FIGURACIONES EN PROCESO

© 1998, F u n d a c i ó n Social www.fundadon-social.com.co Cl 72 No. 10-71 P. 11 y 12 Santafé de Bogotá, D.C. Tels. 621 8 2 1 0 - 6 2 1 8312 Fax: 621 8342 © 1982, N o r b e r t Elias, del t e x t o ¿Cómo pueden las utopías científicas y literarias influir sobre el futuro?

ISBN: 958-8049-01-6 Primera edición Santafé d e Bogotá, j u n i o ele 1998 Traductores Erna von der Walde, artículos de P.R. Gleichmann, L. Maettig Helena Uribe, artículo de P. Spierenburg Jaime Cortés (Dpto. de Historia, Universidad Nacional de Colombia), artículos de Cas Wouters y La paradoja de la pacificación d e j . Goudsblom. Vera Weiler (Dpto. de Historia, Universidad Nacional de Colombia), artículos de N. Elias, F. Spier, W. Mastenbroek y La teoría de la civilización: crítica y perspeclixia de J. Goudsblom.

Portada Paula Iriarte Coordinación editorial Daniel Ramos, UTÓPICA EDICIONES daniel@utopica.com www.utopica.com

Impreso en Colombia Printed in Colombia

VERA W E I L E R Compiladora

FIGURACIONES EN PROCESO

N o r b e r t Elias Johan Goudsblom Peter Reinhard Gleichmann Pieter Spierenburg

W i l l e m Mastenbroek Cas W o u t e r s Lutz Maettig Fred Spier

Universidad Nacional de Colombia

Universidad Industrial de Santander

F U N D A C I Ó N SOCIAL

Contenido
Presentación
Vera Weiler 9

¿Cómo pueden las utopías científicas y literarias influir sobre el futuro?
Norbert Elias 15

La teoría ele la civilización; crítica y perspectiva
Johan Goudsblom 45

¿Son capaces los seres humanos de dejar de matarse mutuamente?
Peter Reinhard Gleichmann 75

La paradoja de la pacificación
Johan Goudsblom 101

Violencia, castigo, el cuerpo y el honor: una revaluación
Pieter Spie.enburg I 16

Negociaciones y emociones
Willem Mastenbroek 152

Sobre la sociogénesis de una tercera naturaleza en la civilización de las emociones
Cas Wouters 194

Teoría de los procesos y globalización
Lutz Maettig 227

La teoría del proceso de la civilización de Norbert Elias nuevamente en discusión. Una exploración de la emergente sociología de los regímenes
Fred Spier 257

Los autores

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Presentación
Vera Weiler

Figuraciones en proceso es un homenaje a Norbert Elias (1897, Breslau - 1990, Amsterdam). En una acepción decididamente dinámica, las nociones de figuraciones y procesos son claves de la sociología histórica desarrollada por Norbert Elias. En ella, figuración viene a ser el concepto estructural más general que expresa básicamente la idea de que los seres humanos siempre dependen unos de otros y cumplen, unos para otros, unas funciones. Este hecho se considera fundamental para el estudio adecuado de todos los asuntos propiamente humanos. Si constituyera ya un lugar común en los estudios sociales, la sociología eliasiana se llamaría simplemente procesal o de desarrollo. Esto significa que los fenómenos sociales se estudian en su trayectoria. Esta idea conduce al reconocimiento del potencial explicativo que posee una perspectiva de largo plazo. Las situaciones momentáneas no ofrecen en sí mismas elementos suficientes de explicación. Estos, en cambio, aumentan considerablemente cuando se pasa a su estudio procesal. Por esa vía es posible superar las limitaciones de principios cognitivos implí-

Vera Weiler

chámente estáticos que ignoran que las cosas como son, son el resultado (transitorio) del proceso de su génesis, ellas mismas son proceso. El estudio de los asuntos humanos en términos de Figuraciones en proceso se convierte así en un principio de realismo cognitivo. Si se acepta la clasificación general que Ernest Gellner estableció de las opciones del presente en materia de fe, los estudios figuradonales de los procesos sociales se ubican en el campo del Fnndamentalisnio racionalista, es decir, a una distancia inequívoca del fundamentalismo religioso y, naturalmente, del relativismo.' El presente libro —y el simposio con relación al cual surgió— originalmente estuvo pensado para la conmemoración del centenario del nacimiento de Elias. Pero dado el propósito que ambos persiguen, a la postre no resulta muy importante que nos hayamos demorado un año más. Figuraciones en proceso está concebido como contribución a la divulgación de la obra y del estilo cognitivo de Norbert Elias, en primer lugar en Colombia. Quizás sea también de interés para el ámbito latinoamericano más amplio. Después de que se hubiera consolidado el reconocimiento de Elias en Europa y, con algún retraso, en Norteamérica, comenzaron a conocerse las traducciones castellanas de los libros de Elias. Pero en general ellos permanecen más o menos desconocidos entre nosotros. Mientras tanto se ha consolidado una escuela internacional de inspiración eliasiana. Esta situación encierra unas posibilidades del tipo que en la historia se ofrecen, a veces, cuando se llega más tarVer Gellner, E., Posmodernismo, razón y religión. Barcelona: Ed. Paidós, 1994. En una charla pronunciada en 1992 Gellner, empleó el nombre de puritanos ilustrados para hablar del mismo estilo cognitivo. Ver Gellner, E., "Ua unicidad de la verdad". En Antropología y Política. Revoluciones en el bosque sagrado. Barcelona: Gedisa, 1997, 1928.

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Presentación

de que otros. Los trabajos que van más allá de Elias podrían estimular, por ejemplo, una modalidad de apropiación intelectual de la misma obra de Elias distinta a aquella que en ocasiones tiende a asfixiar los aportes de pensadores importantes en procesos de juiciosa exégesis de múltiples peldaños. Los debates ya realizados en relación con la teoría de Elias y una serie de investigaciones inspiradas en ella pueden estimular un acercamiento activo y dinámico. La situación en que se enmarca nuestro esfuerzo ofrece otra ventaja local. El tono de los debates relacionados con la teoría de Elias, en general, es menos áspero hoy que hace apenas algunos años y no hay razón para una reproducción local de las fases iniciales. Los límites entre los partidarios y aquellos críticos que comparten con éstos ciertas premisas de cognición se han tornado más fluidos en algunos aspectos. El cambio de ambiente y sus beneficios se advierten de modo ejemplar en la más reciente de las introducciones a la obra de Norbert Elias." Su autor, el sociólogo australiano Robert van Krieken, invita a ir al encuentro con la crítica a partir de una actitud más generosa. No hay duda; tal actitud se revierte en un diálogo fecundo. En Figuraciones en proceso se presentan algunas de las líneas de un posible intercambio a través del artículo sobre críticas y perspectivas surgidas en los debates en torno a la teoría de la civilización del sociólogo holandés Johan Goudsblom. Esta es también la oportunidad para presentarlo en Colombia como figura pionera de la sociología eliasiana en Holanda y de la correspondiente comunidad internacional. Al igual que los demás autores reunidos en esta compilación, Johan Goudsblom ha contribuido con sus propias investigaciones al desarrollo de la

Ver van Krieken, R,, Norbert Elias. Uondon: Routledge, 1998.

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Vera Weiler

sociología histórica más allá d e Elias.3 Aquí, su presentación persigue el propósito ya enunciado de establecer un puente vivo y creativo con el pensamiento d e Elias. Aunque creo que el lector puede acceder a los trabajos aquí reunidos directamente —dado que ellos hablan por sí mismos con suficiente claridad—, un breve comentario sobre la elección temática tal vez sea pertinente. Llamará la atención una cierta concentración en problemas relacionados con el tema de la violencia. Ella se debe, en parte, al hecho de que se trata de u n a de las preocupaciones centrales de la teoría de la civilización de Elias. Si bien ella fue formulada con base en procesos europeos, es también una teoría que se presume comprehensiva y abierta. Cabe entonces esperar de las ideas de Elias no sólo orientaciones para el estudio de los procesos fuera del área inicialmente enfocada, sino que éstas, a su turno, pueden y deben contribuir a su desarrollo. Es posible que esto último exija, de alguna manera, la superación de estrecheces terminológicas y conceptuales de la formulación original de la teoría. Hemos incluido el artículo del sociólogo holandés Fred Spier sobre la emergente sociología de los regímenes para ilustrar esa posibilidad y para mostrar una dirección de tales búsquedas. La teoría de la civilización trata de identificar y de explicar los cambios en los hábitos de los seres humanos en el tiempo. El estudio del desarrollo del control de las emociones se ha convertido en uno de sus ejes principales. El trabajo del sociólogo holandés Cas Wouters presenta algunos avances que al respecto se han producido en tiempos recientes. Es un terreno en que se ha llevado la teoría eliasiana a los procesos del siglo XX. Esto, a su vez,
Quisiera llamar la atención especialmente sobre uno de sus libros del cual existe traducción castellana. Goudsblom, J, Fuego y civilización. Santiago de Chile: Andrés Bello, 1994.

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Presentación

ha conducido al desarrollo de la teoría. La noción que tenía Elias de las formas históricas del control de las emociones, en particular del autocontrol, se ha enriquecido por una comprensión más diferenciada de la cambiante estructura del aparato psíquico de los seres humanos. El estudio sobre el desarrollo histórico de las formas y condiciones de la negociación presentado por Willem Mastenbroek, que también viene de Holanda, está muy relacionado con la problemática del control de las emociones. Al mismo tiempo sirve de ejemplo de la relevancia práctica del conocimiento de dicho terreno. A las razones ya expuestas sobre la fuerte presencia del tema de la violencia en esta compilación, se agrega el supuesto de que en Colombia podría darse una recontextualizadón del pensamiento eliasiano mediante su aplicación al tema que ha representado la mayor preocupación del país y de sus científicos sociales hace ya un buen tiempo. En efecto, Colombia se ha visto atrapada en una espiral de violencia. De ello es expresión la incidencia de formaciones militares de carácter privado amén del hecho de que un número considerable de personas porta armas y las emplea fuera de las organizaciones militares propiamente dichas. Grandes esfuerzos académicos se han dedicado al intento de describir y comprender estos fenómenos. Parece conveniente que tales esfuerzos se vean fortalecidos en el encuentro con las experiencias de análisis de la escuela eliasiana. Podría verse enriquecido, por ejemplo, el debate sobre estrategias de investigación. Si se lograra una mayor atención para el largo plazo y una radical ampliación del horizonte comparativo, se habría dado un paso importante. El cuerpo principal del libro lo constituyen textos que sirven de referencia a las conferencias centrales del simposio Norbert Elias y las ciencias sociales hacia finales del siglo XX (Bucaramanga 24-26 de junio de 1998), organizado por la Universidad Industrial de Santander y la Universidad
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Nacional de Colombia. De manera estimulante los autores han apoyado el proyecto de publicación, facilitando los textos con antelación a la realización del evento. Además han autorizando su publicación en la presente edición sin cobro de honorarios. El artículo de Norbert Elias se p u d o incluir gracias a la generosa aprobación en iguales condiciones por parte de la Fundación Norbert Elias (Amsterdam) y de la agencia Liepman AG Zurich que a su nombre administra los derechos sobre los trabajos de Elias. Fue decisivo para la materialización del proyecto de publicación en la forma presente y en plazos apremiantes el apoyo de la Fundación Social. Nuestra gratitud se extiende a los traductores y al editor que con jornadas especialmente intensas han hecho posible la materialización gráfica del proyecto. Santafé de Bogotá, junio de 1998

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¿Cómo pueden las utopías científicas y literarias influir sobre el futuro?*
Norbert Elias

I La pregunta que se me ha planteado no es tan sencilla como podría parecer a primera vista. Si la entiendo bien, creo que en su trasfondo se encuentra un razonamiento que presume que las utopías son anticipaciones de una condición futura de la sociedad, anticipaciones que en la mayoría de las veces vienen en la forma de libros de carácter científico o literario. La pregunta es: ¿pueden los libros de utopías tener alguna influencia significativa en el desarrollo de las sociedades? Partamos de un ejemplo obvio: si Marx nunca hubiera vivido, ¿continuaría el zarismo blanco gobernando en Rusia? ¿O acaso ya estaban preparadas las

* Ua base de esta versión castellana es: Elias, N., "What is the role of scientific and literary utopias for thefuture?", en: Netherlands Instilóte for Advanced Study in the Humanities and Social Sciences (ed.), Limits to thefuture. Wassenaar, 1982, pp. 60-80. Parala traducción fue consultada también la versión holandesa ligeramente revisada: "Hoe kunnen wetenschappelijke en litemire utopie'én de toekomst be'invloedenV, en: De Gids,Jg. 147, ni. 1, 1983, pp. 3-17.

Norbert Elias

dinámicas internas de la sociedad rusa para un cambio cuando los pupilos de Marx llegaron a la estación finlandesa, de tal manera que la utopía literaria anticipatoria de Marx de un posible futuro mejor simplemente ayudó a reforzar la corriente de los vientos de cambio hacia su propia dirección ya prevista? Mi p u n t o es que al responder la pregunta ¿pueden las utopías ejercer una influencia significativa sobre el futuro? no se debe olvidar que toda sociedad —o grupo de sociedades—tiene en un instante determinado un impulso propio presionando su condición presente, una dinámica de grupo particular, inherente, que pueden ser bloqueados pero que, aun en este caso, son una parte intrínseca de su estructura. Desde luego, esto no significa que dicha dinámica estructural esté fijada de una vez por todas en una dirección determinada; significa que mientras que existe un variado espectro de futuros posibles, las posibilidades de desarrollarse de cada u n o de ellos están claramente delimitadas, n o son infinitas. Por lo tanto, si las utopías anticipatorias han de ejercer alguna influencia en el desarrollo del futuro, solamente pueden hacerlo en tanto estén sintonizadas con los futuros posibles propios de la estructura y el impulso inercial de la sociedad en esa etapa particular de su desarrollo. Por supuesto, no siempre se puede decir en un determinado estadio del desarrollo cuáles futuros son posibles y cuáles imposibles. Pero la invención de futuros improbables o imposibles en forma d e utopías también puede cumplir alguna función. Al igual que las descripciones de futuros posibles, ellas son expresiones de los sueños, deseos y temores de los hombres en un determinado período. Quisiera indicar brevemente qué entiendo por utopía o, mejor, en qué acepción creo que se suele emplear este término y, en consecuencia, sobre qué voy a tratar. Una utopía es una representación fantasiosa de una sociedad, 16

¿Cómo pueden las utopias...;

que contiene unas propuestas de solución a una serie de problemas sociales aún no resuelta. Puede tratarse de unas imágenes deseables tanto como indeseables. En una utopía también pueden confluir simultáneamente deseos y pesadillas. Por lo tanto, las utopías de generaciones pasadas pueden servir a sus descendientes como un indicador fiel, acertado, de las angustias y esperanzas, de los anhelos y las pesadillas de sus grupos ancestrales, como las clases sociales, los grupos etáreos o de género, e inclusive de naciones enteras. Piénsese en la Utopía de Tomás Moro. No hace falta señalar que Moro no fue el inventor de la utopía y del género de escritos que luego recibió esta denominación. Hoy en día se le ve a veces simplemente como alguien que, por su propio placer y por el de sus amigos, inventó una sociedad imaginaria, una especie de país soñado. Pero de hecho, él inventó una sociedad alternativa que en muchos sentidos fue una contraimagen de la sociedad existente. Una de las cosas que le atormentaban era el creciente poder del rey y del Estado en el período que retrospectivamente solemos llamar el período del absolutismo emergente. Mientras escribía su Utopía, Moro era humanista y como jurista ocupaba un alto cargo al servicio de la ciudad de Londres, y estaba estrechamente ligado con las casas mercantiles más poderosas. Es posible que algunos de sus miembros hayan compartido la visión crítica de Moro. Hay bastante certeza de que su amigo Erasmo de Rotterdam habría estado fie acuerdo con él. El que Moro en una fase posterior de su vida —y como destacado servidor de su rey— tuviera ideas más ortodoxas acerca de la Iglesia y del Estado, en nada afecta la óptica más crítica de la utopía escrita en su juventud. También podemos considerar las utopías de la literatura pastoril. En mi libro Die Hófische Gesellschaft (La sociedad cortesana) estudié con algún detalle una de las novelas pastoriles más grandes, Astrée, de Honoré d'Urfé. Ella
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ofrece un cuadro sorprendentemente claro y vivido de un país soñado en d o n d e trató de escaparse una parte d e la antigua nobleza guerrera francesa al quedar atrapada en la trampa dorada de la vida cortesana. Estas utopías tempranas solían representar sueños placenteros. Tenían el carácter gratificante de deseos cumplidos. En tiempos más recientes, las utopías han asumido cada vez más el carácter de sueños sombríos y, muchas veces incluso, el de pesadillas. Por eso, una de las preguntas claves para hablar de utopías hoy en día es por qué es esto así, por qué la preponderancia de utopías con carácter de sueños deseables ha cedido su lugar al predominio de utopías con carácter de sueños sombríos, es decir, de utopías negras a las cuales en la actualidad se les llama a veces antiutopías, término que a mi modo de ver, no es acertado. Soy consciente de que quizás no estoy interpretando la pregunta contenida en el título de la manera en que me fue planteada. Quizás ella tenía un sentido menos amplio como: ¿Tienen las utopías una utilidad práctica para la constitución del futuro? Pero en este caso tampoco hubiera podido ofrecer una respuesta satisfactoria sin considerar el desarrollo de las utopías en el pasado y seguramente sin pensar en el cambio misterioso del predominio de utopías-deseo a utopías-pesadilla. En el desarrollo de las sociedades humanas debió ocurrir algo decisivo como para que las utopías relativamente placenteras que predominaban todavía en el tardío siglo XIX, como las de Edward Bellamy, T h e o d o r Hertzka, William Morris y sus contemporáneos,' dieran paso a unas utopías-pesadilla como Brave New World (1932) de Aldous Huxley y 1984 (1948) de Georg Orwell o, para no olvidar, aunque en este Edward Bellamy, Looking Backward, 1888; Theodor Hertzka, Freiland, Einsoziales Zukunflsbild, 1890; William Morris, News from Nowhere, 1890.

¿Cómo pueden las utopías...?

contexto se le olvide con frecuencia, Day of the Trijfids (1959). Si no se presta atención al problema que plantea este sorprendente giro, resulta difícil evaluar qué papel pueden jugar las utopías para la configuración del curso futuro de los eventos.

II La obra de II.G. Wells, el escritor de utopías más productivo y en muchos aspectos más prominente de finales del siglo pasado, puede ser considerada como característica del viraje de las utopías placenteras hacia las desagradables. Los escritos de Wells en buena parte estuvieron atravesados por una vigorosa fe en la posibilidad de una sociedad mejor, en los beneficios que los hombres iban a sacar de la ciencia, el avance tecnológico y la educación. Pero Wells también sostenía explícitamente que la ciencia genera no sólo beneficios para la humanidad. En la muy conocida historia de The Island of Doctor Moreau (1896), el buen doctor, anticipando técnicas genéticas contemporáneas, empleó sus habilidades como cirujano para transplantar características humanas a animales. Así creó una especie de híbrido que ya no era animal pero tampoco enteramente humano. La teoría de Darwin jugó un papel importante para la obra de Wells, no sólo como teoría biológica sino también como modelo teórico que sirve como matriz filosófica para apreciar y pronosticar el futuro de la sociedad humana. En la época de Wells, la teoría de Darwin era todavía muy controvertida y en este sentido de extraordinaria actualidad. Hoy en día en las sociedades europeas más desarrolladas es aceptada ampliamente. Incluso los teólogos pueden tolerar la teoría de la evolución: se resignaron al hecho de que la teoría de Darwin existe y que tienen que

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dejar que el lobo y la oveja convivan pacíficamente de la mejor manera. Pero en el tiempo de Wells, la afirmación de que los hombres eran descendientes de u n a especie de m o n o era para mucha gente una blasfemia insoportable. Tilomas Huxley, el maestro de Wells, que fue amigo de Darwin y un ardiente luchador por el reconocimiento de sus teorías científicas, tuvo que defenderse en una discusión pública ante una pregunta despectiva del obispo de Oxford. Éste preguntaba si era por el lado de su abuela o de su abuelo que Huxley se consideraba descendiente de u n venerable mono. Huxley, muy sereno y cortés, replicó con la siguiente frase famosa: Si se me preguntara si prefiero ser descendiente de un pobre animal de inteligencia corta y espalda encorvada, que hace muecas y balbucea al vernos pasar, o de un hombre de grandes habilidades en una espléndida posición, que emplea sus dones para aplastar y desacreditar a humildes buscadores de la verdad, no sabría la respuesta. Wells, quien estudió con Huxley y heredó algo de su pasión por la ciencia, formó parte de una generación cuyo entusiasmo ya se iba templando bajo el peso de algunas dudas. Como sus utopías lo demuestran, su posición frente a la ciencia era ambivalente.

III. Esta postura ambivalente de Wells frente a la ciencia anuncia el cambio del cual surgiría el carácter distintivo del clima intelectual dominante en el siglo XX. La amplia confianza en la ciencia y la racionalidad, la certeza de que traerían u n futuro mejor para la humanidad en medio de un estándar de vida creciente, cedió paso a las dudas y de20

¿Cómo pueden las utopías...?

silusiones. El ascenso de las utopías-pesadilla hacia una posición dominante fue sólo uno de los síntomas de este cambio. Algunas razones son obvias. El hecho de que la ciencia y la racionalidad humana no fueron capaces de impedir que los hombres se lanzaran a la guerra contra otros hombres, el asesinato sin sentido de millones de personas en dos guerras, la barbarie de los campos de concentración y de las dictaduras en general, seguramente tuvieron parte en el miedo creciente que se expresa en esas utopías. También hubo otras razones, sobre las cuales se suele reflexionar y comentar menos, quizás porque son menos obvias. Tal vez sea útil señalar algunas. En algunos campos los científicos han logrado levantar el velo de las fantasías con el que los deseos y las necesidades más espontáneas de los seres humanos han cubierto ante sus ojos las interrelaciones reales entre los eventos. Sin embargo, la imagen más realista del m u n d o que revelan los científicos con frecuencia está lejos de ser placentera. No sólo la teoría de la evolución de Darwin, sino muchos otros descubrimientos científicos también, reemplazaron las imágenes fantasiosas del m u n d o en general —y de la humanidad en particular— que emocionalmente resultaban más gratificantes por otras que eran más realistas pero menos placenteras en términos emocionales. La lucha de Copérnico y Galileo contra una concepción egocéntrica del universo inició la serie de desilusiones emocionales traumáticas que iban de la mano con muchos grandes avances científicos. Ver en la Tierra, y de este modo también en la humanidad, el centro del universo representaba una satisfacción emocional enorme. Esto halagaba el Ego de la gente y, al mismo tiempo, tenía sentido como principio de ordenamiento del mundo. Pensar a la Tierra como un pequeño satélite del sol resultaba desilusionante y además no tenía sentido.
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Norbert Elias

Nuevos desarrollos de la cosmología científica han reforzado cada vez más la visión del sinsentido d u r o y desolador del universo físico. Hasta ahora, los hombres no han sabido sacar conclusiones de la pérdida de sus ilusiones, consecuencia de los ciegos automatismos sociales del avance científico y de la representación más realista d e todos los niveles del universo que resultó de dicho avance. Todavía no se han adaptado con el hecho de que solamente los seres humanos —y, hasta d o n d e sabemos, solamente los humanos— son los únicos constructores de sentido en el m u n d o . Sus utopías-pesadilla reflejan el lento despertar de la desilusión con el m u n d o tal como es. En este punto, solamente pueden quejarse como si alguien les debiera un m u n d o mejor, con mayor sentido. El golpe traumático, el duelo por las ilusiones perdidas, aún bloquea la comprensión del hecho de que nadie más que los hombres mismos puede hacer mejor este m u n d o y darle un sentido más profundo. Más aún, los descubrimientos de las ciencias naturales son generalmente incorporados y apropiados por poderosas corrientes del torrente social, generando así con frecuencia consecuencias n o intencionadas ni previstas por los científicos mismos. En otras palabras, el uso social de los descubrimientos científicos depende de la estructura y, en particular, de las relaciones de poder de la sociedad en conjunto. Sin embargo, los hombres tienden a atribuir las consecuencias dañinas de los avances científicos y el sufrimiento h u m a n o que de ellas resulta exclusivamente a la ciencia, de tal manera que ésta no aparece ya como fuente de una vida mejor sino como origen d e una pesadilla. Con frecuencia se ignora que estos efectos se deben en gran medida a la estructura de la humanidad y, en particular, a las tensiones y luchas de poder en el interior de y entre los Estados, es decir, a lo que solemos llamar política. 2
Un ejemplo característico de esta extraña reducción de la imaginación es la figura del científico loco en la película Dr. Strangelove como símbolo del peligro que amenaza a la humanidad y, por ello, como foco del miedo humano.

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¿Cómopueden las utopías...?

En realidad, la mayoría de los avances científicos puede apuntar a direcciones diversas: la imagen de la cabeza de Jano puede ilustrarlo. Los procesos ciegos y no controlados de la sociedad amplia pueden llevar a que los avances científicos se traduzcan en medios de una vida mejor o en instrumentos de guerra y destrucción. 1.a idea fantasiosa de una ciencia que actuaría como vehículo invariable del progreso social y de una felicidad humana mayor, tal como reinó en siglos pasados, estaba destinada a terminar en decepción. Y la decepción generada por una creencia social anhelada puede convertirse en un trauma que puede durar varias generaciones. Hay buenas razones para suponer que el derrumbe de viejas utopías sociales, entre ellas la fe en el progreso automático, en la necesidad de la humanidad del camino hacia la paz y la felicidad, ejerció un efecto traumático de ese tipo. El concepto de progreso ahora carga con un estigma nacido de la decepción de una creencia alguna vez muy estimada. Para muchos, la ciencia con su tendencia inherente hacia el progreso se convirtió en uno de los símbolos de las esperanzas perdidas y ahora esparcidas sobre el escenario europeo a finales del siglo XX. Esto se refuerza por los temores ante el futuro, que — aunque de ello no se esté muy consciente— son miedos ante los caprichos incontrolables de los procesos sociales constituidos y mantenidos en movimiento por los hombres mismos. Puesto que la naturaleza de estos procesos sociales conformados y mantenidos en movimiento pollos seres humanos mismos es para la mayoría de ellos un enigma, puesto que las personas no pueden tomar la suficiente distancia de sí mismas para percibir los procesos que conforman entre sí, proyectan la amargura de las esperanzas perdidas, el disgusto ante la desilusión, el miedo a un futuro del que no pueden creer que no coincida automáticamente con sus deseos e ideales, en determinados símbolos de inconformidad con su propio tiempo.
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Con frecuencia se utiliza la ciencia como uno de estos símbolos. Y dado que los seres humanos pueden encontrar cierto alivio d e sus temores más realistas —de manera mimética si se quiere— en una imagen fantástica que despierta miedo, encontramos que el torrente de utopías del tipo ciencia ficción, o al menos parte de éste, cumple en parte dicha función; relajan así el miedo real ante lo que los hombres podrían hacerse el uno al otro, o lo que tendrían que sufrir en relación con los avances posteriores de la ciencia y la tecnología a través de la anticipación imaginativa de tales posibilidades. Al igual que en otros casos, la mimesis con el miedo creada por una fantasía literaria indica la naturaleza de los miedos sociales reales y puede incluso producir un efecto catártico con relación a ellos, puede proveer —al menos temporalmente— algún alivio respecto a ellos. Sin embargo, no se puede entender la profundidad de estas angustias sin tener en cuenta que el miedo y la desconfianza de los hombres frente a su propia capacidad de descubrir y de inventar no es nada nuevo. El castigo impuesto a Adán por haber probado la fruta del árbol del conocimiento, o el que se le impuso a Prometeo cuando se atrevió a enseñarles a los hombres el conocimiento del fuego, así como otras historias míticas de carácter similar, sugieren que el miedo muy real de las personas hoy en día ante su propia capacidad de desarrollar el conocimiento humano es reforzado por el miedo proveniente de otro plano de la conciencia que hace aparecer a estos avances innovadores como u n robo ilícito del acervo prohibido de los conocimientos de un dios —o de un padre—, como un intento punible p o r deprivar de su poder a u n ser superior.

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¿Cómo pueden las utopías...?

IV Uno de los mayores dilemas humanos del siglo XX está relacionado con la extensión de interdependencias funcionales cada vez más estrechas alrededor del mundo. Las interdependencias globales, como la carrera armamentista mundial y la amenaza de una guerra global con armas nucleares y químicas, hacen que resulte cada vez más difícil controlar los procesos sociales, aun para los mismos participantes. Estas interdependencias dificultan cada vez más la comprensión de los procesos sociales por parte de quienes, a través de sus propias emociones y acciones los mantienen en movimiento y ayudan inconscientemente a determinar su dirección. Al mismo tiempo, la expansión de la educación y la correspondiente individualización refuerzan en los países más desarrollados la inclinación de la mayoría de las personas a experimentarse a sí mismas como un pequeño m u n d o independiente, como u n microcosmos individual más o menos independiente. El mismo proceso social, que vuelve a los hombres dependientes cada vez. más de los hombres en todo el mundo, acrecienta también —al menos en las sociedades más desarrolladas— la tendencia a la individualización de las personas y su inclinación a experimentarse a sí mismas como individuos totalmente independientes, es decir, como entes individuales independientes a los demás seres humanos. En la actualidad, no está del todo desconectada con esta situación paradójica de los seres humanos el hecho de que éstos todavía tienen grandes dificultades en asir y comprender las explicaciones de los sucesos sociales que afectan de manera directa sus propias vidas —como la posibilidad de terminar en una guerra nuclear o en recesiones económicas mundiales— en términos de procesos multipersonales y de interdependencias planetarias funcionales. Si estuvieran en condiciones de entender este enfoque
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figuradonal de explicación de la amenaza de guerra y de otras fuentes de sufrimiento y dolor, de hostilidad y pesimismo, podrían comprender más fácilmente que dadas las interdependencias mundiales, las acciones y sentimientos de todos juegan un papel en el decaimiento hacia la guerra y hacia otros destinos no planificados para la humanidad que tienen razón de temer. Sin saberlo, ellos mismos son coautores de su angustia: ya nadie puede ser exculpado completamente por su contribución a ella. Pero la explicación de conflictos, crisis y otras fuentes de preocupación humana en términos de procesos sociales globales de largo plazo, en los cuales todos participan en mayor o menor medida, requiere un nivel de autocontrol que, aún en el presente, no se alcanza fácilmente. Por lo general, la percepción de todos aquellos que con sus propias acciones y emociones sostienen los procesos sociales no planeados —tales como las tensiones y los conflictos interestatales— no se guía por la dinámica de estos procesos como la explicación de los peligros que los amenazan, sino que lo hace a simples objetos cosificados —o personificados, según el caso—, a una especie de pararrayos, a un fetiche temido u odiado que les puede servir a ellos como objeto para descargar sus agitadas emociones, su amargura, su hostilidad o su miedo. En otras palabras, la percepción selectiva de los seres humanos tiende a no prestar atención a explicaciones en términos de la libre competencia entre Estados, d e la dinámica de los mecanismos rnonopólicos y de otros procesos sociales de largo plazo porque a pesar de que quizás son más realistas, emocionalmente son indiferentes y no sirven como objetos de descarga de intensos afectos. Muchas utopías escritas en el siglo XX están sincronizadas con este tipo de necesidades, especialmente las que denominamos de ciencia ficción. En su gran mayoría, los autores tienen buenos conocimientos de física y tecnología modernas. Muy pocos entre ellos muestran un cono26

¿Cómo pueden las utopías...?

cimiento comparable de la ciencia social y en especial de la naturaleza de los procesos sociales de largo plazo. El tipo de imaginación que funciona en ellos, en consecuencia, aún dista bastante del que se requiere para una orientación anticipatoria sobre posibles tendencias futuras en el desarrollo de las sociedades humanas. Por lo demás, la mayoría de las utopías de ciencia ficción, si no todas, se encuentra en consonancia con el tipo de necesidades emocionales ya mencionadas. Ellas ofrecen símbolos de miedo convertidos en objetos o personificaciones. El más obvio de éstos es la bomba y, de m o d o más indirecto, la ciencia misma, que en el cuadro social de Estadosnaciones que se combaten mutuamente es utilizado para la producción de la bomba. Fue en relación con este tipo de imaginación que la ciencia —antaño el pilar de la esperanza humana en el progreso y la felicidad— se convirtió para muchas personas en fuente de infelicidad y miedo. Las utopías simplemente reflejan la atmósfera sombría del siglo XX y la postura peculiarmcnte ambivalente frente a la ciencia, que encontró en H.G. Wells a uno de sus primeros representantes. De hecho las ciencias naturales presentan en el siglo XX progresos mayores que nunca antes. Pero al contrario de lo que muchos estudiosos del pasado esperaban, el desarrollo de las ciencias naturales y de la tecnología no generó automáticamente la felicidad universal. En retrospectiva, se puede ver que la expectativa social tiene más su origen en anhelos y deseos soñados que en una evaluación acertada de la capacidad de los hombres de controlar los efectos no planeados de los procesos sociales de largo plazo producto de la incesante concatenación de sus actividades individuales. Pero la desilusión persiste.

Hasta ahora, los seres humanos no solamente han fallado en aceptar el hecho de que el universo físico no está he27

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cho ni según sus deseos ni de manera totalmente indiferente a éstos, sino que tampoco han asimilado que a pesar de que los niveles humanos del universo —las sociedades que constituyen unos con otros— se mantienen en movimiento gracias a ellos mismos, una y otra vez se mueven en direcciones completamente inesperadas, casi siempre opuestas a sus propios deseos y, en la actualidad, altamente incontrolables aun para quienes torpemente las mantienen en movimiento con sus propias acciones. La combinación que aquí se encuentra es sorprendente y en extremo característica de nuestro tiempo: el avance creciente y sostenido de las ciencias naturales y el correspondiente progreso del control h u m a n o sobre la naturaleza n o humana van acompañados por el avance mucho más lento —inclusive en muchas áreas se presenta un estancamiento— de las ciencias sociales, con la consecuente baja capacidad —o incapacidad— de controlar los procesos sociales. Quizás sea en el plano interestatal d o n d e esto se evidencia con mayor claridad. Esto es quizás más obvio en el caso de las crisis económicas ahora casi mundiales, en los conflictos de clase n o planeados y frecuentemente inmanejables, o en el caso del crecimiento y decaimiento casi igualmente incontrolables de las grandes ciudades. Se puede pensar inclusive, desde una visión d e largo plazo, que una de las características estructurales más significativas de las sociedades del próximo milenio será esta combinación particular entre el avance de las ciencias naturales y el control de la naturaleza no humana, con el atraso y la lentitud de las ciencias sociales —o humanas— y la falta de control de los procesos sociales. Esta combinación también puede contribuir al predominio de las pesadillas en las utopías del siglo XX. Uno de sus temas recurrentes es el de unos hombres que, al mism o tiempo que emplean técnicas físicas y biológicas avanzadas, en su práctica social se guían todavía por creencias precientíficas, casi mágicas. Las utopías del siglo XX tratan 28

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con frecuencia sobre hechos horripilantes cometidos por funcionarios de una dictadura que emplean el conocimiento y los más avanzados logros científicos para mantener y apoyar las técnicas sociales primitivas de un régimen opresor. Por esto, esas utopías contribuyen, con intención o sin ella, a la confusión a la cual me he referido. Ayudan a alimentar la idea de que la física y la biología per se son responsables, en parte o totalmente, de la dirección del desarrollo social —independientemente de la elaboración de las tensiones y luchas aún más o menos incontrolables en el interior y entre los Estados—. Los avances en el conocimiento humano son tan indispensables para lograr un mejor control sobre éstos y otros procesos sociales, como los avances en el conocimiento de la naturaleza lo son para lograr un mayor control h u m a n o sobre los procesos naturales. La dificultad radica en que tanto en el caso del avance creciente del conocimiento y el control sociales, como en el conocimiento y control crecientes de la naturaleza no humana en el pasado, el movimiento es circular; en ambos casos, los avances en el conocimiento dependen del grado de control por parte del hombre, y los avances en el control, del nivel de conocimiento. Así, el estado relativamente atrasado de las ciencias sociales y la virulencia casi incontrolable de los conflictos inter e intraestatales están funcionalmente ínterreladonados. Están entrelazados en forma de un enlace doble. Al igual que en otros casos, los progresos en el conocimiento dependen de un nivel conmensurable del control social, y los avances en el control de un nivel conmensurable del conocimiento social. Cada uno puede desacelerar e, inclusive, bloquear el desarrollo del otro. El concepto teórico que se tiene hoy en día del desarrollo social puede dar fácilmente la impresión de que la dinámica inmanente a los procesos multipersonales puede generar un movimiento continuo de cambios en una u
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otra dirección, a menos de que sea retardado o bloqueado desde fuera. Hasta d o n d e yo sé, los modelos de procesos sociales no han logrado un reconocimiento general ni explorado el significado teórico de los dobles enlaces sociales que desaceleran o bloquean dichos movimientos desde dentro, a pesar d e que de hecho tales dobles enlaces se presentan con frecuencia en el desarrollo de las sociedades humanas. El hecho de que el conocimiento social y el control social puedan mantenerse en jaque mutuamente en un nivel relativamente bajo, es representativo tan sólo de un tipo específico de enlace doble. El enlace doble en que dos Estados rivales luchan el uno contra el otro por la hegemonía en una determinada área y tratan de ganar ventaja sobre su enemigo y quizás se impulsan mutuamente hacia un Imperio, como lo hicieron Roma y Cartago o Francia e Inglaterra, es un ejemplo de otro tipo de enlace. En la actualidad n o se tiene claridad acerca de que la capacidad humana para controlar procesos sociales continúa siendo muy limitada, pero esto no necesariamente tiene que seguir siendo así. Se tiende a tomar como natural el que las luchas de poder entre y en el interior de los Estados transcurran de m o d o incontrolable y frecuentemente de manera muy destructiva, y se presume que esto ha de ser así mientras existan hombres en la Tierra. Tal resignación se parece mucho a la que exhibía la gente en épocas pretéritas frente a la alta mortandad infantil o cuando sus chozas y casas eran alcanzadas por el rayo. Tomemos como ejemplo los mortales conflictos interestatales, más conocidos como guerras. En la actualidad se les ve como catástrofes inevitables. El advenimiento de cada conflagración es admitido como algo en cuyo caso es posible poco más que conjuraciones mágicas. Las manifestaciones por la paz expresan los propios deseos y, en este sentido, representan una satisfacción emocional, pero son tan poco efectivas como otras prácticas mágicas. Hay pocos intentos, incluso a nivel del conocimiento, de llegar a
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la raíz del asunto y de determinar no sólo las ciegas dinámicas interestatales que impulsan a unos grupos humanos hacia una guerra específica, de descubrir, en un nivel superior de síntesis, aquellas características estructurales de las relaciones interestalales que conducen todas las veces de nuevo a grupos humanos a conflictos que se pueden resolver solamente matando recíprocamente un gran número ríe seres humanos. En la actualidad carecemos de teorías sobre la guerra que puedan ponerse a prueba y que son tan indispensables para el manejo del peligro bélico como lo fueron algunas teorías susceptibles de ser puestas a prueba sobre las causas de las epidemias para su gradual control y eliminación. No es admitida, ni siquiera como punto de partida, la idea de que con ayuda de la investigación sociológica sistemática se puede determinar la naturaleza y dinámica de los procesos sociales que se mueven hacia el empleo de la violencia militar entre los Estados, y que se pueden elaborar modelos teóricos de estos posibles procesos de ser sometidos a prueba como una condición indispensable de su control. Esta meta aún utópica puede ilustrar tanto el lento desarrollo hacia una síntesis de un nivel superior, como la trampa del enlace doble que puede frenar o incluso bloquear dicho desarrollo. La naturaleza de este enlace doble no es difícil de entender: un bajo nivel de control de los sucesos en la praxis humana contribuye a fijar los conocimientos humanos en un nivel fantasioso alto; un bajo nivel de adecuación y síntesis de los medios de orientación, es decir, del conocimiento, tiende a fijar la capacidad de controlar el curso de los sucesos de modo más acorde con las necesidades humanas en un nivel bajo. El nivel social de la capacidad de los seres humanos para controlar los procesos sociales es probablemente tan bajo como lo era el nivel social de las personas para controlar la naturaleza no humana en las épocas precientíficas. Quizás no resulte fácil admitir este hecho, porque
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puede que sobrepase el poder de imaginación el pensar que los procesos sociales pueden ser explicados y controlados en mucha mayor medida de lo que es el caso actual. Así, la gente del medioevo no se podía imaginar que los hombres, gracias al desarrollo de sus conocimientos, serían capaces en el futuro de controlar aspectos de la naturaleza no humana para ellos mismos importantes, como rayos, inundaciones y pestes. Quizás pueda servir a nuestra imaginación si nos representamos una sociedad utópica donde la ciencia social ha alcanzado un nivel de desarrollo comparable o incluso superior al de las ciencias físicas y biológicas en la actualidad. En tal sociedad, las mitologías sociales y nacionales habrían perdido la posición dominante que aún ocupan en el pensamiento de los hombres. Su lugar sería ocupado p o r el estudio más imparcial d e la estructura y función de los procesos multipersonales, de las fuerzas motrices, la interdependencia subyacente de sus aspectos planeados y no planeados —y todo esto de acuerdo con el carácter no autoritario de la investigación científica—. El tabú aún muy arraigado contra la discusión pública de los aspectos de poder de todas las relaciones humanas, tanto en el nivel individual como en los niveles grupales, habrá desaparecido. Las desigualdades en la proporción d e poder de individuos y grupos interdependientes no habrán desaparecido. Resulta absolutamente imposible imaginar una sociedad totalmente libre de relaciones de poder desiguales, por ejemplo, las relaciones entre padres e hijos, entre ancianos y jóvenes, o entre diferentes grupos de profesionales especialistas. Pero las credenciales de personas que detentan un alto potencial de poder, especialmente su función para la sociedad y también su conducta en relación con determinadas personas igualmente poderosas, serán mucho más cuestionadas a partir de una teoría de los procesos sociales que ya no va a tolerar el encubrimiento de los diferenciales de poder. Sobra decir que esto ocurrirá
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con diferenciales de poder entre Estados tanto como en su interior. Muchas de las diferencias de poder que hoy en día van de la mano con desigualdades permanentes entre los hombres serán, en este m u n d o futuro, pasajeras y transitorias. Aun la desigualdad entre Estados, que en la actualidad quizás parezca ser la más duradera e inmanejable de todas las desigualdades, perderá su estrella, cuando un conocimiento anticipatorio o bien el efecto de una serie de guerras hayan demostrado claramente que en la Tierra es imposible una hegemonía duradera de un poder singular sobre todos los demás Estados-nación. Entonces se habrá reconocido que los regímenes militares mismos son un relicto anacrónico de tiempos de los príncipes guerreros, cuando el ethos dominante prescribía los gastos de estatus sin reparar en los ingresos. En sociedades donde a la larga los ingresos sean definitivos para el nivel de los gastos, dichos regímenes serán mandados a recoger por esta sola razón. Con el tiempo, los regímenes militares en todos los países conservarán sólo una fundón ceremonial. El nivel uniforme de autocontrol que exige este tipo de sociedad será balanceado gracias a unas retribuciones libidinales y emocionales satisfactorias. Ya no habrá necesidad de utopías-pesadilla. Aquí aparece bastante claro uno de los cambios complejos responsables del giro hacia las utopías pesadilla: la desilusión frente al progreso de la ciencia y la tecnología, que no se sostiene a través de un desarrollo equivalente de las ciencias sociales. Una poderosa creencia secular, acaso un deseo soñado, ligó el desarrollo en las ciencias naturales con el creciente bienestar de la humanidad. Lentamente la gente ha ido cobrando conciencia de que el desarrollo de la ciencia no significa la felicidad creciente de la humanidad, y un ánimo de desaliento fue parte de su reacción traumática. Como resultado, el péndulo se movió hacia el extremo opuesto. A pesar de los progresos realmente inmensos de las ciencias puras y aplicadas a lo
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largo del siglo XX, el concepto de progreso se ha tornado extremadamente sospechoso. La sospecha no quedó confinada a las ciencias naturales, sino que se pasó a las ciencias sociales y obstruyó su desarrollo. La gente encontró difícil entender que no sólo los procesos naturales sino también los procesos sociales son fuentes de sufrimiento humano y que la principal condición de su control es un conocimiento más preciso d e su génesis, estructura y dinámica. No sólo los líderes estatales y políticos, sino también quienes no son especialistas en política, en sus decisiones políticas se dejaron guiar por un tipo específico de conocimiento. Dado que este conocimiento es inadecuado o falso y está alimentado por deseos y pesadillas más que por conocimientos basados en hechos, los resultados pueden ser desastrosos. Es extraño que muchas personas piensen que justamente su vida social se determina exclusivamente por consideraciones racionales, mientras que en realidad ella está moldeada en buena parte por procesos sociales no planeados y apenas controlables de un modo en el cual conceptos como racional o irracional no pueden aplicarse; son procesos multipersonales cuya dinámica y dirección resulta del entrelazamiento no planeado de las acciones de muchos hombres y para los cuales no pueden aplicarse categorías unipersonales —es decir, apropiadas sólo para los individuos— como racional e irracional. A lo largo de los siglos XIX y XX llegó a convertirse en una ¡dea ampliamente admitida que los hombres pueden influir sobre algunos efectos desastrosos de estos procesos no planeados. La demanda de hacer algo al respecto se volvió más insistente e impetuosa que antes, pero el conocimiento sobre cómo proceder todavía es muy rudimentario. Las prescripciones para tratar con este tipo de problemas aún representan una extraña fusión entre magia social secular, alimentada con deseos y miedos, y un conocimiento más realista de las tempranas ciencias sociales. Con frecuencia se puede observar el surgimiento de ondas
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tras ondas de prácticas sociales diseñadas para contrarrestar los efectos no deseados de los procesos sociales incontrolables. Se trata de prácticas que fueron necesarias como válvulas de escape de sentimientos de frustración y opresión pero que a fin de cuentas no lograron curar los males que debían remediar. Quizás contribuyeron a agravar sus peligros. Las experiencias de este tipo probablemente contribuyeron a la tendencia negativista de nuestro propio tiempo. Quizás sea útil agregar que la vida con una perspectiva de pesadilla no es un rasgo exclusivo de nuestro tiempo. En la Edad Media, cuando las olas de grandes epidemias — además de las guerras intermitentes— se extendieron por vastos territorios del continente eurasiático y cuando Europa perdió una gran porción de su población, la verdadera pesadilla de las tumbas de masas, de los moribundos y de los muertos que no tenían quién les diera sepultura, se mezclaba con la visión siempre presente del infierno. Nadie que haya visto los cuadros medievales del infierno y que sepa del papel que el miedo al infierno jugó durante parte de la Edad Media puede ver las pesadillas colectivas como algo enteramente nuevo. En la segunda mitad del siglo XX, la visión de una Tercera Guerra Mundial, librada con armas cuya capacidad destructiva resultó ser tan grande que los establecimientos político y militar de los contrincantes más destacados quedaron perplejos ante el reto de anticipar una guerra nuclear y de elaborar los planes correspondientes, se convirtió en el objeto más imponente de una perspectiva de pesadilla. Con una carrera armamentista y una lucha de posiciones sobre los extensos territorios propios y los del enemigo, se impulsaban mutuamente hacia una guerra que nadie quería en realidad. Sin saberlo, se veían obligados a actuar de la manera en que siempre lo han hecho los poderes hegemónicos a la cabeza de una jerarquía de Estados desde que éstos existen. Fueron conducidos por
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la presión de un proceso social de monopolización que podía desembocar en un número limitado de figuraciones: en la hegemonía temporal de uno de los contrincantes, en la liquidación mutua y su regresión a un estadio más temprano del desarrollo social, o en la liberación de la trampa del enlace doble a través de la cuidadosa reducción de la desconfianza recíproca y la renuncia explícita a todo proyecto hegemónico. Quizás este tipo de procesos pueda tomar otras direcciones. Pero independientemente de cuáles sean éstas, el ejemplo tal vez sirve para ilustrar la enorme fuerza impulsora de procesos sociales constituidos y mantenidos en movimiento por el permanente entrelazamiento de las actividades y experiencias de los grupos humanos implicados. Este ejemplo también permite ver con mayor claridad la extraña situación de quienes constituyen tales procesos y a quienes ya me he referido. Existe la fuerte sensación de que algo debe hacerse para someter tales procesos a un control h u m a n o más idóneo. En comparación con siglos pasados, en el siglo XIX y en el XX, se extendió la creencia en la posibilidad de cambiar el curso y la dirección de los procesos sociales. Pero el conocimiento de la naturaleza de tales procesos, el conocimiento de las ciencias sociales requerido para influir sobre su curso y dirección de un modo más efectivo y acorde con las necesidades humanas, no ha superado la fase de su infancia. Esta precaria situación ha sido agravada por el hecho de que quienes podían tomar la iniciativa política probablemente estuvieron dispuestos a conceder algún peso en sus decisiones a los resultados de la investigación en las ciencias sociales, solamente en la medida en que ellos estuvieran de acuerdo con sus propias creencias previas y con los intereses de los grupos sociales que representaban. Esta ha sido la médula para establecer en qué medida las utopías pueden tener alguna función para el futuro. Aún en el caso de que las utopías presentaran previsiones
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altamente realistas del futuro, ¿es verosímil que los potentados de turno hagan uso de ellas?

\T La vida de II.G. Wells ofrece un ejemplo d i d e n t e para ilustrar este problema. Como ya he mencionado, sus escritos representan un claro hito. Wells aún les atribuía a las ciencias un papel para el progreso, pero al mismo tiempo reconocía que ellas guardaban en sí una pesadilla potencial. Por lo demás, él tenía un vivo interés en la exploración de los posibles usos que se podrían hacer de utopías científicamente fundamentadas para anticipar el futuro. Al correr el velo del misterio que en el pasado encubría la magnitud de la ignorancia humana, el avance de la ciencia preparó imperceptiblemente el camino para una creciente desilusión. Hombres como Huxley hicieron lo mejor que pudieron para suavizar el golpe que representaba la creciente desmitificación —a través de descubrimientos científicos— para la autoestima de los hombres y para su deseo de un mundo con sentido. El descubrimiento de la ascendencia animal de los hombres fue uno de estos momentos. Thomas Huxley trató de mitigar sus decepcionantes implicaciones señalando las facetas ennoblecedoras y las implicaciones éticas de la teoría de Darwin. Alabó la belleza de la lucha que condujo a la génesis de los seres humanos. Escribió en elevado inglés Victoriano:
Considero una condición esencial de la esperanza fque la desgracia del mundo pueda ser abatida] que podamos deshacernos de la idea de que el escape del infortunio y de la pena sea el verdadero objetivo de la vida.

Loward Dickson, H.G. Wells, New York, 1971, p. 30.

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Con esto Huxley fue u n o de los pioneros de un esfuerzo que amerita mayor atención de la que suele dedicársele en nuestro tiempo. El empezó a explorar el problema que implica la naturaleza —una vez que se revela como tal después de ser descubierto el velo que oculta su m i s t e r i o para la conducta de los seres humanos en sus relaciones recíprocas. Dicho en otras palabras, él vinculó la biología con lo que entonces se llamaba ética. Su esfuerzo por mitigar la decepción, embelleciendo la cruda y cruel realidad de la naturaleza a través de un lenguaje noble, puede volver sospechoso su intento a los ojos de generaciones posteriores que ya no acostumbran usar la respetabilidad decorativa de los intelectuales Victorianos. Pero como ya no pueden sentir mayor simpatía por la forma en que Huxley aborda el asunto, dejan la tarea sin terminar. Déjenme volver a Wells, el pupilo de Huxley. El no sólo presentó sin disfraces el potencial social negativo de los avances en la física y la biología, sino que también ofreció algunos ejemplos muy buenos del papel que las utopías pueden o no jugar como ayuda en la planeación del futuro. Wells, en realidad, estuvo intensamente preocupado por lo que él mismo llamó el descubrimiento del futuro. A este respecto él contó con una ventaja frente a nosotros. El aún no estaba impedido por lo que ahora es llamado el m o d o científico de predicción basado principalmente en el uso de métodos estadísticos y en la ayuda de computadores. Las indudables ganancias que éstos proporcionan a la predicción están ligadas a unas pérdidas específicas vivamente ilustradas por las predicciones n o estadísticas de Wells. Si los métodos cuantitativos de predicción con ayuda de conjuntos de variables no se guían por modelos figuracionales o, si se prefiere, multipersonales, sus resultados —y la aplicación de estos resultados en propósitos prácticos— tienen un valor cognitivo muy limitado. Pues los datos sociales son esencialmente interdependientes porque se refieren a seres humanos interdependientes o,
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dicho en otras palabras, a figuraciones de personas. Los métodos cuantitativos y las máquinas para el procesamiento de los datos exigen la fragmentación de las figuraciones humanas en variables artificialmente aisladas y aparentemente independientes, cuya dinámica tiene fuerza determinante para cualquier futuro posible. Es un método que puede producir alguna información auxiliar valiosa y que se puede proyectar hacia el futuro. Pero la significación de tales proyecciones puede ser conocida solamente si las variables aisladas se vuelven a integrar en modelos del proceso en su conjunto, es decir, en el cuadro dinámico de las figuraciones humanas con sus interdependencias funcionales, sus diferenciales de poder y sus demás características irreductibles, en el cual las variables se han aislado artificialmente. Las balanzas cambiantes de poder juegan un papel central en el estudio de las figuraciones humanas. Wells tenía ya alguna idea de este tipo de estudio mucho antes de que fuera estandarizado y descrito explícitamente. Lo empleó con buenos resultados para su predicción no estadística. Wells usó dos caminos para presentar sus intentos por descubrir el futuro. Algunos de sus descubrimientos los presentó en forma de narrativas utópicas. Las más conocidas son The Time Machine (1895) y The War of the World (1898). A otros los j u n t ó en un libro de ensayos que llamó Anlicipatious (1901). Cuando casi 25 años después incorporó Anticipations en sus Collected Works escribió un nuevo Prefacio, donde decía: [...] el autor se propuso elaborar con las herramientas a su alcance, de la mejor manera posible, las probables líneas de tendencias contemporáneas hacia el futuro. En lugar de un cuento quería escribir una predicción auténtica. Esta predicción fue formulada hace exactamente 25 años, y lo más importante que noto al releerla es que nada
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ha perdido su actualidad. Muchas de mis especulaciones han sido ampliamente confirmadas: la Gran Guerra de 1914-18 se previo de forma bastante temprana, la caída de Petersburgo también, al igual que el renacimiento de Francia y la derrota de Alemania. El tanque aparece en una nota a pie de página, 60 años antes de penetrar en el pensamiento militar de cualquier país del mundo. Pero como saltará a la vista del lector, tuve excesiva cautela a propósito del avión, del que suponía que «probablemente llegará antes de 1950». Pero el autor mismo experimentó el placer de volar antes de 1910. Quizás, la parte más vivida del trabajo la constituye el análisis de la democracia y el estudio del desarrollo de nuevos elementos sociales en los capítulos segundo y tercero. Q u i z á s valga la p e n a m e n c i o n a r q u e u n a i m a g e n m á s vivida d e la g u e r r a d e t a n q u e s a p a r e c i ó m á s e x p l í c i t a m e n te e n el b r e v e c u e n t o The L a n d Ironclads, q u e Wells public ó e n 1903 e n el S t r a n d Magazine. Wells e s c r i b i ó s o b r e esto m á s t a r d e al s e ñ a l a r q u e se t r a t a b a d e u n a idea: [...] que finalmente penetró en 1916, con la ayuda del señor Winston Churchill de Almirante, al pensamiento militar británico. El pensamiento militar es en todo el m u n d o lo mismo: para fortuna de los británicos, ningún otro ejército había estado tan alerta. The Strand Magazine reeditó el cuento en 1916, después de que los tanques habían hecho su tardía aparición en el frente occidental. No obstante la manera poco imaginativa en que fueron empleados, lograron una considerable victoria, fue una victoria trivial en comparación con sus plenas posibilidades de sorpresa y penetración.

II.G. Wells, "Preface to thefourth volunte", en The Works ofH.G. Wells. Atlantic Edition, London, 1924, Vol. IV, p. IX-X. ' H.G. Wells, "Prefa.ce to volunte XX", en The Works ofH.G. Wells. Atlantic Edition, London, 1926, Vol. XX, p. IX-X.

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¿Cómopueden las utopias...?

Al parecer, Wells experimentó alguna influencia por parte de la literatura militar de su tiempo. Bloch, un americano, ya había lanzado la idea de un vehículo terrestre acorazado y esto lo había leído Wells. Como quiera, sin embargo, fue la vivida imaginación que muestran sus escritos la que ayudó a convencer a Churchill. Y este puso de su parte al penetrar el pensamiento militar. La capacidad de descubrir el futuro mostrada por Wells en este caso merece un reconocimiento mayor del que él mismo reclama. Como es bien sabido, el tanque fue uno de los medios con los que se esperaba superar el punto muerto de la guerra de trincheras en que había quedado atrapada la confrontación armada de 1914, porque en el ir y venir entre estrategia y tecnología defensiva y ofensiva, aquella había ganado ventaja sobre ésta. En su libro Anticipations (1901) Wells había previsto no sólo el hecho sino también las razones por las cuales en la próxima guerra la defensiva iba ganar ventaja sobre la ofensiva. Él había señalado que: La revolución que está en curso desde la guerra antigua a la guerra nueva [...] se caracteriza en primer lugar por el progreso permanente en el alcance y la eficiencia de los fusiles y de la artillería de campo (p. 158) [...] en lugar de las intermitentes nubes de caballería de antaño se da un gigantesco duelo a lo largo de todo el frente entre grupos de tiradores entrenados, que se relevan y refrescan continuamente desde la retaguardia (p. 160). Este tipo de predicción, como puede notarse, difiere realmente de la predicción que se basa en grupos de variables cuan ti Picadas que en la actualidad se estiman como el medio más exacto y confiable de predicción.

' H.G. Wells, "Anticipations", en The Works ofH.G. Wells. Atlantic Edition, London, 1824, Vol. IV, p. 158, 160.

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La predicción que Wells formuló a propósito de la forma de la guerra futura, la cual resultó bastante exacta y confiable, fue una predicción en términos de una síntesis figuradonal. Aquí estoy empleando la terminología de mi propia teoría social. Realmente, la imaginación utópica de Wells es un buen ejemplo de un enfoque figuradonal. ¿Qué significa lo anterior? Wells conocía el desarrollo técnico de las armas de fuego, grandes y pequeñas, de su tiempo. Pero para él este desarrollo tecnológico no era un asunto aislado. Él se preguntaba por el significado del desarrollo d e las armas para las relaciones entre los hombres comprometidos en la guerra. Esta reconexión de todos los aspectos aparentemente impersonales del desarrollo social con las figuraciones humanas —que constituyen la sustancia de estos desarrollos, así como con la balanza de poder entre las potencias agresivas y las defensoras—, es esencial para un enfoque figuradonal. No estoy afirmando que Wells haya tenido tal teoría. Como muchos otros, empleó un enfoque figuradonal avant la lettre. Él se representaba los cambios en la figuración de opositores humanos recíprocamente independientes que iba de la mano con cambios en el armamento. Veía que el desarrollo de las armas iba a llevar hacia una ventaja de la defensa sobre el ataque. La ofensiva iba a quedar atrapada, el resultado iba a ser un punto muerto y los ejércitos enemigos se iban a atrincherar en dos líneas paralelas. Dicho en otras palabras, Wells previo la guerra d e trincheras. La describió de modo bastante realista como: La presión, la incesante descorazonada presión con que se trata de quebrar su fuerza de resistencia [la del enemigo].

H.G. Wells, "Anticipations", en The Works ofH.G. Wells. Atlantic Edition, London, 1924, Vol. IV, p. 161.

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En 1901 describió con gran exactitud y plasticidad la figuración que se iba a producir más de una docena de años después: Detrás de la estrecha línea de fuego, donde se da realmente el contacto con el enemigo, el territorio será limpiado y dispuesto para servir a la guerra muchas millas tierra adentro, graneles máquinas estarán excavando una segunda, tercera y cuarta línea de trincheras —necesarias en caso de que la primera resulte forzada a dar marcha atrás— y pasos transversales para el rápido movimiento lateral de los ciclistas que estarán en alerta permanente para acudir en caso de repentinas presiones locales... Por supuesto, Wells no pudo prever la guerra de trincheras con todos sus horrores, ni pudo prever que los regímenes militares de Alemania y de Francia y, siguiendo el ejemplo de éstos, el de Inglaterra también iban a quedar tan cautivos de su preferencia profesional por el duro y estridente ataque, ojalá llevado adelante por la caballería —de lo que el general francés Foch llamó la offensive á Voutrance—, de modo que resultaran completamente ciegos al tipo de argumento que esgrimía Wells y que seguramente contaba con defensores en las fuerzas armadas mismas. Estuvieron ciegos a aquellos argumentos que señalaban que sin un desarrollo técnico, como el del tanque, destinado a superar el empate, la ofensiva estaba condenada al fracaso. Como es de conocimiento común, realmente fracasó. La ofensiva alemana, exitosa en un comienzo, finalmente fue parada y degeneró en el callejón sin salida de la guerra de trincheras, de la misma manera en que ya había ocurrido con la ofensiva francesa. En ambos casos el descalabro se debía exactamente a las razones expuestas con tanIbid.

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ta claridad por Wells. Pero antes que los líderes militares de ambos lados hubieran aprendido la lección, ya habían empujado a cientos de miles de jóvenes hacia la lluvia de balas provenientes de la defensa. Para dar una idea del costo que para una nación puede tener la ceguera de sus mandos militares: en los primeros 15 meses de la guerra de 1914-18 los franceses perdieron 2'425.000 hombres. Esto sucedió en la fase de los intentos desesperados pero vanos de pasar por las líneas enemigas. Aquello costó un n ú m e r o de víctimas similar al d e los tres años de guerra que siguieron (2'541.000). Ustedes me han pedido hablar sobre el papel que pueden jugar las utopías para el futuro. Di una respuesta preliminar con la ayuda de un ejemplo específico en que un literato, formado como científico en biología, formuló unas predicciones bastante exactas, no del tipo cuantitativista sino de un tipo figuradonal. Esto significa que no estaba más allá de la ingeniosidad de los hombres articular unas previsiones razonablemente precisas en sus utopías científicas o literarias. Me imagino que ustedes querían saber si sus predicciones pueden tener algún valor práctico. Pero como vimos, esto no depende de la buena gente cuya visión estuvo lo bastante fundamentada y creativa como para explorar posibilidades futuras y fijarlas en unas utopías. Esto depende de aquellas agencias establecidas que cuentan con las oportunidades de poder para hacer uso de estas predicciones y ponerlas en práctica. Con frecuencia esas agencias son ciegas. Frecuentemente son incapaces de aceptar un conocimiento que parece amenazar sus fuentes de poder y que parece socavar su estatus y prestigio. Las peripecias experimentadas por la utopía realista de Wells tienen el valor cognitivo de un paradigma empírico. Bien vale la pena recordarlo.

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La teoría de la civilización:
y • . 1

critica y perspectiva
Johan Goudsblom

En la actualidad El proceso de la civilización de Norbert Elias forma parte del repertorio estándar de la sociología, al menos en Europa Occidental. Aun los críticos declarados reconocen su importancia. El antropólogo alemán Hans Peter Duerr, por ejemplo, estuvo escribiendo durante varios años una refutación de la teoría de la civilización. Los cuatro volúmenes fueron publicados bajo el título Der Mythos vom Zivilisationsprozess (El mito del proceso de la civilización). El tamaño de esta crítica es por sí solo una prueba de honor para Elias, quien incluso para Duerr es «tal vez el sociólogo más influyente y estimulante de la segunda mitad del siglo» (Duerr 1993: 11). Otro crítico ha sido el sociólogo polaco-británico Zygmunt Baumann. Rara vez deja pasar una oportunidad para declarar que a la luz de todas las barbaridades que
Una versión anterior en Ainsterdams Sociologisch Tijdschrift No. 22, 1995, 202-82. Agradezco a Bram Kempers y Nico Wilterdink sus comentarios.

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Johan Goudsblom

han tenido lugar en el siglo XX, la teoría de la civilización resulta completamente insostenible. Pero aun así, Baumann habla de «el gran paso hacia la fama y el éxito repentino de la presentación de El proceso de la civilización de Elias» (Baumann 1989: 12). Y, casi a manera de aporte especial a este éxito, Baumann mismo equipara la sociología más o menos con «la teoría de la civilización, de la modernidad, de la civilización moderna» (Baumann 1998: 1). Con sus comentarios Duerr y Bauman se inscriben en una larga serie de críticos. Desde su primera edición en 1939 en Suiza El proceso de la civilización j u n t o con los elogios también ha cosechado críticas." Algunas de las reiteradas objeciones sostienen que la teoría desarrollada en el libro es a) ideológica, b) eurocentrista, c) ofrece un cuad r o falso de los desarrollos en Europa, y d) no concuerda con los desarrollos en el siglo XX que contradicen toda la idea de una progresivo proceso civilizatorio. En el presente artículo voy a presentar unos comentarios a estas cuatro objeciones. Alguna anotación previa sobre el propósito y el contenido de El proceso de la civilización me parece pertinente. El contenido puede verse de dos maneras. El libro se puede leer como estudio de un determinado episodio en el proceso de civilización de Europa Occidental pero también como un aporte fundamental para u n a teoría general de los procesos sociales. En ambos casos el núcleo de la teoría está en la asignación de una relación entre los cambios en el comportamiento individual y los cambios en la estructura social, considerando además que juntos inducen a cambios en la personalidad. Resumido en un fajo de palabras claves —que luego habrá que comentar más detenidamente—, El proceso de la civilización trata de la relación entre comportamiento y

Para mayor información bibliográfica ver Goudsblom 1987: 65-144.

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La teoría de la civilización...

poder que halla su reflejo en el hábito, que a su vez influye sobre dicha relación. Desde este punto de vista voy a argumentar que la sindicación de teleología tal vez sea comprensible, pero que ciertamente se basa en un malentendido y que las restantes tres objeciones señalan limitaciones que pueden ser un estímulo para seguir la investigación empírica. En discusiones con los estudiantes en los años sesenta y setenta, Elias solía decir que era hora de ir más allá de Marx. Ahora nosotros también tenemos que ir más allá de Elias. Su obra nos plantea una serie de desafíos. Está pendiente la identificación y superación de lagunas empíricas que la obra inevitablemente contiene. Lo mismo ocurre con la descripción más detallada y con la elaboración de conceptos y tesis empleados en la teoría. La ampliación del estudio hacia otros tiempos y lugares también hace falta. Después de mis comentarios a las críticas señaladas voy a presentar al final de este artículo unas sugerencias para la aplicación y puesta a prueba de la teoría.

E L ALCANCE DE LA T E O R Í A

DE LA CIVILIZACIÓN

El proceso de la civilización está escrito a partir de la idea de que las maneras de actuar, de pensar y de sentir identificadas usualmente como características de la civilización occidental, han surgido de un desarrollo que abarca muchos siglos y que este desarrollo se puede tanto registrar a través del estudio histórico como explicar mediante discernimientos científicos. Como explica Elias en el prefacio de la primera edición, no fue su intención inventarse «una teoría general de la civilización». Se trataba más bien de conseguir —dentro de límites seguros— una idea más clara sobre el desarrollo como tal y, en especial, sobre «el extraño cambio del comportamiento social» que se ha evidenciado

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a lo largo de un buen número de siglos en Europa Occidental (Elias 1982, 1: 18). Los cambios en el comportamiento fueron descritos con amplia documentación en la primera parte de El proceso de la civilización. Esta parte inicia con un extenso capítulo introductorio sobre la historia de los conceptos civilización y cultura en Francia y Alemania —un capítulo que deja ver que estos conceptos siempre han estado relacionados en gran medida con la posición social y con las ambiciones de quienes los emplearon—. Luego sigue como piéce de résistence la conocida historia de las maneras basada en el estudio de los libros de etiqueta pero inspirada también en la obra de historiadores de la cultura corno Johan Huizinga. La segunda parte está escrita mucho menos como de una pieza. Se compone de dos secciones, tal como lo indica el subtítulo: Cambios de la sociedad. Esbozo de una teoría de la civilización. Este subtítulo es históricamente mucho menos específico que los de la parte primera; él remite más a tradiciones intelectuales como la sociología de Max Weber para la primera sección, y el psicoanálisis con las respectivas consideraciones sobre la cultura humana de Sigmund Freud para la segunda. N o es exagerado señalar que los subtítulos son muy instructivos y resulta verdaderamente lamentable que en la mayoría de las traducciones (entre ellas la holandesa) hayan sido suprimidos. Así resulta menos claro que El proceso de la civilización consta, en términos tipográficos, de dos partes pero que su contenido está estructurado en tres, cada una con su tema principal, y que las tres partes se distinguen también por grados de generalidad ascendientes. El primer capítulo trata de los cambios de conducta en las clases altas laicas en Europa Occidental en un período que va desde cerca del año 1300 hasta 1800. El segundo capítulo ubica estos cambios del comportamiento en el cuadro de los procesos más amplios de feudalización
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y formación estatal durante un período que se extiende más o menos del 800 hasta 1800. El tercer capítulo responde a un diseño mucho menos histórico y contiene consideraciones tanto sobre desarrollos contemporáneos en el mundo del siglo XX como sobre problemas de la convivencia humana en general. En el año de 1969 se produjo la primera reedición de El proceso de la civilización. Para esta edición Elias escribió una extensa introducción cuyo tenor diverge en dos aspectos del prefacio original. En ésta, ubicó el libro dentro de una disciplina académica específica, la sociología, y también le atribuyó una trascendental importancia teórica: Mientras trabajaba en este libro, me parecía obvio que, con él, se estaban poniendo los cimientos para una teoría sociológica no dogmática, empírica, de los procesos sociales en general y de la evolución social en concreto. (Elias 1982, 1:293) En la nueva introducción, Elias contrastó su propio aporte con el de Talcott Parsons, a la sazón el más destacado teórico en la sociología. Según su conclusión, el enfoque de Parsons estuvo diamelralmente opuesto al suyo propio: Parsons trabajó con un concepto de sistema au fond estático y no pudo, en consecuencia, hacer justicia al hecho básico, más elemental, de la sociología, (pie es la relación dinámica entre sociedad e individuo (Elias 1982, 1: 295-302). Comparando así su propia obra con la de Parsons, Elias resaltó la importancia de la suya para la teoría sociológica y suscitó además una mayor atención en las conclusiones más generales en el segundo y, ante todo, en el tercer capítulo. La identificación explícita con la sociología permite inferir que Elias se había despedido de la manera de plantear sus problemas sin pensar en una disciplina específica, que lo había caracterizado en 1939. En realidad, se trata de un caso de réculer pour mieux sauter (retroceder para 49

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saltar mejor), pues dentro de la sociología, Elias demandaba una posición teórica de primer rango. A partir de ahí también podía dar luces sobre problemas de otras diversas disciplinas, como la historia y la psicología. La insistencia con que Elias expuso sus pretensiones teóricas en la introducción a la segunda edición contribuyó a que se le asignara a su obra una importancia paradigmática (Goudsblom 1987: 27-38), pero por el otro lado, también ayudó a despertar inevitables resentimientos y dio motivo para que algunas críticas que desde la primera edición habían surgido de vez en cuando, se expresaran más fuerte.

TELEOLOCÍA

Una objeción frecuente a El proceso de la civilización afirma que en la base del trabajo hay un evolucionismo unilineal o, peor aún, una manera de pensar que habría de calificarse como Ideológica. En una entrevista, el historiador norteamericano Charles Tilly se hizo portavoz, hace poco todavía, de esta opinión cuando enfatizó que del libro le molestaba ante todo su fuerte aunque no muy bien articulada teleología, que dice que el proceso civilizatorio en cierto sentido tuvo que tener lugar. Es ideológico en el sentido de que unos sucesos posteriores explican sucesos anteriores, que el final explica el proceso. La segunda cosa es que ésta como muchas historias unilineales —algunas de ellas ideológicas y otras no— en cuanto a que ignora todas las counterhistories. «A mí me parece que es una historia muy selectiva que imagina que todo lo que tuvo lugar desde el siglo XVII fue civilización» (Koopmans y De Schaepdrijver 1993: 55). Con estas afirmaciones hechas a la ligera, Tilly da la sensación de tener poco sentido para la sutileza con que Elias trata los desarrollos de largo plazo que ha señalado.
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El problema que plantea no es que el proceso de la civilización haya tenido que darse de cualquier modo, sino que de hecho sucedió. Para abordar este problema es preciso ver que el proceso de la civilización forma parte de un orden más general de procesos sociales que se originan en las acciones intencionadas de los individuos y conducen a efectos que no han sido buscados o siquiera previstos por nadie. El meollo del problema está en el entrelazamiento de las intenciones individuales, o sea, en la dinámica figuradonal (Elias 1982, 2: 170). «Es este orden de entramados el que determina el curso del cambio histórico; es este orden el que está en el fondo del proceso de la civilización» (Elias 1982, 2: 240). Esta manera de abordar las cosas no da lugar para la idea de que «unos sucesos que ocurren después de otros explican a aquellos». Al contrario, lo posterior surge de lo anterior y por esto nunca podría explicar lo que primero ocurrió. Lo que importa es que se investigue cómo surge lo posterior de lo anterior, en el marco de «la investigación de cómo las cosas vinieron a ser como son», como lo formulara el historiador americano FJ.Teggart citado con ánimo aprobatorio por Elias (Elias 1982, 2: 367). Desde luego que para el tipo de problemas que se plantean y la manera de enfocarlos, lo posterior jnega algún papel. La mirada dirigida hacia lo ya sucedido está impregnada de presente. Empero, todo esto es bien distinto a la presentación de lo posterior como explicación de lo previamente sucedido. En su propia investigación de la formación estatal en Europa Occidental, Tilly llegó a unos discernimientos que en muchos sentidos consolidan las conclusiones de El proceso de la civilización (Tilly 1975: 1990). Según parece, el hecho de que a pesar de esto se exprese de forma tan crítica acerca de Elias, se debe a una sospecha a propósito de la construcción teórica en el terreno en cuestión. Ante todo, entre historiadores hay mucho temor de quedas teo51

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rías envuelvan el paisaje histórico en unas masas de nubes verbales que no dejan sino figuras vagas y uniformes. Todo lo que es específico y peculiar escaparía a la vista. De las teorías de las largas duraciones se presume además que en ellas el pasado es reducido a un simple preludio del presente. Lo que n o cabe en este molde se saldría del cuadro y podría contar con alguna atención acaso a manera de curiosidad. Este tipo de razonamiento no hace justicia a la obra de Elias. Esta fue escrita justamente con mucha sensibilidad para las numerosas voces que se suelen pronunciar contra todo tipo de polifonía de la historia. El autor señaló en repetidas ocasiones cuan distintas se presentaban las situaciones históricas a la vista de quienes las vivieron, en comparación con nuestra perspectiva de observadores posteriores. Nosotros conocemos el curso posterior de la historia, ellos no podían conocerlo. El estudio del curso de los sucesos no puede prescindir de ninguna de las dos perspectivas: la perspectiva de Nosotros de los implicados, que experimentaron la situación desde dentro de un m o d o tan inmediato como no les puede ser dado nunca a observadores posteriores que están en condiciones de ubicar la situación como una etapa dentro de una trayectoria mucho más extendida. La combinación de ambos puntos de vista conducen a Elias a observaciones sobre el surgimiento del Estado francés como la siguiente:
Sólo cuando uno se devuelve por un instante al paisaje social del pasado, cuando se ven los forcejeos de las muchas casas guerreras y sus necesidades vitales inmediatas, sus objetivos más próximos; en una palabra, cuando se tienen presentes todos los riesgos de sus luchas y de sus existencias sociales, se puede comprender que era muy probable la constitución de un poder supremo y monopolice en esta zona, pero que era incierto cuál habría de ser su centro y cuáles sus fronteras. (Elias 1982, 2: 170).

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El señalamiento a la postre de la probabilidad más o menos grande de un desarrollo que efectivamente tuvo lugar, es un primer paso en la búsqueda de una explicación de este desarrollo (Ver también Elias 1982, 2: 107-8). Sabemos ahora que en Francia, entre una figuración de principados más o menos autónomos, surgió un Estado central con un monopolio bastante estable de la violencia organizada dentro de límites claramente fijados. El problema que se plantea es cómo se gestó este monopolio y cómo luego se mantuvo (como resultado de fuerzas que frecuentemente jalaron en direcciones muy distintas y con respecto a las cuales se puede imaginar fácilmente que en cualquier otra proporción pudieron haber producido un resultado distinto al que conocemos). ¿Fue el desarrollo tal como efectivamente se dio realmente el más probable? y de ser así ¿qué fue lo que le confirió esta alta probabilidad? Siempre hubo lugar para unas contrahistorias. Pero desde nuestra ubicación privilegiada en el siglo XX podemos constatar también que las posibilidades estuvieron limitadas. Finalmente, ningún príncipe francés parece haber estado a la altura del creciente poder del monarca; el mecanismo de monopolización ofrece una explicación del porqué esto fue así. Nos ayuda a ver cómo las figuraciones posteriores surgieron entre las anteriores o, visto desde el otro ángulo, cómo las anteriores llevaron a las posteriores. De este modo se señala una dirección, pero ningún telos o meta fija.

EUROCENTRISMO

El reproche de eurocentrismo no está separado del de teleología. Según algunos críticos, El proceso de la civilización implica que sólo en Europa y en ningún otro lugar la civilización humana se ha desarrollado plenamente. Contra
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esta idea dirigen (con razón) sus objeciones. Sin duda Hans Peter Duerr es quien más ha trabajado sobre este aspecto. De acuerdo con sus propias palabras, Duerr quiso «demostrar que Elias, con su alabanza de la moderna modelación de los instintos que sería "la característica distintiva y causa de la superioridad de Occidente", no tiene razón» (Duerr 1990: 8). Según él, la teoría de la civilización representa u n tipo de pensamiento evolucionista que glorifica a Europa y ofrece una justificación del colonialismo europeo. Esta posición recuerda la opinión de Antón Blok quien enunciara, incluso antes de que Duerr se pronunciara al respecto, que Elias no debiera sorprenderse si se le acusaba de ser portavoz del racismo (Wilterdink 1982). Al igual que Duerr, Blok acusa a Elias d e ignorar en qué grado los llamados primitivos son civilizados. En palabras de Blok: «Él [Elias] desconoce su auténtica humanidad» (Blok 1982). Según parece, Duerr tropezó ante todo contra algunos pasajes del tercer capítulo de El proceso de la civilización. Con el fin de mostrar que Elias atribuyó el éxito de los colonizadores europeos no sólo a su superioridad militar sin o ante todo a «una superioridad d e la estructura de los impulsos», los ha citado muchas veces. «Dicho sin maquillaje terminológico —prosigue Duerr— esto significa que Occidente p u d o someter y explotar al resto del mundo, porque tiene la civilización superior» (Duerr 1993: 12. Las cursivas son del original). Con esta manera de "citar", Duerr desfigura la posición de Elias. Éste en realidad señaló que los colonizadores europeos sacaron provecho de su civilización, pero lo hacía como parte de una extensa exposición que —lejos de ser un simple elogio a la civilización europea— ofrece un agudo análisis sociológico del empleo de los modales y técnicas de organización como fuente de poder (Elias 1982, 2:

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262-265). Este análisis no puede entenderse de ninguna manera como ideología colonialista. Desde 1939, cuando Elias publicó su libro, ha visto la luz una gran variedad de trabajos que se preguntan a qué debieron los colonizadores europeos su superioridad técnica, militar, comercial e incluso en el ámbito de la religión (como atestigua el éxito de las misiones y de la evangelización). La discusión sobre el trasfondo y el carácter de la hegemonía europea continúa; con toda seguridad, el aporte de Elias aún no ha perdido vigencia. Así lo hace pensar entre otros el uso que de él ha hecho el politólogo de origen sirio Bassan Tibi en sus estudios sobre el Islam (Tibí 1988; 1990). Como rasgo más característico del desarrollo de las sociedades de Europa Occidental, Elias identificó:
El hecho de que aquí surgiera una división de funciones con un alcance tan grande, un monopolio fiscal y de la violencia tan estable y unas interdependencias sobre territorios tan extensos y un número de hombres tan grande como nunca antes en la historia mundial. (Elias 1982, 1: 90).

Duerr difícilmente puede negar el hecho y hay otros puntos en que coincide con Elias, aunque sea de mala gana. Así, afirma que la civilización humana tiene al menos 40.000 años y que desde entonces hubo sociedad sólo en asocio con civilización. Esto concuerda plenamente con la idea de Elias de que es imposible asignar en el proceso de la civilización un inicio absoluto o un punto cero (Elias 1982, 1: 90). Duerr tampoco quisiera negar que las sociedades humanas han experimentado profundos desarrollos. Está dispuesto incluso a hablar de un proceso dvilizatorio:
Por supuesto que no estoy afirmando que no haya habido un proceso de civilización en el sentido de un cambio de la macroestructura social, un desarrollo de la civilización en términos técnicos y materiales, rupturas e innovaciones profun55

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das en la administración, en la policía y organización militar, en la organización obrera, el transporte, el aprovisionamiento de bienes, la forma como se eliminan los deshechos, etc. Lo que niego es —por un lado— que este desarrollo haya conllevado una intensificación del control social, y —por el otro— que haya proporcionado a los hombres una economía afectiva totalmente distinta, un nuevo hábito psíquico que se distingue de hábitos anteriores poi barreras de pudor y de pena mayores, por una reducción de la inmediatez, espontaneidad, agresividad y crueldad, así como por una intensificación y estabilización de la gentileza, etiqueta y consideración mutua. (Duerr 1993: 26).

¿No será un tanto rebuscado pensar que en todas las esferas señaladas por Duerr, desde la administración hasta el bienestar, se hayan dado cambios drásticos sin que estos cambios hayan impregnado de alguna manera el funcionamiento psíquico de los hombres? Pero Duerr se atrincheró en una posición que afirma esto, y se niega a reconocer que el proceso de civilización en Europa haya experimentado un giro particular en los últimos cinco a seis siglos. Él considera que Elias sobrestima enormemente los rasgos peculiares de la civilización europea. Para darle vigor a esta idea se sirve de ejemplos de la antropología que espera le revelen que los hombres en todas las sociedades han ejercido algún control mutuo y que han experimentado igualmente unas sensaciones de pudor. Sin embargo, el material recogido por Duerr muchas veces con más diligencia que sentido crítico no está en contradicción con el tenor de la teoría de la civilización (Ver también Goudsblom y Mennell 1997). Lo que en esta teoría importa no es la demostración de la existencia de un control social y un pudor en sí, recurriendo a unas anécdotas sueltas. Se trata de interpretar y de explicar las diversas formas de control social y p u d o r a la luz de desarrollos sociales más amplios.

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Ya se han publicado varios estudios que aplican este enfoque a sociedades n o europeas. Así por ejemplo, Elcin Kúrsat-Ahlers comparó los estadios tempranos de formación estatal en el imperio otomano con el modelo esbozado por Elias para Francia. También desde esta perspectiva, Johann Arnason sometió el desarrollo de la monarquía rusa a un análisis más global. Ambos casos atañen, al igual que la Europa preindustrial, a sociedades agrario-militares en una fase que Arnason denomina formación estatal secundaria. Una situación similar fue estudiada por Eiko Ikegami en The Taiuiug ofthe Samurai. El cuadro que surge en su libro sobre el acortesamiento de los guerreros en el Japón, presenta sorprendentes paralelos con el desarrollo en Francia descrito por Elias. Desde luego que la indagación sobre el curso del proceso civilizatorio en sociedades sin Estado también es de gran importancia. Con razón, los antropólogos han presentado objeciones contra la idea de que el concepto de civilización esté ligado sin más a la formación estatal, tal como se dio en Europa (Ver entre otros Thodcn van Velzen 1982). En El proceso de la civilización se encuentran algunos giros que de pronto podrían ser interpretados en este sentido; pero la teoría más general esbozada también en este libro y seguramente su mayor elaboración en trabajos posteriores no dejan duda de que el concepto de civilización es aplicable a todas las sociedades humanas. En toda sociedad los hombres aprenden determinadas pautas de comportamiento, lo hacen en parte siguiendo sus propios impulsos, en parte bajo la coacción rigurosa o suave de otros. Procesos de civilización (es natural pasar aquí al plural) se revelan en todas aquellas partes donde unas maneras son traspasadas, seguidas y ajustadas. Muchas veces las maneras cambiarán poco de generación en generación; entonces el proceso de civilización presenta una fuerte continuidad. Pero cuando las relaciones humanas

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experimentan un movimiento, también las maneras cambiarán y el proceso de la civilización toma un nuevo giro. La mayor parte del material reunido por Elias en El proceso de la civilización tiene relación con las élites de una sociedad agrario-militar en un período de profundos cambios sociales que, entre otros, conducen a la formación de Estados cada vez más grandes y fuertes. Lo mismo es válido para los estudios ya citados de Kürsat-Ahlers, Ikegami y Arnason. En todos estos casos la investigación se centra en la relación entre civilización y formación estatal. La pregunta es cómo han transcurrido procesos de civilización en sociedades con otra estructura política. Con eso entramos a los dominios de la antropología social y cultural cuyo objeto de estudio tradicional han sido justamente las sociedades con una organización más o menos militar. Llevar a su campo el método sociogenético desarrollado por Elias, también representa un reto para los antropólogos. Me parece que éste propósito encuentra abundantes puntos de referencia en la obra de antropólogos de orientación fuertemente histórica, como Marvin Harris y Eric Wolf. Alguien que se ha dejado inspirar directamente por Elias es Wim Rasin. Me refiero a su estudio sobre los cambios en el control social y el comportamiento en una sociedad esquimal desde el segundo cuarto del siglo XIX. Rasing describe cómo la incorporación de los esquimales en el conjunto más grande del Estado canadiense ha conducido en su propia comunidad al debilitamiento de los lazos mutuos y del control social. Él llega a la conclusión de que la tendencia que se puede ver en este caso es distinta a la de los países de Europa Occidental, donde: Un creciente control de la violencia por parte de las instancias centrales se desarrolló en estrecha relación con el avance del autocontrol de los individuos, mientras que aquí [entre los esquimales] el proceso civilizatorio mostró una tendencia inversa. (Rasing 1994: 319).
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La teoría de la civilización... LOS PROCESOS DE CIVILIZACIÓN EN EUROPA

En relación con el desarrollo en Europa, a Elias se le acusa con frecuencia de haber atribuido un peso excesivo al proceso de formación estatal y al papel de la nobleza en el mismo, mientras que él habría subvalorado la participación de otros procesos, grupos e instituciones sociales. Se considera que Elias habría prestado atención insuficiente en especial, al aporte de la iglesia, la religión, el cristianismo. En este sentido se pronuncie) Franz Borkenau ya en 1939 y la objeción ha sido reiterada desde entonces en numerosas ocasiones. Dilwyn Knox, por ejemplo, hace poco defendió la idea de que el proceso de la civilización no sólo en Europa recibió sus impulsos primarios «de circunstancias religiosas o culturales antes que de unas de tipo político» (Knox 1991: 109). El estudio de Knox ofrece material interesante sobre el desarrollo de las maneras en la mesa y otras formas de control del cuerpo, que se complementa con la información reunida por Elias. No obstante esto, Knox presenta su trabajo no como un aporte complementario a la teoría sino como una refutación de la misma.' Él cree que para Elias los factores políticos tienen el primado en el desarrollo, mientras él lo asigna a la religión. Me parece poco fructífero devolver la discusión a un rígido debate sobre opuestos excluyentes, donde prima la búsqueda de un primer origen ante el esfuerzo por identificar unos desarrollos (Elias 1982, 2: 36). En la sociedad agrario-militar de la Europa preindustrial, la religión y la política estuvieron entrelazadas de múltiples maneras, así como también el clero y el Segundo estado, la nobleza; juntos constituían una figuración social que envolvía además también al Tercer y Cuarto estados, los burgueses y el
Ver también nenes Buch von Goudsblom, capítulo 10.

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resto del pueblo. Con el fin de poder dedicarse sin estorbos a la religión, el oficio de la guerra, el comercio o la agricultura, los hombres habrían buscado dentro de cada uno de estos estados cierta autonomía para su propio campo! Pero debió ser difícil sustraerse de forma duradera a la influencia de otros campos. Así lo quisieran o no, los diversos grupos eran interdependientes; y por lo tanto las líneas que cada uno representaba por sí solos en el proceso de civilización también ejercieron una influencia mutua. De la misma manera en que se puede ampliar la cobertura de este cuadro de modo tal que los desarrollos en Europa aparecen como un episodio en un proceso mucho más amplio, el desarrollo europeo mismo puede verse también de forma mucho más diferenciada. El proceso de la civilización ofrece numerosos impulsos que señalan esta dirección. Según parece, el proceso civilizatorio de Europa se desarrolló siguiendo distintas líneas de clase, Estado, religión y nación. En el libro se atiende ante todo este último aspecto; la comparación entre los desarrollos de Francia, Alemania e Inglaterra la atraviesa la exposición como una corriente d e fondo. En una serie de casos, la teoría de la civilización ya ha sido aplicada con beneficio al estudio de desarrollos culturales e institucionales específicos, como la sociogénesis del matrimonio eclesiástico y burgués (Michael Schróter), el surgimiento del deporte y otras formas modernas de ocio (Elias y Eric Dunning), la formación del oficio de artista (Bram Kempers) y el desarrollo de diversos sistemas de

El concepto de campo aparece algunas veces en El proceso de la civilización (ver por ejemplo 2: 299-300), pero en la sociología de Pierre Bourdieu ocupa un lugar central. Valdría la pena estudiar con más detalle los puntos de referencia, las concordancias y las diferencias entre las ideas de Elias y Bourdieu.

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bienestar como la atención a los ancianos, la educación y la salud (Abram de Swaan). La relación entre comportamiento, poder y hábito se ve nítidamente también en las investigaciones sobre la historia del delito, la justicia y las penas judiciales de Pieter Spierenburg, David Garland y otros. Estoy indicando apenas una pequeña muestra de los abundantes estudios realizados en los últimos años con el propósito de conocer el cuadro de las diversas líneas históricas del proceso de civilización europeo con más detalle. Otras investigaciones que se han producido mucho antes de la obra de Elias o que han surgido de modo independiente de ésta también parecen estar bastante de acuerdo con la teoría. El estudio de Tocqueville sobre el Antiguo Régimen es uno de estos ejemplos; Feasants into Frenchmen de Eugen Weber es otro más reciente. Este último puede leerse en cierta medida como una continuación de El proceso de la civilización. El libro trata de un período posterior, de 1870 hasta 1914, y p o n e el foco sobre un grupo social que en el trabajo de Elias queda bastante rezagado: los campesinos. Cuando en El proceso de la civilización se mencionan los campesinos, casi siempre se hace referencia a informes de escritores pertenecientes a otros Estados, que describen la vida campesina en términos poco favorables. Weber esboza un cuadro cuidadosamente documentado del aislamiento en que grandes partes del campo francés permanecen aún alrededor de 1870, lo mismo que de las duras condiciones en que vivían los hombres cpie dependían directamente de la tierra, del clima, de los cultivos y d d ganado y que eran presos de una fuerte jerarquía social. De este modo, su libro no sólo ofrece una ampliación del horizonte cronológico de El proceso de la civilización, sino que también produce un cuadro sociológico más agudo y, gracias a sus referencias sobre los regímenes ecológicos en que han vivido los hombres, más amplio.
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DESARROLLOS CONTEMPORÁNEOS Ante todo se supone que dos tendencias presentes en el siglo XX estarían en contradicción con la teoría de la civilización: se trata del relajamiento de una serie de normas sociales y formas d e trato m u t u o —la inforrnalización—, y del surgimiento y florecimiento de unos movimientos violentos, como los Nazi en Alemania —un proceso de barbarizadón o brutalización—. La inforrnalización fue ampliamente comentada por Cas Wouters. En la discusión con otros sociólogos, Wouters ha expuesto —a mi juicio de manera convincente— que el relajamiento de algunas formas d e trato se puede explicar muy bien en el marco de la teoría de la civilización — un punto d e vista que Elias por su parte también ha aclarado (Wouters 1990; Elias 1989: 33-60)-. Resulta curioso que las ideas d e Hans Peter Duerr en cierta medida vayan en la misma dirección, aunque sea en términos bastante diferentes y con una intención crítica. Él señala que los hombres que viven en pequeñas comunidades tienen pocas oportunidades de sustraerse al control social permanente de parientes y vecinos. La sociedad más diferenciada de las grandes ciudades, en cambio, ofrece a los individuos muchas posibilidades de evadir este control y, por esta vía, una libertad mucho mayor:
Seguramente hoy en día cada individuo se relaciona con muchas más personas, pero en la interacción no se encuentran tanto personalidades en su conjunto sino más bien fragmentos de personas. En consecuencia, el conocimiento que se tiene del otro también queda mucho más fragmentario. Pero esto significa que las infracciones de normas y conductas incorrectas por lo general suscitan menos consecuencias: la persona respectiva no pierde el rostro, sino u n o de sus rostros. (Duerr 1993: 28).

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Con razón Duerr emplea la forma comparativa: más fragmentario, con menos consecuencias. Así que admite que no estamos ante un vuelco de un estado a otro sino ante cambios que son sólo relativos. Pero a mi juicio él no va lo suficientemente lejos. Al hablar de infracciones de normas y mala conducta él sugiere que las normas como tales son fijas mientras que en la teoría de la civilización las normas (y así también el significado de lo que es la infracción) forman parte de los comportamientos sociales fluctuantes. Por lo demás, Duerr tiene poco sentido para los componentes de poder, que para Elias juegan un papel central. De acuerdo con éste, la creciente diferenciación social forma sólo un requisito para la inforrnalización; otro, al menos igualmente importante, es la creciente fuerza de unos grupos menos privilegiados (marginados) en relación con las élites consolidadas. Para los tradidonahnente consolidados se ha menguado el margen que tienen para poder permitirse libertades en relación con los demás, para los marginados (en algunos casos quizás haya que decir: del pasado) este margen se ha dilatado (Elias 1989: 50). Inforrnalización por cierto no significa libre juego para todos los impulsos. Al contrario: en su introducción a El deporte y el ocio en el proceso de la civilización escrito j u n t o con Eric Dunning, Elias volvió a subrayar que la vida social en las sociedades de Europa Occidental se ha vuelto innegablemente mucho menos formal pero que cada día es más ajustada a la evasión casi automática de todo extremo emocional: En otras palabras, la supervivencia y el éxito social en estas sociedades dependen hasta cierto punto de una coraza segura, ni demasiado fuerte ni demasiado débil, de autocontrol individual. Hay en tales sociedades sólo un marco comparativamente reducido para la exhibición de los sentimientos fuertes, las antipatías profundas o el rechazo hacia otras personas, mucho menos para la ira candente, el odio mortal o el impulso irrefrenable de golpear
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a alguien en la cabeza. Quienes sufren fuertes perturbaciones o son presa de sentimientos que no pueden controlar terminan en el hospital psiquiátrico o en la cárcel. Los estados de elevada excitación se consideran anormales en una persona, como un peligroso preludio de violencia en una multitud. (Elias y Dunning 1986: 41; 1992: 55-56) En El proceso de la civilización Elias también empleó la imagen de una coraza de comportamiento civilizado. Enfatizaba entonces que esta coraza puede funcionar sólo bajo condiciones sociales específicas: se «desmorona muy rápidamente» cuando «en relación con un cambio estructural», la seguridad en que descansa el trato social se desploma (Elias 1982, 1: 232. Ver también neues Buch). No es difícil ver que aquí se alude a una segunda tendencia en el desarrollo contemporáneo, de la cual algunos críticos han afirmado con gran aplomo que la teoría de la civilización de Elias no la habría tenido en cuenta y que no estaría diseñada para incorporarla: la barbarización o brutalización tal como se ha manifestado intensamente en los excesos del nazismo. Ante todo algunos críticos americanos y británicos han sindicado a Elias de haber esbozado un cuadro demasiado rosa del proceso de la civilización y de haber hecho caso omiso a los horrores de su propio época. Si creyéramos a estos críticos, El proceso de la civilización se habría escrito en una isla de las maravillas, lejos de las tormentas del siglo XX. En palabras del antropólogo Edmund Leach: Elias habría formulado su teoría al mismo tiempo en que «Hitler estaba refutando sus argumentos centrales a una escala que era la mayor posible» (Citado en Mennell 1989: 228). Parece un poco simple pensar que Elias haya sido tan ingenuo. Él escribió su libro en el exilio y a la segunda edición la antecede la sobria dedicatoria: «Dem Andenken rneiner Eltem Hermann Elias, gest. Breslau 1940, Sophie Elias,
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gest. Auschwitz 1941 (?)».* El pasaje ya citado sobre la vulnerabilidad de la coraza del comportamiento no quedó solo; en muchas partes de El proceso de la civilización se encuentran referencias al desarrollo en Europa Occidental en los años treinta (Ver también Heerma van Voss y Van Stolk 1987: 53-62). Más tarde, en Síudien über die Deutschen (Estudios sobre los alemanes) Elias volvió de m o d o más extenso sobre este asunto. Lo hizo ante todo en el ensayo Der Zusammenbnich der Zivilisation (El derrumbe de la civilización) cpie fue escrito originalmente con motivo del proceso seguido a Adolf Eichmann en 1961. Elias lo mantuvo en reserva durante años. Curiosamente este ensayo parte de la misma idea que forma la base de Modernity and the Holocaust de Zugmunt Batimán. Ella apunta a que el nacionalsocialismo tal vez reveló de modo particularmente craso la condición de las sociedades actuales, las tendencias de la acción y del pensamiento en el siglo XX que se encuentran también en otras partes (Elias 1989: 395). Una diferencia con Bauman se encuentra en el cuidadoso tal vez que Elias prefiere en este caso. Por cierto, no se le puede pedir ni a Elias ni a Bauman una explicación satisfactoria del nazismo. Tal explicación aún no existe en ninguna parte. Disponemos tan sólo de una serie de conocimientos dispersos sobre el trasfondo y diversas circunstancias que han contribuido a su surgimiento y florecimiento.'
Orig. alemán, A la memoria de mis padres, Hermann Elias, muerto en Breslau, 1940. Sophie Elias, muerta en Auschwitz, 1941 (?). Uno de los mejores estudios sociológicos sobre el surgimiento del nacionalsocialismo sigue siendo Hetfascisme en de nieuwe vrijheid (El fascismo y la nueva libertad) de J. de Kadt que fue publicado ya en 1939. El autor partía explícitamente de la pregunta sociológica de cuál era la función positiva del nacionalsocialismo para sus partidarios.

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Una acotación que está implícita en la teoría de la civilización, aunque Elias mismo no la formulara expresamente: en la medida en que los hombres van aprendiendo unos estándares de comportamiento y también van adquiriendo una determinada competencia, su competencia en otros terrenos queda atrás casi inevitablemente. La lucha armada y el manejo de las armas representan un ejemplo muy ilustrativo. Las sociedades estatales modernas son bastante pacificadas internamente. La violencia organizada ahí está —para hablar con las palabras de Elias— acuartelada en tan alta medida que sólo unos especialistas reciben entramiento en el manejo de las armas. Los demás necesitan la paz y son inermes frente a las amenazas de fuerza física. Es posible que una de las precondiciones del éxito del nazismo se encuentre en la incapacidad d e responder a la violencia física, extendida entre sus adversarios y víctimas. Para Thorstein Veblen se trataría de una trained inability (Veblen 1914: 193).
MATICES

Entre los pasajes mejor conocidos de El proceso de la civilización se encuentran las últimas páginas de la parte segunda, d o n d e Elias esboza las condiciones en que los hombres podrían afirmar de sí mismos con alguna razón que son civilizados. Estas páginas han causado mucho desconcierto. Considero que ellas deberían ser leídas j u n t o con las páginas iniciales de la parte primera, d o n d e civilización es introducida como un concepto que expresa el sentimiento de superioridad occidental. En las líneas finales, el autor recuerda que la sociedad europea todavía está lejos de los ideales que se suelen relacionar con este concepto. Subraya de nuevo que sería una ilusión pensar que Europa ya esté civilizada en ese elevado sentido. El libro sobre el proceso de civilización en Europa fue escrito justamente con el propósito de despojar al concepto de civi66

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lización de su aureola mística (Ver también Elias 1989: 401). Como proceso, empero, la civilización no fue ni mucho menos un mito para Elias. Consideraba como innegablemente reales los cambios en los hábitos que provenían de cambios en la conducta y el poder y que, por su parte, volvían a influir sobre éstos. Que en Europa estos cambios presentasen a lo largo de siglos una determinada dirección, representaba un importante descubrimiento para Elias. Atribuía una importancia al menos similar a la comprensión general del carácter del proceso de la civilización, a la cual contribuyó con su estudio. Considero como uno de los aspectos importantes de la teoría de la civilización de Elias la ruptura que representa en relación con la habitual oposición entre cultura y naturaleza. La naturaleza humana es representada con frecuencia como adversaria rebelde e irreconciliable de la civilización: «El animal humano no puede ser domado a través de la civilización» constituye una apreciación apodíclica que no deja campo para matices (Mestrovic 1993). Pero justamente de matices se trata en la teoría de la civilización. Como Elias advirtió, ante todo en su obra tardía, «el aprendizaje de autocontrol es un universal humano, una condición común de la humanidad». Por el otro lado las maneras en que se realizan los procesos de civilización son extremadamente variables: Lo que puede variar, lo que de hecho ha cambiado durante el largo proceso de desarrollo de la humanidad, son las normas sociales de autocontrol y la manera en que se las hace funcionar y adaptarse al potencial natural en cada uno para retrasar, suprimir, transformar, en resumen, controlar de diversas maneras las pulsiones elementales y demás sentimientos espontáneos. Lo que ha cambiado, para decirlo brevemente, son los agentes de control formados durante el proceso individual de

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aprendizaje del niño, a los cuales hoy conocemos con los nombres de razón o conciencia, ego o superego (Elias y Dunning!986:45; 1992:61). El término hábito sirve para referirse a las formas de control y regulación de los impulsos que los hombres se apropian en el curso de su vida y que determinan en gran medida su comportamiento. Por lo demás no se trata únicamente de control y regulación de unas furias indiferenciadas, como indican las dificultades que pueden tenerse con impulsos aprendidos tan sencillos como el de fumar, de beber o jugar. En el caso de intensos sentimientos dirigidos contra otras personas, como el amor, la envidia o la venganza, resulta aún más evidente que los impulsos emocionales se forman socialmente. La variación en los hábitos después de todo es muy grande. Esto sin embargo no significa que una teoría general de la civilización no sirva para la exploración de su sociogénesis.
P O D E R , H Á B I T O Y C O M P O R T A M I E N T O : SOBRE L O S E X P E R I M E N T O S DE M I L G R A M

La teoría d e la civilización es parte de la más amplia teoría de las figuraciones humanas. La idea básica de la misma dice que los individuos que forman conjuntamente una figuración, son formados al mismo tiempo por esta figuración. El e.xplanandurn más importante en la teoría de la civilización es el hábito, que comprende cambios tanto como continuidades. Esto es la variable dependiente que influye sobre las otras dos variables: comportamiento y poder. En sus experimentos sobre autoridad y obediencia Stanley Milgram demostró de modo verdaderamente dramático la enorme dependencia del comportamiento en relación con el poder. Por orden de un experimentador, unas personas hicieron cosas que normalmente nunca ha-

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La teoría de la civilización...

rían. ¿Por qué lo hicieron? Porque se encontraban en una situación en que pensaban no tener elección; la autoridad del experimentador se había convertido en orientación para su acción. Allí estuvieron sentados detrás de un botón, y no podían de otra forma. Milgram concluyó de esto: con frecuencia el comportamiento se define por la situación y no por el tipo de persona que es (Milgram 1974: 205). Dudo mucho que sea adecuado plantear las cosas en estos términos, creo que se está recurriendo a una oposición equivocada. Los hombres (personas) constituyen unos con otros figuraciones; son los seres humanos, las personas, quienes crean las situaciones; de las figuraciones surgen las situaciones a las cuales los hombres adaptan su comportamiento de acuerdo con las relaciones de poder y según la apreciación que tienen de éstas. La situación básica en los experimentos de Milgram fue una en donde los hombres no se dejaron orientar por su propia conciencia sino por las instrucciones del experimentador. Las órdenes condujeron a que las personas objeto del experimento dieran choques eléctricos cada vez más dolorosos a una tercera persona, la víctima, que quedaba invisible pero que por sus gemidos y lloriqueos manifestaba los dolores que le causaban los corrienlazos. La mayoría de las personas en prueba encontraba las órdenes del experimentador en extremo desagradables; algunos rogaron que les dejaran ir, pero el experimentador no se dejó ablandar: tenían que pasar. Para la mayoría de las personas objeto del experimento no había ninguna instancia interna a que se hubieran permitido acudir para ofrecer resistencia contra la orden. Por el breve lapso que duró el experimento, la situación obró por ellos, y lo hizo en una dirección descivilizadora en un sentido doble: en su acción no se dejaron guiar por su propio juicio sino por las órdenes de otro, y el tipo de estas órdenes implicaba que no tuvieran en cuenta las sensaciones de quienes recibían los
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choques eléctricos. La relación de poder era tal que las personas objeto del experimento obedecieron ciegamente al experimentador, sin que consideraran el dolor que causaban a la víctima.7 (Por fortuna) también hubo personas que en determinado momento se negaron a continuar su colaboración. En cuanto a su hábito se distinguía visiblemente de los que continuaron colaborando; deberíamos interesarnos más por lo que les dio la capacidad de desobedecer, de d ó n d e sacaron fuerzas para oponerse. Milgram varió la situación experimental de distintas maneras; las condiciones sociales parecían de importancia decisiva. De ahí que creía poder concluir que muchas veces no son las personas sino las situaciones las que definen la conducta. Pero de nuevo, esta es una oposición falsa. Quienes definen y hacen las situaciones son personas. Con la palabra hábito apuntamos, entre otros, a la manera en que una persona enfrenta las diversas situaciones —y la capacidad y disposición de desafiar determinados tipos de autoridad forma parte de esto—. El hábito por su parte es resultado, residuo, de un sinnúmero de experiencias pasadas frente a situaciones sociales en que la persona aprendió a comportarse de determinada manera. El hecho de que se trate de aprender es más importante que una eventual interpretación psicoanalítica del proceso de aprendizaje. Un hábito es un una postura vital aprendida, un conjunto de trained ahilities y trained inabilities. Las personas aprenden a manejarse en determinados tipos de situaciones; una consecuencia de esto puede ser su desconcierto ante otros tipos de situaciones. Este es un aspecto de la vida social que parece muy apropiado para
En relación con la teoría de la civilización llama la atención que el dolor era causado mediante un choque eléctrico. Entre las personas objeto del estudio y la víctima no se dio ningún contacto físico.

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La teoría de la civilización...

un análisis al estilo de Erving Goffman: los hombres tienen un interés en la creación de un determinado tipo de situación, en la que ellos mismos se desenvuelven bien. Son situaciones en que importa saber hablar bien, o contar, o disparar, o negociar, agrandarse, achicarse, etc. La situación en que Milgram colocó a las personas objeto de su estudio, fue de corta duración y él hizo lo posible para que el experimento no dejara huellas permanentes. De la formación de hábitos no se trató, sino más bien de lo que se presentó en los campos de concentración en tiempos de los nazis. Los libros de Primo Levi contienen buenas descripciones de los cambios en la conducta de aquellas personas que se vieron enfrentadas con relaciones de poder radicalmente modificadas. Levi también deja ver cuántos presos adquirieron nuevas aptitudes sociales que les permitieron adaptarse mejor a la vida en estos campos (Ver ante todo Levi 1987 y 1991).

CODA

La teoría de la civilización ha recibido abundantes críticas. Estas ofrecen mucho material para la reflexión y para una explicación y elaboración más detallada de la teoría. Un punto de la crítica podría ser que se hace todavía demasiado poco uso de las posibilidades de incorporar conocimientos sociológicos y psicosodales más recientes en esta teoría. El comentario sobre los experimentos de Milgram aquí presentado es un pequeño intento de avanzar en esta dirección.

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La paradoja de la pacificación
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La amenaza que supone el hombre para el hombre se somete a una regulación estricta y se hace más calculable gracias a ta constitución de monopolios de la violencia física. La vida cotidiana se libera de sobresaltos que se manifiestan de modo repentino. La violencia física se recluye en los cuarteles y no afecta al individuo, más que en los casos extremos, en época de guerra o de subversión social. Por regla general esta violencia queda reducida a un monopolio de un grupo de especialistas y desaparece de la vida de los demás. Estos especialistas, es decir, toda la organización monopolista de la violencia, ejercen su vigilancia al margen de la vida social cotidiana, como una organización de control del comportamiento del individuo. (Elias 1989: 456) «La violencia física se recluye en los cuarteles». Es una imagen fuerte. El pasaje entero que cito de El proceso de la civilización contiene en pocas palabras algunos de los elementos principales de la teoría de Elias sobre la monopolización de la violencia organizada y sus consecuencias sodopsicológicas. También habla del gran sociólogo que fue Elias, un observador y un teórico altamente perceptivo y original, hábil formulando sus observaciones con frases

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cautivantes que llaman la atención del lector y que se quedan en su mente. Al mismo tiempo nos preguntamos hasta qué punto son válidas las conclusiones de Elias; hasta d ó n d e se aplican al m u n d o tal como lo conocemos. En el caso de mi país, Holanda, estoy seguro de que la violencia organizada a gran escala está efectivamente confinada a los cuarteles. Sin embargo, sería equívoco decir lo mismo sobre la violencia física en general, que ciertamente no ha desaparecido de las calles y los hogares. En otros países como Colombia, la idea de que la violencia física esté recluida en los cuarteles es, acaso, insostenible. Las circunstancias actuales parecen alejarse de la idea de un Estado controlado firmemente por el monopolio de la violencia organizada. ¿Acaso significa esto que Elias desacertó completamente en sus conclusiones? No lo creo, prefiero indicar que el terreno de sus estudios en El proceso de la civilización era limitado. Y, por ende, el terreno de sus conclusiones era asimismo limitado. Lo que no desdice del valor de su método. T o d o lo contrario, en El proceso de la civilización Elias desarrolló un método de pensamiento que permite incluso descubrir las limitaciones del libro mismo. Usando el método (o paradigma) eliasiano podríamos ensanchar el alcance de sus principales investigaciones. Es lo que me p r o p o n g o hacer en este ensayo, concentrándome en el tema de la violencia organizada. De un lado se trata de uno de los temas centrales de la teoría de Elias sobre procesos de civilización y, de otra parte, constituye una de nuestras más grandes preocupaciones contemporáneas como ciudadanos y como científicos sociales.

Comenzaré refiriéndome brevemente a algunas palabras, en especial a la palabra violencia. No quisiera discutir defi102

La paradoja de la pacificación

niciones, pero no puedo ignorar que d e hecho el concepto de violencia es engañoso. En este ensayo limitaré el término a cualquier acción humana encaminada a aniquilar o lesionar a otros seres humanos o a destruir o estropear sus propiedades. La forma más extrema de violencia interhumana es el asesinato. Cuando varias personas se concentran en un intento coordinado de asesinar a otros, podemos hablar de violencia organizada. Estas formas de violencia organizada suelen estar dirigidas contra otro grupo, pero pueden también estar dirigidas contra un individuo, como en el caso de la ejecución de una pena de muerte. A pesar de que el mismo Elias no utiliza la acepción técnica del concepto de violencia, creo que es factible combinar esta acepción del concepto con su aproximación de Elias. Esta difiere significativamente de la de psicólogos evolucionistas como Martin Daly y Margo Wilson (1988). Su libro Homicidio es un estudio del asesinato h u m a n o excelentemente documentado y claramente expuesto: Daly y Wilson siguen una línea argumentativa sociobiológica que aún siendo muy esdarecedora tiene muy poco que decir específicamente sobre organizaciones sociales más allá del grupo de parentesco. Daly y Wilson aciertan al declarar que la incidencia de la violencia no es casual sino estructurada, sin embargo al intentar explicar dicha estructura se apoyan excesivamente en la psicología evolucionista. Sin duda alguna la psicología evolucionista es muy útil para comprender las correlaciones generales entre violencia, edad y género: donde quiera que haya violencia, s u d e haber hombres jóvenes involucrados. Pero esto no significa, sin embargo, que los hombres jóvenes tiendan a la violencia en todas las circunstancias. Por esto, para entender la naturaleza y la intensidad de la violencia en instancias específicas hay que explorar otros niveles de realidad, además de la evolución biológica. Dos de estos niveles parecen particularmente
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relevantes: las figuraciones sociales de las que hacen parte los perpetradores y las víctimas; y el curso extenso de la historia humana en el que todas y cada una de estas figuraciones sociales se han desarrollado. Desde esta perspectiva se puede ver claramente cómo los actos de violencia humana, incluyendo la que podría denominarse violencia privada entre maridos y esposas o padres e hijos, se desarrolla en un contexto mayor de violencia organizada que de ser movilizada sería mucho más poderosa que la violencia aislada de cualquier individuo. En El proceso de la civilización Elias trabajó con un estadio particular del desarrollo de la violencia organizada: el periodo temprano de la formación de los Estados en la Europa medieval y moderna. Descubrió la operación de un mecanismo: el de la monopolización que actuaba en ese estadio y en esa región en particular. Mi tesis apunta a que siguiendo la aproximación de Elias podemos construir un modelo más comprehensivo diseñado ya no sólo para la historia europea, sino para la historia humana en general. Modelo que no invalida las conclusiones de Elias para la Europa del medioevo y la primera modernidad, sino que las sitúa en u n contexto mayor. Además aclara el hecho de que a través de la historia humana la violencia organizada haya sido progresivamente más poderosa y que en este proceso un fenómeno se haya venido manifestando de forma recurrente: podríamos describirlo como la paradoja de la pacificación.

La paradoja ya está implícita en el mismo concepto de violencia organizada. Existe una tensión inherente entre los dos términos que forman el concepto. La organización tiende a la coordinación y a la cooperación, sugiere algo constructivo. La violencia se refiere a todo lo contrario, es
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por naturaleza destructiva, destruye formas elevadas de organización. La tensión es obvia, al igual que lo es la tendencia de la organización y la violencia a unirse para formar una complicada coalición de interdependencia. La violencia organizada s u d e ser de lejos mucho más efectiva que la violencia desorganizada, sin embargo sólo puede ser efectiva en virtud de u n grado de pacificación. Aquellos que participan en su ejercicio, no deben pelear entre sí, la paz debe reinar en los cuarteles. De otra parte, todo grupo organizado para el ejercicio de la violencia necesita del apoyo de otras personas que se ocupen de una gama de actividades productivas como la consecución de alimento. Al tiempo que aquellos quienes hacen parte d d trabajo de apoyo, necesitan protección contra la violencia. Las fuerzas de la producción y las fuerzas de la destrucción están pues ligadas en una configuración letal (Goudsblom 1995: 85-87).

En El proceso de la civilización Elias trabajó ampliamente con un estadio particular del desarrollo de la violencia organizada. Su tema era la pacificación de los guerreros en el medioevo y la modernidad temprana en Europa. Haciendo énfasis en el desarrollo francés pudo mostrarnos cómo una sociedad dominada por una dispersa nobleza de castillo fue transformándose gradualmente en una sociedad dominada por la nobleza de corte bajo el poder central del rey. Elias lo describió corno un proceso de formación del Estado, más específicamente como la formación de un monopolio fiscal y de la fuerza relativamente estable. Desde su obra pionera de la década de los treinta, historiadores y sociólogos han recolectado evidencias y han formulado nuevas ideas sobre la formación del Estado en aquel
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periodo. Ha comenzado asimismo la comparación sistemática con procesos de formación del Estado en otras regiones: desde Rusia hasta el Imperio Otomano, del Japón al Perú (ver Arnason 1993, 1996; Kürsat-Ahlers 1994, Spier 1993, trabajos que han ampliado el alcance de las investigaciones de Elias). Estos trabajos nos permiten ensanchar tanto el área geográfica como el periodo histórico originalmente estudiado por Elias. El concentró su atención en cinco o seis siglos, lo que es, en términos convencionales en la historia, un periodo muy largo. Sin embargo, a la luz de la historia extensa de la humanidad, vendría a ser apenas un episodio al igual que Europa Occidental no es sino una pequeña fracción del m u n d o poblado. Ampliar el marco de nuestras investigaciones puede ser el primer paso de un intento por incorporar el modelo teórico formulado por Elias sobre la formación del Estado en Europa a un modelo más comprehensivo de los estadios sucesivos en el desarrollo de la violencia organizada. En El proceso de la civilización, Elias se preocupaba por un estadio relativamente reciente en la historia de la humanidad durante el cual las élites guerreras relativamente autónomas fueron obligadas a renunciar al monopolio de la violencia —que ejercían como parte de su dominio— para cederlo a las organizaciones del Estado central. No hay que olvidar que ya en los inicios del periodo estudiado por Elias existía un monopolio de la violencia organizada. Un monopolio ejercido por élites guerreras residentes en castillos, capaces de regir tropas o bandas de hombres armados. Los miembros de estas élites guerreras podían luchar entre sí en combates armados; y más importante aún era el ejercicio de su poder militar para someter al resto de la población: en primer lugar a las familias campesinas, luego a los artesanos, los comerciantes, a los aldeanos y a los vecinos d e los pueblos.

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El dominio de los monopolios de la violencia por parte de un estrato superior de guerreros que se llaman a sí mismos nobles o aristócratas no es exclusivo de Europa en la Edad Media. Encontramos formas similares en otras circunstancias históricas, en diferentes épocas y en otras partes del mundo: África, Asia, América y Oceanía. El término sociedad militar agraria nos sirve como el denominador común que describe las condiciones sociales que rigen en un m u n d o dominado por estas capas guerreras, con monopolio sobre la violencia organizada (ver Goudsblom, Jones y Mennell 1996: 50-61). Pero este estadio en el que la nobleza militar domina el monopolio sobre la violencia no era el primer paso en el proceso de monopolización de la violencia organizada. Es el resultado de un estadio anterior en el que la mayoría de los varones adultos de una comunidad ejercían un monopolio de la violencia que excluía a las mujeres y a los niños (ver Glassman 1986). Podemos así distinguir por lo menos tres estadios en el desarrollo del monopolio de la violencia organizada: El estadio en el que la violencia organizada se torna monopolio de los varones adultos, que excluyen del uso de las armas a mujeres y niños. Los ritos de iniciación y los tabúes sirven para defender el monopolio de los varones. El estadio en el que la violencia organizada se torna en monopolio de especialistas: los guerreros, excluyendo ya no sólo a las mujeres y a los niños, sino a otros varones adultos también. El medioevo europeo es un ejemplo de estas sociedades militares y agrarias. El estadio durante el cual las élites de guerreros relativamente autónomas fueron obligadas a ceder su monopolio de la violencia a las organizaciones de un Estado central, siendo este el proceso descrito por Elias en la formación del Estado en la temprana modernidad europea. Los tres estadios son parte de un modelo procesal. No sugiero por esto que en algún momento un proceso de 107

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monopolización de la violencia haya sido consumado. Por el contrario, tiene más sentido asumir cjue, a través de la historia de la humanidad, los procesos de monopolización vienen acompañados de contratendencias que viran hacia el debilitamiento del monopolio establecido (Goudsblom, Jones y Mennell,1996: 15-30). El modelo de tres estadios n o pretende ser u n a conclusión final, más bien un principio heurístico. Tal vez nos conduzca a considerar la posibilidad de que la humanidad se encuentre en los albores d e un cuarto estadio en el que muchos de los monopolios estatales se encuentran desgastados y se ven obligados a fusionarse en unidades mayores. En este ensayo, sin embargo, me limitaré a los estadios iniciales del proceso.

¿Cómo y cuándo se originó la violencia organizada? Los primaíóiogos y ios paieoantropóiogos hacen algunas sugerencias. No creo que haya evidencias conduyentes aún, pero parece razonable asumir que alguna forma de violencia data de la aparición de la vida en grupo (y por lo mismo de la aparición de la humanidad), y que la organización de la violencia sea una de las fuerzas inaugurales d d vínculo social. Era lo que pensaba Elias cuando insistía en la importancia de las unidades elementales de ataque y defensa (ver también Mennell 1989: 217-20). Al igual que en otros grupos de primates observados por los etólogos en nuestros tiempos, defenderse del enemigo exterior y atacarlo, así como poner fin a los actos de violencia en el grupo, parecen haber sido las funciones principales de la violencia organizada. Ya en este estadio temprano nos topamos con la paradoja de la pacificación: la violencia organizada surge como un medio para mantener a raya la violencia exterior y para desmembrar la vio108

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lencia al interior. Puede sonar extraño; sin embargo las observaciones de Frans de Waal y otros estudiosos de los chimpancés y los bonobos, nuestros familiares más cercanos en el reino animal, lo confirman (De Waal 1996). Las tendencias hacia la paradoja de la pacificación ni siquiera se restringen a nuestra propia especie.

(i Dada la ocurrencia casi universal de la organización de la violencia, la siguiente pregunta es cuándo y cómo se volvió una prerrogativa de los varones adultos. El primer punto bastante obvio que puede considerarse es el de la fuerza física superior del varón adulto: un hecho biológico. Además existe una tendencia a los vínculos entre hombres que parece haberse desarrollado en la caza colectiva de grandes animales. Ambos aspectos pueden haberse reforzado de forma considerable cuando el hombre comenzó a utilizar herramientas especializadas en matar: armas. La literatura antropológica sugiere que tanto sociedades recolectólas como agrícolas comparten una fuerte tendencia a que la manufactura de las armas, y aún más su uso, sean monopolio de los hombres. ¿Cómo se explica esto? ¿Pudo surgir el monopolio masculino de las armas directamente del biomorfismo biológico y de las ventajas de fortaleza física innatas de los hombres adultos respecto a las mujeres y los niños? ¿O es la continuación de formas más antiguas de vínculos masculinos que evolucionaron antes de que los humanos construyeran armas? Estas preguntas son en sí mismas fascinantes, pero no nos deben conducir únicamente al examen de los rasgos innatos de los machos humanos, sean estos fuerza física o tendencia al vínculo fraterno. Más que buscar una explicación del monopolio masculino de la violencia organizada en un origen que se basa en rasgos genéricos esencialmente invariables, pienso que sería aconsejable examinar
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la monopolización como parte de un proceso de mayor alcance. Esta aproximación está en sintonía con la perspectiva figuradonal de Elias. Estoy pensando en dos procesos fundamentales de diferenciación: de un lado un proceso de diferenciación progresivo en el comportamiento, poder y hábitos entre los humanos y sus familiares cercanos en el reino animal: los otros primates y, de otro lado —y por lo menos igualmente importante— un proceso de diferenciación progresivo entre seres humanos. La condición de fondo en los dos procesos es la excepcional capacidad humana de aprendizaje mutuo, de cultura. Esto le permitió a nuestros ancestros remotos actuar según el principio lamarckiano, y así hablar y poder preservar los rasgos adquiridos de comportamiento y conocimiento, trasmitiéndolos a las siguientes generaciones. El control d d fuego es un ejemplo. Se trataba de una nueva forma de comportamiento (una mutación). Aquellos que se adaptaran podían derivar de ella una nueva fuente d e poder —y que además implicaba un cambio de hábitos— respecto al fuego primero y, luego, respecto a las personas y los otros animales. El fuego podía ser usado como una forma de violencia contra otros animales, al igual que otras armas. Los adversarios podían ser asaltados con palos y piedras. Paulatinamente los hombres debieron comenzar a utilizar garrotes y proyectiles especialmente fabricados. Parece que a medida que las armas se volvieron más especializadas, su uso se hizo cada vez más limitado. Las mujeres y los niños fueron excluidos. Dichas prácticas de monopolización y exclusión parecen haber sido poco menos que universales.

La pregunta sobre cómo surgió el monopolio masculino de la violencia sólo puede ser discutida apelando a una serie de conjeturas. Nos encontramos en un terreno empíri110

La paradoja de la pacificación

camente más firme respecto al problema de cómo estos monopolios, una vez establecidos, se mantuvieron. A primera vista la cuestión anterior, la de los orígenes, puede parecer intrigante. La cuestión actual —lo que podríamos llamar la reproducción social d d monopolio usando un giro marxista— es por lo menos igual de interesante, tanto sustancial como metodológicamente. Sustancialmente, la persistencia del monopolio masculino por numerosas generaciones es un tema de importancia vital que atraviesa casi todos los aspectos de la sociedad. Desde la perspectiva del método, este tema puede recordarnos uno de los hechos básicos de la vida social: que consiste en procesos. Tanto la continuidad como el cambio social son procesos. Como proceso, la persistencia de un monopolio de la violencia no es menos problemático que su formación o su ocaso; ambos tipos de procesos necesitan ser explicados. Como ya he dicho, en El proceso de la civilización Elias se concentró sobre todo en la formación del Estado en el Occidente Medieval y la temprana Europa Moderna. Si nos referimos al modelo de estadios en la monopolización de la violencia, Elias estudió la transición del estadio segundo al tercero, la transición durante la cual guerreros relativamente autónomos fueron obligados a ceder su monopolio y a unirse a una organización más fuertemente centralizada. En la corte real, donde los guerreros fueron domesticados, es decir, incorporados a un régimen de pacificación y estratificación crecientes, esta combinación j u g ó un papel crucial en esta fase particular del proceso de la civilización estudiado por Elias. La nobleza anteriormente autónoma fue privada de sus prerrogativas para hacer la guerra y se halló a sí misma bajo el dominio de una jerarquía competitiva en la que no se competía por medio de la violencia. Estos presupuestos de la pacificación y la estratificación no se limitaron a Europa Occidental; procesos similares
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ocurrieron en otras partes del globo. Los estudios a los que me he referido —de Arnason, Kürsat-Ahlers, Spier y otros— estudian a Japón, Turquía y Perú desde una perspectiva comparativa contribuyendo así a la descripción del panorama global de la historia de la humanidad y del desarrollo de la civilización humana.

8 La monopolización de la violencia organizada ha sido un proceso d e diferenciación, mientras unos —varones adultos, guerreros o miembros del establecimiento militar— se tornan expertos manejando los medios violentos, otros — la gran mayoría— se ven privados de cualquier experiencia o entrenamiento en el ataque y la defensa militar. La incompetencia militar resultante de la mayoría de la población se ha vuelto una condición aceptada como normal en muchos países. Al igual que en las sociedades militares agrarias d o n d e los vecinos estaban protegidos por murallas físicas alrededor de sus ciudades para mantener la violencia a raya, la mayoría de los habitantes de los países industriales modernos viven más allá de las invisibles murallas que los protegen de la violencia. En u n país corno Holanda, las formas más poderosas de violencia han desaparecido completamente del escenario público. Cuando vemos una manifestación del monopolio de la violencia controlado por el Estado (un policía armado o una brigada militar) sólo estamos viendo un pequeño reflejo d e la capacidad de violencia de la que dispone el Estado, apenas la punta del iceberg. La mayoría de las personas ignoran lo que subyace escondido. Casi todos hemos aprendido a rehuir a la violencia, a no enfrentarla individualmente, a aborrecerla y evitarla, a condenarla en el terreno moral. En lugar de recurrir a nosotros mismos, sostenemos un aparato que mantiene un
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La paradoja de la pacificación

monopolio centralizado. Tenernos buenas razones para temer que la violencia se vuelva rampante en la eventualidad de que el monopolio central se debilitara... al tiempo que tenemos razones para temer que el monopolio central se fortalezca demasiado. Sentimos que hoy en día la mayor amenaza para la supervivencia humana la constituyen los grandes monopolios de la violencia organizada desgarrándose entre sí. Como decía Elias, en algunas ocasiones la violencia se sale de los cuarteles. Entonces podemos presenciar —y, en el peor de los casos, experimentar— su poder destructivo, darnos cuenta de nuestra impotencia al respecto corno individuos. En estos casos estarnos confrontados directamente con la paradoja de la pacificación. Podemos muy bien pensar que el mayor de los males es necesario para protegernos del menor de los males, y sólo nos resta desear que el mayor de los males esté bajo control. Por supuesto la palabra mal no hace parte de nuestro vocabulario sociológico. El término apropiado en estos casos es la violencia organizada, lo cual no debería confundir la relación existente entre procesos que se estudian en términos sociológicos y problemas que se experimentan en términos políticos y morales. El modelo de estadios en la monopolización de la violencia organizada esbozado anteriormente no se refiere explícitamente ni al tamaño ni al impacto potenciales de las armas. De forma superficial, la situación contemporánea de un país como Colombia puede acercarse al segundo estadio: la monopolización de la violencia organizada por unos guerreros. Pero es indudable que globalmente el m u n d o se encuentra en un proceso d e transición del tercer a un cuarto estadio aún muy confuso. Una de las características de este período de transición es el rápido desarrollo y difusión de nuevas armas con un potencial destructivo sin precedentes.
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Hoy en día los problemas d e la violencia organizada están directamente relacionados con la supervivencia humana. Corno alguna vez dijo Elias «los seres humanos son incapaces de abolir la muerte, pero no existen razones por las que no puedan abolir las matanzas mutuas» (Elias 1985: 90). Antes de desechar esta afirmación por ingenuidad utópica, deberíamos darnos cuenta de que mientras la violencia organizada ha estado latente en la historia extensa d e la humanidad (ver Keeley 1996), los combates siempre se han limitado a muy breves episodios (ver Collins 1990). La paradoja d e la pacificación ha forzado aún a los guerreros más agresivos a restringir el ejercicio de la violencia a gran escala. Una de los deberes de las ciencias sociales es encontrar cómo este principio puede ser aplicado más extensivamente y en forma más efectiva.

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Violencia, castigo, el cuerpo y el honor: una revaluación
Pieter Spierenburg

El principal objetivo d e este trabajo es colocar los ternas contenidos en su título dentro del contexto de la teoría de la civilización de Elias y con ello discutir también dicha teoría. Existen varias razones para hacerlo. La primera es que en algunos estudios recientes sobre castigo, especialmente aquellos realizados por Gatrell y Evans, se sostiene, implícita o explícitamente, que la evolución del castigo no encaja dentro de una teoría basada en Elias centrada alrededor de la privatización, la identificación y las sensibilidades.' Segundo, algunos autores dudan de la validez del punto de vista de Elias sobre la violencia medieval. 2 Tercero, es necesario plantear la pregunta de hasta qué medida el tema del honor, que llama cada vez más la atención de

Gatrell 1994; Evans 1996. Masur 1989, por otra parte, encuentra que sus datos sobre América están de acuerdo con mi tesis. Ver también, sobre Dubrovnik, Lonza 1997: 353-4. Ver, por ejemplo, Gauvard 1991.

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Violencia, castigo, el cuerpo...

los historiadores, encaja dentro d d enfoque de Elias de la violencia.

CASTIGO: LIBROS NUEVOS, HISTORIAS VIEJAS

Permítanme primero anotar que mi tesis sobre la privatización del castigo se centra alrededor de dos desarrollos principales a largo plazo: 1. La desaparición gradual de las penas corporales y el viraje hacia la ejecución en recintos cerrados de la pena de muerte; y 2. La creciente prominencia de las reclusiones penales, especialmente el encarcelamiento, a partir del siglo XVII. El segundo componente es relativamente irrebatible, fuera d d hecho de que algunas personas todavía creen, equivocadamente, ya sea que hayan sido conducidas al error por Foucault o no, que el encarcelamiento se inició en el siglo XIX. Es solamente el primer componente de mi tesis, con respecto a las ejecuciones, que ha enfrentado crítica. Yo argumento que esta crítica se basa en gran parte en una mala interpretación. Para este argumento, es crucial que explique mis puntos de vista sobre la explicación. Por lo general, encuentro poco satisfactorio pensar en términos de simples causalidades. Si en algunos lugares ha habido disturbios y esto ha impulsado a las autoridades a llevar las ejecuciones en recintos cerrados, sería tonto decir simplemente que el disturbio fue la causa del cambio en el procedimiento penal. Por ello, yo nunca diría «el cambio de las sensibilidades fue la causa de la privatización de las ejecuciones» sino más bien «la privatización de las ejecuciones reflejó un cambio en las sensibilidades». Seguidamente, para nuestro
Se requirieron dos libros (Spierenburg 1984 & 1991), cada uno de los cuales presenta la mitad de la tesis (según lo anotado por David Garland en su revisión del segundo en el Journal of Modera History).

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esfuerzo explicativo futuro, es importante anotar que también h u b o tendencias de encubrimiento en otras esferas de la vida social. Básicamente, acá estoy siguiendo las famosas admoniciones de Marc Bloch, anotando que todo rnedievalista escribió acerca del levantamiento de Estados en una región particular y que el levantamiento de los Estados fue un fenómeno de toda Europa que debe ser explicado en términos generales. Para concluir, mi principal objetivo no es algo así corno «explicar por qué los castigos corporales desaparecieron y la pena capital vino a ser ejecutada en recintos cerrados». Más bien es explorar en qvré forma los cambios en el castigo reflejan desarrollos más amplios a largo plazo en la sociedad; aprender, a través del estudio del castigo, cómo están interrelacionados estos desarrollos; averiguar si todo esto puede mejorar nuestra percepción de la estructura de mrestra sociedad y nosotros mismos. Gatrell, está entonces fuera de contexto cuando me acusa de hacer reivindicaciones infundadas acerca de que nuevos umbrales de identificación sean la principal causa del mejoramiento penal. Esta frase contiene por lo menos tres palabras mal seleccionadas: el término causa, como ya se argumentó anteriormente; el término principal porque j u n t o con el cambio de sensibilidades le doy el mismo énfasis a procesos de formación de Estado; el término mejoramiento que implica un juicio personal acerca del cambio penal en lugar de u n análisis académico. De esta forma, no es sorprendente que Gatrell concluya sus capítulos acerca de sensibilidades con una frase desprovista de contenido: «[...] al final fueron los escrúpulos y no la humanidad los que ganaron la partida».' La falla en reconocer que palabras tales corno humanidad o humanitario son términos fonérnicos y no es como Gatrell 1994: 226-7, 297

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Ute Frevert, por otra parte, ha encontrado que la visión del m u n d o de los hombres burgueses en Alemania en esta época era militarista. Evans tampoco anota que Studien über die Deutschen es esencialmente un intento para explicar la capacidad de destrucción humana d d Tercer Reich y que el planteamiento de similitudes con respecto a la pena capital en Alemania y en el resto de Europa no es el tema del libro. Finalmente, cuando Evans no puede encontrar que los teóricos que él ataca estén equivocados bajo bases académicas, trata de desacreditarlos por sus creencias políticas, reales o supuestas. No solamente Elias cae víctima de esto, también Foucault, quien es calificado como oponente de la Ilustración. Como Evans, yo no estoy de acuerdo con el argumento de Foucault de que la retórica de la Ilustración no fue más que una cortina de h u m o para el establecimiento de las instituciones disciplinarias. Evans, sin embargo, pasa a expresar que los principios tales como el juicio abierto y el debido proceso son «derechos que vale la pena defender». Aparentemente, no cae en cuenta de que esto está enteramente fuera de contexto: que Evans, o cualquiera, los considere derechos que vale la pena defender, no nos dice absolutamente nada acerca del acierto o el error del argumento de Foucault. En una postura similar, Evans dice que Elias escribió su obra clásica sobre el proceso de civilización «en defensa de la idea liberal tradicional del progreso». Debido a que Evans, como él mismo lo indica explícitamente en su prólogo, no puede o no está dispuesto a obtener una medida de separación de sus propios sentimientos, piensa que otros son también incapaces de hacerlo. Lo que es aún peor, su teoría «justifica
Ver, entre otros, "The Taming ofthe Noble Ruffian: Male Vióleme and Dueling in Early Moclern and Modern Germany", pp. 37-63 en Spierenburg 1998.

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implícitamente el racismo y el imperialismo»." Para sustentar esta fuerte acusación solamente se refiere al informe acerca de una conferencia en la cual algunos otros, igualmente sin fundamento, han expresado lo mismo. Está por demás decir que él no presenta ninguna cita de Elias que revele convicción racista alguna. Todas estas declaraciones falsas acerca de la teoría de Elias ponen en seria duda la validez del argumento de Evans de que sus datos empíricos van en contra de esta teoría. A un nivel teórico, la obra tanto de Evans como de Gatrell son un paso gigante hacia atrás.

V I O L E N C I A : UNA I N T R O D U C C I Ó N

Un reto totalmente diferente para la teoría de Elias surge no de los malentendidos de ciertos académicos, sino de eventos reales: la violencia de hoy. Para introducir esta parte de la discusión, permítanme presentar alguna evidencia notable. En ios tranvías y buses de Amsterdam hoy día, ustedes pueden leer las advertencias oficiales prohibiendo el porte de cuchillos y otras armas blancas. En los medios de comunicación hay informes acerca de estudiantes que llevan cuchillos a las escuelas, mientras que muchos visitantes a discotecas parece que hacen lo mismo. Una investigación más sistemática es necesaria para determinar el alcance real de la posesión de dichas armas en la población holandesa. Un estudio reciente sobre posesión de armas blancas entre jóvenes de Curazao sugiere que por lo menos entre ciertos grupos la posesión de este tipo de armas es bastante común en la actualidad.' Probablemente es seguro decir que el porte de armas blancas
Evans 1996: 811 (primera cita), 891 (segunda cita), 892 (tercera cita). San 1996.

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por parte de hombres jóvenes no es tan raro en Flolanda hoy en día corno lo era hace una generación. Aunque faltan cifras exactas y confiables sobre la posesión de armas, es innegable que la violencia criminal ha aumentado durante los últimos veinte a treinta años. Los datos de diferentes fuentes —estadísticas judiciales, informes de la policía y encuestas con las víctimas— coinciden al respecto. En contraste con la situación hace medio siglo, las ciudades son tres veces más violentas que el campo." El surgimiento de la violencia durante las últimas décadas es un fenómeno internacional; ha ocurrido casi en todas partes del m u n d o occidental. Las tasas de homicidio son el indicador máximo de esto. Sirven como base para comparaciones tanto internacionales corno diacrónicas del nivel de violencia. En Amsterdam (ligeramente con más de 700.000 habitantes) el número absoluto de homicidios ha aumentado de 10 a 20 por año en los setenta, a más de 40 por año a finales de los ochenta y los noventa.'

T E N D E N C I A S A L A R G O PLAZO EN H O M I C I D I O S

Acerca de los homicidios y el largo plazo debo ser breve, ya que la reseña básica es bien conocida. La tasa de homicidios comúnmente se define corno el promedio anual de asesinatos durante un período especificado por cada
Haan 1997; Hoogerwerf 1996: 7-13. Me refiero a las series de tiempo presentadas por Slot (1997), con base en la rama de Ernslige Delicien de la policía de Amsterdam. Las cifras del Centraal Burean voor de Statistiek para el periodo 1979-1989 (promedio de 15 por año), que cito son, como lo explico, probablemente demasiado bajas (Spierenburg 1996: 87). Franke (1994: 84) por otra parte, presenta cifras para 1987-90, provenientes del Deparlamento de Estadísticas de Amsterdam, las cuales, para tres de esos cuatro años, son mas altas que las cifras de Slot.

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100.000 habitantes en un área específica. Inglaterra fue el primer país para el cual se ha calculado una tendencia a largo plazo mediante un estimativo con base en datos de varias ciudades y regiones. De acuerdo con este estimativo, la tasa de homicidios de Inglaterra fue en promedio de 20 en 1200. Luego bajó a cerca de 15 a fines de la edad media, entre 6 y 7 (o de acuerdo con un investigador por debajo de 5) en el período isabelino, y luego bajo más aún (con la declinación más dramática desde finales del siglo XVII a finales del siglo XVIII), hasta que la tasa fue cercana a 1 alrededor de 1900. Estas cifras, sin embargo, están basadas en parte en tasas de acusaciones en lugar de informes sobre inspección de cadáveres. Como consecuencia de ello, casi con seguridad subestiman el nivel de homicidios por lo menos hasta 1800. Evidencia dispersa para los municipios continentales a fines de la edad media dan cifras muy por encima de 20. La tasa de homicidio en Florencia fue de 152 durante los años 1352-5 y 68 durante los años 1380-3. En Freiburg im Breisgau en la segunda mitad del siglo XIV fluctuó entre 60 y 90; en Estocolmo en las décadas de 1470 y 1480, entre 32 y 45. En las ciudades holandesas de Utrecht y Amsterdam en el siglo XV las tasas de homicidio fueron de 53 y 47, respectivamente."' Estas cifras sugieren que la curva declinante desde la edad media debe haber sido más pronunciada que la primera reconstruida para Inglaterra. La época, por otra parte, parece ser similar. De acuerdo con Eva Ósterberg, la caída crucial en la tasa de homicidios sueca ocurrió entre mediados del siglo XVII y mediados del XVIII." Mi propia evidencia para Amsterdam indica una marcada declinación entre 1725 y 1750." América, fiSpierenburg 1996: 63-6, 79-80; Ósterberg 1996: 44. Ósterberg 1996: 43-5. ' Spierenburg 1996: 82-4.

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nalmente, es una historia totalmente diferente. Las tasas de homicidio americanas casi siempre han sido más altas que las europeas. Sin embargo, en una revaluación reciente, Douglas Eckberg concluye que las nociones anteriores de que el siglo XX era más violento que el XIX son erróneas." Para resumir: aunque las dimensiones exactas de la declinación a largo plazo en homicidios requieren investigaciones adicionales, la existencia de la tendencia es inequívoca. Desde finales de la Edad Media hasta la mitad del siglo XX, las tasas de homicidios en Europa sufrieron una baja secular. Esto es reconocido por todos los académicos, historiadores y otros que se ocupan del tema. Y casi sin excepción, plantean la teoría de Elias del proceso de civilización como el principal candidato para una explicación. Esto hace que la pregunta planteada por los datos actuales sea especialmente intrigante: las tasas de homicidio comenzaron a aumentar en la mayoría de los países occidentales en las décadas del sesenta y del setenta; ¿indica esto una tendencia descivilizadora? Para responder a esta pregunta es imperativo que tomemos en consideración el carácter de la violencia (homicida). En realidad, el argumento que sirve de guía en mis anteriores publicaciones es que aparte de establecer las cifras estadísticas concisas, los cambios en el carácter y contexto del homicida son un tópico igualmente importante de investigación.

VIOLENCIA Y H O N O R

Al tratar el contexto social y cultural de la violencia, los historiadores le han prestado mucha atención a los conceptos de honor y simbolismo del ritual. En muchas soEckberg 1995.

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ciedades, incluyendo las de principios de la Europa moderna, el comportamiento violento estaba con frecuencia íntimamente relacionado con un código de honor masculino, que obligaba a los hombre a mostrar fortaleza y crueldad y a exigir respeto. Ahora, del artículo sobre el Amsterdam de hoy, citado anteriormente, conocemos que los nativos de Curazao en la ciudad defienden un código de h o n o r similar. El autor concluye: «[...] acuchillar es un delito en el cual el aspecto expresivo (valentía, honor, prestigio) es de importancia primordial. [...] Entre más sufren los adolescentes de privación de estatus, mayor será la necesidad que sienten de proteger su h o n o r y el de sus madres. Además, estos adolescentes tendrán mayores probabilidades de buscar situaciones en donde el honor esté enjuego». 14 A primera vista, esto parece ser un déjá-vu de la sociedad holandesa de hace trescientos años. Una palabra peculiar utilizada por la gente de Amsterdam en aquellos días era voorvechter. Denotaba a un hombre que tenía una gran habilidad en las peleas con arma blanca y respetaba sus rituales. Entre sí, los voorvechters utilizaban el término h o m b r e eerlijk corno un elogio para un luchador justo. Con un significado literal de hombre honorable, el concepto combinaba los aspectos de h o n o r y género. Peleas a cuchillo honoríficas, o duelos populares corno yo las llamo, fueron muy comunes en Amsterdam en los siglos XVII y XVIII. En gran medida desaparecieron de la vida de las calles después de 1720, lo cual fue una contribución mayor para la declinación de la tasa de homicidios de la ciudad. Vale la pena averiguar cómo se libraban estos duelos populares. "

San 1996:476-7. Para un análisis más elaborado ver el capítulo 4 de Spierenburg 1998.

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Un buen ejemplo es el caso de Claas Abrarns. En la noche del 19 de diciembre de 1690 visite') un bar ubicado en un sótano (con frecuencia había lugares para beber a precios módicos situados en el sótano de una casa), en donde se enfrascó en una discusión con una mujer llamada Jets. Claas tiró tres pedazos de una pipa en su cara a propósito. Ella lo llamó gauwdief (ladronzuelo tramposo) y luego se fue del sótano en compañía de otra mujer. Cuando Claas se levantó a perseguirla, un hombre lo detuvo en la puerta. Eso hombre y otros clientes varones lo detuvieron en el sótano durante un cuarto de hora y finalmente lo dejaron ir bajo la promesa de que no le hiciera daño a Jets. Olvidando rápidamente su promesa, Claas localizó a Jets en la calle Rusland y la siguió, sin hostigarla por el momento. En el puente Lommers, Jets tuvo la suerte de encontrarse con su cuñado, Abrarn Janse Smit. Este estaba acompañado de Freek Spanjaart, u n famoso peleador de arma blanca. A pesar de su fama, durante el incidente que sigue, en el cual su amigo perdió la vida, Freek debía ser un espectador inmóvil. Corno podríamos esperar, Jets se quejó a su cuñado acerca del hostigamiento anterior de Claas y del hecho de que éste continuaba persiguiéndola. Volviéndose hacia él, Abrarn sacó su cuchillo, pero luego dijo que no estaba inclinado a pelear y siguió caminando. Claas no confió en las palabras del otro hombre. Además, Claas encontró inaceptable que alguien le sacase un cuchillo sin ninguna reacción de su parte. Así que se fue tras Abrarn con su propio cuchillo en la mano. Entonces Abrarn le preguntó a Claas dos veces si tenía intenciones de hacerle daño a Jets. Como no obtuvo respuesta, se presentó la lucha a cuchillo. Durante el combate, Freek Spanjaart y Jets solamente observaban. En medio de éste, el cuchillo de Abrarn se rompió. Le pidió el cuchillo a su amigo Freek y lo obtuvo. Aparentemente, su adversario le dio un tiempo de espera para el intercambio. Esto no ayudó a Abrarn.
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Fue delicadamente acuchillado y llevado a la casa de los vendajes. Claas abandonó la escena. Más tarde esa noche, a solicitud suya, fue Jets quien fue a la casa de vendajes a ver a la víctima. En ese momento, Claas se estaba escondiendo en un sótano donde su hijo era cuidado. Jets volvió allá a la una de la mañana, reportando que Abrarn había muerto. De inmediato, Claas escapó de la ciudad. Sin embargo, regresó y fue capturado unas semanas más tarde, lo que resultó en su decapitación en enero del año siguiente." En ciertos aspectos este caso es ilustrativo no solamente de la violencia honorífica, sino de todos los homicidios juzgados por los tribunales de Amsterdam en los siglos XVII y XVIII. Por ejemplo, el encuentro se realizó en un ambiente de clase baja, lo que es igualmente creado para la gran mayoría d e los casos de homicidio. Lo mismo que Claas Abrarns, la mayoría de los asesinos eran hombres. Los imperativos del código de honor se reflejan en la declaración de Claas de que tenía que hacerlo; tenía que reaccionar de alguna forma al hecho de que Abrarn le sacara un cuchillo. La necesidad también obligó a Freek Spanjaart, el famoso luchador, a abstenerse de ayudar a su amigo. Si hubiese intervenido, se habría convertido en una vulgar riña o por lo menos en una pelea desigual y por lo tanto infame de dos hombres contra uno. La intervención era considerada honorable solamente si el fin era separar a los combatientes. Con dos contra uno, la reputación de Abrarn así como la de Freek hubiera sufrido gravemente. Para este último prestar su cuchillo a su amigo estaba bien, porque nuevamente igualaba la contienda. Era un riesgo inherente, sin embargo lejos de inevitable, que un combate como este resultara en la muerte de u n o de los protagonistas. Freek consideraba a Abrarn y a su honor más valiosos que la vida de su amigo. El asesino, R.A. 336, fo. 129, 132, 138, 140; R.A. 596, fo. 177.

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también, al final perdió su vida debido a los dictados del honor. El habría podido salvarse de la pena de muerte; después de todo su adversario había sido el primero en sacar el cuchillo. No importaba, argumentó el schepenen (consejo de líderes) de Amsterdam, ya que Claas tuvo su oportunidad de escaparse cuando el cuchillo de su adversario se rompió. Naturalmente, eso hubiese significado un gran deshonor para él. Otro caso semejante, procesado por el schepenen de Amsterdam, en realidad tuvo lugar en Den Bosch en el sur, sugiriendo que la cultura de peleas con armas blancas también florecía en otras partes de Holanda. El acusado fue otro Claes, apodado Srnidje ("herrerito"). En la feria de 1665 se encontró con su viejo enemigo, Jonker Bexe, quien estaba acompañado por su primo y dos mujeres. Los enemigos acordaron retirarse a un lugar tranquilo, pero se perdieron el uno del otro cuando trataban de evitar la guardia. Un poco más tarde, Claes oyó una voz decir «Sinidje, ¿dónde estás?». Contestó y notó que Bexe todavía estaba con su primo. «Ustedes son dos», protestó Claes, a lo cual el primero de Bexe dijo: «Sigan ustedes; yo no interferiré». Eso le hizo merecedor de un elogio de Claes: «Usted habla corno un tipo honorable». El combate comenzó. Bexe moriría por sus heridas el día siguiente, pero para entonces Claes ya sea había escapado de la ciudad.' Entonces, era una regla básica garantizar una pelea igual. Todo el m u n d o podía estar involucrado en los preliminares, pero cuando dos hombres comenzaban realmente un combate, los demás por lo general se hacían a un lado. Los combates de un hombre contra otro no eran sólo choques indiscriminados. Rituales y códigos culturales dictaban en parte el curso d e los duelos populares. El respeto a las reglas era compatible con el comportamiento
R.A. 318, fo. 31-32, 33.

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impulsivo y con la liberación de las pasiones. Las contiendas que precedían un combate ciertamente eran reales y la ira debía ser sentida hondamente. La combinación de ritual y sinceridad, una intriga para nuestras mentes modernas occidentales, emerge claramente de las fuentes históricas. J u n t o con los rituales que funcionaban para estilizar la violencia, había rituales asociados con el repertorio de la humillación. Estos son revelados con más frecuencia en casos de violencia sin homicidio, la cual también estudié. Arreglárselas para cortarle la cara a alguien, por ejemplo, significaba mostrar la superioridad sobre el otro. Algunas cuchilladas estaban claramente dirigidas a humillar. Un acto peculiar de degradación era acuchillar el trasero de una persona (el cual también es una parte del cuerpo sin órganos vitales ni arterias). En 1696, por ejemplo, dos marinos vieron a su antiguo timonel, quien los había castigado cuando estaban en el barco caminando por la calle con su esposa. Ansiosos de vengarse, lo siguieron a un callejón angosto en donde uno de los marinos le enterró su cuchillo en la nalga derecha a timonel. 8 Un cierto Co apodado "paca de lana", que fue juzgado por varios actos de violencia en 1711 cuando tenía 20 años, negó los cargos. En su juventud él había pertenecido a un grupo de muchachos que merodeaban el Botermarkt (mercado de mantequilla), y que habitualmente peleaban con los muchachos del orfanato. Dos antiguos muchachos del orfanato acusaron a Co de haber acuchillado a u n o de su grupo en su trasero. En otra ocasión, también en el Botermarkt, Co supuestamente lanzó su cuchillo al trasero de u n a muchacha. Su madre le había dado dinero a la muchacha para que la curaran.' 0 En los casos que n o involucraban homicidios, la mayoría d e
R.A. 343, fo. 183, 204, 208, 210, 257.
' R.A. 363, fo. 92, 98, 131, 139, 151, 156. 171.

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las personas que eran acuchilladas en el trasero eran mujeres. Dichos rituales negativos fueron practicados también por personas que eventualmente se convirtieron en asesinos. Cortadas menores y cuchilladas no fatales resultan en las series de homicidios como cargos adicionales contra muchos acusados. Algunos hombres habían cortado a otros en la mejilla; otros le habían enterrado un cuchillo a un hombre en el brazo. Varios asesinos fueron acusados de haber acuchillado a una mujer, su novia o alguna otra mujer, en su trasero. La gente respetable, por otra parte, se rehusaba a involucrarse en peleas con armas blancas. Cuando eran amenazados o retados, trataban de protegerse del peligro por otros medios. Un palo era un arma de defensa típica. Con él trataban de luchar contra el cuchillo que les había sacado su atacante o pegarle a él, o ambos. Algunas personas en forma rutinaria llevaban palos con ellos por la calle, probablemente usados como bastones en situaciones más pacíficas. Enjnlio de 1706, Servaas van der Tas, luego de haber visitado varios bares, hizo un comentario a tres hombres que se encontró en la calle. Ellos rehusaron su compañía: «Nosotros no hablamos con usted, amigado». Inmediatamente Servaas sacó su cuchillo y atacó a uno de ellos quien lo apartó con su palo."'" En muchos hogares respetables había un palo detrás de la puerta, lo mismo que algunos dueños de almacenes hoy en día pueden tener un bate de béisbol listo. Sin embargo, no fue una ayuda para Pieter Fontijn en 1711; fue víctima por accidente. Su atacante, Arnbrosius Coerlsz, primero había estado en el bar debajo de la casa de Pieter. Cuando pidió otro trago a las 10:30 p.m., el d u e ñ o dijo que tan tarde no le servía a nadie. Se presentó una discusión, pero el dueño pudo botar a Arnbrosius. Cuando este último regreso entre las dos
R.A. 356, fo. 100, 102. 129 vs.

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y las tres de la mañana, golpeó en la puerta equivocada. Pieter abrió y le preguntó con quién quería hablar. Arnbrosius contestó «a usted es al que quiero» e inmediatamente lo agarró. Escapando de la mano de este hombre, Pieter entró y volvió con el palo y trató d e golpear a Arnbrosius. Entonces éste sacó su cuchillo, se presentó un forcejeo y finalmente Pieter fue acuchillado dos veces en el pecho. 2 ' Hubo más casos corno este. Sirven de ejemplo sobre en qué medida los habitantes de Amsterdam tenían que confiar en sus propios recursos para protegerse a sí mismos y a sus bienes. Debido a que la defensa con un palo es referida en los registros en forma tan rutinaria, podemos suponer que era una costumbre ordinaria y con frecuencia exitosa. Cuando u n h o m b r e apartaba a su atacante d e esta forma y no había lesiones graves, era raro que fuese registrada. Palo versas cuchillo: para el historiador es una herramienta fácil para distinguir dos grupos y sus culturas. La gente con cuchillos pertenecía ai segmento seinirespetable de las clases bajas. Como característica, fue anotado que Arnbrosius Coertsz tenía u n a concubina y dos hijos con ella. La gente con palos pertenecía al segmento respetable o era de clase media baja. Naturalmente que estos últimos también poseían cuchillos. Ellos aún podían llevar uno en sus bolsillos, esperando comerse una manzana en alguna parte, por ejemplo. Pero no estaban preparados a usarlo en una confrontación violenta. Es improbable que Pieter Fontijn no tuviera ningún cuchillo en su casa, ni siquiera u n cuchillo afilado de cocina. Él no quería verse envuelto en u n a pelea con arma blanca. Alternativamente, es posible que la gente con palos fuera tan mala para pelear que un cuchillo simplemente no le R.A. 364, fo. 161, 187, 236.

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sería útil. Sin embargo, las fuentes transmiten la impresión de que la principal razón para la forma en que actuaron fue que encontraron por debajo de su dignidad el permitir que otro los retaran, y que deseaban mantenerse apartados de la gente con cuchillos. En esta comunidad urbana el nivel de seguridad pública era tal que la mayoría de la gente tenía que estar lista para defenderse a sí misma, pero las diferencias socioculturales representaban un papel importante en la selección del arma.

LAS CARAS CAMBIANTES DE LA VIOLENCIA

La desaparición de la cultura de peleas con arma blanca es claramente visible en mi serie de casos de homicidios. Hasta aproximadamente 1720, los combates u n o a uno estaban visiblemente presentes. Después de esa fecha, todavía se reportaban acuchillamientos pero estos eran en la mayoría de los casos luchas desiguales. Comenzaban como peleas a puños, por ejemplo, en las cuales la víctima eventual, tomada por sorpresa, no había sacado nunca un cuchillo. Significativamente, en la segunda mitad del siglo XVIII, el único juicio que hacía referencia a un duelo popular tuvo lugar en la rnarginalidad relativa de una comunidad judía." Debido a que la tasa de homicidios — calculada de los informes de inspección de cadáveres— baje) después de 1725, podemos concluir que la incidencia de duelos populares debe haber declinado drásticamente en Amsterdam en el segundo trimestre del siglo XVIII. Las memorias de los peleadores con arma blanca deben haber permanecido en una generación o dos por lo menos. Aún al final del siglo XVIII, los participantes de la vida nocturR.A. 429, p. 79, 111, 156,233.

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na de Amsterdam consideraban seguro llevar un cuchillo para su protección. En 1761 un acusado dijo en la corte: «Más temprano ese día, había usado un cuchillo para comer pescado y lo había conservado conmigo por la noche, en caso de que pudiese ser atacado en la calle»/' Debido a que mi serie de homicidios comienza en 1650, no tengo datos sobre la historia anterior de los duelos populares. Del estudio de Roodenburg de la disciplina de la iglesia, sin embargo, puede concluirse que hasta la década de 1630 aún los miembros de la Iglesia Reformada, esto es, gente considerada respetable, algunas veces se involucraban en peleas con arma blanca. La evidencia, entonces, señala la existencia de un desarrollo a mediano plazo: el proceso de marginalización de la cultura del cuchillo. Los comienzos de este proceso se remontan a finales del siglo XVI, cuando el Concilio Reformado inició su campaña disciplinaria. La marginalización efectiva había sido lograda más o menos en la segunda mitad del siglo XVIII. Esta cronología se refiere a Amsterdam. Algunos estudios recientes sugieren que la cultura del cuchillo siguió por más tiempo en algunos sitios rurales de Holanda. En el campo de Groningen, por ejemplo, los cuchillos todavía parecen haber dominado el crimen violento a mediados d d siglo XIX, pero hacia el final se fueron tornando menos comunes como arma/ 4 De esta forma, la marginalización de la cultura del cuchillo probablemente fue un desarrollo más amplio y su cronología varió con la región. En aras de la conveniencia, el año 1800 puede ser tomado como el momento de cambio promedio para la sociedad holandesa en general. Desde entonces, la violencia en las calles se ha tornado civilizada hasta cierto punto. Desde R.A. 419, p. 500, 502, 538, 554; R.A. 420, p. 25, 88. Sleebel994: 264-74. Ver también Rooijakkers 1994: 401-3; Brink 1991: 102.

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1800 hasta bien entrada la década de los setenta la gente podía estar relativamente segura, aún atravesando áreas difíciles, de que máximo se vería involucrada en una pelea a puños. La evidencia acerca de la marginalización de la cultura del cuchillo respalda la idea de los cambios cualitativos a largo plazo en el carácter de la violencia. Los desarrollos de Amsterdam significaron, entre otras cosas, que los elementos del ritual en la violencia perdieron importancia durante el siglo XVIII. Especialmente, una forma específica de pelea con mucho ritual desapareció. En este punto, es relevante discutir mi noción de dos ejes de violencia y algunas reacciones a ello. Para evitar una simple dicotomía de tipos de violencia —que con frecuencia son encontrados en la literatura sobre el tema—, propuse en cambio un sistema de dos ejes relacionados pero distintos. El uno tiene como opuestos la violencia impulsiva contra la planeada (o racional); el otro tiene la violencia ritual o expresiva contra la instrumental. Los ejes son distintos porque se refieren a cosas completamente distintas. El primero se refiere a lo que sucede en la mente de un homicida; a su personalidad o hábitos. Un asesinato cuidadosamente premeditado por celos o venganza, por ejemplo, requiere un grado considerable de autocontrol, sin importar si el homicida es eventualmente capturado o no. Este eje es el que está más estrechamente asociado con la teoría de Elias y las observaciones sobre las cuales está basada. El segundo eje se refiere al significado del acto de un homicida en una secuencia de eventos. Mientras que la violencia ritual está guiada por los códigos culturales implícitos de la comunidad, su contraparte instrumental es principalmente un medio hacia un fin: por lo general explotar los bienes o el cuerpo de la víctima. La palabra eje fue escogida deliberadamente, ya que tiene que ver con un continuo. Ningún ataque, por ejemplo, es absolutamente instrumental o absolutamente ri133

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tual. En principio, todo incidente violento puede ser caracterizado por su posición en el eje, ya sea más cerca de un polo o de su opuesto. Lo mismo puede hacerse para el otro eje. El modelo de dos ejes me permite integrar un enfoque más directamente basado en Elias (en el cual los grados de impulsividad o autocontrol serían aspectos centrales) con la descripción amplia preferida por la mayoría de los historiadores (en la cual se le presta mucha atención al honor y al ritual pero menos enfoque en el canrbio a largo plazo). En mi modelo, el cambio y el análisis profundo pueden ir juntos: si un incidente violento puede ser asignado a una posición en los ejes impulsivo-radonal y ritual-instrumental, el promedio de cien incidentes puede ser graneado ahí también. Cuando el caráctei cualitativo de la violencia ha sido cuantificado de esta forma, los resultados facilitan un análisis diacrónico. Para el estudio de homicidios significa que, fuera de establecer las cifras absolutas, tenemos que recopilar evidencia contextúa! sobre el mayor número de casos que podamos. En vista del trabajo ya realizado, incluyendo el mío propio, la hipótesis parece justificar que las tendencias a largo plazo se desplazaron de una dominación de violencia impulsiva a una mayor participación de la violencia planeada y en dirección a una marginalización de aspectos rituales y a una mayor prominencia de los aspectos instrumentales/' En reuniones en d o n d e este modelo fue discutido, encontró crítica de varios lados. Por ejemplo, se argumentó que ritual e instrumental eran inconmensurables, debido a que la segunda, a diferencia de la primera, tenía que ver con motivo. Sin embargo, si se puede decir que una persona está motivada para usar la fuerza con el fin de obtener algo, es difícil ver por qué sería imposible decir, alter' Spierenburg 1994: 704-5 & 1996: 70-1.

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nativamente, que los motivos de alguien incluyen un respeto por el ritual. Los motivos individuales no deben ser considerados separadamente de su interpretación por parte de otros. Instrumental y ritual, ambas tienen que ver con significado y contexto en situaciones sociales específicas. Las dos se definen por lo general como opuestas una de la otra." Como una segunda crítica, mi pretensión de que el carácter de la violencia cambió con el tiempo fue cuestionado. El contraargumento de que toda la violencia está ritualmente codificada es insuficiente, ya que establecer u n eje implica esto. Pero el eje también implica que los actos de violencia pueden ser clasificados en términos de conllevar más o menos algún ritual y algunos críticos dudan si esto puede hacerse. Ellos sostienen que la violencia ritual es tan prominente hoy en día (o tal vez yo diría en los años cincuenta) como lo era hace algunos siglos y que solamente la modalidad del ritual ha cambiado. El problema es parcialmente uno de interpretación histórica, pero en últimas debe ser decidido por evidencia empírica. Es admitido que algunos elementos de rituales de tiempos pasados continúan viviendo en nuestra violencia moderna de pandillas. Tal vez el proceso histórico se torna más plausible cuando es visto desde el ángulo opuesto: usualmente, la violencia instrumental era menos prominente en la Europa preindustrial de lo que es en sociedades modernas.

LA ESPIRITUALIZACIÓN DEL H O N O R

La marginalización gradual de los aspectos rituales de la violencia está relacionada sin lugar a dudas con otro proceso a largo plazo, el cual —desarrollando esludios ante' Ver, por ejemplo Burke 1978: 180. En donde yo uso la palabra instrumental, el usa la palabra utilitario.

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riores de Antón Blok— yo llamo la espiritualización del honor. El honor puede estar orientado hacia adentro o hacia afuera. Cuando está fuertemente asociado con el cuerpo, está vinculado en particular a la apariencia externa del cuerpo. El exterior es considerado que refleja las cualidades internas, de manera que la apariencia tiene primacía. Contrariamente, en su forma espiritualizada, el honor está vinculado principalmente a las virtudes internas. Depende de una evaluación de la estatura moral de la persona o de su condición psicológica, en la cual la experiencia externa juega un papel mucho menos significativo. Hacia adentro y hacia afuera son dos polos opuestos de un continuo. Las concepciones de honor que prevalecen en una sociedad en particular nunca están situadas completamente en un extremo u otro, sino siempre entre estos extremos. En Europa Occidental durante los últimos trescientos años aproximadamente, las concepciones de honor parece que se han desplazado en dirección hacia la espiritualización. Esto implica que su asociación con el cuerpo era más fuerte antes de q u e se realizara este proceso de cambio. Durante la mayor parte del período preindustrial el honor de los varones dependía de una reputación de violencia y valentía. Un hombre honorable demandaba respeto; corno propietario de un negocio protegía a sus dientes y trataba duramente al enemigo que se atrevía a inmiscuirse en su propiedad. En las calles mantenía a los rivales a una distancia prudente, por lo menos a una brazada. Cuando era insultado, estaba preparado para pelear. Bien corrido el siglo XVII, estas actitudes eran manifiestas en casi todos los países europeos en d o n d e el tema ha sido investigado. El cambio gradual en dirección a la espiritualización no solamente significó la reducción o remoción del elemento de fuerza del concepto prevaleciente del honor. El cambio también tuvo un lado positivo, en el sentido de que algo más tomó el lugar de la fuerza. De esta
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forma, ya en el siglo XVII, la solidez económica fue una fuente complementaria importante del honor para los hombres. Una reputación de hombre que se enreda en asuntos sucios disminuía en gran medida su honor; ladrón era una palabra de insulto común. Esto implica el surgimiento de un nuevo ideal de comportamiento masculino y, en realidad, hasta ahora me he referido principalmente al honor masculino. Los conceptos de honor tienen formas características según el género. Sin embargo, otro proceso observable a principios de la Europa Moderna es la convergencia gradual del honor femenino y masculino. Naturalmente, permanecieron distintos en alguna medida. El proceso de convergencia tenía dos aspectos principales: el contraste activo-pasivo en los papeles de los géneros se tornó menos pronunciado y los hombres, como las mujeres antes de ellos, tenían que tornar en consideración normas morales. El honor de las mujeres siempre había estado basado principalmente en aspectos de moralidad. Primero, dependía de una reputación de castidad, pero en los siglos XVI y XVII también era importante una historia limpia con relación a la brujería. Una mujer casta era una mujer modesta, leal a la demanda de pasividad. Para los hombres, por otra parte, el dominio del sexo originalmente significó actividad: la protección de sus mujeres de los acosadores y tratar de seducir a las mujeres de otros. Esta actitud no solamente prevaleció entre los hombres de la élite, sino también entre hombres de más bajos rangos sociales. Las costumbres populares dan testimonio de esto por lo menos hasta el siglo XVI. Cuando un marido engañado era sometido al ritual de la cencerrada, por ejemplo, sus compañeros hacían mofa de él como perdedor, en lugar de ser cargado con ultraje moral. Las actitudes lentamente cambiaron durante el primer período moderno. Las exigencias restrictivas a los hombres, especialmente de moralistas religiosos, se tornaron más fuertes. Obviamente, el papel d d género masculino continuó implicando 137

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una postura mucho más activa que el femenino, pero la búsqueda de la aventura sexual estaba cada vez más proscrita de él. Al llegar el siglo XIX el honor masculino también se había asociado con la autorrestricción sexual, por lo menos entre las clases medias. Debemos evitar igualar la espiritualización del honor con su feminización. Esa sería una simplificación injustificable. Por un lado, el h o n o r femenino también parece haber llevado alguna vez connotaciones físicas de manera más explícita. Puntos de vista d e castidad y falta d e castidad fueron difundidos con imaginería corporal. En la Italia del siglo XVI, por ejemplo, existía una estrecha analogía entre el cuerpo femenino y la casa. Forzar la puerta de un extraño era lo mismo, simbólicamente, que perforar un himen. Los hombres y las mujeres compartían esas imágenes. Actos explícitamente físicos de difamación también ocurrían. Una mujer no casta estaba expuesta a que le lesionaran la nariz o aún a que se la cortaran. En la mayoría de los casos, esto era hecho por una mujer a otra mujer que había tenido una aventura amorosa con su marido. La práctica real de esta costumbre ha sido reportada en Nürnberg alrededor de 1500, mientras que a principios del siglo XVII las mujeres de Londres únicamente amenazaban con rajarle la nariz a las amantes de sus maridos, con la violencia real restringida a un rasguño en la cara llamado la marca de la ramera. Otras evidencias hacen que sea probable que, con el tiempo, las nociones de castidad femenina se interiorizaran cada vez más y menos vinculadas al cuerpo. Si ese era el caso, las mujeres también estaban involucradas, aunque en una m e n o r medida que los hombres, en el proceso de espiritualización del honor.

H O N O R , VIOLENCIA Y E S T A D O

Los académicos influenciados por la sociología histórica de Elias no pueden estar contentos con la sola descripción
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de un proceso, no importa que tan larga sea. Los cambios en el significado cultural de la violencia deben estar vinculados a cambios más amplios en la sociedad. En este punto, debo regresar a la marginalización de la cultura del cuchillo en Holanda. ¿Estaba relacionada a un proceso de formación del Estado o, para el caso, a desarrollos económicos? El estado actual de las evidencias solamente permite una respuesta preliminar. Esto comienza con una indagación de las actividades de la Iglesia y los magistrados. La campaña disciplinaria por parte del Concilio Reformado ya ha sido mencionada. Aunque otras Iglesias Protestantes no han sido investigadas en detalle a este respecto, sabemos que ellas también ejercieron una disciplina moral. Es evidente que los piadosos consideraban toda la violencia privada como pecaminosa. Otra evidencia adicional es proporcionada por las resoluciones aprobadas en sínodos provinciales de la Iglesia Reformada. Hubo un flujo continuo de resoluciones relacionadas con homicidios y peleas con arma blanca. La Asamblea de Utrecht de 1606, por ejemplo, oyó quejas del ministro de Veenendaal: por lo menos treinta personas había sido asesinadas en el pueblo desde su llegada; desafortunadamente no supimos cuánto tiempo estuvo en ese cargo. En las provincias orientales, entre 1590 y 1610, hasta algunos predicadores fueron sospechosos de homicidio/' En la década de 1630 el Sínodo del Sur de Holanda se pronunció contra las peleas con arma blanca en varias oportunidades. A partir de 1650, los esfuerzos de los sínodos se concentraron en los duelos. Ellos atribuyeron esta costumbre específicamente a los soldados; aparentemente consideraban a sus rebaños suficientemente pacificados.""

Reitsma y van Veen VI: 62, 133, 303; VIII, 69, 138-9. Knuttel I: 477, 503; II, 69; III, 182.

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Esta ofensiva de civilización por parte de los líderes de comunidades religiosas fue probablemente el principal factor en la primera fase de la marginalización de la cultura del cuchillo: su caída de la respetabilidad. Para los observadores externos, en los primeros períodos de la República la competencia entre varias denominaciones protestantes se extendió de la arena doctrinal a aspectos de la virtud de la comunidad. La abstención de la violencia era un medio para demostrar la virtud. La competencia entre denominaciones estimuló la campaña para reformar el comportamientos d e los miembros de la iglesia." Para ellos las peleas con armas blancas no eran toleradas y, en consecuencia, estas peleas se convirtieron en un hábito reservado a personas menos respetables. Desde finales del siglo XVII en adelante los concilios eran menos activos con respecto a la disciplina. Además, a la gente no respetable "que portaba cuchillos" no les importaban tanto las conciliaciones. La desaparición de las peleas con arma blanca después de 1720 debe ser causada, entonces, no tanto por adoctrinamiento religioso sino por represión por parte del Estado. En alguna medida, la iglesia y el Estado estaban entrelazados. Fuera de corregir a sus miembros, la Iglesia ejercía presión sobre los magistrados. En la mayoría de las resoluciones de los sínodos relacionadas con violencia los tribunales fueron llamados a tornar un posición firme. A finales del siglo XVIII era todavía común para las autoridades judiciales permitir las reconciliaciones privadas en casos de homicidio. No interferían cuando un asesino había llegado a un acuerdo con la familia d e la víctima; podían solamente imponer una compensación monetaria al primero. Los asesinos fugitivos eran condenados en ausencia a destierro d e la jurisdicción, que con frecuencia
Cf. Roodenburg 1981.

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consistía de un puñado de poblaciones. «Con una sonrisa grande el condenado se pasea por la línea fronteriza», se quejaba el sínodo. Evidentemente, la Iglesia quería que el Estado ejerciera su monopolio de violencia a través del castigo. Los hombres de la Iglesia amonestaban a las autoridades seglares para que nunca perdonaran a los culpables de homicidio y les prohibieran a sus seguidores impedir cualquier proceso penal. La influencia de estas amonestaciones eclesiásticas es difícil de medir. Es poco probable que fuese sólo la presión de la Iglesia la cpie causara que los magistrados dejaran de reconocer los arreglos privados en casos de homicidios. El momento del viraje hacia una acusación de oficio de los homicidios probablemente variaba según la jurisdicción. Sin lugar a dudas, los magistrados estaban inclinados a represar la cultura por lo menos a partir de 1650. En mis series no existe rastro de un punto de vista positivo, ni siquiera neutro del duelo popular por parle de la corte. El combate honorable era ilegal sin ningún cuestionamiento. La única excusa legal para acuchillar a alguien era la defensa propia. Esta pretensión estaba unida a reglas muy estrictas, tales como una obligación inequívoca de retirarse. La obligación de retirarse es clara en el caso de Claas Abrams, citado anteriormente en este escrito:" aunque la víctima eventual haya sido la primera en sacar el cuchillo, el schepenen de Amsterdam encontró que el asesino merecía la pena de muerte. Cuando el cuchillo de su adversario se rompió, afirmaron que Claas debía haber aprovechado la oportunidad para escaparse. La corte le dijo a otros acusados que argumentaban defensa propia que ellos se habrían podido refugiar en la casa de alguien. Los cambios en la infraestructura de la cultura del cuchillo fueron también un factor crucial. Mucha gente se rehusó a entre" Ver p. 125.

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gar a un homicida honesto y algunos otros —familia y amigos, pero también extraños— estaban preparados para dejarlo escapar. Después de 1720 los registros de los tribunales ya no contienen referencias a esta infraestructura. Pueda haberse desvanecido con la propia cultura del cuchillo.

UNA COMPARACIÓN CON ESTADOS UNIDOS

El terna de una obligación de retirarse invita a una comparación con la situación en Estados Unidos, en particular con el Sur del siglo XIX. La del Sur era una sociedad clásica de honor y vergüenza, de todas esas sociedades tal vez la mejor documentada." Además, las élites blancas del Sur estaban relativamente inclinadas a la violencia en una forma que recordaba a la aristocracia europea medieval. Evidentemente, el proceso de espiritualización del honor no se había afianzado allá. En el Sur anterior a la guerra, una fuerte asociación con el cuerpo subyacía al concepto prevaleciente del honor. El imperativo de su defensa violenta penetró la vida sureña. Se decía que los contemporáneos estaban de acuerdo con la frase de que era mejor morir que perder el honor. Podría perderse, por ejemplo, al no reaccionar a un insulto físico, corno que le halaran la nariz a uno. Los hombres blancos de todas las clases sociales compartían la cultura de honor y vergüenza (y sus mujeres la compartían por asociación, a menos que fuesen evangélicas). Mientras que los hombres de clase media podían retarse a pelear a puños, siguiendo rituales o no, los hombres d e la élite arreglaban sus asuntos mediante un duelo de pistolas. La élite campesina era por lo menos tan violenta como sus inferiores sociales.
El siguiente pasaje está basado principalmente en mi introducción a Apierenburg 1998.

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La cultura sureña de violencia y honor debe ser vista en relación con el ritmo de formación de estados en el subcontinente norteamericano. Los procesos de formación de estados en Norte América eran bastante diferentes a los desarrollos europeos. En Norte América el proceso de monopolización de la violencia estaba atrasado en comparación con Europa, y a su vez el Sur estaba más atrasado que el Norte. El factor crucial es la falta de pacificación entre las élites en el Sur, ciertamente en el período anterior a la guerra. En los primeros tiempos de la Europa Moderna, por otra parte, la pacificación de las élites representó una piedra angular del proceso de formación de los Estados. Las aristocracias de Europa pasaron, según palabras de Elias, de una clase de guerreros a una dase de cortesanos. La pacificación de las élites también caracterizó a la República Holandesa en sus primeras épocas. Sus patricios urbanos, ciertamente en la provincia de Holanda, no estaban acostumbrados a participar en violencia. Los duelos nunca habían sido muy comunes entre ellos. Como lo muestran los casos de los tribunales analizados anteriormente, en Amsterdam alrededor de 1700 la noción de que el honor de uno tenía que ser defendido violentamente estaba restringida en gran medida a los estratos más bajos. Para esa época las élites y las clases medias holandesas estaban pacificadas en gran medida. Para los jueces patricios era evidente, aún sin una regla escrita al efecto, que cualquiera que fuese atacado tenía que resguardarse primero, antes de que pudiese defenderse legítimamente. En el Nuevo Mundo esto era totalmente diferente. La obligación de retirarse, heredada de la tradición legal británica, fue gradualmente convertida en su contraria de la ley americana. Naturalmente, la ley no dio forma simplemente a normas de comportamiento. La tendencia general hacia el principio de no obligación de retirarse estaba relacionada sin lugar a dudas con la trayectoria pecnliarmente americana de los procesos de formación de Estados. La monopolización de la violencia por una autoridad central fue algo que primero se logró en el noreste
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hacia finales del siglo XVIII. Antes de la Guerra Civil este proceso difícilmente llegó al viejo Sur. Los tribunales y los jurados en forma rutinaria exoneraban a aquellos acusados de homicidio; era u n acto de defensa propia dispararle a su enemigo al verlo, debido a que él podría dispararle la próxima vez. El hecho de que el Sur anterior a la guerra era una sociedad de honor y vergüenza estaba relacionado con la relativa ausencia de un monopolio central de la violencia. En contraste, los conceptos espiritualizados del honor, llamados gentileza o dignidad por los historiadores, se extendieron en el Norte en el curso del siglo XIX. Un mayor grado de pacificación era una condición previa para esto. Sin embargo, en América en general el proceso de monopolización de la violencia siguió siendo parcial en comparación con Europa. La tolerancia de los americanos a la violencia privada era y es mayor que la de los europeos." Esto explica la amplia aceptación del principio de no obligación de retirarse. Hasta ahora, hemos permanecido en el siglo XIX. Sin embargo existe una línea intrigante, casi ininterrumpida que vincula al viejo Sur rural con los barrios urbanos de hoy en día. Edward Ayers fue el primer historiador en notar esto. Una variante del código de honor tradicional, dice, encontró su camino a la población negra del Sur después de la Guerra Civil. Dicho código incluía un rechazo a buscar el resarcimiento por medio de la ley en caso de conflictos dentro de su propia comunidad. Ayers continúa sugiriendo —aunque no expresándolo explícitamente— que la actitud de la defensa extralegal encontró su camino hacia el Norte en el siglo XX, asentándose en barrios urbanos de clase baja independientemente de la raza o la etnia.M Debe agregarse que la trayectoria Sur-Norte probablemente no fue la única. Los inmigrantes del sur de Europa, por ejemplo, pueden haber actuado a su vez como ' Compare con Tille 1990: 69. ' Ayers 1984: 234-5.

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mediadores culturales. Siguiendo la tesis de Ayers, Fox Butterfield en un libro que rastrea la historia de una familia del Sur de finales del siglo XIX hasta los ghettos urbanos de finales del siglo XX, argumenta con firmeza que las nociones tradicionales de honor y ritual viven en la violencia de las calles de la América contemporánea." El código contemporáneo de las calles es analizado en forma perceptiva en un ensayo por el antropólogo urbano Elijah Anderson. El observa dos orientaciones que compiten en los barrios urbanos pobres, las que el llama decente y calle. Una persona orientada a la calle constantemente tiene que ganarse y mantener el respecto y evitar ser irrespetado. Anderson relaciona este comportamiento con la relativa falta de pacificación: «El código de la calle surge en donde la influencia de la policía termina y d o n d e se siente que comienza la responsabilidad de la seguridad propia»." El sociólogo francés Loic Wacquant lo pone en forma mucho más definitiva; él habla de una despacificación en los ghettos norteamericanos, causada por un retiro total d d Estado y de las instituciones públicas y semipúblicas de estas áreas." Esta despacificación hace —nuevamente de acuerdo con Anderson— que los habitantes de barrios pobres que tengan una orientación decente sean influenciados, no obstante, por el código opuesto: usted puede querer ser decente pero tiene que sobrevivir entre aquellos que no lo son. Los americanos de las ciudades de hoy, en particular los hombres negros, tienen que basarse en su propia iniciativa para apartar los peligros y mantener el respeto. En esto, no son básicamente diferentes de los blancos en el Sur anterior a la guerra ni, realmente, de

Butterfield 1995. A n d e r s o n 1994: 82. Le d e b o esta referencia a Willem de H a a n . ' W a c q u a n t 1997.

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una gran parte de la población de Amsterdam alrededor de 1700.

CONCLUSIÓN: PRINCIPIO DEL PERÍODO MODERNO Y EL PRESENTE

Así que estarnos, nuevamente, en Amsterdam. ¿Mi análisis del cuchillo honorífico en la antigua Amsterdam nos puede ayudar a entender la mayor propensión a la violencia entre ciertos grupos d e la sociedad holandesa de hoy? El estado actual de mi reflexión sobre este aspecto me permite hacer unas cuantas observaciones. En la publicación ya citada yo sugería que la violencia grave de hoy está concentrada en islas sin pacificar, en d o n d e la protección de otra forma garantizada por el Estado se ha derrumbado en cierta medida/ 7 Aunque esta observación se refiere a fortiori a los Estados Unidos, puede tener validez para las ciudades holandesas también. Sin embargo existe una diferencia importante: la sociedad holandesa no ha experimentado la línea ininterrumpida del pasado al presente, que caracterizó a la historia estadounidense. Corno se dijo anteriormente, Holanda fue testigo de un nivel relativamente bajo de violencia en las calles desde cerca de 1800 hasta la década de los sesenta. En esos años, faltaban islas sin pacificar. Para Holanda, entonces, y posiblemente para otros países europeos, el surgimiento de la violencia en décadas recientes representa una tendencia novedosa. ¿Puede ser esta tendencia interpretada como una de descivilización? De acuerdo con Stephen Mennell, los procesos de descivilización pueden ocurrir cuando hay un aumento en las oportunidades de la gente de estar en una situación de mayor inseguridad. En dicha situación un Spierenburg 1996: 95.

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temperamento diferente tiene un mayor valor de supervivencia.* Eso es lo que parece que sucede apenas surgen las islas sin pacificar. Para la Amsterdam contemporánea, sin embargo, deben hacerse por lo menos dos calificaciones: Primero, en el Amsterdam de hoy, una gran proporción de homicidios no se relacionan con el complejo de respeto-honor. Tienen lugar dentro del bajo m u n d o del crimen organizado. El número de liquidaciones de competidores, por ejemplo, ha aumentado en Amsterdam desde principios de los ochenta. Los homicidas y las víctimas con frecuencia son extranjeros. El crimen organizado internacional evidentemente representa una intrusión en los monopolios de violencia que han sido establecidos por los Estados en los cuales operan los respectivos grupos, pero tiene poco que ver con las islas n o pacificadas dentro del entorno urbano. Además, las liquidaciones de competidores son un ejemplo típico de la violencia planeada. La segunda calificación se refiere a las armas de fuego. Aunque su difusión entre la población de Amsterdam es insignificante en comparación con las ciudades estadounidenses, son mucho más prominentes corno armas homicidas de lo que eran hace trescientos años. La proporción de homicidios cometidos con una pistola ha aumentado en Amsterdam de aproximadamente 30% en los setenta a cerca del 60% en los noventa. La confrontación cuerpo a cuerpo de la lucha con cuchillo, que dominó los primeros homicidios modernos, ha perdido su prominencia en el m u n d o contemporáneo. En la Amsterdam de principios del siglo XVIII el promedio anual de acuchillamientos mortales era de 7 a 8 por 100.000 habitantes. Esto contrasta marcadamente con una cifra obtenida de informes de inspección de cadáveres en cuatro ciudades de Alemania (Frankfurt, Hanau, Wiesbaden, Darmstadt) en los
Mennell en Goudsblom et al. 1996: 114-15.

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tranquilos años de 1963-1974: 144 acuchillamientos mortales, esto es exactamente 12 por año en una región con varios millones de habitantes/' Esto no debe sorprender. En la Amsterdam nuevamente violenta, sin embargo, el número absoluto de acuchillamientos mortales todavía es modesto en comparación con principios del siglo XVIII. Si tomarnos los últimos diez años, 1987-96, el número de homicidios cometidos con un cuchillo en Amsterdam promediaron 14 por año." Esto asciende a una tasa anual de acuchillamientos mortales de 2 por 100.000 habitantes. La cifra sugiere que, si la posesión y uso de cuchillos en realidad si se ha vuelto común nuevamente, las consecuencias son considerablemente menos letales que hace tres siglos. Posiblemente, los peleadores con armas blancas de hoy tienen una forma de violencia más controlada que sus colegas muertos hace tanto tiempo. Mi conclusión final se refiere a la violencia y al honor. Me interesé en el h o n o r porque soy historiador de la Europa pre-industrial y encontré que mis colegas descubrieron el terna y escribieron cosas interesantes acerca de él. Entonces el honor también surgió como un tema importante en rni propia evidencia empírica. Sin embargo, N o podría haberlo analizado en la forma que lo hice si el marco teórico proporcionado por Elias no hubiese estado disponible. La teoría de Elias y los datos discutidos en este estudio sugieren una conclusión preliminar sobre el honor y la violencia: cuando el control del Estado es débil, las nociones de una masculinidad ruda y de u n a fuerte defensa del h o n o r propio tienen a seguir siendo dominantes; la fortaleza del Estado, especialmente u n monopolio estable de violencia, facilita el desarrollo de una nueva masculinidad y de nociones espiritualizadas del honor. En las soKaiser 1982: 12-13. ' Slot 1997.

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ciedades occidentales, durante los últimos cuatro o cinco siglos, ha habido esfuerzos recurrentes para transformar los conceptos de honor de la gente; para bajarle el tono a ese tipo de honor masculino que debe ser afirmado agresivamente. Con frecuencia, pero no siempre, estos esfuerzos tuvieron una inspiración religiosa. Sin embargo, dichos movimientos solamente tienen oportunidad de tener un éxito duradero si una situación de pacificación estable prevalece. Mientras nuestras ciudades modernas tengan islas sin pacificar dentro de ellas, el viejo honor permanecerá entre nosotros. Espero haber aclarado que los cuatro elementos del título de mi charla deben ser estudiados con una perspectiva que considere sus interrelaciones. Particularmente, creo, mi énfasis en el honor puede servir para revitalizar un enfoque con base en Elias de la historia de la violencia.

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INTRODUCCIÓN

El estudio de la sociogénesis de las habilidades de negociación enseña la civilización de las emociones. El proceso de civilización cortesano tuvo su complemento en el proceso en que disminuyó paulatinamente el uso de ia violencia, el engaño y la humillación también en las relaciones entre las distintas cortes. Las cambiantes maneras en que las personas aprenden a manejar las emociones son cruciales. Con el tiempo, los hombres se van haciendo más versátiles, van aprendiendo una gama más diferenciada de sentimientos y respuestas. Nuestra comprensión del proceso de aprendizaje individual puede mejorar si se logra esclarecer el proceso d e aprendizaje colectivo tal como se ha dado a lo largo de los últimos veinte siglos en Occidente. Voy a describir cómo se vivían las negociaciones en el pasado lejano. Por fortuna, algunos autores antiguos ayudan a formarse una idea al respecto. Su testimonio enseña en qué dirección el comportamiento y las emociones subyacentes cambiaron a lo largo del tiempo. En algunas sociedades, la negociación se ha vuelto una práctica común. Los 152

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problemas actuales de la teoría y práctica de la negociación se entienden mejor si se conocen las pautas cambiantes del manejo de las emociones en el desarrollo de estas precarias habilidades.

L A PERSPECTIVA H I S T Ó R I C A

Un temprano signo de controles y restricciones crecientes Q u e yo sepa, el tratado de Bernard du Rosier (1404-1475), conocido en su época por la entonces más usada versión latina de su nombre, Bernardas de Rosergiola, es la más temprana publicación en Europa en la que la negociación ocupa un lugar importante. Bernard du Rosier entró a los 18 años al monasterio de la orden de los Agrrstinos. En 1445, bajo el papado de Eugenio IV, se trasladó a Roma. En 1447 se hizo obispo de Basa; tres años más tarde fue nombrado obispo de la diócesis de Monte Alba; en 1452 se hizo arzobispo de Tolosa. Su tratado Arnbaxiator Brevilogas lo escribió en 1436, estando en la corte del rey de Castilla. En el texto equanimitas (la ecuanimidad) ocupa u n lugar central. ¿A qué se refiere esto? Corno el término mismo lo sugiere, se refiere al control permanente de las emociones. Aquí algunos ejemplos: [...] aun ofendido, supere estas injurias del corazón y elévese hacia las más altas actitudes [•••] suprima las emociones y muéstrese bajo control. (Rosier, 1905: 15-16) Si la oposición causa demoras en la negociación no se muestre irritado. (Rosier, 1905: 19) Los enviados no deben dejar ver sentimientos personales de su propia confusión ante extranjeros que previamente se han formado una opinión positiva de ellos:

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deje que el atropello se convierta en amigabilidad, la impetuosidad en cordura, la rigidez en adaptabilidad y la rudeza en acceso fácil. La apariencia de los enviados ha de ser continuamente de distinción e insensible a aquellos cuyas respuestas resultan poco agradables o negativas, de manera que el futuro y los tiempos mejores estarán del lado de ellos. (Rosier, 1905: 20) Para nosotros estas recomendaciones no suenan tan insólitas. Ningún enviado diplomático que se respete tendría problemas con ellas. Después de todo, estarnos hablando de gente acostumbrada a moverse en las cortes. Entonces ¿para qué derribar puertas abiertas? Pues bien, no siempre estuvieron abiertas. Evidentemente, Rosier se hallaba ante un comportamiento radicalmente distinto del que es corriente para nosotros. Al comienzo de su tratado esto queda claro, Rosier describe el tipo de conducta del que cree necesario prevenir a los enviados. Para él son conductas censurables: ^ El inflarse en desdeñosa y engreída arrogancia; ís. Un comportamiento tiránico y un modo pegajoso para saludar; •s. El esforzar con desvergüenza y presunción el camino elegido por uno; ís. Burlarse de asuntos religiosos; ís. Competir a través de juego sucio, poniéndose colérico o malicioso; y ís. Buscar la fama basada en vanidades. (Rosier, 1905:5) Referencias tan vivas al tipo más bien salvaje de conducta aquí ilustrada no se encuentran en la reciente literatura sobre problemas de la negociación. Según parece, en nuestros días lo corriente es la contención de semejante encono.

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L u c h a n d o c o n la v i o l e n c i a dCórno e r a n la i n t e r a c c i ó n y c o m u n i c a c i ó n e n los t i e m p o s d e Rosier? El h i s t o r i a d o r h o l a n d é s H u i z i n g a (1924) desc r i b e el estilo n o r m a l d e la c o m u n i c a c i ó n d e a q u e l l o s días c o n p a l a b r a s c o m o lamento, gemido, retorcerse las manos, arrojarse a l suelo, aturdimiento, euforia indomada, pavoneante ostentación, servil sumisión, ciego espíritu de venganza y atroz violencia. H u i z i n g a p r e s e n t a las formas d e i n t e r a c c i ó n social d e e n t o n c e s e n los s i g u i e n t e s c o l o r e s : Desde el siglo XIII en adelante surgen en casi todos los países inveteradas disputas partidistas: primero en Italia, luego en Francia, en los Países Bajos, Alemania e Inglaterra. El orgullo de familia y la sed de venganza, la lealtad apasionada por parte de los subditos, son entonces impulsos perfectamente primarios. (Huizinga, 1924: 13, 1994: 31) El pueblo no sabe ver su propio destino y los acontecimientos de aquel tiempo de otro modo que como una sucesión continua de mala administración y rapacidad, guerras y latrocinios, carestía, miseria y pestilencias. Las formas crónicas que solía tomar la guerra, la continua agitación de las ciudades y del campo por toda clase de gente peligrosa, la eterna amenaza de un procedimiento judicial duro y poco digno de confianza y, además de todo esto, la opresión del temor a las penas del infierno, del terror a los diablos y a las brujas, daban pábulo a un sentimiento de inseguridad general, que era muy adecuado para teñir de negro el fondo de la vida. (Huizinga, 1924: 21, 1994: 43) N o hay d u d a d e q u e h u b o n o r m a s y acuerdos formales p a r a r e g u l a r la i n t e r a c c i ó n m u t u a , p e r o u n a y otra vez irrumpe la áspera rudeza a través de aquellas formas decorativas.

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En el banquete de gala que se da el día de la coronación de Carlos VI, en 1380, Felipe de Borgoña siéntase por la fuerza entre el rey y el duque de Anjou, en el puesto que le corresponde como doyen des pairs. Sus respectivos séquitos intervienen ya con voces y amenazas, para decidir la discusión por la violencia, cuando el rey la acalla, accediendo al deseo del borgoñón. (Huizinga, 1924:38-39, 1994:69)

De acuerdo con la descripción de un observador del Congreso d e la Paz de Arras, en 1435, los oyentes se hacían caer al suelo, entre suspiros, sollozos y gemidos. (Huizinga, 1924:6, 1994:21) La vida relativamente refinada en la corte es caracterizada corno «continuo ruido y confusión, maldiciones y disputas, envidias y burlas y es la corte un cenagal de pecado, una boca del infierno». (Huizinga, 1924:38, 1994:70) Puede estallar una feroz lucha a cualquier hora por cualquier cosa, sea esta un juego de ajedrez o una ceremonia funeraria. La autodisciplina y contención de las emociones e impulsos en aquellos días eran menos permanentes y uniformes. Los planes y las promesas eran fácilmente arrollados por las emociones del momento. Las reacciones inmediatas, impulsivas e irascibles eran más fuertes. Nada se sabía acerca de que la conducta apasionada y la agresión individual podían desembocar rápidamente en una violencia de dimensiones mayores. A pesar de todas clase de promesas y juramentos, no se confiaba en la capacidad de autocontrol de la contraparte, ni se creía que la gente iba a retroceder ante el asesinato y la celada. Formas más salvajes de confrontación y pruebas de fuerza son realmente las predecesoras de nuestra propia conducta corriente de negociación. La violencia e intransigencia eran las tendencias dominantes en situaciones d e conflicto. Ante intereses en conflicto, los hombres difícilmente se podían imaginar soluciones distintas a la confrontación. En su código de h o n o r no había lugar para el compromiso, su racionalidad era

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otra. Los estándares sociales dominantes permitían, y a veces demandaban, la subyugación, el castigo, el aniquilamiento y la revancha. Para Powelson (1994) esta es la actitud corriente en la mayoría de las sociedades a lo largo de la historia humana. En su impresionante revisión de la historia del cambio económico en casi todas las regiones del mundo, menciona sólo dos excepciones, Europa Occidental y Japón. Sólo allí se desarrolló un repertorio de conductas en que la subyugación o huida no eran las reacciones más naturales a cualquier tensión. Powelson se refiere a las interminables luchas entre guerreros, príncipes y tiranos; ellas engendraban y aún engendran un repertorio de conductas poco dadas a la negociación y el compromiso. Él describe también la situación —corriente para largos períodos y en numerosas regiones— en que los potentados solían subyugar a todos sus rivales y forzaban armisticios despiadados y caprichosos, determinados por enormes diferencias de poder. En el noroeste de Europa y en Japón incluso los más fuertes potentados estuvieron constreñidos por diversos lazos de dependencia y esto marcó su condición excepcional. En la lucha con sus competidores, estos soberanos estaban obligados a encontrar caminos distintos de la explotación y el saqueo despiadados para conseguir recursos de sus subditos. Para los grupos de rango inferior era un recurso de poder real la posibilidad de aliarse con grupos de rango superior. Estuvieron en condiciones de hacer valer algunos derechos, pudieron limitar la arbitrariedad y las interferencias con respecto al comercio y a la producción.
Miles y miles de conflictos culminaron en una especie de empate en que ninguno de los grupos en conflicto logró imponer su voluntad; cada uno aprendió a acomodarse a un estilo que no era el suyo original. Por esta vía se iban moldeando y consiguieron un poder permanente, las reglas del mercado, de las empresas corporativas, del gobierno parlamentario, el sistema financiero y las leyes del comercio. Re157

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sulta aún más importante el hecho de que unos grupos llegaran a privilegiar metas de largo plazo ante unas de corto alcance, y que aprendieran que la negociación y el compromiso y no la confrontación y la violencia iban a ser las más apropiadas para alcanzar estas metas (Powelson, 1994:11).

Powelson (1994) llama a esto el proceso de difusión del poder; Elias (1994) se ha referido al mismo como democratización funcional. Van Vree (1994) describe con detalle el ejemplo de los Países Bajos, d o n d e se generaron unos códigos burgueses y unos tipos d e conducta marcados por el compromiso y relaciones de confianza permanente más que por cualquier otra pauta. El que todos los soberanos hayan dependido de la colaboración de unos aliados para ofrecer resistencia suficiente a sus rivales o bien para someterlos, representa una particularidad europea. Todos los países estuvieron rodeados permanentemente de enemigos. La supervivencia dependía de las alianzas, y estas exigían unas bases más o menos sólidas. La traición, la falsedad y el soborno se mostraron inapropiados para generar unas bases suficientemente sólidas. El tipo d e dependencias señalado contribuyó a generar unas reglas de juego distintas. Aun así, empero, la continua violencia parecía anteponerse a las opciones de compromiso todas las veces de nuevo. La internalización de la valla de hierro
El día 10 de septiembre de 1419, el príncipe de Francia — y posterior rey Carlos VII— y Juan sin Miedo, duque de Borgoña, se reunieron en un puente sobre el río Yonne, que fue construido especialmente para este encuentro. En la mitad, una valla con varas del grosor de un brazo atravesaba el puente de un lado al otro. La valla tenía una pequeña compuerta que se podía bloquear o abrir desde ambos lados. Únicamente si ambas partes consentían se podía pasar. En el curso de las conversaciones, el duque abrió la compuerta, 158

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bien por incitación del Príncipe o por su propia iniciativa. Al otro lado también se abrió. Y, tan pronto Juan y sus tres hombres pasaron la puerta, se les dio muerte. (Schneider, 1977:15-17)

La reacción de los contemporáneos caracteriza los estándares comportarnentales de aquellos tiempos. Carlos no fue acusado como traidor o asesino. Al contrario, los contemporáneos consideraban que Juan había sido el responsable de su propia muerte, pues en un total descuido, no había seguido adecuadamente las reglas de juego. Llevar una negociación a través de una valla instalada especialmente con este fin en un puente puede parecernos un poco torpe. Pero el estudio histórico hace ver que se trata de un tipo de negociación ya altamente civilizada. Después del reinado de Carlornagno, desde el siglo IX hasta el siglo XIII, era bastante común que los feudos, tribus y Estados negociaran a través de los ríos. Voss (1987) ofrece las evidencias. Por supuesto que no resultaba demasiado conveniente ni práctico vociferar encima del agua. Pero poco a poco surgieron arreglos más sofisticados para tratar con las condiciones de peligro físico de las negociaciones. Encuentros en barcos, puentes y pequeñas islas fueron algunos de ellos. Este tipo de solución no era nuevo, se remontaba a una historia ya larga. Tácito (Historiae, V:26, Schneider, 1977:6) se refiere a la lucha entre el líder batavio Civilis y el general romano Cerealis en el año 71 AD. Ambos trataron de negociar un acuerdo en un puente marcado en la mitad, A cada u n o le fue asignado su puesto separado de la otra parte. Tácito describe también un incidente entre dos generales, Arminico y Flavio, en el año 9 AD. A pesar de que un río les separaba durante la negociación, faltaba poco para que se atacaran mutuamente (Tadtus, Aúnales II; 9).1
Huizinga (1924) menciona el cambio en el tono y temperamento en la Edad Media. Sus predecesores, Tácito y Suetonio, escriben sobre la era romana. Su trabajo produce muchas veces la misma impresión del funcionamiento de las interacciones y del manejo de las emociones. De
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De acuerdo con los reportes sobre negociaciones conocidos desde los inicios de la era cristiana hasta el siglo XV en Europa Occidental, las negociaciones estaban muy relacionadas con la violencia y el asesinato. En este contexto se puede observar una sofisticación de los medios técnicos que va reduciendo poco a poco las oportunidades de ataques de frente y va obligando a tomar bajo control los accesos de cólera. Estas 15 centurias muestran, pues, algún desarrollo de la presión técnica hacia un comportamiento más civilizado. Muy paulatinamente se revelaron también unos cambios psicológicos: con el tiempo aquella valla de hierro se iba internalizando. Fueron necesarios siglos para que reconociéramos estas pautas cambiantes de los controles de las emociones en u n n ú m e r o creciente de personas. Como abogado de la ecuanimidad, Rosier parece predecir los cambios venideros en Europa. Cada vez más personas sentirían la obligación de abstenerse de salidas violentas en sus diversas negociaciones, el nexo fatal entre las provocaciones y respuestas violentas desaparecería paulatinamente. Enfrentando el engaño y la manipulación Para su tiempo, las recomendaciones de Rosier eran en extremo refinadas. La arrogancia, traición y amenaza eran cosa común. En el Imperio Bizantino la falsedad alcanzó el estatus de un arte. Sus instrumentos habituales eran las conspiraciones, la corrupción, la intriga e incluso el asesiacuerdo con la descripción de Suetonio la vida en la corte era en extremo cruel, al mismo tiempo la caracterizaban estrechos lazos de fidelidad. Los cambios entre la ciega lealtad y la fácil traición son impredecibles. Pequeños incidentes suscitan reacciones de acelerado acaloramiento. Es exactamente como Huizinga lo describe. Entonces ¿hubo poco cambio a lo largo de 15 centurias? Obviamente la civilización del comportamiento y de las emociones no puede darse por segura. Períodos de estancamiento y barbarización también forman parte del curso normal de los sucesos.

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nato. Los enviados de entonces eran espías, conspiradores activos que se servían de la mentira y del fraude, por el bien del Estado. Luis XI, rey de Francia de 1461 a 1482, dio claras instrucciones a los embajadores que envió a la Bretaña: «Si les mienten, traten de mentirles mucho más». Sin embargo, no hay que olvidar que comparadas con una violencia feroz y con los atacjues físicos directos, la conspiración, la corrupción y la intriga en todo caso implican un control y unas inhibiciones mucho mayores. Los estándares de la mentira y del engaño, por lo demás, también se fueron refinando. Por supuesto que no era cuestión de moral, sino de unas tácticas que mostraron ser más efectivas en condiciones de interdependencias crecientes. Lo que Rosier expresó fueron nuevos estándares de comportamiento diplomático relacionados con el surgimiento del sistema de ciudades-estados en Italia, cuya situación estaba marcada por fuertes rivalidades y estrechas interdependencias a la vez. En la Italia de la segunda mitad d d siglo XV, las ideas de Rosier hallaron un suelo fértil. Sólo que este desarrollo fue temporal y estuvo confinado a los territorios del Norte. Los cambios en los estándares de la negociación hacia una conducta más digna de crédito permanecieron controvertidos. H a d a finales del siglo XV, la estabilidad relativa de la Italia septentrional se fue rápidamente a pique. Las intervenciones extranjeras destruyeron el emergente sistema de poder y dependencia italiano. Las rivalidades entre las ciudades italianas escalaron. La Iglesia resultó inmersa en intrigas y coaliciones rápidamente cambiantes. Cada vez más la negociación se orientaba hacia la obtención de unas ventajas inmediatas. Los comportamientos específicos y los dispositivos emocionales demandados por dichas circunstancias se conocieron bajo el nombre de Virtú. En su texto clásico sobre el desarrollo de la diplomacia, Nicolson ofrece una caracterización concisa de esta mentalidad:

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Conscientes de la precariedad de su existencia, estos déspotas y oligarcas sólo pensaban en resultados inmediatos; no tenían idea alguna del valor de unas políticas de largo plazo o de la gradual creación de una mínima confianza. El arte de la negociación se les hacía un juego de azar en función de altas apuestas inmediatas; lo practicaban en una atmósfera de excitación y con aquella mezcolanza de astucia, despreocupación y crueldad que alababan como Virtú. (Nicolson, 1977:31) Machiavello (1469-1527) también confiaba en la apariencia de la virtud del Príncipe. A pesar de que en su tiempo el sistema italiano de ciudades-estado ya se estaba desmoronando, Maquiavello aún se atenía a algunos estándares de lealtad y confianza. En una carta de 1522 formuló con su agudo sentido de poder los siguientes consejos para embajadores y emisarios: Un representante tiene ante todo que esforzarse por una buena reputación, que consigue mediante acciones impresionantes que lo muestran como hombre capaz, de pensamiento liberal y honesto, en absoluto mezquino y doble y que no parezca creer una cosa y decir otra. Esto es muy importante; conozco a hombres que a pesar de ser muy listos y dobles, han perdido la confianza de un Príncipe tan completamente ¡que nunca más han podido establecer una negociación con él! Y, si usted alguna vez tiene que encubrir algún hecho con las palabras, hágalo de tal manera que no llegue a ser descubierto o, si llega a saberse, esté preparado para una defensa rápida y lista. (Maquiavelli, 1998:116) Hace falta una perspectiva histórica de largo plazo para esclarecer patrones cambiantes. En el siglo XVI, el asesinato ya no era visto como la mejor manera para deshacerse de un opositor, aunque los enviados de Venecia en ocasiones volvieron a servirse de él. Solamente personas ex-

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céntricas rechazaban el soborno. Pero, aun así, los estándares morales que regían la corrupción también cambiaron. Un pago único parecía más aceptable que una subvención permanente. (Nicolson, 1977:37) La mentira y el engaño todavía no dejaron de ser prácticas habituales. Sir Hcnry Wooton definió a los embajadores, aún en 1604, como «hombres que se envían al exterior para contar mentiras por el bien de su país». Mattingly (1988:206), un conocido experto en diplomacia renacentista constata que la mayoría de los contemporáneos de Wooton habrían aceptado sin más esta afirmación. Muchos siglos se hizo esperar un nuevo desarrollo del mensaje de Rosier. Se hizo posible en los tiempos de Irchelieu (1585-1641), cuando la red de socios para eventuales negociaciones comenzó a adquirir nuevamente una cierta estabilidad. Entre los Estados competidores se desarrolló un equilibrio dinámico de balanzas de tensiones similar a la figuración que surgió en el siglo XV en el norte de Italia, sólo que ahora a escala mayor. Hasta este momento hubo estancamiento; también se podría hablar de regresión. En Diplomada renacentista, Mattingly (1955) recoge la literatura sobre diplomada en un periodo de unos 200 años, desde Rosier hasta El embajador (1620), del autor español De Vera. Se trata de más de 40 tratados, en su mayor parte el trabajo de juristas que definen los derechos y deberes de los diplomáticos. Otro tema que paulatinamente iba ganando en importancia eran las cualidades que un buen diplomático debiera de poseer, en el sentido de un retrato d d embajador perfecto. Ambos ternas, los asuntos legales y las virtudes recomendables, dominan la discusión por varios siglos. Las prácticas actuales se consideran sin rodeos. Pero, corno Gentili (1585:153), uno de los autores de la época, anota, «Yo dibujo a los embajadores, no como son, sino corno deberían ser». Reens-Soper y Schweizer (1983) ofrecen otro resumen excelente de la temprana literatura diplomática. Para
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ellos, el holandés Abraham de Wicquefort es el primer autor que se dedica más a las prácticas actuales de la diplom a d a . Wicquefort (1606-1682) escribió L'arnbassadeur et ses Fonctions (El embajador y sus funciones). Quería describir lo que hacían los enviados diplomáticos y exponer cómo debían comportarse. El libro se ubica en el umbral de un nuevo desarrollo y dio una nueva orientación a los escritos sobre la diplomacia. Mayor moderación, menos violencia Para los siglos siguientes, la nota en materia de aptitudes estándares de negociación la dio Francois d e Calliéres (1645-1717). Él quería cultivar un estilo de negociación internacional basado en la seguridad y estabilidad que Irichelieu trató de consolidar. Su trabajo fue utilizado como texto estándar sobre la negociación, a lo largo de siglos, incluyendo el XX. Como servidor civil de Luis XIV, participó activamente en un buen n ú m e r o de negociaciones. Fue u n o de los principales negociadores d e Francia en el Tratado de Rijswijk (1697) que terminó con la Guerra de los Nueve Años. Con profundo conocimiento de causa relacionó la necesidad de negociar con el desarrollo de interdependencias más densas en Europa. Para entender el uso permanente de la diplomacia y la necesidad de negociaciones continuas, tenemos que pensar en los Estados que componen a Europa como amarrados por todo tipo de comercio necesario, de modo que pueden ser considerados como miembros de una República y que no puede darse ningún cambio de alguna importancia en ninguno de ellos, sin que se afecten las condiciones o se perturbe la paz de todos los demás. El desacierto del más pequeño de los soberanos puede echar a andar una manzana de discordia entre todas las potencias grandes, porque no hay Estado que sea tan grande como

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para no encontrarle utilidad a las relaciones con los Estados más pequeños y para no buscar amigos entre los distintos partidos que componen hasta al más pequeño de los Estados. Abunda la historia de los efectos de tales conflictos que con frecuencia tienen su origen en sucesos insignificantes, fáciles de controlar o de reprimir en sus inicios, pero que, una vez crecidos en su magnitud, se vuelven causas de guerras largas y sangrientas que han asolado a los principales Estados de la cristiandad. (Calieres y Wyte, 1963:11) La sensación de dependencia recíproca como se articula en esta afirmación es verdaderamente única. Para entonces lo fue también esa capacidad de actuar de acuerdo con él. Powelson (1994) documentó con mucho detalle la evidencia histórica de la tendencia de las élites de ampliar sus posiciones de poder a toda costa; la paz es, por definición, temporal e inestable, porque es la paz del vencedor. Aunque habrá que tratar con beneficio de inventario las declaraciones de Calliére, en su tiempo el manejo de las emociones era tal que con frecuencia cualquier pequeño incidente escalaba en guerras prolongadas y sangrientas. La Francia de Luis XIV en definitiva no esquivaba las guerras sangrientas, pero allí también emergió un servicio diplomático que generó el tipo de manejo de las emociones que era necesario para construir unas coaliciones sólidas y evitar escalaciones sin sentido. Calliéres fue un representante extraordinario de este desarrollo. ¿Qué aprendían los negociadores de punta en la época de Calliéres? ¿Comenzarían a manejar srrs impulsos primarios de un modo nuevo? Calliéres ofrece algunas respuestas. Aquí hay unas cuantas de sus recomendaciones: ^ No se comporte de modo engreído; ía. No muestre desprecio; ís. No recurra directamente a la amenaza;

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"&. Absténgase de actitudes hostiles; ís. No se deje llevar por accesos de cólera; y ís. No muestre vanidad ni haga ostentación de sí mismo.

Calliéres también se ocupó de qué clase de personas no debieran facultarse como negociadores. La siguiente lista describe los rasgos personales que le parecían inaceptables para negociadores. Quedaban inhabilitados quienes eran:
ís. Jugadores; ía. Bebedores; ís. De temperamento fácilmente irritable y carácter apasionado; ís. Personas de conducta desenfrenada e irregular; y ís. Personas que se inmiscuyen con gente sospechosa y que se abandonan a distracciones frivolas.

Estas recomendaciones se parecen todavía mucho a las admoniciones de Rosier. Al parecer, las conductas eran casi las mismas de antes. Pero también es posible detectar los comienzos de u n cambio. Mayor control y sutileza Calliéres es más articulado que Rosier. Sus consejos son más elaborados y su preocupación por el autocontrol y la disciplina le es rica en variados detalles: Para resistir la tentación de hablar antes de pensar bien qué se debe decir, el buen negociador ante todo debe ejercer un control sobre sí mismo. (Calliéres y Whyte, 1963:19-20) Un hombre por naturaleza violento y fácilmente irritable resulta inconveniente para la conducción de unas negociaciones. (Calliéres/ Whyte, 1963:34)

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... será tan poco confiable, que habrá momentos en que busca la satisfacción de sus deseos mal regulados y estará dispuesto a soltar los secretos más caros de su maestro. (Calliéres y Whyte, 1963:34) Un hombre que se domina bien y que siempre actúa con sangre fría, tiene una gran ventaja sobre alguien que es de carácter emotivo y fácilmente inflamable. Se puede decir, sin embargo, que no luchan con las mismas armas; el éxito en este tipo de trabajo pide que se escuche más de lo que se hable: y el temperamento flemático, autorrestringido, una discreción intachable y una paciencia inquebrantable, son las herramientas del éxito. (Calliéres y Whyte, 1963:35-36) ...sería fácil probar a través de ejemplos modernos que las personas no actúan sobre la base de medios firmes y estables de su conducta; que, por lo común, son gobernadas por la pasión y el temperamento, más que por la razón. (Calliéres y Whyte, 1963:47-48) ...y, por fin, él (el negociador) debe tener presente, que, si uno permite que sus sentimientos personales o atroces guíen la negociación, aunque sea solamente por una vez, uno queda e n m i n b a d o en el camino seguro y directo del desastre. (Calliéres y Whyte, 1963:108) La m a y o r í a d e esas r e c o m e n d a c i o n e s es válida, a ú n e n el p r e s e n t e . P e r o hoy e n d í a se las e n t i e n d e c o m o obvias. Lo q u e llama la a t e n c i ó n es la c a n t i d a d d e r e f e r e n c i a s a d e s e o s m a l r e g u l a d o s y s e n t i m i e n t o s m u y fuertes. Los aut o r e s m o d e r n o s p r e s u m e n u n t e m p e r a m e n t o m á s discip l i n a d o y n o r m a l . Es p o s i b l e q u e los n e g o c i a d o r e s n o s i e m p r e e s t é n a la a l t u r a d e e s t e c ó d i g o d e c o m p o r t a m i e n to, p e r o éste r e p r e s e n t a el e s t á n d a r n o r m a l . En la é p o c a d e Calliéres, se n e c e s i t a b a n u n a s e x p l i c a c i o n e s y e x h o r t a ciones detalladas.

Elegancia, astucia y simulación P u e d e n resumirse b r e v e m e n t e algunas m á s d e Calliéres: recomendaciones

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is. Mantenga reserva sobre sus verdaderos sentimientos, disimule sus propios intereses; ía No suscite la impresión de ser un hábil manipulador, esta faceta no debe salir a la luz; ía Explote las debilidades del otro; ís. Sírvase de la adulación; y ía Aproveche el buen ánimo del vino. Calliéres también enfatiza la importancia que tiene el estar familiarizado con la historia y cultura del oponente, lo mismo que con los modales cortesanos. Destacan sus reiteradas advertencias contra la conducta deshonesta. Le da mucha importancia a que se logre dar la impresión de ser una persona sincera y confiable: ...el negociador debe aparecer como persona agradable, ilustrada y clarividente; tiene que cuidarse de la tentación de presentarse de manera muy evidente como un manipulador astuto y listo. Lo que importa es esencialmente la habilidad de disimularlo, y el negociador tiene que tratar de dejarle a su colega diplomático siempre la impresión de un hombre sincero que actúa de buena fe. (Calliéres y Whyte, 1963:124) Los términos aparecer, de manera muy evidente, disimular e impresión son dignos de ser tenidos en cuenta. A pesar de todo, se puede hablar de un desarrollo hacia una conducta más honesta. La práctica común en tiempos de Calliéres estuvo más cerca de la mentira, la confusión, el engaño y el soborno. Sus directrices, empero, ya apuntan a unas conductas algo más refinadas de las típicas de fases anteriores. Así lo constata él mismo, en la siguiente frase: «Es un error capital muy extendido, pensar que un buen negociador deba ser un maestro en el arte del engaño». (Calliéres y Whyte, 1963:31)

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Mayor control, máscaras y apariencias, menos confrontación y engaño Dos generaciones después de Calliéres, en la segunda mitad del siglo XVIII, otro autor francés, Felice, ofrece nuevas orientaciones sobre el arte de la negociación (Felice 1778). Felice nació en Roma, en 1723. Como profesor de física amplió la obra de los enciclopedistas. En la negociación Felice ve una habilidad reciente, relacionada con el desarrollo de crecientes interdependencias. Esto es importante, porque al igual que las observaciones de Calliéres, las suyas también demuestran claramente que el desarrollo de las habilidades de negociación está estrechamente relacionado con cambiantes redes de poder y dependencia. Su observación en el sentido de que las cambiantes interdependencias presionarían a la gente a negociar, resulta supremamente astuta. Sólo en la Europa Moderna, cuyos habitantes están estrechamente unidos por costumbres similares, una base religiosa común, frecuentes intercambios comerciales y una comunicación intelectual continua, la negociación se ha convertido en un arte con presencia permanente. (Felice y Zai tman, 1976:60) Como quiera, la costumbre de la negociación sin interrupciones o, en todo caso, la posibilidad de cpie se efectúe en cualquier momento, le ha conferido una mayor complejidad a la negociación. La mayor demora que impone esta costumbre a la solución de los asuntos, demanda una mayor firmeza y paciencia y un control de las pasiones más seguro de lo que habrían exigido negociaciones más expeditas. El hábito de la negociación sin interrupciones enseña todas las artimañas que los políticos emplean para burlarse el u n o del otro, y su lentitud da todo el tiempo necesario para cansarse y sorprenderse recíprocamente. A toda hora hay ocasión para esculcar, exa-

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minar y abusar de los sentimientos de otros. (Felice y Zartman, 1976:60) Al igual que Calliéres, Felice se refiere a la interdependencia entre los Estados. Pero él es un tanto más explícito al señalar que no sólo se trata de contactos de tipo político, sino d e toda clase d e contactos. Su observación de que «la negociación se ha convertido en un arte con presencia permanente» sólo en Europa, es notable. Más de 200 años más tarde, Powelson (1994), con base en extensos estudios y agregando sólo el Japón, iba a mostrar que Felice tenía razón. Los aportes de Felice a estos estándares de negociación y compromiso contienen las siguientes lecciones. Un negociador debe:
ís. Convertirse en conocedor de los móviles y las pasiones de su oponente; ís. Disimular unas emociones y fingir otras; ía Ser sincero; ís. Aprender a ver detrás de la máscara de otros; ís. Evitar confrontaciones, actuar como si estuviera consintiendo; no debe volver a la persuaden abierta: «el arte de la insinuación»; ís. No tomar la intriga por negociación; y ía Conocer el papel de emociones tales como la ansiedad, el miedo, la valentía, la duda, la pasión.

Especialmente notables resultan las referencias a las emociones. Los hombres se mueven por unos sentimientos. Incluso acciones, qtre a primera vista puedan estar lejos de los que se suelen llamar actos emocionales, presentan algún motivo sentimental escondido. (Felice y Zartman, 1976:49) Si queremos dominar las emociones d e otros, tenemos que controlar las nuestras. De otro modo, nos alejaremos de nuestro camino, presos de falsas aventuras, incapaces 170

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de aguardar el momento apropiado o de aprovechar la oportunidad precisa. No estaremos en condiciones de usar insinuaciones gentiles ni palabras encantadoras. Nuestras emociones liarán que otros nos traten con precaución, nosotros mismos nos imaginaremos intereses que en realidad muchas veces no tenemos. Nos volverán ciegos para la naturaleza de los recursos que debemos emplear y para las maneras en que debernos hacer uso de ellos. En realidad, alguien que desea tener éxito en unas negociaciones debe estar en condiciones de encubrir sus emociones de tal manera que aparezca frío cuando esté abrumado por el dolor, y calmado cuando le estremece la pasión. Dada la imposibilidad de diminar todas las emociones —en realidad, sería peligroso carecer de ellas por completo—, se tiene que aprender a mantenerlas marginadas y bajo control. Muchas veces resulta útil aparecer como estremecido por la pasión, pero la apariencia debe ser distinta a la de la pasión verdadera d d momento actual. Un hombre apasionado da la impresión de estar vencido, mientras que una persona reservada pone a otros en guardia. De hecho, un hombre que finge unas emociones, distrae a los que están tratando de ganarle. Proceder de este modo es permitido y no contraviene de ninguna manera el comportamiento apropiado...(Felice y Zartman, 1976:53) Aquí se pueden discernir unas pautas. Estos escritos reflejan una sociedad en d o n d e el control de los impulsos primarios es aún más leve. La presencia de impulsos no regulados es más fuerte que en la actualidad. T o d o el repertorio comportamental presenta menos inhibiciones y es menos complejo. En todo caso, un cambio tiene lugar. La lucha con los afectos primarios se está volviendo más intensa. A juzgar por los pasajes citados, se hacía sentir una presión social hacia la supresión de ciertos afectos por un lado y la simulación de unas emociones por el otro. Q u e se sepa que todos actúan de esta manera, confiere a
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las negociaciones algo de tornadera del pelo, al menos para el gusto moderno. Puede que este desarrollo en el trato mutuo presente un camino un tanto enrevesado y torpe. Pero en realidad, se trata de una fase d d proceso de aprendizaje del control de las emociones y de una conducta muy apropiada y cultivada en aquella época. Los tratados sobre las negociaciones de Rosier, Calliéres y Felice son parte de un desarrollo social más amplio en dirección de la contención d e las pasiones y de unos estándares cornportamentales más refinados. Elias (1939) explica este desarrollo en relación con el crecimiento y la mayor densidad de las redes de interdependencia hunranas. Las citas aquí aportadas sugieren que Calliéres y Felice llegaron a conclusiones similares. El que las élites aristocrático-militares cultivaran una conducta de negociación para interactuar con otras élites sobre una base permanente constituye un hecho muy notable. Las presiones que les impulsaron hacia este tipo de interacción nacieron sólo en parte en las relaciones de poder y dependencia intercstatales. Hubo grupos burgueses que pudieron ejercer alguna influencia en la misma dirección, especialmente en Europa Occidental. A pesar de las considerables diferencias de poder, surgieron tipos de comportamiento que iban en dirección contraria a la obediencia servil. En algunos países europeos, también los gremios del comercio y de los artesanos se convirtieron en grupos provistos de una autoestima propia, con su propio código de comportamiento y con acuerdos mutuos para promover el comercio y la industria (Hoock y Jeannin, 1993). En algunos casos, estos grupos se volvieron tan poderosos que entraron a formar parte de las élites gobernantes. Surgió un código de comportamiento más uniforme, una conducta más confiable. A u n q u e en otras sociedades surgieran grupos similares, en el Imperio Bizantino, el Imperio Otomano, la China y la India por ejemplo, allí nunca estuvieron en capacidad de desarrollar su poder y prestigio con una continuidad medianamente 172

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significativa, corno sí lo hicieron en Europa Occidental. Fueron subyugados por las burocracias estatales y explotados a través de la intervención autocrática del régimen. Además, a estos grupos con frecuencia se les tildaba de mercachifles, aventureros y usureros astutos. En comparación con las maneras cortesanas y los estrictos estándares de etiqueta cultivados en los palacios y las cortes, el regateo, la negociación y el compromiso representaban hábitos de clases inferiores. Las élites manifestaban enormes reservas, si no una postura arbitraria y opresiva, frente a cualquiera que no correspondiera a sus propios estándares de poder, estatus y prestigio. Es preciso recordar que este tipo de conducta más opresiva, en la mayoría de los países de Europa Occidental también se volvió corriente; sólo que allí no alcanzó el mismo grado de perfección y continuidad: el desdén hacia otros estándares de comportamiento no llegó a los extremos que alcanzó en la mayoría de los demás grandes Estados e imperios. También surgieron diferencias sustanciales entre los Estados europeos. Powelson menciona a España como ejemplo de un vigoroso desarrollo estatal que tendía cada vez más hacia un régimen absolutista y totalitario, hacia un Estado que carecía de los arreglos políticos y de la costumbre de pactar compromisos y de negociar, que son necesarios para la construcción de una economía más vital. Impulsado por los otros países europeos (Powelson llama esto crecimiento reflejado), durante los últimos 30 años se dio una cierta revitalización al parecer aún precaria. La confrontación y violencia no han desaparecido de la cultura occidental, pero como medio principal para la solución de conflictos, la negociación y el compromiso, han ido ganando terreno a lo largo de los siglos. Cambiantes pautas del manejo de las emociones Los escritores tempranos señalan la importancia de un tipo específico del manejo de las emociones. Rosier, 173

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Calliéres y Felice son muy explícitos a este respecto: esconda sus propias emociones, explore los afectos de otros; no sorprende a cuáles emociones se refieren: ataques de cólera, revancha, humillación, deseos mal regulados, menosprecio, arrogancia, miedo. Ellos abogan por la estricta supresión de estos impulsos. Esta exigencia no se limitaba a un determinado momento sino que tenía un carácter general. Era mejor evitar toda franqueza acerca de los sentimientos reales y d e las intenciones subyacentes. También era mejor guardarse las intenciones de tipo más formal a propósito de intereses fácticos y metas preferidas. Calliéres, y más aún Felice, ya escriben sobre unas impresiones que era preciso suscitar acerca de cómo había que generar la apariencia de una persona cortés, agradable y honesta. La anotación de Felice en el sentido de que resultaba peligroso no mostrar emoción alguna, era muy sutil. La gente sospecharía de sus verdaderas intenciones o que pondría la guardia en alto. Así que mejor simule otras emociones, muestre alguna pasión, pero permanezca frío y calculador, póngase una máscara. Hoy día, este comportamiento puede parecer artificial y falto de autenticidad, para no decir falso, manipulador o incluso deshonesto. Tales juicios, sin embargo, son una expresión de nuestros recientes estándares de comportamiento más que un reflej o de lo que en la época realmente ocurría. Para aquel tiempo, el comportamiento artificial representaba un modo de conducta muy refinado y civilizado. Demostraba que las personas eran realmente maestras de sí mismas, no había riesgo de ataques monstruosos, arranques de cólera, irnpredecibles cambios de ánimo, virajes repentinos en la conducta. La gente que se comportaba de este m o d o controlado, se sentía más segura y relajada en sus contactos. Tal control personal, estabilidad y seguridad en el trato mutuo representaban una experiencia positiva y civilizada. Especialmente en sociedades d o n d e el amoldamiento de los impulsos y el control más riguroso de los afectos
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todavía no era práctica común. La gente también se sentía mejor, más civilizada en comparación con otros, que eran menos hábiles a este respecto. Tales comportamientos, entonces, también eran un medio de distinción con respecto a otros grupos de la sociedad. Este fue otro estímulo para que las personas se impusieran mayores restricciones y se produjera un control más uniforme. De este modo, el ánimo de distinción agregó otro incentivo para una mayor diferenciación y variación en los modales cortesanos. Interdependencia y manejo de las emociones Estas pautas cambiantes del manejo de las emociones están relacionadas con crecientes interdependencias. Los cambios no tienen nada que ver con una tendencia inherente o natural hacia un comportamiento más civilizado y refinado. Las habilidades o cualidades particulares defendidas por Rosier, Calliéres y otras grandes mentes, tampoco representan un factor crucial. El impulso hacia un cambio de comportamiento está directamente relacionado con las cambiantes pautas de dependencia. El desarrollo de entramados más extensos con interdependencias más intensas y permanentes convierte los cambios de comportamiento en un asunto que está en el interés de la gente misma. Este proceso brotó de los nodos de las relaciones comerciales y políticas en nuestras sociedades tempranas. El impulso también se dio en dirección contraria: la expectativa mutua de un mayor autocontrol contribuyó al desarrollo de unos entramados humanos más estables. Con frecuencia, estos entramados demostraban mayor fuerza política y económica. Para alcanzar posiciones de poder en tales condiciones, había que exhibir una conducta más estable. De modo que diferentes niveles en el manejo de las emociones condicionaban el desarrollo de unas interdependencias cada vez más fuertes, y viceversa: interdependencias más fuertes sustentaban pautas del 175

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manejo d e las emociones más estrictas y diferenciadas. Elias (1994) describe con detalle cómo este proceso se aceleró en la Edad Media tardía. Los cambios de tipo diverso se reforzaban mutuamente. En primer lugar estuvo la monopolización gradual de las dos fuentes de poder, la tributación y la violencia militar en algunos territorios de Europa. La pacificación interna de esos territorios y la concentración del poder político, financiero y militar engendraron la sociedad cortesana. El éxito social estaba cada vez más asociado con una carrera en la corte. Esto por su parte promovió la moderación de los afectos, el decrecimiento de los contrastes, una mayor variedad y elegancia y el despliegue del arte del enmascaramiento y de la manipulación sutil. Gracián (1646), un sacerdote que frecuentaba las élites cortesanas de su época, aporta un ejemplo típico de los estándares de comportamiento y de las habilidades emocionales que tenían que presentar las personas para poder consolidar y mejorar su posidón. Gracián codificó meticulosamente la conducta aguardada en dichos círculos.
ía La mejor forma de poder es el control de sus emociones, que nos libera de impulsos básicos; ía Mantenga a la gente en equilibrio y suspenso. Que uno muestre sus manos no es tan elegante ni sirve de nada; ís. Encuentre el lado débil de la gente; esto tiene que ver con sus motivaciones primarias, que no siempre son las más elevadas porque, después de todo, en el mundo hay más sinvergüenzas que gente decente; ís. Ofrezca ayuda —limitada— con frecuencia; ís. Emprenda usted mismo las acciones que suscitan simpatía, deje a otros el trabajo sucio; y ía La mejor táctica es la de esconder todo lo que pueda parecer táctica.

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El desarrollo de esta conducta táctica bastante sofisticada está estrechamente relacionado con la monopolización de las fuentes de poder en manos de poderosos gobernantes. Las élites alrededor de tales soberanos desarrollaron esta conducta más pulida como una especie de medida preventiva. La dependencia y los forcejeos y empujes en busca de favores, el temor de caer en desgracia y la rivalidad mutua moldeó este compon amiento en los distintos niveles de la pirámide de poder. El estar permanentemente pendiente del poder, aunque fuera de modo disimulado a través de un porte elegante y agradable, es el denominador común. Lo cuenta La Bruyére en su retrato del comportamiento típico en la corte de Luis XIV: Un hombre que conoce la corte es maestro de sus gestos, de sus ojos y expresiones; es profundo e impenetrable. Disimula las maldades que comete, ríe a sus enemigos, reprime su mal genio, disfraza sus pasiones, niega su corazón, actúa contrariamente a sus sentimientos. (La Bruyére, 1922:211) Se puede decir que este tipo de comportamiento y de manejo de las emociones es característico de las sociedades cortesanas (Elias, 1969) tal como se establecieron en distintos períodos de la historia humana, en muchas partes del mundo. Lo descrito se parece, por ejemplo, a la conducta en las cortes de los imperios bizantino y chino. En Europa Occidental este tipo de manejo de las emociones se fundió con una gama de prácticas y pautas emocionales distintas. La diferencia puede ser explicada a través de la estructura única de interdependencias que surgió en Occidente. Los trabajos de Elias (1994), McNeill (1991) y Powelson (1994) me llevan al siguiente resumen de estas pautas distintivas: 1. Ninguna élite gobernante logró el dominio sobre toda Europa. Por ejemplo, en el temprano siglo XV el emperador chino pudo ordenar al almirante que regresara de 177

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las expediciones de exploración que estaba realizando en las costas orientales de África (en este tiempo China llevaba una gran ventaja sobre Europa en el terreno de la navegación y exploración; su tecnología, sus medios de comunicación, su industria y comercio también presentaban un nivel superior). Ningún gobernante europeo hubiera podido parar las expediciones desde Europa. Ningún rey o emperador en Europa tenía el poder absoluto d d emperador chino. Al contrario, el rasgo característico consiste en élites cortesanas y Estados que están compitiendo entre ellos. Esta rivalidad tuvo un efecto activador y estimuló el arte de la negociación. La competencia mutua no podía resolverse mediante la violencia, aunque se intentara hacerlo permanentemente. Las alianzas estables basadas sobre cierta igualdad mostraron ser una fuente de poder muy fuerte. Con las crecientes interdependencias entre los Estados, la constante negociación se mostró corno el vehículo preminente de lazos más estables entre éstos. Felice y Calliéres ven en la negociación una capacidad transnacional, desarrollada específicamente para las relaciones entre Estados. 2. La monopolización del poder en manos de una élite dentro de los Estados europeos queda atrás, en comparación con Bizancio o China, por ejemplo. 2 El poder polítiElias (1994) describe la monopolización de la violencia y de la laxación como un impulso mayor hacia la pacificación de amplios territorios y como condición para el comercio y el desarrollo económico. Powelson (1994) enfatiza la importancia de la difusión del poder entre los grupos sociales. Siguiendo su investigación y el trabajo de McNeill, se podría decir que la monopolización tiende a autoanularse ¡en relación con el proceso civilizador! Si una élite se vuelve tan poderosa que no experimenta dependencia de ningún otro grupo, ella sí se inclina a sofocar el ascenso de cualquier otro grupo. El hábito de comando y obediencia que acompaña a este tipo de figuración no genera las habilidades necesarias para contraer compromisos y realizar negociaciones. Las figuraciones que emergieron en Occidente eran una mezcla de monopolización y centros de poder
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co, militar, religioso y económico, en general, estaban relacionados con distintas élites: estos poderes no llegaron al grado de concentración que alcanzaron en la mayoría de las sociedades no europeas. Además, la competencia interna entre élites proporcionaba alguna ventaja a los grupos más débiles como campesinos, artesanos, financistas, mercaderes y pequeños comerciantes. A través de un eterno proceso de negociaciones verticales, ellos iban mejorando su capacidad de promover u obstaculizar los objetivos de los grupos de rango alto. Corno la nobleza, los reyes o la Iglesia competían entre ellos, grupos de campesinos o artesanos, por ejemplo, se podían aliar con cada uno de estos bandos, para demandar algunos privilegios o libertades en el caso de que su bando venciera. 3. La naturaleza relativamente inestable de la sociedad medieval representa una tercera distinción europea. Los estándares y códigos de comportamiento todavía no habían sido tan internalizados corno para que hubieran podido bloquear unos cambios. La heterogeneidad de las élites junto con cierta persistencia de unas tradiciones tribales donde cada clan tiene su propio líder, representaban un contrapeso contra la tendencia hacia la formación de

múltiples. Sobra decir que el resultado no fue planeado por grupo alguno. Al contrario, los reyes y barones, sacerdotes y papas, mariscales y generales, lodo grupo que llegara al poder siempre trataba de consolidarse en él. Tiranía, crueldad, opresión, aniquilamiento y fantasías ideológicas eran de uso corriente. Estas élites fueron menos exitosas que sus semejantes en casi cualquier otra parte del mundo. Así que, muy a pesar suyo, tuvieron que consentir en compromisos para sobrevivir. El proceso en que aprendieron a negociar tomó siglos v fue anulado con frecuencia por el anhelo de una victoria total mediante la violencia y el engaño. Desde esta perspectiva el arte de la negociación se presenta como una ¡muy extraña aberración!

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jerarquías rígidas de comando y control, comunes a los imperios y Estados durante toda la historia. Las interdependencias distintas explican el desarrollo económico de Occidente desde la Edad Media en adelante. Éste también está relacionado con el desarrollo de la negociación. El rasgo dominante es la existencia continua de múltiples centros de poder en competencia, en los Estados tanto como entre ellos. Estos diversos centros de poder en competencia eran una peculiaridad no sólo de las relaciones políticas, sino también de las relaciones religiosas y económicas. Simultáneamente se desarrollaron los innumerables intentos por lograr un sobrepeso con medios violentos y los también eternos procesos de aprendizaje de la negociación y del compromiso. La continua competencia entre estas figuraciones estimulaba el desarrollo de las habilidades de negociación en favor de la regulación de la inestabilidad inherente a este tipo de entramados: paso por paso la negociación sustituyó las continuas luchas de eliminación. El desarrollo de gobiernos parlamentarios y democráticos fue un paso definitivo hacia la regulación más estable de los conflictos. La negociación se volvió una habilidad más común para un número creciente d e ciudadanos. Los tratados de Rosier, Calliéres y Felice pueden ser vistos como complemento de los códigos de los modales cortesanos, como el redactado por Gracián. Son complementos porque comenzaron a renunciar a la arrogancia, la manipulación, la intriga, la malicia y la decepción. Los tipos relativamente blandos de confrontación que se combinan con la negociación son incompatibles con la intriga, la decepción y la humillación. Para que haya confianza y estabilidad en las relaciones entre socios más o menos iguales debe haber un comportamiento distinto a las rivalidades por el favor de poderosos gobernantes o el control sobre subordinados altamente dependientes. La sociedad mediante órdenes no favorece los estándares de comporta-

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miento y el tipo de manejo de las emociones cercanos a las habilidades de negociar. Después d e siglos de ensayo y error vemos cómo, poco a poco, los cambios se van haciendo más claros. La guerra endémica y la disputa civil se convirtieron en guerras y contiendas periódicas. Al lado de la violencia, la huida y la subyugación, se desarrollaron cada vez más los estándares del control emocional, el compromiso y la negociación. Algunos autores burgueses también tomaron parte en este desarrollo, aunque de manera muy distinta. Su participación no era de tipo político racional, sino que apuntaba al comercio. En Europa Occidental se ven aparecer manuales para comerciantes y manufactureros (Hoock y Jeannin, 1993; Meuvret, 1971). Estos libros contienen numerosas instrucciones en relación con la conducta adecuada y las formas deseables de interacción. Bien conocido es Le parfait Négodant de Jaques Savary. Fue publicado originalmente en 1675 y reimpreso 20 veces en los siguientes 125 años. El trabajo además fue traducido al alemán y al holandés. Hay un capítulo separado sobre la conducta (Savary, 1675, parte primera, libro 3, capítulo 2) donde se encuentran numerosas instrucciones a propósito de un comportamiento fidedigno, la discusión razonable y la negociación constructiva. Estos manuales expresan el orgullo profesional y la autoconciencia crecientes del grupo siempre en expansión fie mercaderes, comerciantes, empresarios y demás gente de negocios. Por supuesto que estos grupos estuvieron presentes también en otras sociedades, pero nunca desarrollaron un poder y prestigio comparable. Al contrario, su iniciativa e incipiente poder por lo común eran percibidos como una traición a los gobernantes. Además, los gobernantes tuvieron capacidad de mantener un riguroso control sobre las acciones empresariales, utilizando medios como la estricta regulación, arbitrariedades, una pesada carga tributaria y una actitud humillante.
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Así, se percibe un cambio en el uso de la negociación. En un inicio el control político y el empleo de la violencia son los terrenos primarios; diplomacia y negociación son casi sinónimos. Lo son hasta tal punto que Felice tiene que señalar explícitamente que la negociación puede ser aplicada también a otras esferas de la vida. Tiene toda la razón; un siglo antes de que él hiciera esta afirmación su compatriota Savary ya usaba el término en sus escritos sobre mercaderes. Según parece, el dinero y la iniciativa empresarial estaban ganando importancia como fuentes de poder. Con miras a nuevas negociaciones políticas, tanto Calliéres como Felice se refieren a las relaciones comerciales y la importancia de la riqueza. Powelson (1994: 69) resume estos desarrollos de la siguiente manera: A lo largo de los siglos el poder no sólo se volvió más difuso, sino que también cambió su naturaleza. Las bases del poder se trasladaron de las instituciones militares y religiosas hacia las económicas y políticas. Las habilidades de negociar perrnearon un número cada vez mayor de terrenos de la interacción humana. En nuestro tiempo los libros de negocios que se ocupan de asuntos de la negociación, se han vuelto bastante populares. Recientemente esta literatura se ha enriquecido con numerosos elementos sociopsicológicos. Cuando la violencia o el dinero ya no son decisivos, la personalidad se va convirtiendo cada vez más en un medio para ganar ventajas. La gran atención en el desarrollo de relaciones personales positivas que influye sobre el clima de negociación y el absoluto rechazo de la violencia y de amenazas materiales directas atestiguan este proceso. Mecanismos psicológicos como el control del comportamiento relacionado con el poder y el descontrol controlado de las emociones determinan cada vez más las reglas de la interacción. Esto sólo es posible cuando las interdependencias recíprocas se van haciendo más fuertes y las diferencias disminuyen.

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Descontrol controlado' ¿Qué tan apropiadas resultan las recomendaciones de Calliéres y Felice hoy día? ¡No muestre emociones, simule otras, manténgase frío y calculador! ¿Son reglas de comportamiento sensatas? Los negociadores modernos no siempre están de acuerdo con este punto. Como ya se ha anotado, los cambios en los estándares siempre han sido disputados y controvertidos, en nuestro tiempo también. Algunos pueden estar conformes con esta línea de acción. Otros pueden haber desarrollado los hábitos del rostro impenetrable y ninguna emoción en público. Otros se presentan a sí mismos corno personas emotivas y muy abiertas. La fase más reciente en el desarrollo de la negociación y del manejo de las emociones concierne a la transición h a d a un autocontrol más diferenciado, que permite una mayor flexibilidad y un mayor juego para los impulsos emocionales (pero mesurado, canalizado); se toleran y expresan mayores niveles de tensión en la balanza entre autonomía e interdependencia. Este estilo se expresa en tácticas como las siguientes:
ía P r e s e n t e sus d e m a n d a s con consideración para los intereses d e otros; ía Sea amable sin rendirse; >a Diseñe soluciones creativas m a n t e n i e n d o sus intereses en pie; y ís. Sea asertivo sin forzar su camino.

El término descontrol controlado remite al trabajo de Wouters (1990). La decreciente importancia de la violencia y el aumento de la importancia de la personalidad como fuente de poder son puntos centrales en otra contribución de Wouters (1992). Ver también Hochschild (198.3) con su concepto del trabajo emocional y la discusión entre Hochschild y Wouters (1989) acerca de este concepto. Para darle al lector una idea este concepto mixto de negociación por favor observe las figuras que aparecen en la página 184.

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Perfiles de negociaciones. Aquí se presentan algunos elementos: negociadores efectivos diferencian su conducta en 4 tipos: I. Reconocimiento de los intereses de uno mismo. 2. Influir sobre la balanza de poder. 3. Promover un clima constructivo. 4. Conseguir flexibilidad. Figura I. El estilo competitivo
PERFILES DE NEGOCIACIONES Intereses benévolo Ptider reverente moderado Ambiente jovial personal miento de (laminar hostil formal duro

Figura 2. El estilo cooperador
PERFILES DE NEGOCIACIONES Intereses
benévolo

reverente moderado

Intento de dominar

jovial personal | Flexibilidad explorador"

hostil

formal

Flexibilidad explorador

repetitivo elusivo

repeliuvo elusivo

Estas cuatro actividades y las correspondientes tácticas están descritas en otro lugar (Mastenbroek, 1989, 1991, 1992). Para volver operacional el modelo las tácticas fueron ubicadas en cuatro niveles que se pueden usar también como retroalimentación para el negociador. Un negociador ingenuo todavía no ha aprendido a diferenciar entre su conducta y sus emociones. Sus actividades se encuentran más agrupadas. Por ejemplo, cuando él se pega a sus intereses pretende ganar ventaja y tiende a seguir todas las veces de nuevo por la misma trocha. Finalmente su intransigencia resulta más dura de lo estrictamente necesario. Este estilo jalona la escalada y promueve la lucha continua. Figura 3. El estilo mixto
PERFILES DF. NEGOCIACIONES

Representa una alternativa más en el desarrollo de un clima de confianza y credibilidad. Esto se combina fácilmente con una conducta exploradora. El poder ya no es visto como un asunto central. De nuevo, el negociador más ingenuo tiende a cierto contogio; Él se inclina hacia una actitud más indulgente y colaboradora incluso en el campo de los intereses. Este estilo provoca una conducta más exploradora. Por el otro lado es muy fácil consentir en unas condiciones y explicarse la conducta del otro como necesaria, dados los propósitos y las peticiones constructivos propios.

inienlo de dominar

hostil ronml
Flexibilídaftíl explorador repetitivo elusivo

El negociador capaz de diferenciar entre los cuatro tipos de actividades enfoca su tenacidad sobre sus intereses principales. Él registra que un ambiente de irritación no refuerza su posición; jal contrario! Además, la continuidad de la negociación hace que sea de su propio interés mantener el tono positivo y desarrollar la confianza. También se da cuenta de que el apego a sus intereses y el arrinconar a los otros nada tienen que ver con una negociación. El negociador en este caso sabe explorar diversas opciones y alternativas sin rendirse.

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La literatura reciente producida por practicantes y teóricos abunda en tales máximas (Fisher y Ury, 1981; Kremenyuk, 1992). La firmeza se combina con la amabilidad, las posturas asertivas no impiden la flexibilidad. Necesitarnos unas capacidades que nos habilitan para tolerar una mayor tensión entre autonomía e interdependencia, entre asuntos más bien privados e intereses comunes. En el nivel racional estas tácticas se entienden fácilmente. Su puesta en práctica frecuentemente muestra dificultades mayores, porque la capacidad emocional de enfrentar impulsos opuestos aún no está plenamente desarrollada. Pasaron siglos para que la gente llegara a ser capaz de llevar el mensaje de Rosier a la práctica. La transmisión y diseminación de estas habilidades también tomarán su tiempo; además estarán condicionadas por las relaciones mutuas de poder y dependencia, tal como los involucrados las experimentan. La perspectiva histórica enseña las dificultades que atravesamos en el proceso de flexibilización de nuestras reacciones y ayuda a clarificar el desarrollo emocional específico, necesario para llegar a practicar unas tácticas aparentemente muy sencillas. Me refiero a pautas en el manejo de las emociones que pueden absorber una variedad de impulsos, en ocasiones opuestos, simultáneamente. Los hombres aprenden a manejar emociones mixtas. Esto es posible porque han aprendido a distinguir entre sus sentimientos y acciones. La conceptualización de estas orientaciones mixtas resulta extremadamente difícil. En la teoría de la negociación conceptos del tipo o lo uno o lo otro son los más frecuentes: distribuir versas integrar, ganar o perder son algunos ejemplos. Varios autores han desarrollado conceptos macro para captar la naturaleza mixta de la negociación (Lax y Sebenius, 1986; Mastenbroek, 1989, 1991). Pero en todo caso, estos conceptos siguen siendo superficiales mientras no incorporen el proceso emocional subyacente. En mi propio trabajo traté de conceptualizar ese carácter mixto,
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distinguiendo entre cuatro procesos, cada u n o de los cuales tiene que ver con un aspecto relacional diferente. La capacidad de distinguir entre estos procesos y de combinarlos en pautas mixtas favorece la negociación efectiva.

CONCLUSIONES

Distintas fases d e control Las restricciones y los controles firmemente establecidos se ven en una fase temprana del desarrollo de las habilidades de negociación. Un comportamiento muy reprimid o de negociación, casi ritualizado, tiene una determinada función. Minimiza el riesgo de impredecibles arranques emocionales. Previene ataques de cólera, amenazas o signos de debilidad que más tarde se lamentarían. También funciona corno una expresión y confirmación de diferencias de estatus y poder. La estricta supresión de los afectos, la simulación de emociones, la lisonja y el ocultatniento de los intereses en u n estadio posterior n o resultan tan adecuados, acaso contraproducentes. Generan inflexibüidad y suscitan sospechas. Cuando el control emocional se vuelve más bien la segunda naturaleza y las diferencias de poder van decreciendo, disminuye la necesidad de técnicas de negociación de tipo ritualizado, formal y repetitivo. Éstas ciertamente dificultan un trato más directo, flexible y constructivo que se adapta mejor a las interdependencias más estrechas de nuestro tiempo. En la actualidad los cambios necesarios ya no se pueden pensar en términos de unas restricciones cada vez más rigurosas y numerosas; el cambio incluye también el relajamiento y un descontrol controlado, las conductas se van haciendo más abiertas, directas, creativas y persuasivas. Pero no hay que olvidar que un trato más abierto y directo entre las personas es posible sólo bajo la

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condición de que ya existan pautas más estables y diferenciadas del autocontrol que esperan unos de otros. Sólo entonces los negociadores se sienten seguros de la disciplina de los demás. Así, un estadio en el desarrollo de las habilidades de negociación crea las condiciones para el siguiente. Con el paso siguiente en este desarrollo surge la certeza de que nadie se va a resentir con otras personas porque, estas tengan opiniones e intereses distintos. En esta fase las personas saben apreciar la franqueza y una conducta informal. Ya no lo experimentan corno una provocación o amenaza, especialmente cuando esa actitud más directa y relajada se combina con el reconocimiento abierto de intereses distintos y con la búsqueda flexible de un compromiso. El tipo de negociación se convierte en medio de confianza entre las personas sólo en la medida en que esté empotrado en estrechas interdependencias y cuando una moderación de los afectos se vuelva completamente habitual.'

Este desarrollo n o presenta líneas iguales en todas partes. Hay diferencias culturales substanciales. Un factor importante en la explicación de estas diferencias en Europa es el estatus de los grupos ai istocí áticomilitares en las sociedades europeas. El ascenso de estos grupos en la sociedad alemana en el siglo XIX, por ejemplo, promovió u n código de comportamiento específico. Este era muy distinto del código de tipo burgués, de los competidores de clase media, que estuvo en ascenso hasta la unificación de Alemania. Elias (1996) describe esta lucha de clase entre la aristocracia y la clase media cuyas líneas se pueden trazar hacia atrás hasta la Edad Media. La unificación de Alemania por vía militar reforzó sustancialmente a las élites aristocrático-militares. Cumplieron con el sueño compartido por todos los estamentos de poner fin a la pluralidad de los numerosos pequeños estados en disputa. Los esfuerzos pacíficos de las clases medias fallaron. Esto fue en extremo significativo para el desarrollo del hábito de la clase media alemana. La asfixia de modelos urbanos de clase media de negociación y la persuasión mediante modelos militares de comando y obediencia fue una importante consecuencia. La guerra con Francia resultó en un nuevo impulso para el poder y prestigio de unos estándares más cortesanos y militares. «La victoria de (continúa en la página siguiente) 187

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A p r e n d e r a negociar Es posible expresar el más reciente estadio en el desarrollo de la negociación en forma de recomendaciones del tip o haga y no haga. Aquí algunos ejemplos: s. Combine tenacidad con tacto; ». No confunda la representación de sí mismo con la dominación o con la imposición de sus puntos de vista; ís. Sea flexible y vigoroso; ís. Separe los asuntos enjuego de la persona; y •s. La exploración de opciones alternativas no tiene nada que ver con la rendición. Esas recomendaciones indican cómo hay que tratar de m o d o más efectivo con afectos mixtos y con impulsos en conflicto. Nos dan algo para proceder, p e r o ellas p u e d e n los ejércitos alemanes sobre Francia fue al mismo tiempo una victoria de la nobleza alemana sobre la clase media alemana.» (Elias, 1996: 14) Así, una débil figuración multipolar de numerosos pequeños Estados se convierte en una acantilada pirámide monopólica. Los conflictos y las negociaciones entre las cortes se transforman en intrigas intracortesanos; modelos de comando y obediencia ponen el tono. La competencia de los modelos burgueses de discusión, debate y negociación pierden fuerza y, especialmente después de 1871, las clases medias alemanas también adoptan modelos de comportamiento de tipo más militar. Esto puede explicar algunas características del hábito alemán común: «Muy notable en la tradición alemana es el grado de adaptación a unas estrategias de comando y obediencia —bastante a menudo a través del uso directo o indirecto de la fuerza física— y, hasta hace poco como herencia del largo período de gobierno absoluto o casi-absoluto, el nivel relativamente bajo de sus aptitudes para el debate. En Alemania aún en la actualidad se encuentra una cierta incomodidad con el tipo de control de los afectos relativamente complicado -que es el necesario para la solución de conflictos por vía verbal- por un lado, y algún conformismo con unas estrategias más simples de comando y obediencia, por el otro». (Elias, 1996: 450)

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ser efectivas sólo cuando son internalizadas, cuando se integran a la psicología del negociador, cuando se vuelven segunda naturaleza. Me refiero a una actitud básica, una estructura interna de tal grado de sensibilidad, que permite la presencia simultánea de una serie de impulsos a veces opuestos. Como he descrito en el presente artículo, este estilo de manejo de las emociones no es algo dado a los hombres por la naturaleza. Se trata de un aspecto ignorado con frecuencia por la moderna literatura sobre la negociación y también en los cursos de enseñanza y entrenamiento corrientes. Es como si el aprendizaje de la negociación consistiera simplemente en aprender las fórmulas de haga y no haga. Tal supuesto no está lejos de un completo sinsentido; estos haga y no haga presuponen un estilo emocional específico. No se puede separar el aprendizaje de la negociación de este tipo de manejo de las emociones. El manejo de las emociones como fuente de poder Esto me lleva a una intrigante pregunta. El estilo más flexible, directo e informal, en comparación con una conducta más rígida y hostil, funciona como una fuente de poder. El proporciona una ventaja sobre anteriores modos más formales de negociación. Y ¿por qué la gente no debiera usar este estilo si con él puede progresar? En este sentido, el flexible estilo mixto, que en definitiva no apunta primariamente a la dominación y el poder; puede convertirse en un instrumento para ganar ventaja. ¿No es una extraña paradoja? ¿Cómo reaccionamos frente a esto? Por ejemplo, cuando estamos enfrentados a diferencias culturales en el estilo de negociar; tenemos que conocer los efectos potencialmente adversos de un flexible estilo mixto. Si esto se ignora, la gente puede percibirlo como una conducta blanda y melosa y resentirse. Dado que no están en condiciones de responder con una flexibilidad similar, pueden experimentar una sensación de torpeza e igno189

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rancia, de inferioridad incluso. Posiblemente para ellos se vuelva difícil creer en la sinceridad de la otra parte. Pueden verlo como un esfuerzo por envolverles de manera truculenta en un juego definido por unos grupos establecidos y desventajosos para ellos. El pasado es el presente A veces la historia lleva la voz cantante en relación con el pasado. Sin embargo, las ideas discutidas en este artículo están estrechamente ligadas con la realidad actual. La habilidad de negociar no es una habilidad humana establecida. Unas luchas, el terror permanente o la fuga representan en muchas sociedades las respuestas corrientes a los conflictos. Hay muchas figuraciones que no facilitan el desarrollo de las habilidades de negociar. A m e n u d o el paso de las sinsalidas y de la escalada de los conflictos hacia abiertas hostilidades ejerce su atracción. Negociaciones torpemente llevadas pueden producir la escalada. Europa Occidental y Estados Unidos son llamados no sólo por su poder económico y político a actuar corno arbitro y mediador en situaciones de conflicto como las del Oriente Medio. Las habilidades en la solución de conflictos son un escaso recurso. Las habilidades de mediar y negociar ahora se diseminan a través de los representantes de estas culturas a nivel global. Quizás ellos experimentarían menos decepciones sobre los limitados efectos de sus acciones si se dieran cuenta de que sus esfuerzos están basados en una experiencia de varios siglos y u n aún precario proceso de aprendizaje de aptitudes de negociación. Ellos tienen que luchar contra comportamientos alternativos corno la amenaza explícita, la intransigencia y la polarización ideológica, que tienen (y en nuestras sociedades alguna vez tuvieron y a veces tienen aún) una mayor capacidad de atracción emocional. La negociación es todavía una aptitud precaria. 190

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Sobre la sociogénesis de una tercera naturaleza en la civilización de las emociones
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INTRODUCCIÓN: CONDUCTAS FRENTE A LOS EXTRAÑOS

A finales de 1995, las autoridades en Vietnarn emprendieron una campaña nacional en contra de lo que fueron denominadas las influencias foráneas negativas. El imperialismo cultural americano, en particular, fue considerado corno una seria amenaza a la moral tradicional. En los años veinte y treinta muchas autoridades europeas solían expresarse en términos similares. Un comité del gobierno alemán, por ejemplo, alertaba sobre la americanización desmoralizadora en Europa. Esta amenaza provenía del sur de los EE.UU.: bajo la influencia de «los Negros y la música popular negra, podrían llegar a dominar, también en nuestro país, los sentimientos más primitivos». En un país con una masa disgregada como en los EE.UU., los vínculos deben recurrir a la esfera de los instintos, y esto determina la esencia de su cultura. Que los Negros establezcan el ritmo y el carácter en la danza y la música no es una coincidencia, pues en lo que concierne a su vida instintiva, tienen una máxima fuerza vital a su 194

Sobre la sociogénesis...

disposición... [esta música] conduce fácilmente al bochorno haciendo la vida fácil a aquellos cuyas costumbres les impiden desarrollar una concepción más profunda de la existencia. (Rapport 1931: 12) Mientras que las autoridades en el siglo XX — recientemente en Vietnarn, antes en Holanda— vieron como una amenaza la vida, instintiva, muchos otros tuvieron una opinión contraria y la vieron corno algo vital y atractivo. En los años veinte y treinta, en Holanda por ejemplo, los negros eran contratados como músicos por su pasión natural por el ritmo, es decir, en tanto negros. Afiches anunciando el Dúo Negó o la Orquesta Negra, nombres de bandas de jazz como Los Diablos Negros y cafés de jazz como el Palacio Negro Mefistófeles, atraían a muchas personas. Precisamente por esta razón las autoridades temían un virus social que estaba amenazando a «nuestras jóvenes y nuestra moral». En 1936, un inspector en jefe en Amsterdam escribió en un reporte: En particular, la actuación del líder de la banda hacía pensar a la audiencia que se trataba de un zoológico. Mientras que uno puede llegar a disfrutar las travesuras de los monos en el zoológico, aquel paraíso de animales, es desagradable verlos actuando en el Negro Kit Cat Club. Los extranjeros de color son un peligro para nuestras jóvenes blancas. Algunas han sido degradadas sexualmcnte por tales personas y nacen niños en unas relaciones que deben mantenerse a expensas de su pobre ley (Citado por Openneer 1995: 27). Durante la guerra (a inicios de 1942), su sucesor escribió: Juzgo que la presentación de estos músicos surinameses en lugares públicos constituye un gran peligro moral para las jóvenes de Holanda. En la actualidad está suficientemente comprobado que estos surinameses son una 195

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influencia fatal para las jóvenes quienes, por un lado, son atraídas por su piel negra y, por otro, son arrastradas por su música bárbara. En acuerdo con el Alcalde de Amsterdam, he citado a los propietarios de los siguientes establecimientos para que despidan a sus músicos surinameses (citado en Openneer: 1995: 33). El sociólogo alemán Hans-Peter Waldhoff abre su libro Fremde und Zivilisierung (Extraños y civilización, 1995) con un ejemplo similar de cómo la gente se relaciona con los extraños, discutiendo especialmente la relación entre los alemanes y los gitanos. Como los negros en Holanda, los gitanos en la Alemania nazi ejercían, por un lado, una cierta atracción pues representaban la libertad (o la independencia) con su naturalidad animal o instintiva (a flor de piel), y por las mismas razones generaban alarma entre las autoridades (a las funciones que representaban las autoridades en la formación psíquica de los individuos). Oberarzt Robert Ritter, líder del rassenhygienische und volkerhiologische Forschungsstelle der Reichsgesundhdtsamtes (Oficina de Investigaciones del Ministerio de Salud del Reich para la higiene racial y la biología de los pueblos) solicitó, en sus palabras, «una eliminación de los primitivos, quienes están determinados por su predisposición» precisamente porque, según añadía, «estas criaturas todavía viven en completa dependencia de su naturaleza y destino [...] guiados por sus instintos heredados originalmente». Hans-Peter Waldhoff se lamenta: «Así es como se puede llegar a la rornantización y exterminación de un grupo». (Waldhoff 1995: 73) Todos estos ejemplos ilustran la importante tesis de Waldhoff según la cual los patrones para relacionarse con extraños (producidos en procesos sociales) reflejan patrones (producidos en procesos psíquicos) para relacionarse con lo propio que nos es extraño, es decir, con la parte de uno mismo que se convierte en algo inconsciente y que es defendida desde la conciencia por temores interiores como la

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vergüenza, por los contraimpulsos de la conciencia. 1 Los alemanes en su relación con los turcos están confrontados con su capacidad para soportar y explorar continuamente sus propios sentimientos hacia lo extraño —esos deseos y miedos que en procesos de represión, negación y otras formas de defensa se han convertido en algo extraño para el yo. Esta capacidad se toma corno un criterio importante sobre el tipo y el nivel de civilización. De hecho, en muchos casos esta combinación de atracción y repugnancia revela en las personas la falta de confianza y el miedo a perder el propio control si admiten, incluso para sí mismas, ser tentadas por lo que es percibido como comportamiento peligroso: tienen miedo de mostrar el lobo o el tonto que hay en ellos mismos, le tienen miedo a la ocasión eme hace al ladrón. De hecho, las manifestaciones de superioridad al controlar estas tentaciones demuestra cuan pequeña y rudimentaria es la diferencia del control emocional (Wouters 1992; 242). Antes de discutir estas conexiones en detalle, parece necesario hacer una pequeña excursión a través de algunos procesos sociales y psíquicos relevantes.

Waldhoff presenta este aspecto de los alemanes centrándose en las relaciones con los turcos. Muestra empíricamente cómo las corrientes migratorias internacionales no afectan solamente las relaciones sociales en las sociedades occidentales más complejas sino también las relaciones entre los Estados más fuertes económicamente y los más débiles, a lo cual se ha referido Wallerstein como El sistema mundial moderno, y además, las estructuras intrapsíquicas de las personas comprometidas. En su tesis, los patrones para relacionarse con extraños reflejan los patrones de relacionarse con los propio que nos es extraño. La tesis ha sido tomada en su mayoría del etnopsicoanálisis, de personas como George Devereux (1967) y Mario Erdheim (1988). Teóricamente, Waldhoff apunta a integrar la teoría del proceso de la civilización de Norbert Elias, al etnopsicoanálisis y la teoría crítica sobre la personalidad autoritaria de miembros de la Escuela de Frankfurt como Adorno y Horkheimer.

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¿QUÉ SUCEDE CON LAS EMOCIONES PELIGROSAS?

En la formación psíquica de los individuos, las emociones y los impulsos peligrosos —particularmente aquellos que pueden conducir a atacar y desembocar en violencia física o sexual— están conectados estrechamente con los sentimientos de superioridad e inferioridad, y también con sentimientos de vergüenza. Sobre estas interconexiones Norbert Elias sugiere que la vergüenza se describe corno: Una forma de disgusto y de miedo que se produce y se manifiesta cuando el individuo que teme la supeditación no puede defenderse de este peligro mediante un ataque físico directo u otra forma de agresión. Esta indefensión frente a la superioridad de los otros... se produce por el hecho de que los seres humanos cuya superioridad se teme, se relacionan con el supeiyo de la persona indefensa y atemorizada, con el aparato de autocoacción modelado en el individuo gracias a la acción de aquellos de quienes él dependía y que ejercían sobre él cierto grado de poder y de superioridad... es un conflicto en su personalidad; es un conflicto en el que el propio individuo se reconoce como inferior. El individuo teme perder el aprecio o la consideración de otros cuyo aprecio y consideración le importa o le ha importado (Elias 1987: 499-500). Aparentemente, ambas posibilidades, de ataque físico y de formación de la conciencia —comprendidas en términos de inferioridad y superioridad—, obedecen a la red de interdependencias. Desde la perspectiva de largo plazo, ambos impulsos —hacia el ataque físico y al temor de ese ataque por otros— han sido reemplazados ampliamente p o r temores sociales de vergüenza y repugnancia o turbación: esto es un proceso de civilización en sociedades cada vez más interdependientes y pacificadas internamente (Elias 1994). En estos procesos, no sólo las transgresiones como las explosiones de violencia física —y sexual— sino 198

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también otras formas de infligir humillación, han sido vistas cada vez más como manifestaciones intolerables de arrogancia o engrandecimiento propio, y por lo tanto han sido sancionadas con una vergüenza individual más fuerte y un repudio colectivo e indignación moral. Puesto que estas emociones e impulsos peligrosos provocaban tales sanciones de vergüenza, tienden a ser abolidos, reprendidos y negados. Idealmente, de acuerdo con el código de comportamiento y las emociones que se desarrollan, estos impulsos no deben aparecer en la escena social o en la mente individual. Igualmente, admitir públicamente el deseo de experimentar emociones e impulsos peligrosos provocaría vergüenza y ansiedad. Todo lo que es definido como peligroso o inaceptable es destruido al nacer, particularmente en los niños, de acuerdo con la convicción de que todas las personas podrían caer en la tentación, casi automáticamente, si las emociones e impulsos inaceptables fueran permitidos en la conciencia. Esta vieja convicción expresa un temor que es típico del proceso de formalización de largo plazo, caracterizado en parte por las relaciones autoritarias y los controles sociales como también por una conciencia autoritaria. La tendencia de largo plazo de la formalización probablemente alcanzó su pico en la época victoriana. J u n t o con los gestos afectados, metáforas que indican una forma de autocontrol ritualizado que está fuertemente basado sobre una conciencia autoritaria del superego, funcionando de manera más o menos automática como una segunda naturaleza. En el siglo XX el proceso de inforrnalización ha llegado a ser dominante. Sin embargo, solamente en la segunda mitad del siglo, el modo predominante del manejo de las emociones aparentemente alcanza una fuerza y forma que le permite a la mayoría de las personas admitir para ellos mismos y para los otros, experimentar estas emociones peligrosas e impulsos violentos o sexuales sin provocar vergüenza, particularmente la vergüenza y el temor de perder el control y de dejarse lle199

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var. Por ejemplo, mientras que anteriormente había sido considerado peligroso desear la mujer del prójimo, hoy en día, desearla ni es percibido como peligroso, ni se experimenta este anhelo —percibido como tal— si se respeta el principio de consentimiento mutuo. Tal tipo de autocontrol puede llegar a ser dominante solamente en sociedades con un relativo alto grado de interdependencia; solamente en tales sociedades el nivel de confianza mutua o de autocoerciones que mutuamente se esperan, crecen en tal grado que los riesgos de que estas emociones peligrosas los agobien están suficientemente controlados. La disminución en las desigualdades de poder y la integración de los primeros grupos marginados en los Estados de Bienestar (Swaan 1989) han sido las condiciones necesarias para que se extienda el principio del mutuo consentimiento y para permitir este crecimiento en el nivel de la mutua confianza. En otras palabras, las integraciones más amplias de las clases bajas en la estructura social han permitido, y exigido tempranamente, integraciones más amplias de emociones o impulsos más bajos o animales dentro de las estructuras de la personalidad. Esta es u n a característica del proceso de inforrnalización (Wouters 1986). Solamente en esta fase del proceso de la civilización de las emociones los intentos de relajar las coerciones mantienen la posibilidad d e llegar a ser exitosos. De no ser así, el descontrol de los controles emocionales sobre todo en relación con el hecho de provocar o desafiar emociones violentas, sería considerado corno insuficiente y también peligroso. Hasta los años cincuenta y sesenta, las emociones en general eran vistas corno una fuente de transgresión y de mal comportamiento. Desde entonces, los procesos de integración y emancipación en varios países occidentales han alcanzado, aparentemente, un nivel que les permite a las emociones ganar aceptación como guías importantes para el comportamiento y el conocimiento (cf. Wouters 1992).

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Esta percepción de las tendencias a largo plazo de la formalización e inforrnalización como fases de los procesos de civilización, ayuda a esclarecer una característica común entre las autoridades alemanas durante el periodo comprendido entre las guerras y las autoridades vietnamitas en los años noventa; ambas se percataron de una amenaza a la moral tradicional tanto en el estilo de vida de las personas cpre pertenecían a las clases subordinadas, como también en el estilo de vida de las personas que pertenecían a los Estados más poderosos (una americanización desmoralizadora). Ambas tomaron medidas disciplinarias para proteger a la población de una extranjerizadon en detrimento de la tradición y de terminar siendo una unión de traidores del lado de los extraños. A este respecto, dichas autoridades estaban en una fase similar; lo propio que consideraban extraño era defendido por sus miedos y su débil conciencia de autoridad, lo cual se reflejó no solamente en el estilo de vida que parecía menos confinado a una jaula de hierro, sino también en un estilo de vida más informalizado con un autocontrol más flexible y un ego dominado. Usualmente, la amenaza más reciente se conceptualiza en términos de moral y se estigmatiza como decadencia. El ejemplo de las autoridades vietnamitas que en 1995 trataron de defender la moral tradicional muestra que, en el proceso de inforrnalización en el siglo XX, este tipo de defensa de segunda naturaleza, se ha expandido en Occidente a un nivel global, en contra de los peligros y problemas de una forma más reflexiva y flexible de la autorregulación. Considerando que en los siglos precedentes las amenazas, la vitalidad o lo atractivo de la vida instintiva o de la grosera espontaneidad fue percibida e identificada únicamente en las clases más bajas y los marginados, como los negros y los gitanos, en el siglo XX ambas —esta amenaza y esta atracción— son también percibidas e identificadas globalmente en los grupos de extraños establecidos.

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LOS EXTRAÑOS Y LO EXTRAÑO EN ALGUNAS FASES DE LA CIVILIZACIÓN DE LAS EMOCIONES

En su exposición sobre las conexiones entre la civilización de las emociones y las reacciones al experimentar lo extraño, Waldhoff se inclina a distinguir entre la formalización o fase disciplinaria, corno el prefiere denominarla, y una fase de inforrnalización en el proceso de civilización. En la fase disciplinaria, las coacciones sociales ejercen una presión creciente a rechazar todo lo que parece salvaje, violento, sucio, indecente o lascivo, para ejercer un mejor control o tener la fuerza suficiente contra estos impulsos y estímulos. En esta fase, la austera e inexorable represión de los estímulos y los afectos puede lograrse —tal corno parece— enfatizándolos de manera consciente tanto socialmente como individualmente, evitando toda reminiscencia de ellos con un rigor similar a aquel que se requería en los procesos originales de represión. Este proceso, en el que todas las formas de emociones y de comportamientos están dispuestas fuera de las escenas de la vida social, tiene una contraparte sociopsíquica en la producción social de inconsciencia (y de los sentimientos del homo clausus, como Elias los llamó). Al represar y sumergir estos estímulos e impulsos y emociones en el inconsciente se genera un desvio emocional. «Así —Waldhoff escribe— lo extraño y lo inconsciente han llegado a parecer como parte del mismo jeroglífico incomprensible de una naturaleza intangible» (1995: 82). Esto se ajusta a una rígida forma de relacionarse con los extraños y con los propios sentimientos de extrañeza, lo que es característico de la fase de formalización a largo plazo en el proceso de civilización. Particularmente en esta fase, hay una fuerte tendencia a descargar los problemas inherentes al proceso proyectándolos en lo extraño, en un grupo social más débil, que por lo demás puede funcionar corno un indicador de la propia debilidad. A la larga esto explica por qué las líneas sociales divisorias que mantienen acorralados a las clases más débiles y a otros extraños, son usualmente tan rígidas como las

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líneas psíquicas divisorias que mantienen acorraladas la propia debilidad y lo propio que no es extraño. En los momentos más extremos de la fase disciplinaria, los impulsos primarios y las emociones pueden llegar a ser negados y colocados por fuera de la propia personalidad, con tal rigor, que los miembros de las clases más débiles pueden ser considerados incluso menos que humanos (cf. Elias and Scotson 1994a: xxvii). Todas las formas de humillación y aniquilación han ocurrido sobre la base de tal orientación: una ansiedad que domina y tur modelo de manejo de las emociones. Es posible sumar ejemplos a los ya mencionados al inicio de este ensayo: dejar a los negros sin medios de supervivencia en un caso y matar a los gitanos en el otro. En la Europa del siglo XIX, por ejemplo, era indudable para la burguesía, incluyendo a la pequeña burguesía, que las clases inferiores debían ser evitadas tanto corno fuera posible, no solamente por la gran suciedad considerada como tosca, ruda, mugrienta y hedionda. En este sentido, los temores sociales y psíquicos —por la pérdida de estatus y la pérdida del autocontrol, respectivamente— fueron moldeados en términos físicos y transformados en repulsión física.' Así, las clases más bajas fueron socialmente excluidas como extraños, al igual que los sentimientos extraños (es decir, todo lo que no es mío) fueron excluidos de la conciencia. Esta defensa psíquica también tiene que ver con la necesidad de tener que vivir junto con extraños en una extraordinaria interdependencia y, como tal, también expresa resistencia a la expansión y diferenciación de las cade«...el secreto real de las distinciones de clase en Occidente [...] se resume en estas espantosas palabras [.,.) el olor de las clases más bajas. Y aquí, obviamente, se está ante una barrera impenetrable. No experimentar disgustos o simpatías es realmente fundamental como un sentimiento psíquico. Odio entre razas, religiones, diferencias de educación, de temperamento, de intelecto, incluso diferencias de código moral, pueden olvidarse; pero la repulsión psíquica no» (Orwell 1937: 112).

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ñas de interdependencia, pues estos cambios coinciden con la pérdida de privilegios como también con la intensificación de la competencia, las presiones sociales y el estrés individual. Por estas razones, Waldhoff observa que, «de todas las personas, los extraños son los más apropiados para funcionar como substitutos de lo sucio, de nuestros propios afectos e instintos que experimentamos como sucios, de las imágenes reprimidas, de los sentimientos de inferioridad de los que necesitamos protegernos» (1995: 270/1). Por lo tanto, en esta fase disciplinaria en el proceso de la civilización se mantiene candente el sentimiento de los grupos establecidos de estar amenazados por los extraños y por otros marginados. Mientras los grupos de marginados mantengan un estilo de vida más disoluto, serán considerados como una amenaza para la autocoacción que funciona más o menos automáticamente, para el superego de los establecidos. Además, tanto más impecable se convierte el estilo de vida de los marginados, más amenaza el propio ideal y la autoimagen de los establecidos. Cuando las líneas divisorias de lo social y lo psíquico están abiertas y los grupos sociales así como las funciones psíquicas están siendo integradas en las redes de interdependencia en expansión, se abre paso la fase de inforrnalización en el proceso de la civilización. Esta fase se caracteriza por la emancipación de las emociones y los impulsos que hasta ahora habían sido reprimidos, d a n d o como resultado una autorregulación más reflexiva y civilizada. La defensa menos inflexible y militarista también está incorporada en las personas como estándares extraños de autorregulación. Algunas personas, antes excluidas, vienen a ser reorganizadas de nuevo como seres humanos; de igual forma, algunos impulsos y emociones a los cuales se les había negado su carácter humano, vuelven a ser reconocidos como tales —esto es una desjerarquización social al igual que psíquica, abierta y niveladora—. En otras palabras, la emancipación e integración social requieren una
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emancipación e integración psíquica, así como una mayor autorregulación dominada firmemente por el ego. Esta forma de autorregulación implica que empujes, impulsos y emociones, incluso aquellos que puedan provocar violencia física o sexual, han llegado a ser más accesibles, mientras que su control está mucho menos basado en una conciencia autoritaria, y funciona más o menos automáticamente como una segunda naturaleza. Así como la conducta y las relaciones entre los grupos sociales llegan a ser menos rígidas y jerárquicas, lo mismo sucede en las relaciones entre las funciones psíquicas, y al mismo tiempo surge un espectro más diferenciado de alternativas y conexiones más fluidas y flexibles entre grupos sociales y funciones psíquicas. Esto es algo típico del proceso de inforrnalización. En su curso, parafraseando y contradiciendo a Elias, lo consciente se convierte en algo más perrneado por los impulsos, y los impulsos se convierten en algo más perrneado por la conciencia. En las sociedades informalizadas los impulsos elementales tienen nuevamente u n acceso más fácil a las reflexiones de las personas.'
En el m o m e n t o d e escribir su libro sobre El proceso de la civilización, N o r b e r t Elias n o percibió las características d e la inforrnalización lo cual lleva a atribuir características de la fase d e inforrnalización d e largo plazo al p r o c e s o d e la civilización: «Lo determinante de cada ser h u m a n o no es ni el ello, ni el yo o el superyo, sino la relación entre estas funciones de autoorientación psíquica que parcialmente son antagónicas y parcialmente complementarias. Sin embargo, estas relaciones de cada individuo concreto, es decir, la configuración de su orientación impulsiva, y la de la orientación del yo y del supeiyo, se modifican en su conjunto en el curso del proceso civilizatorio en correspondencia con una transformación específica de las relaciones entre los seres humanos, de las relaciones humanas. A lo largo de este proceso, para decirlo en pocas palabras, la conciencia se hace menos permeable a los instintos y los instintos menos permeables a la conciencia. Son estas relaciones dentro del hombre, en(continúa en la página siguiente)

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UNA DIFERENCIACIÓN EN LA TEORÍA DEL PROCESO DE LA CIVILIZACIÓN

Waldhoff ha presentado una diferenciación dentro de la teoría del proceso de civilización que ayuda a entender los procesos de inforrnalización en el siglo XX. Es una diferenciación que tiene en cuenta el concepto Selbszwang (o autocoacción) de Elias. Waldhoff sostiene que Elias se centra principalmente en las ansiedades automáticas interiores, y así en la mayoría de los casos se refiere a las coacciones del superego cuando escribe sobre las autocoacciones. Además, Waldhoff sugiere distinguir entre dos tipos de personalidad dominadas por el superego e, igualmente, entre una personalidad autoritaria dominada por el superego; se refiere al tipo de personalidad que ha sido descrito con frecuencia por Elias como un homo clausus o un mirlases Ich (un ego carente del nosotros) dominado por un nuevo supergo carente del nosotros. Como el tipo autoritario no es consciente de lo propio que es extraño puede ser proyectado sobre los extraños. En contraste, el tipo homo clausus no se permite a sí mismo esta solución simple. Si bien es ya guiado más fuerte por el ego que el tipo autoritario, este tipo de personalidad sufre especialmente de
tre los controles y los afectos controlados y los agentes construidos de control, las que son transformadas por la estructura en el curso del proceso de la civilización, de acuerdo con el cambio de la estructura de las relaciones entre los seres humanos individuales, al interior de la sociedad. En el curso de este proceso, la conciencia se convierte en algo menos perrneado por los controles, y los controles llegan a ser menos permeables por la conciencia. En las sociedades más simples los impulsos elementales, transformados sin embargo, son más accesibles a las reflexiones de los hombres. En el curso del proceso de la civilización la compartímentación de estas funciones de propia conducta, aunque no de una manera absoluta, se convierten en algo más pronunciado» (Elias 1994 [1939]: 487, versión en español 1989; 495).

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egodebilidad al integrar funciones psíquicas antagónicas. Por consiguiente, Wadlhoff distingue cinco tipos de autorregulación dominante o manejo de las emociones (que denomina tipos ideales): 1. Personalidad dominada por empujes e impulsos; 2. Personalidad dominada por coacciones que provienen de otros (Fremdzwang); 3. Personalidad dominada por una conciencia autoritaria o superego: una personalidad autoritaria con una fuerte inclinación o compulsión hacia la reducción, repetición, imitación, limpieza, ley y orden; y 4. Personalidad dominada por un nosotros superego, el tipo homo clausus que trata desesperadamente de forzar una infracción en los muros de su vida emocional. Este intento señala un impulso hacia la inforrnalización, y corno la fase de inforrnalización del proceso de la civilización gana impulso inercial y con ello más y más gente llega a ser 5. egodominada, desarrollando un tipo de autorregulación que no es simplemente un control de los afectos más fuerte o amplio, sino un patrón diferente de control, un patrón que implica más flexibilidad, más individualidad maleable y un acceso más fácil a las emociones. Sobre la base de estas diferencias en la autorregulación, Waldhoff también hace una diferenciación en lo que Elias conceptualiza como el balance entre la coacción por otros (Fremdzwang) y la autocoacción (Selbstziuang) y conecta esta diferenciación con las dos fases en el proceso de la civilización: en la fase disciplinaria o formalización la tensión central está entre las coacciones externas y las coacciones del superego (cambiando el Fremdzwang-Uberich balance dirigido hacia una personalidad autoritaria superego dirigida), mientras que en la fase de inforrnalización prevalece la tensión en el balance entre el superego y el ego (cambiando el balance superego-ego). Al considerar la mayoría de los países occidentales, lo anterior significa hasta el final del siglo XIX, un tipo de personalidad autoritaria dominada por el superego que estaba en gestación y se estaba convirtiendo en dominante. La
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principal tensión en el balance estaba entre las coacciones externas y las represiones del superego. En el siglo XX durante el proceso de inforrnalización, más y más gente ha desarrollado un tipo de autorregulación que está más dominada por el ego. En esta fase predomina el balance superego-ego; en este momento las emancipaciones globales y la integración de los grupos sociales más bajos en la sociedad (occidental) permite y a la vez exige, la emancipación e integración de los impulsos y emociones más bajos de la personalidad (Wouters 1995a; 1995b).

DE LA SEGUNDA NATURALEZA A LA TERCERA NATURALEZA Así como disminuyó la aceptación ciega —más o menos automática— a las disposiciones de las autoridades, el respeto y el autorrespeto de todos los ciudadanos ha llegado a ser menos dependiente en forma directa de los controles sociales y más directamente dependiente de sus habilidades de reflexión y cálculo y, por consiguiente, de un patrón particular de autocontrol en el cual también ha disminuido la ciega aceptación de los mandatos de la autoridad psíquica o conciencia. Así, hay u n a emancipación de los impulsos y las emociones, un cambio de la conciencia a lo consciente (para usar ésta como una expresión taquigráfica), que significa el predominio del balance superego-ego. Introducir el término tercera naturaleza puede iluminar estos cambios. El término segunda naturaleza se refiere al funcionamiento altamente automatizado de la conciencia y la autorregulación, y así se refiere al balance entre las coacciones externas y las coerciones del superego. El término tercera naturaleza indica el balance entre esta segunda naturaleza de autorregulación y otra más reflexiva y calculadora. Esta última indica una estructura de la personalidad en la cual las funciones del ego 208

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han llegado a ser dominantes, a tal punto que se han convertido en algo natural que percibe los estímulos tanto de la primera naturaleza como de la segunda, así corno los peligros y las oportunidades —de corto y largo plazo— de cualquier situación particular. El término se refiere a un nivel de conciencia y de cálculo en el cual son tenidos en cuenta todos los tipos de restricciones y posibilidades. Así surge un nuevo nivel de civilización reflexiva, que busca un piso más alto en «la espiral de la escalera de la conciencia» (Elias 1991). Un desarrollo en esta dirección puede verse desde los años cincuenta en adelante. Desde entonces «la dirección interior —como Riesrnan llama a estos controles internos más bien arraigados— ha pasado definitivamente de ser una ventaja a ser una limitación; estos controles se convierten en algo muy rígido, firme y predecible. La sensación de que hay un tiempo y un lugar para todo adquiere importancia mientras que ser siempre un caballero o una dama pierde significado en la vida social. La expansión y la intensificación de la cooperación y la competencia han puesto a las personas bajo la presión de calcular y de observarse a sí mismas y a los demás, mientras muestran una mayor flexibilidad e inclinación por el compromiso. En este proceso, casi en todo Occidente las ideologías exaltadas y los grandes ideales de otros tiempos —y con ellos los grandes conflictos y guerras— han sido ampliamente reemplazados por puntos de partida más pragmáticos y flexibles. Este proceso trajo consigo una continuación en la relativización de la identificación con el propio grupo, en otro tiempo bastante limitada y ciega —es decir, más o menos automática—. La familia, la religión, la nacionalidad, la raza, la clase social y el sexo, han sido sustituidas por un círculo de identificación más variado y amplio. Así, en décadas recientes ha disminuido en forma significativa la sumisión tradicional de los intereses del individuo frente a aquellos de un grupo. Ahora, la mayoría de las perso209

Cas Wouters ñas en Occidente espera tener más medios individuales d e defensa a su disposición. El éxito social ha venido a dep e n d e r más fuertemente d e u n a autorregulación reflexiva y flexible, de la habilidad de combinar firmeza y flexibilidad, dirección y tacto. (Cf. Me Cali y otros. 1983; Mastenbroek 1989). Recientemente, la importancia de una autorregulación reflexiva y flexible para el éxito social ha sido señalada a la gran audiencia por el best-seller de Daniel Goleman, Ernotional Intelligence (Inteligencia Emocional 1995).1 No solamente e n el donrinio del trabajo, amor o cuidado, sino también en el divertirse hay un incremento de la necesidad d e estar más abiertos a todas las formas extremas y más profundas de impulsos y emociones. Tempranamente en los años cincuenta, Martha Wolfenstein observó: Allí en donde antiguamente se experimentaba el peligro, al buscar diversión u n o podía dejarse llevar a las profundidades de la maldad, pero hoy en día hay un temor reconocible de q u e u n o n o es capaz de desechar lo suficiente, y es posible que u n o no se divierta suficientemente. (Wolfenstein 1955: 174) 5

Una comparación del libro de Golernan con el libro de Dale Carnegie (famoso suceso social) Cómo conseguir amigos y manejar las relaciones (1939) probablemente podría mostrar interesantes continuidades y cambios en la segunda mitad del siglo. En 1937, Emily Post añadió un nuevo párrafo a su conocido libro de etiqueta (únicamente para realizar la reedición de 1950). Se llamaba Cuando las jóvenes no son particulares y contenía serias advertencias en contra de la moralidad alegre y la búsqueda de las emociones: «Continuas búsquedas de emoción y consecuentes ansias por más y más excitación que gradualmente producen el mismo resultado que produce la droga en los adictos; o, para usar otra metáfora, la promiscuidad, la multitud y el apiñamiento, las caricias y los abrazos amorosos tienen el mismo efecto vulgar como el que produce la (continúa en la página siguiente) 210

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Desde los años sesenta en adelante, muchas personas participan en experimentos sociales y físicos buscando los límites de su autorregulación y placer al olfatear los peligros al otro lado de las fronteras. Esta actitud provocativa y experimental, «búsqueda de la excitación» (Elias y Dunning 1986), es una característica de un nuevo nivel de integración social y física; antes de los años cincuenta las autoridades sociales y físicas podían catalogarlo como algo muy subversivo y peligroso. Esta búsqueda de la excitación, y sus riesgos pueden ser entendidos como productos directos de la igualdad del Estado benefactor: la gran seguridad y confianza personal que se generó con el incremento de bienestar y la provisión de seguridad social por el Estado (Stolk y Wouters 1987). En un periodo relativamente largo de paz y de crecimiento de la seguridad, social y personal, la distribución de los cuidados asumidos por parte del Estado benefactor, fue tomada en forma creciente corno presupuesto. Esta paz respecto a lo material funcionó como una base multiplicadora a través de la cual se arraigó mucho desasosiego, además de un aumento de la búsqueda de la excitación, de las tensiones y del riesgo.' En particular, la gente joven se fascina con nuevas preguntas corno ¿qué

manipulación de las mercancías desgastándolas y obligando a retirarlas de las vitrinas». (Post 1937: 355) F"n los años sesenta y setenta se apeló al amplio uso de las drogas como una forma de exploración y expansión de la mente, y hoy, esta creencia todavía sobrevive. La siguiente cita es lomada de un artículo periodístico sobre el crecimiento de las headshops en Holanda: «Los usuarios afirman que la excitación que producen los hongos alucinógenos está en su poder de ampliar e intensificar los sentimientos. La impresión general es aquella de una experiencia arrasadora, realizada por personas que están preparadas y son capaces de ser confrontadas con su más profundo ser interno. Los usuarios expertos describen la confrontación con ellos mismos como una experiencia curativa». (Aijen Schreuder, NRC Handelsblad, 2 de mayo de 1996).

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trae la libertad y la prosperidad? O ¿qué hay más allá de las barreras que nos imponen la conciencia y la moralidad? La segunda pregunta es característica del desarrollo de la tercera naturaleza, un tipo de personalidad más ego-dominada. En los años sesenta y setenta, la emancipación de las emociones y el cambio de un tipo de personalidad de segunda naturaleza a una de tercera naturaleza, también contenía un ataque a la culpa y a los sentimientos de culpabilidad, como se expresó ampliamente en el uso de las palabras guilt trip, o en exclamaciones como Don't lay that guilt trip on me, man! (No me eches la culpa). Este movimiento social estuvo reflejado en las opiniones cambiantes sobre la culpabilidad en la ley criminal y punitiva, en una crítica a la cuestión de la culpa como un medio de orientación (Benthem van den Berg 1986), y en la autopsicología de Kohut (1977). Los sentimientos de culpa vienen a ser experimentados con más fuerza como un indicativo de una conciencia dirigida en una personalidad en crecimiento y, por consiguiente, como una ansiedad a la espera de ser amaestrada. Ellos parecen ser un símbolo y un síntoma de una conciencia autoritaria y un funcionamiento bastante automático. En comparación, los sentimientos vergonzosos se refieren más directamente a las otras personas, a las coacciones externas y, además también, al hecho de que la conciencia de u n o está, por lo menos en parte, de acuerdo con aquellas. Desde esta perspectiva, llega a ser comprensible por qué el paso de la personalidad dominada por el superego a una personalidad dominada por el ego coincide con el declive del estatus de la culpabilidad, como sentimiento y corno concepto, o —para usar una expresión corta— coincide con el paso de la culpabilidad a la vergüenza.
Esto parece ser una reversión del desarrollo de una cultura de la vergüenza a una cultura del delito, como ha sido sugerido extensa(continúa en la página siguiente) 212

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A lo largo del mismo periodo, una característica importante de inforrnalización y de desarrollo de una tercera, naturaleza consistió en una sensible caída tanto de la censura social corno psíquica. Hasta los años sesenta y setenta, muchas ideas fueron tildadas generalmente corno peligrosas por la convicción dominante de que podían desencadenar casi automáticamente en una acción peligrosa. Por este inequívoco, la conexión de la segunda, naturaleza entre ideas y acciones, fue una práctica común con u n alto grado de censura social y física. La censura rigurosa y violenta en los regímenes más estrictos y autoritarios demuestra hasta qué punto las autoridades y otros creen (y en verdad creían) en el peligro de las ideas, la imaginación o la fantasía. En la mayoría de los países occidentales, especialmente desde los años sesenta, el temor y el miedo a la fantasía o a la imaginación disidente, disminuyeron j u n t o a el temor y el respeto por las autoridades estatales y la concien-

mente en varios libros; tal es el caso del estudio clásico de Ruth Benedict, The Ciyssanthemum and the Sword (1946). En el proceso de inforrnalización del siglo XX, este desarrollo en la fase de formalización de largo plazo parece estar siendo revertido de una cultura de la culpa a una cultura de la vergüenza. Sin embargo, sería absurdo equiparar los patrones de la vergüenza tal y como han sido descritos como culturas de vergüenza, con el patrón de vergüenza en sociedades informalizadas. Por consiguiente el término reversión está mal interpretado. En el momento en el que surge la inforrnalización en los años sesenta y setenta, muchos descubrieron que todas las formas de autocoacción eran de hecho coacciones de otros, o por lo menos basadas sobre coacciones externas (Wouters 1995c: 53). Obviamente, una distinción entre dos tipos de mecanismos de vergüenza —o mecanismos para producir vergüenza— correspondientes al menos a dos tipos de coacciones externas (cf. Schróter 1997: 102104) se necesitan tanto como una distinción entre dos tipos de culturas de la vergüenza.

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cia."Estas censuras han disminuido en el curso de la integración de los grupos más bajos en las sociedades (occidentales) y la subsecuente emancipación e integración de los impulsos y emociones más bajos de la personalidad. Con el desarrolló de la tercera naturaleza —patrón de autocontroles más dominados por el ego— particularmente en el campo de la imaginación y la diversión, hubo una tendencia significativa a n o ocultar expresiones de insubordinación, sexo y violencia. El precursor de estos cambios es el ensayo de George Orwell Raffles and Miss Blandish, en el cual compara dos tipos de novelas de detectives. La primera es una serie de historias, escritas a comienzos del siglo XX, sobre un caballero j o r o b a d o , Raffles, para quien «ciertas cosas —no están hechas— y la idea de hacerlas surge con fuerza». (1994: 66) «Raffles... no tiene un código moral real, no tiene religión, y ciertamente tampoco tiene conciencia social. T o d o lo que tiene es una serie de actos-reflejo, el sistema nervioso de un caballero tal y corno fue. Al darle un golpe agudo en este o aquel reflejo (estos son deporte, amigo, mujer, rey del país y así sucesivamente) se obtendrá una reacción predecible» (1944: 79). Hay «muy pocos cadáveres, mal y sangre; no hay crímenes sexuales, n o hay sadismo ni perversión de ninguna clase» (1944: 67). Sin embargo, todo esto es central para la novela sobre un tipo de detective americano, Miss Blandish (No Orchids for) publicada en 1939. En este libro, la pretensión de poder es un motivo persuasivo, y «si uno finalmente se declara con la policía en contra de los gangsters, es solamente... porque, de heDespués de la unificación alemana, muchos artistas de la antigua Alemania del Este han expresado su sensación de que en las nuevas condiciones se encuentran de frente con la indiferencia, mientras que bajo el régimen anterior eran tomados mucho más en serio. Una afirmación cómo «Claro, una dictadura es más colorida que la democracia» (Heiner Müller) es reflejo de esta nostalgia.

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cho, la ley es una confusión más grande que el crimen». (1944: 71) «En No Orchids todo está hecho desde hace mucho tiempo, todas las barreras han caído, todos los motivos están a la luz y abiertos... no hay caballeros y no hay tabúes. La emancipación es completa. Freud y Machiavelli han llegado a los suburbios exteriores» (1944: 75, 79). Desde que Orwell escribió su análisis, de hecho ha continuado la emancipación a la que él se refería como completa. En los años setenta, un escritor y agudo observador describió la continuación como la gestación de una nueva forma de pornografía; la pornoviolenda: La violencia es simple, la solución radical a los problemas de competencia por el estatus, y al igual que los juegos de azar, la solución radical para la competencia económica. La vieja pornografía era la fantasía de los deleites sexuales fáciles en un mundo en donde el sexo era inasequible. La nueva pornografía es la fantasía del triunfo seguro en un mundo en donde el estatus de competencia ha llegado a ser muy complicado y frustrante. (Wolfe 1976: 162) Unos ejemplos recientes de pornoviolenda son bestsellers, como el libro American Psycho (de Bret Easton Ellis); películas como Natural Born Killers y Pulp Fiction; o el Nintendo y otras expresiones de violencia y sexo en la realidad virtual. De la popularidad de esta clase de imaginación se puede deducir que la. búsqueda de la felicidad se ha tornado en una búsqueda de poder. En general, este desarrollo implica que el temor inevitable de dejar llevarse a las profundidades de la maldad puede ser enfrentado y controlado dando rienda suelta en estas imaginaciones peligrosas. De hecho, muchos de los estímulos placenteros como leer o mirar estos productos se derivan precisamente del enfrentar y controlar dichos peli-

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gros.' Esto también significa que las líneas divisorias, así como la creciente complejidad y las conexiones sutiles entre la imaginación y la realidad, han llegado a ser percibidas de manera más aguda. Pero hay algo más. Se percibe mucho menos que esta búsqueda imaginada del poder también permite la expresión de emociones que han llegado a ser tabú en la vida social actual, como los sentimientos de superioridad e inferioridad. A estos sentimientos solamente se les permite salir a la superficie en el dominio de la imaginación (y menos extensamente, en el deporte), es decir, en forma sublimada. En los triunfos rnirnéticos y en las derrotas, ya sea en el m u n d o del sexo o del dinero, se comprenden las presiones diarias que se enfrentan para reprimir y ocultar estas emociones. Aquí, en el dominio de la imaginación y la fantasía, la atracción por esta clase de extrañezas llega a dominar la repulsión que esta provoca. Esto nos conduce a la pregunta, ¿qué tan extrañas son estas emociones hoy en día?

¿QUÉ TAN EXTRAÑOS SON ESTOS SENTIMIENTOS?

La descolonización, la emancipación y la democratización caracterizan el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial. Es un periodo de expansión de las interdependencias y de incremento en los niveles de mutua identificación, en los que los ideales de igualdad y mutua condescendencia se expanden y adquieren fuerza. Sobre esta base, la evasión de comportamientos viene a estar cada vez

Por otra parte, el rechazo a esos sentimientos y a los comportamientos que pueden significar traición funciona como una condición necesaria para que ocurran todas las formas de emancipación e inforrnalización.

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menos dirigida de manera rígida a los extraños, a la gente de las clases más bajas y a las emociones más bajas. En general, las alternativas de lo emocional y del comportamiento se expandieron en la mayoría de los países occidentales. Hubo una excepción importante: los códigos sociales dictaron un rechazo a los sentimientos de inferioridad y superioridad. Así, hubo un refrenamiento adicional de las emociones en relación con la exhibición de la arrogancia o el autoengrandecirniento y la autohumillación. Ambos fueron proscritos del dominio de la imaginación y de los deportes, o colocados detrás de las escenas sociales y físicas. Exhibir tales sentimientos podría provocar cada vez más indignación moral y vergüenza, y así dañar seriamente el propio estatus y la autoestima.' Esta negación puede realizarse manteniéndola en secreto o haciéndola inconsciente y automática, es decir, convirtiéndola en un producto de la segunda naturaleza. Sin embargo, en el proceso de prohibición, está relacionado con el desarrollo de tal naturaleza la idea de que los sentimientos de superioridad e inferioridad son provocados por algún estatus de competición, tendió igualmente a ser proscrita, y lo mismo sucedió con la idea de que cualquier encuentro o agrupación es un tanteo de fuerzas, un poder y estatus de competición. De esta forma, durante el periodo en el que muchas emociones pudieron volver a emerger en la conciencia y en la vida pública, y en las que los hábitos de la segunda naturaleza fueron descubiertos y luego abandonados a nombre de la tercera naturaleza, las emociones conectadas con los triunfos y las derrotas se convirtieron en algo extraño para el yo (cf. Wouters 1992).

La discusión moral sobre las figuras de MTV Beavis & Butt-Head, por ejemplo, demuestra que algunas de las exigencias de autorregulación, característica de sociedades informalizadas, son aceptadas por principio por los televidentes jóvenes de MTV.

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La proscripción de estas emociones de la vida social y de la escena física pueden ayudar a explicar por qué las fases de desarrollo discutidas y las diferencias en el nivel de civilización entre las personas y los grupos provocan fácilmente reacciones negativas. En el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, fue aceptable pensar en términos de fases en el proceso de la civilización (individual) en relación con los niños, al igual que las consideraciones sobre las fases de desarrollo corno las conciben Kohlberg o Piaget. En otros contextos, estas concepciones fueron (y son) rápidamente condenadas corno una demostración de sentimientos de superioridad, corno etnocentrismo y como racismo. Estas palabras, etnocentrismo y racismo, sugieren que las reacciones se disparan, por lo menos en parte, pues hablar en términos de fases y niveles de desarrollo está asociado con la última guerra, particularmente con el holocausto, y tal vez —e incluso más importante aún— está asociado con la era colonial. Sin embargo, hay niveles anteriores y profundos en los que se basan estas asociaciones y reacciones: pensar y escribir en términos defases para procesos sociales y psíquicos es también una fuerte reminiscencia del hábito de igualar las relativas diferencias de poder con las diferencias sobre el valor humano (Elias y Scotson 1994a: xv). Dentro del espectro de la primera naturaleza y d e la segunda naturaleza, este viejo hábito puede incluso estar más cerca de la primera naturaleza que de la segunda, porque se manifiesta tanto en la historia de la humanidad corno en la historia de cada ser humano. Hasta cierta edad, los niños parecen aceptar por principio que los más pequeños y menos fuertes son de valor secundario: el poder vae victis es correcto y las personas con más poder son mejores personas. Para hablar de su lógica de las emociones habría que identificarlos con personas más fuertes y establecidas, y n o con los débiles y subordinados. Hoy, en el crecimiento, la gran mayoría de los niños desarrollarán un tipo de segunda naturaleza de 218

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contrahábito, y así como este contrahábito se desarrolla, este antiguo hábito puede llegar a ser algo extraño para el yo. Sin embargo, a lo largo de todos los siglos de la fase de formalización de largo plazo, en todos los periodos de los grupos prevalece el supuesto de que los más débiles socialmente, también tienen necesariamente las características más débiles; que los ciudadanos de segunda categoría son personas de segunda categoría. Sin embargo, en todos los movimientos de emancipación este supuesto es atacado, y fue solamente en la Segunda Guerra Mundial que perdió su predominio. Esto ocurrió en un periodo de acelerada democratización (incluyendo la descolonización) e inforrnalización, un periodo en el cual muchos desvergonzados se dieron cuenta de que la superioridad de los sentimientos inherentes en su vieja suposición habitual había sido la base y un motivo para el aniquilamiento masivo bajo Stalin y Hitler, tales como la explotación, aniquilación y humillación de regímenes coloniales corno el de Churchill (Goudsblom 1992: 184/5; Lindqvist 1997). Esto fue un buen motivo para amonestarlos duramente, y hacer descender estos sentimientos a capas más profundas de la personalidad. Así, se fueron transformando en temores interiores más o menos dirigidos automáticamente por la conciencia de una persona, como la vergüenza y el miedo. En el desarrollo de este contrahábito, el antiguo hábito de igualar el poder social con el valor humano se fue tornando en algo extraño al yo, así corno toda reminiscencia suya llegó a ser rechazada con un rigor similar al requerido en el proceso original de eliminación. En Holanda, por ejemplo, hasta los años ochenta, fue virtualmente proscrito discutir abiertamente los problemas que rodeaban la integración de los inmigrantes de Surinarn, Turquía y Marruecos. Los pocos que lo hicieron fueron tildados inmediatamente de racistas, a menudo con justa razón. Sólo en la segunda mitad de los años ochenta este tabú fue gradualmente ignorado por las personas que n o pertenecían
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al bando derechista. En 1986, un conocido periodista de izquierda publicó el libro Ethnic Difference as a Dutch Taboo (Vuijsje 1986), y unos años después, un líder político comenzó a referirse a estos problemas. Luego se convirtió en un tema político en los años noventa. Sin embargo, hasta nuestros días no está permitido registrar los actos criminales en relación al grupo étnico; se trata de una mera estigmatización. En esta clase de actitud y reacción salen a la luz los temores internos de una conciencia autoritaria y los sentimientos d e superioridad e inferioridad. Hasta nuestros días, este tabú y los miedos interconectados a m e n u d o conducen a acalorados ataques contra el racismo, el etnocentrismo o lo políticamente incorrecto. En estas instancias, la fuerza enceguecida de tales ataques parece indicar que la lucha en contra del nosotros somos mejores, ellos son personas inferiores no solamente se lleva a cabo en el campo social sino también en el psíquico, en contra de u n a parte de u n o mismo. La continuación d e la batalla psíquica de los individuos en esta fase particular de disciplinización en la civilización de las emociones, evita que cualquier discusión sobre sus relaciones con extraños —ya sea de nacionalidad, color de piel, clase o sexo diferente— vaya más allá de argumentos banales sobre multiculturalidad como «ellos son simplemente diferentes, nosotros no somos mejores». En estas instancias, las discusiones en términos de fases en los procesos sociales y psíquicos pronto llegarán a ser tensas y terminarán en una disputa de evaluación sobre los puntos ganadores y perdedores. Por supuesto, el estudio del desarrollo y las fases de desarrollo no está dirigido a extender o balancear las desventajas de cualquier primacía en contra de las ventajas de cualquier soporte (cf. Coudsblom 1996). Tal pretensión podría confundir el análisis con la evaluación. Sin embargo, esta clase de confusión en particular resulta muy a m e n u d o de los trabajos de formaciones conscientes bastante autoritarias observando estas emociones. Parece tí220

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pico de un tipo de seguida naturaleza, de contrahábito, funcionar para combatir el antiguo hábito de igualar las diferencias de poder, cultura o manejo emocional con diferencias sobre el valor humano. Mi hipótesis es que en décadas recientes este tipo de formación de la conciencia ha sido más la regla que la excepción en países occidentales, y que el proceso de desarrollo en el que el contrahábito llega a ser dominante parece ser característico de este periodo desde los años cincuenta. Muy temprano en este periodo, en 1976, Tora Wolfe observó que la emancipación de algunas emociones coincidía con la continua proscripción de otras: Estamos en la era en que las personas confiesan más tempranamente sus secretos sexuales —mucho más temprano en algunos casos— que el estatus de sus secretos, ya sea en el sentido de las ansiedades y los triunfos o las humillaciones y la denotas (Wolfe 1976: 1989). Esta observación está relacionada con una extendida brecha del discurso público. Al igual que el principio de procedimiento de mutuo consentimiento, las posibilidades de discutir sobre los impulsos sexuales y las emociones han crecido también, haciendo estas discusiones más abiertas y distanciadas. Las posibilidades de discutir sobre los impulsos y las emociones conectadas con los triunfos y las derrotas han llegado a ser más estrechas, más restrictivas y más valorativas. Así como disminuyen las diferencias de poder, se intensifica la competencia por el poder y el estatus, y crece la sensibilidad a la desigualdad social, las demostraciones de la propia distinción se vuelven más indirectas, sutiles y encubiertas. Incluso escribir y pensar sobre los sentimientos de superioridad e inferioridad — incluso sobre su sociogénesis y psicogénesis, particularmente sobre la conexión entre los desarrollos de las relaciones de poder y estatus, en los desarrollos de los hábitos

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Cas Wouters

y la civilización— tienden a ser experimentados negativamente y —por lo tanto— moralmente condenables. En su máxima expresión, los sentimientos de superioridad e inferioridad llevan a la violencia. Hasta cierto punto, los impulsos agresivos han llegado a ser reorganizados corno aspectos normales de la vida emocional y cada vez más personas se toman también la libertad de ventilarlos, llamándose entre sí con toda clase de nombres, y haciendo alusiones a la violencia, en lo que podría ser denominado la enemistad instantánea. Sin embargo, la expansión de las alusiones a la sexualidad y a la intimidad instantánea parece ser más amplia. Siguiendo el hecho de que a través del psicoanálisis y otras formas de psicoterapia, una rica tradición hacia redenominar c interpretar los impulsos sexuales y las emociones ha llegado a la existencia y a esparcirse sobre todos los caminos de la vida. En comparación, a duras penas hay una tradición de análisis e interpretación de las emociones y los impulsos conectados con las luchas de poder y estatus, particularmente los sentimientos de inferioridad y superioridad. Como es muy improbable que vayan a desaparecer de la vida social o emocional las emociones conectadas con los deseos y los triunfos, las humillaciones y derrotas (así como es improbable que desaparezcan los impulsos sexuales y las emociones), el grado de aniquilación al cual van a llevar estas emociones dependerá —por lo menos en parte— del nivel d e control social e individual sobre ellas. Por consiguiente, tiene sentido explicar la labor de «trabajar a través de los sentimientos de extrañeza», como Waldhoff lo ha denominado, y particularmente dirigir este trabajo a través de los sentimientos de inferioridad y superioridad. En este contexto puede ayudar la incorporación del racismo, el sexismo, la marginación generacional, el nacionalismo, el etnocentrismo, etc., a un nuevo marco conceptual de superiorismo, pues este concepto estudia todos los isrnos en un alto nivel de generalización, dilucidando sus
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Sobre la sociogénesis...

características comunes: igualar la superioridad de poder con la superioridad como seres humanos. En los años ochenta y noventa, el nivel de control social e individual sobre los sentimientos de inferioridad y superioridad ha adquirido importancia porque en la mayoría de las sociedades alrededor del m u n d o se han intensificado las tensiones en torno a los extraños y a esta particular extrañeza. Esta intensificación parece estar relacionada con los cambios en el clima social y económico, los cuales ejercen presiones hacia toda clase de cortes presupuéstales. Así como el auge social y colectivo de grupos enteros termina, la identificación colectiva con los grupos sociales que se encontraban en auge se transforma en una nueva identificación colectiva con los establecidos. Este cambio fue reforzado en los años noventa por las tensiones, conflictos e inseguridades asociadas con el colapso de la cortina de hierro. En efecto, las protestas sociales no serán dirigidas principalmente a los establecidos, como fue el caso en los años sesenta y setenta, sino hacia cualquier cosa que sea percibida como amenaza al orden establecido, incluidos los extraños y lo extraño. Es en este clima social que ha crecido en los países más ricos la tensión alrededor de los inmigrantes y otros extraños. Esto puede llevar a un temor encubierto y endurecido de los sentimientos de superioridad, que incrementaría los peligros de aniquilación y humillación. En ese caso, el nivel de civilización reflexiva de las autoridades sociales y físicas también continuará aumentando y reforzando el desarrollo de un tipo de personalidad de tercera naturaleza.. Podría implicar que los sentimientos de inferioridad y superioridad serían además admitidos en la conciencia, mientras que, al mismo tiempo, vendrían a estar bajo control más fuerte (del ego), más estable y sutil.

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Teoría de los procesos y globalización
Lutz Maettig

En la actualidad, el terna de moda en Alemania es la globalización. Prácticamente todas las publicaciones periódicas han sacado ya una serie de artículos sobre el tema; en cualquier discurso ante el parlamento se oye esta palabra clave, casi todas las editoriales lian sacado por lo menos unos cuantos libros sobre el tema. La palabra G se ha convertido en este país en la palabra de los años noventa. Tal como se puede comprobar con tantas palabras cuyo uso se hace con frecuencia, en este caso sucede también que cuanto más se usa la palabra tanto más comienza a reinar una falta de claridad sobre el verdadero contenid o del concepto globalización. Por lo tanto, antes de entrar a mi verdadero tema, o sea, la contribución de la teoría de procesos de Norbert Elias a la comprensión de algunos aspectos de este fenómeno, quisiera indagar sobre lo que se entiende por globalización. En el discurso público tiene mayor peso el contenido económico del concepto; la globalización se presenta como un fenómeno de reciente aparición que va a cambiar

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el m u n d o d e m a n e r a sustancial. Al c o n c e p t o d e globalización se a s o c i a n s o b r e t o d o c o n t e n i d o s c o r n o los s i g u i e n t e s : ís. Un aumento de la inversión extranjera directa; Í5. Desplazamiento de las capacidades de producción más allá de las fronteras nacionales; •& Una creciente importancia tanto de los mercados financieros como de las empresas transnacionales; ís. Crecimiento más acelerado del comercio mundial que de la producción mundial; y •s. Fraccionamiento de la cadena de producción de valores entre varias naciones. El p r o y e c t o d e investigación d e la F u n d a c i ó n DaimlerB e n z , Comprender y configirar la globalización, q u e está s i e n d o r e a l i z a d o i n t e r d i s c i p l i n a r i a m e n t e p o r investigadores d e las á r e a s d e la a d m i n i s t r a c i ó n e m p r e s a r i a l y la econ o m í a , la política, la d e m o g r a f í a y la sociología, d e f i n e seis características d e la g l o b a l i z a c i ó n . Q u i s i e r a p r e s e n t a r b r e v e m e n t e estas seis características, q u e se r e l a c i o n a n e x p r e s a m e n t e c o n t o d a s los a s p e c t o s d e la s o c i e d a d , o sea, la e c o n o m í a , la política, la c u l t u r a ( F e e s e t al. 1998): ^s, Desfronterizadón: una marca central y constitutiva de la globalización es la disminución de la importancia de las fronteras de todo tipo en todos los aspectos de la vida. La diferencia entre adentro y afuera se desvanece. Esto conlleva, sin embargo, la posibilidad de que surjan nuevas fronteras en otros lugares. •&. Hetararquía: esto se refiere al proceso de disolución de las viejas jerarquías y su sustitución por nuevas dependencias mutuas. La coordinación horizontal gana en significación sobre la dominación vertical. ís. Movilidad de factores: un aspecto significativo de la desfronterizadón es la dimensión y el aumento de la movilidad, no sólo de bienes y servicios, sino también de los 228

Teoría de los procesos v globalización

factores de producción como el capital y los saberes. No obstante, la movilidad del factor trabajo está a la zaga de la movilidad de factores como el capital monetario. El desarrollo, entonces, no es sincrónico. •». Erosión de la legitimidad: los procesos de toma de decisiones tienen problemas de legitimación a causa de la falta de claridad en las relaciones causa-efecto y de la disolución de campos de acción geográficos y de espacios de participación política. ís. Asimetría, pasado-presente: cada vez se hace más difícil concebir el futuro como una prolongación lineal de las tendencias que se han trazado en el pasado. Una transformación acelerada de lo fundamental se convierte en la única constante. •s. Multiplicidad de opciones: una consecuencia de la falta de claridad en todos los ámbitos de las prácticas es la necesidad de aprender a manejar la ambivalencia, la ambigüedad, la incertidumbre. Los patrones de comportamiento pertenecen en todos los ámbitos sociales al pasado, ha. flexibilidad se convierte en la palabra mágica.

El origen de este desarrollo se ancla generalmente en dos campos: el de las reformas políticas y el de los desarrollos tecnológicos. Lo que se entiende por reformas políticas es menos las transformaciones geopolíticas que se generaron a finales de los años ochenta en la antigua Unión Soviética alrededor de las políticas de Perestroika y Glasnost. Ciertamente estos cambios contribuyeron de manera fundamental a que el modelo capitalista pudiera llegar victorioso hasta el último rincón del planeta y que parezca que no hubiese una alternativa a éste. Aquí se trata mejor de las reformas políticas orientadas a posibilitar el libre comercio mundial y sobre todo la transferencia libre y sin impedimentos de capitales, cuya suma total —por lo menos así lo interpretan muchos autores— contribuyó a la caída de la estructura es229

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tatal del socialismo real existente. La política de desarrollo y de liberalización del mercado que impulsan instituciones como el General Agreement of Trade and Fariffs, Gatt, el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional —ante todo orientadas por los intereses e ideas de los Estados Unidos— ha conducido finalmente a una situación en la cual los Estados —que son los actores en el juego— pierden cada vez más poder y ceden su capacidad de negociación al mercado. Se habla con mayor insistencia del fin del Estado-nación, sobre todo ante la opción real de las multinacionales para trasladarse a cualquier lugar, y emplear esta movilidad como mecanismo de presión al amenazar con el retiro de su inversión para emplearla en otro lugar. Las condiciones tecnológicas de este desarrollo se ven, p o r un lado, en el campo d e la rnicroelectrónica, cuyo fuerte efecto nivelador de las diferencias espaciales es cada vez mayor, sobre todo p o r q u e posibilita adecuar casi cualquier lugar corno lugar de producción; por otro lado, esto se relaciona directamente con la revolución en la tecnología de transportes, no sólo de personas y mercancías, sino ante todo de datos e información. En relación con esto, la política del Estado-nación está anclada geográficamente. Este desarrollo pareciera dejar a los diversos actores (partidos, socios, empresas, individuos, etc.) sin alternativas de negociación y los ata a «una inevitabilidad dada por la realidad de las cosas» (Sachzwánge). Este debilitamiento del Estado en las sociedades industriales desarrolladas, que en una época pareciera omnipotente, como por ejemplo en Alemania, se hace visible a varios niveles. Por un lado, con mayor frecuencia están presentándose ternas nuevos en el ámbito político que el Estado nacional ya no parece estar en capacidad de procesar y regular. Problemas como la contaminación ambiental, la tala de las selvas tropicales, la expansión del área de los desiertos, el efecto invernadero y los daños a la capa de ozono en la atmósfera; también las crecientes olas de migraciones a
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Teoría de los procesos y globalización

través de las fronteras, así como la elemental problemática de los recursos finitos, que el Club de Roma ya en los años setenta había concretado en el concepto de los límites del crecimiento. Estos problemas son demasiado amplios como para que un Estado nacional pueda estar en capacidad de ofrecer soluciones duraderas, incluso en su propio territorio. Ciertamente, esto tiene que ver con el hecho de que la mayoría de estos problemas sobrepasan fronteras. La contaminación del aire y del agua no se detiene ante el puesto de frontera. La situación se dificulta todavía más por el hecho de que los intentos nacionales de regulación (como por ejemplo el establecimiento de valores técnicos mínimos estandarizados para productos corno autos, que contribuirían a evitar más contaminación, o la implantación de un impuesto a la energía, que habría de proteger tanto la atmósfera corno los recursos finitos), desde el punto de vista de los actores en el mercado, es decir, desde la perspectiva tanto de los productores como de los consumidores, son poco atractivos y parecen menos importantes que el producto mismo. Con esto los gobiernos no sólo generan animosidad de la gente, sino que se ven desafiados por la posibilidad de que los mercados se sitúen más allá de la frontera nacional. Los mismos productos se consumen o producen en el país vecino, o puede suceder eme, por exceso de regulación y aumento de costos, los propios productos ya no se vendan en otros países. La regulación nacional cae en el vacío. Por otro lado, el Estado-nación también pierde la capacidad de conducción de los viejos ternas. Así, en la mayoría de los Estados industriales desarrollados aparece como uno de los grandes logros sociales de finales del siglo XIX y comienzos del XX la conformación de los Estados nacionales de Bienestar. Los desarrollos de la economía global bajo las condiciones del libre comercio de mercancías y de capital inhiben la capacidad de negociación del Estado en esta área simultáneamente desde dos ángulos: tanto desde 231

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el lado de la recaudación de fondos como de su distribución. Del lado de la recaudación, el Estado se enfrenta cada vez más con el hecho de que los consorcios multinacionales o transnacionales, gracias a que su estructura empresarial se sitúa por encima de las fronteras, están en capacidad de tasar físcalmente sus ganancias en el lugar en el que la carga de impuestos sea menor. Así, p o r ejemplo, p u d o el Commerzbank alemán a rrrediados de los años noventa registrar ganancias muy por encima del promedio y repartir gruesos dividendos a sus accionistas sin pagar un solo marco de impuestos en Alemania. Al mismo tiempo, hay u n a presión de parte de la economía para reducir los impuestos todavía existentes tanto para las clases medias — que gozan de menos movilidad geográfica— corno para los consumidores de altos ingresos. Con esto se reduce más la posibilidad de gasto del Estado. Por otro lado, desde el punto de vista de la distribución y el gasto por parte del Estado, aumentan los problemas y con ellos los costos. El desarrollo demográfico —que presenta hoy en día un número creciente de pensionados—, ei cambio estructural de la economía y el resultante desempleo estructural en muchas naciones industriales desarrolladas —que proviene de la reducción de las relaciones normales de trabajo sobre las que se apoyaba el Estado social y que conduce a una flexibilización de estas mismas—, son factores que conllevan a una agudización dramática de los problemas financieros. ¿Será, entonces, que el Estado nacional, como consecuencia de la globalización de los mercados, se encuentra impotente ante los nuevos ternas, está muy viejo y muy débil para poder cumplir con sus viejas tareas ante la aparente inevitabilidad (Sachzwang) del ajuste de estructuras neoliberal? Esta visión de las cosas corre el peligro de pasar por alto el carácter social de todos los desarrollos en los que se basa la globalización. Son seres humanos quienes desarro232

Teoría de los procesos y globalización

lian y utilizan las tecnologías; los Estados impulsan el desarrollo tecnológico y las empresas elaboran estrategias para su producción. En la historia se encuentran ejemplos de decisiones individuales o políticas en el momento de la irnplementación de una idea que han tenido consecuencias importantes en las tecnologías. De igual manera, una gran cantidad de condiciones políticas y socioculturales necesarias para que sean posibles —por ejemplo, las inversiones directas—, o la creciente importancia de los mercados financieros internacionales, son obviamente productos sociales, creados por personas y no determinados por el destino. Aquí se encuentran factores corno la garantía que brinda el Estado sobre la propiedad, las posibilidades de la transferencia de ganancias, la disponibilidad o carencia de negociación de divisas y muchos más; estos factores no siempre han sido regulados de la misma manera en todas las sociedades, así corno hoy en día no están regulados uniformemente en todas las regiones del m u n d o . El análisis sociológico desenmascara esta inevitabilidad de las circunstancias (Sachzwang) y señala que se trata casi siempre de imposiciones ejercidas u ordenadas por personas. Adoptando esta visión de las cosas —que desafortunadamente no se encuentra muy difundida en el debate público—, se abre la mirada hacia salidas posibles, también elaboradas por seres humanos. La tarea de la sociología debería ser, entonces, la de brindar una comprensión más exacta y ajustada de cuáles son, concretamente, las condiciones, las interconexiones y los efectos concatenados de la globalización, con el fin de poder desarrollar así alternativas pensables a aquella que en la actualidad se perfila como la ideología dominante y otnnicornprensiva del neoliberalismo o, como la denomina el sociólogo Ulrich Beck, del glohalismo.

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El pensamiento sociológico no descuida en esto los procesos económicos sino que los incorpora a lo social en la observación del fenómeno de la globalización. Con la incorporación de elementos culturales, psicosociales, comunicativos, ecológicos y políticos, es decir, de todos los niveles de lo social, va más allá de la comprensión económica —esbozada en el párrafo anterior— de la globalización. La mayoría d e las teorías de la sociedad —por ejemplo, la de Haberrnas sobre la acción comunicativa, la teoría de los sistemas, el análisis de los sistemas mundiales de Wallerstein— tienen conro punto de partida que la tendencia hacia una sociedad mundial es un fenómeno ya de vieja data que está entrando en una nueva fase, que puede ser la última, pero que de ningún modo se trata de una cancelación de la modernidad. Se entiende la historia de la humanidad como un proceso de integración que dura miles de años. Obviamente, este proceso de integración no marcha en línea recta, comprende también regresiones y procesos contradictorios de centralización y simultánea descentralización, pero permite reconocer una dinámica orientada hacia u n a sociedad mundial. Se entiende por integración la creciente interdependencia mutua tanto de las capas y esferas sociales como d e la unidades territoriales. Inseparable de esto se encuentra la creciente complejización interna de la sociedad (por ejemplo, con la conformación de nuevos roles sociales) que surge a la vez como consecuencia y como causa de los impulsos de integración. Con esta mirada, la sociología lleva a enfocar más claramente algunos elementos culturales y sociales del proceso de la globalización. Esta perspectiva puede seguirse de manera especialmente clara con los instrumentos conceptuales de la teoría d e los procesos de Norbert Elias. Aquí les presentaré, entonces, los resultados del proyecto de investigación interdisciplinario que ya les mencioné, Comprender y configurar la globalización, en el cual he
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trabajado junto con el profesor Korte en los últimos dos años, y por el cual —por así decirlo—, he sido invitado a este encuentro.' Puesto que nuestro proyecto de investigación se ha ocupado de manera especialmente intensa de un aspecto del proceso de globalización, quisiera antes ilustrar brevemente el campo del problema: se trata de la pregunta por la identidad de los individuos, por la imagen de sí mismos en la época de la globalización. A finales del siglo XX, una vez superado el conflicto Este-Oeste, y que la humanidad se encuentra técnicamente en la posición de arrojar una mirada sobre su propio planeta desde el espacio, se podría pensar que todos los pasajeros de la nave espacial Tierra han trazado lazos de solidaridad, que se ven como parte de la comunidad global y que viven en paz y armonía. La realidad es enteramente distinta. A finales del siglo XX tienen lugar todavía numerosos conflictos bélicos, pero, a diferencia de épocas anteriores, los actuales, casi sin excepción, son internos, en lugar d e ser conflictos entre Estados. En todas partes del m u n d o vuelven a surgir los nacionalismos, crece la importancia y significación de movimientos regionales separatistas y religiosos fundamentalistas. En lugar de juntar esfuerzos para proteger la atmósfera terrestre para usar más económicamente los recursos, para mejorar nuestro medio ambiente, para preservar la biodiversidad, es dominante incluso en las sociedades industriales más desarrolladas la ideología llamada Frog (Wbcsd 1997). Frog (rana) es el acrónimo de First Raise Our Growth (Aumentemos primero nuestro crecimiento) y quiere decir que el egoísmo de los individuos y los grupos se opone a una realización de la idea de Fhink globally, act
El autor se refiere al Simposio Norbert Elias y las ciencias sociales hacia finales del siglo XX, del q u e ya se h a b l ó en la p r e s e n t a c i ó n (N. del E.).

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locally (piensa global, actúa localmente). Claramente no se ha expandido una identidad global, una autopercepción del individuo como parte de una humanidad indivisible. ¿Por qué esto es así? ¿Por qué presenciamos desarrollos que parecen contradecirse corno son el de la globalización económica, cultural, de los transportes así como de la tecnología de la información y a la vez el de la agudización de los separatismos, los racismos, etnocentrismos y fundarnentalismos? Estos son interrogantes que quisiéramos contribuir a responder a partir del instrumental que nos brinda la teoría de los procesos de Norbert Elias. En lo que aquí sigue aclararé algunos conceptos básicos del pensamiento teórico sobre procesos, cuyo conocimiento no puede darse siempre por sentado. A los especialistas en Elias les pido de antemano disculpas por las simplificaciones y los recortes a los que me obliga la circunstancia. Para terminar, discutiré la contribución de la teoría de procesos para la comprensión de problemas de identidad.

1 Hasta d o n d e llegan mis conocimientos, Elias no utilizó nunca el concepto de globalización. Pero si se entiende la globalización como una fase del proceso de integración de la humanidad —del cual siempre se ocupó Elias— entonces es posible extraer de su trabajo una gran cantidad de sugerencias y pistas que ayudan a comprender mejor aspectos del proceso de globalización así como su carácter en general. Quiero tratar de pensar el fenómeno actual de la globalización a partir de las reflexiones de Elias sobre las consecuencias de un impulso a la integración. Impulso a la integración qttiere decir para Elias la fase de transición de un nivel de integración a otro nivel más alto de integración. Desde esta perspectiva, la globalización se
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Teoría de los procesos y globalización

puede entender y analizar como la fase más reciente de u n proceso de integración progresiva de la humanidad en el que los comportamientos de las personas, así como las formas de organización de los grupos humanos —que además crecen no sólo en cantidad, sino que se extienden geográficamente cada vez más—, se ven sometidos a transformaciones específicas. En el interior de este proceso de integración pueden separarse analíticamente varios elementos:
•¡s. La ampliación del radio de las acciones (generalmente como

consecuencia de las innovaciones tecnológicas); •¡s. El aumento de la interdependencia (como consecuencia de una creciente diferenciación social); y ís. El crecimiento de la unidad social. La ampliación del radio de las acciones de las personas suele estar asociado a las innovaciones tecnológicas. Especialmente significativa es acprí, hoy como ayer, la tecnología de transportes. Al respecto dice Elias en su obra principal, El proceso de la civilización: ¿Cómo habrían podido establecerse relaciones de intercambio entre distintos lugares y regiones y una diferenciación del trabajo más allá del campo local, si los medios de transporte hubieran sido insuficientes, si la sociedad fuera incapaz de mover cargas más allá de cierta distancia? (1969: Vol. 2, 64) Si en la edad de piedra los únicos medios de transporte eran marchar a pie o, en el mejor de los casos, montar a lomo algún animal domesticado, y por tanto el radio de acción era correspondientemente reducido, es posible realizar así con las nuevas tecnologías ampliaciones específicas (según la tecnología) del radio de acción y por lo tanto se constatan en consecuencia impulsos de integración. Sin duda se amplié) considerablemente el radio de acción de
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los hombres que se vieron tocados por la invención de la rueda, el conocimiento del balseo p o r los ríos, o la construcción de botes. Otros ejemplos pueden ser el invento de la máquina de vapor, del automóvil, del avión, así como en nuestro tiempo el desarrollo de los medios electrónicos. En la discusión actual sobre globalización se enfatiza la significación del desarrollo en el sector de los transportes para el impulso presente a la integración. En relación con la globalización, se resalta permanentemente la disminución relativa de los costos del transporte de bienes materiales así como las posibilidades de transporte de datos e informaciones, con una reducción del tiempo y de los costos a un mínimo asombroso. Todos estos desarrollos tienen en común que con la ampliación del radio de acción aumentan los contactos con personas que viven en lugares muy lejanos del propio. De estos contactos pueden surgir conflictos bélicos causados por la competencia por materias primas o lugares de asentamiento; igualmente pueden establecerse relaciones comerciales o el intercambio d e habilidades y saberes. En términos generales, el resultado de estos contactos es una transformación en la sociedad. Por ejemplo, el descubrimiento de los sextantes mejoró las posibilidades de navegación de los marineros ingleses y los habilitó para navegar no sólo a lo largo de las costas, sino por los océanos. Además de las consecuencias económicas de este descubrimiento, se observan a la vez efectos considerables en el orden social de la Inglaterra de la Baja Edad Media a causa del ascenso social de los marineros. Este tipo de entrelazamiento entre procesos de tecnifícación y otros desarrollos sociales se presenta en un gran n ú m e r o de campos. Una fuente importante de la creciente interdependencia social —es decir de la dependencia mutua— se encuentra en la diferenciación funcional de una sociedad. Por supuesto que hay una relación entre la diferenciación social y el radio de acción disponible. Otra condición importante 238

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para establecer la diferenciación social es la disponibilidad de dinero. El desarrollo de nuevos instrumentos para pagar puede considerarse también corno innovación tecnológica. Una sociedad con economía natural tiene una posibilidad mucho menor de diferenciación que una sociedad con una economía monetaria. En esta última se puede pagar por mercancía y servicios en espacios más distantes entre sí y en una diversidad de unidades económicas. Históricamente, a partir de esta lógica, se puede medir el incremento en la diferenciación social sobre la base del aumento en el flujo monetario: «Lentamente, la creciente diferenciación y entrelazamiento de las acciones humanas, el aumento del volumen de los intercambios y trueques comerciales, incrementan el volumen monetario, y éste a su vez incrementa los otros factores,» dice Elias. Como ya se señaló para el caso de la tecnología de transportes, la creciente significación de la economía monetaria tuvo también efectos sociales muy fuertes. El ascenso social de las burguesías citadinas y la paralela decadencia de la nobleza se explica justamente con este desarrollo. Los ingresos de la nobleza, amarrados a los rendimientos de la tierra, se quedaron a la zaga de los de la burguesía; con esta reducción de sus recursos económicos cambió también con el tiempo su posición social. La creciente diferenciación o especialización social enlaza a cada individuo en un tejido especial de causas y efectos, cuya complejidad va en aumento. La diferenciación funcional y la expansión del campo de acción se condicionan mutuamente. Por un lado, la disponibilidad de ciertas materias primas, mercancías o servicios incrementa el atractivo de las conexiones comerciales y comunicativas interregionales. Por otro lado, los contactos interregionales requieren no sólo de la profesionalización de los especialistas en contactos (comerciantes, diplomáticos, enviados), sino que producen una diferenciación entre las sociedades participantes, por ejemplo, a causa de una
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demanda mayor de ciertos productos o, en tiempos más recientes, por la distribución interregional del proceso de fabricación. De esta interrelación entre incremento de la diferenciación y la expansión del radio de acción se produce d e nuevo un aumento de las dependencias, ahora incluso en dimensiones que sobrepasan lo regional y por encima de muchos pasos intermedios. Así, sin contacto directo pueden surgir relaciones de causa-efecto. En el marco de su teoría de los procesos, Elias denomina esto cadenas de interdependencia. Elias explica el crecimiento de la unidad social a través del así llamado mecanismo del monopolio. De manera simplificada, éste consiste en que de una constelación en la que compiten actores igualmente poderosos surge poco a poco u n a constelación en la que sólo unos pocos cuentan con suficientes medios de poder para seguir compitiendo, hasta que finalmente queda un solo actor. Este proceso, que se estableció primero para procesos económicos, rige también en las sociedades. E! motivo por e! cua! varias unidades menores se integran en una unidad mayor (corno en el caso de la anexión militar de una unidad social por otra) se encuentra en las ventajas que se esperan que traiga esto a nivel del poderío militar y económico y por lo tanto en relación con la seguridad. Hay una gran cantidad de ejemplos de este impulso rntegrador en la historia; u n o de los impulsos más significativos hacia la integración a niveles mayores fue la constitución de Estados nacionales. Hoy en día se encuentran algunas naciones europeas de nuevo en un proceso de integración que posiblemente desembocará en un Estado europeo, el sucesor de la actual la Unión Europea. Simultáneamente, este proceso se encuentra dentro de un impulso de integración hacia una sociedad global. En resumen, desde una perspectiva de la teoría de los procesos, se puede entonces ver la integración de la humanidad como un complejo entrelazamiento de los desa240

Teoría de los procesos y globalización

rrollos tecnológicos con la expansión del radio de acción y comunicación así como el aumento de la diferenciación funcional, todo lo cual puede conducir (pero no necesariamente conduce) a un crecimiento de la unidad societal. La globalización social designa entonces la última fase en el proceso de desarrollo de las condiciones tecnológicas, culturales y sociales, que los seres humanos crean para su convivencia y supervivencia. Las características actuales de este proceso son:
a. En el campo de la tecnología, sobre todo el desarrollo de la microeleclrónica así como la disminución de los costos de transpone; b. En el campo de la economía, el creciente entrelazamiento mundial de la economía, sobre lodo la expansión de un mercado financiero mundial; c. En el campo político, los intentos crecientes de resolver los problemas existentes por medio de diversas formas de cooperación internacional, en especial los esfuerzos por liberalizar y armonizar los mercados mundiales; y d. En el campo sociocultural, el creciente entrecruzamiento intercultural con sus efectos parcialmente contradictorios.

Esta conceptualización de un proceso evolutivo de integración que abarca toda la historia de la humanidad no debe conducir de ninguna manera a una concepción según la cual los procesos actuales son inevitables, a que éstos se mueven en una sola dirección evolutiva. Se puede observar que en el pasado hubo significativos procesos de disolución. En estos procesos de desintegración se vio reducido el campo de acción de las personas involucradas, disminuyó la diferenciación social y se redujo considerablemente el tamaño de las unidades sociales mayores. Elias muestra como ejemplo de esto la caída del Imperio Romano. Cuando fue imposible mantener el control tnarí241

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timo en el Mare Nostrum, el Mediterráneo, a causa del aumento del poder de los árabes, se imposibilitó el uso del medio de transporte que sostenía la integración. Ciertamente, los romanos disponían de una notable red de vías. Pero Elias señala que «durante toda la antigüedad el transporte por tierra, en comparación con el transporte por agua, siempre fue excesivamente costoso, d e m o r a d o y pesado. Prácticamente todos los centros comerciales de importancia estaban a orillas del mar o en las riveras de ríos navegables» (1969; vol. 2, 65). Sólo con el uso de innovaciones tecnológicas a lo largo de los siglos, como el desarrollo de mejores arreos para los animales de carga o las herraduras para los caballos, se fue haciendo más soportable y conveniente el transporte terrestre de cargas pesadas; esto contribuyó a que se desplazara el centro de Europa de las costas hacia el interior y se crearan así las condiciones para un nuevo impulso de integración. Así pues, desde la perspectiva de la teoría de la civilización no se entiende que el desarrollo de la humanidad necesariamente tenga que conducir hacia una integración a nivel global. Es cierto que hoy en día hay varios indicativos de que en el futuro va a crecer aún más el entrelazamiento y que se va a extender la cadena de interdependencias. Pero se presentan fenómenos en contrasentido como los resurgentes nacionalismos y regionalismos. Estos se fundamentan en momentos retardatarios d e los individuos.

II Según Elias, los impulsos hacia la integración tienen consecuencias para los individuos que tienen que ser superadas. En términos generales, los impulsos de individuación significan para cada individuo una reducción de las imposiciones externas y su sustitución por las propias imposiciones, es decir, por imposiciones interiorizadas así como
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un fortalecimiento de la identidad del yo ante la identidad del nosotros. Elias se refirió a esto sobre todo en sus artículos La sociedad de individuos del año 1939 y Transformaciones en. el equilibrio Nosotros-Yo del año 1987. Quiero aquí referirme en más detalle a tres consecuencias del impulso de integración: 1. La pérdida individual del poder; 2. La progresión de la individuación; y 3. La amenaza que recae sobre la identidad colectiva de las personas. En la transición hacia una sociedad a la vez más compleja y numéricamente más grande cambia la posición de cada individuo en relación con la unidad social que constituyen entre todos. Una transformación fundamental se presenta en la pérdida de poder de los individuos en una sociedad en expansión. Cada proceso de integración está asociado a una pérdida de poder. Si a nivel de la familia, del clan o de la tribu existe todavía un contacto personal con los poderosos y (por lo menos en teoría) la posibilidad de influencia directa, ésta influencia se reduce considerablemente cuando se pasa al nivel del Estado-nación. El mismo proceso se da hoy en día, esta vez en un espacio más amplio todavía. Elias decía acerca de esa fase temprana de la integración a nivel mundial, y que rige hoy aún más: Que cada ciudadano individual [...] prácticamente no tiene la menor posibilidad de influir sobre los eventos a nivel de la integración global. Uno puede alegrarse de que aumente la integración de la humanidad. O no. Pero lo que sí es seguro es que aumenta la impotencia de cada uno en relación con lo que sucede en los ámbitos más elevados de la humanidad. (1987 222ss)

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Mientras que de un lado de la globalización social el individuo ha sido recortado en sus posibilidades, del otro lado experimenta una expansión de sus posibilidades. Para Elias cada impulso de integración es a la vez u n impulso de individuación. De ahí que se presente un desplazamiento en el equilibrio entre la identidad del nosotros y la identidad del yo a favor de esta última. Es decir, la identidad del yo cobra más importancia. Para aclarar esta tesis de la progresión de la individuación quisiera recordar brevemente la concepción que tiene Elias del proceso de volverse adulto. Si se entiende la sociedad corno lo hace Norbert Elias, corno «la irrornpible cadena de padres e hijos, que a su vez se vuelven padres», en la que cada individuo nace dentro de un grupo de personas, que ya estaba ahí antes que él y que lo influye, entonces queda claro lo siguiente: Dependerá de la historia, dependerá de la constitución de las agrupaciones humanas en las que crezca, dependerá de su desarrollo y del lugar que ocupe dentro de esta agrupación, cuál lengua ha de hablar, cuál esquema de regulación de los instintos y cuáles hábitos de la edad adulta surgirán para el individuo. La configuración en la que vive el recién nacido, su entorno social, difiere histórica y geográficamente. Por esta razón su individualización es diferente según el entorno temporal y espacial. Una sociedad mundial que ya estuviera completamente globalizada ofrecería entonces un marco completamente distinto de individuación al que ofrece la sociedad nacional. Para explicar esto con un ejemplo quisiera remitir al debilitamiento de la importancia de las fronteras nacionales y a la reducción d e la importancia de las distancias, gracias a los medios de transporte modernos. En la actualidad aumenta la movilidad individual a nivel mundial. Esta reducción del anclaje de los individuos lleva a una ex244

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pansión de las posibilidades de realización individuales. La movilidad geográfica no sólo es una condición para liberarse de imposiciones no deseadas o para elegir libremente el marco espacial de ia propia existencia. También brinda una mayor cantidad y variedad de contactos sociales y con ello el telón de fondo de experiencias y aprendizajes sobre el que se recorta la individuación. Ambos desarrollos, la pérdida de poder de cada cual y las posibilidades de individuación, no se pueden entender plenamente si separa el uno del otro. La disminución de posibilidades de realización a nivel global configura disposiciones corno el énfasis en la satisfaccic'm de necesidades individuales y el retorno a lo privado. El desinterés por la política y una disminución en la participación democrática transmiten una impresión sobre las expectativas de los individuos en lo que se refiere a sus posibilidades de realización. Del otro lado, la utilización de las ventajas individuales —como por ejemplo el consumo de bienes importados más baratos, o el aprovechamiento de mejores horarios del comercio en países vecinos— debilita la capacidad de conducción del Estado y contribuye a ejercer más presión para que se lleve a cabo una integración a un nivel superior. Paralelamente a la pérdida de poder, los individuos pierden la protección y la seguridad que brindaban las agrupaciones tradicionales. Al separarse de las agrupaciones tradicionales e integrarse cada vez más a nuevas agrupaciones, con los desplazamientos de las estructuras de relaciones personales —que cambian durante los impulsos de integración—, los individuos están cada vez más a la deriva. Elias llama a este aspecto de la pérdida de las viejas orientaciones la amenaza que recae sobre la identidad colectiva de las personas. En la sociedad actual, la identidad colectiva de las personas, o la identidad del nosotros, es extremadamente rnultifacética. Los adultos pueden encontrar una gran diversidad de espacios de pertenencia en:
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is. ís. ía. 1. % ía. ís. ís.

La familia; El vecindario o la zona que habitan; El lugar de trabajo (mi empresa); Tal vez un club; Una región; Un Estado-nación; Una integración continental como la Unión Europea.

O, incluso, la humanidad entera. Las personas se refieren a todas estas relaciones de grupo con un nosotros. Pero las diversas capas de la identidad no tienen el mismo peso. A la identidad nacional, dentro de las identidades del nosotros, se le concedió en el último siglo un lugar de prioridad. Esto no tiene que ver tan sólo con los derechos políticos. La política de las partes integracionistas de los partidos de izquierda, es decir, la social-democracia, estuvo siempre enfrentada a sus opositores sobre la base de la igualdad de derechos ciudadanos de la clase trabajadora. El fracaso de la solidaridad internacional en las dos guerras mundiales señala claramente la inclinación nacional de amplios sectores de la social-democracia. No existe, todavía, una identificación comparable con Europa ni qué decir con la humanidad. Al respecto dice Elias en Transformaciones en el equilibrio Nosotros-Yo:
Los lazos emocionales del individuo con su propio Estado pueden ser ambivalentes; con frecuencia se manifiestan como amor-odio. Cualquiera que sea la forma, de todas maneras los lazos emocionales con el propio Estado son fuertes y están vivos. Comparativamente son muy tenues o no existen en lo más mínimo en relación con las formas previas de una unión de Estados europeos.

A partir de este retraso de la relación del nosotros en comparación con el estado real de la integración, qite se llama efecto de rezago en la sociología de la figuración, se
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pueden explicar una diversidad de dificultades que acompañan, por ejemplo, el proceso europeo de unificación. Los impedimentos estratégicos o económicos pueden superarse con la suficiente voluntad política a través de compensaciones o concesiones. La identidad del nosotros de las personas no se puede, en cambio, regular desde arriba, ni negociar con compensaciones. Esta identidad del nosotros es el sedimento de un largo proceso y por lo tanto se remite a eventos que yacen muy atrás en el pasado. La transición hacia un nivel más elevado de integración amenaza la identidad colectiva de las personas afectadas. Cuando cambia la identidad del grupo, y con ello la imagen del nosotros que poseen, pierden sentido los logros y sufrimientos, las experiencias y los sueños de las generaciones anteriores; todo aquello que, según Elias, «hicieron y sufrieron las generaciones anteriores en el marco y a nombre de esas unidades de supervivencia» parece perder valor. Aparece la amenaza de una decadencia colectiva, incluso de u n vaciamiento de sentido de grado superior. Esto rige mientras el grupo integrado a nivel más alto no logra configurar un sustituto de identidad de igual o mayor valor. No basta, entonces, que las personas estén convencidas racionalmente de las ventajas de la unidad de integración mayor, sobre la base, por ejemplo, de mejores funciones de protección o de un incremento en el bienestar. Hace falta que se produzca al mismo tiempo una convicción emocional. En general estos procesos de acomodación duran tres generaciones o más. Aquí se presenta una diferencia fundamental en relación con impulsos de integración anteriores. Hasta ahora era generalmente superfina la resistencia contra el impulso de integración, las fuerzas que buscaban la creación de un Estado eran más fuertes a la larga que las fuerzas rezagadas. Ahora, calcula Elias, la fuerza del efecto de rezago es mayor. La razón de esto reside en el hecho de que en
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todos los estadios anteriores d e la integración, el sentimiento d e identidad colectiva se desarrolló alrededor de la experiencia de amenaza al grupo por parte de otro grupo. La agrupación de varios grupos pequeños en una unidad mayor de supervivencia alrededor de la lucha contra un enemigo externo contiene siempre un elemento de experiencia emocional de seguridad. La humanidad como totalidad es, desde los social, un grupo particular. Su particularidad consiste en que todos los otros grupos se encuentran en contacto con otros grupos o individuos que se ubican porfuera del grupo propio. Sólo en el interior de ese grupo, la humanidad entera, se puede evitar una amenaza desde fuera del grupo. La amenaza que es uno mismo (es decir, por sobrepoblación, degradación ambiental o la dinámica del armamentismo), la posibilidad de un mejor control d e esta autoamenaza a través de una integración global, ha sido hasta ahora un proceso difícil de asimilar ernocionalrnente. Mucho más difícil, en todo caso, que la amenaza más inmediata y su control a un nivel inferior de integración como el que constituye el Estado nacional. También politólogos alemanes corno Altvater y Malmkopf ven esta amenaza de la identidad nacional. Ellos señalan que con la pérdida de importancia de las fronteras nacionales y el aumento, por el contrario, de la importancia del mercado global, cambia la relación entre economía y política (Altvater y Malmkopf 1996, 580s). Puesto que la identidad política de los ciudadanos está directamente relacionada con el Estado nacional, la identidad nacional suele ser por lo general una identidad política. Mientras que se han discutido ampliamente los peligros que corren las democracias occidentales a causa de la erosión del radio de acción, especialmente para los Estados nacionales más pequeños, este análisis señala otro peligro para la democracia: si se cuestiona la identidad política de los individuos, se llega a una completa crisis de legitima248

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ción de las sociedades democráticas. Este es el momento en el que surge como terna la indiferencia ante la política y los partidos en las más viejas democracias europeas: la crisis de identidad de los ciudadanos afecta a! sistema de representación que se apoya en los partidos y otras instituciones políticas (581). Parece una paradoja que esta crisis de legitimación justo se produzca en un momento en el que pareciera que las estructuras democráticas, después de finalizado el conflicto Este-Oeste, están a la vanguardia y en que la globalización —según sus más fuertes promotores— promete democracia para todos. Los análisis de las consecuencias individuales de los impulsos de integración, vistos desde la teoría de los procesos, permiten comprender y seguir las conexiones que existen entre estos dos desarrollos aparentemente contradictorios.

III En el análisis d e los efectos de la globalización para los distintos grupos en una sociedad es importante tener en cuenta que no todos los miembros de una sociedad se ven igualmente afectados por las consecuencias arriba mencionadas de la globalización. Así, por ejemplo, la pérdida de poder de los individuos se diferencia considerablemente. Mi tesis es que la gran mayoría de la población, y sobre todo aquellos que han sido excluidos del mercado laboral, sienten y experimentan la situación actual como amenazante, porque se sienten impotentes. El impulso de integración disminuye sus posibilidades de influir políticamente. Así, en Alemania, por ejemplo, se han reducido las áreas de competencia de las unidades políticas menores, lo que refuerza la política central. Y corno ya se dijo, la influencia del individuo disminuye con el aumento de la unidad societal.

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Los responsables en política y economía remiten — como justificación de sus acciones— al crecimiento excesivo de los imperativos inevitables de la situación actual. Las reacciones que podemos observar son una reducción de la participación en las elecciones, un aumento de la disposición hacia la violencia corno compensación del sentimiento de impotencia. Los individuos con más recursos se sienten menos afectados por esta situación. A causa de la falta de claridad que genera la globalización sobre cuáles son los campos de acción política, los que tienen un nivel de educación superior se ven parcialmente involucrados en procesos de toma de decisiones a través de, por ejemplo, comisiones de expertos, funciones de asesorías o presencia en los medios. De todas maneras, una disminución significativa de las posibilidades de influencia como consecuencia del impulso actual de investigación no es de esperarse. La élite político-económica, es decir, los políticos y los administradores, sentirá la pérdida de poder en dimensiones mucho menores, puesto que tiene una parte activa en e! proceso de globalización. Igualmente, las posibilidades de movilidad y la cantidad de contactos entre las personas han aumentado, sin duda. Pero, obviamente, esto no es igual para todos. Especialmente se benefician de este desarrollo aquellas personas que cuentan con más recursos que otras. La investigación sociológica sobre estilos de vida ha trabajado sobre este punto sobre la base de la creciente diferenciación en estilos de consumo. Sobre todo en las grandes ciudades —en d o n d e se entrelazan funciones de control económico y político con instituciones educativas y los medios son el lugar en d o n d e se concentran los grupos que más dinero tienen—, se pueden observar desde hace algunos años nuevas instalaciones para el consumo y los pasatiempos. La gran mayoría de la población puede participar en estas nuevas formas de la individualización de manera muy reducida.
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Existe, entonces, una relación directa entre los recursos de una persona o una familia y las posibilidades de beneficiarse del impulso de individualización que resulta de la globalización. Como ya se pudo constatar en el caso de la pérdida de poder personal y el impulso a la individualización, pueden comprobarse diferencias específicas según los grupos en las amenazas que recaen sobre la identidad colectiva. Para la gran mayoría de la población, la frontera entre lo alemán y lo no alemán se borra cada vez más. Futbolistas o incluso parlamentarios con nombre turco y pasaporte alemán, jóvenes que hablan perfectamente el idioma, pero no tienen la nacionalidad alemana, inmigrantes de origen alemán que no hablan la lengua; hoy en día se hace difícil establecer con claridad el nivel del nosotros. A la vez, en una Europa integrada casi no es significativo ser alemán. En una época de dificultades económicas tal incertidumbre es difícil de llevar. Paradójicamente, la reacción a esta incertidumbre, a esta amenaza contra la identidad colectiva, se traduce en un fuerte énfasis de la identidad nacional a pesar de su carácter nebuloso. Corno reacción a la amenaza de la imagen de colectividad se refuerza ésta de manera excesiva. Las fuerzas de la modernización que se dan por fuera del propio grupo se tratan con rechazo y odio. Los símbolos nacionales están a la orden del día. Las personalidades que sirven como reflejo de la identidad y permiten un sentimiento de orgullo generalizado cuando tienen éxito gozan de la mayor popularidad en Alemania. Esto es sobre todo cierto cuando se trata de deportistas individuales de éxito internacional, que se inscriben perfectamente en el impulso de individualización actual. Ante la verdadera integración en los contextos más amplios, en la gran mayoría de la población se observa un gran efecto de rezago. Los grupos sociales que cuentan con más recursos sufren menos con este tipo de incertidumbre. La élite de los
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altamente educados y preparados desempeña aquí un papel interesante y a la vez contradictorio. Por un lado, es ella la portadora de una conciencia global, de la noción de un mundo. Las actividades orientadas hacia la defensa de los derechos humanos, la protección del medio ambiente a nivel mundial o las iniciativas pacifistas provienen de este grupo poblacional. Por otro lado, se observa —especialmente después de la así llamada reunificación a l e m a n a una pérdida de seguridad en lo que se refiere a la colectividad nacional, especialmente en el caso de los escritores. En cambio, en la élite político-económica se observa desde hace un buen tiempo una desnacionalización que se expresa en la diciente frase de moda global player (actor global).

IV La globalización trae consigo, además de las amenazas materiales cuando por ejemplo e! lugar de trabajo se ve en peligro por la competencia en otras partes del mundo, una sensación de inseguridad en lo referente a la identidad colectiva para una gran parte d e la población. En esta situación se continúa lo que Anderson en su famosos libro Comunidades imaginadas llama la construcción histórica de la nación como proceso de refuerzo de la identidad y exclusión del otro (Altvater y Mahnkopf 1996, 29). En estos procesos de exclusión se encuentran, además de los viejos y nuevos nacionalismos, los fundamentalismos religiosos así como los regionalismos. De estos últimos pueden distinguirse dos procesos parcialmente complementarios. Por un lado, se observan, como en Italia, conflictos entre Norte y Sur, en Bélgica entre flamencos y valones o — hasta ahora el más sangriento de todos— en la antigua Yugoslavia la desaparición de la nación a favor de microregionalisrnos dentro de las fronteras nacionales. Por el otro, se 252

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presenta la creación de rnacroregion.es como consecuencia de la integración de Estados y economías nacionales. Estos procesos inducidos de integración, que inicialmente son puramente económicos generalmente permiten rastrear en las personas una nueva conciencia de la identidad macroregional, corno en la Unión Europea, el Nafta o el Mercosur, con diferencias, claro está. Altvater y Malmkopf afirman al respecto: Estas tendencias a la exclusión son la base del chovinismo de los más pudientes, del etnicismo y el racismo para una fragmentación de la sociedad mundial en nacionalidades, etnias, religiones y culturas. El cierre étnico, nacional y chovinista es de hecho la otra casa de la apertura global. En resumen quisiera concretar que las consecuencias de la globalización a lo largo del eje recursos bajos versas altos son vividas de manera distinta por los distintos grupos humanos. En la mayoría de la gente, sobre todo para aquellas personas en peligro de descenso social, impera una sensación de inseguridad, amenaza e incluso impotencia. La reacción se presenta de maneras diversas en la construcción de nuevas pertenencias, o en el redescubrimiento de viejas formas. Al mismo tiempo es posible establecer que para los grupos más pudientes un incremento en las posibilidades de individualización que conducen en algunos casos a reacciones de crítica (énfasis en el mundo único, solidaridad continua con la sociedad en su totalidad, crítica de la lógica económica), en otros a reacciones celebratorias (falta de solidaridad, cuestionamiento de la nación, sociedad de élites mundiales), pero con frecuencia también a la instrumentalización de tendencias excluyentes a favor de los intereses de cada cual. En mi opinión, es muy claro que los procesos de exclusión no aparecen tan sólo como una perturbación desde los cinturones de pobreza, como presión de la calle. Más
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bien se encuentran, en muchos casos, corno fuerzas promotoras entre aquellos que se ven muy poco afectados por las consecuencias de la globalización, como se señaló anteriormente. Muchos políticos, representantes del poder económico e intelectuales de tendencias conservadoras, neoliberales o con frecuencia abiertamente reaccionarias buscan, por medio de la adopción y una consciente proclamación de actitudes excluyentes, imponer sus propios intereses. El sociólogo británico Anthony Giddens designa las diversas formas de manifestación de la exclusión corno política de identidad. Las relaciones que existen entre el proceso de integración que se conoce ahora como globalización, por un lado, y la psicogénesis de formas de comportamiento, que tienen su manifestación más grande en las tendencias de exclusión ya mencionadas, se hacen visibles con el instrumental de la teoría d e los procesos. Cuando se piensa a las personas como lo hizo Norbert Elias, es decir, cuando se imagina al individuo fundamentalmente inmerso en su entorno social, entonces se ve claramente que los regionalismos, etnocentrismos, chovinismos de los mejor situados, racismo y otras formas de comportamiento —todas ellas opuestas a la meta de coexistencia pacífica de todos los seres sobre el planeta— son diversas facetas de lo que aquí se ha denominado el efecto de rezago. Una de las principales tareas d e una sociología comprometida es la de esclarecer estas situaciones y tendencias y elaborar estrategias para desarrollar u n a sociedad civil que pueda ser, d e alguna manera, cosmopolita y estar adscrita a fines humanísticos. El aporte d e la sociología de los procesos ha sido hasta ahora muy poco considerado en el debate público sobre la globalización y debería, en mi opinión, recibir más atención en el futuro. Es cierto que con frecuencia se escucha que justamente para un tema corno el de la globalización, la teoría de los procesos tiene muy poco en cuenta los aspectos económicos de la reali254

Teoría de los procesos y globalización dad. A mi parecer, el aporte especial de la teoría de los procesos consiste en el vínculo que establece entre los procesos rnicrosociológicos, como el de la pregunta por la identidad colectiva, y los procesos macrosociológicos como el de la integración hacia una sociedad mundial. Aquí la pregunta por el motor principal del proceso de integración, que dicho sea de paso es bastante polémico en la sociología, puede ser menos importante para explicar por ejemplo los movimientos d e exclusión. Espero haber mostrado esto con este trabajo, y con ello haber despertado un mayor interés por la pertinencia del pensamiento d e Elias para la comprensión de este tema.

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La teoría del proceso de la civilización de Norbert Elias nuevamente en discusión.
Una exploración de la emergente sociología de los regímenes*
Fred Spier

Sin duda que la tarea de toda teoría sociológica es explicar las peculiaridades que son comunes a todas las posibles sociedades humanas. (Elias, 1987: 15)

INTRODUCCIÓN

Con su teoría de la civilización, Norbert Elias ha conseguido asiento entre los grandes sociólogos de nuestro tiempo. Sus ideas, sin embargo, no son incuestionables.
Este texto es una versión adaptada de un artículo en holandés con el mismo ululo (Spier 1995c). La primera versión fue Spier 1994b. Las ideas que aquí se presentan se formularon en una discusión con Mart Bax v Joop Goudsblom a lo largo de años y, de hecho, resulla imposible señalar con precisión quién ha pensado qué. Debo agradecer también los comentarios dejonathan Fletcher y de la redacción del Amsterdnms Sociologisch Tijdschrift, en particular los de Nico Wilterdink. Para la traducción en español, le agradezco en especial a Vera Weiler, profesora de la Universidad Nacional de Colombia, no sólo por su excelente trabajo sino también por su muy estimulante discusión.

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Fred Spier

Por el contrario, la teoría de la civilización ha dado motivo para controversias que aún se prolongan (para una visión de conjunto ver: Goudsblom 1987, 1994, Mennell 1989: 227-250). En el presente artículo quiero dirigir la atención ante todo a aquellos tipos d e crítica que m e parecen interesantes. También voy a hacer unos comentarios sobre aspectos de las réplicas que a mi m o d o de ver no facilitan un tratamiento fructífero de las objeciones planteadas. Luego me ocuparé de establecer en qué medida los problemas teóricos que quedan sobre el tapete pueden ser resueltos mejor con la ayuda de la emergente sociología de los regímenes.

EL PROBLEMA CENTRAL

La teoría de la civilización de Elias n o es aplicable a la historia entera de la humanidad. Ella trata de hombres que constituyen Estados, de tipos de sociedades que han desarrollado instituciones centrales relativamente estables que han monopolizado el ejercicio de la violencia legítima. Elias formuló su posición en los siguientes términos: La estabilidad peculiar del aparato de autocoacción psíquica, que aparece como un rasgo decisivo en el hábito de todo individuo civilizado, se encuentra en íntima relación con la constitución de institutos de monopolio de violencia física y con la estabilidad creciente de los órganos sociales centrales. Solamente con la constitución de tales institutos monopolices estables se crea ese aparato formativo que sirve para inculcar al individuo desde pequeño la costumbre permanente de dominarse; sólo gracias a dicho instituto se constituye en el individuo un aparato de autocontrol más estable que, en gran medida, funciona de modo automático. (1987: 453-454)

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La teoría del proceso ele la civilización...

Ahora bien, la formación estatal es, vista desde la perspectiva de toda la historia humana, un fenómeno bastante reciente. Los primeros Estados reconocibles como tales con alguna claridad se pueden detectar en varias par tes del mundo hace más o menos cinco mil años. La historia de la humanidad, en cambio, comprende un tiempo mucho más largo. Según algunos, tal vez lleva cien mil, o al menos cuarenta mil años, si se remontan al tiempo del surgimiento del Horno sapiens sapiens. Otros piensan más bien en un período de u n o a dos e, incluso, de cinco millones de años. Estas diferentes visiones están relacionadas con la cuestión sobre desde cuándo puede hablarse de seres humanos en la rama de la especie Homo. Pero independientemente de lo que se piense acerca de estas diferencias, está claro que durante la mayor parte de la historia los hombres han vivido sin Estado. Surge entonces el problema de cómo debe analizarse la economía afectiva de seres humanos que no han conformado un Estado. ¿Habría que partir de que en general no se han comportado de manera civilizada? Y si presentaron formas de comportamiento socialmente reguladas que en sociedades estatales se caracterizarían como civilizadas, ¿cómo deben explicarse estas entonces? Mirando atrás no resulta del todo sorprendente que ese tipo de crítica haya sido formulado primero por los antropólogos. Sus estudios suelen ocuparse ante todo de unidades sociales bastante pequeñas. Aun cuando todas estas a los ojos de las élites nacionales e internacionales en la actualidad forman parte de los Estados, en la práctica a veces experimentan una influencia bastante limitada de esta pertenencia. El antropólogo holandés ILU.E. Thoden van Velzen, quien estudió a los Dyuka de Surinam, observó que ellos muestran claramente formas de autocontrol, y concluyó que la teoría de Elias tenía que ser al menos incompleta (1982). Thoden van Velzen seguramente no fue el primer observador que haya registrado formas de cornportamien259

Fred Spier

to civilizado en la sociedad tribal. El antropólogo canadiense Leslie Drew narró la siguiente descripción (1982: 24): El oficial de marina español Jacinto Caarnano, enviado en 1792 desde la Nueva España hacia el norte para un viaje de reconocimiento a lo largo de la costa occidental de Norteamérica, reportó sobre la comunidad Heida (según el relato de Drew): «That ofall the Indians along the coas!, one couldn 't meet kinder people, more civilised in essentials or of better disposition» (Entre todos los indígenas a lo largo de la costa, no se encuentran otros más amables, más civilizados en esencia o con mejor disposición). Y más recientemente, el antropólogo holandés W.C.E.Rasing (1994) trajo a colación unas descripciones en las que los esquimales que vivieron y siguen viviendo a lo largo de la ahora costa más nororiental de Canadá, son caracterizados en términos análogos. Aunque Rasing se sirvió de una perspectiva figuradonal, planteó a propósito de su estudio interrogantes con respecto al alcance de la teoría d e la civilización (1994c: 278-279). A mi juicio, la crítica de Thoden van Velzen y Rasing es acertada. Sus observaciones sin embargo no llegan a afectar la trama original de la teoría de Elias, es decir, su estudio del proceso de la civilización entre las élites seculares en Europa Occidental desde cerca del año 800 hasta el 1800. Pero las objeciones presentadas por los antropólogos dejan ver claramente que este proceso no p u e d e ser visto como el modelo estándar de todos los procesos civilizatorios que se han dado en la humanidad. Elias se defendió subrayando siempre que no ha habid o sociedades sin alguna forma de civilización. El asunto del cual se había hablado era solamente el de distintos niveles de civilización. En todo caso, Elias nunca abordó sistemáticamente cómo y por qué las sociedades no-estatales habrían alcanzado sus formas de civilización. Así, a la teoría de la civilización de Elias n o se le puede atribuir una cobertura general, aspecto que subraya repetidamente el
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sociólogo holandés Goudsblom, el promotor más conocido de la obra de Elias. Por su parte, Goudsblom enfrenta el asunto señalando que, corno parte de su tentativa de resolver los problemas de la sociedad, todos los pueblos —tanto grandes como pequeños— han tenido que aprender y transmitir formas de autocontrol, o sea, de comportamiento coercionado. Aun cuando el carácter y la intensidad de estas formas de civilización a lo largo de la historia presentaron marcadas diferencias, ellas pueden, no obstante, ser vistas como parte de un solo proceso de civilización global (1992: 17-22). Es importante subrayar en qué sentido se distingue la visión que Goudsblom tiene de procesos civilizatorios de la de Elias. Para éste, los procesos de civilización se están dando donde el autocontrol se va haciendo más extenso, d o n d e éste va abarcando a todos los tipos de relaciones de modo más uniforme y más estable (Elias 1983b; 239-240; Israel et al. 1993: 14-15). El concepto de Goudsblom es más dilatado. Para él todas las formas de comportamiento controlado, si bien no responden a los criterios empleados por Elias, son parte del proceso civilizatorio. Para mí es una cuestión aún no resuelta establecer e n qué medida el abandono de las características de un proceso de civilización como lo define Elias nos ayudaría a concluir la discusión satisfactoriamente. Si se describen todas las formas de comportamiento controlado corno civilizadas, se corre el riesgo de una confusión aún mayor. ¿Cómo podríamos, por ejemplo, exponer de m o d o convincente que, en términos sociológicos, el manejo de los campos de exterminio en la Alemania nazi (que apeló claramente a ciertas formas de conducta autodisciplinada) debería ser descrito como una forma determinada de civilización o como la transición de unas condiciones más o menos pacíficas a u n estado de guerra civil, corno se ha podido observar en los últimos años en algunas regiones de América del Sur, África y Europa, caracterizadas por
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unas formas de conducta que la gente de sociedades muy pacificadas suele ver como bárbaras, o inhumanas inclusive? ¿Qué hacer con comportamientos de hombres atrapados en un proceso donde se impulsan mutuamente a actuar de m o d o cada vez más cruel y d o n d e no obstante ello surgen permanentemente nuevas formas de autocontrol, como el arte de manejar armas de fuego, por ejemplo? Para el antropólogo holandés Mart Bax, preguntas como estas han sido motivo para poner en discusión la conveniencia del término barbarizadón (1993, 1995, ver también Elias 1989: 391 ss.). Sin profundizar aquí más en esta discusión, me parece claro que el término civilización no es de una clase suficientemente general como para permitir u n análisis fértil de todas las complejidades del comportamiento h u m a n o . Para este propósito se necesita urgentemente un término más general y lo más neutral posible. En lugar del vocablo civilización, como término técnico general para todas las formas de comportamiento aprendido y transferido, yo propongo emplear ei término neutral complejo de regulación del comportamiento. Como u n a especie de abreviación del mismo podemos usar la expresión régimen mediante la cual m e refiero a todos los complejos de regulación del comportamiento que muestran una cierta regularidad. El término proceso de civilización podría ser empleado entonces de acuerdo con los criterios de Elias para referirse al proceso en cuyo curso la autocoerción se va haciendo más general, uniforme y estable. Este modo de ver concuerda bastante con el empleo del término en el lenguaje cotidiano. A pesar d e que no creo que por ese camino se resuelvan todos los problemas de aceptación, esta idea de proceso de civilización puede ayudar a evitar cierta confusión. Tal vez de esta manera también se pueda prevenir la idea de que para los sociólogos de los procesos todas las formas de comportamiento controlado sean civilizadas en

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el sentido en el cual se emplea la palabra en el lenguaje cotidiano.

REGÍMENES

El término proviene del latín régimen. Según Wolters Diccionario latín-holandés (Muller & Renkema 1986: 792-793) fue empleado en el sentido de: «1. Dirigir, por ejemplo, aparejar caballos; 2. Administración, comando, dirección y gobierno. El correspondiente verbo regó tenía el significado: 1. apuntar a algo, dirigir, gobernar; 2.a. Presidir, gobernar, dominar (tanto el gobierno público corno las pasiones); 2.b. Reprender, corregir (de errores y costumbres); y 3. Gobernar». Sería muy interesante hacer una comparación de las maneras en las cuales hoy en día se emplea el término régimen en las distintas lenguas europeas occidentales y americanas modernas, corno inglés británico y norteamericano, español y castellano, francés, italiano, alemán, y holandés. Ya que faltan datos suficientes, no se puede decir mucho corr certeza absoluta. Pero mi impresión es que especialmente en holandés, regímenes cada vez más es utilizado en un sentido que podría ser muy interesante para un posible uso sociológico. Entonces, tal vez valdría la pena reflexionar unos momentos sobre su uso en mi idioma materno. En holandés, según el Gran diccionario de la lengua holandesa Van Dale (Geerts & Hecstermans 1992: 2498) el término régimen se emplea actualmente corr la acepciém de: «1. Sistema de gobierno, sistema estatal; 2. Totalidad de prescripciones con relación al servicio interno en monasterios, internados, prisiones, etc.; 3. Dieta; 4. Ejercicio del gobierno; y 5. Tipo de corriente de u n río». En español, según María Moliner, Diccionario del uso del español (1990, II: 975), el término régimen, significa: «1.
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Conjunto de normas que reglamentan cierta cosa: "El régimen de visitas en la cárcel. Régimen alimenticio. Régimen de vida". Específicamente, conjunto de normas higiénicasf...] Modo regular o habitual de producirse cierta cosa: "Régimen de lluvias en una región"; 2. "Régimen político"; y 3. (gramática) Circunstancia de regir determinadas palabras tal cosa o tal preposición...». Con base en esta pequeña comparación, se podría concluir que las diferencias entre el español y el holandés no son tan grandes. Pero más recientemente, en holandés se ha dado una dilatación del significado en dirección a «el conjunto de prescripciones que caracterizan una relación». Así se habla, por ejemplo, de un «régimen más estricto de los vuelos nocturnos» alrededor del aeropuerto internacional de Amsterdam. No sería difícil añadir muchos ejemplos más de este tipo. En otras palabras, el significado del término régimen se está desarrollando cada vez más de gobierno hacia sistema regulado. Esto indudablemente refleja los cambios sociales recientes en materia de poder y dependencias, descritos por el sociólogo holandés Abrarn de Swaan corno transición d e una economía de mando hacia una economía de negociación. No sólo en el idioma holandés diario se le puede observar, sino también en el lenguaje sociológico. En los años ochenta Mart Bax (1982 et al.) y Abrarn d e Swaan (1982 et al.) han introducido, independientemente el u n o del otro, el término régimen en la sociología procesal con el significado de «sistema en determinada manera regulado». Desde entonces, el término ha venido ganando importancia entre los representantes holandeses del enfoque figuracional. En la actualidad hay regímenes religiosos (Bax), regímenes intelectuales (Heilbron 1995), regímenes médicos, regímenes de atención social (De Swaan 1982, 1985, 1989), regímenes pedagógicos (De Vries 1993), regímenes d e regulación d e drogas (Gerritsen 1993), regímenes ecológicos (entre ellos regímenes del fuego), regí264

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menes agrario-militares (Goudsblom 1989, 1992), y regímenes de reuniones (Van Vree 1994).' Seguramente esta enumeración no es completa. No es coincidencia qrte actualmente está decayendo en la sociología procesal el uso del concepto civilización basado en el trabajo de Elias. Mientras en este círculo de sociólogos los regímenes parecen estar sólo al comienzo de su carrera, la situación en el circuito internacional de politólogos es notablemente distinta. El concepto de régimen se viene empleando en numerosos análisis politológicos desde hace ya más de diez años. A pesar de que se había partido de una acepción del término en el sentido de dirección y gobierno, a comienzos de los años ochenta entre politólogos también se ha producido un cambio de significado hacia sistema regulado. Los politólogos de regímenes disponen de un considerable volumen de trabajos donde hace ya al menos quince años se teoriza sobre el surgimiento y el funcionamiento de regímenes; ahora no faltan quienes consideran que los regímenes se han acabado (ver por ejemplo: Cripta et al. 1993; Haas 1980, 1989; J u n n e 1992; Krasner 1982, 1983; Young 1982, 1986, 1989). Es de suponer que la razón de esta diferencia se encuentre en el hecho de que los politólogos antes que los sociólogos estuvieron en busca de un término apropiado para caracterizar toda clase de nacientes acuerdos y asociaciones supranacionales. En la sociología la atención ha sido dirigida ante todo hacia los Estados nacionales como unidad de análisis, naturalmente con la figuración como término más general. A diferencia de los politólogos, en la sociología procesal el término régimen se introdujo para señalar agrupaciones dentro de los Estados. Para agrupaciones supraestatales, es decir para relaciones mundiales,
Según Heilbron, el término régimen intelectual ya fue empleado por el sociólogo Auguste Comte.

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algunos sociólogos figuracionales han desenterrado — siguiendo a De Swaan— el término stelsel, que no tiene equivalente en castellano pero cuya acepción es cercana a la del vocablo sistema (o régimen). Así se está pensando en sistemas de idiomas mundiales, un sistema cultural mundial y en un sistema deportivo mundial (De Swaan 1991; Van Bottenburg 1994), por ejemplo. Estos términos se ubican en la tradición del sistema mundial de André Gunder Frank e Imrnanuel Wallerstein. Algunos sociólogos procesales de procedencia británica, en especial Eric Dunning y Stephen Mennell, guardan algunas reservas frente al empleo del término régimen. Pero en los últimos años, especialmente Mennell muestra cada vez más interés en la aceptación de regímenes —tal vez se puede decir que él se encuentra en proceso de adaptación a este nuevo régimen lingüístico—. Historiadores y sociólogos norteamericanos trabajan en creciente medida con el término régimen aunque siempre de un modo laxo, al parecer casi no reflexionado. El sociólogo Thorstein Veblen hacia finales del siglo pasado ya hablaba de un régimen patriarcal (1953: 62) mientras que William Rathje y el periodista Colin Murphy (1992) presentaron un régimen de evacuación de basura para hablar del trato que los hombres dan a sus desechos. En otra parte me encontré con un régimen del uso de las tierras (W. H. McNeill 1978: 3) mientras J.R. McNeill más recientemente señaló u n régimen demográfico (1992: 3). Y corno ejemplo final: en la Cátedra Wertheim (1995) el antropólogo político norteamericano James Scott habló de property, tenure y labor regimes (20 de junio 1995, Knaw Amsterdam). A pesar de la fuerte y creciente popularidad del concepto régimen, hasta ahora la mayoría de los sociólogos figuracionales apenas se ha hecho cargo d e las implicaciones analíticas del concepto. El tratado teórico de firma politológica Determinants of Regime Formation (Gupta et al.
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1993) no conoce equivalente sociológico alguno. En rni opinión los aspectos teóricos de la emergente sociología de regímenes han sido muy subestimados. Por eso quiero detenerme en este punto antes de exponer mis ideas acerca de las ventajas que ofrece el término régimen en relación con la discusión sobre los procesos de civilización. Los regímenes pueden ser descritos, entre otros, como conjuntos de estándares de comportamiento en cierta medida compartidos. Esto en el sentido más general comprende tanto formas de conducta que los implicados consideran de cumplimiento obligatorio para otros o para ellos mismos, como otras formas de conducta que ellos u otros deberían abandonar. En otras palabras, los regímenes son complejos de coacción externa y de autocontrol. No es suficiente caracterizar los regímenes sólo como complejos de coacción externa y autocontrol. En cada situación social, la gente también experimenta formas de deseos, de inclinaciones de hacer ciertas cosas o dejarlas. Todos aquellos deseos son profundamente sociales, es decir, formados dentro de procesos continuos de coacción externa y autocontrol. Además, los deseos experimentados por unos se traducen fácilmente en el ejercicio de ciertas formas de coaccicm sobre otros, o de autocontrol de su propia persona. En términos muy generales, pues, se puede concluir que todos los regímenes sociales consisten en un constante juego entre deseos, coacción externa y autocontrol. Al mismo tiempo ellos son conjuntos de relaciones de dependencia. Estas relaciones comprenden conductas que rigen realmente tanto las relaciones mutuas corno los comportamientos esperados. Tanto los comportamientos efectivos corno los esperados tienen relación con las balanzas de poder como las que funcionan en estas relaciones. Sin embargo, las relaciones no pueden ser observadas, las conductas en cambio sí.

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Algunos regímenes pueden ser delimitados muy claramente. La legislación nacional por ejemplo define en términos formales un Estado nacional y así también la agrupación que todos los hombres forman dentro del Estado. De hecho las reglas de cualquier organización fijan en medida significativa el comportamiento prescrito que distingue a la respectiva comunidad de otras. Esto es válido por ejemplo para asociaciones deportivas, partidos políticos, universidades y empresas. Desde luego, en estas comunidades hay muchos comportamientos que no han sido cristalizados en reglas escritas y los reglamentos escritos a veces no son observados —o sólo parcialmente—. Otros regímenes, sin embargo, no cuentan con estándares de comportamiento escritos o disponen de ellos en forma apenas rudimentaria. Esto ocurre por ejemplo en el caso del régimen pedagógico, es decir, del trato entre adultos y niños. Los hombres en general forman parte de un gran número de regímenes. En otras palabras, los regímenes se traslapan mutuamente. Por ejemplo, siempre que ios hombres practican el fútbol se amoldan al régimen vigente en su club favorito. Cuando llegan a casa, allí se habla de otro régimen, mientras la situación laboral probablemente se caracteriza por una gama más o menos amplia de regímenes diversos. Se p u e d e constatar en general que el n ú m e r o de regímenes distinguible en u n a sociedad aumenta en la medida en que avanza la diferenciación de la misma. Este proceso de diferenciación de regímenes es muy largo, de hecho se prolonga durante toda la historia de la humanidad. Una consecuencia de esto consiste en el hecho de que mientras mayor es el número de regímenes de los cuales los hombres forman parte, más crece la necesidad de disponer de un comportamiento flexible para que se pueda adaptar a las diversas condiciones. Sin embargo, n o todos los regímenes se traslapan. Hasta hace poco en muchos países no era fácil, si no imposi268

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ble, tener dos nacionalidades. Este rígido deslinde recientemente estuvo en discusión en los Países Bajos, de manera que se puede preguntar por las razones de este cambio. Del mismo modo, los regímenes formados por las religiones mundiales tradicionales sólo se traslapan raras veces o nunca entre ellas. En la actualidad, por ejemplo, es imposible ser un cristiano declarado y un musulmán al mismo tiempo. Entonces surge el problema de cómo y por qué en el curso de la historia unos regímenes sí se traslapan mientras que con otros no ocurre lo mismo; cómo y por qué se distinguen unos de otros; y cómo y por qué esta situación en el curso del tiempo cambia y luego permanece bastante estable (ver Spier 1990, 1994 a, b; 1995 a, b, c). Los regímenes se distinguen no sólo en cuanto a su carácter sino también por su tamaño. Mientras algunos regímenes entre grupos de recolectores y cazadores al parecer fueron de dimensiones muy limitadas, con las crecientes posibilidades de comunicación actuales, algunos regímenes se extienden por todo el mundo. Esto n o sólo se refiere a organizaciones supranacionales como las Naciones Unidas. Se están formando también regímenes más informales d e dimensión mundial, como el de Internet, donde determinados estándares de comportamiento fueron fijados e impuestos a pesar de que ahí no existe ninguna autoridad institucional que haya asumido esta función. Aquí la imposición se produjo cuando se registraron infracciones contra determinados estándares de comportamiento (las pautas comerciales, por ejemplo, son un tabú en el correo electrónico) como el de hacer pasar rápidamente las diversas noticias. Los infractores fueron bombardeados por otros usuarios del correo electrónico con un sinnúmero de furiosos mensajes de tal manera que de hecho resultaron desacreditados y excluidos de la red. Aquí vernos —dentro de una comunidad sin institución central que contara con un monopolio de la violencia y que pudiera tomar la decisión de condenar a los infracto-

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res a la pena capital social (exclusión de Internet)— mecanismos tribales d e coacción civilizatoria en acción a escala mundial. Lo arriba expuesto ilustra que el término régimen es ampliamente aplicable. Tiene también un carácter mucho más distanciado que el del concepto civilización. Por lo menos en la Europa Occidental, el término regímenes se asocia mucho menos con un significado cotidiano de intenso colorido emocional que podría representar una carga contra la aplicación del término para el uso científico. Aunque el vocablo régimen con frecuencia es empleado en el sentido de régimen dictatorial, ésta seguramente no es su única acepción. Ciertamente se le asocia con coacción social, pero esto resulta conveniente. En todo caso no será necesario demostrar más detenidamente que el concepto de civilización de Elias presenta problemas mayores que el de regímenes, por su mayor divergencia con el sentido asociado en el lenguaje cotidiano con el término. Otro competidor bien consolidado es el término cultura, que parece haberse establecido exitosamente como un término científico neutral. En la conocida definición de Tylor, fa cultura c o m p r e n d e todo comportamiento aprendido y trasmitido. Cabe preguntar, sin embargo, si el término cultura se emplea sistemáticamente también entre antropólogos en ese sentido. Entre ellos el concepto de cultura designa ante todo u n comportamiento interiorizad o y una comunicación a través de símbolos. En el análisis de la coacción y el autocontrol en dicha comunidad se pone mucho menos énfasis. ¿Quién hablaría por ejemplo de la cultura del genocidio o sobre una cultura de cuadrillas de ladrones? En casos como este último, el término subcultura intenta ofrecer solución. En todo caso queda claro que el término cultura de ninguna manera es libre de apreciaciones valorativas. Puede que la afirmación resulte un tanto lúgubre pero, en realidad, tanto u n régimen de guerra como un régimen de fiesta suenan comparativamente
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descomplicados cuando se intenta reflexionar de modo más distanciado sobre cómo los hombres se comportan en circunstancias particulares. Y esto es muy necesario. Hay que estudiar justamente este tipo de regímenes —que suele evocar fuertes emociones— con la mayor distancia posible, al menos si se quiere conseguir una idea más profunda acerca de lo que en ellos ocurre. Como consecuencia de lo arriba expuesto, el término régimen debería volverse una pieza central de la formulación teórica en las ciencias sociales; esto con mayor razón por cuanto mediante este término se pvrede establecer una relación entre vínculos de dependencia y estándares de comportamiento. Aquí hay un potencial que ni siquiera el término de figuración logra igualar, y que para el caso de otros términos que aluden a redes humanas resulta aún menos claro. Ello no significa que esos términos cpieden de una vez eliminados. Pero el término régimen también merece un lugar en el firmamento teórico de las ciencias sociales. Girando se pretende entender cómo funcionan los regímenes, hay que enfrentar tres grandes preguntas: ¿cómo y por qué surgieron, se desarrollaron y desaparecieron los diversos regímenes? La explicación del surgimiento de regímenes es sencilla. Todos ellos se forman porque los hombres experimentan un problema y, en consecuencia, tratan de resolverlo desarrollando determinados estándares de comportamiento. Para este mecanismo propongo usar el término deformación de regímenes orientada por problemas. El mecanismo aludido puede registrarse por doquier —con variaciones desde los problemas que se presentan en cualquier familia basta la formación de organizaciones internacionales corno las Naciones Unidas, por ejemplo—. Como todos los aspectos de la existencia humana, los regímenes son compromisos, y esto significa que no concuerdan plenamente con los deseos de todos los implicados. Además todos los regímenes generan efectos no es271

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perados que pueden por su parte conducir a nuevas acomodaciones. Este proceso explica el desarrollo de regímenes en el sentido más general. En la medida en que los regímenes continúan desarrollándose son cada vez menos el resultado planeado d e esfuerzos por resolver problemas directamente experimentados. La Organización del Tratado del Atlántico Norte, Otan, ofrece un ejemplo apropiado para ilustrar por qué los regímenes pueden seguir existiendo aun cuando las circunstancias se modifiquen. Después de la caída del comunismo en Europa Oriental, algunos comentaristas describieron a la Otan como «una solución en busca de un problema». La creciente inestabilidad de algunos de los anteriores países comunistas, inclusive la guerra en la ex Yugoslavia, generó nuevos problemas y contribuyó de esta manera a la supervivencia de la Otan. Los problemas que aseguran la persistencia de un régimen entonces no son per se los mismos que estuvieron en la base de su formación. Esta situación, ampliamente descrita en la sociología organizacional, puede caracterizarse mediante el principio formulado por Stephen Jay Gould corno el de continuidad estructural y cambio funcional. Corno formulación más general se puede afirmar que los regímenes se desvanecen cuando desaparecen los problemas en cuya función surgieron, y cuando estos no son reemplazados por nuevos. Esto merece mucha atención, desafortunadamente todavía n o la atrae sino escasas veces. Los regímenes pueden deshacerse porque su conservación genera demasiados problemas. El caso del Pacto de Varsovia y la división de la Unión Soviética pueden ser descritos en estos términos. Ese tipo de disolución cuenta frecuentemente con gran atención pública.

REGÍMENES ECOLÓGICOS

Norbert Elias afirmó que hay tres tipos fundamentales de problemas con los cuales todos los hombres tienen que

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ver, y en relación con ellos hay tres formas fundamentales de control: se refiere al control del entorno extrahumano, el control de las conexiones interhumanas, y el control de los hombres sobre sí mismos a nivel individual, es decir, la autorregulación (Elias 1982b: 189-190). En analogía con esta clasificación pueden distinguirse tres tipos de regímenes: ecológicos, sociales e individuales (Ver Goudsblom 1992, 1994; Spier 1995a). Con esta tripartición se presenta la clasificación más fundamental de los regímenes. Los regímenes individuales no tienen que ser de carácter social o ecológico. Las personas a veces adoptan formas de conducta que nadie les exige. Por supuesto que todos los regímenes sociales son también regímenes individuales, pero no necesariamente tienen que ver con la naturaleza extrahurnana. Estos regímenes se desarrollaron en la corte española y francesa, por ejemplo (esta última ha sido ampliamente estudiada por Elias). Los regímenes ecológicos —todas las formas de comportamiento medianamente estables con que los hombres se enfrentan a la naturaleza n o humana— son sin excepción también regímenes sociales e individuales. En el opus rnagnum de Elias, los regímenes ecológicos no han jugado un papel de importancia. Pero un mejor concepto de ellos puede ayudar mucho a aclarar las cosas en la discusión acerca de la pregunta por el origen y desarrollo de las formas de civilización en sociedades sin Estado y acerca de los cambios surgidos con la formación de Estados. Un análisis general del papel de los regímenes ecotógicos en la historia de la humanidad en su conjunto revela que el concepto régimen puede ser un instrumento analítico suficientemente general (Ver Goudsblom el al. 1989).'
" Mediante el término régimen —con u n significado algo modificado— puede resumirse de manera sencilla incluso tocia la historia cósmica, de la cual la tierra, la vida y la humanidad apenas forman una parte limitada (Ver Spier 1990).

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Los regímenes ecológicos son tan antiguos como la humanidad. En la fase primera y más larga de su historia los hombres vivieron como recolectores, cazadores y pescadores. Su régimen ecológico, es decir, su manera de enfrentar los problemas con el medio ambiente, estuvo en gran medida determinado y limitado por las posibilidades que les ofrecía su entorno; por los aspectos biológicamente establecidos de la naturaleza humana, su conocimiento y su experiencia. Esto último comprendía el conocimiento social, la forma y el grado de organización, al igual que el nivel del conocimiento técnico que ya habían alcanzado los hombres. A lo largo de esta fase de nuestra historia todos los hombres estuvieron directamente implicados en el régim e n ecológico. Todos ellos tenían que conformarse con las estaciones y los efectos que de ellas derivaban sobre el entorno natural que les rodeaba. Esto quiere decir: ellos tenían que luchar por la comida, mientras la superexplotación del medio ambiente conllevaba el peligro de minar la base de la propia existencia. En comparación con posteriores fases de desarrollo ahí había poca diferenciación social. La introducción de la agricultura y la ganadería significaba la transición a nuevos regímenes ecológicos al tiempo q u e el régimen de cazadores y recolectores fue perdiendo importancia, mientras en muchos casos desapareció p o r completo. No es claro en qué medida los hombres portadores de este régimen se extinguieron o se transformaron en agricultores y ganaderos. Pero independientemente de como haya transcurrido el proceso, no hay d u d a de que los portadores del nuevo régimen ecológico a lo largo de muchos milenios se volvieron dominantes en casi todas partes, mientras los cazadores y recolectores fueron cada vez más presionados hacia los límites del m u n d o habitable.

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En el nuevo régimen agrario, los hombres también se impusieron mutuamente y a sí mismos hacer algunas cosas y abandonar otros comportamientos. Goudsblom ha subrayado en otro lugar que para practicar exitosamente la agricultura y la ganadería los nuevos campesinos tuvieron que aprender nuevas formas de autodisciplina (1988: 104131 y Goudsblom et al. 1989, 1996). No podían seguir consumiendo toda la comida disponible, corno en muchos casos lo solían hacer los cazadores y recolectores, por lo menos los ambulantes, ya que para ellos fue de primera importancia poder ir hacia donde había comida. Por el contrario, el consumo desenfrenado de siembras y reservas para el comienzo de la siguiente cosecha conduciría inevitablemente a desastres. Aquellos hombres tenían que adaptarse en creciente medida al ciclo de la agricultura en desarrollo, en la que sembrar, desyerbar y cosechar en el período preciso se vuelve de importancia vital. Se hizo necesario desarrollar métodos para determinar con alguna certeza estos momentos. El éxito en la ganadería necesitaba otras formas de autocontrol. Por ejemplo, los hombres no podían sacrificar su ganado inmediatamente después de su nacimiento. Hubo que aprenderuna mayor previsión y muchas otras formas nuevas de autodisciplina. Todos estos nuevos estándares de comportamiento, resumidos por Goudsblom como régimen agrario, no eran innatos sino que había que aprenderlos. En el mismo período, los tempranos agricultores y campesinos ganaderos pudieron aflojar las riendas del régimen de los recolectores y cazadores, en particular el seguimiento de plantas y animales según las estaciones. En la medida en que desapareció este problema como condición central de la alimentación y, dado que éste no fue reemplazado por otros que hubieran podido perpetuar el régimen, el de los cazadores y recolectores en buena parte iba desapareciendo. De esta manera, simultáneamente con

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la formación del régimen agrario se debilitó y eclipsó el régimen de los cazadores y recolectores. En términos de Elias, este proceso de debilitamiento y eclipse de regímenes —que salta mucho menos a la vista que los procesos de formación y consolidación d e regímenes— se puede describir como una tendencia hacia la descivilización, o tal vez incluso, como un proceso de descivilización. Este tipo de procesos en general recibe poca atención académica pero, en mi opinión, una observación más detenida es esencial para conseguir u n cuadro equilibrado de los cambios de la economía afectiva y de los comportamientos d e los hombres, no sólo a través de la transición hacia una existencia agrícola, sino en principio siempre y en todas partes d o n d e se estudian procesos de civilización. Corno parte de estos desarrollos se incrementaron las diferencias en cuanto a las funciones sociales, los poderes y las pautas de prestigio. Especialmente el desarrollo de Estados tempranos condujo a una situación d e creciente diferenciación social, d o n d e cada vez más hombres resultaban dependientes entre ellos y d o n d e resultaban cada vez menos afectados directamente p o r el medio ambiente circundante. Príncipes y sacerdotes, comerciantes y artesanos tuvieron que ver en creciente medida con las relaciones interhumanas, mientras los campesinos experimentaban la presión directa del régimen ecológico. Las capas superiores y medias comenzaron a perder de vista el régimen ecológico. Asimismo, en este proceso se presentaron tendencias de civilización y de descivilización al mismo tiempo. La gran mayoría de la población —ante todo campesinos, pescadores y mineros— continuaron experimentando a diario la presión del régimen ecológico. Variando una caracterización de Goudsblom en relación con la «sociedad cortesana europea en su apogeo» (1994: 12) puede constatarse para muchas sociedades agrariornilitares que las capas medias de la sociedad sustentaban y 276

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formaban ante todo el régimen económico. El trato mutuo entre los cortesanos estuvo fuertemente orientado hacia la etiqueta, mientras los sacerdotes se convirtieron en expertos de la ética. Estos seguramente no eran los únicos regímenes de los cuales estos hombres formaban parte, pero tal vez eran los regímenes de los cuales derivaban la mayor parte de su identidad. Todos estos hombres miraban la vida campesina desde arriba, y lo mismo ocurría con el régimen ecológico que los campesinos representaban. Trabajar la tierra y el trabajo manual en general se tornaron profesiones con un bajo valor distintivo. La jerarquía de estatus resultó cada vez más determinada en la medida en que los hombres lograban conservar limpias sus manos y su vestimenta y, relacionado con esto, por ideas asociadas a la pureza y suciedad. Especialmente en la India, pero también en otras partes, la limpieza y el prestigio social llegaron a estar estrechamente entrelazados. Hasta el día de hoy, mucha gente que no trabaja la tierra ve la vida campesina y el régimen agrario como un modo de existencia propio de un estatus inferior. A lo largo del último milenio se intensificó y expandió el régimen económico, especialmente en sociedades noratlánticas. Ante todo, la tercera gran transformación ecológica —el paso a un modo de vida industrial basado en el amplio uso de fuentes de energía principalmente fósiles— contribuyó fuertemente a ello. Las posibilidades ofrecidas por la industrialización y también el hecho de que cada vez más gente iba a vivir en grandes concentraciones urbanas y no siguió trabajando el campo, estimularon un creciente sentimiento de independencia con respecto a la naturaleza no humana. En consecuencia, muchos hombres perdieron de vista cada vez más al régimen ecológico. El surgimiento de la conciencia ecológica, —y con ella el de nuevas formas de regímenes ecológicos— se originó por la aparición de nuevos problemas, porque unos pro277

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blemas ya existentes se agravaron, y por una nueva sensibilidad frente a problemas antiguos. La creciente contaminación del aire, del agua y del suelo y ante todo también la creciente percepción de los peligros que esto trajo consigo —el miedo al agotamiento de fuentes naturales consideradas de importancia vital, la extinción de familias enteras de plantas y animales y más recientemente la posibilidad de que el comportamiento humano cause daños serios al ecosistema terrestre entero— contribuyeron al surgimiento y desarrollo del actual nuevo régimen ecológico. En este nuevo régimen los hombres en muchos aspectos no dependen directamente de la naturaleza pero no obstante se han vuelto cada vez más conscientes de que su comportamiento p u e d e producir grandes efectos sobre el medio ambiente natural, los cuales pueden afectarlos a ellos mismos así como pueden influir negativamente sobre las posibilidades posteriores d e u n a vida en prosperidad y bienestar. Propongo denominar este tipo de régimen ecológico, que es nuevo en la historia de la humanidad, con el término de régimen ambiental (Ver Spier 1995a, c 1996). Como en todos los regímenes, también en éste los hombres experimentan deseos, hacen determinadas cosas y dej a n de hacer otras, y con esto también conforman y definen una constelación d e dependencia mutua. La difusión e intensificación del régimen ambiental puede ser interpretada como la ecologización de la sociedad (Ver Schmidt 1993; Gijswijt 1995, Aarts et al. 1995).

REGÍMENES Y PROCESOS DE CIVILIZACIÓN

La utilidad del término régimen en relación con la discusión sobre civilización y descivilización se encuentra entre otros en el mayor grado de abstracción con que pueden ser descritos procesos de comportamiento. Si un régimen se desarrolla en el sentido de Elias —es decir, en un auto278

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control más general, uniforme y estable—, entonces se puede decir cjue este régimen experimenta un proceso de civilización. Cuando se da el caso inverso, se trata de un proceso de descivilización. Y cuando los desarrollos sólo presentan algunas características, se puede hablar de tendencias de civilización y descivilización (Ver Fletcher 1994). Dos de los criterios de Elias para procesos de civilización, el del autocontrol más uniforme y estable, parecen evidentes. El tercer criterio —que el autocontrol tiene que tornarse más generalizado— presenta problemas. A mi juicio este último implica entre otros cine el autocontrol se expresa en cada vez más aspectos de la vida social. En otras palabras, deben estar e n j u e g o cada vez más regímenes diversos. La pregunta que resulta entonces es: ¿de cuántos regímenes se trata, y de cuáles? Es decir: ¿en cuáles situaciones se considera dominante el proceso de civilización, y en cuáles circunstancias se caracteriza por lo contrario (descivilización), dado que casi siempre estos procesos ocurren al mismo tiempo pero no en la misma medida? Para esto no he encontrado todavía una buena respuesta. El estudio empírico de Elias de los procesos de civilización en gran parte tiene relación con el trato mutuo obligatorio entre las élites de Europa Occidental durante el período que va desde la Edad Media hasta la Revolución Francesa. A pesar de que Elias seguramente tuvo un sentido agudo por la manera de proceder de la nobleza en relación con los subordinados, ésta juega un papel pasajero en la presentación de su material empírico. En su trabajo técnico tardío, en cambio, a esto le concede un lugar destacado (1983a: 190-192, 1983b: 311-330). El comportamiento noble frente a los dependientes fue con frecuencia claramente menos reservado que los intercambios fuertemente estilizados entre los cortesanos mismos. Y donde la postura frente a los inferiores se envuelve en una salsa de 279

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civilización, esto probablemente se debía más a condiciones circunstanciales en el círculo propio o en razón de estándares de comportamiento interiorizados y sentimientos generados por la coacción civilizatoria en la corte, que a necesidades o deseos de conseguir la benevolencia de los subditos. En el período arriba comentado el proceso de la civilización señalado por Elias conoció, pues, una dimensión social limitada y seguramente no se extendió completamente y en igual medida sobre todos los regímenes vigentes entre los implicados. Elias mismo ha subrayado eso. Dicho episodio permite reconocer claramente un proceso de restricción y refinamiento de los regímenes en el comportamiento entre las élites d e Europa Occidental. Si — siguiendo a Elias— estas modificaciones se describen como un proceso de civilización —lo cual me parecería justificado— ¿dónde ubicar entonces los límites? ¿Cuándo hablamos sólo de procesos d e restricción de regímenes? ¿Y cuándo d e tendencias o procesos de civilización? Ahí surge el siguiente problema. Los procesos de restricción y debilitamiento d e regímenes por lo común se presentarán de m o d o simultáneo y, a veces, incluso dentro del mismo régimen. El surgimiento de un régimen de guerra, por ejemplo, puede demandar un creciente autocontrol como es necesario para no ser alcanzado por balas o esquirlas de granada. Al mismo tiempo puede haber también una creciente presión para que se dé rienda suelta a las emociones y a la violencia. Esto es sin d u d a el caso d e las guerras europeas del pasado y del presente, así corno del pasado más lejano. El surgimiento del régimen guerrero medieval, por ejemplo, se caracterizó asimismo p o r formas tanto d e restricción como de debilitamiento de los regímenes. 3
Todos los regímenes guerreros así como los regímenes que se preparan para la guerra recurren a formas de autodisciplina. En el desarrollo
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En el régimen cortesano francés, en cambio, la violencia en el trato mutuo era fuertemente censurada. En razón del monopolio central de la violencia los cortesanos no se podían permitir alzar la mano entre ellos. La pelea se libraba con medios más refinados. Como ya se ha dicho, la transición de un régimen guerrero medieval a un régimen cortesano se puede describir en parte como un proceso de restricción y refinamiento de regímenes. Pero se trató también de diversas formas de debilitamiento y eclipse de regímenes. Los cortesanos ya no tenían que preocuparse más por la etiqueta guerrera, la presión de la guerra o las reglas de los torneos. En consecuencia, podían abandonar formas de autocoacción y refinamiento del comportamiento que habían sido relacionadas con aquellas presiones (Ver Maso 1982: 321-322). Estos desarrollos deben considerarse en los términos ya señalados de debilitamiento y eclipse de regímenes y tal vez también como tendencias o procesos de descivilización. La diferencia obviamente no consiste sólo en que durante el gobierno de Luis XIV haya habido menos guerras. No es tan claro. Pero lo cierto es que el régimen guerrero se modificó. Las guerras, entre otros, cobraron dimensiones mayores. La concomitante división de trabajo habilitó a los cortesanos franceses para delegar toda la presión del régimen de guerra a representantes especializados y, en consecuencia, también pudieron abandonar formas de comportamiento asociadas con la lucha directa.

de las organizaciones militares en el milenio concluido puede percibirse una clara tendencia en dirección hacia formas más universales, más uniformes y más estables de coacción externa y autocoacción, es decir, de una tendencia civilizatoria o de un proceso de civilización. La presión que hoy en día se siente hacia una cierta reserva, junto con el desarrollo técnico que crea una distancia cada vez mayor para matar y herir enemigos, forma parte de dicha tendencia.

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De m o d o comparable —si bien en m e n o r medida—, estos desarrollos se presentaron de la misma manera en relación con el régimen ecológico. Si bien la nobleza medieval probablemente pocas veces o nunca haya trabajado la tierra con sus propias manos, los guerreros tuvieron en todo caso un contacto mucho más directo con los campesinos que sus pares en la corte francesa. Estos últimos sintieron raras veces o nunca la presión directa del régimen ecológico. Los cortesanos se preocupaban ante todo por los esfuerzos de los subditos en el campo cuando estos les proporcionaban muy poca ganancia material. De esta manera, el régimen ecológico había casi completamente desaparecido del horizonte mental d e los señores. Y cuando se percataban d e él, lo consideraban con desprecio. Si definimos al ya comentado proceso de restriccicin de regímenes como un proceso de civilización, ¿en qué medida podrían considerarse entonces los mencionados procesos de debilitamiento y eclipse de regímenes como tendencias o procesos de descivilización? y ¿cómo denominarnos entonces el proceso en su conjunto? No sé las respuestas a estos interrogantes. Hacen falta criterios claros. Tales pautas pueden resultar quizás d e la discusión académica cuando vayamos a experimentar con estos términos. Las tendencias y los procesos espectaculares de descivilización europea son ante todo los que hasta el momento han llamado la atención académica europea, corno el surgimiento de la Alemania nazi y más recientemente el d e r r u m b e del o r d e n y d e la autoridad en Bosnia-Herzegovina. Los problemas d e violencia más agudos, más tempranos y más duraderos en América Central y del Sur escaparon casi por completo a los ojos escrutadores de los estudiosos europeos, ya que ellos no fueron afectados en forma más o menos directa por sus consecuencias. Las tendencias y los procesos de descivilización más corrientes y más pacíficos q u e se presentan con mayor fre282

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cuencia, en cambio, no han generado todavía la atención que merecen. Esto se debe al hecho de que no llama mucho la atención la desaparición de comportamientos que dejan de ser funcionales; significa también la desaparición de los problemas que formaban la base de los mismos. El surgimiento de nuevos problemas, en cambio —y con esto el surgimiento de nuevos regímenes—, atrae mucho la atención. Esto representa una lamentable deformación. Podemos conseguir un cuadro más equilibrado de los procesos de civilización tan sólo si los procesos de restricción y debilitamiento de los regímenes, tanto los más sobresalientes como los más escondidos, son investigados sistemáticamente.

DIVERSAS FUENTES DE CIVILIZACIÓN

Según Elias, la formación de un monopolio central sobre el ejercicio de la violencia legítima fue la causa principal del proceso de civilización en Europa Occidental, lo cual iba mano a mano con una creciente diferenciación social, división de trabajo, etc. Este concepto aquí no está en discusiém. Podernos preguntar, sin embargo, si Elias consideró en esta premisa todas las fuentes de procesos de civilización, incluyendo las formas de comportamiento civilizado en sociedades sin Estado que ya se ha señalado en los comentarios críticos de Thoden van Velzen y Rasing. Aunque no pueda presentar aquí un catálogo completo de todas las fuentes posibles de civilización, rne parece claro que Elias no prestó atención sistemáticamente a los impulsos civilizatorios provenientes de regímenes ecológicos, es decir, a las maneras como los hombres se enfrentan a su medio ambiente natural. Pero hay al menos un pasaje en la obra de Elias que indica que el viejo maestro seguramente tuvo ojo para los efectos civilizatorios del ré-

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gimen ecológico (1982: 190-191). Pero hasta d o n d e yo sé él nunca elaboró el terna. Vale la pena enfatizar que todos los regímenes ecológicos son también regímenes sociales. Todos ellos exigen formas de cooperación que representan formas de comportamiento controlado. Regímenes ecológicos semejantes —como por ejemplo, los regímenes de cazadores y recolectores, los regímenes de agricultores y ganaderos, el régimen industrial, los regímenes de pescadores y de mineros—, presentan cada uno determinadas características sociales. Así muchas, si no todas las sociedades de agricultores, tienen entre ellas más en común que con sociedades de cazadores y recolectores —que, por su parte, se parecen mucho entre ellas—. Lo mismo es válido mutatis rnutandis para todos los demás regímenes ecológicos. La misma cuestión se puede plantear también para subregímenes dentro de regímenes ecológicos grandes. Por ejemplo: ¿qué tienen en común pueblos que viven de la agricultura a base de irrigación? ¿Tienen más en común entre ellos que con otras sociedades agrícolas? ¿Hay regímenes semejantes para agricultores que construyen diques? ¿Qué formas de cooperación eran necesarias? ¿Qué formas de civilización surgieron corno resultado? Quisiera elaborar un poco más un tipo de régimen ecológico como fuente de civilización. En general, la agricultura exigía un modo de vida más sedentario que el régimen d e cazadores y recolectores. Las inversiones que se hacían en los campos, las herramientas, la cosecha recogida y la siembra hacían incómodo el andar d e u n sitio a otro. En otras palabras, independientemente d e si había un monopolio central d e la violencia o no, la actividad de la agricultura ató a los hombres a la tierra y reforzó también los lazos entre ellos mismos. Quizá a esto se deba el que los pueblos campesinos se parecen más a las sociedades cortesanas de lo que supondríamos a primer vista. Miremos al siguiente pasaje de La sociedad cortesana de Elias:
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[...] pues éste entabla en general, una relación duradera, de toda la vida, con cada uno de los demás miembros de su sociedad; todos estos hombres cortesanos están, sin posible escapatoria, en manos unos de otros, más o menos, según su posición en la sociedad cortesana, como amigos, como enemigos o como relativamente neutrales. Ya por esto necesitan tener siempre máximo cuidado en todo encuentro. Precaución o reserva es, en consecuencia, una de las dominantes más importantes de la cortesana manipulación de hombres. Justamente porque toda relación es, en esta sociedad, necesariamente una relación duradera, una sola expresión impensada puede tener efectos permanentes. (1982a: 149-150) Cuando, después de mi primer estadía en el pueblo surandino peruano de Zurite, leí esta descripción de regreso en Holanda, me atravesó un rayo de luz: esto yo lo había visto allí. Los campesinos andinos que en gran parte se autoabastecen son entre ellos —en muchos aspectos— extremadamente reservados y presentan toda clase de comportamientos estilizados que yo justamente con mucho esfuerzo me había apropiado, por lo menos hasta cierta medida. Estas formas de civilización campesina entre ciudadanos establecidos con orientación hispanohablante en la cercana ciudad de Cuzco están ausentes casi por completo y a veces incluso son desconocidas. El reservado comportamiento andino no puede explicarse del todo a partir del hecho de que Zurite y sus alrededores llevan siglos bajo formas de autoridad estatal. La vida social en el Cuzco también fue parte del Estado colonial y después peruano, y tal vez experimentó aún más sus presiones. Este complejo de comportamiento campesino surge en primer lugar a partir del régimen ecológico y del régimen social vigente en los Andes, con éste relacionado. Ambos vienen ya siendo bastante estables desde hace siglos. Como parle de este régimen, los campesinos y campesinas

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permanecen estrechamente dependientes entre sí desde su nacimiento hasta su muerte. Se necesita trabajar el campo en ayni, trabajo común, mientras se realizan tareas comunitarias casi siempre en una forma parecida, faina. Sin estos tipos de trabajo común no se puede sobrevivir en las circunstancias ecológicas tales corno rigen allí, dados ciertos niveles tecnológicos y sociales. Esto significa que es necesario evitar conflictos abiertos, ya que estos p o n e n en peligro la necesaria cooperación diaria. De ahí que estos campesinos guarden ciertas reservas entre ellos, y se comporten con fornras estilizadas. Hay más razones por las cuales los campesinos se mueven así en sus pueblos, como por ejemplo el compadrazgo, el cual funciona como colchón social. De igual manera produce formas estilizadas de comportamiento, y tal vez más en el campo que e n ciudades como Cuzco, ya que en la vida urbana siempre hay más escape, más espacio a d o n d e puede irse sin ser controlado por otros. En términos generales, los efectos civilizatorios del régimen ecológico pueden servir para explicar las observaciones que llevaron a T h o d e n van Velzen a la conclusión de que los Dyuka de Surinam también presentan ciertas características civilizatorias. De la misma manera puede entenderse p o r qué, en el análisis de Rasing, los esquimales canadienses presentaron todo tipo de comportamiento reservado. Este mismo hecho puede ayudar a comprender por qué Rasing pensaba reconocer tendencias de descivilización en razón de la incorporación de los esquimales en el Estado canadiense, pues al mismo tiempo feneció en buena parte el régimen ecológico hasta entonces vigente, al igual que el régimen social relacionado con éste. La presión civilizatoria por parte de las autoridades canadienses no tuvo la suficiente fuerza corno para mantener las riendas locales tan fuertes como había ocurrido en el caso anterior.

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No resulta extraño que Elias prestara relativamente poca atención a los efectos civilizatorios del régimen ecológico. Las élites sobre las cuales concentró su atención no estuvieron dilectamente afectadas por el régimen ecológico de su tiempo. En su proceso civilizatorio el régimen ecológico jugó un papel marginal y experimentó más bien un proceso de debilitamiento. A esto se suma lo siguiente: en el período en que Elias escribió su gran obra en la sociología no era de buen tono prestar sistemáticamente atención a las relaciones entre los hombres y su entorno natural. Esto puede entenderse a partir del hecho de que el régimen ecológico escapaba de la vista para cada vez más hombres de nuestra sociedad, y el estudio del mismo no gozaba de mayor prestigio. Pero a mediados de los años ochenta cobró fuerza la idea de que nuestras actividades económicas desenfrenadas conllevan efectos ecológicos no previstos, los cuales en creciente medida fueron considerados nocivos. Entonces, surgió una amplia atención para esta temática en la ciencia social.

C I V I L I Z A C I Ó N Y BARBARIZACIÓN

En su informe sobre los actos violentos en y alrededor del pueblo bosnio de Medyugorye (1993, 1995), Mart Bax advirtió que éstos estuvieron acompañados por nuevas formas de control y dependencia. ¿Cómo debe ser visto tal proceso en el cuadro de la teoría de procesos civilizatorios de Elias? ¿Se hablaba aquí sólo de un proceso de descivilizaciém o incluso de un proceso de barbarización? o ¿podían percibirse también tendencias civilizatorias? Los argumentos recientemente presentados por la científica social norteamericana Madeleine Fletcher (1995) pueden contribuir a comprender mejor esta cuestión. Pensando en lo que ella denominó la dicotomía, tribal-feudal 287

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afirmó que en sociedades tribales —que se caracterizan entre otros por la ausencia de un monopolio central sobre los medios legítimos de violencia— la seguridad de los individuos se garantiza por el grupo al que él o ella pertenece. Esta relación a menudo se define en importante medida en términos de consanguinidad. Si te sucede algo, el grupo torna venganza en los miembros del grupo al cual considera que pertenece el autor, y n o per se única y exclusivamente en el autor. En sociedades estatales, en cambio, quien ejerce el monopolio de la violencia asume la tarea de castigar a los autores por sus infracciones. Cuando, planteado en mis términos, se derrumba un régimen estatal —no importa por qué razones— puede el régimen tribal, y con él el mecanismo de la vendetta, surgir y llegar a prevalecer rápidamente. Tal vez ambos regímenes pueden encontrarse en muchas, si n o en todas, las sociedades estatales, aunque en la mayoría de los Estados noratlánticos los regímenes tribales muchas veces son muy débiles y su presencia apenas se siente. La situación en Irlanda del Norte y en el País Vasco, sin embargo, ofrece ejemplos de regímenes tribales relativamente fuertes en los Estados nacionales. También las pandillas callejeras —a veces muy violentas— que se presentan en los centros urbanos norteamericanos, lo mismo que todo tipo de agrupaciones terroristas, ptreden ser clasificadas bajo este denominador. La fuerza y dimensión de ese tipo de regímenes tribales presenta una relación directa con la solidez del régimen estatal del cual forma parte. Tal vez estos conocimientos puedan arrojar más luz sobre el problema señalado p o r Bax. Con respecto a Bosnia, constataba el derrumbe de la autoridad estatal. Este estuvo acompañado p o r el surgimiento y robustecimiento de regímenes tribales. Los clanes familiares se presentaron más estrechamente relacionados entre sí y sus miembros se vieron sometidos a pautas de comportamiento más rigurosas en su trato mutuo. Aquí se presentó un proceso
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de reforzamiento de un régimen tribal, una tendencia civilizadora, si se quiere. Al mismo tiempo cambió radicalmente el carácter del comportamiento frente a quienes fueron considerados cada vez más como extranjeros. Había cada vez menos necesidad de enfrentarse a los rivales de forma pacífica y reservada. Según Bax, ante todo en la fase inicial los enfrentamientos eran más fuertes regularmente. Pero ya pronto el conflicto se asumió de modo más calculado y disciplinado. Las relaciones interétnicas —que en cierta medida fueron redefinidas— experimentaron entonces procesos tanto de debilitamiento como de restricción de regímenes. Ahora, ¿cómo debe entenderse este proceso en su conjunto? Mientras entre los regímenes tribales se presentaba una creciente espiral de violencia, es decir, un proceso de descivilización o, quizás, un proceso de barbarización, se podían percibir también tendencias hacia la restricción del régimen. Asimismo, en cada clan se pusieron en marcha tendencias civilizadoras, es decir, que los respectivos miembros resultaron cada vez más dependientes entre ellos. En resumidas cuentas, los desarrollos entre los diversos regímenes n o se ajustan todos de igual manera a los criterios señalados por Elias para los procesos de civilización. La confrontación en Medyugorye llegó a su fin cuando una unidad paramilitar croata con mano dura introdujo una autoridad supratribal y, así, los sucesivos conflictos entre los restantes clanes en gran parte fueron despojados de sus aspectos violentos. Ahí se trataba del mismo mecanismo, pero con signos inversos. Tendencias de civilización y descivilización se presentaron aquí también de manera simultánea. H u b o una espiral de paz bajo la coacción externa. Esto plantea el siguiente problema. En situaciones de guerra, el comportamiento cruel frente a enemigos desamparados tal vez no sea causado únicamente porque los
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hombres pueden soltar las riendas culturales. La fuerte presión hacia la solidaridad interna d e los grupos en conflicto también puede jugar u n papel destacado en estos casos, pues todos los contrincantes están compenetrados porque su vida puede d e p e n d e r del grado de solidaridad que desarrollen sus copartidarios en situaciones de emergencia. En situaciones difíciles ellos son los únicos que pueden prestarles ayuda. Esto vuelve sobremanera riesgoso el sustraerse d e las crueldades cuando la poderosa mayoría de las propias filas se excede en la utilización d e la violencia. Un comportamiento evasivo p u e d e implicar una pérdida seria de prestigio dentro del propio grupo, lo cual reduce las propias posibilidades de supervivencia. En este tipo de situaciones puede desarrollarse entonces una fuerte presión social hacia un comportamiento despiadado que no debe equipararse única y exclusivamente con la eliminación de estándares civilizados de comportamiento y la concomitante admisión de impulsos directos. Queda sobre el tapete la pregunta de p o r qué —en tales circunstancias— comportamientos sin compasión pueden conllevar prestigio social mientras que cualquier intento de evitarlos puede afectar el propio estatus. C o m o sea, el surgimiento de un comportamiento cruel puede ir de la mano con formas de creciente autocohesión, o sea, con restricción de régimen. Este fenómeno probablemente se presenta en todas las guerras. Hablar de procesos de civilización o de descivilización depende también d e la unidad de análisis. Como la atención estuvo dirigida en primer lugar sobre la acción de algún clan, el derrumbe del Estado y el proceso de militarización sólo conllevaron a un proceso de restricción de régimen interno. Esto tal vez deba describirse corno una tendencia de civilización. Las relaciones entre familias ampliadas, en cambio, experimentaron durante el mismo período tendencias tanto de descivilización como de civilización. Para denominar el proceso en su conjunto se re290

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quiere establecer qué tendencia se considera como dominante. Queda la pregunta sobre cómo deben caracterizarse entonces los desarrollos que comprenden tendencias de civilización y de descivilización a! mismo tiempo, sin que ninguna de las dos se revele como la dominante. Un problema comparable surge cuando se quiere analizar la situación de los campos de concentración alemanes en términos de civilización y de descivilización. Los guardianes de los campos podían comportarse en relación con los presos despiadadamente. Pero al mismo tiempo los jefes desarrollaron determinadas formas de comportamiento calculado, es decir, disciplinado en relación con los encerrados. La élite además dependía más que antes de sí misma, lo cual asimismo conllevó a determinadas formas de comportamiento controlado. Y una vez en esta situación, también en este caso debió resultar difícil sustraerse a la presión de cometer crueldades. Este conjunto complej o de tendencias de civilización y descivilización en los distintos regímenes hace también imposible calificar al proceso en general inequívocamente sólo en términos de civilización, o descivilización, o incluso barbarización. Estos problemas de ponderación surgen en alguna medida también para el período estudiado por Elias. Mientras la sociedad cortesana francesa del siglo XVIII cultivó las más diversas maneras de comportamiento refinado, las guerras y otras formas de violencia entre sociedades europeas eran el pan de cada día, posiblemente en razón del crecido poder del Estado francés en su conjunto. La diferencia con la situación en Bosnia se halla sin embargo en el hecho de que los cortesanos mismos no estuvieron afectados directamente por estos conflictos, lo cual los puso en condición de distanciarse de ellos. T o d o esto formó parte de su proceso de civilización y estuvo directamente relacionado con el asunto de la creciente dimensión de las estructuras de interdependencias, sobre las cuales Elias tanto insistió. 291

Fred Spier CONCLUSIONES

El concepto de civilización no es de un grado suficientemente general como para describir satisfactoriamente el carácter y los desarrollos de todo comportamiento humano. A mi juicio el término régimen bien puede cumplir semejante función y sirve, empleado más sistemáticamente, para señalar complejos de estándares d e comportamiento. En los términos más generales, los regímenes surgen y se desarrollan como soluciones a problemas sociales, mientras desaparecen cuando los problemas que impulsaron su formación y desarrollo dejan de existir sin que se hayan presentado otros en su lugar. El proceso de formación, desarrollo y eclipse de diversos regímenes debería investigarse en forma sistemática. Pueden distinguirse tres tipos principales de regímenes: regímenes individuales, sociales y ecológicos. Ante todo los dos últimos tipos son fuentes d e civilización y descivilización. La influencia civilizadora del régimen ecológico ha sido atendida por Elias sólo muy de paso, pero se le puede reconocer un papel importante. Con ello pueden explicarse particularmente formas de comportamiento controlado en sociedades sin Estado. No estoy seguro de que con la introducción de regímenes ecológicos todas las posibles fuentes generales de comportamiento civilizado estén cubiertas, pero hasta el momento no se imponen otros. Un problema elaborado todavía insatisfactoriamente es la pregunta por la influencia mutua entre regímenes sociales y ecológicos. Los conceptos d e civilización y descivilización pueden servir como términos más específicos para indicar la dirección en la cual se desarrollan regímenes o sistemas (complejos) d e regímenes. Para finalizar, quiero subrayar que se puede ver el auge del término régimen en Holanda y la concomitante disminución del uso del de civilización como un indicio de la
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La teoría del proceso de la civilización... presencia de dos regímenes académicos. De ambos, el eliasiano más ortodoxo está perdiendo influencia, mientras el o t r o continúa su ascenso. Dejo a los lectores o las lectoras juzgar si en este caso se trata de procesos de civilización o descivilización; o si la situación se c o m p r e n d e mejor dejando d e lado esta discusión y analizando estos procesos simplemente en términos d e regímenes.

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Los autores
ELIAS, NORBERT (1897-1990) Científico social de origen judío alemán. En Heidelberg y Francfort se vinculó a la sociología. Pero en 1933 tuvo que abandonar Alemania, corno la mayoría de sus colegas. En el exilio londinense escribió la obra que decenios más tarde fundamentaría su fama internacional, El proceso de la civilización, publicada en 1939 por primera vez. y en 1969 por segunda vez. Durante la mayor parte de su vida trabajó al margen de los establishments académicos. Desde la década de los setenta se le abrieron las puertas editoriales en Europa. Entonces comenzó a discutirse su pensamiento, especialmente entre los sociólogos. Su enfoque rescata la dimensión histórica para la sociología que para él debía ser histórica siempre. Elias insistía en que todo Estado y situación social actual era comprensible en la medida en que lo era el proceso de su desarrollo. Un segundo rasgo distintivo de su manera de estudiar los asuntos humanos se identifica con las figiradones que constituyen los seres humanos. El término representa ante todo el hecho de las relaciones de interdependencia entre los hombres.

G L E I C H M A N N , P E T E R (1932)

Es catedrático de Sociología en la Universidad Técnica d e Hannover. Gleichmann ha sido una de las figuras más comprometidas con la introducción de la obra de Elias en
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Los autores

el m u n d o académico de Alemania. J u n t o con J o h a n Goudsblom (Amsterdam) y H e r m a n n Korte (Hamburgo) organizó las primeras publicaciones colectivas dedicadas al debate sobre la teoría de Elias en Europa. En sus propias investigaciones, Peter Gleichmann ha llevado interrogantes dejados por los trabajos de Elias al terreno de los cambios en el comportamiento h u m a n o en el curso de los siglos XIX y XX. El, además, le dio impulsos vitales a una nueva generación de científicos sociales cuyos trabajos trascienden, en definitiva, el marco geográfico y cultural original de la teoría de la civilización de Norbert Elias.

GOUDSBLOM, JOHAN (1932) Fue catedrático de Sociología en la Universidad de Amsterdam, de 1968 hasta 1987. Su inclinación hacia la teoría y el estilo cognitivo de Elias data d e los años cincuenta. Goudsblom ha jugado un papel central en la generación de un clima intelectual propicio para la asimilación relativamente temprana de la obra de Elias y para el desarrollo de numerosas investigaciones inspiradas en ella. Es autor de una serie de libros y numerosos artículos sobre diversos ternas como El estado de la sociología (1977), El nihilismo y la cultura (1980), Lengua y realidad social (1988), para sólo mencionar algunos. Particularmente importante resulta el libro Fuego y civilización (trad. cast. 1994), donde desarrolló ampliamente su concepto de los sistemas sucesivos socioecológicos en la historia d e la humanidad.

MAETTIG, LUTZ

(1966)

Estudió sociología en la Universidad d e Hamburgo. Se inició corno profesional con estudios sobre la estructura social de la ciudad de Hamburgo y sobre las necesidades
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Los cultores

culturales de la ciudad. Desde 1995 está vinculado a la Asociación para la Investigación Urbana, Regional y de Vivienda de Alemania, En 1996 Lutz Maettig ingresó al Instituto de Sociología de la Universidad de Hamburgo, d o n d e está trabajando —junto con el profesor Hermann Korte— en una amplia investigación sobre los procesos de globalización, que cuenta con el apoyo de la Fundación Daimler-Benz. El progreso de dicho proyecto se encuentra documentado en una serie de publicaciones.

MASTENBROEK, W I L L E M F.G. (1944)

De formación es sociólogo. Sus numerosas publicaciones reflejan una amplia experiencia académica y práctica en materia del manejo de innovaciones y del desarrollo de las condiciones empresariales en las diversas organizaciones. Es consultor para management y cofundador del Holland Consulting Group en Amsterdam. Mastenbroek es, además, un reconocido experto e n materia de manejo y solución de conflictos. En la Universidad d e Amsterdam, Willem Mastenbroek ocupa la cátedra de Cultura Organizacional y Comunicaciones.

SPIER, FRED (1952)

Spier, quien en la actualidad está vinculado como docente investigador de la Universidad de Amsterdam, se destaca por un perfil disciplinario poco común. Primero esludió bioquímica, luego hizo una maestría en antropología cultural. Finalmente se doctoró con u n a tesis sobre Regímenes religiosos en Peni, q u e recoge extensos estudios de campo y de archivo en cercanías de Cuzco y q u e ofrece importantes innovaciones sobre las relaciones entre la formación de regímenes religiosos y los procesos de formación esta301

Los autores

tal. Sobre esta materia giran sus primeros dos libros. Su más reciente libro The Structure ofBig History. From the Big Bang Until Today ha causado impacto internacional. Desde el mismo año de su primera edición (1996), Spier es el primer miembro no norteamericano de la j u n t a ejecutiva del World History Assodation.

SPIERENBURG, PIETER (1948)

Es un historiador formado en la Universidad de Amsterdam, d o n d e se doctoró, en 1978, con una tesis sobre La violencia judicial en la República de Holanda. Castigo físico, ejecuciones y tortura en Amsterdam entre 1650 y 1730. Desde 1977, el profesor Spierenburg está vinculado al departamento de Historia d e la Erasmus University Rotterdam. El es además el secretario de la Asociación Internacional de Historia del Crimen y d e la Justicia Criminal, lahccj, desde la fundación de este organismo, en 1978. Spierenburg consiguió asiento en ia escena internacional con el libro The Spectacle ofSuffering. Executions and Evolution of Repression: from a Preindustrial Metropolises to the European Experience (1984),

WOUTERS, CAS

(1942)

Cas Wouters puede ser considerado como típico representante de la Escuela de Amsterdam, tanto en su formación como en su producción científica. Su perfil integra una vasta cultura histórica y sociológica con amplios estudios empíricos de índole variada. Su interés prioritario se dirige al estudio comparativo de los cambios en el comportamiento h u m a n o especialmente en el siglo XX. Los países integrados sistemáticamente en sus estudios son Holanda, Alemania, Inglaterra y Estados Unidos. Cas
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Los autores

Wouters ha acuñado el concepto de inforrnalización para integrar los procesos psicogenéticos observados en las sociedades industriales especialmente desde los años sesenta y setenta en una teoría eliasiana sustancialmente ampliada. En sucesivos pasos llevó el concepto a una teoría de los procesos de inforrnalización y formalización en el largo plazo. Cas Wouters está vinculado a la Facultad de Ciencias Humanas de la Rijksuniversiteit Utrecht.

VERA W E I L E R , C O M P I L A D O R A

(1957)

Ph.D. de la Universidad Karl Marx de Leipzig. Profesora Asociada del Departamento de Historia de la Universidad Nacional de Colombia (sede Bogotá). Compiladora del libro La civilización de los padres y otros ensayos —que contiene textos de Norbert Elias— publicado por Editorial Norma. Coordinadora académica del Simposio Norbert Elias y las deudas sociales luida finales del siglo XX, evento pionero en la difusión de la obra de Elias en Colombia.

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Este libro se terminó de imprimir el 22 de jimio de 1998 en los talleres de Cargraphics S.A., Santafé de Bogotá, Colombia. Su composición tipográfica se realizó en caracteres New Baskerviile y Gilí Sans. La edición es de 1.500 ejemplares.

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