REPORTAJE ARQUITECTOS DE OTRO MUNDO

COOPERATIVA DE VIVIENDAS

JUDIT SANZ, CAL CASES
La coherencia como forma de vida

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o son cuatro ilusos que se quedaron colgados del sueño de las comunas de los sesenta, ni tampoco unos funambulistas que han encontrado una salida imaginativa al problema de la vivienda acuciados por la crisis. La opción de vida de los habitantes de Cal Cases se resume en una palabra: coherencia. Lo de plantearse críticamente en qué mundo vivimos y cómo cambiarlo no les viene de ahora. Ya lo hacían cuando empezaron a implicarse en las actividades del Ateneu Rosa de Foc, de Barcelona, donde nació la idea de buscar una alternativa a la tiranía del mercado inmobiliario. “Estábamos allí organizando talleres y charlas sobre consumo responsable, redes de intercambio, alternativas al capitalismo... y luego volvíamos a casa y teníamos una hipoteca o un alquiler sometidos al mercado. Queríamos ser coherentes con esas acciones, así que empezamos a pensar cómo cambiar la situación”,
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explica Judit Sanz. Ella es una de las 30 personas (20 adultos y 10 niños) que viven en Cal Cases, la cooperativa de vivienda que surgió de esa búsqueda de alternativas. “A través de la ONG Sostre Cívic conocimos esta fórmula de propiedad, y decidimos que era la más adecuada”. En 2007 encontraron en Santa Maria d’Oló (Bages, Barcelona), en medio del campo, una casa en venta que podía ser lo que necesitaban. “Nos constituimos en cooperativa, y fue la cooperativa quien la compró. Nosotros sólo somos miembros de ella con derecho a usar la casa por el precio de un alquiler blando”, continúa Judit. Esta fórmula de propiedad, que imposibilita especular con la vivienda, es aún poco conocida en España, pero está muy extendida en los países escandinavos. En Copenhague, por ejemplo, casi un tercio de la vivienda sigue este modelo, bautizado como Andel. Una vez comprada la finca, empezó el proceso de rehabilitación que culminó en lo que es

hoy: el hogar de 12 familias que disfrutan de su espacio íntimo (habitación, baño, un pequeño comedor con una minicocina sin nevera, “por el ahorro energético”) y de los compartidos: cocina, comedores, despensa, espacios para los niños, sala de reuniones, biblioteca, videoteca y almacén. Un proyecto de vida en comunidad tras el que subyace una voluntad de cambio político y social por el que siguen trabajando: “Queremos mostrar que hay un modelo que lucha contra la especulación y que funciona. Es muy difícil que el sistema cambie, pero podemos encontrar fórmulas alternativas que permitan someterse lo mínimo a él”. Los habitantes de Cal Cases han podido adaptar su vida al nuevo entorno. La mayoría ha encontrado empleo en la zona o se ha podido organizar para reducir jornadas o trabajar desde casa. Todos ellos son licenciados universitarios; algunos, doctores. Judit, que es bióloga especialista en la evaluación del cáncer hereditario, ha podido cambiar su puesto en el Hospital de Sant Pau de Barcelona por otro en el de Manresa. Y está encantada con lo bien que los han acogido los vecinos. “A la larga, el objetivo es crear una red con ellos que nos permita ser autosuficientes. Pero eso llevará tiempo”.