PALJL FRIEDLÁNDER
PLATON
I
l
Verdad del ser y realidad de vida
PAUL FRIEDLÁNDER
PLATON
VERDAD DEL SER
Y REALIDAD DE VIDA
TI TULO ORIGINAL:
Plalan. Band 1: Seins wahrheil und Lebenswirkl íchkeit
Impresión de cubierta:
Gráficas Malina
INDI CE
INTRODUCCiÓN
DELPRÓLOGO A LAPRIMERA EDICIÓN (1928) .
PRÓLOGO A LA TERCERA EDICION
PRIMERA PARTE
CAPíTULO 1: MEDIO Y ENTORNO
CAP1TULO 11 : DEMON .
CAPITlJLO 1Il : ARRHETON
CAPITULO IV: ACADEMIA
CAPITULO V: LA OBRA ESCRITA
CAP1TULO VI: SOCRATES EN PLATON
CAPITULO VII : I RONIA
CAPITULO VlII: DIALOGO
CAPITlJLO IX: MITO
. . . . . . . Pág. 9
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18
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Reserv ados t odos los der echos. Ni la tota lidad ni par te de este libro puede
reproduci rse o transmitirse por ningún pr ocedimient o electrónico o mecá-
nico, incluyendo fotocopia, grabación magnética o cualquier almacenamiento
de informaci ón y sist ema de recuper ación , sin per miso escr ito de Editorial
Tecnos, S.A.
© WALTERDEORUYTER & CO., Bd. 1, 1964 3. , durchgcs.u.erg.Aufl,
© EDITORIA L TECNOS, S. A., 1989
Josefa Valcárcel, 27 - 28027 Madr id
ISBN: 84- 309-167 1-7
Depósi t o Legal : M-3 142-1989
SEGUNDA PARTE
CAPITULO X: I NTUlCIO N y CONSTRUCCION (Un puent e hasta Bergson y
Schopenhauer) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 207
CAPITULO XI : ALETHEIA (Una polémica del auto r consigo mismo y con Mar-
tí n Heidegger) . . . . 214
CAPITULO XII: DIALOGO Y EXISTE NCIA (Un a preg unta a Karl Jasper s) 222
Prlnted in Spain. Impr eso en España por Un igraf. Avda. Cámara de la Industria, 38.
Móstoi es (Madrid)
CAPITULO XIII: SOBRE LAS CARTAS PLATONICAS 226
8
PLATON
CAP!TULO XI V: PLATON COMO FISICO DEL ATOMO (Construcción ato-
mlstica y destrucción atomística en el Timeo de Platón) . . . . . . . . . . . 235
CAPITULO XV: PLATON COMO GEOFISICO y GEOGRAFO .. .. . . . 248
CAPITULO XVI: PLATON COMO JURISTA (Por HunlinglOll Cairns)
CAPITULO XVII: PLATON COMO PLANIFICADOR DE CIUDADES (La
ciudad ideal de Atlantis) .
CAPITULO XVIII: SOCRATES EN ROMA .
NOTAS
I NDICES .. . .. . •. • •.. • • . • • •• . • • • •• • •• •
A. Sinopsis del cont enido .
B. Nombres y conceptos . .
C. Escrilos de JOlal ón • . . . . . . o • ••• • •
D. Escritos de Aristóteles
LÁMINAS
269
293
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309
357
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379
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383
INTRODUCCION
La obra de Paul Friedlánder sobre Platón ha sido objeto de nu-
merosas reediciones y traducciones a muchas lenguas, pero hasta ahora
no lo ha sido al castellano. Con todo, creemos que ya este hecho jus-
tificaría una versión a nuestra lengua que nos acercase a esta impor-
tante aportación al estudio y a la comprensión de un filósofo funda-
mental no sólo en el mundo griego sino sobre todo en la génesis de
la civilización occidental. Sin embargo, el que desde la primera edi-
ción de esta obra se hayan producido numerosas contribuciones cien-
tíficas en este campo puede dar pie a la idea de que nos encontramos
ante algo desfasado o simplemente superado en sus líneas más impor-
tantes. Semejante punto de vista ha sido atajado por el propio autor.
en cada una de sus nuevas ediciones. Concretamente la tercera edi-
ción alemana , que es la que nos ha servido de base para nuestra t ra-
ducción, ha sido cuidadosamente revisada, corregida y acrecentada
con numerosas adiciones, incluso con todo un capítulo, acerca de Pla-
tón como jurista, que se debe a Huntington Caíms. Así que, por est a
part e, no caben dudas al respecto.
Por otro lado, la obra de Friedlñnder supone un cambio en el punto
de vista tradicional que se mant enía entre los historiadores de la Filo-
sofía Antigua, como él mismo establece en los diferentes prólogos a
sus ediciones, sobre todo en el correspondiente a la tercera edición
alemana. Se trata de intent ar comprender a Platón en cuanto autor
«total», esto es, sin extraer de sus Diálogos los supuestos hechos doc-
trinales apartándolos del «ropaj e» literario, como si éste fuese sólo
escenificación o relleno sin valor ideológico. Eso lleva a un análisis
filológico más profundo y más completo, capaz de ir más allá de la
terminología o del estudio lingüístico para establecer la cronología de
sus obras por estilometría. Todo ello se ant icipa a las concepciones
que se barajan actualmente y que, en buena manera, se deben a los
trabajos de la escuela alemana y a esta obra entre otras.
Indudablemente sería preciso establecer la influencia filosófica que
se encuentra en la base de semejant e actitud, pero eso lo deja perfec-
tamente claro Friedlander y no es preciso hacer elucubraciones al efec-
to. Están suficientemente expresados en su obra el alcance y las limi-
taci ones que, ineludiblemente , se encuentran en la ut ilización de las
cor rientes filosóficas del momento en que él la escribe. De esta mane-
ra el valor científico queda intacto, y es preciso establecer asimismo
otras correcciones desde nuestro propio momento, a partir de las crí-
ID
PLATON INTRODUCCION
11
ticas que actualmente se hacen a las escuelas filosóficas utilizadas
por él.
El mero hecho de servirse de las corrientes de interpretación filo-
sófica allí , en donde las cat egorías filológicas presentan sus limitacio-
nes, es a l g ~ que debemos a Friedlander y que hoy constituye un fenó-
meno habitual de los buenos análisis en Historia de la Filosofía. Con
t?do, la obra de este autor es un modelo precisamente en esta utiliza-
cíen, ya que el estudio de Platón no se convierte en la excusa para
estab lecer una doctrina propia o una versión int eresada, aj enas a la
verdadera comprensión del filósofo griego.
Además queda también claro algo que es particularmente impor-
tante y que por lo genera l se mantiene fuera de los afanes de un inves-
tigador en estos estudios. Nos referimos al sent ido de la Historia de
la Filosofía, a su valor y razón de ser en un mundo mode rno, sin que
est.o n.os lleve a plantearnos las aportaciones lejanas del pasado o las
reliquias que han quedado de una cosmovisión primitiva y desfasada.
. Fr!edlander ha:e notorio que Platón nos puede enseñar y que el
histor iador de la Filosofía no es un embalsamador de cadáveres sino
q.uien descubre los prob lemas de nuest ra sociedad y pone de mani -
ñes to que , en la solución de los mismos, nos encontramos con un Só-
crates y un Platón en la aplicación operatoria de todos los días a par-
tir de lo que denominamos «cultura occidental» y que tenemos en la
base de todas nuestras acti tudes y respuesta s.
En esta línea inicia o descubre Friedlander el camino que llevó desde
la ciudad a la Filosofía y que Platón transformó en una vuelta desde
é ~ ~ a a la ciu?ad. El valor de la «utopía» platónica, como planifica-
clan necesana y campo para el desarrollo de la actividad filosófica
aparece anali zado desde todos los cauces posi bles. Y es precisamente
en eS,ta dir ecc,ión en la que el papel de los mitos, de las ideas y de la
poesta platónica se estab lece como orientación para todo tipo de filo-
s?,fías y teorías. Es,' pues, una recuperación de Platón y una compren-
sie n de la. «letra viva» de sus. diálogos, tal como pret endía él mismo
cuando dio esta forma pecuhar a la Filosofía, a la comunicación de
las ideas. Yel estudio de Friedlander nos pone en disposición de apro-
vechar este campo y estos análisis.
Pero no es eso todo lo que se pued e sacar de esta obra. Queda
un punt o particularmente válido hoy : la «desmitificaci ón» de los es-
tudios platónicos que se puede notar en el esfuerzo de Friedlander por
superar todas las cuestiones que la Filología ha esgri mido du rante si.
glos para de alguna manera llegar a la exactit ud en el conocimiento
de Plat ón, pero que asimismo han pert urbado la comprensión de su
ob ra; se trata de problemas como el de la cronología, autenticidad
conceptualización y valo r poético de sus comparaciones. Todo e l l ~
no es más que un int ento de traicionar la escritura platónica de con.
vcrtir al diálogo en tratado, de hacer dogmas en donde se' establ e-
ccn aporías y de convertir a Platón en un platónico o neoplatónico
más bien.
Si Cherniss trató de libera r de aristot elismo a los filósofos grie-
gos, incluido Platón, Friedlander trata de apartar la pseudo -filología
y la pseudo-filosofía de la Hist oria de la Filosofía y en concreto de
Platón. Y, aunque él mismo reconoce que todavía queda una gran
labor por delante, sin duda su aportación puede dejar una línea y unas
di rectrices perfectamente establecidas sobre las que la investigación
puede continuar.
Son estas consideraciones las que nos han llevado a traducir esta
obra y a poner a dispos ición de los alumnos de Filosofía y de cuantos
sientan la necesidad de comprender a Plató n y a su aplicación de la
Filosofía a la ciudad el camino imprescindible para ello.
NUESTRA TRADUCCION
Cuando se pret ende establecer una versión en castellano de una
labor filológica y filosófica tan precisa como la que nos atañe, es pre-
ciso solucionar un conj unto de problemas previos.
l . Las citas en las lenguas originales: En líneas generales hemos
de respet ar el que el autor haya preferido no inmi scuirse en un int en-
to de traducción que pud iera traicionar la forma y el contenido por
el que aparecen pr ecisamente como elementos del estudio que se está
llevando a cabo. Sin embargo, somos también conscientes de que ello
puede significar el alejamiento de la realidad que tratan de mostrar,
por cuanto en este caso lo mejor sin duda es enemigo de lo bueno y,
lamentablement e, el estado de nuestros Estudios Clásicos y el conoci-
mient o de los Modernos no alcanza ni mucho menos el grado de di fu-
sión que sería de esperar en nuestra cult ura y que resultaría impres-
cindible para la comprensión de Fri edl ánder . Como pretendemos que
esta obra result e asequible y pueda conseguir el fin propuesto, hemos
traducido, por nuestra par te, dichas citas, bien aliado del texto origi-
nal o bien mediante notas a pie de página. En el primer caso, figura
entr e barra s y con letra diferent e.
2. La familiaridad de Friedlander con el mundo griego le lleva
a utilizar conceptos o términos que entiende como per fectamente co-
nocidos por los lectores. La razó n que hemos aducido ante s nos ha
llevado a utilizar las notas a pie de página para explicar aquéllos que
pudieran plant ear dificultades y oscurecer la argumentación que apa-
rece en el texto. Con el fin de evitar confusiones hemos detallado cuán-
do las anotaciones son del autor y cuándo son nuestras . En todo caso
hemos señalado con asteriscos y en notas a pie de página nuestras acla-
12
PLATON
INTRODUCCION 13
raciones y hemos mantenido la numeración y la colocación al final
de las notas que el autor señala.
3. Las citas en alemán han sido traducidas al igual que todo el
texto en esa lengua. En lo que se refiere al capítulo de H. Cai rns, en
inglés, lo hemos traducido asimismo, al igual que las cit as que en él
y en sus notas aparecen en dicho idioma. Fuera de estos casos hemos
respetado siempre el idioma ori ginal y hemos traducido el texto en
las notas a pie de página.
4. Por lo que se refi ere a las citas de lenguas clásicas , cuando
éstas fueron traducidas o parafraseadas por Friedlánder hemos res-
petado su versión, que es la que hemos traducido (y en este caso no
hemos cambiado la letra ni lo hemos colocad o entre barras). Cuando
no era así. hemos tr atado de est ablecer una traducción 10 más literal
posible. El lector puede cot ejar las existentes en cast ellano que respe-
tan la numeración científica utilizada por el autor, y que asimismo
hemos tenido en cuenta:
Platón, Diálogos, tomos I-V, Gredas, Col. Clásicos. Varios tra-
ductores .
L. Gil, El Banquete y Fedro, Guadarrama.
J. velarde, Protágoras, Pentalfa.
Merecen especial ate nción las ediciones bilingües del Instituto de
Est udios Políticos. reeditadas recientemente bajo el nombre de Cen-
tro de Estudios Constitucionales:
J. M. Pa bón-M, F. Gal iana. La República, Centro Estudios Cons-
tit ucion ales. 1949. 3.
a
ed. en tres tomos 1981.
J. M. Pab ón-M. F. Galiano, Las Leyes, C. Est. Const., 1960, 2. a
edic. en dos tomos 1983.
J. Calonge, Gorgias, C. Est. Const., 1951.
M. Toranzo, Cartas, C. Est. Const. , 1954.
A. González Laso . El Pottüco, C. Est. Const. , 1955.
M. Rico. Critón, C. Est. Const., 1957.
L. Gil. Fedro, C. Est. Const. , 1957.
A. Rui z Elvira, Menen. C. Est. Const ., 1958.
A. Tovar, El Sofista, C. Est. Cons t., 1959.
La edición hecha por Aguílar de Platón, Obras Completas, corres.
pendiente a diferentes traductores de muy dist into valor. carece de
la numeración científica estricta.
5. Para una orien tación bibliográfica acerca de Platón nos re-
mitimos a los dos magníficos est udios realizados por E.LledÓ:
E. Lledó , La memoria del Lagos, Madrid. 1984, sobre todo págs.
229-237. y la introducción al tomo 1 de Platón. Diálogos, en la Bi-
blioteca Clásica Gredas.
6. En lo que se refiere a estudios autor izados s?bre Platón, e,s
posi ble acudir a la traducción del clásico libro d,e David Teoría
de las Ideas de Platón, Madrid, 1986. ed . realizada por
J . L. Díez Arias . Hay tr aducción al castellano, asrrrusmo, de la ma-
yor parte de las obras generales que cita Friedlander y que hemos
vertido en su lugar correspondiente. No hay, en cambio,
de la gran obra de Wilamowitz, que es en la que más se apoya filcló -
gicamente el autor.
Ovíedo, 4 de febrero de 1988
S . GONZÁLEZ ESCUDERO
UDALRICO DE WI LAMQWITZ-MOELLENDORF
TOl AAIMONlm
hoc opus manet dedicatum
MDCCCCXXVI II MDCCCCL III MDCCCCLXIV
,
w as kann uns allein wiederherstellen?
Del" Anblick des Vollkommenen
Nietzsche,
Vorarbeiten zum Pall Wagner
/¿Qué es lo único que puede restaurarnos?
La visión de lo perfecto
N.,
Trabajos previos al caso Wagner/
DEL PROLOGO A LA PRIMERA EDI CION (1928)
Hace casi 10 afias - en los inol vidables días de la «Universidad
alemana de guerra en Wilna»- ha hablado el autor por primera vez
sobre Platón, con la conciencia aún impr ecisa de que sobre él tenía
que decir algo propio y, a la vez, no sólo subj etivo. Para quien en
los años de la guerr a, en las trincheras ante Ypern y en las cabañas
rusas, estaba a solas con las obras de Platón, pa ra ése tuvieron que
hacerse vivos esos «dr ámata», ese mundo de Filía y Neíkos / A mor
y Odío/, con una fuerza hasta entonces desconocida. Ni de lejos se
pensaría en cualquier clase de trabajo científico en el que todo futu -
ro, sobre todo el futuro científico, se disipaba en lo desconocido. Pe-
ro eso sería algo muy distinto al azar el que Platón, sobre las embro-
lladas fronteras de la guerra y la paz, se convirtiera en guía y consi-
guiera sobre todo la vuelta a la ciencia en este trabajo de ahora recon-
virti éndolo en sendero científico.
He obt enido, por medio de conversaciones o mediante críticas al
manuscrito , múltiples estímulos ante todo de Fritz Klingner, Nikolai
Ha rtmann, Ernst Robcrt Curtius, Herbert Koch, Rudolf Bultmann,
Martín Heidegger y Hans-Geo rg Gadamer. A todos etlos les doy las
gracias.
Marburg, a 18 de Enero de 1928
P.F.
PROLOGO A LA TERCERA EDICION
¿Por qué todavía un libro sobre Platón, además de los muchos
que ya se hicieron y de los que siempre van de nuevo a escribirse? El
aut or se encontraba ent onces entre dos frentes. Uno, lo ocupaban los
Neo-kantia nos y ot ras líneas de la Filosofía tradicional. El elemento
literario y poético de Plat ón no tenía valor fundamental alguno para
los fil ósofos; era obra de relleno . labor de espacio para el con tenido
filosófico. El ot ro frente llevaba al gran intérprete de la Filología Clá-
sica, a quien estaba y siempre permanecerá dedicado el libro: a VI ·
ricb von wñamowitz-Moellendor f. El escribe la biografía de Platón
y analiza sus obras, pero, con frecuencia, deja lo propiamente filosó-
fico a los filósofos.
Para superar esa cont radicción, habia entonces, y todavía queda
hoy. una tarea . «Verdad del ser y realidad de la vida», figura por eso , .
desde la segunda edición, de subtítulo en el primer tomo. Vale t amo
bién para los tomos 11 y 111 . «Idea y Existencia» se podria poner
igualmente.
Se han revisado el texto y las not as para la tercera edición; no obs-
ta nte, no hay diferencias susta nciales respect o a la segunda. Como
cambios generales sólo se ha introducido la discusión con Heidegger
en el capítulo XI. Huntington Cairns ha permiti do imprimir aquí su
trabajo «Plat o as J urisr» como capítulo XVI , igual que ya -aparecía
en la edición inglesa del volumen 1 de Platón. Ello ayuda a comple-
tar, junto con los capítulos XIV. XV YXVII. la imagen de la univer-
salidad de Platón .
Los Angeles, California, a 24 de Abril de 1964
P.F.
PRIMERA PARTE
CAPITULO I
MEDIO Y ENTORNO
lUnas palabras de Platón ...!
«Una vez, cuando yo era joven» - así escribe Platón a los setenta
y cinco años en su manifiesto epistolar «A los amigos y partidari os
de Dióne-c- «me sucedió como a muchos: pensaba dedicarme a los
asuntos públi cos de la ciudad en cuant o fuera dueño de mis actos.
y me topé, en la vida de la ciudad, con las siguientes clases de vicisi-
tudes: pues, como el régimen de entonces fuese censur ado por la ma-
yoría, tuvo lugar un cambio, y se colocaron al frente de esta transfor -
mación, como dirigentes, cincuenta y un hombres, once en la ciuda d
y diez en el Pir eo, en cuyas manos se concent raba lo referente al ágo-
ra y a los asuntos entre los conciudadanos; en cambio establecieron
con plenos poderes a treinta como jefes de todos" . Casualment e al-
gunos de éstos eran pari ent es y familiares míosv", así que, en efecto,
me llamaron de inmediat o, en la idea de que eran asuntos que me con-
venían . Yo, a causa de mi juventud, nada extraordinario noté; pues
pensaba que ellos iban a conducir de verdad a la ciudad de una vida
injusta a un modo justo, de forma que atendí con todas mis fuerzas
a ver qué hacían. Ycuando vi que, en efecto en poco tiempo esos hom-
bres demost raron que el régimen anteri or habí a sido una edad de oro
y que, entre otros abusos, también a un anciano amigo mío, a Sócra-
tes, de qui en no me daría vergüenza decir que era el más justo de los
de ent onces, le iban a enviar junto con otr os a traer a la fuerza a un
ciudadano para asesinarl o, a fin de que, tanto si quería como si no,
quedase implicado en sus manejos*** - mas él no les obedeció y se
expuso a sufrir todo ant es de converti rse en su cómplice en acciones
indignas . Al ver, en efecto, todo eso y otros detalles nad a insignifi -
cantes de semejante índole, me irrité y apa rté de los males de enton-
ces. No mucho t iempo después cayó 10 de los trei nta y todo el rég í-
• Se refiere al 404 a.Ce, época de la derrota de Atenas por Esparta como fina l de
la Guerra del Peloponcso y al establecimiento de los llama dos Treint a Tiranos, encar-
gado s en un principio de reformar la Constit ución y transformarla de democrática en
oligárquica, bajo la protección de los espart anos. (N. del r .)
•• Cármides y Críuas, que formaban parte de este gobierno , eran tíos de Pla tón
y hablan estado relacionados con Sócrates, (N. del T.)
• •• Se trataba de la detención de León de Salamin a. Este procedi miento constituía
un sistema habitu alment e utilizado por los Treint a para involucrar a la gente en sus
acciones. (N. de! T.)
22 PLATON MEDIO Y ENTORNO
23
men de esta época . De nuevo, aunque con más lenti tud. me daba vuel-
tas sin embargo el deseo de act uar en los asuntos públicos y comuni-
tarios. Había, por consiguiente. ta mbién en aq uellos mome ntos con-
fusos muchos sucesos que cua lquiera desaprobaría y no era nada
extraño que se di esen grandes venganzas de enemigos personales en
aqu ella época de cambios; con todo, los que regresaban entonces uti -
lizaron gran moderaci ón". En cambio. por una mala suerte, unos de
los poderosos, a su vez, llevan a juicio a ese compañero nuest ro, a
Sócrates, con la acusación más ignominiosa y menos apropiada a Só-
crates que a nadie: pues como impio le det uvieron, condenaron y eje-
cutaron, a él que no qui so participar en una ocasión de arresto inj us-
to de uno de los amigos de los exiliados de entonces, cuando ellos es-
ta ban pasando desgracias al huir. Al observar eso, ya los hombres
que llevaban los asuntos públicos, las leyes y su carácter, cuanto más
me fijaba a medida que ava nzaba en edad, en tanto más dificil me
parecía que era la correcta administración de los asuntos públicos: en
efecto, no era posible actuar sin amigos ni compañeros dignos de con-
fianza, y era imposible conseguir otros nuevos con una cierta Iacili-
dad , ya que no se mantenía la ciudad en las costumbres y convenien-
cias de nuestros padres; además se iban corrompiendo la letra y el ca-
rácter de las leyes que se daban en admirable cantidad; de forma que
yo, aunque en un principi o estaba lleno de mucha ilusión para actuar
en los asun tos públicos, al verla así y conte mplarla arrastrada por to-
dos en todas direcciones y al terminar hastiado, aunque sin dejar de
observar por dónde pod ría surgir algo mejor sobre estas cuestiones,
tanto entonces como en toda Constitución, esperaba siempre oport u-
nidades par a actuar; y al final llegué a pensar que, en lo que se refiere
a los asun tos públicos, todas las ciudades act uales están mal goberna-
das. En realidad en cuestión de legislación casi están desahuciadas,
a no ser que, con suerte, se dé algún remedio ext raordinario . Es obli-
gado decir, en alabanza de la correcta filosofí a, que de ella procede
el enfocar los regímenes justos y los asuntos part icula res. Asi pues,
no cesarán los males del género humano antes de que la estirpe de
los que correctament e filosofan llegue a [as magistraturas polí ticas o
bien la de los que dirigen en las ciudades llegue, por una suerte divi-
na, a filosofar de verdad. Con ese bagaj e de pensamientos viajé a Ita-
lia y a Sicilia en la primera vez que Iui» 1...
Así el viejo Plat ón echaba una ojeada al tiempo de su desarrollo
espiritual, entre los J8 Ylos 40 años de su vida. Tal vez tenga razón
Goet he en que «Nadie puede participar de la forma peculiar con la
que un indi viduo contempla su vida pasada». Nosotros deberlamos
• Se reñere al derrocami ento de 1mTreinta y la consígmeme rest auración de 13 de-
mocracía t on el regreso de los exiliados . (N. del T.)
•• La, not as del autor se encuentra n a partir de la página 309.
ad mitir agradecidos todos los dat os, que por el test imonio propio se
nos permite llenar, o ver la confirmación de cualquier otro. Pero
ra el conocimiento de la evolución platónica no utilizamos en resunu-
da s cuentas más que este pasaje autobiográfico -c-que sin duda
en cont ra a los muchos que se han molestado en llevar la contran a
a Platón en su manifiesto epist olar y ta mbién el escepticismo de un
Nietzsche: «Ninguna fe se puede dar a una historia de la vida de PI.a-
t ón escrita por él mismo , como tampoco a la de Rousseau o a la VIto
Nuova de Dante l .
Aqucl doc umento se opone sobre todo a la repr esentación popu-
lar de Plató n. A él lo han visto como su predecesor gra ndes pensado-
res de siglos posteriores. El pertenece a la Histor ia interna de la Me-
tafís ica occidental. Dentro de las conclusiones de sus prob lemas des-
cubre verdades, en el fund amento de las verda des, que ya Parméni-
des Heráclito ySócrates habían descubierto, y a las que ot ros filóso-
fos'proyectan sus problemas. «Después dc los anteriormente llamados
filósofos, se presenta la doct rina de Platón la en
siguió a ésos, pero en muchas cosas ta mbién
derivada s de la Filosofía de Ital ia». ¿Es posible proyectar afinados
torrent es creadores sobre una superficie muy concreta de problemas
históricos como Aristóteles hace aquí (Metafts íca, A 6)7 Así es pos i-
ble referirse a aquella forma de pensamiento , En efect o, si ni Platón
mismo podí a verse ya en esa perspectiva, si nc.' se
oye en el Fedón a Sócrates referirse a su propia evoluci ón filosófica.
Pero eso queda sin respuesta, y en ningún momento hay nada de ello
en la carta.
Por lo tanto seguro que la ojeada de la carta no es completa . De-
bería ser demostrado el concepto de «Filosofía», que salta al final sin
que en ningún lugar se hubiera dicho cómo se llegado a esa filoso-
fía. Platón se sabe a sí mismo como el descubndor de un mundo me-
tafísico y la correcta Filosofia, de que habla en su car ta, ¿acaso pue-
de ser otr a cosa que el conocimiento de las formas eternas y de su
verdadero ser? Pero tampoco trataba de alcanzar ese nuevo mundo. 'J
El buscaba la ciudad yen la búsqueda de la verdad era ciudad" encon- '
tró el reino de las ideas.
• El autor emplea el térmi no Staat cuando se refiere a todo lo concerniente a nues-
rro t érmin o moderno «Estado», como es lógico desde el punto de vista de la equivalen-
cia lingüística . Sin embargo resulta muy discutible el que los Griegos en. la Antigüeda?
hubieran llegado a un concepto semejante (d r. a e.fectos CoIoqulO$ ! obrt' teorra
ae la Anligufflad, Madrid , I9fíS). Lo que ss tema n era cen-
nada en la ri udad y completamente autónoma puesto que no habla est ablecido un po-
der scpenor. Por esa razón hemos uulizade en este sentido la palabra «ciudad», como
traducción del griego y no como el t érmino usado entre no sotr os como tal.
(N. del T. )
24
PLATON
MEDIO Y ENTORNO 25
A partir de las condiciones hist óri cas bajo las que Platón se desa-
quedará más claro cómo ha de ser la ma nera de ent ender sufi -
clr::otemente eso y que no pueda ser de otra forma. Su nacimiento ocu-
rnó en un lugar tiemp?,,r la Sociedad que le rodeó no impulsa ade-
a llevar la vida de filosofo, tal como desde siglos un hombre po -
dr á haber nacido - y no por él mismo- dentro de un gran filoso far
qu e a t ravés del género humano. «Como yo estaba introducido
en Filosofía... », escribe Dilthey en una ocasión. Platón no hu biera
p.odldo hablar así. Pues era completamente distinta la situación espi-
n tual para un hombre que había nacido, al comienzo de la gran gue-
r ra, en Atenas dentro de una renombrada estirpe.
/ Situación de Atenas y su renovación/
Arica era todavía un pequeño país de señores, agriculto res y
marmcros en el alb?rear de su ya amanecido día, en el que el sol de
ya l,uce .bnllante sobre Jonia. No tomó parte Atenas en el
ár bol de la ciencia y de la metafísica que brotó en MiJeto y que fue
traspl antado a colonias de It alia. Mientras que en la ot ra orilla
se calcula ban eclipses y se compr obaba el fundamento último del ser
del mundo, cons truían Salón y Plsfstraro para los atenienses su ciu-
d,ad y le creaban a un pueblo joven una pos ibilidad de entrada en las
ncas del Este. Mient ras que en Jonia y en la Magna Grecia fue-
ron erigidos el ser c?mo único sin contrastes y la ley del eterno, y siem-
pre opuesto, que se altern aban para regi r el mundo, y se iba
la búsqueda del orden en la constr ucción del mundo
y de su fundamentaba Atenas la ciudad de ciudadanos libres,
a J?Spersas y regalaba al mundo la Tragedia, Sin duda, la
filosofía Joma de la Naturaleza delegó a At enas a su primer gran de-
tentador en Anaxágoras, cuya nueva sabiduría se ganó tant o al go-
bernante como al P?eta Eurípedes. Pero era un extranjero,
como los i óvenes «fisiólogos» que suscitaban en Atenas, por
ap robaci ón, carcajadas o enemistad. Y pronto llegaría el tiempo en
que, a parur de la oposición a esa fisiología y de los pensamientos
de sobr e «teoría del conocimiento», se extendiera la con-
clusi ón esccpuca.
También Gorgias y Protágor as, los sofistas, vinieron a Atenas co-
huéspedes. A su lado corr ió la juventud atenien se, porque apren-
dIa'.l a conocer allf una nueva clase de deseada competición, y a su
ansia de peder se le ofrecían armas has ta ahora desconocidas, Pero,
se.reclbe hono,r al vendedor de esa mer cancía de nuevo
upo, lllngU? at eniense hubi era podido ejercer su profesión. «¿No te
de pr esen!arte ant e los griegos como maestro de sabi-
duna . », aSI pregunta Socrates, en Platón, a un joven ateniense que
no ha llegado a ser lo bastante pronto alumno del entonces recién lle-
gado Protágoras. Y su respuesta: «Sí, po r Zeus , ami go Sócrat es, si
debo decir lo que pienso», había sido el pensamiento de aquel ate -
niense educado (Protágoras 312 A).
/ La formación de Platón /
Aristóteles, allí en donde inscribe a la Filosofía de su maestro co-
mo continuación del sistema metafísico (Metafísica A 6),cuenta que
Platón, desde su ju ventud, había estado en relación con Cratilo, el
seguidor de Herácl ito, y que ha bía pasado a través de él la doctrina
del eterno flujo y de la imposibilidad del verdadero conocimiento. Pero
que luego Sócrates le había imbuido algo , en la parte ética, que no
pertenecía al mundo de los sent idos, y que de esta manera habr ía to-
mado él esas «ideas». No se puede inter pretar a Aris t óteles a duras
penas y mal, de peor manera que si se entendiese esa construcción,
que sólo tiene sent ido en la dirección de sus propios problemas, en
una relación histórica sobre el verdadero desarrollo espiritual de Pla-
tó n. Pues, sin duda, no es más difícil hacer que se anticipe al periodo
escéptico en su vida uno materialista, incluso. Sólo se necesita que
aq uello que Sócrate s contaba en el Fedón sobre su evolución filosófi-
ca se tome como biográfico y se tras lade a Plat ón J. Y hacer abstr ac-
ción, sin embargo, igualmente de modernas hipótesis: no sabemos en
10más mínimo qué profundamente pudieron haber entrado en él so-
br e todo algunos pensamientos «fi losóficos» de aquella época que,
par medio de Cratilo y seguramente también a t ravés de otros , llega-
ron a su entorno. E incluso si hu biera llegado a una desesper ación
de todo conocimiento - lo que sin duda recordaría más al doctor Faus-
to que a un hombre de la Antigüedad- as! se hubiera podido dedicar
al mundo, al come rcio. Y habría podido dedica rse al comercio y se
hubieran volatilizado, tal vez, todas las cavilaciones, no de forma dis-
tinta que el dolor del mundo a lo Byron y el escept icismo de Feuer-
bac h fueron, por ejemplo, para el joven Blsmark en el moment o en
que empezó a ori entar la vida.
No , un at eniense, en cuyo árbol genealógico figuraba el nombre
de Salón, y también al fina l del siglo V, sólo podía querer hacerse
hombre de Estado . «Llegar a ser un hombre dirigente de la Polis»,
eso es lo que quiere cada uno a los veinte años o incluso antes : Alci-
bíades, en el diálogo de Platón del mismo nombre, Glaucón, el her-
mano de Platón, en los Recuerdos de Jenofonte, el propio Platón,
en la mirada retrospectiva de su gran carta. Sólo con la di ferencia de
que para él se insertan aquí aquellos profundos problemas que, a lo
largo de su vida , motivaron los cambios,
En efecto, más de una vida humana se vuelve a lo esencial tanto
26 PLATON MEDI O Y ENTORNO
27
más cuando se ve tan llena con los símbolos que ant e ella aparecie-
ron. Platón vio la disolución de At enas conectada al destino de Só-
crates. Si Atenas ya no so portab a a su más fiel servidor. que siempre
estaba dispuesto a morir por esa ciudad y que, de hecho, murió por
sus leyes - cuando los revoluciona rios a ristocrá ticos quisieron hacer-
le cómplice de sus actos, a él que siempre luchó po r la voluntad de
la mayoría en cada ocasión y que había seguido el régimen de los «me-
jores»- . si, con una inaudita forma de llevar las cosas, la restaura-
ción democrát ica lo sometió a jui cio, a él que se había negado ante
los oligarcas a ir contra un miembro de la democracia; ento nces ya
no proporcionaba la ciudad aquello para lo que los antepasados la
habían const ruido y con lo que se desarrolló, mas bi en su espacio fue
ocu pado por una act ividad política que se había desviado de las más
profundas raíces.
Ser un hombre público: eso fue par a Platón . cuando todavía este-
ba decidiéndose para llegar a ser algo. una ocupación no separada de
la vida. Pue s Ari stóteles. con su definici ón del hombre como «anima l
pol nico », sólo puso en concepto lo que cada hombre vivía. Cómo ga-
no yo «Areté: • y cómo llego a ser un hombre público: esas eran las
pregunt as que existían a ntes de cada desarroll o. y ambas er an. en de-
finit iva, sólo una. Uno podía no llegar a ser un político; y eso no con-
sistía -como de alguna ma nera actualmente- en elegir en opción un
oficio frente a cualquier otr o. sino en que un hombre se negaba en
su ser. Tambi én esa imposibilida d, que Platón vio ligada a la suer te
de Sócra tes, signi ficaba o bien la negación de la vida o la promoción
para esta blecer ot ro ca mpo distin to enteramente nuevo. Eso quiere
decir - pues todavía faltaba much o tiempo para que el individuo ais-
lado se pudiera colocar dent ro del todo sin la ayuda de la Soci edad-
una nueva funda mentación del hombre y, en consecuencia. de su ciu-
dad. ¿Y no había t ambién Sócrates mostr ado cómo se debla comen-
zar eso? Ya no valía remenda r las instit uciones, habrí a que renovar
la sustancia. Sin que el hombre se hubiera convertido en «virtuoso».
no habría que pensar en la Areté de la ciuda d. Por eso. cuando Só-
crates enseñaba a preguntar por la «virtud», había él ya comenzado
la obra de renovación . El sólo ha bía sabido que es necesario; y había
sido así el único hombre verdaderamente político (Gorgias. 521 D).
Si, por medio de su boca, Platón estableció la conclusión de que los
filósofos debían ser dirigent es o los dirigentes filósofos. eso no fue
un «exceso de autoconciencia filosófica » {Burckhardt) ", sino la com-
prensión, resumida en un epigrama, de que, pr ecisamente para polít i-
• El concept o griego de ..Areté» se ref iere a los ideales comunes y generales en ca-
da época y por lo ramo su significado es variable. Responderla más a nuestra idea de
«modelo» o «arquetipo» que a la de «virtud" que es por lo que se sude traducir.
(N. del T.)
ca. algo se establece en él a del de ca da momento del
mundo y de la existencia soctanca en este . . .
Nosot ros . finalmente pues, podemos compartir con el otra co-
sa que el «modo peculi ar en el que Plat ón contempló su Vida pasa-
da» ' . Seguramente ese desarrollo es tan rico que una fór mula. tan
amplia no podría abarcarlo, No obstante es por eso por lo que el ha
visto válido lo esencial como justifi cación de su propia obr a: Lo Re-
pública y Las Leyes superan ya con m,u,cho. en gr,osor a cualquiera ot ra
de sus obras, El examen de su creac ton literaria debe colocar Just a:
mente en su centro a La República; Yes da rse del asunto SI
se ve a la mayoría de los pri meros diálogos como camillas llevan
derechos a ella. Su elaboración tend ría lugar de nuevo a partir de aque-
lla convicción de que tos verdade ros dirigentes y los verdade ros filó-
sofos serí an uno solo, hasta incluso en lo más interno, y en ,cent ro
a ira vez el agudo epigrama de la Séptima Carta sobre los dir igentes
filósofos, Definiti vamente la vida de Platón aparece llena de inte ntos
renovados po r realizarse en la ciudad de. su tiempo . a pesar de todas
aquellas paradojas. ¿Qué significa , por fin, est?? A res-
ponde una corta punt ualización sobre la esencia de la CIUda d griega.
I Lo ciudad griega: su esencial
La ciudad griega. en un primer momento. está ligada a los dioses.
Zeus, en Homero , proporciona a los reyes cetro y aut on dad para do-
mi nar . Hesiodo coloca a Temis" como esposa de Zeus y l: s da como
hijas. además de las Moiras, las gra ndes entidades del desti no que en-
vían bien y mal a los hombres mortales. a las tres Horas. en cuyos
nombres de g unomía, Dike e Irene está expresada la ley de los hom-
bres. de la sociedad «urbana» . También. todo aquel q.u: , ,como des-
tr uctor o tir ano. conculcase el derecho . reconoce su divinidad cuan-
do pronuncia la palabra Temis o Dike. Pero. en lugar de la
inquebra ntab le seguridad se pasa a preguntar e ínvesngar, fundament,a
Herácli to. de for ma meta física. a la ciudad en el cosmos . que.
si no, «debe luchar el pueblo por su ley como por sus murallas»? Por-
que el orden de la ciudad es una parte del gran orde n de l mundo . De
la misma manera. ento nces. las leyes humanas tendrfa n razón de ser
* 'r emts es la personificaci ón de las normas rmdicionales de organización social.
Sobre los ori genes del nombre cfr . M. S. Ruipérez, de en
E
· , XXVIII I""n .. <)9. 125 Dike en un pnncipto se aplicaba a os ajustes
en men o . ,........ va....· · . 6 id H ·000 '
sentencias en casos dudosos de la Temis, a la que luego susl ltuy ,VI . esr
, I .,- d .- Dike en Los T,..,.... ;",·YhJj oas. Eunomia se rditr t a la «out1\a
su nueva va OI1IClun 1'... . I d 1 h .
le islacló n» Yse apl icó a las ooTTtCCiones y establecimientos de eyes e «sop
8rimeros legisladores' éste era el titulo del poema en el que Solón resurma su actwr-
en esle campo . es una personificación del concepto de «paz», (N. del T,)
x.
28
PLATON
MEDIO Y ENTORNO
29
a parti r de una sola. la di vina. «Domina tan ampliamente como quie-
re y se extiende desde todas parles a todas par tes» 6.
Que Heráclito, con esto, no ha jugado con ningún verdadero jue-
go de palabras. es algo que es licito pensar. Aquellos primeros pensa-
dores habían ya precisamente colocado, en rivalidad entre ellos. a la
Dike de la sociedad humana en el todo uni versal. Anaximandro ve
en la negación de todo orden el castigo y expiación (hiN'!.. kai TiOI" ),
los cuales pagan las cosas, recíprocamente. por la «inj usticia» (&óu'ia)
de su ser. A la Dike confía Parménides las llaves del portón por el
que pasa el sendero del día y noche. y las cadenas en las que permane-
ce sujeto el ser uno, inmóvil e inaherable. Dike es, para Heráclito.
expresión de necesidad cósmica - para acercarl o al pensamiento
actual-o Ella se pr eocupa, por medio de «sus auxiliares las Erinias»
('E'HI'VH .1.íIH/S bri}(ouQo¿) de que «Helios no sobrepase sus medi-
das». Y si de nuevo Heráclito asienta en una sola a las fuerzas opues-
tas «Derecho» y «Lucha» , luego aparece, a través del apenas cubier-
to círculo mítico, su visión primitiva de la ley del mundo, de la «ar-
monía bien tensada» de part e a parte. Así se ensancha aquí el orden
legal de la en el todo y gana allí la ciudad y su ley de nuevo,
en el pensamiento , la grandeza que empezó a decrecer en una larga
realidad llena de dioses ".
Pues no eran aquellas ligaduras tan firmes que no hubieran sido
suficientes unas cuantas generaciones de hombres de movimiento más
rápido para soltarlas. La separación del yo y de la Sociedad habia siem-
aumentado, tanto en el pensamiento como en la vida. l a amplia
visi ón en torno a muchos pueblos y a sus di ferentes cost umbres habia
hecho comparables las constituciones particulares de los demás y, con
la de su caracter ística prudencia, sacudieron la fe en la ne-
cesidad. Los grandes destinos indi viduales de la época trágica habían
hecho convertirse en pregunta a la justicia, que hasta entonces estaba
firmemente fundamentada en la ciudad y en los dioses. Ahora el «do-
ble discurso» de los sofistas enseñaba que correcto e incorrecto serian
lo mismo: lo que una vez era correcto, sería incorrecto otra vez' lo
incorrecto podía ser tan bueno como lo correcto, incluso mejor que
lo correcto .
Critias contaba - igual que Demócrito, Epicuro y los ilustrados
de época más reciente- una historia de la civilización humana en la
que unos indi viduos inteligent es superaban la más profu nda susta n-
cia primi tiva mediante leyes: «con ello el Derecho sería un tirano y
tendría por esclava a la aut oridad», Y así, humana o demasiado hu-
mana , sería para Antifonte la ley por la que se establecen acuerdos
sobre lo que se asient a y se ejercita. l o que en Heráclito había sido
una parte del gran orden del mundo, eso lo at raviesa entonces la Fisis
como un completamente ot ro, con un efect o a veces cont rario como
una acción enemiga: ( En la mayo ría de los casos es enemigo de la
Nat uraleza lo Que es correcto según la Constitución» y «Lo Que fue
establecido como útil por la Constit ución, eso es traba de la Natura-
leza» , Píndaro honra a la ley como al «rey de los dioses y de los
hombres», el sofista Hipias (en Platón) la calificó como «tir ano
de la mayoría que constr iñe a la Natural eza». , .
En donde todavía habí a prevalecido algo de esa Vieja configura-
ción, el mundo y la ciudad en un único lazo, convirt ió en
meable. De los hermanos enemistados, que Eurfpides, en Las Feni-
cías", enfrenta ent re si en una lucha verbal , como má s ta rde en una
batalla reclama el uno su poder con el nombre de Derecho, que ya
no es él una divinidad . El ot ro reconoce, sin reparos, «la .tira nía
de la más gra nde diosa». Nada extraña que no baste con a
la madre para la di scor dia frate rna, pues sólo, en efecto , la.
«Igualdad» puede acudir en ayuda. Bajo su ley apa recen «ojos sin
brillo de la noche y luz del sol que ven siempre igual el círculo del
año». Así, o sea ent re hombres y ciudades, «la que
con los amigos coloca al amigo y enlaza conjuntamente con
ciudad y camarada con camarada». Pero allí en donde se olvida la
di vinidad de la Dike debe establecerse a lsotes'", como un espectro
de palabras que ya no tiene ningún sobre almas. El sagrado
lazo es aflojado y roto, y desatado el hbre albedrío; el ( hombre nra-
nico» se desliga del lazo de la Dike. . .
. En Sócrates encont ró Dike a su defensor. Para aprender a mqui-
rir de nuevo, después de su desaparición, lo colocó ante esa tarea la
época del mundo en la que él habla nacido. Ysólo por eso «ha encono
trado el método inductivo y la definición» o «ha fund ament ado la
ciencia» - icuántas veces Y ta nto como él había hecho! porque
él, en el lagos, en la conversació n sin fin, preguntaba e indagaba de
qué en concreto y propiamente el discurso trataba: el «gqu ées?» acerca
de la justicia, las «virtudes» y la única «virt ud». El bu.sca, en
cómo ella en la ciudad y Estado de los padres ha dominado: asr, por
mucho que la hayan ocultado, t iene que ser de nuevo De
esta manera muere baj o su mando y a sus órdenes en el serVICIOde
esta ciudad que incluso en la decadencia da muestras de su poderío:
tiene que ser así.
! El encuentro con Sócrates y los «ojos del alma»!
Plató n se encuentr a a Sócrates. Encuentra la propia volunta d too
davía muy indecisa «para alcanzar de inmediato la general»
a través de aquel pregunt ar orientado en una car actensnca direcci ón.
«Para mí nada hay más urgente que llegar a ser tan capaz como le
• Personifkación del concepto de «igualdad». (N. del T.)
30
PLATON MEDIO Y ENTORNO 31
1
'/
sea posible a cualquiera. y para ello, creo, nadie puede echarme una
mano más resueltamente que t ú». Así habla en El Banquete Alcibia -
d:s a Sócrates, y así lo ha dicho o sentido Platón frente a él. Y de
Soc.rat es ha lomado, o pensado tomar, las palabras cuando le hace
decir en otro diálogo al joven Alcibíades: «Todos tus proyectos no
pueden su término sin mí; pues hasta ese punto he tenido
influencia yo sobre tus cosas y sobre ti». Así tomó él vida y muert e
del maestro como su propio destino.
Plat ón dijo lo que le falt ó a Sócrates, sin que fuera consciente de
ello: el ojo escultórico de los griegos, un ojo parient e de aquel con
el que Polfcleto ha observado el canon en los corredores y lanzadores
jabalina la pa lest ra y Fídías, en los hombres llenos de Zeus (Ói Ol
QPÓpu)".la imagen de Zeus. en Homero; pari ent e también de aquel
gnego que le orient aba en las formas puras geométricas .
Debena parecer como si Platón se hubiese hecho conscient e de ese
don .que entre ot ros pensadores le ha llevado a él a la mejor part e.
O bíen , zes una cas ualidad que se cons truya precisamente en él por
pnmera vez la metáfora de «ojos del alma) ? 11
Antes de él un poe ta como Esquilo se ha at revido a hablar de un
enten,dimiento que tiene ojos (t/JQi vu w¡¡.¡mTw¡¡. i VTI")' como, a la inver-
sa, Plndaro de un corazón ciego (TI,<phOVqTOQ). Asimismo se encuen-
tra en los filósofos poetas Parménides, Bmpédocles y Epicarmo la exi-
gencia de que se debería «Ver con el espí ritu»; allí efectivament e en
un giro medio poético y medi o de crítica del conocimiento, se pi;nsa
o se expresa el contraste respecto al mirar corpóreo , En la Soñs tlca
suena algo de eso cuando Gorgias habla de los buscadores de lo de
(PETf WQOhó')' Ol ): «Los que trataron de demostrar claramente lo
increíble y no abierto ojos de la creencia (mis riis dóbll:
y no otra cosa muy distinta pret ende también el compilador sofíst ico
de un escrito hipocrát ico que coloca enfrentada en el médico la mi ra.
da del espírit u T'iiS 1'vw¡¡' 1/S ó1/Jn 12) a la mirada de los oj os. Todo
eso es muy griego, también cuan do ent re sí se diferencian de múhi-
Pero encuent ra todavía lejos de la corporeidad y del
signi ficado Sistemático de la imagen platónica,
Verdaderamente no parece sepa rarse demasiado de los últimos
la fras; de El Bc:nquete (219a): «La vista del pensami ento
Tr¡ s o1/Ju) comienza a echar agudas miradas cuando la de
los ojo s se dispone a perder su agudeza visual». Así Platón va mucho
más lejos. Ya, en una bella comparación del R ipias Mayor, había tra-
zado la Imagen del proceso del conocimiento en el mirar de los ojos
humanos, de esta manera el símil de la caverna en La República saca
sus mejores fuerzas a partir de ese paralelismo " . y no es una casua-
lidad si en una discusión, que explica en particular lo anímico y lo
cor poral, pone los «instrumento s con los que cada uno aprende en
el alma», y coloca los ojos del cuerpo comparándolos uno con otro
(518 C) - cuando allí se habla de los pesos de plomo de la sensuali-
dad, que la «mirada del alma» (n7" OY,l ") barre hacia aba-
jo, de forma que no puedan estorba r para lo verdadero (519 B)-.
Más tarde eso significa que, a pa rt ir de la ciencia ma temática y de
la astronomía, (la través de ellas , en cada uno, llega a reunirse y an i-
marse un instr ument o del alma (oe-ya vó" TI qu e se pierde y
apaga bajo otras consideraciones; as¡ que seria más se rio conserva r
eso que centena res de ojos: pues sólo a trav és de eso podrla verse la
verdad» (527 DE). Yde allí procede un escrito todavía más peq ueño
que habria tomado los ( ojos del alma» j ustamente como aquellos «or-
ganas » (533 O): éstos se encont raría n enterrados en barr o y poco a
poco se alza rían y el métod o dialéct ico los conduciría a rriba a lo inte-
ligible más elevado, que enseguida aquí llegar ía n a igualar el mundo
de lo sensible con la más excelsa contemplación (532 B). Así tra nscu-
rre durante largo tíempo la preparación, con el objeti vo final en esa
inte rde pendencia real, la pura metafísica y la con templación de las
ideas, enlazando inte rnamente por fin la imagen acabada: el alma ,
pensada según el modelo del cuerpo, tiene ojo s como él para ver , sólo -,
que esos ojos están enfocados hacia las formas etern as. J
Platón es un poeta qu e no se repite con faci lidad en sus imágenes
sin un propósito. El mito del al ma en el Fedro habla del lira de ca ba-
llos y del conductor de su ca rro, del plumaj e del alma. y se recon oce
el porqué el ojo no se adapta del tod o a este cuadro de conju nto. Pe-
ro se debería intentar pensar, en efecto, en la imagen de Lo Rep úbli-
ca, cua ndo una y otra vez nos topa mos con expresiones del ejemplo
de la acción de mirar. Las almas inmortales contemplan lo que hay
fuera del cielo, La fuerza del pensamiento (óHXVOta ) de la divinidad
ve la j usticia en si en el recor rido celeste; ve la Medida. ve el Co noci-
mient o; y después de eso contempla así a los verdaderos seres y se ha
acercado a ellos , luego cae de nuevo a su casa. Por el a lma humana,
con la cabeza del conductor , puede ser alcanzado lo más puro en el
espacio exterior , y ser visto , con esfuerzo, lo que es. Pero a la natur a-
leza del alma le corresponde que ha reci bido la esencialidad por la
vista, y, si el hombre sintet iza en el pensar una for ma a part ir de muo
chas sensaciones, así parece que el alma ha utilizado la vista en el en-
torno de la divinidad. De esta manera se podría a veces inser tar las
pa labras de ojos del alma. Casi como la solución a un enigma se ex-
presa en El Banquete allí en donde Diotima muestr a a Sócrates que
él se convierte en un sabio al fina l de un camino de grados . Sería allí
visible para él la divina belleza, pura, sin mezcla, limpia de todas las
futilidad es humanas, de una sola forma (jwvoét5ú). El «mira con aque-
llo con lo que se le permite mir an> (dQwVTt dQaTóv) (212 A) - fá-
cilmcnt c se deduce que con los ojos del alma. Y por ultima vez se alu-
de a la misma imagen en El Sofista (254 A), de tal modo que uno piensa
todavía alcanzar de lejos la ima gen de conj unto en la que eso se ha-
32 PLATON MEDI O Y ENTORNO 33
-1
bría realizado: el filósofo se detiene en el prot otipo del ser, y no es
fácil pode r mirar en ese lugar a pesar de la claridad. porque la mayo-
Tia de los ojos del alma se encuentran sin fuerzas para dirigi r la mira-
da a lo di vino. Aristóteles utiliza una sola vez, en la Ética, la rene-
xién ( Ip(? ó" qon) «ojos del alma», y así, de forma extraña, se sit úa es-
ta imagen en medio de un contexto aristot élico que no se puede reco-
nocer en relación con Platón l • • Todavía en tiempos de la vida de Pla-
tón uno podía volver a una 11 ot ras de aquellas historias en las que
los cínicos se burlaban a propósito del ojo con el que la «caballidado"
recibía un aspecto o el del espíritu de la «mcsidad». Luego Epicuro
o uno de sus discípulos. cuando peleaba con la cosmología platónica,
hacía bromas sobre los «ojos del espírit u- con los que Platón habría
contemplado el taller del mundo u.
Así de pront o, parece. se hebrfa apoderado de aquella elevada ima-
gen la charlatanerla inevitable. En épocas tardías se encuentra mu-
chas veces entr e platónicos muy distintos, como Filón, Ploti no, Pr o-
clo y Agustin, o también podría ser Que de alguna manera claramente
las flor es del jardín de Plat ón hub ieran florecido .
Por ot ra parte, no es ninguna casualidad que Plat ón, por pri mera
vez en lo Que sabemos, hubiera hab lado de los ojos del alma; pues
él realizó justamente eso, cuando deja radicar en la mirada el últ imo
objetivo de su filosofar, y también allí, en donde no se sirve de la pa -
labra, cor respon de a la misma tarea el lenguaje de imágenes y de mi-
tos. Sólo sitúa como guía para este objetivo a Sócrates, a t ravés de
quien ha encontrado el camino, en sus diálogos . Tamb ién, en el símil
de la caverna de La República, el hombre que logró la disolución de
las cadenas y la salida lleva el paso de Sócrates. Pues a aquél, cua ndo
vuelve de nuevo con los encadenados y quiere «liberarlos y sacarlos
afuera». llega rán a matarlo, sólo con poder tenerlo a mano. Platón
no podría decir claramente quién lo había transformado y sacado hasta
allf en don de por primera vez aprendió a ver sombras real es de cosas
reales, luego sus imágenes reflejadas, y después a (ellas mismas» y
al «sol». También por medio de Sócrates, y justamente en él, con-
templó con los ojos del alma «lo j usto» y también «el valor», (da ver-
dad», «lo sabio» y, sobre todo, «las virt udes» y «la virtud». Todos
los hombres hablaban en realidad de ellas, ya fuera n enseñables o no,
y cada UllO pensaba una cosa distinta, con el no mbre grabado en lo
más querido de lo Que amaba. Pero Sócrates es el único que no bus-
caba estas cosas sólo con palabras - al menos eso intentaba con más
seriedad y asiduidad que los otros-, sino a través de su vida; su muerte
• Se trata de 1M burlas acerca de las ideas de Platón, ya que entendía que no se
trata ba de las cosas reales sino de estructuras generales, as' treme al caballo concreto
ellos colocaban irónicamente la «cabaljidad», como recoge Diógenes Laercío en $U bio-
grafía de Platón, en el libro 11I de su obra. (N. del T.)
avala su existencia, y en su esencia los «oj os del alma). de Platón lle-
garon a vislumbrar inmediatamente figuras de aquellas imágenes de
formas l • •
l Eidos e Ideal
¿Pues a qué se llama «eidos» e «idea» 17? Algo para 10 que la ac-
ción de ver abre la entrada. Podr ía ser que «idea» fuera, en un pri -
mer moment o ya, la «visión », en donde se reúne la actividad de ver
y lo que llegarí a a ser visible alojo; «eidos» más bien lo visible y lo
visto, imagen, forma, figur a, que objet o del mirar . En t odo caso am-
bas palabras han llegado a ser casi intercambiables. En efecto, se sue-
le pensa r que su sentido se ha ido desgastando más o menos con el
tiempo. Más acertado seria, tal vez, decir, en lugar de eso, que él ha-
bía tomado la di rección de la mirada desde el exterior hasta la forma
y estructura internas. Heródoto" dice «hojas de cada forma o clase).
(rplÍ)J.,a T017joÓE - idéas- ) y piensa también que la acción co-
rrosiva de la savia no es algo dife rente por completo a lo visible, o
deja a cada uno «pensar en doble forma» (lrpeó"'I oa v ót<{JQaoim lóÉcn
- idéas- ). Los médicos jonios, frente a los físicos, negaban «que
hubiese caliente o fria o seco o húmedo en si, que no se asoc iase
con ninguna ot ra forma de sensación» (P.r¡ 5EV¿&>'>'0/ EloEt - eídei-
x O( l' wvif ov, Il.aex. lr¡Te .l 605 L); o piensan sobre las. «cuatro for-
mas de lo húmedo: ( Tf <1l:Ja QH lOÉm - idéa- TOl! Iltg¿
- Sobre generación VII 474, Il t Qi I'oúawl' - Sobre enfermedades-e-
VII 542) flema, bilis, agua y sangre, o del «j ugo dulce»
que se tr ansfor ma en ot ra forma (la &llo - eidos-. Il . &ex.
lr¡TQ. -Sobre la Antigua Medicina- I 635), o de las muchas «for-
mas » de las enfermedades (ro>J..a¡ lófm n7l v Il . rplÍa .
&P6e . -Sohre la naturoteza del hombre- VI 36) de las. que depende
la ca ntidad de salud, o de las «ciares» (como nosotros decimos) de
vendajes, fiebr es y remedios. De seguro que hay en ello algo de clast -
Ficación, pero aquí Incluso es el pensamiento el que dirige la clasifi ca-
ción (como en otros casos el pensamiento de la rama
o de la manera y modo -T'lÓ:¡rOS- ). Y los mismos recopiladores ha-
blan de «for ma nudosa» (El óM XO I'ÓU>'WOH) de un fémur, o de que
los riñones tienen la «forma» de corazón; o bien, de nuevo, de algo
más interno, de la «naturaleza del hombre, edades y forma» (nj v TE
h>'u(i"l/I' )(a¡ TO flóos VII 52), en las que debe fijarse el médico. Ari s-
• A partir del fundador de la Historia. Heródoto, el autor menciona una serie de
ejemplos en los que figura la palabra «idea". En ellos hemos colocado entre guiones
la transcripc ión para que quedase más claro su uso en griego. Luego hemos puesto la
correspondiente traducción comexruat . (N. del T.)
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PLATON MEDIO Y ENTORNO 3S
tófanes t rae siempre «nuevas formas» a la escena (&ú xm,,¿u lófcn
f l l1"Pf QwI'), y su coro cant a una «forma distinta de himnos» (hÉpa !'
f./-l J'w" iói:a,,). Tucidides, segun ent ienden sus comentaristas, suele co n-
servar casi siempre la palabra l óf u para usarla en algo como «tipo
y clase» " : así pod emos sin duda decir «muchos tipos de guerr a»,
«cada t ipo de muert e», «cada clase de fuga y decadencia». ¿Pe ro qué
es lo que nos ob liga a creer que allí, en donde a nosotr os nos falta
el sello preci so, también les tendría que haber faltado a los griegos?
Nosotros también hablamos de los «cuadros de la enfermedad»
"óao u, 70 vócrl1¡.ta hri ,¡ni" ft¡v {óf rn / cuadro de la en-
fermedad. la dolencia era tal en toda la apariencia/) , y segur amente
que una comprensión de la lengua mucho más sensible que la nuestr a
podría llegar con seguridad a algo más evidente allí, en donde noso-
tros «traducimos» la «forma visible» por un térmi no genérico deseo-
lorido o por un - ía o - idad .
Pl atón participa por completo del uso común de las pa labras
«eidos» e «idea», y tampoco es lícito ver en él gener alidades e impre-
cisiones en lo que en griego está sellado con precisión. Seguramente
él podría a firmar que consiste en el sonar las silabas , concert adas en-
tre sí, como una unid ad . Sin embargo dice: como una forma unita-
ria , un cuadro unitario (picx lE b,áoTúJ P TW PotJ Pcxep.orróPTúJP
OT0tXtlúJP OUhhcxtN · Teeteto 204 A. / La silaba es un solo cuadro a
part ir de los elementos que la componen/) , algo que se recibe en el
ojo» . No pregunta Platón si el alma es una dualidad o tríada; tampo-
co si tiene dos o t res part es, sino si dos o tres «formas», las enccr ra-
das en st, las piensa enseguida con la vista la per sonalidad separada
de cada uno. Si, en efecto, por fi n toda «verdade ra j usticia», toda
«pura belleza» todo «bien en sl» también se toma a veces como «eidos»
o «idea», entonces tenemos que cuidar de int roducir para «idea» una
palabra ext ranjera ya acuñada terminológicamen te. Debemos también
cuidarnos de habl ar de «doct rina de las ideas » en el viejo Platón , en
el que ya se llegó a ese completo esquema de pensamiento (rj rWPfllJ,W..
ao<piCf r; xah; raur¡¡. Carta VI 322 O/ ...con ese bello conocimiento
de las ideas/t. Es también para nosotros muy poco significativo, en
el fondo de dónd e saca Plat ón aquel nombre: si de la Medicina, de
los físicos o de los ret óricos, del cuadro de conj unto de una enferme-
dad o de la materia fundamental del cuerpo (nema, bilis o sangre) ,
o de aqu ellas especies de susta ncias casi reales: «calor y fr ío» o «ato-
mas» de los ñslc os o figura s del discurs o delineadas como «formas»
o «con figuraciones»; o de la lengua corriente que verdaderamente entre
los griegos, mucho más que en cualquier ot ro pueb lo, tenía una moti-
vación para escoger palabras de estas esferas. " Formas visibles»: así
denominaba el -sin percibir una solidez termin ológica, pero proba-
blemente no sin un sentido de las paradoj as de la expresión- a las
esencias eternas invisibles; porque también esa palabra, mejor que ro-
das las demá s de su lengua, debería expresar qu e lo «j usto en sí», «lo
valiente mismo» era para él un algo que él pod ría contemplar con los
ojos dcl alma.
Sóc rat es, se dice desde Aristóteles, habr ía sido el descubridor del
concepto y de la defi nición, y Platón habría hecho la idea a pa rtir del
concepto 111. ¿Cómo par ece que sería pro yectado aquí lo vivient e a la
superficie de la abstracción histórica del concepto? ¿Preguntaba Só-
crates continuamente , sin duda, qué es la ju sticia, qué es el bien, y
rumbién qué es la «polis» o el «polües » o la democracia , qué es la
«rékhne» o la «sophía» o fundamentalmente aquello sobre lo que ha-
blaba cada vez? El di rigía en la conversación un trabajo const ante de l
«legos» en to rno a esas preguntas reno vadas en cada ocasión . Pero
no era una determinac ión concept ual, un último objetivo, puesto que
nunca podría permanecer fij a en torno a una definición cuando ésta
se hubier a alca nzado. Det rás de cada pregunta en pa rticular y detrás
de todas en conj unto est aba la últ ima : cómo el hombre debería vivir
al servicio del Estado, que quiere al hombre lleno de virtudes, y de
la divi nidad , que quiere al hombre bueno en la poli s ordenada. Por-
que él mismo era ese hombre, por eso sabia Sócrates que había una
respuesta, y, a través de ese sabe r, era establecida la for ma de su diá -
logo. El, por medi o de sus pregun tas, movía a los demás hacia allí
en donde deberla estar la respuesta. Pregunt aba.. . :¿qué es.. .? Tam-
bién tendría que consistir en un ser . Pero sólo los oj os de Platón veían
y encontraban en el <leidos» lo que Sócrates enseñaba a buscar y lo
que Sócrates vivía.
No pasa de mero afán de curios idad biográfi ca , que aquí estarí a
menos en su sitio que en cua lquier ot ra par te, si nosotros queremos
barru nta r cómo Platón siente la «idea». Seri a también más claro qu e
nosotros tr at ásemos con ello, no una acció n histórica o tal vez bio-
gráfica , sino un último final filosófico sin trascendencia. La idea ne-
uc una historia de dos mil años y ninguna palab ra del léxico ñlos óñ-
ca es más fuerte en el uso de la labor del pensamiento de cientos de
años. El «eidos . platónico no es sólo filosofía de filosofia , como des-
de Plat ón, y esencialmente por él, tod a búsq ueda de ideas. Por ello
es necesari o de inmediato hacer el concepto visible otra vez en su pu-
reza. Sin duda, no es posible dar una transmisión histórica de la «p ri-
mitiva memoria» de Pla tón. En lugar de ello, para no desconcertarse
a t ravés de la opinión hasta ahora dada de for ma incompleta, se to-
ma lo siguiente: lo contemplativo, estético e intuitivo en la idea - que
apenas con dific ultad se puede conocer- sería una conces ión proba-
blemente disculpa ble, en todo caso auténticament e griega , pero al fin
y al cabo una concesión a partir de la pureza del concept o, una «cal-
da pecaminosa intelectual»; - más bien los nombres, con los que Pla-
tó n del inea su experiencia, son muy senci llos de alcanzar y de ver po r
los sentidos j untamente con sus mitos e imágenes . Inmediatamente
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PLATON MEDI O Y ENTORNO 37
de aquel origen por cuya causa no podemos parafrasear desde el prin-
cip io concept ualmente <do que la idea sea» , cómo ella en efecto a Pl a-
tón le sirve verdaderamente de comprensión más que todo lo demás,
aunque no sea complet amente expresable en conceptos 10. Nosotr os
nos cuidamos también. sob re el tipo de «int uición», de fija r algo y
qu eremos expresamente guardarnos de ello, de iluminarla como un
acto de éxtasis, en el sent ido usual del término actualmente. Sólo se
har ía aquí el int ente de fijar el punto en donde Pl atón . en la búsque-
da de la verdadera ciudad, se encuentra con aquel asunto en cuya des-
cripción utilizó las palabras «eidos. e «idea». Pero luego tiene que
penetrar, desde ese punto, en la totalidad .
Quien con los ojos del alma vio las formas eternas. seguramente
y sin comparación, lo logró con más certeza que con los ojos del cuer po
las terrenales por parte de aquellos que habían hecho perder todo sen-
tido a los «dobles discursos» de los sofistas. Que bueno y malo sean
una sola cosa; Que uno y lo mismo sea para estos bueno y para aq ue-
llos malo. y para los mismos hombres unas veces bueno y otr as malo;
y que de la misma manera se trate bello y feo. justo e inj usto, verdad
y falsedad: todo eso se revela como un juego de palab ras vacías para
los que hayan visto lo «bello» y (do j usto » y «lo verda dero», Ya no
se pod ría. pues. preguntar más si habrá justicia o si lo út il. pero sin
consistencia en sí. es una palab ra en un certamen. Se podría. pues.
no du dar si eso justo es enseñable o no . Si lo justo existiera , sería un
«eidos», así, si éste se cont emplaba . se llegarí a a ser j usto. I(¿D sos-
tienes t Ú» -dice el Sóc rates de La República (VI . SOO C) -«que le
es posible a alguien dudar de que no se imit a lo que se admira?
OfH n va fI va¡ bTW¡ ní Ol-ltAft p.. ¡w;:ia80'. t h ftVO:
/ ¿ O crees que hay algún medio por el que alguien no imit e aqueJJo
que admiro y con lo que convtverrt. También el filósofo. el Que se
ent retiene en lo divino y ordenado, llegaría a ser or denado y di vino.
según las posibilidad es huma nas ». Pero fue culpable de eso. pues s ó-
lo dio algunas lecciones par a abrir a los demás los ojos a lo que uno
mismo vio, Y no sólo vino eso para la educación de un particul ar.
Se disuel ve el Estado porque Temis y Dike ya no habrían de habitar
en su tierra: así debería ser fundamentado para el «eidos- de la justi-
ci a, sobre todo llegaría a ser para el eidos. fi nalmente para la primit i-
va imagen del «bien» como un medio ordenado. relacionado y di vi-
no. En eso y no en ot ra cosa piensa el epigrama de Plató n de que nin-
gún final del desastr e se puede percibir si ni los filósofos domi nan ni
los dominadores bus can la verdad en recto sentido. Sólo es una ex-
presión distinta de aquella interdependencia «sistemática» que - no
por cons t rucción sino por necesidad vital- para él se ha establecido
en todo tiempo entre «eidcs» y «pólis».
Pero. sin duda. ¿cómo podríamos hacer visible para los demás lo
hecho, lo que sólo los ojos int ernos de Pl at ón vieron, lo que (segun
Schopcnhauer) «sólo es alcanzable para el genio, de ahí que no sea
companible de mala manera sino sólo bajo condiciones) ? 21 ¿Cómo
habría qu e establecer sobre todo firmemente lo que es utilizable para
conocimient o y saber . o sea. para el conoci miento part icular y el sa-
ber más elevado? De hecho «no es decible en modo alguno como ot ros
objetos de la doctrina»: así se considera en aquella Séptima Carta (341
C) . Y Platón nunca ha podido o querido hablar, de otra manera que
en indicaciones. de las formas eternas. Pero él sabrta que «meras opi-
niones del alma del hombre corr en, así que no vale n mucho hasta que
alguien las sujete . a través de argume ntos conceptuales. a su funda -
ment o esencial» á pTU a vnh &ja'!'l alríen AO"Ytap..if Menón 98 A).
Y si también lo que él en su oj eada había recibido era inexplicable,
Ill UY di stinto de la opi nión y apariencia, necesitaba, por ta nt o, del sos-
tén de la palabra para que perdurase para él y para los demás. Buscar
algunas ligaduras sería el con tenido de todo su filosofar. Y conducir
a los hombres, «a través de duradera sociedad» que «como de una
súbita chispa se encendiese una luz en el alma ) (Cort o VII . 341 C) ,
era la forma de toda su doct rina.
Una digr esión podría ser permitida para expli car lo dicho de otra
forma por completo dífc rente " . Se conoce la respuesta que el 14 de
ju lio de 1794. en aq uel primer encuentro. Goethe reci be de Schiller,
cua ndo él le «expuso la metamor fosis de las plantas y con muchos
rasgos característicos hizo formarse una plant a simbó lica ante sus
oios». Schiller mueve la cabeza y dice: «Eso no es un experiment o.
eso es una ídea.» Y piensa la idea, según se comprende en el sentido
kantiano. como concepto mental necesar io al que, en los sentidos, .no
puede ser dado ningún objeto congruente. Oocrhe se queda perplejo,
está enfadado. Pa ra él, para un espíritu intuitivo. como enseguida se-
rá delineado Schiller al comienzo de su correspondenci a , es aquella
diferencia . la Que se asienta para el espíritu especulativo ent re expe-
riencia e idea. indefinible cada vez. «Puede ser muy querido por ml»
- es su respuesta- «que tenga ideas sin saberlo y que las vea Irecucn-
temente con los ojos», No una kanti ana sino una idea por completo
platónica en sent ido primit ivo: eso era la pr imera de Ooerhe. Goe the
sabia «que había una di ferencia entre ver y ver . que los ojos del espt-
rit u tenían que actuar en una vital atadura con los ojos del cuerpo,
porque. de lo contrario. se corre el peligro de ver y P3Sa:r de largo» 2J.
El vio «con los ojos» - con los ojos del alma , habrí a d icho Pl at ón -
la planta primigenia en aquella palmera de abanico en el jardín botá -
nico de Padua , él esperaba «descubrirla» entre la vegetación de los
jardines públicos de Palermo, y si él. según sus propias palabras. ( se
dio cuenta en Sicilia de la primigenia identida d de todas las partes de
las plantas y t ratab a ahora de realizar eso en todos los sitios y perca-
tarse de nuevo», así es lo que él toma como comprensión finalmente
de aq uel comprender por observaci ón y de cualquier a iro intento de
38 PLATON MEDIO Y ENTORNO 39
hacer sensible lo que sucede a t ravés de la lucha siempre renovada del
la gos.
/ Or ígínatidad de la Filosof ía platónica/
Si nosot ros, present ando aquí a Platón, habl amos de aquellos la-
zos mediante los cuales él aparta de su contemplación la existencia
y co municabilidad, de esta ma ner a se alejaría de la opinión. cuando
Queríamos o pod íamos demostrar de alguna ma nera un sucesivo lle-
gar a ser. Sólo para hacer sensible la estructura debe ser empleada
una aparente representación genética, probablement e no de distint a
manera a como él mismo, en el Timeo, relata el mito de la creación
del mundo y 10 adviert e ant es, para tomar , literalmente, una cosa des-
pués de la otra. Pl atón podría ser ampliamente un expert o en los filo-
sofcmas de los predecesores, yen efect o Cratilo le hace transmisión
de ellos, ent re los de los seguidores de Heráclito; así, al menos de esta
zona del pensamiento él ha tenido conocimlento w. Casi por 10 ge-
ner al encontramos extendida al menos la certeza. y casi siempre el re-
conocimiento, de que no extrae la filosofía dc sistemas ant eriores. En
primer lugar, cua ndo le abrieron con fuerza los ojos par a el «eídos»,
se volvieron todas las fuer zas de su ser con inesperada tensión en ese
sentido. Por primera vez ahora fue Plat ón «filósofo. -en un sentí-
do completamente nuevo- oYes más complicado buscar la ley según
la cual las mat erias crista lizan en aquel único punto de unida d que
el orden histórico en que todo pasó.
Si Platón queria sostener su intuición para sí y para ot ros, se de-
bía servir del material de construcción de su lengua. ( Lo j usto» o (do
bello», que él cont emplaba con los ojos del alma , llevaba para él el
sello de toda realidad . Quería, asimismo, proteger (do bello» ante la
confusión con una bella muchacha - yeso sucedía y era a veces cla-
ro , como el Hipias Mayor (287 E) muestra->, así podía él añadir: (do
bello mismo. (a¡iTl) Te, xa>'óv). Además se le present ó una palabra
que, como moneda recién acuñada del tiempo de la Sofíst ica, había
sido dada por ellos desde ento nces: A partir de Eurípidcs y de Aristó-
fanes se conocía aquel «siendo en forma de sen ) ( ÓVTWi , ovn),
que, en contraste con lo sólo aparente, no suele expresar cosas rea-
les " . Así ha ha blado Platón del «realmente bello. y de «belleza»;
también ha extendido ese adverbio a una pequeña frase: «el conoci-
miento de lo igual mismo, (es decir , de aqu ello) que rea lmente es»
({lrton1¡.u/ aVToíi 70V ¡'OOl! on fonl' Fedón 75 B), Yha da do a esta pe-
queña frase un primer y leve tono terminológico: «todo eso a lo que im-
primimos lo que es (realme nte) » (7l"fel Q1l"aPTwJI oli
70l'TO t) ron Fedón 75 O lS) .
Aquellas expresiones, que Platón arranca o refunde a partir del
material del habla de su tiempo, fueron muy imitadas. Pues con aqué-
llas entraba en una búsqueda del ser, que, por encima de Gorgias,
Mellsc y Zenón, volvía al gran Parménides como descubridor de un
ver inalterable y eterno. Al principio Plat ón, para esa dependencia his-
tórica. no necesitaba saber. y probablemente sabría ta n poco de ello
como un hombre de hoy sabe que habl a al modo hegeliano cuando
dice ( en y para sb o de un modo paul ina -luter ano cua ndo dice «todo
en lodo» o a lo Co rnee con «I am posní ve». Pero no es ningun a ca-
cualidad que él tome aqu í la dir ecció n hacia aque lla muy temprana
'1 muy poderosa búsqueda del ser.
La Historia de la Filosofí a qu e predomina despista en cierta ma-
ncra sobre quién era en realidad Sócrates. Le po ne en efecto. con Ci-
cer ón, a pasar la Filosofía del ciclo a la Tierra, y con ello hace má s
amplio el alejamiento ent re él y los anteriores pensadores. Pero no
conoce la cuest ión sobre si, sin Platón que relacionó la fuerza y dir ec-
ción de las pruebas y enseñanzas de Sócrates con las especulacio nes
de aquellos predecesores. hab ría sobre todo la posibil idad de meter
en una y la misma «Histori a de la Filosofía» a los «el énkticos" con
los físicos. Y en efecto, tambi én aquí se extiende una secreta ínterde-
pendencia . Sócrates se realizó en medio de los (sofistas», para la gra n
mayoría no diferenciable de ellos; para Aristóteles, sin ir más lejos,
era su representante; y así ciertamente en una abismal oposición a ellos
que se debería ser capaz de ver con el ojo agudo de Pl a tón. La Sofís-
tica , sin embargo, cuando ejercitaba sus juegos de bolsillo con el ser
y el no-ser, no siempre conservaba las formas de pensami ent o de Par-
ménides y deseaba que éstas est uviesen di secadas como esqueleto de
la palab ra . En efecto, no fue en realidad di ferenciada la esencia de
Sócrates por medio de la opos ición a los sofistas. sino en efecto por
el tipo de su pregunta. Cuando él pregunt aba «¿Qué es la j usticia?»,
de una cosa al menos estaba seguro, de que la j usticia es o de que
algo es; por eso no necesitaba saber que en secreto hab ía sido mostra-
da antes de él, que así pretendí a , y era por completo diferent e la for-
ma de la búsq ueda por medio de los viejos grandes pen sadores.
Así, con la pregunta de Sócrates, luego ante todo con cada prue-
ba para de nominar esencias recién contempladas y para a fianzarlas
frente a aquello con lo qu e no debe rían ser confundidas, tomó Platón
formas corrient es de dicción y de pensamiento que , finalmente, lleva-
ban sus ramas genealógicas hasta Parménides. Pero con esas múlti-
ples formas , a veces débilmente or denadas , muy poco podría Pla tón
conformarse para sus elevad as enseñanzas. Por medio de toda apa r-
• Con este término se señalaba el método de preguntas y refutaciones de respues-
las que se relaciona ba con los sofistas pero ta mbién con Sócrates y sus seguidores. en
particular a los Megáricos, (N. del T.j
40 PLATON
MEDIO Y ENTORt'O
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tada especulación vuelve de nuevo a su punto de partida. No tomó
como pensador filosófico - como ha hecho más tarde probablemen-
te Aristóteles respecto a él mismo o Kant con los empiristas en senti-
do más estr icto- , los problemas restantes que sus predecesores hu-
bieran dejado. Más bien la doctrina del ser de Parménides le dio los
medios de llevar a término su intuición con pensami ent os y palabras
duraderas. En verdad. en el lugar del ser de una forma circular com-
pletamente simple e inqu ebrantable en la fantasía contemplat iva de
este primer gran ontólogo, en ese más inhábil y desmañado pero gran
poeta , que ta mbién «habría mirado con el espír itu», estaba en Platón
la plenitud de la mi rarla que con nuevas ojeadas se engrandeció y en-
sanchó; y así se alcanzaba una nueva unidad que nunca aq uellas de-
sertizadas rigideces hubieran podido conseguir . Pero, a pesar de ese
inevitabl e contraste, vemos asombrosas correspondencias hasta en el
curso de las palabras. Incluso son aquellos predicados del ser de Par-
ménides -ccompleto, simple e inalterabl e- los que Platón traslada
a su «imagen primigeniae é . Y, si Zenón habia deducido de nuevo
la existencia en solita rio del ser de Parménides a part ir de las pruebas
en contra de la multipli cidad, así emplea Pl atón el contrasent ido que
se comete si se piensa lo justo, bello y pie en plural, en vez de en la
unidad del ser ideal 27•
Pero más lejos que eso. La construcción completa del mundo del
ser y de las formas del conocimiento comprendidas en sus grados, tal
como él había mostrado muy clar amente en La República (476 E y
ss. ), es estrechamente parmeniana . En ambos pensadores se extiende
en el ser el absoluto no-ser como diametralmente opuesto. Para am-
bos es el no-ser incognoscible. «¿Cómo se podría llegar a conocer un
no-ser?», pregunta Glaucón en La República. «Tú no puedes ni co-
nocer ni lomar el no-ser». enseña la dio sa a Parménides 11. En cem-
bio , lo que es en perfectos modos de ser ov) es en Plat ón
cognoscible por perfectos modos YVWU7ÓV); como en Par-
ménides, sólo hay un único camino de búsqueda: el que de verdad
conduce al puro ser y lleva como señales (<n1lto: m) las determi nacio-
nes esenciales de ese ser. En ambos yace el mundo, en que nos move-
mos, entre aquellos polos, o sea, ser y no-ser
n
. Sobre ese mundo de
incertidumbre está en Plat ón dirigido el part icular mundo del conoci-
miento, al que considera «dóxa», (pur a) op inión . En Parménides se
llama al mundo intermedio completamente cor respondiente al mun-
do según «dóxa» (xcn a OÓtOO 7Ó'Óf ) , sólo que en él en esa palabr a
se mezcla la opi nión entur biada del yo y la experiencia enturbiada del
ello inmóvil. Pues aquí ciframos entonces la diferenciación de las dos
estr ucturas tan pa recidas. Pa ra Parménides, el que por fin sólo reco-
noce como real el puro ser uno, es «ser y pensar uno y lo mismo»,
justamente así como para él, en aquel mundo intermedio de la d óxa.
andan en conjunto en uno solo el modo de ser del objeto y el modo
de captar del conocimiento J<l. Platón, que coloca dentro de su mun-
do del ser toda la cantidad de formas obs ervadas para cuya gra n ex-
pericncia, por medio de Sócrates, el hombre posee el «alma», ya no
ha de pode r construir tan sencillamente. El se encarga dc las formas
fundamentales del plan. Pues coloca, frente a los grados de los obje-
ros, los grados del conocimiento de los obj etos en hábil correspon-
dencia. Ha construido, pues, un arm ónico sistema del ser y del cona.
ccr mas allá, a partir de Parménides. Pero eso pertenece a la cons-
Irucción de su filosofia y debe permanecer apartado aJli en donde só-
lo se debe mostrar que utiliza la materia del pensamiento precedente
para unirla, conceptualmente, a la int uición propia.
Tampoco hoy está muert a la representaci ón que, como for ma dc
pensamiento al menos, se puede remontar a Aristóteles: Platón ha-
hría unido al ser de Par ménides el devenir de Heráclito y así habría
construido su «sistema». Pero una adición nunca implica una cosa
viviente y Platón habría tenido otras preocupaciones que el asegurar-
se un lugar en la Histori a de la Filosofía. Habría recibido, en la vista,
el «eidosr y se habrfa encontrado ante la tar ea de convert ir la con-
lemplación en algo fijo por medio del «lagos». Eso signi fica. sin du-
da, que lo que siempre es sólo puede ser dado inmediatamente con
la oposición de uno quc no es en este modo. Así también los pensado-
res indios habrían tomado de múltiples maneras al mundo que est á
enfrentado a un «auna n. eterno, en calidad de inest abilidad. cam-
bio, pesadumbre y no-mismo . Pl atón, según sus propias pal abras, no
necesitaba tocar . Cuando él busca nombr es para eso «que noso tros
(en la vida diaria de todos) consideramos que es) " , tampoco aquí le
deja Parménides en la estacada. La fórmula de Parméni des «ser t an-
lOcomo no-sen ) «(l val re K(Xi ( l POOl) sirve para ello en lodo el sis-
lema ontológico de La República, para enlazar finalment e nuest ro
mundo del devenir con el verdadero ser y para formar plenament e un
eterno contraste a part ir de una paradoja. Pero Parménides había se-
parado también el puro ser de lo que denomina este irreal mundo nues-
tro: devenir y transformarse, crecer y disminuir. De su boca toma Pla-
tón esas palabras para querer ser ori ginal, porque ellas delinean pero
rectamente su propio sentido y no está suficientemente falto de ini-
ciati va n . «En esa ojeada» vio a Heráclito y a Parménides enfrenta-
dos entre st. En ello el discípulo de Cr átilo debería pasar por alto en
principio, como en todo su tiempo ya no se sabría, que en Herácl ito,
si no se miraba al devenir y al cambio sino a la ley del devenir y a
la du ració n en el cambi o, aquello daba además algo parecido a Par-
ménide s. Con aquella fuerza de lo aparente y del orden, por medio
de la cual Sócrates y los sofistas (hi stóricamente con más profundo
derecho), a pesar de todo lo que era común ent re ellos, apartaron.
igual que en el techo de la capilla Sixtina el Creador, el día y la noche,
y sit uaron alejados entre si el sentido del mundo de Heráclito y el de
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PLATON MEDIO Y ENTORNO
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Pa rménides; y uncieron ambos, de nuevo j untos. como símbolo de
la oposición del mundo del ser y del mundo del devenir, lo que apartó
el descubrimiento de las formas eternas.
Pero proporcionó asimismo un elevado punt o de vista por el que
esa dualida d se convirt ió de nuevo en unidad . «Uno es todo», «Lu-
cha conj unta -oposición entre contr arios. sonar acorde-sonar dis-
corde de nuevo, de todo uno y de uno todo», así Heráclito. Y Platón:
El «eidos» uno y las múltiples cosas particulares se act ivan recíproca-
ment e. El «eldos» da a las cosas pa rticipación y ser, ellas tienden a
la perfección del «eidos». Sólo si lo uno no está sin lo ot ro es «enla-
zado el todo consigo mismo». ¿No era el heraclitismo más autént ico
incluso que aquella conf usa y soñsñcamente mal usada doctrina del
Flujo de tod as las cosas'] " . Plat ón no ha dado for ma a esa «j untura
de nuevo de 10 tenso» aQJ.tovíl1 J4), que en su construc-
ción del mundo está viva por todas panes, en ningún sitio má s expre-
sament e que en su Parménides; pero ahí ella hace cristalizar, para su
culminación, la dialéctica de lo ((l10 0 >> y de 10 «otro». Por par adójico
que suene, es completamente correcto decir que el diálogo Parméni-
des es el má s fuerteme nte heraclít eo ent re los escritos de Platón . y que
el filósofo Par ménides, en esta ob ra, es tan «heracliteo» como eléata .
Pero con ello hemos alcanzado fi nalmente el lugar en donde las fuer.
zas de los dos viejos grandes maestros se reúnen para Plat ón hasta
ta l punto que «corno en una circunferencia están juntos el princip io
y el fi n». El «modo únicos de Heráclito. que la plural idad como la
tota lidad enci err a expresamente en sí. y el «ser uno» de Parménides,
que quiere asimilar no-ser con plura lidad -Y. en realidad, no puede
asimilarlos , pues frecuent ement e hablamos del ser con «nombres»,
desde este mundo del «ser Yno-sen>, Yel ser está presente en el mun-
do de la apariencia: esas dos visiones coinciden en el mundo lleno de
ideas de Pl atón. pues en él sobre todo por medio del no-ser se aparece
el ser, por medio de la multiplicidad la unidad. igual que inexo rable
y necesariamente el ser se enlaza con el no-ser.
Al iado de Parménides y de Heráclit o. fue Pitágoras el tercero en-
tre los viejos grandes sabios por cuya irradi ación Platón fue gradual-
mente abordado en los círculos pitagóricos del sur de Italia , y ya an-
tes en el entorno de Sócrates. ¿Qué ha significado Pit ágoras, esa fuerza
realizadora 15, lejana en el tiempo, que, de modo enigmát ico, siem-
pre extendió nuevas fuer zas y a tr avés de ellas llegó hasta alll, hasta
Platón? No es una casualida d que la única vez que en sus obras fue
nombrado Pitágoras mismo aparezca como «guía de la educaci ón»
al lado de Homero (La República, X,600 A).
Co nsideramos que las conmociones más fuertes de Platón , en to-
do el ma rco tempo ral, se produjeron a parti r de los enredos de la ciu-
dad a la que él pensaba pertenecer y a partir de la inconsistencia de
los hombres que dirigían esta ciudad. Así llevó a ellos toda su volun-
tad pa ra colocar el orden en el lugar del desorden. Según el ejemplo
de los trabajadores ar tesanos, que encajan en conjunto por partes.
una cosa situada y ordenada en una fila (Tt: T<:rtllf VOV Tf KOl
l(f;Jf. OCJIl JjP.Ü Ol' Tga")'p.a). "así debería hacerse un orde n ( r&El l' Jf.Ol
ltóoP.O.l') entr e cuerpo y alma. vida casera y ciudad; en ello consistiría
la primacía y per fección en cada estruct ura: eso enseña Pl atón agu-
damente en el punto culminante del diálogo Gorgías (503 E-507 E
Ys.), después de que ha motejado a los campeones del arte de los di s-
cursos , del placer y de la arbit rariedad con una sola palabra: el desor-
den. Nada hay más cercano a Platón que aquel dicho de Goet he de
que él pod ría sorportar mejor una injusticia que el desorden. Pues
inj usticia es desorden. All í en donde Platón vio evitado el od ioso mez-
cla rse de círculos de prod ucción extraños, eso es medida , «sophrosy-
ne» y justicia. Y si un obrero o un artesano crean, en una ma teria
perecedera, algo «perfecta mente ordenado», en mayor medida de al-
guna manera debe corresponder ese (orden» al modelo invisible ( que
observaron en su obrar». Así no puede ser otr o que lo que Pl atón vio
como reino de las ideas, ese reino de lo perfecto, un recinto en el que
todo «t iene su orden y se encuent ra eternamente de la misma ma nera
y ni se hace algo incorrecto ni, recíprocamente, tampoco algo inco-
rrecto se recibe: todo está a llí per fectamente conj untado y relacion a-
do» (La República, 500 C). En efecto era el cosmos de los números.
esa armonía y proporción de las cuerdas vibrantes que. en la zona más
grande del cielo estrellado como modelo de un ser per fecto. se
de y se alza arriba al lugar suprace leste. Para eso están las ciencias
de ese orden , ante todo son su unidad y referencia en el sistema pita-
górico las que él tomó y que le mostraron aquello. de lo que nada
había podi do encont rar en la ciudad de su tiempo, para proyectarla
a otro mundo por completo diferente. Cosmos es tanto la estructura
del mundo como de la ciuda d. como del alma. La geometría trata en
conj unto cielo y tierra . «Dicen los sabios, querido Cacicles, que cielo
y tierra, dioses y hombres esta blecieron la comunidad ( Jf. ol vwvía ) en
con junt o y la amistad y la correspondencia y la medida
( owlPe OOúvI/) y la justicia todo eso se considera orden
( Jf. óop.ov xaA.Oiiol Jl ), querido compañero, no desorden e indiscipl ina.
Pero tú pareces en ello no conducirte con todo t u sentido, en tod a
tu sabiduría; más bien se te escapa que la igualdad geométrica (la pro -
porcio nalidad) fue establecida por los dioses como por los hombres.
Tú piensas en que hay que ejercitarse sin desca nso en la acción
('Il"A. fOJl f Eía l' &OHEi v) . Pues t ú no te preocupas de la geometría». (Oor-
gius, 507 E Ys. ). Ahor a queda claro lo que le ha aport ado la relación
con Pít ágoras. Sócrates se ciñó a la esfera del hombre y de la ciudad,
y así Pl at ón , tant o por familia como por el precedent e del maestro.
Pero. mient ras que Sócrates nada se molestaba en comprender «las
cosas de arr iba» (rO- P.ETfWQf.Y ) , había en el alma de Pl atón algo cam-
44
PLATON MEDI O Y ENTORNO 45
y promovido al cosmos, que rodea al hombre y a la ciudad en
conj unto como los círculos concéntricos externos. A Platón la rupt u-
ra con la ciudad .Iellevó afuera. a ese cos mos, y aba rcó hombre y ci u-
dad como esencias «de categoría cósmica»; en eso era deudor de la
gran itálica y de la fuerza que aún irradi aba de ella. Y era
del porqué la contemplación de ese uni verso él la puso ha.
JOel nombre del pit agór ico Timeo, después de que había hecho fun-
damentar a Sócrates la ciudad ideal.
Todavía hay una cosa más que, pa ra él, los pitagóricos tuvieron
que hacer inmor tal: la seriedad con la que ellos trata ron sobre el alma
humana. Con el alma individual y su profundo sentido se asomb ró
sin alcanzar en efecto sus límites. En mitos de contempla-
ción hablaron sobre su esencia y destino los pitagó ricos y <e1os del en-
torno de Orfeo». Platón ha compartido sus not icias del alma con su
más f,uert e .Y en su obra escrlra hay tanto de ello que podría
?ar pie a la impresi ón de que habría sido ent re otras cosas también
un «teólogo órfico», La doctrina de la eternidad e inalt erabi-
Itdad del alma individual, así se denomina, hay que ponerla en fuerte
consonancia con la doctrina de las ideas. Pl at ón, en efecto, habría
toma do aquella cuestión de fe de los maestros de fe que la brinda ron
complet a )6. Pero , aunque presentase aquí un contraste con el siste-
ma, .10 que no es .en a;bsolulO, no hay manera alguna de explicarlo a
pa rt ir de una conj unci ón, en el punto de partida, de doct rinas separa-
das. ¡Y a en Platón! El espiaba sin duda en todas pa rtes en
donde. percibía tonos emparentados, pero era el último en hacer pa-
sar, bien o mal, a su peculio doctrinas extrañas. Se está muy poco
seguro de que Platón no «enseñe» di rectamente sobre todo del dcstl-
no del al ma. Sócra tes hab la de ello en los mitos Que son una parte
de los dramas platónicos . Y si se hace referencia a los sacerdotes de
los ya los teólogos. eso es en todas part es la di rección de
la VInieron aquellos cuadros míticos, con lo que se delinea, pero
d,e manera se afi rma, lo que ellos fuero n pa ra él mismo. Se-
na posible sobre ello conjetu rar aq uí algo, si ellos tenían una realidad
ta n profundamente llena de signos o eran indicios de for mas, imáge-
nes y palabras para lo que había que decir en un hab la part icular. Pe.
r? conduce a error si se hace de ello una física platónica o una Hisro-
na del alma,
,Si Pl.atón estaría enfrentado así por igual a la
acción, inmediatez y consistencia del «agath ón, ...., que él habría re-
• El hace refe rencia a los órfic?s y a los misterios de Eleusis, tal corno apa re-
cen en Plndar o, de quien hace referencia expresa Plató n en el milo del Más Allá y
en obras de Eunpides como Los BOl·omes. (N. del T,) •
. •• «Agat b ón» significa «bueno» y aqu t, lomado como abstr acto «lo bueno» «tI
bien». (N. di" T.) , ,
cibido ante su vista y que pasarla desape rcibido a todos los demás,
y el resultado habría sido una doctrina del lodo-uno. Pero Plat ón era
demas iado consciente del hombre concreto, hab ía oído demasiado en
Sócrates a los demás hombres, demasiado fuerte al Eros, que arras-
tra al hombre hacia el hombre y a ambos junto a la idea , para que
le hubi era podido bastar la conjunción de Parménides entre pensar
y ser. En efecto, el mundo le parece situado en la zona de lo que nun-
ca es, siempre devenir y desarrollo, y en la del ser eter no, que sería
port ador de todo valor, en esa estaba la pregunta de ¿a qué pertenece
el hombre? Y no se for mul a por un interés teóri co o sistemát ico, sino
ante el objetivo de su tarea de formar al hombre nuevo y fundamen-
tarlo en una nueva ciudad. En AtcibtadesMayor, en el examen de la
sentencia délfica «Conócete a ti mismo», había puesto la pregunta de
zqu é es ese «mismo»? Y la respuesta alcanza una gran paradoja, pa-
ra los griegos mucho más paradójico que para los que viven en el mun-
do cristiano: el hombre es alma. O sea, lo que propiamente const itu-
ye al hombre, su «existencia», lo esencial en él es alma. Para decirlo
con palabras de Plotino: «Según lo más excelso es la totalidad de la
forma humana )¡ (xcml: 5f 70 k QEi'íTOII Ti, Pla-
Ión ha descubierto el nuevo mundo de los seres eternos. De esta ma-
nera sería el hombre un miembro de dos mundos y ninguno, algo en-
Ire ambos mondos: el mundo del devenir y consumirse relacionado
con el cuerpo, el sentir y «el no participar del alma», y el mundo del
ser con lo eterno en el alma. Así es el desc ubrimiento del reino de las
ideas el que no deja al hombre ser completamente y de mala manera
un miembro de un mundo inseparable, sino que su fuerza de separa-
ción radica en «cuerpo y alma».
La «doctrina: de la eterni dad o inmortalidad del alma en Platón
no es ni una comp leta teología transmitida ni se refiere a claves con-
seguidas conceptualmente. El diálogo Fedón10muestra con toda cla-
ridad de dos maneras. Plat ón ve la eterni dad del alma ava lada por
el t riunfo de Sócrates sobre la muerte. Aquí habría un algo que no
se trata, que «Sócrates», el que ellos allí tenían, iba a yacer muerto
y a ser depositado en una tumba. «Yo no puedo convencer a Critón
de que yo, el de aquí, soy Sócrat es, el que ahora estoy cha rlando y
pongo aquello que se dice en su lugar; pero él cree que yo soy el que
poco más tarde va a ver como cadáver, y se pregunta cómo me debe
enter rar,» Pero la creencia en la inmort alidad del diálogo, de la que
no se alcanzó la meta con muy buenos fundamentos hasta el final,
apa rece una segunda vez con más claridad, La eternida d del alma es-
tá ava lada para Platón por el ser de la idea. En efecto, para el «amigo
de las ideas» tiene sentido hablar de inmortalidad. Si el alma humana
está tan preparada por su naturaleza que conoce el ser eterno, ent on-
ces - puesto que lo igual se conoce por lo igual- debe de tener un
ser según el modo de las formas eternas. Y lo mismo que las pruebas
46 PLATON
MEDIO Y ENTORNO
47
de la inmortalidad del Fed án no están por casualidad encuadradas fren-
te al relato de la muert e de Sócrates, así tampoco están por casuali-
dad una frente a a ira aquellas dos garantías para el ser eterno del al-
ma . Pues en Sócrates, y por med io de él, había observado Plat ón las
for mas Nemas; y de esta manera para él se fundament an en el mismo
medio «S ócrates» , «eídoss e «Inmort alidad», que casi son sólo tres
nombres diferentes para la misma esencia.
El hombre en la ciudad: esa era la oportu nidad de la que Platón,
como todo griego, salió. Se había rolo la vieja uni dad incuest ionable.
Pero de la desavenencia y de la lucha para un nuevo orden se formó
su visión peculiar: aquí, el hombre o el alma como la «poüteía»> in-
terna; allí la ciudad como alma extendida, alma y ciudad como j un-
tura uni taria de la misma estruct ura en un recint o necesari amente
opuesto, ambas están di rigidas al «eidos», al punto más alto de la «idea
del bien».
El hombre en el tod o: ese era el conocimiento para el que Pit ágo-
ras aux ilió a Platón . Y la visión a [a que impulsó a Pla tón fue esa:
vio encerr ado en el gran cosmos al peq ueño cosmos y a a mbas «esen-
cias vivientes- en necesarias y opuestas fundas, pues «alma» do mina-
ba a las estrellas y al mundo y el alma perfect a el movimiento ordena-
do del uni versa
n
. El principio conj unto de su orden es, sin embar-
go, lo «agat h ón».
El hombre y el «eidos »: ésa era la enseñanza más característica
de Pl atón, la que deb ía mucho a Sócrates y no compartía con nadi e.
El alma recibió de nuevo de parte del «eidos» , del que fue contempla-
dora, la eter nidad. El «eidos» esta ría lleno de alma, más bien lo esta-
ba desde el principio. Pues lo justo, valeroso, piadoso y bueno se de-
nominaban las ideas que Plat ón vio por primera vez al mirar a Sócra-
tes. Y en una época más ta rdí a era para él incomprensible cómo po-
dría la sociedad del ser por antonomasia contradecir al conocimien-
to, vida, alma o pensar o bien el parentesco y semejanza con el
espírit u " .
Alma y «eidos» están también en un reci nto necesario. y como
el ojo del alma reconoció por primera vez en una gran oj eada a las
formas ete rnas y el filosofar de Platón es luego siempre un renovado
intento de hacer sensible el mundo descubierto, así estarían refleja-
• La palabra «polueía» se sut le traducir por " Constitución», si bien la obra de Plalón
con ese título tradicional mente loe conoce como Lo Replibli ca. El autor da a esa obra
en alemán una versión más acorde con el original griego. Staat , as í que, por esa razón,
con eltérmlno «po liteia» enti ende también teda la amplitud de las retacíones públicas
en la ciudad gr iega. demrc de las cuales loe encuentran por supuesto incluso lo que no-
sones esrablecerfamos como propias de la familia o del individuo. (N. del T.)
dos ambos modos de conocer en los diálogos platónicos a t ravés de
dos movimientos que con duce n al «eídos»: «maniaa" y dialéct ica.
• La palabra ..manía » señalaba la pérd ida.de control del individ uo sobre ~ í . mi.smo.
por lo que pudiera t raducirse por .. locura..: Sm en;bargo. de acuerd,o e0J.l su Slgmfiea-
do car acterístico, se entiende como la «salida de ~ I » hasta llegar al extasia. (N. d/"I T.)
DEMON 49
CAPITULO 11
DEMüN
/ Demonologta y demonico/
Para platónicos de la Antigüedad la demonología" tiene un lu-
gar determinado en la construcción del pensamiento del maest ro l.
Los modernos estudiosos de su filosofía tienen que explicarlo para
toma r completamente en serio sus declaraciones sobre este asunto. ¿Pe-
ro con qué derecho se toma por puro j uego lo que se dijo de los dé-
y se pasan por alto las «doct rinas» física y fisiológica
del y la del lenguaje» del Cralilo en los párrafos de
un sistema plat ónico? Sólo po rque hay una ciencia de la Naturaleza
y del Lenguaje, pero ninguna de los démones. En efecto, el CratiJo
se parece. en ,verdad a un revuelto loco de pi ruetas, muy lejos de un
t ratado cíennñco del lenguaje; y sobre la ciencia mítica de la Nat ura-
leza! en el Timeo. un investigador como Demócrito probab lement e
hubiera vuelto la cabeza. Sobre todo no debería haber duda alguna
dc que Pl,at ón no enseña directamente en sus escritos ciencia alguna,
en ,el sentido nuestro. Y SI un «j uego» consci ent e lo que los per so-
najes de los dramas platónicos declaran sobre el mundo de los d émo-
nes, s: trata. de . un juego que, como todos los j uegos
plat ónicos, vive en su mten or la más profunda seriedad. Sin duda a
qU,ien q.uisiera a expresar con pa labras esa seriedad le po-
objetar Plat on: «Hasta lo que yo sé; si deb iera haber escri to o
di cho eso, esta ría dicho po r mí de la mejor ma nera » (Carta VII
'
se enco nt ró con .un as unto de démones cuando acompaña-
ba a Pues la Vida de ese hombre. qu e como ningún ot ro
merecra ha berse dedicado a la tarea de «explicar » lo inexplicable con
la fuerza de su entendimient o, había acciones misteriosas que él no
veri fica ba en su rectitud sino a las que obedecía. Habl a ba a veces,
y con gusto, de su «demonion», y era así ta n reconocida esa peculia-
ridad que la acusación se pudo fun damentar en ella y echar sobre él
,. de tran.scrjbir el térmi no griego óO¡[¡JNJ P como demon . A partir
de el hemos introducido los terrninos «detnónicm>, «demonología» y «demonio n», que
son de uso normal entre los estudiosos de Platón, El término castellano «demonio»,
que denv.a éne, es concept ualmente distinto porque recoge sólo connotaciones
negallvas cnsna nas que no resullan en absoluto válidas al Plat ón. Por esa razón nun-
ca lo uulizado como equivalente, aunque así apa rezca en algunas referencias
poco CUIdadosas a Sócrates de algunas traducciones. (N. del T.)
que «int roducía nuevas ent idades de d émo nes » (XQ¡ I'Or Ocnp..ÓI'¡Q). No
nos cuestionamos . en el terreno de la Psícopat ologta, Que clase de de-
mon era y no intentamos, como Schopenbauer, darle un lugar ent re
ensueños, espectros y ot ros fenómenos ocultos 2. No me nos libremen-
te se podr ía acercar lo inhabitual por medi o de la razón, como se ha
ordenado en el claro entorno de la experiencia racional y cient ífica
algo así como «una voz inte rna de la cadencia individ ual », como «ex-
presión de la libertad espiri tual» o «como medida segura de la subje-
Iividad» 1, Se trastoca propi amen te el paso de esta manera, si se dice
«el dcrnon» como si fuera una cosa, en lugar de tomarlo en el modo
neutro de expresión del griego (do dem ónico». En esa
lingüíst ica se encuentra expresada, por un a par te. aquell a
nació n: «Pero tú no sabes cuándo viene y a dónde lleva »; es suñcien-
te, sin embargo, que ese algo activo no se encuentre en el interior del
hombre y a su disposición, más bien se le acerca, externamente, des-
de una zona incontrolada. y era tratado con pr ofundo respeto. De
est a manera hay otro grado de (<\0 divino», y Platón hace a Sócrates
relacionar, en un razonamiento de j ustificación, e incluso usar aque-
lla exper iencia de «algo divino y demónico» (9t i óI' n Km' ómpóI' tol'
l í'}' vt TCU ) O también (da seña l del dios» (TOToii 9toV o'l'Ptiol' ). De esa
fuerza suele Sócrates decir. en Jenofonte, que ella le «aconseja ) o (de
muestra antes lo que hay que hacer o D Q)) · . La única vez en que una
determinada acción llegó a ser sensible, o sea cuando Sócrates se quiere
encargar de su j ustificación, ella se le opone Recuerdos
IV 8, 5), Y eso, que es una oposición, algo opuesto, fue subrayado
con especia l énfasis en Plat ón , No se tiene fundamento alguno, en
líneas generales. para fiar se más de Jenofonte que de la estr e.cha
delimitación de Platón. que, a su vez. pudo acrecentar y Sistema tizar
eso. Al menos se podría comprender que Sócrates fue consciente con
mucha claridad de aquella fuerza activa. allí en do nde se establece co-
mo oposición . También Goethe - uno no qu erría recurrir a él como
ayuda pa ra Sócr ates sin precauciones- casualmente era propenso, en
un punto de vista muy dife rente que el expresó sobre lo demónico,
a respetar Jo represivo. que era para beneficio. como algo demónico
que se adora sin jactarse para querer explicarlo luego s. La Apología
(31 D) expresa que la voz nunca intenta propulsar (r eo7é r H ot ovói·
ron ) y también textualment e el Teages (128 D). Pero no es ningún
indicio par a el ori gen no platónico dc ese diálogo cuando allí ensegui-
da se dice que la fuerza de lo demónico «coge a uno con algo» (co-
>"AáI3r¡TO!t) (129 E). En todo caso el recopilador del escrit o debía haber
esta do conciliando esas dos interpretaciones. Sócr ates podía utilizar
y t oma r algo de impulso para la acción inmediat amente en el silencio
de lo demónico.
50 Pl ATON
DEMON 51
/ Lo acción del demon/
Platón, en primer lugar, ha dejado «el demoníon », en su imagen
de Sóc rates . como un rasgo por el Que el hombre común era conoci-
do, igual q ue por su nariz respi ngona y por sus oj os saltones. Aquello
cc:
m
frecuencia se mete y se po ne en cont ra de pequeñas cosas,
di ce Sócrates en su discurso de defensa (40 A). Asi no nos extraña
en particular, ni debemos ta mpoco olvidarnos de que est amos leyen-
do el relato caracter ístico de un irónico, cuando en el Eutidemo (272
E) la «señal demónica- le impide levantarse y le ayuda también para
el encuent ro en el combat e con el profesor de esgrima ; y no menos,
en el aquello no le deja salir de allí , a ntes de que haya
expiado. por medio de un segundo discurso más amplio. su falta con-
tra Eros (242 BC) - , En el Teages fue comprobada la autenticidad en
una lista de casos en los que la prevención se había cumplido: cuando
Cdrmides se ha bía querido entrenar para los juegos de Nemea en el
plan de asesinato de un conocido Timarco y en la desgraciada partida
de las naves a Sicilia. Per o aquí está perfectamente señalado que esas
cosas no son su objet ivo propio. No se encuent ra en absoluto en el
Teages, como se suele decir, que se haga de Sócrates un ta umaturgo .
Muchas veces da Sócrat es mismo el punt o de vista en el que él había
aq uellas «porque esa fuerza demónica también sig-
todo para la SOCiedad con los que buscan mi compañía. (Sn
" ÓtlVU¡US a un¡ TOV OaIJ!ovi otl TOtÍ TO tl J(ai Ten T(;W ¡ud
'JlOV Otl JlóIaTQl/J6J'TWV ni a1faJl ólÍ')'aTm) (129 E). Pues muchos lo po-
nen en contra. Esos no podrán obte ner ningún provecho de su rela-
ción Y. po r consiguiente, él no estaría de acuerdo con semejante
compañia -. muchos casos no impide el que esté n j unt os. aunque
ninguna utilidad sacasen los int eresados. Pero en donde la fuerza de
lo demónico toma parte a favor de la sociedad . allí enseguida va con
ellos.
Muy parecido en el Atcibtades Mayor. Y allí se trata referido a
un primero. muy trascend ent a l y la rgo encuentro, así se podria recor-
dar de nuevo unas palabras de Goethe a Ecker man n del 24 de marzo
«Cuanto más hombre se es, más se encuent ra uno baj o el
infl uj o de los d émonos, y sólo debe cuidar siempre de que su volun-
tad conductora no se extr avíe , Así fui dominado en mi conocimient o
de Schiller por medi o de algo demónico; nosotros pod íamos antes y
después llegar a estar de acuerdo; pero lo que nos pasó,
en la epoca en que yo tenía tras de mí el viaje a Italia y SchiJler empe-
zaba a est ar cansado de la especulación filosófi ca, fue signi ficativo
y de grandes consecuencias para ambos». No de diferente ma nera aquí
ta mbién podrían maestro y discípulo ir de ac uer do antes y después.
Por medio de la oposición dem ónica ha estado Sóc rates mucho tiem-
po lejos del joven. A pesa r de que lo había admirado. Ahora calla
la voz y piensa en él. En el modo de expresión del Teages, lo dcm óni-
":0 le ayuda . O, como entonces en donde la fuerza activa par ece llegar
a su esbozo más claro, en el Alcibi ades (106 A) se dice: el dios, que
hasta ahora me estorbaba. ahora me ha dirigido a ti. No sería una
pregunta pedante la de si aquí demon y di os serían lo mi smo, Lo son
y también no lo son. Pu es par a actuar se depende de acciones y no
de nombres ' . Tambi én porque va para instar a lo má s decisivo pa-
ra la edu cación. para eso es t ambién aq uí efectivo lo dem óníco. Yes-
tán relacionados ambos en un sentido t ambién muy pa recido en el
Teeteto. Sócr ates ha bla allí de su arte de comadrona (150 B) y de la
acción diferenciadora: como muchos lo abandonan, a rues de tiempo,
par a da ño de aque llo que hubiera nacido, o llevan con ellas ames de
dar a luz. Como ejemplo principal se tomó al pro pio Ar lstides, qu e
file admitido a la relación ami sto sa en el Teages y qu e vemos en el
t.aques encomendado por su padre, Lisímaco, a Sócrates. Luego se
dice en el Teeteto: «Si ése. en efect o, volviese a desear mi compañía
y me hiciese signos fehacientes de ello, de esta manera me impide lo
dcmónico. que se instala ante mí , reunirme con algunos, y me pcrmi-
te reunirme con otros y luego pasa adelante con esos de nuevo»
(151 A) . Así quedaría claro el porqué ese tirón es esencial en la ima-
gen de Sócrates, pues, para Platón. es más útil que la nari z respi ngo-
na o los oj os penetrantes. En Jenofonte se debe pensar en un pequeño
oráculo part icular que, a su portador y a los que están con él, propo r-
cio na infor maciones sobre cosas que desean, para que hagan unas y
dejen ot ras (Recuerdos 1, 1.4) . En Platón se diferencia lo demónico
en Sócrat es sobre todo por su obra de educación. Co n él no es sólo
la aso mbrosa notab ilidad de un hombre part icular, sino que pert ene-
ce a la esencia del gran educador . El, como algo extr alógíco, preser va
la educación, que se mueve en el «legos», para convert irla en un asunto
raci onal. y protege aquella depe nden cia del secreto que le falta a las
lecciones de los sofistas. Debe haber sido entendido por Pl at ón tam-
bién como normativo. no como anormalidad. Muchas veces registró
él mismo un hecho semejant e, ¿y debe tal vez menos registrar algo
de eso el que no sólo está dedicado a encuadrar simplemente hombres
sino tambi én llamado a ello'?
/ Interpretacíones erróneas del demon /
Los platónicos posterior es se han pl anteado muchas veces la pre-
gunta por la esencia del demon soc rático, Tenemos tratados sobre ello
de Plutar co. Apuleyo, Má ximo y Proclo 7. Todos ellos const ruyen,
hacen concept ualmente a tr avés de ello lo singu lar que libera n de su
aislamiento y lo colocan con ot ros «d émones» en la misma fila ; sobre
todo con aq uel demon que acompaña a los hombres a través de su
52 PLAl ON DEMON
53
vida, según una extendida creencia. y, según «doctrina» plat ón ica,
al alma huma na incl uso más allá de esta vida . No es tampoco hoy
un absurdo pensar tales cosas. Pues no se trat a de enco ntr ar aq uí to-
davía espí ritus y fantasmas para ritos mágicos y teú rgicos, sino de ac-
ciones, aunque se podrían encont rar tamb ién en Yámblico y Proclo
y, po r el cont rario, con mucha frecuencia con los límites borrosos ' ,
y también. cuando se despacha este asunto como supersticiones. se
piensa en la jerarquía de ángeles que en Dante alcanza el trono del
Alt ísimo a tra vés de muchos rangos y se reco noce, a part ir del últ imo
libro de «Verdad y poesía) , las conversaciones con Eckermann y las
viejas pala bras ór ficas, lo qu e significan en la imagen del mundo de
Gcet he, por cuya claridad tanto t rabajó, lo dcmónico y el demon v.
En Plut arco, sobre [a pura confusión infantil en [a que [o dem óní-
ca socrát ico fue mezclad o con algunas manifestaciones de la mántica
natu ral , como estornudos o «voces» presagladoras. se recoge una opi-
más elevada, muy cercana al espíritu de Posidonio 10: como pen-
samient os humanos en el oído, así act úan los «lógo¡» (para usar de
paso la pala bra de múlti ples sentidos) de los d émones sin parar en el
alma huma na. Y lo que los hombres corrientes suf ren sólo en la laxi-
tud del sue ño, eso les pasa despiertos a los hombres, de contextura
indómita y alma sin torment as, que nosotros consideramos como san-
tos y demónicos. Un caso único, apartado de la falt a de ar monía y
de la alteración HQ" j de los demás, fue Sócra-
tes. Yluego, en un milo ptat onízanre, parecía most rar Plutarco lo que
entendía por los d émo nos. Démo nes: as¡ considera una voz oracular
a aquellas estrellas que en el ant ro de Trofonios extasi aron a
Timarcos ", las que vio suspendidas sobr e la oscuridad: que serían las
partes más puras de la mente (votit) de hombres selectos, lo que no
ent ra en la mezcla de alma y de cuerpo. Como nadan los corchos so-
red, así aquellas estrellas demónicas sobre los hombres, ya ellas,
d ócil o no d ócilmente, esta ría atada el alma .
Esta doct rina. aquí inspirada en los estoicos, al meno s tanto co-
mo en los platónicos, es la del «lagos) por el que todo t ranscurre,
• Se t rat aba de un oracujo, descrito det allada mente por Pausanias (IX.J9,1-5) , en
el que el conscname, tras seguir un lar go y complejo ceremonial de puri ficación Ibebfa
de la del Olvido » y de la. «Fuente de la Memo ria.. para conseguir. repectiva-
mente, olvidarse de lodo lo antcrsor y recordar los avisos del oráculo, era introd ucido
en una profunda cueva llena de oscuridad en la que ola una voz sín ver su proce dencia .
Se trataba de lino de lo>«genios» de la época de Cronos, que ha bía consultado al espf-
ritu de Tro fcnlos aparecido en forma de serpient e. En rea lidad se puede entender co-
mo uno de lo lugares de comunicación con el Ha des: son ti ar as las semejanzas con
el Aquerc nte y la laguna E!il igia. (N. del T.)
• • Timaren es uno de los personajes dd Ttages platónico. Al que precisamente avi-
sa Impulsado por el dérncn , para que no realice la acción que piensa hacer ,
UII asesinato, porque va a suponer su propia muerte. (N. del T.)
que une macrocosmos y microcosmos. La demonología pro pia
Forma por la base la plat óni ca, incluso además en la forma plat ónica
del mito . En el Timeo (90 A) se dice: El dios da a cada uno,
\ 11 demon 10 dominante en el alma . Reside en la cabeza vuelta al CIe-
lo y con éi relacionada. Yse tr ata de considerar eso di vino (7() 8t ioll);
con te que el hombre tendría perfecta mente colocado al demon como
inquilino y llegaría a ser «eudem óníco». es que, .dt;sde un
punto de vista lógico y psico.lógico, se recibida
piadoso cuidado sobre la mas elevada existencia • Con esa «docni-
na» del Ti meo parece Plutarco habe r visto en una sola cosa lo que
Platón poetizó del demon en el mito del alma. En el Fedón en efecto
gula a los hombres el demon, que formó parte de ellos en la.vida. des-
pués de la muert e hasta el jui cio, y después de la sent encta hasta el
lI ades. Y ot ro demon los conduce más tarde a ira vez afuera. En el
mito de La República sucede a la inversa, es el alma la que
libremente su forma de vida y con ella a su demon como el «cumpli-
dor de la elecci ón» (a n "l">"'lJ Qwri¡s ¡WI' aiet6fV7r..H'), antes de la intro-
ducción en un cuerpo -sólo restringida. pero no deter minada, por
el aza r de la suert e-oAquí no hay diferentes doctrinas de Platón;
Plat ón no da dogma alguno y mucho menos sobre démones. Pero en-
laza con las creencias populares sob re el demon qu e acompaña a los
hombres a través de su vida; unas veces por su sab idur ía en torno al
alma humana, a iras veces además por la imagen órfica del Más Allá ,
a fin de hacer imaginable y aprehensible también para los demás algo
de su propia experiencia. Demon significa en pr imer lugar algo así
como la forma humana de nacimiento - <da existencia » se dir ía hoy
mejor-e, que se mantiene, como la constante propia , a de todo
azar y movimiento de la vida y hace que todo sea
mi comportamiento . Así ya Heráclito, en la creencia popular de un
acompañante espiritual , había situado su frase: es para el
hombre su especificación». Platón , sin embargo, prensa ver mas y po-
der expresar más en su mito. Esa especi ficación interna no es nada
que cor respo nda a su por tador sólo en est a vida . Le sigue sobre las
fronteras del Más Allá, permanece con el ante el tribunal y le
ce a la peni tencia. Pues juicio y castigo están estrechamente relacío-
nadas con la forma de vida que transcurr e por esta parte. Ella . a su
vez, no se encuentr a externamente colgada a su munda na l portador.
La ha llevado con él más allá de la frontera del nacimiento desde una
existencia anterior . El mito de La República lo pone con la libre elec-
ción del individuo y con el anuncio de la Moira'" (<<La culpa está en
• La palabra «rnoirae tiene que ver con «rn éros», " pa rte". «porción" y determina
la ca ntidad de vida de cada uno. M1 destin o. Las Mcír as personifica n ese co ncepto.
(N. del T.)
54 PLATON DEMON
55
el que elíge»): la casi metafísica forma de responder parece dirigirse
expresame nte al Pedon, Que quería hacer posible una peligrosa inter-
pret ación fatal ista para la cuest ión moral, con la fra se opuesta : «no
os podría salvar el demon, sino que vosotros elegiríais al demon ». Así.
en efecto, en el mundo platónico es el demon no sólo un símbolo pa-
ra aquello visto y respetado como un hecho de «así debes tú seo, (Goe-
the, Urworte .6.AIMON), sino sobre ello además sobre la ta n secreta
como inexorable vinculació n de la existencia humana con la t ranscen-
dencia. La elección del demo n, tal como se remite a los hombres en
el mito de Lo República, simboliza aquella «libertad trascendental »
(Kant) , aquella «libert ad en el deben ) (Jaspers) que es propia de la
existencia humana: «Sucede como si yo me hubiese escogido antes del
tiempo como yo soy» (Jaspers) 11• • Co n ello, con la igualación del de-
mos y «noüs »". muestra el Timeo cómo en toda introspección en
lo oscuro Platón acred ita su predominio al espíri tu pensant e.
/ Oemon, alma y dios/
Para la existencia ciuda dana del hombre gusta Platón , en sus años
más tardíos, de determina r rango y ta rea, mientras lo mezcla en un
mítico mundo de la perfección . Así, en el mito del Pol ít i co (269 C
y ss. ), estaría represent ado, a trav és de los períodos del mundo: allí
el más alto dios se preocupa por el cosmos; en un brillante pasaje de
Las Leyes (713 8 Yss.), por medio de la Edad de Oro de Cro nos. Y,
aq uí como allí. estaría gest ionada esa perfec ción de la esencia social
por medio de démones di vinos que han repartido todo lo vivient e en-
tre ellos, según est irpes y hogares (Potttíco, 271 D). porque ellos en-
vían a los linajes que controlan paz y unión. en un a palabra: «cudaí-
monta»..... (Las Leyes. 713 E). En Las Leyes se argumentaba que sólo
el domi nio de dios, no de un mortal , podría resgua rdar a las ciudades
humanas de la-desgraci a. y qu e nosotros deberíamos aspirar de nue-
vo a aquella perfección de la Edad de Oro por medio de «aquello que
vive como inmortal en nosotros». En el Politice avanza más el milo .
Si el Altísimo. se dice allí. retirase la mano del timón del mu ndo y
así la totalidad volviera a agitarse según su ley inte rna «y de nuevo
cometiera errores de antaño) ( xa ¡ ÓllPOl1THíu TO roAaiof
&pae ,uooTiof 'II"&8of /r se gobernase en la experiencia del antiguo de-
sajuste/], entonces dejarían también las divinidades prot ectoras la zona
a ellas confiada, y entonces nos encontr aríamos nosotros, los hom-
• «Noüs» signiñca «mente». «int eligencia». (N_ del T.)
•• «Eudaimonía» significa en griego usual «felicidad» . su co ntrar io es «kakodai-
mon ta». (N. del T.)
bres, despojados del cuidado del demon elegido por Aquí
el demon no es perteneciente al indi viduo sino de inmediat o a la So-
ciedad como mediador de la mayor existencia en sí. de la cósmica o
divi na. Es fácil de ver cómo entonces ese demon de la tot alidad se
deja unir al demon del individuo. sobre todo si se piensa en iguala-
ción de «no üs» y demon en el Timeo. Pero no llega a constituir una
unidad concept ual sobre eso a partir. si cabe, de su colocación en un
espacio part icular . Sólo se tiene qu e saber el conj unto de esas señales
míticas.
Todavía una cosa sería apreciable en el últ imo ejemplo: está n tan
j untos en el lenguaje demon y dios que .una imperfecci ón huma-
na hace notoria esa di ferencia. En el pottnco (272 E) se llama una
vez al que tod o domina «el mayor demon» y los somet idos a él se de-
nomi nan «los dioses auxiliares», segur ament e para no apart arlos de
los «dioses dommant es» (271 D), y probablemente en su pensamien-
to tenía a los «démones protectores de hombres» de Hesiodo. Así la
famosa explicación El Banquete (201 E y ss.), de qu e Eros no sería
un dios sino un gran demon, se pod ría dejar de toma r a burla. como
si dios y demon en Platón pudieran significar cosas diferent es y an u-
larse a su vez uno cerca del otro o mezclarse en uno solo. Uno oye
las y clasificacio nes de los posteriores; así se en
la anotación de Goethe de que «Las doctrinas ori ginales siempre sien-
ten lo aún inacabado de la tarea y buscan aproximarse a un modo
ágil y "naif" . Las continuaciones ya se en y des-
pués se yerguen en lo dogmáti co hasta lo intolerante: . Por el con-
trario en Platón mismo llegará. a hacerse claro cómo se pueden ver
diferenciar las cosas iguales y, una vez diferenciadas. usar se. Conoci-
mient o mente en sí misma y lo correspondiente a ella, así se habla
de «noüs» , puro pensar € conocimiento (lll"tuí1ÍJn¡) '. La pie-
dad venerada lo mismo que rayo de un mundo de perfección, del
«bien», así se considera a lo divino, igual que en el Atcibtades Mayor
se tomó «saber y pensar como lo divino, en el alma » y
con el otro. «dios y pensar» (OfOSNcr¿ «todo lo divino» (...ov
ro (h tov) ". y de nuevo a lo mismo. que es intuido y usado por cada
obse rvador que siente reali zar se las acciones tan inconceptual c0rt.t
0
inevitablemente, lo llama el demon. Tan cerca, hasta que ya no exrs-
ten fronteras, se aproximan dios y demon en Platón allí donde
fueron diferenciados, como en El Banquete. con una precisa y rnaru-
fiest a expresión. Y siempre hay que recordar una y ot ra vez cómo re-
húsa por indigno el desmedido afán por la terminología (ro l11fOUOOrUp
l ...¡ rOtf ovóPOOt) y «la lucha por da r un nombre allí en donde se está
t ratando de cosas tan aut éntic as como si estuviesen ante nosotros»
(La República 533 D) 14. • .'
Los platónicos de epoca tardía se habí an entregado demasiado um-
camente sin duda a la fe en las palabras y a lo dogmático". Ya ba-
56
PLATON DEMON 57
jo tos ojos del gra n maestro secaron el desarrollo del milo vivaz con
el esquema tismo de una doctrina de los démones, que se int roduce
co mo una rama particular en Filipo de Opunte con la física de los cinco
element os y en.el sucesor de Platón , Jenócrates, con la matemática
de las. tr iangula res, y los posteriores, siguiéndoles luego a ellos.
con en concretos pero en la tot alidad de modo muy
J>:8- recldo, han al dema n socrá tico en las fuerzas y esen-
cias del mundo, jerárquicamente escalonadas . Máximo de Tir o
(XIV, 8) da múlti ples empleos a los 30.000 démones Que imita de He-
slod o: «.••y uno ha obtenido como lugar de residencia este cuerpo
el. aq uél, uno el de Sócrates. ai ro el de Pl at ón . ot ro más el
Pitágoras... », Pa ra Procl o, el de monion socrático pertenece a la ele-
se más alta de los d émones, a los d émones divinos. Pl at ón no piensa
en tales esquemas. Pero seguro que el no decía palabras sino cosas
-c-eei cose e voi dit e parole»-, así debían también para él óaí¡u..JI'
y corres ponder a 8l Ót y Ol io". Y nadie puede decir de cuán.
to de aquello, que en escuela fue más tarde pensado y afinado, él
se hubiera reído o hubiera rechazado involuntariamente por colocar
rígidas para lo inconcebible y de que hubiera él de.
Jada a lgo , aSI como Goet he soportaba de for ma amistosa las ínter-
pre taclones de Eckerma nn.
Aquellas «demonologtas , desde Filipo y Jenócrates hasta Yém-
blico y Proclo.tienen en común, a través de todos los siglos, una fo ro
ma de pensamiento, o mejor un momento de contemplación, que real.
ment : tomado de Plat ón y que debe haber sido para el del más
alto sígníñ cado. Es el pensamient o o la imagen de lo «demóníco» co-
mo «( en,tre» la superficie humana y la divina Que, por su si-
tu.acl.6n «enlaza el todo conj untamente consigo mismo».
Dioti ma snua ese reino, al comienzo de su mito de Eros, y lo hace
como lugar de lodo entre di oses y hombres, pa ra lo que esta
todo el arte de. la mánti ca y el sacerdot al , toda la bruje ría y la magia ,
o sea , todas aq uell.as cere monias y celebraciones que Platón permite
colocar como al usiones a una recóndita Alteza, tambi én en calid ad
de intermediari as, mediadoras, así en tan poca medida desear ía usar.
las. En este espacio está ordenado, pues, el ( hombre demónico» mien-
tras que bajo él permanece el del «banausós » y sobre él -lo que nun-
ca fue dicho por Diotíma-; la cuestionada esencia divina,
/ La función del «metaxy» /
Así, con completa contemplación mítica, se encuent ra colo.
cado lo demónico , sólo en El Banquete, como reino intermedio. Per o
se podría considerar una llamada previ a en el mito del alma del Fe.
don, en donde el demon acompaña al alma a su cargo primero ante
el tr ibunal y luego al Hade s, «tiene la misión de llevarla de aquí », y
en donde luego otro guía la saca de allí. Se podría pensar par a ello
en el lugar dem ónícoen donde , en el mito del alma de La República
(X, 614 C), se celebraría el j uicio , «entre» cielo y tierra. ':0-
mo un eco en el Timeo (90 A) cuando el demon, aq uí el que dirige
en el alma, «nos alza desde la tierra al parentesco en el cielo». En efec-
to, en el Politice (309 c) se llama a las prop ias almas un «género de-
móníc» en el que como algo ( divino» se int roduce el conoci miento
de lo bello. de lo j usto y del bien. Siempre es lo «meta xy», el pasaj e
por donde el demon y lo demónico es simbolo, y se ve todo eso en
el más preciso contorno, si se tiene en los ojos el mito de Diotima.
Seguro que esto es un mito y los platónicos no tienen mucha ra-
zón para hacer de él un dogma. Asimismo , si se dice: eso sería «sólo
mítico», tampoco se tiene razón y se trastocaría la cuest ión acerca de
10que entonces se habr ía pretendido con ello . Pero, una vez pregun-
lada , no por ello tiene que llegar a ser menor , porque finalmente no
ha y ningu na respuesta conceptual. Platón no se hubiera expresado en
mitos si lo hubiera llegado a perfeccionar en concepto.
En efecto, en donde aq uella representación surge vista genética-
ment e, es fáci l de mostrar . Homero y Hesíodo hab ían creado par a
los griegos sus dioses, o sea ha bían extraído el Olimpo y dioses celes-
tes del mundo de los d émones, y, si también los nombres di os y de-
mon todavía en Plat ón podian estar cont aminados el uno con el otro,
sin embargo estaba fundamentada la represent ación de una di teren-
cíade rango. Esa representación la ha sacado y sistema tizado Platón ,
cuan do sitúa a lo demónico inmediatamente como medio proporcio-
nado entre lo humano y divino. Más difici l, con todo, y más real que
mostrar ese camino es pregunt ar qué necesidad de reconst rucción del
pensamiento fue tomada por Plat ón pa ra conduci r a eso.
Bajo muy diferentes formas de consignar y observar el mundo,
se encuentran dentro del recint o europeo, cuya imagen del mundo es-
tá fund amentalmente determin ada por la Ant igüedad Clásica, dos ma-
neras, la una frente a la ot ra, Se ven en la más clara di ferencia, cuan-
do se compara de alguna form a un paisaje de Dur ero co n uno de Ru-
bens 16. Tal como aquél dirige la mirada en capas que se van degra-
da ndo de delante a atrás, ése la arrastra en un movi mient o más int er-
no hacia lo profundo - esa diferencia en la for ma de la imagen expresa
una oposición de la visión del mundo, Pues es una opo sición úl tima,
si fue observado el mu ndo como una obra de const rucció n, conc reta-
da e historiada, o como un espacio sin fin que se filtra int ernamente.
y esa doble manera de observar es también apreciable en la Antigüe-
dad; por eso se reconocería poco que la visión clásica del,mundo per-
tenece absolutamente más a la estru ctura que a 10 conun uo. Así es
en Platón . Se compara una forma de alma de tr es caras iguales con
aquella infinit ud llena de, fuerza que, en ciert a manera, es denomina -
58
PLATON
DEMON
59
da por los mod ernos «al ma»: o bien su ciudad, construida a part ir
de tres clases , con aq uella ca ntidad de acciones Que se apoyan y se
oponen,. que muchas veces está n ante los ojos cua ndo decimos la pa-
labra «Ciudad». «Que dos cosas solas, sin una tercera, no es posible
que se enlac en bien», así se dice en la doctrina de los elementos en
el Tim.eo (31 B). Pues tiene que haber un vínculo ( ÓEU/AÓS) en el mun-
do a ambas. bello lazo, sin embargo. es aquel que,
en la medida de las POSi bilida des, se hace uno solo a partir de si mis-
mo y del entre lazamiento conj unto . Y. para termi nar, el más bello
de estos es la esencia de la proporción. Así estarí a construida con
dos partes la cuadratura de los eleme ntos, y d; esos
elemen tos se.alzan a el cuerpo del mun do en relación conj unta
consigo mismo, segun la ley de la proporción , y obtendría luego amis-
( 1"IAi'u P), así. que, «en unión indisoluble conj untamente consigo
rmsmo . por medio de aquellos otros, llegó a ser como uno solo, a tra-
vés de aquel que ha enlazado consigo mismo » (32 C). Esa es la cons-
de la Naturaleza, tal como fue dominada por las leyes de la
Física . Yen efecto, para Pl atón sale el mundo sucesivamente en idea
y apariencia de forma completamente más sutil un lazo ta n fuerte
ca'!1biar de nuevo esa oposición en unidad. Así es para él un
intermedio ent re idea y apa riencia es el alma humana, así la
«d óxa» , como tercer grado del mundo del conocimiento un interme-
dio entre no-ser y ser , conducida de éste a aquél. Pues' de nuevo la
«dlá nola», la zona de la ciencia individua l, está en el medio, entr e
el. puro que se diri ge al reino de las ideas y la mera epi-
mon que lo di rige a la fluct uante apariencia 11. Sin la proporción de
I?s elementos, el sistema de las fo rmas de ser y conoce r,
sl. n la «n;'etaxy)) del alma, sin la zon a de lo «dern éníco», se rompen
Ciclo y llena entre sí.
«Siempre queda un algo ent re un hombre y él mismo;
y como en una esca la trepa
a lo celeste» (Hólderlin)
I Demon y Eros/
A esa zona que PI.atón tomó como lo «demónico. debe, para él,
pert enecer el «dcmonlon» de Sócrates , como su nom bre indi ca. Pl a-
tón no lo expresa. Pues el mito de Diotima tiene que act uar con Eros.
Pero para nosotros, que buscamos visiones de conj unto, se muest ran
demonion y Eros, la acción que estorba y la que permite, como em-
parentados en lo más profundo " . En Platón eso es un parentesco de
o «Melaxy.. significa «media dor», «intermediario» . (N. det r.)
In que crece libremente, no la int erdepende ncia pensada , asegurada
(1 completamente alcanzada del sistema. Y guardarnos de
ver más allá de lo que está claro en sus propias expres iones.
Sin embargo , deben ser contempladas algunas palabras de
cío. Pues ese discípulo muy tardío tanto trastocó en el hbre
discerni miento de las imágenes plató nicas, y con tan dlferente.alre llenó
su espacio espi rit ual y el de Pl ató n, que revive, de manera
rablemente fuerte , imágenes y plat ónicas . Pro-
d o también dice no sólo de S ócrates que «El mismo Sócrat es es en
prime r lugar un ho mbre erótico y demónico (o "Ya ", lo1"tP
re xat sino que él va un pas'?,.más
le, «El demon es por completo culpable de su amor» alrl"wt
ráPTws o arnos) 1'. Co n ello ha puest o tambi én bajo una
creadora lo que Platón deja como no sabido, así ojea una verdad allí,
en lo que Platón di ficilmente hubiera dicho que no . Y de nuevo, des-
de un mundo estructurado de ma nera por completo di ferente, podría
ser convocado Ooethc para corr oborar, porque expresa un últ imo y
par entesco, somos el puro el 5 de mar zo
de 1830 a Eckermann, «sino que eso es también el objeto que nos
y luego llega como un ter cero activo también lo que hay que olvi-
da r, lo dem ónico, que cuida de acompañar cada pasi ón y encuentr a
en el amor su elemento propio».
Sócr ates , - para empezar de nuevo con é!-, vive en !odos los sen-
tidos la vida de su patria, Atenas. Esa es la Vida de una
que, como hereder a de la cultura de la en decadenc ia,
mado en si mucho uso caballeresco, de Igual manera que las Repubh-
cas italian as de la baja Edad Media. Est á funda mentado en la usanza
guerrera doria, como también «política », el1ra tótKOS y esa so-
ciedad - la más potente en cada materia que el mundo ha visto-e- está
completamente llena del amor ent re hombres todos los .grados y
en toda apreciación, desde la afectuosa aceptacron el l uego .ru.
gaz , desde el más humano fanatis mo hasta, por abaja, el mayor utu-
beo del sent ido y, por arr iba, hasta aquella fuerza en humana,
ta l como permanece para nosotros en el ar te; es aquel mlSffi? efec-
to resonante en la gra n vida por dent ro de la CIUdad, el que dejó
ducirse la caída de ia generación de los Pisistrát idas por
de amor y por celosv". No hay que dudar de que Sócrates compartía
o Para la «pederastia» o el «amor dorio.. "id. F. R. Adra dos y o tros, El descubri-
mi ento del umor en Grecia, Madrid, 1955. (N. del r.) .
0* Se refiere al asesinato de Hiparcc , hijo del tirano Piststrato y sucesor , Junto con
su herma no Hipias, en la tiranía . parece ser que est a a.cción a pa-
sionales y no polttjcas, si bien la gente exalt ó a Harmodio y a loe
das.. como campeones de la libert ad . A part ir de ese momento la ten sión y host ilidad
cont ra Hipias fue aumentando y conduj o a la inmed iat.a C' l(pulsi.ó.n d e éste, con el
bleci mjentc consiguiente de la «democracia» como régImen político, a Ilnales del Siglo
VI a. C. (N. del T.)
60
PLATON DH toN 61
ese eros desde un principio. Tenemos la experiencia de aqu el Zopy-
el iniciador de la Fislogn órnl ca, que en los rasgos del rostro de
Socrates encont raba expresadas sensualidad y avidez de mujeres. La
historia está bien atestiguada, se encontraba probablement e en un diá-
logo del propio círculo socráti co 20. El que se pudiera contar dice más
qu e todo lo restante sobre el viejo desarrollo de su apetito de amor .
y lo fuert e que se.expresa ba. segun apetito y costumbre. encaminado
sobre todo a los Jóvenes, sobre esto las expresiones reunidas de los
socráticos no dejan la menor duda. Los diá logos de Platón están lle-
nos de ello. y se pod ría estimar tan alto incluso su acción sobre los
compañeros Que ello no afectaría para pensar la imagen de Sócrates
determinada sólo po r esto tanto que, con una inversión paradójica
de toda probabilidad, se hubiese puesto a Sócrates como un antl-
erót ico, po rque sólo actúa una nat uraleza lógica y racional que Pla-
tón, que estaba formado de un tipo completa ment e opuesto, a part ir
de sus propias int enciones hubiese tr ansformado en el tipo del ama n-
te educador 21. En el diálogo Alcibíades de Esquines compar a Sócra-
tes su amor por Alcibíades con la posesión báquica de las ménades.
Igual que epas hacen brotar ? e fuentes secas leche y miel, así él espe-
rana, mediante su pura acción, hacer mejor al ami go amado 22. Y
tampoco en Jenofonr e falta ese element o. En realidad [os Recuerdos
poco ello; s.u tono apologético y mor a lizante no podría con-
venrr a la accron peligrosa y en donde ella sucede, sería interru mpida
y rehusada. Pero la frase: «muchas veces decía él que esta ba enamo-
rado de uno» basta ría pa ra toparnos con la realidad, ta nto como in-
mediatamente las siguientes pal abras hacen referencia, en su conteni-
do, al uso de las ciudades: «estaría, con todo, muy claro qu e no se
movía tras aquellos de más atractiva belleza j uvenil sino hacia los que
fueron educados en ampli tud (virt ud) de alma » (IV, 1,2). Y en una
larga conversación con Critóbulos, en torno a la cuestión de cómo
podría hacer ami gos, se mete Sócrates en una repentina int err up-
ción: «Probablemente puedo ayudarte en tu caza del bello-bueno, por-
que soy un amador (oli:r TOi pwnJt:os f l vm). Pues si yo preguntase por
un deseo humano, así irta violent amente, con todo mi ser, en relación
con.ello, a se.r correspondido en mi amor por aquél y llegar a ser reco-
nocído en mi a fán y ver mi apetito de unión satisfecho con un apetit o
de unión semejante» (11,6,28), Eso aparece sólo a duras penas y se
gasta Juego otra vez en chapoteos de a fanes morales. Sin embargo,
El Banquete de Jenofonte, más sencillo, imaginativo y mov ido que
los Recuerdos, en un j uego libremente establecido da más vida y se-
guramente más realidad también, Así, cuando Sócrates es tentado por
uno de los compañeros de juerga con la más frívol a proposición de
que roce el muslo del joven sentado delante (I V, 20) o cua ndo Cármi-
des le reprocha en broma que él, en casa del maest ro de escritura se
habí a sentado cerca del bello Cr itóbulo y mir ado con él en el
libro sólo para que su cabeza estuviese muy cerca de la cabeza del otro
y su hombro desnudo pudiese roza r con el suyo (IV,27) 2J. y su re-
taro de Eros comienza cuando todos los participantes en la conversa-
ción toman compañeros de pandilla entre los dioses, y de sí mismo
dice: «No sabría fijar un tiempo en el que yo no hubi era amado a
alguien». Segurament e eso es también poc o, comparado con la abun-
dancia plat ónica. ¿Pero no debería esta diferencia estar dispuesta y
pront a para explicar, a partir de eso, que habl a .pero
no experi ment a y que Platón . por el cont rario. debi ó hacer a Sócra-
les complet amente como amador (erotikós), porque había exper imen-
tado al dios o demon en el contacto con su maestro'? Amistad y amor
podrían también cifrarse en primer lugar en uno solo, pero están c pues:
ros siempre en su satisfacción: así muestra Platón ante todo en el L1-
sis, en el Alcibíades y luego en los grandes diálogos del amor. Quien
estaba lleno de esta creencia, ¿podría tr ansformar a S ócrates en ama-
dor y dejarle incluso enseñar lo cont rario a toda amistad y amor, si
en su j uventud se hubi era topado con algún tipo de pasión por una
carencia de amor?
En el Teages de Platón (128 B) se coloca irónic amente ,Sócrates
frent e a los maestros gremi ales de sabiduría: ' Yo no me enti endo en
absoluto en ningu na de esas cosas de altos vuelos - iya me gusta ría,
ya!- sino que mi pensamiento es éste , que fund amentalment e yo no
me ent iendo más que con un objeto de enseñanza mu y pequeño, la
esencia del aman). De forma muy parecida habla Sócrates de sí mis-
mo en un pasaje de El Banquete (127 D): que yo ha ble de mí (eso
puede significar, y signi fica si se compara el Teages, que
de mí me cuide de hablar) que yo no me entiendo a mi mismo mas
que en la esencia del ama n) , Ya eso se sólo que
hinchado en alguna palabra, con aquello del L ISIS (204 B): «Además
yo no valgo en abso luto para nada. Sin embargo, de alguna ma nera
me Iue dado por el dios que yo, al primer impulso sea de reco-
nocer el amor de alguie n y que está enamorado» . Uno considera estas
expresiones en las que la amatoria socrática se funde ma ravillosamente
con el socrático no-saber y la ironía socrática; así a duras penas se
puede hacer otra cosa que creer que aquí más o menos ha sido toma-
da po r Platón una for ma de pensamiento casi impr esa, un «pcnsa-
mient o fijo» del Sócrat es histórico , Pero se podría encerrar en él - y
110 hace falta asegurarlo más, porque la figura platón ica par a nues-
tros ojos casi oculta el modelo completamente- ; así brilla po r com-
pleto la esencia del Sócrates plat óni co en aquella palabra, ,Y para el
gran amador de los diálogos platónicos debe quedar reducida sólo a
la con templación. ,
En el di álogo Cármides, Sócrates ha llegado en la tarde ant enor
del campo de batalla. Su primera visita, al día siguiente . le lleva «a
los acost umbrados punt os de encuentro», a una escuela de pugilato.
62 PLATON
DEMON
63
Su primera pr egunta, después de que él ha debi do hacer un relato de
la bat alla, se ciñe a aquello que es lo más verdadero de todo: cuál es
la situación por allí pa ra la «Filosofía», si con los mayores se entre-
t ienen los muchachos que se distinguen por su inteligencia o belleza .
y entonces, cuando entra Cá rmides, el deseado por todos, recon oce
Sócra tes: él es una «sabia pauta para los her mosos», no podría dife-
rencia r ent re ellos (como s610 los ru borizados), sino que todos. cua n-
do llegan a la adolescencia. le parecerían bellos. Cármides sin duda
le había pare cido en alma y belleza particularmente maravilloso. Y,
como el conocedor , que se va nagloriaba de ser en el Lisis. pronuncia
el j uicio: La genera l conmoc ión de la gente no había sido tan maravi-
llosa. Los muchachos, po r su parte, sólo habían mirado a uno y to-
dos le habían contemplado como a la imagen de un dios.
No se reconoce la iro nía -iSócrates, el que creía no poder dife-
renciar!-, qu e per ma nece asimismo consta nte y notoria a trav és de
toda s las capas: un apasionado amor de la belleza. Más tarde dirá Pla-
tón : un recuerdo del arquet ipo de la belleza cae en el alma desde el
cuerpo bello a través de los oj os. Los muchachos, los homb res, Só-
cra tes mismo, todos está n ( como tocados por un golpe y arrast rados».
Nadie tiene razón para hacer débiles las palabras fuert es, para decir:
Sócrates sólo está jugando. Sócrates no se encuentra detrás de los de-
más en el apet ito po r la belleza viva. En ello, sin embar go, entre ot ras
cosas , se diferencia de los que se detienen allí como en algo último,
él , al cont rario, todavía aña de a esto «una pequ eñez»: que, en efecto,
también Cármides está bien desarrollado anímicamente. Cuando Só-
crates mezcla una pequeñez así, es indudablemente lo diferenciador .
Nobleza de amor no sería desvirtuada por nobleza de alma, sino que
ambas dan la forma perfect a juntas. Y la mi sma int ensidad y movi-
miento se repiten una y otra vez. Cármides se ha sentado al Iado de
Sócra tes y le lanza mirad as con ojos expecta ntes. «Allí vi lo que esta-
ba en su ropaj e y me puse caliente y ya no estuve más en mi, me pasó,
en cosas de amor, aquello de que está muy enterado Clinias, el que
cuando habla de un hermoso muchacho aconseja a otro guardarse de
que, ante los oj os del león, no fuera él a tomar parte en el ba nquete
como un cervat illo». Todo eso hay que contemplarlo literalmente - lo
muestr a la mi rada a la desnudez tapada- incluso, si se pudiera, hay
que tamal de nuevo las fuert es pal abr as poética s como el primer indi-
cio de una caricatura en voz baja. Pues, con lodo, en cuanto se desa-
rr olle la conversació n quedará claro : que lo malo y lo bueno para el
amor , y pa ra tod o lo humano en partic ular, procede del alma. Y en
la superficie del alma perma nece entonces la discusión que trata de
la «sophrosyne». de la medida y pudor de las a lmas bellas.
/ t-ros educadorl
En el comienzo del Protágoras piensa bu rlarse del «compañero»;
Sócrates viene de la caza de la belleza ju venil de Alcibi ades y Sócrates
entra en su tono y se muestr a como perito en las cosas de amor. Pero
algo extr año ha pasado: «Aunque él estaba present e, yo no le estaba
prestando at ención, ya incluso hasta me había
tic él». Y el más bello, por el que él lo ha olvidado, es... Prot ágoras.
pues lo sabio es bello. Esto es una broma, segura mente , y como bro-
lila es tomada a juego por tod os. Pero en ello se encuent.ra el amor,
también el amor sensual por Alcibíades, completamente SIR más,:ar a:
I:s real, es el grado sobre el Que se alza el filosofar, como en el Cdrmi-
des la belleza del jo ven era un grado sobre el Que se alza ba su belleza
aními ca y la belleza del alma sobre todo . Así marcha en efecto el ca-
mino gradual s / como gra-
dos/2 11 C) a la par del amor y de la ñlosoña, al que Díotíma condu-
ce en El Banquete, para alzarse más tarde desde un ,:uerpo
a la belleza de alma en donde luego sin duda «t ambién es suficiente
una pequeña del cuerpo» (210 B). Esto es pla tónico y grie-
go, mient ras que en el adagio de Nietzsche «El bello cuerpo -un
velo solamen te pa ra el pudoroso- oculta lo mas hermoso» con la pa-
labra «solamente» introd uce un tono de un mundo completamente
distinto.
En el diá logo Alcibtadesse hace mayor que en cualquier ot ra
te la oposición entre el modo con el que aman Sócrat es y demas
hombres. La mayoría de los enamorados, que ent ran en delirios tras
un jo ven, se olvidan de él cuando se marchitó su flor ju ventud;
Sócra tes, que 10 ha rodeado largo tiempo, ahora por pn?;lera vez se
acerca a él. De esa rara diferenciación part e la conversación, y la so-
lución se da al final: los demás han amado sólo el cuerpo, en absol u-
to «a él mismo» . Sócrates, que ama su alma. es el único enamorado.
Así se coloca eso en la descomposición con ceptu al de Sócrates . Pero
ese aislamiento del amor del alma radica , sin embargo , sólo en la opo-
sición al amor sensorial en genera l de la mayoría. El amor de Sócra-
tes es el hombre total. Uno piensa experimentar que la emoción del
sent ido tampoco falta aquí, al comienzo, en donde Sócrates alude a
la «belleza y tipo» del joven. y se podría entonces perfectamente
plementar, a par t ir del Prot ágoras y de El Banquete, lo que aqur
se bosqueja en voz baj a. Ese element o sensorial no es ta mpoco de nin-
guna manera sólo máscara y envoltura. Es pero cáscara de-
sarr ollada, sin la cual el núcl eo tampoco serta verdadero. Es un gra-
do qu e lleva al más alto grado, pero necesa rio, sin el que no se pod ría
alcanzar lo más elevado.
y todavía enseña una cosa más este encuentro, con más claridad
que ninguna otra cosa además en la obra plat ónica: Alcibiades ha sen-

64
PLATON
UEMON 65
tido la silenciosa admiración de Sócrat es como «Inc ómod a». Esta es
una palabra fuerte. y se ras trea la ira, sin duda también la curiosidad.
con la que él se hubiera anticipado aún a la alocución de Sócrates.
Pero al final, después de la primera conversación, ha pasado ante no-
sotros, se ha tr ansformado la relación amorosa de ambos, y a parti r
de la dependencia espiritual de las palabras oye Sócrates con razón
que su amor en el j oven «como un tipo de cig üeña ha empollado amor
alado y de ese amor con trariado entonces de nuevo va a abrigar espe-
ra nzas». En donde la pasión camina al obj etivo correcto, tiene nece-
sariamente que responderle pasión. Y vemos por todas partes, más
fuert e o más débil , junto a Sócrates aquella fuerza que extrae de sí:
cuando él llega a la palest ra, van inmediatamente los muchachos a
su entorno, se sientan en su banco, se ruborizan cuando él habla. Suena
en especial fuertemente aquello en la boca de aquel joven del di álogo
Teeteto ( IJOE): «Con mucho y en mayor grado me sucedió a mí, cuan-
do me enco ntraba sentado cerca de ti y en ti me alXlyaba» l4.
El enamorado le habla por primera vez a aquel cuya mirada ha
perseguido desde hace mucho tiempo. ¿Serian entonces, en su pri me-
ra conversación, las palabras acerca del yo y el tú y de aquello que
han sent ido el uno del otro? Pero, en lugar de eso, se oye sobre el
enseñar, sobre el hacerse mejores, sobre la ciudad y la acci ón en la
ciudad . En vez de llegar a ser festejado por el enamorado , lo llena
la altivez de examinarlo, humill arlo y probarlo . Así la conversación
amorosa de Sócrates parece lo cont rario de las falsedades que hacen
los demás. «Así, querido Hi p ótales, », se dice en el diálogo Lisis (210
E) después de que Sócrates ha dado una prueba de la conversación
amorosa en esos términos, «se debe charlar con el enamorado, al que
se rebaja y humilla, no como tú que lo haces enorgullecerse y opulen-
to». Prueba del alma y conducción a la «aret é» y a la «pólís», es la
conversación amorosa para Sócrates y Pl atón , la que se remite aq uí
a lo más profundo y da menos la impresión, por el contra rio, de cual-
qui er ot ra cosa. Y una ley general consigue, en el Sócrates plat ónico,
la figura más sensible por la que uno se puede referi r a lo más grande :
«amar es dar lo mejor de lo mort al - en Hól der lin, «Se enseña sobre
todo de aquello que se ama » en Goethe, «Sólo a partir del amor se
establecen las más profundas obser vaciones» en Nietzsche. Se corres-
ponden de mar avilla esas palabras, que Bmst Bcrtram, en su libro so-
bre Niet zsche, ha concretado en t res acuer dos: Hdlderlin muestr a al
que enseña, Goethe al que aprende y Nietzsche aquello que de la con-
junción se establece >. Tod os los encontr amos a su vez en Platón, en-
tonces del tercero tiene que ser todavía el discurso.
Eros conduce j untos a dos hombres, y, si esos dos se llaman Só-
crates y Alci bladcs, llegan luego a filosofar entre ellos. Así 10 ha n vis-
to los otros. Pero Pl atón vio más. Vio la fuerza del gran demon cons-
treñida a una nueva direcció n: no sólo enseña el enamorado y el ama-
tln aprende, sino además incluso ese amor es desde lo que «se estable-
\"l' la má s profunda introspección» . Así se converti ría Eros en guía
hacia la idea, y ese es en primer lugar el giro propiamente platónico.
I um bi én aparece incluso como int erpretación de la Fi gura de S ócra -
pero ella lleva a más profund idad. ante la cual tal vez el Sócra tes
se hubiera quedado maravillado .
Ese giro propiame nt e platónico se muest ra primero en el di álogo
lisis, en donde Platón. en In forma y en la superficie espirit ual de
vu obra temprana , di scut e aquella pregunta que luego, en El Banque-
/1', va a cond ucir más allá a una más elevada situación. En real idad
el objeto de la con ver sación es la «amistad» ("' IAin ); pero el que bajo
l'"'' palabra se oc ulte, tímidamente todavía , el ero.. predomi nante IIc·
gará más ta rde a esta r claro. y ahora ya por alguna s indicaciones po-
tlría ga na r una cierta proba bilida d Yo . No sólo está cr ótlcamcnre in-
luido todo el espacio de la conversación, hay un fulgor de amor sobre
las figuras de los jóvenes y muchachos. Aq uí es tambi én en donde
Sócrates confiesa su único don para recon ocer rápida mente a ama-
dos y enamorados (204 B). En efecto, Sócrates puede ha blar de sí mis-
1l10, del joven sobre el que hace valer toda su pasión a morosa la
adquisición de amigos ",V rwv ",u.wv Il' rijau' :lf<YVV hw
211 E) . Y así resulta menos una clasificaci ón aquello que se dijo en
pri mer luga r de que el que ansía a nhela algo en donde hay mucho;
y, al punto, podría seguirse de esto que se extiende al poseedor «amor,
amistad y deseo» ( 70 Ü o{x !Íou 1) r e fQws na ¡pIAin: )(l:Ú f-1f¡(Jup.Ífx
ll'l'Xá VH oz,lJo:) .
También fue abordada en esta conversación la esencia de la «amis-
tad». y la discusión se mueve a las pregunt as de si la incl inación pue-
de ..cr de una parte sola o tiene que ser recíproca , de si el igual es a mi-
': 0 del igual o el di ferente del diferente; o sea , si se mueve en la di rcc-
ci ón única del yo y el tú. En primer lugar, hacia el final, después de
que se ha hab lado dialéctica y empíricamente, sin resultado, de aquí
y allí , hace Sócrates notar que se ha llegado a 10 má s importante. La
inclinaci ón es querer un algo. su «ca rácter int encional» (por deci rlo
en el lenguaje escolar de hoy) es evidente; y ese objetivo al que se diri-
ge es algo como «amor» o un «bien». Más que eso: en efec to. cada
hien tiene uno más elevado sobre él. así se esta blece una serie gradual
hasta arriba, en «el más elevado objeto del amor» ( :lI" QWTOV",t"ov/ ama-
do primero!2 19 O) o a 10 que es amado en su propio ser (r o rrf óvn
", ¡"AOII 220 1l) Yno en cualquier ot ro género . Con ello se ha llegado
arriba a la nueva dimensión de aquello, y tant o cl camino gradual co-
rno la fórmula de lo más a lto y del amor que está en la verdad clar a-
ment e muestra n que se recoge la nueva dimensión en el «cidos».
66
PLATON DEMON 67
l E! objeto del Eros/
. de Sócrates, en El Banquete, se consume ya desde el
pnncipio en aquel caracter «intencio nal» del amor: amor de algo. Pa-
si esa rc.lación fue ra necesaria para colocar en conceptos
ñlosóñcos la esencia demónica sobre fiestas de himnos, sobre mitos
y también sobre el retin tín de las palabras. Eso formal se llena de con.
tenido, allí le:' l?c.1I0 y el perfecto bien se reconocen como el obje tivo
de aquel ser-JUICIO. La dimensión del ello se contemplaría también al
pri ncipio. Y como si así fuera ya suficient e la claridad conceptual,
Sócrates que, en un tono de difusión más festivo, la vidente Dio.
urna hable nuevo del amor . Amor se nota por una procreación en
lo aquí corporalmente, allí anímicamente; y ese deseo de pro-
e.s anhelo de perpet uación, así el verdadero amor exige que
el bien «siempre» tome pa rte en él. La producción del alma sucede
en ella cuando el deseo de procreación se encuentra sobre una bella
alma en un cuerpo bien desarrollado. Lo que él en eso produce es «vir-
tud>; y alimenta lo producido en conjunto con ella . Se ve como el yo,
el. tu y el : 110 se conuencn en sí incompa rablemente conj untados, y
como aquí se separan las dos dime nsiones que nosotros hemos reco-
nocido. Y sobre una más alta superficie se repite una vez más la mis-
relaci? ll El doble movimiento a 10 queri do, y con
el a la «vir tud», llegara a ser en un camino gradual que lleva arr iba
a la de las ideas: si se es joven, se ve la belleza corpo-
ral , y desde all¡ se avanza en grados, de los que no puede hacerse omi-
sión alguna , hasta arriba finalmente «a lo configur ado en sí consigo
y es» Ko:{I' O'Óro ¡.uO' O: Órov p.o l'oHóh (h; 01'). Eso es
la aspiración del amor desarrollada hasta la más alta satisfacción - en
el amor están incluidas las más profundas introspecciones- otoda-
vía, sin embargo, radica el or igen en la contemplación de la belleza
en sí a partir del encuent ro inequívoco del yo con el tú. y así como
al principio, se encuentra el objetivo bajo el mismo gran demon.
y la necesaria unión de ambas di mensiones, la unidad de la ense-
ñanza del amor y la contemplación de las idea s, aún má s inestable-
men te avanza ante el lector en el Fedro . El momento en el que la mi-
ra? a de lo enciende el amor es como un rayo que cae desde el
reino de las Ideas en nuestro mundo del devenir y del cam bio. Pues
el que miró a lo bello se acuer da de la pura belleza que cada hombre
- por el cont rario, ninguno ha br ía entonces- ha contemplado en un
lugar sunracelcste, antes de la ent rada en esta vida. Pero él ve bellos
a los demás, porque vio un rost ro de figura divina o una figura de
amor que el modelo de la belleza lleva configurada en sí (STo: I' (/wHóh
1'Ó11 p.€p. ¡p.r¡p.áol' tí UI'O' lÓÉ.O:I'/cuando
VIera un rostro de fíg ura divina o unaforma corpórea que ha imitado
perf ectamente fa belfeza/251 A) . y lo que siente el contemplador y
divino que él profesa al amado Elm (lEOI' ad3w:n
l/lItlrl escalof r íos, luego le reverencia como a un dios!) es como un
I I IU de plata en el que viven recíprocamen te recuerdo y ret rato, y es-
"u lu Iihre el camino al reino de las ideas. Pero eso es el comienzo,
1 11 11I imer lugar. Y un tipo humano dife rente, que se habría pasado
,1,,1M\ quito de un dios al reino supracclcstc (lo que significa - si se
lllllu de deci rlo sin mitos - que es la ley individual de formación de
1,. vida) la cond uce desde aquel punto a caminos distintos , cuando ella
su parentesco en lo otro . Así el alma , por medio del amor, lle-
11 11 1111 a ser consciente de su particu lar inquilino divino ; y las almas
Iluh elevadas, que han estado en el séquito de Zeus , de su determina-
I h\ 1l para filoso far y di rigir. Ellas, a través del amor, se darán cuenta
.t.' mirar a Zeus y de formarse según él. «Zeus», eso signi fica aquí
l' I IIl:\s alto modo de existencia divina en el rostro de la s formas eter-
IlUS. El más alto modo; pues también en ese mundo hay un orde n je-
¡,I r(juico dentro de los dioses, como en el Paraíso de Dante. Y por
jerárquica estructura está determinada la comunidad amorosa de
IlIs hombres de aquí y la de todos los hombres. Que hombres filóso-
1m y las ideas se amen entre sí es una funci ón de ello , de que Zcus
contempla las ideas. Sólo desde aque lla parte se deja conceptual izar
cuán alto modo de amor puede conducir al punto a filosofar y a la
educaci ón filosófica de los demás de igual ti po , además de cómo un
verdadero amor - del dios más elevado- es una verdadera educa-
rión hacia el más alto dios. En el encuentro amoroso doble, para el
ncrtcnecicnte a Zeus, o sea para hombres que son filósofos y dirig en-
les, está dada inme diatamente la nueva dimens ión en la idea.
El filósofo lleva , en su nombre, la adoración amorosa . Pues si en
l-ros siempre está presente, potencialmente al menos, el linaj e, así pue-
de por un momento encont rarse como un contacto productivo -y eso
sucede en un pasaje de La República (I V 490 AB)- el impulsar a lo
verdadero y el llegar hasta lo verdadero. Como el que procrea debe
ser del mismo género que el objeto de su amor, así el ena-
morado de la verda d debe estar próximo a lo verdadero y rozarl o con
su alma (se podría casi decir: con su órgano), o sea, es pariente de
ese verdadero ser. BI ser y esencia en el alma, al procrear, también
se reúnen con el verdadero ser y esencia de las que está llena el alma;
y, como una auténtica reunión de linajes no sólo procrea sino que pro -
duce, así también debe aquí el conocimiento producir .. . ¿qué? : espí-
ritu y verdad. El niño lleva los r asgos de ambos padres. Y asimismo
no es aquí 10 producido, como un niño entre los hombres, ajeno a
ellos, sino que el amante mismo de la sabiduría se coloca, según esa
pro ducci ón y nacimiento, como uno de los que «están hechos enton-
ces para el conocimiento y viven verdadera ment e y se desarrollan en
uno con él.» También, dentro de su propia existencia vital, se esta-
blece el conocer no como algo establecido aparte de él. Es conocer
,
68 PLATON DEMON 69
«ex istencialme nte. vivir y reconocer unidos en inconmovible unidad.
«y así tienen las desgracias un fina l» concluye Sócrates, cuando él
con la sola palabra de parto / revoca una vez más el sub-
suelo de esa igualdad de producir y engendr ar.
¿Po r qué no da el nombre de Eros a un dios sino a un gran de-
rnon? ¿Qué es el conj unto de dernon, demonion yeros? No lodos ellos
designan un ser perfecto, más bien zonas, movimientos y acciones que
llevan má s allá de tal ser. Ta mbién Eros pertenece al mundo de los
«mcraxy» y significa un ca mino del alma a un otro lado en el doble
sentido . ya que une el yo y el t ú en doble conversación, pues los trans-
mite uno Iras otro hasta el «eidos».
El doble movimient o hacia lo bello y desde lo bello fue visto por
Platón en la acción que tomó por Eros. Suceso de amor y conocimiento
de las idea s se enlaza n indisolublemente: no es como un dogma el ca-
rácter con el que el pensador lo siente, así sólo puede decir las parti-
culares experiencias de si mismo. Preservado a través de tod a una lar-
ga vida. es eso todavía para sentir en las palabras de mediados los
setenta años . Pl at ón hab la en la Sépti ma Carta de las cosas que mere-
dan su verdadera seriedad (n ei 61 " O'lfovoo t w / por las que me afa-
110/ 341 C) . No serían compartidas mediante discur sos. como ot ros
objetos de la doct rina. «si no a partir de una vida j untos y de un roce
conj unto para que la cosa misma surja de repe nt e. como de una bri-
llant e chispa salta rina se enciende un fuego en el alma y puede ento n-
ces ella misma acerca rse». Allí sin duda nad a se nota . o nada más que
eso. que el filósofo gana. en el camino del conocimiento, a partir de
un suceso de amor. Sólo de la part icipación par ece que es el discurso.
no ya de la prod ucción de las más altas verdades . ¿Pero en dónde se
encuentra n los límites fronterizos? ¿También para el ancia no. asimis-
mo. es cada participación producción renovada y la doctrina no es
ningún bien fij o sino continua búsqueda que se renueva. que no pro-
cede incluso de aquello que no puede llegar a ser expresado como lo
má s alto?
y ant eriormente, a propósito de esto, se indi có qu e - no por re-
constr ucción sino po r necesidad vital- pa ra Platón existe una int er-
dep endencia «sistemática» entre «cídos » y «pólis » como entre Ero s
y «cidos». Con ello se apunta . en pri mer lugar, que ta mbién Er os y
pólis están entrelaza dos de modo indisoluble. Si, según opinión de Pl a-
tón , Sócrates fue el único verdadero político, incluso a través de aquello
de que se reconoció ama ndo, si par a Pl at ón mismo, el fundamenta-
dor del reino de las ideas y el fundado r de la Academia. la situació n
histórica determinaba el pri mado de 10 «políti co», así es imposible
el err ar de fuera a adentro, cuando se hada radicar en el Eros plató-
nico el que, medi ante su guía a la idea, hada realida d aspiraciones
y necesida des individuales, que quiere aislar a lo particul ar de la tot a-
lidad . No hay ninguna «areté» ni «paideía» que no tenga sentido ur-
buno. Si. según las palabras de Diot ima , Amor inspira al educador
los discurs os de «c ómo ser el hombre perfect o á-y0l8ós) y lo que
el deber ía ejercitar; así no hay que dej ar de lado el to no político. y
estaría así más claro cuando se encuentr a conside rado como produc-
cien espiritual entre las grandes creaciones poét icas de Homero , He-
siodo y las leyes de Licurgo y de Sa lón (El Banquete 209 D). La Re-
pública platónica enseña que Eros y Eidos sólo se realizan completa-
mente en la «p ólis» , como a su vez la «pó lis» consiste sólo en Eros
y Eidos. Pues está fundada para lo «agathó n», y Eros es el enlace de
los que ella conduce en la aspiració n sobre este medi o .
I EI puesto filosófico del démon/
Pero el hombr e y su «pólls» está n ordenados dentr o del cosmos.
Cielo y tierr a se destruirían entre si sin el Eros. Así, para Pl atón, se
llevaba a cabo su actuaci ón. sobre todo cuando él también lo intu ía
en ese amplísimo espacio. A través de la zona demónica, asi lo enseña
I>i ot ima en El Banquete. se encuentra «el todo relacionado consigo
mismo ». Eso es sólo una oj eada corta . Luego Sócrates. y Diotima por
medio de él, hablan del hombre. Fedro. sin embargo. ha conj urado
a aquel eros cosmogónico de los viejos poetas para intr od ucción de
todo discurso de Eros. Erixímaco ha mostr ado al Eros no sólo en las
almas de los hombres sino también en los cuerpos de toda esencia vi-
viente y en todo aquello de la tierr a que crece. y sobre todo en todo
ser como la acción que conj unta a los contrari os op uestos: frío y ca-
lor, amargo y dulce. seco y húmedo predominan. en r itmo y armo-
nía. has ta en el orden cósmico celeste. Finalmente Aristófancs con-
fiesa la esperanza de que Eros venga a nosot ros de nuevo para condu-
cirnos a la vieja sustancia; o sea. que nos proporcione otra vez aque-
lla figura perfecta que nosot ros tenfamos en un pr incipio, cuando fui-
lila s producidos. Eso es un juego poético, seguramente. Pero ¿por qu é
j uega así Platón? En el Fedon, con más «seriedad» pero asimismo
siempre con una expres ión medi o mítica, dice él qu e las cosas tien-
den y sienten apetencia de l Eidos, Eros es ta mbién el lazo entre aqué-
llas y esto. De nuevo en formas míticas habla él en el Fedro, en donde
la contemplación de las formas eternas domina el obje tivo afanoso
a que se aspira, que es, tanto «de lo divino como del alma humana»,
la «avidez de lo de ar riba» , como una fuerza que mueve, la cual - na-
cida del dios del amor- es esa alada expresión concentradora y do -
minadora del mundo. Tal vez sólo sea eso que otros mo tivos míticos
pusieron como lo dominante en el mito de la creación del mundo; culpa
suya seria si en el Timeo no suena nad a del Eros cósmico y cosmo-
gónico.
Se qui ere asegurar la total profundi dad y cantidad q ue, para Pla-
70 PLATON DEMON 71
t ón, subyace bajo el nombre de Eros, así uno podrí a, por un lado ayu-
da rse con una oj eada a la superficie sobre la que Plat ón se encumbra-
ba pa ra filosofar , la socrática; por otra part e, a aquella sublimación
y ensimismamiento del mundo platónico, tal como se puede encono
t rar en Plot ino y en los platónicos tardíos. Sobre la superficie «soc rá-
t lca» - como muy bien podríamos decir. si fuéramos suficiente mente
conscientes de aquello último inabar cable Que el nombre de Sócrates
supone para nosotros- se realiza Eros en la única dimensión entre
hombres enamorados y filósofos, les da la fuerza del nunca agotado
preguntar -c-ecomunicacién existencial», para decirl o con Jaspers-c.
En Platón lo objetivo camina a la fuerza socrática que él conserva
- si no sistema, sí, sin embargo, aspiraci ón al sistema como una nue-
va cantidad positiva-oY entonces quedaría claro, por la otra parte,
cómo Plot ino ya no podía mantener esa fuerza y ca nt idad. Eros to-
daví a significa para él el movimiento hacia arriba, al altísimo Uno.
Asuntos mundanos de amor no podían ya ser salida dispensadora de
fuer za de toda filosofí a para aquél cuyo biógrafo, su discípulo Porfi-
rio, comienza con la frase: «Plotino, el filósofo de nuestro tiempo,
es como aquel que se avergonzaba de estar en un cuerpo».
Se nota con la mayor clar idad la distancia de Platón a Plotino allí,
en donde el tardío sucesor se adhiere sobre todo al maestro. Qui ere
saber el camino que, tras un vasto rodeo, lleva a la casa del padre,
a los lugares verdaderos y pert enecientes al alma, al bien y al Uno
(V 9,2). Allí puede dirigirse «el hombre aventajado en amor a la Na-
turaleza, que, desde los primeros filósofos, es el recinto de la verdad ».
«El, como un hombre que sigue el amor, sufre dolorosas penas por
lo bello. Pero él no soporta la belleza corporal, sino que vuela desde
aq uí a arriba, a la belleza del alma, virt ud, conocimiento, acción y
leyes (00" xá>J..ovs ahh' f MJf" ava<PlryWJ' ),
y desde allí ava nza de nuevo hacia adentro al or igen de la belleza ani-
mica y a lo que todavía está más alto que ésta, hasta que finalmente
alcanza al ultimo. Primero, el que es bello por sí mismo . Y una vez
que lo alcanzó, esta rá liberado de su dolorosa pena, pero ant es no. »
Eso es easi igual al camino de grados que Diotima muestra en El Ban-
quete, menos en una gran diferenci a: en Plat ón, cada uno de los que
toman el camino recto tiene que amar en pri mer lugar un hermoso
cuerpo y en él «producir hermosas palabras», luego debe reconocer,
en otros cuerpos bellos, la única belleza y llegar a ser amante de todos
los bellos cuerpos. Nadie se salt a esos grados, sobre los cuales el ca-
mino conduce a la belleza del alma y luego más arri ba . Pero Plotino
ya no sabe nada de eso. Para él comienza la ascensión correcta pro-
piamente con el aparta rse de lo bello corporal, que su alma «no so-
porta) . As! es ella completamente extraña a este mundo y está tan
lejos la espiritualidad sin cuerpo de la sensualidad completa en la ple-
nitud de la vida plató nica que, frente a este tiempo tardío, apenas que-
.ln algo visto para intuir algo de la fractura que ya desde allí, hasta
Ilualmente en aquella profunda grieta, separa corporeidad inanima-
.In y animidad incorp órea.
En el discurso de Pausanias, en El Banquete e- también bastante
Iit'IlIPOantes de que Sócrates llegue a tomar la palab ra y, de un gol-
pI' , haga insignificante todo lo anteriormente dicho- , se sacó a relu-
rir II n desaj uste en la apariencia entre la esencia de Afrod ita y Eros:
"'luí Afrodita Urania, alli Afrodi ta Pandcmos, cada una con su hijo
t'ros. Esa oposición nunca ha muert o desde entonces; ta mbién resue-
111\ en Plotino. Pero, en él las fronteras entre las dos zonas se mostra -
ron muy diferentes a las de aquel discurseador platónico, y de nuevo
hay ahí una diferencia en la que puede leerse la distancia entre Platón
y Plotino. Para Pausanias la frontera discurre a través de este rnun-
\10, separa nobleza de vulgaridad en el amor de hombre a hombre.
Seguramente aquí no habla Sócrates y no se habría declar ado de acuer-
\10 con aqu ella separación que, en el sentido de Platón, sería definiti-
va. Y asimismo él nunca habría trazado la línea por donde él anda
r u Plotino. Para él es amor el impulso necesari o del alma para reu-
nirse de nuevo con dios, a partir del cual ella es pero del que se en-
cnentra separada (VI 9,9). Como una doncella. lleva noble amor a
\ tI noble padr e. Cuando ella está allí, tiene Eros, celeste y es la propia
Afrodita celeste. Pero si se introduce en el devenir, engaña a ot ros
( 1111 amores mortales en su lejanía del pad re, así se converti rá ella mis-
lila en Pandemos, efectivamente sería considerada como si fuera una
..hercra»>(l J'TO' íi8or -Y{"fTCH 010J' LTal Qts olooo). Vida terr e-
na y amor terreno son ta mbién una caída, y ella debe odiar esa
co hybris))" y purificarse de esa vida para volver de nuevo al padre.
De esta mane ra es perfectamente consecuente que no se pueda habl ar
propiamente de «amor» en el recinto de lo sensible. Amor se desar ro-
lla en principio si se produce una impresión no sensible ( 001{ aloOTlToJ'
n j 'lro" VI.7,33) en un alma no dividida. Así pues amor de hombre a
hombre ya no es un grado, como en Platón, y un grado necesario ,
vino pur a marca de reconocimiento para almas apocadas. «Quien la
sustancia del verdadero amor, la fusión en uno con la divinidad, no
conoce, ese podría medir en amorosas experiencias terrenas lo que eso
quiere decir, el alcanzar eso por 10 que uno ve en la mayoría de los
casos» (VI,9,9) . Un puro y débil reflejo , <limit ación» de elevados su-
l; CSOS, eso pasa cuando parejas de amantes terrenales tienen que fun-
dir conjuntamente el impulso (VI,7,34). Pero el modelo primitivo, el
umor propiamente, es la unificaci ón del alma con el más alto dios.
• Con el término griego «hetera» se designa a una «mujer pública ». (N. del T.)
.. La «hybrls» era el sentimiento de creerse por encima de los limites humano s
y llevaba cons igo el castigo imparable de los dioses, la «némcsís». Este conj unto cons-
tituia el mecanismo de la mayoria de las Tragedias griegas. (N. del T.)
72 PLATON
Luego depone la figura en que ella se asienta e incluso lo que de espi-
rit ual tiene como figura. Pu es en tanto Que ella misma todavía es algo
o llegaría a ser. ni puede ver al altísimo ni llegar a estar en armonía
con él. En primer luga r. si se desembaraza de tod os esos impedimen-
tos y se ha preparado par a el encuent ro con él. y ha llegado a ser se-
mejante a él, entonces de repente le ve a él aparecer en sí. «Ya nada
hay en medio. y ya no dos sino uno son ambos. No se pued e ya di fe-
renciar ent re ellos, en tanto que él está pr esente». Así la «unío mysti-
ca» exige no s610 acto de mezcla del cuerpo sino disuelve asimismo
toda forma anímica. Eso es de Plotino, ya no con mucho Eros plato-
nico .
CAPITULO 1II
ARRHETüN
Eros es un gran démon , un intermediario ent re dios y hombre. El
conduce al alma humana desde el mundo del devenir hacia arriba, al
lugur supraceleste en donde tienen su morada los dioses y los arquen-
pos. En esos espacios mít icos, figuras y destinos , Platón, como
ütósofo-poeta. ha visto la esencia del mundo . Nosot ros nos ericen-
11 amos lej os de ello para reducir su visión a los conceptos actua les:
muamos de seguirle hasta el secreto de las más altas esferas.
Sobre ese punto no se oye nada de cómo Platón se hi zo consciente
de ese secreto. Pero sabemos que Sócrates le servía de compañía. SÓ-
enucs vivía, en completo aislamient o, la vida de sus conciudadanos
en el mercado y en los banquetes, en medio de la mul titud y en las
batallas. Vivía, sin embargo, más arriba de allí, en la super ficie del
nrbcr: y aq uí se perdía su vida en lo indecible, en la tr ascendencia.
H mismo no había sabido expresa rlo. dado lo Que pr egunta ba y ense-
naba a preguntar, y lo sencillo además Que vivía y de la manera tan
dmple en que muri ó. ¿Acaso ese secreto de lo alto ha sido consciente
para su portado r de ot ra manera Que en una vida colmada por la sen-
sación de su di vina profesión o por la súplica al dios que lo había lla-
mado ? Desde fuera se nota ba si el hablador y cuestionadcr incansa-
blc de repent e se quedaba de pie y caía en un estado de silencio, du-
mnte un largo rato, en las proximidades de la casa a la que estaba
invitado. o en el campamento, desde por la mañana temprano duran-
te todo el día y la noche hasta la salida del sol. ( Luego se marchaba ,
después de que habia rezado a Helios». Ca da expresión de ese secreto
..e veía abrirse paso como uno de los más profundos.
l o que Sócrates preguntaba seria en Plat ón pregunt a y respuesta.
lo que Sócrates vivía, vida y doct rina. Sócrates pregunta: ¿qué es lo
justo? Deja a los demás ver que ellos no saben nada de eso. Busca
la respuesta en un concepto, pero finalmente la da en su vivir y en
su morir. Pl at ón vio y dio forma a ese vivir y morir. Pero ve más.
Encuentra también la respuesta como un filosofema , ve por dent ro,
a t ravés de la figura de Sócrates, la idea. «Lo justo». como eterna
esencialidad, como arq uetipo contemplado y mostrado: esa es la res-
puesta a la pregunta de Sócr ates, a la que Sócrates se refiere, leída
en la misma realidad.
Si se ha est udiado a pensador es modernos sobre (da doctrina pla-
tónica de las ideas» y luego se ha vuelto a los propios diálogos de Pla-
tón. se habrá llegado a tener que aprender en un primer momento la
74 PLATON ARRHETON 75
extrañeza po r lo poco que alli se halla expuesto propiamente de esa
pa rle fundamental de la filosofía plat ónica . Efectivamente, en los diá-
la gos tempra nos hasta el Gorgias se topa uno sólo con insinuaciones
de que algo se dar ía como un bien en sí, un amor alt ísimo o algo bello
en verdad. El Fedón promueve (al menos en aparienci a) pruebas de
inmorta lida d que asientan previamente a las ideas como seres. En El
Banquete se encuent ra descr ito el camino que conduce hacia arr iba,
a las esencialidades eternas ; en el Fedro, un mito tej ido por medio
del espacio de las ideas; en La República se ha mostrado la elevación
a través de la ciencia; y, mediante un camino igual , desfigurando esen-
cia y acción, están en el Parménides establecidas las aporías de la doc-
trina y en ot ras obras posteriores su previa fundamentación lógica y
las consecuencias corr espo ndientes. Pero una misma «doctrina» no
figur a en ninguna parte ; ningún sistema que encierr e el orden de esas
for mas, que part icipe su conocimiento, que explique su relación con
el mundo de las sensaciones.
Así pues, es así, nos enseña la Séptima Corto. aquello sobre cuyos
auténticos recovecos siempre de nuevo nos lleva el camino: No hay
escr ito alguno de Plat ón, no es pos ible. y no fue dado por él escrito
alguno acerca de lo que, en su doctrina y par a él. es propiamente se-
rio. «porque no es en for ma alguna decible como otros obj etos doc-
trlnales». No cabe duda alguna de que se está refiriendo a la esfera
de las ideas. ¿Por qué no pudo ser escrito por él eso? ¿por qué no
pudo llega r a ser expresado? Para unos. porque no está determinado
para todos. «Bien formado» t iene que ser el que 10 «bien formado»
qu iere ca pta r. También se seguiría un «parentesco». j unto a la ca pa-
cida d espirit ual. del aprender y recordar. Con las indispe nsables ca -
pacidades se debe aq uí relacionar todavía , por parte del alma. una
panicular adherenci a a las ideas. Si el alma humana , como resulta
del Fedon, pertenece al reino de las ideas , de esta manera el mito del
Fedro muestra gradaciones para las propias almas , después de que más
pronto o más tarde ha n podido recogerse en el lugar supraccteste, y
despu és de que han seguido al altísimo Zeus o a algún ot ro dios. Así
se concept ualíza lo que, en el lenguaje menos ardiente de la carla , se
ent iende por parent esco con las cosas: llegaría eso a ser sólo par a unas
escasas . Luego, sin embargo , corresponde a ello una «larga vida en
común (de maestro y discípulo) y un interés común por las cosas».
Pu es hay un camino del conocimiento que asciende por grados pero
fectamente delimitados: dcsde nombres (OJlOp,o: ) o palabra por encí-
ma de la expresión (defini ción oral luego sobre imagen, as-
pecto y sensació n ( f iow}.,O Il 342 B, ú }(o:¡ 344 B) hasta
los más altos y respetados act os del conocimiento . Yese camino debe
llegar a ser repetido con fr ecuencia como bajada y subida ; las formas
de la aprehensión, en los difer ent es grados , «llegan a fro tarse entre
sb ('1Qt/3ÓJ.4Ho. &}.,}.,'1}.,0. mh wlI f}( o.a m 344 B), hasta que después
.lc gran esfuerzo y trabajo !con dificultad!) de repente
el conocimiento reflexivo brote 'Pe ÓJl'1(f1S n ,,¡
h HOTOJl xo.i / brilló sobre cada cosa ref lexi ón e ínteligencia/} o,
cruno se dice anteriormente. «salte la chispa y se encienda el fuego
en el al ma del compañero» (341 C). Co n esto se cump le aquí. sobre
el camino del conocimiento, que sus grados son. en parl e, de una c1a-
" o' más conceptual o lingüíst ica como palabra y frase. y, en parte, de
una clase más propi a de la observació n como imagen. En ello ya se
encuentra que el «conocimiento del quinto» '10 (; r ÉjlrTolJ
142 E). o sea, del ver dadero ser, debe tener parte en ambas formas
ejecutadas espiritualment e. El objetivo es una contemp lación intelec-
mal . Lo más elevado sería «lo más raro y singular de la creación».
Se puede indicar perfectamente el camino del conoci miento. eso se
hace en la carta. Pero most rarlo e ir po r él son dos cosas distintas .
't' en su ob jetivo hay algo no expresable. Pod ría ya ser algo de eso
que aquí ha sido mostrado un reino místico y un ca mino de gloria
pe rsonal, sólo si baj o mística se representase algo del éxt asis del ebrio
y bajo camino de gloria algo clerical.
Es pri vilegio de Platón que el solo pud iera hablar en forma no dog-
mática de camino y obj etivo, mientr as que toda interpretación de Pl a-
Ión, casi por necesidad, cae en el riesgo de dogmatizar . Lo de menos
t'S que se permanezca consciente de ese peligro. Platón no tiene, en
la Séptima Carta, ningu na estruct ura dentro de la cual la que él can-
sidera allí como «lo qu int o) se encuent re dentro del verdadero ser.
Nu eleva un tanto el bien a un ra ngo part icular. sino qu e 10 deja estar
al iado del grado y del circulo de 10 bello y justo. en cada individuali-
dad que Sócrates le atribuye en Lo República pa ra a sombro de los
oyentes. Por eso se encuent ra en la carta toda aquella zona del ser
que fue marcada enseguida con el sello de lo inexpresable. Por eso
debíamos tener cuidado de que en nuestr as manos no se entu meciese
cil io dogmático lo que sólo una vez - visto desde el mit o del Timeo-
está formado, incluso tambi én con una expresión medio mística, en
el espacio más interi or de Los Leyes. sin duda con inolvidable enero
gfa. En el cent ro de la gran obra. después de que la construcción se
mant iene en su esencia, avanza en el ho rizont e la pregunt a a la más
elevada enseñanza (¡.d' I' /CTTOV ¡,«XO'1J.1. O: 504 D) . Lar ga ha discurrido la
con versaci ón a propósito de ello, y se ha encubierto allí (503 A). Y
también ahora se agit a Sócrates y se dej a insistir por los interlocuto-
res (506 B). Estamos convencidos: eso debe ser algo impor tante, pues
ahora debe llegar a ser pisado el «ca mino» más ancho, a tr avés del
cual debe ser recogi do por primera vez con exactitud (435 D, 504 B)
todo lo que antes se dijo . en la educación, en calidad de preludio so-
bre las virt udes; lo qu e ha sta ahora sólo eran «suposiciones»
va a recibir «completa explicaci ón» (504 D). La ciudad
va a estar perfectamente ordenada si su di rigente asienta ese conocl-
76 PLATON
77
miento (506 A). También por lo mismo debe esperarse aquí la con-
clusión del todo. Pero la espera fuertemente alargada fue fallida. Só-
crates también aquí se reconoce como no- sabedor (506 C) . Uno llega-
ría a acept ar no oí r lo especí fico. se confor maría si la discusión per-
maneciera al margen por completo, como hasta ahora . en la j usticia
y en las demá s virtudes. Incluso. lejos de que ahora fuese terminada
aquella discusión po r medio de ellas. seria preferible eso a que aqu e-
llo. que esperábamos oír, quedase pendiente, en la misma for ma ína-
cabada que aquéllas ant es. El saber sería «lo que el bien es», cuando
nosot ros llegáramos al conoci miento. Pero ha llegado a ser silencia-
do él mismo, el «padre». S610 del vástago del bien 10V &)'0: -
Oov) llegamos a oir, y sólo en imagen llegar emos a recibir en el rost ro,
de lejos, la realidad. Igual que, en el mundo del de veni r y la sensa-
ción, el sol da a las cosas la luz con la que pueden ser vistas, alojo
la capacida d de visión con la que se pueden ver , ast, en el mundo del
ser, aquel altísimo bien da al objeto del conocimiento el ser percib ido
sin man cha y al espírit u conocedor la posib ilidad de un ver-
dadero conocer. Pues lo semejant e pas a dentro de la zona del cono-
cer a la del ser. Como el sol dispensa al que nace en este mundo del
devenir su llegar a ser y crecer, y la ley según la cual lo que llega a
ser se hizo, así la imagen del bien da su ser a las cosas que son y el
orde n por el que ellas son. El que el verda dero círculo o la verdadera
justicia se cumplan depende de aquella dignísima perfección. Con ella
llegó al final una ultima aproximación sensible a la esfera del ser. Igual
que l ascausas del devenir no son devenir mismo, así el dispensador
de la esencia t ampoco es esencia misma. Entonces esto oscila dentro
de la más sublime de las par adojas: no la propia esencia, ni fuera ,
sobre el ser, ni más allá de la esencia , Hay un con ocimiento de lo que
es, sin duda aquí ya no sólo un conoc imiento discursivo. así ese cono-
cimiento no puede ya dar aq uello que está mis allá del mismo. «Si
has expresado lo bueno, nada más asientas así; por el cont rario, lle-
ga rás a realizar sólo plena carencia de ello con aquellas cosas que aña-
das», así dice Plotino (111. 8 11), cuando quiere most rar a conti nua-
ción todo en el sent ido de Platón l. A eso Sóc rates nada podría de-
cir, debe ser un no-sabedor, porque aquí algo indecible fue capta do
por la vista . Se encuent ra una elevada intensidad paradójica en esa
ant ítesis: que , por un lado , [os «l ógo¡», sólo ellos para Plat ón , encie-
rr an el ser - «me par ece que habr ía que remont arse a [os lógoi yafir-
mar en ellos la verdadera esencia de las cosas que son», se dice en
el Fedón (99 E)- , pero incluso se arranca algo de ese ser, lo que está
más allá de todo y que tampoco puede llegar a ser concentrado en
los lógoi 1, Asi desaparece lo alt ísimo en el secreto, Esto sin duda -
ciert ament e de diferente modo que en Plotino- no es ningún miste-
rio de aquellos que ya sólo a través de la palabra puede llegar a ser
pro fanado . «Tú has oído muchas veces que el modelo del bien es el
llIih alto objeto de enseñanza» (505 A) , dice Sócrates. Ta mbién ya
.. los di scursos se han referido frecuentement e a esto y tienen que
l!lriRir..e a esto en lo que esta el origen y met a de todo. Pero nada
' 1' sobre ello, ni tampoco en ninguna ocasión fue explicado.
I' uc.. ..e podría usar correctament e, no expr esar , y no necesita llegar
' 1 wr cifrado artística mente como «doct rina esot érica) con prohib i-
Ilolll.'S y símbolos. por que su propia esencia, más bien su «Más a llá
111' toda esencia », lo prot ege de la profanaci ón .
Exi..te una gra n diferencia ent re si me esfuerzo desde lo cla ro a
lo osc uro o desde lo oscuro a lo claro; si, cuando la cla ridad no me
conviene, aspiro a envolverme con una conoc ida penumbra o si yo,
1' 11 la convicción de que lo cla ro deseansa sobre un fundamento pro-
tundo y dificil de buscar, ta mbién de ese fundamento siempre difícil
,k explicar me he decid ido a sacar adelante lo posible) J, No se pa -
tilla dudar que Platón se ha esfo rzado apasionadament e desde la os-
r uridad a la luz. To da su obra no es ot ra cosa que un intento siempre
renovado de sacar a la luz lo posib le desde aquel pro fundo funda-
mento del que allí hab la Ooethe. cuyo con tenido fue aq uí muy ter gi-
ve¡..ado y del que aquí se vislumbraba un pre tendido secreteo, Platón
110 es un plató nico 4. Pero tiene, como tal vez ning uno después, con-
I lcuc¡a de ambas cosas: par a los «Iégoi» y para lo «arrheton», que
\c debe degusta r sin excusa a través de aquellos con lo que esté más
cercano a esto, en cuanto es posible para los hombres, pero ta mbién
In irrecusable de aquéllos en esto.
La obra de Platón existe para conducir a la vista de la idea y al
vi..lumbramiento del más alto bien . ¿Es eso tal vez el sentido más ca -
ructcrfsüco de su creac ión dialógica? Dentro de ellos, en cada caso,
llegan a ser mostr ados todavia pasos especí fi cos a cada objetivo. Ex-
plica ya la Séptima Carta brevement e una guia sobre cua-
110 determinados grados par a el «co noci mient o del q uinto», o sea ,
del más alto ser, al que asimismo en las obras pro piament e dichas se
delinean tres caminos. El camino principal fue tomad o en La Repú-
blica en primer lugar en la famosa contemplación de lo.. hombres en-
cudenados, liberados y conducidos a la luz; desp ués, en la explica -
ción de la comparación , en do nde él [o recoge expresamente como el
"camino dialéct ico». En El Banquete la vide nte Dionma anuncia el
camino gradual del verdadero ser a la belleza eterna ; y para ello se
puede también cons ider ar el mito del alma en el Fedro , el del vuelo
y salida de las almas hasta elluga r supr acclcste. El Fedón ensalza de-
finitivamente la disolución del alma y del cuerpo, concib e la vida del
filósofo como paso a esta meta, su muerte como la culminación de
ran dirigida vida , Se pueden esta blecer así los t res caminos: camino
del conocímleruo, camino del amor y ca mino de la muert e. Son fi nal-
mente sin embargo uno sólo bajo tres formas. Pues también a mor y
muerte se rea lizan como conocimiento y el conocimiento, a su vez,
78
los hombres, vivimos en oquedades (t-yx ot}..a 111 C) , que
I I¡ln excavadas en el globo terráqueo. Pero luego se imprime además
111 represent ación de la cárcel. Con cadenas en el cuello y en las pier-
retiene la caverna de La República a sus moradores como pri ste-
11\,11)" : eso significa , como dice en la solució n, el mundo de los senri-
,1mque nos es da do a tr avés de los ojos (517 B). En el Fedón se deno-
mina prisión , de nuevo con sonido órfico, al cuerpo sensible en rcla-
11')11 con el alma (67 O h}..VO P.fPr¡P W01rf QÓfllJ1.WP h 1'0;; oWJl. a1'o ," Isol-
tandose del cuerpo como de atoauras/i. Y en el mito del fina l, en el
mismo diálogo, los piadosos llegan desde los espacios a esta tierra «co-
mil liberados de prisiones para salir a una mansión pura arriba, en
1, 1verdadera tierra» (114 B C). ¿Acaso la prisión en que fue encerra-
do Sócrates, también encadenado en las piernas (Fedón 60 C) Ylibe-
rudo por el alma para su morada en la luz, ha alcanzado en Plat ón
una forma mítica mezclada con imágenes ór ficas ?
En donde se mostrÓ la pri sión, la liber ación perte nece a esta ima -
gen. «El puro ser del cuerpo has ta el dios mismo no s disuelve », se
sigue en el Fedón (67 A). Co n la disolución empieza a expresa rse del
todo el camino dialéct ico en La República. Con él relacionada y reco-
trilla cla ramente como un nuevo acto está la inversión, el ca mbio
de lo hasta ahora vislumbr ado por la pa-
red de las sombras (514 B, 518 O, 532 B, crc.). Se contempla en ima-
gen con todo el cuerpo, en la interpret ación con toda el alma (5 18 C).
El fuerte sonido de estas palab ras demuestr a lo decisivo del mo-
mento .
Si la «vuelt a» sólo tiene su lugar en el símil de La República, dc
esta manera veíamos la salida que enton ces comienza , el movimient o
hacia «arr iba) , también con los demás caminos: el camino del amor,
en El Banquete y en el Fedro; el camino de la muert e, en-el Fedón;
el camino del conocimiento, de la Séptima Carla, pro piamente con
ligeras diferenci as por todas partes, Y en ni nguna parte falta , como
acompañante de esa aspiración, el gran esf uerzo y tr abajo. cami-
no hacia arriba y hacia abaj o produce por todos los grados , con es-
fuer zo (ju)-,n), conoci miento», se dice en la carta (343 E). Si el pr isio-
ncro, en la caverna de La República, se endereza, levanta el cuello,
da el primer paso, mira hacia afuera, a la luz, cada una de esas accio-
nes está relacionada con el dolor (1fá l'm Ót txxirnx JfOÚ;'''' &}..-, oi 515
X); la liberación está confusa ( a ll' og tt P á" 515 D), ant e la vista de
la luz le duelen los ojos, quiere apartarse para echar a correr (515 E).
Aspero y escarpado es luego el camino a lo alto (Óto: 1'QaV iás
)(aLa pcl" r ovl" 515 E) y, como el desencadenado fuc incli-
nado hacia ar riba con fuerza (¡jia así sient e tort ur a y re-
sistencia (J óvl'ii uOcn J( cá &-YUI'U)('Tttl' / lamentarse e irritarse/) . En El
Banquete, cuando ha alcanzado lo alto, contempla «eso por cuya atraco
ció n fueron todas las anterio res molest ias» (r óI'ot 210 E) . En el mito
PL\TON
no exist e sin amor y tampoc . I
por si mismo se ded uce I o srn a m.uert e que lo culmina. Como
uno solo.' a consecuencia de ver los tres caminos en
Lo '
ha de que el lo que en él se comprende
«salida (d baJo, la Imagen del ca mino r. De la
Por todas partes hay 522 B) hab la La República.
se delata tod ' h P om.o Ir , anda r. guiar , y e! ((método))
se debilit a «carmno hacia algo de allí»; igual que
(La República 533 e en.esa coherencia de imagen
minado modo: lleva 'hacia a·fuera. En arJcanzadd' l
un

eleva al alm haci "b' a uerza e plumaje
(246 .o).y la est irpe de dioses vive
los d ioses conducen su carr o arr ibao una v:z más ese arriba, cuando
hasta la comida el disfrut e de I 't la bóveda celeste en el trayec to
de la caverna de 'La República eSIa: eternas (247 El símil
el mismo as........... o " comp erarnent e det erminado bajo
. r-'" , y aSI sen a menos experiment ada , . I
imagen que «sólo de nuevo sería ofr . aqur. me uso, una
de lo que está arri ba (' " .J. ' ecida para la ret irada y la vista
" J1 a l'w UI'atJml u ) como ex r ., d i '
arnba del alma , hasta el lugar int eli ibl e» p e.
T1I" ál'oáo" 517 B) H e (f U TOl' I' 0J1 TO I' TOr o l'
el bro te de la Huma nidad . E¿ un sobre
ma nuestra cabeza ' allí col TI a a hacia alh se encara-
si sabemos con . ocam?s nosot ros DIOS, verdad y nitid ez
porciona tanto la m
on
, que el arn ba especial dcl ciclo estrellado
e a correcta para sí I di ., '.
para los del alma (La República a ITeCClOn mvertida
La subi da transcurre por escaJ L 'Sé. .
que siempre se repiten
xca )(Q:' TW p.f m l1a · 1 ' r al'W
descr ito po r O· r t l' ovoa '" )(UOTOl' ). El camino gradual del amor
sados «uno a que sus grados tengan que ser pa:
E o corr ecto» (1", Eii " 0- 2
Jlila t: s:
en el símil de la caverna s epu por pnmera vez
mo el ca mino de arriba y la Interpretación , co-
y, a través de ella al ob" atOrav s de las ciencia s, hasta la di aléctica
. , :.l e I VO exacto y como cierre id
ma s serie (532 U). ' , ensegur a una
expresamente e.1 comienzo. En
puede ser visto de otr ader amente unua na la Imagen, pero no
de arriba Así I a manera que en con tac to con la altura brillante
. es o Oscuro en el concepto má I r
lo oscuro a la luz de la luz a I s genera y uert e: de
dad (La 5 18 A, 516 los oj os, llenos oscuri,
fango en el que yacen los oj os d; 1alma slmbolo ór fi co del
des da vueltas la fantasía. En el mito geofisico del
ARRHETON 79
80 PLATON AKRHETON
81
del Fedro condujo a lo alt o el tronco de ca ballos, que funciona equi-
librado y ligero en la riendas del dios. pero di fícilmente (p01'H 247
B) en las de los hombres. porque el mal ca ballo del a lma quiere apar-
tarse a la tierra. Luego radican en esto las mayores molestias y luchas
del alma ( lr ÓVOS Il'ai a-yWp 241 B). Y hacia arri ba fue el alma, at oló n-
drada (OoQl!{JOt'I'i: VT/) por los caballos, y sólo con dificultad pue-
de ver [os arquetipos (248 A). En el Fed6n se trata del desp iste (7I"MVM,
TAa l'7I 79 D, 81 A) del que el alma se libera por medio de la ent rada
en lo que es puro y simple. Y Sócr ates expresa la espera nza de que
él llegue a consegui rlo en la meta de su viaje, «en el afán de esto ha
sido la mucha fatiga ( lrQll l' lUl n ia ») (67 B), todo igual a lo que Dioti-
Ol a ha dicho. en El Banquete, del camino dí.'! amor.
Sobre todo se entiende ese fat igoso camino 1.'0 1110 una conducción,
una coacción a realizarse. «La conducción sobre todos estos grados,
arr iba y abajo», se dice en la Séptima Carta ódr Táv¡wv m;¡ wv
ÓUl'l'wyq 342 El . Luego, en la imagen de La República: el prision ero
en la caverna fue liberado y «const reñido» a levant arse y volver el
cuello. El libertador lo «constriñe» a mirar a la luz, lo saca por fuer-
za de la oscuridad, «él no lo deja en paz hasta que lo ha arrastrado
a fuera» (515 E) . Y luego en el cami no gradu al de la ciencia: «Nuest ra
obra, la fundamental , es ésta, constreñir a las mejores almas a alean-
l ar el más excelso conoci miento- (519 e). l os que, final mente, han
quedado , tras cont inuada selección, después de cincuenta años deben
ser conducidos a la meta , y ser constreñidos a mi ra r la fuent e de toda
luz (540 1\). En t..1 Banquete la vident e tiene casi siempre a la vista
un conductor «para ir rectamente a la esencia del amor o llegar a ser
conducidos por algún otro. (21 1 B); «si el que dirige, dirige correcta -
mente» (210A). Ella piensa el camino del amor como conducción de
muchachos, educación (tis qp r Ulkeywy"Oij 210 E). El alumno debe
ser constreñido a ver lo bello en una espiritualización que siempr e avan-
za (210 C) . Y tal se podría reconocer este mismo camino funda -
mental . avanzando a lo más alto, en el miro del Fedro: allí es Zeus
el gran conductor en el ciclo, le sigue la hueste de dioses, dérnoncs
y almas (246 E); y las hor das paniculares, a su vez, siguen, si acaso,
al dios que es su «señor» (247 A, 248 A, 253 B). Es verdad que el
a lma , en un foso solit ario. en una investigación solitari a, busca la sa-
lud. Platón mismo conduce a sus alumnos y ha encont rad o y ha sen-
tido vivamente una aprehensión firme como aquello exigía, para que
el alumno fuert e y testarudo se alce más alto sobre aquellas mcdiocri-
dadcs y pueda, desde cualquier part e, llegar almenas a algo de valor.
El mismo hab ía vivido la garra de ese conductor, disolución de las
cadenas, giros violentos y dolorosos, coacció n y arrast re hacia lo más
alto. a t ravés de Sócrates. i.y que el liberta dor de la caverna es, fin al-
mente, el propio Sócr ates , aunque eso sea pasado por alto, no se de-
bería reconocer en las sol as palabras de que los encadenados hubie-
11111 mat ado al que probó a liberarlos y guiarlos haci a arriba, en cuan-
lo le hubieran teni do a mano y le pudieran mata r?
Platón lleva esta conducción y esa coacción como coacción del
111l10r. Y no hay contradicción en que sea el mismo camino el que,
lleno de esfuerzos, aparece mostr ado en El Banquete como cami no
lk Eros. Si a Eros se le llama el inter mediario entre dioses y hombres,
expresa así con ello su empleo: ser conductor hacia a rriba, a la be-
lh-za divina. Yexpresamente se había dicho, al final del camino, que
t'ros era el mejor cooperador de la naturaleza humana en el recinto
lid altísimo ser-allí, el divino y, en la medida que es humanamente
posible. el inmortal (212 AR). En el Fedro eso es la «locura
lit- Eros que conduce al amante hasta el bello amado (249 D). Y, SI
••quí el «camino» sólo está explicado en voz baj a, sin embargo, así
v Indo. no debe ser pasado po r alto: es la educació n del ama do por
medio del ama nte, según la imagen del dios a la que ambos, en su
¡'\l'ncia supratemporal, pertenecen (252 E). El amante forja al ama-
dn. Para ello él mismo debe mirar hacia el dios, según el cual moldea
L. esencia propia y la act uación ; y, según la propia imagen y la del
dios, el alumno a su vez. La meta es la participaci ón del hombre en
dios según capacidad humana ( HaO' ()ao r ÓUI'C1101' OlOU á l'l? QW1f't'
¡U HtaXtiV 253 A) y sanción de hermosa bienavent uranza ( TtAf nj
r. lfai 253 C) .
Según el placer y esfuerzo de la subida, según coacción, amor y
tormento, sucede de repente algo. De repent e eso quiere
decir, en aquel pasaje de la Séptima Corto (341), que, Iras un largo
esfuerzo conj unto en las cosas, se enciende, como por medio de tina
chispa que salta, un fuego en el alma. Yel cami no del amor, que Dio-
lima muest ra, conduce a una mela en la que se vislumbr a de repente
un algo de maravillosa belleza (210
Sería pensable que la fa ntasía humana viese como un tono y lla-
mada el últ imo val or al que el alma penetra. Pero ent re los griegos
sucede que las imágenes para aquello más alto fueron tomadas tan
Idos del mun do de la luz como del mundo del sonido. Eso para Pla-
lt'; n sucede por completo en lo correspondiente «al más agudo de to-
dus los sentidos corporales», como se cons ideraba en el Fedro (250
IJ ) a la vista; también el alma posee ojos y con estos ojos ca pta la
verdad lilas excelsa. Así es visible y espacialmente plástica como un
lugar aquella mela a que conduce el camino dialéctico hacia arri ba.
lu ese lugar se encuentra el más amplio resplandor de la luz. Pucs
uqui, en nuestr o mundo del devenir en donde la oscur idad predomi-
na, el más noble sentido se queda sin acción y sin realizarse; por eso
en el mundo del ser lo que está puesto como de más alto valor se t iene
t ille llega r a ver como luz. Y en este espacio brillant e ta mbién con el
más alto rango se vería tina oposición innata a toda forma mezclada
y correspon diente fealdad. En el simil de La República la luz prcdo-
82
PLATON ARRHETON 83
mina en todo . l a explicación habla del ascenso del alma hasta el lu-
gar inteligible (nj .. fl .. rO/l I'011TOI' TÓrOl' rij f f lJxi;s &"OÓOl' 517 B). En
el vivir de forma duradera en lo puro ( OrNÚ" Él' TijJ Ir:o:8aeijJ 520 O)
esta el anhelo del alma. En el Fedro el «lugar supraceleste» o «lugar
exterior » (h fE"w TÓ..-oS) está tomado según la vista (247 e, 248 A). AlIf
vive el alma más pe rfecta en puro resplandor (Él' aVy¡i NaOaea), lim-
pia y sin rastro del cuerpo (Jr a Oa e oi 'raí 256 C). Y
propiament e lo uno es lo ot ro; si en el Fedón al alma insensible .CO.
rresponde a un luga r de insensibilidad pura , que aq uí, en una explica.
ción etimológica. lleva el nombre popular de Hades ( r ó'I"ov atÓ", df
"A¡óoll l en el Hades. lugar «aidé» o invisible/ SO D) .
Pasó ya el ascenso con gran esfuerzo, pero no pudo aho ra el oj o
llegar a ver en la meta a la rea lidad en sí. Pues una turbación de los
ojos se sigue t anto en el pa so de lo claro a lo oscur o com? desde. 10
oscuro a lo cla ro (La República, 518 A) . Por eso ahora est an los ojos
llenos de luz y tan cegados que, en primer lugar , nad a de 10 que es
realmente verdadero pueden mirar (516 A) . Pero luego llega el espec-
táculo per fecto que está arr iba 7W" Q:vw 517 B). El alma se acos-
tumbra al resp landor; ella es capaz de soportar definitivamente lo más
luminoso de lo-que-es, el arqueti po del bien (518 C). En el mito del
Fedro son las almas de los di oses las que pueden llegar a ser par tici-
pant es t ranquilamente de esa visión. Muchas mar avillas co ntempla y
celebr a la esti rpe de los d ioses dentro del cielo (247 A}; en el viaje «con-
templa el alma la j ust icia en sí, cont empla l a "sophros yne", cont en:'-
pla el co noci miento » (247 D). l a mejor de las almas
duda sólo co n la cabeza del conductor del ca rro, se alza hacia arriba
al espacio exterior y gira a la vez en el tr ayecto de los d ioses. Pero
incluso as¡ también sería perturbador y sólo co n esfuerzo podría ob-
servar la esencia (PÓ-Y1S Ko.6oQWocx 7a. oJ'To. 248 A); lo mismo que se
dice en El Sof ista (254 A) que los ojos del al ma de la mayoría son
incapaces de persevera r en la visión de los dioses (Ka pn pfi " 1I" e os 70
6ü oJ' &.poeWJ'1a &hti J'o.ra). Pero debe haber observad o lo que perte-
nece a su esencia; sin lo cual no podría llegar a encarnarse en figur a
human a ( 1I"aocx ""tÍou ro. Ó"7a, ij &J' d s r oóf
r o tWtoP / toda alma, por naturaleza. ha observado lo que es. o no
podria llegar a ese ser vivo / Fedro 249 E). Y su tarea es pr ecisament e
ésta , en una existencia terre nal por medio de Eros «participar en dios,
en la medida en que es posible al hombre» (253 A). En el Fed ón llega
el alma , por medi o de la correcta filosofía en la que ella se ejercita
en verdad a morir , a lo que es su igual, 10 insensible, 10 divino, in-
mo rtal y sabio, en donde está fij ado q ue sea «cudemónica» (81
Y en la cos mología mít ica de! final se hace más allá de los espacios
terrenales la verdadera Tier ra en su preeminencia. la mor ada pura de
los piadosos (114 C), «un espectáculo de felices contemplador es»
6WTWP 111 A).
« Budemonía», es deci r, aquella sustancia que nasa l ros só lo pode-
IIlU S Iraduci r de mala ma nera al cas tellano co mo «felicidad», cuando
«ucudemos en ello perfección y culminación, as í «eudemo nia. acom-
¡",na por lodos los sitios a aq uel espectáculo. En una culminaci ón pia-
.!llsa es el ser mismo 10 que es visto ( r o ro v ón os
111 más bienaventurado de lo que es/ Lo República 526 E). Quien
II C: Wa hasta allí es ensal zado como «eudemónicos (516 C) , cree vivir
li la «isla de Jos bienaventurados» (519 C). Así en La República. Al
, jUl' contempla lo bello mismo le ad scribe Diorima un ser-ahí de valor
,Ir vida (211 D) Yco nsidera a ese, que produce y siente verdadera vir-
nul, un «amado del dios» (212 A) . En el Fedro es la estirpe de los
,1I11ses felices la que co ntempla las esencias en su paseo (247 A) . Dig-
uu de alabanza el aspecto , feliz el coro en el que llegaría a ten er partí-
r lpad ón (!in lJV" fVÓCX[¡WV¡ )("oQw ¡.u:naeio. I' n x cx¿ f lóo "
h ilando con un coro de bienaventu rados contemplase la visión y es-
I'.'l'/(Ículofeliz/ 250 8). El pensa mient o del filósofo perman ece por
tuerza siempre j unto a aquellos en do nde el dios se mantiene y por
un-dio de los que es divino (lI"QOf ololl"fQ Of OS W" Of 'ióSi on " 249 C).
Un camino de la oscuridad a la claridad; un camino gradual, no
_111 m últiples esfuerzos y no alcanzable por toda la gente, en cuyo fi-
n.rl, sin embargo, se muestra a los ojos algo divino ent re cegadora
111 / ; el más elevado objetivo , rodeado de un secreto, que no está asen-
rudo arbitrariamente, si no que pa ra ello no necesita profanación por
medio de palabras, porque no puede ser expresable en palabr as: si se
echa una ligera oj eada a esas t rayectorias que son propias del filos o-
bu y de la doctrina plat ónicas, no se dej aría de reconocer que mu-
I has cosas de ella están emparentadas con los misterios de Eleusis 6.
Platón mismo ha sent ido viva la concordancia y asume muchos det a-
de ellos en su lengua de imágenes. En el Fedon se muestr a ya , en
''' llId recinto de cult o, la «pur tfl caci ón». que se piensa como la sepa-
I ncion del alma y del cuerpo (67 C). Pues ritos catárt icos están en el
\ nmino de lo míst ico . Esa «puri ficaci ón», sin emb argo. es el conoci-
miente o el puro pensar (""eÓPJlon) . Y, en efecto, las bendiciones $C-
«eras y su revelación se vieron co mo indicaciones
"t',·iTTEoOm ) para ese proceso dc pu rificación espiritual; y el co ntras-
re entre los no santificados , que yacen en el fango de l Hades, y los
puri ficados y santificados , que viven entre los dioses, constituye la
oposici ón entre los que han buscado en el modo correcto la verdad
y los demás . Y el ver so ór fico de «Muchos son los que llevan el ti rso,
pn o bacant es hay pocas »> muest ra la gradación. Si el al ma, así se
dice más tarde, llega al recinto no sensible emparentado con ella , en-
• Se refiere a la vara enr amada que llevaban los participan tes en las celebraciones
h'¡' luicas o dionisiacas. Bacantes o son las que entran en trance poseídas por
fl ,lim (efr . Las B(lC(lntes de Eurfpidcsj. (N. del T.)
r
84 PLATON ARRHETü N 85
tonces es «cudcm ónica» y, «como se ha dicho de los santificados, pa-
sa el resto del tiempo en la verdad con los dioses» (/;JlJ1l"EQ ÓE"Af)' E7a1
xccrix TWI' ¡.tt/wr¡¡;.,¿rwv, UAl'/ eW5 7011 Xgóvoll (l ETa 'h:wp
ólá)'ol)(Ja 81 A). Así, en la sust ancia precedente , en el «dar vueltas
alrededor, en la locura, en el espanto, en la salvaje pasión del amo r
y en las restan tes penalidades humanas» se habría intentado encon-
t rar formado algo del paso de lo misté rico, por medio de todo tipo
de oscuridad y pavor, de lo que la fe tradicional sobre los Mist erios
hubiese informado 7. En El Banquete establece Diotima la difer encia
ent re el impulso baj o y elevado. El anuncio de Eros como aspi ració n
a la inmortalidad: eso es el misterio preparado (xáv 01; I y
serias iniciado a los misterios/); por el cont rar io , el camino gradual
a la vista de las imágenes eternas: eso es la cul minación del giro, la
elevación a la «epopt é» (7a n "A(rx )(a1l 1r o7fTl)(á Ilos misterios y :" U más
alto grado - la contemplación-/). En el Fedro por fin se vio el des-
tino cósmico del alma como un giro de misterio. Antes de nuest ra exis-
tencia terrenal , vivíamos en felices coros a la vista y contemp lación
divinas y estábamos consagrados por la bendición que con razón se
considera la más completa bienavent uran za. Nosot ros la celebr ába-
mos incólumes verdad eramente, y no en cont acto con los males que
nos aguardaban en t iempos posteriores: el rostro como int acto, sen-
cillo, inconmovible y feliz contemplaba, por medio de la más elevada
bendición, en el puro resplandor (",á ap. ara p.lJ oúW/Joí TE )( CÚ
E1r01r n ÚOvn s f/J aV'Yi/ )(aOag? 250 C) . Pero quien tiene experien cia
de eso, al introducirse en la vida terrenal , puede en cada acción de
recordar mantenerse en esa medida, y así «estaría él solo realmente
realizado, consagrado a una continu a bendición» chi
ri:Aws or7w<¡ p. óros 249 C). Aquí comenzaban
las palabras de Platón sobre el resplandor que en el «telesterion» de
Eleusis hacía felices a los creyentes y sobre la conocida esper anza de
una inmortalidad que ellos sentían a partir de aquella consagración.
Más aún: la teoría de Plat ón de las for mas eternas aparece, vista des-
de aquí , no como una enseñanza particular sino como una sublima-
ción, dentro del auténtico helenismo, de la piedad más sublime del
pueblo 8.
Un camino gradual de esfuerzos desde la oscuridad hacia arriba ,
hasta la contemplación de la divinidad del rayo: uno se figura ese to-
do, y se sabe t ambién incluso cómo ha empezado su consagració n de
los misterios de Eleusis; así, y con ello Platón no va a ser tergiversa-
do, uno debe preguntar: ¿es Platón un místico? La pregunta tiene que
esta r autoriz ada cuando se conoce que en toda mística el alma huma-
na llena un afán intemporal; sin embargo las for mas histór icas que
adopt a esa etern idad, al menos en la mística cristiana, la islámica y
la cabalística, han recibido su estruct ura de pensamiento en su part e
esencial de Plotino y, en consecuencia, no sin Platón 9.
El «viaje dialéctico» de Plató n, su punto de arranque par a la luz
lid sol desde lo oscuro de la caverna, la pa rtida del carro del alma
hasta el luga r supracelest e: todo eso tiene de inmedia to sentido allí
{' JI donde siempre hay mística. La peregrinación de Dan te a través de
los tres reinos es la formulación poética más elevada. Pe ro en esencia
rudica sobre lo mismo San Buena ventura con su ltinerarium mentís
lid Deum, en donde se prefigura la par tida «desde lo más abyecto hasta
1\1 más sublime, desde lo externo a lo más interno, desde lo t empor al
n lo eterno» o un monjil «conductor del cielo), o una «escala de per -
lección». Viaj es de peregrinación mística hay t anto en la Inglat erra
prot estante como en el Oriente islámico. El «suñ» es un viajero sobre
una calle, debe atr avesar siete valles o avanzar siete grados desde el
«arrepentimient o: hasta la «purificación», cada estaci ón le conduce
más cerca de dios. En la India enseña Buda e! «verdade ro camino de
ocho pliegues», que comienza con la correcta creencia y termina con
lu aut ocomplacencia, conduce a la superación del sufrimi ento . Pero
lambién la religión de vísn úconoce el «camino de! conocimiento» y
e! «camino del amor a dios», la meta de ambos es la unificación con
lu divinidad 10.
Oscuridad y luz, cárcel y libert ad. Para los indios que adoran a
Siva, es el cuerpo un animal hundido en las cadenas de la materia.
Sólo si disuelve las cadenas puede el alma alcanzar a Siva 11. Para el
«sufl» ésta se encuentra en la cárcel, separada por setenta mil velos
tic la divinidad de la que procede. «Tú sabes que el cuerpo es una c ér-
wl». dice poéticamente Goethe , como un sufí, en el Div án, Pero ante
lodo, a través de la Antigüedad tardía y de la Edad Media, discurre
una gran corriente de la «metafísica de la luz» que, siempre nueva,
brota prof undamente en el homb re como fenómeno histórico y tiene
mas fuentes, además de La República de Pla tón; sobre todo el cuarto
ttvangetío (ey la luz brillaba en las tirueblas») y el círcu lo Helenístico
de la piedad de los misterios al que ese Evangelio «míst ico» pcrtene -
ce. En los escritos Herméticos, en Filón , no pueden ser pasados por
alto los sones platónicos; tampoco podrá ser negado e! momento orien-
rul". Y sobre Plotino , el Areopagita y San Agustín pa sa la corrien-
te a la Edad Media. Heinri ch dc Susa «mir a fija mente el brillo más
resplandeciente», Mechthild van Magdcburg ve la «Luz que se extiende
de la divinidad». Para Dante es el punto de partida de su viaje la «sel-
va oscura», su objetivo se define:
«Ficcar 10 viso per la luce eternas"
y para su reunión con la más excelsa realidad encuentr a estas palabras:
• «Fijar 10 visto por la luz eterna». (¡V. del T.)
86 PLATON ARRHETDN 87
«Ció cb'lo dico eun semplice lume»>.
Como el camino dialéctico de Pl atón , empieza el camino místico
co n la disolución y vuelta , ruptura liberado ra de las ligaduras del mun-
do sensible. vuelta del alma a dios. Tampoco aquí llega a ser visto
en realidad históricamente el movimiento sino el sistema espirit ual de
Platón en el que fue conceptuaí lzedo. Según su ejemplo. los neopla-
tónicos. que ven el destino del alma como salir de la divinidad ('iI"eóo-
Óot) y tendencia a ella «í voóos). han puesto la vuelta (fr !OTQor,Mj) en.
t re esos dos movimientos. Agustín la ha refundido con elllamamíen-
to de la nueva doct rina de «Cambiad vuestro sentido», y con aquella
vuelta que significa , en el Nuevo Testamento, la conver-
sión de los gentiles al verdadero dios, y la ha fund amentado como
«conversío- en el ser-ahí y el pensamiento occídc ntal v. Pero la aven-
t ura es general y no hay vida mística algun a en cuyo comienzo no se
conceda aquel cambio radical. Con frecuencia será prese ntado como
un acto repen tino «como un relámpago que brilla en la oscuridad de
la noche, así parece que el pensamiento de los hom bres, por medio
de la gracia de Buda , se vuelve en el "Nu" hacia el bien» " .
El camin o platón ico está acompañado de esfuerzo s. Así también
el camino de los místicos; pueden mort ificar su cuerpo, luchar su yo
cont ra el interio r, o sufrir por un resbalón ot ra vez en las proximida-
des de l di os. Los tormentos que Heinrich de Susa aplica a su pobre
cuerpo se correspo nden en con junto con los gra ndes horrores del arte
gótico en las imágenes. Pero los sufrimientos del alma son más fuer -
tes y la lucha con los sufrimientos , que es el medio para la ilumina-
ción, será descrito por el persa Al Ghazzal¡ con pal abras muy pareci-
das a las Que utili za el silesio Jakob Bóhme ", En la India se apren-
día en libros desde mileni os el yoga como una técnica y era practica-
do casi escola rment e. En lo mas fuerte agarra el tormento, en donde
él es ma r, suave. «Mon Dieu, me qui uerez-voust a- », consigna por es-
crito Pascal cuando la iluminación comienza a sacudirlo. El «exilium
cordis», la noche oscura del alma , la sequía espi rit ual son penas que
pertenecen a la enseñanza míst ica. Si ade más la metodología míst ica
se cuida de diferenciar el sufrimient o del camino y el suf rimiento en
la meta, de esta manera con elJo parece apenas encontrada la esenci a;
pues, en efecto, el camino es sin fin y detr ás de la meta siempre hay
un nuevo camino, y a su vez ta mbié n siempre fat igoso.
Tras muchos esfuerzos en el camino, llega el alma «de repente»
a la meta prevista . Así Plat ón . Y también esa ense ñanza vuelve de
muchas ma neras. «Luego, se debe creer que se ha contemplado si el
alma capta de repent e la luz», dice Plotino (V, 3, 17) 16. Éxtasis e Hu-
• «Aquello que digo es una simple luz». (N. del T.)
.. «¡ Dios mio! ¿Me vais a abandona r?» (N. del T. )
mtnació n «llegan en la regla como una corriente r ápida y aguda a ntes
de que se pueda reunir su pensamiento», así describe Sa nta Teresa
UI exper iencia . «En Dio stando r ápido», así canta Tomás de Celano
111 suya. Según Samkara el percatarse del propio ser Brahma sucede
ruu un golpe , cuando se percibe la gran palabra «Tat tvam as¡»; y
' t\lo para quien esa experien cia no le es enviada el correcto camino
f\ pensa r repetidamente el texto del Veda. El sufí se sabe separado
de rodas las cosas ter renas , para asentarse en aq uella sustancia en la
tille le entra la más excelsa revelación como un relámpago bri llant e 17.
{ ' 0I1l0 algo humanamente corr iente, muy a pesar de t odo, es lo que
enseña un relato de visión exrática de nuestros días: «Me encont ré allí
de repente, sin indicios previos. envuelto en una nube de fuego» 11.
Existe ra ra vez la mística sin el pr imado del amor de Dios. Se usa
sólo para pensar, en el comienzo en las Confesiones de San Agu stín
y en las últimas palabras del «Paradiso» de Dante, o para oír en las
conversaciones de amor de Susa, Ta uler y Mecht hild Mí stico es
uuubién, en Spinoza , el amor intelectual del espíri t u a Dios, que fi -
lialmente es amor de Dios a los hombres y amor de Dios a sí mis-
1Il 0
lll
• Una mirada sobre el mundo occidental pasa luego al sufí ebrio
de amor que , en el (doble escr ito secret o» de su canción de amor,
media nte la alegor ía del ruiseñor y la rosa. la mariposa y la vela, es-
conde y pregona la sit uación del a lma hacia la mas alta rea lidad. Y
la India tiene el amor a Dios de Bhakti, cantor ebrio. que celebra a
MI dios como el «emba ucador, el ladrón, el gran seductor». «El ha
llegado como un mago y ha penetr ado en mi corazón y en mi vi-
da» 21. En el Bñagavad-Gua. sin emba rgo, suena:
El más excelso espíritu se alcanza a través del amor que no busca
otra cosa.
A tr avés del amor él me conoce en verdad qui én y cómo soy».
El más excelso bien, al que Amor conduce al buscador, es, según
Platón, «no la misma esencia, sino incluso más allá de la esencia».
y esa paradoja en la utilización de lo inutilizable es, a su vez, una
trayectoria que pasa a través de toda míst ica. Los neoplat ónicos no
pueden tra bajar lo sufíciente con eso como para apa rtar al excelso
Uno de aquella predicción; a veces, sin embargo, repi te n y deforman
el platónico «más allá) 22, a veces, en un soplo, amon ton an en lo
Uno las expresiones opuestas. (Nada es eso del ser y todo; nada, por-
que el ser es posterior; todo, porque es a partir de él». Esa frase de
Plotino (Vl ,7,32) per manece ambigua para cualquiera. El cristiano
neop latónico Dioni sia el Areopagita, que se esfuerza en «expr esar la
multiplicidad de nombres de la divinidad impronunciable e ínascqul-
ble», lo ha formulado ya en la Icaria: «En la divi nidad se debe tomar
y afi rma r lodo ser - pues ella es la causa de lodos- y no negar todo
ser en particular, pues ella está sobre todo. Y no se puede creer que
88 PLATON
ARRUETON 89
la negación cont rap uesta a la afirmación, po r más que est é ella mis-
ma sobre la negación , esté sobre todo Quita r y po nen) 1). Esa teolo-
gía apofánt ica suena más tarde en aquello del maestro Bckart «Das
¡S.l sin nature, daz el ane natu re sil) / Lo que es pura naturaleza, es
Sin nat uraíeza/ , en la fra se de Scoto Erigena «Deus pr ópter excetlen-
tiam non immer ito nihil vocatur»>, en la «No esencia) de Susa en
la de Ange lo Silesio «Dios es una pura nada» -y de la misma ma ne-
ra también en los nombres que la Kaba la tiene para lo ilimitado
Pero , fuera de esa línea de propagación, ta mbién entre los indi os se
asom?rosas semejanzas y ademá s lodo un desarrollo pro -
pro. En los Upamshad aparecen cont rapuestas las mismas paradojas.
«Lo uno se mueve y no se mueve, está cerca y está lej os, está dent ro
y fue.ra de todas las cosas) . Hay la misma abundancia de negaciones :
1(Lo no esgrueso ni. delgad o, ni corto ni lar go, sin sa-
bor ni olor, sin oj os y sin o ído , Sin voz y entendimiento sin fuerza
vita l ni aliento, sin boca y sin medida , sin interio r y sin exterior-. No
consume nada ni es consumi do por nada». Yes definiti vo aquel «no,
no» que para muchos de los viejos sabios indios dibuj a en la forma
más aut ént ica la esencia de Brahma 25.
I.:a de la concien:ia mística, y ant e todo del pensa mien-
to tiene la mayor semejanza con la estructu ra de la visión pla-
t ónica de l mund o. La acci ón hist órica de Pl at ón ha cont ribuido ta nto
a muchos sistemas místicos como a generales aspiraciones de desa-
rrollo. apoyadas en la búsqueda de orígenes del a lma humana , Pero
ya es hora de decir que, con todo, Platón no es un místico, y de de-
mostrar en qué se di ferencia él, por su parte de un míst ico verdadero
y determinado . '
Lo mas excelso de Pl at ón no se coloca antes del mundo , ni cance-
la el ser , más bien se mant iene inmediatamente en la fila del ser, sólo
tan elevado sobre todos los demás qu e la paradoj a puede tomarlo por
más allá del ser pero incluso más allá del Ser. A él se llega , no a t ravés
de un solitario hundi miento, salt o violento o caída en la osc ur idad
sino por el camino que se asegura en el conocimícnto del ser. Sin doc-
trina de los números, geometrí a, astrono mía y teoría musical sin una
estrecha y filosófica dia léctica, no se puede aproximar nadi e a aque-
lla meta , aunque ante la visión de la meta la pal ab ra ya no bast a. La
mística se mantiene allí mismo, por la ot ra parte, en donde se encuen-
tra llena del.conocimiento , en la zona teológica; y se queda
fuera, siempre consciente de que el objeto de su búsq ueda . no va a
ser encontrado por rncdio de la «ratio» sino a través de un descender
«al fundamento de lo que es sin fundamento». La mayoría de las ve-
• « Dios, por su elevada dignidad, no inr nerecidameme es llamado "nada"».
(N. del T.)
res, sin embargo , se vuelve incluso más sensible que el camino dcl co-
nocimlento. En verdad la «Gnos ls». tal como predomi na en los escri-
tos Hermét icos, se sirve de remiendos platónicos para el traje torna-
solado en el que encierr a su éxtasis. ¡Sin emba rgo no se tol era anda r
dando vueltas! Ya las invitaciones a «hacerse igual a Dios) , «llegar
11 ser eternidad» (a l w l' ')'EI'oti) , «tomarse a sí mismo por inmorta l y
1)(11' capaz de conocer todo: todo arte, toda ciencia, tod a clase de esen-
da vital, estar en todas partes yen todo, conocer todo de inmedial o,
tiempos, lugares, cosas, cualidades y ca ntidades ) toda esta lista mues-
Ha, como aqu ¡ se ha explicado, un espíritu completamente nuevo >.
Lo que quedará especialmente claro si se da la vuelta enseguida a lo
que señala , sin cambia r nada en cl funda mento, y pasa a l luga r del
conoci miento de todo el silencio de lodo conoci miento. Es sólo una
clara voz, pero no aislada, la que suena en Filón: la luz divina va so-
brc el hombre, si el entendimiento humano se ha hundi do, y la oscu-
ridad , en primer lugar, le pr oduce éxtasis y locura llena de dios 27.
Nada puede habe r más aleja do de Platón que tal super embar azo ex-
tñrico, que se sirve tan a gusto de fór mulas platón icas y sin embargo
se llena en oposición a la fuerza soberana del hombre. Y un paso más,
asi ha llegado la vida míst ica a una coacción mágica. Las mortifica-
cioncs del místico cristiano realizan as¡ correctamente, en primer lu-
gnr, la danza salvaje del derviche y la inacabable repet ici ón del nom-
bre del todo en el Islam, la regulación de la respiración en los indi os,
la mirada fija en la base de la nari z de los magos de la sílaba «om».
A través de un ancho mundo, el contenido del pensamient o y la ense-
ñanza del pensamiento fuert emente científico de Pl atón se encuent ra
segregado por tales ritos. No sólo es que él se ha bía mantenido lejos
de toda magia, incluso desde la mística debía aparecer él como un com-
pleto racionalista. En verdad no se encuent ra en él aq uella separación
entre sent ido y pensamiento, entre corazó n y espí ritu, por la qu e úni-
cemente se j ustifi can tales apreciaciones . Par a él ningú n dios ha he-
dIO la sa biduría de este mundo por una ton tería . Sería inconcebible
en él la cont radicción de la lla mada tan con movedora de Pascal que
dice: «Dieu d' Abraham, Dleu d'lsaac, Oieu de Jacob, non des phi10-
sopbes el des savants!»». En Platón locura de dios y matemáticas guían
hacia a rriba el camino , a través de la geometría llega el hombre a dios.
Así este mundo es algo incl uso en su más amplia int ensidad,
E igual que toda zona espirit ual Platón contempla así todas las
fuerzas humanas, amor del sentido, pensamiento agudo, la má s ex-
celsa elevación. Para los mí sticos, los sentidos son lo que merece an u-
lación, de manera muy par ecida al mundo de los cristianos, dcll slam
• «¡Dios de Abraham, Dios de Dios de Jacob y no el de los filósofos y el
de los sabios !». (N. de{ T. )
90 PLATON ARRHETON 91
y de la India. Y sólo en intrigas, llevadas por alas de altas canciones
o por la poesía de los suñes , avanza la sensualidad de nuevo , defor-
mada las más de las veces, a la vida mística. Seguro que ha y también
en Pla tón to nos enemigos de los sentidos. Vivir es aprender a morir,
cada deseo y desga na cose como una aguja el alma al cuer po; por ello
el al ma qu e quiera filosofar de verdad tiene que librarse del cuerpo:
así suena esto en el Fedón. Pero en El Banquete y en el Fedro suena
de manera mu y distinta y, si hay igualment e fuertes luchas con el ca-
ballo de salvajes apetencias del alma , sin embargo tampoco está la
temeros a opción entre felicidad sensible y paz del alma. El amor de
los senti dos y el amor de dios no se encuent ran enfrent ados como ene-
migos, sino que el amor por un cuerpo hermoso es un grado neccsa-
rio para el ascenso hasta el más excelso ser. Se podría añadir también
que Platón ha dej ado permanecer en el exterior el contraste entre el
Fedón y los diálogos del amor , de forma que se podría ver la fisura
ya indicada como un ligero salto, que más tarde pasa a través del mun-
do, y que circunscri be , en curvas que oscilan ampliame nte, todas las
fuer zas humanas.
El alma mística está solitaria. «Flujo del Uno al Uno», así consi-
dera Pl ot ino (1,6,7. VI,9,11) el camino del al ma a Dios, como ya los
neopitagórico s habían hablado de la comunidad del uno con el
uno 19. Pero lo mismo se da en t odas partes. En el maes tro Eckart es
la separación 10 mejor de todo, «Ella deja conocer a Dios, lo uni fica
con la criat ur a y la reúne con Dios». Y así ya la Mística con oce gran-
des guías espirituales; así en parti cular en el Islam y en la India, pero
tambi én algo en los monjes griegos que, como medio para la santi-
dad, habían seguido en noviciado con un sabio, qui en debe haber pen-
sado probablemente el propi o acto de «u nío» según Plotino lo descri-
be " . Per o Plotino no es ahí un platónico. Según Platón, se cnclen-
de «t ras una larga vida en común y afanes conj untos por las cosas,
como por una chispa que salta, el fuego en el alma», y si también se
hubiese atrevido a querer expresar algo ad emás de como el alma llega
a la «epe keina e", un o no puede así , sin la comunidad de investigado-
res enamorados, llegar a subir el camino dialéct ico.
El camino dialéctico condu ce al reino de las formas puras o sabi-
duría y más arriba de él, a lo que est á más allá de toda esencia . Si
as í llama a «el bien» , se encuentra así expresados por igual en él toda
belleza formal, orden realizado ; per fección creadora. Aú n se debe pa-
sar sobre las más altas formas para llegar hasta él. Como lo más ex-
celso en el reino de la sabiduría, sólo como tal, se halla sobr e todo
esenci a. Es una forma tan alta que, por ello, está sob re toda forma.
• El tér mino «cpckcína» es el uso abstracto del demostrativo que literalmente equivale
a la expresión «mas allá». (N. del T.)
listo es por completo diferente, sin embargo, de la divinidad sin sabi-
du ría de Bckart , del mar sin color de toda divinidad, como dice poé-
ricamente Angel Silesíus, o del todo completo sin forma como Brah-
ma en los Upaníshads. No se podría mos trar con facilidad la difer en-
cia . En el camino se debe ap reciar lo que se considera aquí y allf alma
y las formas sobre las que ella consigue «como las corr ientes que flu-
yen allí en el mar y pierden nombres y for mas, así la manera de nom-
bres y formas habría perdido y entra en la "purusa" celeste , que es
más alt o que el altísimo» , as í en un Upanisnad". «¡Oh, d éjame ser
nunc a; pues ser-nunca se pregona en el órgano: noso tros vol vemos
al hogar en él!», así en Dschel-Alledin JI . Y el maestro Eckart : «To-
da nuest ra perfección y toda nuestra felicidad radica en eso que el hom-
hre, a través y por encima de toda condición y de t oda temporalidad
y de toda esenciali dad, pase más allá y vaya al fundamento que es
sin fundamento» J2. La totalidad de formas eur opeas y la herencia es-
pirit ual griega ha n protegido sin duda a la Humanidad occidental con
frecuencia de mezclarlo todo, como el hombre del Este lo ve. Para
los místicos cristianos se toma a veces eso que mantiene su esencia
en otra forma 11. Pero dejar de ser, separación y deshacerse es asimis-
lila en Bckan y en la mayoría de los místicos camino del alma hacia
su met a, el descanso externo en Dios es la culminación pa ra el hom-
bre . Así el místico sólo conoce un movimiento: fuera del aquí y aho-
ra, en el que se colma por completo el hombre clásico. y si Platón,
visto históricamente, a tr avés de su movimiento a la «epekeina», in-
tro duce aquel flujo de aquí y en él hay que buscar el punto de partida
de una gran especulación mística, per tenece sin duda mucho más al
lipa clásico, de forma que fi nalmente no debería llegar a ser visto en-
Fr entado a toda mística. El objetivo a que él llega aquí podrá hacerse
claro al final, en donde comparamos los elevados vérti ces platónicos
y la especulació n de Plotino, así como anteri or mente hemos medido
clarament e el Ero s platónico en el de Plotino.
El que siguiera las instrucciones del cami no de Diotima «toca en
la meta» (aXfÓOI' al' 7t &'1l"70¡ TO TOV T¿>"OV j 211 B), el que recibe el ar-
quetipo de lo bello en la vista ( x a Tól/-fTCH 210 E). El discur so es siem-
pre nuevamente de ver y de cont emplar . Aquel ar quet ipo de lo bello
(211 C) sería cons iderado un objeto de doct rina (¡uxlh¡Jia). Para quien
contempla lo bell o, es digna de aprecio la vida (211 D) . Y luego deb e
«producir verdadera virtud, acercarse y llegar a ser amado de dios con
ellas y, en la medida en que es human ament e posible, ser inmor tal»
(212 A). En el Fedro se ven los dioses, lo perfecto, los arquetipos,
en un espacio no sensible; las almas humanas quieren llegar a él y re-
cibir con esfuerzo en su vista las esencias. Ese aspecto es el sust ent o
de lo mejor en el alma "pvxih TW¡ &Q¡aTW¡ I'OjlJÍ 24 8
B) Y por medio de ello crece el plumaje del alma. Si ella recibe en su
rostro algo de lo verdadero, eso deci de sobr e su destino (249 B). El
92 PLATON ARRIIf:TON 93
filósofo se mantiene siempre por fuerza junto a aquellos recuerdos.
El sabe de las condiciones humanas Y. como así está en-
tre lo di vino, trata de la ca ntidad como locura del sent ido y no sabe
que está en un éxtas is 249 O) .
En todas partes se sostiene fuert emente un cara a cara de al ma
y arquet ipo. También el entusiasmo y la divina locura no correspon-
den a ninguna introducción del alma en algo muy distinto Oa la in-
tr oducción de ese otro en el alma . sino a un alejamiento de 10 que
los hombres loman como serios condicionamientos (&ve" W"I" l JlU
/ condicionamíemos humanos/) . Para Plotino. sin em-
ba rgo, experiencias completamente distintas se mant ienen en el mis-
mo lugar de la int erdependencia sistemát ica. En su pasaj e sobre lo
bello inteligible repi te la imagen del Fedro del tr ayect o al dios y del
alma a la mirada de las formas eternas. Pero ya aquí se pierde el es-
trecho contraste entre la imagen contemplada y el contemplador
(V,8, lO). «Pues todo despide bri llo y llena a los llegados allí, de for-
ma que lleguen a ser ellos bellos, así como a los hombres, cuando lle-
gan arriba al lugar más excelso, llegan a estar colmados por el color
amar illo br illante que tiene allí la tierra y se hacen igua les al suelo en
el que se encuentran». Lo que despide rayos y fuer zas se sint ió con
mayor int ensidad. La act ividad del contemplador se trastoca, se lle-
na rá de aquella fuerza que irradia de allí. Más, la toma en sí, estaría
«enseguida borracho y completamente lleno de néctar». Lo contr ario
tiene que ser oído . «Pues no es más el uno fuera y el ot ro fuera. Sino
que quien ve con agudeza tiene lo visto en él y, como lo tiene, no sabe
más que él lo tiene y mira hacia sí como hacia el Uno que está a fue-
ra». «Todo lo que cualquiera ve, mediante algo sensible, lo ve afue-
ra . Pero eso se debe luego t ransmitir a sí mismo y ver como uno, co-
mo si mismo, igual que si alguien, conmovido por un dios, por Febo
o una de las Musas, realizase en sí mismo la observación del dios; de
esta manera él tendría fuerzas pa ra ver en sí al dios». Pero todavía
se buscará una nueva expresión para decir con mayor claridad este
sentimiento de la unidad del contemplador y de lo contemplado. «Pero
si alguno de nosotros, (después) de observar 10 que hay fuera de sí
mismo, recibiera en la vista algo visible, conmovido por un dios, se
recibiría a sí mismo en la vista y miraría la más hermo seada imagen
de .sí mismo. Pero luego se dejaría llevar por la imagen, tan hermo sa
es, y llegaría a uno consigo mismo y ya no estaría dividido, sería uno
y todo con aquel dios que, sin ruido, se encuentra presente y él está
con él t anto tiempo como le guste y quiera». En giros nuevos cada
vez se expresará el llegar a ser uno, recogiendo al contra rio. «Ha su-
bido corriendo a lo interior de tod o y, en donde queda atrás la sensa -
ción por temor a ser algo distinto , es allí uno». (Se debe uno diri gir
a lo interior y en el luga r de ver uno no llegar ya a una ob servación
del uno distinta del observado r». Eso se ha convert ido , por la act ivi-
dad del observado r, en un sustancia en la que, sin quererlo, se con sa-
ara la irradi ación, por si deja de tomarse y transforma rse. «Tanto ticm-
(lO como él lo vea como un otro, tod avía no está en lo bello, pero
\ i él mismo llega a ser para ello, entonces él está sobre todo en lo be-
lto». Una vez que se ha visto la «energía » de esa «kcnosíso", se vuel-
ve de nue vo a Platón, en donde el yo y el ello se mantienen en estre -
cho enfrentamiento.
Lo que Plotino ha vivido con lo «bello» se repite en mayor grado
cun lo «bueno o el uno» (VI, 9). El no puede confo rmarse con decir
siempre, una y otra vez, que el alma va a un algo sin forma (d i
.r¡' f iÓt oJl, cap. 3), que aquel sin forma es asimismo sin la forma llena
del puro pensamie nto (ó:/LOe lpOJl Ót JHt t JlO J(Qi ¡LOQ.¡rih 1' 0'1n1¡ , cap. 3),
¡IIJC aq uello sea sin forma como anterior a toda forma (¿ " fiÓf O" Tea
'¡'ÓOu¡ &lI'{l I'TOÜ. Así necesitaba, pues, el hombre también una pecu-
liar manera para alcanzar ese alt ísimo. «No a través del conoci mien-
to, ni a t ravés del puro pensar, esto sería alcanzado, como las demás
entidades inteligibles, sino en una oposición que está más allá de lodo
conocimiento» . Y para ello debe ser también el alma de configura -
ctón particular, pariente de lo qu e ella quiere alcanzar, por lo ta nto
ct!a misma sin forma y figura . «Co mo se dirá de la ma teria que ella
tiene que libra rse de toda configuración concreta, si t iene que sopor-
lar la impresión por medio de todas las cosas, así, y más a mpliamen-
te, ha de ser el alma sin figura, si es que no tiene que haber con ella
nada sensible, que sea embarazoso para llega r a ser colmada e ilumí-
nada por medi o de la más excelsa ent idad» . Y si ella ha alcanzado
(" 3 meta , «entonces ve aq uello y enseguida a sí misma según la ley:
¡l s¡ misma transparente, llena de luz inteligible. mucho más pura luz
cltn misma , sin gravidez, ligera , con vertida en dios o más bien sién-
dolo» . Tan pronto como el alma ha llegado a ser sin figura como lo
uno, entonces siente por completo lo que no debe considerarse con-
tcmplaci ón sino unión (Wj &1' p.i¡ lwecr. p.i Jlo v ¿>..>.. . v"wp.iJlov cap. 11).
No se podría hablar de quien ve y lo visto sino de que a mbos son uno
colo. «Pues ni ve el observador ni diferencia, tampoco se representa
dos entidades, sino él llegaría a ser un ot ro y no él mismo y no está
illli como do minio propio, como propiedad de aquel otro ha llegado
¡, ser uno , unidad de inmediato, mitad con mita d». " , Y el t rayecto
II lJ se llama «contemplación sino ot ro modo de ver, éxtasi s y simplíñ-
ración, abandono de sí, ansia de tocar, paralización y sensación de
nuión. ' \
Cuando Ploti no toma como «el bien» a este elevado Uno, sigue
u Platón, se realiza como su exégeta (VI,8). y lo «epck cina» de ese
• «Keuosis » es el sustantive verba l corres p ondiente al verbo «vaci a r»; pod rlamos
nuducirjo po r " privación» y rererír to al act o mediante el cual el al ma pierde su indivi-
dualidad y se confunde con la divinidad en un t odo único. (N. del r .)
94 PLATON
elevadísimo bien, que el Sócrates de Lo República ha expresado, siem-
pre resuena en Plot ino : «No quiere deci r " más allá de todo ser" ése
determinado; pues no lo establece. y no expresa tampoco ningún nomo
bre de él sino se reduce sólo a que aquello no es eso». Pero claramen.
te no es menor la diferencia frent e a Platón . La vieja forma se ha como
penetr ado con una vida completamente dist int a. Que lo altísimo fue-
se sin forma ni figura, que el alma tuviera que llegar a ser sin forma
ni figura para alca nzar a aquél, de eso no hay nada en Pl at ón . Permi-
le a Sócrat es calla rse sobre todo de eso. Pero a él le hubieran pareci-
do esas palabras segura mente minimización y se llegar ía, en su senti-
do de paradoj as, a la subida que él esta blece en el «más allá de todo
sen>, am pliándola a un «incluso más allá de toda forma y figura».
y no le ha llegado el pensa mient o para deja r perderse el alma en algo
sin figura, podría no llegar nunca el habit ante de un mundo lleno de
figuras. Así finalmente tampoco conoce la unión extática del alma con
lo altísimo. Seguramente él se calla sobre todo de eso y Plot ino po-
drla interpretar en el sentido suyo este silenci o. Pero, como para Pla-
tón es impe nsable que alguien no se moldease copiando la imagen se-
gún la que está conjuntado, enamorado y maravillado, y como ta m-
bién la visión «de lo or denad o que se mant iene siempre de la misma
manera» por necesidad debe el alma hacer parecida a lo observado ,
a la idea (La República 500 C), incluso debe ser visto lo mismo sólo
en un alto grado de espiritualización cuando ella está próxima a lo
que está más a llá del ser. «Llegar a ser Dios», es el a fán de Plotino:
«No se trata de esta r fuera de defectos, sino de ser Dlos» (1,2,6). En
Platón se de nomina el objet ivo llegar a ser de for ma de dios, amado
de dios , ser parecido a dios, en la medida de las pos ibilida des 1<1. Y
no se trata de pura diferencia de palabras, sino que aqul se cambian
el ca mino dialéct ico de Platón y la «scala myst ica» de Pl otino, que ,
pa ra equivocación de aquellos que se fían de los nombres. se diferen-
cian por completo entre sí. Plotino dice sobre el objetivo má s cosas
que a partir de Pl at ón. Pero se debe saber que aqul no habla en nom-
bre de Pl atón. El camino de Plató n cond uce a lo secret o por medi o
del reino de las formas eternas. ¡Cu án llena debe estar el alma con
las figuras en las que ella ha contemplado los arquet ipos iguales a esen-
cias, que conserva frente a ella! Y así es el camino a lo «arrhet on»;
ta mpoco se tr ata de aquel Altísimo alcanzable por ejercicio pro pio.
Sino inclus o debe permanecer el alma frente a él en una ma nera llena
de mi sterio. no hun dirse en la corr iente 11. Con ello podrla, por me-
dio de la comparación frente a Plotino , llegar a hace rse claro lo ca-
racterístico de Platón; así seria medible lo que quiere expresar en lo
que él mismo ha debi do callar.
CAPITULO IV
ACADEMIA
11-:1sentido de lo fundación/
No era Plat ón muy libre sobre si quería «Forma r escuela» o no .
SI.' hab la encont rado en Sócrates una fuerza para la que pensar y en-
, r nar era una sola vida indivisible. hast a tal punto que no se puede
hablar a gusto de una filosofía socr ática que sea separable de su ense-
nar. Platón es, de una manera completamente dist inta, un pensador
teórico como su mae stro ; y, en lugar de momentos de profundo hun-
dimiento. que en la vida del Sócrates plat ónico quedan como algo ra-
I ns veces explicable, debe haber habido en Platón mismo largas tem-
porndas de pensar , investigar, observar y escri bir, todo a la vez. Pero
hasta tal punto es fuer te el impulso socrático. básico en él. que p u e ~ e
'l" visto filosofando y enseñando s610 como dos ext remos de la mis-
lila fuerza que irr adia de un solo medio. Así que, si es correcto que
In voluntad era ir a renovar la susta ncia de la ciuda d, ¿cómo lo po-
tiria hacer con los demás más que por medio de la ense ña nza? Así
dcju que Sócrates - prototipo e imagen a la ve;z- diga en el Menón
(100 A) que sólo quien fuera un hombre per fecto de verdad podría
convenir a algún otro en hombre politico; yen un famoso pasaj e del
(Inrg ías (521 D) se toma a sí mismo como la más alta paradoj a del
uutco que pone sus manos en el verdadero ofici o del Est ado y el úni-
ro, entre los hombres de su epoca. que se preocupa de los asuntos
rle la ciudad. Eso dice el propio Sócrates. que en la Apología partici-
pn su alejamient o del Estado con la demostración de que «necesa ria-
mente qu ien quisiera luchar en la rea lidad por lo justo. si ta mbién.
aunque fuera por corto t iempo , quisiera perma necer con vida, debe-
rfa ser un hombre part icular y no una persona pública » (32 A). De
\' \Ia manera se ha convertido aqu í en enseñanza el asunto propiamen-
le político.
Lo que ha debido ser para Sócrates es para Platón un fundamen-
10 tanto debido como quer ido. Sócrates entra en conversación pasean-
do con cualquiera y le instruye, por medio de su conv ersación cxa mi-
uudor a, en todo lo que qui era dejarse inst ruir. Si se relaciona con él
1111 círculo más rest ringido de jóvenes de los mejores, sucede así, se
podría pensar. como por una ley natural. Platón vincula su fu nda-
rh'm a un solo lugar. se preoc upa de su existencia externa, deter mina
IIn santuario de las Musas para su sagrado medio. Excavaciones de
l o ~ últimos diez a ños en el recinto de la Academia ha n sacado a la
96 Pl ATON ACADEMIA 97
luz los pó rt icos que se debían esperar y una inesperada inscripción
todavía del siglo V. por lo tant o más antigua que la fundación plato-
níca, con nombres que se repit en en el entorno de Sócrates y en la
familia de Plat ón l. A la pregunta de ¿qué era la Academia de Pla-
tón? sin duda no se puede responder mediante excavaciones.
Una escuela semejant e exige, como tambi én los pri meros adeptos
pod rían haber sido reunidos así, la consciente elecció n de alumnos ca-
paces. Eso confirma la Séptima Carla. en la que Platón habla de su
prop ia persona y ta mbién de la Academi a. El. primero, gradúa el ca-
mino del conocimiento hacia arriba. a las «formas eternas) y luego
lleva más lejos (343 E): «La conducción sobre todos esos grados, pa-
seando a rriba y aba jo de todos ellos co n esfuerzo, saca un conoci-
miento de lo que está bien pr oducido (objeto) en quienes están bien
pr oducidos (suj eto), En cambio, si est uvieran mal dispuestos-como
en la mayorla se encuent ra mal producida la disposición del al ma pa-
ra aprender y para lo que llaman carácter, que unas veces se ha dis-
puesto así y otras veces está corrompido- ni Linceo mismo podría
hacer a tales person as que viesen. En una palabra: quien no tuviera
afinidad con el objete, no podría proporcionársela ni la facilidad de
aprendizaj e ni la memoria. Pues en dispos iciones aj enas no radica un
principio; de tal manera que cuantos no estén ind inados y sean a fines
con las cosas j ustas )' las demás que son bellas, aunque, en cambio,
fuesen buenos conocedores de ot ras y al mismo tiempo las recorda-
sen, y cuantos sean a fines pero no capac itados y sin memoria, ningu-
no de estos aprenderá jamás la verdad de la virt ud ni la ma ldad en
lo posible». Fácil ca pacidad de comprensión y at enci ón aguda , con
una incli naci ón a la vez a la «virtud», fuera de «placer y de ot ras lu-
j urias»: eso es también lo que Platón, en otro pasaj e de la misma car-
ta A Y s.), elogia del joven Dión, por la época del primer viaje
a Sícilia, un poco a ntes ta mbién de la fundación de la Academia. Exi-
gencias espirituales y de cost umbres, exacta mente por igual, determi-
nan , en la utop ía de la ci udad, la elección de los capacitados par a el
oficio de filósofos-dirigentes: «Pr imero hay que con ocer su naturalc-
za» (485 A) 2, ¿Y cómo deben ser pr eparados ellos? Por buena me-
mori a y ap licació n, elevación de sentimientos, simetría y buena di s-
posición xaLf tiXae¡f ) se encariñan y familiarizan con la ver-
dad, just icia, valentía y «sophrosyne»> (487 A). Aquí concierta las
exigencias que Platón pone en boca de Sócrates, de acuerdo con las
que en la ca rta recoge por prop ia boca.
• El término griego «soohrosync» es mas preciso que el cast ellano «prud encia- e
indica más bien «autodominio». (N. del T.)
IU sentido de la Academia desde los Diálogosl
¿Pero son, pues, los diálogos una cop ia de la vida en la Acade-
mia? Ellos no lo pretenden ser, ya que inte rpreta n efect ivamente el
mundo socrát ico. Sobre todo, por el choque entre Sócra tes y fuerzas
enemigas de aq uello que allí es mostrado, apenas podí a haber sido
liado en ellos para la escuela un modelo inalt erable. Ypor ot ra parte
110 hay que pensar que la escritura de Platón pod ía haber existido sin
relación funcional con su doctrina - en el triple sent ido de que sus
diálogos aquí transmiten rayos de la Academia, allí envían rayos a
101 vida de la Academia y, finalmente, que la Academi a era el espacio
1.'11 el que sus escritos deberían ser «puestos en público» y conserva-
do!\ J .
Cuando, sobre esas cuestiones genera les, se ha intentado efectiva-
mente avanza r a lo concreto, se han establecido imágenes fantásticas
pur completo diferentes. Para el que se inspiraba en El Banquete, se-
ría la Academi a una especie de reuni ón festiva en la que predomina-
ha la locura divina y en donde se entonaban himnos a Er os o se discu-
lía la esencia del amor. Así lo han pensado, con la intención de reme-
morarto , los flor entinos. Si se echase una ojeada atenta al Fed án, se
llegaría a una secta de liberadores que se sumaba a la imagen de los
buscadores de salvación. Hay profesores alemanes que corren el ries-
go de confundirse con un seminario universitario, y el que pertenece
l\ una asociación de enseñanza ve sin querer en ella a la ciencia orga-
ui zuda actualmente en Academias. Muy dist into, a su vez, fue lo que
\ IKOOió en los denodados inte ntos del último siglo pa ra desentrañar
\ 11 esencia, tan buenos como para una escuela de matemáticas con un
Platón, en ella o ju nto a ella, que escribe diálogos filosóficos. Una
volu cosa hacen cierta todas esas imágenes cont rapuestas: que nunca
\ 1.'coge la totalidad, si se per mite que se convierta en absoluto un con-
tenido parcial; y otra: que se debe diferenciar, con más clari dad de
lo que comúnmente sucede, entr e la Academia como institución y la
Academia como espacio espiritual, que en la primera está mucho me-
nos pues to que en la segunda, y que nosotros, por suerte, podemos
saber más de ése que de aq uélla 4 .
En primer lugar, se podría tomar como única pretens ión para la
Academia de Platón lo que se halla como común en todos sus escri-
los : eso es, que incans ablement e se dirige al conocimiento, al saber
hacer, una conversación examinadora e investigado ra. Luego , sin em-
burgo, algo que, a modo de imán no sensible, da a todos los diálogos
el giro determinado, Todos se refieren a las ideas, se encierran en ellas.
FIl los comienzos se podría, de t odos modos, dudar si Platón cnton-
res «ya estaba tan avanzado». Luego éstos se muestran cada vez con
más claridad ante aquellos puntos centrales que fueron abarcados de
cerca o de lejos en las obras de madurez, Pues es la idea , secreta o
f
98 PLATON
ACADEMIA 99
claramente. el punt o de gravitación de toda obr a plat ónica; de esta
manera es el punto central , en todos los sent idos, la plato-
nica . Idea y ciudad tampoco son aquí separab les, smo que la Idea es-
tá envuelt a por la ciudad como la pepita y la semilla por la cáscara
protectora. Con ello se ve efectivamente de forma bastante general
el ensamblaje fundament al de la obra escrita que podr ia ser confiada
a la Academia. También la Academia era una comunidad dialógica
en movimiento. Tamb ién se encerr aba en el «eidos». Se podría decir
de eso más o menos: todo lo que allí era dicho se mantenía por eso
en primer lugar en un último sentido. Y rigurosamente era la Acade-
mia la que en cualquier modo. más lar de aparecerá más claro, se vuelve
hacia la ciudad. por más que o precisamente porque se apar tó de la
polít ica ateniense de su tiempo. Eso no podría ser de otra manera,
si uno se acuerda de que Platón encont ró el rei no de las ideas cuan do
buscaba la verdadera ciudad y de que fundó la Academia cuando creía
tener que renunciar a su objetivo de t rabajo par a la ciudad.
También a partir del Banquete y del Fedon se pod ría transferir
menos la «tendencia) como el movimiento funda mental de la Acade-
mia - y el lector moderno la ve fácilmente por si mismo en su más
agudo cont raste-oEl Fedón celebra el recuerdo de la muert e de SÓ·
crates. Y esto también fue celebrado por la Academia. Pero ante too
do enseña en aquella imagen de que el vivir es aprender a morir. Lo
que no significa abandona rse a la muert e sino más .bien vivir d.e cara
a la idea, y así el saber y la muerte dan su ley a la vida ; pero. Sin e.m-
bargo, o bien justamente porque la muerte corporal para esta vida
nada importa, sitúa un final muy lejos de est a vida. El Banquete ha-
bla de amor y de fiesta. Y, como en la ciudad de At enas ape nas algo
podría ser tomado más en serio que el juego de la fiesta, ha pertenecí-
do la fiesta en la Academia a la plenitud de la vida. A «Platón y Es
peusipo» se remite todavía la escuela aristotélica par a sus propios con-
vites de amor l. Pero más auténtico es el movimiento interior , aquel
«hacia ar riba» de la belleza sensible a la eterna, el ascenso a la idea,
Lo que todavía hay en ambas obras más opuesto entre flujo de la vi·
da y afi rmación de la vida debe mos tomarlo nosot ros, con nuestros
pensamientos, dentro de la Academia ". Pues así seguramente el «més
allá) del lugar del alma y el «hacia arriba», que es su movimiento ca
rrespondicnte, muestra n a este mundo, como enseña el Timeo, con
su or den por el bien del creador y lleno con las copias de las puras
esencias. Pero luego sólo el movimiento circular , alzarse y descender
en eterna cadena, llena t oda la realidad. Así se dice en La República
que quien ha dejado tr as de sí los más altos grados de enseña nza debe
ser obligado a regresar a este mundo y a realizarse en él (539 E). LI
fuerte energía que subyace en el «obligan>puede mostrar cuán difícil
era la componenda, pero también cuán inmort al. Y así seria ajustada
sól o luego la plenit ud de la vida que la Academi a for mulaba, si se
piensa que esas dos fuerzas del cosmos platónico, la que huye del mun-
do y la que vuelve al mundo, imperaba n equilibra damente en ella.
IS(k rotes y lo Academia/
A la vista de los diálogos se podría preguntar si la Academia se
l'eiHa más al maestro vivo o a la imagen del sabio Sócra tes. Pero eso
un sería ya luego exigir una diferencia más o menos, si se hubiera mos-
nudo cómo todo Platón ha recogido en si mismo todas las fuerzas
vitales de Sócrates 1. «Dejadme decir por mí mismo que ninguno de
vosot ros conoce a Sócrates; por ot ra parte quiero most rároslo a vos-
otros ». Esas son palabras del platón ico Alcibfades (El Banquete
l l6 C) l . Pero , tanto vio la Academia a Sócrates, por así decir, a tra-
vés de Platón, que para ella siempre significaba algo nuevo y ante él
revivía. Y que ésa era una comunidad de amado maes tro y amado
dtccfpulo lo confirman por todas partes los diálogos pla tónicos de ju-
ventud hasta el Fedr o. Pues se podría con razón guardar e individua-
hsur para recoger la imagen de la Academia a partir de él: no se pue-
dl' pensar en ella sin toda la fuerza en movimiento del gra n «demon».
M.is aún: ella es él mismo en una encarnación anta ño histórica y
ejemplar.
A ella Platón tras ladó en su propi a forma las afi nes y moldeadas
tuerzas que el, en el entorno de Sócra tes. habia experimentado consi-
lI n mismo y con los demás, con lo que surgió un producto que en su
ni igen se asemeja más bien en general al orden pitagórico. Con una
comunidad que se consideraba al modo de Pitágoras se relacionó Pla-
lbll en el sur de Italia. En La República (600 AB) se refi ere a Pitágo-
Iji " como «guia de educación» Tm óf ún), amada y mara vi-
llosa cabeza de un tropel de discípulos y fundad or de aq uello que los
wgutdores tardíos consideraron forma dc vida pitagórica (lIuOa yoQHo5
Il.Hílf05 TOV (3 iov ). Si se comparan las escuelas pitagórica y platónica,
U' ve, tanto en una como en ot ra, al maestr o como centro, en torno
ni cual mira , con particular admiración qu e llega hast a la apot eosis,
. u círculo. Aquí como allí es un objetivo la unidad espi rit ual de vida
rn conjunto del que enseña y del que aprende, qu e cont iene sin dife-
rcucíar religión y conocimiento, ética y polít ica. Esas dos asocíacio-
III' S se distinguen por completo de la enseñanza de los sofistas . Ellas
creadas, no hechas; son una for mación esencial, no una organi-
ración para un objetivo . En ellas el espí ritu , que los sofistas vendían
rmno mercancía, es un libre don del maestro , y por medio de la libre
«uuribución de sus miembros se mant iene su existencia externa . Se
encuent ran casi asentadas en el espacio y perdurando en el tiempo,
1'11 vez de, como los maestros ambulant es, llegar a establecerse siem-
pre otra vez en un lugar nuevo cada vez.
100
PLATü N ACADEMtA 101
Pero la comunidad platón ica, por su parte, se separaba asimismo
de 10 más parecido a ella por medio de l espí rit u de Sócrates. que se
hab ía int roducido en ella por completo. Sócrates, según unas bellas
palabras de Plutarco en las que sólo una carac terís tica auténtica del
Sócra tes platónico está fun cionand o. «ha hecho sobre todo huma na
a la filosofía por medio de la pérdida de nebul osas y por la senci-
llez» ". Para el que procedía de aq uéllas debían exist ir símbolos lle-
nos de misterio y cer emoniales. y también ascet ismo en vestidos y ali-
mentos, sólo vínculos apoyados en la zona de la superstición, sin re-
ferencia al verdade ro ser. El secreto pitagórico parece volunta riamente
afi rmado y refo rzado por prohibiciones silenciosas, mient ras que lo
platónico necesariamente crece de eso, de que el más excelso conoci-
miento «en ninguna manera es decible como los demás objetos de la
doctrina , sino que, a partir de una larga vida en común y de la Iarni-
Iiarizadón conj unta con las cosas. como una chis pa de fuego que sal-
ta de repente y enciende una luz en el alma , se extiende y se acerc a
desde ahora a si mismo» (Carta Vll, 341 C). Y, para delinear el con-
tr aste probablemente más agudo. allí distingue en «él mismo lo ha
dicho» cada pregunta. mientras qu e la gran herencia de Sócrates en
la escuela plat ón ica es que la Filosofia se reduce a una conversaci ón
entre maest ro y di scípulo y ambos. en búsqueda conjunta. suben el
ca mino dialéctico hacia las ideas y a lo que est á «más all á».
/ Orgunizacion y sentido de la Academia/
Esa ha sido la constante. En punt os particulares, sin embargo, de-
ben ha ber sido cambiados muchos. casi todos incluso . durante las cua-
tro déca das en las que Platón ha dirigido su Academia. l os joven-
zuelas. que se habian reunido los primeros en torno al amado maes-
t ro. se hacen hombres. Se van luego lejos, como Eu freo a Macedo-
nia , Co risco y Erasto a Assos, y asimismo llevan con ellos un tr ozo
de la Academia y Pl atón se realiza en extensión a través de ellos . Ot ros
se quedan más t iempo perteneciendo al bosque de la Academia y se
convierten a sí mismos en maes tros de otros discípulos. tal vez no de
la misma man era que hay en el Peri pato una or gan ización por grados
de «jovenzuelos» (JiwJiiaxot) , de «mayores » (1T Qf a{% u QoL) y de <de-
fes» (O: QXWJi) In. Así lo dice HeracIides P ónüco, el conoci do astró no-
mo , pol ítico y pol ígra fo, discípulo en parte de Plat ón y en parte tam-
bién del di scípulo de Platón Espeusipo 11. Si un hombre pr incipesco,
como Dión , va a la Academia , si un astrónomo como Helicón, si to-
__ - _ da una hilera de matemáti cos. además del alumno de Eudoxo, accc-
ieron a ella , si el propio Eudoxo era señalado como compañero del
culo platónico, la inicial relación de maestro y joven ya no está asen-
l· húla en un forma simple sino a través de un variado sistema de rela-
, :}
/
>
d ones humanas y espir it uales. También de eso da rían probablemente
tina imagen los diálogos . Cuando Ti mco expone su filosofía na tural.
Hermóc rates quiere hablar de política y Critias comienza su relato de
la ciudad. o también, cuando el «Extr anje ro de Elea» emprende un
lar go ejercicio dialéctico con los jóvenes conducidos a él. Sócr ates se
encuentra por allí present e sin tomar part e más que ocasionalmente .
Pero sin duda él, a pesar de todo, está present e po r allí y todo lo que
allí se dice tiene un últ imo sent ido en la referencia a su «doctrina de
las ideas». Igual mente Plat ón a veces per ma necería callado. cuando
- así podríamos pensar- Eudoxo disertaba sobre la teoría de los irra-
cionales o sobre las esferas de est rellas. Incluso callado. determina el
sentido que se experimenta ante todo eso, por el que no hubiera sido
presentado en el observato rio de Cízico sino en Atenas , en la Aca -
demia.
Si algún género de particularid ades podría ser aportado po r los
diálogos para la imag en buscada de la Academia. eso es la enseñanza
de los guar di anes en la utopía de la ciudad. Segurame nte esa ense-
ñanza en doctrina de los númer os. geometría. estereometría , ast ro-
nomía y armonía es una exigencia de la ciuda d ideal, Y. puesto que
la estereometría. que en absolut o estaba dada todavía. fue colocada
en el plan se muestra como ta mpoco aquí se puede proceder sumari a-
ment e. Pero en esencia la educación de los guar dianes no podía haber
sido pensada como diferent e a la de los alumnos de la Academia. cuan-
do ent onces, como ya se dij o y más adelante quedará a ún más claro,
la Academia tenía un sent ido de ciudad. Y que al menos la geometrta
era usada en tod as partes en donde se daba un discurso de enseñanza
académica. eso pertenece a lo conoci do por todos. Uno puede que-
da rse sat isfecho de sí cuando topa con aq uella inscripci ón en el par-
lón de la Academia que prohibía presuntamente la ent rada a todo «Ig-
noran te en geometría» u.
Ejercita rse en geometría , sin embargo. fue lo primero que Pl atón
exigió al joven Dionisia y pronto , a su vuelta - así dice un relat o
burlesco-e al pal acio de Slracusa. vio los mismos espacios, po r los
que ha bia discurr ido el bulli cio de la fiesta , cubiertos de polvo en el
que se dibuja ban figuras geométricas. lo que fue apostillado por la
oposición: tanto un solo sofi sta le había comido el seso que abando-
nó las ant eriores prerrogativas reales para «buscar en el círculo de la
Acade mia el bien silencioso y llegar por la geometrí a a [a per fección »
(11' 'Akaór¡w ír¡ ro aLW1fWI'O'OI' o:yo:Ool' kCÚ ÓH::t
1 l1 óo:[I' 0JiO' 'YtvÉaOw). De ma nera completa mente igual llevó a la corte
de Perdicas III de Macedonia el discípul o de Pl atón Eu freo los estu-
dios geométr icos «yen una forma tan insulsa organizó los asuntos
de la corte» - dice una inscripción host il a Pl atón- «que en el plan-
rcl cortesano sólo podían to mar parte quienes supiesen eje rcer geo-
metr ía o filosofía» .
102 PLATON
ACADEM IA
103
/ Contenidos doctrinales y hmít es/
Uno ha leido, a propósito de Lo Rep úbííca plat ón ica, que en Pla-
tón sólo se había llegado en las ciencias matemáticas a la especula-
ción con los números, o sea, al conocimiento apriorístico de las rela-
ciones y consonancias absol ut as de los números ". En ese punte es
seguramente correct o que él no quería comentarse con la astronomía
y armonía de <dos asl Ilamados pitagóricos) , porque ellos daban la
imp resión de quedarse fijo s en lo empírico (La República 531 C) . Y
el extra ño juego de números- ¡juego y realida d son hermanos!- , co-
mo los cómputos del «número de la salud» y del «número de la felici-
dad», en Lo República, o la construcción del alma del mundo según
princi pios armónicos, en el Timeo, muestran, tanto como las aspira-
ciones de sus viejos discípulos Espeusipo y Filipo de Op ur ue, a dónde
tendía eso ". Pero, por otra parte, no puede llega r a desconocerse
Que su alu mno Teeteto ha confi gurado la estereometría Que Platón
ped ía y Que el fundador de la ast ronomía matemática, el gran Eudo-
XO, con su sistema de esferas concént rica s daría la respuesta a la pre-
gunta, planteada por Platón a los astrónomos, acerca de Qué movi-
mientos ser asentados para «preservar los fen ómenos», o sea,
los movmuenros aparentes de los planetas IS. El contraste se pierde
de for ma Que entre los números y las figuras matemát icas griegas siem-
pre se ha resgua rdado algo Que, más allá de la abstracción sin color,
cobre un poco de belleza y magia. Para Platón era además esto dis-
t inti vo de que él eiercta y dejaba ejercer las ciencias matemáticas con
todas las fuerzas, de forma que ellas siempre tuvieran un sentido por
enci ma de lo que una ciencia particular era en sí, elevaran y conduje-
ran a lo más excelso. Lo contra rio hubiera sido también que lo que
enseñara fuera sólo erudición. Pu es en «arte de habla r, astronomía,
geometría y música» enseñaba ya el sofista Hipias 16. Pero el giro pla-
tón ico más peculiar es éste: las ciencias elevan al alma hacia arr iba,
a la verdad, está n dirigidas al conocimiento del ser eterno (527 B),
pur ifican la herramient a del alma (527 D), sir ven pa ra la búsqueda
de 10 bello y bueno (531 C). De est a manera tampoco se podrían estas
desarroll ar en nuestr o sentido. En efecto, la búsqueda individual por
todas partes por mor de sí mismo y más lej os está tra tada como algo
«ridículo» (531 A). Sin embargo la opinión opuesta, que sólo ha lle-
gado a absur das especulaciones, se opone no poco a los hechos. Y
también aquí se contempla sólo para igualar la estructu ra jerárquica
de la búsqueda académica y de la doctrina, cuando se piensa confrontar
mat emát icas, astronomía y armonía con una pasión, que no se siente
a part ir de la fuer za que se ori gina en los problemas parti cul ar es y
en su sino que, desde el obj etivo supraordenado, experimen-
ta sus Impulsos más fuert es tanto como sus paradas delimitadoras.
Propiamente los diálogos platónicos, que en absoluto tienen la in-
tcnci ón de interpretar la investigación y doct rina de la Academi a, de-
latan, pues, cómo Pl atón permite alca nzar su reino sucesivamente en
muchos aspectos, en los que ni de lejos en un primer moment o pre-
tendía haber pensado . y una y ot ra vez se recogen las mismas pre-
guntas por la est ructura y sentido de este cosmos espiritual. Se ha con-
templado , a veces, la divert ida descripción del comediógrafo Epícra-
1<.'5: Un discípulo de Platón es obligado, en el primer curso, a estable-
cc r rasgos diferenciadores entre anima les, árboles y lechugas entre si,
preocupado por la pregunta de a qué género pertenece la calabaza.
t' or estos es present ado Platón , y se le muestra sin dejar su grave re-
poso a causa de una molestia incómoda, intentando de nuevo orde-
llar el sistema. ( Pero ellos hacían divisiones»: Usenc r ha considerado
la realida d, que, po r medio de la caracterización fác il de los comedió-
gra fos, bastante clar amente como una anticipación del empi-
aristot élico, cuando él veta ese asunt o de ciencias biol ógicas en
conj unt o con las demás, en part icular con las mat emát icas, hablando
de una «o rganización del tr abajo cíenuñco» en la Academia. Por el
otro lado, parece qu e el comediógra fo efectivament e delata que aqui
\ C menos una dimensión ampliament e empírica que algo as¡ como
«delimitaciones» y ( divisiones» conceptual es, en las que de un lado
se debe pensar en el ( furor díchotomlcus» de los diálogos tardíos y
ot ro en el escrito de Espeusipo titulado Semejanzas ('O¡tOl Ó7llTB
' O¡tola ). Y ta mbién en la expresión algo sucia con la qu e un recién
llegad o médico siciliano confirma la «pala brcrta» de esos jovenzue-
los, dedicados a una conocida antítesis de esa investigación empírica.
A,í en efecto se une hoya Plat ón incluso el dar por bueno «menos
interés por la ciencia empírica de la Natur aleza » y el rehusar la fór-
mula de Usener, po rque ella mezclaba la Academia ateniense con las
empresas de enseñanza actuales, o a Plat ón con Aristóteles 17. Pero,
por otra parte, es sin embargo indudable que «e n la escuela del viejo
Platón ha bría sido considerado y comentado un mat eria l muy amplio
y un Ari stóteles pudo, en ese entorno, ap render a aquilatar el signifi-
rada de las particularidade s de las cosas, que más tarde serian tan esen-
clalcs para su forma de investigar» (Jaeger). Se podría también pro-
luiblemente (0 0 haber tenido a la vista ninguna leor ía positiva de las
plantas, en la clasificación de las plantas», así se habr ía trabajado en
cierto incidentalmente. Pues, para poder «hacer di visiones»,
han tenido que verse en la Academia bastantes «a nimales , árboles y
lechugas». Y, en realidad, desde la sistemá tica del reino animal y ve-
gctal , tal como por medio de Aristótel es perdura hoy, ya desde los
escasos, pero caractcnstícos , fragme ntos de Espeusipo se habria de-
most rado no menos que un bien académico 18, Si se piens a ahora en
el biológico de las especies, se muestr a esa latinización del griego
«cidos» como un símbolo: en primer lugar, que la sistemát ica toda -
vía usada actualment e se debió en su pr incipio a Platón, y, en segun-
104 PLATON
ACAl>H ll A 105
I
i
do lugar, que ha sido formada no a partir de una pasión por llenar
la realidad. sino porque el ojo de su creador buscaba las formas eter-
nas y su or den arri ba, más allá de tod o ser terreno.
A las ciencias matemáticas pert enecen en Platón. de distinta ma-
nera que en Demócritc y en Aristóteles, los principios de la Fisica.
Sin duda que en el Tímeo sirvieron para eso, cuando no otros ade-
más, los cuerpos elementales de los cuatro elementos. formados pre-
viamente de manera rigurosamente esrereométrica, en su constr ucción,
su dispersión y su nueva formación, que se muest ra en el carácter ar-
tístico medio mítico del libro. en absoluto para la Academia. Aristó-
teles cita la obra que denomina Divisiones de Plat ón para el número
tres de elementos. Jenócratcs, que debía saberlo sin embargo. atribu-
ye a Platón cinco elementos igual que el propio J cn ócr ares , Filipo de
Op unte, Espeusipo y Aristóte les han fijado el número cinco. Queda
Platón muy lejos de esta blecer dogmas sobre esos principios. Pero la
variedad de testimonios prueba que sobre los fundamentos de Física
y Cosmología habrí a realizado vivas discusiones en su círculo 19.
Fray además que tocar aquí otr o tema con el que tienen que ver
los tr azos de la investigación académica y que llegarán a esclarecer
su estr uctura interna: La geogr afía del globo terrestre lO. En el mito
del Fedón fue colocado ante el lector, como luga r del mítico suceso,
un model o suficiente, se pod ría decir, de la esfera terrestr e; como en
el mito del Final en La República un modelo suficientemente cons-
truido del edificio del mundo. La esfera terrestre es muy grande en
comparación con nuest ro «ecumene»>. Pues ése requiere un espacio
tan pequeño en la gran esfera que nosotros vivimos en el mar interior
(como ranas en un charco u hormigas». Nuest ro «ecumene» no está
colocado en la superficie superior propiamente dicha del círculo sino
en una elevación , de las qu e hay muchas situadas en esta superficie
del círculo. Pero la nuest ra es la única que podemos conocer. Pues
sólo las a lturas están llenas de aire, en el que respiramos, mientras
que la propia superficie super ior del circulo se plant ea en el puro
« éter» . Ese es un intento muy tempr ano, incluso el pri mero, de la ima-
gen del «ecumene», tal como fue ideado por Anaximandro: luego,
en un cambio inmediato de par ad igma de cons trucción y de realiza-
ción, a través de una serie de investigado res - sólo Hecateo, Herodo-
to y Dem ócrito serían considerados aquí- fue reconstruido para su
t raslado al círculo de la tierra de los pitagóricos. Pero no sólo fue he-
cho intuitivamente dónde y cómo vivimos, sino que un sistema de pa-
sillos y espacios subterráneos sirven de precedentes de una, hasta ellos
única. teoría geofí sica constr uida .
Eso es tod avía menos aplicable a la Academi a. aunque se pueda
• «Ecumene» se refiere al mundo hab itado por el homb re. (N. del T.)
pensar en ello. pues ya en Las Nubes de Aristófanes (v.200 y ss. ) Só-
crates est á guarnecido con un globo del cielo y un ma pa de la tierra
en el «pensadero»> de los sofistas. y en el «Testamento de Teo fras-
10)) [Di ógenes Laercio ,V,51) se mencionan en una sala del Liceo «Las
pizarras con los mapas» " . Pero en Platón hay aún un segundo cua-
dro de la t ierra situado al comienzo del Ti meo, con el fin de adecuar
el espacio para el relato de la Atlántida del Crítias. Otra vez el «ecu-
mene», inmoderadamente pequeño, yace sobre la colosal superficie
del circulo. Sin embargo las alturas ya no son nuestro espacio habita-
ble separado por otras profundidades sin número, y con ello ha caído
sobre los hombres una indescriptible desgracia. Ahora nuest ro «ecu-
mene» es una isla entr e muchas, a las que pertenece ta mbién la in-
compar able Atlántida. A todas ellas las rodea el «verd adero Mar»
que por su parte está encerrado dent ro de la «verdadera Tierra Fir-
me». Por si esto no present ara dificultade s empíricas para avanzar
desde nuestro «ecurncnc> a alguna otra parte y al verdadero conti-
nente, el viaje no estaría permi tido por fronteras física s, o casi se po-
drí a decir metafísicas, que son indescr iptibles para nosot ros, La su-
perficie superi or del circulo terrestre se ha convert ido ahora en pri-
mcr lugar en una unidad y la exploraci ón está abierta.
No SOIl dos fantasías que se encuentran sin relación en la creación
platónica, sino dos cuadros de la tierra pensados con rigor cient ífico,
entre los cuales hay una cont inuidad histórica. No sa bemos si Plat ón
mismo o a lgún otro ha reconstruido el pri mero en el segundo . Pero
ambos, incluso, pudi eron haber sido construidos fuera de la Acade-
mia: así se probarla. no obstante, una interesante parti cipación de Pla-
tón, una decena de años ant es. en el problema de la geografí a del clr-
culo de la t ierra.
y también aquí está cla ro que, por lo menos al comienzo, no ha-
hría una interrupción propiamente voluntaria de Plató n en la atenta
ojeada a la real idad . El cuadro de la tierra con las elevaciones sobre
lodo con la elevación de nuestr o «ecumene», es sólo, a l menos en el
milo del Fedon, el suelo apropiado para el dest ino del alma huma na.
1.;1 oposición mela física entre mundo de las ideas y mundo de la ex-
periencia sensible, est á aquí proyectada en la tierra. y se interpr eta
en t.a oposición de valor entre la «verdadera tierra», la super ficie su-
rcnor del círculo propiamente, que irradia en los más puros colores,
compuest a por las más ricas materias , y nuestro «ecumene», que, in-
sen ado profundamente en aquella superficie, sólo es un destello de
aquel señorío de arriba . Vivimos debajo, sin presentir que no vemos
• El término griego e rronnste non», usado en este comedia, fue construido burles-
rmnente por Arisl? fanes sirviéndose del sul1jo utilizado para designar los lugares cñ-
, 1;11('$. La trad ucción por «pensadero» es la más frecuente del mismo. (N. del T.)
106 PLATON
ACADEMIA 107
....
el verd adero cielo sobr e nosot ros, si no Que vemos, a t ravés del medio
turbio de nuestro mar de aire. el Eter hacia a rriba . Y el juez tendría
que si nuestra alma debería quedarse. en el futuro. en el
interior de la tierra o llegar arriba, a aquella verdadera superficie su-
perior en el puro «éter».
/ ¿Para qué la Academia?1
De esta manera, ciencia de la Nat uraleza y poesía mítico-met afísica
se int rod ucen fuertemente unidas en Platón . Y todavía una decena
de años más tarde se conserva en el segundo cuadro del círcu lo de la
t ierra. al menos en los nombres de «verdadero mar » y de «verdadero
continente», que fuero n usados así por nuestro mar y nuestro conti-
nente , dil uyendo como siempre el contras te de la idea con la apari en-
cia. El Todo es un símbo lo, como mucho se esforzaba Plat ón desde
la especulación en torno a una ciencia específica, y como mucho para
él, sin embargo, toda ciencia específica est aba bajo el precepto mela-
fisico. Y si se mira n ambas en conj unto, se podria vislumbrar cómo
ha sido eso realmente.
Asl pod ríamos comprender aquí y allí un lugar de investigaci ón
académica en la fantasía reproductora, nunca el Todo, pues perma-
nece callado el Todo en su tr ansformación temporal. Eso, que aque l
no permita conocer la estructura del Todo, sería muy po-
ca satisfactorio. Y si hay que insistir sobre ello para conocer lo bas-
sobre la organi zación del estudio, se llegaría por fin a la convic-
ción de que tod o ese desconocimient o es ta mbién menor en realidad.
Se llega a la Academia no como institución sino como vida. Yallí hay
unas tareas casi inamovibles: cómo y en qué or den también debían
llegar siempre los objetivos doctr inales al educando en el curso de la
enseñanza; todo debla, «t enia que ser usado para contemplación con-
junta, tanto según el parentesco de los objetos de enseña nza ent re si
como por la naturaleza del verdadero ser. Pues sólo tal ap rendizaje
se encuentra casi en su portador. Yeso es fa prueba más fuerte de
una naturaleza dot ada para la dialéctica y una no do tada . Quien pue-
da observar en conjunto, es propiamente un dialéct ico, y quien no,
no» (La República, 537 C) .
Plat ón no se dirigía sólo al intelecto, aunq ue él lo amaestraba mu-
cho . Pensaba en el hombre completo, al que enseñaba a diferenciar
eterno y cambiante con más clari dad que en su tiempo, y distinguía
entre el rango del «alma» y «cuerpo». Nosotros ya no vemos el géne-
ro que él sacaba, y con ello nos falta la más firme realización de la
Academia. Y, sin embargo, como en los Recuerdos de Jenofont e la
vuelta socr ática haci a si mismo se desarrolla en una conversación con
el pintor Pa rrasio y con el escultor Clitó n, que ap rendían de Sócrates
cómo se debía poner la vida anímica en la figur a humana, así t iene
que llegar a ser comprendida de una vez también en las obras del arte
figurativo aquella penetración de «Manía»· y dialéctica, de «pathos. ....
e «ironía», aquella nueva tensión ent re la parte de aq ul y más allá.
y la pregunt a es ta l vez más apropiada sobre que de platón ico puede
haber en un Apolo, Eros o Hcrmes de Escapas o Praxiteles !". No-
sotros vemos en el último encrespamiento de la superficie superior,
en la charla de los ciudadanos, tal como aparece en la comedia de es-
le tiempo, que se reconoc ía a los al umnos de Plat ón :!l. Se vest ían y
tenían mejor t ipo que la mayoría, hab laban y se movían con una re-
conocida gravedad. pero no se podí a en ese tiempo dejar de recono-
cer a un hombre t al, que era más exquisito y capaz de pro-
nunciar perfectos pensamientos l'raXf'll"m >"É")'HJ' / que
podio decir palabras no desmañadas/) . Llamaba la atención de cual-
quiera con:
Una túnica más blanca, aseado y fino el tr aje gris,
un suave gorrill a , bien torneado bastón,
ento nces, «se pensaba ya qu e se veía a la Academia completa» . O en
la Asamblea del Pueblo estaba «uno de los de la Academia, un alum-
no de Platón » éL.:
Llevaba el cabello cortado a navaj a - muy fi no,
dejaba la barba abundante sin afeita r - muy fina,
calzaba en los pies sa nda lias - muy fino,
con correas a la misma altura de las piernas.
Perfectamente blasonado por la riqueza del tr aje,
la respetable figura en un bastón apoyada ,
Al modo extra njero. no indígena me parece,
comenzó: «Hombres vosot ros de la tierr a at eniense... »
l a compacta mayoría de los ciudada nos sólo atendla a lo exter-
no, como se comprende. En Platón se destacaba [a postura inclinada
hacia delante, que muchos de sus alumnos habían imitado, o su in-
quisitivo ir y venir; un per sonaj e de comedia gritaba:
¡Oh Platón,
tú no sabes en absolut o cuándo la frente se arruga
y cómo un caracol dirige hacia ar riba solemne las cejas.
• «Manta» es el equivalente a (locura divina» o «exaltación» . en el sentido de su-
¡.....ración de lo particular, que apar ece en ot ras ocasiones . (N. de' T.;
•• «Pai hos» designa la «experiencia», lo que uno sufre. (N. del T.)
108 PLATON 109
Pero tan pronto como la gent e supiese lo que había tras esa fren-
le; podía saber que, bajo ese manto de la más fi na clase y con aque-
llos zapatos de cordones, avanzaba tal vez un hombre nuevo, prepa-
rado para la «areré. platónica.
La doct rina platónica y la formación platónica de hombres, tal
como ha llegado a ser notada hasta ahora . permanece todavía siem-
pre asentada en un último malentendido. En efecto, hast a ahora na-
da impide pensar en lo que significa Academia: fl ujo desde la reali-
dad, culto de la idea en el alejamiento del vivir , pura post ura «reórl-
ca ». y los de Plat ón estarían formados para no llegar más
a una perfecci ón para aira s que para ellos encerrados en sí mismos.
embargo, así no puede ser , si es que es algo de lo que antes se
di je: que la Academia tenía un sentido político, que ella no se refería
a la idea sino de inmediato a la ciuda d.
/ Eidos, pólis y Academia/
Platón ha encontrado el reino de la idea , cuando buscab a la ver-
dadera ciudad. «Eidos» y «pólís», la más elevada «thcoria» y la más
elevada tarea práctica perma necían para él unidas sin disolución . Eso
es lo que enseñaba , j unto a toda clase de libertad poética , el siempre
todavía fiel desarrollo de la Academia: la comunidad de filósofos de
la Polileía plat ónica. Ese círc ulo interno, qu e, como cent ro ordena-
do, encierra en si a todo el edificio del Estado, es conducido hacia
arriba , a la vista de la idea, por medi o de la educación . Sobre él se
dirige el ojo de los filósofos, pero siempre tiene que ser otra vez for-
zado a volverse hacia abajo, con lo que 10contemplado sería recons-
truido en la ciudad. Academia, la imagen empírica - o, platóni-
camente pensada, COP Ia - de ese circulo ideal tiene la misma forma
de educación: el camino dialéctico; la misma dir ección de la mira da :
hacia arriba , a la idea. Les fall aba una ciuda d real que los rodease.
Así la vuelta al tratamient o de los asuntos de la ciudad sólo puede
toma rse en el fondo, no colmarse . Pero si la relación de Academia
y guardianes ha de ser correcta mente vista, no fue un repentino deseo
sino una necesida d el que la Academia se volviese a la política at e-
niense; misma necesidad que había produci do al maest ro, según
su propio relat o, a causa de la imposibilidad de la realización en la
Pero, como Plat ón «siempre espe raba por la correcta opo r-
tunídad del asunto) hasta que por fin se dio cuenta de que sólo el
gobernante filósofo o el filósofo convertido en goberna nte podían lle-
var rectitud 23, se debe concluir así también que la Acade mia había
sent ido los sones estata les y esperaba ávida el momento en que ella
misma pudiera convertirse en el cent ro de una ciuda d ideal realizada.
Lo dicho se llega a con firmar por medio de una oj eada a la obra
escrita de Platón . La relación de esa ob ra escrita con la forma de la
Academia se podria pensar, incluso, ta n apartada que la correspon-
dcncía ent re ambas fuese en general: si se deja claro qué espacio exí-
gen, en la obra escrita, los diálogos de ciudad, .del político y de !as
leyes, es imposible pensar as¡ la Academia un aisla miento la CIU-
dad como el jard ín de Epi curo. Desde el dia en el qu e la visi ón del
rey filósofo apareció ante él, Pl atón ha siempre; e.n.el ca mpo
visual de sus ojos, la ciudad ideal que estaba sm parar dirigida al ser.
l-n su obra pr incipal la recon stru ye a partir de y muestr a a las
demás ciudades posibles como formas err óneas en di fer entes grados.
En el diálogo del Político se vuelve una vez más a lo transcendente
y coloca allí a la total ida d de las demás ciudades, una frente a ot ra,
corno el único arqueti po cuyas copias más o menos per-
fectas, serían las formas empíricas de En Las.Leyes, por
fin, lo deja incluso aparecer en el honzont; como apro piado
dioses e hijos de díose s», mientras que sen a una ciudad
de segundo orden ant e nuest ra mirada. Era la una. necesa-
ria irradiación de la linterna plat óni ca, por eso ta mbi én ella tiene. que
haber teni do mucho tiempo a la ciudad en su vista. Yeso lo confirma
Aristóte les. En el estrato más antiguo de su potníca, allí en
rodavla habla como un acad émico, es su int ención dirigir po r medio
de ella a la «mejor ciudad» 24. •
Platón no ha dejado pasar ocasión alguna de acumular expenen-
cías sobre At enas y las demás ciuda des de su t iempo. Eso aparece re-
cogido por su bosquejo autobiográfico en la Séptim'! Carta, y sus .es-
critos sobre la ciudad, ante todo Las Leyes. lo explican. Se
basta nte las Consti tucion es de Creta y de Esparta , sin duda mediant e
la mirada totalizadora de la Filosofía y no con la del Der echo Políti-
co. La educación fue así comprendida como la vida en y la
formación del poderío. En una Hi storia del fundamenh? dono .de las
ciuda des - la pregunt a iba sobre cuáles se han se
ha n hundido y por qué- se encierr a la comprobació n de la Constitu-
ción espartana como mezcla de reino de prosperidad y de zona firme
por eso (691 O Yss. ), un análisis que más tarde se lleva a ca bo en
Polibio y Cicerón. Cuando se refiere a otra parte, en Ta rento toda
la ciudad esta ría ebr ia en la fiesta de Dionisos (637 B), los de Locros,
que habían tenido las mejores leyes entre las ciudades del sur de it a-
lia hab rían sido asimismo sometidos por los siracusanos (638 B): eso
suena así como a obse rvaciones del viaje de Platón por It alia. Egipto
ser ía apreciado como una especie de prototipo, a causa dc la incf:">ll -
mens ura bilidad de su art e imagi nero y de su música a través de milc-
níos, y las palabras de «si tú allí contemplas, así llegarás a e.ncontr.ar.)}
enseñan claramente que aque llo cons iste en una cxpenencra de
(656 DE). La depredación del scñorlo persa será most rada y explíca- .
da (695 A Yss.), pero inmediat amente cae también la mirada en las
110 PLATON ACADEMIA 111
necesidades de pueblos primitivos: las cost umbres de los escitas en el
beber, de cart agineses. celtas, iberos y tracios (637 DE), la posición
de la esposa entre t racias y s ármatas (805 D. 806 8). Homero sirve
de demost ración para la sustancia pr imitiva de la cultura humana (680
B. 681 E). De ello no se usa nada para decir qué conocimiento de la
int rod ucción ateniense de las leyes - hasta las disposiciones sobre ubi-
cación de jardines y ut ilización publica de aguas- pertenece a esto
para poder reconstr uir la ciudad de las leyes 2S. Se ve sobre qué abu n-
dancia de experiencias se eleva la const rucción. Sin duda no hay nada
empírico, en el sentido del Aristóteles posterior que reunió toda la amo
plit ud de las Constit uciones en aquella gran obra de la Po!iteia. Pero
se deja ver aquí también una apreciación y observación muy vivaz,
domi nada siempre en todos los aspectos por el pensamiento de la «me-
jo r ciudad» . Es impensable que no hubiera tenido que estar. tanto
para la una como para las otras, en la Academia.
/ Teoria y práctica en la Academia/
Se podría entender siempre como «t eór ico» todavía. Pero la tr ans-
misión no dej a ninguna duda de que Platón y la Academia, a su vez,
fueron reconocidos como hecho político y han tenido realización en
las ciudades
l6
• Platón fue llamado por los de Cirene para establecer
leyes. pero se negó. Tampoco fue él en person a a Megalópolis, sino
que envió a Aristónimo, como a Elis a su «compañero» Formíón.
Quien allí dulcificó la constitución del Consejo de oligarquía ext re-
ma . En la mitad de los sesenta, busca el rey Perdi cas de Macedonia
a Plat ón para establecer un Consejo. Platón le envía a Eufr eo, quien
exhorta a la cort e a «ejercitar geomet ría y a filosofar» y por cuyo in-
flujo Perdicas se resuelve a dar al joven Filipo una parte concreta de
su tierr a en administración propia. Espeusipo ha indicado más tarde
a Filipo que él debía los comienzos de su poderío a Plat ón " . Tam-
bién hemos hablado bastante sobre Corisco y Eraste, a lumnos de Pla-
tón, que se traslada ron a Assos, en Eolia, Asia Menor , y que ent ra-
ron en estrecha relación con el dinasta Hermias de Arameo. Tenemos
la carta en la que aparece Plat ón como el consejero de esa alianza,
y sabemos que, gracias a él y a sus alumnos, Her mias t ransformó en
concreto la tir aní a en una suave y casi legal forma de dominio
u.
Se
reconoce aquí, como en la refo rma de Formi ón, el pensamient o de
Platón sobre el poder ; en la medida en que él se inmi scuyó en las ciu-
dades de su época, y el desarrollo político en esa realidad ter rena, que
fue transmitido a Her mias, puede mostrar con qué derecho fue juz-
gado Platón por tales cosa s como «político» - en el más concreta-
ment e mod erno sent ido de la palabra-; como el «ideól ogo a partado
del mundo» fue piadosament e considerado.
Un demoledor de la tir anía como Quión de Heraclea o Clot is, el
asesino del caudillo de Odrisía , se consideran como perte necientes a
la Academi a. Por otra parte, una hostilidad coetánea po r las di versas
revoluciones totalitari as que ate ntaban contra ciudades democráticas
ha hecho responsable a Pl at ón como maestro de un Eveo de Lá mpsa-
(O, Timolao de Cinco y Querón de Palene. la maliciosa cari cat ura
de que Querón se había iniciado en su violencia «con ayuda de la her-
mosa constituci ón y de las leyes ideales) b.: rijs .-:aAijs
II OAITE la s .-: a i TWP"ll"aeapop.wv Nopwp Ateneo XI, 509 B) , muestr a
mejor que muchas otras lo que se pensaba que la Academia era ca paz
de dirigir. De ella salió también el político ateniense Formión . Y, si
se puede dudar de si su parca po nderación de los medi os atenienses
ysu confianza en los macedo nios debía alcanzar las estrellas, en cual-
quier caso su pusilanimidad frente a Casandro. porque seria mejo r
sufrir una inj usticia que cometerla 29, le ha situado tras la mal enten-
dida doctri na de la primera gran obra de Platón sobre la ética de la
d udad.
Pero queda finalmente lo más importante: en su avance guerr ero
contra Dionisia, fue auxiliado Dión por la Academia y, si se lee la
referencia de Plutarco, se tiene completament e la impresión de que
una comunidad de eruditos, sólo consagr ada a sus estudios, se t rans-
forma de repente en algo distinto, como si el pensar y planificar dedi-
ende a la ciudad encont rase aquí su legítimo desarrollo. Uno mira otra
vez el «jardín» de Epicuro y está cla ro que en él sería imposible una
ocupaci ón semejant e.
11.0 práctico de Sicilia/
Así queda, pues, la mirada remitida a Sicilia y con ello nos topa-
riamos propiamente con el tr abajo práctico y polít ico de Platón . Con
razón: pues sólo de él, como su irradiación necesaria, tendría que ha-
hcr sido cont emplada aquí la Academia. El drama - la s personas im-
plicadas, además del prop io Plat ón. son: el joven Dionisia , que s.e
convirt ió , sin embargo, en el más indolent e y voluble de los prfnci-
pes, Dión. el príncipe relacionado con Platón en apasio nada amistad ,
que quería lo más excelso, sin estar completamente preparado para
ello y por ello se relacionó con la vileza de este mundo y se lanzó a
la culpa y ruina; su antagon ista, el astuto ca udillo popular Heracli-
des, ya flexible ya tenaz según que el asunto de Dión fuese bien o no;
Cnlipo, el Judas del círculo, y muchos otros caracteres que
luego menos claramente pr esentados- oEl dr ama se present aba aqur
corno conocido. igual que nosot ros en efecto. por las prop ias cartas
de Platón y por los relatos de los histori adores. conocemos bastantes
hombres y recuerdos JO. El j uicio sobre estas cosas es hoy casi unáni-
112 PLATON ACADHHA 113
me : aquí está el gran ejemplo de la pernici osa y también culpable usur -
pación de un hombre teórico en la zona de la acción JI .
Pero nosotros sabemos que Platón fue cualquier cosamenos un
hombre teórico en el sentido de Aristóteles o en cualquier sentido ac-
tual del término. Si él participa en un hecho político, no hay por ello
usurpación alguna de un recinto to talmente extraño. Más bien él vio
aqu í por fin la ocasión po r la que - como dice él mismo en aquella
carta-e- nunca había dejado de espe rar. Y si se dirige la mirada a la
totalidad de la vida platónica , se tiene que reconocer así que la reali-
zación, para un eupátrida de la rama de Sa lón, de su más prístino,
alto y legítimo impulso era la acción en la ciudad .
Platón tampoco ha vivido , a través de esto, algo así como el trági-
co na ufragio de su más osado proyecto. Con ma nifies ta desconfianza
hab ía ido a su segundo viaje a Sicilia y con mayor aún a su tercero.
¿O se tienen motivos para dudar de su expresa reseña? El describe
suficientemente cómo le había importunado Dión para que fuese allí,
después de la entrada en el gob ierno de Dionisia el Joven; el joven
príncipe y sus jóve nes pa rientes serían fáciles de ganar para el ideal
platónico; ahora podría cumpli rse la esper anza de que se unieran en
una sola persona filosofía y poder. «P ero a mi entender, así continúa
Platón (Carta VJJ, 328 B), «tenía miedo, en lo que atañe a los jóve-
nes, de por dónde podrían llegar a salí r: pues rápidos son los deseos
en tales gentes y muchas veces llegan a pos tu ras con trarias a sí mis-
mos. En cambio, conocía el ánimo de Dión, que era de nat ural sensa-
to, aunque ya más asentado por edad. Por eso, tras observar y vaci-
lar si debí a ir o no, sin embargo me arr astró el que era neces ario , si
es que alguna vez se debía t ratar de llevar a la práctica lo pensado
sobre las leyes y la Constit ución, y ahora era el momento de intentar-
lo: pues si persuadía a una sola perso na, estaría todo perfectamente
bien. Con este pensamiento, en efecto , y at revimie nto partí de casa,
no por lo que algunos creían sino sobre todo por vergüenza propia
de dar la impr esión de ser sólo experto en todo tipo de palabras y en
cambio no estar dis puesto nun ca a intentar nada de obra , y de arri es-
garme a traicionar primero la amistad y camaradería de Dión, que
se encontr aba en peligros no pcqUCÜOS». Y, en efecto, en don de el
movimiento es más fuerte le imp one una forma de pensar y narr ar
que conocemos en él desde el Cr íton. El momento que podia llegar
a suceder sería vivido con todo detalle. Ve a Dión, como desterrado,
venir a él lleno de recriminaciones y le deja exponer que Platón come-
tió traición, además de contra él mismo, contra la Filosofía: «Pero
la filosofía, cuyo panegírico tú estás siemp re cantando y que, en tu
opinión, permanece desoída por los demás hombres , ¿cómo no iba
a ser ella t raicionada j unt o conmigo, en la medida en que la tenías
en tus ma nos?». Así estric tamente no le quedaba a Platón elección
alguna. No fue ligero de corazón. «Abandoné mis ocupaciones dia-
rias, que en abso luto era n deshonrosas, y me entreg ué a un gobierno
autoritario que no iba de acuerdo ni con mis palabras ni con mi per-
sona. Sin embargo fui a él», así recoge una vez más al final sus moti -
vos, «Me libré de mi culpa cont ra Zeus, protector de los derechos de
hospitalidad, y me compor té sin mancha frente a la Filosofía, que se
hubier a convertido en objeto de bur la y censura si yo, llevado por co-
hardía o desidia, hub iese participado en alguna vergonzosa maldad».
Así habla alguien que tiene bastante conoci miento de los hombres para
hacerse ilusi ón alguna sob re las perspectivas de su empresa , pero una
just ificación es suficiente frente al amigo y la causa para toma r sobre
sí, a pesar de todo, la arriesgad a empresa. ¿Y cómo le fue en el tercer
viaje? En un pri mer moment o rehusó las exhorta ciones apremiantes
de Dionisia tant o como las de Dión. El príncipe insistía cada vez con
mayor apremio. Le envió un barco de guer ra , para alige rar el viaj e,
y a las personas con las que Plat ón más se había relac ionado en su
anterior esta ncia en Siracusa. Ellos contaban que Dionisia se hab ía
vuelto de lo más adicto a la Filosofía. Un manuscrit o del príncipe ha-
d a pendiente la suer te de Dión de si Plató n aceptaba la invitación o'
11 0 . Otras cartas de Arquítas y del círcu lo de Tarent o confirmaban
que esta ban de acuerdo con [os enviados siracu sanos sobre las incli-
Ilaciones filosófi cas de Dionisia y añadían cómo la llegada de Pl atón
sería del mayor int erés para sus relac iones políticas con el tirano. De
lluevo sopes a todas las cosas que le esto rba n para el viaje: «y así me
puse en marcha, enfra scándome en tales reflexiones, a pesar de que
tenía muchos temores y no vaticinaba bien alguno» (340 A). De esta
manera no habla nadie que resba lase con facili dad sobre dur as reali-
dades. Platón conocía a los hombres, y más que sexagenario iba por
el mar, sin falsas ilusiones en nada, pero en la convicción de que tenía
que hacerlo.
En la expedi ción guerrera cont ra Siracusa, que tuvo lugar irreme-
diablemente por medio del fracaso de su último viaje, to mó viva par-
Iicipación la Academia al iado de Dión. Su sometimiento a juicio an-
le la ciudad parece aquí encontrar su just ificación, muy poco así se
ha esclarecido el asunto - sin di rigente, como ella estaba en sentido
propio- oPu es el maestro mismo se se apartaba de nuevo por su avan-
l ada edad y porque, como huésped, Dionisia era sagrado para él. Que
l' l deseaba suerte a la empresa , después de que de una vez Dión se
había decidido a ello, nad ie puede dudar. Pero él no lo habla aconse-
jado y también sus discípulos sólo permitían permanecer no incitar.
Con consejos políticos se mezcla todavía una vez más, cuando los com-
nnñer os de Dió n, después del asesinato de su jefe, se dir igen al maes-
Ira , como part ícipe de sus planes. Y, en efecto, se pue de ver, en los
dos grandes escritos enviados por Platón, cómo es en la ideología po-
lítica que se le atr ibuye. La verdad es que nadie conocía con más fuerza
que él la realidad política concreta de los asuntos sicilianos. Sabía bien
114 PLATON
que «la gran ciudad de Dionisia el Viejo estaba puesta para salvar
a los griegos ante los bárbaros. así que se tenía sobre todo ent onces
la posibilidad de hablar por primera vez sobre una Constit ución»
(VIl,355 D). Y, en consonancia con esto, ante la perspectiva del peli-
gro capital que se ceñía a partir de Cartago y de los OSCOS, hace él
su advertencia política (353 E). Ese consejo gravita sobre una monar-
quí a, afirmada por medio de leyes, que aplaque la hos tilidad de los
pret endi ent es y proporcione una base firmemente apoyada y segura
a los gobernantes. ¿Hubiera tenido él que decir lo que los histori ado-
res polít icos de nuestro tiempo pa recen at ribuirl e: sólo un tirano del
tipo del primer Dionisia puede dominaros? Pero Platón era demasia-
do sabio y demasiado político para clamar por el héroe que es un t e-
galo de los dioses . Y lo que él aconseja a los partidarios de Dión es
10 que hab ía llevado a cabo He rmi as en Asia con éxito, por lo que
aquello en el oeste no podía ser inviable. Finalmente , ¿qué se sabe,
pues, en contra de la proposición de Platón? ¿Algo así como 10 con-
tr ario de 10 que él hacía y que pareciera miserable? Nad ie, sin embar-
go, sabía mejor que él mismo cómo un «cons ejo semejante a un de-
seo» (VII, 352 E) encuentra la realización en las rodillas de los dioses.
Así efectivament e todo fracaso no podía haber hecho a Platón
abandonar ilusiones que le hab ían llegado a ser por complet o extra-
ñas. Seguramente que debió afecta rle profundamente la muerte de
Dió n. El epi grama en su t umba , compuesto por él, da prueba de ello,
como también el que usó para citar en el final de la gran carta: «Así
yace él derribado, y ha desatado sobre Sicilia un inacab able dolor»
(351 E) JO. También le debe haber conmovido el que un miembro de
la Academia comet iera el vulgar asesinato de Dión, a pesar de que
hay que creer que también él mismo estaba ente rado sobre Calipo,
cuando dice de Dión: «Que 10 malo sería que a él le harí a caer des-
pués de todo, sobre ello no se hacía ilusiones; sólo le intri gaba qué
altura iban a alcanzar sus tonterías y sobre todo su maldad y avidez
en t odas las cosas». ¡Cómo tenían que ofuscarle a Platón todas esas
cosas!
Su nombre fue arrastr ado en la lucha de part idos aquí y allá, y
con tra las embestidas que le propinaban se defiende en su gran ma ni-
fiesta epistolar. Pero si nos ot ros podemos vislumbrar algo sobre ello,
su más pro funda acción es permanecer int act o. Había visto proba-
blemente suficiente maldad humana desde su j uventud como pa ra ha-
bcr podido aprender algo nuevo sobre ello. Que cada imagen de la
idea en nuestra existencia es una rea lización y un mezclarse con lo ma-
10, eso pertenece a las frases fundamentales de su doctrina. Pero su
alma no vivía insertada en el mundo pa ra cons umírsc en esas cosas:
ella per manecía con sus oj os fijo s en las formas eternas y dirigida a
la verdade ra ciudad .
CAPITULO V
LA OBRA ESCRITA
/ Pensam íenco y Iúgosl
Cer ta ins peuples se perdent dans leur pcnsécs; mais pour nous
autres Grecs , to ut es choses sont formes. Nous n'en ret enons que les
rapports, et, comme enfcr més dans le jour !impide, nous bátíssons,
pareils a Orphée, au moyen de la pa role, des temples de sagcs se et
de scíence qui peuvent suffirc a tou s les erres raisonnables. Ce grand
urt exige de nous un langage admirablement exact. Le nom mémc qui
le d ésigne est aussl le nom, parmi nous , de la raison et du calcul ; un
scul nom dit ces trois c1IOSeS »*. Así habla Sócrates en el di álogo Eupa-
linos ou l'archítecte de Paul Valéry.
Cuando los griegos descubrieron la Filosofía y se di eron cuent a
de que er a el lagos el que infiere la esencia de las cosa s, allí empezó
casi un poderío señorial. Cuando Heráclito habla de «ese legos» que
él anuncia, están así con él unidas sus propias palabras como la ley
eterna del mundo que siempre hace nuevos apéndices pa ra expresar.
se. En un famoso pasaje del Fedón platónico, en el que describe S Ó ~
orat es, según parece, autobiográficamente su desarrollo filosófico, es
el momento decisivo cuando Sócrates fluct úa de las «cosas» a los «l ó-
goi», de la especulación en Filosofía de la Naturaleza se remite al me-
dio que hace posible en todo principio la especulación. Así los «dis-
cursos: en Platón llegan a estar en una esencia viva que preexiste al
hablar individual , que debe llegar a ser realizada por el hablar . Eso
exige y conduce sin duda al aparent e err ar hasta su objetivo, corre
desde él, no permite dejarlo en la estacada , nos suena como un hom-
bre (/:JlJ7I" f Q &P/}QW1f05), se burla, pasa alIado de nosot ros, hace con
nosotros lo que qui er e y hay que ir allí a donde, como un golpe de
viento, nos arrastr a l.
«La gos» es desd e el principio discurso oral, y una primacía del
lego s oral frente a la escritura siempre se ha mantenido entre los grie-
- - -
* «Algunos pueblos se pierd en en sus pensamientos; pero para no sotr os , los grie-
~ " \ , tollas las cosas son formas . Nosotr os no reten emos de ellas mas que las relac¡o-
IICS, y, como encerrados en cl límpido día, cosntruimos por mcdio de la palabra, al
rgual que Orfeo, templos de pru dencia y de ciencia que pueden ser suficientes para los
hombres razonables. Ese gran art e exige de nosotros un lenguaje admirablemente exacto.
Jo:! propio nombre que lo designa es también el nombre, ent re nosotros, de la razón
y del cálculo; una sola pa labra dice esta s t res cosas». (N. del T.)
116 PLATON
r
LA OBRA ESCRITA 117
gas. Ningún dios entre ellos ha descubierto la escritura o la ha regala.
do al hombre, como Apolo el verso o el arte de tocar la cítara, La
escrit ura ha sido traída a ellos por un hombre fenicio y en ello, antes
del influjo oriental en tiempos de Alejandro, no estaba en par te algu-
na asentada una fuerza sagrada o mágica. No hay ent re ellos «[erc-
glíñ cos». Tampoco conocen el libro sagrado de las religiones asiári.
cas o bien tienen bastante con conocer eso en do nde nosotr os esta-
mas en la frontera de lo propiamente helénico, en los círculos
órficos ".
La escri tura ha sido par a ellos, durante cientos de años, un auxi-
liar. no un sustit uto, de la pal abra. El «epos» homérico sólo llegará
a ser escrito para ser transmitido. El poner por escrito un poema de
Pínda ro ayuda a la interp retación y al recuerdo. pero es vivo s610 en
la alta ocasión de la Fiesta, en la que será cantado en honor del ven-
cedor . de su hazaña y de su patria. Y no sucede de otra manera con
la interpretació n dr amát ica. En primer lugar. cuando se descubrió el
pensamiento. el pensamiento individual . tiene qu e establecerse el de-
seo de qu e ot ros ho mbr es lejanos también puedan reproducir lo pen-
sado en el silencio. Uno puede imaginar. no sin difi cultad, que las
sentencias de Heráclito hub iesen sido en esa misma forma palabras
públicas. como seguramente fue toda la vivaz poesía de Hesíodo . Con
ello. sin emba rgo, gana la escritura su personalidad frente a la pala-
bra hablada. Ambas jurisdicciones se desarrolla n extensamente en los
siglos V y IV, no sin apoyos. sin embargo. de una en ai ra, pero, con
todo, libres entre sí. cuando se compara la anterio r relación , casi uni-
dad. Cuando Plat ón escribe sus dr amas filosóficos. esto no les pro-
porciona, de diferente manera que a los pasaj es de Sófocles o de Aris-
r ófanes, aquellas horas en las cuales. y sólo en las cuales, ellos se ha-
bían «p ropiamente. vivido. Ellos al menos eran tant o para la lectura
de un indi viduo como para la lectura en un círculo dete rminado. Y
el coet áneo dc Plat ón Is ócrates, escribe, con la intención dc realizarse
polí ticame nte y de for mar en el discur so. tr atados retóricos y mani-
fiestos en la manera en que fueron pro nunciados en púb lico ante el
pueblo de Atenas o de los panhelénicos. No necesitaba mucho para
que la relación del «togos» hablado con el escrito fuera objeto del peno
samlento.
En él Plat ón filosofa ba y enseñaba ; pod ría verse como portador
de aquella fuerza- «Sócrates» que hab ía entrado completamente en
él-, Pero Plat ón ha escrito además libros, a través de una larga vi·
da , mientr as que Sócrates vivía tanto en la conversación que no se
le puede imaginar escribiendo. ¿No estaba entonces Platón allí. en don-
de representaba a Sócrates, influido sobre todo por él? De hecho se
descubre aquí, como en un símbolo, una diferencia. desde el comien-
zo, entre él y su maestr o. Sócrates recibía con aso mbro, en sueños
a veces repetidos . la orden: ¡Ej ercita el arte de las Musas} , y pensó
hil' la el último día de su vida esta palabra como algo que se corres-
llulldía con su filosofar; mientr as que la escr lrura de Pla tón muestr a
drhcr de escribir, como una irresistible necesidad de figur a, asi mismo
uqucllo era ya de don de nada en ab soluto percibía en sí mismo Sóera-
Il'\ . Pero. ¿cómo habría quemado para eso Plat ón sus tragedias, al
comienzo de su nueva vida. y empezado de nuevo desde el principio
ron tates representaciones que, sin embargo, nad a se había n pensado
I on toda escritura y todo arte? ¿Qué valor tenia su escrit ura que le
Impuso una coacci ón interna y que no parecía esta r de acuerdo con
el funda mento socrático? ¿Qué valor tenia sobre lodo escribir?
I. ogos y escritura /
Tuvo que tocar Pl atón aquí. al menos, la vivaz discusión que se
había desatado entre los maestros del habla de su tiempo sobre la re-
luci ón entre palabra y escritura; por lo menos la habrla alcanzado en
111 profundidad en que movía su propia problemática.
El ar te de la palabra. ejerci tad o desde mucho tiempo antes en la
prúctica , se contemplaba tam bién teóricamente desde hada una dé-
ruda, y también cómo se habia empeza do a utilizar las letr as como
«auxiliares de la palabra». Lisias tuvo entonces que convertirse en «es-
vrttor de discursos» par a los demás con el fin de ganar dinero. Pero,
rn primer lugar , con Isócrares, el mayor talen to ret órico entre los coe-
ulneos de Plat ón, venció el lagos escrito - siempre aún «discurso»,
II111lque escrito-e a l oral, como ideal de la «destreza» (a x" í,su a ) a r-
tbt ica sobre el discurso improvisado ). A part ir de su propia experien-
da construyó una doctrina y, como él mismo elaboraba larga y muy
cuidadosamente en el silencio de su cuarto de estudio sus «discu rsos
politices», en realidad folletos y manifiestos, así transmit ía a sus dis-
clpulos un comporta miento semejante. Pero eso levantó una oposi-
clón a la novedad, por parte de la fila de las cor poraciones que partl-
ripaban del arte or al puro de su maestro Gorglas. Documentos de esa
conversaci ón de dispu ta, a veces conducida de forma muy mor daz,
nos coloca n ante los discursos de ambo s líderes de palab ras, ls ócrates
y i\ lcidamante. Pertenecen a los aftas ochenta del siglo I V· . Plat ón
también vio ante él esa discusión cuan do compon ía el Fedro, el díálo-
1(0 que par te de las diarias discusiones de los r étores y conduce de nuevo
,1 la sit uación trans formada desde la que él. con inalca nzable vuelo
1'11 la «manía» de Eros . ha remiti do a la mayo r altura de la Filosofía,
Alcidamante (en su discur so - escrito- «Cont ra el propu gnador
de discursos escritos») se ve a sí mi smo como el hombre afortunado
cu discursos cap. 34). el que consigue sus discursos im-
provisados AÓI' 0l) sin una larga demora / de
/llanera naturat/ , cap, 29) . Por la otra parte frente a él se sitúa el «ar-
11 8
PLATON LA OBRA ESCRITA
J19
list a de la palabra» o «poe ta de di scursos» AÓI'WV), u,n nomo
bre que Is ócrares habla usado para él y que ent onces le designaba.
Eso es el hombre que elabora mucho con anter ioridad sus discursos
tranquilament e p.u-ñ :r(l{laO'xurijt). En Platón se pone S ócra.
tes, con irónica autodeprecíacíén, como improvisador inculto (lOu:., TIll
athOOXfÓHrtwp 236 D) f rente al hábil arti st a (ToulT7Ít 236 D, 278 E).
Lisias, que en largo tiempo con calma (l " n h>4 XQó"<t' /Caro
228 A i r xeó"o/ 278 D) hab ía compuesto su del amor . Segun
Alcídamante. es s6lo la palabra, que se eleva sin más del
lo ani mada y vivaz (tP.lfIlXÓt lun Jtai tii ca p. 28). Un di scurso escn
la ' no es, en sentido est ricto. un aut éntico «discurso» sino sólo una
copia, forma e imitación (trów>..o: )(Ul oxJÍ¡.KI Ta )( Ul p.tp. JÍp.aTa
t ilr¿¡v>"ó)' ov). No es igual a un cuerpo real sino a hombres esculpidos
o pint ados (xa A)(W" &"óeui",wv xo¡ >..,Oi"w" a)'a>..,uí'w" )(al
)' f )' Qa ll¡ÚPWP f"wwp ), es inmóvil y ta n inútil como ésos . En
el Fedro se llama a la palabra hab lada «viva y animada» (>.ó'Y0P f"Wl'1"O
)(ui lip.1/t vxop 276 A), y a la escri ta su mera copia (liL6w>"ov) . También
allí fue colocada la escrit ura en el lado de la pintura (0P.01O" f"w)'Qa<pi<,
27S O) . En su nacimi ent o son como vivas , pero se queda n allí sin roo
vimicnto (fOnjltfV Wf f"wpra) y sólo dicen siempre lo mismo s. y
cuando Sócrates añade luego que los discursos escritos «necesitan siem
pre de su padre como ayuda (& i n u (301180ii), pues por sí mismos no
pu eden ni protegerse ni ayudarse» (olí, ' ap.v PQ'(J8al ol lre
ÓVVQ'7lh av, w), es secundado así est a vez por Isócrates que, con oca-
sión de una carta a Dionisia de Siracusa , reconoce entonces por una
sola vez la desventaja de la palabra escrita frente a la comunicación
oral: «Cuando el que escribe está ausente, ent onces falta la ayuda pa-
ra lo escritos (fe'7p.a' roii Jan, cap. 3
6
) . Sin embargo es
finalmente en Alcidaman te tan fuerte el antagonismo frente a la pa-
labra escri ta como en Platón; no pued e, sin embargo, ser censurado
en ellos completamente lo que ambos escriben. Sir ve como una ex-
tensión de nuestra voz, da señal de nosotros, sirve para nuestra pro-
pi a memoria y como recuerdo casi ot ros de lo que dicho.
Así Alcidamante (29-31) . Y para el Sócrat es plat ónico la escritura es
recuerdo para nosot ros y marcas del camino para aquellos que vienen
detrás de nosot ros (275 O, 276 D). Juego ( walól á , 35) es finalmente
para Alcidamante, y como juego xáelP, wai f"up) permit e
t ambién Platón tomarla una vez (276 D) .
También aqu í se ve cómo la conversación vivaz de la escuela y de
la disputa había proporcionado un tesoro en mon.eda en el
que sólo se necesitaba int roducirse. Así el Fedro tiene el comienzo y
el ob jet ivo aparente en común con los representantes d.el art e del pu-
ro discurso oral. Pero eso sería sólo verlo en la superficie, y la pro ble-
mática, que existe en Platón desde el encuentr o con la por
completo di stinta de Sócrates, avanza a una pro fundidad muy gran-
de. El punto de partida es la ret órica; pero, después de que ha sido
considerado el a mor, qu e se arr anca de la palabre ría de I?s retores
y se coloca en su esencia propia como conductor has ta la Idea; des-
pués de que se ha sacado a la Filosofía como la única ver-
dadera y, por el contrari o, aquello que se to ma por elocuencia, c.s
go asf como palabreria: ¿qué validez tiene allí todavía la l.ucha di ana
de las escuelas para una composició n improvisada o escrita? Es ver-
dad qu e ni Alcidamante para ellos, ni Is ócrates se diferencian de Pla-
tón. ¿Esas señal es no está n lejos de ser «au xiliares de la palabra" , co-
rno el tío Cntias había dicho poét icamente heQJ4IlQ1' frg.
2, 10), muy lejos de ser una medi cina para memoria y sabiduría,
como el egipcio Theut h, el inventor de la escritura de letras, se vana-
gloriaba en aquella fáb ula del Sócrat es platón ico? ¿No pr?ducen ellas
más bien olvido en las almas cuyas fuerzas de la memona perrnane-
(en inactivas? ¿Y no sería una oposició n entre la posesión, aparent e-
ment e negra o bla nca, que se puede llevar a casa y la posesión rea l
que se lleva en el alma? «De la sabiduría tú creas en el alumno apa-
riencia , no verda d», así establece diferencias Ammón sobre el descu-
brimiento de Theut h.
Pero tampoco eso sería otra cosa que un juego de pensamient?
espiritual, sin mostrar las palabras «apa riencia", «verdad» y
durla» en su última profundidad, sin referirse al punto de mira de
toda la discusión sobre discur sos y escritura: la Filosofía . Se podría
tomar, finalmente, lo mi smo por art e del discurso, ya sea hablado o
escrito (>"f1't1 )'Qá",u 277 B): en donde esto va a lo Just o, hermoso
y bueno, allí también en do nde no-saber es ignominioso, no puede
haber una pregunta que el lagos escrito necesariamente considere co-
mo juego y no completamente en serio (277 DE) . Y quien piense ?O-
dcr dejar su saber como una «doctri na de art e» confiada a la
ra, y así aprehensible, debe ser muy iru:ensat o (275 9..lo escnro es
I igido. No puede dar una respuest a, mas allá de sus límites, a lo. pre-
guntado y no tiene protección contra ataques. ello .se .a
la sentencia socrát ico-platónica fundamental: solo hay Filosoffa, FI-
losoffa como una conversac ión sin fin que se renueva cont inuamente
;1 partir de la pregunta . Para ello ha y que escoger un verdadero di s-
( ursa filosófico, para dirigir la palab ra a uno si y a otro no -la frase
fundamental que, en oposición a la enseñanza de los sofi stas, debe
haber determinado el mod o de enseñar de Platón-, mientras que la
palabra escrita se diri ge a todos y a cada uno (275 E, 276 A).
lI.ogos y escritura en Platón/
Así de dubi tativo pensaba Platón , tras haber escrito dura nte toda
una vida libros, acerca del valor de la escrit ura. Pero que aquí no se
120 PLATON
L A OBRA ESCRIT A 121
despierta poco a poco una duda ta rdí a 7 , sino Que ella acompañaba
toda la obra de su vida, lo demuest ra un pasaj e de uno de sus diálo-
gos de j uventud, Protágoras (329 A), en donde Sócrates establece su
manera de conversar entre do s personas frente a los largos discursos
de los sofistas y políticos: «Cuando pregunta algo a uno de ellos. le
pasa como con los libros: no pueden ni respon der algo ni ta mpoco
preguntar a ellos algo de 10 que dijeron. suenan como vasijas de bronce
golpeadas . que siguen reso nando si no se las para. Así actúan tamo
bién los ora dores. Nada más que alg uien les hace sólo una peque ña
pregunt a, desata n extensa mente igual sus di scursos». Eso no es aún
toda la problemática que el anciano Plató n descuidaba. Pero. como
procedente de Sócrates qu e nunca ha pod ido escr ibir un libro, es ade-
cuada a él esa duda de ento nces sobre el valor de la escritura , y aquí
llegó a ser una convicción mant enida luego a lo largo de toda su vida.
Sus cartas concuerdan con eso que él deja deci r a Sócrates en los
diálogos 8: «Ten cuidado», escribe él en la Segunda Carta (entre 360
y 367) a Dionisia , «de que estas doct rinas mías no caigan en manos
de estúpidos. Pues, en mi opinión, no hay nada que suene má s ridícu-
lo en el oído de las masas, pero tampoco nada que sea más maravillo-
so y espirit ual pa ra los bien preparados) (314 A) . Ento nces Pl atón
mismo M= ha precavido bien. El, como diplomá tico que era , no ha que-
rido en absoluto rechazar a l príncipe de compartir su doct rina «en
palabras enigmáticas», difícil por de más, «con lo que, si a lo escrito
le pasase algo en tierra o en el sinuoso mar, quien lo leyera no lo pue-
da ent ender »: por otr a parte seguro que de este modo para el propio
destinatario permanecería también en enigma. Dion isia , en su fatui-
dad, ha bia compuesto un «Manual» sobre la Filosofí a plató nica, co-
mo cuenta Pl atón a los amigos de Dión en la Séptima Carta. Sobre
ellos debe de ir aquí, en la Segunda, la declaración al propio tir ano:
« j Procura que no tengas que arr epentirte de lo que tú ahora has deja-
do resbalar! La mejor preca ución es que sobre todo no se escriba na-
da, sino sólo que se aprenda. Pues lo escrito se le esca pa necesaria-
mente a uno de las manos. Por eso yo nunca he escrito nada sobre
esas cosas, y no hay escrito alguno de Platón y nunca habrá. Lo que
ahora se toma por tal - así se cierra an ulando secretamente o, si se
prefiere, con la más pro fund a broma- fue dicho por Sócrates cuan-
do era joven y bello» 9. Y en la Séptima Carta se mofa a propósito
de Dionisia, porque había hecho un manual a partir de lo que le ha-
bía llegado sobre la doctrina de Platón, por el propio Plató n o a tra-
vés de un tercero, y al mismo tiempo a propósi to de los otros que hu-
biera n hecho cosas parecidas a esas. «Tanto tengo que añadir sobre
aquellos que han escr ito o van a escribir cuanto dice n que saben so-
bre las cuest iones en las que me a fano , bien porque las hayan oído
de mí o de otros o las hubieran descubierto ellos por sí mismos: a és-
los no les es posible conocer nada sobre el tema , en mi opinión. Pues
110 son cosas suscepti bles de expresión como ot ras materias. sino que,
a pa rtir de la larga convivencia en relación con el mismo asunto y de
la compenetración, de repente, como de una chispa centelleant e, se
enciende una luz en la propia alma y se alimenta a sí misma». Y lue-
go, una vez más , después de que él, en unas pocas frases, también
efectivamente más ha j ustifi cado aquí que expues to su doct rina y mé-
lodo: «Cuando se vea un escri to consignado por algui en, bien en co-
sas legales por un legislador o bien en cualquiera ot ra meter la por cual-
quier per sona , es preciso sacar la conclusión, en una palabra , de que
no eran muy serios esos puntos, si es que él mismo es serio, sino que
esa seriedad se enc uentra en alguna parte en el lugar más hermoso
de su apa rtado U). Pero si fueron colocados por él en la escritura esos
lemas con verda dera seriedad, entonces (para decirlo con Home-
ro) no los diosas sino los mismos mortales destruyeron su razón»
(344 CD).
Hay una prueba de que para Platón la rela ción ent re discurso y
escrito poseía un sent ido simbólico . Pues la misma problemát ica se
repite una vez más en otr o lugar diferente. ¿Por qué se sir ve Pla tón,
en el pasaje de su car ta finalmente citado a modo de eje mplo, para
eso de que lo escrito no con tiene la última seriedad de un hombre ver-
daderamente serio, de las leyes escritas? ¿No debe pensa r en sí mis-
mo, que durante muchos afias escribia leyes, primero para Slracusa
y luego para la fantástica ciuda d de Creta? Yel que, en su último gr.an
diálogo, hace decir al Ateniense (858 E) que de todo lo que fue escruo
eran fundamentalment e las leyes de la ciudad con mucho lo más bello
y mejor y que ellas darán la medi da para tod o lo que un poeta escr i-
be. ¿Tampoco entonces era esto completamente serio para él? Y allí
lino se acuerda de cuán frecuentement e era designado como bro ma
y juego ('J'cuóui) aquello qu e, en su última gran obra, se elabora con
particular celo: la construcción de la ciudad de las leyes. «Eso tene-
lilas nosotros ahora que contemplarlo y experimenta rlo», dice una vez
el Ateniense (685 Al , «nosot ros que con las leyes hemos jugado
j uego educativo pa ra mayores ('J'f12i I'ó,""I' "l"a i t Ol' ITH
OW,peOl'a) , y así nos hemos ayudado en las
camino». De igual manera asimismo a veces. Pero una explicaci ón
por completo aut éntica y en serio de l profundo sentido de tales pala-
liras se infiere en el diálogo de El Pollt ico (293 ss.) 11.
/ Logos y ley l
El verdadero monarca, así se demuestra allí, se diferencia de los
demás dominadores en que (el conoci miento y lo justo» son conduc-
lores de su acció n (293 D), o, como sc menciona en ot ro pasaje, en
que él «con razón y ar te lo que conviene a cada uno distri buye entre
122
PLATON
LA OBRA ESCRt TA 123
los y lo ma ntiene y hace mejor en la medida de
posibílídades, . puede estar ligado a ninguna ley,
smo llene que poder discernir con entera libertad. Pues las leyc,
son. nglda.s y ponen obstáculos para la colmación de la vida. «Es im-
Sin embargo, que pueda pasar por sencillo lo que nunca
u. Para organizarse en su cometido, el sabio conductor de
debe da r ta,mbién. sin duda , leyes. Ellas s610 pod rían no obs-
y, 7omo ; 1las ha dado. él las podría apart ar, a su vez, pnr
propi a. ASI que Pl at ón está resuelto, al menos, a dar campo
libre 8.. la, voluntad. La opinión del gobernante s610 puede ser el puro
que hab,la a de él, y allí en do nde aqu el verdade -
ro pol ítico no eS,té, quiere decir toda ciudad empírica, debe seguir.
se a la ley lo mas ,fielmenle posible. Pues quien no quisiera preocu-
parse de las leyes ese trastocaría lodo cuando t uvie ra que hacer algo
antes de las leyes escritas. En efecto, siempre son las leyes un sedi-
mento de muchas experiencias, y buenos consejeros han moti vado al
darlas. Tamb!én son leyes «copias de la verdad»
:'1{ 300 C). Est ricta consecuencia de la leyes el segundo vía-
Je.(ol VTf QO{ rXoiit), en donde se rehúsa lo mejor. Y si el desconocí.
nuento osa sin leyes, sería lo verdadero una cop ia muy mala del
PUTl? conocimiento, que hace super fluas en la ciudad ideal las leyes
Aquí se la oposición entre las dos grandes obras pl a-
torneas s? bre la La República construye aq uella ciudad en la
que domin a el conm:lmlento y que, en consecuencia, no utili za ley al.
Las Leyes qui eren asegurar, un «segund o camino» ya que
primero, el que es.«para dioses e hiJOS de dioses», no puede ser tran-
sitado, la comprensi ón al menos de esa forma cercana a lo mejor por
medio de los más estrictos preceptos. '
Có mo, con todo eso, se habrá hundido la sonda en lo profundo
del pensar y ser platónicos lo muestran unas poca s frases pasadas por
alto (298 E y ss.)-. un desatino limitar al regente sabio por medio
de leyes y de precisiones de comportamiento. Para hacerlo notor io
pone Platón, en un irónico juego, al médico y al timo nel sabios efec-
tambi.én en su oficio, const reñidos como el po'lit ico por las
garannas e-leyes. decretos en cantidad y nor mas de
Y eso llega hasta una caricat ura grotesca. Se finge una
ley: SI alguno, al desempeñar el oficio del arte de conducir barcos o
de intro?uce ot ras informaciones fuera de aquellas que
es: ntas.o se a una particular de ellas
rcx i'Qct¡.¡p,o.Tct xcu: onovv 1rl Q¡ 7Q 7o müm ) , a ése,
en primer lugar, no se le tiene que considerar un ap licado a la Medici-
na o a náut ica, sino un observador de las estrellas
y un sofista Así pues, a ése, con el fundamento de que ca-
r!ompe a la Juventud y de que lleva a la Medicina y a la Ciencia Néu-
uca cont ra las leyes, se le deberla detener, procesar y, si era declarado
convicto de haber comunicado a un joven o a un viejo su influencia
contra la ley, condenar a las más altas penas. Pues nada puede con-
tlucir mejor que las leyes. Cada uno, asimismo, sabe lo que hay con
1:1Medicina y la salud o con el art e del piloto y las características náu-
ticas que le afecta n. Todo el que quiera puede, en efecto , tomar co-
nccímiento de aquello que permanece escrito y de las cost umbres de
los padres.
No se llegaría a reconocer que esas sarcásticas palabras tienen que
ver con el destino de Sócrates. y por una vez podemos ver clarament e
a dónde le lleva eso a Plat ón. El sabio permane ce sobre la ley, no en
el sentido de una voluntad sino como la más alta norma perman ece
sobre las normas más inferi ores. En donde no sea reconocido eso se
camina hacia el más vil asesinato de la just icia y en pos de lo indi vi-
dual: ( Todo oficio deberla caminar por completo y de grado en su
fundamento», y «La vida, que ahor a ya es basta nte dificil , ya no se-
ria, sobre todo para el futuro, digna de valor» 14. Así pensaba el Vie-
jo, al que por lo general se remedaba, que él había querido const reñir
a la vida en formas rígidas insoportables. Pero nadie ha sabido mejor
que Plat ón que lo de uno no se puede t rasladar a todos. La voluntad
co ntraria del tirano permanece en amplia oposición en el ext erior frente
al poderío libremente asentado de los regentes sabios. Pero la ciudad
recibe la jurisdicción mediadora para la que son una necesidad leyes,
aunq ue la ley no asegure la más elevada rect it ud (oú x d
J!Ó¡,tOs 294 O). Nos referimos a los grados del ser y del conocimiento
de Plat ón: El señor sabio represent a la superficie del puro ser y del
conocimiento, el ti rano la del no-ser y del no-saber, y las ciudades
con leyes pertenecen en múlti ple grado a la jurisdicción mediadora
del mundo cambiante. Con esto también está propiamente dicho qué
valor tienen las leyes. Como todo valor en el mundo cambiante, de-
pende de su participación en el «eidos»: as¡ son las leyes «ar quetipos
del verdade ro sen (,l t¡uíp.a m &X'I8f ias 300 C) . Yno llega con ello
finalmente en la obra a que en efecto al iado de las leyes escritas, en
el mismo grado del ser y valor, deben ser tomadas las no escritas, en
calidad de las más completas y puras tradiciones de los pad res 11. Por
otra part e, la escritura es sólo el símbolo más claro de la rigidez, o
sea, de la mat eria que está mezclada con las formas puras.
ILogos Y di álogo/
De la escritura de leyes volvemos de nuevo a la escritura de diálo-
gos, así quedarán clar as muchas cosas. No queda duda alguna de có-
mo Platón, en los años tempranos como en los tardíos, tanto durant e
la escritura de sus diálogos como en la de sus leyes, experimentó la
dignidad de pregunta de toda escritura, y que en sus escritos - también
124 PLATON LA OBRA ESCRITA 125
para lo que nos ha quedado de él y que nosotros a veces entendcmo
sus f!l ás elevadas creaciones, como las más elevadas, quizás, dQl
espmtu griego-e- no pensaba haber dicho lo más serio. Lo más se¡i
propiamente fue para él su filosofar y su doctrina, o sea, ñnalmenr
su conocimiento de dios y la conducción de los que acudían a él haslll
ese Pero el hacer diálogos fue para él un juego al qu
se ded icaba, «cua ndo los demás se entregan a ot ros j uegos, en un hall
quete o en algo parecido, se lo pasan bien». Así dice Sócrates en el
Fedro (276 D). Sin duda «es un juego muy bon ito frente a algum
de muy poco valor». le responde Fedro, «si uno sabe j ugar con paln
bras y conta r historias de la justicia y de lo demás de que tú hablas»
y Sócra tes asiente " .
El lugar que tiene en el mundo platón ico el «juego. nu
ha sido aún bastante determinado. Se recuerda en la parte final da
La República. La construcción permanece en los comienzos, son mo.
tr adas las constituciones ( corrompidas» y por fin se ha llegado desde
el recinto de la ci udad al discurso del alma individu al. Luego vienen
un par de palabras sobre el lugar de la ciudad ideal -«en el ciclo,
como modelo para él, quiere verlo y luego formarlo según esoe-; asen
tado como un sello bajo el Todo. Y, en efect o, un poco antes del rnl
to del Final, se encuentra forzado y cargado de apariencia el episodio
del poeta «Imitador» y la hostili dad de la ciudad plat ónica contr a
(X, 595. t:'- y ss.). ¿Por qué es eso tan importante par a Platón que I(
da un silla tan inesperado? ¿No ha puesto ya ant es la pregunta cuan
do él expuso la educación musical de los guardianes? (I1I, 394 y ss.)
¿Para qué entonces la nueva discusión sobre lo aparentemente ya con
c!uido? 17. No tiene sentido imaginable eso, si ya Platón no se reñe
re aquí a la propia creación de diálogos y quiere asegurarle el conve
niente espaci o en su nueva ciudad.
Al principio de este apartado (595 e y ss. ) se encuentra una teorfa
de la mimesis que nunca se ha evaluado correctamente, cuando se bus
ca en ella poco valiosa filoso fía del arte -una cosa asi no la pu
do concebir Platón en sentido propio 18_ en lugar de reconocer Ia,
armas con las que él había pensado golpear a los arti stas - esta vez
poetas- de su tiempo. El pintor es como uno que se coloca ante un
espejo y con él crea imágenes de todo objeto viviente, que de ninguna
manera produce una cama sino que sólo propor ciona ilusión, y por
eso lo coloca detrás del eba nista. No se not a la malicia y que Platón
no hubi era ju zgado así con la mirada puesta en Poli gnoto - ¿el «buen
pintor que pinta un modelo puede ser algo así como el hombre más
hermas??» (472. D) Per o t ambién ha pensado en la más joven
generael? n de pintores que, tanto por su comportamiento como por
su tr abajo, compara con razón con los «sofistas»: en Apolodoro, el
inventor del ilusionismo del «pintar con somb ras» (O" J< to:'YI2 Q' l"ia), que
Plat ón rechaza como una farsa; o en Zeuxis, al que, según el juicio
de Ari stót eles, le faltaba el «erhos» (de PoIignoto), que por ello sen-
tIa placer con todo lo particular y pintab a unos racimos de uvas tan
embaucadores que los páj aros picot eaban en ellos; o en Parrasio y
l' lI Paus ón 20. Dent ro de la creación se encuentran tales pintores mi-
mét icos en múltiples aspectos iguales al Eurtpidcs ta rdío y a sus se-
guidores. Uno ve en ellos al destructor de la alta tragedia y al que allanó
el camino para el drama burgués - que no formó a su pueblo de At e-
nas como Esqu ilo ni puso la inexorabilidad tr ágica frente a la caída
(lile sobreviene, como Sófocl es, por el cont rario, él mismo incrustó
en su poesía todo el movimiento en torno a éI
21
_ ; así quedaría cla-
ro cómo, en su arte, la mayoría común no podría ver ot ra cosa , Pla-
Ión no quería ver ot ra cosa que la imitación de la Nat ur aleza y no
J c una vez la más bella. Pero con ello ta mbién quedaba determinada
la mane ra, pues el arte de los señores proporciona antes para t odo
la medida, en la que se contemplaba a Esquilo y a Sófocles y se leía
a Homero , el abuelo de la poesía tr ágica . Así está claro por qué no
podía qui tar de su juicio tampoco a los viejos gra ndes maest ros, por
los qu e él mismo «a veces habia quedado asombrado ». Mímesis taru-
roca era otra cosa que la tende ncia real hecha consciente en el con-
cerno que la condensación le ayudaba a fundamenta r. Imitación per-
manece un grado después del verdadero ser, cua ndo el mundo de los
objetos, que el Pr oductor (ÓljJLWVe"'Óf ), con la mirada dirigida a las
for mas arquet ípicas, saca (5% B). Ella tiene «el tercer puesto después
del rey y de la verdad» (rei To'> TI '> &,,0 (j ao(>"t'w'> J<a¿ Tlj,> 0:>"lj8fim 597
E) y quien la pract ica no tiene sabiduría alguna sobre los objetos, ni
siquiera opiniones correctas . Tampoco nad ie, que compre ndiese a las
(los para crear la ob ra según el modelo del «eidos» etern o y a la vez
las copias de esa ob ra, habría dedicado la última seriedad a tal actua-
ci ón imitadora ({¡ri rfi TWP flóW>..wp Ó7JI.uovQ'Yia l a vToP &"'fiPO't (i-p
rnrouóá t u p) que le pareciera la ocupación capf!al de su vida . Gran
seriedad habría puesto él en la ob ra y habría intentado dej ar muchas
hermosas obras. ¿No hace en el Fedro (276 y ss. ) el mismo Sócrates
el contraste entre el «j uego» de escribir libros y la «seriedad» con la
que se impl antaba conocimient o en el alma? ¿No sospechaba el lec-
tor a quién se refieren las palabras también aquí en La República?
¡\ uno que es autoconscient e de poder crear tanto las ob ras como las
imágenes, y que por ello está suficientemente enterado del rango di -
ferente entre ambas acciones.
/ Poesta y di álogo/
Así es esto un indefinible enigma que lleva Sócrates ad elante cuan-
do se hace a Homero el t utor de los asunt os públicos, o por tutor del
126
._ --- - - - - - - - - - - - -.
PLATüN
LA OBRA ESCRITA 127
hombre parti cular, como Pitágoras ha sido para muchos «conducto¡
de la educación»; y asimismo Pródico y Pr otágoras, los sofista s, su-
pieron aportar a los homb res el convencimiento de que debían ir con
ellos a su doctrina. De hecho muestra cl 16n que tales opi niones dio
sobre Homero que hab ría tenido en cualquier época anterio r su buen
sent ido, pero ahora sólo podía distraer de lo esencial. ¿Licurgo, co-
mo funda dor del Estado, Pitágoras y los sofistas, como educadores,
estarían colocados frente a los poetas? ¿Pero incluso Platón mismo
no había fundament ado, por medio de Sócrates, a la ciuda d educa.
dora, que esta ba por encima de la de Licurgo como la idea po r enci-
ma de la copia, y que lleva ordenada en sí mi sma la educación pitagó-
rica como par te de una zona compendiada ? ¿No se ve qui én es el que
trata de pisar la pretensi ón al puesto de Homero? Y en efect o es-
t á su arte en su rango: es, como pura copia, un juego y no algo
seno ( t l l' cl't 7l"cnó,ál' TI VCi xcú OV rJ7l"O V01]JJ ¡.iÍ,¡;:r¡rJ I V 602 B). Nos da-
mos cuenta una v.cz más de que Platón ha designado su dialógica, en
el Fedro, como «Juego», y nos pr egun tamos cómo él ent onces habría
tenido que designarla en todo el mundo, si no es como mimesis de
la vida socrática; así es evidente que aquí no sólo habla de sí mismo
como fundamentador de la ciudad y educado r sino también como ar-
tista mimético.
Pero luego se trata de ras trear qué clase de lugar, dent ro del arte
mimético, se atribuye a sí mismo . Objeto de la poesía, se dice, son
hombres de acción ¡'¡"/-Iúm, 603 C), apasionados actan-
tes que se encuentran en fuertes emociones y en lucha cons igo mis-
mos . Héroes que dan rienda suelta a su dolor, personajes cómicos que
se portan sin dignidad. De todo ello ya tiene bastante nuestra alma,
y no se le debe mostrar eso que le daña, al desviar su proporción por
medio del mal ejemplo, sino lo que ayuda a que alcance ese orden
de la «ciudad int erior», la sede de la fuer za del pensamiento. Racio-
nalidad y tipo de esencia tranquila que siempre per ma nece igual (70
\C' g ov'1l 0¡¡ u x cú 01' /xli mlro cxlnw 604 E)
sin duda no es fácil de representar por el poeta y difícil de conseguir
increí ble, en consecuencia, para el observador. ¿Pero cómo ? ¿No
representado siempre ya Plat ón por todas pa rtes en Sócrat es ese tipo
de esencia? ¿No se muestra por él en el Fedón cómo despide a las mu-
jeres deshecha s en incon tenible dolor, amonesta y anima a los amigos
que llor an? ¿No nos damos cuenta , en El Banquete, de cómo el <do-
gos» supera el riesgo de t urbación cómica ? Y cuando luego se dice
que el poeta mimét ico pone por obra un mal orden de ciudad en el
alma de los individuos 7l"oAmícxl' {ÓiCi ExáoTOVrii l/tvxfí Ejl1rO lfil'
605 B) con quienes él con ello habría en lo irnlciona'l; así nos
damos cuenta de que Platón a partir de la obra llega incluso a orde-
nar el Esta do de los ciudadanos como el estado en el alma individual
para asegurar, tanto aquí como allí, el dominio de la razón. Así que -
daría aún más claro que ocupa el lugar que necesita inclus o quitar
n los poetas t rágicos.
Finalmente el resultado: en nuestra ciudad no tienen sitio todos
aquellos poetas miméticos y su abuelo Homero. Nosot ros toma mos
sólo himnos a los dioses y encomios de los mejores (Jwis XCiL
l -y x wlltCi TOis 60? A). Seguro que se tiene que tomar literal-
mente, en primer lugar. Pero luego uno se da cuenta de que El Ban-
quete y el Fedro están llenos de himnos a los di oses, que ha de ser
expresament e usado así, El Banquete corona, en el discurso de elo-
gio, al bueno de Sócrates. ¿Y qué son tod os los di álogo s platónicos.
en definitiva, sino encomios dirigidos a un Sócrates en concreto y al
más excelso «agathón»?
El «agon»» resuena una vez más en la obra tardía de Las Leyes
(SI? A y ss. ). El creador de la tragedi a hace int ención de
tratar algo en nuestr a ciudad. Pero nosotros, dice el Ateniense, so-
mos en persona creadores (7l"OOjTUi). Luego, si una tragedia es una
copia de la vida, es de esta manera nuestro fundamento de la ciudad
algo así como «imagen de la vida más hermosa y mejor» - que se pre-
sent a igualmente llena de ideas y es realizada por nosot ros-, la más
hermosa y mejor de las tragedias. Por eso somos nosotros vuestr os
rivales artísticos y antagonistas para el premio al más bello drama
(al'Ti uxvoi TE xcú rXl'TCi-YWl'wmi TOU xuA}.. íaTOv y carece-
ría de sent ido que os diésemo s un espacio vacante en nuestra ciud ad.
Más bien tendríais que poner vuestras composiciones frent e a las nues-
[ras, con lo que los di rigentes de la ciudad podrían comparar. Se re-
conoce lo completo de este j uicio. Se expresa claramente aquí tam-
bién la lucha del mundo . Ta mbién aquí está introducida en el diálo-
go. También podría llegar a estar colocad o el diálogo, como for ma
artística, frente a la tragedia, como forma artística, sin romper la ilu-
sión o la estructura . Pero ape nas se podría dudar de que, por lo me-
nos, está pensada en conj unto la lucha del mundo de la tragedia y
el diá logo filosófico. ¿Es que no ha luchado cons igo mismo, el pri -
mero, Platón en esta lucha, él que prete ndió llegar a ser un poeta
trágico?
Se trata, dice Platón en La República, de una vieja desavenencia
entre Filoso fía y Poesía (607 B). El conduce el «agon» contra la poe-
sía mimética, que ha predomínado en el viejo mundo del pasado, rom-
pe el primado de aquell a poesía y lleva allí a la Filoso fía, pero con
ella, igualmente, el nuevo art e mimét ico. Sin duda no se trata de una
mimesis cuyo objetivo fuera el placer. Esa nueva marcha hacia la ver-
" «Agom designa el certamen en un deporte. también el choque de la batalla. la
discusión en un juicio y, en elteauo, el cuadro de la disputa entr e [as tendencias con-
trapuestas. (N. del T.)
128 PLATON
LA OBRA ESCRITA 129
dad sería por ello no sólo, como la antigua, agraaable sino también
sería útil (ou P.ÓI'OI' a AAo: xcú W<pEAlWr¡ 607 D) para la ciudad y
la vida humana. Pero se mantiene la mimesis, con la que se coloca
en la «tercera plaza tras el rey y la verdad» Y si se ella se puede apro
ximar a lo serio, queda como j uego.
I EI valor del juego/
Aq uí es preciso recordar una vez más qué valor, no el más digno
pero sin embargo alto, ha dado Platón, quien como pocos dominaba
la ley de los grados , a la broma y al j uego. <dura con total seriedad»,
escribe en la carta a [os discípulos de Assos a partir de aqu el sencillo
tapuj o que ent onces apenas deshace, «el que no fuere alegre, y con
la broma, hermana de la seriedad» (hrop. vúJi T(n 07rovofi TE
&¡.tovo'f xa ; ry ri]s a¡¡- ouó1j s &óú, opij 1'I"móu'i 323 O). En el Timeo (59 C,
69 A) se llama a lo mít ico, es decif, a lo posible, discur-
sos del mundo cambiante, «un placer del que uno no tien e que arre.
pent irsc» y un «j uego medido e intelect ual» (¡u TgiO' }(O'i
1'I"mó¡á). Pues, elevados sobre esas ocupaciones, de las que en efecto
tratan tantas fuerzas del pensamiento , brillan los «dis curs os sobre lo
que es» (AÓ)'O' TWI' bI' TWI') como el objeto de nuest ra propia se.
rieda d (ha ¿v(( El{!' (J'/f ovóái'o/u v /aquettos sobre lo que nos afana-
mos!) " . Jue go, cuent os y sueños toma a veces Platón en Las Leyes
como la ob ra del legislador , a la que ha con sagrado dur ante muchos
años un trabajo agotador. Y sobre la relación entre los dos herma-
nos , j uego y seriedad, habla, probablemente en la manera más enér-
gica, en un pas aje de esa obra tardía (VII , 803 B): «La vida huma na
no es digna de gran seried ad ». Casi literalment e así había ya dicho
en La República (X, 604 B). Ahora va más lejos: «Dios es digno de
feliz seriedad, el hombre, por el contrari o, es sólo un j uguete en las
ma nos de Dios, y eso incl uso es lo mejor para él» 24. Así sin duda só-
lo puede ha blar qui en «di rigía la mirada a díos » (804 B). Y que el
hombre, con todo - probablemente incluso por eso-, es «di gno de
una consabida seried ad» (804 B), que <da educación seria par a naso"
tros el asunto más serio» (803 D) estaría dicho en la misma interde-
pendencia .;'Jn j uego tambi én la escritura, un j uego que se compara
con lo serio del filosofar y edu car de Platón y final mente del conoci-
miento platónico de dios, en consecuenci a un juego serio . Por eso,
¿po rque se establecen en una relación de imagen respecto a aquella
seried ad en sí? ¿Porque eso mismo es educar? ¿No es asimismo sólo
mimesis de lo crea do? ¿Tal vez inc!pso también un crear demiúrgico
con la mirada en los arquetipos?/
Se ve así que la lucha de Pl ató n cont ra la mimesis tiene ot ra dir ec-
ción todav ía. Con tra Homero, como fun da mentador de todo art e re.
prcsentativo, lucha Platón, que, a su vez, fue renombrado como el
uutor «homérico» en el escrito de crítica de arte más apro pi ado entre
los griegos l.Il/tOIJS ISobre elevación deestilol cap. 13), yeso con
un buen fundamento, ¿pues es que no hay en los di álogos platónicos
un tor rente de lo representat ivo, también de lo «homérico», incluso
lilas allá de lo que la poesía anterior ha bía creado como mímesis: SÓ-
crates de paseo con Fed ro, en el banquete, en el gimnasio y en la car-
rcl? También es aquella lucha contra la mimesi s ante todo esto: lucha
de Platón cont ra sí mismo , lucha del filósofo en él mismo contra el
poeta en él mismo, y con ello una vigilancia que establece sobre sí y
que sólo puede ejercitar sobre ot ros. La obra escrita de Platón es siem-
pre mimesis repet ida, pero se defiende del permanecer como mime -
vls . Asimismo, allí en donde parece establecerse con más fuerza como
obra de art e no quiere en definitiva ser leída como tal, sino como «exis-
rcncial» o sea, con la mirada fija: tua res agitur.
Ya la escuela de Platón se ha preocupado de la pregunta de la que
nos ocupamos aquí noso tros 25. En un tratado neoplató nico se ha
presentado la aporía de que el maes tro habla despectivamente de la
escrit ura y de que ent onces hab ía esti mado de valor poner por escrito
su obra. La solución rad ica en lo siguiente: había querido seguir tam-
bién en este aspec to a la divinidad. Como la divi nidad ha bía creado
tanto lo insensible como lo que cae bajo nuestros sentidos, así habría
él transmitido algunas cosas por escri tura y otras sin escribir. ¿Po-
drí a ser así pensado todo en las for mas fuert es del dogma neoplat óní-
co? ¿No parece al menos vislumbrado correctamente algo de la rcla -
ción en la que la creación y la escrit ur a platónicas se mantienen en
su filosofar? 26.
La vida humana un juego, el hombre un j uguete: y entonces ¡qué
fuerzas de la voluntad ética transforman al viejo Platón qu e así habla
de la vida y con qué responsabilidad ha visto ante sí siemp re con tra -
baj o esta vida! Dar leyes un juego: y en efecto, ¿no es ino lvidable la
imagen del Anci ano que, después de malogr arse todas sus esperanzas
polí ticas, para una fundación en la tierr a de Utopía, que est a vez se
denomina Creta, escri be leyes y siempre leyes? La escritura, la nueva
forma de arte y toda la filosofía dramática , un juego: y asimismo ¡con
qué pas ión artíst ica , con qué artística... seriedad ha jugado él durante
medio siglo a este juego! Así no se podría apartar probablemente de-
masiado de él, si se piensa en el sentido de su obra escrit a - por aho-
ra suficiente- según el arquetipo de los fenómenos que son sólo imá-
genes de las esencias, pero incluso como imágenes de las esencias ado -
lecen de todas las restr icciones e inestabilidad de aquéllas. Sólo, en
efecto, para el ojo que entiende de ser , corresponde enfocar al ser eter-
no y a lo que está má s allá del ser . .
I
,
I
i
I
SOCRATF.S EN PLATON 131
CAPITULO VI
SOCRATES EN PLATON
I EI «yo» del autor!
Hesiodo de Ascr a , con su yo ante los hombres, da el primer paso
en la Histor ia del espir itu europeo pa ra tal osadía cuando desde ese
yo se vuelve al tú, al lado de l más alto dios:
«j uzga según inflexible derecho
tú, Zeus ; yo quiero, sin embargo, anunci ar a Per ses la verdad.»
. La forma épica transmitida dej a tod avía más vencido el senti do,
de forma que aquí se ha desprendi do la cubierta bajo la que hasta
aho ra se ocu ltaba el yo del poeta, y se mide lo fuerte que tiene que
haber sido la tensión interior que, a partir del salto desde el sent ido
de los propios derechos, mej or que la fe en la todopoderosa «Dike»
de Zeus, j unto al movimi ent o del derecho, hacen se desarrolle en
la Tierra un dirigente" . Ese yo libremente establecido habla por mu-
chos en el futu ro. Habla de la poesía de la elegía y del yambo, de lu-
cha y amor , de neces idad y de la alegria de fiesta , ca nta en
de Sa fo y de Alceo'. y luego, cuando ha nacido el pensamient o, 110
dicen «yo» al menos todos aquellos pensadores orgullosos por sepa-
ra rse el uno del otro, y de las masas, cant ores y leyendas. l os vence-
dores de luchas y de carreras, asegura Jenófanes, «no son tan merco
cedores (del premio) como yo; pues nuestra sabidu ría es mejor que
fuerza victoriosa de corceles y de hombres». Parménides cuenta poé-
tica mente la visita a la diosa que le anuncia la verd ad. «Yo, como un
dios desterrado en medio de todos vosotros, también fui expulsado
una vez. v.», así habla Empédocles a sus conciudadanos. Y los que uti-
Iizan el nuevo ar te de la prosa no son menos amigos del yo. Her áclito
pone agud ament e las «palabras y obras, como yo las anuncio» con-
tr a (dos discursos de hombres sin ra zón», y su yo suena todavía orgu-
• Se refiere a las noticias acerca de su vida que nos da Hesíodo en Trabajos y [)im
que refieren el hecho de que su hermano Perscs habla conseguido ar rebatar le la hcre-
dad paterna, apoyándose en j ueces que se dejaban comprar; Hesiodo reacciona acon-
scjan do a su hermano sobre el cultivo de los campos con el fin de que no se piertln
por completo dicha heredad. De esta manera la obra comb ina la exposición dc un pro-
blema part icular y la necesidad de un calendario de orientaciones generales sobre el
modo dc vida de un agricultor cn esta época. (N. del T.)
llosa también allí en do nde, respecto a la sentencia de la unidad de
lodo ser dice oír «no a mi sino al lagos» {Frag. SO), Pues en él sería
percept ible el lagos. Sin un «me par ece» o «yo digo» o «me expresaré
con más clarida d», pocos, entre los fil ósofos de l siglo qu into y los
médicos que pertenecen a ellos 2, podrían ser considerados por su lec-
tor. l a nueva Historia se diferencia de toda crónica po r medio del
yo de Hecateo, de Herodoto y de Tu cldídes. Y la Sofística dice su yo
más en voz alta que en baj a. En eso no hay contenido alguno que la
línea socrát ica hubiera rechazado en algo. Jenofonte escri be sus Re-
cuerdos de Sócrates, en El Banquete ha estado él mismo presente y
la Defensa de Sócrates la abre y cierra con sus propias opiniones: en
suma, el yo de l escritor de memorias se introduce en IOdo lo que él
ha escrito sobre Sócrates.
Uno t iene que atender a estas cosas en su sent ido y luego mirar
en relación con Platón . Platón ha escrito , a lo largo de cincuenta años,
par a el mundo coetáneo y para el mundo posterior. Per o, además en
algunas cartas , que fueron compuestas para un circulo más reducido
y con un objetivo determinado, nunca habla él por propia perso na l .
Uno piensa lo que Quiere deci r: ¡Pl at ón no ha querido que
oyéramos su yo! Y su nombre, que asimismo en el circ ulo socr ático
tenia que significar algo, aparece muy raras veces en sus propios diá-
logos y sólo casi en el mar gen. En la Apologla, Sócrates mismo men-
dona dos veces a Plat ón como situado entre los amigos más cerca nos
y con ellos cuenta para librarse de la acusac ión. Y, como por el con-
1rurio, el Fedán se refiere casi por encima a la ausencia de Plat ón en
la muerte de Sócrat es: «Plat ón, sin emba rgo, creo que est aba enfer-
11I0» . Ahí se lee ent re lineas -sólo que menos festivas- lo que Dan-
1(.., que sin embargo conduce a su yo por todos los reinos, dice a ma-
llo de just ificación allí en donde po r única vez en todo el poema toma
nombre propio: «la necesidad que aqu í impulsa a hablan>.
/ 1"0 presencia de Sócrates en fa obra plat ónica/
No menos maravill oso que el silencio del yo plató nico es un se-
gundo detalle perteneciente a ese uno que, en correspondencia, se ma-
nifiesta como necesari o: es la importancia de Sócrates en la obra pla-
tónica. ¿En dónde se conoce un ejemplo de eso de que un filóso fo,
a lo largo de una década, en lo má s importante que pudo compartir
ro n los hombres se pueda decir designado, se pueda decir encubiert o
a tra vés de un nombre distinto, el de su ma estro? No hay escrito algu-
11 0 de Platón, a excepción de Las Leyes, que es ob ra tardía , en el que
xócr at es no estuviera presente. En la mayor pa rte él se encarga de de-
cir lo decisivo, o al menos fue dicho ante sus oídos. Uno pregunta
lo que significa el predominio de esta figura en la obra platónica; s é-
133 SOCRATES EN PLATON
No necesita en absoluto hablar de lo humano que había ent re él
v Sócrat es. El discurso de los antiguos desp rende vapores y crea con -
uus tc: «un viejo amigo amado por mí, Sócrates» álloga ¿/-l o¡
:CwxgáTl}) y (muestro compañero Sócrates» (ro" h a tg o"
Habría sido Sócrat es para él sólo eso, de forma que diera co-
IIIn enigma la escritura de Platón y el dominio que Sócrates ejer ció
1' 11 él durante una década. Así tiene razón la biografía en sentido par-
rlcular cuando hace el encuentro de ambos como leyenda. Sócrates
ve. en un sueño, sobre sus rodillas a un jov en cisne qu e inmediat a-
mente echa a volar y que marchará volando bajo un dulce canto. Pla-
11 \ 11 rompe las tragedias, que él entonces habría queri do presentar, de-
lnntc del teatro de Dionisos, cuando ha oído a Sócrates. Sócrates tie-
uc que haber sido consciente de que estaba allí la fuerza que le arr as-
nu ría tod a su vida. Nunca llegaremos a saber en qué for ma se ha de-
uurollado el encuentro. Pero no haremos nada incor recto en ello si
111 1roducírnos a Platón entre los Carmídes, Lisis y Menexenos que es-
ruch amos al iado del nombre de Sócrates, quienes pudieron, a ruego
Ik sus padres, ser alumnos suyos; los que, cuando él se ha sentado
\' 11 el vestuario del gimnasio, se int roducen de improviso y le rodean
luego cuando habla. No suena tampoco cómo se experimenta eso que
\'1joven Ar fstídcs dice a Sócrates en el diálogo Teages: «Me pasó a
Illi, cuando estaba contigo, con tal de estar en la misma casa, aunque
II n en el mismo cuarto; y cuando estaba en el mismo cuarto, mientr as
t ú ha blabas, te miraba y cada vez me parecía como si mirase a un si-
tio diferente; a partir de entonces más y mejor, sin embar go, me en-
cent raba cuando estaba cerca de ti y en contacto conti go». Nada ex-
truño, sin duda, que los hombres de hoy considere n esto en for ma
rt .arelaci ón Platón -Sócrates/
1'1omite un tercer acontecimiento, a pesar de que , como muestra la
lp% gü¡, le hab ía producido una gran impresión: la oposición de SÓ-
\ mtcs contra la sentencia del tu multuoso juicio en el proceso de Las
Al glnusasv. Sólo permite vislumbrar que Sócrates había conocido en
la medida que en todas las cosas es «justicia» y «piedad», y no
,Ilre que reconoció la «verdadera Filosofía», a la que él se había vuel-
11 1en ese suce so en la justicia y piedad de Sócrates. Pe ro no necesita
decir lo que todos saben.
• Se refiere al jui cio contra los generales en la batall a de las Arginusas, en los años
dl' decadencia. Dicha batall a habí a resultado una victoria at eniense, pero los generales
1'" habían recogido los cadáveres de los caldos en la misma , ya que una tempestad exl-
que retiras en los barcos. A pesar de todo , sin emba rgo fueron condenados a muer-
h', pese a la oposición de Sócrates. (N. de! T.)
PLATON
lo puede dar razón de ello, por cons iguiente, la propia obra. Per o e
razón tiene que pas ar, en primer lugar , por la superficie de la vhl
de Pl at ón: Plat ón ha tenido en su vida un destino en el que todo I
que en él entra -ccncucntros con gentes, con el mismo Dión, amplf
viajes, incluso con los pit agóricos y sacerdotes egipcios, acciones pu
líticas, la propia int romisión en los asuntos de Sicilia- se convertí
en un episodio. Luego todo eso ha dej ado en su obra huellas más
menos claras, pero, con todo, nada más que huellas. Y se plant e
al contrario, la gran extensión de este destino. Este destino se Hum
Sócrates .
En ningun a part e nadie, tal vez, se percató con más claridad d
«h álito de fi nal» del tiempo en el que Platón fue un hombre que ..
maest ro de la comedia polít ica. El gran Búpolis, después del írrcm
diable desast re de la expedición a Sicília, en su Dcmol, manda a hu
car a los viejos políticos al mundo subterr áneo, porque los pol itiqui
1I0s de su tiempo llevan a Atenas al caos. Un año antes de la con qui
ta de la ciudad por Lisandro, present ó Arlstó fanes, en Las Ranas,
los grandes poetas t rágicos tambi én desde el mundo inferior «porqu
tú no puedes encontrar ya a ningún creador, por muc ho que busque s
que pueda hacer sonar una palabra auténtica». El comediógrafo n
quería darse cuenta de qu e también él cantaba el canto del cisne d
su propio arte, la gran comedia ant igua. Asimismo en las art es figu
ratívas, después de Fidias y de la generaci ón de sus discípulos, habl
qu edado como nueva tarea luminosa una palpabl e debilidad que pn
rece per durar a lo largo de la década 4 . Los bri llantes po rtadores de
movimiento sofístico o bien han muert o, como Prot ágoras, o está
viejos y lejos de Atenas, como Gorgias. Y la decadencia del aparará
est at al y humano, que ellos con su t rastocamient o t eórico de las no
mas ha brían anunciado ya como consecuenci a, se muestr a, alojo ave
zado, en la escasa dirección y en la incapaci dad de los grandes dir!
gentes incluso para pretende rla y queda clar a tanto en los fracaso
exteriores como en las revo lucio nes internas y en las acciones escan
dalosas de los en otro tiempo poderosos. Platón vio la ruina del vie]
orde n con los ojos ab iert os y tan clara como él, por nacimiento y de
cisión propia, experimentó el dedicarse a participar en la vida de eS1
ciudad y «como muchos en cuanto llegan a la mayorí a de edad pensa
ba ir a los asuntos públicos», yen la caída vio una cosa firme: a Só
crates.
Platón pretende hablar de su propia evolución sólo en el pasaj e
autobiográfico y serio de su gran relato de rendición de cuentas . Mues
tra cómo había reconocido el desastre general y la ruina creciente, y
cómo sólo Sócrates se mantenía en pie, frente a su tiempo, en los dos
grandes momentos en que él se rebeló contra la revolución de los Trcin-
ta y en el que la restauración democrática se desembaraza de su ínso-
po rtable amonestador. Platón de ningún modo pretende ser ínt egro.
132
134 PLATON SOCRATE5 EN PLATON 135
no platónica y mezclado con «fenómenos ocu ltos», porque les faltll
la experiencia. ¿Yen realidad hubiera podido Platón escribir todo eso
que dice de Sócrates Alcibíadcs en El Banquete sin haberlo experl
mentado en cont acto con Sócrat es en persona? «Si alguien te escu
cha, a ti o tus palabras por boca de otro, puede quedar asimismo com
pl et amcntc pr endado, ya sea muj er, hombre o muchacho el que te oye
ra, así quedaría de atónito y como en destierro», «Cuando yo te oigo,
me da un salto el corazón mucho más que el de los danzantes y S ~
me caen las lágrimas bajo tus pal abras, y tambi én veo a muchos com
port arse de esa manera», «Este Marsias a veces me conm ueve de foro
ma que [a vida que yo llevo no me par ece digna de vivir». ¿No se de
be creer, incluso con un fundament o mayor , que el encuentro, que
encadena de por vida a Platón, no pudo haber ocu rrido sin la fuerza
del gran demon? En efecto, ¿es posible sin éste, sob re todo en la Are-
nas del siglo v, un encuentr o semejante ? ¿Y habría mostrado Platón,
en sus escritos, a Sócrates más o menos siempre como amante , si no
hubiese estado jamás en relacione s con él? Y, en definitiva, ¿hubierll
podido Plat ón dar en su imagen del mundo ese espacio a la fuerza
que él denomina Eros, si no hubiera realizado todos los encuent ros
particular es a partir de él?
El acto más fuert e de ese amor y la proximidad a ese individ uo
peculiar han reconducido al joven Platón por todos los cauces a par-
tir del destierro que parecía predestinado para él. Pero hay tiempos
en los que se tiene asimismo que perder lo más grande para encon-
tr arse '. ¿Qué hubiera llegado a ser de Platón sin el encuentro con
aquel hombre anciano, caracterizado de forma t an distinta? Un diri-
gente político en la lucha de las facciones at enienses, seguidor de Cri.
tías, en un tiempo de confusión política, en el que las más gra ndes
de tales luchas no merecian el más mínimo esfuerzo. Y, además de
eso, un compositor de tragedias , seguidor de Eurí pides y de Agat ón,
ent onces cuando el momento de la alta t ragedia ática llegaba al final
y sólo había espacio para epígonos. Sin embargo, tenía que llegar 11
ser pri mero socrático dur ant e mucho s años pa ra poder llegar a ser el
mismo . Podrí a no permitir que se hicieran libres sus pretension es po é-
tieas y políticas, si él estaba decidido al conocimient o y en un idad con
él para constructor de la ciud ad ideal y para poeta de dramas filos ófi-
coso y él mismo tenía conciencia de ello. Ha dado las gracias a Sócra-
tes, por sacarle del destierro, a tr avés de una larga vida como nunca
un mortal ha agradecido a otro mortal. Lo sacó par a tod a la poste ri-
dad de la masa de los sofistas, en la qu e, po r otra parte, tal vez en
el futuro hubiera permanecido oculto y desconocido, y le metió en
el cielo en la imagen del hombre que murió por la verdad, como la
del único dirigente para la Filosofía 6 .
A partir sólo de la Séptima Carta nunc a se podría adivinar lo que
Sócrates ha sido pa ra Plat ón. Para ello hay que leer los diálogos y
enton ces se tra ta de asegur ars e una vez más de la especie única: Pla-
t úu nunca ha hablado en sus escritos de forma manifiesta y ha habla-
do siempre de Sócrates o al menos permitido oír, a lo largo de cua-
1¡' II ( a años, sobre todos los temas. Ese estado de cosas lo designa por
dlls part es y se oculta igualmente Platón mismo, t ras el particular ara-
bcsco de su estilo maduro, en aqu ellas palabras de la Segunda Carta
l' 14 C) . El nunca habría escrito nada sobre los pri ncipios de la Filo-
~ o f í a yeso no lo proporciona ningú n escrito de Platón y nunca llega-
111 a ser prop orcionado uno; 10 que aho ra era cons iderado como ta l
pertenecía a un Sócrates que habí a sido joven y hermoso - o más bre-
vemente: a un Sócra tes rej uvenecido, Y no hab ría escrit o Plató n mis-
11 10 , como muchos incluso hoy piensan, estas palabra s; así habrían
quedado po r eso par a siempre ellas en la fuert e y fantástica expresión
quepara nosotros incluso es lo más característico de sus escritos. ¿Pero
cómo explicamos lo característico?
Es perfectamente cor rect o decir que aquí el agradecimient o del jo-
ven respecto al maestro encuentra una expres ión como, por otr a par -
te, no se encuentra otra en tod a la Historia del Espíritu. Arist óteles
lI a permanecido durant e veinte años en la escuela de P latón. Se man-
1lene hasta su edad madura como platón ico en part icipación tota l de
~ I l esencia. Pero el Aristóteles tardío - siempre está lo plat óni co tan
rucrtcmente en su imagen del mundo- sc ve en una confrontación
const ante con el maestr o y de cuando en cuando par ece como si sólo
pudiera ser él mismo con clari dad cuando toma el camino po r encima
de esa oposición . Tal vez sea ese su mod o de agradecimiento. Platón,
por el contr ario, no sólo nunca se ha opuesto a Sócrates, él ha habla-
do por boca de Sócra tes a lo largo de decenios. Y así sería perfecta -
mente correcto , aunque tampoco basta, decir que el alumno ha erigi-
do con sus escritos un monumento de grat it ud.
«En cada corazón noble arde una sed eterna de uno más noble,
1· 11 lino hermoso de uno más hermoso; quiere contemplar un ideal fuera
tic sí, en un objeto corpóreo, con un cuerpo transfigurado o acepta-
110, pero más fácil de lograr porque el hombre elevado tiende sólo a
una elevación, lo mismo que se logra el bri llo de los diamantes sólo
con diamantes». Esas palabras, en Tit án de lean Paul , las habría vi-
vido ant eriormente Platón durante largo tiempo. En su Academia los
ulumnos tendían a esto mismo . Se dirigía en libro a los hombres, así
wn an sólo palabras para él, aunque las más pura s y brillantes, sin
efecto, sin el portador viviente, por más que - o pr ecisamente
porque-e- para él todos los «discursos» no eran en absoluto del «dis-
curseador», precisamente porque «no se podían reproducir fácilmen-
te la verdad ni S ócrates» (El Banquete 201 C) . Y así tiene él a la fuer -
la que haber hecho a Sócrates más violento en su obr a escrita, por -
que de ninguna otra ma nera sería posible transmitir claramente la re-
lnció n del «hablante» con el «discurso», ya que le parecía que sólo
136 PLATON
SOCRATES EN PLATON 137
así pod ría llegar a ser int eligible educación y lucha, búsqueda y cons-
trucció n. fiesta y muerte, en una palabra: Filosofía. No sólo un mo-
nu ment o de gratitud, sino también el más excelso monumento de la
fuerza de formación para todo t iempo lo ha erigido allí. en donde co-
locó a Sócrates como centro de su drama filosófico. Sin duda podría
llegar a ser tergiversado incluso esto, como si se tr atase aqu í de algo
as í como de un recurso a rtístico o sobre todo de una opc ión. Pero
abier tament e se t rata de una necesidad.
/ Socrates en Platón y el Viej o Ateniense/
¿Qué defiende el Sócrates platónico? El establece la pregunta por
la «enseñabllidad de la virt ud), por la esencia del «virt uos o», por la
esencia de los demás actos de la vida como amistad y conocimiento.
Defiende la inalcan zable dignidad de la justicia y de las demás «virt u-
des» . Co nst ruye la ciuda d ideal . De su boca suena el elogio de Eros,
suenan los mitos de inmortalidad, el jui cio de los muertos, la eleva-
ció n del alma hast a el lugar no sensible. Defiende, en fin, lo que fue
mostrado po r las idea s y el ascenso a través del reino de las ideas has -
ta lo «arrhe to n». Pero de ninguna manera defiende todo lo que Pl a-
tón comparte con sus lectores. En verdad no hay eso que alguno con
mala intención suele trata r: que se ha defendi do contra Sócrates, que
voluntariamente Platón de alguna manera lucha encubiert amente con
Sócrates; seria entonces que lucha contra el Sócrates dentro de él, con-
t ra sí mismo ' . Pero la image n del mundo, a modo de las ciencias de
la Naturaleza, fue puesta en boca del pitagórico Timeo, en calidad
de ast rónomo y de reputado investigador de la natu raleza del Todo;
y en la de Critias, el hombre de la más rancia nobleza ática , la histo-
ria de cuento popular acerca de los hechos de la At lántida contra la
vieja Atenas. Allí deja que Sócrates «se regale con di scursos». De la
misma manera se content a con escuchar, en la segunda par te del Par-
ménides y en los diálogos de El Sofist a y de El Poutico, en donde él
sólo provoca ejercicios dialécticos sin inte rvenir en ellos. Y la gran
ma sa práctica del estable cimiento de leyes en Las Leyes él no la escu-
cha ni una vez s.
Seguramente que la ciencia de la Nat uraleza del Timeo ha tenido
para Plat ón la mayor importa ncia, como lo ha determinado ante to-
do la ima gen platónica a través de los siglos. Un largo tiempo de bus-
queda, reflexión y creación conj unta serían necesarios hasta qu e esa
const rucción hubiera pod ido erigirse. Seguro que los ejercicios día-
l éctíc os en los que el sofista y el político definen y establecen las para-
doj as de lo uno y de lo otro-múltiple, allí en donde el sepa rar y reunir
conforma la dia léctica, son grados previos al grado más elevado. Se-
guro que el gran estableci mient o de leyes contiene el t rabajo de mu-
ches años: se dirige en sus comi enzos al intento de ejercer polít ica prác-
rica en Sicilia y cuánta pro fund idad de esencia, dilapida da en este tr a-
bajo, se pued e colegir a part ir de aquel pasaje de la carta en el que
su temprano conocimiento sobre las esencias opuestas de ciudades ex-
plica «que ellas en conj unto están en una mala Constitución; pues la
sustancia de sus leyes es tan buena como incurab le si no se reúne de
Inmediato una act uación milagrosa con un azar propiCiO») (VII, 326 A) .
[Pero entonces se ve ta mbién la ot ra cara! En Las Leyes reconoce
expresamente el Huésped ateniense: la ciuda d en la que predomi ne
al máximo la comunidad de buenos, mujeres y ni ños, sería la primera
el rango; pod ría también servir sólo par a dioses o hijos de dioses,
nuentras que la Constit ución, en la que ellos ahor a han puesto las rna-
nos, sólo puede estar próxima a la inmortalidad y tendrí a el segundo
puesto, sin duda como único (739 C y ss.). Tampoco . como podría
estaría dada la primera const rucción de la ci udad, ella más
hien debe ( mantenerse en la vista inevitabl ement e como prot otipo».
y así se podría con buenas razones creer qu e no se hab ría desalojado
11 Sócrates del centro del campo visual plató nico, más bien que él do-
mina allí con una acción invariable y sólo la ciudad de Los Leyes será
ent re todos un trabajo demasiado alejado del centro para entrar in-
cluso baj o los elevados nombres.
La di aléct ica, tal como fue ejercitada en el Parménides. El Sof ista
y El Pottttco es, sin duda, ejercicio preparatori o par a las más eleva-
das tareas filosóficas , pero, sin embargo, en rea lidad sólo ejerci cio
preparat orio. ¿Y Sócrates no se ha convert ido en algo más insignifi-
cante? 9 El establece allí la existencia inquebrant able del «filós ofo»,
él coloca un algo para el verdad ero ser que, como en un juego, unas
VL'Ces toma de improviso, con ojos fijos, esas pesquisa s y otras veces
de nuevo las deja de las manos. Así tienen entonces que simbolizar
el estado de las cosas esos di álogos tardíos, de for ma que aqu ellos
mismos análisis, elevados e import ant es, no t ienen un valor prop io
vino que sirven a uno más elevado. Además del cent ro socrático en
Platón. se encuentra asimi smo enfocado a ello el eléa ta , como tam-
hién la investigación pitagórica de la Naturaleza, que tambi én se en-
cont raba en él. Pues para la const rucció n de la imagen científico-
natural del mundo, en el sent ido de los viejos «fisiólogos», ha usado
Platón el trabaj o agot ador de muchos años , pero nunca esos resulta-
dos pod rían alcanzar la sabidur ía de la dialéctica ; tendría que quedar
en «discursos de probabilidades» 10, que incluso Sócrates, el sabio del
camino di aléctico, no hub iera podido suplir. Pero debe prestar aten-
ción a ella. porque la investigación de la Naturaleza sólo para Platón
tiene sentido por eso, porque remite a la búsqueda de las ideas, por-
que desarrollo natural o paradoja platónica corresponden al desplie-
gue del «ei dos- en el espacio. ¿Se necesit a entonces incluso el relato
polí tico del Critias para llegar a explicar por qué nadie podría esperar
138 PLATON
SOCRATES EN PLATOÑ 139
co mp rende rlo de la boca de Sócrat es? Esta ba ya ta n lejos, por fuera,
en la esfera plató nica , que las fuerzas del centro ya no podían mant e-
nerl o por igual y formarlo para la per fección.
Así, en los diálogos que dejan visiblemente retroceder o disiparse
por completo a Sócrates, fue ya más cla ro para qué él está íntr oducí-
do en Plató n y para qué no . Resultaría abiertament e falso dec ir que
para el viejo Platón la figura del maest ro habla palidecido completa-
mente. Atest iguaría lo contrario el que en el Fi l ebo corresponde lo
más import ante a Sócrates , por no hablar del Fedro. en donde trae
la más viviente frescura a la escena. Yque él en El Sofista, en El Pal/-
t íco, y en la segunda parte del Parménides. no mantiene allí algo por
costumbre y que está limitado ento nces a un indi ferente papel ar tísti-
ca, eso quedará claro cuando se le piensa fuera de ello: enseguida cam-
bia todo su sentido, pierde un carácter relegado si eso ya no fue trata-
do ant e sus oídos. Pero tampoco puede Platón, en el modo en que
utiliza a la persona de su maestro en sus dramas , pronunciar un jui-
cio en cua lquier di mensión histórica. Pu es lo que él ocupó en la His-
toria y el Sócr ates histórico en relación con la creencia en la inmorta-
Iidad del Fed án, el discu rso de Eros en El Banquete. la conducción
de la ciudad y la contemplación de las ideas de La República, sólo
co n un movimiento de cabeza podía decir algo de la semejanza ; lo
q ue (en un verdadero y profundo senti do) ya deja vislumbra r la anéc-
dala según la lección del diál ogo Lisis: «¡Por Herácles! ¡Cuánto in-
venta el j oven ese de mí!» Incluso es Platón mucho menos un direc-
tor de escena de sus diálogos que Ciceró n, que basta el fina l está du-
dando de a quién tiene que poner en la boca los pa peles de los Acode-
mica o de la co nversació n del De re publica, sino que eso es notoria-
mente una necesidad, que sobre ello dife rencia lo que Sócrates tiene
q ue decir o escuchar . Así pues, tiene que ra strear esa necesidad y me-
ditar la pregunt a como los platónicos.. .decimos en primer lugar: la
forma de expresión «Sócra tes: se manti ene a costa de la realidad his-
tórica «S ócrates» .
/ Los rasgos reales de Sócrates/
El Sócrates que habla en los diálog os platónicos lleva los rasgos
físicos del Sócrates real, sus penetrantes ojos y su nariz roma, su ir
descalzo y su incansab le preguntar y examinar, su esencia de tranqui-
lidad espirit ual, su cráneo de bebedor, su dureza consigo mismo y Sil
part icular valentía . Lo suficientemente que ha sido configurado el Só-
crates real, en apariencia , movimi entos y actos, por Plató n se puede
co nfirma r en la sala de la cúpula de la Gliptot eca de Munich, si se
siguen las conversaciones que conducen, frente a frente, el Sóc rates
en bronce con el Lisis en bronce. Sólo tan grande como es aquí el pa-
rcc ido es ta mbién la diferencia en cuant o se penet ra en el int erior y
se llega con la vista al campo en el que las luchas filosóficas tu vieron
lugar. Puede la distancia llegar a ser cada vez mayo r co n los años,
así sin embargo no hay ningún diálogo «soc r ático» de antema no que
dej e de parecerse algo al puro platónico del t iempo tardí o. Hay sobre
tuda sólo un más o menos de alejamiento. Ya el Protágoras, Laques
y Córmides muestr an convergencia en un objeto no pura mente idea-
do y no del todo expresado; también el objetivo platónico, como pa-
m el hijo de Sofronísco, ha sido extraño. Así que el Sócrates plató ni-
co crece a parti r del Sócrates histó rico . Y se reco noce cómo ese creci-
miento ha ido ante sí, cua ndo se co ntempla al Sócrates de los más
puros diálogos platónicos. La doctri na del orden en el alma indivi-
dual y en el gran recint o de la ciudad: ésa es la plasmaci ón del pen sa-
miento, de la cual lo que Pl atón vio en Sócrat es sólo él en sí podría
ver, y la ampliación concéntrica en la esenci a de la ciudad, a la que
también se había ref erido todo sentido y pregunta de Sócrates hi stó-
rico. La «teoría del aman) platóni ca es un tomar co nciencia y un ex-
poner en pa labras aq uello que Sóc rates vivía y lo que Platón en él y
con él vivió. La ( doctrina de las ideas» de Platón: esa es la respuesta
a la pregunta de Sóc rates, el S ton / to que es/ q ue res pon de a la pre-
gunta Ti t on / i qu éest/ , la visión de la j ust icia verdadera como res-
puesta a la pregunt a de qué es propiament e justicia . Y no supone eso
que Plató n diera la respuesta sólo después de que Sócrates hubiera
hecho la pregunta . La pregunta - vista como tendencia a clari ficar
toda la .existencia socrática para las cosas, para las cosas que igua l-
mente tienden a los alumnos - resuelve en un sentido muy co ncreto
la respuesta en sí. Más aún, el S ócrates q ue pregunta era, en su exis-
tcncía . la res puest a que Plat ón dio como filosofema , nunca, sin em-
bargo, co mo dogma fij o. Lo que había del Sócrates histórico lo ex-
presa el Sócrates platónico cuando él en ello acredita la expresión: «Ca-
tia respuesta permanece sólo como respuesta a la fuerza en la medida
en que está arr aigada en el preguntan> (Heidegger) .
Si el Sócrates de Platón habla , si escucha, si está por completo
ausente: en ello están simbolizados grados de nt ro del lema plató nico.
Sólo la zona cent ral del pensamient o de Platón podía y debía meter
a Sócrates en los diálogos, aquell a zona que es interpretación de la
figura de Sócrates. La respuesta ha desarrollado a pa rtir del pregun-
tar, que en la respuesta se ma ntiene conservado , la figura filosófico-
poét ica a parti r del hombre vivo filosofando, en un crecimiento nece-
sario del que Platón con seguridad no ha sido consciente en la expli-
cación ra cional e hist óri ca con la que nosotros, hombr es de un tiem-
po histó ricamente ma yor, concebimos tales fen ómenos : sin embargo,
esto, que .aparece claro y acuit ado enseguida, al modo de la Antig üe-
dad, ha Sido expresado en la pa labra simbólica de Sócrates «rej uve-
necido».
IRONIA 141
CAPITULO VII
IRüNIA
/ ¿Qué es ironlo?
(Segura mente quien nos expusiera lo que los hombres como Pla-
tón han dicho en serio, en broma o medio en broma y lo que por con-
vicción o sólo en for ma di scursiva nos habría hecho un servicio ex-
traordinario y ha bría contribuido infi nitament e a nuestra forma-
ción» 1, No se puede decir que esas palabras de Ooethe hubiesen si-
do ta mbién tomadas en ser io lo sufici ente sólo como exigencia. Pero
seguramente es que no se puede uno int ernar en Platón, si no se ha
considerado lo qu e es «ironía» y lo que significa en su ob ra.
Sin duda , si ironía no fuese más que «un puro inter cambio del si
frente al no» - por decirlo con la definición bromista y anodina de
Jea n Paul- esta ría así la consideración de un fi nal ant es de que ella
hubiese comenzado correctamente. Pero hoy se empieza de verdad a
a prender algo en serio so bre «el problema de la ironía que, sin igual,
profundiza y radicaliza el mundos- e-y ¿en quién mej or que en Th o-
mas Mann, el gran irónico? 2. Por ot ra parte, desde hace cientos de
a ños, el saber sobre esas cuestiones casi sólo ha disminuido. Frente
a esto, los románt icos, ante todo Fr iedrich Schlegel y Solger, luego
como cont inuación Kierkegaa rd, han sido conscientes del sentido me-
ta físico de la ironía y sus investigaciones han profundizado siempre
en la imagen de Sócrates, del Sócrates platónico . «La iron ía de Pla-
t ón», así se dice en Jean Paul , «se pod ría tomar como si hubiera un
humor del mundo, una ironía del mundo, que no se cierne puramcn-
te, ca ntando y j ugando, sobre el equivoca rse (como ta mpoco igual
so bre las tonterías), sino sobre todo saber; lo mismo que una llama
libre, que se consume y aviva, de fácil movimient o y asimismo que
sólo penetra en el ciclo» l .
Si incluso las marcas par a la ironía faltan siempre en nuestros ti-
pos de imprenta , lo que el propio Jean Paul simulaba mezclar - iró-
nicament e- entre los signos de preguntas y de admiracio nes, no se
necesita, para saberlo, que Platón además de patét ico fuera un iróni-
co y a veces ambas cosas cn el mismo instant e. Pero en ello no se po-
dría dudar que el Sócrates platónico , en primer lugar, no toma pres-
tada su ironía de Plat ón, que Sócrates era un irón ico mucho más ca-
racterizado que la ma yor ía de sus discípulos, que mucho s, en la rela-
ció n con Sócrates, habían pensado o dicho lo que Platón hace maní-
Iestar burlonamen te al sofista Trasimaco: «Tenemos aquí la consabida
honia de Sócrates» (La República 1,337 A). Si un maestr o de retórica
hnbla del concept o de ironía y, a este propósito , quiere ilustrar sobre
tille no sólo ésta oc upa un lugar determinado en la técnica del di scur-
m sino «que tod a una vida puede tener ironía », entonces utiliza co-
mo ejemplo la vida de Sócrates {Quintiliano, IX.2,46). No se t iene
II<¡ uí motivo alguno par a diferenciar agudamente entre el Sócrates his-
t órico y el platónico. Le vemos a aquél sólo a tra vés de éste, pero tam-
IIO{."O podríamos dudar de que lo hemos recibido de verdad aquí en
Iigura . Y la pregunta va más allá: a qué lugar ocu pa la ironía en la
existencia socrática y platónica.
El irónico, según la imagen de Teofrasto en Los caracteres, es un
hombre que se comport a, en acciones y di scursos. más frívolamente
de lo que es, que oculta sus puntos de vista e intenciones, su obrar
y sus energfas ' . Este aficionado a la bot ánica no atiende a valores
morales, aunque el sistema de valores éticos de su maest ro Aristóteles
coloca su fundamento a tod o lo que la «eíroneía». con un apartarse
del camino de la verdad, asienta. Y asl se podría hacer oscilar el con -
ccpto de ironía entre un di simulo más bajo que se aprecia o despre-
c¡a, un j uego de pensamiento sencillo que la soc ieda d de la Atenas
democrática, tan rica en espíritu como suspicaz mente cr ítica , habria
recogido casi como to no general del di scurso y del t rato, y como una
peligrosa cubiert a que sería efectiva para lo temido o extraño. De he-
che amigos y enemigos podrían hab lar de la ironía de Sócrates con
muy dist into sonido. Pues en él había un contraste similar, particu-
larmente evidente, entre comportami ento exte rior y aspecto y la esen-
da interna. Nadie ha dicho nada más penetr ant e que Alcibíades, en
JJ Banquete, con la imagen del aspecto de l Sileno que encierr a una
noble imagen de un dios. Po r fuera no bello, por dent ro divino: así
aparece él desde el primer moment o frente a aque llos que no son más
allá de her mosos, y eso tant as veces como sencillamente se toma la
belleza. Pero si se ha recon ocido en él que hay una más profunda y
misteri osa belleza, aquella «belleza interi or» que Pla tón hace ped ir
a su Sócrates a Pan y a las Ninfas al fina l de l Fedro ( ÓOÚ/ 1É¡JOl xa AWt
i'H Éu{}m Tá "óo{} f/I / concededme llegar o ser bello de interior/ 279 B),
luego, las dos superficies, que se han visto hasta ahora, intercambian
sus posiciones , tanto como en un diseno en perspectiva puedan saltar
adelant e y atrás . Lo que parecía hasta ahora má s fút il, se ve de repen-
le encima y al final queda la gran extr a ñeza sobre 10 inesperado en
lo que se ha convertido en visible.
El Alcibíades platónico describe al maestro sobre t od o en contac-
10 con jóvenes (El Banquete 216 D): «Sabed que si al gui en es bello
le deja de lado en cierta ma nera (por otra parte, él des precia mucho
eso, como nadie podría creer), ni si alguien es rico, ni si alguien tiene
otro privilegio lo elogia como la gente. Además considera todo eso
de ni ngún valor y también a nosotros. E irónicamente, y como un jue-
142 PLATON IRONIA 143
go, transcurre el tiempo de su vida frente a los hombres». ¿Sería as!
entonces lo erótico una máscara'? Sin duda, si sólo se atu viera al Eros
Pandemos, no pod ría ver ninguna esencia en Sócrates como simula-
ción . En Alcibíades esto es fuerte, al menos así por completo se como
portaba. Oye al Sócratcs-Marsias tocar la flauta y pretende sacar pro-
vecho de aquello que es [a clase de lo impensable. Pues se da perfecta
cuenta de que Sócrates podría ser muy bien el más fuert e valedor en
sus intenciones oVáivr:x X VQH') Tf QOI' ero ü218 D). Pe-
ro no tiene idea de que Sócrates aquello no podría llevarlo en sentido
más profundo si estuviese ocupado por un Eros vulgar. Por eso argu-
ye Sócrates, que medita todo, «mal irónicament e y de muy buena ga-
na, según su man era de ser y costumbre»: «Si fuera eso así, entonces
de hecho mi belleza estaría muy por encima de tu buena hechura. Luc-
go irías a cambiar en realidad oro por cobre. Pero eso no es así». En
la forma de la irrealidad se dibuja lo part icular. Sí y no se encuentran
propiamente trastocados en las palabras de los irónicos. Repulsión
pelea con atracción en el pecho de los demás, en cuanto que la ncga-
ción estrictamente vence y su contr ario, sólo como una espina esti-
mulante, se contiene en ella. Pero Sócrates no se muestra agudo por
medio de palabras sino a través de su autodominio, que él asienta real-
mente en aquella alta belleza.
/ Mascara y personalidad en el irónico/
Mucho, ciertament e, es máscara en los sent imientos de Sócrate s.
Se comport a como si hubiera dominado al instint o de «ser vencido
por los bellos» TW¡J x aAW¡J Menón 76 C) Yél tiene, en las ac-
ciones de amor, la apariencia de participar por completo como los
demás, sólo que, incluso, sup era en pasión sensual. Pero Sócrates es
un transformador. Por encima de las demandas aparentes se muestr a
enseguida que él es un señor, no un esclavo , de su instinto. La con-
versación con Cármides, con el Alcibiades del diálogo del mismo nomo
bre , ya se ha olvidado de todo erotismo en las primeras palabras. Y
el Alcibíad es de El Banquete ha recibido una doctrina que es todavía
más penetrante que la más aguda catequesis: «Me levant aba, despué s
de haber dormido con Sócrates, no de otra manera que si hubiera dor -
mido con mi padre o mi hermano mayor». Así es de desmedida, pues,
la realización: «De esta manera me maravillaba de su cscncía, de su
autodominio y de su valent ía, allí me había encontrado con un hom-
bre, de tal categoría en razón y autodominio, como nunca creí encon-
tr ar a nadie». Sócrates no avanza por los grados de los demás en su
relación con los jóvenes, sino que tiene un modelo, como ellos solían
decir: «Querido Hipotales, debes departir con los amados de forma
ta l qu e se les haga recogidos y humildes pero no exultantes ni engreí-
dos» (Lisis 210 E). No es su Eros una máscara; una máscara es la for-
t il a que él utiliza con dignidad, la adaptación a la Sociedad de su tiem-
po. Pero este Eros de Sócrates se di ferencia del de cua lquier otro co-
uro su no-sabidurí a de la de cualquier otro . Como un pro fund o sa-
ber, así es su Eros una fuerza de transformación de hombres empare-
jada al unísono con el «legos». Al que eso soporta como algo
totalmente nuevo, para ése se había abierto una profundidad que no
había ideado.
Y, en efecto, se asienta la ironía en la discusión particular, en la
conversación educadora. La forma de esa relación irónica es aquella
que Sócrat es pone entr e los jóvenes, en los que, según la opinión co-
mún, debía establecerse como educador, igual que realizan realment e
esolos sofis tas. En el Cármides se dice, como inicio de la sesión: «De-
hemos examinar en común» ( )(OtVV áv d1¡ OXf1l'7ÉO/l 158 D). En el H í-
pías Mayor, aún más fuerte: «Nosot ros queremos tratar en común
de qué manera podemos llegar a estar de forma tan perfect a como
sea posible. Pues yo estoy muy lejos de decir de ti lo que tienes que
desarrollar y de igual manera de mí 10que no hub iera precisado» (124
C) . Y, cuando más tarde le pregunta Alcíbíades qué debe hacer él,
le es repetido: «Contestar . Y si tú haces eso, entonces t odo irá mejor
entr e nosotros» (127 E). En el Men6n: «Tú y yo, mi qu erido Menón,
parecemos ser hombres que no sirven para nad a, y a ti te parece con
Gorglas y a mí con Pr ódlco que no han triunfado en educarnos. Más
¡ [lI C todos los demás debemos también cambiar el sentido y buscar
quién de alguna manera nos llegue a hacer mejores). Y en el Laques,
a [os padres que 10 querían de maestro par a sus hijos: «Yo digo que
todos nosotros juntos debemos buscar a la vez el mejor maestro posi-
ble sobr e todo para noso tros mismos - pues tenemos necesidad de
c[- , luego también para los muchachos. Pero para quedarnos así co-
mo ahora somos, para eso no aconsejo... pretender pasar cuidados jun-
tos por noso tros mismos y por los muchachos» (201 AB). De nuevo
tampoco está aquí como máscara par a hablar. Sócra tes sólo puede
de hecho buscar en conversación conj unta, y para él tal búsqueda es
una verdadera tarea que por nadie está culminada ni t ampoco por él
mismo. Y, en efecto, ¿es que no parece Cármídes respecto a Sócrates
en relación como de evolución frente a culminació n? Sí, en efecto,
¿no es en realidad Sócrates algo así como un consumado conocedor
siempre del camino así como del ser en cada instante? Y de nuevo,
¿no es también Cármides necesario par a Sócrates? Sí, en realidad ¿no
es Cá rmides el joven perfecto en educación natural a su modo? Así
se encuentra ya, en esa delicada y ocultamente agit ada dialéctica, la
propia seducción: ironía es el olfato del gran educador para la caza,
Particularmente fuert e se extiende la ironía al final de aquellos di á-
lagos terminados en aporía en la «prima maniera» de Platón, Tú no
sabes. c.quíé n 10 dirige, quién debe añadi r eso mismo; porque el «ló -
144 PLATON IRONIA 14l
gOS)}lo desvía. él se encontr ará humillado. Asi mismo Sócrat es se ele
rra igualmente consigo mismo: yo tampoco sé; y el otro se ve cogido
en la sociedad de un nosotros que transforma la derrota casi en In
cont rar io. Los part icipantes en la conversación tiemblan con el resul
lado: no pod emos reconoce r qué es la valentía o la «sophrosyne». Pero
cada uno experimenta que con este reconocimiento de no-saber no estA
dicho l odo con largueza. «Cómo tengo yo que saber», así dice Cár
mides (176 A), <do que vosotros mismos no podéis encontrar en su
propia esencia e-como t ú, al menos, dices; yo, sin duda, no le creo
mucho (Wf oii. hw P.fJ' TO! 00 ..á ll u UOt ni9oJlm). Y yo mismo.
mi querido Sócrates, es perfecta mente evide nte que necesito una fór
mula mágica (la imagen chusca de la fór mula mágica pasa a través
de todo este diá logo), y, en lo que de mí depende. nada impide ser
encantado por ti durante los días Que sean hasta Que tu di gas que 1:
suf iciente» . El di sc ípulo ha nota do que Sócrates, por su part e. sabe
más de simplemente nada, ante todo que es más de lo que él ha dicho
hasta ahora . tal vez más de lo que pudiera expresa r. Yen esa superio
ridad, Que no se llena con intenciones sino con necesidad y que estó
maravillosamente emparejada con amor. radica aquella seducción que
los jóvenes husmea n.
De nuevo se expresa con más clarida d el Alcibíades de El Banque
le; en efecto, con fi nura dice: «Qu é mal se ha portado él conmigo,
y no sólo me ha hecho eso a mí. sino también a Cármi des y a Eutide
mo y a muchísimos ot ros: él engaña, como si fuera el amante, y resul
ta luego más como amado Que como amante». Esa misma transfor
maci ón está formul ada como precedent e en Alcibíades Mayor: al co
micnzo aparece Sócrates como el Que persigue, AIcibíades como el con-
trariado; al final dice el mismo Alcibíades: «Ha llegado a ser como
si hubiésemos intercambiado los papeles. Pues no de otra ma nera yo
me apartaba de t i desde ese día y tú querí as hacert e acampanar pOI
mil}. Así no se reconoce, pues, a al go escondido presente como más
ca ra , más bien como ironía impregnada de erotismo, y a la conversa
ción examinadora, cuya actit ud además es irónica, finalment e como
la más elevada expresión de la esencia propiamente socrática: él tram
for ma. educa , saca hacia sí y hacia su elevada tarea.
Ironi a se realiza por igual como repulsión y atracción ' . En un Al
cíb íades, como el que Platón coloca en El Banquete para discursear,
luchan ent re sí, en una especie de 'test' en broma, las dos fuerzas opucs
t aso Cuando se encuentra más cerca el otro de la esencia socrática y
cuando má s dispuesto él está a la educación socrática, tanto más con-
tiene en si, como un aguijón, la repulsión a su contrario. Lo repulsl-
vo de la ironía tiene que llegar a ser completamente realizable sólo
allí , en donde ningun a educación puede ser dada de inmediato por-
que el otr o, a su manera , ha llegado a ser inflexible: en citrato ante
todo con un maestro gremial de sa biduría , como Trasímaco, con una
naturaleza de tirano, como Calicles, con clericales como Eut ifrón. En
111 Apología describe Sócra tes cómo, impulsado por el dios, exa mina
[us diferentes ramas. Acude a los po líticos, a los poe tas, a los trabaja-
rlores manuales y examina su «saber». Se da cuenta de que cuanto
más alta es la pretensión tanto menos se acredita : en efect o, puede
comprobarse Que allí en realidad a los hombres no les fue dado el sa-
ber, pero también falta en ellos la convicción del no -saber. Muy duro
tiene Que haber sido el encuentro con los maestros gremiales de sabi-
.lurfa, Que en la Apología no son mencionad os. Pues incl uso ante los
políticos siempre hay toda vía una práctica , a partir de una inte ncio-
nulidad, Que pod ría conducir a buenos result ados -así ensena el Me-
I/t>n. Pero qu ien sólo hace j actancia en el asunto de la sabiduría y de
,ti doctri na , ese nada sobre todo puede saber y conoce r.
La conversación sobre la «justicia», a part ir de la Que se desarro-
llaIa construcción de La República, es anunciada en un no-saber . All í
de por medio anda Trasímaco como el más recto doxógrafo de la es-
tricta oposición a los filósofos. Todo eso seria mera charlatanería. Só-
erutes no s610 tiene que pregunt ar sino también Que responder. Y tie-
ne que precaverse en su respuesta para acept ar eso, lo otro y lo de
m,is allá. Una imposible exigencia de una respuesta, y una respuesta
fUdeterminada de antemano, solicitada por aquel para Quien sólo hay
uue buscar. Sócr at es sería un dogmático y un sofista. no un amante
tic la sabiduría, si se somet iese a ello. Tr asímaco se encuent ra , a su
vez, fuera de lugar para reconocer esa imposibilidad. Toma todo eso
lltlr disimulo int encionado, po r «i ronía» en el sentido común del tér-
mino. ( Yo sabía Que no iba a Quer er responder sino j uga r a oculta r
(dewvuíaat o))) (337 A) . El desearía en favor de sí mismo, si pudiera
hacerlo, Que esa ironía no fuera Querida sino obligada.
ttroma, Eros, educación y j uego!
Seguramente hay un juego en la actitud de Sócrates. Así, cuando
descri be su asustarse por que Traslmaco anda entre ellos, cuando rue-
lla que puedan compadecerse de él más que enfadarse. Pero ya lo que
de ot ros pudiera ser tomado por hipocresía, «yo no puedo»
hUl' tX¡.u(Jo: 336 E), eso es completamente de verdad o cont iene al me-
nos algo completamente verda dero. Y «tú er es el más fuerte» (Ó1rO
I"/IWI' TWV OUI'WI' !por vosotros los fuertes/Y, eso rea lment e en el sen-
lido plató nico no es correcto. Pero pa ra la representación común el
labio Traslmaco está por enci ma de Sócrates que no sabe . Asimismo
comienza entonces el juego específico que se podrla tomar por envol -
tura irónica. El sabio (cree tener una respuesta perfectamente buena
li la cuestión» f XHV O:1fÓXQHJ"l1' 338 A) que él
pretende llevar al hombre. Y ya ese -defecto de autoconciencia, que
146 PLATON IRO NIA
147
enseguida es defecto de ironía, lleva al «fuerte» a la caída. Pues tan
pronto como esa respuesta tan hermosa se encuentre fuera, es cosa
de nada para Sócrates el mostrar su futilidad . Así llegará a ser sorne-
tida la apariencia a lo que está por encima en la verdad. Como tras
la no-belleza de Sócrates se esconde una belleza de más alto orden,
y tra s el enamoramiento un verdadero amor I así llega a ser noto rio
t ras el no-saber un profundo saber. Pero tan pronto como esa nueva
a parece, el saber del sofista y el no-saber del filóso fo invierten su rano
go, y los oyentes de la conversación exper imenta n propiamente aquel
«salta r adelante» y el asombro interno que despierta.
Hegel
6
ha entendido la ironía socrát ica como una cara del méto-
do socrático (la a ira es la mayeútica). ( Lo que Sócrates qui ere reali-
zar con ello sería aport ar sus fundamentos que se man ifiestan a los
otros». Sin duda está descrit o así correct amente algo esencia l de la
realización. Pero estar ía siempre tergiversado el fenómeno - y en la
litera tu ra filosófi ca, cuya comprensión Hegel parece haber determi-
nad o, no es rara esa terglversacíón-c-, si se toma po r una regla de me-
dida pedagógica intencionada lo que asimismo sólo podrla sacarse ver-
daderament e como un ser debido . Una verdadera ironía contiene en
sí la tensi ón que ella ocu lt a, confundiendo, por una cara; po r la ot ra
dice sin reservas lo que es. Más o menos como Sócrates dispone del
conj unto de la figura de Sileno y de su belleza int erna , más o meno!
así es libre de ocu ltar voluntariamente tras un no saber su saber. Por
otra pa rte, ambas cosas está n relacionadas en un conti nuo círculo o
movimiento de balanceo. Abiertamente él sabia. Pues conducí a a 101
demás y a los que creían saber y se revelaban enseguida ant e él como
no-sabiendo. En par ticular , sin embargo, él sabía. según sus propi a,
y siempre repetidas palabras, que no sabía . Así se inclina el saber a
su cont rario. Y en realidad él no sabía expresar qué es 10 j usto , y,
por medio de ser ese no-saber , nunca hab ía llegado al final de exami
nar y preguntar corr ecta mente. Pues el no-sabe r estaba fundamenta
do en el «legos» sobre un vivir allí de lo no-sabido. ¿Yen dónde aquc
110 puede dar un profundo saber, como si eso fuera verdaderamente
en el vivir y morir . por lo cual no se deja nunca busca r en palabras1
/ t ronia socrática e ironía platónica!
Lo que Ooerhe, en un eufemismo de herencia kanti ana. dice: «Kant
se circunscribe int encionadament e a un conocido circulo y se manl
fiesta siempre irón icamente sobre ello» 1, sucede -si no se imprime
«intencionadamente»- en relación con Sócra tes . como hasta ahora
lo hemos visto en el espej o preparado por el arte de Platón. Eso S ~
udapru bien, en primer lugar, a Platón , en cuyo proceso creador S6
erares es la fuer za central. Como Sócrates y Platón «son la pareja que
ni los más potentes instrumentos llegan a separar por completo» (Emer-
son), así no hay ent re ironía socrática y platónica ningun a aguda fron-
lera, y también lo que hasta ahora sería notori o en Sócrates tend ría
todavía que mostrarse con esa frecuencia en la vida del hijo de Sofro-
nisco; eso necesitaba Platón para convertirse en algo así de not orio.
Pero ava nzamos, empero. a formas de ironia de las que por completo
sólo Pl at ón, el art ista y el meta físico, tiene que responder.
Cómo el artista Plat ón , en las abunda ntes figuraciones de sus
obras , también está relacionado y enredado de múltiples maneras oon
la ironía , el diálogo Eutidemo da , en reducído espacio, el más rico
ejemplo de esa irónica polifonía: Est á ocupado en su mayor par te por
la payasada, interpretada , por los dos sofistas maestros de esgrima
y bufones, con una traca del más completo reperto rio del arte eríst i-
co: fi nales engañosos y equívocos. Aquí se daría una lucha tan como
pleta menre inútil y tan por debaj o de la dignidad de Sócrates que la
más cortante defensa irónica podría ser su única acción opuesta. El
celebra a los dos, como representantes de la verdadera ciencia, más
que al Gran Rey por su auto ridad (274 A). «Tú te entiend es en la con-
versación filosófica mejor que yo (kÓ: >J.. wl' 17riuroUJOIL ÓW:A¿-yf u(Jal 295
I!) que sólo tengo el art e de un hombre sencillo», así d ice el maest ro
del diálogo y de la dialéctica a uno de los dos impostores. Y anima
a aq uellos, que hasta ahora hab ía n bromeado, a act uar mucho más
en sería (278 C). Si ellos finalmente sacan a relucir su seriedad, en-
tonces se da ría por primera vez algo tot almente bello (288 C). Luego,
ellos sacarían también el conoci miento en cuyo recinto se podría lle-
var muy bi en su vida artística (293 A). E igual Que se coloca un bobo
en la comedia . así estaría el esclavo de la sabiduría. En esa escena de
payasada hay trozos flot antes de una seria conversación educativa que
Sócrates lleva a través del joven Clinias . y si él maneja por doq uier.
en aquellas escenas, una maliciosa y fur ibunda, tanto como repulsi-
vn, iro nía, también per mite oír en ella los to nos de la amabl e y atrac-
tiva ironía , sólo que en voz muy baj a y ocasionalmente . Así, cuando
se dirige al pupilo «más hermoso y sabio, a Cllnías, (290 C) o cuando
él se coloca ent re los ot ros en su conocida forma: «Ca si nos hemos
port ado en son de burla ante los ext ranjeros, yo y t ú, hijo de Axioco»
(279 C) . Eso, reunido entonces, daría aquello de la «do ble ironía» que
Fricdrich Schlegel luego verla establecida «cuando dos líneas de iro-
nfn corren paralelament e, la una j unto a la otra, sin estorbarse, una
para el sucio y otra para el palee » ij.
Pero entonces las dos lineas escénicas del diálogo se encuentran
una frente a la otra, diri gidas y relacionadas una sobre la otra en iró-
utca tensión. Por todas partes muestra Sócrates a ambos sofistas en
una conversación prototípica, tal como ellos tendrían que hacerla. Pero
' lo' trata por entero de aquellos dos tipos de ironía, si él da por senta-
148 PLATON I RONIA 149
do previamente que ellos tendrían que actuar así y que se de berí a des
prender de ello algo totalmente bello en particular (278 D, 288 el
A la inversa, sería todavía más drást ico. Ya que reconoce en un mall
cioso pasaj e que los dos, Clinias y él, se habían portado burtonameu
te, no sólo mal, por ot ra part e, ante los ext ranjeros (279 D). Y casl
como la representa ción de una farsa sería eso cuando él, al llegar ¡
un punto de donde no se podía pasa r adelante, llama a los sofi sta
para que le ayuden. «Como yo estoy atascado en esa dificultad, II n
roo ahí con toda mi voz y pido a los ext ranjeros, como se acude 11
los Dió scuros, que nos aconsejen, a mí y al muchac ho , desde esas NI
nuosidades del l ógos» (l x ri:¡s ¡ QUíU/ÚCXS TOV AÓI'0 U293 A). De ellos:
por cierto , puede esperar «¡que lleguen a sacar el conoci miento qll"
se debe tener para ir con belleza por la vida futu ra !»
Pero no basta con ese paralelismo de las iro nías y de su irónl«
tensión ent re ellas. En efecto, las conversaciones de Sócrates con ¡;j¡¡
j oven Cr ít ón serían cont adas con todas esas ironías , serí an contadas
irónicament e - ¿pues cómo hubiera podido Sócrates de otra manco
ra ? Y como así la t otalidad estaría incl uso sume rgida de una vez en
un medio irónico, estarí a permitido hablar, con Schlegel, de una «tro
nía de las ironías», si es que no se hubiera alca nza do aquí igualmente
una dimensión más alta, Se respir a ese aire por todas partes, sin He
gar a estar preparado para ello , Pero en un pasaje se hace de pronto
tr ansparent e to do lo que se cuenta allí. Sóc rates deja decir a Clinla¡
cosas tan inte ligentes que Critón, el que escucha, se queda atónito a
interrumpe el hilo del relato. Critó n: ¿Cómo dices tú, Sócrates, qua
aquel jovenzuelo podría haber dicho tale s cosas? Sócr at es: ¿Crees tu
que no, Crit ón? Critón: No, por Zeus, de ninguna manera. Pues cree
que, si él hubiera dicho eso, no se encont raría falto de enseñanza ni
de la de Eutidemo ni de la de cualqu ier otro hombre, Sócrates: ¿Pet' o
no es, curioso Crit ón, que preferirías que algo de cualquiera de In.
más altos (o sea , de los dioses) hub iera estado por allí y hubier a dicho
eso? Cr itón: Sí, por Zeus, Sócrates, eso me parece a mí de hecho,
de los más altos ¡y de los muy alt os, en verdad! -c-Entonces cada uno
encuentra, a través de ese iró nico j uego, que nosot ros no hemos oído
a Cli nias sino a Sócrates-o La transmisión, a que Sócrates se refiere.
habría estremecido , habría roto la ilusión de la conversación lntenm
como en una comedia romántica. Pero nosotros no estamos en uu
mu ndo romántico; sería impensable que esa solución ro mántica tam
bién entre bastidores pudiera tomar la conversación. El movimiento
centelleante no se pierde asimismo, y la elevada luz irónica perma nc
ce adherida a la figura del saber-no saber.
Según unas pa lab ras de Friedr ich Schlegel: «Ironía cont iene y re
gula una zona de la oposición indisoluble de lo incondicionado y de
lo condicionado, de la imposibilidad y necesidad de una cons tante co
municación- 9. Uno puede, con dificultad, sustraerse a la sospecha
de si en Fr iedrich Schlegel estaría asentado ta mbién aq uel centro al
que siempre apunt a Platón a través de un espacio vací o, No obst ant e
hu realizado una profunda compr ensión , a través del recur so a la obra
platónica, de la esencia de la ironía. Así quedaría demostrado en aque -
llus palabras el punto en donde ironía se adent r a en lo me tafísico y
lu última alt ura en la que se recoge el Platón metafísico e irónico . El
Sócrates platónico lleva el secreto socráti co y la ironía soc rática, que
expresa y supera aquella tensión ent re el no sab er de palabra y el sa-
bcr en la vida que se vive, pero lleva, como desarrolla a lo largo de
los años con Platón y en él, todavía además el secreto pl at ónico y la
Ironía plat ónica. ¿No es ma ravilloso cómo Platón envuelve con iro -
uta lo más elevado que él tiene que mostrar? En donde llega a las pro-
dmidades de los prototipos, en el Pedon, dice: «Si hay allí de donde
nosotros siempre esta mos charlando un bello, un bien y todo li pa de
esencias de esta clase», y por otr o lado habla de ellas como «aquello
tuuy debatido», como si escogiese intencionadamente palab ras de me-
nospr ecio 10. Luego, dirige la discusión al punto central de La Repú-
Mica. Anteriormente se había ya demostr ado cómo a lo largo de la
conversación se ha evitado 10 último, lo más excelso, y cómo expresa-
mente sobre este ent orno sería indicado cuando se acercaba ento nces
nl «más perfecto cumplimiento» JI . Pero. a
pesar de t oda la espera excitante. no sería alcanzado lo más alto. SÓ-
erutes se revela como el no-sabedor . «Pe ro ¿cómo te parece correct o
hablar sobre eso, de lo que ningún saber se tiene , como si se supi e-
re? » (506 C) . Y cuando los oyentes se han aclarado lo suficiente, tan-
lo sobre lo bueno como sobre todo lo ant erior, para recibir sólo preli-
minares, dice él allí , una vez más, iró nicamente: «También ser á sufi-
ciente eso para mí, con gusto. [Pero yo estoy fuera de mi sit io y si
yo supiera, a pesar de mi situac ión, sacar provecho de mí mismo, me
comportaría burlonament eb (506 D). Esa es la inexpresión de la vi-
sión platónica más alta, que sería simbolizada por medio de la ironía
del no-saber socráti co. Sin duda se muest ra lo «bueno» «incluso más
nllá de la esencia , situado por encima de la grandeza y acción- (509
H). Allí cae Gl aucón en un tono muy bromista»: «r l'or Apolol , [un
exceso complet amente demónico! » (xa¡ oPAmíxwv ¡.¡.áAa
"A-lfOAAOV, fl'n¡, ow¡.¡ovía s vn e(3 oAi¡s 509 C) . Sobre lo cual reco noce
Sócrates: «De eso tú eres efectivamente culpable porque me obligas
n decir mi opinión sobre ello». Aquí propiamente se encuentra, por
decirlo con Schlegel, la imposibilidad y necesidad de una completa
comunicación. Y expresamente estaría asentada esta irónica tensión
no sólo con el acost umbrado recurso de la ironía socrática, del socrá -
tico no-saber , sino también incl uso a través de esto de qu e lo cómica-
mente seri o se coloca de inmediato frente a lo festivo , Así sería aquí
llevada la ironía no sólo por Sócrates sino aportada también por los
demás interlocutores para la «cos a» superior; y se ve ya en ello que
.. '
150 PLATON
IRONIA 151
aq uí no sólo se va en torno a la ironía socrática sino en torno a un
contenido de frase de más rico orden.
Cuando en El Banquete tiene que abrir el discurso de Sócrates.
entre muchos otros añadidos , el camino al reino de las formas etcr
nas, sucede algo notable. No lo conduce Sócrates en persona sino que:
muest ra cómo la vidente Diotima le ha guiado a él mismo. Así se du
da menos de que Diotima es en todo lo esencial una creación del 56
erares platónico - igual que la elevada figuración de aq uel más o me
nos indeterminado «cualquiera» con que él tan frecuente mente j ue
ga, en conversación y combate verbal, como si fuera otro de su entor
no, para ocultarse irónica mente tras él- , así se está de desacorde so
br e el sentido e intención de ese invento. ¿Sócrat es aporta aquí cosa
que no fueran doctrina del Sócrates históri co? Pero infinitament e mu
chas expresa Sócrates en los diálogos de Platón a las que el hijo de:
Sofronisco nunca dedicó un pensamiento. ¿Sería una fina cortesía para
Agatón qu e no hubi era superado a Sócra tes mismo? Pero así deter
mina la libera lidad perfeccionada de un hablar formand o y de su pro
piament e segura compa ñía y forma de expr esión en los diálogos pla
tónicos; de est a manera nunca se podría deducir completamente e5lt
elevada creación de Platón a partir de la esfera colectiva. ¿Sócratel
podría, como el dia lógico, no tener ningún discurso y Platón , para
la unidad de la imagen socrática, tendría que solucionar voluntaria
mente en un di álogo qué discurso. por ot ra parte, hubiera sido? Pero
en el Fedro pronuncia Sócrates largos discursos y la consideración téc
nica da tan to como la colectiva una última respuesta a la pregunta.
Más correcto es ver en est o que el no-sabedor no pod ría llevar a 111
más alta culminación de la tarea filosófi ca 12_ Con todo, la totalidad
consigue una más amplia pr udencia.
/ La ironía como salida de lo condicionado!
Cuando Sócrates, después de muchos precedentes, comienza a ha
blar, quedará claro enseguida que ha alcanzado una nueva superfl-
cie. ( Me he dado cuenta de que me he port ado bur lona mente, cuan-
do , en correspondencia con vosotros , quería elogiar igualmente por
mi parte a Eros y creía estar impuesto en cosas de amor; allí en donde
por otra part e nada ent iendo de lo que cualquiera tiene que usar paru
elogiar algo. Pues, en mi torpeza, pensaba que se debería decir la ver-
dad» ( 198 C) . Con esa última palabra quedaría desp reciado todo lo
anterior ante lo nuevo: habria que actuar con correcci ón ant e el pcn-
samiento sorprenden teme nte sencillo... de la verdad. «La verdad es,
mi muy querido Agat ón, aquello de lo que tú no puedes disent ir. Pues
discre par de Sócrates no es difícil» (201 C) . Yese trayecto de la nueva
zona fue llenado po r la vieja a tr avés de la conocida for ma de la Iro-
nía. ( Yo no conocía tampoco la cor recta ma nera del elogio del amor
y, sin saberlo, os he prometido que estaba dispuesto a hacer po r mi
parte un di scur so de elogio. La lengua, asi mismo, ha prometido , pe-
ro el espíritu no. ¡Que lo conduzca, pues! Por que yo ya no elogio de
ninguna manera - no sería capaz. Mas , con todo, quiero , si os pa re-
ce correcto, decir la verdad a mi manera, no con la mi rada en vues-
tTOSdi scursos, de est a manera no me portaría bur lonamen te». Así se
extiende la ironía y descubre el camino de la mayoría a Sócrates.
Pero, apenas ha comenzado Sócrates, y ya no es él mismo el más
alto. Alguien más excelso se a lza sobre él. Diotima le ca tequiza igual
que él a los demás. Ell a ironiza con él y se burla de él (202 B). Ella
encuentra la respuesta a una de sus preguntas , «también clara para
un niño» (204 B). Yante todos se explican sus palabras que muestran
el paso a la más excelsa culminación: «A esa esencia de amor podrías
tal vez llegar tú a estar consagrado. Pero la consag ració n perfecta de
la más alta conte mplación, por cuya voluntad también es esto, si to-
mas un camino correcto -yo no sé si tú ahora estarías para ese»
(209 E). La vidente, que puede llevar a los mayores secretos, conduce
una fuerza que igualment e, a partir de Sócrates, se pone, frente a los
discursos bellos y de medi as verdades de la mayoría , como una íroni-
ro tensión en Sócrates, qu ien domina el principio de la verdad pero,
no obstante, no sabe. La irónica tensión entre él y los demás es super-
puesta en el punto de diferencia de una tensión irón ica entre el busca-
dor de la verdad y una fuerza que est á sobre él impulsándole. Uno
se queda dudando si Sócrat es sería «consag rado» y si, en primer lu-
gar, si se está iniciado uno mismo para la «epopté» del misterio. Y
asl eleva a los guías de grados, en tensión irónica respect o a los lecto-
res, a la idea de unas elevadas existencias y deja at rás el a fán de b üs-
queda int eligible según lo ideado. Ella regula, para decir lo con Fr ie-
drich Schlegel , una zona de la oposición insoluble de 10incondiciona-
do y de lo condicionado 1).
! La ironta cuma recurso del Arte en Platón!
Otra clase distinta de ironía, con [a que el artista Platón quiere
identi ficars e, es la que se podría denominar en ob ras de a r t ~ el des-
plazamiento del peso. El Banquete es una conversación de la esencia
de Eros y todos los discursos han asentado esto como un objeti vo cla-
ro. Muy diferentes son los discur sos de amor del Fedro. Ese di álogo
procede en efecto del arte del discur so y de la admiración apasionada
que Fedro siente por ello y que Sócrates pretende tener . El discurso
apo rta do por Fedro depende de Lisias, como muestra de un tema es-
colar, retórico y complej o, sobre las fra ses que deberían ser para pla-
cer ta nto del no enamorado como del enamorado. El amor, par a el
P'
152 PLATON
r
I RONI A 153
maestro de discur sos, carece por completo de un sentido pro fundo,
y Sóc rates tiene mucha razón con eso de que, en lugar del ena morado
y no enamorado, de la misma manera podría ponerse el rico y el po-
bre oel joven y el viejo o alguna otra cosa a gusto de cualquiera (227 C).
El primer discur so de Sócrates sólo pretende mostrar en primer lugar
cómo sobre el mismo objeto se puede habl ar de otra manera y mucho
mejor. Luego, par ece Sócrates traer a la memoria el contenido en pri-
mer lugar . Lisias y él han herido a Eros. Qui ere, por medio de un dis-
curso como pócima. eliminar lo salino que le pertenece. Pero que tamo
bién aq uí -c-aparentemente.-. se mueve sob re la superficie de las lu-
chas ret óricas , lo muestr a el consejo a Lisias, él debía en erecto por
su part e seguir posiblemente de inmediato al discur so de Sócr ates con
uno propio con el tema ahor a debatido (243 D).
Después de qu e se ha remont ado el tercer discurso de amor, el se-
gundo de Sócrates, con el impulso de la «manía» al cielo de las ideas.
retorna de nuevo la discusión a la Tierra para fundamentarse. Esto
sucede cuando en absoluto el discurso ha sido de tan altas cosas, sino
que todo 10 que ahor a llega depende de la técnica retóri ca, de la ins-
trucción de los or adores, de la relación de la obr a escrita con la oral.
Si se toma el diálogo letra por let ra, se circunscri be a la retór ica, y
los discursos de amor resultan meros ejemplos retóri cos, algo en tor-
no a la const rucción correcta o falsa de un discur so o lo cont rario de
t rabajar mediant e escr itura y de hacer observable un «légos. impro
visado. Pero ya la primera impresión dice que eso no puede ser real.
mente así. Yde hecho quien pretenda designar as í defi nitivamente el
contenido. se habrá dejado llevar a error por el arte irón ico de Pla-
t ón. Pues. como hay imágenes en las qu e el centro permanece vacío
y el peso pesado, a través del juego completamente inesperado de ll-
neas, colores y luces. está desplazado a una esquina . si se echa una
mirada ahora al diálogo, contiene igualmente lo que hasta ahora pa-
recía el centro. como sent ido propio del todo, el más Fuert e resplan-
dor que efectivamente irradia todavía sobre eso y le da un profundo
contenido, que, en ta nto no se reconoce ese irónico despl azamiento
de lo pesado, debería a pa recer como el objetivo principa l.
Trabajada aún más a conciencia, se encuentra la misma iron ía aro
tistica en dos diálogos tardíos. El Sofista y El Potiüco. Pr opiament e
están aqu í, entrelazados uno con otro , los lar gos ejercicios dial éctico-
formales. por medio de la división binari a, para llegar a la definición
y a la búsqueda de aquellas esencias espirituales que se designan con
el nombre de sofista s, políticos y filósofos. Se ter mina lo que se dijo,
así es esta búsqueda de objet ivo, de método for mal, (da que sólo para
eso coloca ant e nosotros la inspección sobre los políticos, con lo que
nosotro s nos convert imos en dialécticos pa ra todas las cosas) (El Po-
lítico. 285 D). «Pues lo incorpóreo , lo más bello y lo más grande que
sólo a través del " Iógos" y no por medio de ninguna ot ra cosa ha
llegado a estar claro. es aquello por cuyo motivo es todo eso que a ho-
ra ha sido hablado» (286 A). Pero asimismo no podemos volver a es-
cuchar con ai re solemne aquella coordinació n del sofista con el pes-
cudor de ca ña y muchas otras de tipo similar. y si completa mente en
serio fueron puestos frente a frente los hombres y los pájaros como
bípedos frente a cuadrúpedos (266 E), habría tenido así mucha razón
Diógenes para burlarse de la bipartición platónica con su gallo des-
plumado. Pero lo cómico de nuestr a división está expresa mente mos-
trado en el propi o diálogo (266 BC). Aparecen tensiones irónicas .aquí
para denunciar de una vez entre correctas y falsas part iciones, pa ra
impulsar a la conciencia crítica de otra manera para las señales ent re
intención y ejecución, a lo que, por otra parte, esos ej ercicios prepa-
ran ante lo más serio, pero en efecto sólo preparan.
Se encuentran esas tensiones irónicas en el lado de la forma, así
se tiene una tensión irónic a diferente a tr avés del objeto. Se busca al
sofista, asimismo , como en un juego, con los ojos fijos se encuentr a
con el fil ósofo. Y la pregunta qu e se plantea es si con esa definición
11 0 se hace demas iado honor al sofista (El Sofista 231 A) . ¿Pero no
c . ~ al filósofo, al que propiamente se busca y piensa, cuya imagen per-
manece tr as el otro, cuya definición tiene que ser dada después de que
se encuentran determinados sofista y polí tico? Aqu í ha y así una író-
nica tensión entre el que se define propiamente y el que fue buscado
como último final, y se refuerza a través de eso que, como en un ins-
tant e, llega a esta r más cerca de la propia meta.
Pero luego los ejercicios dialécticos y el objeto del que se ocupa
no están asi mismo enfrentados por casualidad, como la mayoría de
las veces tiene la apariencia. En efecto, es improbab le que, en pura
seriedad, la defi nición del politico sólo tuviera el valor de un ejercicio
dialéctico, como se dice en el diálogo por t odas partes (El Político
285 D). Con ello parece más bien encubierta irónicamente la relación
de valor . Pues el ejercicio dialéctico sin duda pretende equipa rar el
objet ivo de la búsqueda de la esencia y de su contemplación; y este
objet ivo es el objetivo de los Fi lóso fos, cuya for ma aparencial se t rata
de separar de la del sofista y del político. Así final mente en una solo
en conjunto caen el objetivo mat erial y formal . y también las tensio-
nes irónicas en ambas líneas está n, no por casualidad, una frent e a
la otra. Ellas designan ambas veces un condicionamiento e indicación
en lo profund o de lo incond icional.
Con ello los dos diálogos conducen a una última forma de juego
irónico: (a iranio sin palabras. que se extiende a tr avés de aquello que
Sócrates llegó a ser por medi o de su manera de est ar allí, en silencio
pero lleno de tensión irónica. Det rás de las definiciones del sofista y
del político. se esta blece como tar ea la del fil ósofo . Sobr e ello se in-
terpretaba repetidamente y también se esperaba que se pensase en que
debería buscarse un tercer diálogo, «El filósofo»; y o bien se encon-
'1
fI discurso griego!
CAPI TULO VIII
DIALOGO
Tan poco pueden decirse, en completa correspo ndencia, concep -
! 1I\ como «legos» y «eidos» en castellano, igual que son poco tradu-
Ihb térmi nos como «interioridad» o «provi ncial) al gri ego. Tam-
hi t' u, allí en donde el griego evita e! mundo, sucede eso sólo porque
pi mundo que busca o persigue ya no existe o todavía no existe. Su
,olt'dad es azar o necesidad, no suerte o camino para la perfección
humana. Ysi la soledad del hé roe trágico, en la tragedia de Sófocles,
l1l' lIcnece a su perfección, asimismo también de la misma manera a
' " aniquilación. Pues es indi soluble en la esencia del griego la Socíe-
.l.ul y lo que él en ella representa. Ver y querer llegar a ser necesario
Vtener que serlo - aunque sólo como aUI'lnfíov- bajo los presupucs-
1m más profundos de los que se toma por forma griega l .
Discursos epidíctícos, discursos que se mues tran o en los que uno
representa , son un género del modo ant iguo de discursos descono-
cldo y fuera de clasificación. Pero algo de epidcixis hay en cada dis-
I Il I'SO griego y se podría or denar toda forma de discurso en una csca-
In , según el dominante de ese elemen to de comedia. Discur sos objct t-
vos contienen menos de eso que discursos de ostentación, convers a-
11t'1Il entre dos menos que discurso de uno solo. Y como la más aleja-
¡la epideixis de todos ha bría quedado la verdadera conversación
socr ática . Pues nunca ha habido en Grecia palabras que fueran de for -
ma tan completa únicamente al «sen) como estas que salieron de la
lux-a de Sócrates y que buscaban a ot ros para sonsacarles. En ellas
rl se diferencia de todos en que él era sólo sencillez y no se representa-
ha. Tal vez sería lo que todos podemos con más claridad entender por
medio de una comparación con Di ógenes, «el Can»", que asimismo
se relaciona con Sócrates. En él es consciente ese apartarse de tod a
represent ación de sí mismo y ese conver tirse a su vez en representa -
clón de sí mismo .
PLATON 154
traba en algún otro diálogo o se ayudaba con aq uello, en los dos \1
lagos conservados, el fragmento de una incomp leta trilogía de la vu
vers ación 14. ¿Pero no se ha llevado a cabo con ello el sacriftcto t
una Ironía platónica? Una tensión irónica va desde el SÓcrates sil
cioso oyente a la conversación del Extranj ero de Elca y a sus j óvCI
int erlocutores. Están buscando el camino a lo más excelso. Se enea I
tra presente allí Sócrates, el que, en Platón, transita por ese cantlu
y la misma dialéctica irónica conduce de las defi niciones de amhl
diálo gos a la definición que se une del filósofo, y de ella, de 1l11C'
oscila a aquéllas en el modo oculto de esta obra tardía, pero
todavía llena de figuras . entre el por tador de la convers ación de e]
cícío dialéctico y el filósofo que, como un di os homérico, pcrmnu
allí, «oc ulto en el aire».
La ironía socrática , contemplada en su punto central, expr esa
tensión entre - lo que cons tituye la imposibilidad- el no-saber de I
completamente en palabras <do que es lo justo», y el vivir allí de 1
no sabido, el ser del hombre correcto, que lo eleva hasta la supcrf k]
de lo divino . Para Platón sería contestable «en palabras» a" ).,61'11(1
la pregunta socrática. Pero esa respuesta sería primero cumplida
la contemplación de las formas eternas y en su conocimiento de 1I
ideas, que está n más allá de todo ser. Así se repit e una vez más aqu
en una superficie aún más alta, la misma relación fundamental, la mi
ma oposición de lo condicionado e incondicionado. Con ello se mucsu
la ironía plató nica, después de que ella ha t omado en sí misma lml
la «didaxis» y tod a la magia de la figura socrática, más allá que com
envolt ur a y protección de! secreto platónico. Pero , como en una e
cultura griega e! traje no sólo envuelve sino que manifiesta, a Sil
lo envuelto en una fo rma muy característica, así es la ironía de I'ln
t ón , como una con ducto ra para e! camino hacia las formas eternll,
y lo que está más allá de! ser
* Se refiere a Diogcnes de Sínope (4\3-327 a.C) que se suele considerar como el
III ;"IS representativo, cuando no el fundador de la escuela Cínica. Como es sabido el
nombre de dicha escuela procedía del lugar en el que solían hablar de sus ideas, la «Puerta
del Perro». El primero que lo relacionaba con Sócrates era el mismo Díóaenes, según
informa Laercic, que, como era su costumbre. conta ba el mismo relato que aquél en
relación con sus antecedentes familiar es y su vinculación a la Filosofía , sólo que dis-
torsionado. (N. de! T.)
/ E! discurso de Sócrates/
Pu es ya él, en la Apotogta, pone eso como el empleo que el dio
le ha encargado. deambulando a buscar e investiga r, según lA
voluntad de! di os, entre ciudadanos y extr anjeros si yo me tengo pOI
uno entre los sabios . Y si me parece que él no muestra eso, entonela
voy al dios en busca de ayuda y muestro que él no es sabio» (23 II) ,
La época - como la nues tr a- se encont raba llena de t oda clase di
falsificadores espirituales. Sócrates se vio llamado por el dios a COl1l
probar, di ferenciar y golpear en los cacharros , por si ellos estaban en
teros o tenían grietas. Una declaración que él encontraba , probabu
157 DIALOGO
11I c/o\ o «reconducía a la tot alidad de donde salía el discurso a su fun-
,111I llCI11 Q)}(¿lI'i ri¡1' JlI'a vijYEI' a"lI'á vra TO Jl Myo " Jenof . Re-
werdos, IV, 6,13). y ello se cuidaba luego de revelar que el otro no
1IIIfu dar razón sobre el «zqu ées. .. 't». «Yo pert enecía a aquellos que
II juvto se dejan sacar del error, cua ndo dicen algo no-verdader o; gus-
11 1_lllltcnte sacaría a otro, si dij era algo no-ver dadero, y no menos a
_11 _1 0 llega ría a sacar que a ser sacado » (Gorgias 458 A) . La «elénct í-
I +1" de SÓcrates sólo puede [legar a realizar se en conversación con otro .
I '1 «clénctica» es un escrito al modo de una «paideia». Educar, o sea:
nmcr saber. Pero saber no es en absoluto aque llo que , como en vasos
«uuunícantes , «corre de lo lleno a lo vacío» (E/ Banquete 175 D) . Son
1'1\ falsos educadores los que piensan así: «colocaban instrucción en
1+1 \ almas, cuando ella no se encontraba precisamente all í, como si in-
capacidad de visión en unos oj os ciegos » (La República 518
11 ). Frente a esto , como todo el mu ndo sabe, se esta blece lo socrático,
principio eterno de toda educació n, que sólo tr at a de lo que e! pro-
11io hombre aporta de sí mismo. Eso es, en efecto, un co nstante dis-
rurs o en el Sócrates plató nico : «que lo pr eguntado , cuando alguien
entiende correctamente de preguntar , dice todo tal como se encuen-
1111' >1. Lo que se considera como «do ctrina de la anamnesís» , del Me-
wln, es un camino semimítico al «eidos» preexistente, que reposa en
uuln consabida y repenti na convicci ón socrática. El amado educador,
de la mayéuti ca, se crea su forma aquí, en el diálogo que det ermina
111alumno a afirmar lo propio, a negar, a encontrar la verdad, en una
pnlabra a «filosofar». Jenofonte hace a Sócr ates tratar arengas de ad-
monición, de educación y edificantes. El también puede decir algo so-
brc su mét odo, au nque no dir igía conversaciones, pues : «si bien él
rulsmo dir igía algo a través de discursos, luego tomaba el camino so-
luc aquello que esta ba a la vista ante todos los demás, en la opinió n
.lc que en ello se encontraba la segurid ad de la di scusión» (Recuer-
dI/S, IV,6, 15). Esto es un contraste con e! Sócrates platónico, en par-
ticular en lo que ése mismo reconoce sobre discursos y co nvers ació n
entre do s como su visión. No es completamente improbable el que
rcnofontc cree a Sócrates para el Protr épt lco a parti r de ver da deros
recuerdos . Pero t ambién habría puesto luego Plat ón la gran reali da d
Ilsí, porque ha bía comprendido conscientemente la manera peculiar
'J diferenciadora . «Sócrates preguntaba, per o no respondía; pues re-
conocía no saben) (l: w)(Qá n¡s a}.,;": 00)( Ct:1I'"EXQíVO: TO. <1J¡WAÓYH
"'( (l e 00)( así Arist óte les ha reducido el sagrado proccdimicn-
lo a la fórmula más corta y a lo fundamental inmediatamente a partir
del punto centra! del modo de pensar socrático. En Platón anda to-
davía Sócrates en persona por allí en donde tiene que mantener un
discurso; esto sería por que la ley de la ciudad o las reglas del banque-
le permiten, en la med ida de lo posible, el fl ujo que corre en el género
dialógico. Se encuentran también excepciones en ello, en el Protágo-
PLATON
Es una senda que se mantiene repetida en los diálogos platóu!
de forma que Sócrates pone su conversación en un contraste qur
canza a la raíz, a la exposición continua -de los sofistas. El
Protáguras est á construi do sobre ese co nt raste , incl uso resucnnut
Gorgias. Sócrate s no puede mantener discur sos como los soñsnn,
puede escucharl os «po r debilidad de memoria». Insi sten ellos vu
forma y no entr an en su manera de conversar entre dos , así él 1111
capaz luego de participar. El artista de di scursos se mece en la son
dad de sus pr opi as palabras. «Como vasij as de bronce golpeadas .
suenan largamente y vibran si nadie las toca, así pasa también
el maestro de discur sos: ante una pequeña pregunta dej an corr er
discurso» (Pro tágoras 329 A) . Pero Sócrates se hall a decidido en •
a que la verdad aparezca a la luz; par a sali rse con la suya nada le Ir
port a (Gorgias 457 E). Sin duda que la conversación ent re dos pu
tener algo de embuste y converti rse en medio de represent ación de u
mismo. Los ar tistas universales, los sofistas , debían también colo
a su hombre en lucha de palabras y, en Platón, lo consideran eXIl
samente así en su prog rama (Pr otágoras 329 B, Gorgi as 447 C) .
efect o, e! par de acró bat as que act úa con su pieza ar tíst ica di alécrl
en el Eutidemo de Platón, da al punto una represent ación en un j
go de preguntas y respuestas. «[Mostraos !», les dice Sócrates, «in\'
tados en conj unto a most rar vuest ra destr eza en e! arte» (274 D). Tu
bién el Sócrates platónico a veces toma inten cionadamente tales 1lI,:
tija s, cuando exhaust ivamente prueba y amedrenta par a hacer 1101
las más estúpidas tonterías media nte el desconci er to o también cmI
do quiere mostrar el obj etivo correcto sobre falsos caminos . Y a qul
llega de fuera le par ecería que un trozo de conversación socráti ca
veces no suena de dist inta manera que un andraj o de la pelea soñu
ca . Pero esta rán separados de forma interminabl e por medio de III \l
tima intención: incl uso si Sócrates aceptara el ar te sofís tico, CUUllLl1
él (como se dice en el Hipías Menor) «engaña a sabiendas», inclu(
así también estaría dir igida su vol untad «a las cosas».
156
ras. Menexeno y Fedro. pero por lo general llegan a ser exprcsauu
designadas como excepciones. En los grandes mitos se alcanza llOl
das partes el punto en el qu e el discurso del Sócrates plat ónico \1'
sarrolla con mucha diferencia por encima del histór ico.
159 DIALOGO
1:1 diálogo plat ónico es la representación de una conversación so-
11\1 "::1. Pero se difer encia necesariamente de ella en su más profundo
tundamento t . Ellas permanecen, la una frente a la a ira, como cua-
hu urtistico y vida nat ural. l a Naturaleza esta fragmentada en ca da
1111 '1 de las partes individuales. En ella se añade el cént uplo para la
11l 1ll1 itud de la existencia. Una obra de arte se encuentra apartada de
I Interdependencia con la Natu raleza. una totalidad que tiene que su-
1,111 . por medio del cierr e y de la reparación, los defectos; que sólo
vnpuz de un añadido, y no creíble. Eso , qu e es tan provisional, Ira-
I .vu relación con los diálogos platón icos, de designarlos como obra
l. ene. l a conversación socrática surge con mucha frecuencia a par-
111 de una situación casual en un espacio cas ual, como «a partir del
.onracro vivo de lo Que sucede por casualidad con el a rte del trato
humano y el discu rso de objeto espiritual llevado en conversación Ii-
tuc» [Karl J usti). Platón no podía soportar casualidad alguna en su
IIhra. Tenía que escoger los interl ocutores de la conversación y orga-
ntzurlos según las di rectrices del arte, que hacen concordar el conte-
nIdo con su procedencia espirit ual y libera n el espacio de su cas uali-
,1, 111para deja rle convertirse en colaborador de la obra completa . «Lue-
lO está cumplido todo el a rte, si tiene el aspecto de ser Nat ura leza)
lo Historia). De tal manera es el triunfo de la fuerza creadora de Pla-
111.11, que nosotros to mamos allí como real idad histórica lo que él asi-
nnsmo ha encont rado. Seguramente que habría podido Sócrates ro-
poll SC en una plaza pública cualquiera con un sofista foráneo que acom-
I',tl)aba a su alumno y a la vez a nfitrión ateniense. Pero que esos tres
luego sirvieran de imagen de claridad, como po r casua lidad en una
wrlc de grados, y de apertura de la autoexposíción de cómo el alum-
11 0 quita las vacilaciones éticas de su maestro en favor de una gran
«uisccucncia: el anfit rión incorpor a por completo una inmor alidad
vln ata dur as, que asimismo sólo aparece como el consiguiente desa-
110 110 a part ir de una posición retóri ca: eso es el hallazgo de Platón
(' 11 el Gorgias. Con [os muchachos y los jóvenes se ha encontr ado se-
gura rnent e Sócrates en muchos lugares: en la calle, en las casas y en
las palest ras. Pero qu e Pl atón sitúe precisamente en una palestra ese
('l1 cuentr o. en donde él sobr e todo establece con claridad el espacio,
en el Eutidemo, y la conversación principal del Lisis también en el
Apodyterion, eso habría est ado bien hallado para que llegara a verse
la gimnasia espirit ual y que el precedent e desnudar del espíritu, con
el qu e j uega a gusto Pl atón 6, tuviera su aparente correspondencia,
1IIIhilogo pl at óni co/
Kll1h il tl un afilado agui jón a llí en do nde el gran no-sabedor debe ha-
I • mcpa rado la más violenta fuerza de la aporía sin fin.
PLATON
/ El movimiento dial ógico/
A través de Sócrates ha y un movimiento dial ógico en lo grie
con él ha llegado a la vida espirit ual occi de ntal que, con ant eriorld
simplemente no había existido. Se puede recordar sólo en qué Ion
di ferent es los pensadores anteriores se expresaron ). E incluso 10
pasó a lo escr ito de las conver saciones y luchas espirituales del 1
v como diál ogo es menos comparable con el impulso que ha di
primero poco a poco, Sóc rates que nunca se rinde por complet
Tod os sus alumnos. fundamentalmente los que escriben, parece (1
ha n compuesto diálogos. Pero ninguno ha transmitido la fuerza
creaci ón de una larga vida en forma tan expresa como Platón. S
pa ra él fue también el arte poético de la «conversación socr ática» I
cesidad última. Pues los demás socráticos que han dejado una i
ob ra de escrit ura , Aristipo, Antístenes y Jenofont e, no se han limll
do a los diálogos y no todos sus diálogos han sido conversaciones 1
cr áücas. Los pocos diálogos, sin embargo, que se saben de Euclid
Fedón y Esquines no pueden ponerse alIado de Pl atón ni en ca nten
do ni en ra ngo. Asi, aunque antes de él ya se pueda n sit uar reñe¡
de conversaciones socrát icas en la literat ura de aq uí y de alli, pucd
que sea él solo creador del diálogo filosófico como necesidad, de igu
calidad como obra de art e que la vieja tragedia y la comedia.
La conversación del Sócrates histórico está perdida para nosotro
y verdaderament e por necesidad. Pues a la esencia de su convena
ción pertenece el ser oral. Se extendió sobre muchas cosas de las qu
nosotr os podemos saber a partir de Pl atón. El que Jenofonte, acerca
de su part icipación en el camino de Ci ro , ha t rasladado el consejo d
un hombre sabio es sin duda un hecho histórico (Anábasis 111 ,1,5)
En la Apología platónica el propio Sócrates nos dice que había cxn
mina do a político s, poetas y obreros manuales. No todas esas sitúa
ciones - y ya no pueden ser má s- están recogidas en los diálogo
de Pl atón; así que debe mos dirig irnos más bien a Jenofonte para IW
menospr eciar la ab undancia de los moti vos y de las participaciones
en conversación, y asimismo escasea, a su vez, en las con versaciones
de Jenofon te aquella energía, aquella fuerza liber adora y pu rifi cado.
ra que debí a tomar necesariamente prestada nuestra fant asía a la so-
crática baj o las conve rsaci ones de ést e. No fueron iluminadas, en el
sentido de Jenofont e, y «provechosamente par a tod os». Pero intcr-
158
161 DI A LOGO
111 que él se reconoce acompaña ndo a Clinias como alumno de Euti-
,k l1l tl y Dionisodoro. Así está formado Ctesipo en con traste con Só-
.mtcs y ese contraste se expresa desde el principio en el o rde n de las
IllImas en el espacio total.
tenofonte, en su Banquete. hace igualmente que Sócrates de ante-
m lll1U se encuentre presente y lo hace participar generalmente en la
.onvcrsací ón. Con ello ha renunciado a todo lo que da una doble ten-
,11\11 tan fuerte al cuadro espacial en el diá logo plat ónico del mismo
nombre : que Sócrates. en primer lugar. entra cuando todos los de-
"' 1\\ es t án ya desde largo tiempo en la mesa, y su di scurso de elogio
urnc lugar cuando ya todos los demás ha n hablado. Así que nosotros
pur segunda vez llegamos a est ar ob ligados a esperar con él con ávida
suciedad, a refe rir a él todo. Pero ¿qué quiere decir el que Ari stófa-
cuando le llega la vez de hablar, se encuentre aquejado de un ata-
' lile de hipo de forma que se tenga que reemplazar por un vecino de
IIIt' Sa , el médico Eri xímaco, y tome después de éste en primer lugar
j" pal abra? ¿Por qué Platón no ha a nticipado a los dos hombres un
.lI io en la mesa de acuerdo con el orden en que él ha pensado dar
1,,\ palabras? Más bien, ¿qué ha pretendido con ese desplaz amiento?
/, lIa huscado esto para dejar descansar a la fantasía entr e los discur -
' 0 \ con un juego gracioso y sin objetivo, y para mostrar ante la gente
11 1cómico en una sit uación ridicula y al médico en la más simple pe-
.rentcrta del entendido? ¿O para romper de una vez con la monoto nía
.Ir la costumbre con un movimiento en cont ra? Segura me nte que es
todo eso y tal vez incluso mucho más. Pero la última cuest ión queda
eun por preguntar. La cost umb re: ¿sobre qué pone ella la mira luego
11110 sobre Sócrates? Nosot ros sabemos en efecto que él hablará al fi -
nnl, .. ¡si los demás le han dejado algo rest ante! Así la interrupción "/
.tcl orden se vuelve al orden mismo, el orden en él. Lo que tenemos
medio olvidado entr e los discursos de elogio, sobre lo que luego todo
pretend e salir. eso será de nuevo constatable lo mismo que, me-
dtnutc el movimiento contrario, el movimiento; con el movimiento
entra en la conciencia el objeto y con ello él como la más alt a instan-
cfu. en la que tiene que ser agrupado lo qu e los demás dicen y son.
para la composición del diálogo, debe ser examinado , más de lo
' lile por lo general, en su significación espiritual. el espacio formado
IHU" los precede ntes corpóreos en él. No como si se trata se de una ale-
lIuría en el sentido de los neoplatónicos -cntre los cuales asimismo Pro-
do tiene que decir algo muy inteligente sobre la pura visión filos ófi -
t'ü, y no puramente artística ni pur amente histó rica, de la pieza dialó-
alcu de Plat ón 8. Lo que actualmente se deja al afi cionado a la lite-
mrura y al histo riador de la interpretación filosófica de Plat ón debe
contemplado en su contenido existe ncia l. Pu es aquellas parcelas
11 0 est án por casualidad una contra otra, no porque los escritos de
t'hu ón no pertenezcan a un moralista sino a un relato de arte clásico.
PLATON
proba blemente de acuerdo con que se personificase la imagen de,
da de la educación en el desarrollo corpo ral y espiritual en ellos.
Protágoras reune a los sofistas en una casa en la que ellos tal vez nun
ca se ha bía n encontrado j untos de esa manera. En ella, al comicnv
les hace estar en di ferentes espacios. y no es casualidad en absolur
que el más destacado, compañero de juegos propiamente de Sócr
les, ent re y salga en el vest íbulo delantero así como Sócrates gustul
de ent ra r y salir. mientras que Hi pias perma nece sentado al fondo "
su silla de enseñanza» y Pródico se encuentra aparte, en un espacl¡
oscuro, en un camastro. En primer lugar es Sócrates el que conjunt
a su vez a esos hombres ta n diferentes mientras se encuentra entre ell
en el espacio dent ro del grupo unitario de los «sofistas». Junto al
pacio el tiempo colabora a la dramática y al punt o filosófica ent rad
que se observa en los preámbulos de la con versación en este misu¡
diálogo. El joven Hip ócrates encuentra a Sócrates en la cama , y
un dormitorio oscuro se intercambian las primera s palabras. Pero lu
go salen al patio , también en un recint o abierto, y andan de acá pm
allá. Enseguida la conversación se desliza de las personas a las COSII
y como ellos han hab lado a nter iorment e, esperan «hasta que se halt
la luz: para t ratar de ma rcha rse; así comienza poco desp ués a di
rea r, efectivamente cua ndo Sócrates plantea la pregunta difercucl
dora. .. , segur amente así se puede ver el rubor del joven; pero el nr
ba r muestra asimismo sólo que también, en un sentido diferente, «em
pczó a clarear» 1.
El cuadro espacial de l Eut idemo, después de que el movimicm
inicial ha llegado a su final, aparece así: En el banco se sienta [unt
a Sócrates el joven Ctinía s, y ambos llegan a estar cercados , a der
cha e izqui erda, por la pareja de sofistas . Ctesipo, el adorador de cll
nia s. que se sentó primero como quinto en el banco. se ha colocad,
frente a los ot ros cuat ro. Y en circulo se colocan en torno el resto d
los adorado res de Clinias y de los seguidores de los sofist as. Sócrat
en el banco j unto al muchacho: nosotros conocemos el cuad ro desd
el Lisis y el Cármídes, Se t rata del pescador de hombres que ha unidQ
a él a los muchachos, el «eiron» que se sabe no frente al pupilo sine
a su lado. Pero, en efecto , está flanqueado el grupo de ambos po
los maestr os de esgrima sofistica s. Así la doble di rección del coro d
nuestra ob ra , en la que la melodía del diálogo educat ivo -del tillO
del Lisis- y la del diálogo de competición - del ti po del Protágoras
han llegado, la una a tr avés de la ot ra. a encontrar su expresión espll
cial . El contraste, sin embargo, de qu e Ct esipo se mantenga en fin
fren te al otro mientras que Sócrates se man tiene sent ado a su vcru,
es, a su vez, objeto de particular simbolismo. Ctesi po saltará después
en lucha abi erta por su joven amigo cont ra los erísticos y llevará
lucha con igual vehemencia siempre, aunque no siempre con éxito.
Sócrates, por el con tra rio, no deja nunca aquella irónica actit ud en
160
IEI espacio dialógico en Platón/
163 DIALOGO
It 1111 espacio del mundo espirit ual siempre diferente por completo,
Hi t !' los indios concretamente, hay una gran liter atura de conversa-
hul!" Filosóficas. También ellas son la image n poética de una vida
1
'11' _l ' mueve dialógicamente, y permiten comparaci ón, entre toda la
Iu-n-ncia de unas con ot ras y entre todo el con traste de contenido,
1I11 111 forma griega de ello, con el diá logo socrático; de mane ra que
U,U, romo obras litera rias, están frente a la conversación natural co-
mil una arquitectura respecto a la peña que se yergue. Pero con ello
pmlrfa esta r ya al final de lo comparable. Co mpletamente distinta
In realidad que aquí y allá fue formada . Entre los griegos, de uno
' Iur no sabe, de un buscador, de un comprobado r e instructor. En
111 . rlt mnishads. los muchos sabios a los que se pregunta, que luchan
uuv sí, que desde la profun didad de su sab iduría hablan en rcsonan-
1 dogmas. Incluso si se destacase uno, si se escogiera a Yajnavalkja
utuníunte en el torneo de discursos contra todos los brahmanes, él
I h'lI l' UIl espíritu distinto de Sócrates. E incluso radica menos en la
1' 1' 1' 0 11 '1, de forma que en otros Upanísh ads ta l vez el asceta Aruni
11 tnvluso el dios Prajapati llegarían a ser portadores de idéntica pro-
.bmmción de sabiduría 11.
I':n efecto, parecen estar los diálogos socráticos cerca de aquellas
, «nvcrsacíones de doctrina y de disputa tal como se encuentran entre
1.._"discursos de Gautama Buda» 12. Allí hay por lo general un real-
11' uuv en sus monjes, cuando él, predicando, no los «avisa, anima,
111 1e.... Ia y amaina», imprime en conversación instructiva el dogma del
1" ' UI" , del desarr ollo del pesar, de la liberación del pesar y del sende-
111, 1) convierte a alguien muy reflexivo y brillante a esa doctrina. Real-
1I11' 11 [ C permiten most rar muchas similitudes de las situac iones y for -
n l l l ~ de la conversación con los diálogos socráticos. Pero para sllen-
, Int incluso a partir de la incompat ibilidad de los mundos que fueron
. uuxr ruidos aquí y allá, pa ra silenciar además que Gau tama tiene una
.I..r[rina casi acuñada de forma inquebra ntable hasta en el tono de
1'1' palabras que él mismo se adju dica, como «comprensión, autopro-
luudización y sabiduría», que contra su oponent e Saccako, cuando
WII no quiere respo nder, se dirigió a un relampagueante espí ritu para
que le rompiese la cabeza en siete trozos: en ninguna parte entre los
rudlos se encuen tra una gran figura individual como imagen del maes-
! I O y a la gran cantidad de conversaciones de realce, como en la ma-
wnrfa de los Upanishads, debe fal tarles aquella aita unidad del orga-
nismo que en toda la obra escrita de Platón se encuentra ante noso-
nos. Pero t ampoco está dicho con ello todavía lo más importante,
Vya aquí se podría hacer aún más clara la comparación que ahora
hay que añadir.
En la India, el compositor de conversaciones o de discursos no tiene
mula que enseñar que no repita del maestro o pensase que repetía.
\' , en todo caso, hay, entre su propio movimiento del pensamiento
PLATON 162
Las mismas pregunt as se colocan para la relación de los diñlo
entre sí. Las conversaciones del Sócrates históri co se podrían y se (
berían en realidad con frecuencia relacio nar previamente una con ul
Así no se le ve a menudo a Platón remitir a una futura conrinuncl
la conversación int errumpida. También en Jenofonte se Icecómo .
era tes en primer lugar t iene que actuar tres veces sobre el joven l'u
demo hasta que él se cura de su altanería (Recuerdos, IV,2). Pero 11
más está la cantidad de encuentros con los diferent es hombres y 1
ben ser dej ados cada uno por sí al aza r. Por el con trario, en la oh
del gran art ista domina la necesidad. Se ha censurado una vez cu
muchas que Platón no pone a su maest ro en contacto con obre¡ 1
como había hecho Fedón de Elis en un diálogo perdido para nn_
tras 9, Sería mucho más correcto recordar que Platón escoge sólo ¡
terlocutores tales que pudieran llegar a ser fr uctíferos para él. En cr
.to, hay allí labradores, zapateros, carpinteros, flau tistas y otros 11
cios ma nuales como ejemplos apropiados para aquello de que ¡¡tlll
ha aprendido lo que pra ctica, y de que en realidad conoce lo que
jact a de conocer a través del nombre de su oficio. Pero tras el orle
manual como tal no se extiende mundo espiri tual alguno que trarc 11
defender eso, ninguna fuerza floreciente que lo tr ate de educar. y
la plenitud del cuadro en un cierto sent ido no podría añadi rle una re¡
lidad más comedida de experiencia que radicase en la profundidad 1
las esencias . Se encuent ra también, por un lado, una elección en f
creación platónica, y así, por la otra parte, una integraci ón de lo el
gido. Si el gran artista crea una larga vida por medio de una cantldn
siempre abarcable de obras, entonces no es así verdad scguramcru
que desarrolla desde el pri ncipio un plan que más tarde sólo ejecutn
pero incluso mucho menos sería así que cada obra en particular f u c ~
un fruto cas ual de disposi ción de ánimo e impulso. De hecho se v
ya a pr imera vista que se encuent ran en conjunto grupos; así las abril
del primer período, por medio de su for ma aporética y de su ser (;0
mo un proc eso unit arío hacia un objetivo marcado, de esta manen
La República, el Tímeo y el Critias; el Teeteto, El Sofista y El Poflll
co, en la otra par te, po r medio de interlocutores en conjunto y de tm
tamiento unitari o. Y fáci lment e se notan también expresas rcmís¡o
ncs, así del Fedón respecto al Men6n, de Las Ley es respecto a La Re
pública. Todo eso se apr ecia en la primera ojeada y se puede esun
seguro de que mucho hay que no se ve a primera vista . Tal vez se trn
ta de una tarea sin solución, pero se tiene que intentar «de ter mina¡
la ob ra escrita de Platón como un sistema estelar en el que níngunn
luz ni ninguna fuerza pueden llegar a faltar» 10.
Se podría detener uno en este lugar y acordarse de que -c- pcrfecta-
mente sin aquella interdependencia histórica con el diálogo plat ónico-e
164
PLATON DIALOGO 165
y el que él figuraba , apenas algo que sea sentido como tensión. El rnun-
do platónico, sin embargo. se mantiene frente al socrát ico como dis-
tinto con propios medios y un círculo propio.
/ Dt átogo socrático y di ál ogo platónico/
Asi se diferencia, pues, finalmente y ante todo el diálogo pla t ónl-
ca del socrático. en que él ta mbién además y fuera del reflej o de la
vida socrática - para expresarlo de manera muy provisional - pre-
tenda da r represent ación de la filosofía platónica. Dos intenciones fun-
damentalmente diferentes. como parece, de las que es preciso pregun-
tar se cómo pasan de la una a la otra. Se ha dicho que una obra en
detrimento de la ai ra. El irónico , el no-sabedor que siempre busca
y persigue, el que mandaba poner la adoración a los héroes, se en-
cuentra en constante lucha con el dogmát ico, el qu e ha blaba o ore-
tendía hab lar por Pl atón y que llega a estar impedido pa ra su comple
ta expresión por la autocoacción impu esta u. Entonces también Pla-
tó n habia escogido una forma. y se habia man tenido en ella hasta su
más ava nzada edad , que le debía poner en un const ante conf licto con-
sigo mismo. ¿Y no se habría sacudido de este lastre nunca o por pri
mera vez en Las Leyes. en donde ya no habla Sócrates en ninguna
par te, pero en donde por ello lo últ imo de la doct rina propia no sólo
no llegará a ser libre sino que se oculta aún más ante el mundo? Pero,
según lo que antes había quedado claro. aquellas opiniones no se pue
de n resis tir a ello, porque Sócrates vive en Plat ón y ha bla a partir de:
f él. Es mejor buscar si las dos sit uaciones, que andan en tan aparente
mente enfrentadas direcciones, no se reúnen en lo profundo seriamente
en una sola.
" ¿Qué significa entonces por fin el diálogo, ante tod o eldiálogo
soc rático, en Platón? A veces se encuentr a expresada la opini ón, y
aún con más frecuencia se presupon e en silencio, de que Platón ha
bría empezado a escri bir una vez conversaciones soc ráticas y de que
se habría luego man tenido en ello cuando, con el tiempo, hubiese. t ~
nido que cehar t ras de sí esa for ma y escoger la manera de escriblr
que ya los médi cos jonios desde hacia largo tiempo habían dispuesto
y de la que más tarde se sirve Aristóteles 14" Pero si esto fuera corree
to , se tend ría que deducir lo siguiente: luego es La República de Pla-
tón, una obra de su altura, puesta en condenación. ¡Qué monstr uosi-
dad de hecho}, [una conversación de Sócrates relatada durant e un ca
mino que los ant iguos tuvieron que dividir en diez libros y a la que
nad ie ni siquiera sólo escuchar puede en un camino! Una conversa
cíó n además que, asimismo, dur ante muy amplio trecho lleva pum
comuni cació n de la doct rina de Sócrates o parece que lleva, y que ti
mita al int erl ocutor al sí o al no o a ¿cómo piensas tú eso? ¿Pero es
que uno de los mayo res art istas se habrí a engañado en lo esencial y
tiene que ser corregido de su err or por la posteridad? En donde. co-
1110 con frecuencia - pa ra decirlo con Schteiermac her-c-, «sólo des-
conoció el fundament o del sent imiento y en su lugar fue asentado el '/
que j uzga para buscar en lo j uzgado». Que él se volvía contra la reali-
dad común, seguramente nad ie lo sabia mejor que Platón. El comienzo
de su Teeteto sería efectivamente suficiente, si fuese preciso, para la
prueba de que él estaba perfect amente consciente también en teo ria
sobre los fundamentos de su composición dialógica , Como él hace decir
allí al que narra, había dado la conversación en pura técnica dramáti-
ca para no resultar pesado po r medio de las aco taciones al relat o, así
tampoco se habria espantado de omitir los discursos ent re los partici-
pantes en la conversación. Pero la coacción int erna par a el di álogo
tiene que haber sido tan fuerte que superase tod as las demás conside-
raciones y for zase a una única for ma toda una vida. Sobre esa neces i-
da d es preciso llegar a ser aquí más claro.
Sócrates vivía en conversación oral de forma tan exp resa y sin va-
cilaciones internas que nu nca podría haber pensado escribir de ello
una filosofía. aunque es per fectamente cuestionable si él. en efecto.
se ha hecho un pensamiento sobre el valor o no valor de la escritu ra .
Eso ya lo hace en Platón, en el Protágoras y además en el Fedro. por-
que Pl atón lo hacía. Pues lo que en Sócrates constit uía un sencillo
element o de la vida. se asient a en Pl at ón más allá , como una vacila- ..J
clón sobre el valor del escribir, convencimiento de su duda , desvalo- r-
rtzación de hecho de todo escribir, de lo que hace ha blar a Sócr ates
en aquellos diálogos y él mismo habla en su cana 1' . Y además se en-
centraba vivo en ello el impulso del a rt ista imaginer o con desacos-
lumbrada fuerza. Habí a quemado las t ragedias, así que tenía que dar
figura al nuevo suceso, que ya no se lla maba Edipo o Filoct etes, sino
única mente Sócrates . Pero en lo que llegó a él encont ró el medio de
levantar la conversación socrática misma a la alt ura de un nuevo ar te
dramático; así, al meno s en la medida de sus posibilidades, superaba
uquclla ca ntidad de libros que son rígidos y no saben res ponder y que
súlo dan un tono, como una vasija metálica cuando se golpea. Pues ~ ¡
desde el diálogo escrito sale a los lect ores el movimiento dialógico.
A él se dirige la pregunta de Sócrates: a cada «sí» que dicen Glaucón
o Lisis estaría también su «si» - o tambi én su «no x-c-, y al final reso-
llaría el movimiento dia lógico en él. El di álogo es la ún ica forma de /
libro que parece superar al propio libr o,
/Saber y filosofar/
De Sócrates procede también este reconocimiento en Platón de que
JlO hay un saber ter minado y trasmisible, s610un filoso far , cuyas co-
las más alias se delimitan por ot ra parte frente a frent e. Sócr ates filo-
sofa nuevamente con uno y de otra manera con otro , ese es el funda-
mento de su instru cción . «Un instructor nunca dice lo que él mismo
piensa: sino siempre sólo lo que piensa sobre una cosa en relación con
la ut ilidad del que él instruye) , así Nietzsche, con la mirada puesta
más en su imagen ideal de Sócrates que en si mismo 16. Platón tiene
sab iduría y doctrina que dar. Pero todavía de una manera tan fuerte
alient a en él aquel fundamento socrático: también él llama «fraude»
a un saber que es igual par a todos y siempre de igual ma nera válido.
Se filosofa a partir de un punto continuamente cambiant e. con una
extensión de horizonte a veces pequeña y a veces gra nde. en una alt u-
ra y dirección de contemplación siempre di ferente. Y luego, no es sa-
ber humano, que se difiera igualmente sin calma , después de que una
vez llega a ser sabido. Igual que Sócrates se crea los oponentes por
medio de su propia existencia , así los convoca la nueva visión de Pl a.
tón , y si no est uvieran allí tiene que crearlos por si mismo . Filosofía
es cos mos a partir del caos. Toda altura, ordenada sin embargo, se
encuent ra siempre amenazada y tiene que llegar a ser prot egida con-
tra las acciones aventureras. El bien se encuent ra en realidad muy ale-
jada par a resistir por el favor de su opuesto. Pero la luz no es por
todas partes cognosci ble y asequ ible sin la oscuri dad. Incluso más:
el orden humano ha sido ent umecerse o dormirse, no habría que pro-
tegerlo siempre de nuevo en lucha cont ra la sublevación. Así sucede
en la frase que se asient a en el diálogo Lisis -es refutado sin duda
con algo más válido, al menos en la zona humana , el que el bien se
logrará «a causa de la presencia del mal». Sócrates no se realiza sin
Caliclcs. Ta mpoco llega solo a la victoria (¿fue, pues, Calicles por fín
vencido?); más real que la victoria es la propia lucha , que es también
aq uí el pad re de ladas las cosas. «Nada nos place más que el comba-
te, pero la victo ria no», escr ibe Pascal. «Nosot ros nunca buscamos
las cosas, sino la búsqueda de las cosas». Así Plat ón tiene que da r
su saber en la tensión dial éctica de una lucha tal en la que sólo eso
es vivo. Yesa forma de pensar es vista espirit ual mente enseguida, por
otra parte, en su ar ticulació n dramática . Pues se es dramático si se
vive el mundo inmóvil como la lucha de fuerzas desatadas en contra ,
fuerzas con figura 17. Así es, para Platón, el di álogo la única forma
artíst ica de amor y de lucha; aq uel diálogo en el que no todo lo que
se enfrenta largament e es venci do y eliminado, sino el que destierr a
a la imagen la lucha y la derrota. Como Goethe en Ta sso y Antonio,
así Plat ón no es sólo en Sócrates - y en los discípu los de Sócra tes:
Cá rmidcs , Teages y Alci biades-c-, sino en cualqui er manera t ambién
en los rivales de Sócrates. Se ve, en efecto, esa relación incompleta,
si se verifica sólo la defensa de esenci as, pensami entos y opciones ex-
trañ as. Polémica es luchar con uno mismo: esa aguda fórmula de No-
valis no sirve finalmente para Platón. Uno tiene que dudar si el SÓ-
erutes histó rico se mant uvo con sus rivales de forma tan objetiva ca -
Il lt l Platón lo hace. Pues Platón mismo es completa ment e dist inlo en
rvencia . El valora mucho el placer de discursos sonoros y ret umban-
n-s, de lo contrar io no hubiera puesto en escena a Aga tó n y a Prot á-
lloras. Se alegra con todas las argucias y ardides de las refriegas de
palab ras, como caricat uriza las refriegas de golpes del diálogo Euti-
(temo y asimismo las personifica. Si no hubiera algo en él de Ca licles,
el «esprit Iort», di fícilmente hab ría pod ido luego colocarlo con una
tuerza tan imponent e que llegase a ser dada siempre en hombres j6-
\"l"IlCS; que aquél combatido y asediado po r Sócrates maravillase más
que Sócrates mismo Il. ¿No ha tenido efectivamente P latón algo de
nquclla «piedad» clerical de su Eutifrón como situaci ón y protección
tic aq uella dest reza universal de sus sofistas? «Hay pues to en Platón
mucho de sacerdocio», juzgaba, consider ando su estilo, un crít ico de
une tan fino como Demet rio de Pal ero " . ¿Y la lucha que lleva en
I {/ República contr a los poetas y sobre todo contra su jefe Homero
110 est á enfocada como una lucha contra la activ idad que le ha bia sub-
yugado (607 B), una lucha cuya veheme ncia segurame nte se adscri be
11 partir del afán verdaderament e griego por el señorío, pero muy en
particular a part ir del viejo amor y encanto? ¿Una lucha también con-
Ira si mismo? Platón tendría qu e superar una nat ura leza ricament e
tintada, como muchos barruntan. Pero lleva ba también a Sócrates en
, 1 mismo, y de las luchas y victorias, que él muestra, se han hecho
(' 11 él las diferencias.
Era uno de los movimientos fundament ales de la co nversación so-
crática, para borrar del alumno la creencia de que él sabia, despertar
la impresión de qu e él no sabia; de ninguna manera acababa con ello
en el escepticismo, más bien era para dirigir a una eterna búsqueda
conj unta de lo verda dero . Ese sencillo encaje se extiende en el mundo
platónico y se coloca allí una y a ira vez: en primer lugar tiene que
destruir lo fa lso; la fuerza cont raria tiene que ser negada , antes de
II1Ie pueda ser lo verdadero y fundament al el nuevo reino. Según lo
dicho, está claro que la superación tiene luga r en un t rabaj o conj un-
lo; la lucha debe llegar a ser mostrada en todas sus exigencias dialéc-
ricas. Los diálogos de la primera época platón ica tienen sólo esta t a-
rea (al menos en aparienc ia), au nque también se prepa ran ya para lo
que ha de llegar. El Alci biades Mayor, el Gorgia9Y, en su medida má s
amplia , La República destruyen pr imero y luego de nuevo constr u-
yen. Pero también la creación de lo nuevo t ranscurre en un filosofar
en conj unto. Pues, según la Séptima Carta; sólo «a partir deuna lar -
ga vida en común para las cosas» surge la chispa repentina y debe tr ans-
curr ir «la conducción arriba y abajo, por todos los grados del conocí-
miento» , así es necesario que también aquí cada paso del alumno ha-
ya sido hecho po r sí mismo y en un determinado orden. En el aparta-
do de la vida filosófica , ese camino gradual del conocimiento es el
166 PLATON
DIALOGO 167
169 DIALOGO
\ l óu socrática el que termine con el no-saber, así a la del diálogo pla-
tónico el que se mantenga firme a nte lo ultimo sin traerlo a la vista
Ituh que de lejos. Esto mismo quedará evident emente más claro por
tudas partes para todo contemplador en el contenido de La República.
Si ante riorment e 21 se dijo que el nombre de Sócrates designa el
t etrat o cent ral en la imagen platónica del mundo, de esa manera hay
tille añadir ahor a lo siguiente: con ese nombre se lIenaria enseguida
lo último de la cosmovisión platónica. Esa es la doble función de lo
rróulco en la obra platónica, igual que antes nos aparecía como Iun-
ríón do ble de la ironía 12. Y muy lejos de que hubiese aquí una lu-
, ha entre el Platón metafí sico y Sócrates el irónico «zercmarico»: así
hu visto Plató n todo el tiempo en Sócrates, el dialógico y dialéctico ,
el símbolo inmediato de la realidad como también de la inexpresabili-
dad de ello, lo que él - COIl toda sencillez- ha tomado como «lo
trueno».
PLATON 168
«ca mino dialéctico», y en el apartado de la creación filosófi ca es '\1
imagen el diálogo.
Pero aq uí tenemos referido a una oposición el filosofar socráiíc
y el platónico. Platón no ter mina como Sócrates en un no-saber. El
ha descubier to un mundo metafísico y su tarea es hacérselo ver a 10
demás con sus ojos. ¿Cómo. a la vista de este contraste, la forma d4
la conversación socrática puede dar abas to para expresar lo comple-
tament e nuevo? Más que eso: ¿por que es aq uella forma la (mica en
la que puede ser expresado Jo completamente nu evo?
La solución no está lejos. Platón encontró alli en donde Sócrate
«sólo» buscaba y enseñaba a buscar. Pero se sabe que buscar bien
es válido. «En la pregunta está la respuesta, la seguridad de que ~ G
puede pensar algo sobre un punto semej ante, idear algo» , dice GOl:
the 20. Después de que Platón se sometió a la dialéctica socrática, lle
gó a ser libre para él la mirada a las forma s eternas. En y por medio
de Sócrates contempló él lo justo en sí. Así podía ser alcanzado el nue-
vo grado que él consiguió, y sobre él sólo ya esto: tenía que tomar
por complet o en sí la dialéctica socrát ica, pero no llevarla más allñ
de sí misma, a un final escépt ico y negativo, sino a la respuesta a una
cuestión planteada y, si fuese posible, al conocimient o del mismo ser.
Sólo el «camino dialéctico» podría soport ar ese conocimiento sobre
una visión subjet iva y sin respuesta. Sólo así podrla Platón llegar II
ser más que «un nar rador de cuentos» , como le pa recían los viejos
fisiólogos (El Sofista 242 C). Sólo así pod ría él, en el modo socrático
e incluso más que socrático, «dar razón» de su nuevo sí mismo y «en-
lazar lo encontrado, por medio de deducción, sobre el fundamento»
(Menón, 98 A). Sólo así pod rla elevar se sobre la guía de grados del
fundamento (tiro8iom) a lo imprevisto (&:I'lIró8fTol') (La República,
510 B, 511 B),
I Saber e ideal
Pero existe aú n un último punto de vista desde el cual la forma
dialógica llegaría a ser tan evidente como necesa ria para Plat ón, por-
q.ue la estructura de la visión plat ónica del mundo parece igual que
SI repitiese. en gran amplitud asimismo. la estructura socrát ica. Para
Sócrates la respuesta a su pregunt a acababa en el no-saber. Par a Pla-
tón el camino dialéctico conduce hacia arriba, a lo que está «más allá
del sen >. Lo «epekeína» no es cognoscible y, en consecuencia, tam-
poco compart ible. Sólo el camino puede llegar aquí a ser preparad o.
Por ello es el diálogo guía de camino paso a paso hasta una meta que
se garantiza t ras el socrático no-saber y tras lo inexpresable de la más
alta visión platónica, por medio de la persona viva del maestro como
realidad. Y como pertenece a la experiencia sensible de la conversa-
M ITO 171
CAPITULO IX
MITO
/El mito griego/
En la Hi storia del mi to griego, que acompaña a la vida del pueblo
griego como una linea del destino. es el siglo v el momento de su par -
ticular plenitud en el desarrollo. Mient ras que, como Tragedia, ad-
qu iere su más alta elevación , se ha di spuesto su descomposición por
medio de las reflexiones criticas de hombres más ant iguos . En la últ i-
ma década de Eurípides , qui en -en calidad de creado r y destructor
de mit os al mis mo tiempo- insert ó las fuerzas de disolución en las
raíces del mismo mito, transcurre la j uvent ud de Platón . Es bueno
acordarse de que su tío y admirado mode lo fue Crirías, y de que entre
los seguidores de Eurípides es el propio Critias el que, desde la escena
at eniense, muestra el mundo de los dioses como el venturoso hallaz-
go de un hombre astuto.
En la manera en que se consideraba al mito dentro del círcu lo en
el que Pl atón creció se llegaría a recon ocer, tras algunos cambios, el
diálogo . Hi pót ales, en honor del bello Lisis, pone en verso las tamo-
sas victorias de sus ant epasados en las carreras; y además ha y algo
que es «un pasado todavía má s borroso» (xgoVtIl'WTfea, Lisis 205 C):
igual que an tiguamente el que fundamenta ba sucesos, el mismo que
se refugiaba en una genealogla mítica, hab ía mostrado a Heracles co-
mo su ant epasado, par a el que compone los versos , que con toda pro-
babilidad se coloca ent re los seguidores de Pínda ro, es de la misma
mane ra un adorno bastant e bueno para su pasión aquello que es to-
mado de ca ntos de viejos (&n e al 'Yeaim Ó:ÓOVO¡I') po r el crítico pro-
sa ico. En el Fedro (229 B Yss.) el pa isaje del I1iso evoca en la memo-
ria el cuento del rapto de Oritia por Barcas, y Fedro pregunta , como
si se encontrase po r primera vez con ello, si Sócrates creía en la ver-
dad de esa fábula Ta mbién un cuent o de viejas o un
juego de crítica y chiste han llegado a ser para los j óvenes las tradi -
ciones míticas cuya image n Pla tón dibuj a.
Sócrates, al meno s el S ócrates platónico, al cont rario que los so-
fistas, no comparte lo de la disoluci ón del mito. Rehú sa la curiosa
pregunta de su acompañante, porque para él aqu ello es más impor-
tante también para hacer útil esa vigencia de su única tarea, el cono-
cimiento de si mismo, en lugar de destruirlo. Pero, a pesar de ello,
queda el que Sócrates -se t rata, en lo más puro, del Sócrates históri-
co que ha bla de sí mi smo en el comienzo del Fedón- no es ningún
«mitólogo», ningún narrador de historias . Su ocupación fundamen-
lal, la de exa minar y preguntar, es completamente opuesta a la postu -
ra del poeta . en relación con el mundo y con los hombres.
Cuando Plató n asumió en sí mismo la pregunta de Sócr ates, que-
mó sus t ragedias. Pero no podía cha muscar al poeta que se encont ra-
ha en él mismo cer ca del socrát ico, cerca de Sócrates. Tenía que ser
ambos a la vez para llegar a ser espectador de las formas eternas y
ambos también para crear la nueva dramaturgia filosó fica. Ta l vez
hoy fuera muy difíci l de comprender, si se dijera que él, para for mar
llueva s mitos en lugar de los viejos de su pueblo, creó el mito de SÓ-
erares. Pero él mismo no habría dado ese nombre al «Bias» qu e ima-
ginó; y sólo hay que hablar aquí del mito en su prop ia forma de peno
samienro l. «Mito» se encuentra en él en contras te con «lógos. 2; es
«Historia ) , en opos ición a discusión concept ual, lo que prevalece co-
mo vieja Historia , tradición de los antepasados, sabidu ría popular.
doctrina infanti l, cuentos de viejas y fá bul as: lleva el sello de «pseu-
do», al que sin duda no le falt a un contenido de verdad l . Así el tér-
mino tiene un cierto tono de aprecio, incluso cas i fest ivo, que ta m-
bién - entre otros- se encuentra adherido a ella en la act ualidad y
que no acompaña al uso lingüístico de Platón, aun cuando hoy en
día se haya aproximado bastante a nosotros por medio del uso que
hace él de las cosas. En todo caso «fábu la», en su más amplio sent i-
do, es para él una forma de expresión que tiene sus reglas dete rmina.
das . En el Fed án (61 B) recuer da Sócrates una observación general,
a su parecer, de que el poeta, si quiere ser verdadero poeta, tiene que
crear «historias», no «discursos ». Idéntica postura, sobre la supre-
macía de la «fábula» frent e a cualquier otro medio de forma poética ,
predomina en Aristóteles; por eso tiene que haber sido así obli ga to-
riamente ya para Platón . Pero, ante todo, todavía existe para él la
tradición mítica de su pueblo, que tampoco se halla ba despreciada por
completo a través de Eu rípides y de Crttías, y para cuyo fundamento
él se erige en último lugar antes de que quede entumecida en consejos
enigmáticos o se pierda en juegos vistosos. Aquellos mit os eran «mu-
chos y antiguos» (Las Leyes 927 A) y, a través de ellos, parecía haber
un contenido de verdad y una relación con los orígenes (El Político
271 A) . Por otra parte, presentan ser ios riesgos a tr avés de su imagen
de los dioses, que no sólo por medio de la crít ica había que encontra r
sino también en el «agom del poeta contra los poetas 4. Para Plat ón,
come intérprete del mun do, había sido dado en esas leyendas un frag-
mento de explicación del mun do - 6 1rWi ¿o'n
l el amigo de los mitos (filomythos) de alguna manera es amigo de
lo sabiduría (jilósofos)-; fragment os de un gran mito medido, pero
dido y troceado a través de las vuel tas del tiempo, que se trata de pu-
rificar, de enlazar y de darle forma de nuevo ' .
En eso de que Plat ón era un const ruct or de mitos y de que Sócra-
tes daba la impresión de estar tan lejos de todo mito como sólo podía
estarlo un griego se muestra un contraste similar al que se da ent re
la co ntemplación platónica de las ideas y la pr egunta sin fin de Sóc ra-
tes. Pero. tal como anteriormente se demostró que creaciones de Pla-
tón, incl uso ta n opuestas , se enraízan as imismo en Sócrates . de la mis-
ma manera habría que preguntarse si el nuevo mito, tan en contra
del modo socrático de hablar. no est á desarrollado por Platón en la
imagen del ser socrático.
¿Comienza ta l vez la evo lución mítica de Sócrates con aquel gusto
tan griego por la compar ación o semejanza de imagen (d )(á!;w ' )? A
nadie. encuent ra Alcibíades (El Banquete 215 A Yss.), es parecido
este Sócrates; por eso «efectivamente no tiene un puesto, él está sin
lugar (á Tor of») en un mundo en el que tod os y cada uno pertenecen
a un sit io determinado. Pero ya en los rasgos de su rostro, exterior-
mente, es parecido al silenc y al sátiro . Más qu e eso: encant a a los
oyentes con palabras como el «demon», medio sileno, Marsias me-
diante el sonido de su flauta . Así de cerca alcanza ese Sócrates al ser
mílico. En el Fedro (230 A) se hace aparecer a sí mismo, a despecho
de todo escept icismo. en la atmósfera, todavía siempre llena de mi-
tos, de la tierra del Arica como una esencia mítica mezclada. «más
ent relazada que Tifón»; de manera muy parecida a como en un pasa-
je de La Rep ública (588 B y ss. ) «forma en palabras una imagen del
alma, compa rándose con un monstruo de muchas cabezas. en la línea
de la creació n mixta de los mitos. El alma humana, po r tanto, ina-
barcable; Sócrates. quien no sólo para otros sino para sí mismo es
inabarcable, es lo más próximo a esa figura mítica. Sólo un paso más,
luego llegará a ser, a partir de la comparación con Marsias, «ese Mar-
sías» mismo (El Banquete 215 E): la compa ración pasa a ser un re-
curso mitológico.
En El Banquete hace Dioti ma que llegue a ser sensible un maravi-
lioso Eros. No es tot almente suave y hermoso. «como la mayor íacree»
y como Agatón lo ha bía calificado poco ant es. sino «desastrado , des-
calzo, sin casa , yace siempre en el pur o suel o a falta de camast ro de
paja y duerme ante la puer ta, en la calle bajo cielo raso». Que aquí,
al menos con estas palabras de «desastrado y descalzo» (a ti XIl7/Q(h x cri
(hll7rÓÓ7/T05) . no se puede pensar en otro que en Sócra tes, siempre se
ha visto 6; y lo reafirma má s el que ya al comienzo del relato Sócra-
tes ent ra «r eci én lavado y con zapatos elegantes en los pies», muy irre-
gularmente y en cont ra de su cost umbre (174 A) . Además de a él co-
mo pro totipo para el Eros de Diotima , se indica todavía a muchos
en la dcscripclón: «Eros se po ne tras los bellos y los buenos, como
un reputado cazador » (igual que Sócrates anuncia, al comienzo del
/ Plafón y los mitos órficos/
rrotagoras, qu e viene «de la caza de la j uvent ud en flor de Alcíbta-
dcs») . Es «valiente, int répido , diligente» (el más valiente es, en el La-
qnes, Sócrates), siempre está tramando alguna artima ña» (iel guía!,
Id ir óníco t): ante todo es «cuidados o según la razón y vigila nte del
f ilmina hacia ella, buscando la sabiduría (rptAoao<pwI') dura nte toda
\ 11 vida, un gran taumat urgo. emba ucad or y maestro de sabiduría».
I o es Sócrat es y ninguno más; as í la que habla eleva también su ima-
Il l· l l. No hay duda alguna de que Plat ón ha 'listo a su maestro como
«eró tico- no sólo en el sentido de «Bios» ni sólo como un hombre
dcru ónico: hubo un moment o en el que el maestr o humano se conver-
1irá en mítico como el gra n demon Eros en persona,
[73 l\.'IITü
Se cree reconocer el punto en el que Platón se apropia del mito
órfico del Más Allá en la Apología y en el Gorgias , allí en donde se
encuentra ese mito por primera vez en la obra platónica. Hacia el fi-
nal de la Apología cuenta Sócrates con él: «li bre de estos de aquí que
\C' hacen pasar por j ueces, para encontrar a los verdaderos j ueces, de
1m que se menci ona que hablan más allá del derecho». Y lo mismo,
mñs o menos, con más amplitud en el Gorgias. El proceso de Sócra-
les se revela como el fondo secreto , ya veces no sólo secreto, de ese
diálogo . Con los medios de la retórica prepararse de antemano a tales
pel igros en ciernes , exige Calicles a Sócrates, y éste se niega impávi-
do, [ta n cla ramente ve ante sus ojos él mismo la sentencia! Pero, en
erecto, 'le él también el Más All á y a los j ueces del Más Allá. Pues,
In mismo que en el Fedón se encuent ra la info rmación sobre recom-
pensa y castigos y en La República sobre la elección de la suerte de
vida. así en el Gorgias sobre el juicio. Antes de ese ju icio del Más Allá,
echa una ojeada sobre sí mismo -pues quien es de otra índole que
«el filósofo, que ha realizado su cometido y no se ha inmiscui do en
campos de act uación aj enos » (526 C)- Ymira a Ca licles, a quien no
amenaza con algo distinto de aquello con lo que él mismo habí a ame-
nazado en relació n con los tribunales terrenales: «Tú abrirás de par
en par la boca y scrá para ti ment ira» (527 A, Cfr. con 486 B). Así
se podía contemplar, en la Apologia y en el Gorgias, cómo en el espí-
ritu de Pl atón la postura de Sócrates ante el lugar de juicios ateniense
ha mostr ado en sí misma la imagen mítica op uesta del j uicio de los
muertos: frente a los j ueces terrenales, que juzgan con entu rbiado sen-
rldo, se alzan los jueces del mundo subterrá neo, que «sólo con el al-
ma observan a las almas solas; fren te al Sócrat es condenado y al po lí-
rico victorioso que tiraniza a la democracia, el t irano condenado y
el filósofo absuelto. También aquí Sócrates, el que parecía tan aleja-
PLATON
/ Socrates y el mit o/
172
174 PLATON MITO 175
do del mil o, ha sido convert ido por Platón en despert ador del nuevo
mito.
Primer Grado. Dentro de la obra platónica aparece el mito más
antigu o, el que relat a Prot ágoras en el diálogo de este nombre: sobre
la creación de (a Humanidad y el estab lecimiento de la esenci a de la
vida y sobre cómo llega el art e de la política ent re los hombres. No
es Sócrat es el que habla aqui sino el sofista, con lo que no queda fija -
do sobre ello si todo o parle lo tomó, en cualquier caso, de una obra
de Protágoras 7 . Co mo un relato sofistico - que de ninguna manera
se nombra: una completa nada- ha puesto Platón ese relato en su
sit io. Allí Protágoras somete a elección si debe probar su tesis por me-
dio de un milo o un legos, luego opt a por el milo como lo más di fun-
di do . sin embargo sin duda todavía la discusión conceptual remite a
después del hecho, así tiene que quedar clara la libre voluntad del pro-
cedi miento. Cuando Sócrat es, en los diálogos tardí os, se sirve de un
mito, se desarr olla de esta manera porque él tiene que expresar así
lo que no es exprcsablc de otro modo. y de ello depende a la vez el
que los mitos socr át icos se encuentre n en el medio o al final, pero no
allí en donde el procedimient o dialéctico aún no ha comenzado.
Por lo tanto ser ía falso pensar en esto como si se introdu jera aqul
algo completamente platónico. Incluso si se tuviera que dejar indife-
renciado cuánto de la histori a de Platón es hallazgo propi o, es evi-
dente que, para esta blecer relacion es con sus mitos ta rdíos, aquí sue-
nan mot ivos que durant e décadas han significado de lejos algo para
él. Los escultores divinos de <da estirpe huma na » se repiten en el Ti-
meo igua l que los dioses subterr áneos, de los que el Demiurgo saca
la imagen del «cuer po mortal». La mat eria de la Que son imagi nados
se denomi na en el Protágoras «t ierra y fuego . y la mezcla de t ierra
y fuego». Esa vieja Física , en resumidas cuentas de Parm énides ".
asient a en el Tímeo únicamente una nueva estr uctu ra aritmética. Pues
el cuerpo del mundo, del que también constit uyen " partes prestadas»
las esencias mort ales, consiste igua lmente en fuego y tierra , entre los
qu e, al modo de «e nlace» . otras dos materias llegan a ser construidas
según las leyes de la proporción. Como en el mito de Protágoras Epi-
meteo " imagi naba» (IJllJ;V:l!va TO 320 E, 321 A) , así el Demiurgo del
Tímeo (37 E, 70 C, 73 C): como aquél, así imagina este sobre la «con-
servación» (aW77/ e i a) de lo creado (Protágor as 321 A, Timeo 45 D);
el uno «ha gast ado» (xUm l'UAWam Protágora s 321 C 1, XU m l' 11AWXf l
Timeo 36 B 6) las fuerzas en dividir, el otro lo mezclado dc la materia
del alma. Los sintagmas finales de relación, «con ello» y (con ello
no». se encuentran en el Prot ágoras y predo minan en amplias zonas
del Timeo para la constr ucción de una fra se como expresión del pen-
samiento teológico. Ot ra cosa , a su vez, tiene su correspondencia con
el mito de El Polftico, en donde se muestra relacio nado po r igual el
desarrollo del mundo y el desarrollo de la ciudad : «Cuando llegó el
t iempo», «no ha bía ciudad alguna»; los hombres de épocas primiti-
vas se encuentran desnudos y yacen en el frío suelo y serán atacados
por a nimales sal vajes ; Zeus, o el dios que se cuide de eso, de que lo
creado no vaya a extingu irse. por medio de Promereo. Hefesto y At e-
nea, inicia a los hombr es en el fuego y en las artes manuales - se ve
lo fuert ement e que se asemejan entre sí ambos apart ados hasta en los
detalles La gradación de las fuerzas natu rales Epimc-
leo la maesrrla y Prometeo la «arer é», que Zeus concede se puede vol-
ver a encontrar sin forzar nada en Lo Rep ública: desa rrolla a part ir
de la «fisis» el asentamiento conj unto primitivo que obedece a un mu-
tuo complemento de la ca pacidad humana, y que luego, mediante la
«areté». llegará a convert irse en ciuda des. Así también ya se tiende
efectivamente mucho en el mito de Prot ágoras al pensa miento e ima-
gen que más tarde eran au tenticas para Platón. Como la postura so-
fistica no sólo está enfrent ada como algo para combat ir y ser derr o-
tado por Sócrates, sino igualment e como una primera apro ximación
a los prob lemas, de esa manera el mito de los sofistas resulta un com-
pleto acerc amiento no menor que ella , pero por la mi sma razón no
completamente extraño a Platón ; más bi en como algo que va crecien-
do en él con los años 10.
De igual manera se encuentra con el primitivo mit o del Más Allá
que hay en la obra platónica: en el diálogo Trasimaco (Lo Rep ública
1). La conversación que Sócrates mant iene con el ancia no Céfalo tra-
la de la adquisició n de di nero y de su utilidad . Una co nocida valora-
ción mediadora en el relat o y una conocida negación med iadora para
la adquisición de dinero se aprecia n ent re los part icipantes. Allí Só-
crates le pregunta por el «gran pr ovecho » que él tend ría de ello. y
entonces aparecen «las historias que sobre el Más All á solían contar -
se» entre los antiguos. Se hace vivo el contraste entre la vida j usta
y la inju sta , y se relaciona con ello, en función de la representaci ón
del Más Allá, un temor ante el castigo y una esperanza de premio.
El no mbre de Pindaro suena igual que más tarde en Platón en el rela-
to del que sale el mit o: la visión camina bajo los nombres de los gran-
des poetas.
Hay que recalca r mucho que entonces la conversación expcrimen-
la el giro hacia el Más Allá por medio de Céfa lo. Pod rían ser culpa-
bles de ello los achaques de la ancia nidad o la cerca nía del viejo a la
muert e; en cualquier caso, sucede que tiene que hablar, no de mane ra
filosófica. sobre justicia y su cont rario como si el discurso no fuera
en absolut o sobre el Más All á ; ta n sólo toma el concepto de j ust icia,
y la conversación tr anscurre hasta el fina l de mod o completam ent e
concept ual y no mítico. Pues la transmisión, que muestra únicament e
al Tras/maco metido en la gran obra de construcción de la Pottteia,
por lo menos no esta ría equivocada en ese punto acerca del contenido
primitivo. Luego, Platón no conoce tampoco en los grados de los diá-
176 PLATON
MITO 177
la gos aporéticos un mito del final y, por pr imera vez, cuando ha amo
pliado con el Tras/maco/ La República, ha situado como desenlace
de la totali dad a uno semej ante al mito del comienzo.
/ Milo y filosofla/
Igua l que para Aristót eles el milo es una especie de grado previo
del filosofar (Metafísica A. 982b 18), así t ampoco aqu¡ es algo sin va-
la r. Pero Sócrates pasa por encima de él a una tarea conceptual y ya
no regresa a él. En todas las veces que Pl atón cierra con la apo ría.
no podía - como had a desde el Gorgias- cerrar con un mito socré-
tico ; sólo se encuent ra un mito del co mienzo co mo forma de expre-
sión moment ánea no socrática, la forma en la que el sofista Otamo
bién el hombre llano tienen relación con lo eterno. En todo se revela
que el mito se encuentra de antemano al margen de la interpretació n
platónica del mundo . Pero primero se introduce más profundamente
en un segundo grado y se convert irá en una manera en la que habla
el propio Sócrates de Platón , después de que previamente ha recorri-
do el camino dialéctico.
Segundo grado . En El Banquete se encuentr an los dos grados míti-
cos, el presocrático y el socrático, el uno j unto al ot ro y no sobre el
otro, En el presocrático están situados los cinco primeros discursos
de Eros. Aquí está el elemento mítico, de la manera más endeble, en
los discursos de los investigadores de la Naturaleza, de los interme-
diarios . El primero y el quinto, el de Fedro y el de Agatón, propor-
cionan los dos aspect os míticos tradiciona les: el Eros cosmogónico
y el j uvenil dios del Amor. Y asimismo se encuentra en el discurso
de Pausan ias, que introduce en la unitaria esencia de Eros la oposi-
ción entre el Uranio y el Pandemos, el comienzo entre las tradici ones
poét icas y populares. Lo más característico y creativo de este grado
se lo ha dado, sin embargo, Plat ón a Aristófanes. Su fantástica híst o-
ria es del tipo de los mitos de la creación del mundo, que ya nos mos-
Iró el Protdgoras. Vemos, tanto en uno como en el otro, actuar y ha-
blar a los dioses. Zcus, en medio de per plej idad y preocupación , COII
ayuda finalmente de Apolo - igual que en la otr a parte con Her mes-
reformó la creación peligrosa. Por otra pa rte sin duda se cncucnt ru
todo en los comienzos . Los hombres redondos, que se par ecen en for-
ma y en movimiento a los astros de los que se sepa raron, bosquejan
igualmente, en fantá stico juego, el pensamiento del Fedro, del Timen
y de Las Leyes, antes de la relación entre alma humana y cosmos, en-
tre mov imiento del alma y movimiento fantasmal 11, La imperfec-
ción, el «semi-e-s de nuestra existencia terr enal, Er os como el «ir n-
pulso al Todo»: eso son imáge nes cuyo valor se evidencia como in·
mediato y que , sin duda , en el sentido de Platón se llenan en primer
lugnr con conte nido , si se sabe qué es lo perfecto y el Todo.
En todos estos discursos se encuentra presente el mito en el grado
previo. De ninguna manera se trata de un j uego gracioso y sin signifi-
fado. ¿Lo habría escrito Platón si fuera lo cont rario? ¿Y no son los
Indicios lo suficiente mente fuertes para convert irse en pertenecientes
nlo propiamente platónico? Sin embargo se tiene, sin duda, la irnpre-
, ión de qu e se ha «mitificado» a l tuntún y de que se hu cuidado en
rilo de que permaneciera sin separar lo que previamente tiene que coin-
cidir. Allí Sócrates empieza a hablar y asume completamente en sí,
desde el principio, todo lo anterior como «engaño». Pues sucedió an-
le\ de cualquier discusión conceptual y, en el sentido de Sócrates, es
un mal sust ituto para ellógos y la verdad , En el discurso de Sócrates
tenernos el cuento de la prod ucción de Eros por medio de Poros y de
l' cnia, «Abundant e. y «Pordios era» en si, no de ot ro tipo que el que
en el primer grado fue fab ulado ; y asimismo se añade que se recono-
ce cambiada la situación. Sócrates ha explicado previamente la esen-
cia del amor en una discusión conceptual. Se ha establecido el punto
más serio: amor es amor de algo, sobre todo de belleza .
Amor es un desea r y un carecer. Amor qu iere conseguir lo que
no tiene. Eso es la «verdad. y ant e ello quedan destrui dos todos los
cont enidos de los discursos anteriores auxiliados po r la mitología. De
manera di stinta completa mente sucede ahora cuando sigue un mito
vocrátlco: el fuego fatuo ya no se enciende en un espacio vacío -en
rl caso más favorabl e seria una casual indicación de lo verdadero, en
rl más desfavorable un embrollado j uego- sino que él sigue suficien-
teniente las lineas que ahora mismo el lógos ha mostr a do.
La historia de Poros y Penía pod ría parecer actualmente con faci-
lidad un revestimiento alegórico del concept o de «metaxy» pensado
racionalmente. Pero eso seria verlo mal. Tan pronto co mo Diotima
comienza a hablar, por boca del Sócrates «dern énico». esta mos en
1111 contexto mítico. Yel «meraxy: mismo es un aspecto casi tan miti-
ni como racional , referido al Todo. que, a través de ese relato demó-
uico, «llegar a estar relacionado consigo mi smo»,
El mito socrát ico no concluye el discur so. Desemboca en la des-
crfpción de aquel camino gradual que se alza hasta ver lo bello-en-si.
y no por azar llega así la contemplación de la esencia en imagen a
colocarse en el centro del discurso. Eros es el prop io mediador entre
ciclo y tier ra. En medio de la existencia ve Platón ese pr odigio que
ninguna razón puede explicar, y que, asimismo, preserva ante el To-
do (para decirlo con palabras del Platón tardí o) «para hundirse, fue-
ra de si, en el lugar incomparable sin fronteras» (El Pot nico 273 D).
Asi llegará a ser Er os el Metaxy en el discurso de Sóc rates, igual que
{'l es lo metaxy en el mundo de Platón.
Ya fue anteriormente establecido que el camino del a mor y el ca-
178
PLATON MITO
179
mino de la muert e conducen. par a Platón , al mismo obje tivo n, No.
pasamos al gr upo de los milos escatológicos.
En la Apología hace Platón hablar a Sócrates todavía hipot ética
rnente sobre el destino del alma. menos segura mente porque realmcn
le Sócrates hubiera hablado así -sobre ello nada puede inferir
pasaje- que, por ot ra parte, porque es conveniente ta l consideración
ante la audiencia concreta, e incluso más, porque en lo anterior 111)
se ha preparado una charla más sólida. Todo 10 que se había dicho
sobre el Más Allá , en cuant o al contenido , es o bien contr aposición
o confirmación de la existencia de aquí. Los j ueces del mundo sub!
rr áneo son verdaderos j ueces frente a los falsos de aqu i. El encuentre
con tales héroes, que al igual que Sócrates han llegado a la muen
por una sente ncia injusta. adquiere aquí al go irónico, ante su destt
no, por su amargura . Lo má s impor tan te es la conducció n más all
lnctuso de aquella existencia examinadora de hombres. que él habl
mostrado como su larca dada por el dios, y 10 que, por último .
real iza en su muerte: ante la vista de la eter nidad también eso ser
confi rmado. y la muerte se despoja de su amenaza, como si fuera un
necesar io final, un corte. En el final se alzan inmortalidad y biena
vent ura nza - (lsi es que es verdade ro lo que se cuentas-e- muy irónl
cemente frente al juicio terrenal de muerte.
/ Formación del mito ptatonico en el Gorgias/
En el Gorgias hay en pri mer lugar un pasaje en el que el mito d
Más Allá se qui ere introducir prematur ament e. pues al final se en
cuentra un segundo pasaje en donde se ha dejado como auto rizado
Primero se ha revelado la tesis de la primacía de lo más fuerte corm
una expresión del principio del placer , de la lucha individu al para qu
este principio tenga que inflamarse. Lo intent a allí Sócrates en prl
mer lugar con dos imágenes, «re latos de cuentos) (p.lJ8o>'oi'w 493 D)
Nosotros nos encont ramos muertos, el cuerpo es la t umba del alma
En el Más Allá los no santificados (&p.Vl1TOt) -o sea, los ínsensatoe
sin espíritu (&VÓl1TO¡)- tienen que sacar agua con un cedazo -o St'I1,
con su alma - de un tonel aguj ereado. En la segunda imagen, qU¡
procede «de la misma palestra », se modificaría la primera , el cont rau
entre lo mesurado y lo indisciplinado se conformaría a semejanza lt
la vasija de provi siones complet a y la aguj eread a 12" .
Una escatología para la cual Sócrat es se remit e a Eurípidcs , el por
ta. ya la doctrina de hombres inteligentes - órficos y pitagóricos
Pero Sócrates ve por sí mismo que él tampoco puede superar su en
frcnt arnient o «con muchos de tales cuentos». Como un intent o, insu
ficient ement e asimismo, debe realizar esto. Pero espera al lugar cu
donde ha de realizarse con suficiencia. Eso sucede al fi nal del dlülo
1I 11, en el primer gran drama escatológico que ha formulado Platón.
Y transcurre. como todo el diálogo. en el contraste entr e j usto e in-
III \ to; aquí será represent ado ese cont raste en la transcende ncia.
El motivo del peregr inaj e de las almas, que en el Gorgias esta ba
presente sólo encubiert o de esa manera de forma que se reconociera
mine todo. se saca en el Menón (81 A·E) como lo más important e
para una esca tología. Aquí se encuent ra en concreto el mito en el pa-
a nueva superficie, en la que tiene que llegar a ser afi rmada
111 esencia de la «arete», después de que no ha quedado ca ptada por
mcdio. la definición. Tiene que ayuda r a afirma r la posibilidad del
vouocirmento. Ha de ser precipitada a la sab iduría de los sacerdotes
y de los poetas di vinos , y se citan por un moment o versos de Píndaro
¡' U la peregrinación del alma. Por fin va a ser mostr ad a la consecucn-
d a la esencia del conocimiento , que es un recordar lo qu e se con-
templ ó antes de esta vida 1); no se podría dejar que se comenzase por
e! l ógos de los erísticos, qu e ha perdido el conoc imiento. sino que se
debería buscar de hecho y con fuerza la verdad.
Si también con el mit o se va a alcanzar un nuevo grado. no se tie-
lIC comparar .ést e con los añadidos descoloridos en el Gorgias.
Ilabna quedado dicho de antemano en el Menón más bien lo más fuer -
te, el resultado ant icipado. el tema que se ha de probar no sólo esta -
blcciéndolo sino sacá ndolo a lo mitico: El saber-consta nte. También
IlI l Uí en Platón en bosquejo una completa interdependencia
- !iC d!ferenel a en efecto sólo por su mani fiest a pobreza esta repre-
wutacl ón de los demá s milos del Más Allá-, porque sólo depende
delas consecuencias para el «acorda rse» y para la búsqueda de la ver-
dad. No seria discordante con la cita de Pmdaro . referida a (dos más
poderosos en (oo<píf! P.ii'UJTot) . El Gorgias y el Menón pre-
ventaron en efecto visiones par ecidas. El Gorgias iba di rectamente al
correcto obrar, el Menen, en su pa rte central tan buena como el res-
lo. al verdadero conocer. Queda ya explicado a lli lo inquebrant ab le-
mente que ambas se correspo nden en con junto. En el Fedon, actuar
y reconocer tr anscurren uno por otro como la única ta rea del alma
de cara a la muerte, a la «existencia» frent e a la «transcendencia».
t;l o es que Sócrates explique enseguida, al comi enzo, a propó-
Sito de SI rrusmo que él no es un «cucntamítos» (61 B). Eso hace visos
irónicamente entre el sí y el no. En rea lidad este diálogo se encuentra
asentado por completo con «mitología », y un resplando r de ello es
ya, al principio, el discurso, que se mueve entre las creencias secretas,
nosotros los estamos «en una vigilancia, en una guar -
dia) (tJl TL V¡ 'PQ olJec¡.: ). La mano que tapa el destino del alma se levan-
la un poco durante unos instantes. Ahí el Fedán habla de la muerte
pero de lo que está má s allá de la frontera sólo müíc ament e se puede
de es!a mane ra se establ ece igualmente aquí una primera indi-
cnción de la Interdependencia entre esta y aque lla vida . Luego, en la
181 arr e
111 1 lluevo medio: igual que la justicia e inj usticia en el recinto de
1'1 d udad, así es el destino del alma en el Universo . Allí ent onces ,
1"11 una par te, la nueva obra se relacion a con el viejo Tras/maco,
111 11 SIL mito de! comienzo; y de esta man era llegan principio y fi-
1111 1iI una correspondencia simétrica. Al insuficiente intento de allí
II Uresponde , como acerca de lo mismo, la perfecta conformación
Il Illll. Se podría considerar a ambos, en la Historia de la evolución
111 'llll llica o en la Potiteta, como una totalidad que se extiende con-
luida ante nosotros; de esta manera ellos nos most rarí an dos gra-
de la const rucción platónica de mitos. En e! grado infe rior, e!
nl110 es una pr eparación para e! camino dialéctico; en el segundo,
1111 11 visión más allá de la frontera hasta donde puede conducir la
üurtécríca.
Ahora tiene que ret rasarse todo lo demás ant e la comparación de
111\ tres grandes escatologías en e! Gorgias. Fedón y Pofitela 14.
El Gorgias combatió en la lucha entre j ust icia e injusticia. Esa lu-
1 hl1 es la que se continúa en el mi to. Sólo para ello están verdadera -
1I II' IItc aquí el ju icio de los muertos y los castigos del Más Allá. Para
sensiblemente fuert e lo esencial de est e j uicio, se fabulará que
1.. sustancia de ahora no siempre ha sido, sino que se ha desarrollan-
.111 a partir de lo opuesto. La anterio r será car acter izada, en e! lado
.1 1' los j ueces, mediante el que juzgan ellos con sentidos corporales y
111 11 todos los atributos de la existencia corpórea; en el lado de los j uz-
Mudos, por el hecho de que han de ser j uzgados inmediatamente antes
I!I' la muerte, revestidos con el cuerpo y vestidos , y acompañados de
muigos que en su favor at estigüen . La sustancia actual es así: que jue-
y reos están ambos muertos y ambos desnudos; por lo tanto el
IHe'-, con el alma pura, ve al alma pur a. El radicalismo de esa di fe-
u-nciae igualmente la esencia de! puro conocimiento no pueden estar
u-lacionados más claramente.
El juicio no será descrito de forma tan expresa en e! Fedón y en
1(/ República. Pues en e! Fedón no es temático, como en el Gorgias,
t'[ contraste entre j usticia e inju sticia y en cambio en La República
ampliado, asimismo, este tema y sob repasado por medio de mu-
d lOS ot ros. Por esa razón podría parecer sufi cientement e descrito el
luicío en el Gorgias. Así éste, j unto con su lugar, estaría sólo breve-
mente delimitado, aunque con agudeza, en los otros dos diálogos. A
rilo se añadir ía en el Fedón la partida hacia el juicio, en la que se re-
vela igualmente la diferencia ent re alma racional y codiciosa. A aqué-
lla la lleva con facilidad hacia abajo un démon y la ot ra no encuentr a
ningún acompañante. Ella vagabundea por los alrededores y será di-
I igida violentamente hacia aquel lugar. Allí, más allá de las puras esen-
clas y, con ello, más allá de la muerte , continúa la existencia j uzgada
del filósofo y el vagabundear de su rival en el viaj e del Más Allá. Las
distintas for mas de comportamient o de las almas son características
PLATON
conversación propiamente dicha, será relacionado en cada uno de lo
tr es grados el mito del Más Allá . para suplir lo dicho, y será realmcn
te allí en donde se pretende cerrar el circulo.
En el primer círculo (69 C), después de que se ha mostrado la vid
del filósofo dirigida a la muert e, sale recogida la corriente del orfl
roo, ya desde antes siempre reconocible en el concepto de (disol ución
y «purificación», Igual que en el Gorgias y en el Menón, se refler
aquí Sócrates a los misterios y a su diferenciación entre recompensn
do y cast igado. Ytambién la explicación tr anscurre de la misma OHl
llera: «santificación» significa platónicamente razón; por ello. los san
tificados son aquellos que han filoso fado correctame nte. Así pues ti
gan a vivir entre los dios es, mientras que los no santificados «yacen
en el fan go». De esta manera esas dos líneas fundament ales de la eren
ción órfica del Más Allá se encuent ra de nuevo en la prolongación
suficiente de la comprensión filosófica.
En el segundo círculo va expresamente la pregunta por la «inmm
talidad del alma». Así queda asent ado en el comienzo «un viejo di.
curso de lo que nosotros pensamos», que se pasa de allí a aquí y II
aquí a allí y que los vivos hemos nacido de los mue rtos. Si esto fUclil
así, sobre ello se dirige ento nces, al final, la consideración de encaml
narsc de nuevo al mito según múltiples conclusiones. El alma que hu
filosofado de modo correcto y se ha ejercitado en mori r introduce pu
rificada con ello de la misma forma su invisibilidad - lo invisible, el
Hades y el «lugar inteligible» son concept os inte rcambiables-; esll\
libre de toda ma ncha y lleva, según va el di scur so de los santi ficados,
e! tiempo venidero con los dioses (81 A 9. Cfr. 69 C 6). El alma IH1
purificada se arr astra, con lo más corpóreo, terrena l, pesada y vis!
ble. Por ello resultan las sombrías sensaci ones que la fe popular pien
sa qu e ve en t orno a las tumbas en calidad de espí rit us. Ellas se en
cuentran errant es, sufren condena por sus mal as experiencias ante
riores y se reencarnan de nuevo en los muchos ti pos de especies anl
males. El err ar , el ansia por lo cor póreo, se encuent ra en el Más
igualme nte etern izado, igual que entre los otros tipos la familiaridad
con los dioses y la perte nencia a lo inteligible, al mundo «i nvisible».
Eso son deri vaciones de aquello que se most raba en la primera super
ficie. Lo nuevo es e! mome nto de la peregrina ción del alma como sím
bolo mani fiesto de la eternidad de la misma.
Con el tercer círculo se termina el Fedón . Así se establece, aquí
en el final de la discusión y con ello sobre todo en el fina l de la con
versación filosófica, el gra n mito del Más Allá, para el cual estaban
las indicaciones en los dos anteriores grados.
En la Poli/era estarí a retocada la simple forma fund amental del
Gorgi os, la que se refiere a la oposición entre justicia e injusticia, en
un nuevo gran plan de construcción. Así se encuentra tambié n de nuevo
el mito escat ológico del final, el del Gorg ías, también él ret ocado en
180
,1
,
183 xnr o
"1vosmovisi án mítica socrática/
1 del alma 16: el Fedon, el cuadro del círculo de la Tierra
h cavernas y canales de enlace; La República, el huso celeste
11 esferas. En el Gorgias es ya vivaz el pensa miento del cosmos
U/ I' ), y Sócrates, para el excelso eje mplo que pone frente al rcprc-
1I IIIII le del desorden, para el orden del mundo se refiere a los «sa-
Ii'_", l'cro la cosmología todavía no se introduce aquí en el mito,
. Ulllltlcnle porque el diálogo se limita casi por completo a la esfera
11. 11 política. Las otr as dos obras están dirigidas igualment e en mu-
111' II I1.yor grado a la esfera del conocimiento, en donde efec tiva men-
l couoclmíent o de la Naturaleza sustenta un rango particularmen-
••110 .
1·,11 el relato que da el Sócrat es del Fedón acerca de su desarrollo
1I1 ,I' ,Mico se ha seguido una visión del mundo que mostraría al Uni -
'1 '0 como un sistema de orden más o menos perfecto. Así, en ta l
. plicación del mu ndo la fo rma de los cuerpos terrest res y su pos i-
h\n en el espacio del mundo tenían incluso que desarrolla r ese prin-
¡plo de lo «mejor ». El desengaño sobre tod o 10 que se encont raba
!I wmejant e explicación en Anaxágoras y la limitación a las directri -
l ' dcllógos (h' ).,Ó-Y0 LS) no impidieron a Sócrates reconocer que muy
1\ ansro se habrían dejado de instruir en aquellos con tenidos de cosas
u.hr c la Nat uraleza (99 C) . ¿Es una casualidad que en el mito del fi-
nnlun «cua lquiera» estableciera una visión del mundo que, en esen-
rlu, resultaría suficiente para lo que ant erior mente se perseguía? La
I u-rra es un círculo en medio del cielo. Ella no necesita el aire o cual-
nulcr ot ro sustrato mecánico de apoyo, sino que llega a mantenerse
' 1 dmisma en equi libr io. Con ello se encuentra ent re aquellos que han
u-ducido la detención de la Tierra a causas materiales (97 D, 98 C 1).
r'cro luego será construida la Tierr a de t al manera que las demostra-
rtoncs más reales de la Naturaleza (como marcas. vientos. fuentes y
nupcíones volcánicas) llegarán a ser ente ndidas desde esta for mación,
vasimismo al mismo tiempo se establecen los lugares simbólicos para
r! destino del alma: el int erior de la Tierra, las cavernas - para el tiem-
po de vida terr enal- y la «Tierra más propiamen te» 17. Esa ar moní a
.k construcción causal y teleológica colma las pretensiones y esperan-
IllS anteriorme nte expresadas . Todavía la formación del mundo en
\'1Timeo se mantiene por completo bajo el mismo doble aspecto.
En La República es objeto de consideración ya no la Tierr a como
medio del edi ficio del mundo, sino ese mismo edificio del mundo con
I ll S esferas. Aq uí se mostr ará el destino de la Humanidad en su necc-
vidad (que la libertad del individuo no saca sino que incluye) . Las tres
diosas del destino - Cl oto, la que hila; Láquesis, la que da el lot e;
PLATON
para el Fedón, mientras que en La R epública ese viaje apenas e
todav ía pensado (614 B 8).
En el Gorgias se encuent ra el peregrinaje de las almas 15 no
sentado expresamente sino sólo presenti do, cuando los incuruhl
el Más Allá sirven de ejemplo (1I'"aeáÓH)'wl:') de que los demás r¡
que estar mejor: los otros, esos sólo podrían ser los que han plln
pado en la carrera de círculos. En el tema estarí a la «palíngcne
en el bosquejo de mito del Menon, porque sirve para el sabe r ni
rístico. En el Fedón, en donde se llega a lo mismo, se menciona 1
vcmente que de nuevo sobre la tierra sería conducido «en círculo
tiempo muy grandes» (107 E). Pero para ello se tiene que tomn
que había sido relatado, en el segundo grad o del diálogo, sobre In I
carnación en múltiples tipos de figuras ani males y humanas (H1
ss.). En La República hay un acento muy fuerte aún en la vucl
la elección de la nueva suerte de vida. En realidad las experienc!n
la vida anterior resultan serias para la elección de la nueva, pero
a pesar de ello, es completamente libre. La j usti ficación mctnlt
del hombre por su existenci a, la negación de todo fatalismo, siell
su más fuerte expresión, mientras que eso en el Fedón -c-algo
flojo- se t iene por «probable», de for ma que la reencar nacións
de en efecto según el tipo de ser que las almas en la vida an terior
revelado.
Los hombres , cuyo desti no en el Más Allá es contemplado. l.'
clasificados por todas part es de la misma mane ra. En primer 111
entre aquellos que deben ser cast igados por sus errores, se establ
dos grupos: los que son capaces de mejorar y los «incurables» «(h i
Gorgias 526 B 8, Fedón 113 E 2, La Repúhlica 615 E 3). Los casrl
entre los primeros son medios de educación; ent re los segundos, e]
plos para que los demás se aparten. Como incur ables de la peor
ña llegan a enco ntrarse allí, en los dos di álogos polí ticos (el GfII'
YLa República), caudillos y potentados; entre todos es mencíou
Arque1ao de Macedonia y en L a República Ardieo, el tirano de
ciudad de Panfilia, cuyo to rmento fue pintado con imágenes dan¡
cas. El Fedón menciona sólo en general a todos los incur ables en
Tártaro, sin cita r sus nombres; así que 10 particular de este diáln
al que le falta el giro «políti co» de los ot ros dos, también quedO
daro en ello. Además los capaces de enmienda son clasificados ,
una vez aquí en unos que son deudores de severa corrección y en <lit
que han llevado una vida a medias entre buena y mala. Como lel
grupo, fina lmente, llegan a añadirse por todas part es a los curaht
e incurables los «piadosos», entre los cuales inician todavía un ilPll
tado particular, en el Gorgias y en el Fedón, los verdaderos filósofo
El mito del Gorgías se limit a al juicio. Las otras dos obras illln4i
nan más adelante - y esto es pro ba blemente lo más notor io y mejor
un cuadro cosmológico bas tante pensado, en el cent ro de este rchu
182
I
/ La interpretación neoplatónica del mito/
Una última y excelsa cosa . La interpretación neopl atónica del 1111
to, que tenemos ante nosot ros en el engaste arreglado por Proclo,
mueve en esa dir ección : igual que nuestra alma debe ser una «poli
tela » ordenada y la ciudad repite el recinto ampliado del alma , 8\1
muestra el cosmos, tal como incl uso una vez se present a en el miro
del fi nal , «lo mismo en medidas mayores» (ro erUTa P.f1j"ól'Wf II 99,23).
Se podría renunciar a interpretaci ones part icular es, porque se pod rlu
185
MITO
l uir paso a paso lo designado expresamente por. Pero ,
HIII [O como se echa una ojeada al Tímeo, que dibuja una vez mas
1 Imagen de la ciudad antes de dirigirse al edificio del mu ndo, que-
.ll¡l evidente así la «simetría) entre ciudad y c,os mos. Cuando en
"""'0(98 CO) se dice que ta rea del hombre sen a conocer la a.rmonta
movimientos del círculo del Uni ver so y concordar lo co nocido con
I que conoce, en la medida de la primiti va natura leza nj"
' (fin" opV(H"), así qued a explicada la simetría 7nlre alma
111'1 110 5 . A la analogía entre alma y ciudad remi te toda const rucción
tl, In t'oluetaplatónica . Y eso significa seguramente leer esa ob ra en
I ecmido de Plató n, cua ndo se ve que en el mi to del fina l
I • dimensiones generales: alma humana , CIUda d y cosmos se contem-
Illllll como tres formas colocadas en simetría respecto al mismo cen-
111'. Y, asimismo, a su vez no como esferas cons-
uutdas a la vez formadas una baj o la ot ra , smo que, al .que el
nombre pertenece en su esencia a la ciudad, así pare,ce él también per -
11 1I1'ccr en su esenci a al cosmos. Como en el Fedon el circulo de la
l'ler ru, de la misma mane ra parece aqu í organizado el cdi.ficio del rnun-
du II fin de crear para el alma humana el espaci o medido en corres-
l'lllldencia con ella. l os grandes mitos del alma en
1'll11diente turno al fi nal de una obra, el AI!a no sabido de la VI-
114, después de que previamente. con la mirada 510 en el ser eter-
11 (1, ha sido conocido en el Más Acá el orde n o lo cog-
conceptualmente de lo de aquí. Se trata de sobre
elünlco tema que, asimismo, sólo se adapta a estos diálogos.
.Ir diferente ma nera que los mitos de los primeros grados plat ónicos
,, \1ron estos verdaderamente socr áticos un juego chistoso sin respuesta
II\lC , por casualidad, pueden encont rarse alguna vez con algo esen-
,1,11. Asl establecen la discusión conceptual previamente y
'11\ líneas más allá de las fronteras que se asientan entre la
humana y el conocimiento humano. O incluso más, en.el sentido pla-
túnico: el mito que, más o menos como el l ógos fue invent ado, fue
hnlludo a su vez, t iene, al igual que ése, su propia est ructura. Y sólo
nnonces tiene el mito valor si se revela que sus líneas conducen más
.Ila, sobrepasando al l ógos.
Todavía queda una última cosa : Platón no se estremece, al '!'en<?s
en el Menón (86 B) y en el Fedón (1 14 O), por conmover la sabidu r ía
lid mito de nuevo al final, y no deja en efecto en al guna una
Iluda de que aquí [a verdad está mezclada con ficción p.oetlea.
volver a asegurarse pertenece muy en part icular a la esencia del mito,
«con ello no se podría preparar pa ra lo rígido». En el Menón : «De:
warta así no reemplazarlo completamente». En el Fedán: «Esto es aSI
1,.1 algo perecido». Pero de esta manera es más inquebrant a ble la
ndad de las consecuenci as que el mito ha confi rmado: «Se podría es-
rar confiado sobre el destin o de! al ma , si se hubieran evitado en la
PLATON
Atr opos, la ineludi ble-e- son hij as de Ananke, la necesidad. De!
de Láquesis serán tomados los lotes. Bajo el trono de Anankc de
ca minar las almas para adquirir de manos de Clo to y de Atr opo
firmación e inalterabilidad para la libre elección de la nueva vida. 1
bí én son esas manos, de las Moiras sin emba rgo, las que mueven
rutas de las estrellas y en el seno de Ananke se hace girar al huvo
mundo. Así se enlazan sucesos cósmicos y destino huma no.
roo la interdependencia es aún más profunda. La imagen del muñ
dispone la ciuda d, la ciudad de la educación en la que la astrono
ha sido erigida como un auténtico objeto de educación. l a astro
mía que se ha pensado allí es, sin emba rgo, escuela preparatorln
la dialéctica (VII 529 e y ss. ): no es su objeto lo abigarrado de
expe riencias celestes, sino las verdaderas distancias, números y
mas que, consideradas con el puro pensa miento. se relacionan,
los ojos fijos en el cielo, como imágenes con su prot ot ipo . Una 'ni
truccíón ta l dcl Universo y de su movimiento según puras propord
nes matemáticas: eso es -siempre también como bajo un ro paje I
no de cuent os- el huso con sus volantes. Si entonces en cada volar
girase alrededor una sirena que emitiese cada vez sólo un tono, de F
Ola tal que «en conj unto los ocho sonasen en una armonía únlc
uno se tiene que acordar entonces del libro séptimo, en do nde se ,11
en la verdadera astronomía la auténtica doct rina de la música que
lo t iene que actuar con la consonancia de la pura proporción de I
números. Igual que aquí se enlazan astronomía y música , también I
dica en esto (ya visto por los pi tagóricos y de elevada seriedad 1l1l1
Platón) un caso modelo para toda comunidad y parentesco de las elil
cias particular es, con cuyos mét odos se puede n alzar hasta el obieu
que se pretend e. Pero este cosmos de las trayectorias astrales y de I(
sonidos pu ros es sensible al alma y asequ ible en e! Más Allá . Dee 1
manera ella se encuentra en la proximidad de los más excelsos COIl\!
cimientos. Todavía falta la contemplación de la más egregia imall 1
misma, que aportará por primer a vez el Fedro. Aq uí sólo parece pcu
sada en lo que las alma s reciben del bien en su viaje celeste parü
aspecto: «aspectos de inaudita belleza» (615 A) .
184
I EI espad o mítico del Fedro /
187 MITO
1 .1In de su pasión por las Musas, anima el espaci o, lo mismo que
precedente, con figuraci ón mítica. Pero enseguida expresa la ad-
ucncia de no dejarse confundir por las cigarras sino «ponerse a con-
1' ¡U f), y hace a las Musas president as de la conversación filosófica,
l"r ce ha confundido ella misma con una obra musical. y también
• _ulla significat ivo el pasaje del diálogo en donde se halla el int erme-
11 11, allí exactamente en donde comienza a desarroll arse la discusión
uu-dinme una escaramuza llena de seriedad,
1.ahistoria de Theuth y Thamú s (274 C-275 C) no tiene un recinto
como las dos pr imeras. Pero se encuentra, como la segun-
,hl, en una signi ficativa cesura alll en donde comienza la última di s-
udóu. Y un verdadero lazo objet ivo se est ablece ent re ambos cuen-
111 ' . Igual que el segundo se tomó para el uso musical del discurso,
..1avisa el tercero ante el ab uso de la escrit ura. Los dos pu ntos fron-
,,, ilOs de la conversación del lógos llegan a estar fijados j uga ndo en él.
Así aparecen ent relazados el primero y el segundo de los mitos a
uuvés del recint o espacial, el segundo con el tercero a tra vés del re-
tnto obj etivo del diálogo Fedro. En conjunto conforman, dentro de
una di scusión muy técnica y abstracta, el país monta ñoso mítico so-
hit' el que se eleva la cumbre del gran mito central.
Se diferencia mucho de los mitos en el Gorgi as, Fedon y Pottteta.
I 11 aquél sería visto el Más Allá en la prolo ngación de esta vida como
1111 juicio con premio y castigo, y se ensancharía en primer lugar des-
,k allí aspectualmente a lo telúrico en el Fedón y a lo cósmico en la
t'otueta: de esta manera se tr astoca aquí la relación. Se toma enseguí-
dula posición en el cosmos y aparec e en primer lugar, dent ro de ese
evpacio más o menos de grosor, el dest ino corres pondient e al alma
humana individual; así que también aquí se ha visto una vida terrena
nuno un punto en la gran esencia del mundo. Y ese mito tr anscur re
no de di ferente manera que en El Banquete, pero con tanto más
111.'\0 cua nto más allá entr esaca-e en el centro del Todo. Igual que en
rl Banquete. también aqui había puesto Sócrates la pregunta funda-
mental en la esencia de aquello sobre lo que se hablara (237 BC) ; lue-
llO, habia dejado atar ju ntas las formas de la «manta» en un sistema
cuadrimembre y había desplegado como cuarto miembro la manía er ó-
üca. a partir de la doct rina del mito.
Resulta una novedad en el Fedro que preceda al mito una díscu-
sión sobre la esencia del alma -alma como movimiento- oNueva es
(le ese tono la fuer te deducción conceptual e igualment e su contenido
más solemne. Nuevo es el cuadro conceptual: movimiento , prin cipio
ca mbiar y perecer, inalterable e imperecedero - o más bien
no es algo propi amente nuevo: se trata asimismo de aque lla «busque-
da de causas en el apartado del cambiar y perecen>, que Sócrates deli-
ncaba en el Fedón como el primer grado de su salida filosófica-. Más
bien asimismo se tr ata de todo lo viejo de filosofía de la Naturaleza,
PLATON
vida las alegrías corporales. que apart an del aprenderI y se hU"1
arreglado el alma con los adornos que muy propiamente le corres¡
den» (Fedón 114 O). «Se debe precaver uno más ante la actuac
injusta que ante el sufrir injusticias; se debe cuidar en ello no de I
cer bueno sino de serlo; si alguien exige lo inj usto, debe ser castil
por ello, y realizar esto es el sentido de la Ret órica » (Gorgias 527
«Sedebe creer en la inmor talidad y mantenerse siempre en a SCClUl
practicando ju sticia j unto con la razón en todas sus formas» (1.11
pública 621 C). La concordanci a queda delineada. El mito ticun
valor característico como «dircctio voluntatis», para decirle con Dant
Por ello. como sus líneas concuerdan con la discusión conceptual. 1
sembocan así de nuevo en las exigencias pedidas a la vida, las ¡¡u.
diálogo habia explicado y fundamentado.
Tercer Grado . Con el gran mit o del mundo y del alma, en el
aro, alcanzamos un nuevo gra do en la for mación platónica de mIl
Pero, en las partes del diálogo en que esos mitos ocupan el ceur
se encuent ran aún tres nar raciones míticas peque ñas. Tiene mil)' 1\1
ca de casual el qu e lo paisajístico en el Fedro tenga un valor más fu
te que en cualquier otra parte de Platón. Y, en t ercer lugar, no es nl
guna casuali dad el que se toque en la conversación la historia de lit
reas, porque Sócrates y Fedro está n paseando por el lliso, y la
mor fosis de las cigarras, por que ambos se encuentran echados CII II I
dio de los inauditos ruid os de un mediodía mediterr áneo a la somb
de los plátanos. Más bien todo eso se comprende en conj unto. Tkr
po y hora consti tuyen, en unión de los mitos, el paisaje anímico
la obra .
La leyend a de Bóreas y de Or itia (229 B· 230 Al también pre!1
el espacio a una figuración mítica un poco así como en un cuadro
Poussin, y esto puede venir de perlas para que la mirada inmediat
mente caiga sobre otros personajes de cuento; cent auros , quimcr
y gorgonas. Pero ento nces sería explicable el sentido concreto en .1
que aquí se ha hablado de todo eso. Sócr ates se aparta del presunr
pensamiento de si la historia podría ser verdadera o no, o de cón«
se podría explicar. No tiene tiempo para ello, porque todavía
gún la sentencia délfica- no se «ha conocido a sí mismo». Pero IW I
medio de eso no le será ind iferent e el mito , mucho menos indiferente
que a aquel nueve veces listo. El, con la mirada en el mito, se pruclm
a sí mismo si él es más complejo y más engre ído que Tifón . O
apr ende en el mito, que él acepta como dado, para su única lar('ll
El cuento de las cigarr as (258 E·259 D), las que en un tiempo ( O
mo seres humanos se habian olvidado de la comida y de la bebida en
186
I Ef papel del mito en fa formación del afmal
189 MITO
ll ll hll rodeado de obras de arte en las que veía caballos alados o con-
,lUí ror es alados de carro - Eros, Níke o Eos -; podrían ser también
'1I11 [,n:->, conductor y caballos, alados. Y, sin dud a, los cubos de las
IUHl n:-> podían llevar alas: como frecuentemente se veía en cuadros
"que! carro alado en el que viajaba Tr iptolemo distrib uyendo el trigo
III I C los hombres. En el mito de Platón lo alado es expresión poética
11I U¡1 eso que antes había sido formulado en el concepto de movimiento
IUll ' I)I"ico-natural de sí mismo. Un estímulo particular para la COllS-
111I1'l'i tÍ n de ese motivo de imagen podría haber sido para Platón el
'1"1' en el relato precedente de creación poética el Eros a lado hab ía
udo modelado para la Psique ala da. Platón mismo parece pensar en
_11 cuando, poco después, pone en boca de su Sócrates so bre el dios
,.Indo del amor dos versos que atribuye a la «poesía misteriosa de un
HII IlH: ido homé rida» 19. Y realmente no sería una casualidad o una
{mvlución lúdica, sino que en ello se explica que un alma es entonces
' l1l1l plctamente alma si es alma que ama.
t'cro ahora llenan el alma sus pro pias solici tudes: ella anima, avi -
\', 1. Si en un principio todo el recinto del mundo parece como un es-
pucio de acción, por esa razón pasa ella por aquí avivando y movícn-
,lo, sucesivamente. Dos formas de (esencia de vida » fueron he-
I. IIUScomo las verdaderamente más visibles: las inmortales (1os astros)
Vlas mortales (los hombres). Desde el movi miento perfecto, con el
que rodean todos aquéllos el ciclo, el movimiento del alma humana
. hw ifica una caí da. Ella ya «ha perdido plumas» y se ha despeñado,
cuando se encuentra un cuerpo humano y ambos se entrelazan. La
encarnación como caída pecaminosa de aut oincul pación del alma fue
mostrada en el Fedán y en La República, al igual que el cosmos como
o pacío para su destino. En el Fedro se consideraba como un cambio
.h-l punto de vista de la perfección del cosmos a todo lo restante, y
el mundo de los astros se mantiene como un mundo de vida más per-
fecta frente y ante la humana 20. En esa nueva dimens ión y con la
llueva imagen, la contemplación de las ideas del alma eterna, que no-
«ur os conocemos por los mitos del Menón, Fedón y La República,
estar ía formada una vez más . El movimiento «de arriba» habrí a ga-
llada como «dirección» (a l'w como «elevació n» (&vw &1'0: -
(l¡wn ), como «contemplación de lo de arriba» (OfO: rwl' &uw), en el
símil de la caverna de La República su expresión hasta ahora más al-
la. Por medio de la imagen de lo alado estaría ahora organizada esa
aspiración del alma como un camino de esencia. y «lo de arriba» pre-
sentar ía una nueva fij ación cósmica. Pues el «l ugar inteligible»
de La República (VI 509 D, VII 517 B) estaría aquí enlazado
con el «luga r supraceles te» VU1fEQouQál'tos ) y también con la
imagen del cielo que efectivamente, según la eti mología de Platón,
es lo supremo «visible» = ÓeO:TÓV, La República 509 O).
Yel mismo momento fo rmal cósmico o, si se prefiere, astronómico
PLATON 188
El siguiente grado en la construcción del mito es la formación l
la imagen del alma, después de que la tarea, para hablar de cómo
realmente su esencia, ha debido ser dada como «completamente div
na». En la nueva visión del alma en el Fedro se abr en paso dos mol
vos de imágenes. El carro tirado por corceles y el hech o de que senil
ala dos. El pri mer motivo se encue ntra hasta , en una particu lar eiccu
ción, en la India, en el Katha Upanisnadv-, Allí aparece el carro ti I
cuerpo humano. El intelecto (buddhí) lo conduce. Las bridas que arra
tran son los órganos del pens amiento (manas). Los corcel es diñclle
de domi nar son los sentidos. La verdadera alma, ella misma (atmanj
viaja en ese carro. ¿Ha tenido que venir desde Oriente esa imagen hast
Platón? Sí, si luego la hubiera acomod ado a la doctrina del alma tul
como ésta predomina en La República. Pues la imagen de Platón, fren
te a la india, es simplificada y diferenciada. Los dos caballos son de
diferente tipo: uno es el «ansia », el otro es el «t hymos», la voluntad,
el ansiar. El espíritu dirige a ambos en equilibrio o se dej a arrastrar
con el carro a lo profundo.
La imagen del carro podría esta r inspirada de lejos; Pl atón deja
que predomine un segundo motivo: el carácter de alado. ¿Qu ién es
propiamente alado: los ca ballos, el carro o el conductor? Eso no que-
da claro, no debe quedar claro. Alado es el Todo. Pl atón se encono
de lo «presocrático». De hecho encontramos en Parménides, I' u
docles y Heráclito una concorda ncia de terminología y de ¡HU
y en Alcmeón (como se ha demostrado ampliamente) una vish\l1
neral muy familiar, allí y tambié n aquí se deducí a la inmortalhhu]
alma a partir de un movimiento eterno, y los movimientos etcnm
veían del mismo ti po que el movimiento de los astros 18, En el l
también se apartaba Sócrates de tod a invest igación, pero aqutnn
ce fuertemente imp uesto en ella. Ve <do que se mueve a sí
como esenci a (ou(Júx xcú ;"'ÓY05) del alma. Ve también el principio
mundo y del alma como uno solo . Pero esto no sucede así de fu
que el Sócrates de Plató n vaya a recaer sencillamente en el modo
investigación del que se había apartado por entonces . En el punto
tral del mito también aquí se establece la necesa ria situación del I
cio, sucesivamente de alma y «eidos», tal como se encuentra en el pUl
central del filosofar platónico. El cuadro concept ual de filosoffn
tural no sustituye en algo al recinto cent ral , sino que fue consnu!
previamente a él - como ya revela el pas aje de esa deducción en
const rucción total del mito - en calidad de nuevo pasaje, porque l'
tón en la Filosofía de la Naturaleza sólo ve líneas que conducen
recinto dc la filosofía de l Ei dos.
]90 PLATON MITO 19]
conforma también la contemplación de las ideas de La Repúbti ca. \13
rel aciona co n el movimiento del cí rculo de est rella s o co n la extens ión
de los dioses imaginada según su modelo: las esencias de la vida in
mortal se mantienen en el «dorso del cíelo» y la rotaci ón del circula
se toma con ella; ellas contemplan lo que se encuent ra a fuera del cte
lo. La familiaridad del alma con el «eídos» fue el conoci miento b á ~ i
co que en el Fedón determina la «prueba de inmortalidad ». También
será esto ahora refor mado en la misma dirección. la visión de las esen
cias eternas es el al imento del alma. Efectiva mente, según su fucrlll
alada. consigue part icipació n en esa comida . La encarnación como
hombre depende de la «ley de la adrastefa», si ella ha llegado a esa
visión . La periodicidad del destino del alma estaba pensada en el PI'
dón (107 E) sólo con (dos muchos y grandes recorridos del tiempo» .
En Lo República (X 615 A) se revela el «viaje de mil años» como dé
cuplo en recompensa de la vida asentada en cien años. En el Fedro
se encuentra asimismo el per iodo de mil años sometido a un décuplo
mayor , sólo Que los filósofos, después de tres periodos de mil años ,
se apartan ya del círculo del llegar a ser " .
Lo República Parte de este tipo de vida y dete rmina desde ella lo
restan te. El Fedro ve en primer lugar el gran orden cósmico y dentro
de él también la existenci a humana. Result a mucho menos cas ual Que
la repart ición del al ma en tres clases de valor y ante todo la particular
clase de los «Incurables», como ya fue esta blecido desde el Gorgías
hasta La República, se encuentren aquí dadas y colocadas a t ravés
de aquella sucesiva gradación en las nuevas formas de almas, desde
la de los filósofos hasta abajo en la de los tiranos (248 OE) :U. El que
mire estas cosas desde el cosmos y no desde la vida humana, ése ha
considerado lo «alado» parte pert eneciente a la esencia del al ma que
no tuvo capaci dad para desechar por completo ninguna alma huma-
na, porque pertenece a su esencia de forma que ella, una vez que ( ha
visto lo verdadero» (249 B) Ycon ello sus posibi lidades, pued e siem-
pre verlo de nuevo. El juicio de los muert os, el sacar la suerte y la
elección de la vida más apropiada aparecen contado en Lo República
con el mayor detalle. En el Fedro (249 AS) tan sólo están brevemente
pensados. Se sumergen así en un episodio en el gran drama cósmico .
Pa ra una realización tan grande juega en él la an ámnesls. Igual que
en el Menón y en el Fedón también es ella aquí el rayo que une «cidos:
y alma, sólo que aq uí el viaje del alma y el lugar supraceíeste presen-
tan sobre el aspecto más simple que los diálogos ant erior es una di-
mensión más profunda. Así se dice, pues, por un lado que la di alécti-
ca filosófica misma es inmediato «recordar» (249 BC) Ypor otra par -
te está fund amentada en el recordar la «manía er ótica». Por tanto
ambos movimi entos, que conducen hacia arriba hast a el Eidos, to-
man el rumbo de la anámnesis. Con lo cual parece tambi én que el aparo
tarse del mundo y el cómo se separa la esencia del filósofo - cuya
descripción se recuerda aquí en el símil de la caverna de Lo República
y en el episodi o del Teeteto 2l _ constituyen algo necesar io, porque
\ IIS almas aladas, que han contemplado las ideas , buscan necesaria-
mente con el recor dar el desviarse hacia allí, «en donde el dios mora,
para convertirse en divinas» (reOi Ol O'lfEe "8EiH wv (kiói loTtv).
En la última parte del discurso del Fedro (249 0 -256 E) estaría
captada la situació n en la existencia humana , y llegaría a ser encu-
hicrta belleza terrenal y sociedad amorosa de los hombres -c-también
el cont enido esencial del Lisis, del Alcibíades y ante todo de El
nooquete-: nuevamente colmad as con la dinámica mít ica y la cons-
lrucción de imágenes del Fedro . La belleza humana permanece como
objetivo, igual que en El Banquete. al que se dirige el amor. Pero apa-
rece completamente nueva como modelo de una de las imágenes que
el alma ha visto en su viaj e. y verdaderamente no se sirve de una sino
de aquella en la que. por los ojos terr enales, fue sobre todo reflejado
el modelo " . A partir de eso explica Sócrates . hast a en lo más carac-
terlstíco, la conducta del enamorado tal como se pr esenta en la vida.
El ho mbre busca la proximidad de la belleza, porque ante su visión
crece el plumaje de su alma. Los dolor es de amor son dolor es de ere-
cimiento. Cad a mezcla multiforme de placer y dolor, en Que vive el
amor sensible, toda singula ridad en la ascensión del enamorado sen-
sual existen sólo para capta rlos en la verdad , si yo sé de las plumas
del alma y también del Eidos. Pero eso no llega finalmente para S ó-
crates en esos pasos. Para él cada verdadero amor es a mor que edu-
ca. La interdependencia entre amor y educación es formaci ón del ama-
do según la imagen del dios de quien ambos, el amante y el amado,
se han converti do en seguido res; con ello concibe la ob ligación de es-
te act uar igualmente también para el que educa: mirar al dios y ase-
mejarse cada vez más a él. Asimismo lo más excelso, el amor socráti-
co nunca es una perfección sin perturbaciones. Amor es lucha cons-
tante entre el conductor y los caballos por la hegemon ía, y todas las
distintas fases del amar, que se conocen en la vida , están entendidas
a partir de esa lucha: el llegar a ser conmovido, igua l que la realiza-
ción del recordar en el conductor, la avidez sensible, como tormenta
del caballo irr acional, el respetuoso recelo, como temor de ese caba-
llo domado ante la brida y rienda del conductor.
Ya en la dialéct ica del Lisis se recogen las sentencias de que cl rna-
10 no podría ser amigo del malo y de que el bueno ten drí a que ser
amigo del bueno. También esas fras es conducen ahora a una referen-
cia a la tra nscendencia; en ella se revela la amistad como fundamen-
tada por medio de la partida en común en seguimiento del dios, al
que esos hombres se asemejan y pertenecen. Pero con ello entr a en-
tonces t ambién en consideración el pr oblema del amor recíproc o. Pa-
ra hacer evidente y sensible el amor tenía Platón que haber tomado
de la repr esentación empedocleo-atomística una imagen . Un «flujo»
· - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - ~
192 PLATON MITO 193
(&r oQQolj) desde la belleza pasa de lo bello al enamorado a través II
los ojos, yen él pone en creci miento el pl umaje (251 B). La corrlent
que flu ye corre desde afue ra Y. al igual Que de un objeto que se ren""
ja, vuelve de nuevo a lo bello, a través de los ojos en el alma, en 11
que a su vez hace crecer el plumaj e (225 e y ss. j. El amado no sah
cómo pasa eso y se le escapa que él se ve «como en un espejo: en
el enamorado. Así el amor recíproco consiste en una imagen (c1ÓWo
AO") del amor. Se t iene que volver a pensar aq uí en el A ícibiades, ('11
el que la situación en la que están enamorado y a mado frente a frcnlf
ha sido puest a con una intensidad ina udita has ta El Banquete. AlU
tenemos la imagen del espej o: el amado se mira en los ojos del enn
morado «como en un espejo» (132 E Ys. ). y luego, al fina l, se mues
tr a Que el amor de Sócrates había «empollado» en el joven amor ala
do (135 E). Se ve eómo la nueva hechura de las imágenes del Pedro
tira hacia dentro de si de esa imagen anterior. Incl uso mas, se consl
dera palpable cómo la image n del Eros alado en el Alcibíades se vuel
ve hacia la imagen del alma alada en el Fedro 25.
Remod elado y pensado de nuevo sería también sin duda lo QUl'
Alcibíades reconoce en El Banquete acerca del senti rse atraído por S6
crates . Cuando se oye hablar del amado en el Fedro. él añora ver al
enamorado. acariciarle. besar le, tenerlo en sus brazos; y cua ndo sr
ve luego la conmoción en el alma del enamorado. igual que el con
ductor y los corceles lucha n por la primacía, así se encuent ra la rela
ci ón de Alciblades y Sócrates exaltados a lo vulgar y transpasados por
la nueva fuerz a de imagen. Fina lment e llegan a estar los diferentes
grados de pureza en la relación amorosa - el primer grado el del «ena
morado de la sabiduría», en el que el conductor de l carro se manti ene
como amo; y el segundo, el del «amante fiel». en donde el caballo
nob le en uni ón con el innob le duran te un tiempo consigue la victoria-e
esos grados se convierten de nuevo en significativos en una visión es-
catológica para el destino futu ro del alma 26.
Igual que el mito de El Banquete. as¡ se encuentra tamb ién el del
Fedro a mitad de la ob ra. Eso hace que se desvíen en primer lugar
del pla n de primer término, según el cual las piezas de muestra de dis-
cur sos son para la discusión teórico-retóri ca de la segunda parte del
diálogo. Pero , como la totalidad del diálogo llega a una profunda ex.
pllcaci ón, probablemente así tambi én el lugar del mito en él. El Pott-
tíco sigue, aunque está confeccionado por completo de di ferente ma-
nera, asimis mo en ese punto al Fedro; el Timeo llena completa mente
tod o el espacio con el mito . Así aparece aquí algo delineado y pensa-
do para el tercer y cuarto gra do de la mitología platónica,
11:1 papel del mito en el Timeo/
El mito de la creación del mundo en el Timeo es tan singular y
evimismo ext iene sus inesperadas raíces hasta la obra temprana de Pla-
14\ 11 . El moti vo mítico de la creación se revela ya en el Protógoras co-
mo puesto en frente, y, a pesar de la limitación a la «especie mortal»,
denota indudablemente sendas del Tímeo. Luego presentaba familia-
tldad con el discurso de Aristófanes en El Banquete. Pero si se con-
templa también aquí a la primera visión del hombr e en el centro del
lodo, se encontra ría así plena mente ya un desplazami ento del punto
¡le dificultad. La figur a de circunferencia de los hombres primitivos.
'11 movimient o circular y el parentesco con los ast ros , sus producto-
ICS, son, sin duda. juegos de cuento popular. Pero se muestran pre-
viamente en el Tímeo, en donde el Demiurgo implantó en los astros
IlI s almas humanas (41 D), las asent ó en la Tierra, en la Luna y en
111 \ demás «producciones del tiempo» (41 E), con lo cual luego los dio-
"'S inferiores -y se encuentran éstos , los astros , a su vez incluso en-
II C los dioses de la fe popular - crea n para esto un cuer po humano;
y en donde el camino de la vida humana cons iste en que los moví-
mientes circulares del comienzo , a partir de la confusión en un prin-
ripio, se vayan poniendo más claramente en lo correcto (90 Cp ). Asl
en aquel juego fantástico de Aristófanes se delataba la un ión del hom-
hrc con la con strucció n orde nada y divina del mundo.
Est á desde siempre presente la imagen de la «creaci ón- en la fan -
tasia platónica y temprano aparece ya para saca r en si el objeto «mun-
,!cm; es evident e de esa manera en una segunda linea de la escatología
phu ónica cómo ese objeto «mundo. -siempre en el sentido de cos-
mus orde nado , lleno de las ideas divinas- va aumenta ndo en impor-
rancia más y mas.
Mientras que el Corgias contempla sólo el destino del al ma , se ha
creado en el Fedón para ese dest ino un espacio cn el que se desarrolla
In imagen telúrica. Y, si aquí ya se mueve el circulo del mundo en me-
din del espacio del mundo. así, en el mito del final en la Potíteta, la
const rucción telúrica se amplía a cósmi ca. En el Fedro queda rá com-
pletado el destino del alma humana como un miembro del Universo.
Ile esta manera se aprecia cómo el momento de la «creación. y el mo-
mento del «mundo» en Platón se mezclan moderadamente en el mito
tic la creación del mund o,
Ese mito toma en sí mismo el contenido de la vieja filosofía de
In Naturaleza , y con ello el pensamiento de Pl at ón se ext iende, como
rn un último y muy amplio anillo , sobre la zona de las primeras cspc-
cnlacíones . Rellena con ello una estrecha lcy " . Le sirvieron de ayu-
da en esta labor, como anteriormente veíamos, Parm énides y Herá-
d ilo; yen la delimitación entre ser y seres, ta l como deberían repre-
wnt arse según el desarrollo del «eidos», le enseñó Pitágoras a consi-
194
PLATON MITO
195
dera r el Universo como un sistema de orden matemático y a introdu
cir en ese cosmos a la Humani dad ur banizada . De esa manera, en su
empeño también de entonces en dominar el cont enido,de la
cia individual. encuentra ayuda ent re aquellos que hablan escnto «So
brc la Naturaleza». Los a nálisis demost rar án más ta rde cómo se re
mite a la «d óxa- de Parméni des, Bmp édoclcs, Anaxágoras. Leucipo.
Dcmócr ito y Di ógencs de Apofonía no meno s que fin,alment c a. Ale
meón y a los médicos. incl uso hasta en el texto propiamente dicho.
y cómo se funde esa doctrina en su propio metal. ..
Parménides y Empédoc les habían aportado sus opiniones sobre
la Naturaleza en forma de cosmogonía ; en realida d en forma de mí-
tos cuyas potencias divinas - Afrodita, Filia o Nei kos- se encargan
de la creación del mun do . Ta mbién encontró Pl at ón precedentes de
ello en la zona griega. Si ya las histo rias ori entales de la creación ha-
bían entrado en su circulo de conocimientos, si de alguna manera Ahu-
ra Mazda le hubiera proporcionado un modelo para su creador del
mundo, esa pregunta sería muy pertinente, aunque, con nuestro s rne-
dios de investigación , no pueda contestarse deñniüvamentc " . Pero,
en todo caso, no se trata de limitación síno de necesidad cuando el
hablaba en el mito de materia del mundo y de los ast ros, de cuerpo
humano y de la int erdependencia ent re el cuer po y el a.lma. lo
que siempre es, hasta los rayos del «bien» llevan el ca mino dial éctico.
Pero a un «legos» estrecho le est á vedado mostr ar en las cosas del
mundo cambiante cómo se afana n contra el «bien) y que «por eso
cambian». De aquello j uniOa lo cual uno encuent ra distracció n tras
los esfuerzos de la dialéctica se pueden sólo contar «disc ursos proba-
blcs» (59 CO) de si en el rnito el buen dios crea el mundo según el
modelo de las formas eternas, de si «noüs» concluye la obra de pero
suasl ón de la Anánke, de un orden, lleno de figuras, profundamente
hundido en aquel no-reino de la posibilidad, siempre sin for ma y que
siempre recibe formas 29.
En el Fed6n (99 C) había dicho Sócrates: Iría gustosamente a la
escuela de quien est uviere en situación de mostrar la construcción del
mundo de forma que todo t uviese en conju nt o «lo bueno y necesa-
río» (TO¿')'aOo p "ai ÓÉop) . En el mito del Tímeo rellena Plat ón esa
profunda instancia de su pensamiento. Pod ía llenar la con aquello a
lo que el pit agórico supeditaba el reino de t oda filosofi a Natura-
leza anterior al motivo de pensamiento de orde n mat emanco: Sócra-
tes ponía en él el momento ordenado y formado del «bien» como un
imán que da la dirección a lo que atrapa , Así es Sócrates, el oyente
-oyente activo-e, cuando el pitagórico relata el mito de la per fec-
ción del mundo de las ideas.
Co n el Timeo se encuentra relacionado el Crítías, de forma preci-
sament e muy entrelazada, así que también en el el mito llena casi to-
do el espacio de la obra. El Criti as, al menos en una mitad, se revela-
r;'l como formado sobre el plan funda mental del Menex eno, incluso
en formas tan diferentes. El elogio de Atenas, igual que en el discurso
conmemorativo en el Menexeno, tal vez con tod a la Ironía posible,
pero así y todo estaría reproducido; ahora se convertirá en el
en el que los comerciantes de la vieja Atenas se desa rroll arán a partir
de la cosmogonía del Tímeo y se va a con verti r de una vez el pensa-
miento platónico de la ciudad educadora en una exist encia mito-
histórica ; y, en tercer luga r, la Antigüedad egipcia, como recuerdo
del hombre, se convertirá en la tradición del t iempo viejo que se con-
Irasta (Timeo 27 AH). Pero una necesar ia
la que llegaría a sustenta rse el Todo, es la,l ey delinaudito
lo de la perfección del comienzo, En el Tuneo aparece ostenslblemen-
le como des tino del alma perdi da en encarnaciones cada vez más ab-
yectas y en la ciuda d como destino a modo gradual desde la fo rma
I......rfecta hasta condiciones cada vez más Aqut se encuentra
la formación del suelo ático (Crilias 1L2 A). el hundimiento de la Adán-
rida, y con ello la constitución del mar Atlántico (Timeo 25 CO)
has que sucede n en «una noche» o en «un día y UO? noches-e, la
pótesis geológica. Pero ella corresponde a un destino general , y alh
en donde se interr umpe el Cri üas hemos ya for ma do a los atlant es
como «la po rción del dios desviado en sí mismo a t ravés de lo mor tal,
que en mucho y a menudo aparece mezclado con él» 121 A).
A partir de aquí está tan diferenciado en efect? tambi én el se-
creta de unida d que se reúnen mot ivos para Vislumbrarlo: el Eidos.
El Timeo realiza la «idea del bien" en la creación. en La República
fue introducido en relación con la acción humana, Crit ías recibe de
tímeo al hombre como esencia natural det erminada desde el Ei dos
pero, como toda realización, ya entu rbiada su pureza , Recibe de
Sócrates a «algunas, entre estos hombres, particula rmente
(Timeo 27 A), t ambién como esencias de imagen vueltas y dirigidas
al Eidos. Egipto, en el relato de la experiencia platónica, constit uía
un asombroso ejemplo de una inconmovible existencia urbano-
cult ural en contraste con el inaudito giro de las for mas helénicas de
vida , una esencia de ciudad, en el mundo graduado y sistemá tico de
Platón, entre Atenas y la ciudad ideal. Sin duda el pensa miento debe-
ría presenta rse a partir dcl hun dimiento en se comp.robó, el
brete : El Eidos present e en este mundo y asumsmo la realidad mfi m-
lamente separada de él; y en donde se sobrepasa esa introducción en
aquel desarrollo mític o, que, desde la leyenda en Hesiodo de las eda-
des del mundo, constit uía una forma de pcnsami cnto auténticamente
helénica. Platón debería haber teminado el Cmías, con lo que vería-
mos representa rse eso en su continuación, Se encuent ra , sin emba r-
go, establecido po r todas partes. Si tenemos el (verdadero y
«verdadero continente» ( Timeo 24 E Ys.), de forma que aq uellos aSI
llamados por nosotros mares y continentes par ecen ya cont ener a és-
196 PLATON MITO 197
tos en el nombre, igual qu e las ideas respec to a la experiencia, así no
podríamos vislumbrar cómo se habría realizado luego ese cont rast e.
Sin embargo, aunque no resulte tan con ocido, la Acrópolis, tal como
era propiamente, tiene asimismo relación con los fragmentos que nos
han quedado de eJI a: el Lycabeto, la colina del cast illo, la Prryx y una
fuente que corre desde la actual Acrópolis a los muchos regueros
(vá¡.¡o: m ) en el entorno (Cr i t ias 112 A Yss.). Con todo, eso podría
concordar con los novecientos años que el sacerdote egipcio coloca
entre ent onces y ahora (Timeo 23 E). Desde el mito del Fedro hemos
aprendido que setecientos años const ituyen un período del mundo ;
desde el mito de El Polltico, que van cambiando uno tras otro gra n-
des períodos del mundo en los cuales o bien el dios per manece sent a-
do al timón de! mundo o e! mundo se considera a sí mismo abando-
nado al paso de la Necesidad. Esos mitos y el Critias constituyen sin
du da, por otra parte, desarrollos particulares. Se int enta, sin embar-
go, unirl os; de esa manera se proporciona al Cr ítias e! resultado muy
aparente de que Atlantis y la vieja At enas lleguen a situarse en el co-
mienzo de nuestro período del mundo, hacia allí también en donde
el Universo «se acordaba de la doctrina de! Demiurgo y del padre,
en la medida de sus posibilidades» (El Político 273 Bj .
/ EI mito de la ciudad/
¿Qué significa, sin duda, el mito de la vieja Atenas? Con el giro
del discurso Atenas esta ría aquí idealizada, se quedaría a su vez tras
la voluntad de Plató n tan ampliamente como el ideal tras la vida. Más
correcta serta la respuesta : Atenas fue ideali zada, estari a ella misma
llena de ideas tanto como se parece sobre todo a la ciudad de la Poli -
leía platónica y a la construcc ión del mundo en el Timeo . Eso en Ate-
nas se podría seguir como una experiencia históri ca, a su vez, sólo
en la forma de mito histórico o de novela utópica. Ya que Platón in-
ventó esa creación , ya que hace presentarse en las fiestas de las Gran-
des Panateneas con el mito del universo, ya que lo puso en boca de
su tío lejano Criti as 30, el abuelo del «tirano» Cri tias , ya que po nía
a Sócrates, víctima de' esa ciudad de Atenas, como e! oyent e de su elo-
gio, instituye la expiación de una acción tan host il. El camino del Me-
nexeno al Critias, o sea e! camino desde un discurso de alabanza, cons-
truido muy irónicamente al viejo estilo de los años SO, hasta allí en
donde el Eidos de esa Atenas era sensible en su ser verdadero y verda-
dero sentido. En el Critias responde Platón a la recrimi nación que se-
guramente sus contemporáneos aten ienses , igual que en época más
reciente Niebuhr, habrí an difundido de que él era un mal ciudada-
no J I . Se trata de una reconciliación con Ate nas . Tal vez fuera una
necesidad el que esa reconciliación tuviera que permanecer incompleta.
Palco-Atenas es Atenas ideaJizada lo mismo que Atlantis es Orient e
idealizado. Ambas son imáge nes muy contrapuestas y asimismo de
ninguna ma nera tiene At enas de ant emano la superioridad incondi-
cional que se suele ver . Ambas ciudades están, en efecto, fundamen-
tadas por los dioses, si bien Atlantis, en ta nt o que construida como
la más rica y más ar tísticamente , lleva en sí el mayor peligro de deca-
dencia, y por ello, en e! t iempo de la guerra con Paleo-Atenas, ya se
encuentra muy alejada de la perfección de los comienzos. Lo que so-
bre todo está contrapuesto aquí son las dos paleo-constituciones de
las que, según expresión de Platón en Las Leyes (693 D Yss.), se deri-
van todas las restantes: una se llama monarquía y democracia la otra.
E( gran ejemplo histórico para la una - como así se mostraría luego-
es Persía, para la ot ra es Atenas . De ambas formaciones se debe ne-
cesariament e t ener parte, si tienen que predominar libert ad y ami stad
en unión de comprensión. En la oposición histórica entre At enas y
Pcrsia se explica la mítica entre Paleo-Atenas y At lant ís.
At lantis está regida por un rey supremo y nueve príncipes territo-
riales. El palacio del rey supremo y el templo de los fundadores divi-
nos de la dinastía se encuentra en el centro de la capital, en el medio
del círculo, en una isla-ciudadela rodeada po r canales circulares. Un
rígido sistema feudal establece una det erminada prestación militar ,
como servidumbre, en cada una de las 60.000 parcelas de tierra geo-
mét ricamente igual es. Cada uno de los prí ncipes tiene absoluto poder
en su par te del terr itorio. Pero su mutua conducta aparece fuertemente
determinada mediante la ley sagrada: en una estela de «bronce» per-
manece grabada, exactamente en el punto medio del círculo en la isla
cent ral. Así el seño r de esta mon arq uía es la ley y no el hombre en
sent ido más estricto. Nada puede delinear con más fuerza su esencia
en el comienzo que la facilidad con la que «se llevaba como una carga
el peso del oro y de las demás riquezas» (121 A) Yla convicción de
que «todo se desarrollaba a t ravés de una sociedad de amistosos de-
seos unida a la más alta virtud» (€x <p¿Ai:m XO¿Pi¡ S /lf7·
Entre los persas, Ciro - así lo ve Platón en Las Leyes- era un
buen soberano que amaba a su ciudad sólo que le falta-
ba inst rucción y no se preocupaba de administrar. Más claramente
estaría esto en Daría, que no es imaginado como un déspota absolu-
to: junto con otros seis ha conseguido el reino; lo ha dividido en siete
par tes y aún habría huellas restantes de esa igualación. Ha propor-
cionado leyes e introducido una reconocida igualdad, la «distribución
de Ciro» (70P mi) KVQíov ÓQU/lÓJl), que, junto con la ley, garant izaba
a todos los persas amis tad e igualdad ("' IAíaJl xa¡ XOIPwJlíaJl). De fun-
dament o va ese orden en el que pr evalece la abundancia (7QU<P1 695
B); el que amenaza también la esencia común de Atla ntís y en el qu e
el despotismo ha transpasado la medida acor dada, y así amistad e
igualdad (70 <ptAOJl xai 70 xo¿póP 697 C) son destr uidas. La avidez
198 PLATON
MITO 199
de más es, aquí como allí, lo que destruye la ciudad (Critias 121 B,
Las Leyes 697 O), porque la pérdi da del éxito hace desarrollarse la
guerra de conquista. Y como nosotros hemos experiment ado desde
ese punt o, a partir de la caída de la milicia entre los persas, de esta
manera podemos presumir que sólo para ello está imaginada con cal-
culos tan precisos la constitución del feuda lismo en Atlantis; ya que
en la guerra de conquista contr a At enas había quedado mostrada la
descomposición de esa condición.
Así Atlantis es la monarquía idealizada, o sea, un poder centrali-
zado en el que asimismo igualdad y ley proporcionan el señorío; Paleo-
Atenas, la democracia idealizada (en el sent ido de Las Leyes de Pla-
tón), o sea, una esencia de ciudad construida sobre la igual dad de los
ciudadanos, en la que, asimismo. el princi pio de dominio se encon-
traría remitido por la gradación permanente y la ley de que cada uno
completa con su tarea. Amb as formas de ciudad llevan en sí el ger-
men de la caída, en el que se rompe lo cons truido ant eriorment e se-
gún las leyes del número y de las formas geométr icas, y que suele con-
ducir a aquella guerr a de conquista que, si Plató n no hubiese dejado
incompleta la obra, hubiera llegado a convertirse en un Maratón idea-
lizado 32.
En el Cruias se encuentra, como algo distinto que en El Pottttco
(268 O Yss.) un mito polí tico en la época tardía de Platón. Anterior-
mente fue ano tado respecto al Protágoras que se encuentran conoci-
das consideraciones acerca de la existencia humana en el paleo-tiempo,
acerca del florecimiento de la civilización y acerca de la par ticipación
de los dioses en el destino de la Humanida d muy parecidas ya al pri-
mer gra do en la const rucción platónica de mitos. Pero, sin dud a, eso
fue llevado en el tercer grado a una forma por completo distinta, que
queda más clara con la comparación con el Tímeo, por un lado , y
con el Crít ías, por el otro. En relación con ello conci erta - se podría
decir: a partir de aqu ello concertó- el Demiurgo los bienes de la crea-
ción que garantizaban la existencia y la formación del Universo como
un cuerpo perfecto, pero asimismo cuerpo, el movimiento circular co-
mo aproximación al movimiento perfecto y la confusión del paleo-
pri ncipio. En relación con el Critias conc ierta - y, a su vez, se aleja
de él- que allí los dios es sortean ent re ellos toda la Tierra por luga-
res, aquí están distr ibuidas por zonas todas las par tes del mundo en-
tr e los dioses. Allí serían los dioses , aquí los démones divinos , los que ,
igual que pastores, se encargan de los hombres. «Como con un timón»
conducen ellos a las almas humanas en el Crít ías; el timón del mundo
se pierde y quedan a su vez sin el timonel divino en El Potttico. En
aquél disminuye la part icipación divina ent re los hombres, porque se
encuentra mezclada con muchas cosas mortales y pr edomi na la for-
ma humana de sentir; aquí es eso todo el Universo, el que pierde po-
co a poco su perfección por mezclas entre las corporeidades o porque
lleva en sí menos de bien pero una fuerte mezcla de opuestos JJ . Se
Ilota que aquí fue int roducida en el Universo. de modo más fuerte
que en el Cri t ias y de manera completamente distinta que en el Protá-
Moras, la existencia urbano-humana. Lo que implicaba, al comienzo
del Tímeo, la repetición de la utopía de la ciudad, que fue formulada
en El Pol ítico con incomparable fuerza: se trata de la delimitación
cósmica de la «polit eía».
El Timeo hace que el mundo consista en representación del Eidos
en materi a corp órea. Lo per fecto estaría representado y enturbiado
enseguida por la corporeidad. Tanto en el Todo como en cada miem-
bro particular se encue nt ran unidas «noüs» y Ananke y a pa rt ir de
su int ernamiento está mezclado ese mundo.
El todo consiste en que el «Noüs» llegó a ser el señor sobre la Anan-
ke (47 E 1). De modo completament e análogo se encuentra mezclada
el alma del mundo a partir de do Mismo» y de «lo Ot ro», que se do -
blan po r separado en los dos círculos de lo Mismo y de lo Otro, los
que se representan en el mundo sideral como cielo de estr ellas fijas
y órbita s de los plane tas (38 C); en el mundo físico, como espíri tu y
conocimiento, por una part e, y opinión y fe, por otra (36 E y ss.).
Esa dualidad conj untada entonces, que ereó su expresión en la ima-
gen del Universo y, una vez más , en el alma del mundo, fue asentada
en el mito de El Político, por medio del motivo for mal de los perío-
dos del mundo, a parti r de uno en otro y de uno con ot ro en uno des-
pués del ot ro. Espacios de tiempo, en los que el dios está sentado al
timón del mundo, se intercambian con aquéllos en los que el t imonel
se ha vuelto a levant ar de su at alaya y el Todo se mueve según las
par tes opuestas, a t ravés de la necesidad del destino (fO{P.rxgP. Ú'r¡) y de
sus innatas apetencias (atÍwPll ToSJ7r t6l1p. irx 272 E). Los períodos de pre-
dominio divino signifi can el orden perfecto , la inmediata realización
del «eldos» en materia mortal, en la medida de lo posibl e; y la senda
irónic a, que también actúa en esta imagen de la edad de oro, se en-
cuent ra allí para eso, para enseñar cómo t ienen que priva rse necesa-
riamente todas las imágenes humanas de tal sustancia J4 . El período
de alejamiento del dios tiende a la sustancia de la vieja realización,
por la que el bien divino entonces ha permit ido conformarse al cos-
mos y por la que fue reconducido todo lo que de artero e inj ust o su-
cede en el mundo. Pero lo que también contri buye así a la per fección
y orden remit e al recuerdo del tiempo de predomini o divino. En esa
idea de periodización puede también haber sido estimado el intercam-
bio de Empédocles ent re el régimen del Amor y del odio y puede de-
sarrollar asimismo algo oriental 31; todo eso para Platón sólo habría
sido materi a en bruto y es completamente propio lo esencial de ese
mit o que relaciona con el Eidos el mundo y la existencia urb ano-
humana en él. Ya que se trata de vínculos históri cos, te nía que predo-
minar el momento temporal en el mito. Pero eso sólo podría ocurr ir
200
PlATON
M(TO
201
en la forma de período . En ella había figurado ampliament e Plat ón,
en La República y en el Fedro. el destino del alma. En el Tímeo
na a ver como ca rrera cíclica al tiempo, que es el mod elo de eterm-
dad, y con ello se convertirá en punto de arr anque.de toda
ci ón sobre el Todo e igualmente en punto de partida de la Filoso fía
tTímeo 47 AB).
El mito se encuent ra en med io del diá logo de El pottuco. El El éa-
la busca. a part ir del tr abajo oral de int ent o dicotómico
ci ón, una instrucción y espera de inmediato que la ojeada al mito Junto
a ese mismo método pueda serie luego de ayuda (268 e y ss. ). El re-
sullado es, pues, también una pequeña alteración del arte real de la
dudad. Pero uno siente inmediatamente la impresión de que el gasto
del mito no resulta de igual peso que el beneficio con ceptual, y Pla-
tón ma nifiesta esto mismo: «Nosotros hemos amontonado una ma-
ravillosa masa mít ica y ha sido conducida a alegar más de lo que es
necesario» (277 B). Para seguir con la tarea fundament al y previa del
diálogo, que de hecho hubiera podido verse con más facilidad sin el
mit o, también será menos int errumpido el desarrollo del métod o con-
ceptual por medio de aquel «j uego». Más se trata de su .aspecto
para conducir a la vista desde la tarea previa de fundame ntación
ta lo más profundo. El mito asient a a la ciudad en el Todo y permne
que, a tr avés de él. tome parte tanto en la per fección COn;t0 en la nece-
saria imperfección; tanto en el Eidos como en la matena muestr a la
necesaria parad a de la ciudad en lo malo, la necesari a perte nencia del
polüico real a este mundo de lo imperfecto , pero la
relación de la ciudad y el politice con lo perfecto, el Bídos, el dIOS...
Han sido contemplados por nosotros t res grados de la formación
platónica de mitos. el uno vuelto hacia arriba a lo más próxi mo, tam-
bién usurpado en sí mismo y por lo tant o claramente apartado . En
el pri mer grado el mito aguarda hasta el límite del mundo socrático
y pretende penet ra r violenta mente . Se muest.ra desar rollado aparen-
temente sin respuesta, de forma que - por ejemplo en el destino del
alma y la evolución urbano-humana- proporciona algo que no pue-
de ser referido, o no en primer lugar , por el más est ricto y responsa-
ble lógo s. A todo eso el Sócr ates en Platón podría no dejar espacio
algu no, hasta que po r todas partes la aporí a hubiese llegado a las pa-
labras. En el segundo grado Sócrates en persona se apodera del mito.
Aquí se encuent ran los caminos que conducen al Eidos: el camino de
Eros por medio de esta existencia, el camino de la muerte del alma
en los límit es de esa existencia en la que Sócrates ava nza, despu és de
que ha llegado al camino del conocimiento, tantas veces como sea po-
sible o necesari o. En el terce r grado per ma nece sólo en el Fedro toda-
vía Sócrates - el Sócrates dominado por la «maní a» divina- como
portador del mito . Luego sólo atiende aún a cómo los demás le cuen-
tan cuentos. Enseguida se apar ta definitivamente el mito a mita d de
la respectiva obra o llena por completo tod o el espacio. Esas noveda-
des formales constituyen un símbolo de la t ransformación del conte-
nido . Ahora en él ya no se representa un camino sobre el que el
mostr aría el obj eti vo, sino que se forma dent ro del mund o, de la CIU-
dad, de la vieja Atenas. Así queda el Eidos secreto o expresado el punto
focal de las curvas del mito platónico, igual que consti tuye el punt o
medio del filosofar de Plat ón.
/ EI sentido del mito en Platón/
Hegel ve en el mito platónico algo perteneciente a la pedagogía
de la especie humana, que ya no necesita el concepto cuando se ha
desarrollado.". Pero de un estadio infantil de la Filosofía, un grado
sobre el que ya Platón habria avanzado, se podría hablar referido a
Platón en todo caso en un sentido muy concret o, de forma que la con-
cept ualización platónica estaría desgaj ada de una más aguda. Como
creador tiene tan poco que superar como cualquier crea dor puede ser
superado mediante el refinamient o o extensión de un medio formal.
Sin duda, si efectivament e se rodea al mit o con una tr aducción ro-
mántica de las que hoy perviven - precisa mente así porque t rata de
cosas excelsas- se encumbr a por encima de la elevada forma de ex-
presión de Platón, y de esta manera se encontrará menor oposición
en sí mismo. En el mundo único, irrepet ible e insuperable de Platón
el mito ocupa su lugar necesario. La transformación de su forma apa-
rencial ilustra sobre la evolución de Platón o, dicho de forma más
cuidadosa y correcta, sobre la evolución de la obra platón ica. Pero
podría predecir jugando, podría ser guía del camino, podría finalmente
mostrar a lo eterno encarnado en este mundo de la Nat uraleza y de
la Historia : se encuent ra, pues, en el ca mbio algo igual. Mito es el
engaño mezclado con la verdad (La República 1I 377 A). Co n ello,
muy lejos de constit uir una arbitrariedad, se fundamenta profunda-
mente en la natu raleza del mismo ser y del conoci miento human o de
ese ser. Pues la verdad pura es del dios: «Además son sin mentira (sin
engaño, &1Pwóü) 10demónico y lo divino» (La JI 382 .E) H .
As! llegamo s a un punto de vista que parece desde el mito
do con la ironía, en la medida en que se descubre y encubre ensegui-
da, y aquí hay que vislumbrar una vez más el porqué el irónico Sócra-
tes puede llegar a ser un descubridor de mitos; en efecto tendría que
negar a serlo porque el mito se encuent ra ebrio de ir onía y porque
en el diálogo irónico de Platón tiene un sitio en todas part es allí en
do nde en primer lugar unrayo de la «epékeina. introduce más y más
la carga de ideas en esta vida.
Ese es también el fundamento por el que en Las Leyes de
el mito suena sólo como de lejos 37" . También el Eidos sólo es \ '·c
l· ,
,
202 PLATON
MITO 203
rio en los límites, cuando al final de esta inmensa obra por una sola
vez que los guardianes tienen que ser capaces de «mirar
a la uruca Idea » (XII 965 e). Así fue encajado un «mythos» en medio
de los «Iógoi» (IV 713 A y ss. ) allí en donde se comienza paulatina-
ment e a da r leyes: es la vieja historia de la edad de oro, en la que Cro-
nos, co.moseñor, introduce en los hombres acciones dem ónicas. Pero
enseguida cambia el lona y aprendemos que la historia «habla en ver-
Una vez más aparece la palabra «mi to» en el gran episod io del
libro X acerca de las creencias correctas y falsas sobre los dioses: «Ne-
los m.itos para encantamiento de las almas» (903 B). Tam-
bien era perceptible una f orma mñica (904 B) en: cuando el rey-creador
«co ntemplaba esto, allí imaginó.. .», Así «imaginó» ya Pr ometeo en
el mito del Protágoras. y la palabra «imagi nar» será pronunciada a
veces en el Tímeo por el creador míti co del mundo. Pero. a su vez,
lo que po r un instante se denomina «mito» enseguida estará en el «Ió-
gos» (903 B 5), en teología , se podría deci r, o en un sermón. l o que
en el Fed,ón f.ue relato mít ico de la elección de la suerte de vida y de
la peregrinaci ón del alma, será transformado aquí en lo legal de la
Natural eza . Conceptos de las ciencias natural es, como cambio de lu-
gar! se ensalzan a I? alto peor que peor -a lo profundo , mejor que
mej or-oEs como SI se dejase a Anaxágoras, Empédocles o Demócn-
too La visión mítica llena en el Tímea casi todo el espacio. Así en las
leyes s610 por un instante ser ía perceptible la llamada mítica cuando
no corres pondía propi ame nte a ese apartado de SoI6n . . . '
En la gran carta al «Gran Can della Scala» habl a Dant e sobre las
mull.iples interpretaciones su Commedia: «quod istius operis non
est simplex sensus, rmmo die¡ potest polysemum» 38•• El único sent i-
do es el. «literal» y frente a él se encuent ran enfrentados por igual el
«aleg órico» o el «mñlco»: cada uno recibe por su lado di stint as foro
Est ergo subiect um tctius operis, literaliter tantum accepti, «status
ammarum post mort em simpliciter sumptus». Nam de ilIo et círca illum
oper at ur proc essus. Si vera accipiatur opus allegorl ce, subjectum est
«horno, prout merendo et demerendo per arbitrii libertatem J ustitiae
praemiant i aut pccnienti obnoxí us est»...... , También de los mitos de Pla-
tón , que ya, en voz baj a pero con claridad, preludian la gran poe sía
Dante, se sigue siempre que se ent ienden o bien alegóricamente o
bien como guías. Pero, segun una manera us ual ya en
otro tiempo para Interpretar los dichos transmitidos de los dioses, con-
• «Siempr e se puede decir que aquello que en esta obra no es sentido corriente es
pclis émico». (N. drf T.)
•• «Es , por tanto, tema de la obra completa, entendida sólo literalmente "el esta-
do de las alma s tras la muerte, simplemente considerado" , Pues a partir de' esto en
torno a esto se opera un pr oceso. Pero, si se entiende la obra alegóricament e el tema
es: "el hombre en la medida en que se encuentra forzado a reci bir premio o; no recl-
birlo mediante la libert ad de decisión de la Justicia que premia o castiga" ». (N. de/ T,)
Ira la cual siempre se ha defendido Plarón">Nunca en realidad ha
pretendido que sus propios mit os fuesen entend idos literal mente, po r
eso a cada insta nte son preparados nuevamente para retomar aq ue-
llas «místicas » explicaciones en la imaginaci ón del comien zo. Plat6n
110 sólo evita el peligro de un dog matismo meta ffsico , sino también
la rigidez misma de una delimitaci ón crít ica de front eras, lo mismo
que él, mediante una forma art ística de diálogo, evita la seriedad dog-
mática de la escritura rígida mediante la ironía. El mito alca nza «aque-
110 de la vida secreta que él promueve a sentido abi erto» y no sólo
como un contenido vago. Más bien la evidente fant asía será cond uci-
da a un camino claro y t erminado; los conoci mientos obt enidos dia-
lécticamente y las inquebrant ables consecuencias de su comportamiento
ético hablan en el mito y él, a su vez, en ellas. Multa namque per inte-
lIcctum videmus - se dice en aqu ella carta de Dant e- quibus signa
vocalia desunt. Quod satis Pla to insinuar in suís libri s per assumptio-
nem metaphcris morum. Multa enim per lumen intellcct uale vidit, quae
sermone pr oprio neq uivit expr lmere".
• «Muchas cosas , pues, vemos a través del intelecto - se dice en aquella cart a de
Da nte-e- para las que faltan signos vocálicos. Y esto lo insinúa bastant e Platón en sus
obra. mediant e la aceptació n de elemento s metafóricos, En efecto, mediant e una luz
intelectual vio muchas cosas que no puede expresar con palabra s adecuad as». (N. drl T.)
SEGUNDA PARTE
CAPITULO X
INTUICION y CONSTRUCCION
(UN PUENTE HASTA BERGSON y SCHOPENHAUER)
I.n tensión entre intuición y construcción, «theorfa» y teor ía", «ma-
11111 » y dialéct ica camina a tr avés de la obr a de Platón y allí, desde
C' I princi pio, se encuentra tomada como en una tensión creado ra. Tal
'<l'1 aparece en él más fuerte, tal vez más consciente qu e entre la ma-
yor fn de [os filósofos. Pero ninguna gran Filosofí a existe sin aquella
Intuición cent ral sobre la que se disponen todos los pensamientos con-
ccuruales, a la que en consecuencia está dirigido y de la que irr adi a,
u su vez, todo el pensamient o conceptual. En los primeros capítulos
~ l ' intentó presentar esto en Platón, sobre todo en los tres primeros,
¡,Sucede entonces que ya desde un princi pio mi punto de vista se en-
centraba bajo el influjo de Bergson y de Schopenhauer ? En todo ca-
'u ent re ellos encuent ra el apoyo filosófi co más fuerte.
En la ob ra miscelánea La Pensee el le Mouvant habla Bergson mu-
chas veces sobre este objeto, sobre todo en su exposición «L' intuition
philosophique» (1911) y en su «l nt roductíon a la M ér apbysique»
(1903)" , El describe dos precedentes de su más vigorosa experiencia:
primero , el brote de una filosofía creadora y la mane ra en que el filó-
, ufo vence concept ualmente ese brot e; en segundo luga r - en un es-
pacio más amplio y asimismo paralelo a él- la manera en que el his-
toriador de la Filosofía busca concept ualizar en un sistema filoséfi-
1.:0, cuando ras trea el brote creador y en él diferencia los elementos
constructivos con los que el filósofo mantiene presente lo intuitivo para
sí mismo y hace de ello par tícipes a los demás.
l o absoluto se observa desde el interior ; así, descri be Bergson en
«L' ínt roduction» (pág, 205), la experiencia propia es algo muy senci-
llo. Uno sólo puede aproximarse a ello desde fuera en un número in-
finito de pasos. De ello se sigue que lo absoluto sólo puede ser dado
en una intuición, mient ras que todo lo demás depende del análisis.
Intui ción es la «sympat hle» por medio de la cual uno se traslada al
interior de un objeto, a fin de coincidir con 10 que es característico
• El término «thcona», que est ranscripción del griego, significa «contem plación».
(N. del T.)
.. Ha y t raducción española con el tftulc Pe nsemíeruc y Movimiento, en Ob ras Es-
cogidas, vol. 1, 1959. En ella se encuentren recogidas «La int uición ruosence» e «In-
trod ucción a la Metaflsica». (N. del T. )
~ I
208 PLATON lNT UICION y CONSTRUCCION 209
e inexpresable. Análi sis es la operación que reco nd uce el objeto a ele-
ment os ya conocidos, o sea, tales Que sean comunes ent re otros y él.
El filósofo, se dice en la «Int uition philosophique. (pág. 155), no se
sustrae a pensamientos que se extienden ante él. Se pueden decir mu-
cho antes de que él llegue a ellos. Y cuando llegó a llí, de esta manera
ya no es el pensamiento, que luego es aplicado al movimiento de su
espíritu, el qu e se encontraba fuera del torbellino; se anima con una
nueva vida igual que la palabra que recibe un sentido en la fras e.
A él corres ponde también el compo rtamiento de doble faz del his-
toriador de la Filosofia. Nosot ros, dice Bergson (pág. 136), vemos un
edificio doct rinal en su completa arquitectura. Tratamos de ejecutar
el orden en pensamientos. Pregunt amos de dónde vienen los materia-
les y enco ntra mos los element os de sistemas anteriores. Asl se andan
luego en esto hasta que, sin duda , se proporciona una sínt esis más
o menos original de aquellas ideas en medi o de las cuales ha vivido
el filóso fo . l o que Bcrgson descr ibe aquí es el comportamiento en
el que se mueve a 10 lejos la Historia de la Filosofía. Par a volvemos
a Platón; así se ven desarr ollarse lentamente las ideas en su obra temo
pra na a partir de la defi nición socrát ica (Grube); va n desarrollándose
como la objet ivación (hypo st atisation) del concepto ético que Sócr a-
tes ha bía descubi erto (Shorey 1). Igualmente ha llegado a ser formu-
lad o a veces esto : «En Platón, como en un hombre de sobresaltada
sensibilidad y ent usiasmo, el encant o del concepto ha llegado a ser
tan grande que él involuntariamente t rata y diviniza al concept o co-
mo una forma ideal». En esa sentencia de Nietzsche (La voluntad de
poder § 431) sólo es de su peculio el tono, la melodía puede encon-
t rar se en muchos lugares, por ejemplo en Ueberweg-Prachter (14. I
ed. , pág. 262): a parti r del significado lógico de la idea , ta l como pre-
domina en los primeros diálogos de Platón , se tendría desarrollado
el ontológico . Pero con ello no se encontrar ía tomada con suficiente
amplitud la perspecti va par a la consideració n analít ico-genética. J. A.
Stewart pone, j unto a la idea , una mezcla de elementos metodol ógi-
cos al Jada de uno estét ico, Friedmann 2 uno lógico con uno religio-
so. H. Cherniss ha realizado un ingenioso int ento de deducir la «doc-
trina de las ideas» a partir del rest o de los problemas de los predece-
sores, «con una economía de pensamientoe t . En la Btica, en la Teo-
ría del Conocimiento y en la Ontología - así lo ve Ch er niss- se ha-
brían desarrollado, a fina les del siglo V, doc trinas de ta l grado de
paradoja y desunión que Pl atón se dio cuenta de que era necesario
encont rar una hipótesis unitaria, para abandona r el problema de los
tres apartados y, mediante esto, reunir las fases separadas del conoci-
miento. Ta mbién Chemíss tiene sus precursores (¿quién no los tiene?);
así Windelband: en la doctrina de las ideas se anudan j umas todos
Jos pensamientos diferentes que se alcanzaron en lo fisico, en lo ético
yen lo lógico. lo mismo había pl ant eado en un primer momento Ze-
Ilcr. Y últimamente dirigen al final esa forma de pensar a Aristó teles,
quien, en efecto, constr uye el sistema platónico a partir de la conj un-
ción de tr es líneas: la her aclitea, la socrática y la pitagór ica (Metaj[si -
" 1/ A 6, 987a 29 y ss. ; 4, 107gb 9 y ss. ).
I/ .U derivación de la «doctrina de las ideasw/
¿Cómo no se iba a ser muy exacto en esas const rucciones? Como
mucho pr obablement e habría que examinar eso de nuevo, después de
que se ha dejado claro qu e en él está ignorado todo el contenido de
partida de la metafísica platónica . ¿Problemas de rest os?, ¿deriva-
dón?, ¿economia de pensamiento? Tal vez alcanzarían esas pregun -
las su sitio correcto si se contemplase en primer lugar de una ma nera
completamente diferente el punto de partida; yen efecto se t rata de
rastrea r con qué medios racionaliza la observaci6n del comie nzo y se
int rod uce en el apartado del pensamiento que se t rata. Pu es -y aquí
de nuevo dejamos hablar a Bergson (pág. 152)- las relaciones de una
ñloso ña (o sea , de una verdadera y gran filosofía) con los fil6sofos
que la ha n precedi do y los coetáneos no es lo que nos quisiera hacer
asentar una conocida con templación de la historia de los sistemas. El
filósofo (o sea , el verda de ro y gran filósofo) no to ma pensamientos
vigentes ant eriores para mezclarlos todos j untos en un sistema supe-
rior o para unirlos a un nuevo pensamiento. Más bien puede llevar-
nos a veces a un repetido contacto, sin duda, con el pensamiento del
maestro, de forma que todos en conj unto se refiera n a un solo p u n t ~ ,
al que se aproxima más y más sin alcanzarlo en efect o. En eso consrs-
te la intuición dcl punto de partida . Es de tan extraordinaria sencillez
que nunca ha llegado a ser expresado por el filósofo. «Et c'est pour-
quoi iI a parl é to ute sa vie» (pág. 137)*.
En el inte nto de derivar la metafí sica platónica, o la así llamada
«doct rina de las ideas», como pura mente concep tual no le ha faltado
eso a otro para darle su razón de la con templació n, visión e int uición.
Si se oyera hablar a Pl atón , se podría no dej ar pasar por alto ese mo-
mento asimismo; se podrfa pensar además en contemplar en él el punto
de partida u orde narlo como un motivo entre otros o también j uzgar-
lo como un extravío del pensamiento de Plat ón. Podríamos, como
antes, tomar aquí sólo un poc o, y casi por aza r, del gran trabaj o que
tiene que llegar a ser emprendido alguna vez: seguir la historia de las
interpretaciones de Platón a través de los siglos.
J. A. Stewan, que fue citado más arr iba , como psicólogo, encuen-
• oc Y este es por lo que él ha hablado durante toda su vida ». (N. drl T.)
2\0 PLATON I NTUI CtON y CQNSTRUCCtQN
211
t ra reunidas en la idea platónica las experiencias de un ho mbre que
fue un gran científico y un gran artista. La «doct rina de las ideas»
t iene, conforme a eso, dos lados. el uno metodológico y el otro estéti.
ca . En el espíri tu de Plat ón se habría fundido un concepto cient ífico
con ideogramas artísticos. imágenes oníricas y contemplación.
St ewa rt ju nto con W. Lutowslewskl 4, que con su «esulometrta»
ha realizado el intento de determinar exactamente el orden cronológt-
ca exacto de los diálogos y, mano sobre mano en ello, de revelar el
anunciado desarr ollo de la Filosofía platónica de diálogo a diálogo.
Desde el estadio socrático se desarrolla el propiament e platónico. El
e ra/ita sería el comie nzo de la lógica propiamente platónica, en El
Banquete alcanzaría ella su grado más elevado. Plat ón habría llegado
a ser consciente de que sólo tendría que delimitar la ciencia ética, so-
bre la que había estado tan violento en el Gorgias, y el art ista que
hab ía en él alcanzaría la idea de belleza en una repentina visión.
I EI modelo del Arte/
El deán lnge ' , sacándolo de Plot ino, deja t ras de sí la tesis del
desarrollo: Plat ón vio sus ideas generalizadas, las vio con ta nta clari -
dad como vieron los artistas plásticos griegos sus tipos ideales. Tam-
bién Lutowslawski ha remi tido a Fidias, y se llegó a encontrar más
de una vez con la referencia a la plástica griega allí en donde el dis-
curso tr ata del «cidos» de Platón. En Schopenhauer no es Fídias sino
el Apolo de Belvedere qu íen se encuent ra ante sus ojos -«La cabeza
mirando ampliament e en el entorno, libre sobre los hombros, como
pletame nte liberada del cuerpo y ya no sometida a su cuidado»- ya
en el pasaje de la obra principal ( final de § 33) «el paso desde el co-
nacimiento común de las cosas concret as al conocimiento de la idea
sucede de repente» (comienzo del § 34).
Ent re los historiadores alemanes de la Filosofía del siglo pasado,
R. Hónigswald 6 ha resalt ado fuer temente en más estrec hos concep-
tos la intuición en la concepción de la idea platónica, puesto que apa rta
a esa intu ición de toda for ma ext ática y romántica. El pensamiento
platón ico de la contemplación intuitiva de la idea permanecería cre-
ciendo sin disolución ju nto a los motivos lógicos de la determinación
apriorística del valor; la determinación metódica de valor de la idea
platónica sería de inmediato un valor estético.
J. Stenzcl intenta hacer algo claro como el pensar en objetos del
tipo de la virtud, de lo bueno , que entre los griegos serí a necesaria-
mente en una contemplación ' . El ve en el Eidos la delimitación que
sólo se pued e corresponder en definiti va con el concepto científico y
que inmediatame nte sería el resultado y órgano de una «int uición»,
en la que no estaría raquítica o desfigurada una senda de la reali dad
concreta. Considera en la vista el «concepto de iluminación en Pla-
t ón», en mitad de La Repúblicay en la Séptima Carta. y trata de arran-
car esa iluminación de toda mística platonizante, pero no platónica.
I De las ideas a la Metafísica europeal
W, en su Einleitung im die Geísteswíssenschaften (1 883),
ha quend,o presentar el paso a la metafísica europea. En esa Historia,
la «do ctrina de las formas sustanciales» significa un paso metódico
necesario que Plat ón ha dado, contando con Sócrates sobre la meta.
física de los presocrá ticos y el escepticismo de la Sofí s'tica _La ciencia
posterior disolverá esta metafísica. La tarea de la conciencia hist óri-
ca, sin embargo, es procurar la interdependencia de tareas individua.
les, la prof undización de las cuestiones, la gener alización de los pro.
blemas y la contemplación del horizont e. Así ve Dilthey que la teoría
t1.e las formas susta nciales consiste en la condición bajo cuya acept a-
ción el ser puede llegar a ser pensado como saber y el cosmos como
la voluntad moral. Ella se establece en Platón para culminar en Aris-
tóteles y ser derribada más tarde.
Pero, para una simple ojeada, Dilthey se detiene, en medio de esa
contemplación investigadora de las cosas , con un tono de admiración
retórica inesperado par a ese lugar: «tOuí én no experimenta en el ce.
gador brillo de los más bellos pasajes de Platón que las ideas no sólo
existencia como condiciones para 10 dado en su dimensión poé-
tica SIllO que hace n estéticamente poderosa al almal». Algo así no ha-
bía sido asimismo contemplado en aquella construcción lineal de la
Historia del Espirit u y es, con todo, esencial, si no para ella, si pa ra
Platón: «El contemplador de las ideas, en esa existencia de hecho, no
las pensaba como las condiciones mismas». ¿Se cambia con ello algo
en la const rucción de la Historia del Espíritu? Por eso, nada. (En ese
pasaje, sin embargo, debe permanecer excluid a aq uella discusión que
tiene como obj eto el punto de partida de esta gran doct rina». El pun -
to de pa rt ida significa aquí lo mismo que punto de partida bíogr áñ-
(O; pues, en efecto, ha ent rado el discurso de la historia espiritual de
las cosas. «Nosotros e-concluye Dilthey- tenemos que act uar con
el parentesco de este pensamiento, en tanto que avanza en la conduc-
ción de la conciencia y se corresponde, en esa forma sistemática con
el ampli o progres o de la metafísica europea». Pero uno se debería prc-
gunt ar, ¿es real sacar de su sitio y de su act uación dentro de la Hi sto-
ria del Espíritu al punto de partida de la doctrina? ¿Lo que se pasa
por alto en esas necesidades del pensamiento es lo que hoy se denomi -
na ( existencia»? 8
Nietzsche, en su pri mer año de Basilea, escribe Unzeitgem ésse Be.
212 PLATON INTU ICION y CONSTRUCCION 213
trachtung üoer Schopenhauer als Erzieher (1874)· , «pa ra tener pre-
sente una doctrina y un maest ro de investigación del que me vanaglo-
ri ó». Pero si él al mi smo tiempo, como profesor de Filolog ía, mantie -
ne sus lecturas de Plat ón , critica po r ello la «falsa derivación de la
teoría platónica de las ideas que hace Schopenhauer» y ésa, contra
la que él se dirige, es aquella «intuitiva contemplación de lo general»,
en la que Schopenhauer había pensado que se contemplaba el punto
de partida de la idea plató nica. En su crítica (Philologica m, 271 y ss.)
Nietzsche se deja aconsejar, por decirl o ast, de Zeller. Schopenhauer
habría partido de la idea estética. Pero Plat ón no llegaba a la idea
desde la co ntemp lación sino desde conceptos no contemplables, co-
mo j ust o, bello, igual y bien. Ot ros argumentos en contra de la géne-
sis estética serían: la dialéctica como camino a las ideas, la mezcla en
Platón entre el arte y su simpat ía por las matemáticas. Puede estar
en esa crítica en algo correcto cuando se vuelve con tra la limitación
de lo intuitivo a lo estético. Resulta asimismo un error, aunque muy
extendido - un err or, por ot ra par te, del que ha participado
Schopenhauer-, el que Platón desp recia sobre todo el ar te mi ent ras
que critica el arte de su tiempo. Las formas geométricas, sin embar-
go, habían llegado a ser enseguida un elemento que podía ayudar a
una intuición.
Elabora también igualmente Nietzsche una crítica a Schopenhauer
porque éste encont raba el pu nto de partida de las ideas platónicas en
la intuición. Así también Karl Ju sti , que fue historiador del Arte, un
decenio antes había asumido la inte rpretación de Platón hecha por
Scho penhauer y ya a causa de ella, en su temprano escrito Die iisthe-
tíschen, Elemente in der platonischen Phüosophie (1860)"' *, se había
vuelto contra el propio Platón. Habría tomado perfectamente la fi-
gura de Sócrates en Pl at ón , su artista filosófico (pág. 8). Asimismo,
por la otra cara, ese arte habría llegado para desgracia de la dia léctica
platónica, pues se habría mezclado un elemento fantástico en lo pro -
pio del pensamiento (pág. 56). «Es ya efectivamente el elemento que
echamos de menos en la teoría del Art e en Platón la representación
de lo ideal, o la corrección de la Natura leza. que aquí mantiene indi -
cado su asiento en el objeto de la ñlosoña» (pág. 62). La mala inter-
pr etación de la supuesta «teoría del Ar te» en Platón la comparte Jus-
ti con Scho penhauer y con Niet zsche. Pero entonces no se dirige Jus-
ti, como Nietzsche, contra la int erpretación de Platón por Schopen-
hauer, más bien toma de ella, y j uzga con ella, la metafísica de Pla-
tón. «Con ello, como en una caída intelectual, se encuent ra entorpecido
el despliegue de aquel germen socrático tan prometedor» (pág. 67).
• Consideración i ntemporal sobre Schopenhauer como educador. (N. del T.)
•• El título significa "Los elementos estéticos en la Filosofía plató nica". (N. del T.)
¡\sí Nietzsche y Justi, de maneras diferent es, llevan de nuevo a la obra
capit al de Schopenhauer, y con ello a aquella metafísica novecentísta
que ha pensado asumir totalmente en sí la idea platón ica. «La idea
platónica: el obj eto del Arte», así reza el tít ulo del tercer libro de El
Mundo como voluntad y reoresentacion. Allí Nietzsche tiene ra zón,
lodo 10 lejos que la idea real de Platón avanza más allá sobre el apar-
tado del Arte. Pero, por el contrario, Scbopcnbauer, más que cual-
quier otro en tiempos más recient es, ha considerado lo intuitivo en
la idea coincidiendo con su propia experiencia. A partir del mundo
como voluntad, resalta, completamente puro, el mundo como repre-
sent ación ; en donde un i ndi vi duo conocido - P lat ón o
Schopenhauer- se alza a sí mismo como pu ro sujeto del conocer y
tam bién con ello el objeto considerado para la idea. « . .. EI paso desde
el conocimient o común de las cosas concretas al conocimiento de la
idea sucede repentinamente, cuando el con ocimiento logra desaslrse
de la servidumbre de la volunt ad» (§ 34). «Sólo a tr avés de la... pura
contemplación, integrada completamente en el objeto, llegan a ser con-
sideradas las ideas. y la esencia del genio consiste en la capacidad con-
centrada en tal contemplaci ón» (§ 36).
Sólo fragmentos del puente de una interdependencia histórica real
podrían llegar a ser reunidos en est e capítulo. Para investigar la His-
torta de la interpretación de Platón y del Platonismo a través de los
siglos y para mostrarla queda una enorme tarea.
Pues para ninguna de estas pa labras hay una negación . Para
l'\t:.í la negativa que sin duda no aparece antes de Polibio.
Pero para el problema establecido por Heidegger nada significan esas
limitaciones.
En un tiempo más antiguo está muy claro el estado de la cuestión
en Hesíodo, para quien establecer etimo logías es un elemento escn-
clal de su doctrina sobre los dioses. Así. en la Teogon ía (226 y ss.)
pone como nacidas de la Noche las dos acciones opuestas ent re sí,
ltrts y Nereo. Entre los nacidos de la di osa Discordia se encuentra una
canti da d muy amplia de hijos e hijas; está Léthe, olvido y oscuri da d.
Se encuentra , por una parte. entre «Trab ajo Dol oroso» y «Hambre
y dolor de lágrimas», por la otra. En agud a oposición con Eris pone
Hesíodo a Nereo (233 y ss.). Seguramente también se debería enten-
der el nombre «Nereo» como «No-Bris». El contraste se expresar á
más tarde: mientras que Eri s tiene. en su generación, «las palabras
engañosas y el discurso doble», Nereo conserva los epítetos de: 1. «no
engañoso» (&¡J;éVÓÚ'l'), y 2. «que no oculta y no olvida » (&A. l'J Oúx). La
primer a negación convierte en indudabl e a la segunda; y eso todavia
palab ras una cr - pr ivativa, lo que las viene ta n forzado y lo que
IIl11lpOCO ayuda aparentemente?
Si la interpretación de como fuera cient íficamente
uurccta , se podría saber establecer la diferencia o no. Resulta mucho
real el que los griegos, desde Homero hasta la época tardía , han
saociado &A.ljO* con NxO-, A1j8-, >.a"O-. Yesa asociación se ha mante-
IIhl o íncoruestada en la poesía y en la lit eratura en prosa, y se oye
Il Ul tu desde el escenario como ante el tr ibunal o en la pla za del mer ca-
lhl II los oradores. Se ha manteni do hasta época ta rdía . Los léxicos
«nrlguos lo encasillan como algo unánime. Sexto Emp írico, en Ad-
1'I"(.\ /lS Logicos, construye todo un apart ado a partir de una variante,
IllU Y subj et iva, de esa etimologia. El neoplat ónico Olimpiodoro, en
_u Comentario al Fedón, par ece remiti r, pa ra ella, a Pluta rco.",
Hay aquí una pa labra per sonal que se refiere a cosas . Cuando yo
revisaba el capítulo «Alét heia» para la edición inglesa (1958). me he
l tlldo cuenta) de que Hesiodo se opone a mi con trapo sición a la in-
h', prelación de Alétheia como A-létheia . Mientras tant o he llegado a
(1M me cuenta 4 de que mi oposición en ese punto no estaba justifica-
Iln. Sólo queda establecer que y l . Tal vez en un pri-
mcr moment o no fuesen negativas, y 2. Que ellas de alguna maner a
1111 fuesen sent ídas como negat ivas:
ALETHEIA 215,
a- CJUlua
á- aOfPua
&-.pápuu

á-a8f"*
&·opal"jf
QJl'-(fióuu
&·ráOHa
&-TA.áJ' El a
, .
a-aarpua
&,.-auníf
&-ra01) i
&-rA.a l"ji
&-aa./nh
CAPITULO XI
ALETHEIA
(UNA POLEMI CA DEL AUTOR CONSIGO MISMO
Y CON MARTl N HEIDEGGER)
Heidegger ha tratado en Sein und Zeit (1927) de los conceptos (c ió
gos » y «al étbe ia» (págs. J2 YSS., 219 Yss.) Ycon ello determina.
pen samiento de toda una generación pos terior. El porqué de su vuel
ta a la et imología lo ha formulado penetrantemente él mismo : eso s
n a el asunto de la Filosofía, «proteger la fuerza de las palabras mi
elementales en las que se expresa la existencia individual (Dasein), ant
de que lleguen a ser niveladas en lo inteligible por medio del entendi
mient o comú n». En su libro Plarons Lehre von der Wahrheir (1947)
ha interpretado luego Heidegger en esa base el símil de la caverna d
Platón, El filósofo bu sca llevar a la luz aquello que conti ene el habla,
y ¿en dónde puede ser eso más impo rtante que junto a la verdad? El
concepto «verdad» habría llegado a estar corrompido en los pensa
dores de muchas generaciones: segun la opinión que prevalece actual
ment e, verda d se adhiere al pensar y hablar, no a las cosas mismas.
El concept o de verdad ha sido tras ladado «desde el ret iro de l ser a
la rectitud del miran) (pág. 46). Pa ra hacer reversible esa decadencia
y par a reconducir lo de nuevo al punto de partida está el esfuerzo de
Heidegger. La caída comienza, segun él, en Plat ón , y el giro se inicia
en la determinación del ser como lbia , Vamos a demostrar lo que es-
to quiere decir . Tomemos como frase-guia la pr opi a adverte ncia de
Heidegger: la tendencia en cada uno (o sea, en el habla) de bería pre-
caverse de la místi ca sin est orbo de la palabra (Sein u. Zeit 220).
La etimología de &A. 'IfOua como par ece
esta r hoy en general acep tada: lo encubiert o, que no ocultado, es 01·
vidadc o el que no oculta. de for ma escondida, olvida l . En realidad
no es tan firme como parecfa. Se comparan dos palabras no muy ale-
jadas ent re sí tant o en for ma como en significado, como
&rQhua o &xemwx; ambas no son de etimología segur a.
Cuando se der ivan del material lingüístico indoeuropeo. siguen incier-
ta s, pese a los intentos de los etimólogos. También ¡J;EÜÓOi,
el opuesto común de desde Homero. y ot ro contr as-
te más: «engaño» «mentira», son en apariencia no indo -
europeos. Po r esa razón probablemente que pert enece al mis-
mo campo semántico, no es seguramente lo mismo que la
interpr etación de y &''lranj ¿no sería imponer a
216 PLATON
ALETHEIA
217
será confirmado luego cua ndo Neceo se conside re como «el que no
se equivoca» (V1¡p.lQn7f). y más tar de se dice de él: «no olvida. no se
equivoca en lo que es justo (oVó{ Ot:P.U1Tf WP >..;,etT<u) sino que él sabe
consejos justos y amables (&).}..U ói:/fO.ux xai olóuo»). Tarn-
bién Hesíodo, que consideraba, en cabal labor de pensamiento. a
como &-).'*'if y Jo trataba de inculcar a sus oyentes, designa
con ello al que no ol vida, al que no se equivoca; y piensa también
en aquella «rectitud de mirada» que Heidegger atribuye a un grado
posterior de l pensamiento griego. al platónico.
Menos unánime que Hesíodo resulta Homero. S610 en una oca-
sión se puede observar fácilmente que áXlj8ú, &Ar¡Ofa, a>"qfü Íl ¡p en
la poesía homérica -con una sola excepción- siempre son objeto
de un verbo de lengua ' . Po r dos veces resuena una aj ustada int er-
pretación: H éctor (Z 376) ordena a los sirviente s: «tCuenta relatos
no equivocados ni mistificadores (vr¡¡.ueúa. y una cria-
da le responde: «Tú nos has ordenado que contemos relatos no ocul-
tos ni que oculten (&>"170fCl En la lucha por Patroclo
(v 361) indica Aquil es a Fénix su sitio en la met a de la pista de carre-
ras; «Para que mantuviera en la memoria las carreras (ó s
ÓeÓ¡J.Otlf ) y lo verdadero ( = qu iere decir lo no-olvidado, 10 no-
oscurecido) (¡axi &}.."Of i17 v á'lfofÍrot»). De esa manera par ece como
si también Homero hubiera quer ido manifestar en esos dos pasajes
la no oscuridad del hecho j unto con la rectitud de expresión. Se not a,
y así quedará evidente, que en conj unto Homero y Hesiod o tienen
perfect amente clara s, en la etapa más antigua, las dos acepciones que
Heidegger distancia entre dos períodos muy separados del pensamiento
griego.
Una sola vez fue aplicado en Homero el término a>.."O* a una per-
sona: en un simil fue considerada una hilandera «verdadera» , «autén-
tica e". A causa de que ya en la Anti güedad er a dudoso el significa-
do que en Homero se encuentra sólo aquí (M 433) , uno se plantea
si Homero podía haberlo dicho así. ¿Pero es que el símil completo
no es un tipo único? y sin duda pert enece al viejo «epos» . Aq uí tam-
poco significa ni lo no ocu lto del ser ni lo inequ ívoco de la
mirada, sino la veracidad inequ ívoca de la persona ; incluso tiene la
ter cera acepción que la pa labra podía adoptar también en tiempos pos-
teriores. Si se toma a Hesíodo y a Homero en conjunto, queda com-
pleta: las tres acepciones de &>"1J Oljs, se encuentran ya en el
uso del lenguaje de la vieja épica ; l . la no-oscur a, no encubiert a recti-
t ud del hablar y pensar, 2. la no -oscura, no encubierta realidad de
la existencia del ser, 3. la no-olvidada, no engañosa rectitud y veraci -
dad del ser humano, del carácter - de la «Existencia», si se prefiere
decir asi -, la «verdad que yo mismo soy» (Jaspers) . Los contrarios
son: l . por el lado del decir y opinar, la ment ira , el engaño, el error,
la habladuría y la reserva; 2. por el lado del ser, el juego, lo que es
irreal o sueño o incitación o fa lsedad; 3. por el lado del ser-ahí hu ma -
no: la falta de sinceridad, el hábit o de mentir y la falta de confianza
Con Pa rménides se alcanza un punto de bisagra en la Hi sto ria del
Pensami ento Griego y con él del concepto Alétheia ". Su doct rina ra-
dical del Uno no conoce en su fundamento realidad alguna que se con-
temple de u':la verdad opuesta a ella. Verdad del pensar y realidad del
ser caen conj untamente en una sola cosa, precisamente aquel Uno fuera
del nada real ha y sino la irrealidad y no- verdad (o semi-rea lidad
y semi-verdad) de la op inión sola y del parecer solo. Significativo es
que sobre esa realidad -verdad, ha aprendi do veracida d
de la diosa. Las tres partes del concepto griego Alét heia se encuen-
Iran aquí en ind isoluble unidad.
Al lado de Pa rménides est á Heráclito . En las famosas sentencias
de Her áclito, en el comienzo , Heidegger con mucha razón ha encon-
Irada una re ferencia al «fenómeno destacado de la verd ad en el sent i-
do de desc ubr imient o o desocult ación». Pero Heráclito , cuyo lengua-
je aparece tan lleno de juegos serios de palabras, no hu biera puesto
a y a l1!- IAavOavovruL el uno j unto al otro, si no hubiera pre-
tendido hacer perce pti ble la «alét heia» como el contraste entre am-
hos verbos s. Si pudiéramos seguir en ello también a Heidegger , sin
duda sería sólo que Her áclito habría única mente oído la desoculta-
ción del ser en la «atérheia». Pues «con ese l ógos» y la incapacidad
del hombre para contemplarlo comienza Heráclit o su discurso. Así
es que para él la «alétheia» fuera ambas cosas: ¿la desvela-
dora claridad-verdad de su lógos y la claridad-verdad del ser, que ese
legos desvela? ¿Y no es él mi smo quien pone su nombre al comienzo
corno el que discursea y el que , t odavía en aquella prime ra sentencia,
habla de palabras y obras «tal como yo las ennumero, una tras otra»?
¿Se enc uentr an también aquí un idas, como en Parménides, esas tr es
partes del concept o de «alét heía», si bien más enigmáticas según la
costumbre de Heráclit o?
a Platón. Su símil de la cave rna se encuent ra delineado por
medio de aq uel doble sent ido de l camino gradual: camino gradual del
ser y del conocer, ambos est rechamente relacion ados ent re si. Sobre
ambos se en la mirada, de lejos, allí de donde y a donde van
a convergir, lo que el ser envía (ofrece, conserva) a lo que es y el ca.
noccr al que co.noce : es la «idea del bien» o <da figura de lo perfcc-
10»), cuya esencia .no es expresable en palabras, sólo captablc aproxi -
por del pensar e imitable por semejanza. En esa C011S-
sistemá tica present ado Platón su experi encia filosófica,
intuició n y le ha dado en un princi pio la imagen en In
que ella se manucne. Ha hecho portador de su pensamiento a Sócra-
les, que a causa del giro a la verdad- rea lidad ve la muert e en el rostro.
1.0 que parece estar presentado en pr imer lugar como el doble sent ido
del ca mino gradual llegaría a convert irse en tres sent idos, si no se ol-
He aquí en detalle la exposición.
vida que se trata del lleno de verda d de cuya boca nosot ros oímos III
alegoría de la realidad sin ocultaci ón y de la verdad no ocultada .
La interpretación del símil de la caverna por Heidegger 9 es dig-
na de admiración por su energía; es también inst ructiva allí en donde
abar ca ca minos reales ( por ejemplo, las figuras tri dimensionales que
son llevadas a través de la caverna) o en donde se hace oracular (In
«presencia», pág. 35) o en donde se confia po r co mpleto en la etimo-
logía (la esencia del (leidos », de la idea, no sólo radica en el «parecer
y el ven>, pág. 34 y SS., sino sobre lodo en forma y estructura) . Resul-
ta part icular mente inductor a error, en la interpretación de Heideg-
ger, el paso siguiente: cua ndo Heidegger habla de la «ideas o de la
lóia piensa fundamenta lmente no en la idea en genera l, no en el aparo
tado de las «formas» sino piensa en la idea única, deli neada, el «ar-
queti po de la perfecci ón», la que, semejant e al sol, se recoge incluso
más allá del reino de las ideas, «más allá del sen ) - la «transcenden-
cia» , para decirlo como Heidegger y Jaspers; ya que ella tiene en el
«epékelna» su orige n filosófico-histórico 10_ .
Per o lo más asombroso de la nueva interpretación viene en pti-
mer lugar: Heidegger ve consumarse un ardiente pr ecedent e. ¿En dón-
de se consuma? ¿En la Histori a del Espíri tu Humano o en el pensa-
miento de Plat ón que tiene un lugar en esa Hi storia? Nosotros oímos
pronto una indicación Que adelanta algo: ' En lugar del desvelamie n-
to, se abre paso en la preferencia ot ra esencia de la verdad» (pág . 33).
Oímos lo que supuestamente se consuma. «Esa parábola», dice Hei-
degger (pág. 40), «cont iene la doctrina de la verdad de Platón . Pues
se fundamenta en la preferencia no expresada de llegar a que la ¡hia
domine sobre la &}.. lj6u a }). Heidegger ve una preferencia: el llegar a
domin ar. Yo veo - en Platón- un ser: el ser predo minan te. Yla ¡óia
no es (o no llega a ser) dominadora sob re la & } . . ~ 8 u a , en donde asi-
mismo la &}..'¡Oua es proporción de ambas cosas, tan to del ser de las
formas, «ideas». como de su llegar a ser cap tablcs a través del espíri-
t u. Dominadora no es la «idea» o el «eidos» sin más, sino la más ele-
vada idea : la forma esencial de la perfección .
ALETHEIA 219
ral: verdad destapada y reali -
dad destapada.
Con «en adelante» sale la fal-
sa const rucción de la Histori a
de nuevo . Es como si Heideg-
ger dejara a Plat ón mostr arse
ant icipadamente en el modo
misterioso de la Histori a de la
Filosofía post-platónica.
No se deposita -en Platón-
sino que la realidad desarrolla-
da, la verdad que se desa rro-
1Ia y el espíritu en el que pre-
domi na esa verdad, y que por
med io de esa verdad aquella
realidad descubr e, llega a estar
fund amentada en algo más al-
to : en el bien o en la perfec-
cien.
Si con ello tiene que ser pen-
sado que el lado «ontol ógico»
de la «al étheía» debe ser esti-
mado a costa del lado «gncse-
lógico», eso seria - para
Plat ón-e- falso. la elevada
perfecció n, Q'tlTó ro &-yaOoiÍ, ~
TOV &-ycr8oli lUa irrad ia la ver-
dad de si, «alét beia », entendi-
da tan to como realidad desve-
lada del ser como realidad des-
velada del conocer y en tercer
lugar como verifica ción de la
existencia del espíritu que, por
medio del conocer, afirma la
realidad del ser.
que pri ncipalmente en adelan-
te la esencia de la verdad no se
desarrolla como la esencia de
la desvelaci ón a partir de su
prop io contenido de esencia ,
sino que se deposita en la esen-
cia de la lOi a.
La esencia de la verdad da va-
lor al funda mento de la desve-
lación.
PLATON 218
Heidegger. pago 41
Cuando Platón hab la de la
¡Ma, ella seria la dominadora,
que tolera la desvclacíón y se
remit e a un no-dicho;
Mi cntica
No de la ¡oia sin más sino de
la iMa de la perfeccion oNo se
remite, sino que di spone, di-
vierte, presenta (7faea ax O/-l fvl1
517 C.) En vez de desvelamien-
to más claro y menos unilate-
Así , dimana de la primacía de
la i Ma del lÓfiv, ant e la «alé-
theia», una transformación del
ser de la verdad.
Correctamente a su vez: en la
más elevada ibiO'. . El lOfiv só-
lo puede ser pensado aqui, en
el sentido de Platón , como la
expres ión imaginati va del co-
nocer intuit ivo. Ese int uir que
conoce no tiene la primacía an-
te la «id éa», sino que es el ob-
PLATON
Como conclusión aparecerá sencilla y correcta mente en Heideg-
gcr (pág. 48) lo siguiente: «lo más llevad o a la zona de lo suprasensí-
lile es aquella idea que, como idea de todas las ideas, se man tiene co-
111 0 la ca usa del conocer y del aparecer de todo sen) . ¿Pero qué es
lo que ha quedado entonces - al menos para Platón- de aquella cons-
uucci ón de la que nosot ros somos con secuencia'?
En mi polémica con Heidegger he aprendido cómo mi anterior opo-
vici ón a la desvelación, desocultación, era improceden te. Lo que no
ve ha modificado es mi crítica a la const rucción de la Historia en Hei-
dcgget. Pues clar ament e el resultado es este : En Platón no esta ba por
primera vez la verda d para la rectitud del considerar y expresa r; eso
sucede ya en el viejo «epos». En Pl atón predomina en y en
el equilibrio ent re verdad desveladora. realidad desveladora
y veracidad. Asi Platón no ha corrompido el concepto «al étheía» , co-
11I0 pretende Heidegger, sino que lo a fina , sistemat iza y recoge.
ALl'.THEIA 221
A quí vuelve Heidegger a la
sencilla corrección. Con «igual
que) vuelve de nuevo el viejo
err or: a parti r del yugo de la
unifi cación llegarí a a surgir el
yugo de la subyugación e lóla
se mantiene allí en donde la al-
ta lóla tiene que mantener se.
All1 has frases hablan de la pri-
mada de la idea del bien como
dr- la posibilidad de la rect itud
lid conocer y del desvelamien-
In de lo conoc ido. Verdad es
por fin desvelamiento y corree-
ción, igua l que también la des-
velaci ón ya se encuentra bajo
('1yugo de la ¡Met.
Heidegger pág. 43 Y s.
Verdad, en la int erdependen-
cia sistemática de Platón, es de
inmediato dos cosas: real idad
desveladora del ser y rectitud
desveladora del conocer y ex-
presar . Además, como tercera:
la ver acidad del «noüs», de ese
conocer, se dirige a aquella
reali da d. En lugar de «noüs».
se podr ia decir «existencia».
El cambio que se consuma, el
cambio de lugar, el «todavía es
ella» y «se convert irá » perte-
necen a la falsa cons trucción.
jeto del int uir desvelador, ver.
dad descobijadora .
La restricción «en un modo
conocído» y el «todavía ) ha-
cen una sinrazón de la cons-
t rucción platónica de imáge-
nes.
Nada se dir ige en Platón sin
que la realidad desveladora del
ser y la rectit ud desocultado ra
del mirar est én relacionarlas
entre sí.
En lugar de doble sentido de-
be llamarse doble lado.
Las dos caras se manifiestan
en todo corte, de forma qu e
depende por igual de
y de OeOÓ711 f.
Pero enseguida se diri ge desde
el preguntar a la desvelacíón,
en el mostrarse de la aparien-
cia y con eJlo... en la rectitud
del ser. Por eso hay en la doc-
trina de Pl at ón un necesario
dobl e sent ido .
La dobl ez de sentido es mani-
fiesta en todo corte, en cuanto
que dependedela ••• y,
no obs ta nte , se pensó la
recti tud .
Heidegger, pág. 42 Y s.
Verdad respecto a OQtlÓTI)f. a
la rectitud del percibir y expre-
sar.
En esa tran sformación de la
esencia de la verdad se consu-
ma inmediatamente un cambio
de luga r de la verdad. Como
desvelaci ón es ella todavia un
paso fundamental del ser mis-
mo. Como rectitud del «mi-
Tao>se convertirá en la desig-
nación del comportamiento
humano para el ser.
En un modo conocido. debe
Platón, con lodo, tomar toda-
vía la verdad como ca rácter del
ser.
220
" 1
DIALOGO Y EXISTENCIA 223
CAPITULO XII
DIALOGO Y EXISTENCIA
(UNA PREGUNTA A KARL JASPERS)
«Existencia» es el concepto que act ualmente presta su rostro al fi-
losofar, per o inevitablemente es también una palabra de moda en las
cha rlas conte mporá neas. En la obra, en tres tomos, de Jaspers deno -
minada Filosofia (1932) se mantiene la iluminación de la existencia
como un vínculo mediador y extendido entre orientacion filosófica
del mundo y la Metaf isica. Iluminación de la existencia, no existen-
cia: pues lo que Jaspers emprende es la descripción y análisis de la
existencia con medios no-existenciales. El filósofo habla de «naufra-
gar» per o su bot e no se nos hace notorio. Habla de la historicidad,
cuando en expresión común conduce a la frontera de lo indi vidual-
part icular y luego le dej a al lector el «salto». Escribe sobre «co muni-
cación», pero se encuentra allí sentado, ante la chimenea, quizás tan
solitari o como Descartes. En todas partes hay preguntas a todo el rnun-
do, también a los int érpretes de la obra platónica. Pero quien no se
hubiera di rigido inmediatamente hacia Jaspe rs. no encont raría algu-
nas valiosas líneas en las que la comprensión de Platón se mant iene
como pregunta (11 , li S).
Ja spers habl a sobre comunicación y de que la verdadera filosofía
sólo viene en comunidad con el ser- ahí. Eso lleva a la pregunt a de qué
consecuencias para la forma de la Filosofía se desprenderí an de este
estado de cosas . si es que no constituye el diálogo la for ma medida
de la participación filosófica. Así se podr ía mostrar, dice Jaspers, pe-
ro no es así. El diálogo. como cualquier otra const rucción filosófica
del lenguaje, es sólo una forma de parti cipación par a el lector y pero
mit e suma rse y enredarse en su comprensión. Segur amente , se podría
objetar, él lo permite. ¿Pcro no es el diálogo una forma que persigue
en part icul ar ese sumarse, si es que verdaderamente se trata desde el
principio de un diálogo y es leído como tal ? Aquí ent onces el propio
Jaspers se dispone a echar una ojeada a Platón. Se espera poder ap ren-
der algo de Platón sobre «comunicación existencial», algo de eso tamo
bíén como para que sea cumplida aquella suma y realización de los
lectores. Pero uno se engañaría. «Los diálogos de Plat ón no son ex-
presión de la comunicación de posibles existencias , sino sólo de [a es-
tructura dialéctica del conocer pensante». Asi dice Jaspers. Luego duda
durant e un instant e: «El Banquete es leído por nosotros de una vez,
como si aqu ello fuese una revelación de auténtica comunicación». Pero
únicamente ese diálogo e incluso ése con las mayores limitaciones. Jas-
pers sabe un fundamento de ello. «Para el griego de alto valor y bien
for mado, [la comunicación) parece encont rarse fuera de lo que es co-
uocido como sen}. Muy extraño: ¿No podría la comunicación, para
11 11 griego de a lto valor, «llegar a convert irse en conocida como sen)?
I. No pod ría esta r relaci onado con elJa un hombre «bien formado»
que es exactamente lo que siempre significa esa expres ión-? Más
tille eso: ¿Es que incluso no es «communicat io» la correcta t raduc-
cion de ¿y no son J(ol Povu6m y pala-
liras que en Platón se encuent ran con frecuencia para expresar la so-
cicdad humana en la conversaci ón entre dos? Muy rarament e, de le-
los: El Banquete es mostrado por Jaspers por un momento como una
gran excepción. ¿Pero es que no mantiene viva Sócrates, en el Fed én,
hasta el momento de la muerte, y con esa muert e ante los ojos, la co-
municación con sus ami gos. yeso de si el «l ógos» muriera no parece
luma 10 más odioso? ¿Có mo sucede en el Criton, en el q ue Sócrates,
m conversación con el amigo que viene a distraerlo , explica el porqué
se podría trastocar la obra de su vida? ¿Acaso el Eutif rón o también
el Teeteto no son sólo expresión de la estruct ura dialéctica del cono-
ccr pensant e? ¿Aquél es entonces rea lmente sólo la búsqueda de una
defi nición de «piedad» y éste en realidad únicament e un capítulo de
la temprana historia de la teoría del conoc imiento? En donde asi mis-
mo en ambos la dialéctica se reduce a la vista del proceso socrático,
1,.·11el Tceteto además a la vista del valor del héroe de ese nombr e que
se encuent ra malherido ; por eso queda autorizada la pregunta al lec-
ror -una pregunta muy «existencia b-c- de qu é tiene que ver la valen-
tía en la guerra y el valor cívico con el problema del co nocimiento .
No los menos sino los más de los Fi lósofos actuales argüirían : ¿Pero
110 es que Plat ón es tal vez de otra opinión y pretende lo bastante algo
de esto : fundamentar la dialéctica en la Existencia y explicar la Exis-
rcncla por la dialéctica?
Así los diál ogos platónicos, al menos muchos de ellos. sirven in-
efuso para algo muy disti nt o de (sólo para la estr uct ura dialéctica del
conoci miento pensante». Cuando yo leía ese «s ólo» en J aspers, tenía
que pensar en eso que Hermann Bonita, hace tres cuar tos de siglo,
en sus Ptatonischen Studíen (3 ed., 1886), entonces, y todavía en mi
juventud, muy apreciados, escribe: El se limita, «con omi sión de to-
do lo que se refi ere a la composición art ística del diálogo [del Fedón] ,
est rictamente a hacer pr esent e lo doct rinal del contenido». De eso me
había extrañado hace muchos años, y de eso ha salido mi interpreta-
ción de Pla tón. Si Jaspers tuviera razón, me habría equivocado en
mi punto de vista, por no colocar nunca un tab ique entre la discusión
filosófica y lo que se considera ropaje dramático o algo parecido. Pues
ese era mi punto de vista , y se entiende que no me encontraba solo
con él, ya que no se t rata de nada nuevo sino de algo muy viejo. El
I
224 PLATON
DIALOGO Y EXISTENCIA 225
1
neoplatónico Proclo, en su comentario al Alcibíades de Platón, hace
est imaciones de reflexión sobre (as escenas platónicas de íntroduc-
ción 1: éstas no se encontrarían allí para el desarrollo dramático, tamo
poco como obj eto histórico, sino que desde el pri ncipio tienen que
ver con el obj etivo filosófi co del diálogo. En el A ícíbtades esto serta
el ob jetivo: dejar clara nue stra esencia y el ser total mediante el cual
todos están determinados y contemplados en conceptos científicos.
La escena del proemio hace volverse al joven a sí mismo y le convier-
te en examinador del modo de pensar dado previamente en sí mismo
(o de los pensamientos 7W/I f.1' ¡rQ OU1I'OkH¡i f:vWI' ÓW/lOl1WXTW/I) .
Con ese gir o a sí mismo quedaría elevado a una inspección del cono-
cimiento socrático y al punto a una contemplación de la vida comple-
ta de Sócrates (o, como se preferiría decir hoy: de la existencia de Só-
crates).
Lo mismo que Proclo. En todo caso habría que est ablecer: la Fi-
losofía no empieza , en Platón, primero allí en donde el punto de la
discusión dialéctica fue fijado en primer lugar, sino más allá, en don -
de nosotros creeríamos per manecer todavía en una charla sin delimi .
ta r o aún en la construcción del juego inf or me o de lo serio. ¿En ton·
ces es que Jaspers ha leído los diálogos platónicos sólo, o casi sólo,
allí en donde se encuentra un marco idóneo para el que disfruta artfs-
ticamente, para el historiador o para el que todavía relea , en vez de
algo «existencial» en el Fedón; o sea, si Sócrates se sienta en la cama,
se frota la pierna y comienza a hablar con los ami gos mucho más in-
cluso que antes, sobre todo desde las primeras palabras de la conver-
sación ambient adora? 2.
Resulta singular, como tantas veces cuando se oye a Jasper s ha-
blar en general de existenci a, que, en un di álogo pla tónico, uno se
tenga que acor dar de repente de un momento concreto de la vida . 1,56:
«Una situación se convierte en situación límite si el sujeto se despier-
ta a la existencia por medio del estremecimiento radical de su ser-ahí»
- Eso es el Alcibíades-. Il,17: «Realidad existencial es la incondi-
cionalidad en el instant e decisivo» - Eso es el Critón-. 11,101: «Quien
se inclina a los monólogos, abrumando unilateralment e a los demás,
trata falsamente de callarse» - el Protágoras present a ejemplos-.
II,65: Para los que «aman la lucha de la comunicación existencial»
hay ejemplos paradigmáticos en el Cármides, Lisis, Eutidemo y Alci-
hiades. TI, 255: «I ron ía es el asegurarse antes de caer abajo, a la falsa
colocación sagrada de las objetividades». 11,286: «Juego: no hay que
tomar algo dicho como establecido obj etivament e, de forma tan im-
port ante que resulte intangible». «En la solemnidad de un recint o de
verdad se encuentra olvidado el j uego como un objeti vo expresado».
(Sólo en medio del j uego es posible la verdadera seried ad». Con lo
qu e Jaspers dice sobre ironía y juego se da vuel tas a pasos esenciales
del Sócrat es plat ónico. Como juego se tiene que pensar que de alguna
1I 1l1 1lCra en el diálogo Parménides fue considerada la dialéctica más
dificil de la segunda parte, un juego que nos han obli gado a jugar;
juego recibe un atributo íTwótáv) de for ma que
11 hicn la dificul tad o bien el contenido o ambos significan algo para
Ilodcr convertirse en acción. En una explicación muy característica
l k la Carta VI también fue recordado, y asimismo, por otra parte,
1'11 muchos pasajes de Platón 3.
Sc sabe que fue Kierke gaard el que ha planteado el concepto «Exis-
u-ncia» en su sentido actual. Las cosas que ha señalado con él las ha
llevado Kierkegaard a si mismo, como cristiano solitario y en lucha
runrra la filosofía de sistema que culmina con Hegel. Pero en Kierke-
1I 111l rd, allí en donde se habla de existencia , siempre se encuentra pr e-
u-nte Sócrates, es decir, sobre todo el Sócrates platónico 4 . Mit stiin-
,I/¡.: /'n /linblick auf Socra tes no es sólo su primera obra escrita sobre
t'[ concepto de ironía. Uno abre los Philosophischen Brocken, que trata
di' fe, pecado y de Dios como maestro. Allí encuent ra la primera pá-
II llI a con la pregunta socrática dc cómo podría llegar a ser aprendida
In verdad . Yen un lado y en otro está siempre Sócrates de nuevo pre-
u-nte hasta en el final en donde Johannes Climacus habla de «aquel
nvunbroso irónico durante aquel siglo» a quien él «se acerca con lati -
¡los de entusiasmo». Con sus preguntas socráticas y no socráticas pa-
Il ' CC que se trat a de insistencia de Kierkegaard para acreditarse ante
xocratcs. ¿Por qué? Efec tivamente será porque, como él mismo dice,
1¡1relación socrática entre hombre y hombre es lo más elevado y lo
verdadero. «El único que me reconforta es Sócrates». ¿O se po-
.hfu expresar mejor de esta manera: Sócrates, t al como Platón nos
111 mediatiza , es la propia existencia filosófica S?
Así pues es el diálogo pla tónico «exist encial: asimismo en un sen-
1[; 10 radical como la explicación de existencia, tan valiosa, de Jaspers.
I'ucs lo que Jaspers aporta es descripción, análisis y sistematización
de la existenci a humana aquí y allí con una palabra para provocar
verdadera existencia. El Fedón, El Banquete y otros diálogos son dra -
lilas en los que se representa esa existenci a humana. Pero no son, o
110 son sólo como obras de arte ante las que uno se para extasiado,
dno que son vida filosófica que convoca al lector para compartir, pa-
111 entrar en la conversación a oponerse, a con tinuarla. No filosofan
sobre existencia, sino son ellos existencia - no por todas part es si-
no a lo lejos- oO, para no usar y abusar siempre del mismo término:
\ 0 11 realid ad de vida mientras que investi gan la verdad del ser.
Lo que en est e capítulo se intentó probar lo ha reconocido Jaspers
(' 11 su última obra, Die Grossen Philosophen (1,1957,265): «Así per-
mite el diálogo dej ar que se haga presente el sentido existencial de lo
pensado junto con el lógico: por medio de la refer enci a del contenido
del diálogo a hombres y situaciones ».
SOBRE LA S CARTAS PLATONI CAS 227
CA PITULO XIII
SOBRE LAS CARTAS PLATONICAS
Las Carlas platónicas eran desaprovechadas en el siglo XIX como
ha llazgo falso o novelístico por la mayoría de los Círculos de Hisro-
ria, a pesar de Oeorge Grote. el historiador político. Desde hace 50
años son objeto de viva par ticipación e investigación. «Documentos
de inestimable valor» era n par a el escritor de Historia de la Antigüe-
dad Eduard Meyer (111 , 1901, & 166; V, 1902, & 987 Yss. ) qu e, como
se comprende, pensaba sobre todo en ellas a propósito de la Historia
Politica. Secausó part icular impresión cuando wiíamowitz. en su Pía-
Ion (1919), inesperada y apasionadamente aboga por la autenticidad
de las Carlas VII y VIII. t ras haber explicad o anteriormente ya como
posible la de la VI. Aho ra, en PiOlO's Lije and Thought de R. SI. H.
Bluck (1949, 189), se encuentr a un meritorio repaso de los resultados
de la investigación desde 1910
1
• Después de eso, podría parecer co-
mo si la autenticidad de la V/I y V/ II fuera actualmente de reconoci-
miento general. Sin embargo aún no está muy ampliamente compro-
bada que las tr ece cartas no den la impresión de una novela epistolar
compuesta como una unidad y redactada en el 300 por alguien de la
escuela plat ón ica (Dornseiff, 1939) 2. Hace muy poco, contra la par-
te filosófica de la Carla VJl, brotaba de nuevo un ataque di namita-
dar: de pasada saltaron como interpolacion es dos grandes trozos de
La República, que además estaban escritos incluso en mal griego (G.
Mülle r, 1950) l . Cas i se ol vida que P. Shore y se mantuvo hasta el Fi.
nal en la inaut enticidad de todo el conjunto epistolar (Whal Plato said,
1935), y que igualmente a L. Robin (Pkuon, 1935) le parecía su auten-
t icidad no demostrada de modo definit ivo 4. ¿Defi nitivamente demos-
t rada? No. Yo repito la sentencia metodológi ca fundamental de August
Bockh de que sólo la inautent icidad, pero nunca la aut enticidad, se
puede llegar a mostrar marcada - muy marcada , aunque falten fun-
dament os externos-o Pero, ¿quién se preocupa todavía de las tesis,
en torno a los diálogos platónicos, de Massenat h, que estuvieron de
moda en Alemania en la primera mitad del siglo XIX?$ Ta l vez den-
tro de algún tiempo llegue a amainar la cuestión de la aut enticidad
en la discusión de las Cartas VII y VII I, Y se conviertan a sí mismas
en documentos suficientemente reales. Si se espera a una ocas ión pos-
tcrior en lo semejante de la 11y 111, así es equita tivo que haga el re-
prochc dc la falta dc crítica de ta l pr edicción y de t ales ocasiones fu-
tur as. Per o, ¿cuántos lectores del diálogo Parménides saben hoy que
en otro tiempo había sido explicado como no platónico por famosos
ttltkos (Ueberweg, 1861; Scbaarschmídt, 1866; Huit, 1891; wíndel-
l.nml, 1901)? ¿Quién se preocupa sólo de eso, en lugar de habérselas
t '111 la interpretación? ¿Y quién ha «probado- propiame nte la auten-
Ild dad? De esta manera se intenta aq uí mostrar qué verdaderas cues-
tloncs han conseguido plant ear las cartas y tal vez responder. sin que
uno se decidiese a favor o en cont ra de la autenticidad; pues a veces,
en efecto, la concentr ación en la cuest ión dc la autenticidad confunde
1.1 mirada y arrincona la serena comprensión de los documentos.
¡Ca rácter de la carta V/JI
La Séptima Carta. un documento sin igual en la Literatura Epis-
rolar Griega - ¡sobre ella dedican los Epistolographi de Hercher un
romo de 800 páginas!- y sin igual, tal vez, en la Literat ura epistolar
en general, resulta del más alto significado para la comprensión de
Plat ón, de su Filosofía, de su circulo, también para la Historia politi-
ca dc Sieilia (lo que, con todo, quiere decir del Mediterr áneo), para
la Historia de la Autobi ografía e incluso para muchas ot ras cosas más
todo eso lo mismo si no fue escrita por Plat ón que si fue dictada
por él- Como cada uno de sus lectores sabe. la cana contie ne t res
ctcmcnros: el primero es una misiva política; interviene, con consejos
prácticos, concret amente en las altas relaciones que llevan los sicilia-
1l0S. Con ello se enlaza el segundo, una mirada ret rospecti va autobio-
gr ññca e histór ica, que luego se convierte en una justificación del es-
vruor de la car ta, y a la vez en una advertencia a los dest inatarios.
y tercero , se recoge en la carta la sentencia fundamenta l de la Filoso-
na polit ica de Platón - la sentencia de los fil ósofos-dirigentes (326
AH, 328 A)- y aquel muy raro pasaj e de la ontol ogía o metafísica
platónica. Esos tr es elementos resultan tan divergentes que la escritu-
ra reitera su tendencia y cambia altas sit uaciones a lo más not able,
y asimismo est án fuertemente relacionados ent re sí. La misiva es una
respuesta, o se da como una respuesta. a una car ta de los «amigos
y partidarios de Dión»; las palabras «consejo» y (aconsejar» apare-
cen siempre de nuevo en el curso poster ior, como tamb ién en la Carta
Vl11. que es la continuación de la V1l 6. La histórica mirada ret ros-
pectiva y la autojusti ficación pr etenden estar escrit as expresamente
«para el consejo» (330 C, 334 C, 337 E). Pero el ter cer elemento, que
en cualquier otro escri tor de car tas podría parecer como una digre-
sión improcedente, es lo de menos en Platón (ya fuera él mismo o cual-
quier otro quien compusiera la carta): El apartado sobre los princi-
pios funda mentales de la Filosofía está puesto allí porq ue sólo de esa
manera se pod ría juzgar como op uesta la pseudo-ñlosoña de Dioni-
sto, y con ello se pod ría establecer diferencias ent re auténtico y no
autént ico. La paradójica frase fundamental sobre la co nj unción en-
228 PLATON
SOBRE LAS CARTAS PLATONI CAS 229
t re conocimiento filosófico y acció n política es la reflexi ón (Ótáil oud
en q ue se apoyaba la acti tud plat ó nica de otro tiempo tanto como su
consejo actual.
Que el autor de la carta dispone de muy diferentes tonos, efecti-
vamente, después de que se mueve en uno de los tres aspectos, esa
sencilla verd ad no necesita llegar a ser reflejada, cuando aqui no era
notoria una exposició n con la Geschíchte der Autobiographie de Georg
Misch. En esa obra tiene Sócrates su puesto como la fue rza decisiva
en el llegar a ser del au toconocimiento del hombre. Pero se engañaría
si se espera encont rar aq uí aquel fragmento excepciona l de autobi o-
grafía a partir de la Carla VII . Fa lta po r comp leto en la primer a edi-
ción (1907); pues ento nces empezaban por primera vez a ent rar de
va las cart as platónicas en el circulo de la Historia de la Investiga-
ción. En la segunda edición (1931) se notó el defecto. Sin embargo
fue en la redacción inglesa (1950) en primer lugar en donde se dedica-
ron muchas páginas a ese gran documento a utobiográfico. Aquí, en
efecto , pasa algo raro: no avanza la cuestión sobre qué lugar ocupa
en la His toria de la Autobiografía Gri ega la carta, sin más bien el pro-
blema histórico-filológico de la autent icidad domin a el pensamiento
de los investigador es modernos en un grado tan alto q ue siempre se
acaba volviendo a ira vez a la diferencia de alt ura como un argumen-
lO contra el ori gen plató nico; co mo si no fuera ya esa diferencia una
necesidad, y como si Platón se t uviera que sent ir a cada
ho ra por la postura con la que pasea por la cated ral de los filósofos,
en el fresco de Ra fael. Pero final mente viene en Misch el argumento
deci sivo contra la aut enti cidad. Yo mismo, escribe el aut or de la car-
ta (348 A) , mira ndo haci a afuera (ftAf'l'WI' ;ew, de mi prisión, se en-
tiende) como un pájaro (xo:8CÍlne Óe"¡s) que de algu na manera año-
ra volar (r oO'::' " &"o:nfoOo:t) y, asimismo, no puede. Pero Dionisia
buscaba caminos y medios pa ra có mo podría él ahuyentarme, sin que
por ello tuviera Que devolver a Dión algo de lo q ue le debía . Ese her-
mosa imagen, dice Misch , se nos antoja que es una falsa imp resión
de sentimiento. (Asimi smo se encuent ra en un lugar en el que no se
puede mostrar tampoco al crítico. ) Pero en realidad ha bía tomado la
comparación en concreto del Fedro (249 D): cuando el hombre con-
templa belleza terrena, y con ella recuerda la verdadera belleza, cre-
cen sus alas y desea volar ha cia ar riba ('lrQ08tJ/w úp.f'POS&PO: :lJTfoOo:¡),
pero no podía, y como era un pájaro (oQI'¡8os Óí X711') miraba. hacia
arri ba (ftA¿'¡rwv &l'w) . Con tales prést amos literarios y profanación de
la Filosofía no se podría car gar a Platón. ¡Extraño! Las dos compa-
raciones son idénticas, pero cada una tiene su buena razón, y Queda-
ría la razona ble pregunta de si un gran escritor, en una obra literaria,
no pudiera emplear ambos maravillosos entornos sin hacerse sospe-
choso. Todavía no se han a port ado suficientes explicaciones par a la
au tenticidad de la Carla VII. cuando se dice que, para demostrar real-
mente la no autentic idad, habría q ue seguir fundamentos de muy dis-
tinto peso.
l o que incluso ahora también falta en la Histo ria de la Aurobío-
alfafía Ant igua no puede ser reemp lazado aquí así de paso ". Mi sch
ha presentado cómo Sóc rates fundamenta una nuev a co ncepc ión de
111 persona lidad, y luego la ha remitido a Platón que se cambia a ella,
de forma que la articulación de la historia de su vida en épocas limite
la manera como Platón en el Fedón (96 A Yss.) po r boca de Sócra-
les, en un fr agmento aparentemente autobiográfico, cambia de refe-
tcncia . Pero entonces ese relato de Sócrates sobre si mismo tiene ma r-
r ados puntos de relación con la au tobiografía de Plat ón en el comienzo
ele la Carta VII . «Cuando yo era joven, me vino el deseo). (ll'¿" ya"
,·,·os Wl' l r BJúp.71oo:), comienza Sóc rates en el Fedón. «Cuando yo era
Joven, me vino ... » (l'fOS l: yw Ton Wl' f'l'a Oov), comienza Platón en
la Carta. En el Fedó n los grados son, en pri mer lugar el entusiasmo
por la Filoso fía de la Nat uraleza, luego la decepción; en segundo lu-
gnr , el co nocimiento del libro de Anaxágor as y la decepción renova-
da; en tercer lugar , el flujo a los «l ógoi» y el descubrimiento del mun-
do del ser. Los grados en la Carta son: en primer lugar, la ent rada
de Plató n en polí tica baj o los Treinta, su espera de alta tensión y luc-
KOla decepción ; en segundo luga r, la renovada tendencia q ue la vida
de la ciudad, baj o la restablecida democracia , tenía para él, sobre ello
la conde na de Sócrates y la renuncia de Platón a un posterior com-
por tamiento po lítico; en ter cer lugar, el giro a la correcta filosofía y
el flujo a la fórmula de los filósofos-dirigentes.
El ca mino sobre esos gra dos apa rece desc rito con pa labras mu y
par ecidas tant o en la Carta como en el Fedón: «Yo creí a, me venía
a consideracíé n» QY71oáP.71P) . «Estaba descontent o, me
retir é de nuevo, abandoné>. (lóvoxfea..a, l:¡¡.aVTO" lra.. ..,
En ambos relat os se tr at a de un part icipio (d o que yo con-
templaba» (OXO'l''::' '' ), que designa la actitud del que habla, y tambi én
lo es el ténnino «final mente» ( n Au.m:::w), para el proceder coordina-
do. A quien ha llegado a estar deslumbrado (o tiene miedo de conver-
tirse en ciego, fóu oo: nl" TVlP>..w9f i '7v) en el Fedón co rres-
ponde en la Carla el «vértigo» po r el que Plat ón se ve «finalmente»
cogido ( n At UThwro: D..t')'')'ial' ). Ambos relatos acaban en fundamen-
ración del mismo objetivo; tampoco aq uí se dife rencian las pa labras.
Pues la «ve rdadera Filosofía» de la Carta es efectivamente aquel giro
ti la «verda d del sen>en el Fedón.
El relato en primera per sona sobre el desarrollo filosófico de Pla-
Ión y los tro zos que se relacionan con él ace rca de sus viaj es a Sici lia
tienen que ocupa r un sit io destacado en la Histori a de la Autobiogra-
fía Griega, aunque esta carta pudier a no haber sido escrita por Pl a-
tó n sino por cualquier otro bajo este nombre. Es Plat ó n mismo, su
voz se oye aquí, de esta manera se desarrolla de lo más extraordina rio
230
PLATON
SOBRE LAS CARTAS PLATONICAS 231
en importancia. Sólo una consideración habria que añadir aquí. El
relato autobiográfico de amonestación y de aurojusriflcaci ón
político-filósofo qu eda seguramente desgajado por una amplia dis-
ta ncia de la Rendición de Cuentas del Divus Augustus al pueblo ro-
mano y al mundo. De forma extraña la frase del comienzo en ambos
documentos evidencia dos correspo ndencias que llegan a ser muy sor-
pr endentes si se coloca la traducción griega de las Res Gestae junto
a la Carla. «Cuando era joven» (e écs l lW 'lr OH w,, ), comienza Platón .
«Cuando yo tenia 19 años» (17(;, 1' ÓOt ClfIJPta <:,,,). comienza Augusto.
y en la segunda parle de la frase aparece en ambas <dos asuntos pú-
blicos» ( ra XOtpa 1rÓ).,Ewf - ro xonra "' QáYlun cr). Cas i result a in-
necesario añadir cómo el pensamiento de Platón se encuentra puesto
frent e al comportamiento de Augusto: «pensaba» - «me disponía,
confiaba». Parece autor izada la pregunta de si la correspondencia es
puro azar o de si se encuent ra fundamentada en una t radición de las
normas par a autobiografías, Ya más arriba hemos recordado que tamo
bién el Sócrates platónico, en el Fedon, comienza la historia de su de-
sarrollo filosófico con algo muy semejante: «Cuando yo era joven».
/ Lo político práctico en lo corto l//
La Corto Segundo del conjunto es considerada como no platónica
por muchos críticos que toman a la Séptimo por auténtica l . «Una
demencia, una puerilidad, la no autenticidad no necesita al-
guna», así se expresa Wilamowitz sobre la Carta /l. Shoreyconsidera
que todas las cartas son no auténticas; pero la segunda lo sería tanto
(y aqui se encuentra Sborey compartiendo la actit ud de su rival Wila-
mowitz) que apenas se podría discut ir con alguien que tomase en con-
sideración la autenticidad. Ypara ello cita Shorey aquel párrafo, que
de hecho raya en el absurdo, en el que el autor de la carta habla «en
enigmas sobre la esencia de lo primero», luego sobre el «rey de todo?>
y sobre «lo segundo y tercero»; también aquel pasaje en el que el pn-
mero de los teólogos cristianos creía captar un resplandor del dogma
de la Trinidad. Auténtica o no, ¿ha entendido Shorey también sólo
ese trozo tan marcado de la car ta? ¿Se t rata de casi un sinsentido pa-
tético, de un misticismo fantástico? ¡Pero primero léase, asimismo,
más ampliamente! Platón (el verdadero o el ficticio) recuerda un en-
cuentro con el señor de Siracusa «en el par que, bajo los laureles»,
(Ese parque, por el contrario, se menciona más veces en las ca.rtas:
m, 319 A; V1l348 C.) El tirano había hablado allí sobre los últimos
secretos del filosofar platónico; los había comprendido; más incluso:
los había descubierto él mismo. (Por tanto, él no tendría en absoluto
necesidad de Platón» . Ysobre ello él, Plat ón, le había entonces res-
pondido: si eso fuera así, de alguna manera su Majestad le habr ía dis-
pensado de largas discusiones. « El orador respira con alivio» . Sin du-
11'1, por el contrario, no habría encontrado todavía a nadie al Que le
hubiera bastado algo de esa índole. Dionisia también habría podido
nfr eso de cualquiera « ¡había, en efecto, muchas habl adurías, tanto
(' 11 Atenas como en Siracusa, sobre esas cosas t} o tal vez realmente
habría pensado él mismo sobre ello, yentonces, asimismo, por medio
de una determinación divina de la suerte. « Eso suena muy solemne;
pe ro ¡qué posibilidades a cada opci ónü) ". Si hubiera sucedido eso,
aln duda no le hubiera prestado crédito y esas cosas se hubieran esca-
pado. «¡Pájaro liviano, esa creencia príncipescalj) . Pero en ello, ade-
lanta Platón , tú no estás solo, a todos les pasa así al comienzo de su
nprendizaje, «También el príncipe es un principiante y tiene todavía
Il 1lC aprender todo , si. . .» .
Uno lee ahora todavía una vez más aquella part e enigmática de
In Cana Segundo que tanta indignación provoca, enton ces habría que
empezar a experimentar con qué sarcasmo, hasta llegar ligeramente
a una burla encubierta, se encuentra impregnado por medio de ella
el «pathos» y el «mister io». El escritor tiene que hablar en enigmas;
p Il CS, «si a la carta le sucediese, por mar o tierra, algún percance»,
, i asimismo él cayese en desgracia, debía de precaverse para que nin-
itlln lector la entendiese. « ¡Con Dionisia ha llegado él también a la
Ilisputa!)). Y luego la advertencia: ¡preocúpate de Que esos secretos
filosóficos no caigan en manos de hombres sin la suficiente prepara-
ción! «el destinatari o pertenece, a su vez, a esos que se encuentran
preparados -10 preparado que está es lo que, ocultando, desvela en
efecto enseguida la conversación bajo los laurel es y lo que le sigue».
La mejor precaución estri ba en no escribir ((Dionisia ya ha act uado
contra ese consejo con sus escritos pseudofilosóficos. Pero si él no
estuviera de acuerdo lo bastante en acudir a Platón como su prece-
dente en la escritura, la respuesta es aquí así:))_ No hay ningún escri-
lo de Platón -y luego siguen las palabras ya famosas en la Antigüe-
dad sobre los así llamados escritos de Platón; que pertenecían a un
«Sócrates rej uvenecido» 10.
Uno deja caer esos paréntesis al modo de un intento muy funcio-
nal de penetrar en las palabras de la Carta, pero lo que realmente sig-
niñea interpretar la carta y most rar que aquí tenemos probablemente
tilla obra complet amente distinta de «nimiedad y falsedad» (Stefani-
ni) y Que se debe leer la carta de diferente manera de la de Souilh é,
quien describe el tono como «esporádicamente algo brusco, pero en
conj unto coherente y bien trazado»; de muy distinta mane ra también
de la de Morrow, Quien hace a Platón «públicamente» creer en la ca-
pacidad filosófica de Dioni sia y esperar realmente resultados ñl os ó-
ricos del tirano 11 ; Shorey, al menos, ve una base común entre aque-
llos que, enseguida {immediatelyl), reconocen que Platón no habría
podido escribir nunca esa char la míst ico-teosófica y aquellos que im-
232 PLATON SOBRE LAS CARTAS PLATONICAS
233
ponen al texto un significado edificante. Al menos aquí se ha indica-
do que existe un tercer camino de interpretación. Tal vez en esta car-
ta, en do nde tant os escándalos hay. se han unido aquella «seriedad,
que no es amiga de las Musas y su hermano mayor, la broma) . Serie-
dad y broma. coloreadas sin duda la una con la otra de distinta ma-
ner a, está n en la Carta JI: la seriedad más sombría , la broma más amar-
ga que en la Carla VI. que procede de aquella expresión not able " .
Pero aq ui se enc uent ra un segundo lugar de la misma Car l a 11que,
j unio con aquel enigmát ico pasaje, prueba la inautenti cidad a muchos
ojos: se trata de las precisiones. que están casi al comienzo (310 COl,
sobre los sucesos en Olimpia . Dionisia ha exigido de Platón que era
su deber impedir a sus partidarios acciones hostiles y murmuraciones
contra su persona. La respuesta toma por separado ambas reclama-
ciones - pues reclamar cont iene exigencia. Acción hostil : eso ya se
des pacha por medio de la excepción que hace el propio prí ncipe; pues
no exige, ni podrla exigir , que Platón resuelva tratar de Dión. Pero
igualmente al menos, prosigue Plat ón, yo tendría un derecho de mando
sobre los hombr es de mi circulo (o sea, de la Academia) y por lo mis-
mo igualment e, además se siente sarcástico, sobre ti. Si lo tuviera, apa-
recerfan, por ello las cosas de otra manera, ta nto entre nosotros co-
mo más allá en toda Grecia . Eso queda perfecta mente claro. Plató n
no dice, de ningún modo, que él aprobase lo que Dión, en conniven-
cia con la Academia, hiciera; pero encier ra al señor de Siracusa en
un circulo sobre el que él, a su pesar, no tiene derecho alguno de mando
- unas claras y a udaces palab ras contra el hombre influyente.
Tras el comportami ent o hosti l, lo de las malas palabras. Murmu-
raci ones o chismes, dice Platón, yo no los he oído en aquel encuentro
de Olimpia. Quien considere la Carta como auténtica , j uzga Pasqua-
li, convierte a Plat ón en un Ta rtufo" IZa. Pu es los plat ónicos habla-
ban frecuentemente con Dión en Oli mpia y lo bastante sobre el int en-
to armado ; hacían , por tant o, mucho más que promover cont ra Dio-
nisia sólo murmuraciones. Pero aquí habría que pararse a pensar por
un momento en térmi nos específicamente ju rídicos . Ya que una inj u-
ria verbal es un concepto juridico. En el Derecho Atico existían mu-
chas formas de querella cont ra «kakegorta » ", Platón , en 5U propia
ciudad de leyes, proporciona sobre el tema algunos preceptos legales,
yesos se resumen, en fonna más aj ustada y atinada, en tr es palabras
(Las Leyes XI 934 E): P-7¡ÓÉva. xa.xl1 /,oQt i ¡ wJ.l.l1Ótís, nadi e pueda insul-
tar a otro ni diri gir malintencionados discursos contra otro 14. Pero
Platón, como instructor-legislador , dice lo que tenía que establecer
en el lugar de los malos discur sos: si unos hombres se encuent ran en
• Se refiere ..1 conocido per sonaje de Moliere, claro reflej e de la hipocr esía y la
í alsedad. IN. drl T.)
d.iscordia, suelen informarse y dejarse informar sólo de forma par-
cial . Por lo tamo una conversación, aunque molesta, que fuera seria
en torno a la verdad es lo que quita el suelo al «mal discurso» . Bas-
rante es lo que con eso aconseja al prín cipe el escrit or de la carta: tú
oyes que alguien de mi círculo ha dicho sobre ti algo molesto, escribe-
me, pues, así una carta y yo te dir é luego, sin vacilación ni timidez,
la verdad.
· sin duda acl ararse aguda mente dc lo que qu iere de-
cir una mjuna verbal. SI alguno dijera que Dioni sio se había compor-
lado con Dión inj usta y autoritariamente, eso realmente no es una
inj uri a verbal y - igual que en el Derecho Ati co el co nocimient o de
la fue instituido frent e a la acusación de «kakegortav-c así
aqur Plat ón al príncipe a aquella conversación clarificadora que
fue establecida en L os Leyes de Platón, en el sitio de las murmuracio-
ncs, para int roducir la verdad. No se tra ta de «tart uferia» sino más
bien es un deseo del derecho e instruc ción el expresar, por tanto, aque-
llas palabras de la Carta, De que el príncipe no ha ya llegado a ello,
y sob re todo efect ivamente no qui ere comprenderlo, el to no
snrcasnco y a margo de aquella frase no deja la más mí nima duda so-
hre el parti cul ar ant e aq uellos en don de Platón lo ha int roducido y
sobre que no t!ene poder alguno - <IIos demás, tú y Dión»-, y
se considera a si mismo como el único que sigue sus propias palabras .
· L.a Carta.JI presupone el tercer viaje de Platón a Siracusa. ya que
nsmus mo alh (310 D) se mencionan las Oli mpiadas del año 360, y ése
lOS, de acuerdo con nuestr a interpretación, muy poco dudoso u. Pla-
Ión y el tirano se encont raban dist anciados el uno de l otro sin una
pública rup tura. Plutarco tDion, cap. 20) hace un di vert ido relato
Ficticio seguramente en esta forma, de un intercambio de palabras ent re
ambos, muy poco ant es de que Platón llegase a bordo del barco ofi-
cial enviado por Arq uitas. La Carta /1 fue escrita (o se dio como es-
muy pronto tras la partida de Platón , en un tiempo en que en.
tre el y el señor cabia una no tan débil posibilidad de entendi miento .
1.0 débi l que el aut or la evalúa se ha buscado para poner de relieve
nuestra int erpretación. En la Carta /1, por el contrario ha realizado
Plat ón (el verdadero o el ficticio) la ruptura irrevocable.
, Sólo porque se la exact itud de la situación histórica, po-
dr,la raramente descarna rse: La Carla lf estaría fal sifi cada po r.••
Dlonisio para promover a una luz favorable lo de su relación con Pla-
r ón". H.aciendo abstracción de toda particularidad, se le supone, por
cito, al tir ano una empr esa literaria para la que difícilmente se encon-
lru?a educado. Tendría que haber dispuesto de un secretar io «de epis-
tuhs» de la ta lla de un Thorton Wilder , por no decir de un Walt er
Savage Land or- _Un pensamient o muy tentador. por ciert o: Dioni sia
• w etter Savage La ndor fue un escritor in. lb del si.lo XVIII famoso por sus ¡mil_
234
PLATON
como falsificador de un trozo de obra cuyo más di famado brot e se
int roduce en el conjunto de las cart as platónicas. y que, con su enig-
mática metafísica trinitaria, medio siglo después conduce o seduce a
los neoplatónicos Plotino y Proclo y que a los Padres Gr iegos de la
Iglesia cristiana. a Clement e, Orígenes, Justino mártir, Hipólito y Euse-
bio les causa una profunda impresión. ¡El tirano de Siracusa... pre-
cursor del Neopl ato nismo y precedente del Dogma de la Tr inidad!
ginary Co nversat íons, diálogos ñc tlclos ent re personaj es histór icos. También escribió
Imaginary Conversali ons of Greeks and R omans (1853) ut ilizando personaj es clásicos.
Thornton Wilder es un escrito r norteameric ano contempor áneo que recreó la figura
de Julio César en un besl setíer titu lado Los idus de Marzo (trad. Madrid, Alianza eon.,
1974). (N. del T.)
CAPITULO XIV
PLATON COMO FISICO DEL ATOMO
CONSTRUCCION ATüMISTI CA
y DESTRUCCION ATOMISTI CA EN EL TIMEO DE PLATON
(láminas IV-VII) 1
/ Platón y las Ciencias de la Naturaleza/
Ante el abismo que se abre entr e las Ciencias de la Natur aleza y
las Ciencias del Espíritu, entre Naturaleza y Espíritu, se ha llegado
a advert ir más de una vez recientemente que para const ruir un puente
sobre ellas queda un arduo tr abajo 2. La invest igación de la Natura-
leza, compasiva con nuestra ignorancia en las cosas de su ciencia, tie-
ne que mirar por encima, y el historiador se extraña de cómo rara vez
se refleja de cuando en cuando en sus libros de Historia la Historia
de su propia ciencia. Por eso R. G. Collingwood ha formul ado que
nadie podría comprender la ciencia de la Naturaleza si no comprende
Historia, y la fra se de Augusto Comte, de que la Hi storia de la Cien-
d a sería la propia Ciencia, se esta bleció como motor de una de las
cortas demostraciones históricas dc la Ciencia de la Naturaleza 3. Se
husea entonces, en esa o en ot ra obr a del mismo objetivo, qué lugar
se ha atribuido allí al autor del Timeo, y así cl resultado es asombro-
so. Plat ón seria una desgracia en la Historia de la Física (Dampier-
Wetham, 1930; sir James Jean s, 1948); a partir de Plat ón conseguiría
el tono la pseudociencia en Grecia (P . Rous scau, 1945); Aristót eles
habría padecido en la Academia el insano influjo de Platón (A. Míe-
li, 1945); el Timeo sería una muestr a de 10 mucho que Plat ón podía
despreciar la ciencia (Ch . Singer , 1941) --por aporta r de paso sólo
algunos de época reciente 4. Se tr at a sobre todo de la aversión que ac-
tualmente predomina contra el pensamient o teleológico y contra las
for mas míticas 10que se expresa en tales juicios ; ju icios sobre el hom-
hre que en su República convie rte el estudio de la matemática y de
la ciencia matemática de la Nat ura leza en necesaria propedeútica, y
cuya Academia se ha acercado al menos a esa exigencia.
Sin duda también se han notado ya otras voces , a pesar de que
se encuentren todavía en minoría. Werner Heisenbe rg, el físico, en-
cuent ra en la Filos ofía Griega de la Nat uraleza dos pensamientos, so-
brc todo , que hast a ahora determinan el camino de la ciencia exacta
de la Naturaleza: en primer lugar, la convicción de los atomistas so-
236 PLATON PLATONCOMO FtSICO DEL ATOMO 237
bre la construcción de la materi a a partir de peq ueñas unidades; en
segundo lugar, la convicción de los pitagóricos sobre la fuerza revela-
dora de las estructuras matemáti cas . Heisenberg ve reunidas ambas
convicciones en la Física de Platón .
A la más penetrante y acotadora obra histórica de los últ imos de-
cenios sobre la Ciencia Antigua , a la de Abel Rey, le son extr años to-
dos los prejuicios pos itivistas y antiteleológicos. La dial éctica de Pla-
tón, así lo ve Rey, sería un paso que proporcionaría asimismo el fun-
damento a la ciencia de la Nat uraleza. l a Física de Platón sería mítico-
mat emáti ca; lo que se eleva de ella seria <da grande math ématisat ion
du concret el du sensi ble» (111 286)· en dos aspectos, en la cosmolo-
gía y en la Física de los element os.
A Heisenberg y Rey corresponde Wh itehead, el filósofo matemá-
tico, que pone ju ntos al Timeo y al Schoííum de Newtcn como «los
dos grandes doc ument os cos mológicos que han determi nado el pen-
samiento de Occidente» ' , Seria el Scholium una fijación muy signi-
ficat iva de resultados especí ficos, así que el Timeo daría una compen-
sación, por medio de la pro fundi dad filosófica, de lo que le faltaba
en los resultados específicos. Como representación de los resultados
específicos, científicos sin duda, prosigue Whitehead, aparece el Ti-
meo, en comparación con Newto n, «sencillamente desati nado. 6. Po.
drla ser así , o parecerlo así hoy, po r eso es, pues, una «locuras de
Platón; apreciable en muchos casos por un lector que no se da cuenta
de cómo están unidos sin fisura alguna un sentido profundo y el j ue-
go en esta , la más extra ña de las obras platónicas. Podría mover la
cabez a cua ndo se encuentra a los órganos corpora les de la di gestión
y a la parte concupiscente del alma avecindados bajo el diafragma «así,
en el lugar más alejado, dentro de lo posible, del asiento de la razón»:
o cuando lee que el Creador de la Humanidad habría formado el con-
ducto del intestino con muchas vueltas para reducir nuestro apetito
de comida y de bebida, y así hacernos aptos para la Filosofía. Sucede
per fectamente aquí que Platón entrelaza por lo menos tr es cosas : en
primer lugar, auténtica teleologla, que para la contemplación moder-
na de la Natu raleza cae así a cont rapelo; en segundo lugar , una bu rla
sobre la teleología, si se reduce sobre todo a medida humana el «te-
los» de la gran Naturaleza; y, en tercer lugar, una exigencia ét ica que
fue revesti da mítico-irónicament e con un traj e teleológico.
/ Análisis del concepto platónico de «materia»/
Nos limitaremos aquí a alguno s conceptos fundamentales de la Fí-
sica platónica y comenzaremos con el de «mat eria», «La Historia de
• «l a gran mat emattzaclón de lo concreto y de lo sensible". (N. r .)
la doctr ina sobre la materia todavía no está escrita; sería segura mente
la Histori a de la influencia de la Filosofía Griega en la ciencia de la
Nat uraleza» (whirehead) ". El término «materia» es a hor a de golpe
una palabra tant o del lenguaje cientlfico como no científico . Pr ob a-
hlemente fue Ari st ótel es, el crítico de la met afísica, quien, a part ir
{le la palabra «hyle» - madera o material de const rucci ón-e, ha ac u-
nado un término filosófico para designar aquello de lo que se llegan
,1 formar cuerpos y sobre lo que se imprime una forma. Pero aquí ,
como es frecuente, Aristót eles es un platónico. «Resulta correcto afir-
man>, recalca Plutarco. «que Plat ón ha descubi erto el último princi-
pio que se encuentra funda mentando todo cambio cualita tivo, al que
actualmente se le denomina materia o naturaleza (6 I'VI' t A'11' XCI i <PVOI l'
y, po r medio de él, ha eximido a los filósofos de muchas
dificult ade s» 8, A lo que Ari stótel es toma por «material de construc-
ción» corr esponde en Platón - correspondencia, sin duda, no signi-
fica identidad- el «reci piente de todo llegar a ser»
«que es agitado y que agita como un instrumento que pro-
duce conmoción», o el «espacio» (XWl?CI) - de ningun a manera espa-
do vacío, ni menos el espacio ent endido «mo re geomctrico» 9 sino al-
I{O parecido a «espacio en el que algo sucede»- ; o bien a «un algo
u modo de masa compacta en la qu e llegan a ser imprimidas copias»
o bien «la nodriza de todo llegar a ser », «la prop ia esen-
cialidad que soporta en si misma a todos los cuerpos», «semejante
a una mad re»: ¡qu é cantidad de palabras metafóricas y de imágenes
poéticas! Pero para Platón se tr ataba de imágenes necesa rias, asl que
sabí a bien que «esa ralea escurridiza se debe vigilar siempre» (El So-
tista 231 A) 10; Ynecesitaba gran cantidad de ellas - no le habría sa-
tisfecho la metáfor a terminológicamente endurecida- porque aque-
110 que comprende todo, todo produce y todo sostiene es insondable.
Es sin figura, «sólo puede ser ca ptado por medio de un tipo de naci-
miento ilegít imo del pensami ento » ()..0"Y10¡.¡,(:lt TWI I'ó8wt ); «t iene una
parte cognoscible en una ma nera impensable hasta la plena sinrazón»
(¡u m AaJt,6á l'ov &"I"oQwmm "1"111 TOV P01l70 ti) 100; se trata de algo «que
nosot ros vemos como en un sueño», comprensible. ca ptable sólo en
ser-as¡ o en sus cua lidades (por ejemplo, si llega a ser piedra , air e
ti nube). Cuando Platón lo pone como una tercera esencialidad j unto
ni mundo del verdadero ser y al mundo del devenir, continúa la línea
«hilozoista» dc la cosmologla ant erior. Pero su sustancia primitiva
t' S mucho más radical qu e cl air e o el agua de los milesios o que la
mezcla sin fin de entidades diminutas de Anaxágor as; probablemente
incluso más radic al que la visión , que llega a la ma yoría, de Anaxi-
mandro, el fundador propiamente de esa cosmología, con su ilimitado-
indeterminado. El principio de Platón es algo así como «espacio» y
también algo así como «materia»; pero eso «está lleno de fuerzas que
ni son de igual clase ni de igual peso» (ódr T(l 6poíwp óvváp.wv
--
I
238 PLATON
PLATON COMO Fl5lCO DEL ATOMO 239
¡ ' ¡ ' ~ T E (aoQQótrwv fp':/ríp,7rAfXo()m) y que provocan en eso una permanente
conmoción; por eso tiene enseguida algo de lo q ue nosotros conside-
ramos «energía», proceso de cambio y activ idad.
Al contrario que al átomo de la Física actual, les falta a las mol é-
culas elementales platónicas (sobre las que enseguida vamos a hab lar )
el momento de la energía que los medios de construcción de esos pri-
meros cuerpos sólo tendrían en conjunto, por medi o de un vínculo
geométrico o numérico, no din ámico: así lo ve Abe! Rey. Seguramen-
te Platón no tenía ni idea del electromagnetismo. Pero, si les falta el
momento de energía a sus poli edros, puramente estereométricos, co-
mo tales, no falt a así en su construcción final; allí parece, más bien,
que tiene un brote de doble cara: una, en el punto álgido, en la fuerza
creador a del Demiurgo o, dicho menos míti camcnte, en la acció n for o
madora de la idea del Bien, es la figura de perfección (la que -c-de
forma más abstracta- perdura en el primer mo tor de Aristóteles) ;
la segunda, una capa de múltiples nombres del todavía-na-ser, en don-
de, en inde ter minada for mación previa, se encuentra esta blecido el
trío de espacio, materia y fuerza de acción 11. Si efectivamente - sc-
gún Collingwood 110_ no sc puede separar en la Física moderna lo
que es la materia de lo que ella reali za, mientras que en la Física clási-
ca del movimiento eso queda afuera de la materia, se mant iene así
Platón - al menos tanto, y de la mi sma manera, que Leucipo y
Demócrito-c- al iado dc la Física moderna contra la Física clásica. «Al-
gunos - .dice Aristóteles- siempre meten actividad (El'fQ"rHal'), co-
mo Leucipo y Platón, ya que ellos dicen que movimiento existe siem-
pre» (Metafísica A 6, 107lb 31).
Más aventurado se presient e también otro intento más reciente para
encontrarlo en los an tiguos. Fue emprendido con toda la reserva que
siempre se sigue en tales procedimientos analógicos. W. Heisenberg
ha descubierto el apartado de las «relaciones de indeterminación», «el
principio del desen foq ue elemental», «the principIe of indetermi-
nancy».", «le príncipe d'Incertítude qui chassait le déterminisme de la
mícrophysique» (P. Rousscaujs" . En contraste con la Física clásica,
la «teoría de los quant a» ha llevado a la convicción de que (das leyes
naturales fundament ales no rigen el mundo en un modo de alguna
manera dir ecto, sino que controlan un subst rat o del que nosotros no
podemos hacernos representación espiritual alguna sin po ner íncon-
veníencías» (Dirac) 12. ¿No resulta fantástico cuando alguien, que só-
lo muy de lejos comprende en sus fundamentos esas teorías moder-
nas, encuentra presentido algo de ellas en la Física de Platón? Tan
• «El princi pio de indeterminaci ón». (N. del T.)
.. «El princi pio de incert idumbre que expulsaba al determinismo de la microfis i-
ca». (N. del T. )
estrechamente lleva ella el pri ncipio del orde n matemát ico, lo mismo
en el cosmos de los ast ros que en el de los elementos , que, en cada
apar tado de múlt iples nombres por debajo del orde n de los átomos
en los element os, todo es por completo indet ermin ado. Esa indeter-
minación se convierte en una estructura ordenada en el mundo del
aromo, y desde all(hasta en el mundo de los astros . Pero lo que en
esa na t uraleza siempre está rehuyendo un orden más est recho lleva
de nuevo a aq uellas fuerzas desequilibradas en el no- dominio de la
indeter minación.
Aquel indeterminado e inabarcable algo. o apenas ya algo, se con-
vcrtirá asimismo en det erminado y comprensible tan pronto como se
introduzca en formas precisas, en los cuatro arocve icc, «elementa»,
elementos. Las «partes constituyentes» de la Naturaleza, las «letras»
de las que se componen las palab ras, las fr ases y, en fin, el libro de
la Naturaleza: esa metáfora le resulta familiar a Pl atón; en la Acade-
mia se convertirá en un término técnico, y como tal f ue transmitida
por Ar istót eles a la posteridad 13. El moderno investigador de la Na -
turaleza, en posesión de sus 94 o 96 elementos con número atómico
y sistema periódico, se reirá de los cuatro element os (fuego, agua, ai re
y tierra) de los que ninguno, como cualquier est udiante actu al sabe,
es un auténtico elemento. Y, con todo, resulta del mayor significado
lo que hizo Platón. El construye, en el interio r de su sistema de la
«physís». el edificio empedocleo de pensamiento de la s «cuatro raí-
ces de todo ser»; les asigna su lugar sobre el caos en la superficie más
baja en la que la razón puede descubrir un orden, y designa a aque-
llas cuatro con la palabra que, en su formación lati na de «elemen -
rum», constituye todavía hoy un concepto fundamental de la Física
y Química. Po r lo demás no había establecido de un a vez sobre su
número un dogma; Aris tóteles le adscribe un sistema de tr es elemen -
los y Jenócrates uno de cinco - como luego de Jenócrates establecen
cinco elementos Filipo de Op unte y Aristóteles: en el círculo más ínti-
mo de la Academia debe haberse verificado una vivaz discus ión sobre
ese sistema de eleme ntos 14_. Pues se tr ata de un siste ma; en el Ti -
meo es un sistema proporciona l (A : B = B : C = C : D), aunque
segurament e no un sistema periódico en el sentido de la Química mo-
dcrna . Aquí, como es frecuent e, una teorí a especulat iva va por de-
lante de la investi gación empírica cuyo sendero puede obstruir o
iluminar 15.
/ Elementos y cuerpos mínimos en Plafón/
Hemos subido desde la mat eria a los elementos; sigamos ahora el
paso siguiente de Platón. Desd e Rober t Boyle y John Dalton la cien-
d a moderna de la Naturaleza se mantiene en la absolut a invariabili-
240 PLATON PLATON COMO FlSICO DEL ATOMO 241
dad de los elementos - y así lo había enseña do Empédocles- . Pero
ya en 181 5 William Prout expuso la teoría de que los elementos son
vari ables y se dej an reconducir a la ma teria del agua como sustancia
fundament al - una tesis Que por mucho tiempo se había abandona-
do para resucitar de nuevo, por primer a vez después de decenios, en
una nueva forma- oEl que los element os son mutables, cada elemen-
to un ser-así y no un ser-eso, o, en caso de que sea un ser-eso, sólo
en un sent ido provisional; el que las «let ras» de la Nat ura leza no son
ninguna letr a. más bien silabas o, más qu e sílabas , imágenes (48 B):
eso es la doct rina del Tímeo. La opinión ulterior de que los elementos
son mudab les remite en la ciencia moderna a la teoría de su const ruc-
ción atómica - y así se encuent ra en Platón - .
La Hi storia moderna de la Física y Química atribuye a Dalton el
logro de haber vinculado a la teoría de los elementos con la teoría del
átomo: hay tantas for mas de átomos como de elementos. El logro de
Dalton no quedará disminuido por el hecho de que Platón fuera el
pr imer o - por usar una expresión usual- que unió la t eorla de Em-
pédodes sobre los elementos con la teoria de los cuerpos mínimos en
el sentido de Leucípo-Demócrito. En el Tímeo, más de 2.000 años antes
de Dalt on, se le atribuye a cada elemento su propia est ruct ura atómica.
Consideremos ahora la fo nna de esos cuerpos mí nimos. esos áto-
mos como los denomine mos familiarmente (vid. láminas IV-VII ). En
el atomismo de Leucipo y Dem ócr íto ha y un número incon stat abl e
y diferente de ellos, for mas más o menos irregulares con ari sta s, gan-
chos, sinuosidades y perforaciones de los más diferent es ti pos. Si son
redondos, no necesitan ser esféricos; si tienen aristas , no necesitan asen-
tarse en una figura regular. Plat ón ha transfo rmado el at omismo del
Abde rita . Ava nzó un paso muy grande qu e, todavía no hace mucho
tiempo. estuvo a punto de ser abolido de una manotazo por una auto-
rid ad en la Historia del Pensamiento Anti guo (Heiber g, 1925) En
el Tímea ha y sólo cuatro t ipos de cuerpos mínimos, desde los que se
ordenan cada uno de los cuatro elementos. Esos cuat ro t ipo s tienen
fo rma estereométrica: son cuatro de los cinco cuer pos regula res que
todaví a hoy llevan el nombre platónico de «poliedros» . El átomo-fuego
es una pirámide. el áto mo-tierra un cubo, el át omo-air e un octaedro
y cl áto mo-agua un icosaedro. Es a construcción mat emáti ca es me-
nos fantás tica que la naturalista del atomismo clásico. en el que se
ha vivido por más de 200 afias. Po drían ser fantást icas las part icula-
ridades, asimismo Platón establece así un principio fundamentador :
el orden en la super ficie más baja de la Natura leza es det ermi nante
para el orden en las más altas y elevadas superficies. No fue una ca-
sualidad irracional la que ha formulado los sillar es de ese univer so:
tienen forma mat emática 1M .
As! parece que se dan pasos en los que Platón da la impresión de
ser un precedente mejor que Leucipo y Demócrito para la Física y Qul-
mica moderna. De esa manera . (a molécula del gas metano
por ejemplo. actualmente se representa como una pirámide regular ,
con cuatro át omos de hidrógeno en sus vértices y un áto mo de car bo-
HO en su punto central ; el octaedro. como «octaedro de w erner », con-
sigue un defensor en la Qu ímica mod erna ; y un perfecto doble de esa
ciencia, la Bster eoq ufmica, ha sido comparado , ya hace mucho tiem-
po. con la doctrina de los cuerpos mínimos de Pl atón 11. Las mara-
villosas formas del cristal mineral, contempladas por medi o de los ra-
yos X, ha n comenzado a extraer los secretos de su estruct ura ató mica
y molecular. Así la Cristalografia present a que las formas simples mi-
ncrales, por ejemplo las del acero y aluminio, tienen cuatro átomos
de oxígeno en los vértices de un octaedro, y que en el diamant e una
disposi ció n tetraédrica de fuerzas de enlace rodea un átomo de car-
huno -por sacar sólo algunos ejemplos 11_. Dicho finalmente todo
de forma común: las actuales formas fundamentales de los átomos
1tonen figura geométrica; tan grande es el paso todavía desde los me-
deles geométricos de Platón hasta los dinámicos de la act ualidad. desde
aquellos poliedros hasta los pequeños sistemas planetarios de Ruther-
furd y de Bohr -modelos que ya, a su vez, se captan en transforma-
ción, pues en principio se originan dudosamente, dada la tesis de: «To-
J o tipo de image n del átomo que nuestra representación pudiera tra-
ta r sería "eo ipso" defectuosa». «El conj unto de las est ruct uras ma-
temáticas , que se encontraban a disposición de la Ciencia antigua . era
proporcionalmente pequeño. Mientras que la Filosofía anti gua agre-
gaba los cuerpos regulares a los átomos de los elementos, a las partes
elementales de la Fí sica moderna les corr esponde una ec uació n mate-
mática. Esa ecuación formula la ley de la Nat uraleza que dirige la cons-
u uccíón de la materia; ella encierra el término tempo ra l de una reac-
ción química tanto como las formas regulares de los cristales o los
tonos de una cuerda vibrante» (W. Heisenberg) . Pero, en Platón , Ti-
11 \1,. "0 . el pitagórico, se hubiera reconocido como un físico semejante
11 Ruthe rfo rd y Bohr y hubiera tributado a éstos el premio prometido
para una de las hipótesis qu e establece 19.
Ya se dijo antes qu e el mito cósmico de Platón sólo permite cua-
rro modelos ató micos para la construcción de los cuat ro elementos.
Hso tiene que ser precisado ahora. Verdaderament e todos los át omos
de eada elemento tienen la misma forma estereom étrica, pero éste.
wg ún el punto de vista de Timeo, debe proporcionar de cada forma
diferent es t amaños. Pues hay diferentes clases de aire, fuego, tierra
11 agua (58 e y ss. ). Y esas diferenciaciones no se remiten a «Aná n-
kc», puro azar o ciega necesidad; son explicables 20. Existe una rela -
clón ma temática, por ejemplo, entre los octaedros e icosaedros pe-
qucños y grandes. Cada uno de los dif erentes tamaños dc un poli edro
mantiene para uno de los fluidos o para uno de los gases que los
l! l'Í cgos designaban de modo muy general como «agua» o «ai re»: aun-
1
242
PLATON
PLATON CO\lO FI5l CO DEL ATOMO 243
que Plat ón y otros sabían perfectamente que no existe un úni co tipo
puro de (tagua» o de «aire» sino que hay muchos. ¿Se oscura:erá o
se clarificar á el prob lema si a esos tipos diferenciados de los mismos
elementos se les da el nombre moderno de «isótopos»? Act ualmente
se adscriben a muchos elementos isótopos diferentes: los isótopos de:
un eleme nto son indiferenciables en el número y di sposición de los
elect rones de cada átomo; se diferencian uno de otro sólo en aquellas
propiedades que se relacionan con la masa. De la misma maner a se:
diferencia n 10$ dist intos tipos en Platón de agua, por ejemplo. o rne-
jor de fluidos (como vino, aceite. miel y ácido: Timeo 60 B) sólo en
el tama ño de sus cuerpos mínimos no en su figura que siempre es ice-
sa édríca.
Pero lo que es aún más importante: los cuerpos mínimo s de Pla-
tón no son ind ivisibles, no son, en sentido est ricto , «a- torna», un t ér-
mino qu e él jamás utiliza. Podrían ser quebrantados (XVHJOCU,
Ó¡u>"VtuOal , Ti¡.¡. "w8ol, óI.CI.8eavtuOaI , p.teirw(kn, .lltep.ari tw8m / de-
satarse. disolverse, cortarse, cortarse en trozos peque ños. romperse
en parles, fraccionarse/t y en la «vasija» tiene efecto un duradero
«temblor de tierra», debido a la disolución y nueva unió n (UVIITVXÓllíCl,
ullunhm, ov" o QP.OuOi " TCt , uV¡J.Tcryi J'm 110 que se reencuentro, lo que
se conjunta, loque se articula, fo que s áíidamente se adhiere/¡ de los
cuerpos minimos. l as afiladas pirámides del fuego se fragment an .de
alguna manera en las partículas cúbicas de la tierra. Por el cont rari o,
podrían llegar a quedar rodeadas un par de partículas de fuego y do-
minadas a raíz de eso por una gran cantidad de aire, o un par de par-
tículas de aire por una gran cantidad de agua. Entonces se romperían
las par t ículas de fuego, y los triángulos del tet raedro se unen de nue-
va en octaedros: de fuego se pasa a ai re. O las partículas de aire lle-
gan a ser bombardeadas por las partículas de agua, así los t riángulos,
qu e forman los octaedros del aire, se forma n de nuevo en los icosae-
dros del agua. De la misma manera sucede durante mucho tiempo en
la Nat ura leza (58 C y ss. }. Es, o parece, un puro hecho que el propio
suceder es un result ado de que «no se encuentr en en equilibrio las fuer-
zas» (52 E) de la «vasija». Pero las par tículas mismas tienen figura
mat emáti ca. y su destru cción y reconstit ución se establece según leyes
mat emát icas.
Para una repr esentación particula r se establece un procedimi ento
muy sencillo. Una partícula-agua, que se compone de 20 t riángulos
equiláteros = 40 t riángulos rectángulos-no isósceles, se descompone
y se une de nuevo en una partícula- fuego, que se compone de 4 cqul-
lat eros = 8 rectángulos-no isósceles, y en 2 part ícul as-aire, de las que
cada una se compone de 8 equiláteros = 16 triángulos rect ángulo s-
no isósceles. Este es un caso simple. Pero otros tipos de «aire» o de
«ag ua» pueden int roducir otros enlaces con grandes partículas; por
eje mplo: una partícula-agua, que se compusiera de 160 t riángulos
rect ángulos-no isósceles, se podría enlazar con 5 part ículas-aire, que
contienen cada una 16 triángulos, y con 10 par t ículas- fuego, de las
que cada una contiene 8. O una pa rtícula igua l de «agua», que esté
rom puesta de 160 de tales triángulos, se pod ría enlazar con dos pa rtí-
rula s de ot ro isótopo de «agua» ( 2 x 40) más una partícula de otro
Isótopo de «fuego» distinto del ant erior (1 x 48) más dos pa rt ículas-
aire(2 x 16), etc. . «La constan cia de esas cifras en la teo ría de Platón
juega el mismo papel que las pro porciones establecidas por el peso
(' 11 la Quimica moderna desde Dalton » (A, E, Taylor) 21. Co n la di·
tercncía esencial, por ot ra parte, de que no hubo ningún experimento
exacto y sistemático, aunque justifiquen esas ci fras muchas observa-
d ones generalizadas con demasiada rapi dez 2.1 .
rt.a realidad última en la «materia» plarónica/
La «mat rix» es irreconocible para el espí ritu humano porque es
11) contr ario de orden -es «Iactum brutu me-c- . Eso pretende dar a
ent ender Platón con el paso mít ico: la vasija no fue creada por el De-
miurgo , sino que se encont raba allí dispuesta cuando él comenzaba
vu obra (53 A y s. ). Cómo habria empezado esa obra, «sól o lo sabe
dios o ta l vez alguien que sea amado por dios» (53 D). Asimismo, más
.l lIá de los triángulos se encuentran aun realidades ma temát icas y tal
"eL metafí sicas . Timeo podía decir sólo que la obra del Demiurgo o
In sustancia de la razón, y con ello de inmediato del conocimiento,
comienza con los triá ngulos rectá ngulos, isósceles y no-isósceles, a par-
tlr de los cuales se formaron los cuatro poliedros funda ment ales mí-
nimos. Platón habla ocasionalment e de los triángulos a modo de jue-
go, cuando se abandona a precisiones de detalle - asl cuando descri-
he la constitución del cuer po humano, de la médu la, semen, sangre
11 huesos- , como de pequeñas super ficies planas que vibran a tr avés
del espacio, unas ( recientes, del ta llen) (81 O), Yotras, que ya han
perdido su bri llo original, ajadas y toscas. Lo que él piensa es así: «Los
triángulos de at a mos no constit uyen la reali dad ultima en una frag-
mentación posible de los cuer pos, sino el sillar de const rucción origi-
nul de los regulares» 23, que , a partir del caótico e irra cional «No-
ver», no-ser-todavia, forma real mente existencias part icul ares y cla-
ramente reconocibles. Y cada supuesta irregularidad de las supuestas
vuperñcíes triangulares simboliza los desarreglos de las matemáticas
que siempre se encuentran de nuevo en la Naturaleza en movimiento
a través de lo caótico - desarreglos que, asimismo , para nosotros, se-
res humanos, constit uyen un enriquecimi ent o sin fin- oHubiera de-
bido expresar Aristót eles la teoría platón ica con sus propios conccp-
lOS, en lugar de ponerla, una y otra vez, como blanco de sus saetas
crüícas 24, asl hubiera dicho: La materia tiene [a posibilidad de reali-
244
PLATON PLATON COMO FISICO DEL ATOMO 245
zarse en formas estereométricas regulares. Para representarnos como
tiene efecto esa realización, tendríamos que colocar una cantidad da-
da de tr iángulos que se uniesen en ese o en ot ro lugar ent re sí para
ser po liedros. Los poliedros se descomponen, a su vez: [a materia ha-
ce volver a la sustancia de la posibilidad. hasta a iro moment o, a los
triángulos; o sea, los componentes necesarios de las formas se unen
de nuevo para la realidad de un nuevo sistema de ordenación.
La Física platónica de los eleme nt os que se ca mbian uno en ot ro
y de los átomos regularment e divisibles resultó incomprensible en tanto
predominaba la Física clásica, o sea desde Newton hast a la más re-
ciente actualidad. Ahora se ha llenado este capit ulo del Ttmeo con
nuevos significados, y tal vez puede Pl atón ser visto, en el mismo sen-
tido, como precedent e de Rutherford y de Bohr, lo mismo que De-
móc rito como precedente de Newton. Lo ar riesgado de semejante pro-
cedimiento es evidente. Para expresarlo con palab ras de un historia-
dor de las Ciencias de la Nat uraleza: «Uno de los errores fatales que
frecuent emente conduce a un conoci miento fal so e inseguro de la Cíen-
cia de la Naturaleza es el leer en textos ant iguos conceptos mode ro
nos» (Sarton). Pero no se podría obviar tal peligro n. Pues si se es-
tudia el Tímeo, resulta un sinsentido y es per fect ament e imposible ce-
rr ar las vent anas con tant a firmeza que ningún alient o de la Física
moderna se intr oduzca.
/ Azor y causalidad en lo materia platónica/
Según todo eso, zen dónde se sit úa Platón en aquella gra n dlscu-
si ón sobre ley y azar que actualmente agita de nuevo los espíritus?
El fisico Erwi n Schr ódinger, en un artículo sobre «La ley del azar»
pone a las dos sit uaciones de la Fi losofía de la Natu raleza una frente
a la otra , a par tir de cómo se debe inter pretar el principio de causali-
dad en la Naturaleza 2S1, Para la postura «conservado ra» seria la cau-
salida d un «apriori» que do mina tod o, y, como tal, no explicable más
allá; el azar, por su parte, sólo sería una pa labra para nuestra incapa-
cidad de descubrir plenamente las innumerables causas que actúan con-
j unta mente. Para la postura «revol uci onaria», sería el azar el único
principi o do minante, que también, a su vez, fundamenta 10 que no-
sotros tomamos por causalidad. Lo que en realidad seria juego de ese
azar podría llevar a consecuencias predecibl es estadísticamente, y «ley
natural » o «ley de la causalidad» serían sólo nombres para tal regula-
ridad estadística . Así esa post ura «revolucionaria» reconduce a los
descubrimient os de Hume, según los cuales entre lo que nosotros con-
sideramos causas y 10 que llamamos efectos no existe ningún vínculo
interior sino el acostumbrado enlace de la experi encia. Co ntra esa vi-
sión de las cosas, el Sócrates platónico habría objetado que la crítica
de Hume, destructora del concepto de causalidad, hubie ra encontra-
.ln su lugar en el símil de la caverna, allí , en la parte más profunda
Valejada de la luz, en donde estaban encadenados los hombres a su
, lIio, de forma que limitaban sus experiencias únicamente al ant es,
..1después y a lo inmediato de las apariencias de sombras en la pared
,It' la caverna; y que, en efecto, los más inteligentes entre ellos apren-
diere n a hacer predicciones sobre lo que aparecía con frecuenci a y que
nvimismc probablement e volvería a aparece r. Pero a éstas , que Schro-
dinger considera como las dos posturas enfrent adas del conocimiento
l it la Filosofía de la Naturaleza, había tendido el Tímeo de Platón;
'11 significado mítico del mundo no forma ría part e de ninguna de las
dos posturas , sino de una tercera postura posible entre o ta l vez sobre
111 «conservadora» y la «revolucionaria». La Nat uraleza sería ambas
cosas: estricta ley matemát ica y azar caótico; el azar se asienta en aquel
recinto de lo t otalmente indetermi nado; la ley, allí en donde un orden
matemático forma aquel caótico desorden para pod er fo rmarse com-
pletament e sin aquel pero a través de él. No estaría predominando
solamente ni la ley, asimismo , ni el azar . sino que el mundo, tal como
\c encuentra realmente ante nosotros, consist iría en la acción conjun-
In de ambo s.
Así, aunq ue con frecuencia se separa agudamente Aristót eles, en
lucha con la Física de Platón , no ha cambiado sus principios en el
tundemento, en la medi da en que se encuentra n causalidad y azar,
uno que, en ese apartado fundament al, la doctrina de las cuatro «cau-
ens» sistematiza la visión del mundo de su maestr o. ¿No se esta blece-
d", con este pensamiento sistemático, una separación real necesaria-
mente de las dos filosofías actua les de la Naturaleza?
Una últi ma pregun ta se plantea por si misma: ¿Ha ten ido la Físi-
ru del Timeo alguna influencia en la Ciencia moderna de la Naturale-
la? O, mejo r: ¿En dónde, cuándo y cómo ha tenido luga r tal iufluen-
cia? Aquí podría aportarse poco más de los inicios de una respuesta.
/I nfl uencia histórica de [a Fisica platónica/
En el siglo XIl
26
hubo hombres como Adelardo de Bath, Hugo de
xnn Víctor y Wilhelm va n Conches que creían en la teoría plat ónica
de la materia, de los elementos y de los cuerpos mínimos, En el siglo
XIII Roge r Bacon cita a Averroes en referencia a los cinco cuer pos
regulares de los «platonici» y trata en un largo capít ulo la construc-
rión mat emática de los cinco elementos de los que se compone el mun -
do. Discute esa teoría con la objeción aristo télica , que en t odo caso
vluretlza de Averroes, de que el resultado de esa const rucción estereo-
métrica sería el espacio vacío y que «espacio vacío) serí a un imposi-
blc. Pero 10 que es muy serio es que Rcger Bacon añada obser vacio-
247
PLATON CO\ tO FI SICO DEL" ATOMO
La Filosofía de la Naturaleza de Emanuel Swede nborg, tal como
, encuentra en sus primeros tratados cient íficos , pr oced e de dlferen-
1(' Iucntes " . Asi el torbellino y los átomos circulares vienen a par-
tu de Bruno y Desca rtes, los movimientos ci rcula res de nuevo sobre
«pitagóricos». Debe a Bruno la disposición de sus pequeñas esfe-
111 \ al ?micas en sistemas geométricos y estereomét ricos regulares, co-
mouiángulos, cuadrados, hexágonos y pi rámi des. Asimismo habr ía,
,l.' antemano. un recóndito influjo del Timeo, tant o para aceptarl o
uuuo para rechazarlo. Se ha recalcado a veces, po r otra parte, que
lri wcdcnborg había ideado ant icipadamente inteligent es te orías de As-
nouomía, Cristalogra fía, Química y Física ».
En el año 1814 el fa moso físico Ampére publica una carta al COIl'
,1.- ncrtholtcr en la que construye 23 poliedros, desde el tetr aedro has-
Inel que denomina el «hepto-oct aedro», para da r una represent ación
Imaginativa de la situación esrereométrica de los átomos en la como
novición química, Un par de años antes, en 1808, William Wollaston,
1'11 la Royal Soclety de l a ndres, se había mani fest ado en la misma
dirección J4. Ninguno de ellos parece haber tenido la menor idea de
Ull gra n predecesor. Pero Goethe conocía probablemente la ca rta de
Ampere, y seguramente se aco rdaba del Tímeo, cuando pone po r es-
uit o lo siguiente: «¿Seria la Nat uraleza, en sus comienzos ina nime-
tan profundame nt e est ereomé m ca como se quisiera al fin para
lograr vida incalculabl e y sin
PLATON 246
nes sobre la figura hexagonal de las celdillas de miel en una col me
y sobre los cristales hexagonales de Irlanda y de la India. Se encuer
tran aquí. tal vez, los rudimentos de una nueva ciencia. Es esperabl
que posteriores investigaciones descubran una infi ltración de la Fl
ca platónica en el «Ockanismo» del siglo XIV. En todo aparece '
duda como la dirección predominante el pensami ento aristotélico, JUI
to con la autoridad de la Iglesia. que ha inclinado en otra línea I(
cont enidos de la doctrina e investigación medieval es sobre la Nau
ral eza.
En el siglo xv ", en Italia, el gran Piero dclla Francesea, y
alumno el ma temá tico fran ciscano Luca Pacioli , renuevan el slstem
de los poliedros regular es: Píero, en la continuación de Euclides, Pll
cioli , con un diferenciado giro a la Filoso fía platónica de la Nat ural
za. Paciol i ejerció, po r un lado, un influjo en Leonar do da Vinci qu
como muestran sus manu scritos 27, estaba imbuido de la teoría pla
tón ica de los elementos: y, por ot ra parte, en los matemáticos del sI
glo XVI.
El mismo t ipo de consideración esrereomét rlca invade el pensa
miento y llena los escritos de Joh ann Kepler 11. Hace un uso especial
de los cinco poliedros regulares en su Cosmog ra fía, en la que ord en
a cada uno, de grandes e insólitas dimensiones, entre dos esferas pla
net arias a fin de explicar sus int ervalos - una hipótesis fantástica qu
fue atacada enseguida por Tycho Brahe y por su autor , aunque n
fue abandonada sino asimismo reformada por completo ": Kepler
conocía también los corpúsculos elementales del Timeo y estudia la
manifestaciones como los cristales hexagonales de hielo y la disposi
ción de los peciolos en las hojas y en los tallos de las plantas
En el siglo XVII renueva el matemático y filósofo franciscano Pierr
Gassendi el sistema de Epicuro, o sea. el sistema del atomismo clásl
ca - un resultado de gran impo rtancia para la Hi stori a de la Física-
Eso apenas fue un progreso. pero es digno de mención aq uí el qu
al menos él uno de los corpúsculos elementales de Platón, el retr ae
dro regular. lo une a los átomos de Epicuro " . En el Timeo es ést
el átomo-fuego. Gassendi lo conviert e en el át omo del frío. Ambat
hipótesis pretenden explicar, de mod o ingenuo, la sensación de picor
a partir del vértice de la pirámi de.
Sobre ello uno, invol unt ar iame nte , tiene que medi tar en qué ca-
mino hubiera seguido la ciencia moderna de la Nat uraleza, si en el
siglo XVII se hubiera revit alizado la Física de Platón en lugar, o al la-
do , del atomismo de Dem ócrito. En los t res gruesos volúme nes de Ro-
bert Boyle, «el fundamentador de la Química moderna» en el siglo
XVII , no he podido encontrar ninguna referencia al Timeo, mientras
que su coetáneo Ralph Cudwort h, la cabeza de los plató nicos de Ca m-
bridge, esta ba entusiasmado con lo que consideraba «una imit ación
de la Fisiología atómica de Plat ón» 31.
PLATON COMO GEOFISICO y GEOGRAFO 249
CAPITULO XV
PLATON COMO GEOFISICO
y GEOGRAF0
1
/Geografía de los mitos del Más Allá/
Al final del Fedón se encuentra el mito del destino del alma hu-
mana: un cuadro engorroso y nada sencillo. Dos líneas de representa-
ción se reunen aquí : la primera es cosmológica, fisicalista y geográfi-
ca; la otra es mítico -escatológica. No hay duda alguna de que la esca-
to logía es el obj etivo del Todo, mientras que los pensamientos de la
Ciencia de la Naturaleza, aun cuando podrían haber significado muo
cho para el Platón investigador, son aqu í sin embargo sólo cimien-
to s. Uno compara las creaciones del Más Allá en el Gorgias y en La
República. En el Gorgias aparece por todas par tes el cosmos como
prototipo de lo j usto, o sea, de la vida ordenada 2. Pero todavía se
encuent ra allí completamente dif erenciado de este símbolo el mito del
Más Allá: el juicio de los muertos en la pradera del triple camino y
los dos lugares para los buenos y par a los condenados, aquí la Isla
de los Bienaventurados y allí el Tártaro - asimismo pura tierra mfti-
ca sin inte nción alguna de cimentada en una imagen de la Tierra °
del mundo científico- oPor el contrario, ese intento lo lleva a cabo
el Fedón y verdaderament e con tal prolijidad que, después de eso, el
juicio de los muertos y el destino del alma actúan casi como un apén-
dice, si se mini meramente desde fuera la dist ribución de la gente. Y
al final de La República pone Platón, en el huso de los ocho anillos,
colocados uno dentro del otro, que circundan el eje de la Tierra, un
cuadro bastante meditado y calculado del Universo , antes de dejar
presentarse a las almas ante las diosas del destino. Así ya parece refe-
rir se esa comparaci ón a que, por medio del propio Platón, ha sido
realizado en primer lugar la unión de cosmología y escatología - se
trata de di fer enciar, dentr o de la creación final del Fedón, los distin-
t os elementos.
Ni el tamaño ni la índole de la Tierra - así comienza Sócrates-
corr esponden a la opinión popularizada entre los expertos . La Tierra
reposa, como una bola, en el centro del espacio del mundo, debido
a su propio equilibrio y a la forma proporcionada por todas las par-
tes de la esfera del ciclo. Eso es perfectamente la teoría que fue trans-
mitida como de Parménides
3
y, si se prescinde de la for ma de bola,
Incluso la de Anaximandro. La bola de la Tierra se califica de «muy
arande», no tanto en relación con el Universo - al menos no se dice
liada de ello- como en relación con el espacio que nosotros, los hom-
brcs, ocupamos en ella, «nosotros desde Fasis hasta las columnas dc
J l ércules», de este a oeste, el punto final de nuestro «ecumene». A
1111 espacio tan pequeño corresponde la masa de Tierr a conocida por
nosotr os en la gran bola, la que habitamos en cl ma r interi or «como
runas u hormigas en torno a una charca».
Nuestr o lugar de vivienda es sólo, sin embargo, uno de muchos
que, como fosas o cavidades ( xou..o:), se encuentran repartidos en cír-
culo en torno a la bola de la Tierra. En esas profundídades se juntan
ligua, bruma y aire, mientras que da Tierra propiamente dicha»
¡liD, por lo tanto exactamente la superficie superior de la bola en
donde no ha sido excavada, alcanza el puro éter. Todo eso se encuen-
tra suficientemente representado y quedará más claro por medio de
dibujos (láminas 11,1 y 2). Debajo, sobre el suelo de las hondonadas,
se ha concentrado el agua sobre la que se extiende el continente en
{lile vivimos, en torno al cual fluye el aire, y el grado más elevado
la «Tierra propiamente dicha», bañada a sus pies por el mar de
nire igual que nuestro lugar habitado por el mar de agu a; y de la mis-
ma manera sobresale en el éter como nuestra vivienda en el aire más
pesado. La manera intuitiva en que fue pensado esto queda proba-
blemente mejor mostrado en un punto concreto: La «propia Tierra»
tiene exacta correspondencia con la manera en que nuest ro lugar ha-
hitado se encuentr a respecto a sus islas, «que rodeadas por el aire es-
r ñn flotando y se encuentran cerca del continente» (111 A) . Una mi-
rada a la lámina 11,2 muestra el porqué no podían haber sido imagi -
nadas lejos del cont inente, asimismo apartadas del cent ro de la
oquedad.
Lo que nosotr os hemos seguido hasta ahora es un puro cuadro
de pensamiento de las Ciencias Natural es, que en absoluto lleva en
mismo algo de Platón y que puede ser imaginado por cualquier físi-
co. Pero pronto se hará hu smeable un tipo propio del brillo descripti-
va de Platón (110 B). Podría algui en conte mplar de lejos la Tierra,
así le parecería una especie de bola variopinta. Pues la superficie su-
perior prop iamente brillaría con los más pu ros y resaltados matices ,
de los cuales los colores de nuestros pintores son sólo muestras pare-
cidas e incluso las brumosas «oquedades», en conj unto con aquellos
lugares, se realizan como manchas coloreadas. Arriba se dan las más
bellas plantas y las rocas más ricas: 10 que se desprende de ellas se
conoce aquí, entre nosotros, como piedras preciosas, oro y plata. Tam-
bién seres vivos habitan en ese mundo más alto y también seres hu-
manos dotados de un senti do más sutil y un pensamiento más claro,
en relación con los hombres de aquí abajo, ya que ellos se mueven
250 PLATON
r
PlATON COMO GEOFIStCO y GEOGRAFO
251
en un elemento puro. Una primavera eterna predomina entre ellos,
lo mismo que les corr esponde una constante salud y una vida más lar-
ga que entre noso tros. Los dioses viven y circulan entre ellos. Se tra-
ta, pues, de pasos que se recogen del cuadro de la isla de los biena-
venturados o del Paraíso 4 .
/ Lo doctrina ptat ánica en los operaciones geográficos/
Pero ya se encuentra imbuido de un significado propiamente pla-
tónico lo Que le precede (109 C) : nuestro mundo. en el suelo de la ca-
vidad, es sólo un nebul oso refl ejo del reino de a rr iba . Y asimismo,
en un sorprendente engaño, no sabemos de nuestra sustanci a. Cree-
mas que vivimos en la superficie de la Tierra y no nos damos cuenta
de que en realidad vivimos en el suelo de una profunda oquedad.'.
Creemos ver sobre noso tr os el cielo y en él las estrellas como si fueran
ellos realment e; en eso vemos asimismo sólo las front eras superiores
de l aire frente al éter, y la luz nos llega también ent urbiada por nues-
t ra brumosa atmósfera . Per o podríamos emerger sobre la superficie
de nuestro ma r de ai re en el éter, entonces lIegariamos por primera
vez a ser conscient es del error y estaria sobre nosotros el verdadero
cielo y la verdadera luz, tendríamos también en torno a nosotros la
verdadera Tierr a.
A nadie se le puede escapar lo cerca que nos encontramos aqul
del punto dentral de la creación platónica y de su filosofar . El mito
del alma en el Fedro y el simil de la caverna en Lo República ofrecen,
cada uno a su modo, el cuadro más familiar internamente y con co-
rrespondencia suficiente hast a en el texto 6. y si contemplamos la ex-
presión en el Fedán, se encuentran allí fórmulas como «la Tierra mis-
ma», da verdadera Tierra », «el verdadero cielo» (aun} ~ ")'11, oa>"IjOWf
OÚUO:PÓf, ro ¿')..l'1'hPOP¡pWf) como suficientes indicios de lo propiamente
platónico. La oposición metafísica entre mundo de las ideas y mundo
de la apariencia está aqui bajada a la Tierr a y se desarrolla en el con-
t raste de valor de la «verda dera Tierra» y nuestro «ecumene- en el
suelo de la oquedad. Ese cont raste de valor, asimismo, y con él toda
la descripción llena de fantasía de la «verdade ra Tierra)¡ y ese mismo
nombre, que en menor medida es propi ament e una creación platóni-
ca y corresponde en cada caso a una esfera distin ta de la geofísica con
la que Sócrates empezó su exposición .
Se disuelve aquella capa que ha desp legado allí la fantasía llena
de ideas de Platón, así queda de nuevo un cuadro cosmológico cerra-
do en sí mismo: la Tierra reposa como una gran bola en el centro del
espacio del mundo de forma circular; en la bola de la Tierra hay abun-
da ntes oquedades , de las cuales una es nuest ro «ec umene». También
la dist ribución de los element os , por la qu e se j unt an en aquellas oque-
dudes agua y air e mient ras que la propia corteza de la Tierra sobresa-
le en el éte r, se adapta po r eso a ese todo. Entonces, como ya se dijo,
fue reconducida la teoría de la bola j unto a la fundamentación de la
suspensión-en-el-centro de Parménides. Pero de las oquedades nadie
ha trans mitido, por el cont rario, nada, y se puede uno preg untar per -
rectamente si Pl atón lo asumi ó y si vertió sobre lo asumi do los colo-
I CS de su propia fantasía o si lo había encont rado a fi n de conseguir
esa base de oposición para aquel con traste mítico. Asimismo esa cues-
tión de la procedencia no es en primer lugar el punto esencial, sino
que lo principal es qu e se ha hecho conscient e de cómo la imagen del
mundo , tal como la hab íamos considera do hasta ahora, corr espo nde
ji dos diferentes zonas de pensamient o, ta l como se hubi eran cla ra -
mente alzado una de ot ra la descripción infer ior geográfica y la des-
ctipci ón superior mñi co- meraflsica , y como si la doctr ina de las oque-
dades ent rase de for ma diferenciada en la parte de las Ciencias Na-
rurales.
La investigación hasta ahora se había conducido sólo desde el pen-
vamiento; as! parecía que la forma y expresión liter arias confi rmaban
el resultado. Se deben aportar oc ho, con cuyo én fasis establece Pla-
Ión al princi pio un giro siempre nuevo en el carácter cientí fico que
pretende expo ner . En primer lugar (108 C) : la teoría de Sócrates so-
hre la for ma y figura de la Tierra entra en oposición con aquello que
la mayoría de los expertos (ol 'nQ' ")',jf flw8óns )..Él'HP 1105 q ue suelen
hablar sobre la tierral) enseña sobre ello. El mismo también fue «in-
fumado» ( 'lfÉTHO'pm) a través de aquellos. Tambi én Simias tiene op i-
niones de varios tipos correspondientes a la Tierra. Entonces querría
conocer él la «in formación» de Sócrates, &: (ff 7fÚOH. Lo que ese tema
representa (& ")" fonp), argument a Sócra tes, no es difícil ; probar , sin
duda, que es realmente así, sería de una desmedida di ficult ad y una
rarea inabarcable. Pe ro él pretende sacar el cuadro de la Tier ra según
MI «información» . Y ento nces comienza con la frase «estoy infor ma -
do» aq uella expos ición cosmológico-fisicalista. De manera completa.
ment e diferente es allí (110 B) en donde proporciona la descripción
de la «verdad era Tierra», y en donde mar ca expresamente el nuevo
p árra fo una precisión de los interlocutores. AIIi habl a él de un «mi-
ro» que quiere contar y se sitúa , con toda la expresión de ese cont eni-
do metaempír ico, en contraste con la present ación geofisica del ca.
micnzo. Por ot ra parte, después de que el contraste de l principio es
compensado, se tiene asimismo que reconocer, por otro lado, que las
partes no se distinguen con una pureza tan completa como si no se
hubiera dado nada desligado en el espíritu de Platón . Pues ya, ant es
de que la palabra «mito» estuviese allí como una marca front eriza y
la descripción de la Tie rra de arriba comenzase , se ha recogido en la
l'ierr a aquel cont ras te de ser y apariencia que en absoluto puede üe-
gar a comprenderse sólo por la idea y por Física alguna. Pero t am-
252 PLATON
PLATON COMO GEOFISICO y GEOG RAFO 253
bién el camino po dría fluir en cierto modo, así no podría llegar a ser
en ningún caso menospr eciada una indicación propia de Platón de que
un polo de su edifi cio es cient ífico (en nuestro senti do) y el ot ro es
mítico . Y lo harta claramente cognoscible también allí en donde el mito
de nuevo alcanza su final. Pues, después de que él ha dejado sospe-
char la felicidad plena de los habitantes de aquella verdadera Ti erra
(111 e xCt' i n1J! &}.,}.,11 1' €dóca/w"ial' TOÚTW V &XÓhOU(fOV d "m /y toda
felicidad era su compañfa/), regresa con un perceptible traslado a la
situación has ta la que ha sido llevado el cuadro de la ciencia nat ura l.
Anteriormente Sócrat es sólo había insistido (109 B) en que los «lu-
gares» serían ricos y de diferentes figuras y tamaños, así haría noto-
ria esa diferencia. Algunas de las oquedades eran profundas y dota-
das de una amplia abertura, como nuest ro «ecumcne»: otras serían
pro fundas pero con boca más estrecha , otras, a su vez, menos pro-
fundas y al mismo tiempo suavemente escarpadas hacia abajo. Y así
son todavía imaginables múltiples formas. Las oquedades entonce s
se prolongan en mucho s enlaces subterráneos ent re ellas, y a tr avés
de los canales de unión fluye agua, calient e y fr ía, pero también co-
r rientes de fango de diferentes t ipos y terribles corrientes de fuego .
El mov imiento en esas arterias estaría regulado por el gran depósito
cent ral, el Tártaro. El mismo sería una «oqu edad» semejante, pero
se diferenciaría de las demás en que traspas a toda la Tierra. Y, según
que ento nces el «balancín: (olwQo) de esa masa de agua unas veces
se inclinase más fuerte en una dirección y otras veces en otra del pun-
to central de la Tierra, por su efecto se llenarían con más fuerza, unas
veces aquí y otras allá, los canales subterráneos 7. Entr e las numero-
sas corrientes de diferente tipo que atravi esan la Tierr a la más pode-
rosa seria el Océano, y luego aquellas tr es: Aqueronte, Pyrifl égueton
y Cócytos.
I Corrient es y flujosl
El curso de esas corrien tes subter ráneas no necesita ser descrito
aq uí en todas las particularidades: su comienzo desde el Tár taro, al
que ellas regresan de nuevo, sus recodos en el int erior de la Tierra y
cómo de alguna manera Cócyto y Pyriflégueton llegan al ma r de Aque-
rusia en un lugar muy próximo , sin mezclar asimismo con él su agua.
Sólo llega a conocerse cómo todos esos pasos se encuentr an y presen-
ta n con el único propósito de dejar preparados y pos ibles los dest inos
de las diferentes clases de almas. El mar de Aquerusia es para los «me-
diocres», es allí con lo que ellos sienten premio y castigo. En el Cócy-
to y Pyriflégueton son arroj ados los cr iminales difíciles, pero siempre
curables. Y las corri entes llevan a los puntos en donde cada río se apro-
xima al mar de Aqucrusía hast a muy cerca, y desde allí deben instar
11 solicitar el perdón a aquellos que han curado, para los que aquel
mar es su parada, y así la liberación de la cor riente llegaría a tener
lugar . Eso permite segui r, aú n con mayor amplit ud , has ta en sus de-
talles cómo la descripción de las corr ientes subt erráneas no corresponde
a ningún sendero de pensamiento de las ciencias naturales, sino que
está pues ta completamente par a dotar de un fundamento topográfi-
cu, por tanto, al consiguiente cuadro del Más Allá.
Efectivamente, pues, las cuat ro corrientes determinadas que se re-
cogen abajo no son de ninguna man era las únicas en su clase, más
bien sólo las más dignas de renombre entre muchas de ese tipo. Esos
pasillos subterráneos, sin embargo, por los que fluye agua , fango y
fuego, y que más fuert e o más débilmente han de ser llenados por el
gran dep ósito cent ral, no tienen po rqué actuar menos como escatolo-
~ i a . Sirven, sin duda en la interdependencia de Plat ón , al objeto de
ordenar las corrientes subterráneas en una categoría más amplia de
fenómenos par a no dejar que actuasen ellas solas de forma increíble
e incomprensible. Pero en sí mismas tienen un amplio y abundante
sentido. Proporcionan ha sta el detalle una completa teoría de fuentes
y ríos , flujos y reflujos, inundacio nes y sequías, fracturas de lodo y
de lava, viento y otros fenómenos geofísicos. De la línea de pensa-
miento teológica y escatol ógica se apar ta ta n ampliamente como es
posible, e incluso Aristóteles, introduciendo controversias, en su Me-
teorologta toma po r válida la doct rina; de esta maner a pasa a noso-
Iros diferenciada a la parte cient ífico natural del pensamiento pla-
t ónico.
/ Geoflsica y escatología/
Esa doctrina geofísica, liberada de t oda teol ogía, depende enton-
ces, hasta en lo más íntimo, de aquella teorí a de las «oquedades» ex-
plicada antes, de la que al punto se erige en su precedente. Pues, en
primer luga r, incluso las oquedades se unen por medio de los canales;
los canales traspasan las paredes y los muros que entre cada una de
las oquedades, por así decir , se mantienen (lámina II ,3), así que se
prescinde de las oquedades y evidentemente los caminos entr e ellas
deber ían perder todo sent ido. En segundo lugar, está el Tá rt aro , el
gran regulador también, en el que t odos los canales final mente tienen
principio y fin, él mismo es una entre las muchas oquedades, aunque
la más activa y la úni ca que se extiende a través de toda la bola de
la Tierra ; así que si se prescinde de las oqu edades. con el Tártaro tam-
bién entre ellas, se hab rá prescindido de los canales 8.
Si asimismo un puro análisis dirigido al contenido de la fr ase de-
muestra la interdependencia de ambas teorías, se aportaría así la me-
jor confi rmación, tan pronto como se diri ja la mirada de nuevo a la
..
254 PLATON PLATON costo GEOFISICO y GEOGRAFO 255
pa rte descr iptivo-formal. Después de que el cuadro lleno de f ant asfu
de la «Tierra propiamente) se muest re ante nosotros (110 Bcl l l C},
vuelve el autor (ya se ha indicado sobre esto) expresa mente a los «lu-
gares en las oquedades» , esta blecidos en anillo en torno a la bola de
la Ti erra. y describe perfecta mente su forma dist inta, mientr as que
antes (109 B) sólo se había referido al hecho de su diferencia. Eso lo
hace para poder unir ent onces la teorí a flsícalista y así. mediante la
construcción del «mito» de la «verdadera Tierra», quedaría comple-
tado por completo como algo que se-sost iene-por-si-mismo, Y. pura-
ment e por medio de la construcción, se conforma rían aquellos dos
complejos de pensamiento cíentlñco-natural en una unidad.
Incluso se podría echar una breve mirada por encima al mito es-
cat ológico que suele surgir de una comparación con el correspondiente
mito del Gorgias. En el conoce Plat ón sólo dos clases de almas, las
pecadoras y las justa s, y dos lugar es que les corresponden para su vi·
da tr as la muerte, el Tártaro y la isla de [os bienavent urados. En el
Fedón de las dos clases han salido cuatro y, conforme a eso, se ha
formado también la topografí a del Más All á. Pero una conte mpla-
ción más de cerca reconoce asimismo, sin esfuerzo, el camino que con-
duce ampliamente desde los sencillos viejos aspectos a [os nuevos . Los
bienaventurados han quedado, aquí como allí, en una unidad. sólo
que para los filósofos ha sido pensado en el Fedón un lugar especial
incluso. En el sit io de los pecadores. sin embargo. se han introducido
tres grupos : los mediocres. los criminales incurables y los curables.
Para todos los tres grupos está fija da su detenció n baj o la Tierra , y
se muestra así con ello su interdependenci a frent e a los buenos. los
únicos que llevan arriba , en la «verdadera Tier ra», su vida bienaven-
tu rada. A fin de prepararles dignamente esa vivienda. la fant asía crea-
dora de Platón ha adornado aquella «verdadera Tierra » con todos
los colores que abundaban en la representación popular del Paraíso
y el mundo de las ideas de observaci ón propia.
Hemos separado anteriormente el mito metafísico de su fundamen-
to geofísico, de la teoría de las oquedades, y luego la escat ología de
su funda mento geo físico también, de la teoría de las arterias. Las teo-
rías flsical istas se cierra n conj untamente y ahora se reconoce la ma-
nera en que también el mito y la escatología se comprende n uno en
ot ro, cómo aquél está fijado y ésa prep ara da. Ta mbi én, sistematizan-
do con facilidad , se podría separar la cons trucció n de la creación pla-
tón ica completa en cuat ro part es. Las partes 1 y 3 se deben entender
de for ma científico-natural, las partes 2 y 4 de fo rma mñico-
escatológica.
II
H a imagen de la Tierra y los orígenes de la Geografía/
Pretendemos colocar el cuadro platónico de la Ti erra en la Histc -
da de la Ciencia Geográfica. Por lo t anto di rigimos nuestr a mirada
11 aquellas acostumbra das «oquedades» de la superficie superior de
111 Tierr a y nos preguntamos qué es lo Que se ha pretendi do con ellas .
t'a rece en princi pio claro lo siguiente: si hay tal es oquedades y si una
de ellas es nuestro «ec umene» , la (mica de ellas qu e podemos cono-
ccr, ent onces la teoría tiene que haber procedido de ese «ecumene»
y se tienen que haber formado las restan tes oquedades segun el mo-
licio de ésta sola. Pues no se podrla comenza r con lo descon ocido y
cons truir, relaci oná ndolo segun eso, 10 que se conoce bien, sino que
i-l paso sólo es posible así: uno podría pensar analógicamente nuestro
«ccurncne» como una pequ eña hondonada en la gran bo la de la Tie-
n a. Pero por lo mismo esto hubiera burlado toda probabilidad de que
ese lugar de habi táculo conocido por nosotr os fuera también realmente
ct único, de esta manera , po r medio de una salida analógica , se snua-
rtan ot ros muchos lugar es de vivienda en la superficie supe rior de [a
Tierr a y se les da ría una for ma en corres pondencia. o sea , se repre-
sentaría n como oq uedades. Con ello. par a comprender el punto de
par t ida de ese raro pensamiento, debe ríamos part ir de nuestra «ecu-
mene» y deberíamos pregunt ar cómo se podría hacer para asenta r en
el suelo semeja nte oq uedad. Pero antes de que se pudiera da r una res-
puesta. es necesa rio contemplar muy brevemente las dos grandes lí-
ueas de desarrollo a partir de las cuales la ciencia de las imágenes de
la Tierra se ha movido hasta allí.
En Joni a creó Anaximandro la Geogra fía. cuando confeccionó el
pri mer mapa de la Tierr a. Así dice la Tradición y razón tiene. Pu es
se pod ría recalcar agudamente Que su mapa de la Ti err a no era un
1rabai o práctico sino esencialmente teórico. y también que mediante
el ha funda mentado una ciencia 9. Se hab rían dado ya desde hacia
mucho tiempo mapas para uso de la vida . itinerari os y portulanos.
Los viajes griegos de la Colonización no son pensa bles sin semejante
ayuda ; iYcómo iba a faltarles a los jonios 10 que se sabía de Oriente
y lo que los isleño s del ma r del Sur sabían represent ar con var illas y
conchas! La acció n de Anaximandro sólo podía haber consistido en
que creó una to talidad. Eso no pudo habe r sido muy úti l para un uso
práctico . Pues, cuando el timonel milesio conducía por el Helespon-
lo. nada necesitaba saber del Pe lopouesc o de Sicilia, y para quien
hiciera una ruta concreta un mapa de la Ti err a sería tan distorsiona-
da r como inútil. El carácter teórico progresa así tan lej os que incluso
aquellas regiones de la Tierr a estarían necesari amente descritas allí no
a pa rtir de alguna experiencia sino Que tendrí an que ser const ruidas
í
256 PLATON PLATON COMO GEOFI SICO y GEOOR AFO 257
puramente a partir de la imaginación; pues regiones como [a or illa
exte rior del mapa, el Océano y sus costas, se pensaba que nadie jn
más pudiera alcanzar .
Asimismo Anaximandro ha hecho algo muy diferente que como
poner un cuadro general del «ecumene» desde partes sin ninguna uti-
lidad práct ica. por lo ta nto no ha const ruido tal vez aquello de la na-
da. Conocemos un mapa de la Tierra babi lón ico no, o no demasiado,
anterior a Anaxima ndro, pero que está copiado de un original más
an tiguo - del siglo IX, según piensan los entendidos- oConcuerda en
un motivo formal con la construcción de Anaxi mandro. Pues ambos
son mapas redondos: el babilónico encerrado por el «Río Amargo»
de forma circular como el milesio por el Océano. Las pretensiones
de cuadro general encuentran en uno y en otro una realización anélo-
ga y es segurament e más qu e probable que en Mileto , adonde se llevó
el reloj de sol de Babilonia, se conociera por la misma época un mapa
babilónico de la Tierra 10.
Asimismo también lo que Anaximandro ha creado seria algo esen-
cialmente nuevo. En el mapa babilónico aquel «Río Amargo» encíe-
r ra de la misma manera que el país es atravesado po r el Eúf rates. Me-
sopotamia es, para el babi lonio, todo el «ecumene», ya le parece a
él que no se encuentra n allí Egi pto y Asia Menor . Tiene aquí, por su
parte, Anaximendro, como no se podía esperar otra cosa de un hom-
bre de la tierr a de Homero , una apertura incomparablement e mayor
al mundo; en esas condiciones resultan, por otra par te, ext rañas al
sentido de la realidad de un investigador milesio aquellas 7 u 8 islas
triangulares que, en el mapa babilónico , se adentra n por la parte ex-
terior del «Río Ama rgo» -en efecto, ¿a dó nde? A una tierra de na-
die fantást ica, a un mitico Más Allá que no tiene espacio alguno en
el espírit u cient ífico de Anaximandro 11.
Her ódot o. como empírico, ha luchado cont ra eso, contra que se
construyera precipitada mente allí en donde a duras penas se pudiera
tener seguridad. Su protest a fue autorizada en un conoc ido sent ido
y no ha qu edado sin éxito, como qu e esa ciencia nada ha acelerado
más que el poner y quitar de construcción y experiencia. Pero el ma-
pa circular jonio duraria más, y desde el punt o de partid a de la geo-
grafía de la bola de la Tier ra y de la doctrina de las zonas constituidas
Aristót eles, con palabras muy similares a las de Herod oto, ha alzado
su voz contra geógrafos que dibuj an en forma de círculo a la Tie-
rra 12. Esa misma polémica se encuent ra todavía en Gémino (siglo I
a. C.), yen los mapas de rueda que proceden de la Antigüedad consl-
guc el predominio la imagen en forma circular de la Tierr a, sólo que
lo que en otro tiempo era cienci a fresca e ingenua ahora está ent ume-
cido por el más ingenuo esquemat ismo.
La teoría geográfica de Anaximandro no es separable de su visión
de conj unto ñsico-astronómíca, y tenemos que pensar en su propio
sentido el mapa de la Tierr a en forma circular situado en la superficie
superior del tambor de columnas, como aq uel que mant enía en equi-
librio a la Tierra en el espacio del Universo . Tal vez se podría acordar
uno de eso que en la superficie de la lámina de un tambor de colum-
tlllS se siente que corr esponde el calificativo de «c óncavo» ( NOiA Oi).
l ~ l l realidad no es un tambor de columnas, sin embargo lo que resulta
nquí como tal todavía Demócrito lo pone como una Tierra en forma
de disco, y así, en un caso similar, no sólo ha trazado una imagen
de la Tierra sino también ha realizado un mapa de la Tierra; por esa
raz ón tiene que haber pensado en el mismo caso, que los habita ntes
de la Tierra se encuent ran de algún modo en la superficie superior IJ .
Hu Anaxímandro, para el Que la Tierr a era un ta mbor y el «ecume-
ne» más o menos de fonna circular , apenas se plant ea ban di ficulta-
des. Dern écriro, por el contrario, estima ba en el «ecumene- la rela-
ción ent re largo y ancho como 3 : 2, y permanece inseguro si coloca-
ha al iado islas con otros habitantes o dejaba que ellos fueran siem-
pre los únicos , como Anaximandro, simplemente con una relación
cambiada con el linde del circulo de la superficie de la Tierra.
Queda todavía un detalle que sacar. Si se pensaba el cuerpo de
la Tierra como un disco y se construía sobre él el «ecumene» con el
Océano alred edor, así infaliblemente tendrfan que preguntar aquellos
jóvenes por el ténnino final de todo. en el sent ido más aj ustado de
la comprensión. Dicho bru scamente: el Océano Iluirla hacia el exte-
rior. si alli no hubiese nada para contenerlo. De forma conocida, ya
en efecto la «Nekyia» de La Odisea" prepara la solución con su Tie-
rra del Más Allá y se encuentr an muchas continuaciones por parte de
los físicos j onios. En general proporciona Cleomedes la vieja teoría
y había fun dament os de ella a mano (Kykl . Tñeor . 1,8,40). Unos ha-
hian tomado a la Tierr a por plana, pero otros, en su reflexión , le ha-
hían dado una forma tal que el agua sólo pudi era permanecer en ella
si fuera «ahondada y c óncava» (fia8fia Na ¿NoiA.''l ) l • • Se nos rnues-
Ira expresamente como autores de esa teorí a a Dcmócrito y Arque-
lao. El mi smo punto de vista sobre ello hay que at ribuir a Anaxime-
nes, pues él (como Arquelao) hací a que el sol no «se hundiera» sino
que «por las partes alta s de la Tierra », asimismo por una montaña
redonda, llegara a ser cubierto . Arquelao empleaba la vieja represen-
lación en un nuevo sent ido para explicar la variabilidad del horizon-
te. La misma imagen del mundo se le coloca en el Fed án (99 B) a aquel
joven que «pone al aire, como una artesa lisa (WU1rf Q Na eOÓ1rW¿
1fha7f i a ¡), de soporte» de la Tierr a.
• Se trata del canto Xl de La Odisea, que se suele analizar como un aña dido poste-
rior a la misma. en el que Odiseo baj a al país de los muer tos para info rmarse del cami-
110 de regreso a su tierra y se encuentra con los espfruc s difuntos que viven como som-
bras y que s610 pueden recuperarse y hablar con él bebiendo la sangre caliente de las
víctimas del sacrificio que éste les ofrec e. (N. de/"T. )
258 PLATON PLATON COMO GEOFI SICO y GEOGRAI' O 259
/ La imagen de fa Tierra en Platón y sus consecuencias/
Ahora apenas se necesitaba llegar a decir algo más de cómo se de-
be entender la imagen de la Tierra en Plat ón: se trata de un inteligen-
te y j uvenil intente de trasladar . desde el disco a la bo la , la imagen
del «ecumene» u. El paso más chocante eran las «oquedades». Ellas
no presentan ahora dificultad de comprensión, desde que hemos po-
dido seguir cómo los jon ios fueron instados a ello, recogiendo su dis-
co liso de la Tierra en los ribetes para imaginarlo hundido en el cen-
tro. l a expresión «cóncavos (Je oi Am) había quedado para eso; es lo
mismo que nos encontramos en Platón. La investigación cientí fica de-
bía establecer de una vez que el cuadro de la Tierra , tan enérgicamen-
te desarrollado por los joni os, se junta con la teoría de la bola de la
Tierra . Pues nada más próximo se encuentra conservado que el pen-
sar allí agujeros y, mediante una solución de probabilidad, abundan-
tes aguj eros análogos. También de este modo se había sobrepasado
una dificultad que podría pensarse como muy obstaculizante en el co-
mienzo de la teoría de la bola de la Tierra: cómo en la abovedada su-
perficie de la bola seria imaginable una permanencia, mínimamente
experimentable en cualquier bóveda .
Quien hubiera visto ese paso, seguramente como un paso concre-
tamenre cient ífico dado propiamente entonces, permanecería indeci-
so. Se podría pensar en el propio Platón; asimismo ya no habla por
eso en el modo como su Sócrates se remi te a un cualquiera. Pr eferiría
t al vez tener para él la suposición de que un pitagórico del círculo de
Arqui tas había alcanzado, como resultado de un pensamiento fuerte-
mente combinatorio, aquella construcción cosmológico-físicade la que
luego se apropió Platón para hacer útil su objetivo escatológico-
metafísico 16.
III
I La imagen geográfica de la Atlántidal
El cuadro de la Tierra del Fedón no es el único en la obra de Pla-
tón . Se toman hábilmente de él las represen taciones que se desarro-
llan al comienzo del Tímeo (24 E- 25 D) como fundamento gcográfi-
ca para el relato de la At lántída. Con el cuadro del mundo dcl Tímeo
no tiene esto nada que hacer, sino que pert enece de hecho a un círcu-
lo de pensamiento muy dist into, al del Critias.
Rodeado por el mar se encuentra nuestro «ecumcne»: «Europa
y Asia». Delante de las col umnas de Hércules se elevaba en otro tiem-
po, en el Océano, la isla de la Atlántida, que, más tarde, por medio
de poderosos terremotos y maremotos, fue al fondo, y el mar en aque-
llos parajes se ha hecho increíblemente liso. Sin embargo en otro tiem-
po había un tráfico desde Atlant is a nuestro «ecumene» y a las demás
islas en el mar ; luego, más tarde. hacia el «ver dader o co ntinente» que
está situado en tor no al «verdadero mar». La expresión «verdadero
mar» está escogida en contraste con el pequeño Mar Mediterráneo,
«ver dadero continente» en contraste con nuestro «ecumene». que fue
imaginado como una isla entre ot ras muchas.
Todo eso es perfectamente imaginable y permi te en esencia ser de-
lineado por medio de un dibujo (lámi na 11I ,1): un gran mar; en él una
serie de islas grandes y pequeñas, de las que una es nuest ro «ecume-
ne»: el gran mar estar ía rodeado por un gigantesco continente. Este
conti nente se alarga en torno a toda la bola de la Tierra; lo que siem-
pre había parecido como un mar extenso se encuentra metido en él
como un mar interior y podríamos deci r, par a explicar en todo lo po -
sible esto en el sentido del creador de esa teoría, que fue dado en me-
dio del «verdadero continente» apartado como una jo faina de mar.
¿Pero no se tomaria sobre todo como un juego de la fantasía más
que como una hipótesis geográfica'! Habría que destacar sobre ello
lo siguiente: para la narra ción son necesarios «ecumene» y Atl éntida,
pero resultan superfluas - tal como lo vemos- las islas. «verdadero
mar » y «verdadero continente». Ahora vayamos a todas las particu-
laridades en conjunto: esos pasos superfluos en una unidad, han sido
pensados, sin embargo. independient ement e de la narración y consrí-
luyen asi mismo un teorema de la geografía ffsica, no el hallazgo del
juego de un poeta. Y seguramente no se ha intentado en un juego lo
que responde a un avance de hecho del pensamiento cientifico frente
al cuadro de la Tierra descrito en el Ped án.
I Los dos imágenes de la Tierra en Platón/
Los contrastes principales entre ambos cuadros de la Tierra se pue-
den considerar en las palabras siguientes 17: Las «oq uedades: concre-
tas del Fedón se encuent ran separadas entre si por medio de barrera s
inaccesibles. En la figuración platónica se empujan directamente mun-
dos trascendentes entre nuestra «oquedad. y cualquier ot ra. Pero tam-
bién, si uno se dirige al fundamento físico. el pensamiento parece de
esta manera querer llegar desde nuestro «ecumc ne» a algo en la ve-
cindad, de forma fantástica y absurda . Tendríamos que estar constí-
tuidos como seres humanos de ot ra manera, tendría mos que poder
respirar éter en vez de ai re par a abandonar alguna vez nuestro sitio.
El cuadro de la Tierra del Timeo no nos fascina más por medio de
tales eternas fronteras en una pequeña mancha de la bola. Se trata
de un impedi mento puramente prác tico cuando el océa no Atlántico
ha llegado hasta el borde para permiti r incluso el viaj e a su través.
260 PLATON PLATON COMO GEOFI SICO y GEOGRAFO 261
¿Pero quién, sobre esta representación geográfica, podría impedir el
pensami ento de que tal vez habría que arri esgarse en el Este a aquello
que en el oest e, sin duda por medio de aquel impedimento práct ico,
se encuentra cerrado? Han caí do aquí las barreras absolutas, por me-
dio de las cuales nuestr a superficie de la Tierra, del Fed6n, había sido
dividida en un recint o particular separado para siempre de los otros;
la superficie de la Tierra se ha convertido en una unidad y se ha abicr-
to a post eriores investigaciones y posterior es descubrimientos .
Nadie puede dudar de que aquí la ciencia geográfi ca ha dado un
pode roso paso que, mirando a su línea de posteriores descubrimien-
tos , debe considerarse un avance. Permanece inseguro en qué medida
la Academia ha participado en ese descubrimiento. Por una parte po-
dríamos decir que no fa ltan por complet o analogías con la represen-
tación geográfica del Tímeo. El «verdadero mar » es, en efecto, final-
mente - y ahora muy ampliado- el viejo Océano, En el «verdadero
continente» se reconoce con dificultad que la tierra situada más allá
del Océano, tal como la «Nekyia» de La Odisea la describe, propia-
mente en efecto per dur a todavía en la orilla que sobresal e de la Tierra
en la Física jonia 18, La Tradición rehusó diferenciar si ya algui en, en
oposición a Anaximandro y Hecateo, coloca bajo ella, en el disco pla-
no, no una «ecumene: redonda sino varias islas. Es completamen te
posible, Tal vez habría así pensado Demócrito que efect ivamente el
«ecumene. no es un círculo redondo sino ovalado, construido con la
relación de ejes de 3 : 2; asimismo debía haber conformado su pensa-
mient o en todo caso sobre su posición respecto a la orilla del círculo
de la superficie de la Tierr a, Pero eso debe ser sólo una suposición,
nunca una conjet ur a.
Aquí asimismo hay un primer grado, en parte comprobable y en
parte imaginable; se percibe así , por ot ro lado, en un punto comple-
tament e firme un espíritu propio de Platón: en las denominaciones
«verdadero mar» y «verdadero continente» (Ó bu:i vo
bE qre 1rf Qtf XOVaa adro )'i1 oQOórar'
&v }., fYO ¡TO l el verdadero mar,' aquel verdadero mar y la tierra
que, rodeándolo, se denominaría con toda razón continente verdade-
ro por todas panes/t. Aquí se atiende estr ictamente al tamaño, no
se designa una diferencia esencia l. Y así debe cada uno ver que con
ellas se establece de nuevo en el fundamento, como decolorada asi-
mismo cada vez, la oposición ent re ldca y apariencia 19. A este res-
pecto no se dudará de que un trozo, y no el menor, del movimiento
de pensamiento, si no la totalidad, que se dio aquí para extenderse
desde el cuadro de los antiguos hasta el de los más jóvenes, se ha de-
sar rollado en el int erior de la Academia .
Se sabe que la representación de la Tierra del Timeo ha sido t o-
mada en conjunto con los mot ivos novelescos del erutas por Teopom-
po, en un excurso utopi sta de su obra históri ca 20. Ha dejado de la-
do el verdadero continente, el «verdadero mar» se llama en él Océa-
no y, en vez de muchas islas, reconoce, si el relato de Eliano es ínte-
gro (Var, Hist. m ,18), sólo t res: Europa, Asia y África. Según esto,
en muchos aspectos se vuelve a una representación sencilla; habría de-
jado de lado, como hipótesis no demostradas, las mucha s islas del mar
del mundo, y de [os tres elementos restantes (nuestro «ecumenc», el
Océano que le rodea y el «verdadero continente») construye su cua-
dro de la Tierra. Per o desgraciad ament e no conocemos los detalles
de su teoría, ni sabemos lo muy en serio que hubiera actuado con ella.
De todos modos tenemos que tomarlo como , posiblemente, las supo -
siciones geográficas en Platón 21.
IV
/ Los modelos griegos de la imagen de la Tierra/
Las antiguas Historias de la Ciencia son iguales a una corrient e
subterr ánea que sólo aquí y allá, en cortos o largos trechos, sale a la
luz. Allí nos encontramos con el problema de la geografía de la bol a
de la tierra en el Fedón: serían visibles a lo más al gunos pasos al eja-
dos desde el lugar de su origen. Pero luego tuvo que ha ber sido desa-
rrollado ampliamente esto con gran energía , En el Tímeo, asimismo,
unos decenios más tarde, lo encontramos poderosamente acelerado;
y Aris tót eles, que ya trata un punto de par tida completamente nue-
vo, nos enseña que esto, una vez que se suscitó, no volvió de nuevo
a la calma,
Después de que Aristóteles, en su obra ITf et odeavov /Sobre el
cielo/, hubiera dejado rota la creencia en la forma de bola de la Tie-
rra, va más allá (1I, 14,297b 30): A partir de la apariencia del cielo
no se sigue sólo que la Tierra no fuese una bola sino ni siquiera una
gran bola. Pues en un insignificante cambio de nuestra posición en
dirección nort e o sur se cambian las alturas de meridiano de los as-
tros . Las estrellas que se ven en Egipto o en Chipre se convierte n en
invisibles más al norte (también en Grecia); otras, las estrellas que es-
tán en el círculo polar ártico, salen y se ocultan más al mediodía . La
solución aparece en la pequeñez de la Tierra, enérgicame nte como él
lo expresó, como una corr ección del punto de vista anti guo que pasa
a nosotros en Platón, Allí se concibe, en primer lugar, a la Tierra co-
mo Una bo la y en ella se int ent a meter la zona de Tierra conocida por
nosotros ; frente a eso, con una necesidad que fáci lmente llegamos a
comprender, debía aparecer nuestro «ecumene. como a lgo impresen-
table en su calidad de pequeña mancha, que no se sabi a a ciencia cier-
ta localizar si el péndulo se inclinase al otro lado. El avance radica
visiblemente en esto que no se podía aventurar en el primer estado
262 PLATON PLATON COMO GEOFIS ICO y GEOGRAFO 263
de cosas, en plantear seriamente la cuestión de la situación de nue stra
tierra y de su relación con el tamaño de la tot alidad. Eso fue por pri -
mera vez posi ble cuando se hubo hecho firme la apreciación visual
del glo bo terrestre.
La pequeñez relat iva de nuestra Tierr a es, para Ar istóteles, una
cosa demost rada. No le parece tan segura , aunque muy digna de con-
sideración, la conclusión que muc hos ha bían sacado de que se acer-
can el paraj e de las columnas de Hér cules, por un lado, por tanto el
oeste del «ecurnene», y la Indi a , por el otro, o sea su este, y que, en
consecuencia, el océano Atlántico y el océa no Indico serían sólo un
mar 2" La representación resulta en general por completo clara y pa-
ra dibujar en un cuadro (lámina m,2 2J). Lleno de dudas y muy dis-
cutible, si bien de poco significado para nuestra inte rdependencia, es
el cómo habría que considerar conveniente aq uel «acercamiento»
(aVl'á1l"THI' ); si es que la teoría dada de nuevo por Aristóteles ha brí a
aceptado un mar completamente separado o un contacto real asimis-
mo con uno o más puentes de tierra desde Asia a Europa y Libia. Es
seguro que lingüísticamente son posibles ambas 24 y también la frase
siguiente , que remite a esta teoría la llegada de elefantes a ambos «pun-
tos más extremos», no parece suficiente valoración para uno u otro
de los puntos de vista. Ari stóteles se hubiera expresado sin dobleces,
si la difere nciación hacia una de las dos partes hubiera sido significa-
tiva para su probl ema 25.
En las zonas más templadas hay una única masa de tierra, el resto
de esta zona está cubierto por el mar: esta es la visión que se da como
aristotélica, a partir de dos pasajes de la Meteorotogta. En uno
(11,1,354a 1) se lee la sigui ente deducción: Se debe llegar a mostrar
que el mar , en contraposició n con los ríos, no tiene fuente alguna.
Eso enseña la experiencia de mares interiores cuya orilla se conoce
en efecto en todo su contorno. Ent re ellos el «Mar Rojo» comunica
en un punto con el «Mar exterior a las columnas»; el Hircanio y el
Caspio, por el contrario, se encuentran completamente separados de
él y rodeados de tierra. La inserción del Mar Roj o en el Mar Interior
no es allí muy estricta. En efecto, es «cas i» un mar inte rior, hasta en
un pequeño lugar de unión, así que, para el objetivo que pretende-
mos, podría ser cons iderado como tal. Esa característica casa muy bien
con lo que es denominado por nosotros «Mar Rojo» y podría apli-
carse sólo a ése porque la discusión ent era se ciñe a un ob jeto con oci-
do empíricamente, pero el océano Indico o el ma r ent re Arabia y la
India, que por otra parte incl uso podría ser imaginado como el mar
Rojo, no fue explorado por todas partes y tampoco admite por com-
pleto aquella descripción. Dej a asl Aristóteles que el «Mar Rojo» se
una con el «Mar Exterior a las columnas», así para ello es necesaria
la precisión que se formu ló en el de que el océano Atlán-
tico cae en conjunto con el mar del este de la India 26 .
En un pasaje posterior de la Meteorologla (I1,6,362b 21) se afir-
ma que se limita la habitabilidad de la Tierra a las zonas templadas.
I labría también dos «ecumenes», separadas mediant e las zonas ca-
lient es, las que extendí an sus lími tes al Norte y al Sur en zon as desha-
bitadas. Pero no se habría dado límite alguno en extensiones este-oeste,
y sólo la magnitud del mar impediría en el práctica un viaje en torno
a la Tierra en la dirección dicha (l.:i a7' El Joí 1TOV )(WAVH 1TAijOoS
IV1TQ' I' 1ToQEVa¡p.OJl). Entre Asia Oriental y las col umnas de Hér-
cules parecería que el ma r anulaba la interdependencia. Sin eso nues-
tra zona templada habría formado un cinturón continuo de tierra ha-
hitada (7a Óf. rijs 'IJllhxi]s fEw XCÚ 7(;)1' ' HeaxAflWI' arr¡AWI' ó¡a
fJá}.,a rra l' <palI'OI'7Q'i 7<:7)[ EIJlca 1TaUa l'
Iy por lo que se refiere a la parte del exterior del Indico y de las co-
lumnas de Hércules, a causa del mar no parece que toda la «ecurne-
ve» esté unida sin tnterrupcion/}. Como consecuencia del pensamiento
que aquí Aris tóteles sólo toca ligeramente, se podrían haber desper-
lado muchas po sibilidades. Entre ellas fáci lmente se podría haber da-
do la teoría de un continente, de una «América», ent re Asia Oriental
y el Oeste de Europa. Pero Aristóteles parece haberse inclinado aquí
también a la aceptación de que nuestra zona sólo consistía en una única
masa con tinent al. Así en primer lugar se consigue la impresión de co-
mo si el teorema suplido en la Me teorologla concordase con el punto
de vista expuesto en el ITf e t bajo reserva, tal como se expre-
sa en nuestra lámina 111 ,2. Pero, en una observació n más aqu ilatada,
se reconoce aquí todavía una diferencia esencial. Para explicar la transo
posición a los mapas de la Tierra en forma circu lar, Aristóteles saca
[a experiencia, que ha aprendido de los viaj es por tierra y mar, de que
no serían iguales en longit ud y anchura, sino que se rel acionan como
«más de 5 a 3)}, por tanto
6:3 >L :B >5:3
No sabemos qué anchura de la zona templada consideraba Aris-
tóteles 2J . Calculamos a ojo lo medido en 43 grados entre nosotros y
contamos el largo en el grado 36 de latitud (el paralelo de Rodas);
así se concluye que la longitud de la masa continental suponía más
o menos una cuarta parte del círcu lo total. Y, aunque esas cifras con-
tienen muchas posiciones muy inciert as, se mantiene en cada caso que,
en toda relación de largo y ancho, ocupa la tierra mucho menos y el
mar mucho más de la mitad de la zona, de forma que tampoco la lá-
mina Il I,2 corres ponde por completo a [a visión prese ntada por Aris -
tóteles en la Meteorología. Allí puede quedar sin resolver hasta qué
punto ha dejado claras numéricamente las consecuencias y hasta qué
punto toma por definit ivas las cifras dadas,
Depende entonces de esto un innegable contrast e, cuando la masa
264 PLATON
PLATON COMO GEOFlSlCO y GEOGRAFO 265
de t ierra. según una de las teoría s, debe considerarse más amplia y,
según la otra, menos amplia que la mitad de la bol a de la Tierr a; de
esta manera se vienen aha jo esas dos opiniones opuestas frente a un
realce de la geogra fía del Tímeo, en el valor propiament e de las va-
riant es. vistas de nuevo como tesis fundament al: el círculo de la Tie-
rra es pequeño, las masas de Tierra conocidas por nosot ros (Europa,
Asia y Libia) ocupan una considerable parte de la zona templada. El
que, entre el oeste de Europa y el este de Asia. t uviera que haber in-
cluso ot ras masas de tierra es, según el punto de 'lisia mencionado
del n f (lt oV(la polÍ, tan bueno como imposible; según la Meseoroto-
gro, realmente posible en sí, pero no en correspondecía con la opio
nión aristotélica.
¿Pero cómo Aristóteles ha imaginado formado hacia el Sur el con-
tinente del que nuestr o «ecu mene» es un trozo? El consi deró también
en la zona templada del Sur una de nuestras correspondientes «ecu-
menes». ¿Reunió su teoría las dos, por med io de una masa de tierra,
en un gran continente único. como corresponde en cierto modo a la
realidad, o la zona ardiente estaba rodeada por un cinturón oceá ni-
co , de forma que se hubiera anticipado a la teoría de Cleantes y de
Cra tes en cierto sent ido? lI.
Esa segunda perspect iva parece poder referirse a un pasaj e de la
Meteorotogia (II, 5,363a 5), en el que se habla de los vientos del este
y del oeste «sobre el mar del Sur, fuera de Libia» (n e¿niP Ééw At¡'3Vlli
8&>"anap ni P pOTiap ) l 9. Una co nsideración más profunda enseña
sin embargo, a comprender las palab ras Que lo designan de ma nera
muy di ferente. Ari stót eles explica que el vient o del sur no viene de
alguna ma nera del polo Sur. Por el contr ario, debería haber una co-
rr espondencia ent re el semicirculo norte y el sur en los fenómenos na-
turales esenciales, así que el viento del Nort e pasaría al semicírculo
Sur . Pero eso no es en absoluto el caso. Más bien ya aquí (en nuest ra
lona templada) cesa y no podría dirigirse más ampliamente al Sur;
allí. «en el mar del Sur exter ior a Libia», igual que entre nosot ros los
vientos del norte y sur, predomina n los vientos del este y del oes te.
(Parece pensado como si se extendiese una barr a transversal ante la
ruta del viento. ) Se tr at a visiblemente en este lugar de la argumenta-
ción en torno a un hecho que se realiza empíri cament e. Pero luego
no puede ser imaginado en absoluto un océano ecuatori al. Pues pare-
cería que la teoría propiamente lo habría sacado de algún fundamen-
to particular así, como situado en la zona ardiente, y se habría apar-
tad o toda experiencia, po r tanto tampoco se hu biera podido añadir
como algo evidente qué clase de vientos soplaban sobr e él. Segun t o-
do eso, sólo se pudo haber pensado do del mar del sur en las costas
este y oeste de Africa» (incluso dent ro de nuestr a zona) y sobre ello
podría llevar también el curso de la frase JO.
Parece qu e, con el mate rial usado hasta ahora, no podemos for-
znr a una decisión en la pregunta de si Ar istóteles po nía un océano
ecuatorial o no. En primer lugar aporta una ayuda el escrito, no em-
pleado has ta ahora, Sobre las oleadas del Nilo. Partsch , en un t rata-
do destacado, ha demostr ado «que la traducción medieval Que llegó
hasta nosot ros, Liber de inunda/ione NiJi, no lleva con falta de razón
el de Aristóteles en su front is, sino Que una tran smisión (no
compendiada por otr a parte de modo no esencial sino cambiada sólo
en apariencia por medio de añadidos puramente forma les), que est a-
ha a la vista de Brat óstenes en una forma menos resumida, describe
una auténtico tratado del gran fil ósofo» JI. El que pretenda llevar
lejos escepticismo , debería añadir que la ob ra se ha plantea do
bajo los OJos del maestro, a donde se ve efect ivament e remitido siem-
pre de nuevo uno par a toda cuestió n esencial. Aquí t ambién, entr e
di ferentes teorías, estad a incluida la de Nicágcras de Chi pre: el
Nilo sube en verano, porque se origina en una par te de la Tier ra en
donde predomina el invierno cuando nosotros nos encontramos en
verano. Cons iderado de forma más aqui latada dice Aristóteles esto
motiva la representación de Que las fuentes se e'ncuentra n situadas en
la zona templada del SUr. Y no sería refutada la teoría por medio de
la referencia a un océano de circunvalación Que cortase su camino a
la corrient e desde el semicírculo del Sur al del Norte, sino por medio
de la consideración de que la corriente ent re los t rópicos debería atra-
vesar una zona doble tan ancha como la templada (pe ro un curso de
tama ña longit ud sería ya en primer lugar rechazado por incompat ible
con la experiencia), que sería la «zona ardiente» (en la que, sincera-
mente, el agua, en vez de llegar hast a nosot ros en ta l cant idad se hu-
biera eva porado). Por medi o de ese doble argumento se refuta la teo-
ría. la refutación se mantiene en el mismo punto de part ida geo-
grá fico Que ella. Nosotros ahora sabemos que en el cuad ro de la Tie-
rra de Aristóteles se ha ext endido una masa cont inenta l sin interrup-
ción desde la zona polar del Norte hasta la menor en la zona templada
del Sur.
/ Aristót eles y Eudoxo en fa imagen de la Tierra /
No sabemos qué gente allega en su teor ía geográfi ca Aristót eles.
Asimismo más de una huella conduci ría a Eudoxo, el gran matemáti-
co e investigador de la Na turaleza. De esa man era, por lo menos, se
trata en lo que ha quedado de su doctrina geográ fica para ponerlo
en comparación J2.
Eudo xo ha enseñado la forma de bo la de la Tierra. Eso se sigue
de consideraciones generales bastant e Ior zadas " . Pero se encuent ra
ya t rans mitido en un pasaj e de Aeci o (Doxographi 386), en donde se
compart e el punto de vista de Eudoxo sobre la crecida del Nilo. La
266 PLATON PLATON COMO GEOFIS¡CO y GEOGRAf-O 267
para una «América». Asimismo parece que se refieren menos a una
teo ría semejante en Aristóteles. Endoxo da una relación igual por com-
pleto y se colocan junt as las dos semeja ntes:
Asi se realiza el punto de vista aristotélico casi como una corrección
del eudóxico y todavía la familiaridad se reconoce en las discordancias.
No sabemos si Eudoxo imagina ba las part es restan tes de la super-
ficie cubiertas por el mar o si todavía metía otras masas de tierra. Pe-
ro en donde concuerda con Aristóteles eso sería resallado todavía aquí.
Ambos colocan la bola de la Tierra proporcional mente pequeña. Aris-
r óteles se sirve como prueba de la alteración de las altur as de los me-
ridianos. para la cual incluso Eudoxo ha hecho el más famoso descu-
hrimiento de toda la Antigüedad. En una bola se extienden en ambos
las masas dc tierra dc Europa, Asia y África desde las zonas frías del
Norte hasta las menores zonas templadas del Sur. Sobre la relación
del largo de nuestro «ecumene. con el ancho. verdaderamente las dos
autoridades no son de la misma opinión. pero la diferencia hab la a
favor de una interdependencia ta nto como de cerrarla.
Es muy improbable que Eudoxo, cua ndo vivía y estudiaba en la
Academia, hubiera podi do discutir allí con alguien el objeto de la geo-
graña del globo terrest re. No hay induda blemente noticias de ello y
por eso tenemos que conformarnos con el estado de cosas de la His-
toria de la Ciencia: que encontramos principalmente en Eudoxo y en
los fiado res de Aristót eles los pasos diferenciado res, dados más allá
de Platón , para el conocimiento de la superficie de la Tierra. Es la
misma línea que fue seguida por Eratóstcnes, Posidonio y, ent re los
Antoninos, por Marino y Pt olomeo )9 . También para ellos hay al gu-
nas masas de tierra robustas que se extienden a t ravés del semicírculo
del norte y del sur. sin duda una extensión muy grande de este a oeste
se encuentra en Eudoxa y menos en la primera teori a de Aristót eles.
La longitud conocida alcanza , según Mar ino, 225. mientras que Pro-
lomeo la reduce a 180. Cuánto de lejos se extiende el cont inente aún
sobre Sera y Kat tigara, hacia el Este. sobre ello se mantienen aque-
llos. tan to en conocimientos como en renuncias, como investigadores
adelantados en todas las hipótesis.
Los dos cuadros del círculo de la Tierra que la Antigüedad desem-
bocó en el Renacimient o fueron de gran significado hist órico. El ari s-
totélico fue, como se sabe. el fund amento para los viaj es de descubri -
mient o de Colón; él navegaba hacia el Oeste para alcan zar el camino
más corto al Este de Asía " , Pero se tarda sólo pocos decenios hasta
que los descubrimientos de Magallanes, Balboa y Cortés enseñan que
eso no podía ser así y entonces fue significativo el cuadro de la Tierra
explica. entre referencias a «Ios sacerdotes», a partir de chaparrones
de lluvia y a ellos por el «cont raste ent re las estaciones del año» ( KCI:' rn
n/JI O:JlTt1rfe íoTaO' ¡p TW P ¿¡ewv) Jo!. Cuando entre noso tros, los que vi-
vimos en el semiclrculo Norte (se piensa en la zona templada del Nor -
te) predomina el verano, tendrían de esta manera los «ant ípodas»
(a vTO¡Xoi), en el semicírculo Sur (o sea, en la zona templada del Sur),
el invierno; de allí vendría el agua que se precipit a en las tormenta s.
Visiblemente la hipótesis - ya nos hemos encontrado con ella en el
libro de Ari stóteles de la crecida del Nilo H _ supone bien desarro-
llada la reorla de la bola y de las zonas.
Si ento nces Aristóteles, para la pequeñez de la bola de la Tierr a,
hace valer ampliamente estrellas que serían visibles en Chipre y en Egip-
to pero que desaparecen más al Norte, de alguna manera también en
la latitud de Grecia, uno tiene que recordar también el hecho de que
las famosas observaci ones acerca de est rellas del tipo de las de Cano-
bo han salido de Budoxo. Como es sabido Eudoxo había conocido
en Egipto las estrellas brillant es y luego hab ía podido volverlas a en-
contrar también en su observatorio de la ciudad de Guido, en el hori -
zonte. Posidonio, cuando estaba en España. se acorda ba de ese des-
cubrimiento (Est rabón. 11 .119). Yse pod ría preguntar perfectamente
si Ar istótel es no habria tenido eso mismo a la vista >. Por otra par-
te, verdaderamente no se ha transmitido, pero es por compl eto muy
probable que Eudoxo hubiera alcanzado la misma conclusión que Aris-
tóteles a part ir de aquel hecho, pri ncipalmente en lo que se ref iere a
la pequeñez de la bola de la Tierra . Yque de hecho no la ha represen-
tado grande queda rá claro tras la siguiente discusión.
Nosot ros ant es hemos acordado que Aristóteles no imaginaba a
la zona calient e recorrida por una banda oceánica, sino que veía al
«viejo mun do» directamente en esencia como una masa continental
que se extendí a en el semicírculo del Sur. Lo mismo se puede demos-
trar con respecto a Eudoxo. Conocemos su punto de vista de que el
Nilo brotaba en la zona templada del Sur. También tenia que atrave-
sar la zona ardiente. y Africa en Eudoxo se ext iende desde la zona
templada del Norte al menos hasta la zona templada del Sur " . Esa
división de la Tierra concuerda con Aristóteles y prueba además, co-
mo ya se mostró. la relativa pequeñez de la bola de la Tierra en
Eudoxo.
En Aristóteles había dos puntos de vista sobre la distr ibución de
t ierra yagua la una junto a la ot ra. El primero consistía en un conti-
nent e sobre el globo de tal «longitud» que el oeste de Europa y el este
de Asia sólo se encontrarían separados por medio de un pequeño mar.
El segundo, que se hace más propio de Aristóteles, limitaba conside-
rabl ement e la extensión este de la masa continental y dejaba que ocu-
pase, sólo en la zona conocida por nosotros, presumiblemente menos
de un cuarto de la totalidad . Ent onces habría Quedado en ella espacio
Budoxo 38
Aristóteles 6 : 3 ( = 2: 1) >
Largo: Ancho = 2 : I
Largo : Ancho > 5 : 3
268
PLATON
del Tímea y del Critias para los cronistas del siglo XVI 4 1• Las Anti-
Ilas parecen ahora como restos del cont inente de la Atlánt ida el con-
tinent e americano o bien como una parte de la Atlántida o corno el
«verdadero continente» y el océano Pacífico como el «verdadero mar».
Efectivament e al propio Co lón le fue atri buida , en contra de la reall-
dad histór ica, la lect ura del Tímea y del Crí t ías. Asl se int entaba ha.
cer comprensibles, en las más diferentes formas, desde Plat ón los nue-
vos hasta que por fin, hacia el final del siglo XVI
(1589), el resurta Jos éde Acosta mantuvo en relación con eso que el
cuadro de Platón no habí a que entenderlo real sino «simbólícamente».
CAP ITULO XVI
PLATON COMO JURISTA I
por HUNTlNGTON CA IRNS*
Todavía, acotacion es puestas de cuando en cuando, me han hecho pen-
sar que hay en Platón pensamientos des tacables de los que pod rla bene-
ficiarme si t uviera la paciencia de tratar de entresa carlos.
Herbert Spencer 2
Platón tomó la visión más ampl ia posi ble de la Ley. El creía que
era un prod ucto de la razón y la identificaba con la Naturaleza mis-
ma . La Ley fue un tema que ponía cons tantemente ant e él y raramen-
te hay un diálogo en do nde no est é explícitamente tratado algún as -
pecto de ella. Su teoría de la Ley const ituye una part e fundamenta l
de su Filosofía general e ilumina, y es iluminada por el «corpus» pla -
tónico entero . Igual que la Ley de los griegos, su pensamiento legal
nunca fue sistematizado tal como nos hemos acos tumbr ado a ver un
sistema legal desde el último siglo de la República Romana ; incluso
fue visiblemente coher ent e en relación con sus ideas filosófi cas ma-
yores. Era un legali st a de campo, como lo era n todos los griegos, en
el sentido de que no eran j uristas pr ofesionales tal como nosotr os con-
cebi mos hoy esta función . Pero, en su pensami ent o j urídico . aisló un
mon tó n de ideas legales de las más import antes en la Historia de la
Ley y que ha n sido la Ley y que ha n sido las bases de muchas especu-
laciones subsiguientes. Su sobre la Ley ha sido lar ga, tanto
en sus aspectos teóricos como prácticos. Los juristas romanos «han
tomado muchas ideas de Pl at ón», dice el est udioso Cujas l; y su in-
fluen cia en la ley helenística y, a través de su práctica. en la ley roma-
na, y por tanto directa e indirectamente en muchas de la s leyes de tiem-
pos modernos. no ha sido todavía completamente apreciada.
Este recuento de ideas legales de Platón significa incluir una des-
cripción de sus principales teor ías sobre la Ley y su aplicación a los
asuntos prácticos de la Sociedad. Se trata de poner j untas en un sitio
las numerosas ideas sugerentes sobre la Ley, diseminadas a través de
los diálogos. Sus principios se encuent ran abiertos por completo a la
crítica; pero como eso ha sido la pri ncipal ocupación de los plat óni-
• El original de este capit ulo se encue ntra en inglts a ñadíd o a la obra de Friedlán-
der . (N. del T. )
270 PLATON PLATON COMO JURISTA 271
cos y de otros, desde Ari stó teles hasta el día de hoy, aqu í se le ha de.
dicado sólo un mínimo espacio. Situar. de una man era tan precisa co-
mo sea posible. Jo que él pensaba acerca de un tema al que dedicó
tanta refl exión ha parecido ser una tarea de suficiente valor en sí mis-
ma. Hay numerosos puntos sobre los que seria provechoso tener más
información; pero, como regla genera l, los intentos de establece r con-
jeturas para reparar omisiones en Platón han sido dejados al lector.
La f unción de la Ley ·
Se asumen tres hipótesis como base del pensamiento de Plató n so-
bre la Ley. Estas han sido logradas por escuelas influyentes de pensa-
mient o desde esos dí as; ha n sido, asimismo, la fuente de muchas an-
gustias en admiradores cuyas creencias políticas son de diferente ín-
dole que las de Plat ón. El estaba convencido de que el fin de la Ley
era el prod ucir hombres que fueran «completamente buenos»: eso pu-
do ser hecho porq ue, como los idealistas institucion ales del siglo XIX
afirmaban también, la naturaleza humana era capaz de mod ificacio-
de forma Ilimitada; el método que debía ser empleado era una
dictad ura benevolente: los filósofos debían con vertirse en reyes o bien
los en Esas hipótesis han, recibido mayor atención que
cualquiera a ira, Incluso en Platón, y solo es necesario que sean en-
tendidas con propiedad .
Como filósofo, Plat ón no podía acept ar nada menos que la bo n-
dad completa en el hombre; por ot ra parte, rechazaba todas las leyes
que no condujesen a ese fin (630 C). ( Pres tad atención a mi actual
factura de leyes) , dice el Ateniense. «en caso de que Iuera a introdu-
cir una ley que o bien no tendiese a la bondad completa o que tendie-
se a una par le de ella» (70S E). Este no es el lugar para examinar el
papel de los ideales en el pensamiento legal. excepto pa ra observar
que un hombre con un plan de una inmejorable condición sobre los
asuntos ha sido con frecuencia un poderoso elemento en la forma-
ción de leyes. Tampoco es preciso examinar los puntos de vista de Pla-
Ión sobre las relaciones entre la Ley y la Moral : sus puntos de vista
legales y morales se interfi eren tanto que resultan inseparables. yen
una ocasión (Hipias Mayor, 248 B· E; Leyes 715 B; Minos 314 E) le
llevaron a afirmar que una mala ley no es ley. Tení a tan to conoci-
mi: oto como Hobbes y Austin de la distinción entre Ley y Moral, de
[a Idea de ley como un ma ndato (723 A); pero no tendría nada de ello
(857 CD). A pesar de que sus intenci ones hubieran sido posibles de
• El titulo de los párra fos es la traducción del que ha puesto el autor del cap ítulo.
(N. del T.)
cumplir, si los hombres le hubieran escuchado, él se dio cuenta de que
sus propuestas eran completamente visionarias (622 E. 712 B). el j ue-
go de j urisprudencia de un viejo (685 A). Yno tenía esperanza alguna
de que su ideal fuera a realizarse en la práctica. Estaba solame nte in-
sistiendo en la necesidad de la abstracción o de la hipótesis como con -
troles en una investigación de la Sociedad (739
Lo que const ituye tal vez la mejor defensa, invent a da por los pla-
tónicos. para la doctrina del filósofo-rey arg umenta que ésta repre-
sent a el principio de que el gobierno es un arte o ciencia. como opues-
lo a la idea de los políticos del gobierno bajo la ley de la oratoria j urí-
dica ' ; esto es un reconocimient o de la exigencia de que el Estado sea
regulado po r la inteligencia más alta posible (711 A), Yrepresent a só-
lo la discreción aut ocrática del verdadero pa stor, pilot o o médico; y
finalment e que, a pesar de que Platón insistía en la propuesta de que
es mejor para el ignorante ser regido, con su consenti miento o sin él,
por el sabio, clama en la prá ct ica por todas partes por el reino de la
Ley y el consentimiento de los gobernados (684 C; El Político 290 D,
296 B), Un rasgo destacado en los escritos de Pl atón es el extr aor di-
nari o cuidado que pone en limitar sus propuest as mediante una cali-
ficación explicita o un giro iró nico de la frase, La defensa presentada
por él no es, en todo caso , algo imposible.
¿,Es que Platón es hostil a la l ey? Esta es una pregun ta necesaria
en lodo acopio de la ju risprudencia de Platón . No ha y duda de que,
como un visionario tras un ideal, el Platón de La República prefería
la int eligencia del sabelotodo autoc rático capaz de adapta rse a la im-
personalidad de los artículos de la ley. A pesar de que por mediación
de las reglas generales, fijas e inflexibles y de leyes tendrían que ser
dirigidos hombres y acciones que están cons tantemente cambiando y
son siempre diferent es. En un sistema tal era imposible alejarse del
«caso duro» (El Político 294 B), Co noció bien la simple verdad. co-
mo se la most ró el j uicio de Sócrates, de qu e el método de debate de
los t ribuna les era ta l vez el menos apropiado par a el descubrimiento
de la verdad 6. Cont ra eso. el Platón de Las Leyes y de El Poluico
ha llegado a demostr ar que en esta tierra una dictadura benevolente
era un dechado de perfección y que ser ía mejor propo ner una solu-
ción que tuviera una posibilidad de realización. En el arte nosot ros
con fiamos enteramente en los exper tos; pero en el as unto del gobier-
no el experto es más rar o que en cualquier otro ar te. Platón , por 10
tant o, creía que la Sociedad debería caer bajo la Ley como una se-
gunda posibilidad mejor (875 D; El Político 300 C) , tal vez incluso
como algo de la naturaleza de un «último recurso» -·Ia supremacía
de la no rma rígida, adapt ada al hombre «corriente ) y a la situación
general, incapaz de dispensar equidad en el caso específico 7,
Pl atón llegó así a su punto de vista final sobre la necesidad de la
l ey, Insist ía en que ésta era indispensable; sin ella seria mos indife-
272 PLATON
"t"
PLATON COMO JURISTA
273
renciables de los animales. Ella era la instructora de la j uvent ud. Su
más nobl e tarea era hacer a los hombres odi ar la injusticia y ama r
la justicia. Las leyes está n encaminadas a hacer felices a aquellos que
las usan; y confieren toda clase de bienes. Era duro par a los hom-
bres, apostilla Platón, dar se cuent a de que la preocupación de la Cien-
cia soc ial era respecto a la comunida d y no con los individuos ; la leal-
tad a los intereses de la comunidad limita un Estado en conj unt o; la
persecución de los intereses indi viduales impulsó separada mente a es-
to . Platón po nía como duro para un hombre el ver asimismo que Jos
intereses de ambos eran mejo r servidos de la misma manera por la
prosperidad de la comunidad qu e por la de lo individual. Entre noso-
tros no habría un hombre cuyas dot es naturales lo capaci tasen no s ó ~
lo para ver lo que era bueno par a los hombres como miembros de una
comunidad, sino para ser capaz siempre de verlo y de querer act uar
para lo mejo r. Un poder irresponsab le par a hombres mortales siem-
pre lleva a a ferrarse y a actuar en interés propio; o, como Acron ha-
bía de parafrasearlo más tarde, «todo poder corrompe y un poder ab-
soluto corr ompe absolutame nte». Si hubiese por cas ualidad un hom-
bre providencialmente dot ado de una ca pacidad natural para apren-
der el verdadero poder y la posición del gobernant e en corresponden-
cia sólo con la razón, ése no necesita rla leyes para gobernar ; no existía
para ninguna ley el derecho de dictar al verdadero conocimiento. Pe-
ro, tal como eran las cosas, tal comprensión ahora no existía, salvo
en pequeños asuntos; eso era por lo qu e teníamos que tomar la se-
gunda sol ució n mejor - la ley de lo general con la qu e no siempre
se podría hace r j usticia en casos par ticular es ' .
Anticipando el análisis subsiguiente, Pl atón considera ba las suge-
rencias de que la ley es de origen divino y de que la función del hom-
bre es descubrir sus verdaderas reglas (624 A, 835 C) 9; ésta es un
product o de fuerzas sociales y naturales imper sonales - económicas,
geográficas y sociológicas o, como él lo expresó, el resultado de opor-
tunidad y ocasión (709 A); y que esto es un invento de un hombre
para atend er a las necesidades de la Sociedad, Arte que coopera con
Ocasión 10. Aceptaba todos esos puntos de vista en algún sentido ver-
da dero en particular ; pero su idea última estaba en la naturaleza de
un compromiso. En su posición final conte mplaba a la ley como el
a rte de aju star la conducta humana a las circunstancias del mundo
exterior. A veces, como Montesquieu iba a insistir más tarde, las con-
diciones de la Sociedad dan forma a las leyes, y, a veces, como argu-
mentaba Condorcet , las leyes dan forma a las condi ciones. Platón veía
así a la Ley como un dobl e proceso genético y teleológico , cuya fun-
ción primaria como art e es correg ir las desigualdades en la relación
entre Sociedad y sus circunsta ncias (709). Es establecido en concreto
el fin preciso de la ley como el perfeccionamiento de la unidad de gru-
po, Que no puede ser obtenida si grupos minorita rios están fuera de
la vista o si se legisla para casos singulares (664 A, 739 C-E; La Repú-
blica 419 y ss., 423 B, 462 CD, 466 A) . Esta es la visión filosófica
o elevada, y conduce a la post ura de que, si la función de la ley como
el interés de la Sociedad entera es observado fielment e, al final se ob-
tendrá una comprensión de las leyes ideales en el mundo de formas,
que pueden luego ser utili zadas como modelos. Es el oponente de Só-
crates, en La República, qui en insiste en que la uni dad del grupo pue-
de ser conseguida sólo medi ante leyes desviadas al interé s de los que
gobiernan o del grupo más fuerte (La República 343 B y ss.).
Teorfa de l a Legislaci6n
En la rai z de la teoría plat ónica de la legislación se encuentra la
idea. desarr ollada más tarde por los detentadores de la Ley natural,
de que el legislador es capaz, sólo por medio de la razón, de for mular
un conju nto de leyes que será adecuado a las necesidades de la comu-
nidad. Para Plat ón , el legislador es el filósofo en acción. Esees el hom-
bre que ha visto la real idad de lo j usto, la belleza y lo bueno'; A pesar
de que la mej or vida real está dentro de su poder, debe est ar Impulsa-
do a vivir una vida inferior y a regir el Estado; esto es así puesto que
la ley no se relaciona con la felicidad especial de una clase sino con
la felicidad de toda la Sociedad. Además él ha sido engendrado como
un rey-potencial y un diri gent e desde la cuna; ha recibido una educa-
ción mejor que los demás y es tambi én capaz de desarrollar ambos
modos de vida. Tiene, sin embargo, que bajar de las nubes. Obedece-
rá la orden porque es justa y él es un hombre justo. Tomará su oficio
como una necesidad insoslayable (La República 519 C, 521 8) . El es-
pectáculo de un Henry Adams, que asume el papel de excluir arist ó-
cratas y de permanecer apartado de un oficio públi co, es la antítesis
de este punto de vista.
En el pensami ento de la legislación , Platón siguió la distinción ra -
dical griega entre ley escrita y no-escr ita. la réplica de Antigona a
Creonte se basaba en (da inmutable ley no-escri ta»; en Edipo Rey el
coro se remite a las «leyes ordenadas desde arriba »; en Jenofonte las
leyes no escritas son defi nidas como aquellas uniformemente obser-
vadas en todos los pa ises, y añade que tienen que haber sido hechas
por los dioses, puesto que como hombres no pudi eron encontrarse j un-
tos y hablar el mismo lenguaje 11. Platón pensaba que las leyes. no es-
crita s no era n leyes estrictamente llamadas así, pero que de ninguna
manera eran meno s important es 12. La concepción anglo- americana
de la ley común no-escrit a y la doctrina cont inental de ley no-escrita,
que se remit e a la tradici ón monárquica y se administra por el depar-
tamento ejecutivo distinguiéndola de los tr ibunales, se aproxima, pe-
ro no es igual . a la idea de Platón. Ley no-escrit a representa especíñ-
274 PLATON
r
PLATONCOMO JURtSTA 275
camente las nor mas de regulaciones que se fundan en una tr adición
inmemoria l yen un uso social. La Ley es como un hombre cerril que,
10 mismo que no permite nada cont rario a su mandato, (incluso ha-
cer una pregunt a) aunque a alguien se le ocur rier a algo mejor que la
norma, tiene que ordenarse a sí mismo. La vida humana no es senci-
Ila, pero la ley, que es insistentemente sencilla. ayuda. a su pesar, a
cont rolar aquello que nunca es sencillo. La ley no-escrita ayuda a sao
car adelante esa deficienci a. Platón se regodea en una abunda ncia de
metáforas para describirlo. Es el seguro de la legislación, el oráculo
que conecta las leyes estatutarias ya promulgadas y aquellas que ven-
drán, un verdade ro «corpus» de Tr adición que, correctamente insti-
tuido y correctamente seguido en la práct ica , servirá de panta lla para
los estatutos en vigor. Las leyes no-esc ritas son los soportes o escua-
dras de metal que ponen en posici ón a las piedras de construcción;
son asi mismo los soportes principal es sobre los que descansa una su-
perest ruct ura.
Pl at ón vio una ventaja al reducir estas leyes básicas a la escritura;
porque. una vez preservadas en la escrit ur a, permanecen escritas. No
importa si un hombre no las comprende a primera vista , puede estu-
diarias hast a que las comprenda. La nueva ciudad, que Platón está
formando en Las Leyes. no tiene una her encia de Tr adición inmemo-
rial; sin embargo su legislación t iene que ir hasta el mínimo detalle,
de forma que la promulgación de leyes no vaya a fallar en su propós ito.
Así la legislación de tod a una comunidad puede ser estruct urada
po r un esfuerzo de razó n. En tiempos más tardíos esta doctrina hubo
de aparecer mod ificada en las teorías de Hume, Helvecio y Bentbam.
Plat ón no tenía la menor duda de que la razón podría llegar al cono-
cimiento absoluto y de que nuestros errores son el producto de nues-
tros sentidos y no son debidos a ninguna falta de firmeza de nuestra
razón . La razón es dueña de todas las cosas y ha prod ucido cada una
de ellas, incluyendo a la Ley (875 D, 890 D). A Plat ón le gustaba creer
qu e la palabra para «razón humana» estaba conectada etimológi ca-
ment e con la palabra para «ley» (714 A, 957 C 4-7). En el sentido
de intelecto que se afana filosófi cament e, razón es la suprema auto ri-
dad legal. Sugiere en una metáfora que los hombres son muñ ecos ac-
t ivados por los impulsos del deseo. El afán de diri gir es la sagrada
y dor ada cuerda de la razón que da der echo a la ley pública del Esta-
do. Uno tiene siempre que cooperar con la cue rda dorada de la Ra-
zón. Con esto quiere decir un cálculo cuida doso del fin por part e del
Es tado, con vista al cual una estimación de los placeres y do lores pro -
bables tendrá resultas en una ley. Eso es decir que el pro ceso legislari-
va , incluyendo debate y acuerdo final, concluye en una promulgación
establecida. La Ley guiará así a un hombre, cuando se encuentra ar rat-
do por el brillo del placer o repelido por las per specti vas de dolor.
La Ley es, sin embargo, en un senti do, la con ciencia del Estado , y
posee una influencia educativa dir ect a. Pero, det rás de eso, como de-
Irás de la educación, está la fuerza de la Razón. Esto se ha conjetura-
do a partir de que la imagen homérica de Zeus a un extremo de la
cuerda de oro, resistiendo con éxito el inpulso de todos los demás dioses
y diosas en el otro ext remo, se encontraba tal vez presente aquí en
el pensamient o de Platón (644-45) .
Plat ón , en su legislación, tomó el punto de vista de la moral tradi-
cional: se encontraba para regular la tot alid ad de la vida. Al mismo
tiempo, reconocía que el da ño estaba hecho po r establecer penas sin
importancia; de esta manera se conduce las leyes fundamentales al des-
crédito (788 B; La República 425 B). Sin embargo había pocas cosas ,
en opinión de Plat ón. que no se encontraran sujetas a regulación le·
gal: matrimonios, procreación, desarrollo de los ciudadanos desde la
infa ncia hasta la edad adulta , distri bución de riqueza, fijación de pre-
cios , todas las relaciones entre los ciudadanos, navegación, comercio
de mercancias , comercio ambulant e, el control de las emociones, has-
tclen a, la regulación de lugares de j uegos , minas, préstamo y usura ,
la supervisión de las granjas, pas tores y agricultores, incluida la su-
pcrvis ión de sus útiles, la aplicación de magistrados, toda actividad
de hecho entraba en la ment e de Platón, que concluía en el entie rro
de los ciudadanos y la celebración de ritos funer arios apropiados con
la asignación de señales adecuadas de respeto (780 A, 631-32, 842 e D).
Plat ón encont raba innecesario el enu mera r todas las leyes que el le-
gislador tení a que promulgar . Los decretos que él propone est aban
di rigidos en part e a ilustrar una teoría de la legislación . «Quisier a
mostrar », dice el Ateniense, «que aquí está una Filosofía de la Ley,
un sistema en el código orga nizado con el fin de ser discern ido,
por el filósofo y también por aq uellos que hubieran vivido baj o
un código perfecto, cómo capacita a un hombre pa ra juzgar sobre
la importancia relati va y la función correcta de var ios decretos»
(622 r».
A estas alt uras de su pensa miento Platón da un gra n sallo en el
futuro . Choc a fuertemente las manos de Bcntham. Bajo la influencia
de Newto n, Bentham int entaba descubrir pri ncipios directri ces en la
elaboración de un código completo y sistemático. En ese campo creía
que el equivalente de las leyes físicas de Ncwton eran el «principio
de utilidad» y el «principio de la asoci ación de ideas) . Platón t enia
el mismo objetivo a la vista, y los resultado s de sus es-
tucr zos constit uyen una extraordinaria ant icipació n de Bentham. Sa-
có a la luz que códigos existentes estaban formados por tópicos y que,
en consecuencia, el legislador, cuando tenía necesidad de proveer pa-
ra una situación que el código no cubría, se encont raba obligado a
confiar puramente a si mismo el toma r nuevas provisiones sobre el
capitulo apropiado. En materia de fraudes, por ejemplo, el legisla-
dar, que utilizase ese método, estaría en cada momento crítico cor-
r
276 PLATON PLATON COMO JURISTA 277
tando una cabeza de Hid ra " (La República 426 E). «Cualquier clase
de ley se encuentra necesitada de un legislador diferente), señala el
Ateniense. «en el momento él inventa y lo añade a su conjunto: uno
añade una sección sobre herencias y herederas, otro sobre ult rajes»
(630 E). Platón, igual que Bentham iría a hacerlo más tarde, pensaba
que un cód igo lleno de órdenes y exhaustivo se construida sob re la
base de un principio más que por el método de qui tar y poner en pro-
cedimientos existentes. Como este principio él propone nada menos
que una forma del propio cálculo de la felicidad: «Dos consíderacío-
nes», escribió, «van a los fundamentos de la ley: 1. ¿qué placer es no
deben ser permitidos? y 2. ¿qué dolores no pueden ser evítados?»
(636 DE). La medida de la habilidad del legislador estaba en función
directa de su capaci dad para responder a esas dos cuestiones. Más ade-
lante el legislador tenia que mantener sus pies en el suelo. Su legisla-
ción tiene que ser definida. «Debe plantearse a sí mismo , con frecuen-
cia, dos preguntas: ¿A qué estoy yo apunt ando", y, en segundo lu-
gar , ¿estoy dando en el clavo u olvidándolo? De esa manera, y sólo
de esa man era, puede posiblemente desca rgar su tarea como para no
dejar nada que hacer a otros después de él» (744 A, 719, 769 D, 885
B, 916 E) . Placer y do lor eran el material con el qu e el legislador tiene
qu e trabajar; eso tenía que ser controlado por medio de hábitos cr ea-
dos por la legislación. Resulta casi innecesario establecer que la idea
de principio en la confección de un código, tan extensamente revisa-
da por Platón, aún se mantiene en los reales de la piedra de los fi-
lósofos.
Como final, el legislador tenía que tener a la vista tr es objetivos:
libertad, unidad del Est ado e inte ligenci a o comprensión entre los ciu-
dadanos (701 D) . Platón pensaba que la libertad y el despoti smo eran
ambos malos extremos. Concluía que un gob ierno de mezcla era la
única salvación. Observaba que allí había dos formas en las que po-
dían ser promulgados estatutos: un mandato perentorio, acomp aña-
do de provisiones de dol ores y penalidades en el caso de incumpli-
miento, o un estatuto precedido de un preámbulo, que preparase la
mente de los ciudadanos para las dir ectri ces contenidas en el estatuto
y los hicieran comprender sus sinrazones de forma que se encont ra-
sen ani mados a obedecerlo. Compara el preámbulo con el preludio
de una composición music al o una canción (722 D). Los estatutos ten-
drían así dos partes: la «prescripción despótica», que se corresponde
con la prescripción de un médico autoritar io y que es pura ley; y, su-
mado a esto, el preludio, que no es el texto de la ley sino su preámbu-
lo. (La misma idea se da explícita mente en algunos de los decretos-ley
~ Hidra cs. en la leyenda griega de Hércules, un monstr uo de vari as cabezas que
se regenera ban cuando era n cortadas. (N. del T.)
de la España act ual)" . El legislador pondrá un cuidado const ant e en
ver que todas las leyes tienen sus preámbulos apropiados al tema. Co-
metería un err or, sin embargo, si insistiera en un preámbulo para le-
yes menores , lo mismo que no se debe tratar todas las canciones de
est a manera. Debe quedar a la discreción del legislador si una ley con-
creta necesita un preámbulo (723) .
Todo esto, sin embargo, resultaba confuso para el siglo IV a. C.
Austinianos y realist as, quienes miraban a la ley como una orden y
quienes deseaban conocer lo que de hecho era la ley. El At eniense sao
ca elegantemente su post ura. Sugiere que si un médico de baja cate-
gorla oyera por casualidad al médico instr uido explicando el método
de su tratamiento a un paciente, su alegría sería inmediata y diría en
alta voz: «jQué estúpido eres ! ¡Estás enseñando a tu paciente en vez
de curarlo; él no pretende llegar a ser médico, quiere sanan) (857 D).
Puede haber algo de valioso en ese punto de vista; pero Platón en rea-
lidad no está legislando ; de hecho su pretensión es asimismo enseñar .
La Ley para Platón es una fo rma de Lit eratura, y la responsabilidad
del legislador es mayor que la del poeta (858-59) 13. El legislador es,
para sí mi smo, el autor de la más elegante y bella traged ia y sabe có-
mo hacerla. En el fondo toda su política ha sido construida como una
dramatización de la vida más elegante y mejor, que es de verdad la
más real de las tragedias (817 B). Platón, en apariencia, di rigía su có-
digo a que fuera estudiado como un libro de texto (810 B, 811 D).
Bentham también sugiere que el padre de familia debería enseñ ar el
código de Bentham a sus hij os y da r a los preceptos de moralidad pri-
vada la fuerza y dignidad de los de moral pública.
Platón basaba el deb er de obediencia a la ley en la id ea de la bue-
na fe y, en cierta medida, en la noción de honor, o sea, en el valor
moral que un hombre posee ante sus propios ojos y en la opinión de
la Sociedad. Concedió mucho valor a la obediencia a la legislación;
considera qu e el hombre cuyas victo rias alcanzaron esa forma sobr e
sus conciudadanos tiene la mejor llave para gobernar (7 15 e, 762 E).
Est e punto de vista difier e radicalmente de uno moderno, aunque, sin
embargo, es aún expresión escrita generalmente de la actitud de los
gobiernos el que esa legislación debe asegurar la fidelidad por sus in-
herent es cualidades. La solución se le presentó a Platón en un caso
particular, por el juicio y condena de Sócrates (Critón 49 E y ss. ). Cri-
tón sugiere a su amigo Sócrates, qui en se encuentra en la cárcel en
espera de su ejecución, que puede ser arr eglada su fuga . Sócrates re-
husa deso bedece r a la ley y perjudicar así a su tierr a , aunque por la
ley resultase perjudicado él mismo. Asienta sencillamente que un hom-
* El articulo que const ituye la base de este capítul o fue publicado en 1942. La rete-
rencia a España aparece así en el origin al. (N. del T.)
278 PLATON
r
PLATON COMO JURISTA 279
bre tiene que hacer lo que se ha comprometido a llevar a cabo y es
justo 10 que provee esto; él no puede tr ansgredir sus compromisos.
El Est ado no podria existir si sus leyes est uvieran flot ant es y las deci-
siones de sus tribunales fuesen invalidadas y anuladas por per sonas
particulares. Eso es cierto aunque el Estado hubiera perjudicado a los
ciudadanos y no hubiera juzgado correctamente el caso. Por su resí-
dencia a lo largo de su vida en Atenas, Sócrat es ha prometido implí-
citamente obediencia a las leyes. No existe igualdad de der echo ent re
la legislación y el ciuda dano , no más que entre padre e hijo, amo y
sirvient e. El niño, cuando es castigado. no golpea. en réplica, al pa-
dre; ni el buen ciudadano debe po nerse a dest rui r las leyes, si su país
se pone a destru irle. Sócrates había tenido siemp re la oportunidad de
trasladar se a ot ro país, si las leyes de Atenas no le hubieran gustado;
al no hacer eso, ha confirmado su promesa de obedecer. Si desobede-
ciese a las leyes de su país y escapase a Tebas o a Mégara, en cual-
quier parte sería propiamente visto como el enemigo de la Ley. Ese
ar gumento, ta l como ha sido observado, deja abiert a la cuest ión de
si está ma l di senti r de la sentencia de un tri bun al incompetente. En
el caso de Sócrates el tribunal estaba sin j urisdicción; pero el tri bunal
pensó que él mismo era compet ent e y la ley ate niens e no tenia previ-
sión para la anulación de sentencias como «ultra vires»: apa rentemente
Sócrates pensaba que un juicio privado no tend ría que pasar sobre
la cuest ión de j urisdicción .
De todos modos. Platón da expresión complet a a la idea , y lucha
muy vigorosamente contra ella, de que la ley es una conv ención idea-
da por el débil para suprimir al fuerte y regular su conducta (714, 890
A; Gorgias 483 0.488 E; La República 359 A) . La Ley, en esa opi-
nión, no es má s que pod er ar bitrario y. si de be ser obedecida , depen-
de ún icamente de la capacida d de alguno para opon erse. De nuevo
Plat ón sugiere que, cuando los ciudadanos consie nten en la aut ori -
dad de un código de leyes como sust it uto del gobierno personal de
la minoría, se da una disposición para que haya mayor unidad en el
Estado (627 DE). Esa unidad implica que la mayorla lleve a cabo que
es en su propio int erés el obedecer a las leyes. La Sociedad no actúa
contr a su propio deseo, cuando éste obedece sus leyes; querr án abo-
lirlo al punto cuando éste obedece a rega ñadientes (La República 359
y ss.). Creía que, una vez que el respeto gene ral estaba asegurado por
un a ley particu lar , ésta seria impl ícitament e obedecida. La dific ultad
radicaba en que la opinión pública estuviera preparada para detener-
se a medio camino, cuando el pro greso de la ley en cuestión fuera obs-
tr uido por algunos sentimientos apasi onados de parte de un amplio
número de pobl ación. Por ejemplo, las dificultades que presentaba
la insti tución de comidas comunes fueron superadas en Espa rta por
los hombres; pero la cerr il hostilidad de las mujeres hizo que parecie-
ra imposible su extensión a ellas (839 COl .
En el mito del anillo de Giges, que hacía invisible a su po rtador,
Platón intentaba responder al ar gument o común de que cualquiera
pod ría romper la ley si se atrevi era , de que la observancia de la ley
radica entera mente en la coacción. Si a dos hombres les fuera , a cada
uno de ellos, entregado semejant e anillo. el hombre honrado podría
ser dislinguido fácilmente del no honrado (La República. 359 O y ss.).
Es el ideal lo que hace para Plat ón todas las difere ncias . Sin él, la
Ley se convierte puramente en un asunto de fuerza; con él es posible
la vida más bella y más noble para todos los miembros de la comuni-
dad , y la ley se convierte a sí misma, en el esq uema platónico, en un
bien de por si. Como filósofo práct ico, sin embargo, sabía cuánt o de-
pende de la colaboración de los ciudada nos. «Al menos que los asun-
los privados sean t ratados correctamente en un Estado», escribió, «es
vano suponer que cualquier código de leyes para asuntos públicos pue-
da existir» (790 B).
El sistema j udicial y administrativo
La justicia ateniense fue tomada por Platón en gran consideración
y se encuentra n a través de sus escritos numerosas indicaciones de que
dedicó una gran reflexión a su reforma. El había crecido, hast a la edad
adulta , en la atmósfera prod ucida por la desastrosa expedición a Sici-
Ha. cuando se vino abajo el Imper io ateniense. Los numerosos j ura-
dos de At enas eran jueces de ambas cosas, de la ley y de los hechos,
no era n afectados por precedent es y se conmovían por los gustos o
el sentimient o que agitaba a la gente. Al final se convirtieron en ins-
trumentos del soborno político y de asesinatos j udicia les -una evi-
dencia de la desintegración del Estado. Pl at ón se encont ró presente
en la condena de Sóc rat es, y los fallos del proceso, incluso al obser-
var las formal idades ordinarias de un juicio corr ecto, tal como la pa-
ciencia y el ma ntener el orden en la sala. no pasaron sin anotar en
su descripción de los procedimient os. Cuando la muchedumbre -esa
gran bestia, como la llama Platón- se encuentra, todos juntos, sen-
tada en la sala y con un fuerte grite río censura algunas de las cosas
que se dice n y añade o ap rue ba ot ras , ambas acciones en exceso, con
clamores y aplausos plenamente secundados, en tal caso Platón se pre-
gunta: ¿qué es lo que tiene que hacer el joven ?, ¿qué ense ñanza en
concreto se apartará y no será barrid a por el torrente de censuras y
aplauso sino llevada af uera de esta corriente general, de forma que
afirmase las mismas cosas que hacen ser ho norables e importantes y
que haga como aquellos hacen y sea ta mbién asimismo como aque-
llos? Una cuenta ca pita l contra aquellas cortes er a que se tra taba ex-
clusiva mente de lugares de castigo y no de instrucción (Apologia 26
A; La República 492 B-O). Tras una larga experiencia con los t ribu-
280 PLATON
PLATON COMO JURI STA 281
nales ate nienses, Pl atón llegó a est ar convencido de que sólo reme-
dios drásticos podrían eliminar los males que est aba observando .
Como cuest ión de princip io general. Platón considera ba que los
jueces tenía n que ser hombres de inteligencia superior y que el siste-
ma j udicial debía ser const ruido de forma que allí se diera una clara
presentación de sol uciones y el tiempo para la debida deliberación (766
DE). Un verdadero juez, cuando decide un asunto, no puede cont en-
ta rse con un legalmente limpio si o no, sino que tiene que establecer
los principios de su decisión. No tiene que utilizar como jurados a
gente que sea de pensamiento oculto e inart iculado, en los que Jos j ue-
ces nunca pueden captar que ellos piensen ot ra cosa, y que oc ulten
sus opiniones del público (876 B).
Platón siguió la di stinción de la Ley ática y di vidió las causas en:
pl eitos privados -en donde la di sputa era ent re individuos- y plei-
tos públicos -en donde el mal era para el Estado (767 B) ", Para las
disputas privadas , propone un sistema de tres cor tes: una corte de pri-
mera instancia , una corte de apelación intermedia y una corte supre-
ma de apelación. l a corte de primera instancia tendría qu e ser pro-
movida po r las propias partes. Ellas escogerían a los jueces de entre
sus vecinos y amigos comunes , la gente que más sabía del asunto en
disputa. Esa propuesta sin duda le fue suger ida a Plató n por el exce-
lente sistema de a rbit raje público que estaba vigente en Atenas La
ma yor parte de los pleitos privados era asignada a árbit ros púb licos
que eran elegidos por sorteo. Se trataba de hombres de sesenta anos,
con experiencia e imparciales, y su primer deber era llegar a un como
promíso. Si ellos fallaban en esa tarea , oían los argumentos y reci-
bían las pruebas. Exist ía una apelación de sus decisiones. pero se ce-
ñía al acta hecha ante los árbitros, que est aba depositada en una caja
sellada hasta el día de la audiencia de la apelación. Por ot ra parte éste
era un método fácil y no caro de solucionar disputas. y la única inno-
vación que Platón int rod ujo er a la de permitir al acusador y al acusa-
do su prop io árbit ro más que depe nde r de la elección por sor-
teo. Sin duda las ca paci dades de los árbitros públicos atenienses va-
ria ban y la modificación platónica del sistema ta l vez representase un
para igualar las desigualdades del azar. Pl atón recalca que,
SI los litigantes fueran impulsados a acudi r en primer lugar al arbit ra-
je, sería afi nada la salida entr e ellos, faci lita ndo así el trabajo de [os
tribu nales (767 C, 956).
Una apelación de los ár bitros , como en la práctica ateniense, po-
drí a ser llevada ante una corte intermedia, compuesta por vecinos y
hombres de las tribus. Aparentemente en esas cortes tribales Pl at ón
tiene en la mente, como mod elo. el Dicaster ion ateniense. Insiste en
que todos los ciudada nos tienen un lugar en los escaños de una di spu-
ta privada ; para un hombre que no parti cipa se en ayudar a juzgar ima -
gina que no le cabría parte o suerte en el Estado en general. las cor-
les será n populares, en definitiva. pero al mi smo tiempo no tendr án
que ser ni demasiado gra ndes ni demasiado pequeñas; (<00 es fácil que
un cuerpo grande gente juzgue bien ni ta mpoco uno peque ño , si
es de pobre capacidad» .
No cabía apelación del dieast erio ateniense. Plat ón , sin embargo,
provee una apelació n de esta corte popular a nte un tribu nal que tu-
viera «que ser orga nizado en la forma má s incorr uptible que fuera
humanamente posible, especialmente par a beneficio de aquellos que
han fracasado en obtener una instancia de su caso. bien ante sus veci-
nos o en cortes t ribal es». Los j ueces serian elegidos po r oficiales pú-
blicos, que se reunieran en un templ o y escogiera n de ent re ellos. en
sus filas , a aquellos de mayor compe tencia , probada en sus comet i-
dos, que pareciera n a sus compañeros. durante el año siguiente, en
la mejor manera los más idóneos para decid ir los pleitos. Cuando la
selección hubiera sido hecha. tendr ían que someterse a un re-examen
ante el propi? cuer po electoral, y. si un nombre fuera rechazado. ten-
dria que elegirse a otro de la misma manera. Las audienci as de la cor-
te tendrían que hacerse públicas, en presencia de los ofici ales que es-
tuviesen elegidos y de cualquier ot ro que desease asistir. y el voto del
j uez sent aría precedente. Esa última provisión será una salida de la
práctica ateniense en donde el voto de cada dicasta era secreto. Ade-
más Plat ón señala 35 como el número de j ueces que deberían consti-
luir la corte (Cana Vl l, 356 DEl, pero el esquema de Los Leyes apa-
rentemente contemplaba una corte mucho menor.
Las propuestas de Platón, con la excepción principa l del procedi -
miento de apelación , son una ada pt ación de la teoria y práctica ate-
nienses. Estaba convencido de lo sano de la concepc ión de que la ley
puede ser simplemente esta blecida con tal de que fuera comprendida
por el hombre capaz. Creía también que una corte popular - o sea.
compuesta por un amplio númer o de ciudadanos- era tal vez el me-
jor seguro de j usticia; Y. como Maqui avelo tuvo que reca lcar más ta r-
de. una corte formada por numerosos j ueces era una ga rantía contra
la rapacería . Una cor te tan grande como la que j uzgó a Sócra tes, que
prob ablemente era de 501 miembros. era ta l vez muy difícil de con-
tr olar para Pla tón . Se comprometi óa reducir el número de miembros
y a añadir el elemento de publicida d. El permiti r una apelación de
una cor te de j ueces elegidos desde las grandes cortes popular es, que
en la teoría democráti ca at eniense eran supremas puesto que se trata-
ba de un comité del pueblo soberano, fue una decidida innovación
y Platón se esforzó en proveer las que pensaba que era n necesarias
salvaguardas. Los jueces se encontraban sujetos a mult as o a quere-
llas po r decisiones impropias y podrian ser obligados a corr egir sus
err ores. El mantenimiento de un año de oficio, aunque res ulta ría ina-
plicable a nuestro pr opio sistema legal profesionalizado que exige una
experiencia adquirida sólo tr as un lar go período de aplicación, no era
282 PLATON PLATON COMO JURI STA 283
obstá culo par a el sistema no profesionalizado contemplado po r Pla-
tón y para el que se desarrolló en el mundo ático , tant o más cuanto
que aquí el énfasis esta ba en la información del hecho y en la decisión
de acuerdo con las ideas de j usticia del sent ido común.
En los asuntos que pudieran encerrar perjuicios contra el Est ado,
Plat ón pensaba que era necesari o, lo primero de todo, admitir al pú-
blico a una part icipación en el ju icio; cuando se le hacía un mal al
Estado. era da ñado lodo el pueblo (768 A). Pero , antes de que el caso
llegase ante la ca rie popular para sentencia. Platón deseaba asegurar-
se de que era presentado y prepa rado per fectamente, una situación
que no siempre se daba en el sistema legal ático. Así, mientras que
era correcto que ambos moment os. el de comienzo y el del final de
cada asunto, se asignasen al pueblo. el examen tendría lugar ante tres
de los más altos oficiales o an te el Consejo público. en caso de que
ellos fuesen incapaces de un acuerdo. Los t res comisionados llevarían
la encuesta y desarrollarían las soluciones planteando preguntas
(766 D).
Platón no pasaba por alt o el procedimiento (855 O-56 A): Los jue-
ces deberían permanecer sentados frente al demandante y defe nsor
en apiñada fila en orden o por edad. y lodos los ciudada nos que tu-
vieran que plantear quejas esperarían y escucharí an atentamente los
juicios. El acusador plantearía su caso y el defensor le replicarí a. ca-
da uno en un parlamento (mico. Cuando los parlamentos hubi eran
sido pronunciados . el j uez de más edad expondría el primero su pun-
to de vista sob re el caso: en él pasaría det allada revista a los plantea-
mientas hechos. Cuando terminase, el resto de los j ueces, cada uno
a su turno, revisarlan algunas omisiones y er rores que tuvieran que
objet ar a los alegatos de cada parte , y un juez que no tuviera obje-
ción alguna que hacer cedería la palabra a su vecino. El acta escrita
de todas las actuaciones pronunciadas deb erla estar confir mada para
ser relevante po r los sellos de lodos los j ueces y depo sitada en el alta r
sagrado de la Audiencia. Ellos se deberían encontra r de nuevo al día
siguiente en el mismo lugar para cont inuar la revisión del caso, y una
vez más impri mir sus sellos en los documento s. Cuando esto hubiera
sido hecho por tercera vez, añadido el debido peso atribuido a la evi-
dencia y testimonios, cada j uez pronunciaría un voto solemne. j ura n-
do po r el alta r emitir un j uicio ju sto y verdadero según lo mejor de
su poder , y esto constituiría el final del j uicio.
Platón desar roll ó una regla de Perogrullo para asegurarse de la
veraci dad de los testigos (937 e). Un solo «lapsus» de la verdad po-
drla ser debi do a un error inevita ble; dos de tales «laps us» indicaban
falta de cuidado - un hombre de esa condición no era bueno par a
testigo-; t res «l apsus» le convertí an en un bribó n. Si alguien no qui-
siera actuar como testigo. podría ser citado y tendría que obedecer
so pena de castigo. Si conociera los hechos y estuviera de acue rdo en
prestar testimonio, lo daría; si careciera de conocimiento. tendría que
prestar j uramento de que no tenía conoci miento y sería luego despe-
dido. Un juez citado como testi go no podría vot ar en el j uicio. Una
mujer podría actua r como testigo si era de más de cuarent a años y,
, ~ ¡ no estuviera casada, podría promover una acción. Si t uviera mari-
do vivo, se le permitiría únicamente prestar testimonio. En juicios por
homi cidio, los esclavos y niños pueden ser llamados a prestar testi-
monio , debidament e advertidos de que pueden ser llevados a j uicio
por perj urio. Un testimonio podía ser denunciado como perju rio, siem-
pre que fuera hecho an tes de que concluyese el juicio. Se fijaría un
nuevo j uicio, si se encontrase que se había decidi do sob re un falso
testimonio que hubiera influido en el veredicto.
Platón pensaba que la vida está llena de cosas buenas y que un
procedi miento judi cia l cor recto era una de las ventajas de la Huma-
nidad. Result aba odioso. sin embargo. debido al ar te de la abogacía
profes ional, que empieza por afirmar que existe un ar tificio para tra-
rar las tareas legales de alguien y que el art ificio debe asegurar la vic-
toria tanto si la cond ucta en litigio hubiera sido correct a como si no .
El abogado que defiende a cualqu iera por dinero debe ser silenciado
y dester rado . Si alguno intentase perverti r la influencia de la j ust icia
en la ment e de un j uez, o de malas formas hiciera que se multiplica-
sen los procesos legales o de maneras incorrectas ayudase a otro en
tales procesos, debería ser debidament e somet ido a ju ici o y castiga-
do. Si el culpable hubiera act uado por el deseo de fama . debería ser
excluido de lomar parte en cualquier juici o o de mantener un proceso
promovido por él, a menos que se le encontrase por dos veces convic-
l O, en cuyo caso sería condenado a muerte; si hubiera actuado así por
dinero , deberí a ser condenado a muerte, en caso de tratarse de un ciu-
dadano. o expulsado, en caso de ser extranjero .
Platón cop ió de la prá ct ica del Derecho ático la idea de un tribu-
nal de exa minadores para observar la conducta y llevar a cabo una
auditoría de los procedimient os de los oficiales administ rativos y de
los j ueces (945 B-48 B). Un paralelo moderno, en cierta medida , es
la práctica americana de la misión del Controlador General y la teo-
ría que hay tr as los comités de investigación del Congreso, pero la
sugerencia platónica era de una escala mucho más elaborada. Algu-
nos oficiales, en el Estado platónico. eran elegidos por sorteo. algu-
nos po r elección, unos por un año y otros por un perlado más largo.
Hab ía riesgos en ese mét odo de selección, y el Estado debía tener exa-
minadores competentes en cualquier event ualidad de que cualquiera
de ellos act uase de forma torcida, por enco nt ra rse agobi ado ante el
peso de su tarea y su propia incapacidad para soporta r adecuadamente
esto. Platón provee para la elección de examinadores por medio de
un método circunscrito cuidadosamente. Los examinadores juzgaban,
mediante pruebas de comportamiento, las act uaciones oficiales y la
Contrato y Propiedad
vida de los servidores públicos. Una apelació n de sus act uaciones po-
dría ser llevada ante la co rte de j ueces selectos que oyen las apelado-
nes super iores; per o si fracasase la apelación, la pena (cuando no era
la de muert e) sería doblada . Los examinado res mismos no se encono
t raban, sin embargo . fuera de sospecha , y Platón provee un examina-
do r de exa minado res. Eso era un tri bunal especial. ante el cual cual.
q uier ciudadano pod ía plant ear una disconformidad de procedimien-
tos. La convicción conllevaba la pérdida de todo rango de por vida
y la pérdida del fune ral estatal t ras la muerte. Si el desco ntento con
el procedi miento fracasaba en o btener un qu imo de los vot os del tr i-
bunal, el acusador se encontrarfa sujeto a multa. Podría destacarse
bastante que lo judicial se encontraba suj eto a escrut inio por los exa.
minadores y que era suscepti ble también de act ua ciones por daños de
parte de los demandant es del ab uso de poder j udicial - una idea Que
aparecerá más tarde en la ley romana y en ot ros sist emas.
Pl atón proporcionaba cobertu ra pa ra los fraca sos en llevar a ca-
bo los términos de un acuerdo (920 D), a menos que el acuerdo fuese
contrario a la Ley o hecho bajo coacción o frustrado por círcunstan-
cias imprevistas para el cont rol de ambas pa rtes - el fundamento más
reciente seria, tal vez, una anticipació n de la moderna doctrina de la
«frustraci ó n de riesgo», Que comenzó siendo co mo resultado de las
circunstancias creadas po r la Primera Guerr a Mund ial. Una acción
por incumplimient o de acuerdo sería entregada a las cortes triba les,
a menos Que previamente fuera est ablecida por los árbitros. Un acuer-
do hecho con ajenos tenía que ser cont emplado como especi almente
sagrado (729 E). Si un artesano era declarado culpable en culminar
un t rabajo al que se había co mpromet ido, tenía que presen tar el do-
ble del va lor. Una vez recibido el trabajo cont ratado, si no se pagase
en el tiempo conven ido, se recuperará el precio doblado co n intereses
po r cada mes en que el pago fuere diferi do (921).
Platón nunca fue capaz de desarrollar una ley de propiedad adap-
tada a una Sociedad en marcha. Sabía que la correcta di str ibu ción
de la propiedad resultaba vit al par a el perfecto desarrollo del Estado
(736 E), pero sus soluciones a los problemas se limit aban a las condi -
ciones ar tificiales de comunidades ideales. En la fuerza de su madu-
rez, proponía abolir la propiedad privada para los gua rdianes de su
ciud ad ideal , a fin de asegurar un desinterés en la clase gobernante
(La República 416 D, 420 A, 422 D, 464 e, 543 Be). Para la segunda
mejor ciudad de su edad avanza da encont r ó Que la norma de propie-
dad en común estaba más allá de la capacidad del pueblo que la habi -
taba y se decidió, po r ta nto, al parcelamiento de tierra y casas (740
285
PLATON COMO JURISTA
1\) . Era per fectamente consciente de las pasiones q ue se podrían de-
ouar en cualquier intento de redistribución de la propiedad; si el le-
¡¡:i slador se empeñaba en tu rbar tal estado de cosas , cualq uiera podría
enfrentarse a él bajo el eslogan de «r manos fuerab y con imprecacio-
nes, con el result ado de que él se queda ría sin poder (684 E, 736 O) .
Hajo otra consideración, la propiedad del pueblo como sagrada, se-
i( 11Il creía él, era la base del comportamiento mu tuo y, po r ta nto,
ponía co mo regla genera l lo siguiente: ta n lej os posible
nadi e tocara mis bienes, ni los moverá en lo más mrmmo, SI no tuvie-
ra mi co nsenti miento; y yo tengo que actuar de la misma manera en
relación co n los bienes de los demás hombres, po r prudencia. Dej ó
de lado la doc trina de que el ciudadano reci be sus t ierr as del Estado
(140 A, 923 A) , una norma que aún late en la Ley americana. Reco-
nocla Que el Estado podía imponer restricciones a la transferencia de
propiedad (923 A ) y proveía de una oficina de registros y del registro
de tí tulos, de forma Que los derechos legales perten ecientes a todas
las materias de propiedad pudieran ser deci didos fácilmente y con per-
fecta claridad; su sistema incl uía asimismo la valoración de la propie-
dad (745 A, 754 E, 850 A, 855 B, 914 e, 955 D).
El esfuerzo al turuün de Platón por una clarificaci ón de la propie-
dad estuvo probablemente causado por la ausencia de una tradició n
de aná lisis teó rico, una de las ventajas de la profesiona lización. Fue
incapaz de percibir lugar alguno par a la aplicación de su. principio fa-
vorito de bifurcación algo que aparentement e fue asequible a un abo-
gado romano y a la ley co mún, aunque esa percepción no estuviese
fundada en una base necesari amen te científica. Puesto que no pudo
bíseccíonar, dividió la propiedad, «como a un a nima l q ue se sacrifl -
ca, po r las j unturas» (El Pol i tico 287-289). Po r est.e método obt uvo
una clasificación en siete apartados: enseres, ma teri ales de los que se
hacen cosas, recipient es, vehículos, artíc ulos de defensa , artíc ulos de
j uego y artículos para la nutrición. Plat ón obser vaba qu e (da
caci ón es un ta nto forzada» pero da buena cuenta de toda propiedad,
excepto de animales domésticos, esclavos incluidos (776 C). Hacia ob-
jeciones al sist ema oligárquico porque inevitabl emente tendía a
vcrtir la propiedad en una prueba del puesto (698 B, 774 A; La Repü-
biíca 551 B).
No int entaba una medi tación sistemática de la Ley de Propiedad,
sino que realiza un estudio, medi ante ella, de las reglas tradicionales
y prácticas, en concreto, en el Estado at eniense. Arri esga numerosas
sugerencias. Sobre la problemática cuest ión de lími tes, provee sim-
plemente que ningún hombre podrá remover ma rca s de límites de tie-
rra (842 E-44 D) 15; si alguien lo hiciere, cualquiera podría denunciar-
lo y, si fuer e convicto, la corte podrá esti mar las compensacil: mes eco-
nómicas. Pequeñas acciones molestas sobre la parte de un vecmo, pen-
saba Platón, sobre t odo cuando se repit en con frecuenci a engendran
PLATON 284
286 PLATON PLATON COMO JURISTA
287
cantidad de hostilidad. Las invasiones de una propiedad , en opr
mon de Pl atón , con stitu yen tal fuente de irritación que provee (lile
un hombre, sobre todas las cosas, tiene que poner especial cuidado
en no lastimar en lo más mínimo la tierra de su vecino. Cualquier
que se meta en la tierra de su vecino, traspasando los límites, deber é
pagar por el daño Y. por vía penal, pagará asimismo el doble del co
to del daño. De igual manera , un hombr e debe ser multado por el ro
bo de un enjambre de abejas Que capte con ruidos de cacharros dCl
metal, y por perj uicios ca usados por el fuego o por plantar érbole
pegados a las lindes del vecino. Asimismo dejó de lado reglas elabo
radas, copió de las viejas leyes sobre regadíos , mejora de cultivos
daños por riadas. Si la pertenencia de una propiedad perdida se hu.
llara en cont roversia, habría que solucionar el litigio con la ayuda del
Registro del Estado, en caso de que est uviera registrada; si no lo estu-
Viera, el magistrado tendría que decidir el caso en tres días (9 14 CD),
Plat ón proponía abolir el pod er de estar sobre el suelo Que con
paciencia habia pagado el afán del agricultor por retener
su posesi ón (923 A y ss. ). Veamos el pr eámbulo de la ciudad legal:
( Pobre criat ura de un dí a, en t u present e estado no sabes lo que tie-
nes o I? que eres: t ú y lo t uyo no pertenecéis a ti mismo más que a
tu familia pas ada y fu tura, y ambos. tú y ellos, pertenecéis al Estado.
Por eso no soportaré que seas engatusado por la ad ulación o reduci-
do por enfermedad a hacer un mal testamento: el inte rés del Estado
debe conta r a mes que cualquiera de los indi viduales. Vete de la vida
en paz y caridad; deja el resto a nosotros, los que otorgamos la Ley».
Después hace una pro visión elaborada para la distribución de la pro-
piedad de los fallecidos.
Venta de bienes
l as propuestas de Plató n para regular ventas de bienes carecen
de la riqueza concreta del caso de leyes de vent as. La conducta huma.
na , cuando tiene que vérselas con la compleja situación conocida co-
mo la transferencia de la propiedad de bienes, se encuentra tan ape -
por lo inesperado y lo necesario que los recursos legisla-
tIVOS para cont rola rlo, a menos que estén funda mentados en íntima
familiaridad con la práctica actual , son capaces de olvida r la ma rca .
Platón se salva a sí mismo por legislar para una pequeña ciuda d-estado
o const rucci ón scmíu tó píca y por confirmar todas las t ransacciones
a un área de dimensiones estrechas.
Prohibe completamente algunas transaccion es y sistemas de ad-
quiri r propiedades. Nad ie que encuentre un tesoro escondido lo alte-
rar á, y se establecen penalidades para la violación de esta regla (913- 14
B). De la misma manera, si algui en encuent ra una propiedad que ha
_1110 dejada at rás por otro, bien volunta riamente o no , !a dej ará sin
tocar. so pena de castigo; ta les bienes se encuentran bajo la protec-
dl'1I1de la diosa de los caminos (9 14 B-D) . Las reglas de P latón sobre
te-uros escondidos y propiedad per dida (9 14 E, 916 A-e) son con-
templadas po r él como aplicaciones de la significativa máxima de So-
Ión: «Lo que tú no hubieres colocado no lo levantes» (913 e). Un con-
rrtbuycnte de una soc iedad de beneficio mutuo no. puede
uuu acción en torno a cualqu ier diferenci a que surgiese con su conm-
bución (9 15 E) 16. Se desaprueban las ventas a créd ito, y un hombre
110 debe poner su mano en la parte de otro sin aporta r el
bien en bienes o en dinero, como su parle de la tr ansacción. Por eso
UI! vendedor que rea lizara una venta a crédito, tend ría que confiar
para cl en la buena fe del comprador. Le sido sugerido
esto porque se trat aba del mejor camino para prevemr !a de
Derecho en un Estado (742 C. 849 E, 915 E; Lo Republtca 556 A) .
I.os esclavos fugitivos pueden ser capt urados por su propietario o por
amigos o par ient es del mis.mo. Si un.esclavo es vet;ldid? y encontrado
enfermo dent ro de un penado de seis meses, o epi lépt ico en un mar-
gen de doce meses, podrá ser devuelto , a ':Iue comprador
fuera un médico o un preparador o que hubi era SIdo informado d.e
la enfermedad en el momento de la vent a, El comprador de un asesi-
11 0 tiene el derecho de devolver el esclavo cuando descubra el hecho .
Si el vendedor del esclavo enfermo fuese un experto de qu ien se pu-
diera presumi r que tenía conocimiento, deberí a pagar, en concepto
de daños, dos veces el precio de venta; si se tratase de un hombre co-
rriente, sólo el precio recibido actualizado (914 E, 916
Sin embargo. Platón creía que la práctica de vender bienes desa-
rrolla el ment ir y estafar, y que los comerciantes, negociantes y
lera s nunca se encuentran satisfechos con una gana ncia ra zonable SI-
no que siempre están una si bien reconocí.a l.a
necesidad de tales negocios: con todo, esta practica se encuentra limi-
tada a los no-ciudadanos (917 B, 918 D, 920 A). Los mayordomos
de los mercados t ienen plena ju risdicción en todos los asu nt os que se
refieran a los mercados, incluyendo el obser var de cerca compo rta-
mientos violent os (849 A) . Debe existir un precio fijo para cada artí-
culo, y este precio no debe ser aumentado ni disminuido el
día en que es anunciado (916-- 17). Los gua rdianes de la Ley est án ms-
trui dos para ponerse en consulta con expertos en cada rama del co-
mercio y fijar un modelo de ga nancias y gastos que deber á ser esta-
blecido por escr ito (920 C) . Los comerciantes no deben ponerse.a re-
soplar y echar j ura mentos sobre algo que se.ofrece en venta, bajo se-
veros castigos (917 C). Cualquiera que cambie por o otra
mercancía viviente o no viviente , deberá entregar tal art icule sm aduí-
terar. Si alguien hace un seguro, éste debe estar redactado en t érmí-
nos expresos, poniendo a la vista la transacción complet a en un docu-
288 PLATON PLATON COMO JUR ISTA 289
mento escrito ant e al menos tres t estigos, si la suma estuviera por de-
bajo de l.000 dracmas, y ante no menos de cinco, si más de 1.000.
Un intermediario puede ser tomado en una vent a como garantía por
un vendedor que no tuviera titulación suf iciente para vender los bie-
nes o que no pudiera entregar garantí a, y se puede emprender una
acción contra el intermediario igual que cont ra el vendedor (954 A),
Los puntos de vista de Platón sobre estos asuntos repr esentan un in-
tento de encont rar un compro miso entr e lo que encontra ba que eran
los m a l e ~ ~ c l comercio ateniense y la necesidad, en cualquier Estado,
de perrmur la venta de bienes. Su solución fue la supervisión riguro-
sa, las limi taci ones cuidadosas y el incremento de los castigos.
Notas sobre un código penal
Por la época en que Plat ón había llegado a formular los princi-
pios penales de Las Leyes, había empleado mucha reflexión sobre las
circunstancias bajo las cual es estaba justificado el castigo. Su punto
de vista general era que un castigo sólo puede justificarse por la supo-
sición de que la virtud puede y deber ser enseñada. Nadie reprueba
a otro por una aflicción que le ha llegado por naturaleza o accidente;
sólo sentimos piedad por el feo, el pequeño o el débil. Pero nos pone-
mos llenos de ira y de repr obación en el caso de esos que no poseen
las cualidades que la gente supone que se adquieren por apli cación,
práctica y enseñanza. Esa es la idea del castigo. Ningún hombre ra-
cional, mantiene él, se dedica a castigar para vengarse de una ofensa
pasada, puesto que no puede conseguir que lo que se hizo no llegue
a pas ar . Mira más bien al futuro y trata de que cualquier persona y
todo el que viera a alguien castigado se abstuvieran de hacer daño de
nuevo. Su obj et ivo al castigar debe ser, sin embargo, doble: ref orma
y disuasión; y, por una implicación necesar ia, debemos extender la
conclusión de que la virtud puede ser generada por educación (Protá-
goras 323-24 C) 17. Platón insiste asimismo, desde el punto de vista
sociológico, en que el delincuente no se encuentra solo en su culpabi-
lidad; la comunidad entera, por la tolerancia de un mal gobierno y
de prácticas educativas defectuosas, es también culpable (Timeo 87 B)
- una noción que a veces se pone en pr áctica en la realización de la
justicia criminal en China 18. Al delimi tar sus principios penales, Pla-
t ón tuvo que enfrentar se también a la dificultad de la propuesta que
ha mantenido como un listón o más veces: el que todo delinqui r es
involuntario y el resultado de la ignorancia, puesto que una cond ucta
correcta es feliz y nadie, por tanto, preferiría escoger voluntariamen-
te una mal a conducta que le conduj ese a la infelicidad 19.
Platón encontraba que era una cosa vergonzosa tener que hace r
leyes criminales, puest o que esto suponía que los ciudadanos de su
Estado podrí an desarrollarse a la sombra de las peores formas de de-
pravación pract icadas en otros Est ados 20 . La Edad de Oro había pa-
sado y él se encontraba legislando para hombres mortales; además po-
drí a habe r en su ciudad extranjeros y esclavos, que no habrían pod i-
do tener los beneficios de una verdadera educaci ón.
El argumento principal de Plat ón parece dar vuelt as sobre lo qu e
IInjur ista actual vería como una di ferenc iación entre agravio y deli-
ro; pero es complejo porque la idea era nueva 21. Tuvo que llevar a
cabo la diferenciación a causa de la sentencia de que tod o hombre
malo era involuntariamente un hombre malo. Se encontró a sí mismo
difiriendo de la opinión popular sobre ese punto y sob re cl siguiente:
es justo, y además bello, castigar a un ladrón de un te mplo conde-
nándolo a muerte; pero un castigo es vergonzoso. Platón afirma, sin
embargo, quc, si es justo que el casti go sea impuesto, no puede ser,
por esto mismo, impropio el sufrirlo. En todas las épocas y en cual-
quícr sistema legal, se ha hecho la necesaria diferenciación entre co-
meter un delito de forma voluntaria e involuntaria. Platón no podí a
aceptar esa di ferenciación porque atentaba contr a su postura filosó-
fica que el delinquir pudiera no ser volunt ario. Lo que tenía que ha-
cer, sin embar go, es dejar claro lo que los ju ristas tienen realmente
en la cabeza cuando distinguen entr e actos voluntarios e involunta-
rios. Sus punt os de vista y los de los jur istas podrían luego reconci-
liarse. La solución platónica de la di ficult ad era establ ecer una disti n-
ción ent re actos que fueran remedia bles en daños y actos que requi-
riesen casti go, ent re injuriar y delinquir. Si un daño ha sido infringi-
do, el tribunallo debe convertir en un bien t odo lo ampliamente que
sea posible; debe conservar lo que quedó, restaurar lo que se estropeó
y rehacer lo que fue herido o eliminado. Y, cuando el daño hubiere
sido reparado, la corte debe esforzarse siempre, medi ante leyes, en
convertir a las partes, la que hub iera infringido eso y la que lo hubi e-
ra sufrido, de un estado de discordia en una situación de unidad. Allí
donde se ha delinquido el culpable debe pagar no sólo por el daño,
ta mbién debe ser castigado de forma que no se repita el hecho en el
futuro; en ot ras palabras, el t ribunal le debe enseñar virtud, que para
Platón es la base del castigo.
Al utilizar los términos de «voluntariamente» e «involuntariamen-
te», Plat ón adviert e que él pretende decir algo distint o al uso popular
de los mismos. El nunca qui so llamar un daño no intencionado a ha-
cer mal, como hace la gente. Cuando alguien ha causado involunta-
riamente una pérdida a otro, sería un error describir su acción como
un «mal involuntario»; el ha perjudicado real mente a otro. Una vez
que se capt a esa distinción, era , por supuesto, important e considerar
el estado de la mente del actan te. El grado de su intención de culpa
debe ser tomado en consideración. para dejar más clara la cuest ión:
Pla tón se vuel ve a la psicología y clasifica, como sigue, las ofensas:
-
290
PLATON
PlATON J URISTA 291
l. Aqu ellas debidas a la pasión y al temor; 2. Aqu ellas
por el placer y el dolor; 3,' Aquellas P?Tuna ,erró-
nea en que era par a mejor - que podna provenir de rgno-
rand a o del falso conocimiento de lo poderoso o de lo insignificante,
En todo eso se percibe perfectamente, a despecho de oscuridades. que
Plat ón se había esforzado en extender sus ideas de confección de có-
digo desde el campo de lo civil al de lo criminal, y a deter'!' inar un
código penal basa do en principios racionales. .. .
Señala la debilidad de la refo rma y de las leonas disuasorias - que
j ust ifican el castigo de hombres inocentes- por mantener que, antes
de que un hombre pueda ser castigado, tiene qU,e haberse portad,o o
dejar de haberse portado en algún acto que por SI reclamase la aphca-
ción de medi das penales (862 DE; El Potiuco 297-300). Un hombre
no seria castigado solamente para ref renar a aq uellos que es
que sean futuros delincuentes o simplemente porque se podría
for ma r un hombre mal o en uno bue no. Ant es de Imponer un castigo,
tiene que haber habido una ofen sa, Ese punto de vista conduce él mis-
mo a dificu ltades en Derecho Penal que t odavía está n por resolver.
La medida del castigo es básicament e la ofensa y no la personalidad
del delincuente. Si la medida del castigo fuera calculada según la per-
sonali dad del delincuente, entonces se daría una vuelta a la
de que el malo, aunque inocente, debería ser castigado por su prop io
bien; pero esa es una propuesta que pocos tienen la de
A la cabeza de la lista de delitos figuran el sacrilegio y la traición.
El cast igo era la muerte o una pena menor a juicio del tribunal , p.cro
el cas tigo no pasaría a los hij os, a menos que el padre, ab uelo y bisa-
buelo hubiesen sido condenados a la pena capital, en cuyo caso los
hijos serían deportados. El culpable de robo tendría que pagar dos
veces el precio del artículo robado; si no pud iera cumplir con esta nor-
ma debería per ma necer en prisión hasta que lo hiciera o fuera perdo-
nado por su acusador. En relación con el homicidio, Plat ón di stin-
guía entre volu ntario, involuntario y homicidio j ust ificable -la
roa clase se refería a mat ar salteado res, ladrones y rat eros-e, también
establecía penalizaciones por heridas y golpes. Dedicaba un extenso
t ratamiento al delito de ultraje, qu e era cometido general ment e por
jóvenes, y lo encas illa en cinco grupos: ultrajes contra cos as o.l';1gares
sagrados , urna s y tumbas privadas , magi strados y der echos de
ciudadanos particulares (884-85 A). Fue aq uí en donde, por 'pflmera
vez en el mundo occidenta l, se propuso la idea de la InqUISICión, una
institución que descubr iría, examinaría y castigaría herejes (885 B, 907
D-910 Ej.
El abogado
El caso contra el abogado no ha sido esta blecido nunca de forma
más amarga que por Platón 11. Abundaban los abogados, ob serva ba,
cuando aumentaba la riqueza. Era un deshonor de todas maneras el
ir ante la cort e. ¿Qué prueba más segura podía haber de un a mala
y defectuosa situación de la educaci ón que la necesidad de jueces de
primera instancia no sólo para los no educados síno también para aque-
llos que se vanagloriaban de haber tenido una formación liberal ? ¿No
es desagradable para un hombre el tener que acudir a otros para su
j ust icia por una carencia de ta les cualida des en sí mismo y po nerse
por eso en manos de hombres que se convert irán en sus amos y j ueces?
Un filósofo hace en paz su charla de di suasi ón y pasa a voluntad
de un tema a otro, sin cuidarse de si sus palabras son muchas o po-
cas sólo si se atiene a la verdad. Pero el abogado sí tiene prisa; aquí
se escapando el agua de la clcpsídra", para diri girle y no dejarle
desarrollar sus puntos a voluntad; ahí se encuentra su adversario atente
a él , forzando sus derechos; aqui está la alegación para ser leída, de
la que no puede desviarse. El es un sirviente que conti nuamente está
di scutiendo ant e su amo que se encuentra sent ado y tiene en sus ma-
nos la causa. En consecuencia, ha llegado a ser tenso y agudo; ha
aprendido cómo engatusar a su amo con palabras y cómo sat isfacerlo
por escrito; y su man era de ser se ha convertido en fina y complej a.
Sus pensamientos nunca son desint eresados, po rque del éxito en la
aventura depende a veces su propi a vida. Desde su ju ventud en ade-
lante ha sido un esclavo, yeso le ha privado de desarro llo, despreocu-
pado de su vigor e independencia. Peligros y temores, que eran de-
masiado par a su verdad y honestidad, se pr esentaron a él en sus t ier-
nos años, cuando la finura de la juvent ud estaba en desigualdad fren-
te a ellos, y ha sido llevado por caminos torcidos; desde la primera
vez ha experiment ado la decepción y el desquite, y ha llegado a estar
encorvado y canijo. En consecuencia, ha pasado de la juventud a la
mad urez sin ninguna fuerza de mente en él; pero piensa que se ha he-
cho más listo y sabio. Su mente estrecha , aguda y tra pacera revela
su impotencia, cuando, alejado de súplicas y réplicas, es llevado I.a
contemplación de la nat uralez a de lo ju sto y de lo mato o de la Ielici-
dad y miserias humanas. Puede hacer un discurso de adulación inge-
nioso y limpio, pero no puede discursear inteligentement e sobre el sig-
nificado de la vida buena.
• El tiempo que se concedía al acusador y al acusado se medía en les tribunales
atenienses con un reloj de agua, la cjepsidra , que consistía en dos cacharros de barro
a 10$que se invert ía con el fin de que el tiempo de los dos oponentes fuera el mismo .
(N. del T.)
---------------w----- - - - - - - - - - --,
292 PLATON
Conclusión
l a compa ración kantiana de Plat ón con la luz que llegó
sa ndo el aire con su fácil vuelo, imaginando que, aunque percibía su
resistencia. el vuelo podría ser más fácil aún en un espacio 23,
t iene poca releva ncia para las ideas legales de Plat ón . El se dio cuen-
ta, en el largo trasiego. de que la práctica, al menos en el le-
gal, desplaza a la teoría. Su estudio de las leyes y de los. procedi mien-
tos act uales fue amplio y profundo; su penetraci ón es eVidente,' en par-
ticular en la insistencia continuada po r los límites de una acción legal
efectiva. En la Histor ia de la Jurisprudencia. sin emba rgo, nadie ha
sido más plena mente consciente de la necesidad del reino de la Ley
pa ra cualquier ciudad que deseara llevar a cabo los ult ima s valores
de felicidad y de bienestar para sus ciudadanos. El establece una com-
prensión completa de la función de la Leycomo agente control
socia!. Sus propuestas concreta s deben ser entendidas los
términos de los problemas suscitados po r esa epoca, y en part icula r
frent e al ext enso panorama de Creta, en donde iba a ser establecida
la ciudad modelo. Sus determinaciones filosóficas sobre la Ley cons-
tituyen otro asunto . Se t rata de teorías sobre la Ley en su generalidad
y, si tienen validez en todo o en parte, la medida de verdad que ellas
contienen es independi ente de su situación local. Algunos de sus pen-
samientos no fueron nunca completamente expresados, algunos fue-
ron puros apartes. Aristóteles llevó algunas de sus ideas a un foco más
penet rante; pero otr as t uvieron que aguardar más de dos mil años pa-
ra que se urgiera de nuevo su validez, ocasionalmente, por hombres
que creían estar est ableciendo doctrinas nU,e,:as. A de lo que
pudiera ser la act itud ante los aspect os «mtsucos» o «espirituales- del
plato nismo, las cuest iones tocadas por Platón han estado las más
útiles jamás formuladas por la Jurisprudencia. Tal vez la mejor prue-
ba de su grado de sugestión es el hecho de que nosotros tenemos que
ir tr as el platonismo por las respuestas, Su captación de los proble-
mas legales era t an aguda que es suficiente para at reverse a la pará-
frasis de que la Ju rispr udenci a occidental consist ido en una se.rie
de notas a pie de página a Platón. La ext ensión de su efecto pr áctico
en las instituciones legales de las más de mil ciudades-estado funda-
das durant e la época Helenística se encuentra aún colocada entre los
misterios de la Ju risprudencia helénica. Pero es razonable suponer que
fue considerable, Hasta la conquista romana, hubo un período de gran-
des sueños ; pero, bajo las no rmas romanas, como ha sido ob ser vado,
no había lugar pa ra sueños.
CAP ITULO XVII
PLATON COMO PLANIFICADOR
DE CIUDADES
LA CIUDAD IDEAL DE ATLANTIS
(Para las láminas VlII y IX)
Texto para la lámina VII!: Llanura costera de Attantis
Ancho: 3.000 estadios" . Extensión tierra adentro: 2.000 estadios
tCrítias 118 A) . Alrededor se eleva el gran ca nal de riego (TáIPQOS)
de 1 plet hron de pro fundidad. 1 estad io de ancho y 10.000 estadios
de largo. o sea, 2 x 3.000 + 2 x 2,00Ct.. , Ese canal toca a la ciu-
dad por dos partes ({ piJE J' xo¡ r "oH) y va al mar (I1 8 D).
«Por ambas part es» puede haber sido imaginad o así: que las mu-
rallas de la ciudad rocen el canal principal. l uego deberia haberse preo-
cupado de una desviación al mar, y allí entonces un gra n ca nal de en-
lace conduci ría desde el mar hasta el interior de la ci udad; la puso
más o menos para que este canal de enlace pasase por lada la ciuda d
hasta encontrarse con el canal principal que está en la llanur a. Aun-
que «de a mbos lados) podrla ser entendido, sin emba rgo, de forma
que la ciudad fuese cortada por la mitad mediante el sistema de cana-
les, en lugar de ser sólo tocad a. En contra de este segundo intento
de solución ha objetado (oralmente) A. E. Brinckman n que conside-
raba esta penetración como un motivo no clásico , más bien bar roco.
En el mismo sentido resulta decisiva la consideración del hecho de que
medi ante semejante corte int erior queda ria trastocado el sistema de
los feudos de tierras , Ese sistema llegó a una dirección ininterrumpi-
da del nudo de canales en un puro rectángulo 1,
la llanura rectangul ar, dent ro del gran canal de la orilla, está at ra-
vesada por fosos (ó(wQuxn ). El int ervalo de uno a otro es de 10
estadios.. -, La anchura de un foso es aproxima dament e de lOO pies,
• Un «estadio» equivale aproximadamente a l7S' /iO metros y un «plet hron» a 29' 60
metros. De esta manera las medidas equivalentes resultan asl: S3S'SOO km. de ancho;
profundidad de tierra adent ro: 3S7'200 km. (N. del r .)
• • Equivale a 2 x S3S'8 + 2 x 3S7' 2 = 1.786 km. de longitud, más t7S' 6 me-
tros de anc ho y 29' 6 metros de profundidad. (N del r. )
• •• La dista ncia es de 10 x 178' 6 _ met ros. l a anchura del fose es de 100
- - - - - - - - - - - - - - ".- - - - - - - - - - - - - -
294 PLATON
PLATON COMO PLANtFICAIJOR DE CIUDADES 295
El número de los mismos debe ser de 29. En ese cálculo no ha consl -
derado Pl atón el espacio que debería tenerse en cuenta para el grosor
de los canales (20 x más o menos 100 pies).
No se ha puesto la cifra de la longitud de los fosos que atraviesan
la llan ura (ÓUX'll' XOI rM")' u:r1) ni si la recorren por completo . Sin em-
bargo es probable, porque se tr ata de lo más sencillo, que Platón hu-
biese pensado también en la misma dista ncia que los fosos t ransver-
sales cortados por ellos. Pues esencialment e se dan 19 fosos, en total
como 600 cuadr ados. Lo que hace entonces que la llanura contenga
60.000 pa rcelas de t ierra (J{ ).Jj e ot), de forma que cada cuadrado ten-
dría 100 de tales parcelas.
Texto para la lámina IX. 1: la ciudad de Atíantís
La montada más pequeña. que más tarde se convertiría en la isla
central, se encuent ra apartada del mar «aproximadamente 50 esta-
dios»> (113 C) . Algo más para ser más exactos. Pues la muralla cir-
cular de la ciuda d está separada 50 estadios de la más exterior, la ma-
yor de las tres dár senas circulares (117 E) . Hasta la isla central son
suficientes asimismo 61 estadios".
La mura lla de forma circular «comienza en el ma r» (117 E), se
«encierr a» (oIlPh >"uu' 11 mthóv) allí en donde el canal desemboca
en el mar. Por lo ta nto la muralla circular toca la costa y ava nza allí
por las dos panes cerca del canal que, po r medio de una abe rtura en
el muro, encuentra el camino al mar .
Texto para la lámina IX,2: interior de la ciudad
Desde el mar, un canal de 3 plethron de ancho, 100 pies de pro-
fundidad y 50 estadios de largo" · lleva hasta el círculo del puerto
más exterior. Ese es, igual qu e el círculo siguiente, de 3 estadios de
ancho.... el círculo de agua siguiente, como el de tierra, tiene 2 esta-
dios y el circulo de agua más interio r l estadio (115 E). El diámetro
de la isla central es de 5 estadios (116 A) .. • • •.
pies y un pie equivale a 2\1 '6 centímetros , así que tenemos en tot al Z9' 6 metros. (N.
del r.)
Equivale a 8'88 km. (N. del r, )
H Lo que resulta 10'11] km. (N. del r.)
.. Es decir : 88,6 metros x 29' 6 metros x 8' 88 kilómetros. (N. del r .)
. ... O sea, de S32' 8 metros . (N. del r .)
..... 2 estadios equivalen a 3S"2 metros y el diámetro de la isla es de 888 metros .
(N. del r.)
Puentes: Los anillos de agua está n cr uzados po r puentes (115 C),
En primer lugar no se dice cuántos trazados de puentes . Se pod ría
pensar en muchos, de forma que la tot alidad tuviera forma de estre-
lla. Pero en 116 A se dice «e l puente» en cont raste con «los anillos».
O sea , que toda la serie se contempla como un puen te. Naturalmente
no se cont radice cuando, en 115 E, se consideran como plural los tres
puentes de esa serie. Pero el uso en singular impide mult iplicar el nú-
mero de la serie.
Los clrculos de tierra están atravesados por un tr azado de puentes
( Na Ta r és -yirplÍQCl'I ) , de modo que una tr irreme pudiera ser llevada
a través de ellos.
En un detalle aparece el cuadro, tan pensado, de Platón como no
lo bastante pensado. El ult imo puente conduce gradualmente. según
nuestra reconstrucción, al gran canal, que lo pone en relación con el
mar. Se hubiera podido librar fáci lmente de ese inconveni ente si hu-
biera apartado la serie de puent es del eje de ca nales. Pero parece que
Plat ón no había pensado en esa solución, Según se ent iende, él veía
el cuadro ante él espiritualmente y no en el papel, resulta asombroso
por tanto que sólo podamos advert ir imprecisión en un solo puma.
Murallas: Rodean la isla central los anillos insulares y «el puente»
(116 A), o sea, según nuestr a interpretación , los tr es puentes de un
trazado. Hay puertas y torres en o sobre los puentes (bri TWv'Yi<PlleWp)
en los pasos de apertura ( Nam Ten 8a>..áTTlJ ou::r,iáom) por ambos la-
dos (I Naom ):Ooi). Eso pued e llama rse izquierda y derecha (lo que ant es
er a [viliv xai ÉI'80'), pero también entrada y salida de cada puente .
Para las torres ambas de nominaciones eran pos ibles, para las puertas
sólo la segunda 2.
En total, visto desde el muro ext erior, habia 4 anillos de murallas:
los de ambas islas circulares, el de la isla de la Acrópolis y los muros
de circunvalació n del santuario inter ior. La serie aparece
revest ida con cob re, cinc , bronce y oro.
Edificios y j ardines. En el «pcr íbolo- de oro más int erior estaba
el templo de Poseidón {1 estadio de largo, Jeplct bron» de a ncho (116
CD)]· . Pasemos por alto el equipamiento exterior y el interior. Po-
dríamos, con un poco de fan tasía, hacer una reconstrucción imagina-
tiva propia, Ante el templo, el gran alta r. En el círculo, entre las mu-
rallas revestidas de oro y de bronce, se alza cl palacio real l .
En el pun to central de la isla de forma circular, o sea , exactamen-
te de la ciudad completa, está erigida una estela de bronce con la ley
sagrada de la ciudad (119 CD).
En el medio de la isla brotan un mana ntial cal iente y otro fria (113
• 177' 6 met ros x liS' S metros. (N. del r .)
-
296
PLATON
PLATON COMO PLANI FICADOR DE CI UDADES 297
E). Ambos son considerados como fuentes, rodeados de á rboles y de
casas de baños (117 A). El agua, medi ante co nduccio nes, es llevada
al bosque de Poseíd én y sobre los puentes hasta la isla circular (no
están di bujadas las conducciones de agua).
En la isla circular : santuarios, jardines y gimnas ios. Las grandes
islas se encuent ran, a su vez, divididas en 3 anillos. El anillo central
es el gran hipódromo. En los dos exteriores se encuent ra n las casas
de los guardias.
Otros guardias de más confianza viven en la isla redonda interior.
los más fieles en la Acrópolis. en torno al palacio real.
No están dibujados Jos camarotes que, como una especie de cé-
maras de piedra. fueron const ruidos en la piedr a tal lada de ambos
lado s del canal circular (116 A, 117 D) 4.
Aquí se sostiene, pues, la tesis (arriba pág. 196) de que la imagen
platónica de la Atlánt ida es «el Oriente idealizado ». Uno debe com-
parar con esto las descripciones de Babilonia y Ecbata na hechas por
Herodoto y Ctesias o por Hecateo de Abdera en Historias egipcias >.
En el centro de la ciudad de Atla ntis el anillo mural de oro rodea el
palacio real y el santuario. En el templo se encuent ran estatuas de los
dioses en oro y en torno a ellas pinturas y numerosos exvot os; delante
hay un altar, cuyo tamaño y bello tra bajo están en correspondencia
con el resto. Babilonia está dividida en dos part es: una mitad de la
ciudad tiene en el centro el palacio real, encerrado por un fuerte mu-
ro circular, la ot ra mitad, el templo de Belo con una puert a de bron-
ce. En el templo la estat ua de oro del dios. Además un altar de oro
y muchos exvotos valiosos . Al monumento funerario del rey egipcio
Osymandyas pertenece un altar, constr uido en la más bella piedra,
con bajorrelievesde artística elaboración y de ext raordinario valor por
su ta maño. Ecbatana, segun Herodoto, tiene siete círculos de mura-
llas, cuyas almenas, una tras otra , son negras , blancas, rojas, azules,
rojo minio, de plata y oro; de esa manera aprovecha Platón los colo-
res negro, blanco y rojo par a las piedras de sus casas y se sobrepujan
en valor 4 metales y finalmente la plata y el oro para el revestimiento
de su muro circular. Con plat a y or o está revestido el templo de Po-
seidón, lo mismo que el templo de Yahv é de Salomón o también el
sant uario de Nebukadnezar ". Asimismo el canal que conduce desde
el mar a la ciudad tiene su paralelo en el canal por el que Semíramis,
según Diodoro (Ct esias), iba de un palacio a otro. Aquí como allí se
dan suficientes medid as para el lar go, ancho y la pr ofund idad . De es-
ta manera quedan todavía por mostrar muchas semejanzas ent re los
elementos a partir de los cuales se construyen las ciudades en un sitio
yen otro . Pero lo más import ante es el conj unto del plano de la cons-
t rucción. Lo que en la descripción de Babilonia en Her ódot o, o toda-
vía más en la de Diodoro, destaca frente a todas, al menos otr as, las
ciudades griegas es la regularidad geométrica de las plantas 7.
En la capital de la Atlánt ida se encarece aun esto y a lo lejos se
asienta la forma rectangular por medio de la perfección del circulo.
Si entonces se añade aquí ta mbién la tierr a llana, con sus canales en
la regularidad del plano de construcción, se tiene que pensar de est a
for ma en el sistema de canales de Babilonia y de Egipto (Herodoto
I 193). Se debe también considerar si la forma circular del plano de
ciudad no se remite a modelos orientales. Según las descripciones
árabes el Bagdad del islamismo temprano era una ciudad redonda.
La de Herzfeld-Sarre, Archiiologische Reise ím
Euphrat-und Tígrísgebiet, 11, 106 y ss., lo mismo en 180. Asimismo
(pág. 132) era de forma redonda el plano de la ciudad, reconstruida
sobre las ruinas persas, de Qala i Darad de época sas éní da, luego des-
de el siglo 1d .C. Hatra (Wissenschajl Veroff. d. Orientgeselisch., 1908
y 1914) hasta Sendschirli (II , lámi na 29), aproximadamente en torno
al 1.000 d.C. 3. En el vacío entre Sendschirli y Hatra pasaron los
campamentos redondos de los asirios (por ej emplo, Hunger-Lamer,
Altoriental. Ku/lur im Bi/de, figur a 139). Todavía muc ho antes que
Sendschirli est á Tepe Gawra , en el N.E. de Irak, una colina que tiene
dentro 20 estratos de colonización y que ya por el año 1.500 a.C. ha-
bía sido abandonada . En el estrat o onceavo se ha encont rado una ciu-
dadela de for ma circular en una situación sobresaliente que reunía en
ella la for taleza y el templo. Finalmente Herodoto describe las mura-
llas de Bcbatana «elev ándose en círculos concéntricos; el numero de
círculos es de siete; el palacio y la casa del tesoro se encuent ran en
el circulo más interior». La similitud con la constr ucció n fantást ica
de Platón es inequívoca 9.
No se puede decidir con seguridad si el sistema de Hi p6damo de
Mileto tiene que ver con la const rucción ori ental de ciudades 10. Pe-
ro zno resulta muy improbable que no hubiera podido llegar hasta-
Mileto -eincluso más allá- alguna de aquellas tendencias de Ori en-
te que se encontr aban, pa ra ser leídas, en Herodoto? Si Ar tst éfanes
pudo darse cuenta de que el matemático y astrónomo Metón coloca-
ba las calles de forma radial hacia el mercado, en el centro de la ciu-
dad, sobre un plano de forma circular y cuadrang ular, segun el cual
debía fundamentarse la ciudad de los pájaros en los aires, de esa ma-
nera el poeta podría contar con la comprensión de su público del prin-
cipio hipodámico de construcción, que cada at eniense conocía por ha-
ber sido llevado a cabo en El Pirco. «Moderna e hipodámica manera
de constr uir» la llama Ari stót cles (Pottüca VII, 11, 1330b 17 Yss.)
y la contempla como una expresión del sent ido democrát ico frente a
la dispos ición «oligárquica» de la ciudad de los viejos tiempos. La
comedia de Arist ófanes fue representada en la juventud de Platón
(414), y seguro que Plat ón, antes y no menos que Aristót eles, estuvo
preocupado por Hipódamo, en cuyo espíritu se reunía n la construc-
ción matemática de ciudades y la construcción utópica de Estados,
_ c'
298 PLATON
PLATON COMO PLANI FICAIX) R DE CIUDADES 299
lo mismo que, con buen fundamento. los pitagóricos del Sur de Ita-
lia. Podría ser considerado como uno de los suyos 11. De esto, sin du-
da , lo que Pl atón , como ut ópico planificador de ciudades . vio ante
él con una agudeza tan digna de not ar fue el sistema hipocrático; tan
leja no como la democracia del siglo v del cuadro fant ástico de una
monarquía cent ralista en la lejanía imaginati va del espacio y
tiempo 11.
La ciuda d de la At lántida es además una construcción de Platón
y asimismo no puede ser concebida si uno al menos no intenta entrar
en la historia de la Arqui tectura. Lo mismo que ella sin precursores
no se puede pensar, así es poco creíble que ella hubiera permanecido
sin continuación. Una parecida ha señalado Herter en la villa del cé-
sar Adri ano en Twot í 1). «El así llamado natatorio o teatro marítimo
de la villa de Adriano es una isla circular amura llada , rodeada por
un canal en for ma de anillo que, por una parte, se encuentra encerra-
do por un PÓrtico circular de la misma anchura, aproximadamente.
El recint o insular del cent ro de este paraje estaba por eso en particu-
lar diseñado de forma que tuviera puentes volantes para hacer discre-
cional el aislamiento de este retiro). La analogía es por completo vé-
Iida y un parecido fort uito es difícilment e pensable, aunque «la obra
de Ad riano perma nece como un j uego romántico que recon duce l a ~
medidas colosales de la fanta sía platónica a un pequeño ent orno».
La única posibilidad de interpretar de otra manera el descubrirnien-
to de Herter sería la de que no se hubiera realizado de forma inequ f-
va ca en Ad riano o en sus arquitectos la constr ucción de Platón, sino
que ent re éste y el cuadro en miniatura de la villa de Ad riano hubiera
estado interpuesta una obra de construcc ión cualquiera, y dcsconoct-
da , del Helenismo en calida d de int ermediaria. El palaci o del rey He-
rodes en Masada , al oeste del Mar Muer to, consiste en una const ruc-
ción que no es del todo desigual : dos murallas homocéntricas en foro
ma circular se encuentran rodeadas por bases rectangulares de cdlñ -
cios 14.
Al final de codo se encuent ra planteada la pregunta de si la At lan-
l is de Platón fue realizada en las construcciones renacenti stas de la
ciudad ideal. A. E. Brinckmann , Platz und Mon ument, 41, lo se ñala
como probable u. Se ve, en los planos que se desarrollan en ellibro
cita do y en la Stadtbaukunn del mismo autor (págs. 40 y ss.) , que
hay un lejano par entesco má s en el sentido de la const rucción que en
el aprovechamiento de un motivo particular. Tampoco en los escritos
teór icos de Filaretes (Quetlenschríften fur Kunstges chifte N. F. VII1)
no se encuent ra , en mi opinión. ni ng ún contacto inmediato. Es co-
mún para los arq uitectos del Renacimiento y Plat ón el que la puru
forma geométrica se hiciera útil a su voluntad de poder. La imagen
de la Ley sagrada en el punto medio de tod o se corresponde all í, de
alguna manera, con la const rucción de una cúpula o de una torre de
for tificación que domine el sistema radial de las calles. Son ta n seña-
lables las analogías como las diferencias. Pero se considera que las
construcciones arquitectónicas de Platón no so n un objetivo pro pio
sino una herrami ent a de una utopía del Estado; de esa manera no se
llegar ía a poder separar del todo el plano idea l de los arquitectos del
Renacimient o de las ut opías de Moro, Bacon y Campanella . En dife-
rente sentido también pert enecía n aqu éllas a una co nñ nuaci ón de
Plat ón.
SOCRATES EN ROMA J01
CAPITULO XVJII
SOCRATES EN ROMA
l'
Es una suerte para nosotros y seguramente no un puro azar que
en los resúmenes , realizados por orden del césar bizantino Constanti-
no Por flrog énnetos, en el tomo De virtudes y vicios se encuent ren te-
cog idas las famosas páginas de Polibio sobre la educaci 6n y el carac-
ter del joven romano que llegaría a ser má s tarde Bscipl ón Africano
Menor t . Si se hubieran perdido, tendríamos que conformarnos con
un reflejo todavía incluso más oscuro en Diodorc (XXXI,26) y ot ro
mucho más oscuro en Pausanias (VlIl,30,9). Tendríamos, en la bio-
grafía de Escipi6n de Plutarco, cop ias más ciara s ta l como se encon-
tr aría en los respecti vos capitula s de Livio y de Dion Casio si hubie-
sen llegado hasta nosot ros. Pu es aquellas páginas de Polibio han de-
jada tr as de sí una profunda impresi6n. Sin embargo for malme nte
constituía n un «excursus. ( ... XXXI,30), y así permitía n al
lector el convenci míenro de que, sin la acción imaginativa de Polibio
sobre la personalidad de Escipi én, el período de los Escipíones hubie-
ra tra nscurrido de otra maner a. Lo important e que era aq uel período
de la obra de Polibi o quedará claro a partir de dos hechos : el recopi-
lador lo había ya preparado para ello, en un pas aje anterior y ahora
perdido sobre lo que él al comienzo del episodio tenía la intención
de cubrir; y en su conclusión señalaba que se contaría en los libros
siguientes: tareas que fácilmente, con todo, se hubiera pod ido , sin ra-
zón, atribuir al azar, a pesar de que parti eran de unos principios ( k aiQ
>'ó )'O/l "'(l)'O/lÓm) . Polibio, en estas pa rtes posterior es, debía remiti r
ot ra vez a las páginas que aquí nos interesan. Se contiene, en efecto,
en un capít ulo (XXXV,4) que trata de la enérgica entr ada del j oven
Esci pión en la campaña de Hispania: Allí fue elogi ado a causa más
o menos de las mismas características - autodominio, elevados senti-
mient a s y valent ía- que nosotros hubi éramos encontrado igualmen-
te en nuestro «excurso». Probablemen te t ambién un pas aje sobre el
carácter de Escipión y de sus acciones en la obra histórica de Dion
Cas io (frag: 70,4) conservaba también algo de esos libros tardíos de
Po libi o, que quizás pudo haber hablado con las mismas palabras de
que Escipi6n plani ficaba reflexivamente, pero que trataba bajo la im-
presión del momento; que él trazaba planes inacabables para la gue-
rr a, que en el comport amient o personal mostraba valentía, probada
rect itud, moderación y ami stad, y que estaba preparado para cual-
quier eventualidad .
Como el propio Polibi o not a al comienzo de este apa rtado y co-
mo ya en anteriores libros, cuando trataba sobre ello, había explica-
do, el tema del «excurs r» es doble: en primer lugar (do lejos que se
había extendido en Roma la fama de Escipión y cómo había llegado
a ser brillante en una época de su vida inusualment e temprana»; en
segundo lugar, «cómo la ami stad de Escipión con Polibio había ere-
cido ta nto que se sabía de ella en toda Italia y Grecia e incluso más
allá de ella) . En los epígrafes correspondientes, si bien en serie t ras-
locada en continuidad, nos informa Polibi o en principi o de su me-
mora ble estancia con el joven Bscipió n, luego nos da un temprano
retr ato del carácter de Escip ión y de su desarrollo.
Las dos partes aparecen unidas entre sí por medio de un doble vin-
culo: el primer miembro de él es tomado como buen fundamento pa-
ra la conclusión de la primera parte y el segundo para comienzo de
la segunda. En las dos frases de uni 6n el tono se po ne en primer lugar
en el comienzo de la ami stad: «de ese mutuo acuerdo» y «de ese tiem-
IX»); en ambas part es lleva adelante Polibio la permanencia de la con-
vivenci a con el fin de resaltarla: «el joven era inseparable de Potíbío.
y (ellos est aban de hecho en relación consta nte entre sl»; fi nalment e.
mientras que el primer miembro retrataba el valor ext raordinariament e
alto de esa asociación para el joven Escipi6n, ca ract eri za el segundo
la vida entre ellos como ent re padre e hijo o entr e pa rientes cer canos.
Invariablement e sobre ello comienza el retr ato del carácter de Bscí-
pión . Sin duda el recopilador pretende establecer una estrec ha unión
ent re ese cuadro del carácter y el despl iegue de aquella amistad. Una
muestra de ello es que sobre los puntos de partida arri ba menciona-
dos, de «a parti r de ese acuerdo» y «desde ese tiempo», más tarde
se vuelve con la aclaración siguiente: du rante los primeros cinco años
se esparcía la fama de la «sophrosyne» de Escipión; pues los cinco
uños están claramente contados a partir del acuerdo.
¿Cual es ento nces el punto principal de la primera conversación
decisiva? El joven romano pr egun ta al griego si también él -como
lu mayor ía de los demás- le tenía por completa mente apático y sin
tuerzas para la acci6n, por un no-romano, en definiti va. Polibi o re-
conoce que ya esa preocupación de Escip i6n es muestra de un eleva-
do sent imient o, y se pone él mismo como algui en que pod ria ayudar
al joven «a hablar y a por t arse de una manera parecida a su abuelo»
- hubiera podido decir: a conserva r su «elevado sentimiento». Y Es-
cipión repite las mismas palabras que expres amente hubiera escogido
MI amigo: «parecido a la familia y al abuelo» .
Así son los pensamientos conductores de la conversación. El re-
truto que le sigue del carácter de Escipi ón tr at a en primer lugar de
\ 11 moderació n o autodominio o, como recurso de siempre, la int ra-
-
--- - - - - - - - - - -".
11
Frente a la tesis de Mommsen de que (Platón y Ari stótel es ha n
quedado sin influir esencialmente en la formación rornanae ", debe
a fianzar este capít ulo, con los nuevos motivos funda mentales de
E. K. Ra nd, una concl usión tan sorprendente como est a: «Pl at ón, de
ducib le aw.pQoalÍV11; en segundo lugar, de un alto sentimiento o mag-
nanimidad en cuestiones de dinero; en tercer lugar, de su valentía.
EW<PQooÜJl'1puesta por igual con buen orden (del alma), dis-
ciplina interior J, es abiertamente el fundamento de la ( virt ud) en ge-
neral. Desde ese fundamento cierra Polibi o esa parte de su análisis,
después de Que ha contrapuesto el autodomi nio de Escipi6n al desen-
freno general de su época con las palabras «bien oro
denado», y olÍF<PWJlOi «cohe rente». que son recogidas del léxico estoi-
co en do nde ambas sirven de definición para
La segunda part e de la descr ipción del carácter moral de Escipión
trata de su elevado sentimiento y de su integridad en asuntos de dine-
ro . Polibio lleva esa virtud en primer lugar a la disposición natural
de Escipión, luego de nuevo a la inf'luencia de Emilio Paul o y la pone
al fi nal en igual dad con «sopbrosyne» y «kalckagathla», de forma
que la segun da parte se cierra con la primera; pues es fi nalmente la
misma fundamentación la que se muestra en su odio al placer sensual
y en su magnanimidad muy poco romana.
En la tercera par te será. la valentia de Bscipión el motivo con duc-
tor. El ejercicio de esa vía del carácter será reconducido a la pas ión
del joven por la caza y tambi én aquí , como en el asunto de los eleva-
dos sentimientos, es su pad re la fuerza impulsora. Pero hacia el final
ent ra el mismo Polibio como aquel que compart e ese ent usiasmo y
que, por consiguiente, lo refuerza.
Ese sumario es una muestra visible de un vacío en el análisis del
historiador. Inmediatamente al principio, en donde t rata de la ( SO·
phrosyne», evita decir quién podría ser el responsable de qu e Esci-
pión se adhiri era tanto a esa pr imera y fundamental prefer encia , Pe-
ro ya había ha blado efectivamente de que el joven romano era inse-
parable de él mismo y que su amor mut uo era como ent re padre e
hijo. Probablemente nadie, que leyera la frase siguiente, dudaría de
que Polibio mismo era el que había dir igido el impulso de Escipión
hacia la «sophrosyne». Con ello quedaría claro, si es qu e no lo había
estado desde un principio, cómo las dos partes principales del (ex-
curso» - el desarrollo de la amistad ent re Polibio y Escipi6n y el an é-
lisis del carácter moral de este último- se encuen tran unidas ent re
si. La infl uencia educadora de Polibio es más responsable que cual-
quier otra cosa de la formación de las dotes natura les de Escipión.
303
SOCRATES EN ROMA
forma invisible pero plena, fue uno de los constructo.res de
Roma» 6. Eso tr ata de mostrar la semejanza, digna de ser tenida en
cuenta, entre aquella conversación en Polibio '! el inolvidable encuentro
de Sócrates con el jove n Alcibíades en el diálogo de Platón de este
nombre. Sería anticiparlo el que la armonia en alto grado es una ar-
monia de op uestos. En un caso como en otro encontramos al maestro
experimentado en una pl ática con un joven que va a ser su
-el menos corriente de todos sus alumnos- oEl maest ro es, en el pn-
mer caso el hombre de acción que el destino transformó en un obser-
vador y ;scritor de Historia ; en el segundo caso, Sóc rates. De
venes el uno en concret o llegar á a ser el mayor político de la repüblí-
ca romana; el otro, la más brillante figura política de Atenas y así-
mismo su destructor.
1) En ambos casos vivimos la solución de una tensión digna de
considerar. El t rato de Po libio con los dos hijos de Emilio Paulo, ya
ha durado algún tiempo, pero el joven Escipi ón se veía desatendido
y un día pregunta al huésped griego por qué siempre está con los hcr-
manos mayores y no le presta a él atención alguna. En el diálog,o
Plató n comienza Sócrate s la charla , se adelanta, con todo, a Alcibla-
des sólo un instante, como Plat ón hace decir a éste . Sócrate s.llama
la atención acerca del contraste con los demás admi radores del Joven,
que permanecen pendientes de él, y él mismo, que todavía no l.e había
hablado una sola palabra . Alcibíades responde que habría quendo pre-
guntar di recta mente a Sócra tes el porqué le su atención.
Es un instante decisivo: en Pl at ón seria un largo silencio lleno de ten-
sión roto por medio de la conversación pri mera; en Polibio la
ra conversación seria constit uiría una lar ga y amistosa pero, en OPI-
nión de Escipión, insati sfactoria relación . . ., . .
2) En ambos casos sigue una caractenzacion Joven
cutor . Escipi ón not aba que se le mira ba con desprecie, como indigno
de la fa milia de la que procedía, y pregunta si Polibio comparte
opinión. Pc libio responde que ya con esas palabras denot aba
pión sus altos pensamientos <Jú'Ya 'l'e Ovwv), yle a.yu.da a
de ese modo una primera entrada en el propio objetivo . Alcibiades
es caracte rizado así por Sócrates: no sólo pensa ba de forma
sino que se tení a por más qu e todo s los de grand es
tos; ent re ot ras cosas, descendía de una Familia muy Influ yent e: sena
ta mbién rico, «a pesa r de que tú de ello pareces estar men?s orgullo.
.se (muy poco da en esto la impresión de tener elevados Se,ntlnllentos»)
- palabras que, si bien en sentido diferente, . son parecidas a ,las de
Políblo a Escipión, has ta en el tono y en el ntmo: «pues es evidente
que tú piensas de for ma elevada en relación ,(eres,.
orgulloso sobre esos hombres)». (Platón: Óf llOl hn TOtJTúH
liNIOTO:: JAt-yet 'l'eOJ' fl V. Po libio: Ó1¡'Aos "'rae t i "ól a TOVTWI' ,. ¡.¡ É"'ret
'PeoJ'wv. )
PlATON 302
304 PLATON SOCRATES EN ROMA 30S
3) Después de que se ha caracterizado as í a Escipi6n, a ñade Po-
libio: «quiero dedicarme a ti y llegar a ser t u compañero (UVI' EQ-YÓS),
de forma que aprendas a hablar y a portarte como digno de tu abue-
Ion. Yaun otra vez: «en tu act ual situación no podrías encontrar me-
jor camara da de lucha y auxiliar que YOl) . Sócrates. que ha explicado
a Alcibiactes sus planes para la educación del espíritu, añade igual,
pero irón icament e: «tú no podrías alcanzar tu objetivo sin mí; nadie
le podría ayudar como yo a la acción por la que te a fanas) . La expre-
sión utilizada por Po libio, «co mpañero de lucha y au xiliar », no tiene
correspondencia en el diálogo Aldbíodes sino en El Banquete. en donde
es el mismo Alcibíades quien dice a Sócrates: «Yo me a fano para lle-
gar a ser eso tan aplicadamente como es posible, y ninguno podría
ser mejor auxiliar para ello que t ú». (Platón: TOÚTOU Ól olp.a í P.Ot
)w QtWu QOV a Va l (JO Ü, Polibio: óoxw p.'1o€va
tJlIva ')'wvttJn}v xcd &AAOV &v h nn¡óHÓUeOV, 7
4) Escipión choca la mano de Polibio y expresa apas ionadamen-
te su conformidad: «[Que yo pueda divisar el día en que tú sólo te
ocupes de mí y vivas conmígo!». Luego con la repetición de «a par tir
de este encuentro» (&11"0 y «desde este
tiempo» (a r o TOÚTWI' 1"W 1' x mewv) sería subrayada su inquebrantabi-
lidad una vez tras otra. En el Atcibtades de Platón hay que esperar
has ta el final del diálogo por la manifestaci ón decisiva, que es tan efu-
siva y espiritual como la de la Historia de Polibio -incluso todavía
más efusiva y espirit ual; en efecto, el suceso no tiene lugar en la Ro-
ma del siglo II sino en la Atenas del v. «A partir de hoy» (aTOmú1l/s
I)p.i"ad, dice Alcibiades, «yo me convertiré en tu inseparable acom-
pañante ( r a Wa-yw-yót» ) y Sócrates confirma su parlamento con la im-
presionante metá for a del amor de la cigüeña que produce amo r en
sus polluelos ".
5) La nueva amistad se dirige. tant o en Poli bio como en Platón,
al mismo objetivo, y en ambos casos es el joven el que expresa este
objetivo. Escipión: «Desde este moment o (avTÓOt.l') creeré que yo soy
digno de mi casa y de mis antepasados». Alcibíades: «Desde ahora
(lvnii8Ev) comenzaré a afanarme por la justicia ». La di ferencia de ex-
presión es la diferencia entre Roma y Atenas - el romano piensa en
el concept o de nobleza, los griegos en el de «ate t é», pero el sentido
e incluso la forma son esencialmente los mismos.
6) A pesar de todo lo que ha pasado previamente, sin embargo
Polibio tenía aún una duda: :«si él seria capaz de pens ar a la altura
de la familia Bscipi ón y la riqueza de sus miembros», No está muy
claro si el rango y la posición de Emilio significaron un impedimento
para Polibio o un riesgo para el joven Escipión; probabl emente se ha
pensado en ambas cosas, Sócrates, por el cont rario. exp resa sus te-
mores sin ambigüedades: «Yo temería», dice, «que la acción de la ciu-
dad nos sobrepasase a ti y a mi». Platón pone en boca de Sócrat es
una profecía que se podía cumplir. Las palabras de Polibio suenan
como un falso eco; ellas ap untan a un peligro posible que nunca se
ha reali zado .
En ese punto se notaría que también de la segunda parte del ex-
curso de Polibio se deriva al menos una rara semejanza con Platón .
Sería una casualidad que aquellas t res «virt udes», en las que se dest a-
có Escipi ón -c-autodcminio, magnanimidad y valentía-, también fue-
ran dest acadas en el diál ogo Alcibiades (122 C), en medio de una lar-
ga lista de «virtudes» que serían adscrit as a los espartanos . Los estoi-
cos esta blecieron una lista semejante 9 . Pero no ser ía ninguna casua-
lidad que Polibio compa rase la natu raleza del joven Bscipién con la
de un perro de noble raza (xan'" ómxH/.tf.VOIJ XaOá1l"Ep
/ por naturaleza estaba propiamente dispuesto co-
mo un cachorro de buena raza), mientras que en La República de Pla-
11'10 (JI, 375 A) la natu raleza de un perro guardián de buena raza se
compara con la de un joven noble de naci miento (Ott l oZv
n . .. ¡púa/v ')'f Pvai:ov O'XVACI:'Jl05 els vex vioxov
J'Ofi5; / AsÍ pues, ¿crees que en algo. .. se diferencia la naturaleza de
/I n cachorro de raza para vigilancia de la de un j ovenzuelo noble?).
Políblo tenia clara en la memoria esa comparación. Aprovechó tam-
bién ot ros pasajes de La República. con o sin la anotación expresa
de «como dice Platón» lO, y es sabido que se servía en concreto de las
teorías de La República y de Las Leyes y que las había criticado 11,
1II
¿Cómo hay qu e explicar las semejanzas que se indicaron aquí en-
tre Po libio y Pl at ón? A parti r de una t radición lit eraria en general
u de una copia literaria en concreto esto no se podría haber deri vado .
Pues lo que di ce Polibio a sus lectores no es un relato menos fiel en
eso porque el historiador fuera un participante en el suceso del que
hace la crónica.
Hay que plant ear dos pregunt as: ¿podría ser probable que Po li-
b¡o conoc iera el Alcibíades Mayor de Plat ón o, cuanto menos, es im-
probable que hubiera conocido el diálogo? Ysi esto fuera así. ¿cómo
habr ía que enten der el raro hecho de que una escena literaria se con-
virtiese en modelo para un suceso históricamente auténtico?
Para responder ante todo a la primera pregunta: Poli bio se habí a
familiarizado con la Filosofía de Platón , sobre todo con sus grandes
escritos po lfticos, ya muy pronto en un período temprano de su vida .
lisa familiarización se retrot rae a sus a ños en Ar cadia. mientras que
t i se acercó probablemente a la Bstoa por primera vez cuando se en-
cent r é con Panecio en el círculo de los Escípíones 12,
Pero Po libio no sólo cita y critica sustanciosamente a Plat ón , en-
Ira en compete ncia con él. Con una clara referencia a la conclusión
, /
306 PlATON
SOCRATES EN ROMA 307
I
, I
"
centra l de La República (473 C-O. 479 B-C), de la del dit i
gent e y el filósofo, llega Polibio a una fórmula muy semejante, a que
el polít ico act ivo debía escr ibir Histo ria o el historiador llegar a de
sempeñar un papel muy act ivo en el Estado: «S¡ eso
no sucediese la falta de sabiduría en un escn tor de Historia no alean
zará ning ún'fim). El está convencido de reunir en su persona al fil ó
so to , al po lítico y al histori ador; y su léxico muestra efe
7
t ivamentt
hasta qué punto se sent fa de igual calidad que Platón , mientr as que
su huésped Timeo era , según su juicio, «un literato no filósofo y por
completo sin formación» (a<pu..óaolPos ltCX¿ a vá i'W"Yol
oUY'YQQ<PEÚS) .
Parece que están reunidos como opuestos, y qu e, frente al arte de
la politica y de la estrategia de Po libio , se est ima como más pequ eño
su pensamiento filosófico IJ . Pero él mismo lo ve de ot ra ma nera y
se podría aventurar perfectament e la op inión general de.que.nunca
se ha dado un gran historiador sin una filosofía meta-histórica.
La Filosofía, para Polibic, se encuentra unid a has ta la ident idad
con la edu cación y formación (r atófía). Pues juzga al rey Prusías co
mo «débil y amanerado. (óu ).os xaí ÚUt).)'7Ís) 14 y atribuye ese defec
to a falta de «educación y filosofía» ("ll"atót ía s Ha ¡ Pru
sias no asienta opinión alguna -que evident emente son
el resultado de la sabia educación- y no tiene la menor idea de «10
que es bel lo» ( .II" a ).op Tí 'lI"OT rOTl p), una fórmula que como tal ya se
muestra en el fin filosófico y último de la formación platónica del hom
bre, al que ella t iende. En agudo sin embargo, con Prusias
reune Escipión las virtudes del autodo minio (ow<peOOtlVll) y de la va
lentía (a pÓet ia) . Debe estar agradecido, después de a su prop ia con
dición natural y al ejemplo de su padre, a la influencia que la «educa
ci ón y Filosofía » del historiado r ha ejercido en él. El lector actual to
davía sient e esa impresión a partir de los fragmentos de Po libio y ast
lo juzga Diodoro (XXXI,26 ), que estudió completa esa obra. D!od,o
ro relat a que Escipión desde la j uventud había des ar rollad o en SI m IS'
mo la formación griega. A los 18 años se empezó a preocupar de la
Filosoffa y tenia como maestro (h WTÓ: n¡ i) al historiador Po libio de
Megalópolís . También Apiano (Puntea, .1 32), cuando relata la
vcrsació n entre los dos hombres ante la VIsta de las humeant es rumas
de Ca rtago, toma a Polibio como el maestro (óu'icnnaxAós) de Es-
clpión 1$.
Polibio, el admirador de Roma, el que, por primera vez en el mun-
do, hace posible una correct a valoración de Roma, pesar
de ello, una cosa de la vida romana: la falta de (Cicerón,
De re publica, IV, 3*: disciplinam pucrllcm lngcnuis... tn qua una Pcly-
• "Una enseñanza pueril para los libres.. . en la que nuestr o huésped Pol ibio acusa
la negligencia de nuestras lnsrituciones». (N, del T.)
bius noster hespes nostrorum inst ituto rum negtegentíam accusat .)
¡,Qué se podría pensar con esto? El muy bien que .el jove,n ro-
mano era educado en la vida legal y polít ica del For o bajo la mirada
de un viejo político. Ya esa clase de formación práctica , que culmina-
ha en pleitos y apretones de man os po líticos, es cont rapuesta por él
a la forma de vida del joven Escipi6n. Lo que le falta ba a un romano,
y lo que Escipi6n era el pri mero en sent ir, era «Filosoña y
Su formación no constituía un suceso a islado, era la ob ra q ue Pclibio
llevaba a cabo j unto con Panecio en la la
1.41 romana. ( Tu Platón », dice Laelius a Escípión en el dialogo crcero-
niano De re publica. precisamente en el pasaj e en el que se
el prob lema de la educación romana «( Nuestro.
ot ro personaj e del diálogo, probablemente incluso
en la misma inte rdependencia. Pues Plat ón era en efecto - el mismo
había dic ho : no soy yo, sino Sócrates- el que todavía seguía siendo
la más elevada fuerza de formaci ón en Grecia . y el que, por medio
de la actitud de Polibio, se convirtió en la misma fuerza en Roma.
No se podria expresar con más claridad que Cicerón, de en la
misma obra (111, 3,5), cuando pone en la boca de uno de sus interlo-
ente res esta fórmula : «Bsci plún y sus amigos añadieron a la costum-
hre patria de nuestros antepasados la doctri na de Sócrates que venia
del extranjero) (ad domesticum maíorumque rnorem etiam hanc a $0-
erare adventiciam doct rina m adhi bueru nt) .
Eso que Polibio ha bía asimilado en sí mismo como una tradición
griega vivient e era el arte de la conversación filosófica. Su más
!I() ejemplo era par a él, como para todo el mundo, la obra de Plat ón;
MI incomparable maestro de vida había sido Sócrates, más
lo que él había sido. ¿No es asimismo probable qU,e Políbio
ra además de La República y de El Banquete, el dialogo Atcibtadesí
Se' tendría que demostrar, incluso, que el muy inst rui do historiador
11 0 había conoc ido ya ent re los diálogos de Plat ón aquel qu e llevaba
d nombre de más grave destino de la Historia Griega, el mismo nom-
hre ta n famoso entre los romanos que ellos en una epoca temprana
habían eri gido a Alcibiades una estat ua de bronce allí en donde un
oráculo les había aconsejado honrar al más valiente de los griegos [Plu-
tarco, Numo, 8). Polibio tenía que haber estado en el ante ese
monumento. ¡Cómo hubier a podi do pasar por alto el diálogo que la
tot alidad del Mundo Clási co (en cont raste con el juicio moderno) con-
laba entre las obras de Platón yque la Academia - al menos la tardía-
utilizaba como «puerta de entrada» en la Filosofía Platónica: Aki-
Mades o Sobre la naturaleza humana! \6.
. Cómo hay que explicar ent onces la rara similitud entre el suceso
histÓrico que narra Polibio y la escena que ha figurado el arte de Pla-
Ión ? Aquella conversación del año 167/ 6 a.C. per manece
le detenida, perfilada en la memori a del historiador. ¿Se debe decir
, '1 '---'---- - - - - - - - - - - - - - - - - - - .....- - - ------------------- --",
308 PLATON
que estamos tan contentos así por no usar un disco fonográfico de
ello sino su condensación en un gran documento del art e histórico?
El suceso hace madur ar probablemente ya en el momento en que te-
nía lugar y con más seguridad en la época en que fue escrita la escena
del diálogo platónico en la memoria de Polibio. El vio a Escipión y
a sí mismo como los más afortunados actores de Alcibíades y de Só-
crat es. Se dio cuenta de la dignidad de la enseñanza que él pretendía
para el hijo de Emilio. y en consecuencia para los jóvenes romanos,
y siente su impulso, directriz y confirmación a través de aquel gran
ejemplo. Y no se ha equivocado en ello, La acción «Sócrates», refor -
mada de nuevo en la obra de art e filosófica de Platón, no sólo enseña
un acontecimiento del más alto significado histórico, sino también «ene
of the rnost delightful passages in al! ancient history » " . Polibio era
contemporáneo del Sócrates que en ese hecho representaba actuando
y del Platón que lo escribe.
Por primera vez la fuerza socrático-platónica traspasa las front e-
ras de Grecia.
Los títulos de las diferentes obras citadas por Friedland er se recogerán en su lengua
originaria y entr e barras en itálicas pondremos una t raducción nuestra al cast ellano,
con el fin de facilitar la temáti ca de las mismas . Si dichas obras t uvieran una tr aduc-
ción al castellano, pondríamos entre paréntesis los da tos de la misma . Por otra parte,
recogeremos las citas que no figur asen ori ginari ament e en alemá n y t rat aremos de tra-
ducirlas en las mismas condiciones. (N. del T.)
NOTAS AL CAPITULO 1
I Carta VII, 324 B" 326 B ({ . .. it is his philosop hic will, as it were... » l es su deseo
f ilosóf ico, como si fu era.. . r, Erich Frank , Wissen, Wollen, Glauben ISaber, querer
y creer/, 1955, 89.
2 Articulo de Gocthe, Not íce sur la vie et les ouvrages de Goethe / l nformacíon so-
ore la vida y obras de Goelhel por Albert Stapfer, Trabajos de última mano, tomo
'¡6, 1833, 122. Para la cuestió n de la autenticida d de la car ta VII vid. capl t.Xl l I. Nietz-
sche, La gaya Ciencia, Alian za , § 91.
l E. Frank, Plato und die sogenannt en Pythagoreer I Platón y los as( llamados pi-
tagóricosl , 1923, 122. H. Cherniss, Aristotle, Metaphysicsl A ristóteles, Merajfsica/987
1\ 32- b 7, AJP 76, 1955, 184 Yss., ve en el / ar uícípacíán de Aristótel es
una sucesión biográfico-histórica frente a D. J . Adler, AlP 75, 1954,271 Yss., que
piensa encontr ar allí una priori dad "lógica» . En un sentido más amplio escribe Aristó -
teles sobre tod o su apartado histórico (por ejemplo, Metafísi ca, A, cap . 3-6), ya que
investiga según causas y principios y, mediant e sucesivos descubrimientos, pretende dejar
claras las faltas de sus predecesores. R. McKeon , "Plat o and Ari stot e a s hisrorians »
I" latón y Aristóteles como historiadoresl en Et hics L1, 1941, 66 y ss., especialmente
1)7: Neithe r Plato nor Aristotle wrote as historians.. . Both, as philosophe rs, tried to
relate the philosophers t hey quot et , not ro times and círcums tan ces, but to tr uth.l Ni
I' /atón ni Aristóteles escribieron como historiadores. ..A mbos, como fi lósof os, trata-
ron de relacionar a los f ilosofas que ellos apuntaban no con la época y circunstancias
sino con la verdad/ , Frente a eso, W. Jaeger, A rtsxat eles, 1923, I (t rad ucción de José
n aos en el F.C.E., México 1946, con el mismo tít ulo) : «Ar istót eles es el pr imer pensa-
dor que fundamenta inmediatament e con su Filosofí a la concepció n histórica de sí mis-
mo... ». De hecho Aristót eles es en efecto el fundador de la «doxcgr af fa» y con ello,
r ucierto sentido , de la Historia de la Filosof ía. ¿Pero es que los comienzosno son ya
perceptible s en Platón? Sof ista, 242 B Yss. Cfr . nuestro tomo 111
2
243. Se comprue-
ha que ninguna tesis parti cular ha solucionado la complejidad del estado de la cuestión.
4 J . Burckhard, Griechische Kulturgeschi chte lll, 393 (hay traducción de esta obra
en castellano: Historia de la Cultura Griega, Barcelona desde 1964, ed . Iberia, 5 to-
mos). Igualmente muy pareci da ya la crítica malévola de Platón en la Antigüedad , en
Ateneo XI. 507 d: xc" 'ro 01OEXijOW lITÚ' O! ( xC<¡ TO ris ov 1"i¡"E( ..-á80¡
IYel pretender fundar una ciudad y darle leyes, ¿quién no diria que
.'". un sentimiento de afán de notoriedad?l. Para esto J . Geffcken, «Antlplatonica»,
e l! Hermes 64, 1929, 87 Y ss.
s Cf r . E. Frank, Wissen, Wollen, Gtauben, 120 y ss. E. Howald , Die Briefe na-
tons I Las cartas de Platónl, 1923, 39 y ss. y Platos Leben I Vida de Platónl , 1923,
I cconoce las circu nstancias de la vida platónica, pero ve en el conj unt o una patr aña
dc vida o un error de vida.
6 Homero, lliada IX, 98 Yss.: Hesíodo, Teogon(a, 901 y ss.• Trabaj os, 256 y ss.;
Heráclito, Presocráticos Iasf cit aremos a part ir de ahora la obra de Diels Fragmente
,la Vorsokratiker; para la t raducción en castellano vid . Los Fuosoios Presocrát icos,
I· d. Credos. 3 tomos, con tabla de corresponderclas en cada uno de elles) 22[12]B44.144.
ron 'lrQ"( XQ¿ Ibasta para todo y sobral esta suficientemente
pensado un «sat is supcrquc» Ib asta y sobra/ , El «nomos» no se crea. Tal vez se pudio-
111 comparar con Esquilo, Frg. 10: TOl 'ri>. ..-á PTQ xwn t!1!"fQTEQOV IZeus es
lodo y más que esto l y de alguna manera también con San Agustín, Confesiones, 1,3:
1111 imples et rest ar quonlam non te ca plur u? /eo llenas y sobras porque /10son capaces
310
PLATON
NOTAS AL CAP ITULO 1 311
de cQptart e por completo?/ eh . W. Dielt hey, Hist oria, 1, 76 Yss.; R. Hi rzel ,
Dik e und Verwandtes / Temís, Dike y familial . (1907; f uste! de Coulanges, Lo Cu¿
Antique, 1912 (hay traducción al castella no . Lo Ciuda d Antiguo). W. Jaeger.... Die grie-
cheche Staatldee tm Zeua her des Platon» I La idea griego de EsIOOo en épum de 1'.10'
l ón l en Humani.sl isr:he VorlrlJge / Ar/icult)$ de Humanismo/ 1937. 93 'j ss.; M. P. Nils-
son, ' Grrek Pi ely, 1948, 53 Yss. {Traducción al castellan o, de M. S. Ruiptrez bajo el
urutcde de la Religiosidad Gritlo, Credos, Madrid, 1969); F. Soltasen, He-
siod and Aeschylus, 1949, 89 Yss.; A. E. Zi nnnem. The Grrek Commonwe.;ItJr J, 1922,
86: They (men) carne tcget her no! so much Ic r safety as for Jusríce. Th is 15 t he old" !
and per haps t he sl rongesf of lhe cítv's c1aims lOmen' s devotion. l E/los (los
/legaron o estar j untos no tanto por lo salvación como por justicia. Esto es la mas onn-
gua, lul W't la mésj lln'le de las r.xigenciasde laciudad para la sumisión de los Jwmbresl .
1 Anaximan crc, Preso12(2)A 9, 8 1. Parménides, 28{18IB 1, 14, 8 13 Yss. Her é-
cht c 22(121B SO, 94 .
• Diolertis, cap . J : Pres. 90183]. Crit ias, 88(81)B 25. An tifont e, S1ISO] B 44.
9 Cfr . F.Dümmlff, Kl.Scnr. I Pequf'ños l!SCritosl l , 190 1, 159 Yss. Y W. Ja eger,
. .. .
lO W. Dilt hey, H íüor íe 1, 178: Sócrat es ..demuestr a que una ciencia h'
de hallarse de verdad en ningun aspectos•. W. Windelband, ú hrbuch df'r Geschlchtt
der Philosophie ' I Manual de Historia de lo Filosafial 1910, 76. : . Problel/l dn- WiJ.
senschaft, Sakra/es.. I Prob/ema dt la Citncia, Sócrates l .
u Para la Historia de esta imagen se encuen tra algú n mat erial reunido en Th. Oon-
perlo ApoIogie df'r HrilkufI5t 2 / ApoI ogia del arte de la salw1f."iónl . Asi,
mismo hay bastante usado en Arislóteles sólo en un uníco ejemplo , Etica a /IIictJllIaco
Z, lI44a JO; cfr. 00Ul 14. En gcoff al lo ve B. Schweitzer, PiaJon und die blldende K UIlJI
dn- Grierhen / Plalón y las Artes Pllisticus de los griegos/ , 1953, 13y 5. • Sobre la meul ·
fora de la visión para precedentes espirituales: C. J . Oassen, ..Sprachl iche Dculun,
als Tri ebkra fi.. .>t / SignifKudón lingüistictl romo j uen.o mol m . .! en ütimala 22, 1959,
43 y
11 Esquilo, CoijOTOS 854 (cfr. Euminides 103 y ss.; Pindaro , NemetLS 7, 23 y s.)
Pa rménides, Preso28118]B 4. Empédocles, 31(21)817, 21. Epicanno, 231131B Gor
gias, 8217618 11 S 13. (Los fragmenlos de l os sofIStas no se encuent ran tr adUCidos en
Los fi fósof os Gredos, vid. en A.Pique, Los SOflSlas, Barcdon a 1985.'
Pseudo- Hipócr ales, 'lff "¡ ri"J"'1f 11 I Sobre el oficio/ , en Gomperz, op. cit. 52.
Il Cfr . mi ob ra Der Grosse Akib{odes / EI A lcibiudes Mayor/ 1921, 27 Yss.
14 Eli ca a Nicómaco Z 13, 1144a 28: fon,.lo· 4.p"oo"'1an oit)( lo¡,,.a¡m ¿AX'
&,tU rij¡ lov,.á,.t"'f mUnrl, EH rW' ¡¡¡<pan 10U""" ,,¡,i ,.¡m. rijf WV;rif oh &,.,.
¿ "frijl. ..:.ion <¡>aJ"lll o" o,. alourn10,. '1' ,,0,..,.0,. lr-yatloJ" / La reflexión.no I'S esa
capacidad pero no exisle sin e$(J capacidad y en cuanlo af habilOno, baJo esa mi
rada dd alma virtud... dI' forma que estd claro q ue no es Sf'r refi exlvo .1/
.w es buenol .
IS La lil' l' a 1"-"-01'11 Ot"'Qf t m, / visi