You are on page 1of 5

CARACAS, Noviembre de 2009

DE MIS MEMORIAS:
ASONADA DEL VIERNES 27 DE NOVIEMBRE DE 1992

Se cumplen 17 años de tan infausta fecha y quiero compartir con ustedes los recuerdos De Mis
Memorias, reflejos del influjo impactante que los diversos acontecimientos ejercieron en mi
propio destino.

FEBRERO BONITO

En el 92, las esperanzas de mi joven compañía se hicieron pedazos a comienzos de año. El 1° de


febrero nos habíamos reunido en el Monteclaro Country Club con algunos de nuestros clientes,
quienes acudieron con sus esposas e hijos. Disfrutamos muchísimo; fue un grato, soleado e
inolvidable sábado de sano esparcimiento alrededor de la piscina, en el cual aprovechamos para
dar el ejecútese a un audaz proyecto de automatización que incluiría la instalación de nuestros
equipos, bajo la más excitante y novedosa concepción de la aplicación de tecnología a la
modernización de sus operaciones.

Comenzamos inmediatamente a reestructurar nuestra compañía, que debía crecer en concordancia,


lo cual incluyó el alquiler y remodelación del Penthouse del edificio Olympia de la Urbina –en
cuyo piso 4 habíamos comenzado operaciones dos años atrás–, y la contratación de una
considerable cantidad de personal, compuesto principalmente por jóvenes ingenieros electrónicos
que engrosaron nuestras filas de manera multitudinaria, entusiasta y explosiva.

Por otra parte, el lunes siguiente, 3 de Febrero, coronábamos mi esposa y yo una aspiración
largamente anhelada: Debido al auspicioso y brillante porvenir que preveíamos para mi compañía,
Elízabeth se retiró de su trabajo a fin de dedicarse a nuestros hijos y a su actividad artística y de
pintura, que aún hoy tanto le encanta. Bill y sus compañeros, con los que Liz trabajó durante 10
años, nos invitaron a cenar al Cassandra en el hotel Eurobuilding para hacerle una cordial y muy
calurosa despedida. Fue una velada verdaderamente exquisita a la que también asistieron los
padres de mi esposa, que nos habían acompañado durante las fiestas decembrinas. Por ser lunes, la
concurrencia de comensales no era abundante y pude acercarme en algún momento al gran piano
de cola para interpretar, en reciprocidad a la gentileza de sus atenciones, algunas tonadas que el
auditorio recibió con amable benevolencia.

Tan encantadora tertulia, que comenzó a las 8, se prolongó muchísimo y salimos casi a las dos y
media de la madrugada, desprevenidos, contentos, felices y agradecidos. Yo hubiera tomado la vía
hacia la Urbina por la autopista Francisco Fajardo, sin lugar a dudas –de noche, la prefiero
siempre– de no haber sido que por culpa de un descuido terminé saliendo del Eurobuilding,
equivocadamente, por la rampa que conduce hacia la avenida Río de Janeiro…

Al llegar al Penthouse donde vivíamos encendimos el televisor mientras íbamos comentando los
diferentes aspectos de la cena, y cuando nos preparábamos para dormir nos llevamos una
sobrecogedora y ensombrecedora sorpresa al ver al presidente Pérez –con aspecto más cadavérico
que de costumbre–, denunciando por Venevisión un fatídico intento de golpe de estado...
Asistíamos, como espectadores impotentes, a nuestra primera asonada en Venezuela…

Supimos posteriormente que si esa madrugada hubiésemos empleado la autopista, a lo mejor no lo


estuviésemos contando, porque a esa precisa hora acontecían ya los primeros enfrentamientos en
La Carlota, protagonizados por tanquetas, y algunos vehículos particulares que circulaban por allí
fueron abaleados durante los escarceos, con un cruento saldo de varias víctimas, inocentes.
SECUELAS DE UN GOLPE

No podría borrar de mis recuerdos ese mes de febrero ni aunque quisiera, porque de nuestros
flamantes planes de negocios, sólo llegó a materializarse ese año la parte correspondiente a los
gastos; los ingresos, previstos en la planificación original, no llegaron jamás, pues nuestro cliente
comenzó un proceso de cavilación, reconsideración y retroceso en relación a la conveniencia o no,
de hacer nuevas inversiones en medio del inestable y poco promisorio panorama político que se
presentaba; así, nuestro proyecto se vio pospuesto, un mes tras otro.

Esta situación ocasionó que tuviéramos que hacer considerables e imprevistas erogaciones
personales para sostener la nueva estructura de gastos en la compañía. Resultaba menos que
imposible desandar lo recorrido, deshaciendo, por ejemplo, la contratación del Penthouse de la
oficina. Recuerdo que por ser tan joven nuestra empresa y carecer de un largo historial comercial,
nos obligaron a efectuar un anticipo por un monto equivalente a 7 meses de arrendamiento, para
lograr que nos otorgaran en alquiler la nueva oficina, erogación que perderíamos obviamente en
caso del menor incumplimiento o disolución contractual. Estaba de por medio, adicionalmente, la
costosísima remodelación que tuvimos que emprender para adecuar el local a nuestras nuevas
necesidades, que eran bastante especiales y específicas. Recuérdese que esta clase de desembolso
rara vez constituye una inversión, siendo casi siempre más bien un gasto.

Además, en aquel momento no supimos adivinar qué iba a suceder; recalcitrantes optimistas,
consuetudinarios y reincidentes, fuimos pensando que lo no concretado en febrero seguramente
cristalizaría al mes siguiente, o al siguiente, o al siguiente... "ad nauseam". Cuando en septiembre
tuvimos que hacer frente a los pagos de los colegios y la universidad de nuestros hijos, las
finanzas particulares de mi familia estaban contabilizadas en rojo encendido y nos vimos en la
necesidad de hipotecar nuestros bienes inmuebles. Fue un año inolvidable..., porque, además, los
intereses se elevaron hasta el 80 y pico por ciento, gracias a la caterva de políticos que nos azotó
como la peste, y que desde entonces han decidido experimentar con el país cual si se tratara de su
laboratorio social particular.

Muy pocos sabrán lo que se siente al cancelar toda su deuda en un año y, como Sísifo, seguirla
debiendo, íntegramente, otra vez el año entrante. Mi familia cayó en ese perverso torbellino
financiero, que es más o menos lo que ocurre siempre que campean tasas bancarias de tan oneroso
y usurero calibre.

MEJORA EL PANORAMA!!!

Por fin, hacia finales del 92, iba a concretarse un proyecto para la automatización, en esa ocasión,
de los centros de control de las plantas de generación de la Electricidad de Caracas en Arrecifes.
Se requeriría que suministráramos, entre otras cosas: el software, docena y media de estaciones de
trabajo, y un conjunto asociado de accesorios indispensables, con valor, en fábrica (Houston), de
$175.000. Esta resultó ser la única obra que, en realidad de verdad, íbamos a ejecutar durante el
transcurso de todo el año; de ahí su importancia para la supervivencia de nuestra empresa.
Además, incluiría por separado un vasto trabajo local de desarrollo, entrenamiento a su personal,
instalación de los equipos en las plantas, así como el diseño y suministro de una decena de
nuestras Unidades Terminales Remotas de mayor capacidad. Todo un señor proyecto...

Los apremios financieros por los que pasábamos nos forzaron a buscar financiamiento externo a la
empresa, si bien lo precisábamos durante un plazo relativamente muy breve –hasta que el cliente
cancelara la porción del proyecto correspondiente al suministro del renglón de equipos
importados–, lo que debía ocurrir, según el cronograma, al mes siguiente de despachada la
mercancía.

Pero nuestros embellecidos balances y estados financieros, las vehementes justificaciones técnico-
económicas del proyecto y las presentaciones más impecables y esmeradas que hicimos, no
obtuvieron ninguna receptividad por parte de nuestros muy bienamados, los bancos venezolanos.
Mis socios, por su lado, estaban todos, como siempre, en severo estado de iliquidez, tras once
meses de desfase financiero.

RESOLVÍ LA ENCRUCIJADA!!!

Habíamos decidido instalar el software suministrado por "BJ", compañía norteamericana de


notable relevancia en el ramo, con la cual suscribimos un convenio "OEM" el 3 de Noviembre.
Como el juego se encontraba trancado, tomé el teléfono y en mi atarzanado inglés hablé con
Jannick Johnsson (la "J" de "BJ") para tratar de convencerlo, no solo de que nos enviara el
software sin el indispensable pago previo, sino también que él comprara por su cuenta y riesgo
las estaciones de trabajo y los accesorios –actividad ésta en la que jamás se involucraba esa
empresa–, y procediera a despachárnoslos a Venezuela, todo de su propio peculio, con la promesa
de que a los 30 días le pagaríamos.

Y Jannick, a quien era la primera vez que yo le hablaba, sin que nunca nos hubiéramos
entrevistado ni conocido personalmente, ACCEDIÓ EN EL ACTO A OTORGARNOS EL
PRÉSTAMO SIN REQUERIR NI SIQUIERA LA FIRMA DE UN MÍSERO PAPEL.

En Venezuela, a nadie se le hubiera ocurrido (ni a nadie se le ocurrió) prestarme ni la vigésima


parte de esa cantidad sin las usuales garantías comerciales; eso habría sido una locura, un
despropósito. Pues este señor, que no había tenido ni siquiera la oportunidad de estrechar mi
mano, mirarme a la cara y escrutar mis ojos, nos prestó ciento setenta y cinco mil dólares así, sin
más ni más.

Esto ocurrió comenzando la tercera semana de Noviembre y en la oficina nos encontrábamos


todos realmente contentos y optimistas. Por fin veíamos la luz al final del oscuro socavón.

VIERNES 27 DE NOVIEMBRE

Ese viernes 27 de Noviembre de 1992, como a las 9 de la mañana, desde la hermosa vista
panorámica que de Caracas me brindaba mi nueva y flamante oficina –porque preciosa sí quedó–,
asistí petrificado al pavoroso espectáculo que nos ofrecía –por segunda vez en un mismo año– una
horda de militares, de torva mirada e incoherente parlamento. VÍ cómo los aviones en picada,
bombardeaban la ciudad y el palacio de Miraflores; el aeropuerto de La Carlota era campo de
mortales acrobacias aéreas; ante mis ojos se sucedían combates y persecuciones en los que aviones
Mirage –rompiendo con sus explosiones sónicas multitud de ventanales panorámicos–, perseguían
avionetas Tucán sobre nuestras cabezas, sin que yo alcanzara a percatarme de quiénes eran los
buenos y quiénes los golpistas. El Ávila era escenario de peligrosas escaramuzas y aéreas
confrontaciones. Justo frente al ventanal de la cocina de nuestro Penthouse en la Urbina vimos con
mi esposa un avión que, en vuelo rasante sobre la autopista, disparó lo que definiría como un
cohete, dirigido hacia un inmenso estacionamiento de vehículos pertenecientes a la policía
municipal, y conocido por todos los vecinos con el remoquete de "La Gallera". Mi esposa lloró
profusamente, de pensar en las posibles víctimas de tan alevosa, cobarde, bárbara, estúpida y
sanguinaria acción. ¿Alguien sería capaz de explicar en sana lógica, qué podría ganarse con
aniquilar los autos patrulla de una empobrecida policía municipal como la de Petare, conseguidos
a base de sacrificio y esfuerzo? ¿Quién ganaba y quién perdía con tan desnaturalizada acción?
Ahora ya lo sabemos…
No ahondaré más en el asunto, seguro de que los detalles perviven aún, frescos y lacerantes, en los
recuerdos de muchos, pues solo han transcurrido 17 años de esa intentona, ridícula y mal parida.

VÍCTIMAS DEL DESTINO

El lunes siguiente (2 de diciembre) hacia las 4 de la tarde, recibí en la oficina una escalofriante y
demoledora llamada telefónica desde Houston, en donde Jannick me manifestó su preocupación –
surgida a raíz de las impactantes imágenes aéreas de los belicosos rebeldes, desparramadas
profusamente por CNN a nivel mundial–, de que se diera en Venezuela la situación en la que el
gobierno prohibiera, o restringiera la venta de divisas (¿les suena familiar?), y así me viera yo
imposibilitado físicamente para honrar mi compromiso de pago; sobre todo considerando que él, a
su, vez tenía socios a los cuales rendir cuentas...

Yo no supe qué decir. Nunca antes estuve más mudo ni más muerto.

Veía impotente cómo, en el último instante, se derrumbaba ante mis ojos, otra vez, –por culpa de
la estulticia e insanía militar (perdón por el pleonasmo)–, la única posibilidad real que había
surgido en todo el año de realizar siquiera un negocio, y minimizar así las pérdidas surgidas en
este quijotesco, grotesco y malsano empeño de pretender convertirnos en ilusos y temerarios
empresarios latinoamericanos. ¡Quién nos manda!

Durante cuarenta y cinco (45) eternos segundos, ambos callamos, dejando flotar ante el auricular
un fantasmal, incomodísimo e insoportable silencio, salpicado ocasionalmente por la crujiente
estática de fondo, mutismo que únicamente acaté a romper, al final, balbuciendo ni más ni menos
que una fanfarronada... Muy despacio le fui diciendo a Jannick, con una voz amarga, metálica,
que destilaba, palabra por palabra, mi más profundo odio y resquemor:

– "Jannick, esto que está divulgando CNN no es, en realidad, sino una payasada de cuatro
estúpidos aventureros locos, que van ensordeciendo la ciudad desde sus avioneticas de juguete.
La gravedad de este asunto no es nada –"It is nothing! – en comparación con los desórdenes
que ocurrieron hace poco en Los Ángeles, como reacción a la paliza que varios policías blancos
inflingieron inmisericordemente a un pobre ciudadano negro".

Pasaron otros cuatro o cinco segundos de frío silencio, luego de los cuales mi interlocutor tosió,
pasó saliva y finalizó diciendo:

- "Tiene razón; no hablemos más del asunto!"

CONCLUSIÓN FELIZ

Jannick colgó el teléfono y ya hacia el final de la semana “BJ” había conseguido todo lo necesario
para permitirme volar a Houston con el despuntar del nuevo año, a supervisar la integración y
operación del sistema. Viajé con uno de mis jóvenes ingenieros y nos acompañaron dos
representantes del cliente, con los cuales tranzamos posteriormente una esmerada y duradera
amistad.

Fue especialmente curioso mi primer encuentro en persona con Mr. Jannick, que ocurrió en el
Hobby Airport de Houston, adonde él había acudido, muy gentilmente a darnos el recibimiento de
su compañía y conducirnos hasta el motel que nos tenía reservado, muy cerca de sus instalaciones.
Fue realmente un placer poder intercambiar con él mi primer apretón de manos.

Muchas gracias, Jannick. Hiciste lo que ni los banqueros, ni los políticos ni los militares
venezolanos, caterva de buitres, hicieron por nosotros.

UNA SUERTE

No tengo ni la más leve idea de cómo se me ocurrió improvisar esa estratagema de tratar de opacar
tan vulgar y repugnante fantochada militar, contrastándola con aquellos desórdenes, que
realmente fueron graves, como recordarán, y que hicieron de Los Ángeles pasto de las llamas, el
desorden y los saqueos, ameritando la prolongada intervención de la Guardia Nacional
norteamericana. ¡Pero funcionó!
Ocurre que quienes nos observan desde avanzadas naciones –y también muchas veces nosotros
mismos–, consideramos que los más grandes disparates son patrimonio exclusivo de nuestros
retrasados países o culturas, y que cosas así jamás pueden ocurrir en la civilización del primer
mundo. Pero no es verdad. El comprender de pronto que tanto acá como allá se padecían
problemas similares, producto de la estupidez; entender que el desacato a la norma por parte de un
puñado de uniformados ocurría aquí, ¡pero también sucedía allá! pudo a lo mejor hacer
reflexionar a mi potencial financista en cómo el comportamiento humano, por desgraciado que
sea, es consustancial al género, sin distingo de ninguna otra consideración. Eso, desde luego, no
exculpa a nuestros estúpidos salvajes, graduados de Atila.

También pudo suceder que para el norteamericano hubiera tenido aquella venta una mayor
importancia de la que jamás hubiéramos llegado a atribuirle. Nunca lo sabremos...

Lo cierto es que el proyecto resultó realmente de mucha trascendencia e importancia para


nosotros, sobre todo desde el punto de vista emblemático, porque nos permitió sentir que, en
realidad, había actividad, que estábamos vivos, que sólo éramos víctimas de un aterrador retrazo
entre nuestra decisión estratégica de principios de año y los comienzos de su concreción –doce
meses después–, y también porque sirvió como inyección vital de flujo de efectivo para potenciar
nuestro ulterior desarrollo. Gracias, Jannick.

EL INCUMPLIMIENTO

Mi pesadilla, como muchos habrán podido adivinar, no terminó ahí... Pasados los 30 días
prometidos, Electricidad de Caracas no hizo su pago a tiempo –eso nunca ocurre–. Tuve que pasar
por la incomodísima y repulsiva experiencia de verme obligado a llamar a mi prestamista para
ponerle la cara y pedirle una prórroga de 30 días más, ¡a lo que él accedió sin solicitar mayores
detalles!, en los que yo sobreabundaba. Me ofrecí, apenado, a pagarle los intereses en que
incurriera, pero me señaló que, a las tasas de los préstamos bancarios norteamericanos (6% anual),
estaríamos hablando de unos cuantos dólares apenas, que no ameritaban ni mencionar el asunto.

¡Con esas condiciones quién no hace inversiones!

Pasaron otros 30 días –cosa es de volverse loco–, ¡y no pude pagar tampoco!

Esta vez mi pena al llamarlo para darle las explicaciones de rigor fue más arrobadora y severa, y
resultó hasta enervante (somatizo profundamente este tipo de situaciones, en las que no puedo dar
cumplimiento a mi palabra, aunque no sea por mi culpa). Pero de nuevo aceptaron prorrogar el
plazo sin mediar siquiera la más mínima discusión, y sin que pidieran mayores explicaciones.

A los 90 días hicimos finalmente el pago; yo por mi parte descansé plenamente... y me imagino
que ellos descansarían muchísimo más aún.

UN MEJOR FUTURO

En 1992 se me hacía difícil avizorar que pudieran aproximarse épocas peores, pero yo estaba,
desde luego, completamente equivocado...

Saludos afectuosos para todos, en tan aciaga conmemoración, que ahora convertirán, seguro, en
fiesta épica y renacentista de la patria, liberadora y enaltecedora. No hay como pintarrojear con
palabras lo que la realidad se niega a reconocer. (Me gusta la palabra pintarrojear, aunque la
RAI no me la reconozca, por ahora…)

Related Interests