A Alejandra que tiene un talento escondido que espero que pronto descubra.

Y a mi mamá por haberme enseñado a jugar mi imaginación.

No puedo dormir No avancé No se trataba de Elliot El día sustituyó a la noche Oí el correr del agua Emprendí un nuevo rumbo Entré a un nuevo mundo Guardé su secreto Fátima no entendió

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Ni el susurro de los búhos puede adormecerme en una noche como esta, donde los copos de nieve se amontonan a mis pies, cubriéndolo todo con una capa blanquecina que quema con el más leve contacto. Este invierno ha venido cargado de helados vientos del oriente que arremeten contra todo lo que etncuentran a su paso. Y el sol se ha cansado de alumbrar, pues las nubes lo han destronado. Estoy sola en este gran paraje, ya que muchos han sucumbido por la crudeza del frío; hasta la luna se ha tenido que cobijar bajo las espumosas nubes para resguardarse del

o puedo dormir.

invierno. Algo se mueve a lo lejos, lo distingo fácilmente porque es de un color negro que contrasta con la nieve. Se mueve con un ritmo constante al compás de una música lúgubre que sale de sus entrañas. A medida que se acerca resaltan unas tenues luces, que parecen ser las guías; y los peregrinos, son personas envueltas de negro. ¿Qué razón pudo traerlos al bosque cuando la oscuridad podría tragárselos vivos? Las mujeres llevan cubiertos sus rostros y los hombres van detrás; y unos cuantos más cargan sobre sus hombros una caja bastante grande y la depositan delante de mí… qué será, ¿acaso es una especie de tributo? Uno de ellos se adelanta y recita unas palabras mientras los demás hacen signos con las manos. Se trata de un rito muy peculiar donde el silencio sustituye a los cantos. Empiezan a cavar un agujero removiendo la tierra que hay debajo de mí, parece que no se dan cuenta de que eso hace que me dé más frío. Acomodan la caja ahí y devuelven la tierra a su lugar. Los humanos no tienen respeto por lo ajeno; invaden mi espacio para esconder aquel artefacto y ponen una marca, supongo que sirve para que puedan reconocer el lugar si quie-

bién que arde. Fue complicado pero logré abrir la caja. Efectivamente, mis raíces se bañaron del calor que emanaba, pero no sólo había calor también había algo inerte que concentraba toda la energía. Por más que lo movía parecía no responderme. Pero cuando comprendí lo que tenía debajo de mí ya era demasiado tarde. Aprendí que la vida y la muerte son dos fases conti-

-ren volver a sacar la caja. Pero la marca está en clave, ¿qué significará R.I.P.? Después de que se fueron volví a tener frío, pero esta vez siento cómo se congelan mis raíces, porque cuando removieron la tierra enfriaron la que ya estaba caliente. Tal vez si hundo mis raíces más al fondo podré encontrar el calor que necesito para sobrevivir; pero la caja me estorba, es demasiado grande para que mis pequeñas raíces la esquiven. Sin embargo, al encontrarme con ella tamencuentro calor, dentro de la caja hay algo

-nuas, de modo que no sé si morí o volví a nacer. Me convertí en el ser al que más temía. En lugar de raíces tenía piernas y mis ramas fueron sustituidas por manos. Cuando desperté no había nada familiar a mi alrededor; estaba recostada sobre algo acolchonado y un animal estaba echado en mi regazo, parecía inofensivo incluso me di la oportunidad de acariciar su pelaje. En cuanto me levanté, éste me saludó con un sonido muy peculiar que atrajo al dueño de aquel lugar. Vi delante de mí a un hombre de gran estatura; no parecía haber vivido mucho, pues su cabello era aún castaño y su andar firme. Sus ojos eran especiales porque parecían ver al vacío, y un azul profundo se diluía alrededor de sus pupilas… era como ver a través de la niebla. – ¿Ya despertaste? –me dirigió aquella pregunta con una voz vibrante. – Creo que sí –en realidad no sabía qué contestar porque no sabía si estaba viva o muerta. – En ese caso estás en deuda con Halcón porque él te encontró tirada en la nieve anoche. ¿Halcón? Había visto muchos halcones, pero éste no parecía uno de ellos; ni siquiera sus orejas alargadas podrían mantenerlo en el aire. Aún así, le agradecí aquel servicio con una palmada en la cabeza.

– ¿Quién eres? –mi pregunta quedó en el aire pues no hubo respuesta de su parte. – ¿Para qué quieres saberlo? – Porque si ya conozco uno de los nombres de quien me salvó me gustaría conocer el nombre del que me falta. – Sólo soy un hombre errante. – ¿Y cómo se llama ese hombre errante? –insistí. – Elliot –cedió malhumorado. – Muchas gracias, Elliot. – ¿Piensas quedarte aquí o qué? ¿No vas a marcharte a tu casa? –mientras decía esto atizaba el fuego sin siquiera voltearme a ver. – Antes de que me vaya, ¿no quisieras saber mi nombre? –aunque no tenía uno, creí que sería fácil inventarlo. – No –respondió desinteresado. ̶ En ese caso, contestaré a tus preguntas: No puedo marcharme. ¿A dónde podía ir un “humano” acostumbrado a vivir de pie?

za.

– ¿Por qué? –pregunté con un poco de curiosidad. – No es de tu incumbencia. – Tienes razón. Y más vale que me vaya antes de que se ponga el sol. – Espera –colocó algo al pie de la cama– te conseguí algo de ropa, ya que no puedes andar de esa forma por ahí. Nunca me había cubierto con algo que no fuera mi propia piel; pero él era el humano y tenía sus razones para advertírmelo. Tomé el atuendo que era bastante ligero y lo ceñí a mi cuerpo con un cordón, al final me cubrí con un pesado abrigo que iba a juego con unas botas. Halcón me acompañó hasta la reja que había en aquella diminuta cabaña, pero no traspasó el límite de la barrera; miré hacia el horizonte y decidí cuál sería el camino para emprender mi aventura.

– No puedes quedarte aquí –Elliot concluyó con firme-

Para un árbol como yo, no se podía esperar otro final. Me desperté nuevamente bajo el techo de la casa de Elliot; lo encontré sentado al lado de mi cama, con la cabeza baja y los brazos cruzados. – ¿Cómo me encontraste? –mi entusiasmo se dejó entrever por el tono de mi voz. – No estabas muy lejos y al parecer Halcón ya se acostumbró a tu olor, fue fácil para él seguir tu rastro- lo oí más calmado que en la mañana, incluso su rostro era más amable bajo la luz de las velas. - Pero estaba oscuro, ¿no fue peligroso? –me asombró la va-

o avancé.

lentía de Elliot, pues siendo árbol descubrí que muy pocos son los que se adentran en el bosque cuando anochece. ̶ La oscuridad no es un problema… porque la luz no es una solución para mí. ̶ La oscuridad no es un problema… porque la luz no es una solución para mí. ̶ ¿Qué quieres decir? ̶ ¿Acaso no te has dado cuenta? –parecía sorprendido. ̶ ¿Darme cuenta de qué? ̶ De que no me sirven mis ojos… hace mucho tiempo que decidieron apagarse para siempre. Aquel día descubrí lo que era ser ciego. Elliot era uno de ellos. Me quedé con él, a pesar de que se negaba a ello, pero al final de cuentas le fui siendo de ayuda. Nunca me preguntó sobre mi nombre, porque él mismo me bautizó como Isolda, que significa batalla en la nieve; lo recibí con agrado y desde entonces yo misma me identifiqué con él. Al principio fue difícil la convivencia, porque Elliot no dejaba de reclamarme que me aprovechaba de él y de su hospitalidad, con ironía me recordaba que él mandaba mientras permaneciera dentro de su casa; lo acepté… Quizás fue esto lo que acabó por ablandar su corazón, ya que le demostré

que si me lo propongo puedo ser tan resistente como el acero. A pesar de mi fortaleza tenía muchas carencias porque todavía necesitaba conocerme. De modo que tuvieron que pasar varios sucesos para que lo lograra. Un día Elliot me pidió que fuera por agua a un estanque que había cerca de la cabaña, esta vez sí me acompañó Halcón porque ya me consideraba como su dueño. El aire era fresco, y la primavera estaba cosechando una gran variedad de flores que pintaban las colinas de brillantes tonalidades. Tomé la cubeta entre mis manos y la eché al agua; cuando me incliné para levantarla vi una cara en el estanque. Solté de inmediato la cubeta y caí de espaldas; pero mi curiosidad era mayor a mi temor, así que volví a mirar en el estanque y encontré de nuevo aquel rostro. Su piel era morena, y sus ojos color avellana estaban contorneados por unas frondosas pestañas. Su nariz era recta y proporciona-

da, debajo de ella relucían unos labios dibujados con mucha gracia. Y el viento le mecía su cabello azabache alrededor de su cuerpo. Le conté a Elliot mi experiencia y me sorprendió su respuesta. ̶ Esa eres tú, Isolda. ̶ ¿Yo? –pregunté incrédula. ̶ Bueno, no sé cómo eres porque no te puedo ver, pero si dices que viste tu reflejo en el agua entonces eras tú. ̶ Nunca me imaginé así –dije consternada. ̶ ¿No te gusta? –parecía divertirle aquella situación. ̶ No lo sé. ¿Tú qué piensas? –esperaba una especie de consuelo de su parte. ̶ Estoy seguro que si pudiera verte superarías la imagen que tengo en mi cabeza –mientras decía esto una sonrisa se trazó en sus labios y reclinó su barbilla en sus nudillos. No sabía el significado de aquellas palabras pero, aunque no me dirigía su mirada, sabía que si lo hubiera podido hacer lo hubiera hecho. Pasó el tiempo y descubrí que además de ser humano era una mujer. Elliot me calculaba alrededor de diecisiete años, pocos para alguien que está acostumbrada a contar la edad por siglos.

Unos cuantos vestidos empezaron a formar parte de mi vanidad, el cabello me lo recogía con broches y mantenía mi cara limpia y perfumada. Sabía que Elliot no lo notaba, más bien era yo quien se daba cuenta que lo hacía por él. Sin embargo, ¿por qué hacerlo por él? ¿Acaso me lo había pedido? No. Le confesé que quería salir a pasear con él por los alrededores. ̶ ¿Salir? ¿Para qué? –fue su respuesta ante mi petición. ̶ Quisiera conocer lo que hay más allá del lago –mentí con picardía. ̶ Olvidas un pequeño detalle –me mostró sus ojos nublados. ̶ Lo sé. Pero aún así puedes hacerlo. ¡Vamos!... hazlo por mí –supliqué. ̶ Muy bien, pero en cuanto lo indique volveremos a casa. Me arreglé especialmente, por eso me puse el vestido que más me gustaba de colores vivos y sedosos. Elliot me tomó del brazo y atravesamos el umbral de la casa. El sol untaba sus rayos en nuestras ropas. La emoción me torturaba por dentro, mi corazón se aceleraba a cada paso que dábamos y mi respiración se entrecortaba. Ingenuamente pensé que él no estaría al tanto de

lo que sentía, pero me equivoqué. ̶ Isolda si tanto querías que saliéramos podías haberlo dicho antes. ̶ Creí que te negarías –me sonrojé. ̶ Me hubiera negado, pero sabes que acabaría haciéndolo. Aunque no entiendo por qué lo disfrutas tanto. ̶ Porque soy parte de todo esto. Si pudieras verlo sabrías a lo que me refiero. ̶ No tengo más remedio que resignarme –escupió estas últimas palabras seguidas de un breve suspiro. ̶ Ni hablar, ¿resignarte? –no daba crédito a lo que acababa de oír– ... Elliot…Elliot ̶ ¿Si…? ̶ He estado pensando que tal vez exista una forma de devolverte la vista. ̶ No recuerdo la última vez que se me ocurrió esa locura –replicó con desdén. ̶ Hablo en serio –me molesté. ̶ Yo también. ̶ ¿No quisieras volver a ver? ̶ No es necesario que me tientes, eso es algo que ni siquiera me planteo. ̶ Pero… ̶ Isolda, el día que yo vuelva a ver, será el día de mi

muerte. Después de eso me deprimí y algunas lágrimas me resbalaron por el rostro. El cielo me acompañó en mi pena: empezó a llover a cántaros y la tierra se convirtió en barro que se nos pegó a los zapatos. Se avecinaba una tormenta por lo que nos apuramos para regresar. Halcón nos dirigía al frente, pues ni Elliot ni yo logramos reconocer el camino. Llegó un punto en el que nos separamos, caminé hacia el frente, pensando que me lo encontraría, pero en lugar de eso caí por una colina empinada y acabé

cubierta de moretones. Empecé a llamar desesperadamente a Elliot, pero no recibí ninguna contestación. Me recosté en el césped mojado y esperé desconsolada a que llegara por mí. Oí a lo lejos unas pisadas, así que volví a llamarlo, y el sonido empezó a pronunciarse, estaba cerca. Pero no era quien esperaba.

Un hombre montado sobre un caballo apareció delante de mí. ̶ ¿Estás herida? –me preguntó con un acento extraño. Enmudecí a falta de explicación, pero él actuó de inmediato; me cargó sobre sus brazos y me subió al caballo. Anhelaba encontrarme a Elliot para quedarme a su lado, pero el caballo iba a toda prisa y la lluvia empezaba a calarme los huesos, la única protección que encontré fue acobijarme entre los brazos del jinete. Pasamos a través de valles y aldeas, hasta que divisé a lo lejos una fortaleza de cuyo corazón nacían unas altas to-

o se trataba de Elliot.

rres de marfil. Los ventanales le proporcionaban un aspecto cálido a pesar de las nubes negras que se mecían en su cresta. Se abrió un portón por el que nos dirigimos al interior del monumento. Las casas se erigían a derecha e izquierda, arropadas por una cubierta de cristal que canalizaba el agua de la lluvia hacia una enorme fuente que definía el perímetro del castillo, ubicado en el centro del poblado. Bajamos del caballo en cuanto llegamos a la puerta principal del castillo. ̶ Llegamos –señaló el extraño como si se tratara de un lugar familiar para ambos– mandaré que te traigan algo seco, pero primero te llevaré a una habitación para que puedas darte un baño. Me acercó su brazo con tal solemnidad que no pude negarme. Finalmente pude ver su rostro y me sorprendió la jovialidad de sus facciones, podríamos tener la misma edad, pero la vestimenta lo robustecía de tal manera que engañaba a la primera impresión; me hechizaron sus ojos castaños pues por sí solos sonreían, además, su tez bronceada los hacía relucir cálidamente, y tanto su nariz como su barbilla estaban bien delineadas. Subimos una escalinata de mármol que nos condujo a un largo pasillo que recorría todo el nivel de forma circular. Abrió una de las tantas puertas de obsidiana finamen-

te talladas. Me indicó dónde estaba la bañera y se marchó. Al tiempo regresó y me encontró en el mismo lugar donde me había dejado. ̶ ¿No vas a bañarte? Puedes resfriarte si no lo haces – me advirtió, aunque yo no sabía qué debía hacer, pues estaba acostumbrada a bañarme en el río– el agua está caliente… qué tonto soy, enseguida voy por una criada para que te ayude. ̶ No, muchas gracias –me negué pues me incomodaba su insistencia. ̶ Entonces, ¿no eres muda? ¿cómo te llamas? ̶ Isolda. ̶ ¿Estabas perdida Isolda? ̶ No, estaba con Elliot. ̶ ¿Quién es Elliot? ̶ Elliot es el amo de Halcón. ̶ ¿Y quién es Halcón? ̶ Su perro. ̶ Pero, ¿qué relación tienes con Elliot? ̶ Nunca me lo había preguntado. ̶ Bueno, en ese caso creo que estás a salvo aquí –como vio que no iba a llegar a ninguna parte con el interrogatorio mejor lo abandonó. ̶ ¿Quién eres tú?

̶ ¿Quién eres tú? ̶ Olvidaba esa parte –rió y su cara se iluminó– yo soy Conan, y soy sólo un príncipe más; que, por cierto, tiene el descaro de no presentarse antes de pedir referencias a su invitada. Isolda, te presento el castillo del rey Ziquem. ̶ Es la primera vez que estoy en un castillo y nunca he visto a un rey –contesté emocionada. ̶ Pues hoy mismo lo conocerás, pero antes debes darte un baño, traeré a Teresa de inmediato. Después de que me bañé me ofrecieron un vestido muy distinto a los que Elliot solía darme. Estaba bordado con perlas, además de los muchos encajes. Mi cabello lo rizaron y trenzaron con unos listones de seda. Pero lo más fascinante fue ver mi reflejo en el espejo, lo que había visto en el agua se repetía en aquel artefacto. Era mágico. Por otro conducto llegué a un recinto de grandes dimensiones donde el suelo resplandecía y las columnas competían en grandeza con los ventanales. Nuevamente Conan me ofreció su brazo. Caminamos hacia el trono que se alzaba con majestuosidad frente a nosotros. Caminé con temor, me encontraba ante algunas miradas curiosas que me incomodaban, el único que me sugería confianza era el príncipe.

Me susurró que debía arrodillarme cuando estuvié-ramos delante del rey. Así lo hice, mantuve mi cabeza agachada y oí cómo se acercaba el rey hacia mí, me temblaban las manos pero tomé coraje y seguí en mi lugar sin moverme. El rey tomó mi barbilla con su mano y alzó mi rostro, nuestras miradas se cruzaron y el horror se dibujó en sus ojos. Se trataba de un hombre de edad madura con una barba muy bien cortada; su altura imponía especialmente por las joyas que lo ataviaban de los pies a la cabeza. ̶ ¿Quién es esta niña, Conan? –preguntó perturbado el rey. ̶ Es Isolda, padre. Estaba sola bajo la lluvia –contestó el príncipe sin entender la razón de la agresividad del rey. ̶ ¿Isolda? Nunca había oído ese nombre –el rey parecía estar buscando algún dato en su memoria. ̶ No es de aquí, padre. ̶ De eso estoy seguro. Isolda, dime, ¿qué edad tienes? ̶ Creo que diecisiete, majestad –me sugirió Conan que lo llamara así. ̶ ¿Crees?... Para el caso da lo mismo. ¿Sabes? Eres muy parecida a una persona que conocí, sólo que tu piel es más oscura que la de ella. ̶ ¿Quién es esa persona, majestad? ̶ Era la futura esposa del príncipe Conan.

̶ ¿La princesa Simone? –se sobresaltó el príncipe Conan y sus ojos desorbitados miraron a su padre. ̶ Sí, la princesa Simone. No lo habías notado, Conan, porque nunca la conociste, pero son las mismas facciones… esos ojos. ̶ Pero, padre, ella está… ella está muerta. ̶ Yo sólo digo lo que veo, pero también sé que no se puede tratar de la misma persona… a menos que… –dejó inconclusa su idea y volvió a mirarme fijamente– llévala a conocer el reino, necesito estar solo para pensar. Pasé toda esa tarde con el príncipe. Monté por primera vez un caballo. Su pelaje era sedoso y brillaba con la luz del sol. Recorrimos senderos desconocidos para mí, cruzamos por debajo de cascadas y admiré el paisaje desde una gran montaña donde divisé a lo lejos el castillo del rey Ziquem. Los pastos empezaron a bañarse del atardecer y la luna se perfiló en lo alto del cielo. Un halcón surcó entre las nubes… y mi corazón suspiró por el hombre errante. ¿Qué estaría haciendo Elliot en estos momentos? ̶ Es gracioso –Conan interrumpió mis pensamientos– cuando murió la princesa Simone no sentí nada, para mí fue un suceso más, pero ahora pienso que si la hubiera conocido

y hubiera sido como tú, entonces hubiera muerto de la tristeza. ̶ ¿Hubieras calmado tu pena por la muerte de la princesa con tu propia muerte? ̶ Así es. ̶ No lo entiendo. Eres la segunda persona que conozco que ve la solución a sus problemas en la muerte. ̶ ¿Y tú cómo solucionas tus sufrimientos? ̶ Con los buenos recuerdos. ̶ Creo que los demás somos tan cobardes que con cualquier obstáculo queremos dejar de luchar, pero tú sabes sacar el coraje de tu interior, –mientras decía esto se acercó a un gran árbol– así son los árboles, hunden sus raíces en lo más profundo de la tierra y aunque los azote el viento se aferran al suelo para no caer. Conan había descubierto mi velo. Sus ojos penetraron en los míos, había en ellos algo de enigmático. Y su sonrisa transmitía tal paz que hubiera deseado grabarla eternamente en mi memoria. ̶ Es hora de regresar, –montó en su caballo– va a empezar a oscurecer. Tomamos el camino de regreso ayudados de las luces del castillo como punto de referencia.

Pero la noche me dejó muy marcada. Soñé con Elliot. Soñé que sus ojos me veían. Recordé la ilusión que me había hecho proponerle buscar una solución a su ceguera; todavía no era demasiado tarde… ¿podría hacer algo por él? ̶ Conan, ¿sabes cómo curar a un ciego? –acudí al príncipe que estaba viendo unos libros de la biblioteca. ̶ ¿Es una adivinanza? –preguntó sorprendido. ̶ No. Es una duda, ¿hay alguna cura? ̶ Posiblemente la hay. ̶ ¿Y dónde la encuentro? ̶ No lo sé, pero puedo llevarte con alguien que puede

l día sustituyó a la noche.

ayudarte. Subimos las escalinatas del castillo hasta llegar a una amplia habitación custodiada por dos guardias que se apartaron al ver llegar al príncipe. Cuando abrieron las puertas vi a una mujer recostada en una cama. Se le veía un poco demacrada por la enfermedad pero aún así sus facciones proclamaban su nobleza. Era muy guapa aunque la edad parecía haberle cobrado algunas cuentas. ̶ Madre, quisiera presentarle a Isolda –le susurró Conan al oído. Me miraron los dos y yo saludé con una reverencia, pues se trataba de la mismísima reina de Ziquem. ̶ Isolda, acércate… –me coloqué al lado del príncipe y la reina tomó mi mano entre las suyas– el príncipe no suele traer a cualquier persona para que conozca a su madre, puedo sentir que tienes un co-razón bondadoso, pequeña. ̶ ¿Cómo puede saber eso? ̶ Porque puedo ver las intenciones de las personas… tu corazón es puro, no está envenenado por la ambición. ̶ Por eso la traje, madre; porque sé que sus intenciones son buenas –intervino el príncipe. ̶ Y una anciana como yo, ¿en qué puede ayudarte, Isolda? ̶ Quiero saber la cura para la ceguera –respondí con

con sencillez. ̶ ¿Cuál es el propósito por el que quieres saberlo? ̶ Para hacer feliz a un amigo. ̶ Muy bien. Pero debo advertirte que esta cura implica un riesgo. Hace mucho tiempo compré un pergamino a una gitana cuyo contenido me costó descifrar. Cuando finalmente logré transcribirlo a un lenguaje más sencillo, me di cuenta que tenía en mis manos la cura para todas las enfermedades; pero había un pequeño detalle, no puede ser usado en beneficio de uno mismo, y hay dos posibilidades: que sirva como cura o como veneno; porque, como sabes, muchos antídotos son el mismo veneno pero sin aquello que lo hace dañino. Lo que yo te puedo proporcionar es la cura, pero si tus intenciones no son nobles el antídoto se volverá un veneno que matará poco a poco… y de forma irreversible–hizo una pausa y se acercó a mi oído– eso fue lo que me pasó. Sacó una pequeña botella debajo de su almohada y me la entregó. ̶ Úsala con sabiduría, Isolda. No pude dormir aquella noche. Todo parecía ir bien. Tenía la cura y Elliot volvería a ver… pero las cosas se salieron de control. El rey Ziquem viajó para visitar otro reino, y a su regre-

so traía algunas novedades. ̶ ¡Bruja!– se dirigió a mí –la princesa Simone está muerta y para quedarte con mi reino planeaste casarte con el príncipe tomando su forma para engañarnos. Delante de la gente nos dijo que había ido con el rey Galahl, padre de la princesa Simone, para hablarle acerca de una extraña que se había presentado como Isolda y que guardaba un gran parecido con su hija difunta, a excepción de su piel morena. ̶ Padre, Isolda no es ninguna bruja –Conan salió en mi defensa. ̶ Tú no lo ves porque te ha hechizado; pero eso lo arreglaremos con su muerte. Pasé unos días en un calabozo, estaba frío y húmedo; pero mientras tuviera la cura de Elliot conmigo nada me asustaba. Unos días después, debido al murmullo de los guardias, me enteré de que el príncipe Conan se había contagiado de una grave enfermedad, por lo que el reino temía por su vida. Quise estar a su lado para poder acompañarlo, pero las cadenas me habían arrebatado esa posibilidad. Y la causa que me encerró en esas cuatro paredes fue la

misma que me sacó. Un mensajero del rey apareció en el calabozo para hablar con la bruja. ̶ En nombre del rey Ziquem vengo a hacerle una oferta. A cambio de la vida de su hijo se le devolverá la libertad. ̶ Pero yo no soy una bruja. ̶ Esa no es la cuestión, ¿quiere o no salir del calabozo y salvarse de morir en la hoguera? Acepté. Cuando vi al príncipe se me destrozó el corazón y lloré amargamente a su lado; pero mi desconsuelo fue mayor cuando utilicé la cura de Elliot para salvar la vida del príncipe. La cura hizo efecto al instante, su piel volvió a verse saludable y por última vez vi aquella sonrisa en sus labios. Por más agradecidos que estuvieran sabía que no podía quedarme, pues pronto reviviría su odio hacia mí, ya que las sospechas de que era una “bruja” se confirmaron.

Una vez que estuve libre corrí desesperadamente hacia las colinas que se perfilaban a lo lejos, aunque estaba consciente de que de esa forma no podía llegar a ninguna parte no había más por hacer. Ahora era yo quien se había rendido ante la muerte. Me desplomé en el suelo, después del gran recorrido que había hecho, pensé que ese sería mi último suspiro. Hubiera esperado quedarme allí eternamente hasta marchitarme, como lo vi hacer muchas veces a las hojas caducas que una vez en tierra morían.

Abrí los ojos y contemplé un hermoso paraíso ante mí. Una bella cascada alimentaba a un río que se mecía tranquilamente en su regazo. Reuní fuerzas para acercarme a la orilla y beber de aquella agua, su frescura me reanimó incluso mi paladar detectó un toque dulzón en ella. Un presentimiento me obligó a volver mi cara hacia adelante. Parado al otro lado del río había un enorme animal, el cual se había percatado de mi presencia y me miraba fijamente como si fuera un intruso. Su respiración era forzada y de su nariz salía aire en espumaradas.

í el correr del agua.

Su tronco era agraciado pero sus músculos marcados no dejaba duda de que se trataba de un ser salvaje que se había apropiado de estas tierras. Se fue acercando a mí, creí que la corriente interna del río lo detendría, pero sus pisadas lo clavaban al suelo, por lo que decidí que era tiempo de actuar. Corrí. Pero me detuve. Había aparecido un segundo animal, igual al que había dejado atrás, caí de bruces. Quedé debajo de él y cuando el anterior me encontró estaba resguardada debajo de su amigo. El segundo acercó su hocico a mí y olfateó mi cabello, mientras que el primero intentó lanzarse contra mí, pero el otro no lo dejó, pues con un sonoro rugido lo amenazó, lo cual fue suficiente para que se quedara quieto en su lugar. No entiendo bien lo que pasó, pero cuando me atreví a voltear el animal me miraba mansamente esperando una especie de presentación. Cuando comprendí que no había nada que temer le acaricié tímidamente sus orejas y éste me lo agradecí con un tierno resoplido. El primero seguía petrificado en su lugar pero su mirada me indicaba que en cualquier paso en falso me haría su

presa. Esto lo advirtió el segundo, pues le indicó que se hiciera a un lado para que yo pudiera levantarme, y así lo hizo. Cuando me levanté el segundo me examinó detenidamente, dio tres vueltas a mi alrededor y se detuvo frente a mí. Observé con agrado sus formas estilizadas que me recordaban a los cisnes pero con la constitución de los ciervos. Y cuando menos me lo esperaba desapareció el animal y en su lugar apareció un joven, y lo mismo le sucedió al primero. Dos jóvenes de unos quince años reemplazaron a los extraños animales. - No se asuste dama. Somos Tova y Ceseo, los guardianes del Río Fallon –hizo una reverencia– Disculpe la agresividad de mi hermano, pero tenemos que custodiar las aguas del río como si se trataran de nuestras propias vidas. - No tenía idea. Perdónenme, si hay alguna forma en que pueda remediarlo… - Con un perdón no basta, ¿no se da cuenta de lo que pudo haber ocasionado? –replicó Ceseo que seguía enfadado conmigo. - ¿Tan grave fue el que haya tomado agua? - Pudiste haberlo arruinado todo. - ¿Por qué es tan importante este río? - No lo entenderías, los humanos son tan estúpidos. - Ceseo no insultes a… –Tova me miró– ¿cuál es tu nom-

bre?

- Isolda. - Nuevamente Isolda, disculpa a mi hermano, pero no es la primera vez que ocurre. Este río es especial, sus aguas son las mismas desde el principio de la creación del mundo, así que si cayeran en manos de algún malvado… seguramente haría mal uso de ella. - Descuiden, mis intenciones son buenas. - Eso dicen todos –se mofó Ceseo. - No, pero yo digo la verdad. - Lo sé Isolda, por eso te protegí –me confesó Tova– Mi hermano es un poco bruto, pero yo sé que tienes un buen corazón. - Ya había oído eso por parte de otra persona, tal vez tú podrías ayudarme. - ¿Yo? No sé en qué podría ayudarte –hizo una ligera reverencia– pero haré todo lo que esté en mis manos por ayudarte. - Te lo agradezco, Tova. He estado buscando la cura para un amigo que es ciego. - ¿Y de qué cura estamos hablando? ¿Qué enfermedad tiene? - Pues…. es ciego. - ¿Y… qué más?

loca.

- Déjame ver si entiendo –Tova hizo una pausa– ¿tu amigo no ve y quieres que vuelva a ver? - Sí, ¿puedes ayudarme? - ¿Y por qué quieres hacer semejante cosa? –Tova parecía confundido. - Porque así va a ser feliz. - ¿Volver a ver, lo hará una persona feliz?—preguntó Ceseo. - Seguramente –contesté pensativa. - Qué curioso –Tova se rascó la cabeza. - ¿Por qué? –pregunté extrañada. - Porque en realidad tú lo que buscas es la felicidad para él, pero te has dedicado a buscar una cura a su ceguera, cuando eso no quiere decir que por dejar de ser ciego sea feliz. - Pero, ¿cómo va a ser feliz así? - Puedo asegurarte que mucha gente más que tiene vista es infeliz –dijo Tova– Pero si eres capaz de comprobarme que por devolverle la vista lo hará un hombre feliz te entregaremos lo necesario para que él vuelva a ver. Dejaron su forma humana y volvieron a convertirse en ani-

- Eso es todo, quiero que deje de ser ciego. - ¿Para qué quieres eso niña? –se burló Ceseo– Estás

males. Se perdieron a los lejos. Repasé lo que me acababan de proponer. Nunca me había cuestionado aquello, ¿realmente cuál era mi propósito para devolverle la vista a Elliot? Yo lo veía como una persona desdichada, su única compañía era un perro y nunca lo oí hablar de su familia, pero, ¿por qué relacioné esa carencia con su ceguera? ¿Acaso se pierden los seres queridos por dejar de ver? Los árboles siempre vivimos juntos, nunca nos separamos de nuestros allegados. Nuestro sentido de lealtad es tan fuerte que a falta de uno de los nuestros acabamos por desaparecer todos, pues nos erosiona la nostalgia del recuerdo del familiar perdido. Posiblemente Elliot estaba desapareciendo debido a la pena de haber perdido a su familia, y lo primero que desapareció en él fue la vista. ¿Y si recobrara la vista recobraría a su familia? Aparecieron a la misma hora. - ¿Qué pensaste? –me preguntó Tova. - Pasé el día pensando en eso y por más que in-tenté hallar una razón por la que Elliot sería feliz por ver, no la encontré.

- ¿Cómo? ¿Te das por vencida? –Ceseo inquirió. - Supongo, pero mientras no encuentre esa razón no puedo decir lo contrario. - ¿Qué vas a hacer Isolda? –intervino Tova. - Seguir buscando. - ¿Buscar qué? - La razón. Estaba segura que había una razón y yo la encontraría, no iba a abandonar a Elliot. - Tal vez ya la encontraste –sugirió Tova– pero no te has dado cuenta. - Escucha a mi hermano –agregó Ceseo– Sabe lo que dice. - No puedo volver con las manos vacías –me entristecí. - No lo harás, toma esto –me entregó un frasco– aunque Ceseo está en contra de que te lo dé, estoy seguro que no abusarás de este obsequio. - ¿Agua del Río Fallon? –me quedé en silencio. - Niña, ¿no te das cuenta de lo que eso significa? –dijo Ceseo con cierto enojo. - No. No sé qué significa, porque yo tomé de esa agua y no ocurrió nada. - Obviamente no te iba a ocurrir ningún cambio, pues el efecto del agua del Río Fallon sólo hace efectos en los hu-

manos –indicó Tova. - ¿Qué dices hermano? –ahora el confundido era Ceseo– ¿quieres decir que Isolda no es humana? - Así es –clavó su mirada en mí– ¿me equivoco, Isolda? - No soy humana, pero… –titubeé– ¿cómo supiste? - Tú y yo somos parte de la naturaleza, es fácil reconocer a los míos, lo que todavía es un misterio para mí es hasta cuándo piensas mantener esa forma, ¿no te es desagradable tener que ser humana tanto tiempo? - No me desagrada en absoluto –reflexioné lo que iba a decir –el tiempo que vaya a seguir como humana yo también lo desconozco, pero espero que sea lo suficiente como para verlo a él por última vez. Antes de irme, me explicaron que el agua que llevaba en el frasco tenía el poder para devolver lo perdido a una persona; de modo que Elliot recobraría la vista si tomaba de esa agua.

do poco a poco. A pesar de que ya estaba acostumbrada a la oscuridad necesitaba reconocer el lugar, pues no había dado con el camino correcto. Mis ojos me eran inútiles, y yo misma sentía inútil. Recordé la facilidad con la que Elliot se movía como si tuviera un mapa trazado en la mente. Tanteé el terreno, tropecé con algunas rocas y ensucié mi vestido de lodo.

mprendí un nuevo rumbo.

Aunque la dirección la elegí al azar tenía el presentimiento de que esta vez me llevaría a mi destino. La luminaria del cielo se fue apagan-

Cuando uno de los sentidos falla entonces los demás están más activos. Agucé el oído. Percibí una música a lo lejos, se trataba de una dulce melodía que susurraba a los árboles y a las flores para adormecerlas. Incluso el mismo viento ululaba en un intento de acompañar el ritmo de la sonata. Me dejé llevar por la música y vi a una mujer sentada en una piedra con una flauta entre sus manos. Su cabello dorado ondeaba en la penumbra y su piel inmaculada resplandecía por su blancura. Sus dedos se movían ágilmente para hacer vibrar las notas. Miraba de cuando en cuando a la luna buscando el alivio de alguna pena escondida en su alma. Cometí el error de pisar unas ramas, ya que ocasionó que el cántico se esfumara. -¿Quién anda ahí? –preguntó consternada. -Soy yo, Isolda. No quería interrumpirte, pero no pude resistirme a esa melodía, debía averiguar de dónde procedía. -Eres muy curiosa Isolda. No son horas para andar merodeando. -Siempre me gana la noche. - A mí también me gana, llevo todo el día tocando esta canción y todo parece igual.

- ¿Y qué tendría que cambiar? - Más bien, tengo la esperanza de que algún día volveré a verlo. - ¿A quién? - A Bastián. - ¿Huyó? - No –suspiró– se fue a la guerra. Es mi prometido. - ¿Qué te ha prometido? - Pues casarnos –río entre dientes la doncella– pero eso sucederá hasta que termine la guerra. Y le toco esta canción para darle fuerzas, para recordarle que lo estaré esperando aquí cuando vuelva, pues aquí mismo nos despedimos. - ¿Hace cuánto se fue? - Cuando la estación empezó. Pero eso es lo de menos, porque él va a regresar. Caminamos juntas por un sendero, me contó que vivía con su familia en una pequeña chabola instala-da a unos pasos de donde nos encontrábamos. Se llamaba Fátima. Era la menor y tenía cinco hermanos varones. Su prometido la había conocido en un pueblo cercano, ya que su familia se dedicaba a la crianza de caballos que luego vendían en los distintos reinos que visitaban. Bastián la había visto mientras cepillaba a uno de sus

mejores corceles, uno de crines plateadas. Estuvieron regateando el precio del animal, hasta que ella acabó por vendérselo al doble de la cantidad original, pues sólo lo entregaría a quien estuviera dispuesto a pagar una buena cantidad. El joven reconoció en Fátima unas cualidades que no había encontrado en las damas de la corte, esto se debía a que ella se había educado en el seno de una familia virtuosa, gustaba de la buena lectura y tenía un gran celo por la tradición familiar, al grado de manejar un talento especial para el arte equino. El caballero volvió un par de veces pidiendo consejo para tratar bien a su nuevo caballo. Fátima ponía todo de su parte para que Bastián comprendiera la importancia de que el jinete se identificara con su corcel. - Tienes que darle un nombre –dijo Fátima. -Lo llamaré Strategos –rió Bastián– que significa general. - Creo que le gusta. - Y, ¿volverás, Fátima? - No lo sé, hemos estado mucho tiempo aquí, y papá quiere volver a casa, pues dejamos sola a mi madre. - No puedo quedarme con la incertidumbre, ¿podría visitarte yo? - ¿A mi casa?

- ¡Claro!, montaré a Strategos por ir a verte. - Me haría muy feliz verlos a los dos. Pero no puedo decirte cómo llegar. - ¿Por qué? –preguntó alarmado. - Papá tiene los mejores corceles de los alrededores y siempre han querido robárselos, para evitarlo nuestro hogar está oculto para los mapas e incluso para los viajeros despistados con un poco de magia, sólo nosotros sabemos cómo llegar. - Pero yo no robaría sus caballos –Bastian tomó la mano de Fátima y la besó– sabes que iré solamen-te por ti. Fátima lo miró a los ojos, buscando la verdad en ellos. Comprobó que su corazón era sincero y por más que lo quisiera negar ella también quería verlo. - Hay una solución. - ¿Cuál es? - Cada estación lunar tocaré una flauta mágica, la canción te indicará el camino y la cúpula mágica que cubre nuestro hogar la inmunizaré para que puedas llegar, pero lo haré cuando la luna esté en lo alto del firmamento, para que ningún intruso dé con el lugar. Y así fue como Fátima volvió a ver a Bastian. Tuvieron que mantenerlo en secreto porque su padre no soportaría que su hija se viera con un hombre extranjero,

y menos que lo hubiera dejado entrar. Las estaciones pasaron y Bastian sólo pensaba en la próxima vez que volvería a ver a Fátima. - Fátima sabes que estoy enamorado de ti –le declaró Bastián un día– Y ya no soporto separarme una vez más de ti. Cada vez que veo la luna pienso en tu blanca piel y en tus labios rosados tocando esa dulce melodía para mí, pero me gustaría que ahora pudiera oír esa música eternamente… Fátima, no me equivoco al decirte que sería el hombre más feliz del mundo si fueras mi esposa, ¿te casarías conmigo? Fátima derramó algunas lágrimas pero su rostro son-reía, pensaba en sus padres y a la vez en cuánto amaba a Bastian. - Bastián, te amo, pero ¿qué les diremos a mis padres? - Les confesaremos todo, he estado esperando el momento en que dejemos de vernos en secreto. - ¿Crees que lo acepten? - Les hablaremos de nuestro amor, ¿podrán negarse a que dos personas se amen? - Tienes razón. Pero el corazón de Fátima estaba oprimido por la angustia de tener que enfrentarlos. Bastian la abrazó y después se arrodilló. - Entonces, querida Fátima, ¿te casarías conmigo? - Sí, Bastián, me casaré contigo.

Fueron con sus padres esa misma noche para darles la noticia. Las cosas no fueron como lo esperaban. Bastián tuvo que dejar a Fátima para que las aguas se calmaran, pero en cuanto hubiera un poco de paz regresaría. - Ni siquiera puede mantenerte –gritó su padre. -Nos apoyaremos mutuamente, podemos sacar adelante una familia entre los dos. - No sé cómo se atreve a pedir tu mano cuando no puede ofrecerte un buen hogar; míralo, Fátima, ¿acaso se ha esforzado por conseguir unas buenas tierras? Mientras no se posicione en la sociedad no voy a permitir que se casen; tú eres libre de hacer lo que quieras, nunca te he coartado tu libertad, pero piensa si estás dispuesta a perderlo todo por él. Fátima lloró amargamente el rechazo por parte de sus padres, pero el apoyo de sus hermanos la ayudaba a superarlo. Siguió tocando para Bastian y él no faltaba. - Lo haré –Bastián concluyó cuando Fátima le contó la condición que le había puesto su padre para que se casaran– me posicionaré entre los nobles del reino y entonces vendré por ti. - Bastian, no es necesario, deja que pase el tiempo y verás como mi padre lo olvidará y acabará por ceder.

- No. No pienso cruzarme de brazos, les de-mostraré que soy digno de ti. Pero merecer ese reconocimiento supuso un des-prendimiento mayor para Fátima, pues Bastian se fue a la guerra, era la oportunidad para ser nombrado caballero de la Corte del Rey, pero para ganarse el título debía arriesgar su vida. - He tocado la flauta desde que se fue, pienso que tal vez oirá la música aunque esté muy lejos. Si no hubiera tocado esta noche seguirías vagando por ahí. - ¿Volverás a tocar? - Sí. Bastian me dijo que volvería de la guerra antes de que iniciara esta estación, por eso he tocado tres noches continuas, mañana será la última; espero que sea la definitiva para que vuelva. Llegamos a su casa. Las luces eran tenues, pero la familia salió para recibirnos. Fátima les dijo que me había encontrado perdida en el bosque y que me había ofrecido un lecho para pasar la noche. Me saludaron cariñosamente, pues me veían todavía muy pequeña. Sus padres se llamaban Naím, aunque no estaba porque había viajado para vender caballos, y Sara; retuve con dificultad los nombres de sus hermanos: Aron, Malco,

Ulises, Robbi y Saúl. - ¿Y a dónde vas, Isolda? –me preguntó su ma-dre. - A casa. - Tendrás que reponer fuerzas, y me tendrás que dar tiempo para que lave tu vestido. - Muchas gracias, pero no se moleste… - No es ninguna molestia, es más, Fátima te puede dar uno de los suyos, tiene tantos, como es la única mujer la hemos consentido un poco. - No me quejo –reconoció Fátima. - ¿Tienes hermanas, Isolda? –preguntó Aron. - No. - Lástima. - ¿Sabes montar a caballo? –me preguntó Malco. - No, parece difícil. - Es facilísimo, con un día te enseñaría a mon-tar como el mejor jinete. - Has de tener hambre, te traeré del pan que mamá horneó –se ofreció Ulises. - Yo te traeré leche –agregó Robbi. - Muchas gracias –sonreí. - Nos alegra tenerte aquí, Isolda, recibimos muy poca visita, ojalá te puedas quedar un tiempo con nosotros –Saúl era el más emocionado con mi llegada.

Malco cumplió su promesa de enseñarme a montar, dijo que lo hacía muy bien; y antes de que anocheciera había aprendido la técnica. Saúl se ofreció a acompañarme para que agarrara confianza a una mayor velocidad. Llegamos a una colina cuya pendiente era llana, así que a una indicación suya la descendimos, aunque él fue el primero en llegar le pisé los talones por mucho tiempo. Ahora podría recorrer más rápido la tierra en busca de Elliot. - Quiero un caballo –le confesé a Saúl. - Es tuyo.

ntré a un nuevo mundo.

llon.

- ¿Qué quieres a cambio de él? - Cinco días. - ¿Cómo? - Sí, quiero que me des cinco días para que quieras quedarte aquí. - ¿Por qué me quedaría aquí? - Dame cinco días para demostrártelo. - Trato hecho. Llegó la noche y me escabullí. Vi a Fátima tocar la flauta a la luz de la luna. Pasó un tiempo considerable y empezó a hacer frío. - Fátima es tiempo de volver. - Pero… pero él dijo que vendría –dijo con tris-teza. - Tal vez está en camino, mañana lo vuelves a intentar. - Hoy era el día. Oímos a lo lejos el trote de un caballo. - Es él –se le abrieron los ojos. El jinete se detuvo delante de nosotras. - ¿Saben dónde puedo encontrar a Fátima? - Soy yo –Fátima estaba confundida.

- No, eso nunca. Quiero ganármelo. - Muy bien, ¿qué me darías a cambio de él? ¿Qué podía darle?... No le iba a dar el agua del Río Fa-

- Esta carta está a su nombre, temo que son malas noticias. Los dedos le temblaron, rasgó el sobre y desplegó la hoja. No tuve tiempo para asimilar lo que estaba pasando, pues de pronto encontré a Fátima en el suelo sumida en un profundo llanto. - ¿Qué…? ¿De quién es la carta? - De… de él, de Bastian –gimió. Me la entregó y la leí. Mi muy querida Fátima, la guerra está menguando el número de los nuestros. Todo parece indicar que pronto se acabará esta agonía, pero no sé si me encuentro en el bando de los vencedores. Temo más por ti, que por mí; por eso sería injusto pedirte que me esperaras por más tiempo. He escrito esta carta para que llegue a ti en caso de que muera. Tienes que ser fuerte, por ti; porque por mí puedes estar tranquila, muero sabiendo que te amé hasta el último de mis suspiros. Bastian

La abracé para consolarla, pero su pena era tan grande que parecía consumirse a cada segundo que pasaba. Como pude la llevé de vuelta a casa. Pasó la noche en vela, no pudo conciliar el sueño y dejó de derramar lágrimas cuando sus ojos se secaron de tanto llorar, su cara se demacró y su blancura se convirtió en una palidez sepulcral. El día llegó, y no me separé de ella. Ni siquiera yo podía creer lo que había ocurrido. Pen-sé que todavía cabía la posibilidad de que fuera un error, pero ella había perdido la esperanza, me recordó a Elliot. Sin embargo, tomé su flauta sin que ella lo supiera, y la toqué aquella noche… nada pasó. Lo hice dos noches más, y a la tercera me descubrió. - Deja de hacerlo –me suplicó. - Pero… - Por favor, es una tortura para mí. Dame la flauta. - ¿Qué harás con ella? - ¡Dame la flauta! –gritó enojada. - ¿La vas a destruir? - Lo que haga con ella no es de tu incumbencia. Cada vez me recordaba más a Elliot. El trote de un caballo nos interrumpió. Fátima miró asustada en la dirección del sonido. Era un caballo sin jinete.

Un hermoso caballo albino que relinchó al ver a Fátima. - ¡Strategos! –lo acarició y bañó su pelaje de abundantes lágrimas. - ¿Qué hace aquí? –cuestioné. - Viene a avisarme. ¡Bastian está vivo! - ¿Y por qué no vino con él? - No lo sé, pero está vivo. Esperamos, por si venía Bastian detrás, pero no apareció. Decidimos regresar. Todos se alegraron al ver que Fátima estaba mejor, pero no coincidían con ella sobre la resurrección de Bastian. - ¿Cómo puedes estar tan segura? –preguntó Aron. - Puede haber sobrevivido solo a la guerra –sugirió Malco. - ¿No hubiera venido él mismo si estuviera vivo? –completó Robbi. - ¡Qué necios son! Ustedes mejor que nadie saben que nuestros caballos nunca abandonan a sus amos, prefieren seguir la misma suerte que su dueño… es una señal. - Sea lo que sea, tienes que descansar Fátima –sentenció Ulises. Esta vez Fátima no durmió pensando en que volvería a ver a Bastian.

La esperanza le había cambiado el semblante, hasta sus mejillas estaban rosadas. Estaba feliz por ella, además siempre supe que él estaba vivo, como siempre he sabido que Elliot me está esperando. Fue imposible detenerla. En cuanto salió el sol, Fátima brincó de su cama para vestirse. Al salir decoró su cabello rubio con una flor del campo que había recién abierto su capullo. - Tocaré hasta que la garganta me sangre, hoy vendrá Bastian, de eso estoy segura. Pero la noche no trajo a Bastian. - ¿Qué le habrá pasado? - Tal vez no quiere que le esperes, sino que tú vayas a él. - ¿Por qué lo dices? - Si mandó a Strategos será por algo. ¿No será que quiere que cabalgues a donde te lleve Strategos? Si este caballo es tan fiel como tú dices, debe saber dónde está Bastian, él puede llevarte a él. - Suena razonable, pero no puedo ir sola. - Iré contigo. - No, no te pido que hagas eso por mí. - No es necesario que me lo pidas, después de todo lo

que has hecho tú y tu familia por mí es lo menos que puedo hacer para agradecerles. Esperamos al día siguiente para no caer en la trampa de algún bandolero en la noche. llevaría hasta Bastian. - Estoy dispuesta a pasar la noche aquí hasta encontrar a Bastian –declaró Fátima con firmeza. - Espero que no sea necesario porque pueden preocuparse si no llegamos –le advertí.

Dijimos que íbamos a dar un paseo y dimos comienzo a nuestra aventura. - Strategos, necesito que me lleves a donde quiera que esté Bastian –le susurró Fátima al oído del caballo. Strategos obedeció al acto y puso todo su empeño en avanzar lo más rápido que sus patas se lo permitie-ron. Yo la seguí, y más de una vez pensé que la había perdido de vista. Al llegamos a una aldea Strategos se detuvo. Bajamos de los caballos y caminamos entre las casas y tiendas. - ¿Sabe dónde encuentro a Bastian Cessal? –preguntó a un vendedor de fruta. - No conozco a ningún Bastian.

uardé su secreto.

- ¿Ha sabido de algún Bastian? –preguntó a una señora que jaloneaba a su hijo para que no se soltara de su mano. - ¿Bastian?... No - ¿Han llegado de la guerra algunos caballeros últimamente? –preguntó a unas damas que paseaban por la iglesia. - Me temo que no. Este es un pueblo bastante pacífico. Recorrimos la aldea varias veces, pero no nos dimos por vencidas, confiábamos en que la orientación de Strategos nos llevaría hasta Bastian. - Estoy dispuesta a pasar la noche aquí hasta encontrar a Bastian –declaró Fátima con firmeza. - Espero que no sea necesario porque pueden preocuparse si no llegamos –le advertí. - Mientras no lo encuentre no volveré. - No volveremos –le corregí y ella me miró con sus ojos risueños para agradecer mi apoyo. Buscamos un lugar donde pasar la noche. Examinábamos los rostros de las personas que encontrábamos en nuestro camino y no olvidábamos de preguntarles por el paradero de Bastian. Paramos a tomar una bebida y cuando Fátima estaba amarrando a Strategos, éste se soltó y se abalanzó hacia un grupo de gente. - ¡Strategos! –gritó Fátima.

La gente corrió despavorida, pero el caballo se tranquilizó gracias a una persona que se había enfrentado al animal para calmarlo. - Tranquilo bonito –le decía mientras acariciaba su hocico. - Muchas gracias –le dijo Fátima que seguía aturdida por el estrago causado por el caballo. - ¿Eres tú la dueña? - En realidad no –se excusó mientras examinaba que nadie hubiera salido herido. - Pues su dueño es una persona con suerte es un corcel magnífico, ¿cómo se llama? - Strategos –respondió todavía asustada por lo sucedido. - Strategos –repitió pausadamente. Fátima había estado distraída en el accidente y ni siquiera había visto al sujeto. Pero en cuanto oyó el nombre del caballo de sus labios no contuvo su emoción y sorprendida miró al hombre que tenía delante de sí. - ¿Bastian? –se leía en su mirada la conmoción por haberlo hallado. - ¿Disculpa? –le interrogó. - Bastian, ¿eres tú? - ¿Me preguntas a mí?

- Sí, tú eres Bastian. - No, no. Creo que te equivocas de persona. Mi nombre es Dorian. - No, tú eres Bastian Cessal. Estabas en la guerra, ¿por qué no me dijiste que estabas aquí? –no podía hablar porque sus ojos empezaban a llenársele de lágrimas. - Te digo que yo no soy ese tal Bastian. - Tengo la carta que me mandaste –la sacó de su bolsillo– ¿no es esta tu letra? - No lo creo, mujer –la retiró de su vista con la mano– Ya tengo que irme, me están esperando. - Soy yo quien llevo esperándote por mucho tiempo, ¿ya me has olvidado? - Estás loca –clamó enojado– yo no te conozco y deja de armar un escándalo… tú y yo no tenemos nada que ver. - Dorian, ¿qué ocurre? –una voz femenina se unió a la conversación. - Nada Michaela, esta mujer que tiene destro-zados los nervios porque su caballo se desbocó. - ¿Quién es ella? –preguntó Fátima indignada– ¿Y por qué te llama Dorian? - Vámonos Fátima –la tomé del brazo, pues estaba a punto de lanzarse contra ella. - ¡Suéltame! –se deshizo de mí y desapareció entre la

gente. La busqué por todos lados. No podía dejarla sola, en ese estado sería capaz de cualquier locura. No descansé hasta que la encontré sentada en una roca, viendo únicamente su flauta. En cuanto le toqué el hombro se deshizo en llanto, no tenía palabras para consolarla, sólo me quedé ahí, junto a ella. - ¿Me estaré volviendo loca de verdad? ¿Me habré equivocado de persona y en realidad él no es Bastian?... pero se parecían tanto. - Quisiera decirte lo contrario Fátima, pero me temo que él es Bastian. - ¿Cómo estás tan segura? - Lo que pasó hoy con Strategos no fue mera casualidad. Iba directo a Bastian, volvió junto a su dueño. - Pero, ¿por qué no me recuerda? –tragó saliva– ni siquiera sabía mi nombre. - Podría ser que haya perdido la memoria. - ¿Cómo? - Bueno, en una guerra es posible todo, pudo haber recibido un golpe en la cabeza que le afectara a su memoria. - ¿Y cómo devolvérsela? No… de pronto me di cuenta que yo tenía la solución en

mis manos, en un pequeño frasco que guardaba en mi bolsillo, pero yo tenía reservado ese contenido para otra persona. Me sentía mezquina y traidora, me había prometido hacer lo que fuera por ella, pero ahora estaba en juego lo que tanto había deseado para Elliot. - Fátima, mírame a los ojos –le pedí –necesito que me digas una razón por la que Bastian sería feliz si recordara todo, si recordara el compromiso que tenía contigo. - ¿Por qué? –sollozó. - Por favor, dímelo, sólo dímelo. Pensó un buen tiempo y la esperé mientras se me desbocaba el corazón, no sabía si estaba haciendo lo correcto, pero mi conciencia me lo pedía. - Bastian y yo fuimos muy felices juntos, pero estuve pensando en Michaela, imagino que la razón que ella tiene para ser feliz con Bastian es tan válida como la mía. Si me pides una razón por la que Bastian sería feliz recordando nuestro compromiso… es que yo estoy dispuesta a dar mi vida por él, por dedicarle cada segundo de mi existencia, pero mi razón se vuelve egoísta si le pido que rompa su compromiso con otra mujer. - Dejemos que él lo decida –le propuse– toca la flauta, estoy segura que acudirá, aún sin saber por qué lo hará. Fátima tomó la flauta dudosa de que fuera a tener éxi-

to, pero no tenía nada que perder. Con temor dio inicio a las primeras notas, pero logró entonar la misma melodía que la había oído tocar para Bastian. Imploré para que Bastian apareciera, pues todo era un mero presentimiento. Terminó de tocar y Fátima cerró los ojos dejando que la luna bañara su figura con su luz. - Es una música muy bella –murmuró Bastian que había aparecido de entre los árboles. - ¿Por qué has venido? –Fátima le preguntó con cautela. - Siento que he oído esa música en algún lugar, es borroso el recuerdo, ¿podrías volver a tocarla? La música silbó para él hasta que Fátima no pudo más. Él la miraba embelesado, no cabía duda de que se trataba de Bastian. Y si lo hubiera recordado se hubiera arrojado a los pies de su amada. Sólo yo podía hacer que fuera realidad. - Toma, has de estar sediento –le ofrecí agua de mi frasco. - Muchas gracias, pero creo que es hora de que me vaya. - No importa, llévatela –se la entregué– La tomarás a su debido tiempo, además es medicinal. Se marchó. Mi alma se rompió en dos cuando él despareció.

Tuve que cargar con mi pena yo sola. Ella pensó que todo se había terminado, pero le bastó verlo por última vez. Yo, en cambio, me corroía la incertidumbre de no saber si la tomaría o se la obsequiaría a alguien más. Debí haberlo forzado a tomársela, pero él no hubiera elegido; ahora debía confiar en Bastian. No perdimos ni un segundo más. Amaneció y montamos los caballos rumbo a casa. Todos estaban preocupados por nosotras, nos dieron una buena regañiza pero Fátima lo tomó como parte del riesgo que habíamos tomado al quedarnos. Estaba serena, era imposible saber los sentimientos

atima no entendió.

que guardaba en su corazón. Había madurado, desde que la conocí, y haber perdido a Bastian había sido una gran prueba que la había hecho crecer. - Y tú, Isolda ¿amas a alguien? –me preguntó una noche. - ¿Amar? –no entendí– nunca me lo había preguntado. - Debe haber alguien, si no te das prisa creo que Saúl va a exigir ese lugar. - ¿Saúl? ¿Exigir qué? - Eres muy inocente, Isolda; no te busca por simple pasatiempo, le agrada tu compañía. - Pero yo no puedo quedarme. - Lo sé, pero él quiere que lo hagas. - Para eso eran los cinco días. - ¿De qué hablas? - Me pidió a cambio de un caballo cinco días para que quisiera quedarme; pero yo no puedo hacer eso. - Se le destrozará el corazón. - Lo siento. - No te preocupes, yo lo consolaré. - ¿Podrías tocar la flauta por última vez? - ¿A qué viene eso? –parecía enfadada. - Bueno, tengo planeado irme mañana mismo, y quisiera oírte tocar por última vez.

- Eres una caprichuda –rió. - Por favor –le imploré. Sacó la flauta y tocó para mí. Sentía que había pasado tanto tiempo desde que llegué, sabía que los iba a extrañar pero debía conseguir la cura para la ceguera de Elliot. Nuevamente nos sorprendió el trote de un caballo. Fátima cortó de inmediato la melodía. Un jinete galopó hasta nosotras y se bajó de su montura para abrazar a Fátima que se había congelado en su lugar. - Mi querida Fátima –susurró. - Bastian –lloró en sus brazos. - He estado esperando desde hace unos días que tocaras para mi, tenía miedo que lo hubieras olvidado; en cuanto oí la flauta monté a mi caballo. - Bastian, ¿Cómo…? ¿Has venido…? - He venido por ti, una promesa es una promesa. Además tu padre estará complacido de tener como yerno a un caballero de la Corte del Rey. Fátima no podía dejar de llorar. - ¿Qué pasa Fátima? –dijo preocupado. - Creí que nunca volverías. - Perdona que me haya ausentado más de lo debido, pero ahora no nos separaremos nunca más. No cabía la alegría en mí.

El final que deseaba para ellos dos se había cumplido, ahora comprendía que no me había equivocado al entregarle el frasco, además Tova no me habría disculpado que lo guardara con recelo. - Bastian, te quiero presentar a Isolda. - Mucho gusto, Isolda. - El gusto es mío. Finalmente nos conocemos. - ¿Han hablado de mí? - Es el tema preferido de Fátima –le confesé. - Después de los caballos –bromeó. - Hablando de caballos, estoy preocupado por Strategos, lo perdí en la guerra. - Está aquí –lo calmó Fátima –está durmiendo en el establo. Por cierto Bastian, creo que deberíamos regalarle Strategos a Isolda, va a viajar mañana y necesita una montura. Ha hecho mucho por mí en este tiempo que has estado ausente, y quisiera que se quedara con él como agradecimiento. Agradecí el detalle de Fátima, pero dudé que Bastian me lo entregara. - Desde ahora lo mío es tuyo, si tú lo crees conveniente, yo no me opondré. La noche me pareció larga, sabía que me esperaba una buena cabalgada, tenía planeado regresar con Tova y Ceseo para pedirles un segundo frasco y des-pués regresar con

Elliot. Me despedí de todos con un nudo en la garganta no quería dejarlos, pero mi corazón me lo exigía. - ¿Volverás para nuestra boda? –me preguntó Fátima. - No lo sé, pero me hace feliz verlos juntos des-de ahora. - Aprecio mucho todo lo que has hecho por mí. - Hice lo que tenía que hacer. Saúl se entristeció cuando supo que me iba, aunque le di más de cinco días para que me convenciera para quedarme no había logrado nada. - Me quería despedir especialmente de ti –le dije. - ¿Por qué? –el tono de su voz era débil. - Porque me sentí en familia gracias a ti. - Lástima que no conseguí a cambio lo que quería –renegó. - Saúl, te ganaste mi corazón, pero ya estaba ocupado. - ¿Por quién? ¿No soy tan bueno como él? - Eres muchísimo mejor que él, pero hay algo en mí que no puede dejarlo. - Isolda, cuando encuentre a una chica como tú, y sin compromiso, me casaré con ella. - La encontrarás. Los dejé atrás.

Tenía miedo de volver la cara atrás, podría arrepentirme y olvidar a Elliot, así que dirigí mi mirada hacia el frente. Se pasó el día y no encontré señal alguna del Río Fallon, pero tenía que encontrarlo, si lo había encontrado una vez debía de volver a encontrarlo. No había planta ni árbol que reconociera. Me empecé a desesperar. Me encontraba en la mis-ma situación de siempre, sola y sin saber a dónde ir. Bajé de Stratergos para inspeccionar el camino, deambulé entre los arbustos pero sólo conseguí algunos rasguños. Me tumbé exhausta en el césped, tenía miedo de no encontrar a Tova y Ceseo, tenía miedo de que todo hubiera sido en vano y de que Elliot nunca volviera a ver. Las estrellas se habían reunido en el firmamento para acompañarme en mi angustia. Intenté calmar mi respiración que iba al compás de los rápidos latidos de mi corazón. Otra respiración se unió a la mía. ̶ ¿Isolda? –creí que no volvería a oír esa voz. Ahí estaba él junto a mí, con su cabello alborotado y su tez cobriza por el sol. ̶ Elliot –él me abrazó como nunca lo había hecho y no pude evitar unas lágrimas. Entonces comprendí que mi lugar estaba junto a él. ̶ ¿Por qué lloras Isolda? ¿No estás contenta porque nos

volvimos a encontrar? Después de que nos separamos estuve buscándote día tras día… sólo quería estar con mi Isolda. ̶ Lloro porque no sé cómo reparar lo que hice –oculté mi rostro entre mis manos Le conté toda mi travesía en el reino del rey Ziquem, cómo había obtenido la cura a su ceguera y la había usado para salvar al príncipe Conan; y de cuando me había encontrando con Tova y Ceseo quienes me habían entregado un frasco del agua del Río Fallon que usé para que Bastian recordara su amor por Fátima. ̶ Estoy orgulloso de ti. ̶ ¿Orgulloso? ¿No acabas de oír lo que dije? Podías haber vuelto a ver. ̶ ¿A costa de qué, Isolda? ¿De la vida de un hombre? ¿O del amor de una pareja? Parece que no estoy hablando con la misma Isolda que conozco. ̶ ¿Crees que hice bien? ̶ Por supuesto. Ahora yo te tengo que confesar algo, después de que te perdí me arrepentí de no habértelo dicho. Te amo, Isolda. ̶ ¿Qué quieres decir? ̶ Eso significa que yo daría la vida por ti y que si tú no estás a mi lado es como si estuviera muerto; y gracias a ti sé que la muerte es peor que la ceguera… ¿Tú sientes algo por

mí?

̶ Una vez me preguntaron cómo le hacía para enfrentar mis sufrimientos y respondí que con los buenos recuerdos; esos recuerdos son los que he pasado a tu lado. No sé si el amor se parece algo a eso, si no se parece a esto que yo siento por ti, es porque tengo algo más grande que el amor. ̶ Isolda –lo miré a los ojos y aunque su vista seguía nublada sabía que me estaba viendo– ¿puedes ver con tus ojos mi amor por ti? ̶ No –respondí. ̶ Pero, ¿lo sientes? ̶ Sí. ̶ Entonces no necesito de la vista, porque lo más valioso que tengo es invisible. Quería hacer de Elliot un hombre feliz curando su ceguera, pero él me enseñó que la verdadera felicidad sólo se encuentra aceptando lo que uno es para poder entregarse a la persona amada. ...

...Me quedé a su lado toda mi vida… …y la niebla que había endurecido el corazón de Elliot finalmente se disipó. Envejecimos juntos, él murió antes que yo, y el mismo día de su muerte tarareé la canción que Fátima me había enseñado. Yo morí también ese mismo día, me hice cenizas que plantadas en tierra germinaron hasta convertirme en un árbol que permaneció al lado de su tumba.

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