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EL SENTIDO DEL PECADO EN LA SOCIEDAD ACTUAL La voz de la conciencia a veces nos dice lo que está bien o mal de nuestros

actos, pero no siempre comprendemos qué es exactamente el pecado y por qué ofende a Dios. Entender el pecado es comprender nuestra conducta humana, y su relación con Dios; una conducta que puede contravenir a su voluntad y a sus mandamientos. En nuestra sociedad actual se tiende a ver todo como algo relativo, y que nuestros actos no tienen consecuencias. El primer efecto es una grave (muy grave) constancia en la ofensa a Dios, y ha sido tan difundido este efecto, que actualmente nuestra sociedad humana comienza a plagarse de problemas como la deshonestidad, la mentira, la deslealtad y en casos muy graves la perversión misma comienza a verse como algo "normal". Comprender qué es el pecado es importante porque nos puede hacer comprender mejor nuestra relación con Dios y los efectos de nuestras acciones. Dice Carlos Cardona: “Precisamente a Dios le ofende mi pecado sólo porque me ama. Si no me amase, todos mis actos le serían perfectamente indiferentes (ni siquiera existirían). Pero como me ama, intencionalmente se ha identificado conmigo, yo soy su alter ego, y mi mal se hace suyo en mí, de manera que se puede decir con propiedad que a Dios le “duele” mi pecado. Y el que no entienda esto es que no entiende el amor, nada sabe de esa transferencia que el amor obra. El que piensa que nuestros pecados no “afectan” para nada la inmutabilidad divina, ignora la “mutabilidad electiva”, la vulnerabilidad que el amor comporta. Dios, al amarme, se ha hecho vulnerable en mí” (C. Cardona. La metafísica del bien y del mal). El pecado es un acto humano malo, es lo contrario a la virtud, que es un acto voluntario bueno. En sentido absoluto, el único mal verdadero es el pecado. Incluso el dolor (mal físico) puede ser usado como bien. Comencemos por definirlo: El pecado dice San Agustín, es "toda palabra, acto o deseo contra la ley de Dios" (cfr. Contra Faustum I, 22 c. 27: PL 42, 418). O bien, según la definición clásica, pecado es: a) la transgresión: es decir violación o desobediencia; b) voluntaria: porque se trata no sólo de un acto puramente material, sino de una acción formal, advertida y consentida; c) de la ley divina: o sea, de cualquier ley obligatoria, ya que todas reciben su fuerza de la ley eterna. En realidad siempre la causa universal de todo pecado es el egoísmo o amor desordenado de sí mismo (cfr. S. Th., I-II, q. 84, a. 2). Amar a alguien es desearle algún bien, pero por el pecado desea el hombre para sí mismo, desordenadamente, un bien sensible incompatible con el bien racional. Que el amor desordenado a sí mismo y a las cosas materiales es la raíz de todo pecado queda

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frecuentemente de manifiesto en la Sagrada Escritura (cfr. Prov. 1, 19; Eclo. 10, 9; Jue. 5, 10; 10, 4; I Sam. 25, 20; II Sam. 17, 23; I Re. 2, 40; Mt. 10, 25; etc.). Junto a la causa universal de todo pecado, podemos distinguir otras, tanto internas como externas: Las causas internas son las heridas que el pecado original dejó en la naturaleza humana: 1) la herida en el entendimiento: la ignorancia que nos hace desconocer la ley moral y su importancia; 2) la herida en el apetito concupiscible: la concupiscencia o rebelión de nuestra parte más baja, la carne, contra el espíritu; 3) la herida en el apetito irascible: la debilidad o dificultad en alcanzar el bien arduo, que sucumbe ante la fuerza de la tentación y es aumentada por los malos hábitos; 4) la herida en la voluntad: la malicia que busca intencionadamente el pecado, o se deja llevar por él sin oponer resistencia. Las causas externas son: 1) el demonio, cuyo oficio propio es tentar o atraer a los hombres al mal induciéndolos a pecar. "Sed sobrios y estad en vela, porque vuestro enemigo el diablo anda girando como león rugiente alrededor de vosotros en busca de presa que devorar" (I Pe. 5, 8; cfr. también Sant. 4, 7); 2) las criaturas que, por el desorden que dejó en el alma el pecado original, en vez de conducirnos a Dios en ocasiones nos alejan de El. Pueden ser causa del pecado ya sea como ocasión de escándalo (ver 7.3.3.d), bien cooperando al mal del prójimo (ver 7.3.3.e). EL DOBLE ELEMENTO DE TODO PECADO La esencia misma del pecado comporta dos cosas: 1) Es una aversión a Dios.2) Es una conversión a las criaturas (es decir, se prefiere un bien aparente al bien verdadero). 1. El alejamiento de Dios Es su elemento formal y, propiamente hablando, no se da sino en el pecado mortal, que es el único en el que se realiza en toda su integridad la noción de pecado. Al transgredir el precepto divino, el pecador percibe que se separa de Dios y, sin embargo, realiza la acción pecaminosa. No importa que no tenga la intención directa de ofender a Dios, pues basta que el pecador se de cuenta de que su acción es incompatible con la amistad divina y, a pesar de ello, la realice voluntariamente, incluso con pena y disgusto de ofender a Dios. 2. La conversión a las criaturas Como se deduce de lo ya dicho, en todo pecado hay también el goce ilícito de un ser creado, contra la ley o mandato de Dios. Casi siempre es esto precisamente lo que busca el hombre al pecar, más que pretender directamente ofender a Dios: deslumbrado por la momentánea felicidad que le ofrece el pecado, lo toma como un verdadero bien, como algo que le conviene, sin admitir que se trata sólo de un bien aparente que, apenas gustado, deja en su alma la amargura del remordimiento y de la decepción. Como puede observarse, el pecado no consiste en una prohibición: es un mal. Y por eso está prohibido, y no al revés. Es también una ofensa a Dios. Pero esto hay que saberlo entender bien. No quiere decir que tenga necesariamente que haber una intención ofensiva 2

hacia Dios. Algunos piensan que sí, al menos para que el pecado sea grave; o, de modo parecido, piensan que lo que es verdaderamente importante, en realidad lo único grave — para mal o para bien—, es la llamada "opción fundamental": la opción de dirigir la existencia hacia un sitio u otro, hacia el mal o hacia el bien. Eso sería una buena moral para ángeles, para espíritus puros, pero no para hombres. La nuestra es una existencia continuada en el tiempo, y tenemos que decidir nuestro comportamiento muchas veces, y podemos, en un momento dado, elegir de forma contraria a lo que nos hemos propuesto como fin. Basta pensar en un estudiante que decide tomarse en serio su estudio; pero, a la hora de la verdad, tiene que renovar esa voluntad cada día de trabajo, porque puede suceder que a la hora de la verdad la pereza "lo venciera", a pesar de su buena intención inicial. La verdad es que pocos pecados se cometen con la intención explícita de ofender a Dios. Pero se ofende a Dios contrariando sus planes. Somos imagen de Dios, y se ofende a Dios desfigurando esa imagen en nuestras vidas. Podemos ver alguna semejanza en esta vida, como cuando un padre se siente ofendido si su hijo desaprovecha toda la educación que le ha dado y todo lo que se ha gastado en sus estudios. Y nuestra dependencia de Dios es mucho mayor que la de cualquier hijo a su padre. Dios es un Padre que espera de sus hijos que se comporten como tales. Es frecuente el argumento: "yo, con esas acciones no hago daño a nadie"; y, por tanto, "si no haces mal a nadie no tiene por qué estar mal". Conviene no olvidar que el pecado es, antes que nada, ofensa a Dios. En la parábola del hijo pródigo que enseñó Jesucristo, cuando el hijo, arrepentido de lo que le había hecho a su padre, vuelve a pedirle perdón, lo hace con estas palabras: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti" (Lc. 15, 21). El cielo estaba primero. Pero además, ese argumento parece no tener en cuenta que a quien en primer lugar se hace daño cuando se comete algún mal es a sí mismo. Todo ser humano es libre al obrar. Pero ¿quiere decir esto que puede hacer lo que quiera? En cierto sentido sí, pero lo que haga no es indiferente para él mismo. Por ser libre, es responsable. Es responsable de su propia vida, y por ello en su mano está utilizarla para mejorar o echarla a perder. El ser humano viene al mundo "por hacer", y no sólo en cuanto al desarrollo físico, sino también al moral. Éste, a diferencia de aquél, no acaba nunca en esta vida. Y este "hacerse" es una responsabilidad primariamente de cada cual. En este "hacerse", las acciones libres de la persona no son algo que repercute sólo en el exterior. Para bien o para mal, "quedan" dentro del sujeto. Así, por ejemplo, si uno dice la verdad se hace veraz, y si miente se hace mentiroso. Hoy día bastantes olvidan esto. En el nivel teórico, está bastante de moda el llamado "consecuencialismo", que consiste en medir la moralidad de los actos solamente por las repercusiones —consecuencias— externas. Olvida que uno mismo no es indiferente a la propia conducta. Y ésta puede ser mala, gravemente mala, sin que trascienda necesariamente al exterior. Basta pensar, por ejemplo, en el odio para darse cuenta de ello. En cuanto al daño al prójimo, es evidente que con algunas conductas se le causa directamente, lo cual, lógicamente, agrava el mal. Pero tampoco hay que olvidar que indirectamente se le causa un daño siempre si se obra mal. Todos vivimos con los demás y también para los demás. Por tanto, un deterioro propio siempre repercutirá en el prójimo: 3

les negamos algo que cabe esperar de nosotros. La razón es sencilla. Al suponer siempre un daño en el alma del pecador, lo que éste puede dar a los demás queda comprometido. De ahí, por ejemplo, aparecen cambios bruscos de carácter, mal humor, egoísmo, que no puede menos que afectar al prójimo. Incluso se puede llegar a convertir ese egoísmo en "filosofía": poner por encima de todo y de todos el divertirse, y así todo lo que los demás van a poder esperar de él es que les deje en paz. Pero parece que cabría esperar más de los demás. El pecado es, sencillamente, el mal moral, toda conducta inmoral. Esto es fácil de entender. Quizás no lo sea tanto el que suponga una ofensa a Dios. Pero no hace falta ir directamente contra Dios para ofenderle. Para ofender a un Padre basta con ofender a sus hijos, y trastocar el orden que, buscando su bien, ha establecido para ellos. El bien, por serlo, parece que tendría que presentarse siempre como lo más atractivo. Pero no siempre es así: muchas veces el mal se presenta como algo divertido y el bien como algo más bien aburrido. Esto necesita una explicación. De entrada, hay que decir que "atractivo" y "divertido" no son dos palabras con el mismo significado. Lo divertido es más inmediato y más superficial; lo que atrae en lo más profundo de nosotros mismos suele a la vez presentarse como algo difícil de conseguir. Un ejemplo muy generalizado son los títulos académicos. En realidad, muchos equivocadamente identifican felicidad con diversión. Es un serio error. La felicidad es algo profundo y estable, justo lo contrario que la diversión. Ésta no es mala de por sí, pero ponerla como fin de la vida lleva a evitar esfuerzos a toda costa, y, con ello, renunciar a adquirir virtudes —conseguirlas es trabajoso—, con lo que, tarde o temprano, se desemboca en un serio fracaso personal, lo que produce una profunda insatisfacción e infelicidad. Se acaba así... hasta con la propia diversión, pues se produce un hastío en el que ya nada divierte. En gran parte de los pecados lo que se busca es la satisfacción propia. Podría pensarse que eso no es algo malo, o por lo menos "muy" malo. Y en principio es verdad: no lo es. Lo malo es a costa de qué. Si eso se pone por encima de Dios, de los demás, de los deberes propios —en suma, del bien—, sólo puede desembocar en el mal, en el pecado. Éste se suele presentar como algo atractivo; al menos aparentemente, como algo divertido o que va a proporcionar satisfacción. Pero una cosa son las apariencias y otra la realidad. Acaba ocurriendo algo parecido a lo que ocurre con el sueño: si alguien, cuando se acuesta, se obsesiona pensando en que debe dormir, el resultado más probable será el insomnio. Aquí conviene distinguir el placer de la alegría, que es algo más estable, profundo y espiritual que aquél. Si uno sólo busca la diversión, no tardará en pensar que su felicidad estriba en acumular cosas placenteras. Las conseguirá, pero el resultado es que la alegría se escapa. Queda un placer que pronto hastía, y una sensación de vacío en la vida, porque el corazón humano está hecho para el amor, no para el placer. Y el amor verdadero, lo único que realmente llena un corazón y por tanto alegra una vida, requiere olvido de sí para darse a los demás, y a Dios. De todos modos, ya señalábamos que divertirse no es un mal. Al contrario. Tiene que ser la expresión natural de la alegría. Es una gran mentira que en el cristianismo esté prohibido divertirse, o casi.

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Para entender bien esta cuestión hay que tener una clara idea de quién es el hombre, incluido el pecado original, pues éste explica su actual situación. La herida que produjo alcanza a la inteligencia, que en muchas ocasiones entiende mejor el atractivo de lo agradable que la belleza de los bienes más radicales. También alcanza a la voluntad, lo que hace que conseguir los bienes verdaderos sea con frecuencia arduo. Esta vida es una lucha continua —debe serlo— para conseguir el bien, y no es extraño que lo arduo de los medios obscurezca la bondad del fin perseguido y la alegría y felicidad que lleva consigo. Pero es necesario advertir que el relativismo y la subjetividad en los que se mueve la cultura actual anulan el sentido del pecado, pues en estos planteamientos –teóricos o prácticos-se presentan las siguientes conclusiones, que anulan el sentido del pecado: - Los actos del hombre individual no tienen consecuencias. - El sujeto es el único punto válido de referencia del conocimiento, de la historia,de la moral. - A lo más, la referencia puede ser la sociedad. Dimensión puramente horizontal. “Pecado social” - Hay una primacía del bienestar, lo útil. Se traslada el problema de la salvación al problema del bienestar. - Pérdida del sentido de la muerte. El vitalismo, es el valor supremo. - Pérdida del sentido de la vida: ninguna tensión al bien superior: sólo “vivir”. Absolutización de los instintos naturales. - Resultado: pérdida de la conciencia de pecado. Los actos aislados del hombre contrarios a la ley moral no serían pecados. Solo la contumacia: una opción fundamental de vida hacia el pecado. El pecado admite varias clasificaciones. La más importante, con diferencia, es la que distingue entre pecado mortal y pecado venial (sin que quepan estados intermedios). Es la distinción más importante, porque el primero supone una ruptura total con Dios: quita la gracia, nos hace merecedores de la pena eterna; mientras que el segundo se limita a obstaculizar los efectos de la gracia y hacernos merecedores de una pena temporal. El pecado mortal es una desobediencia en materia grave a la ley de Dios. El pecado venial es una desobediencia en materia leve. Se llaman pecado mortal y venial porque el pecado mortal priva a la persona de la vida de la gracia, impide tener vida sobrenatural (vida de gracia), y el venial hiere o dificulta esa vida de gracia. Se le llama mortal en forma analógica, pues el alma no muere. Siguiendo la analogía con el cuerpo, el pecado venial prepara el alma para el mortal. El pecado venial hace la vida sobrenatural más penosa, más difícil. El mortal, desde un punto de vista fenomenológico, es una desviación radical respecto al último fin del hombre. Es decir, no es posible tener orientada la voluntad a Dios, y al mismo tiempo a esa acción. Un pecado venial es una desviación del último fin, pero que no aparta radicalmente del último fin. Por ello, los clásicos distinguían los pecados, diciendo que uno es una desviación respecto del fin, y el otro es una desviación respecto a la elección de los medios. Sólo el pecado grave es pecado en su sentido más pleno.

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Condiciones que debe tener un pecado para ser mortal 1.- Que sea materia grave: Esto significa que la acción, por su objeto, debe desviar del último fin, es decir, que debe ser grave independientemente de la voluntad y de las circunstancias. 2.- Que haya plena advertencia: Significa que se tiene que saber que esa acción es materia grave, que me desvía del fin último. 3.- Que haya perfecto consentimiento de la voluntad: Esto porque mientras la voluntad no asienta la acción, no hay acto humano. “El pecado se consuma en la voluntad”. La segunda y tercera condición están fundamentalmente unidas, pues ellas están unidas en la génesis del acto humano, porque es difícil hacer algo que no se conoce, pero sí es posible hacer algo sin el consentimiento, Por ejemplo, si dormido tiro un florero con el brazo. Si no hay consentimiento, no hay pecado. Es decir, para que un pecado sea mortal, tiene que haber materia importante —"grave"—, clara conciencia de que está mal y expreso consentimiento. Si se da, desvía a la persona de su fin, y pierde así la gracia de Dios. Si falta esa llamada "materia grave" o falta esa plena libertad —la advertencia no es clara o el consentimiento no es pleno— el pecado es venial. Es verdadero pecado, pero imperfecto como pecado. No aparta del fin, y no se pierde la gracia de Dios; tampoco se disminuye, aunque lo que sí disminuyen son sus efectos: se enfría la caridad, y es una traba para obrar bien. Por eso no se debe despreciar nunca, sobre todo cuando se trata de actos deliberados: nos irían colocando a la puerta de cosas peores. Ahora bien, si alguna de esas tres cosas no existe en absoluto, lo que no hay es pecado. O, al menos, no lo hay "formalmente": puede haberlo "materialmente" —una conducta mala pero sin culpa ninguna por parte de quien la hace—, pero el llamado "pecado material" no es propiamente pecado. Esta es una segunda distinción. Otra distinción de los pecados es la que se da entre los llamados "pecados internos" —los que no han salido de la mente del que lo comete— y "externos". Para alguien que tiene como criterio de lo que está bien o mal el no hacer daño a nadie, no es de extrañar que los pecados internos carezcan de importancia. Pero no es difícil entender que eso está mal planteado, porque lo meritorio y lo reprobable requieren que lo que se haga sea voluntariamente. Es en la voluntad donde radica el bien y el mal. El Evangelio lo dice bien claro: "porque del corazón provienen los malos pensamientos... (sigue una lista de pecados). Esto es lo que contamina al hombre" (Mt. 15, 19-20). De todas maneras, los externos suelen tener la malicia añadida de mostrar una voluntad más decidida en el mal, que llega a la acción. Los pecados también se pueden clasificar en: a) De malicia: Cuando se quiere hacer una cosa para molestar u ofender a Dios. b) De debilidad: Cuando se comete, no por ofender a Dios, sino que por la debilidad del hombre (atracción de los bienes terrenos). También hay otras divisiones o clasificaciones de pecado: por ejemplo, pecado original y pecados personales.

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Los pecados capitales. Son pecados que inducen a otros pecados; por esto se llaman capitales, que vienen del latín caput, capitis, que significa cabeza. Ellos son siete. A cada uno de estos, se le opone una virtud capital (pecado/virtud): Soberbia /humildad. Avaricia /generosidad. Lujuria /castidad. Ira /mansedumbre. Gula /templanza. Envidia /caridad. Pereza /diligencia. Efectos que produce el pecado 1.- Una persona que está en gracia de Dios, pierde la Caridad (amor a Dios) la gracia santificante. Esto es muy serio, ya que el estado de gracia actúa de modo que sin cambiar su naturaleza, la eleva del tal modo, que lo hace copartícipe de la naturaleza divina, de modo que el hombre que está en gracia, puede tratar a Dios con la intimidad de quien trata a un connatural, es decir, en cierto sentido la gracia diviniza, por lo que con ella uno puede hablar con Dios como a un familiar. Ello sin cambiar la naturaleza del hombre, pues la gracia actúa sobre la naturaleza del hombre, pero sin modificarla. Hace que mis actos voluntarios y libres sean más libres. Es un estado de amistad con Dios. Al perder la gracia, uno queda como un hijo de Dios, porque no pierde la calidad de hijo, pero queda como un hijo que se ha ido de la casa del Padre. 2.- Cuando se ha cometido un pecado mortal, y mientras se permanezca fuera del estado de gracia, no puede recibir lícitamente los sacramentos de vivos. Los sacramentos de vivos son aquellos que para recibirlos hay que estar en gracia de Dios (Eucaristía, confirmación, matrimonio, orden y la unción de los enfermos.). Si uno se acerca a un sacramento de vivos con un pecado mortal, se comete sacrilegio. En los sacramentos que crean un vínculo, ellos se reciben de un modo válido, pero ilícito. En el caso del sacramento de la confirmación, donde además de la gracia se recibe el carácter sacramental, se recibe el carácter, pero no la gracia, la que no se recibe hasta que se remueva el óbice. Si una persona comete un pecado mortal y se arrepiente con un dolor de contrición, que es dolor de amor, es decir, tener dolor de haber ofendido a Dios (se contrapone con el de atrición, que es el dolor de temor, ya sea por miedo a las penas del infierno y a lo mal que uno se puede sentir), y con eso ese dolor, se perdonan los pecados, pero debe tener la intención de confesarse. Por tanto, si se tiene conciencia de pecado grave, para poder recibir los sacramentos de vivos, se precisa la confesión previa. 3.- Se pierden todos los méritos adquiridos, y se queda incapacitado para obrar sobrenaturalmente. El mérito es hacer algo, y por haberlo realizado, se merece otra cosa. Los méritos sobrenaturales son aquellas acciones que hacen que uno merezca algo en la otra vida. Además, con el pecado, hay algo en el hombre que lo incapacita para realizar acciones para la vida eterna, es decir, produce la muerte de la vida sobrenatural: un muerto 7

no puede realizar acciones buenas, es decir, acciones con mérito sobrenatural; porque sí es posible que realice acciones buenas, pero éstas no le hacen merecer nada. Sin embargo, una vez que uno se confiesa, reviven las acciones meritorias que se han hecho. Las obras hechas mientras no se está en gracia, no sirven para la vida eterna, pero sirven mucho para la conversión. Hay que distinguir lo que probablemente es lo más importante desde el punto de vista práctico. Recordemos que la esencia del pecado es la conversión a las criaturas, y la aversión a Dios. Cuando esta aversión a Dios es un pecado mortal, uno tiene una culpa que hace que se aparte gravemente de Dios. También hay que saber que todo pecado merece una pena. La pena puede ser temporal o eterna. La pena eterna es el no ver a Dios nunca. La temporal es la que producen los pecados si son veniales. No es una pena para siempre, sino que aplaza temporalmente la visión de Dios, lo que produce un profundo sufrimiento, que es el purgatorio. Cuando una persona se confiesa, se borra toda la culpa, de modo que el pecador deja de ser pecador. También se borra toda la pena eterna, y dependiendo de cómo sea la intensidad del dolor del penitente, se perdona toda o parte de la pena temporal. Cuando llegue el juicio particular, uno no será juzgado por los pecados que ya fueron perdonados. No conviene olvidar, por último, que la vida cristiana debe ser positiva. No se trata tan sólo de evitar el pecado. Se trata de adquirir las virtudes, sobre todo la caridad, que mueve a todas las demás. Cuando se ve así, es mucho más fácil darse cuenta de que luchar para evitar el pecado es algo que vale la pena. Combatir de verdad el pecado —incluidos los veniales— sólo puede ser fruto del amor de Dios. Y este amor hace que el llamado "temor de Dios" se convierta en el temor a ofender a quien queremos con todo el corazón. La lucha del cristiano no es una lucha áspera y asfixiante contra el pecado que acecha por todas partes. Debe ser la lucha de quien, por amor a su Padre celestial —y, por Él, al prójimo—, se esfuerce con ilusión en quitar de su vida lo que desmerece de su condición de hijo de Dios. En una entrevista publicada antes de que ser elegido Papa, Benedicto XVI, el Cardenal Ratzinger, afirmaba: «Es un grave error afirmar que el catecismo es una lista de pecados. El cristianismo no es moralismo. El cristianismo es la realidad de la historia común de Dios y del hombre. En esta historia en la que predomina el don de Dios, nosotros aprendemos a actuar como hombres. La estructura del catecismo universal es la siguiente: el símbolo apostólico, los sacramentos, la moral y la oración. No estaba previsto, pero luego hemos caído en la cuenta de que es la misma estructura del catecismo del Concilio de Trento. Menos de un tercio del texto trata de la moral, presentada dentro del contexto de la historia de Dios con la humanidad, y de la revelación de Dios que en la comunión de la Iglesia se ofrece con su mismo cuerpo en los sacramentos. De todos modos, esta sección del texto no es una lista de pecados, sino que trata de mostrar un modelo de vida moral desde una perspectiva cristiana. De este modo se convierte en algo muy simple: es amistad con el Señor, es vivir y caminar con El. Todo ello se resume en el doble amor de Dios y del hombre: la síntesis de toda moral. El resto es interpretación y explicación. Pero para nosotros era importante, cuando 8

preparábamos el catecismo, no hablar de un cristianismo atemporal, sino de un cristianismo vivo en la época actual. Hay quien dice que la Iglesia está obsesionada con la moral sexual, y que sólo interviene en estos temas. Pero hemos demostrado que la dimensión sexual es sólo una de las muchas del ser humano, que existen otras igualmente importantes, como la ético-política. No podíamos olvidarnos de la sed de justicia política y social que provocan los sufrimientos del Tercer Mundo, no sólo de Latinoamérica sino también de África y Asia».

Algunas nociones acerca de la conciencia moral
La conciencia, norma subjetiva de la moralidad La existencia de la conciencia, como juicio inmediato práctico sobre el carácter moral de nuestras acciones, es un hecho que casi no necesita demostración. Todos experimentamos en nuestro interior "una fuerza interior que en los casos particulares señala a la voluntad misma, para que esta escoja y determine los actos que son conformes a la voluntad divina". Y, por tanto, buenos. Nos damos cuenta que actos en un determinado lugar y momento, son buenos y deben hacerse; cuales son malos, y deben omitirse. Es decir conocemos no sólo que es el bien o el mal aquí y ahora, sino que además, conocemos que ese bien o mal debe hacerse u omitirse. En la Sagrada Escritura se hacen continuas referencias de uno y otro modo, a la conciencia en el sentido en que nos venimos refiriendo. Son conocidos los textos de S. Pablo en que habla de la "inscripción" de la ley en el corazón, del testimonio de la conciencia, de los "pensamientos" que acusan y absuelven ( Rom, 2,15); a los cristianos poco fervorosos les falta la debida "convicción" y el exacto "conocimiento"( Rom 14,23) ( I Cor 8,7). La conciencia influyendo inmediatamente sobre los actos capta y descubre el carácter bueno o malo de los mismos. Es pecado todo lo que no es según conciencia, es decir, según la convicción personal de que algo es lícito y justo. ( Rom 5, 1-3) Por eso, la conciencia es norma válida ante Dios de la vida moral; y la buena conciencia es señal de haber obrado bien ante Dios. Merece subrayarse el oficio que se le da a la conciencia de regular y dirigir las acciones futuras y no sólo de juzgar el pasado. La expresión "en conciencia" tiene el valor de regla moral y norma obligatoria de la que, en última instancia dependen el bien y el mal de nuestras acciones ( Rom13,5). El juicio de la conciencia viene a ser así, la regla próxima e inmediata -subjetiva- de nuestras acciones. Ninguna norma objetiva -ley- puede llegar a ser regla actual de un acto, sino a través de la aplicación que haga el sujeto que realiza ese acto determinado. La conciencia es como la promulgación de la ley divina en nosotros y la aplicación de sus preceptos, como regla obligatoria, a nuestros actos. Es, por tanto, el camino necesario y único, que la ley tiene para ser eficaz. Esta aplicación de la ley a una acción determinada, para que sea norma válida de conducta, debe preceder - conciencia antecedente - o al menos acompañar - conciencia concomitante- al acto. La conciencia llamada consiguiente, porque es posterior al acto, no es norma, sino testimonio de cómo ha sido realizado el acto. Y cuando el hombre realiza el acto es

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insustituible. Ahí nadie puede suplantarle, eximiéndole de la responsabilidad el mérito o de la culpa; caben solamente los consejos cuya única finalidad es hacerle más claro el seguimiento e la ley, proporcionándole motivos que hagan mas libre y querida la decisión personal: "La conciencia es el núcleo mas secreto y el santuario del hombre, donde se encuentra a solas con Dios, cuya voz resuena en lo mas íntimo" (Gaudium et Spes n. 16). La conciencia, toda ella, depende de la norma objetiva, cuyo espejo es y recibe de ella su fuerza obligatoria. La conciencia es "como el pregonero de Dios y el mensajero que divulga el precepto del rey" o el “vicario de Dios en el hombre”. De ahí que obligue con la misma fuerza y por el mismo título que lo hacen los dictámenes de la ley divina; y, por eso, desobedecer a la conciencia es rebelarse contra Dios e incurrir en el pecado. Porque la conciencia es norma manifestativa y declarativa de la moralidad, se deduce que nunca puede concebirse como norma primaria y autónoma de la moralidad del obrar humano; solamente es norma secundaria, dependiente y relativa, y su capacidad es conocer e interpretar la norma objetiva, no modificarla o crearla. La conciencia no es autolegisladora. La conciencia por sí misma no es el árbitro del valor moral de las acciones, que ella sugiere. La conciencia es intérprete de una norma interior y superior, pero no es ella quien la crea. La conciencia esta iluminada por la intuición de determinados principios normativos, connaturales a la razón humana; pero no es ella la fuente del bien y del mal: es el aviso, es como escuchar una voz - que se llama precisamente voz de la conciencia- es como un recuerdo de la conformidad que una acción debe tener con una exigencia intrínseca del hombre, para que el hombre sea verdadero y perfecto. La conciencia es una intimación subjetiva e inmediata de una ley, que tenemos que llamar natural a pesar de que muchos no quieren oír hablar de una ley natural. Si se trata de los cristianos esa conciencia es, además, intérprete de la ley de Cristo, "La conciencia es el eco fiel, nítido reflejo de la norma divina para las acciones humanas, de modo que expresiones como juicio de la conciencia cristiana, o esta otra de juzgar según la conciencia cristiana tienen este sentido: la norma de la decisión última y personal para una acción moral esta tomada de la palabra y de la voluntad de Cristo". Son vanos, por tanto, los intentos de fundamentar una "conciencia autónoma", como si la persona, a través de su conciencia fuera capaz de determinar lo que es bueno y malo por su propia decisión libre, aun en la hipótesis de que la decisión estuviera en oposición abierta a la ley objetiva. La conciencia, que sólo es verdadera norma de actuación moral en la medida que expresa con verdad la ley de Dios, no siempre traduce e interpreta de forma infalible la norma moral; a veces son equivocados los juicios de conciencia, porque nuestra razón no esta libre de los riesgos de la ignorancia, el error y la duda en la búsqueda de la verdad, particularmente de la práctica. Por eso no todos los juicios de la conciencia son norma auténtica y lícita de la conducta moral. La conciencia, para ser norma válida del actuar humano, tiene que ser recta, es decir, verdadera y segura de si misma y no dudosa ni culpablemente errónea. Y esta última puede ser vencible o invenciblemente errónea. La formación de la conciencia 10

En este punto hay que considerar dos cosas: una es la necesidad de la formación de la conciencia - de lo que se deduce la obligación -; y otra, el modo de conseguir esa educación o formación. 1. La necesidad de la formación de la conciencia: se concluye fundamentalmente de un doble motivo. Si tenemos en cuenta que por conciencia formada se entiende aquella que lleva a su sujeto a conformar su voluntad con la voluntad divina, tal como ésta se manifiesta al hombre, es evidente que esa formación es necesaria. Conocer, en efecto, la ley de Dios, lo que Dios quiere sobre mi, pide "instruir la inteligencia acerca de la voluntad de Cristo, su ley, su camino”. Esa ley - natural y sobrenatural- es de exigencias altísimas y por otra parte no se manifiesta de una vez por todas, sino de manera progresiva y en conformidad a la estructura de nuestro conocer; exige el estudio de las cuestiones morales, escuchar al Magisterio, etc. La necesidad de la formación viene también pedida por la naturaleza del juicio de conciencia, dependiente, como ninguno, de las disposiciones morales del sujeto; por ser una actividad moral, exige la rectitud de la voluntad: ésta influye no solo en el conocimiento moral -que no puede ser recto y bien formado si las disposiciones morales no son rectas- sino también en el juicio práctico y moral: se requieren las virtudes morales que inclinen a juzgar rectamente en el caso concreto. Esta formación nunca podrá darse por acabada pues siempre es posible un mayor y más exacto conocimiento de la voluntad de Dios y caben, también, más perfectas y mejores disposiciones morales. Esta formación es, además, obligatoria: obliga por el mismo título que lo hace el mandamiento "amarás al Señor con todo el corazón" es decir, por la obligación de tender a la santidad. Sin una conciencia cierta y verdadera, no es posible una vida recta. Y es difícil hablar de rectitud moral, cuando se hace de la conciencia una válvula de escape para la propia comodidad y justificación de los pecados personales. 2. Modo de conseguir la formación de la conciencia: La rectitud del juicio de conciencia implica, el conocimiento exacto de la ley y el saber aplicarlo a los actos singulares y concretos. Y a esa doble finalidad ha de tender la recta formación de la conciencia que en perfecta unidad y dependencia, deberá tener en cuenta: a) el estudio de la verdad y de la ley de Dios, contenida en la Sagrada Escritura y en la Tradición e interpretada auténticamente por el Magisterio . b) la disposición sincera y profunda de conocer y seguir la verdad, facilitada por el vivir las virtudes naturales y sobrenaturales; así se adquiere ese conocimiento sapiencial, como una connaturalidad con lo bueno y recto. c) en particular, la humildad y sinceridad para pedir y seguir el consejo de aquellas personas prudentes que el Señor ha puesto a nuestro lado. d) la ayuda de la oración y de los Sacramentos, en el caso de los cristianos.

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