ZAZIE EN EL METRO

Raymond Queneau

Título original: ZAZIE DANS LE METRO Versión española: DOMINGO PRUNA Portada de «ESQUEMA» © 1961, Plaza & Janes, S. A., Editores - Barcelona Printed in Spain - Impreso en España Impreso en Gráficas Ampurias, Vilamarí, 102 - Barcelona Depósito Legal: B 4434/61 - Registro Nº 1348/61 Revisión de la edición digital: MIGUEL ZAVALAGA (2009)

El autor y su obra Nace en el Havre el 21 de febrero de 1903. Publica su primer libro en 1933. En 1938 entra a formar parte del Comité de Lectura de la Editorial Gallimard, y en 1951 ingresa en la Academia Goncourt. Dirige la Enciclopedia de la Pléiade. Uno de los libros que le han dado más fama es “Zazie en el metro”, que ofrecemos hoy a nuestros lectores. Zazie quería tomar el “metro” pero la huelga se lo impide. Y su tío Gabriel, a quien por el hecho de ser “danseuse de charme” Jeanne Lalochère le ha confiado su hija, la consolará haciéndole ver un París en el que los monumentos históricos varían algunas veces de sitio; un París donde falsos policías, camareros auténticos, auténticos policías y falsos camareros se mezclan con maravillados turistas, viudas por merecer y loros de chispeante ingenio. Un París, en fin, cuyos habitantes parecen desprovistos de papeles de identidad. El autor encabeza su obra con una cita de Aristóteles, como si quisiera dar a entender así que el relato encierra una moraleja. Pero no es necesario que el lector se preocupe por ello. Ni que intente resolver enigmas, por otra parte inexistentes. Premio del “Humor Negro”. 300.000 ejemplares vendidos en Francia. La novela cuya versión cinematográfica ha hecho llorar a “Charlot”.

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CAPÍTULO PRIMERO «¿Por qué apestan tanto? —se preguntó Gabriel, abrumado—. Es increíble, no se limpian jamás. En el periódico dicen que ni el once por ciento de las viviendas de París tienen cuarto de baño, cosa que no me sorprende, pero uno se puede lavar sin ellos. Todos esos que me rodean no deben de hacer grandes esfuerzos. Por otra parte, tampoco es una selección entre lo más cochambroso de París. No hay razón. El azar los ha reunido. No puede suponerse que la gente que aguarda en la estación de Austerlitz huela peor que la que espera en la estación de Lyon. No, de verdad, no hay razón. Pero ¡qué olor, de todos modos!» Gabriel se sacó de la manga un pañuelo de seda color malva y se taponó las narices. —¿Qué es lo que apesta así? —dijo una mujer en voz alta. No pensaba en ella al decirlo; no era egoísta; lo que quería era hablar del perfume que emanaba del caballerito. —Esto, buena mujer —contestó Gabriel, que era rápido en la réplica—, es Barbouze, un perfume de chez Fior. —No debería permitirse que la gente apestara de este modo —continuó la chismosa, segura de estar en su derecho. —Si lo comprendo bien, buena mujer, crees que tu perfume natural hace la competencia al de los rosales. Pues bien, te equivocas, buena mujer, te equivocas. —¿Lo estás oyendo? —dijo la buena mujer a un tipejo que estaba a su lado, probablemente el que tenía derecho a ella legalmente—. ¿Estás oyendo cómo me falta al respeto ese gran marrano? El tipejo examinó la pinta de Gabriel y se dijo que era un tío fuerte, pero los tíos fuertes suelen ser bonachones y no abusan nunca de su fuerza; sería una cobardía por su parte. Muy envalentonado, gritó: —Apestas, eh, gorila. Gabriel suspiró. Otra vez recurrir a la violencia. Esta obligación le asqueaba. Ya desde el primer hombre, siempre había ocurrido lo mismo. Pero, en fin, lo que hace falta, hace falta. No era culpa suya, de Gabriel, si los débiles siempre fastidiaban a todo el mundo. Sin embargo, le dejaría una oportunidad al moscardón. —¿A que no lo repites? —dijo Gabriel. Un poco asombrado de que el robusto replicara, el tipejo se tomó tiempo para espetar la respuesta: —¿Repetir qué? No estaba descontento de su frase, el tipejo. Sólo que el robusto insistió, se inclinó para proferir este pentasílabo monofásico: —Loqueasdicho... El tipejo se atemorizó. Era el momento, para él, de forjarse algún escudo verbal. El primero que encontró fue un endecasílabo: —Primero, le prohíbo tutearme.

—Cobardica —replicó Gabriel con sencillez. Y levantó el brazo como si quisiera darle un golpe a su interlocutor. Sin insistir, éste se dejó caer al suelo, entre las piernas de la gente. Tenía muchas ganas de llorar. Afortunadamente, he aquí que el tren entra en la estación, lo que cambia el paisaje. El gentío perfumado dirige sus múltiples miradas hacia los que llegan, que comienzan a desfilar, con los hombres de negocios en cabeza a paso ligero con sus carteras de mano por todo equipaje y su aire de saber viajar mejor que los demás. Gabriel mira a lo lejos; ellas, ellas deben de estar atrás, las mujeres siempre están atrás; pero no, que surge una mocosa y le dice: —Yo soy la Zazie, apuesto que tú eres mi tito Gabriel. —Yo soy, en efecto —responde Gabriel, ennobleciendo su tono—. Sí, soy tu tito. La chica se ríe. Gabriel, sonriendo educadamente, la toma en brazos, la levanta a la altura de sus labios, la besa, ella le besa, y él la vuelve a bajar. —No hueles nada bien —dice la pequeña. —Barbouze de chez Fior —explica el coloso. —¿Me pondrás un poco detrás de las orejas? —Es un perfume de hombres. —Ya ves el objeto —dice Jeanne Lalochére que se acerca por fin—. Has querido encargarte de él; pues aquí lo tienes. —Todo se arreglará —dice Gabriel. —¿Puedo confiar en ti? Comprenderás que no quiero que se haga violar por toda la familia. —Pero, mamá, sabes bien que la última vez llegaste justo a tiempo. —En todo caso —dice Jeanne Lalochére—, no quiero que se repita. —Puedes estar tranquila —dice Gabriel. —Bueno. Entonces os encuentro aquí pasado mañana para el tren de las seis y sesenta. —Andén salida —dice Gabriel. —Natürtich1 —dice Jeanne Lalochére, que había estado «ocupada»—. A propósito, y tu mujer, ¿qué tal? —Bien, gracias. ¿No vendrás a vernos? —No tengo tiempo. —Cuando tiene un fulano es así —dice Zazie—, la familia ya no cuenta para ella. —Hasta la vista, cariño. Hasta la vista, Gaby. Y se larga. Zazie comenta los acontecimientos: —La tiene loquita. Gabriel se encoge de hombros. No dice nada. Coge el maletín de Zazie. Ahora, dice algo. —Andando —dice. Y se lanza, proyectando a derecha e izquierda todo lo que se encuentra en su trayectoria. Zazie galopa detrás. —Tito —grita—, ¿tomamos el «metro»? —No. —¿Cómo que no? ___________
1 Vocablo alemán que significa Naturalmente (N. de M. Z.).

Se ha parado. Gabriel hace alto también, se vuelve, deja el maletín y se pone a explicar: —Pues sí: no. Hoy, no se puede. Hay huelga. —¿Hay huelga? —Pues sí: hay huelga. El «metro», ese medio de transporte eminentemente parisiense, se ha quedado dormido bajo tierra, porque los empleados de las taladradoras han cesado el trabajo. —Ah, los muy cerdos —exclama Zazie—, ah los muy asquerosos. Hacerme eso a mí. —No te lo hacen solamente a ti —dice Gabriel, perfectamente objetivo. —Me importa un pito. Me ocurre a mí, yo que era tan feliz, tan contenta y lo demás de irme a pasear en «metro». Caramba, qué asco. —Tienes que ser razonable —dice Gabriel, cuyas palabras se matizaban a veces de un tomismo ligeramente kantiano. Y pasando al plano de la cosubjetividad, añadió: —Además, hay que darse prisa: Charles espera. —¡Oh, ésta la conozco! —protestó Zazie, furiosa—. La he leído en las memorias del general Vermot. —No —dijo Gabriel—, no, Charles es un amiguete y tiene cacharro. Nos lo he reservado precisamente a causa de la huelga, su cacharro. ¿Has comprendido? En marcha. Asió de nuevo la maletita con una mano, y con la otra arrastró a Zazie. Charles, en efecto, esperaba leyendo en un semanario la crónica de los corazones sangrantes. Buscaba, ya hacía años que buscaba, una mujerona a quien poder hacer donación de las cuarenta y cinco cerezas de su primavera. Mas las tales que, así por las buenas, se lamentaban en aquella gaceta, las encontraba siempre sea demasiado bobas, sea demasiado falsas. Pérfidas o solapadas. Husmeaba la paja en las vigas de las lamentaciones y descubría el mal bicho en potencia en la muñeca más lastimada. —Buenos días, pequeña —le dijo a Zazie sin mirarla, poniendo cuidadosamente la publicación bajo sus nalgas. —No, es feo su carretón —dijo Zazie. —Sube —dijo Gabriel—, y no seas «snob». —«Snob», mis narices —dijo Zazie. —Graciosa tu sobrinita —dijo Charles, instándola a la charla. Con mano ligera, pero poderosa, Gabriel hace sentar a Zazie en el fondo del cacharro, y luego se instala a su lado. Zazie protesta. —Me estás arrugando la ropa —aúlla loca de rabia. —Eso promete —observa sucintamente Charles con voz apacible. Arranca. Ruedan un poco; luego, Gabriel, con gesto magnífico, muestra el paisaje. —¡Ah, París —profiere en tono alentador—, qué bonita ciudad! Mira qué bonito es eso. —Y a mí qué —dice Zazie—, yo lo que quería era ir en «metro». —¡El «metro»! —muge Gabriel—. ¡El «metro»! ¡Míralo! Y señala con el dedo algo en el aire. Zazie frunce las cejas. Desconfía. —¿El «metro»? —repite—. El «metro» —añade con desdén—, el «metro» está bajo tierra, el «metro». Vaya, hombre. —Ése —dice Gabriel— es el aéreo.

—Entonces, no es el «metro». —Te explicaré —dice Gabriel—. A veces, sale de tierra y vuelve a remeterse. —Cuentos. Gabriel se siente impotente (gesto); luego, deseoso de cambiar de conversación, señala de nuevo algo en el camino. —¡Y eso! —muge—. ¡Mira! ¡El Panteón! —¡Qué cosas hay que oír! —dice Charles sin volverse. Conducía lentamente para que la pequeña pudiese ver las curiosidades, instruyéndose encima. —¿Acaso no es el Panteón? —pregunta Gabriel. Hay algo de burlón en su pregunta. —No —dice Charles con fuerza—. No, no y no, no es el Panteón. —Entonces, ¿qué es, según tú? La burla del tono se vuelve casi ofensiva para el interlocutor, quien, por lo demás, se apresura a confesar su derrota. —No lo sé —dice Charles. —Eso. Ya lo ves. —Pero no es el Panteón. Y es que Charles es un terco, a pesar de todo. —Se lo preguntaremos a un transeúnte —propone Gabriel. —Los transeúntes son todos unos necios. —Eso sí que es verdad —dice Zazie. Gabriel no insiste. Descubre un nuevo tema de entusiasmo. —Y eso —exclama—, eso es... Pero le corta la palabra una exclamación de su cuñado. —Ya lo tengo —grita éste—. La cosa que acabamos de ver no era el Panteón, era la estación de Lyon. —Tal vez —dice Gabriel con desenfado—, pero ahora ya pertenece al pasado, no hablemos más de él, en tanto que eso, pequeña, mira si no es mono como arquitectura, son los Inválidos... —Has metido la pata —dice Charles—, eso no tiene nada que ver con los Inválidos. —Bueno —dice Gabriel—, si no son los Inválidos, dinos lo que es. —No estoy seguro —dice Charles—, pero todo lo más es el cuartel de Reuilly. —Vosotros —dice Zazie con indulgencia—, vosotros dos sois unos payasos. —Zazie —declara Gabriel adoptando un aire majestuoso encontrado sin dificultad en su repertorio—, si en verdad quieres ver los Inválidos y la tumba auténtica de Napoleón, yo te llevaré. —Napoleón, mis narices —replica Zazie—. No me interesa nada ese engreído, con su sombrero a lo tonto. —Entonces, ¿qué es lo que te interesa? Zazie no contesta. —Sí —dice Charles con inesperada amabilidad—, ¿qué es lo que te interesa? —El «metro». Gabriel dice: Ah. Charles no dice nada. Luego, Gabriel reanuda su discurso y vuelve a decir: Ah. —¿Y cuándo se va a terminar, esa huelga? —pregunta Zazie, inflando sus palabras de ferocidad.

—Yo qué sé —dice Gabriel—, yo no hago política. —No es política —dice Charles—, es por el cocido. —Y usted, señor —le pregunta Zazie—, ¿hace huelga alguna vez? —Naturalmente, caramba, para hacer subir la tarifa. —Más bien tendría que bajarla, su tarifa, con un carretón como el suyo, pues no creo que haya uno más sucio. ¿No lo habrá encontrado a orillas del Marne, por casualidad? —En seguida llegamos —dice Gabriel, conciliador—. Ahí está el estanco de la esquina. —¿De qué esquina? —De la esquina de mi casa donde vivo —responde Gabriel candorosamente. —Pues —dice Charles—, no es ése. —¿Cómo? —dice Gabriel—. ¿Pretenderás que no es ése? —Ya está bien —exclama Zazie—, vais a empezar otra vez. —No, no es ése —responde Charles a Gabriel. —No obstante, es verdad —dice Gabriel mientras pasan delante del estanco—; a ése no he ido nunca. —Dime, tito —pregunta Zazie—, cuando disparatas así, ¿lo haces intencionalmente o es sin querer? —Es para hacerte reír, hija mía —responde Gabriel. —No hagas caso —dice Charles a Zazie—, que no lo hace intencionalmente. —No tiene gracia —dice Zazie. —La verdad —dice Charles— es que tan pronto lo hace intencionalmente como no. —¡La verdad! —exclama Gabriel (gesto)—. ¡Como si tú supieras lo que es! Como si alguien en el mundo lo supiera. Todo eso es falso: el Panteón, los Inválidos, el cuartel de Reuilly, el estanco de la esquina, todo. Sí, falso. Añade, abrumado: —¡Qué pena! —¿Quieres que nos paremos a tomar el aperitivo? —pregunta Charles. —Buena idea. —¿En La Cave2? —¿En Saint Germain-des-Prés? —pregunta Zazie, que ya se agita. —Pero ¿qué te has creído, hijita? —dice Gabriel—. Está completamente pasado de moda. —Si quieres insinuar que no estoy al día —dice Zazie—, yo puedo contestarte que tú no eres más que un viejo tonto. —¿Haz oído? —dice Gabriel. —Qué quieres —dice Charles—, es la nueva generación. —La nueva generación —dice Zazie— te manda a eso... —Vale, vale —dice Gabriel—, hemos comprendido. ¿Y si fuésemos al estanco de la esquina? —De la verdadera esquina —dice Charles. —Sí —dice Gabriel—. Y después te quedas a cenar con nosotros. —¿No estaba convenido? —Sí. —Entonces... ___________
2 La Cueva (N. de M. Z.).

—Entonces, lo confirmo. —No hay por qué confirmarlo, ya que estaba convenido. —Entonces, digamos que te lo recuerdo, por si lo habías olvidado. —No lo había olvidado. —Conque te quedas a cenar con nosotros. —Bueno, latosos —dice Zazie—. ¿La tomamos, esa copa? Gabriel sale con habilidad y ligereza del cacharro. Todos se sientan en torno a una mesa, en la acera. La camarera se acerca con negligencia. Zazie expresa en seguida su deseo: —Un cacocaló —va y pide. —No hay —van y le contestan. —¡Vaya! —protesta Zazie—, ¡Vaya mundo! Está indignada. —Para mí —dice Charles —será un beaujolais. —Y para mí —dice Gabriel—, leche con granadina. ¿Y tú? —le pregunta a Zazie. —Ya lo he dicho: un cacocaló. —Te han dicho que no hay. —Lo que quiero es un cacocaló. —Por mucho que lo quieras —dice Gabriel con suma paciencia—, estás viendo que no tienen. —¿Por qué no tienen ustedes? —pregunta Zazie a la camarera. —Pues eso (gesto). —Una cerveza con gaseosa, Zazie —propone Gabriel—, ¿no te gustaría? —Lo que quiero es un cacocaló y nada más. Todos se ponen pensativos. La camarera se rasca un muslo. —Aquí al lado tienen. En casa del italiano. —Bueno —dice Charles—, ¿viene ese beaujolais? Van a buscarlo. Gabriel se levanta, sin comentarios. Desaparece con celeridad y pronto vuelve con una botella de cuyo gollete emergen dos pajas. La pone delante de Zazie. —Toma, pequeña —dice con voz generosa. Sin decir palabra, Zazie coge la botella y se pone a tocar el canutillo. —Ya está, lo ves —dice Gabriel a su compañero—, no era difícil. A los chicos basta con comprenderles.

CAPÍTULO II —Es aquí —dice Gabriel. Zazie examina la casa. No comunica sus impresiones. —¿Qué dices? —preguntó Gabriel—. ¿Te gusta? Zazie hizo un signo que parecía indicar que se reservaba la opinión. —Yo —dijo Charles— voy a ver a Turandot; tengo algo que decirle.

—Comprendido —dijo Gabriel. —¿Qué es lo que hay que comprender? —preguntó Zazie. Charles bajó los cinco peldaños que conducían de la acera al café-restaurante La Cave, empujó la puerta y se acercó al mostrador de zinc, que era de madera desde la ocupación. —Buenos días, señor Charles —dijo Mado Piececitos, que estaba sirviendo a un cliente. —Buenos días, Mado —respondió Charles sin mirarla. —¿Es ella? —preguntó Turandot. —Exactamente —respondió Charles. —Es más alta de lo que pensaba. —¿Y qué? —No me gusta. Se lo he dicho a Gaby: no quiero problemas en casa. —Mira, tráeme un beaujolais. Turandot le sirvió en silencio, con aire meditabundo. Charles se sopló su beaujolais, se enjugó el bigote con el dorso de la mano y luego miró distraídamente hacia fuera. Para hacerlo, había que erguir la cabeza, y no se veía más que pies, tobillos, bajos de pantalones y a veces, con suerte, un perro completo, un basset. Colgada al postigo, una jaula albergaba a un loro triste. Turandot llenó el vaso de Charles y se sirvió un trago. Mado Piececitos fue a ponerse detrás del mostrador, al lado del dueño, y quebró el silencio. —Señor Charles —dice—, es usted un melancólico. —Melancólico, mis narices —replica Charles. —De verdad —exclamó Mado Piececitos— que no está usted hoy muy amable. —Me hace gracia —dijo Charles con aire siniestro—. Así es como habla la mocosa. —No comprendo —dijo Turandot, algo confuso. —Muy sencillo —dijo Charles—. No puede decir una palabra, la chiquilla, sin añadir después: y mis narices. —¿Y une el gesto a la palabra? —preguntó Turandot. —Todavía no —respondió gravemente Charles—, pero ya lo hará. —Ah, no —gimió Turandot—; ah, eso no. Se cogió la cabeza con las manos e hizo el fútil simulacro de querérsela arrancar. Luego continuó su discurso en estos términos: —No quiero en casa a una zarrapastrosa que diga esas impertinencias, caramba. Ya lo estoy viendo, pervertirá a todo el barrio. Dentro de ocho días... —No se queda más que dos o tres días —dijo Charles. —¡Son demasiados! —gritó Turandot—. En dos o tres días habrá tenido tiempo de escandalizar a todos los viejos chochos que me honran con su clientela. Ni quiero líos, ¿me oyes?, no quiero líos. El loro, que se mordisqueaba una uña, bajó la mirada e, interrumpiendo su toilette3, intervino en la conversación. —Hablas —dijo Laverdure—, hablas, esto es todo lo que sabes hacer. ___________
3 Aseo (N. de M. Z.).

—Tiene toda la razón —dijo Charles—. Después de todo, a mí no tienes que contar tus historias. —Me cago en él —dijo Gabriel afectuosamente—, pero me pregunto por qué has ido a repetirle las palabrotas de la pequeña. —Yo soy franco —dijo Charles—. Además, no puedes ocultar que tu sobrina es una mal educada. Dime, ¿es que tú hablabas así, de chico? —No —responde Gabriel—, pero yo no era una niña. —A la mesa —dice dulcemente Marceline, trayendo la sopera—. Zazie, a la mesa. Se pone a verter dulcemente contenidos de cucharón en los platos. —Ja, ja —dice Gabriel con satisfacción—, caldo. —No exageremos —dice dulcemente Marceline. Zazie acude por fin a reunirse con ellos. Se sienta y comprueba, despechada, que tiene hambre. Después de la sopa, había morcilla con patatas saboyanas, y después foie-gras (que Gabriel traía del cabaret; no podía remediarlo, estaba al alcance de su mano), y luego un postre de lo más azucarado, y después café repartido en tazas, café porque Charles y Gabriel trabajaban los dos de noche. Charles se fue en seguida después de la sorpresa esperada de una granadina al kirsch; Gabriel no entraba en su trabajo antes de las once. Alargó las piernas por debajo de la mesa y sonrió a Zazie, que estaba muy tiesa en su silla. —Así que, ahora es cuestión de irse a dormir, ¿no? —¿«Irse», quién? —preguntó ella. —Pues tú, claro —respondió Gabriel cayendo en la trampa—. ¿A qué hora te acostabas, allá? —Aquí y allá, son dos cosas distintas, espero. —Sí —dijo Gabriel, comprensivo. —Por eso me dejan aquí, para que no sea lo mismo que allá. ¿O no? —Sí. —¿Dices que sí porque sí o es que lo piensas de veras? Gabriel se volvió hacia Marceline, que sonreía: —¿Ves lo bien que razona una mocosa de esta edad? Uno se pregunta qué necesidad hay de mandarlas a la escuela. —Yo —declaró Zazie— quiero ir a la escuela hasta los sesenta y cinco años. —¿Hasta los sesenta y cinco años? —repitió Gabriel, un tanto sorprendido. —Sí —dijo Zazie—, quiero ser maestra. —No es mal oficio —dijo dulcemente Marceline—. Hay la jubilación. Añadió esto automáticamente porque conocía bien la lengua francesa. —Jubilación, mis narices —dijo Zazie—. Yo, no es por la jubilación que quiero ser maestra. —No, claro —dijo Gabriel—, ya lo sospechábamos. —Entonces, ¿por qué es? —preguntó Zazie. —Tú nos lo explicarás. —¿No lo adivinas, solo? —Es lista la juventud de hoy en día, de todos modos —dijo Gabriel a Marceline. Y a Zazie: —Entonces, ¿por qué quieres ser maestra? —Para fastidiar a las chicas —respondió Zazie—. Las que tengan mi edad dentro de diez años, dentro de veinte años, dentro de cincuenta años, dentro de mil años, siempre chicas que fastidiar. —Bueno —dijo Gabriel.

—Tendré toda la mala uva con ellas. Les haré lamer el piso. Les haré comer la esponja del encerado. Les clavaré compases en el pompis. Les daré puntapiés en las nalgas. Con botas, pues las llevaré. En invierno. Así de altas (gesto). Con grandes espuelas para acribillarles la carne de las posaderas. —¿Sabes? —dijo Gabriel con calma—. Según dicen los periódicos, no es precisamente en ese sentido que se orienta la educación moderna. Precisamente es todo lo contrario. Se tiende a la suavidad, a la comprensión, a la amabilidad. ¿Verdad, Marceline, que dicen eso en el periódico? —Sí —contestó dulcemente Marceline—. Pero tú, Zazie, ¿es que te han maltratado en la escuela? —¡No faltaría más! —Por otra parte —dijo Gabriel—, dentro de veinte años, ya no habrá maestras: serán sustituidas por el cine, la televisión, la electrónica y tinglados parecidos. También lo ponía el papel el otro día. ¿Verdad, Marceline? —Sí —respondió dulcemente Marceline. Zazie consideró ese porvenir un instante. —Entonces —declaró—, seré astronauta. —Eso es —dijo Gabriel, aprobador—. Eso es, hay que ser de su tiempo. —Sí —continuó Zazie—, seré astronauta para jorobar a los marcianos. Gabriel, entusiasmado, se dio una palmada en los muslos: —Tiene ideas, la pequeña. —De todos modos, tendría que ir a acostarse —dijo dulcemente Marceline—. ¿No estás cansada? —No —contestó Zazie, bostezando. —Está cansada, esta pequeña —continuó dulcemente Marceline, dirigiéndose a Gabriel—; tendría que ir a acostarse. —Tienes razón —dijo Gabriel, que se puso a preparar una frase imperativa y, de ser posible, sin réplica. Antes de que hubiese tenido tiempo de formularla, Zazie le preguntó si tenían la televisión. —No —dijo Gabriel—. Prefiero el cinemascope— añadió con mala fe. —Entonces, podrías convidarme a cinemascope. —Es demasiado tarde —dijo Gabriel—. Además, no tengo tiempo; entro en mi trabajo a las once. —Podemos prescindir de ti —dijo Zazie—. Mi tía y yo iremos las dos solas. —No me gustaría —dijo Gabriel lentamente, con aire feroz. Miró a Zazie a los ojos y añadió malignamente: —Marceline no sale nunca sin mí. Prosiguió: —Eso no te lo voy a explicar, pequeña, sería demasiado largo. Zazie desvió la mirada y bostezó. —Estoy cansada —dijo—, voy a acostarme. Se levantó. Gabriel le ofreció la mejilla. Ella le besó. —Tienes la piel suave —observó la chica. Marceline la acompaña hasta su habitación, y Gabriel va a buscar una bonita cartera de piel de cerdo marcada con sus iniciales. Se instala, se sirve un gran vaso de granadina que atempera con

un poco de agua y empieza a arreglarse las uñas; adoraba esto, lo hacía muy bien y se prefería a sí mismo a cualquier manicura. Se puso a canturrear un estribillo obsceno; luego silbó, no muy fuerte para no despertar a la pequeña, algunos aires de pasados tiempos, tales como el de queda, diana, qué malito estoy, etc. Marceline vuelve. —No le ha costado dormirse —dice dulcemente. Se sienta y se sirve una copa de kirsch. —Un angelito —comenta Gabriel con voz átona. Admira la uña que acaba de terminar, la del meñique, y pasa a la del anular. —¿Qué vamos a hacer con ella todo el día? —pregunta dulcemente Marceline. —No es un gran problema —dice Gabriel—. De momento, la llevaré a lo alto de la torre Eiffel. Mañana por la tarde. —Pero ¿y mañana por la mañana? —pregunta dulcemente Marceline. Gabriel palidece. —Sobre todo —dice—, sobre todo que no me despierte. —Ya lo ves —dice dulcemente Marceline—. Un problema. Gabriel adquirió un aspecto cada vez más angustiado. —Los chicos se levantan temprano por la mañana. Me impedirá dormir..., recuperarme... Ya me conoces. Yo necesito recuperar. Mis diez horas de sueño son esenciales. Para mi salud. Mira a Marceline. —¿Lo habías pensado? Marceline bajó los ojos. —No he querido impedir que cumplieras con tu deber —dijo dulcemente. —Te lo agradezco —dijo Gabriel con tono grave—. Pero, ¿qué demonios se podría hacer para que yo no la oiga por la mañana? Se pusieron a reflexionar. —Podríamos —dijo Gabriel— darle un soporífero para que duerma por lo menos hasta mediodía, e, incluso mejor, hasta las cuatro. Parece ser que hay supositorios que van al pelo para obtener ese resultado. —¡Pum, pum, pum! —hace discretamente Turandot sobre la puerta. —Entre —dice Gabriel. Turandot entra acompañado de Laverdure. Se sienta sin que se lo rueguen y deja la jaula sobre la mesa. Laverdure mira la botella de granadina con una codicia memorable. Marceline le vierte un poco en su bebedero. Turandot rehúsa la oferta (gesto). Gabriel, que ha terminado el dedo del corazón, ataca el índice. Con todo, nadie ha dicho todavía nada. Laverdure ha saboreado su granadina. Se enjuga el pico contra su aseladero y luego toma la palabra en estos términos: —Hablas, hablas, es todo lo que sabes hacer. —Rajo mis narices —replica Turandot, vejado. Gabriel interrumpe sus labores y mira aviesamente al visitante. —A que no repites lo que has dicho —va y dice. —He dicho —dice Turandot—, he dicho: rajo mis narices. —¿Y qué pretendes insinuar? Si me permites. —Insinúo que la niña, no me gusta que esté aquí. —Te guste o no te guste, ¿me oyes?, me importa un bledo.

—Dispensa. Te he alquilado aquí sin niños y ahora tienes uno sin autorización mía. —Tu autorización, ¿sabes dónde me la meto? —Ya sé, ya sé, de eso a que me deshonores hablando como tu sobrina, no hay más que un paso. —No es permitido ser tan ininteligente como tú, ¿sabes lo que quiere decir «ininteligente», pedazo de bruto? —Ya está —dice Turandot—, ya empezamos, —Hablas —dice Laverdure—, hablas, es todo lo que sabes hacer. —Empezamos, ¿qué? —pregunta Gabriel, netamente amenazador. —Empiezas a expresarte de una manera repulsiva. —Es que empieza a irritarme —dice Gabriel a Marceline. —No te sulfures —dice dulcemente Marceline. —No quiero a una zarrapastrosa en mi casa —dice Turandot con entonaciones patéticas. —Que te zurzan —grita Gabriel—. ¿Me oyes? Que te zurzan. Da un puñetazo sobre la mesa que se parte en el sitio de costumbre. La jaula se va por los suelos seguida en su caída de la botella de granadina, el frasco de kirsch, las copas, los trebejos de manicura. Laverdure se queja con brutalidad. El jarabe se desparrama sobre el estuche de piel. Gabriel profiere un grito de desesperación y se agacha para recoger el objeto manchado. Al hacerlo, derriba la silla. Se abre una puerta. —¡Diablos!, ¿qué pasa? ¿No se puede dormir? Zazie está en pijama. Bosteza y luego mira hostilmente a Laverdure. —Esto es una casa de fieras —declara. —Hablas, hablas —dice Laverdure—, es todo lo que sabes hacer. Un poco asombrada, Zazie se olvida del animalito y se fija en Turandot, a cuyo propósito le pregunta a su tío: —Y éste, ¿quién es? Gabriel enjugaba el estuche con un pico del mantel. —Mierda —murmura—, está hecho polvo. —Te regalaré otro —dijo dulcemente Marceline. —Eso está bien —dijo Gabriel—, pero, en este caso, preferiría que no fuese de piel de cerdo. —¿Qué te gustaría más? ¿Box-calf? Gabriel hizo una mueca. —¿Piel de lija? Mueca. —¿Piel de Rusia? Mueca. —¿Y cocodrilo? —Será caro. —Pero es sólido y chic. —Eso es, iré a comprármelo yo mismo. Gabriel, sonriendo con toda su boca, se volvió hacia Zazie: —Ya lo ves, tu tía es la amabilidad personificada. —Aún no me has dicho quién es ése. —Es el dueño —respondió Gabriel—, un dueño excepcional, un amiguete, el patrón de la taberna de abajo. —De La Cave?

—Exactamente —dice Turandot. —¿Se baila, en su cueva? —Eso no —dice Turandot. —Lástima —dice Zazie. —No te preocupes por él —dice Gabriel—, que se gana bien la vida. —Pero en Sengermendepré —dice Zazie—, lo que sacaría, está en todos los periódicos. —Eres muy amable de ocuparte de mis negocios —dice Turandot en tono altanero. —¿Amable? ¡Mis narices! —replicó Zazie. Turandot lanza un maullido de triunfo. —¡Ja, ja! —le dice a Gabriel—. Ya no puedes sostenerme lo contrario. Ya he oído sus: «mis narices». —No digas cosas feas —dice Gabriel. —Si no soy yo —dice Turandot—, es ella. —Es un chivato —dice Zazie—. Esto es feo. —Además, ya está bien —dice Gabriel—. Es hora de que me largue. —No debe ser divertido ser guarda de noche —dice Zazie. —No hay ningún oficio que sea divertido del todo —dice Gabriel—. Vete a acostar ya. Turandot recoge la jaula y dice: —Reanudaremos la conversación. Y añade con aire finolis: —La conversación, mis narices. —Será tonto —dice dulcemente Marceline. —Mejor no se puede hacer —dice Gabriel. —Bueno, buenas noches —dice Turandot siempre amable—, he pasado una agradable velada, no he perdido el tiempo. —Hablas, hablas —dice Laverdure—, es todo lo que sabes hacer. —Es majo —dice Zazie, mirando al animal. —Vete a acostar ya —dice Gabriel. Zazie sale por una puerta y los visitantes de la noche por otra. Gabriel aguarda que todo se haya calmado para salir a su vez. Baja la escalera sin hacer ruido, como un inquilino modoso. Pero Marceline ha visto un objeto olvidado sobre la cómoda, lo toma, corre a abrir la puerta y se inclina para gritar dulcemente en la escalera: —Gabriel, Gabriel. —¿Qué? ¿Qué pasa? —Has olvidado tu pintura para los labios.

CAPÍTULO III

En un rincón de la estancia, Marceline había instalado una especie de cuarto de aseo, una mesa, una jofaina, un bocal, todo como si hubiese sido en una aldea apartada. Así Zazie no se sentiría inadaptada. Pero Zazie estaba inadaptada. Usaba y conocía múltiples maravillas del arte sanitario. Asqueada por aquel primitivismo, se humedeció un poco aquí y allá y se pasó el peine una sola vez por el pelo. Miró al patio: no pasaba nada. En el piso, lo mismo, parecía no pasar nada. Con la oreja pegada a la puerta, Zazie no percibía el menor ruido. Salió silenciosamente de su habitación. El salón comedor estaba oscuro y en silencio. Y andando con un pie justo delante del otro, palpando la pared y los objetos, lo que es todavía más divertido si se cierran los ojos, llegó a la otra, que abrió con notables precauciones. La otra estancia estaba igualmente a oscuras y en silencio; alguien dormía en ella apaciblemente. Zazie volvió a cerrar, hizo marcha atrás, lo que siempre es divertido, y al cabo de un rato sumamente prolongado alcanzó una tercera puerta que abrió con no menos grandes precauciones que las precedentes. Se encontró en la entrada que alumbraba con dificultad una ventana adornada de cristaleras rojas y azules. Otra puerta más que abrir y Zazie descubre la meta de su excursión: el baño. Como era a la inglesa, Zazie vuelve a tomar contacto con la civilización para pasar allí un buen cuarto de hora. Encuentra el lugar no solamente útil sino alegre. Está muy limpio, esmaltado. El papel higiénico se arruga gozosamente entre los dedos. En aquel momento de la jornada hasta hay un rayo de sol: un vapor luminoso baja del postigo, Zazie reflexiona largo rato y se pregunta si va a tirar de la cadena o no. Pues seguramente eso va a producir confusión. Titubea, se decide, tira, la catarata se precipita y Zazie espera, pero nada parece haberse movido: es la casa de la bella durmiente del bosque, Zazie vuelve a sentarse para contarse el cuento en cuestión, intercalando primeros planos de actores célebres. Se extravía un poco en la leyenda pero, finalmente, recobrando su sentido crítico, acaba por declararse que los cuentos de hadas son muy tontos y decide salir. De nuevo en la entrada, repara en otra puerta que verosímilmente debe dar sobre el rellano; Zazie da vuelta a la llave dejada por ilusoria precaución en la cerradura: eso es, ya está Zazie en el rellano. Vuelve a cerrar la puerta tras de sí, y luego, muy despacito, baja. En el primero, hace una pausa: nada se mueve. Hela aquí en la planta baja; y he aquí el corredor, la puerta de la calle está abierta, un rectángulo de luz y ya está, Zazie ha salido. Es una calle tranquila. Los automóviles pasan por ella tan raramente que se podría jugar a la coxcojilla en la calzada. Hay algunas tiendas de uso corriente y de aspecto provinciano. La gente va y viene con paso razonable. Cuando cruzan, miran primero a la izquierda y después a la derecha, uniendo el civismo al exceso de prudencia. Zazie no está del todo decepcionada, sabe que está de veras en París, que París es un gran pueblo y que todo París no se parece a aquella calle. Sólo que para darse cuenta de ello y estar segura del todo, hay que ir más lejos. Que es lo que empieza a hacer, con aire displicente. Pero Turandot sale bruscamente de su tasca y, desde abajo de los escalones, le grita: —Eh, pequeña, ¿adónde vas así? Zazie no le contesta y se limita a acelerar el paso. Turandot trepa los peldaños de su escalera: —Eh, pequeña —insiste Turandot, y sigue gritando. Zazie adopta de pronto el paso gimnástico. Toma un viraje ceñido. La otra calle se halla notoriamente más animada. Zazie corre ahora a buen tren. Nadie tiene tiempo ni preocupación de mirarla. Pero Turandot galopa también. Hasta va lanzado. La alcanza, la agarra del brazo y, sin decir palabra, con gesto enérgico, le hace dar media vuelta. Zazie no vacila. Se pone a chillar:

—¡Socorro! ¡Socorro! Ese grito no deja de llamar la atención de las amas de casa y de los ciudadanos presentes. Abandonan sus ocupaciones o desocupaciones personales para interesarse por el incidente. Tras este primer resultado satisfactorio, Zazie arremete de nuevo: —No quiero ir con el señor, no conozco al señor, no quiero ir con el señor. Etcétera. Turandot, seguro de la nobleza de su causa, no hace caso de las vociferaciones. Pronto se da cuenta de que obró mal al comprobar que se halla en el centro de un grupo de moralistas severos. Ante aquel público selecto, Zazie pasa de las consideraciones generales a las acusaciones particulares, concretas y detalladas. —Este señor —va y dice así por las buenas—, me ha dicho cosas sucias. —¿Qué te ha dicho? —pregunta una señora, engolosinada. —¡Señora! —exclama Turandot—. Esta niña se ha escapado de su casa. Yo la acompañaba a casa de sus parientes. El grupo se carcajea con un escepticismo sólidamente entintado ya. La señora insiste; se inclina hacia Zazie. —Anda, pequeña, no tengas miedo, dime lo que te ha dicho el malvado señor. —Es demasiado sucio —murmura Zazie. —¿Te ha pedido que le hicieras cosas? —Eso es, señora. Zazie desliza en voz baja algunos detalles al oído de la buena mujer. Ésta se yergue y escupe a la cara de Turandot. —Asqueroso —le suelta de propina. Y le escupe encima por segunda vez, en plena jeta. Un tipo inquiere: —¿Qué le ha pedido que le hiciese? La buena mujer desliza los detalles zázicos en el oído del tipo: —¡Oh! —exclama el tipo—. Jamás se me había ocurrido eso. Y repite así, como si nada, más bien pensativo: —No, jamás. Se vuelve hacia otro ciudadano: —De veras, escuchen esto... (detalles). Es increíble. —Verdaderamente, hay cerdos completos —dice el otro ciudadano. Mientras tanto, los detalles se propagan en el gentío. Una mujer dice: —No lo comprendo. Un hombre se lo explica. Saca un trozo de papel de su bolsillo y le hace un dibujo con un bolígrafo. —Vaya —dice la mujer, pensativamente. Añade: —¿Y es práctico? Se refiere al bolígrafo. Dos amateurs discuten: —Yo —declara uno, he oído contar que... (detalles). —Eso no me extraña demasiado —replica otro—; me han afirmado que... (detalles). Empujada fuera de su local por la curiosidad, una tendera se entrega a algunas confidencias:

—Aquí donde me ven, mi marido, un buen día, ¿no le da la idea de...? (detalles). ¿Dónde habría ido a descubrir esa pasión, díganme ustedes? —Tal vez había leído un mal libro —sugiere alguien. —Puede ser que sí. En todo caso, yo que les hablo, le dije a mi marido: quieres ¿qué? (detalles). Nanay, voy y le digo yo. Ve a que te vean los moros, si eso te apetece y no me fastidies más con tus porquerías. Esto es lo que le dije a mi marido que quería que yo... (detalles). El gentío aprueba. Turandot no ha escuchado. No se hace ilusiones. Aprovechando el interés técnico suscitado por las acusaciones de Zazie, se ha escabullido. Dobla la esquina pegado a la pared y se apresura hacia su taberna, se mete detrás del mostrador de zinc, que es de madera desde la ocupación, y se sirve un gran vaso de beaujolais que ingiere de un trago, y repite. Se seca la frente con algo que le sirve de pañuelo. Mado Piececitos, que estaba pelando boniatos, le pregunta: —¿Eso no marcha? —No me hables. Jamás en mi vida había tenido tanta bulla gindama. Todos esos imbéciles me tomaban por un sátiro. Si me quedo, me descuartizan. —Eso le enseñará a no hacer de terranova —dijo Mado Piececitos. Turandot no contesta. Hace funcionar la pequeña televisión que tiene bajo el cráneo para volver a ver en sus actualidades personales la escena que acaba de vivir y que ha estado a punto de hacerle entrar, si no en la historia, por lo menos en la sección de sucesos. Se estremece pensando en el sino que ha evitado. De nuevo el sudor le corre por la cara. —Caramba, caramba —tartamudea. —Hablas —dice Laverdure—, hablas, es todo lo que sabes hacer. Turandot se enjuga y se sirve un tercer beaujolais. —Caramba —repite. Es la expresión que le parece más apropiada a la emoción que le turba. —Total, ¿qué? —dice Mado Piececitos—. No se ha muerto usted. —Hubiera querido verte allí. —No quiere decir nada eso de «hubiera querido verte allí». Usted y yo somos diferentes. —¡Oh! No discutas, no estoy de humor. —¿Y no cree usted que habría que advertir a los otros? —Es verdad esto, caray no lo había pensado. —Abandona su tercer vaso lleno aún y se precipita. —Toma —dice dulcemente Marceline, que está tejiendo. —La pequeña —dice Turandot jadeante—, la pequeña, eh, pues bien, se ha marchado. Marceline no contesta, va directamente a la habitación. Exacto. La chavala se ha largado. —Ya la he visto —dice Turandot—, y he tratado de atraparla. ¡Nada! (gesto). Marceline entra en la habitación de Gabriel, le sacude, pero es pesado, difícil de mover, aún más de despertar; le gusta dormir, resopla y se agita, cuando duerme duerme, no se le saca del sueño así como así. —¿Qué, qué? —acaba por gritar. —Zazie se ha largado —dice dulcemente Marceline.

La mira. No hace comentarios. Comprende rápidamente, Gabriel. No tiene un pelo de tonto. Se levanta. Va a dar una vuelta por la habitación de Zazie. Le gusta darse cuenta de las cosas por sí mismo, a Gabriel. —Tal vez está encerrada en el baño —dice con optimismo. —No —responde dulcemente Marceline—. Turandot la ha visto cuando se largaba. —¿Qué has visto exactamente? —le pregunta a Turandot. —He visto que se largaba y entonces la he alcanzado y he querido traértela. —Eso está muy bien —dice Gabriel—. Tú eres amigo. —Sí, pero la pequeña ha amotinado a la gente y chillaba que yo le había propuesto hacerme cosas. —¿Y no era verdad ?—pregunta Gabriel. —Claro que no. —No se sabe nunca. —Conforme, no se sabe nunca. —Ya ves. —Déjale que continúe —dijo dulcemente Marceline. —Pues, he aquí que la gente se agrupa alrededor de mí, dispuesta toda a partirme la cara. Me tomaban por un sátiro, los imbéciles. Gabriel y Marceline se tuercen de risa. —Pero cuando en un momento dado he visto que ya no se fijaban en mí, me he escabullido. —¿Tenías miedo? —Ni que lo digas. Jamás en mi vida tuve un susto semejante. Ni cuando los bombardeos. —Yo —dice Gabriel—, nunca tuve miedo durante los bombardeos. Como eran ingleses, pensaba que sus bombas no eran para mí sino para los «fridolinos», puesto que yo a los ingleses les aguardaba con los brazos abiertos. —Era un razonamiento estúpido —observa Turandot. —No quita que yo jamás tuve miedo y ni siquiera un rasguño, incluso durante los peores momentos. Los «frisones», ellos, tenían un pavor que no podían con su alma, se precipitaban a los refugios, los muy cagones, en tanto que yo me quedaba afuera mirando los fuegos artificiales, ¡pum!, un depósito de municiones que vuela, la estación hecha polvo, la fábrica en añicos, la ciudad llameando, un espectáculo fenomenal. Gabriel termina, suspirando: —En el fondo, no era mala vida. —Lo que es yo —dice Turandot— no tengo motivos para felicitarme de la guerra. Con el mercado negro, no sé cómo me las componía, pero siempre estaba degustando multas, me esquilmaban el género, el Estado, el fisco, los controles, me cerraban la tienda; en junio del 44 apenas si tenía un poco de oro escondido, y afortunadamente, porque en aquel momento llegó una bomba y se acabó. Mala pata. Afortunadamente, heredé esta barraca, que si no... —No tienes por qué quejarte, a fin de cuentas —dice Gabriel—; te das buena vida, y es un oficio de gandul el que tienes. —Me gustaría verte a ti. Extenuante es mi oficio, extenuante, y malsano por si fuera poco. —¿Qué dirías, entonces, si tuvieses que trabajar de noche como yo? Y dormir de día. Dormir de día es tremendamente cansado, sin que lo parezca. Y no hablo ya de cuando le despiertan a uno a una hora inverosímil como hoy... No quisiera que fuese lo mismo todas las mañanas. —Habrá que encerrar con llave a la pequeña —dice Turandot.

—Me pregunto por qué se habrá largado —murmura pensativamente Gabriel. —No ha querido hacer ruido —dice dulcemente Marceline—, así que por no despertarte, se ha ido a pasear. —Pero no quiero que se pasee sola —dice Gabriel—, la calle es escuela de vicios, todo el mundo lo sabe. —Tal vez ha hecho lo que los periódicos llaman una fuga —dice Turandot. —Eso no tendría gracia —dice Gabriel—, habría que avisar a la policía, probablemente. Y entonces yo, ¿cómo quedaría? —¿No crees —dice dulcemente Marceline—, que deberías tratar de encontrarla? —Yo —dice Gabriel—, yo me vuelvo a acostar. Y se orienta en dirección de la cama. —No harías más que tu deber, recuperándola —dice Turandot. Gabriel se ríe burlonamente. Melindroso, imita la voz de Zazie: —Deber, mis narices —va y declara. Añade: —Ya se encontrará ella sola. —Suponte —dice dulcemente Marceline—, suponte que tropiece con un sátiro. —¿Como Turandot? —pregunta Gabriel graciosamente. —No le veo la gracia —dice Turandot. —Gabriel —dice dulcemente Marceline—, tendrías que hacer un pequeño esfuerzo para recobrarla. —Ve tú. —Tengo la colada al fuego. —Tendría usted que dar la ropa a los aparatos automáticos americanos —dice Turandot a Marceline—; eso sería menos trabajo para usted; así es como lo hago yo. —¿Y si —dice Gabriel finamente—, si le gusta a ella hacerse la colada? ¿Eh? ¿En qué te metes? Hablas, hablas, es lo único que sabes hacer. Tus aparatos americanos los tengo aquí. Y se da una palmada en la nalga. —Toma —dice Turandot irónicamente—, yo que te creía americanófilo. —¡Americanófilo! —exclamó Gabriel—. Empleas palabras cuyo sentido no conoces. ¡Americanófilo! Como si eso impidiese lavar la ropa sucia en familia. Marceline y yo, no solamente somos americanófilos, sino, además, cabeza de chorlito, y a la vez, lo oyes, cabeza de chorlito, A LA VEZ, somos coladófilos. ¿Eh? ¿Te basta con eso (pausa), cabeza de chorlito? Turandot no encuentra nada que contestar. Vuelve al problema concreto y presente, a la camisa que no es tan fácil de lavar. —Tendrías que correr detrás de la chiquilla —aconseja a Gabriel. —¿Para que me pase lo mismo que a ti? ¿Para que me haga linchar por el vulgo? Turandot se encoge de hombros. —También tú —dice con tono despreciativo—, charlas, charlas, es todo lo que sabes hacer. —Anda, ve —dice dulcemente Marceline a Gabriel. —Me estáis jorobando los dos —rezonga Gabriel. Entra en su habitación, se viste metódicamente, se pasa la mano tristemente por el mentón que no ha tenido tiempo de depilarse, suspira y reaparece, Turandot y Marceline, o más bien Marceline y Turandot, discuten sobre los méritos o deméritos de las máquinas lavadoras. Gabriel besa a Marceline en la frente.

—Adiós —le dice con gravedad—, me voy a cumplir con mi deber. Estrecha vigorosamente la mano de Turandot; la emoción que le embarga no le permite pronunciar otra frase histórica más que «me voy a cumplir con mi deber», pero su mirada se empaña de la melancolía propia de los individuos a quienes acecha un gran destino. Los otros se recogen. Sale. Ha salido. Afuera, husmea el viento. No percibe más que los olores habituales, y muy particularmente los que emanan de La Cave. No sabe si ha de ir hacia el norte o hacia el sur, pues la calle está orientada así. Pero una llamada interfiere sus vacilaciones. Es Gridoux, el remendón que le llama desde su puesto. Gabriel se acerca. —Apuesto que busca usted a la chiquilla. —Sí —gruñe Gabriel sin entusiasmo. —Yo sé dónde ha ido. —Usted lo sabe siempre todo —dice Gabriel con cierto mal humor. «Éste —se dice a sí mismo con su vocecita interior—, cada vez que hablo con él, me exagera mi inferioridad de complejo.» —¿No le interesa saberlo? —pregunta Gridoux. —Estoy obligado a interesarme. —Entonces, ¿lo cuento? —Son graciosos los zapateros —responde Gabriel—, no paran nunca de trabajar, se diría que les gusta eso, y para demostrar que no paran nunca, se meten detrás de un escaparate para que les admiren. Como las cogedoras de puntos a las medias. —Y usted —replica Gridoux—, ¿dónde se mete para que le admiren? Gabriel se rasca la cabeza. —En ningún sitio —dice blandamente—, yo soy un artista. No hago nada malo. Además, no es el momento de hablarme así, que lo de la chica es urgente. —Hablo de eso porque me agrada —responde Gridoux con calma. Levanta la nariz de su trabajo. —Entonces —pregunta—, condenado charlatán de mis perendengues, ¿quiere usted saber algo o no quiere saber nada? —¿No le digo que es urgente? Gridoux sonríe. —¿Turandot le ha contado el principio? —Ha contado lo que ha querido. —En todo caso, lo que le interesa a usted es lo que ha ocurrido después. —Sí —dice Gabriel—, ¿qué es lo que ha ocurrido después? —¿Después? ¿El principio no le basta? Es una fuga lo que está haciendo esa chiquilla. ¡Una fuga! —Vaya gracia —murmuró Gabriel. —No tiene usted más que avisar a la policía. —No me dice gran cosa eso —dice Gabriel con voz muy debilitada. —No volverá sola. —No se sabe nunca. Gridoux se encoge de hombros. —Al fin y al cabo, lo que yo digo es que me importa un bledo.

—Lo que es yo —dice Gabriel—, en el fondo... —¿Tiene un fondo, usted? Gabriel se encoge de hombros a su vez. No faltaba sino que, encima, ése se ponga insolente. Sin decir palabra, se volvió a su casa para acostarse de nuevo.

CAPÍTULO IV Como conciudadanos y comadres seguían discutiendo el caso, Zazie se eclipsó. Echó por la primera calle a la derecha, luego por la de la izquierda, y así sucesivamente hasta llegar a las puertas de la ciudad. Soberbios rascacielos de cuatro o cinco pisos bordeaban una suntuosa avenida en cuyas aceras se amontonaban piojosos cestos. Un gentío espeso y malva chorreaba un poco de todas partes. Una vendedora de globos Lamoriciére y una música de tiovivo añadían su nota púdica a la virulencia de la demostración. Maravillada, Zazie tardó un rato en advertir que, no lejos de ella, un edículo de apariencia barroca plantado en la acera se completaba con la inscripción METRO. Olvidando en seguida el espectáculo de la calle, Zazie se acercó a la boca, con la suya seca de emoción. Bordeando a pasitos una balaustrada protectora, descubrió por fin la entrada. Pero la verja estaba cerrada. Una pizarra colgante ostentaba una inscripción en tiza que Zazie descifró sin dificultad. La huelga continuaba. Un olor a polvo ferruginoso y deshidratado ascendía suavemente del abismo prohibido. Desolada, Zazie se echó a llorar. Encontró tanto placer en ello, que fue a sentarse en un banco para lloriquear con más comodidad. Al cabo de un rato le distrajo de su dolor la percepción de una presencia vecina. Esperó con curiosidad lo que iba a producirse. Se produjeron unas palabras, emitidas por una voz masculina en falsete, palabras que formaban la frase interrogativa que sigue: —Entonces, hija mía, ¿tienes mucha pena? Ante la estúpida hipocresía de aquella pregunta, Zazie redobló el volumen de sus lágrimas. Tantos sollozos parecían apretujarse en su pecho, que se dijera que no tenía tiempo de estrangularlos a todos. —¿Tan grave es? —preguntó. —Oh, sí, señor. Decididamente, ya era hora de ver la jeta que tenía el sátiro. Pasando sobre su rostro una mano que transformó los torrentes de lágrimas en riachuelos cenagosos, Zazie se volvió hacia el tipo. No pudo dar crédito a sus ojos. Lucía gruesas gafas ahumadas, bombín, paraguas y tupido bigote. «No es posible —se decía Zazie con su vocecita interior—, no es posible, es un actor que anda de juerga, uno del tiempo antiguo». Con el pasmo, hasta se le olvidó reírse. Él hizo una especie de mueca amable y tendió a la niña un pañuelo asombrosamente limpio. Zazie lo cogió, depositó en él un poco de la cochambre húmeda que se estancaba en sus mejillas y completó esta ofrenda con copiosos mocos.

—Anda, veamos —decía el tipo con tono alentador—, ¿qué pasa? ¿Tus padres te pegan? ¿Has perdido algo y tienes miedo de que te riñan? ¡Pues no hacía pocas hipótesis! Zazie le devolvió el pañuelo muy humedecido. El otro no manifestó ningún asco al meterse de nuevo aquella basura en el bolsillo. Continuó: —Hay que decírmelo todo. No tengas miedo. Puedes tener confianza en mí. —¿Para qué? —preguntó Zazie, tartamudeando y socarrona. —¿Para qué? —repitió el tipo, desconcertado. Y se puso a rascar el asfalto con su paraguas. —Sí —dijo Zazie—, ¿por qué he de tener confianza en usted? —Pues —respondió el tipo, cesando de rascar el suelo—, porque me gustan los niños. Las chiquillas. Y los chiquillos. —Es usted un viejo cerdo, sí. —En absoluto —declaró el tipo con una vehemencia que extrañó a Zazie. Aprovechando esta ventaja, el señor le ofreció un cacocaló, allí, en la primera bodega que se encontrase, sobrentendiendo: en pleno día, delante de todo el mundo, una proposición bien honesta, vaya. No queriendo mostrar su entusiasmo ante la idea de soplarse un cacocaló, Zazie se puso a considerar gravemente a la multitud que, al otro lado de la calzada, se canalizaba entre dos hileras de puestos. —¿Qué hace toda esa gente? —preguntó. —Van al Rastro —dijo el tipo—, o, mejor dicho, es el Rastro quien va hacia ellos, pues comienza aquí. —Ah, el Rastro —dijo Zazie con la expresión de quien no quiere dejarse asombrar—, es ahí donde se encuentran chatarras baratas que luego se revenden a un «amerló» y no se ha perdido el día. —No hay solamente chatarra —dijo el tipo—, también hay plantillas higiénicas, lavanda, clavos y hasta chaquetas que no han sido usadas. —¿También hay excedentes americanos? —Claro. Y también vendedores de patatas fritas. De las buenas. Hechas por la mañana. —Es estupendo, los excedentes americanos. —Si se quiere, hasta hay mejillones. De los buenos. Que no envenenan. —¿Tienen bluejeans, esos excedentes americanos? —Hace un rato largo que los tienen. Y brújulas que funcionan en la oscuridad. —¡A mí qué me importan, las brújulas! —dijo Zazie—. Pero los bluejeans (silencio)... —Podemos ir a verlos —dijo el tipo. —¿Y qué más? —dijo Zazie—. No tengo ni lata para ofrecérmelos. A menos de robar un par de ellos. —Vamos a ver, de todos modos —dijo el tipo. Zazie había terminado su cacocaló. Miró al tipo y le dijo: —Ya le veo venir con sus camelos. Y añadió: —¿Vamos allá? El tipo paga y se sumergen en la multitud. Zazie se escabulle, desdeñando los grabadores de placas de bicicleta, los sopladores de vidrio, los demostradores de nudos de corbata, los árabes que ofrecen relojes, y los que ofrecen cualquier cosa. El tipo le sigue a los talones, es tan sutil

como Zazie. De momento, ésta no tiene ganas de darle esquinazo, pero se previene a sí misma de que el asunto no será cómodo. No hay duda, es un especialista. Se paró en seco ante un puesto de excedentes. De golpe, ya no se mueve. Ya no se mueve en absoluto. El tipo frena secamente, justo detrás de ella, El comerciante inicia la conversación. —¿Es la brújula lo que desea? —pregunta con aplomo—. ¿La tea eléctrica? ¿La canoa neumática? Zazie tiembla de deseos y ansiedad, pues no está segura del todo de que el tipo tenga verdaderamente intenciones deshonestas. No se atreve a enunciar la palabra anglosajona que diría lo que ella quiere decir. Es el tipo quien la pronuncia. —¿Tendría usted unos bluejeans para la pequeña? —le pregunta al revendedor—. Eso es lo que te gustaría, ¿no? —Oh, sí —susurra Zazie. —¿Que si tengo bluejeans? —dice el mercachifle—. ¡Pues no faltaba más! Hasta tengo de esos que positivamente no se desgastan con el uso. —¡Hombre! —dice el tipo—. Piense que ella seguirá creciendo. El año que viene no se podrá poner ya esa prenda, y entonces, ¿qué se va a hacer con ella? —Será para el hermanito o la hermanita. —No tiene. —Dentro de un año, puede tenerlos (risa). —Pocas bromas con eso —dice el tipo con aire lúgubre—, que su madre acaba de morir. —¡Oh! Dispensen. Zazie mira un instante al sátiro con curiosidad, con interés incluso, pero son detalles a profundizar más tarde. Interiormente, patalea, no aguanta más y pregunta: —¿Tendría mi talla? —Claro que sí, señorita —contesta el feriante, versallesco. —¿Y cuánto vale? También es Zazie quien hace esta pregunta, Automáticamente. Porque es ahorrativa pero no avara. El otro le dice lo que vale. El tipo mueve la cabeza. No le parece demasiado caro. Por lo menos es lo que deduce Zazie de su comportamiento. —¿Podría probarlos? —pregunta ella. El vendedor se queda de un aire: se cree en chez Fior, esa pequeña mocosa. Sonríe con todos los dientes y dice: —No hace falta. Mire estos. Despliega la prenda y la suspende delante de ella. Zazie arruga la nariz. Hubiese querido probárselos. —¿No serán muy grandes? —vuelve a preguntar. —¡Mire! No le llegarán más abajo de la pantorrilla y fíjese que son tan estrechos que a duras penas podrá usted meterse dentro, señorita, a pesar de que es muy delgada, y no es un decir. Zazie tiene la garganta seca. Unos bluejeans. Así por las buenas. Para su primera salida parisiense. ¡Pues sería estupendo!... El tipo, de golpe, toma una expresión meditabunda. Se diría que ahora ya no piensa en lo que ocurre a su alrededor. El comerciante vuelve a la carga. —No se arrepentirá, vaya —insiste—, son muy sólidos, positivamente indesgastables.

—Ya le he dicho que me importa un comino que sean indesgastables —responde distraídamente el tipo. —Sin embargo, no es moco de pavo la duración —insiste el comerciante. —Pero —dice de repente el tipo—, de hecho, a propósito, tengo entendido, si lo comprendo bien, ¿proceden de los excedentes americanos, estos bluejeanses? —Natürlich —contesta el feriante. —Entonces, tal vez pueda explicarme esto: ¿había mocosos en el ejército de los «amerlós»? —Había de todo —responde el feriante, sin desconcertarse. El tipo no parece convencido. —Bueno, vaya —dice el revendedor, que no tiene ganas de fallar una venta a causa de la historia universal—, se necesita de todo para hacer una guerra. —Y esto —pregunta el tipo—, ¿cuánto vale? Son unas gafas para el sol. Se las pone. —Las regalo a todo comprador de bluejeans —dice el buhonero, que ya ve el negocio en el bolsillo. Zazie no está tan segura. Bueno, qué, ¿va a decidirse? ¿Qué espera? ¿Qué se cree? ¿Qué quiere? Seguramente es un mal bicho, no un asqueroso inofensivo, sino un verdadero mal bicho. Hay que desconfiar, hay que desconfiar, hay que desconfiar, bueno, pero, los bluejeans... Por fin, ya está. Los paga. La mercancía es envuelta y el tipo se pone el paquete bajo el brazo, bajo su brazo. Zazie, en su fuero interno, empieza a encalabrinarse de firme. ¿Conque todavía no se ha terminado el asunto? —Y ahora —dice el tipo—, vamos a tomar un piscolabis. Camina delante, seguro de sí mismo. Zazie le sigue, mirando el paquete de soslayo. Así llegan a un café-restaurante. Se sientan. El paquete es depositado sobre una silla, fuera del alcance de Zazie. —¿Qué quieres? —pregunta el tipo—. ¿Mejillones o patatas fritas? —Las dos cosas —responde Zazie, que se siente enloquecer de rabia. —Traiga mejillones para la pequeña —dice el tipo tranquilamente a la camarera—. Para mí, será un moscatel con dos terrones de azúcar. Esperando la comida, no se dicen nada. El tipo fuma apaciblemente. Servidos los mejillones, Zazie se les echa encima y se zambulle en la salsa, chapotea en el jugo, se embadurna. Los lamelibranquios que han resistido la cochura son extraídos de su concha con una ferocidad merovingia. Por poco la chiquilla no los masticaría dentro. Cuando lo ha liquidado todo, pues bien, no dice que no a las patatas fritas. Bueno, dice el tipo. Él saborea su mezcla a sorbitos, como si fuese chartreuse caliente. Traen las fritas. Están excepcionalmente hirvientes. Zazie, voraz, se quema los dedos, pero no la boca. Cuando todo está terminado, sorbe su cerveza con gaseosa de un tirón, emite tres pequeños eructos y se deja caer sobre su silla, agotada. Su rostro, por el cual pasaron sombras antropofágicas, se aclara. Piensa con satisfacción que todo eso lleva de adelantado. Luego se pregunta si no sería hora ya de decirle alguna cosa amable al tipo, pero, ¿qué? Tras un gran esfuerzo da con esto: —¡Pues no le echa usted tiempo a vaciar su vaso! Papá bebía diez como éste en el mismo tiempo. —¿Bebe mucho tu papá? —Es decir que bebía. Ha muerto.

—¿Estuviste muy triste cuando murió? —Que va (gesto). No tuve tiempo con todo lo que pasaba (silencio). —¿Qué pasaba? —Me tomaría otra caña, pero no con gaseosa, una verdadera caña de verdadera cerveza. El tipo la pide y además, una cucharilla para él. Quiere recuperar lo que queda de azúcar en el fondo del vaso. Mientras se entrega a esta operación, Zazie lame la espuma de su caña y luego contesta: —¿Lee usted los periódicos? —A veces. —¿Se acuerda de la modista de Saint-Montron que le partió el cráneo a su marido de un hachazo? Pues bien, era mamá. Y el marido, naturalmente, era papá. —¡Ah! —dice el tipo. —¿No lo recuerda? No parece muy seguro. Zazie está indignada. —Jolín, pues hizo bastante ruido. Mamá tenía un abogado venido de París ex profeso, uno célebre, uno que no habla como usted ni como yo, un imbécil, vamos. No quita que la hizo absolver, así (gesto), por las buenas. La gente hasta aplaudió a mamá y por poco la lleva en hombros. Ese día nos corrimos una juerga. Una cosa apenaba a mamá y es que el parisiense, el abogado, no se hacía pagar con rajas de salchichón. Fue glotón, el mal bicho. Suerte que Georges estaba ahí para echar una mano. —¿Quién era ese Georges? —Un tocinero. Muy guapo. El amante de mamá. Fue quién le entregó el hacha (silencio) para partir la leña (risita). Se sopla un traguito de cerveza, con distinción, casi levantando el meñique. —Y no es todo —añade—, yo, que usted me ve delante de usted, pues bien, declaré en el proceso, y es más, a puerta cerrada. El tipo no reacciona. —¿No me cree usted? —Claro que no. No es legal un hijo que declara en contra de sus padres. —Primero, de padres sólo quedaba uno, y segundo, usted no entiende nada de eso. No tiene más que ir a casa en Saint-Montron y le enseñaría un cuaderno donde pegué todos los artículos del periódico donde se habla de mí. Incluso Georges, mientras mamá estaba en chirona, por regalo de Navidad me abonó al Argos de la Prensa. ¿Conoce usted eso, el Argos de la Prensa? —No —dijo el tipo. —Lastimoso. Y así quiere discutir conmigo. —¿Por qué habrías de declarar a puerta cerrada? —Le interesa, ¿eh? —No especialmente. —Cuidado que es usted solapado. Y echa otra traguito de cerveza, con distinción, casi levantando el meñique. El tipo no se inmuta (silencio). —Vamos —acaba por decir Zazie—, no hay que poner la cara así. Se la voy a contar, mi historia. —Escucho.

—Ahí va. Tengo que decirle que mamá no podía sufrir a papá, y entonces papá, se había entristecido y se puso a tomar. La de litrazos que se tragaba. Entonces, cuando estaba en esos estados, había que andar con cuidado, pues hasta el gato hubiese pasado por él. Como en la canción. ¿La conoce? —Ya veo —dice el tipo. —Tanto mejor. Entonces continúo: un día, un domingo, yo volvía de ver un partido de fútbol entre el Estadio Sanctimontronés y el Estrella-Roja de Neuflize, en división de honor, casi nada. ¿Le gusta el deporte? —Si. El catch. Considerando la mediocre traza del buen hombre, Zazie se burla. —En la categoría espectadores —dice. —Es una broma muy gastada —replica el tipo fríamente. De rabia, Zazie vacía su caña y luego cierra el pico. —Vamos —dice el tipo—, no hay que poner obstáculos. Continúa tu historia. —¿Le interesa mi historia? —Sí. —Entonces, ¿hace un rato mentía? —Te digo que continúes. —No se ponga nervioso. Así estará más en condiciones de apreciarla, mi historia.

CAPÍTULO V El tipo se calló y Zazie reanudó su relato con estos términos: —Papá estaba, pues, solo en casa, solo y esperaba, no esperaba nada de especial, pero esperaba, y estaba solo, o, mejor dicho, se creía solo, espere, va usted a comprender. Vuelvo, pues (hay que decir que papá estaba ebrio, papá), y se pone a besarme, lo que era normal puesto que era mi papá, pero entonces se pone a acariciarme, y entonces yo digo ah no, porque sabía lo que buscaba el canalla, pero cuando le dije ah no eso jamás, él salta sobre la puerta y la cierra con llave y gira los ojos haciendo ja, ja, ja, exactamente como en el cine; era del demonio. Tú acabarás en la cazuela, declamaba, acabarás en la cazuela, hasta babeaba un poco cuando profería estas inmundas amenazas, y finalmente se me echó encima. No me costó mucho zafarme de él. Como iba cargadísimo, dio con las narices en el suelo. Se levanta. Y vuelve a correr detrás de mí, en fin, en resumen, una verdadera corrida. Hasta que acaba por atraparme. Y recomienza el sobeo. Pero en aquel momento, la puerta se abre despacito, porque tengo que decirle que a mamá le había dicho, salgo, voy a comprar espaguetis y costillas de cerdo, pero no era verdad, era para engañarle, y se había ocultado en el cuarto donde se hace la colada y donde había escondido el hacha, y volvía en silencio y naturalmente traía consigo su manojo de llaves. Avispada, ¿eh? —Eh, sí —dijo el tipo.

—Entonces, pues, abre la puerta despacio y entra muy tranquilamente; papá pensaba en otra cosa el pobre atolondrado, no prestaba atención, vaya, y así fue como tuvo el cráneo partido. Hay que reconocer que mamá tomó bien la medida. No era bonito de ver. Más bien asqueroso. Como para darme complejos. Y así es como fue absuelta. Por mucho que yo dije que era Georges quien le facilitó el hacha, no sirvió de nada, dijeron que cuando se tiene un marido que es un canalla de ese calibre, no se puede hacer otra cosa más que cargárselo. Ya se lo he dicho, hasta la felicitaron. El colmo, ¿no le parece? —La gente... —dice el tipo—... (gesto). —Después, se las tuvo conmigo, me dijo: maldita imbécil, ¿qué necesidad tenías de contar esa historia del hacha? Bueno, qué, le contesté, ¿no era verdad? Maldita imbécil, me repitió y quería sacudirme, en medio de la alegría general. Pero Georges la calmó y después estaba tan contenta de haber sido aplaudida por la gente que no conocía, que ya no podía pensar en otra cosa. Durante cierto tiempo, por lo menos. —¿Y después? —preguntó el tipo. —Bueno, pues después fue Georges quien se puso a rondarme. Entonces mamá dijo que no podía de todos modos matarles a todos, que ya empezaría a parecer raro, y entonces le puso de patitas en la calle y se privó de su fulano a causa de mí. ¿No está bien eso? ¿No es una buena madre? —Eso sí —dice el tipo, conciliador. —Sólo que, no hace mucho, ha encontrado otro y es lo que la ha traído a París, le va detrás, pero a mí para no dejarme sola víctima de todos los sátiros, y los hay, vaya si los hay, me ha confiado a mi tito Gabriel. Parece que con él no tengo nada que temer. —¿Y por qué? —Eso no lo sé. Llegué ayer y no he tenido aún tiempo de darme cuenta. —¿Y qué hace el tito Gabriel? —Es guarda de noche, no se levanta nunca antes de las doce o la una. —Y tú te has largado mientras roncaba aún. —Eso es. —¿Y dónde vives? —Por ahí (gesto). —¿Y por qué llorabas hace un rato en el banco? Zazie no contesta. Empieza a fastidiarle el tipo ese. —Te has perdido, ¿no? Zazie se encoge de hombros. No cabe duda de que es un mal bicho. —¿Sabrías decirme las señas del tito Gabriel? Zazie pronuncia grandes discursos con su vocecita interior: pero bueno, en qué me meto, qué se imagina, lo que le va a pasar no lo habrá probado. Bruscamente, se levanta, se apodera del paquete y escapa. Se mezcla con la muchedumbre entre la gente y los puestos, corre delante en zigzag y luego vira de golpe tan pronto a la derecha, tan pronto a la izquierda, corre y luego camina, se apresura y luego acorta el paso, reanuda el trote y da vueltas y revueltas. Estaba por empezar a reírse del buen hombre y de la cara que estaría poniendo, cuando comprendió que se mostraba contenta demasiado pronto. Alguien caminaba a su lado. Ninguna necesidad de alzar los ojos para saber que era el tipo, pero, no obstante, los levantó; no se sabe

nunca, tal vez era otro, pero no, era el mismo precisamente y no parecía tener el aire de encontrar que hubiese ocurrido nada anormal; andaba así, muy tranquilamente. Zazie no dijo nada. De soslayo, examinó los alrededores. Habían salido del tumulto, ahora se hallaban en una calle de mediana anchura frecuentada por buenas gentes con cara de tonto, padres de familia, jubilados, buenas mujeres que paseaban a sus chavales, un público bien, vaya. Está todo en su punto, se dijo Zazie con su vocecita interior. Tomó aliento y abrió la boca para lanzar su grito de guerra: «¡Al sátiro!» Pero el tipo no era del primer vuelo. Le arrancó furiosamente el paquete, y se puso a zarandearla profiriendo con energía las siguientes palabras: —¿No te da vergüenza, pequeña ladrona..., aprovecharte mientras yo estaba de espaldas...? Luego, dirigiéndose a los transeúntes que se agolpaban: —¡Ah! Buena gente, miren lo que ha querido robarme. Y agitó el paquete por encima de su cabeza. —Unos bluejeans —vociferó—. Unos bluejeans me ha querido robar, la mocosa. —¿No es una pena? —comenta una ama de casa. —Mala semilla —dice otra. —Porquería —dijo una tercera—. ¿Es que nunca se le ha enseñado a esta pequeña que la propiedad es sagrada? El tipo seguía sacudiendo a la chavala. —Dime, ¿y si te llevo a la comisaría? ¿Eh? ¿A la comisaría de policía? Irías a la cárcel. A la cárcel. Y pasarías por un tribunal de menores. Y acabarías en el correccional. Pues te condenarían. Condenada a lo máximo. Una dama de la alta sociedad que pasaba a la ventura por la esquina en dirección de los bibelots4 raros, se dignó pararse. Inquirió al populacho la causa de la algarada y cuando, no sin dificultad, hubo comprendido, quiso hacer un llamamiento a los sentimientos humanitarios que tal vez podían anidar en aquel singular individuo, cuyo bombín, negro bigote y gafas ahumadas no parecían impresionar a la plebe. —Caballero —le dijo—, tenga compasión de esta niña. Ella no es responsable de la mala educación que, tal vez, ha recibido. Sin duda el hambre la ha empujado a cometer esa fea acción, pero no hay que guardarle demasiado, digo bien «demasiado», rencor. ¿No ha tenido usted jamás hambre (silencio), caballero? —Yo, señora —respondió el tipo con amargura («En el cine no lo hacen mejor», se decía Zazie), yo... ¿haber tenido hambre? ¡Si soy un niño de la Beneficencia pública, señora!... El gentío se estremeció con un murmullo de compasión. El tipo, aprovechando el efecto producido, se abre paso a través de la multitud y arrastra consigo a Zazie, declamando a la manera trágica: «Ya veremos lo que dicen tus padres». Un poco más lejos se calló. Caminaron algunos instantes en silencio y, de golpe, el tipo dijo: —Toma, he olvidado el paraguas en la tasca. Se dirigía a sí mismo y todavía en voz baja, pero Zazie no tardó en sacar conclusiones de esta observación. No era un sátiro que se daba apariencias de falso policía, sino un auténtico poli que se daba apariencias de falso sátiro que se da apariencias de verdadero poli. Prueba de ello es que se había olvidado el paraguas. Pareciéndole incontestable este argumento, Zazie se preguntó si no seria una astucia sabrosa enfrentar a su tío con un policía, uno de veras. Así que, cuando el tipo ___________
4 Fruslerías (N. de M. Z.).

hubo declarado que aquello no era todo y le preguntó dónde vivía, ella le dio las señas sin titubear. La astucia era efectivamente sabrosa: cuando Gabriel, tras haber abierto la puerta y exclamar: «¡Zazie!», oyó que le decían jovialmente: «Tito, hay un poli que quiere hablar contigo», se apoyó en la pared y se puso verde. Es verdad que podía ser por la poca luz, pues aquella entrada era muy oscura, pero el tipo pareció no haber notado nada, y Gabriel le dijo: «Pase usted», con voz insegura. Entraron, pues, en el comedor y Marceline se echó encima de Zazie manifestando una gran alegría de ver a la niña. Gabriel le dijo: «Ofrece algo al señor», pero el otro les dio a entender que no quería ingurgitar nada; Gabriel, al contrario, pidió que le trajesen la botella de granadina. Por iniciativa propia, el tipo se sentó, mientras Gabriel se servía una buena dosis de jarabe adornado con un poco de agua fresca. —¿De verdad no quiere beber algo? —(Gesto.) Gabriel trasegó el reconfortante, puso el vaso sobre la mesa y aguardó, con la mirada fija; pero el tipo no tenía aires de querer hablar. Zazie y Marceline, de pie, les atisbaban. Esto hubiera podido durar mucho. Finalmente, Gabriel encontró algo para iniciar la conversación. —Entonces —dijo Gabriel—, entonces, ¿es usted de la policía? —En la vida —exclamó el otro, con tono cordial— no soy más que un pobre comerciante del Rastro. —No le creas —dijo Zazie—, es un pobre poli. —A ver si nos entendemos —dijo Gabriel blandamente. —La pequeña está de broma —dijo el tipo con sencillez—. Soy conocido por el nombre de Pedro-excedentes y puede usted verme en el Rastro los sábados, domingos y lunes, distribuyendo al público los menudos objetos que el ejército «amerloquino» dejó abandonados cuando la liberación del territorio. —¿Y los distribuye usted gratuitamente? —preguntó Gabriel, ligeramente interesado. —Está usted de broma —dijo el tipo—. Los cambio contra moneda fraccionaria (silencio). Salvo en el caso presente. —¿Qué quiere usted decir? —preguntó Gabriel. —Quiero decir sencillamente que la pequeña (gesto) me ha cogido unos bluejeans. —Si no es más que eso —dijo Gabriel—, ya se los devolverá. —El sinvergüenza —dijo Zazie —me los ha vuelto a quitar. —Entonces —dijo Gabriel al tipo—, ¿de qué se queja usted? —Me quejo, eso es todo. —Los bluejeans son míos —dijo Zazie—. Es él quien me los ha cogido. Sí. Y, además, es poli. No te fíes, tito Gabriel. Gabriel, nada tranquilizado, se echó otro vaso de granadina. —No está claro, todo eso —dijo—. Si es usted policía, no veo por qué chilla, y, si no lo es, no hay motivos para que me haga preguntas. —Dispense —dijo el tipo—, no soy yo quien hace preguntas, sino usted. —Eso es verdad —reconoció Gabriel. —Ya está —dijo Zazie—, va a dejarse llevar. —Tal vez me toca a mí ahora hacer preguntas —dijo el tipo. —No contestes más que en presencia de tu abogado —dijo Zazie.

—Déjame en paz —dijo Gabriel—. Sé lo que tengo que hacer. —Te hará decir todo lo que él quiera. —Me toma por un idiota —dijo Gabriel dirigiéndose al tipo con amabilidad—. Son los chavales de hoy día. —Y no hay respeto para los mayores —dijo el tipo. —Da asco oír memeces así —declara Zazie, que tiene su idea—. Prefiero marcharme. —Eso es —dice el tipo—. Si las personas del segundo sexo pudiesen retirarse un momento... —No faltaba más —sonrió Zazie. Al salir de la estancia, recogió discretamente el paquete olvidado por el tipo sobre una silla. —Les dejamos —dijo dulcemente Marceline largándose a su vez. Cierra suavemente la puerta tras de sí. —Entonces —dice el tipo— (silencio), ¿así es cómo vive usted de la prostitución de niñas? Gabriel hace ademán de erguirse en un gesto teatral de protesta, pero se encoge en seguida. —¿Yo, señor? —murmura. —¡Sí! —replica el tipo—. Sí, usted. ¡Acaso va usted a sostenerme lo contrario? —Si, señor. —¡Qué cara dura tiene usted! Delito flagrante. Esa pequeña hacía la carrera en el Rastro. Espero que, por lo menos, no la vende usted a los árabes. —Eso, nunca, señor. —Ni a los polacos. —Tampoco, señor. —¿Solamente a los franceses y a los turistas adinerados? —Solamente nada. La granadina comienza a hacer su efecto. Gabriel se iba recuperando. —Entonces, ¿niega usted? —preguntó el tipo. —¡Y de qué manera! El tipo sonríe diabólicamente, como en el cine. —Y dígame usted, buen mozo —susurra—, ¿cuál es su oficio o su profesión tras el cual o la cual oculta sus actividades delictivas? —Le repito que no tengo actividades delictivas. —No me venga con cuentos. ¿Profesión? —Artista, —¿Usted? ¿Un artista? La pequeña me dijo que era usted vigilante nocturno. —Ella no entiende de eso. Además, no siempre se dice la verdad a los niños. ¿No es cierto? —A mí, se le dice. —Pero no es usted un niño (sonrisa amable). ¿Una granadina? —(Gesto.) Gabriel se, sirve otro vaso de granadina. —Entonces —prosigue el tipo—, ¿qué género de artista? Gabriel baja modestamente los ojos. —Bailarina de cabaret —contesta.

CAPÍTULO VI —¿Qué se estarán contando? —preguntó Zazie, terminando de ponerse los bluejeans. —Hablan demasiado bajo —dijo dulcemente Marceline, con la oreja pegada a la puerta de la habitación—. No alcanzo a comprenderlo. Mentía dulcemente, la Marceline, pues oía perfectamente al tipo, que decía así: «¿Entonces es por eso, porque es usted un mariposón, que la madre le ha confiado a la niña?» Y Gabriel que respondía: «Pero si le digo que no lo soy. Bueno, hago mi número vestido de mujer en un local de maricas, pero eso no quiere decir nada. Lo hago sólo para hacer reír al público. Pero yo, personalmente, no lo soy. La prueba es que estoy casado». Zazie se miraba en el espejo y se le caía la baba de admiración. Lo que es caerle bien, los bluejeans le caían bien. Se pasó las manos por las nalguitas ceñidas a modo y perfección, y, sumamente satisfecha, exhaló un hondo suspiro. —¿De veras no oyes nada? —pregunta—. ¿Nada de nada? —No —responde dulcemente Marceline, mintiendo todavía, pues el tipo decía: «Eso no quiere decir nada. En todo caso, no negará usted que como la madre le considera un mariquita le ha confiado la niña». Y Gabriel tenía que reconocerlo. «Algo hay de eso, algo hay de eso», concedía. —¿Cómo me encuentras? —dijo Zazie—. ¿No queda mono? Marceline, dejando de escuchar, la contempló. —Las chicas se visten así, ahora —dijo dulcemente. —¿No te gusta? —Pues sí. Pero, dime, ¿estás segura de que el tío del paquete no dirá nada de que se lo hayas cogido? —¿No te digo que son míos? ¡La cara que pondrá cuando me los vea puestos! —¿Es que tienes intención de exhibirte antes de que se haya ido? —Digo —dijo Zazie—. No voy a quedarme aquí a enmohecerme. Cruzó la estancia para ir a pegar una oreja a la puerta. Oyó al tipo que decía: «¡Toma! ¿Dónde he dejado mi paquete?» —Oye, tita Marceline —dijo Zazie—. ¿Te burlas de mí o eres sorda de verdad? Se oye muy bien lo que dicen. —Bueno, ¿y qué se dicen? Renunciando de momento a profundizar la pregunta de la sordera eventual de su tía, Zazie pegó nuevamente su jeta en la madera de la puerta. El tipo decía así: «Ah, eso, habría que verlo, espero que la pequeña no me lo ha robado, mi paquete». Y Gabriel sugería: «Tal vez no lo traía consigo». «Sí —decía el tipo—, si la chavala me lo ha robado, habrá su poco de follón». —¡Lo que está rabiando! —dijo Zazie. —¿No se va? —preguntó dulcemente Marceline. —No —dijo Zazie—. Ahora se las toma con el tito, a propósito de ti. «Al fin y al cabo —decía el tipo—, tal vez es su señora quien me lo ha birlado, el paquete. Tal vez también ella tiene ganas de llevar bluejeans, su señora». «Esto sí que no, seguro», decía Gabriel. «¿Y usted qué sabe? —replicaba el tipo—. Tal vez le ha podido venir la idea con un marido que tiene maneras de "hormosesual"».

—¿Qué es un hormosesual? —preguntó Zazie. —Es un hombre que se pone bluejeans —dijo dulcemente Marceline. —Vaya bromas me estás diciendo —dijo Zazie. —Gabriel debería ponerle en la calle —dijo dulcemente Marceline. —Muy buena idea —dijo Zarie. Luego, recelosa: —¿Sería capaz de hacerlo? —Vas a ver. —Espera, entraré primero yo. Abrió la puerta y con voz fuerte y clara pronunció las siguientes palabras: —Mira, tito Gabriel, ¿qué te parecen mis bluejeans? —¿Quieres quitarte eso en seguida —exclamó Gabriel espantado—, y devolverlos al señor? —Devolverlos, mis narices —declaró Zazie—. No hay motivos. Son míos. —No estoy muy seguro —dijo Gabriel, fastidiado. —Sí —dijo el tipo—, quítate eso y al trote. —Échale ya a la calle —dijo Zazie a Gabriel. —¡Qué cosas tienes! —dijo Gabriel—. Me adviertes que es poli y luego quieres que le sacuda. —No porque sea un policía hay que tenerle miedo —dijo Zazie en tono grandilocuente—. Es un asqueroso que me ha hecho proposiciones sucias; así que iremos ante los jueces por muy poli que sea, y los jueces, yo los conozco, quieren a las niñas, y entonces el policía asqueroso será condenado a muerte y guillotinado, y yo iré a recoger su cabeza en la cesta de salvado y le escupiré en la sucia jeta, ¡hala! Gabriel cerró los ojos estremeciéndose al evocar esas atrocidades. Se volvió hacia el tipo: —¿Lo ha oído? —le dijo—. ¿Ha reflexionado bien? Es terrible, ¿sabe usted?, los niños. —Tito Gabriel —exclamó Zazie—, te juro que los bluejeanses son míos. Tienes que defenderme, tito Gabriel. Tienes que defenderme. ¿Qué dirá mi mamita si se entera de que me dejas insultar por un tipo como ése? «Jolín —añadió para sí con su vocecita interior—; soy tan buena como Michéle Morgan en La dama de las camelias.» Efectivamente, conmovido por el patetismo de aquella invocación, Gabriel manifestó su embarazo en estos términos comedidos que pronunció a «metzavoche» y, por decirlo así, casi «in petto»: —De todos modos, es un fastidio cargarse a una autoridad. El tipo se carcajea. —¡Qué mala uva tiene usted! —dijo Gabriel, enrojeciendo. —Pero, vamos, ¿no ve usted todo lo que le cuelga? —dijo el tipo con aire cada vez más malévolamente mefistofélico—. Proxenitismo, rapto, enoísmo, hipospadía balánica, hormosesualidad, todo esto ronda bien los diez años de trabajos forzados. Luego se vuelve hacia Marceline: —¿Y la señora? Nos gustaría también tener algunos informes sobre la señora. —¿Cuáles? —preguntó dulcemente Marceline. —No debes hablar más que en presencia de tu abogado —dijo Zazie—. El tito no ha querido escucharme, y ya ves lo jorobado que está ahora. —¿Vas a callarte? —dijo el tipo a Zazie—. Sí, ¿la señora podría decirme qué profesión ejerce? —Sus labores —responde Gabriel con ferocidad.

—¿Y en qué consisten? —pregunta irónicamente el tipo. Gabriel se vuelve hacia Zazie y le guiña el ojo para que la pequeña se prepare a saborear lo que va a seguir. —¿En qué consisten? —dice anafóricamente—. Por ejemplo, en vaciar la basura. Agarra al tipo por el cuello de la chaqueta, le saca al rellano y le proyecta hacia las regiones inferiores. Esto produce ruido: un ruido acolchado. El sombrero sigue el mismo camino. Hace menos ruido, aunque sea un bombín. —¡Formidable! —exclamó Zazie entusiasmada mientras el tipo se incorporaba abajo y volvía a poner en su sitio bigote y gafas negras. —¿Qué va a ser? —le preguntó Turandot. —Un estimulante —respondió el tipo. —Es que hay un montón de marcas. —Me da igual. Fue a sentarse en el fondo. —¿Qué podría darle? —rumió Turandot—. ¿Un Fernet-branca? —No es bebestible —dijo Charles. —A lo mejor no lo has catado nunca. No es tan malo como eso y es estupendo para el estómago. Tendrías que probarlo. —Tráeme un culín —dijo Charles, conciliador, Turandot le sirve generosamente. Charles moja los labios, emite un ruidito de chapoteo, repite la cosa, saborea pensativamente moviendo los labios, traga el sorbo y pasa a otro, —¿Entonces...? —pregunta Turandot. —No es manco. —¿Un poco más? Turandot llena de nuevo el vaso y deja la botella en el anaquel. Rebusca y descubre otra cosa. —También hay aguanafa —dice. —Está pasada de moda. Hoy en día lo que haría falta es agua atómica. Esta evocación de la historia universal hace troncharse a todo el mundo. —Vaya —exclama Gabriel, entrando en la tasca a todo vapor—, vaya, no os aburrís en el establecimiento. No es como yo. ¡Qué caso! Sírveme una granadina a modo, poca agua, necesito un estimulante. Si supierais lo que me acaba de pasar. —Ya nos lo contarás luego —dice Turandot, algo apurado. —¡Toma! Hola, tú —dice Gabriel a Charles—. ¿Te quedas a comer con nosotros? —¿No estaba convenido? —Te lo recuerdo, sencillamente. —No hay por qué recordármelo. No lo había olvidado. —Entonces digamos que te confirmo mi invitación. —No hay por qué confirmármela, puesto que estaba de acuerdo. —Entonces te quedas a comer con nosotros —concluyó Gabriel, que quería decir la última palabra. —Hablas, hablas —dijo Laverdure—, es todo lo que sabes hacer. —Bebe ya —dice Turandot a Gabriel. Gabriel sigue el consejo.

—(Suspiro.) ¡Qué caso! ¿Habéis visto volver a Zazie con un tipo? —Síii —murmuraron Turandot y Mado Piececitos con discreción. —Yo he llegado después —dijo Charles. —Al grano —dijo Gabriel—, ¿no le habéis visto volver a pasar, al mozo? —¿Sabes? —dijo Turandot—. No he tenido tiempo de verle bien; así que no estoy muy seguro de reconocerle, pero tal vez sea el tipo que está sentado detrás de ti, al fondo. Gabriel se volvió. El tipo estaba allí sentado en una silla, esperando pacientemente su estimulante. —Caramba con eso —dijo Turandot—, es verdad, dispense, le tenía olvidado. —No hay de qué —dijo cortésmente el tipo. —¿Qué diría usted de un Fernet-branca? —Si me lo aconseja usted... —Serán dos Fernet-branca —dijo Charles recogiendo a su compañero al pasar. —Dos Fernet-branca, dos —responde maquinalmente Turandot. Puesto nervioso por los acontecimientos, no logra llenar los vasos, la mano le tiembla, derrama a los lados charquitos oscuros que emiten seudópodos que van ensuciando el mostrador que, desde la ocupación, es de madera. —Tráigame eso —dice Mado Piececitos arrancando la botella de manos del emocionado dueño. Turandot se enjuga la frente. El tipo sorbe apaciblemente el estimulante que finalmente le han servido. Pellizcando la nariz de Gabriel, Charles le echa el líquido entre los dientes, que gotea por las comisuras labiales. Gabriel se sacude. —Vamos, hombre —le dice Charles afectuosamente. —Es un adefesio —observa el tipo acicalado. —No diga eso —dice Turandot—. Ha dado sus pruebas. Durante la guerra. —¿Qué ha hecho? —pregunta el otro con negligencia. —El «eseteó» —responde el tabernero sirviendo otra ronda de Fernet. —¡Ah! —dice el tipo con indiferencia. —Tal vez no se acuerde usted —dice Turandot—. Lo de prisa que se olvida, caramba. El trabajo obligatorio. En Alemania. ¿No se acuerda? —Eso no demuestra forzosamente ser robusto —observa el tipo. —Y las bombas —dice Turandot—. ¿Las ha olvidado usted, las bombas? —¿Y qué hacía él con las bombas, su hombre fuerte? ¿Las recibía en los brazos antes de que estallasen? —No tiene gracia su chiste —dice Charles, que comienza a ponerse nervioso. —No os disputéis —murmura Gabriel, que recobra contacto con el paisaje. Con paso un poco demasiado vacilante para ser verdadero, va a desplomarse ante una mesa que por casualidad es la del tipo, Gabriel saca un trapito malva de su bolsillo y se frota la cara con él, perfumando la tasca de ámbar lunar y de almizcle plateado. —¡Puf! —dice el tipo—. Su lencería apesta. —¡No empezará usted a fastidiarse otra vez! —pregunta Gabriel adoptando un aire dolorido—. Sin embargo, este perfume es de chez Fior. —Hay que comprender a la gente —le dice Charles—. Hay bribones que no gustan de lo refinado.

—Refinado, me da usted risa —dice el tipo—. Esto lo han refinado en una refinería de caca, eso es. —No sabe usted qué bien dice —exclamó Gabriel gozosamente—. Parece ser que hay una gota de ella en los productos de las mejores firmas. —¿Hasta en el agua de Colonia? —pregunta Turandot, que se acerca tímidamente a ese selecto grupo. —Qué torpe eres, caramba, tú también —dice Charles—. ¿No ves que Gabriel repite cualquier burrada sin comprenderla? Basta que la haya oído una vez. —Hace falta oírlas para repetirlas —replica Gabriel—. ¿Has sido capaz de decir una burrada alguna vez inventada por ti? —No hay que exagerar —dice el tipo. —Exagerar, ¿qué? —pregunta Charles. El tipo no se pone nervioso. —¿Usted no dice nunca burradas? —pregunta insidiosamente. —Se las reserva para él solo —dice Charles a los otros dos—. Es un presuntuoso. —Todo eso —dice Turandot— no está claro. —¿Cómo hemos empezado? —pregunta Gabriel. —Yo te decía que no eres capaz de encontrar solo todas las burradas que puedes decir —dice Charles. —¿Qué burradas he dicho? —Ya no lo sé. Sueltas tantas... —Entonces, en ese caso, no te costaría mucho citar alguna. —Yo —dice Turandot, que estaba ya despistado— os dejo con vuestras disertaciones. Viene gente. Los comedores de mediodía llegaban, algunos con su tartera. Se oyó a Laverdure lanzar su «hablas, hablas, es todo lo que saber hacer». —Sí —dijo Gabriel pensativamente—, ¿de qué hablábamos? —De nada —respondió el tipo—. De nada. Gabriel le miró con aire de asco. —Entonces —dijo—, entonces, ¿qué hago aquí? —Has venido a buscarme —dijo Charles—. ¿Te acuerdas? Como en tu casa y después llevamos la pequeña a la torre Eiffel. —Entonces, andando. Gabriel se levantó y, seguido por Charles, se fue, sin saludar al tipo. El tipo llamó (gesto) a Mado Piececitos. —Ya que estoy aquí —dijo—, me quedo a comer. En la escalera, Gabriel se detuvo para preguntar al amiguete Charles: —¿No crees que hubiera sido cortés invitarle?

CAPÍTULO VII

Gridoux almorzaba en la tienda, lo que le evitaba perder un cliente, si éste se presentaba; aunque a tal hora nunca ocurría. Almorzar allí mismo presentaba, pues, una doble ventaja, puesto que como ningún cliente aparecía a esa hora, Gridoux podía zampar con toda tranquilidad. El alimento era en general un plato de picadillo parmentier humeante que Mado Piececitos le traía hacia la una. —Creí que hoy serían callos —dijo Gridoux agachándose para alcanzar su litro de tinto escondido en un rincón. Mado Piececitos se encogió de hombros. ¿Callos? ¡Mito! Y Gridoux lo sabía bien. —¿Y el tipo? —preguntó Gridoux—. ¿Qué dice? —Está terminando de tragar. No habla. —¿No hace preguntas? —Nada. —¿Y Turandot tampoco habla? —No se atreve. —No es curioso. —No es que no sea curioso, es que no se atreve. —¡Vaya! Gridoux se puso a atacar su picadillo, cuya temperatura había descendido hasta un grado razonable. —¿Y después? —preguntó Mado Piececitos—. ¿Qué va a ser? ¿Brie? ¿Camembert? —¿Está bien el Brie? —Psé... —Entonces, del otro. Al alejarse Mado Piececitos, Gridoux le preguntó: —¿Y él? ¿Qué ha tragado? —Como usted. Exactamente. Corrió para salvar los diez metros que separaban el puesto de La Cave. Contestaría más extensamente dentro de un rato. Gridoux juzgaba, en efecto, claramente insuficiente el informe proporcionado, pero parece nutrir con él su meditación hasta la presentación de un queso moroso por la sirvienta que vuelve. —Entonces... —preguntó Gridoux—. ¿Y el tipo? —Termina su café. —¿Y qué cuenta? —Nada todavía. —¿Ha comido bien? ¿Tiene buen apetito? —Parece que sí. —¿Qué ha tomado, para empezar? ¿La hermosa sardina o la ensalada de tomates? —Como usted, ya se lo he dicho, exactamente como usted. No ha tomado nada para empezar. —¿Y de bebida? —Tinto. —¿Un cuartillo? ¿Media botella? —Media. La ha vaciado. —¡Ah, ah! —dijo Gridoux, notoriamente interesado.

Antes de atacar el queso, con un hábil movimiento de succión hizo desaparecer filamentos de buey empotrados en varios sitios entre su dentadura. —¿Y en cuestión del baño? —volvió a preguntar—. ¿No ha ido al baño? —No. —¿Ni siquiera para mear? —No. —¿Ni siquiera para lavarse las manos? —No. —¿Qué cara pone ahora? —Ninguna. Gridoux ataca una amplia rebanada de queso que ha preparado metódicamente, rechazando la costra hacia la extremidad más alejada y reservando así lo mejor para el final. Mado Piececitos le contempla, con aire distraído, sin ninguna prisa ahora, y eso que el servicio no ha terminado y hay clientes que deben estar pidiendo la cuenta; el tipo de marras, por ejemplo. Se apoyó contra la pared y aprovechando que Gridoux no podía discurrir porque estaba comiendo, abordó sus problemas personales. —Es un sujeto serio —dice—. Un hombre que tiene oficio. Un buen oficio, pues el taxi es bueno, ¿verdad? —(Gesto.) —Ni demasiado viejo ni demasiado joven. Buena salud. Robusto. Seguramente con ahorros. Charles lo tiene todo a su favor. No hay más que una cosa: es demasiado romántico. —Sí, ya — reconoció Gridoux entre dos degluciones. —Lo que llega a irritarme cuando le veo abrir la correspondencia de una sonsera para mujeres. ¿Cómo es posible que crea, le digo yo, cómo puede usted creer que encontrará ahí dentro el pájaro soñado? Si el pájaro estuviese tan bien como eso, sabría hacerse desanidar solo, ¿verdad? —(Gesto.) Gridoux está en su última deglución. Ha terminado la rebanada, sorbe pausadamente un vaso de vino y deja la botella en el rincón. —¿Y Charles? —pregunta—. ¿Qué contesta a eso? —Contesta en broma, como: ¿y tu pájaro, te lo has hecho desanidar a menudo? Burlas, vaya (suspiro). No quiere comprenderme. —Tienes que declararte. —Ya lo he pensado, pero la cosa no se presenta nunca bien. Por ejemplo, alguna vez le encuentro por la escalera. Pero en esos momentos no puedo hablarle como debería. Tendría que invitarle una noche a cenar. ¿Cree usted que aceptaría? —En todo caso, no sería amable de su parte rehusar. —Precisamente, Charles no es siempre amable. Gridoux denegó con la cabeza. En el umbral, el dueño gritaba: —¡Mado! —¡Ya voy! —respondió ella con la fuerza necesaria para que sus palabras hendiesen el aire con la velocidad y la intensidad deseadas—. En todo caso —añadió para Gridoux en tono más moderado—, lo que pregunto es qué tendría mejor que yo, según su idea, la tipa que encontrase en los anuncios del periódico: ¿el chisme de oro, o qué? Un nuevo alarido de Turandot no le permitió emitir otra hipótesis. Se lleva el cubierto y Gridoux vuelve a encontrarse solo con sus zapatos y la calle. No reanuda su trabajo en seguida.

Enrolla lentamente uno de sus cinco cigarrillos del día y se pone a fumar pausadamente. Hasta podría decirse, por su aspecto, que reflexiona acerca de algo. Cuando el cigarrillo está casi consumido, apaga la colilla y la coloca cuidadosamente en una cajita de pastillas Valda, costumbre adquirida durante la ocupación. Después alguien le pregunta: «¿Tiene un cordón para los zapatos, que el mío acaba de romperse?» Gridoux alza los ojos y, lo hubiera apostado, es el tipo, quien continúa como sigue: —No hay nada más fastidioso, ¿verdad? —No lo sé —responde Gridoux. —Los necesito amarillos. Castaño, si lo prefiere, pero no negros. —Voy a ver lo que tengo —dice Gridoux—. No le garantizo que tenga de todos los colores que usted me pide. No se mueve y se limita a mirar a su interlocutor. Éste finge no advertirlo. —De todos modos no los quiero irisados. —¿Cómo dice? —Color arcoiris. —Esos, de momento no los tengo. Y de los demás colores, tampoco me quedan. —Y en esa caja, ¿no hay cordones para los zapatos? —Oiga, no me gusta que husmeen así en mi casa —gruñe Gridoux. —No va usted a negarse, de todos modos, a vender un cordón para los zapatos a un hombre que lo necesita. Sería tanto como rehusar un trozo de pan a un hambriento. —Está bien, no trate de enternecerme. —¿Y un par de zapatos? ¿Se negaría a vender un par de zapatos? —¡Ah, ahí mete usted la pata! —exclamó Gridoux. —¿Por qué? —Soy zapatero, no vendedor de calzado. Ne sutor ultra crepidam, como decían los antiguos, ¿Comprende usted el latín, acaso? Usque non ascendam anch'io son pittore adiós amigos amén y basta. Pero, claro, no puede usted apreciar eso; no es usted cura, es poli. —¿De dónde ha sacado usted eso, me hace el favor? —Poli o sátiro. El tipo alzó tranquilamente los hombros y dijo sin convicción ni amargura: —Insultos, eso es lo que se saca como agradecimiento cuando se devuelve una niña perdida a sus parientes. Insultos. Y, tras un hondo suspiro, agrega: —Pero ¡vaya parientes! Gridoux despegó sus nalgas de sobre la silla para preguntar con aire amenazador: —¿Y qué tienen de malo, sus parientes? ¿Qué tiene usted que decir de ellos? —¡Oh! Nada (sonrisa). —Dígalo ya. —El tito es marica. —No es verdad —gritó Gridoux—, no es verdad, le prohíbo que diga eso. —No tiene usted nada que prohibirme, amigo mío, no tengo órdenes que recibir de usted. —Gabriel —profirió Gridoux solemnemente— es un honrado ciudadano, un honorable ciudadano. Por lo demás, todo el mundo le quiere en el barrio. —Una seductora.

—Me está usted fastidiando ya con sus aires de superioridad. Le repito que Gabriel no es marica, está claro, ¿sí o no? —Demuéstremelo —dice el otro. —No es difícil —respondió Gridoux—. Está casado. —Eso no prueba nada —dice el otro—. Vea, Enrique III, por ejemplo, estaba casado. —¿Con quién? (sonrisa). —Louise de Vaudémont. Gridoux se ríe. —Se sabría si la buena mujer hubiese sido reina de Francia. —Se sabe. —¿Lo ha oído en la televisión? (mueca). ¿Acaso se cree todo lo que cuentan? —No quita que eso está en todos los libros. —¿Hasta en la guía telefónica? El tipo no supo qué responder. —¿Lo ve usted? —concluyó Gridoux bondadosamente. Y agregó estas palabras aladas—: Créame, no hay que juzgar a la gente demasiado de prisa. Gabriel baila en un local de pederastas disfrazado de sevillana. Conforme. Pero esto ¿qué prueba, dígame, qué prueba? Ande, tráigame su zapato, le pondré un cordón. El tipo se descalzó y, en espera de que la operación de recambio se hubiese terminado, se quedó a la pata coja. —Eso no demuestra nada —continuaba Gridoux—, a no ser que divierte a la gente. Un coloso vestido de torero hace sonreír, pero un coloso vestido de sevillana, eso sí que hace troncharse a la gente. Por lo demás, no es todo, pues baila también La muerte del cisne, como en la ópera. En tutu. Ahí ya es que la gente se carcajea. Me hablará usted de la tontería humana, de acuerdo, pero, al fin y al cabo, es un oficio como otro, ¿no es verdad? —¡Vaya oficio! —se limitó a decir el tipo. —¡Vaya oficio! ¡Vaya oficio! —replicó Gridoux, remedándole—. Y usted, ¿está orgulloso de su oficio? El tipo no respondió. (Doble silencio.) —Bueno, ahí tiene su zapato, con su cordón nuevo. —¿Cuánto le debo? —Nada —dijo Gridoux. Y añadió: —De todos modos, no es usted muy hablador. —Es injusto decirme esto; he sido yo quien ha venido a encontrarle. —Sí, pero no contesta a las preguntas que se le hacen. —¿Cuáles, por ejemplo? —¿Le gustan las espinacas? —Con trocitos de pan tostado las soporto, pero no haría locuras por ellas. Gridoux se quedó pensativo un instante; luego soltó una retahíla de tacos proferidos en voz baja. —¿Qué pasa? —preguntó el tipo. —Daría cualquier cosa por saber lo que ha venido usted a hacer en el barrio. —He venido a devolver una niña perdida a sus parientes.

—Acabará por hacérmelo creer. —Y eso me ha causado bastantes molestias. —¡Oh! —dijo Gridoux—. No muy graves. —No hablo de la historia con el rey de la seguidilla y de la princesa de los bluejeans (silencio). Hay algo peor. El tipo había acabado de calzarse el zapato. —Hay algo peor —repitió. —¿Qué? —preguntó Gridoux impresionado. —He devuelto la pequeña a sus parientes, pero yo me he perdido. —¡Oh! Eso no es nada —dijo Gridoux, tranquilizado—. Dobla usted por la calle de la izquierda y encuentra el «metro» un poco más abajo; no es difícil, como ve usted. —No se trata de eso. Soy yo, yo, que he perdido. —No comprendo —dijo Gridoux, otra vez inquieto. —Hágame preguntas, hágame preguntas, y lo comprenderá. —Pero si usted no las contesta, las preguntas. —¡Qué injusticia! ¡Como si no hubiese contestado a lo de las espinacas! Gridoux se rascó la cabeza. —Bueno, por ejemplo... Pero no pudo continuar. Estaba turbado. —Diga —insistía el tipo—, diga algo. (Silencio.) Gridoux baja los ojos. El tipo acude en su ayuda. —¿Quiere saber mi nombre, por ejemplo? —Sí —dijo Gridoux—, eso es, su nombre. —Bueno, pues no lo sé. Gridoux levantó los ojos. —Tiene gracia, eso —dijo. —Pues no, no lo sé. —¿Cómo es eso? —¿Cómo es eso? Así. No me lo he aprendido de memoria. (Silencio.) —Usted me está tomando el pelo —dijo Gridoux. —¿Por qué lo dice? —¿Acaso hay necesidad de aprenderse el nombre de memoria? —Usted —dijo el tipo—, ¿cómo se llama usted? —Gridoux —contestó Gridoux francamente. —¿Ve cómo se sabe de memoria su nombre de Gridoux? —Pues es verdad —murmuró Gridoux. —Pues lo peor de mi caso —continuó el tipo— es que no sé si antes tenía uno. —¿Un apellido? —Un apellido. —Es imposible —murmuró Gridoux, abrumado. —Es posible, es posible. ¿Qué quiere decir «posible», cuando es? —Entonces... ¿Así que usted jamás ha tenido apellido? —Eso parece.

—¿Y no le ha causado molestias? —No muchas. (Silencio.) El tipo repitió: —No muchas. (Silencio.) —Y su edad —preguntó bruscamente Gridoux—. Tal vez tampoco la sabe, su edad. —No —dijo el tipo—. Claro que no. Gridoux examinó atentamente la cara de su interlocutor. —Tendrá usted sobre los... Pero se interrumpió. —Es difícil decirlo —murmuró. —¿Verdad? Entonces, cuando me pregunta sobre mi oficio, comprenderá que no es por mala voluntad que no le conteste. —Claro —asintió Gridoux, angustiado. Un ruido de motor cascado hizo volverse al tipo. Pasó un viejo taxi, con Gabriel y Zazie a bordo. —Se van de paseo —dijo el tipo. Gridoux no hizo ningún comentario. Le gustaría que el otro se fuese también a paseo. —No me queda más que darle las gracias —continuó el tipo. —No hay de qué —dijo Gridoux. —¿Y el «metro»? Entonces, ¿lo encontraré por ahí? (gesto). —Eso es. Por ahí. —Es una información útil —dijo el tipo—. Sobre todo cuando hay huelga. —Por lo menos podrá consultar el plano —dijo Gridoux. Se puso a darle muy fuerte a una suela, y el tipo se fue.

CAPÍTULO VIII —¡Ah, París! —exclamó Gabriel con entusiasmo glotón—. Toma, Zazie —añadió bruscamente indicando algo muy distante—. ¡Mira! ¡El «metro»! —¿El «metro»? —dijo ella. Y frunció las cejas. —El aéreo, claro —dijo Gabriel bobamente. Antes de que Zazie hubiese tenido tiempo de protestar, volvió a exclamar: —¡Y aquello! ¡Allá! ¡Mira! ¡El Panteón! —No es el Panteón —dijo Charles—. Es los Inválidos. —Ya empezamos otra vez —dijo Zazie. —Pero es que —gritó Gabriel—, ¿acaso no es el Panteón? —No, es los Inválidos —respondió Charles. Gabriel se volvió hacia él y le miró en el blanco de los ojos: —¿Estás seguro? —le pregunta—. ¿Tan seguro estás? Charles no respondió.

—¿De qué estás absolutamente seguro? —insistió Gabriel. —Ya lo tengo —aúlla entonces Charles—, el tinglado ese no es los Inválidos, es el Sacré-Coeur. —Y tú —dice Gabriel jovialmente—, ¿no serás por un casual el condenado bobo? —Los bromistas chistosos de vuestra edad —dijo Zazie— me dan pena. Miraron entonces en silencio el panorama y luego Zazie examinó lo que ocurría unos trescientos metros más abajo siguiendo la plomada. —No es tan alta como eso —observó Zazie. —De todos modos, apenas si se distinguen las gentes —dijo. —Sí —dijo Gabriel olfateando—, se les ve poco, pero a pesar de todo se les siente. —Menos que en el «metro» —dijo Charles. —¡Pero si no lo coges nunca! —dijo Gabriel—. Yo tampoco, por lo demás. Deseosa de soslayar aquel penoso tema, Zazie dijo a su tío: —No miras. Asómate, es divertidísimo. Gabriel hizo una tentativa para echar un vistazo a las profundidades. —Caray —dice retrocediendo—, me da vértigo. Se enjugó la frente y perfumó el lugar. —Yo —añade— me bajo. Si todavía no os basta, os aguardo en la planta baja. Se marcha antes de que Zazie y Charles hayan tenido tiempo de retenerle. —Hacía sus buenos veinte años que no había subido —dijo Charles—. Y eso que he traído a mucha gente. A Zazie le importa un bledo. —No se ríe usted muy a menudo, que digamos —le dice—. ¿Qué edad tiene usted? —¿Qué edad me echas? —Pues, no es usted joven: treinta años. —Y quince más. —Bueno, pues entonces no tiene usted el aspecto demasiado viejo. ¿Y tito Gabriel? —Treinta y dos. —Bueno, pues él parece más. —Sobre todo no se lo digas, que se pondría a llorar. —¿Por qué? ¿Porque practica la hormosesualidad? —¿De dónde has sacado eso? —El tipo se lo decía a tito Gabriel, el tipo que me ha traído a casa. Decía el tipo que se puede ir a la cárcel por eso, por la hormosesualidad. ¿Eso qué es? —No es verdad. —Sí, es verdad que lo ha dicho —replicó Zazie, indignada que pueda ponerse en duda una sola de sus palabras. —No es eso lo que quiero decir. Quiero decir que, respecto a Gabriel, no es verdad lo que decía el tipo. —¿Qué es hormosesual? Pero eso, ¿qué quiere decir? ¿Que se pone perfumes? —Eso es. Lo has comprendido. —No es como para ir a la cárcel. —Claro que no. Meditaron un instante en silencio mirando el Sacre Coeur. —¿Y usted? —preguntó Zazie—. ¿Lo es usted, hormosesual?

—¿Es que tengo pinta de marica?5 —No, puesto que es usted chofer. —Entonces, ya ves. —No veo nada. —No voy a hacerte un dibujo. —¿Dibuja usted bien? Charles se volvió hacia otro lado y quedó absorto en la contemplación de las agujas de Santa Clotilde, obra de Gau y Ballu, y luego propuso: —¿Y si bajáramos? —Dígame —preguntó Zazie sin moverse—, ¿por qué no está usted casado? —Es la vida. —¿Por qué no se casa usted? —No he encontrado a nadie de mi gusto. Zazie silbó de admiración. —Pues no es usted poco «snob» —dice. —Es así. Pero, dime, tú, cuando seas mayor, ¿crees que habrá muchos hombres con los que querrás casarte? —Un momento —dijo Zazie—. ¿De qué estamos hablando? ¿De hombres o de mujeres? —Se trata de mujeres para mí y de hombres para ti. —No se puede comparar —dijo Zazie. —No te equivocas. —Usted es un caso—dijo Zazie—. No sabe nunca bien lo que piensa. Debe ser agotador. ¿Por esto se pone serio tan a menudo? Charles se digna sonreír. —Y yo —dice Zazie—, ¿le gustaría? —Eres una chiquilla. —Hay chicas que se casan a los quince años, hasta a los catorce. Hay hombres que les gusta eso. —Entonces, ¿yo, te gustaría? —Claro que no —respondió Zazie con sencillez. Tras haber saboreado esta verdad primera, Charles volvió a tomar la palabra en estos términos: —Tienes ideas extrañas, ¿sabes?, para tu edad. —Eso es verdad, y hasta me pregunto de dónde las saco. —No soy yo quien podría decírtelo. —¿Por qué se dicen unas cosas y no otras? —Si no se dijese lo que se tiene que decir, no nos comprenderíamos. —Y usted, ¿dice siempre lo que tiene que decir para hacerse comprender? —(Gesto.) —De todos modos, no se tiene obligación de decir lo que se dice, y se podrían decir otras cosas. —(Gesto.) ___________
5 Juego de palabras intraducible. En el original, pédale (pedal y, también, marica); de ahí la réplica siguiente (N. del T.).

—¡Contésteme de una vez! —Me fatigas las meninges. Esas no son preguntas. —Sí, son preguntas. Sólo que son preguntas que no sabe usted contestar. —Creo que todavía no estoy preparado para casarme —dijo Charles pensativamente. —¡Oh! —dijo Zazie—. No todas las mujeres hacen preguntas como yo. —Todas las mujeres, fíjate, todas las mujeres. ¡Si no eres más que una chiquilla! —¡Oh! Perdón. Ya estoy formada. —Ya está bien. Nada de indecencias. —Eso no tiene nada de indecente. Es la vida, —Vaya con la vida. Se tiraba del bigote, observando, moroso, nuevamente, el Sacré-Coeur. —La vida —dijo Zazie—, debe usted conocerla. Parece ser que en su oficio se ven de todos colores. —¿De dónde has sacado eso? Periódico diario, semanario —Lo he leído en el Sanctomontronés del domingo, un semanario al día, aunque sea para provincias, donde hay amores célebres, astrología y todo; bueno, pues ponían que los chóferes de taxi las ven bajo todos los aspectos y de todo género, eso de la sesualidad. Empezando por las clientes que quieren pagar en especies. ¿Le ha ocurrido a menudo? —¡Oh! Ya está bien. —Es todo lo que sabe usted decir: «Ya está bien, ya está bien». Debe ser usted un inhibido. —Cuidado, eres exasperante. —Ande, no se enfade; será mejor que me cuente sus complejos. —Lo que tiene uno que oír. —Las mujeres le dan miedo, ¿no? —Yo bajo. Porque tengo vértigo. No de eso (gesto), sino de una muchacha como tú. Se aleja y al rato reaparece a algunos metros tan sólo sobre el nivel del mar. Gabriel, con la mirada mortecina, aguardaba, las manos puestas sobre sus rodillas ampliamente apartadas. Al ver a Charles sin la sobrina, pega un brinco y su cara adquiere un tinte verde ansioso. —No habrás hecho eso, espero —exclama. —La habrías oído caer —responde Charles, que se sienta, abrumado. —Eso no sería nada. Pero dejarla sola... —La recogerás a la salida. No echará a volar. —Sí pero de aquí a que llegue, lo que puede ocasionarme como fastidios (suspiro). Si hubiese sabido... Charles no reacciona. Gabriel mira entonces a la torre, atenta y largamente, y luego comenta: —Me pregunto por qué representan a la ciudad de París como una mujer. Con un trasto como éste. Antes de que fuese construido, tal vez. Pero ahora... Es como las mujeres que se vuelven hombres a fuerza de hacer deporte. Eso se lee en los periódicos. —(Silencio.) —Bueno, te has vuelto mudo. ¿Qué piensas de eso? Charles lanza entonces un largo y doliente relincho y se coge la cabeza con ambas manos, gimiendo:

—Él también —dice, gimiendo—, él también..., siempre lo mismo..., siempre la sesualidad..., siempre es cuestión de eso..., siempre..., constantemente..., asco..., putrefacción..., No piensan más que en eso... Gabriel le da una amistosa palmada en la espalda. —Parece que la cosa no va —dice—. ¿Qué ha pasado? —Tu sobrina... Tu zorra de sobrina... —¡Eh, cuidado! —exclama Gabriel, apartando la mano para alzarla al cielo—. Mi sobrina es mi sobrina, Modera tu lenguaje o vas a enterarte de muchas cosas a propósito de tu abuela. Charles hace un gesto de desesperación y luego se levanta bruscamente. —Mira —dice—, me largo. Prefiero no volver a ver a esa chiquilla. Adiós. Y se lanza hacia su cacharro. Gabriel corre tras él: —¿Cómo lo haremos para regresar? —Toma el «metro». —Ésta sí que es buena —gruñe Gabriel, deteniendo su persecución. El taxi se alejaba. De pie, Gabriel meditó, y luego pronunció estas palabras: —Ser o no ser, ésta es la cuestión. Subir, bajar, ir, venir, tanto hace el hombre que al fin desaparece. Un taxi le lleva, un «metro» le transporta, la torre no le hace caso, ni el Panteón tampoco. París no es más que un ensueño, Gabriel no es más que un sueño (encantador), Zazie el ensueño de un sueño (o de una pesadilla), y toda esta historia el ensueño de un ensueño, el sueño de un sueño, apenas algo más que un delirio picado a máquina por un novelista idiota (¡oh, perdón!). Allá abajo, más lejos —un poco más lejos— de la plaza de la República, se amontonan las tumbas de parisienses que fueron, que subieron y bajaron escaleras, que fueron y vinieron por calles y que tanto hicieron que al fin desaparecieron. Un fórceps les trajo, un coche fúnebre se los lleva, y la torre se enmohece, y el Panteón se resquebraja más aprisa que los huesos de los muertos demasiado presentes que se disuelven en el humus de la ciudad impregnada de preocupaciones. Pero yo estoy vivo y aquí se para mi saber, pues del taximano fugitivo en su cacharro de alquiler, o de mi sobrina suspendida a trescientos metros en la atmósfera, o de mi esposa la dulce Marceline que permanece en el hogar, no sé en este momento preciso y aquí mismo no sé más que esto, alejandrinamente: casi muertos están, puesto que ausentes son. Mas ¿qué veo yo por encima de los cocos pilosos de las buenas gentes que me rodean? Unos viajeros formaban círculo en torno a él, tomándole por un guía complementario. Volvieron la cabeza en dirección de su mirada. —¿Y qué ve usted? —preguntó uno de ellos, particularmente versado en la lengua francesa. —Sí —aprobó otro —, ¿qué es lo que hay que ver? —En efecto —añade un tercero—, ¿qué debemos ver? —¿Quéhayquever? —preguntó un cuarto—, ¿quéhayquever? ¿kaikever? ¿kaikever? —¿Kaikever? —respondió Gabriel—, pues (amplio gesto), Zazie, Zazie mi sobrina, que sale de la torre y viene hacia nosotros. Las cámaras crepitan y luego dejan pasar a la niña. Que se está riendo. —Entonces, tito... ¿Hacemos recaudación? —Ya lo estás viendo —respondió Gabriel con satisfacción. Zazie se encogió de hombros y miró al público. No vio a Charles y lo hizo notar. —Se ha largado —dijo Gabriel.

—¿Por qué? —Por nada. —Por nada, no es ninguna respuesta. —Bueno, pues, se ha largado porque sí, —Tenía una razón. —Sabes, Charles... (gesto). —¿No quieres decírmelo? —Lo sabes tan bien como yo. Un viajero interviene: —Male bonas horas collocamus si non dicis isti puellae the reason why this man Charles went away.6 —Amiguito —le respondió Gabriel—, métete en lo que te importa. She knows why and bothers me quite a lot.7 —¡Oh! —exclamó Zazie —. Ahora resulta que sabes hablar lenguas extranjeras. —No lo he hecho adrede —respondió Gabriel bajando modestamente los ojos. —Most interesting —dijo uno de los viajeros. Zazie volvió a su punto de partida. —Todo esto no me dice por qué Charles se ha largado. Gabriel se puso nervioso. —Porque tú le decías cosas que él no comprendía. Cosas que no son de su edad. —Y tú, tito Gabriel, si te dijese cosas que no son de tu edad, cosas que no comprendieses, ¿qué harías? —Inténtalo —dijo Gabriel con tono miedoso. —Por ejemplo —continuó Zazie, despiadada—, si te preguntase: ¿eres un hormosesual o no? ¿Lo comprenderías? ¿Sería de tu edad? —Most interesting8 —dijo un viajero (el mismo que hace un rato). —¡Pobre Charles! —suspiró Gabriel. —Contestas, sí o qué —gritó Zazie—. ¿Comprendes esta palabra: hormosesual? —Claro que sí —aulló Gabriel—. ¿Quieres que te haga un dibujo? La multitud, interesada, aprobó. Algunos aplaudieron. —No eres capaz —replicó Zazie. Entonces fue cuando Fedor Balanovich hizo su aparición. —¡Vamos, en marcha! —se puso a vociferar—. ¡Schnell!9 ¡Schnell! ¡Subamos al autocar y adelante! —Where are we going now?10 —A la Santa Capilla —respondió Fedor Balanovich—. Una joya. ¡Vamos, andando! ¡Schnell! ___________
6 Aproximadamente significa: “Malos momentos pasaremos si esta muchacha no dice por qué se fue Charles.” (N. de M. Z.). 7 Ella sabe el porqué y eso me molesta (N. de M. Z.). 8 Muy interesante (N. de M. Z.). 9 Vocablo alemán que significa ¡Aprisa! (N. de M. Z.). 10 ¿Dónde iremos ahora? (N. de M. Z.).

Pero la gente, sumamente interesada por Gabriel y su sobrina, no se movía. —¿Lo ves? —decía ésta a aquél, que no había dibujado nada—. ¿Ves cómo no eres capaz? —¡Cuidado, eres exasperante! —decía Gabriel. Fedor Balanovich, que había subido confiado a bordo, se dio cuenta de que sólo había sido seguido por tres o cuatro turistas. —Bueno, qué —mugió—, ¿ya no hay disciplina? ¿Qué están haciendo? Dio algunos claxonazos, pero nadie se movió. Solamente un guardia, afectado a las vías del silencio, le lanzó una aviesa mirada. Como Fedor Balanovich no deseaba entablar un conflicto vocal con un personaje de aquella especie, volvió a bajar de su garita y se dirigió hacia el grupo de sus administrados a fin de darse cuenta de lo que podía arrastrarles a la insubordinación. —Pero si es Gabriella —exclamó—. ¿Que haces por aquí? —Pst, pst —hizo Gabriel, mientras el corro de sus admiradores se entusiasmaba ingenuamente ante el espectáculo de aquel encuentro. —Bueno, pero —continuaba Fedor Balanovich—, no vas a hacerles la escena de La muerte del cisne en tutu, espero... —Pst, pst —hizo de nuevo Gabriel, muy falto de palabras. —¿Y quién es esa chica que acarreas contigo? ¿Dónde la has recogido? —Es mi sobrina, y procura respetar a mi familia, aunque sea una menor. —Y él, ¿quién es? —preguntó Zazie. —Un compañero —dijo Gabriel—. Fedor Balanovich. —Ya lo ves —dijo Fedor Balanovich a Gabriel—, ya no hago el «baynait», he ascendido de clase social y llevo a todos esos necios a la Santa Capilla. —Tal vez podrías llevarnos a casa. Con esa huelga de los transportes públicos, uno no puede hacer lo que quiere. No se ve ni un taxi en el horizonte. —No vamos a volver ya —dijo Zazie. —De todos modos —dijo Fedor Balanovich—, tenemos que pasar primero por la Santa Capilla antes de que cierren. Luego —añadió dirigiéndose a Gabriel—, es posible que te lleve a casa. —¿Y es interesante la Santa Capilla? —preguntó Gabriel. —¡Santa Capilla! ¡Santa Capilla! —fue el clamor general turista, y los que lo lanzaron, ese clamor turista, arrastraron a Gabriel hacia el autocar en un impulso irresistible. —Les ha caído bien —dijo Fedor Balanovich a Zazie, que se había quedado, como él, atrás. —No hay que pensar —dijo Zazie— que voy a dejarme pasear con todos esos terneros. —A mí —dijo Fedor Balanovich—, plin. Y volvió a subir ante su volante v su micro, utilizando en seguida este último instrumento: —¡Vamos, de prisa! —altavoceaba jovialmente—. ¡Schnell! ¡Schnell! Los admiradores de Gabriel le habían instalado ya cómodamente y, provistos de aparatos adecuados, medían el grado de luz a fin de sacarle el retrato con efectos de contraluz. Por bien que todas estas atenciones le halagasen, se preocupó, no obstante, del destino de su sobrina. Enterado por Fedor de que la susodicha se negaba a seguir el movimiento, se soltó del círculo encantado de los xenófonos, se apeó y saltó sobre Zazie, a quien agarró del brazo y arrastró hacia el autocar. Las cámaras crepitaron. —Me haces daño — gemía Zazie, loca de rabia.

Pero también ella fue llevada hacia la Santa Capilla por el vehículo de gruesos neumáticos.

CAPÍTULO IX —Abrid de par en par los tragaluces, partida de cabritos —dijo Fedor Balanovich—. A la derecha vais a ver la estación de Orsay. No es moco de pavo como arquitectura y puede consolaros de la Santa Capilla si llegamos demasiado tarde, cosa que puede ocurrir con todos esos atascos a causa de la huelga de mis pecados. Compartiendo una incomprensión unánime y total, los viajeros se quedaron en Babia. Los más fanáticos de entre ellos no habían prestado, por lo demás, ninguna atención a los gruñidos del altavoz y, encaramados en sentido contrario sobre los asientos, contemplaban con emoción al archiguía Gabriel. Éste les sonrió. Entonces, esperaron. —Santa Capilla —intentaban decir—. Santa Capilla... —Sí, sí —dijo él amablemente—. La Santa Capilla (silencio) (gesto), una joya del arte gótico (gesto) (silencio). —No empieces a desbarrar otra vez —dijo agriamente Zazie. —Continúe, continúe —gritaron los viajeros, ahogando la voz de la chiquilla—. Queremos oír, queremos oír —añadieron, en un gran esfuerzo berlitzsculiano. —No vas a dejarte tomar el pelo, espero —dijo Zazie. Le atenazó con las uñas un pedazo de carne a través del tejido de su pantalón, y le pellizcó rabiosamente. El dolor fue tan intenso, que gruesas lágrimas comenzaron a resbalar por las mejillas de Gabriel. Los viajeros que, pese a su gran experiencia del cosmopolitismo, no habían visto todavía llorar a un guía, se inquietaron; analizando aquel extraño comportamiento, unos según el método deductivo y los otros según el inductivo, concluyeron en la necesidad de una propinita. Se hizo una colecta, que se puso sobre las rodillas del pobre hombre, cuyo rostro volvió a ponerse sonriente más por el término del sufrimiento que por gratitud, pues la cantidad recogida no era considerable. —Todo esto debe de parecerles bien singular —dijo tímidamente a los viajeros. Una francófona bastante distinguida expresó la opinión común: —¿Y la Santa Capilla? —Ah, ah —dijo Gabriel, e hizo un amplio gesto. —Ahora va a hablar —dijo la dama políglota a sus congéneres en su idioma nativo. Algunos, animados, se subieron sobre los asientos para no perder nada del discurso ni de la mímica. Gabriel carraspeó para darse ánimos. Pero Zazie volvió a empezar. —¡Ah! —exclamó Gabriel en voz alta. —¡Pobre hombre! —comentó la dama. —¡Canallita! —murmuró Gabriel frotándose el muslo. —Yo —le sopló Zazie en la oreja— me largo a la próxima luz roja. Así que, tito, ya ves lo que tienes que hacer.

—Pero, luego, ¿cómo haremos para volver a casa? —gimoteó Gabriel. —¿No te digo que no tengo ganas de volver? —Pero nos seguirán... —Si no nos apeamos —dijo Zazie con ferocidad—, les digo que eres un hormosesual. —Primero —repuso apaciblemente Gabriel—, no es verdad, y segundo, no lo comprenderán. —Entonces, si no es verdad, ¿por qué el sátiro te lo ha dicho? —Ah, dispensa (gesto). No está del todo demostrado que haya sido un sátiro. —Pues no sé lo que te hace falta. —¿Qué me hace falta? ¡Hechos! Y, con aire de iluminado, hizo un amplio gesto, que impresionó fuertemente a los viajeros fascinados por el misterio de aquella conversación que unía a la dificultad del vocabulario tantas asociaciones de ideas exóticas. —Por lo demás —añadió Gabriel—, cuando lo trajiste, nos dijiste que era poli. —Sí, pero ahora digo que era un sátiro. Además, tú no entiendes nada de eso. —Oh, perdón (gesto), sé lo que es. —¿Sabes lo que es? —Perfectamente— respondió Gabriel, vejado—, he tenido que rechazar a menudo los asaltos de esas gentes. ¿Te extraña? Zazie lanzó una carcajada. —¡No me extraña en absoluto! —dijo la dama francófona, que comprendía vagamente que se estaba en el capítulo de los complejos—. ¡Oh, no! ¡En absoluto! Y contemplaba al coloso con cierta languidez. Gabriel enrojeció y estrechó el nudo de su corbata tras haber comprobado, con mano pronta y discreta, que su bragueta estaba bien abrochada. —Mira —dijo Zazie, que ya estaba cansada de reírse—, eres un verdadero tío de familia. Bueno, ¿nos largamos? Volvió a pellizcarle fuertemente. Gabriel dio un saltito gritando ¡ay! Claro que hubiese podido arrearle un tortazo y romperle a la niña dos o tres dientes, pero ¿qué habrían dicho sus admiradores? Prefería desaparecer del campo de su visión a dejarles la imagen pustulosa y reprensible de un verdugo de niños. Habiéndose producido un atasco considerable, Gabriel, seguido de Zazie, se apeó tranquilamente haciendo pequeños signos de connivencia a los desconcertados viajeros, hipócrita maniobra destinada a engañarles. Efectivamente, los citados viajeros se pusieron en marcha antes de haber podido tomar las medidas del caso. En cuanto a Fedor Balanovich, las idas y venidas de Gabriella le dejaban totalmente indiferente, no se preocupaba más que de conducir a sus corderos al sitio convenido antes de la hora en que los guardas del museo se van a beber, por ser irreparable una falla semejante, en el programa, pues al día siguiente los viajeros partían hacia Gibraltar a los antiguos parapetos. Tal era su itinerario. Después de haberles visto alejarse, Zazie soltó una risita y luego, por una costumbre rápidamente adquirida, asió a través de la tela del pantalón un cacho de carne del muslo del tío entre sus uñas y le imprimió un movimiento helicoidal. —¡Basta! —chilló Gabriel—. No tiene gracia ese jueguecito, ¿no lo has comprendido aún? —Tito Gabriel —dijo Zazie apaciblemente—, todavía no me has explicado si eres hormosesual o no; primo, y secundo, dónde has ido a pescar las bonitas cosas en lengua extranjera que soltabas hace poco. Responde. —Por ser una mocosa, sabes seguir con tus ideas —observó Gabriel lánguidamente. —Contesta, pues —y le sacudió un buen puntapié en el tobillo.

Gabriel se puso a saltar a la pata coja haciendo gestos. —¡Ay! ¡Ay! —gemía. —Contesta —dijo Zazie. Una señora que merodeaba por la esquina se acercó a la niña para decirle estas palabras: —Pero, vamos, pequeña, le haces daño a este pobre señor. No hay que maltratar así a las personas mayores. —Personas mayores, mis narices —replicó Zazie—. No quiere contestar a mis preguntas. —No es una razón válida. La violencia, pequeña, hay que evitarla siempre en las relaciones humanas. Es sumamente censurable. —Censurable, mis narices —replicó Zazie—. No le pregunto qué hora es. —Las dieciséis y cuarto —dijo la señora. —¿Quiere usted dejar en paz a la chica? —dijo Gabriel, que se había sentado en un banco. —Me parece que es usted un educador algo raro —dijo la señora. —Educador, mis narices —fue el comentario de Zazie. —La prueba, no tiene usted más que oírla hablar, (gesto); es de una grosería... —dijo la dama manifestando todos los signos de una viva repugnancia. —Ocúpese usted de sus nalgas, ya está bien —dijo Gabriel—. Yo tengo mis ideas sobre la educación. —¿Cuáles? —preguntó la señora, posando sus posaderas sobre el banco al lado de Gabriel. —Primo, la comprensión. Zazie se sentó al otro lado de Gabriel y le pellizcó sólo un poquitín. —¿Y mi pregunta? —preguntó mimosamente—. ¿No se contesta? —De todos modos, no puedo tirarla al Sena —murmuró Gabriel frotándose el muslo. —Sea comprensivo —dijo la señora con su sonrisa más encantadora. Zazie se inclinó para decirle: —A ver si dejamos de hacerle la rosca a mi tito. Ya sabe usted que está casado. —Señorita, sus insinuaciones no son de las que se hacen a una señora en estado de viudez. —Si pudiese largarme... —murmuró Gabriel. —Antes, contestarás —dijo Zazie. Gabriel miraba el azul del cielo fingiendo el más absoluto desinterés. —No parece querer atenderte —observó la dama viuda objetivamente. —Pues no tendrá más remedio que hacerlo. Y Zazie hizo ademán de quererle pellizcar. El tito brincó aún antes de ser tocado. Las dos personas del sexo femenino se regocijaron grandemente. La de más edad, moderando los sobresaltos de su risa, formuló la pregunta siguiente: —¿Y qué es lo que quieres que te diga? —Si es hormosesual o no. —¿Él? —preguntó la señora (pausa)—. No cabe duda, —No cabe duda ¿de qué? —preguntó Gabriel en un tono harto amenazador. —Que es usted una. Lo encontraba tan divertido que casi cacareaba. —Pero, oiga usted... —dijo Gabriel dándole una palmadita en la espalda que le hizo soltar el bolso. —No hay modo de hablar con usted —dijo la viuda, recogiendo diversos objetos desparramados sobre el asfalto.

—No eres amable con la señora —dijo Zazie. —Y no es dejando sin respuesta las preguntas de una niña como se la educa —añadió la viuda volviendo a sentarse a su lado. —Hay que ser más comprensivo —añadió Zazie, hipócritamente. Gabriel rechinó los dientes. —Ande, dígalo, si lo es o no lo es. —No, no y no —respondió Gabriel con firmeza. —Todas lo dicen —observó la señora, nada convencida. —En el fondo —dijo Zazie—, me gustaría saber qué es eso. —¿Qué? —¿Qué es un hormosesual? —¿Es que no lo sabes? —Lo sospecho, pero me gustaría que él me lo dijese. —¿Y qué es lo que adivinas? —Tito, saca tu pañuelo de bolsillo. Gabriel, suspirando, obedeció. La calle quedó perfumada. —¿Ha comprendido usted? —preguntó finamente Zazie a la viuda, quien observa en voz baja: —Barbouze de chez Fior. —Ni más ni menos —dijo Gabriel, metiéndose el pañuelo en el bolsillo—. Un perfume de hombre. —Eso es verdad —dijo la viuda. Y a Zazie: —No has adivinado nada de nada. Zazie, horriblemente vejada, se vuelve hacia Gabriel : —Entonces, ¿por qué el tipo te ha acusado de eso? —¿Qué tipo? —pregunta la dama. —Te acusaba de hacer la carrera —replicó Gabriel dirigiéndose a Zazie. —¿Qué carrera? —preguntó la dama. —¡Ay! —gritó Gabriel. —No exageres, pequeña —dijo la señora con fingida indulgencia. —No necesito sus consejos. Y Zazie volvió a pellizcar a Gabriel. —Son verdaderamente encantadores, los niños —murmuró distraídamente Gabriel encajando su martirio. —Si no le gustan los niños —dijo la señora—, uno se pregunta por qué se encarga de su educación. —Eso —dijo Gabriel— es una historia muy diferente. —Cuéntemela —dijo la dama. —Gracias —dijo Zazie—, la conozco. —Pero yo —dijo la viuda— no la conozco. —¡Y a mí qué! Vamos, tito, ¿y esa respuesta? —Ya te he dicho que no, no y no. —Tiene continuidad en las ideas —observó la dama, cuyo comentario le parecía original. —Una verdadera mulita —dijo Gabriel con ternura. La dama hizo luego esta observación, no menos juiciosa que la precedente:

—No parece conocerla muy bien a esta niña. Se diría que está usted descubriendo sus diferentes cualidades. Envolvió la palabra cualidades entre comillas. —Cualidades, mis narices —rezongó Zazie. —Es usted muy lista —dijo Gabriel—. De hecho, no la tengo en mis brazos sino desde ayer. —Ya lo veo. —¿Qué es lo que ve? —preguntó Zazie ásperamente. —¡Ella qué sabe!... —dijo Gabriel encogiéndose de hombros. Desdeñando este paréntesis más bien peyorativo, la viuda añadió: —¿Y es su sobrina? —Exactamente —respondió Gabriel. —Y él, es mi tía —añadió Zazie, que creía la broma bastante nueva, lo que se excusó en atención a su temprana edad. —¡Hello! —exclamaron gentes que se apeaban de un taxi. Los más eufóricos de entre los viajeros, con la dama francófona al frente, a vueltas de su sorpresa, iban a la caza de su archiguía a través del dédalo luteciano y el magma de los atascos, y acababan de echarle el guante con un estruendo infernal. Manifestaban gran alegría, pues no tenían rencor alguno hasta el punto de no sospechar siquiera que no les faltaban motivos de tenerlo. Agarrando a Gabriel al grito de ¡Montjoie Santa Capilla! le arrastraron hasta su vehículo, le encajaron dentro con cierta habilidad y se le amontonaron encima para que no emprendiese el vuelo antes de que les hubiera mostrado su monumento favorito con todos los detalles. No se preocuparon de llevarse consigo a Zazie. La dama francófona le hizo simplemente un pequeño signo amistoso y de seudoconnivencia irónica cuando el cacharro arrancó, en tanto que otra dama, no menos francófona por lo demás, pero viuda, daba saltitos profiriendo alaridos. Los ciudadanos y las ciudadanas que a aquella hora se hallaban en la esquina se replegaron a posiciones menos expuestas al follón. —Como siga chillando así —rezongó Zazie—, hay un poli que es capaz de acercarse. —Pequeño ser estúpido —dijo la viuda—; precisamente grito por eso: ¡A los guíakidnapperós!11 ¡A los guíakidnapperos! Por fin se presenta un poli alertado por los balidos de la señora. —¿Pasa algo? —pregunta. —No le hemos llamado —dijo Zazie. —Pero arman ustedes un jaleo... —dijo el poli. —Hay un hombre que acaba de hacerse raptar —dijo la dama, jadeando—. Y guapo hombre, por cierto. —Caray —murmuró el poli, interesado. —Es mi tía —dijo Zazie. —¿Y él? —preguntó el poli. —Es él quien es mi tía, torpe. —¿Y ella, entonces? Designaba a la viuda. ___________
11 O sea: a los secuestradores de guías (N. del T.).

—¿Ella? No es nada. El policeman se calló para asimilar la cáscara de la situación. La dama, estimulada por el epíteto zázico, concibió sobre la marcha un proyecto audaz. —Corramos al encuentro de los guíakidnapperos —dijo—, y en la Santa Capilla le liberaremos. —Pilla muy lejos —observó el guardia burguesamente—. No soy campeón de cross. —No pretenderá que tomemos un taxi y que lo pague yo. —Tiene razón —dijo Zazie, que sabía el valor del dinero—. Es usted menos tonta de lo que creía. —Muchas gracias —dijo la dama, encantada. —No hay de qué —replicó Zazie. —De todos modos, es muy amable —insistió la dama. —Está bien, está bien —dijo Zazie modestamente. —Cuando haya terminado con todas sus zalemas... —dijo el poli. —No le pedimos nada —dijo la dama. —Así son las mujeres —exclamó el guardia—. ¿De modo que no me piden nada? Me piden sencillamente que pille un dolor de costado, sí. Si esto no es nada, entonces ya no comprendo nada de nada. Y añadió con aire nostálgico: —Las palabras ya no tienen el mismo sentido de antaño. Y suspiraba mirando el extremo de sus bigotes. —Todo eso no me devuelve a mi tío —dijo Zazie—. Volverán a decir que he querido fugarme y no será verdad. —No se inquiete, hija mía —dijo la viuda—. Yo estaré aquí para testimoniar su buena voluntad y su inocencia. —Cuando se es verdaderamente inocente —dijo el guardia—, no se necesita a nadie. —El canalla —dijo Zazie—, le estoy viendo venir. Todos son iguales. —¿Tanto les conoce, mi pobre hijita? —No me hable, mi pobre señora —respondió Zazie, melindrosa—. Figúrese que mamá le partió el cráneo a mi papá con un hacha. Así que, después de aquello, imagínese si habré visto policías. —Eso, ya... —dijo el guardia. —Y todavía los polis no es nada —dijo Zazie—. Pero lo que es los jueces... Esos sí que... —Todos unos granujas —dijo el guardia con imparcialidad. —Bueno, pues, tanto a los policías como a los jueces, yo les pude —dijo Zazie—. Así (gesto). La viuda, maravillada, la miraba. —Y a mí —dijo el guardia—, ¿cómo te las vas a apañar para poderme? Zazie le examinó. —Usted —dijo—, ya he visto su cara en algún sitio. —Me extraña —dijo el poli. —¿Por qué? ¿Por qué no puedo haberle visto en otro sitio? —En efecto —dijo la viuda—. La pequeña tiene razón. —Muchas gracias, señora —dijo Zazie. —No hay de qué. —Que sí, que sí.

—Me están tomando el pelo —murmuró el guardia. —Entonces... —dijo la viuda—. ¿Es todo lo que sabe usted hacer? Muévase un poco, hombre. —Yo —dijo Zazie— estoy segura de haberle visto en algún sitio. Pero la viuda había trasladado bruscamente su admiración sobre el poli. —Muéstrenos sus talentos —va y le dice, acompañando estas palabras con una ojeada afrodisíaca y vulcanizadora—. Un guapo agente de policía como usted ha de conocer muchos trucos. Dentro de la legalidad, claro está. —Es un ternero —dijo Zazie. —Que no —dijo la dama—. Hay que animarle. Hay que ser comprensiva. Y de nuevo le miró con ojos húmedos y termógenos. —Aguardan —dijo el poli puesto súbitamente en movimiento—, van ustedes a ver lo que van a ver. Van ustedes a ver de lo que es capaz Trouscaillon. —¡Se llama Trouscaillon! —exclamó Zazie, entusiasmada. —Pues yo —dijo la viuda ruborizándose ligeramente—, yo me llamo madame Mouaque. Como todo el mundo —añadió.

CAPÍTULO X A causa de la huelga de los funiculares y de los metrolebuses, rodaba por las calles mayor número de vehículos diversos, en tanto que, a lo largo de las aceras, peatones y peatonas, fatigados o impacientes, hacían auto-stop, fundando el principio de su logro en la solidaridad inusitada que debía suscitar en los usuarios las dificultades de la situación. Trouscaillon se situó también en el bordillo de la acera y, sacando un silbato de su bolsillo, extrajo de él algunos sonidos desgarradores. Los coches que pasaban prosiguieron su camino. Unos ciclistas lanzaron alegres gritos y se fueron, despreocupados, hacia su destino. Los dos ruedas motorizados aumentaron su estruendo y no se pararon. Por lo demás, no era a ellos a quienes se dirigía Trouscaillon. Hubo un claro. Un atasco radical debió de haber congelado en alguna parte toda la circulación. Luego, una conducción interior, aislada pero bien fútil, hizo su aparición. Trouscaillon zureó. Esa vez, el vehículo frenó. —¿Qué pasa? —preguntó el conductor agresivamente a Trouscaillon que se acercaba—. No he hecho nada malo. Conozco muy bien el código de circulación. Jamás me han multado. Y traigo mi documentación. Entonces, ¿qué? Sería mejor que se fuese usted a hacer funcionar el «metro» en vez de estar aquí fastidiando a los buenos ciudadanos. ¿No le basta con eso? ¡Caray, lo que necesita! Se va.

—¡Bravo, Trouscaillon! —grita de lejos Zazie, adoptando un aire muy serio. —No hay que humillarle así —dijo la viuda Mouaque—, que eso le va a restar facultades. —Ya me había dado cuenta de que era un becerro. —¿No le encuentra guapo mozo? —Hace un rato —dijo Zazie severamente— encontraba de su gusto a mi tío. ¿Es que los necesita a todos? Un trino de sones agudos llamó de nuevo su atención acerca de las hazañas de Trouscaillon. Eran mínimas. El atasco debió de haberse resuelto en algún sitio y un chorro de vehículos discurría lentamente delante del poli, pero su pequeño silbato no parecía impresionar a nadie. Después, de nuevo, la oleada se enrareció, por haberse vuelto a producir una coagulación de nuevo en el sitio x. Una vulgar conducción interior hizo su aparición. Trouscaillon zureó. El vehículo se paró. —¿Qué pasa? —preguntó el conductor agresivamente a Trouscaillon que se acercaba— .No he hecho nada malo. Tengo mi permiso de conducir. Jamás me han multado. Y tengo mis documentos. Entonces, ¿qué? Sería mejor que se fuese usted a hacer funcionar el «metro» en vez de estarse aquí fastidiando a los buenos ciudadanos. ¿No le basta con eso? Bueno, pues vaya a hacerse ver por los marroquíes. —¡Oh! —exclamó Trouscaillon, ofendido. Pero el tipo se había ido. —Bravo, Trouscaillon —grita Zazie en el colmo del entusiasmo en el que nada con arrobo. —Cada vez me gusta más —dice la viuda Mouaque en voz baja. —Está usted completamente loca —susurra Zazie. Trouscaillon, fastidiado, empezaba a dudar de las virtudes del uniforme y de su silbato. Estaba sacudiendo el objeto citado para secarlo de toda la saliva que había vertido en él, cuando una vulgar conducción interior vino a estacionarse ante él. Una cabeza asomó de la carrocería y pronunció las siguientes esperanzadoras palabras: —Dispense, señor agente, ¿podría usted indicarme el camino más corto para ir a la Santa Capilla, esa joya del arte gótico? —Pues bien —respondió automáticamente Trouscaillon—, mire. Vaya primero por la izquierda, y luego por la derecha, y cuando haya llegado a una plaza de reducidas dimensiones, se encamina por la tercera calle a la derecha, luego por la segunda a la izquierda, un poco más a la derecha, tres veces a la izquierda, y por fin recto durante cincuenta y cinco metros. Naturalmente, en todo esto habrá direcciones prohibidas, lo cual no le facilitará la labor. —No llegaré nunca —dijo el conductor—. Yo que he venido adrede de Saint-Montron para eso. —No se desanime —dijo Trouscaillon—. Supongamos que yo le conduzca. —Tendrá usted otras cosas que hacer. —No lo crea. Soy libre como el aire. Sólo que, si fuese un efecto de su bondad vehicular también a estas dos personas (gesto). —No me importa. Con tal que llegue antes de que cierren. —Palabra —dijo la viuda de lejos—, se diría que ha terminado por requisar un coche. —Me sorprendería —dijo Zazie objetivamente. Trouscaillon galopó en dirección de las dos mujeres y les dijo sin remilgos: —¡Vengan, rápido! El tipo nos embarca. Bus —¡Vamos —dijo la viuda Mouaque—, a los guíakidnapperos!

—Toma, a esos les había olvidado —dijo Trouscaillon. —Tal vez será mejor no hablar de ellos a su buen hombre —dijo la viuda diplomáticamente. —Entonces, por las buenas —preguntó Zazie—, ¿nos lleva a la capilla en cuestión? —¡Venga, daos prisa! Tomando a Zazie cada uno por un brazo. Trouscaillon y la viuda Mouaque se lanzaron hacia la vulgar conducción interior dentro de la cual la echaron. —No me gusta que me traten así —gritaba Zazie, enfurecida. —Tienen ustedes aspecto de kidnapperos —dijo el sanctimontronés jovialmente. —Es una simple apariencia —dijo Trouscaillon, sentándose a su lado—. Vámonos, si quiere usted llegar antes del cierre. Arrancan. Para ayudar al movimiento, Trouscaillon se asomaba afuera y silbaba con frenesí. De todos modos, esto surtía cierto efecto. El provinciano estaba encantado. —Ahora, hay que echar por la izquierda —ordenó Trouscaillon. Zazie ponía hocicos. —Entonces —le dijo la viuda Mouaque hipócritamente—, ¿no estás contenta de volver a ver a tu tito? —Tito, mis narices —dijo Zazie. —¡Toma! —dijo el conductor—. ¡Si es la hija de Jeanne Lalochére! No la había reconocido, disfrazada de chico. —¿La conoce usted? —preguntó la viuda Mouaque con indiferencia. —¡Y cómo! —dijo el tipo. Y cuando se volvió, para completar la identificación, el vehículo chocó con el coche que le precedía. —¡Caray! —exclamó Trouscaillon. —Es ella —dijo el sanctimontronés. —Yo a usted no le conozco —dijo Zazie. —Bueno, qué, ¿no sabemos conducir? —dijo el embestido, que se había apeado de su asiento para intercambiar algunas zumbadoras injurias con su embestidor—. ¡Ah, no me extraña!... Un provinciano... En vez de venir a abarrotar las calles de París, mejor haría yendo a guardar su ganado. —Pero, señor —dijo la viuda Mouaque—, ¡nos retrasa usted con sus palabras amonestadoras! ¡Estamos en acto de servicio, nosotros! Vamos a liberar a un guíakinappeado. —¿Qué, qué? —dijo el sanctimontronés—. No cuenten conmigo. No he venido a París para jugar al cobayo. —¿Y usted? —dijo el otro conductor dirigiéndose a Trouscaillon—. ¿Qué espera usted para tomar declaración? —No se preocupe —le respondió Trouscaillon—, está declarado, está declarado. Puede confiar en mí. E imitaba al guardia que hace garabatos en un viejo cuaderno torcido. —¿Tiene usted su tarjeta gris? Troucaillon fingió examinarla. —¿Nada de pasaporte diplomático? —(Negación asqueada). —Con esto basta —dijo el Trouscaillon—, puede usted largarse.

El embestido, pensativo, volvió a subir a su coche y reanudó la carrera. Pero el sanctimontronés, ese no se movía. —Bueno, qué —dijo la viuda Mouaque—, ¿qué espera usted? Detrás, los claxons protestaban. —Pero, ¿no le estoy diciendo que no quiero jugar al cobayo? Una bala perdida se atrapa en seguida. —En mi pueblo —dijo Zazie— se es menos cobardica. —¡Oh, a ti te conozco! Harías que se peleasen las montañas. —¡Qué mala uva! —exclamó Zazie—. ¿Por qué trata usted de hacerme esa reputación asquerosa? Los claxons aullaban cada vez más fuerte, una verdadera tormenta. —¡Arranque ya! —gritó Trouscaillon. —Le tengo apego a mi pellejo —dijo el sanctimontronés llanamente. —No se preocupe —dijo la viuda Mouaque, siempre diplomática—, no hay peligro. No es más que una broma. El tipo se volvió para ver de una manera más detallada la apostura de aquella fulana. El examen le inclinó a la confianza. —¿Me lo prometen? —preguntó. —Cuando se lo digo... —¿No será un lío político con toda clase de consecuencias incordiantes? —No, nada más que una broma, se lo aseguro. —Entonces, vamos allá —dijo el tipo, aunque no completamente tranquilizado. —Puesto que dice usted que me conoce —dijo Zazie—, ¿no habrá usted visto por casualidad a mi mamá? También está en París. Cuando apenas habían recorrido la distancia de algunas toesas12, dieron las cuatro en el campanario de una iglesia próxima, de estilo neoclásico por lo demás. —Se fastidió —dijo el sanctimontronés. Volvió a frenar, lo que provocó detrás de él un nuevo estallido de sonoras advertencias. —Ya no vale la pena —añadió—. Ahora estará cerrado. —Razón de más para que se dé prisa —dijo la viuda Mouaque, razonable y estratégica—. Nuestro guiakidnappeado yo no le podremos encontrar. —¡Y a mí qué! —dijo el tipo. Pero los claxonazos eran tan fuertes detrás de él, que no pudo por menos que ponerse en marcha de nuevo, empujado en cierto modo ante sí por las vibraciones del aire agitado por la irritación unánime de los que estaban parados. —Ande —dijo Trouscaillon—, no ponga mala cara. Ahora casi hemos llegado. Así podrá decirle a la gente de su pueblo que si no ha podido ver la Santa Capilla, por lo menos no ha estado lejos de ella. Mientras que quedándose aquí... —La verdad es que no habla mal, cuando quiere —observó Zazie imparcialmente a propósito del discurso del poli. —Cada vez me gusta más —murmuró la viuda Mouaque con voz tan baja que nadie la oyó. ___________
12 Antigua medida francesa de longitud, equivalente a un metro y 949 milímetros (N. de M. Z.).

—¿Y mi mamá? —volvió a preguntar Zazie al tipo—. Ya que dice usted que me conoce, ¿por casualidad no la habrá visto? —La verdad —dijo el sanctimontronés—, no tengo suerte. Con tantos cacharros, habéis tenido que escoger justamente el mío. —No lo hemos hecho adrede —dijo Trouscaillon—. Yo, por ejemplo, cuando estoy en una ciudad que no conozco, también me ocurre tener que preguntar mi camino. —Sí, pero —dijo el sanctimontronés—, ¿y la Santa Capilla? —Eso, hay que confesarlo —dijo Trouscaillon, quien, en esta sencilla elipsis, utilizaba hiperbólicamente el circulo vicioso de la parábola. —Bueno —dijo el sanctimontronés—, vamos allá. —¡A los guíakidnapperos! —gritó la viuda Mouaque. Y Trouscaillon, asomando la cabeza fuera de la carrocería, silbaba para apartar a los importunos. Se avanzaba medianamente de prisa. —Todo esto —dijo Zazie— es miserable. A mí sólo me gusta el «metro». —No he puesto nunca los pies en él —dijo la viuda. —Pues no es usted poco «snob» —dijo Zazie. —De momento que tengo los medios para ello... —No quita que hace un rato no estaba usted dispuesta a soltar lata para un taxi. —Puesto que era inútil. Aquí está la prueba. —Eso marcha —dijo Trouscaillon, volviéndose hacia las pasajeras en demanda de aprobación. —Sí —dijo la viuda Mouaque en éxtasis. —Menos tonterías —dijo Zazie—. Cuando lleguemos, el tito hará ya rato que se habrá largado. —Hago lo que puedo —dijo el sanctimontronés, quien, cambiando de disco, exclamó—: ¡Ah, si tuviésemos el «metro» en Saint-Montronl ¿Verdad, pequeña? —Eso sí que —dijo Zazie— es del género de burradas que me asquean particularmente. ¡Como si pudiese haber «metro» en nuestro pueblo! —Todo llegará —dijo el tipo—. Con el progreso. Habrá «metro» en todas partes. Hasta será ultraestupendo. El «metro» y el helicóptero, éste es el porvenir en lo que respecta a los transportes urbanos. Se toma el «metro» para ir a Marsella, y se vuelve en helicóptero. —¿Por qué no al revés? —preguntó la viuda Mouaque, cuya naciente pasión no había obnubilado aún enteramente el cartesianismo nativo. —¿Por qué no al revés? —dijo el tipo, anafóricamente—. A causa de la velocidad del viento. Se vuelve un poco hacia atrás para apreciar los efectos de este dicho gracioso, lo que le obliga a embestir un autocar estacionado en segunda fila. Habían llegado. En efecto, Fedor Balanovich hizo su aparición y se puso a espetar el discurso de ritual: —Entonces, ¿qué? ¿Ya no sabemos conducir? ¡Ah! No me extraña... Un provinciano... En vez de venir a atestar las calles de París, sería mejor que fuese a guardar su ganado. —¡Toma! —exclamó Zazie—. ¡Si es Fedor Balanovich! ¿Ha visto usted a mi tito? —¡A por el tito! —dijo la viuda Mouaque, extrayéndose de la carlinga. —Oh, no se trata de eso —dijo Fedor Balanovich—. Habría que verlo todo; miren eso, me ha estropeado mi instrumento de trabajo. —Estaba usted parado en segunda fila —dijo el sanctimontronés—, y eso no se hace. —No empecéis a discutir —dijo Trouscaillon, apeándose a su vez—. Voy a arreglar eso. —No es legal —dijo Fedor Balanovich—, usted estaba en su coche. Va a ser usted parcial.

—Bueno, pues apáñese —dijo Trouscaillon, quien se largó ansioso de alcanzar a la viuda Mouaque, la cual había desaparecido tras la estela de la niña.

CAPÍTULO XI En la terraza del café de los Dos Palacios, Gabriel preguntaba por qué no habría que soportar la vida de momento cuando basta una nadería para privarnos de ella. Lo preguntaba ante una asamblea cuya atención parecía tanto mayor cuanto que la francofonía estaba más dispersada en ella. —¿Por qué? —decía—. ¿Por qué no se tendría que soportar la vida de momento que basta una nadería para privarnos de ella? Una nadería la trae, una nadería la anima, una nadería la desmorona, una nadería se la lleva. De lo contrario, ¿quién soportaría los golpes del destino y las humillaciones de una buena carrera, los fraudes de los tenderos, las tarifas de los carniceros, el agua de los lecheros, los nervios de los padres, el furor de los profesores, las broncas de los sargentos, las bajezas de los satisfechos, los gemidos de los infortunados, el silencio de los espacios infinitos, el olor a coliflor o la pasividad de los palos de tormento, si no se supiese que la mala y proliferante conducta de algunas células ínfimas (gesto), o la trayectoria de una bala trazada por un anónimo e involuntario irresponsable, viniera inopinadamente a evaporar todas estas zozobras en el azul del cielo? Yo que os hablo, he reflexionado a menudo acerca de estos problemas, mientras, vestido con un tutu, muestro a cabritos de vuestra especie mis muslos, naturalmente bastante vellosos, hay que decirlo, pero profesionalmente depilados. He de añadir que si tal es vuestro deseo, podéis asistir a ese espectáculo a partir de esta noche. —¡Hurra! —exclamaron los viajeros de confianza. —Pero, dime, tito, cada vez tienes más público. —Ah, estás aquí, tú —dijo Gabriel tranquilamente—. Bueno, ya lo ves, sigo con vida y hasta en plena prosperidad. —¿Les has enseñado la Santa Capilla? —Han tenido suerte. Estaban cerrando, pero aún hemos tenido tiempo para hacer los cien metros ante las vidrieras. Están así (gesto), por lo demás, las vidrieras. Están encantados (gesto), ellos. ¿Verdad, my gretchen lady? La turista aludida asintió, encantada. —¡Hurra! —gritaron los demás. —¡A por los guíakidnapperos! —añadió la viuda Mouaque, seguida de cerca por Trouscaillon. El poli se acercó a Gabriel e, inclinándose respetuosamente, se informó de su salud. Gabriel respondió sucintamente que era buena. El otro prosiguió entonces su interrogatorio abordando el problema de la libertad. Gabriel aseguró a su interlocutor de la extensión de la suya, que además juzgaba a su conveniencia. Cierto que no negaba que hubo al principio un atentado incontestable a sus derechos más imprescriptibles a ese propósito, mas finalmente, habiéndose adaptado a la

situación, la había transformado hasta tal punto, que sus raptores se habían convertido en esclavos suyos y que pronto dispondría a su guisa del libre albedrío de aquellos. Añadió, para terminar, que detestaba que la policía metiese la nariz en sus asuntos, y que como el horror que le inspiraba semejante proceder no estaba lejos de producirle náuseas, sacó del bolsillo un trozo de seda de color lila (ese que no es blanco), pero impregnado de Barbouze, el perfume de Fior, y se taponó las narices. Trouscaillon, apestado, se excusó, saludó, en posición de firmes, ejecutó la media vuelta reglamentaria, se alejó y desapareció en la multitud acompañado por la viuda Mouaque que le perseguía al trote corto. —¡Cómo le has puesto las peras a cuarto! —dijo Zazie a Gabriel haciéndose sitio a su lado—. Para mí, va a ser un helado de fresa y chocolate. —Me parece que ya había visto su cara en algún sitio— dijo Gabriel. —Ahora que ya se ha evaporado la policía —dijo Zazie—, tal vez vas a contestarme. ¿Eres un hormosesual o no? —Te juro que no. Y Gabriel, extendiendo el brazo, escupió en el suelo, lo que chocó un poco a los viajeros. Iba a explicarles este rasgo del folklore galo, cuando Zazie, adelantándosele en sus intenciones didácticas, le preguntó por qué, entonces, el tipo le había acusado de serlo. —Ya volvemos a empezar —gimió Gabriel. A los viajeros, que comprendían vagamente, les parecía que aquello ya no tenía ninguna gracia y se consultaron en voz baja y en sus idiomas nativos. Unos eran de opinión de tirar la chiquilla al Sena, otros de embalarla en una manta de viaje y dejarla en consigna en una estación cualquiera, tras haberla rellenado de algodón en rama para insonorizarla. Si nadie quería sacrificar una manta, una maleta podría convenir, apisonando bien. Inquieto por estos conciliábulos, Gabriel se decide a hacer algunas concesiones. —Bueno—dijo—, te lo explicaré todo esta noche. Mejor aún, lo verás con tus propios ojos. —¿Qué es lo que veré? —Ya lo verás. Te lo prometo. Zazie se encogió de hombros. —Las promesas, a mí... —¿Quieres que vuelva a escupir en el suelo? —Ya basta. Salpicarías mi helado. —Entonces, déjame en paz. Ya lo verás, queda prometido. —¿Qué es lo que verá esta pequeña? —preguntó Fedor Balanovich, que había terminado de arreglar su choque con el sanctimontronés, quien, por lo demás, había manifestado vivas ganas de desaparecer del rincón. Se instaló a su vez al lado de Gabriel y los viajeros le hicieron sitio respetuosamente. —La llevo esta noche al Monte de Piedad —respondió Gabriel (gesto)—, y a los demás también. —Un momento —dijo Fedor Balanovich—, eso no forma parte del programa. Yo tengo que acostarles temprano, pues han de partir mañana por la mañana para Gibraltar, a los antiguos parapetos. Este es su itinerario. —En todo caso —dijo Gabriel—, eso les gusta. —No se dan cuenta de lo que les espera —dijo Fedor Balanovich.

—Será un recuerdo para ellos —dijo Gabriel. —Y para mí también —dijo Zazie, que proseguía metódicamente experimentos sobre los sabores comparados de la fresa y del chocolate. —Sí, pero —dijo Fedor Malanovich—, ¿quién pagará en el Monte de Piedad? No se avendrán a pagar un suplemento. —Les tengo bien amarrados —dijo Gabriel. —A propósito —le dijo Zazie—, creo que me está volviendo la pregunta que quería hacerte. —Bueno, guárdatela —dijo Fedor Balanovich—. Deja hablar a los hombres. Impresionada, Zazie cerró el pico. Pasó por azar un camarero y Fedor Balanovich le dijo: —Para mí, será un zumo de cerveza. —¿En taza o en lata? —preguntó el camarero. —En un ataúd —respondió Fedor Balanovich, que hizo seña al camarero de que podía disponer. —Esta es definitiva —se aventura a decir Zazie—. Ni el general Vermot hubiese encontrado eso solo. Fedor Balanovich no presta ninguna atención a las palabras de la niña. —Así, entonces —le pregunta a Gabriel—, ¿crees que se les podría imponer un plus? —¿No te digo que les tengo en el bolsillo? Hay que aprovecharse. Por ejemplo, ¿dónde los llevas a cenar? —¡Ah! Lo que es eso, les cuidamos. Tienen derecho al Buisson d'Argent. Pero lo paga directamente la agencia. —Mira. Yo conozco una cervecería en el bulevar Turbigo donde costará muchisísimo más barato. Tú te vas a ver al dueño de tu restaurante de lujo y te haces devolver algo de lo que él cobrará de la agencia; será en provecho de todo el mundo y, encima, donde yo les llevaré, se van a dar una panzada. Naturalmente, pagaremos con el suplemento que les pediremos para el Monte de Piedad. En cuanto a la devolución del otro restaurante, nos lo partimos. —¡Qué astutos sois los dos! —dijo Zazie. —Eso ya —dijo Gabriel— es pura malicia. Todo lo que yo hago es para agradarles (gesto). —No pensamos más que en eso —dijo Fedor Balanovich—. En que se vayan con un recuerdo inolvidable de esta urbe ínclita llamada París. A fin de que vuelvan. —Bueno, todo marcha bien —dijo Gabriel—. En espera de la cena, experimentarán el sótano de la cervecería: quince billares y veinte «ping-pongues», único en París. —Será un recuerdo para ellos —dijo Fedor Balanovich. —Y para mí también —dijo Zazie—. Porque, mientras tanto, yo me iré a pasear. —No por el bulevar Sebastopol, sobre todo —dijo Gabriel, asustado. —No te preocupes —dijo Fedor Balanovich—, que ella tiene seguramente defensas. —No quita que su madre no me la ha confiado para que se dé un garbeo entre las Halles y el Cháteau d'Eau. —No haré más que dar unos pasos delante de tu cervecería —dijo Zazie, conciliadora. —Razón de más para que crean que haces la carrera —exclamó Gabriel, espantado—. Sobre todo con tus bluejeans. Hay aficionados. —Hay aficionados a todo —dijo Fedor Balanovich, como hombre que conoce la vida. —No es amable para mí, que digamos —dijo Zazie, haciendo melindres. —Si ahora se pone a hacerte carantoñas a ti —dijo Gabriel—, ya lo habremos visto todo. —¿Por qué? —preguntó Zazie—. ¿Es un hormo? —Querrás decir un normal —rectificó Fedor Balanovich.

—Suprema, ésta, ¿verdad, tito? Y golpeó el muslo de Gabriel, que se estremeció. Los viajeros les miraban con curiosidad. —Deben de empezar a aburrirse —dijo Fedor Balanovich—. Ya es hora de que les lleves a tus billares para distraerles un rato. Pobres inocentes que creen que esto es París. —Olvidas que les he enseñado la Santa Capilla —dijo Gabriel orgullosamente. —¡Bobo! —dijo Fedor Balanovich, que conocía a fondo la lengua francesa por ser natural de Bois-Colombes—. Es el Tribunal de Comercio lo que les has hecho visitar. —Me estás tomando el pelo —dijo Gabriel, incrédulo—. ¿Estás seguro? —Suerte que Charles no está aquí —dijo Zazie—. La cosa se complicaría. —Si no era la Santa Cosa —dijo Gabriel—, en todo caso era bien bonito. —¿Santa Cosa? ¿Santa Cosa? —preguntaron, inquietos, los más francófonos de los viajeros. —La Santa Capilla —dijo Fedor Balanovich—. Una joya del arte gótico. —Así (gesto) —añadió Gabriel. Tranquilizados, los viajeros sonrieron. —Entonces —dijo Gabriel—, ¿se lo explicas? Fedor Balanovich «ciceronó» el asunto en varios idiomas. —Vaya —dijo Zazie con aire de entendido—, es listo el eslavo. Tanto más cuanto que los viajeros expresaron su conformidad sacando dinero con entusiasmo, atestiguando así el prestigio de Gabriel y la extensión de conocimientos lingüísticos de Fedor Balanovich. —Mi segunda pregunta es precisamente ésta —dijo Zazie—: Cuando te he encontrado al pie de la torre Eiffel, hablabas el extranjero tan bien como él. ¿Qué te pasaba? ¿Y por qué no vuelves a hacerlo? —Eso —dijo Gabriel— no puedo explicártelo. Son cosas que pasan no se sabe cómo. La genialidad, vaya. Terminó su vaso de granadina. —¡Qué quieres! Los artistas son así.

CAPÍTULO XII Trouscaillon y la viuda Mouaque habían recorrido un trecho de camino, lentamente, juntos, pero recto frente a ellos, y además en silencio, cuando advirtieron que caminaban juntos, lentamente, pero recto frente a ellos, y además en silencio. Entonces se miraron y sonrieron: sus dos corazones habían hablado. Se quedaron cara a cara preguntándose qué podrían decirse y en qué lenguaje expresarlo. Entonces la viuda propuso conmemorar sobre la marcha aquel encuentro vaciando una copa y entrar a tal fin en la sala del café del Velocípedo, bulevar Sebastopol, donde algunos vendedores del mercado central se humedecían ya el tubo ingestivo antes de acarrear sus hortalizas. Una mesa de mármol les ofrecía su diván de terciopelo y mojarían los labios en sus cañas de cerveza, en espera de que la sirvienta de tez lívida se alejase para dejar por fin que las

palabras de amor brotasen a través de la efervescencia del líquido. A la hora en que se beben zumos de fruta de colores fuertes y licores fuertes de colores pálidos, permanecerían en el susodicho diván de terciopelo, intercambiando, en la turbación de sus manos entrelazadas, vocablos prolíficos en comportamientos sexuados para un porvenir poco lejano. Pero, alto ahí, le respondió Trouscaillon, no puedo inmediatamente, a causa del uniforme; déme tiempo para cambiarme de trapos. Ella le dio cita para el aperitivo en la cervecería del Esferoide, más arriba a la derecha. Pues vivía en la calle de Rambuteau. La viuda Mouaque, vuelta a la soledad, suspiró. «Estoy cometiendo locuras», dijo en voz baja para sí misma. Pero estas pocas palabras no cayeron insustancialmente e ignoradas en la acera; cayeron en los oídos de alguien que nada tenía de sorda. Destinadas al uso interno, aquellas palabras provocaron, no obstante, la respuesta siguiente: «¿Y quién no las comete?» Interrogativamente, pues la respuesta era percontativa. —¡Toma! ¡Eres tú! —dijo la viuda Mouaque. —Os estaba mirando, hace un rato; estabais graciosos los dos, el poli y usted. —A tus ojos —dijo la viuda Mouaque. —«¿A mis ojos?» ¿Qué, «a mis ojos»? —Graciosos —dijo la viuda Mouaque—. A otros ojos, no graciosos. —A los no graciosos —dijo Zazie—, que les zurzan. —¿Estás sola? —Sí, querida, me estoy paseando. —No es hora ni barrio para dejar a una chiquilla que se pasee sola. ¿Qué ha sido de tu tío? —Acompaña a los viajeros. Les ha llevado a jugar al billar. Mientras tanto, tomo el aire. Porque a mí, el billar, me da tres patadas. Pero he de verles para jalar. Después iremos a verle bailar. —¿Bailar? ¿A quién? —A mi tito. —¿Baila, ese elefante? —Y en tutu, además —replicó Zazie orgullosamente. La viuda Mouaque se quedó de un aire. Habían llegado las dos a la altura de una tienda de comestibles al por mayor y al detalle; del otro lado del bulevar, a dirección única, una farmacia no menos mayorista y no menos detallista vertía sus luces verdes sobre una multitud ávida de camomila y de embutidos campesinos, de bombones y de santónicos, de gruyere y de ventosas, una multitud que la vecindad aspiradora de las estaciones comenzaba, por otra parte, a enrarecer. La viuda Mouaque suspiró. —¿No te molesta que ande un poco contigo? —¿Quiere usted vigilar mi conducta? —No, pero me harás compañía. —Eso no me importa. Prefiero estar sola. La viuda Mouaque volvió a suspirar. —Y yo que me siento tan sola... tan sola... —Sola, mis narices —dijo la chiquilla con la corrección de lenguaje que le era habitual. —Sé comprensiva con las personas mayores —dijo la dama con la voz llena de agua—. ¡Ah! Si tú supieras... —¿Es el poli quien la pone en este estado? —Ah, el amor... cuando lo conozcas...

—Ya me decía yo que a fin de cuentas me espetaría usted porquerías. Si continúa usted, llamo a un guardia..., a otro... —Es cruel —dijo la viuda Mouaque amargamente. Zazie se encogió de hombros. —Pobre vieja... Ande, que no soy un mal bicho. Le haré compañía hasta que se reponga. Tengo buen corazón, ¿eh? Antes de que la Mouaque hubiese tenido tiempo de responder, Zazie había añadido: —De todos modos... un poli. Yo, vomitaría. —Te comprendo. Pero, qué quieres, ha sido así. Tal vez si tu tío no hubiese sido guiakidnappeado... —Ya le dije que está casado. Y mi tía está infinitamente mejor que usted. —No hagas propaganda de tu familia. Mi Trouscaillon me basta. Me bastará, mejor dicho. Zazie se encogió de hombros. —Todo eso es cine —va y dice—. ¿No tiene usted otro tema de conversación? —No —repuso enérgicamente la viuda Mouaque. —Bueno, pues entonces —dijo no menos enérgicamente Zazie—, le comunico que la semana de buenas obras ha terminado. Hasta más ver. —Gracias de todos modos, hija mía —dijo la viuda Mouaque con indulgencia. Cruzaron a la vez separadamente la calzada y volvieron a encontrarse frente a la cervecería del Esferoide. —¡Toma! —dijo Zazie—. Otra vez usted. ¿Me está siguiendo? —Me gustaría más verte en otra parte —dijo la viuda. —Ésta es definitiva. Hace cinco minutos que no podía quitármela de encima. Ahora tengo que largarme. ¿Es el amor que la pone así? —¿Qué quieres? Por decirlo todo, tengo cita aquí mismo con mi Trouscaillon. Del sótano se oía un gran bullicio. ¡Ja, ja! —Y yo con mi tito —dijo Zazie—. Están todos ahí. Abajo. ¿No les oye agitarse en plena prehistoria? Porque, como ya le he dicho, a mí, el billar... La viuda Mouaque detallaba el contenido de la planta baja. —No está ahí, su bergante —dijo Zazie. —Todavía no —dijo la dama—. Todavía no. —Claro que no. Jamás hay polis en las tascas. Está prohibido. —Ahí —dijo la viuda finamente— metes la pata. Ha ido a vestirse de paisano. —¿Y será usted capaz de reconocerle en ese estado? —Le amo —dijo la viuda Mouaque. —Entretanto —dijo Zazie rotundamente—, baje a tomar una copa con nosotros. Tal vez esté en el sótano. Tal vez lo ha hecho adrede. —No hay que exagerar. Es poli, no espía. —¿Y usted qué sabe? ¿Le ha hecho confidencias? ¿Ya? —Tengo confianza —dijo la señora, no menos extática que enigmáticamente. Zazie se encogió de hombros una vez más. —Ande..., una copa, eso le renovará las ideas. —¿Por qué no? —dijo la viuda, quien, habiendo mirado la hora, acababa de comprobar que todavía tenía que aguardar dos minutos a su «poligoló».

Desde lo alto de la escalera se percibía cómo unas bolitas resbalaban ágilmente sobre tapetes verdes, y otras, más ligeras, que rayaban la niebla que se elevaba de las cañas de cerveza y de los gaznates húmedos, Zazie y la viuda Mouaque distinguieron el compacto grupo de viajeros reunido en torno a Gabriel, que estaba meditando una carambola sumamente difícil. Habiéndola logrado, fue alabado en diversos idiomas. —Están contentos, ¿eh? —dijo Zazie, orgullosa de su tito. La dama pareció asentir con la cabeza. —¡Serán bestias!... —añadió Zazie con ternura—. Y todavía no han visto nada. Cuando Gabriel se muestre en tutu, vaya cara que pondrán. La dama se dignó sonreír. —¿Qué es exactamente un marica? —le preguntó familiarmente Zazie, como una vieja compañera—. ¿Un fileno, un canco, un hormosesual? ¿Hay matices? —Mi pobre hijita —dijo suspirando la viuda, que de vez en cuando volvía a encontrar restos de moralidad para los demás en las ruinas de la suya pulverizada por los atractivos del poliman. Gabriel, que acababa de fallar un tacazo a seis bandas, las vio entonces y les hizo un breve saludo con la mano. Luego prosiguió fríamente el curso de la serie, desdeñando el fracaso de su última carambola. —Me vuelvo arriba —dijo la viuda con decisión. —Buena suerte —dijo Zazie, y se fue a ver el billar de más cerca. La bola motriz estaba situada en f2, la otra bola blanca en g3 y la colorada en h4. Gabriel se disponía a efectuar un «massé», y a tal fin ponía tiza azul en su taco. Dijo: —Es de un pesado subido, la señora esa. —Tiene un «flerte» terrible con el poliman que ha venido a hablarte cuando hemos estado en la tasca. —Me importa un bledo. De momento, déjame jugar. Nada de bromas. Calma. Sangre fría. En medio de la admiración general, levantó su taco para darle luego a la bola motriz a fin de hacerle describir un arco parabólico. El tacazo, apartándose de su justa apreciación, rasgó el tapete con un «siete» que significaba un valor de mercancía tarifado por los dueños del establecimiento. Los viajeros, que, sobre mesas contiguas, se habían esforzado en lograr un resultado semejante sin haberlo conseguido, expresaron su admiración. Era hora de ir a cenar. Tras haber hecho una colecta para pagar los daños y arreglar la cuenta equitativamente, Gabriel, una vez hubo recuperado a su gente, incluyendo a los jugadores de ping-pong, la llevó a comer a la superficie. La cervecería en la planta baja le pareció adecuada para esta empresa, y se acomodó en un banco antes de haber visto a la viuda Mouaque y a Trouscaillon que estaban a una mesa uno frente al otro. Le hicieron expresivos signos, y a Gabriel le costó reconocer al poliman en el endomingado que hacía melindres al lado de la dama. No escuchando sino las intermitencias de su corazón bondadoso, Gabriel les invitó con un gesto a que se uniesen a su jarana, lo que aquéllos no dejaron de hacer. Los extranjeros se sofocaron de entusiasmo ante tanto color local, en tanto que camareros en mandil empezaban a servir, acompañada de cañas de cerveza enfriadas, una choucroute nauseabunda entreverada de salchichas grasas, de tocino rancio, de jamón curtido y de patatas engrilladas, aportando a la apreciación inconsiderada de paladares bien dispuestos la ffina efflorescencia de la cocina ffrançaise. Zazie, al probar el alimento, manifestó claramente que era pura bazofia. El policía, educado por su madre portera en una sólida tradición de estofado de vaca, la dama a su vez experta en patatas fritas auténticas, y Gabriel, aunque acostumbrado a las comidas raras de los cabarets, se

apresuraron a sugerir a la niña ese cobarde silencio que permite a los mesoneros corromper el gusto del público en el plano de la política exterior, desnaturalizar para uso de extranjeros la magnífica herencia que la cocina de Francia recibió de los galos, a quienes se debe, entre otras cosas, como todos sabemos, sus famosos pantalones, la tonelería y el arte no figurativo. —De todos modos, no me impediréis decir que es asqueroso. —Claro que sí, claro que sí —asintió Gabriel—, no quiero obligarte. Yo soy comprensivo, ¿verdad, señora? —A veces —dijo la viuda Mouaque—, a veces. —No es solamente eso —dijo Trouscaillon—, es a causa de la buena educación. —Educación, mis narices —dijo Zazie. —Usted —dijo Gabriel al poli—, le ruego que me deje educar a la chavala como me parezca. Soy yo quien tiene la responsabilidad. ¿Verdad, Zazie? —Parece ser —dijo Zazie—. En todo caso, yo, ni hablar que coma esa cochambre. —¿Qué desea la señorita? —preguntó hipócritamente un camarero vicioso que olfateaba la bronca. —Quiero otra cosa —dijo Zazie. —¿Nuestra choucroute alsaciana no agrada a la joven señorita? —preguntó el vicioso camarero. Quería hacerse el gracioso, el muy pelmazo. —No —dijo Gabriel con vigor y autoridad—, no le gusta. El camarero examinó durante unos instantes la complexión de Gabriel, y después, en la persona de Trouscaillon, sintió al poli. Tantos triunfos reunidos en la sola mano de una chiquilla le movieron a cerrar el pico. Iba, pues, a hacer una demostración de servilismo, cuando un gerente, más necio aún, decidió intervenir. E hizo en seguida su número gracioso. —¿De qué, de qué —pió—, unos extranjeros se permiten hablar de cocina? Vaya, hombre, qué cara dura tienen los turistas este año. No van a pretender que entienden en comida, los atontados. Interpeló a algunos de ellos (gestos). —Pero oigan ustedes, ¿creen por las buenas que hemos hecho varias guerras victoriosas para que vengan ustedes a escupir sobre nuestros marrón glacés? ¿Creen ustedes que cultivamos con el sudor de nuestras frentes el tintorro y el alcohol de quemar, para que vengan ustedes a despotricar en provecho de sus porquerías de cocacola o de chianti? ¡Hato de gandules! Mientras todavía practicabais el canibalismo chupando el tuétano de los huesos a los enemigos degollados, nuestros antepasados los Cruzados preparaban ya el bistec con papas fritas aun antes de que Parmentier hubiese descubierto la patata, sin hablar de la morcilla con judías verdes que jamás habéis sido capaces de fabricar. ¿Esto no os gusta? ¡Como si supieseis de qué va! Tomó aliento para continuar en términos corteses: —¿Acaso es el precio que os hace poner esa cara? Sin embargo, nuestros precios son decentes. ¿No os dais cuenta, banda de pasmados? ¿Con qué pagaría el dueño sus impuestos, si no tuviese en cuenta todos vuestros dólares con los que no sabéis qué hacer? —¿Has acabado de desbarrar? —preguntó Gabriel. El gerente lanza un grito de rabia. —Y eso pretende hablar francés —se pone a chillar. Se volvió hacia el vicioso camarero y le comunicó sus impresiones: —Pero, ¿estás oyendo a ese inmundo grosero que se permite dirigirme la palabra en nuestro dialecto? ¿No es como para vomitar?

—No habla mal, sin embargo —dijo el vicioso camarero, que tenía miedo de recibir golpes. —Traidor —dijo el gerente, exacerbado, desatinado y trémulo. —¿Qué esperas para partirle la cara? —preguntó Zazie a Gabriel. —Pst —hizo Gabriel. —Retuérzale las partes viriles —dijo la viuda Mouaque—, eso le enseñará a vivir. —No quiero verlo —dijo Trouscaillon, que se puso lívido—. Mientras esté usted operando, yo me ausentaré el tiempo necesario. Precisamente tengo que telefonear a la comisaría. El camarero vicioso subrayó con un codazo en la tripa del gerente las palabras del cliente. El viento cambió. —Dicho esto —comenzó el gerente—, dicho esto, ¿qué desea la señorita? —El cosa que me ha servido —dijo Zazie— es sencillamente una bazofia. —Hubo error —dijo el gerente con una bondadosa sonrisa—, hubo error; era para la mesa de al lado, para los viajeros. —Están con nosotros —dijo Gabriel. —No se preocupe —dijo el gerente con expresión de complicidad—, ya daré con la manera de colocarla, mi choucroute, ¿Qué desea, en su lugar, la señorita? —Otra choucroute. —¿Otra choucroute? —Sí —dijo Zazie—, otra choucroute. —Es que —dijo el gerente—, la otra no será mejor que ésta. Se lo digo en seguida para que no vuelva con sus reclamaciones. —Total, que no hay otra cosa que comer en su establecimiento. —Para servirla —dijo el gerente—. ¡Ah, si no fuesen los impuestos! (suspiro). —Miau, miau —dijo un viajero rebañando él fondo de su plato de choucroute. Con un gesto indicó que quería más. —¿Lo ven? —dijo el gerente triunfalmente. Y el plato de Zazie que el vicioso camarero acababa precisamente de quitar reapareció ante el turista. —Como veo que son ustedes unos entendidos —continuó el gerente—, les aconsejo que tomen nuestro cornetbif natural. Y abriré la lata delante de ustedes. —Le ha costado comprender —dijo Zazie. Humillado, el otro se alejó. Para consolarle, Gabriel, alma buena, le preguntó: —¿Y su granadina? ¿Es buena su granadina?

CAPÍTULO XIII Mado Piececitos miró sonar el teléfono durante tres segundos y después, al cuarto, se dispuso a escuchar lo que pasaba al otro cabo del hilo. Bajó el instrumento de su perchero y le oyó en seguida emplear la voz de Gabriel que le declaró tener que decirle dos palabras a la parienta. —Y volando —añadió.

—No puedo —dijo Mado Piececitos—, estoy sola, el señor Turandot no está aquí. —Hablas —dijo Laverdure—, hablas, es todo lo que sabes hacer. —So bestia —dijo la voz de Gabriel—, si no hay nadie cierras la puerta, y si hay alguien le pones en la calle. ¿Has comprendido, capullito? —Sí, señor Gabriel. Y colgó. No era tan sencillo. Había, en efecto, un cliente. Naturalmente, hubiera podido dejarle solo, puesto que era Charles, y Charles no era un tipo capaz de ir a meter mano en el cajón de la registradora para robar alguna moneda. Un tipo honrado, el Charles. La prueba: acababa de pedirla en matrimonio. Mado Piececitos había apenas empezado a reflexionar sobre este problema, cuando el teléfono se puso a sonar otra vez. —¡Caray! —rugió Charles—. No hay medio de estar tranquilos en este burdel. —Hablas, hablas —dijo Laverdure, a quien la situación ponía nervioso—, es todo lo que sabes hacer. Mado Piececitos volvió a coger el auricular, y se oyó propulsar un cierto número de adjetivos, cada uno de ellos más desagradable que el otro. —No cuelgues, bruja, que no sabrías dónde llamarme. Y date prisa. ¿Estás sola o hay alguien? —Está Charles. —¿Qué le quieren a Charles? —dijo Charles noblemente. —Hablas, hablas —dijo Laverdure—, es todo lo que sabes hacer. —¿Es él quien chilla tanto? —preguntó el teléfono. —No, es Laverdure. Charles me habla de matrimonio. —¡Ah! Se decide —dijo el teléfono con indiferencia—. Eso no le impide ir a buscar a Marceline, si es que tú no quieres subir las escaleras. Hará eso por ti, espero, el Charles. —Voy a preguntárselo —dijo Piececitos. (Una pausa.) —Dice que no quiere. —¿Por qué? —Está enfadado con usted. —El muy cretino. Dile que se ponga al aparato. —Charles —gritó Mado Piececitos (gesto). Charles no dice nada (gesto). Mado se impacienta (gesto). —Bueno, ¿viene o no viene? —pregunta el teléfono. —Sí —dice Mado Piececitos (gesto). Finalmente, Charles, tras haber vaciado su vaso, se acerca lentamente al auricular; luego, arrancando el aparato de manos de su tal vez futura, profiere esta palabra cibernética: —Diga. —¿Eres tú, Charles? —Sí —Entonces corre y vete a buscar a Marceline que tengo que hablarle con urgencia. —Y yo te digo que no tengo que recibir órdenes de nadie. Y cuelga. Luego volvió al mostrador detrás del cual Mado Piececitos parecía soñar.

—Entonces —dijo Charles—, ¿qué piensas de ello? ¿Es sí o es no? —Se lo repito —susurró Mado Piececitos—, me lo dice así, sin avisar... Es un choque, yo no podía preverlo, eso pide reflexión, señor Charles. —Como si no hubieses reflexionado ya. —¡Oh, señor Charles, qué escéptico es usted! El timbre del aparato se puso de nuevo a telefononcionar. —Bueno, pero, ¿qué le pasa?, ¿qué le pasa? —No le hagas caso —dijo Charles. —No hay que ser tan duro; de todos modos es un compañero. —Bueno, pero la chica en suplemento no arregla nada. —No piense en la chiquilla. A esa edad es lícito. Como aquello seguía roncando, de nuevo Charles se puso al aparato descolgado. —Oiga —aulló Gabriel. —Díííga —dijo Charles. —Anda, no hagas el imbécil. Ve y corre a avisar a Marceline, que ya empiezas a jorobarme. —Comprende —dijo Charles con tono superior— que me estás estorbando. —Bueno —bramó el teléfono—, ¡lo que hay que oír! ¿Estorbarte a ti? ¿Qué estás haciendo de importante? Charles puso enérgicamente la mano sobre el auricular y, volviéndose a Mado, le preguntó: —¿Es sí? ¿Es no? —Es sí —respondió Mado Piececitos, enrojeciendo. —¿De veras? —(Gesto.) Charles liberó el auricular y comunicó la cosa siguiente a Gabriel, que seguía estando presente al otro cabo del hilo. —Mira, tengo una noticia que darte. —No me importa. Ve a buscar... —A Marceline, ya sé. Luego se lanza a toda velocidad: —Mado Piececitos y yo acabamos de prometernos. —Buena idea. En el fondo, he reflexionado, no merece la pena... —¿Has comprendido lo que te he dicho? Que Mado Piececitos y yo nos casamos. —Si eso te acomoda... Pues... Marceline no vale la pena que se moleste. Dile solamente que me llevo a la pequeña al Monte de Piedad para ver el espectáculo. Hay unos viajeros distinguidos que me acompañan y algunos amigos, una pandilla, vaya. Así es que mi número de esta noche voy a cuidarlo... Con tal que Zazie lo aproveche, es una verdadera suerte para ella. Además, es verdad, no tienes más que venir tú también con Mado Piececitos, eso constituirá una celebración de vuestro noviazgo, ¿no es verdad? Eso se moja, yo pago, y, por añadidura, espectáculo. Además, Turandot puede venir también, el so memo, y Laverdure, si creéis que puede divertirle, y Gridoux, no hay que olvidar a Gridoux. ¡Condenado Gridoux! Y dicho esto, Gabriel cuelga. Charles dejó colgando el auricular y, volviéndose hacia Mado Piececitos, intentó decir algo memorable. —Entonces —va y dice—, ¿está hecho? ¿El asunto concluido? —¡Y cómo! —dijo Madeleine. —Nos casamos, Madeleine y yo —dijo Charles a Turandot que volvía.

—Buena idea —dijo Turandot—. Os convido a un reconfortante para mojar eso. Pero me fastidia perder a Mado. Trabajaba bien. —¡Pero si me voy a quedar! —dijo Madeleine—. Me aburriría en casa, mientras él hace el taxi. —Esto es verdad —dijo Charles—. En el fondo, nada habrá cambiado, excepto que, cuando nos queramos, será dentro de la legalidad. —Uno siempre acaba por razonar —dijo Turandot—. ¿Qué vais a tomar? —Cualquier cosa —dijo Charles. —Por una vez, seré yo quien te sirva —dijo Turandot galantemente a Madeleine, dándole una palmada en las nalgas, cosa que no tenía costumbre de hacer excepto en las horas de trabajo, y entonces solamente para caldear la atmósfera. —Charles podría tomar un Fernet-branca —dijo Madeleine. —No es bebestible —dijo Charles. —Bien te has bebido una copa a mediodía —observó Turandot. —Pues es verdad. Así que para mí será un beaujolais. Brindan. —A vuestros retozos legítimos —dijo Turandot. —Gracias —responde Charles enjugándose la boca con la gorra. Añade que eso no es todo, que hay que avisar a Marceline. —No te canses, cariño —dice Madeleine—. Iré yo. —¿Qué puede importarle que te cases o no? —dice Turandot—. Puede muy bien esperar a mañana para saberlo. —Marceline —dice Charles— es otro asunto. Gabriel se ha quedado a Zazie consigo y nos invita a todos y a ti también a ir a tomarnos una copa viéndole hacer su número. Una, y espero que varias. —Bueno —dice Turandot—, ¿no te da asco? ¿Vas a ir a un local de maricas para celebrar tu noviazgo? Te lo repito, ¿no te da asco? —Hablas, hablas —dice Laverdure—, es todo lo que sabes hacer. —No discutáis—dice Madeleine—, yo voy a avisar a la señora Marceline y a ponerme guapa para hacer honor a nuestra Gaby. Se va volando. Llegada al segundo piso, llama a la puerta la nueva novia. Una puerta a la que se llama de manera tan graciosa no puede hacer sino abrirse. Por lo que la puerta en cuestión se abre. —Hola, Mado Piececitos —dice dulcemente Marceline. —Bueno, pues —dice Madeleine recobrando el aliento un poco abandonado en las espiras de la escalera. —Pase y tome un vaso de granadina —dice dulcemente Marceline interrumpiéndola. —Es que tengo que vestirme. —No veo que esté desnuda —dice dulcemente Marceline. Madeleine se ruboriza. Marceline dice dulcemente: —Y eso no impediría el vaso de granadina, ¿no es así? Entre mujeres... —A pesar de todo... —Parece usted muy emocionada. —Acabo de prometerme. Así que, compréndalo usted... —¿No estará usted encinta? —De momento, no.

—Entonces no puede rehusarme un vaso de granadina. —¡Qué bien habla usted! —No es ningún mérito mío —dice dulcemente Marceline bajando los ojos—. Pase. Madeleine musita algunas cortesías más y entra. Le ruegan que se siente y ella lo hace. El ama de casa va en busca de dos vasos, una botella de agua y un litro de granadina. Vierte este último líquido con precaución, bastante generosamente para su invitada, y apenas un dedo para ella. —No me fío —dice dulcemente con sonrisa de complicidad. Después diluye el brebaje que las dos sorben haciendo mohines. —¿Y qué? —pregunta dulcemente Marceline. —Pues bien —dice Madeleine—, el señor Gabriel ha telefoneado que se lleva a la pequeña a su boîte para que le vea hacer su número, y a nosotros dos, Charles y yo, también, para festejar el noviazgo. —¿Entonces es Charles? —Él u otro. Es serio y, además, nos conocemos. Las dos seguían sonriéndose. —Dígame, señora Marceline —dijo Madeleine—, ¿qué trapos he de ponerme? —Bueno —dijo dulcemente Marceline—, para un noviazgo, es el blanco normal lo que se impone, con un toque de virginal plateado. —Por lo de virginal, vamos a dejarlo —dijo Madeleine. —Es lo que se suele hacer. —¿Hasta para un local de maricas? —Eso no tiene nada que ver. —Sí, pero es que si yo no tengo vestido blanco normal con un toque de virginal plateado o incluso simplemente un traje sastre dos-piezas cuarto de baño con una blusa porta-ligas cocina, ¡eh!, ¿qué voy a hacer? Dígame, pues, dígamelo, ¿qué voy a hacer? Marceline bajó la cabeza dando señales manifiestas de reflexión. —Entonces —va y dice dulcemente—, entonces, en ese caso, ¿por qué no se pone su chaqueta amaranto con la falda plisada verde y amarilla que le vi un día de baile un catorce de julio? —¿Se fijó usted en ella? —Claro —dice dulcemente Marceline— que me fijé (silencio). Estaba usted encantadora. —Eso es simpático —dice Madeleine—. Entonces, ¿a veces me presta usted atención? —Claro —dice dulcemente Marceline. —Porque es que yo —dice Madeleine—, porque yo, la encuentro a usted tan guapa... —¿De veras? —preguntó dulcemente Marceline. —Ah, sí —respondió Mado con vehemencia—, de veras que sí. Me gustaría enormemente ser como usted. Está usted pero que muy bien formada. ¡Y qué elegancia, además! —No exageremos —dijo dulcemente Marceline. —Sí, sí. Es usted estupenda. ¿Por qué no se la ve más a menudo? (silencio). Gustaría verla más a menudo. A mí (sonrisa) me gustaría verla más a menudo. Marceline bajó los ojos y enrojeció dulcemente. —Sí —prosiguió Madeleine—, ¿por qué no se la ve más a menudo, usted que está en tan resplandeciente salud que me permito hacérselo observar y que es tan guapa encima, sí, por qué? —Es que no soy de humor bullanguero —respondió dulcemente Marceline. —Sin llegar a tanto, podría usted... —No insista, querida —dijo Marceline.

Con lo que se quedaron las dos silenciosas, pensativas, soñadoras. El tiempo transcurría lentamente entre ellas dos. Oían a lo lejos, en las calles, desinflarse lentamente los neumáticos en la noche. Por la ventana entornada veían centellear la luna sobre la parrilla de una antena de tele no haciendo más que muy poco ruido. —De todos modos, tendría usted que ir a vestirse —dijo dulcemente Marceline—, si no quiere perder el número de Gabriel. —Tendría... —dijo Madeleine—. Entonces, ¿me pongo la chaqueta verde manzana con la falda naranja y limón del catorce de julio? —Eso es. (Una pausa.) —Me pone triste dejarla sola —dijo Madeleine. —Oh, no —dijo Marceline—. Ya estoy acostumbrada. —No obstante... Se levantaron las dos con igual movimiento. —Bueno, siendo así —dijo Madeleine—, voy a vestirme. —Estará usted encantadora —dijo Marceline acercándose dulcemente. Madeleine la mira a los ojos. Llaman a la puerta. —Bueno, ¿nos vamos? —grita el Charles.

CAPÍTULO XIV El cacharro quedó lleno y Charles arrancó. Turandot se sentó a su lado y Madeleine al fondo, entre Gridoux y Laverdure. Madeleine miró al loro y preguntó después: —¿Creéis que el espectáculo le divertirá? —No te preocupes —dijo Turandot, que había corrido el cristal de separación para oír lo que decían detrás de él—, sabes perfectamente que se divierte a su manera y cuando tiene ganas de ello. Así que, ¿por qué no mirando a Gabriel? —Esos animalitos —declaró Gridoux—, no se sabe jamás lo que comprenden. —Hablas, hablas —dijo Laverdure—, es todo lo que sabes hacer. —¿Ve usted? —gritó Gridoux—. Entienden más de lo que generalmente se cree. —Esto es verdad —aprobó Madeleine fogosamente—. Es muy verdad, esto. Por lo demás, nosotros, ¿acaso entendemos algo de algo? —¿Algo de qué? —preguntó Turandot. —De la vida. A veces, se diría un sueño. —Son cosas que se dicen cuando uno está por casarse. Y Turandot da una sonora palmada en el muslo de Charles, a riesgo de hacer dar un traspiés al taxi. —No me fastidies —dijo Charles.

—No —dijo Madeleine—, no es eso, no estaba pensando solamente en la boda, pensaba así... por pensar. —Es la única manera —dijo Gridoux con tono de entendido. —¿La única manera de qué? —De lo que has dicho. (Silencio.) —¡Qué cólico es la existencia! —prosiguió Madeleine (suspiro). —No, hombre, no —dijo Gridoux—, que no. —Hablas, hablas —dijo Laverdure—, es todo lo que sabes hacer. —De todos modos —dijo Gridoux—, éste no cambia de disco a menudo. —¿Insinúas, acaso, que no está dotado? —gritó Turandot por encima de su hombro. Charles, a quien Laverdure no había interesado mucho nunca, se inclinó hacia su propietario para decirle en voz baja: —Pregúntale si todavía marcha lo de la boda. —¿A quién se lo pregunto? ¿A Laverdure? —No te hagas el tonto más que otro. —Ya no se puede bromear —dijo Turandot con voz emoliente. Y gritó por encima de su hombro: —¡Mado Piececitos! —Presente —dijo Madeleine. —Charles pregunta si todavía le quieres por esposo. —Sí —respondió Madeleine con voz firme. Turandot se volvió hacia Charles y le preguntó: —¿Sigues queriendo a Mado Piececitos por esposa? —Sí —respondió Charles con voz firme. —Entonces —dijo Turandot, con voz no menos firme—, os declaro unidos por los vínculos del matrimonio. —Amén —dijo Gridoux. —Es idiota —dijo Madeleine, furiosa—, es una broma idiota. —¿Por qué? —preguntó Turandot—. ¿Quieres o no quieres? A ver si nos entendemos. —La broma es lo que no tenía gracia. —No bromeaba. Hace tiempo que os deseo unidos, a ti y a Charles. —Ocúpese de sus asuntos, señor Turandot. —Ha dicho la última palabra —dijo Charles plácidamente—. Ya estamos. Final de trayecto. Voy a aparcar mi coche y vuelvo. —Mejor —dijo Turandot—, ya empezaba a tener tortícolis. ¿No estás enfadada conmigo? —Oh, no —dijo Madeleine—, es usted demasiado alcornoque para que pueda una enfadarse. Un almirante de suntuoso uniforme fue a abrir las portezuelas. Exclamó: —Oh, la bonita —dijo al ver el loro—. ¿También lo es, ella? Laverdure chilló: —Hablas, hablas, es todo lo que sabes hacer. —Anda —dijo el almirante—, se diría que le gusta. —Y a los recién llegados—: ¿Son ustedes los invitados de Gabriella? Se nota a primera vista. —Oye, tú, zape —dijo Turandot—, no seas insolente. —¿Y eso también quiere ver a Gabriella? Miraba al loro con aire de tener aire de tener arcadas.

—¿Te molesta? —preguntó Turandot. —Un poquitín —respondió el almirante—. Ese género de ganado me da complejos. —Habrá que ver a un «psítaco-analista» —dijo Gridoux. —Ya he tratado de analizar mis sueños —respondió el almirante—, pero son feos. No dan resultado. —¿Con qué sueñas? —preguntó Gridoux. —Con nodrizas. —¡Qué asqueroso! —dijo Turandot, que quería chacota. Charles había encontrado un sitio donde aparcar su taxi. —Entonces, ¿qué? —dijo Charles—. ¿No habéis entrado todavía? —Aquí viene una de mala —dijo el almirante. —No me gusta que me gasten bromas —dijo el taxímano. —Tomo nota de ello —dijo el almirante. —Hablas, hablas —dijo Laverdure... —Vaya bulla metéis —dijo Gabriel, apareciendo—. Entrad ya. No tengáis miedo. La clientela aún no ha llegado. No hay más que los viajeros. Y Zazie. Entrad. Entrad. Dentro de poco vais a reíros las tripas. —¿Por qué nos has dicho que vengamos precisamente esta noche? —preguntó Turandot. —Usted —prosiguió Gridoux—, que corría el velo púdico del ostracismo sobre la circunscripción de sus actividades... —Y que —añadió Madeleine— jamás ha querido que le admirásemos en el ejercicio de su arte. —Sí —dijo Laverdure—, no comprendemos el hic de este nunc, ni el quid de este quod. Desdeñando la intervención del loro, Gabriel respondió en estos términos a sus precedentes interlocutores: —¿Por qué? ¿Me preguntáis por qué? Ah, extraña pregunta cuando no se sabe qué ni cómo contestarla uno mismo. ¿Por qué? Sí, ¿por qué? ¿Me preguntáis por qué? ¡Oh! Dejadme, en este instante tan dulce, evocar esa fusión de la existencia y del casi por qué que se opera en los crisoles de las prendas y las arras. ¿Por qué, por qué, por qué? ¿Me preguntáis por qué? Pues bien, ¿no oís estremecerse las gloxinias a lo largo de los epitalamios? —¿Es por nosotros que dices eso? —preguntó Charles, que con frecuencia hacía crucigramas. —No, en absoluto —respondió Gabriel—. Pero ¡mirad! ¡Mirad! Una cortina de terciopelo rojo se dividió mágicamente según una línea medianera, apareciendo a los ojos de los maravillados visitantes el bar, las mesas, el podio y la pista del Monte de Piedad, la más célebre de todas las bolles de cancos de la capital —y no es esto lo que falta—, animada solamente a aquella hora por la presencia aberrante y ligeramente anormal de los discípulos del cicerón Gabriel, en medio de los cuales destacaba y peroraba la niña Zazie. —Dejad sitio, nobles extranjeros —les dijo Gabriel. Como le tenían absoluta confianza, se movieron para permitir a los recién llegados que se insertasen entre ellos. Una vez verificada la mezcla, se instaló a Laverdure en el borde de una mesa. Éste manifestó su satisfacción esparciendo a su alrededor sendos recuerdos perfumados. Una escocesa, camarero del establecimiento, miró al personaje y expresó su opinión en voz alta. —Los hay majaretas, caramba —declaró—. A mí, la tierra verde... —Gran morral —dijo Turandot—. Si tú te crees razonable con tu faldita...

—Déjale tranquilo —dijo Gabriel—, es su instrumento de trabajo. En cuanto a Laverdure —añadió dirigiéndose al escocesa—, he sido yo quien le ha dicho que viniese, así que aguantalo y guarda tus reflexiones para tu coco. —Así se habla —dijo Turandot mirando de arriba abajo al escocesa con aire victorioso—. Y a todas éstas, ¿qué nos ofrecen? ¿Champaña, o qué? —Aquí es obligatorio —dijo el escocesa—. A menos que tome «uisqui». Si sabe usted lo que es. —¡Me pregunta eso, a mí, que tengo establecimiento! —Haberlo dicho —dijo el escocesa cepillándose la faldita con el dorso de la mano. —Bueno, anda —dijo Gabriel—, tráenos el jugo gaseoso del establecimiento. —¿Cuántas botellas? —Depende del precio —dijo Turandot. —¿No te digo que soy yo quien convida? —dijo Gabriel. —Defendía tus intereses —dijo Turandot. —Qué apego le tiene a su dinerín, ésta —observó el escocesa pellizcando la oreja del entrometido y alejándose en seguida—. Traeré una gruesa. —Una gruesa ¿qué? —preguntó Zazie metiéndose de golpe en la conversación. —Quiere decir doce docenas de botellas —explicó Gabriel que veía en grande. Zazie se dignó ocuparse entonces de los recién llegados. —Eh, el tío del taxi —va y le dice a Charles—, ¿parece que hay casorio? —Parece —respondió sucintamente Charles. —Al fin y al cabo, ha encontrado usted a alguien de su gusto. Zazie se inclinó para ver a Madeleine. —¿Es ella? —Hola, señorita —dijo amablemente Madeleine. —Hola —dijo Zazie. Local Se volvió del lado de la viuda Mouaque para ponerla al corriente. —Esos dos —le dice, indicando con el dedo las personas en cuestión— se casan. —¡Oh, qué emocionante! —exclamó la viuda Mouaque—. Y, mientras, mi pobre Trouscaillon tal vez esté recibiendo un mal golpe, con esta noche tan negra. En fin (suspiro), ha escogido esa profesión (silencio). Sería cómico que yo enviudase por segunda vez antes de haberme vuelto a casar. Emitió una risita aguda. —¿Quién es, esa embobada? —preguntó Turandot a Gabriel. —No sé. Desde esta tarde que se nos pega a los talones con un poli que ha cosechado en el camino. —¿Quién es, el poli? —Ha ido a dar una vuelta. —No me gusta, esa compañía —dijo Charles. —Sí —dijo Turandot—. No es sana. —No os preocupéis —dijo Gabriel—. Os inquietáis por nada. Mirad, aquí viene el jugo. ¡Hurra! Refocilaos, amigos y viajeros, y tú, sobrina querida, y vosotros, tiernos novios. ¡Es verdad! No hay que olvidarse de los novios. ¡Un brindis! ¡Un brindis para los novios! Los viajeros, enternecidos, cantan a coro «japi-berzdey tu-yú» y algunos servidores escocesas, emocionados, se enjugaron la lágrima que les habría estropeado el rimel.

Luego Gabriel golpeó una copa con un extractor de gas, y una vez obtenida la atención general, lo que se consiguió en seguida, tal era su prestigio, sentóse a horcajadas en una silla y dijo: —Entonces, corderos míos, y ustedes, mis señoras ovejas, van a tener por fin una ligera apreciación de mis talentos. Desde hace tiempo sabéis ciertamente, y algunos de vosotros no lo ignoran desde hace poco, que he hecho del arte coreográfico la ubre principal de las mamas de mis ingresos. Hay que vivir, ¿verdad? ¿Y de qué se vive?, os pregunto. Del aire del tiempo, naturalmente, por lo menos en parte, diría, y se muere también de él, pero más capitalmente de ese substancioso tuétano que es el parné. Este producto melifluo, sápido y polígeno, se evapora con la mayor facilidad cuando no se adquiere sino con el sudor de la frente, por lo menos entre los explotados de este mundo a los que pertenezco, y cuyo primero se llama Adán, a quien los Elohim tiranizaron, como todo el mundo sabe. Por bien que su escondite en el Edén no parece oneroso para ellos a los ojos y según el juicio de los hombres actuales, le mandaron a las colonias a rascar el suelo para hacer crecer en él la pamplemusa, en tanto que prohibían a los hipnotizadores que ayudasen a la cónyuge en sus partos y obligaban a los ofidios a ponerse las piernas en el cuello. Pamplinas, bagatelas y biblerías de mis pecados. Sea lo que fuere, yo he ungido la coyuntura de mis rodillas con la citada sudor de mi frente y así es cómo, edénico y adánico, me gano el bocado. Vais a verme en acción dentro de algunos instantes; pero, ¡cuidado!, no os engañéis, no es un simple «slip-tis» lo que os presentaré, sino arte. ¡Arte con «a» mayúscula, fijaos bien! Arte en cuatro letras, y las palabras de cuatro letras son incontestablemente superiores, no ya a las palabras de tres letras que arrastran tantas groserías a través de la majestuosa corriente de la lengua francesa, sino a las palabras de cinco, que no vehiculan muchas menos. Llegado al término de mi discurso, no me queda más que manifestaros toda mi gratitud y todo mi reconocimiento por los innumerables aplausos que haréis crepitar en mi honor y para mi mayor gloria. ¡Gracias! De antemano, ¡gracias! ¡Una vez más, gracias! Y levantándose de un brinco con una agilidad tan singular como inesperada, el coloso hizo algunos entrechats13 agitando las manos detrás de sus omóplatos para simular el vuelo de una mariposa. Este avance de su talento suscitó en los viajeros un entusiasmo considerable. —Go, femme —exclamaron para animarle. —¡Dale! —gritó Turandot, que jamás había bebido un champaña tan bueno. —¡Oh, esa ruidosa!... —dijo un servidor escocesa. Mientras otros clientes llegaban a racimos, vertidos por los autocares familiares de aquellos lugares, Gabriel, bruscamente, volvió a sentarse, con aire siniestro. —¿Eso no marcha, señor Gabriel? —preguntó gentilmente Madeleine. —Tengo miedo. —¡Cobarde! —exclamó Charles. —¡Qué mala pata tengo! —dijo Zazie. —No vas a hacernos eso —dijo Turandot. —Hablas, hablas —dijo Laverdure—, es todo lo que sabes hacer. —Es oportuno, el animalito —dijo un servidor escocesa. —No te dejes impresionar, Gaby —dijo Turandot. —Imagínate que somos gentes como la demás —dijo Zazie. ___________
13 Trenzados (N. de M. Z.).

—Hágame ese favor —dijo la viuda Mouaque haciendo mohines. —A usted —dijo Gabriel—, que la zumben. No, amigos míos —añadió dirigiéndose a los otros—, no, no es solamente eso (suspiro) (silencio), sino que me hubiese gustado tanto que también Marceline me pudiese admirar... Anunciaron que el espectáculo iba a comenzar con una caromba bailada por unos martiniqueses muy monos.

CAPITULO XV Marceline se había quedado dormida en un sillón. Algo la despertó. Miró la hora con ojos parpadeantes, no sacó de ello ninguna conclusión especial y, por fin, comprendió que llamaban a la puerta, muy discretamente. Apagó en seguida la luz y no se movió. No podía ser Gabriel porque, cuando volviese con los demás, haría, naturalmente, un estruendo como para desvelar el barrio. No era tampoco la policía, visto que el sol no había salido aún. En cuanto a la hipótesis de un ratero codicioso de los ahorros de Gabriel, era como para reírse. Hubo un silencio y luego se pusieron a accionar el tirador. No consiguiendo esto ningún resultado, empezaron a hurgar en la cerradura. Esto duró algún tiempo. «No entiende mucho», se dijo Marceline. Finalmente, la puerta se abrió. El tipo no entró en seguida. Marceline respiraba tan débilmente y con tanta astucia que el otro no podía oírla. Por fin dio un paso. Buscaba el interruptor a tientas. Dio con él y se hizo la luz en el vestíbulo. Marceline reconoció en seguida la silueta del tipo: era el supuesto Pedro-excedentes. Pero cuando hubo dado la luz en el cuarto donde ella se hallaba, Marceline creyó haberse equivocado, pues el personaje no usaba bigotes ni gafas ahumadas. —Le doy miedo, ¿eh? —preguntó galantemente. —Nanay —respondió dulcemente Marceline. Y mientras, una vez sentado, se volvía a poner el calzado, ella comprobó que no se había equivocado en su primera identificación. Era precisamente el tipo que Gabriel había echado por la escalera. Una vez calzado, miró de nuevo a Marceline sonriendo. —Esta vez —dijo—, aceptaría con gusto un vaso de granadina. —¿Por qué «esta vez»? —preguntó Marceline liando las últimas palabras de su pregunta entre comillas. —¿No me reconoce usted? Marceline titubeó y luego asintió (gesto). —¿Se pregunta usted qué es lo que vengo a hacer aquí a estas horas? —Es usted un fino psicólogo, señor Pedro. —¿Señor Pedro? ¿Por qué «señor Pedro»? —preguntó el tipo muy intrigado, adornando el señor Pedro con algunas comillas.

—Porque así se llamaba está mañana —respondió dulcemente Marceline. —¿Ah, sí? —hizo el tipo con aire desenfadado—. Lo había olvidado. (Silencio). —Bueno —continuó—, ¿no me pregunta lo que vengo a hacer aquí a una hora semejante? —No, no se lo pregunto. —Es una lástima —dijo el tipo—, porque yo le hubiese contestado que he venido para aceptar la invitación a un vaso de granadina. Marceline se dirigió silenciosamente la palabra a ella misma para comunicarse la reflexión siguiente: —Tiene ganas de que le diga que es idiota, pero no le daré ese gusto, ah, no, no. El tipo miró a su alrededor. —¿Ahí dentro es dónde está? (gesto). Designa el manchado aparador. Como Marceline no contesta, se encoge de hombros, se levanta, abre el mueble, saca la botella y dos vasos. —Tomará usted un poco, ¿no? —propone. —Me impediría dormir —responde dulcemente Marceline. El tipo no insiste. Bebe. —Es verdaderamente repugnante —observa incidentalmente. Marceline no hace ningún comentario. —¿No han regresado aún? — pregunta el tipo sólo por decir algo. —Ya lo ve usted. De lo contrario ya estaría usted escaleras abajo. —Gabriella —dice el tipo pensativamente (pausa)— Gracioso (pausa). Positivamente gracioso. Termina su vaso. —¡Puf! —murmura. Hay otro silencio en el aire. Por fin el tipo se decide. —Bueno —dice—, tengo cierto número de preguntas que hacerle. —Hágalas —dice dulcemente Marceline—, pero no las contestaré. —Es necesario —dice el tipo—. Soy el inspector Bertin Poirée. Esto hace reír a Marceline. —He aquí mi carnet —dice el tipo, ofendido. Y, de lejos, lo muestra a Marceline. —Es falso —dice Marceline—. Se ve al primer golpe de vista. Y, además, si usted fuese un verdadero inspector, sabría que no se actúa de este modo. Ni siquiera se ha tomado la molestia de leer una novela policíaca, una francesa, claro, donde lo hubiese aprendido. Hay suficientes motivos para enchironarle a usted: fractura, allanamiento de morada... —Y tal vez allanamiento de otra cosa. —¿Decía usted...? —preguntó dulcemente Marceline. —Pues eso —dijo el tipo—, estoy tremendamente encaprichado de usted. En cuanto la he visto, me he dicho: No podré seguir viviendo en esta tierra si no me la soplo un día u otro, y entonces me he añadido: Pues que sea lo antes posible. No puedo aguardar, yo. Soy un impaciente: es mi carácter. Entonces me he dicho: Esta noche tendré mi oportunidad, porque ella, la divina (es usted), estará muy solita en su nido, dado que todo el resto de la casa incluido ese

imbécil de Turandot, irá al Monte de Piedad para admirar las cabriolas de Gabriella. ¡Gabriella! (silencio). Gracioso (silencio). Positivamente gracioso. —¿Cómo sabe usted todo esto? —Porque soy el inspector Bertin Poirée. —Está usted desbarrando —dijo Marceline cambiando bruscamente de vocabulario—. Confiese que es un falso poli. —¿Cree usted que un poli, como usted dice, no puede estar enamorado? —Entonces es usted muy memo. —Hay policías que no son muy fuertes. —Pero usted es de campeonato. —Entonces, ¿éste es todo el efecto que le produce mi declaración? ¿Mi declaración de amor? —No va usted a creer, de todos modos, que voy a decir qué bueno, nada más pedirlo. —Pienso sinceramente que mi atractivo personal no la dejará indiferente, al final. —¡Las cosas que hay que oír! —Verá usted. Un poco de conversación, y mi poder de seducción obrará. —¿Y si no obra? —Entonces le salto encima. Por las buenas. —Bueno, ande. Inténtelo. —Oh, tengo tiempo. Sólo en última instancia apelaré a ese procedimiento que mi conciencia no aprueba enteramente, hay que decirlo. —Tendría usted que darse prisa. Gabriel tardará poco en estar aquí. —Oh, no. Esta noche no llegará hasta las seis de la madrugada. —¡Pobre Zazie! —dijo dulcemente Marceline—. Va a estar muy fatigada, ella que tiene que tomar el tren a las seis y sesenta, —Al diablo con Zazie. Las chavalillas, me dan asco, son agrias, puf. En cambio, una hermosa criatura como usted... ¡Caray! —No quita que esta mañana andaba usted detrás de la pobre pequeña. —No se puede decir. He sido yo quien se la ha traído aquí. Pero en cuanto la he visto a usted.... El visitante de la noche miró a Marceline adoptando una expresión de gran melancolía. Luego agarró enérgicamente la botella de granadina para llenar con este brebaje un vaso cuyo contenido tragó, volviendo a dejar sobre la mesa la parte incomestible, como se suele hacer con el hueso de la chuleta o con la espina del lenguado. —Glugú —hizo deglutiendo la bebida que él mismo había elegido y a la que acababa de hacer sufrir el trato expeditivo al que está acostumbrado el vodka. Se enjugó los labios viscosos con el dorso de la mano (izquierda) y, con estas, comenzó la sesión de seducción anunciada. —Yo —dice así por las buenas— soy un veleta. La mocosa cateta, no me interesaba a pesar de sus historias homicidas. Le estoy hablando de por la mañana. Pero, durante el día, hete aquí que tropiezo con una dama de la alta sociedad, a primera vista. La baronesa Mouaque. Una viuda. La tengo loquita. En cinco minutos su vida dio una vuelta como un calcetín. Hay que decir que yo vestía mis mejores atavíos de guardia de la circulación. Adoro eso. Me divierto con ese uniforme como no puede usted tener idea. Mi mayor gozo es silbar a un taxi y subirme a él. El tío del volante se queda pasmado. Y me hago llevar a casa (silencio). Tal vez me encuentra usted un poco «snob»... —Cada cual con sus gustos.

—¿Todavía no se siente atraída por mí? —No. Bertin Poirée tosió dos o tres veces, y prosiguió en estos términos: —Tengo que contarle cómo encontré a la viuda. —No me interesa —dijo dulcemente Marceline. —En todo caso, la he plantado en el Monte de Piedad. A mí, las evoluciones de Gabriella (¡Gabriella!) me dejan frío. En cambio, usted..., usted me hace brillar. —¡Oh, señor Pedro-excedentes! ¿No le da a usted vergüenza? —Vergüenza... vergüenza... se dice pronto. ¿Acaso se es delicado cuando se parlotea? (pausa). Además, no me llame Pedro-excedentes. Me irrita. Es un nombre que inventé de repente, por las buenas, para Gabriella (¡Gabriella!), pues no estoy acostumbrado a él, no lo he utilizado nunca. En cambio, tengo otros que me sientan perfectamente. —¿Como Bertin Poirée? —Por ejemplo. O bien el que adopto cuando me visto de agente de policía (silencio). Pareció inquieto. —Me visto —repitió dolorosamente—. ¿Es francés esto: me visto? Me voy sí, pero ¿me visto? ¿Qué cree usted, guapa? —Bueno, pues váyase. —No tengo en absoluto esta intención. Así que, me visto... —Disfrazo... —¡No! ¡En absoluto! ¡No es un disfraz! ¿Quién le ha dicho a usted que no soy un auténtico policía? Marceline se encogió de hombros. —Bueno, pues vístase. —Vestígase, hermosa mía. Se dice: vestígase. Marceline soltó una carcajada. —¡Vestígase! ¡Vestígase! Es usted una nulidad. Se dice: vístase. —No me lo hará usted creer jamás. Parecía enojado. —Mire en el diccionario. —¿Un diccionario? No llevo diccionario conmigo. Ni lo tengo en casa. Si piensa usted que tengo tiempo de leer, con lo ocupado que estoy... —Allí hay uno (gesto). —Caray —dijo, impresionado—. Además, es usted una intelectual. Pero no se movió. —¿Quiere que vaya a buscarlo? —dijo dulcemente Marceline. —No, voy yo. Con aire desconfiado, fue a coger el libro de la estantería procurando no perder de vista a Marceline. Luego, volviendo con el diccionario, se puso a consultarlo penosamente y se absorbió en esta tarea. —¡Anda, qué complicado es!... Ah, por fin, palabras de ésas que todo el mundo conoce... ¡Ya está! Vestir. Sí: vestir. Visto... ¿Lo ve cómo me expresaba bien? Tú vistes, él viste, nosotros vestimos, vosotros vestís... vosotros vestís... pues es verdad... gracioso... positivamente gracioso... Toma... ¿Y desvestir?... miremos desvestir... veamos... desvestir. Aquí está. Desvestir

se conjuga como vestir. Se dice, pues, desvístase usted. Pues bien —aulló bruscamente—; ¡desvístase usted! ¡Y rápido! Sus ojos estaban inyectados de sangre. Tanto más cuanto que por otra parte Marceline se había totalmente y no menos bruscamente eclipsado. Aprovechando los salientes del muro, con una maleta en la mano, Marceline se deslizaba con suma facilidad; no tenía que hacer más que un saltito de tres metros y pico para terminar su itinerario. Desapareció por la esquina de la calle.

CAPITULO XVI Trouscaillon se había vuelto a poner el uniforme de policía. En la plazoleta cercana al Monte de Piedad, aguardaba, melancólico, el cierre del establecimiento. Miraba pensativamente (al parecer) a un grupo de clochards14 que dormían sobre la reja de un pozo del «metro», saboreando la tibieza mediterránea que emanaba de aquella boca y que una huelga no había bastado para refrescar. Meditó también unos instantes sobre la fragilidad de las cosas humanas y sobre los proyectos de las ratas que no se llevan a término al igual que los de los antropoides, y luego se puso a envidiar —sólo unos instantes, no hay que exagerar— la suerte de aquellos desheredados, desheredados, tal vez, pero liberados del peso de las servidumbres sociales y de los convencionalismos mundanos. Trouscaillon suspiró. Un sollozo peor le hizo eco, lo que turbó el ensueño trouscaillonense. Qué es, qué es, qué es, se dijo el ensueño trouscailloneuse revistiendo a su vez el uniforme de poli; y, mirando en torno; en la oscuridad con ojo avizor, descubrió el origen de la intervención sonora en la persona de un fulano sentado y quieto en un banco. Trouscaillon se acercó a él no sin haber tomado las precauciones de costumbre. Los clochards seguían durmiendo, pues se las sabían todas. El individuo pretendía dormitar, lo que si no tranquilizó a Trouscaillon, tampoco le impidió dirigirle la palabra en estos términos: —¿Qué hace usted aquí? ¿Y a una hora tan avanzada? —¿Y a usted qué le importa? —respondió el llamado x. Trouscaillon se había hecho igual pregunta mientras soltaba las suyas. Sí, ¿a él qué le importaba? El oficio lo exigía, y desde que había perdido a Marceline, tenía más bien tendencia a enternecerse, Pero luchando con esta funesta inclinación, prosiguió así la conversación: —Sí —dijo—, eso me incumbe. —Entonces —dijo el hombre—, en ese caso es diferente. —¿Me autoriza, pues, a formular de nuevo la proposición interrogativa que hace unos instantes enuncí ante usted? ___________
14 Mendigos (N. de M. Z.).

—Enuncié —dijo el oscuro. —Enuncí —dijo Trouscaillon. —Enuncié, con e final. —Enuncié —dijo por fin Trouscaillon—. ¡Ah! La gramática no es mi fuerte. Y esto es lo que me ha jugado malas pasadas. Dejémoslo. Entonces... —Entonces, ¿qué? —Mi pregunta. —Bueno —dijo el otro—, la he olvidado. Con el rato que hace... —Entonces, ¿tengo que volver a empezar? —Al parecer. —¡Qué lata! Trouscaillon, temiendo una reacción por parte de su interlocutor, se abstuvo de suspirar. —Ande —dijo éste cordialmente—, haga un pequeño esfuerzo. Trouscaillon hizo uno de aúpa. —Nombre apellidos fecha de nacimiento lugar de nacimiento número de registro de los seguros sociales número de cuenta corriente libreta de la caja de ahorros recibo del alquiler recibo del agua recibo del gas recibo de la electricidad tarjeta semanal del «metro» tarjeta semanal del autobús prospecto nevera llavero salvoconducto bula papal y tutti frutti venga sin frases su documentación. Y todavía no abordo la cuestión automóvil tarjeta gris faro piloto pasaporte internacional y tutti quanti porque todo esto no debe de entrar en sus posibilidades. —Señor agente, ¿ve usted el autocar (gesto) allí? —Sí. —Yo soy quien lo conduce. —Ah. —Bueno, hombre, no es usted muy listo. ¿Todavía no me ha reconocido? Trouscaillon, algo tranquilizado, fue a sentarse a su lado. —¿Con permiso? —preguntó. —Usted lo tiene. —Es que eso no es muy reglamentario (silencio). —Es verdad —continuó Trouscaillón—, lo que es con el reglamento, hoy he tenido varios patinazos. (Silencio). Trouscaillón añadió: —Por culpa de las mujeres. (Silencio). Trouscaillón prosiguió: —...tengo la confesión que me está estrangulando la garganta..., la confesión... o sea la chivata, vaya..., y es que tengo un rato de cosas que sacar afuera... (Silencio). —No lo dudo —dijo Fedor Balanovich. Un mosquito voló en el cono de luz de un farol. Quería calentarse antes de picar epidermis nuevas. Lo consiguió. Su cuerpo calcinado cayó lentamente sobre el asfalto amarillo. —Entonces, empiece —dijo Fedor Balanovich—; si no, seré yo quien cuente. —No, no —dijo Trouscaillón, hablemos un poco más de mí.

Tras haberse rascado el cuero cabelludo con uña rapaz y segadora, pronunció palabras a las que no dejó de dar cierto matiz de imparcialidad y aún de nobleza. Aquellas palabras, helas aquí: —No le diré nada de mi infancia ni de mi juventud. De mi educación, no hablemos, pues no tengo, y de mi instrucción hablaré poco, pues poca tengo. Sobre este último punto, la cosa ya está hecha. Llego, pues, ahora, a mi servicio militar sobre el que no insistiré. Soltero desde mi más tierna edad, la vida me ha hecho lo que soy. Se interrumpió para soñar un poco. —Bueno, continúe —dijo Fedor Balanovich—. Si no, empiezo yo. —Decididamente— dijo Trouscaillón—, eso no marcha bien... y todo a causa de la mujer que encontruve esta mañana. —Que encontré. —Que encontruví. —Que encontré. —Que encontré. —¿La dama que Gabriel lleva consigo? —Oh, no. Esa no. Por lo demás, ésa me ha decepcionado. Ha dejado que corra a mis ocupaciones, ¡y vaya ocupaciones!, sin siquiera hacer melindres para retenerme; todo lo que ella quería era ver bailar a Gabriella. Gabriella..., gracioso..., positivamente gracioso, —Es la palabra —dijo Fedor Balanovich—. No hay nada comparable con el número de Gabriel en la ciudad de París, y le aseguro que sé un rato sobre el «baynait» de esta ciudad. —¡Qué suerte tiene usted! —dijo Trouscaillón distraídamente, —Pero lo he visto con tanta frecuencia, el número de Gabriel, que ahora ya estoy harto, hay que decirlo. Además, no se renueva. Los artistas, qué quiere usted, son a menudo así. Uno vez han encontrado un truco, lo explotan a fondo. Hay que reconocer que todos somos un poco así, cada cual en su género. —Yo no —dijo Trouscaillón con sencillez—. Yo, los trucos los varío constantemente. —Porque todavía no ha encontrado el bueno. Esto es: los busca. Pero en cuanto haya obtenido un resultado apreciable, se quedará en él. Porque hasta el presente, lo que ha obtenido como resultados no debe de ser muy brillante. No hay más que mirarle: tiene usted el aspecto de un derrotado. —¿Hasta con mi uniforme? —Eso no arregla nada. Abrumado, Trouscaillón se calló. —¿Y eso a qué viene? —continuó Fedor Balanovich. —No lo sé muy bien. Espero a la señora Mouaque. —Bueno, pues yo, espero sencillamente a mis zoquetes para llevarles a su cubil, pues tienen que partir a primera hora hacia Gibraltar, a los antiguos parapetos. Este es su itinerario. —¡Qué suerte tienen! —murmuró Trouscaillon distraídamente. Fedor Balanovich se encogió de hombros y no se dignó comentar estas palabras. Fue entonces cuando se oyeron clamores: el Monte de Piedad cerraba. —Ya era hora —dijo Fedor Balanovich. Se levanta y se dirige hacia su autocar. Se va así, con la mayor descortesía. También Trouscaillon se levanta. Vacila. Los clochards duermen. El mosquito está muerto. Fedor Balanovich da unos claxonazos para reunir a sus borregos. Estos se congratulan por la buena, la excelente velada que han pasado y jerigoncean a quien mejor queriendo transmitir ese

mensaje en su lengua autóctona. Intercambian adioses. Los elementos femeninos quieren besar a Gabriel; los masculinos no se atreven. —Vamos, menos cuento —dice el almirante. Los viajeros suben poco a poco en el autocar. Fedor Balanovich bosteza. En su jaula, al alcance de Turandot, Laverdure se ha dormido. Zazie resiste esforzadamente: ella no imitará a Laverdure. Charles ha ido a buscar su coche. —Entonces, malandrín —dijo la viuda Mouaque al ver llegar a Trouscaillon—, ¿se ha divertido usted? —No mucho, no mucho —repuso Trouscaillon. —Nosotros sí que nos hemos distraído. El señor es muy divertido... —Gracias —dijo Gabriel—. No se olvide del arte, de todas maneras. No existe sólo la diversión; existe el arte también. —No se da prisa con su cacharro —dijo Turandot. —¿Se ha divertido mucho? —pregunta el almirante mirando al animal con el pico bajo el ala. —Será un recuerdo para él —dijo Turandot. Los últimos viajeros ocupan ya sus asientos. Mandarán postales (gestos). —¡Oh, oh! —grita Gabriel—, adiós amigos, chin, chin, hasta la próxima... Y el autocar se aleja llevando a sus satisfechos extranjeros. El mismo día, de buena mañana, partirán hacia Gibraltar a los antiguos parapetos. Este es su itinerario. El taxi de Charles viene a aparcar junto a la acera. —Sobra gente —observa Zazie. —No tiene ninguna importancia —dice Gabriel—. Ahora nos vamos a sacudir una sopa de cebolla. —Gracias —dice Charles—. Yo me vuelvo. Así, secamente. —Bueno, Mado, ¿te vienes? Madeleine sube y se sienta al lado de su futuro. —Hasta la vista todos —grita por la portezuela—, y gracias por la buena... y gracias por el ex... Pero el resto ya no se oye. El taxi está ya lejos. —Si estuviésemos en América —dijo Gabriel—, les hubiéramos tirado arroz encima. —Eso lo has visto en los viejos films —dice Zazie—. Ahora, al final, se casan menos que en tu época. Yo prefiero cuando todos la palman. —Yo prefiero el arroz —dijo la viuda Mouaque. —¿Quién la ha llamado a usted? —dice Zazie. —Señorita —dice Trouscaillon—, debería ser usted más educada con una antigua. —¡Qué guapo se pone cuando toma mi defensa! —dice la viuda Mouaque. —En marcha —dice Gabriel—. Os llevo a los Nictálopos. Ahí es donde soy más conocido. La viuda Mouaque y Trouscaillon siguen el movimiento. —¿Has visto? —dice Zazie a Gabriel—. La dama y el poli nos siguen. —No se lo podemos impedir —dijo Gabriel—. Son muy libres. —¿No puedes meterles miedo? No quiero verles más. —En la vida, hay que mostrar más comprensión humana. —Un poli —dice la viuda Mouaque que lo había oído todo—, es un hombre a pesar de todo. —Convido a una ronda —dice Trouscaillon tímidamente. —Eso —dice Gabriel—, ni hablar. Esta noche soy yo quien paga.

—Nada más que una ronda —dice Trouscaillon con voz suplicante—. Algo a la medida de mis posibilidades. —No desmoches tu dote —dice Gabriel—; yo, es diferente. —Por lo demás —dice Turandot—, no vas a ofrecernos nada. Olvidas que eres policía. Yo que estoy en el comercio del morapio15, jamás serviría a un poli que trajese consigo a una pandilla para mojarle el gaznate. —No sois nada listos —dice Gridoux—. ¿No le reconocéis? Es el sátiro de esta mañana. Gabriel se inclinó para examinar más atentamente. Todo el mundo, hasta Zazie, que estaba muy sorprendida y ofendida a la vez, esperó el resultado de la inspección. Trouscaillon guardaba un silencio prudente. —¿Qué has hecho de tu bigote? —le pregunta Gabriel con voz apacible y temible a la par. —No va usted a hacerle daño —dijo la viuda Mouaque. Gabriel agarró con una mano por la solapa de su guerrera a Trouscaillon y le llevó bajo la luz de un farol para completar su examen. —Sí —dijo—. ¿Y tu bigote? —Lo dejé en casa —dijo Trouscaillon. —Y además, ¿de verdad eres poli? —No, no —exclamó Trouscaillon—. Es un disfraz..., sólo por divertirme..., para divertirles... es como su tutu... —No va usted a hacerle daño, de todos modos —dijo la viuda Mouaque. —Esto exige explicaciones —dijo Turandot, sobreponiéndose a su inquietud. —Hablas, hablas... —dijo débilmente Laverdure, y volvió a dormirse. Zazie callaba. Rebasada por los acontecimientos, abrumada por el sueño, trataba de hallar una actitud a la par adecuada a la situación y a la dignidad de su persona, pero no lo conseguía. Levantando a Trouscaillon junto al farol, Gabriel le miró de nuevo en silencio, volvió a dejarlo delicadamente sobre sus pies y le dirigió la palabra en estos términos: —¿Y por qué nos está siguiendo de ese modo? —No es a usted a quien sigue, sino a mí —dijo la viuda Mouaque—, es a mí. —Esto es —dijo Trouscaillon—. Usted tal vez no lo sabe..., pero cuando uno ha sido hechizado por una musmé... —¿Qué es lo que (oh qué bonito) insinúas (me ha llamado) a propósito de mí (una musmé)? —dijeron, sincrónicamente, Gabriel (y la viuda Mouaque), uno con furor (la otra con fervor). —Pobre bobalicona —prosiguió Gabriel volviéndose hacia la dama—, no le cuenta todo lo que hace. —Todavía no he tenido tiempo —dijo Trouscaillon. —Es un sátiro repugnante —dijo Gabriel—. Esta mañana, ha perseguido a la pequeña hasta casa. Innoble. —¿Ha hecho eso? —preguntó la viuda Mouaque transtornada. —Todavía no la conocía a usted —dijo Trouscaillon. —¡Está confesando! —aulló la viuda Mouaque. —¡Ha confesado! —aullaron Turandot y Gridoux. —¡Ah! ¡Conque confiesas...! —dijo Gabriel con fuerte rugido. ___________
15 Vino de mala calidad (N. de M. Z.).

—¡Perdón! —gritó Trouscaillon—. ¡Perdón! —¡El asqueroso! —bramó la viuda Mouaque. Estas vociferantes exclamaciones hicieron surgir de las tinieblas a dos agentes ciclistas, —Alboroto nocturno —gritaron los dos ciclistas—, estruendo lunar, bronca somnívora, medianoche vociferante. Pero ¿qué es esto? —gritaban los dos ciclistas. Gabriel, discretamente, dejó de agarrar a Trouscaillon por las solapas de su guerrera. —Un momento —exclamó Trouscaillon dando pruebas de gran valor—, un momento: ¿acaso no me habéis mirado? Observad mi uniforme, Soy poli, ved mis alas. Y agitó su esclavina. —¿De dónde sales, tú? —dijo el ciclista calificado para entablar diálogo—. Jamás se te ha visto por el sector. —Es posible —respondió Trouscaillon animado por una audacia que un buen escritor no sabría calificar de otro modo que insensata—. Es posible, pero no quita que policía soy y policía me quedo. —Pero y esos otros —dijo el ciclista con aire malicioso—, esos otros (gesto), ¿son todos polis? —No lo querríais. Pero son dulces como el hisopo. —Todo eso no me parece muy católico —dijo el ciclista que hablaba. El otro se contentaba con hacer muecas. Terrible. —Sin embargo, hice mi primera comunión —replicó Trouscaillon. —Oh, hete aquí una reflexión que huele poco a poli —exclamó el ciclista que hablaba—. Olfateo en ti al lector de esas publicaciones insurrectas que quieren hacer creer en la alianza del hisopo y de la porra blanca. Ahora bien, ¿me oye usted? (y se dirige al corro), la policía a los curas... (gesto)... Esta mímica fue acogida con reservas, salvo por Turandot, que sonrió servilmente. Gabriel se encogió manifiestamente de hombros. —Tú —le dijo el ciclista que hablaba—. Tú, apestas (pausa). A mejorana. —¡Mejorana! —exclamó Gabriel despectivamente—. Es Barbouze, de Fior. —¡Oh! —dijo el ciclista, incrédulo—. Veamos a ver. Se acercó para olisquear la chaqueta de Gabriel. —A fe mía —dijo luego casi convencido—. Venga a ver —añadió dirigiéndose a su colega. El otro se puso a olisquear a su vez la chaqueta de Gabriel. Asintió con la cabeza. —Pero —dijo el que sabía hablar— no me dejaré impresionar. Apesta a mejorana. —Me pregunto qué demonios pueden entender estos alcornoques de eso —dijo Zazie bostezando. —¡Caray! —dijo el ciclista que sabía hablar—. ¿Lo ha oído, subordinado? Esto roza la injuria. Esta mocosa se burla de nosotros como el otro con su mejorana. —Nada de eso —dijo Gabriel—. Se lo repito: Barbouze, de Fior. La viuda Mouaque se acercó para olisquear. —Lo es —dijo a los dos ciclistas. —Nadie la ha llamado —dijo el que no sabía hablar. —Esto es verdad —murmuró Zazie—. Se lo he dicho ya hace un rato. —Convendría tratar de ser educada con la señora —dijo Trouscaillon. —Tú —dijo el ciclista que sabía hablar—, harías mejor no llamando la atención sobre tu jeta.

—Convendría tratar de serlo —repitió Trouscaillon con una valentía que emocionó a la viuda Mouaque. —¿No harías mejor estando acostada a estas horas? —Ja, ja —repuso Zazie. —Enséñanos tus papeles —dijo a Trouscaillon el ciclista que sabía hablar. —Esto no se ha visto nunca —dijo la viuda Mouaque. —Tú, vieja, cierra el pico —dijo el ciclista que no sabía hablar. —¡Ja, ja! —soltó Zazie. —Sed educados con la señora —dijo Trouscaillon, que se volvía temerario. —Otra frase impropia de un poli —dijo el ciclista que sabía hablar—. Tus papeles —aulló—, y pronto. —¡Qué divertido es esto! —dijo Zazie. —De todos modos es un poco fuerte —dijo Trouscaillon—. Ahora me piden a mí los papeles, mientras que a esa gente no se les pide nada. —Esto, esto no está bien —dijo Gabriel. —¡Qué basura! —dijo Gridoux. Pero los ciclistas no cambiaban de idea así como así. —Tus papeles —gritaba el que sabía hablar. —Tus papeles —gritaba el que no sabía. —Alboroto nocturno —sobreaullaron en este momento nuevos policías, completados, éstos, por un coche celular—. Bronca lunar, estruendo somnívoro, medianoche vociferante... Ah, pero, ¿qué es esto? Con olfato perfecto, subolieron a los responsables y sin vacilar embarcaron a Trouscaillon y a los dos ciclistas. El total desapareció en un instante. —De todas maneras hay una justicia —dijo Gabriel. —La viuda Mouaque se lamentaba. —No hay que llorar —le dijo Gabriel—. Era un poco falsote su galán. Además, ya estábamos hartos de su persecución. Hala, venga a comerse una sopa de cebolla con nosotros. La sopa de cebolla que mece y consuela.

CAPÍTULO XVII Una lágrima cayó sobre un cuscurro ardiente y se volatilizó. —Vamos, vamos —dijo Gabriel a la viuda Mouaque—, recóbrese. Uno de perdido, diez de encontrados. Feúcha como es usted, no le costará volver a dar con otro bribón. Ella suspira, insegura. El cuscurro se desliza en la cuchara y la viuda se lo proyecta, humeante, en el esófago. Sufre de ello. —Llame a los bomberos— le dice Gabriel. Y vuelve a llenarle el vaso. Cada bocado mouaquiano es regado así con severo moscatel.

Zazie se ha reunido con Laverdure en el sueño. Gridoux y Turandot se debaten en silencio con los hilos del queso rallado. —Estupenda, ¿eh? —les dice Gabriel—, esta sopa de cebolla. Se diría que tú (gesto) le has metido suelas de botas, y que tú (gesto) has añadido agua de tu fregadera. Pero esto es lo que me gusta: la llaneza, lo natural. La pureza, vaya. Los otros aprueban, pero sin comentarios. —Bueno, Zazie, ¿no te comes la sopa? —Déjela dormir —dice la viuda Mouaque con voz derrumbada—. Déjela soñar. Zazie abre un ojo. —Toma, todavía está aquí, la tía esa. —Hay que tener compasión de los desgraciados —dijo Gabriel. —¡Qué bueno es usted! —dice la viuda Mouaque—. No es como ella (gesto). Los niños, ya se sabe: no tienen corazón. Vació su vaso e hizo signo a Gabriel de que deseaba vivamente que se lo llenase de nuevo. —Cuidado lo que puede llegar a desbarrar —dice Zazie débilmente. —Bah —dice Gabriel—. ¿Qué importa? ¿Verdad, viejo platillo? —añade dirigiéndose a la principal interesada, —¡Ah, qué bueno es usted! —dice ésta—. No es como ella. Los niños, ya se sabe: no tienen corazón. —¿Es que nos va a cascar los oídos mucho rato así? —preguntó Turandot a Gabriel aprovechando una deglución afortunada. —Cuidado que sois duros, vosotros —dijo Gabriel—. De todos modos tiene una pena, este viejo cascote. —Gracias —dice la viuda Mouaque con efusión. —De nada —dice Gabriel—. Y volviendo a la sopa de cebolla, hay que reconocer que es un invento notable. —¿Ésta? —preguntó Gridoux quien, al final de su consumición, rascaba con energía el fondo de su plato para recuperar el gruyere adherido aún a la loza—. ¿Esta en particular o la sopa de cebolla en general? —En general —respondió Gabriel con decisión—. No hablo nunca sino en general. No hago medias-raciones. —Tienes razón —dijo Turandot, que había acabado igualmente su parte—, no hay que buscarle tres pies al gato. Ejemplo: el moscatel escasea, es la vieja que lo sopla todo. —Es que no es indecoroso —dijo la viuda Mouaque sonriendo beatamente—. Yo también hablo en general, cuando quiero. —Hablas, hablas —dijo Laverdure despertando sobresaltado por un motivo desconocido por todos y por él mismo—, es todo lo que sabes hacer. —Ya estoy harta —dijo Zazie rechazando su ración. —Espera —dijo Gabriel, atrayendo vivamente hacia sí el plato—, te voy a terminar esto. Y que nos manden dos botellas de moscatel y una de granadina —añadió, dirigiéndose a un camarero que circulaba por los parajes—. Y a él (gesto), le olvidamos. Tal vez masticaría algo... —Eh, Laverdure —dijo Turandot—, ¿tienes hambre? —Hablas, hablas —dijo Laverdure—, es todo lo que sabes hacer. —Esto —dijo Gridoux—, esto quiere decir que sí. —No eres tú quien vas a enseñarme a comprender lo que él dice —dijo Turandot con altanería.

—No me lo permitiría —dijo Gridoux. —No quita que lo ha hecho —intervino la viuda Mouaque. —No emponzoñéis la situación —dijo Gabriel. —Tú comprendes —dijo Turandot a Gridoux—, y yo comprendo lo que tú comprendes tan bien como tú. No soy más imbécil que otro cualquiera. —Si comprendes tanto como yo —dijo Gridoux—, entonces es que eres menos imbécil de lo que pareces. —Lo que es parecerlo —dijo la viuda Mouaque—, lo parece. —¡Qué cara dura tiene ésta! —dijo Turandot—. Ahora me colma de injurias. —Esto es lo que pasa cuando no se tiene prestigio —dijo Gridoux—. El más menguado os escupe en la cara. Conmigo no se atrevería. —Toda la gente es alcornoque —dijo la viuda Mouaque con súbita energía—. Usted incluido —añadió por Gridoux. Inmediatamente recibió una sonora bofetada. La devolvió con no menos presteza. Pero Gridoux tenía otra en reserva que retumbó sobre el rostro mouaquiano. —¡Caramba en tal por cual! —aulló Turandot. Y se puso a dar saltitos entre las mesas, tratando vagamente de imitar a Gabriella en su número de La muerte del cisne. Zazie había vuelto a dormirse. Laverdure, sin duda por espíritu de venganza, intentaba proyectar un excremento fresco fuera de la jaula. Mientras tanto, las bofetadas iban prodigándose entre Gridoux y la viuda Mouaque, y Gabriel se partía de risa viendo a Turandot tratando de escabullirse. Pero todo esto no era del gusto de los camareros de los Nictálopos. Dos de ellos especializados en ese género de hazañas, agarraron súbitamente a Turandot cada uno de un brazo y, encuadrándole alegremente, pronto le llevaron afuera para proyectarle sobre el asfalto de la calzada, interrumpiendo así el merodeo de algunos taxis morosos en el aire agrisado y fresco de la madrugada. —Eso sí que no —dijo Gabriel—, eso sí que no. Se levantó, atrapando a los dos camareros que volvían satisfechos hacia sus ocupaciones caseras, y les hizo sonar el coco uno contra el otro con tal fuerza y bella manera que los dos bravucones se derrumbaron pulverizados. —¡Bravo! —exclamaron a coro Gridoux y la viuda Mouaque, quienes, de común acuerdo, habían interrumpido su intercambio de correspondencia. Un tercer camarero entendido en materia de broncas, quiso conseguir un triunfo relámpago. Agarrando un sifón, se propuso hacer resonar su masa contra el cráneo de Gabriel. Pero Gridoux había previsto la contraofensiva. Otro sifón, no menos compacto, arrojado por cuenta suya, fue, al término de su trayectoria, a deteriorar el coco del astuto. —¡Mecachis en retal! —aulló Turandot, quien, habiendo recobrado el equilibrio en la calzada a expensas de los frenos de algunos vehículos nocturnos particularmente madrugadores, irrumpía de nuevo en la cervecería manifestando un incontenible afán de lucha. A la sazón, manadas de camareros surgían de todas partes. Jamás pudo creerse que hubiese tantos. Salían de las cocinas, de los sótanos, de las dependencias. Su masa compacta absorbió a Gridoux y luego a Turandot, que se había aventurado entre ellos. Pero no lograban reducir a Gabriel tan fácilmente. Como un coleóptero atacado por una columna mirmidona, como el buey

asaltado por un banco de sanguijuelas, Gabriel se sacudía, se debatía, proyectando en direcciones variadas proyectiles humanos que se iban a romper mesas y sillas o a rodar entre los pies de los clientes. El ruido de esta controversia acabó por despertar a Zazie. Al ver a su tío presa de la jauría tabernaria, gritó: —¡Valor, tito! Y apoderándose de una botella de agua la arrojó al azar contra el tumulto. Tan elevado es el espíritu combativo de las muchachas francesas. Siguiendo este ejemplo, la viuda Mouaque diseminó ceniceros a su alrededor. De tal suerte el espíritu de imitación puede mover a actuar a las menos dotadas. Entonces se oyó un estrépito considerable: Gabriel acababa de desplomarse sobre la vajilla, arrastrando entre los añicos siete camareros enfurecidos, cinco clientes que habían tomado partido y un epiléptico. Levantándose en un solo movimiento, Zazie y la viuda Mouaque se acercaron al magma humano que se agitaba en el serrín y la loza. Algunos sifonazos bien aplicados eliminaron de la competición a algunas personas de cráneo frágil. Gracias a lo cual Gabriel pudo incorporarse, rasgando, por así decirlo, la cortina formada por sus adversarios y revelando al mismo tiempo la estropeada presencia de Gridoux y de Turandot tendidos en el suelo. Algunos chorros de agua de seltz dirigidos sobre sus jetas por el elemento femenino y camillero les hicieron recobrarse. A partir de aquel momento, el resultado del combate ya no ofrecía dudas. Mientras los clientes tibios o indiferentes se eclipsaban sigilosamente, los encarnizados y los camareros, ya sin resuello, se desinflaban bajo el puño severo de Gabriel, el mango siderante de Gridoux y el pie virulento de Turandot. Una vez acorchados, Zazie y Mouaque les arrastraban hasta la acera, donde amateurs benévolos, por simple bondad de alma, les disponían en pilas. Sólo Laverdure no tomaba parte en la hecatombe, alcanzado dolorosamente al empezar la reyerta en el perineo por un fragmento de sopera. Yaciendo en el fondo de su jaula, murmuraba entre gemidos: velada encantadora, encantadora velada; traumatizado, había cambiado de disco. Aun sin su concurso, la victoria fue pronto total. Eliminado el último antagonista, Gabriel se frotó las manos con satisfacción y dijo: —Ahora me tomaría con gusto un café con leche. —Buena idea —dijo Turandot, que pasó detrás del mostrador mientras los otros cuatro se acodaban en él. —¿Y Laverdure? Turandot partió a la búsqueda del animal que encontró refunfuñando. Le sacó de la jaula y se puso a acariciarle llamándole su gallinita verde. Laverdure, tranquilizado, le contestó: —Hablas, hablas, es todo lo que sabes hacer. —Esto es verdad —dijo Gabriel—. ¿Y ese café? Tranquilizado, Turandot reenjauló al loro y se acercó a las máquinas. Trató de hacerlas funcionar, pero por desconocer aquel modelo empezó por escaldarse una mano. —¡Uy, uy, uy!, —dijo con toda sencillez. —¡Maldito torpe! —dijo Gridoux. —¡Pobre minino! —dijo la viuda Mouaque. —¡Mierda! —dijo Turandot. —El café con leche, para mí —dijo Gridoux—, y que sea bien blanco. —Y para mí —dijo Zazie—, con piel encima.

—Ahahahahahh —respondió Turandot, que acababa de echarse un chorro de vapor en plena jeta. —Sería mejor pedirle que lo hiciera a alguien del establecimiento —dijo Gabriel plácidamente. —Eso es —dijo Gridoux—, voy a buscar uno. Fue a escoger entre el montón el menos lisiado, que remolcó. —Estuviste fenómeno, ¿sabes? —dijo Zazie a Gabriel—. De hormosesuales como tú no debe de haber manojos. —¿Y cómo desea la señorita el café con leche? —preguntó el camarero devuelto a la razón. —Con cáscara —dijo Zazie. —¿Por qué persistes en calificarme de hormosesual? —preguntó Gabriel con calma—. Ahora que me has visto en el Monte de Piedad, tienes que tener una opinión. —Hormosesual o no —dijo Zazie—, en todo caso estuviste verdaderamente supremo. —Qué quieres —dijo Gabriel—, no me gustaban sus modales (gesto). —Oh, señor —dijo el camarero designado—, bastante lo sentimos, créalo. —Es que me insultaron —dijo Gabriel. —¡Ay, señor —dijo el camarero—, se equivoca usted! —Que sí —dijo Gabriel. —No te preocupes —le dijo Gridoux—, siempre somos insultados por alguien. —Esto está bien pensado —dijo Turandot. —Y ahora —preguntó Gridoux a Gabriel—, ¿qué piensas hacer? —Pues tomarme este café. —¿Y después? —Pasar por casa y llevar a la pequeña a la estación, —¿Has echado un vistazo afuera? —No. —Pues ve a ver. Gabriel fue. —Evidentemente— dijo, al volver. Dos divisiones blindadas de vigilantes nocturnos y un escuadrón de spahis jurasianos acababan, en efecto, de tomar posiciones en torno de la plaza Pigalle.

CAPÍTULO XVIII —Tal vez tendría que telefonear a Marceline —dijo Gabriel. Los otros siguieron bebiendo su café en silencio. —La que se va a armar —dijo el camarero en voz baja. —A usted nadie le llama —replicó la viuda Mouaque. —Voy a llevarte donde te he tomado —dijo Gridoux. —Está bien, está bien —dijo el camarero—, ya no hay modo de bromear. Gabriel volvía.

—Es raro —dijo—. No contestan. Quiso beber su café con leche. —¡Diablos! —añadió—. Está frío. Asqueado, lo dejó sobre el mostrador. Gridoux fue a ver. —Se acercan —comunicó. Abandonando el mostrador, los otros se agruparon a su alrededor, excepto el camarero, que se camufló debajo de una silla. —No parecen estar contentos —notó Gabriel. —No queda gracioso —murmuró Zazie. —Espero que a Laverdure no le molestarán —dijo Turandot—. El no ha hecho nada. —Y yo, ¿qué? —dijo la viuda Mouaque—. ¿Qué he hecho yo? —Irá usted a reunirse con su Trouscaillon —dijo Gridoux encogiéndose de hombros. —¡Pero si es él! —exclamó la viuda, Pasando por encima del montón de «sonados» que formaban una especie de barricada ante la entrada de los Nictápolos, la viuda Mouaque manifestó la intención de precipitarse hacia los asaltantes que avanzaban con lentitud y precisión. Un buen puñado de balas de metralleta atajó la tentativa. La viuda Mouaque, sosteniéndose las tripas con las manos, se desplomó. —Qué estupidez —murmuró—. Yo que tenía rentas. Y murió. —Eso se pone mal —hizo observar Turandot—. Con tal de que Laverdure no reciba un mal golpe. Zazie se había desmayado. —Tendrían que poner cuidado —dijo Gabriel, furioso—. Hay niños. —Ahora podrás hacerles tus observaciones —dijo Gridoux—. Aquí están. Aquellos señores, fuertemente armados, se hallaban ahora simplemente del otro lado de los cristales; defensa tanto más débil cuanto que en su mayor parte habían sido rotos en la reyerta precedente. Aquellos señores, fuertemente armados, se detuvieron en línea, en medio de la acera. Un personaje, con el paraguas colgando debajo del brazo, se destacó del grupo y, pasando por encima del cadáver de la viuda Mouaque, penetró en la cervecería. —¡Toma! —dijeron a coro Gabriel, Turandot, Gridoux y Laverdure. Zazie seguía desvanecida. —Sí —dijo el hombre del paraguas (nuevo)—, soy yo, Arún Aráquida. Yo soy yo, aquel a quien habéis conocido y a veces mal reconocido. Príncipe de este mundo y de varios territorios conexos, me agrada recorrer mis dominios bajo aspectos variados tomando las apariencias de la incertidumbre y del error, que, por lo demás, me son propios. Policía primario y menguado, hampón noctinauta, indeciso perseguidor de viudas y de huerfanitas, esas imágenes fugaces me permiten endosar sin temor los riesgos menores del ridículo, de la tontería y de la efusión sentimental (gesto noble en dirección de la difunta viuda Mouaque). Apenas haber sido considerado como desaparecido por vuestras ligeras conciencias, reaparezco en plan de triunfador, y hasta sin ninguna modestia. ¡Mirad! (Nuevo gesto no menos noble, pero que abarcaba esta vez el conjunto de la situación). —Hablas, hablas —dijo Laverdure—, es... —He aquí uno que me parece bueno para la cazuela —dijo Trouscaillon, perdón, Arún Aráquida.

—¡Jamás! —exclama Turandot, apretando la jaula contra su pecho—. ¡Antes perecer! Con estas palabras, comienza a hundirse en el suelo así como, por lo demás, Gabriel, Zazie y Gridoux. El montacargas los baja a todos hasta la cueva de los Nictálopos. El manipulador del montacargas, sumido en la oscuridad, les dice suavemente, pero con firmeza, que le sigan y se apresuren. Agitaba una lámpara eléctrica, signo de reconocimiento y a la par de las virtudes de la pila que la alimentaba. Mientras en la planta baja los señores fuertemente armados, bajo el choque de la emoción, se disparaban ráfagas de metralleta entre las piernas, el pequeño grupo, siguiendo la orden y la luz supradichas, se desplazaba con notable rapidez entre las estanterías atestadas de botellas de moscatel y de granadina. Gabriel llevaba a Zazie, desvanecida aún, Turandot a Laverdure, malhumorado aún, y Gridoux no llevaba nada. Bajaron una escalera, luego traspusieron el umbral de una puertecita y se hallaron en una alcantarilla. Un poco más lejos, traspusieron el umbral de otra puertecita y se hallaron en un pasillo de ladrillos barnizados, oscuro y desierto aún. —Ahora —dijo dulcemente el lampadóforo—, si no queremos hacernos notar, cada uno tiene que irse por su lado. Tú —añadió por Turandot—, tendrás dificultades por el pájaro. —Lo pintaré de negro —dijo Turandot con aire sombrío. —Todo eso —dijo Gabriel—, no tiene ni pizca de gracia. —Yo —dijo el lampadóforo —me llevo a la pequeña. Tú también, Gabriel, eres un poco visible. Además, he traído su maletita conmigo. Pero debo de haber olvidado algo. He ido con prisas. —Cuéntame. —No es el momento. Las lámparas se encendieron. —Ya está —dijo suavemente el otro—. El «metro» vuelve a funcionar. Tú, Gridoux, tomas la dirección Etoile, y tú, Turandot, la dirección Bastilla. —¿Y nos arreglamos como podamos? —dijo Turandot. —Sin betún a mano —dijo Gabriel—, tendrás que dar pruebas de imaginación. —¿Y si yo me metiera en la jaula —dijo Turandot—, y fuese Laverdure quien me llevase? —Es una idea. —Yo —dijo Gridoux—, me vuelvo a casa. La zapatería es, afortunadamente, una de las bases de la sociedad. ¿Y qué distingue un zapatero de otro zapatero? —Es evidente. —Entonces, ¡hasta la vista, muchachos! —dijo Gridoux. Y se alejó en la dirección Etoile. —Entonces, ¡hasta la vista muchachos! —dijo Laverdure. —Hablas, hablas —dijo Turandot—, es todo lo que sabes hacer. Y volaron en la dirección Bastilla.

CAPÍTULO XIX

Jeanne Lalochère despertó bruscamente. Consultó su reloj de pulsera depositado sobre la mesilla de noche; eran las seis y pico. —No puedo entretenerme. Se entretuvo, no obstante, unos instantes para examinar a su fulano quien, desnudo, roncaba. Le miró al por mayor y luego al detalle, considerando sobre todo con lasitud y placer el objeto que tanto la ocupara durante un día y dos noches y que ahora se parecía más a un niño después de haber tomado el biberón que a un galante granadero. —Y es de un tonto, además... Se vistió rápidamente, echó diversos objetos en su bolso y se arregló la cara. —No puedo llegar con retraso. Si es que quiero recuperar a mi hija. Conozco a Gabriel. De seguro que serán puntuales. A menos que les haya ocurrido algo. Apretó el tubo de labios contra su corazón. —Con tal de que no haya ocurrido nada... Ahora ya estaba lista. Miró a su galán otra vez. —Si viene a buscarme... Si insiste... Tal vez no le diré que no. Pero no seré yo quien le vaya detrás. Cerró despacio la puerta tras de sí. El hotelero le llamó un taxi y a la media estaba en la estación. Echó un vistazo y bajó al andén. Poco después, llegaba Zazie acompañada por un tipo que le llevaba la maleta. —¡Toma! —dijo Jeanne Lalochère—. Marcel. —Como usted ve. —¡Pero si está durmiendo de pie!... —Hemos estado de juerga. Hay que excusarla. Ya mí también hay que excusarme si me largo. —Comprendo. Pero. ¿Y Gabriel? —Dejémoslo. Bueno, uno que se larga. Hasta más ver, pequeña. —Hasta la vista, señor —dijo Zazie, completamente ausente. Jeanne Lalochère la hizo subir al apartamiento. —Entonces, ¿te has divertido mucho? —Así, así. —¿Has visto el «metro»? —No. —Entonces, ¿qué has hecho? —He envejecido. FIN

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