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DOCUMENTO DE LECTURA

SER MEDIADOR(A) DEL APRENDIZAJE

Recopilación de varios autores

Los aportes de Vygotsky son fundamentales en el área de educación, especialmente su concepto


de zona de desarrollo próximo que se refiere a “hallar la distancia entre el nivel real de desarrollo
del niño, determinado por la capacidad de resolver independientemente un problema, y el nivel de
desarrollo potencial, determinado a través de la resolución de un problema bajo la guía de un
adulto o en colaboración con otro compañero más capaz” (Vygotsky, 1979, en Prieto,1989).
Feuerstein, basándose en Vigotsky, plantea el concepto de Experiencia de Aprendizaje Mediado,
diferenciándolo de aquella experiencia directa que la persona tiene al relacionarse con el medio.
La experiencia de aprendizaje mediado (EAM), requiere de un agente que transforme el estímulo
emitido por el medio. Este agente o mediador, que puede ser un profesor, los padres, jóvenes u
otros niñ@s, selecciona los estímulos del medio, los organiza, reordena, agrupa y estructura en
función de una meta específica. El mediador o mediadora intenta transmitir al sujeto el significado
de la actividad más allá de las necesidades inmediatas, de forma que el niño pueda anticipar la
respuesta cuando enfrente otras situaciones parecidas.
La experiencia de aprendizaje mediado no se refiere al qué de la interacción, dónde y cuándo
toma lugar. Lo que la caracteriza es el cómo interactúa. Tampoco tiene edad ni tipo especial de
lenguaje, puede ser de tipo gestual, simbólica o imitativa. De esta manera el aprendizaje mediado
no actúa en una clase especial de individuos con características específicas, sino en todo aquel
que lo vivencia.
El valor mediacional de esta modalidad se encuentra en la interacción con otro. El aprendizaje
mediado debe orientar al niño a buscar y hacer importantes conexiones entre las experiencias
previas y las nuevas para anticipar su respuesta en situaciones similares.
El rol mediador guía la actividad del niño, atendiendo a los procesos mentales involucrados en
la tarea que realiza y no a los productos, promueve la curiosidad mental, el deseo de eficacia
y precisión, crea un clima de confianza, de búsqueda de soluciones variadas y de control de la
impulsividad (por la forma de relacionarse del mediador o mediadora, y no por el control
represivo de la conducta de niños y niñas).
En definitiva, la función del adulto o joven que acompaña el proceso de aprendizaje de niños y
niñas, es mediar entre el conocimiento específico y las comprensiones de los alumno, en
cuanto pone en marcha cierta parte del potencial intelectual y sociocultural del alumno que
muchas veces no surge en forma espontánea y que es necesario estimularla
intencionalmente. Por otro lado, en tanto facilitador del aprendizaje, diseña y desarrolla
estrategias, y organiza actividades apropiadas para lograr un aprendizaje significativo, sobre
la base de las ideas previas que tiene el niño o niña.
Por lo tanto, este tipo de aprendizaje no supone centrarse principalmente en actividades para
aprender métodos o formas de hacer, sin abordar contenidos o promover espacios de
reflexión. Si bien, desde dicho enfoque, se promueve la socialización y el saber hacer, el
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desarrollo de habilidades y capacidades suele darse de manera intuitiva, sin una


intencionalidad clara.
La mediación en el aprendizaje sólo es posible cuando está claro cómo aprende el que
aprende y ello supone identificar qué capacidades, destrezas y habilidades trae el niño o niña
y cuáles estamos desarrollando en una situación determinada.
El mediador o mediadora del aprendizaje elige y selecciona los contenidos (formas de saber)
y los métodos (formas de hacer) más adecuados para tratar de desarrollar las capacidades
previstas. El mediador debe definir previamente el camino de aprendizaje y estar dispuesto a
modificar o reorientar ese camino según las necesidades y requerimientos de niños y niñas.
Es muy importante la mediación entre iguales o el aprendizaje cooperativo y mediado entre
iguales en tareas bien definidas en las cuales existen procesos claros.
Conviene recordar que la ventaja de cumplir adecuadamente con el rol de mediador es
proporcionar “herramientas mentales y personales para aprender”, en el marco del aprender a
aprender.
Pero esta mediación no desarrolla sólo capacidades sino, sobre todo, valores y actitudes, no
sólo procesos cognitivos, sino también procesos afectivos. Los valores y las actitudes se
desarrollan sobre todo por métodos o formas de hacer, no sólo individuales, sino también
colectivas y, en esa medida, niños y niñas acceden a la cultura social y comunitaria.
En el marco de la concepción constructivista del aprendizaje, el niño o niña es responsable
último de su propio proceso de aprendizaje. Es él o ella quien construye el conocimiento y
nadie puede sustituirle en esa tarea, sin embargo, requiere del mediador para orientar esta
actividad con el fin de que la construcción que hace el niño o niña se acerque de forma
progresiva a lo que significan y representan los contenidos como saberes culturales. Sin
embrago, esto no implica un proceso solitario por parte del aprendiz1, sino que, desde el
socio-constructivismo, se considera que el niño forma parte de un grupo social, de una
comunidad de aprendizaje en la que se aprende de otros y con otros.
La teoría sociocultural entiende el aprendizaje como un proceso distribuido, interactivo,
contextual y que es el resultado de la participación de los aprendices en una comunidad de
práctica. Además, la meta es que el aprendiz se apropie de los recursos o saberes culturales,
a través de su participación con otros “más expertos”, lo que implica que cada niño o niña que
participa en una comunidad de aprendizaje es, en determinado momento, un “experto” según
las habilidades, capacidades, experiencia y conocimientos que ha desarrollado o acumulado
previamente.

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El compuesto ad praehendere > apprehendere, que era al principio un intensivo que expresaba “coger algo con fuerza,
apoderarse de algo”, sustituyó en el ámbito coloquial al genérico praehendere como equivalente a “asir, coger”, hasta que
en latín tardío pasó a ser “coger, captar algo por la mente o el espíritu”. Podría haber sido un simple sinónimo de percibir,
pero se utilizó en el ámbito pedagógico como “captar algo nuevo por la mente”, es decir, “coger, adquirir conocimientos” y
pasó al castellano como aprender.
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El mediador-facilitador y el niño o niña, gestionan conjuntamente el proceso de aprendizaje a


través de una participación guiada. Pero la gestión conjunta no implica simetría de las
aportaciones: en la interacción educativa, el mediador y el niño o niña desempeñan papeles
distintos, aunque igualmente imprescindibles y totalmente interconectados. El mediador
gradúa la dificultad de las tareas o actividades y proporciona al niño o niña los apoyos
necesarios para afrontarlas, pero esto sólo es posible porque el niño o niña, con sus
reacciones, indica continuamente al adulto o par sus necesidades y comprensión de la
situación.
En definitiva, la mediación es una intervención que hace el adulto, joven o compañeros
cercanos para enriquecer la relación del niño con su medio ambiente. Cuando le ofrecen
variedad de situaciones, le orientan en la búsqueda de significados y muestran o monitorean
maneras de proceder, lo ayudan a comprender y actuar en el medio.
Para que la ayuda de los mediadores sea efectiva, provocando desarrollo, es necesario que
exista:
• Intencionalidad por parte del mediador-facilitador de comunicar y expresar con claridad lo
que se quiere transmitir, produciendo un estado de alerta en el alumno.
• Reciprocidad. Se produce un aprendizaje más efectivo cuando hay un lazo de comunicación
fuerte entre el mediador-facilitador y el niño o niña.
• Trascendencia. La experiencia del niño o niña debe ir más allá de una situación de "aquí y
ahora". Se promueve que anticipe situaciones, relacione experiencias, tome decisiones según
lo vivido anteriormente, aplique los conocimientos a otras problemáticas, sin requerir la
actuación directa del adulto.
• Mediación del significado. El mediador-facilitador debe invitar a poner en acción el
pensamiento y la capacidades del niño o niña, promoviendo el establecimiento de relaciones y
la elaboración de hipótesis a partir de las situaciones vividas.
• Mediación de los sentimientos de competencia y logro. Es fundamental que el niño o niña se
sienta capaz y reconozca que este proceso le sirve para alcanzar el éxito. Esto asegura una
disposición positiva para el aprendizaje y aceptación de nuevos desafíos, así tendrá confianza
en que puede hacerlo bien. Afianzar sus sentimientos de seguridad y entusiasmo por
aprender, es la base sobre la que se construye su autoimagen.
El reconocimiento positivo de los logros y las habilidades que han puesto en juego para
realizar la actividad con éxito, aumenta la autoestima, se facilita el sentimiento de logro
personal y de cooperación con otros.
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BIBLIOGRAFÏA
Calderón Sánchez, R. http://www.monografias.com/trabajos7/aprend/aprend.shtm

Coll, C., Palacios, J., Marchesi, A. (2002) Desarrollo psicológico y educación. Alianza Editorial, Madrid.
Román Pérez, M.; Diez López, E. Publicado en Novedades Educativas 12, nº 113, 38-40 (Buenos
Aires).
http://www.martinianoroman.com/paginas/articulos/articulo_2.htm

Romero, P.; Valenzuela, A.M. (1997) Modificabilidad Cognitiva. Trabajo realizado para el Magíster en
Educación Especial, PUC, Santiago de Chile.