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La Espiritualidad de la Comunión

P. Alberto Gutiérrez

Hola, hermanos y hermanas.

El día de ayer meditamos en la importancia que tiene el vivir


centrado en Jesucristo para que nuestra existencia sea una
existencia abundante, rica, inspirada y con profundo sentido. Hoy
dirigiremos nuestra mirada a otro aspecto fundamental de la vida
cristiana que es el vivir en comunión.

Empezaré por decir que como seres humanos fuimos hechos


para vivir en relación con todo: con la naturaleza, con otras
personas, con Dios y consigo mismo. Pero, como bien sabemos,
hay buenas relaciones y malas relaciones, hay relaciones
saludables y relaciones enfermas, hay relaciones fuertes y
relaciones débiles, hay relaciones armónicas y relaciones rotas.

Cuando hablamos de comunión hablamos de relaciones buenas,


saludables, fuertes y armónicas. Y sólo el que ha aprendido a
vivir en comunión puede decir que se siente bien y contento.

Sabemos que el mundo de las relaciones es como una cruz que


cuando apunta para arriba se refiere a la comunión con Dios,
cuando apunta para los lados se refiere a la comunión con los
demás, cuando apunta para abajo se refiere a la naturaleza y
cuando apunta hacia el centro se refiere a si mismo.

También sabemos que no es posible tener una buena relación


con alguno de los vértices si se encuentra mal con otras.

Me explico: no es posible estar bien con mi familia si yo tengo


conflictos interiores que me producen rupturas y amargura, ya
que esto de alguna manera se refleja en mi relación con los
demás y hace que esa relación se dañe.

Hoy nuestro tema nos invita a reflexionar en la importancia de


saber vivir en comunión con toda la realidad incluyéndome a mi
mismo.

El Papa Juan pablo II nos ha señalado un itinerario espiritual que


nos ayude a vivir en profunda comunión. Este itinerario tiene
cuatro pasos que hay que caminar y que requieren nuestro
empeño y dedicación diarios para ir consiguiendo vivir en
comunión cada día más y mejor.
El primer paso consiste en dedicarte a descubrir a Dios dentro de
ti y en los demás.

Quiero insistir que cada paso requiere de nuestro empeño,


paciencia y perseverancia. Implica lucha, esfuerzo, dedicación y
mucha fuerza de voluntad. No es posible lograr algo tan grande
con ligereza y superficialidad.

Dedícate a descubrir a Dios dentro de ti: Echa una mirada a tu


corazón y descubre que allí esta Dios. ¡Sí, allí está Dios! ¿Te
sorprende? Pues entonces escucha los siguientes textos de la
Sagrada Escritura: En 1 Cor 7, 15 dice: "¿no saben que sus
cuerpos son miembros de Cristo?"

Y mas adelante en los versos 19 y 20 dice también: "o es que no


saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que han
recibido de Dios y que habita en ustedes? Ya no se pertenecen a
ustedes mismos, porque han sido comprados ¡y a qué precio!;
den, pues, gloria a Dios con su cuerpo" y bien sabemos que
dónde está Jesús está también el Padre ya que el mismo dijo en
Jn 14,23: “el que me ama, se mantendrá fiel a mis palabras. Mi
Padre lo amara, y mi Padre y yo venderemos a él y viviremos en
él".

Pero para poder descubrir la presencia poderosa del Padre, con


toda su misericordia y ternura, la presencia viva de Jesús con
toda su fuerza salvadora, la presencia amorosa del Espíritu
Santo con toda su luz y su santidad, es necesario dedicar tiempo
especial para esto: es necesario hacer oración mental y
profunda; escudriñar con perseverancia las Sagradas Escrituras;
acudir con frecuencia a la Confesión y a la Santa Misa.
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Pero complementariamente hemos de darnos a la tarea de
aumentar nuestra sensibilidad para descubrir en cada momento
y en cada circunstancia (incluso en las circunstancias adversas)
el rostro de Dios en cada uno de los seres humanos con los que
nos encontremos en el diario vivir y en ellos amar a Jesucristo de
modo concreto (cfr. Mt 25, 31-46).

De otra manera corremos el riesgo de falsear nuestra búsqueda


de Dios. Al respecto vale la pena leer 1Jn 3, 11-17 que, entre
otras cosas, nos enseña que si vemos a nuestro hermano en
necesidad y no nos apiadamos de él, el amor de Dios no puede
permanecer en nuestros corazones.

Si no estoy dispuesto a encontrar a Dios en los demás, nunca lo


encontraré dentro de mi corazón; pero si no busco a Dios en mi
corazón no puedo mirarlo en el rostro de los demás. Como
vemos esta es una tarea complementaria, ardua sí, pero muy
hermosa y llena de satisfacciones.

Un segundo paso consiste en descubrir que cada ser humano me


pertenece, es decir que ningún ser humano me es ajeno, si no
caeríamos en la misma actitud que Dios reprobó a Caín cuando
le preguntó sobre su hermano y él respondió: "no lo sé; ¿soy yo
acaso el guardián de mi hermano?" (Gn 4, 11).

Por supuesto que Dios nos ha constituido en "guardianes de


nuestros hermanos", es decir, Dios espera que yo me interese en
apoyar decididamente a cada persona con la que me encuentro,
especialmente cuando ésta tiene necesidad, ya que es mi
hermano, ya que él y yo somos hijos del mismo Padre que es
Dios y por lo tanto me pertenece, nos pertenecemos,
pertenecemos a una misma familia, la familia de Dios.

Un tercer paso consiste en descubrir que cada hermano es un


regalo de Dios y esto quiere decir que tengo frente a mí la tarea
de aprender a no despreciar a nadie ya que cada ser humano ha
salido de las manos del Señor.
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Cada ser humano es un don de Dios que posee una inmensa


riqueza y que fue puesto a mi lado por el Señor para que
mutuamente nos enriqueciéramos con los dones que cada uno
poseemos y que Dios nos dio.

Y si cada hermano es un don de Dios, entonces yo tengo el deber


de cuidarlo, de respetarlo, de admirarlo, de aprender de él, de
enriquecerme con su persona y compartir con él mi propia
riqueza.

Por último, es de suma importancia tener profundamente


arraigado la misión que Dios me da de llevar con gusto y
diligencia la carga de los demás, es decir, es de suma
importancia vivir en un profundo espíritu solidario que rompa con
todo mi egoísmo y mi indiferencia los cuales no me permiten
levantarme de mi comodidad para enfrentarme con las
dificultades propias de quien busca decididamente ayudar a los
demás, especialmente a quienes lo necesitan y no tienen nada
con que pagarme: los enfermos, los pobres, los presos, los
ancianos, los niños de la calle, los que no tienen casa, los tristes
y los que viven solos, entre muchos otros.

Y no se trata sólo de ayuda asistencial, sino de colaborar para


que estas personas tengan todo lo necesario para vivir
dignamente como Dios lo desea.

Esta es una tarea que cada uno debe de hacer de acuerdo


a sus propios talentos y posibilidades, sin poner pretexto
alguno que le impide llevar a cabo tan delicada e
importante misión.

Ya estaremos comprendiendo que lo anterior no es una


tarea fácil: vivir en comunión es un compromiso
primordial si queremos salvarnos, si queremos ser felices.

Nuevamente es importante recordar que la felicidad se


alcanza en la fidelidad y no en la facilidad; y vivir en
comunión significa vivir en fidelidad a Dios, a mis
hermanos, a la naturaleza y a mí mismo. 4