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“QUESADA SOLIDARIA”. UNA O.N.G.

JIENNENSE EN CENTROAMERICA
Frente a la tendencia en nuestra sociedad a aislarnos en nuestro pequeño círculo, se abre paso la creciente necesidad de muchas personas de ayudar y colaborar con otros, como una forma sana de salir de nosotros mismos. Aunque son muchas las instituciones nacionales e internacionales no gubernamentales que permiten dar curso a esa corriente, en Jaén contamos con “Quesada Solidaria”. Una O.N.G. joven y cercana fruto de la iniciativa de un pueblo de nuestra provincia que ha vuelto sus ojos a su “hermana centroamericana”, una de las zonas más deprimidas de Guatemala -país con extremas condiciones de pobreza en el que ha desaparecido la sanidad pública-. Aparte de que esta cercanía disipa el miedo inherente a embarcarse activamente en este tipo de colaboraciones ¿qué mejor cauce para aportar el pequeño grano de arena de mi experiencia como enfermera?. Son dos los proyectos desarrollados por esta O.N.G. en escasamente un año de rodaje: El primero, un proyecto permanente de Atención Primaria que intenta dar cobertura a los más de 20.000 habitantes que, dispersos en aldeas de difícil acceso, dependen del municipio de Quesada en el Departamento de Jutiapa. Además de ofertar acceso a la atención sanitaria y farmacológica, se han puesto en marcha programas de educación para la salud encaminados a la detección precoz del Cáncer de Cerviz y a la formación de matronas. Además se ha iniciado un proyecto de colaboración educativa con un instituto de Mengíbar, así como el estudio de la posibilidad, a más largo plazo, de dotar de infraestructuras de agua potable que también contribuyan a la salud. El segundo, el proyecto Quirúrgico iniciado este mes de septiembre y que puntualmente se desarrollará durante 15 días al año, tiene lugar en la “Obra Social del Hermano Pedro”, un convento franciscano situado en la ciudad de Antigua. Para participar en éste último, nos hemos desplazado un grupo de profesionales del Complejo Hospitalario de Jaén entre los que me cuento (dos cirujanos, un urólogo, tres anestesistas y 5 enfermeras), así como tres cirujanos y dos enfermeras de otros centros andaluces. El primer día los pasillos del convento rebosaban gente esperando ser atendida en las consultas para su valoración quirúrgica. Indígenas de aspecto pobre y niños de ojos mayas que nos miraban con curiosidad. El recorrido por los diversos claustros llenos de niños y jóvenes con parálisis cerebral, síndrome de Down, labios leporinos, desnutrición… cuyos padres han de seguir trabajando para subsistir mientras en la Obra Social cuidan bien de sus hijos, ofrece una visión impactante; un exceso de impresiones, emociones e información que te desborda y hace que surjan nuevos interrogantes (“¿qué hago yo aquí?”, “es tanto lo que veo que ¿realmente contribuyo a algo?”). El paso de los días brinda la posibilidad de que tras ese caos inicial las piezas empiecen a encajar; a menudo tras contrastar la visión con otros miembros del grupo, se abre paso un nuevo enfoque que enriquece tu vivencia personal. En la sala de operaciones y ya desde una dimensión más cercana, lo que más llama la atención es la gratitud sinceramente expresada por los pacientes en multitud de “bendiciones”, así como una sorprendente ausencia de temor ante una intervención quirúrgica largamente esperada. Hay que recurrir a la imaginación en muchas ocasiones, especialmente en lo que al uso de los recursos se refiere (en ocasiones la evidencia científica choca de pleno con la escasez), pero lo que no cambia es el sentido original y yo diría que universal de los cuidados: los auxiliares que de modo permanente trabajan en la obra social me han ofrecido un ejemplo de cómo tratar a todos los pacientes sin excepción con el máximo respeto, desde el campesino indígena más humilde al que por suerte tiene un empleo en una empresa de la capital (todos son pobres, sólo que algunos más que otros; en Guatemala no hay clase media), cómo explicar cada procedimiento cerciorándose de que lo han comprendido (a mi me costaba al principio hacerme entender pues algunas expresiones del lenguaje cambian de sentido), o cómo anticiparse siempre a las necesidades de información de una familia que espera fuera impaciente a saber sobre la evolución y el resultado de la intervención quirúrgica, haciéndoselo saber al paciente. Ambos, pacientes y trabajadores, son una muestra (parafraseando a Víctor Frankl) de que “aún en circunstancias adversas la elección de la actitud personal e íntima permite conservar la dignidad humana”. La espera antes de la intervención quirúrgica, me permitió palpar el pulso de una sociedad que no espera ningún cambio procedente del próximo gobierno que surja de las elecciones del mes de noviembre ya que en palabras de uno de ellos, “en Guatemala votan los muertos y los no nacidos”. Pero algunos -como Francisco que permaneció diez años en la guerrilla- creen en el poder del propio esfuerzo, de la cooperación y la organización en su aldea o en su entorno inmediato, como lo único que les puede hacer progresar, aunque no sin la ayuda externa. Lo cual alienta a que continúe la colaboración internacional a través de instituciones que canalicen nuestro compromiso y participación para que sea factible la defensa y el respeto de todos los derechos humanos. A mi regreso de Guatemala, un amigo deseaba que la experiencia me hubiese ayudado a relativizar las cosas y distinguir lo superfluo de lo realmente importante. Otro me preguntó si había encontrado lo que buscaba. Creo que ambos eran conscientes de las posibilidades que ofrece participar en una experiencia de cooperación para profundizar en la difícil asignatura de la vida. Mª Isabel Carrascosa García. Jefe de Bloque de Formación, Investigación y Calidad Complejo Hospitalario de Jaén

INQUIETUDES Nº 28 • DICIEMBRE 2003

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