TEORÍA PSICOTERAPIA Y PSICOTERAPEUTA

DEL GROSSO JOSE
Universidad de los Andes Mérida, Venezuela

TEORIA, PSICOTERAPIA Y PSICOTERAPEUTA
JOSE DEL GROSSO DPTO. DE PSICOLOSIA DE LA UNIVERSIDAD DE LOS ANDES MERIDA—MERIDA, VENEZUELA, 1994.

Preámbulo.Entre 1975 y 1994 realicé una serie de investigaciones sobre las teorías psicológicas, las técnicas psicoterapéuticas derivadas de ellas, la conducta del psicoterapeuta y su efectividad. Como psicólogo conocía las diversas teorías psicológicas y sus presupuestos. A mi modo de ver cada una aportaba conocimientos valiosos referidos a aspectos específicos de la conducta humana que podían aplicarse tanto para mantener la salud mental como para ayudar a las personas a superar sus problemas. Cada una de ellas decía ser la única teoría verdadera y científica, pero a mí no me parecía que alguna de ellas pudiera tener la verdad única y absoluta y que más bien podían ser complementarias. Me parecían más bien, como las piezas de un rompecabezas que unidas podían dar lugar a un hermoso paisaje que fuera de beneficio para todos si dejábamos de lado el fanatismo de ser miembro de la cofradía de tal o cual escuela psicológica. El intento de unificar todas esas teorías era frustrante, no importaba cuán profundamente las estudiara, siempre resultaba un paisaje más o menos maltrecho, donde cada pieza al final mantenía su independencia. Como individuo, como ser humano, que quería superar mis propias perturbaciones y problemas me convertí en paciente de muchas de las formas originales de psicoterapia derivadas de las principales corrientes escuelas de psicología. Me ayudaron mucho a calmar los síntomas, pero no a remover la enfermedad. Durante ellas ponía mucho cuidado entre lo que hacían los terapeutas, su efecto sobre mí y lo que decían las teorías. Hallé entonces que todas estaban dirigidas al yo o al ego y que tenían un techo o meta a alcanzar. Los terapeutas en general no se atenían a los hechos, a la evolución de mi propia psicoterapia, sino que se limitaban a seguir a los lineamientos e indicaciones de la teoría. Era como si aquellos terapeutas dijeran: si los hechos no coinciden con la teoría, tanto peor para los hechos. Como psicoterapeuta me preocupaba qué estaba haciendo realmente con las personas que tenía ante mí y que tenían fe en que podía ayudarles. Las respuestas que hallaba en los libros eran desconcertantes, pues hablaban de lo difícil que era sanar más que de estrategias eficaces y soluciones. Las personas venían a mí y tenían angustia, estaban en crisis, a punto de perder sus parejas o empleos HOY, pero las técnicas ofrecían soluciones a demasiado largo plazo. Implícita o abiertamente se decía que la sanación llevaba el mismo tiempo o mucho más que el transcurrido entre la aparición de los síntomas y el momento de iniciar el proceso psicoterapéutico. Durante mi formación oficial como psicoterapeuta se me inculcaba que yo debía ser objetivo, es decir, mantenerme distante emocionalmente del paciente y mostrarme imperturbable, lo que en mi caso no sirvió de nada, pues cómo podía ser indiferente al sufrimiento ajeno, sobre todo cuando éste tocaba de alguna manera mis problemas no resueltos.

Una de mis pacientes me abrió los ojos. Ella, una hermosa chica que estudiaba medicina repentinamente comenzó a presentar síntomas de fobia. La fobia se fue apoderando de sus espacios hasta llegar un momento en que no salía ni de su cuarto. La chica vino a consulta porque venía acompañada de su padre y sus tres hermanos, era la única forma que ella salía de su casa. Una vez que me relató su problema, yo le dije cómo íbamos a trabajar bajo la técnica psicoanalítica. Le mencioné entre otras cosas que debería relatarme su infancia, todo lo que le viniera libremente, sus sueños… Ella me miraba fijamente a los ojos mientras decía todas esas cosas. Entonces, me interrumpió y me preguntó: ¿Doctor, usted cree en verdad que si hacemos todo eso, yo voy a sanarme? La pregunta llegó directamente a mi inconsciente, interrumpiendo toda la perorata intelectual que me habían inyectado y desde lo más profundo de mí le dije, NO. Intentemos otra forma de abordar juntos el problema. Tuvimos algunas sesiones más y juntos inventamos, pero luego desapareció. Después de 18 años la encontré trabajando en una institución pública, había superado por sí misma sus problemas, se había casado y mantenía una relación normal con su esposo e hijos. Me dijo: Usted me dio la suficiente confianza en mí como para que yo solucionara mis problemas. De hecho, durante esos 18 años en que no la vi aprendí técnicas no convencionales de psicoterapia y me quité la camisa de fuerza que los formalismos y la psiquiatría oficial nos imponían a la hora de ayudar a las personas. Técnicas como la Pragmática de la Comunicación Humana, la Hipnosis de Milton Erickson, las técnicas de MRI… y mi cambio de perspectiva de la situación terapéutica me ayudaron personalmente en la solución de muchos de mis problemas, reafirmaron mi creencia en las potencialidades que cada ser humano tiene naturalmente y, por supuesto, ayudé a muchas personas a solucionar sus problemas de manera efectiva y prolongada. La comprensión de qué estuve haciendo y el por qué el cambio de perspectiva fue eficaz la obtuve al estudiar epistemología, comprender la idea de paradigma que proponía Thomas Kuhn y mi aproximación a los principios epistemológicos que derivaban de la teoría cuántica y del caos. Demás está decir que cada vez que me aproximaba a supervisar mis casos, mis supervisores no me escucharon realmente y que el compartir cada nuevo hallazgo con mis colegas, para ellos era una afrenta personal. Nunca imaginé que al presentar mis primeros resultados de investigación sobre la teoría, la psicoterapia y la conducta del psicoterapeuta pudiera despertar tanta agresividad hacia mí. Ingenuamente, presenté esta ponencia ante los miembros de mi Departamento y tuve que desaparecerme por un tiempo, mientras que cuando la presenté en el Congreso Internacional de Psicología en Santiago de Chile (1993) tuve una buena y amplia acogida que me estimuló a seguir indagando. Hablar sobre cómo son en sí los hechos y lo que ello significa siempre ha sido mal visto por la sociedad en general. Lo que nunca imaginé es que lo fuera en un campo como la Psicología. Hasta donde llega mi experiencia, con honrosas excepciones, decir la verdad nunca representó para la mayoría de mis colegas una oportunidad de hacer mejor las cosas, sino una amenaza. José Del Grosso Mérida, 07/06/2011

RESUMEN La presente ponencia es un análisis epistemológico de las principales teorías psicológicas clásicas: conductismo, psicoanálisis, reflexología y sus principales derivaciones; de las técnicas psicoterapéuticas derivadas de ellas y de la conducta que los psicoterapeutas deben adoptar. Los hallazgos de las investigaciones en el ámbito de la termodinámica, el electromagnetismo, las investigaciones de Max Planck, Einstein y muchos otros investigadores derribaron de modo contundente los principios epistemológicos del paradigma cartesiano-newtoniano y, por ende, los presupuestos sobre los cuales se fundamentaban las principales teorías psicológicas, sus aplicaciones en el ámbito de la salud mental y física, así como las prácticas de sus seguidores. Este trabajo se apoya en esos hallazgos y a la luz de la epistemología trata de poner en evidencia las principales dificultades de los psicoterapeutas para darse cuenta de las contradicciones y confusiones de las teorías que siguen; los mecanismos de defensa para mantener la ceguera teórica y los mecanismo de defensa usados para mantener su posición teórico y métodos de tratamiento. También hace notar las dificultades para rehacer la teoría y la práctica derivadas de las viejas teorías. a) Entre los resultados del análisis destacan: b) cómo ciertos presupuestos como el ser mentalmente sanos, haber pasado por un proceso psicoterapéutico, la formación recibida, la identificación del terapeuta con la teoría y la negación al consultante de toda posibilidad de metacomunicar acerca del proceso, tienden a ser parte de un esquema defensivo para mantener estables y sin revisar las teorías psicológicas, la manera de generar conocimientos sobre la conducta humana, las técnicas psicoterapéuticas derivadas de las teorías, la conducta del psicoterapeuta durante las sesiones con pacientes, así como evadir el revisar aspectos de nuestra propia psyche como psicoterapeutas que pueden interferir en nuestra efectividad y/o profundizar nuestros propios problemas psicológicos. c) El hecho de que el conocimiento sobre la salud mental sea una elaboración mental y, a su vez, una autoreferencia, pone en duda la supuesta objetividad sobre cualquier afirmación que podamos hacer sobre la salud mental y, por lo tanto, sobre quién es sano o no. d) Aun aceptando las definiciones existentes de salud mental, éstas no representan sino idealizaciones, lo cual implica negar la individualidad del consultante en favor de las mismas. e) La actitud de objetividad o consciencia no participativa que debe mantener el terapeuta durante las sesiones es un acto de despersonalización. f) e) Existe la tendencia a defender las teorías más que prestar atención a los resultados de las técnicas derivadas de ellas, mediante estrategias que van desde poner en duda las motivaciones de quien hace las observaciones hasta el uso de las estrategias de autovalidación de las teorías.

TEORIA, PSICOTERAPIA Y PSICOTERAPEUTA La Revolución Científica, no sólo introdujo un nuevo orden de ideas y concepción de la naturaleza, sino, además, cambios tan profundos en el comportamiento de la mayoría de las personas, que aún hoy día, nos siguen afectando significativamente. Durante este siglo, mientras las ciencias en general han venido modificando o descartando él paradigma cartesiano—newtoniano, producto de la Revolución Científica, o introduciendo y asimilando los nuevos paradigmas de la mecánica cuántica—relativista y del caos; en psicopatología, psicología clínica, psiquiatría y psicoterapia aún mantenemos principios epistemológicos del paradigma cartesiano— newtoniano tales como el de la existencia de una “realidad objetiva y definitiva”, las relaciones causa-efecto lineales y obviar la importancia de las relaciones. Pienso que él mantenimiento en las áreas de la salud mental de los postulados básicos del paradigma cartesiano—newtoniano ha contribuido en la práctica clínica a una actitud defensiva, la cual abarca toda aquella serie de conductas que usamos los terapeutas con el objeto de mantener estables y sin revisar ciertos aspectos de nuestra propia psyche, la forma de elaborar el conocimiento, las teorías y técnicas que compartimos, así como nuestra conducta como psicoterapeutas. Esta defensividad puede ser entendida como una sustitución, modificación y enmascaramiento de los mecanismos de defensa del común de las personas, sólo que en el terapeuta adquiere las características de ser más sutil, sofisticada y encubierta. DIFICULTAD PARA VERNOS Es difícil identificar, concientizar y aceptar los mecanismos de defensa surgidos de esta defensividad, pues se supone que quienes nos dedicamos a esta labor somos personas sanas dentro de ciertos límites y estamos capacitados para administrar la salud mental, esto es, hemos recibido una preparación y formación científica que avala nuestra capacidad para establecer y desarrollar marcos de referencia, teorías, parámetros y criterios de salud mental, observar, diagnosticar y sanar. También es difícil de lograr, ya que el proceso terapéutico se suele centrar en el consultante y se supone que durante éste ni terapeuta ni consultante metacomunican sobre él. Implícitamente, toda metacomunicación y retroalimentación por parte del consultante sobre la terapia, la técnica, el comportamiento del terapeuta y el contexto de la terapia en general queda negada porque se supone que ésta es una persona cuya capacidad de percepción, pensamiento y expresión están alterados significativamente como para ser tomados en serio. Para algunos terapeutas es síntoma de no querer sanar y prueba del desequilibrio del consultante.

ELABORACION DEL CONOCIMIENTO Y TEORIAS En general, la construcción del conocimiento científico supone partir de un marco de referencia global del cosmos o paradigma, el cual, a su vez, nos permita elaborar teorías particulares sobre los diversos aspectos de la “realidad”.

Según el legado del paradigma cartesiano—newtoniano, existe una verdad objetiva”, derivada del objeto, el cual es autónomo e independiente del observador. Según esto si detectamos una verdad indudable y a partir de ella seguimos un método o procedimiento seguro es posible construir un conjunto de conocimientos que poco a poco nos lleven a ordenar la realidad objetiva y alcancemos la verdad global de todo aquello que es cognoscible, es decir, que nos conduzca al establecimiento de un orden de cosas que nos indique definitivamente que el mundo es así y no de otra forma. Ahora bien, el primer gran problema para establecer las leyes del universo, así como para elaborar ese conjunto de conocimientos indudables, estriba en determinar cuál es el punto de partida o idea primera y rectora que debemos adoptar, pues no hay indicador ni criterio alguno que nos lo diga. En este sentido, no existe un punto de referencia único y absoluto, que nos permita determinar objetiva e independiente cuál es esa “verdad primera”, razón por lo cual la idea rectora se establece en base a acuerdos. Unido a lo anterior tenemos otros problemas. Cada punto de partida, junto con las normas para establecer un objeto de estudio, su definición, modo de conocerlo y ordenar los conocimientos obtenidos… da origen a descripciones totalmente diferentes de la “realidad”; determina nuestra relación con ella; condiciona y determina que sólo nuestro punto de vista es auténtico; invalida los demás puntos de vista e impide concebir y percibir realidades distintas. Tampoco podemos desligar la elaboración del conocimiento científico ni del momento histórico y social de las personas que lo llevan a cabo ni de los procesos psíquicos de los individuos que intervienen en él. Como dice Polanyi, el conocimiento no puede ser impersonal. La afirmación “conocimiento objetivo” es una contradicción, pues todo conocimiento es producido en términos de significados, de modo que el conocedor no puede ser excluido del proceso de conocer (cit. por Bergman, 1997). Lograr la objetividad es además imposible, puesto que toda afirmación derivada de la elaboración de la información proveniente de nuestros sentidos implica, por una parte, la confirmación y aceptación o no tanto de cierta “realidad”, como de la forma de manejarla en un grupo determinado y, por otro, una valoración de la fiabilidad de nuestro ser, de nuestros sentidos, de nuestra cordura, de nuestra forma de procesar la información percibida y la posibilidad de ser aceptados o rechazados por el grupo de pertenencia. TEORIAS, AUTOREFERENCIA Y AUTOVALIDACION La situación anterior se hace más compleja en el caso de nosotros terapeutas, de un lado, porque la elaboración de teorías y técnicas terapéuticas no se refieren a algo ajeno a nosotros, es decir, a una “salud mental”, sino tanto a nuestra salud mental como a la de los demás, por ende, expresa algo sobre lo que somos y, por otro, porque toda teoría se autovalida. El mismo sistema de reglas y principios sobre los que construimos nuestras teorías genera una percepción selectiva tal, que nos induce a percibir lo que deseamos, pues ellas determinan el tipo de experiencias que efectuaremos, el modo de realizarlas, la gama de soluciones admisibles por la comunidad científica, así como la forma de interpretar los resultados.

En psicología el fenómeno de autovalidación se acentúa debido a la complejidad y superdeterminación del comportamiento. Ya que cualquier comportamiento está superdeterminado o es el producto final de innumerables factores y cualquier factor motivador tiende a participar en cualquier comportamiento, se puede llegar a la falsa conclusión de que toda conducta puede ser explicada partiendo del factor o factores considerados como significativos y determinantes por cualquier teoría particular. Así, siempre es posible hallar presente en la explicación de la conducta factores como el procesamiento de la información, el inconsciente o el refuerzo. Igualmente, es posible darle mayor relevancia a uno de ellos, percibirlo dándole otro nombre o no percibirlo en absoluto, pues la teoría no contempla dicho factor o no plantea esa clase de fenómenos. Existen además, teorías que por la forma como han sido elaboradas y por la manera de desplegar sus técnicas, contemplan elementos que invalidan todo intento de modificación y que, al mismo tiempo, descalifican a las teorías y técnicas restantes, como sucede con el psicoanálisis.

SALUD MENTAL Como terapeutas nos ocupamos del cambio del comportamiento para ayudar a alcanzar la salud mental a quienes nos consultan. Esto nos plantea el problema de qué es salud mental y qué es lo que se debe cambiar. En la actualidad las teorías y técnicas psicoterapéuticas más reconocidas se sustentan sobre el paradigma cartesiano—newtoniano, lo que significa que han sido desarrolladas alrededor de algún o algunos principios considerados como angulares o verdades indudables. En la clínica se parte de la existencia de una verdad objetiva y de la posibilidad de establecer definitivamente qué es la salud mental, cómo alcanzarla y cómo mantenerla. Pero como en el paradigma cartesiano—newtoniano las teorías psicológicas oficiales mantienen escindidos objeto y sujeto, no integran a ellas ni el contexto ni las relaciones interpersonales entre otros aspectos destacados por la epistemología cuántica. Sólo se considera “normal” o “sano” un cierto tipo de comportamiento dentro de ciertos límites, los cuales, por lo regular, tienden a preservar el status quo tanto de la sociedad como de todo aquel que lo que representa mediante el ejercicio de la clínica. También, se tiende a obviar, negar o distorsionar convenientemente la intervención y el acuerdo entre los clínicos en la elaboración y mantenimiento de los principios rectores, así como toda referencia espacio—temporal.

DEFENDER LA TEORIA NO ATENDER A LOS RESULTADOS Mientras en otras ciencias e incluso en ciertas áreas de la psicología que no están directamente vinculadas a la salud mental se presta mucha atención a los resultados, en clínica se tienda a preservar y defender la teoría y a obviar los hechos. Es como si los seguidores de las teorías clínicas dijeran “Sólo nosotros curamos a las personas, pues estar sano es “X” y sólo nosotros sabemos cómo lograrlo”

Quien se interesa por los resultados de las técnicas, por lo regular, es considerado sospechoso. De hecho, durante actividades colectivas e individuales de exposición y supervisión de casos se suele eludir el problema de la efectividad mediante prácticas como hablar la mayor parte del tiempo de los síntomas del paciente, de sus insight, sus resistencias al cambio y denotar algunos logros, mientras se hace poca o ninguna referencia a la actuación del terapeuta. En general se tiende a ocultar qué hacemos con el consultante. Yo mismo, tanto en Venezuela como en Italia he sido víctima de mi osadía de hablar sobre mi propio comportamiento como terapeuta y la efectividad de las técnicas usadas. Quien es disidente, descubre rápidamente que al manifestar a sus colegas puntos de vista diferente a los de ellos, son descalificados, criticados, ridiculizados e ignorados; que los colegas no muestran interés alguno ante las fallas metodológicas y de tipo epistemológico; que se hacen los sordos ante los hechos que muestran la ineficacia de sus técnicas y que, además, comienzan a ser indagados sobre sus motivaciones internas al señalar los hechos. En las instituciones relacionadas con la salud mental, al menos por lo que conozco en Venezuela e Italia, se emplean estrategias como ignorar métodos y resultados, traducirlas a la teoría y técnica compartida por el grupo o se suelen hacer interpretaciones sobre la propia salud mental del disidente. Para agravar más la situación, la formación de nuevos terapeutas no da cabida a nuevas aproximaciones o a la experimentación de nuevas técnicas, pues quién se forma depende para su graduación y calificación de clínicos más antiguos. El ser diferente compromete seriamente la reputación. Entre las alternativas que puede vislumbrar quien ve las cosas diferentes están el pasar por alto, callar y esperar a estar en un momento económico y profesional que le permita independizarse. En la ciencia hay un acuerdo implícito de preservar las técnicas eficaces y descartar y sustituir las ineficaces Extrañamente en clínica, esto no se hace. Cómo hacerlo si durante la formación de los terapeutas no se provee a éstos de criterios epistemológicos e, igualmente, la mayoría de las terapias oficiales carecen de criterios sobre qué es el éxito terapéutico.

CURAR SIN CURARNOS La situación terapéutica en términos de verdades objetivas y definitivas es insostenible y contradictoria: las teorías psicoterapéuticas suponen implícitamente en el terapeuta amplitud de consciencia, receptividad, capacidad para escuchar y un máximo de flexibilidad e innovación, lo cual, al mismo tiempo, constituye algunos de los criterios de salud mental. Sin embargo, la formación de los terapeutas, así como el propio proceso terapéutico, inducen a percibir y a actuar según el modelo de la teoría, lo que significa que será ciego y sordo a todo aquello que no está contemplado por el modelo teórico y que toda su actuación estará sesgada por él. En este sentido, la propia salud mental del terapeuta es dudosa y se presta a que éste mantenga oculto ciertos aspectos de su propia psyche sin elaborar, así como a mantener ciertas conductas que pudieran ser indeseables. La teoría puede ser entonces no sólo una justificación para no sanar, una huida a los propios problemas, sino además, una justificación para no evaluar el propio comportamiento como terapeuta y salvar toda responsabilidad frente al consultante; para usar la terapia como medio de proporcionarse satisfacciones de tipo económico, sexual, seguridad, estima y

reafirmación de la propia identidad, así como el no tener que mirar a los lados y estudiar más. La misma idea de que el terapeuta deba mantener una actitud “objetiva”, es decir, de consciencia no participativa, es imposible, contradictoria, defensiva e insana. Dicha actitud es imposible de lograr, porque, por un lado, se quiera o no, no importa la teoría, el terapeuta deberá seleccionar los aspectos conductuales señalados por ella y deberá interpretarlos y hacer algo con ellos y, por otro lado, porque como señala Laing (1974) “La despersonalización en una teoría que quiere ser una teoría de las personas es tan falsa como la despersonalización esquizoide de los demás” (p. 20). En el caso de las terapias no directivas la “actitud de objetividad” es contradictoria, porque se obvia el aspecto conativo de la comunicación y no se reconoce que en toda comunicación no sólo hay un contenido, sino además información acerca de qué hacer con ella. Es defensiva porque el “mantener la distancia” puede estar expresando el propio temor a la “locura” y a aquellos problemas que expresa el consultante y no han sido resueltos por el terapeuta. Y es insana, porque exige una actitud despersonalizada al terapeuta, esto es, una posición esquizoide, la cual impone al consultante, de modo que incluso para hablar de sí mismo usará expresiones como mi mente, mis condicionamientos o mis relaciones objétales… como algo ajeno a él. Según el eje de las teorías sobre la salud mental debemos ser sanos. Ahora bien, ello es imposible: primero, porque no sabemos qué es estar mentalmente sanos: no existe un punto de partida único y objetivo que nos permita deducirlo. Segundo, porque ser “sanos” implica ser según un “ideal”, lo cual niega la individualidad. Toda reserva respecto al “ideal” es considerada en sí misma una manifestación de insanidad. Tercero, prestar atención a aspectos no contemplados por la teoría es considerado una distracción o signo de “locura” y, en el mejor de los casos, fuera de lugar. Quedan en la Sombra, encubiertas por la misma “objetividad”, otras intensiones como pueden ser: el mantenimiento del prestigio social derivado del hacer cierto tipo de terapia y pertenecer a cierta comunidad de terapeutas, las ventajas económicas que reporta, el no reconocer errores, la responsabilidad que tenemos en la forma de guiar al paciente hacia su sanación, la duración de su sufrimiento, así como una forma de congraciarse con el status quo político, económico, militar y religioso o, en el mejor de los casos, una forma de proteger nuestra estima, reconocimiento y pertenencia al gremio de la clínica y, por ende, evitar ser rechazados.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS Heisenberg, W. (1991). “Indeterminazione e Realta”. Napoli: Guida. Laing .R. (1974). “El yo dividido”. México: Fondo de Cultura. Económica.Watzlawick,. Beavin y. Don D. Sackson. (1971). “Pragmatica della comunicazione umana: studio dei modelli interattivi e dei paradossi”. Roma, Astrolabio. Watzlawick y Weakland. (1978). “La. Prospettiva relazionale”. Romas Astrolabio. Watzlawick P. (1990). „Il codino del Barone Münchhausen Ovvero! psicoterapia e realiti”. (2a. cd.). Milano: Feltrinelli.

delgrosso.jose@gmail.com En una obra que en este momento estoy terminando de escribir a la que denominaré Lo Creativo/Lo Creado: El cuerpo Inteligente, expongo de manera más profunda cómo la manera en que ha evolucionado nuestra consciencia, en particular a la luz del paradigma mecanicista, nos ha conducido a una sociedad esquizofrénica.

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