TEXTOS

G. K. CHESTERTON

Recopilación y revisión de los textos: Miguel Zavalaga Flórez

ÍNDICE
CÓMO ESCRIBIR UN CUENTO POLICIAL....................................4 LA AUSENCIA DEL SEÑOR GLASS...............................................8 DOCE HOMBRES.............................................................................18 EL FUNCIONARIO LOCO...............................................................20 LA PESADILLA................................................................................22 TOLSTOY..........................................................................................25 LA PAGODA DE BABEL.................................................................28 UNA ANÉCDOTA MÁS BIEN IMPROBABLE..............................29 UNA DEFENSA DE LAS NOVELITAS DE A PENIQUE..............32 DEFENSA DEL DESATINO.............................................................36 EL ÁRBOL DEL ORGULLO............................................................39

CÓMO ESCRIBIR UN CUENTO POLICIAL
Que quede claro que escribo este artículo siendo totalmente consciente de que he fracasado en escribir un cuento policíaco. Pero he fracasado muchas veces. Mi autoridad es por lo tanto de naturaleza práctica y científica, como la de un estudioso de lo social que se ocupe del desempleo o del problema de la vivienda. No tengo la pretensión de haber cumplido el ideal que aquí propongo al joven estudiante; soy, si les place, ante todo el terrible ejemplo que debe evitar. Sin embargo creo que existen ideales para la narrativa policíaca, como existen para cualquier actividad digna de ser llevada a cabo. Y me pregunto por qué no se exponen con más frecuencia en la literatura didáctica popular que nos enseña a hacer tantas otras cosas menos dignas de efectuarse. Como, por ejemplo, la manera de triunfar en la vida. Se publican panfletos de todo tipo para enseñar a la gente las cosas que no pueden ser aprendidas como tener personalidad, tener muchos amigos, poesía y encanto personal. Incluso aquellas facetas del periodismo y la literatura de las que resulta más evidente que no pueden ser aprendidas, son enseñadas con asiduidad. Pero he aquí una muestra clara de sencilla artesanía literaria, más constructiva que creativa, que podría ser enseñada hasta cierto punto e incluso aprendida en algunos casos muy afortunados. Más pronto o más tarde, creo que esta demanda será satisfecha, en este sistema comercial en que la oferta responde inmediatamente a la demanda y en el que todo el mundo está frustrado al no poder conseguir nada de lo que desea. Más pronto o más tarde, creo que habrá no sólo libros de texto explicando los métodos de la investigación criminal sino también libros de texto para formar criminales. Apenas será un pequeño cambio de la ética financiera vigente y, cuando la vigorosa y astuta mentalidad comercial se deshaga de los últimos vestigios de los dogmas inventados por los sacerdotes, el periodismo y la publicidad demostrarán la misma indiferencia hacia los tabúes actuales que hoy en día demostramos hacia los tabúes de la Edad Media. El robo se justificará al igual que la usura y nos andaremos con los mismos tapujos al hablar de cortar cuellos que hoy tenemos para monopolizar mercados. Los quioscos se adornaran con títulos como La falsificación en quince lecciones o ¿Por qué aguantar las miserias del matrimonio?, con una divulgación del envenenamiento que será tan científica como la divulgación del divorcio o los anticonceptivos. Pero, como a menudo se nos recuerda, no debemos impacientarnos por la llegada de una humanidad feliz y, mientras tanto, parece que es tan fácil conseguir buenos consejos sobre la manera de cometer un crimen como sobre la manera de investigarlos o sobre la manera de describir la manera en que podrían investigarse. Me imagino que la razón es que el crimen, su investigación, su descripción y la descripción de la descripción requieren, todas ellas, algo de inteligencia. Mientras que triunfar en la vida y escribir un libro sobre ello, no. Primero Lo primero y principal es que el objetivo del cuento de misterio, como el de cualquier otro cuento o cualquier otro misterio, no es la oscuridad sino la luz. El cuento se escribe para el momento en el que el lector comprende por fin el acontecimiento misterioso, no simplemente por los múltiples preliminares en que no. El error sólo es la oscura silueta de una nube que descubre el brillo de ese instante en que se entiende la trama. Y la mayoría de los malos cuentos policíacos son malos porque fracasan en esto. Los

escritores tienen la extraña idea de que su trabajo consiste en confundir a sus lectores y que, mientras los mantengan confundidos, no importa si los decepcionan. Pero no hace falta sólo esconder un secreto, también hace falta un secreto digno de ocultar. El clímax no debe ser anticlimático. No puede consistir en invitar al lector a un baile para abandonarle en una zanja. Más que reventar una burbuja debe ser el primer albor de un amanecer en el que el alba se ve acentuada por las tinieblas. Cualquier forma artística, por trivial que sea, se apoya en algunas verdades valiosas. Y por más que nos ocupemos de nada más importante que una multitud de Watsons dando vueltas con desorbitados ojos de búho, considero aceptable insistir en que es la gente que ha estado sentada en la oscuridad la que llega a ver una gran luz; y que la oscuridad sólo es valiosa en tanto acentúa dicha gran luz en la mente. Siempre he considerado una coincidencia simpática que el mejor cuento de Sherlock Holmes tiene un título que, a pesar de haber sido concebido y empleado en un sentido completamente diferente, podría haber sido compuesto para expresar este esencial clarear: el título es “Resplandor plateado”. Segundo El segundo gran principio es que el alma de los cuentos de detectives no es la complejidad sino la sencillez. El secreto puede ser complicado pero debe ser simple. Esto también señala las historias de más calidad. El escritor está ahí para explicar el misterio pero no debería tener que explicar la propia explicación. Ésta debe hablar por sí misma. Debería ser algo que pueda decirse con voz silbante (por el malo, por supuesto) en unas pocas palabras susurradas o gritado por la heroína antes de desmayarse por la impresión de descubrir que dos y dos son cuatro. Ahora bien, algunos detectives literarios complican más la solución que el misterio y hacen el crimen más complejo aun que su solución. Tercero En tercer lugar, de lo anterior deducimos que el hecho o el personaje que lo explican todo, deben resultar familiares al lector. El criminal debe estar en primer plano pero no como criminal; tiene que tener alguna otra cosa que hacer que, sin embargo, le otorgue el derecho de permanecer en el proscenio. Tomaré como ejemplo el que ya he mencionado, “Resplandor plateado”. Sherlock Holmes es tan conocido como Shakespeare. Por lo tanto, no hay nada de malo en desvelar, a estas alturas, el secreto de uno de estos famosos cuentos. A Sherlock Holmes le dan la noticia de que un valioso caballo de carreras ha sido robado y el entrenador que lo vigilaba asesinado por el ladrón. Se sospecha, justificadamente, de varias personas y todo el mundo se concentra en el grave problema policial de descubrir la identidad del asesino del entrenador. La pura verdad es que el caballo lo asesinó. Pues bien, considero el cuento modélico por la extrema sencillez de la verdad. La verdad termina resultando algo muy evidente. El caballo da título al cuento, trata del caballo en todo momento, el caballo está siempre en primer plano, pero siempre haciendo otra cosa. Como objeto de gran valor, para los lectores, va siempre en cabeza. Verlo como el criminal es lo que nos sorprende. Es un cuento en el que el caballo hace el papel de joya hasta que olvidamos que una joya puede ser un arma. Si tuviese que crear reglas para este tipo de composiciones, ésta es la primera que sugeriría: en términos generales, el motor de la acción debe ser una figura familiar

actuando de una manera poco frecuente. Debería ser algo conocido previamente y que esté muy a la vista. De otra manera no hay auténtica sorpresa sino simple originalidad. Es inútil que algo sea inesperado no siendo digno de espera. Pero debería ser visible por alguna razón y culpable por otra. Una gran parte de la tramoya, o el truco, de escribir cuentos de misterio es encontrar una razón convincente, que al mismo tiempo despiste al lector, que justifique la visibilidad del criminal, más allá de su propio trabajo de cometer el crimen. Muchas obras de misterio fracasan al dejarlo como un cabo suelto en la historia, sin otra cosa que hacer que delinquir. Por suerte suele tener dinero o nuestro sistema legal, tan justo y equitativo, le habría aplicado la ley de vagos y maleantes mucho antes de que lo detengan por asesinato. Llegamos al punto en que sospechamos de estos personajes gracias a un proceso inconsciente de eliminación muy rápido. Por lo general, sospechamos de él simplemente porque nadie lo hace. El arte de contar consiste en convencer, durante un momento, al lector no sólo de que el personaje no ha llegado al lugar del crimen sin intención de delinquir si no de que el autor no lo ha puesto allí con alguna segunda intención. Porque el cuento de detectives no es más que un juego. Y el lector no juega contra el criminal sino contra el autor. El escritor debe recordar que en este juego el lector no preguntará, como a veces hace en una obra seria o realista: “¿Por qué el agrimensor de gafas verdes trepa al árbol para vigilar el jardín del médico?” Sin sentirlo ni dudarlo, se preguntará: “¿Por qué el autor hizo que el agrimensor trepase al árbol o cuál es la razón que le hizo presentarnos a un agrimensor?”. El lector puede admitir que cualquier ciudad necesita un agrimensor sin reconocer que el cuento pueda necesitarlo. Es necesario justificar su presencia en el cuento (y en el árbol) no sólo sugiriendo que lo envía el Ayuntamiento sino explicando por qué lo envía el autor. Más allá de las faltas que planea cometer en el interior de la historia debe tener alguna otra justificación como personaje de la misma, no como una miserable persona de carne y hueso en la vida real. El lector, mientras juega al escondite con su auténtico rival el autor, tiende a decir: Sí soy consciente de que un agrimensor puede trepar a un árbol, y sé que existen árboles y agrimensores. ¿Pero qué está haciendo con ellos? ¿Por qué hace usted que este agrimensor en concreto trepase a este árbol en particular, hombre astuto y malvado? Cuarto Esto nos conduce al cuarto principio que debemos recordar. La gente no lo reconocerá como práctico ya que, como en los otros casos, los pilares en que se apoya lo hacen parecer teórico. Descansa en el hecho que, entre las artes, los asesinatos misteriosos pertenecen a la gran y alegre compañía de las cosas llamadas chistes. La historia es un vuelo de la imaginación. Es conscientemente una ficción ficticia. Podemos decir que es una forma artística muy artificial pero prefiero decir que es claramente un juguete, algo a lo que los niños juegan. De donde se deduce que el lector que es un niño, y por lo tanto muy despierto, es consciente no sólo del juguete, también de su amigo invisible que fabricó el juguete y tramó el engaño. Los niños inocentes son muy inteligentes y algo desconfiados. E insisto en que una de las principales reglas que debe tener en mente el hacedor de cuentos engañosos es que el asesino enmascarado debe tener un derecho artístico a estar en escena y no un simple derecho realista a vivir en el mundo. No debe venir de visita sólo por motivos de negocios, deben ser los negocios de la trama. No se trata de los motivos por los que el personaje viene de visita, se trata de los motivos que tiene el autor para que la visita ocurra. El cuento de misterio ideal es aquel en que es un personaje tal y como el autor habría creado por placer, o por impulsar la historia en otras áreas necesarias y después descubriremos que está presente no por la

razón obvia y suficiente sino por la segunda y secreta. Añadiré que por este motivo, a pesar de las burlas hacia los noviazgos estereotipados, hay mucho que decir a favor de la tradición sentimental de estilo más lector o más victoriano. Habrá quien lo llame un aburrimiento pero puede servir para taparle los ojos al lector. Quinto Por último, el principio de que los cuentos de detectives, como cualquier otra forma literaria, empiezan con una idea. Lo que se aplica también a sus facetas más mecánicas y a los detalles. Cuando la historia trata de investigaciones, aunque el detective entre desde fuera el escritor debe empezar desde dentro. Cada buen problema de este tipo empieza con una buena idea, una idea simple. Algún hecho de la vida diaria que el escritor es capaz de recordar y el lector puede olvidar. Pero en cualquier caso la historia debe basarse en una verdad y, por más que se le pueda añadir, no puede ser simplemente una alucinación.

LA AUSENCIA DEL SEÑOR GLASS
La sala de consulta del doctor Orion Hood, el eminente criminólogo y especialista en ciertos trastornos morales, estaba frente al mar, en Scarborough, y tenía una serie de puertas-ventana, amplias y luminosas, por las que se veía el mar del Norte como una infinita muralla exterior de mármol azul verdoso. En esa zona, el mar tenía algo de la monotonía de un friso de ese color. Y la propia sala estaba organizada según un orden inflexible, semejante, en cierto modo, al orden inflexible del mar. No debe deducirse de ello que excluyera del lugar el lujo o incluso la poesía. Ambos estaban presentes, en el sitio que les correspondía. Pero uno sentía que nunca se les permitía dejar su lugar. El lujo estaba presente: en una mesa especial había ocho o diez cajas de cigarros de la mejor calidad, pero colocados con deliberación, de manera que los más fuertes estaban siempre más próximos a la pared y los más suaves más cerca de la ventana. Tres frascos con tres clases diferentes de licor, todos ellos excelentes, permanecían siempre en esa mesa representativa del lujo. Pero las personas imaginativas sostienen que el whisky, el coñac y el ron parecían estar siempre a la misma altura. La poesía estaba presente: el rincón izquierdo de la habitación estaba cubierto con estantes en los que se alojaba una colección tan completa de los clásicos ingleses como la que, en el rincón derecho de la habitación, representaba a los fisiólogos ingleses y extranjeros. Pero si uno sacaba de su fila, un volumen de Chaucer o de Shelley, su ausencia producía un efecto irritante, como una mella en los incisivos de una persona. Uno no podría decir que los libros no se leían nunca; probablemente sí se leían, pero daban la sensación de estar encadenados a sus lugares, como las biblias en las viejas iglesias. El doctor Hood trataba su biblioteca privada como si fuera una biblioteca pública. Y si esta estricta rigidez científica alcanzaba incluso a los estantes cargados de poemas y de baladas y a las mesas colmadas de bebida y tabaco, no hace falta decir que esa santidad pagana protegía aún más los otros estantes que contenían la biblioteca del especialista y las otras mesas que sostenían los frágiles e incluso etéreos instrumentos químicos o mecánicos. El doctor Orion Hood paseaba arriba y abajo por su consulta, limitado —como dicen las geografías escolares— al este por el mar del Norte y al oeste por las apretadas hileras de su biblioteca sociológica y criminológica. Iba vestido de terciopelo, como un artista, pero sin nada del descuido propio de los artistas. Tenía muchas canas, pero su pelo era espeso y saludable: su rostro, aunque delgado, era de expresión optimista y alerta. Todo lo que se refería a él y a su habitación indicaba algo a la vez rígido e inquieto, como ese gran mar nórdico junto al cual (por puras razones higiénicas) había construido su hogar. El destino, que estaba de ánimo jocoso, empujó la puerta e introdujo en ese largo y estricto aposento, flanqueado por el mar, a alguien que era quizá lo más violentamente opuesto a él y a su dueño. En respuesta a una invitación breve pero educada, la puerta se abrió hacia dentro y apareció, con torpe caminar, una figurita informe, que parecía encontrar su propio sombrero y su propio paraguas tan inmanejables como una enorme cantidad de equipaje. El paraguas era un bulto negro, vulgar y en pésimo estado; el sombrero era de ala ancha y curva, clerical, pero de un tipo poco frecuente en Inglaterra. El hombre, era la encarnación misma de la humildad y el desvalimiento. El médico contempló al recién llegado con sorpresa contenida, parecida a la que habría mostrado si algún animal marino de gran tamaño, pero inofensivo, se hubiera arrastrado hasta su habitación. El recién llegado contempló al médico con esa expresión

sonriente, pero jadeante, que caracteriza a una corpulenta mujer de la limpieza que acaba de lograr meterse en un ómnibus. Es una espléndida combinación de satisfacción social propia y de apariencia física desordenada. Se le cayó el sombrero a la alfombra y el pesado paraguas se le escurrió entre las rodillas, con un golpe sordo. El hombrecillo se lanzó a recoger el primero y se agachó para recuperar el segundo, mientras con una sonrisa inocente en su redonda faz decía lo siguiente: —Me llamo Brown. Le ruego que me disculpe. He venido por el asunto de los MacNab. Me he enterado de que usted ayuda a menudo a gente con problemas semejantes. Discúlpeme si me equivoco. Para entonces, ya había recuperado desmañadamente el sombrero e hizo una breve inclinación de cabeza sobre él, a modo de saludo, como si así todo quedara perfectamente en orden. —Creo que no le comprendo —replicó el científico, con frialdad—. Me temo que se ha equivocado usted de despacho. Yo soy el doctor Hood y mi trabajo es casi enteramente literario y educativo. Es cierto que algunas veces la policía me ha consultado en casos de especial dificultad e. importancia, pero... —Oh, esto es algo de la mayor importancia —interrumpió el hombrecito llamado Brown—. Imagínese, su madre no deja que se prometan en matrimonio. —Y se echó hacia atrás en la butaca con la más radiante expresión de racionalidad. Las cejas del doctor Hood estaban fruncidas sombríamente, pero, bajo ellas, los ojos brillaban con un fulgor que podía ser fruto de la ira o de la diversión. —Pues sigo sin entender del todo —dijo. —Mire usted: quieren casarse —aclaró el hombre del sombrero clerical—. Maggie MacNab y el joven Todhunter quieren casarse. ¿Y qué puede haber más importante que eso? Los triunfos científicos del gran Orion Hood lo habían privado de muchas cosas, unos decían que de la salud, otros que de Dios; pero no le habían despojado totalmente del sentido del absurdo. Y ante la última apelación del ingenuo cura, se le escapó una risa ahogada y se dejó caer en una silla, adoptando una actitud irónica, de médico llamado a consulta. —Señor Brown —dijo gravemente—: hace catorce años y medio que se me pidió que atendiera personalmente un problema particular. Y entonces el caso era un intento de envenenar al presidente francés en un banquete ofrecido por un alcalde. Entiendo que ahora se trata de si una amiga de usted, llamada Maggie, es la prometida adecuada para un amigo de ella llamado Todhunter. Pues bien, señor Brown, soy un deportista. Me haré cargo del caso. Daré a la familia MacNab el mejor consejo que pueda, tan bueno como el que di a la República francesa y al Rey de Inglaterra; no, mejor: catorce años mejor. No tengo nada más que hacer esta tarde. Cuénteme su historia. El curita llamado Brown le dio las gracias calurosamente, pero con la misma y peculiar sencillez. Era más bien como si diera las gracias a un desconocido, en un salón para fumadores, por haberse tomado la molestia de pasarle las cerillas en vez de estar dando las gracias (y a los efectos, así era) al conservador de los Kew Gardens por acompañarle a un prado a encontrar un trébol de cuatro hojas. Sin apenas una pausa tras su cálido agradecimiento, el hombreciIlo empezó su relato: —Le dije que mi nombre era Brown y así es, en efecto. Soy el cura de la Iglesia católica que me imagino habrá usted visto al otro lado de esas calles dispersas que hay a las afueras de la ciudad, hacia el norte. En la última y más apartada de esas calles que corre paralela al mar como un muelle, hay un miembro de mi parroquia, una viuda llamada MacNab, una mujer muy honrada pero de genio bastante vivo. Tiene una hija y alquila habitaciones, y entre ella y los huéspedes... bueno, me imagino que habría

mucho que decir de ambas partes. En estos momentos tiene sólo un huésped, el joven llamado Todhunter. Pero ha dado bastante más que hacer que todos los anteriores, porque quiere casarse con la hija. —Y la hija —preguntó el doctor Hood, enormemente divertido, aunque lo ocultara—, ¿qué es lo que quiere? —¡Pues casarse con él! —exclamó el padre Brown, enderezándose en el asiento, con vehemencia—. Esa es la horrible complicación. —Es, en verdad, un enigma espantoso —dijo el doctor Hood. —El joven James Todhunter —continuó el clérigo— es un muchacho muy serio, por lo que yo sé. Pero el caso es que nadie conoce mucho de él. Es un tipo bajito, de tez oscura, alegre, ágil como un mono, completamente afeitado como un actor y servicial como un cortesano fiel. Parece tener una buena cantidad de dinero, pero nadie sabe en qué trabaja. Por lo tanto, la señora MacNab, que es dada al pesimismo, está completamente segura de que se trata de algo horrible y probablemente relacionado con la dinamita. La dinamita debe ser de no muy buena clase y no ruidosa, porque el pobre muchacho se limita a encerrarse varias horas al día y estudiar algo, tras la puerta cerrada con llave. El afirma que su encierro es temporal y está justificado y promete explicarlo todo antes de la boda. Eso es todo lo que se sabe con certeza, pero la señora MacNab le contará muchas cosas de las que ella está segura. Ya sabe usted cómo surgen las historias cuando sólo hay ignorancia. Hay historias de dos voces a las que se oye hablar en la habitación, aunque, cuando se abre la puerta, Todhunter está siempre solo. Hay historias de un misterioso hombre alto con sombrero de copa, que una vez salió de entre la bruma marina procedente, al parecer, del propio mar, caminando sin ruido a través de la arena, y que atravesó el pequeño jardín trasero, al crepúsculo, hasta que se le oyó hablando con el huésped, por la ventana abierta. La conversación parece que terminó en pelea. Todhunter cerró violentamente la ventana, y el hombre del sombrero de copa desapareció de nuevo entre la bruma del mar. La familia cuenta esta historia con la mayor de las perplejidades. Pero yo creo, en realidad, que la señora MacNab prefiere su propia versión original: que el Otro Hombre (o lo que sea) sale todas las noches del arcón de la esquina, que siempre está cerrado con llave; por lo tanto, ya ve usted cómo esta puerta cerrada de Todhunter se convierte en la puerta de todas las fantasías y monstruosidades de “Las mil y una noches”. Y, sin embargo, ahí está el muchacho, con su respetable chaqueta negra, tan exacto e inocente como un reloj de salón. Paga su renta con puntualidad y es prácticamente abstemio. No se cansa nunca de entretener a los niños durante horas y horas, del modo más amable. Además, y eso es lo más importante de todo, goza de todas las simpatías de la hija mayor, que está dispuesta a casarse con él mañana mismo. El hombre que se ocupa de teorías de largo alcance siente siempre un placer especial en aplicarlas a cualquier asunto trivial. El gran especialista, una vez que hubo decidido mostrarse bondadoso con la simplicidad del sacerdote, lo hizo de la manera más generosa. Se acomodó en su sillón y empezó a hablar con el tono de un profesor algo distraído: —Incluso en un asunto mínimo, lo mejor es buscar las principales tendencias de la Naturaleza. Una flor concreta puede no estar muerta al principio del invierno, pero las flores mueren en general en esas fechas; un guijarro concreto puede no mojarse con la marea, pero la marea sube. Para el ojo científico, toda la historia humana es una serie de movimientos colectivos, destrucciones o migraciones, como la matanza de moscas en invierno o el regreso de los pájaros en la primavera. Ahora bien, el hecho básico de toda la historia es la Raza. La Raza produce la religión, la Raza genera guerras legales y éticas. No hay ejemplo más fuerte que el del absurdo e ingenuo linaje, en camino de

desaparición, al que comúnmente llamamos linaje celta, al cual pertenecen sus amigos los MacNab. Pequeños, morenos, soñadores e inestables, aceptan fácilmente las explicaciones supersticiosas de cualquier hecho, igual que todavía aceptan (discúlpeme por decirlo), la supersticiosa explicación de todos los incidentes que usted y su iglesia representan. No es nada extraordinario que esa gente, con el mar lamentándose detrás de ellos y la Iglesia (perdóneme de nuevo) zumbando delante, den rasgos fantásticos a los que probablemente no son más que hechos normales. Usted, con sus pequeñas responsabilidades parroquiales, sólo ve a esta señora MacNab en concreto, aterrada con la historia de las dos voces y el hombre alto que viene del mar. Pero el hombre dotado de imaginación científica ve, por así decir, los clanes enteros de los MacNab, esparcidos por todo el mundo, tan iguales en su manifestación última como una bandada de pájaros. Ve miles de señoras MacNab en miles de casas, dejando caer su gotita de morbosidad en las tazas de té de sus amigas; ve... Antes de que el científico pudiera terminar su frase, se oyó llamar fuera de nuevo, más impacientemente que la primera vez. Alguien con faldas crujientes caminaba con precipitación por el pasillo y la puerta se abrió dejando ver a una joven, decorosamente vestida pero con aspecto nervioso y el rostro rojo por la prisa. Tenía el pelo rubio, alborotado por el viento marino, y habría sido realmente hermosa si sus pómulos, como es típico de los escoceses, no hubieran sido un poquito demasiado altos y sonrosados. Su disculpa fue casi tan brusca como una orden. —Lamento interrumpirle —dijo—, pero tenía que seguir al padre Brown, sin falta; se trata de un asunto de vida o muerte. El padre Brown empezó a ponerse en pie con cierta agitación. —Pero ¿qué ha ocurrido, Maggie? —dijo. —Han asesinado a James, por lo que puedo deducir —respondió la joven, respirando todavía agitadamente tras la carrera—. Ese individuo, Glass, ha estado otra vez con él. Los oí hablando a través de la puerta, con toda claridad. Dos voces distintas, porque James habla bajo, con un tono gutural y la otra voz era aguda y temblorosa. —¿Ese individuo Glass? —repitió perplejo el cura. —Sé que se llama Glass —respondió la joven con tono muy impaciente—, lo oí a través de la puerta. Estaban peleándose, por cuestiones de dinero, creo, porque oí a James decir una y otra vez: “Muy bien, señor Glass” o “No, señor Glass” y luego “Dos o tres, señor Glass”. Pero estamos hablando demasiado. Debe usted venir inmediatamente y quizá lleguemos a tiempo. —Pero ¿a tiempo para qué? —preguntó el doctor Hood, que había estado observando a la joven con gran interés—. ¿Qué pasa con ese señor Glass y sus problemas monetarios que impulsan a tal urgencia? —Traté de echar la puerta abajo y no pude —respondió bruscamente la joven—. Entonces corrí al patio trasero y logré subir al alféizar de la ventana de la habitación. Estaba bastante oscuro y parecía no haber nadie, pero juro que vi a James tirado en un rincón, como si estuviera drogado o lo hubieran estrangulado. —Esto es algo muy serio —dijo el padre Brown, recogiendo sus escurridizos paraguas y sombrero y poniéndose en pie—. De hecho yo estaba exponiendo sus problemas a este caballero y su opinión... —Ha sufrido un cambio considerable —dijo con preocupación el científico—. No creo que esta joven sea tan céltica como había supuesto. Como no tengo otra cosa que hacer, me pondré el sombrero y los acompañaré. Unos minutos después, los tres se acercaban al final de la triste calle de los MacNab, la joven con paso firme y sin aliento como un montañero, el criminólogo con pasos largos y elegantes que recordaban la agilidad de un leopardo y el cura con un trote

enérgico, totalmente carente de elegancia. El aspecto de esta zona de las afueras de la ciudad no dejaba de justificar las alusiones del médico a actitudes y ambientes desolados. Las casas dispersas estaban cada vez más alejadas unas de otras, en una línea interrumpida a lo largo de la costa; la tarde iba cayendo con una penumbra prematura y parcialmente lívida; el mar era de un púrpura turbio y producía un murmullo amenazador. En el descuidado jardín trasero de los MacNab, que bajaba hacia la arena, había dos árboles negros con aspecto de no brotar nunca, que parecían manos de demonios levantadas con expresión de asombro. Al correr calle abajo para recibirlos con las delgadas manos en alto, en un gesto similar, y su rostro impetuoso en la sombra, la señora MacNab se parecía también un poco a un demonio. El médico y el sacerdote apenas replicaron a su estridente reiteración del relato de la joven, con detalles más perturbadores de su propia cosecha, a las promesas de venganza alternativamente dirigidas contra el señor Glass por asesinato y contra el señor Todhunter por haber sido asesinado, o contra este último por haberse atrevido a querer casarse con su hija y no haber vivido para hacerlo. Atravesaron el estrecho pasillo de la parte delantera de la casa hasta llegar a la puerta del huésped en la parte trasera y allí, el doctor Hood, con la habilidad de un viejo detective, dio un golpe seco y logró abrir la puerta. Se encontraron con una catástrofe silenciosa. Nadie que la viera, aunque sólo fuese un segundo, podría dudar de que la habitación había sido el escenario de alguna impactante pelea entre dos personas o quizá más. Había naipes dispersos sobre la mesa o desparramados por el suelo, como si se hubiera interrumpido una partida. Copas de vino en una mesita auxiliar y una tercera, hecha trizas, como una estrella de cristal, sobre la alfombra. A pocos pies de ella había lo que parecía un cuchillo largo o una espada corta, recta, pero con un puño muy adornado y pintado. Su hoja apagada recibía un brillo grisáceo de la deprimente ventana que había detrás, por la que se veían los negros árboles contra la plomiza línea del mar. Un sombrero de copa había rodado hacia el extremo opuesto de la habitación, como si alguien se lo acabara justo de quitar, tanto que uno tenía casi la impresión de que seguía rodando. Y detrás de él, en la esquina, tirado como una bolsa de patatas, pero atado como un baúl facturado, yacía el señor James Todhunter, con una bufanda tapándole la boca y seis o siete cuerdas anudadas en torno a los codos y los tobillos. Sus ojos castaños estaban llenos de vida y se volvieron hacia ellos con expresión alerta. El doctor Orion Hood se detuvo un instante sobre el felpudo y se empapó de toda la escena de silenciosa violencia. Luego atravesó con rapidez la alfombra, recogió el sombrero de copa y lo puso gravemente sobre la cabeza del todavía cautivo Todhunter. Era demasiado ancho para él, tanto, que casi se deslizó hasta los hombros. —El sombrero del señor Glass —dijo el médico, volviendo con él y observando el interior con una lupa de bolsillo—. ¿Cómo explicar la ausencia del señor Glass y la presencia del sombrero del señor Glass? Porque el señor Glass no es una persona descuidada con su ropa. Este sombrero tiene estilo y ha sido cepillado y lustrado sistemáticamente, aunque no es muy nuevo. Un viejo dandy, diría yo. —Pero ¡por Dios! —exclamó la señorita MacNab—. ¿Por qué no lo desata usted antes que nada? —Digo “viejo” con intención, aunque no con certeza —continuó el comentarista—. Es posible que mi razón para usar esa palabra pueda parecer algo atrevida. El pelo de los seres humanos empieza a caer en diversos grados, pero casi siempre cae en pequeña cantidad y con la lupa debería ver los pocos pelos que se depositan en un sombrero que se ha usado recientemente. Este sombrero no tiene ningún pelo, lo que me hace pensar que el señor Glass es calvo. Ahora bien, cuando este dato se une a la voz aguda y temblorosa que la señorita MacNab describió tan atinadamente (paciencia, señorita,

paciencia), cuando unimos la cabeza sin pelo al tono de voz común en situaciones de ira senil, pienso que podemos deducir que se trata de alguien entrado en años. Sin embargo, era probablemente vigoroso y, casi con toda seguridad, de elevada estatura. Podría fiarme hasta cierto punto de la historia de su aparición anterior ante la ventana, en la que se le describía como un hombre alto con sombrero de copa, pero creo que tenemos indicios más certeros. Esta copa de vino ha saltado en pedazos por toda la habitación, pero uno de los trozos está en la repisa superior de la chimenea. No podría encontrarse allí si la copa se le hubiera caído a alguien relativamente bajo como el señor Todhunter. —A propósito —dijo el padre Brown—, ¿no convendría que desatáramos al señor Todhunter? —Lo que nos enseñan las copas no termina aquí —continuó el especialista—. Puedo decir inmediatamente que es posible que el individuo llamado Glass fuera calvo o nervioso, más a causa de su carácter disipado que por la edad. El señor Todhunter, como ya se ha dicho, es un caballero tranquilo y austero, prácticamente abstemio. Estos naipes y estas copas de vino no forman parte de sus hábitos normales; han sido sacados para un invitado especial. Pero, además, podemos ir aún más lejos. El señor Todhunter puede tener o no tener un juego de copas de vino, si bien no parece poseer vino alguno. ¿Qué era, entonces, lo que debían contener estos recipientes? Yo sugeriría inmediatamente un coñac o whisky, quizá de clase extra, procedente de un frasco de bolsillo del señor Glass. Así tenemos el retrato del individuo o por lo menos, del tipo al que pertenece: alto, entrado en años, a la moda, pero algo ajado, ciertamente aficionado al juego y a los licores fuertes y quizá demasiado aficionado a ellos. El señor Glass es un caballero conocido en los grupos sociales marginales. —Escúcheme —exclamó la joven—, si no me deja usted pasar para desatarlo, saldré corriendo y llamaré a gritos a la policía. —No le aconsejaría a usted, señorita MacNab —dijo gravemente el doctor Hood—, que tenga tanta prisa en hacer venir a la policía. Padre Brown, le ruego fervorosamente que controle usted a su rebaño, tanto por el bien del mismo como por el mío. Bien, ya hemos visto algo del aspecto y la condición del señor Glass. ¿Cuáles son las cosas principales que se saben del señor Todhunter? Son sustancialmente tres: que es ahorrativo, que es más o menos rico y que tiene un secreto. Ahora bien, es evidente que aquí nos encontramos con los tres rasgos básicos del hombre bueno, objeto de un chantaje. Y sin duda alguna es igual de evidente que la desgastada elegancia, las costumbres disipadas y la estridente irritación del señor Glass son los rasgos inconfundibles del tipo de hombre que lo somete a chantaje. Aquí tenemos las dos figuras típicas de una tragedia de dinero oculto: por un lado, un hombre respetable con un secreto; por el otro, el buitre de los barrios de moda con olfato para descubrir un secreto. Estos dos hombres se han reunido hoy aquí y se han peleado, a golpes y con un arma desnuda. —¿Le va a quitar usted las cuerdas? —insistió tercamente la joven. El doctor Hood volvió a colocar cuidadosamente el sombrero de copa sobre la mesa auxiliar y se acercó al cautivo. Lo estudió atentamente, incluso moviéndolo un poco y volviéndolo a medias por los hombros, pero se limitó a responder: —No. Creo que estas cuerdas están muy bien hasta que sus amigos policías traigan las esposas. El padre Brown, que había estado mirando aburridamente la alfombra, levantó su redonda cara y preguntó: —¿Qué quiere usted decir? El científico había tomado una extraña daga de la alfombra y la examinó con suma atención al tiempo que respondía:

—Dado que hemos encontrado al señor Todhunter atado, ustedes llegan a la conclusión de que el señor Glass lo ha atado y luego, me imagino, ha huido. Hay cuatro objeciones a esta tesis: la primera, ¿por qué un caballero tan presumido como nuestro amigo Glass olvidaría su sombrero, si se fue por propia voluntad? Segunda —continuó, dirigiéndose hacia la ventana—, ésta es la única salida y está cerrada por dentro. Tercera, esta hoja tiene una diminuta mancha de sangre en la punta, pero el señor Todhunter no presenta ninguna herida. El señor Glass se fue herido, vivo o muerto. Agreguemos a todo ello esta probabilidad fundamental: es mucho más probable que la persona chantajeada trate de matar a su víctima y no que el chantajista trate de matar la gallina de los huevos de oro. Esta es, creo yo, una relación bastante compleja del caso. —Pero ¿y las cuerdas? —preguntó el cura, cuyos ojos muy abiertos expresaban una admiración bastante vacua. —Ah, las cuerdas —dijo el experto con un tono curioso—. La señorita MacNab insistía en saber por qué no liberé al señor Todhunter de sus ataduras. Pues bien, se lo diré. No lo hice porque el señor Todhunter puede librarse de ellas en el momento en que quiera hacerlo. —¿Qué? —exclamó su auditorio con diferentes tonos de asombro. —He observado los nudos del señor Todhunter —reiteró con calma Hood—. Da la casualidad de que entiendo algo de nudos; son toda una rama de la ciencia criminal. Cada uno de esos nudos lo ha hecho él mismo y podría deshacerlos; ninguno de ellos podría haber sido hecho por un enemigo que de verdad quisiera inmovilizarlo. Todo este asunto de las cuerdas es una astuta maniobra para hacernos creer que es víctima de una pelea, en vez del desdichado Glass, cuyo cadáver bien puede estar oculto en el jardín o escondido en la chimenea. Se produjo un silencio más bien deprimente; la habitación iba oscureciéndose, las ramas de los árboles del jardín, castigadas por el mar, parecían más delgadas y más oscuras que nunca; sin embargo, semejaban estar más cerca de la ventana. Uno podía casi imaginar que esos monstruos marinos como los kraken o las saepias, pólipos serpenteantes que se habían arrastrado fuera del mar para ver el fin de esta tragedia, del mismo modo que él, el malvado y la víctima de ella —el terrible hombre del sombrero de copa— se había arrastrado un día desde el mar. Todo el aire estaba cargado de un clima de chantaje, que es la cosa humana más morbosa, porque es un delito que encubre otro delito. Un esparadrapo negro sobre una herida negra. El rostro del curita católico que, generalmente, tenía una expresión agradable e incluso cómica, se había fruncido de pronto, en forma curiosa. No era la curiosidad inexpresiva de su primer candor. Era más bien la curiosidad creadora que acomete a un hombre que empieza a descubrir algo. —Repítalo, por favor —dijo con tono sencillo y preocupado— ¿quiere usted decir que Todhunter puede atarse y desatarse él solo? —Eso es lo que quiero decir —dijo el médico. —¡Dios mío! —exclamó Brown de repente—. ¿Podría tratarse de eso? Cruzó la habitación como un conejo y miró con nuevo interés la cara parcialmente cubierta del cautivo. Luego volvió su propio rostro, bastante tonto, hacia los otros y exclamó con cierta excitación: —¡Pues sí, es eso! ¿No lo ven ustedes en su cara? ¡Pero mírenle los ojos! Tanto el profesor como la joven siguieron la dirección de su mirada. Y aunque la amplia bufanda negra cubría completamente la mitad inferior del rostro de Todhunter, sí se dieron cuenta de que había algo inquieto e intenso en la parte superior. —La verdad es que los ojos tienen algo raro —exclamó la joven, muy conmovida. ¡Son ustedes unos brutos! ¡Estoy convencida de que le duele algo!

—Eso no lo creo —dijo el doctor Hood—. Los ojos tienen ciertamente una expresión singular. Pero yo interpretaría esas arrugas de la frente más bien como la manifestación de una ligera anormalidad psicológica del tipo... —¡Oh, que tontería! —exclamó el padre Brown—. ¿No ven ustedes que se está riendo? —¿Riendo? —repitió sobresaltado el médico—, pero ¿de qué diablos puede reírse? —Bueno —replicó el reverendo Brown en tono de disculpa—, para no andarme con rodeos, yo creo que se ríe de usted. Y la verdad es que yo también me siento inclinado a reírme un poco de mí mismo, ahora que ya sé de qué se trata. —¿Ahora que sabe usted qué? —preguntó Hood, algo molesto. —Ahora que sé la profesión del señor Todhunter —replicó el cura. El padre Brown iba de un lado para otro por la habitación, mirando los distintos objetos, con lo que parecía una mirada vacua, y luego invariablemente rompía a reír con una risa igualmente vacua, proceso muy áspero para los que tenían que contemplarlo. Se rió mucho ante el sombrero, aun más ante la copa rota, pero la sangre en la punta de la espada le produjo convulsiones incontrolables de hilaridad. Luego se volvió hacia el médico, que protestaba. —Doctor Hood —exclamó con entusiasmo—, ¡es usted un gran poeta! Ha creado de la nada, un ser inexistente. ¡Cuánto más propio de un dios es eso que si hubiera usted descubierto los hechos puros y simples! En verdad, los hechos puros y simples son bastante vulgares y cómicos comparados con su explicación. —No tengo la menor idea de a qué se refiere usted —dijo con bastante altivez el doctor Hood—. Mis hechos son todos inevitables, aunque necesariamente incompletos. Quizá se puede dejar un lugar a la intuición (o a la poesía si prefiere usted ese término), pero sólo porque los detalles correspondientes no pueden comprobarse de momento. En ausencia del señor Glass... —Eso es, eso es —dijo el curita, asintiendo con entusiasmo—. Esa es la primera idea que hay que retener: la ausencia del señor Glass. ¡Ese señor está extremadamente ausente! Me imagino -añadió con aire reflexivo- que nunca hubo nadie más ausente que el señor Glass. —¿Quiere usted decir que está ausente de la ciudad? —preguntó el médico. —Quiero decir que está ausente de todas partes —respondió el padre Brown—. Está ausente de la naturaleza de las cosas, por así decir. —¿Quiere usted decir de verdad —preguntó el especialista, con una sonrisa— que no existe tal persona? El cura hizo un gesto de asentimiento. —La verdad es que es una lástima —dijo. Orion Hood se echó a reír con tono despreciativo. —Bien —dijo—, antes de pasar a las ciento una pruebas restantes, tomemos la primera que encontramos; el primer hecho con el que nos topamos cuando entramos en esta habitación. Si no hay ningún señor Glass, ¿de quién es este sombrero? —Es del señor Todhunter —replicó el padre Brown. —Pero no es de su talla —exclamó impaciente Hood—. No podría usarlo. El padre Brown sacudió la cabeza con inefable suavidad y respondió: —Yo nunca dije que pudiera usarlo. Dije que era su sombrero. O, si usted insiste en el matiz, que es un sombrero de su propiedad. —¿Y cuál es el matiz? —preguntó con ligero desprecio el criminólogo. —Señor mío —exclamó el paciente hombrecito, con la primera manifestación de algo parecido a la impaciencia—, si va usted a la sombrerería más próxima verá que, en la

lengua común, hay una diferencia entre el sombrero de un hombre y los sombreros que son de su propiedad. —Pero un sombrerero —protestó Hood— puede sacar dinero de sus existencias de sombreros nuevos. ¿Qué podría sacar Todhunter de este único sombrero viejo? —Conejos —replicó inmediatamente el padre Brown. —¿Qué? —exclamó el doctor Hood. —Conejos, cintas, caramelos, peces de colores, serpentinas —dijo el reverendo señor, con rapidez—. ¿No se dio usted cuenta de todo cuando vio las cuerdas falsas? Igual ocurre con la espada. El señor Todhunter no tiene ni un rasguño sobre él, como usted dice; pero tiene un rasguño dentro de él, si no me explico mal. —¿Quiere usted decir dentro de la ropa? -preguntó severamente la señora MacNab. —No quiero decir dentro de la ropa del señor Todhunter —respondió el padre Brown—. Quiero decir dentro del señor Todhunter. —Pero ¿qué demonios quiere usted decir? —El señor Todhunter —explicó plácidamente el padre Brown— está aprendiendo a ser un mago profesional, así como un prestidigitador, un ventrílocuo y un experto en los trucos con cuerdas. Lo de la magia explica el sombrero. No tiene rastros de pelo, no porque haya sido usado por el prematuramente calvo señor Glass sino porque nunca ha sido usado. La prestidigitación explica las tres copas, que Todhunter estaba aprendiendo a tirar al aire y recogerlas en rotación. Pero, como aún no es un experto, estrelló una de ellas contra el techo. Y la prestidigitación explica también la espada, que el señor Todhunter, por deber profesional, debía tragar. Pero nuevamente, mientras practicaba, se arañó ligeramente la garganta por dentro, con el arma. De ahí que tenga una herida dentro de él, aunque estoy seguro (por su expresión) de que no es grave. Estaba ensayando también el truco de soltarse de las cuerdas, como los hermanos Davenport, y estaba justo a punto de liberarse cuando todos irrumpimos en la habitación. Los naipes, por supuesto, son para juegos malabares también, y están dispersos por el suelo porque acababa de practicar uno de esos trucos que consiste en lanzarlos por los aires. Se limitaba a guardar en secreto su oficio porque tenía que encubrir sus trucos, como cualquier otro mago. Pero el mero hecho de que algún paseante ocioso con sombrero de copa hubiera observado una vez por la ventana y hubiera sido alejado con gran indignación bastó para ponernos a todos sobre una falsa pista de fantasía y hacernos pensar que toda su vida estaba dominada por el fantasma del señor Glass, con su sombrero de copa. —Pero ¿y lo de las dos voces? —preguntó sorprendida Maggie. —¿No ha oído usted nunca a un ventrílocuo? —preguntó el padre Brown—. ¿No sabe usted que primero hablan con su voz natural y luego se contestan a sí mismos con esa voz estridente, temblorosa y artificial que oyó usted? Hubo un largo silencio y el doctor Hood contempló al hombrecito que había hablado, con una sonrisa cínica y atenta. —Es usted ciertamente muy ingenioso —dijo—. No podía haberse hecho mejor en un libro. Pero hay una parte del señor Glass que no ha logrado usted explicar y es su nombre. La señorita MacNab oyó claramente cómo lo llamaba así el señor Todhunter. El reverendo padre Brown se echó a reír puerilmente. —¡Ah, bueno! —dijo—. Eso es lo más tonto de esta historia absurda. Cuando nuestro amigo malabarista tiraba tres copas a un tiempo, las contaba a medida que las recogía y también comentaba en voz alta si no lograba asirlas. Lo que en realidad decía es: “Uno, dos y tres, fallé; uno, dos: fallé”1. Y así sucesivamente.
1

El autor hace un juego de palabras entre "missed a glass" ("se me escapó una copa", en castellano) y "Mister Glass" (Señor Glass). La pronunciación en inglés resulta parecida. (N. del T.)

Hubo un segundo de inmovilidad en la habitación y luego, todos a una, se echaron a reír, mientras la figura que yacía en el rincón se desataba alegremente de las cuerdas y las dejaba caer con elegancia. Luego, avanzando hasta el centro de la habitación, con una reverencia sacó del bolsillo un gran cartel impreso en azul y rojo, que anunciaba que Zaladin, el Mejor Mago, Contorsionista, Ventrílocuo y Canguro Humano del Mundo presentaría una serie completamente nueva de Números en el Pabellón Imperial, Scarborough, el lunes próximo, a las ocho en punto.

DOCE HOMBRES
El otro día, mientras estaba pensando en cuestiones de moral y en el Sr. H. Pitt, fui, por así decirlo, secuestrado e introducido en un banco de jurado para juzgar a alguien. El secuestro duró unas semanas pero no dejo de parecerme algo repentino y arbitrario. Me sentaron ahí porque vivo en el barrio de Battersea y mi apellido empieza por la letra C. Mirando por el tribunal, vi una autentica multitud que había acudido a la citación del juzgado. Toda esta procesión vivía en Battersea y su nombre empezaba por C. Parece ser que siempre citan al jurado haciendo estos barridos alfabéticos. De un plumazo oficial, por así decirlo, Battersea queda desnudo de sus C y se tiene que apañar como pueda con el resto de alfabeto. De una calle falta un tal Cumberpath, de otra un Chizzolpop, tres Chucksterfields de la mansión Chucksterfield, los niños lloran la ausencia de Cadgerboy, la comadre de la esquina llora por su Coffintop y no admite consuelo. Nos acomodamos juguetones en nuestros asientos, (somos una especie temeraria los C de Battersea, no nos preocupan las consecuencias) y nos toma juramento de forma totalmente inaudible un sujeto que parece un cirujano militar que hubiese entrado en su segunda infancia. Entendemos sin embargo que debemos juzgar bien y fielmente el asunto que enfrenta al Tribunal, la Corona y el prisionero. Los tres están, de momento, por aparecer. *** Justo cuando daba por hecho que la corona y el acusado estaban seguramente llegando a un acuerdo amistoso en otra sala, apareció la cabeza del acusado por encima del banquillo. El cargo es robo de bicicletas y es la viva imagen de un amigo mío. Nos metemos con detenimiento en el asunto de robo de bicicletas. Juzgamos bien y fielmente el asunto de las bicicletas que enfrentan a la corona y al acusado. Acordamos, tras una discusión breve pero profunda, que la corona no está implicada en modo alguno. Después nos ocupamos de una mujer acusada de descuidar a sus hijos. Parece como si algo o alguien hubiese sido descuidado con ella. Soy uno de los que están más bien convencidos de ello. Durante el tiempo en que el ojo observó estas apariciones y la mente formuló estos frívolos comentarios, el corazón sintió una pena primitiva y un miedo que el ser humano ha sido incapaz de formular desde el principio. Pero es lo que da su fuerza a la mitad de los poemas del mundo. Este estado de animo no puede ni sugerirse a no ser diciendo que la tragedia es la máxima expresión del valor de una vida humana. Nunca me había encontrado tan próximo al dolor y nunca tan lejos del pesimismo. Por lo general, no diría palabra de estas emociones oscuras, hablar de ellas es demasiado difícil. Las menciono ahora a cuento de una razón, concreta y especifica, que inmediatamente expondré. Las menciono porque con su calor encontré, de forma curiosa, la confirmación de una verdad política o social. Vi con una claridad rara e indescriptible en qué consiste realmente el jurado y por qué nunca debemos abandonarlo. Hasta la fecha, nuestra época se ha orientado de manera consistente hacia la especialización y la profesionalidad. Tenemos ejércitos profesionales porque luchan mejor, cantantes profesionales porque cantan mejor, cómicos profesionales porque se ríen mejor, etcétera. Numerosos escritores modernos han planteado esta idea para el derecho y la política. Muchos socialistas fabianos han insistido en que la mayor parte de nuestra actividad política debería realizarse por expertos. Muchos juristas han planteado que el jurado lego debe ser suplantado por el juez profesional.

*** Bueno, si éste fuese un mundo realmente razonable, no creo que hubiese nada que objetar. Pero lo que realmente aprendemos de la experiencia, la verdadera base de toda religión, es que la cuatro o cinco cosas más esenciales que debe conocer un hombre, son todas ellas lo que llamamos paradojas. Es decir que por más que resulten evidentes en la vida diaria, difícilmente podemos formularlas sin parecer culpables de contradicciones verbales. Una de ellas es, por ejemplo, el indiscutible tópico de que la persona que más disfruta consigo misma es la que menos lo pretende. Otra es la paradoja del valor que consiste en que la forma de evitar morir es no temiéndolo en exceso. Al que le importa tan poco partirse un hueso que trepa a una roca sobre las olas, puede que salve su vida con ese descuido. El que pierda su vida la salvará. Como ven un comentario totalmente prosaico y práctico. Pues bien, entre estas cuatro o cinco paradojas que deberían enseñarse a cada bebé que juega en las rodillas de su madre, se encuentra la siguiente: a más mira una persona algo menos la ve, a más la estudia menos sabe de ello. El argumento fabiano a favor del experto, que debemos confiar en personas entrenadas, sería totalmente inexpugnable si fuese cierto que la gente que estudia algo y lo práctica cada día, entiende el significado y la importancia de ese algo cada vez mejor. No lo hace. Cada vez ve menos de su sentido e importancia. De la misma manera en que nosotros, a no ser que nos recordemos que debemos ser humildes y agradecidos, vemos cada día menos el sentido y la importancia del cielo y las montañas, lo que es una pena. *** Es un asunto tremendo señalar a alguien para que reciba la venganza de los demás. Pero es algo a lo que se puede uno acostumbrar. Uno se acostumbra a cosas terribles, como el sol. Lo verdaderamente horrible de toda la administración de justicia, incluso de los mejores de entre jueces, magistrados, abogados, detectives y agentes de policía, no es que sean malos (algunos son buenas personas) ni que sean idiotas (un puñado es muy inteligente), es sencillamente que se han acostumbrado. Hablando con propiedad, no ven al acusado en el banquillo. Solamente pueden ver al hombre de siempre en su lugar habitual. No contemplan el imponente tribunal donde se imparte justicia, sólo su lugar de trabajo. Por lo tanto, la civilización cristiana ha decidido muy sabiamente que en cada nueva ocasión reciban una transfusión de sangre e ideas nuevas procedente de las calles. Que lleguen personas capaces de ver el tribunal y la multitud, los rostros vulgares de agentes y rateros, los rostros consumidos de los viciosos, el rostro inverosímil de los abogados mientras gesticulan. Y ver todo esto como uno mira un cuadro nuevo o el estreno de una obra de teatro. Nuestra civilización ha decidido, con toda razón, que determinar la inocencia o culpabilidad de alguien es un asunto demasiado trascendental como para confiárselo a los profesionales. Si desea iluminar un asunto tan terrible, solicita doce hombres de la calle tan ignorantes del derecho como yo mismo, pero capaces de sentir lo que yo sentí en el banco del jurado. Cuando lo que quiere es que se catalogué correctamente una biblioteca, conocer las dimensiones del sistema solar o cualquier otra cosa irrelevantes, utiliza a especialistas. Pero cuando quiere hacer algo realmente importante coge a doce hombres corrientes que andaban por ahí. Si no recuerdo mal, el fundador del cristianismo, no hizo otra cosa.

EL FUNCIONARIO LOCO
Perder la razón es la cosa más lenta y más aburrida del mundo. Desde mi infancia, he estado a punto de hacerlo más de una vez. Al igual que casi todos mis amigos, al haber nacido bajo la maldición que aflige a todos los mortales, pero especialmente a los modernos. Me refiero a la maldición que hace que un hombre tenga que forzar su inteligencia casi hasta el límite antes de tener la oportunidad de vivir. Pero el proceso de enloquecer es aburrido por la sencilla razón de que nadie es consciente de que sucede. La rutina, el tomarse las cosas al pie de la letra, una seriedad seca, un hambre mental, componen el ambiente de la enfermedad. Si alguien pudiese ser consciente de su locura, dejaría de estar loco. Una persona estudia algunos textos del libro de Daniel o criptogramas en las obras de Shakespeare, con unas lupas monstruosas que siempre tiene puestas sobre la nariz. Si se las pudiese quitar una sola vez, las haría añicos. Una persona deduce sus fantasías, sobre la raza anglosajona o sobre el sexto sello, de un primer axioma que no puede ver. Si pudiera estudiarlo, se daría cuenta de que no está allí. Este lento y temible proceso de autohipnosis mediante el error puede ocurrirle no solamente a individuos sino a sociedades enteras. Es difícil detectarlo y demostrar que ocurre, por lo tanto es difícil de curar. Pero esta degradación mental puede ser detectada mediante un examen que considero eficaz. Una nación no enloquece por hacer cosas extravagantes, mientras las emprenda con un espíritu extravagante: Los cruzados que no se arreglaban la barba hasta no contemplar Jerusalén, los jacobinos llamándose los unos a los otros Harmondius o Epaminondas cuando sus nombres eran Jacques y Jules. Son excentricidades, pero fueron obra de almas turbulentas durante tiempos alborotados. Pero cuando vemos una excentricidad encajada con mansedumbre, el Estado ha enloquecido. Por ejemplo, tengo licencia de armas. Por todo lo que yo sé, esto, lógicamente, me permite disparar cincuenta y nueve cañones día y noche, en mi jardín. No me sorprendería que alguien lo hiciese porque se lo pasaría muy bien. Pero me sorprendería que los vecinos lo aceptasen como algo normal solamente por ser conforme a la letra de la ley. O otro ejemplo: Tengo licencia para perros y puede que tenga derecho (por lo poco que sé) a soltar diez mil perros salvajes en Buckinghamshire. No me sorprendería ante semejante ley, porque en la moderna Inglaterra prácticamente no hay ley de la que no asombrarse. Ni siquiera me sorprendería ante el hombre que lo hiciese, porque cierta clase de persona, si vive lo bastante sometido al sistema de terratenientes inglés, sería capaz de cualquier cosa. Pero me alarmaría ante gente capaz de aceptarlo. En otras palabras, pensaría que el mundo ha perdido la razón si el incidente fuese aceptado en silencio. Ahora bien, cosas como éstas suceden cada día y son aceptadas en silencio. Todos los golpes se deslizan por la suavidad de un muro esmaltado. Los golpes no se escuchan contra la blandura de una celda acolchada. Y es que la locura es un estado tan pasivo como activo. Es una parálisis, una negativa de los nervios a responder ante un estímulo normal tanto como una respuesta anómala. Hay colectivos, a los que se puede distinguir claramente en algunos lugares de la historia, que pasan de la riqueza a la miseria, de la gloria a la insignificancia de la libertad a la esclavitud, no ya en silencio si no incluso con serenidad. Han perdido el poder de asombrarse de sus propias acciones. El rostro aún sonríe por más que los miembros de forma repugnante se están desprendiendo del cuerpo. Cuando adoptan una moda descabellada o promulgan una ley absurda, no se asombran del monstruo que han parido. Se han acostumbrado a su propia sinrazón. Su

cosmos es el caos, el remolino su aliento. Estas naciones se arriesgan, en verdad, a perder colectivamente la cabeza; de convertirse en un vasto teatro de la estupidez, con ciudades en ruinas y locos campos salpicados de industriosos lunáticos. Uno de estos países es la moderna Inglaterra. He aquí un ejemplo sacado de la realidad, una pequeña muestra de cómo funciona realmente nuestra conciencia social: de espíritu domesticado, descabellado en el resultado, recibido en silencio. Algo sin la luz del entendimiento. Tomo este párrafo de un diario. “Ayer en Epping, Thomas Woolbourne, un obrero de Lambourne, fue citado a juicio junto a su esposa por negligencia de sus cinco hijos. El Dr. Alpin declaró que fue invitado a visitar el hogar del acusado por inspectores de la sociedad nacional para la prevención de la crueldad contra la infancia. Tanto la casita como los niños estaban muy sucios. Comprobó que la salud de los niños era extraordinariamente buena, aunque la situación sería grave en caso de enfermedad. Se comprobó que los acusados estaban sobrios. El hombre quedo en libertad. La mujer, que alegó en su defensa que no podía limpiar que la casita porque no tenía agua corriente y estaba enferma, fue sentenciada a seis semanas de cárcel. La sentencia sorprendió a los acusados. La mujer fue arrastrada fuera de la sala llorando y gritando ‘¡Qué Dios me ayude!’”. No sé como llamar esto si no es chino. Invoca la imagen mental de una arcaica e inmutable corte oriental en que hombres de rostro reseco ejecutan alguna atroz crueldad acompañándose de proverbios y epigramas cuyo sentido han olvidado. En ambos casos lo único que podemos considerar real es la injusticia. Si aplicamos el menor toque de razón, todas las acusaciones de Epping se disuelve hasta la nada. Desafío aquí a cualquier persona cuerda a explicarme porque metieron en la cárcel a esa mujer. O por ser pobre o por estar enferma. Nadie ha sugerido, nadie puede sugerir, de hecho nadie ha dicho, que cometió algún otro crimen. Al médico le llamaron de una sociedad para la prevención de la crueldad hacia los niños. ¿Era culpable esta mujer de crueldad hacia los niños? En absoluto. ¿Dijo el médico que fuese culpable? En absoluto. ¿Había alguna prueba, por remota que fuese, que delataba el pecado de crueldad? Ni un ápice. Lo peor que el doctor se decidió a decir es que aunque la salud de los niños era extraordinariamente buena, la situación sería grave en caso de enfermedad. Si el médico me indicase una situación que resultase cómica en caso de enfermedad, tomaría en consideración su argumento. Esto es lo peor de las preocupaciones modernas. El doctor loco está efectivamente loco. Es, en el sentido literal y práctico, un demente pero sigue siendo, en el sentido literal y práctico, médico. La única cuestión es la antigua “Quis docebit ipsum doctorem?”. Pues la crueldad hacia los niños es algo por completo antinatural, instintivamente maldita en el cielo y la tierra pero el abandonar los niños es algo natural, como el abandonar cualquier otro deber. Sólo una ligera diferencia separa el estirar brazos y piernas haciendo gimnasia a estirarlos en el potro de tortura. Sólo una ligera diferencia separa la cirugía de la tortura. A retorcerle a alguien los pulgares se le puede llamar manicura con facilidad. A que te arranquen los miembros potros salvajes, masaje. El problema moderno no es tanto lo que la gente soportará como lo que no soportará. Pero me temo que estoy interrumpiendo... ya hierve el agua y el décimo mandarín está recitando los diecisiete principios fundamentales y las cincuenta y tres virtudes del sagrado emperador.

LA PESADILLA
Un crepúsculo de cobre y oro había culminado desmenuzándose en el poniente, los colores grises se extendían sobre todas las cosas del cielo y la tierra; además un viento frió soplaba con fuerza creciente, un viento que tocaba con su frió dedo la carne y el alma. En la parte de atrás de mi jardín, los arbustos empezaron a susurrar como conspiradores y después a agitar las manos haciendo una señal. Yo intentaba leer, bajo las ultimas luces que se apagaban sobre el jardín, un largo poema del periodo decadente. Un poema sobre los viejos dioses de Babilonia y Egipto, sobre sus templos, brillantes y obscenos, sobre sus rostros, crueles y colosales. ¿Es que el Señor de las moscas por ti fue amado quien hasta la cintura de vino salpicado persiguió a los judíos? ¿O amaste a Pasht que miraba por ojos de verdes berilos? Estaba leyendo este poema porque tenía que criticarlo para el Daily News pero, a su manera, es verdadera poesía. Exhalaba autentica atmósfera. Un humo dulce y sofocante que realmente parecía proceder del cautiverio de Babilonia y la servidumbre de Tiro. Gracias a Dios, mi jardín, con su horizonte inglés verdiazul como telón, no tiene mucho que ver con esas visiones demenciales de palacios decorados con frescos, enormes ídolos decapitados y monstruosas soledades de arena dorada o carmesí. Pero, como me reconocí a mí mismo, durante una puesta de sol tormentosa como ésta, puedo imaginarme un olor de muerte y miedo como aquel. El ocaso asolado parece, de verdad, uno de sus templos: un montón de destrozado mármol, dorado y verde. Algo negro y aleteante se aparta de la copa de uno de los oscuros árboles y revolotea hasta otra. No sé si es un búho o un murciélago pero puedo imaginarme que es un querubín negro, un infernal querubín de las tinieblas. No con las alas de un pájaro y la cabeza de un bebe sino con las alas de un murciélago y la cabeza de un duende. Supongo que, si hubiera luz, podría quedarme aquí sentado y escribir un cuento de miedo bastante aceptable: trataría de como fui por el camino tortuoso que va mas allá de la iglesia y allí me encontré con algo. Digamos un perro, un perro tuerto. Después me encontraría con un caballo, un caballo sin jinete. El caballo también estaría tuerto. Entonces, el silencio inhumano se rompería, me encontraría con un hombre (¿Tengo que especificar que tuerto?) quien me preguntaría por el camino hasta mi propia puerta. O tal vez me dijese que ésta había ardido hasta los cimientos. Creo que podría contar un cuentecillo encantador con este esquema. O podría soñar con trepar para siempre por los árboles oscuros que se yerguen sobre mí. Son tan altos que siento que en sus copas encontraría el nido de los ángeles. Pero, en este ambiente, seria ángeles oscuros y temibles: ángeles de la muerte. ***** Pero dese cuenta que este ambiente es pura tontería. No me lo creo en lo mas mínimo. Este universo de un solo ojo, con sus hombres y bestias tuertas, fue creado por un guiño universal. En la cima de esa trágica floresta, no encontraría el nido de los ángeles, solamente el cubil de las pesadillas. El nido, onírico y celestial, no está ahí. En el cubil de las pesadillas hallaría el enorme huevo, turbio y opalescente, de cuyo roto cascarón

nace la pesadilla Y es que no hay nada más delicioso que una pesadilla cuando la reconoces como tal. Esto es lo esencial. Este es el rígido limite que se impone a todos los artistas que trabajan con ese lujo que es el miedo. El terror debe ser fundamentalmente frívolo. La cordura puede jugar con la locura pero es inadmisible que la locura juegue con la cordura. Naturalmente, los poetas, como el que estaba leyendo en mi jardín, deben ser libres para imaginar los dioses violentos y los paisajes escandalosos que les plazca. Por supuesto hay que permitirles deambular por sus paisajes y capiteles inspirados por el opio. Pero estas enormes deidades, esas grandes ciudades, son juguetes. Ni por un instante, debe permitirse que sean otra cosa. El hombre, un niño gigantesco, debe jugar con Babilonia y Nínive, con Isis y Astarte. Desde luego que debe permitírsele soñar con el cautiverio de Babilonia, mientras esté libre del mismo. Dejadle tomar sobre si la servidumbre de Tiro, mientras se la tome a la ligera. Los viejos dioses deben ser sus juguetes no sus ídolos. Las cosas centrales en que se apoya, sus verdaderas posesiones, deben ser cristianas y sencillas. Y como un niño valora ante todo un caballo de madera y una espada que no es mas que dos palos en cruz, así el hombre, el gran niño, debe atesorar las cosas antiguas y austeras, hechas de poesía y piedad: el caballo de madera que fue la épica caída de Troya o esa cruz de madera que redimió y conquisto el mundo. *** En una carta de Stevenson, hay un chiste, típico en él, sobre la tremenda impresión que le causaron, siendo niño, las bestias de ojos múltiples del libro de las revelaciones. “¿Si eso era el cielo, cómo caramba sería el infierno?”. Ahora bien, hablando en serio, hay una idea magnifica en estos monstruos del Apocalipsis. Consiste, supongo, en que seres en realidad más bellos o universales que nosotros, podrían parecernos temibles e incluso desconcertantes. En concreto, parecerían poseer un numero superior de sentidos que nosotros. Sentidos que, nos parecerían, a un tiempo, de mayor complejidad y alcance que los nuestros. Una idea muy imaginativamente expresada en la multitud de ojos. Me encantan esos monstruos al pie del trono. Es cuando uno de ellos vagabundea por el desierto y se busca su propio trono, que nacen las creencias malignas y hay que cuadrar cuentas con el diablo, sea con bailarinas o con sacrificios humanos. Mientras estos deformes poderes elementales rodean el trono, recuerda que lo que adoran tiene la apariencia de una persona. *** Creo que éste es el punto de vista correcto en la cuestión de los cuentos de miedo y cosas semejantes. Considero que un escritor debe estar firmemente convencido de esto o terminara saltándose la tapa de los sesos o escribiendo mal. La humanidad, piedra angular del mundo, debe erguirse recta. A su alrededor, árboles y bestias, espíritus elementales y demonios, pueden retorcerse y agazaparse como humo si de eso gustan. Toda la literatura verdaderamente imaginativa trata del contraste entre las extrañas curvas de la naturaleza y la rectitud del alma. El ser humano puede contemplar cualquier horror que le apetezca, si está seguro de que no lo va a adorar. Pero los hay tan débiles que veneraran algo solamente porque es feo. A estos hay que encadenarlos a la Belleza. Ni siquiera está siempre mal hacer como hizo Dante al

asomarse al borde del abismo para contemplar el infierno. Cuando nos postramos ante el infierno, se comete probablemente un error grave. *** Por lo tanto no veo nada malo en cabalgar sobre la pesadilla esta noche. Me llama relinchando desde las copas de los árboles que se mecen, desde el viento que aúlla. La atraparé y cabalgaré sobre ella en este aire terrible. Árboles y arbustos por igual tiran de sus raíces, como si deseasen volar con nosotros hasta la luna, como aquel toro salvaje y enamorado cuya cría es el cuarto creciente. Nos alzaremos hasta ese loco infinito donde no existe arriba ni abajo, la elevada confusión de los cielos. Cabalgare sobre la pesadilla pero llevare las riendas.

TOLSTOY
Quien desee comprender lo profundo de la influencia del gran hombre que encabeza este artículo y la autentica naturaleza de dicha influencia, no debe dirigirse a sus novelas, por más que sean espléndidas, ni a sus puntos de vista éticos, aun estando tan bien concebidos y claramente explicados. Debe fijarse en la noticia, que acaba de llegarnos de Canadá, sobre un grupo de anarquistas cristianos rusos que han dejado en libertad a sus animales domésticos por considerar inmoral poseerlos o controlarlos. Hay algo en un incidente así que es totalmente independiente la idea puesta en práctica. De que sea correcta o equivocada, cuerda o demencial,. Nos hace ver que el mundo sigue siendo joven. Aún quedan formas de pensar tan locamente cuerdas como las que se debatieron bajo el cielo azul de Atenas. Aun hay muestras de una fe tan fuerte y práctica como la de los musulmanes que conquistaron toda África y Europa al grito de una única palabra. A nuestros políticos y filósofos contemporáneos, en su languidez, les parecerá algo sacado de un sueño que en nuestra época mecánica, homogénea, sujeta con cadenas de hierro, un grupo de europeos, vestidos con chalecos y botas, se dedique a soltar al percherón del trolebús, al cerdo de la cochiquera y al perro de su caseta; solamente por una teoría o un escrúpulo moral. Es como una página arrancada de un cuento de hadas, los miembros de la secta Doukhabor acompañando solemnes a su gallina hasta la puerta del corral y deseándola benévolos la mejor de las fortunas al inicio de sus viajes. Todo esto le debe parecer absurdo y confuso al típico líder de nuestra sociedad en esta década, a hombres como el Sr. Balfour o el Sr. Wyndham. Pero hay algo que añadir. Si el Sr. Balfour se convirtiese a una religión que le indicase la obligación moral de entrar en la Cámara de los Comunes haciendo el pino, y entrase haciendo el pino y si el Sr. Wyndham aceptase una creencia que le impusiese teñirse el pelo de azul, y se lo tiñese; ambos serían casi indescriptiblemente mejores y más felices de lo que lo son ahora. Pues solo hay una felicidad que sea posible o imaginable bajo el sol y es el entusiasmo. Esa palabra, rara y espléndida, que ha sufrido tantas vicisitudes. En el siglo XVIII se equiparaba a la locura, en la Grecia clásica a la presencia de un dios. Este gran acto de coherencia llevada a extremos heroicos que ha sucedido en Canadá, es el mejor ejemplo de la obra de Tolstoy. Tengo por algo cierto que la secta Doukhabor es de un origen totalmente independiente del gran moralista ruso. Sin embargo, apenas cabe duda de que su actual notoriedad y su desarrollo, han sido influenciados por el admirable resumen y defensa que ha efectuado el novelista de sus perspectivas éticas. Tolstoy, además de ser un gran novelista, es uno de los pocos hombres vivos que tienen un punto de vista sólido, autentico y serio sobre la vida. Es una iglesia católica compuesta de un solo miembro que es, a la vez, un Papa algo arrogante y un lego algo sumiso. Es uno de los dos o tres hombres que hay en Europa, con un punto de vista tan propio, que inevitablemente pueden dar su opinión sobre cualquier cosa: la ley de autonomía de las colonias, un poema hindú o una pizca de tabaco. Hay tres hombres vivos semejantes: Tolstoy, el Sr. Bernard Shaw y mi amigo el Sr. Hillarie Belloc. Son diametralmente opuestos pero tienen eso en común, que considerando el abono de sus ideas y el suelo de sus convicciones, las opiniones sobre cualquier tema terrenal nacen como flores en un prado. Hay ciertos puntos de vista que deben adoptar. No se forman una opinión, más bien sus opiniones les dan forma a ellos. Tomemos la lista que escribí al azar antes: la ley de autonomía de las colonias, un poema hindú o una pizca de tabaco. Tolstoy diría: “Creo que nuestro estilo de vida debe ser lo más simple posible. Por lo tanto, esa chistera es una monstruosidad negra.” Él diría: “Creo que nuestro estilo de vida debe ser lo más simple posible. Por lo tanto, la ley de autonomía de las colonias

se queda a medio camino de forma mezquina. De nada sirve dividir un imperio en naciones si no divide las naciones en personas individuales”. Él diría: “Creo que nuestro estilo de vida debe ser lo más simple posible. Por lo tanto, este poema hindú me interesa. Con todo su aparente barroquismo, los puntos de vista de la ética oriental son más sencillos que los de occidente y por lo tanto me son más próximos”. Él diría: “Creo que nuestro estilo de vida debe ser lo más simple posible. Por lo tanto esta pizca de tabaco es algo maligno. Lleváosla.”. Todo en este mundo, desde la Biblia hasta un par de botas, puede ser eliminado, y lo es, aplicando este principio fundamental de las ideas de Tolstoy: la simplificación de la vida. Cuando tratamos una doctrina semejante nos encontramos ante un incidente infinitamente más importante dentro de la historia europea que la ascensión de Napoleón Bonaparte. La aparición de Tolstoy, con su ética tan sencilla y tan terrible, es importante de muchas maneras. Entre otras cosas, es un comentario muy interesante a la opinión que viene siendo adoptada desde hace medio siglo por los oponentes de lo religioso. El pensador laico y el escéptico han atacado el cristianismo ante todo por fomentar el fanatismo, porque el fervor religioso hace que la gente queme a sus vecinos y dance desnuda por las calles. Parece raro. La religión podría desaparecer y quedarían sistemas éticos y filosóficos capaces de producir suficiente fanatismo como para llenar el mundo. El fanatismo no tiene nada que ver con la religión. Hay teorías científicas serias que, llevadas hasta la última consecuencia, producirían idénticas hogueras en los mercados e idéntica desnudez. Hay partidarios de la moda que se pasearían como Adán y Eva si pudiesen hacerlo de forma elegante. Hay modernos estudiosos científicos de la moral que quemarían vivos a sus oponentes. Y lo harían tan contentos si pudiesen quemarlos empleando algún producto químico nuevo. Si alguien duda de esto, de que el fanatismo es ajeno a la religión pero propio de la naturaleza humana, sólo tiene que fijarse en el caso de Tolstoy y la secta Doukhabor. Una secta que empezó sin teología alguna, sólo con la sencilla idea de que debemos amar al prójimo y nunca jamás emplear la fuerza física contra él, y terminaron considerando algo malvado llevar una maleta de cuero o ir montado en un carro. Un gran escritor contemporáneo borra por completo la teología, niega de un plumazo la validez de las escrituras y de las iglesias, desarrolla un sistema ético en que el amor será el instrumento para la reforma y termina diciendo que no tenemos derecho de golpear a un hombre que está torturando a un niño en nuestras narices. Continua desarrollando una teoría de la mente y las emociones que podría ser aceptada por el ateo más rígido y termina proclamando que las relaciones sexuales, de donde procede la humanidad, son, no ya inmorales, sino antinaturales. Esto es el fanatismo como siempre ha sido y siempre lo será. Destruid hasta el último ejemplar de la Biblia, habrá persecuciones y orgías salvajes basadas en “Filosofía Sintética” del Sr. Herbert Spencer. Algunos de los pensadores más abiertos de miras de la edad media creían en apilar las gavillas junto a la estaca, y algunos de los pensadores del siglo XIX más abiertos de miras creen en la dinamita. La realidad es que a Tolstoy con toda su genialidad, con su fe de coloso, con su gran valor y amplios conocimientos de la vida, le falta una sola cosa: no es un místico. Tiene por lo tanto, tendencia a perder la razón. La gente habla de las extravagancias y los frenesís provocados por el misticismo. No es más que una gota de agua en el mar. Desde el comienzo de los tiempos, el misticismo nos ha mantenido cuerdos. Lo que hace enloquecer es la lógica. Es significativo que con todo lo que se ha dicho sobre la fragilidad mental de los poetas, sólo un poeta inglés se ha vuelto loco. Y perdió la razón a consecuencia de un sistema lógico de teología. Se trata de Cowper y su poesía frenó el avance de la

enfermedad durante muchos años. La poesía, lo que le falta a Tolstoy, siempre ha sido algo curativo. Lo único que ha frenado a la raza humana de los desvaríos del convento, la galera pirata, el cabaret y la cámara de gas, ha sido el misticismo y la idea de que la lógica puede resultar engañosa y algo no ser siempre lo que parece.

LA PAGODA DE BABEL
Ese cuento del agujero en el suelo, que baja quién sabe hasta dónde, siempre me ha fascinado. Ahora es una leyenda musulmana; pero no me asombraría que fuera anterior a Mahoma. Trata del sultán Aladino; no el de la lámpara, por supuesto, pero también relacionado con genios o con gigantes. Dicen que ordenó a los gigantes que le erigieran una especie de pagoda, que subiera y subiera hasta sobrepasar las estrellas. Algo como la Torre de Babel. Pero los arquitectos de la Torre de Babel eran gente doméstica y modesta, como ratones, comparada con Aladino. Sólo querían una torre que llegara al cielo. Aladino quería una torre que rebasara el cielo, y se elevara encima y siguiera elevándose para siempre. Y Dios la fulminó, y la hundió en la tierra abriendo interminablemente un agujero, hasta que hizo un pozo sin fondo, como era la torre sin techo. Y por esa invertida torre de oscuridad, el alma del soberbio Sultán se desmorona para siempre.

UNA ANÉCDOTA MÁS BIEN IMPROBABLE
No recuerdo si esta historia es verdad o no. Si la leyese con cuidado, sospecho que decidiría que no. Pero por desgracia no puedo leerla con cuidado porque aún no la he escrito. Durante gran parte de mi infancia, la idea y la imagen de la misma permanecieron conmigo. Puede que lo soñase antes de aprender a hablar, o que me la contase a mí mismo antes de saber leer, o que la leyese antes de tener recuerdos conscientes. Sin embargo, estoy completamente seguro de no haberla leído ya que los niños tienen memorias muy claras de cosas semejantes. Y, de los libros que me encantaban, recuerdo no sólo la forma, el volumen y la encuadernación sino incluso la posición de las palabras impresas en muchas de las páginas. Teniéndolo todo en cuenta, me inclino a creer que me aconteció antes de mi nacimiento. *** En cualquier caso, contemos el cuento con todas las ventajas de la atmósfera que lo ha ido empapando. Pueden ustedes imaginarme, por así decirlo, sentado comiendo en uno de esos restaurantes de comida rápida donde la gente come tan rápido que lo que ingieren pierde la categoría de comida, y donde pasan su media hora libre tan deprisa que pierde la categoría de descanso, aunque apresurarse en el descanso es la actitud menos profesional que uno puede adoptar. Todos tenían puestos sus sombreros de copa, como si no pudiesen perder ni un instante en colgarlos de una percha. Todos tenían un ojo ligeramente hipnotizado por el enorme ojo del reloj. En resumen, eran esclavos de la moderna cautividad y podía escucharse rechinar sus grilletes. Cada uno estaba de hecho, sujeto por una cadena, la más pesada que nunca ató a un hombre: la cadena de su reloj de chaleco. Ahora bien, entre los que entraban y se sentaban frente a mí, hubo uno que, casi inmediatamente, inició un monologo que nadie interrumpió. Estaba vestido como todos los demás hombres, sin embargo su conducta era sorprendentemente distinta. Tenía puestas la chistera y el frac pero los llevaba de la manera en que objetos tan solemnes deben llevarse. Llevaba el sombrero de seda como si fuese una mitra y el frac como si fuese la túnica de un gran sacerdote. No sólo había colgado su sombrero si no que, era tal su decoro, que casi pareció pedirle permiso y pedir disculpas de la percha por utilizarla. Cuando se sentó en la silla, lo hizo en la manera que lo haría alguien que tuviese en cuenta los sentimientos de la silla y haciendo una pequeña reverencia a la mesa de madera, como si fuese un altar. No pude evitar hacer un comentario porque aquel era un hombre robusto, vigoro y de aspecto próspero y, aún así, trataba las cosas con un cuidado que parecía nerviosismo. Por decir algo para demostrar mi interés, dije: —Estos muebles parecen sólidos pero, desde luego, la gente los trata demasiado descuidadamente. Mientras le observaba dubitativo me fije en sus ojos, no pude apartarlos de su mirada apocalíptica. Le había tomado por un hombre corriente al entrar, excepto por su manera de comportarse extraña y cautelosa. Pero si los demás se hubiesen fijado en él, habrían escapado gritando de la habitación. No se fijaron y siguieron haciendo ruido, con el resonar de sus tenedores y el murmullo de su conversación. Pero el rostro de aquel hombre era el de un demente. —¿Quiere Vd. decir algo con eso? —Contestó al rato y su cara recuperó el color.

—Nada en absoluto —repliqué—. Aquí nadie dice nada coherente. Amarga la digestión... Se reclinó en su silla y se enjuagó el sudor de su ancha frente con un gran pañuelo, sin embargo parecía haber una nota de decepción en su alivio. —Supuse que quizá —susurró— otra se había estropeado. —Si se refiere a otra digestión defectuosa —dije— nunca oí que ninguna fuese buena. Este es el corazón del imperio y los demás órganos están iguales de deteriorados. —No, quise decir otra calle estropeada —dijo lenta y claramente— pero, como supongo que esto no le aclara nada, tendré que contarle la historia. Lo hago con toda tranquilidad al ser consciente de que usted no me creerá. Durante cuarenta años de mi vida, invariablemente me he marchado de mi oficina, que se encuentra en la calle Leadenhall, a las cinco y media de la tarde, llevando en la mano derecha un paraguas y en la izquierda un maletín. Durante cuarenta años, dos meses y cuatro días abandoné la oficina por la puerta lateral, anduve por la acera izquierda, tomé el primer giro a la izquierda y el tercero a la derecha, compré el periódico de la tarde, seguí por la acera de la derecha rodeando dos ángulos obtusos y terminé saliendo justo al lado de la estación, donde cogí el tren hasta casa. Durante cuarenta años, dos meses y cuatro días, hice esto por la fuerza de la costumbre. No era una calle larga, tardaba en hacer el recorrido cuatro minutos y medio. Después de cuarenta años, dos meses y cuatro días, al quinto día, comencé a hacer lo mismo hasta que noté que andar por la calle de siempre me cansaba más que de costumbre. Cuando doblé la esquina, pensé que me había equivocado. Ahora la calle se levantaba en cuesta, como las que se ven en la parte de Londres que se levanta sobre colinas, y en esa parte de Londres no había colinas. Sin embargo no me había equivocado, el nombre escrito en la pared era el mismo, las tiendas cerradas, las farolas, toda la perspectiva era idéntica. Pero ahora se inclinaba hacia arriba como un borracho. Olvidándome del agotamiento y la fatiga, eché a correr rápidamente hasta que alcancé la segunda de las esquinas que yo habitualmente doblaba, desde la cual debería poder ver la estación. Cuando giré en la esquina, casi me caigo al suelo. Porque ahora la calle se elevaba como una escalera escarpada, como las de los costados de una pirámide. En millas a la redonda, no existen cuestas como las de Ludgate Hill. Y ésta era como el Matterhorn. Toda la calle se elevaba como en una única ola, pero cada mota y cada detalle eran idénticos. Identifiqué en las alturas, como si estuviesen en un pasaje alpino, las letras rosas del cartel de mi papelería. ”Entonces corrí como loco, dejando atrás las tiendas, y llegue a una parte de la calle en que hay una larga fila de chalets grises. Tuve, no sé por qué, el presentimiento irracional, de que era un largo puente de hierro extendiéndose sobre el vació. Me dejé llevar y alcé la tapa de una carbonera. Al mirar hacia abajo, vi el espacio vació y las estrellas. ”Cuando levante la vista, había un hombre de pie en el jardín de la puerta de su casa. Estaba mirándome apoyado en la verja. Nos encontrábamos solos en esa calle de pesadilla. Su rostro estaba en penumbras, su ropa era corriente y de un color discreto, pero de alguna manera supe que no pertenecía a este mundo. Las estrellas que había detrás de su cabeza, eran mayores y más brillantes de lo que deberían soportar los ojos de los hombres. ”—Si es usted un ángel amable —dije— o un sabio demonio o si tiene algún vínculo con la humanidad dígame que sucede en esta calle poseída. ”Tras un largo silencio replicó diciendo ”—¿Qué calle cree que es? ”—Es la calle Bumpton, por supuesto —le contesté en el acto—, va a la estación Oldgate.

”—Sí, a veces va allí —reconoció muy serio—, pero en este preciso momento, va al paraíso. ”—¿Al paraíso? ¿Porqué? —dije yo. ”—Porque busca justicia. La debéis haber maltratado. Recuerda siempre que hay algo que no puede ser soportado por nada ni por nadie. Esa cosa insoportable es ser explotado y despreciado. Por ejemplo, se puede explotar a las mujeres. Todo el mundo lo hace. Pero te desafió a que encima las desprecies. Puedes despreciar a los vagabundos, a los gitanos y a todos los demás marginados mientras no los explotes. Ni una bestia del campo, ni un caballo, ni un perro pueden soportar por mucho tiempo que les exijan que hagan más trabajo del que les corresponde pero que, al mismo tiempo, tengan algo menos que su honor. Es lo mismo con las calles. Debéis haber agotado a esta calle hasta la muerte, sin recordar nunca su existencia. Si tuvieseis una democracia saludable, aunque fuese pagana, habríais decorado esta calle con guirnaldas y la habríais alabado como una diosa. Entonces se habría quedado tranquila. Pero al fin se ha cansado de vuestra incansable arrogancia. Corcovea y levanta la cabeza hacia el cielo. ¿Haz montado alguna vez en un caballo que corcovea? ”Miré la larga calle gris; durante un instante tuvo el aspecto del largo cuello de un caballo alzado hacia el cielo. Pero al instante, mi cordura regresó. ”—Pero todo esto no es más que tonterías —dije—. Las calles van a donde deben ir. Toda calle debe llegar a su fin. ”—¿Porqué piensa eso de las calles? —preguntó, muy quieto. ”—Porque siempre la he visto hacer la misma cosa —contesté razonablemente enfadado—. Día tras día, año tras año, siempre ha conducido a la estación Oldgate. Día tras... ”Paré al notar que había erguido su cabeza con la furia de la calle rebelde. ”—¿Y usted? —dijo con un grito terrible—. ¿Qué piensa de usted la calle? ¿Cree que está vivo? ¿Estás vivo? Día tras día, año tras año, siempre te has dirigido a la estación Oldgate... ”Desde entonces he respetado los objetos a los que llaman inanimados. Y haciendo una leve reverencia al bote de mostaza, el hombre se fue del restaurante.

UNA DEFENSA DE LAS NOVELITAS DE A PENIQUE
Uno de los ejemplos más raros de la manera en que se desprecia la vida corriente está en la literatura popular, la gran mayoría de la cual nos conformamos con considerar vulgar. Las novelitas para adolescentes pueden carecer de merito literario. Lo que equivale a decir que la novela moderna es pobre en un sentido químico, económico o astronómico. Pero no son intrínsecamente vulgares. En la practica, son el centro de un millón de imaginaciones ardientes. En siglos pasados, las personas cultivadas ignoraban en bloque la literatura del vulgo. La ignoraban y, por lo tanto, hablando con propiedad, no la despreciaban. Pasar algo por alto sintiendo indiferencia no infla de orgullo a la persona. Uno no se pasea por la calle, retorciéndose arrogante los mostachos, pensando en su superioridad sobre cierta clase de peces avísales. Los antiguos sabios dejaron todo el averno de la literatura popular en una oscuridad semejante. Hoy en día, sin embargo, aplicamos el principio opuesto. Despreciamos las obras vulgares sin ignorarlas. Corremos cierto peligro de volvernos mezquinos en nuestro estudio de la mezquindad. Actúa de fondo un axioma temible, semejante a la magia de Circe, que dice que si el alma se acerca demasiado al suelo para estudiar algo puede no volver a levantarse jamás. Creo que no hay categoría de la literatura popular sobre la que existan mayor número de errores y exageraciones, el colmo de ridículos, que el estrato mas bajo de la literatura popular para muchachos. Es un tipo de composición que puede suponerse que siempre ha existido y siempre existirá. Carece de cualquier pretensión de ser buena literatura. Al igual que las conversaciones de sus lectores tampoco pretenden ser oratoria elevada ni los pisos y pensiones que habitan arquitectura sublime. Pero las personas tienen que conversar, estar bajo techo y escuchar cuentos. La necesidad básica de un mundo ideal en que personajes de ficción representan libremente su papel, es infinitamente más antigua y más profunda que las reglas del buen arte. Y es mucho más importante. Durante la infancia, cada uno de nosotros construye un reparto semejante con actores invisibles, pero nunca se le ocurrió a nuestras niñeras corregir su composición mediante una cuidadosa comparación con Balzac. En el oriente, el cuentacuentos profesional viaja de pueblo en pueblo con su pequeña alfombra y de verdad me gustaría que alguien tuviese el valor moral de extender esa alfombra en la plaza Ludgate. Pero no es probable que todos los cuentos del portador de la alfombra sean pequeñas joyas originales. La literatura y la ficción son cosas por completo diferentes. La literatura es un lujo pero la ficción es una necesidad vital. Es dudoso que una obra de arte pueda ser demasiado breve porque su mérito reside en alcanzar una cima de intensidad. Un cuento nunca puede ser demasiado largo, porque su conclusión es simplemente algo lamentable como las ultimas monedas o la ultima cerilla. Y así, al igual que el aumento de la conciencia artística guía las obras más ambiciosas hacia la brevedad, la extensión fruto de la laboriosidad, aun marca al autentico fabricante de basura romántica. No hay fin a las baladas de Robín Hood, no hay fin a los libros sobre el infalible Dick o los nueve vengadores. Ambos héroes, conscientemente, han sido creados inmortales. Pero en lugar de basar nuestro debate en reconocer, lo que es de sentido común, que los jóvenes de las clases trabajadoras siempre han tenido, y siempre tendrán, algún tipo de literatura romántica, infinita y desgarbada, para después hacer algún tipo de arreglo

para que la misma sea sana; empezamos, por lo general, atacando este tipo de lecturas en su conjunto de una manera exagerada, sorprendidos e indignados porque los recaderos no leen “El egoísta” ni “El arquitecto”. Es costumbre, sobre todo entre jueces, echar la culpa de la mitad de los crímenes que se cometen en la metrópoli a las novelitas baratas. Si un niño de la calle se escapa con una manzana, el magistrado hace notar astutamente que el niño sabía que las manzanas quitan el hambre gracias a sus lecturas. Los propios chavales, cuando les pillan, acusan frecuentemente a las novelitas haciendo gala de gran resentimiento. Es lo mínimo que debemos esperar de gente joven poseedora de un nada despreciable sentido del humor. Si yo hubiera falsificado un testamento, y pudiese despertar compasión echando la culpa del incidente a las novelas del Sr. George Moore, disfrutaría en grado sumo en el empeño. En cualquier caso, parece ser una idea firmemente asentada en la mente de la mayoría que los chicos de barrio, al contrario que el resto de su comunidad, encuentran los principios rectores de su conducta en los libros. Sin embargo está claro que esta objeción, la objeción de los magistrados, nada tiene que ver con la calidad literaria. El Sr. Hall Caine pasea libremente por las calles y no se le puede detener por un anticlímax. La objeción descansa en la teoría de que la mayoría de estas novelitas para adolescentes tiene un tono criminal y envilecido, su mezquino atractivo reside en su codicia y su crueldad. Esta es la teoría de los magistrados y es basura. Hasta el punto en que he podido comprobarla, en los tenderetes más sucios de los barrios más pobres, ésta es la realidad: todo el desconcertante conjunto de la literatura juvenil trata de aventuras, enmarañadas, inconexas e infinitas. No expresa pasión de ningún tipo al no contener personalidad humana alguna. Recorre eternamente los mismos carriles, situados en ciertos tiempos y lugares. El caballero medieval, el duelista dieciochesco y el vaquero aparecen una y otra vez con la misma rígida simplicidad que las figuras humanas estilizadas en el dibujo de una alfombra oriental. Tan posible me resulta imaginar que a un ser humano se le despierten apetitos desenfrenados contemplando una alfombra turca de ese tipo como por la lectura de una narrativa tan austera y deshumanizada como ésta. Algunas de estas historias tratan con simpatía las aventuras de ladrones, forajidos y piratas. Presentan a ladrones y piratas como Dick Turpin o Claude Duval, bajo una luz favorecedora y romántica. Es decir que hacen exactamente lo mismo que Ivanhoe de Scott, Rob Roy de Scott, La dama del lago de Scott, El Corsario de Byron, La tumba de Rob Roy de Wodsworth, Macaire de Stevenson, El pirata de hierro del Sr. Max Pemberton y otras mil obras que se reparten por sistema como regalo de Navidad o premio. A nadie se le ocurre que admirar a Locksey en Ivanhoe llevara a un chico a dispararle flechas japonesas a los ciervos de Richmond Park, a nadie se pasa por la imaginación que el imprudente principio del poema de Wodsworth sobre Rob Roy le convertirá de por vida en chantajista. En nuestra propia clase social, somos conscientes de que esta vida salvaje es contemplada con placer por los jóvenes no por su parecido con la suya propia, sino por sus diferencias. Podemos suponer que, sea cual sea la razón, por la que el joven recadero está leyendo La roja venganza, seguro que no es porque esté empapado con la sangre de amigos y parientes. En este asunto, como en todos los semejantes, nos perdemos al utilizar la expresión clases trabajadoras cuando lo que queremos decir es toda la humanidad menos nosotros mismos. Esta literatura romántica sin importancia no es especialmente plebeya: sencillamente es humana. El filántropo jamás olvida la clase social y la profesión. Dirá, presumiendo un poco, que ha invitado a veinticinco obreros a tomar el te. Si dijese que ha invitado a veinticinco contables, es evidente lo ridículo de clasificar de forma tan

burda a la gente. Pero eso es lo que hemos hecho con ese bosque de tontos cuentos: lo hemos estudiado como si fuese una nueva y monstruosa enfermedad cuando, de hecho, no es otra cosa que el corazón, tonto y valiente, del ser humano. Los hombres corrientes siempre serán sentimentales porque el sentimental no es otra cosa que un hombre con sentimientos que no se preocupa de inventar una nueva manera de expresarlos. A estas publicaciones, comunes y corrientes, les falta en lo fundamental cualquier maldad. Expresan los tópicos, vigorosos y heroicos, en los que se apoya la civilización. Está claro que la civilización o se apoya en tópicos o carece de fundamento. Es evidente que no habría seguridad en una sociedad en la que el comentario del presidente del Tribunal Supremo diciendo que matar a la gente está mal, fuese considerado un epigrama deslumbrante por su originalidad. Si los autores y editores del infalible Dick, y otras obras igual de distinguidas, de repente decidiesen atacar a la clase culta, hacer listas con el nombre de todas las personas, por importantes que fuesen, vistas en una conferencia de postrado, confiscar todas nuestras novelas y advertirnos que debíamos enmendar nuestras vidas, nos enfadaríamos muchísimo. Sin embargo, tendrían más derecho a hacerlo que nosotros ya que ellos, con toda su estupidez, son los normales y nosotros los anormales. Es la moderna literatura culta, no la inculta, la que es clara y agresivamente criminal. Libros que recomiendan el pesimismo y el libertinaje, que harían temblar a cualquier recadero, descansan en las mesas de todos nuestros salones. Si él más ruin propietario del tenderete más sucio de Whitechapel se atreviese a mostrar obras que realmente recomendasen la poligamia o el suicidio, los ejemplares seria secuestrados inmediatamente por la policía. Esos son nuestros lujos. Y con una hipocresía tan ridícula que no tiene paralelo en la historia, al mismo tiempo que despreciamos los chicos barriobajeros por inmorales, discutimos junto a ambiguos profesores de universidad alemanes, si la moral tiene algún valor real. En el mismo instante en que maldecimos las novelitas por promover los robos, estudiamos la idea que la propiedad es un robo. En el mismo momento en que las acusamos muy injustamente de lubricidad e indecencia, leemos alegremente a filósofos que se enorgullecen de su lubricidad e indecencia. A la vez que las acusamos de incitar a los jóvenes a destruir la vida, discutimos tranquilamente si la vida es digna de ser salvada. Pero somos nosotros la excepción enfermiza, nosotros somos los criminales. Ese debe ser nuestro gran consuelo. La mayoría de la humanidad, con su mayoría de libros vanos y palabras vanas, nunca ha dudado ni dudara que el valor es algo espléndido, la fidelidad digna de alabanza, las damas en peligro deben ser rescatadas y los enemigos vencidos perdonados. Hay una gran cantidad de personas educadas que dudan de estas normas para la vida diaria, también hay mucha gente que cree ser el Príncipe de Gales. Y tengo entendido que ambas categorías de personas son capaces de mantener conversaciones muy interesantes. Pero el hombre o muchacho corriente escribe cada día en ese diario de su alma que llamamos las novelitas de a penique, un evangelio más claro y mejor que las iridiscentes paradojas éticas que las personas a la moda cambian tan a menudo como de corbata. Puede que disparar a un traidor voluble y falso sea un objetivo moral sumamente limitado. Pero es mejor que ser un traidor voluble y falso, lo que me parece un buen resumen de muchos modelos modernos de conducta, del Sr. D’Annunzio en adelante. Mientras la sustancia, vulgar y débil, de la simple literatura popular permanezca ajena a una cultura mezquina nunca será sustancialmente inmoral. Siempre está de lado de la vida. Los pobres, los esclavos que realmente han gemido bajo el yugo de la vida, a menudo han estado locos, han sido estúpidos y crueles. Pero nunca les ha faltado la

esperanza. Eso es un privilegio de clase social, como los cigarros puros. Su pésima literatura será siempre una literatura “a sangre y fuego”, como en el fuego del cielo y la sangre de los hombres.

DEFENSA DEL DESATINO
Hay dos iguales y eternas maneras de mirar este crepuscular mundo nuestro: podemos verlo como el crepúsculo de la tarde o como el crepúsculo de la mañana; podemos pensar en cualquier cosa, hasta en una bellota caída, como descendiente o como antecesor. Hay veces en que estamos casi abrumados, no tanto con la carga de la maldad como con la de la bondad de la humanidad, cuando sentimos que no somos más que los herederos de un esplendor humillante. Pero hay otras ocasiones en que todo parece primitivo, cuando las antiguas estrellas no son más que chispas salidas de una fogata de muchacho, cuando toda la tierra parece tan joven y experimental que hasta el pelo blanco del anciano, en la exquisita frase bíblica, es como almendros en flor, como el albo espino dado en mayo. Que es bueno para un hombre comprender que él es “el heredero de todo el pasado”, suele decirse; punto menos popular, pero de pareja importancia, es que a veces le resulta bueno comprender que no es solamente antecesor, sino también antecesor de prístina antigüedad; resultaba bueno para él preguntarse si no es acaso héroe, y experimentar ennoblecedoras dudas sobre si no es acaso mito solar. Los asuntos que más cabalmente evocan este sentido de la perdurable infancia del mundo son los realmente nuevos, bruscos y originales de cada edad; y si nos preguntasen cuál fue la mejor prueba de esta intrépida juventud en el siglo XIX, diríamos, con el mayor respeto por sus portentosas ciencia y filosofía, que ella habría de encontrarse en los versos de Mr. Edward Lear en la literatura del desatino. El dong de nariz luminosa, por menos, es original, como fueron originales el primer buque y el primer arado. Es verdad en cierto sentido que algunos de los más grandes escritores que el mundo ha visto —Aristófanes, Rabelais y Sterne— han escrito desatinos; pero, a menos que nos equivoquemos, es en sentido muy diferente. El desatino de esos hombres era satírico, es decir, simbólico; una especie de exuberante cabrioleo alrededor de una verdad descubierta. Existe la mayor diferencia del mundo entre el instinto de la sátira, que, viendo en los mostachos del káiser algo típico de él, se los dibuja cada vez más grandes, y el instinto del desatino, el cual, por ninguna razón absolutamente, imagina cómo le quedarían esos mostachos al actual arzobispo de Canterbury si se los dejara en un acceso de abstracción. Nos inclinamos a pensar que ninguna edad que no fuera la nuestra podría haber comprendido que el Quangle-Wangle no significaba absolutamente nada, y que las Tierras de los Bollitos no estaban en ninguna parte. Nos imaginamos que si la narración del juicio de la Sota en Alicia en el país de las maravillas se hubiera publicado en el siglo XVII, habríase igualado al Juicio del fiel de Bunyan, como parodia de las persecuciones del Estado en esa época. Nos imaginamos que si El dong de la nariz luminosa hubiera aparecido en el mismo periodo, todos la habrían supuesto una insípida sátira sobre Oliverio Cromwell. Es del todo deliberado que citemos principalmente los Versos desatinados de Mr. Lear. A nuestro parecer Mr Lear es cronológica y esencialmente el padre del desatino; lo consideramos superior a Lewis Carroll. En un sentido, por cierto, Lewis Carroll lleva gran ventaja. Nosotros sabemos qué era Lewis Carroll en la vida cotidiana: un caballero singularmente serio y convencional, universalmente respetado, pero con mucho de pedante y algo de filisteo. Así, su extraña doble vida en la tierra y en la región de los sueños acentúa la idea que está en el fondo del desatino: la idea de evasión, de evasión hacia un mundo donde las cosas no se hallan horriblemente fijadas en una eterna justeza, donde los perales dan manzanas y cualquier hombre raro con que uno se cruce puede tener tres piernas. Lewis Carroll, viviendo una vida en la cual habría tronado

moralmente contra cualquiera que caminara sobre la parcela de hierba que no le correspondía, y otra vida en la cual habría llamado con alegría verde al sol y azul a la luna, era, por su misma índole dividida, con un pie en cada uno de los dos mundos, un tipo perfecto de la posición del desatino moderno. Su país de las maravillas es una región poblada por matemáticos locos. Sentimos que todo es evasión hacia un mundo de mascarada; sentimos que si pudiéramos penetrar sus disfraces, habríamos de descubrir que Humpty Dumpty y la Liebre de Marzo eran profesores y doctores en teología disfrutando de un feriado mental. Este sentido de la evasión resulta sin duda menos enfático en Edward Lear, a causa de lo completo de su ciudadanía en el mundo de la sinrazón. No conocemos su prosaica biografía como conocemos la de Lewis Carroll. Lo aceptamos como figura puramente fabulosa, según la descripción que hace de sí: Su cuerpo es perfectamente esférico y lleva un sombrero de tres cuernos. Mientras que el país de las maravillas de Lewis Carroll es puramente intelectual, Lear introduce otro elemento del todo diferente: el elemento de lo poético y hasta emocional. Carroll trabaja con la razón pura, pero éste no es contraste tan fuerte; porque después de todo la humanidad, en general, siempre ha considerado la razón como un poco de chanza. Lear introduce sus palabras faltas de sentido y sus criaturas amorfas no con la pompa de la razón, sino con el romántico preludio de ricos matices y obsesionantes ritmos. Lejanas y escasas, lejanas y escasas, son las tierras donde moran los jumblies, es un tipo de poesía por entero diferente al exhibido en Jabberwocky. Carroll, con sentido de pulcritud matemática, hace de todo su poema un mosaico de palabras nuevas y misteriosas. Pero Edward Lear, con sutil y plácida desfachatez, está siempre introduciendo migajas de su dialecto de duendes en medio de relatos simples y racionales, hasta que quedamos poco menos que pasmados al comprobar que sabemos su significado. Hay un genial campanilleo de sentido común en versos como éstos: Porque su tía Johiska decía: "Todos saben que es mejor un Pobble cuando le faltan los dedos de los pies.. lo cual está más allá del alcance de Carroll. El poeta parece tan natural en el asunto, que casi nos mueve a pretender que comprendemos lo que quiere decir, que conocemos las peculiares dificultades de un Pobble, que viajamos hace tanto tiempo como él por la “llanura grombooliana”. Nuestra pretensión de que el desatino es una nueva literatura (casi podríamos decir un nuevo sentido) sería por completo indefendible si el desatino no fuese nada más que simple capricho estético. Nada sublimemente artístico ha surgido nunca del mero arte, nada más que algo en esencia racional ha surgido nunca de la pura razón. Siempre debe haber un rico terreno moral para cualquier gran producción estética. El principio del arte por el arte es muy buen principio si significa que existe una vital diferencia entre la tierra y el árbol que tiene sus raíces en la tierra; pero es muy mal principio si significa que el árbol puede crecer también con las raíces en el aire. Toda gran literatura ha sido siempre alegórica de una visión del universo entero. La Ilíada es grande sólo porque

toda la vida es un combate, la Odisea porque la vida es un viaje, el Libro de Job porque toda la vida es un enigma. Existe una actitud en la cual pensamos que toda la existencia podría resumirse en la palabra espectros; otra, algo mejor, en la cual pensamos que se resume en las palabras sueño de una noche de verano. Hasta el melodrama o novela policial más vulgares pueden ser buenos si expresan algo del goce que se siente al pensar en posibilidades siniestras: el saludable anhelo de oscuridad y terror que puede invadirnos cualquier noche al caminar por una calle oscura. Por ello, si el desatino va a ser realmente la literatura del futuro, tiene que ofrecer su versión propia del cosmos; el mundo no debe ser sólo lo trágico, lo romántico, lo religioso, debe ser también lo desatinado. Y aquí nos imaginamos que el desatino, de modo sumamente inesperado, vendrá en ayuda de la visión espiritual de las cosas. La religión ha estado tratando, por espacio de siglos, de hacer que los hombres se regocijen en las maravillas de la creación; pero ha olvidado que una cosa no puede ser por completo maravillosa en tanto que continúe siendo lógica. Mientras consideremos un árbol como cosa obvia, natural y razonablemente creada para alimentar a una jirafa, no podemos maravillarnos cabalmente de él. Cuando lo consideramos como prodigiosa ola de la tierra viviente, que se alarga hacia los cielos sin ninguna razón particular, sólo entonces nos quitamos el sombrero, para asombro del guardián del parque. Todo tiene en realidad otra cara para él, como la luna, hada madrina del desatino. Visto desde otro lado, un pájaro es flor desprendida de la cadena de su tallo; un hombre es cuadrúpedo mendigando sobre sus patas traseras; una casa es sombrero gigantesco para proteger a un hombre del sol; una silla es aparato de cuatro piernas de madera para un tullido que sólo cuenta con dos. Esta es la faz de las cosas que tiende más realmente al asombro espiritual. Es significativo que en el más grande poema religioso que se ha creado, el Libro de Job, él argumento que convence al infiel no sea (como lo ha representado el fariseísmo meramente racional del siglo XVIII) un cuadro de la ordenada caridad de la creación; sino, por el contrario, un cuadro de su enorme e indescifrable falta de razón. “¿Tú has hecho llover sobre el desierto donde no hay hombres?” Esta simple sensación de maravilla ante las formas de las cosas, y ante su exuberante independencia de nuestras normas intelectuales y de nuestras triviales definiciones, es la base de la espiritualidad, y también del desatino. Desatino y fe (por extraña que pueda parecer la conjunción) son las dos aseveraciones simbólicas de la verdad de que sondear el alma de las cosas con un silogismo es tan imposible como sondear a nuestro Leviatán con un anzuelo. La bien intencionada persona que, por el mero estudio del lado lógico de las cosas, ha decidido que “la fe es desatino”, no sabe con qué precisión habla; más tarde puede volver a él bajo la forma de que el desatino es fe.

EL ÁRBOL DEL ORGULLO
Si bajan a la Costa de Berbería, donde se estrecha la última cuña de los bosques entre el desierto y el gran mar sin mareas, oirán una extraña leyenda sobre un santo de los siglos oscuros. Ahí, en el límite crepuscular del continente oscuro, perduran los siglos oscuros. Sólo una vez he visitado esa costa; y aunque está enfrente de la tranquila ciudad italiana donde he vivido muchos años, la insensatez y la trasmigración de la leyenda casi no me asombraron, ante la selva en que retumbaban los leones y el oscuro desierto rojo. Dicen que el ermitaño Securis, viviendo entre árboles, llegó a quererlos como a amigos; pues, aunque eran grandes gigantes de muchos brazos, eran los seres más inocentes y mansos; no devoraban como devoran los leones; abrían los brazos a las aves. Rogó que los soltaran de tiempo en tiempo para que anduvieran como las otras criaturas. Los árboles caminaron con las plegarias de Securis, como antes con el canto de Orfeo. Los hombres del desierto se espantaban viendo a lo lejos el paseo del monje y de su arboleda, como un maestro y sus alumnos. Los árboles tenían esa libertad bajo una estricta disciplina; debían regresar cuando sonara la campana del ermitaño y no imitar de los animales sino el movimiento, no la voracidad ni la destrucción. Pero uno de los árboles oyó una voz que no era la del monje; en la verde penumbra calurosa de una tarde, algo se había posado y le hablaba, algo que tenía la forma de un pájaro y que otra vez, en otra soledad, tuvo la forma de una serpiente. La voz acabó por apagar el susurro de las hojas, y el árbol sintió un vasto deseo de apresar a los pájaros inocentes y de hacerlos pedazos. Al fin, el tentador lo cubrió con los pájaros del orgullo, con la pompa estelar de los pavos reales. El espíritu de la bestia venció al espíritu del árbol, y éste desgarró y consumió a los pájaros azules, y regresó después a la tranquila tribu de los árboles. Pero dicen que cuando vino la primavera todos los árboles dieron hojas, salvo éste que dio plumas que eran estrelladas y azules. Y por esa monstruosa asimilación, el pecado se reveló.

FIN

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful