Seminario Mayor San José Alumno: Valdéz Juan Omar Profesora: Dra.

Inés de Cassagne

Reflexiones en torno al problema de la conversión en la novela “Calixta”, del cardenal J. H. Newman.
“Hay más alegría en el cielo por un inglés que se convierte que por noventa y nueve irlandeses que se mantienen justos” Ignacio B. Anzoátegui.

Introducción - Plan del trabajo ............................................................................................ 3 Espíritu, contexto y estructura de la obra ........................................................................... 4 Ambientación e historia........................................................................................................ 6 El cristianismo en África y su persecución. San Cipriano...............................................7 La persecución de Decio. .................................................................................................10 El cristiano viejo...................................................................................................................13 Situación de Agelio ..........................................................................................................14 Juba: aguijón y reproche. ................................................................................................21 Jucundius: el verdadero “tío Pateta”. ............................................................................ 23 Agelio choca con Grecia.................................................................................................. 25 Jucundius arremete. ....................................................................................................... 28 La divina Calixta.................................................................................................................. 30 Agelio frente a Agelio...................................................................................................... 35 Calixta obedece a su Conciencia .....................................................................................51 Cuando comprendamos…................................................................................................... 60 Anexo I: Juba: el hombre caínico redimido. ......................................................................61 Anexo II: Dos escritos de San Cipriano ............................................................................. 70 Bibliografía consultada. .......................................................................................................73

Cantan sobre el tormento que te espera, por el que ansiosamente has preguntado. Del rostro de tu Dios, Dios Encarnado, saldrá la dulce llama que te hiera, y en la herida que cause esa dulzura tendrás a mayor llaga, mayor cura. J. H. Newman, The Dream of Gerontius, V. Nada quizá satisface más a la reflexión cristiana que su percepción de las raíces profundas del sistema revelado en el curso natural de las cosas, del cual es simplemente la consecuencia y la plenitud: nuestro Salvador ha interpretado para nosotros los acentos tenues o entrecortados de la naturaleza; y en ellos, interpretados así, el cristiano tiene, igual que en una profecía antigua, a la vez las garantías y el memorial permanente de las verdades del Evangelio. J. H. Newman, La fe y la razón, Sermón II: La religión natural, camino hacia la revelada. Lead, Kindly Light, amid the encircling gloom, Lead Thou me on! The night is dark, and I am far from homeLead Thou me on! Keep Thou my feet: I do not ask to see the distant scene- one step enough for me. I was not ever thus, nor play´d that Thou shouldst lead me on. I loved to choose and see y path, but now Lead Thou me on! I loved the garish day, and, spite of fears, pride ruled my will: remember not past years. So long Thy power hath blest me, sure it still will lead me on, o´er moor and fen, o´er crag and torrent, till the night is gone; and with the morn those angels faces smile which I have loved long since, and lost awhile. At sea. J. H Newman, 16 de junio de 1833.

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Introducción - Plan del trabajo ¡Cuan difícil es la tarea que se nos impone! Un análisis literario dirigido a evocar los sentimientos de los protagonistas de una novela, a develar los motivos de sus actos, sus intenciones ocultas, los tipos que el escritor les impuso, ha de ser eminentemente realista. Y esto no es todo; he aquí el principal escollo a superar: ¡el escritor es nada menos que el cardenal J. H. Newman! ¡Menuda empresa! Con la intensión de llevar a buen puerto el trabajo encomendado, nos hemos dado a la lectura, no sólo de los párrafos de Calixta, objeto en cuestión de nuestro análisis literario, sino también de otros textos del eximio cardenal inglés. Tamaña felonía intelectual se nos reportaba el zambullirnos de lleno en la obra de un escritor tan inabarcable desdeñando el acceso a otros escritos suyos. En pocas palabras: hemos querido apuntar a la objetividad del pensamiento newmaniano, con el fin de llevar a cabo un trabajo más o menos satisfactorio, tanto como pueda lograrlo un bachiller de cuarto año. Y este es, precisamente, el realismo que hemos querido adoptar. Tratamos, por lo tanto, a Calixta desde el panorama del pensamiento de su autor, sirviéndonos, para ello, de otras obras suyas, o de comentarios a las mismas. Es que el perfil del autor se nos mostró, desde el principio, riquísimo en matices como para abandonar el análisis a consideraciones personales. Nos hemos percatado, así lo creemos, de la relación conceptual que existe entre el Calixta y El asentimiento religioso. Por ello nos dimos a la lectura lenta de esta última, con el fin de iluminar aquella desde la perspectiva del tema principal tratado en El asentimiento: el fenómeno del asentimiento religioso por la fe, la certeza del espíritu del creyente y la función que ocupa la razón humana en dichas manifestaciones. Claro está: no es este el único tópico de Calixta. Podemos a la vez identificar tres temas principales sobre los cuales, a nuestro humilde entender, trabaja el autor: el cristiano de cuna y su fe entibiada por la rutina del alma (Agelio), la vivencia de la fe en una sociedad decadente (Roma-Sicca) y el desborde espiritual del alma que llega paulatinamente a creer por la obediencia a su Conciencia (Calixta). Al mismo tiempo, la lectura de su Apología pro vita sua (1864) nos situó en el itinerario espiritual de autor, que va desde sus tiernos años de pre-escolar, hasta su ingreso oficial en el seno de la Iglesia de Roma. Sólo El Asentimiento y la Apología nombramos en esta introducción. El resto del material bibliográfico se verá paulatinamente citado en el cuerpo del trabajo. Queda pues entrar de lleno en la cuestión que nos acucia. Que nos perdone el ilustre cardenal si desentrañamos de su obra consideraciones que ni por pienso le vinieron, y también perdónenos la conocida pericia en el pensamiento newmaniano del evaluador. Ríase Newman de nuestro intento, como se rió San Jerónimo de las ocurrencias de Militis Militum, y no se guarde, por nuestro bien, del “huascazo” correctivo que, sin duda, encargará a nuestro evaluador propinar.

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Espíritu, contexto y estructura de la obra Calixta es la segunda novela de Newman. Su primer novela, Perder y ganar (1848-1849), había sido escrita con motivo de un cuento anónimo infamatorio, autoría de Elizabeth Harris, una conversa al catolicismo que había apostatado y vuelto al anglicanismo. El cuento, titulado De Oxford a Roma. Y cómo les fue a algunos que han hecho el viaje últimamente. Por un compañero de viaje, meritaba una réplica del recién convertido fellow del Oriel Collage. Dejemos al mismo autor explicarnos los motivos de su obra:
En el verano de 1847 el autor de este libro, que vivía entonces en Santa Croce en Roma, recibió enviado desde Inglaterra un cuento en que se atacaba a quienes en Oxford se habían convertido a la Fe Católica. Lo allí contenido era tan maliciosa y descabelladamente fantasioso que suponía una injuria a aquellos cuyos motivos y acciones pretendía retratar. Sin embargo, parecía fuera de lugar una respuesta formal, escueta o pormenorizada. La respuesta más adecuada consistía en publicar otro cuento, concebido con un respeto estricto a la verdad, o a lo probable, provisto al menos de cierto conocimiento personal de Oxford y de los distintos aspectos del fenómeno religioso; aspectos que, sin excepción, la citada obra manejaba desgraciada y torpemente. Tenía el autor interés especial en despejar la nube de pomposidad y grandilocuencia que se atribuía a los protagonistas de la historia, mostrando que quienes han sido heridos por el amor de la Iglesia Católica son tan capaces como cualquiera de escribir una prosa sensata1.

Es una novela directamente autobiográfica. Toca el tan amado tema del cardenal inglés: el proceso de conversión, el itinerario espiritual del alma que, morando en el error, busca con todas sus ansias la perfección de sus más puras apetencias de Verdad. En el contexto de esta obra, un joven –Charles Reding- desde su ingreso en la ciudadela universitaria de Oxford hasta su conversión al catolicismo hace las veces del hombre que lucha por desvelar el objeto de las insinuaciones de su Conciencia2. Tanto Perder y ganar como Calixta son, en palabras del mismo Newman, publicaciones circunstanciales, orientadas por una situación concreta y alentadas por cierta necesidad del momento.
(…) Mi costumbre, o más bien mi modo de ser, me ha llevado a no escribir ni publicar sin un motivo concreto. Lo que he escrito, en su mayor parte, ha sido producto de algún cargo o puesto que he tenido: mis Sermones son eso; las Lecciones sobre el Oficio Profético, Sobre la justificación, los artículos en el British Critic y la traducción de San Atanasio también. O ha sido por un motivo más especial, invitación, necesidad,
Advertencia a la sexta edición, 1874. Newman J. H., Perder y ganar, Madrid, Encuentro, 1994, pp. 2425. 2 En opinión de muchos, y por lo que se colige de sus escritos, el tratamiento de la conciencia en Newman ha sido uno de los grande aportes al pensamiento moral de la Iglesia. Léanse, sin más, las palabras del Papa Juan Pablo II en su Carta Encíclica Veritatis Splendor: “Si existe el derecho de ser respetados en el propio camino de búsqueda de la verdad, existe aún antes la obligación moral, grave para cada uno, de buscar la verdad y de seguirla una vez conocida. En este sentido el Cardenal J.H. Newman, gran defensor de los derechos de la conciencia afirmaba con decisión: “La conciencia tiene unos derechos porque tiene unos deberes”. Nº 34. La cita es de la conocida obra del cardenal inglés Carta al Duque de Norfolk, versión castellana: Newman J. H., Carta al Duque de Norfolk, Madrid, Rialp, 1996, p. 75. Volveremos oportunamente sobre este tema.
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emergencia: los Arrianos, Dificultades de los Anglicanos, la Apología, las dos novelas. La única excepción es probablemente el Ensayo sobre el Asentimiento3.

Lo mismo debemos decir de Calixta. Es menos autobiográfica, pero gira en torno al mismo tema de Perder y ganar: el fenómeno de la conversión. Inmediatamente de terminar su primer novela, se dio a la redacción de Calixta. Sin embargo, abandonó pronto su empresa para retomarla recién en 1855, a petición del Cardenal Wiseman, Primado de Inglaterra y Arzobispo de Westminster.
Quería Wiseman que Newman contribuyera a una colección de novelas católicas, la “Popular Catholic Library”, con una obra semejante a la que el propio cardenal acababa de publicar con gran éxito, Fabiola o la Iglesia de las catacumbas (1854)4.

Calixta está estructurada en 35 capítulos5. Variados personajes intervienen en el desarrollo de la historia. Sólo nombraremos aquellos que adquieren importancia en el transcurso de la misma: 1. Calixta: joven pagana de origen griego. Comparte con los de su raza el genio intelectual así como su inagotable sed de verdad. Bien se encarga Newman de señalar en ella esas características tan preciadas de honradez y honestidad en el seguimiento de la Voz interior de su Conciencia. 2. Agelio: joven cristiano, hijo de padre cristiano y madre pagana. Sencillo en sus aspiraciones intelectuales y seguro de sus convicciones cristianas. Vive al modo de un ermitaño entre el inmenso maremagnum de su tiempo. 3. Juba: hermano de Agelio. Permaneció en su estado de catecúmeno a diferencia de su hermano. Tipo del hombre racionalista y autosuficiente. 4. Jucundius: tío paterno de Agelio y Juba. Pagano bien apegado a la religión oficial de Roma, considerada principio vital de sus instituciones y heredad sublime de sus padres antiguos. 5. Cecilio: obispo cristiano. En el pensamiento de Newman representa al Obispo San Cipriano, pastor de la Iglesia de Cartago. 6. Aristón: hermano de Calixta. Pagano dedicado a la confección de imágenes de culto, oficio que compartía con su hermana. Basten, pues, las anteriores consideraciones para introducirnos de lleno en la obra.

Diario del 14 de octubre de 1874, en: Newman J. H., Cartas y Diarios, Madrid, Rialp, 1996, p. 159. Introducción de Víctor García Ruiz a Calixta, en: Newman J. H., Calixta, Madrid, Encuentro, 1998, p. 8. 5 En ediciones posteriores, Newman dividió el capítulo veintitrés. La edición traducida por Víctor García Ruiz, que nosotros empleamos para el presente trabajo, hace mención de este hecho, pero no sigue la corrección de Newman. La división introducía por Newman corrige el capítulo en cuestión: 23: “Gurta”, 24: “Una bendición maternal”.
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Ambientación e historia Nos situamos en el siglo III, en los territorios romanos del África proconsular. Sicca Veneria es la ciudad donde se desarrollarán los hechos de esta interesantísima trama. El autor se encarga de describir el pintoresco paisaje de Sicca
…sede de una colonia romana, situada sobre un precipicio o ribera muy escarpada que, a lo largo de una cadena de alcores, terminaba en una sierra al norte y al este6.

Ruinas de la antigua ciudad de Cartago

Es fuerte el contraste entre los bastos territorios desiertos y la riqueza natural de los territorios aledaños a Sicca.

Sicca Veneria (hoy le Kef, en Túnez): ciudad de origen libio, fue colonia con Augusto (Colonia Julia Veneria Cirta Nova Sicca; “Veneria” por ser centro del culto a Venus). Sus habitantes, inscritos en la tribu Quirina, tenían prácticamente los mismos derechos que los de Roma7.

En aquellos días Sicca era el centro de la metrópolis de Cartago, ciudad fundada por los Fenicios en el año 814 a. C., destruida y posteriormente reconstruida por los Romanos. Dejemos que Newman nos ilustre con una viva descripción del paisaje africano.
Sicca estaba ceñida toda alrededor por jardines, viñedos, campos de cereales y praderas, cruzados o rodeados por nobles ringleras de árboles, restos de bosques antiquísimos o arboledas recientes que debían su posición en ese lugar al lujo y al dinero Esta amplia llanada parecía completamente lisa en comparación con los altos paredones contra los que se apoyaba la ciudad por el norte y con los picos y farallones que cerraban su horizonte por el sur y el oeste. Pero a medida que el sol iba recorriéndola y
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Newman J. H., Calixta, op. cit., p. 21. Nota al pie de Víctor García Ruiz, p. 24.

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creando sombras, la mirada sorprendía colinillas y pequeños valles, elevaciones y depresiones. Campos de naranjos, huertas, olivares y palmares, distribuidos según convenía al pie o en las pendientes, desmentían la aparente regularidad de la planicie. Atravesando la masa de vegetación que se volvía más densa según se avanzaba desde el oeste hacia el norte, podían verse a intervalos dos magníficas calzadas que trazaban su recorrido hacia la costa mediterránea. Una llevaba a Cartago, la antigua rival de Roma, la otra a Hippo Regius, esto es, Hipona, en Numidia8.

El cristianismo en África y su persecución. San Cipriano. Según el parecer de Llorca9 el cristianismo fue llevado al norte de África directamente desde Roma. A finales del siglo II estaba ya en todo su desarrollo
Después de los sucesos sangrientos de los comienzos del reinado de Cómodo, parece que una calma de más de veinticinco años facilitó el éxito de la predicación del Evangelio. Cuando volvió a encenderse la lucha, hacia el 200, Tertuliano habla de “millares de cristianos que se ofrecen a los trallazos de la persecución”. Llega hasta insinuar en el famoso pasaje sobre el número de los cristianos que si se retiraran de las ciudades, quedarán estas desiertas porque la mayor parte de los habitantes de las ciudades profesan ya el cristianismo. La exageración del retórico es evidente; pero no puede ser tal que desfigure totalmente la realidad; lo que además no podía hacer ante sus lectores y compatriotas, que tenían la realidad ante los ojos. La extensión de la acción represiva de los magistrados es también una prueba de había cristianos en toda África del norte, Proconsular, Numidia y Mauritania; y pasiones de tanta garantía como la de Perpetua nos dan a conocer una jerarquía eclesiástica completísima. Sabemos, en fin, por Tertuliano, que las cristiandades africanas se componían tanto de miembros de la aristocracia, como de las clases humildes y de la población servil10.

En el siglo III el período de paz en África se prolongó hasta el episcopado de San Cipriano, llevado a la sede de Cartago la víspera de la persecución de Decio. Nos detendremos un tanto en la vida de este gran Padre de la Iglesia, debido a la importancia que le otorga Newman en Calixta.
Newman J. H., Calixta, op. cit., pp. 21-22. Llorca B., Manual de historia eclesiástica, Barcelona, Labor, 1946, p. 58. 10 Lebreton J. ; Zeiller J., Historia de la Iglesia. Desde fines del siglo II hasta la paz de Constantino, Buenos Aires, Desclee de Brouwer, 1953, t. II, p. 119.
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Actual Túnez. Sicca se halla en la provincia de El Kef.

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Nació a principios del siglo III; fue retórico, al decir de San Jerónimo, y profesor de la misma materia. Convertido por el sacerdote Cecilio, muy pronto fue ordenado sacerdote, y en los primeros meses de 249, a la muerte del obispo Donato, fue elegido como sucesor. En su libro a Donato describe sus primeras impresiones de cristiano.
A ciegas erraba por las tinieblas de la noche, sin rumbo en el mar agitado del mundo; flotaba a la deriva, sin saber de mi vida, lejos de la verdad de la luz. Entregado a mis hábitos de entonces, juzgaba muy difícil lo que me exigía para mi salvación la bondad divina. ¿Cómo podía un hombre renacer a una nueva vida?... Esto me preguntaba muchas veces; porque me sentía preso en los mil errores de mi vida pasada. ¡No creía posible desembarazarme de ellos; tan esclavo era de los vicios contraídos!... Tanta complacencia sentía por estos males míos, hechos ya mis compañeros y familiares. Pero el agua regeneradora lavó las manchas de mi vida pasada y una luz venida de lo alto inundó mi corazón ya purificado; el Espíritu Santo bajado del cielo, me mudó en un hombre nuevo por un segundo nacimiento. Al momento vi maravillado que la certeza sucedía a la duda. Vi abrirse las puertas antes cerradas y la luz brillar en las tinieblas; lo que antes encontraba difícil encontré ahora fácil, y posible lo que antes creía imposible… Tú sabes qué es lo que me ha elevado y me ha traído la muerte del crimen y la resurrección de las virtudes. Tú lo sabes, no me alabo por esto. Alabarse a sí mismo es una odiosa jactancia. Pero no es jactancia recordar lo que se atribuye, no a la virtud del hombre, sino a beneficio de Dios; no pecar más es el primer efecto de la fe; los pecados pasados eran efecto del error humano. De Dios viene toda nuestra virtud, de Dios viene nuestra San Cipriano vida y nuestra fuerza11.

El gran pontífice de Cartago contemplaba con tristeza la situación de su pueblo, adormecido por el largo tiempo de paz.
En la aurora que siguió al imperio de Felipe el Árabe, que tan favorable había sido al cristianismo, esta súbita proscripción fue para los cristianos un despertar horrible. En Cartago se registraron muchas apostasías12.

Al comenzar la persecución de Decio Cipriano se oculta lejos de su ciudad, hasta la primavera del 251. Toca a San Cipriano el tratamiento de una cuestión muy delicada: los lapsi o apóstatas.
Muchos de los cristianos sucumbieron al primer embate y sacrificaron a los dioses, con malicioso regocijo de los paganos circundantes. Así se deduce claramente de las indignadas cartas de los obispos (…) Otros cristianos, según se desprende de los mismos relatos, quedaron de momento a la expectativa y no tardaron en observar que entre los honrados miembros de la comisión, había más de uno con el que se podía entrar privadamente en tratos. Su buena disposición llegaba hasta el extremo de extender papeletas, no individuales, sino colectivas y referidas a una familia entera, sin que los componentes tuvieran que presentarse uno por uno. Los había incluso que extendían
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Ad Donatum, III-IV, en: Lebreton J. ; Zeiller J., op. cit., pp. 162-163. Ibidem, p. 164.

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cédulas sin necesidad de sacrificar, a cambio de una pequeña remuneración, ya se comprende. Es más, era posible proporcionarse los documentos fuera de las horas de servicio, por mediación de agentes bien intencionados. En suma, que fueron incontables los cristianos que, sin haber sacrificado a los ídolos, tenían en sus manos el certificado13. Ser cristiano en tiempos de paz no costaba demasiado, pero ahora resultaba heroico. De ahí que en esta persecución, que llegó a todas las regiones del Imperio, aunque no en todas con el mismo rigor, si bien no pocos se comportaron de manera heroica, como Orígenes, que torturado a pesar de su vejez, resistió a todos los tormentos, fueron numerosos los que defeccionaron, tanto obispos como fieles cristianos. Algunos, a la vista de los suplicios, renegaron de la fe (lapsi), y consintieron en sacrificar (thurificati, sacrificati); otros se hicieron dar por las autoridades, a un elevado precio, certificados falsos de haber cumplido los edictos imperiales (libellatici)14.

Territorios habitados por cristianos hasta el siglo III.

A su vuelta a Cartago, Cipriano reunió en un concilio a los obispos de África y se tomaron decisiones que después dio a conocer en su tratado De lapsis. Los “sacrificati” deberán hacer penitencia y ser reconciliados solamente en la hora de la muerte. Los “libellatici” serán admitidos a la penitencia, pudiendo ser reconciliados. Los que se han dejado vencer por un acto interno de apostasía deben acusarse ante un sacerdote, quien les impondrá la penitencia conveniente15. La vida de San Cipriano está marcada por varios sucesos interesantísimos, pero que no vienen a cuesto de nuestro propósito. Señalamos finalmente que el catorce de septiembre de 257 alcanzó la palma del martirio, bajo la persecución de Valeriano, uniéndose así al coro de los santos que derramaron su sangre por el Cordero inmáculo.
Hertling L., Historia de la Iglesia, Barcelona, Herder, 199612, p. 79. Sáenz A., La nave y las tempestades, Buenos Aires, Gladius, 20052, t. I, pp. 84-85. 15 Cf. Lebreton J. ; Zeiller J., op. cit., p. 167.
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Se quitó el manto, dobló las rodillas y se prosternó para orar a Dios. Luego, se despojó de la túnica y la entregó a los diáconos, y, vestido con una túnica de lino, esperó al verdugo, al cual mandó dar veinticinco monedas de oro. Los hermanos arrojaron lienzos junto a él. El bienaventurado Cipriano se vendó a sí mismo los ojos; mas como no pudiera atarse las manos, lo hicieron el presbítero Juliano y el subdiácono Juliano. Así padeció el bienaventurado Cipriano. Para sustraer su cuerpo a la curiosidad de los gentiles, se le depositó no lejos de allí, y al llegar la noche, entre cánticos y antorchas, lo transportaron a la finca del procurador Macrobio Candidiano, en la vía Mapala, cerca de las piscinas, en medio de un entusiasmo triunfal16.

La persecución de Decio. Cabe primeramente desarrollar de manera sucinta las causas de la rápida propagación del cristianismo. Las siguientes aseveraciones no concuerdan, en sentido estricto, con las apreciaciones que el cardenal Newman realizó al respecto en su Grammar of assent17. Sin embargo son bien conocidas por todos aquellos que, desde el ámbito de la historia y su objeto propio, dedican sus esfuerzos a dilucidar el sentido de los hechos humanos.
Es indudable que los acontecimientos históricos habían venido a colocar el mundo en las mejores condiciones para la difusión de la nueva religión. Entre estas condiciones deben citarse:

Antoniniano (3,6 g) Moneda de plata acuñada en Roma (249 d.C.) En el anverso la inscripción: IMP C M Q TRAIANVS DECIVS AVG .

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La unidad política de tantos pueblos sometidos al Imperio Romano, con la facilidad y seguridad de las comunicaciones. La extensión de la lengua griega en todas las regiones orientales, hasta la India, y de la latina en las occidentales. La decadencia del politeísmo y la falta de creencias en las clases elevadas de la sociedad. El conocimiento de la unidad de Dios y de la espiritualidad e inmortalidad del alma, profesados por los grandes filósofos de Grecia, e introducidos en Roma por los estoicos y epicúreos. La sublimidad de la doctrina cristiana, y la pureza de costumbres y caridad inagotable de los primeros cristianos. El valor extraordinario y el heroísmo de los mártires, que naturalmente despertaban la admiración y el deseo de imitarlos18.

Mas, desde el inicio, la religión de Cristo encontró ciertos estorbos para la propagación de su saludable doctrina.
1De parte de los judíos (…) la tenacidad con que se opusieron al avance del cristianismo por suponerlo contrario a la idea tradicional del Mesías y a la ley de Moisés.

Actas proconsulares, en: Lebreton J. ; Zeiller J., op. cit., pp. 182-183. Cf. Newman J. H., El asentimiento religioso, Barcelona, Herder, 1960, pp. 386-400. Newman da capital importancia a la presencia personal de Cristo en el cristianismo, siendo el principal motor que movió a los pueblos paganos a abrazar la verdadera fe. Cf. Nota 29. 18 Artero G., Historia de Roma, Buenos Aires, Felix Lajouane, 1888, pp. 260-261.
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Entre los gentiles, en cambio, se conjuraron desde luego contra el Cristianismo todos los fanáticos adoradores de los dioses, los sacerdotes y sacerdotisas de las falsas divinidades, los cuales veían amenazado su prestigio y medro personal. Los filósofos y gente ilustrada, los ricos y gente mundana se sentían igualmente molestados por la austeridad del cristianismo, por la doctrina de la cruz y de la caridad fraterna. Ellos fueron los que más contribuyeron con sus calumnias contra los cristianos a crear un ambiente de odio popular contra el Cristianismo19.

Decio asume el poder imperial de Roma en el 249, gracias a un golpe militar. Si bien su reinado fue corto, sin embargo tuvo una gran significación. Hombre de grandes cualidades y gran guerrero, se propuso volver a dar al Imperio el antiguo esplendor. Trató de restablecer el culto al Emperador como religión del Estado. Por eso, ante el gran desarrollo que había alcanzado el cristianismo, juzgó un serio obstáculo para sus planes la permanencia de la religión de Cristo. Es así que juró su destrucción empleando una férrea energía para tal propósito.
No conocemos el edicto de persecución en su texto, pero su aplicación nos permite determinar bastante exactamente su contenido. Obligaba no solamente a todo cristiano sino también a toda persona sospechosa de cristianismo y quizá en principio a los súbditos del imperio, a realizar un acto de adhesión al culto pagano: participar en un banquete sagrado, o hacer alguna oblación o sacrificio, siquiera reducido a su mínima expresión como ofrecer unos granos de incienso a la estatua del emperador, reconociendo la divinidad imperial, símbolo a la sazón de la religión oficial de Roma. Así, el que era sospechoso de cristianismo, demostraba, por muy fundada que fuese la sospecha que no había lugar a ella; y el cristiano, en virtud de la legislación de Trajano, quedaba absuelto del crimen de serlo, al negar su fe. Lo que interesaba era, no castigar el crimen, sino Orígenes que el crimen no continuase y para conseguirlo, todos los medios, al arbitrio de los jueces, eran buenos: torturas, prisión, tentativas de seducción; sólo se buscaba que negasen su fe. De aquí esta frase de Orígenes: “Los jueces se disgustan si los tormentos son sobrellevados con ánimo; pero su gozo no tiene límites si logran triunfar de un cristiano”. Es decir, que la orden era hacer no mártires sino apóstatas20.

La cantidad de mártires fue muy grande, aun cuando la facilidad para caer en la apostasía parecía diezmar el ánimo de los cristianos.
Parece, por lo demás, que la mayoría de los cristianos salieron del paso sin prestar sacrificio y sin obtener certificados. Hubo también mártires, y no pocos. Una de las primeras víctimas de la persecución fue, en Roma, el papa san Fabián, que sufrió el martirio el 20 de enero de 205. Más tarde leemos de un grupo de clérigos romanos que pasaron

San Fabián, Papa y Mártir.
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Llorca B., op. cit., p. 60. Como se ve, a menudo las mismas causas suelen tener distintos efectos según la excelencia o disposición del recipiente. Para unos la caridad fraterna era motivo de elogio, para otros de profunda molestia y odio. 20 Lebreton J. ; Zeiller J., op. cit., pp. 126-127.

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más de un año en la cárcel y fueron atormentados varias veces. El presbítero Museo murió en la prisión. También en Cartago, a pesar del florecimiento que allí conoció el tráfico con los certificados de sacrificio, hubo mártires y denodados confesores. Del presbítero Pionio, martirizado en Esmirna, poseemos las actas procesales. También sufrieron el martirio los obispos de Antioquia y Jerusalén. El anciano Orígenes fue sometido a tan duros tormentos, que murió poco después21.

Al morir Decio en 251 cesó casi por completo la persecución, y cuando fueron libertados de la cárcel los cristianos, se inició la veneración especial de los confesores, es decir, de los que habían sufrido por la persecución y llevaban las marcas de ella. He aquí la historia, sucinta por demás, que encuadra los hechos relatados en Calixta. La persecución de Decio, teniendo por principales afectados a los cristianos de África –aunque a todos los rincones del Imperio llegó la espada del Cesar-, dejó un gran saldo de mártires y confesores. Sin embargo, la coyuntura histórica mostró los múltiples beneficios que la cultura romana, deudora de la Grecia clásica, brindó a la expansión del cristianismo. El derecho, la organización política y la lengua fueron factores de gran ayuda para dirigir el esfuerzo evangelizador. Donde Roma había llegado, el entramado socio político perduraba, pese a las deficiencias de su decadencia. Y por ello la expansión grandiosa de los misioneros por los cuatro lados del mundo tuvo, con el tiempo, gran eficacia Después de una persecución de trescientos años el Imperio Romano tuvo que confesar su impotencia ante los soldados de Cristo. Por el edicto de Milán, promulgado en 312, el emperador Constantino el Grande daba al cristianismo la libertad absoluta en su ejercicio y la equiparación con la religión del estado. “Liberam potestatem sequendi religiones quam quisque voluisset”.
Henos aquí con la religión de los humildes Galileos, asociada ahora al trono de los Césares, y su porvenir ligado al de la civilización eterna. La potente constitución de la sociedad romana parecía hecha para una duración indefectible. Era la fe de todos, y jamás un dogma patriótico reunió adherentes más entusiastas que aquel que resumía el credo de todos los ciudadanos romanos en esta palabra soberbia: la eternidad del Imperio. Esta fórmula se halla en los versos de los poetas, en las oraciones de los fieles, en los panegíricos de los oradores, y hasta en los textos de las leyes. Roma, según el lenguaje de sus adoradores paganos, se llamaba ciudad Eterna, y el cristianismo, tomando estas palabras del lenguaje civil, no ha querido, por lo menos en su origen, modificar el sentido tradicional. Porque los cristianos habían adoptado sin segunda intención el pensamiento de la eternidad de la civilización romana. Aunque sus perseguidores pretendían lo contrario, eran tan buenos patriotas como los paganos, bien que de otra manera, y su fe religiosa no contenía nada que contradijera su convicción de ciudadanos. Más aun, encontraban en sus libros santos muchos pasajes que afirmaban esta convicción. El cuarto y último imperio profetizado por Daniel, comparado al hierro para simbolizar la duración indestructible, ¿no era acaso el Imperio Romano? La creencia en la eternidad del Imperio formaba parte, en cierto modo, de su misma fe: de allí que la veamos presentada por los primeros apologistas como una prueba irrefutable de su patriotismo: “¿Cómo podríamos –decía uno de ellos- desear el fin del Imperio, que sería desear el fin del mundo?”22.

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Hertling L., op. cit., p. 80. Kurth G., La Iglesia en las encrucijadas de la historia, Santiago, Difusión, 1942, pp. 44-46.

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El cristiano viejo Se nos ocurre comenzar la exposición con una cita del evangelio, muy a pelo de la situación en que se hallaban los cristianos de los primeros siglos. Se trata de un pequeño párrafo del discurso esjatológico de Jesús. Inmediatamente después de los ocho “ayes” tremendos del Señor contra los fariseos, viene el conocido “Sermón esjatológico” (Mt. 24; 25). Dos capítulos de avisos y admoniciones, plétoras de dramatismo profético, dirigidos a preparar el ánimo de los cristianos de todos los tiempos para el suceso mayor, el punto final donde toda la creación se verá sentada en el banquillo del Justo Juez, temblando ante las palabras de Aquel que volverá todo a su orden y armonía.
42- Vigilate ergo, quia nescitis qua hora Dominus vester venturas sit. 43- Illud autem sitote, quoniam si sciret paterfamilias qua hora fur venturus esset, vigilaret utique, et non sineret perfodi domum suam. 44- Ideo et vos stote parati: quia qua nescitis hora Filius hominis venturus est. 45- Quis, putas, est fidelis servís et prudens, quem constituit dominus suus super familiam suma, ut det illis cibum in tempore? 46- Beatus ille servís, quem cum venerit dominus eius, invenerit sic facientem. 47- Amen dico vobis, quoniam super omnia bona sua constituet eum. 48- Si autem dixerit malus servus ille in corde suo: Moramfacit dominus meus venire: 49- Et coeperit percutere conservos suos, manducet autem et bibat cum ebriosis: 50- Veniet dominus servi illius, in die qua non sperat, et hora, qua ignorat: 51- Et dividet eum, partemque eius ponet cum hypocritis: illic erit fletus, et stridor dentium. (Mt. XXIV, 42-51)

He aquí la suma advertencia, la conminación postrer a vigilar, avizorar la llegada del ladrón para reforzar los cerrojos y fortalecer las paredes. Los cristianos de los primeros siglos tenían muy en claro el sentido profundo que la parusía imprime en la creación, en la historia. Todo se orientaba justamente a eso, a la consumación de ese sentido último de los sucesos de la tierra en la venida tremenda de Cristo23. Pues bien, el siglo tercero, una parte de él, había caído en esa somnolencia que Cristo nos conminó a evitar: el olvido de la vida cristiana y de su esforzada práctica. Newman nos cita en Calixta un clarísimo pasaje de San Cipriano que nos ilustra esta terrible situación que hemos dado en llamar “del cristianismo viejo”:
Tanta calma-escribe San Cipriano acerca de estos años- había corrompido la disciplina que habíamos recibido. Cada cual se dedicaba a ganar riquezas; olvidando la conducta de los cristianos de tiempos de los apóstoles y cuál debía ser su comportamiento en toda época, con insaciable ansia de riquezas se entregaban a multiplicar sus posesiones. Los sacerdotes carecían de fervor y piedad, los diáconos conocían mal la doctrina, no se practicaban las obras de misericordia, no había obediencia. Los hombres se afeitaban la
“Sin embargo, aunque parece tardar, el Señor ha declarado que su venida es rápida y nos ha invitado a velar continuamente esperándola. Como nos muestran las Epístolas, los primeros discípulos la estaban esperando siempre. Sin duda es deber nuestro esperarla como algo que puede llegar en cualquier momento, a pesar de que la Iglesia haya casi esperado dos mil años”. Sermón titulado “Esperando a Cristo”, pronunciado por Newman el 29 de septiembre de 1840, en: Newman J. H., Esperando a Cristo, Madrid, Rialp, 1997, pp. 90-91. Esta obra contiene una serie de siete sermones predicados por Newman, siendo aun anglicano, en la parroquia universitaria de Santa María. Las líneas del citado sermón trasuntan la gran penetración que Newman tenía de las realidades últimas.
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barba de una manera absurda y las mujeres se pintaban la cara; los ojos se los cambiaban de cómo Dios se los había dado y recubrían el verdadero tinte de su pelo con falsos colores; los más sencillos se dejaban arrastrar por supercherías y otros hermanos caían en trampas más o menos atractivas. El matrimonio unía a cristianos con paganos, y miembros de Cristo se pasaban a los paganos. Se hacían juramentos innecesarios y, a veces, falsos. El que ocupaba un puesto importante se hinchaba de arrogancia y empleaba un lenguaje desdeñoso con los otros; las peleas y discusiones enzarzaban a unos y otros continuamente. Y muchos obispos, en vez de dar buen ejemplo y ánimo, dejaban a un lado su misión sagrada y se dedicaban también a asuntos mundanos, se ausentaban de sus sedes, abandonaban a los fieles, vagaban por lugares lejanos haciendo negocios, comerciando y amasando fortunas, mientras sus hermanos se morían de hambre. Se apropiaban de tierras a base de fraudes y ejercían ferozmente la usura24.

Esta era la situación del cristianismo, al menos en el Cartago de San Cipriano. Ni fieles ni pastores estaban atentos y en guardia, tal como el Señor había pedido. La relativa calma, el confort material y ese maldito acostumbramiento a lo sagrado eran las causas primordiales de la tibieza descrita por Cipriano. Es que los casi cincuenta años desde la ultima persecución romana –con Septimio Severo en el 193-, en lugar de ser un aliciente para preparar la llegada del Señor, habíanse convertido en mera molicie..
El caso de la Iglesia en Sicca se ajusta bastante a este modelo (…) No había sacerdotes y el obispo fue hasta su muerte el parochus. Después los recién nacidos y los catecúmenos se quedaban sin bautizar, los padres perdían la fe o, al menos, la caridad; y los pecadores, el arrepentimiento y la posibilidad de conversión25.

Clima de confusión donde nuestro personaje se verá forzado a actuar de una manera del todo anónima, sin el contacto enriquecedor que se entabla entre almas seguras de haber hallado el timón de sus vidas, entre las borrascas de un siglo que se estremece.
El resultado era que hacia el 250 resultaba difícil decir quienes pertenecían a la Iglesia en Sicca y quienes no. No había obispo, sacerdotes ni diáconos. Quedaba el viejo mansionarius o sacristán, dos o tres mujeres piadosas, casadas o solteras, que conservaban la fe gracias a sus madres; unos cuantos esclavos que la mantenían también, sin saber cómo ni por qué; muchísima gente que, debiendo ser católicos, eran en realidad herejes o nada, o como muchos, paganos; desde luego, si les preguntaban, se declararían paganos. Estaban también Agelio y su hermano Juba; si se les podía o no llamar cristianos es cosa que veremos a continuación26.

Situación de Agelio Es muy difícil definir el puesto que ocupa este personaje en la obra. Por momentos parece ocupar el lugar del protagonista principal, y por otros, a partir de la mitad de la obra, el centro de atención se torna hacia la joven Calixta. Nosotros preferimos inclinarnos a creer en esta última como la protagonista de la historia. No tanto por el título de la obra, que bien parecería inclinarse a la segunda opción, sino por el desenvolvimiento propio de los hechos. Veamos.
San Cipriano, De lapsis, 5-6. Nota de Newman. En: Newman J. H., Calixta, op. cit., pp. 36-37. Ibidem, pp. 37-38 26 Ibidem, p. 38.
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El joven Agelio, cristiano de nacimiento, había mamado la fe cristiana de su padre Gurta, ex soldado romano radicado en los territorios de Sicca. Los hijos de Gurta, sin embargo, habían salido muy distintos de su padre. Es Agelio de quien podría decirse tuvo Gurta legítimo retoño. No nos referimos con esto al mero lazo sanguíneo, sino al parentesco más profundo y del todo distinto que promete la fe. Juba, en cambio, había, por así decirlo, renegado de su pasado inmediato, de las enseñanzas de su padre.
Juba no tenía opinión, en cambio, tenía una positiva aversión a que otro le impusiera una opinión, ni siquiera a favor del paganismo. Al llegar a la adolescencia era catecúmeno, y en ese estado siguió, porque sí: por nada del mundo daría un paso adelante para profesar el cristianismo pero, también, por nada del mundo daría un paso atrás (…). Agelio, en cambio, insistió en ser bautizado a los seis años. Su padre quedó perplejo ante tamaña manifestación de ardiente celo y el obispo perdió una vez un flete de grano que salía para Italia por la insistencia del chico en que le enseñara el catecismo. Fue bautizado, recibió la confirmación y la comunión; pero como los chicos son veleidosos, al llegar Agelio a la adolescencia, los impulsos de la gracia se fueron apagando, aunque conservaba intacto el vigor de su fe27.

El entusiasmo inicial de este nuevo cristiano, de este pagano cautivado, a juzgar por la energía que ya desde párvulo comenzaba a despuntar, era de esperar se apagara de a poco. ¿Era de esperar? No es que una fría determinación llevara el alma de Agelio por los senderos de la languidez religiosa, sino que, por un sino tan común y tan manifiestamente actual, la fe que no es dada a la ejercitación, al santo certamen (cf. 1 Cor. IX, 24) y que se planta en el mundo como teniendo en él su definitiva morada, definitivamente ha de palidecer. Agelio tenía esperanza en el reino venidero de Cristo, pero necesitaba de una segunda conversión para comprender mejor qué cosa sea ser cristiano. Agelio era un cristiano anónimo. Sólo estaba al momento de acontecer todos los hechos. No era la soledad del contemplativo, sino la del cristiano relegado y más o menos entibiado. No era un indiferente ni un contumaz pecador, pero el término natural de tal movimiento probable acarrearía esto, de no resurgir su fe.
A decir verdad, él mismo ignoraba su propio estado espiritual; sabía, eso sí, que su fe era firme y que desde niño se había mantenido lejos del ambiente de vicio e inmoralidad, general en Sicca. Quizá algún día se dejara llevar hasta caer en pecado o tener quizá que dar marcha atrás precipitadamente para ponerse a salvo. No todo el mundo sabía que era cristiano, aunque era evidente que marcaba distancias respecto a la religión oficial. No ocultaba sus creencias; o más bien, el mundo no se las preguntaba28.

Ibidem, pp. 39-40. “Cuando uno es joven, la devoción, la fe, la esperanza, la alegría, la perseverancia son, en buena medida, algo natural; o si no natural, procede de una eÜfu€a que no resiste la gracia y que necesita muy poca gracia para iluminarse. La gracia misma, cuando uno es joven, puede más, encuentra menos resistencia en esas virtudes que he mencionado”. Diario del 15 de diciembre de 1859, en: Newman J. H., Cartas y Diarios, op. cit., p. 139. 28 Ibidem, pp. 40-41. “El período de paz de que gozaba la Iglesia era ya tan largo que parecían haberse perdido los hábitos surgidos con las persecuciones y, de hecho, los cristianos se permitían manifestar su fe en privado aunque en público mantuvieran ciertas reservas. Algo parecido a lo que ocurre actualmente en Inglaterra, donde los católicos ya no tenemos reparos en poner crucifijos en los templos ni en nuestras casas, aunque sí los tenemos para hacerlo en plena calle en medio del traqueteo de los coches de punto y los omnibuses”. Ibidem, pp. 42-43.
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Un episodio aparentemente circunstancial, quizás muy común en esos años, puso a Agelio en presencia de su propia alma. Por un sendero de los bosques de Sicca nuestro personaje se encuentra con una turba de paganos, varones y mujeres, que venían de celebrar sus míseras creencias. Al encontrarse con Agelio, la turba desgarbada lo interpela a seguir tras ella. Al momento caen en la cuenta de que el joven apuesto que tienen en frente no es adorador de la diosa Astarté.
-¡Por Astarté, que es uno de esos gnósticos, sibilinos! A este tipo ya lo he visto yo otras veces, con esa cara de cordero degollado. Es un cachorro de Plutón, primo de Cerbero, y se llama Caníbal. -Ah, sapo asqueroso; sí, ya sabemos quien eres. Un hechicero, ¡un comeniños! ¿No habéis visto ese signo que ha hecho? Es un amuleto, sí. Mi hermana lo hacía. La muy idiota me dejó para ser uno de ellos. Y estaba todo el día haciendo así (imita torpemente la señal de la cruz). ¡Es un cristiano! ¡Acabemos con él, o nos convertirá en animales!29

¡Nos convertirá en animales! Se nos ocurre esta frase ser una especie de ironía muy bien lograda. Los animales eran ellos, los paganos del decadente Imperio. Dedicados a la persecución de los goces venéreos, de las inclinaciones más sensuales, adoradores del vientre, en tal estado de perturbación moral, no pueden menos de llamar animales a los cristianos, verdaderos extraños en un clima de promiscuidad general. Y ahí está Agelio, un extraño más en ese medio tan contrario a la puridad de la virtud cristiana. En la soledad de su cabaña, Agelio reflexiona sobre su estado de su alma, sobre su condición cristiana actual.
Ibidem, p. 31. Sabida es la creencia popular que los paganos tenían acerca de los cristianos. Los consideraban especie de hechiceros o magos emparentados a la antropofagia o el fetichismo, además de seres tristes y escuálidos. El cardenal Newman hace notar en su Grammar la importancia que varios autores dieron al fenómeno de la conversión de los paganos. Más explícitamente, se refiere a la concepción de Gibbon: la religión de Cristo logró imponerse a las creencias paganas gracias a cinco causas bien determinadas, a saber: 1- el celo de los cristianos heredado de los judíos, 2- la doctrina sobre la vida futura, 3- las pretensiones de poderes milagrosos, 4- sus virtudes, 5- la organización eclesiástica. Aquí traeremos a cuento el parecer de Newman con respecto a la tercer y cuarta causa, ya que encontramos especial relación con este episodio de los paganos increpando a Agelio. “Que la pretensión de hacer milagros tuviera una influencia profunda a favor del cristianismo entre los paganos que tenían abundancia de portentos propios es una opinión que contrasta curiosamente con la objeción contra el cristianismo a la que ha contestado Paley. La objeción es “que los milagros del cristianismo no son mencionados ni usados por los primitivos escritores cristianos con la insistencia y la frecuencia que podría esperarse”. Paley resuelve la dificultad en lo que tiene de real haciendo observar, como ya he apuntado, que “se veían obligados a competir contra las actividades de la magia, contra la cual la sola pretensión de tales hechos no era suficiente argumento para convencer a los a los adversarios”. “¿Cómo es posible imaginar con Gibbon que lo que él llama las “sobrias y domésticas virtudes” de los cristianos, su “aversión por el lujo de la época”, su “castidad, templanza y economía”, que estas cualidades sombrías eran de tal naturaleza que pudieran persuadir y derretir el duro corazón de los paganos, y por añadidura, con el terrible prospecto del barathrum, el anfiteatro o el suplicio? ¿Pudo la moral cristiana, con su severa belleza, convertir al mismo Gibbon? Por el contrario, dice él amargamente, “no era en este mundo donde los cristianos deseaban hacerse agradables o útiles”. “La virtud de los primeros cristianos, como la de los primeros romanos, estaba muy frecuentemente defendida por la pobreza y por la ignorancia”. “Su aspecto sombrío y austero, su disgusto ante los placeres ordinarios y los negocios de la vida y sus frecuentes predicciones de calamidades que amenazaban inspiraron a los paganos la aprensión de que surgiría algún peligro de alguna secta” Nos encontramos aquí con que no es sólo Gibbon el que odia su conducta moral y social, sino que también la odian los paganos. ¿Cómo, pues, fueron vencidos estos paganos por la bondad de aquellos que ellos miraban con tanto disgusto?”. Newman J. H., El asentimiento religioso, op. cit., pp. 396-397.
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El pobre Agelio acusó el contraste entre la turba profana que había dejado atrás y la atmósfera de profunda calma en que acababa de penetrar, pero no estaba en paz del todo. No encontraba la paz ni dentro ni fuera. En su casa, solo; entre la gente, también solo. Necesitaba encontrar algún corazón que vibrara con el suyo, igualdad de sentimientos, amigos con quienes compartir alegría y dolores, alguien a quien pedir consejo, alguien que pensara como él, que le pudiera entender. Necesitaba también alguien que no pensara como él, y le estimulara y le hiciera reaccionar. Esta situación engendra un problema grave pues hace que el alma se repliegue sobre sí misma; y el problema es más grave aún si el interesado es joven, porque en esa etapa de la vida los recuerdos y la experiencia cuentan poco y, en cambio, pesan mucho los proyectos y los sentimientos vehementes. A Agelio le habría venido muy bien, incluso en sus afectos más humanos –y dejando al margen ayudas sobrenaturales más directas-, recurrir a la confesión. Pero él nunca se había confesado, aunque recordaba haber participado una o dos veces en homologesis públicas de la Iglesia. No es de extrañar que el pobre muchacho empezara a sentirse impaciente y descorazonado por su soledad. Se desesperaba revisando el pequeño círculo de sus conocidos en busca de alguien con quien hablar a gusto y entenderse, cambiar impresiones, discutir asuntos, expresar y sentir afecto30.

Terrible estado. La soledad de Agelio no es meramente física, no es misantropía. Agelio está sólo, porque sólo se debe estar con Dios. Debe comprender esto si quiere vivir como cristiano. Ante Él debe abrir su ser todo y solo a Él debe prestar obediencia. Es una verdadera lucha en la soledad, una contienda teándrica, podemos decir. Jacob y Dios enfrentados en un pugilato tremendo31. Este es un pensamiento típicamente newmaniano. Entre la criatura y su Dios, entre el Ser que todo lo mide con su mirada atemporal y el alma que anhela su contacto vivo, no media realidad alguna. Los signos sensibles, las realidades humanas y materiales son verdaderos anti-typos, imágenes de realidades esenciales. Es muy importante no olvidar esto si se quieren comprender muchas de las doctrinas de Newman. Pensamiento netamente patrístico, arraigado en la tradición purísima de los Padres.
Lo que sólo ahora conozco enteramente, y no conocía entonces, es que la Iglesia Católica no permite que entre el alma y su creador se interponga imagen de ninguna especie, material o inmaterial, ni símbolo dogmático, ni rito, ni sacramento, ni santo, ni siquiera la Santísima Virgen. En todas las cosas entre el hombre y Dios se trata de un cara a cara, del “solus cum solo”. Dios sólo crea, Dios sólo redime; a su acatamiento espantoso caminamos a la muerte; en su visión consistirá nuestra eterna bienaventuranza32. El mundo visible sigue aun sin su interpretación divina; la Santa Iglesia, con sus sacramentos y órdenes jerárquicos, permanecerá, después de todo, hasta el fin del mundo como mero símbolo de estos hechos celestes que llenan la eternidad. Sus misterios son mera expresión, en lenguaje humano, de verdades que no alcanza la inteligencia humana33. Mirando más allá de esta vida, mi oración primera, mi anhelo, mi esperanza ardiente es ver a Dios. El pensamiento de reencontrarme allá con mis queridos amigos de
Newman J. H., Calixta, op. cit., pp. 43-44. “Homologesis: significa “reconocimiento, confesión”; quizá reuniones de iniciación cristiana y profesión de fe de los catecúmenos”. Nota del traductor. 31 “Cumque mature surrexisset, tulit duas uxores suas, et totidem famulas cum undecim filiis et transivit vadum Iacob. Traductisque omnibus quae ad se pertinebant, mansit solus : et ecce vir luctabatur cum eo usque mane”. 32 Newman J. H., Apología pro vita sua, Madrid, La Editorial Católica, 1977, pp. 154-155. 33 Ibidem, p. 25
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la tierra palidece ante aquel otro. Sé, creo, que nunca moriré; esta expectativa tremenda de la inmortalidad me aplastaría si no fuera porque confío y pido que sea eternidad en la compañía de Dios. ¿Cómo puede ser la eternidad algo bueno si no es con Él? Para la gente que quiero mi única oración es que ellos también vean a Dios. El pensamiento de Dios, su Presencia, su Fuerza, eso es lo que recompensa y repara todos los sinsabores y aflicciones (…)34 Pero consideradas en conjunto las cosas que vemos y las que no vemos, hay que afirmar que el mundo invisible es mucho más excelente que el mundo que vemos. Porque, en primer lugar, habita allí el Ser que está sobre todos los seres, que ha creado todo lo que existe, ante quien las cosas son como nada y con quien nada puede compararse. Dios Omnipotente existe más real y absolutamente que cualquiera de esos hombres cuya existencia nos es conocida a través de los sentidos. Sin embargo no le vemos, no le oímos, sólo vamos tras Él con el sentido interior sin llegarle a encontrar. Parece entonces que las cosas visibles no son sino una parte, una parte secundaria, de los seres que nos rodean, aunque sólo fuera por el hecho de que Dios Todopoderoso, el Ser de los seres, no se encuentra entre ellas sino entre “las cosas que no se ven”35.

El mundo se torna para Agelio algo caótico, sin sentido. Inclusive esa “calma” que adquiere al encontrarse solo no lo tranquiliza del todo. Sabe que existe un verdadero contraste, insuperable, que trata de resolverse en su interior. Allí está él, plantado en el mundo pagano. No puede avizorar la presencia inmensa y luminosa del Ser en que cree. Se sabe cristiano y no puede tolerar vivir su fe en el desasosiego36. El desorden del pecado repliega al hombre sobre si y expulsa la posibilidad de elevarse hacia Dios: el mundo, más que confirmar, parece negar la incumbencia de Dios en él.
El mundo va como si nada existiese. Nada de huella del cielo en la superficie de la sociedad o en los acontecimientos del día, ninguna huella en el semblante de los ricos, de los negocios, ni de la muchedumbre; en los actos de los poderosos, en las frases de los oradores, en los consejos de los prudentes, en las fiestas de los mundanos adinerados. Y sin embrago, el espíritu de Dios no está lejos. Tenemos en medio de nosotros la presencia del Hijo eterno, diez veces más glorioso y poderoso que cuando paseaba por la tierra en sus días de humanidad. Pensemos siempre en esta verdad divina. Cuanto más secreta es la mano de Dios, más poderosa es. Cuanto más se calla, más temible es37.

Una verdadera paradoja: él, que conoce la verdad y la ha reverenciado hasta el presente, no logra asirse a ella. Sabe, comprende y acata, mas en la niebla del desconsuelo.

Carta del cardenal Newman a John R. Mozley, en: Newman J. H., Cartas y Diarios, op. cit., pp. 128129. 35 Sermón titulado El mundo invisible, pronunciado por Newman el 16 de julio de 1837, en: Newman J. H., Esperando a Cristo, op., cit., pp. 65-66. 36 Nos recuerda este estado de Agelio el episodio de Elias “el tesbita” al huir de Jezabel una vez se hubo enterado ésta de la matanza de los profetas de Baal. “Timuit ergo Elias, et surgens abiit quocumque eum ferebat voluntas: venitque in Bersabee Iuda, et dimisit ibi puerum suum, et perrexit in desertum, viam unius diei. Cumque venisset, et sederet subter unam iuniperum, petivit animae suae ut moreretur, et ait : Sufficit mihi Domine, tolle animam meam : neque enim melior sum quam patres mei”. (I Reg. XIX, 3-4) 37 Newman J. H., Parroquial and Plain Sermons, en: Bremond H., Newman. Ensayo de biografía psicológica, Buenos Aires, Desclée de Brouwer, 1947, p. 231.
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…¡es que conociendo la Verdad nunca voy a poder sentir su consuelo?, ¿es que siendo parte de un cuerpo tan grande y divino, no voy a poder ver a ninguno de sus miembros?38

La lucha es irremediable para el cristiano viador, tornándose más encarnizada cuanto más se adquiera conciencia del enorme riesgo que significa batallar. Mientras dure su estadía terrena deberá arriesgar su vida en la incertidumbre de la fe. Por eso el don de creer es un verdadero riesgo, no por la consideración de pérdidas, sino por la decisión a dar el gran salto al ruedo del misterio39. La presencia ante lo eterno paraliza y, a la vez y por lo mismo, cautiva.
Es muy cierto, por lo tanto, que todos hemos de aceptar los riesgos por el cielo, a pesar de no tener certeza sobre el resultado. Esto es lo que significa la palabra riesgo, porque si un riesgo no implica nada de temor o peligro, expectación o incertidumbre es un riesgo ficticio. En esto consiste la excelencia y nobleza de la fe. La razón primera por la que la fe destaca entre los demás dones y es tenida por medio especial de justificación es precisamente que su presencia supone en nosotros el valor de asumir un riesgo. Esta doctrina nos interesa y afecta vivamente a todos. Lo hace ver San Pablo en su epístola a los Hebreos con el ejemplo de los antiguos santos, que renunciaron a su seguridad presente en aras de la futura. Abraham “se puso en camino sin saber adonde iba”. Tanto él como los restantes patriarcas murieron “sin haber conseguido el objeto de las promesas, aunque viéndolas y saludándolas desde lejos y confesándose extraños y forasteros sobre la tierra” (Hb. 11, 13) Si ante un panorama de riquezas alguien ruega honestamente a Dios no ser nunca rico; si teniendo posibilidades de alcanzar una alta posición social alguien pide en serio no alcanzarla; si teniendo amigos o parientes, alguien acepta de todo corazón la eventualidad de perderlos y dice: “tómalos, Señor, si es Tu voluntad”; a Ti te los entrego, en Tus manos los dejo”, alegrándose de que el Señor le tome la palabra; ese también arriesga, y se hace agradable a Dios40.

El huracán deja paso a la bonanza, a la brisa que hiciera adorar a Elías (Cf. I Reg. XIX, 9-13). Agelio experimenta un consuelo sensible, hacia el fin de su oración. Nuestro pobre cristiano debe comprender que es Él quien ama primero y se da a conocer a su amante. Pensar que debemos agradar a Dios con nuestras obras, para verlo en la obligación de recompensarnos, es no entender nada del Amor. Sorprende esta verdad, muchas veces olvidada: Dios pide de nosotros sólo la fe, y luego, como fruto santo, las obras. De modo tal que tanto la fe como las obras tienen a Dios como origen. Aquello del apóstol “todo es gracia” simplifica grandemente las vanas preocupaciones, muchas veces voluntaristas, de los hombres, acostumbrados a conquistar con su solo esfuerzo empresas terrenas. En la empresa de la salvación Dios tiene la iniciativa, el hombre secunda. Esto no es quietismo, no protestantismo: el que dudare de esto penetre con su mirada en lo recóndito de su propia alma, y declare qué cosa sea suya, qué gracia haya obtenido de motu proprio, y qué de Dios. Verá que su colaboración es casi mínima.
Newman J. H., Calixta, op. cit., p. 45. Entre nosotros ha expresado esta idea maravillosamente el P. Leonardo Castellani en su poesía Jauja. Cf. Castellani L., Castellani por Castellani, Mendoza, Jauja, 1999, p. 22. 40 Sermón titulado Los riegos de la fe, pronunciado por Newman el 21 de febrero de 1836, en: Newman J. H., Esperando a Cristo, op., cit., pp. 50, 51, 57.
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Alégrate, hombre solitario, no eres un héroe de tragedia. Hay Alguien a quien sí le importas, Alguien que te ama más de lo que tú puedes amar, sentir o cuidar de ti mismo. Deja en Él todas tus preocupaciones. Él te ve, te guarda; te contempla y sonríe compadecido de tus tribulaciones. Un ángel, tu Ángel de la guarda, te susurra buenos pensamientos. Dios conoce tus flaquezas, prevé tus caídas, te tiene de su mano. Tú no le huyas. Por tu fe, esa fe que has conservado con tanta sencillez y decisión en medio de la idolatría; por tu pureza, que has guardado, como una flor en medio de tanta abyección, Él se acordará de ti en el momento malo y el enemigo no podrá nada contra ti41.

Newman J. H., Calixta, op. cit., p. 45. “Todos, imagino, tenemos mucho que decir sobre la Providencia de Dios con nosotros. Él nos cuida y nos guarda de una manera que todos en el último día, nos salvemos o no, tendremos que reconocer que era imposible haber hecho por cada uno más de lo que hizo; todos creeremos que nuestra historia ha sido especial y única”. Diario del 25 de junio de 1869, en: Newman J. H., Cartas y Diarios, op. cit., p. 158.
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Juba: aguijón y reproche. Hemos dejado a Agelio sumido en sus tormentosos pensamientos. Está solo, en su cabaña.
Y ahora, ¿de qué se sonríe Agelio? Es la respuesta del hijo al padre que le quiere. No sabe por qué, pero sabe que la nube ha pasado. Hace la señal de la cruz y le vienen a la cabeza ideas menos sombrías. Invoca a Dios por su nombre y siente la unción de un dulce bálsamo sobre su alma. Se pone en pie. Se arrodilla ante el tosco símbolo de la salvación y comienza a orar42.

Pero la anhelada calma obtenida poco dura. Se hace presente en la habitación su hermano Juba. No nos detendremos aquí en la figura de este personaje. Nos parece muy interesante el perfil que el autor quiso darle. Por ello le dedicaremos un apartado especial en este trabajo (Cf. anexo, p. 62.) Basta aquí señalar la acusación primordial que Juba hace a su hermano, y en él, a todo el cristianismo.
Me das pena. Te falta coraje para ser cristiano. Sé coherente hasta el final, atrévete a que te hagan agonizar clavado a un palo. Pero tú no eres de esos. Si hasta tienes miedo de nuestro tío; si te dejas impresionar por esas cosas pintadas que te ponen tan serio, cuando te conviene. Sí, me das pena y te desprecio; a ti, y a todos vosotros. Pero, vamos a ver, ¿en qué te distingues tú de otro cualquiera? Vosotros decís: “El mundo es vanidad, la vida es un sueño, las riquezas un engaño y el placer una trampa. Fratres carissimi, el tiempo es corto. Y luego ¿quién ama más el mundo, la vida, las riquezas y los placeres, que vosotros? Os gusta el mundo, os preocupáis del dinero y de la buena fama, ambicionáis poder, lo mismo que los paganillos que, según decís, van directos al hoyo43.

Sin duda que hay maldad en las palabras de Juba. No es un reproche nacido de la caridad fraterna sino más bien de la envidia. Pero sus palabras resuenan como un gong a nuestros oídos. El necio ha hablado, pero ha dicho más de lo que sospecha. Juba se ha percatado del estado de su hermano. Esa rara intuición de los humores ajenos, que los más desgraciados seres suelen tener, ha puesto sobre el tapete el alma de Agelio: nada lo separa, aparentemente, del montón de paganos de Sicca.
Agelio callaba, cansado y disgustado. Juba le miró con intensión y dijo, lentamente: Veo con toda claridad que de religión tú no crees ni una pizca más que yo. (…) Está más claro que el agua, y cualquiera lo puede ver. Lo que pasa es que tienes demasiado amor propio para reconocerlo; eso es parte de vuestra hipocresía44.

En razón de verdad Agelio no es un pagano. Es un cristiano tibio, apocado, pese a saber que posee la Verdad. El reproche de su hermano es un especie de argumento ad hominem. Pero también recoge algo de verdadero. No por nada Agelio calla.

Newman J. H., Calixta, op. cit., p. 46. Ibidem, pp. 50-51. “… esas cosas pintadas”: se refiere a los ídolos que Jucundius ostentaba en su bazar religioso. 44 Ibidem, p. 51.
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Newman ha dado en el centro de la vida cristiana: la santidad. Al mostrarnos al Agelio vacilante suministra a nuestras conciencias el clarísimo imperativo divino del Salvador: “Sed santos, como mi Padre y Yo somos Santos”. La dualidad que surge en la vida de los cristianos no es motivo, claro, de incredulidad, pero contribuye grandemente a brindar una imagen poco favorable del cristianismo. El fatal anatema del Señor, lanzado contra los “escandalizantes” que osan desfigurar el rostro del Padre, no debe jamás olvidarse. El testimonio anti-evangélico de los cristianos es ocasión de pecado para los pequeños.
…¿hay en el mundo de nuestra época santos como lo fueron los apóstoles? Esto implica por lo menos una reflexión práctica. Pues, si hay santos en alguna parte, tienen que existir en nuestra Iglesia; o, dicho de otra manera, si no hay entre nosotros personas como ellos, la única razón de tal ausencia –puesto que la naturaleza humana de los apóstoles no era superior a la común- es nuestra obstinada adhesión al pecado. Hay cristianos que no gozan del conocimiento de la verdad pura; y otros que andan errantes fuera del seno de la Iglesia de Cristo, que tiene los privilegios divinos; pero nosotros estamos justamente facultados para gloriarnos de nuestra condición de miembros del cuerpo que los apóstoles fundaron, en el que ha habitado especialmente el Espíritu Santo desde entonces, hemos sido agraciados con la plena luz de la Escritura, y poseemos un credo formalmente más correcto que el de cualquiera de las Iglesias. Sin embargo, cuando contemplamos el estado actual de este país cristiano, no vemos que la gente esté huyendo angustiada de la desdicha que, pronunciada primero sobre un apóstol renegado, indudablemente se cierne como una amenaza sobre ellos. No parece que reconozcan ninguna distinción entre la cualidad natural y la espiritual; no se proponen levantarse más arriba de la moralidad de las personas no regeneradas, la cual, si bien recomendable entre los paganos, no es suficiente para la salvación cristiana. Y son propensos a pensar que la moral cristiana es un mero sistema, que es una de las garantías racionales a favor de la religión revelada, y una señal en este sentido de que poseen un conocimiento superior, en comparación con judíos y paganos; en vez de pensar que les impone un determinado carácter ético, que están obligados a asimilar en su vida45.

Este episodio en la habitación de Agelio culmina con la retirada de Juba, triunfante por haber enrostrado a su hermano la necedad de su supuesto cristianismo. Es normal que pase por nuestra cabeza una sombra de justificación del pobre Agelio. Solo, sin contacto amical alguno, inexperto en las cosas de la vida y falto de consejo: es normal que el espíritu de cualquier cristiano, ante tales circunstancias, halle escollos a veces insuperables. Debemos tener en cuenta que Agelio no se compadece ni justifica. Hasta ha pensado en irse de Sicca, hacer morada en ciudades más cristianas, con más afluencia y contacto de bautizados46. Pero no halla fuerzas para ello, y voluntariamente aleja esos pensamientos. Juba está seguro de que su hermano no es cristiano. No puede ser cristiano alguien que teme obrar como tal, que no acierta a dar el salto final.

Sermón de newman titulado “La santidad evangélica, plenitud de la virtud moral”. En: Newman J. H., La fe y la razón. Quince sermones predicados ante la universidad de Oxford (1826-1843), Madrid, Encuentro, 1993, pp. 102-103. 46 Cf. Newman J. H., Calixta, op. cit., p. 45.
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Jucundius: el verdadero “tío Pateta”. ¡Qué multitud de relaciones tienden los lazos familiares! No se agotan en la inmediata generación de la prole, ni en el mantenimiento material, ni se guardan de ejercer un poder casi divino sobre los hombres todos. La reverencia, o la pietas para el romano, formaba parte de ese corolario grandioso de virtudes que hicieron del gran pueblo latino, primus inter pares, un ejemplo perenne de prestancia47. Podemos imaginarnos entonces lo difícil que ha de haber sido para un romano convertido la vida societaria. Las reuniones públicas, los lugares comunes y las conversaciones estaban apestadas de efervescencia pagana. Y el cristiano que quisiera mantener su alma pura, conciente del enorme trabajo que cuesta preservar la vasija de barro de los golpes incluso ocasionales, por ende, debía evitar el trato asiduo. En el caso de nuestro querido Agelio algo similar ocurría. Sus parientes más cercanos, tío, madre y hermano, profesaban un gran rechazo hacia el cristianismo. No será de extrañarnos entonces la tensión experimentada por Agelio en relación a su familia. En este momento nos encontramos con Jucundius. Y estamos a punto de penetrar en el nudo de esta historia, ya que se acerca de a poco la figura de la divina Calixta. Luego que Juba hubo hablado con su hermano se dirigió a la casa de su tío. En el camino entonó una canción horrorosa, sacrílega.
El pequeño negro Moro, él es mi compadre cuando la noche está oscura y la tierra libre bajo las anchas ramas del tejo. Fue el tío Pateta quién plantó el tejo, y lo hizo crecer y engordar rociándolo con la sangre de veinte arrapiezos, que así crecía la familia. Bailando y saltando todos en la noche, de los rizos sale fuego y los pies echan luz, si se tiene aliento las lámparas están de más48.

Esta canción viene a cuento del título de este apartado. Juba llama “tío Pateta” al mismo Satán, del que había tomado admiración por medio de su madre, bruja
Un hermoso texto de Barrow sintetiza muy logradamente el carácter primitivo de la virtus romana: “El respeto por los valores eternos, por la voluntad de los dioses (pietas) y su expresión como justicia objetiva en las cosas prácticas de la vida humana; el respeto por la personalidad humana y las relaciones humanas (humanitas), tanto en la familia como en el estado o entre los amigos, que se fundaba en el reconocimiento de la personalidad de cada individuo y cuyo resultado era la conservación de la libertad (libertas); el respeto por la tradición (mores maiorum) que se aferra a lo que se ha ido transmitiendo de generación en generación, puesto que contiene una sabiduría acumulada que un hombre solo o una sola época no pueden proporcionar; respeto por la autoridad (auctoritas), no como obediencia a un poder superior, sino como reconocimiento del juicio de hombres cuya experiencia y cuyos conocimientos merecen respeto; respeto por la palabra empeñada (fides) y la intensión expresada, la fe de los romanos gracias a la cual “conservan la amistad de sus amigos y de los que confiaron en ellos”, y “la cosa más sagrada de la vida”. El respeto por las cosas que implicaba una formación (disciplina) que se obtiene en el hogar, en la vida pública, en la vida en general, la formación que proviene de uno mismo (severitas). Una formación de esta clase crea un sentido de responsabilidad (gravitas) que hace conceder la importancia debida a las cosas importantes, de tal manera que, una vez que el hombre ha puesto la mano en el arado, ni mira ni titubea, manteniéndose firme en su propósito (constantia)”. Barrow R., Los romanos, México, Fondo de cultura económica, 1970, pp. 219-220. 48 Newman J. H., Calixta, op. cit., p. 52.
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desquiciada que habitaba en un bosque de los contornos de Sicca. Gurta, dada a los maleficios y a los conjuros, ejercía sobre el pobre de Juba una influencia perniciosa que lo llevaba a decir cosas de las cuales, creemos, no poseía cabal comprensión. Aquí nosotros trasladamos el sentido de la canción de Juba, haciéndolo recaer sobre otro personaje: Jucundius. Salteamos una de las escenas, a nuestro entender, mejor lograda de la obra: la cena de Jucundius con sus amigos paganos y la exótica descripción de los platos que marchaban a la vista de los comensales. En la mañana Juba penetra en la tienda de su tío. Allí está el pagano, repuesto ya de los excesos del vientre, acomodando los ídolos de su tienda. Solo una cosa enturbia la mente de este hombrecillo: el cristianismo de su sobrino Agelio. Para acabar con esa fantasía absurda y perniciosa que engatusa la mente de Agelio, trama un ardid ingenioso: casar al joven cristiano con Calixta, la griega hermosa e inteligente que tiene hipnotizado al indefenso sobrino. El tío Pateta empieza a cumplir la misión que lo caracteriza: tentador. Para mejor, en Roma se inicia lo que todos esperaban: la reacción anti-cristiana.
De repente, un edicto decretó la exterminación del nombre y de la religión de Cristo. Iba dirigido a los procónsules y gobernadores de las provincias, y en él los emperadores, Decio y su hijo, decididos a establecer la paz en sus dominios, declaraban implícita o explícitamente que los cristianos eran el único obstáculo para tal fin. La causa: su sectaria oposición a los dioses de Roma, oposición que venía causando muchas desgracias al mundo (…) El edicto se leyó públicamente en el Campo de los Pretorianos, se fijó en el Capitolio y fue enviado a los gobernadores mediante correos especiales. Se amenazó a las autoridades de las provincias con serios castigos, si no lograban, mediante presiones o tormentos, que los cristianos paganizaran49.

Por lo tanto, era necesario actuar cuanto antes. Jucundius se certifica por Juba del estado de Agelio. Se alegra sobremanera al recibir las nuevas: Agelio no es cristiano. ¡Vaya sorpresa para el tentador tío Pateta! Pero sospecha de los dichos de Juba, no puede arriesgarse. Decide intervenir personalmente en el asuntillo con Calixta. Conocía la fascinación que ejercía sobre Agelio la bella griega. Era la oportunidad de salvar a Agelio de la estupidez cristiana y, a la vez, de las garras de las fieras.
Tenía cariño a su sobrino; pero, la verdad sea dicha, tenía más cariño a su reputación. Se habría indignado viendo a Agelio entregado a una de las panteras de la selva vecina o colgado de los pies chorreando sangre por la boca como un perro en el mercado. Pero le habría desagradado aun más el éclat, que la cosa estallara. Sentía rabia y miedo ante lo que se venía encima. Bien sabía que no podía entender a su sobrino; hacía falta mucho tacto para enderezarle y, sí, instintivamente convenía con Juba en que era contraproducente amenazarle con el rigor de la ley. ¡La atracción de Calixta sobre él!, eso era lo más prometedor del panorama. Tomó, pues, la decisión de intervenirle lo menos posible con Agelio para meterle a Calixta por los ojos; y a ver lo que pasaba. En cuanto a lo de Juba sobre que Agelio no era cristiano de corazón, era una noticia demasiado buena para ser verdad; pero quizá…, podía ser un presagio de lo que ocurriría cuando el sol de Grecia brillara sobre Agelio…, sí, las últimas nieblas de esa superstición oriental se disiparían50.

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Ibidem, pp. 81-82. Ibidem, pp. 86-87.

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Agelio choca con Grecia. Hemos educido, hasta el momento, del alma de Agelio esa serie de pensamientos y sentimientos varios, que lo hacen un genuino hombre solitario. Sin embargo, ha llegado el momento de conceder a nuestro héroe un pequeño descanso. Parece que sus voces han recibido respuesta, que sus plegarias han sido escuchadas y atendidas. Porque un alma, al fin, se presenta a los ojos de Agelio para ayudarlo a dar el paso que anhela. Y esta alma no es cristiana. No es cristiana, decimos, in actu exercitu. ¡Tamaña paradoja! El capítulo noveno nos brinda una descripción de tipo caracterológica de Agelio, a la vez que nos cuenta más acerca de su vida pasada.
De niño había recibido educación en el templo de Mercurio y aunque se había mantenido al margen de la idolatría y del pecado, por esa misma razón, no había hecho amigos allí. No podía decir si había otros niños cristianos; de sus compañeros se podía decir que los peores eran todo lo malos que un pagano puede ser y lo más benigno que se podía decir del resto es que eran egoístas, pendencieros y poco amistosos. Había aprendido allí lo suficiente para abrir su inteligencia, pensar por su cuenta, reflexionar acerca de su propia religión y dar forma a esas reflexiones. Había recibido esa clase de educación que vuelve la soledad muy agradable a los viejos e insoportable a los jóvenes. Tenía mil preguntas que reclamaban respuestas y otros mil sentimientos que pedían comprensión. Quería saber si sus sospechas, sus perplejidades, sus dudas, las tenía él solo o las compartían otros también, y qué valor tenían. Poseía dotes párale ejercicio intelectual que no podía emplear, y una insatisfecha sed de conocimientos. Por otro lado no podía disponer de la ayuda sobrenatural en esos años en que las exigencias de la naturaleza son más acuciantes51.

En estas circunstancias morales experimenta Agelio lo que podemos denominar “su segunda conversión”, es decir, el paso de la mera consideración intelectual “fría” de la fe a la seguridad “real” y efectiva del objeto creído. Pero no nos adelantemos. La ocasión: la amistad52. Dos hermanos griegos, llamados por Jucundius para su negocio de ídolos, llegaron a Sicca.
Poco a poco el sobrino intimó con ellos porque tenían lo que había estado buscando en vano (…) Hablando con ellos descubrió que muchas de las cuestiones que a él le inquietaban, se discutían en las escuelas griegas. Descubrió qué soluciones había, cuál era el punto cardinal de los problemas, a qué conclusiones llevaban y qué principios subyacían en el fondo. Empezó a entender mejor la posición del cristianismo en el panorama intelectual y qué imagen tenían de él los defensores de las otras religiones o modos de pensamiento. Sin darse mucha cuenta, se internó en la lógica interna y en la fuerza de las evidencias del cristianismo53.
Ibidem, pp. 98-99. El mismo tópico encontramos en la primera novela de Newman Perder y ganar. La importancia que reviste la amistad nos la revela en un pequeño párrafo de esta obra: “La mente de los jóvenes es maleable y elástica, y con facilidad se acomoda a la de aquel con quien convive. Uno y otro encuentran puntos tanto para estar de acuerdo como para disentir. Al congeniar, se crea la simpatía entre los dos; al complementarse, brota la admiración y la estima mutua. Y lo que empieza ahí muchas veces continúa ya para siempre por la fuerza de la costumbre y la requisitoria del recuerdo. Es decir, que en la elección de los amigos la casualidad nos presta el mismo servicio que la más cuidadosa de las selecciones”. Newman J. H., Perder y ganar, op. cit., p. 30. 53 Ibidem, p. 99.
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Esto es muy importante. Agelio, por primera vez, en contacto con la civilización griega, con la razón dinámica y palpitante de ser54. Es un paso muy importante para un cristiano que hasta ahora no se ha preguntado por los fundamentos de su credo55. Agelio escuchaba y trataba de retener las enseñanzas de sus nuevos amigos56 (¿o “primeros” amigos?). Y él también se daba a la enseñanza de aquello que conocía. Pensaba poder convertir a los jóvenes griegos.
Encontraba muchas cosas de que hablarles sin necesidad de entrar en los misterios más sagrados. Su fe no se resintió en absoluto por hablar con ellos con total libertad; es más, su caridad, su buena voluntad y su agradecimiento le llevaban a esperar que los hermanos griegos podían estar en camino de convertirse. A esto le animaba su misma sencillez57.
En el itinerario de conversión del cardenal Newman, ocupa un lugar fundamental la lectura de los Padres de la Iglesia. Quizás el suceso relatado en Calixta tenga que ver con su propia vivencia, con su primer contacto vivo con la inteligencia griega, aquella que buscó sistematizar la Revelación en aras de su mejor comprensión y cuidado. “Leí la Historia de la Iglesia, de Joseph Milner, y poco me costó enamorarme de los largos extractos de San Agustín, San Ambrosio y otros Padres que allí encontré”. Newman J. H., Apología “pro vita sua”, op. cit., p. 7. Téngase en cuenta que la lectura de Milner – quince años tenía Newman- produjo serias contrariedades que le costarían largos años superar. Sin embargo, por intermedio de Milner, Newman experimentó su primer contacto con el alma griega. Por otro lado, en lo que respecta a la sabiduría de la Hélade y la importancia que revestía para Newman, veamos este texto arto significativo: “No imaginemos, sin embargo, que al apelar de esta forma a los antiguos vuelvo al mundo de hace dos mil años y encadeno la filosofía con los razonamientos del paganismo. Mientras el mundo sea mundo perdurará la doctrina de Aristóteles sobre estas materias [se refiere al natural desinteresado del conocimiento intelectual], puesto que él es el oráculo de la naturaleza y de la verdad. Mientras haya hombres, no podremos evitar, en gran parte, el ser aristotélicos, pues el gran maestro no hace sino analizar las ideas, sentimientos, opiniones y pensamientos del género humano. El nos ha dicho el significado de nuestras propias palabras e ideas mucho antes de que hayamos nacido. En muchos aspectos el pensar correctamente es pensar como Aristóteles, y nosotros somos sus discípulos, queramos o no, y aunque no le hayamos conocido”. Newman J. H., Naturaleza y fin de la educación universitaria, Madrid, EPESA, 1946, p. 174. 55 Uno de los grandes esfuerzos del ilustre cardenal inglés fue el tratar de brindarle base racional a sus elucubraciones religiosas. Haciendo alusión al motivo de su obra The Prophetical Office of de Church, viewed relatively to Romanism and Popular Protestantism (1837) nos refiere: “Yo sentía entonces, y he sentido siempre, que era una cobardía no encontrar una base racional para mi fe, y una cobardía moral no reconocer esa base. Me hubiera tenido por menor que un hombre de no haberla sacado en limpio, cualquiera que ella fuese. Esta es una de las razones principales por que escribí y publiquen el Prophetical Office”. Newman J. H., Apología “pro vita sua”, op. cit., p. 56. 56 Sobre la seriedad que debe tener el investigador que anhela la verdad Newman nos lega un bello y sugestivo pasaje: “También la modestia, la paciencia y la precaución son disposiciones anímicas tan necesarias como la seriedad y el rigor para la investigación, aunque no lo parezcan en la misma medida a primera vista. El atrevimiento en lo que se afirma, la precipitación en sacar conclusiones, la confianza temeraria en nuestra propia agudeza y capacidad de razonamiento, no se compaginan con el homenaje que la naturaleza exige de aquellos que quieran saber sus maravillas recónditas. Ella se niega a revelar sus misterios a los que llegan desprovistos del espíritu humilde y reverente propio de aprendices y discípulos. Por eso también aquel afán de paradoja que quisiera imponerle un lenguaje distinto del que ella realmente habla es tan anticientífico como anticristiano”. Sermón de newman titulado “El talante científico, inculcado primero por el Evangelio”. En: Newman J. H., La fe y la razón. Quince sermones predicados ante la universidad de Oxford (1826-1843), op. cit., pp. 62-63. Refiriéndose el cardenal a la rigurosidad del trabajo especulativo: “Un buen filósofo ha de tener tal previsión de la aplicación de sus principios y ha de ser tan cauto en la enunciación de los mismos, que esté bien asegurado contra el riesgo de que se confronte una cosa con otra: no sea que vaya a defender lo que pretende reprobar y a condenar lo que no puede menos de aprobar”. Newman J. H., El asentimiento religioso, op. cit., p. 162 57 Newman J. H., Calixta, op. cit., p. 100. Encontramos aquí una mención especial a algo que Newman tenía por muy preciado en los tiempos apostólicos. Lo que él llama “principio de economía”. Y nuestro Agelio parece no permanecer ajeno a este criterio prudencial de los primeros cristianos. El cardenal Newman dedica una parte de su Apología a tratar este tema. Un pequeño párrafo no nos sacará del
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Paulatinamente fue penetrando en el alma de Agelio la bondad de los hermanos Aristón y Calixta. Halló en ellos la ocasión precisa para avivar la energía dormida por tan largo tiempo. Pero los afectos, dejados poco a poco a su antojo, logran arrojar al auriga y tomar el mando del carro. Nuestro cristiano, quizás sin darse cuenta, comenzó a frecuentar la casa de los hermanos griegos, la ciudad pagana.
Hacía ya unos meses que tenían lugar estas reuniones amistosas en los ratos libres de unos y otros. Un par de veces los hermanos se habían acercado a la granja; pero por deferencia con ellos, la mayoría de las veces, a pesar del disgusto que le causaba la ciudad, Agelio atravesaba las estrechas y atestadas callejuelas de Sicca, cruzaba la plaza y se presentaba en casa de ellos. ¿Sería raro que un joven tan ignorante del mundo y tan desconocedor del mal no sintiera la voz que le llamaba a apartarse del paganismo, incluso del más inofensivo? ¿Sería raro que una esperanza algo loca, esperanza de joven, llevara a Agelio a no considerar los obstáculos y dejarse llevar por la atractiva idea de que Calixta podría convertirse y ser una buena esposa cristiana?58

Ya vemos a lo que apunta Newman. Si Agelio se encuentra desahuciado, falto de “entusiasmo” en su vida de cristiano, hemos de achacarlo a su necedad o a las circunstancias ocasionales59. Los hechos nos dirán más adelante qué cosa fuera la raíz del malestar espiritual de nuestro amigo Agelio.

desarrollo que hemos alcanzado hasta ahora. “El principio de la economía es éste: entre varios modos de conducta o de hablar en materia religiosa. Dado que todos estén permitidos en sus antecedentes y en sí mismos, hay que escoger el que mejor se presta de momento al fin que se intenta”. Newman J. H., Apología pro vita sua, op. cit., p. 260. Por otra parte Bremond insinúa que toda la obra literaria de Newman está dominada por este “principio económico”. “Existe otra razón para vacilar antes de dar un juicio firme sobre cualquiera de sus libros. Una sabia economía dosifica y matiza todas las partes de su obra. “Economía”: he aquí una de las palabras del léxico newmaniano. El nombre y la cosa fueron, como se sabe, puestos en boga por los Padre de la escuela alejandrina. Un sabio economista, lejos de entregar de una vez sus provisiones al pillaje, las distribuye minuciosamente según las necesidades de cada día. De esta manera el maestro, que debe adaptar sus lecciones a los conocimientos de sus discípulos, tiene que ocultar, economizar una parte de la verdad”. Bremond H., op. cit., p. 17. 58 Newman J. H., Calixta, op. cit., p. 103. 59 “Echar la culpa a las circunstancias en que nos encontramos es la excusa corriente de que disponemos cuando nuestra conducta merece reproche en algún punto concreto. Sin embargo, hasta el moralista pagano vio que son voluntarias todas aquellas acciones en que nosotros somos, de alguna manera en último término, el principio activo; y que el elogio y la reprobación se otorgan, no por la manera como nos hubiésemos comportado si las circunstancias hubiesen sido diferentes, sino según nuestra conducta real siendo las cosas como son (…) La verdad es que nada es tan fácil para la imaginación como el deber en abstracto, es decir, el deber nominal y no real. Cuando adquiere una forma precisa y efectiva, cuando llega a nosotros rodeado de detalles concretos (y es obvio que no puede llegar de ninguna otra manera), es entonces cuando se vuelve difícil y penoso. Las circunstancias son la verdadera piedra de toque de la obediencia. Sin embargo, siendo esto tan sencillo de ver, lo más común es imaginar que nuestra situación concreta es especialmente ardua, y que seríamos mejores y más felices en cualquier otra”. Sermón de newman titulado “La responsabilidad humana, ineludible”. En: Newman J. H., La fe y la razón. Quince sermones predicados ante la universidad de Oxford (1826-1843), op. cit., p. 191. Recordemos que Agelio había pensado marcharse a Cartago con el fin de evitar esa su situación de desasosiego. Inconcientemente, al menos, creía que las circunstancias locales o familiares lo ataban en su resolución de vivir a fondo el cristianismo.

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Jucundius arremete. Las intensiones del tío Jucundius no podían esperar ponerse en ejecución. Él mismo decide encarar de lleno a su sobrino. Sabe mejor que nadie de la sensibilidad de Agelio en tratar temas personales, y cuánto más, relacionados con su cristianismo. Por eso decide aplicarse con máxima cautela a su propósito. Un paseo es la ocasión propicia para comenzar el ataque.
Jucundius: Querido Agelio, sería una decisión muy adecuada. Yo no me he casado, no es cosa que me haya planteado seriamente o que sea de mi gusto; el ejemplo de tu padre no fue muy alentador que digamos… pero tú vives completamente solo, lo cual es un poco raro; nadie hace eso. Con el tiempo quizá quieras venirte a vivir a Sicca. Te buscaremos un empleo y será un placer tenerte a mi lado cuando yo sea viejo. Sin embargo, tendrá que pasar algo de tiempo hasta que Carón se haga conmigo, no porque yo crea en toda esa basura más que tú, Agelio, te lo aseguro… Agelio: Me sorprende que puedas pensar que soy poco coherente al dar ese paso, pero… Jucundius, en voz baja: Ay, ay, ay, lo hemos fastidiado (En alto) ¿Poco coherente?, ¿quién habla de coherencia?, ¿qué refinado zascandil se atreve a llamare incoherente? Estáis hechos el uno párale otro, Agelio: ella ciudad, tú campo, ella tan inteligente y atractiva, tú tan espontáneo y arcádico. Vais a ser la envidia de todo el mundo. Agelio: Eso es justo lo que no quiero ser. Entiéndeme: si yo creyera que es compatible con mi religión pensar en Calixta… Jucundius, siguiendo la táctica de Juba de no herirle en su dignidad: Por supuesto, por supuesto, ¿quién sabe que tú has sido cristiano?, aquí nadie sabe nada de eso. Estoy seguro de que todos te tienen por un tipo honrado como ellos, que da culto a los dioses, sin chifladuras ni manías raras. Nunca les he dicho lo contrario. Mi opinión es que si fueras mañana mismo a hacer tu libación a Júpiter y echar incienso ante el altar imperial, a nadie le llamaría la atención. Seguro que todos aseguraban haberte visto un montón de veces haciendo lo mismo. Nada, hombre, no pienses que tienes ningún problema que resolver60.

¡Qué sutil la tentación de tío Pateta! Ofrece a la soledad, la compañía marital; a la extravagancia del culto cristiano –espiritual-, la formalidad exterior y “correcta” de la idolatría; al aislamiento, la “socialidad” de la urbe. Jucundius le ofrece seguridades, encuadres humanos; una vida sin sobresaltos61. Es que la lógica humana es implacable; y el carácter de la vida cristiana totalmente foráneo a ella.
Newman J. H., Calixta, op. cit., pp. 104-105. El desinterés de Agelio por la vida marital acaso pueda tomarse en relación a la vida de Newman y su precoz inclinación a la vida celibataria. “Tengo que mencionar, aunque lo hago con gran repugnancia, otra impresión que se apoderó de mí por este tiempo, en otoño de 1816 –sobre el hecho no cabe equivocación-, a saber, que era voluntad de Dios que llevara vida célibe. Este presentimiento –que se mantuvo en mí desde entonces casi continuamente, con intervalos de un mes que otro, hasta 1829 y, a partir de entonces, sin intervalo alguno- estaba en mi mente má o menos en conexión con la idea de que la vocación de mi vida entrañaría el sacrificio que supone el celibato; por ejemplo el trabajo misional entre los paganos, a que me sentí muy inclinado durante algunos años. Ello acreció mi sentimiento de separación del mundo visible, de que hablado anteriormente”. Newman J. H., Apología pro vita sua, op. cit., p. 8. Sobre el “sentimiento de separación del mundo visible” ver páginas 17 y 18 de este trabajo. 61 “…frecuentemente la realidad concreta de la vida de una persona o de una comunidad, testimonian una “lógica diversa”, contradictoria tal vez con la conclusión férrea de algún silogismo o con la habilidad argumentativa, pero real y verdadera. El sacrificio y la felicidad del amor de una madre, la difusión “natural” del bien y de la verdad, la paz y la plenitud de vida que irradia un santo, la alegría que proviene del servir, la conversión frente al testimonio de amor de una comunidad, la “potencia de la impotencia” de
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Si embargo, Agelio está lo bastante alejado del pensamiento de su tío como para rendirse fácilmente. Supone -¿o imagina?- la futura conversión de Calixta y un maridaje ideal: dos cristianos unidos ante Dios. Mas Jucundius no ceja de “aconsejar” a su sobrino. Las más extravagantes -cuanto espantosas- formas de hacerse con Calixta desfilan ante los oídos de Agelio. La purulencia de la sociedad romana, roída por el vicio y el amancebamiento, contrastan con la figura del joven cristiano.
No me haces justicia, Agelio, yo sólo he querido facilitarte las cosas. Tienes que actuar según las costumbres establecidas en la ciudad, no puedes crearte un mundo para ti62.

Ya se ve el reproche de la razón que no tolera la “desobediencia del cristianismo”, que marcha contra corriente del siglo. Palabra van, palabras vienen, el caso es que Agelio decide ir personalmente a la casa de los hermanos griegos, y “pactar” con Aristón, hermano de Calixta, las futuras nupcias. Jucundius hablará con el griego y arreglará la visita. Delira el joven cristiano, construye castillos en el aire y se arriesga a perder su fe en aras de un casamiento impensable. Impensable, decimos, por tratarse de una cuestión de tipo aut, aut: o el cristianismo o la defección. Bien conoce él la situación de los hermanos, y lo lejos que están de comprender la forma mentis del cristiano. Agelio, no obstante, sufre los reclamos de su conciencia, y la intranquilidad por el rumbo que van tomando sus decisiones se acentúa cada vez más.

la cruz, la unidad como consecuencia de la “dialéctica trinitaria” del amor, la inmutabilidad de Dios que luego se traduce en oración escuchada, etc.., son algunos de los ejemplos más característicos de una lógica que tiene poco en común con una “manera humana” de razonar. Pueden construirse argumentos muy bien hilvanados para demostrar los resortes sicológicos por los cuales el servir produce alegría, o para defender el egoísmo o el amor libre, o combatir como servilismo el hecho de vivir para los demás, o como hipocresía el sonreír para no hacer pesar sobre los demás nuestros propios dolores, etc. Y sin embargo, cuando uno encuentra un valor puede distinguirlo de otro que no lo es, aunque le presenten argumentos hábiles para convencerlo de lo contrario. Cuando uno ha visto y tocado y experimentado, de poco valen las argumentaciones y la retórica. De allí la potencia de la primera generación cristiana: testimonian una verdad que habían “visto y oído”. Porque conocer en profundidad, “no es demostrar, ni explicar. Es acceder a la visión. Pero para ver, es necesario primero participar”. Cambon H., Relación entre conocimiento y persona total en la “Grammar of assent” de J. H. Newman, Roma, Pontificia Studiorum Universitas a S, Thoma Aquinatis, 1975, pp. 41-42. 62 Newman J. H., Calixta, op. cit., p. 107. Cursiva nuestra.

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La divina Calixta Aquellos hombres que nosotros englobamos bajo el motete de paganos, distan mucho de volver a aparecer. Salvo algunas primitivas comunidades tribales -que aun perduran, para escándalo del progreso y de la democracia des-analfabetizadora, el paganismo, en su forma más pura, dejó de ser hace mucho. ¿Y qué del estado de nuestro infortunado occidente? ¿Acaso no se ve, en la opinión de algunos, cercado por cierto aire de paganismo o neo-paganismo? Una cosa es el paganismo y otra la defección sistemática del cristianismo, o de la cristiandad, para mejor decir. El occidente no es pagano. Es, lisa y llanamente, apóstata. Lo cual empeora mucho más el panorama. Por ejemplo, un apóstata está años luz de parecerse a Genserico, y a millares de años luz de Píndaro. Genserico y Píndaro son paganos, Rousseau y Eco son apóstatas. Genserico y Píndaro adoraron a deidades ciertas, aunque no verdaderas. Rousseau y Eco expulsaron a la verdadera Deidad y la suplantaron por una falsa. Los unos ignoraron la Verdad, los otros la rechazaron. Dos espíritus totalmente distintos han inspirado al paganismo y a la apostasía. El primero entrevió la deidad como afín al hombre y en profunda relación con él. El segundo maniobró la revuelta del orden creado contra el Increado. Dócil el primero – tanto como pueda serlo la natura in-redimida63-, rebelde y soberbio el segundo. Ojala la sociedad moderna fuese pagana, y no apóstata. Porque si el paganismo ignoró la Luz completa la apostasía, lisa y llanamente, la niega. La ha visto, si, mas se ha cansado de sus destellos. Incluso ha preferido adulterarla, porque la oscuridad total no es humana, quedándose con un opaco simulacro de claridad. La Luz total se le antoja demasiado “inmaterial”, inasible. Quiere “algo” fácil de asir, de manejar, y para ello, emprende bisecciones en pos de elegir el órgano que más cuadre a su nuevo Frankestain de almibar. Concepciones más o menos cercanas al cristianismo, construcciones irreales que señorean de poseer cuño cristiano, mas desgajados del árbol inconsútil de la tradición, campean en las mentes de los hombres apóstatas y florecen –perorata pluralista de por medio- en libelos y panfletos académicos. Y no solo académicos sino también, debemos decirlo, religiosos64. La apostasía es adulteración, una nefasta logomacia de la verdad.

No se nos olvidan las palabras del Apóstol de los gentiles: “Revelatur enim ira Dei de caelo super omnem impietatem, et injustitiam hominum eorum, qui veritatem Dei in injustitia detinent. Quia quod notum est Dei, manifestum est illis. Deus enim illis manifestavit. Invisibilia enim ipsius, a creatura mundi, per ea quae facta sunt, intellecta conspiciuntur : sempiterna quoque eius virtus, et divinitas : ita ut sint inexcusabiles. Quia cum cognovissent Deum, non sicut Deum glorificaverunt : sed evanuerunt in cogitationibus suis, et obscuratum est insipiens cor eorum. Dicentes enim se esse sapientes, satulti facti sunt” (Rm. I, 18-22). Sin embargo la religiosidad de los pueblos antiguos no sufre comparación posible con la irreligiosidad moderno-contemporánea. Piénsese sin más en los griegos y su concepción teándrica del cosmos, en los romanos y su profunda veneración a los genii domésticos, etc., sin mencionar los pueblos orientales y sus fantásticas cosmogonías. El ateísmo y la irreligiosidad –sistemáticos- son fenómenos relativamente nuevos. 64 “¿Cuál es la religión del mundo ahora? Ha promovido el lado más luminoso del Evangelio, sus noticias de consuelo, sus preceptos de amor; todas las perspectivas más profundas, más oscuras acerca del hombre, han sido comparativamente relegadas al olvido. Se trata de una religión natural para una edad civilizada, y Satán la ha revestido hasta completar otro ídolo de la Verdad”. Sermón de Newman titulado, La Religión del Día, en: http://tollers.jack.googlepages.com.
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Vemos, pues, cuanto dista el paganismo -en cuanto realidad histórica irrepetible por ceñirse a condiciones bien definidas- de la sociedad moderna occidental, apóstata. Conviene no confundir términos si se quieren evitar terribles equívocos. Las anteriores consideraciones vienen a cuento del repentino giro que tomará nuestro trabajo. Hemos tratado hasta ahora con el alma atribulada de un cristiano de cepa. Y no precisamente con el mejor de ellos. Llegó el momento de toparnos con la protagonista de esta historia, una pagana potencialmente cristiana. Y ahora se comprenderá la razón de la introducción que quisimos mentar arriba. Considerando el tema del Grammar of assent y de la Apología no podemos menos de comparar tópico comunes. Es que el tratamiento de la realidad de la conversión, de la afirmación, por la fe, del objeto divino presentado a nuestra consideración, obtiene en el Calixta la plasticidad necesaria para ser entendido. Lo que en el Grammar reviste tildes aparentemente contradictorios –nuestra pobre inteligencia así lo entiende-, en Calixta halla justa intelección. Quizás sea, junto con la Apología y Lost and gain, una de las fuentes imprescindibles para arribar “sin prejuicios beatones” a la doctrina del assent newmaniano. Tómese, pues, esta última aseveración, como una opinión personal de alguien que, deslumbrado por el pensamiento del cardenal inglés, arribó de tal forma a una idea más o menos clara de su doctrina. Retomando el hilo de la historia, nos situamos en el capítulo diez de Calixta. Agelio se dirige a la casa de los hermanos griegos, para tratar con Aristón la “cuestión del casamiento”. Tal visita reviste un gran significado, si leemos con ojo inteligente la descripción que Newman hace de la ciudad de Sicca. Un pequeño párrafo nos bastará para esto:
¡Desdichado Agelio! ¿A qué vas a la ciudad esta mañana? Algo urgente, inaplazable debe de ser; si no, no te meterías por esas callejas, ni recorrerías esos pórticos viendo cosas que te desconciertan, cosas que te fascinan, cosas que te dan miedo. Y esas imágenes no son esporádicas: campean en los mejores edificios y en las zahúrdas más abyectas; en las oficinas públicas y en las casas de familia, en las plazas centrales y en las rinconadas, en los bazares, en los mercados y tiendas, en los talleres más bastos y donde se hace el arte más selecto; en inscripciones, en pinturas, en emblemas: la insignia y la pompa de Satán y de Belial, el reino de la corrupción, la orgía idolátrica que no puedes evitar ni soportar. Allá donde vayas es todo igual: los corchetes a tu derecha, los soldados a tu izquierda, la masa de gente en torno al templo, los cánticos en la procesión con las víctimas y hasta la lengua que se habla en el mercado. Allá donde vayas te vas a encontrar que, en forma de precepto religioso o de homenaje a la naturaleza, te acecha o te arremete descaradamente todo aquello que a un cristiano le repugna65.

Agelio camina por las calles de Sicca como un extraño. No pertenece al tumulto voraz de la plebe amancillada, a la retahíla de gentes sin pudor ni recato. Él es un cristiano, y el contraste entre los dos mundos –Dios y pecado- es clarísimo. Camina por Sicca, pero, como dice el autor, no toma parte de su degeneración. Mas no podemos dejar de atender al gran peligro que entraña para Agelio la sola vista de la ciudad pagana. Si es dable considerar que la sola fealdad del entorno provocaría en el pobre cristiano un rechazo casi instintivo, no es errado suponer tampoco la desdichada pérdida de la poca tranquilidad de espíritu que poseía. Mientras tanto, en la casa de los hermanos griegos, otra escena nos aguarda. Calixta está dada a su trabajo de “artesana religiosa” y su hermano, en el ínterin, sugiriéndole la ventaja de atender al galanteo del joven Agelio.
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Newman J. H., Calixta, op. cit., p. 115.

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Aristón: Calixta, va a venir Agelio esta mañana, ¿qué querrá? Calixta: Si son ciertas tus noticias sobre los cristianos [se refiere a la nueva persecución decretada por Decio], seguro que viene a buscar algún dios que le proteja. Aristón: ¡Qué vista tienes! Bien sabes tú qué diosa es la que quiere comprar él. Calixta se echó a reír. Aristón: No seas cruel con él, trénzale una guirnalda para cuando llegue. Tiene dinero, además es modesto y necesita empujoncillos. Calixta: No está mal… Aristón: …de perras, y le haríamos un servicio a los dioses apartándole de la superstición. Calixta: No será muy cristiano si es a mí a quien sigue66.

Sorprende la consideración final de Calixta: un cristiano persiguiendo el corazón de una pagana. En su mente analítica no puede conjugar esa falta de coherencia. Ellos – los cristianos-, tan diferentes del común proceder de los paganos, tan reacios a entablar relaciones seculares que vayan más allá de lo utilitario, ellos, decimos, ¿cómo pretenden cortejar corazones del siglo? Otros amores se supone tienen esos “extraños seres tristes”. Esta pagana de la ilustrada Grecia ingresa en la historia de Calixta con un a priori del todo diferente al del resto de los personajes. Llamamos a priori a una especie de predisposición natural, pura y expectante. Un deseo que se desarrolla en el espíritu de algunas almas, que jamás se han dado al renego de la Voz interior que las acucia a sobreponerse a las apariencias. En algunas almas decimos, teniendo en cuenta que muchas veces el deseo queda trunco o impedido, por razones que no nos tocan desarrollar en forma particular, pero que muy bien pueden colegirse del inevitable contraste entre almas generosas y egoístas. En Calixta este deseo está enmarcado en la religiosidad natural del pueblo griego, siendo la misma religiosidad –instintiva búsqueda de la religatio teándrica67- el aliciente primordial que guía la búsqueda desesperada de lo Absoluto. Por arriba de las razones, de los silogismos fríos y de la confianza en terceros, el corazón establece las prerrogativas inherentes a una naturaleza que a gritos llama a su Creador. El designio infinito y misterioso de Dios de poner en el alma de los seres
Ibidem, p. 116. Entre nosotros el estudio del desarrollo de la religiosidad natural del pueblo griego, entendida como revelatio naturalis, alcanzó gran relevancia en el magisterio de Carlos Disandro. Hablando sobre la total discordancia que presentan las cosmovisiones helénica y hebraica acerca de la relación de la deidadhumanidad, dice: “A nosotros nos es familiar el término “revelación”, pero sólo en la línea del hebraísmo; de acuerdo con nuestro análisis debemos postular una revelación en el mundo griego, en el mundo helénico, que consiste en proporcionar al griego y por éste a todos los hombres una conciencia del mundo y del propio hombre. Este carácter de la revelación entreabre el principio fundamental del helenismo, contrapuesto al principio fundamental del hebraísmo. El primero es el que nosotros enunciamos con una palabra griega, teandrismo, que es totalmente inasimilable por la mente hebraica. Es decir, la posibilidad de la divino-humanidad, de la unión de la divinidad y de la humanidad, es familiar desde el punto de vista de la Revelación crística; pero el mundo griego anticiparía, según los caracteres explicados, en su revelación helénica, el principio teándrico. Esto quiere decir, en sustancia, que la divinidad y la humanidad insertas en el cosmos están mutuamente, de modo que la divinidad inhabita el mundo y el hombre, y estos inhabitan la divinidad. Esto es inasimilable por la mente hebraica, cuyo principio es todo lo contrario: la absoluta alteridad de Dios, que está absolutamente separado de la criatura, la que a su vez está absolutamente separada de la divinidad. Esto es así en la perspectiva del Antiguo Testamento, en la línea de los teólogos hebraicos y en todas las líneas del hebraísmo postcristiano que podamos examinar, ya que coinciden con el principio fundamental del hebraísmo. Por ello helenismo y hebraísmo son excluyentes, inconciliables y contradictorios”. Disandro C. A., Humanismo-Fuentes y desarrollo histórico, La Plata, Decus, 2004, p. 219.
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humanos el eco de su llamado creacional, el reflejo, pálido, si, del instante sublime en que fuimos lanzados de la nada al ser, es aliciente, palanca natural hacia el Hacedor. Dos textos del eximio cardenal inglés nos ayudarán a la intelección de este principio.
Y ahora que gozamos de este inmenso don de Dios [la Revelación sobrenatural], la religión natural tiene una utilidad y una importancia que difícilmente podía poseer antes. Pues, si la religión revelada impone una doctrina, también la religión natural la recomienda. Casi no hace falta observar que todo el conjunto del plan revelado se apoya en la naturaleza para la validez de sus garantías racionales. La reivindicación de un conocimiento o un poder milagroso presupone la existencia de un Ser capaz de ejercerlo; y el contenido de la misma revelación es puesto de manifiesto e interpretado por las tremendas analogías de la mediación y el sufrimiento vicario, que discernimos en el curso visible del mundo y que tienen inmensas aplicaciones. Nada quizá satisface más a la reflexión cristiana que su percepción de las raíces profundas del sistema revelado en el curso natural de las cosas, del cual es simplemente la consecuencia y la plenitud: nuestro Salvador ha interpretado para nosotros los acentos tenues o entrecortados de la naturaleza; y en ellos, interpretados así, el cristiano tiene, igual que en una profecía antigua, a la vez las garantías y el memorial permanente de las verdades del Evangelio68. Hermanos míos: vivimos en una época en que se da gran importancia a los argumentos que se pueden echar por delante para demostrar la religión, bien natural, bien revelada; y se escriben tomas para demostrar que debemos creer. Esos libros se titulan Teología natural o Evidencia del Cristianismo. Nuestros enemigos gustan de repetir que los católicos no saben por qué creen. Lejos de mí el pensamiento de querer poner en tela de juicio la belleza y fuerza de argumentos expuestos en esos libros; pero dudo mucho de que sean esos argumentos los que conducen a los hombres al cristianismo, o los que los retienen en él (…) Estad seguros de ello, hermanos míos: el mejor argumento, mejor que todo lo que la astronomía, y la geología y la fisiología, y todo lo que las demás ciencias pueden proporcionar, argumento al alcance de todos, de los que pueden leer, como de los que no pueden; argumento que está dentro de nosotros, argumento convincente para el entendimiento, persuasivo para el corazón, bien para probar la existencia de un Dios, bien para sentar las bases del cristianismo, es el que brota de una atención perfecta a las enseñanzas de nuestro corazón, y la comparación entre las exigencias de la conciencia y las doctrinas del Evangelio69.

Sermón de Newman titulado “La religión natural, camino hacia la revelada”. En: Newman J. H., La fe y la razón. Quince sermones predicados ante la universidad de Oxford (1826-1843), op. cit., pp. 82-83. 69 Sermón de Newman “Disposiciones para la fe” –VI de los Sermons preached on various occasions-. En: De Linera A. A., El problema de la certeza en Newman, Madrid, Jura, 1946, p. 117. Dudamos de insertar este texto aquí: nos parecía más atinado relegarlo unas páginas más arriba, en referencia a la cuestión de la conciencia. Sin embargo, la mención clara de un elemento a-lógico (preferimos esta expresión a la de “irracional” utilizada en el análisis de Linera), anterior tanto al asentimiento religioso como a los actos inferenciales en relación indirecta a éste, nos inclinaron a mentar en este lugar el dudado párrafo. Por otra parte, no nos parece acertado hablar del “agnosticismo” o “irracionalismo” del cardenal inglés, como Linera hace en su estudio, aunque salvándolo de esta “momentánea” acusación, aun cuando muchas de sus aseveraciones con respecto a la posibilidad del conocimiento real de las cosas parezcan decir lo contrario. El ilustre cardenal, en su anhelo por dilucidar el trasfondo último del acto de fe en su relación con la razón, especula sin la intensión de definir formaliter el proceso del asentir religioso, y para ello se ve en la obligación de avanzar audazmente a partir de un vocabulario humanamente impreciso. Puede verse a este respecto el estudio que dedica Maritain a la relación entre vocabulario místico y filosófico, en: Maritain J., Los grados del saber, Buenos Aires, Desclée de Brouwer, 1947, pp. 132-170.
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Las almas bendecidas con esta sublime inclinación, brotada del centro mismo de su naturaleza deudora del ser, sufren verdaderos estertores en el camino de llegada al fin oscuramente anhelado. Calixta no se halla exceptuada de este estado.
Calixta: ¡Ay! pocas penas pero mucho miedo. Más tienen que temer los jóvenes que llorar los viejos. El futuro pesa más que el pasado; la vida no es tan dulce como la muerte amarga; es difícil apagar la luz, la luz del cielo70.

Esta palabras proferidas por Calixta a su hermano Aristón revelan el sufrimiento que reporta la Voz interior, en pos del conocimiento exacto del Dador de esa Voz. El paganismo de Calixta lucha por obedecer el mandato interior de su corazón.
Aristón: Bueno, y ahora, si no te importa, baja el tono, que tengo que hablar en serio sobre Agelio. Es un poco huraño, pero me cae bien, no lo puedo evitar. Voy a apoyarle. Te guste o no, tiene la bolsa llena; si le sonríe te harás un favor a ti misma, a los dioses de Grecia y a él también. Ponle buena cara, al menos durante un tiempo; cuando te canses nos iremos de Cartago. De cristiano le queda bien poco, por lo que parece, y con lo que tú le soples se le irá del todo. Calixta: Hay cosas peores que ser cristiano, si es cierto lo que oído de ellos.

Más explícito, imposible. Una tremenda lucha se desencadena en el interior de la divina pagana. ¿Qué cosa puede ser más terrible que ser cristiana, sino el deseo desgarrador por serlo?
Calixta: Si yo fuera cristiana, la vida me sería más tolerable71.

Newman J. H., Calixta, op. cit., p. 118. Ibidem, p. 121. El cardenal Newman, en una carta del 15 de mayo de 1845, cinco meses antes de su ingreso en la Iglesia Católica, expresó esta terrible situación del que lucha por creer, en la terrible soledad de la incertidumbre: “Si alguna cosa tiene que llegar, ¿no se podrá esperar y creer ciegamente que Dios habrá puesto allí la mano, que tiene proyectos para nuestro bien, y que tarde o temprano nos mostrará que todo era para nuestro bien? No, no dudamos –y plegue al cielo que nunca tengamos motivos de dudarloque Él esté con nosotros. Incesantemente le pido que me haga ver si soy juguete de una ilusión. ¿Qué más puedo hacer? ¿En qué habré de esperar, sino en él? ¿A quien puedo dirigirme? ¿Qué otro que no sea Él puede hacerme el bien, confortarme? Nadie hay que deje de mostrarme un semblante desolado. Él sólo puede hacer brillar sobre mí la luz de su existencia. Todo está contra mí; que Él por lo menos no se vuelva contra mí. Si su voluntad no es lo que yo creo, que me lo diga, que sepa yo escucharle”. En: Bremond H., op. cit., p. 294.
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Agelio frente a Agelio Hay ocasiones en que la mentira que uno ha amasado sobre su vida, en que las imágenes del todo ilusorias acerca de sí mismo y su condición, hallan un repentino desvelamiento, un quite de máscara fatal. Los actores, hasta el momento muy concentrados en un papel meramente funcional, golpean con fuerza sus cabezas sobre las tablas del escenario-mundo y gritan de espanto, al verse develados ante el propio yo, público más que despiadado. Erasmo de Rótterdam usa precisamente esta figura, para mostrarnos cuan “escenográfica” puede ser nuestra vida.
Si alguien se propusiese despojar de las máscaras a los actores cuando están en escena representando alguna invención, y mostrase a los espectadores sus rostros verdaderos y naturales, ¿no desbarataría la acción y se haría merecedor de que todos le echasen del teatro a pedradas como a un loco? Repentinamente se habría presentado una nueva faz de las cosas, de suerte que quien era mujer antes, resultase hombre; el que era jorobado, viejo; quien poco antes era rey, se trocase en esclavo; y el Dios apareciese de pronto como hombrecillo. El suprimir aquel error equivale a trastornar la acción, porque son precisamente en engaño y el afeite los que atraen la mirada de los espectadores72.

Nosotros, por lo demás, no develaremos el rostro de nadie, a no ser que los ruegos de algún actor, en la comedia de la vida, o las exigencias de la caridad nos impelen en conciencia a hacerlo. Nosotros no, decimos, mas alguien del todo afín a las representaciones griegas tomará la iniciativa al respecto: la divina Calixta, siendo el pobre personificador nuestro caro Agelio. El capítulo once de Calixta sitúa a Agelio en la perspectiva de un choque tremendo con su propia alma. Con gran desazón, intuyendo lo inapropiado y peligroso de embarcarse con todo su ser en una empresa que podría requerir su fe, avanza como ciego, tanteando las posibilidades de evadir el abismo de la apostasía. Equilibrista osado e imprudente, desestima de considerar los peligros que su corazón de cristiano le advierte. El encuentro de nuestro joven con Calixta devela la verdadera naturaleza de su cristianismo. Agelio es cristiano, y como tal, sus pensamientos y acciones no podrían engolfarse en propósitos foráneos o ajenos a la fe. Sin embargo, el ansia, lícito en sí, de Agelio por el amor humano se torna tristemente falso. Él, que llora la desazón de su cristianismo frío, que no halla el consuelo de la infinita Presencia, sustituye el objeto precioso de su cristianismo por una complacencia completamente humana. Todo cristiano, una vez que ha sido empapado por las aguas regeneradoras del bautismo, ingresa en la dimensión real del cuerpo místico de Dios, presente en la creación desde la redención de Cristo por la cruz. Ya no puede vivir ajeno al orden primordial de la salvación; todas sus esperanzas deben centrarse, indefectiblemente, en la acción misteriosa de la gracia que día a día redime y sana. Insertado de lleno en la economía divina, participa del orden espiritual instaurado por el Verbo, campeando con total indiferencia en las batallas recias de la vida. Vive para Dios, y Dios lo vivifica.
Se aplican a él [al verdadero cristiano] las palabras de San Pablo “Todo me es lícito, mas no me dejaré dominar por nada” (1 Co 6, 12). Sabe cómo usar este mundo sin abusar de él. No depende de ninguna cosa de la tierra y no se apoya en las imágenes de aquí abajo para ir contra la palabra revelada. “Tú conservarás en perfecta paz a aquel cuya
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Erasmo de Rótterdam, Elogio de la locura, Madrid, Espasa Calpe,, 2003, p. 57.

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mente ha permanecido en ti”. Esta es la promesa que ha recibido. Si mira el mundo para buscar algo, no es para buscar lo que no conoce sino lo que conoce. No busca a un Señor ni a un Salvador. Hace tiempo que “encontró al Mesías”, y le está esperando. Su mismo Señor le ha invitado a buscarle en los signos del mundo y por eso le busca. Su mismo Señor le ha mostrado en el Antiguo Testamento cómo Él, Señor de la gloria, condesciende y se humilla ante las cosas del cielo y de la tierra73. La paz del cristiano está en su retiro profundo que el mundo no ve. Es como un manantial sombrío y escondido. Los senderos que llevan a él son impenetrables. Vive la mayor parte del tiempo en la soledad y no es verdaderamente él mismo sino cuando está solo. Su verdadera vida está allí. Lejos de ser para el un peso… es una alegría la soledad…, nunca menos solo que cuando está solo. Por la noche, descansa la cabeza en la almohada, y con el corazón desbordante de gratitud, puede confesar ante Dios que nada le falta, que Dios es todo para él… Pueden decirse e intentarse toda cosas de cosas crueles, pero tiene un encanto y un talismán, y por nada de inquieta74. ¡Ojala pudiéramos tener aquella sencilla visión de las cosas que nos hiciera sentir que lo único importante es agradar a Dios! ¿Qué se gana en agradar al mundo, en agradar a los grandes y hasta en agradar a los mismos que amamos, comparado con eso? ¿Qué se gana en ser aplaudidos, admirados, cortejados, seguidos, comparado con la aspiración señera de no desobedecer a una visión celeste? ¿Qué puede ofrecer el mundo que pueda parangonarse con esta intuición de las cosas espirituales, con esta viva fe, con esta celeste paz, alta santidad, eterna justicia y esperanza de gloria que poseen quienes sinceramente aman y siguen a nuestro Señor Jesucristo? Pidámosle y supliquémosle todos los días que se revele más plenamente a nuestras almas, que avive nuestros sentidos, que nos dé vista y oído, gusto y tacto del mundo por venir, para que podamos decir sinceramente dentro de nosotros: “Tú me guiarás con tu consejo, y luego me recibirás en tu gloria”. ¿A quién tengo yo en el cielo fuera de ti? Y nadie hay en la tierra a quien yo desee como a ti. Mi carne y mi corazón desfallecen, pero Dios es la fortaleza de mi corazón y mi herencia para siempre75.

Calixta interpreta a la perfección el alma de Agelio. Descubre la vacuidad de su cristianismo, ese especie de “nominalismo” que subyace en cristianos remilgados. Agelio ha adoptado una postura cristiana, incapaz de atraer los corazones ansiosos de Verdad y Luz. Calixta, que ansía creer, se espanta al comprender que un cristiano como Agelio no se diferencia en nada de un pagano de buena voluntad.
Agelio: (…) Cuando hablo con mi tío, cuando hablo con mi hermano, yo no les entiendo a ellos ni ellos a mí; estamos en esferas distintas y yo me siento solo aunque no paremos de hablar. En cambio, contigo, es distinto. Es asombroso, tú y yo hablando la misma lengua. No te extrañes, pues, si lo atribuyo a una sola causa: que la mano de un mismo Señor ha puesto en nuestras almas esa lengua común. No, no te extrañes; pienso que el que nos ha hecho tan parecidos a los dos, nos ha hecho el uno para el otro; si me escuchas a mí, podrás también prestar atención a mi Señor, ¿me equivoco? Por un momento parecía que Calixta iba a llorar, pero reprimió su emoción: ¡Tu Señor! ¿Y quién es tu Señor?, ¿qué sé yo de él? ¿Me has hablado tú de él? Supongo que se trata de una doctrina esotérica de la que no soy digna. Has venido a esta casa una y otra vez. Día tras día, has hablado de todo lo que has querido, pero sobre tu Señor yo estoy en la más profunda ignorancia, como si no te hubiera visto en mi vida. Sé que murió; sé que
Sermón titulado “Esperando a Cristo”, pronunciado por Newman el 29 de septiembre de 1840, en: Newman J. H., Esperando a Cristo, op. cit., pp. 107-108. 74 Parrochial Sermons, V, v. En: Bremond H., op. cit., p. 182. 75 Sermón de Newman titulado “Divinos llamamientos”, publicado en su Plain Sermons: En: Newman J. H., Apología pro vita sua, op. cit., p. 98.
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los cristianos decís que vive; en alguna isla maravillosa, imagino, porque siempre que te he preguntado te has salido por la tangente. Has hablado de vuestras leyes, de vuestras obligaciones, de lo que está bien o mal, de ciertos escritos antiguos de tu secta, y de otros judíos más antiguos aún. Tú dices que necesito, que tiendo a las mismas cosas que tú. Pues bien, ¿qué has hecho tú para responder a mis necesidades?, ¿qué has hecho por ese Señor al que ahora quieres llevarme? (Poniéndose en pie) ¡Nada! Tú has estado viendo estas necesidades, esas aspiraciones mías y las has estado usando para aprovecharte tú, para interés tuyo, no de Él. ¡Bien que te interesan eses ansias mías, bien que te regodeas!, porque te crees el objeto de ellas. Dices que no hay más que un Dios; rechazas todos los demás dioses. Ahora dices que una sombra, una mano de ese Dios está en mi mente y en mi corazón. ¿Quién es ese Dios, donde está, y cómo? Agelio, te has puesto en medio de mi camino hacia Él, hablando de ti mismo, usándolo para tus fines. Agelio: ¡Calixta!, ¿estoy oyendo bien?, ¿en serio quieres que te hable del verdadero Dios? Calixta: No, no me interpretes mal, no quiero eso. No puedo ser de tu religión. ¡Oh, dioses, que decepción! Creía que todos los cristianos eran como Quione [antigua esclava suya en Grecia], que no había cristianos fríos. Quione hablaba como si lo más espontáneo en un cristiano fuera la buena voluntad hacia los demás, como si estuviera tan colmado de dones que el mayor deseo de su corazón fuese compartirlos con los demás. Y aquí me encuentro a un hombre que, en lugar de sentirse poseedor de bienes inmensos, cree que yo se los voy a dar; y viene a mí –a Calixta, una hierba del campo, una mala hierba, expuesta al sol y a los vendavales-, a mí, como a un consuelo, un sitio donde reclinar su corazón Y en cuanto a dones, ¿qué? Si él mismo no es conciente de poseer semejante dones, lo lógico es que no tenga nada que repartir. Yo creía que los cristianos estaban por encima del tiempo y el espacio; pero ya veo que son pura vaciedad. ¡Ay!, soy joven pero siento con toda su fuerza ese dicho de los sabios: “vanidad de vanidades, todo vanidad. Agelio, la primera vez que oí que eras cristiano, ¡qué de golpes me daba el corazón!, pensaba en mi esclava y, al principio, creía verla a ella en ti, como si hubiera alguna mágica relación entre vosotros dos; esperaba sacar de ti algo de esa fuerza misteriosa que tanto necesito, y que ella decía tener. Tu forma de hablar, tu conducta, tu aspecto, eran tan distintos de los otros… Pero tú venías, te ibas, volvías otra vez. Al principio me pareció reserva, timidez, la precaución normal tratándose de una secta perseguida; pero, ¡qué decepción luego, cuando me di cuenta de que pensabas en mí y me mirabas como cualquier otro!, que me buscabas a mí, no a tu Dios, que tenías mucho que decir sobre ti y nada sobre Él. Durante un tiempo pudiste lograr que te adorara yo a ti, Agelio; pero lo has puesto muy difícil con tanto adorarme tú a mí76.

Vaya decepción la de nuestra pobre pagana. Y vaya decepción la de tantas almas que ven en nosotros una antítesis de la fe cristiana. Lo que los labios predican, muchas veces, las acciones desmienten. La fuerza avasallante del cristianismo radica en la prédica vivida, no exclusivamente conceptualizada77.
Newman J. H., Calixta, op. cit., pp. 126-128. “Respondo que la Verdad se ha aceptado en el mundo no por su carácter de sistema, ni por los libros, ni por la argumentación, ni por el poder temporal que la apoyaba, sino por la influencia personal de quienes testificaron, tal como lo he explicado, siendo a la vez maestros y modelos de la misma. Y con algunas sugerencias a propósito de lo que afirmo voy a concluir este discurso. 1- Primero hay que tener en cuenta la majestad y la belleza natural de la virtud, que todos experimentan más o menos, si no se hallan en el colmo de la degradación. No me refiero a la virtud en abstracto, la virtud en los libros. Los hombres se deciden, con pocas dificultades, a mofarse de los principios, a ridiculizar los libros, a reírse del nombre de los buenos; pero no pueden soportar la presencia de éstos. Es la santidad revestida de forma personal la que no pueden abatir, mirándola fijamente cara a cara; hasta el punto de que la conducta silenciosa de la persona fiel a la conciencia tiene asegurada de parte de los espectadores un tipo de reacción completamente distinta de cualquiera de las que provoca la pura razón versátil y locuaz. 2- Se descubre otro aspecto del influjo a favor de la causa de la Verdad, si se considera la extrema rareza de la devoción a Dios sencilla y honrada, con cierto grado de perfección y pureza. Es natural que la gente aprecie lo
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Para acercarnos un poco más al alma de Agelio, e introduciendo consideraciones importantes para el posterior tratado del proceso de conversión de Calixta, desarrollaremos –tanto como nos sea posible- de manera sucinta la doctrina del eximio cardenal inglés acerca de lo que ha dado en llamar el asentimiento religioso. Nos apartaremos, por lo tanto, del camino que venimos trazando. Podría considerarse esta parte una especie de excursus al tratamiento de la obra, mas, si bien nos percatamos, las consideraciones que siguen nos apartan de tal aseveración. Constituyen más bien una explicitación de lo que virtualmente se halla en Calixta y, por lo tanto, en relación directa con lo hasta aquí desarrollado. Newman intenta establecer en su Grammar of assent la naturaleza de la certeza que el cristiano tiene de su fe, o en otras palabras, la racionalidad de la fe religiosa en relación a las verdades fundamentales del cristianismo.
Newman pretende primariamente demostrar que el cristiano obra racionalmente al prestar su pleno asentimiento a las verdades religiosas, aunque no pueda presentar en su apoyo pruebas estrictamente irrefutables desde el punto de vista de la lógica formal78.

Newman dirige su Grammar contra el escepticismo de su época, contra el ultrarracionalismo que no toleraba –ni tolerará nunca- una razón sumisa al Misterio de la Fe.
novedoso y escaso; y, considerando la poca estima de los deberes religiosos comunitarios que tiene la multitud, su ignorancia de los preceptos de generosidad, abnegación y paciencia esperanzada que impone la religión, más aún, su escepticismo, (conciente o no) sobre la existencia de la verdad y santidad vividas en serio en el mundo, no es de extrañar que se maravillen como si contemplaran un milagro, cuando alguna ocasión les permite vislumbrar estas cualidades especiales en otra persona. Entonces observan el hecho con una mezcla de curiosidad y de temor reverencial. 3- Además, la conducta práctica de una persona religiosa es algo que les supera por completo. No pueden imitarla, si lo intentan. Puede que sea fácil, para los instruidos, pronunciar discursos o escribir libros; pero la categoría moral superior es el atributo de una escuela que casi desconocen. Apenas han aprendido, y con gran dificultad, los primeros elementos de la ciencia divina. Un pequeño acto, realizado contra la inclinación natural, por el amor de Dios, aunque sea de carácter pasivo o de simple aceptación de la realidad –aguantar un insulto, enfrentarse con un peligro, renunciar a una prerrogativa- tiene un peso que excede inmensamente todo el polvo y la paja de la mera profesión externa (tanto si se trata de declaraciones de imparcialidad y de benevolencia ilustrada, como –por otra parte- de fe ortodoxa y fervoroso celo religioso). 4- Los hombres perciben en el fondo que la vida de aquel testigo está fuera de su alcance, que no es susceptible de las tentaciones que atraen ordinariamente a los demás hombres y que está arraigado en un fundamento que no pueden explicarse. Y nada más efectivo, primero para irritar y luego para humillar el orgullo humano, que la vista de alguien superior, completamente independiente de ellos”. Sermón de Newman titulado “El testimonio personal, medio de propagar la fe”. En: Newman J. H., La fe y la razón. Quince sermones predicados ante la universidad de Oxford (1826-1843), op. cit., pp. 146-147. 78 Introducción a la edición española de Essay in oid of Grammar of Assent. En: Newman J. H., El asentimiento religioso, op. cit., p. 15. “En cuanto a mí, no fue la lógica lo que me arrastró; tanto valdría decir que el mercurio del termómetro hace cambiar el tiempo. Quien razona es el ser concreto; pasa un número de años y encuentro mi espíritu en un nuevo lugar. ¿Cómo ha sido? Se mueve el hombre entero; la lógica del papel no hace sino registrar el movimiento. Toda la lógica del mundo no me hubiese hecho moverme hacia Roma más aprisa de lo que lo hice. Tanto valdría decir que he llegado al término de mi viaje por haber columbrado el campanario de la iglesia del pueblo como aventurarse a afirmar que pudieran ser anuladas las millas que mi alma hubo de recorrer antes de llegar a Roma, caso de haber tenido más clara visión de lo que tuve de que el término de mi viaje era Roma. Los grandes actos requieren de tiempo. Por lo menos eso es lo que yo siento en mi caso. Por eso, venirme a mí con métodos de lógica tenía carácter de provocación, y, aunque no creo haber dado muestras de ello, me dejaba en cierto modo indiferente para refutarlo, y a veces, como medio de aligerar mi impaciencia, me llevaba a ser misterioso o distraído, o dejarlo correr, por no poderlo contradecir satisfactoriamente”. Newman J. H., Apología pro vita sua, op. cit., p. 137.

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Apenas comenzada la obra, y en la esfera lógica-gnoseológica de su doctrinaNewman propone dos maneras de aprehender una proposición dada. A la vez nos explica qué cosa entienda él por “aprehensión”.
Aprehender una proposición es imponer un sentido a los términos que la componen. Ahora bien, ¿qué es lo que los términos de una proposición, sujeto y predicado, representan? A veces representan cosas externas que conocemos a través de la experiencia y la informamos con detalles que de ellas nos viene. Todas las unidades del mundo exterior son unidades individuales; pero nuestra mente no contempla únicamente estos individuos tal como existen, sino que tiene el don – por un acto creativo – de llevar a cabo abstracciones y generalizaciones que no tienen existencia o correspondencia fuera de ella. Ahora bien, hay proposiciones en las cuales uno o ambos términos son nombres comunes que representan algo abstracto, general, inexistente, tales como “el hombre es un animal” (…). A estas proposiciones yo las llamo nocionales y a la aprehensión por la que las inferimos o asentimos a ellas las llamo aprehensión nocional. Hay otras proposiciones compuestas de nombres singulares, cuyos términos representan realidades únicas e individuales, existentes fuera de nosotros, tales como “Filipo era padre de Alejandro” (…). A estas yo las llamo proposiciones reales y a la aprehensión de las mismas aprehensión real79.

Tenemos, pues, dos tipos de aprehensiones, distintos por provenir de objetos diversos.
La aprehensión real es más fuerte que la nocional. Al decir fuerte quiero decir más vívida, más penetrante. Se explica que sea así, puesto que tiene como objeto lo que es real. Una noción intelectual no puede competir con los efectos de la experiencia de hechos concretos80. Tenemos, pues, dos tipos de actividad mental: los dos usan un mismo lenguaje, los dos tienen un mismo origen; y sin embargo, no tienen nada en común en sus resultados. Los informes transmitidos por los sentidos y las sensaciones son la base inicial de los dos; pero en uno penetramos desde fuera; en el primer caso los perpetuamos en forma de imágenes, en el segundo los transformamos en ideas. Los dos procesos nos son connaturales en sus primeros elementos y en su desarrollo, y, por más que sean divergentes e independientes en sus direcciones, no pueden ser incompatibles entre sí81.

Tanto a la aprehensión nocional como a la real siguen tres modos de mantenerlas: la duda, la inferencia y el asentimiento.
Estas tres maneras de mantener proposiciones –dudar de ellas, inferirlas o asentir a ellas-, tienen consecuencias tan diferentes, que cuando se traducen independientemente en hábitos intelectuales de un individuo se convierten en principios o características de tres estados mentales o caracteres distintos. Por ejemplo, según el tipo que predomine, un hombre será escéptico con relación a la religión revelada; o un filósofo considerará tal religión como más o menos probables según las conclusiones de la razón; o tendrá una fe firme en ella y será reconocido como creyente. Si simplemente no cree o no da su asentimiento, de hecho está afirmando la tesis contradictoria, o sea que no hay revelación82.
Newman J. H., El asentimiento religioso, op. cit., pp. 43-44. “…entiendo por aprehensión de una proposición la interpretación que damos a los términos que la componen”. Ibidem, p. 47. 80 Ibidem, p. 45. 81 Ibidem, p. 62. 82 Ibidem, p. 41.
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Dejaremos en este trabajo la cuestión de la duda, ya que no viene a cuento de nuestra intención. Más cabe dejar en claro la independencia que mantienen los actos de inferencia y de asentimiento en el orden proposicional.
El asentimiento no es, pues, la inferencia que saca una conclusión de sus premisas. La inferencia es propia del razonamiento verbal o explícito [lógica formal], dice Newman. Una verdad ha podido primero inferirse y luego por un acto distinto prestaremos adhesión a ella. La inferencia reconoce lo lógico de la verdad; el asentimiento hace nuestra esa verdad. En el asentimiento afirmamos una verdad tal vez inferida anteriormente, pero en la afirmación no se hace alusión alguna a los razonamientos por los que se infirió. La fe es acto de adhesión; luego, de suyo, no es acto de inferencia. En la inferencia la atención se dispersa entre muchas proposiciones y las relaciones que hay entre ellas; en el asentimiento, la atención se concentra en una sola proposición. El que asiente no puede presentar sus argumentos y las razones que tiene para dar a cada uno de ellos su valor, y sus razones para atribuir a la combinación de ellos valor de demostración, razones que pueden ser conocimientos habidos anteriormente, primeros principios, reglas para juzgar bien, sentido de los valores, experiencia propia, influencia ajena, educación, instrucción, etc.83. En segundo lugar, a veces el asentimiento falta, mientras que las razones para él y el acto inferencial que consiste en el reconocimiento de estas razones están todavía presentes y conservan su fuerza. Nuestras razones nos pueden parecer tan fuertes como nunca, y sin embargo no pueden forzarnos al asentimiento. Nuestras creencias fundadas sobre ellos existieron una vez, pero ya no existen; tal vez ni podemos decir cuando se fueron. Quizás pensábamos que todavía existían, hasta que sucedió algo que llamó nuestra atención hacia el estado de nuestra mente, y entonces nos encontramos con que nuestro asentimiento se había convertido en mera aserción. A veces, por supuesto, podremos encontrar la causa por la que se fueron. Quizás se trataba de sentimiento vago de que se escondía algún error en la base primera o en las condiciones fundamentales de nuestro razonamiento; o tal vez de cierta aprehensión de que la materia en cuestión superaba las fuerzas del entendimiento humano, o de cierta conciencia de que habíamos obtenido una concepción más amplia de las cosas que cuando dimos nuestro asentimiento por primera vez; o tal vez se trate de fuertes objeciones a nuestras convicciones primeras, las cuales nunca habíamos ponderado. Pero no siempre es así. A veces nuestra mente cambia tan rápidamente, tan inexplicablemente, tan desproporcionadamente a todo argumento tangible con el que el cambio pueda relacionarse, y con un reconocimiento tan permanente de la fuerza de los antiguos argumentos, que fácilmente podemos sospechar que en el fondo se trata de causas morales relacionadas con nuestra condición, edad, compañeros, fortuna, etc. El hecho es que lo que fue asentimiento ya no lo es, y no obstante, permanece la percepción de los antiguos argumentos: lo cual muestra que una cosa es la inferencia y otra el asentimiento84.

El texto anterior ilustra dos condiciones del asentimiento: su independencia respecto de la inferencia y de las condiciones de sus premisas, a la vez que la relación moral que suele habitar en el fondo de todo asentimiento. Aun así, concedida la independencia del asentimiento con respecto a la inferencia, no podemos decir se hallen en total desconocimiento mutuo. El asentimiento es precedido por actos de inferencia, permaneciendo ambos soberanos en sus esferas propias.
De Linera A. A., op. cit., p. 156. Newman J. H., El asentimiento religioso, op. cit., p. 165.

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Es cosa comúnmente aceptada que el asentimiento debe estar precedido de actos de inferencia y que los obstinados presentan su propia voluntad como la razón de su asentimiento, si no encuentran otra mejor: stat pro ratione voluntas. En realidad dudo de que alguna vez se dé un asentimiento sin algún preliminar que pueda considerarse como una razón. Pero esto no quiere decir que uno no pueda suspender su asentimiento aun cuando haya buenas razones para prestarlo a una proposición, o que no pueda retirarlo después que ha sido dado, aunque permanezcan las razones o que no pueda permanecer el asentimiento cuando las razones han sido olvidadas, o que la fuerza del asentimiento deba variar según las razones85. Ya he dicho que un acto de asentimiento es ante todo la aceptación absoluta y sin condiciones de una proposición, y además que tal acto presupone como condición para ser elicitado, no sólo alguna inferencia previa a favor de la proposición, sino sobre todo una cierta aprehensión concomitante de sus términos86.

El asentimiento, en cuanto recae sobre realidades, y no sobre conceptos o relaciones meramente lógicas, se dirige hacia las huellas que las cosas dejan en el alma, hacia las impresiones.
En el asentimiento nocional, lo mismo que en la inferencia, la mente contempla sus propias creaciones en vez de contemplar cosas; en el asentimiento real la mente está dirigida hacia las cosas representadas por las impresiones que han dejado en la imaginación87.

En torno al asentimiento real hallamos distintas facultades y operaciones.
De lo dicho se deduce que, aunque el asentimiento real no es intrínsecamente operativo, sin embargo accidental e indirectamente tiene consecuencias prácticas. En sí mismo es un acto intelectual, cuyo objeto le es presentado por la imaginación. Y aunque el entendimiento solo no lleva a la acción, ni siquiera la imaginación, sin embargo la imaginación puede estimular las facultades mentales de las cuales procede la acción; lo cual no le es dado al entendimiento por sí solo. Por consiguiente, el asentimiento real o creencia –como puede también llamarse- considerado en sí mismo, esto es, como puro asentimiento, no lleva a la acción. Pero las imágenes en las que vive, que representan lo concreto individual, tienen el poder de lo concreto sobre las pasiones y afectos, y por medio de éstos llegan a ser indirectamente operativas. Sin embargo, esta influencia práctica no es invariable, y uno no puede fiarse de ella, puesto que en un caso dado ciertas imágenes pueden no tener tendencia alguna a afectar ciertas mentes o a excitar a la acción. Así, un filósofo o un poeta puede captar vívidamente el éxito brillante del genio militar o de la elocuencia, sin que desee ser militar u orador. No obstante, hablando en general, al contrastar la creencia con el asentimiento nocional y con la inferencia, no andaremos, muy errados si damos la explicación de que los actos de asentimiento nocional y de inferencia no afectan nuestra conducta y que los actos de creencia, o sea, de asentimiento real la afectan de hecho, aunque no necesariamente88.

Esta capacidad del asentimiento real de afectar indirectamente la esfera de la acción, se halla subordinada a la percepción personal del sujeto. En definitiva, el asentimiento real es de naturaleza personal: cada individuo tiene los suyos y por ellos es reconocido.
Ibidem, p. 168. Ibidem, p. 47. 87 Ibidem, p. 94. 88 Ibidem, p. 105.
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Pero no podemos asegurar, sea para nosotros mismos o para otros, la aprehensión y el asentimiento real; la razón de ello es que hemos de asegurar antes las imágenes que constituyen su objeto, y estas son a menudo peculiares y especiales. Dependen de la experiencia personal, y la experiencia de un hombre no es la de otro. El asentimiento real es, pues, como la experiencia que presupone, un acto del individuo como tal, y dificulta más bien que promueve el intercambio entre los hombres. Por así decirlo, se encierra en su propia casa, o al menos es el testigo de sí mismo y su propia norma89.

Ahora bien, en el ámbito de la fe y de su racionalidad, el hombre ejerce una actividad del todo distinta. Es que no puede demostrar el objeto de su fe, no puede encerrar en una redoma la totalidad vivencial del acto de creer. Por esto, el asentimiento, referido al objeto de fe, tendrá una naturaleza muy distinta de cualquier otro. Para Newman, la certeza de la fe que el cristiano experimenta ha de estar adornada del obsequio de la inteligencia, así como de la sumisión dolorosa, por cierto, de la voluntad. Dejemos que el cardenal nos explique un poco más.
Parece, pues, que en general son tres las condiciones que se requieren para que haya certeza: que siga a la investigación y a la prueba, que vaya acompañada de un sentido específico de satisfacción y de reposo, y que sea irreversible. Si se da un asentimiento sin suficiente base racional, será un juicio temerario, un capricho o un prejuicio; si se da sin un asentimiento de finalidad, apenas será más que una inferencia; si no es permanente, no será más que una convicción90. Hay que tener en cuenta que la certeza es un asentimiento deliberado dado explícitamente después de un raciocinio. Por tanto, si mi certeza resulta no tener base, la falta está en el raciocinio, no en mi asentimiento91. Lo característico de la certeza es que su objeto es una verdad, una verdad como tal, una proposición en cuanto es verdadera. Hay convicciones verdaderas y convicciones falsas, y la certeza es una convicción verdadera. Además, si es una convicción verdadera sin conciencia de que es verdadera, ya no es certeza. Ahora bien, la verdad no puede cambiar. Lo que una vez fue verdad será siempre verdad; y el espíritu del hombre está hecho para la verdad y descansa en la verdad, pero no puede descansar en la falsedad92.

Ahora bien, si el objeto del asentimiento real está referido a cosas existentes extra mentis, y el objeto del asentimiento nocional a construcciones de razón, tendremos, en el ámbito de la fe, dos tipos distintos de certeza, de estados del espíritu. El primero, denominado asentimiento religioso, el segundo asentimiento dogmático.
Un dogma es una proposición que puede representar o una noción o una cosa; creer un dogma es dar el asentimiento de la mente a esta preposición como representante de la una o de la otra. Dar un asentimiento real a esta proposición es un acto de religión; darle un asentimiento nocional es un acto teológico. Tal proposición es comprendida, absorbida y asimilada por la imaginación religiosa, y es mantenida como verdadera por el entendimiento teológico93.
Ibidem, p. 101. Ibidem, p. 237. 91 Ibidem, p. 214. 92 Ibidem, p. 208 93 Ibidem, p. 112. “Para que un dogma revelado pueda ser objeto de adhesión real tendrá que presentar a la imaginación no proposiciones abstractas, sino objetos reales que puedan provocar en el creyente actos de devoción, y Newman sale al encuentro de esa objeción examinando por vía de ejemplo en la Grammar
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Sin embargo, el cardenal Newman está muy lejos de proponer una religión del sentimiento, volcada a los objetos que la imaginación le presenta, desmembrada del sustrato necesario que la razón dogmática precisa.
Además, las proposiciones son útiles también en su aspecto dogmático para determinar y precisar las verdades en las que la imaginación religiosa debe descansar. El conocimiento debe siempre preceder al ejercicio de los afectos. Sentimos gratitud y amor, sentimos indignación y odio sólo cuando tenemos la información necesaria para encender en nosotros estos diversos afectos. Amamos a nuestros padres como a nuestros padres sólo cuando sabemos que son nuestros padres. Hemos de conocer a Dios antes de que podamos amarle, temerle, esperar o tener confianza en Él. La devoción debe tener su objeto; este objeto, siendo de índole sobrenatural, si no está representado a nuestros sentidos por un símbolo material, ha de ser representado a la mente en forma de proposiciones. La fórmula que párale teólogo encierra una noción, fácilmente sugiere un objeto de devoción para el simple fiel. Parece una perogrullada decir lo que en realidad resume todo lo que voy diciendo, a saber, que en la religión la imaginación y los afectos han de estar siempre bajo el control de la razón. La teología podría quedar como una ciencia sustantiva sin la vida de la religión; pero la religión no podría mantenerse sin la teología. El sentimiento, tanto si es imaginativo como emocional, no puede tenerse en pie sin apoyarse en el entendimiento, al menos cuando no podemos llamar a los sentidos en nuestra ayuda. De esta forma toda religión se apoya en el dogma94.

El asentimiento derivado de una verdad de fe vivida, amada y concebida como cierta, posee la prerrogativa de la sobrenaturalidad en grado eminente.
Finalmente, esta doctrina de la intrínseca indivisibilidad, si así puede hablarse, e integridad del asentimiento no está en oposición a la doctrina de la teología católica
la fórmula del dogma de la Santísima Trinidad de Dios, haciendo ver cómo no hay en ella términos científicos y que las palabras del Credo ofrecen a la devoción del creyente objetos reales, el Hijo, el Espíritu Santo; la tesis de que el Hijo es Dios apasiona a San Juan y a San Pablo; la de que el Espíritu Santo es Dios ha movido a la piedad de la Iglesia a componer el oficio de Pentecostés, el Veni, Sancte Spiritus, el Veni Creador, que no hubiese sido provocado por una mera fórmula dogmática abstracta. El misterio, objeto de la aprehensión nocional, está, según Newman, en la combinación de las proposiciones que expresan el dogma, cada una de las cuales puede ser objeto de aprehensión real”. De Linera A. A., op. cit., p. 156. 94 Ibidem, p. 129. Newman profesa en sus escritos, al menos en los que hemos tenido oportunidad de acceder, un profundo desprecio por las “formas de religión” desgajadas del tronco dogmático. La sensibilidad desbozalada, esa manía sacrílega de remostar la piedad tradicional, son excesos de los que con razón truena Newman. Con respecto a los “controversistas romanos” que incursionaban en Inglaterra con el afán de lograr adeptos –nunca convertidos-, decía, allá desde su época anglicana: “Por sus frutos los conoceréis… La vemos [Roma] que intenta ganar convertidos entre nosotros por medio de falsas representaciones de sus doctrinas, afirmaciones plausibles, audaces asertos, apelaciones a la debilidad de la naturaleza humana, a nuestras fantasías, a nuestros miedos, a nuestras frivolidades, a nuestras falsas filosofías. Vemos a sus agentes que sonríen, halagan y menean la cabeza para llamar la atención, como hacen los gitanos con chiquillos que hacen novillos, contándoles cuentos de viejas, con bonitas estampas, pan con azúcar envuelto en papel dorado, ocultos en la confitura, y granjeas para los chicos buenos. ¿Quién no sentiría vergüenza al ver así disfrazada la religión de un Jiménez de Cisneros, Borromeo y Pascal? ¿Quién sentirá pena de que sus abnegados y férvidos defensores desconozcan así el genio y capacidad de esa religión? Los ingleses amamos la virilidad, la franqueza, la consistencia y la verdad. Roma no nos conquistará jamás hasta que no aprenda y practique esas virtudes; entonces nos podrá ganar, pero a condición de que deje de ser lo que nosotros entendemos ahora por Roma, cuando tenga derecho, no “a dominar sobre nuestra fe”, sino a ganar y poseer nuestro afecto por los vínculos del Evangelio. Mientras no deje de ser lo que es prácticamente, es imposible la unión entre ella e Inglaterra”. Newman J. H., Apología “pro vita sua”, op. cit., p. 104.

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acerca de la preeminencia de la fuerza de la fe divina que tiene un origen sobrenatural, en contraposición a una creencia que es meramente humana y natural. Porque, en primer lugar, esta preeminencia consiste, no en que se distinga de la fe humana simplemente en el grado de asentimiento, sino en que por su misma naturaleza es algo superior, de manera que no pueden compararse la una con la otra. Y además su superioridad intrínseca no es objeto de nuestra experiencia, sino que trasciende toda experiencia. El asentimiento es siempre asentimiento; pero en el asentimiento que se sigue a una revelación divina y que es verificado por la gracia de Dios se da, por la misma naturaleza de las cosas, una adhesión mental trascendente de tipo intelectual y moral y una protección especial que va más allá de las leyes ordinarias del pensamiento95.

Ahora bien, la clase de certeza que se posee en el ámbito de la fe es del todo distinta a cualquier certeza natural. La certeza de la fe no proviene de ningún modo de argumentos silogísticos probativos, de esfuerzos racionales de tipo científico, aunque en algunos casos lo suponga. Ya hemos dicho esto, en lo referente a la independencia que guardan entre sí la inferencia y el asentimiento. Dos lógicas intervienen en el camino de las certezas del hombre, en los senderos de la fe y de la razón. Una, formal, valiéndose de la razón o discurso, llegando a formular una proposición a partir de pruebas fehacientes, rigurosamente establecidas a partir de hechos concretos. Otra, informal, cuya naturaleza consiste en tomar por antecedentes lo que Newman llama “presunciones” o “probabilidades” –corazonadas-. El extenso texto de Newman que transcribimos a continuación viene a ilustrar esta doctrina.
La fe, considerada como una de las funciones de la razón, tiene la siguiente característica: procede mucho más a base de fundamentos antecedentes que de pruebas; confía muchísimo en lo que se presupone, y en esto radica su mérito especial. Así se distingue del saber en el sentido ordinario de la palabra. Se dice en general que sabemos algo, cuando hemos averiguado mediante métodos naturales que se nos dan para cerciorarnos de ello. Así sabemos las verdades matemáticas cuando poseemos las garantías demostrativas que le son propias; sabemos las realidades presentes y materiales mediante nuestros sentidos. Sabemos los hechos significativos de la vida que nos rodea mediante garantías morales. Sabemos lo pasado o lo invisible razonando a partir de determinadas consecuencias presentes de aquellos hechos, tales como el testimonio que alguien nos da de los mismos. Cuando, por ejemplo, nos hemos cerciorado del hecho de un milagro por el testimonio cualificado, es decir, el testimonio de personas que ni se engañan ni nos engañan, puede decirse que sabemos el hecho; porque estamos informados de los fundamentos específicos, poseemos la comprobación precisa, que la naturaleza del caso le adjudica y le permite. Algunos autores suelen denominar a esta fundamentación “las garantías”; y cuando creemos a consecuencia de ellas, se dice que creemos basándonos en la razón. En efecto, se entiende propiamente por ejercicio de la razón cualquier proceso o acto de la mente mediante el cual a partir del conocimiento de una cosa ésta avanza hasta conocer otra; esta razón puede ser verdadera o falsa, tanto si procede a partir de probabilidades antecedentes, como si lo hace basándose en pruebas, con la correspondiente demostración en ambos casos. En este sentido general la razón incluye, como es obvio, la fe, que se sirve sobre todo de anticipaciones o suposiciones previas. Pero la razón, en su sentido más corriente (en el cual, como en discursos precedentes, lo voy a usar aquí la mayor parte de las veces) está en contraste con la fe, pues significa sobre todo aquellas inferencias relativas a hechos deducidas a partir de los mismos hechos en cuestión, es decir, deducidas de indicios probatorios, y que por tanto llevan a saber. Es cosa corriente contraponer la fe y la razón; y es normal que sea así, pues la fe – como se ha dicho- consta de ciertos ejercicios de la razón basados principalmente en
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Ibidem, p. 180.

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presuposiciones; y la razón consiste en sus operaciones a base de principalmente de pruebas. Lo más importante para la razón es el hecho concreto que debe averiguarse: lo estudia, investiga a fondo sus garantías, sin excluir del todo las consideraciones antecedentes, claro está, pero no empezando por ellas. La fe, en cambio, empieza por con sus conocimientos y opiniones previos; y avanza y decide a base de probabilidades antecedentes, o sea, sobre fundamentos que no llegan hasta el punto de tocar precisamente la conclusión deseada, si bien tienden hacia ella, y se le acercan muchísimo. La fe produce su efecto, antes que se den la certeza o saber reales, apoyada en fundamentos que en general se quedan a cierta distancia de la realidad concreta que es su objetivo, aunque lleguen muy cerca de ella. Por ello se dice, justamente, que es una apuesta, que implica riesgo que en ella se juega algo. Se dice, asimismo, que está contra la razón, que triunfa sobre la razón, que excede o deja atrás la razón, que consigue lo que la razón no alcanza, que realiza aquello para lo cual el poder de la razón queda corto. Se dice, también, que es un principio que está por encima o más allá de la argumentación, que no está sometido a las normas de ésta, que no es capaz de defenderse a sí mismo, que es ilógico, etc. etc. (…) Sostener que la fe es un juicio sobre hechos que tienen muchísimo que ver con la conducta humana, un juicio que se forma, no tanto a partir de la impresión que aquellos hechos producen legítimamente en el alma, como por el movimiento extensivo del propio espíritu hacia ello –o sea, que se trata de una presuposición, no de una prueba-, puede sonar a paradoja, pero lo confirma sin ninguna duda la realidad de las cosas tal como se nos presenta todos los días. ¿Acaso puede dudarse de que la inmensa mayoría de los que se entregan sinceramente y deliberadamente a la religión, que la toman por su parte preferida y se juegan del todo en ella su felicidad hacen esto no basándose en un estudio de las pruebas, sino por un movimiento espontáneo de sus corazones hacia ella? Salen de sí mismos para encontrarse con el Invisible, y lo disciernen en los símbolos divinos que en su situación concreta se les ofrecen. Tanto si analizan, como no, posteriormente las garantías por las cuales pueda justificarse su fe –o en cualquier medida en que lo hagan-, dicha fe no tiene su origen en tales garantías, ni es firme en proporción a su conocimiento de las mismas; sino que, si bien es posible que este conocimiento la refuerce, cabe sin embargo que sin él sea igualmente firme que con él. Creen basándose en fundamentos que llevan dentro de sí, y no meramente ni principalmente sobre la base del testimonio externo con que la religión les llega.96

La lógica informal halla su principal testimonio interno en la voz de la conciencia. Indicio primordial de las certezas comunes a la razón práctica y a la fe, señorea todos nuestros actos morales y especulativos. Por ella tenemos noticia cierta del Hacedor, de sus características y bondades.
Sermón de Newman titulado “El amor, salvaguarda de la fe contra la superstición”. En: Newman J. H., La fe y la razón. Quince sermones predicados ante la universidad de Oxford (1826-1843), op. cit., pp. 273-277. En la Grammar hallamos el tratamiento de la lógica informal o implícita en los capítulos VIII y IX. Nos dice Newman: “Este es el verdadero paralelo entre el saber humano y el saber divino. Los dos se abren a un vasto campo de mera opinión, pero en ambos los principios primeros, las verdades generales, fundamentales, cardinales, son inmutables. En las cosas humanas nos guiamos por probabilidades, pero son probabilidades que van fundadas sobre certezas. No recibimos con mera probabilidad la información que nos proporcionan nuestros sentidos y nuestra memoria, nuestros instintos intelectuales, nuestro sentido moral, nuestras facultades lógicas. No recibimos con mera probabilidad las generales realizaciones de la ciencia. Existen verdades ciertas, y cada uno de nosotros forma, a partir de ellas, su propio juicio y dirige su propio curso según las probabilidades que le sugieren, a la manera como el piloto aplica sus observaciones y sus mapas para determinar el curso de su barco. Esta es la actitud general que hay que tomar acerca de la diversidad de campos entre la certeza y la probabilidad en cosas de este mundo. Por lo que se refiere a las cosas invisibles y a la vida futura, tenemos el conocimiento convincente y directo de nuestro Creador, de sus atributos, de sus providencias, de sus actos, sus obras y su voluntad. Más allá de este conocimiento se hallan los extensos dominios de la teología, de la metafísica, la ética; en ellos no nos es permitido avanzar más allá de la probabilidad o llegar más allá de la opinión”. Newman J. H., El asentimiento religioso, op. cit., pp. 222-223.
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Se agarra [la conciencia] firmemente a las verdades que realmente se pueden descubrir en el mundo, aunque no se hallen en la superficie de las cosas. Puede anticiparse a afirmar lo que sólo se aprueba con largos razonamientos, a saber, que el bien es lo universal y el mal la excepción. Puede presuponer que las leyes de la naturaleza, por uniformes que sean, no son inconsistentes con una providencia particular. Interpreta lo que contempla alrededor a la luz de su previo conocimiento interior, el cual es la clave de este enorme laberinto de complicado desorden. Así llega a obtener, a partir de los materiales aparentemente menos aptos, una visión de Dios más consistente y más luminosa.97 Porque ¿hay, para nosotros, guía más alto, en la especulación y en la práctica, que la conciencia de lo justo e injusto, de la verdad y de la falsedad; que los sentimientos de lo decoroso, de lo razonable y noble, que nuestro Creador ha hecho parte de nuestra naturaleza primigenia?98 Pero lo que los sentidos hacen directamente con respecto a nuestro conocimiento del mundo exterior, esto hacen indirectamente ciertos fenómenos mentales con relación a su Hacedor. Estos fenómenos son los que se refieren al sentido de la obligación moral. De la misma manera que de una multitud de percepciones instintivas de algo más allá de los sentidos generalizamos la noción del mundo externo, y luego nos representamos a éste según estos fenómenos iniciales, así de la facultad perceptiva que identifica las intimaciones de la conciencia con los reflejos o ecos –si así pueden llamarse-, de una admonición externa, pasamos a la idea de un supremo gobernador y juez; y luego nos lo imaginamos con sus atributos en esas continuas afirmaciones, de las cuales, como de fenómenos mentales, sacamos nuestro conocimiento de su existencia. Si las impresiones que dejan en nosotros sus criaturas a través de los sentidos nos fuerzan a considerar estas criaturas como sui generis con relación a Él, no hay que maravillarse de que los indicios que nos dan directamente de su propia naturaleza sean tales que nos permitan comprender que Él es semejante a Sí mismo y a nada más.99 El Ser Supremo es lo que en lenguaje humano llamamos un ser ético. La justicia, la verdad, sabiduría, santidad, benevolencia y la misericordia son características eternas de su naturaleza, y la Ley de Su Ser; Ley que es idéntica a Él Mismo. Cuando se hizo Creador, implantó esta Ley –que es Él mismo- en la inteligencia de sus criaturas racionales. La Ley Divina es, por tanto, la regla de la verdad ética, la medida del bien y del mal, la autoridad soberana irreversible y absoluta para hombres y ángeles. “La Ley Eterna” dice San Agustín “es la Razón Divina o, también, Voluntad de Dios que obliga a la observancia y prohíbe la perturbación del orden natural de las cosas” “La Ley Natural” dice Santo Tomás “es una impresión de la luz divina en nosotros, una participación de esta Ley Eterna en la criatura racional”. Esta ley en tanto que aprehendida por la mente de cada hombre, se llama Conciencia; y aunque puede sufrir deformaciones al pasar al medio intelectual de cada uno, no se ve afectada hasta tal punto que pierda su carácter de Ley Divina sino que conserva, como tal, la prerrogativa de ser obedecida.100
Ibidem, p. 126. Newman J. H., Apología “pro vita sua”, op. cit., p. 123. 99 Newman J. H., El asentimiento religioso, op. cit., p. 116. 100 Newman J. H., Carta al Duque de Norfolk, op. cit., p. 73. El título completo de la obra es Carta a su gracia el duque de Norfolk con motivo de la reciente polémica de Mr. Gladstone. Como gran parte de los escritos del cardenal inglés, el motivo fue circunstancial. El político liberal William Gladstone había proferido ciertas observaciones ofensivas acerca de las convicciones morales y la lealtad ciudadanas de los católicos. Newman desarrolla en su carta verdadero tratado sobre la conciencia de la conciencia moral. Ante ciertos malentendidos acerca de la doctrina de la conciencia, el otrora cardenal Ratzinger decía: “La conciencia no significa para Newman que el sujeto es el criterio decisivo frente a las pretensiones de la autoridad en un mundo en el que la verdad está ausente y que se mantiene mediante el compromiso entre
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Es la misma mente la que controla sus inferencias informales y naturales. A esta facultad, parecida al sentido moral, la denomina illative sense. Se vale de acumulación de hechos, de pequeños indicios que por sí solos no redundan en ninguna certeza. Mas, tomados en su conjunto, adquieren una fuerza tal que son capaz de inclinar el espíritu a la certeza.
Locke, con la mayoría de los mortales, enseña que hay casos en los que no hay evidencia suficiente para constituir una prueba formal, pero sí suficiente para originar el asentimiento o la certeza. Nos dice que la creencia fundada en probabilidades suficientes “pasa a ser seguridad”; y en lo que se refiere a la suficiencia de las pruebas, nos dice que cuando las proposiciones “están cercanas al límite de la certeza” entonces “asentimos a ellas tan firmemente como si hubieran sido demostradas infaliblemente”. El punto importante aquí es cuáles sean estas proposiciones. Locke no nos lo dice, pero parece creer que son pocas y que pueden reconocerse en seguida sin dificultad por el sentido común. Pero en realidad, si yo no ando equivocado, se hallan en todo lo que puede abarcar la materia concreta; y el juicio extralógico que nos garantiza la certeza acerca de ellas no es tan sólo el sentido común, sino que a veces es un sentido especial que requiere cualidades especiales, o también algún sentido intelectual diverso de la mera aprehensión de un argumento científico. Muchas veces se llama judicium prudentis viri, y es un criterio de la certeza que vale en todos los casos concretos, no sólo en lo que se refiere a nuestros deberes y acciones –cosas que nos son más familiares-, sino también en cuestiones acerca de la verdad o del error en general, o sea, en lo que se llaman cuestiones especulativas, en las cuales actúa no como sustituto, sino complemento de la lógica. Una prueba, excepto en casos de demostración abstracta, contiene siempre en mayor o menor grado un elemento personal, pues la “prudencia” no es una parte constituyente de nuestra naturaleza, sino un don personal.101 La certeza es un estado de la mente: la certeza es una cualidad de las proposiciones. Llamo ciertas a las proposiciones de las que yo estoy cierto. La certeza no es una impresión que la mente recibe pasivamente desde afuera en virtud de una compulsión de argumentativa, sino que en todas las cosas concretas –y aun en las abstractas pues aunque el raciocinio sea abstracto la mente que juzga sobre él es concreta- es un reconocimiento de que las proposiciones son verdaderas, y cada individuo tiene el deber de ejercerlo por sí mismo siempre que lo pida la razón, y de impedirlo cuando la razón lo prohíba. La razón no nos pedirá nunca que estemos ciertos, si no tenemos pruebas absolutas; y tales pruebas no nos vendrán por la lógica verbal [formal], porque si la certeza pertenece a la mente, también pertenecerá a esta el acto de inferencia que a aquella conduce Todo el que raciocina tiene en sí mismo su propio centro, y no hay expediente para lograr una medida
exigencias del sujeto y exigencias del orden social. Significa más bien la presencia perceptible e imperiosa de la voz de la verdad dentro del sujeto mismo; la conciencia es la superación de la mera subjetividad en el encuentro entre la interioridad del hombre y la verdad que procede de Dios”. Ratzinger J., La Iglesia, una comunidad siempre en camino, Buenos Aires, San Pablo, 2005, pp. 159-160. 101 Ibidem, pp. 284-285. El “elemento personal” en el ámbito del juicio ilativo tiene para Newman una singular importancia. La seguridad del “yo” y de sus facultades es algo que brota instantáneamente del sujeto; no hay necesidad de volver, como quería Kant y con él todo el agnosticismo racionalista, sobre el sujeto para criticar sus potencias y su alcance. “Tal como soy, esto es lo que soy. Este es mi punto de vista esencial, y he de presuponerlo. De lo contrario el pensar no es más que un vano pasatiempo que no vale la pena. No hay un término medio entre el uso de mis facultades tal como son y el arrojarme sobre el mundo exterior según el impulso ciego del momento, como la espuma sobre la cresta de las olas, para olvidarme simplemente de que existo”. Ibidem, p. 308. Esta inmediatez de la propia existencia puede equipararse, mutatis mutandis, a lo que el Aquinate llama quidem modo particulariter de conocerse el alma a sí misma: “sufficit ipsa mentis praesentia, quae est principium actus ex quo mens percipit seipsam. Et ideo dicitur se cognoscere per suam praesentiam”. (Sum. Theol. I, 87, 1).

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común de todas las inteligencias que pueda trastornar esta verdad. Pero si esto es así, se presenta la cuestión siguiente: ¿Hay algún criterio de los actos de inferencia que pueda garantizarnos que nuestra certeza ha sido prestada correctamente a favor de la proposición que hemos inferido, si, como he dicho, no podemos tener una garantía científica? Ya he dicho que el juicio único y definitivo sobre la validez de una inferencia en cosas concretas pertenece a la facultad mental a la que he dado el nombre de sentido ilativo; y he confesar que yo no veo otra manera de ir más allá para responder a esta pregunta.102 La razón implícita, que en la subconciencia halla los motivos inconcientes de sus adhesiones concientes, ofrece de ello tantas manifestaciones, que permiten elevar estos numerosos casos a la categoría de ley de nuestro espíritu: el aldeano que predice sin errar los cambios atmosféricos; el médico de gran ojo clínico que acertadamente diagnostica al primer golpe de vista; el policía que tiene la intuición exacta, que no puede razonar, de que se halla en presencia del autor desconocido de cierto delito, de cuya persecución está encargado; el psicólogo, que califica el carácter de un sujeto; el director de almas, que, naturalmente, tiene el don de discreción de espíritus. Todo esto es en virtud de unas razones personales que mueven al juez, como al crítico literario, a pronunciar su fallo, razones a las que no sabría dar forma silogística que tuviese que arrastrar el convencimiento de los demás, razones que quizás desconozca el interesado, pero que obligan a cada cual, obrando entre las sombras de la que Newman ha llamado razón implícita, a que con un personal illative sense se sigue, sin embargo, a no dudar de la verdad del aserto por ellas inconcientemente garantizado.103

Todo este aparato de doctrina puede muy bien sintetizarse en lo que Bremond ha denominado “primacía de la conciencia”. Según este autor, todo el desarrollo de la Grammar, y en especial su punto culminante, la teoría del illative sense, halla su cabal comprensión en la función primordial de la conciencia.
La Grammar of Assent tiene por ejemplo demostrarnos que la conciencia es el único medio de llegar a conocer religiosamente las verdades religiosas. Todo ese libro no es más que una larga definición del illative sense, y este illative SENSE es el nombre que toma la conciencia en busca de las verdades religiosas. Pero no es solamente un principio de conocimiento, es también el fin de toda religión, natural o revelada. Dogma y práctica, todo lo que es propiamente religioso se ordena necesariamente a ella. 104

Después de este largo intermezzo en la doctrina del assent newmaniano, conviene retomar cuanto antes el hilo que dejamos momentáneamente de lado en la página treinta y ocho. Frente al tremendo desahogo de Calixta (Cf. p. 38), Agelio no pudo menos de contemplar de un solo golpe el estado de su alma. Las verdades relativas a su fe estaban inalteradas, sus convicciones religiosas permanecían inmutables en su inteligencia. Pero la verdad de su cristianismo contrastaba inexorablemente con su conducta. Un puro asentimiento nocional, podemos decir, era el tesoro de su alma. Su catecismo primero era el objeto de su cristianismo. Mas era la letra de su doctrina, la tinta de sus renglones lo que Agelio miraba y creía verdadero. Lo real había sido, con el tiempo, suplantado por abstracciones, válidas, intelectualmente hablando, y verdaderas, desde el punto de vista de la lógica. Agelio, adorando ideas, relegaba las verdades vivas. Esta suplantación de la realidad por sucedáneos mentales era la causa del
Newman J. H., El asentimiento religioso, op. cit., pp. 306-307. De Linera A. A., op. cit., p. 207. 104 Bremond H., op. cit., p. 319.
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egoísmo que Calixta reprochara a Agelio. En lugar de ganarla para el Amor que no perece, se había empeñado en poseerla para sí. En otras palabras: si su cristianismo fuera verdadero, el amor humano no podría oponérsele, ni contradecirlo.
Había recibido [Agelio] un fuerte varapalo de aquella a quien él iba a abrir los ojos y el corazón a su miseria pagan; pero ella vio enseguida su falta de caridad. Ella percibió con amargura que la dejaba en la ignorancia y en el pecado la misma persona que poseía lo que ella no tenía. Le acusaba de poner tanto empeño en conseguirla para él y no poner ninguno en ganarla para su Creador; si al final lograba llegara la verdad no habría nada por qué darle a él las gracias. Él lo había predicho, sí, pero ¿qué probabilidades existían de que eso sucediera? Calixta había tenido su oportunidad pero él la había echado a perder; sí, bien claramente lo dijo ella y con una intención inequívoca; echó a un lado y dio por concluido todo, todo aquello que –ella lo deseaba y lo esperaba así- pudo haber sido suyo; lo rechazaba con dolor pero con la misma decisión y la misma firmeza que hubiera podido emplear en mantener la fe. Y si ella moría sin convertirse, ¡qué peso tan grande!, ¿éste era el amor que quería entregarle?105

Agelio se sumió en un estado de malestar espiritual que repercutió en su salud física. Varios días convaleció en su cabaña, al cuidado de un criado suyo, cristiano. Éste no tardó en llamar a un sacerdote para asistir a su amo. Es así que Cecilio, obispo a la sazón de Cartago, en aquellos momentos refugiado en Sicca a raíz de la persecución de Decio, interviene providencialmente para dar luz al alma del atribulado joven.
Aunque hablaban día tras día, la mente de Agelio estaba continuamente en acción aunque no hablaran: Se acabó mi primavera; y no hay verano para mí. Es más, en realidad, no tuve primavera, porque no fue más que un día; no llegó a estación. Como vino, se fue ese sentimiento. ¿Y ahora qué? ¿Volverá la primavera algún día? Quisiera empezar de nuevo, y en serio. Cecilio: Vamos a dar gracias a Dios, hijo, por esta gracia: que a pesar de todo, nunca te has apartado de la Iglesia y no has negado a Dios. Agelio suspiró con amargura: Oh, padre, erravi sicut ovis quae periit. Muy cerca he estado de negarle, si no de palabra, sí de obra. No me conoces y no sabes lo que me ha pasado hace poco… No me atrevo a recordarlo. Padre, ¿cómo puedo arrepentirme si no me atrevo ni a pensar en ello? Pensar en ello es volver a pecar. Cecilio: No tengas miedo. Si transieris per ignem, odor eius non erit in te. Si te arrepientes, la gracia de Dios te lleva y atraviesa tus pensamientos sin hacerte daño, el daño que te harías si no la tuvieras. Agelio: Arrepentirse, hacer penitencia, sí, me acuerdo del catecismo. ¿Qué es eso exactamente, padre?; la gracia de nuevo, una prueba después del bautismo. ¿Puedo hacerlo? Cecilio: No pienses en eso ahora, estás débil. Da gracias a Dios de que te estás curando; cuando estés bien del todo, haz un repaso de toda tu vida y ponte en orden ante Él. Y Él, a través de mí, te limpiará de todo lo malo. Dale gracias por concederte esta oportunidad. Era demasiado para el débil paciente, que no pudo sino llorar de felicidad106.

Agelio recuerda bien su doctrina, de niño había mamado de ella. Las palabras del obispo hacen reflorecer las orquídeas que equivocadamente ofreciera a una mujer. Agelio vuelve a confiar en la gracia: su cristianismo viejo resurge con la jovialidad que Cristo rogara para sus verdaderos discípulos.
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Newman J. H., Calixta, op. cit., p. 132. Ibidem, p. 146

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Otro día estaba sentado en la cama. Se miró las manos, que se le estaban pelando, lo mismo que los labios. También el pelo parecía caérsele. Sonrió diciéndose: Renovabitur ut aquilae juventus mea. Cecilio le contestó con más palabras sagradas, nuevas para Agelio: Qui sperant in Domino mutabunt fortitudinem, assument pennas, sicut aquilae. Sursum corda!, ¡arriba ese ánimo, Agelio! Agelio: Sí, sursum corda! Estas palabras me son conocidas, ¿de qué?, no lo sé, pero están entre mis primeros recuerdos… Pero, padre, tengo que decírtelo, mi corazón está abajo, no arriba; tengo que decirte que tengo el corazón ofuscado, dividido con el Amor Verdadero Pero no me atrevo… a hablar de ella. Oh, Dios mío, es que… es pagana. Que Dios tenga piedad de su alma. ¿Por qué ha venido Él a mí y no a ella? Investigabiles viae eius. Tras un largo silencio: Padre, quiero entregarme a Dios, del todo, con su gracia. Quiero ser suyo, y que Él sea mío, que no haya nadie entre Él y yo. Pero, el corazón… ¡soy un débil!

Amor verdadero: he aquí el objeto de la fe cristiana, el deseo sublime de los santos, la llama imperecedera que inquieta el alma de los poseídos por la gracia. Puede decirse que el camino de vuelta a casa acaba de comenzar para Agelio. Nunca es fácil el regreso cuando por tanto tiempo se ha tenido adormilado el espíritu. Pero el trayecto ha comenzado: en el arrepentimiento verdadero, la contrición profunda y la seguridad de no ser jamás abandonado por Dios. Ésta es la plegaria del verdadero cristiano: “quiero entregarme a Vos, Señor… ¡pero soy tan débil!”. Éste es el aliciente fundamental, el punto de flexión donde vienen a unirse las dos realidades únicas: Dios y el hombre, solus cum solo. Newman se ha encargado de mostrar, en la figura del joven Agelio, la realidad de un tipo de conversión, quizás la que mejor nos retrata: el cambio que va de la primera conversión, por las aguas santísimas del bautismo, a la segunda, comprendida por la aceptación conciente del Dios hecho Hombre. Dios es la Realidad prístina que confiere sentido a la vida toda. A su vera las pobres criaturas experimentamos el esencial contraste entre la nada de la cual fuimos sacados y el ser que nos fue conferido. Si esta verdad tan primaria nos asombra, cristianos “convertidos”, ¿qué pensar entonces del regalo infinito, del supremo acto del Amor crucificado? ¿Hemos pensado alguna vez, meditado o sopesado la verdad que entrañan las palabras del apóstol y que bien pueden decirse acerca de Agelio, arquetipo del cristiano viejo: Gratia enim estis salvati per fidem, et hoc non ex vobis: Dei enim donum est. Non ex operibus, ut ne quis glorietur? (Eph. II, 8-9) Gratuitamente, querido Agelio: no lo olvides nunca. No desesperes al verte débil, porque Aquel que no tuvo vergüenza al auto-debilitarse -¡escándalo para los judíos y gentiles!- no tendrá reparo en fortalecerte. No vuelvas a pensar que tienes a Dios en tu testa flaca, cuando tu corazón lo desconoce y niega. Disponte a seguirlo, Él hará lo demás.

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Calixta obedece a su Conciencia “Conciencia”, sí, y con mayúscula. Habitáculo inviolable de la Divinidad, sagrario original donde Dios quiso poner su morada para siempre. Si no entendemos claramente lo que significa esta Presencia original es probable que corramos tras un dios que de ninguna manera puso su tienda entre los hombres. Un dios alejado, allá, en los empíreos de la imaginería a-religiosa. La divina Conciencia ha sufrido los bochornos de incendiarios y parlanchines a destajo; por eso no nos deben asombrar los voceríos, tanto de los propulsores del libre pensamiento, como de los “ortodoxos” moralistas de manual. Para los primeros, la Conciencia es sinónimo de autodeterminación moral, es decir, del fin, con independencia de cualquier orden teleológico recto. Para los segundos, una burda apelación del espíritu de indocilidad, que busca el ofuscamiento del “objeto moral”. El primero, niega el orden teleológico; el segundo, lo malentiende, o lo subordina bárbaramente al objeto. Aquí entendemos la Conciencia como “presencia personal del fin”, como juicio natural del sujeto moral, que no puede ser de otro, sino suyo propio. Desvirtuada la Conciencia (liberalismo-rigorismo) se cae en el absurdo de concebir al hombre como un inerte, incapaz de cooperar realmente en el orden moral. Si el hombre no coopera, no puede ser sujeto de virtud o vicio, de premio o de castigo. Si la Conciencia del hombre es un “más allá de la moral” (deseo del liberalismo), caemos en un especie de semipelagianismo; si es un una mera extensión del objeto moral (rigorismo), caemos en el voluntarismo. De cualquiera de las dos maneras, la ley moral es ajena al individuo. El liberalismo, subordinando el bien moral al antojo de los particulares, identifica voluntad y libertad, desvinculando al hombre de todo perfeccionamiento teleológico. El rigorismo, en su vertiente religiosa, cae en la terrible acusación de Kant (¡del pietista de Konigsberg!): la ley moral como heterónoma, impuesta ex alio al ser racional107. Basta de adornos, lo diremos sin titubear, y que san Juan Bautista nos ampare: la Conciencia es la voz inquisidora del Creador, el eco de su voz resonando desde la creación. Sí, hacen falta aclaraciones y precisiones “filosóficas”, mas preferimos la simplicidad nuestra, la del buen carbonero, a las declaraciones con gusto a vino rebajado.
Oh Dios, solamente ser hombre. No te pido ser grande; ser hombre, Y sino, ¿para qué vivir? Sólo llevar un poco bien mi nombre. Que la luz que hay en mí no se me ensombre. ¡Qué menos se puede pedir! Lo que hay de Dios, en mí no se desgaje, Tu imagen en mí no se aje, Que dijo la Escritura.
Malentendido Kant como era, malinterpretó la noción de ley moral. “Según Santo Tomás la razón última de la Moral es la Ley Natural, cuya razón es a la vez la Ley Eterna (…) En una palabra, la moral no es un orden venido de afuera, ni siquiera del cielo: es la voz de la razón humana reconocida como una voz divina. El Bien es bien y el Mal es mal, porque el Bien es ser y el Mal es privación de ser; y el intelecto es la facultad perceptiva del ser”. Castellani L., Introducción al Tomo V de la Suma Teológica, Buenos Aires, Club de Lectores, 1944, p. 8.
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Esa oscura, que no me dio mi madre, Raíz en mí que te hace ser mi Padre Y a mí tu Criatura. Oh, Dios, yo no te pido Flor y Fruto; Sólo raíz y Tronco enjuto; No quiero primavera aquí. Oh, Razón, Verdad y Absoluto, Haz que en mí la Razón reviente al bruto Que te vea a ratos a Ti, Y a ratos lo que quieres de mí. Conservar la línea, la clase Mi deber pase lo que pase, El horrendo chico deber, Que poseer más grande fuera llevadero De otro modo cualquiera, pero… Como cosa, la debo hacer. Oh, Dios, no te exijo la Ciencia, Te pido nomás la Con-Ciencia; -¡qué menos se puede pedir!...Y en todo caso la Paciencia, La Rabia, el Honor, la Decencia Y el Coraje de vivir108.

La Conciencia-Presencia nos interpela a cada momento, nos acucia, a cada susurro de su sutil voz, a recordar la Fuente del bien, la Verdad clarísima.
Las cosas inanimadas no pueden excitar muchos afectos, sino que estos se refieren siempre a personas. Si según los casos sentimos responsabilidad, vergüenza, temor por la trasgresión de la voz de la conciencia, ello implica que hay Uno ante quien somos responsables, ante el cual nos sentimos avergonzados, cuyas exigencias sobre nosotros tenemos. S al obrar mal sentimos las mismas lágrimas y nos domina el mismo dolor desgarrador que sentimos cuando hemos dado un disgusto a nuestra madre; si al obrar el bien nos alegramos con la misma soleada serenidad espiritual, el mismo gozo de satisfacción y de paz que sentimos ante la alabanza de nuestro padre, no podemos dudar de que tenemos dentro de nosotros la imagen de alguna persona hacia la cual se dirigen nuestro amor y nuestra veneración, en cuya sonrisa encontramos nuestra felicidad, por la cual suspiramos y hacia la cual dirigimos nuestras súplicas, cuya ira nos turba y nos consume. Estos sentimientos son de tal naturaleza que requieren un Ser inteligente como causa excitante.109
Castellani L., Las ideas de mi tío el cura, Buenos Aires, Excalibur, 1984, p. 97. Newman J. H., El asentimiento religioso, op. cit., p. 120. Sabemos de la exquisita sensibilidad del cardenal Newman en lo que respecta a su obediencia a la Voz interior de la Conciencia. “Sus delicadas percepciones que encantaban a tantos que lo conocieron eran parte de su talante artístico, sensible al encomio y al reproche, hambriento de simpatía. Es un tipo de temperamento muy inadecuado para el combate con el mundo llevando adelante empresas de orden práctico. La combinación de esta psicología con una férrea obediencia a los mandatos de su conciencia hizo que se convirtiera en un profeta para sus seguidores además de un amigo intensamente cordial y simpático. Pero semejante mezcla hizo que su lucha con el mundo fuera mucho más dura. Su conciencia le mandaba rechazar sin duda ninguna aquellos impulsos de humor indulgente propios del temperamento artístico que hacen que la vida sea tanto más tolerable. Y siempre estaba dispuesto a ver en los caminos menos apetecibles la vía recta del deber”. Ward W., Vida del cardenal Newman, en: http://tollers.jack.googlepages.com. Por otra parte, encontramos en una carta del cardenal a su madre un símil con el ejemplo que menta en el texto citado. “Quisiera que supieras cómo me duelen cosas como la de la otra noche. Te lo digo porque
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“…el nivel primero, por así ontológico, del fenómeno de la conciencia consiste en que ha sido infundido en nosotros algo semejante a una memoria original del bien y de la verdad (ambas realidades coinciden); en que existe una tendencia íntima del ser del hombre, hecho a imagen de Dios, hacia cuanto es conforme con Dios. Desde su raíz el ser del hombre advierte una armonía con ciertas cosas y se encuentra en contradicción con otras (…) Es, por así decirlo, un sentido interior, una capacidad de reconocimiento, de modo que el que se siente interpelado, si no está interiormente replegado sobre sí mismo, es capaz de reconocer en sí su eco. Se percata de ello: “A esto me inclina mi naturaleza y es lo que busca”110.

El tópico principal del camino de conversión emprendido por el alma de Calixta está marcado por esta realidad de la Conciencia-Presencia. A partir del capítulo diecinueve, hasta el veintinueve inclusive, se desarrollan una serie de sucesos de lo más variados, con intervalos más o menos regulares que van desde la primera conversación de Calixta con Cecilio, hasta el bautismo de la pagana. Nosotros trataremos de ceñirnos a los que consideramos los principales momentos de la conversión, señalando el elemento de la Conciencia y las implicancias directas sobre el alma de Calixta. Luego de comenzada la matanza de cristianos en Sicca, a raíz de la pasión exacerbada de los africanos, que veían en la “peligrosa secta cristiana” el motivo por el cual los dioses habían destruido sus sembradío por medio de una gran manga de langostas, Agelio huyó de su finca gracias a la advertencia de su tío Jucundius. El sacerdote Cecilio, que como vimos, estaba a la sazón en la finca de Agelio, permaneció allí un tiempo. Calixta, al contemplar los sucesos terribles que acontecían en la ciudad, se apresuró a ir a la finca de Agelio, con el fin de advertirle del peligro que corría como cristiano. La divina griega llegó tarde: Agelio ya había huido. En su lugar encontró al obispo Cecilio, que rezaba arrodillado frente a la sagrada Forma.
Miró a Cecilio, primero sorprendida, después preocupada: Tú eres de los suyos, me temo. Si es así, aprovecha el poco tiempo que tienes. Tus enemigos pueden cogerte mañana mismo. Escapa mientras puedas. Cecilio: Si soy cristiano, ¿qué eres tú, que tanto te preocupas de nosotros? ¿Es que has hecho todo el camino desde Sicca simplemente para dar aviso a unos cuantos ateos y hechiceros? Calixta: Extranjero, si tú hubieras visto lo que yo he visto hoy y oído lo que yo he oído, no te extrañarías de que intente evitarle un destino semejante al ser más despreciable de la tierra. Una masa horrible se ha amotinado en la ciudad y busca con ansia la sangre de los cristianos; cualquier cosa puede llevarles hacia Agelio… pero se ha ido, ¿dónde está ¿Se han cometido ya asesinatos brutales, y tú te quedas aquí… Cecilio: Tanta ternura hacia los cristianos… tú debes de tener alguna chispa del fuego de Cristo en tu corazón111.

Cecilio introduce todo el tema de los siguientes capítulos. Calixta, aunque pagana, comparte la bondad de Cristo, participa de la “chispa” de la divinidad.
seguramente no te figuras que eso es así. Sin entrar a las causas de la discusión ni a la parte de culpa que yo tenga, lo único que quiero asegurarte es que la sola idea de haberte molestado me causa un dolor que no te imaginas; y que me ha sacado las lágrimas, y un buen rato, al pensar que no me he portado contigo como debía”. Carta del 29 de enero de 1832, en: Newman J. H., Cartas y Diarios, op. cit., p. 158. 110 Ratzinger J., op. cit., pp. 167-168. 111 Newman J. H., Calixta, op. cit., p. 192.

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Aunque no es parte del Cuerpo Místico –aún-, sin embargo guarda una secreta imagen de su Cabeza, revela una semejanza incapaz de pasar de largo ante los ojos del ministro de Cristo. Aunque comparte la sublimidad de la doctrina cristiana, a su modo de pagana, Calixta no logra asirse al Centro de sus expectativas. El cristianismo es bello, sí, pero entraña el compromiso esencial con la Realidad divina. Su doctrina delimita claramente el mundo de lo irreal y de lo Verdadero, los bastos territorios del mundo y de lo Invisible. Por eso puede presentarse muchas veces, al menos en un primer estadio, como una idea, un sistema. Su encuadre nocional es perfecto, pero incapaz de ser asentido realmente si permanece ante nosotros como mero sistema. Como sistema, es el más duro en seguir, como Realidad, guarda los auxilios de la gracia, que no allanan el sendero, mas lo hacen transitable.
Calixta: Es demasiado bello para ser verdad; sólo puede ser un sueño. Aunque habría mucho que hablar, es cuando conoces a los cristianos cuando te das cuenta de que todo eso es imposible. Una quimera bellísima, eso es lo que es. Sus preceptos son bellísimos, al menos los que yo conozco, tan bellos que en teoría no ofrecen la menor dificultad; la mente se adapta a ellos sin resistirse, como si pudiera cumplirlos sin esfuerzo. En resumen, sus máximas son tan bellas que no se pueden creer; y sus dogmas tan tristes, tan chocantes y tan odiosos que se pueden creer aún menos. Me revelo ante ellos112.

Así y todo, sufriendo la dureza de las nociones, Calixta experimenta la Realidad. No puede negarla, mas tampoco puede asentirla. Una pista de la fe se insinúa, pálidamente en su mente, en su corazón: el Misterio inabarcable de Cristo.
Calixta: Una Amor, un amado…, pero pura idea; es una pasión tan potente, tan nueva, tan inocente, tan absorbente que expulsa a los otros amores; es tan duradera… y, sin embargo, todo eso es por Alguien a quien no ves… ¡Misterioso! (…) No puedo, me supera113.

Calixta parece acercarse al punto de choque con su Conciencia, y cuando aparenta chocar, retrocede. Es un acercarse y un alejarse, un camino de oscuridades, luces y sombras. No podemos detenernos demasiado en el coloquio de Cecilio y Calixta. Señalamos simplemente que por momentos alcanza puntos de elevada tensión. Es que, como señalamos, Calixta parece ceder, pero inmediatamente vuelve sobre sí. En el ínterin de dicho coloquio se empiezan a oír las voces de la enfurecida turba que busca al “hechicero Agelio”. Sin perder tiempo, Cecilio coge el manuscrito del Evangelio de San Lucas que descansaba sobre un anaquel, y lo extiende a Calixta.
Cecilio: Esto es lo único que vale algo aquí; Agelio no pudo llevárselo. Mira, Calixta, voy a tener contigo una confianza muy especial que tendría con muy pocos no cristianos. Toma este sagrado pergamino; en él está la historia en la tierra de nuestro Divino Maestro. Ahí conocerás al Amor de los cristianos, verás la persona a quien amamos. Léelo, guárdalo y, cuando te sea posible, devuélvelo a algún cristiano. Estoy seguro de que no hago mal poniéndolo en tus manos. (…) Calixta: ¡Espera! Tu nombre, no me has dicho tu nombre.

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Ibidem, p. 195. Ibidem, p. 199.

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Cogió un pedazo de tiza del anaquel y escribió en la pared con trazos bien claros: Tascius Caecilius Cyprianus, obispo de Cartago114.

Cecilio se demora en consumir el Cuerpo del Señor que guarda en una píxide, junto a su pecho. Mientras tanto, Calixta guarda el sagrado pergamino entre sus ropas y sale de la cabaña. Topa con algunos de los revoltosos. Desde el principio confiaba en su inmunidad: todos la conocían en Sicca, su taller de esculturas y su religión griega. Pero sucedió que la masa de enajenados no estaba para discriminaciones religiosas. La exaltación era tal que no se distinguía ya entre cristianos y no cristianos. Y Calixta no fue la excepción: cae presa de los rufianes. La Providencia habla en cualquier circunstancia y por cualquier boca: no necesita ni de autorizaciones catastrales, ni de traductores, ni de permisos de maestres para mostrar su Presencia. Le tocó el turno a Calixta de entrar en el designio divino115 de su Amor invisible. La cárcel será el lugar del choque con el autor de su Conciencia. Su hermano Aristón busca por todos lo medios liberarla de la prisión, donde injustamente ha venido a caer. Por razones que no explicaremos in extenso, soporta la acusación de ser cristiana. ¡Ella, la muy confundida Calixta! Aristón acude a magistrados, procónsules y a toda clase de autoridades para liberar de la terrible condena que espera a su hermana al ser confundida con un cristiano. En el ínterin, Calixta piensa en la Voz que la impele, en el secreto Amor que puja por brotar de sus entrañas. La soledad de la cárcel, además de las incomodidades que para una doncella griega reporta, se convierte en una ermita, en una cueva de retiro. No nos formemos una idea beatona de la persecución, ni de la cruz. Et qui non accipit crucem suam, et sequitur me, non est me dignus (Mt. X, 38). Camino necesarísimo para llegar al Amado, que no sufre ser suplido por una concepción humana de la conversión. Es una GRACIA, un quehacer sobrenatural. Newman mismo lo experimentó, en los estertores de su espíritu, ante la inminencia de su conversión. Leemos en una carta suya, dirigida a un amigo:
Realmente es una responsabilidad obrar como yo obro, y yo siento constantemente sobre mí pesadamente la mano de aquel que es todo sabiduría y amor, de suerte que mi corazón y mi espíritu están cansados, como puedan estarlo los miembros de una carga que se lleva sobre los hombros116.

Calixta no deja de pensar en esa Voz que la interpela, y la compara con la doctrina que conoce de los cristianos.
Ibidem, pp. 202-203. Recién en este capítulo (veinte) Newman revela la identidad del “sacerdote Cecilio”. 115 El cardenal Newman nos refiere la existencia de sucesos circunstanciales que pueden contribuir a la captación de acciones o manifestaciones de la voluntad divina, sin ser estrictamente de carácter milagroso.. Así, en un párrafo de su Grammar: “…yo creo que en las circunstancias en las que una supuesta revelación se nos presenta pueden ser tales, que impresionen nuestra razón y nuestra imaginación con el sentido de su verdad, aunque no recurramos estrictamente a ninguna intervención milagrosa. Claro está que al decir esto no quiero implicar que estas circunstancias, si las seguimos desde sus orígenes, no sean el resultado de una tal intervención, sino que esta intervención milagrosa nos habla a nosotros en nuestros días bajo la forma de estas circunstancias, o sea en forma de coincidencias que, para el sentido ilativo de aquellos que creen en un Dios, son indicaciones de la inmediata presencia de este Dios. Esto ocurre de una manera especial con aquellos que admiten conmigo la poderosa probabilidad de que, en su misericordia, Dios se presentará a nuestra aprehensión de una manera sobrenatural”. Newman J. H., El asentimiento religioso, op. cit., p. 372. 116 Newman J. H., Apología “pro vita sua”, op. cit., p. 183. La carta es del 3 de abril de 1845, meses antes de su confesión general con el padre Doménico Barberi.
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Este fue el efecto fundamental de los tres cristianos sobre su mente [Agelio, Quione y Cecilio]. Al pararse a considerar con más detalle lo que le habían enseñado o las consecuencias de ese concepto de religión que tanto le atraía, creyó entender que le decían que el Creador de cielos y tierra, Dios Todopoderoso, Bondad Suprema, Infinito, adornado de todos los atributos que le concede la filosofía, había amado tanto a los hombres, y a ella en particular, que había venido a la tierra en forma humana y que había soportado dolores para unir a los hombres con Él; que quería amar y ser amado; que había pedido a los hombres que le amaran y Él mismo había puesto esta relación amorosa del hombre con Dios en las almas que se rendían a su amor. No fue mucho más allá, pero todo esto lo tuvo presente, sin cesar, mañana, tarde y noche. Le venía continuamente, le importunaba, no había forma de apartarlo de su cabeza. Parecía no importar que estuviera de un humor o de otro, a gusto o disgusto, que tuviera dudas, que se negara, que se cerrara en banda; volvía una y otra vez. Se alzaba ante ella, a pesar de la perspectiva de los desprecios, los reproches, las persecuciones que caerían sobre ella si abrazaba la fe. No importaba; sentía una sonrisa, una promesa, una visión de la eternidad que crecía dentro de ella con más claridad de percepción, más coherencia, más convincente cada vez117.

Hace mucho que ha dejado de creer en los dioses de su religión. En su alma se barajan pruebas, insinuaciones y presentimientos. De alguna manera, intuye que la vera religio ha de basarse en una relación personal con la divinidad118, en un estar presente ante el que es todo Amor.
Adorar a un ser que no nos habla, que no nos conoce, que no nos ama, eso no es una religión. Podrá ser una obligación e incluso algo muy meritorio, pero su instinto le decía que la religión es la respuesta del alma a un Dios que se interesa por esa alma. O había una relación de amor, o todo eran palabras119.

Ante los jueces de Sicca Calixta debe demostrar que no es cristiana. El procedimiento: adorar la esfinge del Emperador romano. Cosa fácil si no fuera porque… ¡Calixta, amén de no ser cristiana, desconoce la divinidad del Cesar!
Calixta: No soy cristiana; lo digo de antemano. No he entrado jamás en un lugar de culto cristiano, no he hecho ningún voto cristiano ni he participado en ninguno de sus sacrificios. Si dijera que de algún modo soy cristiana, mentiría. Se hizo silencio. Juez: Danos una prueba. Ahí tienes el altar, la llama y el incienso; ofrécelo al espíritu del Emperador. Calixta: ¿Por qué? No soy cristiana (…) Juez: ¡Ofrécelo! Calixta Estaba quieta; dio un paso rápido hacia delante. ¡Qué desgraciada! ¿Para qué he nacido yo?, ¿por qué estoy en este aprieto? Y no tengo dios, ¿qué voy a hacer?, estoy sola… ¿Y por qué no? Fue hacia el altar, tomó el incienso; de repente mira hacia arriba, al cielo, se aparta y tira el incienso.

Newman J. H., Calixta, op. cit., p. 251. Muy cara fue al cardenal esta principal verdad del cristianismo, que quiso estampar en su escudo cardenalicio. “…Cor ad cor loquitur, el corazón habla al corazón, todo un símbolo de visión personalista de la relación entre el hombre y Dios y de los hombres entre sí. También podría evocar un modo de conocimiento diferente de la visión racionalista imperante, una síntesis de su Grammar”. Cavaller F., Aproximación a Newman, Buenos Aires, EDUCA, 1998, p. 215. 119 Newman J. H., Calixta, op. cit., pp. 250-251.
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-¡No puedo, no me atrevo!120

Ni ante Dios, ni ante el Cesar. La Conciencia de Calixta se mantiene en suspenso. No se rinde ante nada que no conciba como cierto. Es la fidelidad a la Voz interior la que hace de esta griega typo de la obediencia a la Presencia íntima del Creador. Su hermano Aristón no puede caer en la cuenta de lo que sus ojos contemplan. Su hermana, la tierna e inteligentísima “Calixtita” se niega a abrazar la libertad, que tan al alcance de su mano tiene. Son solo unos granos de incienso, una mueca reverencial a la estatua del Emperador, y ya. Desesperado, acude en busca de auxilio al sabio Polemo de Rodas, filósofo (sofista). Quizás con sus sutilezas de mente y su retórica pulida podría volver en sí a su hermana. Aun cuando un personaje tan prestigioso como Polemo no estaba para visitar cárceles y túneles presidiarios, sin embargo, el deseo del “sabio” de hacer a Calixta adepta suya, “convertirla” para sí, fue más que su dignidad de aristócrata. Un fárrago de ideas saltan de los labios de Polemo, ideas todas de un escepticismo galopante, destinadas más a sus oídos, acostumbrados a escucharse a sí mismo, que al alma de Calixta. Acude a exponer la grandeza del espíritu griego, incapaz de mezclarse con “campesinos, esclavos, ladrones, mendigos, buhoneros, caldereros, talabarteros, pescadores”; en fin, todo el desecho de los hombres, llamados “cristianos”. A continuación viene, a nuestro entender, el párrafo más significativo de todos los que conciernen a Calixta. Tomaremos el hilo de la conversación de Calixta con Polemo para introducir dicho párrafo.
Calixta: Señor Polemo, yo no soy cristiana; nunca he dicho que lo sea. Aristón: ¡Esto es lo absurdo!, ¡que no es ni una cosa ni otra! No es cristiana, pero no quiere ofrecer el sacrificio. Calixta: Esa es mi desgracia, lo sé. Pierdo las dos cosas, lo que tengo y lo que no tengo. Es absurdo, pero no puedo hacer nada. Polemo ya había dicho bastante; tasaba sus palabras. Ya había sido bastante generoso; no iba a soltar una sola palabra más. Calixta: Polemo, ¿tú crees en un solo dios? Polemo: Por supuesto, creo en un “algo” único, eterno y autosuficiente. Calixta: Yo siento a Dios dentro de mí, siento que estoy en Su presencia. Me dice: “haz esto, no hagas lo otro”. Tú dirás que ese dictado no es más que una ley de mi naturaleza, como llorar o reír. Pues eso yo no lo entiendo. No; es el eco de alguien que me habla a mí. Estoy absolutamente convencida de que en último término procede de una persona externa a mí. Y trae consigo la prueba de su origen divino. Mi ser va hacia ella como hacia una persona. Cuando obedezco a ese eco, a esa voz, siento una satisfacción. Cuando no, siento dolor, amargura, pena; la misma alegría y el mismo dolor que siento cuando agrado u ofendo a algún amigo entrañable. Ya ves, Polemo, que creo en más que un “algo”. Creo en lo que es más real que el sol, la luna, las estrellas, la tierra con todas sus bellezas y la voz de los amigos. Tú dirás “y ¿quién es?, ¿te ha dicho algo Él acerca de Sí mismo?” Pues, ¡no!, y esa es mi desgracia. Pero por no tener más que eso, no voy a tirar por la borda lo que tengo. Si hay un eco, es que hay una voz, y Alguien que habla. Y a ese Alguien que habla es a quien yo amo y reverencio. La pobre Calixta estaba ya agotada y minada por sus propias emociones. -… ¡Ojala pudiera encontrarle! Lo busco a tientas por todos lados, pero no lo toco. ¿Por qué luchas contra mí?, ¿por qué me asustas, por qué me confundes, por qué, mi Único, mi Amado? No te tengo pero Te necesito. (A Polemo) No soy cristiana, ya lo está viendo; si no, lo habría encontrado, o al menos diría que lo he encontrado121.
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Ibidem, pp. 256-257. Ibidem, pp. 266-267. Cursiva nuestra.

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Sobra claridad en el párrafo anterior. He ahí la Voz que venimos presagiando, como venida de lo alto, de un Ser exterior, pero Inhabitador. El choque definitivo con la Voz interior se da con la lectura del evangelio de San Lucas. Calixta había olvidado que el bendito pergamino que le entregara Cecilio, poco antes de ser apresada, estaba en su ceno, entre sus ropas. La lectura de los episodios del Divino redentor termina por rendir a Calixta, por doblegar su inteligencia y su voluntad al Ser real que intuye como “hablante interno”.
Estaba escrito en un griego no ateniense, pero elegante. Tenía esa sencillez que, para su gusto, representaba la esencia de un clásico. Dirigido a un tal Teófilo, decía ser un relato escrupulosamente ordenado y verificado de hechos que habían contado otros antes. Leyó unos cuantos párrafos, le pareció interesante y pronto se encontró completamente absorbida en la lectura. Ya no pudo dejarlo. En otras circunstancias le hubiera parecido excelente, pero ahora, tan abandonada, tan sola, aquello era mucho más, era un regalo que venía del mundo invisible. Aquel escrito le abrió la visión de una comunión de seres y un estado absolutamente insospechados para ella, demasiado bellos para ser reales. Se metió no solo en un estado de cosas nuevo, sino en la presencia de un Ser distinto y separado de todo lo que ella, en los momentos de mayor exaltación, había imaginado como la perfección ideal. ¡Este es el objeto al que tendía mi intelecto, aunque yo no podía darle forma! No lo puedo crear, pero sí reconocerlo y aceptarlo si lo tengo delante. ¡Este es el que me habla en la conciencia, esta es la Voz que yo oía, la Persona que estaba buscando! Este es el que ponía calor en las mejillas de Quione y Agelio La imagen se grabó profundamente en ella; sintió que era una realidad. Esto no es el sueño de un poeta; esto lo ha hecho un individuo real; tiene demasiada verdad, demasiada vida, todo encaja demasiado bien. Pero se alzó como una barrera, se dio cuenta de que ella era otra cosa, y se sintió humillada, como nunca. Empezó a sentir desprecio por sí misma, más cada día. Se acordaba, no obstante, de algunos pasajes que la confortaban en medio del abatimiento, sobre todo aquel que mostraba la ternura de Jesús y su amor por la pobre chica que le ungió los pies en la fiesta. Se imaginó que ella era aquella chica pecadora y que Él no la rechazaba. (…) Así, poco a poco, Calixta se inició en una nueva sabiduría. Sacó ideas, principios, descubrió relaciones y fines, sintió la fuerza de argumentos que antes no le decían nada. Vivir, morir, actuar, sufrir, posición social, talentos, todo tenía un sentido y una realidad nueva. Al igual que un filósofo y un campesino no ven lo mismo en el cielo, al igual que una persona con imaginación y otra con la cabeza fría y estrecha tampoco ven lo mismo en un libro de poemas, así veía ahora Calixta su ser, su vida pasada, su presente y su futuro, a una luz nueva que no podía compartir con nadie. Sólo con el Pensamiento Soberano que todo lo gobernaba, sólo con Él, ejemplo vivo de esta maravillosa doctrina122.

Ibidem, pp. 275-276. Newman nos refiere en su Vía media la importancia que para el cristianismo primitivo tenía la lectura de la Sagrada Escritura. Cita al mismo Cipriano, obispo de Cartago, para aducir dicha tesis. “La luz con que San Cipriano miraba la Sagrada Escritura aparece en los tres libros de Testimonia, o pruebas de la Escritura, en los cuales recorre los diversos puntos de doctrina tocante a la abolición de la Ley, la persona y misión de Cristo y la disciplina de la Iglesia cristiana, con una selección de textos a favor de cada uno de ellos. Sus introducciones al primero y tercer libros nos proponen el sentimiento con que lo hizo. Dedicaba la obra a una amigo: «No puedo dejar de acceder, hijo muy querido, al religioso deseo con que imploras con la máxima urgencia las elevadas orientaciones que Dios ha otorgado a las Sagradas Escrituras para nuestra instrucción y fortalecimiento; a fin de que, rescatados de la oscuridad del error e iluminados por su luz pura y radiante, alcancemos por estas indicaciones salvíficas el camino de la vida… La lectura cuidadosa de estos libros puede servirte de momento para delinear los primeros rasgos de la fe. Recibirás más fortaleza, y la comprensión del corazón se volverá cada vez más vigorosa, cuanto más completamente escudriñes la Escrituras Antiguas y Nuevas y estudies
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Por último, nos queda referir escuetamente el momento de la entrada triunfal de Calixta en el seno de la Iglesia. Ya se había operado la conversión de su corazón; sus potencias podían claramente identificar ese “Objeto” que le hablaba en su interior. Ha asentido realmente, ha efectuado un acto de asentimiento religioso que la transforma en otra Calixta. Cecilio, informado por Agelio de la prisión de Calixta, se dirige hacia la cárcel, acompañado de un diácono, para reconfortar a la “inocente víctima”. No espera encontrarse con una “verdadera rea”, con una obediente sincera a la Voz interior, con una desobediente, por otro lado, a las insinuaciones imperiales. Podemos decir que Calixta, ahora sí, es culpable. Su cárcel ha comenzado a tener sentido. No hace más que poner un pie en el horroroso habitáculo, cuando escucha las súplicas ardientes de Calixta.
Calixta: Padre, quiero ser cristiana, si eso es posible. Has venido a salvar a la oveja perdida. He aprendido tantas cosas aquí… te lo devuelvo ahora que puedo. Pronto saldré de este mundo. Dame al que habló con tanta ternura a esa mujer. Líbrame de toda la carga de mis pecados; así moriré alegremente123.

El obispo se asombra del cambio de Calixta. Hasta su postura, su voz, sus gestos se han visto mutados por la Humildad. Le advierte del gran peligro que corre, de las torturas impensadas que sufrirá por la cruz bendita de su Voz, le advierte de los látigos, de la espada, del fuego, del potro. Pero no hay tortura que tuerza o quebrante el amor de Calixta. Decidida a dar su sangre a favor del divino develamiento, de la gracia sublime de haber sido conducida al Ser que le animaba desde siempre, recibe, allí mismo, una somera instrucción catequética. Recibiría los tres sacramentos iniciación cristiana.
El espectáculo era digno de los ángeles. Sí, ellos se regocijaban viendo cómo la pobre chica, rica en dones de este mundo y pobre en los de la eternidad, se ponía de rodillas para recibir sobre la frente el agua sagrada que cayó sobre ella con una dulzura casi sensible que le introdujo una serenidad inmediata, absolutamente distinta a todo lo que jamás había concebido. Cecilio le dio la confirmación y después el Viático; fue su primera y última Comunión. La renovó, o mejor, completó, al cabo de unos pocos días, bajo la mismísima Forma y Apariencia de Aquel en quien ahora creía sin verlo. Cecilio: Adiós, hija querida, hasta que volvamos a vernos ante el trono de Dios. Unos pocos golpes duros que ni siquiera podrás contar, y todo habrá pasado. Los ángeles te llevarán con gozo, en triunfo. Lo sé. Eras capaz de afrontarlo antes de ser cristiana; lo serás también ahora. Calixta, en voz baja pero clara: No tenga miedo por mí, padre. El obispo y el diácono salieron de la prisión.

El martirio de Calixta está relatado en el capítulo treinta y tres. Breve –apenas dos hojas- y sobrio en su estilo, no abunda en detalles. El potro fue el medio para unirse a su Amor de siempre. Así se consuma el deseo palpitante de Calixta, de ver la Voz que ama, de gustar las delicias de la Realidad eterna.
-Es por Ti, mi Señor mi Amor, por Ti. Recíbeme, mi Amor, en este lecho de sufrimiento. Ven, mi Amor, ven de prisa124.
todas y cada una de las partes de aquellos libros espirituales». Newman J. H., Vía media de la Iglesia Anglicana, Salamanca, Bibliotheca oecumenica salmanticensis, 1995, p. 386. 123 Newman J. H., Calixta, op. cit., p. 289. 124 Ibidem, p. 307.

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Cuando comprendamos… Hemos llegado al final de este trabajo. Muchas cosas nos quedaron en el tintero, pero el tiempo y, principalmente, nuestra impericia nos impiden agregar más. Sin embargo, las principales líneas doctrinales del Calixta creemos han sido expuestas. Lo que faltare, la lectura continua de otros textos del cardenal Newman suplan. Unas últimas palabras acerca de la figura del cardenal inglés no podrían estar referidas sino a lo que fue el objeto principal de su vida: la santidad. Newman está muy lejos de esa desesperación inútil que suele debilitarnos muchas veces. La santidad es, para él, obra de Dios. Ya hemos repetido varias veces esta idea, a lo largo del trabajo, pero no viene mal recordarla nuevamente, como corolario. Avanzar desde las oscuridades de la vida, desde los avatares y contingencias mundanales, hasta la meta exigida por la Conciencia, es propio de los que se confían Calixta, en efecto, se confió a la Voz interior, y no esperó nada de sí, más que el momento exacto para rendirse toda entera. Comprender, o al menos entrever, el espíritu de aventura, de riesgo, que contrae el cristiano al lanzarse al seno de Dios, equivale rendirse a su voluntad. Carreras desenfrenadas, mal emprendidas, y hasta heréticas, han hecho perecer muchas almas en el camino. El cardenal Newman nos recuerda lo inesperada que puede ser la intervención de Dios, la inutilidad de entrar nosotros en su tabernáculo, sin ser previamente purificados. Vale el principio realista de que lo primero en la intención, es lo último en la ejecución. Primero santidad, Presencia espiritual del Absoluto, luego posesión y goce del Mismo. Paciencia y entrega, nada más. Preferimos la santidad de Dios que la creencia en nuestra santidad.
El famoso lema de Newman “Ex umbris et imaginibus in veritatem” (…) puede entenderse en este sentido: con constancia y de a poco se aclara la realidad y se va revelando el Ser que la crea y recrea, Dios. También cabe ilustrar sus sentimientos humildes, y a la par firmes, en dirección a la verdad, con otros dos proverbios que él hizo suyos tomándolos de un maestro (Thomas Scout): “El crecimiento es la única prueba de la vida” y “La santidad antes que la paz”125.

Hemos de huir de la paz humana, de esa paz sin honra, que llamara don Vázquez de Mella. Una vida de paz humana, de quietud aparente, es anti-evangélica. La verdadera paz es interior, se enraíza en los profundos caudales del alma, apaciguada por la Voz canora que guía y redime a cada instante. Newman nos advierte de la verdadera santidad cristiana: abandono y santa pasividad, obediencia férrea y amorosa al Único que puede atar el espíritu sin jamás ahogarlo, al Que siempre está dispuesto a romper las cadenas de nuestra petulancia y soberbia. El día que caigamos en la cuenta de la impotencia nuestra, no podremos menos de exclamar: Lead Thou me on! Recién ahí habremos comprendido.
Cassagne I., John Henry Newman: Verdad y humildad en su camino a la Iglesia, en: Revista Gladius, Nº 73, Baraga, 2008, p. 40.
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Anexo I: Juba: el hombre caínico redimido. Sucede muchas veces que la crítica literaria se sitúa en páramos del todo arbitrarios o antojadizos. Los criticones suelen lanzar sus dardos contra lo que ellos mismos fabrican, contra los espejismos de sus imaginaciones vanidosas, sin parar mientes en los detalles de una obra, o en sus personajes menos significativos, los cuales, en varias ocasiones, conspiran ad invicem al mecanismo interno de la historia. En muchas oportunidades, los personajes más despreciables, afectados más profundamente por la fatalidad del vicio o del pecado, pasan desapercibidos en la mente de los Licurgos literarios. Y ni que hablar de los pobres lectores, la mayoría de las veces afectados por la beatería sensiblera del slogan progre que presenta un modelo de cristiano ajeno al pecado y a la roña de Caín. Acontece, como bien señala Castellani, que mentes robustas y efervescentes de sensibilidad como Víctor Hugo y Carducci expulsan los himnos desgarradores de poetas sufrientes como Boudallaire, o de seres desdeñados por la elite dominante, como Leon Bloy. En resumen: la pasión ciega y descristianizada, lanzada al conato de las gentes en libelos envenenados de almíbar, es más sugestiva que la fragancia redentora del Poema a la Belleza. Nosotros no caeremos en ese tópico. Los lamentos de Juba nos impiden rumbear para esos lares de dudoso cristianismo. Y el buen cardenal Newman nos guiará en el intento. Si en Calixta contemplamos, prima facie, la odisea espiritual de los espíritus que luchan por vadear la Caribdis del error, no podemos menos que insertar a Juba en la nave heroica. Él también ha luchado, pero no al modo de sus compañeros de viaje. A diferencia de ellos, él no se ha tapado los oídos, ni se ha asido con cables fortísimos al palo de la nave, ni ha desistido de arrojarse por la borda al canto maldito de las sirenas. Nuestro personaje ha naufragado, y esa es su principal prerrogativa. Hombre caínico le llamamos porque, al igual que su ancestro espiritual, fue maldecido y condenado a vagar por una tierra árida e inhóspita.
9- Et ait dominus ad Cain: ubi est Abel frater tuus? Qui respondit : nescio : num custos fratris mei ego sum ? 10- Dixitque ad eum: Quid fecisti? Vox sanguinis fratris tui clamat ad me de terra. 11- Nunc igitur maledictus eris super terram, quae aperuit os suum, et suscepit sanguinem fratris tui de manu tua. 12- Cum operatus fueris eam, non dabit tibi fructus suos : vagus et profugus eris super terram. (Gn. IV, 9-12).

Juba, desde el momento en que ha renunciado voluntariamente al baño regenerador del bautismo, da inicio al rodar de su alma. Es llamativo que los sentimientos de envidia hacia su hermano y de odio hacia el Cuerpo sagrado que integra corran en la misma línea que su esfuerzo de huir. Huye de sí y de la inhospitalidad de un mundo que ha visto dividir sus hijos en dos bandos: paganos y cristianos. Juba no profesa, en apariencia, ni el hórrido ídolo de la plebe ni el credo purísimo de la “nueva secta oriental”. Juba huye hacia la inmanencia, quiere correr hacia dentro. Ignora la profundidad de la cueva, pero se goza en su marcha insensata. Ha prevalecido su voluntad omnímoda y rebelde, el orgullo prometeico, el desinterés escéptico al llamado celestial de la pila. Bástennos recordar cuatro episodios arto significativos en la carrera de Juba. El primero de ellos se desarrolla en la cabaña de Agelio. Convaleciente de una extraña enfermedad, fruto de la impresionante tensión espiritual que reportó el 61

develamiento de su alma fría, recibe los auxilios espirituales del sacerdote Cecilio. De repente irrumpe en la escena su hermano Juba.
Agelio: ¿Qué te trae por aquí? Juba: Estuve terminando unos negocios fuera y al volver me encuentro con que has estado enfermo. ¿Es este el que te cuida? (Mirando a Cecilio casi con dureza) Es un sacerdote cristiano. Cecilio: ¿Es que Agelio no conoce más que cristianos? Juba: ¡Pues claro, seguro que si! También conoce gente inocente, agradable, aunque de otro tipo; yo mismo, por ejemplo. Tú, compadre, no das el ancho por mucho que te esfuerces. Agelio: Juba, si tienes algo que hacer aquí, hazlo y lárgate. No estoy para discutir contigo. Juba: Me sobran cosas que hacer aquí. Y este es un sacerdote cristiano, estoy seguro. Cecilio le miró con tal serenidad que Juba acabó por apartar la mirada con un punto de irritación. Cecilio: Soy sacerdote y he venido para reclamarte a ti como miembro de mi rebaño. Juba le miró con fiereza y redijo despectivamente: Te equivocas, padre; tú habla a los tuyos, yo soy perfectamente libre. Cecilio: Tú has sido catecúmeno; tú debes ir adelante, no hacia atrás. Juba: ¿Y qué sabes tú de mí? Te lo ha dicho él. Cecilio: Lo dice tu rostro, tu aspecto, tu voz. No necesito que me lo diga nadie; te veo ahora pero hace años que sé de ti. Juba: ¿Y qué ves en mí? Cecilio: Veo soberbia en forma humana pisoteando la fe y la convicción. La expresión fue de ira y desprecio más que de risa: Lo que vosotros, esclavos, llamáis soberbia lo llamo yo dignidad. Cecilio: Tú crees en Dios, Creador del cielo y tierra, tan firmemente como yo, pero te pones voluntariamente en contra de Él. Juba, con una sonrisa: Tan libre soy yo aquí abajo como Él allá arriba. Cecilio: Libre para hacer el mal, libre para sufrir por ello. Juba: Llámalo mal y llámalo sufrimiento; pero yo no llamo mal lo que Él llama mal, y si me hace sufrir es porque el es más fuerte. El sacerdote se quedó callado. Resultaba extraño verlos tan enfrentados y al tiempo tan desapasionados, como San Miguel y su adversario. Cecilio: Dentro de ti hay una voz que habla mis palabras. Esa voz está de parte de Dios y te condena. Juba: Si Él la puso, ya me cuidaré yo de quitármela. Cecilio: Así no sólo tendrá poder sobre ti sino también motivos para acusarte. Juba: No voy a inclinarme ante nadie. Seré mi propio dueño y señor, no dependo más que de mí, a nadie debo lealtad más que a mí mismo. Cecilio, tras guardar silencio: Hijo, creo que hay una cuenta muy seria pendiente entre tú y mi Dios, tu Dios. Procura arrepentirte mientras puedas. Juba: Guárdate tus cuentas y tus cuentos para los niños y las mujeres; yo soy de otra pasta, conmigo no podrás126.

El contrapunto entre el sacerdote y Juba revela la antítesis que se establece entre los reinos in-hermanables, irreconciliables, del cielo y el averno. El hombre de Dios, representando el orden espiritual que llama a la obediencia a la creación rebelde, no logra inmutar la terca voluntad demoníaca de Juba. Éste, sabe de
126

Newman J. H., Calixta, op. cit., pp. 152-153.

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Dios y de su obra, de sus milagros y doctrina. Conoce que la verdad radica toda entera en el cristianismo. Pero la aceptación voluntaria del orden espiritual requiere el sacrificio de la inteligencia, y de la voluntad tras ella. Y Juba no está dispuesto a inclinar su espiritualidad al Creador. Es un tremendo naturalismo, fruto de la hinchazón macabra de los malos hijos.
En la raíz del naturalismo hay un acto de soberbia, semejante al de nuestros padres en el paraíso. El hombre del naturalismo se abroquela en su naturaleza. No quiere ser ángel ni bestia, ni tan alto ni tan bajo. Quiere ser simplemente hombre, y nada más. No le interesa la felicidad que Dios reofrece. Le basta con esta felicidad que él podrá alcanzar recurriendo a sus propias fuerzas y a las de la sociedad, una felicidad en la tierra. Y así renuncia conscientemente a su elevación al orden superior, por el temor de que en la alianza de lo humano con lo divino, a que Dios lo invita al revelarle el orden sobrenatural, lo humano resulte destruido, absorbido, o al menos aminorado127.

Cecilio apela a la conciencia de Juba, intentando despertar en ella el temor por el Dios que juzga, el Ser que retribuye a cada uno según sus obras. La conciencia percibe la presencia de un Legislador que a la vez juzga, sentencia, absuelve o condena.
La conciencia nos sugiere muchas cosas acerca del Maestro a quien vemos por medio de ella, pero su enseñanza más sobresaliente y su verdad cardinal y característica es la de que Él es nuestro juez. Consiguientemente, el atributo especial bajo el cual la conciencia nos presenta a Dios y al cual subordina todos los demás atributos es el de su justicia, de su justicia retributiva. Por sus informaciones aprendemos a considerar al Todopoderoso primariamente, no como un Dios de sabiduría, de conocimiento, de poder, de benevolencia, sino como u Dios de juicio y de justicia, como uno que, no sólo para bien del culpable, sino como algo bueno en sí mismo, y como principio de gobierno ordena que el culpable sufra por su culpa. Si la conciencia nos dice algo de las características de la inteligencia divina, ciertamente nos dice esto; y considerando que nuestras faltas son mucho más frecuentes y más importantes que nuestro cumplimiento de los deberes que nos son impuestos, y que además nosotros tenemos plena conciencia de ello, se sigue que el aspecto bajo el cual la naturaleza nos presenta al Dios todopoderoso es, para usar una metáfora, el de uno que está airado y que nos amenaza con males128.

Un espíritu serrado a la trascendencia, aun conociendo la Verdad, establece un quiebre rotundo, no sólo contra dicha Verdad, sino también, con la posibilidad de subsanar su estado. Sólo un milagro, o una especial intervención de Dios, pueden redimir al reo. El segundo, capítulo veinte, sitúa a nuestro personaje en los páramos aledaños a la ciudad de Sicca. Una turba enervada y sacada de sí se dirige a la cabaña de Agelio para “hacer justicia”. Por suerte el joven cristiano no se hallaba en su cabaña. Mas su lugar fue ocupado por Cecilio, el exiliado obispo de Cartago que a la sazón se encontraba allí. Entre todos los revoltosos que rodeaban la cabaña descuella un joven alto y moreno, que impedía que el obispo fuese golpeado.
Y otro, joven, alto, de piel curtida, que ya había impedido que le cayeran unos cuantos golpes al Cecilio: ¡Quieto! ¿Te estarás quieto? ¿No ves que si le matas no podrá deshacer los hechizos que nos han lanzado? Primero, que deje las cosas como estaban, que nos quite la maldición. Vamos a llevárnoslo; le pondremos ante Astarté, Hércules o el
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Sáenz A., El hombre moderno. Descripción fenoménica, Buenos Aires, Gladius, 20055, pp. 148-149. Newman J. H., El asentimiento religioso, op. cit., p. 343

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viejo Saturno. Le chamuscaremos en una parrilla hasta que convierta todos los juncos en viñas, los guijarros en olivas y el polvo de la tierra en harina de trigo. Cuando haya acabado le pondremos a bailar una jiga con una vaca salvaje y lo sentaremos a cenar con una hiena129.

Con este engaño, el joven enigmático consiguió que ataran al obispo y lo montaran en un burro. Una vez llegados a la ciudad darían satisfacción a los dioses con la nueva víctima. Pero un inesperado suceso cambió el curso de los hechos.
El joven que había subido a Cecilio al burro seguía cerca de él cantando, como los demás: Saltando y danzando en las sombras de la noche, aguzando las orejas y sacando chispas de las pezuñas, el rabo se le movía volando raudo por ahí. -Eh, viejo, (le dijo en voz baja y en latín), a mí tu maldición no me ha hecho ningún daño. Cecilio: Hijo, cambia de vida, ahora que estás a tiempo. -Suerte que tienes, y yo también (…)

Estaban ya al pie de la colina y por las sombras que llenaban la hondonada se veía que el sol se estaba poniendo por el oeste. Entonces el joven se vuelve a Cecilio y le susurra: -Para que veas, viejo, que no solo los cristianos perdonan y olvidan. A partir de hoy me llamarás Juba el generoso. Y echó atrás la cabeza. De repente, al llegar al punto en que el barranco daba ya a la llanura, Juba agarró la soga que ataba las manos de Cecilio, la cortó y asestó con ella un tremendo zurriagazo en la grupa del burro, que salió corriendo a toda velocidad. En un caso como este, los burros africanos son capaces de muchas más cosas que los nuestros. Al principio, Cecilio se descabalgó pero enseguida recuperó el equilibrio y aligeró al burro; los gritos de la masa y los alaridos de los sacerdotes de Cibeles contribuían a dar velocidad a su carrera. La oscuridad, que crecía por momentos, se lo tragó rápidamente. Incluso a plena luz su captura hubiera sido más que difícil para aquel gentío ya agotado, ebrio y muerto de hambre. Sin tiempo para dar gracias por el inesperado rumbo de los acontecimientos, ya estaba Cecilio fuera de alcance, yendo a paso más adecuado a las costumbres del animal de carga, por un inmenso llano que hubiera representado una agotadora marcha nocturna para un hombre en ayunas130.

¿Cómo es que Juba libera al obispo? ¿Cómo debemos juzgar esta acción? Evidentemente, no podemos achacar esta acción a la virtud de Juba. Su odio hacia los cristianos impedía tal hazaña. Solo nos queda aventurar la siguiente explicación: la autosuficiencia del espíritu desposeída de sí y de toda ley moral. No es de extrañarnos que así como Juba liberó al desgraciado obispo de Cartago, de la misma manera pudo liberar a cualquier malhechor común y silvestre. Tal acto apunta, sin más, al núcleo del corazón de Juba, herido por el pecado contra la luz, del cual dijo Cristo no haber perdón posible (Cf. Mt. XII, 31). A sabiendas de la correspondencia intrínseca entre Cristo y Verdad, Juba no duda en peticionar, en nombre de sí, la independencia de pensamiento. Sabe que el bautismo transforma el alma de los miserables y los restablece al estado de hijos de la Verdad, pero él se niega a inclinar su cabeza y prefiere ser él mismo su propio dios. Él decide qué cosa es digna
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Newman J. H., Calixta, op. cit., p. 204. Ibidem, pp. 206-207.

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de ser llamada virtud, y qué cosa no, el destino de su alma y la suerte de su prójimo. Es el virus nefasto del liberalismo que traspasa los límites y se sitúa en los intangibles designios del Todopoderoso.
Ahora bien, entiendo por liberalismo la falsa libertad de pensamiento, o el ejercicio del pensamiento sobre materias que, dada la constitución del espíritu humano, el pensamiento no puede conducir a ninguna conclusión valedera y está, por ende fuera de lugar. En esas materias están los primero principios de todo orden, y entre éstos hay que contar como los más sagrados e importantes las verdades de la revelación. Así, pues, el liberalismo es el error de someter al juicio humano aquellas doctrinas reveladas que están, por su naturaleza, más allá de su alcance y son independientes de él, y de pretender determinar por razones intrínsecas el valor y verdad de proposiciones que se fundan para ser aceptadas, simplemente, en la autoridad exterior de la palabra divina131.

Juba ha acallado su conciencia y la ha substituido por sor su razón pervertida. Se goza en entonar cantos a Belzebul y, a la vez, en despreciar al rey de las tinieblas. Ni Dios ni Demonio reconoce Juba, que no sean los suyos propios. Dios debe ser digno de Juba y, por lo mismo, afín a su antojo. Por lo mismo, no tiene la capacidad de volver su alma a Dios. Es que desde el momento en que deduce su supremacía en el mundo, interfiere en la obra redentora de Dios. Porque la fe es un don, y no una postura externa, es conferida solamente a los pequeños, a los puros de alma. La fe no es ganancia personal, es don totalmente gratuito. La clave radica en la Verdad de Dios y en nuestra propia verdad: del contraste esencial entre la criatura y su Criador brota, para el alma sencilla que anhela la redención, la necesidad de creer.
Aquella Verdad sobre la que predicaba San Pablo se dirige a nuestra naturaleza espiritual: será correctamente entendida, valorada y aceptada exclusivamente por los amantes de la verdad, de la virtud, de la pureza, de la humildad y de la paz. La sabiduría infunde vida a sus hijos, acoge a los que la buscan. En efecto, aquellos así dotados pueden y deben poner sus dotes intelectuales, cualesquiera éstos sean, al servicio de la religión; sólo ellos pueden usarlos para el bien. Por el contrario, los que voluntariamente rechazan la verdad revelada son los que no aman las verdades morales y religiosas. Son los hombres malos, los orgullosos, los hombres de corazón duro y de temperamento altanero, los de vidas inmorales, quienes rechazan el Evangelio. Estos son aquellos de los que habla San Pablo en otra epístola: “Si todavía nuestro Evangelio aparece cubierto con un velo, ello es para los que se pierden; para los incrédulos, en los cuales el dios de este siglo ha cegado los entendimientos” (II Cor. IV:4). Esto se condice con los casos de aquellos que vuelven sus oídos de la verdad que nos presenta el Nuevo Testamento. ¿Quiénes fueron los enemigos de Cristo y sus Apóstoles? El saduceo infiel, el inmoral, el hipócrita fariseo de corazón endurecido, Herodes que casó con la mujer de su hermano Felipe (Mt. XIV:3), y Félix que se sobrecogió de temor cuando Pablo habló de la justicia, de la continencia y del juicio venidero (Hechos, XXIV:25). Por otra parte, hombres de vida santa y consistente como el centurión Cornelio, y aquellos que frecuentaban los ritos religiosos como Simeón y Ana, son los que se convirtieron al cristianismo. Y así es ahora. Si algunos deliberadamente se vuelven hacia las fábulas, lo hacen por propia voluntad, lo hacen por razón de su orgullo, o por indolentes y auto-indulgentes132.

Pasemos ahora al tercer suceso que nos trae Newman en el capítulo veintitrés.
Newman J. H., Apología “pro vita sua”, op. cit., p. 227. Sermón de Newman titulado La verdad oculta http://tollers.jack.googlepages.com
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para

quien no

la busca, en:

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Juba acude a ver a su madre, la bruja Gurta. Allí tiene lugar un intercambio de palabras que no vienen a cuento en nuestro intento de dilucidar el destino de Juba. Solo haremos notar una parte de este diálogo. Gurta y su hijo conversan acerca del destino que espera a los cristianos. La bruja, con sádica perorata, se ufana en los castigos que esperan a los perseguidos a causa de la fe.
Gurta: Sí, sí, hay que aplastarlos, despedazarlos, pocos o muchos. ¡Lo haremos, lo haremos! Y Calixta será uno de ellos. Juba: No veo que sean peores que otra gente, en absoluto; lo único, que en general son escurridizos. Si Calixta se convierte, ¿por qué yo no, madre?; si yo estoy con ella no podrás tocarla. Gurta: No, no, nada de eso; tú tienes que servir a mi señor. Tú ahora te lo pasas bien pero cuando llegue el momento tendrás que aplicarte. Algún día tendrás que encargarte tú de mi gente. Ven, deja que te de un beso. Juba: Dale besos a esos monos, cabras y gatos tuyos. ¡A mí no me gustan, vieja! ¡Qué tanto “señor” y “mi señor”! ¡Yo no tengo señor!, yo no soy ciervo de nadie. A mí nadie me contrata ni yo me arrugo ante un matón ni tiemblo ante un cetro. Tú, Gurta, haz lo que quieras, que yo soy libre. Eres mi madre por pura cortesía. Gurta le lanzó una mirada furibunda: ¿Es que no vas a portarte bien con tu

madre, Juba? ¿Es que vas a ser un santito? Sí, eso es, harán contigo una pintura para rezarte. Juba: Y si a mí me da la gana, ¿por qué no? Si al final tuviera que servir a alguien antes cogeré al señor de esos otros que a tu amigo el diablo. No he dejado al maestro para coger al aprendiz (…)133 Una vez más la autosuficiencia de Juba. Ni siquiera se le puede llamar “aprendiz de brujo”: no hay sortilegio que lo haga postrarse ni encantamiento que lo rinda al servicio del “amo”. Juba había sido el responsable, por instigación de su madre, de la exaltación de ciertos ánimos contra cristianos conocidos en Sicca. Responsable directo, instigador del mar de crueldades que siguieron a la terrible peste alada. Juba trabaja para Satán o, para mejor decir, presta servicios para él. Juba ayuda, no sirve. Pero Gurta no se contenta con víctimas pobres. Anhela, fiel servidora del amo de las tinieblas, la sangre sagrada de los ministros del altar. Confía en que Juba hubo cumplido el cometido: entregar al obispo Cipriano (Cecilio) a la massa damnata.
Gurta: No, no, ella [Calixta] y el sacerdote, eso es más probable; los dos están juntos en la carcel, en la mazmorra, espero. Juba: Por una vez tu señor te ha tomado el pelo, vieja (…) Gurta estaba a punto de ahogarse de cólera: No se habrá escapado Cipriano, ¿verdad, rapaz? Juba, con perfecta calma: Yo mismo le solté. Una sombra infernal cruzó el rostro de la bruja, que no dijo nada. Juba: Madre, yo soy mi dueño y señor; quiero destrozar esa superioridad tuya que tanto das por supuesta (…)134

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Newman J. H., Calixta, op. cit., p. 227. Ibidem, pp. 228-229.

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Juba se sitúa por encima de todos. La decisión de salvar incluso a su enemigo nos hace recordar el episodio del Marqués de Sade liberando del patíbulo a sus suegros, encarnizados enemigos suyos, que procuraban constantemente su condena. Hay mucho hilo en la madeja, y el cardenal Newman nos ha ofrecido la punta. El claro símil con el maquiavelismo moderno nos lleva a la consideración de esos actos aparentemente provistos de solidaridad y caridad. Una fina máscara de hierro cubre las intenciones de individuos situados en un imaginario mundo supra-moral, demiúrgico. Los dioses de carne sancionan y promueven la anarquía, trastornan las leyes y desafían el orden olímpico. Los gigantes, una vez más, levantan sus plantas para pisotear el templo perenne de Zeus. Pero como siempre, y no puede suceder de otra forma, el castigo ante el intento de rebeldía no se hace esperar.
Gurta seguía callada, tenía una expresión impresionante de maldad. De repente dio un silbido agudo.(…) Mientras Juba hablaba y cantaba, en la cabaña oyeron el silbido. Un animal de una raza extraña salió arrastrándose, y siguió reptando y retorciéndose por los árboles y arbustos que circundaban la pradera. Al llegar hasta la vieja, se echó a sus pies; luego se levantó y se inclinó ante ella. La bruja cogió a la bestia en brazos, y la acariciaba mientras le decía cosas al oído. En el momento en que Juba paró de cantar se lo echó encima con toda su fuerza135.

Ni sospechar podía Juba del desenlace fatal de sus actos. Como Caín, ignora el desenlace de su pecado. Piensa que nada puede atarlo, si él no se deja atar. No hay sacrificio que complazca a los dioses, ya que los dioses se dignan desestimar los sacrificios de los hombres. Una vez tomado conciencia de esto, no hay más alternativa que el rompimiento directo con el orden divino, con el profundo teandrismo que entrelaza el empíreo con la tierra. Pero como rompimiento metafísico que es –tal es el nivel de desgarramiento producido por el pecado- las piezas cobran una disposición extraña al orden primordial. Y el responsable debe pagar, expiar, lo quiera o no. Y en el caso de Juba, el desgarre se traduce en huida y maldición.
Abel es peregrino en este mundo; en la tierra (aunque deje en ella su sangre) no ha echado raíces. En cambio Caín “andará maldito”, es decir, errante sobre la tierra. Ser errante es andar sin sentido: una especie de vagabundeo metafísico. Andar errante por los caminos del mundo es andar sin meta allende el mundo y en cuanto no hay una meta allende el mundo, este errar lleva consigo una maldición, un no-sentido, un empezar siempre sin esperanzas de concluir como la muralla china de Kafka. Abel es “peregrino”, Caín, “errante”. Caín se autoniega, su andar “errante” es un andar necesariamente negativo; es huida del ser y de sí mismo, demoníaca subversión contra el tú, contra sí mismo y contra Aquel que hace que haya ser. Caín anda “fugitivo” y el Señor le pone por delante su triste condición: es un “fugitivo” de su hermano, de sí mismo y de Yahvé. El Señor le dice: “Fugitivo y errante andarás sobre la tierra”. Caín exclama: “andaré fugitivo y errante por la tierra”136.

Comienza la carrera desesperada de Juba. La bruja castiga la insolencia de su hijo y llama a un espíritu inmundo para tomar posesión de él.
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Ibidem, p. 229. Caturelli A., El abismo del mal, Buenos Aires, Gladius, 2007, pp. 158-159.

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Juba huye, escapa. El demonio ha tomado el mando de sus potencias sensibles, mostrándole cuan espantoso es sustraerse al influjo divino. Este es el estado del hombre dejado a su propio arbitrio. Sin Dios y “sin sí mismo”. La descripción de Newman de este estado de enajenación es sorprendente. Remitimos a la lectura directa del capítulo veintitrés de Calixta. Sólo transcribiremos un pequeño párrafo a modo de ilustración.
De pronto, ese poder interior empezó a decir, con su boca y lengua, las más bárbaras blasfemias, palabras e ideas a las que no habría dado importancia, si le hubieran venido a la cabeza antes, o las hubiera dicho como baladronadas. Sin embargo, ahora, le llenaban de un asco insoportable y de un terror inmenso, completamente desconocido para él. En el fondo de su corazón había creído en Dios, pero ahora creía con una realidad y una intensidad absolutamente nuevas para él. Sentía como si estuviera viendo a Dios cara a cara. Sintió que existía el mundo del bien y el mundo del mal, pero se sintió anonadado ante el bien y horrorizado por el mal. Sintió que alguien le llevaba, contra su voluntad, que le arrastraban como la presa de un poder horrible, misterioso, que le tiranizaba.137

. Una vez abandonado al estado de posesión, comprende Juba el claro contraste entre el abismo del mal y la profundidad intensiva del bien. Su mente, que antes concibiera a Dios como “algo que es”, no puede menos de pronunciar a toda voz “eres”138. Ha comenzado la redención de Caín en el mismo castigo. Saltamos al capítulo treinta. Ya es hora de que Juba deje de huir: la ruptura ha sido satisfecha. El obispo de Cartago deja la prisión, acompañado de su diácono, donde Calixta espera la hora de ver a su Dueño. En el camino, ya de noche, se topan con una sombra extraña que roza sus cuerpos, una presencia maléfica que siente la presencia del ministro de Dios.
Juba se había quedado en aquellos andurriales por donde pasaban ahora los dos cristianos, deambulaba de aquí para allá, se daba golpes furiosos contra las piedras y sobrevivía a los elementos. Cómo se alimentaba es difícil de saber; quizá le fue útil también ahora impulso del principio de su locura cuando se echaba encima de las bestias del campo. Había raíces y frutas silvestres por el monte y sobre todo en los barrancos. Si no fuera de noche Cecilio habría notado cambios también en Juba, lo mismo que en Calixta –aunque los más aparentes eran de muy distinta naturaleza. Aquella permanente y desafiante expresión de orgullo había desaparecido. ¿Qué sentido tenía dedicar la vida a una constante exhibición de la propia voluntad? Sus actos, sus palabras, sus manos, sus labios, sus pies, el lugar donde vivía, sus días, todo, estaba en manos de otro que le gobernaba, lo quisiera él o no. No era la influencia suave que atrae y convence, no era el

Newman J. H., Calixta, op. cit., pp. 230-231. Es recurrente en Newman la “dialéctica” entre mundo real e irreal, aseveración racional y verdadero asentimiento vital. “Lo mismo sucede con las emociones religiosas. Todo cristiano sabe que las doctrinas contenidas en el Evangelio le afectan hondamente. La doctrina del pecado original y actual, la divinidad de Cristo, la Redención y el santo Bautismo son tan profundas que nadie puede percibirlas sin sentirse intensamente afectado. La razón natural lo sugiere a cualquier hombre y le hace ver que si cree de verdad aquellas doctrinas debe albergar esos sentimientos. La persona declara entonces creer absolutamente en las doctrinas, y hace profesión de los correspondientes sentimientos. Pero quizá no cree en ellas tan absolutamente porque semejante fe absoluta va más allá de la existencia real del sentimiento interior. No olvidemos nunca dos verdades: debemos tener el corazón penetrado del amor de Cristo y lleno de autorrenuncia, pero si no lo está realmente, profesar que lo está no corregirá la deficiencia”. Sermón titulado Palabras irreales, pronunciado por Newman el 2 de junio de 1839, en: Newman J. H., Esperando a Cristo, op., cit., p. 83.
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poder que brota de la oración, era una tiranía ante la que no cabía resistencia, ágil como el espíritu, impenetrable como la materia139.

Juba comprueba lo que conlleva el ser tirano, la negación casi total del otro. Él creía situarse placidamente en las esferas intangibles del cosmos, en el trono de las voluntades y decisiones del prójimo. Él y sólo él era Dios.
Cecilio: ¡Juba! El poseso se acercó pero volvió a apartarse de él, como si le temiera. Juba, agitando las manos frenético: Fuera, hipócrita, no te me acerques. Las posesiones diabólicas no eran cosa nueva para Cecilio; alzó la mano y trazó la señal de la cruz. Cecilio: Ve. Avanzó, se estremeció, dijo algunas palabras espantosas, y se echó sobre Cecilio… Juba: ¿Quieres que vaya? ¡Ahí voy! (…) -Ponte de rodillas. Juba se arrodilló. Le puso la mano en la cabeza. -Ven detrás de mí y no hagas cosas raras. Continuaron los tres y llegaron a la cueva. Juba quedó a cargo de Romano, que tenía experiencia con energumens de Cartago140.

El destierro de Juba llega a su fin. En el capítulo treinta y cinco Juba es definitivamente liberado de las cadenas de Satán. En una sinaxis cristiana, ante los restos mortales de santa Calixta, se da la definitiva expulsión del demonio del cuerpo de Juba. El contacto con el cuerpo sagrado de la mártir griega devuelve a Juba al mundo de los libres, no sin sumirlo en un estado de idiotez que duraría, milagrosamente, hasta el momento de pedir ser admitido en el cuerpo místico de Cristo. Muere un día después de recibir el bautismo, rezando ante la tumba de la divina mártir La carrera de Caín trocó a su fin, luego de múltiples peripecias. El inicial estado de negación del Absoluto y la coronación del propio yo humano desencadenó el concomitante estadio de demonización. Sólo el exorcismo de la Iglesia liberó a la desgraciada criatura de la esclavitud de su voluntad, llevada hasta el extremo de erigirse infernalmente en dios. La Santa Iglesia, desde siempre, orientó su misión sagrada, como su Dueño le confiara (Cf. Mt. VI, 7), al permanente exorcismo del mundo. No puede tener otra misión, otro encargo más que éste: la purificación de las criaturas mediante la expulsión del reino infernal, que milita ad perditionem animarum. Caín tuvo suerte esta vez. O mejor dicho, Caín tuvo por gracia ser objeto de la Misericordia. De esta manera, Calixta se cierra con una historia triple de conversión: la del cristiano tibio, la del pagano obediente, y la del Caín soberbio.

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Newman J. H., Calixta, op. cit., pp. 292-293. Ibidem, p. 293.

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Anexo II: Dos escritos de San Cipriano Carta de Cipriano a los presbíteros, a los diáconos y a todo el pueblo de Cartago, sobre los méritos de un confesor; otoño del 250. Cipriano a sus hermanos amadísimos y deseadísimos los presbíteros, diáconos y a todo el pueblo, salud. Es deber mío anunciaros, carísimos hermanos, las noticias que os pueden dar contento a todos y afectan al mayor honor de nuestra Iglesia. Y, en efecto, debéis saber que nos ha advertido e intimado la bondad divina inscribir en el número de los presbíteros de Cartago al presbítero Numídico y admitirlo a sentarse entre nuestro clero, siendo tan ilustre por la brillante conducta de su confesión y tan eminente por el prestigio que le han dado su valor y su fe. Además, éste ha enviado por delante de sí, merced a sus arengas, a una falange de gloriosos mártires que murieron lapidados y quemados, y hasta miró con gozo a su esposa, fiel a su lado, cuando se consumía en medio de las llamas con los demás, y más bien diría yo se conservaba. Él mismo, medio quemado y medio enterrado por las piedras, fue dado ya por muerto; después, cuando su hija, con sentimientos de piedad filial, buscaba el cadáver de su padre, es cuando se lo encontró respirando aún, y retirado y confortado, quedó contra su gusto separado de sus compañeros, a quienes él mismo había enviado por delante. Pero el motivo de quedarse fue, como vemos, para que el Señor lo agregara a nuestro clero y para dotar de prestigiosos sacerdotes nuestro grupo, desolado por la caída de algunos presbíteros. Ciertamente se le promoverá, con la permisión de Dios, a un puesto más elevado de la Iglesia cuando con la gracia de Dios estemos ahí presentes. Entre tanto, cúmplase lo que se indica: recibamos con acción de gracias este don de Dios, esperando de la misericordia del Señor muchos beneficios de esta clase, a fin de que vuelva el vigor a su Iglesia y conceda, para honor nuestro, que se sienten con nosotros en las asambleas presbíteros tan mansos y humildes. Os deseo, hermanos carísimos y deseadísimos, que conservéis sin interrupción entera salud. (Carta 40: Migne 35; BAC 241, 484-485)

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Sin miedo a la muerte Es verdad que perecen en esta [epidemia de] peste muchos de los nuestros; esto quiere decir que muchos de los cristianos se libran de este mundo. Esta mortandad es una pestilencia para los judíos, gentiles y enemigos de Cristo; mas para los servidores de Dios es salvadora partida para la eternidad. Por el hecho de que sin discriminación alguna de hombres mueran buenos y malos, no hay que creer que es igual la muerte de unos y de otros. Los justos son llevados al lugar del descanso, los malos son arrastrados al suplicio; a los fieles se les otorga en seguida la seguridad; a los infieles, sin tardar el castigo (...). Cuántas veces me fue revelado, cuántas y más claras veces se me ordenó por la bondad de Dios que clamase sin cesar, que predicara en público que no debía llorarse por nuestras hermanos llamados por el Señor y libres de este mundo, sabiendo que no se pierden, sino que nos preceden; que, como viajeros, como navegantes, van delante de los que quedamos atrás; que se puede echarlos de menos, pero no llorarlos y cubrirnos de luto, puesto que ellos ya se han vestido vestidos blancos; que no debe darse a los gentiles ocasión de que nos censuren con toda razón, de que viven con Dios y los lloremos como perdidos y aniquilados, y no demos pruebas con verdaderos sentimientos de lo que predicamos con las palabras. Somos prevaricadores de nuestra esperanza y fe si aparece como fingido y simulado lo que estamos afirmando. De nada sirve mostrar en la boca la virtud y desacreditar su verdad con la práctica. Por último el Apóstol Pablo reprueba y recrimina, reprende a los que se contristan desmesuradamente por la pérdida de los suyos. No queremos, dice, que os olvidéis, hermanos, a propósito de los que fallecen, que no debéis lamentaros como los demás que no tienen esperanza. Pues si creemos que Jesús murió y resucitó, también Dios llevará con Él a los que han muerto con Jesús (1Ts 4, 13-14). Dice que se entristecen en demasía de los suyos los que no tienen esperanza. Pero los que vivimos con esperanza y creemos en Dios y que Cristo padeció por nosotros y resucitó, y confiamos en permanecer con Cristo y resucitar en Él y por Él, ¿por qué rehusamos salir de este mundo o lloramos y nos dolemos de los nuestros que parten, como ya perdidos, cuando el mismo Cristo y Señor y Dios nuestro nos avisa y dice: Yo soy la resurrección; el que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mi no morirá nunca? (Jn 11, 25-26). Si creemos en Cristo, tengamos fe en sus palabras y promesas de modo que, no habiendo de morir nunca, vayamos alegres y tranquilos a Cristo, con el cual hemos de triunfar y reinar siempre Si morimos, cuando nos toque, entonces pasamos por la muerte a la inmortalidad, y no puede empezar la vida eterna hasta que no salgamos de ésta. No es ciertamente una salida, sino un paso y traslado a la eternidad, después de correr esta carrera temporal. ¿Quién hay que no vaya a lo mejor? ¿Quién no deseará transformarse y mudarse cuanto antes en la forma de Cristo y merecer el don del cielo, predicando el Apóstol Pablo: nuestra vida, dice, está en el cielo, de donde esperamos al Señor Jesucristo, que transformará nuestro vil cuerpo en un cuerpo resplandeciente como el suyo? (Fil 3, 2021). Para que estemos con Él y con Él nos gocemos en las moradas eternas y en el reino del cielo, Cristo Señor promete que seremos tales cuando ruega al Padre por nosotros, diciendo: Padre, quiero que los que me entregaste estén conmigo donde estoy Yo y vean la gloria que me diste antes de crear al mundo (Jn 17, 24). El que ha de llegar a la morada de Cristo, a la gloria del reino celestial, no debe derramar llanto y plañir, sino más bien regocijarse en esta partida y traslado, conforme a la promesa del Señor y a la fe en su cumplimiento (...).

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Hemos de pensar, hermanos amadísimos, y reflexionar sobre lo mismo: que hemos renunciado al mundo y que vivimos aquí durante la vida como huéspedes y viajeros. Abracemos el día que a cada uno señala su domicilio, que nos restituye a nuestro reino y paraíso, una vez escapados de este mundo y libres de sus lazos. ¿Quién, estando lejos, no se apresura a volver a su patria? ¿Quién, a punto de embarcarse para ir a los suyos, no desea vientos favorables para poder abrazarlos cuanto antes? Nosotros tenemos por patria el paraíso, por padres a los patriarcas; ¿por qué, pues, no nos apresuramos y volvemos para ver a nuestra patria para poder saludar a nuestros padres? Nos esperan allí muchas de nuestras personas queridas, nos echa de menos la numerosa turba de padres, hermanos, hijos, seguros de su salvación, pero preocupados todavía por la nuestra. ¡Qué alegría tan grande para ellos y nosotros llegar a su presencia y abrazarlos, qué placer disfrutar allá del reino del cielo sin temor de morir y qué dicha tan soberana y perpetua con una vida sin fin! Allí el coro glorioso de los apóstoles, allí el grupo de los profetas gozosos, allí la multitud de innumerables mártires que están coronados por los méritos de su lucha y sufrimientos, allí las vírgenes que triunfaron de la concupiscencia de la carne con el vigor de la castidad, allí los galardonados por su misericordia, que hicieron obras buenas, socorriendo a los pobres con limosnas, que, por cumplir los preceptos del Señor, transfirieron su patrimonio terreno a los tesoros del cielo. Corramos, hermanos amadísimos, con insaciable anhelo tras éstos, para estar enseguida con ellos; deseemos llegar pronto a Cristo. Vea Dios estos pensamientos, y que Cristo contemple estos ardientes deseos de nuestro espíritu y fe; Él otorgará mayores mercedes de su amor a los que tuvieren mayores deseos de Él. (Tratado sobre la peste, 15-26)

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