la dirección de las

negociaciones a tres bandas que culminaron en la firma del Tratado de Versalles del

año 1783, lo dio pie a una abundante correspondencia en la que volvió a insistir

sobre el riesgo que se cernía para el futuro de la América española, si no se atendía

y cuidaba la relación con Estados Unidos:


“Aquel nuevo dominio, por su nueva legislación, por el carácter de sus Pobladores,
por irse a constituir una Nación cultivadora, lleva los visos de ser tranquilo en su
Establecimiento, que es cuanto podemos desear; y por lo mismo, parece ser
nuestro interés el que empiece a vivir con semejante disposición, sin quedarle
espina inmediata que mire con resentimiento, para que, ni en los actuales
vivientes, ni en la tradición de sus sucesores, se engendre un encono de vecinos.
Ellos estarán en su Casa y nosotros muy distantes; ellos, a poco coste
insultándonos, y nosotros, a mucho, aventurando el resistirles; ellos, pudiendo con
influencias, y el ejemplo de su libertad, exaltar los espíritus de nuestros
habitadores, y nosotros, que tal vez los tenemos displicentes, muy fuera de mano
para apaciguarlos.”

Como evidencia el texto anterior, el conde, evidentemente afectado por la derrota

colonial de Inglaterra, parecía haber olvidado su belicosidad y prestaba mayor

atención a la amenaza ideológica, derivada de la victoria de los colonos, que al

riesgo que pudieran desencadenar las ambiciones territoriales de la nueva nación.

La amenaza ideológica que, en opinión de Aranda, suponía la entrada en escena de

Estados Unidos se trasladó, agudizándose, a este lado del Atlántico a partir del inicio

del proceso revolucionario francés, de cuyos prolegómenos fue testigo de excepción.

Además, tras 14 años de estancia en París conocía en profundidad tanto las

miserias de la Corte, como la vitalidad y patriotismo de los franceses y la

potencialidad y riqueza del país.

Así, cuando, en el año 1787, Inglaterra contempló la posibilidad de recuperar los

puntos cedidos a Francia en Versalles, alentada por el incierto desenlace de la

convocatoria de los Estados generales, Aranda expuso al embajador español en

Londres que era muy arriesgado equiparar síntomas de malestar socioeconómico

con deterioro de la capacidad de respuesta de la nación francesa. Dicha exposición


aporta alguna clave para interpretar, con cinco años de anticipación, la insistente

prudencia que ocasionó su ruina definitiva.

Esta reflexión induce a revisar determinados juicios historiográficos y comprender

por qué un hombre que se había pasado la vida trazando y proponiendo planes y

proyectos bélicos, hasta el extremo de hacer perder la paciencia a Carlos III, cuando

se le presentó la ocasión de poner en práctica sus ideas decidió adoptar actitudes

mucho más comedidas que las de sus antecesores.

Cuando en febrero del año 1792, Carlos IV decidió el cese de Floridablanca y puso a

Aranda al frente del poder ejecutivo, el panorama internacional, expuesto por Moñino

con todo lujo de detalles a su sucesor, era desconcertante.

Oficialmente, España mantenía una alianza defensiva con el titular de la Monarquía

francesa, y por si fuera poco, dos años antes, la Asamblea Constituyente había

asumido las obligaciones militares derivadas del Pacto de Familia, interpretándolo

como un tratado defensivo firmado entre naciones soberanas.

Era la primera vez que Francia asumía esta obligación desde que se firmó el Pacto

en el año 1761, y el motivo aducido para solicitar el auxilio francés era muy similar a

los invocados en el año 1770, cuando Luis XV se negó a ayudar a Carlos III con

ocasión del incidente de las Malvinas, y en 1775, cuando Luis XVI hizo lo propio con

respecto a la intervención en Sacramento.

En esta ocasión, agosto de 1790, los ingleses se habían apoderado del puerto de

San Lorenzo de Nootka, situado cerca de la actual ciudad de Vancouver, y los

constituyentes franceses, al requerir Carlos IV el respaldo de Luis XVI, se prestaron

a movilizar 45 navíos.
Floridablanca, sin embargo, interpretó que la resolución de la Asamblea viciaba el

espíritu de la alianza borbónica, declinó la oferta de ayuda, cedió el puerto de

Nootka a Gran Bretaña y suspendió el Pacto de Familia.

Aranda, que seguía sin perder de vista que el eje de la política de defensa

continuaba siendo América, pretendió convencer a Carlos IV de la conveniencia de

descartar el inoperante Pacto de Familia, aceptar la situación impuesta por los

acontecimientos y, “con decente suavidad”, conservar la alianza militar con Francia.

Con su aspereza habitual, perfiló fríamente el estado de la cuestión y, el 30 de abril

de 1792, exigió al Consejo de Estado optar con urgencia por aliarse con Francia o

con Inglaterra, “porque sin apoyo de uno de los dos arriesgamos todo lo

ultramarino”. Un mes después, descartada la opción británica, presentó a la firma del

Rey una carta, dirigida al monarca napolitano, que alegaba motivos defensivos para

justificar el estrechamiento de lazos con los revolucionarios.

El asalto a las Tullerías y la prisión y ejecución de Luis XVI impidieron llevar a buen

término aquel designio. Sin embargo, pocos días antes de la declaración formal de

guerra, el 27 de febrero de 1793, amparado en su condición de presidente del

Consejo de Estado, puesto que conservaba tras hacerse cargo Godoy del poder

Ejecutivo, presentó un largo documento, lo que en lenguaje militar denominaríamos

un Estudio de los factores de la decisión, tras cuya lectura cualquier general habría

anulado las operaciones previstas en la frontera pirenaica o las hubiera pospuesto

hasta concentrar mayores efectivos y mejorar el apoyo logístico.

Como Godoy ignoró sus recomendaciones, urdió una segunda estratagema para

impedirle que declarara la guerra. El día 25 de abril, remitió al monarca una “idea de

operaciones” de excelente factura, detallada ejecución y carente del tremendismo


que caracterizaba al documento anterior, sugiriendo que se la sometiera al dictamen

de los generales en jefe de los ejércitos de Cataluña, Aragón y Navarra, sin

informarles de la autoría del documento. Esperaba, sin duda, que su lectura les haría

sacar conclusiones semejantes a las expresadas más crudamente en el anterior.

Después, los progresos de Ricardos, y sobre todo la ocupación de Tolón por la

escuadra anglo-española, le indujeron a insistir en la conveniencia de aprovechar la

ventajosa situación alcanzada para negociar y recuperar el apoyo del antiguo aliado.

Al conocer el abandono de Tolón, originado por la falta de entendimiento entre los

marinos españoles y británicos, redactó un escrito con duras invectivas sobre la

forma de manejar el conflicto, que Godoy le impidió leer en la sesión del Consejo de

Estado del 14 de marzo de 1794, de la que salió arrestado.

El documento identificaba, por enésima vez, al tradicional enemigo inglés, pero la

amenaza británica era contemplada bajo una óptica diferente. El anciano militar,

dotado una vez más de singular don de profecía, anticipaba que el proceso

revolucionario francés beneficiaría en última instancia a los ingleses y les llevaría, en

plazo más o menos largo, a convertirse en primera potencia mundial, pasando

Francia a ocupar una posición secundaria. Vaticinaba, además, que la alianza

hispano-británica ocasionaría la ruina de España.

El documento también auguraba los letales efectos de una movilización masiva,

prevista por Godoy si se confirmaba el riesgo de invasión, sobre el espíritu y forma

de pensar de la sociedad española. La medida no se llegó a adoptar en aquella

ocasión; sin embargo, el vaticinio se hizo realidad cuando el pueblo español se alzó

en masa en el año 1808 y socavó los cimientos que sustentaban el Antiguo

Régimen, por cuya pervivencia tanto había combatido el conde de Aranda.


CUARTA CONFERENCIA

HITOS NORMATIVOS DE LA AVIACIÓN

MILITAR ESPAÑOLA
HITOS NORMATIVOS DE LA AVIACIÓN MILITAR ESPAÑOLA

Ramón Marteles López*

Norma seminal: Real Decreto 15 de diciembre de 1884 (Nueva organización de


tropas de Ingenieros ). Se crea la 4.ª Compañía del Batallón de Guadalajara, entre
cuyas misiones figura el desarrollo de globos aerostáticos.

1896 (Real Decreto 17 de diciembre)

Se inicia la Aerostación Militar, cuando el comandante Vives, responsable de la


Compañía de Aerostación y Telegrafía Alada, recibe la consideración de jefe de
Cuerpo, en la Central de Ingenieros de Guadalajara. Por Real Orden 9 de agosto de
1898 se fija la plantilla: 5 oficiales y 53 individuos de tropa. Su bautismo de guerra:
Campañas de Marruecos1908 (y 1912-1913…).

En 1900 (11de diciembre) el comandante Vives y el capitán Jiménez protagonizaron


la primera ascensión en esférico libre Guadalajara-Alcalá.

En la primera década del siglo tienen lugar innumerables éxitos y estudios


aerosteros (globos y dirigibles). A nuestros efectos, cabe destacar la Comisión
desempeñada por Vives y Kindelán en viaje de estudios y adquisiciones por
Inglaterra, Francia, Alemania e Italia en el año 1909. Repercusión de la misma:
creación , en terrenos de Cuatro Vientos, del Centro de Experimentación de Aviones
(1911), reglamentándose las pruebas para la obtención del título de piloto (Real
Orden 27 de marzo y 7 de octubre). Ese mismo año, en Farman y con instructores
franceses (que no se atrevían a practicar los “ochos”) lograron el título los oficiales
de Ingenieros que podemos considerar I Promoción de Pilotos Militares: capitán
Kindelán, teniente Barrón, teniente Ortiz Echague, capitán Herrera y capitán
Arrillaga. Fueron los Carnes militares números 1, 2, 3, 4 y 5. (Notar que con
anterioridad, 1910, el señor Loygorri y el Infante de Orleans habían obtenido, por su
cuenta, en Mourmelon, los brevets números 1 y 2 de la Federación Aeronáutica
Internacional y Kindelán y Barrón fueron también los números 3 y 4 de la misma.

1913 (Real Decreto 16 de abril)

Nace la Aeronáutica Militar, con la publicación del Reglamento del Servicio. Bajo el
mando del ya coronel Vives, se establecen las ramas de Aerostación (Guadalajara,
comandante Cue) y de Aviación (Cuatro Vientos, capitán Kindelán) La primera
cuenta con pilotos de esférico y pilotos-mecánicos de dirigible; la segunda, pilotos y
observadores de aeroplano.

La Sección de Aviación depende del Ministerio de la Guerra, donde el coronel


Rodríguez Mourelo sustituyó a Vives en 1916 y 1918, ya general (con posterioridad
fueron responsables del servicio los generales Echagüe, Soriano, Kindelán, Balmes
y Lombarte hasta 1931).

El 2 de noviembre de 1913 se situó en Tetuán la Primera Escuadrilla expedicionaria,


dirigida por Kindelán , con 12 aparatos Farman, Lhoner y Nieuport. A Sania Ramel,
le seguirían los aerodromos de Arcila y Zeluán, iniciándose la gloriosa cooperación
aeroterrestre en la campaña del general Marina contra la insurgencia de Raisuni.

1917 (Real Decreto 17 de julio)

Se crea la Aeronautica Naval bajo el mando del contralmirante Magaz, en Prat de


Llobregat. Las cuatro primeras promociones propias fueron de aerostación y
aviación y con la quinta (1925) se extinguió la especialidad aerostática. (La evolución
y dependencia orgánica de la aviación de la Armada tuvo vida propia hasta 1936).

1920 (Real Decreto 17 de marzo)

Sobre organización y distribución territorial de las fuerzas y servicios de la


Aeronáutica Militar. Se crean cuatro bases aéreas: Madrid, Zaragoza, Sevilla y León.
(El aeródromo principal de cada base debería tener capacidad para cuatro
Escuadrillas tres de reconocimiento y una de combate- y “cobertizos” para 60
aviones. Se desistió de Zaragoza por meteorología). El personal se clasifica como
pilotos aviadores oficiales, oficiales observadores y pilotos de tropa, organizándose
también las Escuelas: Elemental, de Transformación-Clasificación y de Aplicación.
El año 1920 fue muy prolífico en otras disposiciones aeronáuticas, desde la
proclamación de la Virgen de Loreto como Patrona de la Aviación (Real Orden 7 de
diciembre) hasta el establecimiento de la oficialidad de complemento al que pueden
acceder también todos los Cuerpos (Real Orden 8 de noviembre) pues antes estaba
limitada a las Armas combatientes y Estado Mayor.

1922 (Real Decreto 15 de febrero)

Primera reorganización integral del Servicio con referencia al Real Decreto de 1913.
Se crea la Escala del Aire en la que causa alta el personal navegante de las
diferentes Armas, pasando a Supernumerarios en las de origen donde debían
ascender cuando correspondiese. Se crean categorías, con divisas propias: Oficial
Aviador (teniente), Capitán de Escuadrilla (capitán), Comandante de Grupo
(comandante) y Jefe de Escuadra (coronel). Las Unidades tácticas serán
Escuadrillas (Reconocimiento-Combate-Bombardeo) Grupos y Escuadras.

De gran trascendencia para los futuros mandos fue el Curso de Jefes realizado en
Cuatro Vientos en 1923, dada la poca antigüedad de los componentes iniciales.

1926 (Real Decreto 23 de marzo)

Nueva y profunda reorganización del Servicio de Aviación, con el Reglamento


Orgánico de Aeronáutica Militar, Aviación y Aerostación (Real Decreto 13 de julio)
por el que se introduce uniforme (verde), divisas y recompensas propias. Las
Escuadras dispondrán de Aviación afecta a Unidades de Ejército y de Aviación
independiente. Los oficiales se reclutarían por concurso (menores de 27 años) entre
los de Estado Mayor, Caballería, Infantería, Artillería e Ingenieros. La plantilla
contemplaba tres Jefes de Escuadra, 30 de Grupo, 60 de Escuadrilla y 140 oficiales
aviadores.

Kindelán, jefe de Base, fue nombrado “jefe Superior del Aire“ (Bayo y Herrera, jefes
de Escuadra) y tras ascender a general (1929) se le confirma como “jefe Superior de
Aeronáutica”. (Al caer Primo de Rivera fue cesado por Berenguer y sustituido por
Balmes).
No podemos dejar de reseñar en ésta época la creación del Consejo Superior (1927)
y las Escuela Superior de Aeronáutica (Real Decreto 3 de septiembre de 1928) y de
Aerotecnia (Real Decreto 29 de septiembre de 1928).

1931 (Real Decreto 8 de enero)

Se produce otra “reorganización de la Aeronáutica”, que es, prácticamente, su


desmantelamiento: Se suprime la Jefatura Superior y la Escala del Aire, pudiendo
regresar a las unidades de origen (opción, 14 días). Las unidades tácticas pasan a
ser batallones y desaparece el uniforme verde.

No obstante, en mayo, se vuelve a la organización de 1926. Recordemos que en


ésta época turbulenta y de cambio de régimen, las purgas, reingresos y baile de
mandos y jefaturas fue especialmente notorio en Aviación. (Sublevación de Cuatro
Vientos, mando efímero de Ramón Franco, etc.).

Por Decreto 26 de junio de 1931 ve la luz el Cuerpo General de Aviación por el cual
se vuelve a las categorías de 1922, a las que se añade las de Alumno aviador
(guardiamarina-alumno) y jefe de Base (contralmirante-general de brigada).Se
diseña un uniforme azul, una Academia de Aviación y un inspector general
dependiente del Ministerio de la Guerra. Por Orden Circular 14 de noviembre, tres
Escuadras y un Grupo independiente de hidros. Las dos especialidades tradicionales
pasan a denominarse Aviación independiente y Aviación divisionaria o de
cooperación. Plantilla: 2.687.

1932 (Ley 12 de diciembre)

Reseñamos ésta disposición “sobre reclutamiento de la oficialidad” porque por


primera vez aparece mencionada el Arma de Aviación en su artículo segundo, a
continuación de las cuatro tradicionales.

1933 (Decreto 6 de abril)

Se crea la Dirección General de Aeronáutica, de farragoso y demorado desarrollo


administrativo y en la que hizo una gran labor el capitán de Artillería Ismael Warletta,
nombrado para el cargo. (Le sucedieron, con diferentes títulos y atribuciones los
generales Goded y Núñez de Prado. Ya en el año 1936, por Decreto 11 de enero,
se fijaron los empleos requeridos para cada una de las Jefaturas de la Aviación
Militar, Naval y Civil que dependían de la Dirección General).

El Decreto establecía una Armada Aérea y la Aviación de Defensa Aérea (que


fueron postergadas) más la Aviación de cooperación con Ejército y Marina (que se
asignó a las Divisiones orgánicas).

1937 (Decreto 30 de marzo)

El Gobierno de la República da consistencia operativa a la ya reconocida como tal


Arma de Aviación. Se designan siete Regiones Aéreas y once Grupos de Caza,
Bombardeo y Reconocimiento, conservándose como unidades la Escuadra, Grupo,
Escuadrilla y Patrulla tradicionales

1939 (Ley 8 de agosto)

Sobre la reorganización de la Administración Central del Estado. Al Ministerio de


Defensa lo sustituyen los de Ejército, Marina y Aire.

Al desaparecer el Cuartel General (21 de agosto) nace el Ejército del Aire con un
general en la reserva y cuatro coroneles. El general .Yagüe fue nombrado ministro,
sorpresivamente, dada la trayectoria histórica y personal de Kindelán.

Sobre éste cañamazo, con los bordados de las Campañas de África y la guerra civil
que ilustran mis compañeros Herrera y Madariaga, quedo a disposición de ustedes
en ésta mesa redonda.
QUINTA CONFERENCIA

HALLAZGOS AEREONÁUTICOS

EN LA GUERRA DE ESPAÑA.

LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA COMO CAMPO

DE EXPERIMENTACIÓN PARA LA AVIACIÓN

EN LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL


HALLAZGOS AERONÁUTICOS EN LA GUERRA DE ESPAÑA.

LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA COMO CAMPO DE EXPERIMENTACIÓN PARA


LA AVIACIÓN EN LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

Rafael de Madariaga Fernández*

El final de la Primera Guerra Mundial deja todos los fenómenos que rodean el
emergente mundo de la Aviación en plena ebullición, aunque naturalmente
escorados hacia el lado bélico de su utilización. Es todo un enorme e imaginativo
sector de la técnica moderna desarrollada por los diferentes hombres curiosos y
creativos en cada país y cuyos hallazgos se suceden unos a otros de forma más
veloz-quizás como la velocidad de los propios vehículos aéreos que ellos están
descubriendo y creando- que el progreso habido en otras técnicas en igual número
de años. Así la aviación mundial progresa de forma geométrica o exponencial en
lugar de ir ascendiendo de una manera mas pausada.

La guerra en el aire comienza con los pequeños biplanos monoplazas y más a


menudo biplazas de observación dedicados al reconocimiento del frente próximo a
los batallones en presencia y la vigilancia y corrección del tiro de la artillería, tal
como había nacido la Aerostación militar hacia ya muchos años. Estos aviones de
ambos bandos se atacan y se ven atacados, por lo cual tienen que defenderse y
proteger su valiosa información, con lo cual nace el monoplaza armado o scout, el
explorador que sólo o en formaciones protege a los biplazas propios, ataca unidades
móviles o fijas en el suelo, incendia dirigibles y poco a poco derriba aviones
enemigos: nace el avión de caza puro y comienza la evolución del arte del combate
aéreo, una de las técnicas más apasionantes de la guerra en el aire.

Los primeros ases

Así a lo largo de los años de guerra se irán sucediendo los progresos en la Aviación
militar, surgiendo los nombres de los nuevos centauros de la lucha armada, los
"ases" del combate aéreo, que se distinguen por el número creciente de victorias o
derribos conseguidos sobre sus oponentes. Todos ellos respetaban a sus contrarios
y habitualmente practicaban unos códigos no escritos de caballerosidad, que los
remitían en sus conductas a los antiguos libros de gestas. No atacar a un contrario
con una avería o que ha terminado sus municiones, levantar la mano en señal de
saludo al comprobar que las armas del contrario están agarrotadas o acompañar a
un aeroplano tocado hasta tierra. Todo eso era practicado por los primeros ases,
como los alemanes Boelcke o Inmelman.

Al término de la guerra, ases aliados como Albert Ball, muerto en combate solitario
con 21 años o maestros como el canadiense Billy Bishop, 72 victorias a su cargo,
Mike Mannock o James MacCuden con 57, se habían convertido en los héroes de la
Aviación de su tiempo. Oswald Boelcke había creado los rudimentos en las técnicas
del incipiente combate aéreo y sus últimos compañeros como el barón Manfred von
Richthofen, su hermano Lothar y Herman Göering las habían perfeccionado.

Los hallazgos de la nueva Arma

Las hostilidades cesan cuando ya se había bombardeado Londres con masas de


dirigibles, continuando con formaciones de bombarderos Gotha y luego con los más
modernos Giant. Grandes agrupaciones de 40 o 50 de estos polimotores atacan
ciudades volando en noches con luna, siendo atacados por formaciones de más de
ochenta scouts nocturnos en una sola misión. En las últimas batallas, la misión de
los cazas era ametrallar y bombardear objetivos de tipo táctico en tierra, próximos o
relativamente lejanos a las unidades propias en el frente inmediato. Cerca del final
los alemanes empleaban el último Fokker, el D-VII, con una velocidad de 120 millas
por hora y 26.000 pies de techo. Los germanos estaban empleando ya los
paracaídas que junto a una poderosa capacidad de subida de sus motores, les
estaba salvando muchas vidas.

Los aliados resumían en frases de Mannock --un gran profesor-- las capacidades
que necesitaban de un buen piloto de caza: agresividad, capacidad de luchar en
formación, buena puntería, vista para la emboscada y estrategia para tender una
trampa. En resumen "siempre por encima, raras veces a nivel, nunca por debajo".
Los últimos aviones aliados como el Sopwich Dolphin y el Snipe con 200 caballo de
vapor de potencia, volaban a 120 mph y más de 20.000 pies, aunque la mayoría
todavía eran Camels y SE,s.
Últimas tácticas aéreas en 1919

Cuando la Primera Guerra Mundial termina podemos resumir así los progresos de la
naciente arma aérea:

! Aviones de caza biplanos, ágiles con potencia de fuego limitada.

! Estos protegen a los que realizan ataques al suelo de tipo táctico, acompañando
a los combatientes en los frentes.

! Bombardeo incipiente de largo alcance, cambiando a nocturno cuando se hace


gravoso.

! Bombardeo ligero de tipo táctico contra tropas, artillería y primitivos carros de


combate.

! Vuelo nocturno que surge y dirigibles se muestran muy vulnerables.

La situación de la Aviación militar y de combate a partir de su nacimiento, adquiere


unas características que luego en los demás periodos de entreguerras se repiten
sistemáticamente. Los contendientes parece que quieran olvidar por completo todos
los postulados y las técnicas que aprendieron de forma costosa durante la
confrontación anterior. Así en los años dorados de la posguerra y la belle époque se
piensa que al progresar las velocidades de los aviones y aumentar las
aceleraciones, nunca mas habrá combates aéreos. Las velocidades de los aviones
serán vertiginosas con lo cual los sentidos humanos no dejaran combatir. Las
nuevas armas serán terribles y permitirán arrasar grandes masas de combatientes o
de aviones, todos a la vez. Todo ello llevaría al abandono de la experimentación en
el terreno de las tácticas aéreas.

Enormes avances de entreguerras

Por el contrario se da un enorme progreso de la aviación comercial, deportiva y


general entre los años 1919 y 1936 que inmediatamente producen resultados en los
modelos militares que se experimentan. Los aviones más avanzados pasan a ser
monoplanos de construcción cantilever y muchos de ellos son metálicos de
construcción ligera en aleaciones de aluminio con entelados en superficies de
mando. Los motores se producen de mayores potencias, en aleaciones ligeras,
emergiendo algunos tipos que serán copiados una y otra vez, como el Wright
Cyclone de nueve cilindros en estrella. Se producen los grandes vuelos de todos las
aviaciones mundiales famosas, aprovechando el impulso de tantos aviadores
militares en parte ociosos: Americanos, ingleses, franceses, italianos, españoles y
portugueses se lanzan a cruzar de una forma u otra todos los océanos a su alcance.
Se preparan los grandes hidroaviones aptos para el cruce del Atlántico ya que se
creía la solución adecuada.

La Aviación militar española, junto a la recién creada Aeronáutica Naval, producen


durante la fase final de la guerra de Marruecos algunos hallazgos que pasan al
acervo de los conocimientos aéreos militares del resto de la Aviación mundial.
Después de haber patrocinado los comienzos de la aplicación táctica del fuego
desde los primitivos aeroplanos --el llamado "vuelo a la española"-- a las posiciones
avanzadas del enemigo, el abastecimiento a los núcleos aislados propios y la
colaboración en los ataques a campo abierto y bombardeo lejano, ahora en el año
1925 se produce durante el desembarco de Alhucemas un acontecimiento aero
naval de suma importancia para el futuro del empleo de la nueva arma. Más de 160
aviones terrestres, embarcados e hidroaviones se utilizan sistemáticamente desde
medios navales y aeródromos de campaña próximos, acompañando la victoriosa
fase final de la cruenta guerra en el norte de Marruecos. con lo cual se produce una
ingeniosa aportación de la aviación española al futuro del Arma aérea. Es el primer
desembarco aéro-naval de la Historia en territorio hostil, y según se cuenta, sus
textos fueron consultados por el general Eisenhower en vísperas del desembarco de
Normandía.

La Aviación española al comienzo del conflicto

La situación de la Aviación española previa a la declaración abierta de las


hostilidades se puede resumir, en lo tocante a aeronaves válidas para desarrollar
algún tipo de acciones armadas de una forma muy simple: el material era escaso,
anticuado y las dotaciones estaban más próximas a los proyectos sobre el papel que
a un despliegue eficaz y razonable. Si a esto se une que en los días previos a la
guerra ambos bandos habían desplazado cierto número de aviones y pilotos a otros
aeródromos y destinos en función de sus adscripciones políticas, nos encontramos
con unas carencias muy grandes en ambos bandos. Hubo algunas unidades que
incluso se suprimieron en los días anteriores al 18 de julio de 1936, disolviendo
efectivos y ordenando el traslado de los aviones.

Los grupos de bombardeo y reconocimiento estaban dotados con aviones Breguet


XIX biplazas sexquiplanos que habían sido construidos bajo licencia en los años
previos. Este tipo de avión estaba muy anticuado ya para la época y era el que
dotaba a las unidades estacionadas en León, Madrid-Getafe y Sevilla-Tablada. La
aviación de caza constaba de un reducido numero de Nieuport 52 biplanos, también
obsoletos por esas fechas. El resto de la Aviación militar y de la Aeronáutica naval
contaba con una colección variadísima de pequeños núcleos diversos de aeronaves,
que en su conjunto demostraron servir de muy poco. Los aviones pesados de
transporte modernos estaban en manos de las Líneas Aéreas Postales Españolas y
fueron inmediatamente requisados para su utilización militarizada, continuando con
el transporte de carga de alto valor y personalidades, alternado en los primeros
meses con su empleo ineficaz como improvisados bombarderos. En ambos bandos
se contó con una flota discreta e importante de variados tipos de aviones de
entrenamiento e hidroaviones que se fueron incrementando y destruyendo
alternativamente durante la campaña.

Desde todos los países productores de aeronaves se quiso dotar de medios


modernos tanto a la República como a los sublevados, con miras tanto a la ayuda de
los diferentes ejércitos en presencia como a la sistemática experimentación de todos
los hallazgos que se habían producido durante los años desde el final de la Primera
Guerra Mundial. También hubo grupos e individuos que vieron la ocasión propicia
para hacerse millonarios, recorriendo Europa con enormes cantidades de dinero a
su cargo, encargados de adquirir aviones y armamentos que luego se demostraron
inexistentes o un fracaso completo.

Las aportaciones de material aéreo

Los primeros aviones modernos que arribaron a España fueron los franceses que
formaron en las filas de la Aviación republicana, entre los meses de agosto y
noviembre de 1936. Entre estos se encontraban los aviones de caza Dewoitine D-
371 y D-500, así como cierto número escaso de Loire y Gordou-Lesserre. También
hizo acto de presencia el famoso "bombardero multiplaza" Potez 540, que formaría
la dotación de la Escuadrilla Maulraux así como otras unidades de bombardeo. A
continuación comenzaron a llegar en octubre y noviembre del mismo año los aviones
soviéticos de muy superiores características a todo el resto de aeronaves que
volaban por entonces en la Península: Los bombarderos ligeros R-5 Rasantes y R-Z
Natachas, los I-15 Chatos, los I-16 Moscas y los bombarderos Tupolev SB-2
Katiuska.

La llegada de los aviones de origen ruso pusieron en evidencia de forma dramática,


sobre todo en los comienzos, cuanto había realmente cambiado la aviación militar y
cuanto tendría que cambiar en los años siguientes. Tanto la aparición de un rápido
avión de caza de tren retráctil, monoplano de alta velocidad, como las primeras
actuaciones de un bombardero, bimotor, monoplano de tren retráctil y de elevadas
características pusieron de manifiesto rápidamente que la guerra en el aire ya era
otra cosa diferente a lo poco experimentado desde el año 1919, terminación de la
Primera Guerra Mundial.

En el bando nacionalista se producen inmediatamente incorporaciones de algunos


aviones emblemáticos, como los Junker 52/3m. La cuota de viejos aviones que le
había correspondido a la aviación nacionalista constaba de números más exiguos
que los de sus oponentes de los viejos Breguet XIX, Nieuport 52, hidroaviones y
bimotores de transporte como los Dragón, o algún trimotor como los Fokker. Por esa
y otras razones el suministro de aviones algo más modernos comenzó
inmediatamente por parte de alemanes e italianos. No obstante los primeros no
enviaron desde el comienzo sus mejores ejemplares y sólo a medida que
entendieron cuan importante era lo que se jugaba en la guerra de España, fueron
cada día y cada mes enviando para su experimentación nuevos ejemplares de
diferentes tipos de cazas y bombarderos, hasta convertir el cielo hispano en ese
auténtico campo de experimentación. Así a los primeros Heinkel 46 y 51, siguieron
los últimos tipos –entonces produciéndose-- de Messerschmitt BF-109 de los
modelos B, C y D, o los desafortunados Heinkel HE-112. Pronto se demostró que
los Junkers servían para bombardeo solamente muy protegidos y que el futuro
residía en bombarderos rápidos con escolta o muy rápidos con cierto grado de
riesgo, a cuya necesidad respondieron modelos como el Heinkel HE-111 y el Dornier
17.
Los primeros combates y actuaciones entre los aviones de ambos bandos, se dan
con resultados aleatorios y se van perdiendo y retirándose rápidamente de las
operaciones los más obsoletos, e incluso parte de los llegados como “nuevos”. A las
pocas semanas de actuaciones continuadas habían desaparecido del mapa aéreo
casi todos los Breguet, Nieuport, Fokker y Dragones en las dos aviaciones en lucha
y poco más tarde lo harían también los Heinkel 46 Pavas, los Rasantes R-5 o los
Aero-Praga Ocas.

La superioridad de la Aviación republicana se establece en octubre y noviembre de


1936 con la llegada y primeras actuaciones de los aviones más evolucionados:
Moscas, Chatos y Katiuskas. Como respuesta se va dando un incremento paulatino
y continuado de efectivos en la aviación nacional, que crece hasta formarse las tres
fuerzas aéreas casi independientes: Aviación nacional. Legionaria y Legión Cóndor,
con una participación próxima a un tercio del conjunto. En el bando republicano se
crean las Fuerzas Aéreas de la República Española (FARE), las cuales en su interior
incorporan en Los Llanos de Albacete un Estado Mayor soviético dentro del propio
Estado Mayor de Aviación, el cual al mando de algún general ruso, actúan como una
fuerza aérea dentro de las FARE. Durante toda la extensión de la guerra en unos
casos o parte de ella en otros hubo numerosas unidades tanto de caza como de
bombardeo, reconocimiento terrestre y marítimo totalmente formadas por aviadores
soviéticos, alemanes, e italianos, así como cierto numero de ellas mixtas en las que
participaban algunos españoles en ambos bandos. Algunos Katiuskas durante toda
la guerra estuvieron dotados con radio, cámaras y equipos propios, efectuando
misiones exclusivamente a las ordenes de los jefes rusos. Paralelamente hubo
actuaciones independientes de repercusiones dramáticas planeadas y realizadas por
su cuenta, tanto por la Legión Cóndor como por la Aviación Legionaria.

Los grandes hallazgos

El primero de los grandes éxitos de la aviación en la guerra de España consiste en lo


que después se denominaría “puente aéreo” sobre el Estrecho y que se anota el
increíble transporte –para la época—de cantidades importantísimas de hombres y
material bélico desde el norte de Marruecos hasta los campos y pastizales de Jerez
de la Frontera y la provincia de Cádiz. Se habla de cantidades muy dispares pero
podríamos constatar unas 500 toneladas y 30.000 hombres en pocas semanas,
utilizando campos sin preparar y los primeros Junkers con que contaban los
sublevados.

Con aviones que inicialmente se emplearon como cazas o como bombarderos


ligeros y que pronto se demostraron obsoletos para esa función, al poco tiempo se
comenzó a practicar la técnica de “las cadenas”, carrusel de elementos de una
formación que ametrallaban sucesivamente en “pescadilla”, posiciones enemigas,
trincheras, nidos de ametralladoras o cualquier enclave táctico en el frente. Al operar
muy próximos unos a otros se aseguraba la protección de un elemento con el fuego
del siguiente y la distracción creada hacia el anterior, ya saliente de la pasada. El
perfeccionamiento de esta técnica continuo hasta el final de la guerra y dio lugar a
innovaciones recogidas de inmediato por otras fuerzas aéreas.

A los pocos meses de comenzar las hostilidades se vio claro que el avión de caza
biplano había fenecido. Lo nuevo eran aviones monoplanos de construcción
cantilever, monomotores de altas prestaciones y a ser posible con motores
sobrecomprimidos, asientos blindados en la espalda del piloto, visores de retícula y
depósitos autosellables. En los cazas nocturnos se tenían que ocultar las lumbreras
de salida de llamas de los escapes y había que situar algunas luces de posición y de
aterrizaje.

Los bombarderos rápidos, que inicialmente fueron bimotores, se transforman en


intruders que pueden actuar a gran velocidad sin protección sobre objetivos
estratégicos de largo alcance, sin oposición. Los cazas enemigos no los alcanzan a
menos que estén sobre el objetivo esperando, lo cual no es siempre factible durante
horas o durante días. Luego cada vez van teniendo cada vez mas problemas de
encuentros con la caza enemiga, incluso de noche. Al final los atentos observadores,
como americanos e ingleses, se dan cuenta de que no pueden actuar, aunque sea a
larga distancia sin apoyo de cazas y con una gran autonomía. De ahí nacen los
cuatrimotores de la Segunda Guerra Mundial como los Lancaster o las “fortalezas
volantes”, pero con escolta de cazas con seis u ocho horas de autonomía sobre
territorio enemigo. Los alemanes y los rusos curiosamente siguieron creyendo en la
inpunibilidad del bombardero rápido en pequeñas formaciones.
Por falta de bombarderos tácticos adecuados, estos citados bombarderos
semipesados tienen que actuar como aviones tácticos en el frente en misiones a
baja altura y en condiciones que no son las suyas: sufren bajas por desproteccion,
bajan más las alturas de operación y fracasan.

Los recursos tácticos

La falta de protección adecuada antiaérea en los campos de la Aviación republicana


fue casi total y chocaba con la magnifica de la Legión Cóndor en sus aeródromos o
en los compartidos con la Aviación nacional, a costa de la extraordinaria pieza
Oerlikon de cuatro tubos ocho con ocho. La Aviación legionaria también contaba con
la correspondiente antiaérea en Mallorca y en sus aeródromos.

Los bombarderos ligeros en misiones tácticas sobre objetivos en el frente o sus


proximidades, siempre tienen que actuar protegidos por cazas u otros aviones sobre
ellos, si es posible en dos escalones distintos. Tal es el ejemplo recogido en la
actuación de los Natachas republicanos o los Heinkel 46 y 45 y los Romeos
nacionales.

Si un avión de caza vuela muy alto, mas que los aviones propios, caso de los BF–
109 sobre los Moscas I-16, hay que conseguir otro avión –como el SuperMosca I-16
con motores Wright Cyclone – que pueda volar a esa altura.

Todos los ases de la Aviación en España se quejaban de las mismas carencias: falta
de potencia de fuego en los cazas, tanto nacionales como en los gubernamentales.
Y en los aviones de bombardeo, mal armamento con torretas inservibles o lentas,
falta de protección blindada y más potencia en motores.

Conclusiones y experiencias

Cada una de las fuerzas aéreas importantes en presencia en Europa y que al cabo
de tan sólo meses estarían luchando entre ellas, sacaron conclusiones, analizaron
experiencias y tomaron medidas, modificaron proyectos o copiaron
sistemáticamente. También omitieron algunos ejemplos y cometieron grandes
errores.
Los rusos recibieron una lluvia de aviones, sistemas, piezas de origen alemán e
italiano y hasta llegaron a constituir una unidad completa en retaguardia en los
Urales, con aviones volados en el año 1941 por los mejores pilotos rusos y algunos
españoles que habían volado con ellos y sus aviones en España hasta 1939. Sus
consecuencias fueron a veces chocantes y otras geniales. Por ejemplo:

! Para ellos el bombardero rápido intruder era inexpugnable. Como recurso se


podía recurrir al bombardeo nocturno.

! El avión ligero táctico de ataque al suelo, tenía que ser indestructible, bien
armado, blindado y pesado como un carro de combate aéreo: de ahí nace el
Stormovick.

! Sus aviones de caza se quedaron obsoletos en pocos meses ante los alemanes
que habían experimentado más deprisa. De todos modos hacia 1942 estaban
comenzando a producir algunos de los aviones de caza más modernos de la
Segunda Guerra Mundial, sí bien no en cantidades suficientes.

! Descubrieron la necesidad de la caza de defensa nocturna y por supuesto diurna,


sobre lugares estratégicos y se aplicaron a ello con contumacia eslava.

Los alemanes hicieron sus propios descubrimientos y quizás fueron los que más
datos recopilaron sobre el terreno y en el aire:

! Descubrieron uno de lo mayores hallazgos en la historia del combate aéreo, la


formación de combate Schwarme-Rotte o formación Four Finger, con sus
variantes de defensiva y ofensiva, tanto para una pareja como para cuatro o más
aviones de caza.

! Dejaron a todos sus cazas con muy poca autonomía, lo cual constituyó uno de
sus más lamentables errores de toda la guerra.

! Creyeron en la invulnerabilidad del intruder de alta velocidad no protegido y


después con protección temporal o escasa.

! El éxito inicial del Stuka los llevo a pensar que esa era una formula duradera. En
poco tiempo tuvieron que retirarlo o protegerlo pesadamente y usarlo solamente
en presencia de una superioridad local o temporal decidida.
Los italianos tuvieron también grandes oportunidades, pero no supieron
aprovecharlas:

! Creyeron en el éxito apabullante del biplano de caza porque el CR-32 opero


durante casi la mitad de la guerra bien. Fue un craso error que le hizo comenzar
la Segunda Guerra Mundial en muy malas condiciones en ese aspecto. Tan sólo
en 1943 estaban empezando a aparecer sus primeros monoplanos de caza,
como el Reggiane 2001 y siguientes, ya tarde para las operaciones.

! También cayeron en el error del bombardero bimotor rápido actuando a media


distancia sin apoyo de caza propio.

En cuanto a los países no beligerantes que se habían fijado mucho en el conflicto,


está claro que tanto los ingleses como los americanos sacaron conclusiones muy
validas del conflicto en el aspecto aeronáutico. De forma escueta se puede citar en
cuanto a los primeros, el temprano diseño y la construcción de aviones de caza
monoplanos metálicos, dotados de ocho ametralladoras, el impulso dado a la
detección temprana de aeronaves sobre sus costas, y la costosa pero previsora
creación de los bombarderos estratégicos pesados y protegidos. Los americanos en
poco tiempo olvidaron el bimotor rápido –del cual supuestamente se había copiado
el Katiuska, en España se le llamo Martin Bomber hasta los años 1945 y 1947– y se
decidieron por aviones pesados de bombardeo estratégico, protegidos por aviones
de caza de elevada autonomía, como el Thunderbolt, que podían estar ocho horas
en el aire sobre Alemania, además de perfeccionar la aviación embarcada o los
aviones de reconocimiento con 10 horas de autonomía.
SEXTA CONFERENCIA

LA AVIACIÓN MILITAR ESPAÑOLA (1911-1927)


LA AVIACIÓN MILITAR ESPAÑOLA (1911-1927)

Emilio Herrera Alonso*

La Aviación es el arma de las nacio-


nes pobres (11). Un solo avión puede causar
daño al enemigo aunque caiga en la prue-
ba. Donde no pueden herir los cañones,
llegarán los aviones con menor gasto y
mayor efectividad.

General Echagüe

Realizado el primer vuelo mecánico de la Historia en Carolina del Norte, en


diciembre de 1903, no tardaron en surgir en las primeras potencias, hombres
capaces de intuir lo que el nuevo elemento significaría en la guerra, y a principios de
la segunda decena del siglo, ya eran varios los ejércitos que contaban con
incipientes armas aéreas. Para ello, unos pocos entusiastas hubieron de luchar
contra el escepticismo de la gran mayoría de los militares de la época que veían a
aquellos aviadores como a unos visionarios que olvidaban que la actividad bélica
venía desarrollándose, milenio tras milenio, desde que el Hacedor -temerariamente-
puso al hombre sobre la Tierra, sin la participación de engorrosos artilugios
mecánicos, propios de exhibiciones circenses. Contaba Su Alteza Real el Infante
don Alfonso de Orleans que, asistiendo a unas maniobras en Prusia, en 1912, oyó a
un oficial de húsares que decía a otro de ulanos, refiriéndose a un monoplano Erich
Tauber que sobrevolaba el campo: “Estos tontos se creen que servirán de algo en la
guerra”.

11
Tal vez este pensamiento haya quedado desfasado en su primera parte, dados los precios actuales
del material aéreo; en lo demás es totalmente actual
Al Ejército español le nacen alas

El tremendo golpe que para los españoles constituyó la pérdida de Cuba, Puerto
Rico y Filipinas en 1898, sumió a los gobiernos de la época en aquel marasmo que
Silvela definiría como la “España sin pulso”. No obstante, en las filas del Ejército -
que se sentía víctima y “cabeza de turco” de una situación de la que no era
culpable- se seguía trabajando y tratando de mantener a éste actualizado, y a las
Fuerzas Armadas españolas llegaban noticias de la organización de secciones de
aeroplanos en otros ejércitos europeos.

Y así, un grupo de entusiastas aerosteros al frente de los cuales se encontraba el


coronel don Pedro Vives, superando los obstáculos administrativos, y con pocos
meses de retraso con otros Ejércitos europeos, en marzo de 1911 comenzaron a
volar los militares españoles. Creada oficialmente la Aviación militar el año anterior,
fueron sus pioneros, oficiales de ingenieros que ya habían recibido el bautismo de
fuego en las campañas de Melilla de 1909 y 1910, que con indudable visión de
futuro no querían que nuestra patria se quedara rezagada en aquella actividad que,
apenas nacida, se desarrollaba con un impulso y una aceleración muy por encima
de lo que rama alguna de la Ciencia lo había hecho antes.

En Cuatro Vientos, en un llano de las afueras de Madrid al que inmediatamente


denominaron aeródromo, empezaron sus vuelos los primeros aviadores que tuvo el
Ejército español, con tres biplanos (12). Pronto serían catorce los oficiales que con
ellos habían aprendido a volar, y que recibirían el correspondiente título de “piloto
militar”.

Las alas van a la guerra

Ya la Aviación mundial había recibido el bautismo de fuego, siendo la del Ejército


italiano la que en octubre de 1911 había iniciado el camino en Tripolitania y
Cirenaica, con motivo de la guerra italo-turca que allí se desarrollaba, y, casi
coincidiendo con el final de ésta, estalló en los Balcanes el conflicto que enfrentó al
Imperio otomano con la Cuádruple Liga Balcánica, compuesta por Grecia, Bulgaria

12
Eran éstos, dos biplanos Henry Farman, con motor propulsor Gnome de 50 c.v. y un, también
biplano, Maurice Farman MF-7, con motor Renault de 70 c.v.
Serbia y Montenegro. En esta guerra, por primera vez, tendrían Aviación ambos
contendientes.

El general Marina, el único militar de alta graduación que en España creía en el


aeroplano como elemento de guerra, y que ya, en 1909, siendo comandante general
de Melilla había comprobado las ventajas de contar con medios aéreos -globos en
aquella ocasión-, y que en las maniobras que había dirigido en febrero de 1913 en
torno al puente de San Fernando de Henares había hecho participar en ellas al
dirigible España y a una escuadrilla de aeroplanos, cuando en agosto de aquel año
fue nombrado Alto Comisario de España en el recién creado Protectorado de
Marruecos, decidió que participaran en las operaciones que proyectaba una unidad
de aeroplanos. Y en un terreno elegido por el coronel Vives, en Sania Ramel, cerca
de la desembocadura del río Martín, se instaló en noviembre de 1913 una
escuadrilla compuesta por nuevo oficiales pilotos, y seis observadores, al mando del
capitán Kindelán (13), con doce aeroplanos (14), y un escalón de tierra formado por un
conjunto de medios mecánicos y humanos necesarios para el desenvolvimiento de
la escuadrilla.

Una prueba más del escepticismo de la mayoría de los mandos militares hacia el
naciente elemento de guerra la recibieron el capitán Kindelán y el Infante don
Alfonso, cuando se presentaron al jefe del Estado Mayor de la Comandancia
General de Ceuta solicitando ayuda para desembarcar el material de la Escuadrilla;
El jefe del Estado Mayor un teniente coronel del Cuerpo, les preguntó, entre otras
cosas, si podrían llevar en vuelo una carta de Ceuta a Tetuán, y al responder el
capitán que no era posible por no existir en Ceuta un terreno apropiado para
aeródromo, les despidió diciendo: “entonces veo que no me van a servir ustedes
para nada.”

13
El personal de la escuadrilla, además del capitán Kindelán, lo componían los pilotos, capitanes
Barrón, de Ingenieros, y Bayo, de E.M. y los tenientes, SAR el Infante don Alfonso de Orleáns, Ríos,
Moreno Abella y Espín, de Infantería, Olivié, de Ingenieros, Alonso, de Intendencia y Cortijo, de
Sanidad -que sería además el médico de la Escuadrilla- y los observadores, capìtanes Castrodeza,
de E.M.. Cifuentes, de Artillería y Barreiro, de Ingenieros y tenientes Ruiz de Arcaute, de Artillería,
O’Felan, de Infantería de Marina y el alférez de navío, Mateo Sagasta.
14
Eran éstos, cuatro biplanos Maurice Farman MF-7, cuatro biplanos Lohner “Pfilflieger” y cuatro
monoplanos Nieuport IV.G
La primera acción aérea se llevó a cabo el 3 de noviembre, por tres aparatos que
realizaron sendos reconocimientos a vanguardia de Laucién. Realizó la escuadrilla
diversas misiones de bombardeo en las que -dado el pequeño tamaño de las
bombas- el efecto moral sería siempre muy superior al material, pero que resultaron
muy efectivas.

El día 19 tuvo su bautismo de sangre la Escuadrilla al resultar gravemente heridos


por fuego de fusil, mientras realizaban un vuelo de reconocimiento sobre el monte
Cónico, el teniente Ríos y el capitán Barreiro que lograron regresar al campo propio
con la misión cumplida; fueron ascendidos por méritos de guerra y propuestos para
la Laureada que recibirían ocho años más tarde.

Continuaron actuando los aviadores en las operaciones en torno a Tetuán, con gran
éxito -especialmente, moral- y se decidió situar otra escuadrilla en Arcila,
dependiente de la Comandancia General de Larache, y tres biplanos Farman MF-7
al mando del capitán Bayo se establecieron el la playa, trasladándose unos días
después a un terreno más apropiado desde el que participarían en las pequeñas
operaciones que en el territorio de aquella Comandancia se llevarían a cabo,
especialmente en la belicosa Cabila de Beni Arós.

El general Gómez Jordana, comandante general de Melilla, consiguió también que le


fuera asignada una escuadrilla, y en mayo de 1914, tras decidir situar el aeródromo
en un terreno no muy bueno (15), entre el río Zeluán y la alcazaba de aquel nombre,
se instaló en él una escuadrilla formada por cuatro monoplanos Nieuport IV-G al
mando del capitán de Ingenieros, piloto, Emilio Herrera. La experiencia de éste
adquirida como aerostero en la campaña de 1909, y como piloto en la zona
occidental donde había relevado a Kindelán en el mando de la Escuadrilla de
Tetuán, fue de gran utilidad en los numerosos vuelos de reconocimiento -visual y
fotográfico- de Tistutin, el llano del Garet y la cuenca del Guerrau, llegando en sus
vuelos hasta Dar Driux y el monte Mauro en la región del Kert. Actuaron también los
aviadores en las operaciones que en aquella Comandancia se desarrollaron,
bombardeando posiciones y núcleos rebeldes, con escaso efecto material, dado el

15
Se seguía la política de no utilizar terrenos productivos, para no perjudicar a los moros de las zonas
sometidas..
pequeño peso de las bombas –3,5 kilogramos- y a la modesta carga de los
aeroplanos, pero con indudable efecto moral.

El paréntesis de la Guerra Europea

El estallido de la Guerra Europea -o Gran Guerra- el 1 de agosto de 1914, que dio


un enorme impulso a la Aviación que a lo largo de los cuatro años que aquélla duró
alcanzó un desarrollo espectacular, condicionó la acción militar de España en
Marruecos en aquellos años, limitando las operaciones al mínimo indispensable para
mantener el orden en nuestra zona de Protectorado, sin empeñarse en acciones que
pudieran crear situaciones que sirvieran de pretexto a potencias interesadas en
acabar con la neutralidad española en el conflicto europeo.

En consecuencia, pese a ser la ocasión muy favorable para realizar acciones a gran
escala que habrían dado a las fuerzas españolas la posesión de puntos importantes
desde los que ejercer eficazmente la acción de Protectorado, nuestros soldados
hubieron de limitar su actividad a mantener sus posiciones, llevando a cabo
únicamente a vanguardia de éstas, las pequeñas operaciones necesarias para
garantizar la seguridad de la zona sometida al Majzen.

Únicamente, a lo largo de estos años se realizó una operación de cierta


importancia, en la que por primera vez actuarían combinadas fuerzas de Tierra, Mar
y Aire, participando las Comandancias Generales de Ceuta y Larache, para someter
al poblado rebelde de Biutz, en la cabila de Angera. Esta operación .que se conoce
como el día de Angera- tuvo lugar el 29 de junio de 1916, y en ella participaron por
tierra 27.861 hombres, 3.505 caballos y 2.882 mulos; un acorazado y dos cañoneros
por mar, y dos biplanos Lohneo Pleilflieger y dos Maurice Farman MF-11 por aire.
Pese a lo modesto de los medios aéreos empleados, fue importante la aportación de
la Aviación al combate, manteniendo al mando informado de los movimientos de los
rebeldes, y bombardeando las concentraciones.

Las dificultades para adquirir material aéreo durante el conflicto europeo, forzó a la
Aviación militar española a mantenerse apenas sin repuestos, sin poder importar
materias primas para construir aeroplanos en España, y con la única adquisición en
Estados Unidos -neutrales, a la sazón- de doce biplanos Curtiss JN-2 Jenny -seis
de ellos, hidros- en el año 1915. Dos años más tarde, la dirección de Aeronáutica
convocó un concurso entre proyectistas y constructores españoles, tratando de
conseguir modelos de aviones de caza, bombardeo y reconocimiento, para ser
fabricados en nuestra patria, pero con el final de la Gran Guerra en 1918,
comenzaron a llegar a España material aéreo moderno, de los beligerantes, del
sobrante de la guerra, de muy buenas características y precios de saldo, con lo que
lo que habría sido un importante impulso de la industria española cuatro años antes,
pasó al olvido. Probablemente se perdió aquí una buena ocasión de entrar España
en la industria aeronáutica con paso firme. Y en la Aviación militar española entraron
los De Havilland, Bristol, Farman, Breguet y otros, aunque en pequeñas cantidades.

En junio de 1919, el director de Aeronáutica, general Francisco Echagüe, convocó


una promoción de cien pilotos de aeroplano, para la que se presentaron más de
1.000 solicitudes, entre las que se hallaban muchas de oficiales de la Legión y
Cuerpos que combatían en Marruecos a la sazón; el riguroso reconocimiento médico
sólo admitió a 132, y finalmente fueron únicamente 95 los que lograron el título. Para
formar a este importante número de aviadores fue necesario crear tres escuelas en
distintos puntos de España: Zaragoza, Sevilla y Getafe, para incrementar las de
Cuatro Vientos y Los Alcázares, que ya existían.

Pese a todo, la Aviación militar española -la Aeronáutica naval nació sobre el papel
en 1917 y no comenzó a volar hasta 1921- no había adquirido la entidad necesaria
para el papel que se intuía iba a tener que desempeñar a corto plazo, y así, en
Marruecos se contaba únicamente con tres escuadrillas -una adscrita a cada
Comandancia General-, que aunque dotadas con material moderno, era éste escaso
como pronto se vio. Con estas tres unidades se constituyó en enero de 1920 el
Grupo de Escuadrillas de Africa al mando del comandante Aymat.

El desastre de Annual. La reacción

Esta situación se mantuvo hasta el año 1921 en que los espectaculares avances por
el territorio oriental, realizados por el general Silvestre, comandante general de
Melilla, tuvieron como consecuencia estirar la larga línea de posiciones que
constituía el frente, que ya alcanzaba más de 110 kilómetros, quedando muy pocas
tropas para asegurar las líneas de abastecimiento, guarnecer la plaza de Melilla y
las islas y peñones, y contar con unas débiles columnas de reserva. La conquista de
la posición de Abarrán por los moros el 1 de junio, apenas constituida, y la
imposibilidad mes y medio más tarde de abastecer a los defensores de Igueriben,
forzó al general Silvestre a ordenar la retirada de la posición principal de Annual,
operación que se realizó en muy malas condiciones, viéndose como las tropas
indígenas al servicio de España, desertaban en su mayor parte, pasándose al
enemigo importantes contingentes.

En esta penosa retirada que no se detuvo hasta monte Arruit donde el general
Navarro se fortificó con unos 3.000 hombres; la Aviación, constituida únicamente por
la escuadrilla de Zeluán -cinco biplanos De Havilland DH-4 a las órdenes del capitán
Pío Fernández Mulero- desarrolló una extenuante labor protegiendo el repliegue (16),
realizando 15 salidas el día 21, y 14 el 22, arrojando en ellas más de l.000
kilogramos de bombas. El día 23, en plena retirada aún realizaron 15 salidas, pero
finalmente el aeródromo quedó sitiado, y los aviones fueron destruidos por la
guarnición cuando, agotadas las posibilidades de defensa, se retiró tratando de
llegar a Melilla.

Un único avión durante dos días, y cuatro llegados de la Península el 3 de agosto,


operaron desde un minúsculo terreno improvisado en La Hípica, abasteciendo a los
defensores de monte Arruit de víveres, municiones, medicamentos y agua; para esto
último se recurrió a arrojar en el recinto sitiado barras de hielo de 12 kilogramos
envueltas en arpillera -una vez más surge en el momento oportuno la gran
capacidad de improvisación de los españoles-, pero no fue aquello suficiente para
mantener la posición cuyos defensores hubieron de rendirse, siendo asesinados en
su mayoría por los moros.

El golpe cayó en España con todo su peso, pero en contraste con la actitud
negativa y revolucionaria con que 12 años antes la sociedad había recibido lo del
barranco del Lobo, esta vez la reacción fue firmemente positiva; había que “vengar
la ofensa del moro y ponerlo en su lugar”. En lo militar se enviaron a Africa los
segundos batallones de los regimientos de Infantería, un escuadrón por cada uno de
Caballería, y proporcionadas fuerzas de Artillería, Ingenieros y Servicios. Todas las

16
Al capitán Mulero le fue concedida la Medalla Militar por su actuación en estos días.
provincias (17) regalaron al Ejército uno o más aviones que, merced a la previsión del
general Echagüe que a alguno había parecido excesiva, estuvieron tripulados por
españoles (18). El Gobierno aprobó un crédito de 5.700.000 pesetas para adquirir
material aéreo, y se constituyeron las fuerzas aéreas de Marruecos, inicialmente con
dos grupos de Escuadrillas, al mando del coronel Soriano. Realmente era una fuerza
pequeña, pero el valor de sus tripulaciones y su rápida adaptación a las
peculiaridades de la lucha, le dieron gran efectividad.

Fue en estos años cuando realmente se forjó la Aviación militar española, que llegó
a ser una fuerza moderna y bien equipada -tripulada por hombres salidos en su
mayoría de las más distinguidas unidades que combatían en África- que apoyaba al
Ejército en sus avances, abriéndole paso con sus bombas y ametralladoras,
desarrollando tácticas originales y audaces, destacando en el ataque en vuelo
rasante, algo que los aviadores franceses, veteranos de la Guerra Europea muchos
de ellos, denominarían vol a l’espagnole.

Fue aumentando el número de aviones en Marruecos y pronto serían tres los


grupos de Escuadrillas que combatían en ambos frentes del territorio. Los
importantes éxitos de las tropas españolas se veían con frecuencia malogrados por
decisiones políticas tomadas en Madrid, deteniendo a las tropas cuando estaban a
punto de obtener éxitos decisivos, produciéndose situaciones muy peligrosas al
quedar las fuerzas desperdigadas por los montes, en posiciones aisladas entre sí,
con aguada difícil en muchas ocasiones, a las que era necesario suministrar
regularmente, con largos convoyes que habían de superar una difícil orografía muy
propicia al enemigo para oponerse al paso de aquellos, con el consiguiente desgaste
de tropas para su protección. Con frecuencia quedaban las posiciones sitiadas por
los moros, siendo necesario mantenerlas suministradas hasta tanto -a veces luego
de duros y cruentos combates- las fuerzas abrieran paso al convoy.

Cuando se producían situaciones de éstas, era la Aviación la que se encargaba de


mantener a la sitiada posición provista de lo necesario -municiones, víveres,
medicamentos, hielo, pienso para el ganado y tantas cosas más- en arriesgados

17
También regalaron aviones las colonias de españoles en países hispanoamericanos.
18
De no haber contado con este plantel de pilotos habría que haber contratado mercenarios.
vuelos rasantes para precisar la caída de las cargas dentro del reducido perímetro
de aquélla, maniobras en las que los aeroplanos recibían numerosos impactos de
fusil y ametralladora de los sitiadores, se producían muertos y heridos a bordo, y
eran derribados con más frecuencia de la deseada. Esta necesidad de abastecer a
las posiciones asediadas, fue importantísima, y exigió un esfuerzo titánico de los
aviadores. Fueron a lo largo de la campaña especialmente duros los
abastecimientos aéreos a Tizzi Assa, Tifarauin y Kudia Tahar, logrando que se
mantuvieran estas posiciones, pagando los aviadores un caro tributo. En ocasiones
el esfuerzo hubo de ser sobrehumano, tanto en las tripulaciones como en los
equipos de tierra, ya que el número de posiciones sitiadas era grande; en el frente
oriental, entre septiembre y diciembre de 1924, el grupo expedicionario de Havilland-
Rolls, mantendría abastecidas, desde Sania Ramel, en Tetuán, 22 posiciones, y
desde Auámara, en Larache, 27, volando sin cesar, sin tiempo para realizarlas
revisiones necesarias, con el material gastado y el consiguiente incremento del
riesgo.

En los periodos en que el frente estaba tranquilo, y Abd el Krim aseguraba a los
suyos que era porque él había parado a los españoles, era la Aviación la que en
vuelos por el interior del territorio insumiso, atacando y disolviendo zocos., y
destruyendo aduares y cosechas, mostraba a los indígenas que España estaba allí y
no tardaría en hacer ver todo su poder.

Cuando en septiembre de 1925 se llevó a cabo el desembarco de las fuerzas


españolas en la bahía de Alhucemas -la primera operación de este tipo llevada a
cabo con éxito en la edad contemporánea sobre una costa enemiga, defendida-, la
Aviación participó con 104 aparatos -de los que 6 eran franceses (19) y 18 de la
Aeronáutica Naval (20)-, importante masa de aviones cuya actuación fue decisiva en
el desarrollo de la operación que era el preludio del final de la guerra, aunque
todavía ésta duraría dos años más en los que los aviadores seguirían teniendo
protagonismo, destacando en el apoyo a la audaz expedición del comandante Capaz

19
Una escuadrilla de hidroaviones Farman “Goliat” al mando del teniente de navío París.
20
Eran 18 hidroaviones del Dédalo (Savoia-16, Macchi-18 y Supermarine) y 6 Macchi-21 que
actuaron desde El Atalayón, agregados a la Aviación Militar.
por el interior del territorio insumiso, y en vencer la dura resistencia de los yeblíes,
especialmente de los valientes cabileños de Beni Arós.

Del derroche de entrega y heroísmo de la Aviación en las campañas de Marruecos,


dan prueba las once Laureadas de San Fernando recibidas por aviadores durante
los trece años que combatieron en Marruecos, lo que dado el corto número de éstos,
denota una proporción altísima de hechos heroicos.

Llegó la paz. Los Raids

La Aviación militar española, nacida por la guerra y para la guerra, no había podido
participar en el amplio abanico de raids que, terminada la Guerra Europea, se había
desplegado por el mundo, con algunos éxitos y muchos fracasos; pero ya la guerra
de Marruecos prácticamente liquidada, los aviadores españoles, curtidos en la dura
brega, se encontraban preparados para realizar hazañas de paz.

Y en consecuencia, se proyectaron tres raids que llevaran la escarapela de la


Aviación militar española a los tres puntos más alejados de lo que había sido nuestro
imperio colonial: América del Sur, las islas Filipinas, y el golfo de Guinea. Resultaron
tres notorios éxitos: el Plus Ultra, hidroavión Dornier Wal, tripulado por el
comandante Franco, el capitán Ruiz de Alda, el teniente de navío Durán, y el
mecánico Madariaga, cruzó el Atlántico Sur y remató su hazaña tomando agua en
Buenos Aires entre el desbordado entusiasmo de los argentinos. Los capitanes
González Gallarza y Loriga, con Breguet XIX, volaron de Cuatro Vientos a Manila -el
punto más lejano alcanzado hasta la fecha volando desde Europa hacia Oriente-
donde fueron también recibidos apoteósicamente. Por su parte, el comandante
(21
Llorente, al mando de la patrulla Atlántida ) voló de Melilla a Santa Isabel, en
Guinea, y regresó, realizando el vuelo, en formación táctica, por regiones que nunca
habían visto un aeroplano (22).

De estos tres vuelos, el que más resonancia tuvo fue el del Plus Ultra; puede decirse
que cerró la “crisis del 98”, ya que su llegada a Hispanoamérica recordó a las

21
Tres hidroaviones Dornier “Wal” recién salidos de la campaña.
22
Al comandante Llorente le fue concedido el Trofeo Harmon por la Ligue Internationale des
Aviateurs.
naciones nacidas de nuestras antiguas colonias, que España, aquella nación “sin
pulso” -como la había calificado Silvela- era la “Madre Patria”, y así se apresuraron a
manifestarlo en largos y ditirámbicos artículos de prensa. En España el vuelo del
Plus Ultra era uno de los primeros acontecimientos brillantes desde el desastre de
las escuadras de Montojo y Cervera en 1898, y exaltó el orgullo nacional. Aunque el
Mundo reconoció y celebró la gesta de los aviadores españoles, no faltaron quienes
trataron de apropiarse parte del éxito de la proeza; Italia aducía que el avión estaba
construido en Pisa, Alemania que era suyo el proyecto de aquél, y Francia, dado que
no habían sido aviadores franceses quienes protagonizaran la hazaña, trató de
quitar importancia al raid.

Saliendo al paso de esto, un diario de Montevideo publicaba una viñeta de un


cocinero con su característico gorro, dando vuelta en el aire a una tortilla; el pie,
decía: “La sartén es alemana, el aceite inglés, pero los huevos son españoles”. Pido
perdón por el exabrupto, pero la transcripción es literal.