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Miércoles, 15 de julio de 2009 Deia

IRITZIA
Behatokia

iritzia@deia.com

Errar es humano... y médico

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ALILAH y su hijo Rayan han muerto en el hospital público Gregorio Marañón de Madrid. La madre fue noticia por ser la primera persona fallecida en el Estado español como consecuencia de la infección por el virus de la gripe A. Su esposo planteó, desde que se tuvo conocimiento del alcance de la enfermedad, que se trataba de un error médico: fueron necesarias tres visitas a establecimientos sanitarios para que fuera diagnosticada y tratada. Estaba embarazada. El día anterior a su muerte, se realizó una cesárea para intentar salvar la vida del feto. Todo fue bien para Rayan hasta que la calamidad volvió a cruzarse en el camino de esta familia. Lo ha explicado el gerente del centro en una desacertada rueda de prensa, en la que ha detallado lo ocurrido y responsabilizado exclusivamente al personal de enfermería de haber administrado, por vía intravenosa, una fórmula láctea destinada a su uso por vía digestiva. En sus palabras, el neonato murió como consecuencia de un “terrorífico error” sanitario y de una gravísima negligencia que no tiene excusa, por lo que ha asumido todas las consecuencias y responsabilidades. Si las explicaciones que nos muestran los medios de comunicación son ciertas, el diagnóstico de gripe A de la madre se retrasó por la presentación atípica y por la imposibilidad de hacer radiografías a una embarazada. Después, la gripe se complicó con una pulmonía que no respondió al tratamiento. ¿Dónde está el error que refiere el padre? El tiempo nos dirá si los síntomas que presentaba Dalilah obligaban a realizar los test de la gripe A o no. Sin embargo, en su avanzado estado de gestación no hay peligro para el feto en la realización de unas radiografías de tórax. Parece que no se agotaron todas las posibilidades diagnósticas las dos veces que acudió a los servicios de urgencias. Es posible admitir una evolución fatal aunque se hubieran aplicado los protocolos establecidos para la pandemia de gripe, pero se debían haber utilizado recursos diagnósticos antes de enviarla a su domicilio en dos ocasiones. En el caso del hijo, las cosas parecen más claras, un error humano condicionó la administración de una sustancia tóxica que acabó con su vida. Los dos desgraciados acontecimientos nos muestran facetas diferentes del error sanitario. En el primer caso, se omitieron exploraciones necesarias. En el segundo, una distracción o una falta de conocimiento han condicionado la realización de una maniobra de forma inadecuada provocando una reacción mortal.

En la muerte de Rayan, pero también en la de su madre, Dalilah, hacer responsable únicamente al personal sanitario es alejarse de la solución, la administración sanitaria tiene que admitir y corregir las carencias estructurales que el sistema presenta
P O R J AV I E R A L O N S O

En un ámbito tan complejo como el sanitario, la aparición de acontecimientos adversos fruto de errores médicos es muy frecuente y habitualmente, de escasa gravedad. La res, ponsabilidad sanitaria de estos dos desgraciados sucesos se puede valorar desde tres puntos de vista. El primero, es la responsabilidad directa de las personas en el desempeño de funciones profesionales. Se trataría de un error en la ejecución de una actividad propia del equipo sanitario. El personal médico que no pone todos los medios necesarios para el diagnóstico o el personal de enfermería que se equivoca en la vía de administración. Esta responsabilidad directa se ha magnificado con el deseo de eludir la subsidiaria derivada de la mala organización del centro. Como en el juego televisivo, las personas que asumen la gestión sanitaria han encontrado rivales más débiles para desplazar su incompetencia. Esta primera capa de asunción o elusión de responsabilidad conecta con un mecanismo de defensa primario, que ojalá fuera infantil, el “yo no he sido...”. Si ahondamos en el proceso de búsqueda de subcapas de responsabilidad, a continuación nos encontramos con la estructural. La responsabilidad del personal se transforma en una responsabilidad estructural que corresponde asumir al sistema sanitario. ¿Cómo son las cargas de trabajo del personal de urgencias? ¿Qué ocurre en un hospital cuando ante situaciones de baja o sustitución de personal en periodo de vacaciones acuden profesionales suplentes? ¿Se realiza alguna preparación, adaptación o supervisión que garantice la diligencia de su actividad? ¿Se presupone? Si nos encontramos ante esta última opción ¿podríamos considerar la presunción de inocencia del personal médico y de enfermería que comete un error? Finalmente, en una tercera subcapa, se

encuentra la responsabilidad cultural, derivada del impacto social que ha provocado un hecho puntual (la gripe A) en la cultura. En el asunto que nos ocupa, Rayan y su familia, tanto la madre como el hijo, tenían dos enfermedades que condicionaron una reacción directa: la mediática gripe A y la emocional

La primera capa de elusión de responsabilidad en quienes asumen la gestión sanitaria es un mecanismo de defensa primario, que ojalá fuera infantil: el “yo no he sido”

ante la desgracia de un hijo cuya madre ha fallecido sin conocerle. ¿Cómo medir la presión ante la que una enfermera actúa ante hechos imbuidos de tanta repercusión mediática y emocional? Algo que parece altamente improbable ha ocurrido en esta familia: dos errores con dramáticas consecuencias en un corto espacio de tiempo. Pero estos letales incidentes han sucedido en el mismo hospital. Es imprescindible dimensionar la responsabilidad del centro sanitario o la Administración que permiten turnos extenuantes de trabajo, que dificultan el correcto desempeño de las actividades profesionales limitando la formación o impidiendo la supervisión, y que utilizan al personal de enfermería como si fuera polivalente cuando la especialización en este ámbito es una de las principales garantes de la seguridad. De nada vale la compungida comparecencia del gerente del centro ni las lamentaciones y condolencias del consejero y la ministra cuando el personal sanitario puede ocupar puestos para los que no tiene la pericia necesaria. Si queremos disminuir los errores en la atención sanitaria, debemos valorarlos como un fallo del sistema y no sólo como un problema de las personas. Hacer responsable único al personal de estos dos graves errores es alejarnos del camino de la solución. No se trata eludir la responsabilidad de las personas, pero la Administración sanitaria tiene que admitir y corregir las carencias estructurales que presenta. Ahora tratará de disfrazarlas con el informe de una comisión de investigación que, a tenor de lo ocurrido con la que elaboró el delirante informe sobre las sedaciones en el hospital de Leganés, carece de fiabilidad. No puede existir la posibilidad de que un error, admisible e inherente a la actividad humana, implique consecuencias tan graves. Los sistemas sanitarios deben diseñar protocolos que disminuyan las consecuencias producidas por una equivocación y asumir su responsabilidad cuando no existen estos procedimientos. Esperemos a la investigación de la Fiscalía y al pronunciamiento judicial para conocer las responsabilidades del personal que intervino y de la Administración. El dolor de la familia por las irreparables pérdidas, el del personal médico que se equivocó al subestimar los síntomas de Dalilah y el de la enfermera que confundió enteral con intravenoso servirán para mejorar la calidad de la atención sanitaria que recibimos y para descubrir todas las subcapas de la responsabilidad.