José Martí y los desafíos actuales de la emancipación Luis Alvarenga

Es de rigor comenzar recordando el hecho histórico que nos reúne en esta oportunidad. El 28 de enero de 1853 nació José Martí. Murió en combate 42 años después, en 1895. En tan poco tiempo, supo legar una obra que hoy nos sigue desafiando. Y que puede sernos útil si queremos encarar la efeméride del bicentenario de 1811 con talante crítico. Porque es muy fácil que las fechas históricas y sus protagonistas se conviertan en objeto de un culto vacuo, que termina quitándole sus aspectos más incómodos, que son precisamente los que nos sacan de la comodidad y nos ponen en entredicho, como nos pone en entredicho este poeta del siglo. Entre tantas cosas que explican su vigencia, podríamos decir que Martí es vigente porque el problema de la emancipación también lo es. Es cierto que en buena medida la emancipación concita la atención de los historiadores, pero no tanto porque se trate de un hecho consumado, del cual quepa hacer a estas alturas labor arqueológica, sino porque se trata de un proyecto sin acabar. Así como Martí, que murió sin poder ver realizada la emancipación de Cuba y Latinoamérica. Así como las sociedades que hoy han alcanzado en Latinoamérica mayores espacios de justicia social para las mayorías y que siguen urgidas por la necesidad de reiventarse, de hacer una “revolución permanente”, porque el horizonte de la emancipación aún está lejano de ser un cómodo paraje desde el cual se pueda contemplar la historia que se ha dejado atrás. ¿Qué aspectos hacen vigente a Martí en el contexto de los desafíos actuales de la emancipación? —La originalidad, entendida como un ir a los orígenes. —La necesidad de escribir la historia

—El poder de redención que tiene la cultura, como actividad humana de transformación de la realidad —La política como fuerza ética —El humanismo como fin último de todo proceso emancipador Evidentemente, esto no pasa de ser un esbozo elemental de un tema al que se le han dedicado esfuerzos valiosos. Empero, obra en nuestro modesto favor el hecho de que Martí sigue siendo en El Salvador, lamentablemente, un autor bastante desconocido. Conocerlo representa para todo hombre y para toda mujer un acto de reconocimiento de las propias circunstancias.

1.

La originalidad, como un ir a los orígenes.

Evidentemente, el concepto de origen es dudoso. Entraña la idea de que hubo, en un tiempo remoto, un punto de partida puro, del cual proviene el momento actual. La ideología de los orígenes puros puede verse en la construcción de las identidades dominantes en nuestras repúblicas. Nada más lejos que esta idea de orígenes en Martí. En el ensayo “Nuestra América”, el poeta denuncia las mistificaciones en que incurren las élites criollas en ese proceso de construcción de identidad. Ir a los orígenes significaría recurrir de forma crítica a las fuentes culturales, a la historia de luchas de nuestros países, para extraer de ahí las energías transformadoras del presente. Una idea similar la encontramos en Walter Benjamin. En el caso de Martí, esta originalidad responde a la exigencia de ensayar proyectos de sociedad distintos a los de las élites criollas, tan proclives al culto eurocéntrico, primero, y nordómano después: “La revolución cortará la yerba; reducirá a lo natural las ideas industriales postizas; abrirá a los entendimientos pordioseros empleos reales que aseguren, por la independencia de los hombres, la independencia de la patria.”1

1

“Nuestras ideas”, Obras escogidas (III), p. 84.

2.

La necesidad de escribir la historia

En Martí hay conciencia de la necesidad de escribir la historia, en dos planos: en tanto actores y en tanto autores. Actor de la historia, Martí protagoniza la historia, experimentando en carne viva la opresión colonial —es encarcelado por el régimen colonial cuando apenas era un muchacho—, conoce el exilio político, ayuda a articular un movimiento anticolonialista y muere en combate por la independencia de Cuba. Autor de la historia, Martí escribe la historia. De su encarcelamiento juvenil salieron las estremecedoras páginas de El presidio político en Cuba; de su exilio quedan cartas,actas, documentos políticos, pronunciamientos, el diseño intelectual del Partido Revolucionario Cubano; de su regreso final a Cuba, quedan sus diarios de campaña y su carta final a Manuel Mercado. Escribir la historia con la vida y escribirla en el papel no son actividades reñidas entre sí. “Publiquen, publiquen. A Cuba por todos los agujeros. Las guerras van sobre caminos de papeles. Que no nos tengan miedo y que nos deseen. Que lleguen a tener confianza en nosotros. Es más fácil invadir un país que nos tiende los brazos, que un país que nos vuelve la espalda. Abrirle los brazos a fuerza de amor. Y a fuerza de razón abrirles el juicio”.2 Estas palabras, dirigidas a su amigo Ángel Peláez, denotan algo importante: el trabajo intelectual tiene una importancia capital en los procesos emancipadores. Dicho trabajo, que debe hacerse por todos los medios posibles, “por todos los agujeros”, puede lograr sembrar un sentido crítico en aquellas sociedades en las cuales los mecanismos de alienación han surtido mayor efecto —Martí no utlizaba la categoría de enajenación, pero podríamos interpretar sus palabras de esta forma. Ojo: Martí dice: “Abrirle los brazos a fuerza de amor. Y afuerza de razón abrirles el juicio”. Es decir: el trabajo por la transformación cultural debe despojarse de toda imposición, de todo seudomesianismo intelectual, de toda pretensión de tener claro el sentido de la historia hasta sus últimos detalles.

2

“Carta a Ángel Peláez”, Obras escogidas (III), p.57.

3.

El poder de redención que tiene la cultura, como actividad humana de transformación de la realidad

“Un grano de poesía sazona un siglo”,3 dice Martí en una de sus crónicas sobre los Estados Unidos. La poesía significa aquí poiesis, la acción creadora del ser humano, que no es otra cosa que sinónimo de cultura. Martí critica en el ensayo “Nuestra América” la concepción elitista de cultura, que busca sus referentes identitarios en Europa y Estados Unidos. Cultura para el poeta cubano es el talante creador de los pueblos, expresado tanto en sus obras artísticas como en su historia de resistencia. Por esa razón, alaba a “…los que saben que sólo hay dicha verdadera en la amistad y en la cultura”4 La cultura elitista es una cultura de la exclusión. El tipo de cultura que propone, como parte de un proyecto emancipador, es una cultura de verdadera inclusión, de “dicha verdadera en la amistad”. En su texto de 1884, “Maestros ambulantes”, Martí señala que una cultura emancipadora debe ser integral: debe partir de la educación, entendida como algo más amplia que lo que se entiende al modo positivista, como instrucción en el conocimiento de las “ciencias duras”, o como mero saber operativo, sino como una formación integral de la persona. Esta formación integral del sujeto pasa por el crecimiento intelectual, pero también por la superación de las carencias materiales —que tanto limitan las posibilidades de la educación— y como crecimiento ético: “Los hombres crecen, crecen físicamente, de una manera visible crecen, cuando aprenden algo, cuando entran a poseer algo, y cuando han hecho algún bien.” “Ser bueno es el único modo de ser dichoso. Ser culto es el único modo de ser libre. Pero, en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno”.5

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“Fiestas de la estatua de la libertad”, en Ensayos y crónicas, p. 179. “Los lunes de ‘La Liga’”, en Obras escogidas (III), p. 89. 5 “Maestros ambulantes”, en: http://www.josemarti.cu/files/Maestros%20ambulantes.PDF

La cultura sería, pues, dentro de un proyecto de emancipación, un espacio de encuentro desde las diferencias, no de exclusión desde las identidades dominantes: “Ahora todos los pueblos del mundo se conocen mejor y se visitan: y en cada pueblo hay su modo de fabricar, según haya frío o calor, o sean de una raza o de otra; pero lo que parece nuevo en las ciudades no es su manera de hacerse casas, sino que en cada ciudad hay casas moras, y griegas, y góticas, y bizantinas, y japonesas, como si empezara el tiempo feliz en que los hombres se tratan de amigos y se van juntando”6
4.

La política como fuerza ética

Cuando la política se reduce, o bien a la forma de valerse del poder para intereses sectoriales o personales, o bien a una “racionalidad instrumental”, la política es de corto alcance. La política logra tener horizontes más amplios en la medida en que persigue ideales como el bien común de Tomás de Aquino o la organización social regida en función de la voluntad general de Rousseau. Estos ideales o proyectos utópicos son los que hacen de la política una auténtica fuerza transformadora. Oigamos a Martí: “Los pueblos viven de la levadura heroica. El mucho heroísmo ha de sanear el mucho crimen. Donde se fue muy vil, se ha de ser muy grande.”7 En una carta dirigida a su amigo Ángel Peláez, escribe una frase muy elocuente: “Es necesario poner de moda la virtud”8 Es necesario que la virtud, entendida como toda acción humana guiada por los criterios de la solidaridad y el bienestar común, se vuelva apetecible. Que se vuelva una moda no quiere decir otra cosa que la virtud debe convertirse en “sentido común”. En sociedades donde la política es instrumento de privilegios, el “sentido común” es todo lo contrario a la virtud. Hay que poner de moda la virtud. Para lograr este objetivo, la política ofrece grandes posibilidades. Lo ha hecho cuando se ha puesto al servicio de un ideal, cuando ha estado del lado de los oprimidos en momentos en que se ha hecho necesario hacer un esfuerzo —“derecho
6 7

“La historia de los hombres contada por sus casas” “Los pinos nuevos”, Obras escogidas (III), p. 31. 8 “Carta a Ángel Peláez”, Obras escogidas (III), p.56.

de rebelión” contra los tiranos, como le llamaría Tomás de Aquino— para establecer la justicia. Toda política que tiene como horizonte la búsqueda del bien común es revolucionaria. La acción revolucionaria debe estar cimentada en la verdad. Aquí Martí se adelanta a Gramsci, cuando el luchador italiano afirma que “toda verdad es revolucionaria”. Dice el poeta cubano: “La acción revolucionaria común no ha de tener propósitos embozados, ni ha de emprenderse sin el acomodo a las realidades y derechos y alma democrática del país que la justicia y la experiencia aconseja”9 Significa esto que, dentro de un proceso de emancipación, la política revolucionaria no puede manejar una “agenda oculta” para el pueblo al que pretende emancipar. En muchos pasajes de la obra martiana encontramos algo que llamaré, por no encontrar una mejor palabra, suavidad, cuando se refiere al trato que deben tener los revolucionarios con sus pueblos. Suavidad se entiende aquí como respeto. Suavidad, respeto, pero también crítica hacia los elementos negativos. Martí define esto como “pasión por el decoro”: la ética vuelta pasión, fuerza inspiradora de las acciones transformadoras y no contenido vacío, “moralizante”: “O la república tiene por base el carácter entero de cada u o de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y penar por sí propio, el ejercicio íntegro de los demás; la pasión, en fin, por el decoro del hombre ,—o la república no vale una lágrima de nuestras mujeres ni una gota de sangre de nuestros bravos. Para verdades trabajamos, y no para sueños”10

5.

El humanismo como fin último de todo proceso emancipador

Aquí quiero enlazar con la frase que corona la cita anterior: “Para verdades trabajamos, y no para sueños.”11 Esto contradiría todo lo que hemos sostenido en el sentido de entender la política como una actividad humana que alcanza su mayor
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“Resoluciones”, en Obras escogidas (III), p. 34. “Con todos y para el bien de todos”, Obras escogidas (III), p. 17. 11 “Con todos y para el bien de todos”, Obras escogidas (III), p. 17.
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dignidad en la medida en que está movida por ideales de justicia y bienestar comunes. Sin embargo, esta frase sirve para poder entender lo anterior de un modo más completo. La política debe moverse por ideales, pero no ser idealismo. El idealismo corre el riesgo de anteponer la idea a la vida. Las ideas deben estar al servicio de la vida. He ahí, reformulado, el “realismo” de la política. La política no marcha sobre un lecho de rosas. Se dice que “la política es sucia”, queriendo significar con esto que la política es abyecta. Desde la perspectiva de una política dignificada por un horizonte utópico, también hay suciedad en la política. Toda tarea de transformación es un parto en el que hay dolor, llanto, fluidos de todo tipo, para dar pie a la belleza indescriptible y misteriosa de una vida nueva. Oigamos al poeta: “Por supuesto que se nos echarán atrás los petimetres de la política, que olvidan cómo es necesario contar con lo que no se puede suprimir, —y que se pondrá a refunfuñar el patriotismo de polvo de arroz, so pretexto de que los pueblos, en el sudor de la creación, no dan siempre olor a clavellina. ¿Y qué hemos de hacer? ¡Sin los gusanos que fabrican la tierra no podrían hacerse palacios suntuosos! En la verdad hay que entrar con la camisa al codo, como entra en la res el carnicero. Todo lo verdadero es santo, aunque no huela a clavellina. ¡Todo tiene la entraña fea y sangrienta; es fango en las artesas el oro en que el artista talla luego sus joyas maravillosas; de lo fétido de la vida saca almíbar la fruta y colores la flor; nace el hombre del dolor y la tiniebla del seno maternal, y del alarido y el desgarramiento sublime; y las fuerzas magníficas y corrientes de fuego que el horno del solo se precipitan y confunden, no parecen de lejos a los ojos humanos sino manchas! Paso a los que no tienen miedo a la luz: caridad para los que tiemblan de sus rayos!”12 Ahora bien, este realismo político que debe acompañar a los proyectos

emancipadores, no debe entenderse como “pragmatismo” —una forma elegante de llamar al oportunismo político— o como desprecio a las vidas humanas en función de los grandes proyectos políticos. Toda política realmente emancipadora no debería
12

“Con todos y para el bien de todos”, Obras escogidas (III), p. 21.

perder de vista su horizonte último: la dignidad humana. Cierro con estas tres frases donde Martí sintetiza esta idea: “Yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad primera del hombre. En la mejilla ha de sentir todo hombre verdadero el golpe que reciba cualquier mejilla de hombre”.13 “Ni la victoria más querida ha de comprarse a costa del menoscabo del hombre”14 “Yo amo con pasión la dignidad humana. Yo muero del afán de ver a mi tierra en pie. Yo sufro, como de un crimen, de cada día que tardamos en enseñarnos junto a ella”.15

Bibliografía Martí, José. Ensayos y crónicas. Edición de José Olivio Jiménez. Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1995. —————. Obras escogidas. Tomo III. Editora Política, La Habana, 1991. Sitio de internet: Portal José Martí, del Centro de Estudios Martianos. Dirección url:

http://www.josemarti.cu. Consultado el 25 de enero de 2011.

13 14

Ibídem. p. 17. “Carta a Fernando Figueredo”, Obras escogidas (III), p. 62. 15 “La oración de Tampa y Cayo Hueso”, Obras escogidas (III), p. 68.