Poemas

DINO CAMPANA

ÍNDICE
ADVERTENCIA......................................................................................................3 PRÓLOGO..............................................................................................................4 LA QUIMERA........................................................................................................7 LA VENTANA.......................................................................................................8 EL CANTO DE LA TINIEBLA.............................................................................9 LA NOCHE DE FIESTA......................................................................................10 FANTASÍA SOBRE UN CUADRO DE ARDENGO SOFFICI..........................11 MUJER GENOVESA............................................................................................12 LA ESPERANZA..................................................................................................13 NAVÍO EN VIAJE................................................................................................14 CUATRO LÍRICAS PARA SIBILLA ALERAMO..............................................15 Los pilares hacen el río más bello Sobre el más ilustre paisaje En un momento Os amáis en la ciudad donde por solitarias MARRADI.............................................................................................................17 A UNA PUTA DE OJOS FÉRREOS....................................................................18 VIAJE A MONTEVIDEO.....................................................................................19 LA PETITE PROMENADE DU POÈTE..............................................................21 BAJO QUÉ PESADO MONTÓN DE NIEVE......................................................22 POR MUCHO TIEMPO RECORDARÉ...............................................................23 EMPEDERNIDA DE SANGRE............................................................................24 EN LA NOCHE ANGELICAL..............................................................................25 TRES JÓVENES FLORENTINAS CAMINAN...................................................26 FABRICAR FABRICAR FABRICAR..................................................................27 MIS VERSOS SON MARAVILLOSOS...............................................................28 EL TIEMPO MISERABLEMENTE CONSUME.................................................29 ENVÍO...................................................................................................................30 ES EL CARILLÓN................................................................................................31 LA NOCHE............................................................................................................32 I - La noche II - El viaje y el retorno III - Fin LA PAMPA............................................................................................................40

ADVERTENCIA
Algunas de las traducciones que contiene este archivo me pertenecen. Si bien el italiano y el español son idiomas tan similares que, a veces, basta con el sentido común para trasladar un texto de una lengua a otra, la poesía es un género que tiene sus complicaciones; en especial la de Campana, escrita a inicios del siglo pasado y que emplea un vocabulario y una sintaxis que se alejan mucho del italiano coloquial. Hace tiempo recopilé varias traducciones que encontré en la web, incluyendo las de los poemas en prosa La noche y La Pampa. Sometí todas a revisión en base a los poemas originales en italiano. Sólo intervine cuando presentaban yerros o cuando la traducción se alejaba demasiado del texto original. La noche, por ejemplo, requirió mucha atención ( ...no quiero arrogarme méritos de otros: aunque tenía muchas fallas, reconozco que con mis solas fuerzas nunca podría traducir tan extenso y complicado poema). Respecto a La Pampa: pese a que la traducción era confiable, sólo se trataba del fragmento inicial del poema, por lo que tuve que completar la parte restante. A modo de prólogo ubico un artículo de Giovanni Papini traducido por mí. Aunque se muestra severo y tal vez injusto al momento de valorar la poesía de Campana, él lo conoció bastante bien y su testimonio es de primera mano. Ciertamente traduje más poemas de los que hice figurar en este archivo, pero como hay cosas en ellos que no creo haber interpretado bien, prefiero no arriesgarme a publicarlos. Sin embargo, es probable que haya incurrido en algunas faltas en los textos aquí presentes. Teniendo en cuenta que, por el momento, éste es el único libro virtual en castellano con la obra de Campana, tales faltas podrían serme excusadas... ello hasta que alguien se anime a digitalizar un libro con su poesía completa. Algo más: para evitar sospechas de arbitrariedad respecto a mi proceder, los invito a consultar los poemas originales que circulan en la web. Marzo del 2011. Miguel Zavalaga Flórez (zavalaga77@yahoo.com)

PRÓLOGO
El POETA LOCO Hoy se habla mucho del poeta Dino Campana, y vemos de pronto gran labor en torno a su pequeña obra: ediciones críticas, impresión de inéditos, estudios de variantes, ensayos exegéticos y biografías. Como fui de los primeros en publicar cosas suyas en Lacerba y el primero en hacerlo figurar en una antología, quiero decir cómo lo conocí y qué imagen me queda de él. Escribió a Lacerba en 1913 y yo y Soffici nos dimos cuenta rápidamente que no era uno de tantos desconocidos petimetres vestidos de falsa humildad que mandaban sus eyaculaciones verbales a la revista. El primer encuentro con él ocurrió una mañana de verano en el pequeño Café Chinese que quedaba cerca de la estación demolida. Nos encontramos ante un hombre todavía joven, de aspecto un poco torpe; a veces parecía cándido como un niño, otras sospechoso como un perseguido. Se habló de poesía y nos mostró algunos de sus manuscritos. Se notaba que había viajado mucho por el mundo, más por desesperación que para conocer, y que sabía bastante de la moderna poesía francesa. Se notaba, sobre todo, que era un enfermo del espíritu y que no estaba solamente atacado por la sacra enfermedad de la poesía. Pero nosotros, en aquel tiempo, preferíamos largamente a los locos más que a los sanos, de modo que pusimos buena cara a él y a su atormentada prosa. Supimos que había nacido en Marradi, hijo de un pobre maestro de escuela. Que él también había estudiado para maestro, que había huido de la familia y del país haciendo la vida del nómada pedestre y soñador, que había pasado un cierto tiempo en Francia y en Argentina. Más tarde vino a vivir a Florencia, y nos encontrábamos a menudo en el Café o en la calle. Tenía una constante necesidad de salir de casa, paseaba de día y de noche, especialmente a lo largo del Arno y pasaba horas sentado sobre el parapeto del río. A veces buscaba la compañía de la gente, y a veces la rehuía y miraba con hostilidad a quien se arriesgaba a turbar su soledad. Había días en que serenamente platicaba sobre sí y sobre el arte, saltando a gusto de un tema a otro; otros días, en cambio, estaba mudo y absorto, serio e intratable. En las discusiones era a menudo violento y casi amenazador. Rara vez reía, y su risa era triste y a flor de labios. Casi siempre estaba ceñudo y ensimismado, como si buscara desovillar un capullo duro y no lograse llevarlo a cabo. Llevaba a menudo chaquetas rojas, a la Paszkowski y a la Gambrìnus, y ofrecía en venta su librito Cantos órficos, pobremente impreso en Marradi. Pero antes de entregar la obrita miraba bien al comprador a la cara, y luego deshojaba el librito y arrancaba tales o cuales páginas. “Éstas —decía al comprador— no son aptas para usted y es inútil que las lea.” Recuerdo que arrancó casi todas las páginas del ejemplar vendido a Marinetti. A mí me dio, eso sí, un ejemplar intacto, con una dedicatoria. Demostraba tener en mucho a la dedicatoria “al último de los alemanes” que estaba al final del libro, y nunca he entendido bien su extraña admiración por Alemania. Tal vez imaginaba ser de ascendencia nórdica, y de hecho, con su barba rubia y sus ojos celestes, parecía más germánico que mediterráneo. Sabía bastante bien alemán y yo, para ayudarlo, le había dado a traducir una obrita filosófica para la colección Cultura del Alma dirigida por mí. Pero como se le había dado

ya un pequeño anticipo por aquel trabajo no se decidía nunca a entregarlo. Como afirmaba haberlo terminado, un día, para cerciorarme, subí al cuartito donde vivía. Me tiró furioso un fajo de papeles escritos pero, para mi sorpresa, la parte inferior de las hojas estaba quemada y el resto bronceado por el fuego. Me dijo que había arrojado a las llamas el manuscrito y que luego lo había recogido, a medio arder, sólo para hacerme ver que no había mentido, pero que no quería rehacer ni publicar aquella traducción. Lo invitaba a veces a comer a mi casa, con otros amigos, pero a menudo llegaba tardísimo, cuando ya nos habíamos retirado de la mesa, y no quería aceptar nada, no obstante mis ruegos y los de mi mujer. Decía que había recordado demasiado tarde la invitación y que su venida era solamente para dar las gracias. Cada tanto retornaba a su tierra, quizás porque no se acostumbraba a vivir en la ciudad, o por otras razones. Una vez me escribió desde Marradi para solicitarme un manuscrito que decía haberme dado. Le respondí la verdad: que no tenía nada suyo y que recordase bien a quién se lo había dado. Volvió a escribirme, esta vez una carta furibunda, en la que me anunciaba que habría de volver a Florencia “con un puntiagudo cuchillo” para recuperar, por las buenas o por las malas, sus preciados escritos. Le contesté que viniese, que lo esperaba tranquilo porque a mí no me los había entregado y que no podía restituirle aquello que no tenía. Pero luego no hizo nada y, pasado un tiempo, se presentó ante mí para que le encontrase de cualquier modo un empleo, para liberarse de una relación que había devenido en odio. Desgraciadamente yo no tenía puestos para ofrecerle y no habría sido fácil encontrar uno para un hombre tan inquieto y extravagante.1 Por un tiempo no supe nada de él y no se dejó ver más. Posteriormente supe, con dolor pero no con sorpresa, que desde 1919 estaba recluido, como enfermo peligroso, en el manicomio de Castel Pulci, donde moriría en 1932. La caridad de algunos admiradores, entre los cuales el primero era Piero Bargellini, le dispuso un digno sepulcro cerca de la iglesia de la Badia a Settimo. A la inauguración de este último asilo del poeta acudió el ministro de educación nacional, Giuseppe Bottai, en medio de una multitud de literatos de todas partes y de todas las tendencias. Yo, como he dicho, reimprimí algunas páginas suyas en la antología de los Poetas de Hoy aparecida en 1920, cuando Campana estaba todavía vivo, porque me parecía que su poesía, aunque desigual y fragmentaria, tenía un particular significado y ameritaba no ser olvidada. Pero confieso que no me esperaba el apasionamiento de estos últimos años en torno a su obra. Dino Campana tenía indudablemente algunas de las cualidades que hacen a un poeta: una sensibilidad un poco tórbida e insana que palpaba el mundo de modo diferente a la convencional; una fantasía nostálgica que a veces se desataba en resonancias inusitadas; una sorda angustia que raramente conseguía liberarse en un grito inspirado. Pero demasiadas veces, según yo, carecía de aquella conciencia y dominio de sí que es lo único que lleva a la feliz afirmación del canto. Había en él muchos acordes, acordes más sugeridos que victoriosamente expresados. Pero no era de ninguna manera la plenitud espiritual de la música, secuestradora del alma. Sin embargo aquellos mismos ___________
1 El manuscrito llevaba por título Il più lungo giorno (El más largo día). No apareció y Campana tuvo

que volver a escribir el libro de memoria con ayuda de algunos borradores. El libro reescrito fue publicado en 1914 por la imprenta F. Ravagli de Marradi con el título de Canti orfici (Cantos órficos). Años después, en 1971, la viuda de Soffici encontró el manuscrito. Respecto a “la relación que había devenido en odio”, se trataba del apasionado y corto romance que Campana tuvo con la escritora Sibilla Aleramo. El final de la relación fue lo que condujo al poeta definitivamente a la locura (N. del T.).

defectos, que se debían a su desorden mental, son igualmente —en un tiempo que ha olvidado la autenticidad de la poesía perenne— señales e indicadores de una nueva experiencia poética. A los herméticos italianos les gustaba tener un precursor que no fuera, como los otros, francés o inglés, aunque en Campana fuera visible el influjo de cierta lírica gala o germánica. Y a la fortuna de la obra de Campana han contribuido, también, razones exteriores: el recuerdo de su vida errabunda y misteriosa, su final hundimiento en la locura. Italia, que tuvo grandes poetas pero que estaba falta de poetas malditos, estaba satisfecha de tener uno en bandeja, un facsímil de Hölderlin, el fugitivo enloquecido; de Rimbaud, el vagabundo frenético. Dino Campana permanecerá, creo, en la historia de nuestra literatura del novecento pero, pasada la agitación de la moda, en un rincón bastante más apartado del que quisieran asignarle los aficionados de nuestros días. Giovanni Papini Florencia, 1948 Traducción de Miguel Zavalaga.

LA QUIMERA No sé si entre rocas tu pálido Rostro se me apareció, o sonrisa De ignotas lejanías Fuiste, inclinada ebúrnea Frente fulgente oh joven Hermana de la Gioconda: Oh de las primaveras Muertas, por tu mítica palidez Oh Reina oh Reina adolescente: Mas por tu ignoto poema Voluptuoso y doliente Música niña exangüe, Trazado con una línea de sangre En el círculo de los labios sinuosos, Reina de la melodía: Mas por la virgen cabeza Inclinada, yo poeta nocturno Velé las estrellas vívidas en los piélagos del cielo, Yo por tu dulce misterio Yo por tu devenir taciturno. No sé si la pálida llama Fue de los cabellos el viviente Signo de su palidez, No sé si fue un dulce vapor, Dulce sobre mi duelo, Sonrisa de un rostro nocturno: Miro las blancas rocas las mudas fuentes de los vientos Y la inmovilidad de los firmamentos Y los henchidos ríos que van sollozando Y las sombras del trabajo humano curvadas allá en los álgidos collados Y aún por tiernos cielos lejanas claras sombras fluyentes Y aún te llamo te llamo Quimera.

LA VENTANA La noche vaporosa de verano Desde la alta ventana vierte claridades en la sombra Y me deja en el corazón un sello ardiente ¿Pero quién ha (sobre la terraza sobre el río se enciende una lámpara) quién ha A la Virgencita del Puente quién es quien ha encendido la lámpara? — hay En la habitación un olor a podredumbre: hay En la habitación una llaga roja lánguida. Las estrellas son botones de madreperla y la noche se viste de terciopelo: Y tiembla la noche fatua: es fatua la noche y tiembla pero hay En el corazón de la noche hay Siempre una llaga roja lánguida. Traducción de Miguel Zavalaga.

EL CANTO DE LA TINIEBLA La luz del crepúsculo se atenúa: Espíritus inquietos ¡sea dulce la penumbra Al corazón que no ama más! Manantiales manantiales hemos de escuchar Manantiales manantiales que saben Manantiales que saben que hay espíritus Que espíritus están escuchando...... Escucha: la luz del crepúsculo se atenúa Y para los dulces espíritus es dulce la tiniebla: Escucha: te ha vencido la Suerte: Mas para los corazones ligeros otra vida está a las puertas: No hay dulzura que pueda igualar a la Muerte Más Más Más Entiende a quien todavía te acuna: Entiende a la dulce niña Que dice al oído: Más Más Y he aquí que se eleva y desaparece El viento: he aquí que retorna del mar Y aquí sentimos su jadear ¡El corazón que nos amó de más! Observamos: ya el paisaje De los árboles y las aguas es nocturno Y el río se despide taciturno...... ¡Pum! madre ¡y aquel hombre allá arriba!

LA NOCHE DE FIESTA El corazón esta noche me dice: ¿no lo sabes? La rosabruna encantadora Dorada de una cabellera rubia: Y de los ojos relucientes y brunos la que de gracia Imperial Encantaba la rosada Frescura de las mañanas: Y tú seguías en el aire La fresca encarnación de un sueño matinal: Y solía vagar cuando el sueño Y el perfume ocultaban las estrellas (Tú amabas mirar detrás de las verjas Las estrellas las palideces nocturnas): Solía pasar silenciosa Y blanca como un vuelo de paloma Ciertamente está muerta: ¿no lo sabes? Era la noche De fiesta de la pérfida Babel En conjunto hacia un cielo estrellado un paraíso de flamas En lúbricos silbidos grotescos Y el tintinear de angélicas campanas Y voces y gritos de prostitutas Y pantomimas de Ofelia Destilada del humilde llanto de las lámparas eléctricas ...................... Una canción vulgar estaba muerta Y me había dejado el corazón en el dolor Y yo marchaba errando sin amor Dejando mi corazón de puerta en puerta: Con ella que no ha nacido y sin embargo está muerta Y me ha dejado el corazón sin amor: Y sin embargo lleva el corazón en el dolor: Dejando mi corazón de puerta en puerta. Traducción de Miguel Zavalaga.

FANTASÍA SOBRE UN CUADRO DE ARDENGO SOFFICI Rostro, zig zag anatómico que oscurece La pasión torva de una vieja luna Que mira suspendida del techo En una taberna café chantant De América: la roja velocidad De luces funámbula que tanguea Española cinérea Histérica en tango de luces se deshace: Que mira en el café chantant De América Sobre el piano aporreado tres Llamitas rojas se encendieron solas.

MUJER GENOVESA Tú me trajiste un poco de alga marina En tus cabellos, y un olor de viento, Que viniendo de lejos llega grave De ardor, había en tu cuerpo bronceado —Oh la divina Simplicidad de tus formas esbeltas—: No amor, ni sufrimiento, un fantasma, Una sombra de la necesidad que vaga Serena e ineluctable por el alma Y la disuelve en alegría, en encanto sereno, Para que el siroco se la pueda Llevar al infinito. Qué pequeño y ligero es el mundo en tus manos.

LA ESPERANZA (Sobre el torrente nocturno) Por el amor de los poetas Princesa de los sueños secretos En alas de los vívidos pensamientos repite repite Princesa tus cantos: Oh tu llamada de mudos cantos Pálido amor de los errantes Sofoca los llantos no extintos Da tregua a los amores secretos ¿Quién las taciturnas puertas Percibe que la Noche Ha abierto sobre el infinito? Caen las horas: con el sueño vano Cae la pálida Suerte...... ..................... Por el amor de los poetas, ¡puertas Abiertas de la muerte Sobre el infinito! Por el amor de los poetas Princesa ¡mi sueño vano En los remolinos de la Suerte! Traducción de Miguel Zavalaga.

NAVÍO EN VIAJE El mástil oscila rítmico en el silencio. Una tenue luz blanca y verde cae del mástil. El cielo límpido en el horizonte, cargado de verde y dorado tras la borrasca. El cuadro blanco del farol en lo alto Ilumina el secreto nocturno: por la ventana Las cuerdas desde lo alto un triángulo de oro Y un globo blanco de humo Que no existe como música Sobre el círculo con los golpes del agua en sordina.

CUATRO LÍRICAS PARA SIBILLA ALERAMO

Los pilares hacen el río más bello Los pilares hacen el río más bello Y los arcos hacen el río más bello En los arcos tu figura. Más pura en el azul es la luz de plata Más bella tu figura. Más bella la luz de plata en la sombra de los arcos Más bella que la rubia Ceres es tu figura. Sobre el más ilustre paisaje Sobre el más ilustre paisaje Ha paseado el recuerdo Con vuestro caminar de pantera Sobre el más ilustre paisaje Vuestro caminar de terciopelo Y vuestra mirada de virgen violada Vuestro caminar silencioso como el recuerdo Asoma al parapeto Sobre el agua que corre Vuestro ojos fuertes de luces. En un momento En un momento Se desfloraron las rosas Los pétalos caídos Porque yo no podía olvidar las rosas Las buscábamos juntos Habíamos encontrado las rosas Eran sus rosas eran mis rosas Este viaje llamábamos amor Con nuestra sangre y nuestras lágrimas hacíamos las rosas Que brillaban un momento al sol de la mañana Las habíamos desflorado bajo sol entre los espinos

Las rosas que no eran nuestras rosas Mis rosas sus rosas P. S. Y así olvidamos las rosas.

Os amáis en la ciudad donde por solitarias Os amáis en la ciudad donde por solitarias Calles se posa el paso lánguido Donde una paz tierna que llueve En la noche el corazón no saciado ni arrepentido Viene a una ambigua primavera violeta Lejana sobre el cielo pálido.

Traducción de Miguel Zavalaga.

MARRADI El viejo castillo que ríe sereno en lo alto El valle canoro donde se desata el río azulado Que mugiente y roto canta fragmentos de epopeya Y sereno reposa en largos espejos de azur: Vida y sueño que en el fondo del místico valle Agitan el alma de los siglos pasados: Ahora por vosotros la esperanza En el aire ininterrumpidamente Sobre la sombra del bosque que la ahoga Sube en lejana llamada Insaciable Golpea mi corazón que tiembla de vértigo.

A UNA PUTA DE OJOS FÉRREOS Con tus pequeños ojos bestiales Me miras y callas y esperas y te aprietas Y me miras y callas. Tu carne Entumecida y pesada duerme torpemente En el sueño primordial. Prostituta... ¿Quién te llamó a la vida? ¿De dónde vienes? ¿De los ásperos puertos tirrenos De las cantarinas fiestas de Toscana O en las ardientes arenas Estuvo tu madre revolcándose bajo los sirocos? La inmensidad te ha impreso el estupor En el rostro salvaje de esfinge El viento lleno de vida Trágicamente como a una leona Revuelve tu negra melena Y te mira el sacrílego ángel rubio Que no te ama y que no amas y que sufre Por ti y que cansado te besa. Traducción de Miguel Zavalaga.

VIAJE A MONTEVIDEO Yo vi desde el puente de la nave Las colinas de España Desvanecerse, en el verde Dentro el dorado crepúsculo ocultando la bruna tierra Como una melodía: De ignota escena niña sola Como una melodía Azul, sobre la orilla de las colinas todavía tiembla una viola..... Lánguido el crepúsculo celeste sobre el mar: Puros y dorados silencios de hora en hora de las alas Cruzaron lentamente un azulear:... Lejanos tintes de variados colores De los más lejanos silencios En el celeste ocaso pasaron los pájaros de oro: el navío Ya ciego cruza golpeando la oscuridad Con nuestros náufragos corazones Golpeando la oscuridad alas celestes sobre el mar. Pero un día Subieron a la nave las graves matronas de España De ojos tórbidos y angelicales De senos grávidos de vértigo. Cuando En una bahía profunda de una isla ecuatorial En una bahía profunda y tranquila más que el cielo nocturno Nosotros vimos surgir de la luz encantada Una blanca ciudad adormecida Al pie de los picos altísimos de volcanes apagados En el soplo tórbido del ecuador: hasta que Después de muchos gritos y muchas sombras de un país desconocido, Después de muchos crujidos de cadenas y de muy encendido fervor Abandonamos la ciudad ecuatorial Hacia el inquieto mar nocturno. Anduvimos anduvimos, días y días: los navíos De grávidas velas blandas de cálidos soplos nos cruzaban: Entonces sobre la cubierta se nos apareció broncínea Una niña de la raza nueva, Ojos resplandecientes y vestidos al viento! y hela ahí: salvaje al final de un [día que apareció En la salvaje orilla, allá abajo sobre la infinitud marina: Y vi como yeguas

Vertiginosas que se soltaban las dunas Hacia la pradera sin fin Desierta de moradas humanas Y volvimos huyendo de las dunas que aparecieron Sobre un mar amarillo en la portentosa abundancia del río Del continente nuevo la capital marina. Límpida fresca y eléctrica era la luz Del crepúsculo y allá las casas altas parecían desiertas Ahí sobre la mar del pirata, De la ciudad abandonada Entre el mar amarillo y la dunas...... ........................................

LA PETITE PROMENADE DU POÈTE2 Me voy por las calles Estrechas oscuras y misteriosas: Veo detrás de los cristales Asomarse Gemas y Rosas. De las escaleras misteriosas Alguien desciende titubeando: Detrás de los cristales relucientes Están las comadres comentando. ................................ (...) Traducción de Miguel Zavalaga.

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2 EL PEQUEÑO PASEO DEL POETA (N. del T.).

BAJO QUÉ PESADO MONTÓN DE NIEVE... ¿Bajo qué pesado montón de nieve Están sepultadas las rosas de mi primavera? Cómo podrá el recuerdo conocer Dónde la muerta esperanza reposa. Traducción de Miguel Zavalaga.

POR MUCHO TIEMPO RECORDARÉ Por mucho tiempo recordaré A aquella muchacha de los ojos Conscientes tristes y tranquilos Y el capelo monacal. Traducción de Miguel Zavalaga.

EMPEDERNIDA DE SANGRE... Empedernida de sangre En los vidrios del café Bruna los cabellos rojos Las tetas despuntando Sobre una acera roja que se arruga Los ojos más verdes, el rojo que se desliza Sobre la roja acera que se arruga. Traducción de Miguel Zavalaga.

EN LA NOCHE ANGELICAL En la noche angelical Entre las cuadradas casas Endulzando el estertor De un ancla en un puerto Filtrándose en el granito Entre las cuadradas casas La música de una armónica. Traducción de Miguel Zavalaga.

TRES JÓVENES FLORENTINAS CAMINAN Ondeaba a paso virginal ondeaba la cabellera musical En el esplendor del tibio sol Eran tres vírgenes y una gracia sola Ondeaba a paso virginal Crespa y negra la cabellera musical Eran tres vírgenes y una gracia sola Y seis piececitos en marcha militar. Traducción de Miguel Zavalaga.

FABRICAR FABRICAR FABRICAR Fabricar fabricar fabricar Prefiero el rumor del mar Que dice fabricar hacer y deshacer Hacer y deshacer es todo un trabajo He aquí lo que sé hacer.

MIS VERSOS SON MARAVILLOSOS... Mis versos son maravillosos; A cualquiera le podrán parecer baratijas de feria. Es una gran ilusión, Están hechos con todo aquello que les gustará. (...) Traducción de Miguel Zavalaga.

EL TIEMPO MISERABLEMENTE CONSUME El tiempo miserablemente consume Mi alegría y toda esperanza Que venga la pálida muerte y me diga Partamos hijo (...) Traducción de Miguel Zavalaga.

ENVÍO El agua tiene la melena de plata El amor es sin retorno Blanca yegua de amor Tu vellón dorado Amor sin retorno. Traducción de Miguel Zavalaga.

ES EL CARILLÓN... Es el carillón de una torre gótica. También Dante en el Canto V tenía Esta fantasía caballeresca que triunfa sobre el infierno latino. Como siempre La poesía de Dante resulta de la lucha entre lo nórdico y lo latino. Traducción de Miguel Zavalaga.

LA NOCHE I. La noche Recuerdo una vieja ciudad, de murallas rojas y con forma de torres, alzada sobre la llanura exterminada en el Agosto tórrido, con el lejano refrigerio de colinas verdes y muelles sobre el fondo. Arcos enormemente vacíos de puentes sobre el río empalidecido en magros estancamientos plúmbeos: siluetas negras de zíngaros móviles y silenciosos sobre la ribera: entre el deslumbramiento lejano de un cañaveral lejanas formas desnudas de adolescentes y el perfil y la barba judaica de un viejo: y en un trazo en el medio del agua muerta las zíngaras y un canto, del pantano áfono una cantinela primordial monótona e irritante: y del tiempo fue suspendido el curso. * Inconscientemente yo levanto los ojos hacia la torre bárbara que dominaba la avenida larguísima de los plátanos. Sobre el silencio hecho intenso ella revivía su mito lejano y salvaje: mientras que por visiones lejanas, por sensaciones oscuras y violentas otro mito, también él místico y salvaje me recorría a ratos la mente. Allí abajo ellas habían tirado los largos vestidos blandamente hacia el esplendor vago de la puerta las paseantes, las antiguas: la campiña entorpecía entonces en la red de los canales: jovencitas de atavíos ágiles, de perfiles de medalla, desaparecían a ratos sobre los carretones detrás de los giros verdes. Un toque de campana argentino y dulce de lontananza: el Crepúsculo: en la iglesieta solitaria, a la sombra de la modesta nave, yo la estreché a Ella, de las carnes rosadas y de los encendidos ojos fugitivos: años tras años tras años basados en la dulzura triunfal del recuerdo. * Inconscientemente aquel que yo había sido se encontraba encaminado hacia la torre bárbara, la mítica custodia de los sueños de la adolescencia. Salía al silencio de las callejuelas antiquísimas largo el muro de las iglesias y de los conventos: no se oía el rumor de sus pasos. Una plazuela desierta, casuchas aplastadas, ventanas mudas: al lado en un relampagueo enorme la torre, óctuple cúspide roja impenetrable árida. Una fuente del mil quinientos callaba seca, la lápida rota en el medio de su comentario latino. Se desarrollaba una calle empedrada y desierta hacia la ciudad. * Fui conmovido por una puerta que se abrió de par en par. De los viejos de las formas oblicuas huesudas y mudas, se agolpaban empujados con los codos perforantes, terribles en la gran luz.

Delante de la cara barbuda de un fraile que sobresalía del vano de una puerta sostenido de una reverencia trepidante servil, humillado fuera murmurando, realzándose poco a poco, arrastrando una a una las sombras largas los muros rojizos y desconchados, todo similar a la sombra. Una mujer de paso balanceante y de risa inconsciente se unía y cerraba el cortejo. * Arrastradas las sombras largas los muros rojizos y desconchados: él seguía, autómata. Diría a la mujer una palabra que caía en el silencio del ocaso: un viejo se volvió a mirarlo con una mirada absurda luciente y vacía. Y la mujer sonreía siempre con una sonrisa blanda en la aridez meridiana, idiota y sola en la luz catastrófica. * No supe nunca cómo, costeando canales indolentes, volví a ver mi sombra que me escarnecía en el fondo. Ella me acompañó por calles malolientes donde las mujeres cantaban en la calorina. En los confines de la campiña una puerta incisa por golpes, protegida por una joven mujer de vestido rosa, pálida y gorda, la atrae: entra. Una antigua y opulenta matrona, de perfil de carnero, con los negros cabellos que ágilmente rodean su cabeza escultural bárbaramente decorada del ojo líquido como por una gema negra de las talladamente rarezas sentadas, agitada de gracias infantiles renace vana con la esperanza trayéndola de un manojo de cartas largas y untuosas extraña teoría de reinas languidecentes e infantes armas y caballeros. Saludé y una voz conventual, profunda y melodramática me responde junto a una graciosa sonrisa arrugada. Distinguí en la sombra la sierva que dormía con la boca semiabierta, estertorosa con sueño pesado, semidesnudo el bello cuerpo ágil y ambarino. Me senté despacio. * La larga teoría de sus amores desfilaba monótona a mis oídos. Antiguos retratos de familia eran esparcidos sobre la mesa untuosa. La ágil forma de la mujer de la piel ambarina tendida sobre el lecho escuchaba curiosamente, apoyada sobre los codos como una Esfinge: fuera los huertos verdísimos entre los muros enrojecidos: nosotros tres solos vivíamos en el silencio meridiano. * Había mientras tanto caído el ocaso y envolvía su oro el lugar conmovido por los recuerdos y parecía consagrarlo. La voz de la Rufiana se había hecho a medida más dulce, y su cabeza de sacerdotisa oriental celebraba una pose languidecente. La magia de la noche, lánguida amiga del criminal, era intermediaria de nuestras ánimas oscuras y sus fastos parecían prometer un reino misterioso. Y la sacerdotisa de los placeres estériles, la sierva ingenua y ávida y el poeta se miraban, almas infecundas inconscientemente buscando el problema de sus vidas. Pero el crepúsculo descendía mensaje de oro de los escalofríos frescos de la noche. *

Vino la noche y fue realizada la conquista de la sierva. Su cuerpo ambarino su boca voraz sus híspidos negros cabellos a ratos la revelación de sus ojos aterrados de voluptuosidad enredaron una fantástica rotación. Mientras más dulce, ya cerca de apagarse aún reinaba en la lontananza el recuerdo de Ella, la matrona sedente, la reina todavía en su línea clásica entre sus grandes hermanas del recuerdo: después que Miguel Ángel la había vuelto a doblar sobre sus rodillas cansado del camino aquel que se pliega, que se pliega y no reposa, reina bárbara bajo el peso de todo el sueño humano, y lo sacude de las poses arcanas y violentas de las bárbaras reinas antiguas que había oído Dante, se apaga en el grito de Francesca allá sobre las riberas de los ríos que cansados de la guerra se introducen en la desembocadura, mientras que sobre sus riberas se recrea la pena eterna del amor. Y la sierva, la ingenua Magdalena de los cabellos híspidos y de los ojos brillantes preguntaba en sobresaltos por su cuerpo estéril y dorado, crudo y salvaje, dulcemente cerrado en la humildad de su misterio. La larga noche llena de engaños de variadas imágenes. * Si asoman a las verjas de plata las primeras aventuras las antiguas imágenes, endulzadas en una vida de amor, a protegerme aún con su sonrisa de una misteriosa encantadora ternura. Si abrimos las cerradas aulas donde la luz se hunde igual dentro de los espejos del infinito, aparecen las imágenes aventureras de las cortesanas en la luz de los espejos empalidecidos en su actitud de esfinges: y ahora todo aquello que era árido y dulce, marchitas las rosas de la juventud, tornaba a revivir sobre el panorama esquelético del mundo. * En el olor pírico de la noche de fiesta, en el aire los últimos clangores, veía las antiquísimas jovencitas de la primera ilusión perfilarse en medio de los puentes brotados de la ciudad en los suburbios los crepúsculos del verano tórrido: vueltas de tres cuartos, oyendo en los suburbios el jaleo que se acentúa anunciando las lenguas de fuego de las lámparas inquietas para perforar la atmósfera cargada de luces orgiásticas: ahora endulzadas: en el ya muerto cielo dulce y rosado, aliviado de un velo: así como Santa Marta, partía la tierra con los instrumentos, cesado ya sobre los siempre verdes paisajes el canto que el corazón de Santa Cecilia armoniza con el cielo latino, dulce y rosado cerca del crepúsculo antiguo en la línea heroica de la gran figura femenina romana parada. Recuerdos de zíngaras, recuerdos de amores lejanos, recuerdos de sonidos y de luces: cansancios del amor, cansancios inesperados sobre el lecho de una taberna lejana, otra cuna aventurera de incertidumbre y de añoranza: así aquello que aún era árido y dulce, marchitas las rosas de la juventud, surgían sobre el panorama esquelético del mundo. * En la noche de los fuegos de la fiesta de verano, en la luz deliciosa y blanca, cuando nuestros oídos reposaban apenas en el silencio y nuestros oídos estaban cansados de las girándulas de fuego, de las estelas multicolores que habían dejado un olor pírico, una vaga pesadez roja en el aire, y el caminar juntos nos había debilitado exaltándonos de nuestra belleza demasiado diferente, fina y bruna, pura en sus ojos y en su rostro, perdido el deslumbramiento del collar de

su cuello desnudo, ella caminaba ahora a trechos inexperta estrechando el abanico. Fue atraída hacia la barraca: su bata blanca de finos tirones azules ondeó en la luz difusa, y yo seguí su palidez marcada sobre su frente desde la franja nocturna de sus cabellos. Entramos. Los rostros brunos de autócratas, serenos desde la niñez y desde la fiesta, se volvieron hacia nosotros, profundamente límpidos en la luz. Y fijamos las miradas. Todo era de una irrealidad espectral. Había unos panoramas esqueléticos de la ciudad. Los muertos bizarros miraban el cielo en posturas leñosas. Una odalisca de goma respiraba silenciosamente y volvía en torno los ojos de ídolo. Y el olor agudo del serrín que sigilaba los pasos y el susurro de las señoritas del país atónito de aquel misterio. “¿Es así París? He aquí Londres. La batalla de Mukden”. Nosotros mirábamos en torno: debía ser tarde. ¡Todas aquellas cosas vistas por los ojos magnéticos de los lentes en aquella luz de sueño! Inmóvil cerca de mí yo la sentía hacerse lejana y extranjera mientras su fascinación se profundizaba bajo el fleco nocturno de sus cabellos. Se ondulaban. Y yo sentí con una punta de amargor pronto consolada que nunca más le estaría cercano. La seguí pues como se sigue un sueño que se ama vanamente: así habíamos devenido en una relación lejana y extranjera después del estrépito de la fiesta, ante el panorama esquelético del mundo. * Estaba bajo la sombra de los pórticos que destilaban gotas y gotas de luz sangrienta en la niebla de una noche de diciembre. Al rato una puerta era abierta en una fasto de luz. En el fondo, adelante, posaba en el fasto de una otomana roja el codo sosteniendo la cabeza, apoyaba el codo sosteniendo la cabeza una matrona, los ojos brunos vivaces, las tetas enormes: a lado una jovencita arrodillada, ambarina y fina, los cabellos cortados sobre la frente, con gracia juvenil, las piernas lisas y desnudas en la bata reluciente: y sobre ella, sobre la matrona pensativa de los ojos jóvenes una cortina, una cortina blanca de encaje, una cortina que parecía agitar las imágenes, las imágenes encima de ella, en las imágenes cándidas sobre ella pensativa en sus ojos jóvenes. Abatido a la luz de la sombra de los pórticos destilada de gotas y gotas de luz sangrienta yo miraba fijamente abstraído atónito la gracia simbólica y aventurera de aquella escena. Ya era tarde, estábamos solos y entre nosotros nació una intimidad libre y la matrona de los ojos jóvenes apoyada en el fondo la móvil cortina de encaje habló. Su vida era un largo pecado: la lujuria. La lujuria pero toda llena aún para ella de curiosidad inalcanzable. “La hembra le golpeteaba con muchos besos del lado derecho: ¿por qué del derecho? Después el pichón macho permanecía arriba, ¿inmóvil?, diez minutos, ¿por qué?”. Las preguntas permanecían aún sin respuesta, entonces ella impulsada por la nostalgia recordaba recordaba el largo pasado. Finalmente cuando la conversación languidecía, la voz se acallaba alrededor, el misterio de la voluptuosidad había revestido a la que lo evocaba. Desconcertado, las lágrimas en los ojos yo de cara a la cortina blanca de encaje seguía seguía todavía a las fantasías blancas. La voz se acallaba alrededor. La rufiana había desaparecido. La voz se acallaba. Seguramente yo la había sentido pasar con un rozamiento silencioso atormentador. Delante de la cortina arrugada de encaje la jovencita se apoyaba aún sobre la rodilla ambarina, doblada doblada con gracia de muchacho afeminado. * Fausto era joven y bello, tenía los cabellos rizados. Los boloñeses semejaban entonces medallas siracusanas y el corte de sus ojos era tan perfecto que les gustaba parecer inmóviles

para contrastar armoniosamente con sus largos rizos brunos. Era fácil encontrarle la noche por las vías sombrías (la luna iluminaba entonces las calles) y Fausto alzaba los ojos a las chimeneas de las casas que a la luz de ellas parecían puntos de interrogación y permanecía pensativo al arrastrarse de sus pasos que se atenuaban. Desde la vieja taberna de bóvedas que a veces acogía a los escolares le placía oír entre las calmas conversaciones del invierno boloñés, frío y nebuloso como el suyo, y el crepitar de los leños y los escabullimientos de la llama sobre el ocre de las bóvedas los pasos rápidos bajo los arcos próximos. Amaba entonces concentrarse en un canto mientras la joven tabernera, roja la vestimenta larga y sin mangas y las bellas mejillas bajo el peinado humoso pasaba y volvía a pasar delante de él. Fausto era joven y bello. En un día como aquél, en la salita tapizada, entre los estribillos de los órganos automáticos y una decoración floral, en la salita escuchaba a la multitud fluir y los rumores sombríos del invierno. ¡Oh! ¡Recuerdo!: joven, la mano nunca más quieta apoyada para sostener el rostro indeciso, gentil de ansia y de cansancio. Prestaba entonces mi enigma a las aprendices de modista pulidas y flexibles, consagrado en mi ansia del supremo amor, en el ansia de mi niñez tormentosa sedienta. Todo era misterio para mi fe, mi vida era toda “un ansia del secreto de las estrellas, toda un inclinarse sobre el abismo”. Era bello de tormento, inquieto pálido sediento errante detrás de las larvas del misterio. Después huí. Me perdí en el tumulto de la ciudad colosal, vi las blancas catedrales elevarse montón enorme de fe y de sueño con las miles de puntas en el cielo, vi a los Alpes elevarse entonces como las más grandes catedrales, y llenos de las grandes sombras verdes de los abetos, y llenos de la melodía de los torrentes de los cuales oía el canto naciente desde lo infinito del sueño. Allá arriba entre los abetos humosos en la niebla, entre los miles y miles de repiqueteos las miles de voces del silencio revelada una joven luz entre los troncos, por senderos de claror subía: subía a los Alpes, sobre el fondo blanco delicado misterio. Lagos, allá arriba entre los escollos claras acequias veladas de la sonrisa del sueño, las claras acequias los lagos estáticos del olvido que tu Leonardo fingía. El torrente me contaba oscuramente la historia. Me fijé entre las lanzas inmóviles de los abetos creyendo a ratos vagar una nueva melodía salvaje y pura triste quizás fijamos las nubes que parecían quedarse curiosas un instante sobre aquel paisaje profundo y espiarlo y desaparecer detrás de las lanzas inmóviles de los abetos. Y pobre, desnudo, feliz de ser pobre desnudo, de reflejar un instante el paisaje cual un recuerdo encantador y hórrido en el fondo de mi corazón subía: y llegué llegué allá hasta donde las nieves de los Alpes me obstruían el camino. Una jovencita en el torrente lavaba, lavaba y cantaba en las nieves de los blancos Alpes. Se volvió, me acogió, en la noche me amó. Y todavía sobre el fondo de los Alpes el blanco delicado misterio, en mi recuerdo se encendió la pureza de la lámpara estelar, brilló la luz de la noche de amor. * Pero, ¿cuál íncubo pesaba todavía sobre toda mi juventud? ¡Oh los besos los besos vanos de la jovencita que lavaba, lavaba y cantaba en la nieve de los blancos Alpes! (las lágrimas salieron de mis ojos con el recuerdo). Volví a ver el torrente aún lejano: cruzaba bañando antiguas ciudades desoladas, largas vías silenciosas, desiertas como después de un saqueo. Un calor dorado en la sombra de la estancia presente, una melena profusa, un cuerpo agonizante procurado en la noche mística del antiguo animal humano. Dormía la sierva olvidada en sus sueños oscuros: como un icono bizantino, como un mito arabesco palidecía en el fondo la palidez incierta de la tienda.

* Y entonces figuraciones de una antiquísima vida libre, de enormes mitos solares, de estragos de orgías se crearon delante de mi espíritu. Volví a ver una antigua imagen, una forma esquelética viviente por la fuerza misteriosa de un mito bárbaro, los ojos remolinos cambiantes vívidos de linfa oscura, en la tortura del sueño descubren el cuerpo vulcanizado, dos manchas dos agujeros de balas de mosquete sobre sus tetas extintas. Creí oír agitarse las guitarras allá en la cabaña de vigas de madera y de zinc sobre los terrenos vagos de la ciudad, mientras una candela aclaraba el terreno desnudo. De cara a mí una matrona salvaje me miraba fijamente sin batir las pestañas. La luz era escasa sobre el terreno desnudo en el agitarse de las guitarras. Al lado sobre el tesoro floreciente de una niña dormida, la vieja estaba ahora agarrada como una araña mientras que ella parecía susurrarle a los oídos palabras que yo no oía, dulces como el viento sin palabras de la Pampa que sumerge. La matrona salvaje me había apresado: mi sangre tibia era ciertamente bebida por la tierra: ahora la luz era más escasa sobre el terreno desnudo en el hálito metalizado de las guitarras. En un arrebato la muchacha liberada exhaló su juventud, lánguida en su gracia salvaje, los ojos dulces y agudos como un remolino. Sobre los hombros de la bella salvaje se debilitó la gracia a la sombra de los cabellos fluidos y la melena augusta del árbol de la vida se tramó en la parada sobre el terreno desnudo invitando las guitarras al lejano sueño. De la Pampa se oyó claramente un brincar un patalear de caballos salvajes, el viento se oyó claramente elevarse, el patalear parvo se perdió sordo en el infinito. En el marco de la puerta abierta las estrellas brillaron rojas y cálidas en la lontananza: la sombra de las salvajes en la sombra. II. El viaje y el retorno Subían voces y voces y cantos de niños y de lujuria por los tortuosos callejones dentro de la sombra ardiente, a la colina a la colina. A la sombra de farolas verdes las blancas colosales prostitutas soñaban sueños vagos en la luz bizarra al viento. El mar en el viento vertía su sal que el viento vertía y elevaba en el olor lujurioso de los callejones, y la blanca noche mediterránea bromeaba con las enormes formas de las hembras entre las tentativas bizarras de la llama para alejarse del corazón de las farolas. Ellas miraban la llama y cantaban canciones de corazones encadenados. Todos los preludios habían enmudecido ya. La noche, la alegría más quieta de la noche estaba cansada. Las puertas moriscas se cargaban y se retorcían de monstruosos portentos negros mientras sobre el fondo el azul profundo se insertaba de estrellas. Solitaria destacaba ahora la noche encendida en todo su hervidero de estrellas y de llamas. Adelante como una monstruosa herida hundíase una vía. A los lados del ángulo de las puertas, blancas cariátides de un cielo artificial soñaban con el rostro apoyado en las palmas de las manos. Ella tenía la pura línea imperial del perfil y del cuello vestida de esplendor opalino. Con rápido gesto de juventud imperial traía el vestido ligero sobre sus hombros con movimientos y su ventana centelleaba a la espera hasta que dulcemente los postigos se cerrasen sobre una dúplice sombra. Y mi corazón estaba hambriento de sueño, por ella, por lo evanescente como el amor evanescente, la donadora de amor de los puertos, la cariátide de los cielos de ventura. Sobre sus divinas rodillas, sobre su forma pálida como un sueño salido de los innumerables sueños de la sombra, entre las

innumerables luces falaces, la antigua amiga, la eterna Quimera tenía entre las manos rojas a mi antiguo corazón. * Retorno. En la habitación donde estreché sus formas que entreabrían los velos de la luz, un hálito tardío: y en el crepúsculo mi prístina lámpara instila aún de recuerdos mi corazón vago. Rostros, rostros cuyos ojos rieron a flor del sueño, vosotros jóvenes aurigas por las vías ligeras del sueño que enguirnaldan de fervor: oh frágiles rimas, oh guirnaldas de amores nocturnos... Desde el jardín una canción se rompe en débil cadena de sollozos: la vena está abierta: árido rojo y dulce es el panorama esquelético del mundo. * ¡Oh tu cuerpo! Tu perfume me cubría los ojos: yo no veía tu cuerpo (un dulce y agudo perfume): allá en el gran espejo desnudo, en el gran espejo desnudo cubierto por los humos violáceos, en lo alto el beso de una estrella de luz estaba el bello, el bello y dulce don de un dios: y las tímidas tetas estaban hinchadas de luz, y las estrellas estaban ausentes, y no un Dios estaba en la noche de amor violáceo: mas tú ligera tú sobre mis rodillas sentada, cariátide nocturna de un encantador cielo. Tu cuerpo un aéreo don sobre mis rodillas, y las estrellas ausentes, y no un Dios en la noche de amor de viola: mas tú en la noche de amor de viola: mas tú inclinados los ojos de viola, tú en un ignoto cielo nocturno que había robado una melodía de caricias. Recuerdo caro: leves como las alas de una paloma tú tus miembros posados sobre mis nobles miembros. Flotaron felices, respirando su belleza, mis miembros flotaron hacia una luz más clara en tu dócil nube de divinos reflejos. ¡Oh no encenderlas! ¡No encenderlas! No encenderlas: todo es vano vano es el sueño: todo es vano todo es sueño: Amor, primavera del sueño estás sola estás sola que apareces en el velo de los humos violáceos. Como una nube blanca, como una nube blanca cerca de mi corazón, ¡oh quédate oh quédate oh quédate! ¡no te entristezcas oh Sol! Abrimos la ventana al cielo nocturno. Los hombres como espectros vagantes: vagaban como los espectros: y la ciudad (las vías las iglesias las plazas) se componía en un sueño cadencioso, como una melodía invisible surgida de aquel vagar. ¿No estaba pues el mundo habitado por dulces espectros y en la noche no era el sueño despertado, triunfal, en toda su potencia? ¿Cuál puente, mudos preguntamos, cuál puente habíamos nosotros lanzado sobre el infinito, que todo nos parece sombra de eternidad? ¿A cuál sueño elevamos la nostalgia de nuestra belleza? La luna surgía en su vieja bata detrás de la iglesia bizantina. III. Fin En la tibieza de la luz roja, dentro de las cerradas aulas donde la luz se hunde igual dentro de los espejos al infinito, florecen y se marchitan blancuras de encaje. La portera en el fasto desusado de un jubón verde, las arrugas del rostro más dulces, los ojos que en el claror velan la negrura, custodia la puerta de plata. Del amor se siente la fascinación indefinida. Gobierna una

mujer madura endulzada por una vida de amor con una sonrisa con un vago resplandor que es en los ojos el recuerdo de las lágrimas de la voluptuosidad. Pasaban en la vigilia opulenta los mensajeros del amor, ligeras canillas tejiendo fantasías multicolores, erraban, polvo luminoso que se posa en el enigma de los espejos. La portera custodia la puerta de plata. Afuera está la noche enmelenada de mudos cantos, pálido amor de los errantes.

LA PAMPA ¿Quiere Usted Mate?3 un español me lo ofreció en voz baja, casi sin turbar el profundo silencio de la Pampa. — Las tiendas se alargaban a pocos pasos de donde nosotros sentados en círculo en silencio mirábamos a ratos furtivamente las extrañas constelaciones que doraban lo ignoto de la pradera nocturna. — Un misterio grandioso y vehemente nos hacía fluir con alivio de una fresca vena profunda nuestra sangre en las venas: — que saboreábamos con voluptuosidad misteriosa — como en la copa del silencio purísimo y estrellado. ¿Quiere Usted Mate? Recibí la vasija y sorbí la bebida caliente. Echado en la hierba virgen, frente a las extrañas constelaciones yo me iba abandonando por entero a los misteriosos juegos de sus arabescos, acunado deliciosamente por los ruidos atenuados del campamento. Mis pensamientos fluctuaban: se sucedían mis recuerdos: que deliciosamente parecían sumergirse para reaparecer a ratos lúcidamente espiritualizados en la distancia, como por un eco profundo y misterioso, dentro de la infinita majestad de la naturaleza. Lentamente y gradualmente yo ascendía a la ilusión universal: desde la profundidad de mi ser y de la tierra yo recorría por los caminos del cielo el sendero aventurero de los hombres hacia la felicidad a través de los siglos. Las ideas brillaban de la más pura luz estelar. Dramas maravillosos, los más maravillosos del alma humana palpitaban y se comunicaban a través de las constelaciones. Una estrella fluía en carrera magnífica señalaba con una línea gloriosa el final de un trecho de historia. Desgravada la balanza del tiempo parecía elevarse lentamente oscilando: — por un maravilloso instante inmutable en el tiempo y en el espacio alternándose los destinos eternos…. Un disco lívido espectral despuntó en el horizonte lejano perfumado irradiando reflejos gélidos de acero sobre la pradera. La calavera que se elevaba lentamente era la insignia formidable de un ejército que lanzaba hordas de caballeros con las lanzas en ristre, agudísimas relucientes: los indios muertos y vivos se lanzaban a la reconquista de su dominio de libertad en ataque fulminante. Las hierbas se plegaban con gemido ligero al viento de su paso. La conmoción del silencio intenso era prodigiosa. ¿Qué huía sobre mi cabeza? Huían las nubes y las estrellas, huían: mientras que de la Pampa negra sacudida que huía a ratos en la salvaje negra carrera del viento ora más fuerte ora más débil ora como un lejano fragor férreo: a ratos una llamada a la melancolía más profunda del errante:… de las cabelleras de las hierbas agitadas como a la melancolía más profunda del eterno errante por la Pampa agitada como una llamada que huía lúgubre. Estaba en el tren en marcha: tendido en el vagón sobre mi cabeza huían las estrellas y los soplos del desierto en un fragor férreo: enfrente las ondulaciones como lomos de fieras al acecho: salvaje, negra, recorrida por vientos la Pampa iba a mi encuentro para aprisionarse en su misterio: que la carrera avanzaba, penetraba con la velocidad de un cataclismo; donde un átomo luchaba en las turbinas ensordecedoras en el lúgubre fracaso de la corriente irresistible. ....................................................... ___________
3 En español en el original (N. de M. Z.).

¿Dónde estaba? Yo estaba de pie: Yo estaba de pie: sobre la pampa en el trayecto de los vientos, de pie sobre la pampa que volaba a mi encuentro: ¡para apresarme en su misterio! ¡Un nuevo sol me habría saludado en la mañana! ¿Yo corría entre las tribus indianas? ¿O era la muerte? ¿O era la vida? Y nunca, me parece que nunca aquel tren habría debido detenerse. Mientras que el rumor lúgubre de sus fierros comentaba incomprensiblemente el destino. Luego el cansancio en el hielo de la noche, la calma. Tenderse sobre la superficie de fierro, concentrarse en las extrañas constelaciones fugitivas entre leves velos de plata: y toda mi vida tan similar a aquella carrera ciega fantástica irrefrenable que volvía a mi mente en fluctuaciones amargas y vehementes. La luna iluminaba ahora toda la Pampa desierta e igual en un silencio profundo. Sólo a ratos nubes jugaban un poco con la luna, sombras repentinas corrían por la pradera y aún había una claridad inmensa y extraña en el gran silencio. La luz de las estrellas ahora impasibles era más misteriosa sobre la tierra infinitamente desierta: una patria más vasta nos había dado el destino: un mayor dulce calor natural estaba en el misterio de la tierra salvaje y buena. Ahora adormecido yo seguía los ecos de una emoción maravillosa, ecos de vibraciones siempre más lejanas: hasta que también con los ecos la emoción maravillosa se disipa. Y fue entonces que en mi entorpecimiento final yo sentí con delicia nacer al hombre nuevo: al hombre nacer reconciliado con la naturaleza inefablemente dulce y terrible: deliciosamente y orgullosamente zumos vitales nacer en las profundidades del ser: fluir de las profundidades de la tierra: el cielo como la tierra en alto, misterioso, puro, desierto de sombra, infinito. Me había alzado. Bajo las estrellas impasibles, sobre la tierra infinitamente desierta y misteriosa, desde su tienda el hombre libre extendía sus brazos al cielo infinito no desfigurado por la sombra de Ningún Dios. Traducción: Luis Pedro Ladrón de Guevara Mellado y Miguel Zavalaga.

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