COMUNIÓN, cualquier día Una de las cosas mágicas que tiene una larga travesía es el grado de comunión que

sientes con el barco, que llega a ser algo tuyo que al mismo tiempo te posee, pues dependes enteramente de él, tal como una simbiosis. Esto es un proceso gradual, que requiere varios días. Lo primero es alcanzar la marinización de tu cuerpo, que es la adaptación al nuevo medio, al balanceo y al ritmo de guardias, comidas, distancias, intimidad, etc... Corresponde a la aclimatación de los montañeros antes de atacar una cumbre. En mi caso bastan unos 3 días Paralelamente a este proceso está el de asimilación de las nuevas técnicas y rutinas, que para un neófito como yo y para un barco y un capitán como el mío no te sientes absolutamente seguro de lo que haces hasta pasada una semana. Aquí incluyo el aprendizaje del vocabulario técnico para atender todas las órdenes y su ejecución y excluyo adquirir la destreza para llevar el espinaker (eso es otra guerra). Conforme vas recorriendo millas y asimilándolas, uno se hace sensible a cualquier pequeña variación de las condiciones de navegación, y no necesariamente se ha de estar en el puente para percatarse de ellas. Estando acostado en el camarote se llega a intuir la velocidad del barco por el ruido del burbujeo del agua sobre el casco. Un cambio sonoro muy claro se producía cuando superábamos los 9 nudos, como un ronroneo característico que se escuchaba muy bien desde el interior. El balanceo lateral del barco da una indicación de las velas enarboladas. Si es una suave oscilación de babor a estribor significa que navegas de empopada con dos posibles configuraciones, bien a orejas de burro o con el espí. Pero como el espí que llevábamos era asimétrico, estos balanceos se podían diferenciar. En cambio si siempre andas más o menos escorado en la misma banda (lado) es porque llevas mayor y foque. Sabiendo esto y según el ángulo de escora o inclinación se puede estimar la velocidad del viento. Y finalmente el estado de la mar se nota por el cabeceo. Con mar de fondo los cabeceos son largos pero pronunciados. Esto no quiere decir que no haga falta salir fuera comprobar la situación de la mar, sino que estando en el interior dedicado a otras tareas o descansando se puede tener una buena idea de lo que está pasando arriba. Las guardias nocturnas agudizan los sentidos, en especial el oído, pues al estar pendiente de muchos parámetros de la navegación, asocias el rumor-murmullo con valores numéricos. No sé cómo el cerebro se dedica a filtrar toda esta información y a correlacionar sensaciones con velocidades y ángulos. Algo parecido ocurre con las condiciones metereológicas. Según cómo se muestra el sol al amanecer o el tipo de nubes en el horizonte se puede tener una idea del tiempo en las horas siguientes. Esta es la magia del mar. El capitán es el brujo. Y yo el aprendiz. Por eso me toca limpiar la cubierta cada 3 o 4 días!  Una de las buenas sensaciones cuando se está durmiendo en caso de mal tiempo es que es otro el que está aguantando el tipo con el viento o los rociones arriba, mientras tú estás calentito en el saco. Aunque también se es consciente de que la siguiente guardia es la

tuya. Y mientras te estás preparando para el relevo, preparas un té, que luego compartes mientras dura el cambio. Da mucha tranquilidad saber que otro compañero está de guardia y que vela sobre nosotros. Aunque no la suficiente los primeros días pues el capitán se levantaba en cualquier momento de la noche para ver si verdaderamente estábamos haciendo la guardia o dormitando. De improviso asomaba su cabezón y preguntaba a bocajarro cual era la velocidad del viento, del barco, el rumbo o si había un barco en el horizonte. E inmediatamente lo comprobaba para asegurarse que estábamos pendientes de todo. Se fumaba un pitillo y desaparecía por la escalera. En verdad la guardia nocturna me gustaba pues era la única dosis diaria para estar solo y llenarme los sentidos de mar, de paz y de este rítmico arrullo, como el swing existencial de esas inmensas negras cimbreando la cintura en las iglesias protestantes de África! Cuanto amor cabe en un corazón? Uno de mis pasatiempos favoritos durante la noche era otear las estrellas. Si había suerte y el cielo estaba despejado, todo el firmamento se presentaba desnudo ante mi mirada escrutadora, y empezaba reconociendo en primer lugar la Cruz del Sur, que se presenta como los extremos de una cometa con una quinta estrella de menor magnitud en uno de los lados largos. El Sur se encontraba sobre el eje mayor a 4 diagonales largas de distancia a partir de la base. Esta constelación era fácil de localizar: bastaba con elevar la mirada por la aleta de estribor (trasera izquierda) y rastrear un poco. Siempre se encontraba allí o nosotros siempre manteníamos el mismo rumbo. Era cómo comprobar que seguíamos bajo el manto protector de los dioses. A continuación buscaba la constelación del Centauro, que rodeaba a la primera en posición erguida. Más al Sur ya no reconocía nada, así que siguiendo hacia el norte la constelación de Escorpio era otra de las figuras más reconocibles. Dando un salto, o bien esperando la rotación del firmamento según la hora, aparecían el Águila y el Delfín. A partir de aquí tenía que echar mano de mi mapa celeste del hemisferio Sur para seguir rastreando. Otro pasatiempo era mirar por la popa la estela luminosa que íbamos dejando. El plancton que flota en el mar se cabrea cuando le pasamos por encima y se vuelve fosforescente de rabia. Cuando un barco avanza se forman en la proa y en la popa unas olas que forman unos 45 grados con el barco, como si fueran bigotes. Además en la popa del barco aparecen unos remolinos que junto a los bigotes originan la estela. El movimiento del barco y las olas hacen que siempre se muevan y parezca que nos siguen. Para los que como yo tienen una orientación técnica, la estela es la más viva representación de un vector de fuerza. Un vector se representa por una flecha, y en este símil las dos puntas de la flecha corresponden a los bigotes y el eje corresponde al remolino longitudinal que producen las aguas al reencontrarse después de haber sido surcadas por el casco. Por la noche, gracias a la fosforescencia del plancton, se veía claramente una flecha que empujaba y dirigía el barco sobre las olas. Es un efecto muy bello, y además cautiva la atención. Y la Luna acentúa los reflejos plateados.

El plancton es una colección de seres diminutos que se suelen agrupar para hablar y contarse sus aventuras, formando collas de hasta 1.5m de diámetro, aunque habitualmente son más pequeñas. Cuando un barco pasa cerca de estas aglomeraciones y su oleaje perturba sus conversaciones protestan igualmente formándose grandes fosforescencias sobre el mar, que duran hasta 5 o 6 s. Son como huevos fritos gigantes en un mar de aceite.  En ocasiones tuvimos visitas nocturnas. Por lo general solían ser delfines que venían a jugar con nosotros, saltando a nuestro lado y cruzando de un lado al otro bajo la quilla. Después se ponían junto a la proa cual escolta real y nos señalaban el camino. Actuaban de la misma manera que en sus visitas diurnas, pero te llenaba de alegría saber que no estabas solo en esta inmensidad. A veces algún pájaro revoloteaba alrededor del barco, buscando un lugar donde posarse y pasar la noche. Podías ver sus sucesivas pasadas de reconocimiento, tanteando los salientes y posibles lugares de aterrizaje. La consigna era evitar que se posasen sobre las velas, las crucetas o el tope del palo porque suelen hacer sus necesidades in situ y estos lugares son de difícil acceso y limpieza. Nuestro barco iba a un salón náutico y debía mantenerse impoluto. She is still maiden! Casper el navegante