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O Mario Vargas Llosa O

Cuando el pez
regresa al agua

Mi primer encuentro con Vargas Llosa tuvo lugar en 1993,


cuando el escritor visitó Guatemala para recibir un doctora-
do honoris causa de la Universidad Francisco Marroquín. Yo
aspiraba a que me concediera una entrevista para el semana-
rio que editaba, y él, no obstante los numerosos compromisos
que tenía asignados, me hizo un espacio en su agenda.
Para entonces, Vargas Llosa había dejado de ser el
marxista de su juventud, el ferviente defensor de la revolu-
ción cubana, el demócrata cristiano que sería más tarde y el
«sartrecillo valiente», como le decían sus amigos, que decla-
raba donde iba su admiración por Jean-Paul Sartre. Cuando
le estreché la mano, se me antojó estar frente a un dandi,
índole que habría de confirmar en las demás ocasiones que
hablé con él. Vargas Llosa es un hombre tan cuidadoso en el
vestir que quien no le conozca no podría asegurar, a primer
golpe de vista, que es un escritor. Pulcro, atildado, distingui-
do, tiene además una sonrisa seductora, enmarcada en una
dentadura imponente que llegó a odiar de niño pues su padre
no le permitía que se la arreglara.
La afinidad entre ambos fue inmediata y la conver-
sación fluyó de uno a otro sin necesidad de recurrir a las

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preguntas que yo había preparado. Le regalé un ejemplar de


Crónica, imaginando que la cabecera de la publicación que
yo editaba le traería algún recuerdo nostálgico, pues su pri-
mer empleo, cuando sólo contaba 16 años, fue en un diario
limeño que se llamaba precisamente así, Crónica, así como
dos libros míos que supuse nunca leería.
Lo que sigue es lo que hablamos aquella mañana,
cuando Mario Vargas Llosa había dispuesto abandonar la
vida pública y aún no había sido galardonado con el premio
Nobel de literatura.

Escribidor y hablador son voces peyorativas a las que Mario


Vargas Llosa ha dado prestigio y un inconfundible lustre
personal y literario. El gran novelista peruano habla con la
cautivadora facilidad de quien está habituado a transmu-
tar la vida en texto. La política, sin embargo, ha dejado
en su voz un aséptico barniz muy difícil de disolver si no
es recurriendo a la literatura. Sólo entonces el rostro del
escribidor se ilumina, su timbre sube una octava y Var-
gas Llosa se expresa desde la emoción y el entusiasmo de
un conversador fascinante. Y es que para este fenomenal
seductor de lectores que inmortalizó a personajes como
la tía Julia, a Pantaleón y sus hetairas, a un tal Palomino
Molero, a un trotskysta llamado Mayta, a un hombre tan
alto y tan flaco que parecía estar siempre de perfil y a una
madrastra tentadora, lo más importante de este momento
de su vida [mayo de 1993] es haber regresado a su oficio
para hacer de él una orgía perpetua.
—Su visita viene precedida por la polémica desatada
en Perú a raíz de la publicación de su libro de memorias El
pez en el agua. Muchos personajes de la vida peruana se han

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ofendido por lo que escribe de ellos. Dicen que es usted un


resentido y que aún no ha digerido la derrota electoral.
—No, eso no es verdad. Cualquier lector imparcial
del libro puede darse cuenta de que no hay ningún resen-
timiento en mí y que, por el contrario, desde el punto
de vista personal y de mi vocación de escritor, el haber
perdido las elecciones ha significado incluso un alivio. Las
reacciones en Perú eran previsibles porque allí la lucha
política es sumamente enconada, y porque, desde el auto-
golpe del señor Fujimori, he sido un severo crítico de lo
ocurrido en mi país. Me parece una tragedia para Perú y
también un pésimo precedente para América latina. Las
reacciones podrían inducir a pensar que yo exagero en mi
libro. Pero creo que incluso me he quedado por debajo
del nivel al que la pobreza y la violencia política nos ha
llevado en Perú, donde es casi imposible realizar un de-
bate civilizado y todo se traduce en torneos de injurias y
descalificaciones morales. Lamentablemente, las reaccio-
nes ocasionadas por El pez en el agua me están dando la
razón.
—De la lectura del libro se desprende la idea de que
la verdadera derrota de Vargas Llosa ha sido la política
seguida por Fujimori.
—Sí lo es, porque lo que yo quería hacer, y con-
migo mucha de la gente que me acompañó, era una
gran revolución en libertad y en legalidad, a través de un
mandato que nos permitiera desmontar un sistema tra-
bado por el intervencionismo estatal, el cual daba lugar
a una discriminación tremenda y a unos obstáculos casi
insalvables para crear riqueza y sacar al país del atraso.
La novedad que ofrecíamos era la libertad económica

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Veinte plumas y un pincel

asociada a la libertad política, esto es, una democracia


construida alrededor de la idea del mercado.
—Y Fujimori tomó para sí esta idea cuando llegó al
poder.
—Así es. El presidente Fujimori inició muchas
de las reformas que nosotros habíamos propuesto. Y en
buena hora para Perú, desde luego. Hay que felicitarse
de que, en lugar de seguir con el populismo, combatiera
la inflación, hiciera una apertura de la economía, inicia-
ra tímidamente algunas privatizaciones. La oposición se
mostró dispuesta a cooperar, cosa que en el pasado no
era frecuente. Y en el campo internacional hubo también
mucha simpatía hacia este cambio de política. No había,
pues, ninguna razón, para que Fujimori instalara lo que
es técnicamente una dictadura. Pero lo más grave para
mí ha sido la imagen que ha quedado flotando en el aire,
según la cual, el presidente Fujimori está haciendo lo que
yo hubiera hecho en el Gobierno y la creencia de que,
en última instancia, una cierta arbitrariedad no es mala
cuando se viven los problemas que vive Perú. Lo que se
está haciendo en mi país es resucitar una tradición autori-
taria y asociándola a una reforma liberal. Y yo he querido
demostrar que no es cierto que la libertad económica sólo
se pueda materializar por medio de la dictadura.
—Que es el conservadurismo duro y puro.
—Ni más ni menos. El conservadurismo no es li-
beralismo. Esa es la equivocación que todavía persiste en
muchos latinoamericanos. Y lo que está ocurriendo en
Perú contribuye a perpetuar la confusión. En este mo-
mento el régimen es popular, pero ya sabemos que la po-
pularidad de las dictaduras es frágil. Y mucho me temo

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que cuando esa popularidad se extinga, va a ser más difícil


que en el pasado demostrar que quienes defendemos la
libertad económica, la empresa privada y la apertura de
la economía a los mercados del mundo, somos auténticos
demócratas y no aceptamos de ninguna manera el autori-
tarismo.
—Usted abre El pez en el agua con una cita de Max
Weber, según la cual, todo aquél que entra en política ha
de saber que, una vez en ella, lo bueno no produce el bien y
que quien ignora esa realidad es políticamente un niño. ¿Era
usted políticamente un niño cuando se lanzó a esta aventura?
—Yo era bastante inexperto en la política profesio-
nal. Y una de las cosas que aprendí en la campaña es que
la lucha política cotidiana es muy distinta a la política
entendida como debate de ideas o proyecto intelectual.
Tengo que confesar que para ese tipo de lucha estaba mal
preparado. Con ello no quiero decir que hay que dar la
espalda a la política y optar por el desdén aristocrático.
Ni mucho menos. Pienso que si queremos cambiar una
sociedad tenemos que pasar por la política, no sólo como
un proyecto, sino también como una técnica.

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