Una lectura crítica de “la Constelación Posnacional” de Jürgen Habermas

“La burguesía, con su explotación del mercado mundial, ha configurado la producción y el consumo de todos los países a escala cosmopolita. Con gran pesar de los reaccionarios, ha sustraído a la industria el suelo nacional bajo sus pies” Karl Marx, El manifiesto Comunista "El ejecutivo del Estado moderno no es otra cosa que un comité de administración de los negocios de la burguesía." Karl Marx, 18 de Brumario de Luis Bonaparte

Un repaso a la modernidad Muchos han sido los movimientos y acciones despectivas con una actitud crítica, en el doble sentido que se le da a esta palabra desde la primera generación de la Teoría Crítica (esto es, no sólo análisis de los criterios de racionalidad, sino también de las posibles líneas de transformación y empancipación) que se han generado desde el último cuarto del siglo XX, y acentuado desde la caída de la Unión Soviética. Estos movimientos han ido desde los básicos ataques a la inutilidad de los análisis filosóficos, los más sofisticados intentos de cancelación de tendencias emancipadoras con la cancelación de la Historia, hasta la consideración de la caída de la Unión Soviética como una popperiana falsación del marxismo y con él de toda filosofía de pretensión transformadora del mundo. De una manera esquemática, podríamos decir que ideología es, para Marx, todo intento de hacer pasar como esencial y natural aquello que es histórico y contingente. Ideología fue, en ese sentido, el hegeliano intento de mostrar el imperio Austro-Húngaro como el fin y cumbre de la Historia, realización en el mundo del Espíritu, como también lo es todo intento de colocar en ese mismo lugar al sistema capitalista y el modelo de estado-nación. En el grave contexto de una crisis económica, ecológica y social, que algunos considerarán, en línea con estas lecturas ideológicas, perturbaciones en el sistema, contingentes y solventables, y no productos y contradicciones estructurales del mismo, una lectura crítica de “La Constelación Posnacional” de Jürgen Habermas y otros textos nos puede proporcionar unos puntos de anclaje teóricos desde los que abordar filosóficamente estos problemas con la idea de combatirlos, y no de dar fe de su existencia.

Qué es el estado-nación y cómo hemos de entender el estado-nación Frente a concepciones etnico-raciales de la nación, Habermas propondrá que “el camino que la aparición del Estado-nación ha seguido en la Europa del norte [...] documentan el carácter construido de esa identidad que proporciona la nación a través del medio que es el derecho y de la comunicación de masas.” Esto lo sitúa en consonancia con autores como Hobswam o Gellner, los tres con una influencia marxista, que consideran la nación como un producto (para unos un epifenómeno, para otros, como Habermas, una parte estructural del modelo) del estado nacional moderno, que enraiza en el XVIII pero que arranca en el “largo” XIX y tiene su apogeo en el “corto” siglo XX. Diserta, el filósofo alemán, sobre los problemas que plantea el concepto de inspiración, de raigambre hegeliana y romántica, como “unidad de destino en lo universal”, como comunidad cultural que enraiza en la raza-etnia que reclama una existencia estatal propia1. Señalará los problemas que genera la apelación al derecho de autodeterminación nacional, y el rechazo implícito o explícito al multiculturalismo y sus repercusiones en la política de los derechos humanos, y la profunda desconfianza que generan los movimientos de cesión de competencias a organismos supranacionales. Criticará duramente las apologías de la nación étnica, reivindicando las conquistas del estado nacional democrático apoyándose en los principios constitucionales republicanos, y planteando estos como el apoyo para afrontar los problemas que plantearán las formas postnacionales de socialización. En qué consiste la política nacional “En las acomodadas y pacíficas democracias de Europa occidental, y, en menor medida, en Estados Unidos y otros países, se han formado economías mixtas que han permitido un amplio desarrollo de los derechos civiles.” La lucha popular y sindical por los derechos sociales, y esto hay que resaltarlo, ha dado como resultado que, dentro del contexto y estructura del estado nación se haya contenido la potencia fagocitadora del capital, aprovechando su enorme potencial de progreso técnico y productivo. Y hay que señalar la lucha popular por los derechos socio-laborales, porque parece, en la lectura de Habermas, que estos hubieran sido un producto natural del modelo de estado nacional. Al contrario, conceptos sociológicos como la lucha de clases, y la fuerza social que tuvo la conciencia de clase, a pesar de ser de una potencia
1 Señalar aquí que la reivindicación de una tradición herderiana por parte de pensamientos y posiciones nacionalistas, en tanto que consideran que el destino de una nación es la autodeterminación por medio de un estado propio, entraría en contradicción con el propio Herder, que consideraría que el estado moderno tiende a homogeneizar y anular las peculiaridades culturales de cada región. Nos encontraríamos más bien ante una especie de criptohegelianismo.

inferior a la conciencia nacional, tuvo un papel clave en la dinámica política occidental. Esta política mixta ha consistido en un papel fuerte del estado, con un margen de intervención en la economía, especialmente a través del control de medios estratégicos. La nacionalización o creación de industrias nacionales, los bancos nacionales, o las instituciones de seguridad social universal han sido, por ejemplo, hasta la década de los ochenta, los medios imperfectos con los que el estado se aseguraba la correcta distribución de la riqueza nacional. A partir de esa década, y especialmente a partir de los noventa, se acentúa la privatización de las empresas nacionales, dentro de un giro de “flexibilización” que responde a las fuertes crisis vividas y a la acentuación de una tendencia latente en el sistema capitalista: la globalización. Mantener las condiciones de competitividad en contexto nacional “La globalización de la economía destruye la constelación histórica que el compromiso social del Estado, transitoriamente, hizo posible.” En este nuevo contexto, que se caracteriza por la disolución de las fronteras nacionales a todos los niveles (desde las barreras impuestas al capital y las mercancías, hasta la información y la comunicación) a pesar de los intentos de repararlas, el altísimo nivel de interdependencia de los estados, unido a la transnacionalización de las empresas y la fluidez de las mismas, hace que resulte casi imposible (imposible, nacionalmente) su contención. “En el marco de una economía globalizada, los Estados-nación sólo pueden mejorar la competitividad internacional de sus economías nacionales mediante una autolimitación de su propia capacidad de intervención. [...] al Estado nacional le quedan cada vez menos opciones [...] el “keynesianismo de un solo país” ya no funciona.” En el caso de que los estados quieran mantenerse en esa pugna por el progreso (económico) permanente y eterno, la única salida que parece viable es la receta neoliberal; menos estado y más mercado. Las soluciones pasan por bajar los impuestos, cesión de competencias al sector privado, liberalización (esto es, temporalización y coprolisis) del mercado laboral, etc. En este movimiento, en especial a causa de la deslocalización de la producción de las empresas transnacionales, se producen y favorecen una serie de cambios socio-económicos que ayuden a mantener el estatus a los estados económicamente más fuertes. “Las sociedades postindustriales, mientras tanto, se caracterizan por la aparición de un cuarto sector basado en el conocimiento, [...] que dependen del flujo de nuevas informaciones y, en última instancia, de la investigación y de la innovación.” Y se caracterizan, también, por una cada vez mayor movilidad y reconversión permanente de los sectores y trabajos. Reconversiones totales que hacen que los profesionales cualificados deban estar permanentemente formándose para no

quedarse atrás, y que los asalariados tengan cambiar tres o cuatro veces de profesión a lo largo de su vida y decenas de veces de trabajo.2 Este sector, dirá Habermas “es deudor de una <<revolución educativa>> que [...] como consecuencia, la educación superior ha perdido y las universidades se han convertido frecuentemente en foco de disturbios políticos.” Quizá fuera así en Mayo del 68, pero mientras que en España la universidad seguía siendo elitista y sin embargo “foco de disturbios políticos”, la actual “popularización” de la educación superior no parece haber llevado a un mayor compromiso político de la misma, sino todo lo contrario. Problemas de la globalización En todo este proceso, en palabras sus propias palabras, “aparecen costes sociales que amenazan con desbordar la capacidad de integración de las sociedades liberales”. Aparecen suena demasiado eufemístico, quizá, cuando la palabra más adecuada sería producen. Las políticas económicas neoliberales y los procesos de capitalismo global producen, son los culpables de dichos costes sociales. En este contexto, claro, “los neoliberales, que aceptan un alto grado de desigualdad social [...] valoran esta situación de forma distinta a como lo hacen aquellos que todavía siguen cautivados por <<la era socialdemócrata>> pues estos últimos saben que la igualdad de derechos sociales es el armazón de la ciudadanía democrática” aunque parecen ignorar, también estos últimos, que los derechos sociales deben sustentarse en una estructura económica e institucional, y no limitarse a legislar terrenos de libertades éticas, por decirlo de algún modo, sin perjuicio de las mismas. Las políticas sociales reales parecen mantenerse más por una especie de inercia que nos llega desde el siglo pasado que por un esfuerzo real por implementarlas y hacerlas compatibles con el nuevo contexto. Se claudica en ello, sin proponer más que propuestas bienintencionadas, como las del propio Habermas. En este contexto, al que habría que añadir la fuerte polarización de la vida política, y la absorción de movimientos (tanto de derechas como de izquierdas) con propuestas alternativas al movimiento globalizador por parte de partidos liberales de centro y derecha (a nivel de política económica, aunque se maticen progresistas o conservadores a otros niveles), “los estados de ánimo de los que se nutre el populismo de derechas acabarán socavando la legitimidad misma del procedimiento democrático y las instituciones.” y un populismo de izquierdas, aunque a un nivel mucho menor, también habría que añadir. Hecha además la pregunta inevitable, “¿Cuánto tiempo más podremos desviar los costes sociales que nuestra actividad económica genera a
2 Lo que lleva a la imposibilidad de una construcción de la identidad en base a una profesión, como había sido habitual en las sociedades modernas hasta hace unos pocos decenios. Las profundas consecuencias (tanto las negativas como las beneficiosas) es un estudio extremadamente interesante, probablemente fundamental para comprender el siglo XXI, pero que no cabe en el análisis que estamos realizando. Habrá que dejarlo para más adelante.

sectores de la población trabajadora que han devenido <<superfluos>>?” genera unas perspectivas poco alentadoras del futuro próximo. Pero ante esta situación, Habermas centra la problemática en el concepto de diálogo, “el capitalismo desbordado y la rígida estratificación de la sociedad mundial se encuentran en la raíz misma del colapso del diálogo”, fundamental de su obra Teoría de la Acción Comunicativa, provocando varios problemas. Uno de ellos es si realmente, ante la nueva situación, esta tesis fundamentada en el concepto del estado nación moderno puede sustentarse, no ya en un futuro de estados en disolución, sino incluso en el mismo proceso actual. Afirmaciones como “la espiral de violencia comienza con una espiral de la comunicación perturbada que – a través de la desconfianza recíproca no dominada- conduce a la interrupción de la comunicación.” nos llevan a cuestionar la potencialidad explicativa (y no digamos transformadora) de dicha noción frente a ontologías de dinámicas sociales más potentes como, por ejemplo, la lucha de clases. Terrorismo global El objetivo de la paz perpetua kantiana (y como no, el de la respuesta a la tercera pregunta, ¿qué puedo esperar si hago lo que debo? En clave de una emancipación humana, surgida de los intereses de la razón, que son los de la humanidad), que Habermas tiene siempre en mente al plantear por una parte la necesidad de apartar autores anti-ilustrados o incluso autores pesimistas con el proyecto ilustrado, y por otra parte al proyectar soluciones transnacionales a problemas globales, incluyendo los de seguridad (esto es, una política interior global) ha de ser necesariamente valorado a la luz de los conflictos bélicos que nos atañen, desde las consecuencias actuales de la guerra contra el terror del anterior gobierno Bush Jr., una guerra calificada como cruzada y que afectó y seguirá afectando de un modo global a diversos países, llevando a intervenciones incluso en territorio de países aliados, hasta las luchas en estados como Colombia, corroídos por el narcotráfico, que extienden los conflictos a un nivel trasnacional al integrar intereses en el primer mundo en venta de armas y compra de sustancias estupefacientes y movimientos transfronterizos en la selva con Venezuela y Bolivia. En línea con actitudes y políticas eufemísticas, el lenguaje bélico ha sufrido una absoluta mutación (¿llevará, incluso, a renombrar los ministerios de defensa como ministerios de la Paz, en un giro orwelliano, como ya se hizo con las tropas de pacificación de la ONU?) en la que el coste humano, ya sea del propio país o del “enemigo” se hace insoportable. Los civiles muertos se convierten en daños colaterales, las bombas se vuelven “inteligentes” y los propios muertos ya no son héroes, sino una vergüenza y un coste a ocultar a la opinión pública. Ni guerra significa lo mismo que antes del 11-S, ni lo que conceptos como “conflictos de

baja intensidad” dejan como paz significa lo mismo desde la caída del muro del Berlín. Se hace necesario, en el caso de querer reenganchar con la ilustración a través de estos conceptos kantianos, una relectura y reubicación de los mismos. En línea con la idea de la violencia como perturbaciones en la comunicación, tratará Habermas de hacer una lectura de la problemática del terrorismo internacional, y probablemente en esta misma línea iría las nuevas lecturas de los conceptos guerra y paz. En esta línea, afirmará que “esos terroristas dejan conocer, ciertamente, sus motivos fundamentalistas, pero no siguen ningún programa que vaya más allá de destruir y de minar la seguridad. El terrorismo que en este momento asociamos al nombre de Al-Queda hace imposible una identificación del enemigo, así como también una evaluación realista del riesgo. Esa inaprehensibilidad le confiere una nueva característica.” Fijando un sentido estrecho de la noción de política que no hace explícito, juega a desacreditar las acciones del terrorismo internacional: “La diferencia entre terror político y crimen común se hace clara en los cambios de regímenes que llevan al poder a antiguos terroristas [...] sólo pueden aspirar [...] (los) que persiguen de modo realista fines políticos [...] no puedo imaginarme ningún contexto que, a partir del monstruoso crimen del 11 de septiembre, haga de algún modo comprensible y explicable algún día una acción política” así pues, toda acción que no tenga un objetivo claro, que persiga un fin político, no pasa de ser un crimen común. Habría que delimitar la noción de fin político para comprender, entonces, qué objetivos justificados por qué fines dan ese salto cualitativo de crimen común a terror político. Pero esto es algo que Habermas no hace en el texto que trabajamos. En esta línea de descrédito del movimiento terrorista fundamentalista islámico, afirma también que “la decisión de [el ex-presidente] Bush de declarar una <<guerra contra el terrorismo>> es, tanto normativa como pragmáticamente, un grave error. Desde el punto de vista normativo les otorga a esos criminales el valor de enemigos de guerra.”. En qué consistiría una respuesta política a los desafíos de la constelación posnacional Frente al reto de la globalización, Habermas tiene claro que la única manera de enfrentarse es a través de metaestados que consigan, mediante esa cuota de poder supraestatal, ejercer la contención social que jugaron los estados modernos en las primeras fases del capital. Y para Europa, el proceso ya ha comenzado, sólo queda ver en que estadio se quedará. “En el futuro se planteará la alternativa entre permanecer en el actual statu quo de una Europa integrada a través del mercado o por el contrario dirigir el proceso hacia una democracia europea”. Pero los ciudadanos europeos no parecen tener tantas dudas en cuanto a la necesidad

de una unión sino en cuanto al modo en que ha de hacerse dicha unión. Se ha tachado a los llamados “euroescépticos” de muchas cosas (desde ignorantes, pasando por nacionalistas incapaces de ver más allá de sus narices, etc) pero no se ha analizado correctamente (al menos no en los medios de gran difusión) las raíces de ese escepticismo. Habría que señalar que las razones son múltiples, con diversas configuraciones locales, pero hay una fuerte oposición en movimientos de izquierda bastante homogeneo. La razón es que los movimientos de la UE no hacen pensar en una estructura supraestatal que proteja a la Unión de las “perturbaciones” del capital, sino más bien una Unión que va a aplicar con rigor las recetas neoliberales. “Un régimen político de este tipo reportará a Europa ventajas al mejorar su posición dentro de la competitividad global, y reforzará su posición frente a otras naciones debido a su más amplia dimensión tanto geográfica como económica.” Sí, es cierto. Pero, ¿realmente merece la pena tal esfuerzo? ¿O supondrá un esfuerzo de todos que redundará en grandes beneficios para las multinacionales y las clases pudientes? Movimientos como la inclusión de una economía neoliberal explícita en la frustrada constitución europea, o en la “carta otorgada”, remedo de la constitución, que se implantó desde Bruselas, o la (frustrada) implantación de las 60 horas semanales no hacen sino presagiar lo peor de esa evolución a la Unión. Existe una tendencia en el seno de la Unión que pretende romper con los logros de décadas de lucha sindical, y que quiere permitir a las empresas que están deslocalizando sus fábricas del excesivamente caro occidente colocarlas en una europa del este de bajos salarios y con gobiernos más dispuestos a ceder posiciones ante dichas empresas. Un movimiento turbio que ningún gobierno (excepto el inglés, supuestamente laborista, y que fue arrasado en las últimas elecciones, por un gobierno aun más predispuesto) quiere asumir, pero que todas las grandes compañías están deseando y que no fomenta precisamente la confianza. “Se impone in abstracto, por así decirlo, sin conocimiento práctico, una alternativa, a saber: la transferencia a instancias supranacionales de las funciones que hasta ahora había asumido el Estado social en un marco nacional.” A esta problemática se unen las distorsiones de representatividad y democracia en los metaestados. Dados los modelos bipartidistas de alternancia política entre partidos esencialmente liberales (con diferencias superficiales, progresistas o conservadores) que mantienen los Estados Unidos y que poco a poco van ganando fuerza en Europa, que mantienen un pacto tácito que impide a estos, las instituciones, y por supuesto a la “sociedad civil” es su sentido clásico, incluyendo especialmente a los productores de información, ningún tipo de acción en apoyo de las luchas sociales ¿Tendrán fuerza para fundamentarse como instituciones realmente democráticas?

En búsqueda de esa fuerza moral recurrirá, de una manera secundaria, a la sociedad civil3: “Los primeros destinatarios de un proyecto así no son los gobiernos, sino los movimientos sociales y las organizaciones no gubernamentales, es decir, los miembros activos de una sociedad civil que trasciende las fronteras nacionales.” pero estos no actuarán directamente en oposición a los efectos negativos de la globalización, sino sólo justificando y fundamentando a los estados y metaestados, que son los actores principales de la solución. ¿Puede haber una política interior mundial transnacional que modifique el modo económico de la competencia local? Las propuestas concretas que se hacen son, por ejemplo la tasa tabin(o la iniciativa Robin Hood) , el tribunal penal internacional, entre otras. Soluciones clásicas y eficaces de la política estatal aplicadas en un contexto trasnacional, por agentes trasnacionales. El problema reside en la necesidad de reconocimiento internacional que tendrían dichas acciones, posibilidad que se ha visto alejar en hechos como la prisión de Guantánamo, que sortea toda convención internacional jugando con la denominación de los secuestrados, y hace uso de prácticas que se niega a asumir como torturas, retorciendo el lenguaje. O la misma misión de Irak, que dejó en evidencia una vez más, después de los Balcanes o los conflictos bélicos en África, pero de una manera distinta, más profunda, su ineficacia y la poca fuerza moral que le quedaba, al ser ninguneada por Estados Unidos y sus aliados. El imperativo funcional avanza y los cierres en falso del mundo de la vida (patologías creadas en el mundo de la vida por el imperativo funcional) “Nuestro plan estratégico en América del Norte consiste en dedicarnos con intensidad a la gestión de la marca, al marketing y a los productos de diseño como medio para satisfacer la necesidad de ropas informales que tienen los consumidores. Al transferir una porción significativa de nuestras actividades de producción de los mercados estadounidenses y canadiense a contratistas del resto del mundo, daremos a la empresa mayor flexibilidad para asignar recursos y capital a sus marcas. Estas medidas son esenciales si queremos seguir siendo competitivos.”4 Cuando el capital se refiere al “resto del mundo” se refiere, por supuesto, al tercer mundo. Y cuando habla de contratistas, se refiere a empresas que funcionan en las ZPE, zonas sin control estatal, sin impuestos, en las que se puede mantener a los trabajadores en
3 Entendiendo sociedad civil no en su sentido clásico, hegeliano, sino en el nuevo sentido que se le ha estado otorgando, y que aglutina todo el movimiento social no estatal, desde el asociacionismo al sindicalismo, pasando por las ONG y las redes sociales. 4 John Ematinger, presidente de la división Levi Strauss American, al explicar la decisión de la empresa de cerrar veintidós fábricas y despedir a 13 mil trabajadores norteamericanos entre noviembre de 1997 y febrero de 1999. No Logo, Naomi Klein pp 246

régimen de semiesclavitud. Esta práctica se ha hecho la norma entre las empresas multinacionales, que se han deshecho del estorbo de producir, y llevado la mayor parte de la producción a estas zonas. ¿Cómo han llegado a conseguir estos paraísos capitalistas? “La teoría de las ZPE es que atraerán a los inversores extranjeros, los cuales, si todo va bien, decidirán quedarse en los países [...] para atraer a las golondrinas a esta hábil trampa, los gobiernos de los países pobres ofrecen exenciones impositivas, leyes tolerantes y los servicios de las fuerzas armadas, siempre dispuestas a suprimir el descontento laboral. [...] Una de las muchas y crueles ironías de las zonas es que lo único que logran los gobiernos con cada incentivo que otorgan para atraer a las multinacionales es reforzar el sentimiento de las empresas de ser turistas económicos y no inversores a largo plazo. Es el círculo vicioso clásico. [...] El gobierno federal (de Filipinas) calcula que sólo el 30% de las 207 fábricas de la zona paga algún impuesto.”5 Las multinacionales se justifican diciendo, por ejemplo, que “Cuando se le mencionaron los salarios de hambre que se pagan en Haití, un portavoz de Disney dijo al Globe and Mail <<Es un proceso que atraviesan todos los paises en vías de desarrollo, como Japón o Corea, que hace algunos años estaban en esa etapa”6 Por supuesto no menciona que en aquella época, las fábricas sí pagaban impuestos, las empresas que se establecieron eran especialmente de industria pesada, con intención de mantenerse en el país a medio plazo, como mínimo, y que los sueldos que se pagaban en ellas eran superiores a la media del país, todo lo contrario de la situación actual en países como Haití o Filipinas. ¿Debe permitirse que lo funcional (razón instrumental) reconfigure el mundo de la vida o debe clausurarse al mercado determinados aspectos del mundo de la vida? Lo funcional ya ha reconfigurado el mundo de la vida. Y lo ha hecho con el beneplácito y apoyo de todos los gobiernos occidentales. La transformación a nivel laboral es muy profunda, “los servicios y el comercio minorista por ejemplo, ofrecen el 75% del total de los puestos de trabajo en EEUU[...] y sin embargo, a pesar de estos cambios en el modelo de empleo, la mayoría de las cadenas minoristas de marcas [...] repiten que siguen ofreciendo empleos-pasatiempo para niños (estudiantes) [...] cualquiera sabe que un puesto en el sector servicios es un pasatiempo, y que la gente trabaja [...] para <<lograr experiencia>> no para vivir de su empleo” 7 esta transformación tiene, como ya se expuso más arriba, muchas facetas
5 Las notas son del libro No Logo, de Naomi Klein, pp. 249 6 Idem, pp 254 7 Idem pp 278

de repercusiones, algunas de ellas muy profundas, y habrá que ir viendo como se desarrollan. Este modelo de mercado laboral no es ajeno a Europa, ni a España. “Manpower Europe, una filial de la empresa estadounidense vio crecer sus ingresos en España un asombroso 719% en un solo año, desde 6´1 millones de dólares en 1996 hasta 50 millones en 1997”8 Aunque la base la asentó el gobierno socialista de González, con la reforma laboral de su última legislatura, es evidente que la nueva reforma y las medidas impulsadas por el gobierno Aznar, que llegó al poder en 1996, tuvieron un fuerte impacto en el mercado laboral. Las medidas que se han tomado desde entonces para eliminar la temporalidad no han ido encaminadas tanto a penalizarla o tan siquiera favorecer fiscalmente el contrato fijo, sino a liberalizar el despido y “flexibilizar” los contratos fijos, haciendo estos más inestables, y consiguiendo el efecto contrario a lo que se aseguraba que se pretendía. La supresión de la noción clave de la lucha de clases como una pérdida necesaria por la renuncia al uso de una filosofía de la historia en la estructura de su Teoria de la Acción Comunicativa, sustituyendo con dudosa eficiencia por las nociones de colonización del “mundo de la vida” por la racionalidad sistémica. Hay una clara pérdida de potencia crítica, a pesar de la necesidad de este cambio en la coherentización de la visión Habermasiana. Los macrosujetos colectivos, fundamentales en la ontología social de izquierdas, han sido los verdaderos sujetos de las transformaciones y los logros sociales, presionando a los gobiernos en los procesos de construcción y progreso del estado moderno. Eliminados estos macrosujetos, sólo queda la acción estatal, que será siempre tendente, en los estados liberales, a favorecer al capital. “Quedaría por elucidar [...] si una tal estrategia (la de Habermas en Teoría de la Acción Comunicativa) puede ofrecer una teoría crítica o bien sólo un modelo de la racionalidad presente, como sucedía en el modelo hegeliano de referencia o, planteado en términos más asequibles a la indagación, el problema de averiguar si el tercer interés de la razón kantiana -teórico y práctico a un tiempo- no ha sido absorbido por una teoría de la racionalidad inmanente a las ciencias sociales, esto es, al conocimiento y crítica racional de lo que hay.”9 Hay una pérdida, pues, de potencia crítica al rechazar el modelo dialéctico, limitando así a la filosofía al análisis (crítico, eso sí) de la sociedad, sin aventurarse a transformarla de manera directa, con la propuesta de modelos alternativos. Si el estado de bienestar socialdemócrata depende del estado nacional y este está en disolución ¿cómo solucionar las patologías? ¿Cómo clausurar el mundo de la vida a
8 Idem, pp 279 9 Sevilla, Sergio. Crítica, Historia, Política pp. 227

estas? La solución habermasiana pasa por asumir que es necesaria la repetición, a escala mundial, del modelo de estado-nación clásico, con la intención de que este pueda ejercer el papel de dique de contención que ejerció en el pasado. Pero numerosos problemas surgen ante dicho planteamiento. Considerando factible la estabilidad democrática de macroestados sin la fuerza de la construcción de la identidad nacional, fundandose en esta propuesta de “patriotismo constitucional” que propone, y pasando por alto los graves problemas de representatividad y fundamentación democrática de dichas instituciones, confía ciegamente en que tendrán la voluntad de ejercer dicha labor. Aunque en el pasado sólo lo hayan hecho en tanto que presionados por los colectivos sociales. No tiene en cuenta la fuerza que están demostrando colectivos trasnacionales antiglobalización, que ejercen una gran presión, y no le da la importancia y el relieve suficiente al poder de las multinacionales; “Lo esencial de esta convergencia de la militancia contras las empresas y las investigaciones sobre ellas es el descubrimiento de que las corporaciones son mucho más que suministradoras de los productos que necesitamos; también son las fuerzas políticas más poderosas de nuestra época. [...] Shell y Wal-Mart tienen presupuestos superiores al producto interior bruto de la mayoría de los países; de las 100 principales economías del mundo, 51 son multinacionales. [...] debemos enfrentarnos con ellas porque son el sitio donde está el poder.” 10 Si ha de llegar una respuesta firme a los fenómenos negativos de la globalización, no será de los gobiernos, que sólo actuarán arrastrados por una inercia social. Si ha de llegar una respuesta, será desde la sociedad civil y los nuevos sujetos colectivos que se gestan trasnacionalmente. Juan E. Ordóñez Arnau Valencia, 2007

-La filosofía en una época de terror. Diálogos con Jürgen Habermas y Jacques Derrida, Giovanna Borradori, Taurus, Madrid 2003 -La constelación posnacional, Jürgen Habermas, Paidos, Barcelona, 2000 -Crítica, Historia y Política, Sergio Sevilla, Cátedra / Fronesis, Madrid, 2000 -A paso de cangrejo, Umberto Eco, DeBolsillo, Barcelona, 2008 -No Logo, Naomi Klein, Paidos, Barcelona, 2000
10 pp.393-394

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