Podíamos ya prever que este cadete haría muy buena figura entre los propietarios que lo designaron con

el nombre de ³Gran Cacao´. Doña Concepción no fue sin dudas afectada en sus fuerzas vivas por la muerte de este marido sexagenario. Ella lo lloró, observó rigurosamente el tiempo de duelo tradicional. En la plaza de San Jacinto, se sirve solo azúcar ennegrecido en llamas y las frutas castañas ó violetas. Después, que ella juzgó que el mejor medio de honrar su memoria era de consagrarse, como él le había recomendado a la administración de sus bienes. El eco de estas actividades se encuentra en una carta dirigida a su hermano Esteban, la única que ella había dejado, sin dudas que los biógrafos de su ilustre hijo se dieran a corazón alegre de hacerle exegesis, sobre el modo irónico y ofuscado. En esta carta, la joven mujer pasa en repaso los problemas que le pone el buen funcionamiento de sus asuntos, pide consejos, deja traspasar sus preocupaciones en la vigilia de una compra de esclavos. Ella desea adquirir hombres de un buen rendimiento y mujeres aptas en dar más hijos. Sobre su impulso, ella le transmite a su hermano una respuesta a don Feliciano en el tema de«.mulas. Es un poco chocante. Digamos todo, más tarde que doña Concepción, poco quebrantada como lo era ella, como la mayor parte de las mujeres de su raza en esta época, en el desarrollo del discurso clásico, no tenía el arte de las transiciones. ¿Por qué podemos válidamente juzgar un carácter a través de una sola carta y sobretodo fuera de la iluminación de su tiempo? La esclavitud existía. Debía pertenecer a Simón en ser uno de los primeros en abolirla, pero por ese entonces constituía un engranaje de la vida de los grandes propietarios rurales. George Washington y el sutil Jefferson, padre de la Declaración de independencia, del cual se conocen los términos sonoros: ³Todos los hombres han sido creados iguales´, no probaron aparentemente ningún escrúpulo de consciencia, después de la victoria, a retomar el curso de su existencia en el medio de sus esclavos. Sin duda los trataban tan patriarcalmente al igual que lo hacían en la casa de los Bolívar. Todo lleva a creer igualmente que, en el marco de una institución a la cual ellos no habían tenido la idea de abolirla, ellos salvaguardarían sus intereses, entonces era normal una venta ó una compra de estas ³criaturas de Dios´, de igual manera que la madre del futuro Libertador. Así pues, esta, aun muy joven (veinte siete años), muy bella, con este encanto singular de la tuberculosis- de fisonomía amabilis, dicen los -hombres de ciencia- que no había conocido más la hora tranquila y rutinaria, en lugar de colmar las aspiraciones de esta naturaleza ardiente y sensual que ella había legado a Simón, eligió consagrarse a la difícil gestión del patrimonio de sus hijos. Ella tuvo éxito, no solamente en conservar, pero en hacer fructificar la herencia dejada por don Juan Vicente. Lo hizo, aprovechando los largos periodos de remisión, tan engañosos que caracterizan el mal del cual ella sufría, ella agotó las fuerzas de un organismo ya minado y muerto seis años después de su marido. Simón no había sido afectado en su noveno año. A decir verdad, si doña Concepción de Bolívar llegó al borde de todas las dificultades del día siguiente de su viudez, un solo problema la dejo impotente y desarmada, esta era la educación del joven Simón.

La naturaleza temblorosa del niño fue sensible sin dudas más que esa de sus mayores en el desequilibrio causado por la desaparición del jefe de familia, cual fuese la energía desplegada por la madre para remplazarla. Puede ser la sed siempre decepcionada que el tenia de las caricias y de la presencia materna, esta fue acrecentada por el hecho de las nuevas y múltiples ocupaciones de doña Concepción. Siempre es que en estos años se marcaron el inicio de una crisis de la cual las manifestaciones- inatención, insolencia, nerviosidad excesiva, rechazo de plegarse a toda disciplina ± se agravaron hasta la adolescencia. La psicología moderna tendría materia a ejercer sobre la infancia del Libertador. Pero, por lo menos, sus reacciones ante la falta afectiva de sus jóvenes mayores explicando a otros, más tarde dan todo su sentido a la orientación de su destino. Ni la madre pues, ni el abuelo, ni los maestros a domicilio que ya se ocupaban del mayor, Juan Vicente, no consiguieron en sosegar al menor. Sin un padre de los Bolívar, don Miguel José Sanz, en la casa de quien, en desesperanza de causa, doña Concepción decidió de colocar a Simón. La autoridad de Miguel Sanz, magistrado austero, parecía diseñarlo sin embargo para disciplinar sin bastante pena a este niñito de seis años. El renunció rápido y Simón volverá a encontrar muy pronto a los patios y los Jardines de su casa natal, el rastro perfumado de doña concepción, los mimos y la debilidad incondicional de Hipólita, de la que estaremos un poco tentados de volver en parte responsable de las extravagancias de su joven maestro y niño de pecho. Pensamos también que doña Concepción Palacios de Bolívar debió partir en el otro mundo tan desgarrada ya que ella no auguraba nada bueno en el futuro del último de sus hijos. Don Feliciano permaneció solo como tutor de los niños Bolívar. Muy afectado por la muerte de esta chica de treinta años, no lo soporto más que una decena de meses; A tiempo de casar a María Antonia y Juana y de tener al menos la satisfacción, quitando esta tierra, de ³Al saber que sus dos nietas estaban establecidas cada una en su casa´. Para los dos chicos de doce años, el lugar de San Jacinto, se había convertido en muy vasta. Llena de infortuna, los tíos preferidos (don Estaban sobretodo) se encontraban en Madrid y la tutela volvió a don Carlos Palacios. Soltero, egoísta y severo, él era el menos requerido, entre los hermanos de doña Concepción, para aducir la solicitud de dos huérfanos. Si Juan Vicente, de carácter dulce y pasivo se acomodo en la situación, el iba de igual manera para Simón. Los incidentes se multiplicaron. Los escapes en primer lugar, hacia los barrios populosos, donde el joven mantuano iba en compañía de niños andrajosos, arrapiezos. Después de sus fugas. Ellas suscitaron las rivalidades entre los dos clanes de la familia y motivaron el arbitraje de la Audiencia Real.1 Las piezas oficiales, las declaraciones de sus cercanos y de testigos, si ellas reflejan las tribulaciones del niño rebelde, dejando adivinar sobretodo el drama de un joven corazón hambriento de ternura y contestario contra un tipo encarnizado a cavar los vacios irremplazables alrededor de él.
Audiencia Real: tribunal supremo que acumulaba a menos los poderes judiciales y los poderes administrativos.
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³Privado a una edad tan tierna de las caricias de sus padres y de la compañía de sus hermanas´, dirá para su defensa su mayor, María Antonia, citada ante el Alto Tribunal. Es en efecto en casa de ella que se refugió Simón en su primera fuga. Imaginamos los motivos, rebelados por la fecha del 23 de julio de 1795, víspera de su doceavo aniversario. El tutor está ausente, Hipólita ha sido reenviada a San Mateo, don Carlos juzga más oportunamente de ocuparla en la zafra2. Ninguna orden ha sido dada, nada se prepara para festejar el evento, el niño se carcome su freno, luego, aprovechando un momento de desatención del portero, el entreabre con precaución, como ya lo había hecho, el pesado golpeado claveteado de cuero y se escapó. En casa de María Antonia, se lo recibe, lo consola, lo mima. El rencuentra el calor del nido, una presencia femenina que falta tan cruelmente en plaza San Jacinto. El suplica que lo cuide. La joven pareja consiente, una vez las formalidades cumplidas, porque don Carlos Palacios es el Tutor legal. Pero el, de regreso de Caracas, llega tan pronto a reclamar a su pupilo. Simón rechaza absolutamente de seguirlo. Un conflicto estalla entre los adultos, del cual ± salvo por María Antonia. No sabemos más si la apuesta reside en la felicidad del niño ó el derecho de administrar sus bienes, lo que no iba sin algunos provechos. Don Carlos, quien más tarde se hará jalar la oreja para devolver las cuentas de la tutela, lo tiene bien y lo trae a los ojos de la ley. Para el resto, el no dudó una noche en hacer acompañar a fuerza a un pequeño bonachón sollozando en los brazos de un esclavo. Otro incidente reside rodeado de misterio. Algunas semanas más tarde, de nuevo Simón desapareció. Los servidores llevando linternas surcan Caracas, enviados a todas las casas susceptibles de recibirlo. Nadie lo vio. Alrededor del tutor se agruparon los miembros de la familia, acudidos tan pronto fueron prevenidos. Las horas pasan, la inquietud crece, Juan Vicente en una esquina esta pálido y temblando, María Antonia y Juana sollozan. El mayordomo llega entonces a anunciar a un visitante. Sorpresa. El confesor del obispo de Caracas, el acompaña a Simón. El permanece algunos pasos detrás con el rostro cerrado. De un gesto, el padre detiene el impulso de furor que lleva el tío hacia el sobrino y antes de retirarse, transmite las recomendaciones del obispo: Su Ilustrísima desea que ninguna reprimenda sea dirigida al joven don Simón.

¿Qué había pasado? ±un rencuentro fortuito entre el prelado y el desertor, ó como eso parecía más probable, una visita deliberada de esto último? El no estará jamás corto de ideas, de argumentos y de voluntad para sostenerlas. En el medio de los tormentos que le causaba la obligación de vivir junto a este tío a quien no amaba, podemos suponer que el decidió de llamar a la más alta autoridad espiritual de la ciudad. En la residencia, el ilustrísimo Fray Antonio de la Virgen María y Viana estaba ligado de amistad con la
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Recogida de la caña de azúcar.

familia. El pastor de las almas, todo usando su influencia, había adivinado el mal secreto de su joven e incorregible interlocutor. Don Carlos Palacios tomo entonces una decisión que será sancionada por una disposición de la Real Audiencia de Agosto de 1795: esa de confiar a su pupilo a don Simón Rodríguez Carreño, quien dirigiría, en la época y desde 1791 la escuela primaria de Caracas. Así fue como Simón Bolívar se aproximó a quien será el testigo y sin dudas el inspirador del juramento del monte Sagrado y tendrá una tan profunda influencia sobre su formación intelectual y su destino.

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