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Paula Mariángel Chavarría María Eliana Vega Soto.

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Nuestros sinceros agradecimientos a todos quienes apoyaron esta iniciativa. Margarita Yánez, Valeria del Campo, Natalia Cabrera, Oscar Cofré y Rodrigo Zagal, funcionarios de PRODESAL de la Municipalidad de Coelemu; Mitzi Toledo, encargada de la Oficina de Cultura y Turismo de la misma municipalidad; Gloria Cifuentes, funcionaria de PRODESAL de la Municipalidad de Quillón; Jacqueline Arriagada y Luis Santibáñez, habitantes de Quillón; Noemí Lamas, Patricia Chavarría, Carmen García, Carlos Tapia y Jonathan Pérez. Especiales agradecimientos a nuestros entrevistados David Saavedra, Jaime Cisternas, Enoc Alegría, Marta Montecinos y esposo, María Monsalve, Carlina Monsalve, Francisco Hinojosa, Leontina Barriga, Alejandro Franulic, Ivonne Campos, Rómulo Melo, Manuel Díaz y Rosa Villa, de la comuna de Coelemu. Leonor González y su hija Gloria, Juan Alegría Inzunza, Marina Pérez, Carlos Muñoz, Silvia Escobar, Horacio Tapia y Patricia Campos, de la comuna de Quillón. También Gonzalo Cerda, arquitecto de la Universidad del Bío Bío.

Indice

Sobre Saberes, Memoria y Patrimonio
Detenerse a escuchar las voces memoriosas que recuperan saberes del pasado, ha significado en este trabajo participar de un acto reivindicativo de visibilización de lo diverso, lo oculto y para muchos lo olvidado, que no obstante continúa viviendo en la palabra campesina, sustentada en la emoción del recuerdo. Se dice que recordar es “volver a pasar por el corazón”, y es allí donde se resguarda la memoria que refiere a una historia común e invita a participar de un futuro compartido. En la actualidad, las agroculturas están viendo amenazadas sus riquezas biológicas y culturales debido al deterioro ecosistémico que promueve el modelo de desarrollo actual. En el Valle del Itata por ejemplo, la invasión forestal ha trastocado el paisaje y la relación con la tierra, provocando una disminución progresiva de la población producto de la migración hacia las ciudades cercanas, erosionando el suelo y disminuyendo el recurso agua para la pequeña agricultura. Pese a ello, los saberes vinculados a sistemas productivos, de salud y artesanías, entre otros, de alguna manera sobreviven, tal vez no en las manos o en la voz de un especialista como antiguamente sucedía, pero sí disgregados o dispersos en la imagen de las generaciones que alcanzaron a vivir los tiempos en que el ciclo agrícola definía el ritmo anual de la vida. La investigación que a continuación presentamos se enmarca dentro de la línea programática que el Centro de Educación y Tecnología para el Desarrollo del Sur (CET SUR) ha desarrollado para la reactivación y reelaboración de los saberes tradicionales y locales, desde la perspectiva de la conservación del patrimonio natural y cultural. Entendemos que los saberes construidos colectivamente y transmitidos generacionalmente identifican a una comunidad y la conectan afectivamente con su territorio. Desde allí se comprende la noción de patrimonio como un concepto vivo, sentido por sus habitantes y sostenido por la tradición oral, que puede convertirse en una herramienta para rehabitar y reconstruir las localidades de manera sustentable.

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Si partimos de la definición de sustentabilidad vinculada a la “capacidad que tiene una comunidad humana de sostener y mantener su espacio local en dimensiones tan amplias como la ecológica, económica, social y cultural, con una economía, una naturaleza, una paz y convivencia social y una cultura fortalecida de tal forma que las próximas generaciones puedan hacer uso de ella” , queda evidenciado el rol que cumplen los sistemas de saberes y conocimientos tradicionales. En específico, el trabajo de investigación desarrollado en esta oportunidad y que denominamos REVITALIZACION DE ARTES Y OFICIOS ASOCIADOS AL BARRO EN LAS COMUNAS DE COELEMU Y QUILLON, representa un punto de partida para la proyección de las Escuelas de Artes y Oficios que CET SUR está promoviendo como alternativa para la revitalización de las culturas alimentarias y productivas artesanales locales, privilegiando el rescate de relaciones e interacciones con el entorno social y natural que permitan la organización y definición local del espacio, el tiempo y los procesos de producción. El objetivo principal, en esta oportunidad, estuvo enfocado hacia el fortalecimiento del patrimonio natural y cultural del Valle del Itata, específicamente de las localidades de Quillón y Coelemu, a partir de la recuperación de conocimientos relacionados a oficios tradicionales vinculados al barro e identificados en la figura de maestro/as artesanos/as. Al mismo tiempo, se registraron edificaciones construidas con materiales asociados, que permitieron reconocer la relevancia de la utilización del barro en el sistema de producción vitivinícola tradicional. Entendemos este documento como un ejercicio reivindicativo que espera contribuir a la afirmación de un tipo de conocimiento invalidado por el logos y que puede aportarnos al cuidado de la biodiversidad, la sustentabilidad y la soberanía de los pueblos. Las escasas manifestaciones artesanales que pudimos reconocer y que progresivamente han ido desapareciendo producto de la crisis del sistema agrícola campesino, precisan de estrategias consolidadas para su reactivación. Las manifestaciones arquitectónicas que se emplazan como fotografías monumentales que nos comunican con la historia, requieren la atención concertada de diversos actores para su protección. Esperamos que éste sea un primer aporte en la búsqueda de mecanismos de reconocimiento y valoración del mundo campesino.

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Aproximaciones a las Comunas de Coelemu y Quillón
Las comunas de Coelemu y Quillón se encuentran enclavadas en el Valle del Itata, provincia de Ñuble, VIII región, y son las más pobladas de las nueve comunas que forman parte de este territorio. Con una tradición vitivinícola heredada de la presencia jesuita en la época colonial, sus habitantes se enfrentan hoy día a las tensiones que el modelo de libre mercado está provocando en la pequeña agricultura familiar campesina, forzada por diversos mecanismos al abandono o reconversión de su vocación productiva.

Coelemu, que en idioma mapuche significa “donde viven las lechuzas”, cuenta de acuerdo al último censo de población, con un total de 16.630 habitantes, de los cuales un 56.84% forman parte de asentamientos urbanos. Su historia como localidad data de 1750, fecha en que el gobernador Domingo Ortiz de Rozas la fundó, bautizándola como Villa Jesús de Coelemu . La economía está orientada al sector forestal, la agricultura y la vitivinicultura. Dentro de la definición territorial, entendida por profesionales municipales como de mediana heterogeneidad, se pueden reconocer algunos sectores marcadamente diferenciados. El sector costero, por ejemplo, que incluye las localidades de Perales, Vegas de Itata y otros algo más alejados como Meipo, históricamente han sobrevivido gracias a la pesca y la agricultura. La expansión forestal, sin embargo, está poniendo en riesgo su permanencia. La superficie total

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de bosques alcanza el 63.57% del total de la comuna, y ya un 56.99% corresponden a pino y eucaliptos. Mientras tanto, los recursos marinos como algas (ulte, cochayuyo, pelillo, luche), peces (lenguado, robalo, jurel congrio, cojinova, corvina) y bentónicos (jaivas, lamejas, moluscos navajuelas, erizos) están siendo expuestas al riesgo provocado por el Complejo Forestal Nueva Aldea y su ducto de descarga de desechos que desemboca en el mar. . El sector de Guarilihue, por su parte, es principalmente viñatero. Las consecutivas crisis en relación al precio de la uva han generado en estos últimos años la inclusión de otros rubros como cultivos bajo plástico, flores, frutales y hortalizas. El turismo rural a su vez ha sido una de las estrategias de desarrollo económico promovido por diversas entidades públicas, lo que ha generado un mejoramiento leve a nivel de infraestructura y accesos de caminos.

La comuna de Quillón, con una historia más reciente, posee igualmente una importante tradición viñatera. Su nacimiento como localidad se da de la mano con la construcción de la Parroquia Inmaculada Concepción. En torno a la parroquia se fue formando un caserío y ya en 1846 un documento legal da cuenta de los orígenes de Quillón como aldea. Luego, el 22 de diciembre de 1891 se funda la comuna, contabilizándose hoy en día una población total de 15.646 habitantes, de los cuales 7.610 residen en zonas rurales . Tradicionalmente, además de la producción de uva, los campos del territorio se han dedicado al cultivo de trigo, lentejas, porotos y garbanzos, los que progresivamente están ocupando menor cantidad de terreno por las altas erosiones a las que están enfrentados. Las forestales,

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a su vez, siguen abarcando abarcando un importante porcentaje de hectáreas del territorio y algunas comunidades se encuentras aisladas y encerradas por las plantaciones de pino y ecucaliptus. Los sectores más afectados por la expansión forestal son San José del Baúl, Santa Ana del Baúl y La Plaza. Si el sector de Negro y sus localidades aledañas es reconocido por su tradición viñatera a nivel de pequeños productores, la zona de Coyanco se ha especializado en la producción de frutales, particularmente las cerezas en función de la agroindustria. El turismo, finalmente, es un aspecto relevante para la economía de la comuna, pero de reciente data y de carácter estacional por el período comprendido entre enero y marzo.

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Los Escasos Vestigios del Legado Jesuita en la Producción Vitivinícola del Itata
El vino de mejor calidad del reino era el que se producía en la zona, donde por más de 170 años se establecieron los jesuitas y que correspondía al Obispado de Concepción, con jurisdicción entre el río Maule y el Estrecho de Magallanes. Explicable resulta esta afirmación si se consideran los numerosos bienes inmuebles agrarios que, por ejemplo, poseía la Compañía de Jesús sólo entre los cinco colegios existentes en dicho obispado y la Procuraduría de Misiones. Según el artículo “Viticultores Jesuitas en el Obispado de Concepción” (2006), de Raúl Sánchez Andaur , es de “apreciación general que la zona de Itata albergaba las producciones más apreciables y de mejor calidad”. La huella de los jesuitas en el Valle del Itata aún se aprecia, aunque cada vez con menor intensidad. El paso del tiempo ha hecho su obra y entre los habitantes del sector, no es extraño escuchar que más de alguna propiedad tuvieron los jesuitas en Guarilihue o en Perales y para graficarlo se habla de las palmeras, algo que identificó a los predios de la Compañía. Y en realidad se dice que ése fue precisamente el motivo de usar palmeras. Lograr una rápida y fácil identificación. Pero otros vestigios ya casi no son distinguibles.

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Antecedentes históricos sitúan la llegada a Chile de los jesuitas en 1593, con algunas discrepancias en cuanto al mes, algunos hablan de febrero y otros de abril. Lo concreto es que de inmediato iniciaron su labor misionera, educacional y cultural, que se consolidó fuertemente con el tiempo, constituyéndose así como una de las instituciones religiosas de mayor influencia en la época colonial en nuestro país. Pero los jesuitas también explotaron y administraron variados bienes económicos, llamados también “temporalidades”, que fueron conformando una considerable riqueza material, de la cual sobresalían las haciendas y estancias que poseían los diferentes colegios jesuitas a lo largo del país. De acuerdo a distintos escritos, las propiedades de los jesuitas tenían mano de obra asalariada, es decir, peones, sirvientes, trabajadores especializados en algún oficio (como carpinteros, herreros, albañiles) y trabajadores temporales que eran contratados en temporada de siembra y cosecha. La producción que se obtenía de estas propiedades tenía como fin autosustentar los establecimientos educacionales y también generar ingresos con la venta de excedentes. Cuando el 26 de agosto de 1767 se hace efectivo el decreto de expulsión de los jesuitas en el Obispado de Concepción, que se habían establecido en la zona desde 1612, se ordenó realizar completos inventarios para determinar la cuantía de los bienes de la Compañía. Tales documentos, que en su mayoría están en el Fondo Temporalidades Jesuitas - Chile, del Archivo Histórico Nacional de Chile, permitieron determinar los bienes inmuebles agrarios que poseían entre los cinco colegios existentes en dicho obispado (San Francisco Javier de Concepción, San Bartolomé de Chillán, Buena Esperanza, de Arauco y de Castro) y la Procuraduría de Misiones. Las principales orientadas a la actividad agrícola vitivinícola son El Torreón, La Magdalena, La Chacarita, Perales, Cuchacucha; Longaví, Tomeco, Toguigue, Cato, Ñipas, Caimacaguin, Guaque, Conuco, San Joseph, Millague, Teguquelén, Ventura, El Roble, San Rosendo, del Rey e innumerables propiedades menores, se explica en el texto de Raúl Sánchez. Bastante exhaustivo fue el estudio ya que posibilitó conocer aspectos tan específicos como número y tipo de plantas de viña, condición de dichas plantaciones, tipos y cantidad de herramientas, tipos y cantidad de lagares, cifras de producción de mostos, vinos y aguardiente, y circulación de la producción, antecedentes que permitieron apreciar “la real significación que tuvo este rubro en la formación de la "riqueza de los antiguos jesuitas", ya que en Chile, desde

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tiempos de la conquista, la industria vitivinícola tuvo un importante desarrollo, tanto en su extensión territorial como en los niveles de producción”, acota Raúl Sánchez en su artículo. Los cronistas de la época indican que había variados tipos de vino: moscateles, de uva torontel y de uva negra, con esta última se producía el vino tinto o rojo, también denominado “el vino ordinario de los chilenos”. Las propiedades jesuitas del Obispado de Concepción disponían de un apreciable número de plantas, bodegas, lagares, alambiques y vasijas destinadas a la producción de vino y destilado de aguardientes, lo que avala la existencia de una actividad vitivinícola regular, en una zona donde, según testigos de la época, "se producía el vino de mejor calidad del reino". Dentro de los predios catastrados aparece la Hacienda Perales, que en 1676 “tenía una viña con más de 18 mil plantas de viñedos “muy viejas” y otras dos con más de 14 mil plantas…”. “En equipamiento es destacable la existencia de varias bodegas, donde se alojan "cinco lagares de firme de madera bien acondicionados…En ellas, también, están instaladas "las hornillas para los cocidos, donde hay un fondo de bronce colado de dieciocho arrobas, también varias tinajas embreadas y sin embrear", y un rancho "en donde se sacan los aguardientes, con horno corriente para cocer vasijas y horno para cocer pan, con su reparo de teja. Un cuarto que sirve de despensa, donde se guarda trigo y vino". Otra hacienda descrita es la de Conuco, ubicada al sur del río Itata, fue adquirida por gestiones del padre Diego de Rosales, tasándose en 6.000 pesos y el molino de que disponía en 2.000 pesos. Según los inventarios, disponía de "una viña frutal de 19.000 plantas y otra viña vieja, media perdida, de 12.000 plantas. Una viña frutal de 11.500 plantas y en ella un majuelo con 14.720 plantas", a lo que se suma que "en la bodega hay 100 arrobas de vino malísimo y... 483 arrobas de vino tratable". En San Joseph de las Ñipas, de 1.000 cuadras, había 8.800 plantas viejas, 2.300 sin especificación y 10.950 nuevas, además de 362 arrobas de vino añejo, que significan 12.851 litros. La construcción principal, cubierta de teja y en estado regular, contaba con "una bodega donde se encuentran unos lagares de 18 varas de largo y 8 de ancho, con armazones de lagar y sus paños de lagar de vaca de a 6 cueros cada uno. En dichos lagares hay 3 piqueras de greda de 4 arrobas".

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Un aspecto interesante es poder constatar algo escasamente explicitado, como es el uso del producto vino como "inversión y moneda de la tierra", Queda claro que la vitivinicultura constituyó un eje importante en la actividad productiva de las unidades de la Compañía de Jesús situadas en un área altamente productiva y de buena calidad. En todos los establecimientos considerados, cuál más cuál menos, se producía vino y aguardiente y se contaba con los lagares necesarios, los utensilios y herramientas pertinentes: tinajas, vasijas, cántaros, zarandas, pailas, fondos de bronce, alambiques, piqueras, etc. También se pudo precisar, aunque de manera precaria, el uso del vino como moneda de la tierra, sea para pagar servicios y/o adquirir los bienes necesarios. Al mismo tiempo fue posible reconocer prácticas de comercialización del producto vitivinícola, tanto con el mercado local como proveyendo a navíos que requerían abastecimiento. Sin embargo, de esta presencia más concreta en el Valle del Itata, apenas quedan algunos vestigios, que sobrevivieron al tiempo y permanecen, vagamente, en la memoria de algunos lugareños que escucharon a sus abuelos o bisabuelos, hablar de la floreciente época de los jesuitas en la zona, que establecieron una forma de trabajo agrícola y vitivinícola que sólo se conoce por algunos documentos de la época.

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Algunas Características de la Arquitectura de Adobe en la Zona
Toda la arquitectura de adobe y tejas presente en la región del Bío Bío, principalmente en la zona del secano costero, corresponde a las últimas manifestaciones de su tipo del valle central, es decir, todo el sector que comprende desde Santiago hasta Chillán. Es así como se pueden encontrar construcciones de adobe en Cobquecura, Ninhue, también en Coelemu, algo en Quillón, incluso en la pre-cordillera, en localidades como San Ignacio y Yungay. Más al sur, ya aparece la arquitectura en madera. De ahí la importancia de conocer y preservar lo poco que va quedando. Según se indica en el artículo “Arquitectura rural de Ñuble”, del profesor Luis Guzmán , “a partir del siglo XVII, la agricultura se consolida, dando paso a los grandes núcleos rurales que se fortalecen, convirtiéndose muchos de ellos en unidades económicas de primordial trascendencia y en modelos de organización y convivencia familiar o comunitaria”.

Eso lleva, continúa el autor, a que durante el período colonial aparezca en poblados o campos extensos, la construcción rural elevada, ya sea para protección o para facilitar la explotación material de la tierra. “En esta arquitectura civil rústica salta a la vista una clasificación simple: la

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casa del fundo, es decir la casa del patrón y la casa del inquilino, que es el simple rancho campesino”. Estas casas patronales corresponden a un conjunto de edificios, instalaciones y espacios anexos que se organizaron en una entidad urbana primaria. Se trata de una arquitectura espontánea, tradicional y vernácula. Son edificaciones que han sido adaptadas al sentir del paisaje, del clima y de los materiales que proporciona el entorno. Es por ello que la mayoría de estas haciendas de la América española –acota el profesor Guzmán- “son guardadoras de aquel común denominador imperante en la construcción rural de la colonia: integrar acción religiosa, vivienda y labor productiva”. Gonzalo Cerda, arquitecto de la Universidad del Bío Bío explica que estas casas de campo, incluso algunas urbanas, como es el caso de Cobquecura, utilizan el adobe en los muros y tejas en el techo, con estructura de madera y grandes cuadrías, es decir piezas sobredimensionadas, “incluso unas cerchas de madera espectaculares, que aparecen en las estructuras para sujetar las tejas que son pesadas y también en los corredores”. Las maderas empleadas son nobles, por tanto de alta duración como roble, raulí y luma. En las casas de adobe que van quedando y que corresponden al siglo XIX y comienzos del XX, la estructura de adobe privilegia la masa y el lleno sobre el vacío, eso significa que las ventanas son de pequeñas dimensiones, mientras que los muros son de gran espesor, de 80 centímetros en promedio. Este tipo de diseño se asocia, explica el arquitecto Cerda, “a una cierta manera de habitar en el interior y a ciertas condiciones térmicas, las casas son frescas en el verano y abrigadas en el invierno, justamente por el privilegio de la masa del muro lo que permite que en el verano se mantenga el frescor y la calefacción en el invierno”. A estas características también contribuye el que en los techos también hay barro. En general, estas casas tienen una estructura de madera, entablado, barro y después la teja, lo que contribuye al aislamiento, por tanto aquí queda claro que el barro se usa no sólo como elemento constructivo estructural, sino como aislamiento. En cuanto a la configuración espacial de estas casas, en su mayoría se ordenan en torno a patios, que están rodeados por corredores, de manera que los edificios, los espacios de la casa, se ordenan en torno a un patio central, dos y hasta tres y están rodeados por corredores externos e internos, relata Cerda. “Los corredores son un espacio intermedio entre el exterior y el interior de la casa, y esos espacios se consideran patrimoniales”.

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Importante es recodar, dice el arquitecto de la UBB, que esta arquitectura así como todas las arquitecturas chilenas, proceden básicamente de la arquitectura de Andalucía que traen los españoles, que se va adaptando a las condiciones del lugar. “No es una copia exacta del original español, aclara, sino que es una adaptación a través de un patio, de sus dimensiones, del tamaño del patio que representa una adaptación de estos modelos a las condiciones chilenas. En general eso pasa con toda la arquitectura chilena. Nosotros hemos descubierto que no existe una sola. La arquitectura del norte Grande que es de adobe pero también de madera, es súper adaptada y si uno va de región en región lo va descubriendo”. De esta forma, el signo característico de estas arquitecturas patrimoniales nuestras es que son reinterpretaciones y adaptaciones a las condiciones climáticas y de la materialidad existente en el lugar. Ya no es mucho lo que va quedando de este tipo de construcciones. Las que se mantiene en pie son aquellas construcciones de adobe bien edificadas, de un piso por lo general, que han durado 200 y hasta 300 años, como ocurre con algunas viviendas en Cobquecura. Gran parte de ellas han sido afectadas por los sismos que exigen mucho al adobe y finalmente tienden a colapsar la construcción.

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Artesanos del Barro y la Greda
Ya casi no quedan artesanas y artesanos del barro y la greda en Coelemu y Quillón. Fue lo que pudimos constatar a lo largo de esta investigación, recorriendo diversas localidades y sectores de ambas comunas, conversando con lugareños, indagando con diversas fuentes locales. Así, en Coelemu, en el sector Pangue, de la localidad de Meipo –zona costera de la comunaencontramos a Marta Montecinos. Pero ella hace tiempo que dejó el oficio, aunque recuerda con bastante nitidez los detalles del proceso. Eso permitió que lo pudiésemos recrear desde la búsqueda y la extracción de la greda hasta el moldeado de algunas piezas. En Quillón, encontramos a Marina Pérez, la única artesana de greda que sigue trabajando en su oficio. Lo malo, en ambos casos, es que no han podido traspasar sus saberes a alguien que se haya interesado. Simplemente la modernidad parece haber dejado a los utensilios de greda en el recuerdo. Otro tanto pasó con los fabricantes de adobes, tejas y ladrillos. David Saavedra, Enoc Alegría y Juan Aguilera son, en ese sentido, exponentes de una actividad que lentamente va desapareciendo de nuestros campos.

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Marta Montecinos y sus Recuerdos de la Artesanía en Greda de Meipo:
Aprendió la técnica de su mamá, mirándola fabricar loza de greda que destinaba principalmente a su casa. Tenía diez años cuando Marta Montecinos Ortiz, empezó a moldear la greda y dar forma a monitos, figuras de adorno más que nada, que le sirvieron para adquirir experiencia.

Hace mucho tiempo que ya no trabaja la greda. Lo dejó cuando se casó, confidencia, pero aún recuerda cuando en Meipo, sector rural de la comuna de Coelemu, la mayoría de las mujeres fabricaba artefactos de barro. “Mi mamá trabajó en la loza porque se crió en eso. Aquí la hacían para vender, pero ella no vendía, la hacía para la casa, fabricaba fuentones para la matanza de chancho, para los chicharrones y las sopaipillas, también hacía ollas con dos orejas y cantaritos para el agua. Eran para el consumo de la casa, aunque algunas veces también vendía”, recuerda Marta Montecinos sentada frente a su hogar, en el sector Pangue, en la localidad de Meipo.

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Hasta ese tranquilo lugar, donde parece que el tiempo se detiene, llegamos para conocer su historia. Algunas gallinas circulan apaciblemente por el patio, donde hay una pequeña huerta y algunos árboles frutales, que dan un aspecto casi de cuento a su casa de madera. Menuda y frágil se ve Marta. Con voz queda va relatando lo que recuerda de los tiempos en que se dedicaba a moldear la greda para dar forma a cántaros, fuentes y ollas. De eso hoy no queda más que el recuerdo, ya que ni siquiera conserva alguna pieza de las que, alguna vez, ella elaboró. Sólo en Meipo hubo un grupo de mujeres que dedicó intensamente a la greda. En Perales y en Vegas de Itata, su presencia fue menor. A esos lugares más bien se iba vender, por ejemplo grandes fuentes para cocinar. Por lo general, más que vender con dinero, lo que se hacía era un trueque, cambiar la loza de greda por otra cosa como papas, legumbres, harina cruda, no faltaba. “Lo que más se pedía – recuerda Marta- era el fuentón, era como un lavatorio, y también las ollas que se hacían chicas, para echar a cocer porotos. Era lo que se usaba con más frecuencia. También el cántaro para manejar agua heladita, se le echaba un poquito de culén para que se mantuviera fresquecita. Ahora no se usa, ni siquiera se conoce”, dice con un dejo de nostalgia reflejado en sus ojos claros. Y aunque aprendió bien la técnica, no estuvo muchos años dedicada a la artesanía en barro. Cuando se casó, a la edad de 17 años, dejó de hacerlo. “Eso fue hace como 50 años”, exclama y agrega a modo de explicación: “Es que había cosas más modernas...” De su familia, nadie siguió la tradición Tampoco su nieta, que hace algunos años le pidió que le fabricara un par de piezas de loza de greda. “Le hice un plato y un azafate, pero los llevó para la escuela. Entonces estaba en primero básico. Ella miró como lo hice, pero no se entusiasmó. No me salió buena alumna”, comenta entre risas.

Secretos de la técnica
Así como conserva estos recuerdos intactos en su memoria, también la técnica que se empleaba para fabricar las vasijas. Con la greda no había problemas, dice, porque en el sector había y en abundancia, así que se iba a buscar a un lugar no muy lejano. Una vez recolectada la greda, se ponía a remojar y se tapaba. “Cuando estaba remojadita, se

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empezaba a machetearla con un palo o un pedazo de tabla, y ahí íbamos arreglando la masa, se apretaba, si tenía un grano de cascajo, se sacaba”. Lista la greda, había que fabricar unos “lulos de masa, como pancitos, que se aplastaban y después se les empezaba a dar forma. Hacíamos unos lulos largos, pero delgados y así los íbamos apretando. Después, cuando el tiesto estaba con su forma, con una conchita o una cuchara de lata, se empezaba a raspar por dentro y por fuera, cuando ya estaba listo, le hacíamos el borde con una badana suave”. Completado el proceso de confección, venía la etapa de secado. Para ello, había que poner al sol las piezas de greda “y cuando estaban doradas, las raspábamos con la misma cuchara, todo eso bien raspado. Posteriormente con una bolita suave se empezaba a bruñir, por la orilla, por dentro y por fuera hasta que quedaba parejo. Cuando la forma de la loza estaba bien oreada, se ponía al sol nuevamente. Luego se hacía un hoyo grande, se buscaba majada de buey y se prendía fuego. Ahí se ponía la loza para cocerla”. Se usaba greda negra y por lo general se mezclaba con tierra, no con arena. Considerando todo el proceso, está claro que este oficio no puede desarrollarse más que en época de buen tiempo, con harto sol. “Antes no se puede hacer porque no hay donde buscar la greda, hay mucho barro, y para secarla hay que hacerlo con mucho cuidado porque se puede doblar, hay que dejar las piezas en tablitas y ponerlas al sol, cuando están bien secas se ponen a cocer. La majada tiene que estar seca. Se pone abajo y encima se pone la loza y después va la otra capa de majada, con todo eso se prende el fuego y ahí empieza el cocido. Cuando la loza está coloradita está lista y hay que tener cuidado al sacarla porque se puede trizar. Tener un cálculo de cuándo está lista, si se triza ya no sirve y hay que botarla”, detalla Marta. Había otros detalles importantes, explica, por ejemplo que para curar la olla de tal forma que tuviera alta durabilidad, había que echarle adentro trigo partido. Y por cierto, todo se confeccionaba a mano y no se demoraba mucho tiempo, según recuerda esta antigua artesana. De la confección de tinajas para almacenar vino, también tiene algunas nociones. Dice que las hacían “las señoras de acá, gente muy inteligente”. Tales tinajas eran “de pura greda”, cuenta y agrega que tenían capacidad para 300 ó 400 litros. Marta Montecinos comenta que su mamá también las fabricaba pero no tan grandes. “Eran pa’ lujo, los ricos se las mandaban a hacer. Eso lleva doble greda, una masa como un rollo, y hay que ir tejiendo de a poco, así como se va abriendo, se va tejiendo y se va subiendo p’arriba. Las señoras demoraban en hacer eso. Se usaba la misma greda y la única diferencia con el resto de la artesanía era que la masa era más gruesa. Todavía quedan tinajas de esas pero no hay nadie que sepa hacerlas...”

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Salvo ella y un par más, en Meipo no quedan mujeres que sepan de este oficio que se perdió hace más de veinte años. Y lo que es más lamentable aún, de las generaciones posteriores, no hubo interés por aprenderlo. Es que la greda no corrió la misma suerte que el aprendizaje de la guitarra, según ella misma recuerda, en que todas las mujeres campesinas sabían tocar, desde la madre a la hija, es decir, “del tronco hasta el cogollo”.

Carlina Monsalve: ”Mi mamá y mi hermana fabricaban loza de greda”
En Vegas de Itata, en un sector de no fácil acceso, vive Carlina Monsalve. La fuimos a visitar porque nos habían dicho que ella también fue artesana en barro, pero ella nos aclara que no, que su madre Ana Luisa y su hermana Tegualda del Carmen, eran las que se dedicaban a fabricar vasijas de greda. Ella miraba y las acompañaba a vender a Perales. Reconoce que confeccionó más de alguna pieza, pero nunca de gran tamaño. “Mi madre y mi hermana las hacían”, reitera. Claro que conoce la técnica. Lo primero era buscar la greda en un lugar cercano. La que usaban entonces es amarilla y no había problemas en obtenerla porque abundaba en el sector. Del proceso, lo que más destaca es el cocimiento una vez que la greda tomaba forma de olla, de fuente, de cántaro o de adorno. “Se cocía con guano de vaca o majada como le llamaban. Primero había que secar las piezas al sol y cuando estaban listas, se prendía fuego con el guano de vaca y se hacía una fogata. Las piezas se ponían alrededor hasta que quedaban chamuscadas y luego se las cocía en el fuego directamente cubiertas con el guano”. Para confeccionar las vasijas también se requieren otros elementos, por ejemplo una piedrecita para bruñirla, paletas y una cuchara, entre otros, que permiten darle forma a la vasija. También se hacían algunos adornos pintados como flores y otros. Otro paso importante de la técnica, que comparte Carlina, es que para asegurar la impermeabilidad de los cántaros que se usaban para el agua, “se les echaba una mezcla de trigo partido con agua bien caliente, eso le daba mayor durabilidad a la loza”.

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Carlina relata que no todas las mujeres del sector se dedicaron a fabricar loza de greda. “Sólo algunas, mi mamá entre ellas, pero no eran muchas”, recalca y agrega que hace más de 35 años se dejó de fabricar vasijas de greda en la zona. Actualmente en su casa no conserva ninguna de esas cerámicas. Recuerda que su hermana confeccionaba unas fuentes grandes que servían para lavar la loza. “Una vez cuando fui a botar el agua, boté también la fuente y se quebró. Entonces mi hermana dijo que no iba a hacer más de esas fuentes”, dice riéndose. Carlina cuenta que la comida hecha en olla de greda queda muy rica, pero dice que, lamentablemente, ya nadie la usa para cocinar. También se usaban unos cántaros para hervir agua para el mate. Lo malo, reconoce es que la tradición de la greda ha ido quedando en el pasado igual que la confección de sombreros de chupón.

María Monsalve: “Nunca pude aprender bien”
En Vegas de Itata vive también María Monsalve. Ella tampoco fue artesana en greda pues nunca aprendió bien la técnica, era su abuela quien hacía las piezas de greda. “Eso se vendía o se cambiaba por legumbres, papas o por otras cosas que se necesitaran. Antes éramos pobres y por eso ella salía y cambiaba la loza por algunas cosas”, relata. María confidencia que “nunca pude aprender bien”. Reconoce que antes se usaban mucho los platos y utensilios de greda, especialmente para cocinar. “Mi abuela hacía de todo, piezas grandes y chicas, hacía azafates para ensaladas y otras cosas”. Todo se hacía a mano. “Mi abuela buscaba la greda y la trabajaba. Hay de dos tipos, una negra y otra amarilla, todavía hay greda, así que no es problema”. Lo primero que se hacía era remojar la greda y eso podía ser por tres o cuatro días. La greda tenía que quedar bien remojada y se revolvía con un palo para que se mezclara bien o se juntara. En esa mezcla no se usaba arena ni nada ajeno a la greda.

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Una vez remojada la greda se podía trabajar y cuando las piezas estaban listas, se dejaban al sol para secarlas y después de eso estaban en condiciones de ser cocidas. “Con guano de vaca seco se encendía una fogata y alrededor se ponían las piezas de greda, y después de eso se ponían al fuego en una majada y se sabía cuándo estaban listas cuando las vasijas se ponían “coloraditas””, cuenta María Monsalve.

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Recreando el oficio de la greda
A mediados de octubre, cuando el tiempo se ha estabilizado, regresamos al sector Pangue, en la localidad de Meipo, para encontrarnos con Marta Montecinos. Llegamos hasta su apacible casa de madera, rodeada de árboles frutales, para acompañarla a buscar greda. El día es acogedor e invita a caminar. Premunida de un saco y de un pequeño azadón, poco antes del mediodía salimos rumbo al lugar donde está la veta de greda. Caminamos por un pequeño bosque y vamos conversando. “Aquí mi mamá venía a buscar greda”, nos explica Marta mientras admiramos el paisaje. A poco andar, llegamos a un improvisado portón que debemos cruzar, junto a un pequeño riachuelo. Pero no es obstáculo y rápidamente proseguimos la marcha. ¿Queda muy lejos?, le preguntamos. “Como a unos veinte minutos no más”, nos asegura y seguimos la caminata.

Apenas unas vacas pastando se divisan en las cercanías. El lugar parece muy solitario, pero ella nos explica que son terrenos de unos parientes, por eso podemos circular sin problemas. En todo caso, ella no va a menudo, sólo cuando “venimos a buscar leña”

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Cruzamos otra cerca, mientras Marta nos explica que ya “nadie va a buscar greda”, porque la tradición se perdió. Y nos cuenta que los únicos que usan greda son los pescadores. “La usan para hacer boyas, para que la red se vaya abajo y pueda cazar el pescado, ellos mismos la hacen”. De Perales y de Vegas de Itata, van al lugar a buscar greda para esos fines. Hemos caminado unos veinte minutos, como ella había dicho y después de cruzar un cuarto portón, estamos llegando a la veta. Atravesamos un terreno plantado y a los pies de un cerro divisamos un pequeño hoyo, hacia el cual se dirige Marta. Con su pequeño azadón empieza a remover el barro para sacar los primeros terrones de greda que están secos. “Así no sirve”, nos explica mostrándonos unos pedazos de barro que ninguna persona que no la conoce habría podido identificar como greda. “Hay que echarla a remojar unos cuatro días...”, agrega mientras se afana picando la veta para sacar un poco más de greda. “Cuando la greda tiene piedrecitas se triza y eso no sirve”, sigue explicando y nos muestra un terrón de greda con algunos cascajos. Después de algunos minutos de labor, iniciamos el retorno con medio saco de greda. “Depende de lo que uno quiere hacer es la cantidad de greda que se saca La mezcla se hace en la casa. Se usa tierra suave, si se echa arena se puede ir cualquier cascajo y se rompe, queda frágil, la tierra la aprieta”, nos señala mientras rehacemos el camino a su casa. Con sus ojos y manos de conocedora, nos asegura que la greda obtenida está buena y que sirve para la recreación del proceso que le habíamos pedido. “Esta greda está buena, sirve. Tiene algún cascajito, pero se saca. La greda se moja y hay que estar echándole agua no más.

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Se muele bien, para que no quede ningún terrón”, comenta. Ya en su casa, Marta Montecinos busca dónde echar a remojar la greda. Finalmente elige el mismo saco donde la transportamos. La esparce y con jarro le echa abundante agua. Luego la tapa para que se empape. “Echo a remojar la greda, la tengo unos cuatro días para que esté remojadita para empezar a trabajar. Cuando uno la está moliendo se le saca el cascajo, eso se hace cuando está haciendo las cosas, uno hace un pancito, como un lulo, y después se aplasta en una tabla hasta que quede parejo y se va moldeando”, explica. Ahora hay que dejar que el proceso siga. La greda debe remojarse bien para que quede a punto. Quedamos de regresar en unos días más para ver cómo moldea la greda… A nuestro regreso, los días de remojo han dejado la greda como una masa suave y homogénea, lista para moldear lo que las manos de Marta quieran. Pese a que los años han pasado, la habilidad de la artesana nos deja admirados. Con un palo golpea la masa mientras poco a poco va echándole arena. Luego de varios minutos de amasado, inicia la modelación de un plato, poniendo la base de éste sobre una tabla y agregándole largas tiras con forma de “lulito, como cuando se hacen las masas dulces”, explica, hasta adquirir la altura deseada. Las herramientas con las que se apoya son una vieja cuchara metálica, que permite darle forma a la vasija por su interior, un trozo de cuero para las terminaciones, y una piedra para obtener el brillo deseado una vez que el objeto está terminado. El secado ocupa dos a tres días y luego “se le raspa con la misma cuchara ésta y después con una piedrecita bien finita se le bruñe”. Para preparar el fuego se utiliza bosta de animal. “Se pone una capa debajo, se hace un hoyito y se le pone una capa debajo que quede bien puestecita, la pone y en seguida la vuelve a tapar con bosta, que quede toda bien tapadita”. El resultado es un plato de color rojo y manchas negras de noble presentación

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Marina Pérez, Artesana en Greda de Quillón:
“No tengo máquinas para trabajar estas cosas, son mis puras manos no más”
Visitar la casa de Marina Pérez Castillo no fue fácil, porque si bien la distancia que hay entre su casa y la ruta Quillón- Nueva Aldea es de apenas 5 kilómetros, los complejos días de invierno convierten el camino en un lodazal, donde las únicos capaces de avanzar son las, a primera vista, frágiles carretas tiradas por bueyes.

Nacida y criada en el sector de San Ramón Alto, Marina nos transporta con su relato a épocas pasadas en que la agricultura y el trabajo de la tierra sostenían la vida de centenares de personas, y donde ciertos oficios artesanales cumplían funciones prácticas vinculadas al mundo cotidiano y festivo. Con el tiempo, los habitantes de ese lugar como de tantas otras localidades, han abandonando sus predios, han vendido sus animales y se han trasladado a las ciudades más cercanas. Hoy, en su entorno inmediato, se observan no más de 3 o 4 casas de parientes, circundadas por extensas plantaciones de pino y eucalipto. Sólo la proximidad del Cerro Cayumanque matiza el paisaje, invitando a rememorar lo distintivo de esta zona y de su gente. La habilidad de trabajar la greda la aprendió de su madre desde muy pequeña, “así no más, mirando” nos cuenta. Sin embargo, no se dedicó a esta actividad sino hasta después de casada, una vez cumplidos los 17 años. “Da vergüenza agarrar el barro cuando joven. Yo la ayuda-

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ba a bruñir a mi mamá no más pero el ojo de uno siempre está mirando”. Su capacidad de observación -que le permitió aprender también el acordeón, un instrumento escaso pero muy apreciado para amenizar fiestas y celebraciones campesinas-, favoreció que su reconexión con un tipo de artesanía que había abandonado su tiempo y espacio cotidiano, no fuera difícil. “Por necesidad, por ayudar a mi esposo y también para tener para que mis hijas estudiaran, me puse a trabajar la greda. Lo que uno va ganando lo va guardando para comprar lápices, gomas, esas cosas”. Durante su niñez, Marina Pérez convivió con el trabajo agrícola y la greda. “Antes no había ollas como las de hoy, en una trilla por ejemplo, se agarraba una olla de esas grandes, le colocaban medio cordero, porotos granados, choclo, lo que uno quisiera y se hacía el almuerzo para la gente de la trilla, eran ollas de greda grandotas pa’ unas veinte o treinta personas”, recuerda. Su madre, entonces signada como una de las pocas maestras artesanas del sector, abastecía las necesidades de loza de su propia casa y las de otros familiares, vecinos y amigos. En ciertas ocasiones, los “ricos” realizaban pedidos para la confección de tinajas que adornaban sus jardines, las que eran retribuidas con yerba, azúcar o cualquier otro producto de escasa presencia en el campo. Su padre, mientras tanto, además de realizar labores en una obra de tejas y ladrillos, manejaba la técnica de elaboración de las enormes tinajas para conservar vinos y granos. Siendo la única de siete hermanos que sostuvo y conservó los conocimientos asociados a una práctica artesanal que dejó de ser funcional en este tiempo, encarna en este sentido un intento de adaptación de una manifestación tradicional que no trastoca su relación con el proceso ni con el producto. Las fiestas asociadas al ciclo agrícola desaparecieron y el aluminio poco a poco reemplazó las vasijas de greda en su casa y en tantos otros hogares. El lugar para hacer circular sus artesanías entonces se trasladó a la ciudad, donde sus “caseras” le solicitan utensilios a pedido para recuperar el sabor del plato campesino.

La Greda es ácida y el adobe es dulce
La veta de la que durante toda su vida Marina ha extraído la greda es la misma que descubrió su madre décadas atrás. Para reconocerla –relata- ella le explicó que el sabor era uno de los indicadores importantes de tener en cuenta. “Mi madre me dijo mira, aquí hay greda y mañana vamos a ir a buscar. Yo nunca le creí, ¡cómo

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iba a saber que era greda! … llegó y sacó un pelotón y lo probó y dijo ¡esta es greda! Porque la greda es ácida, si usted llega a probar los adobes que hay afuera, acá en mi casa, son dulces y mientras que la greda es ácida”. El proceso de elaboración de este tipo de artesanía se inicia con la extracción del producto desde alguna veta, siguiéndole una etapa de limpieza y remojo que dura alrededor de cuatro días. La limpieza permite sacar las impurezas, formando una tierra homogénea al tacto. “Yo la chanco, la muelo bien molidita, después la muelo en una piedra así como moler en el molinillo, después la paso por un cedacito y después la mojo. La greda se moja igual que el pan, no tiene que quedar en veta seco, no se puede trabajar al tiro porque se salta o se parte, pero si la deja tres o cuatro días, está pasada, mojadita, suavecita para trabajar”. Para modelar el objeto a fabricar, Marina resalta la ausencia de cualquier tipo de máquina como apoyo, valorando la habilidad de sus propias manos. “Yo no tengo máquinas para trabajar en estas cosas, son mis puras manos no más”, nos dice. Una piedra, una cuchara y un cuero de zapato son los únicos implementos que la ayudan a darle forma a las vasijas, cántaros y platos que semanalmente elabora para ir a venderlos a la ciudad de Quillón. “La piedrita es pa’ lucir la obra, pa’ que quede así lucidita, pero para dar el molde tengo un cuerito de zapato y una cucharita pa’ sobarla por dentro. El cuerito es lo que uno le pasa por el bordecito para hacer el molde, la va pasando y le va haciendo el molde”. El tiempo que demora en terminar una “obra” –como ella las denomina- es de veinte minutos, de acuerdo al tamaño de la artesanía. Lo que sigue se ocupa en el proceso de secado. “Hay que secarla al solcito, demora por lo menos unos tres días porque no puede ponerla al tiro a cocer porque se salta, tres días al solcito y después hay que ponerla a la orilla del fueguito”. El conocimiento heredado de su madre sobre este proceso, no obstante, no lo ha aplicado mecánicamente, sino que lo ha ido adaptando, dejando espacio para la recreación, de acuerdo a sus propios gustos. “Antes mi madre las cocía con esas majadas de buey, pero a mí no me gustó esa parte, yo la preparé de otra manera, con palitos de pellín o de álamo, ahí me gustó más porque quedaban más bonitas”.

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La cocción se realiza directamente en el suelo por un lapso aproximado de 10 a 15 minutos. “Le pongo por la orilla pajita y le prendo fuego, según usted la mira y antes de que se ponga negro tiene que sacarla porque si se pone negro le pone agua y la greda se puede correr, tiene que mirar pa’l otro lado. Si se ven las piedrecitas coloradas es porque está lista”. El color que adquiere la obra es a elección. “Si quiere la deja roja, o veteada o negrita”, comenta. “Con una rama que se llama romerillo se pasa por dentro y queda negrita, y después la va enluciendo cuando la saca del cocimiento, si le pasa antes no le agarra y quedan medias veteadas

como manchadas, mientras que si le pasa la ramita después quedan lindas. Pa’l rojo tengo una tierra que también es como la greda y se enluce antes de echarla a cocer y queda coloradita, no tiene pa que estarla tiñendo”. Las técnicas mencionadas hacen que la artesanía de Marina tenga su propia identidad. Por esta razón, ella distingue su trabajo de otros tan reconocidos como el de Quinchamalí, por ejemplo. “Yo hago un pollo en esta greda y no le queda ningún sabor, en cambio usted hace un pollo en la greda de allá y le queda con sabor porque le echan algo como un desodorante que deja pasada la greda y la comida también. No sé qué le pondrán para cocerla, pero ésa es la diferencia. Mi greda no tiene para qué curarla, nada, nada, llegar y ocupar no más, usted puede hacer cualquier cosa y no se pasa”.

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Hoy, con 61 años de edad, el rostro de Marina denota años de esfuerzo y sacrificio para criar a sus 5 hijos. Y a pesar de que el paisaje y su entorno social se ha modificado radicalmente, ella continúa optando por la vida en el campo. “Soy enferma, tengo asma obstructiva, tengo artrosis, perdí un ojito, y me han dicho que me vaya pa’l pueblo pero yo no quiero. Antes aquí se sembraba harto, había siembras grandes, pero la gente antigua vendió sus animales, sus carretas con qué trabajar, además llegaron los pinos así que ya no hay nada de agricultura. Por aquí no hay nadie, ya murieron todos, y vamos quedando nosotros no más. Pero el pueblo no me gusta porque siento que mis piernas se van a quedar inválidas, en cambio si ando aquí, ando haciendo cualquier cosita, tengo actividad aunque sea mirar un ave, y si estoy allá me parece que me voy a morir”.

Todos viernes puede verse a Marina Pérez junto a su marido entrar al pueblo en su carreta pintada de color azul, tirada por su yegua blanca, en la que va ofreciendo cada uno de los productos que trabaja en su campo. “Me hago mis tortillitas y voy a vender a Quillón, tortillas, huevos, llevo mis cosas de greda, mote de trigo y catutos que mis señoras me piden.”

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David Saavedra:
“El adobe dura hasta que se gotea”
No tuvo maestros, simplemente aprendió mirando. Fue su propio interés en saber, lo que lo llevó a conocer los secretos del adobe. Pero David Saavedra no se vanagloria de su conocimiento, al contrario dice que cualquier persona que se dedique un poco lo puede hacer.

Para nada reacio a compartir su conocimiento, va relatando los pasos que se siguen para confeccionar un buen adobe, firme y duradero. “Primero que nada hay que hacer una picá’ de tierra, a ese lote hay que echarle agua para que quede como barro y uno se entierre hasta la rodilla. Después se le tiran unos diez sacos de paja y se va pisando con un azadón. Lo sigue picando uno mismo o se usa un caballo”. Lo que usa es tierra colorada, afirma, de la zona de Caravanchel, en la comuna de Coelemu, que no se ve más al sur, según dice David Saavedra. “Si uno va p’al sur no ve casas de adobe, en Temuco ni las conocen”.

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“Esta tierra es muy buena para el adobe porque echándole paja no se parte, dura años, cien o más años, puede durar una casa fácilmente. Tendría que venir un terremoto muy fuerte para que caiga, generalmente se parten, quedan con fisuras, pero quedan paradas”. Siguiendo con el proceso de confección del adobe, indica que cuando está listo el barro, hay que dejarlo un par de días, echarle más agua y “volver a trillarlo. Le llamamos trillarlo a volver a usar el caballo para pisarlo para que quede bien apisonado. Después de eso se corta”. Fácilmente, David Saavedra asegura que se cortaba unos 500 adobes al día, “pero con la ayuda de otra persona que me tiraba el barro. Creo que uno solo debe cortar unos 200 diarios. Con una tirá’ grande y unos diez sacos de paja, se pueden sacar como 400 adobes. Pero una casa tiene como 1.500 así que se necesitan tres barradas...” Como ejemplo, muestra una bodega construida en adobe que está en el patio de su propiedad. “Esa casa tiene 6 por 5 metros y ya debe tener como 15 años y no se me va a pudrir nunca, porque el adobe dura hasta que se gotea, si le cae una gotera y le cae justo en la muralla, se va a remojar y se va a ir abajo. La idea es que nunca se gotee el adobe, se puede gotear al medio la casa, por las esquinas, pero nunca por donde está el adobe y por eso dura”. Sólo en verano es posible trabajar el adobe. Antes no se puede. “En el invierno quién va a hacer adobe”, dice y agrega que por eso la mejor fecha es de diciembre para adelante. Una vez que el adobe está listo, se usa el mismo barro para pegarlo, y eso puede demorar unos diez días. “La casa se va armando y mientras hay que secar el adobe, hay que rasparlo, asolearlo, darlo vuelta, rasparlo por el otro lado, o sea se raspan las crestitas que le quedan para que quede cuadrado, se asolea, se da vuelta y ahí ya lo puede seguir pegando...” Tampoco tiene ninguna técnica secreta, asegura David Saavedra. Sólo hay que pisarlo bien porque de lo contrario queda con bolsas de aire y se parte fácilmente, “pero al pisarlo queda aplastadito, queda bueno, pero no es nada del otro mundo”, insiste. Más que nada un tema de costos, sería lo que hace que el adobe, prácticamente, no tenga demanda. “Es que es tan caro como pagar un ladrillo, porque lleva un montón de tierra más, por lo menos lo que unos seis ladrillos de tamaño en barro. Un ladrillo costará unos 80 pesos y un adobe no sale por menos de 100 pesos, por todo el trabajo que tiene hacerlo. Es harto el trabajo de hacer el adobe y la gente no lo compra mucho porque en el traslado, por ejemplo, en un camión que va de aquí a Concepción, se va a quebrar, lo mismo que el ladrillo, entonces la gente lo hace aquí porque aquí no más va a estar la casa”.

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Es decir, quienes confeccionan adobe lo hacen para su propio consumo, según las palabras de David Saavedra. “Hay mucha gente que hace sus bodegas de adobe, porque se ahorra plata, se ahorra harta plata...” De las ventajas y desventajas del adobe, también sabe. Sobre las desventajas, afirma que como la gente siempre le ha temido a los temblores, sobre todo por si le cae un adobe en la cabeza “que lo va a dejar esperando que los otros se le vengan encima porque es tan pesado que un adobe debe pesar unos fácilmente 10 kilos de ahí para arriba. Entonces si lo pilla, le va a caer… entonces de ahí la gente ya partió, como hubo más recursos, haciendo casitas de otra forma, un poquito más sólidas, de madera, un poquito más liviana. Y ya el adobe se usa para hacer cocinas más bien rústicas que hacen el fuego en el suelo, o bien para bodega y, galpones para los animales, se ahorra harta plata, y más que nada se hace por lo económico que resulta....” Sobre las ventajas, recalca que el adobe se distingue porque en verano es fresco. Mientras que en invierno mantiene el calor. “Es la diferencia con la madera, o de repente tener una casa de madera y forrarla en lata, en el verano uno se asa de calor adentro y en invierno el frío. Y en cambio el adobe no, porque se mantiene la temperatura, porque es cerradito, a menos que le haga ventanas, aunque eso tampoco es una complicación”. Jaime Cisternas: “El proceso es muy fácil” En Guarilihue Bajo, Jaime Cisternas Fuentealba también recuerda el proceso de fabricación del adobe. Y como ha pasado con otras personas, dice que aprendió mirando. “Yo aprendí mirando a mis trabajadores, a las personas que hacen, que se dedican a eso. Es lo mismo que ustedes ahora tuvieran que ver una obra de ladrillos, es igual. Con la diferencia que para el adobe se usa tierra, y en el ladrillo se usa greda”. “El proceso es muy fácil. Se toma tierra que no tenga mucha arcilla, especialmente tierra colorada, se hace una mezcla con paja de trigo, se soba, se mezcla bien y después se pone en una adobera, que es un molde, se levanta la adobera y se deja tres o cuatro días a todo sol, se da vuelta el adobe, para que se seque bien y eso es todo”. Si no se usa de inmediato, se almacena, tan simple como eso. El adobe tiene un espesor de 20 centímetros por 40 y para secarlo tiene que haber una temperatura alta de unos 30 grados, algo que sólo es posible en verano, advierte Cisternas.

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Para que no le pase nada al adobe, da la receta popular: “Una vez bien hecho el adobe hay que pegarlo, ahí hay que hacer otro barro, similar, sin paja, y con eso se pega. Se ponen uno sobre el otro y cruzados para que queden firme. Eso le da seguridad” Un molde de adobe demora como ocho días en secar. En una muralla puede ser un poco menos, aunque advierte que se corre el riesgo de que no se seque bien. “Me atrevería a decir que colocaban unas dos o tres vueltas, después se dedicarían a preparar la madera mientras eso se secaba. Una construcción de unos 40 metros de ancho por 60 de largo, es algo serio. Las paredes eran muy altas también”. Era la técnica colonial que se usó durante un buen tiempo. Incluso se la atribuyen a los jesuitas que abundaron en la zona. Todavía se conservan algunas edificaciones de entonces y según lo que cuentan, se caracterizaban por contar con grandes palmeras en sus patios.

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Juan Aguilera, Ladrillero de Quillón
“El oficio de la obra lo aprendí solamente mirando”
En Quillón, a diferencia de otras comunas cercanas, los meses cálidos ocupan un lapso importante del año y para Juan Antonio Aguilera Inzunza, maestro de ladrillos del sector de Chillancito, esta suerte le permite “dar vuelta el año con la obra” y destinarla como fuente principal para sostener la economía familiar.

“Son ocho meses más o menos”, afirma, refiriéndose al período que mantiene su fábrica en funcionamiento. “Empiezo en agosto hasta abril, depende de cómo esté el tiempo, si hay tiempo bueno le trabajo mayo, y en junio si llueve y sale el sol, los tapo con nailon. Así casi paso el año realmente, el clima me acompaña a mí. Probé con un invernadero y estuve treinta días cesante no más. Trabajé todo el año”. En el proceso de producción de este tipo de materiales, así como de otros productos nacidos desde el barro, el calor entregado por el sol es un aspecto fundamental para que el resultado sea de calidad. Junto a ello, la habilidad del maestro, quien debe manejar la composición exacta de los ingredientes, permite obtener el tipo de ladrillo deseado.

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“Hay distintas maneras de hacer el ladrillo, aquí corren distintas maneras porque hay greda mocha, hay greda que da hebra…, de la liga larga. Cuando le queda con demasiada liga, el ladrillo se pica, mientras menos se pique mejor todavía. La greda mocha, esa no tiene liga larga, es como quien dice, saco un pedazo y se corta rápido, así no más. Así lo tomo yo, pero otra gente la pueda tomar de otra manera. Y ahí me voy guiando hasta que me queda el ladrillo tal como está. Mientras menos se pique, mejor todavía. Si se pega en la mano es que se va a quebrar, se va a tronchar, se va a picar como le llama uno, entonces se vuelve a hacer la mezcla otra vez. Igual el sol arrebata; el sol y el viento le hacen mal, más abrigo, puro calor es lo que necesita”. Cada maestro posee sus propios secretos y eso les otorga el prestigio para atraer a compradores locales o de otras zonas. Juan o Teyo, como todo el mundo lo conoce en la zona, nos explica entonces el proceso de elaboración de sus ladrillos, pero asevera que existen ciertos aspectos que no pueden detallarse porque “ahí ya uno pasa su secreto profesional”. Parte de la greda que requiere, la obtiene del mismo terreno donde está ubicada su obra y otra parte es adquirida a través de un amigo cercano. Con ella y algunos ingredientes que no quiso revelarnos, prepara una mezcla que debe pasar por un proceso de “trilladura” para alcanzar el “punto” preciso que permita modelar los ladrillos. Los caballos, con sus constantes pisadas, revuelven la mezcla por un lapso que él define conveniente hasta lograr una pasta homogénea. Esta pasta reposa durante 24 horas y luego se traslada en carretilla hasta el lugar de moldura. Un molde de madera para dos ladrillos se rellena con la pasta y se van formando hileras de ladrillos “recién cortados. También pueden hacerse moldes de 3 ó 4 ladrillos, pero así es menos pesado”, nos explica. Luego de cuatro días expuesto al sol directo, el ladrillo está seco y listo para pasar a la fase de horneado. Para evitar cualquier dificultad “uno le da más días por la sencilla razón de que no lleve tanta humedad”. . Una vez que el maestro ha calculado la cantidad de ladrillos a quemar, se inicia entonces el proceso de cocción. “El horno me hace como siete mil ladrillos y lo lleno hasta arriba. Son catorce hileras para arriba. Esto se llama tronera, donde se echan los fuegos. Se van poniendo los ladrillos, pero no quedan tan apilados como para que no pase el calor…Esto queda abierto, solamente arriba se le pone una tapa con ladrillos de tapa, que por un lado quedan negros. También hay ladrillos de orilla que sirven para encerrar el horno”. Si el horno se hace chico, Teyo nos explica que va subiendo sus paredes con los mismos ladrillos. “Así como voy teniendo material, lo voy agrandando”. El período de horneado también es

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parte de sus secretos, “esa parte no la entrego”, insiste. El resultado final es un ladrillo listo para ser comercializado. Aquellos que se quiebran o que no cumplen con la calidad deseada, vuelven a la zona de mezcla para ser reciclados.

El ladrillo de Chillancito
Con siete años de experiencia práctica, su trabajo posee una clientela permanente. “Hasta aquí me ha ido bien, gracias a Dios tengo una persona a la que entrego 30 mil ladrillos, en trato sí, y si le llevo más, más me recibe, también hay clientela que llega de distintos lados, los maestros dicen “este ladrillo es de Chillancito”, nos comenta.

Su conocimiento sin embargo, lo acompaña desde los 14 años, época en la que trabajó para un maestro ladrillero, realizando los fletes de los materiales vendidos. “El oficio de la obra lo aprendí solamente mirando. Yo tenía edad como 14 años y ya me quería instalar, pero mi papá no me dio la oportunidad. Aprendí solo, mirando, cuando vendía ladrillos aquí al otro lado, donde el señor Pantoja que tenía una obra. Yo le tiraba fletes. Entonces un día, un amigo me dijo por qué no te parai’ con una obra, dije yo, ahí está, está mi alumbramiento dije yo y por qué no lo hago. De ahí me tiré aquí. Como aquí ya vivía, entonces hice mi casa no más. A los 14 años tenía el pensamiento, pero entonces, no me dio la oportunidad la parte de la familia. De ahí dejé pasar esa idea, pasaron los años y ya cuando estaba formado, casado con hijos, ya, dije, ahora pa’ no andar de arriba pa’ abajo, ahora me instalo”.

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Tras 30 años de lejanía con la obra, llama la atención la actualización de sus conocimientos de forma tan rápida. Al consultarle por el período que invirtió para reanudar su práctica, Teyo nos responde: “la verdad de las cosas es que en este oficio no se termina de aprender, porque salen gredas menos ligosas y sale greda más ligosa, entonces hay que ir adecuando las cantidades hasta que llegue a su meta y le quede el ladrillo sin picarse. Yo la suerte que tengo, gracias a Dios, es que no me demoré nada”. Buscando alternativas de sobrevivencia, y luego de transitar por un sinnúmero de trabajos en la ciudad de Chillán, Teyo reactiva sus conocimientos en torno al oficio y regresa de esta manera a su localidad de origen. “Decidí volver a instalarme con esta obra para tener algo y porque a mí no me gusta ser apatronado, estuve 11 años en Chillán y no me hallé, no soporté la presión ésa porque yo pasé por hartas pegas. Y decidí tener mi propia obra. Antes yo trabajaba con cinco personas, pero vi que no daba, así que mejor trabajo solo, con mi hijo, ya van a ser siete años que tengo la obra aquí”. La ética del oficio es un aspecto que llama la atención en el relato del maestro. “Yo dije, yo voy a empezar a hacer ladrillos y los hago como que es pa` mí, porque de eso hago la plata y la idea es que me salga lo mejor posible, si me sale malo, lo rechazo. Allá en Las Mercedes hay otra obra, pero yo lo que tengo es que pa’ yo tener venta no digo ese ladrillo es malo, no, yo consulto lo mío no más y cuando me preguntan cómo es el otro ladrillo, yo les digo, bueno, vayan a verlo…” Con 55 años, Teyo espera que su hijo continúe con su obra. Hasta ahora ha adquirido los conocimientos que su padre ha aplicado durante los siete años de trabajo. Sin embargo, los saberes relacionados con la elaboración de tejas, al no ser funcionales a las necesidades del comprador, han ido quedando olvidados en el tiempo. “Me han pedido tejas pero no he querido hacerlas -reconoce Teyo- porque hallo que es mucho trabajo, es más rápido el ladrillo. Yo sé trabajarlas y sé hacer cosas con gredas también, pero no las hago”. La teja entonces pierde su función y la práctica artesanal se convierte poco a poco en un tipo de conocimiento depositado en el recuerdo.

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Enoc Alegría y su Obra de Tejas y Ladrillos en el Fundo El Tablón
La elaboración de tejas y ladrillos en la zona de Guarilihue se extiende durante la temporada de octubre a marzo, época en que las temperaturas alcanzan sus más altos grados. Por ello, Enoc Alegría, maestro de la obra del Fundo El Tablón, ocupa el resto del año en trabajos asociados a la viña y la vida agrícola. Con 56 años de edad, recuerda que su vínculo con “la obra” ha existido desde siempre. Ya a los 21 años, su padre trabajaba en la fabricación de tejas y ladrillos y él a los 12 años conocía exactamente los pasos que el trabajo demandaba. En aquella época, nos comenta, los niños no iban a la escuela como ahora, “ya, te decían, a lo mejor tu cabeza no te acompaña más, vaya a trabajar”, y de ese modo continuaban en el rubro por durante toda la vida. Al igual que su padre, dice haber aprendido mirando. “El a donde llegó también aprendió por ahí, así, en la memoria, en la cabeza, mirando”. Al parecer no es un trabajo complicado, agrega, la dificultad radica en que es sucio y “por eso a la gente como que nunca le tira el trabajo”. La greda que se requiere para la elaboración de tejas no tiene la misma composición que aquella especial para la preparación del ladrillo. “La greda es fina, es una tierra fina que no lleva cascajo. Es una tierra especial que sale en partes como vetas, hay partes que hay y hay partes que no hay. A veces en la profundidad de las chacras hay greda también”, señala. Previo al modelado, se necesita del apoyo de dos caballos para la trilladura. Allí, el movimiento permite que los terrones se disuelvan y que la greda pueda remojar lo suficiente como para convertirse en una masa homogénea. “Ahí mismo donde se pica, le echamos los caballos para que se revuelva, porque la greda es una cosa que cuesta pa’ que el agua pase, no es como la tierra colorá’ que le echa agua uno y se remoja todo, sino que el terrón queda por dentro, puede estar unos dos días con agua y todavía está el terrón ahí…”. La labor de los caballos es esencial para la obtención de la masa requerida para las tejas. “La masa hay que prepararla más o menos, como cuando se hace pan, pero tiene que quedar más durita. Entonces se busca un molde igual que la teja, de madera, y en ese molde se echa y se va

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a poner a la cancha que le llamamos, que es como el patio, limpio, claro, así barridito. Entonces ahí se deja y después se va a buscar otra pa’ poner al ladito de la otra”. De allí le sigue el secado. Con un día de exposición al sol, la teja está lista para ser cocida. Como maestro independiente lleva por lo menos 25 años. Tras la muerte de su padre, sus hermanos progresivamente fueron abandonando el rubro debido a los costosos esfuerzos que el proceso implicaba y la baja ganancia que lograban. Como ejemplo, menciona lo que ha sucedido con la teja en los últimos 20 años. “Así como está ahora especialmente una teja que tiene el precio que tiene y con lo que se paga, con lo que queda esto no da, entonces uno hace poco, busca unas dos personas por ahí o como amigo le paga el día, y así se trabaja”.

En la actualidad, la teja prácticamente no se trabaja ya que existe mucha teja usada que puede adquirirse por sólo $20 la unidad. El tiempo para su elaboración, no obstante, exige un precio no menor a $100, para que la ganancia sea conveniente. En otras épocas, la obra del Fundo El Tablón fue reconocida por la calidad de sus tejas. Hoy en día, la crisis vitivinícola, la aparición del zinc y otras variables asociadas al decaimiento de la pequeña agricultura y de los sistemas campesinos tradicionales, ha hecho mermar la existencia de las bodegas típicas de la zona y las tejas usadas y apiladas en los patios se encuentran por doquier. “Antes era pura teja y el ladrillo era poco”, recuerda Enoc, “ahora la gente usa puro ladrillo, más ladrillos y tejas no. Antes se construían hartas bodegas por la cuestión del vino era mejor, era

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más fresca la teja para la bodega, ahora como que las viñas se han estancado un poco así que las mismas bodegas se han parado de construir con tejas”. El caso del ladrillo es diferente, ya que todavía se logran encontrar compradores y su precio no baja de los $70. En este aspecto, Enoc destaca la calidad de su producto ya que su prestigio, heredado por la labor de su padre en tiempos anteriores, le permite mantener una clientela estable. “Esta misma teja que hacíamos nosotros en esa parte, por ejemplo había personas que pesaban sus 80 kilos y la sacaban y ponían la teja en una parte firme de espalada y se subían uno a cada lado y se balanceaban y no se quebraban, si era firme, por eso la gente la ubicaba, sí pues, si Guarilihue era conocido toda esa parte ahí. Acá donde trabajo, siempre se ha vendido todo en la temporada, incluso ya antes que empiece, como la gente conoce y viene, oiga, voy a necesitar ladrillos este año, cuándo tiene, tal fecha, ya guárdame los primeros y me dejan hasta anticipo, me dan plata, claro, como me conocen, y como yo siempre he dado cumplimiento. Esa es la entretención que tengo, después llega la plata y se va , si yo digo es como trabajar en un banco, llega la plata y se va”. Para su elaboración, el maestro nos explica que utiliza un molde de madera de cuatro ladrillos. “Ese es un molde también como tipo escalita, van como en cuadritos, son cuatro huequitos. Entonces va y esto se remoja, porque si le echa la greda así, esto sale pegado con el barro. El molde es de madera, pero puede ser aluminio también, por fuerza tiene que estar bien remojado y andar con un tarrito con agua pa’ que entonces, llegó aquí, hizo el ladrillo, lo sacó y se corrió más allacito”. La mezcla en este caso se diferencia de la anterior ya que la greda debe tener una dosis más alta de tierra. “Tiene que ser… ojalá buscar una parte que tenga menos greda, que tenga un poquito de más tierra porque el ladrillo, donde es más grueso, si lleva mucha greda se parte con el sol y se seca, y encoge también”. La precaución en esta etapa son las impredecibles lluvias ya que “les hace más daño el agua que cuando estaban recién hechos. Cuando están secos, el agua los remoja altiro y a donde está medio mojadito el agua como que le corre no más, no les hace mucho daño”. Estando listo el modelado, pasa a la fase de secado y luego se pulen sus orillas con un “zuncho” para ser llevados al horno.

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Según Enoc, la etapa de cocción es una de las más agotadoras. Por ejemplo, para hacer 10 mil ladrillos el horno debe estar por lo menos 24 horas con fuego permanente. “Hay que echarle fuego en la mañana, todo el día y después estar en la noche también. Entonces, todo eso es lo que a uno también lo cabrea, porque la trasnochá, el fuego, el calor, sí porque la misma vista a veces yo encuentro que veo poco y el mismo calor del fuego, todo eso, es mucho”. Enoc reconoce que los conocimientos acumulados a lo largo de su vida en torno a la elaboración de tejas y ladrillos son únicos. La mayoría de los antiguos ha muerto y no ha conocido a nadie que hasta el momento haya querido aprender el oficio. Si bien cualquier persona que tenga interés puede iniciarse en el trabajo, las transformaciones que ha traído la modernidad han provocado que ya nadie se interese en continuar con este rubro. Los motivos son muchos. El acceso a la educación por ejemplo, ha implicado para Enoc, que nadie quiera “meter las manos en el barro”. La ausencia de mano de obra, por otra parte, dificulta que la obra se mantenga en funcionamiento y sumado a ello, los bajos precios que obtienen por los productos elaborados hacen insostenible el trabajo por largas temporadas. “Este año voy a trabajar con una hornada no más”, afirma Enoc. A sus 56 años, su cuerpo resiente las agotadoras jornadas de trabajo que lleva encima, por lo que no resulta errado pensar que dentro de los próximos años se fabriquen los últimos ladrillos de la reconocida obra del Fundo El Tablón.

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El Carácter Patrimonial de la Construcción de Adobe
No hay que creer que patrimonio es, necesariamente, sinónimo de antiguo, de viejo. Más bien, el patrimonio está asociado a otros elementos que no provienen de la antigüedad que tenga una obra. Eso es lo primero que aclara el arquitecto y docente de la Universidad del Bío Bío, Gonzalo Cerda al referirse al carácter patrimonial de una obra o edificación.

“Con esto quiero decir que puede haber una obra contemporánea que tenga valor patrimonial porque se ha insertado en una comunidad y esa arquitectura ha sido capaz de interpretar los sentimientos de una comunidad. Por ejemplo, la capilla de Los Benedictinos, el edificio de a CEPAL, son obras que a la semana calzan tan bien que se convierten en patrimoniales”, explica. Y por cierto también está el patrimonio inmaterial, que al contrario de lo pudiera pensarse, no está tan separado del material. También se habla mucho del patrimonio inmaterial, que al fin y al cabo no están tan separados. Es que, según precisa el arquitecto Cerda, no vale sólo hablar de edificios, sino también de espacios con valor patrimonial. “Por ejemplo, una caleta pesquera, ahí hay una configuración

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espacial, arquitectura, hay pescadores trabajando, hay un paisaje, todo eso es un espacio patrimonial”. Y cuáles son los elementos que determinar el carácter patrimonial de una obra, Gonzalo Cerda enumera los siguientes: -Su valor histórico, es una característica esencial. -Su valor arquitectónico propiamente tal, es decir, que represente una época, una cierta tendencia, un cierto momento de la arquitectura. Por ejemplo, el edificio de la Estación de Ferrocarriles de Concepción. Eso nuevamente se asocia con que lo patrimonial no está relacionado con lo antiguo. -Su carácter de uso, por ejemplo el Mercado de Concepción. Aterrizando estas características a la arquitectura en adobe, indica que un aspecto clave es la combinación patio, corredor, teja y adobe, que otorga el valor patrimonial de estos edificios. Y como todas las arquitecturas chilenas, ésta también tiene su procedencia. En el caso de las construcciones en adobe, proceden de Andalucía y son traídas a nuestro país por los españoles. Claro que no se trata de una copia exacta del modelo español “Es una adaptación a las condiciones del lugar, a través de un patio, de sus dimensiones, del tamaño del patio que representa una adaptación de estos modelos a las condiciones chilenas. En general eso pasa con toda la arquitectura chilena. Nosotros hemos descubierto que no existe una sola. La arquitectura del norte Grande que es de adobe pero también de madera, es súper adaptada y si uno va de región en región y lo va descubriendo”, explica. En resumen, el signo característico de estas arquitecturas patrimoniales criollas es que son reinterpretaciones y adaptaciones a las condiciones climáticas, de la materialidad existente en el lugar. “Por ejemplo, la iglesia de Castro originalmente los planos eran para construirla en piedra, pero como no había piedra, se hizo en madera”. Respecto de la mantención de estas viviendas, el arquitecto dice todavía existen casas que se mantienen en pie pese a tener 200 y hasta 300 años de antigüedad. Se trata de estructuras bien construidas, de un piso, a lo más dos. Es esos caso, dice, “el peso del techo ha ayudado a la casa a mantenerse”. Es lo que ocurre en Cobquecura, por citar un caso.

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Han sido los frecuentes sismos y terremotos que han afectado a la zona, los que más han afectado la conservación de estas construcciones. “Un sismo le exige mucho al adobe y por eso muchas casas se ha caído y actualmente está prohibido hacer construcciones públicas de adobe por el riesgo que implica”. Hay varios aspectos que tener en cuenta para diferenciar una construcción de adobe que pueda tener carácter patrimonial. Uno de ellos es la tipología de la casa. Establecer si se trata de una vivienda de uno o dos pisos.

Normalmente la que se encuentra es de un piso, está cubierta con techo a dos aguas, de tejas, cuenta con una estructura de techumbre de madera bastante gruesa, con grandes cuadrías, cerchas pesadas, muros de adobe, ventanas pequeñas de madera normalmente, piso de cerámico, de tierra o de palmeta, incluso de ladrillo. Otro aspecto interesante a considerar son los patios. “Cuando me refiero a la tipología me refiero a la casa conformada en torno a patios, si tienen o no corredores. Las más interesantes tienen corredores que dan hacia la calle o al interior, en Cobquecura hay muchas que dan al interior”.

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También hay que fijarse en la presencia de galerías, ellas son parte importante de esa tipología, normalmente acumulaba sol durante el día y se traspasaba al interior. Esas son las características centrales de la edificación de adobe del valle central. Respecto de las bodegas, el arquitecto Cerda las describe como grandes edificios de planta rectangular, muy sencillos, algunos no tienen más que la puerta. La bodega va complementando la vivienda, algunos establos o gallineros, son parte de este patrimonio. Tienen por lo general 30 metros de alto, estructuras de madera, muros de madera con adobe y techo de tejas. Otra variable a considerar es el grado de intervención que han sufrido, aunque por lo general muchas han debido modificarse o restaurarse. Básicamente las modificaciones se han producido por la degradación de la madera en las ventanas o incluso en el techo. Las más antiguas que van quedando datan del siglo XIX y comienzos del XX. Gonzalo Cerda dice que es muy difícil encontrar anteriores porque han sido destruidas. Pueden ser instalaciones de vivienda y bodegas para forraje, para animales, para legumbres, para vino, para trigo.

Resurgimiento del adobe
En el último tiempo, dice el docente, ha habido un resurgimiento de los estudios para hacer edificaciones en adobe pero combinadas con estructuras de madera, no es el típico bloque de adobe de 80 centímetros de ancho en el muro, sino que son estructuras menores, que han tenido bastante uso en la arquitectura contemporánea. La estructura de madera rellena con adobe se llama adobillo, en Colombia se llama bajareque, lo interesante es que son estructuras que combinan la madera y el adobe, el relleno es el adobe y lo que resiste es la madera. “En este momento está habiendo una valoración de las propiedades y cualidades que tiene la arquitectura en adobe como el aislamiento, los costos relativamente bajos. Además proporciona una mano de obra no tan calificada pero existente en el campo o en las áreas semi urbanas. Asimismo hay una valoración de la tradición constructiva de los lugares, de rescatar el valor cultural, y la búsqueda de una arquitectura contemporánea pero asentada o enraizada en los patrimonios arquitectónicos existentes en los lugares. Creo que esas con razones más que suficientes como para revalorizar esta arquitectura en estos momentos”, comenta.

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De todas maneras, reconoce, impulsar viviendas sociales de adobe y no sólo éstas sino edificios públicos, obliga a un cambio en la técnica, no se puede pensar en el sistema tradicional de bloque de adobe, sino en un sistema combinado de adobe y madera que ha probado ser bueno para la resistencia a sismos. “Desde hace unos veinte años en América Latina, se están revisando las propuestas más contemporáneas y como se asientan en la cultura local, la situación es muy diferente a la de Europa o a la de Estados Unidos donde hay alta tecnología de la cual nosotros no disponemos. Hace veinte años que estamos viendo una revalorización de estos temas, por ejemplo edificios que por su diseño ahorran energía aprovechando el viento, sin usar aire acondicionado ni calefacción, todo por las condiciones de diseño, cómo son los muros. Y recuperar estas técnicas es muy importante porque están asociadas a un diseño energético que propicia el ahorro de la energía”. Pero reponer al adobe como un elemento a tener en cuenta al momento de construir viviendas sociales o de otro tipo, requiere también recuperar su imagen, dejar de asociar estas construcciones con la precariedad o las malas condiciones de habitabilidad. Para decirlo en otros términos, “de la casita de barro”. A eso hay que sumar la aprensión que provoca una arquitectura en adobe frente a su resistencia a los sismos. “El adobe está vetado por los problemas que tuvo la arquitectura del siglo XVIII con los sismos porque se cayó, pero no estaba pensada para eso, hoy es posible pensar en arquitectura en adobe en combinación con la madera pensada para resistir sismos y eso es posible”. Aunque todavía es posible encontrar construcciones de adobe en Coelemu y Quillón, las que existen presentan importantes grados de deterioro. Y si bien la mayoría de los propietarios de estas edificaciones –casas patronales y bodegas- tiene intenciones de mantenerlas, ello no siempre es posible por el alto costo que implica. Eso sí, muchos han cambiado techos y trastejado para evitar un daño mayor. Varias de estas construcciones no son más que el recuerdo de un pasado bastante más esplendoroso y pujante. O bien son parte de una tradición familiar que se resiste a morir. Un par de bodegas ya están francamente abandonadas a su suerte, esperando que sus dueños las demuelan o se caigan de viejas.

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Algunas han sufrido modificaciones, pero nunca tan sustanciales para perder sus líneas originales. No son pocas las que han resistido los embates del tiempo con bastante dignidad, la que otorga el adobe bien hecho. De Coelemu, podemos destacar el Fundo Nueva Vida, El Guindo, La Esperanza, La Palma, la casona donde funcionó el primer retén de carabineros de Guarilihue, y las bodegas ubicadas en Leonera y Las Raíces. En Quillón, la Casona de la Tío Nono, es la más representativa, además de algunas bodegas.

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Alejandro Franulic, Propietario del Fundo Nueva Vida:
Esta propiedad tiene un gran valor sentimental”
Del Fundo “Nueva Vida”, situado en camino a Caravanchel, a 4 kilómetros de Coelemu, lo que más se conoce son los licores “Don Yako”. Pero no es lo único. En dicha propiedad, actualmente en manos de Alejandro Franulic Veloso, existe una antigua construcción de adobe que su dueño quiere recuperar no sólo por su valor sentimental, sino también por su aporte patrimonial.

A ojos cerrados, sin verlo, el abuelo de Alejandro Franulic compró el predio en 1946. “Mandó a un hijo menor, que era mi tío y tenía 16 años, a ver el fundo, lo compró de oídas, sin verlo…”, relata su nieto Alejandro. Pero la historia empieza mucho antes, con la llegada de su abuelo a Antofagasta desde Yugoslavia con apenas 14 años de edad. “Provenía de una familia de viñateros y la gente empezó a irse porque llegó una plaga que mataba las viñas y en esos años no había cómo combatirla, eran pequeños propietarios… A raíz de eso vino esa inmigración grande de yugoslavos, un grupo grande a Antofagasta y el otro a Punta Arenas. Mi abuelo llegó a los 14 años con la idea de algún día tener un campo”, recuerda Alejandro.

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Vivió también en Santiago donde en 1945 murió de tuberculosis su hija mayor. Fue lo que gatilló que decidiera sacar a sus hijos de la ciudad y trasladar a la familia al campo. Compró una propiedad en Ranguelmo llamada Santa Elena donde vivieron un año, “pero como en ese tiempo para llegar a Coelemu estaba sólo el tren, era lejos y sacrificado. Fue cuando le dieron el dato de este fundo Nueva Vida que estaba más cerca de Coelemu, tenía más viñas y era más fácil de manejar. Así fue como llegó él”. Lo que encontró fue una construcción con algunos años, probablemente de 1908, aunque en la fecha no se tiene precisión. Lo cierto es que, según el relato de Alejandro Franulic, “cuando mi abuelo compró el fundo, la bodega ya existía, pero el segundo piso que tenía esta construcción de adobe ya no estaba”. De acuerdo a lo que la familia pudo establecer, los anteriores propietarios tenían su casa habitación en el segundo piso, pero ésta cayó para el terremoto de 1939, quedando sólo el primer piso. “La bodega se hizo primero y posteriormente hicieron la casa arriba, era grande y por eso la bodega tiene tantos palos, un techo tan alto, porque eliminaron lo que se cayó y quedó la bodega como bodega de vinos”. Alejandro Franulic relata que su abuelo supo aprovechar muy bien la edificación que quedó en pie: “ Mi abuelo la convirtió en una bodega de tres niveles, que diría que es única en Coelemu, no conozco ninguna de las tradicionales que fuera tan bien diseñada que se pudiera trabajar el vino a nivel, porque ahorraba mucho personal y limitaba el traslado, porque cuando se hace el vino hay que ir cambiando de envase y cuando es a nivel se facilita mucho, entonces estaba muy bien diseñada para trabajar...” La bodega fue importante en aquel tiempo, pues el abuelo Franulic empieza de inmediato la actividad vitivinícola, aprovechando al máximo las 56 hectáreas del predio, plantando viñas. “Mi abuelo plantó uva italia y la semillón y mantuvo la uva país, la negra que tradicionalmente había en la zona. Coelemu es la primera parte en Chile donde los españoles llegaron a plantar vides antes que la zona central... Hay viñas que tienen muchos años”. En manos del abuelo, el fundo Nueva Vida llegó a producir hasta 100 mil litros de vino anuales. Además de la casa-bodega, la propiedad tiene un par de viviendas, también de adobe, que se usaron como colectivos para los trabajadores y que todavía se conservan. De las características de la bodega, Franulic destaca su amplitud y que está enteramente construida de adobe. “No sé cómo se hizo en ese tiempo, pero ha resistido fuertes sismos, el terremoto del 60 lo resistió sin ningún problema. Desde que yo la conozco nunca le ha pasado nada

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por movimientos de tierra, ha tenido problemas por filtraciones de agua, pero es una bodega hecha en adobe con barrotes de fierro como se usaba en ese tiempo, lo más oscura y fría posible para conservar el vino a la temperatura adecuada para que no se eche a perder. Ahí también hay unos quillayes inmensos que le dan mucha sombra a la bodega. Su techo es de tejas, el mismo que hubo que refaccionar y se sacó de la casa habitación. Son las tejas originales”, dice. Lo complejo es mantenerla, reconoce Franulic, y de hecho hace tiempo que no han podido hacer obras de mantención por el alto costo que implica. “Tuvimos una filtración de agua con la lluvia que perjudicó la parte de atrás de la muralla, como tiene nivel va pegada al cerrito, a eso le hicimos mantención afirmando los postes, pero falta hacer la pega grande, que es la más difícil, hay que sacar las tejas, trastejar como se dice en el campo, y cambiar todas las vigas porque ya no aguantan más... hay que rehacer el techo. Conserva las vigas originales, sólo se les ha puesto refuerzos...”

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Licores “Don Yako”
Conservar la bodega en el mejor estado posible es importante para Franulic, pues si bien el negocio del vino emprendido por su abuelo, ya se dejó de lado, se continúa con la tradición iniciada por Santiago Franulic, padre de Alejandro, que por allá por los ’70 empezó con el negocio de los licores. “Todavía el vino era rentable pero se vislumbraba que el precio caía, mi papá empezó a experimentar con licores y para ver cómo quedaba se los daba a probar a los amigos y en esos años, con mi hermano el campo era sinónimo de fin de semana, de llevar a los amigos y cuando él tenía sus licores nosotros le robábamos dos o tres botellas y el viejo nos retaba. Eso incentivó a mi padre y lo llevó a aumentar la producción, ahí empezó a comercializar y después registramos la marca y como yo siempre fui su ayudante, me gustaba el campo y conocí los secretos. De hecho la empresa siempre estuvo a nombre mío porque adivinó que yo iba a seguir”. Y si bien los licores –de distinto sabores y aromas- son el atractivo de Nueva Vida, también su vieja bodega, ya que quienes visitan el lugar insisten en conocer además la antigua construcción. Por eso resulta vital refaccionarla y Alejandro Franulic lo sabe. “Hay que tener financiamiento pero también alguien que sepa, porque no es un trabajo para un obrero común y corriente, el techo es muy alto y hay que usar andamio. Se necesita alguien con conocimientos y buenos elementos. La idea es poner las mismas tejas y mantener el estilo lo más posible. Pero eso cuesta. Hay empresas que recorren los campos y compran las tejas a cambio de poner un techo nuevo, yo no quiero hacer eso, podría poner una teja simulada que es más liviana, pero quiero dejarlo como está”. Por cierto que no sólo el provecho económico que pueda obtener de la propiedad lo mueve a tratar de recuperarla. Hay un valor sentimental que Alejandro Franulic quiere destacar: “Esta propiedad tiene un valor sentimental grande ha pasado de mi abuelo a mi padre, mi padre falleció hace poco, nunca hemos querido vender, queremos continuar lo más posible, con mayor razón ahora que estamos dentro de la ruta turística a la gente le gusta ver cómo era el campo antiguamente, la idea es mantener lo más que se pueda y eso tendrá que ayudar a financiar esto que cuesta bastante”.

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La Legendaria Bodega de Rosa Villa en Guarilihue
La antigüedad de la construcción se advierte de inmediato. El paso del tiempo ha dejado huellas en la bodega que Rosa Villa Torres tiene en el sector Leonera, de Guarilihue. Si bien no tiene certeza de la fecha de edificación, calcula que puede tener cerca de 200 años. De hecho, la forma en que fue construida, según afirma, revelaría lo vetusto de la propiedad. “Las murallas fueron hechas arriba, o sea que la gente hacía una adobera y hacían el barro ahí mismo, a medida que iban construyendo, así iban subiendo para arriba. Los adobes que se hacen ahora son más chicos, estos son como peldaños grandes”, explica. Los elementos, el barro y la paja, son los mismos, lo único que cambia es la forma de levantar la edificación que en el caso de la bodega de Rosa Villa, se hizo directamente.

La propiedad fue originalmente de su marido, Víctor Fuentealba Reyes, quien la heredó de sus padres y así sucesivamente en el tiempo. Fuentealba Venegas y Reyes Hinojosa eran los apellidos de los suegros de Rosa, quienes a su vez recibieron el legado de sus padres. Toda una larga historia que se traduce en una antigua bodega que ella quiere conservar, aunque sabe que el costo es alto.

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Inicialmente la bodega pudo ser construida para almacenar trigo, dice, pues hubo un tiempo en que se sembraba mucho en la zona, incluso había graneros, pero nada de eso existe en la actualidad. “Esto era muy grande, se llamaba Fundo San Vicente y llegaba allá casi hasta Checura. Pero después se fue parcelando… Esto estaba rodeado de tinajas cuando yo llegué, para echar vino, para echar cereales, pero había corridas de tinajas y después se fueron eliminando, y se pusieron cubas para el vino”. Si bien conserva gran parte de los elementos originales, la bodega ha sido reparada, según cuenta Rosa. “Se puede ver que estas vigas son hechas de suela, y ya se están apolillando, se están deteriorando. Todas son trabajadas con suela, que es una herramienta con que trabajaban los maestros antes, como un tipo de azadoncito, una suela para elaborar madera, esa madera es tipo pellín pero antiquísimo…”. Consciente que a medida que pasa el tiempo, la construcción se deteriora aún más y se torna cada vez más insegura, Rosa Villa quiere hacer el esfuerzo para repararla. “Quiero arreglarla, dejarla bonita, cambiar la muralla, las tejas, las tablas están todas podridas, a punto de mandarse abajo. En el corredor tuve que colocarle un poste provisorio y ahí está pues. Lo que quisiera es arreglar mi bodega y en eso estoy…”. Pero reconoce que si se consigue los recursos para repararla, sacará la teja del techo porque dice que da mucho trabajo.”Hay que mantenerla cada dos años y las tejas siempre se pasan y se empiezan a podrir las tablas, así que pienso ponerle zinc…” Con el adobe no tiene problemas, dice: “No, el adobe se queda, además es una cosa muy buena pa’ los vinos, ayuda, mantiene heladita la bodega…”

Cárcel con leyenda
Pero el sector donde se sitúa la bodega de Rosa Villa, tiene historia y seguramente también más de algún mito. Se cuenta que muy cerca del lugar hubo una cárcel en torno a la cual se fueron tejiendo una serie de leyendas. Manuel Díaz, vecino del sector, entrega más detalles de la historia mostrando los restos de unos antiguos pilares sobre los que se levantaron las murallas de adobe de lo que fue la cárcel. “Mi papá nos contaba que aquí había una muralla alta p’allá, porque esto va todo en piedra por

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debajo, y aquí dice que había una cárcel antiguamente, esto será de siglos atrás. Decía que los dueños de este fundo eran jueces y ellos mismos ordenaban los castigos, y los castigaban ellos mismos. Mandaban, tenían sus guardias, todo. Mi papá contaba que había un yugo, al estilo de una cogotera, de estos para enyugar animales. Ahí ponían a los presos p’ atrás ahí y les ponían un palo aquí encima que no les apretara tanto y el otro atrás y ahí los tenían, y eso era el castigo. Mi papá lo alcanzó a conocer porque esto era una muralla grande, era una casa grande…pero pa’l 39 hubo un terremoto y ahí dice que se cayó todo, incluso después hicieron unas piezas donde dormían los trabajadores y murió uno porque cayó la muralla encima”. Los dueños del fundo, cuyo apellido Manuel Díaz no recuerda bien, obligaron a los lugareños a adoptar una costumbre bien especial: cada vez que alguien pasaba frente a la propiedad debía sacarse el sombrero para poder pasar… si no lo hacía, “ellos mismos se encargaban de hacerlo disparando de arriba y les volaban el sombrero no más…”

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La Casona donde funcionó el Primer Retén de Carabineros de Guarilihue
No hay mucha claridad de cuándo data esta propiedad, una antigua casa de adobe donde por más de 40 años funcionó el primer retén de Carabineros de Guarilihue. Ubicada en el sector de Guarilihue Bajo, esta vivienda, que en sus orígenes fue casa habitación, formaba parte de un predio mayor de propiedad de los padres de Jaime Cisternas Fuentealba. Cuando en 1927 se funda el retén de Carabineros en el sector, surgió la necesidad de contar con un recinto y como la vivienda estaba desocupada, no hubo inconvenientes en cederla para esas funciones.

Según lo que recuerda su propietario, Jaime Cisternas Fuentealba, la casona no ha sufrido modificaciones y ha soportado cuatro o cinco terremotos sin mayores problemas. Después del traslado del retén a otro inmueble construido para los efectos e inaugurado el 3 de mayo de 1968, la construcción no volvió a habitarse. Actualmente se usa como bodega para guardar leña, pero su estado se cada vez más deteriorado ya que su dueño no le ha hecho arreglos. Es más, tiene intenciones de demolerla porque repararla implica un alto costo que no cree que se justifique. Ni siquiera piensa que vale la pena declararla como bien patrimonial

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porque está inhabitable y buena parte de su estructura tiene deterioro evidente, como la madera por ejemplo. “Qué ganaría con dejarla, mantenerla, cuánto cuesta la mantención, es muy cara, más aún eso tiene techo de madera, las maderas se pudren, las termitas se consumen la madera y la atacan. Es muy caro y no vale la pena”. La casa forma parte de otro conjunto de edificaciones que en su momento conformaron el predio de la familia. De hecho existen otras casas de adobe, que se emplean como pesebreras, pero que datan de unos 60 años.

Historia familiar
Jaime Cisternas cuenta que se crió en la vieja casa de adobe que hoy usa como bodega. “Después emigramos, cuando mi madre quedó viuda, hace más de 60 años. Éramos todos chicos y nos fuimos a la ciudad”. A su madre la recuerda como una mujer muy emprendedora. “Ella quedó viuda bastante joven, pero en vez de aminorar los bienes que le dejó mi padre, ella los duplicó y triplicó solamente con su esfuerzo y el de una abuela. Ella era una persona antigua, muy católica”. Relata que su madre crió a sus siete hijos con gran disciplina para todo. “Es que para poder tener hay que sacrificarse, así que mi madre era una mujer que se levantaba a las 5 de la mañana, teníamos harto personal aquí en ese tiempo, mano de obra había, no es como ahora que toda la gente emigra a la ciudad. Así que cada uno se distribuía sus trabajos, sus labores. Cuando yo estudiaba, en las vacaciones tenía que venir a trabajar al campo”. Con evidente admiración hacia su madre, agrega: “Se podría decir que a todos nos educó. Yo salí el más porro, llegué hasta el bachillerato, pasé por la Universidad de Concepción por fuera dos veces, a mí me gustaba Farmacia pero me fue mal, claro que los demás todos se recibieron y tienen su carrera. Después ya tenía que trabajar, así que yo trabajaba en el campo aquí con ella y también en Concepción...”

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Fundo El Guindo:
De propiedad agrícola a predio forestal
A 5 kilómetros de Coelemu, en la bifurcación del camino a Guarilihue, enclavado en una suave loma, se encuentra el Fundo El Guindo. De propiedad del médico Rómulo Melo, quien reside en Santiago. La propiedad data aproximadamente de 1900. De los orígenes de esta construcción, dice no saber mucho, pero aparentemente “se inicia con mis bisabuelos por parte materna, en la familia Wachtendorff”. Eso sí tiene claro que partió siendo una edificación para fines habitacionales y con el tiempo se

convirtió en bodega para vinos y granos por muchos años. Muy pocas modificaciones dice su dueño que ha sufrido lo largo del tiempo. Acota que como se “terminó la producción de vinos hace 20 años, finalizó el bodegaje de los mismos”. Tampoco hubo habitación permanente de la casa y desde hace unos 40 años que sólo se emplea en períodos de verano. De hecho, en la propiedad vive Iris Saavedra con su familia, quienes cuidan la casona y las antiguas bodegas de vinos hoy son caballerizas.

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Para la familia, afirma el doctor Melo, es importante conservar la construcción, más por razones sentimentales que económicas, lo que explica por qué no ha pensado en venderla. Eso sí, indica que “se cambió el rubro a forestal como una manera de sustentarla en el tiempo”. Conserva recuerdos de su infancia entre los 6 y 16 años, “con cabalgatas y muchas aventuras de verano, era lugar de encuentro con primos y la familia materna”. De las ventajas de la construcción de adobe, menciona que es fresca en verano, sin embargo dice que tiene poca resistencia a los sismos. La casa se ve con problemas de conservación y con los claros signos del tiempo en sus murallas. Lo mismo ocurre con la construcción que actualmente se usa como caballeriza.

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Francisco Hinojosa y su Añosa Bodega de Las Raíces
Nada fácil resultó encontrar a Francisco Hinojosa Risopatrón. Lo habíamos conocido en Coelemu, y en nuestra búsqueda de bodegas y antiguas construcciones de adobe, nos comentó de la suya, ubicada en el sector Las Raíces, cerca de Ranguelmo. Hacia allá partimos y después de varias consultas a lugareños y de seguir caminos equivocados, logramos ubicarlo. Incluso quiso hacernos una broma y enviarnos a otro lado cuando nos saludó y nos preguntó a quién buscábamos.

Efectivamente la bodega que nos muestra se ve antigua y también bastante deteriorada. “Esta tiene más de ochenta años, era de mi abuelita, María Mercedes Venegas, era propiedad de ella, la usaba como casa habitación”, empieza relatando. Pero las fechas no están muy claras. Francisco Hinojosa dice que hace cerca de cincuenta años que conoce la construcción y que incluso su familia vivió allí por lo menos unos diez años. Entonces él tendría alrededor de 15 años de edad.

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La vivienda no era grande. De hecho se mantiene como fue originalmente. Tenía dos habitaciones, que se utilizaban como dormitorios, según lo que recuerda Hinojosa, y un comedor. Fue un maestro de Guarilihue el que construyó la casa de la abuela, relata. “Antiguamente se aplicaban a hacer adobe, pero esa gente ya murió, aunque no es tan difícil hacer adobe, al menos yo sé hacerlo… aquí había gente joven que cooperaba porque el adobe tiene harto trabajo”, relata. Y pese a los años, la casa se “mantiene tal cual como la tenía la abuela, salvo el techo y el piso que lo sacamos porque se pudrió, era tabla de piso y tuvimos que desarmarlo”, cuenta. La vivienda formaba parte de una parcela mayor que bautizaron con el curioso nombre de “La Desunión”. “Fue mi mamá la que le puso así por una serie de problemas que hubo… después todo esto se repartió entre los hermanos”. Hace unos treinta años que la edificación se usa como bodega. Allí, se guardan pipas, para almacenar vino, aunque en la actualidad, dice Francisco Hinojosa “estamos produciendo poco vino por la crisis que hay”. De hecho la plantación de viñas fue parte de la herencia, “pero se ha deteriorado”. “Esta es toda la casa.... La abuela tenía otras casas, por eso cuando se repartieron cada uno se llevó algo, como nosotros quedamos viviendo aquí nos dejaron como herencia esta casa habitación”. De los arreglos o mantención que le ha hecho durante estos años, Francisco Hinojosa reconoce que fue necesario reparar el techo porque “se pudrió la madera, así que lo cambiamos y se ocupó la pura teja. La tabla y las vigas las tuve que cambiar. A las paredes no se les ha hecho nada, así que está como estaba, lo único que se ha cambiado es que como se descascaró, se le puso un enlucido con cemento...” De su residencia en la vieja casa, recuerda que en invierno era abrigada y conservaba el calor, mientras que en invierno se mantenía fresca. “En hora de doce no hace calor aquí dentro –dice mientras muestra el oscuro y encerrado espacio- porque esto es puro adobe. Para guardar el vino es bueno porque se conserva bien y lo favorece”.

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Fundo La Esperanza.
La Riqueza de otros Tiempos
Ubicado a 7 kilómetros de Coelemu por la ruta a Concepción, el Fundo La Esperanza llama la atención por la suntuosidad de su estructura, pese al nivel de deterioro que enfrenta actualmente. Si bien no existe certeza de su fecha de edificación, su heredera Marta Fuenzalida Lamas calcula que por lo menos debe haberse construido hace 70 u 80 años. Su madre, Edelmira Soto, lo heredó de sus padres y luego de su muerte, en 1980, fue subdividido en siete hijuelas, lo que contribuyó a quedar en un estado de abandono que sufrió durante largos años.

“La casa me fue heredada por mi madre, que a su vez la heredó de la suya”, nos cuenta. “Cuando recibí esta propiedad se encontraba en un estado de total abandono, existiendo partes muy deterioradas. Si bien no se han derrumbado partes de la construcción original, en el año 1991 realicé un cambio completo de la techumbre, cambiando las tejas, reparando vigas y encintado de cubierta. Así también el piso de madera se cambió en todas las habitaciones de la casa y en el comedor puse radier con un afinado de color rojo. Este trabajo ha sido de a poco, y aun faltan muchas partes por reparar, pero por temas de costos esto ha sido lento”.

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Durante su niñez, Marta recuerda que La Esperanza tenía un uso habitacional y se componía de una casa patronal, algunas bodegas y colectivos para los trabajadores. La casona principal era de adobe, típica de la época, con cubierta de tejas y vigas de madera. Los muros tenían un grosor de 70 cms. Su organización se daba en torno a un corredor y habitaciones conectadas a través de galerías cerradas como el salón central que era el comedor, más atrás la cocina y bodegas. Al igual que los otros fundos de la zona, la actividad principal era la agrícola y vitivinícola. “En la propiedad se practicaba la agricultura, se producía principalmente uva, vino, trigo y papas”, recuerda Raquel Barrientos, esposa de Julio Lamas Soto y cuñada de Marta. En las bodegas se reunía la uva vendimiada de todas las propiedades de Edelmira, como los fundos El Calabozo y el Naranjo, además de aquellos de propiedad de su marido, Julio Lamas, como el caso del Fundo Armenia. Con inmensas cubas de raulí, la producción alcanzaba alrededor de los 200 mil litros de vino anuales. Con ocasión del terremoto de 1939, partes de la casa cayeron, aplastando a sus propietarios y provocándole heridas en sus piernas. Con la muerte de Julio Lamas y su esposa, y tras la sucesión de la propiedad, la producción vinífera desapareció. Hoy día la casona tiene un enorme valor sentimental para su actual dueña, ya que fue el lugar de crianza de la familia, lo que ha permitido conservarla. El futuro de la propiedad, sin embargo es incierto.

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Hacienda Perales y Fundo La Palma
La impronta Jesuita en el Valle del Itata
En Chile, desde tiempos de la conquista, la producción vitivinícola tuvo un importante desarrollo, a partir de la llegada de la Compañía de Jesús. De acuerdo a lo comentado por Carlos Gruebler, propietario del Fundo Museo San José en la comuna de Ránquil, las primeras cepas de uva país habrían sido plantadas en esta zona en el año 1551, exactamente donde existió el relevo del Fuerte Ránquil, en el que cambiaban animales cansados por otros frescos, se obtenía alojamiento y comida. Hasta el año 1767, fecha en que se hizo efectiva la expulsión de los dominios del rey de España de los regulares de la Compañía de Jesús, el Valle del Itata y sus alrededores era estimado por albergar las producciones más apreciables y de mejor calidad. Siguiendo el estudio “Viticultores Jesuitas en el Obispado de Concepción (Chile)” de Raúl Sánchez Andaur (2006), basado en relatos de cronistas y viajeros de la época, “la vitivinicultura constituyó un eje importante en la actividad productiva de las unidades de la Compañía de Jesús (…) donde se producía "el mejor vino del reino””.

Tras la salida de los jesuitas del territorio, la producción del vino quedó instalada en la nueva población y permaneció sin variaciones hasta mediados del siglo XIX. Tanto el tipo de cepa como las técnicas productivas comenzaron a presentar transformaciones recién cuando se inicia un fenómeno de modernización de la agricultura en general que incluye el sistema vitivinícola, pero que sin embargo, se posiciona en la zona central del país y no alcanza a penetrar mayormente en tierras de la VIII región y menos aún en el Valle del Itata.

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De los vestigios materiales de la presencia jesuita en la comuna de Coelemu no queda prácticamente nada. Las antiguas haciendas y fundos tan renombrados como La Magdalena, Conuco, Cucha Cucha y Perales, entre otros, han desaparecido y sólo se encuentran algunas ruinas que sobreviven anónimamente. La Hacienda Perales, por ejemplo, ubicada en la localidad del mismo nombre en el sector costero, está prácticamente destruida. La historia que pudimos recoger se basa principalmente en textos elaborados a partir de los archivos conservados por la Compañía de Jesús, ya que la memoria de la comunidad no registra ningún rastro de sus orígenes. De acuerdo al documento mencionado anteriormente, en el siglo XVIII la hacienda de Perales reportaba "una viña con 18.673 plantas muy viejas, que producen poco y otras dos que suman 14.429 plantas, tres majuelos pequeños con 5.366 plantas que comienzan a dar fruto y un majuelo nuevo con 20.000 plantas de viña, que no hace un año se plantaron". A dos leguas de la finca se halla la población de Hachen, perteneciente a la propiedad, donde se encontraban "3 tinajas de vino añejo de mediana calidad con 58 arrobas y 258 arrobas de vasija breada. Dos lagares viejos de a cuarto pellejo y una piquera de 14 arrobas de buque, pailas, fondos, una viña vieja de 8.150 plantas". En la bodega de la estancia se registraban "sesenta y dos tinajas, todas embreadas, con buque de mil seiscientas noventa y un arrobas y una cuarta de caldo, con tres mas enfriadores...con buque de sesenta y nueve arrobas; cuatro tinajas con ciento veintinueve arrobas de vino añejo, cuatro tinajas con ciento treinta y tres cántaros de vino de mala calidad, diez tinajas llenas con trescientas veintitrés arrobas y tres cántaros. Una tinaja llena de aguardientes con veintinueve arrobas y tres cántaros, doce arrobas y tres cántaros de vino moscatel". Lo anterior se traducía en 16.188 litros de vino tinto; 6.639 litros de vino añejo; 426 litros de vino moscatel y 1.030 de aguardiente. Luego de la expulsión jesuita, la única información obtenida de la hacienda corresponde al año 1824, donde “en un documento notarial se constata que el día 8 de julio Francisco Xavier Manzanos, hijo del hacendado del mismo nombre, remató el arrendamiento de la hacienda Perales de la Casa de Ejercicios, por un período de nueve años… Las exigencias al respecto son variadas: debía sembrar sólo trigo y cebadas; se estableció prohibición en el trabajo de las viñas y en la extracción de leña para vender” . Los motivos de tales exigencias se desconocen. La información recogida en la localidad, establece como punto de referencia principios del siglo XX, cuando la hacienda formaba parte del patrimonio familiar de Pedro Parra. De él se recuerda la gran autoridad que proyectaba en tanto importante hacendado del sector. “Era

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muy mañoso, no se podía pasar por sus tierras sin permiso porque correteaba a todo el mundo. Y si uno pasaba por afuera, había que sacarse el sombrero para saludar”, recuerda Silvia, antigua habitante de Perales. Durante la primera mitad del siglo, la hacienda fue el motor económico del lugar, donde parte importante de la población trabajaba en faenas agrícolas. “Se sembraba trigo, porotos, papas. Y como en ese tiempo la gente era muy pobre él cambiaba terreno por legumbres y así fue ampliando su propiedad”, relata. Luego de la muerte de Pedro Parra y de su esposa Cleo, el fundo poco a poco fue quedando abandonado y parte de sus tierras fueron transferidas a las empresas forestales que inundaron la zona. Tras varios años de inactividad, el 2006 los restos de la hacienda fueron vendidos a Víctor Gavilán, un renombrado empresario de la comuna. Del futuro de la propiedad no hay claridad. Incluso el valor histórico depositado en esas tierras apenas se conoce. El director de la escuela de Perales, por ejemplo, al ser consultado por la historia de la hacienda, dijo no tener idea de lo que había ocurrido en el pasado ni con la propiedad ni menos con la localidad. Importante sería destacar que en Perales se constituyó el primer registro civil de Coelemu. Una suerte distinta corrió el Fundo La Palma, ubicado en las cercanías de Guarilihue, también de la comuna de Coelemu. Si bien no logramos obtener antecedentes históricos de la propiedad, la comunidad reconoce el lugar como el principal referente para la propagación de la vitivinicultura de la zona, en tanto asentamiento jesuita. Sus imponentes palmeras, de añosos

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frutos, dan la bienvenida a una bodega de grandes dimensiones, construida con adobe, vigas de madera y techo de tejas. Una cantidad no menor de tinajas de greda agrupadas en un rincón de la construcción acompañan las inmensas cubas de madera, donde en otros tiempos se acumularon grandes cantidades de vino. Hoy día, el Fundo La Palma se enfrenta a las incertidumbres del futuro. Las dificultades para mantener este tipo de edificaciones patrimoniales radican, en palabras de Cecilia Cisternas Palma, en los altos costos de mantención y el bajo interés de las nuevas generaciones por mantenerse en el campo. Eduviges Palma heredó estas tierras de su familia. Hoy día pasa algunos meses del año en el lugar y otros en casa de sus hijos, dada su avanzada edad. Mañana, sus herederos, como es el caso de Cecilia, decidirán si este majestuoso lugar permanecerá como símbolo de la identidad

del territorio o correrá la misma suerte que la mayoría de los monumentos de nuestra tierra, ser demolidos por la fuerza del tiempo, las urgencias económicas o el abandono.

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Tía Nono y la Casona de Cerro Negro:
“Esto es algo de familia, es propio, es tradición”
Leonor González Delgado, por todos conocida como “Tía Nono”, nos recibe en su casa aún sin conocernos con el rostro lleno de alegría. Antes de contarle el motivo de nuestra visita, ya estamos sentadas en su cocina saboreando el exquisito turrón de vino que sus manos preparan, tal como lo hacían las de su abuela y tías en tiempos de antaño. Su carácter afable y generoso invita a quienes la visitan a quedarse por largo rato, escuchando las historias que dan vida a la Casona Museo que ha abierto al público desde hace algunos años, como parte de una iniciativa de turismo rural.

“Hace cuatro años falleció la primera tía, la tía Pepa. En ese entonces vino el alcalde de Quillón, don Jaime Catalán, y él me dijo “Nonito, por qué no arreglas esta casa y la recuperas como museo”. Para mí fue un desafío tremendo, un tremendo proyecto para poder lograrlo y fue algo que me abrió los ojos. En el campo siempre hay tantas cosas en las que uno se entretiene que con un vecino empezamos a limpiar la casa, demoramos ocho meses en limpiarla, era sacar y sacar cosas, limpiar, barrer, no había tablas, nada…”. Ubicada en el sector de Cerro Negro, la propiedad sólo conserva en pie la casa habitación que se mantuvo en estado de abandono por cerca de 50 años. El camino para la recuperación de la casa, los muebles y otros objetos que durante casi un siglo formaron parte de la cotidianeidad

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familiar, fue lento y debió hacerlo a pulso con la ayuda de pequeños fondos públicos y algunos vecinos del sector. “Después yo gané el capital semilla como emprendedora, un dinero para reparar la casona, que se reparó de arriba para abajo, lo más importante es que si reparo de abajo para arriba, la gotera me hace pedazos la pared de adobe, así que se reparó toda la casa, se puso tabla nueva y todo lo inhabilitado se sacó, ahí se niveló, se destejó totalmente y se volvió a tejar… Con las mismas tejas y me decían amarre las tejas unas con otras, ahora está apegaditas, se pusieron no más, en otras partes las amarran con alambre y le ponen cemento, pero éstas no, están tal cual estaban y así se puso”. La casona data de 1870 aproximadamente. Elaborada completamente en adobe, techo de tejas y vigas de madera traídas desde el sur en tren, representa el estilo arquitectónico tradicional de la época, cuando la agricultura y la producción vinífera caracterizaban con fuerza el territorio. Además de la casa, completaban el paisaje las bodegas de granos y vinos, un molino y los colectivos de los trabajadores, los que con el tiempo fueron derrumbándose poco a poco. “Este era un fundo, aquí había cosecha de trigo, cosecha de uva, mi papá hacía vino, estaba el molino también, había actividad agrícola. La casa la construyeron para habitarla y aparte de eso construyeron otras cosas más, bodega, casona, casa de empleados, todo con adobe, pero lo único que está en pie es la casona”. El terremoto de 1939, sin embargo, marcó el destino de la casona durante medio siglo. “Esta casa estuvo habitada hasta el terremoto del 39, después se hizo una ruca que yo la recuerdo, una casa como un galpón, y ahí se trasladó todo, incluso tengo un ropero con un espejo muy lindo pero trasladarlo es un peligro así que ahí está todavía, de ahí no se habitó más y empezó a quedar como bodega para guardar cosas, cachureos, sacos, todo lo que uno decía por si acaso se usara, lo guardamos allá pero no se podía entrar, estaba abandonada”. El proyecto de restauración iniciado por Tía Nono se consolidó también con los valiosos conocimientos de cocina campesina que incluyó en su emprendimiento de turismo rural. Hoy, visitar la casona museo significa también aprovechar de saborear las empanadas preparadas en horno de barro o compartir una once con tortilla de rescoldo alrededor del fogón. Ante todo, nuestra anfitriona pondera su amor por el lugar y la historia que éste contiene. Más que tratarse de una actividad económica, la casona representa una herencia familiar que resiste a desaparecer y abandonar el campo.

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“Lo que yo alabo y quiero mucho esta casona porque tiene todo lo que usaron mis abuelos, no han traído cosas de afuera. Lo otro es que para mí un museo, cuando veo cosas en vitrina me produce un frío, y acá la gente toca, lo vive y yo veo la emoción de la gente, cuando entro a un museo y veo vitrinas no es lo mismo, y acá la gente interactúa, a mí me encanta eso porque como que le dan vida a lo que hay adentro y yo siento vida ahí. Está todo tal cual, la tía antes de morir caminaba al lado mío, les mostraba las cosas a los turistas y también me apoyaba”.

Reseña en el Museo:
Distinguidos visitantes, reseña de los habitantes de Cerro Negro, zona de ricos vinos. Comenzaremos recordando a Don José Santos Alvear Rivera que nació en la región del Maule en 1825. Sus padres fueron don Alberto Alvear y doña Jesús Rivera, argentinos de origen español. Don José Santos se casó con la señora Carmen Puentes Yánez, nacida en florida en 1833, hija de don José Puentes y doña Jacinta Yánez. El matrimonio Alvear Puentes tuvo cinco hijos: Filamir, Carmen, José Santos, Juana y Leonor Alvear Puentes. Avecindados en Floria y posteriormente en Cerro Negro. Don José Santos fue secretario y hombre de confianza de don Rafael Manceli, dueño de Cerro Negro y alrededores Quinel, Paso Hondo, Bodeuca y Huenucheo, donde vivía don Rafael. Don Rafael tenía lavadero de oro en sus propiedades y don José Santos era el encargado de ir a depositar el oro que obtenían de los lavaderos a un banco de concepción. Para esas ocasiones iba acompañado de una escolta de hombres a caballo muy bien armados. Don Rafael en vida le regaló a José Santos 12 cuadras de terreno en Cerro Negro que después quedaron en poder de su hija Juana, profesora primaria que instaló una escuela en el lugar con su hermana Carmen. Don José Santos fue además juez y comerciante, tuvo una tienda en Cerro Negro a comienzos del siglo XX que fue asaltada por el famoso José Santos Mendoza. Años después arando el campo se encontraron géneros enterrados de los robados en el asalto. Don José Santos no se interesó en adquirir terrenos porque siempre pensó en irse a Concepción a continuar sus actividades comerciales, pero el tiempo pasó y no logró su objetivo y es así que a los 100 años de edad murió en Cerro Negro el 7 de julio de 1925, su esposa había fallecido un poco antes a los 90 años, el 06 de diciembre de 1923, en Cerro Negro.

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Doña Leonor Alvear Puentes se casó con don Manuel Jesús González Sepúlveda, los propietarios de la casona. Don Manuel fue un agricultor muy emprendedor, de mucho éxito y también durante un tiempo, juez de paz de Cerro Negro. El matrimonio González Alvear tuvo cinco hijos, dos mujeres y tres hombres. Enrique, que fue oficial civil de esta localidad, Víctor Manuel, ingeniero de la Línea Aérea Nacional y Raúl que fue el primero en tener un recorrido de micros entre Cerro Negro y Chillán, y dos hijas Nina y Pepa, las cuales tuvieron la gran misión de administrar el Fundo El Bosque, y a pesar de no haber tenido hijos, criaron a algunos sobrinos y otros niños.

Don José Santos Alvear Puentes fue oficial civil de esta localidad y padre de cuatro oficiales de carabineros de Chile, Manuel, Aníbal, Petronio y José Alvear, de los cuales tres llegaron a ser Generales y uno Coronel. De los que llegaron a generales, dos de ellos fueron directores de la Escuela de Carabineros, Aníbal y Petronio. Don Filamir se casó con doña María Cristina Schwarzenberg Treetbar, hija de alemanes, dueños por muchos años de un almacén de Canchillas. Tuvieron tres hijos y cuatro hijas. Don Manuel González Schwarzenberg, heredó de su padre el Fundo El Bosque y la casona fue construida a fines del siglo XIX con madera nativa traída del sur, en tren y posteriormente en carreta.

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Bodegas y Producción Vinífera en Quillón
Para los pequeños productores de uva y vino del Valle del Itata, el año 2007 fue uno de los peores en términos de comercialización. El precio de la uva bajó drásticamente y las cosechas realizadas ni siquiera alcanzaron a financiarse. La pérdida para muchos fue total. Esta situación sin embargo, no es un hecho aislado. Desde hace varias décadas la vitivinicultura tradicional de la zona está sufriendo los impactos del modelo agroindustrial que las grandes compañías han hecho suyo, además de la expansión de plantaciones de pino y eucaliptos y la instalación de la Planta de Celulosa Nueva Aldea.

Parte de esta historia nos la transmite Horacio Tapia, viñatero del sector de Liucura Bajo, quien posee una antigua bodega donde en otros tiempos envasó cientos de litros de vino. “Ahora para qué vamos a producir vino”, nos dice con aire irónico “si tenemos el río Itata al lado, mejor tomamos agua”. Su declaración hace alusión a la desmejora de la calidad de los vinos que hoy se comercializan, apoyados por la inclusión de productos químicos en su elaboración. “Ya no existe el vino puro”, comenta, “cualquier empresa que produzca, arregla su vino”. La bodega construida hace por lo menos 70 años y que aún mantiene en pie en condiciones favorables, tiene 30 metros de largo por 14 de ancho, posee vigas de álamo y tablas de raulí, y conserva en su interior algunos implementos propios del trabajo vinícola como la moledora

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y cubas de gran tamaño que hoy día están en desuso. Horacio afirma que si bien aún mantiene sus viñas y las cultiva año a año, sabe que en un futuro cercano, cuando él ya no esté y sus hijos se hagan cargo del campo, todo eso desaparecerá y quedará olvidado en el pasado. Carlos Muñoz Medina, avecindado en Cerro Negro Manque Norte, encarna en tanto al pequeño productor de cepa tradicional que con esfuerzo y tesón ha mantenido vivo un sistema de producción local que espera no abandonar. Con siete mil plantas de uva país, logra producir anualmente un total de 8 mil litros que vende al detalle en su misma casa. El proceso de cultivo de la viña y elaboración del vino es exactamente el mismo que aplicó su padre, abuelo y otros ascendientes que hicieron historia en estas tierras.

La casa y bodega que forman parte de su propiedad datan de 1960 y las mantiene impecablemente limpias y ordenadas. La cocina de campo se ocupa en el período de invierno y en la bodega conserva por lo menos 100 garrafas tejidas con mimbre, además de cubas y pipas pulcramente apiladas. Aún realiza la vendimia al estilo tradicional, con zaranda, lo que para muchos está prácticamente olvidado. El vino que obtiene de su cepa país es de un excelente sabor y aroma, lo que permite argumentar que un sistema de producción tradicional no atenta contra la calidad del producto. Son entonces las condiciones externas las que están llevando a la pérdida de un patrimonio que sostiene múltiples conocimientos y que forman parte de un legado cultural de grandísimo valor.

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En el sector El Culbén, cercano a Cerro Negro, visitamos una casa que llama la atención por sus grandes palmeras instaladas en el jardín. Nos recibe Silvia Escobar, la dueña de casa, quien nos cuenta algunos pormenores de la edificación. El antiguo dueño fue Abel Olate, fundador de la primera escuela que tuvo el sector y que fue demolida en el año 1974. Cuando el suegro de Silvia, Valentín Escobar, le compró la propiedad al profesor Olate, supo que las edificaciones, casa habitación, bodega y escuela, fueron construidas alrededor de 1918. Antes de esa fecha se dice que las casas eran construidas con Totora.

La bodega, de grandes proporciones, alberga un sinfín de objetos vinculados al trabajo agrícola y viñatero, como herramientas, cajones, botellas y algunas cubas que no se han vendido aún ya que desde la muerte de su marido Juan Pablo, se terminó la producción de vino. “Ya no hacemos vinos, desde que murió mi marido, ya no hay mano de obra para trabajar tampoco, ahora vendo la uva y la viña la tengo a medias, pero vino no hacemos”. Silvia explica además que si bien no quiere demoler su bodega, sabe que está en malas condiciones. “Hace tiempo atrás se trastejó, con las tejas de la escuela cuando la demolieron, se sacaron las de la bodega que tenían cemento y se dejaron así no más” Las cosas con los años han cambiado profundamente. “Imagínese que dicen que ahora van a cerrar la escuela porque no quedan niños para estudiar”, nos comenta con una mirada que no deja de añorar los tiempos de antaño. Tomando el camino a Santa Ana en la ruta que une Quillón y Nueva Aldea, encontramos otra

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antigua casona, imponente por su enorme techo de tejas. Al consultar por sus dueños, se nos explicó que había sido propiedad del ex Alcalde José Campos Orellana, recientemente fallecido. La casona cumple con las mismas características estéticas que las otras edificaciones visitadas. Construida con “adobe antiguo”, de por lo menos 80 centímetros de espesor, sus paredes acogen hoy día a Patricia Campos, hija del anterior edil, y su familia. Al entrar nos percatamos que sólo algunas de sus dependencias están habitadas. En el patio descubrimos un sinnúmero de objetos que delatan las primeras actividades de la propiedad. Bodegas con implementos para la producción vinícola comparten el silencio de la ausencia con herramientas, carretillas, somieres, y otros objetos antiguos que esperan pacientes su reubicación para no dormirse en el tiempo. No supimos con exactitud el futuro que le espera a esta propiedad. Nos queda claro por lo pronto que su restauración es una necesidad inminente dada las condiciones en las que está, bajo el supuesto de que ello pueda ser posible. Motivaciones personales deben conjugarse con apoyos institucionales que permitan pensar en la proyección de estos lugares como hitos o referentes comunales para el reconocimiento identitario.

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Coelemu y Quillón: Testigos de un Patrimonio Silencioso
Los relatos anteriormente entregados representan una parte de la historia que ha identificado a diversas comunidades campesinas del Valle del Itata. A través de ella, sus habitantes han sostenido un sistema de conocimientos en torno a la relación con la tierra, materializado en artesanías y construcciones con características definidas. En la actualidad, sin embargo, el paso del tiempo está haciéndose evidente y los especialistas y sus saberes han disminuido progresivamente. De igual manera, el adobe y las tejas han sido vencidas en muchos casos por materiales de construcción ajenos al territorio, pero que económicamente implican un menor costo. Pese a todo, una de las constataciones que esta investigación nos deja, es que si hurgamos un poco en los recuerdos del mundo campesino, no resulta difícil reconstruir los contenidos de aquellos saberes que a primera vista parecen condenados al olvido. La memoria por lo tanto no es tan frágil como se cree y si bien ha sido subvalorada por la racionalidad moderna, aún se reconocen alternativas para su fortalecimiento. Tal ejercicio se dibuja entonces como una acción política que debe partir desde sus propios protagonistas. Reconocer la fuerza y el valor de la sabiduría no académica, anclada en la experiencia y la oralidad es un primer paso. La memoria refiere a vivencias afectivas. El desafío para quienes se interesan por la recuperación y restauración patrimonial es facilitar la generación de dispositivos adecuados que vinculen a estos sabios/as maestros/as con las nuevas generaciones, en tanto depositarios de un conocimiento y experiencia asociados a formas de vida que hoy pueden constituir un valioso aporte para reencontrarse con antiguas formas de producir, aprender, compartir, consumir y habitar la localidad. En este contexto, las Escuelas de Artes y Oficios se erigen como una opción para la mantención de las agroculturas. La visibilización de la figura de los maestros (as), promueve entonces una opción de vida rural y de trabajo digno, gratificante y posible para las generaciones venideras.

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Notas
. Celis, Angélica. Carta de una Maestra. Documento preparado para el Seminario “Encuentro de Saberes en torno a los oficios”, organizado por Cet Sur. 2006. . Paredes Fernández, Bernardo, Luis Villegas Solar. Coelemu. La Orilla Verde del Itata. Imprenta Andalién. Concepción. 1995. . Pladeco Quillón. http://quillon.bligoo.com/ . Sánchez Andaur, Raúl. “Viticultores Jesuitas en el Obispado de Concepción (Chile)”. En Revista Universum V. 21 N 1:92-103, 2006. Instituto de Estudios Humanísticos "Juan Ignacio Molina". Universidad de Talca. . Guzmán Luis. “Arquitectura Rural de Ñuble”. En Revista Arquitecturas del Sur N° 16. Universidad del Bío Bío. 1990. . Pacheco Silva, Arnoldo. “Los Comerciantes de Concepción 1800-1820”. En Revista de Historia, Departamento de Ciencias Históricas y Sociales, Vol. 9 y 10, 2001. Universidad de Concepción.

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