Emmanuel Le Roy Ladurie (1966) LES PAYSANS DE LANGUEDOC Introducción

Compoix: viejas matrices catastrales, confeccionadas sólo en regiones de dimensión real. Los más antiguos de ellos se remontan al siglo XIV. Describen con precisión, en superficie, naturaleza y valor, los bienes de los propietarios de la tierra. Hacen posible una historia larga de la propiedad, pueden por lo tanto dar una luz decisiva sobre la lejana conquista de la tierra por el capital. Primero las fuentes mostraron la acción clásica de los capitalistas que concentraban la tierra. Sin embargo al afinar sus métodos estadísticos de análisis de los compoix, aparecieron nuevos fenómenos que llamaron su atención. El proceso de concentración perdía su complejidad lineal se individualizaban fases más que seculares de parcelación casi integral. La propiedad campesina, durante muchas generaciones, parecía volatilizarse; mientras que aumentaba vertiginosamente el número de propietarios de la tierra, en su mayoría minúscula. En otros momentos, en la fase siguiente, la propiedad reagrupaba sus fuerzas, mientras hacía estragos la caída del número de pecheros: la concentración de la tierra parecía triunfar: pero esas concentraciones no eran irreversibles ni definitivas. De nuevo el parcelamiento retornaba sus derechos, de nuevo se inflaba el efectivo de los titulares de la tierra empadronados. Poco a poco se impuso una periodización, que de entrada llevaba a la larga duración en la historia rural. Se partía a mediados o a fines del siglo XV, de un estado relativo de concentración de la tierra –relativo en relación a los períodos precedentes (antes de 1350) y siguiente (después de 1500). No se trataba de un estado momentáneo de concentración capitalista, sino de una consecuencia de la despoblación campesina; producto de las crisis, pestes y guerras. Por otra parte, el parcelamiento, después de esta fase de obstrucción, reaparecía lo más bien después del 1500, con extremo vigor en el siglo XVI y, seguía así hasta una especie de umbral crítico, hasta un punto de saturación, de congestión parcelaria, a partir de 1680. Entonces el proceso se detenía, y lentamente se cambiaba en su contrario: de nuevo se instauraba una concentración de la tierra. Hacia 1750-1770, inflexión, más vale nueva inversión del proceso, y vuelta al parcelamiento, aguijoneado por el crecimiento demográfico, estimulado por la viticultura; esta ofensiva suprema de desmembramiento parcelario dura un siglo entero, hasta la debacle filoxérica (1870-1873), y hasta los comienzos del éxodo rural. Tal historia de la propiedad sólo hubiera tenido, por si misma, un interés jurídico, o puramente técnico, si no hubiera jugado el papel de revelador secular, si no hubiera informado, de primera mano, sobre la larga historia de la sociedad que la vivía. Por tres veces la sociedad campesina del Languedoc, al cabo de un largo período de expansión, chocaba con la frontera que jalonaba el lento crecimiento rural intramilenario (siglos XI-XIX) sin interrumpirlo jamás totalmente. Una primera vez en el siglo XIV, en vísperas del gran derrumbe que simbolizan la peste negra y las guerras inglesas. Una segunda vez bajo Luis XIII o Luis XIV, que se sitúa a veces desde 1630, generalmente hacia 1675-1680. Una tercera vez hacia 1873-1876, al final –filoxérico pero también económico- de la larga expansión vitícola. El libro está construido alrededor de los problemas de la segunda frontera, la que pone fin, en el último cuarto del siglo XVII, al desarrollo agrario emprendido desde el Renacimiento. Tres grandes fases de flujo y reflujo se ofrecían para el estudio: la fase medieval (siglos XII-XV); la fase moderna (fin del siglo XV-comienzos del XVIII); la fase contemporánea (de 1750 a 1950). Esta tercera fase era bastante clara, y bien conocida. Para la primera fase pasaba todo lo contrario; era difícilmente conocible: porque los compoix eran raros entonces, y sobre todo tardíos (no antes del siglo XV). Elige la fase central, la del segundo empuje, a fines del siglo XV. Constantes: los marcos geográficos; constantes antropológicas: tienen su raíz en la movilidad, en las migraciones, en los desplazamientos de los rebaños, etc. Variables: la movediza cronología de éstas, su juego incesante de inter-relaciones. Variable meteorológica. Sobre todo las variables mayores, susceptibles de inflexiones durables y de movimientos seculares, a saber: la población, las diversas producciones y el producto regional bruto; los precios, nominales y metálicos; el ingreso global nominal y real; los ingresos o gastos particulares: renta, diezmo, fisco, usura, salario-dinero, salario en especie y salarios mixtos.

Capítulo IV: salarios, rentas, ganancias: el empobrecimiento de los “trabajadores de la tierra” La degradación de los salarios reales
Primero los salarios; y entre ellos, uno de los más típicos de la economía antigua, el salario pagado íntegramente en especie, extendido para los grandes trabajos. Este tipo de ingreso salarial baja lo menos un 18 % desde fines del siglo XV. Después de 1560 esa baja se acentuará, con ritmo de catástrofe. En la evolución del salario mixto –comida y complemento en dinero- hay que retomar el caso del bayle o jefe de cultivo, ese asalariado que encarna el hacer-valer directo tradicional. El poder de compra del salario monetario del bayle está en una baja radical, y esa baja no ha terminado. No cabe duda: en el caso de los salarios mixtos, especie-dinero, la prestación real en dinero disminuye espectacularmente. ¿Y las prestaciones en especie? Ellas se mantienen mucho mejor; sin embargo, ellas también tienden a bajar, en algunos casos en cantidad, en otros en calidad. Hasta cerca de 1530, la provisión de productos alimenticios entregados a los bailes de las masías narbonenses y a sus boyeros conservan el elevado nivel de fines del siglo XV. A partir de 1530 aparecen diversos síntomas de baja. De hecho, los años 1530-1540 parecen marcar bien el giro hacia la pauperización salarial. Para tener la medida exacta del empobrecimiento obrero, hay que comparar el fin del siglo XV con el fin del XVI: sena cuales fueran las causas –inflación de los precios,

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por encima del alza de los salarios, abundancia demográfica que hace caer el precio del trabajo y encarecer el consumo, restricciones y carestías provocadas por la guerra civil- los efectos tienen una acentuada amplitud. Las calorías se han hecho más pobres y ese régimen es desequilibrado. Las carencias de prótidos y lípidos se han acentuado desde fines del siglo XV. La abundancia de “glúcidos” (pan) no puede paliar la deficiencia de los alimentos cárnicos. Las consecuencias son inmediatas: una mayor fragilidad biológica, una creciente vulnerabilidad a las epidemias, en consecuencia un alza inmediata de la tasa de mortalidad. Hay que subrayar esta alusión a la muerte: una de las claves del giro demog´rafico que pone fin a la feliz suba de la población en los años 1500-1560 ¿no había que buscarla en el deterioro del régimen alimenticio, especialmente del régimen cárnico? Las conclusiones, tan discutidas de Hamilton, sobre el empobrecimiento del siglo XVI, a propósito de los salarios-dinero, son también, y por primera vez, generalizados a los salarios mixtos, los más típicos de la economía antigua. Además, la estructura misma de ese salario mixto se ha modificado fundamentalmente. Los asalariados languedocianos, bajo el golpe de la pauperización han tenido que adoptar un comportamiento común a muchos siglos, y a muchos pobres: se han restringido la sal, la carne, las materias grasas, la disminución de cuyo consumo es el signo mismo de la imposibilidad de alimentarse convenientemente. En lo que hace a los salarios de tipo moderno, pagados en dinero, se refieren a la vasta categoría de jornaleros de la tierra y del artesanado. Sus salarios serán roídos por la inflación de los precios. Y sobre todo por la saturación humana del mercado de trabajo. Desde el período 1530-1550 ya es un hecho. A pesar de algunas alzas, el salario nominal aumenta poco en esos dos decenios, en comparación a comienzos del siglo. Esta tendencia al empobrecimiento se mantiene hasta fines de siglo. El precio del trigo entre 1480-1500 y 1585-1600, sextuplica. ¿Basta estudiar el salario en general? ¿No hay una pesadez específica del salario agrícola? Para saberlo hay que echar algo de luz sobre las estructuras del salario de la tierra en la economía antigua. Primera constatación: la jerarquía de los salarios en la agricultura no es la misma que en el sector urbano. Al obrero agrícola calificado (segador, bracero) se le paga menos que al obrero calificado de la construcción; está al nivel del peón albañil o cavador. La industria distribuye tres tipos de salarios: bajos (mujeres), medios (mano de obra no calificada), altos (maestro albañil o carpintero, trabajador calificado); mientras que la agricultura sólo distribuye salarios bajos (mujeres) o medios (braceros); no hay altos salarios agrícolas. En este universo de dos niveles de los jornaleros agrícolas, ¿quién domina estadísticamente? En la viticultura es el hombre, contratado para podar o para escardar la cepa; las mujeres (cortadoras) sólo son mayoritarias durante la vendimia. El rol de la mano de obra femenina, sobreabundante, subvaluada, parece esencial en la economía tradicional, no vitícola, del antiguo Languedoc; más importante incluso que los empleados por año Dificultades de las trabajadoras Para esta masa de jornaleros agrícolas, y especialmente para su mayoría femenina, con menor paga, la pauperización del siglo XVI ha hecho mayores estragos que en otra parte. Para convencerse basta considerar la evolución, a igual trabajo, de la relación entre los salarios femeninos y los masculinos. El medio salario femenino, cuando la mujer hace equipo con el hombre, parece una entidad durable, consagrada por los siglos. Ahora bien, en la segunda mitad del siglo XVI, el salario femenino se degrada. La regla del 50%, con dos siglos de antigüedad, es abolida. Así, a fines del siglo XVI, la mujer gana sólo el 37% del salario de un obrero agrícola o de un peón albañil, en lugar del 50% del primer tercio del siglo XVI o de fines de la Edad Media. Desde ese punto de vista, los años 1550 forman por lo tanto un período bisagra: es entonces que se establece, y por largo tiempo, el empobrecimiento femenino, hasta allí poco marcado. Tales hechos importan a la historia de la condición femenina en el siglo XVI. Algunos buenos destinos no deben esconder la miseria de las trabajadoras, explotada, por lo tanto más tentadas por otras ganancias: se conoce la impresionante prostitución mediterránea del siglo XVI. Las motivaciones económicas, la decadencia del salario femenino, seguramente no han creado el hecho. ¿Han contribuido a acrecentarlo? El hecho importante es que femeninos o masculinos, todos losa salarios, agrícolas, rurales, artesanales, están en baja, en cuanto a su poder real de compra de trigo; ya se trate de salarios en especie, en dinero, o remuneraciones mixtas. Este empobrecimiento languedociano es sólo el aspecto local de hechos más amplios, a mayor escala. ¿Las causas? Primero la inflación: los precios en alza llevan la por delante de los salarios. Hay que considerar, más allá de fenómenos monetarios pasajeros, el desarreglo profundo de las estructuras sociales, provocado por el fuerte empuje demográfico del siglo XVI: el crecimiento de la población, después de 1550, trastorna el mercado de trabajo, hasta entonces favorable a los trabajadores. Este crecimiento crea, en el proletariado rural, un ejército de reserva de desocupados, reales o potenciales, cuyos efectivos inciden pesadamente sobre los ingresos de los trabajadores con empleo. La pauperización de los asalariados se une a la de los campesinos, cuyas propiedades se dividen y se achican. En el origen de estos dos hechos y de ese doble empobrecimiento, que muchas veces afecta a los mismos hombres hay un proceso común: el hambre. Hambre de tierra y de ingreso, hambre de subsistencia, hambre de empleo que obedece a una población en rápido crecimiento; y esto en el momento mismo en el que la oferta de tierra, de subsistencias y de empleo sigue siendo casi estacionario o aumenta muy poco. El persistente estancamiento de la renta real La parte del asalariado disminuye. Pero ¿en provecho de quién? En le economía agraria antigua, el juego no se juega entre dos, sino entre tres: asalariado, explotador (granjero), propietario de la tierra; o en términos de ingreso: salario, ganancia de la empresa, renta de la tierra. En esas condiciones, la baja del salario real no arrastra ipso facto el alza de la ganancia de la empresa. Esta alza teórica puede ser absorbida, comida por el alza correlativa de la renta, limitándose entonces el granjero a servir de intermediario y a “repercutir” sobre su propietario el provecho que podía legítimamente descontar de las ganancias de sus obreros. Lo que juega aquí es la competencia entre dos

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formaciones sociales diferentes: entre el naciente capitalismo rural de los empresarios agrícolas y la vida rentista de los propietarios de la tierra. Para conocer la renta pura hay que formar series de la renta provenientes de dominios bien determinados, y de verdaderas unidades de explotación agrícola. En muchos casos, la renta de la tierra es pagada en granos. Es un ingreso real, y no un ingreso expresado en unidades monetarias nominales. Para el siglo XVI, época de expansión, pese a que se esperaría un rápido y sostenido ascenso de la renta de la tierra, esto no sucede. El asalariado sigue siendo el gran perjudicado del siglo XVI; pero el dueño de la tierra no es ni de lejos el beneficiario de ese sacrificio; si vive noblemente, si se niega a explotar, tiene que contentarse con una renta pobre y estacionaria. Por cierto ese propietario no está por el suelo. A diferencia del asalariado, no se ha empobrecido en anda. Porque, en la mayoría de los casos, percibe la renta en especie, en granos. Y es raro que esta renta en granos baje durante el siglo XVI. Eso significa que convertida en dinero, a los valores del mercado de trigo, ese ingreso-grano, real y estable, sigue la curva de los precios; de este modo se hace una indexación automática de la renta de acuerdo con el precio-piloto, el precio del trigo. Renta débil, pero renta segura.

La victoria de la ganancia
Outsiders, diezmos, censo, talla El diezmo no está en causa. La tasa de la exacción diezmal, en el siglo XVI, permanece bloqueada en os niveles acostumbrados. Por lo tanto quien se ha comido la plusvalía del siglo no es aquel que percibe el diezmo. Tampoco es el señor. Ene l caso de los censos en dinero la inflación ha liquidado al señorío. En el llano, sin embargo, los derechos señoriales siguen siendo muchas veces percibidos en especie, generalmente en grano. Cebada o denarios: los derechos señoriales son miserables en la época del Renacimiento. La renta señorial era muchas veces débil, inconsistente; y la inflación del siglo XVI no ha hecho más que exorcizar un viejo fantasma. Más que el fin sin gloria de esas rentas fósiles que son los censos, importa el estancamiento de la renta viva, la del propietario que alquila su dominio. ¿Será el rey, el impuesto, la talla, lo que habrá devorado la plusvalía real producida por el trabajo agrícola en el siglo XVI? El impuesto aumenta mucho en valor nominal a lo largo del siglo. Pero el aumento nominal de tallas no significa nada por sí mismo. La pregunta es: ¿el impuesto sube más rápido, tan rápido o menos rápido que los precios? El impuesto no sigue a los precios. Él toma con el siglo un marcado retraso. El empresario y sus ingresos El jefe de explotación agrícola toma por tanto cierta ventaja. Capitaliza a la vez el alza de los precios y la saturación del mercado de trabajo. Si es un propietario explotador, paga, sobre un ingreso ligeramente creciente, cagas salariales declinantes y cargas fiscales también declinantes o estabilizadas. El embolsa íntegramente la plusvalía absoluta (ligera alza del producto) y la plusvalía relativa (marcada baja del salario). Igual proceso para el explotador puro que trabaja la tierra de otro. Dueño de la tierra o granjero, el explotador gana. ¿Adónde va este ahorro creciente de los explotadores de todo tipo? Se ve bien su uso: tesaurización o dilapidación; inversión en ganado; construcciones. Parece que las decisiones de inversión se han dirigido hacia las soluciones más fáciles, dada la sobreabundancia de la oferta humana; hacia el empleo de nuevas fuerzas de trabajo, hacia al contratación de mano de obra suplementaria; y también hacia la adquisición de más ganado de arada. El capitalismo naciente de los explotadores agrícolas dispone de fuerzas de trabajo abundantes, provistas por una demografía dinámica. Con eso, sólo se obtiene un mediocre aumento de producción, puesto que se persiste en contentarse con técnicas y productividades irrisorias. El señor capital y la señora tierra Por encima de los granjeros, favorecidos también por el alza de los beneficios de la empresa, se encuentra en el siglo XVI, la oligarquía de los granjeros generales, hombres de negocio al servicio de las abadías o de los grandes señores [ver ejemplo, de Guillaume Masenx] Una aristocracia de hombres de negocios o “granjeros generales” se superpone a la gastada burguesía de los granjeros simples, empresarios de cultivo. Burgueses campesinos y gentleman-farmers Pequeños o grandes, el ingreso de explotación produce bien en el siglo XVI. ¿Cuál es, en esas condiciones, la reacción de los propietarios de la tierra, poseedores de la tierra y de la renta? Una reacción lógica: hacer valer, acaparar el beneficio, cortocircuitar el arrendamiento, ser su propio granjero; y reunir así en una sola mano, la renta (estabilizada), más el beneficio (creciente). Como los notables de la Iglesia, y más que ellos, los burgueses del siglo XVI se hacen con gusto explotadores directos de sus propias tierras. Ellos también ceden a la incitación del beneficio dinámico, agregado a la renta inerte.

Capítulo V: perspectivas de conjunto
El mundo de los pobres

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En la base de la escala social, en lo más denso de la masa popular, hace estragos una doble pauperización: la que golpea a los pequeños propietarios, multiplicados por el parcelamiento, sin que el alza real de los ingresos unitarios reales compense la merma de las parcelas; y la que alcanza a los asalariados por la baja de los salarios reales. Lo que expresa totalmente esta doble pauperización es la solución radical aportada por la historia al dilema maltusiano. La población crece, el producto se estanca; entonces se instaura un doble racionamiento: racionamiento de la tierra, que confina al agricultor a una parcela cada vez más exigua; racionamiento del dinero: los patrones asumen sin problemas la coyuntura y distribuyen salarios cada vez más bajos. Victimas de este doble sistema de restricciones, los pequeños niveles de vida caen hasta el suelo, se vuelven asintáticos al mínimo vital. Y las crisis de subsistencia se agravan. Se registra desde un extremo al otro del siglo, una frecuencia y una intensidad creciente de carestías y hambrunas; y, con el mismo ritmo, una probable modificación debe intervenir en la política frumentaria de las autoridades. La realidad confirma la hipótesis en el siglo que va de 1460 a 1560. Tres períodos: bienestar frumentario (1460-1504); primeras dificultades (1504-1526) y crisis graves (después de 1526). Vienen primero las ventajas del período 1460-1504: bienestar frumentario, del cual son conscientes los Estados del Languedoc. No impiden la exportación de trigo fuera de la provincia. Por el contrario la impulsan. Sin embargo hay algunas advertencias: carestías de 1474, 1482-1483. En ese bienestar frumentario sin precedentes, la expansión demográfica languedociana, preparada desde tiempo atrás, puede surgir como una resurrección, a tal punto el momento es favorable. Las malas cosechas de 1494-1496 y 1497 constituyen la primera nota discordante. Segundo período (1504-1526); la débil cosecha de 1504 inaugura una fase de austeridad. La posición exportadora del Languedoc es alcanzada, gravemente; algo se ha estropeado en el mercado del trigo. El feliz siglo XV que termina está bien muerto. A partir de 1526 la tragedia del trigo comienza en serio: las repetidas dificultades dejan lugar a una pesada atmósfera de catástrofe. Una crisis de lo profundo 1526: cosecha mediocre. 1527: desastre. Un tiempo ciclónico se abate durante varios años sobre Europa y el Mediterráneo. La curva de precios sube siempre desde 1525. Las fronteras provinciales permanecen bloqueadas. El paso de una actitud librecambista al egoísmo proteccionista es evidente entre los languedocianos importantes. La parada en seco que hacen es significativa de una toma de conciencia elemental de la economía y de un cambio psicológico. Ahora la escasez es crónica. Hay que detenerse en esos diez años de vacas flacas (1526-1535). Primero porque ellos marcan un giro radical en la política cerealera de los Estados del Languedoc. Además, esta crisis marca un giro social: el vagabundeo toma características de flagelo, y, por primera vez, se organiza su represión sistemática. También es un hecho europeo: en todo Occidente el problema de los pobres comienza hacia 1525-1530, con las clases repletas, la ola de carestía y el ciclo alto de los precios del trigo. La expansión de la demografía no encuentra su contraparte en un aumento de producto global, agota la capacidad de exportación frumentaria del Languedoc; obliga a los campesinos a mal nutrirse, sobre parcelas decrecientes; favorece la pauperización salarial, bien marcada después de 1525, cuando el alza de los precios, hasta allí lenta, sale disparada. Todo eso concentra el poder de compra de las manos sobre los granos, y pone a veces, en caso de carestía, el mínimo frumentario lejos del alcance de los más pobres. Es este conjunto de factores, de los cuales las autoridades perciben los efectos sin comprender las causas, lo que impulsa a los Estados del Languedoc a guardar el grano en la provincia y echar a los miserables fuera de las parroquias. La crisis de 1526 es por lo tanto una “crisis de crecimiento”, pero de “mal crecimiento”. 1530, marca el gran giro hacia una caída del ganado, hacia un mayor consumo de carne, hacia una insidiosa subalimentación. Desde los años 1515-1520, comienza en el Languedoc el declinar de la ganadería. Pronto toma ritmo de catástrofe; y hacia 1525-1530 la producción animal está literalmente arruinada. En esta agricultura antigua, que ignora las plantas forrajeras o las confina a los huertos, no se puede desarrollar al mismo tiempo la producción animal y la vegetal. Entre ganadería y agricultura la elección está hecha, sin ninguna duda: se sacrifica el animal al vegetal y los servicios colectivos al interés privado del cultivador. 1526-1535: una crisis de profundidades que surge del devenir mismo de la sociedad y de sus contradicciones internas; afecta hasta los fundamentos biológicos y a las superestructuras psicológicas. Biología: la peste de 1530, que prolifera sobre el hambre y la malnutrición, es una de las más violentas del siglo XVI. Psicología: a partir de 1526, irritada por las dificultades materiales, y envidiosa de un clero rico, la propaganda reformada encuentra un poderoso eco. La herejía se implanta así en plena crisis social, con raíces duraderas, con perspectivas del mejor porvenir. 1526-1535 es por lo tanto una crisis-bisagra. Lo índices abstractos –disparidad de crecimiento, análisis de las parcelas o de las retribuciones- revisten por esta crisis, un significado concreto y se encarnan en las grandes turbulencias de la nebulosa popular. Fracaso de un capitalismo En el mundo de los pobres, las dos pauperizaciones, la salarial y la de la tierra, se refuerzan mutuamente. No pasa lo mismo en el estadio superior, en el nivel de la ganancia y de la riqueza. Allí, las dos perspectivas, de la tierra y social, “horizontal y vertical”, no son complementarias sino aparentemente contradictorias. Perspectiva vertical, por bandas y tipos de ingresos; la renta se mantiene, las ganancias suben, ¿entonces el capitalismo rural progresa? En cierta medida si; pero permanece comprimida en límites estrechos. Porque la plusvalía de la que se beneficia no se extrae –o muy poco- de un producto total en rápido crecimiento, como se hará después de 1750, o más aún, 1850. Esta plusvalía es extraída, gota a gota, del sudor de los trabajadores empobrecidos. Para dejar libre vastas fuentes de plusvalía, sería necesario que la producción aumentara masivamente. Pero en el siglo XVI, en Languedoc, ese proceso de enriquecimiento no ha comenzado verdaderamente. El otro punto muerto de la ganancia deriva de la misma estructura de la propiedad de la tierra, con su característica evolución. El ingreso de empresa crece en el siglo XVI; pero sobre una propiedad de superficie inmutable. Para dar toda su

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amplitud a este proceso, sería necesario que la clase capitalista concentre las tierras, amplié su base territorial. En síntesis, sería necesario que la concentración de la tierra sea el fenómeno dominante. El capitalismo rural aumenta su parte “verticalmente” a expensas de los obreros, pero no logra extenderse “horizontalmente” con el crecimiento de las superficies apropiadas, no se traga a las pequeñas tenencias. La economía regional es todavía incapaz, a pesar de los grandes sacrificios de los trabajadores, de segregar el capitalismo como sistema dominante de las relaciones sociales. Un capitalismo no se construye sobre la pobreza.

[Emmanuel Le Roy Ladurie, Los campesinos del Languedoc, Paris, 1966. Introducción, capítulos IV y V.]


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Estudio regional. Historia de larga duración, favorecida por las fuentes. División en fases. Tres grandes fases de flujo y reflujo: Fase medieval (siglos XI-XV), difícilmente conocible. Fase moderna (fines siglo XV, comienzos del siglo XVIII). La fase central, elegida por el autor para su análisis. Fase contemporánea (1750-1950). Mejor caracterizada. Constantes y variables: población, producción, producto regional bruto, precios, ingresos, etc. Pretensión de historia total. Trabaja con clases sociales, pero a veces ejemplifica con casos e individuos concretos. Uso de estadísticas y de fuentes cuantificables (historia serial).

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