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LA VIDA CRISTIANA CAMINO A LA PASCUA

“El día en el que actuó el Señor” Pascua de Resurrección, misterio central de nuestra redención. Recordemos con San Pablo, que dice: que “vana es nuestra fe, si Cristo no ha resucitado”. Ciertamente nuestra forma de vivir, nuestras privaciones, nuestra generosidad, nuestro amor, nuestro perdón y ganas de reconciliación y otros muchos valores y virtudes típicamente cristianas, tienen su fundamento únicamente en el hecho de que Cristo ha resucitado; y la fe en El, da otra dimensión a nuestra vida. La finalidad es que la Pascua de Cristo y su Vida vayan siendo nuestra Pascua y nuestra Vida. Para la comunidad y para cada cristiano. Para la humanidad y el cosmos entero. A pesar de nuestras debilidades, o precisamente por ellas, el Resucitado quiere renovarnos cada año, llenándonos del don de su alegría, su libertad, su energía pascual y su Espíritu. VIVIENDO LA PRESENCIA DE JESÚS NUESTRA PASCUA  La Resurrección de Cristo es un hecho ocurrido en la historia, del cual los apóstoles han sido testigos, no inventores, que no permite un simple retorno a nuestra vida terrena: es la más grande “transformación” jamás ocurrida, el “salto” decisivo hacia una dimensión de vida profundamente nueva, la entrada en un orden decididamente distinto, que se refiere ante todo a Jesús de Nazaret, y con Él también a nosotros, a toda la familia humana, a la historia y al universo entero. Por eso, la resurrección de Cristo es el centro de la predicación y del testimonio cristiano, desde el comienzo hasta el final de los tiempos. Se trata de un gran misterio, el misterio de nuestra salvación, que encuentra en la resurrección del Verbo encarnado su cumplimiento y, juntamente, la anticipación y las arras de nuestra esperanza. Pero el centro de este misterio es el amor, y solamente en la lógica del amor, éste puede ser considerado y, en cierto modo, comprendido: Jesucristo resucita de entre los muertos porque todo su ser es perfecta e íntima unión con Dios, que es el Amor verdaderamente más fuerte que la muerte. Él era una sola cosa con la Vida indestructible y por tanto podía dar la propia vida dejándose matar, pero no podía sucumbir definitivamente a la muerte: en concreto, en la Última Cena, Él ha anticipado y aceptado por amor la propia muerte en cruz, transformándola así en el don de sí, ese don que nos da la vida, nos libera, y nos salva. Su resurrección ha sido, pues, como una explosión de luz, una explosión del amor que rompe las cadenas del pecado y de la muerte.  Ella ha inaugurado una nueva dimensión de la vida y de la realidad, de la cual emerge un mundo nuevo, que continuamente penetra en nuestro mundo, lo transforma y lo atrae hacia sí. Todo ello se realiza concretamente a través de la vida y el testimonio de la Iglesia; es más, la Iglesia misma constituye la primicia de esta transformación, que es obra de Dios y no nuestra. Ella viene a nosotros mediante la fe y el sacramento del Bautismo, que es realmente muerte y resurrección, renacer, transformación en una vida nueva. Es lo que resalta san Pablo en la carta a los Gálatas: “Ya no soy yo, sino Cristo quien vive en mí” (2,20).  Así ha sido cambiada mi identidad esencial y yo continúo existiendo solamente en este cambio. Mi propio yo me es quitado y viene introducido en mí un nuevo sujeto más grande, en el cual mi yo está nuevamente, pero transformado, purificado, “abierto” mediante la inserción en el otro, en el cual adquiere su nuevo espacio de existencia.
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Somos así “uno en Cristo” (Gál 3,28), un único sujeto nuevo, y nuestro yo es liberado de su aislamiento. “Yo, pero ya no más yo”: es ésta la fórmula de la existencia cristiana fundada en el Bautismo, la fórmula de la resurrección dentro del tiempo, la fórmula de la “novedad” cristiana llamada a trasformar el mundo. Aquí está nuestra alegría pascual. Nuestra vocación y nuestra tarea de cristianos consisten en cooperar para que llegue a cumplimiento efectivo, en la realidad cotidiana de nuestra vida, lo que el Espíritu Santo ha comenzado en nosotros con el Bautismo.

MANIFIESTO EN MI HOGAR MI FE A JESUSCRISTO  La vida de un cristiano no es más fácil que la de un ateo o agnóstico, por el hecho de tener fe: le vienen las mismas enfermedades, los mismos dolores, las mismas preocupaciones familiares, la misma lucha en la vida política o social, las mismas tentaciones… Pero el hecho de creer en Cristo resucitado, y en la resurrección por El prometida, sí da otra dimensión, otra relatividad de ciertas cosas, otro ánimo positivo para enfrentar situaciones que de otra manera podrían parecer absurdas.  Cristo ha resucitado, vivamos con alegría interior que se refleje en nuestros rostros, en nuestra vida en nuestros hijos, amigos y transmita un poco más de ilusión y ganas de vivir a nuestro mundo.  Ala vez, confesando nuestra fe en la Vida, que es Cristo, como él mismo nos recordó (“yo soy la Resurrección y la Vida”), nuestra visión del mundo tiene que ser positiva: tenemos, no sólo que condenar la muerte, la violencia, los atentados, todo lo que representa tinieblas y destrucción de la vida de cualquier manera, sino que, sobre todo, tenemos que vivir la vida y defenderla de forma positiva: respetar la vida, hablar a favor de la misma, contagiar esperanza, procurar la reconciliación, trabajar por un mundo más humano y mejor en colaboración con otros muchos cristianos que sienten los mismos valores, y con cualquier persona que quiera colaborar en la defensa de la vida, de la naturaleza y en el trabajo por la justicia, aunque no profese la misma fe que nosotros.  No dejes escapar este tren, móntate en él, viajaremos con Cristo resucitado, llevando vida, esperanza, ilusión a nuestro alrededor. Cuantos más seamos en esta Misión, mayor bien podremos reportar a nuestros compatriotas, con vecinos y hermanos. Si creemos en Cristo Resucitado, pongamos medios para prepararnos y anunciarlo, y esto, en comunidad, que es más efectivo. EN PASCUA, JESÚS HIZO ALGO MARAVILLOSO POR NOSOTROS No obstante, ¿cómo se traduce eso a nuestra vida cotidiana? Gigi Tchividjian relata una anécdota sobre lo que nos ofreció Jesús con su muerte y su resurrección. Cuenta que había un hombre que sufría grandes remordimientos a causa de un pecado cometido en su juventud. Creía que Dios no lo podía perdonar. Un día oyó hablar de una anciana que conversaba con Dios. Finalmente se armó de valor y fue a verla. Mientras tomaban un té, le preguntó si le podía hacer el favor de consultar algo al Señor de parte suya. Con mucho gusto repuso ella. ¿De qué se trata? ¿Tendría la bondad de preguntarle qué pecado cometí en mi juventud? Picada por la curiosidad, la señora accedió de buen grado. Al cabo de varias semanas, el hombre fue a verla de nuevo. Taza de té de por medio, le preguntó con cautela y timidez: ¿Ha conversado con Dios últimamente? La anciana dijo que sí, y añadió que le había preguntado cuál había sido el pecado cometido por el hombre en su juventud. Él, nervioso, vaciló un momento. Por fin se atrevió a decir: Y ¿qué le respondió? Que no se acuerda repuso. La Biblia explica que por haber sufrido Jesús el castigo de nuestros pecados, Dios ya no se recuerda de ellos ni nos los echa en cara. «Perdonaré la maldad de ellos y no me acordaré más de su pecado», dice en Jeremías 31:34.
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AMOR TOTAL Nuestra salvación es un don de Dios (Efesios 2:8), aunque a Jesús le costó una enormidad. Gracias a Dios, nosotros nunca tendremos que sufrir esos padecimientos. No me refiero solamente a la crucifixión y el dolor físico, sino también a la agonía mental, espiritual y anímica que lo embargó al pensar que Dios lo había abandonado. «Dios mío, Dios mío clamó desde la cruz, ¿por qué me has desamparado?» (Mateo 27:46). ¿Lo había desamparado Dios? Sí, momentáneamente, para que pudiera morir como un pecador, separado de Dios. A ese precio compró nuestra salvación. Sólo Él podía hacerlo. Nos amaba tanto que estuvo dispuesto a sufrir ese tormento por nosotros, para que obtuviéramos perdón y salvación. ¡Eso sí que es amor! LA PASCUA DE JESUS, PASCUA NUESTRA  Todos sentimos en lo más hondo de nuestro ser un auténtico deseo de vivir libres de toda limitación, tanto de las que se encuentran en nuestro propio interior como de las que nos vienen del exterior, de la materia, del sufrimiento y del mal, deseando profundamente construirnos a nosotros mismos en la relación con los demás, construyendo un mundo verdadero y fraterno en el que reinen la paz y la justicia... Pero constatamos una y otra vez que todo esto termina en fracaso, debido a nuestras limitaciones, las de nuestro ser material, las del pecado, y en última instancia las de la muerte.  Los primeros cristianos tuvieron la certidumbre de que un hombre, Jesús, que había vivido como ellos todas estas esperanzas y contradicciones, murió, pero al tercer día resucitó, y en adelante estaba vivo para siempre.  Para comprender verdaderamente lo que somos y el sentido de nuestra vida y de la historia, sería necesario poder situarnos al final de dicha historia. Ahora bien, en la resurrección de Jesús, tenemos ante nuestros ojos, hecho realidad, el acontecimiento del fin. En el resucitado podemos ya contemplar la meta hacia la que caminamos. Lo que se nos descubre es ni más ni menos que todo el sentido de nuestra existencia humana, personal y colectiva.  En él sabemos, mejor dicho, «vemos» que la muerte es algo más, tiene otra cara oculta: la muerte es un nuevo nacimiento, desemboca en un «ser más». En Jesús resucitado contemplamos la vida de un hombre que ha triunfado, tal y como Dios nos lo había revelado en los albores del Génesis: un hombre que existe totalmente transparente para consigo mismo, totalmente orientado hacia Dios y hacia los demás, sin límites, en perfecta comunión con todos los seres y con el universo entero, con su cuerpo espiritualizado que no constituye ya un límite sino más bien un medio de comunión con todos los demás, ya que ha sido asumido en la gloria de Dios.  Su resurrección constituye, en efecto, la anticipación de la nuestra. Por su resurrección, Jesús es introducido realmente en el seno de Dios. Como hijo del hombre, reúne en sí a todos aquéllos que al final de los tiempos serán igualmente introducidos en la gloria de Dios para vivir eternamente con él. De esta forma, lo que un día seremos todos nosotros se realiza ya en él. En él todos entramos en la gloria de Dios. Cierto que el cristiano continuará sufriendo la muerte, pero ya no podrá ser sorprendido por ella, ya que de antemano la ha vivido en Jesús. De esta forma, en Jesús resucitado se ha realizado todo.  Dios ha cumplido su promesa para él y para nosotros. Y sin embargo, todo queda aún por hacer. Lo que se ha realizado en Jesús, no hace sino exasperar nuestra espera e incitarnos a trabajar para que la promesa se realice. La espera cristiana no tiene otro objetivo que Jesucristo que ya vino, pero al mismo tiempo espera de él algo nuevo que todavía no ha tenido lugar: espera la realización en todas las cosas de la justicia prometida por Dios, y el cumplimiento de la resurrección de los muertos prometida en su resurrección, as í como el cumplimiento de la soberanía del crucificado sobre todas las cosas, prometida al ser elevado a la gloria.

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VIVO LA PASCUA DEL SEÑOR EN MI LABOR DOCENTE  En realidad estamos llamados a ser mujeres y hombres nuevos, para poder ser verdaderos testigos del Resucitado y de ese modo portadores de la alegría y de la esperanza cristiana en el mundo, concretamente, en esa comunidad de personas en la cual vivimos por eso nuestra familia es uno de los lugares en donde tenemos que experimentar la fe a Jesús Resucitado.  «Si alguno está en Cristo dice la Biblia, nueva criatura es; las cosas viejas    pasaron; he aquí todas son hechas nuevas». Esa transformación comienza en el momento en que invitamos a Jesús a entrar en nuestro corazón y formar parte de nuestra vida. Sin embargo, toma bastante más tiempo entrar en Jesús, es decir, sumirse completamente en Él y cimentar bien la fe. Cuanto más lo hacemos, más vamos dejando atrás nuestros viejos hábitos y formas de pensar, con lo que en efecto todas las cosas «son hechas nuevas». ¿Qué mejor momento que la Pascua, la celebración de la resurrección, para renovarse espiritualmente? Pide a Dios que te indique uno o dos aspectos en los que te vendría bien cambiar o madurar como individuo. Por ejemplo: ¿Sueles tener una actitud positiva y agradecida, o tienes más bien tendencia a quejarte de las dificultades de la vida? ¿Te haces tiempo para leer la Palabra de Dios y reflexionar sobre cómo se te aplica, o dedicas tus ratos libres a ver la televisión y a otros pasatiempos? ¿Oras por las personas que están en apuros, o sólo te inspiran lástima pero no te mueven a actuar? ¿Te ofreces a ayudar con alegría y abnegación, o resientes los sacrificios que a veces tienes que hacer por los demás? ¿Hay algún otro aspecto en que debas cambiar? Tómate unos minutos para rezar y encomendarle a Jesús esas cuestiones. «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí» Superar viejos hábitos requiere tiempo y un esfuerzo sostenido; pero una vez que reconoces la necesidad de cambiar y pides ayuda a Jesús, puedes invocar esta promesa: «El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará ». Tú haz lo que puedas, y Él hará el resto ¡Felices Pascuas de Resurrección SIMBOLOS DE LA PASCUA

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Soy el vino. Después de repartir el pan, el Maestro me vertió en una

copa. «Esta copa es el nuevo pacto en Mi sangre» (1 Corintios 11:25), dijo a Sus discípulos. Aunque sabía que estaba por sufrir una muerte atroz, su corazón rebosaba de amor desinteresado por los demás. Y así es hasta el día de hoy. Habría vertido Su sangre solamente por ti, y volvería a hacerlo, nada más que por ti. Esa es la medida del amor que te tiene.

Soy la corona de espinas. Yo era un arbusto molesto que crecía a

la vera del camino parte de la maldición de Dios por el pecado del hombre, y al igual que el Maestro, era objeto de maldiciones y desprecio. Una noche me convirtieron en una corona para hacer una burla cruel (Mateo 27:29). Sin embargo, me convertí en emblema de gloria cuando el Padre me transformó en un halo de luz.

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Soy la caña. A mí también se me usó para hacer una burla (Mateo

27:29). Sin embargo, en la mano derecha del Rey de reyes durante Su momento de prueba más duro yo también fui transformada. Aunque no era más que un bastón cualquiera, me convertí en un cetro de justicia, un símbolo del poder y la gloria del Rey cuyo reino no es de este mundo (Juan 18:36).

Soy el manto rojo. Quienes me echaron sobre el cuerpo del Maestro lo

hicieron para mofarse de Él, diciendo: «¡Salve, Rey de los judíos!» (Mateo 27:28,29). ¡Ni se imaginaron lo ciertas que eran sus palabras! No solo rey de los judíos, sino del Cielo y de la Tierra, «Rey de reyes, y Señor de señores, el único dotado de inmortalidad, que habita en luz inaccesible » (1 Timoteo 6:15,16).

Soy la cruz. Un árbol creció durante años hasta hacerse alto y

macizo. Un aciago día lo cortó el hacha. Pero en vez de ir a parar a manos de un carpintero que con él elaborara algún objeto de uso corriente tal vez una silla, una mesa o una puerta fue convertido en una rústica cruz de la que colgaron al Maestro carpintero (Juan 19:1618). Yo soy el árbol que se transformó en esa cruz. Lo sostuve mientras moría por el mundo, incluso por los que habían instigado Su muerte. Me convirtieron en instrumento de muerte y, sin embargo, vine a ser símbolo del insondable amor de Dios y Su don de la vida eterna.

Soy la sábana. José y Nicodemo me empaparon en un perfume de dulce
fragancia y me emplearon para envolver el cuerpo del Maestro después de Su muerte ( Juan 19:38-40). Durante tres días lo cubrí, hasta que fui retirada de Su cuerpo así como el capullo queda abandonado cuando la mariposa emerge y levanta vuelo. El Maestro ya no tenía necesidad de mí, pues desde entonces está vestido de luz.

Soy el sepulcro vacío. Serví de

morada para el cuerpo sin vida del Maestro durante tres días y tres noches. Pero no pude retenerlo. En un abrir y cerrar de ojos, con un resplandeciente haz de luz y una descarga de energía desde lo alto, venció a la muer te, no solo para Sí mismo, sino para todos los que lo aceptan como Salvador.

Soy el huerto. Al rayar el alba, dejé de ser un lugar de duelo y me

transformé en escenario de un gozoso acontecimiento cuando los ángeles preguntaron: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado» (Mateo 28:2-6; Lucas 24:4-6).

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