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el perro

Año dos Número nueve Veinte pesos

El cerebro de Einstein
A Gerardo Sifuentes

L a historia parece salida de un cuento de Joe R. Lansdale: el cadáver de Albert Einstein está tendido en la plancha de
la autopsia. En el umbral del cuarto Otto Nathan, albacea del científico, observa al doctor Thomas Harvey, un
joven patólogo forense, serrar el cráneo del genio para remover el cerebro, como se procede en toda necropsia.
Días después, Hans Albert, hijo de Einstein, Helen Dukas, asistente del físico y el propio Nathan, acompaña-
dos de un pequeño grupo de amigos íntimos esparcen las cenizas en algún lugar secreto a las orillas del río Delaware.
Ignoran que Harvey se ha quedado con la masa encefálica en un vitrolero lleno de formol.
Al día siguiente, en el New York Times aparece una nota en la que un tal doctor Zimmemann, maestro y tutor
de Harvey reveló que éste tenía en su poder el cerebro de Einstein y que se negaba a entregarlo.
El escándalo se desata. Hans Albert se enfurece. Nathan dice ignorar que el cerebro fue removido para su estu-
dio. Thomas Harvey alega que es un objeto que debe ser estudiado. El asunto cae en un limbo legal. Al poco tiempo el
doctor Harvey desaparece, llevándose los sesos del genio en dos frascos de vidrio. En uno lleva la mitad del órgano,
cortado en finas rebanadas. En el otro, el resto intacto.
Durante los siguientes cuarenta años crece el mito: que si el cerebro era más pequeño que el promedio, que si
la densidad de células gliales era notablemente mayor que la del promedio. En un par de ocasiones Harvey concede
entrevistas en las que declara que está “a un año de completar el estudio del cerebro de Einstein.”
Thomas Harvey desaparece del ojo público. Hans Albert, distinguido ingeniero agrónomo al que siempre le
pesó su apellido, muere en 1973. Hele Dukas y Otto Nathan habrán de seguirlo hacia la tumba en 1982 y 1984, respec-
tivamente.
Thomas Harvey permanece en un estado de semi fuga el resto de su vida. Mantiene un perfil bajo, tomando
trabajos de obrero aquí y allá, mudándose constantemente, siempre llevando los frascos de formol consigo. En 1988
llega a Lawrence, Kansas, donde es vecino del escritor William Burroughs.
Diez años después, el doctor Harvey decide entregar el cerebro al doctor Elliott Krauss, neurólogo de Prince-
ton. El periodista Michael Paterniti, desempleado en aquel tiempo, se ofrece como chofer voluntario del ahora anciano
médico.
Atraviesan los Estados Unidos en un viaje que para Paterniti es una especie de epifanía en la que apenas logra
atisbar los frascos un par de ocasiones. Los describe como trozos de pollo flotando en caldo congelado, pero también
como la constelación de un micro universo flotando dentro del frasco.
Paterniti descubre en Harvey a un tipo arrogante y mezquino. Producto del viaje escribe un libro, Driving Mr.
Albert (Random House, 2000). Apenas una curiosidad de poco interés anecdótico y nulo valor científico.
El doctor Thomas Harvey muere en abril de 2007, tras haber tenido oculto el cerebro de la mente matemática
más brillante del siglo XX durante casi medio siglo.
A veces lo imagino, insomne en medio de la noche, los frascos reposando en una caja de cartón en el clóset,
los trozos de tejido flotando en el formol. El médico, convertido en rehén del órgano, aplastado por el mito de Einstein,
intenta dormir.
Pero el peso del universo, pese a ser relativo como todos sabemos, se lo impide.

Bernardo Fernández, mejor conocido como Bef (Ciudad de México, 1972). Es un biólogo frustrado. A cambio de
ello es narrador y dibujante de cómics. Su último libro es la novela juvenil El ladrón de sueños (Almadía, 2008).
http://monorama.ciudaddeblogs.com
Darwinismo
(tengo manos pequeñas de marica)

En un desesperado intento por mantener la ignorancia de la humanidad, mi padre me


regaló, por mi dieciocho cumpleaños, las enseñanzas de Darwin para explicar el
mundo. Esto negaría con argumentos científicos todos sus genes vergonzantes y
afecciones congénitas en mí, pues dibujaba el más alto eslabón de la especie.

Tengo manos pequeñas de marica


manos que sólo sirven bien en la cocina
o en los avatares de este arte inútil,
manos para tallar musas
a la imagen de mujeres desnudas,
manos para el placer de los otros sentidos,
para esconder pequeños objetos de la vista,
pero que nada pueden contra la luz del sol
o las mujeres reales, rabiosas.
Tengo manos pequeñas de marica
no manos grandes y viriles
como mi padre o mi hermano.
No heredé de mi padre sus manos recias
manos de tierra seca
hechas para las empuñaduras y los mangos.
No tengo como mi hermano
manos fuertes e inexpertas
manos de gladiador
para atemorizar a los hombres
e inculcar la palabra con la sangre
manos que pueden desafiar toda ley física
y que nunca tiemblan con el frío.
Mis manos son pequeñas y hábiles
manos de costurera o de geisha
que sólo saben moverse diestramente
por los cuerpos ajenos,
manos nudosas, de huesos finos,
dedos cortos y torcidos
que solo se acomodan bien a las malas posturas
y adolecen de toda su destreza a la luz del día,
manos
que de nada sirven a un hombre.
David Yáñez (Cáceres, España, 1982). Poeta y cineasta. Autor del libro Resistir al presente (Littera, poesía, 2007).

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El hombre de piernas
mecánicas

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ver a dañar los aparatos.
A veces se enamora, si es que eso ocurre
a quien tiene un corazón de metal. Por su
misma naturaleza, no le representa riesgo nin-
guno; no sufre; sólo ve atardeceres, besa, acari-
cia y espera el fin de la relación.
Para el hombre de piernas mecánicas, la crisis Acaso lava las piececillas de su bomba
energética es más grave de lo que parece. Esto cardiaca con alcohol desnaturalizado una vez
es porque hace años cambió sus extremidades cada dos días. Sobrevivió así los embates de
por autos diminutos de doble tracción, su una mujer a la que realmente amó, hace mucho
inteligencia por computadoras y sus deseos por tiempo.
programas televisivos.
Con su última gota de gasolina, tarde o 3
temprano, intentará cruzar la calle y quedará El mundo acaba todos los días. Esta es una
dormido en su centro como un gorrión que se máxima que habría que recordar al hombre de
acurruca despacio. Su corazón de metal, raya- piernas mecánicas. El mundo acaba todos los
do con un nombre de mujer, podrá verse entre días, habría que decirle con verdadero cariño…
sus ropas justo antes de dejar de andar. El silen- Justamente cambió sus extremidades
cio será el único que susurrará la historia aca- por autos diminutos de doble tracción, su inteli-
bada. gencia por computadoras y sus deseos por pro-
gramas televisivos, para evitar la muerte. La
2 mujer amada le hizo sentirse tan frágil que ya
Sin embargo, el hombre con piernas mecánicas no quiso ser de carne y hueso.
no imagina así su final. Es demasiado optimista Y después, cuando tarde o temprano
para semejante visión. Aceita sus extremidades agonice, cuando se evapore la última gota de
cada noche y les pinta dibujos que las moderni- gasolina en su pelvis de levas, cuando descanse
cen, les pone alas de poliuretano. por fin de pesados artilugios, sentirá nostalgia
Durante el día, trabaja en la reparación de cuando vivía y moría y renacía en cada
de juguetes. Así pasa jornadas de ocho horas momento.
atornillando mecanismos. No se da cuenta que La fuerza de esa melancolía casi encen-
es una labor fatua: los niños tardan poco en vol- derá su cuerpo una vez más. Pero no. Sólo su

Carlos Oriel Wynter Melo (Panamá, 1971). Fue elegido por la UNESCO, el Hay Festival de Londres y la Secretaría
de Cultura de Bogotá como uno de los 39 escritores, menores de 39, más representativos de Latinoamérica. Sos-
tiene que el mundo es uno y a modo de prueba declara que las cabezas olmecas tienen trenzas como las de Bob
Marley.
3
Ficha técnica
G orro traductor-apocalíptico.
El artilugio expuesto en esta
vitrina fue inventado a mediados del
hecho creer. Se comprobó que las voces que escuchaban los “esquizofréni-
cos” eran rastros de otros tiempos o reflejos de otros lugares: señales lanzadas
al vacío en un país remoto, monólogos internos que alguien lograba captar,
siglo XXI para fungir como una subproductos de situaciones traumáticas que eran percibidos por alguien más
máquina traductora entre los llama- y en una forma que nada tenía que ver con lo que la había originado (por ejem-
dos “esquizofrénicos” y la llamada plo: una señorita lloraba por la partida del ser amado y en otra ciudad ese afec-
gente “normal” (como es sabido, to era descifrado por el organismo de alguien más como un zumbido intermi-
este oscuro concepto sigue siendo tente y enloquecedor, o como la orden de pintar rombos en el techo). Estos
objeto de investigaciones y álgidos hallazgos condujeron a una súbita anomia: todo aquello que estructuraba los
debates, al punto de que muchos propósitos de la gente debía ser reevaluado ante la evidencia que presentaban
especialistas se resisten a creer que estas ventanas vivientes, los “esquizofrénicos”. Y no es que se hubiera descu-
designara algún sistema estable). El bierto otro orden, no es que los “esquizofrénicos” entendieran de otra manera
gorro consta de dos capuchas de lo caótico; simplemente vislumbraban que no podía encontrarse sentido
algodón en uno de cuyos lados hay —más que de manera provisional— en la manera anárquica en que el tiempo,
un juego de electrodos que se intro- el espacio y el deseo (la cuarta dimensión, ahora lo sabemos todos) constitu-
ducían profundamente en los cere- yen nuestros cuerpos.
bros del invitado y del “paciente” Es curioso que estas sociedades hayan tardado tanto en darse cuenta
(este vocablo ha sido también objeto de lo absurdo que era reducir la realidad a tres dimensiones y que trataran de
de controversia, pero se usa aquí por anular a los “esquizofrénicos” por medio de químicos o confinándolos donde
razones de contexto). Una vez que no perturbaran la ilusión de “normalidad”. Es abominable además, no sólo
los cerebros del “esquizofrénico” y porque ya desde que se acuñó el nombre de este “trastorno” ya se tenía cierta
del “normal” se sincronizaban, éste intuición sobre su naturaleza, cierta sospecha de que era otra forma de inteli-
último podía experimentar la vera y gencia: una inteligencia dividida; es abominable por eso e inaudito porque la
rica variedad de estímulos —y el sociedad “normal” era una atravesada por contradicciones tan repugnantes
frecuente horror— que el ambiente que sólo podían ser racionalizadas por una mentalidad igualmente escindida.
ofrece, merced a la agudización de Por supuesto, gracias a que pudo rastrearse el origen de los mensajes
los cinco sentidos en el cerebro del que los esquizofrénicos decían recibir, el gorro traductor (traductor guión
“esquizofrénico”; más, por supues- apocalíptico a partir de que alguien reparó en que fue su introducción lo que
to, el sexto y séptimo sentidos pro- precipitó el advenimiento de la exnormalidad) también confirmó la existen-
pios de estos individuos. cia de Dios. Se trata de un recolector de chatarra avecindado en el barrio La
Casi inmediatamente des- Ladrillera en Bogotá, cuyo diálogo interno es transmitido a una variedad de
pués de que este artilugio fuera individuos. No todas, ni siquiera la mayoría de las voces escuchadas por los
inventado y aceptado por lo que se “esquizofrénicos” vienen de Dios, pero sí es éste el único cuyos impulsos ínti-
conocía como “comunidad científi- mos se convierten en hechos reales. Puede, por ejemplo, cuando alguien de
ca”, las sociedades industrializadas ojos rasgados lo trata descortésmente, pensar: “Qué aburrido me dejan estos
comenzaron a colapsar de perpleji- chinos”, lo cual ocasiona un terremoto de manera casi inmediata en Sichuán,
dad con el descubrimiento de que la aunque el sujeto no se entere, pues no acostumbra leer periódicos.
realidad era mucho más enmaraña-
da y ambigua de lo que les habían Dios responde preguntas y escucha reproches en la sala “F” de este recinto,
los martes y jueves, de 5 a 6 de la tarde.

Yuri Herrera. No escucha voces pero a veces no sabe por qué deja de hacer ciertas cosas.

El perro. Año dos. Número nueve. Noviembre-Diciembre de 2008. Camerino Mendoza 304, Pachuca, Hidalgo. Impresa en Icono, Guzmán
Mayer 102-2. Pachuca, Hgo. Editor responsable: Yuri Herrera. Editores: Juan Álvarez Gámez, Alejandro Bellazetín, Daniel Fragoso Torres,
Diseño gráfico y diseño de Logo a partir de un alebrije de Sergio Otero: Enrique Garnica. No se devuelven textos no solicitados. Se permite
la reproducción de los textos con permiso por escrito de los autores.

4
La máquina

C uando era niño quería ser


inventor y físico nuclear aun
antes de saber qué significaba con-
Aunque secretamente
siempre quise tener mis anheladas
máquinas, nunca me animé a
horas enteras en el balcón sin
hacer mayor cosa. La invité a salir
porque me sentía solo. Y porque
vertirse en cualquiera de las dos crear alguna. No hasta que ese llevaba un par de meses largos sin
cosas. Pero abandoné mi sueño de libro llegó a mis manos. Lo leí y tirar con alguien. Nos entendimos
ser un científico. Desearía no mis inquietudes científicas des- bien desde el principio. Era ani-
haberlo hecho. Siempre tuve espí- pertaron de nuevo. La máquina mal en la cama. Empezamos a
ritu de inventor. Pasaba los días que había inventado el tal Morel salir con más frecuencia y, al poco
imaginando máquinas que se aco- era maravillosa. Nunca se me tiempo, a vernos casi todos los
modaran a mis necesidades, ima- habría ocurrido una cosa así. Y, días. Todas las mañanas nos salu-
ginando que en el futuro las cons- aunque era difícil, no resultaba dábamos desde nuestros balco-
truiría. Máquinas, máquinas, del todo imposible seguir las pis- nes, y en las tardes nos despedía-
máquinas para todo. Una máquina tas que daba el libro para recrear- mos de la misma manera. Fueron
que transformara al mundo en mis la. Pero mentiría si digo que mi seis meses idílicos de amor y
cosas de comer favoritas, una que espíritu científico fue la única sexo.
organizara mi cuarto, otra hiciera razón por la que intenté hacerlo. Pero después todo empe-
por mí las tareas del colegio, otra No lo pensé hasta que leí el último zó a andar mal. Yo no aguantaba
que pudiera teletransportarme a párrafo. Las últimas palabras del los cambios abruptos de su estado
cualquier lugar, y otra que me diario de ese pobre eran patética- de ánimo, y ella no aguantaba lo
diera diferentes poderes: volar, ser mente conmovedoras, y su histo- que solía llamar irónicamente
invisible o mover cosas con la ria, además, estaba conectada de “mis pequeñas perversiones”.
mente. Luego me volví más ambi- alguna manera extraña con la mía. Nunca pudo perdonar que me
cioso. Quería crear una máquina comiera a la puta esa. Llegaron las
que grabara mis sueños, y otra Hace un año me mudé a peleas, los reproches, los celos,
que, al escribir sobre un tablero un apartamento que tenía un bal- los engaños, hasta que ninguno de
especial, hiciera que eso mismo cón con una vista extraordinaria. los dos aguantó más y termina-
que había escrito pasara a un com- Ahí la conocí, era mi vecina. mos.
putador. Algunos años después, Vivía dos pisos más abajo, y No la extrañaba tanto
tras sufrir una serie de infortuna- desde mi balcón podía ver el suyo. pero a veces la espiaba desde el
das relaciones amorosas, me obse- La veía algunas mañanas ahí sen- balcón o la ventana. Un mes des-
sioné con lo que muchos hombres tada leyendo, fumando o tomando pués de separarnos la vi entrar al
fantasean: crear una máquina del café, y algunas tardes mirando el edificio, en la noche, con otro
tiempo para moverme libremente atardecer. Nos encontrábamos hombre. Desde el balcón pude ver
por el pasado y el futuro, y así varias veces a la semana entrando que las luces de su casa se encen-
poder cambiar y anticipar cosas. y saliendo del edificio, y nos salu- dieron, y un rato después se apa-
Naturalmente quería jugar un dábamos tímidamente. No era par- garon. Me asomé a la ventana para
poco con el tiempo. ticularmente atractiva pero me ver si el tipo aquel salía, pero pasa-
gustaba que se sentara durante ron más de diez minutos y nunca

Karen Insignares (Bogotá, 1987). Estudiante de literatura y lenguas. Fantasea con una máquina que quite el des-
pecho y la resaca.

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salió. Seguramente estaba tirando ficio con dos maletas y coger un robé al gato del vecino.
con él la muy zorra. Los celos me taxi. ¿Se mudaría a otra parte? Grabé al animal un día
envenenaron. Quería tumbar la ¿saldría de viaje? ¿se iría con él? entero mientras maullaba y se
puerta de su apartamento, pegarle Llamé al portero para exigirle que paseaba desesperado por toda la
al tipo, estrellarlo contra la pared me dijera a dónde se había ido. casa, cuidándome de no grabarme
hasta reventarlo. Quería jalarla Después de amenazarlo con gol- con él por error. No quería morir
del pelo, arrastrarla, insultarla, y pearlo si no me contaba, me dijo antes de que ella llegara. Entonces
después empujarlos a los dos por que estaría fuera un par de sema- comprobé que la máquina funcio-
el balcón. Fui al cuarto a torturar- nas, pero no sabía en dónde. Pasé naba. En la noche empezó a agoni-
me. Justo allí, tres pisos abajo, el resto del día atormentándome, zar y una hora después murió. Ya
estaban montando a la maldita tratando de adivinar en qué lugar tenía su alma capturada. Tiré el
perra. Enloquecí. Me paré encima estaba. Ya en la noche, agotado, cadáver por el balcón, y el vecino
de la cama imaginando que estaría me acosté en la cama. No sabía creyó que el gato se había caído
parado encima de los dos. Salté qué hacer. Recordé el libro, me accidentalmente. Cuando encendí
con furia sobre el colchón creyen- levanté. Seguía en el escritorio. los proyectores vi cómo el gato se
do que los pisoteaba. Les grité, los Decidí leerlo. paseaba por todo el apartamento,
insulté. No lo soporté más. Salí de Me demoré toda la noche al igual que en la mañana. Decidí
mi casa, del edificio, y me fui a un leyendo el libro. Lo terminé a las apagar la máquina y esperar. Ella
burdel a pasar la pena. cinco de la mañana. Y fue a esa llegaría al día siguiente.
A partir de ese momento hora cuando tuve la revelación: Llegó en la tarde. La vi
las cosas empeoraron. No podía construiría la máquina del tal bajarse del taxi, sonriente, con sus
dejar de pensar en ella. Pasaba Morel y nos grabaría a ella y a mí maletas. Nunca la vi tan hermosa.
horas enteras sin moverme de mi para estar juntos eternamente. Sí, Quería raptarla y grabarla ense-
casa, vigilándola. Ella sabía que la eso era exactamente lo que tenía guida pero decidí esperar hasta la
espiaba porque me vio un par de que hacer: construir la máquina en noche. La llamé algunas horas des-
veces mirando por la ventana, y menos de dos semanas antes de pués pero ella no quería hablar
otra asomado desde el balcón para que ella llegara de su viajecito. conmigo. Me colgó el teléfono
poder verla. Decidí cambiar de Todas las máquinas de mi infancia varias veces hasta que por fin
método: la indiferencia me permi- se vieron opacadas por la posibili- logré que dejara de hacerlo. Le
tiría una observación silenciosa si dad de reproducir esa invención. dije que sentía mucho todo lo que
me cuidaba de cometer errores. Esa sería mi primera y última había pasado, que sólo quería ser
Compré una cámara pequeña y la máquina. su amigo, que tenía ganas de ver-
colgué desde mi balcón al suyo Ese mismo día, después la, que le tenía un regalo. Aceptó ir
para grabarla. Cayó en mi trampa de releer las partes del libro que a mi casa y a la media hora subió.
ingenuamente: empezó a salir en me servían, empecé a hacer los Yo me había arreglado y había
las mañanas y en las tardes como planos. Me demoré dos días en cubierto la máquina con una sába-
antes. Y yo todas las noches des- ellos pero el resultado fue prodi- na.
colgaba la cámara, la conectaba al gioso. Después salí a comprar las Le ofrecí una copa de
televisor, ponía la grabación y me cosas que necesitaba para mi obra vino y también me serví una. Me
quedaba dormido viendo cómo la maestra. Entré y salí varias veces miró con desconfianza mientras
infeliz contemplaba el mundo del edificio cargado de cosas y el se sentaba en el sofá. Le dije que
desde su balcón. portero pensó que iba a remodelar su regalo estaba debajo de la sába-
Llevaba dos meses gra- el apartamento, el muy ingenuo. na. Se sorprendió. Me dijo que
bándola cuando el libro aquel Fue más complicado de parecía demasiado grande para ser
llegó a mis manos. Lo encontré lo que pensé. Los materiales eran un regalo. Le dije que sólo si
una tarde cuando regresaba a mi difíciles de manejar y algunos de cerraba los ojos retiraría la sába-
casa, tirado en el piso del ascen- mis cálculos fallaron. A pesar de na. Los cerró obedientemente y
sor. Seguramente se le había caído eso, logré terminar la máquina dos los cubrió con sus manos. Quité la
a alguien. Lo recogí, lo dejé sobre días antes de que ella llegara. sábana, prendí la máquina y empe-
el escritorio y lo olvidé un tiempo. Tenía tiempo de probarla. Debía cé a grabarla. Ella no aguantó la
Una mañana, cuando ins- estar seguro de que en verdad fun- curiosidad, quitó las manos y
talaba la cámara, la vi salir del edi- cionaba. Fue entonces cuando me abrió los ojos. Al ver mi creación

6
*
me miró extrañada. Le conté que
era una máquina que grabaría nues-
tras almas y que a través de ella
estaríamos juntos eternamente.
Gritó que estaba loco, que no me
creía. Le anuncié que ya era dema-
siado tarde, que ya había empeza-
Una línea
do a grabarla. Gritó con más fuerza
y los vecinos se alertaron. Llama- abre su sima tensa
ron a mi puerta. No los iba a dejar
entrar, tenía que sentarme a su lado en no concreto
para que la máquina me grabara a
mí también. Me fui acercando a
ella pero con cada paso que daba
sus aullidos de angustia eran más revuelve aquí
terribles. Alguien consiguió abrir
la puerta. Ella seguía diciendo que
estaba loco. Dos vecinos entraron el sombreado áfono
y me cogieron por los brazos. La
máquina siguió grabándola. No y sus despojos
alcancé a llegar hasta el sofá, no
pude grabarme con ella.
Ella salió corriendo. Los
vecinos dijeron que habían entrado esa línea piensa
porque pensaron que la estaba gol-
peando. Imbéciles. Ninguno se fijó se contiene
en mi máquina. Cuando se fueron
la apagué. Llamé a su apartamento
pero no contestó. Salí a buscarla. pero no refleja
Bajé a la puerta del edificio y el por-
tero me dijo que se había ido.
Regresé a mi casa y me acosté en la inmaterial
cama. ¿Habría ido a ver al tipo ese?
¿estaría agonizando? ¿cuánto tiem-
po tardaría en morir?... por la distancia de ella
No recuerdo en qué
momento me quedé dormido. Me entre otras cosas
despertó el sonido del teléfono. Ya
había amanecido. Contesté. La
encontraron muerta en una esta-
ción del metro. Colgué. Encendí lo evidente
la máquina y proyecté su última
imagen. Me senté a su lado. Y mien- lo suyo atemporal
tras miraba cómo se cubría los ojos
con las manos, tuve una nueva reve-
lación: construiría una nueva lo mecánico de su juego
máquina que además de grabarme
a su lado también me hiciera entrar
en su conciencia.
Rodrigo Castillo (Ciudad de México, 1982). Autor del libro Espacio de
resistencia (Universidad Autónoma de la Ciudad de México). Editor
de Ediciones El billar de Lucrecia-Poesía Latinoamericana y de la revis-
ta Tierra Adentro, del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

7
**
esa línea ese espacio
en ambos sea importante
su registro

como efecto de lo que más tarde será lla-


mado
pulsión esto es
su no certeza

***

Un campo también es arbitrario


decir, por ejemplo, cuerda es decir fraca-
so
esto explica reclusión, sin embargo, a sí
mismo

****

Estática en la medida de la idea


una clasificación

como si tuviera cualidades

como si esa idea esa línea


imputables y petrificadas

son patrones o modelos

8
El statu quo de un biólogo escritor

C hancho en misa parecía ahí parado, mirando para afuera todo el rato por la ventana, como si nos fuéramos a hun-
dir. Por eso me acerqué a echar unas palabritas con él. Quizás para calmarlo, aunque no parecía asustado. Me
presenté y él después me dijo su nombre. Le pregunté, aunque yo ya sabía la respuesta, si era de la zona y él me dijo
que no. Era el único extraño, todos en la barcaza nos conocíamos y habíamos viajado a buscar provisiones a Puerto
Aysén, para pasar el invierno. Es que en Mangelme el frío es de pelárselas y la barcaza sale cuando la marea lo per-
mite no más. Cuando yo le pregunté qué iba a buscar a tierras tan lejanas en esa época del año, me salió después de
harto rato con eso del statu quo, que quería decir algo como las raíces del corazón o una cuestión parecida. Me lo
dijo serio, poniendo cara rara. No le entiendo nada, le dije yo, aunque después agregué que sería un placer tener en el
pueblo a alguien que demostraba tanta instrucción. Movió la cabeza y como que sonrió. Ahí le dije que yo era el pro-
fesor de básica, que vivía en Mangelme porque era bonito y por la asignación de zona, más del doble que lo normal,
porque era el último pueblo donde llegaba la barcaza, lo más lejos que se podía llegar antes de dar la vuelta. ¿Y
usted?, le pregunté. ¿Y yo qué?, me dijo él. En que se gana la vida pues. Ahí me dijo que era doctor en biología, pero
que venía a escribir, a escribir sobre esa cuestión que me dijo antes. Ahí la gente paró la paila; aunque se habían fija-
do antes en él, nadie se había interesado en hablarle. Siguieron en silencio, como siempre, porque la gente nacida en
la zona es bien callada, no son de hablar mucho. Pero como yo soy de Cholchol le dije: Así que doctor, buenos estu-
dios tiene usted. Pero él no quería conversar mucho parece porque volvió a mirar para afuera. Yo le conté no sé qué
después, pero no me volvió a prestar atención. Todo el resto del viaje se fue parado mirando hacia el canal, con el
ruido del motor.
Cuando llegamos al puerto se le acercó doña Lucí. La que tiene ese poroto gigante en el cuello. Le preguntó
si se iba a quedar allí, mostrándole con el dedo la casa donde atendía el médico las pocas veces que se aparecía. Él le
dijo que no. ¿Y dónde se va a quedar?, le pregunté yo. Ahí nos dijo que se iba a quedar en una casa arriba, en el mon-
te. Era la casa de los Morrison, unos gringos que tenían tierras por la zona, que antes criaban ovejas pero que se fue-
ron para el norte cuando se les murieron todas. Soy amigo del hijo, nos dijo, y nosotros le indicamos dónde quedaba
la casa porque parece que no tenía idea. Era bien raro, no me aceptó la invitación para tomar once ni la que le hizo
doña Lucí, tampoco quiso que le ayudara a llevar las cosas. Tenía hartas cosas, la verdad.
Unos días después me lo encontré cerca de la parroquia. Lo perseguía un grupo de gansos. Todos saben que
no hay que meterse con los gansos, pero él no lo sabía. Yo se los espanté riendo, pero a él no le pareció muy gracioso.
¿Cómo va la escritura?, le pregunté al doctor. Me dijo, bien, bien, y después me preguntó dónde podía ir a comprar
cosas para comer. Donde la Marcita pues, siempre tiene mercadería, queso fresco y vino, aunque a veces no le
queda ninguna cuestión, le dije yo. Después le dije lo acompaño. Y yo creo que me dijo que sí para no parecer tan
perdido, porque se notaba que no tenía ninguna idea de cuál era la casa de la Marcita, que era la niña más linda que
ha tenido Mangelme, aunque estuviera preñadita. Eso sí, por lo chiquito que es Mangelme, si uno se pierde no tiene
que haber nacido muy avispado, creo yo.
Donde la Marcita había unos parroquianos sentados en una mesa zampando un vino y nos invitaron a acom-
pañarlos moviéndonos la boina. Yo creo en el Santísimo pero igual le dije al hombre que lo acompañaba si quería
tomarse una copita. Pero me dijo que no. Compró una bolsa de porotos, un saco de papas, uno de harina, harto char-
qui, una docena de huevos y no me acuerdo cuánto más. ¿Me ayuda a llevar las cosas después?, me preguntó, y yo le
dije claro que lo ayudo pues gancho.

Miguel del Campo. Chileno, bioquímico de profesión. Participó en talleres literarios en Buenos Aires. Autor de la
novela Asilo (Editorial Cuarto Propio, 2007), con la cual ganó la beca de creación literaria Fondart.

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Subimos hasta su casa. Era grande, pero estaba toda vacía. Excepto por algunas cuestiones, su cama, un
montón de libros apilados en una esquina y una mesa que tenía arriba una máquina de escribir. Me quedé mirando la
máquina. La hoja aún está en blanco, le dije para hacerme el simpático, pero a él parece que no le gustó mucho mi
comentario, porque después de dejar las cosas me dijo muchas gracias y como que me correteó a la salida. Era bien
raro, la verdad.
No se le vio como en dos semanas. Quizás porque se nos vino un temporal de esos jodidos o por lo huraño
que era. Aquí con la lluvia la gente sale igual; yo voy al colegio, prendemos la estufa, los niños secan su ropa y hace-
mos la clase. Aquí hay hasta sexto año no más, después si los cabros quieren seguir sus estudios se tienen que ir al
norte. Pero la mayoría se pone a trabajar con sus papás. Yo los trato de convencer que sigan estudiando, pero en la
pesca o acarreando animales siempre faltan manos, y más manos es más plata. En fin, uno propone pero es el Santí-
simo el que dispone.
Esa noche estaba lloviendo tan fuerte como siempre. La barcaza no iba a salir ni por si acaso y tampoco
habría podido hacerlo las noches anteriores, por lo que no se puede culpar a la Marcita ni al Carloncho de poco pre-
cavidos. Además, ¿quién puede adivinar cuando las criaturas quieren venir al mundo? Así que lo que pasó, pasó no
más. Empezó el parto y a poco andar la cosa se complicó. Se corrió la voz por el pueblo. La niña se estaba desan-
grando sin que saliera la criatura.
Yo no estaba, pero me contaron. Pensaron al tiro en el doctor. Que él podía ayudar. El Carloncho fue
corriendo con los demás y llamaron a su puerta. Él demoró en abrir. Dicen que se veía agitado, pero la gente debía
estarlo más. Tiene que acompañarnos, le dijeron, la Marcita se esta muriendo en el parto. Dicen que él los miró con-
trariado, como si se tratara de una broma. Usted es doctor, dijo otro, tiene que ayudarnos. No, dijo él, no soy doctor,
no soy médico. Usted lo dijo en la barcaza, No, Sí, tiene que ayudarnos, Pero yo no sé nada de partos, Pero sabe de
otras cosas, venga a ayudar, y lo tomaron de la manga. Él opuso resistencia. No nos vamos a ir hasta que salga, dicen
que le dijo otro, y el hombre debe haberse asustado. No sé si lo llevaron a la fuerza pero la cosa es que igual lo arras-
traron hasta la casa de la Marcita y el Carloncho.
Casi todo el pueblo estaba ahí. Apúrese, apúrese, le gritaban, y él dicen que decía, no soy médico, no soy
médico, cada vez más bajo eso sí, muerto de miedo. Igual no más lo metieron para adentro. Dicen que el espectáculo
era demoniaco. La Marcita de la cintura para abajo estaba ensangrentada entera. Doña Ana, la que más sabe de estas
cosas en el pueblo, metía las manos de vez en cuando y las sacaba todas rojas. A él lo pusieron delante de las piernas.
No para de sangrar, le dijo Doña Ana, haga algo. El hombre se puso blanco y casi se desmayó. Repetía yo no soy
médico, no soy médico, a los que estaban a su lado, pero como que no lo escuchaban. Ya pues doctorcito, sálvela,
hágale algo, le gritaban las señoras.
Dicen que de repente se puso a gritar y la gente más le gritaba a él, hasta que en medio del grito le metió las
manos a la Marcita, ahí adentro, y tirando un poco la sacó, manchadita entera. La gente no alcanzó ni a alegrarse por
la pequeña; venía muerta. Después que se la quitaron se cayó de rodillas y salió arrastrándose por el piso. La gente
se olvidó del escritor cuando se dieron cuenta que la Marcita estaba peor. Trataron de ayudarla pero no hubo caso;
cuando el señor de los cielos llama angelitos no hay ninguna cuestión que se pueda oponer a su decisión.
Todos los habitantes de Mangelme fuimos al funeral, menos él. El Carloto, borracho de pena, se fue des-
pués hasta su casa y se puso a tirarle piedras, hasta que lo botó la borrachera. Le gritaba, usted me la mató, usted me
la mató. Dicen que otras noches también fue, igual, a tirar piedras para pasar la pena.
Tiempo después el hombre volvió a salir. Se asomó primero por el negocio, y como estaba la mamá de la
Marcita, entró. Dicen los parroquianos que a esa hora se estaban tomando una copa, que el hombre los miró. Estaba
flaco, dicen. Me contaron que pidió una bolsa de porotos, un saco de papas, uno de harina, charqui, huevos y otras
cosas. Me contaron que cuando estaba por salir volvió a mirarlos y que les gritó: ¿Por qué no me invitan un trago,
ah? Pero ellos, como acostumbra la gente nacida en este pueblo, siguieron en silencio. ¿Qué les he hecho yo para
que no me inviten una copa?, no fue mi culpa, yo nunca he sido médico, les volvió a gritar. Pero tampoco nadie le
contestó.
Yo no sé cuándo dejó la casa. Pero se fue más arriba, donde cuidaban las ovejas en la colina. Yo subí hasta
allá cuando amainó el invierno. Por las nevazones supuse que al hombre le había pasado lo peor. Y tenía razón.
Cuando entré en la caseta lo vi colgando de una viga. Estaba de un color raro, como si llevase su buen rato
ahí arriba. Debajo de sus pies tenía la maquina de escribir, o mejor dicho, sus pies se balanceaban sobre ella. Tenía
quizás la misma hoja de papel cuando lo vi por primera vez, igual de blanca.
Apenas volví di aviso a las autoridades y ellos se lo llevaron de vuelta en la barcaza. De vuelta a dónde, no
sé.
Aunque era bien raro, un finado es un finado, y hay que recordarlo con el respeto que se merece; por eso a
veces pienso que hubiese sido lindo que encontrara esa cuestión que no escribió.
10
La caricia

I nsertó el estetoscopio entre los botones del pijama y me dijo que


sólo así lograba mantener su clientela. Mi hijo de año y medio se
escurrió un poco ante el aparato frío. Continuó durmiendo. El doctor,
tos?
—¿Ha tenido algo de

—No creo.
entonces, sentado en la orilla de la cama, se inclinó hacia delante con —¿Flema?
toda la lentitud de sus años mientras, concentrado, las manos temblan- Subí los hombros.
do ligeramente, su largo fleco albino cubriéndole los ojos, auscultaba —¿Cómo han estado
los latidos del corazón de mi hijo, quien llevaba ya dos días con una fie- sus heces?
bre bastante elevada. Tampoco lo sabía. Me
—Vienen con ideas muy comerciales, los médicos jóvenes. quedé callado, sintiéndome inú-
Se quitó el estetoscopio y lo volvió a guardar en su viejo male- til y revisando una vez más mi
tín de cuero negro. reloj.
—Por ejemplo, se reúnen diez o doce pediatras —dijo viéndo- —Bueno, ya se lo pre-
me, la mano aún metida en el maletín, como olvidada entre tanto ins- guntaremos a su mamá.
trumento—. Forman ellos una oficina lujosa de pediatras. Las madres —Seguro que no tarda,
llevan allí a sus bebés y los atiende cualquiera de los diez o doce que doctor.
esté de turno. —Aunque claro dijo
Mi hijo se quejó de algo. con un fino suspiro—, ahora, a
—Es un sistema inteligente. Pero muy impersonal. Casi frívo- mi edad, siempre me tiene que
lo. ¿No le parece a usted? estar llevando y trayendo
—Claro, doctor. alguien más.
—Pero lamentablemente así es ahora. Colocó una mano pálida
Sacó de su maletín un artefacto metálico. Lo sacudió un par de sobre la frente de mi hijo. La
veces. Lo golpeó contra la palma de su mano hasta que por fin se mantuvo allí durante unos
encendió la pequeña bombilla. segundos. Desde donde yo esta-
—Yo en cambio siempre he creído importante que el médico ba, creí verlo cerrar los ojos y
llegue al paciente. sacudir sutilmente la cabeza.
Examinó de cerca y en silencio las pupilas de mi hijo, sus —¿Qué tiene? —le pre-
oídos y garganta, y luego, con calma, volvió a meter el artefacto en el gunté un poco asustado.
maletín. Él se puso de pie, tapó
—Al principio, aunque le suene a usted increíble, yo llegaba a bien a mi hijo con una colcha de
las casas de mis clientes en bicicleta. —Lo dijo sonriendo, mientras le lana blanca y, estirando su brazo,
presionaba el vientre con las puntas de los dedos—. ¿Está mamando le hizo una suave y lenta caricia
este niño? en la mejilla.
—No, quiero decir, no sé. —¿Doctor?
—Bien. —A mis pacientes les
—Estaba mamando, doctor… gustaba más verme llegar en
—Después me compré una moto, cuando ya tenía algunos cen- moto.
tavitos, y entonces hacía todas mis visitas en moto.
Lo observé palpar el cuello de mi hijo con índice y pulgar.

Eduardo Halfon (Guatemala, 1971). Su libro más reciente, El boxeador polaco, lo acaba de publicar la editorial Pre-
Textos.

11
El tiempo cruzado

U na línea cortada por la ausencia


intermitente de otra coincidente
evidencia el inexorable paso del tiempo.
de agua y vino tinto se resisten a una lectura
legible, también la rapidez de su ejecución en
ese tiempo remoto, poroso y parcialmente
Mientras tanto un hombre cualquiera se desliza olvidado, complica aún más la difícil tarea, sin
por el Paseo de la Esperanza. embargo aquel trozo evocaba aquel tiempo
inevitable y lejano.
En el mismo instante superpuesto yo
intento descifrar mi propia y antigua letra Recojo el pan por la mañana; salgo de
escrita en un papel que años atrás abrigaba la casa sin inconvenientes, deslizándome por la
superficie de un pan que también pasó al olvido puerta, las escaleras y finalmente la calle, que se
entre queso y canapés. Ahora recuerdo bien el dilata entre recovecos interminables, haciendo
momento exacto en que la pluma frotaba las escala primero en la carnicería y finalmente en
hebras del papel y dejaba su rastro divino, la panadería de rutina. De vuelta a casa, otra vez
imperecedero en aquel entonces. Recuerdo el las setecientas treinta y cinco baldosas de
momento pero no el motivo y es eso entonces ladrillo que forran la carne del suelo y
lo que intentaba descifrar. Alrededor la gente conforman la epidermis de lo que hay debajo;
habla y se ríe, sobre todo habla, y mientras buenos días Enrique y otra vez los latidos del
balanceo mi cabeza en señal de algo perro, la cerradura, la rotación de la puerta
afirmativo, en este caso un café, sigo pensando metálica y la sucesión en la de madera que
en el pequeño trozo de papel. finalmente me bota al interior de mi casa y llego
con el pan y su envoltorio y más cosas en más
Otra vez más tomaba el barco en el bolsas. Entre los vestigios del pan: la bolsa, y
puerto acostumbrado, atracado entre la silla después la voz de Alexander en el teléfono y en
negra y la mesa de noche. Desdoblé las cobijas, seguida el papel impregnado de una tinta azul
subí el anclaje, primero un pie y después el otro que refleja todo su esplendor y en la conjunción
y sin dificultad me eché a navegar entre la de sus letras un código secreto y revelador.
marejada de sábanas que parecían tranquilas Alexander lo sabía pero ignoraba el peligro.
en medio de la tormenta de pensamientos y
recuerdos que venían en medio de la noche. De repente un destello me nubla el
Recuerdo el local, el café caliente, la gente que campo visual, oigo las voces –¡foto!, ¡foto!–,
aún ríe y habla al pie de una mesa infestada de recobro la visión y ya los niños corretean por los
colillas y cigarrillos. A través de la nebulosa de pasillos de los Rodríguez que celebran la fiesta
hollín y nicotina veo la calle que intenta de cumpleaños de Antoñito, el hijo menor, y
respirar entre los charcos de agua que dejó el gritos y globos y todo el mundo ríe y raviolis
aguacero en la noche fatal del homicidio. En el con salsa y refrescos y gaseosa y panqué de
papel, las letras distorsionadas por las manchas chocolate y después la piñata y todos muy

Santiago Cubides Gutiérrez (Bogotá, Colombia, 1978). Pasajero. Con intermitencias, desde 1998 de paso por
Madrid (España).

12
felices. Regreso a casa, y es entonces, cuando Berta me sirve otro café. En su rostro
suena el teléfono y es entonces cuando, como aún perplejo se refleja la triste ausencia de
jugando a la ruleta rusa, pongo en mi oreja el Alexander que noches atrás tomaba ginebra
teléfono y sale el disparo de una voz metálica sentado en la mesa de la esquina mientras
que penetra mi cabeza y entonces busqué el escapaba de las miradas ajenas ojeando un
papelito y ahí la preocupación. Y otra vez el periódico viejo. En el último sorbo del café,
perro y buenos días Enrique y las setecientas y ahora frío, consigo revelar el acertijo de
tantas baldosas y nuevamente el pan y el papel manchas. Mi alegría reprimida se ahoga en la
que lo envuelve y otra vez las letras y por fin en única posibilidad al alcance: una servilleta
el fondo de una basura putrefacta el papelito sucia y abandonada que encuentro en medio de
tan importante. vasos, platos, botellas y ceniceros. Con
aparente alivio doblo el papel y lo guardo
En el local, entre el ruido, las risas y el cuidadosamente en mi bolsillo. –Hasta mañana
café, se habla de Alexander; de sus ojos azules; Berta. Salgo por la puerta de cristal empañado
tan joven y tan querido el muchacho. Abro mi y vuelvo caminando por la acera de enfrente,
mano y desenvuelvo el papelito otra vez, escapando del sol que está a punto de aparecer
intento recordar y viene su voz que acaba por una vez más entre los edificios y el canto de los
mezclarse con el humo que despiden los pajaritos. Los viejos fantasmas desaparecen
clientes desde las mesas y la barra del infestado con el ruido de los carros y las motos y los
lugar. La voz de Berta me hace emerger de la pasos ágiles de los transeúntes que aparecen en
contemplación del papel que sujeto en mis las primeras horas de otro nuevo viernes. La luz
manos. Me contó que también lo habían mortecina del alba ilumina con esperanza los
llamado por la noche, también la voz metálica a recónditos pliegues de las calles y se evapora el
través del teléfono penetrando la cabeza de perfume, que dejan los borrachos, con el aire
Alexander. Aquella noche también en su local; matinal y en mi bolsillo el trozo de papel,
—¡Buenas noches Bertica!; vaso de ginebra, y aunque eso ya no importa. Lo toco con los
rumbo a casa; la calle y después las campanas dedos y regreso nuevamente al café y al azúcar
de la iglesia. encima de la mesa y a la gente que habla y ríe, y
al enigma ya resuelto del entresijo de los
Al mismo tiempo que Doña Eva saca el grafemas escritos en el papel aparentemente
pavo del horno, una bala calibre veintiocho imperecederos en el momento de su ejecución.
sale por el tubo que define el rumbo y atraviesa, Al otro lado de la acera juegan los niños
en pocos instantes, la piel y el cráneo para entusiasmados, como siempre, en las delicias
finalmente alojarse en el lóbulo izquierdo del de la infancia, exactamente en el mismo lugar
laberinto encefálico de Alexander que cae al en donde hace pocos días yacía el cadáver de un
suelo al mismo tiempo que cesan la campanas hombre asesinado.
de la iglesia. Y entonces pasan a cenar que ya
está listo el pavo, un poco de arroz, ensalada,
papa y televisión y buenas noches papá y
mamá. Doña Eva también se va a la cama.

13
Bienaventurados
los mansos
E l guía del museo se ofende
cuando Mauricio, mi pupi-
lo, pasa por alto la mano que le
que orilló a alguien a la confección de una improbable escultura
—una inmensa bola de pelo, sostenida en las alturas por un pedestal
de mármol— ante la indiferencia de la sección de sillas de ruedas. Una
acerca. Luego cae en cuenta de chica sin piernas se ha quedado dormida y responde a la exégesis con
lo que pasa —o no pasa— con ronquidos. Alicia, la cuidadora de los ensillados, se inclina suavemen-
esa mano y se pone pálido. Se lo te y le acomoda la cabeza. No está a consideración despertarla: que
digo a Mauricio para hacerlo reír recupere el sueño que le robó la crisis de dolor de la noche es mejor
y lo consigo: muestra sus encías, que obligarla a mirar bolas de pelo colosales. Me concentro en admi-
se agita y sigue de largo. Son las rar las nalgas de Alicia, rotundas y magnéticas. Mauricio me sonríe y
diez y quince de la mañana y hace el gesto de emitir un chiflido que, cortésmente, se traga. Me abas-
hemos entrado al museo como tezco de café y espero el final de la inducción al arte más hermoso del
bárbaros victoriosos. presente con la vista perdida en el intrincado cabello del lento.
Mauricio es mi favorito Todos mis amigos están muertos. Eso respondo a quien me pre-
entre los muchachos del grupo. gunta por qué paseo niños retrasados en vez de llevar balances conta-
Su ficha médica es simple: ade- bles o diseñar sillas o dar clases de literatura en una universidad
más de ser lento, le falta la mano extranjera. Mi frase equivale a decir que uno se aferra a lo que puede
que el guía quería estrecharle. Y cuando está solo, lo que es mentira, o que prefiero que no se me incor-
también la otra. No es posible die con preguntas, lo que es rigurosamente cierto. Paseo y cuido niños
descubrirlo a simple vista por- retrasados porque me pagan: esa es la simple verdad.
que lo abrigamos con un gabán Decir: todos mis amigos están muertos, además de ser dramático
negro —el frío le da comezón en y darme cierta dignidad de víctima, evoca la existencia de la Revela-
los muñones—. Tiene la cabeza ción, el motivo tremendo que los incautos, que son todos, sospechan
ladeada y no se ha dejado rasurar detrás de la decisión de cada uno de los que trabajamos aquí de sobre-
hará cosa de un mes, por lo que llevar esta vida que se presupone sacrificada.
luce una barba tupida y rizada Pero no somos monjes. Somos profesionales que dedican veinti-
como su cabello. Mira las pintu- nueve horas semanales (ustedes trabajarán cuarenta o más) al cuidado
ras de la sala principal con desa- y esparcimiento de grupos de niños con deterioros de todo tipo. La
probación y agita las mangas gente considera un fastidio su cuidado y es capaz de pagar fortunas
medio vacías del gabán como las para que alguien más se ocupe de ellos, así sea por pocas horas. Los
alas de un joven cuervo. Se me padres sufren ante la visión repetida o continua o incluso interminable
acerca y me susurra: Así son mis de las deformidades, taras o incapacidades legadas a sus herederos y,
dibujos. Sabe que no me agrada lo mismo si tienen dinero que si no, se afanan por quitárselos de enci-
el arte y que oírle esta puya me ma por un rato. Nosotros cobramos por hacer de ese rato un buen rato.
hace feliz. Le doy una palmada Para perdurar en este empleo hay que ser capaz de resolver situa-
en la espalda. ciones tan complejas como un paro respiratorio, una fractura expuesta
El guía explica el motivo o la higiene íntima de una paralítica, pero el problema en realidad no

Antonio Ortuño (Guadalajara, 1976). Narrador. Su libro más reciente es Recursos humanos (Anagrama, 2008).

14
es tan arduo que una capacitación continua y fecunda no lo supere. hacerlo y también de acallar las
Además, los clientes son todo lo cooperativos que sus limitaciones protestas de quienes no deben
permiten. Salvo por casos singulares de chocantería, un niño sin comer pan a esta hora porque se
manos no tiene tiempo para más inconvenientes que los ineludibles de desaguarían de inmediato.
su condición. Llega, finalmente, el fotó-
Yo fui, durante largos años estériles, profesor en una escuela. grafo del museo. Solicita permi-
Luego me especialicé en dar cursos de regularización a escolares que so para llevarse al grupo de chi-
fracasaban en los exámenes. Cuando el instituto me invitó a trabajar cos que deben ser retratados en la
solamente se me dijo: los niños tienen que pasársela bien. Y a eso me sala principal. Elegimos dos ensi-
dedico. Es más simple que intentar meterles en la cabeza la retórica de llados, dos incompletos y dos len-
Quevedo o la lista en orden alfabético de los estados centroamerica- tos —soy arbitrario y parcial:
nos. mando a Mauricio— y me encar-
He divagado mientras me despachaba el café y el resultado es que go personalmente de conducirlos
los muchachos yerran como abejorros monstruosos por el vestíbulo al lugar y de ayudarlos a posar
del museo. Impacientes, hastiados. Las mujeres que atienden el mos- ante la cámara.
trador de los recuerditos los miran con piadoso espanto. Ojalá les dije- —Es un privilegio fotogra-
ran en voz alta algo desagradable, para humillarlas con la exhibición fiar esta campaña—recita el fotó-
de nuestro discurso moral. Pero no se atreverían jamás. grafo. —Les aseguro que van a
Conduzco a mis seguidores a una sala lateral. Una pantalla de quedar felices con las imágenes.
video se resigna a la proyección continua de unas manos que contie- Empleamos más de media
nen un poco de agua. hora para levantar a nuestro ejér-
El agua se agita ligeramente. cito de las mesas y organizar la
Y ya. salida y el abordaje del camión.
He allí el arte. Alicia corre de un lado a otro en
Mis muchachos se olvidan de inmediato de lo que se exhibe y se busca de la llave para la rampa
congregan, curiosos, en torno del proyector. Descubren que si inter- que hará que las sillas suban. Yo
ceptan con la mano la luz que emite, una sombra irrumpe en el tedio de contemplo a la distancia el vai-
la imagen. Considero durante unos segundos improvisar sombras chi- vén de sus nalgas en los panta-
nas para divertirlos, pero no hay necesidad. Ellos las hacen mejor. Se loncillos cortos.
revuelven y se empujan para aparecer, monumentales, en la pared. Recibo con discreción el che-
Mauricio, que no tiene manos para jugar, mete la cabeza en el camino que de manos de un mensajero.
de luz y la agita, danzante. La visita a la sala es un éxito. Se me asegura que nos harán lle-
Vigilo la excursión colectiva a los baños y empleo el trapeador gar pruebas de color esta misma
que encuentro cerca de la entrada —es parte de nuestro pliego de exi- tarde, para que las autoricemos.
gencias— para limpiar el desastre del piso bajo los urinarios. A algu- La próxima semana mandarán el
nos de los muchachos, la visión de su propia uretra expulsando líquido contrato de cesión de derechos.
los divierte o inquieta demasiado en este ambiente insólito. Miro subrepticiamente la
La gira por las oficinas es menos entretenida. Los administrativos suma escrita en el cheque antes
del museo bajan la cabeza y acallan las carcajadas que ya nos habrán de que Alicia venga y lo guarde.
dedicado, mientras un funcionario o dos salen a nuestro encuentro y No pagan demasiado, si conside-
nos sonríen con toda condescendencia. Alguien nos conduce a un ramos que había cinco museos
bebedero y nos obsequia con vasos desechables y azúcar. Reparto en puja.
raciones y le doy de beber a Mauricio de la orilla del recipiente espe- Somos, quién lo sospecha-
cialmente diseñado para que no se atragante y que siempre llevo con- ría, populares.
migo. He allí el arte.
El contingente de sillas de ruedas y el de incompletos —a los que
capitanean las sudorosas nalgas de Alicia— nos alcanzan en la cafete-
ría, cerca ya de la hora del almuerzo. Distribuimos frutas y más agua
azucarada y repartimos además piezas de pan entre quienes vomitaron
el desayuno —la chica de control médico es la que se encarga de

15
Por la facultad de apetecer

Necesitamos un poco de oro


y otro poco de mercurio

y un prisma para dispersar la luz

aquí la virtud es un asunto de energía

ese frasco pequeño se llama esenciero


y allí guardamos las sustancias volátiles

por la facultad de apetecer


sabemos que hay animales que vuelan
y que ciertas cosas se mueven ligeramente
y andan por el aire

puede que sea falsa


pero intentamos acuñar una moneda

el juego nos inspira veneración

no tanto el porvenir como las cosas ocultas

Gustavo Adolfo Garcés, abogado de profesión, podría ser en su escritura un pico de oro más de los que Latino-
américa produce en cantidad, como el maní dulce. Sin embargo, sigue en poesía la línea de conducta verbal de
otro abogado y grandísimo poeta: don Fernando Charry Lara. Enseñanza mayor: alejamiento del palabreo cono-
cido, entrada en el reino de la exactitud.

16
La esperanza es un madero

F ueron seleccionadas porque


tenían el mismo peso, la
misma edad y eran de la misma
al fin dejó su cuerpo a expensas
del agua, ya había muerto.
De ellas, nueve más
abismo la jalaba con pavorosa
serenidad y supo que el tiempo
de abandonarse había llegado. El
raza. Diríase que también esta- corrieron la misma suerte: a los colapso estaba por llegar cuando
ban igualadas en cuanto a sus quince minutos habían muerto de pronto tuvo un recuerdo; un
aspiraciones, puesto que ningu- enloquecidas. registro que le daba un segundo
na tenía más o menos aprecio por Con la onceava fue dife- impulso para sobrevivir. De este
la vida que las demás. rente. A ésta le fue dado contar modo logró mantenerse a flote
Una fue llevada por el con una tabla cinco antes del durante el doble del tiempo ante-
más viejo de ellos e instintiva- tiempo en que habían sucumbi- rior, hasta que del cielo cayó la
mente presintió la amenaza. do las demás, cuando la desespe- tabla que le salvaba de nueva
Quiso zafarse pero el brusco cam- ración comenzaba a trastornarla. cuenta la vida. Al cabo de algu-
bio de temperatura y de ambiente No murió porque en la búsqueda nos meses y duros entrenamien-
le impidió de pronto respirar. frenética de alguna salida encon- tos, fue capaz de resistir casi un
Sacó la cabeza como pudo y tró ese soporte del cual apoyarse. dos mil por ciento más de su
buscó urgida algún apoyo debajo Suponen ellos que ahora está record inicial.
de ella, pero ahí todo era profun- cambiada, que tiene una nueva
didad. Desorientada y alarmada, actitud. ? Esperanza, eso es lo que tiene
avanzó un poco hacia un lado y Días después, cuando el la rata. Esperanza ? dijo categó-
luego hacia otro, perdida. Luego susto había pasado y estaba recu- rico Rudolf Bilz a sus colegas, en
divisó el tope del estanque y fue perada, la onceaba volvió al la época del nazismo.
hacia él, pero era alto y liso, estanque. Nuevamente la angus- Ante tal declaración los
imposible de trepar. Un arcaico y tia se apoderó de ella y, como sus sicólogos musitaron admirados:
fuerte impulso surgió de ella antecesoras, sacó la cabeza man- ah, la esperanza. Sólo uno, el más
como un resorte para hacerla bus- teniéndose a flote. Nadó hacia inquisitivo de los conductistas,
car desesperada un lugar de un lado y luego hacia otro. Vio el no dijo palabra. Se concentraba
donde asirse, algo que la retuvie- agua, el muro y el inescrutable en hallar las justificaciones sufi-
ra en ese presente vivo. Fue inú- fondo. Cuando faltaba un minu- cientes del nuevo proyecto que
til. No fueron sus fuerzas las que to para llegar al quinceavo, el habría de gestionar con el jefe
comenzaron a debilitarse, puesto mismo miedo arcaico sentido superior de los campos de inter-
que en otros ambientes y en otras por las otras la hizo entrar en namiento. Suponía que el estí-
circunstancias, ella y sus congé- terror. Sintió el desamparo deba- mulo-respuesta era efectivo en
neres eran capaces de resistir eso jo de ella y una inaplazable nece- las diversas variedades del reino
y más. Fue el estrés despropor- sidad de hallar cualquier salida, animal, y allí había sujetos que
cionado y la histeria las que ter- pero para donde fuera que vol- por ser de otra índole a las ratas le
minaron por alterar sus sistemas teara, la muralla se alzaba inal- permitirían confirmar su hipóte-
y, al cabo, por vencerla. Cuando canzable. Entró en pánico. El sis.

Alejandro Bellazetín S. Le divierte presenciar la rivalidad entre los científicos llamados Cuantis y Cualis, aunque
casi nunca lleguen a nada.

17
Criogenia

H abía sido como de costumbre, abrir los ojos y


ponerse de pie a los pocos segundos de que el
despertador sonara, a las seis de la mañana con doce
si es que elegían, al merecedor del incentivo anual.
El otoño en el Caribe había perdido también el inte-
rés y la emoción del primer año, cuando era la recom-
minutos, esa manía por duplicar las cantidades y en pensa por cincuenta semanas de esfuerzo, de búsqueda
general las cosas, los números pares, una cuenta que de la perfección y la puntualidad, de cumplir con los
iba perdiendo sentido conforme se acercaba al infini- estándares y los requerimientos que establecía el
to, y luego la rutina cotidiana que se cernía sobre su departamento de administración. Ahora se había ins-
vida como una nube inamovible, casi rota sólo por los talado en el terreno de lo mecánico y era una vez más
domingos para conservar los números pares y, de pasar doce días bajo un sol cada vez más intenso y des-
paseo, el seis. piadado con Lucía, que había también dejado de
La ducha no era necesaria para terminar de desper- desear los recorridos por la isla con la que compartía
tar, como tampoco, en el fondo, el despertador parar nombre, el otro ritual del viaje sólo necesario para cum-
abrir los ojos, era más bien un paso en el manual que plir con el ritual del regreso, pues éste no podía darse
había que seguir porque de otro modo, la hecatombe. sin la salida, o no habían encontrado la manera. Hacer
Lo mismo el rastrillo sobre el espejo, pasarlo dos las maletas, verificar la reservación y la vigencia de
veces por los contornos del rostro, los dos vasos en la los pasaportes, encargarle la casa al vecino a pesar de
mesa del desayuno y los dos platillos, los dos movi- la renovación del seguro, dejar una luz siempre encen-
mientos finales para acomodar la corbata. dida, por cualquier cosa, y en la oficina, también con
Llegar a la oficina no era muy distinto, un ritual puntualidad enfermiza, la donación de sangre.
casi mecánico, sortear el laberinto de pasillos que a ¯¿No estás cansado?
fuerza de atravesarlo todos los días termina por ser ¯No, cosa rara.
familiar, posar la mano sobre una superficie fría que ¯Habrá sido que te acostumbraste.
habría de reconocer las huellas digitales, subir por el ¯Quizá. Recuerdo que otras veces apenas podía
elevador, tararear una melodía de Nino Rota a lo largo salir por mi propio pie.
de cuatro pisos, pasar por la puerta de intendencia y ¯Habrás robustecido.
reconocer su penetrante olor a cloro, encender las
¯O no encontraron sangre qué sacarme.
máquinas y dejar que el sistema nervioso se extienda.
Por lo demás, el café con dos de azúcar, los oficios e ¯Tú siempre has sabido esconder las cosas.
informes por duplicado antes del mediodía para su lec- ¯Y tú encontrarlas.
tura y aprobación, la distribución de tareas y la elabo- ¯Agradece que no soy enfermera de la agencia.
ración de la agenda del día siguiente en el que el café ¯Oh, te verías bien en ese uniforme. Y no habría
habría de disolver también dos de azúcar, eran pasos nadie más que...
en los que apenas podría caber ningún tipo de error, la ¯Felipe...
mente y el cuerpo estaban ya de cierto modo adiestra- El cielo intensamente azul había de esperarlos segu-
dos, como dos payasos circenses a quienes nunca se ramente el año próximo. Por ahora, a pesar de que
les caerán los pinos que intercambian en el aire, para nada cambiaba, había que regresar, Lucía al restauran-
operar de manera tal que los superiores se vieran te, él a Planificación, donde su lugar y sus pendientes
satisfechos y no tuvieran duda al momento de elegir, lo esperaban con ansia de ser revisados.

Julio Romano

18
Lunes, seis con doce. El despertador no sonó, pero tear para darse cuenta de ello.
como si lo hubiera escuchado, una especie de lejana Por primera vez en casi diez años no había termina-
vibración retumbaba en su taburete, y el manotazo do las labores de la mañana a la hora del almuerzo.
sólo sirvió para comprobar que la noche anterior había Telefoneó a Lucía, no llegaré a comer, no te preocu-
olvidado programarlo. Lucía estaba ya de pie. Desde pes, llego en la noche, besos.
su somnolencia podía escuchar las gotas de agua gol- “En la noche”, repitió para sí. A las seis, cuando
peando el azulejo. Qué más daba si un día, por circuns- saliera, exactamente doce horas después de abrir los
tancias inusuales, alteraba el orden de los factores y ojos, no habría oscurecido aún, y llegaría a casa, como
desayunaba antes de tomar la ducha. De cualquier for- siempre, antes de que la noche se volcara plenamente
ma, el tiempo que le toma hacer una y otra cosa, suma- sobre la ciudad.
do, era el mismo, y estaría en la oficina antes de las nue- Casi militarmente todos a su alrededor se pusieron
ve. Luego de la ducha se uniformó y acomodó su cor- de pie y desfilaron hacia el elevador. Eran ya las seis, y
bata con dos movimientos, vuelvo para comer, no lle- aún no terminaba.
gues tarde, y cuando cerró la muerta tuvo la sensación ¯Termínalo mañana ¯le dijo el jefe de personal,
de que cientos de puertas se cerraban también en ese que puso, una vez más, una mano en su hombro para
preciso instante. Curioso que en ese momento recor- llamar su atención. Decidido a hacerle caso, adelantó
dara la idea de que si todos los habitantes del planeta lo que el desvanecimiento de la fila le permitió para
dieran un paso exactamente al mismo tiempo y en la luego bajar con calma las escaleras y huir hacia Lucía.
misma dirección el terremoto que ello causaría acaba- La mano extendida sobre el lector óptico que iden-
ría con la humanidad entera. “¿Por qué no intentar- tificó sus huellas y confirmó que había cumplido con
lo?”, se planteó, y emprendió el recorrido hacia la ofi- su horario de trabajo se contrajo luego de un suspiro en
cina. el que pareció escaparse un alma. Haber bajado los
Lo que nunca, fila para el elevador y prefirió subir cuatro pisos era el primer paso para regresar a Lucía,
por las escaleras que nadie usaba. Le llevaría dos minu- luego cruzar la calle, subir al auto, echar un último vis-
tos más, pero qué más daba si por eso llegaba siempre tazo al edificio, descubrir que en su piso había una luz
dieciocho minutos antes. Llegó a su piso y en su cabe- encendida. Bien podría dejarla, no va a pasar nada si
za sonaba la melodía de Nino Rota que olvidó silbar una noche una luz... pero no, era en su piso, y el jefe de
esa mañana o que no pudo por preferir concentrarse en personal sabía que él era el último.
los escalones; pero no era en su cabeza. Cuando el ele- Los pasos de nuevo sobre la calle, recorriendo los
vador se abrió, notó que todos los que salían de la caja cuatro pisos escalón por escalón, la boca de las ofici-
oblonga la silbaban, y se dijo que ése era el momento nas, la puerta de intendencia abierta, pero no hay pro-
preciso para abandonarla y buscarse otra. blema, a esta hora ya no hay nadie, un momento ideal
Puso el portafolio sobre el escritorio despejado y para tirar las muestras de sangre que ya no nos sirven
reaccionó cuando terminó de encender la máquina. El para nada, no hacen falta laboratorios ni criogenia
jefe de personal le puso una mano en el hombro para para que todos sean iguales, hemos encontrado otros
hacerlo voltear y así explicarle que en su ausencia métodos, el adiestramiento es también una forma de
había capacitado gente para que se encargara de sus hacer duplicados, tú eres ejemplar, nuestro ejemplar,
pendientes y supiera hacer las cosas como él, todo un pero ya no nos haces falta, una luz encendida y regre-
ejemplo para la empresa de formalidad y compromi- sas a para apagarla, no podemos pedir más, podrías
so. Ah, con que tengo discípulos. No exactamente. De estar en casa, con tu mujer, pero decidiste volver por-
modo que era un lunes más, sin pendientes acumula- que no podrías descansar con esa responsabilidad a
dos, pero había que ponerse al corriente y verificar lo cuestas, y ahora así son todos, y ahora no será por ti
que habían hecho sus no discípulos. que silben a Nino Rota en el elevador, y no te preocu-
Él mismo no lo habría hecho de otro modo y eso lo pes, que no volverás a sentir ese escalofrío de cientos
inquietaba. De pronto se vio a sí mismo como reem- de puertas cerrándose al mismo tiempo ni de cientos
plazable, y no pudo quitarse eso de la cabeza. de despertadores sonando a las seis de la mañana con
¯¡Maldición!¯, reaccionó al darse cuenta de que doce minutos, un poquito menos de responsabilidad
no había puesto su mano sobre el detector de huellas de tu parte y no nos veríamos en la necesidad, ahora es
digitales. necesidad, porque estás en cada uno de los empleados,
Corrió escaleras abajo hasta llegar al aparato. Revi- eres cada uno de ellos, y basta que nosotros lo pidamos
só su entrada. Su llegada estaba registrada, minutos para que todos, absolutamente todos, con una sincro-
antes de las nueve. Volvió sin prisa a su escritorio, nía espeluznante, den cuantos pasos queramos en una
observado en silencio por todos, y no era necesario vol- misma dirección.

19
Fahrenheit.com

E l día que los terroristas delicados habían elegido para actuar, el cielo amaneció trágicamente soleado. Los ciuda-
danos autómatas reiniciaban con placidez sus conciencias, actualizaban los programas de café y activaban sus
bostezos como cualquier otra mañana. Los perros digitales movilizaban sus rabos, los teleféricos solares atravesaban
el horizonte y las tiendas virtuales comenzaban a contestar los pedidos. Nada nuevo, nada viejo. Preparados para sem-
brar la desgracia, agazapados en línea, emboscados en sus nicks, los terroristas delicados sonreían acariciando sus rato-
nes. La cuenta atrás corría como un veneno.
De repente, sin demora, sin prisa, sin estruendo, las luces se apagaron. Se apagaron simultáneamente en cada
comunidad económica, en cada ciudad flotante, en cada hogar del planeta. Los monitores anochecieron con un leve
clic. Las comunicaciones bursátiles se interrumpieron abortando todas las operaciones. Los portales bancarios queda-
ron congelados. Las cuentas personales se borraron. Los microteléfonos extraviaron las señales. Los niños autómatas
suprimieron todos sus juegos. Los amantes, comprimidos, cesaron sus descargas. Los transportes, viendo suspendidos
sus radares, tuvieron que frenarse o arriesgar aterrizajes de emergencia. Los puentes entre mares se llenaron de gritos.
Sin estruendo, sin prisa, sin demora, el planeta entero quedó tendido al viento igual que ropa limpia.
Las diversas células gubernamentales podrían, por supuesto, deliberar con carácter de urgencia en reuniones
con presencia física. Las centrales intercomunicativas podrían empezar a reinstalar muy lentamente sus recursos, en
espera de los rescates técnicos. Las unidades policiales podrían recuperarse como pudieran y emprender exhaustivas
exploraciones criminales. Pero el daño inmediato, la catástrofe global, ya estaban consumados. Tarde o temprano los
causantes del mal serían detectados, analizados y quizás eliminados en el acto. De poco iban a servir las represalias:
milésimas después de cometer su pulcra fechoría, los terroristas delicados habían desconectado sus propios órganos,
entregando sus cuerpos al vacío monóxido.
El resto de la historia es probablemente conocida. Las federaciones de autómatas fueron refundadas una por
una con un orden distinto. Las reservas alimentarias fueron salvajemente subastadas al mejor postor, provocando la
gigantesca hambruna que exterminó («seleccionó», matizaría al año siguiente el coordinador general de las federacio-
nes unidas) a casi dos tercios de las capas inferiores («débiles», las llamaría el coordinador) de la población mundial.
Para cuando los núcleos hospitalarios lograron controlar la veloz cadena de epidemias virales, eran contadas las fami-
lias autómatas que no tuviesen bajas que lamentar. Los foros científicos acordaron celebrar el histórico simposio único
en A-8, ciudad equidistante de las grandes capitales, trasladándose hasta ella de las maneras más insospechadas.
El destino de la cultura global, según narran los códices, no corrió una suerte menos drástica. Incapaces de
leer un solo archivo, despojados de toda escritura, todos y cada uno de los autómatas supervivientes, incluidos los más
eruditos, debieron enfrentarse a una inédita certeza: ahora, en términos prácticos, volvían a ignorarlo todo. Se habían
quedado, por así decirlo, sofisticadamente en blanco. Por eso, cuando los comités de alerta emitieron mediante obsole-
tos comunicados radiofónicos las estimaciones oficiales (al menos una década para reconstruir las bases tecnológicas
mínimas, dos décadas o acaso tres para alcanzar un rendimiento óptimo), los más clarividentes comprendieron que la
humanidad no podía esperar tanto.
Fue así, y no de otro modo, como aquel inolvidable grupo de poetas concibió la luminosa idea a la que hoy
tanto le seguimos debiendo. Y fue entonces como seis o siete audaces decidieron peregrinar a los desguaces, depósitos
y plantas de reciclaje más cercanos. Juntaron maderas, hierros, plásticos, engranajes. Reunieron desechos orgánicos,
sobrantes químicos, líquidos tóxicos. Trabajaron día y noche como obreros, como náufragos, para ofrecerle un peque-
ño salvavidas al mundo. Al cabo de unas semanas obtuvieron la extraña maravilla, el ingenio que cambiaría para siem-
pre nuestra historia. Lo llamaron imprenta.

Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977). Vive en Granada. Es autor de las novelas Bariloche (Finalista del Premio
Herralde), La vida en las ventanas (Finalista del Premio Primavera) y el poemario El tobogán (Premio Hiperión),
entre otros textos. Fue seleccionado para el encuentro Bogotá-39 como uno de los principales jóvenes autores
nacidos en Latinoamérica. Su página web es www.andresneuman.com.

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