CONSTITUCIÓN DE 1812 (CÁDIZ) vs ESTATUTO REAL DE 1834 Era el año 1812 y en España la situación era complicada: el rey José

Bonaparte, a pesar de sus esfuerzos por llevar al país a una leve modernización, no era bien recibido por el pueblo, acusado de conseguir el trono mediante engaños y, por lo tanto, considerando su reinado como ilícito e ilegítimo. Por este motivo, se formaron por todo el país las Juntas, que tomaron el mando en ausencia de un poder real aceptado, siendo la Junta Suprema Central Gubernativa la que se situaba en la cúspide piramidal de importancia política y la cual toma la decisión de convocar las Cortes para la redacción de una Constitución. De esta situación surge la conocida Carta Magna llamada La Pepa por terminarse el 19 de marzo de 1812, día de San José. Muy diferente era el contexto en el momento de emisión del Estatuto Real de 1834. Tras la muerte del rey Fernando VII, toma el poder María Cristina en calidad de Regente ante la minoría de edad de su hija Isabel II. Sin embargo, el trono es reclamado también por Carlos de Borbón, lo que genera una situación de conflicto que lleva a María Cristina a buscar apoyos entre los liberales y los realistas más moderados. Con el fin de contentar a la cantidad de gente más amplia posible, María Cristina elabora una carta otorgada en 1834, aunque no contenta a los liberales, que luchan por conseguir mayores avances. Así nace el Estatuto Real. La diferencia de las situaciones y de las pretensiones de los creadores de cada documento llevan a unas diferencias abismales entre la Constitución de 1812 y el Estatuto de 1834. En primer lugar, la aspiración de los liberales que promulgaron la ley básica en Cádiz era abolir del modelo que hasta el momento regía el país: el Antiguo Régimen. Para ello, empezaron por lo más fundamental, que es señalar como origen del poder político a la nación española, es decir, decreta la soberanía popular, como puede verse en los artículos 1 y 3 de la Constitución: “Art. 1: La nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios. Art. 2: La soberanía reside esencialmente en la nación [...]”. Todo lo contrario ocurre con el Estatuto de 1834. Como ya se ha comentado, se trata de una carta otorgada, lo que significa que en el trono está la soberanía y que concede al pueblo este documento: “SM la Reina Gobernadora, en el nombre de su excelsa hija, doña Isabel II, resolvió convocar las Cortes generales del Reino”. Y es que hay que entender que este Estatuto Real era el modo mediante el cual se pretendía mantener un equilibrio entre las aspiraciones realistas y las liberales, mientras que La Pepa fue redactada mirando hacia un futuro liberal, aunque después se viera truncado.

Un rasgo diferenciador muy importante es el reconocimiento de los derechos humanos y civiles en los dos textos. En 1812 y por primera vez en España se recogen en una Constitución los citados derechos, así como se proclama la igualdad ante la ley, la igualdad a la hora de hacer frente a las cargas fiscales (Art. 8) y a la hora de servir militarmente (Art. 361). Además, es la nación la encargada de conservar y proteger la libertad civil y los derechos, que se consideran legítimos. Demuestra así un afán de progreso y de renovación que, aunque no fuera todo lo ambicioso que se deseara, era mucho más de lo que se obtuvo en posteriores redacciones, por ejemplo la del Estatuto Real, que, en cambio, omite por completo toda referencia al asunto de derechos y libertades, en su línea claramente conservadora. La forma de Estado que la Constitución de 1812 decretaba era una monarquía moderada hereditaria (esto está plasmado en el Art. 14), aunque las funciones del rey fueran limitadas y estuvieran, en ocasiones, supeditadas a las Cortes, como recoge el artículo 172, en el que se plasman todas las restricciones a las que se veía sometido el poder real: “No puede impedir, bajo ningún pretexto, la celebración de las Cortes [...], ni suspenderlas, ni disolverlas[...]”. A pesar de todo esto, la primera acción llevada a cabo por Fernando VII al ocupar el trono en 1814 fue disolver las Cortes y proclamar de nuevo el absolutismo, contando con el apoyo de los Persas. Por su banda, el Estatuto de 1834 decreta una monarquía absoluta, y aunque realiza algunas concesiones políticas, éstas son muy limitadas. A pesar de convocar las Cortes, son unas Cortes controladas por la reina, que tienen un valor más simbólico que útil, pues sirven de instrumento para “legitimar” las decisiones reales. Sólo el 0’15% de la población podía participar en la vida política, lo cual es un dato significativo del control que el monarca ejercía a nivel gubernamental. De nuevo más rasgos enla línea de un absolutismo moderado ( necesitado de apoyos entre las filas liberais para hacer frente al ultrarrealismo carlista) en contraposición con los avances progresistas llevados a cabo en 1812. Todo esto va inevitablemente ligado a la forma de organizar los poderes del Estado: legislativo, ejecutivo y judicial. Primeramente, la separación de estos poderes sólo estaba recogida en la constitución liberal de 1812: “Art. 15: la potestad de hacer leyes reside en las Cortes con el rey” (poder legislativo); “Art. 16: la potestad de hacer ejecutar las leyes reside en el rey” (poder ejecutivo); “Art. 17: la potestad de aplicar las leyes en causas civiles y criminales reside en los tribunales.” (poder judicial). Como puede observarse, la separación de poderes no era total, ya que el poder legislativo estaba repartido entre las Cortes y el monarca, poseedor además del poder ejecutivo. Claro que mucho más imperfecto por absolutamente inexistente es el principio de separación de poderes en el Estatuto de 1834. Ni siquiera una mínima mención se

hace en el texto a algo tan básico para los principios liberales y democráticos. Es opuesto también el principio de la primacía de la ley en los dos documentos a comentar. En La Pepa, la ley es considerada inviolable, se sitúa por encima de todo poder y por ello todos los individuos, independientemente de su origen y condición, se encuentran sometidos a ella. Este rasgo es marcadamente revolucionario, como casi todos en esta Constitución, y al igual que muchos otros es una muestra de las intenciones progresistas de sus redactores. En contraposición, el Estatuto otorgado por la reina en 1834 sitúa la ley en un segundo plano, pues es una concesión al pueblo y, por consiguiente, no se ve sometida a ella. El poder de la Corona se sitúa por encima de la ley. Para terminar, queda diferenciar el modelo de organización territorial que adoptan ambos textos, o en este caso equiparar, pues en los dos casos son modelos centralizadores y unitarios, algo inseparable del liberalismo pero que costó a Isabel II la oposición de algunas zonas tradicionalmente beneficiadas por particularidades regionales. Puede observarse, tras un análisis de las características de la Constitución de 1812 y el Estatuto Real de 1834, el grave retroceso que sufrió la política en España, causada por la vuelta al absolutismo de Fernando VII primeramente y por los deseos de mantener este modelo por parte de los sectores más conservadores (nobleza, alto clero, jefes militares). ¿Cómo continúa la historia de nuestras leyes? Espera y verás... Andrés Valverde Tejedor 2º BAC D