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En tiempo de guerra

A Jesús H. Olague,
Encaminador de ánimas

-Órale güey, que no es lo mismo

-Que sí, cabrón. En serio, es lo mismo.

-Que nó.

-Que sí.

Era la discusión de siempre, los domingos a mediodía. Cuando el Héctor y el Saúl aparecían por la
plaza, uno tenía que aguantarse por lo menos un par de horas, hasta que les bajaba la euforia por
lo que según ellos habían pasado en la madrugada, allá en el Llamaradas. Las mejores terneritas de
la región caían por allí, y sólo quienes sabían cómo se manejaban las cosas en el local, podían
aprovechar toda la noche sin gastar demasiado.

Héctor y Saúl eran de esos.

Y no eran ojetes, me cái que no, era sólo que mi jefa no me dejaba andar con ellos, bueno, no me
dejaba acompañarlos al Llamaradas, sólo me daba quebrada para echarme unas cervezas, y
regresar casi a la medianoche a la casa. No te olvides de tu abuela, que está ya muy enferma la
pobre. Y si llegamos a necesitar algo y tú no estás, ¿pues entonces qué hacemos? Vete pero no
regreses muy tarde, Miguel.

Así que regresaba nomás a figurarme cómo lo estarían pasado de lo suave Saúl y Héctor.

Lo cierto es que en la casa nunca sucedía nada. El doctor había dicho que la abuela estaba
delicada, pero era otra madera, o sea que como podía morirse en un par de semanas, bien podía
enterrar a dos o tres tíos, que estaban con una salud mucho peor que la de ella. Lo único seguro
era que por quedarme a hacer guardia no podía seguirles el paso a Héctor ni a Saúl, y siempre
terminaban curándosela conmigo, porque en mi casa no me dejaban ir a divertirme como se
divierten los hombres.
Aquel domingo la discusión de siempre era por la mujer de siempre. La Miranda, una muchacha
salida de quién sabe qué ranchería, que traía locos a los clientes y era la más canija de conquistar.
Porque allí ‘conquistar’ significaba ‘llegarle al precio’, y para eso, Héctor siempre competía con
Saúl, ya que ellos dos eran los que podían beberse las cervezas que quisieran, hasta tenían crédito
abierto en la barra, y por eso me insistían tanto en que fuera. Ándale güey, ni que tu abuela se
fuera a morir el mero día que no regreses a la casa. Además, ya tienes pelícanos en el golfo, ya no
estás en edad de andar quedándote en la casa, nomás tiroleando el techo a las cinco de la
mañana.

Así fue como lo decidí, el próximo sábado, aunque estuviera muriéndose todo el pueblo, yo me iba
con ellos. Porque la discusión fue más violenta que otras veces, y eso sólo podía ser porque la
Miranda había cumplido y con creces el trabajo para el que se le pagaba.

-Nombre cabrón, te digo que no hay como las mamadas de la Miranda. Mientras te la chupa miras
esos ojitos, y te dan ganas de descremarte, pero es cuestión de que aguantes y viene lo mejor. Ya
sabes, la vieja es de rancho por eso tiene ideas medio raras. Nunca deja que te bajes al charquito y
ni falta que hace, es la vieja más apretadita de todo el congal

-Cálmate pinche Héctor, ni que no hubiera otras. A mí me cuadra la Lizbet, esa sí que es una vieja.
Nomás que no te la chupa, a esa la gusta que se la dejes ir pero con la luz prendida, para verse en
los espejos que están en el techo. Está medio loca pero allí en el congal, seguro que es de las que
mejor cogen.

-Pos yo me sigo quedando con la Miranda. A esa no la cambio por nada, aunque apague la luz
dizque para sentir más bonito.

Después preguntó Saúl que con cuál de las dos me iba a ir el próximo sábado. Les dije que no
sabía, de tanto jalármela en las noches ya me daba igual en dónde la iba a meter, lo que andaba
necesitando era una verdadera vieja, para sacarme de encima la calentura.

Así que el sábado me hice el desentendido y me fui con ellos.

La camioneta de Saúl tenía un sonido de esos que aturden y se oyen a diez cuadras a la redonda,
cuando subimos puso a todo volumen algún disco de los Tigres del Norte. A las viejas del barrio les
cuadraban esas rolas y más la camioneta, así que las pocas que se asomaban se nos quedaban
viendo, y seguro que con la esperanza de que el Héctor o el Saúl se detuvieran a sacarles algo de
plática.

Pero ni madres, nosotros íbamos al Llamaradas, y eso era algo que ya estaba dicho.

Apenas al entrar casi me sofoco con el olor a cigarro. Era una peste, entre cigarro, lociones muy
corrientes y olor a sobaco sudado. Pero al fondo, en una banquita y bajo unos focos amarillentos,
estaban sentadas las muchachas, que murmuraban y de cuando en cuando señalaban a alguien
perdido entre la multitud.
Las mesas de billar estaban todas ocupadas, y en la barra apenas había espacio para pedir nada.
Pero el mesero luego luego se lanzó sobre Héctor, y le tomó la cuenta. Pidió un cubetazo, nos
tocaban de a dos cervezas a cada uno. Me tomé las mías de a gilo, y les pregunté que quién era la
Miranda.

-Esa, la flaquita sabrosa que está enseguida de la pechugona pecosa –respondió Héctor. -Yo te la
pago, nomás arrímate y pregúntale si te quiere acompañar. Se va a quedar pensándolo pero si te
dice que sí, agárrala de la mano, dale un beso de lengüita y te la llevas a arriba, subiendo las
escaleras. La mejor cama es la del cuarto número tres, a la izquierda. Aquí te esperamos, yo voy a
lo que voy con la Inés, seguro que el Saúl se va meter con la Lizbet. Si no fuera puta, hasta podría
casarse con ella.

-Chingas a tu madre, pendejo –le respondió Saúl. –Ni que tu novia fuera virgencita.

Total, ya nos habíamos puesto de acuerdo, y me acerqué a la banca. Intenté hablar como hablaban
ellos, así, con los güevos bien puestos. Ton’s qué, m’hijita. ¿Me acompañas?

La pecosa pechugona le dio un codazo como sin ganas, y la Miranda se me quedó viendo. La neta
que tenía unos ojos de telenovela. Pero no estaba allí para mirarle los ojos, yo quería acostarme
con ella, así que no supe cuánto tiempo pasó hasta me preguntó -¿Y tú vas a pagar?

Le dije que no, que era un gustito que me estaban invitando mis amigos. -¡Ah! Héctor y Saúl… son
de mis mejores clientes. Si te portas como ellos, entonces hasta podría tocarte acostón doble por
el mismo precio. ¿No te gusta la Eugenia?

Eugenia era la pechugona. Le respondí que estaba muy guapa, pero esta noche nomás iba por ella.

-Vamos pues, tú te lo pierdes. A Eugenia le gusta mirar y tocar, y a veces los clientes nos quieren a
las dos al mismo tiempo, dizque porque así es más rico.

Le di un beso como me dijeron el Héctor y el Saúl. Me quedó un sabor a humectante labial con
esencia de maderas, y aquella cintura era tan esbelta que seguro podía acomodarse de una y mil
maneras, para dejársela ir por todos lados. Con razón esos dos hablan tanto de ti.

-¿En serio? Pues aquí en el lugar también hablan mucho de ellos, de los gustos tan refinados que
tienen. ¿Sabes? No cualquiera tiene el dinero para pagar por mi compañía. Con lo que cualquiera
pasa una hora conmigo, podría llevarse a cualquier otra muchacha el fin de semana completo, con
el permiso del patrón.

-Entonces ha de ser un acostón de lujo… ya se me están quemando las habas, mamacita.

-Pues si los tienes como habas, no vas a durar mucho, papito.

Al abrir la puerta, los tonos marrones y rojizos de la habitación contrastaban con el resplandor
incómodo de los cristales fijos en el techo. Los espejos situados sobre la cama no dejaban oculto
nada. Me recosté en el colchón, y le dije que primero le diera una probadita a lo que se iba a
comer más tarde.

En el espejo su figura de ensueño se acercaba a mi entrepierna. Su cabello, de un tono artificial


pero perfecto, caía sobre mis caderas mientras ellas me chupaba una y otra vez. Espérate,
espérate papito, que no vas a dejar nada. Aún te falta lo mejor.

Apagó la luz, y me pidió que me hincara sobre la cama. Me gusta de perrito, amorcito, para que
me agarres fuerte con esas manos de hombre que tienes.

Se acercó a mí, y sólo sentí sus dedos acomodándose mi carne, que se deslizaba en su cuerpo
despacio, poco a poco.

Ella comenzó con el vaivén, mis manos recorrieron sus caderas, acariciaron sus pechos y ella gemía
y gemía con cada llegue que le daba. Por fin comprendí por qué el Héctor y el Saúl casi se iban a
las trompadas cuando comparaban a aquella mujer con las otras, es como si uno tuviera estrene
cada vez te acuestas con ella, decía Héctor.

Y sí, era cierto. Parecía estrene.

También ellos me dijeron que el truco para aguantar más sin soltar la leche, era pensar en otra
cosa. En cualquier pendejada. Traté de mirar los cristales, donde su figura oscurecida continuaba
con el vaivén cada vez más acelerado, ni madres, con eso no conseguía pensar en otra cosa, sino
sólo aumentar las ganas que tenía de dejarla embarrada de mocos.

Luego pensé en las cortinas, en qué había detrás de ellas, si el lugar por afuera no tenía una sola
ventana. Luego pensé que por qué chingados no podía prender la luz si el que iba a pagar era yo, o
el Saúl y el Héctor, que para el caso era lo mismo.

Así que estiré la mano y alcancé el interruptor de las lámparas de la cama.

Ella gimió aún más. Se dejó ir hasta que la topé y me pidió que me viniera de una vez.

Ya no podía más y en cuanto la oí pidiéndome que me viniera, me vacié en ella. Aquello fue lo
mejor que me había pasado en la vida, lo podía jurar y lo sigo jurando.

Entonces me dí cuenta. Que se la había metido en el culo. Que ella tenía unos destos como los
míos, y también una palanca de cambios al piso. Que era un machín.

-¡Pinche puto!

-Papito, no te pongas así, ¿qué no te gustó? ¡Por eso te dije que no prendieras la luz!

-¡Hijo de la chingada, ahora sí me desgraciaste!

-Ya papito, no pasa nada, ¿ves? Esto queda nomás entre tú yo. Bueno, y entre tus amigos, que les
encanta cómo me los chupo y luego me los cojo.
Busqué mi ropa y me vestí tan rápido como pude. Abajo ya esperaban, sonrientes y complacidos.
Héctor le daba un beso de despedida a la Inés, que se dejaba sobar los pechos allí, a un lado de la
barra.

Pasé de largo frente a ellos, y salieron tras de mí preguntándome por qué andaba tan
encabronado.

-¡Es un machín! ¡Par de pendejos, se cogieron a un pinche joto!

Se miraron uno a otro, y me dijeron que no me anduviera con chingaderas.

-Ni madres, pinche Miguel. Lo dices nomás porque de seguro no pudiste cogerte a una vieja como
esa.

-Si, por eso sales con tus mamadas –asegundó Saúl.

Los dos estaban convencidos de que la Miranda era mujer, y no saldrían de la duda ni aunque
quisieran, creo que en el fondo también jugaban con la idea de cogerse a un jotito, para cumplir
con todos los requisitos que debe cumplir cualquier hombre que se precie de serlo.

Para saber de amores hay que cogerse a un joto y besar a un perro… pero de lengüita.

Dejaron que me fuera a pie hasta la casa. –Total, mañana te esperamos donde siempre, y a ver si
entonces ya se te bajó el pinche coraje –dijo Héctor al tiempo que subía el volumen del estéreo. Si
ni parientes somos, lo mismo a mí me da.

Al regresar a la casa, ni la abuela había muerto ni mi madre me esperaba ni mis hermanos se


despertaron cuando entré al cuarto. Me cambié la ropa, y puse a remojar la que había usado, que
apestaba a congal barato y a desodorante de axilas. En tiempo de guerra, cualquier hoyo es
trinchera. En tiempo de guerra, cualquier hoyo es trinchera. En tiempo de guerra…

No sé cuántas veces me repetí lo mismo, convenciéndome al final de que era verdad. Además,
quién me mandaba ser tan pendejo.

A la mañana siguiente, los encontré en la plaza, curándosela con un seis de Tecate.

-Órale güey, que no es lo mismo

-Que sí, cabrón. En serio, es lo mismo.

-Que nó.

-Que sí.

-¿Verdad Miguel que no es lo mismo?

Era la discusión de siempre, los domingos a mediodía. Cuando el Héctor y el Saúl aparecían por la
plaza, uno tenía que aguantarse por lo menos un par de horas, hasta que les pasaba la euforia por
lo que había pasado en la madrugada, allá en el Llamaradas. Las mejores terneritas de la región
caían por allí, y sólo quienes sabían cómo se manejaban las cosas en el congal podían aprovechar y
pasar muy bien toda la noche, sin gastar demasiado.

Héctor y Saúl eran de esos.

Y ahora yo también.

Francisco Arriaga.
México, Frontera Norte.
21 de Abril de 2011.

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