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"CONOCETE A TI MISMO "

Habitualmente se cita esta frase: "Conócete a ti mismo", pero a menudo se pierde de vista su sentido exacto. A propósito de la confusión que reina con respecto a estas palabras, pueden plantearse dos cuestiones: la primera concierne al origen de esta expresión, la segunda a su sentido real y a su razón de ser. Algunos lectores podrían creer que ambas cuestiones son completamente distintas y que no tienen entre sí ninguna relación. Tras una reflexión y un examen atento, claramente aparece que mantienen una estrecha conexión. Si se les pregunta a quienes han estudiado la filosofía griega quién fue el hombre que pronunció primero esta sabia frase, la mayoría de ellos no dudará en responder que el autor de esta máxima es Sócrates, aunque algunos pretenden referirla a Platón y otros a Pitágoras. De estos pareceres contradictorios, de estas divergencias de opinión, estamos en nuestro derecho de concluir que esta frase no tiene por autor a ninguno de los filósofos mencionados, y que no es en ellos dónde habría que buscar su origen. Nos parece lícito formular esta advertencia, que parecerá justa al lector cuando sepa que dos de estos filósofos, Pitágoras y Sócrates, no dejaron ningún escrito. En cuanto a Platón, nadie, sea cual sea su competencia filosófica, está en situación de distinguir qué fue dicho por él o por su maestro Sócrates. La mayor parte de la doctrina de este último no nos es conocida más que por mediación de Platón, y, por otra parte, se sabe que es en la enseñanza de Pitágoras donde Platón recogió ciertos conocimientos de los que hace gala en sus diálogos. Con ello, vemos que es extremadamente difícil delimitar lo que corresponde a cada uno de estos tres filósofos. Lo que se atribuye a Platón a menudo es también atribuido a Sócrates, y, entre las teorías consideradas, algunas son anteriores a ambos y provienen de la escuela de Pitágoras o de él mismo. Verdaderamente, el origen de la expresión estudiada se remonta mucho más allá de los tres filósofos mencionados. Mejor aún: es más antigua que la historia de la filosofía, y supera también el dominio de la filosofía. Se dice que estas palabras estaban inscritas en la puerta del templo de Apolo en Delfos. Posteriormente fueron adoptadas por Sócrates, así como por otros filósofos, como uno de los principios de su enseñanza, a pesar de la diferencia que haya podido existir entre estas diversas enseñanzas y los fines perseguidos por sus autores. Es probable, por lo demás, que también Pitágoras haya empleado esta expresión mucho antes que Sócrates. Con ello, estos filósofos se proponían demostrar que su enseñanza no era estrictamente personal, que provenía de un punto de partida más antiguo, de un punto de vista más elevado que se confundía con la fuente misma de la inspiración original, espontánea y divina. Constatamos que estos filósofos eran, por ello, muy diferentes a los filósofos modernos, que despliegan todos sus esfuerzos para expresar algo nuevo, a fin de ofrecerlo como la expresión de su propio pensamiento, de erigirse

como los únicos autores de sus opiniones, como si la verdad pudiera ser propiedad de alguien. Veremos ahora por qué los filósofos antiguos quisieron vincular su enseñanza con esta expresión o con alguna similar, y por qué se puede decir que esta máxima es de un orden superior a toda filosofía. Para responder a la segunda parte de esta cuestión, diremos que la solución está contenida en el sentido original y etimológico de la palabra "filosofía", que habría sido, se dice, empleada por primera vez por Pitágoras. La palabra filosofía expresa propiamente el hecho de amar a Sophia, la sabiduría, la aspiración a ésta o la disposición requerida para adquirirla. Esta palabra siempre ha sido empleada para calificar una preparación a esa adquisición de la sabiduría, y especialmente los estudios que podían ayudar al philosophos, o a aquel que experimentaba por ella alguna tendencia, a convertirse en sophos, es decir, en sabio. Así, como el medio no podría ser tomado por un fin, el amor a la sabiduría no podría constituir la sabiduría misma. Y debido a que la sabiduría es en sí idéntica al verdadero conocimiento interior, se puede decir que el conocimiento filosófico no es sino un conocimiento superficial y exterior. No posee en sí mismo, ni por sí mismo, un valor propio. Solamente constituye un grado preliminar en la vía del conocimiento superior y verdadero, que es la sabiduría. Es muy conocido por quienes han estudiado a los filósofos antiguos que éstos tenían dos clases de enseñanza, una exotérica y otra esotérica. Todo lo que estaba escrito pertenecía solamente a la primera. En cuanto a la segunda, nos es imposible conocer exactamente su naturaleza, ya que por un lado estaba reservada a unos pocos, y, por otro, tenía un carácter secreto. Ambas cualidades no hubieran tenido ninguna razón de ser si no hubiera habido allí algo superior a la simple filosofía. Puede al menos pensarse que esta enseñanza esotérica estaba en estrecha y directa relación con la sabiduría y que no apelaba tan sólo a la razón o a la lógica, como es el caso para la filosofía, que por ello ha sido llamada "el conocimiento racional". Los filósofos de la Antigüedad admitían que el conocimiento racional, es decir, la filosofía, no era el más alto grado del conocimiento, no era la sabiduría. ¿Acaso la sabiduría puede ser enseñada del mismo modo que el conocimiento exterior, por la palabra o mediante libros? Ello es realmente imposible, y veremos la razón. Lo que podemos afirmar desde ahora es que la preparación filosófica no es suficiente, ni siquiera como preparación, pues no concierne más que a una facultad limitada, que es la razón, mientras que la sabiduría concierne a la realidad del ser al completo. De modo que existe una preparación a la sabiduría más elevada que la filosofía, que no se dirige a la razón, sino al alma y al espíritu, y a la que podemos llamar preparación interior; éste parece haber sido el carácter de los más altos grados de la escuela de Pitágoras. Ha ejercido su influencia a través de la escuela de Platón y hasta el neo-platonismo de la escuela de Alejandría, donde apareció de nuevo claramente, así como entre los neo- pitagóricos de la misma época. Si para esta preparación interior se empleaban también palabras, éstas no podían ser ya tomadas sino como símbolos destinados a fijar la contemplación interior. Mediante esta preparación, el hombre es llevado a ciertos estados que le permiten superar el conocimiento racional al que había llegado

anteriormente, y como todo esto está muy por encima de la razón, está también muy por encima de la filosofía, puesto que la palabra filosofía siempre es empleada de hecho para designar algo que sólo pertenece a la razón. No obstante, es asombroso que los modernos hayan llegado a considerar a la filosofía, así definida, como si fuera completa en sí misma, y olvidan así lo más elevado y superior. La enseñanza esotérica fue conocida en los países de oriente antes de propagarse en Grecia, donde recibió el nombre de "misterios". Los primeros filósofos, en particular Pitágoras, vincularon a ellos su enseñanza, como no siendo sino una expresión nueva de ideas antiguas. Existían numerosas clases de misterios con orígenes diversos. Aquellos en los que se inspiraron Pitágoras y Platón estaban en relación con el culto de Apolo. Los "misterios" tuvieron siempre un carácter reservado y secreto, significando etimológicamente la propia palabra "misterios" silencio total, no pudiendo ser expresadas mediante palabras las cosas a las cuales se referían, sino tan sólo enseñadas por una vía silenciosa. Pero los modernos, al ignorar cualquier otro método distinto al que implica el uso de la palabra, al cual podemos llamar el método de la enseñanza exotérica, han creído erróneamente, a causa de ello, que no había aquí ninguna enseñanza. Podemos afirmar que esta enseñanza silenciosa usaba figuras, símbolos y otros medios que tenían por objetivo conducir al hombre a estados interiores, permitiéndole llegar gradualmente al conocimiento real o a la sabiduría. Tal era el objetivo esencial y final de todos los "misterios" y de otras cosas semejantes que pueden encontrarse en diferentes lugares. En cuanto a los "misterios" que estaban especialmente vinculados al culto de Apolo y al propio Apolo, es preciso recordar que éste era el dios del sol y de la luz, siendo ésta en su sentido espiritual la fuente de donde brota todo conocimiento y de la que derivan las ciencias y las artes. Se dice que los ritos de Apolo llegaron del Norte y esto se refiere a una tradición muy antigua, que se encuentra en libros sagrados como el Vêda hindú y el Avesta persa. Este origen nórdico era incluso afirmado más especialmente para Delfos, que pasaba por ser un centro espiritual universal; y había en su templo una piedra llamada "omphalos" que simbolizaba el centro del mundo. Se piensa que la historia de Pitágoras, e incluso su propio nombre, poseen una cierta relación con los ritos de Apolo. Éste era llamado Pythios, y se dice que Pytho era el nombre original de Delfos. La mujer que recibía la inspiración de los Dioses en el templo era llamada Pythia. El nombre de Pitágoras significa entonces "guía de la Pythia", lo cual se aplica al propio Apolo. Se cuenta además que es la Pythia quien declaró que Sócrates era el más sabio de los hombres. Parece entonces que Sócrates estuvo relacionado con el centro espiritual de Delfos, al igual que Pitágoras. Añadiremos que si bien todas las ciencias eran atribuidas a Apolo, esto era incluso más especialmente en cuanto a la geometría y la medicina. En la escuela pitagórica, la geometría y todas las ramas de las matemáticas ocupaban el primer lugar en la preparación al conocimiento superior. Con respecto a este conocimiento, estas ciencias no eran dejadas de lado, sino que, por el contrario, eran empleadas como símbolos de la verdad espiritual. También Platón consideraba a la geometría como una preparación indispensable a toda otra enseñanza, y había inscrito sobre la

puerta de su escuela estas palabras: "Nadie entre aquí si no es geómetra". Se comprende el sentido de estas palabras cuando se las refiere a otra fórmula del mismo Platón: "Dios siempre geometriza", ya que, hablando de un Dios geómetra, Platón aludía a Apolo. No debe asombrar que los filósofos de la Antigüedad hayan empleado la frase inscrita en la entrada del templo de Delfos, puesto que conocemos ahora los vínculos que los unían a los ritos y al simbolismo de Apolo. Después de todo esto, fácilmente podemos comprender el sentido real de la frase estudiada aquí y el error de los modernos a este respecto. Este error deriva de que ellos han considerado esta frase como una simple sentencia de un filósofo, a quien atribuyen siempre un pensamiento comparable al suyo. Pero, en realidad, el pensamiento antiguo difería profundamente del pensamiento moderno. Así, muchos atribuyen a esta frase un sentido psicológico; pero lo que ellos llaman psicología consiste tan sólo en el estudio de los fenómenos mentales, que no son sino modificaciones exteriores -y no la esencia- del ser. Otros aún ven en ella, sobre todo aquellos que la atribuyen a Sócrates, un objetivo moral, la búsqueda de una ley aplicable a la vida práctica. Todas estas interpretaciones exteriores, sin ser siempre enteramente falsas, no justifican el carácter sagrado que poseía en su origen, que implica un sentido mucho más profundo que el que así se le quiere atribuir. En primer lugar, significa que ninguna enseñanza exotérica es capaz de dar el conocimiento real, que el hombre debe encontrar solamente en sí mismo, pues, de hecho, ningún conocimiento puede ser adquirido sino mediante una comprensión personal. Sin esta comprensión, ninguna enseñanza puede desembocar en un resultado eficaz, y la enseñanza que no despierta en quien la recibe una resonancia personal no puede procurar ninguna clase de conocimiento. Es la razón de que Platón dijera que "todo lo que el hombre aprende está ya en él". Todas las experiencias, todas las cosas exteriores que le rodean no son más que una ocasión para ayudarle a tomar conocimiento de lo que hay en sí mismo. Este despertar es lo que se llama anámnesis, que significa "reminiscencia". Si esto es cierto para todo conocimiento, lo es mucho más para un conocimiento más elevado y más profundo, y, cuando el hombre avanza hacia este conocimiento, todos los medios exteriores y sensibles se hacen cada vez más insuficientes, hasta finalmente perder toda utilidad. Si bien pueden ayudar a aproximarse a la sabiduría en algún grado, son impotentes para adquirirla realmente, y se dice corrientemente en la India que el verdadero guru o maestro se encuentra en el propio hombre y no en el mundo exterior, aunque una ayuda exterior pueda ser útil al principio, para preparar al hombre a encontrar en sí y por sí mismo lo que no puede encontrar en otra parte, y particularmente lo que está por encima del nivel de la conciencia racional. Es necesario, para lograrlo, realizar ciertos estados que avanzan siempre más profundamente hacia el ser, hacia el centro, simbolizado por el corazón y donde la conciencia del hombre debe ser transferida para hacerle capaz de alcanzar el conocimiento real. Estos estados, que eran realizados en los misterios antiguos, eran grados en la vía de esta transposición de la mente al corazón. Había, hemos dicho, una piedra en el templo de Delfos llamada omphalos, que representaba el centro del ser humano, así como el centro del mundo, según la correspondencia que existe entre el macrocosmos y el

microcosmos, es decir, el hombre, de tal manera que todo lo que está en uno está en relación directa con lo que está en el otro. Avicena dijo: "Tú te crees una nada, y sin embargo el mundo reside en ti". Es curioso señalar la creencia extendida en la Antigüedad según la cual el omphalos había caído del cielo, y se tendrá una idea exacta del sentimiento de los griegos con respecto a esta piedra diciendo que tenía cierta similitud con el que experimentamos con respecto a la piedra negra sagrada de la Kaabah. La similitud que existe entre el macrocosmos y el microcosmos hace que cada uno de ellos sea la imagen del otro, y la correspondencia entre los elementos que los componen demuestra que el hombre debe conocerse a sí mismo primero para poder conocer después todas las cosas, pues, en verdad, puede encontrarlo todo en él. Es por esta razón que algunas ciencias -especialmente las que forman parte del conocimiento antiguo y que son casi ignoradas por nuestros contemporáneos- poseen un doble sentido. Por su apariencia exterior, estas ciencias se refieren al macrocosmos y pueden ser consideradas justamente desde este punto de vista. Pero al mismo tiempo también poseen un sentido más profundo, el que se refiere al propio hombre y a la vía interior por la cual puede realizar el conocimiento en sí mismo, realización que no es otra que la de su propio ser. Aristóteles dijo: "el ser es todo lo que conoce", de tal modo que, allí donde existe conocimiento real -y no su apariencia o su sombra- el conocimiento y el ser son una y la misma cosa. La sombra, según Platón, es el conocimiento por los sentidos e incluso el conocimiento racional que, aunque más elevado, tiene su origen en los sentidos. En cuanto al conocimiento real, está por encima del nivel de la razón; y su realización, o la realización del ser, es semejante a la formación del mundo, según la correspondencia de la que hemos hablado. Es ésta la razón de que algunas ciencias puedan describirse bajo la apariencia de esta forma. Este doble sentido estaba incluido en los antiguos misterios, del mismo modo que en todas las enseñanzas que apuntan al mismo fin entre los pueblos de oriente. Parece que igualmente en occidente esta enseñanza ha existido durante toda la Edad Media, aunque hoy haya desaparecido completamente, hasta el punto que la mayoría de los occidentales no tiene idea alguna de su naturaleza o siquiera de su existencia. Por todo lo precedente, vemos que el conocimiento real no tiene como vía a la razón, sino al espíritu y al ser al completo, pues no es otra cosa que la realización de este ser en todos sus estados, lo que constituye el fin del conocimiento y la obtención de la sabiduría suprema. En realidad, lo que pertenece al alma, e incluso al espíritu, representa solamente grados en la vía hacia la esencia íntima que es el verdadero Sí, y que puede hallarse tan sólo una vez que el ser ha alcanzado su propio centro, cuando estando todas sus potencias unidas y concentradas como en un solo punto, en el cual todas las cosas se le aparecen, cuando estando contenidas en este punto como en su primer y único principio, puede entonces conocer todas las cosas como en sí mismo y desde sí mismo, como la totalidad de la existencia en la unidad de su propia esencia. Es fácil ver cuán lejos está esto de la psicología en el sentido moderno de la palabra, y que va incluso mucho más lejos que un conocimiento más verdadero y más profundo del alma, que no puede ser sino el primer paso en esta vía.

Es importante indicar que el significado de la palabra nefs no debe ser aquí restringido al alma, pues esta palabra se encuentra en la traducción árabe de la frase considerada, mientras que su equivalente griego psyché no aparece en el original. No debe pues atribuirse a esta palabra el sentido corriente, pues es seguro que posee otro significado mucho más elevado que le hace asimilable al término esencia, y que se refiere al Sí o al ser real; como prueba, tenemos lo que se dice en el siguiente hadith, que es como un complemento de la frase griega: "Quien se conoce a sí mismo, conoce a su Señor". Cuando el hombre se conoce a sí mismo en su esencia profunda, es decir, en el centro de su ser, es cuando conoce a su Señor. Y conociendo a su Señor, conoce al mismo tiempo todas las cosas, que vienen de Él y a Él retornan. Conoce todas las cosas en la suprema unidad del Principio divino, fuera del cual, según la sentencia de Mohyiddin ibn Arabî, "no hay absolutamente nada que exista", pues nada puede haber fuera del Infinito.

Traducido del Cap. VI de la 1ª parte de "Mélanges", París, Gallimard, 1976. (Publicado la primera vez en árabe en la revista El-Ma'rifah, nº 1, mayo de

1931).

SÓCRATES: "CONÓCETE A TI MISMO"

En alguna parte del templo de Delfos, dedicado al dios Apolo, se hallaba la inscripción "conócete a ti mismo". Esta advertencia tenía por objeto incitar al hombre a reconocer los límites de su propia naturaleza y a no aspirar a lo que es propio de los dioses. El exceso, la desmesura, la "hybris" es castigada por los dioses como la más grave falta que el hombre pueda cometer. Apolo es el dios de los sueños y las profecías (el oráculo de Delfos era el más visitado de toda Grecia), el dios de la claridad y la belleza, y, sobre todo, el dios de la estabilidad, de la medida, de la forma, de lo limitado. Nada tiene de extraño que en el templo a él dedicado, se halle esta inscripción que nos invita a evitar los excesos reconociendo nuestros propios límites. Sócrates, que puede ser considerado como el fundador de la ética, de la ciencia de la moral, se sirvió en sus enseñanzas de la inscripción délfica. El sentido que para él tiene este lema está en relación no sólo con el reconocimiento de nuestros límites, de nuestra ignorancia, sino también con su afirmación de que la virtud reside en el conocimiento. Vayamos por partes.

Sócrates nació en Atenas en el 470 o el 469 a.C., hijo de Sofronisco, de oficio cantero o escultor, y Fenáreta, comadrona. Que su madre tuviera por nombre Fenáreta y se dedicara a asistir en los partos es difícil de creer, pues Fenáreta significa "la que da a luz a la virtud", y sin embargo parece que era verdad. La atracción que Sócrates ejerció entre sus contemporáneos no se apoyaba, sin duda, en un físico agraciado. Muchas veces fue comparado con un sileno o un sátiro, por sus ojos saltones, nariz chata y respingona, labios gruesos y carnosos y una tripa considerable. Los antiguos narran una anécdota según la cual un adivino sirio, Zopiro, sin tener conocimiento de quién era Sócrates, le dijo que su rostro le denunciaba como estúpido y libidinoso; ante tal disparate los espectadores se rieron, pero Sócrates confesó que era verdad y que sólo la educación le había permitido superar estas malas inclinaciones. En este mismo sentido Platón lo comparaba con los silenos, por fuera grotescos y por dentro llenos de dioses. La juventud de Sócrates coincide con el esplendor de la Atenas de Pericles, que finaliza con la guerra del Peloponeso (431 a.C.), originada por la rivalidad entre Corcira y Corinto, apoyadas, respectivamente, por Atenas y Esparta. La guerra se interrumpió y se reanudó por dos veces hasta acabar con el desastre de la escuadra ateniense en Egos Pótamos (404 a.C.), derrotada por Lisandro. Sócrates intervino en esta guerra y mereció grandes elogios por su valor y sangre fría. La guerra le hizo perder toda su fortuna, que no era mucha pero le permitía vivir modestamente sin preocupaciones. De la necesidad hizo virtud: frente al lujo que permitía la prosperidad comercial de Atenas, él oponía el ejemplo de una vida austera. Viendo la abundancia de objetos que se exhibían en los comercios, exclamó: "¡Cuánto es lo que no necesito!". Vivía y vestía muy pobremente, no dando ninguna importancia a las apariencias (claro, que los que no le querían bien le llamaban "el que no se lava"). Casado con Xantipa, su vida conyugal no era un modelo de armonía. Nietzsche lo pone como ejemplo de la contradicción que se da entre los términos "filósofo" y "casado". Son numerosas las anécdotas que muestran a Xantipa haciendo la vida imposible a su marido, y éste, con pleno dominio de sí mismo, aguantándolo todo. Alcibíades le dijo que cómo soportaba a Xantipa siempre injuriándole; Sócrates le contestó: "Pues lo mismo que uno se acostumbra al ruido continuo de una polea de pozo, como tú aguantas el graznido de tus gansos"; "Pero -le interrumpió Alcibíades- me dan huevos y crían"; "También me da a mí Xantipa hijos -terminó el filósofo-".

El dominio de sí mismo, la doma de las pasiones, es uno de los grandes temas socráticos. "¿En qué se diferencia de una bestia el hombre sin dominio de sí e incontinente?", se pregunta Sócrates. Se trata de una idea que aparece por primera vez con él, pues en el mundo homérico los héroes dejan brotar sus pasiones e instintos violentos sin este control. Por el contrario, Sócrates incluso cuando bebía -no por afición sino por costumbre social- mantenía pleno autodominio. Se decía que bebiendo era capaz de tumbar a cualquiera, pero nadie le vio nunca borracho. Todos sus apetitos y pasiones los tenía bajo estricto control.

Aunque siempre vivió en Atenas, nunca aspiró a ningún cargo oficial en la ciudad. Rehusó tomar parte activa en la política. Sin embargo, los problemas a los que dedicó toda su atención fueron los que conciernen al hombre y a la ciudad: la cuestión de la virtud y de la justicia. Su respeto por la ley y su actitud crítica frente a lo que él consideraba injusto, le ocasionaron numerosas enemistades. Cuando se estableció la oligarquía de los Treinta tiranos, éstos, que

ambicionaban las propiedades de algunos ricos ciudadanos, ordenaron a Sócrates y a otros cuatro más arrestar al rico León de Salamina, para ejecutarlo. Los otros obedecieron y León fue arrestado y muerto, pero Sócrates se negó a ser participe de semejante violencia y, simplemente, se fue a su casa. Nada le pasó gracias a la contrarrevolución que restauró la democracia en Atenas. Sabido es, además, que gustaba del diálogo y la conversación, pero no sólo por pasar el rato, sino con intención de buscar la verdad, el bien y la justicia. Como un "tábano" picaba a sus conciudadanos para que abrieran los ojos ante la ignorancia, que es fuente de todos los males e injusticias.

La cuestión es que su actitud no gustaba a todos. Ya en democracia, en el año 400-399 a.C., el comerciante Ánito, el poeta Meletos y el orador Lycón presentaron ante el tribunal de los Quinientos una acusación contra Sócrates en la que le culpaban de impiedad. El texto de la acusación dice: "Esta acusación está presentada bajo juramento por Meleto, hijo de Meleto, del demo de Pito, contra Sócrates hijo de Sofronisco de Alópece. Sócrates es reo del delito de no reconocer a los dioses que el Estado reconoce y de introducir otras nuevas divinidades. Es también reo del delito de corromper a la juventud. El castigo que se pide es la muerte". También la postura política de Sócrates, crítica con respecto al régimen democrático, contribuyó a esta acusación, pero como la restaurada democracia había declarado una amnistía, no pudieron presentar cargos políticos contra él. En la segunda votación, Sócrates fue condenado a beber la cicuta por 368 votos frente a 141. Pudo haberse librado de la muerte con ayuda de sus amigos que le facilitaban la fuga, o aceptando una multa o el destierro, pero prefirió quedarse en Atenas y atenerse a la ley. Según la ley ateniense el mismo acusado podía proponer una pena menor y los jueces votaban de nuevo. Pero Sócrates no estaba dispuesto a considerarse culpable, y su contrapropuesta fue que ya que había contribuido al bien de la ciudad, se le deberían garantizar comida gratis en el Pritaneo, privilegio concedido sólo a los vencedores olímpicos y otros que habían honrado al Estado. Según Platón su contrapropuesta fue una multa de una mina. En cualquier caso, su actitud desdeñosa y altiva ante el tribunal contribuyó a aumentar el número de votos en su contra en esa segunda vuelta.

Su ejecución se retrasó un mes al coincidir con un momento en que las leyes religiosas prohibían matar a nadie. Había que esperar el retorno de la nave que había ido a las fiestas de Delos. Durante este período, Sócrates fue enviado a prisión; allí tienen lugar las conversaciones que Platón narra en el Critón y en el Fedón (el proceso seguido contra él lo recoge en la Apología de Sócrates). Su entereza y serenidad ante la muerte queda reflejada en esos textos y en otras muchas anécdotas a las que eran tan aficionados los antiguos. Una de ellas cuenta que cuando bajó del tribunal, ante el llanto de la gente, les dijo: "¿Por qué lloráis? ¿No sabéis que desde que nací estaba condenado por la naturaleza a muerte?". También se cuenta que un buen amigo -o su mujer Xantipa- le dijo: "Lo que más me duele es que mueras injustamente". El maestro replicó: "Preferirías que me hubiesen condenado a muerte por haberlo merecido". En el Fedón, después de narrar los últimos instantes de su maestro, Platón nos dice: "Esta fue la muerte de nuestro amigo, hombre del que podemos decir que fue el mejor de cuantos en su tiempo conocimos y además el más prudente y el más justo".

En cuanto al contenido de sus enseñanzas nada sabemos por él mismo, pues como es sabido Sócrates no dejó ninguna obra escrita. Todo lo que sabemos es lo que nos han transmitido Jenofonte, Platón, Aristóteles y el autor de comedias Aristófanes. Mientras que éste último ridiculiza al maestro caricaturizándole, los otros nos ofrecen una imagen elogiosa de él.

Es importante para comprender su mensaje tener presente la labor que en la misma época hacían los llamados sofistas, que eran maestros profesionales de retórica. Sócrates, aunque a veces fue confundido con uno de ellos, se opone a éstos al considerar que en sus enseñanzas no se preocupaban por la cuestión de la verdad y del bien, sino sólo del arte en el manejo de la palabra con el fin de persuadir. En contra de la pretendida sabiduría de los sofistas, él proclama la necesidad de conocerse a sí mismo y reconocer nuestra ignorancia. Su sabiduría, dice, no está en saber más cosas que los otros, sino en saber que no se sabe, frente a los que creen saber lo que no saben.

Esta conciencia de la propia ignorancia (condición primera e indispensable para que surja el deseo del verdadero conocimiento) quiere comunicarla a los demás para purificar sus almas del error, fuente de toda culpa. Por eso su enseñanza es un continuo examen de sus

interlocutores, a los que asedia con preguntas, fingiendo querer aprender de ellos, pero

convirtiéndose él auténticamente en su maestro.

«Pues la cosa es como sigue: ninguno de los dioses ama la sabiduría ni desea ser sabio,

porque ya lo es, como tampoco ama la sabiduría cualquier otro que sea sabio. Por otro lado,

los ignorantes ni aman la sabiduría ni desean hacerse sabios, pues en esto precisamente es la

ignorancia una cosa molesta: en que quien no es ni bello, ni bueno, ni inteligente se crea a sí

mismo que lo es suficientemente. Así, pues, el que no cree estar necesitado no desea tampoco

lo que no cree necesitar». (Platón, Banquete, 203e-204a)

El método del que se sirve en su enseñanza tiene dos aspectos:

1) Negativo o crítico: la ironía, mediante la cual toma el discurso del otro y lo refuta, haciéndole

tomar conciencia del vacío de su pretendido saber y purificando así su intelecto.

2) Positivo o constructivo: la mayeútica, o sea el arte (que él dice haber aprendido de su

madre, partera o comadrona) de llevar la mente de sus interlocutores a dar a luz las ideas que

subyacen en el fondo de la razón humana sin que ella se dé cuenta. Mediante el diálogo,

mediante el método dialéctico de preguntas y respuestas en el que se contraponen razones o

posiciones, se inicia la búsqueda común de la verdad.

«Muchos, en efecto, me reprochan que siempre pregunto a otros y yo mismo nunca doy una

respuesta acerca de nada por mi falta de sabiduría, y es, efectivamente, un justo reproche. La

causa de ello es que el dios me obliga a asistir a otros pero a mí me impide engendrar. Así es

que no soy sabio en modo alguno, ni he logrado ningún descubrimiento que haya sido

engendrado por mi propia alma. Sin embargo, los que tienen trato conmigo, aunque parecen

algunos muy ignorantes al principio, en cuanto avanza nuestra relación, todos hacen

admirables progresos (

...

).

Y es evidente que no aprenden nunca nada de mí, pues son ellos

mismos y por sí mismos los que descubre y engendran bellos pensamientos. No obstante, los

responsables del parto somos el dios y yo». (Platón, Teeteto, 150c-e)

Lo que a Sócrates le interesa como maestro son los problemas éticos; las cuestiones físicas

no son objeto de su investigación. Trata de establecer, en los asuntos morales, la esencia

universal y permanente, pensando que no es posible poseer ciencia de lo mudable, sino sólo

opinión engañosa. Por eso, con la inducción trata de obtener de los ejemplos particulares el

concepto universal, en el cual se hallen comprendidos todos los casos particulares. Este

concepto universal se expresa por medio de la definición. Sólo elevándonos desde lo

particular (objeto de la sensibilidad) al concepto universal (objeto de la razón) es posible el

verdadero diálogo, la verdadera ciencia.

El valor de esta ciencia de los conceptos está, para él, en el hecho de que la virtud se

identifica con el conocimiento, con la ciencia. Aquel que se ha formado el hábito de conocer

y evaluar el bien y el mal, en cada circunstancia busca el primero y huye del segundo. Nadie

actúa mal voluntariamente, toda culpa proviene de la ignorancia, o sea, es fruto del error. Las

confusiones son a la vez intelectuales y morales. Este intelectualismo moral es consecuencia

de no ver en el alma (psyché) otra cosa que razón, desarrollada o no. La voluntad, entendida

como facultad pasiva, requiere de la iluminación de la razón para actuar. Es decir, la voluntad

no se decide sino por aquello que la razón, inspirada por el conocimiento, le señala. Por ello la

educación debe tender a iluminar las mentes, purificándolas de los errores, porque cuando los

hombres se hacen conscientes, se convierten también en virtuosos.

«Si entonces, dije yo, lo agradable es bueno, nadie que sepa y que crea que hay otras cosas

mejores que las que hace, y posibles, va a realizar luego esas, si puede hacer las mejores. Y el

dejarse someter a tal cosa no es más que ignorancia, y el superarlo, nada más que sabiduría.

(

...

)

¿Qué entonces? ¿Ignorancia llamáis a esto: a tener una falsa opinión y estar engañados

sobre asuntos de gran importancia? (

...

)

Por tanto, dije yo, hacia los males nadie se dirige por

su voluntad, ni hacia lo que cree que son males, ni cabe en la naturaleza humana, según

parece, disponerse a ir hacia lo que cree ser males, en lugar de ir hacia los bienes». (Platón,

Protágoras, 358b-d)

Además, para Sócrates, los virtuosos son también felices. El hacer el bien es también vivir bien;

las leyes morales portan intrínsecamente una sanción natural, de modo que el bueno y justo es

feliz y el malvado o injusto es infeliz. El bueno y justo no tiene en cuenta sólo el beneficio y la

felicidad propia, sino que le mueve tanto el propio perfeccionamiento como el ajeno, y es esta

conducta la que lo aproxima a lo divino. En cambio la injusticia representa el mal y la

infelicidad mayores, porque no sólo convierte en peor al que la recibe, sino, más aún, porque

corrompe el alma del que la comete. De aquí que sea peor cometer que recibir injusticia.

Cometer injusticia, violar las leyes, es faltar a una especie de pacto que todo ciudadano ha

contraído con las leyes de la ciudad; por ello Sócrates se empeña en mantener el respeto y la

observancia de las leyes. A este principio se atiene cuando rechaza la posibilidad de escapar a

la condena a muerte.

Es en el marco de esta concepción ética donde debemos situar, para comprenderlo, el

precepto "conócete a ti mismo". Es posible que este precepto de la religión apolínea le

impresionara a Sócrates en un viaje a Delfos, lo cual no es inverosímil si tenemos en cuenta

que lo apolíneo le interesó siempre. Baste recordar que fue este oráculo de Delfos el que,

interrogado por Querefonte, señaló a Sócrates como el hombre más sabio. Y de aquí nace la

conciencia religiosa que él tenía de su misión. Muchas son, además, las referencias de

Sócrates a su enigmático "daimon", especie de demonio o voz interior que le ponía en contacto

con la divinidad, y que sería una forma de interiorización de la tradicional inspiración divina que

se manifestaba en oráculos y otras formas de culto.

Pero volviendo a la interpretación del precepto, ya hemos señalado que para Sócrates la virtud

reside en el conocimiento. Así, por ejemplo, para ser un buen zapatero es necesario, en primer

lugar, conocer lo que es un zapato y su función. Por el mismo razonamiento, si nos

preguntamos en qué consiste ser un hombre bueno, virtuoso, lo primero necesario es conocer

en qué consiste eso de ser hombre. Nuestro primer deber, por lo tanto, es obedecer la orden

délfica "conócete a ti mismo", porque, como dice el maestro, "una vez que nos conozcamos,

podremos aprender a cuidar de nosotros, pero si no, nunca lo haremos".

Este cuidado de nosotros mismos no se refiere al cuerpo, sino al "alma" (psyché), pues es ésta

la que utiliza y controla a aquél, es ella nuestro verdadero yo. Y ya que el alma (entendida

sobre todo como "razón") debe ser quien nos dirija y regule, el conocerse a uno mismo implica

también tener autocontrol, pues no podemos cuidar de nuestro verdadero yo si estamos

sometidos a los deseos y pasiones que proceden de nuestra naturaleza corporal.

Dicho de otra manera, si conocer algo es conocer para qué sirve, el conocimiento de uno

mismo parte de un descubrimiento básico: que nuestro yo real es el alma y que su función es

gobernar, regir o controlar. Y esta función sólo puede ser bien ejercida si este gobierno esta

asentado en la verdad. De aquí también que Sócrates no hable de una pluralidad de virtudes,

sino de la unidad de la virtud: la sabiduría. El camino para encontrar esta sabiduría queda

asimismo recogido en el precepto délfico: la búsqueda de la verdad es una búsqueda interior

(eso sí, en diálogo con los otros), precedida e impulsada por el reconocimiento de la ignorancia.

La grandeza filosófica de Sócrates reside, entre otras cosas, en su descubrimiento de este yo

real del hombre que debe gobernar en nosotros y de una moral de aspiración espiritual que

ocupe el lugar de la moral entonces imperante, basada en la coacción social. Platón así lo

reconoció al poner en boca de su maestro, en la Apología de Sócrates, las siguientes palabras:

«En efecto, voy por todas partes sin hacer otra cosa que intentar persuadiros, a jóvenes y a

viejos, a no ocuparos ni de los cuerpos ni de los bienes antes que del alma ni con tanto afán, a

fin de que ésta sea lo mejor posible, diciéndoos: "No sale de las riquezas la virtud para los

hombres, sino de la virtud, las riquezas y todos los otros bienes, tanto los privados como los

públicos". Si corrompo a los jóvenes al decir tales palabras, éstas serían dañinas. Pero si

alguien afirma que yo digo otras cosas, no dice verdad. A esto yo añadiría: "Atenienses, haced

caso o no a Ánito, dejadme o no en libertad, en la idea de que no voy a hacer otra cosa aunque

hubiera de morir mil muertes"».

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No te creas nada de lo que leas en esta web. Está demostrado que el lenguaje escrito es el menos efectivo de todos los que utiliza el ser humano para comunicarse. El significado de cada palabra viene determinado por la interpretación subjetiva de cada lector. Por eso, en la medida que puedas, verifica la información que se detalla a través de tu propia experiencia. Además, el conocimiento que buscas no lo encontrarás en éste ni en ningún otro portal sobre la condición humana y el sentido de la existencia. Todo lo que necesitas saber está dentro de ti. Tú eres el profesor y el alumno: el puente entre ambos es lo que vas aprehendiendo a lo largo de la vida. Más que nada porque no hay maestros, sólo espejos donde verse reflejado.

“Conócete a ti mismo”. Se dice que estas palabras estaban inscritas en la puerta del templo de Apolo en Delfos, lugar de culto en la antigua Grecia. A pesar de que se suelen atribuir al filósofo Sócrates (470 a.C. – 399 a.C.), su origen se remonta más allá del siglo VI a.C., siendo más veteranas que la historia misma de la filosofía. La importancia de este aforismo atemporal radica en que orienta a los seres humanos a que exploremos nuestra realidad interior, donde se encuentra todo lo que necesitamos para poner fin a nuestro sufrimiento y alcanzar la plenitud que tanto anhelamos.

Sin embargo, este viaje hacia adentro no es fácil, pues nos confronta con nuestros miedos e inseguridades, es decir, con nuestra ignorancia e inconsciencia. Y lo cierto es que muchos prefieren seguir perdiéndose en su realidad exterior, tratando inútilmente de llenar el vacío que experimentan en sus entrañas. No en vano, la evasión y la narcotización no son sostenibles a largo plazo. Escapar de uno mismo es el problema, no la solución. Más que nada porque el vacío existencial no se llena, sino que se aprende a aceptarlo. Y esto sólo se consigue haciéndole frente a nuestra mente y a nuestros pensamientos. En eso consiste ser dueño de uno mismo.

Para lograrlo, el primer paso es reconocer que no sabemos, pero que estamos dispuestos a aprender. Así, la sinceridad para con nosotros mismos y la curiosidad hacia los demás son imprescindibles para poder experimentar aquello que todavía no hemos vivido. Este proceso de autoconocimiento –también llamado psicología– nos conduce irremediablemente a asumir el compromiso con nuestro desarrollo personal, una transformación interior que nos lleva a descubrir nuestra dimensión espiritual.

Cabe decir que la espiritualidad no tiene nada que ver con ninguna creencia religiosa; se trata más bien de un cambio en la forma de vivir y de relacionarse con uno mismo y con los demás. Liberados de la tiranía de nuestro ego –la identidad falsa y superficial que nos hace creer que somos un “yo” separado de la realidad–, entramos en contacto con nuestra esencia más profunda, que nos proporciona la paz interior que siempre hemos anhelado.

No en vano, la vida es un continuo proceso de aprendizaje, cuyo propósito último es trascender el egoísmo y egocentrismo para ser felices por nosotros mismos y aceptar y amar a los demás tal como son. Por eso es fundamental que cuestionemos el condicionamiento recibido –que nos dice lo que tenemos que ser, hacer y tener– para llegar a ser lo que somos en esencia, siendo así coherentes con nuestra verdadera naturaleza.

Mientras la psicología es eminentemente teórica, la espiritualidad va más allá de cualquier palabra o etiqueta, convirtiéndose en la puesta en práctica del aprendizaje adquirido a través de la propia experiencia. El camino –y también la meta– es trabajar en la evolución de nuestra propia conciencia, que implica vivir siendo conscientes de nosotros mismos, es decir, sintiendo la presencia de nuestro ser aquí y ahora. Y los resultados no tienen por qué preocuparnos, pues irán revelándose a su debido tiempo.

Si somos constantes en nuestro trabajo interior, llega un día en el que nos damos cuenta de que todos somos uno. En lugar de resaltar las diferencias superficiales, que normalmente nos sirven para distanciarnos, e incluso entrar en conflicto, empezamos a ver lo que tenemos en común con los demás, lo que nos une en un plano más profundo. Entonces, el amor y la aceptación se convierten en los pilares sobre los que construir una nueva vida mucho más saludable y positiva. Este despertar nos hace tomar conciencia de que lo mejor que podemos hacer por la humanidad es estar en paz con nosotros mismos. Este bienestar interno es la base de nuestro desarrollo espiritual, permitiendo que aflore todo nuestro potencial al servicio de una actividad creadora, consciente y amorosa.

La finalidad de esta página web es compartir el conocimiento necesario para comprender cómo funciona el ser humano –centrándose en su mente y sus pensamientos–, de manera que cada persona tenga la información necesaria para autogestionarse de la mejor forma posible. Sólo así se puede dejar de ser una víctima de la realidad externa –que escapa a nuestro control–, convirtiéndonos en los protagonistas de nuestra realidad interna, la única que sí podemos cambiar. Para que nuestra mente deje de vivir en guerra con el mundo, primero hemos de llenar nuestro corazón de amor.

EL NIVEL DE SER

Incuestionablemente el pobre "Animal Intelectual" equivocadamente llamado hombre, no solo no sabe, sino ademas ni siquiera sabe que no sabe ...

Lo peor de todo es la situacion tan dificil y tan extraña en que no encontramos, ignoramos el secreto de todas nuestras tragedias y sin embargo estamos convencidos de que lo sabemos todo ...

Levese un "Mamifero Racional", una persona de esas que en la vida presumen de influyentes, al centro de el desierto de SAHARA, dejele ahi lejos de cualquier Oasis y observese de una nave aerea todo lo que sucede ... Los hechos hablaran por si mismos; el "Humanoide Intelectual" aunque presuma de fuerte, en el fondo resulta espantosamente debil ...

Basta leer la historia universal para saber que somos los mismos barbaros de antaño y que en ves de mejorar nos hemos vuelto peores ... este siglo XX con toda su espectacularidad, guerras, prostitucion, sodomia mundial, degeneracion sexual, drogas, alcohol, crueldad exhorbitante, perversidad extrema, monstruosidad, etc., es el espejo en que debemos mirarnos; no existe pues razon de peso como para jactarnos de haber llegado a una etapa superior de desarrollo ...

Continuara ....

TU FORMAS PARTE DE ESTE MUNDO TAMBIEN

Si cada uno de nosotros como seres humanos que formamos parte de este mundo cambiasemos nuestra forma de pensar, sentir y actuar; mejorariamos el planeta en que vivimos.

Quienes somos?, de donde venimos?, para donde vamos?, para que vivimos?,por que vivimos?

Nadie puede negar que existen distintos niveles sociales; hay gentes de iglesia y de prostibulo; de comercio y de campo, etc. Asi tambien existen distintos Niveles del ser. lo que internamente somos, esplendidos o mezquinos, generosos o tacaños, violentos o apacibles, castos o lujuriosos, atrae las diversas circunstancias de la vida ...

EL NIVEL DE SER Incuestionablemente el pobre "Animal Intelectual" equivocadamente llamado hombre, no solo no sabe,

El tiempo es corto "DESPIERTA"

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