Número 50 Sábado, 18 de junio de 2011

El perseguidor
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EL VUELO DE ÍCARO Poemas de Donde no sabemos (On no Sabem) por
CELIA SÁNCHEZ-MUSTICH

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ELSA LÓPEZ “Apuesto por la poesía y la gente joven” por
EDUARDO GARCÍA ROJAS

LOS CENTINELAS DE SERGIO BARRETO

EL POEMARIO QUE PRESENTÓ RECIENTEMENTE EL ESCRITOR TINERFEÑO ESTÁ REPLETO DE “UNA GRAN CARGA SIMBÓLICA”, COINCIDEN EN DESTACAR LOS TAMBIÉN ESCRITORES Y POETAS ALEJANDRO RODRÍGUEZ-REFOJO E IVÁN CABRERA CARTAYA 4/5/6

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ELSA LÓPEZ /ESCRITORA Y EDITORA
Ediciones La Palma celebra este año su veintidós aniversario, lo que la convierte en una de las editoriales más veteranas de Canarias. En todo este tiempo, y tras especializarse sobre todo en poesía, la mayoría de sus libros se han convertido en piezas de culto ya que materializan la pasión que la también escritora Elsa López ha dedicado a cada uno de ellos. Pasión que aún conserva pese a estos tiempos oscuros que vivimos y que la animan a estar al frente de un proyecto editorial que nació pequeño y que ha ido creciendo sin perder la humildad original. López explica que su editorial comenzó dando voz a sus niños, un grupo de escritores palmeros que hoy publican en editoriales nacionales, para más tarde comprometerse también en la cuidadosa edición de textos imprescindibles de autores españoles y extranjeros. Al hacer balance de estos veintidós años concluye: “Ha sido como viajar en una espiral. En una espiral en sentido ascendente.”

“APUESTO POR LA POESÍA Y LA GENTE JOVEN”
EDUARDO GARCÍA ROJAS - Ediciones la Palma celebra su veintidós aniversario, lo que la convierte en una de las editoriales más veteranas de Canarias. ¿Qué valoración puede hacernos del tiempo transcurrido? - Pues que ha sido como viajar en una especie de espiral y que continuamos con el mismo entusiasmo del principio, que no fue otro sino querer hacer realidad los sueños de mucha gente externa al mundo editorial. De alguna manera, puedo asegurar que el sueño se ha cumplido. Ahí están una serie de poetas y escritores que comenzaron muy jóvenes e ilusionados publicando primero conmigo y que hoy editan sus obras en editoriales nacionales como son Nicolás Melini, Anelio Rodríguez Concepción, Álvaro Marcos Arvelo, entre otros que ponen de manifiesto que no me equivocaba. Todos ellos publican con otras editoriales porque esos mismos editores confían en su trabajo. Antonio Jiménez Paz ha cruzado el charco y tiene una gran aceptación ahí donde llega. Hay muchos y a todos ellos le sigo su trayectoria como narradores y poetas, aunque sí son poetas continuo contando con ellos porque ahora solo edito poesía. En general, estoy muy entusiasmada como amiga y editora. Nicolás Melini es aún un escritor muy joven que comenzó editando conmigo sus primeras obras como El futbolista asesino que más tarde fue reeditada por La Caja Literaria. Lo mismo pasó con Anelio. - ¿Pero Ediciones La Palma ha continuado fiel a sus principios o en todos estos años ha tenido que cambiarlos para ajustarse a los tiempos? - No, la editorial sigue teniendo los mismos principios. No he cambiado. Apuesto por la poesía y por la gente joven que tiene algo que decir. Ahí está Bruno Mesa. Yo lo interpreto como la espiral que va ascendiendo aunque están los mismos con los que empecé pero también surgen nuevas voces porque pienso que la gente joven tiene derecho a que se les edite así como aquellas otras voces que no podemos arrinconar en el olvido y que deben estar de nuevo en la calle. Es verdad que edito poco, pero casi siempre me he mantenido en unos cinco o seis libros al año. Ahora quizá tres o cuatro aunque cuando todo el sector se detuvo yo continué editando porque me apoyó mucho mi marido. Ediciones La Palma funciona con dinero privado, es una editorial que funciona gracias a mi sueldo y al de un hombre que apostó también por este sueño, Manolo Cabrera, que es la persona que me respalda en esta ilusión y que puso sus ingresos al servicio de una editorial de poesía. Este apoyo y también el de un buen puñado de amigos que me ha acompañado durante estos veintidós años como José Hierro y Claudio Rodríguez, entre otros, forman parte de Ediciones La Palma. Todos me ofrecieron sus obras para que hiciera con ellas lo que yo quisiera y quiero pensar que cumplí a través de colecciones como Retorno o Tierra del poeta que coordinó Andrés Sánchez Robayna. Puedo presumir que tengo en la editorial a muchos grandes nombres de la poesía canaria y también de fuera de las islas. Ediciones La Palma publicó La miel de Tonino Guerra, escritor a quien conocía por sus trabajos en cine como guionista Amarcord de Fellini, y cuando tuve el libro en las manos encontré un tesoro que, recuerdo, me entregó José Hierro. Aquel día rompimos a llorar cuando leíamos el libro de Guerra porque La miel es un texto apasionante. Esas grandes aventuras, esos hallazgos me hacen sentir muy orgullosa de lo que he hecho con Ediciones La Palma. También me emocioné mucho cuando en una crítica al libro que editamos de Cavafis, título que publicamos con tanto temor porque se trataba de una traducción muy dura, se decía que se trataba de la mejor traducción del poeta al español. Con esta obra, que se trata de una edición bilingüe, me di cuenta que había llegado a la cima y ahora siento también lo mismo cuando observo a mis niños, a mis autores, obtener premios y reconocimientos y que los llaman de otras editoriales. - Imagino que guardará muchos recuerdos de estos veintidós años de Ediciones La Palma. - Recuerdo los momentos que pasé con Claudio Rodríguez y Pepe Hierro, aquellas presentaciones donde leíamos los poemas en ciudades de provincia y como todos viajábamos juntos como si fuéramos una feria ambulante. Y en todos aquellos sitios donde parábamos, llevaba los libros para vender porque al comienzo de Ediciones La Palma hacía incluso el papel de distribuidora, vendedora y editora. De aquellos tiempos, destacaría también cuando creamos la colección Ministerio del aire, lo que generó que muchos me recomendaran que no le pusiera ese nombre porque traía nefastos recuerdos del pasado y yo insistía, y decía que no, porque el Ministerio del aire es la poesía, que está en el aire, sutil, maravillosa. Cuando pusimos en marcha esta colección, Pepe Dámaso nos regaló su Arquero para que fuera su emblema. Estas etapas son de temblor porque tenía miedo a meter la pata pero cuando veo ahora todos los libros juntos, metros y metros de estanterías y de libros, con esos nombres grabados, es como un suma y sigue. La editorial es una suma de ilusiones y sigue, sigue, sigue… - Todo lo que esperaba se ha cumplido. - Exacto. Todo lo que esperaba se ha cumplido. El libro que edité de Gerardo Diego, hay tantos, tantos recuerdos. - ¿Por qué Ediciones La Palma? - El nombre viene porque yo iba mucho a una imprenta de Madrid llevando encargos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y allí conocí a Antonio, el

La editorial funciona con dinero privado, gracias a mi sueldo y al de un hombre que apostó también por este sueño, Manolo Cabrera, que es la persona que me respalda en esta ilusión y que puso sus ingresos al servicio de una editorial de poesía. Este apoyo y también el de un buen puñado de amigos que me han acompañado durante estos veintidós años

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UN NOMBRE, UNA ISLA El nombre viene porque yo iba mucho a una imprenta de Madrid llevando encargos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y allí conocí a Antonio, el prototipo del madrileño castizo, y un día, tras obtener el Premio de Poesía Ciudad de Melilla, cuya edición se había agotado, se lo conté a Antonio y éste me respondió porque no lo imprimía yo misma. Y que si lo iba a editar, porque creaba una editorial. Y no sé bien si porque mi bisabuelo fue editor y ya lo llevaba en las venas o simplemente porque siempre soñé con tener una librería, fundé Ediciones La Palma porque para mí la isla ha sido un referente. Mi primer libro habla de La Palma, que para mi es un lugar mágico. Tan mágico que ya funcionando la editorial me encontré un día con Melini y con Anelio y empecé a editarlos. Con esto quiero decir que Ediciones La Palma inició su andadura editando a poetas y narradores palmeros. La idea de unificar a todos ellos en un mismo sello editorial terminó por agruparlos. Más tarde aparecieron las revistas Azul y La Fábrica.

prototipo del madrileño castizo, y un día, tras obtener por Del amor imperfecto el Premio de Poesía Ciudad de Melilla, y cuya edición se había agotado, se lo conté a Antonio y éste me dijo que porque no lo imprimía yo misma. Y que si lo iba a editar, porque no creaba una editorial. Y no sé bien si porque mi bisabuelo fue editor y ya lo llevaba en las venas o simplemente porque siempre soñé con tener una librería, fundé Ediciones La Palma porque para mí la isla ha sido un referente. Mi primer libro habla de La Palma, que para mi es un lugar mágico. Tan mágico que ya con la editorial en funcionamiento me encontré un día con Melini y con Anelio y empecé a editarlos. Con esto quiero decir que Edi-

ciones La Palma inició su andadura editando a poetas y narradores palmeros. - La Palma vivió una gran época, literariamente hablando, en la década de los 90. - Creo que esto fue así porque la idea de unificar a todos aquellos escritores y poetas en un mismo sello editorial terminó por agruparlos. Más tarde contribuyó a consolidar este movimiento revistas como Azul y La Fábrica. En torno a Ediciones La Palma no surge una generación sino un grupo. - Como editora, ¿que piensa del libro digital? - No me gusta y me da miedo. Y mira que leo muchos poemas y textos en la pantalla del ordenador pero suelo imprimirlos en

papel. Entiendo que la difusión por Internet es maravillosa pero como lectora no siento la misma satisfacción entre pantalla y libro tradicional, ese objeto que una vez leído ocupa también un espacio en la estantería. - Comienza editando a autores canarios, concretamente de La Palma, pero termina editando también a poetas y escritores nacionales y extranjeros. - La verdad es que lo hice así sin buscarlo. Ellos venía a mí, o los amigos me sugerían nombres. - ¿Cuántas colecciones edita Ediciones La Palma? - Retorno, Ministerio del aire, Archipiélago, que recoge solo antologías y Tierra

Reinventar el Ateneo de La Laguna
- Usted ocupa en la actualidad la presidencia del Ateneo de La Laguna. ¿Qué objetivos se ha trazado para reimpulsar a esta sociedad? - Todas las tareas que emprendo, sea editorial, la agricultura o presidir el Ateneo, tiene que apasionarme. Y a mi me apasiona el Ateneo de La Laguna porque me recuerda los años en que hice más o menos lo mismo pero en el de Madrid. Una época maravillosa que me hizo pensar que podía hacer algo similar. Las personas que forman las plataformas son espléndidas y tienen la cabeza muy bien amueblada y mueven las secciones a su cargo perfectamente. Deseaba contar a mi alrededor con gente dinámica y con ganas de hacer cosas pese a que no contemos con dinero, por eso tenemos que reinventarnos y para reinventarnos es necesario que sumemos y se genere ideas. - ¿Qué tipo de actividades destacaría y destaca de las que configuran lo que podríamos denominar como la nueva hoja de ruta del Ateneo de La Laguna?

- Hasta el momentos hemos realizados algunas actividades que están bien. Vamos a seguir apostando por la suelta de libros, que consiste en liberar en lugares públicos volúmenes para que pasen de un lector a otro, así como por las conferencias y presentaciones porque entiendo que se trata de una línea del Ateneo que tenemos que mantener ya que pienso que es muy importante el debate público, un espacio en el que todos expresemos ideas. En cuanto a la revista del Ateneo no voy a negar que estamos ante un problema económico muy grande aunque estamos estudiando fórmulas para reflotarla, buscando suscriptores para que ésta no termine en formato digital. A lo que aspiro es que el Ateneo sea una voz cultural, que transmita pensamientos. Para octubre, esperamos organizar una Noche de cuentos entre otras propuestas originales que espero poner en marcha. Por ejemplo, a la sección de Literatura se le ha ocurrido que se lean poemas al vecino a través de portero electrónico de sus casas. Imagina, “señora, vamos a leerle un poema de Pablo Neruda.” Esta iniciativa es de María José Alemán, y a mi me parece una bonita idea que no solo utilicemos el portero automático para hablar con el cartero o con el revisor de la luz. Pero sobre todas estas cosas que estamos planteando, espero solucionar de una vez por todas la de arreglar el techo del Ateneo porque se nos cae a pedazos. También pintar las paredes y ajustar las luces para que la institución sea un espacio alegre para la convivencia.

del poeta, ya cerrada y que consta de trece libros que dirigió Andrés Sánchez Robayna. El resto son novelas aunque lo que realmente me interesa es la poesía. Y la poesía es donde verdaderamente tengo mercado porque hay gente que colecciona los libros de poemas de Ediciones La Palma y cuento con librerías específicas en Barcelona, Madrid, Salamanca donde se encuentran los libros de Ediciones La Palma. En este sentido, las colecciones con más demanda son las de Ministerio del aire y Retorno. Mi distribuidor está muy contento con nosotros porque contamos con autores en el catálogo que han vuelto a revivir y que sus clientes piden. - Usted es escritora además de editora. - En breve se publicará Una gasa delante de mis ojos. Se trata de una carta que escribe Alfonsina Storni la víspera de su suicidio y en la que explica, entre otras cosas, los motivos que la empujaron a meterse en el mar al amanecer. En la novela intento profundizar en el miedo al dolor y quiere ser un homenaje Storni, también a los que sufren la enfermedad del cáncer pero sobre todo a las mujeres valientes. Me ha costado mucho escribir esta novela ya que de alguna forma me he metido en la piel de su protagonista y he sentido su angustia. - Resulta llamativo que ahora publique una novela cuando usted apuesta más por la poesía. - El tono del relato es poético. Cuando se publicó El corazón de los pájaros me dijeron entonces que era un texto demasiado poético. Aquella novela chocó en su momento, y la crítica destacó que se notaba que me arrastraba la poesía. El corazón de los pájaros la publicó Planeta, editorial que la calificó de poco comercial aunque literariamente pensaran que era publicable. En todo caso, a mi me interesa contar y quizá por eso ahora mismo esté escribiendo también relatos. Uno de estos cuentos se incluye en la antología El doble, y está relacionado con Alfonsina Storni. - ¿Qué le exige como editor y lector a un poema? - Como editor y también como lector exijo que el texto me impresione. Entiendo la poesía como una emoción, emoción que hace temblar, que sabe tocar algo profundo, físico incluso. También le pido riesgo, música, cierto orden.

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POESÍA

LOS CENTINELAS DE SERGIO BARRETO
ALEJANDO RODRÍGUEZ-REFOJO

E

n el diccionario encontramos varias acepciones de la palabra «centinela». La primera es «soldado que vela guardando el puesto que se le encarga»; la segunda, «persona que está observando algo». La imagen rectora que intitula el primer libro de Sergio Barreto, Los centinelas (2011), apunta, sin embargo, a una realidad distinta de la consignada en el diccionario. Retengamos, a pesar de ello, las notas mencionadas para acercarnos al simbolismo del poema homónimo del libro, que nos ofrece la clave para entrar en el recinto poético del autor: por un lado, el rasgo de velar y guardar el puesto; por otro, el de observar o mirar. Podríamos, entonces, fundir tales notas o rasgos y ver a esos centinelas como entidades que velan en la noche, y que en tal estado de observancia y vigilia cumplen con la misión encomendada. Pero ¿qué misión y encomendada por quién o por qué? Sería fácil subsumir la potente imagen del centinela en el significado tradicional del ángel, que como mensajero cumple un papel de mediación entre el mundo de los hombres y la esfera superior de la belleza o la divinidad. Pero, a pesar de que tal función aparezca en el poema que nos ocupa, como un recuerdo claro de los ángeles de Rilke, la función de custodia se sobrepone a la de mediación. En efecto, los centinelas que el sujeto poético ve, cual «soldados / que conocen su muerte y la aceptan orgullosos», guardan algo que ese sujeto necesita vislumbrar, y sabemos, por el Diccionario de símbolos de Cirlot, que la función de todo guardián es defender cualquier forma de «riqueza o potestad mítica, religiosa o espiritual, que ha de ser protegida contra los poderes contrarios o frente a la intromisión de lo que no es digno de penetrar en su dominio. Así las leyendas hablan del guardián del tesoro, casi siempre un dragón, o un guerrero dotado de potestades extraordinarias.» Este dato nos acerca más a ese simbolismo de custodia al que apunta la imagen de los centinelas, inspirada, en gran medida, en el enigmático poema de Auden «The watchers» («Los observadores»), del cual conserva la visión de esos extraños «señores del límite», con los fusiles al hombre, apostados en puertas o altozanos, cuya «insomne presencia con su eterna amenaza / nos invita a apreciar la paz de que gozamos.» Tanto la imagen de Auden como la de Barreto son, por su carácter abierto, plurisignificativas: no sabemos exactamente quiénes son esos «efímeros señores» que nuestro poeta llama también «inveterados huéspedes»,

que preservan, pero destruyen igualmente, «creencias antiguas», y ante cuya presencia el hombre se siente amenazado o en peligro. Todo verdadero símbolo es la epifanía de un misterio. Pero no quiero escudarme en esta frase para eludir una posible interpretación, así que formularé de nuevo la pregunta: ¿qué son y qué protegen los centinelas que aparecen en este libro? Estos guardianes se me antojan soldados investidos de la dignidad de guerreros, potencias que custodian, velando y observando al mismo tiempo, apostados delante de puertas y de entradas, un tesoro simbólico que es necesario resguardar, pero que pueden también llegar a destruir: el sueño de los hombres. Custodian, sí, nuestra capacidad para soñar, acunan nuestros cuerpos frágiles para que liberen en paz esa sustancia subversiva que llamamos imaginación; preservan nuestra fe en la visión, y sus perfiles amenazantes nos ponen de nuevo en contacto con una forma de mirar el mundo acaso ya perdida para siempre. La densidad simbólica que pone de manifiesto un somero examen de este poema, y que recorre de principio a fin el libro del poeta canario, permite sacar algunas conclusiones. Entre ellas, la más obvia, pero también, a mi juicio, la más significativa, es la importancia que tienen la imaginación, el mito y el simbolismo (entendido éste como una constante cultural) en la forma que tiene el autor de contemplar el mundo. Estos tres elementos bastan para declarar el linaje de un poeta: Hölderlin, Rimbaud, Yeats, Celan, pero también La Odisea, la Biblia... Una tradición de poesía metafísica y moral que se confía a los poderes creadores de la imago; una tradición, al decir de muchos, ya periclitada o, cuando menos, innecesaria en los tiempos que corren. La poesía de Los centinelas podría parecernos, por tanto, a primera vista, muy antigua, como llegada de tiempos remotos y caducos. Lo parece por ese modo distanciado y atento de mirar del que es emblema la imagen analizada. Pero no se confunda esta mirada vigía de Sergio Barreto con ninguna clase de decadentismo: la sencillez preside siempre las elecciones del poeta, esa «difícil sencillez» patente, por ejemplo, en las «balizas» que integran una de las secciones de libro, y que tanto deben a la estética del haiku. La poesía del autor es, en efecto, tan antigua como la de Basho, Blake, Trakl o Jabès, poetas todos que han sido y son todavía muy nombrados y esgrimidos en poéticas y textos críticos, pero cuya influencia, cuya presencia real en el sector mayoritario de la poesía española de las últimas décadas, y de manera muy visible

en la «joven» y «actual» poesía de nuestra «joven» y olvidadiza democracia, parece más una cuestión de prestigio histórico que de diálogo vivo con su palabra. La rumbos mayoritarios de la poesía española actual son, en este sentido, la herencia lógica de varias generaciones que no han sabido, o no han querido, fundar un espacio poético capaz de dialogar con las fuentes vivas de la modernidad poética, con la excepción hecha de una serie de creadores que han construido su obra al margen de la cobertura generacional. Entre las varias consecuencias que ha traído consigo este contexto, podríamos mencionar aquí, en primer lugar, el desprecio de las vanguardias históricas y de la poesía concebida como invención, y, en segundo lugar, el desprestigio enorme de la imagen y de lo imaginario como motores del poema, hasta el punto de que un crítico como Miguel García Posada, hace ahora diez años aproximadamente, llegó a afirmar que la imaginación estaba «felizmente desterrada de la poesía española.»

La poesía del autor es, en efecto, tan antigua como la de Basho, Blake, Trakl o Jabès, poetas todos que han sido y son todavía muy nombrados y esgrimidos en poéticas y textos críticos, pero cuya influencia, cuya presencia real en el sector mayoritario de la poesía española de las últimas décadas, y de manera muy visible en la «joven» y «actual» poesía de nuestra «joven» y olvidadiza democracia

Precisamente el hondo calado que tiene en Los centinelas la dimensión imaginativa del fenómeno poético constituye, en mi opinión, uno de los valores que lo distinguen de tantos y tantos libros de poesía como hoy se publican. Esta dimensión evidencia una determinada concepción del hecho creativo: aquella que ve en la Imagen no una duplicación o degradación de lo real, sino lo real mismo. Autores como Gilbert Durand y Henri Corbin han estudiado, desde distintas perspectivas, las raíces de la percepción negativa que ha caracterizado el acercamiento del pensamiento filosófico occidental a esa facultad que Baudelaire consideraba superior a todas las demás: la imaginación creadora. Lamentablemente, la degradación de la imaginación en fantasía es hoy un hecho consumado. Todavía para Coleridge y Baudelaire, fantasía e imaginación eran cosas distintas: si la primera es un juego inane del pensamiento sin fundamento en la naturaleza, la segunda constituye un elemento mediador entre el pensamiento y el ser. Sin embargo, el peso progresivo que el cartesianismo ha tenido en la tradición cultural de Occidente ha hecho, según Durand, que el signo desplace completamente al símbolo, de modo que éste es visto hoy como un elemento poético irrealizante o desrrealizante. Esta situación condujo, como sabemos, a la fuerte reacción romántico-simbolista, y llevó a escritores como Nerval a afirmar que «todo lo que imaginamos es real.» No mucho más tarde, Baudelaire iba incluso más allá al concluir que «la imaginación […] contiene el espíritu crítico.» Los centinelas se inserta, pues, en el contexto problemático que actualmente acompaña toda palabra que beba de esa tradición meditativa o metafísica; tradición que aquí en las Islas, por especiales circunstancias geopoéticas, se ha caracterizado por una propensión a integrar mito y paisaje. En las actas del I Encuentro de Jóvenes Escritores Canarios (2007), Ernesto Suárez, hablando de los rasgos comunes a los representantes más jóvenes de esta línea, señaló los peligros de lo que él llama el «nudo meditativo de la conciencia». El peligro que entraña este «nudo» no es otro, según Suárez, que el de permanecer preso de la mirada y del paisaje; mirada-candado que impide ver al otro y a lo otro, mirada que sólo refleja el dinamismo vano del yo y que corre, por tanto, el riesgo de caer en el solipsismo. Hay, sin embargo, en Los centinelas, unas pocas huellas que dejan entrever que su autor cruzó, acaso, la tentación de practicar una poesía de raíz irónica y centrada en lo cotidiano, cuyo nudo o peligro, señala también Suárez, consiste en la

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EL POETA TINERFEÑO SERGIO BARRETO.

CENTINELAS O SEÑORES DEL LÍMITE
IVÁN CABRERA CARTAYA BARRETO HERNÁNDEZ, SERGIO., 2011. Los centinelas. Ediciones Idea,Tenerife, 117 pp. lama grata y poderosamente la atención la frontalidad, el ejemplar gesto ético y la sana ambición estética con la que Sergio Barreto (Tenerife, 1984), se encara en la primera parte de su primer libro, Los centinelas (2011), con los dos textos fundacionales de toda la cultura occidental y sus dos raíces principales: La Biblia, dentro de la tradición judeocristiana; y los poemas homéricos en la tradición grecolatina y pagana, singularmente la Odisea más que la Ilíada —dejemos para otra ocasión el apabullante éxito del primer poema sobre el segundo; aunque haya sido la Ilíada el texto que inspirara el inagotable y penoso regreso de Odiseo a Ítaca en virtud de la generosidad de los feacios—. No es menos interesante a este respecto una de las citas que abre el libro que hoy presentamos, la de W.H. Auden, en la que se adivina un gesto de agradecimiento y reconocimiento a la propia poesía en una de sus mayores utilidades para el desencantado, descreído, hipereconómico, hiperindividualista y neoliberal (o falsamente liberal) mundo contemporáneo; esa utilidad no es otra que la salvación moral del hombre por la insumisa y absolutamente libre presencia de la palabra poética. Quizá Sergio sea, como Auden, un poeta que se ve escribir a sí mismo (muy acorde con la sobreconciencia del creador en el modernismo norteamericano) y que domina los recursos y potencialidades del verso, además de tener también en la imaginación la puerta originaria y el

banalización de la experiencia poética. Pero los peligros de ambas tendencias se tocan en sus extremos, pues acaso el mayor de todos sea precisamente la práctica de una poesía tendenciosa. «Nada hay que amenace más gravemente a un joven escritor que el tiránico formalismo de la tendencia.» Esta constatación que hacía Valente en 1961 sigue siendo válida hoy, aunque la trama tendenciosa haya cambiado radicalmente. Toda palabra que nace viva para la poesía (y la palabra de Sergio Barreto ha nacido con una rara vivacidad imaginativa) nace muerta para la sociedad mercantilizada del espectáculo y la industria cultural. En el caso concreto de la actividad poética, la mercantilización no tiene hoy tanto que ver con los ingresos monetarios derivados de la misma, como con el estatus social que otorga el hecho de crear, que hace concebir a muchos poetas jóvenes el deseo de obtener un rápido reconocimiento, o incluso el deseo de que se les reconozca antes de escribir, como evidenciaron muchas estrategias promocionales de la poesía en las décadas de 1970 y 1980. Este es uno de los riesgos mayores que ofrece hoy la labor del creador: la seducción constante de la industria y el mercado culturales. Pero el oficio poético es, como reza el título de un magnífico libro de Eugénio de Andrade, un oficio de paciencia. El poeta le debe todo a la palabra:

«canto es existencia», dijo Rilke, aunque esa palabra lo arroje a veces a las simas insondables del silencio o del hastío. ¿Qué más, entonces, aparte de esa vida intensificada que ofrece al hombre la palabra? Esa existencia alta y humilde que otorga la poesía la podemos hallar aquí, en estos versos de Sergio Barreto que corresponden al poema «Donde cae la sombra»: Veo cómo las hojas se derrumban hasta hacer de un árbol su vestigio. La estación es culpable y la mirada materia para el llanto, superficie que atestigua otoños, migraciones y esa falla en los ciclos transparentes que empuja a los viejos centinelas a un lento declive entre la hojarasca y la luna, entre la obsidiana de la bóveda y el freático don de los insectos, – pozo irremediable donde cae la sombra de aquello que ante mis ojos cesa y se llama árbol, hombre, tiempo, – tal vez tiempo. (*) Texto de presentación del libro Los centinelas (2011), de Sergio Barreto Hernández, leído en el Ateneo de La Laguna el viernes 29 de abril de 2011.

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umbral de una escritura mágica y herética que se enfrenta a la historia como la otra versión de los hechos, y a mucha de la poesía española actual que ve —en la tradición moderna y en las vanguardias históricas— una suerte de fetichismo superado. Prejuicios y supuestos críticos estos tan absurdos como aquella afirmación descabellada y estúpida de un crítico que celebraba el destierro definitivo de la imaginación en nuestra poesía. Estamos en un momento de tal precariedad crítica e intelectual que este mismo crítico es el que realizaba una edición de la poesía completa de Federico García Lorca. ¿Cabe acaso contradicción mayor? ¿Qué es un hombre sin imaginación, una de las principales funciones cognitivas del ser humano y en la que se fundamenta su conocimiento de la realidad? No es mi intención, en esta somera presentación, hablarles o glosarles a ustedes todos los poemas de Los centinelas, tarea esta que sobrepasa con mucho el tiempo y el espacio de una simple invitación a la lectura de un libro tan rico en sugerencias —y tan denso en referencias literarias— como muy pocos que se hayan publicado este año por un joven poeta, acaso como ninguno. Este libro, dividido en tres partes: «Los centinelas», «Poemas del hogar encendido» y «Manual de luces», diría que nos propone un viaje que va desde una renovadora contralectura de la tradición bíblica y grecolatina en textos tan singulares como «Génesis», «Y Ulises, arrepentido, se habló a sí mismo», «Después del loto», «Es Brent», «Libación», «Creta, finales del siglo XV a. C.», pasando por una suerte de destierro íntimo que tiene, paradójicamente, un «hogar encendido» como espacio hasta, por fin, descender a la memoria más irreverente y fanopeica-

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POESÍA

CENTINELAS O SEÑORES DEL LÍMITE
mente recreada en «Manual de luces», tercera parte del conjunto. Coherencia y precisión absoluta de un joven poeta a la hora de estructurar y ordenar su libro, tan extraña en estos tiempos donde se suele confundir la simple colección y suma de poemas con el libro de poesía; nada raro en un país y en una literatura que, negando por desinterés o ignorancia la tradición que Octavio Paz llamó «de la ruptura», está lejos de comprender el trabajo de orfebre que proponen, ejemplar y magistralmente, libros como Las flores del mal, Hojas de hierba, El preludio o las Elegías de Duino. Confieso mi preferencia, en la primera parte de Los centinelas, por poemas como el también llamado «Los centinelas», «Azul y pronunciable», «Creta, finales del siglo XV a. C.», «Ocultación», «Y Ulises, arrepentido, se habló a sí mismo» o el primero de todos, «Génesis», bellísima proposición de un nacimiento radical y texto de poética que nos sugiere el desconocimiento y el descondicionamiento de la mirada como única forma de acceder a lo que Rilke llamó «lo abierto», yendo más allá de ese mundo interpretado que nos ofrecen las múltiples, y muchas veces contradictorias, tradiciones recibidas. En una época o período histórico que lleva décadas afirmando el cierre de la modernidad, y tratando de definir una posmodernidad tan abierta como confusa, tan banal como desacralizadora, y que desprecia el esfuerzo como valor artístico y literario, los poemas de este libro —escritos laboriosa y pacientemente a lo largo de cinco años (desde 2005 a 2010)— vienen tal vez a darle la razón a Jurgen Habermas cuando el filósofo alemán habla de un proyecto moderno inconcluso que el fracaso del esructuralismo o los errores del proyecto ilustrado no han podido cerrar, principalmente, porque la llamada posmodernidad no propone nada para sí misma más que la relativización absoluta de los muy distintos valores culturales, la búsqueda de lo inmediato, la primacía de la actualidad absoluta y el desprecio del pasado y del futuro, la impermeabilidad e insensibilidad ante las injusticias, la normalización de la corrupción en todos los ámbitos, la pérdida de la intimidad y de la personalidad individual, la deificación de la tecnología… En «Génesis» Sergio, como el Wallace Stevens de Notas para una ficción suprema o el Ungaretti que busca un país inocente en La alegría, nos invita «a cada instante / volver a nacer.», a tener nuestra personal e intransferible experiencia de cada cosa del mundo, limpiando la mirada de versiones ajenas y de tácitos acuerdos sobre la interpretación de lo real. Como el animal rilkeano o el niño que desconoce la muerte y vive en el gran peligro: no teme nada y, por tanto, puede atreverse a todo sin la espera pavorosa de sufrir algún tipo de castigo. El poeta es ese niño que no siente miedo en la selva oscura de Dante y el exiliado que, como Jabés, reside en su propia lengua cuando no tiene lugar en el mundo que le sea propio, sino acaso sólo el desierto, donde el gran poeta egipcio pasaba varios días ataviado sólo con una manta y en un insaciable aprendizaje de ese silencio tan querido por músicos como el italiano Giacinto Scelsi, y que los ruidos informativos no dejan de usurparnos con su servilismo económico, pero espiritualmente infértil, ante la agotadora actualización de todo: Vivir sin experiencia como si nada hubiera sido inventado. Desconocer la ceniza que lanzaremos contra el mar, los punzantes escombros, el cadáver... Nos dice Sergio en el primer poema de este libro, ideal de vida o canto de inocencia así pues, ya que el poeta es también un hombre ignorante, más cercano quizá (como pensaba Stevens) al campesino que al erudito; el poeta, como en el caso del gran Gonzalo Rojas (recientemente fallecido), es un hombre deslumbrado por cada cosa que ve. En un poema muy distinto a este, «Y Ulises, arrepentido, se habló a sí mismo», Sergio Barreto toma la voz del héroe homérico y, valiéndose del monólogo dramático de la poesía inglesa que Luis Cernuda introdujo en nuestra lengua, dice haber hollado el tiempo, conocerlo como en ese «Miré el tiempo y conocí la noche» del delicado y olvidadísimo Jorge Gaitán Durán. El poeta nos propone una reflexión sobre la Odisea de Homero mostrándonos ¿cosa que quizá falte en el texto griego? a un héroe interior, íntimo (como el capitán Aldana en su famosa epístola); un Odiseo que se arrepiente de que una guerra nacional o patriótica lo haya alejado durante tantos años de su particularidad y unicidad como hombre: su familia, su casa, su isla, su perro. El error de Troya, por llamarlo así, ya fue visto por Yorgos Seféris en otro poema contrabélico, «Helena», sabiendo quizá — como Sergio— que la causa griega fue sólo una excusa para hacerse con el punto clave del comercio entre dos mares muy importantes, esto es, la ribera oriental de los Dardanelos, donde se situaba la antiquísima colina sobre la que se llegaron a levantar hasta nueve Troyas, más de la mitad de ellas muy anteriores a la conocida guerra que canta Homero un par de siglos después de haberse producido. El monólogo dramático e íntimo que Sergio pone en boca del héroe griego, «el hombre de muchos senderos», abomina de la guerra y —tras matar a «los príncipes falaces», esa «flor de los pretendientes» de otro poema magnífico de José Ángel Valente— sólo aspira, en su contemptus mundi (desprecio del mundo), morir junto a los suyos y que sus huesos se confundan con los de sus antepasados. Pero leamos algunos versos reveladores de este bellísimo poema: Y es que ahora comprendo que a veces La vida nos reprocha en silencio Las muertes que engendraron nuestros hombres Portando las banderas de una patria Que sólo es refugio de la nada, Ceniza que en el polvo se confunde. Crítica, así pues, del concepto de patria y de sus causas mezquinas, aquellas que —llevándonos a un límite de degradación moral— nos obligan a matar para no morir. Me interesaba detenerme en el sucinto comentario de estos dos poemas, «Génesis» y el dedicado a Odiseo (yo prefiero llamarlo Odiseo y no Ulises), no sólo por su alto abolengo intertextual, sino por su calidad estética y su valor crítico. Me interesaba ocuparme especialmente de ellos y de la primera parte del libro porque considero que es la parte más lograda del poemario, y la que posee mayor número de textos valiosos. Pero Sergio Barreto no sólo rescribe críticamente la Odisea de Homero o el primer libro de la Biblia, sino que se atreve con el poema en prosa en unos cuantos ejemplos verdaderamente notables o con el acercamiento a una composición tan extremadamente difícil y sintética como el haiku. Tampoco faltan en Los centinelas los poemas de asunto o de inspiración erótica como los titulados «Herirte», «La mujer del cazador», «A la mujer madura» o «La petite mort» (la pequeña muerte), sintagma con que los franceses identifican el orgasmo. En cuanto al haiku, cabe pensar no sólo en Matsuo Basho o en Masaoka Shiki, sino en la poesía clásica china, en Tu fu o en la finísima música silenciosa de Toru Takemitsu, cuando nos encontramos en el libro ejemplos tan bellos como el siguiente: Baliza nº 4 En los helechos La lluvia aprende a tejer Una guirnalda. Poema este que pertenece a la tercera parte, «Manual de luces», y que lo cierra en un descenso rítmico que tiene al haiku, y sus variaciones métricas, como protagonistas de una obra llena de hallazgos de la imaginación sensorial y del pensamiento crítico al que no ha renunciado nunca la mejor poesía, como la que llena de principio a fin Los centinelas de Sergio Barreto Hernández. (*) Texto de presentación del libro Los centinelas (2011), de Sergio Barreto Hernández, leído en el Ateneo de La Laguna el viernes 29 de abril de 2011.

En un poema muy distinto a este, “Y Ulises, arrepentido, se habló a sí mismo”, Sergio Barreto toma la voz del héroe homérico y, valiéndose del monólogo dramático de la poesía inglesa que Luis Cernuda introdujo en nuestra lengua, dice haber hollado el tiempo, conocerlo como en ese “Miré el tiempo y conocí la noche” del delicado y olvidadísimo Jorge Gaitán Durán

Sábado, 18 de junio de 2011

El perseguidor 7

EL VUELO DE ÍCARO /
Número: CXXXIV

Coordinación: Coriolano González Montañez

POEMAS DE DONDE NO SABEMOS (ON NO SABEM). CÈLIA SÀNCHEZ-MÚSTICH
TRADUCCIÓN: ROSA LENTINI DONDE NO SABEMOS Allá, el espacio que hay entre nosotros, al que no sabemos por dónde entrar, allí estamos. Estás tú que me traduces a ti. Estoy yo que te interpreto en mí. Mientras de nuestros originales nada se sabe salvo que inexisten profundamente en los márgenes de la niebla. que tantas veces ha oído, es eso que ahora lo sacude (¡Tengo miedo, tengo miedo! chilla, sonriendo, el miedo casi extinto por la euforia del descubrimiento.) Como ese niño, tantas veces he escuchado la palabra traición como si estuviera vacía por dentro, entraba por mis oídos y allá se quedaba, tapón de cera, sin llegar nunca al fondo del fondo. Hasta hoy: salgo en una película, la escena tan parecida a aquella otra... ¡Me han traicionado! Chillo. Y me alegro. No de la traición sino de haber aprendido que lo que siento se llama haber sido traicionada, que tengo un lugar en el fondo del fondo donde recibir la traición, repasar sus contornos y después olvidarla, un poco más feliz que antes.

y recorto la palma a la altura de la tuya. Descubro que el vidrio ha absorbido las cualidades de la piel.

HABITACIÓN DE INVITADOS Quisiera que mi casa fuera lo bastante grande para tener una habitación de invitados. Una. O dos. Mejor tres. Cinco habitaciones de invitados. O el doble, diez. Diez. Que toda ella fuera una casa de invitados, una casa en la que poder tener una habitación propia, una habitación lo bastante grande para que todos los invitados pudieran entrar a la vez y vivir en ella, si quisieran, como en una casa. INVOLUCIÓN Entraremos, al amor, cuando el universo se contraiga dentro de billones de músicas, y las rejas de Alcatraz alcancen la medida de un simple pentagrama y las cabezas de los reos que se golpeaban hasta morir sean las notas atrapando los hilos de sonido, y toda la ciudad como una tienda de casas de muñecas se trague la prisión, y pasado y presente se fundan, y los walkmans de los bañistas de la bahía cubran los oídos de los condenados, y la canción que se escuche sea la de la última partícula, revelándonos, antes de desaparecer, por dónde entrar.
NOTA BIOBIBLIOGRÁFICA Cèlia Sànchez-Mústich nació en Barcelona, en diciembre de 1954. Empezó a escribir a los ocho años lo que ya entonces reconocía como poemas. Su formación es musical y ha cursado estudios de piano, guitarra y armonía. Ha publicado siete libros de poemas: La cendra i el miracle, El lleu respir, Temperatura humana, Taques, Llum de claraboia, A la taula del mig i On no sabem. También dos novelas: Les cambres del desig y Tercer acte d’amor. Asimismo ha publicado tres libros de narraciones breves, tres libros de narrativa de no ficción, y ha participado en libros colectivos como Nouvelles de Catalogne (editado en Francia). Ha recibido, entre otros, los premios Rosa Leveroni 1990, Miquel de Palol 1996, Serra d’Or 2010 y Premi Octubre de poesia 2010; también el Mercè Rodoreda 1999 y el 7Lletres de narrativa 2008. Parte de sus poemas han sido antologados en diversas publicaciones y/o traducidos al francés, inglés, castellano, euskera, gallego e italiano. Dinamizadora cultural, ha impulsado diversos proyectos artístico-literarios entre los cuales destaca la singular “Festa de la Poesia a Sitges” que co-dirige desde el año 2007.

DUDA DURMIENTE Ni puerta cerrada ni abierta. Soy el canto de una puerta que se mueve hacia adelante y hacia atrás guiada por los dedos que ensanchan y estrechan la franja de luz. Y soy los dedos, que ensayan ser luz. Y soy la luz, lo bastante cálida para velar mi duda, lo bastante atenuada para no despertarla antes de la revelación del sueño.
ANTICIPACIÓN La muerte me sorprendió a los dieciséis años. Una noche, en verano. Acaso no muriera ese día, pero ese día descubrí que moriría. Nunca más lo he vuelto a saber como entonces: hasta el último verde de la hoja del álamo que se inclinaba hacia el único tronco sin luz de farola. Hasta la esquirla de vidrio más diminuta de la farola herida por una piedra.

INTERIOR DE PALABRA Lo vi en el cine: el niño, en la película, descubre que tiene miedo y se alegra. No de tenerlo sino de haber aprendido que a lo que siente se le llama miedo. O que la palabra miedo

ESCENARIOS Estoy en un aula en horas no lectivas, sola ante un profesor que no conozco, que me clava los ojos sin leerme la mirada, y castañeteando -por el frío que hace- me habla de una asignatura que yo desconocía y que tendré que estudiar en una lengua muerta. De pronto me veo en mi habitación, tengo un nuevo vecino con quien nunca me cruzo, y que cada noche acciona un silencio que retumba en mi cabecera y me tuerce los cuadros y socava los cimientos de la casa. Pero en cambio modula el sueño hacia un escenario benigno: estoy en prisión, a la hora de la visita, toco el vidrio que hay entre nosotros

LA POESIA COMO CRÍTICA
M CINTA MONTAGUT Antonio Méndez Rubio Cuerpo a cuerpo. Baile del sol .Tenerife 2010

C

uerpo a cuerpo es el más reciente poemario publicado por Antonio Méndez Rubio, poeta y ensayista, que ha publicado textos como La destrucción de la forma (2008), La apuesta invisible (2003) y poemarios como Para no ver el fondo (2007) o Razón de más (2008) entre otros muchos. Cuerpo a cuerpo es un poemario cuyo título ambiguo nos lleva a pensar en una

lucha o bien por la supervivencia, porque siempre que se lecha cuerpo a cuerpo es porque la vida está en juego, o en una lucha amorosa donde lo que hay es un intercambio. Ambos aspectos los encontramos en los poemas del libro que nos llevan a través de diferentes estados anímicos por un camino en el que el cuerpo no es sólo un cuerpo físico a través del que percibimos la realidad sino que es también el cuerpo de la palabra: “enmudecer/saber hablar”. Es decir, buscar la posibilidad de decir de otro modo que no sea con el lenguaje que creemos conocer. La poesía de Méndez Rubio es una poesía crítica, aunque no en el sentido lato del

término, no busca el autor situarse en el terreno de la denuncia sino que hay que entender su crítica como el resultado de una crisis que es la de la significación. El acto de poetizar es un acto en el que la mirada del poeta traspasa la realidad a través de un lenguaje que se aleja de todo compromiso para buscar en su ruptura y en su profunda contradicción la fuente de una nueva significación. “A lo mejor/ lo que hay de amor en el azar / significa que hay que estar contra / todos los significados”. En el poemario abundan las preguntas retóricas: “¿qué hay más? “ “¿cómo se respira/ en dos huecos juntos?”, que mues-

tran la incertidumbre del no saber más que el deseo de encontrar una respuesta. Hay también una ruptura de la lógica del lenguaje y una violenta ruptura versal en encabalgamientos abruptos muchas veces que requieren un esfuerzo del lector puesto que el autor parece buscar un distanciamiento del propio lector para acrecentar la durabilidad de la lectura. Simbólicamente la luz es uno de los elementos que destacan en estos poemas, la luz que es la necesidad de conocer la verdad, de saber: “Si claridad es lo que buscas / vete del mundo”. Aparece también a lo largo del poemario un tú que muchas veces es el desdoblamiento de la voz que nos habla y otras es ese otro cuerpo del amor que consuela y acompaña. La palabra poética se hace en este libro necesaria e imprescindible.

8 El perseguidor

Sábado, 18 de junio de 2011

JUAN-NOYES KUEHN.

Juan-Noyes Kuehn, Premio de Poesía Pedro García Cabrera
EL PERSEGUIDOR El Premio de Poesía Pedro García Cabrera, que otorga CajaCanarias, ha recaído este año en la obra Sin otra luz y guía, del filólogo y profesor Juan-Noyes Kuehn. Esta distinción está dotada con 3.000 euros y la publicación de su poemario.

El trabajo premiado es, en palabras del autor, “un redescubrimiento de la palabra que se encarna de otro modo en el camino de vuelta; un regreso a un lugar que es, al mismo tiempo, su casa y no lo es, la Isla; un espacio ultraperiférico del lenguaje, la pasión eucarística del verbo”. Kuehn añade que los versos hilados en este trabajo constituyen “una forma de decir la tradición con voces del siglo XXI, la manera en que uno se transforma en su doble para llegar a ser quien es”, y alude a la maestría con la que

Borges lograba esta transformación en su obra El otro, el mismo, porque es en su esencia “la humilde odisea de nuestras vidas, ya que lo demás se da por añadidura”. Juan-Noyes Kuehn Cole, alias Chantri, nació en Chicago en 1952 y vivió sus años formativos en Las Palmas de Gran Canaria. A los 19 años inició el camino hacia fuera del vagamundos, ese que aspiraba a la poesía, residiendo largos años entre Puerto de Sagunto y Valencia. En 2007 regresó a la isla y desde entonces compagina su

actividad literaria con la docencia de lengua inglesa en la Escuela Oficial de Idiomas de la capital grancanaria. Ha publicado dos libros de poesía: A un pueblo sin aurora (Santa Cruz de Tenerife, 1980) y Lógica volcánica (Sagunto, Valencia, 1997), y varios de sus trabajos han sido incluidos en antologías literarias. El jurado de este premio estuvo integrado por Andrés Sánchez Robayna, Jorge Rodríguez Padrón, Elsa López, Arturo Maccanti y Eugenio Padorno.

PULP FICTION /

Eduardo García Rojas

SAX ROHMER, EL INVENTOR DEL PELIGRO AMARILLO
SAX ROHMER, CREADOR LITERARIO DEL DIABÓLICO DOCTOR FU-MANCHÚ.

escubrí al legendario FuManchú gracias al cine. En especial por La máscara de Fu-Manchú protagonizada por Boris Karloff como el inquietante y maquiavélico genio del mal oriental. Si antaño escribía sobre los miedos que aún provoca en el disco duro de mi memoria el diablo encarnado de Fantasía, créanme que el doctor Fu-Manchú de Karloff casi ocupa el mismo espacio en el casillero de mis terrores favoritos. Como todo el mundo sabe, Fu-Manchú nació primero como personaje literario en una serie de novelas que, y doy fe de ello, aún se leen con devoción aunque resulten a ratos delirantemente racistas y por lo tanto políticamente incorrectos. La importante novedad que aporta su autor, Sax Rohmer (1883-1959), que nunca fue ni creo que lo pretendiera ser el reverso tenebroso de Arthur Conan Doyle, es que se dio a conocer en el grandilocuente universo de la literatura popular con un personaje que encarnaba (¿encarna?) las peores pesadillas del hasta ese momento ordenado mundo anglosajón hacia China, país al que un principio parece servir Fu-Manchú aunque más tarde descubramos que lo hace para la organización criminal Si-Fan. No tuvo en cuenta el señor Rohmer que, como pasa casi siempre, su creación literaria terminaría por cobrar vida propia en la imaginación de sus por aquel entonces numerosos lectores. Tal vida propia que de alguna manera Fu-Manchú sintetiza todos los miedos y miopías del hombre blanco hacia el misterioso mundo asiático. Ese genio del mal con ojos rasgados que es Fu-Manchú además de ser un experto en maniobrar en la sombra resulta ser de una crueldad tan exquisita que el gran

D

Karloff, maquillado como chino perverso, supo explotar en ese título que para mi, con todas sus torpezas, continúa siendo un gran clásico del cine de misterio y terror de todos los tiempos. Tanto en las novelas, o al menos en las tres novelas que he tenido oportunidad de leer (El misterio de Fu-Manchú, El doctor diabólico y La máscara de Fu-Manchú), como en la película de Karloff y también pero menos en las que interpretó Christopher Lee, lo que interesa al lector y al espectador es conocer el nuevo plan de Fu-Manchú para acabar con el mundo civilizado anglosajón antes que los intrépidos pero también convencionales sir Denis Nayland Smith y el doctor Petrie aniquilen su sueño de convertirse en amo y señor de todo lo que hemos conocido. Objetivamente, y aquí está la gracia, FuManchú vence siempre al final de cada aventura por mucho que Smith y Petrie le frustren la partida. Pienso, de hecho, que de alguna manera y dándole por muerto al terminar cada relato o película, sabemos que Fu-Manchú regresará en un nuevo capítulo no sé si más refinado pero sí que algo más loco. Sobre todo cuando captura a Nayland Smith y lo somete a su extenso y variado catálogo de torturas chinas mientras suelta su característica y diabólica carcajada. En la peor pesadilla de su creador, Sax Rohmer, Fu-Manchú es un chino que odia a la civilización occidental y al hombre blanco que la ha hecho posible. Lo curioso de las novelas es que Rohmer nunca explica muy bien las razones que han provocado este odio furibundo aunque deja caer con una sinceridad desconcertante (Fu-Manchú nació como personaje literario en 1913) que ningún hombre blanco sería capaz de expresar su rabia contra otra raza por muy odiosa que ésta

le pareciera como sí lo hace Fu-Manchú. He aquí un ejemplo: “De todas las escenas que guardo en la memoria, algunas bastantes sombrías, no recuerdo ninguna tan horrible como la que apareció ante mí a la débil luz de la vela. Burke yacía atravesado en la cama, la cabeza hacia atrás, laxa; tenía una mano rígida en el aire y con la otra agarraba el peludo antebrazo que yo había cortado con el hacha, pues los inertes dedos seguían aferrados a la garganta ejerciendo presión mortal. El rostro del hombre estaba casi negro y los ojos se le salían de las órbitas de un modo espantoso. Venciendo la repugnancia, levanté el inmundo brazo y traté de separarlo. Todos mis esfuerzos fueron inútiles; muerto era tan implacable como lo había sido en vida. Me saqué una navaja del bolsillo y, tendón a tendón, fui cortando aquella misteriosa garra hasta desprenderla de la garganta de Burke.” (El doctor diabólico).

Seamos justos, no obstante, ya que con estas estupendas y muy retro novelas de acción, Rohmer presenta a un malvado superlativo. Capaz incluso de brindar rasgos de inquietante generosidad como la del buen jugador de ajedrez que reconoce que ha perdido una partida. En La máscara de Fu-Manchú, Fu-Manchú escribe una carta muy elegante y generosa en la que solicita a su remitente que dé saludos a sus dos archienemigos: Nayland Smith y el doctor Petrie. Insólito. Más si tenemos en cuenta que el mismo doctor Petrie (una especie de doctor Watson enamorado de una mujer china) describe al diabólico oriental en El misterio de Fu-Manchú de la siguiente manera: “La imagen que ofrecía en aquel momento se repite con persistencia en mi memoria. Con su larga bata amarilla, la cara, como de máscara, inteligente, inclinada sobre el maremágnum de aparatos que tenía delante, la amplia frente brillando a la luz de la lámpara de arriba, los increíbles ojos verdes y velados levantados hacia nosotros: parecía una figura emanada de las profundidades de un delirio.” En otro momento, Petrie/Rohmer lo dibuja así: “El doctor Fu-Manchú mostró sus dientes regulares y amarillos con aquella sonrisa pérfida que tan bien conocíamos. Era nuestro prisionero, un prisionero esposado, pero se sentaba en aquel banquillo tan erguido como un juez. He de confesar, en honor a la justicia y a la verdad, que FuManchú desconocía el miedo.” (El misterio de Fu-Manchú). A mi me parece clave esta visión que Rohmer pone en boca del narrador de sus novelas, el doctor Petrie. Fu-Manchú desconoce el miedo. Nayland Smith y Petrie sí saben los que es combatir el miedo. El miedo que sienten hacia Fu-Manchú. Escribo artículo con la intención de estimular la lectura (y también la de recuperar sus películas, en especial la de Karloff) sobre este personaje ya incónico en la literatura popular. A mi me hicieron olvidar miserias y reconciliarme con el tipo que cada mañana se encuentra reflejado en el espejo del cuarto de baño. Fu-Manchú es un héroe. O un antihéroe para Nayland Smith. Pero ¿quién se acuerda de Nayland Smith, doctor Petrie?

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