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La renovada actualidad de Mirbeau. A propósito de la visita


de Benedicto XVI a París

Francisco Gil CRAVIOTTO


Laicismo.org

Cuando en 1890 Octave Mirbeau (Trévierès, 1848; París, 1917)


publicó su novela “Sebastián Roch” -la más acusadora denuncia literaria
contra los internados de curas y frailes que hasta ahora se ha escrito-, la
Iglesia se defendió declarando al escritor, por todos los medios a su
alcance, la guerra del silencio. Ni una palabra sobre el libro en toda la
prensa que, de una manera más o menos descarada controlaba la Iglesia
-lo que papas y obispos llamaban entonces la “buena prensa“. Que la
Iglesia optase por el silencio en lugar de arremeter contra el libro, se
explica si tenemos en cuenta el rotundo éxito de otra novela anterior de
Mirbeau, “Le Calvaire”, en la que, ante la escandalera -en ella el autor
toma solfa el concepto de patria-, toda la prensa conservadora
desenvainó plumas y espadas para insultar al autor y el resultado fue que
en menos de una semana se agotó la primera edición. Escarmentados de
tan desalentadora experiencia, esta vez optaron por la estrategia
contraria: la conspiración del silencio. Así consiguieron que la novela
“Sebastián Roch” pasara sin pena ni gloria. Ahora, algo más de un siglo
después, es el propio papa Benedicto XVI, el que, al pedir perdón en
Sidney por los abusos sexuales cometidos por curas y frailes en colegios
católicos, sin quererlo ni buscarlo, trae a la actualidad el lejano y
acusador libro de Mirbeau, cuyo tema principal es, precisamente, ése: la
doble violación -de mente y de cuerpo- de un niño, Sebastián Roch, en un
colegio de jesuitas de Vannes (Bretaña francesa), que el escritor nos
define “como una gran prisión de piedra gris”.

La crítica actual, de manera unánime, califica este libro como


novela autobiográfica. No le faltan razones: el niño Sebastián Roch
estudia en el mismo colegio que Octavio Mirbeau había estudiado; entra,
interno como él a los once años, y, después de cuatro cursos de auténtico
infierno, ambos terminan expulsados en muy extrañas circunstancias. En
todos estos aspectos las coincidencias no pueden ser más exactas, pero
hay un punto al que hasta ahora no ha podido responder la crítica: el
relativo a la violación. ¿Fue violado por uno de los curas del internado de
Vannes el niño Octave Mirbeau, al igual que lo fue su alter ego Sebastián
Roch? Todo apunta a la respuesta afirmativa -incluso se ha dicho que el
cura Le Kern de la novela es la reencarnación literaria del jesuita
Stanislas du Lac-, pero, a pesar de tanto esfuerzo investigador, siempre
quedará la sombra de una duda: también puede ser que Mirbeau haya
mezclado las experiencias vividas por él con otras presenciadas o
referidas. Para el caso es igual, el libro no pierde un ápice de su acerba
crítica y su implacable aire denunciador.

La agria crítica que Mirbeau lanza contra el clericalismo -”Le


clericalisme, voilá l´ennemi”, solía él repetir- se apoya en tres puntos o
ángulos de ataque. Helos aquí: 1) La sangre derramada, a través de los
siglos, por la Iglesia católica: cruzadas, exterminación de los albigenses,
guerras papales, hogueras inquisitoriales, etc. 2) Religión, igual a opio del
pueblo y muy especialmente de la infancia. 3) Los grandes crímenes, que
se cometen en los centros docentes o de caridad controlados por la
Iglesia. Entre estos crímenes destaca uno, hasta entonces impune, del
que él puede dar fe: los abusos sexuales de los curas hacia sus
educandos, que en muchos casos llegan a la violación.

Merece la pena detenerse en cada uno de estos puntos. El


primero de ellos, aunque no es nuevo en la literatura francesa
-recordemos los nombres de Montaigne, Voltaire, Diderot, los filósofos
ilustrados, etc.-, ni termina con Mirbeau, -recordemos a Anatole France,
Sartre, Camus, Onfray, etc.-, adquiere en Mirbeau un énfasis especial. El
segundo tampoco es nuevo, pero nuestro autor tiene el enorme mérito de
mostrarnos los diferentes métodos de administración de ese cotidiano
opio en los colegios: la confesión, -ese gran invento de la Iglesia para
dominar los pueblos por los que ha pasado-, la enseñanza -toda
arcaizante y plagada de conocimientos inútiles y ausencia de los
necesarios-, los recreos y paseos más o menos guiados, las romerías a
lugares sagrados -tal la de santa Ana d´Auray con todo detalle narrada
en el libro-, la profusión de leyendas piadoso-idiotizantes que día tras día
iban vertiendo los curas en sus alumnos. Sólo una como ejemplo: la del
turco que llegó a Francia sin saber una palabra de francés. Bastó con que
alguien le pusiera en la lengua una medallita de santa Ana para que
comenzara hablar la lengua de Molière mejor que muchos franceses y se
convirtiera al catolicismo inmediatamente. Todo esto, nos dice Mirbeau,
ayuda a la indigestión de la mente y, consecuencia, a la imbecilidad
programada. Es lo que nuestro autor califica de “educastración“. Pero es
en el tercer punto, el de los grandes abusos sexuales en los colegios
controlados por la Iglesia, donde Mirbeau pone todo su empeño y
consigue su mayor efecto denunciador. Además de romper un tabú -él es
el primero que se atreve a hablar de este tema-, acierta crear un nuevo
género o subgénero literario -el de la novela de niños en colegios de
curas-, que incluso logra exportar al extranjero y, pocos años más tarde,
tendrá en España, en las plumas de Pérez de Ayala, Azaña y Gabriel Miró,
sus mejores seguidores.

A estos tres frentes de ataque, ya estudiados por la crítica -muy


especialmente por Pierre Michel, especialista en Mirbeau-, yo añadiría
otro más: la puesta en evidencia de la redomada hipocresía clerical. En
este aspecto el capítulo relativo a la expulsión de Sebastián del colegio
jesuítico de Vannes es el más acabado ejemplo de hasta qué extremos de
fineza y perfección puede llegar dicha hipocresía. Baste señalar que,
antes de que el niño ponga los pies en la calle, el cura que hasta
entonces parecía más humano y digno de confianza, no cesa en su
trabajo de persuasión hasta hacerle jurar a Sebastián que jamás dirá a
nadie una sola palabra de cuanto allí le ha ocurrido. Huelga añadir que, si
tal episodio es autobiográfico, como parece, a los curas les salió el tiro
por la culata: nada menos que un libro de trescientas páginas informa a
todo el que quiera leerlo de cuanto le ocurrió al protagonista en aquel
antro de perversión e hipocresía.

Tras la expulsión, el libro nos relata, ahora en primera persona,


-Mirbeau es un maestro en la seducción del estilo-, las terribles secuelas
de la violación. El joven Roch ha quedado, al menos temporalmente,
invalidado para el amor y una inevitable repugnancia hacia todo lo
relacionado con el mundo del sexo, hace que todas las caricias de su
antigua novia de infancia, la bella y ardiente Margarita, caigan en campo
baldío. ¿Quedará Sebastián Roch para siempre privado de los goces de la
carne? La entrega de Margarita en una noche de amor y plenilunio parece
salvar la situación. Poco importa. Al día siguiente comienza la guerra
franco prusiana y Sebastián, en edad militar, tiene que entrar en el
cuartel. Morirá luchando contra los prusianos, “absurdamente sacrificado
al Dios de la guerra“, nos dirá nuestro autor.

Las últimas páginas del libro las dedica Mirbeau a fustigar a otro
de sus grandes enemigos: el militarismo, el tema escándalo de “Le
Calvaire”, sin que tampoco falten, salpicando toda la novela, los certeros
y repetidos dardos contra la nobleza y la emergente burguesía. Y
mientras va arrojando denuestos contra curas y militares, en los
remansos de su demoledor discurso, Mirebeau hace un alto para
ofrecernos el ideal de sociedad que él desea. Valgan como ejemplo estas
líneas que traduzco sobre la marcha:

¿Hay en alguna parte una juventud ardiente y reflexiva, una


juventud que piensa y que trabaja, que se libera y nos libera de la
pesada, criminal y homicida mano del cura, tan fatal para la mente
humana? Una juventud que, frente a la moral establecida por el
cura y las leyes que aplica el gendarme, ese complemento del cura,
diga valientemente: “Yo seré inmoral y yo seré rebelde”.

Fueron estos gritos de acusación, -toda la novela es una


constante acusación-, lanzados a la cara de una sociedad hipócrita e
inicua los que hicieron que más de un crítico calificara esta obra de tea
subversiva. La conspiración del silencio fue la respuesta de aquella
sociedad a la descarada osadía de Mirbeau.

Ahora, en el transcurso del presente mes de septiembre,


Benedicto XVI va a visitar la Francia de San Luís, que -no lo olvidemos-
también es la Francia de Voltaire y de Mirbeau. ¿Tendrá el papa, como ya
lo hizo en Sidney, unas palabras de recuerdo y perdón para todos los
niños que en el país vecino han sufrido y siguen sufriendo los abusos que
en su día sufrió Sebastián Roch?