DEBATES Y REFLEXIONES.

APORTES PARA LA INVESTIGACIÓN SOCIAL

Trabajadoras Temporeras de la Agroindustria
Núcleo de Contradicción en el Nuevo Mundo Rural Desafío a las Políticas Públicas.

Beatriz E. Cid A.

Documento N° 6 Santiago de Chile, Octubre-Noviembre de 2001

COMITÉ EDITORIAL CARLOS RUIZ SCH. RODRIGO BAÑO HELIA HENRIQUEZ IRMA PALMA MARIA ELENA VALENZUELA EDUARDO DEVES

CONSEJO EDITORIAL ALFONSO ARRAU C. ALINA DONOSO OCTAVIO AVENDAÑO ROGRIGO FIGUEROA MAURO BASAURE

Trabajadoras Temporeras de la Agroindustria
Núcleo de Contradicción en el Nuevo Mundo Rural Desafío a las Políticas Públicas*

Beatriz E. Cid A.**

RESUMEN

Los nuevos escenarios que plantea la ruralidad, a partir del desarrollo de los complejos agroindustriales, introducen en las economías y estructuras sociales rurales nuevos elementos de complejidad. En este escenario se hace endémico un grupo social: los asalariados(as) temporales cíclicos, conocidos como temporeros(as). Grupo que — pese a su relevancia social y numérica— ha adquirido una posición estructural ambigua en la agenda pública de los gobiernos de la Concertación. Su específica posición estructural no es adecuadamente incorporada, por las políticas sectoriales del agro, las políticas de regulación del trabajo, ni por las políticas de sectores vulnerables como género y pobreza. De acuerdo a esto, tal como aquí se hace, es posible establecer una crítica a la política sectorializada y parcializada que han desarrollado los gobiernos de la Concertación hacia este grupo.

Este documento fue elaborado en el marco de una investigación para el “Concurso de Investigación para Jóvenes Profesionales y Egresados de Sociología en Chile”, patrocinado y dirigido por el actual Programa de Estudios Desarrollo y Sociedad (PREDES). ** Socióloga de la Universidad Católica de Chile y © Magíster en Ciencias Sociales con Mención en Sociología de la Modernización de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile.

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I. Introducción A partir de la década de los ’60, la historia social chilena, han sido escenario de dramáticas y definitivas transformaciones modernizantes en muchos y variados ámbitos. Estas transformaciones, han modificado radicalmente los modos de configuración de las estructuras sociales transformando también la relación entre los distintos actores, modificando la estructura de clases, cambiando la relación entre la ciudadanía y el Estado, y la relación de la sociedad con la naturaleza. El espacio rural —especialmente aquel situado en las zonas de riego mediterráneo— no ha estado ajeno a este proceso de transformaciones: ha dejado de ser el espacio de la inmovilidad, el remanente de lo tradicional, comunitario y precapitalista, pasando a desarrollar su propio y específico proceso de modernización. Algunas evidencias de este proceso se observan en los cambios en la tenencia de la tierra, la tecnificación de los sistemas productivos, la configuración de una nueva estructura de relaciones laborales, el desarrollo del mercado del trabajo estacional y la visibilización de nuevos actores. Todos estos cambios están anclados y refieren directamente a las peculiaridades del desarrollo de la historia reciente del país, como también a las características globales de los sistemas productivos, agroalimentarios y económicos mundiales. En medio de estos cambios, ha surgido en el escenario nacional, un grupo social que reconfigura los modos de organización social de la ruralidad: los trabajadores temporeros de la agro-industria. Si bien el trabajo temporal y estacional no es nuevo en los sectores agrícolas chilenos —debido a los ciclos productivos propios de los climas mediterráneos— sí es nueva la especificidad y especialización productiva, pues ahora la condición de temporero no solo deja de ser una estrategia para el inicio de la carrera ocupacional rural sino, por el contrario, pasa a ser una categoría ocupacional específica1. Este grupo social, al cual se asocian particulares situaciones de vulnerabilidad y explotación, constituye —en un doble sentido— un grupo altamente femenizado, pues el

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Venegas, S. (1992)

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60% de los temporeros2 son mujeres y, además, para ellas la especialización en dicha actividad es más específica3. Dicha feminización no es inocua en términos de género, pues por una parte la inserción productiva debilita las categorías clasificatorias tradicionales y, por otra, genera nuevas fuentes de vulnerabilidad. Comprender la posición estructural de los trabajadores temporeros obliga en primer lugar a transitar por un examen de las transformaciones que han experimentado los modos de producción rural, las que han instalado el trabajo temporal como una situación endémica y característica de los actuales procesos productivos. En segundo término, y desde una perspectiva de género, es importante observar cómo estas transformaciones de nivel material, productivo y técnico han ido acompañadas de profundos cambios a nivel cultural y simbólico, lo que implica nuevas fuentes de valorización y empoderamiento personal y social para las mujeres pero también se asocia a nuevas vulnerabilidades y precariedades. Finalmente, es necesario analizar cómo el Estado y el desarrollo de las políticas públicas se han planteado frente a este nuevo escenario que describe la ruralidad, de las vulnerabilidades y necesidades específicas de este grupo social y las implicancias de género que se le asocia.

II. Transformaciones Estructurales del Espacio Rural El mundo rural no es, como muchas veces se ha señalado, el ámbito de la inmovilidad, lo tradicional, lo que permanece; por el contrario, se ha visto fuertemente transformado por las intervenciones políticas, los ciclos económicos y los procesos modernizadores que se han ejercido sobre él. Particularmente nos concentraremos en las transformaciones productivas que durante los últimos 20 años han afectado al espacio rural, específicamente la introducción de los complejos agro-industriales. II.1. Modernización de los sistemas productivos agrícolas y la temporalidad del trabajo. Flexibilización y precarización de las relaciones laborales ha pasado a ser una modalidad en expansión, para las distintas ramas de la economía en el modo de producción postindustrial. En los sistemas de producción agrícola este tipo de relación laboral no es nueva sino que la temporalidad y la estacionalidad es una característica de las zonas de clima
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SERNAM (2000) Venegas, S. (1992)

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templado-mediterráneo, pues los ciclos agrícolas deben adaptarse a la alternancia climática. Ahora bien, con los Sistemas de Producción Agroindustrial, esta estacionalidad se radicaliza, implementándose un sistema de vinculación y desvinculación de los trabajadores al proceso agrícola según los distintos períodos del año. Esto es, la instalación de períodos cíclicos de empleo y desempleo. La instalación en el espacio rural de los complejos agroindustriales encuentra sus primeros antecedentes en el proceso de desconstitución de los tradicionales modos de producción hacendal, dados por la Reforma Agraria y que se instala con fuerza junto a la configuración de un nuevo modelo productivo en los albores del régimen militar. Durante el régimen militar, en el marco de un proceso de liberalización forzosa de la economía campesina, se inició en una primera etapa un proceso de regularización de los derechos de propiedad de la tierra que, por una parte, corona con la propiedad privada los esfuerzos asociativos campesinos y, por otra, actúa en favor de los grupos empresariales. Posteriormente, a partir de 1975 se introduce el modelo neoliberal, cuya primera manifestación fue una crisis que afectó a todos los actores sociales. En ella se produjo un sobreendeudamiento de los empresarios, una creciente pauperización de campesinos y asalariados, y la quiebra de importantes empresas frutícolas. Sin embargo, en un segundo momento, llevó a un importante desarrollo del sector agroindustrial4. Tal como lo muestra el Cuadro Nº1, donde es posible observar el exponencial crecimiento de la industria agrícola exportadora durante las décadas de 1980 y 1990.
Cuadro Nº 1. Tonelaje y valor presente de las exportaciones de Frutas y Hortalizas Procesadas.
700.000

600.000

500.000

400.000 TON 300.000 EN/ IN '000 US$ FOB

200.000

100.000

-

A ño s

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Gómez, S. (1988)

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Fuente: FEPACH

En el marco de este crecimiento, se produce una fuerte compra de las parcelas reformadas pero sólo una parte de ellas fue recuperada por sus antiguos propietarios, la mayoría fueron adquiridas por profesionales del agro, empresarios, grupos económicos y capitales extranjeros; Gómez y Echeñique estiman que para 1980, unas 18.000 parcelas –poco más del 40% del total de parcelas asignadas para la reforma agraria- habían sido vendidas. El común denominador a todos ellos fue su importante acceso a la tecnología agraria y su participación en el sistema financiero5. A este respecto es relevante el siguiente cuadro, que muestra como desde el año 1975 al 1992, disminuyeron tanto las explotaciones pequeñas –menores de 5 he.- como también las explotaciones mayores de 100 he, registrándose una significativa expansión de las explotaciones medianas.
Cuadro Nº 2. Total de explotaciones agropecuarias con tierra para los años 1975 y 1992, según tamaño, total país.
Total explotaciones con tierra Año 1975 Año 1992 Tamaño explotaciones N % N % Menos de 1 ha. 48.705 15,7 42.554 13,1 De 1 a menos de 5 ha. 101.073 32,7 90.524 27,8 De 5 a menos de 10 ha. 41.167 13,3 51.565 15,8 De 10 a menos de 20 ha. 37.965 12,3 49.416 15,2 De 20 a menos de 50 ha. 36.445 11,8 45.839 14,1 De 50 a menos de 100 ha. 17.921 5,8 20.299 6,2 De 100 a menos de 200 ha. 10.769 3,5 10.984 3,4 De 200 a menos de 500 ha. 8.418 2,7 7.520 2,3 De 500 a menos de 1000 ha. 3.384 1,1 2.891 0,9 De 1000 a menos de 2000 ha. 1.523 0,5 1.536 0,5 Más de 2000 ha. 1.900 0,6 2.245 0,7 Total 309.270 100,0 325.373 100,0 Fuente: V y VI Censos agropecuarios, INE.

Así se da así origen a propiedades medianas —del orden de 40 has. de riego básico— de gestión agroindustrial caracterizadas por la utilización dinámica de insumos industriales y la incorporación del valor agregado industrial a la producción agrícola. A través de ellas, la agricultura pasa a formar parte del conjunto de la economía —no sólo orientada a la

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Gómez, S. (1998)

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producción interna sino también hacia el mercado exterior— apoyando así al equilibrio de la balanza de pagos6. Parte de este proceso se fundó en el congelamiento del antiguo Código Laboral, que flexibiliza las relaciones de trabajo y dota al empresariado de herramientas y mecanismos útiles para profundizar un proceso de racionalización —de la contratación de la fuerza de trabajo— en su empresa. Ello se traduce en una racionalización de las contrataciones de las empresas según los tiempos necesarios requeridos por las tareas a desarrollar7. Es así como en torno al sector agrícola “de punta”, se reconfigura el espacio social y laboral, emergiendo dos nuevos actores sociales: el nuevo empresariado agrícola, de características muy distintas al empresario agrícola tradicional y el asalariado específicamente temporero. Los empresarios agrícolas pasan a ser los protagonistas del desarrollo; fuertemente orientados al mercado de exportación y con escasa vinculación vital con el agro —la vinculación cultural y social que anclaba al empresario tradicional con la tierra, es reemplazado por una vinculación estrictamente comercial. El campesino tradicional por su parte —orientado principalmente a la pequeña producción y su colocación directa y especulativa en el mercado en fresco— ve cómo su mercado se hace inseguro e impredecible8, por lo cual entra en procesos de vinculación funcional con las cadenas agroindustriales ya sea mediante procesos asalarización y proletarización o bien mediante su incorporación como proveedor en las etapas iniciales del proceso productivo. En estos dos casos pasa a vincularse en forma periférica y estacional a la producción agroindustrial. En este cambio de escenario el asalariado agrícola aparece como el actor portador de las mayores contradicciones asociadas a la operación del sistema. Esta categoría ocupacional principalmente orientada a satisfacer las demandas de trabajo temporal de la agricultura de exportación. Quiebra las lógicas de asalarización que —previo a la década de los ‘70— se desarrollaron en el mundo agrícola. Ello pues en el sistema hacendal, el trabajo temporal constituía la forma de entrada al mundo laboral, el inicio de una “carrera ocupacional”, que terminaba en la inclusión a través del inquilinaje permanente o en la exclusión que obligaba a emigrar e incorporarse al proletariado urbano. La fruticultura de exportación, en cambio,
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FAO (1988) Valdés, X. (1999) 8 A este respecto, son comunes en las conversaciones con pequeños y medianos productores que estos señalan, que al momento de plantar es imposible sabe el precio que finalmente el producto va a tener en

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ha hecho surgir esta categoría como estadio permanente de creciente consolidación; deja así de convertirse en complemento a otras entradas familiares y se vuelve una categoría económica exclusiva de la cual depende un creciente número de familias. Se constituye así en un patrón de empleabilidad que se reproduce y se acopla al proceso de modernización9. La estructura del empleo, que se presenta como secuencias alternas de empleo-desempleo o inestabilidad estructural cíclica, lo que hace que sea un patrón de empleabilidad altamente precario. Ello obliga a las familias a recomponer sus estrategias de supervivencia, considerando la salida de las mujeres al mundo del trabajo asalariado. A este fenómeno contribuye la expansión de las áreas de procesamiento y envasado de alimentos en packing que abren una gama de empleos femeninos de carácter temporal10. Las condiciones de trabajo del asalariado temporal se expresan por la baja formalización de los contratos, vulnerabilidad a los despidos y el incumplimiento de las normativas de seguridad y previsión social, como también el alto riesgo de accidentes y enfermedades laborales, dadas por muy deficientes condiciones de trabajo A este respecto son comunes las osteotendinitis y cortes, por el uso repetitivo de implementos inapropiados o el mal uso de implementos apropiados; lumbago por largas jornadas de pie; intoxicaciones crónicas por exposición a agroquímicos —incluyendo malformaciones congénitas de hijos de temporeras—, y otras enfermedades laborales asociadas al trabajo en condiciones de mucho frío (hasta -20º en las congeladoras), alta humedad. Otras vulnerabilidades se manifiestan en los problemas de cobertura en materia de seguridad social y salud, en parte como consecuencia de las irregularidades contractuales, como también por dejación de los propios trabajadores temporales que desestiman o desconocen sus riesgos (lesiones serias calificadas de irrelevantes o desconocimiento de los efectos nocivos de pesticidas y otros elementos químicos)11. Todos los elementos anteriormente señalados hacen que el empleo temporal sea fuertemente paradójico en tanto constituye un empleo productivo que reproduce la pobreza. Integra a las personas a la sociedad —especialmente a las mujeres— y permite la
mercados como La Vega o Lo Valledor, lo cual dificulta la planificación y organización racional del trabajo predial. 9 Venegas, S. (1992) 10 Gómez, S. (1985) 11 Gómez, S. (1985)

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valorización de las personas. Sin embargo, lo hace en tales condiciones que la integración no se consuma y la valoración no alcanza para sostener la solvencia del sistema. Produce así una integración precaria que no asegura la subsistencia ni genera reconocimiento. El trabajo ya no permite consolidar una vía de integración y promoción social: es a la vez integración productiva y exclusión social. Así se puede afirmar que el asalariado temporal es el grupo social que ha asumido el costo de la expansión frutícola que, en general, ha sido beneficiosa para el país12. Los trabajadores pasan a ser parte del entorno —en el sentido luhmaniano del término— del complejo agroindustrial, pero un entorno en que el acoplamiento estructural no es permanente sino que sólo se hace relevante en los períodos de temporada alta. Por su parte, emergen otros ámbitos sistémicos relacionados con el mundo laboral, tales como la esfera de los servicios, el transporte y la subcontratación que también asalarizan al trabajador rural en los períodos en que el Complejo Agroindustrial tiene una menor demanda por trabajo, esto es durante los meses de invierno, donde se encuentran en receso las faenas cosechadoras y procesadoras del alimentos. Las familias tienen que organizarse para la supervivencia colectiva, debiendo reorganizar sus decisiones de trabajo y ocio en función de las ofertas de trabajo provenientes del ámbito sistémico. Ahora bien, aún cuando el sistema necesita de estas familias para su operación, estas tienen nulas capacidades de interferir en la dinámica de operación del sistema. Así, por la precarización de la situación laboral y económica, todos los miembros de la familia entran en la lógica de la asalarización industrial precarizante y siguen sus fluctuaciones. De esta manera, las familias que antiguamente organizaban su vida en relación a la pequeña producción y a los ciclos agrícolas, comienzan a organizarse en torno a la demanda de trabajo y de productos frescos (semilla, hortalizas y fruta) provenientes desde el sector agroindustrial y agroexportador, protagonista de los cambios antes descritos. Por ejemplo, muchas familias campesinas se especializan en la producción de productos frescos — tomates, frutas, etc.— para su procesamiento industrial, lo que se combina con la demanda estacional de mano de obra; mientras que otras han sido resituadas en villorrios rurales y en la periferia urbana y organizan su trabajo en función de las demandas laborales de las agroindustrias.

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Venegas, S. (1992) y Navarro, L. (1992)

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Así, el modo de organización social que acompaña el desarrollo de los complejos agroindustriales y el acoplamiento de la estructura campesina a los mercados internacionales, se constituye en un nuevo escenario de ruralidad. El cual obliga a repensar las categorías tradicionales bajo las cuales se ha analizado. Bajo este nuevo escenario, fluctuaciones de los precios internacionales pasan a ser parte del entorno relevante de pequeños productores, que ven como estos inciden dramáticamente en las decisiones de compra de las empresas que con que ellos se relacionan, o pueden llegar incluso a determinar la desaparición de la mismas. II.2. Nuevas categorías conceptuales de análisis Los cambios anteriormente descritos hacen imposible seguir pensando a la ruralidad como un espacio circunscrito al mundo agrícola, pues lo rural tiende a la realización de un conjunto de actividades cada vez más diverso: tales como eco-turismo, piscicultura, comercio, transporte y otros servicios. Tampoco es posible seguir considerándola una categoría residual —remanente tradicional y precapitalista— que estaba al servicio de un emergente mundo urbano industrial, portador del futuro y progreso de la humanidad. Por el contrario, lo rural es ahora una categoría que también se moderniza, es portadora de futuro pero también, de las contradicciones de la modernidad. En las zonas de riego mediterráneo, la ruralidad pasa a visualizarse más bien como un continuo que se vincula y se separa del mundo urbano. Deja de ser el espacio del silencio, de los ciclos naturales, de la tradición y la lejanía, para pasar a ser vista como un espacio multiactivo —poblado de diversidad de rubros productivos— interrelacionada e intercomunicada, desarrollando una fuerte modernización de tipo urbana, con fronteras cada vez más diluidas respecto de las ciudades. Desde esta nueva realidad, transformada por el proceso de globalización y los ajustes estructurales, la ruralidad reclama nuevas definiciones. Una propuesta analítica para entenderla es el concepto de neoruralidad, el cual deja de remitir a temas tales como la baja densidad poblacional y un estilo de vida distinto al de las grandes metrópolis, o la vinculación a la producción silvoagropecuaria tradicional, sino que define ruralidad como el ámbito territorial cuya base económica vincula directa o indirectamente a una parte relevante de la población a la actividad agrícola primaria. Con ello, caben en esta definición territorios y poblaciones que censalmente son definidos como urbanos13.
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Llambí, L. (1995)

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Este concepto de neoruralidad debe hacerse cargo de: 1) Cambios territoriales — contraurbanización— que tienden a una mayor valoración de los espacios rurales y a concentrar mayor inversión en los mismos. 2) Cambios ocupacionales por el mayor peso relativo de las actividades secundarias y terciarias. 3) Y cambios culturales, tendientes hacia una modernización de los patrones cognoscitivos y valorativos de las poblaciones rurales14. Tales cambios, han de ligarse necesariamente a los procesos de globalización que han significado la integración mundial de los mercados y la negociación de un orden económico internacional, lo que en definitiva ha contribuido a la conformación de sistemas agroalimentarios mundiales, que universalizan sistemas agroproductivo caracterizados por ser intensivos en el uso de tecnología de punta, extensivos en el uso de mano de obra e ignorantes en el uso del suelo15. Todos estos procesos, si bien forman parte de un fenómeno a escala mundial, se han acoplado a los procesos internos de ajuste estructural tendientes a la liberalización de la economía, la conformación de mercados alimentarios baratos y la constitución de la agricultura como fuente de divisas. Decisiones que afectan a los patrones productivos, las orientaciones de mercado y los patrones técnicos de producción16. Estos cambios, por una parte, han tenido también un fuerte impacto sobre las condiciones ambientales del agro, generando una fuerte contaminación de las tierras y agua, afectando las cadenas bioalimentarias y disminuyendo la biodiversidad. Así como también han cambiado las condiciones de trabajo y de vida en el medio rural, proceso notorios por un cambio de fisonomía de la producción agraria por la maquinización y quimificación, la sustitución parcial o total de materias primas de origen agropecuario y materias primas producidas por la industria, la reducción radical de los trabajadores rurales, incluyendo familias, vecindades, barrios, pueblos y finalmente la reiterada urbanización del mundo agrario que transforma el estilo de vida y el imaginario social de quienes se dedican a actividades rurales.

III. Trabajo temporal como un trabajo feminizado.
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Llambí, L. (1995) Altieri, M. (1992)

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Los cambios en la ruralidad chilena, modifican la relación laboral femenina que había sido tradicional en el espacio hacendal. Ello, pues el desarrollo agroindustrial tiene una demanda de trabajo muy desbalanceada a lo largo del ciclo productivo, lo cual generaría tres procesos complementarios: 1. La industria necesita reclutar un conjunto de trabajadores temporales en los períodos de alta exigencia de mano de obra, por lo cual recurre a personas que tengan la posibilidad de insertarse y retirarse cíclicamente del mercado del trabajo: una suerte de ejercito industrial de reserva17. 2. Las nuevas precariedades que el trabajo temporal lleva asociado hacen insuficiente el salario de una persona (jefe de hogar) para la mantención de la familia, lo cual obliga a los grupos familiares a organizar la entrada al mercado del trabajo de los distintos miembros del hogar, para así asegurar la subsistencia18. 3. Las tecnologías utilizadas en los procesos de elaboración y embalaje de los productos, privilegian las habilidades motoras finas, destreza manual y meticulosidad, por sobre la fuerza física. Habilidades que se consideran propiamente femeninas19. Estos tres procesos favorecieron la masiva incorporación de mujeres —de todas las edades— en los procesos productivos agroindustriales, bajo la forma de trabajo de temporada. De tal manera, aproximadamente el 60% de los temporeros son mujeres, pudiendo afirmarse que constituye una categoría ocupacional altamente feminizada. La literatura al respecto aborda la situación de las mujeres temporeras desde dos ópticas: una primera vertiente pone el acento en las nuevas precariedades que enfrenta la mujer al enfrentar no sólo una situación familiar subordinada sino también una situación laboral inestable y, una segunda vertiente pone el acento en el empoderamiento que tendría la mujer a consecuencia de su inserción en el ámbito productivo. Estas dos ópticas no son completamente contradictorias, sino que se compatibilizan si evaluamos la situación laboral de las mujeres temporeras desde dos planos. Efectivamente, desde una mirada estructural, la nueva situación de la mujer no parece tener características especialmente ventajosas respecto de sus compañeros masculinos. Sin embargo, a nivel simbólico, la inserción en el

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Altieri, M. (1992) Venegas, S. (1992) 18 Rodríguez, D. (1989) 19 Díaz, E. (1988)

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mercado del trabajo ha significado para las mujeres una nueva autovaloración y un cambio en la estructura de poderes al interior del hogar20. En términos simbólicos, las mujeres temporeras abren un espacio de salida hacia el mundo público, y logran —por el aporte salarial que hacen a su hogar— recomponer en parte el equilibrio doméstico de poderes. Estos cambios conviven con el malestar masculino respecto de su trabajo, ante la imposibilidad de cumplir a cabalidad su papel de proveedores, justo cuando las familias pasan a depender exclusivamente de la economía monetaria21. Ahora bien, esta transformación, que en el ámbito simbólico ha beneficiado a las mujeres que trabajan en los complejos agroindustriales, está acompañada de un conjunto de vulnerabilidades de orden estructural que afectan la adecuada integración social de los trabajadores agrícolas en general y especialmente de las trabajadoras. En términos generales, el conjunto de los trabajadores frutícolas sufre las consecuencias de la temporalidad del trabajo, que los deja durante los meses de invierno fuera del mercado laboral, lo cual no sólo afecta la continuidad de sus ingresos sino la cobertura de muchos servicios sociales básicos tales como la salud, la previsión social y la seguridad laboral. En este último aspecto, es especialmente relevante el tema del uso, abuso y mal manejo de los agroquímicos, que afecta la salud y capacidad reproductiva de hombres y mujeres. Así, la inserción laboral —para el conjunto de los temporeros— no equivale a integración social; ello por la precariedad del vínculo social establecido, que se caracteriza por la ausencia de sistemas de protección durable. Se trata así de tipos laborales que contribuyen a la reproducción de la pobreza. Ahora bien, dentro de los trabajadores temporeros, las mujeres —junto con ser el grupo mayoritario— sufren condiciones de vulnerabilidad que les son particulares. Esta vulnerabilidad radicada en el hecho de que enfrentan un campo de trabajo más limitado que el de los hombres. Su especialización en el trabajo de packing no es sólo por sus aparentes ventajas comparativas sino porque carecen de otras opciones de trabajo, salvo el servicio

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Valdés, X. y Araujo, K. (1999) Tinsman, H. (1995)

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doméstico22. Mientras que los hombres sólo consideran exitosa su inserción productiva cuando acceden a un empleo permanente, para las mujeres en cambio existen casi nulas posibilidades de acceso al mismo. La participación prioritaria de las mujeres en las plantas de embalaje se decide porque las mujeres dueñas de casa constituyen la principal subpoblación capaz de responder de manera rápida a las demandas del mercado del trabajo, especialmente cuando éstos son súbitos y en períodos en que los hombres están ocupados23.

IV. Trabajo Temporal y Políticas Públicas La condición de vulnerabilidad social que afecta de los temporeros agrícolas en general y las temporeras en particular parece ser el costo de un proceso de modernización general del espacio rural, modernización que en general habría sido beneficiosa para el país. Ahora bien, este costo no puede ser definido como propio de un período de ajuste transitorio, sino por el contrario parece ir convirtiéndose en un mecanismo estructural que perpetúa inserciones laborales precarias e inestables, que se hacen propias de la nueva organización social rural. Ahora bien al iniciarse el proceso de reconstrucción democrática, la propuesta de los gobiernos de la Concertación se enmarca dentro de una política de “continuidad con cambios” o, en otros términos, de “transformación productiva con equidad” donde, en líneas gruesas se buscaba mantener aquellos elementos del modelo implantado en el régimen militar que contribuían al desarrollo económico y la mantención de la paz social. A la vez se tomaban medidas para nivelar y apoyar a los grupos más vulnerables que vivieron los efectos adversos de la implementación del modelo neoliberal. En este contexto, cabe esperar una preocupación significativa por los grupos sociales que se convierten en los portadores de las contradicciones de la implementación eficiente de los modelos de racionalización de la actividad económica, específicamente de los cada vez más frecuentes trabajadores no permanentes. Grupo que —en todas las áreas de la actividad económica— tiende a ampliarse, siguiendo las líneas de una creciente racionalización de la demanda de trabajo desde las empresas.

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Venegas, S. (1992) Venegas, S. (1992)

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Así se plantea a las políticas públicas un desafío de inclusión de un grupo cuya exclusión parece volverse estructural. Tal inclusión puede ser analizada desde 4 aristas sobre las cuales las políticas públicas tienen posibilidades de intervención. Las dos primeras de índole más estructural, que operan sobre la definición misma del problema de los temporeros agrícolas: el análisis de lo procesos de desarrollo agrícola y el análisis de la temporalidad y precariedad del trabajo. Las dos segundas, tienen que ver con la especificación de las particulares condiciones de precariedad que se asocian al trabajo temporal: temporera-mujer, temporero-pobre. Desde estos enfoques, no se aborda el problema en sus dimensiones estructurales, sino que se plantea en forma paliativa la superación de ciertas vulnerabilidades específicas al trabajo temporal. Es así como en el texto se aborda el problema desde las cuatro aristas recién presentadas: En primer lugar, la comprensión del problema a partir de las transformaciones que va sufriendo la ruralidad y las opciones de desarrollo del sector que se conducen desde el gobierno, en el sentido de comprender a los temporeros como la expresión de una contradicción en el actual modelo de desarrollo rural. En segundo lugar, tiene que ver con la comprensión del mundo del trabajo, y las particulares situaciones de precariedad y desregulación que lo afectan, no solo a los temporeros agrofrutícolas sino cada vez más a muchos y diversos rubros productivos. En tercer lugar, se puede abordar desde la intervención que se haga sobre el ámbito de género y políticas dirigidas a mujeres; en tanto —como se vio en el apartado anterior— los problemas de la temporalidad del empleo agrícola afectan sobre todo a mujeres, no sólo porque son un porcentaje más grande de los trabajadores temporeros sino también porque ellas no poseen otras opciones laborales. Finalmente, es posible abordar el problema a partir de la intervención que se hace sobre la pobreza rural, en tanto el trabajo temporal se constituye como una forma de inserción laboral que no asegura la inserción social y que perpetúa la situación de pobreza. Al analizar el conjunto de las políticas públicas, llama la atención que el colectivo “temporeros” no encuentra en los sectores gubernamentales una residencia institucional formal. Aparece así como un grupo altamente carenciado, que asciende a cerca de 400.000 personas y que, sin embargo, es huérfano en materia de políticas públicas. Más aún, muchas

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de las políticas sectoriales que podrían incluirlos directa o indirectamente, no explicitan su intervención sobre este colectivo. Sólo se explicita directamente focalizada en ellas (desde 1992) al interior de SERNAM, en el Programa de Mujeres Trabajadoras Temporeras (MTT). Este programa, al igual que la acción general de SERNAM, cuenta con escasos recursos propios y orienta su intervención a la coordinación de la acción de otras instituciones y otros sectores de la intervención pública. Debido a la escasez de recursos con que cuenta, hasta ahora no ha logrado desarrollar una intervención a escala significativa en el trabajo directo con las Mujeres Trabajadoras Temporeras, con la excepción de los Centros de Atención a Hijos de MTT. Sin embargo, en su labor de coordinación e intermediación, ha logrado validar y poner en el tapete intersectorial la temática específica de este grupo vulnerable. IV.1. Trabajadores Temporeros y Políticas Agrarias En líneas gruesas, la propuesta de trabajo que se ha desarrollado durante los gobiernos de la concertación respecto del sector agrícola, se enmarca dentro de la política general de continuidad con cambios. Los principales elementos de continuidad son: - Desarrollo de una política macroeconómica tendiente a la mantención del equilibrio y estabilidad, favorable al desarrollo capitalista y a la inversión extranjera. - Mantención de medidas que aseguran la continuidad del dinamismo de la agricultura, especialmente el sector exportador. En este sentido, el gobierno ha sido reacio a impulsar iniciativas sociales que pudieren afectarlos en términos, por ejemplo, de legislación sindical. - Mantenimiento y profundización de la exposición e inserción de Chile a los mercados internacionales. En esos términos es especialmente significativa la incorporación de Chile como miembro asociado al MERCOSUR, los esfuerzos que desarrolló Frei para la

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incorporación al NAFTA, y bajo la reciente administración de Lagos, la renovada intención de incorporarse —esta vez como miembro pleno— al MERCOSUR24. - Establecimiento de una política alimentaria barata, mediante la mantención de una economía abierta. Situación que transfiere ganancias desde los productores a los consumidores, y obliga a los productores a hacer más eficiente su trabajo. Todas estas medidas generan fuertes beneficios en las regiones y rubros agroexportadores, a la vez que representa un daño a las producciones tradicionales —representadas por los cereales y la carne— especialmente cuando éstas son producidas por pequeños agricultores de menor posibilidad de reconversión25. Los elementos de cambio tienen que ver con la ruptura con el pasado autoritario y la preocupación por temas tales como la equidad social y la incorporación de los campesinos a los logros económicos. La estrategia en este sentido es el fomento de la reconversión para desarrollar la competitividad de los campesinos orientándola a mercados más rentables y dinámicos. Desarrollar una “segunda modernización” que, en los agricultores aún no insertos en el sector agroexportador, logre: - Incrementar los rendimientos y reducir los costos de los cultivos de sustitución difícil (trigo, maíz y arroz). - Promover alternativas nuevas y más rentables para la pequeña agricultura. De manera que la pequeña producción se transforme en una ventaja comparativa, que produzca para cadenas agrocomerciales y de servicios. - Mejorar la eficiencia económica de las diversas etapas del proceso productivos y las cadenas de mercado, ajustando los sistemas de producción a las restricciones que presentan los mercados.
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Cabe señalar a este respecto las consecuencias que para el sector agrícola tiene la incorporación de Chile al Mercosur. Estas se sintetizan en dos impactos fundamentales: 1) Traslado de costos desde los productores a los consumidores; pues la entrada sin gravámenes de productos agrícolas extranjeros, hará bajar los precios locales de consumo, lo cual obligará a los productores a vender más barato. Y 2) se desincentivará la producción de productos menos competitivos según la balanza de pagos, éstos son la carne de vacuno, la leche y los cereales; favoreciéndose principalmente a la fruta y el desarrollo de rubros productivos más innovadores. (Muchinik, E., et al. (1996)). 25 Kay, C. (1998)

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- Integrar y articular organizaciones funcionales a los intereses de la agricultura campesina, que les aseguren un acceso fluido a servicios técnicos y financieros, los articulen a los mercados modernos y los integren a los sistemas público-privados de decisión. En este sentido se hace significativa la reciente creación de redes de comercialización y gestión. - Incrementar sus capacidades y patrimonios a fin de mejorar sus opciones de negociación como agentes económicos y actores sociales26. En síntesis, las líneas de trabajo del gobierno en relación al mundo agrícola han seguido dos cauces: - El trabajo de promoción y desarrollo tecnológico tendiente a fortalecer el desarrollo empresarial rural. - El apoyo al aumento de la productividad de la economía campesina a través del INDAP. Este apoyo a la economía campesina, dado por INDAP, la reconversión y rentabilidad productiva de los pequeños campesinos llamados viables27 y la subsistencia de los no viales, es fuertemente cuestionado por los resultados de las encuestas CASEN, que muestran como la mayor inversión pública en las zonas de pobreza rural (muchas de ellas manejadas por INDAP) no ha redundado en una mejoría de la calidad de vida de dichas zonas28. En la política agrícola gubernamental no existe una preocupación explícita por los asalariados agrícolas (temporeros). Ello encierra una fuerte paradoja, pues históricamente el desarrollo de la agricultura agroindustrial ha ido en desmedro del desarrollo de la economía campesina, a la vez que ha generado un importante contingente de mano de obra temporal, fuertemente precarizada cuya inserción laboral, por la vía del trabajo, es fuertemente cíclica por lo que no asegura la inserción ni promoción social. Así, la política de gobierno en materia agrícola genera dos paradojas:

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Sotomayor, O. (1994) Sotomayor, O. (1994)

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- Por una parte, favorece la emergencia de un grupo muy precario —que cada vez inunda en mayor medida la ruralidad—, y no genera canales adecuados para lograr su inserción alternativa ni garantiza su acceso a la equidad social. - Y por otra, destina recursos para la promoción de un grupo —los propietarios llamados “viables”— que, sin embargo, ven amenazada sus posibilidades de promoción por la creciente inserción de Chile a los mercados internacionales, desprovisto de barreras que protejan a la mediana producción. Detrás de estas paradojas parece existir la hipótesis —planteada desde las Naciones Unidas como general para la región— de una interdependencia entre la economía campesina y los complejos agroindustriales, de manera que los asalariados agrícolas provendrían de los minifundios y se desarrollaría entre ambas esferas un acoplamiento estructural que permitiría mantener bajos los salarios agrícolas29. Sin embargo, las evidencias muestran que en la realidad chilena esto no es así, constituyendo los asalariados agrícolas un grupo crecientemente independiente, que no participa de la economía campesina, se encuentra a medio camino entre el mundo rural y el mundo urbano y ubica en la fruticultura su fuente de ingresos exclusiva30. Sin embargo, existen ciertos elementos que es necesario considerar a la hora de evaluar el impacto de las políticas de desarrollo agrario sobre los temporeros: • El impulso que dará la incorporación progresiva de Chile al MERCOSUR al desarrollo de formas innovadoras de industrias agroexportadoras, redundará en un aumento de la demanda por trabajo temporal, y posiblemente surgirán trabajos de “contratemporada” que solucionen en parte los problemas de temporalidad que afectan al sector. • En general el impacto de INDAP es restrictivo para los casos en que se combina la agricultura familiar con el trabajo temporal y es poco coincidente con el perfil de los trabajadores temporeros, en tanto requiere para su trabajo del acceso regular a la tierra. • Sin embargo, existen ciertos programas como PRODESAL y la Libreta Sello Verde que ofrecen ciertas posibilidades a este grupo específico. PRODESAL, básicamente porque su unidad de intervención es de base local, por lo cual sus impactos no llegan solo a
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PRO-RURAL (2000) CEPAL (1984) 30 Venegas, S. (1992) y Navarro, L. (1998)

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quienes directamente trabajan la tierra sino a todos lo habitantes de un poblado rural. La Libreta Sello Verde, por ser un mecanismo de ahorro y crédito que no requiere garantías, es particularmente ad hoc con el perfil de mujeres y jóvenes que no cuentan con trabajos estables; además sus posibilidades de crédito no se restringen a lo estrictamente silvoagropecuario —como lo son las demás posibilidades crediticias de INDAP. Estos elementos podrían venir a paliar los costos de una ruralidad transformada, que cada vez más diluye sus límites con el mundo urbano y tiende a establecer redes de continuidad. IV.2. Trabajadores Temporeros y Regulación del Trabajo La temporalidad del trabajo, uno de los elementos de vulnerabilidad que afectan al conjunto de los trabajadores temporales, debe ser entendida desde una perspectiva de globalidad. Es así como la mayor parte de los problemas laborales asociados a los temporeros agrícolas, corresponden en realidad a problemas más generales relativos a la creciente precariedad de los empleos. Los nuevos procesos productivos, junto a las crecientes necesidades de racionalización de mano de obra de las empresas, han vuelto muy inestables las relaciones laborales, haciéndose frecuente todo tipo de arreglos laborales tales como trabajo temporal, a contrata, a domicilio, a tiempo parcial, etc. De esta manera, dada esta situación y la creciente desregulación del empleo, el trabajo remunerado deja de ser vehículo de integración social. En este sentido, cabe analizar cómo la regulación del trabajo y los mecanismos de previsión y seguridad social se han adaptado a esta situación. Una de las principales falencias del actual Código del Trabajo respecto de los trabajadores temporeros, es el desconocimiento legal de las negociaciones colectivas hechas por sindicatos interempresas. Ello pone serios obstáculos a las negociaciones salariales del sector. Sin embargo, modificaciones recientes al Código del Trabajo precisan de mejor manera la condición de los trabajadores temporeros, regulando el contrato de trabajo, las condiciones de alojamiento, transporte y alimentación, y especificando las normas y regulaciones de protección a la maternidad que operan para los contratos temporales. El regular cumplimiento de esta normativa es fiscalizado por la Dirección de Trabajo, que a petición del Programa de Mujeres Trabajadoras Temporeras ha focalizado fiscalizaciones en este grupo específico. Éstas, pese a su baja cobertura y el cuestionamiento que se hace a

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la calidad de sus instrumentos de medición, tienen un considerable efecto disuasivo y educativo entre los empresarios. La atención de salud ha sido tradicionalmente uno de los problemas específicos que afectan a los trabajadores temporeros, pues la baja periodicidad de sus ingresos les impide cotizar regularmente en un sistema de salud, por lo cual muchas veces, luego de cotizar en ISAPRE durante los períodos de trabajo, terminaban atendiéndose en calidad de indigentes en los consultorios locales. Actualmente, desde el Programa de Mujeres Temporeras, se ha logrado un abordaje a este problema a través de un convenio con FONASA que asegura cobertura anual con un mínimo de 4 cotizaciones al año. Sin embargo, cabe todavía desarrollar un enfoque de salud que entienda a los temporeros como trabajadores aún en los períodos de moratoria laboral, pues es en ese período donde se manifiesta la mayor cantidad de enfermedades producto de sus meses de trabajo. También en relación a los problemas de atención en salud, es necesario hacer mención a al ambiguo rol que juegan las Mutuales de Seguridad. Estas debieran dar cobertura y atención a las lesiones y enfermedades generados por accidentes laborales, para lo cual las empresas pagan un monto por cada trabajador de acuerdo al nivel de riesgo definido para la empresa, es así como empresa más riesgosas (con mayor frecuencia real de accidentes) pagan un monto per cápita mayor. Sin embargo la atención de la Mutual a los accidentados escasamente se cumple, ello por dos razones. En primer lugar, muchas empresas evaden la cotización en las mutuales de salud, con lo cual marginan de este beneficio a sus trabajadores. En segundo lugar, aún aquellas empresas que cumplen con la cotización, son renuentes a llevar a sus accidentados a las mutuales, ello pues por una parte muchos de los accidentes se deben a deficiencias en las condiciones laborales, por lo cual arriesgan importantes multas, y por otra parte, cada accidente denunciado en una empresa, hace que esta suba los niveles de riesgo evaluados por la Mutual, lo cual hace también subir el monto de las cotizaciones a pagar. Con respecto al tema de la previsión social, queda pendiente el tema de las lagunas previsionales que, como producto de la temporalidad del trabajo, afectan la regular cotización en el sistema de AFP31. A este respecto cabe señalar la posibilidad recientemente propuesta llamada jubilación de la dueña de casa por la cual personas que tuvieran ahorros previsionales descontinuados que impidieran su normal cotización podrían endosarlos a
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Elter, D. y Briant, M.

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terceras personas de manera de retirarlos a través de la jubilación de ésta. Cabe aún analizar las ambivalentes consecuencias de género que esta opción puede tener, en tanto probablemente transfiera recursos desde las inestables cuentas femeninas hacia las de sus esposos. SENCE por su parte, a través del FONCAP, puede otorgar capacitación a grupos vulnerables. Ya lo ha hecho con temporeras en el importante y pertinente tema del manejo de agroquímicos. Es interesante evaluar la replicabilidad de esta iniciativa. Ahora bien, la utilización de la franquicia SENCE vía conducto regular, es poco viable debido a la baja regularización contractual del trabajo temporal como también por el ritmo frenético de trabajo de los períodos de mayor actividad, lo que dificulta el desarrollo de labores de capacitación. Mención especial merece el problema de los agro-tóxicos, el cual ha sido hasta ahora varias veces mencionado pero no explicado en profundidad. Se incluyó este tema en el ámbito de la regulación del trabajo, pues los pesticidas son uno de los peligrosos insumos que deben usar los temporeros agrícolas en su trabajo. El término agro-tóxico es un renombramiento de los pesticidas, con miras a graficar, en su mismo nombre los efectos perjudiciales que estos tienen para la salud. Se denomina pesticida a las substancias químicas destinadas a matar, repeler, atraer, regular o interrumpir el crecimiento de plagas en su sentido más amplio. Considerando como plagas a aquellos organismos nocivos que transmiten enfermedades, compiten por alimentos y/o dañan bienes económicos y culturales. El uso de pesticidas se masifica hacia fines de la segunda guerra mundial y ha sido responsable de parte del aumento en la producción agrícola mundial. Sin embargo, se hacen cada vez más evidentes los nocivos efectos que estos pesticidas tienen para la salud humana —de quienes trabajan con ellos y de quienes consumen productos agrícolas— y para el medio ambiente32. Todos los pesticidas son venenosos, en mayor o menor medida, y la hipótesis de su uso inocuo, se basa en que es posible controlar su toxicidad para el ser humano a través de un uso correcto. Sin embargo existen diversos mecanismos por los cuáles este llamado “uso correcto” es transgredido y por lo mismo genera peligrosas exposiciones para quienes los manejan: los temporeros agrícolas. Formas peligrosas de uso son (1) aplicación sin el uso
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www.Iibice.edu.uy/postdata/drit.htlm

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adecuado de incómodas y calurosas barreras de protección, y muchas veces los temporeros son renuentes al uso de las mismas especialmente en verano; (2) aplicación excesiva; (3) aplicación contra el sentido del viento; (4) aplicación de productos múltiples, ya que si bien es posible controlar y medir el efecto de un pesticida, es impredecible el efecto de la combinación de los muchos pesticidas que se aplican sobre un producto en sus diversas etapas de cultivo; y (5) el carácter persistente de ciertos pesticidas, ello pues ciertas substancias —específicamente las organicocloradas— permanecen en el medio en que fueron aplicadas, sin degradación significativa, hasta por 30 años, lo cual refuerza las posibilidades de contaminación. Las intoxicaciones con pesticidas en sus diversos grados llevan, por una parte, a efectos agudos, tales como vómitos, diarrea, aborto, cefalea, somnolencia, alteraciones comportamentales, convulsiones, coma, muerte, que están asociados a accidentes donde una única dosis alta es suficiente para provocar los efectos que se manifiestan tempranamente y, por la otra, a efectos crónicos, como cánceres, leucemia, necrosis de hígado, malformaciones congénitas, neuropatías, cefaleas persistentes, dolores vagos, que se deben a exposiciones repetidas y los síntomas o signos aparecen luego de un largo tiempo (hasta años) de contacto con el pesticida. El organismo que en Chile regula la importación de pesticidas en forma particular y para la venta es el Servicio de Salud Metropolitano del Ambiente (SESMA). Éste, si bien limita en general la importación de pesticidas peligrosos, deja pasar 4 de los orgánico-clorados, o pesticidas persistentes, que son el Lindano, el Paraquat, Pentaclorofenol y Parathion. Una segunda, limitación en su acción es que el SESMA sólo fiscaliza las grandes importaciones de sustancias, con lo cual deja sin fiscalización los pequeños ingresos. Finalmente el SESMA no tiene potestad para controlar el adecuado uso que se haga de las substancias ingresadas33. Recapitulando, las diversas formas de empleo precario tienden a ser patrones de empleabilidad estructurales en el modelo postindustrial de desarrollo, y Chile no se sustrae a esta tendencia. En ese sentido se instala un componente de riesgo, que se hace necesario controlar, con nuevas y flexibles estrategias de previsión y seguridad social tendientes a proteger al trabajador en los períodos de moratoria. La temporalidad del trabajo agrícola es

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www.sesma.cl

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así una de las muchas caras que ahora tiene la precariedad del empleo, y su abordaje — desde esta óptica— debe hacerse en conjunto con todas esas otras dimensiones. IV.3. Trabajadores Temporeros y Políticas de Género Desde la mirada de género, se observa que las instituciones abocadas al trabajo con mujeres han cambiado —desde el regreso a la democracia— la forma institucional de mirar a la mujer. Es así, como se pasa desde una mirada —encarnada por los CEMA Chile— que privilegia la visión de madre y dueña de casa a una mirada que integra el aporte productivo que hace la mujer a la economía nacional. La primera iniciativa desarrollada en este sentido fue el llamado Programa de Igualdad de Oportunidades I (PIO I) —que definió lo que serían las políticas de género de los dos primeros gobiernos del la Concertación. Sin embargo el PIO I —al igual que posteriormente el PIO II— dejó a las mujeres rurales en una virtual situación de invisibilidad, subsumiéndolas en el colectivo general de las mujeres con un claro sesgo urbano. Frente a esta situación, se formularon las Propuestas de Igualdad de Oportunidades para Mujeres Rurales, en un trabajo conjunto entre distintos sectores y organismos de Gobierno y distintas Organizaciones de Mujeres abocadas al sector rural, tales como en MUCEH, el CEDEM y ANAMURI. Esta propuesta plantea medidas concretas en relación al colectivo de las Mujeres Trabajadoras Temporeras, especialmente en lo relativo al uso de agroquímicos y al desarrollo de iniciativas que releven a la mujer del trabajo doméstico. Sin embargo, la propuesta no aborda específicamente los problemas estructurales que afectan a las mujeres trabajadoras temporeras, específicamente la desregulación, la precariedad de sus condiciones laborales, y la cesantía de los “meses azules”, como en forma casi poética los temporeros llaman a los meses de invierno, donde disminuye el ritmo de trabajo. Por otra parte, la propuesta vincula expresamente la iniciativa empresarial y la producción silvoagropecuaria, situación que no siempre se corresponde para el caso general de las mujeres rurales y el caso particular de las trabajadoras temporeras, que transitan por otros ámbitos de la economía campesina. Finalmente, no se vincula las iniciativas de la propuesta en materia de educación y las posibilidades de promoción social. En el Servicio Nacional de la Mujer SERNAM, organismo de rango ministerial específicamente abocado a la promoción de las mujeres, y el desarrollo de políticas de igualdad de género, se ha instalado un programa específicamente orientado al trabajo con

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temporeras, llamado Programa de Mujeres Trabajadoras Temporeras. Su intervención opera en un doble nivel de trabajo: en primer lugar, un trabajo a nivel intragubernamental, desarrollando una suerte de “lobby” destinado a instalar a su grupo objetivo en los ejes de las políticas públicas y, en segundo lugar, un trabajo de carácter más directo destinado a probar en terreno políticas sociales específicas a su grupo objetivo. En relación al primer nivel de trabajo, se desarrolla una interesante labor de posicionamiento de este grupo como un sujeto de intervención de las políticas públicas. En este ámbito, son relevantes las iniciativas de negociación institucional que desarrolla a nivel central, y la validación en terreno de propuestas de intervención, con lo cual aborda la línea más estructural del problema. A este trabajo se deben, por ejemplo, la validación del tema ante DITRAB y la resolución del problema de salud antes descrito, gracias a la intervención de FONASA. Por su parte, en relación con el segundo nivel de trabajo del Programa, es criticable su carácter compensatorio y asistencial —dejando intocadas las dimensiones de índole estructural— y que, por otra parte, su intervención no ha pasado de tener una escala experimental; esto último es coherente con los objetivos institucionales del SERNAM, pero dificulta su impacto operativo. Distinto es el caso de la línea de trabajo más desarrollada del Programa, que es la Atención a Hijos de Mujeres Trabajadoras Temporeras. Esta línea —con independencia de las implicancias tradicionales de género que tiene— resuelve en forma eficiente uno de los problemas que afecta más específicamente a este grupo. Este Programa trabaja con las mujeres temporeras en tanto trabajadoras vulnerables y también en tanto mujeres. Cabe señalar, que su situación peculiar de trabajadoras vulnerables proviene del particular modo de desarrollo que sigue la modernización agrícola que, a la vez, “descampesiniza” y “ruraliza”. Es decir, expulsa a los antiguos campesinos hacia territorios periurbanos, pero al mismo tiempo los recluta para actividades agrícolas. En este sentido, sería interesante desarrollar en el contexto de este Programa una línea de desarrollo rural que tienda a promover negociaciones —con este sector gubernamental— para la búsqueda de soluciones de índole más estructural al problema de la temporalidad del trabajo. Otro organismo orientado al trabajo directo con mujeres ha sido el Programa de Desarrollo de la Mujer, PRODEMU. Éste, a diferencia del SERNAM, se mantiene al margen del

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diseño de políticas públicas y desarrolla programas de promoción directa de las mujeres. El trabajo desarrollado por PRODEMU con mujeres campesinas, si bien no se encuentra focalizado específicamente en Mujeres Temporeras, sí las incorpora en su accionar. Su impacto pretende ser estructural, tendiendo a diversificar las fuentes de ingreso de un hogar mediante la inserción productiva autogestionada de la mujer. Sin embargo, su real impacto ha transitado principalmente por variables psicosociales y de cambios en la autoestima y autopercepción. Su principal dificultad para alcanzar impactos estructurales es la pequeña escala de los proyectos implementados, que dificultan su viabilidad. Pero también la crítica se amplía cuando se cuestiona el diseño general de las iniciativas microempresariales. A propósito de las cuáles cabe señalar que presentan problemas de escala, capital social, rezago tecnológico y escasa vinculación a los mercados, que dificultan el acceso a niveles adecuados de rentabilidad y las hacen altamente dependientes de los subsidios estatales. Las políticas que ponen el énfasis en la variable género, por lo general no trabajan sobre las dimensiones estructurales que definen el empleo agrícola temporal, operando sólo en el ámbito de ciertas vulnerabilidades que se le asocian y dejando al margen a por lo menos un 40% de los trabajadores temporeros que son hombres. IV.4. Trabajadores Temporeros y Políticas de Superación de la Pobreza Rural. Al asumir los gobiernos de la Concertación, incluyeron en su línea programática el desafío de superar las situaciones de pobreza que generó el proceso de ajuste estructural de las décadas anteriores. Luego de dos períodos presidenciales, los resultados en el mundo urbano han mostrado progresos relevantes, no así en el espacio rural, donde tal como lo muestra el Cuadro Nº 3, se ha producido un estancamiento de los niveles de pobreza e indigencia, pese a los altos niveles de inversión en el tema34.

Cuadro Nº 3. Comparación de la evolución de los niveles de pobreza rural y urbana.

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PRO-RURAL (2000)

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Evolución de la Pobreza en Chile; Sectores Urbanos
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Evolución de la Pobreza en Chile; Sectores rurales
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35 % 30 de Po 25 bre s 20 15 10 5 0 19 87 19 90 19 92 Años 19 94 19 96 10 0 % 40 de Po bre 30 s 20

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19 90

19 92 Años

19 94

19 96

Fuente: PRO RURAL: DOCUMENTO INSTITUCIONAL

La pobreza rural se encuentra fuertemente asociada al trabajo asalariado, a quienes no poseen tierras y al trabajo temporal. Datos iluminadores al respecto muestran que el 70% de los ocupados rurales que se encuentran bajo la línea de pobreza, lo conforman trabajadores asalariados35; que el 62% de los hogares en situación de pobreza en los sectores rurales, no tienen acceso a la tierra, esto es, disponen de una cantidad menor a 0.5 hectáreas de terreno cultivable y el 45% de los trabajadores activos corresponde a trabajadores temporales, pero generan solo el 37% del ingreso autónomo familiar36. Esta situación muestra que la pobreza rural no se supera sólo por el apoyo a los pequeños productores agrícolas —que desarrolla INDAP— sino por el apoyo a los asalariados rurales. Al respecto, en los programas desarrollados por FOSIS en el espacio rural, es destacable: la focalización de los mismos en las zonas de pobreza rural, el trabajo que trasciende los pequeños productores agrícolas —incorporando a los grupos asalariados— y, la explícita intención de apoyar especialmente a proyectos no silvoagropecuarios. Sin embargo, sobre la intervención de FOSIS se pueden hacer extensivas las críticas antes señaladas sobre la actividad microempresarial —problemas de escala, capital social, rezago tecnológico y escasa vinculación a los mercados— como también su forma de trabajo altamente vinculada a proyectos que dificultan el desarrollo de un plan de trabajo local, coherente y continuado,
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PRO-RURAL (2000) Frigolett, D. (1998)

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llevando a diversificar esfuerzos y trabajo en pequeñas acciones que no siempre son sinérgicas entre sí, no siguen un desarrollo programático continuado, ni contribuyen al objetivo común de desarrollo local. Este problema de la pluralidad de intervenciones que no son sinérgicas entre ellas, es lo que intenta resolver PRORURAL. Instancia que se ha planteado como desafío el abordar la inmovilidad de los niveles de pobreza en el mundo rural a través de una coordinación sinérgica intersectorial, tendiente a desarrollar —en las comunas donde se focaliza la intervención— polos de desarrollo en diversas actividades que digan relación con la vocación específica de la zona. Actualmente, PRO-RURAL ha focalizado su intervención principalmente en las zonas de secano costero e interior; ello aleja su trabajo de las zonas en las cuales es predominante el trabajo temporal. Sin embargo, la lógica de intervención que propone —que es potenciar el desarrollo local, de acuerdo al perfil empresarial que les es más específico, diversificando hacia formas no agrícolas de producción— es altamente pertinente para abordar la situación del trabajo temporal, en tanto permite diversificar las fuentes de empleo de las localidades en que interviene, liberando así la mano de obra cautiva en los complejos agroindustriales. Ello permite abordar la temporalidad del trabajo y la particular precariedad de su inserción laboral.

V. Conclusión y Marco Propositito. La modernización rural en los valles de riego de la zona central ha adquirido formas que precarizan la inserción laboral y social de parte importante de la población rural y periurbana, como consecuencia de volverse mano de obra cautiva de los complejos agroindustriales. Ante ello, la decisión política de apoyar a este sector crecientemente precarizado, transita no sólo por medidas compensatorias —que resuelven sus problemas específicos y coyunturales— sino también por ámbitos de índole estructural que favorezcan la diversificación de rubros productivos y la multiactividad en el mundo rural. Ello, tanto en el ámbito de la gran empresa, que permite diversificar las ofertas de empleo, como de la pequeña producción independiente. Esto es, reconocer institucionalmente la instalación —en el espacio rural— de un conjunto de componentes de riesgo que es necesario asumir. Como señala Beck, el actual desarrollo

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de la modernidad ya no solo distribuye inequitativamente los beneficios de su operación, sino que por otra parte reparte importantes núcleos de riesgo, que puede ser conceptualizado como riesgo ambiental, de inestabilidad laboral, cesantía, cierre de rubros productivos, etc. Esta nueva ruralidad, al estar interconectada y globalizada, se hace también sensible a sucesos lejanos —a los que antiguamente permanecía indiferente— que le generan ampliaciones sustantivas en las situaciones de riesgo e inseguridad; por ejemplo, una baja del precio del concentrado de tomate en Brasil, puede llevar al cierre de plantas procesadoras en Chile. La industrialización agrícola al instalarse, transforma radicalmente la estructura social en que se asienta, emergen nuevos grupos privilegiados, pero también nuevos grupos que no sólo no acceden a los beneficios de la modernización, sino que son receptáculos de su repartición del riesgo. La repartición de riesgos es algo más democrática que la repartición de beneficios: una baja internacional de precio afecta tanto a las grandes empresas como a sus trabajadores, sin embargo a través de los mecanismos de transferencia de riesgo, este suele concentrarse en los grupos más vulnerables. Uno de los grupos que se ha hecho más vulnerable a estas situaciones de riesgo, aunque de ninguna manera el único, corresponde sin duda al caso de los trabajadores temporeros. Los cuales no sólo están sometidos a la permanente vulnerabilidad de una situación cíclica y precaria de inserción laboral sino que también están afectos a riegos medio-ambientales y a la transferencia de riesgo por la cual se protegen las empresas que los contratan (a una baja en los precios, se empezará por despedir mano de obra). Asumir como país el camino de la modernidad implica asumir también los riesgos, pues hablar de riesgos no es hablar sólo de peligros, sino que es conceptualizar que “algo se pone en juego”, se arriesga, para lograr una meta. En este sentido es relevante reflexionar acerca de los mecanismos que como país se asumen para canalizar y controlar el riesgo, especialmente de aquellos sectores más vulnerables. El desafío en cuestión transita entonces por dos sendas. En primer lugar, construir un espacio de producción rural capaz de proporcionar empleo e integración social, durante fracciones más extensas del ciclo agrícola y no solo en las épocas de intensa actividad del packing; ello, por la diversificación de actividades productivas en las cuales pueden participar o no las fuerzas disponibles de trabajo, esto es reconstruir espacios de seguridad.

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Y la segunda senda tiene que ver con la reconstrucción de sistemas de seguridad y apoyo social que permitan absorber la creciente flexibilidad de los vínculos laborales y los crecientes riesgos que se asocian. Al hacer un análisis concreto de las políticas públicas implementadas durante los gobiernos de la Concertación con este grupo específico, salta a la vista que no han existido políticas públicas orientadas a la situación particular de los temporeros agrícolas, ni tampoco a resolver los temas planteados en el párrafo anterior, que contribuirían a la resolución de las dimensiones estructurales de su situación. Por el contrario, los programas que los atienden —directa o indirectamente— abordan su situación en función de las precariedades que se le asocian: temporeros pobres - temporeros mujeres - temporeros desprotegidos; dejando las dimensiones estructurales de su situación: trabajadores agroindustriales y trabajadores de empleabilidad cíclica, al margen de la intervención pública. En este sentido las políticas dirigidas a este grupo parecen tener un carácter más de política social compensatoria que de política social de abordaje estructural. Actualmente la preocupación explícita acerca de los trabajadores temporeros agrícolas ha radicado institucionalmente en el SERNAM. Reconociendo la importante labor que este servicio ha realizado al poner en el tapete de la discusión pública a este grupo específico y, la interesante labor de coordinación intersectorial y validación de políticas que ha desarrollado, cabe preguntarse si esta residencia institucional es la más adecuada. Por una parte, recoge el tema de que más de la mitad de los temporeros agrofrutícolas son mujeres y en ellas se concentra un mayor conjunto de vulnerabilidades que en sus pares masculinos, en tanto sobrellevan la sobrecarga laboral y disponen de menos opciones laborales complementarias, viéndose así más especializadas en esta opción laboral. Sin embargo —a pesar de lo anterior— el problema del trabajo temporal constituye una situación de vulnerabilidad que trasciende la situación de género que afecta al individuo y como tal, su residencia institucional en SERNAM no sólo contribuye a desproteger al 40% de los trabajadores temporales en la agroindustria sino también oculta las verdaderas características del problema. Debido a lo anterior, se hace necesario resituar la preocupación institucional por los temporeros agrofrutícolas, hacia un ente que permita abarcar tanto a mujeres como a hombres. Ahora bien, esta residencia institucional debe mantener los elementos que han

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sido más relevantes del trabajo de SERNAM, cual es su capacidad de diseñar políticas a partir de las demandas de la base social, validarlas en la práctica, coordinar a muchos actores institucionales en su gestión y finalmente hacer entrega de esas políticas a quienes sean pertinentes. Ello sin descuidar el papel de negociación institucional que se juega en la resolución de los problemas de índole más estructural. También este ente debe adoptar la lógica de una ventanilla única, que permita a través de ella canalizar los distintos beneficios y programas públicos a los cuales este subgrupo pueda acceder. Por otra parte, para intervenir sobre las bases de las vulnerabilidades asociadas al trabajo temporal, es importante transitar por la lógica del actual modelo de modernización agraria de los valles de riego de la zona central. Si no se interviene sobre dicho modelo, las políticas al respecto solo tendrán un carácter compensatorio. El nivel estructural estará dado por el desarrollo de políticas gubernamentales tendientes a conducir este modelo —como en otros períodos históricos se ha hecho— y orientarlo hacia la diversificación económico productiva, la innovación productiva, la agregación de valor y el desarrollo de actividades extra-agrícolas. Todo ello tendiendo a la diversificación de las fuentes de empleo en el sector rural, que libere la mano de obra actualmente cautiva de los Complejos Agroindustriales. Esta labor sólo puede gestionarse desde instancias vinculadas al Ministerio de Agricultura, que debe hacer la opción de dejar de concentrarse sólo en los productores rurales —como actualmente lo hace INDAP— para ensanchar su espectro hacia todas las formas de desarrollo rural en un concepto ampliado, como también fomentando iniciativas microempresariales viables a través de las herramientas que entrega PRODEMU y FOSIS. Lo anterior no puede pasar por alto un fuerte enfoque de género pues, de no ser así, los beneficios del desarrollo corren el riesgo de ser apropiados por la mitad de la población que actualmente tiene más control sobre los recursos productivos y reproductivos. En este sentido, no hay que olvidar que junto a las muchas vulnerabilidades que se han asociado al trabajo temporal, éste ha significado un aumento del poder manejado por las mujeres de sectores rurales, de modo que es necesario cautelar que la conducción del desarrollo productivo local contribuya a la mantención o aumento de este nuevo poder y no a su disminución. Por otra parte, es importante no perder de vista que dentro de los trabajadores temporeros, las mujeres constituyen un subgrupo bastante desprivilegiado, pues sobre ellas pesan

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vulnerabilidades particulares. Así, cualquier intervención tendiente a aliviar el carácter del trabajo temporal debe considerarlas como un sujeto específico, haciéndose cargo de su mayor especialización en el trabajo temporal y los problemas de sobrecarga y doble jornada laboral que éste les acarrea. Probablemente la diversificación productiva antes señalada, no conducirá hacia formas de trabajo tradicional estable sino, por el contrario, a la participación/no-participación en diversas actividades productivas a lo largo del año; ello por las particularidades de los ciclos agrícolas y productivos, tendiendo, eso sí, a ampliar los meses ocupados y disminuir los llamados “meses azules”. Por ello, es importante la adaptación del Código del Trabajo, y de las distintas formas de previsión social, seguridad laboral y capacitación a la realidad de los trabajos flexibles. En este sentido, se hace necesario avanzar respecto al Código del Trabajo, en la validez legal de las negociaciones colectivas de los Sindicatos Inter-empresas, rama de actividad y con base en la localidad, a fin de posibilitar la existencia de Sindicatos de Temporeros por localidades, que puedan negociar colectivamente con los empleadores de la zona. Por otra parte, es importante ampliar los beneficios que actualmente tienen los trabajadores empleados con contrato indefinido, a aquellos cuyo contrato es a trato o por plazo fijo: ello incluiría subsidio de cesantía, indemnizaciones por despido, etc. Respecto al tema de la Seguridad y Previsión Social, es valorable la actual iniciativa de FONASA de asegurar la cobertura anual con un mínimo de 4 meses de cotización. Es importante ampliar este beneficio hacia el sistema ISAPRE y también aumentar la cobertura y el grado de cumplimiento para el caso de accidentes y enfermedades laborales que otorgan las Mutuales de Seguridad —por lo menos a 2 semanas después de finalizada la temporada— pues muchas de las consecuencias adversas del trabajo se manifiestan una vez terminado el mismo. Por otra parte, es necesario regularizar la situación previsional de los empleos vulnerables, que no pueden cumplir con cotizaciones regulares. En relación al tema de capacitación, es relevante ampliar las posibilidades que abre la franquicia SENCE a aquellos trabajadores en situación contractual no tradicional, como también profundizar en las distintas modalidades que abre el FONCAP, tales como los talleres especiales y las modalidades de maestro aprendiz.

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Finalmente, cabe orientar una preocupación especial sobre el uso y manejo de agroquímicos y sus consecuencias para la salud de los trabajadores agrícolas en general y a los temporales en particular. A este respecto, es importante utilizar las potencialidades de FONCAPSENCE para capacitar, en los períodos de temporada baja, a los grupos más vulnerables a su exposición, tales como los fumigadores y quienes trabajan directamente en predios. Es también relevante desarrollar fiscalizaciones sostenidas en las empresas por parte de la DITRAB, fiscalizar el ingreso de todas las cargas de agroquímicos que entran al país y no sólo las que llegan a un tonelaje industrial, como se hace actualmente. Y por último, prohibir el uso de todos los plaguicidas considerados extremadamente tóxicos. En síntesis, todos estos elementos apuntan a reconocer como país, los factores de riesgo que se asocian a los procesos de modernización, y a hacer reflexivo este conocimiento, buscando estrategias para controlar este riesgo. Es la modernidad que se monitorea a sí misma, buscando establecer estrategias que controlen los riesgos y costos que ella misma genera. Para este caso específico, este control transita por el reconocimiento del nuevo perfil de la ruralidad, que diluye las diferencias entre lo rural y lo urbano, reinstalando la industria en los ámbitos rurales, descampesinizando al pequeño productor y llevando trabajadores urbanos o periurbanos a trabajos propiamente agrícolas. Perfil que obliga a reconocer que el nuevo pobre rural ya no es sólo el pequeño campesino sino el trabajador agrícola suburbano y como tal la preocupación por él forma parte de las preocupaciones del desarrollo rural. Promover la diversificación del ciclo agrícola —para la generación de trabajos de contratemporada— y desarrollar mecanismos de seguridad social, parecen ser las salidas que permitan proteger a estos trabajadores y trabajadoras emergentes.

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Referencias Bibliográficas
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