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QUÉ ES LA PSICOTERAPIA

Por Marcelo R. Ceberio

Resumen
El artículo desarrolla, de manera reflexiva y crítica, qué se considera psicoterapia en la
actualidad. Intenta buscar una definición, desde una perspectiva sistémica, permutando y
actualizando terminologías comúnmente usadas en la conceptualización clásica.
Fundamentalmente, y para ser coherente con el modelo que propugna, parte de la salud y no de
una visión patologizante de los conflictos humanos. De allí se entiende que los términos, por
ejemplo entre otros, “paciente”, “tratamiento”, “curación”, “enfermedad”, competen a un viejo
paradigma y solo conservan su usanza a fines prácticos de comunicación profesional.
En todo el trabajo se trata de sintetizar una definición que reúna y articule claramente, ideología,
teoría y pragmatismo.

Palabras claves
Consultante, trabajo terapéutico, responsabilidad, salud, uso del diagnóstico, resolución de
problemas.

Abstrac
The article develops, with criticism and in a reflexive way, what is considered by
psychotherapy nowadays. It looks for a definition from a systemic stand point, changing and
refunding concepts that are belongings of the classic thoughts.
Mainly, and in order to be coherence with the advocated model, the work begins from a
healthy point of view about the human problems and not from a pathological look. So, from here,
words as patient, treatment, recovering and illness, can be understood under the old paradigm and
this thoughts are useful in order to establish a professional communication. The article tries to
summarize a definition which involves ideology, theory and pragmatism.

Important words
Consultant, therapeutic work , responsability, health, use the diagnostic, problems resolving.
Cuanto más tiempo transcurre de trabajo clínico, más es el convencimiento de la
alta complejidad que reviste a los juegos de la comunicación humana. Cuanto más tiempo
transcurre (y por fortuna), no deja de asombrarnos ese nivel tan complejo y tan
pragmático por sobre el que realizamos inferencias y abstracciones en el intento de
desentramar semejante red de interacciones.
Todo parece lindar con la magia. Pero nada más alejado de ella que la
comunicación humana. Nada más concreto como el título del libro que le hace honor:
Pragmatic of human comunication (La teoría de la comunicación humana.1967), donde se
sintetizaron las ideas primigenias del genio creador de Gregory Bateson y su grupo
pionero.
40 años transcurrieron de aquellas primeras gestas y hoy, todavía, el paradigma
cibernético no ha logrado desplazar del todo a la linealidad epistemológica. Hay gente que
continúa depositando culpas en el partenaire, sin darse cuenta que con sus conductas
influencia las reacciones del otro. Hay docentes, que siguen adjudicando la deficiencia en
el aprendizaje de su grupo sin cuestionarse si son deficientes sus técnicas didácticas. Hay
terapeutas, que no se autocritican en sus estrategias como inefectivas de cara al no
cambio del paciente, sino que hablan de las resistencias de éste a crecer y hacer
modificaciones.
Pero, más que desplazamiento de un paradigma por otro -ya que en Psicología es
factible la convivencia de modelos- podríamos hablar de complementariedad o, para ser
más precisos, de diferencia de niveles lógicos (la linealidad puede concebirse como un
tramo o una secuencia parcial de un proceso circular de orden superior).
Hoy 40 años después, no hemos perdido el asombro. Hablar de psicoterapia
continúa siendo un tema en controversia. No porque se niegue su efectividad (hasta hace
unos años este era un tema cuestionado a este nivel, hoy solamente puede mostrar la
ignorancia de los que cuestionan), sino porque son múltiples los puntos de vista como
para lograr definirla de una manera clara. Cualquier descripción demostrará la concepción
ideológica, teórica y epistemológica del que la define, variando desde perspectivas
clásicas hasta las más modernas posiciones, pasando por las banales,
hiperintelectualizantes y las bizarras.
Podríamos definir a la psicoterapia -de manera aparentemente simple- como la
relación de dos personas, en la que una asiste a consultar a otra -idónea y capacitada en
resolver problemas humanos- con el objetivo de solucionar su propio problema. La
persona capacitada da en llamarse terapeuta y la persona que consulta paciente. Más allá
de los motivos que originan los problemas por los que se consulta, la psicoterapia puede
realizarse de manera individual, pareja, familia o grupo.
La pericia del terapeuta, consiste en haberse capacitado en un modelo de trabajo
psicológico compuesto por una serie de procedimientos, técnicas y estrategias clínicas,
que se hallan sistematizadas y que se aplican de acuerdo a los particulares de cada
situación.
Si las definiciones, encierran marcos de significación propios del que las
construye, es menester discriminar una serie de puntos que caracterizan a tal
conceptualización. Por ejemplo, esta definición de psicoterapia no incluye los términos
tratamiento ni curación, términos que pueden ser sustituidos por trabajo terapéutico y
resolución. Estos conceptos colocan sobre el tapete, la diferenciación entre la vieja y
nueva definición de psicoterapia. Aunque hablar de vieja y nueva, no resultarán rótulos
afortunados para aquellos que continúan explicando a la psicoterapia de manera clásica,
como una forma de tratamiento que tiene por objetivo curar a las personas. Esta
definición, esta sostenida teóricamente en el sentido médico, es decir, la concepción del
tratamiento como una metodología que conlleva una serie de pasos a seguir en pos de
curar la enfermedad del paciente.
Pero el hecho de curar, implica la creencia de entender a la persona que consulta
como un enfermo (hecho que también denuncia la concepción biológica-médica), aunque
la enfermedad como tal también cobra su grado de relatividad, puesto que puede
explicarse o definirse desde diferentes ámbitos de conocimiento. De esta manera, nos
encontramos estableciendo diferenciaciones entre las polaridades de salud y enfermedad
y, a su vez, puntos de convergencia con lo que da en llamarse normalidad y anormalidad.
En el campo práctico, existe una equidistancia que homologa los términos
normalidad y salud, de la misma manera que los conceptos de anormalidad y
enfermedad, aunque no del todo sinrazón, ya que parcialmente coinciden. Tal vez, la
diferencia principal radica en que ambos baremos son construidos en relación a dos
variables independientes (en apariencia), pero que en realidad funcionan en total
interdependencia: la variable científica y la social.
En la primera antinomia -normalidad/anormalidad- se entrevé que el polo de lo
normal se establece a partir de la asociación entre común y mayoría. Los patrones de
normalidad, son creados mediante casuísticas y recuentos estadísticos que permiten
nomenclar como normal a todo fenómeno que se dé en amplios porcentajes en el
contexto social. Por tanto, todo elemento que se aparte de la franja estipulada por la
media esperable, será considerado anormal. La base de estas aseveraciones, parten de
un análisis sociológico.
En el ámbito científico se elabora la segunda antinomia -salud y enfermedad-, en
donde la desviación o degeneración del correcto funcionamiento -en términos biológicos-
es considerado enfermedad. Si el médico, bioquímico, biólogo, etc., descubre tal proceso,
aplicará el tratamiento adecuado que le permita corregir dicha desviación, cuestión que el
sujeto pueda retornar al estado esperable: la salud.
Lo cierto, es que ambas antinomias se elaboran a través de la convergencia de
factores científicos y sociales, y resulta una utopía aislar ambos territorios como
compartimentos estancos, más aún, cuando se articulan e influencian de manera
recíproca. Uno va de la mano del otro y resultaría un error otorgarle relevancia a alguno
de ellos. Pero no siempre se encuentran puntos de coincidencia entre salud y normalidad,
puesto que a veces, los patrones estadísticos no arrojan los resultados esperables para
esta asociación. Por ende, no quiere decir que todo lo que se considere normal sea
sinónimo de salud (por ejemplo, la mayoría de las personas tienen caries, razón por la
que es normal, aunque no quiere decir que sea saludable).
Por otra parte, el baremo de normal o anormal se relativiza aún más cuando se
involucra al contexto. Mientras que en cierto tipo de sociedades, algunos hechos son
considerados normales, en otras, forman parte de la esfera de la anormalidad. Es el
contexto, entonces, el que delimita la diferenciación.
La definición de salud de la OMS (Organización mundial de la salud) condensa,
por así decirlo, el marco científico y social, señala que: la salud sugiere el completo
bienestar psicofísico, mental y social, y no solamente ausencia de afecciones o
enfermedades.
Curar, en este sentido, implica corregir una desviación. La desviación puede
observarse tanto en el significado científico como en el social. La enfermedad, es una
desviación respecto de lo esperable en tanto funcionamiento adecuado. Lo anormal es el
apartamiento de la norma. Si hablamos de problemas humanos, estamos señalando
(desde una perspectiva cibernética) una desviación de la energía que bloquea la
posibilidad de homeodinamia del sistema.
En síntesis, curación sugiere introducirse en el campo médico, aunque la
enfermedad como tal exceda este campo. No obstante, enfermedad y curación son
terminologías que se apropió el campo de la medicina. Introducidas en la definición de
psicoterapia, estos conceptos, de alguna manera denuncian una concepción que parte de
la patología y no de la salud. Ya en los comienzos del siglo XX, el mismo Freud señalaba
que todos somos neuróticos y bajo esta premisa, la acción de la psicoterapia deviene en
un arte de curar coherente con la filosofía médica de la cual se origina.
Diferente concepción es pensar al ser humano, no como un enfermo sino como
una persona con problemas a resolver. Pero tampoco se trata de ir tan lejos, como para
desconocer la existencia de alteraciones de factores biológicos y bioquímicos en ciertas
patologías de alto tenor como la psicosis o las depresiones graves, etc.. Es indudable,
que este punto nos hace entrar en otras cuestiones de orden nosográfico. O sea, para
muchos -y principalmente sistémicos en sus posiciones más ortodoxas- la clasificación de
patologías psiquiátricas (DSM IV, por ejemplo) no son consideradas enfermedades y
menos problemas de un individuo, sino conductas resultado de disfuncionalidades en las
interacciones de las personas con su entorno. Las clasificaciones psiquiátricas se crearon
con la misma orientación que la medicina tradicional, pero resulta extremadamente difícil
(y suponemos que a los que confeccionan la clasificación también), abarcar totalmente la
diversidad de sintomatologías posibles. Este mismo fenómeno sucedió en el siglo XVII,
cuando se comenzaron a elaborar las primeras nosografías, de las que años más tarde
Kraepelin se constituiría en uno de sus máximos expositores.
Los manuales de diagnóstico psicopatológico, conciben al ser humano de manera
lineal y monádica y centran la patología en la persona, lejos de entender a la
sintomatología como causa y efecto del entorno. Poco, en realidad se ha desarrollado
acerca de diagnósticos relacionales. Sobre la base del DSM IV, algunos autores -con la
venia de la pragmática sistémica- han creado modelos de trabajo clínico y descripciones
relacionales sobre, por ejemplo, los trastornos distímicos y las depresiones
(Linares.1996), trastornos fóbicos y de pánico (Nardone.1992.1997), trastornos
psicosomáticos (Onnis.1998), trastornos esquizofrénicos (Bateson.1962, Jackson.1967,
Selvini.1981), Anorexia y bulimia (Selvini. 1981).
Permutar el concepto de enfermedad por problema, implica entender al hombre en
relación con y no como un sujeto aislado. Implica entender diferentes niveles de
complejidad, en donde las dificultades pueden rápidamente complicarse y transformarse
en problemas que bloquean los desarrollos evolutivos individuales y del sistema donde la
persona se halla inmersa. Más allá, que hablar de persona con problemas suena menos
descalificante que persona enferma. Tengamos en cuenta, además, que hay pacientes
que asisten a consulta y que se hallan enfermos, ya sea porque padecen alguna
enfermedad orgánica o psicosomática (ya sea úlceras, alergias, asma, cáncer, etc.) y si
bien la enfermedad incidirá o creará un trastorno psicológico, tal vez, no será el centro de
su motivo de consulta.
Cambiar el término tratamiento por trabajo terapéutico, va de la mano con la
distinción anterior. La palabra tratamiento, se halla en directa relación con las acepciones
de curar y enfermedad, es decir, la trilogía enfermedad, curación y tratamiento pertenecen
a la misma concepción médica de los problemas psicológicos. Hablar de trabajo
terapéutico, sugiere formar un equipo de trabajo (el terapeuta más el paciente) que, bajo
una planificación estipulada, tiene como objetivo el cambio y la modificación del problema
que lleva a la crisis a la persona.
En esta dirección, la relación entre terapeuta y paciente debe concebirse como un
diálogo, una conversación terapéutica simétrica y horizontal, en el intento de suprimir el
juego de poderes que hace del profesional una posición por arriba frente a una posición
por debajo del paciente. Este interjuego, que raya con una concepción no solamente
teórica sino ideológica, permite establecer un compromiso más sólido por ambas partes y
un diálogo más distendido y afectivo. No obstante, desde la práctica clínica, la relación
entre el profesional y el consultante siempre está teñida de una asimetría por múltiples
razones. Pero tal distinción de niveles, está sostenida tanto por un juego de dos en donde
existe un adjudicatario (el paciente) y un profesional que acepta este lugar.
Entre las razones que justifican tal asimetría relacional se hallan, por ejemplo, la
figura del médico o del psicólogo como profesionales universitarios que implica
adjudicarles mayor capacidad que el común de la gente, actitud que se traduce en
idealización del profesional. También, la urgencia de ser ayudado del que consulta, lo
posiciona en el lugar del necesitado frente a otro proveedor; de la misma manera, que uno
de los interlocutores es el que presenta el problema y el otro las herramientas para
solucionarlo.
Aquejado y abatido, en general son dos resultantes de los coletazos de la crisis
que aqueja a la persona; con semejante posición down se favorecerá la asimetría. Pero
no solo este es uno de los factores, la persona torturada por un problema o sufriendo un
trastorno, con el paso del tiempo y sus intentos ineficaces para resolverlo, socava de
manera lapidante su autoestima, elemento que -como la cereza corona la crema- termina
de acentuar la diferencia de posiciones en el juego terapéutico.
Pero habría que diferenciar -sino se cae en un modelo que en su aplicación resulta
utópico- que una cosa es que la relación terapéutica de por sí sea asimétrica y otra es que
el terapeuta incentive con sus comportamientos tal diferenciación de niveles, mediante,
por ejemplo, el trato de Ud. como toma de distancia rígida, uso de guardapolvo para trazar
una distinción con el paciente, gesto impertérrito cuidándose de no reaccionar
alevosamente ni siquiera con una mueca que altere la neutralidad, negarle al paciente ir al
lavabo si lo solicita, no permiso para el humor, etc..
No obstante, no estamos emitiendo un juicio de valor negativo acerca de la
asimetría relacional. Más aún, es la misma asimetría la que permite que el efecto de la
palabra del profesional esté revestida de un mayor efecto de persuasión. La atribución
semántica que el paciente le otorga al mensaje de su terapeuta, posee un nivel de
jerarquía que produce un mayor resultado en dirección al cambio. Son numerosas las
oportunidades, en que escuchamos que el marido hace tiempo le dice a su esposa, el
amigo a su mejor amiga, la cuñada al esposo de su hermano, etc., el mismo mensaje que
le transmite el terapeuta, pero el paciente le da otro tipo de credibilidad.
Otro de los elementos a discriminar en esta definición de psicoterapia, es el
término designado para la persona que consulta: el paciente. Paciente significa el que
espera ser atendido y esto, en cierta forma, traza una distinción de asimetría en la
relación. Paciente, también deriva de la terminología médica y ha sido apropiada por el
mundo de la psicoterapia, aunque otros rótulos han sido empleados no sin éxito, pero
parece que el vocablo paciente es el que más afincado aparece.
Por ejemplo, la escuela de Palo Alto (al igual que Rogers) ha implementado el
término cliente realizando una distinción con el término paciente. Por ejemplo, la madre
llama para realizar una consulta por los trastornos escolares de su hijo menor. Si el
terapeuta toma una primera entrevista y entrevé los conflictos de esta madre con su
marido e invita a la próxima sesión al esposo para desarrollar sesiones de pareja, el hijo
es el paciente pero los clientes de psicoterapia son los padres. A veces, paciente y cliente
coinciden. Pero más allá de tal distinción, llamar a la persona que consulta, cliente, es
coherente con la filosofía que concibe a la psicoterapia como un espacio para resolver
problemas y no para realizar un tratamiento para curar. También, parece apropiado
mencionar a la persona como consultante, es decir, el que asiste para consultar una
opinión, una orientación de los pasos a seguir para resolver el problema.
Un término inteligente, es el que designa a la persona como usuario (el que usa un
servicio). Este rótulo, encierra un concepto que desestructura e invierte la asimetría por
debajo en favor del consultante. Esta forma de llamar al paciente, se crea en los servicios
de salud mental de Trieste (Italia), donde por ley se abolió el uso de los manicomios en
toda Italia. Usuario deriva del latín uto que significa uso. Se permuta el que espera se
curado (el paciente) por usuario, por entender que el profesional se halla a su servicio. Se
quiebra entonces, el verticalismo tradicional por la horizontalidad.
Entonces, en el espacio de la psicoterapia se recibe el diseño para la resolución
del problema consultado. El terapeuta, planteará sus hipótesis y actuará en consecuencia,
hipótesis que son estructuradas de acuerdo al modelo de pensamiento que adhiera el
profesional. A pesar que desde una perspectiva sistémica, la concepción de la terapia
aparece como una conversación terapéutica, lejos se encuentra de ser emparentada con
el diálogo que pueda desarrollarse con un amigo, con un familiar o con una compañera de
trabajo. El estilo, la relación, el formato de conversación, pueden ser similares, pero la
distinción que se establece es en el contenido, o sea, en lo qué se dice.
El terapeuta hablará como un amigo con el paciente (en la forma): simétrica,
horizontal, afectiva, circular, respetuosa, pero el contenido de lo que intenta transmitir
labra la diferencia: estará poblado de estrategias y técnicas. En la conversación con un
amigo se aplica el sentido común, que muchas veces es el que lleva al más de lo mismo y
más del mismo resultado. Mientras que el mensaje del terapeuta, demuestra la
experiencia clínica y los años de estudio del profesional (aunque a veces también se
equivoca y aplica el más de lo mismo).
El terapeuta es el que, según los casos, guía y orienta al paciente. Lo provocará,
introducirá el humor mediante un chiste o una historia graciosa, lo estimulará, mandará
acciones a realizar, contendrá como una madre, un amigo, un hermano o un marido,
teatralizará en el centro del espacio de la sesión, contará un cuento, preguntará y
preguntará de una manera poco ortodoxa, respetará silencios. Es el que muestra el
camino menos utilizado y posible en dirección al cambio, o redefine el camino transitado
alguna vez y que ha dejado de utilizarse hace mucho tiempo, o tal vez, inventa un nuevo
camino. Es el que ejercita permanentemente su hemisferio derecho y el de sus pacientes,
en pos de la creatividad intentando ver y crear otras perspectivas de la realidad inventada
hasta el momento.
El terapeuta, es el que revisa hábilmente soluciones intentadas fracasadas y trata
de encontrar la vías directas o paradojales para la solución. Es el que maneja la palabra
en discursos explicativos y redefinidores; o la emoción, trabajando con los afectos y los
sentimientos más profundos; o mediante su propio cuerpo, tal como si fuese un
instrumento de intervención, dramatizando, acercándose o alejándose de manera precisa,
utilizándolo en el momento y en tiempo adecuados. En síntesis, utilizará multiplicidad de
recursos con el objetivo de ayudar al paciente a resolver sus problemas.
Todas estas articulaciones son posibles gracias a la formación profesional del
terapeuta. La capacitación mediante cursos de Posgrado, trainning de formación teórica y
de práctica clínica, jornadas de trabajo consigo mismo mediante talleres vivenciales de
genograma, hacen del ejercicio de la profesión un arte sublime. Pero cualquiera de estas

maniobras, a veces hablipuladoras , otras directivas, otras más flexibles y otras que son
desarrolladas en un down estratégico, etc., siempre deben estar coronadas por la ética y
la responsabilidad, condiciones sine qua non de la relación terapéutica.
Etica, que insta a actuar de manera idónea y que lleva a que un terapeuta se
sincere consigo mismo asumiendo cuáles son los límites de sus posibilidades de trabajo
terapéutico. Responsabilidad, que entiende que el terapeuta debe comprometerse con la
tarea y hacerse cargo de la parte que le toca en ese trabajo en equipo que implica la
relación terapéutica. Tanto como una como otra, en sinergia, colaboran para incrementar
o crear el bienestar en el paciente.
Todas estas propuestas generales, dependerán del estilo del terapeuta, la persona
del paciente, el problema consultado, la interacción de ambos y el contexto donde se
desarrolla la sesión. El estilo que será moldeado por procesos identificatorios con los
maestros de formación, las características de personalidad, las experiencias personales
de vida, entre otros factores. Aquellos elementos que llevan a que la persona del
terapeuta, tenga mayor facilidad para implementar una connotación positiva o una
redefinición, o un desafío o cualquier recurso de hipnosis ericksoniana, por ejemplo.
La persona del paciente en función de la retórica, su estilo conversacional, sus
rasgos analógicos, características de personalidad, etc., que hacen que -como en
cualquier conversación o relación humana- el interlocutor se sienta más atrapado,
cómodo, con cierto malestar o le genere directamente rechazo. El problema por el que se
consulta, también es otra de las variables, es decir, si el contenido de lo que dice el
paciente toca algunos elementos no elaborados en la historia del profesional y crean
cegueras o malestar o sensaciones desagradables en la interacción. Todos estos puntos
crean una relación, un tipo de interacción que permitirá el crecimiento o el estancamiento
del vínculo y, por tanto, la evolución favorable del problema consultado.
Por último, es el contexto en donde transita todo este interjuego el que pone su
sello de influencia y las reglas de juego de la interacción. Si la consulta es desarrollada en
un hospital público o en consultorio privado; si es en terapia intensiva o en la casa del

Hablipular es un neologismo que deriva de la palabra manipular, que significa obrar con las
manos. Hablipular se entiende a los manejos de la persuasión para llegar a ciertos objetivos, en
este caso el cambio del paciente.
paciente, etc., son factores que incrementan, alientan, retrotraen, aceleran o enllentecen
el proceso terapéutico.
Un elemento importante que debe incorporarse en la definición de psicoterapia, es
que la relación terapéutica está mediatizada por el dinero. El paciente le paga a un
profesional para ser escuchado y recibir una devolución que lo lleve a mejorar su calidad
de vida. Dentro del contrato terapéutico, el manejo de lo económico obliga a establecer
pautas claras que eviten futuras confusiones y de esta manera, sostener un vínculo claro
limpiando obstáculos, por así decirlo.
Tal como lo mencionamos en el artículo acerca del contrato terapéutico, tanto el
terapeuta como el paciente entregan algo. El paciente parte de su vida, sus afectos, sus
problemas, sus cosas cotidianas, entre otras cosas; el terapeuta, por su parte, entrega su
sapiencia, conocimientos, su afecto y su experiencia. Pero el medio que inicia la
interacción, más allá del problema de consulta, es el económico, puesto que la
psicoterapia puede ser concebida como una prestación de servicios.
Tanto si fuese una consulta privada, mediante obra social o si se desarrolla en un
hospital público, el dinero es el medio de subsistencia del terapeuta y es el que hace
posible la oficialidad del trabajo de la psicoterapia. Algunos podrán criticar esta posición
rotulándola de fría y hasta comercial, pero el profesional no escucha e intenta solucionar
problemas humanos por hobbie sino que es su trabajo.
La psicoterapia, puede se entendida -en términos cibernéticos- como un agente
estabilizador del caos. Es un instrumento técnico que opera negentrópicamente. O sea,
opera como un núcleo corrector de las amplificaciones o fugas que el sistema genera
mediante el problema. Más precisamente, y no solo eso, también desestructura la
estabilidad homeostática que genera el fracaso de los intentos de solución fallidos en pos
del problema.
Cuando se habla de agente de corrección, puede sonar ideológicamente fascista,
aunque nada más alejado que emparentar a la psicoterapia con nociones políticas de
derecha, cuando el espacio de reflexión que crea ayuda a pensar a las personas y a no
aceptar pasivamente las cosas que le suceden, sino aprender a criticarlas y cambiar.
No obstante, puede verse en torno a la psicoterapia multiplicidad de opiniones,
muchas de ellas involucradas con la política. En Cuba, por ejemplo, se criticaba la
aplicación del Psicoanálisis por considerarlo al servicio de sumisión social y adjudicarle al
psicoanalista, la función de agente de corrección social como un sinónimo de represor. Al
mismo tiempo, en las décadas del ´70 y ´80 en la dictadura militar, en Argentina, se
prohibía el Psicoanálisis u otra forma de psicoterapia por emparentarlos con políticas de
izquierda (llámese enseñar a pensar y a no someterse pasivamente). Cualquiera de estos
extremos, condenaba a la psicoterapia. Es que cualquier sistema -familiar, pareja,
individual, social, etc.- se resiste al cambio y la psicoterapia es un espacio oficial de
cambio.
Tal vez, la pregunta de cómo será la terapia del futuro nos llene de preguntas y de
incertidumbre. Nos queda pensar, si libros como el que en este momento, Ud. lector, esta
leyendo, continuarán en vigencia. Es decir, si el cambio por la palabra, si la
implementación de estrategias y técnicas y la conversación terapéutica, seguirán siendo
parámetros efectivos para el cambio. O si el auge de las más acérrimas posturas
organicistas, de la mano de los grandes monopolios de la industria farmacéutica, elevarán
a los psicofármacos como la única vía de acceso a la solución: poca palabra y más
ingesta. O si se crearán otras formas de psicoterapia, que ni siquiera nuestro hemisferio
derecho puede actualmente aventurar o predecir.
Todo, en cierta manera, dependerá del tipo de sociedad en donde se aplique la
psicoterapia. Isomórficamente, si la aparición de ciertos trastornos poseen una total

convergencia con la sociedad en donde surgen (son causa y efecto al mismo tiempo) , la
psicoterapia es producto e influencia al núcleo social de donde nace. Por ejemplo, y como
se halla planteado en el libro La construcción del universo [Ceberio y Watzlawick.1998],
podríamos decir que la Terapia breve de Palo Alto muestra el pragmatismo de la sociedad
americana de donde surgió. O si un modelo tan fuerte como el Estructural, que
implementa la provocación y el desafío como parte de sus técnicas, no necesitó (desde
sus comienzos) este tipo de intervenciones de cara a trabajar con una población como la
del Bronx americano. De la misma manera, que el modelo freudiano fue una corrosiva
teoría que confrontó a la rigidez y a la represión de una sociedad victoriana.
De momento, pensar el futuro de la psicoterapia nos llena de dudas, pero donde la
duda no cabe, es que en mayor o menor medida este futuro depende de lo que
construyamos cotidianamente hoy en nuestros consultorios.
Es importante, que la concepción de la psicoterapia encierre la importancia del
vínculo afectivo entre el profesional y el paciente. Lógico resulta diferenciar que, con
algunos pacientes puede haber mayor predilección que con otros, de igual forma que
sucede en cualquier relación humana. La cuestión afectiva, tan relegada por los modelos

Cabe hipotetizar, que trastornos como los ataques de pánico o las fobias colocan un freno al ritmo
estresante de ciertas sociedades; o las mismas depresiones, son manera poco saludables de
poner límites a actitudes invasivas, maníacas, etc.
de psicoterapia, es un campo que también no excede a lo sistémico. La Teoría General de
los sistemas y la Cibernética, tan racionales como teorías, llevaron a que se relegue
desde los comienzos la puesta en marcha del trato afectivo en la interacción terapéutica,
de la cual Virginia Satir es su bastión.
El afecto en el vínculo terapéutico, es un posibilitador de intervenciones y de
cambio. El afecto es el que marca la pauta de sensibilidad, plasticidad, el que imprime el
sentimiento y el tenor emocional en ciertas partes de los mensajes, el que contacta con el
cuerpo y maneja los espacios de acercamiento y alejamiento, etc.. Pero además, se
ofrece como un modelo relacional, principalmente en aquellos pacientes rígidos y con
dificultades en expresar sus emociones.
Uno de los elementos por los que se caracteriza la terapia sistémica, es la gama
de estrategias y tácticas clínicas. Y no es para menos. La escuela comunicacional, ha
basado sus conocimientos en los diversos estudios de la comunicación humana, los ha
sistematizado y teorizado y, por ende, ha creado técnicas que permiten agilizar, destrabar,
incrementar, entre otras cosas, el flujo de la comunicación entre las personas.
Por estrategia, entendemos a cualquier planificación articulada y coordinada que
posee un objetivo predeterminado. Para el logro de tal objetivo, es necesaria la
organización y utilización de recursos de manera adecuada. El vocablo estrategia, deriva
del griego strategos, que significa general, no en vano este término se aplicó en el siglo
XVIII para referirse al arte de la guerra. Así puede ser definido como el arte y la ciencia de
utilizar las fuerzas políticas, económicas y militares de una nación durante la paz y
durante la guerra para lograr el máximo apoyo a las fuerzas políticas nacionales.
Si bien, nada más alejado que la guerra como propósito de la psicoterapia, una
planeamiento sobre el trabajo terapéutico permite la utilización al máximo de los recursos
del paciente en pos del cambio. A su vez, las maniobras que se realizan -como acciones
concretas- para posibilitar arribar a buen puerto, son denominadas tácticas (aunque en
numerosas oportunidades este término termina homologándose con estrategia y creando
confusión). Muchas de estas maniobras son técnicas que, como tales, están
estandarizadas y sistematizadas. Es decir, todas la técnicas son parte de las tácticas,
pero no todas las tácticas son técnicas. Las tácticas son producto de la espontaneidad y
creatividad del terapeuta a diferencia de las técnicas que están más estandarizadas y
cuya creatividad radica en saber cuándo y cómo aplicarlas.
La aplicación de tácticas y técnicas, dependerán de la planificación estratégica que
se haya elaborado. En este sentido, están subordinadas a la estrategia a seguir, o sea, se
hallan en un diferente nivel lógico. Tanto las estrategias como la aplicación de tácticas y
técnicas, dependen en gran medida de la combinación de creatividad y conocimiento
teórico.
Tanto en la gama de técnicas, como las tácticas aplicadas por el terapeuta que
son de su propiedad (fruto de la espontaneidad), pueden dividirse -de manera gráfica- en
tres tipos de intervenciones:

A) Las intervenciones verbales, que son aquellas que se desarrollan en el contexto de la


sesión. Se caracterizan por el nivel de persuasión, la capacidad de directividad, el cambio
de marcos semánticos, entre otras cosas. Muchos de estos refinados usos del lenguaje,
hallan sus orígenes en la hipnosis ericksoniana. En estas intervenciones, el terapeuta
sabe cuando debe provocar, utilizar la resistencia, usar el lenguaje del consultante, contar
una historia, etc.

B) Las intervenciones corporales (uso del cuerpo), son las que se implementan mediante
técnicas corporales como el Psicodrama, de expresión corporal y ejercicios y juegos
gestálticos. Pero además, se incluyen aquí todo lo que involucra al lenguaje analógico, es
decir, todo lo que involucra la gestualidad, las acciones y el uso del cuerpo en el espacio
de la sesión (acompañar una intervención verbal acercándose al paciente, colocar una
mano en el hombro, imponer un gesto frente a una expresión verbal del consultante, etc.).

C) Las intervenciones de acción, principalmente se desarrollan fuera del contexto de la


sesión y son las clásicas prescripciones de comportamiento, que encuentran sus
fundamentos también en la hipnosis ericksoniana. Estas tareas para el hogar, necesitan
como prólogo una aguda y obsesiva exploración y un uso del lenguaje preciso y poblado
de sutilezas persuasivas, para que las acciones prescritas se traten de ejecutar
(prevalentemente en aquellas tareas de tipo paradojal, que rayan con el absurdo).

Cabe concebir a la relación terapéutica, como una coreografía en donde se


implementan los tres tipos de intervenciones. Esto no quiere decir, que un terapeuta deba
manejar con total pericia toda la gama de técnicas, ya que entraríamos en el terreno de la
utopía, pero seguramente algunas serán de su predilección, otras tendrán su sello de
fábrica (el terapeuta posee una habilidad natural en realizarla), mientras que otras serán
incorporadas formación clínica mediante.
Lo importante en esta danza de intervenciones, que requiere un agudo
entrenamiento, es incorporar la habilidad de detectar cuál es el momento para introducir el
tipo de intervención adecuada y con qué pacientes. Más aún, y que todo este desarrollo
se realice con extrema espontaneidad para no caer en imposturas que generen
resistencias que atenten con el objetivo que se pretende: el bienestar humano.

BIBLIOGRAFIA
• Bateson G., Haley, J., Weakland, J. Hacia una teoría de la esquizofrenia. 1962. En Jackson, Donald
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El Dr. Marcelo R. Ceberio, es psicólogo y Dr. en Psicología por la Univ. de Barcelona y


Kennedy de Bs. As. y Máster en Terapia Familiar de la Univ. Autónoma de Barcelona. Dirige
la Escuela Sistémica Argentina (ESA) y es profesor de diversas Universidades nacionales e
internacionales. Es autor de numerosos artículos y libros.