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PARA UN DIÁLOGO INCONCLUSO SOBRE «EL SOCIALISMO Y EL

HOMBRE EN CUBA»

Como he contado varias veces, por el honor que ello me significó, a


mediados de marzo de 1965 tuve la excepcional ocasión de coincidir con el
Che en un viaje en avión de Praga a La Habana, que resultó ser el último
que él hiciera abiertamente a Cuba; y también la ocasión, menos
excepcional, de que el avión, uno de aquellos Britannia de Cubana que ya
eran viejísimos, se rompiera al llegar a Shannon, Irlanda. Tenía dañada una
pieza por cuyo remplazo había que esperar. Ello me dio la oportunidad de
pasar unos días y noches conversando casi incesantemente con el autor de
Pasajes de la guerra revolucionaria. No sólo conversamos: nos
intercambiamos materiales de lectura. Él me dio, escrita a máquina, la carta
a Carlos Quijano conocida como «El socialismo y el hombre en Cuba»; yo a
él, mi ensayo «Martí en su (tercer) mundo», que no hacía mucho había
publicado la revista Cuba Socialista. Tras leer su carta, le expresé mi
acuerdo con lo esencial del texto, pero también algunas discrepancias, y el
Che me instó a hacerlas públicas. Le respondí, con palabras más rudas
pero equivalentes, que no creía que nadie en Cuba se atreviera a editar mis
discrepancias con «el héroe de Santa Clara» (así se conocía entones, por
antonomasia, al Che). «Yo», me respondió. Recordé cómo le interesaba
polemizar: incluso había creado una revista en su Ministerio de Industrias
con ese solo fin. Muchos años más tarde, gracias al libro del compañero
Orlando Borrego Che, el camino del fuego (La Habana, Ediciones Imagen
Contemporánea, 2001), conocí más sobre esa actitud suya. Cuando
Borrego nos autorizó a publicar en la revista Casa de las Américas (No.
223, abril-junio de 2001), tomada de ese libro, la carta a la amiga Sol
Arguedas escrita por Borrego, pero con añadidos fundamentales del Che,
por lo que en la revista aparecieron ambos como autores de una carta que
titulamos «Respuesta a “¿Dónde está el Che Guevara”?», se pudo leer de
puño y letra del Che: «si se negara el derecho a disentir en los métodos de
construcción (lucha ideológica) a los propios revolucionarios se crearían las
condiciones para el dogmatismo más cerril. Debemos convenir en que los
criterios opuestos sobre métodos de construcción son el reflejo de actitudes
mentales que pueden ser muy divergentes en ese punto, pero planteándose
honestamente el mismo fin.» A tales puntos de vista me acojo para leer en
público por vez primera, hoy 4 de junio de 2003, al inicio del homenaje que
se rinde al Che con motivo del 75º aniversario de su natalicio, la carta que
sigue, y de la cual di a conocer copia a la compañera Aleida March. En su
momento se la mandé, con destino al Che, a su secretario, el compañero
Manresa, junto con un poema mío donde, de alguna forma, proseguía mi
diálogo con el Che, esta vez centrándome en la tesis de que en las épocas
de transición como la que atravesábamos y atravesamos y que tanto
preocupaba al Che, vivimos hombres de transición. En el título original, el
poema mencionaba al «comandante Guevara», pero al cabo, por razones
que espero comprensibles, en vez del nombre del Che, puse el de un poeta
cubano entonces todavía injustamente casi olvidado, José Zacarías Tallet,
quien había escrito el notable poema «Proclama», que justificaba
involucrarlo en mis versos.
El envío resultó en vano. El Che, a quien ya me había dirigido también en
vano solicitándole colaboración para la revista Casa de las Américas, se
había marchado de Cuba, lo que yo ignoraba, a pelear en «otras tierras del
mundo». A su magnífica memoria dedico esta lectura de lo que,
desgraciadamente, resultó un diálogo inconcluso.

***

La Habana, 14 de mayo de 1965


Año de la Agricultura

Comandante Ernesto Che Guevara,


Ciudad.

Compañero comandante:

Tal como le prometí cuando me dio usted la oportunidad de leer por vez
primera su carta a Carlos Quijano, el director del semanario Marcha, le
estoy expresando por escrito algunas opiniones sobre ese trabajo, de tanta
importancia para nosotros.

En primer lugar, le ratifico mi acuerdo con la gran mayoría de las cosas que
usted dice allí. En algunos casos, ese acuerdo es todavía mayor ahora, lo
que quizá se deba a que esta nueva vez no leí el trabajo en un avión ni en
un hotel de aeropuerto, sino en el campo, en el momento de reposo que
teníamos al mediodía los compañeros de la Escuela de Letras y Arte que
habíamos ido a cortar caña por dos semanas. Pero sobre esos acuerdos no
es necesario insistirle: primero, porque sería redundante; y además, porque
es poco lo que sé sobre muchas de esas cuestiones. Desde luego, no es
fácil separar tajantemente unos temas de otros, y en algún punto es
probable que roce zonas límites.

Le dije entonces que usted es de los primeros en abordar con criterio


marxista militante ciertos problemas de lo que en la jerga de los filósofos se
llama «antropología filosófica». Con gusto me extendería sobre ello. Pero,
por las razones apuntadas, voy rápido a lo que, profesionalmente, me atañe
más en su trabajo; a lo único sobre lo que tengo un conocimiento y sobre
todo una experiencia un poco por encima de lo normal; y además, a la única
verdadera discrepancia: me refiero a algunas observaciones sobre el arte y
los artistas en Cuba.

Usted ha dicho con respecto a los problemas artísticos, cosas que


representan positivos pasos de avance. Pienso, por ejemplo, en su
enjuiciamiento de lo que ha sido llamado «realismo socialista», resultado,
afirma usted, de «un dogmatismo exagerado». Nosotros hemos eludido,
añade, ese error, el del «mecanicismo realista», pero hemos cometido «otro
de signo contrario»: y ello, por no haber comprendido «la necesidad de la
creación del hombre nuevo, que no sea el que represente las ideas del siglo
XIX, pero tampoco las de nuestro siglo decadente y morboso». Y más
adelante: «La reacción contra el hombre del siglo XIX nos ha traído la
reincidencia en el decadentismo del siglo XX.» Ahora bien: la rápida
identificación del siglo XX con la decadencia no es enteramente correcta.
Cuando en 1948 surgió la cibernética en los Estados Unidos, en la Unión
Soviética se apresuraron a fulminarla, ya que proviniendo del capitalismo,
que no era sino pura decadencia, ella no podía ser a su vez sino un
producto decadente. Hoy, la cibernética está hasta en la sopa en la Unión
Soviética, como en todos los países desarrollados del mundo. No podemos
tomar nuestros deseos por realidades, ni dejar de reconocer el carácter
complejo y contradictorio de un sistema que marcha hacia su ruina, pero en
cuyo seno hay ya, como no puede menos de ser, gérmenes del futuro. ¿De
dónde saldría el futuro, si no? El futuro no sale de sí mismo, sino del
presente. Ocurre algo relativamente similar en cuanto al arte, que no hay
que separar exageradamente de la ciencia, aunque a nadie escapan las
diferencias evidentes, sino, por el contrario, ver en algunos aspectos en
relación con ella, como en lo tocante a la amplitud de búsqueda y
experimentación que ambos requieren. Hay decadencia, por supuesto, pero
no todo es decadencia. Concretamente, hay que separar lo que en el arte
producido en el seno de las sociedades capitalistas es decadencia, de lo
que es vanguardia. Esto es lo que nos ha señalado un pensador marxista
italiano, Mario de Michelli, en su libro de 1959 Las vanguardias artísticas del
siglo XX —que sería muy interesante dar a conocer a nuestro pueblo, como
hicimos con el libro de Fischer La necesidad de arte—:

Esta es la situación que da origen a gran parte de la vanguardia


artística europea: al abandonar el terreno de su propia clase, y al no
encontrar otro en el cual trasplantar sus raíces, los artistas de la
vanguardia se transforman en desarraigados. Sin embargo, mezclar
en un juicio apresurado esos artistas con el decadentismo verdadero,
sería un error. Desde luego, no son pocas las experiencias del
vanguardismo que coinciden seriamente con las del decadentismo, o
forman parte de él; pero existe en la vanguardia un espíritu
revolucionario (que es su espíritu verdadero) que de ningún modo se
puede liquidar tan apresuradamente. La existencia de este espíritu se
hace evidente cada vez que un verdadero artista de la vanguardia
encuentra con las raíces un terreno histórico nuevamente favorable; o
sea, un terreno capaz de devolverle la seguridad de que la única
salvación consiste en la presencia activa dentro de la realidad, y no en
la evasión.

Si no comprendemos esta distinción entre lo que es decadencia, señal de


cosa moribunda, y lo que es vanguardia, obra de rebeldía y acaso anuncio
parcial del porvenir, no nos será dable explicarnos que muchos —la mayoría
— de los artistas de vanguardia, estéticamente hablando, sean también de
vanguardia en el orden político: pienso, por ejemplo, en el mayor pintor del
siglo, Pablo Picasso, cuya evolución artística, política, humana en general,
es ejemplar: su actitud favorable al arte africano, cuando joven, implicaba ya
una censura al colonialismo, que en sus salones oficiales mostraba un arte
convencional, mientras a nombre del «fardo del hombre blanco» oprimía a
pueblos capaces de crear belleza, y de influir sobre los propios países
capitalistas en su plástica y en su música. Ese mismo Pablo Picasso
pintaría después el impresionante Guernica con los instrumentos que la
vanguardia puso en su mano; y adheriría finalmente al Partido comunista,
no como una rectificación, sino como una culminación de su vida de
rebeldía y creación. De rechazar los módulos estéticos de la burguesía
decadente, a denunciar con energía en su obra el crimen nazifascista en
España, y militar luego en el partido de vanguardia de la clase obrera, la
línea es una. Otro tanto puede decirse de los poetas mayores que el
continente latinoamericano haya dado en este siglo: César Vallejo y Pablo
Neruda, para acercarnos a una órbita más nuestra. Y en los propios países
socialistas, ¿no han estado artistas provenientes de la vanguardia entre los
más altos creadores que haya ofrecido ese mundo? De la vanguardia
provenían Mayacovski, Eisenstein, Meyerhold, los constructivistas, la
pléyade magnífica que asombró al mundo a raíz de la gran Revolución de
Octubre en Rusia. Sólo las amargas vicisitudes que viviría después su
patria, única y heroica nación socialista durante largos y duros años, y ese
«dogmatismo exagerado» que en su aislamiento segregó el país, y sobre el
que ha hablado usted, pudieron dar al traste con ese movimiento —y por
cierto que también con la vida de algunos de sus protagonistas—. Alguien
tan poco sospechoso de desviaciones procapitalistas como Stalin, fue quien
calificó a Mayacovski de primer poeta de la era soviética. Y Mayacovski es
un representante ejemplar de artista de vanguardia, en el orden estético, al
servicio de la revolución. Por su parte, la República Democrática Alemana
tuvo el privilegio de contar con el dramaturgo más creador de nuestros
años: Bertold Brecht. Jamás abjuró Brecht de la vanguardia artística que él
encarnó admirablemente. Volvió a su patria en el momento de la
construcción del socialismo, y su obra, su ejemplo, su tradición
revolucionaria son celosamente mantenidos allí.

Todo verdadero artista de vanguardia, lejos de identificarse con la


decadencia del mundo capitalista, rechaza ese mundo podrido, con sus
crímenes, sus convenciones, su codicia, su hipocresía. Incluso el arte de
aquellos artistas de vanguardia cuyo desarrollo político no está al mismo
nivel que su desarrollo estético, ayuda a combatir al mundo de ayer —y
desgraciadamente, en parte de hoy— y anuncia, en forma que no podemos
prever, algo del mundo y del arte de mañana. Pero, desde luego, no hay
que engañarse sobre este último: el arte de mañana lo harán los hombres
de mañana. Si nosotros les hacemos su arte, ¿qué es lo que van a hacer
ellos? El siglo XXI hará el arte del siglo XXI. Nosotros, el de nuestro siglo. Y si
ese arte nuestro, necesariamente de tránsito, rechaza lo que hay que
rechazar y anuncia lo que hay que anunciar, los hombres de mañana
encontrarán en él alguna utilidad y alguna belleza. Pero harán otro arte, por
supuesto.

Me he extendido sobre estas generalidades, porque nos atañen. Lo que


usted llama nuestra «reincidencia en el decadentismo del siglo XX» no es tal:
muchos de nosotros también rechazamos el decadentismo, pero no
podemos dejar de admirar la vanguardia: sabemos que ella es el pasado,
pero también sabemos que de ella está saliendo ya, al contacto con la gran
realidad presente, el arte nuevo. En la medida en que nuestro arte haya
podido formar parte de eso que se llama vanguardia, no podemos sino
asentir cuando leemos en De Michelli (y perdóneme que lo cite por segunda
vez, subrayando algunas líneas):

Desde luego, no son pocas las experiencias del vanguardismo que


coinciden necesariamente con las del decadentismo, o forman parte
de él; pero existe en la vanguardia un espíritu revolucionario (que es
su espíritu verdadero) que de ningún modo se puede liquidar tan
apresuradamente. La existencia de este espíritu se hace evidente
cada vez que un verdadero artista de la vanguardia encuentra con las
raíces un terreno histórico nuevamente favorable; o sea, un terreno
capaz de devolverle la seguridad de que la única salvación consiste
en la presencia activa dentro de la realidad, y no en la evasión.

¿Cómo no reconocer esto —no hablo del aspecto cualitativo, sino de la


dirección, del sesgo general—, en muchos (o al menos en algunos) de los
nuevos narradores, los nuevos poetas, los nuevos dramaturgos, los nuevos
cineastas, los nuevos dibujantes, los nuevos artistas de la Cuba nueva?

Cuando usted aborda la situación específica de Cuba en este aspecto,


comienza por afirmar que «la desorientación es grande» (lo que no creo que
sea aplicable sólo a Cuba, ni sólo al arte en Cuba, donde en todos los
órdenes se busca, se experimenta, de acuerdo con ese método con que
trabaja la naturaleza y a veces la misma historia, y que es llamado «ensayo
y error»). Después añade que «no hay artistas de gran autoridad que a su
vez tengan gran autoridad revolucionaria». Supongo que esos artistas de
gran autoridad sean aquellos que disfrutan de reconocimiento mundial por la
calidad de su obra, en verdad magnífica. En otras palabras: se trata de Alejo
Carpentier, Nicolás Guillén, René Portocarrero, para mencionar a unos
cuantos, provenientes todos, desde luego, de la vanguardia. Por lo menos
habría dos cosas que decir sobre ellos. En primer lugar, que cualquiera de
ellos podría vivir cómodamente fuera del país: si no lo hacen, si incluso
varios han venido a residir aquí, es porque se sienten plenamente
identificados con nuestra revolución (en la teoría y en la práctica), cuyas
alegrías y cuyos riesgos comparten. Por otra parte, la edad promedio de
estos compañeros está entre cincuenta y sesenta años. ¿Es esa la edad
promedio de los compañeros de gobierno? Evidentemente, no. Es menester
ver a esos compatriotas que disfrutan de gran autoridad artística como
clásicos vivientes más bien que como hombres que vayan a actuar
dinámicamente en este momento; a pesar de lo cual, lo hacen,
contribuyendo en alguna medida a orientar nuestra vida cultural.

Pero al ir a considerar a «la generación actual» —la que es coetánea de los


compañeros del gobierno—, la situación, según usted, es más grave. Lo
único que puede hacerse con ella es «impedir que... dislocada por sus
conflictos, se pervierta y pervierta a las nuevas generaciones». Al principio
del párrafo, usted había dicho que «la culpabilidad de muchos de nuestros
intelectuales y artistas reside en su pecado original: no son auténticamente
revolucionarios». He subrayado la palabra muchos, la cual hacía esperar
que junto a ellos había otros que sí eran auténticos revolucionarios. Pero
más adelante, ya se ha pasado a una generalización que acaba por
englobar a toda «la generación actual».

¿Es eso así, Comandante? Es decir, ¿es cierto que 1) La nueva generación
de escritores y artistas tiene un pecado original. 2) Ese pecado original
consiste en que no es auténticamente revolucionaria. 3) La única tarea que
los compañeros del gobierno pueden realizar con esa generación es de
naturaleza negativa: impedir que esa generación, dislocada por sus
conflictos, se pervierta y pervierta a las generaciones más jóvenes?

Vamos por parte: en primer lugar, hemos entrado en el difícil terreno de las
metáforas, donde no siempre es posible saber lo que quieren decir
rectamente las palabras, o lo que el autor quiere que ellas digan. El
«pecado original», como concepto, proviene de la tradición judeocristiana, e
implica una tara de la cual no es responsable aquel que la sufre, y que
nunca podrá ya quitarse de encima. ¿No le parece a usted que para un
revolucionario marxista no hay «pecado original» alguno, y que el hombre,
en primer lugar, es responsable sólo de sus actos, y en segundo lugar,
puede con esos actos modificar ciertas condiciones, revolucionar lo exterior
y revolucionarse él mismo? No estamos condenados de antemano, como
creían los calvinistas. Podemos transformarnos, hacernos otros, mejores.
¿No lo ha hecho el pueblo de Cuba? ¿No somos nosotros parte de ese
pueblo? Una segunda metáfora viene a asestarnos nuevo golpe, y a
quitarnos toda esperanza: pretender tales cambios en nuestra generación
(es decir: en los intelectuales y artistas que vendrían así a ser quizá los
únicos que no pueden aspirar a cambiar en este país) es «intentar injertar el
olmo para que dé peras». La metáfora proviene esta vez del refranero
castellano, y si la entiendo bien quiere decir proponerse un imposible, ya
que nunca un olmo ha dado peras.

Aquí pasamos al segundo punto: ese «pecado original» consiste en que


muchos escritores y artistas cubanos —entre los que luego se encuentra,
sorpresivamente, toda la generación actual, sin excepción alguna— no son
auténticamente revolucionarios. Cuando leí la primera parte, asentí: en
efecto, muchos escritores y artistas cubanos no son auténticamente
revolucionarios, y esto ha dado lugar a no pocas confusiones. Por cierto que
esto les es aplicable a todas las actividades y profesiones del país: muchos
de los que las practican no son auténticamente revolucionarios. Sin
embargo, he insistido en otras publicaciones, de aquí y del extranjero
(precisamente en Marcha, por ejemplo), en que, en cuanto profesionales, el
caso de los escritores y artistas dista mucho de ser el más grave en este
sentido: comparativamente, se han ido de Cuba muchos más médicos,
ingenieros, abogados, profesores, etc., que escritores y artistas. En cuanto
a los que han quedado en el país, claro que puede decirse de unos y otros
que muchos no son auténticamente revolucionarios; pero también que otros
sí, o al menos que aspiran sinceramente a serlo.

Al principio, decía, asentí. Cuando vi la alusión ensancharse hasta abarcar a


toda la generación actual, sin distinción alguna, ya no pude asentir. De
compañeros que han fundido sus vidas personales con la de la revolución, y
quieren correr su propio destino; de compañeros que estuvieron, como
milicianos, donde se les ordenó estar cuando Playa Girón y cuando la Crisis
de Octubre; de compañeros que sirven no sólo con su trabajo artístico, sino
con otros trabajos, a la construcción del socialismo (cuando muchas veces
podrían recluirse en sus casas sólo para escribir ficción o pintar); de
compañeros que han ido con satisfacción al trabajo voluntario; de
compañeros muchos de los cuales podrían también vivir cómodamente
fuera, y han preferido y preferirán siempre vivir en su patria revolucionaria;
de compañeros cuya obra intelectual y artística, por su inquebrantable
voluntad de servir con ella a la revolución, es presentada a veces por
enemigos, y hasta por amigos tibios, como simple repetición de consignas
que en realidad son experiencias que han vivido y viven entrañablemente;
de compañeros que sienten orgullo en militar en las filas de la revolución
cubana, que ellos creen tener el derecho de llamar también nuestra
revolución: de esos compañeros, comandante Guevara, puede decirse algo
más que ese «no son auténticamente revolucionarios». Por ejemplo: puede
decirse que aspiran a ser auténticamente revolucionarios. Es decir, lo que
se dice de nuestro pueblo todo, del que formamos parte con entusiasmo.

¿Que nos queda mucho, muchísimo por hacer? ¿Quién puede dudarlo?
¿Que entre aspirar a ser auténticamente revolucionario y serlo de veras
media un espacio grande? Bien lo sabemos. ¿Que los escritores y artistas
que vengan después, formados ya enteramente por la revolución, deben ser
mejores? Si así no fuera, la vida no valdría la pena de ser vivida; la
revolución no valdría la pena de ser hecha. Mis hijos deben ser mejores que
yo; los suyos, mejores que usted. Y no sólo en cuestiones de arte. Pero eso,
sólo si nosotros hacemos nuestra tarea. Y nuestra tarea, en todos los
órdenes, sólo podemos hacerla nosotros, no pueden hacérnosla otros. No
podemos cruzarnos de brazos (o quedar históricamente engavetados o
sobrellevados) porque los que vengan luego van a ser mejores, ya que
entonces los que vengan luego serán peores.

¿Que hay muchos conflictos en nosotros? Por supuesto. Los hay en todo el
pueblo de Cuba. No puede ser de otra manera. En psicología, usted lo sabe
mejor que yo, se llama «conflicto» más o menos a lo que en otras
disciplinas sociales se llama «contradicción». ¿Quién negará que hay
contradicciones en Cuba? ¿Quién negará que hay conflictos en nosotros?
La contradicción es el motor de la vida histórica tanto como de la vida
personal. Frantz Fanon, que además de gran teórico de nuestros pueblos
era siquiatra, y que usted conoce quizá mejor que nadie en Cuba, escribió:
«El conflicto no es sino el resultado de la evolución dinámica de la
personalidad.» Aunque es indudable que en algunos casos esos conflictos
llevan a resultados catastróficos, ¿no pueden ser vistos otros en sentido
positivo, como testimonios de esa evolución dinámica, y de la inserción en
la vasta problemática de nuestra revolución? Los que están de espaldas a
ella, los que se niegan a esa experiencia dramática, hermosa, cancelan o
sustituyen esos conflictos: sólo los que la viven entrañablemente los
conocen. Intentar prescindir de ellos no puede sino llevar a esa falsa
evaporación de conflictos que se dio en el realismo socialista, y cuyos
resultados negativos usted ha censurado lúcidamente. ¿Por qué esperar en
nuestros artistas una actitud cuyas consecuencias lamentables se han
rechazado en otros artistas? Las contradicciones existen, los conflictos
existen, y no pueden ni deben ser evadidos. Hasta ahora, lejos de pervertir
a todos nuestros artistas jóvenes, lo que en realidad sería inconcebible, han
ido llevando al grupo más original, creador y valioso, a una fusión de obra y
vida con la revolución. Su enjuiciamiento severo, válido sin duda para una
parte, no puede ser extendido a todos, como es natural. Vea usted lo que de
algunos de ellos ha dicho Ángel Rama, el crítico de Marcha, publicación que
ha de merecerle respeto, pues a ella envió usted su trabajo:

A ellos les ha correspondido una tarea de transformación poética de


las más difíciles y considerables: descubrir, con un instrumento culto y
afinadísimo, las nuevas zonas de la multitudinaria vida cubana, pasar
de una lírica subjetiva a una lírica que engrane hombre privado y vida
revolucionaria en un solo trazo creador. Un poco la experiencia de los
futuristas rusos, en particular de Mayacovski, y que, por hacerse por
primera vez en español, tiene una enorme importancia, y es, por
muchos conceptos, una experiencia que toca a la América inminente.
[Se trata de poetas] cuya honestidad artística y cuya devoción a la
causa revolucionaria son innegables, y que por lo mismo son
excelentes testigos de los cambios de una lírica renovada.

Y Enrique Anderson Imbert, el mejor historiador viviente de la literatura


hispanoamericana, y un amigo de nuestra revolución, escribió:

En Cuba, la revolución de Fidel Castro y la implantación de un


régimen de tipo comunista creó, entre los poetas, un ánimo nuevo.
Aun aquellos que antes de la revolución se habían distinguido por la
finura de su lirismo personal, ahora aprendieron a cantar los temas de
la colectividad, sintiéndose parte del radicalísimo experimento político.

Yo diría que los espíritus más alertas y revolucionarios del mundo entero
han sabido reconocer esto, así como la importancia de la gran libertad
concreta de creación que hay en Cuba, sin que vayamos ahora a pretender
de golpe una densidad cultural comparable a la de un país desarrollado.

La viceburguesía cubana echó a un lado, como trastos, a nuestros


escritores y artistas. Nuestra revolución ha hecho de sus escritores y
artistas hombres integrados al proceso histórico, lo que no puede sino
llenarnos de alegría y responsabilidad. En vez de considerarnos olmos
estériles para siempre, nos ha considerado trabajadores de la patria
socialista. Como todos los trabajadores, tenemos todavía mucho que
aprender, mucho que hacer, mucho que mejorar. Estamos dispuestos a ello
—y claro que no hablo sólo por mí, aunque tampoco pueda hacerlo por
todos—. Eso supone proponerse (y proponernos) metas positivas, no sólo
negativas, en ese orden.

Usted dirá que he escrito muchas páginas para comentar unas cuantas
frases. Es cierto: pero ello es un testimonio de la importancia que tienen
para nosotros no sólo su vida sino también su pensamiento; si es que cabe
separarlos, que no lo creo. No suelo prodigar elogios ni usted suele
tolerarlos, pero todo cuanto usted hace nos merece la mayor atención. Su
trabajo se ha propuesto una tarea esencial: contribuir a hacer más
inteligibles los logros y las metas de nuestra revolución, los cuales, por
remitir a una sociedad nueva, remiten sobre todo a un hombre nuevo. Creo
que el mejor modo de demostrar el interés que tiene para nosotros su
empeño es comentarlo, repensarlo, conversarlo, incluso cuando no estemos
enteramente de acuerdo en algún punto, como ha sido aquí el caso.
Además, le había prometido estas líneas. Ojalá no hayan sido demasiadas.

Reciba también nuestro saludo, si usted me lo permite, «como un apretón


de manos o un “Ave María Purísima”».

Patria o Muerte.

Roberto Fernández Retamar