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Mauricio Casanova Brito

Universidad de Concepción, Chile


Metodología de la Investigación II
Curso: 4º / Año Académico: 2010
Profesor: Ventura Rojas, José Manuel

Bloch, Marc: Apología para la historia o el oficio del historiador. Fondo de Cultura
Económica, México, 2001, 180 pp.

En la obra es posible concebir tres grandes motivaciones, tres grandes


preocupaciones que Marc Bloch quiso plantear a la comunidad historiográfica. La
primera, y según el autor, la más importante, es la de la posición del historiador en la
sociedad, como intelectual, como científico y como sujeto histórico. La segunda, es la
referida a la teoría de la historia, historia no como disciplina, sino como el devenir
temporal del hombre, nuestro infinito acaecer mundano, nuestra condición de seres
arrojados al tiempo. Por último, la tercera intención es la de presentar un modelo
metodológico para la historia, un modelo tanto para el trabajo de investigación como
para el lenguaje – las herramientas – del historiador. Lo que Bloch se propone es
«definir al historiador como hombre de oficio, investigar sus prácticas de trabajo y sus
objetivos científicos, como veremos, incluso más allá de la ciencia» (p. 9).
Para el pensador francés la historia como disciplina, como parte del pensar
humano, no es hacer por hacer, no es arte por arte, la historiografía es propia de la
civilización, rinde cuenta de ella y forma parte de su desarrollo. «Vemos allí afirmadas,
de un solo golpe, la civilización como objeto privilegiado del historiador y la disciplina
histórica como testimonio y parte integrante de una civilización» (p. 12). El historiador
es parte de un presente, está inmerso en el complejo universo de la realidad del hombre
en el tiempo: es pensador y objeto de estudio a la vez.
El rol de la historiografía, su deber dentro del pesar humano, de su civilización,
es dar cuenta del hombre y del tiempo a través de un análisis científico. Por tanto, Marc
Bloch afirmó la necesidad de poseer una teoría, un universo coherente de conceptos
portadores de un sentido único, con el cual entender el objeto de estudio ¿Cuál es la
lógica del tiempo histórico? Para el autor el tiempo es una realidad aparentemente
paradójica, es continuidad y perpetuación, devenir y permanencia: «El tiempo
verdadero es, por naturaleza, un continuo. También es cambio perpetuo. De la antítesis
de estos dos atributos provienen los grandes problemas de la investigación histórica» (p.
58) ¿No es el historiador el encargado del darle continuidad a un mundo de segundos,
días, años y siglos infinitos e irrepetibles?
Del mismo modo que la historiografía debe poseer una teoría formal, también
debe definir sus herramientas, sus técnicas de trabajo, su metodología. Así, Bloch
dedica gran parte de su obra en el análisis de tres conceptos principales: la observación,
la crítica y el análisis historiográfico. El objeto de observación de la historia no es el
pasado – y nunca podrá ser éste objeto de observación científica – sino los testimonios
del pasado. La crítica en la historia no son más que razonamientos en bases a las leyes
de la lógica y, por último, el análisis historiográfico es la operación de abstención de
nuestras pasiones en función de un trabajo objetivo y científico.
De este modo, las tres condiciones para la existencia de una ciencia están
reflejadas en la obra de Marc Bloch: el deber de ésta en la civilización, la presencia de
una teoría formal y una forma de trabajo propia.
En los tiempos en que el autor escribía la obra, la historia se entendía
comúnmente como la ciencia del pasado. Sin embargo ¿es la historiografía la
responsable de dar cuenta de la evolución del entorno físico a través del tiempo?
¿Cuándo un hecho es propiamente un hecho histórico? Bloch plantea lo anterior con
simpleza: la historiografía está donde está el hombre. «El buen historiador se parece al
ogro de la leyenda. Ahí donde olfatea carne humana, ahí sabe que está su presa» (p.
51). Si bien la historia es la ciencia del hombre, esta aseveración no es suficiente: es de
los hombres a través del tiempo. Pero ¿a que nos referimos con tiempo? El autor es
enfático: tiempo histórico es duración. «La atmósfera donde su pensamiento respira [la
historiografía] naturalmente es la categoría de la duración» (p. 58). El tiempo histórico
es la permanencia, dentro de la mente del historiador, atribuida al universo infinito de
sucesos irrepetibles pasados: la historia es más continuidad que cambio. El objetivo
último del estudio del hombre en el pasado, sin embargo, es el presente. «No hay, pues,
más que una ciencia de los hombres en el tiempo, que sin cesar necesita unir el estudio
de los muertos con el de los vivos» (p. 73).
Como vimos, la historia estudia al hombre en el pasado. Sin embargo, el
objeto de estudio de ésta no es el pasado, ni el tiempo, en verdad, ninguna ciencia
puede pretender tener como objeto de su análisis una realidad que ya dejó de existir. El
objeto del análisis histórico son los testimonios, las huellas que los hombres dejan a las
futuras generaciones. Por lo tanto, la observación histórica forzosamente es siempre
observación indirecta. Pero ¿constituye la historia una mera búsqueda y orden de
testimonios pasados? Ciertamente no. Nuestra disciplina, frente a una evidencia
indirecta del pasado, debe ocupar todas las facultades de la comprensión en servicio de
la objetividad. Estas facultades no son más que las leyes de la lógica. En análisis
racional, es decir, la confluencia entre el sentido común, la lógica general y los
testimonio dejados por otros documentos nos permiten emitir un juicio objetivo sobre
el testimonio estudiado ¿Son los hombres como los dados? La teoría del azar es para las
matemáticas, no para la historia. Por lo tanto, el documento no habla por sí sólo, es
necesario hacerlo hablar.
La comprensión del documento debe desprenderse tanto de la excesiva
credulidad como del esceptisimo exacerbado. Es necesario la presencia de una duda
examinadora, de lo que el autor denomina crítica histórica. Los testimonios no son
pruebas incuestionables de la realidad del pasado, existen en ellos todas las vicisitudes
– venenos - capaces de otorgar el destino. «Entre todos los venenos capaces de viciar
el testimonio, el más virulento es la impostura» (p. 105). Frente a la gran cantidad de
errores, omisiones y falsificaciones de los documentos el historiador no debe actuar
como juez, no debe otorgar atribuciones de bien o mal. En vez de buscar la impostura
debe buscar al impostor, el porqué la falsificación fue posible en cuanto pensable. «Y
es como la crítica se ve conducida a buscar al impostor detrás de la impostura. Es decir,
según la divisa misma de la historia, al hombre» (p. 108). Lo anterior – y uno de los
aportes más trascendentales de la obra – es lo que Bloch denomina la psicología del
testimonio. Los documentos «no nos informan acerca de lo que vio [el sujeto
estudiado] en realidad, sino acerca de lo que en sus tiempos se consideraba natural ver»
(p. 117). De la misma manera, la ubicación temporal del documento no es cronológica,
no obedece en última instancia a la arbitrariedad de la clasificación humana del tiempo,
en realidad «el corte más exacto no es forzosamente el que echa mano de la unidad de
tiempo más pequeña […] La verdadera exactitud consiste en dejarse guiar, en cada
ocasión, por la naturaleza del fenómeno considerado [por la psicología de la época del
autor del documento][…]Las transformaciones […] no pueden plegarse, sin un
desafortunado artificio, a un cronometraje demasiado estrecho» (p. 170)
Si bien la razón, la lógica y la psicología del testimonio deben ser las
facultades a la hora de analizar documentos, es necesario también poseer una
nomenclatura, un vocabulario común en la disciplina capaz de evitar los anacronismos.
Normalmente los conceptos utilizados por historiadores, afirma Bloch, se aceptan ya
gastados, deformados y bajo parámetros de presente. Para evitar esto, el historiador
debe tener siempre en cuenta que los nombres, las palabras, varían en el tiempo y en el
espacio. La historia no ocupa símbolos independientes al lenguaje común – como las
matemáticas -, sino que ocupa palabras, las que están inmersas todas dentro de la
experiencia subjetiva del autor y su presente. Por tanto, es imperante la necesidad de la
historiografía de llegar a un común acuerdo en torno a los conceptos propios de su
disciplina.

Marc Bloch, en palabras de Enrique Moradiellos, busca «ofrecer una


alternativa a la practica historiográfica dominante, superando el estrecho enfoque
político, diplomático y militar a favor de la apertura de otros campos de investigación
»1. El campo histórico se ensancha y la historiografía se abre a todos las caras de la
aventura del ser humano en el tiempo. Lo anterior no es menor, no es simplemente un
peldaño en la escalera de la evolución de una disciplina, lo realizado por Marc Bloch y
la escuela francesa de los annales es abrir la historiografía hacia la ironía, entendida
ésta no como estilo de escritura ni actitud escéptica frente a la realidad, sino como «el
ascenso del pensamiento en determinada área de indagación en el nivel de
autoconciencia que hace posible una conceptualización del mundo genuinamente
“ilustrada”, es decir, autocrítica»2. La historiografía abandona su ingenuidad, su niñez y
se encamina hacia su capacidad de auto-reflexión, de auto-superación ¿No fue Marc
Bloch el primero, de los muchos y constantes ejemplos durante todo el siglo XX, en
atribuirle a la historia el carácter de “nueva historia”? El imperante casi sentimental de
la historiografía de renovarse constantemente, de ser siempre nueva historia, oculta en
su centro el significado de nuestro vivir presente: la modernidad es impresionantemente
cambiante, las generaciones coetáneas, coexistentes, parecen venir de universos
distintos, los cambios son veloces y el ser humano se ve de repente abandonado,
eyectado, en un universo incierto de cambios y más cambios ¿No es necesaria la
permanencia y la continuidad dentro del caos de la modernidad? Precisamente ese es el
rol de la historiografía. El historiador francés le atribuyó a ésta su rol de perpetuar el
tiempo continuo y cambiante: «El tiempo verdadero es, por naturaleza, un continuo.
También es cambio perpetuo. De la antítesis de estos dos atributos provienen los
grandes problemas de la investigación histórica» (p. 58). De este modo, nuestra
disciplina se presenta en la modernidad como una necesidad imperativa frente la
incertidumbre del tiempo y Marc Bloch fue el primero en dar cuenta de aquello: «Las
revoluciones sucesivas de las técnicas ampliaron de manera desproporcionada el
intervalo psicológico entre las generaciones. Tal vez no sin algo de razón el hombre de
la edad de la electricidad y del avión se siente muy alejado de sus antepasados. Con
mayor imprudencia, concluye de buen grado que ha dejado de estar determinado por
ellos» (p. 67)

1
Moradiellos, Enrique. Las caras de Clío, Siglo Veintiuno de España editores, Madrid, 2001, p. 125
2
White, Hayden: Metahistoria: La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX, Fondo de Cultura
Económica, México, 2005, p. 46