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RAMÓN BUCKLEY

Los turistas de Castilla

15/04/2010
Después de la avalancha de artículos sobre Delibes de las últimas semanas, se pregunta
Javier Cercas, más reposadamente, qué es lo que va a quedar del escritor castellano para
la "posteridad". Contestándose a su propia pregunta, señala que el gran reto del escritor
castellano fue "desnoventayochizar" Castilla y que, a pesar de haber fracasado, el mero
hecho de haberlo intentado ya constituye el "mérito" de su obra. El fracaso al que Cer-
cas se refiere es que, a pesar del gran impacto de la obra del maestro vallisoletano, la
visión de Castilla de nuestro imaginario colectivo continúa siendo la que impuso la ge-
neración del 98.
No cabe duda de que Cercas pone el dedo en la llaga al señalar la grandeza (y, a la vez,
el aparente fracaso) de la obra de Delibes, pero pienso que, por lo importante de su
afirmación, convendría matizarla. En primer lugar, cabría señalar que fueron los regene-
racionistas los que intentaron (infructuosamente, por lo que se ve) "desnoventayochizar"
Castilla: "Venid vosotros, los representantes de la vaga y amena literatura" clamaba
Julio Senador, refiriéndose, sin tapujos, a Machado y compañía, "los que fingís admirar
esta tierra como 'semillero de héroes y plantel de santos', los que, sin haber pisado un
surco, os embriagáis con la 'fragancia de sus mieses', dejad de sobrecogeos con los 'in-
mensos espacios vacíos donde la mirada se pierde en transparentes lontananzas', dejad
las músicas celestiales y venid a ver lo que es este país por dentro, estos bosques asola-
dos por el hacha, estos viñedos asesinados por la filoxera, estos pueblos semibárbaros,
esta incomunicación, este abandono, esta ferocidad, este hambre, que son vergüenza de
España y afrenta de la civilización de nuestro siglo".
Es decir, para Senador y sus amigos vallisoletanos, los noventayochistas no pasaban de
ser turistas que se habían dado una vuelta por Castilla. Venidos de todos los puntos de
España, de Galicia (Valle), del País Vasco (Unamuno, Maeztu), del Levante (Azorín),
de Andalucía (los Machado), de todos los lugares excepto de Castilla, ninguno de ellos
tenía la más mínima credibilidad al hablar sobre esta tierra.
Eran, eso sí, turistas ilustrados, dispuestos a sacar maravillosas "instantáneas" de su pe-
riplo castellano, que luego se plasmarían en ensayos, en poemas, en cuentos... maravi-
llosamente superficiales. Ninguno de ellos penetraría más allá de la "cáscara" de Casti-
lla.
Esa visión tan negativa del 98 no sólo la tuvo la regeneración sino también, en cierta
medida, el propio Delibes que hizo de El Norte de Castilla un baluarte de ese neo-
regeneracionismo que se hizo patente en los años de posguerra.
Si el Delibes periodista fue "regeneracionista" -es decir, denunció los males que habían
llevado a Castilla a su agonía-, el Delibes novelista dio un paso más: intentó rescatar los
restos de aquel naufragio que habrían de proporcionarle a Castilla las señas de su identi-
dad perdida. Esos 380 vocablos de términos rurales que figuran en el emocionante dic-
cionario (valga la paradoja) de Jorge Urdiales son justamente los restos de aquel naufra-
gio que el propio Delibes había recogido antes de que desaparecieran por completo del
habla popular, preservados ya para siempre en sus novelas. Trescientos ochenta voca-
blos que no figuran en ningún diccionario de la Real Academia y que Delibes había
recogido en un verdadero "trabajo de campo" sin precedentes.

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El "mérito" de Delibes -para volver al artículo de Javier Cercas- sería pues la construc-
ción de una obra narrativa a partir de la verdadera "materia" de Castilla, a partir de unos
vocablos que son propios del mundo rural castellano y ajenos al resto de los españoles.
Las señas de identidad de Castilla empiezan por allí, por su propio idioma, por un caste-
llano que nosotros pensamos que es "de todos los españoles" pero que pertenece ante
todo a los propios castellanos, que tiene sus propias formas dialectales que la Academia
ni siquiera se ha molestado en recoger. A partir de este castellano, a partir de esta mate-
ria prima, Delibes construye su mundo de ficción, pero de una ficción que se acerca más
a la realidad de Castilla de lo que jamás nadie antes se había acercado.
Tiene razón Cercas: Delibes no ha conseguido "desnoventayochizar" Castilla. En nues-
tro imaginario colectivo, continuaremos "soñando" Castilla tal como querían los del 98.
A partir de ahora, cada vez que recitemos aquello de "Colinas plateadas, grises alcores,
cárdenas roquedas...", o aquello de "¡Primavera soriana, primavera humilde como el
sueño de un bendito..!", seguro que se nos siguen sacudiendo las entretelas de nuestro
corazoncito...
Pero sabremos, ahora sí, que se trataba de un sueño, de una maravillosa ficción, de la
visión de unos turistas "iluminados" que recorrieron Castilla hace ya algo más de cien
años. Nada que ver con la realidad. Delibes nos ha quitado las telarañas de los ojos.

JAVIER CERCAS
El mérito de Delibes

04/04/2010
1 Cuando muere un escritor es casi obligado preguntarse qué quedará de su obra; la res-
puesta también es obligada: no lo sabemos, no sabemos nada de nada. Por supuesto, esta
respuesta es igualmente válida para la obra de Miguel Delibes, que acaba de fallecer en
Valladolid. El caso de Delibes es curioso. A juzgar por las muestras de afecto que ha
recibido estos días, era una persona muy querida, y es un hecho que en un mundillo tan
desabrido como el literario no era fácil oír hablar mal de Delibes, lo que tiene un mérito
enorme; sin embargo, no estoy seguro de que en los últimos tiempos la obra de Delibes
suscitara grandes entusiasmos. De hecho, quizá nunca los suscitó, cosa que no me pare-
ce tan mala: su literatura, como al parecer su persona, fue siempre sobria y discreta,
siempre ajustada a la retórica barojiana del tono menor; esto explica que, en el humilde
contexto de nuestra literatura, Delibes ocupe el lugar de un hombre humilde, aunque no
un lugar humilde: al fin y al cabo, durante casi medio siglo fue con razón un novelista
inexcusable en España. De entre todo lo que he leído en estos días sobre él, me quedo
con una observación de Elsa Fernández-Santos según la cual Delibes es un escritor "que
no tuvo escuela literaria (...) y que probablemente tampoco la deja", lo que quizá com-
plica su purgatorio necesario, pero no necesariamente su posteridad; de entre todo lo
que he leído sobre Delibes a lo largo de los años, me quedo con unas palabras escritas
por Jaime Gil de Biedma en 1965, cuando la trayectoria literaria de Delibes se acercaba
a su ecuador. Dice Gil de Biedma que Delibes es "un buen escritor a quien siempre se
lee con placer y de quien se puede esperar que nunca dará sorpresas desagradables, aun-
que tampoco, es posible, ninguna otra clase de sorpresas"; esto me parece exacto, pero

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no del todo: justo a mediados de los sesenta, Delibes, que hasta entonces había sido un
narrador tradicional -a veces deliciosamente tradicional, como en Viejas historias de
Castilla la Vieja-, sorprendía a propios y extraños intentando ponerse al día respecto a
la novela occidental y tratando para ello de asimilar determinadas técnicas narrativas
más o menos innovadoras, un esfuerzo notable y para él quizá artificioso al que sin em-
bargo debemos una de sus mejores novelas (Cinco horas con Mario), aunque también
una de las peores (Parábola del náufrago). Pero Gil de Biedma también escribía otra
cosa, que me permito citar por extenso: "Si los escritores españoles supiesen cantar y
organizasen una representación de Don Giovanni, a Delibes inevitablemente -a veces
me pregunto si no hay en ello injusticia- le correspondería el papel de don Octavio, que
no es brillante, ni seductor, ni tiene tanta vitalidad, pero es honrado y valiente y al final
se casa con doña Ana". Esto me parece exacto sin más.
2 Hace casi veinte años hice un viaje por Castilla durante el cual no paré de recitar estos
trozos contrahechos de prosa recortada: "Castilla está noventayochizada / ¿quién la des-
noventayochizará? / el desnoventayochizador que la desnoventayochice / buen desno-
ventayochizador será". Que yo sepa, a raíz de la muerte de Delibes nadie ha recordado
una observación de Francisco Umbral, quien había leído a Delibes a fondo, aunque su
obra propiamente dicha quizá no le deba demasiado: según Umbral, Delibes desnoven-
tayochizó Castilla. Yo creo que Delibes por lo menos lo intentó. La llamada Generación
del 98, que es el nombre amañado que en España adoptó el Modernismo, inventó una
Castilla mística, romántica y nacionalista en la que el tiempo del hombre había sido
abolido por el tiempo sin tiempo de Dios, en la que las facciones de cada campesino
delataban las facciones del Cid y en la que se intuía en la forma de cada peñasco el ma-
cizo de la raza. Era, aunque duela aceptarlo, una Castilla con un atractivo bestial, y la
prueba es que todavía no nos hemos emancipado de ella. Delibes intentó hacerlo; hay
que reconocer que Cela también, pero, si bien los castellanos de Cela parecen a veces
seres terrenales que hasta comen huevos fritos con torreznos, lo cierto es que la suya
sigue siendo una visión deudora del 98 y su prosa una prosa poética, siempre en el bor-
de de la cursilería y a menudo más allá de él. Delibes, en cambio, fue un prosista prosai-
co, y aunque su Castilla es una Castilla tan inventada como la del 98, en ella los caste-
llanos comen, beben, ríen, lloran, se enamoran y mueren más o menos como lo hacemos
los demás humanos. Repito que lo intentó, intentó desnoventayochizar Castilla, pero no
pudo; es natural: los del 98 eran demasiados y demasiado fuertes, y Delibes estaba solo
o casi solo. El resultado es que, más de un siglo después, la imagen profunda de Castilla
no ha dejado de ser en lo esencial, me parece, la imagen del 98. Digo yo que alguien
tendrá algún día que reflexionar sobre este anacronismo. Entre tanto, sería muy mezqui-
no negar que Delibes hizo cuanto pudo por evitarlo y que, aunque perdió la batalla, la
perdió con dignidad, sin hacer trampas, con la honradez y la valentía de don Octavio.
Yo diría que ese es, literariamente, el mérito principal de Delibes.

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