en la escuela de las

e s cr i t v ra s
NUMERO 3 - MAYO de 2011

YO VOY A ABRIR SUS TUMBAS Y LOS HARÉ SALIR DE ELLAS
MUERTE Y RESURRECCION
En la escuela de las Escrituras 1

SUMARIO

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¡Eres polvo y al polvo volverás!
La tradición bíblica afirma que Dios crea al hombre como un ser perecedero con una existencia limitada. Pero también reconoce a Dios como Señor de los vivientes y la muerte como un alejamiento de él. Hay, por tanto, distintos aspectos comprendidos en la reflexión bíblica sobre la muerte.

LAS SANTAS MUJERES EN EL SEPULCRO. Obra de W. Bouguereau.

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en la e s cuela de las

Cuando YHWH los haga salir de sus tumbas
La confianza en la fidelidad de Dios a su Alianza contribuyó a que fuera surgiendo la esperanza de la resurrección.

escritvras
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¡Ha resucitado el Señor!
El movimiento de Jesús no se detuvo con su muerte, sino que resurgió a partir de la convicción de que Dios lo resucitó de entre los muertos.

¿LA ESCRITURA ENSEÑA LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS?
En su Credo el cristiano profesa: «Creo en la resurrección de la carne». Y el judío reza en su oración diaria: «Tú mantienes a los vivos con amor y das vida a los muertos con inmensa misericordia. Tú sostienes a los vacilantes, curas a los enfermos, liberas a los encarcelados, guardas tu fidelidad a los que duermen bajo la tierra. ¿Quién es como tú, hacedor de obras poderosas? ¿Quién se asemeja a ti? ¡Oh Rey que otorgas la muerte y concedes la vida y haces florecer la salvación! Tú eres fiel dando vida a los muertos. ¡Bendito eres tú, Adonai, que resucitas a los muertos!» (cf. ‘Amidá, Guevurot). ¿Cómo ha surgido esta confianza? Los fariseos se distinguían de los saduceos por pensar que «las almas de los buenos pasan de un cuerpo a otro» (Josefo, Guerra Judía II,163). Y la Misná es terminante al declarar: «no tiene parte en la vida futura el que dice: no hay resurrección de los muertos según la Torah» (Sanhedrín X,1). ¿Es tan clara la enseñanza de la Torah? A pesar de que tanto Jesús (Lc 20,37) como Rabí Simay (Sanhedrín 90b) afirmaban la resurrección mediante el ejemplo de los Patriarcas, basándose en el libro del Exodo (Ex 3,14 y 6,4), el rabino reconocía que se trataba más de una intuición que de una clara demostración: «No hay ninguna sección en donde no ésté la resurrección de los muertos, pero nosotros no tenemos la fuerza para manifestarla por la exégesis» (Sifré c/Dt 32,2 Pisq.306). La historia del desarrollo de esta intuición es el tema de estudio de las siguientes páginas. Fray Domingo Cosenza OP
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«YHWH sabe de qué estamos plasmados, se acuerda de que somos polvo. ¡El hombre! Como la hierba son sus días, como la flor del campo, así florece; pasa por él un soplo, y ya no existe, ni el lugar donde estuvo vuelve a conocerle. Mas el amor de YHWH desde siempre hasta siempre para los que le temen, y su justicia para los hijos de sus hijos, para aquellos que guardan su Alianza, y se acuerdan de cumplir sus mandatos» Salmo 103,14-18

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VIDA Y MUERTE EN LA BIBLIA

¡ERES POLVO Y AL POLVO VOLVERÁS!
Dentro de la tradición bíblica se percibe la muerte como una realidad ambigua. Por un lado se afirma que Dios crea al hombre como un ser perecedero, con una existencia limitada. Pero también se reconoce a Dios como Señor de los vivientes y la muerte como un alejamiento de él. Se hace necesario entonces considerar detenidamente los distintos aspectos comprendidos en la reflexión bíblica sobre la muerte.

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esde antiguo las diversas culturas se han esforzado para responder a los grandes interrogantes del ser humano: ¿qué es el hombre y cuál su destino?; ¿cómo comprender el trabajo, la atracción entre varón y mujer, el nacimiento de los hijos?; ¿quién preside a las fuerzas presentes en el mundo, haciendo que le obedezcan los demás seres?; ¿cómo comprender los azotes que se abaten sobre los hombres, como la sequía, el hambre, las enfermedades, las inundaciones? Pero, especialmente, ¿cómo explicar la muerte, a la que ningún ser humano puede sustraerse? El pensamiento religioso no se ha desarrollado al margen de estos interrogantes. Al contrario, el descubrimiento de lo sagrado permitió a la mente humana «captar la diferencia que existe entre lo que se revela a sí mismo como real, poderoso, rico y significativo, y lo que no, es decir, el flujo caótico y peligroso de las cosas y sus apariciones y desapariciones fortuitas y carentes de sentido» (Mircea Eliade, La búsqueda, Barcelona 2000, p. 7-8). Y en este proceso las condiciones de vida de cada pueblo tuvieron una influencia decisiva en la configuración de sus respectivas creencias religiosas. En Egipto, la fertilización natural de la tierra, realizada año tras año gracias a la puntual crecida del Nilo, hacía que en ninguna parte fuese tan clara la línea de separación entre las tierras fértiles y el desierto, entre la vida y la muerte. Por eso ningún otro pueblo incorporó tan profundamente como los egipcios la muerte y el más allá en sus ideas. Además, los habitantes del país sabían que cada día el sol conocía su ocaso, pero vencía finalmente a los poderes de la noche, y volvía a nacer por la mañana. Así el curso solar llegó a representar el modelo ejemplar del destino humano: paso de un modo de ser a otro, de la vida a la muerte y, en conseEn la escuela de las Escrituras 5

«Al hombre le parecen puros todos sus caminos, pero YHWH pesa los corazones»
(Proverbios 16,2).

Este proverbio bíblico usa el mismo lenguaje con que la cultura egipcia expresaba la responsabilidad moral del hombre, juzgada al final de su vida. Según el Libro de los Muertos el difunto se presenta ante el tribunal de Osiris para que se pesara su corazón junto a la pluma de Maat (la Verdad y la Justicia Universal), situada en el otro platillo.

Para obtener un resultado favorable el difunto debía presentar una conducta intachable, expresada en la siguiente confesión: «No he mentido en lugar de decir la verdad; no tengo conciencia de ninguna traición; no he hecho mal alguno; a nadie he causado sufrimiento; no he sustraído las ofrendas a los dioses...»

cuencia, a un nuevo nacimiento. Para comprobar esta convicción basta contemplar la alegre y vistosa decoración del interior de cualquiera de sus edificios funerarios. Al pasar al otro mundo el hombre moría y resucitaba, como el sol cada día. Un himno al dios Ra describe ese viaje diario del sol que, al penetrar en el mundo subterráneo, difunde la alegría: Los muertos «se gozan cuando tú brillas allí para el gran dios Osiris, señor de la eternidad» (Libro de los Muertos c.XV). De todos modos, este optimismo no dejaba desprovista a la vida humana de la gravedad de su responsabilidad moral, ni a la muerte de su aspecto doloroso. La comprensión del juicio de ultratumba y la práctica de llamativos ritos de lamentación en las ceremonias funerarias destacaban estos aspectos. En Mesopotamia la epopeya de Gilgamesh constituyó una dramática ilustración de la condición humana, definida por lo inexorable de la muerte. La narración se construyó en torno a este tema: Los dioses viven siempre; ¿por qué no el hombre?
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Desconcertado por la muerte de su amigo y obsesionado por la suya propia, Gilgamesh, el poderoso rey de Uruk, tiene como único afán escapar a la suerte de los humanos y adquirir la inmortalidad. Sabe que Utnapishtim, el superviviente del diluvio, vive para siempre, y decide buscarlo para que le transmita el secreto. Para eso atravesó desiertos, ríos, montañas, tinieblas, el túnel subterráneo que atraviesa el sol durante la noche. Al llegar al borde de las aguas de la muerte, se encontró con la diosa Siduri, que trató de hacerle comprender la inutilidad de su búsqueda: «Gilgamesh, ¿adónde vas corriendo? No encontrarás la vida que buscas. Cuando los dioses crearon a la humanidad, le dieron la muerte y se quedaron ellos con la vida. Tú, Gilgamesh, llena tu vientre, goza de día y de noche. Cada día celebra una fiesta regocijada. ¡Día y noche danza y juega! Procura que tus vestidos sean flamantes, lava tu cabeza; báñate en agua. Atiende al pequeño que toma tu mano; ¡que tu esposa se deleite en tu seno! ¡Pues ésa es la tarea de la humanidad!» (Epopeya de Gilgamesh, tablilla X,3,6-9).

«En Egipto resonó un alarido inmenso, porque no había ninguna casa donde no hubiera un muerto»
(Exodo 12,30).
Entre los israelitas los ritos fúnebres contenían gestos de lamentación que también eran usados en otras situaciones de desdicha, calamidades públicas o penitencia.Se trataba de gestos muy demostrativos, como el de Jacob, que «desgarró sus vestiduras, se vistió de luto y estuvo mucho tiempo de duelo por su hijo» (Gen 37,34). Otro gesto era andar «con la cabeza cubierta y los pies descalzos» (2 Sam 15,30). Otro gesto era tomarse la cabeza con las manos, como ilustran algunas pinturas egipcias. En la Biblia este gesto expresa un gran dolor, como ocurre con Tamar, que «se cubrió la cabeza con ceniza, desgarró su túnica de mangas largas y poniéndose las manos sobre la cabeza, se fue gritando» (2 Sam 13,19). Si bien el dolor era expresado naturalmente por los allegados de un difunto, también había personas muy entrenadas en el oficio de la lamentación: «Llamen a las plañideras, y que vengan! ¡Manden a buscar a las más expertas, y que vengan! ¡Que se apuren a lanzar gemidos por nosotros!» (Jer 9,16-17).
Derecha: DUELO. Pintura mural de la tumba de Userhet. Tebas, 1300 aEC. Pág. anterior: PESANDO EL ALMA. Ilustración del Libro de los Muertos. Museo Británico.

La fragilidad de la vida humana
La comprensión antropológica bíblica comparte el optimismo egipcio, incluido el sentido de responsabilidad de la vida. La existencia del ser humano se caracteriza por el tiempo limitado de su existencia. Así lo ha dispuesto el Creador que, sin embargo, dejó en él una impronta divina: «De la tierra creó YHWH al hombre, y de nuevo le hizo volver a ella. Días contados le dio y tiempo fijo,y dioles también poder sobre las cosas de la tierra. De una fuerza como la suya los revistió, a su imagen los hizo» (Sir 17,1-3). En esta consideración del libro de Ben Sirá (o Eclesiástico) se advierte las inmensas posibilidades que el hombre tiene para realizar su vida en el mundo. Pero también queda claro que su condición mortal es lo que lo distingue de Dios. Aquí su realismo se acerca, aunque menos dramáticamente, al pensamiento mesopotámico. El hombre no debe olvidar esta limitación cuando experimenta el poder del que dispone. Debe entender con humildad su condición y no obrar en la vida como si fuese un ser omnipotente:

«Hazme saber, YHWH, mi fin, y cuál es la medida de mis días, para que sepa yo cuán frágil soy. Oh sí, de unos palmos hiciste mis días, mi existencia cual nada es ante ti; sólo un soplo, todo hombre que se yergue, nada más una sombra el ser humano que pasa» (Sal 39,5-7). Desde cierto punto de vista la muerte no siempre se experimenta como un mal. La muerte en paz de un hombre anciano puede ser vista como una bendición divina, como le ocurre a Tobías, que «murió, honrado, a la edad de 117 años» (Tob 14,14). Del mismo modo, la muerte puede resultar una verdadera liberación para quien lleva una ancianidad llena de penurias: «¡Muerte, qué amargo es tu recuerdo para el que vive tranquilo en medio de sus bienes, para el hombre despreocupado, a quien todo le va bien y aún tiene vigor para disfrutar de la vida! ¡Muerte, tu sentencia es bienvenida para el hombre necesitado y sin fuerzas, gastado por los años y lleno de ansiedades, que se rebela y ha agotado su paciencia! » (Sir 41,1-2).
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Las tumbas antiguas en Israel
En las cercanías de Jerusalén se han han encontrado más de una docena de conjuntos funerarios, en los que el número de tumbas es considerable. En el resto del país la cantidad también es grande. En las zonas montañosas se utilizaron cuevas naturales. Donde no existían, se excavaron cavidades en la roca. El acceso se sellaba mediante piedras deslizantes (1). La disposición interior de la tumba consistía en una primera cámara, habitualmente con un banco de piedra tallado en la pared (2), en los que podían sentarse los asistentes a los ritos funerarios, tales como la lamentación por el difunto Desde allí se habrían pasillos (3) que conducían a las cámaras mortuorias propiamente dichas. En ellas las sepulturas eran o simples nichos (lat. loculi; hebr. kokim) o una repisa tallada en la pared y cobijada bajo un arco (arcosolio).En esta repisa se colocaba el cuerpo (4). Este último sería el tipo de sepulcro donde depositaron a Jesús, según la descripción que hace el Evangelio: vieron unos ángeles «sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús» (Jn 20,12). Allí se asomó María Magdalena mientras lloraba «junto al sepulcro» (¿en la antecámara?).
Página siguiente: un sepulcro del siglo I EC, descubierto hace algunos años mientras se construía una ruta cerca de Meguiddo.

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La amargura ante el límite que supone la muerte parece haber sido lo que llevó al autor del Qohelet (o Eclesiastés) a escribir su obra. ¿Qué valor puede tener la sabiduría, si la muerte iguala al sabio y al necio?: «Al correr de los días todos son olvidados. Pues el sabio muere igual que el necio» (Qo 2,16). «Eso es lo peor de todo cuanto pasa bajo el sol: que haya un destino común para todos, y así el corazón de los humanos está lleno de maldad y hay locura en sus corazones mientras viven, y su final ¡con los muertos!» (Qo 9,3). Peor aún, la muerte equipara a hombres y animales, haciendo efímera la vida de ambos: «Porque el hombre y la bestia tienen la misma suerte: muere el uno como la otra; y ambos tienen el mismo aliento de vida. En nada aventaja el hombre a la bestia, pues todo es vanidad. Todos caminan hacia una misma meta;
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todos han salido del polvo y todos vuelven al polvo» (Qo 3,19-20). Desde esta óptica de una existencia única, y limitada al horizonte de la muerte, Qohelet da a sus lectores un consejo muy parecido al que había recibido Gilgamesh: «Anda, come con alegría tu pan y bebe de buen grado tu vino, que Dios está ya contento con tus obras... Vive la vida con la mujer que amas, todo el espacio de tu vana existencia que se te ha dado bajo el sol, ya que tal es tu parte en la vida y en las fatigas con que te afanas bajo el sol» (9,7-9). Sin embargo una advertencia muestra que no da lo mismo todo en la vida: «Sigue los impulsos de tu corazón y lo que es un incentivo para tus ojos; pero ten presente que por todo eso Dios te llamará a juicio» (Qo 11,9).

La morada de los muertos
Si la magnificencia de las tumbas faraónicas expresan la comprensión de la muerte en Egipto, la sobriedad de los sepulcros israelitas también habla de su pensamiento acerca del destino de los muertos. No encontramos en Israel el imponente ceremonial fúnebre de los nobles egipcios. Tal vez la única excepción es el solemne traslado del cuerpo de Jacob por sus hijos, precisamente cuando José era el visir de Egipto. Los cananeos que vieron el duelo en Goren Haatad dijeron: «Duelo de importancia es ése de los egipcios» (Gn 50,11). Pero el sentido de todo el relato es el de recordar que el sepulcro de los patriarcas es una propiedad familiar adquirida en la tierra prometida: «Lo llevaron sus hijos al país de Canaán, y lo sepultaron en la cueva del campo de Makpelá, el campo que había comprado Abraham en propiedad sepulcral a Efrón el hitita, enfrente de Mambré» (Gn 50,13).

El sepulcro del gran Moisés no sólo carece de toda forma de culto tributado a su memoria, sino que, incluso, se desconoce su localización: «Allí murió Moisés, servidor de YHWH, en el país de Moab, como había dispuesto YHWH. Lo enterró en el Valle, en el País de Moab, frente a Bet Peor. Nadie hasta hoy ha conocido su tumba» (Dt 34,5-6). Lo importante ya no era el cadáver de Moisés, sino la palabra viva que había dejado a Josué como legado: «Josué, hijo de Nun, estaba lleno del espíritu de sabiduría, porque Moisés le había impuesto las manos. A él obedecieron los israelitas, cumpliendo la orden que YHWH había dado a Moisés» (Dt 34,9). La ofrenda de comida a los muertos, común en otras culturas, está prohíbida por la Torah, como así también la consulta a los muertos:
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Pecado y Muerte
El rol de la Muerte en la tradición bíblica es bastante complejo. Por un lado el libro del Eclesiástico se refiere a la muerte como límite natural del hombre en cuanto creado por Dios (Sir 17,1-2); por otro lado la vincula con la aparición del pecado (Sir 25,24). Así lo hace también el libro de la Sabiduría. Pero a la vez parece limitarla sólo a los impíos (Sab 2,24). En cambio, de los difuntos justos dice que en realidad no están muertos (Sab 3,1-3). En esa línea se encuentra Filón de Alejandría, que interpreta la advertencia de Gn 2,17 como una referencia a la «muerte del alma», que sería una vida viciosa (alejada de Dios), diferente de la muerte física (cf. Gn 3,19).

«Dios creó al hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma naturaleza; mas por envidia del Diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen» (Sab 2,23-24). «Las almas de los justos están en las manos de Dios, y no los afectará ningún tormento. A los ojos de los insensatos parecían muertos; su partida de este mundo fue considerada una desgracia y su alejamiento de nosotros, una completa destrucción; pero ellos están en paz» (Sab 3,1-3) «Por otra parte, dice «en el día en que comieren de él morirán con muerte» (Gén 2,17). Sin embargo, habiendo comido no sólo no mueren, sino además engendran hijos y se constituyen en origen de nuevas vidas. ¿Qué decir ante esto? Que hay dos especies de muerte: la propia del hombre y la propia del alma. La del hombre consiste en la separación del alma y del cuerpo; la del alma en la ruina de la virtud y la adquisición del vicio» (Filón, Alegorías de las Leyes I,105).

«No ha de haber ningún encantador ni consultor de espectros o adivinos, ni evocador de muertos» (Dt 18,11). «Nada he ofrecido a un muerto» (Dt 26,14). No siempre se guardó fidelidad a este mandato. A la vuelta del exilio el profeta cuestiona prácticas supersticiosas de los «que habitan en tumbas y en antros hacen noche» (Is 65,4). Las tumbas no tienen nada de santidad; sólo son fuente de impureza (Num 19,11). No son lugares para el culto; son la puerta al sheol, el mundo del cual los muertos ya no vuelven (Job 10,21). La construcción de monumentos funerarios es una costumbre de la época helenística. La primera mención es la del sepulcro de los Macabeos: «Simón construyó sobre el sepulcro de su padre y sus hermanos un mausoleo alto, que pudiera verse, de piedras pulidas por delante y por detrás. Levantó siete pirámides, una frente a otra, dedicadas a su padre, a su madre y a sus cuatro hermanos. Levantó alrededor de ellas grandes columnas y sobre las columnas hizo panoplias para recuerdo eterno. Al lado de las panoplias esculpió unas naves que pudieran ser contempladas por todos los que navegaran por el mar» (1 Mac 13,27-29). Ejemplos más conocidos son los sepulcros del Valle de Cedrón, en Jerusalén (foto p.12).
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Muerte durante la vida y vida a pesar de la muerte
Se puede comprender también, desde algunas afirmaciones de los Salmos, cómo los sepulcros están desvinculados totalmente del culto. En la muerte ya no existe alabanza posible a YHWH: «No alaban los muertos a YHWH, ni ninguno de los que bajan al Silencio» (Sal 115,17). «Porque en la muerte nadie de ti se acuerda; en el Sheol, ¿quién te puede alabar?» (Sal 6,6). Con la muerte termina la participación del individuo en el culto. Los muertos se hallan excluidos de la alabanza que se da a Dios en sus obras. La muerte separaba para siempre al hombre de YHWH. Por eso un orante gravemente enfermo le recordaba a YHWH que su muerte no sólo le afectaba a él como mortal, sino que perjudicaba también a la gloria de Dios: «¿Qué ganancia en mi sangre, en que baje a la fosa? ¿Puede alabarte el polvo, anunciar tu verdad?» (Sal 30,10). Pero esta visión negativa en torno a la muerte es, al mismo tiempo, una consideración positiva de la alabanza como la forma de vida más propia del hombre:

«Podrán agotarse las aguas del mar, sumirse los ríos y secarse, que el hombre que yace no se levantará, se gastarán los cielos antes que se despierte, antes que surja de su sueño» (Job 14,11-12).
HYPNOS y THANATOS llevan al difunto Sarpedón para que reciba de su familia la sepultura merecida. Museo de Berlín.

En la mitología griega Thánatos era la personificación de la «Muerte», y su hermano gemelo era Hypnos, el «Sueño». Ambos también aparecen asociados en el lenguaje bíblico. La tradición apocalíptica abrigará la esperanza de que «se levantará el justo del sueño, y andará por caminos de justicia» (Henoc 92,3)

«Nosotros, los vivos, a YHWH bendecimos desde ahora y por siempre» (Sal 115,18). Alabar a Dios y no alabarle se contraponen como la vida y la muerte. Por eso la alabanza se convierte en el más elemental de los signos de vida. Esta consideración abre la perspectiva de otra forma de muerte, que no queda restringida a la realidad biológica. La falta de comunión con Dios es una manera de morir. La historia del Jardín de Edén ilustra este pensamiento. Allí no se presenta la condición mortal del hombre como la consecuencia de una culpa heredada. El relato distingue entre una muerte merecida culpablemente y otra debida a la condición de criatura. De hecho, se había amenazado al hombre con la muerte si llegaba a desobedecer el mandato de Dios: «El día que comieres de él, morirás sin remedio» (Gn 2,17). Pero el hombre siguió viviendo después de su desobediencia ¡hasta los 930 años! Sin embargo su existencia se volvió ingrata. Dejó de ser vida. La muerte que acaba algún día por llegar se explica a través del recuerdo de la creación: «Con fatiga sacarás de él tu alimento todos los días de tu vida. El te producirá cardos y espinas y comerás la hierba del campo. Ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta

que vuelvas a la tierra, de donde fuiste sacado. ¡Porque eres polvo y al polvo volverás!» (Gn 3,17-19). Pero la existencia que transcurre al margen de la obediencia a Dios hace que se experimente la muerte ya durante la vida: «La justicia es inmortal. Pero los impíos llaman a la muerte con gestos y palabras: teniéndola por amiga, se desviven por ella y han hecho con ella un pacto, porque son dignos de pertenecerle» (Sab 1,15-16). En cambio el justo puede orar a Dios diciendo: «Porque tu amor vale más que la vida, mis labios te alabarán. Así te bendeciré mientras viva y alzaré mis manos en tu Nombre» (Sal 63,4-5). Cuando la comunión con Dios se vive intensamente, su presencia relega a un segundo plano toda preocupación, incluso la de la muerte: «Pongo a YHWH ante mí sin cesar; porque él está a mi diestra, no vacilo. Por eso se me alegra el corazón, mis entrañas retozan, y hasta mi carne descansa segura; pues no has de abandonar mi alma al sheol, ni dejarás a tu amigo ver la fosa. Me enseñarás el camino de la vida, hartura de gozos, delante de tu rostro, a tu derecha, delicias para siempre» (Sal 16,8-11).
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ESPERANZA DE RESURRECCION

SABRÁN QUE YO SOY YHWH CUANDO LOS HAGA SALIR DE SUS TUMBAS, PUEBLO MÍO

Osuario judío labrado en piedra caliza. Haifa. Siglo I EC.

Página anterior: Monumento funerario de una catacumba de ocho cámaras, ubicado en el Valle de Cedrón, al pie del Monte de los Olivos, frente a Jerusalén. El viajero judío Benjamín de Tudela la identificó en 1170 como la Tumba de Absalón, a partir de 2 Sam 18,18. Pero la construcción data del siglo I aEC.
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La resurrección de los muertos
La visión de Ezequiel (37,1-28) fue representada en la sinagoga de Doura Europos (Siria, siglo III EC). Allí se observa un motivo propio de la iconografía judía: «la mano de Dios» que baja para llevar al profeta hasta el valle.

Los huesos de la visión son representados como cabezas arrancadas, manos y pies. Puede observarse también una montaña partida con una una casa caída, que representa un midrash (comentario rabínico) de Pirkei Rabí Eliezer 33, donde se afirma que hubo un gran terremoto cuando los huesos volvieron a la vida. En la escena siguiente Ezequiel ya no viste al estilo persa, sino como un romano. Está de pie junto a tres muertos a punto de ser resucitados. Unos ángeles con alas de mariposa se unen a otro que ya se encuentra trabajando con uno de los cuerpos.

Pág. siguiente: CEMENTERIO JUDÍO en el Monte de los Olivos. Este sitio es señalado por una tradición como el lugar donde se producirá la resurrección. Se ha interpretado que ese es el Valle de Josafat, combinando dos pasajes proféticos: «Congregaré a todas las naciones y las haré bajar al Valle de Josafat: allí entraré en juicio con ellas acerca de mi pueblo y mi heredad, Israel. Porque lo dispersaron entre las naciones, y mi tierra se repartieron» (Jl 4,2); «se plantarán sus pies aquel día en el monte de los Olivos que está enfrente de Jerusalén» (Zac 14,4).

l destierro en Babilonia significó para muchos cautivos el final de su historia como pueblo. Como sucedía con otras naciones, parecía que apenas quedaría el recuerdo de Israel y de su paso por la historia. Porque se había perdido todo lo que constituía su identidad como su pueblo elegido: la Tierra prometida a los antepasados, el rey que lo representaba ante Dios y el Templo donde habitaba la presencia divina. De ahí que muchos experimentaran el exilio como la muerte de la nación: «Ellos andan diciendo: Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra esperanza, todo ha acabado para nosotros» (Ez 37,11).

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do la ruina de Jerusalén, comenzó a trabajar con otros sacerdotes en la reconstrucción de la identidad nacional y religiosa de Israel. Muchos entonces preguntaban a YHWH con amargura: «¿Dónde están tus primeros amores, Señor, que juraste a David por tu lealtad?» (Sal 89,50). Pero Ezequiel no dudó en asegurar que YHWH mantenía la promesa hecha a su pueblo y la cumpliría, porque él era fiel a su Alianza y tenía poder para realizar el resurgimiento de la nación y el regreso a la patria: «Y cuando abra sus tumbas y los haga salir de ellas, ustedes, mi pueblo, sabrán que yo soy YHWH. Yo pondré mi espíritu en ustedes, y vivirán; los estableceré de nuevo en su propio suelo, y así sabrán que yo, YHWH, lo he dicho y lo haré -oráculo de YHWH. Mi siervo David reinará sobre ellos, y será para todos ellos el único pastor; obedecerán mis normas, observarán mis preceptos y los pondrán en práctica. Habitarán en la tierra que yo di a mi siervo Jacob, donde habitaron sus padres.

La resurrección nacional
En medio de este desaliento Ezequiel, que hasta entonces había intentado disipar las falsas expectativas de los desterrados y había profetiza14 En la escuela de las Escrituras

Allí habitarán ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos, para siempre, y mi siervo David será su príncipe eternamente. Concluiré con ellos una alianza de paz, que será para ellos una alianza eterna. Los estableceré, los multiplicaré y pondré mi santuario en medio de ellos para siempre. Mi morada estará junto a ellos, seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Y sabrán las naciones que yo soy YHWH, que santifico a Israel, cuando mi santuario esté en medio de ellos para siempre» (Ez 37,13-14.24-28). Si el destierro era semejante a la muerte, el retorno a la tierra paterna debería experimentarse como una resurrección nacional. El poder del Dios creador lo haría posible, como en otro tiempo había hecho nacer a Israel, su primogénito, al rescatarlo de la esclavitud de Egipto.Y, una vez restablecido en la patria, esa vida infundida por YHWH sería como un río brotando del costado del Templo. Y llegaría a tener tal fecundidad como para hacer posible la vida aún en las aguas salobres del Mar Muerto:

«Esta agua sale hacia la región oriental, baja a la Arabá, desemboca en el mar, en el agua hedionda, y el agua queda saneada. Por dondequiera que pase el torrente, todo ser viviente que en él se mueva vivirá. Los peces serán muy abundantes, porque allí donde penetra esta agua lo sanea todo, y la vida prospera en todas partes adonde llega el torrente» (Ez 47,8-9).

La esperanza apocalíptica y la resurrección personal
Aunque fuera una imagen muy impresionante, la resurrección nacional era una metáfora. Para muchos individuos muertos y sepultados en el destierro esa vuelta a la vida de la nación no los alcanzaba personalmente. Sería otra circunstancia histórica la que despertaría la esperanza de la resurrección para cada persona en particular. En 168 aEC el rey sirio Antíoco IV Epífanes prohibió el ejercicio de la religión judía en los territorios de su reino. En términos concretos,
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MACABEOS. Obra del pintor Wojciech Stattler.

«Dos mujeres fueron delatadas por haber circuncidado a sus hijos; las hicieron recorrer públicamente la ciudad con los niños colgados del pecho, y las precipitaron desde la muralla» (2 Mac 6,10).
Durante la persecución religiosa de Antíoco IV la muerte se convirtió en la posibilidad de mostrar la propia fidelidad a Dios y de aceptar su voluntad. Por eso la muerte no podía ser una realidad definitiva, ya que si así fuera, Dios habría sido superado por el mártir en fidelidad. La última palabra la tendrá Dios al resucitar a sus fieles testigos.

esto significó para el país de Judá la supresión de los sacrificios en el Santuario, la construcción de altares paganos en todas las ciudades, la prohibición de la circuncisión y la abolición del descanso sabático. Fueron designados inspectores para vigilar que todo eso se cumpliera y se persiguió y castigó duramente a los que se negaron a acatar las nuevas disposiciones. Todo eso llegó a su culminación cuando se introdujo un nuevo altar en el Templo de Jerusalén y se realizaron sobre el mismo los sacrificios en honor del «Señor del cielo», es decir, al Baal Shamaim siro-fenicio, equivalente al Zeus Olímpico. Esta figura divina universal debía significar la unidad del reino, una comunidad mixta formada por judíos, sirios y griegos. La intención principal de Antíoco fue terminar con todo particularismo dentro de su imperio, a fin de fortalecer su unidad. La prohibición de la circuncisión y del sábado atacaba de frente los principales signos distintivos del pueblo judío. Esta situación resultaba ser algo inédito para el pueblo judío, porque los períodos sangrientos de su historia nunca habían sido experimentados hasta entonces como una persecución religiosa, sino como invasión y saqueo. En la presente circunstancia cada judío se vio obligado a optar de un modo total entre la negación de sus creencias o la muerte. Muchos fueron los que se decidieron por la muerte, convirtiendo el derra16 En la escuela de las Escrituras

mamiento de su sangre en un testimonio de su fe (gr. martyría). Pero en ese caso, otros se preguntarían: ¿dónde están las promesas de Dios? La necesidad de responder a esta pregunta, tan fundamental para quienes se sentían tentados a dejar de lado su fe para salvarse de la muerte, hizo repensar la noción de salvación y la esperanza que ella despertaba. Sólo tenía sentido renunciar a la vida presente si existía una esperanza cierta de alcanzar, de algún modo, una vida definitiva como recompensa a la fidelidad. Ésta se manifestaría seguramente al final de los tiempos con la intervención de Dios. Recién entonces se realizaría la justicia divina, con la recompensa de los justos y la destrucción para siempre de los impíos. Así este mundo presente, enemigo de Dios y de sus servidores, estaba destinado a ser aniquilado. Y al final de la historia Dios crearía definitivamente un mundo nuevo y distinto para los que perseveraran hasta el fin en su fe. Las actitudes propuestas por este modo de pensamiento fueron, por tanto, la espera pasiva de esa intervención de Dios y la negación de todo compromiso con este mundo, que estaba totalmente corrompido y sin remedio. Teniendo una visión tan determinista de la historia, el tiempo final venía a ser lo único importante, y el presente sólo llegaba a ser importante si era contemplado desde ese juicio final . El drama de la

De los sucesores de Alejandro surgió un renuevo pecador

Moneda de plata de Antíoco IV, con la inscripción: «Rey Antíoco Dios Manifestado».

historia humana, con todos sus protagonistas, podía ser contemplado en su feliz desenlace: los vencedores del presente serían los derrotados de mañana, y vencidos de hoy, los triunfadores del futuro. Los que así se animaban a mirar la historia se consideraron visionarios. Sabían ver más allá de la crisis y animar a otros con la recompensa de Dios. Esta llegaría a pesar del aparente fracaso de los justos. Para poder expresar esta interpretación de la historia varios pensadores pusieron por escrito su visión en forma de relato, eligiendo como protagonista a algún personaje famoso del pasado. Ya en su tiempo él habría recibido una revelación (gr. apokalypsis) de parte de Dios respecto de los sucesos futuros, que acontecen en la época del autor. De esta manera el autor podía describir el pasado histórico y el presente como si al protagonista del drama lo hubiese contemplado anticipadamente en una visión. Pero también podía, a partir de este impulso, poner en boca de su vidente lo que todavía no había sucedido. El desenlace final de la historia, que el autor presentía desde su fe y desde su conocimiento de la fidelidad y justicia de Dios, era anunciado así por un personaje prestigioso que ya habría vaticinado con exactitud otros acontecimientos ya sucedidos. Un ejemplo bíblico de estos apokalypsis lo encontramos en el libro de Daniel. El protagonista

331 aEC
Alejandro Magno pone fin al Imperio Persa.

323 aEC
A la muerte de Alejandro sus generales se reparten el Imperio por él fundado.

300 aEC
Ptolomeo I lleva cautivos judíos a Egipto y Seleuco I a Siria.

168 aEC
Antíoco IV de Siria conquista Egipto. A su regreso saquea el Templo de Jerusalén. Inicia luego una persecución religiosa contra los judíos cumplidores de la Ley de Moisés.

164 aEC
En diciembre (25 de Kisleu) Judas Macabeo reconquista el Templo y lo purifica. Se dispone celebrar desde entonces cada año la fiesta de Januká (la Dedicación del Templo).
En la escuela de las Escrituras 17

«Sucedió también que siete hermanos apresados junto con su madre, eran forzados por el rey, flagelados con azotes y nervios de buey, a probar carne de cerdo prohibida por la Ley. Uno de ellos, hablando en nombre de los demás, decía así: «¿Qué quieres preguntar y saber de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que violar las leyes de nuestros padres» (2 Mac 7,1-2).
Izquierda: MARTIRIO DE LOS SIETE HERMANOS. Obra de Antonio Ciseri.

[Los soldados de Antíoco] «reconstruyeron la Ciudad de David con una muralla grande y fuerte, con torres poderosas, y la hicieron su Ciudadela» (1 Mac 1,33).
Derecha: Restos del ACRA de Jerusalén. Se trata de un recinto fortificado construido por Antíoco Epífanes después de su saqueo de la ciudad en 168 aEC. La fortaleza fue destruida por Simón Macabeo durante la lucha por la liberación de Jerusalén. El arqueólogo Yoram Tsafrir ha interpretado un conjunto de albañilería en la esquina sureste de la plataforma del Monte del Templo como un indicio de la posible posición del Acra. Durante las excavaciones de 1968 y 1978, junto a la pared sur del Monte, se descubrieron los restos que pueden haber formado parte del Acra, incluyendo salas de un cuartel y una gran cisterna.

sería uno de los deportados a Babilonia por Nabucodonosor. Sin embargo lo experimentado por él y por otros tres jóvenes era, evidentemente, lo que estaban viviendo los judíos piadosos en tiempos de Antíoco IV. Daniel y sus amigos, siendo preparados para servir en la corte, pidieron no comer lo mismo que los gentiles, pues querían mantenerse fieles a las prescripciones alimenticias de la Ley de Moisés. Y Dios los ayudó para que así lo hicieran: «Al cabo de algunos días se vio que ellos tenían mejor semblante y estaban más rozagantes que todos los jóvenes que comían los manjares del rey» (Dn 1,15). Y Dios también cuidó de los tres jóvenes cuando fueron arrojados a un horno por negarse a adorar la imagen del rey: «Nuestro Dios, a quien servimos, puede salvarnos del horno de fuego ardiente y nos librará de tus manos. Y aunque no lo haga, ten por sabido, rey, que nosotros no serviremos a
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tus dioses ni adoraremos la estatua de oro que tú has erigido» (Dn 3,17-18). Estas palabras debían alentar también a quienes eran amenazados de muerte por negarse a adorar la imagen de Zeus. Y si el país de Judá era oprimido por Antíoco como antes lo había sido por otros imperios, todo esto ya lo había advertido siglos antes el joven Daniel por medio de una revelación. El reino de Antíoco no era otra cosa que la frágil base de un ídolo que representaba a los sucesivos imperios de los babilonios, medos, persas, macedonios y sus continuadores de Egipto y Siria. Todo el poder humano sería derribado: «Tú has visto el hierro mezclado con la masa de arcilla, porque esos reyes se mezclarán entre sí por lazos matrimoniales, pero no llegarán a adherirse mutuamente, como el hierro no se mezcla con la arcilla. Y en los días de estos reyes, el Dios del cielo suscitará un Reino que nunca será destruido cuya realeza no pasará a otro pueblo: el pulverizará y ani-

quilará a todos esos reinos, y él mismo subsistirá para siempre» (Dn 2,43-44). Todo judío entregado a la muerte por ser fiel a la Ley debía escuchar con esperanza el mensaje dirigido antes a Daniel: «Tu Dios, al que sirves con tanta constancia, te salvará» (Dn 6,17). Pero son más misteriosas las visiones contenidas en los capítulos siguientes del libro. Más allá del creciente auge del mal, la venida de un misterioso «Hijo de hombre» marcaría el final del reinado de los impíos y el comienzo del reinado de los santos con su Dios: «Y vi que venía sobre las nubes del cielo como un Hijo de hombre; él avanzó sobre el Anciano y lo hicieron acercar hasta él. Y le fue dado el dominio, la gloria y el reino, y lo sirvieron todos los pueblos, naciones y lenguas. Su dominio es un dominio eterno que no pasará, y su reino no será destruido» (7,13-14).

En esta figura simbólica el autor habría querido representar a todos los fieles judíos, a quienes Dios haría justicia por el mal recibido de los poderosos impíos: «Los que han de recibir el Reino son los santos del Altísimo, que poseerán el Reino eternamente, por los siglos de los siglos» (Dn 7,18). La experiencia del martirio de los fieles y la esperanza de la recompensa futura cambiaron sustancialmente la consideración de la muerte. Porque los mártires habían muerto por Dios y por su Alianza, también serían vueltos a la vida por el Creador: «Muchos de los que duermen en el suelo polvoriento se despertarán, unos para la vida eterna, y otros para la ignominia, para el horror eterno. Los hombres sabios resplandecerán como el resplandor del firmamento, y los que hayan enseñado a muchos la justicia brillarán como estrellas, por toda la eternidad» (Dn 12,2-3).
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Procesión en torno al Sepulcro de Jesús. Jerusalén.

EL ANUNCIO PASCUAL

¡HA RESUCITADO EL SEÑOR!
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Como afirma el Credo cristiano, Jesús «padeció bajo Poncio Pilato, fue muerto y sepultado». Sin embargo el movimiento por él comenzado no se detuvo, sino que resurgió con una nueva vida. El nuevo impulso consistió en una convicción, de la cual dieron testimonio: «Al tercer día resucitó de entre los muertos».
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La muerte de Jesús
«En aquel tiempo, apareció Jesús, hombre sabio, en tanto en cuanto conviene decirle hombre. En efecto, fue el autor de obras prodigiosas, el maestro de los hombres que reciben con alegría la verdad. Arrastró tras de sí a muchos judíos y también a muchos griegos. Era el Cristo. Cuando Pilato lo condenó a la cruz, por la denuncia de nuestros jefes, los que lo habían amado antes continuaron haciéndolo. En efecto, se les apareció al tercer día, vivo de nuevo. Los divinos profetas habían dicho ya estas cosas y otras diez mil maravillas sobre él. Hasta el momento, la tribu de los cristianos, así llamados a causa de su nombre, no ha desaparecido». (Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos XVIII,63-64).

Este texto despertó sólo a partir del siglo XVI ciertas reservas sobre su autenticidad. En efecto, es muy difícil que un autor no cristiano dijera que Jesús era el Cristo. En este sentido algunas variantes del texto, citado en otras obras, presentan una versión más verosímil del mismo: «y se creía que él era el Cristo» (Jerónimo, Sobre los varones ilustres 19). «quizá fuera el Mesías del que los profetas habían contado maravillas» (Agapio, Historia Universal). Por otra parte, la noticia sobre la lapidación de «Santiago, el hermano de Jesús llamado Cristo» (Antig. XX,200), inclinaría a pensar que Josefo usó el título Khristós para referir el modo cómo Jesús era conocido por muchos, y no porque él lo considerase como el Mesías.

a noticia de la muerte de Jesús nos llega, más allá de las fuentes cristianas, por testimonios referidos desde finales del siglo I. El historiador judío Flavio Josefo menciona la ejecución de Jesús entre los incidentes acontecidos durante el gobierno de Pilato en Judea (Antigüedades XVIII,63-64). Años después, al evocar la acusación del incendio de Roma hecha por Nerón contra los cristianos, el historiador Tácito menciona nuevamente la condena de Pilato y la supervivencia de un grupo de creyentes (Anales, XV,44). La noticia de la existencia de Jesús y de su muerte, y el surgimiento de un grupo de seguidores identificados con su causa, son datos objetivos que no deberían ofrecer ninguna dificultad de aceptación. Pueden ser considerados tan fiables como los demás acontecimientos referidos por Josefo y Tácito en el resto de sus obras. Otra es la situación planteada por la noticia de Josefo sobre la aparición de Jesús a sus discípulos «al tercer día, vivo de nuevo». Históricamente no se puede negar el hecho de la formación de un grupo reunido en torno a la convicción de que Jesús no permanecía en la muerte.
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L

Pero este hecho en sí escapa a toda verificación. El testimonio transmitido por quienes afirman haberlo visto vivo de nuevo ya es objeto de fe para quien lo recibe. Puede dársele crédito o no. Sin embargo una cosa puede advertirse: ya sea que se lo acepte o que se lo rechace, ante ese testimonio nadie parece quedar indiferente.

El impacto de la muerte de Jesús
Después de la muerte de Jesús un grupo de personas comenzó a predicar en su nombre . Para comprender en todo su alcance el significado de este hecho es necesario tener en cuenta que no se trataba de una simple continuación de la experiencia de predicación mantenida en Galilea. La muerte en la cruz, propia de malhechores para los romanos y considerada como una maldición por los judíos (Dt 21,23), descalificaba a Jesús ante los ojos de todos, fuesen adversarios, indiferentes o seguidores. La predicación de su mensaje quedaba, entonces, marcada por una profunda fractura. Volver a hablar en su nombre exigía algo totalmente nuevo.

«Los jueces antiguos juzgaban por la Ley de Lesa Majestad diferentes cosas, como si alguno hacía traición al ejército, si promovía sedición, o si por haber administrado mal su cargo disminuía la majestad del pueblo romano». (Tácito, Anales I,72) «Y así, para desviar esta voz y descargarse, [Nerón] dio por culpados del incendio, y comenzó a castigar con exquisitos géneros de tormentos a unos hombres odiados por el vulgo a causa de sus excesos, llamados comúnmente cristianos. El autor de este nombre fue Cristo, el cual, imperando Tiberio, había sido ejecutado por orden de Pilato, procurador de Judea». (Tácito, Anales XV,44).

Detalles del SARCÓFAGO DE JUNIO BASO (Siglo IV EC). En la pág. anterior: Jesús es juzgado por Poncio Pilato. Arriba: Pedro y Pablo son conducidos al martirio. El texto de Josefo encuentra un eco en otras noticias sobre la muerte de Jesús. La condena de Pilato y la supervivencia de un grupo de creyentes son atestiguadas también por Tácito. Al evocar el incendio de Roma este escritor afirmaba que Nerón desvió la opinión popular contra un grupo religioso originado en Judea, y que se identificaba con alguien llamado Cristo. La sen-

tencia de Pilato a la muerte de cruz se corresponde con la antigua ley de Lesa Majestad, que castigaba crímenes contra el Estado, y que había sido restaurada por Tiberio. Es el mismo motivo es el presentado en el Evangelio por los acusadores de Jesús: «Hemos encontrado a este hombre incitando a nuestro pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos al César y diciendo que es el rey Mesías» (Lc 23,1-2).

La muerte de Jesús representaba una grave crisis para las expectativas formadas en sus discípulos y en la multitud que lo seguía. Éstas han sido muy bien sintetizadas en el comentario de los caminantes de Emaús: «Jesús el Nazoreo fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo. Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel» (Lc 24,19.21). Pero la cruz venía a negar todo eso. No podía ser el enviado definitivo de Dios si había sido abandonado a las manos violentas de la autoridad romana. La impotencia del crucificado y la falta de una respuesta divina en ese momento impedía ver en «Jesús, el Nazoreo, a un hombre acreditado por Dios», más allá de los prodigios que había realizado durante su vida (Hech 2,22). Sin embargo esa muerte horrorosa no fue la última palabra sobre su destino. Sus discípulos dieron un valiente testimonio, que ya ninguna amenaza lograría silenciar. Los mismos que lo habían abandonado por temor, después persistieron en propagar este anuncio:

«Ustedes ya saben qué ha ocurrido en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicaba Juan: cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo, llenándolo de poder. El pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de los judíos y en Jerusalén. Y ellos lo mataron, suspendiéndolo de un patíbulo. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió que se manifestara, no a todo el pueblo, sino a testigos elegidos de antemano por Dios: a nosotros, que comimos y bebimos con él, después de su resurrección» (Hech 10,37-41). La respuesta definitiva de Dios a la fidelidad mostrada por Jesús como mensajero de su Reino fue la transformación de la vida que él había entregado. Mediante el contraste expresaron la actuación de Dios frente a lo que los hombres habían realizado al condenar a su enviado: «Ustedes lo hicieron morir, clavándolo en la cruz por medio de los infieles. Pero Dios lo
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«Era el día de Preparación, es decir, vísperas de sábado. Por eso, al atardecer, José de Arimatea miembro notable del Sanedrín, que también esperaba el Reino de Dios- tuvo la audacia de presentarse ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato se asombró de que ya hubiera muerto; hizo llamar al centurión y le preguntó si hacía mucho que había muerto. Informado por el centurión, entregó el cuerpo a José» (Mc 15,42-45).
SEPULTURA DE CRISTO. Obra de Sisto Badalocchio.

Según la ley judía, había que enterrar a los ejecutados antes de ponerse al sol: «Si un hombre, culpable de un crimen capital, ha sido entregado a la muerte y lo has colgado de un árbol, su cadáver no podrá ser abandonado de noche en el árbol; lo enterrarás aquel mismo día, pues un colgado es una maldición de Dios» (Dt 21,22-23). Marcos narra que un miembro del Sanedrín se preocupó de hacer bajar el cadáver de Jesús (Mc 15,43), para darle sepultura antes de que apareciera la primera estrella y comenzara la Pascua.

resucitó, librándole de los dolores del Hades» (Hech 2,23-24). «El Dios de nuestros padres ha resucitado a Jesús, al que ustedes hicieron morir suspendiéndolo del patíbulo» (Hech 5,30). La crucifixión había terminado con las esperanzas de sus seguidores. Pero Jesús no había encontrado la muerte sorpresivamente. Él conocía la tradición del martirio de los profetas, transmitida en su época por escrito y atestiguada por los sepulcros y los monumentos levantados en su memoria en las afueras de Jerusalén (Mt 23,29). Y conocía aún más la reciente muerte del Bautista, ejecutado por Herodes Antipas (Mc 6,16). Por eso, aunque advertido de que podría sufrir la misma suerte que su predecesor, se mantuvo firme en su misión profética en Galilea, desestimando las amenazas del Tetrarca: «Vayan a decir a ese zorro: hoy y mañana expulso a los demonios y realizo curaciones, y al tercer día habré terminado. Pero debo seguir mi camino hoy, mañana y pasado, porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén» (Lc 13,32-33). Ofreciendo su vida en servicio del Reino de
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Dios, Jesús realizó de un modo total la entrega propia de los mártires. Como los que lo hicieron durante la persecución de Antíoco IV, Jesús perdió su vida sacrificándola en el altar de la fidelidad a Dios con la esperanza de que ese mismo Dios, al que reconocía como su Padre, se la restituyera renovada en su Reino. Las palabras de la última cena manifestaban esa confianza: «He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión, porque les aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios» (Lc 22,15-16). Jesús era consciente del peligro, pero seguía esperando que una intervención de Dios inauguraría el Reino, aún cuando él muriera. Y así Jesús participaría de un banquete en ese Reino consumado, junto a los patriarcas de Israel (cf. Mt 8,11ss): «Guardad los mandamientos del Señor hasta que él revele su salvación a todas las naciones. Entonces veréis a Henoc, Noé, Sem, Abrahán, Isaac y Jacob resucitados, a la derecha, llenos de júbilo. Entonces resucitaremos también nosotros, cada uno en su tribu» (Testamento de Benjamín 10,6-7).

La sepultura de los crucificados
«Conozco casos en que, la víspera de una fiesta de esta clase, cuerpos de crucificados fueron bajados de la cruz y entregados a sus familiares, porque pareció bien que recibieran sepultura y fueran objeto de ritos ordinarios». (Filón de Alejandría, Contra Flacco 83) «Llegaron a tal grado de impiedad que arrojaron los cadáveres sin sepultarlos, siendo así que los judíos conceden tal importancia al enterramiento que hasta los malhechores crucificados son descolgados y sepultados antes de ponerse el sol». (Josefo, Guerra Judía IV,317)

OSARIO CON LOS RESTOS DE UN CRUCIFICADO encontrado en Giv’at ha Mivtar, a unos 2 km al norte de Jerusalén. La costumbre romana era dejar los cuerpos muertos en la cruz: «Lo que cuelga de la cruz es alimento de los cuervos» (Petronio, Satyricon 58,2). Sin embargo Filón testifica que había casos especiales en que se permitía sepultar a los crucificados. Es lo que sucede con Jesús, sepultado antes del comienzo del «sábado, que era muy solemne» (Jn 19,31.42). Pero Josefo informa que durante la guerra, en el año 70 EC, se violó esta sagrada costumbre.

La esperanza de los círculos apocalípticos y fariseos de recuperar la vida junto a Dios para quienes la perdieron por su fidelidad obtuvo una confirmación en el caso de Jesús: «Los que hayan muerto en la tristeza resucitarán en gozo, y los que hayan vivido en pobreza por el Señor se enriquecerán; los necesitados se hartarán; se fortalecerán los débiles, y los muertos por el Señor se despertarán para la vida» (Testamento de Judá 25,4). Jesús había sido acusado de corromper la fe del pueblo con un mensaje que no podía venir de Dios. Pero, al no dejarlo en la muerte, Dios declaraba inválida tal acusación y avalaba su mensaje: «No fue abandonado en el Hades ni su carne experimentó la corrupción; a este Jesús Dios lo resucitó, de lo cual nosotros somos testigos» (Hech 2,31-32).

Una serie de discursos transmite el contenido básico de su anuncio, que ellos presentan como una Buena Noticia: «Nosotros les anunciamos a ustedes esta Buena Noticia: la promesa que Dios hizo a nuestros padres, fue cumplida por él en favor de sus hijos, que somos nosotros, resucitando a Jesús, como está escrito en el Salmo segundo: Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy» (Hech 13,32-33). Además del libro de los Hechos, la primera predicación de la Buena Noticia llega hasta nosotros a través de las cartas de un misionero de la primera generación, el Apóstol Pablo, como también por medio de los demás escritos apostólicos. El mismo testimonio será expresado en una variedad de lenguajes. Sin embargo, ninguno de los escritos canónicos relata el momento en que Jesús ha sido rescatado del poder de la muerte. El único texto que describe una salida del sepulcro es el Evangelio de Pedro, texto apócrifo de mediados del siglo II. La pluralidad de expresiones usadas indica que ninguna de ellas era capaz de explicar una realidad tan trascendental. Fue necesario recurrir a más de una imagen para expresar cuál había sido el destino definitivo de Jesús.
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El lenguaje del anuncio
El libro de los Hechos de los Apóstoles ofrece un relato ordenado del comienzo de la predicación de los discípulos después de la muerte de Jesús.

«En el lugar donde lo crucificaron había una huerta y en ella, una tumba nueva, en la que todavía nadie había sido sepultado. Como era para los judíos el día de la Preparación y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús» (Jn 19,41-42).

CRISTO MUERTO. Obra del pintor Andrea Mantegna.

Durante el periodo herodiano se extendió en Judea la práctica de dar una segunda sepultura. Tal vez al año de la primera sepultura, una vez que el cuerpo quedaba reducido al esqueleto, los huesos eran recogidos y depositados en un osario, que luego se conservaba en un nicho. Se comprende así la mención del Evangelio referida a «una tumba nueva, en la que aún nadie había sido sepultado»; porque un mismo sepulcro era ocupado sucesivamente por varios cuerpos después del traslado al osario. Esta práctica pudo estar motivada por la esperanza de reconstitución del cuerpo en la resurrección, para lo cual era necesario conservar los huesos juntos para evitar que se dispersaran y perdieran.

Dos verbos son los usados con más frecuencia para describir lo que ha ocurrido con Jesús: eigerein («despertarse») y anistanai («levantarse»). Ambos son traducidos en nuestra lengua como «resucitar». Una forma de usar estos verbos es en forma activa, poniendo a Dios como sujeto: «Si crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos...» (Rom 10,9). La otra forma es poniendo a Jesús como sujeto pasivo, y a Dios como agente (a veces general sobreentendido): «Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre» (Rom 6,4). Jesús crucificado ha sido despertado por Dios del sueño de su muerte. Dios ha levantado al que yacía en la tumba. Recordemos cómo estas imágenes se usaban en la Biblia para expresar la realidad de la muerte, cuando no había esperanza de superación:
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«El hombre se acuesta y no se levanta; desaparecerán los cielos, antes que él se despierte, antes que se levante de su sueño» (Job 14,12). Fue el poder creador de Dios el que hizo posible que Jesús despertara y fuese levantado. Por otra parte se habla del lugar desde donde ha sido rescatado, de entre los muertos (Rom 1,4): «No fue abandonado en el Hades ni su carne experimentó la corrupción» (Hech 2,31; cf. Sal 16,10). Hades es la expresión griega para referir la morada de los muertos, que en hebreo se llama Sheol: «Una nube se disipa y pasa, así el que baja al Sheol no sube más» (Job 7,9). Clavado en la cruz, y habiendo bajado al reino de los muertos, Jesús no tenía posibilidad de salir de allí si Dios no lo liberaba.

Esperando la resurrección
«Los Jueces, cada uno por su nombre, fueron hombres que no cayeron en la idolatría ni se apartaron del Señor: ¡que sea bendita su memoria! ¡Que sus huesos reflorezcan de sus tumbas, y sus nombres se renueven en los hijos de esos hombres ilustres! En cuanto a los doce Profetas, que sus huesos reflorezcan desde su tumba, porque ellos consolaron a Jacob y lo libraron por la fidelidad y la esperanza» (Eclesiástico 46,11-12; 49,10) «Dios mismo remodelará los huesos y la carne de los hombres y los resucitará como eran antes» (Oráculos Sibilinos IV,181-182)

OSARIO DE CAIFÁS. Encontrada en un sepulcro familiar en el barrio de Talpiot (Jerusalén), esta lujosa arqueta tiene grabada rudimentariamente, en caracteres típicos del siglo I EC, la inscripción aramea «Yehoseph Bar Kaiapha» (José hijo de Caifás). El hecho de que los restos de un sumo sacerdote saduceo (que no creía en la resurrección) hayan sido colocados en un osario se puede explicar a partir de un uso cultural extendido en la época.

La naturaleza de las visiones
¿Cómo justificaron los discípulos su testimonio? Su anuncio no fue presentado como una simple deducción a partir de la fidelidad de Dios para con su servidor Jesús. Aunque los discípulos creyeran en la resurrección de los justos, su esperanza no habría sido proclamada de manera diferente de como la había expresado Marta, la hermana de Lázaro: «Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día» (Jn 11,24). Pero ellos no proclamaron una esperanza, sino un cumplimiento inesperado. Ellos testificaron una visión: «No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hech 4,20). A menudo se ha intentado explicar las visiones de Jesús resucitado como sensaciones sub-

jetivas provocadas por la situación extrema vivida por sus discípulos. Algunas explicaciones psicológicas se basan en la imposibilidad de aceptar una muerte inesperada: «Alrededor de la mitad y hasta un ochenta por ciento de las personas en duelo sienten ‘la presencia’ o ‘el espíritu de la persona perdida’, de manera intuitiva, a veces avasalladora... Durante este proceso es de fundamental importancia para los que hacen el duelo registrar de manera exacta y narrar a otros los hechos de la vida del muerto» (J.D. Crossan, El nacimiento del cristianismo, Buenos Aires 2003, p.15-16). Estas experiencias, bastante corrientes en personas que realizan de modo ordinario su proceso de duelo, pueden llegar a considerarse como «visiones» y no tienen que considerarse fenómenos paranormales. Responden a la necesidad de seguir manteniendo contacto con el difunto. Pero en el caso de los discípulos de Jesús su experiencia no surge del deseo de encontrar a Jesús vivo.
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«Pasado el sábado, María Magdalena, María, la madre de Santiago, y Salomé compraron perfumes para ungir el cuerpo de Jesús. A la madrugada del primer día de la semana, cuando salía el sol, fueron al sepulcro. Y decían entre ellas: «¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?» Pero al mirar, vieron que la piedra había sido corrida; era una piedra muy grande. Al entrar al sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca. Ellas quedaron sorprendidas. Pero él les dijo: «No teman. Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí. Miren el lugar donde lo habían puesto. Vayan ahora a decir a sus discípulos y a Pedro que él irá antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, como él se lo había dicho» (Mc 16,1-7).
LAS DOS MARÍAS EN LA TUMBA. Obra de Bartolomeo Schedoni.

En muchas culturas las mujeres tienen, un protagonismo especial en el proceso por el cual un grupo asume la muerte de uno de sus miembros: preparación del cadáver, ritos funerarios, expresiones de duelo. Estos gestos están pintados en los vasos griegos (imagen de la pág. siguiente), donde aparecen mujeres en torno al cadáver que se rasgan la ropa, se lastiman la cara o se arrancan mechones de pelo. Si los hombres componen cantos con elogios sobre el difunto, los lamentos femeninos expresan un diálogo que busca mantener el contacto con la persona muerta.

Al contrario, sucede de un modo totalmente inesperado, ya que el contexto de su muerte hacía muy difícil producir un salto desde el deseo de verlo a la realidad de su resurgimiento. Los relatos de las manifestaciones muestran a los discípulos ya desentendidos del seguimiento de Jesús, retornando a sus hogares con sus expectativas frustradas acerca del liberador de Israel (Lc 24,21), volviendo a utilizar las redes que antes habían abandonado (Jn 21,3), resistiéndose a creer a la visión que se les imponía (Lc 24,41). En los testimonios apostólicos se destaca que lo experimentado por los discípulos no se ha originado a partir de ellos, sino que responde a una realidad exterior: «Se se hizo ver a Cefas y luego a los Doce; después se hizo ver a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se hizo ver a Santiago; más tarde, a todos los apóstoles. Y en último término se me hizo ver también a mí, como a un abortivo» (1 Co 15,5-8).
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Es importante tener en cuenta que la visión de los testigos del Resucitado no es un simple registro ocular como el que podría tener cualquier fotógrafo. En este testimonio que Pablo recibió de la tradición se utiliza repetidamente la expresión «se hizo ver» (ωφθη Ophthé). La misma fórmula era utilizada para describir las teofanías o manifestaciones divinas que se narran en los antiguos relatos bíblicos. Así: «Se hizo ver el Señor a Abraham» (Gn 12,7; 17,1). De modo que se trata de experiencias de revelación, donde Dios muestra glorificado al que murió crucificado: «Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de hacerse manifiesto, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano» (Hech 10,40-41). «Cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que lo anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir

Lamentación por Aquiles de parte de su madre Thetis y las Nereidas. Recipiente corintio, 550 aEC.

consejo ni a la carne ni a la sangre, sin subir a Jerusalén donde los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia» (Gal 1,15-17). Cuando el libro de los Hechos relata esta experiencia de Pablo camino a Damasco, dice: «Los hombres que iban con él se habían detenido mudos de espanto; oían la voz, pero no veían a nadie» (Hech 9,7). La visión del Resucitado Dios la infunde a quien elige y no es accesible a otras personas que pudieran estar presentes en el mismo lugar.

El alcance de la resurrección
El resultado de la experiencia de los discípulos de Jesús no fue la obtención de un consuelo individual; ni siquiera una contención grupal que permitiera superar el trauma causado por la cruz. La convicción de los discípulos se manifestó social-

mente en la forma de una comunidad que se iría extendiendo más allá de las fronteras de Israel. En efecto, las visiones pascuales no sólo produjeron que los discípulos se alegraran (Jn 20,20), sino que también crearon una conciencia de misión (Jn 20,21). No sólo experimentaron una Buena Noticia para sus vidas, sino que se sientieron llamados a predicarla como un anuncio de carácter universal. La experiencia de visión del Resucitado transformó la vivencia que los discípulos tenían de Jesús durante su seguimiento en Galilea. Ellos no retomaron sin más la misión compartida con él cuando los envió a predicar (Mt 10,5). Si Jesús había sido rehabilitado por Dios como su mensajero, no había que esperar ya a otro: «Moisés dijo: El Señor Dios os suscitará un profeta como yo de entre vuestros hermanos; escuchadle todo cuanto os diga» (Hech 3,22). Los enviados del Resucitado no afirmaron simplemente que Jesús había vuelto a la vida teEn la escuela de las Escrituras 32 Sigue en la pág. 29

La Iglesia del Santo Sepulcro
El Calvario (1) era una roca de unos 5 metros de altura, que por la forma de su perfil recordaba la silueta de un cráneo; de ahí el nombre de «calavera» (Mt 27,33; Mc 15,22; Lc 23,33; Jn 19,17). Era una zona de antiguas canteras, muy próxima a la muralla. A menos de 40 metros, otro tajo en la roca (2) se había aprovechado para hacer unas tumbas excavadas en ella, como era frecuente en las afueras de Jerusalén. Cien años después de la sepultura de Jesús, cuando el emperador Adriano construyó sobre las ruinas de Jerusalén la colonia romana de Aelia Capitolina, mandó construir allí un templo pagano rodeado de una gran plaza que cubría prácticamente hasta la cima de la roca del Calvario. Sobre ella se levantó una estatua en honor de la diosa Venus.

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En el año 326 el emperador Constantino derribó el templo y desenterró el Calvario (1), que quedó albergado en el patio de una Basílica. La gruta de la sepultura de Jesús fue tallada exteriormente para darle forma de mausoleo (2).

En las fotos se puede observar el interior del edificio actual. El Calvario ha sido cubierto por un techo de bóveda y se accede a su parte superior mediante una escalera. Un hueco permite introducir la mano para tocar lo que queda de la roca. Sobre el mismo se ha construido un altar (1). El Sepulcro tuvo que ser totalmente reconstruido en la Edad Media después de los daños causados por Hakim. Sobre el mismo se reedificó la gran cúpula que cubre el recinto llamado Anástasis [Resurrección] (2). Entre el Calvario y la Anástasis, apenas se ingresa a la Basílica, una piedra rectangular (3) recuerda el lugar donde fue ungido el cuerpo de Jesús después que fue bajado de la cruz, antes de ser depositado en el sepulcro (Jn 19,39-40).

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En 1009 la Basílica quedó prácticamente destruida por orden del sultán Hakim. Aunque se restauró la Anástasis gracias al emperador bizantino Constantino Monómaco, el resto del edificio continuó en ruinas. Cuando los cruzados conquistaron Jerusalén reconstruyeron la iglesia según el estilo románico que hoy mantiene. La consagraron en 1149.

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«María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?». María respondió: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció. Jesús le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo». Jesús le dijo: «¡María!». Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: «¡Raboní!», es decir «¡Maestro!» (Jn 20,11-16).

APARICIÓN DE CRISTO A MARÍA MAGDALENA. Obra de Alexander Ivanov.

El hallazgo del sepulcro de Jesús vacío produce como primera opinión que su cuerpo ha sido robado (Jn 20,2). Este fue el rumor que siguió circulando (Mt 28,12-15). Para evitar tales profanaciones, el Estado romano había sancionado leyes que castigaban severamente tales delitos. Una copia griega del edicto imperial que recordaba estas leyes fue hallado en Nazaret en 1878. Sería extraña su publicación en un lugar tan pequeño como aquel del que provenía Jesús, si no hubiese recaído sobre los miembros de su entorno la acusación del robo de su cuerpo.

rrena, caracterizada por su limitación y fragilidad. Así lo explicará Pablo: «Después de resucitar, no muere más, porque la muerte ya no tiene poder sobre él» (Rom 6,9). Su retorno a la vida es diferente al de la hija de Jairo (Mc 5,35-43), o del hijo de la viuda (Lc 7,11-15) o de Lázaro (Jn 11,44). Los discípulos afirmaban que Jesús había sido elevado a un estado de gloria en presencia de Dios: «Exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que ustedes ven y oyen» (cf Hech 2,33). Aquí se puede advertir lo que distinguiría el anuncio apostólico de la proclamación de otras corrientes que esperaban la resurrección
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final de los muertos. Las visiones podrían haberse comprendido como el arrebato celestial de un justo perseguido, que era así rehabilitado por Dios. Se trataría de un anticipo individual del acontecimiento definitivo. De esa manera había visto Judas Macabeo a uno de los profetas, revestido de una dignidad soberana y majestuosa: «Onías tomó la palabra y le dijo: «Este es Jeremías, el profeta de Dios, que ama a sus hermanos, y ora sin cesar por su pueblo y por la Ciudad santa» (2 Mac 15,14). Sin embargo los discípulos de Jesús no interpretaron lo sucedido como algo aislado o ejemplar, sino como el inicio del tiempo final: «El Elegido, en aquellos días, se sentará en mi trono y todos los secretos de la sabiduría

Ley sobre los sepulcros
«EDICTO DEL CÉSAR. Sabido es que los sepulcros y las tumbas, que han sido hechos en consideración a la religión de los antepasados, o de los hijos o de los parientes, deben permanecer inmutables a perpetuidad. Si pues alguien es convicto de haberlos destruido, de haber, no importa de qué manera, exhumado cadáveres enterrados, o de haber, con mala intención, transportado el cuerpo a otros lugares, haciendo injuria a los muertos, o de haber quitado las inscripciones o las piedras de la tumba, ordeno que ése sea llevado a juicio como si quien se dirige contra la religión de los Manes lo hiciera contra los mismos dioses. Así, pues, lo primero es preciso honrar a los muertos. Que no sea en absoluto permitido a nadie el cambiarlos de sitio, si no quiere el convicto por violación de sepultura sufrir la pena capital». (Inscripción de Nazaret)
Losa de 60cm de largo por 37,5cm de ancho, con el texto griego arriba traducido. Procedente de Nazaret, fue datada como en torno a la primera mitad del siglo I EC.

saldrán de las sentencias de su boca, pues el Señor de los espíritus le ha concedido ese don y lo ha glorificado. En aquellos días, las montañas saltarán como carneros y las colinas retozarán como corderos saciados de leche y todos los justos se convertirán en ángeles del cielo; su rostro brillará de gozo, porque en aquellos días el Elegido se levantará. La tierra se llenará de alegría, los justos la habitarán, los elegidos caminarán y se pasearán por ella» (Henoc 51,3-5). La renovación anunciada por los profetas ya la habría comenzado Dios al resucitar a Jesús, como al primero. Igualmente, al experimentar en ellos mismos la fuerza transformadora del Espíritu de Dios, interpretaron que ese don divino llegaba a ellos como una participación del poder que había resucitado a Jesús. Así se realizaba la efusión anunciada por los profetas para el tiempo final:

«En los últimos días, dice el Señor, derramaré mi Espíritu sobre todos los hombres y profetizarán vuestros hijos e hijas; los jóvenes verán visiones y los ancianos tendrán sueños proféticos» (Joel 3,1-5; cf. Hech 2,17).

La entronización del Mesías
Jesús se había presentado durante su vida como mensajero e iniciador del Reinado de Dios: «Si por el dedo de Dios expulso los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios» (Lc 11,20). Por considerarse el representante de Dios en vistas al Reino, Jesús había hecho depender el destino definitivo de los hombres de la toma de posición respecto a él y de la acogida de su mensaje:
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«Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!». El les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré» (Jn 20,24-25).
TOMÁS. Obra de Caravaggio.

Hasta ahora se han descubierto los restos de un solo crucificado, fechados en la primera mitad del siglo I EC. El hallazgo se produjo en Giv’at ha Mivtar. El osario que contenía los restos llevaba el nombre de Juan, hijo de Haggol. Los enterradores no pudieron desprender el clavo del talón por estar doblado, y por eso lo dejaron en el lugar. Las piernas debieron estar abiertas, clavadas por separado a ambos lados del poste. Los huesos de las manos no presentan fracturas. O bien fueron atadas al madero, o los clavos pasaron entre los dos huesos encima de las muñecas.

«Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, lo negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos» (Mt 10,32-33). Si los habitantes de Nínive fueron capaces de arrepentirse al escuchar la amenaza de Jonás, y así obtuvieron la misericordia de Dios, con más razón los oyentes de Jesús deberían acoger su mensaje sobre la bondad del Padre y su oferta del perdón. Por eso serían condenados en el Juicio aquellos que no se convirtieran por la predicación del que es «mayor que Jonás» (Lc 11,32). Tales pretensiones sonaban inaceptables. Y así su abandono al poder de la muerte parecía mostrar el juicio negativo de Dios sobre el falso Mesías: «A otros salvó; que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el Elegido» (Lc 23,35). Pero al ser resucitado por Dios, el mensaje y la persona de Jesús adquirían un valor decisivo. Dios mismo legitimaba el mensaje y la persona de aquel a quien mostraba como su Enviado: «El es la piedra que ustedes, los constructores, han despreciado y que se ha convertido en piedra angular» (Hech 4,11).
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«El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús a quien uestedes dieron muerte colgándolo de un madero. A éste lo ha exaltado Dios con su diestra como Jefe y Salvador, para conceder a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Nosotros somos testigos de estas cosas, y también el Espíritu Santo que ha dado Dios a los que le obedecen» (Hech 5,30-32). Porque Dios avalaba el mensaje de Jesús, los discípulos volvieron a proclamar el anuncio de la llegada del Reino como ya antes lo habían hecho en Galilea. Pero ahora la llamada a la conversión incluía también la aceptación de Jesús. El que había iniciado el Reinado de Dios en la tierra mediante prodigios y exorcismos, ahora resucitado, presidía gloriosamente con Dios ese Reino: «Exaltado por el poder de Dios, él recibió del Padre el Espíritu Santo prometido, y lo ha comunicado como ustedes ven y oyen. Porque no es David el que subió a los cielos; al contrario, él mismo afirma: "Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a todos tus enemigos debajo de tus pies". Por eso, todo el pueblo de Israel debe reconocer que a ese Jesús que ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Mesías» (Hech 2,33-36).

Las marcas de los clavos
«Los soldados se divertían crucificando a los prisioneros en varias posiciones, y era tal su número que faltaba espacio para las cruces y cruces para las víctimas». (Josefo, Guerra Judía V,451) «Veo desde aquí las cruces, pero no del mismo género, sino construidas por unos de una forma y por otros de otra. Algunos cuelgan a sus víctimas con la cabeza abajo, otros las empalan, otros abren los brazos sobre el patíbulo». (Séneca, Diálogos VI,20,3)
Clavo fijado al hueso del talón de Juan, hijo de Haggol.

Dos títulos de majestad señalan su dignidad: SEÑOR. La Biblia griega traduce con éste término el nombre de Dios (YHWH). Al aplicar el mismo título a Jesús los creyentes proclaman el hecho de que al Crucificado, exaltado junto a Dios en su condición de glorificado, los creyentes someten su vida aprendiendo y enseñando a cumplir todo lo que él había mandado como enviado de Dios (cf. Mt 28,20). Por eso Jesús no es sólo un personaje del pasado que debe ser recordado. Tampoco es sólo el liberador de quien se espera su venida futura. Jesús ejerce una influencia viva en el presente: Jesús se encuentra de tal forma vivo en su comunidad que su presencia la puede experimentar constantemente cada uno de los creyentes, como una fuerza transformadora para la propia vida. MESÍAS. La esperanza judía aguardaba que un descendiente de David, Ungido (hebr. Mashiaj) como rey, restaurara la monarquía con sede en Jerusalén, a donde los gentiles vendrían para rendir culto al Dios verdadero. Este Mesías (gr. Khristós) traería entonces paz y prosperidad a Israel y a toda la tierra. Sin embargo, Jesús no había cumplido en su vida estas expectativas, como repetían los caminantes de Emaús (Lc

24,21). Pero la esperanza de realización, sacudida por la crisis de su muerte, resurgió en el corazón de sus discípulos de un modo totalmente renovado. Esperaron con ansia su retorno, creyendo firmemente que entonces realizaría todo lo que se aguardaba del Redentor de Israel. Entonces, concluido ya el establecimiento del Reino de Dios, Jesús se manifestaría abiertamente como el Mesías anunciado desde antiguo: «El Señor les concederá el tiempo del consuelo y enviará a Jesús, el Mesías destinado para ustedes. El debe permanecer en el cielo hasta el momento de la restauración universal, que Dios anunció antiguamente por medio de sus santos profetas» (Hech 3,20-21). Esta comprensión de la identidad de Jesús como Mesías futuro no prevaleció en las generaciones siguientes con la misma fuerza que tuvo entre los primeros anunciadores. Porque, como centro de la proclamación, llegó a pesar más lo que Dios ya había hecho en Jesús que lo que aún quedaba por realizar. Al resucitarlo y exaltarlo a su lado ya lo había glorificado y lo había hecho Mesías. Pero la generación apostólica seguiría transmitiendo con firmeza su esperanza de participar como Jesús de su destino glorioso:
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«El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: «¡Es el Señor!». Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla. Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: «Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar». Simón Pedro subió a al barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: «Vengan a comer». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres», porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos» (Jn 21,7-14).
APACIENTA A MIS OVEJAS. Obra de Rafael.

El Evangelio de Lucas, Juan 20 y el final de Marcos relatan apariciones de Jesús en Jerusalén. En cambio Mateo y Juan 21 narran apariciones en Galilea. La secuencia de la pasión, con la negación temerosa de Pedro y la huída de los demás discípulos, indicaría que la manifestación a Pedro y al resto de los Once tuvo lugar en Galilea. Los que huyeron por temor difícilmente habrían permanecido en una ciudad que ya no consideraban segura.

«Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesús Cristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas.» (Fil 3,20-21).

«Nerón comenzó a castigar con exquisitos géneros de tormentos a unos hombres odiados por el vulgo a causa de sus excesos, llamados comúnmente cristianos. El autor de este nombre fue Cristo, el cual, imperando Tiberio, había sido ejecutado por orden de Pilato, procurador de Judea» (Anales, XV,44). «Ellos tienen por costumbre en días señalados reunirse antes de rayar el sol y cantar, alternando entre sí a coro, un himno a Cristo como si fuera un dios» (Plinio el Joven, Epist. X,96,7). Tal es la descripción del fenómeno religioso que ya no podía pasar desapercibido a comienzos del siglo II EC. A partir de esta constatación, la explicación que se pueda hacer del origen y continuidad del mismo será muy diversa, dependiendo de la aceptación o rechazo respecto al anuncio transmitido. Quienes lo aceptaron, pudieron hacerlo porque abrigaban la esperanza de ver realizadas en su vida las promesas formuladas por los profetas:

Los relatos de los Evangelios
El anuncio de los discípulos de Jesús encontró adhesiones y rechazos, como sucede con cualquier otro testimonio personal que no dispone de evidencias para mostrar. La única evidencia que históricamente se puede encontrar es aquella que registraron algunos cronistas antiguos no comprometidos en el anuncio. Ellos informan que un grupo no pequeño de personas persistían, arriesgando su vida, en continuar la causa de Jesús: «La tribu de los cristianos, así llamados a causa de su nombre, no ha desaparecido» (Josefo, Antigüedades XVIII,64).
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«Después de esto, Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades» (Jn 21,1).
MENSA CHRISTI. Lugar tradicional del encuentro entre Jesús Resucitado y siete de sus discípulos.

«Ustedes son los herederos de los profetas y de la Alianza que Dios hizo con sus antepasados, cuando dijo a Abraham: "En tu descendencia serán bendecidos todos los pueblos de la tierra". Ante todo para ustedes Dios resucitó a su Servidor, y lo envió para bendecirlos y para que cada uno se aparte de sus iniquidades» (Hech 3,25-26). Entre ellos se contaron «algunos miembros de la secta de los fariseos que habían abrazado la fe» (Hech 15,5). Creyeron que Dios estaba haciendo posible el comienzo del mundo nuevo anhelado y que ellos podrían participar del mismo. Entre quienes rechazaron el testimonio apostólico, algunos lo hicieron porque el suceso proclamado no formaba parte de sus expectativas. Es el caso de «los saduceos, irritados de que predicaran y anunciaran al pueblo la resurrección de los muertos cumplida en la persona de Jesús» (Hech 4,2). O de los filósofos del Areópago de Atenas que, al oír las palabras «resurrección de los muertos», se burlaban de Pablo mientras

otros decían: «Otro día te oiremos hablar sobre esto» (Hech 17,32). La resurrección no formaba parte de las aspiraciones platónicas de un alma inmortal que anhelaba liberarse de su cuerpo: «La parte del alma que hay en el cuerpo se duerme; el verdadero despertar es una verdadera resurrección respecto del cuerpo, no con el cuerpo» (Plotino, Ennéadas 3,65,6-70-72). Otros tenían su buena razón para no fiarse del testimonio porque, aunque esperaban el advenimiento mesiánico y la resurrección de los justos, no podían aceptar una manifestación que no fuese pública: «En cuanto al Cristo [el Mesías], si acaso ya ha nacido y existe en alguna parte, es desconocido y no tiene conciencia de sí hasta que venga Elías a ungirlo y a manifestarlo a todos. Ustedes, por el contrario, recogiendo un murmullo vacío, se han hecho un Cristo suyo» (Justino, Diálogo con Trifón 8).
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«Comenzando por Moisés y continuando en todas las Escrituras Jesús les interpretó lo que se refería a él. Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba». El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,27-32).

JESÚS Y LOS DISCÍPIULOS EN EMMAUS. Obra de Caravaggio.

La aldea mencionada en el Evangelio ha sido localizada en distintos sitios según las épocas. En los primeros siglos se pensó en la Emaús donde combatió Judas Macabeo (1 Mac 4,3). Pero esta ciudad, llamada después NICÓPOLIS, se encuentra a 160 estadios de Jerusalén (31 km) y no a 60 (11,5 Km), como dice el texto. Por otro lado es una distancia demasiado larga para ser recorrida ida y vuelta el mismo día. Por eso los cruzados optaron por otros lugares que se ajustaban a los 60 estadios, como ABU GOSH o también QUBEIBA.

Un rumor dio origen, por propagación, a un amplio movimiento religioso. Porque es un rumor lo que no se puede probar. Un rumor que podía generar grandes entusiasmos y también malestares, como el de Celso: «¿Quién vio esto? Una mujer histérica, o quizá algunas otras que habían sido engañadas por la misma brujería» (Orígenes, Contra Celso 2,55). Pero también cabe, más allá del entusiasmo o de la irritación, una valoración más neutral del origen del rumor, como lo hacía a comienzos del siglo XX el escritor judío Joseph Klausner: «Esta fe de millones de hombres y diecinueve siglos de antigüedad no se fundó en la impostura; no puede cuestionarse que algunos de los ardientes galileos tuvieron una visión de su señor y Mesías... De no ser por tal visión, el recuerdo del Nazareno se habría perdido completamente o conservado sólo en un conjunto de elevados preceptos éticos o historias de milagros» (Jesús de Nazaret, Barcelona 1991, p.359).
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Las enseñanzas de Jesús sobre el Reino de Dios podrían haberse conservado a través de una escuela, como sucedió con las de Sócrates después de su muerte. Sus prodigios también pudieron ser evocados, magnificados, multiplicados y relatados como hizo Filóstrato con los de Apolonio de Tiana. Pero para formarse una comunidad hacía falta algo más. Una experiencia de encuentro y presencia que renovara las esperanzas perdidas y proporcionara fuerza en los momentos de prueba. Se necesitaba un nuevo aliento capaz de transformar a las personas, impulsándolas al cambio de conducta, dándoles ánimo tanto para vivir como para morir. El anuncio de la resurrección manifiesta la percepción de algo que no pudieron expresar de una manera diferente. Manifiesta la percepción de que esta vida no es una historia completa en sí misma, sino que sólo puede ser comprendida como parte de una historia más amplia en la que Dios es el actor principal y en la que Jesús participa todavía. Por eso la resurrección de Jesús no es sólo una convicción de fe. Es también un paradigma de esperanza.

«Dinos María: ¿Qué viste en el camino? He visto el sepulcro del Cristo viviente y la gloria del Señor resucitado. He visto a los ángeles testigos, el sudario y las vestiduras. Ha resucitado Cristo, mi esperanza, y precederá a los discípulos en Galilea» (Secuencia Pascual)
JESÚS SE MANIFIESTA A MARÍA MAGDALENA. Obra de Correggio.

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