La otra cara

de la verdad
   

Petro-Terrorismo norteamericano

En este documento te vas a En este documento te vas a enterar sobre quiénes enterar sobre quiénes fueron los auténticos fueron los auténticos autores intelectuales del autores intelectuales del atentado a las Twin Tower atentado a las Twin Tower ("Torres Gemelas"), sus ("Torres Gemelas"), sus verdaderos intereses, verdaderos intereses, datos históricos, datos históricos, similitudes y otras tantas similitudes y otras tantas cosas, que te vas a caer de cosas, que te vas a caer de tu butaca... tu butaca...

"La única verdad no es la realidad, sino lo que se oculta de ella"
Nunca serán olvidados los incrédulos ojos del cormorán agonizante embadurnado por una capa de petróleo en la costa del Golfo Pérsico. Un iluminado, un pretendido redentor de los árabes y dictador sin escrúpulos, había encontrado una nueva forma de utilizar el petróleo como arma militar, no sólo ya política o estratégica. Era la guerra al medio ambiente. Para ello, hizo derramar sobre uno de los mares más bellos y ricos en especies marinas del mundo la friolera de siete millones de barriles de petróleo, bastante más de un billón de litros (cada barril equivale a 159 litros), que acabaron convirtiendo aquel lugar en sede de uno de los récores más tristes de la historia: el lugar más contaminado del planeta. A pesar de que aparezca muy someramente en los medios de comunicación, el petróleo está en el origen de esta guerra, como en la de muchas otras anteriores y otras tantas por venir. Y para mal de muchos y consuelo de unos tontos, serán precedidas por todo tipo imaginable (e inimaginable) de antesalas: problemas limítrofes, atentados, cuestiones éticas y morales, religiosas, etcétera... etcétera. En ese entonces (1991) EE.UU. pretendió hacernos creer que aquella era una guerra por la democracia y la legalidad internacional, pero otras invasiones y aplastamientos de los derechos humanos han tenido lugar en distintos rincones del planeta sin que la comunidad internacional moviera un dedo para acabar con la situación aún cuando fueran peores que la citada. Desengañémonos: si no existiera el petróleo en Kuwait, aquel conflicto habría pasado desapercibido para el mundo. Pero la casualidad de que Kuwait dispone de más del diez  por ciento de las reservas mundiales de petróleo lo convierte en fundamental para Occidente.

 

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Las palabras que Saddam Hussein dirigía a reyes y emires del Golfo Pérsico en la cumbre árabe del 28 de mayo de 1990 en Bagdad son la clave del problema: "Extraen demasiado petróleo y contribuyen así a mantener los precios a un nivel demasiado bajo. Cada bajada de un dolar en el precio del barril hace perder a Irak 1.000 millones de dólares al año". Los kuwaitíes, en efecto, estaban extrayendo petróleo a un ritmo de 2,1 millones de barriles diarios, cuando las cuotas previstas por la OPEP para ese país no sobrepasaban el millón y medio de barriles. Para Irak, eso era una declaración de guerra: "Una agresión no se lleva a cabo utilizando sólo tanques y cañones", dijo Hussein. "Puede tomar formas más insidiosas y sutiles, como la superproducción de petróleo". Su intención era elevar el precio del barril a 25 dólares, muy por encima de lo que aceptaban los demás países de la OPEP. (Pierre Salinger y Eric Laurent. La guerra del Golfo: el dossier secreto. Editions Orban, Paris, 1990). Cuestión de equilibrios Marzo de 2003: EE.UU. Invade Iraq bajo pretexto de que éste tiene armas bilógicas aún cuando los inspectores de la ONU comprueban lo contrario. No cabe duda: hoy, como hace 10 años, es la guerra del petróleo por excelencia y así se la conocerá en el futuro. Sin embargo, no es la primera vez que tiene lugar una crisis política y petrolífera en Oriente Medio, pero nunca ha dado lugar a una guerra mundial. ¿Qué ha cambiado para que ahora se haya desencadenado la debacle? Simplemente que se ha perdido el equilibrio militar Este-Oeste, se han agudizado las diferencias Norte y Sur, es decir entre países ricos y pobres y, los Estados Unidos pretenden convertirse en gendarme del mundo para crear un nuevo orden mundial,   político, social y económico. Pero la lucha encarnizada no sólo tiene lugar en las ardientes arenas arábigas. En los despachos de la alta economía mundial también se juega con fuego. Los países occidentales no están dispuestos a pagar más caro el petróleo, tal y como proponen los países productores de la OPEP. La Agencia Internacional de la Energía (AIE), estea preparada para introducir en el mercado dos millones y medio de barriles de crudo que obliguen a la OPEP a mantener los precios y la producción. El ministro argelino de minas, Baadek Boussena, presidente en ejercicio de la OPEP, ha declarado que el plan de urgencia de la AIE es una acción deliberada para contener a la baja el precio del petróleo, lo cual tendrá "unos efectos desastrosos para las economías de los países dependientes de sus recursos petrolíferos". Curiosamente la AIE, fue concebida por uno de los grandes conspiradores de todos los tiempos, Henry Kissinger (ver revista Año Cero n° 7), en 1974, como una respuesta de los países ricos contra las presiones de la OPEP. Kissinger considera esta organización como un contracartel destinado a oponerse a la OPEP y destruirla. Y, de alguna manera, sus pretensiones se están consiguiendo, ya que tras la guerra, Occidente tratará de imponer un nuevo orden económico mundial, o lo que es lo mismo, será él quien fije el precio futuro del barril de petróleo. Pero detrás de todo este tejemaneje, en la sombra, atiborrándose de ganancias inmorales y desmedidas, se encuentran las grandes compañías que dominan el mercado del petróleo, conocidas como "las Siete Hermanas", aunque en realidad sean algunas más. Tanto éste, como los anteriores gobiernos de los Estados Unidos, siguen respondiendo a la máxima que a lo largo de su existencia han acunado las Hermanas: "Lo que es bueno para las compañías petroleras, también es bueno para los Estados Unidos".

 

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La guerra como negocio Cuando acabe la guerra, tal vez algún alto político se atreva a confesar, como en 1919 hizo el presidente Wilson, tras la Primera Guerra Mundial, que aquella "fue una guerra industrial y comercial". Las ventas de armas ganaron entonces un negocio impensable hasta el momento. Del mismo modo, a las Siete Hermanas, el conflicto con Kuwait les ha supuesto unos beneficios sin precedentes. Las reservas acumuladas adquiridas a unos precios ridículos, entre 10 y 17 dólares el barril (tenían unas reservas de 69.025 millones de barriles en 1989, según el informe de Salomon Brothers) y vendidas a precios de crisis, cerca de los 40 dólares, ha supuesto unos beneficios increíbles para estas compañías. No es la primera vez que se logran resultados tan satisfactorios. El embargo de 1973, al que sometieron los árabes productores a los países occidentales por su ayuda al Estado de Israel, fue muy efectivo. Occidente tembló ante la penuria petrolífera, aunque al menos aquello sirvió para que se investigase en energías alternativas. El choque para los consumidores y los gobiernos fue brutal. La economía se ralentizó en todo el mundo y las pérdidas se contabilizaron por cientos de miles de millones de dólares. Cuando acabó 1974, EE.UU. dependía como nunca del petróleo árabe. En aquella época, el secretario de defensa James Schlesinger, dejó entender que el embargo podría llevar al gobierno a la utilización de la fuerza en Oriente Medio. Pero no todos perdieron. Justamente cuando peor se estaba desarrollando la crisis, las compañías petroleras dieron cuenta de sus resultados económicos. Las cifras eran escalofriantes: la Exxon anunciaba que sus beneficios en el tercer trimestre de 1973 superaban en un 80 por ciento los del año precedente; los de la Gulf,   aumentaban en un 91 por ciento. Las ganancias de la Exxon al finalizar el año constituyeron el récord de todos los tiempos para una sociedad anónima: 2.500 millones de dólares. El escándalo fue mayúsculo y la prensa se hartó de publicar artículos, pagados por las compañías, para explicar tan desmedidos beneficios. De nuevo, a partir de 1979, tras la caída del Sha de Irán, la subida al poder de Komeini y la guerra irano-iraquí, tuvo lugar una recesión mundial mucho más profunda y duradera que la de 1973. Pero en este caso, preparados los gobiernos occidentales, se produjo una gran caída de la demanda. Sin embargo, de nuevo y significativamente, las compañías generaron más beneficios. La Exxon aumentó sus beneficios en un 32 por ciento en 1979, alcanzando la inaudita cifra de 5.700 millones de dólares. Pero el descenso de la demanda también provocó la crisis de la OPEP. Muchos países comenzaron a bajar sus precios en una tendencia que llega hasta nuestros días y la invasión de Kuwait en agosto pasado, propiciada precisamente por la superproducción petrolífera y los bajos precios. En términos económicos, no se entiende que el precio del petróleo antes del estallido de la crisis fuera igual al que existía en 1973, después de transcurrir veinte años de extracción intensiva y cuando quedan unos cincuenta para agotar las reservas mundiales. Al margen de nuestro interés como occidentales que padeceremos la crisis, esa situación no deja de ser una injusticia, ya que se mantenían unos precios desfasados para los países productores. Se agota el petróleo Ya no podemos dilapidar el petróleo, como veníamos haciendo hasta ahora. Se acabaron las vacas gordas, y eso es algo que los consumidores no aciertan a

 

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comprender. Como decía en 1991 el presidente del Club de Roma, Alexander King, "hemos consumido en menos de un siglo, los dones que la Naturaleza nos había otorgado para todos los tiempos". Sólo resta un detalle: consumimos una cantidad de energía por cabeza de 230.000 kilokalorías diarias. Compárese con las 12.000 de un noble italiano de la Edad Media o las 77.000 que requería un rico ciudadano occidental a principios de siglo.

 

 

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Para mantener este ritmo de consumo energético dependemos de Oriente Medio. Los países del Golfo poseen el 65,2 por ciento de los recursos petrolíferos mundiales. Se calcula que si se mantiene el actual ritmo de producción, en poco más de 50 años habremos acabado prácticamente con todo el petróleo del subsuelo. El control de Saddam Hussein sobre una buena parte del petróleo y su imposición de precios significaría un periodo de recesión para Estados Unidos y Occidente, incluido Japón, lo cual no parece que estemos dispuestos a soportar. Para algunos, ello bien justificaría una guerra, sobre todo para las Siete Hermanas, que

curiosamente son de capital estadounidense e inglés, los dos países más interesados en una solución radical del conflicto, y para ello, se valdrán de cualquier medio. Las Siete Hermanas Las Siete Hermanas,—Shell (angloholandesa), Exxon (antes Esso y Standard Oil of New Jersey), British Petroleum (BP, británica), Mobil, Socal, Gulf y Texaco—, hoy son algunas más con la entrada de Amoco, Chevron o Atlantic Richfield en el entramado de las grandes multinacionales del combustible, que controla y distribuye prácticamente todo el petróleo que se consume en el mundo. Ese inmenso poder ha sido capaz de derribar gobiernos y de provocar guerras. Según afirmó la Comisión Federal del Congreso de Estados Unidos en su informe "El cartel internacional del petróleo", publicado en 1952, las siete compañías controlaban todas las principales áreas productoras fuera de los Estados Unidos y todas las refinerías extranjeras, patentes y tecnología petrolera; se repartían entre ellas el mercado mundial y compartían oleoductos y petroleros por todo el mundo, a la vez que mantenían precios artificialmente elevados. Desde 1919 se ha venido observando, sobre lo que han llamado la atención algunos investigadores, que ciertos generales norteamericanos eran accionistas de las Siete Hermanas o de los bancos implicados en ellas. Muchos de estos bancos se "alimentan" de dinero fugado de países latinoamericanos y reinvierten estos capitales en

 

 

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financiar patriadas belicistas como las de Kuwait. Otro medio por el cual obtendrían dinero "sucio" es el procedente del narcotráfico. Los mismos Estados Unidos, que entonces clamaran por la criminal invasión de Kuwait, han olvidado que en 1916, el general John Persing invadió Méjico para situar al frente de las explotaciones petrolíferas mejicanas a la Standard Oil (hoy la Exxon) y la Shell, que se mantendrían en ese país hasta 1938, año en que se nacionalizó el petróleo. En 1938, el grupo del gran capital, formado por los Morgan, Rockefeller y Dupont, todos ellos con intereses petrolíferos y que no ocultaban sus simpatías por Hitler, estaban tan desesperados porque Roosevelt era totalmente antinazi, que pensaron en un golpe de Estado o en simular un accidente para sacarlo del medio. Llegaron a ofrecer al general de división Smedley Butler tres millones de dólares por encabezar la asonada. Butler dijo no, pero tampoco identificó a los implicados, con lo cual todo quedó en agua de borrajas. El club de los hijos de puta Quizás sus propias declaraciones sean las más explicitas sobre el poder del gran capital: "Pertenecí 33 años a la infantería de marina y durante ese tiempo no fui más que un gángster a sueldo de los grandes consorcios de Wall Street y de los banqueros. Colaboré en la purificación de Nicaragua, desde 1900 hasta 1912, para beneficio de la casa bancaria de los hermanos Brown. Llevé la luz a la República Dominicana en 1916, para defender los intereses azucareros norteamericanos. En 1927, en China, colaboré para que la Standard Oil no fuera molestada". Además, las Siete Hermanas, o algunas de ellas, se encontraron implicadas en el extraño suicidio del presidente Warren Harding (curiosamente un 2 de agosto) en 1923. El suceso se produjo cuando se descubrió que el ministro del interior, Albert Fall, había cometido un cohecho de 100.000 dólares por adjudicar a las compañías petrolíferas unas reservas del gobierno para su explotación. Exactamente, de la marina. Más cerca, en 1954, la Standard Oil de New Jersey, hoy Exxon, en unión con la United Fruits, no tuvo reparos en acabar con el Guatemala nacionalista de Jacobo Arbenz. En 1962, el extraño accidente de Enrico Mattei (ver recuadro Sangre por petróleo), que se había enfrentado a las grandes multinacionales del petróleo y tenía previsto un encuentro con Kennedy, también supuso un respiro de alivio para las compañías. Precisamente, ese mismo año, el presidente Kennedy bautizó a este grupo de financieros sin escrúpulos como el "S.O.B. Club" (Son of a bitch club, o "club de los hijos de puta"). Dieciocho meses más tarde, Kennedy moría asesinado en territorio de las compañías petroleras, en Tejas (Robinson Rojas. Estos mataron a Kennedy. Ediciones Martínez Roca. Barcelona, 1965). Es muy peligroso enfrentarse a los poderosos. Kennedy estaba condenado cuando dijo: "Me parece siniestro que 100 multimillonarios tengan en sus manos las riquezas de este país que pertenece a 200 millones de personas. Lucharé contra esto cuanto pueda". Casualmente, tras John Kennedy estaba Lyndon B. Johnson, como vicepresidente, que aquel había aceptado como un mal menor, pero al que se conocía como "el hombre del petróleo", ya que representaba en el Senado los intereses de las grandes compañías petrolíferas, y que asumió la presidencia tras el asesinato. La investigación

 

 

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que corrió a cargo de Robert Kennedy, por entonces Ministro de Justicia, se detuvo, pero cuando se preparaba para acceder a la presidencia, también fue asesinado. El dinero de las petroleras ha asentado dictadores y derrocado regímenes democráticos. Así se puso de manifiesto en abril de 1975, cuando la Gulf se vio forzada a admitir que entre 1960 y 1973 "aproximadamente 10.300.000 dólares de fondos sociales se destinaron a países exteriores con fines que podrían ser considerados ilegales". Y eso es tan solo la punta del iceberg. Una descarada evasión de impuestos En el punto de mira de las Hermanas está, por supuesto, Oriente Medio. Los países del Golfo son de una importancia estratégica de primer orden para los Estados Unidos. Ya el 18 de febrero de 1943, el presidente Roosevelt afirmaba "que la defensa de la Arabia Saudí es vital para la defensa de los Estados Unidos". El temor del Departamento de Estado norteamericano a un cambio en la situación política de la región, debido especialmente a su apoyo incondicional a Israel, que irritaba poderosamente a los árabes, hicieron que se permitiese pagar al rey saudí una inmensa fortuna a costa de las Siete Hermanas, pero que a su vez éstas podrían deducir impuestos y tasas sobre los beneficios. Un negocio redondo, que las Hermanas denominaron "estratagema áurea". En definitiva, eran los contribuyentes norteamericanos los que estaban subvencionando en 1950 la presencia de las compañías en Arabia. Ni un dolar de pérdidas. Por un lado, el Departamento de Estado, establecida una forma de ayuda a un país exterior de gran importancia estratégica y económica sin tener que someter su aprobación al Congreso. Por otro,   las Hermanas se ahorraban los impuestos. Todos contentos, menos el contribuyente, que no se enteró hasta seis años más tarde de la componenda. En 1972, la Exxon, por ejemplo, pagó a Hacienda tan sólo el 6,2 por ciento de sus beneficios brutos, y la Mobil el 1,3 por ciento. Pronto las compañías se encontraron con el papel de mantener la tranquilidad y estabilidad en los gobiernos de la zona, pues ellos eran los encargados de suministrar el dinero, que en otro caso se hubiera encarrilado por manos de la CIA, como ya ocurrió en Irán. El Gobierno había delegado en las Hermanas parte de su política exterior. Pero Oriente Medio siempre ha sido una zona conflictiva para los norteamericanos. En 1953, el primer ministro iraní, el doctor Mossadegh, nacionalizó los pozos de su país, que eran la reserva petrolífera británica. Los ingleses enviaron un crucero, el Mauricio y se alertó a una brigada de paracaidistas. Sin embargo, en esa ocasión el presidente Truman dejó bien claro a los ingleses que no aprobaba el uso de la fuerza. El embargo petrolífero a Irán El cartel del petróleo: las Siete Hermanas, decidieron, por su parte, un embargo petrolífero a Irán, que funcionó bastante bien. Cuando un barco de bandera panameña, el Rose Mary, cargó petróleo en Abadán, aviones de la RAF británica le obligaron a recalar en Adén donde fue requisado su cargamento. Los historiadores y economistas coinciden en señalar que la política de intransigencia de Gran Bretaña respecto a los precios con Irán, hizo desencadenar ese conflicto, en cierta forma semejante al que ahora padecemos. En ese momento llegó el hombre del petróleo, sostenido por la Exxon, a la presidencia: Eisenhower; y los

 

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hermanos Dulles como secretario de Estado y director de la CIA, ambos conocidos conspiradores natos (véase "El proyecto más diabólico de la CIA" en año Cero n° 6), los cuales intervinieron enviando a Teherán a su especialista en la zona con una bonita cuenta abierta para todo tipo de sobornos. El agente especial se llamaba Schwarzkopf, padre del actual general norteamericano, comandante de todos los ejércitos que participan en la operación Tormenta del Desierto (otra extraña casualidad). Schwarzkopf organizó un golpe de Estado que derribó a Mossadegh y restituyó en el trono al servil Sha, pero con un beneficio adicional para las Hermanas, ya que desde entonces Irán dejó de ser feudo del petróleo británico, para que todas las compañías se repartiesen ávidamente la tarta. Poco después en Irak, la CIA sufrió un auténtico descalabro, cuando el general Kassen tomó el poder y eliminó a la familia real y a todos los espías de la CIA en el país. Y eso, todavía no se le ha perdonado a Irak. Del mismo modo que las compañías petrolíferas no han perdonado a Gaddafi que doblegara por primera vez el poder de las compañías, abriendo el camino para que la OPEP fuese consciente de su fuerza. Él puede ser el siguiente. MAS DATOS EN: Anthony Sampson. "Las siete hermanas". Grijalbo. Barcelona, 1985. Leonard Mosley. "El peligroso juego del petróleo". Noguer. Barcelona, 1975. Tugendhat y Hamilton. "petróleo: el mayor negocio del mundo". Alianza. Madrid, 1969.

Leer recuadro: "Sangre y petróleo" -->

 

 

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Sangre por petróleo
Jacques Bergier y Bernard Thomas
Extraído del libro de Jacques Bergier y Bernard Thomas, "La guerra secreta del petróleo". Plaza y Janes Editores. Barcelona, 1968. En las causas o en el desarrollo de casi todos los conflictos desde principios de siglo, se encuentra el petróleo. El petróleo es la sangre de nuestra civilización. Sin él, los motores de barcos, de los aviones de guerra o comerciales, de los blindados y de los coches particulares se paran; se acabó el aceite y las grasas para los engranajes; se acabó el caucho sintético para los neumáticos, el plexiglás para los cockpits de los aviones, el cristal para los automóviles. Ya no hay defensa nacional posible. Ni trabajo tampoco. Napalm, TNT, nylon, tergal, dacrón, orlón, insecticidas, abonos químicos, carrocerías, platos, mangueras de riego, cremas de belleza, mesas de jardín, manteles, barnices, flores artificiales, techados, cortinas, rojo de labios, rímel, laca de uñas, prendas íntimas, lejía, esponja, jofaina, cepillo de dientes, cera, gas de cocina, tinta de imprenta, asfalto, parafina, películas... casi 300.000 productos diversos se sacan del petróleo. La catástrofe provocada en Occidente por la falta de petróleo sería inimaginable.  

Ahora bien, algunos han sabido hacerse dueños de las fuentes petrolíferas: los grandes trusts. Como el dinero va a los ricos y el poder a los poderosos, su influencia sobre el mundo tiende a hacerse desmedida. Los superbeneficios obtenidos por ellos no permanecen inactivos en el fondo de las cajas bancarias. Puestos de nuevo en circulación, sirven de medios de presión en los ámbitos más diversos: científico, económico, político, incluso cultural. Cada uno de los grandes trusts dirige, más o menos directamente, centenares de sociedades filiales, que manejan millones de millones y abarcan todo el mundo con gigantescos tentáculos. Sus actividades comienzan con la exploración de los terrenos propicios y terminan con la venta, pasando por la explotación, el transporte, el refinado y la fabricación de los productos acabados. Las "siete hermanas", pese a librar entre ellas batallas tan solapadas como encarnizadas, están de acuerdo en mantener los precios (evitando la superproducción, principalmente) y combatir los esfuerzos de independencia de todo lo que no sea ellos. Es notable que este tema no sea prácticamente abordado nunca públicamente. Los grandes señores del petróleo prefieren no poner al descubierto los móviles y los medios reales de sus acciones. Probablemente tienen razón. Los hombres están dispuestos con frecuencia a morir por la libertad, quizá tal vez por cualquier tipo de torre, pero menos fácilmente por una torre de petróleo. En la época que fueron escritas estas líneas, en julio de 1967, una frase del Presidente de la República Francesa acababa de provocar lo que se llama en lenguaje

 

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diplomático "vivas reacciones". "La guerra de Vietnam y la del Próximo Oriente están estrechamente vinculadas", declaró. No se trata aquí de aprobar o de desaprobar una política. Hay un hecho evidente, sobre el que se han guardado muy bien de informar a la opinión: ambas fueron dos guerras del petróleo. La frase de Clemenceau ("Una gota de petróleo vale una gota de sangre"), parafraseada por Lord Curzon, ex virrey de las Indias y miembro del Gabinete de guerra inglés en 1914-1918, ("Los aliados han navegado hacia la victoria sobre una ola de petróleo") será tan válida para la Tercera Guerra Mundial como lo fue para la Primera y la Segunda. Se seguirá muriendo por el oro negro, pero creyendo hacerlo por otra cosa. Existe una criptocracia o gobierno oculto del petróleo. Resulta desgraciadamente imposible, en el estado actual de la información, y justamente a causa del secreto que rodea las grandes maniobras petrolíferas, dar una fisonomía, poner unos nombres precisos a esa potencia. Algunos autores demasiado imaginativos se han lanzado sobre este tema con informes sin pruebas. Si una tercera guerra mundial habría de ir seguida de un proceso de Nüremberg que fuese "hasta el fondo de las cosas", tal vez entonces tendríamos posibilidades de ver surgir algunos legajos interesantes, aunque no fuese más que sobre los entresijos de la guerra del Vietnam. En octubre de 1962, por una razón todavía no explicada, se estrelló durante una tempestad sobre Italia el avión de Enrico Mattei, el hombre que había entablado por cuenta de su país una dura batalla contra los trusts anglosajones. Mattei estorbaba a mucha gente. Y porque proponía el pago de derechos de un 80 por ciento frente   a los del 50 por ciento, concedidos a los potentados del Próximo Oriente (fifty-fifty), se le negó el ingreso en el Consorcio Internacional que explotaba aquella región. Por último, redujo en cinco liras por litro el precio de venta de la gasolina en Italia, obligando a sus competidores a hacer otro tanto. Nunca se ha probado que su accidente del 27 de octubre fuese debido a un sabotaje, pero... lo que sobran son coincidencias. Digamos simplemente que la desaparición de aquel individuo que no quería respetar la regla del juego y que, sobre todo, amenazaba con irse de la lengua, probablemente no sentó bien a determinado número de personas... Golpes de estado, asesinatos, sabotaje: los aventureros encuentran su pleno empleo en esos países fantásticos del Oriente Medio, Arabia Saudí, Irak, Qatar, Yemen, Kuwait y Bahrein, antiguas posesiones turcas en su mayoría, atribuidas a los aliados por ellos mismos después de la victoria de 1918, y donde lo más moderno del siglo XX se codea con el siglo XV más retrógrado. El agua potable cuesta allí a veces más cara que la nafta, cualquier ensalada vale con creces su peso en oro, mientras que los Señores circulan en sus "Cadillac" de oro macizo. Esa entidad misteriosa que hemos denominado el "Cartel del petróleo" y cuya silueta proteiforme hemos intentado dibujar, está en el origen de todas las guerras, patentes u ocultas. La paz del petróleo, nacida de la utilización racional de su abundancia, base necesaria si no suficiente de la paz mundial, plantea como condición previa, a su vez necesaria si no suficiente, el aniquilamiento de ese Cartel, es decir: la limitación de sus miras maniáticas de hegemonía.

 

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Si quieres conocer la verdad, sólo tienes que saber en dónde buscarla.

 

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